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Viaje al ritmo de un perreo

Publicado: 30 diciembre 2012 en Samuel Segura
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Te diré a lo que aspiro: a que el tiempo no se me escape. Si he de vivir, he de vivir ahora…
The Warriors

Han pasado ya dos trenes y el hombre no puede subir al metro. Tiene prisa: quedó de verse con su esposa para comer y va retrasado. Son las dos de la tarde. Ella aguardará en Balderas, a las dos con quince, y él apenas está en Observatorio. Como van las cosas, tendrá que esperar un poco más. No abordará un convoy atestado de malvivientes, piensa, que van moneándose y echando desmadre escuchando reguetón.

Un tercer metro se detiene.

Se abren sus puertas.

Bajan.

“Ya llegó ZPM, una bola de desmadre, y al que no le guste, que chingue a su puta madre”.

El hombre se arrincona a la pared y deja pasar a la turba que, además de cánticos, lleva una manta en la que está escrito su nombre.

ZuPutaMadre.

Dos de las chicas que pasan a su lado lo miran, le mandan besos. Visten ropa ajustada, pantalones a la cadera, blusas que dejan sus ombligos descubiertos. Su cabello lo adornan con diademas repletas de brillantes, y sus ojos se ocultan detrás de unas inmensas gafas oscuras.

El hombre agacha la mirada.

A unos pasos de él, una mujer no puede ocultar el susto que le han causado. Se lleva las manos al pecho y pide a gritos la ayuda de los oficiales. Pero entre el estruendo de las porras, su voz se ahoga y se pierde entre la multitud.

Nadie la escucha.

Se pregunta quiénes son.

“ZPM, sí señor, de lo bueno, lo mejor”, vitorean los cuarenta del grupo, en respuesta a la mujer, y como presentación, por si alguien no ha notado su presencia.

El hombre ya había leído algo de eso en El Universal: “Los reguetoneros se han convertido en una de las comunidades urbanas más visibles de la Ciudad de México. Suelen reunirse cerca de las tres de la tarde en las estaciones del Metro y se apropian de andenes y vagones. La música con constantes referencias sexuales los acompaña durante un frenético trayecto que puede ir acompañado del consumo de inhalantes de bajo costo, como el PVC, y actividades delictivas…”.

Delincuentes, piensa.

Toca su cartera, su celular. En un movimiento discreto, los cambia de lugar, los esconde en su portafolio. No quiere perderlos. Lo que quiere es irse ya.

Pero todavía no podrá abordar porque los de ZPM bajaron las palancas de emergencia de varios vagones.

***

—La idea de la gente, we, es que al reguetón siempre lo van a tomar como que todos bailan, todos cogen, we, que todos se comparten mutuamente. Pero las cosas no son así. El reguetón te implanta tanto como pensamiento, como tristeza. Te implanta de todo, we, desde sexo hasta sentimiento.

Cris no era así.

No se pintaba los labios, ni se depilaba las cejas, ni usaba una camiseta sin mangas que descubre sus delgados hombros, ni esas gorras y zapatos que le cuestan alrededor de mil pesos. Tampoco usaba ese corte de pelo, rapado a los costados, y que deja un copete relucir por su frente.

—O sea, porque hay canciones que tú vas a ver, que te van a decir “coge y coge y coge”, we, y hay canciones que te van a hacer pensar, we. Te digo, o sea, de ejemplo, we, de cantantes que yo te podría decir que te hacen pensar, están: Arcángel, Baby Rasta y Gringo, Falsetto y Sammy, Farruko, Baby Johnny y Ñengo Flow que tiene algunas, pero es más puerco, se va más al sexo.

No era así antes, cuando lo conocí, hace más de diez años. Solía ser como Chato, su madre, me recuerda: un niño que sacaba dieces en la primaria, que todos los días llegaba de la escuela a hacer la tarea con ella. Lo envidiaban sus compañeros, me dijo, porque era de los mejores, si no el mejor, de su clase, en la primaria 24 de Febrero.

Ahora, Cris tiene 16 años y sus palabras brotan de él como la sangre de una herida después de un navajazo.

—La gente te critica bien cabrón. A mí me ha tocado: porque me pinto la boca ya soy puto, maricón, bisexual, o sea… no es porque seas puto, we, los verdaderos cantantes no se maquillan ni se pintan los labios, we, la moda aquí la han cambiado bien cabrón. Es como una moda más fresa, pero tanto los raperos, como los emos, como los skates, we, nos toman como chacas, pinche insulto cabrón, we, es lo peor que nos pueden decir. Un chacal, naco, corriente, reguetonero pirata, we. Así. Dices putamadre, te hace sentir de la verga.

La noche está por caer en San Cristóbal, Ecatepec, y la banqueta que está a unos metros de su casa nos sirve como asiento. Le ofrezco un cigarro que acepta y le pregunto por su hija. Ya pasa de los dos años, me dice, y vive con su mamá, Nancy. Los padres de él todavía la visitan, pero Cris aún se abstiene desde hace tiempo.

Todo terminó.

Catorce años tenía cuando su vida dio un vuelco con el embarazo de la que fuera su novia casi un año.

—De ahí se salió de la secundaria e incluso tuvo que ir a terapia porque se puso muy mal —me platica Chato, quien recuerda que para entonces su hijo ya se había adentrado en el mundo del reguetón.
—Ya, creo que fue ahí en la secu, en la 58, que empezó con todo eso. Ya ves que los chavos se juntan ahí con sus motonetas y van con las chavitas y todo eso.

Antes de entrar a la secundaria, Cris comenzó a vestir de negro y a acercarse a la música metal y gótica. Bajo influencia de su prima Carmen, él pasó un tiempo con los labios pintados de negro y con los pies forrados de charol.

Pero todo cambió.

Aunque el reguetón y el dark no se alejan de lo que José Agustín definió como contracultura, término que el escritor acuñó en su libro La Contracultura en México (1996): “…abarca toda una serie de movimientos y expresiones culturales, usualmente juveniles, colectivos, que rebasan, rechazan, se marginan, se enfrentan o trascienden la cultura institucional (entendida esta última como lo que está establecido)”. Cris optó por el primero.

Toño lleva ocho años escuchando el género. Él sabe, y no difiere de lo que El Mundo publica, que el reguetón es hijo del reggae, del hip hop, y del rap en español surgido en Panamá, para, posteriormente, afianzarse en Puerto Rico, donde ha adquirido fama internacional. Últimamente se mezcla con ritmos latinos, como la salsa, la bachata y, más recientemente, con el pop, rock y hasta música norteña.

—En sus inicios fue una mezcla de reggae, por su ritmo, y rap americano, por la letra, que habla de mujeres, sexo, droga, narcos, dinero, entre otras cosas. Es un subgénero en sí mismo —me instruye Toño, quien también ha practicado el género como una forma de expresión artística.

Larnies Bowen, licenciada en Estudios Caribeños por la Universidad de Nueva York, explica que “el origen humilde y urbano del reguetón ha marcado sus composiciones, basadas en las preocupaciones de la gente de la calle y ha evolucionado hacia rimas fáciles, letras sexualmente explícitas y muchas veces denigrantes y agresivas”.

—No sé qué le pasó que dio un cambio bien mamón de lo dark al reguetón —me platica Carmen—. No sé, se volvió muy macho, agresivo, violento. Ya no es el niño tranquilo y retraído de antes. Lo darky le duró unos meses, apenas. Nunca lo vi, pero varias veces dormí en casa de mis papás (así les dice Carmen a los papás de Cris, aunque sean primos) y un día amanecimos mi novio y yo con la sorpresa de ver a la morra de Cris con marcas en la cara.

***

—¿Cuántos son?
—Cuarenta, poli, danos chance de pasar, ándale.
—Órale, nomás porque no están haciendo nada indebido.
—Báilele poli, “poli, poli”.

Las chicas mueven el cuerpo, desde la cadera hasta los hombros. Se inclinan. Un par de jóvenes se posa detrás de ellas. El reguetón de Ñengo Flow suena. Se mueven al ritmo de su música; las jóvenes agitan los glúteos y ellos las reciben, juntándose lo más que pueden, con una agitación igual de intensa en el abdomen.

Al ritmo del perreo.

“Nadie sabe a ciencia cierta cómo surgen los ritmos, esas posibilidades de marcar, con cierto compás y cierta actitud, una música que se ‘antoja bailar’. Hay mucho de la tradición en todo esto: grupos humanos, etnias, regiones, naciones enteras que se caracterizan por un ritmo o por otro…pero también hay un fenómeno evidente: el ritmo, los ritmos, se contagian. Hay algo interno que hace que los cuerpos exterioricen lapsos iguales y que ese ritmo manifestado vaya de un cuerpo a otro…”, escribió Alberto Dallal en su libro El “dancing” mexicano (1987).

La gente pasa junto a ellos y los mira. Prefiere esquivarlos. Algunos esperan a lo lejos y los observan en lo que dura el baile.

“Tiene nombre propio: ‘perreo’, un estilo de contoneo erótico que emula el apareamiento de los canes”, dice la misma nota de El Universal. Toño ignora por qué le llaman así, le suena lógico, pero “en los tiempos de antes era muy diferente a como hoy en día, era más un baile sensual, no como lo que ves hoy; digo, siempre ha sido algo muy atrevido, pero no así”.

—Y hasta eso en el reguetón: las viejas que perrean, que les gusta bailar, hay algunas que te ponen un límite, we, que te dicen: “bailamos, we, pero hasta ahí”. Ni un beso, ni la mano.

Dice Cris.

—Es cosa de que tú quieras, no es a fuerza.

Dice Ana.

Todos entran, los cuarenta se saltan los torniquetes, pasan por debajo, rápidamente. Ana también. Es su primera vez en una cita. Está nerviosa, pero Memo, el líder, le ha dicho que no se preocupe, que todo estará bien.

El policía los mira a lo lejos. Sonríe.

La música sigue en el celular de alguien. Pareciera que llevan una grabadora. Mientras caminan, bailan.

“Como en el acto sexual amoroso, la pareja (o los integrantes del grupo) percibe el ritmo como una necesidad del ‘acoplamiento’; los cuerpos se perciben en el ritmo y simultáneamente se adhieren, se adecuan, se integran al fenómeno general, global”, explica Dallal en su texto.

Ella le hace caso al líder y camina con todos. Trata de tranquilizarse. Echa porras. “ZPM, de lo bueno, lo mejor”. Poco a poco agarra confianza. Avanzan una estación, otra, y de vuelta.

Pero el miedo regresa cuando mira a los granaderos en la siguiente parada.

Tranquila, le dice su líder.

Pero no puede calmarse y el llanto le sobreviene. Piensa que se los van a llevar, que los van a encerrar a todos.

Son muchos.

—Sí, ya te ven como delincuente. Apenas tiene como un mes que sacaron en el periódico que no, que ZPM, que matones, violadores, asesinos, no sé qué, y lo único que nosotros hacemos es echar relajo: llegamos y bajamos las alarmas de los metros, apagamos las escaleras eléctricas, cosas así, pero por echar relajo, y hasta los policías muchas de las veces ya saben que llegamos y lo único que hacen es cuidarnos, porque dicen “no hacen nada fuera de lo común”, mientras que no falten al respeto no hay problema.

A la orden de nadie, comienzan a correr. Todos, por todas partes.

Como viles ratas, me dice Ana.

—Ya no nos ven como personas.

Ella estuvo a punto de ser líder de ZPM antes de salirse del grupo. Me enseña las fotos que tiene en su teléfono de las veces que estuvo con ellos en el metro Observatorio. Ahí es donde decidieron reunirse, porque como cada grupo, tienen su casa, su estación, cercana a donde viven los integrantes, porque es el lugar que encuentran más accesible para todos. Un grupo, una familia, le llaman ellos, donde todos son hermanos, se protegen y se cuidan los unos a los otros. Donde se entienden.

—Siempre vamos a estar bien, no vamos a buscar problemas. —Ana, sentada a dos pasos de Cris, interviene, arrebata la palabra—: Pero, por ejemplo, está el grupo Momento, llegan y empiezan a molestar y obviamente no nos vamos a dejar. Es cuando nos peleamos, cuando entran los policías, cuando echamos relajo. Pero muchas de las veces no molestamos, otros nos molestan.

Cada grupo tiene su estación y esa estación es intocable. Es territorio enemigo.

—Es que tanto hay weyes que van a echar coto, como hay los que van a pasarse de verga y moneando en el metro, we, moteando en el metro…o sea, dices “¡no mames!”; por eso mucha gente critica, porque mucha gente nos ve que en el metro andamos moneando, que andan moteando, que se andan echando cualquier madre, y cuando pasa uno igual, porque todos se parecen, dicen: “ah, es ese we, hazte para acá, te va a sacar una pinche fusca y te va a chingar” —me explica Cris.

Ana, de 17 años, lleva un mes de noviazgo con Cris. Con Yale, como era conocido en los grupos. Cuando me reúno con ellos, platican de sus planes de irse a vivir juntos. Una tía de ella los ayudaría con los gastos. Pondrían un negocio, no saben de qué, para sobrevivir. Ambos se salieron de los grupos, y ahora han encontrado madurez, me comentan. Yale, por la muerte de un amigo cercano a manos de otro grupo, tan solo dos semanas después de haberse unido a estos; ella, por la violación de una de sus amigas a manos de tres de su grupo.

—Porque se dieron sus pericazos, se pusieron bien graves. Dije: no, si son mis hermanos y todo y pasa esto, al rato voy yo, no. Yo le dije a mi dirigente que ya no. No falta que te digan “pinche rajona, no que era para siempre”. Que digan lo que quieran, yo prefiero mi vida, la neta.

Y porque había traiciones.

—Varias veces, cuando yo era dirigente del Liverpool (antes, lo fue de Slow Channel), yo era el que los movía, we, el de “ámonos pacá”, “ámonos payá”; pelearnos contra Uvas Cangri, dándonos en la madre en metro Pantitlán, la gente corría, we, aventábamos petardos, agarrábamos a los weyes hasta arrinconarlos y darles en su puta madre, we, abrirles la cabeza, quitarles los zapatos y que se vayan descalzos…

Pero había quienes al ver la situación, se iban, y abandonaban al líder, la figura que tiene que dar la cara por todos. Incluso la vida. El reconocimiento que recibió como tal se volvió cada vez más peligroso para Cris, no podía andar solo, sin su gente, en cualquier lado podían ponerle en su madre, ni siquiera podía salir a los metros que concurría con sus grupos.

Ya no era un juego.

—Todos me decían: “no, Yale, mis respetos a ti que eres dirigente”, pero cuando se volteaban era de “hijo de su puta madre, no por ser dirigente es la gran cosa”.

***

—¡Pinche negro puto!

El día que Cris se acercó a Nancy, era el cumpleaños de su hermano Pablo. Ella había acompañado a sus hermanas menores, conocidas del cumpleañero, a la fiesta que se hizo para celebrarlo. Cada quien estaba con la gente de su edad, así que Cris se acercó a ella. Ya la había visto antes caminar por la colonia.

Había un juego infantil inflable afuera de su casa. Los niños saltaban sobre él. Hubo pastel y dulces para ellos y alcohol para los adultos.

De eso tendrá tres años.

Todos habíamos bebido, incluidos los padres de Cris y Pablo. Su padre. De él, de Fede, me habían contado que era alcohólico y que, regularmente, perdía el control. Y que los golpes llegaban irremediablemente.

Nunca lo había visto en carne propia.

—Ya estuvo, lléguenle.

Fede nos corrió a todos. Chato no se la aguantó. Nunca lo aguantaba.

Empezó a golpearlo. Empezaron a golpearse. Dos de los invitados detuvieron a la pareja que se daba puñetazos a la cara, a las costillas, patadas a las piernas, bofetadas. Algunos de los familiares empezaron a llorar. Pablo fue el primero.

De pronto, Cris le gritó a su padre:

—¡Pinche negro puto!

Y se le fue encima.

Alguien lo detuvo antes de que sus golpes tocaran la piel de Fede. Fui hacia él y lo sujeté con ambos brazos. Cris no era tan alto entonces, y no había en su vestimenta algo que lo semejara a ningún estereotipo. Le pedí que se calmara, apretándolo.

—Si con tus jefes no tienes apoyo, we, vas y lo buscas con alguien más. Obvio, te van a apoyar, por eso se le llama hermanos, we, por eso es una familia. Se llaman familias, se llaman combos, porque ahí ante cualquier pedo, todos van a estar unidos. Y puto quien no, quien diga “me vale verga”. Putiza. Desgraciadamente en los grupos me traen recio, me lo han dicho: me quieren chingar, que van por mi cabeza, me quieren tumbar recio porque en su tiempo tuve mi fama, orita ya no, por lo mismo que ya hay un chingo de grupos. Me traen recio, tengo que andarme cuidando. Me he topado a mis peores enemigos, y nos es que te tiemblen los huevos, es que sí te da cosa ver que estás solo y ellos son como cincuenta y en cualquier momento alguien va a decir: “yo he visto a ese wey en alguna parte” y va a valer verga.

En lo que va de la plática, Cris no la ha mencionado. A Nancy. Ni piensa hacerlo. Ya es completamente de noche. Ana, su nueva pareja, lo escucha. Pero ambos saben, y Cris no lo niega, que, como me lo contaron su prima, su madre y él mismo, ella no es la primera mujer en atravesarse en su camino.

—Chavas que ha traído a la casa, yo creo que son más de quince —me dice Chato, sin mencionar a las que no conoce.

De lejos, Cris le gritaba a su padre “pinche negro puto”. Lo retaba a los golpes. Buscaba zafarse de mis brazos cuanto antes para combatirlo. Fede también trataba de hacerlo, Chato, lo mismo. Todos querían deshacerse de los brazos que los oprimían y acabar de una vez por todas con aquello que les aquejaba.

Como tantas veces lo habían hecho.

—Entré ahí principalmente por desamor y falta de comprensión de mis jefes, we. Sabes que a tus jefes no les puedes contar: “¿qué crees?, me cogí a esta vieja y me infectó”, no, pus cómo, valiste verga. En los grupos es de: “no carnal, ponte esto, ponte lo otro, trata de no hacer mamadas”, entras por eso, porque sabes que en los grupos te comprenden.

Era el cumpleaños de su hermano Pablo, quien lloraba. Cris también. Apretaba los puños para que no notara sus lágrimas.

—Yo digo que muchas de las veces lo de los grupos es falta de amor. Muchas viejas me dicen: “es que mi padrastro me violó, es que me pasó esto”. Vienen siendo personas, no de la calle; sí tienen familia y lo que quieras, pero carecen de amor, han sufrido violaciones, golpes, maltratos, abusos, lo que quieras, pero han sufrido —interrumpe Ana mis recuerdos, que se esfuman. Regreso a la banqueta en la que estamos sentados los tres. Cada quien se pone su chamarra. El viento arrecia.

—Mi mamá me dijo: “hasta Ixtapaluca me llegó el periódico, mira, ve lo que dice” y salimos con nuestra manta y todo. En la tele apenas sacaron lo de Sicarios contra Bacho 3, algo así.

Ana vive con su madre desde que, a los cinco años, acusó a su padre cuando la violó. Lo encarcelaron dos años. A ella le gustaba el emo hasta que unas amigas le enseñaron el reguetón. Le gustó, se sintió identificada, protegida. Las drogas las probó antes, a los doce se ponía con mota, con mona, para olvidar la violación (que no la ha dejado en paz) y la incomprensión de su madre, que ahora le retumba.

—Me dijo que estaba loca, que no sabía dónde me estaba metiendo. Una vez la fueron a amenazar. Primero le hablaron por teléfono, una vieja, confundiéndola conmigo yo creo; le dijo: “sólo te digo que eres mujer muerta y que vas a chingar a tu madre”. Se quedó así, y empezó a llorar, que en qué andaba, me preguntó. Y ya le tuve que decir. Incluso la llevé a que conociera a los grupos y todo. Dijo que no le gustaba, que eran puros problemas.

El sonido de un tren que está lejos se escucha muy cerca e interrumpe la charla. Las palabras de Ana me recuerdan una nota que se publicó en El País, donde informaba que al reguetón se le consideró una mala influencia para los jóvenes de República Dominicana. Sin embargo, Abel Benítez Torres, percusionista de la Orquesta filarmónica de la UNAM, considera al género como “una salida social, digamos que la población tiene una olla de presión del bajo salario y encuentra un desfogue, una salida. Es este tipo de música, que representa varias cosas, se da por una necesidad de contar con un desahogo a una semana difícil, hay quienes eligen ir a un concierto y otros eligen ir a bailar…no podría criticarlo, pues así como las papas fritas, como la comida rápida, también tienen una función social”.

El tren pasa. Deja un leve rastro del rugido de su motor en el aire.

—Y si supieras, we, que en Facebook a cada rato ponen imágenes con sus listones negros de “descanse en paz tal wey, descanse en paz tal vieja”. Las muertes están cabronas. Tanto los que mueren en las peleas como los que mueren en las drogas, en un pasón. O que andan en bisnes chuecos, we. Tú ves una muerte y obvio no te quedas tranquilo.

Pero Cris se ve así: tranquilo. Tiene dos palabras para el reguetón: comprensión y alegría. Y dos formas de ver el mundo:

—Nosotros tenemos dos mundos, we. El mundo en el que naces que es la familia, y es tu vida, y el mundo del desmadre, que hace que te olvides de todos tus pedos, we. Tú puedes entrar al mundo en el momento en el que quieras, hoy me voy a mi verdadero mundo, hoy me voy a mi mundo de fantasía. Yo le llamo así: el mundo de fantasía, porque ahí te olvidas de todo. En los grupos dicen: no, todo va a estar bien, aquí con mis compadres está todo, tengo a todos. Y en tu mundo real siempre vas a estar solo.

Uno mundo para Yale y otro para Cris.

Definitivamente ya no es el mismo.

—Los papás toman lo que estás viviendo ahorita como que “no hay pedo, se te va a pasar”. No es cierto. Esta etapa, cuando crezcas, te va a quedar bien pinche grabada. Somos chavos que despertamos más en corto, vivimos más en corto, más en putiza, y a los años no nos arrepentimos, porque tú podrías decir ahorita: “se va a juntar este wey, tiene 16, qué pendejo”. ¿Y si supieras que ya vivió su vida bien cabrón y ese wey está tranquilo? Van a pasar veinte años y ese wey va a seguir, porque ya la vida la vivió así. En putiza.

Carmela, Roberto y yo salimos de Paseo Las Mercedes a las nueve y media de la noche. Veníamos de la presentación del libro Ciudades que ya no existen, de Fedosy Santaella. Ese título fue el primer indicio de lo que sucedería esa noche. Nos montamos en un autobús para ir a Chacaíto, donde tomaríamos el metro hacia nuestros respectivos hogares (Carmela y Roberto, La Candelaria; yo, La Urbina,).

Ninguno de nosotros llegó esa noche a su casa.

Fuimos los últimos en subir al carrito. El colector del dinero (peluche, los llama un amigo) pidió a los demás pasajeros que se distribuyeran a lo largo del pasillo. Un tipo enfluxado se molestó:

−¿Cuánta gente más vas a meter, lambucio?

Lambucio es uno de esos insultos que se revierten sobre quien lo pronuncia. Es una palabra fea e indigna.

−El chamo está haciendo su trabajo –le dije al tipo del flux− Y nosotros también queremos irnos.

El tipo del flux no se esperaba aquello. Trató de farfullar una respuesta, pero el peluche fue más rápido:

−Así mismo, mi pana.

Y le subió todo el volumen al equipo de sonido. Wisin y Yandel con, supongo yo, su más reciente éxito, terminaron por zanjar el asunto. El hombre del flux se mordió la lengua: éramos cuatro contra uno.

El peluche sacó un paquete pequeño de billetes que tenía guardado entre las páginas de un porta-cidí. Contó el dinero.

−Treinta y seis que tengo acá y catorce que me debe el gordo en la parada son cincuenta –le dijo al chofer. Lo decía como si fuera una fortuna. Volvió a contar los billetes y le subió más al equipo.

Carmela y Roberto se reían. Tratamos de hablar entre el ruido del reguetón, pero sólo pudimos intercambiar algunos gritos. Le echábamos broma a Carmela, quien sin darse cuenta había comenzado a seguir el ritmo de la música con la cintura. Carmela odia, u odiaba, el reguetón. Ese desliz fue el segundo y definitivo indicio.

Al llegar a Chacaíto, ya lo tenía decidido. Carmela y Roberto se extrañaron cuando les pedí que me esperaran. Entre el vuelo rasante que nos condujo de la autopista Francisco Fajardo a la primera entrada a Chacaíto, vi cómo el peluche le mostraba el celular al chofer, ufanándose de una posible conquista femenina, quizás un mensaje de texto (de sexo) prometedor.

−Hay rumba en casa del Lobo –dijo.

Lo tenebroso de la imagen fue lo que me terminó de convencer. Debía escribir una crónica sobre la rumba en Caracas y Caracas me estaba indicando el lugar.

Para mi sorpresa, el peluche aceptó el trato. Me permitiría acompañarlo a la rumba en casa del Lobo. Carmela y Roberto, que se habían acercado, no podían creer lo que estaban escuchando. Germain (que así se llamaba el peluche, al menos fonéticamente) se retiró un momento.

−Estás jodiendo, ¿verdad? –dijo Roberto.

−Te pueden matar –dijo Carmela.

−Ni estoy jodiendo ni me van a matar –les dije, o creo que les dije.−Pueden venir, si quieren.

−Yo te acompaño, no te voy a dejar solo en esa vaina. –dijo Roberto.

−Tú no vas a ningún lado –dijo Carmela.

–¿Es en serio esta vaina? –me preguntó Roberto.

Le dije que sí.

−Pues yo también voy –dijo Carmela.

−Tú te vas para la casa –dijo Roberto.

−Yo no te voy a dejar ir a ninguna casa de putas solo, ¿oíste?

−No es una casa de putas, ¿verdad, Ro?

−No sé –dije. Y dije la verdad, pero esa duda bastó para Carmela.

Germain volvió y cuando se enteró de que ahora íbamos los tres, puso una condición:

−Ustedes ponen la curda.

Compramos cerveza, anís y una botella de ese galicismo etílico que aquí llamamos chemineao.

El Gordo nos pasó buscando y resultó buena gente, como todos los gordos. Al rato de estar rodando en un Buick destartalado, caí en cuenta de que no sabía dónde quedaba la casa del Lobo. No quise preguntar porque no estaba al tanto de lo que Germain le había dicho al Gordo sobre nosotros. La pregunta, además, le daba a la aventura un matiz de secuestro que no me interesaba considerar.

Sentí una mezcla de tranquilidad y escalofrío cuando reconocí la zona. Eran casi las once de la noche y estábamos por La Pastora. Pasamos el puente y luego la esquina de El Guanábano y rápidamente alcanzamos la esquina donde murió o donde se suicidó José Gregorio Hernández.

Yo nací y me crié en La Pastora. Viví en la calle que va de Amadores a Cardones entre 1981 y 1997. Volver esa noche, así, a ese lugar, me pareció una feliz coincidencia. Luego recordé las razones que llevaron a mi madre, a mi hermana y a mí a mudarnos y comencé a preocuparme. Temí que en esa calle de La Pastora, a la cual comenzábamos a descender desde la esquina que hizo famosa El Venerable, se cerrara un ciclo, mi ciclo.

El Buick se detuvo a media calle y entró en el estacionamiento del edificio Lino, que queda justo enfrente del edificio Mary−ros, donde pasé toda mi infancia y adolescencia. Ese pequeño desajuste me hizo pensar que había esperanzas. Pero luego recordé todas las oscuras anécdotas que rodeaban al Lino, esas historias de malandraje y violencia que yo contemplaba desde el palco que ofrecía la terraza de mi antiguo hogar, y pensé que lo mejor era no esperar absolutamente nada.

Carmela y Roberto estaban tranquilos. Y más que tranquilos, me atrevería a decir, emocionados. Son de Mérida, llevan cinco años en Caracas y aún conservan una carga de inocencia.

El apartamento del Lobo queda en el piso seis. El Lobo no tiene dientes afilados, ni tiene orejas puntiagudas. Le dicen así porque es un fanático de la licantropía. La palabra la usó él, alguien que incurre en incorrecciones como fuéranos y estábanos. Esa mezcla de erudición y de calle me hizo sentir extrañamente orgulloso de ser caraqueño. Apenas supo que habíamos estudiado Letras, nos llevó a su cuarto, donde tiene desplegado todo su altar iconográfico dedicado a los hombres lobo.

Carmela y Roberto salieron, volvieron con unos tragos repuestos y volvieron a salir del cuarto. Pasé mucho rato conversando con el Lobo, mientras muchachos y muchachas entraban y salían. Cuando ya las comparaciones entre Michael J. Fox y Benicio del Toro se agotaron, nos incorporamos a la rumba. En la sala, un colchón recostado cubría una de las paredes. En una de las esquinas, una virgen enclavada en un altar de piedras con luces y cataratas artificiales, santificaba el desacato.

Todas las personas que había visto al entrar en el apartamento y las que vi pasar por el cuarto del Lobo, se dedicaban ahora a una actividad específica: frotar sus genitales en el cuerpo del otro. Todo, por supuesto, a ritmo de reguetón al máximo volumen. La ropa y el imperativo de seguir el ritmo de la música me parecieron los últimos farallones de una civilización que había que dar por perdida.

Germaine y el Gordo tenían arrinconada a una gorda de pelo oxigenado y bluyines que parecían de licra. Cuando terminó la canción, les pregunté por Carmela y Roberto. Me dijeron que estaban en la cocina, preparándose unos sánduches.

Al entrar a la cocina, me encontré a Carmela y a Roberto besándose.

Me devolví a la sala y me apoyé en el colchón que protegía la pared. Estuve así un buen rato hasta que la gorda oxigenada y Cuqui trataron de sacarme a bailar. Tuve que devolverme a la cocina, con la excusa de servirme un trago, para salvarme. Carmela y Roberto ya no estaban besándose. Sólo se reían a carcajadas. Me sentía un poco ebrio y tenía hambre. Les pregunté por los sánduches. Su respuesta fue soltar nuevas y más fuertes carcajadas. Regresamos todos juntos a la sala, donde el baile y la fricción continuaban.

Cuqui sacó a bailar a Carmela. Roberto sonreía. Déjenme explicarles: Cuqui era, para ponernos esquemáticos, la loca de la fiesta. Un morenito delgado, vestido con franela blanca de cuello en “v” alargado y con una sonrisa constante que me hizo sospechar que estaba algo más que borracho.

“Bar tender, dame un trago / que quiero bailar y hacer estragos”.

Le quité los vasos a Roberto y volví a la cocina a preparar nuestras bebidas.

Cuando regresé, Cuqui hacía estragos con Carmela. La había arrinconado hasta el colchón que cubría la pared. Roberto ya no sonreía (a esta altura se habrán dado cuenta que Carmela y Roberto no son los nombres reales de Carmela y Roberto).

−Al Cuqui como que se le mojó la canoa –le dije a Roberto. No le pareció gracioso y fue hasta el colchón a poner orden.

La gorda oxigenada intervino. Agarró de la mano a Roberto y lo llevó hasta una silla ubicada en el otro extremo de la sala. Roberto siguió sus indicaciones y tomó asiento. La gorda le hizo una seña a Germain y este cambió la canción. Comenzaron a sonar los primeros acordes de “Falling”, de Alicia Keys (fue el único instante en que no se escuchó reguetón en aquella casa). Carmela le dio un empujón a Cuqui y se dispuso a ver lo que le tocaba a ella, y también a nosotros, pero sobre todo a ella, ver.

Al ritmo sensual del piano de Keys, la gorda se contoneaba en lo que asumí era un baile sexy. Por un instante temí que se fuera a desnudar. Afortunadamente, sólo se dedicó a restregar sus genitales cubiertos de ropa en la cara de mi amigo. Entonces comprendí una ley elemental de un género elemental: el reguetón es tan directo y transparente que su límite es la ropa.

−Coronaste –le dije a Roberto. Carmela se encerró en el baño.

−Cállate.

−¿No te gustó?

−Olía a mierda.

−Qué rata eres.

−No es una opinión, Rodrigo. Te digo que olía a mierda.

Carmela estaba tan borracha que ni siquiera se molestó. Sólo vomitaba. Luego, cuando ella finalmente abrió la puerta del baño, se encerraron en un cuarto. Fue el mismo Lobo quien los guió.

Después de acomodar a los tórtolos, regresamos al cuarto del Lobo. Si antes habíamos conversado sobre cine y licantropía, esta vez le tocó a la literatura.

−Homo homini lupus –dijo el Lobo. Y luego, sin dejar que asimilara el latín en esa noche absurda, comenzó a disertar (perdónenme, por favor, por lo que voy a decir) sobre Arturo Uslar Pietri. Específicamente, sobre un cuento de Uslar Pietri, “La noche de tambor”.

Ese cuento era la síntesis perfecta de los elementos esenciales del ser humano: ritmo y libertad. Es la historia de un negro esclavo que escapa de una hacienda colonial. Se esconde en el bosque durante la noche, tiene la oportunidad de huir aprovechando la solidaridad de las sombras y sin embargo regresa a los espacios de la hacienda y se condena. ¿Por qué regresa? Pues porque la remota percusión de unos tambores lo va atrayendo como una bombilla encendida a una mariposa. En un momento, el perfil de su cuerpo fibroso se proyecta sobre la superficie de la luna llena y en ese segundo se concreta su destino. El negro se deja llevar por el ritmo y asume su esencial esclavitud. No la que lo subyuga al hombre blanco, sino aquella que lo convierte en apenas una extensión de un latido.

−¿Y qué tiene que ver la licantropía con todo esto?

−El hombre lobo es más lobo que hombre. Lobo quiere decir aquí aquello que eres y tratas de dejar de ser. ¿Qué es la luna?

−Un satélite.

−En el cuento. Es el momento de mayor claridad del hombre. ¿Entiendes?

−Creo.

−¿Y qué son los tambores?

−¿El reguetón? –aventuré.

El Lobo no aguantó la risa.

−Sí –dijo.−Así mismo. El reguetón.

Cuando salimos de la habitación, vi que no quedaba casi nadie. Sólo Germain y Cuqui. Recuerdo haber visto la hora en mi celular: cuatro de la mañana. Fui hasta la habitación, abrí con cuidado la puerta y una turbulencia sobre la cama me hizo ver que ya Carmela y Roberto se habían reconciliado.

Germain me pidió que buscara en la carpeta de los discos uno que dijera “Reguetón viejo”. Entonces reconocí la misma carpeta de discos que había en el carrito que nos llevó esa noche, que parecía haber empezado hace ya muchos años, a Chacaíto.

Les pedí a los muchachos que me instruyeran. Esta es parte del tracklist. Las clásicas, al menos:

“Fellina”, de Héctor y Tito.

“Ojos que no ven”, de Alexis y Fido.

“Gasolina”, de Daddy Yankee.

“Dale, Don, Dale”, de Don Omar.

Las que de tanto andar en carrito y metro yo mismo sé reconocer. Sin embargo, me sorprendió ver en Internet que buena parte de las otras canciones del disco (aquí lo tengo, en mis manos) hayan sonado apenas el año pasado. El reguetón es un género hormiga, que envejece minuciosamente y que alcanza la eternidad en sus variaciones parecidas, desechables y casi infinitas.

Esperamos a que abriera el Metro para marcharnos. En la acera del edificio Lino, aún de madrugada, levanté la vista y ubiqué la terraza de mi antigua casa, en el piso once del edificio Mary−ros.

−Hace trece años que me fui de La Pastora –me dije. Y la sensación del rápido paso del tiempo hizo que sintiera más frío. Carmela y Roberto echaron a andar hacia abajo. Los detuve y les dije que fuéramos por arriba

−Es menos peligroso –les dije.

Yo los seguía a pocos pasos. Atrás de mí quedaba el pasado, grande como un edificio, como una ciudad que ya no existe. Yo le volví a dar la espalda, con la disciplina de una hormiga.