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No vas a conocer jamás alguien tan ambicioso como un derviche –o sufi, como gustes llamarlo–. No te dejes engañar por la sencillez de la ropa. No hay nada de este mundo que lo haga sentir satisfecho. Pueden venir a ofrecerle el paraíso: riqueza, ríos de vino y vírgenes dispuestas a atenderlo y él dirá: “Mejor no”. No busca nada del palacio y sus encantos. A él sólo le interesa el Rey.

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Parece que el término sufi viene de lana -“suf”- la ropa que visten los primeros místicos del Islam. Pero aún los expertos no se ponen de acuerdo. Hay quienes rastrean el origen en la palabra pureza –safa–, o en los compañeros de banco –ashab-i suffa– del Profeta Muhammad –paz y bendiciones– quienes habían dejado todo atrás para estar junto a él y pasaban sus días esperándolo sentados junto a la mezquita.

En su mayoría, los primeros sufis son pobrísimos –de ahí también el término derviche y fakir–, y el estado de muchos de ellos es tan elevado que a veces no pueden completar las oraciones rituales sin caer al suelo en éxtasis. Los viajeros occidentales los ven y piensan que están locos o endemoniados o que algo raro les pasa.

“El sufismo consiste en no poseer nada”, lo define uno de los primeros derviches en el siglo X, “y en no dejarse poseer por nada”.

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Una vez que te vestís como derviche, te transformas en derviche. Es automático. Las mujeres dejan de mirarte. La gente que antes te tenía en alta estima ahora piensa que no le llegas ni a los talones. Antes calificabas para muchas cosas, ahora no. Con el tiempo, entendés por qué los maestros insisten tanto en que te vistas como ellos. Su ropa te limpia del polvo de este mundo. Y te prepara para tu encuentro con el Amado.

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Te hacés derviche y el mundo en seguida se pone en tu contra. Tus padres no te entienden, tus amigos no te entienden, tus hijos no te entienden.¿El trabajo? Trabajás lo justo y necesario. El mundo ve cómo le das la espalda y lo abandonás. Es natural que se sienta herido.

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Si sos derviche tenés una práctica diaria. Cuando recién empezás recitás el dikr –el recuerdo de Dios- de los iniciados: pronunciás 1500 Allah, y otros nombres divinos. Cuando sentís que podés asimilar más repeticiones, pasás al dikr de los preparados, y allí descubrís que de los 5000 Allah que repetís, mitad son con la lengua y la otra mitad, te indican, se pronuncian con el corazón. “¿Con el corazón?” te preguntás. Y es ahí cuando las cosas se ponen interesantes.

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Un siglo atrás, un maestro derviche envía a un luchador a pegarle a tres de sus discípulos. El primero aprieta los puños y se contiene de devolver el golpe. El segundo lo acepta, resignado. Y el tercero, un viejito, agradece. “Estos son los tres niveles de mis discípulos”, explica el maestro. “El primero sabe que todo viene de mí pero aún se resiste. El segundo lo acepta pero no encuentra lección alguna en ello. El tercero, sabe que todo, bueno o malo, es parte de mis regalos a él”.

De eso trata el camino del sufi: rendirse a la voluntad de Dios. Para los derviches, el pinchazo es la vacuna que tal vez te salve la vida.

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En 1986, un hombre planta en el país la semilla de la orden de Sufi Naqshbandi, a la que pertenecés. Es un psiquiatra de Mar del Plata llamado Eduardo Rocatti. Rocatti dirige un grupo de Gurdjieff –el maestro ruso que aplica el esoterismo oriental a la psicología moderna-. En el grupo hay maestros de escuela, albañiles, odontólogos, biólogos, kiosqueros. Le va tan bien que si prendés la tele local, ves sus anuncios en los cortes.

Como un siglo atrás, cuando Gurdjieff recibe iniciación de los sufis Naqshbandis, Rocatti decide buscar un maestro vivo por cuenta propia. En 1985 vuela a Konya, Turquia, donde conoce a un vendedor de alfombras, discípulo de un maestro Mevlevi, la orden sufi fundada por Rumi, que lo impresiona. Rocatti le pide conocer a su maestro. “Mi maestro”, le advierte, “no es para vos. El tuyo vive en Chipre. Su nombre es Mawlana Sheik Nazim”.

Al año siguiente, Rocatti conoce a Mawlana, se maravilla, se islamiza y recibe el nombre Abdul Nur. A su regreso, celebra dikrs –encuentros donde se recuerda a Dios a través de sus nombres divinos- e inicia a decenas de personas, autorizado por su maestro.

Al cabo de un tiempo, Abdul Nur se aleja de la orden y se va a vivir a Tucumán. A los discípulos los invita a irse con él. Van casi todos. Quedan un puñado de Naqshbandis en pie en la Argentina que pueden contarse con los dedos de una mano: entre ellos Ahmad y Hamida, un matrimonio de biólogos. Ante el desconcierto de quedar solos, escriben una carta a Mawlana pidiéndole indicaciones. La respuesta llega. “No hay motivos para la confusión, pues no los hay en el corazón al cual ustedes están conectados”, les dice. “Un verdadero guía es aquel que conduce a la gente fuera de toda confusión”.

Hamida viaja 20 veces a visitar a su maestro, traduce y edita doce libros con sus charlas. Mawlana dice que la siente como de la famila.Y los pocos derviches de fines de los ‘80, nunca más vuelven a sentirse solos.

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A los sufis, les encanta dar cifras. Así que, con los años, vas apuntando un puñado que te llaman la atención: En toda época, conviven 124.000 santos. El Sagrado Corán contiene 600.000 letras y un santo puede sacar de cada una de ellas 12.000 significados. Cada movimiento de Mawlana, esconde 1200 secretos y cuando uno besa su mano, entran en su corazón 12.000 conocimientos.

Los derviches te dan cifras abrumadoras. Tus cálculos mentales no pueden abarcarlas y entran en cortocircuito. El camino del sufi es, te dicen, como sumergirse en el océano. No hay tiempo para detenerse a contar las gotas.

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De los más de dos mil naqshbandis que existen en la Argentina, algunos son públicos y llevan ropa tradicional, a la que llamamos sunna –gorro, pantalones bombines y camisa de mangas largas- y hay otros naqshbandis de placard que jamás reconocerías por la calle. Aún conservan trabajos en atención al público, en empresas, en inmobiliarias que los obligan a mantener las apariencias ante el mundo. Se dice que la recompensa por reproducir un solo hábito del Profeta, en estos tiempos, equivale a cien personas que entregan su vida por Dios. A gran dificultad, gran gratificación.

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Conocés en un seminario a Shahabuddin, sheik de Glew, barba blanca ensortijada, rostro resplandeciente como piedra milenaria, el gesto de alguien que vivió muchas vidas, y uno de los hermanos más antiguos de la orden Naqhsbandi. Su nombre significa meteoro: el modo que emplea Dios para destruir demonios. Estar cerca de Shaha, es recibir parte de ese impacto celestial.

Un día, le preguntás qué se siente ser derviche. “Uno no viene acá a aprender nada. Lo que hace es dejar los malos hábitos para conectarse a una realidad más elevada. Estoy en este camino hace más de 20 años”, te dice, “y se pone cada vez mejor”.

Lo visitas a Shaha a Glew donde reúne a 50 derviches en una casa sin cartel alguno. Cinco años atrás levanta, a pedido de Mawlana, el maqam del Grand Sheik Abdullah, la extensión espiritual de su tumba: una forma de acercar su presencia. Desde que termina el maqam, el barrio se aquieta. El aguantadero de la cuadra se vende y se mudan nuevos vecinos. Nadie vuelve a escuchar música a todo volumen. “El maqam”, dice Shaha, “irradia luz espiritual continua”.

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Todo derviche es un esmerado consejero. Muchos de ellos han pasado vidas tan duras como la tuya: hablan desde la experiencia. “La religión”, dice el Profeta –paz y bendiciones-, “es consejo”. El Islam no es exclusivo de las mezquitas. Se lo llama din: una forma de vida. Hay un camino seguido por Muhammad, que el derviche busca seguir al pie de la letra: lo imita para ir al baño, comer, tener pareja o dormir. La gente piensa que una pauta de conducta es un castigo. Pero si estás dentro, sabes que es una bendición. Si la sigues, el fuego de este mundo no te tocará.

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En cuatro años, ves a más de 20 familias de derviches dejar la capital, siguiendo el consejo del Mawlana de llevar una vida sencilla fuera de las grandes ciudades. Parte el sheikh y su familia de Buenos Aires a Tandil. Se va Yakub con su esposa y su bebé a La Consulta en Mendoza donde hay otras 25 familias de sufis. A Yakub lo visitabas al departamento de sus suegros en Belgrano para que te enseñara las oraciones en árabe. El que no se va, es porque aún no termina su casa. Si un hermano no tiene dinero para construir, se asegura un lote en alguna comuna Naqshbandi. Hay derviches que deciden hacer las valijas y dejar su vieja vida atrás aún sin conocer a Mawlana en persona. Te preguntás: si eso no es estar enamorado, qué es.

Cómo te transformás en sufi

El primer sufi que conocés en tu vida se llama Suleyman, es fotógrafo, estudia psicología y vive, seis años atrás, en una casita en zona norte. Es, para entonces, el sheikh de Buenos Aires. Lo encontrás luminoso, como si tuviera un spot sobre la cabeza.

Con el tiempo te enterás de la historia de Suleyman. En 1994, se interesa por la meditación y viaja por África, Malasia, Tailandia, e India. Vive en ashrams y conoce a gurúes varios. Tres años más tarde, asiste en Buenos Aires a una charla sobre sufismo dada por un sheikh de Alemania, que lo impulsa a viajar a Chipre a conocer al maestro del sheikh. “Es difícil transmitir la impresión que provoca un maestro como Mawlana”, te cuenta hoy. “El estado espiritual que transmite su presencia basta para demostrar su condición de maestro. Gracias a él, descubrí la espiritualidad en la vida cotidiana. Dejé de buscar por agua, y me dediqué a aprender a nadar.”

Una primavera, Suleyman te recibe en su casa. Tiene plantas de tomate y rosales en el fondo. Llevas facturas pero su familia ya tiene preparada la merienda. Como nunca has visto a un sufi en tu vida, hablas mucho y preguntas mucho. Hasta que él te frena. “Estás lleno de palabras”, te advierte. “¿Cómo podés vivir así?”

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Llegás a la puerta del sufismo desahuciado. Probás con el budismo zen, con el control mental, con la alquimia, con el budismo tibetano y descubrís que, cuando las papas queman, nada de eso te saca del horno. Probás hacer carrera en la vida y descubrís que todos los que han llegado al lugar que aspirás están más perdidos que vos. Golpeaste cada puerta que te ofrece el mundo y en ninguna hallaste nada. Los sufis te ofrecen las llaves del último cerrojo. Detrás, el dueño de casa, espera.

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Cuando le preguntás a Suleyman sobre las reuniones derviches de los jueves, donde se juntan a repetir los nombres divinos, lo único que dice es: “Cuando vengas, vas a pensar que estamos todos locos”.

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Todos los sufis respetan los pilares del islam: no asociar nada ni nadie a Dios, practicar las cinco oraciones, pagar el zakat –el 2,5% de los ahorros anuales a los pobres-, el ayuno del mes de ramadán y, en la medida de las posibilidades, hacer la peregrinación a Meca, la casa de Allah.

Pero no todos los musulmanes son sufis. De hecho, creen que tener maestro es asociar alguien a Dios, la transgresión más severa en este camino. Los derviches, sin embargo, lo ven distinto. “Al que no tiene guía”, dice Mawlana Sheikh Nazim, “lo guía su propio ego”. “Seguir un camino espiritual sin un maestro”, lo escuchás decir al Sheikh Burhanuddin “es someterse a una cirugía sin anestesia”. “Sin un maestro”, dice Sheikh Hisham, “sos un loser”.

El islam moderno, politizado y cargado de petrodólares que uno ve en los medios, toma su conocimiento del papel. El sufismo, la fuente original, al conocimiento le pone el cuerpo.

El maestro y los sheikhs

Mawlana Sheikh Nazim es 40º maestro de la cadena Naqshbandi que se remonta sin quebrarse al profeta Muhammad –paz y bendiciones-. A Sheikh Nazim lo llaman el sultán de los santos. Dueño del trono de la guía. Revividor de la Ley Divina. La lista sube y sube.

Ves sus discursos en vivo en la web y te llama la atención como ese viejito amoroso de 90 años tiene bajo el manto tanto poder divino acumulado. Encontrás un mapa con sus centros en el mundo señalados con un ícono. Parece el tablero de TEG de alguien que ha ganado la partida.

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Te enterás –porque te cuentan hermanos y porque leés- de la epopeya que ha sido la vida de Mawlana: nieto de un sheik de la orden Qadiri, descendiente del místico y poeta Rumi y del Profeta –paz y bendiciones-, de niño jamás se lo ve discutir. Aún no cumple 10 y los vecinos se acercan a pedirle consejo. Estudia ingeniería química en la Universidad de Estambul. Su hermano médico muere en la guerra y la pérdida lo marca. En tiempos de veda religiosa en Turquía, Mawlana hace el llamado a la oración desde el minarete de la mezquita y lo encarcelan muchas, pero muchas veces. Acumula 114 casos en su contra. El equivalente a 100 años de prisión. Sus abogados le advierten que no lo haga más. “No puedo”, les dice, “la gente debe escuchar el llamado a la oración”. Cuando parece que transitará el resto de su vida entre rejas, asume un presidente en Turquía cuyo primer decreto es abrir las mezquitas y legalizar el llamado a la oración. El prontuario de Mawlana, por arte de magia, se esfuma.

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“En cada tiempo, sólo hay un sufi. Y ese sufi en esta época es Mawlana. Los demás, somos todos aprendices”, te confiesa Muyiddin, sheikh de La Plata, a quien visitás en su stand de la feria de artesanos de la ciudad. “Ser musulmán no es un papel ni un bautismo”, te dice, “es un estado espiritual”.

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El legado de los maestros es demasiado grande. Sus prácticas, vistas desde hoy, parecen titánicas. Hay sheiks que se cuelgan cabeza abajo en pozos de agua para recitar el Corán. Santas que duermen en el suelo con un ladrillo de almohada y que hacen la peregrinación a Meca poniendo la frente en tierra a cada paso. A seis meses de casarse, el grandsheikh Abdullah, a pedido de su maestro, se retira durante cinco años en reclusión a una cueva. Más que imitarlos, sólo te queda sentirte un poco avergonzado y agradecer que te tomen en cuenta.

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Una vez al año, te visitan los representantes de tu maestro: los sheikhs. A cada sheikh lo envuelve un perfume característico.

Cuando hablas con Hassan Dyck, que gira por el mundo con sus conciertos de música sagrada, se hace tan pequeño que tenés la impresión de que se inclina a tus pies. Con cada cosa que le contás, Hassan hace un silencio respetuoso, maravillado. Tu ego se siente el más sabio del mundo. Estás ante ese hombre sabio y él se limita a escucharte con la mayor atención. Ése es su perfume. Y esa es su trampa. El sheikh se transforma en corderito para mostrarte el lobo que llevás dentro.

Cada primavera, llega también el sheikh Burhanuddin Herrmann. Buena parte de tus hermanos del camino, se han iniciado gracias a él. Si el sufismo fuera una casa, Burhanuddin sería el recepcionista. Los derviches alientan a amigos, compañeros de trabajo y a su familia a que se apunten a sus talleres. Y luego se sientan a ver el espectáculo: en pocas preguntas Burhanuddin encuentra la fisura en sus vidas y les coloca el taladro. Mitad del taller, uno la pasa haciendo ejercicios de auto observación, y la otra mitad, viendo al sheikh aplastar el ego de los asistentes como un racimo de uvas. Al día siguiente, puedes observar cómo el hollejo de todas esas uvas aplastadas empiezan a destilar su propio vino.

Hassan te alienta a ver. Burhanuddin te da un sacudón. Hassan muestra tu reflejo. Y Burhanuddin te parte el espejo.

Dos perfumes. El mismo perfumero.

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Nunca vas a escuchar hablar de si un sheikh es más poderoso que otro. En este camino, te dicen que los milagros son la menstruación de los santos. Nada para sentirse orgulloso. Sólo dirán, a lo sumo, si tal o cual sheik está mejor o peor conectado.

En el sufismo a la conexión se la llama rabbita. Es por eso que, cuando ves a un sheikh antes de hablar, lo escuchás pedir ayuda, pedir permiso y por último, vaciarse para captar la señal del maestro. Jamás prepara lo que va a decir. La mente prepara. El corazón improvisa. Lo escuchás al sheikh Ahmad en Buenos Aires comparar al derviche con un globo aerostático: “Nuestra tarea es descargar esas bolsas de arena que, como el globo a gas, impiden elevarnos”. Una vez, en Mar del Plata, lo ves a Ahmad en silencio esperando concretar la rabbita con su maestro. Pasa un buen tiempo, hasta que anuncia: “No baja nada”. Y no habla. Su honestidad te llena de confianza.

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Febrero del 2011, junto a 80 derviches festejás el cumpleaños de Sheik Hisham, en su primera visita a la Argentina. El representante de Mawlana en Occidente, inicia en el sufismo al campeón de boxeo Muhammad Alí, se reúne con reyes y príncipes, y preside una fundación islámica en los Estados Unidos. En los festejos del Sheik, hay tres percusionistas y dos giradores. Somos decenas de derviches saltando y sudando a mares, repitiendo la primera parte del testimonio de fe islámica: “No hay más Dios que Dios”, con el dedo índice en alto. No hay alcohol. Nadie quiere seducir a nadie. Jamás imaginarías que algo tan sencillo puede hacerte tan feliz.

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Un día, Mawlana da un discurso y te fijás atentamente en el tasbig, su rosario de cuentas, con el cual cada derviche lleva registro de las repeticiones de los nombres divinos que pronuncia por día. Algunos lo llaman “el lazo de la mente”: pues mientras uno cuenta los nombres, la mente se contrae y algo dentro tuyo se expande.

Como Mawlana tiene su tasbig cubierto con la pierna, casi no lo ves. Tal vez, pensás, tenga un tasbih blanco como perla de mar, cargado de poder. O un tasbih color del ámbar, exótico y sugestivo. Cuando Mawlana lo deja al descubierto y podés quitarte la duda, descubrís que es exactamente igual al tuyo.

La transformación

Te lleva dos años armar con cierta corrección el turbante. Se recomienda cruzarlo delante y sujetarlo por detrás dándole una vuelta como quien anuda una corbata. Cuanto más extensa es la tela, más alta la dignidad. Ese honor, lo quieras o no, se refleja. Un hermano derviche con cuatro años en el camino, te cuenta que cuando usó turbante en el aeropuerto de Estambul la gente le besaba las manos.

Del mismo modo que la corona representa en los reyes la apertura al cielo, el gorro en punta que sostiene el turbante, te enterás, es una antena a la divinidad. La tela del turbante se emplea, en el entierro, para envolver el cuerpo del derviche. Llevar turbante es estar listo para morir.

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Te volvés derviche y rezás en un mundo sin significado. Adorás a Dios en un mundo sin Dios. En un planeta fragmentado, creés que todo está sujeto a Uno. En un mundo vacío, sentís que todo tiene un contenido secreto. Desde afuera, parece que hubieras perdido la chaveta. Desde adentro, descubrís que hiciste contacto divino.

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Para que el sheikh te tome en serio, debés pensar al menos cuatro veces al día en tu muerte. Eso te familiariza con tu condición de viajero. Le quita dramatismo al morir.

Cuando muere la madre de un girador derviche en la Argentina, un sufi se acerca para darle sus condolencias. El derviche, inmutable, le dice: “¿Querés un pañuelito descartable?”

En el sufismo, se dice, hay que morir antes de morir. Es el camino de los pájaros: por un lado te preparás para dejar el nido, por otro, te concentrás en aprender a volar.

Practicás el recuerdo de la muerte cada vez que vas a dormir. Te despedís mentalmente de tus hijos, de tu pareja, de tus amigos. Hacés un balance y pensás en qué estado terminás tu vida. La gimnasia de soltar todo cada noche te ayuda a descubrir que, cuando llegue el momento, no habrá de donde agarrarse. Si no trabajás por descubrir tu destino final habrás malgastado tu vida. Si aún no localizaste la salida de emergencia, cuando llegue el fuego te vas a dar contra las paredes.

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Has visto lo lindo que recitan algunos hermanos, y el impacto que tiene la lectura del Corán en el corazón –históricamente, el Profeta enviaba a recitadores a transmitirlo a los pueblos, la versión escrita se difundió más tarde-, así que decidís aprender árabe. Has buscado leer una traducción al español pero el libro se ha cerrado como un puño. El Corán, te dicen, es una soga entre el cielo y la tierra. Escalarla con la razón, es como treparla con los pies. Basta con recitarla desde el corazón y en su idioma original, tal como descendió de los cielos, para aferrarte a ella. Y esperar a que, desde arriba, alguien se apiade y te haga subir.

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Ali Salim es artesano y vive con su hijo en un conventillo de La Boca. Se conecta con los Naqshbandis en un viaje a Pakistán donde estudia islam en la universidad y luego se inicia en la orden en 1993. Durante dos años, vas a su casa a tomar clases de árabe. Habla de Perón, de Leopoldo Marechal y de Cristina Kirchner, todo en clave sufi. Un día, le preguntás si nunca separa espiritualidad de política. “¿Por qué? ¿vos ves doble? Si todo es uno.” Ali es el primero en decirte que cuando recuerda a Dios, el corazón le duele. “El corazón está roto porque se ha separado de Dios”, te cuenta. “Cuando no se le da al corazón amor verdadero, el hombre lo hace amar cualquier cosa. No importa si es un partido político o Boca. El corazón ama lo que le pongan delante”.

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Pasado un tiempo en el camino, descubrís que ya no queda nada para demostrarle al mundo. Ves secar uno tras otros tus sueños al sol. La gimnasia del corazón le ha quitado combustible a tus delirios de grandeza. Tus preocupaciones van cayendo como hojas en otoño. Toda la salvia la has concentrado bajo tierra, en la raíz. Tu parte anónima, íntima y humilde, capaz de encontrar la verdadera fuente de agua.

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Mientras escribís este artículo, te llama un hermano para proponerte tirarse con otros derviches en paracaídas y recordar a Dios en caída libre. Pensás: es un riesgo. Has escuchado un puñado de historias de gente a la que no se le abrió el paracaídas a tiempo. Un campeón de salto cayó desde tan alto que hizo un agujero en el campo. Además, tenés hijos. Odiás la altura. Tirarse es caro y la adrenalina nunca fue lo tuyo. Pero lo consultas con tu corazón y le decís: “Hagámoslo”.

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Un día, al terminar la oración de la madrugada, te quedás sobre la alfombra repitiendo los nombres divinos de Dios como quien golpea una puerta. Los nombres son 99 y el secreto de su vibración es uno de los grandes tesoros de los derviches. Lo hiciste muchas veces a lo largo de los años, pero por primera vez estás decidido a repetirlo el tiempo que sea necesario. Entonces, alguien responde. Alguien abre. Lo que sucede es muy parecido a la primera vez que hiciste el amor: te sentís colmado y absorbido. Pero esta vez, no amás algo. Ni alguien. Simplemente, amás. Besás el aire, embriagado y transformado, y decís: “Estabas ahí, ahora me doy cuenta”.

Cuando le contás tu experiencia al sheikh, te palmea la espalda. “Viste”, te dice, “esto funciona”.

El viaje al corazón del maestro

Volás hasta Chipre, a conocer en persona a Mawlana Sheikh Nazim. Si no lo ves con tus propios ojos, te cuesta creer.

En el aeropuerto, te recoge un derviche que lleva y trae visitas a la casa del maestro en Lefke, al otro lado de la isla. Tenés equipaje grande y pesado, pero el derviche se limita a acompañarte al coche y abrir el baúl. Cada cual es dueño de su mochila.

El chofer chupa granos de café, conduce por calles oscuras y dormidas a la madrugada mientras escucha alabanzas al Profeta en la radio. En un momento, cambia el dial y suena “Otro día en el paraíso”, una balada de Phil Collins donde habla de cómo, comparado con toda la gente que sufre en la calle, uno prácticamente vive en el paraíso. “Esta letra”, afirma el chofer con la cabeza, “tiene una sabiduría tremenda”.

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En casa de Mawlana, saludás a derviches italianos, españoles, rusos, coreanos, indios, pakistaníes, ingleses, rumanos. Todos llegan hasta aquí enamorados de tu mismo maestro, arrastrados por su mismo perfume. Conocés a sastres turcos. A ex soldados. A académicos británicos que viajan hasta aquí a hacer una tesis sobre el poder curativo de los derviches. Tenés la impresión de que la casa de Mawlana, es el epicentro del mundo.

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En Chipre, a cargo del trabajo voluntario, está un hermano llamado Ali. Siempre lo encontrás sudado y sonriente, los zapatos más gastados y llenos de polvo que viste en tu vida. Él dirige la oración del mediodía en medio de un campo de naranjas, y como no tiene donde apoyar la cabeza, saca algo del bolsillo y la apoya ahí: un fixture del mundial. “Los mafiosos serían extraordinarios derviches”, dice Ali en un descanso, bajo los árboles. “Ellos no discuten. Obedecen. En este camino, uno cumple y después en esa orden está el secreto oculto del maestro”.

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En el islam, a los padres se los honra. El paraíso, te dicen los sheikhs, está a los pies de la madre. Imaginá que tus padres nunca fueron muy espirituales. Creen sólo en lo que pueden ver. Nunca te llevan a misa. Menos aún te alientan en tomar la comunión. Imaginá que el mayor consejo que te repite tu mamá es: “Comé más. Estás muy flaco”. En Lefke, en casa de Mawlana, luego de la oración del viernes, te aferrás a su bastón y recibís de él la iniciación. Te emocionás. Tu corazón se abre como si le hubieran quitado el corcho. Ahora entendés lo que es amar a un maestro.

Mawlana recibe a todos y el último día te da la bienvenida en el living. Antes de partir de regreso, esperás un consejo mágico que te cambie la vida. Sentado en un sofá, toma tu mano, sonríe amorosamente como lo haría tu abuelo y te dice: “Estás como mi bastón de delgado. Tenés que comer más”. Y te manda nuevamente a los pies de mamá.

En Nacozari de García, un municipio de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, es evidente la religiosidad. Entre las montañas de Sonora, en el noroeste de México, los pobladores dedican ofrendas a sus santos con la esperanza de recibir favores a cambio.

Esas muestras de fe están esparcidas por todas partes, incluso en los inmundos separos de la comandancia municipal, donde un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en la lentitud de las horas comenzó a hacer trazos en las paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó esas formas con sombreados casi perfectos.

Los dibujos eran símbolos religiosos. Con sus dones de artista plástico, el delincuente había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas; también dibujó una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y su gesto apacible.

Para sorpresa de los policías que cuidaban las celdas, una mañana vieron que en una parte de la pared, convertida en mural, se erigía la imponente imagen de la Santa Muerte, un esqueleto de aspecto tenebroso vestido con una túnica oscura y portador de una afilada hoz. Sobre su calavera, el artista escribió “La Niña” con una preciosa caligrafía y pidió que los próximos delincuentes que ingresaran a la misma celda la llamaran así con mucho respeto.

La adoración a la Santa Muerte es cada vez más arraigada en los estados del sur y el centro de México y los creyentes afirman que les concede favores a cambio de simples ofrendas, principalmente de dinero y altares con velas; sin embargo, la fe en ella, aunque es rechazada por la Iglesia católica, se ha extendido hacia otras partes del país, como en este municipio serrano llamado Nacozari de García.

En la carretera, a veces tétrica por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeños altares con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.

El pueblo está entregado a sus asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

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El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.

El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo y se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo niño, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo de 2012. Tampoco lo volvieron a ver.

Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Cuando la conoció, estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, pues después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.

Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer de aspecto descuidado que le rendía un ferviente culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.

En su relación diaria, el herrero Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior de la casa dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. “Las dos veces que fui no me gustó a mí nada”, diría después.

A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina a visitarla. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como “El Chilindrino”, muy raro, siempre ensimismado. Cuando iban, a veces llevaban al niño Octavio.

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Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue a robarla a esa parte de la sierra.

En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.

En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte y cumplir sus exigencias. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y acabó con su existencia, sin miramientos ni sentimientos de culpa. Ni siquiera pensaba que extrañaría a su amiga porque recibiría a cambio todo el apoyo de la Santa Muerte y eso le llenaría el alma y la colmaría de felicidad.

Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora Silvia debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde.

“Era una señora muy delgadita, muy chiquita”, recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba bolsas llenas de comida a la pobre Cleotilde.

El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija de Silvia y concubina del herrero, ayudó a acomodarla y enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.

Mientras tanto, en el pueblo inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un tiempo muy breve el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con una bolsa sobre su espalda, recogiendo latas de aluminio para vender.

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Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, un feliz estudiante de cuarto grado.

Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba.

Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha fabricada con cartón y cobijas viejas, donde hay perros feroces como guardianes. Lo obligaron a beber alcohol hasta que su cuerpecito de diez años no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio treinta puñaladas, obligada por su madre, convertida en una temible lideresa. La familia de Silvia participó en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.

“Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita”, relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

***

En marzo de 2012 el pueblo prácticamente volvió a sumirse bajo una ola de terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.

Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no suministran luz a ese sector pobre de Nacozari de García. Llegar allí es complicado por cualquier medio y la vista solo alcanza los cerros resecos.

Silvia y sus hijos estaban en un cuarto, también fabricado con madera y cobijas, cuando el veracruzano emborrachó al niño. La misma táctica que la vez anterior. El pequeño Octavio cayó sobre un mugroso colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron varios machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero, con las órbitas oculares dirigidas hacia el lugar del sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre tibia de su cuerpo.

El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición. Así pasaban los días. La familia de Silvia convivía con la improvisada tumba y los niños la pisaban cuando salían del cuarto a jugar.

Al contrario del niño Martín Ríos Chaparro y de Cleotilde, nadie en el pueblo buscaba a Octavio; sin embargo, los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para que se iniciara una investigación policiaca.

Una vez, mientras veía Discovery Channel, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.

“Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina”, asegura Martín.

Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre los presentimientos de que quizá la familia de su concubina estuviera involucrada en algo terrible. Así fue que llegaron policías investigadores a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, a los otros hijos de la matriarca.

Todos cayeron en contradicciones y comenzaron a culparse unos a otros de la autoría material de los asesinatos. Señalaron a Silvia como la líder. Los investigadores descubrieron las mentiras y complicidades en esa familia, unas para protegerse a sí mismos y otras para señalar culpables. Había ocho involucrados. Silvia era la cabeza.

Sin más que perder, finalmente revelaron los sitios donde estaban los tres cadáveres: el de Cleotilde debajo de la loma, el de Martín en el río y el de Octavio en el patio de Las Torres.

***

La gente del pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria los estudiantes inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía ante ellos y les arrebataba los teléfonos celulares o los asustaba en los pasillos. La describían como a la Santa Muerte.

Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que esa serie de asesinatos era un hecho aislado.

El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. “Eso no prevalece en Nacozari. Fue un hecho insólito porque no se practica aquí la adoración a la Santa Muerte ni los sacrificios humanos como ofrenda. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta”, asegura.

Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles empedradas, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.

En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría de la gente estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.

Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel en la capital de Sonora, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió lo que le pidieron con tanta vehemencia.

La ciudad de las viudas

Publicado: 6 julio 2012 en Martín Caparrós
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Amanece en Vrindavan, corre una brisa todavía: no más de 35 grados. Las calles son angostas y sinuosas y sucias como calles indias; al alba, son de los animales. Es la hora de los monos. Las vacas comen de la basura, los perros comen de la basura, los chanchos, las cabras, las ratas que no veo comen de la basura, pero los monos se despliegan: copan el suelo y las alturas. Es su momento; de a poco, con el calor, las personas van a recuperar su territorio. Para empezar, pasan tres hare krishna cantando con megáfono; pasa una moto, la primera bocina. Los monos tienen los culos rojos como culo de mono.

El olor no es tan fuerte todavía. Dos muchachos con escobas de ramas hacen como que barren, pero no quieren engañar a nadie. Pasa un grupo de diez o doce peregrinas cantando como si su dios se hubiera ido. Un señor, más allá, quema su montoncito de basura: el humo es negro y graso. Los monos gritan, trepan, mandan. Cuatro señores empiezan el día con sus tes con leche; el kiosco es una tarima de madera donde se sienta el dueño con las piernas cruzadas: a su izquierda tiene una olla grande donde hierve el té sobre un calentador de querosén; alrededor varias ollitas para recalentar y los cuencos de arcilla: el dueño es como un dios menor en medio de sus trastos. Una mona con monito pide un té; el dueño no la mira. El aire es perezoso.

De pronto pasa algo: un mono acaba de robarse la cartera de una peregrina; después del manotazo, rápido, preciso, sale chillando y se sube a una pared de tres metros de alto, se sienta sobre el borde, mira. La señora y sus amigas gritan todas; el mono las mira. Uno de los señores del té dice que lo que quiere el mono es negociar: que hay que darle otra cosa para que entregue la cartera. Una mujer le da un billete de diez rupias —20 centavos de dólar— y el señor le compra al dueño de los tes dos paquetes de galletitas dulces. Vuelve, se los tira al mono, que las atropa como quien no quiere la cosa, sentado en su pared, desdén de mono. El mono come, llega una mona, le convida; guarda en su mano izquierda muy firme la cartera. Las diez señoras miran desde abajo, comentan; la mona lo mira; el mono se pavonea con sus galletas, su cartera; la mona le ofrece el culo rojo, el mono se lo husmea. No parece dispuesto a entregar nada. Abre la cartera, la husmea, saca estampitas que deben ser de Krishna; tira una estampita y las señoras gritan. Las señoras empiezan a desesperar. El señor pide otras diez rupias, compra más galletitas. Se las tira: el mono ve pasar y caer un paquete; agarra el otro más desdeñoso todavía y lo abre para romper las galletitas en pedazos. Los pedazos van cayendo a la calle: se juntan pajaritos, los dispersa un cuervo. El mono sigue hurgando en la cartera; las señoras gritan. Entonces aparece un mono más grande, más culirrojo que el ladrón; el mono huye a los saltos, la cartera en la mano. Las señoras gritan más y mejor, un perro ladra pero no quiere galletitas, un pájaro precioso de cuerpo gris, cabeza roja y antifaz naranja persigue a dos gorriones. Se ve que la belleza no le alcanza. Al fin llega otro perro que sí come galletas.

Trato de no pensar que todo es una metáfora de nada.

Vrindavan es una de las ciudades más sagradas del hinduismo: el lugar donde, cuentan, el señor Krishna pasó buena parte de su infancia, preparándose para ser un gran dios. Vrindavan está en Uttar Pradesh, a 100 kilómetros de Agra y su Taj Mahal, a 200 de Delhi. Vrindavan tiene 50.000 habitantes y docenas de templos: algunos en sus calles retorcidas, otros en las afueras entre campos, otros junto al río con escaleras que bajan hasta el agua; algunos hacen de templos, otros de conventillos.

Como todo en la India, Vrindavan rebosa de gentes y animales. Abundan, por supuesto, vacas, pero lo realmente peligroso son los monos. Los chanchos y las cabras están en minoría, y los perros, por alguna razón, se ven gordos y prósperos. Las viudas no, pero también están por todas partes. Busco el templo donde se reúnen y sigo a dos, una más vieja y una casi joven. Camino 30 metros detrás; ellas hacen como que no lo notan. Con el sol, los olores aumentan, recrudecen. Al doblar una esquina un mono se me tira encima, la boca bien abierta, los colmillos: es fea la sensación de dejar de ser comedor y ser comida. Las viudas se dan vuelta, alertadas por los gritos –del mono–. La más vieja me pregunta en una especie de inglés si necesito algo. Le digo que querría hablar con ellas. El mono se retira derrotado.

Aruthi dice que a ella no le importa:

—A mí no me importa, me voy a morir pronto, así que no me importa.

Dice Aruthi, viuda, y no suena triste o asustada: más bien orgullosa.

—Pero la pobre Moubani todavía no se tranquiliza. Acaba de llegar, lleva unos meses; todavía se acuerda demasiado.

Moubani tiene un sari blanco gris clarito, las manos cuidadas todavía: se ve que viene de otra vida. Pero no habla —es lo habitual— una palabra de inglés: no nos entendemos. Aruthi sí habla, aunque no tanto. Aruthi tiene la cara puro hueso escondida dentro de su chal blanco —que fue blanco—. Tiene algún diente, labios muy oscuros, pero una chispa de picardía en los ojos: que la otra todavía se acuerda demasiado, dice, y acá nos traen para olvidar. Podría decir para olvidarnos pero –creo, la traducción siempre traiciona– que no: dice para olvidar.

Aruthi y Moubani son dos viudas de Vrindavan: dos de las quince, veinte mil viudas que recorren las calles de esta ciudad antigua buscando un plato de comida. Su hambre tiene un origen raro.

En la India es malo, entre tantas otras cosas, ser una viuda. Lo fue, brutalmente, durante muchos siglos: cuando moría un señor, los indios solían cremar con él a la señora. La costumbre se llamaba satí, y cuando los malvados colonizadores ingleses decidieron prohibirla, hacia 1830, hubo sublevaciones. Hasta bien entrado el siglo XX siguió habiendo casos, más o menos clandestinos, de quemazón de viudas; es probable que todavía quede alguno. Pero, aún sin fuego, ser viuda sigue siendo un mal destino: se supone que fue el karma de la mujer que mató a su marido, y eso las condena al ostracismo. No pueden casarse de nuevo, no pueden trabajar, no pueden nada. Muchas se quedan solas, sin recursos, y otras, peor, tienen familia pero la molestan.

—Pobrecita, ella creía que su hijo la iba a cuidar hasta su muerte. Vos sabés cómo era, cómo sigue siendo en muchos casos: la madre del esposo es la verdadera dueña de la casa, impone su poder a la nuera, la obliga a hacer lo que quiere. Así fue durante mucho tiempo. Ahora todo eso está cambiando; ahora, cada vez más, ganan las nueras.

Me dijo, en Delhi, la amiga que me habló por primera vez de las viudas de Vrindavan. Me hablaba de una viuda de una familia de campesinos pobres: que vivían en una choza —propiedad de la viuda— con un solo cuarto, el matrimonio y sus tres hijos, y que la viuda dormía afuera para no molestar, pero igual molestaba. Hasta que un día, su hijo le dijo que juntara lo que necesitara para un viaje largo, porque la iba a llevar a conocer a Krishna. Y que la trajo aquí, a Vrindavan, porque es un privilegio morirse aquí, y la dejó aquí para siempre.

Más o menos así son todas las historias: algunas, pocas, vienen por propia voluntad; a las demás las dejan. Quince, veinte mil mujeres abandonadas para morirse en una ciudad vieja. Quince, veinte mil que la recorren como almas en pena, como panzas vacías.

Esperando. Quien muere en Vrindavan no es tan privilegiado como quien muere en la ciudad todavía más sagrada de Benares, pero habrá avanzado mucho en su intento de llegar al moksha, el final de la rueda de las reencarnaciones, la disolución en la Unidad divina, la forma hindú del paraíso: la muerte más definitiva. Morir aquí es un privilegio; morir, aquí, es un privilegio. Para morir vinieron.

La viuda Aruthi, con palabras quebradas, me cuenta que era de un pueblo de Bengala, que nunca fue a Calcuta, que ya lleva 13 o 14 años en Vrindavan, que ya le queda poco, que ahora está tranquila.

—No como Moubani, pobre.

Dice, con una sonrisa desdentada, y me lleva hasta el templo, porque se lo he pedido. Una suerte, al fin y al cabo, el ataque del mono.

Los hindúes adoran a sus dioses como nosotros alentamos a Boca: a los gritos, las manos arriba, saltos, pogos, algarabía completa. Quizá sea porque también es difícil que sus dioses metan algún gol, pero es lindo verlos sin esa rigidez virtuosa satisfecha que se ve en las iglesias del culto de Roma. En todo caso, el templo Banke-Bihari es un quilombo de gritos, chiflidos, rumor, palmas; personas de pie, personas de rodillas, personas sentadas, personas acostadas, personas dormidas, personas pidiendo, personas dando, personas pintándose la cara, personas revoleando flores, personas encendiendo fuegos, ventiladores, fuegos, guirnaldas, carteles luminosos, relojes, más fuegos, personas que se tiran sobre el estrado para darles a unos sacerdotes dulcecitos y guirnaldas de flores para que el dios que está detrás de una cortina los bendiga. Los sacerdotes no paran: son máquinas incansables de bendecir dulcecitos, zelotas del azúcar consagrada. De tanto en tanto descorren la cortina del altar —veloz, tipo exhibicionista pudoroso— y todos gritamos: es el momento del gol del señor Krishna. Al cabo de seis o siete veces, el juego se vuelve aburrido: ellos abren la cortina, nosotros le vemos la cara a dios, levantamos los brazos y gritamos.

La viuda Aruthi me mira satisfecha, yo le pregunto dónde están las demás viudas. Ella me dice ah, ese templo, nuestro templo –y que nos vamos–. No nos habíamos entendido: me trajo al templo equivocado.

En la calle —caminamos un rato— cientos venden de todo, los monos van menguando, los mendigos dicen mucho Krishna. Los caminantes tocan la cabeza de una vaca y se tocan la propia: me imagino que comparten ideas. Mi intolerancia aumenta por momentos, temo que se desborde. Cada vez soporto menos las supersticiones.

En la India se prohibieron, hace casi 20 años, las ecografías prenatales: muchas parejas las usaban para lo que la corrección política llamaba “abortos selectivos”: descartar el feto si era nena. La prohibición se cumple poco: hay muchas clínicas privadas que lo hacen todavía. Hay algo que el progreso indio está consiguiendo como nadie: usar la técnica más moderna al servicio de las costumbres más arcaicas. Los abortos selectivos antes eran asesinatos en los primeros días; ahora son más limpios y mejoran. En 1980 había en todo el país 104 nenes de menos de 6 años por cada 100 nenas; en 2011 había 109, y en los estados más ricos, como Punjab y Haryana, la relación llega a 125 nenes por cada 100 nenas. Es la misma idea del mundo que consigue que en muchas casas indias cuando no hay comida para todos coman los varones.

La costumbre tiene, incluso, sus justificaciones: que los hombres, los que traen comida con su trabajo en el campo, necesitan comer para reproducir esa fuerza de trabajo sin la cual todos se quedarían definitivamente sin comer. La lógica productiva no impide que la costumbre sea brutal: el hambre desnuda muchas cosas, pone sobre el tablero formas de la violencia que en otras circunstancias seguirían escondidas.

Las viudas de Vrindavan son el producto más claro, más perfecto, de esa sociedad. Un digno remate para su vida de mujeres indias: pasaron de ser una posesión de su familia a ser una de la familia del marido, nunca tuvieron ninguna autonomía ni modo de ganarse la vida; cuando su segundo y último dueño se murió, ya no fueron de nadie. O sí: del dios y de la muerte.

Pero solemos creer que tenemos que respetar estas costumbres, igual que nos acostumbramos, en nombre de la diversidad y la tolerancia, a que ciertos musulmanes convenzan a sus mujeres de que solo sus maridos pueden verlas y entonces no salgan a la calle sin taparse hasta los ojos con censuras de tela negra.

Alguien me dijo, en estos días muchas veces que la India es la sociedad más maleable: que los indios consiguen adaptarse a cualquier cosa. Y me quedé sin saber si lo decía como un mérito.

Ahora, media mañana, las viudas están por todas partes: en cualquier rincón, en cualquier calle piden limosnas, ofrecen agua de un cántaro de arcilla a cambio de una rupia, se buscan la vida —mientras esperan que se acabe—. Son mujeres chiquitas, flaquitas, reducidas a su mínima expresión: son un recuerdo —y nadie las recuerda—. Casi todas tienen el pelo rapado, como deben las viudas. Muchas usan el sari blanco que les corresponde; algunas pocas se rebelan o no tienen. Unas caminan tiesas como un palo; otras van encorvadas sobre su bastón o sobre sí mismas o sobre la esperanza que perdieron. Las que pueden viven de a siete u ocho en un cuartito; muchas, en la calle. Y todas las mañanas, miles se reúnen en el templo Sri Bhagwan Bhajan a cantar bhajans para Krishna.

Ahora, miles están sentadas en un patio cubierto, paredes de mosaico blanco sucio, un altar al fondo, otro en el medio; las viudas cantan, tocan los címbalos, dormitan, charlan entre ellas, piensan quién sabe qué. Estas canciones son lo único que las separa del hambre final. Vienen cada mañana y cantan cuatro o cinco horas; a cambio les dan un plato de arroz con un poco de dal. A veces les dan unas monedas: cuatro, cinco rupias. La religión se muestra aquí sin disfraces, demasiado desnuda: vení, cantale al dios; a cambio te damos la comida. El hambre ayuda tanto a la creencia.

El templo, al entrar, parece chico, pero después se extiende: a un costado hay otra nave y otro patio y enfrente una más grande; todo lleno de mujeres de blanco. Las más jóvenes parecen más tristes: miran como si buscaran algo todavía. Las más viejas parecen más allá de cualquier busca. Las que cantan parecen más felices; las calladas se ven enfurruñadas. Una me mira torva, como si la ofendiera, les dice algo a otras dos: tres me miran torvas y se dicen cosas. Me siento en un rincón, escucho un rato: soy el único hombre. El único que puede salir de aquí hacia alguna parte: que tiene adónde ir. Algunas están tan flacas que maravilla que estén vivas; otras se ven tan vivas que maravilla que estén aquí para morirse. Es una eutanasia lenta, prolongada: las traen a un lugar donde la única salida son las llamas de unos pocos troncos, la salvación de disolverse.

La viuda Aruthi me dice, poco más o menos, que las que se quejan son unas desagradecidas:

—¿Dónde se van a morir mejor que acá, tan cerca del señor Krishna?

Dice, y que es cierto que son pobres y no siempre consiguen la comida que quieren, pero que al señor Krishna le gusta más así, que él las va a recibir con los brazos abiertos.

—¿Y no sufren el hambre?

La viuda Aruthi me mira con una especie de desprecio. Para distraerla, le pregunto si sabe dónde puedo encontrar alguna viuda de campesino suicidado –que era, al fin y al cabo, la razón que me trajo– y ella no entiende mi pregunta. Se la repito, la varío; al fin me dice que sabe que hay algunas pero no sabe cómo podría encontrarlas. Me dice que va a ver, que si acaso me avisa. Es una forma amable de desligarse, y yo la acepto. Después me pide diez rupias y yo le doy 50, y me siento una mierda. Monos chillan desde el techo, pero no creo que me quieran decir nada.

Como todo en su vida, la segunda de sus ocho mujeres le fue revelada por una señal. Por un designio divino. Sucedió una noche de verano de 1992. Jacob, el hombre que unos años antes se había convertido en profeta de su propia iglesia, predicaba frente a sus feligreses en un templo improvisado de San Joaquín, una comuna popular, de casas bajas en el centro-sur de Santiago. Hablaba de las escrituras, de la injusticia, de los caminos luminosos, de la belleza de la vida cuando, de pronto, la voz de Dios, clara y potente, le dijo:

—Tú, al igual que Abraham, Isaac, Salomón y los otros profetas, vas a tener varias esposas. No las busques. Yo las voy a llamar –escuchó, desde el cielo, aquella noche durante la prédica y lo comunicó a sus seguidores.

En el templo todo fue algarabía. Una treintena de hombres y mujeres levantaron las manos, se emocionaron, creyeron en sus palabras. Sólo Noemí –su primera mujer, la madre de sus tres hijos, con quien se había casado a los 19 años– salió corriendo. Aunque ella creía ciegamente en la voz de Dios, este designio le pareció un exceso.

Jacob contempló su huida en silencio. Vio que sus hijos, mezclados entre los feligreses, lloraban, asustados, pero no la detuvo. La voz de Dios se lo impidió. Le dijo que hablaría con ella, que volvería pronto y que lo ayudaría a cumplir con su profecía.

Unas semanas más tarde Noemí regresó al templo e irrumpió en medio del culto, arrepentida y más creyente que nunca. Dijo que Dios la había convencido, que le había enviado dos señales. Primero, una terrible tormenta eléctrica que la sorprendió en el bus, en medio del desierto de Atacama, cuando estaba a punto llegar a la casa de sus padres en Calama. Después, sueños recurrentes, en los que Dios le señalaba a una joven de la iglesia, a la que nunca había visto antes, y le decía: “ella es la otra esposa del profeta y tu deber es comunicárselo”. Noemí obedeció y la noche de su retorno se acercó a una chica de 19 años, que estaba con su padre y sus hermanas, la tomó de la mano y la entregó a Jacob. A partir de ese día, sin que su padre o sus hermanas opusieran resistencia, la chica, a la que el profeta bautizó Tamar, se fue a vivir a su casa.

Ése fue el principio de muchas cosas: luego vendrían más sueños, más revelaciones, más mujeres.

—También llegaron los adversarios, los dolores, las persecuciones y las burlas. Son las pruebas que debe soportar una persona que porta una verdad trascendental, un mensaje que cambiará el mundo –dirá el profeta, 18 años después de aquella revelación, en uno de sus tres departamentos de Santiago, rodeado por cuatro de sus 28 hijos y en compañía de Rahab Saba, la mujer de 21 años que, dos meses atrás, abandonó todo lo que tenía (una modesta casa en Puerto Montt, su hija de cuatro años, su trabajo como auxiliar en el casino de una empresa), llegó a Santiago y cambió su verdadero nombre por uno bíblico que escogió Jacob.

Rahab estaba dispuesta a ser lo que un sueño le había indicado que hiciera: ser la nueva, la octava mujer del profeta.

Antes de que Dios lo nombrara el primer profeta del confín de occidente, Jacob se llamaba Hugo Pablo Muñoz Escobar. Era el séptimo de los nueve hijos de un matrimonio de obreros católicos –devotos, pero no demasiado practicantes–; vivía en San Joaquín y trabajaba en la empresa textil Comandari, donde luego de realizar unos cursos se integró al equipo de dibujo de la revista interna de la compañía. Ganaba bien, tenía amigos y, por curiosidad, había empezado a experimentar con la marihuana. Corría 1972, la libertad hippie estaba en boga y Jacob, dice, se estaba dejando llevar por esa tentación.

La leyenda personal del profeta, que a veces parece una mezcla de parábola, biografía y relato épico, dice que a los 18 años, luego de una fiesta, se cuestionó la vida que llevaba. Entonces, siguiendo un impulso irracional, llamó a la puerta de su vecina evangélica y le pidió prestada una Biblia. La señora Matus, quien predicaba en la población y lo había invitado antes muchas veces a orar en el templo, se puso a llorar, lo bendijo y le dio el libro. Él, conla Bibliabajo el brazo, tomó un bus y se fue al Cajón del Maipo, en la precordillera de Santiago, y buscó el cerro más apartado para leer y meditar. Y no sucedió nada. No hubo revelaciones. No hubo voces.

La falta de respuestas no lo hizo cesar en su búsqueda. Sólo lo obligó a volver semana tras semana al cerro y a la soledad, hasta que todo cambió un domingo por la mañana cuando, después de orar y leer un pasaje del Antiguo Testamento, el cielo nublado se abrió y, por unos segundos, pudo ver el rostro de un ángel. En la mirada límpida, el rostro sin barba y la sonrisa de este ser celestial, Jacob marca el inicio de su renacimiento, el primer paso en su búsqueda del camino luminoso.

Entonces dejó su trabajo en la empresa textil y salió a buscar la palabra de Dios por todo Chile. Abandonó la casa paterna y se casó –casto– con Noemí, una joven que conoció durante sus viajes. Fue padre de sus tres primeros hijos –Israel, Dina y Elizabeth– y peregrinó por distintas iglesias para encontrar una que se ajustara a las visiones reveladas por la divinidad, que comenzaron a hacerse recurrentes: imágenes en las que se veía predicando frente a seguidores, frases epifánicas sobre su misión.

Un día, cuando ya había cumplido los 25 años y llevaba más de cinco casado con Noemí, la voz de Dios le dijo que terminara con la búsqueda. Que ya tenía el conocimiento universal. Que ya había crecido en luz. Que la única iglesia posible era su propia iglesia. Desde ese momento comenzó a presentarse como Jacob, el único y legítimo iluminado del cielo que no proviene del mundo hebreo.

El primer profeta del sur austral.

Es viernes, es de mañana y la ciudad está vacía por el feriado católico que recuerda ala Virgen del Carmen. Frente al condominio donde vive Elena Barahona –una asistente social que trabaja parala Corporación de Fomento, oficia como una suerte de secretaria del profeta y es una de sus feligresas más antiguas y devotas– hay un furgón blanco. Jacob –56 años, larga barba cana, crespo pelo, silueta baja y maciza, y manos pequeñas– está al volante. Acaba de llegar a Santiago desde una de las dos parcelas que tiene en Lomas del Águila, en Champa, un sector agrícola a70 kilómetros al sur de Santiago. Ahí se retiró hace una década y vive con cinco de sus mujeres y la gran mayoría de sus hijos.

Hoy se levantó cerca de las 5 de la mañana para ordenar algunas cuentas de las tres pequeñas empresas eléctricas de las que es socio, para llamar a varios de sus feligreses que están pasando por malos momentos, para venir a visitar a sus mujeres que viven en Santiago, revisar las lecturas que compartirá esta noche con sus feligreses y escuchó algunos tangos en el camino.

En el interior de la furgoneta, agazapada, está Reina Esther, su séptima esposa, con tres de sus hijos.

—No la moleste. Tiene un genio complicado. Le pedí que diera la entrevista, pero no aceptó. Es mi mujer, respeta la palabra, pero no la puedo obligar a hacer cosas que no quiere.

Jacob camina hasta el portón del condominio y toca el timbre. En el citófono se escucha la voz de una mujer.

—Shalom, hermana Elena.
—Shalom, mi señor Jacob. Suba. Lo estaba esperando.

Después de subir cuatro pisos por una escalera, Jacob saluda a la dueña de casa y se derrumba sobre uno de los sofás del living. Suda. Toma aire. Y de inmediato acepta la taza de té que ofrece la hija menor de Elena, Deborah, una niña de 16 años y anteojos redondos. El lugar tiene pocos lujos. Hay una estufa encendida, una mesita de centro con una planta plástica, un librero lleno de enciclopedias. En las murallas hay citas bíblicas enmarcadas.
Textos de Salomón, Isaías y David.

Elena Barahona, su marido y sus tres hijos, son una de las sesenta familias que conformanla Legióndel León de Judá. Todos los lunes, miércoles y viernes se reúnen en una casa en San Joaquín para escuchar las prédicas de su señor y leer las escrituras. Sus encuentros comienzan pasadas las seis de la tarde y se pueden extender hasta la medianoche. El culto siempre está rebosante de público.

—Muchos hermanos han crecido en la iglesia, no tenían proyectos ni educación y mi señor los aconsejó y salieron adelante. Hoy tienen sus negocios, empresas y son testimonios de vida –dice Elena.

El profeta se mesa la barba.

—Elenita y su familia me acompañan desde que partió esta travesía de alegrías, flores, espinas, lágrimas y esperanzas. Ellos, como tantos otros, creen que el gran León de la tribu de Judá, yo, su profeta Jacob, soy el portador de la fe que salvará al tercer milenio. Ahora la palabra viene de un mensajero hebreo nacido en el occidente del fin del mundo –dice Jacob.

Elena y su hija Deborah asienten. Suena el citófono. Es uno de los hijos del profeta. Pregunta a qué hora bajará su padre.

El profeta tiene que ir a visitar a otra de sus esposas.

La Legión del León de Judá. Así Jacob bautizó a su iglesia cuando comenzó a predicar sus enseñanzas, después de abandonar el trabajo que tenía por entonces como predicador en una Iglesia Pentecostal en la población La Victoria.

Una verdad que Jacob –como “el gran león dela Tribude Judá”– expresa en sus rugidos. Así devela los deseos del Verbo Dios, el nuevo y final nombre del altísimo, que durante distintas épocas ha sido presentado con otros nombres. Jacob también dice que parte del Verbo Dios se ha encarnado en cada una de sus ocho esposas, bautizadas cómo las mujeres de los profetas bíblicos. El profeta las llama “las lámparas de la palabra”.

En su momento de mayor esplendor, a mediados de los ’90,La Legióndel León de Judá contó con más de un centenar de familias que seguían su palabra, todas provenientes de comunas populares como San Joaquín, San Miguel y Peñalolén. Hoy no superan los 60. Muchos lo abandonaron y sólo se quedaron “los justos, los verdaderamente creyentes”.

Todos ellos asisten a las reuniones del culto, que cada vez cambia de lugar y que por lo general se realizan en espacios facilitados por alguien de la congregación. Es una de las formas en que ayudan a su profeta. Las otras son un diezmo de su sueldo que entregan religiosamente y manteniendo total discreción sobre los detalles de su fe.

El Verbo Dios, dirá siempre el profeta, es algo serio. Algo de lo que no se puede hablar ligeramente.

Degenerado. Corrupto. Animal. ¡Déjame una!

Todo eso decían los rayados que en marzo de 1995 tapizaron el frontis de la casa donde el profeta vivía por entonces, en la calle Caracas de la comuna de Peñalolén. Los ataques con piedras de los vecinos del sector contra la amplia construcción cercada por rejas metálicas negras se replicaron en la prensa y en los noticieros televisivos.

Jacob fue detenido porla Policíade Investigaciones y derivado ala Penitenciaríade Santiago después de varios reclamos anónimos y de una denuncia de Víctor Ramos, padre de Tamar, Rahab Primera, Rebeca y Agar, cuatro de las cinco mujeres que ya integraban la familia y de otras dos que llegaron después.

El profeta fue acusado de polígamo y corruptor de menores. A la semana fue sobreseído. Sólo estaba casado legalmente con la primera de sus mujeres: las otras tres vivían con él por opción propia y habían aceptado “la voluntad divina” cuando ya eran mayores de edad. Y además Víctor Ramos, el padre denunciante, seguidor de la doctrina del profeta desde sus comienzos, retiró su acusación. Desde ese momento, Jacob se convirtió en leyenda.

Fue bautizado como “El profeta de Peñalolén”. Le hicieron crónicas y entrevistas en las que le preguntaban por su vida sexual, por los métodos anticonceptivos y, en los últimos años, por el Viagra. A regañadientes contestaba, pero después dejó de hacerlo.

—Me cansé de que me trataran de pervertido sexual. Esto tiene un sentido más allá de la carne. Pero una cultura monógama, que en secreto actúa como en Sodoma y Gomorra, no lo sabe –dice el profeta en su parcela en Champa. A este sector rural –al que se llega por un camino de tierra y donde abundan los árboles frutales– Jacob se retiró después de ser perseguido en las comunas que vivió luego de Peñalolén.

Aquí ha seguido con su culto, han crecido sus hijos y han llegado sus nuevas esposas.

Rahab Saba vivía en Puerto Montt, tenía una hija de 4 años y nunca había visto a Jacob. Sólo había escuchado su voz en las grabaciones que le hacía escuchar su novio, Sadrach, que tenía por entonces, cuando aún se llamaba Rubelia Chávez.

Con la familia de Sadrach, conoció las enseñanzas dela Legióndel León de Judá. Ellos habían descubierto a Jacob en Santiago y replicaban sus palabras a quien quisiera oírlas. Rubelia desde el principio se dejó seducir por estas prédicas, y comenzó a enviar una ofrenda de 25 mil pesos. El discurso del profeta le resultó tan impactante que después de terminar su relación con Sadrach mantuvo su fe.

A fines de 2009, Rubelia –21 años, pelo oscuro y ojos color carbón– comenzó a soñar. Primero se vio en medio de un campo con un bastón en la mano y ovejas que la seguían. Luego con un hombre de barba que la abrazaba con fuerza. Y, en la más recurrente de sus visiones, rodeada de niños que la seguían como una madre.

—Nadie tuvo que decírmelo. Era el Verbo Dios, me estaba hablando, que me decía que mi destino estaba cambiando, que dejara mi pasado, porque me tenía preparado algo mejor –dirá Rubelia, quien una tarde a fines de marzo fue donde la familia de su ex novio y les habló de sus visiones. La escucharon con atención y asombro.

Cecilia, la madre de Sadrach, había soñado lo mismo y le dijo que su destino era convertirse en la nueva esposa del profeta.

Esa noche, luego de buscar en internet la fotografía de Jacob y comprobar que era el mismo hombre que veía en sus sueños, Rubelia y Cecilia llamaron al profeta y le hablaron de los sueños que habían tenido. El profeta titubeó, le dijo que esperaran un tiempo. Semanas después las llamó para decirles que esperaba su llegada.

Así fue como un día de mayo de 2010, Rubelia dejó a Trinidad Juliette, su hija de cuatro años, con sus abuelos paternos, y tomó un bus rumbo a Santiago para presentarse como su octava mujer.

Jacob la esperó en el terminal de buses, conversaron en el patio de comidas de esa estación y se mostró dubitativo. Rubelia pensó que ella no era su tipo y le dijo que sólo seguía el llamado del Verbo Dios. Jacob, resignado, aceptó: no podía rebelarse contra ese mandato superior. Rubelia Chávez fue bautizada como Rahab Saba y Jacob la llevó a sus dominios en Champa para presentarla al resto de sus mujeres.

—Para mi señor no es fácil aceptar cualquier mujer, porque implica un sacrificio enorme y sus mujeres son muy celosas.

Es sábado. Ya pasó el mediodía. Rahab Saba está sentada en un sofá color café y mira a Esperanza y Beerseba, dos de las hijas de Jacob que corretean por el balcón del departamento donde vive desde que llegó a la ciudad.

Afuera un viento frío sopla agudo en la esquina de la calle Santa Rosa con Santa Ester, zona sur de Santiago. A Rahab Saba le preocupa que las niñas estén desabrigadas y les pide que entren y hace un gesto autoritario, para que guarden silencio.

—Tengo que protegerlas como si fueran mis hijas.

Esperanza y Beerseba la miran atentas. Tienen entre diez y nueve años, llevan parkas de colores y pelo suelto.

Rahab Saba luce más compuesta: el pelo tomado en un moño, falda más abajo de las rodillas y botas de caña larga. No tiene joyas. Una ínfima capa de maquillaje cubre su cara. Habla con voz aguda y termina cada frase con una sonrisa tatuada. Esa expresión de tranquilidad se desdibuja, por unos segundos, cuando comenta que hace meses no habla con Trinidad Juliette, su hija. Dice que es mejor así, porque llamarla sólo la haría perder el rumbo de la misión del Verbo Dios.

—Son los sacrificios para conseguir una felicidad más allá de lo terrenal. Mi señor dice que en el camino luminoso no siempre hay rosas –dice como hablándose a sí misma. Y por milagro la sonrisa se le tatúa otra vez.

La poligamia proviene del griego y significa “varios matrimonios”. Hoy el número de sociedades auténticamente poligámicas es reducido, pero destacan las naciones islámicas, donde este tipo de matrimonio sólo existe si es aceptado por las mujeres. Aunque en la sociedad grecorromana –base del cristianismo– esta práctica o más correctamente, la poliginia (muchas esposas), no fue aceptada, el Antiguo Testamento dice que todos los patriarcas bíblicos fueron polígamos. La actual doctrina dela Iglesia Católica lo condena, porque es contraria al amor conyugal, que es indivisible y exclusivo.

Cae la noche sobre la calle Tesuca dela Villa Santa Olga de Lo Espejo. Una reja de madera tosca flanquea una casa de bloques de cemento sobre la que se afirman otras dos construcciones de madera de ventanas pequeñas por las que despunta una luz. Isabel Ramos –29 años, melena crespa, maquillaje marcado– abre la reja con desconfianza. Pregunta si no hay cámaras de televisión y asoma la cabeza.

—Cuando están pobres de noticias vienen a molestarnos –se excusa y sube una escalera que cruje con cada pisada. Abre la puerta que da a un pequeño living con una mesa de madera cubierta por un mantel blanco, murallas decoradas con fotografías y un niño de doce años que mira televisión.
—Él es uno de mis cuatro hijos. Los otros ahora están en Champa con su papá. El señor profeta vino a buscarlos ayer. A diferencia mía, ellos lo extrañaban.

Hasta 2009 Isabel respondía al nombre bíblico Abisac, vivía en Champa con sus hijos, no se maquillaba y sólo podía usar zapatos bajos. Después de diez años siguiendo estas reglas, abandonó al profeta.

—Todavía lo respeto. Cada quién con sus creencias, pero necesitaba recuperar la libertad.

Me cansé de que me mandaran todo el tiempo. No era una enferma mental –dice Isabel, que volvió a la casa de su padre y empezó a trabajar en lo que le ofrecieran: mesera de un restaurante, limpiando en supermercado y vendiendo en la feria.

—Él me ayuda con algo de plata para los niños y les compra todo lo que necesitan, pero quería mis propias cosas.

Isabel no fue la primera de las mujeres en abandonarlo. Antes, una de sus hermanas mayores, que también había seguido al profeta, Sonia Ramos o Rahab Primera, había regresado a Lo Espejo con su hijo. Ahora vive en una casa cercana. A diferencia de Isabel, aún cree en la palabra y no quiere hablar del profeta:

—No porque sea profeta no va a tener errores. Lo dicen las escrituras –es su lacónico comentario al teléfono.

Luego de las deserciones de Sonia e Isabel, otra de sus hermanas, Romina, lo abandonó el 15 de mayo de 2009. Dos semanas después de Isabel.

—Ella se vino detrás de mí y vive en la casa de abajo con sus tres hijos, pero no quiere hablar. Le molesta aparecer en la prensa –dice Isabel Ramos
—Sabe, el profeta no es mala persona. Cree en lo que dice, no está vendiendo un cuento. Ha sufrido mucho por esto. Siempre le digo que si tuviera menos mujeres tendría más plata y menos problemas.

Por una ventana se ve la cordillera de los Andes, iluminada por un sol que lucha contra unas nubes dispersas. En su departamento, Elena Barahona, la seguidora y secretaria del profeta, marca por tercera vez el teléfono. Nadie responde. Deja de insistir. Ofrece té y habla de sus inicios en la iglesia. Intenta, en vano, mostrar el rostro de Jacob que, asegura, se dibuja en una de las montañas nevadas. Suena el teléfono. Ella contesta. Frunce la boca. Cuelga.

—Mi señor Jacob tuvo un problema, no vendrá –dice Elena y le pide a su hija Deborah que traiga más té.

La niña baja la cabeza y obedece. Cuando vuelve con la bandeja, su madre la contempla con una expresión de orgullo.

—Tengo una exclusiva –dice Elena.

Hace años le dijeron que, a raíz de un problema médico, no podría tener más hijos. Entonces oró al Verbo Dios para que le mandara una hija. Y quedó embarazada de Deborah. Se convenció de que era una señal y, ella y su marido hicieron una promesa para agradecer el milagro:

—Deborah, mi hija adorada, cuando cumpla la mayoría de edad se convertirá en la nueva esposa de Jacob.

Deborah baja la mirada.

—Todavía faltan dos años, y que ella tome su decisión. Pero ya sabe lo que quiere –insiste Elena y mira a Deborah.

Deborah carraspea y dice, con voz dura:

—Claro que quiero. Es lo que quiere el Verbo Dios.

Afuera la cordillera se ilumina repentinamente. Elena se pone de pie y señala a la ventana, eufórica.

—Miren, miren: ahora se puede ver perfecto el rostro de nuestro señor en el monte.

Después, se cubre la boca con las manos.

Un ómnibus es lo mejor y más grande que puede pedir un grupo viajero de cantantes de gospel a través de sus ruegos. Se sienten bendecidos si los contratan para un show, pero de verdad benditos si pueden encontrar la forma de llegar a él. A veces, cuando los llaman, no tienen cómo ir. Volar no es una opción porque es demasiado costoso, y porque los conciertos de gospel ocurren en lugares a los que no suelen llegar las líneas aéreas, como Demópolis, en Alabama, y Madison, en Georgia. Los Jackson Southernaires han cantado en programas de gospel de todo Estados Unidos casi cada fin de semana en los últimos cincuenta años, y viajaban de show en show abarrotados en cualquier auto: agradecían a Dios si éste era capaz de llevarlos al evento y traerlos de vuelta antes de quedarse varados. En 1965 cantaron en una competencia de gospel en Detroit, y uno de sus fanáticos apostó contra un seguidor de los Mighty Clouds of Joy [Poderosas Nubes de Gozo] a que los Southernaires ganarían. Los Mighty Clouds eran los favoritos, pero ganaron los Southernaires. El fanático quedó tan agradecido que les regaló un bus con una parte de sus ganancias. Los Southernaires viajan ahora en su tercer bus. Está pintado de azul y plata, tiene una placa que reza «Abróchate con Jesús», y el nombre de The Jackson Southernaires calado con una ondulante caligrafía en la parte posterior y a ambos lados del vehículo.

***

El ómnibus atrae la atención. Una vez, en una cafetería de Florida, un camionero que remolcaba un juego mecánico de carnaval desde Tampa hasta Birmingham se acercó a la mesa de los Southernaires, se presentó y les dijo: «Hace treinta años los escuché cantar en un salón de reuniones en Virginia, y desde entonces he soñado con conocerlos». Luego se golpeó el pecho y exclamó: «¡Gracias a Jesús por hacer que viera su bus!». Otra vez en Jackson, Mississippi, que es la base de operaciones del grupo, McKinley Mac Brandon, chofer de los Southernaires, estaba afuera revisando el motor y los neumáticos cuando una mujer se detuvo a tomar una foto del bus para su álbum gospel. Ella le pidió que posara junto a la llanta delantera. Él vestía su ropa de trabajo y no se sentía muy fotogénico que digamos, pero ella insistió. No hace mucho le pregunté a Mac Brandon si alguna vez llegó a ver aquella fotografía. Y él me contestó:

—¡Y cómo! Esa mujer y yo nos comprometimos.

Pero a veces el bus se convierte también en una fuente de problemas. Cierta vez, los Southernaires se quedaron varados en algún lugar entre Nashville y Louisville, y necesitaron tres días para conseguir el dinero que hacía falta para las reparaciones. Otra vez, en Richmond, Virginia, la transmisión del bus explotó, pero por suerte el cantante principal de Willis Pittman y los Burden Lifters (otro grupo de gospel) vive en Richmond y es mecánico y reparó la transmisión gratis. Otra noche, en medio de Ohio, al bus se le reventó un neumático y al mismo tiempo se quedó sin gasolina. Un granjero que había oído la conmoción salió de su casa, entró en su granero, encontró un neumático que le hiciera al aro, llenó una galonera con gasolina, ayudó a levantar el bus, reemplazó la llanta, llenó el tanque de combustible, los remolcó con su tractor a la carretera y luego sacó su tarjeta de miembro del Ku Klux Klan y les pidió que siguieran su camino.

Los seguidores de la música gospel son quizá la más pobre de las audiencias masivas en Estados Unidos, y hay también mil maneras de cómo los cantantes de gospel podrían ganar más dinero: trabajar en un Kmart, la cadena de supermercados estadounidense, o emplearse como obreros de construcción. La mayoría no gana lo suficiente con su música como para vivir. Es un asunto de devoción. La música gospel tiene orígenes complicados, pero proviene en esencia de un movimiento negro del sur llamado Iglesia de Dios en Cristo yla Santidad, que forma parte dela Iglesia Metodista.Musicalmente el gospel es la unión de himnos de reanimación ingleses y estilos africanos: llamadas y respuestas, lamentaciones, vociferaciones. En los años treinta, los cantantes de gospel empezaron a viajar por un circuito de auditorios, templos y campamentos, y a lo largo de medio siglo su camino apenas ha cambiado. Existen discos de gospel, aunque para la mayor parte de la audiencia es más una forma de adoración y representación pública que algo que uno escucharía en su casa.

Los Jackson Southernaires dejan su casa cada jueves y pasan el fin de semana en la ruta. Han cantado en lugares tan pequeños como Blytheville, Arkansas, y tan grandes como Brooklyn. Han cantado en iglesias medio vacías como en teatros repletos. En 1994, por vez primera, cantaron en Francia y fueron tratados como estrellas. No hace mucho viajé con los Southernaires por el circuito gospel. La primera noche de ruta no pude dormir, así que me senté en los peldaños de la cabina del bus y hablé con McKinley Mac Brandon. Íbamos a Demópolis, un pueblo venido a menos en medio del estado de Alabama. Mac me dijo: «Estamos adentrándonos mucho en el país. Espera y verás, la gente vendrá al concierto hasta en mulas». Él ha sido chofer de bus gospel por veinticinco años, y se unió a los Southernaires en 1991. Su hogar está en Carolina del Norte, pero se queda a menudo en Jackson, Mississipi. Me contó que su cenit profesional fue en 1981, cuando nominaron a Willie Neal Johnson para el Grammy y los Gospel Keynotes fueron a la ceremonia en una limosina.

–No era sólo la limosina –me dijo–. Cuando fueron a recogerme, abrí la puerta y ahí estaba Dionne Warwick. Fue una experiencia hermosa. Abrí la puerta, vi a Dionne y me quería morir.

Si Mac Brandon se cansa, James Burks conduce. Pero ése es su trabajo secundario con los Southernaires. Su ocupación principal es tocar el bajo y hacer la segunda voz. Todos en el grupo cumplen una doble función. Granard McClenton, el guitarrista –que es delgado, despreocupado y viste con mucha elegancia–, negocia los cuartos de motel cuando se detienen en un pueblo, y también escoge cuál de los seis juegos de uniformes iguales vestirán cada noche. Durante mi viaje con el grupo, Melvin Wilson cantaba tenor (alto) y falsetto (altísimo), y era además el ingeniero de sonido. Tiene una piel oscura satinada y la cara rellena y en forma de calabaza. Cuando Melvin era adolescente, su padre manejaba un grupo de gospel llamado los Dynamic Powell Brothers. Nadie sabía que Melvin Wilson podía cantar, ni siquiera Melvin. Un día regresaba a casa de un show y simplemente abrió la boca y se dejó llevar. Los Dynamic Powell Brothers lo contrataron en el acto. Cuando viajé con los Southernaires, el tecladista era Gary Miles (Melvin y Gary salieron hace poco del grupo para unirse a otra banda). Gary Miles también descargaba el equipo del bus y lo regresaba tras cada presentación. En su vida fuera de las carreteras es actor. Ha sido extra en Murder, she wrote y en Magnum P.I. En ambas oportunidades lo eligieron para personificar a un dedicado mesero.

Maurice Surrell toca la batería, canta y es el policía de los Southernaires: él anota a los miembros del grupo cuando infringen las reglas. Son quince páginas de reglas escritas a máquina y fueron creadas por Luther Jennings, uno de los miembros originales que ahora enseña matemáticas en una escuela secundaria de Jackson. Luther Jennings quería que los Southernaires fueran conocidos como los caballeros del circuito gospel, así que sus reglas son muy estrictas y las multas, elevadas. Veinticinco dólares por usar el uniforme arrugado. Veinticinco más por tener los zapatos sin lustrar. Cien dólares por maldecir. Cien más por llevar a una jovencita al restaurante donde come el grupo. Veinticinco por dar una nota errada en una canción. Luther Jennings no creía en la indulgencia: si él transgredía las reglas se multaba a sí mismo. Pero también era el cobrador de los Southernaires. A veces los promotores de los conciertos se conmovían tanto con la interpretación de los Southernaires que extraviaban el dinero que debían pagarles. Luther se irritaba tanto por esto que siempre llevaba consigo una o más armas de las que posee. Un revólver simple, un rifle de repetición, una 22, una 32, una Winchester, dos revólveres 25, algunas escopetas cartucho 12, dos 357, dos 45 y un par de armas de mano exquisitamente decoradas que él depositaba en el escritorio –como quien pone la mesa– cuando iba a cobrar a los promotores una vez terminado el espectáculo.

Los Southernaires tienen dos cantantes principales: Roger Bryant y Huey Williams. Roger Bryant es un ministro consagrado y un enfático orador público, así que es el responsable de subir a escena antes de cada concierto y persuadir al público a comprar un disco o video de los Southernaires. Tiene mejillas redondas, dientes separados, mirada sesgada y piel color pergamino. Su cabello es voluminoso y moldeable: se ve diferente cada día. Su voz es ahogada y explosiva. En escena, Roger Bryant es un caminante, un balancea-brazos, un golpea-caderas, un sacude-puños y un gritón. Cuando era pequeño, su padre, un predicador y obrero de metalurgia, solía pararlo en la mesa de la cocina y golpearlo para hacerlo cantar.

Huey Williams ha estado con los Southernaires durante veintinueve años y ahora, cuando la gente piensa en el grupo, piensa sobre todo en él. Antes de convertirse en cantante de gospel a tiempo completo, trabajó en construcción en Detroit y Nueva Orleáns, pero sus entusiasmos son estrictamente rurales. Un día me dijo que la gente se refiere a él como el cantante caza-mapaches. En sus días libres, Huey sale con sus seis perros a cazar. Cuando lo visité pasamos el día manejando a la casa de un taxidermista para recoger un lince que había atrapado. Huey Williams es alto, de tórax amplio y pómulos salientes como un cheroqui. Tiene grandes hoyuelos, ojos azules y un delgado bigote. Usa dos anillos macizos de oro y una voluminosa esclava. Sus manos son largas y elegantes, y sus uñas, suaves. La primera vez que lo vi tomó mi mentón entre sus manos, lo levantó y me dijo:

–Deme una buena mirada. ¿Ha visto alguna vez en su vida ojos azules en un hombre negro?

Su modo de hablar es a veces vigoroso y autoritario, y otras susurrante e íntimo, aunque siempre cordial. Lo he oído cantar con una voz de bajo tan profunda que suena como un eructo. También en un chirriante y afectado tenor, y en un suave y afligido barítono. Dice que cuando tenía treinta años (ahora tiene cincuenta y cinco) su voz era tan dúctil que podía hacer con ella lo que quisiera. Él cree que en ese tiempo era el mejor cantante del mundo. Antes de una presentación, mientras está rodeado por sus fanáticos, camina como un Goliat. En la mañana, cuando se despierta ronco por el show y adolorido por dormir en el bus, se le ve como alguien que piensa mucho en retirarse. Su esposa Marie, que es operadora de máquinas en una planta de General Motors en Mississippi, dice:

–Estoy tan acostumbrada a sus viajes que no sé qué haría si estuviese aquí. Él tiene a sus perros, supongo. Pero estando siempre tan lejos, no tenemos tiempo para hastiarnos mutuamente.

En la ruta nos deteníamos en los restaurantes de camioneros y cafeterías, y comíamos chocolates rellenos con mantequilla de maní marca Reese’s. Papas fritas Pringles de crema y cebolla. Chocolates Three Musketeers. Pollo horneado, sancochado, estofado, ahumado, en pastel o con crema à la king. Milanesa de pollo. Pollo frito. A veces hasta pollo en el desayuno, cuando habíamos viajado toda la noche después de un show sin haber cenado. Llegando a Columbus, en Georgia, tras haber andado en la carretera desde la medianoche, comimos pollo asado a las diez de la mañana, que es cuando más temprano he comido pollo en mi vida. A menudo los Southernaires comen en esas paradas para camiones que tienen teléfonos en las mesas y duchas de alquiler, e incluso casetes de los Southernaires a la venta en estanterías cerca de los cajeros. «Las paradas de camiones tienen una comida deliciosa», me explicó Mac Brandon cierta vez. «Además podemos hacer que revisen el camión mientras comemos». A veces me parecía que pasábamos más tiempo planeando nuestras comidas, deteniéndonos para comer, pidiendo comida para llevar, esperando que nos atendieran y comiendo que en los conciertos de gospel.

***

En los conciertos vi a muchos hombres vistiendo polainas y a mujeres que usaban unos sombreros como no había visto jamás. Un sombrero negro de ala angosta con velo turquesa y un lazo. También una gorra blanca de marino con perlitas cosidas sobre el borde. Y una boina verde. Y un sombrero hongo púrpura, ladeado. Y un sombrerito rojo con redecillas alrededor del borde y un adorno de tela tiesa en forma de Dorito que sobresalía justo en la coronilla. Y un ten-gallon color fucsia con una pluma de avestruz meciéndose desde la banda. Los sombreros de las mujeres mayores navegaban sobre la muchedumbre como cruceros. Las adolescentes acudían a los conciertos con vestidos floreados o en jeans y tops, con sus bebés colgando de sus caderas, como los excursionistas usan sus canguros, o bamboleándolos como quien juega con unas monedas.

Escuché a gente que se refería a los anteojos como «ayudantes» y al camino de cascajos como «camino sucio». Oí que a un niño lo llamaban «bebé de regazo» y a una pistola, «persuasora». A morir le decían «pasarse al otro lado», y describían a una persona avergonzada como alguien que «quería tragarse los dientes». Y a una persona fallecida como alguien «a quien las marmotas entregan su correo». Todos hablaban de Jesucristo todo el tiempo. Lo llamaban doctor, abogado, lirio del valle, cordero, pastor, alegría del alba, una roca, un camino, paz de la tarde, constructor, capitán, rosa de Sharon, amigo, padre y el que siempre llega a tiempo. Conocí a un hombre apodado Chuleta de cerdo y a otro Enano. También a un niño llamado Royriquez Clarencezellus Wooten. Oí a otros grupos de gospel tocar: Los Armonizadores Cristianos y Los Armonizadores Sensacionales y Las Religiosettes y Las Gloriettes y Las Luces dela Verdad GospelyLa Hermandadde Cantantes Gospel y Los Cinco Hijos Cantantes y Los Poderosos Hijos dela Gloriay Los Fan-tásticos Discípulos y Los Fantásticos Soulernaires y Los Fantásticos Violinistas y Los Jubilosos del Atardecer y Los Jubilosos Peregrinos y Los Chicos Brown y El Chico Maravilla y las Voces Espirituales. Los conciertos parecían conversaciones públicas, y la gente exhortaba a los cantantes con frases como «Tómate tu tiempo» y «Deja que Él te use». Las exhortaciones que Huey Williams y Roger Bryant hacían con mayor frecuencia eran «¿Creen en Jesús?» y «¿Puedo tener un solo testigo?» y «¿Están conmigo, Iglesia?» y «Ustedes saben, Dios es capaz».

En Madison, Georgia, los Southernaires cantaron en el auditorio de un colegio. Apenas empezó el concierto, una mujer vestida con un traje sastre color durazno se levantó de su asiento, se abrió paso hasta el pasillo y estuvo haciendo espirales durante una hora, boqueando «¡Gracias, Jesús! ¡Gracias, Jesús!» con los ojos apretados y las manos palmoteando el aire. La gente la rodeaba con cuidado cuando iba o venía de sus asientos. En el escenario tocaba un grupo local y una de las cantantes había levantado los brazos y vuelto sus palmas hacia su rostro mientras cantaba: tenía seis dedos en cada mano, y cada uña pintada de rosado coral. Tras la canción, se inclinó sobre el borde del escenario y dijo con aspereza: «¿No está Satán ocupado? Satán es una vieja mula terca. Recuerdo cuando me pasaba toda la noche en eso que llaman la discoteca. Entonces algo me impactó en la cabeza. La voz que oí era justo como enhebrar una aguja». Vi sólo a una persona blanca en el concierto aparte de mí: era la recepcionista del motel en que nos habíamos hospedado, y Huey Williams le dijo que si nos daba buenas habitaciones le daría una entrada gratuita. Huey me presentó ante la audiencia una noche y luego alguien me pasó una nota que decía: «Te damos la bienvenida a Madison, Georgia. De: Hattie». La leí y levanté la mirada. La mujer que había escrito la nota agitó su pañuelo hacia mí. Durante la siguiente canción cruzó el salón y me besó.

Marianna, Florida. Hemos llegado a las cuatro y media de la mañana tras conducir toda la noche. Granard McClenton, el guitarrista, va a tratar de negociar una tarifa de medio día en el hotel, ya que sólo dormiremos pocas horas y luego tendremos que partir para preparar el show y al final del concierto volveremos a subir al bus y a viajar a Carolina del Sur para el siguiente espectáculo. Incluso para un grupo de gospel bien establecido como los Southernaires, cada dólar hace la diferencia. Una noche encontré un pedazo de papel en el que alguien había hecho cálculos. Decía: «Show $1500, discos $232». Eso parecía ser todo lo que ganarían aquella noche, y aún tenían que pagar la comida, el combustible, el alojamiento, y dividir lo restante entre ocho. Los moteles por los que hemos pasado son edificios construidos con retazos de carbón sobre terrenos plagados de maleza. En el primero, el administrador nocturno salió, miró el bus y, aunque el parqueo se hallaba vacío, dijo a Granard McClenton que el hotel estaba copado. Ahora nos detenemos en otro y McClenton negocia durante diez minutos hasta que nos dan un precio hospitalario. Mac Brandon estaciona el bus detrás del motel, en un estacionamiento que es sólo mugre y pasto muerto. Mi cuarto es maloliente e inhóspito. En la televisión pasan un programa de compras y un show blanco de gospel. Además hay una lagartija, paralizada pero latiente, en una esquina de mi puerta.

Ya es la tarde siguiente y el aire está completamente quieto. La calle que lleva al colegio secundario de Marianna está delineada por palmeras, y ni una hoja se agita. La escuela es un bonito edificio de estilo mediterráneo, con paredes de ladrillo color albaricoque. El césped a su alrededor está tostado. Algunas niñas rubias juegan con una pelota frente a un bungalow contiguo al colegio. A pocos metros, un grupo de ancianos negros está de pie, conversando. Visten camisas de manga corta, usan unas fedoras dobladas y unos pantalones que se han subido hasta sus diafragmas. Cuando distinguen el bus, se ajustan aun más los pantalones y empiezan a trotar hacia él, agitando sus manos. Mac Brandon gira en dirección a una zona de carga y tira de los cambios hasta que por fin el bus resopla y se detiene. Huey Williams se estira, medio inclinado: es demasiado alto para estirarse por completo dentro del bus. Le pasa la voz a Roger Bryant –que está escuchando música en su walkman– y luego se limpia la frente, mira al exterior y dice con voz ronca: «Siempre he amado Florida». Ahora viene la hermana Lula Cheese Vann.

Es una mujer robusta con la apariencia soberbia de los grandes. Está vestida con un traje color salmón y usa una docena de anillos, aretes y brazaletes. También lleva un sombrero del mismo color que su traje: tiene el tamaño de una panera y a mí me parece estructuralmente complejo. En su mano derecha sujeta un volante del programa para esta noche. En su mano izquierda tiene un abanico de papeles en los que había impreso un ensayo titulado «Cómo llevarse bien con la gente» y que está auspiciado por su negocio a tiempo completo:la Casa FunerariaVann. La hermana Vann es directora de pompas fúnebres por vocación. Como afición promueve el gospel. Se acerca a la puerta abierta del bus y dice en tono jovial: «Southernaires. Hola. ¿Saben quién soy?». Entonces aparece Huey Williams y la saluda con su voz más sensual: «Hermana Vann». La hermana se desarma un poco. Los ancianos han formado un círculo zumbante alrededor: dan órdenes y gesticulan. Gary Miles y Melvin Wilson también salen, vistiendo jeans, camisetas y guantes de trabajo. Y todos empiezan a sacar el equipo de la panza del bus.

La puerta delantera del salón del colegio está entreabierta. Un halo de luz amarilla de atardecer, de pasto reseco, de palmeras, de bungalows cerrados, de vereda salpicada de brea, de pequeñas niñas rubias deambulando, empieza a mostrarse. El salón ya se está llenando. Mac Brandon prepara la mesa de los casetes y bromea con dos muchachitas con vestidos de fiesta. Una mujer de voz metálica pasa por su lado, jalando a su hija adolescente del codo. «Me gustaría que la hermana Vann la oyese», le dice la mujer a Mac. «Póngala en el programa. Sí, yo lo haría». El hermano Alonzo Keys, un apuesto parlanchín de Panamá, en Florida, que cantará esta noche, se acerca a rendir sus respetos a Huey Williams y los Southernaires. Otra hermana, la que abrirá el programa de esta noche, llega revoloteando, escoltada por tres jovencitas saltarinas envueltas en vestidos lavanda. El auditorio es mediano y ordenado, con asientos dorados y de suaves rellenos púrpuras. Tres mujeres están ya sentadas, hacia la parte posterior, y se echan aire unas a otras con los abanicos de la hermana Vann.

***

A las siete Melvin Wilson ya ha terminado la prueba de sonido, así que los Southernaires regresan al bus y se cambian de ropa por la muda que usarán antes de ponerse los trajes de noche: es decir, cualquiera de los seis conjuntos que haya elegido Granard. Melvin se ha puesto un blazer color mostaza, una camisa del mismo color y una corbata negra. Huey Williams está usando una túnica turquesa. Los últimos rayos del sol se han hundido. El vecindario está quieto y nublado, excepto aquí, en este pequeño recinto que está lleno de bulla, con las luces del colegio encendidas y alguien en el auditorio que ya empezó a gritar con el sonido de fondo de un órgano. El uniforme que Granard McClenton ha elegido es un traje negro cruzado que combinará con una camisa blanca, una corbata con el estampado de una gardenia violácea y zapatos negros. Sobre el escenario se ven pulidos, pulcros y un poco serios. La hermana Vann los presenta: «Me siento bendecida. Nunca pensé que tendría a los Jackson Southernaires aquí en Marianna, y aquí están. El Señor ha sido bueno conmigo». Hace una pausa. «Ahora, antes de empezar con los Southernaires, quiero decirles a todos ustedes que debemos parar todo el griterío y el lloriqueo sobre el precio de las entradas. Este programa cuesta siete dólares el ticket, y puedo decirles, con Dios como mi testigo, que es lo más barato que han cobrado los Jackson Southernaires en cualquier lugar al que hayan ido jamás. ¡Así que denle una mano a Dios si les place y dejen esas miserables quejas de lado!». Estalla una salva de aplausos. La hermana Vann sonríe. El lema de su funeraria es «Preocupación por los vivos, reverencia por los muertos».

—Estoy muy contenta de seguir los pasos de Dios –dice–. Y estoy muy contenta de que Dios haya puesto amor en mi corazón y que no me importe compartirlo. ¡Ahora, los Jackson Southernaires!

Maurice Surrell, el baterista, baquetea los tambores, y todos empiezan. Cada show de los Southernaires abre con Roger Bryant cantando «He sido convertido». Es una canción con un ritmo torpe, poco agradable, pero que siempre levanta a la multitud. Cantándola, Bryant se ve enroscado y feroz. Ahora el auditorio está casi lleno, y la audiencia bate palmas siguiendo el ritmo. Cuando Roger termina la canción, da un paso al costado.

—Digan amén, Marianna –los exhorta.
—¡Amén! –dicen todos.
—Digan amén otra vez.
—¡Amén!

Huey Williams sacude el micrófono hacia arriba, mira hacia delante y otra vez lo hace chasquear hacia la derecha y por encima de su cabeza. No es un gesto aparatoso, pero sí muy vívido.

–Cántala, Huey. ¡Cántala, cántala! –le gritan.

La mujer a mi lado se inclina y susurra:

—Oh, Señor, aquí tenemos a un gritón.
—Déjenme preguntarles algo –dice Huey dando un paso adelante–. ¿Cuántos de ustedes aquí saben que existe un paraíso?
—¡Amén!

Huey Williams da su testimonio sobre la noche en que toda su casa se incendió. Es una terrible historia real: perdió todo lo que tenía, y su hijo pudo haber muerto si Huey no se hubiera tropezado con él mientras la familia se tambaleaba afuera. A mi alrededor, la gente asiente con la cabeza y llora. Yo ya lo he escuchado contar esto muchas veces: me lo ha dicho a mí, en privado, y lo ha contado en varios shows, pero en cada ocasión el crispado y angustiado semblante de su cara me ha parecido fresco. Después de narrar su historia, Huey canta siempre «Él preparará un camino», que comienza como un dulce, lento y melancólico contrapunto entre el cantante y el coro, y luego se eleva como una tormenta. En el último verso grita que Dios preparará un camino porque Él siempre encuentra la manera, pero luego no puede hablar más y empieza a reír y el sudor corre por sus mejillas y vuelve sus ojos hacia arriba y fija la mirada más allá del techo del auditorio y las lágrimas caen por su rostro.

***

Williams da un paso hacia atrás, exhausto, y el baterista empieza el redoble zumbón de «Ningún soldado cobarde». Roger Bryant ya ha tomado la posta y seguirá así hasta el final del show: se acerca al borde del escenario y empieza a cantar. La mujer a mi lado, que había agarrado mi mano, ahora la libera de manera gentil, como si estuviese poniendo de vuelta un pescado en el agua. Luego gira hacia mí y me dice: «Lo siento, nena, pero tengo que liberarme». Finalmente, salta al pasillo, se inclina sobre su cintura y estalla en un ritmo staccato hacia adelante y hacia atrás, mientras Roger sigue cantando. En este momento me levanto, me abro camino hasta el pasillo más alejado y me paro en la puerta al lado del escenario. Es casi la medianoche. Alguien está friendo siluro afuera, y un olor apimentado espesa el aire.

Una persona con tos cavernosa está de pie detrás de mí. Un enorme bicho se estrella conmigo, sisea y cae. Puedo verlo todo desde donde me encuentro. Un hombre de la primera fila llora sin hacer ruido recostado en su asiento. Unas chicas gemelas con vestidos punteados se abanican filas más atrás. Mac, en la parte posterior del auditorio, está sentado sobre las grandes cajas de plástico gris que contienen los discos y casetes del grupo. Un bebé en pañales con traje de marinerito cuelga del hombro de una mujer esbelta vestida con una túnica amarilla. Una mujer demasiado ancha para sentarse en una de las sillas del auditorio está balanceándose sobre una silla plegable que alguien le ha puesto cerca de la salida. Roger, en el filo del estrado, da pequeños saltos explosivos sobre la planta de sus pies. Huey, detrás de él, apoyado contra el piano eléctrico, se jala los pelos con las manos: su expresión es una mezcla de abandono, fatiga y distracción, como si algún tipo de quietud lo absorbiera, como si estuviese en un lugar diferente, más tranquilo. Una banderola cuelga encima del escenario con un perro bulldog –la mascota de la secundaria de Marianna– vestido con una chompa púrpura. Un flash tan incandescente como un foco encendido o como el envoltorio luminoso de una flama. Un volante descartado. Un niño. Una silla de ruedas.

Roger Bryant salta del escenario y aúlla: «¿Qué día recibiste al Espíritu Santo? ¿Un lunes? ¿Un martes? ¿Un miércoles? ¿Alguien aquí lo recibió un jueves?». Uno por uno, los asistentes se levantan como burbujas y flotan hacia el escenario, toman su mano, la agitan con fuerza y luego giran y se alejan danzando. Roger llama a cualquiera que haya recibido al Espíritu Santo un domingo. Canta que Dios no necesita soldados cobardes. Grita que desearía tener un testigo. Dice que él sabe que algunos de los presentes están pasando por algo. Palmea su cabeza con su mano izquierda y luego la azota contra su pecho. La noche está terminando. El tiempo de los Southernaires casi ha terminado. Estarán de vuelta en el bus y camino a Jackson en menos de una hora. La música está rugiendo. Una brisa empieza a correr afuera, levantando pedacitos de pasto y de tierra y haciéndolos volar. Bryant pisa con fuerza y grita:

–¡Seguro nos encontraremos otra vez algún día!