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Al terminar esta historia, usted no sabrá si Nelson Alvarado Montoya está vivo o está muerto. No sabrá si debe decir que el pasado 30 de enero él cumplió o habría cumplido 24 años, porque esta historia no desemboca en Nelson, el voluntario que desapareció en Chirripó el 6 de enero del 2011. Este es un recorrido por todos los caminos que no llevaron a él.

De hecho, es poco apropiado hablar de caminos cuando el acceso asfaltado al macizo Chirripó se desmorona a casi 20 kilómetros del punto más alto de Costa Rica. En San Gerardo de Rivas, un pueblo arropado en la base del cerro, continúa la calzada hasta perderse en el monte y un rótulo negro, de madera con letras amarillas, señala el inicio del ascenso. A partir de ahí no son caminos: son trillos.

Nelson subió al Chirripó dos días antes de que la montaña se lo tragara. Salió del pueblo desde la madrugada y con zancadas cortas recorrió los 14,5 kilómetros en alrededor de seis horas.

Andrés Cambronero, su compañero del Programa de Voluntariado de la Universidad de Costa Rica (UCR), lo hizo en cinco horas, apurado porque sus pies lo estaban matando. Para el mediodía del 4 de enero, estaban los dos jóvenes en el refugio Base Crestones, a 3.400 metros sobre el nivel del mar.

Esa tarde aprovecharon para bañarse y vaciar sus mochilas en los cuartitos que el Parque les asignó. Luego empezó el trabajo.

Una fotografía muestra a Nelson en la recepción del albergue, sentado frente a un monitor y con un jugo de naranja al lado. Viste un suéter de lana, verde con anaranjado, y mira entre risas cómo un guardaparques dialoga con otros dos hombres.

La foto puede ser del 4 de enero en la tarde, o tal vez del día siguiente, nadie recuerda con precisión. Pero no pudo haber sido tomada después, porque el 6 de enero por la madrugada, un par de horas antes de que saliera el sol, Nelson salió con su compañero Andrés del refugio Base Crestones. Iban a ver el amanecer al Chirripó.

‘Ring’, ‘ring’

¿Cuántas llamadas deben hacerse para explicar que se perdió un hijo? ¿Cuántos teléfonos necesitan sonar para anunciar que no regresó un mejenguero, un guitarrista, un estudiante de agronomía?

Al día siguiente, Guillermo Alvarado contestó el teléfono en San Antonio de Escazú y encontró la voz de Carlos Villalobos, entonces vicerrector de Vida Estudiantil de la Universidad de Costa Rica, para decirle que su hijo se había extraviado en Chirripó.

El hombre quedó mudo y otro de sus hijos le preguntó por la llamada. Guillermo solo contestó: “Ay, Wálter, Chichi se perdió”.

La mamá de Nelson no contestó las primeras llamadas, pues a principios del 2011 trabajaba en una cerrajería y guardaba el celular durante el día.

En su pantalla se apilaron llamadas perdidas y, finalmente, un mensaje de su hijo: “Nelson se perdió”. Fue hasta las 5, cuando salió del negocio, que lo vio, y al cabo de un par de días, estaban todos en San Gerardo.

Los buscadores de Nelson iniciaron su peregrinaje hacia Chirripó desde todos los puntos del país. Los teléfonos sonaron en Siquirres y en Guanacaste, en Ciudad Neily y en San José.

Saltaron una y otra vez por todas las casas de San Gerardo para hacer conteo de cabezas y voluntarios. Pero uno llegó por suerte: Dondi.

A sus 53 años, Gilbert Dondi es un veterano del rescatismo costarricense que una vez sacó a un ministro de Corcovado y otra tarde encontró, atónito, un helicóptero cargado con 347 kilos de cocaína.

Dos días después de que Nelson saliera de Base Crestones, Dondi llegó a San Gerardo para llevarse unos kayaks a Quepos, donde realizaba otra búsqueda. Los guardaparques le dijeron que lo necesitaban arriba, donde estaba el director del Par-que, Bernal Valverde, y subió como un vendaval.

Cuando llegó, tras caminar toda la noche y sin una hora de sueño, preguntó: “¿Cómo se perdió?”. Durante los próximos días la historia rodó tantas veces entre los buscadores, que fue como si todos hubieran estado ahí.

Hora cero

Estamos sentados con Nelson al borde de la cama mientras él se calza las botas de montaña. Las cobijas están impecablemente tendidas y la oscuridad se pasea a sus anchas por la habitación. Son las 4:00 a. m., pero como él quiere ver el amanecer en el cerro, se pone el gorro peruano y salimos del cuarto con Andrés.

El desayuno es frugal: pan y café. Uno de ellos dice: “Mae, llevemos algo de lo que sobre”, entonces empacan cuatro pedazos de pan, no mucho. Este dato resultará vital saberlo después. Se ajustan los focos a la frente y salimos.

Afuera de Base Crestones, el macizo espera. Caminar hacia Chirripó por la madrugada es –en realidad– huir del sol que, si avanzamos despacio, nos humillará por la espalda.

Entonces es un lujo detenerse a pensar que hoy es Día de Reyes (ah, pero Nelson sabe), que este parque tiene 50.150 hectáreas o que la temperatura travesea con los 0°.

Andrés se adelanta con sus zancadas largas. Nelson tiene piernas maradónicas que se aburrieron de driblar defensas en la juvenil del Herediano, pero no avanza tan veloz en montaña. En algunas curvas, ellos no se ven por unos segundos; sin embargo, solo hay un camino y el macizo está despejado de niebla.

No, aquí no es donde Nelson se pierde.

Subimos todos juntos el último trecho y a las 5:54 a.m., cuando el sol emerge solo como un barrendero, Nelson y Andrés están a 3.820 metros sobre el nivel del mar. Desde ahí, más alto que ningún otro ser humano entre Nicaragua y Panamá, ven el amanecer. Resulta que cuando esto pasa, nadie puede realmente describir qué es lo que ve.

Aquí nos separamos porque no logran acordar una ruta a seguir. Andrés regresa en dirección al Valle de los Conejos para ir a Ditkevi, y Nelson desciende con alegría caprina hacia el Valle de las Morrenas por la ladera noreste del cerro, fuera del sendero oficial.

Horas más tarde, se darían cuenta (o tal vez Nelson no llegó a notarlo) que los trozos de pan quedaron con Andrés, quien tras merodear los cerros cercanos y comer con una austeridad muy pía, regresa a Crestones mareado por el hambre. Es pasada la tarde y Nelson, quien no comió nada, ya debería estar de vuelta, ¿verdad?

No. La primera partida que salió a buscarlo el 7 de enero encontró algo menos que un trillo, apenas el indicio de que un cuerpo pasó de Chirripó a las Morrenas por una zona prohibida a los visitantes, y una o dos huellas al borde de la laguna.

Vivir en la montaña

Nelson se perdió un jueves. El viernes empezó la búsqueda, y el lunes, la montaña era otra.

En el pueblo, la Cruz Roja había tomado la oficina administrativa de los guardaparques con portátiles y radios de largo alcance y ahí llegaba la familia, cada tarde, a las 4:30 p. m., a recibir un reporte de la búsqueda.

Los Alvarado Montoya se hospedaron en el hotel Urán, un hotel a 50 metros del inicio del sendero desde donde Elizabeth Montoya presenció el desfile.

Las cuentas oficiales suman 29 miembros de la Asociación de Guías, Arrieros y Porteadores, 12 baquianos de los alrededores, siete cruzrojistas –dos de ellos buzos–, diez funcionarios de Parques Nacionales, cuatro miembros del Club de Montañismo de la UCR, tres miembros de la Fuerza Pública y dos “civiles”.

Al menos 67 personas subieron al refugio Base Crestones para entregarse a la búsqueda de Nelson, sin contar los que esperaban en San Gerardo.

La vida arriba era, cuanto menos, marcial. Base Crestones despertaba a las 4:00 a. m. con los valientes que se enjuagaban bajo el chorro helado antes de arrancar el día y una hora más tarde sonaba un grito: “¡Desayuno!”. A las 5:30 a. m. en punto, estaba servida la comida más fuerte de la jornada: pinto, maduros y huevos, con café, aguadulce o chocolate.

Almuerzo a las 2:00 p.m., café caliente a mitad de tarde, cena a las 6:30 p.m. y media hora después, una asamblea general.

Pero por la mañana, pasadas las 6, estaban afuera del refugio y ordenados por cuadrillas.

Dondi se había abalanzado sobre mapas enormes la noche anterior y ahora solo decía: “Ustedes a tal punto, ustedes a aquel”. Salían y llegaban con las mismas manos vacías e historias diferentes cada jornada.

Pero todos tenían en mente solo una cosa. Por eso la cuadrilla en la que estaba Juan Carlos Catalán no pudo contener el grito de “¡Lo encontramos!” cuando vieron, el viernes 15 de enero, un bulto en posición fetal en valle de la Morrenas.

En el monte

“De las 13 veces que he subido Chirripó, nunca he visto tanta agua como esa vez y nunca he sentido tanto frío. Las condiciones estuvieron realmente espantosas, porque el viento y la lluvia bajaban la sensación térmica. Una mañana, dieron la orden de sacar las cuadrillas del campo a las 10 a. m. porque nadie podía avanzar, todos decían ‘qué frío, qué frío’”, cuenta Jorge Bolaños, coordinador Club de Montañismo de la UCR.

“Chirripó tiene muchas cosas y para los indígenas es como un templo. Si usted grita o hace algo indebido, como salirse del sendero, el clima se oscurece. En el momento en que él deja el camino, hace algo malo. Lo raro es que no deje ningún indicio. Ni la cámara, ni el abrigo, nada”, añade Francisco Chacón, baquiano.

“Hubo un día que fuimos a las Morrenas y, como empezó a llover bastante fuerte, decidimos devolvernos. Fue uno de los días en que la he visto más fea, porque el sendero era un caño de agua en que había que agarrarse hasta del pasto y, en un momento, tenía tanto frío que no podía tocar nada. Cuando llegamos arriba, todo el equipo empezó a correr a ver si nos calentábamos”, añade Andrés Cambronero, voluntario.

“Estando afuera, uno de los muchachos me dijo que mis uñas estaban sangrando. Me volví a verlas y me di cuenta que sí, por el frío las tenía rojas y con algo de sangre. Cuando le iba a responder, casi no pude mover la boca: fue cuando noté que no podía hablar”, recuerda Juan Carlos Catalán, de montañismo de la UCR.

“Cuando regresaban había que darles mucho chocolate caliente, aguadulce o café. Había que rehabilitarlos porque el frío era demasiado. Muchos tenían heridas por el tipo de vegetación, que es muy espinosa. Eran leves, pero molestas. También afectaciones respiratorias por el cambio de clima”, detalla Rommel Castillo, técnico en emergencias.

Último empujón

La asamblea general del viernes por la noche fue la última que estuvo completa.

Ahí estaban los arrieros que donaron las cargas –usualmente pagadas a ¢14.000 cada una–, que son su único sustento; los profesionales que volverían el lunes a la oficina tras una semana sin salario; los voluntarios que dejaron solas a sus familias.

Dondi y Bernal Valverde, director del Parque, dijeron: “Muchachos, ya no hay dónde buscar”, y para algunos, la amargura se condensó en un llanto rabioso e impotente. Habían agotado todos los caminos y ninguno llevaba a Nelson.

El jueves, Rommel Castillo había ensamblado una enfermería en la laguna de las Morrenas y cuando llegaron Alberto Jara y Alfredo Jiménez, buzos de la Cruz Roja, el paramédico estaba tan listo como iba a estarlo con el equipo que habían logrado subir a 3.500 metros de altura.

Los mapas en Base Crestones estaban totalmente coloreados por los caminos recorridos y la última opción, por la que rezaba la familia y los buscadores por las noches, eran las lagunas.

Una mañana entera estuvieron los buzos nadando la fina línea entre encontrar a Nelson y morir de hipotermia. Cinco-minutos-adentro, donde la oscuridad los devoraba, cinco-minutos-afuera, donde Rommel estuvo cerca de calentar el suero con las cocinas de gas y alistar el equipo de intubación.

Tras horas bajo el agua, lo único que salió de los lagos San Juan y Morrenas fueron los mismos dos hombres tiritando.

La mañana siguiente, Dondi apostó todo a las Morrenas porque el último rastro conocido de Nelson terminaba al borde de una de las lagunas. Si no está ahogado, razonaba, no pudo haber ido muy lejos sin comida ni abrigo. Cada equipo fue asignado a una zona cercana al valle para barrerla con terquedad quirúrgica.

Ahí fue cuando, a mitad del día, Juan Carlos Catalán rompió la siesta de los radiotransmisores con el grito de “¡Lo encontramos, lo encontramos!”. A lo lejos, su cuadrilla había divisado un nudo de tela enroscado en el suelo, una masa que parecía un poncho sobre un cuerpo.

Desde el día uno, la instrucción había sido permitir que la Fuerza Pública revisara de primero a cualquier cuerpo que encontraran. ¿Quién puede guardar la compostura tras días de caminar empapado, con los pies adoloridos, y finalmente encontrarlo?

Mas los demás miraron al policía asignado al grupo caminar hacia el bulto mientras las otras cuadrillas timoneaban en carrera hacia ellos.

Pero, como dijeron todos al final de ese día, no era Nelson, sino el prólogo de otro misterio: un abrigo de montaña, un gorro y un bulto con varias latas de alimentos con marcas de mordidas de coyotes. Ninguna bufanda roja, ningún gorro peruano.

A través de huecos en la desgastada tela del bulto y del abrigo, crecía una fauna diminuta que estiraba hojas y raíces.

Quien sea que hubiera sido el dueño de esto, lo abandonó hace años.

Últimos caminos

El goteo de regreso hacia el pueblo fue vertiginoso, mitad porque el descenso desde Chirripó siempre es más rápido y mitad porque un cuerpo desinflado casi no pesa. El sábado bajaron los que debían trabajar el lunes, para dormir en el Urán y salir el domingo, algunos de los baquianos y Andrés, quien por primera vez pudo relatar su historia a la familia.

El lunes fue la conferencia de prensa en que la UCR, la Cruz Roja y el Sistema Nacional de Parques anunciaron que la búsqueda no continuaba. San Gerardo, hasta ahora pueblo-hotel, volvió a ser pueblo-de-paso y Erick Villarevia, administrador de la Asociación de Arrieros, se quedó perplejo: “Tan extraño como empezó, así terminó”.

A finales de enero, la vida siguió en el macizo y el 25 de enero del 2011 dos estudiantes de voluntariado de la UCR iniciaban el ascenso hacia el Chirripó. Las autoridades universitarias no gastaron presupuesto en rosarios o dispositivos de ubicación satelital y se conformaron con pedirles precaución. A la fecha, Nelson es el único voluntario del programa que se ha extraviado en 15 años.

¿Qué pasó con Nelson? Dos años después, nadie sabe. Ni Dondi, ni los baquianos, ni los guardaparques, ni los montañistas de la UCR, ni sus familiares. El folclor criollo ha adornado la historia con universos paralelos según los cuales él descansa en Panamá o fue raptado por marcianos, pero los buscadores sostienen dos hipótesis: se ahogó en una laguna o terminó en un barranco.

Aun así, de las docenas de personas que vivieron esos diez días de montaña, muchos lo han vuelto a ver. La última tal vez fue Elizabeth Montoya, una noche en que Nelson llegó al comedor familiar y le preguntó: “Mami, ¿me puedo quedar un rato?” y ella replicó: ‘Claro, sí, sí’.

A la mañana siguiente, ella despertó.

No somos inmunes a la muerte de otro. No importa si no lo conociste. Da igual si no sabés cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué le gustaba hacer. El cuerpo está ahí en el suelo y acá estamos nosotros. Hay que levantarlo y llevarlo a otra parte. Cuando lo movemos, queda una huella. En la nieve aparece una marca que tiene forma de persona. Dentro de nosotros, también.

El escalador italiano Reinhold Messner decía que las grandes montañas no son justas o injustas, simplemente son peligrosas. Los escaladores sabemos que, cuando salís a la montaña, la muerte es una posibilidad. Creo que aunque sea inconscientemente todos lo saben. Ahí está el desafío. Si no hay riesgo, el desafío no existe.

Los padres de algunos chicos no entienden la pasión de sus hijos por la montaña. En esos casos, es más difícil aceptar la muerte. Aunque no sé si existe un caso en el que sea fácil aceptarla.

Cuando atendés el teléfono y alguien te avisa de una avalancha, no hay espacio para miedos, nervios ni reflexiones. Una descarga de adrenalina te cae sobre los hombros. Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuerpo, se escapa para adelante. ¿Cuánta gente tenemos? ¿A qué distancia estamos?  ¿Hay camionetas? Los sentimientos se borran o, mejor dicho, se adormecen por unos días; se ocultan detrás de la euforia de la concentración metódica. El cirujano opera en el quirófano. El rescatista, donde sea, organiza el rescate. Hay poco tiempo. O, lo que no es lo mismo pero se le parece, hay personas que ahora están vivas. Que lo sigan estando depende de que nos apuremos.

***

El primero de septiembre de 2002, en la planta baja de la casa, el teléfono sonaba desesperado. En el primer piso, el médico e instructor de ski Ramón Chiocconi, que había vuelto temprano del cerro Catedral, donde trabaja como responsable médico de las pistas, pensó en no atender. Algo lo hizo cambiar de idea. Bajó la escalera y levantó el tubo.

—Avalancha en el Ventana —escuchó—. Hay entre diez y doce desaparecidos.

Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuello, se le escapó para adelante. Con lo que le quedaba del cuerpo, pasó a buscar a un amigo.

Desde hace veinte años, Chiocconi es uno de los cien voluntarios que integran la comisión de auxilio del Club Andino de Bariloche. Ninguno cobra: todos ponen su equipo, su tiempo, su experiencia. A veces, reciben donaciones que usan para comprar cuerdas, cascos o camillas. En la Comisión no hay jerarquías ni reglamentos. Los voluntarios tienen otros trabajos. La decisión de acudir a un llamado es una cuestión de compromiso interno. Pero, frente a un problema, siempre hay de diez a treinta personas listas, preparadas para ayudar.

Mientras iban en el auto, pensaban qué había pasado en avalanchas anteriores. Siempre, o la mayoría de las veces, las víctimas estaban en el depósito final: la nieve se acumula a los pies de la ladera y allí, sepultados, quedan los escaladores.

En la sede del Club Andino se encontraron con otros voluntarios. Fueron hasta el cerro, donde se cruzaron con bomberos que iban en cuatriciclos. Así, pudieron subir, más rápido, por el bosque.

Al llegar al cauce, el lugar de la avalancha, encontraron una especie de río, de un kilómetro, con depósitos a diferentes alturas. Había sol, estaba despejado y no hacía demasiado frío. Un depósito final, enorme, y otros intermedios, más chicos. Imposible saber dónde buscar.

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Después de una avalancha, cuando la nieve frena, más del 90% de las personas sepultadas están vivas. Sabemos por estudios que a la media hora, debido a la asfixia, ese porcentaje cae al 40%. A veces, la hipotermia protege. Si el cuerpo se enfría muy rápido, la necesidad de oxígeno de las células es menor y la persona puede sobrevivir por más tiempo.

Las estadísticas marcan que a las dos horas de producida la avalancha, sólo el 8% de los sepultados está vivo. Pero, ¿quién nos asegura que en el próximo rescate no entren todos dentro de ese pequeño grupo? No podés anticiparte. Hay que ir al lugar y buscar. Una vez que sabés dónde está el cuerpo, ubicar la cabeza y liberar la vía aérea. Es importante que en el grupo haya un médico o un guía experimentado que evalúe si delante de la cara, bajo la nieve, hay una cámara de aire: un pequeño espacio que le permita al sepultado respirar. El pronóstico cambia radicalmente.

Cuando las personas sepultadas son varias, hay que actuar rápido. Demora significa muerte. Si pasaron noventa minutos y encuentro a alguien sin pulso: o se murió por asfixia o está bajo hipotermia. En ese momento, hay que tomar una decisión. Se intenta salvar a esta persona o se sigue para encontrar a otros. Si no tiene cámara de aire, mejor buscar a los demás: tienen más chances de estar vivos.

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¿En cuál de todos los depósitos buscar? No había tiempo para reflexiones. A un costado del bosque, Chiocconi fue a atender a tres heridos. Uno de ellos estaba bien. El segundo, Nicolás Lemos, tenía traumatismo de cráneo. Martín, su hermano mellizo,  fractura de pelvis. Era el más grave. Chiocconi habló con él durante unos 45 minutos. Le puso oxígeno y suero. Lo mejor hubiera sido trasladarlo. Pero no había forma. De a poco, el cuadro se fue agravando hasta que el chico murió. Seguramente, por una hemorragia interna.

Llegaron más voluntarios, y Chiocconi pasó a estar encargado de la evaluación de los heridos. Tres veces tuvo que certificar la muerte. Mario Sebastián Tapia, Paolo Jesús Machello, Oscar Fabricio Vaccari. Eran adolescentes de 18 y 19 años. Y había que seguir buscando.

Para poder cubrir la zona de una manera más o menos lógica, los voluntarios se dividieron en grupos. De cinco, ocho, diez personas. Una al lado de la otra, como en una barrera de fútbol. Con una sonda de caño, pinchaban la nieve.

Trabajo lento.

Un paso. Clavar la sonda, sacarla. Otro paso. Clavar la sonda, sacarla. Cuando uno toca una piedra, se siente rugoso y duro. Si es una rama, se siente distinto. Si hay enterrada una persona, la sensación, para alguien con experiencia, es inconfundible.

Sin embargo, esa tarde, hubo muchas alarmas falsas.

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En el momento lo tomás con relativa naturalidad. Estás ahí, en ese lugar. Hacés lo que hay que hacer. En realidad, las limitaciones son gigantes: hacés lo que podés. Lo más terrible es decirle a la familia de alguien perdido en la montaña que la búsqueda se va a detener. Pero, a veces, el riesgo de avalancha continúa. Y nuevos muertos por buscar casi cadáveres no tienen sentido.

Dos o tres días después de un rescate en el que murió gente, la anestesia que dormía los sentimientos empieza a desaparecer. Surge el cansancio. Un cansancio brutal. Mental y físico. Es difícil de explicar la frustración por no poder devolverle a la familia una persona viva, mezclada con la tristeza por la muerte. Te pesa hasta la piel.

Uno maneja la angustia como puede. Tenés que contarlo, hablar, sacarlo afuera. Porque es acumulativo. Es como si te fueras cargando muertos arriba de la espalda. Y, aunque se diga lo contrario, con el tiempo no te hacés más resistente. Te volvés más trágico. Ahora, por ejemplo, que estoy acá sentado acordándome de esto, lo siento: sin que yo haga nada para que pase, cambia mi tono de voz.

Siempre digo que no tiene sentido aparentar dureza, simular que a uno estas cosas no lo afectan. Todos sufrimos igual. Lo importante es que el dolor, esa mezcla ácida que se extiende por las venas, no nos quede dentro del cuerpo.

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Sin embargo, esa tarde, no todas las alarmas fueron falsas.

En la nieve se había formado un cañadón. Los rescatistas bajaron. Al rato, uno de ellos quiso subir por una pared de hielo. Para hacerlo más fácil, pensó en tallar escalones. Picó y encontró una mancha marrón. Siguió picando. Era el pelo de Adrián Mercado (18), que ya había muerto. Mientras lo sacaban, alguien creyó escuchar un grito.

—¡Silencio! — pidieron.

Iban cinco horas de búsqueda. Las chances de haber oído lo que parecía un pedido de auxilio eran inverosímiles. Los ruidos de treinta personas que no querían hacer ruidos. El sonido del viento. Y de nuevo, el grito.

Liliana Alonso, novia de Mercado, sobrevivió después de estar enterrada durante más de cinco horas. Había quedado en una posición en la que un brazo le cubría la cara. Así, pudo respirar. Estaba bien abrigada. La primera imagen que vio al salir de la nieve fue la de su novio congelado.

A las tres de la mañana, después de diez horas, los organizadores suspendieron la búsqueda. Podía haber más avalanchas y las posibilidades de encontrar a alguien vivo eran prácticamente nulas. De cualquier modo, un grupo, con bolsas de dormir, se quedó a hacer una guardia. Chiocconi bajó al pueblo. Fue al hospital a ver a los heridos. Unas horas más tarde, ya en su casa, intentó dormir. Se quedó acostado hasta aceptar que no iba a poder hacerlo.

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Muchas veces volví a pensar en aquella tarde. Muchas otras, lo hablé con amigos. Qué habría pasado si hubiéramos buscado más en este lugar, si nos hubiésemos quedado otros quince minutos en aquel. Pero sería como hablar de la carrera después de que el último cruzó la meta. No había un equipo armado esperando que esto sucediera. El grupo se organizó la tarde en que sonó la alarma. Se hizo lo que se pudo y de la mejor manera. Y se hizo muchísimo.

Un operativo de siete días en el que participaron 742 personas. Una presión mediática inmensa: fue tapa de todos los diarios del país, había cámaras de cada uno de los canales de televisión de Buenos Aires.

Con pequeños cortes, lo que pasó esa tarde me quedó grabado, casi como si hubiera sido una película.

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En la peor tragedia del andinismo argentino murieron Mario Tapia, Paolo Machello, Adrián Mercado, Martín Lemos, María Gimena López, Fabricio Vaccari, Antonio Díaz, Roberto Monteros y Gimena Padín cuyo cuerpo fue encontrado dos meses después de la avalancha, una vez que se derritió la nieve. Siete personas sobrevivieron a la avalancha. Además de la Comisión de Auxilio del Club Andino, en el rescate participaron Gendarmería, Parques Nacionales, Defensa Civil y dos cuarteles de bomberos voluntarios.

En mayo de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de General Roca condenó al guía y profesor que conducía el grupo, Andrés Lamuniere, a tres años de prisión de cumplimiento efectivo e inhabilitación por diez años para ejercer como docente o guía de montaña. El cargo: homicidio culposo agravado por el número de víctimas fatales y lesiones culposas.

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Los voluntarios sabemos que no quedamos en deuda con nosotros ni con los demás pero, de cualquier modo, la situación es triste.

Poco tiempo después de la avalancha, empecé a dar clases en la universidad y tuve como alumnos a algunos de los chicos sobrevivientes.

Nunca dudé de si seguir trabajando en esto. Aunque reflexioné mucho sobre esa, noche sobre lo importante de transmitir lo que fui sintiendo. A los chicos que recién empiezan, suelo decirles que lo fundamental es aprender a sacarse el sufrimiento de encima; para que, con a las palabras, de la boca también salga esa sensación horrible que los psicólogos llaman angustia.