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La llamada sandinista

Publicado: 9 noviembre 2009 en Alma Guillermoprieto
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A mediados de 1973 me ofrecieron una beca para estudiar la licenciatura en Chile. No me acuerdo de qué carrera se trataba, pues para mí era un asunto absolutamente secundario. Lo importante era vivir lo que se llamaba “la experiencia chilena”, solidarizarse con la izquierda de ese país que, contra viento y marea y cada vez con mayores tropiezos, intentaba gobernar. El día que tomé el vuelo a Santiago los rumores a todo hervor pronosticaban desastres —un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, una cacería de brujas a los integrantes de su gobierno, tal vez hasta una masacre indiscriminada de izquierdistas— y al despegar el avión luché por liberarme de una especie de terror premonitorio. A la mitad del vuelo el sistema de sonido irrumpió en zumbidos y truenos. De la borrasca eléctrica se desprendieron, como piedras, algunas palabras: Capitán… Santiago… Fuerzas Armadas… Allende…

—¿Qué dijo? —le pregunté angustiada a la aeromoza de Braniff.
—Que ha habido un golpe y que Allende se suicidó —respondió tranquila—. Vamos a aterrizar en Buenos Aires.
Acto seguido se repartió champán, y el avión estalló en aplausos y risas. Haciendo la fila de la aduana en Buenos Aires aquel 11 de septiembre, por única vez en la vida me desmayé.

***

Cinco años después, en México, un enamorado me regaló un televisor. Yo prefería la lectura, pero para complacer a mi generoso amigo prendí el aparato un par de veces a la hora del noticiero. A la tercera, quedé hechizada por imágenes que de tan regocijantes parecían aumentar el brillo de la pantalla: una veintena de jóvenes macilentos, vestidos de verde olivo y estallando de euforia, asomaban por las ventanillas de un bus amarillo, puño en alto. El bus escolar recorría lo que evidentemente era la carretera muy mala de una ciudad muy pobre, y la cámara mostraba los besos y los vivas que lanzaban al paso de los guerrilleros hombres y mujeres casi en harapos, y casi tan felices como ellos. Desde el golpe en Chile me encontraba sumida en la desidia, decepcionada, incapaz de desear nada serio, pero esa noche cuando apagué la televisión no logré dormir. Demoré apenas tres días en conseguir dinero prestado, un boleto de avión, y una visa para viajar a Managua, Nicaragua, donde un grupo guerrillero casi desconocido acababa de inaugurar la revolución.

Retrocedo un poco para explicar que el evento que acaparó los noticieros esa noche, había comenzado dos días antes, por la mañana del 22 de agosto de 1978: en Managua, un comando de guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, disfrazado de integrantes de la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza, irrumpió en el Palacio Legislativo, tomó como rehenes a cientos de empleados y visitantes y a todos los congresistas, y exigió la liberación de medio centenar de sus compañeros presos. El operativo era audaz y su ejecución absurdamente deficiente –meses después, uno de sus comandantes me contaría, entre carcajadas, como habían pintado de color verde perico el camión supuestamente militar en que viajaron, porque no habían conseguido pintura verde olivo– y a pesar de las prisas y la improvisación, triunfó. Cuando quedó claro que los guerrilleros tenían bajo su total control a los rehenes (de los cuales los más interesantes para Somoza eran un sobrino y un primo suyos) el dictador cedió a las demandas rebeldes en menos de 48 horas. La guerrilla sandinista llevaba años enmontañada predicando revolución o muerte, pero el operativo urbano contra un Congreso que, gracias a su larga complacencia con el dictador, era conocida popularmente como “la chanchera” (criadero de puercos) cambió la relación de los rebeldes con la población. En el recorrido del Palacio Legislativo al aeropuerto se dio la aclamación espontánea que vi por televisión en México. Se trataba apenas del inicio de una gran gesta –o por lo menos, eso deseábamos ardientemente los que soñábamos con revoluciones y despertamos de nuevo a la ilusión ese día.

***

En la sala de aduana el calor era como una bestia encerrada que respiraba incendios. Aparte de los guardias nacionales y sus terroríficos lentes de sol (que no se quitaban tampoco en la sombra), había apenas una docena de pasajeros, una cinta de equipaje, dos o tres burócratas encargados de revisar los pasaportes, y un mapa de relieve del istmo centroamericano. Me apresuré a consultarlo: ¿Nicaragua quedaba antes o después de Costa Rica? Quedaba antes. ¿Y Managua? Un punto negro en un país verde, al borde de un lago azul. Con el corazón en la boca, presenté el pasaporte y la visa: ¿me creerían que era reportera? Pues no era verdad. Si bien era cierto que había escrito uno que otro artículo para una publicación feminista, y algunas reseñas de danza para una revista semanal, me ganaba la vida como intérprete simultánea. Lo más cerca que llegaba al periodismo era un trabajo artesanal que me había ofrecido el año anterior un amigo en Londres, editor de un boletín quincenal, escrito en inglés pero de gran prestigio en América Latina: el Latin American Newsletters. Mi tarea consistía en recortar de los principales periódicos las notas que me parecieran más importantes, y enviarlas por correo a Londres una vez por semana. Resultó, como resultan las cosas que tienen que ser, que el corresponsal del boletín para Centroamérica y el Caribe se había ido de pesca el día que los sandinistas realizaron su operativo genial, y mi amigo editor estaba desesperado por encontrar quién pudiera ir a cubrir en directo la gran noticia. Ya en otras ocasiones me había alentado a lanzarme al periodismo, pero nunca me interesó la idea. Ahora, con tal de ir a Managua, le prometí que le enviaría reportajes desde allá. Contaba con una sola ventaja a la hora de contrarrestar mi perfecta falta de capacitación profesional: gracias a una educación que llamarían ahora multicultural, pensaba en español, pero escribía en inglés. En cuanto a lo demás… ya iría averiguando por el camino cómo se hacía eso.

Sabía por las películas que lo que hacen los periodistas al salir de un aeropuerto es tomar un taxi al hotel donde se encuentran sus colegas (y también por las películas sabía que los taxistas siempre están al tanto de éste y otros puntos de interés).

—Lléveme al hotel donde están los periodistas –dije al subirme al carro.

No hacía falta tanto detalle. En un país de apenas dos y medio millones de habitantes, había un solo hotel al que acudían los extranjeros.

El taxi era un vetusto modelo de aquellos que tenían como colmillos en el frente y aletas de tiburón atrás. Hubiéramos podido caber sin problema ocho personas, pero yo era la única pasajera, y en cuanto arrancamos me sentí muy sola. El áspero terciopelo sintético del asiento me cepillaba los muslos, el carro rebotaba, según los baches, ahora suavemente, ahora con rechinidos histéricos, y el chofer guardaba un silencio negro, feroz, deprimido, que después aprendería a reconocer entre aquellos que han sufrido alguna catástrofe.

Era el final de la tarde, y el sol caía a fuego. Reconocí el paisaje visto en el noticiero, pero por lo pronto de la revolución que había venido a ver no había ni asomo. Vi carretera, polvo, casuchas de tablón, algún carrito con hielo raspado y jarabe de colores, terrenos baldíos, más polvo, una farmacia, un semáforo, casuchas de bahareque, perros flacos. Aquí y allá, los nicaragüenses: gente de piel morena, huesos finos y ojos grandes. Después los descubriría pícaros y coquetos como nadie, y de un arrojo digno de las mejores epopeyas. Por ahora, los veía como los volvería a ver una vez pasados los días de gloria de la insurrección: quietos, con el ceño fruncido por la preocupación del qué comer, y vencidos –hoy por el calor, mañana por algún nuevo fracaso.

Hundida ya de plano en el sudor y la duda, sentí miedo. ¿Dónde estaban las consignas, los gritos, las marchas, la euforia que había venido a compartir? ¿Y dónde estaba el hotel? De un momento a otro se había acabado la carretera: parecía que nos adentrábamos en la ciudad, y sin embargo ahora me encontraba, como en un sueño, en la penumbra, y en unos como pastizales que surgían entre las ruinas de una ciudad fuera del tiempo. Ya no había carros, ya no había gente, sólo el chofer y yo, y por allá, inalcanzables, unas vacas que pastaban entre los muros derruidos. Anochecía muy rápidamente (en el trópico siempre es así) y era evidente que estaba por sufrir un asalto.

—¡Le dije que me llevara a Managua, y al hotel! –grité.
El chofer se volteó hacía mí, y dijo:
—Doña, estamos en Managua.

***

Después del terremoto de 1972, que destruyó íntegramente el centro de Managua, Somoza mandó arrasar las ruinas. Llevaba seis años así, sin ningún cambio o mejora que no fuera el manto de enredaderas y pastizales que iban cubriendo suavemente lo que quedó del horror. No creo que nadie haya afirmado nunca que la ciudad anterior al cataclismo fuera bonita, pero tendría lógica y pasado, tradiciones y personajes. Lo que ahora se llamaba Managua –los enormes barrios de invasión, las largas avenidas que atravesaban kilómetros de nada, las direcciones que tenían como punto de referencia algo que ya no existía (“de donde fue ‘El Arbolito’, dos cuadras al lago”) – era más bien una anticiudad con mucho de fantasmal, hecha de desplazados y migrantes. Yo me encontraba en su centro muerto, en los escombros que Somoza le había entregado a las vacas y al tiempo.

Con la barbilla, el taxista señaló lo alto de una suave colina cercana.
—Allá está el hotel.
En dos minutos me depositó frente a la gran pirámide blanca del Hotel Intercontinental, ocupado por Howard Hughes hasta el día del temblor, y ahora, a raíz de la gran travesura sandinista, por los reporteros. Había terminado el viaje.

Mi nueva vida, la que me habría de mantener entretenida y ocupada durante las siguientes tres décadas, empezó a la mañana siguiente. No había despuntado el sol cuando me despertó el teléfono. Rápidamente, mi interlocutor dijo que 1) era un buen amigo de mi amigo en Londres, 2) era el director suplente de la sección de internacionales del periódico londinense The Guardian, 3) compartía con Latin American Newsletters el mismo corresponsal aficionado a la pesca, y por lo tanto el mismo problema de escasez de artículos, 4) nuestro amigo en común le había dicho que yo era una excelente reportera (¡¿?!) y 5) quería pedir el favor de algunas notas para el diario. Lo inverosímil de mi situación entera me autorizó a decirle sin rubor que sí. En compañía de varios colegas –eso eran ahora, pues sin titubear me habían adoptado desde la noche anterior como una más entre ellos– salí a recorrer la ciudad en busca de aventuras y entrevistas. Me pareció entonces (y a decir verdad, hasta la fecha) que el oficio de reportear no encerraba grandes misterios: andar sin destino fijo; detenerse a ver cosas interesantes; hacer preguntas impertinentes sin que nadie reclame; escuchar algún tiroteo por ahí y sentir el relampagazo doble de la adrenalina y la curiosidad; agotarse buscando respuestas sobre temas esenciales; sentirse conectada a las mejores causas… Todo era sencillo y emocionante. Faltaban todavía algunos días para que se declarara la huelga nacional contra Somoza que, con la entusiasta participación de los pobres del país, y con su enorme sacrificio, lograría quebrar la escuálida economía nacional. Faltaban meses para que estallara el levantamiento general en los barrios y barriadas de Managua y surgieran barricadas y héroes en cada esquina. Sería hasta mayo que se daría el bombardeo del dictador a su capital insurrecta. Dar cuenta entonces de los acontecimientos se volvería arriesgado hasta para nosotros, los de la casi siempre protegida prensa extranjera, pero por el momento teníamos sólo la deliciosa ilusión del peligro. Alrededor nuestro, la gran mancha de Managua se convertía en laberinto: ¿qué camino oculto nos llevaría hacia los guerrilleros?

Managua era, tal vez, la ciudad capital más feraz del mundo, y en términos de su perfil urbano, sin duda la más plana (alguna vez conté el número de elevadores en Managua, que es lo mismo que decir que en todo el país: eran diez). Llena de basura, arbolada no por diseño urbano sino por voluntad irreductible de la naturaleza en el trópico, la ciudad vivía a espaldas de un lago que resultó ser no azul sino marrón, el color de la cloaca abierta en que la había convertido el desprecio de los Somoza. A orillas del lago, en barrios silenciosos y aplastados por el sol, pudriéndose en el olor fermentado, vivían los más pobres. Allá fuimos, en búsqueda inútil de los guerrilleros, a quienes no lograríamos entrevistar en Managua sino hasta muchas semanas después.

Lo único que siempre me ha resultado verdaderamente difícil a la hora de reportear es el abordaje inicial, el saludo impertinente del periodista. Va uno con su ropa decente y su reloj de pulso, su cámara y sus dientes completos alineados en sonrisa, y cuaderno en mano, saluda a una víctima del destino. Por cortesía, el incauto infeliz devuelve el saludo, y en premio se ve interrogado, escudriñado, examinado, confesado, y nuevamente abandonado –todo en cuestión de minutos, y para que al final resulte que ni siquiera queríamos hablar con él, sino con cualquier otro damnificado que tuviera más muertos en su familia, o con alguien que pudiera contactarnos con un guerrillero del cual nuestra presa jamás habría escuchado hablar–. Los reporteros, que por regla general no somos malas personas, estamos conscientes del abuso que representa nuestro modo de operar, y sufrimos. Esa mañana nuestro pequeño grupo deambuló por calles y barrios sin atreverse a hacer la primera desfachatada pregunta hasta que, con la amenaza de la hora de cierre encima, y todavía sin nota, nos detuvimos a la entrada de un barrio cualquiera –recuerdo la tiendita de la esquina, pero la placa fotográfica de la memoria no revela más detalles– y, dispersándonos por sus calles, salimos cada quien a buscar suerte.

A pesar de considerarme de izquierda, yo era una más entre los millones de radicales que en el mundo han enarbolado banderas sin gran conocimiento de las clases sociales que pretendían redimir. Hablaba, por supuesto, con la señora del puesto del mercado donde muchas veces comía, o con el que venía a recoger la basura, pero se trataba de diálogos mediados por el intercambio de dinero por servicio. En cambio, en mis primeros días de reportera en Managua, las innumerables excursiones en las que no dimos con un solo guerrillero fueron para mí un devastador acercamiento a un universo cercano e invisible, y el inicio de una larga serie de conversaciones con la pobreza. No recuerdo con precisión qué fue lo que me contaron mis entrevistados en esas primeras jornadas, pero retengo en cambio la presencia espantosa de las moscas; el calor insoportable que se genera bajo un techo de lámina; la asombrosa silueta de las iguanas (dragones en miniatura que, al correr por la lámina, hacían ruido de tormenta); el borde cortante de la cuchara de peltre con que comí un arroz que me ofrecieron; la desesperación de los subempleados (en Nicaragua eran con mucho la mayoría), que habían salido a vender chicles y no habían logrado vender los suficientes para costear el día. Los niños barrigones correteando en el polvo, las mamás ojerosas, con sus vestiditos de tergal y sus manos huesudas… ¿Por qué aceptaban su condición con tanta mansedumbre? ¿Y por qué en unos pocos meses se dispondrían a la rebelión? ¿Por qué en países hasta más pobres que Nicaragua no se darían nunca insurrecciones parecidas? La búsqueda de respuestas a las preguntas que se me presentaron entonces me ha dado material para pensar durante muchos años.

Fue un alivio salir de aquellos barrios. No recuerdo en dónde comimos, pero comimos bien, y con aire acondicionado, como para exorcizar el recuerdo de la basura, el calor, la tierra entre los dientes, y el miedo terrible a llegar a ser algún día así de pobres nosotros también. Debo aclarar una cosa, sin embargo, porque me doy cuenta al leer esto que hasta yo misma podría pensar que detesté Managua: en realidad me iba enamorando perdidamente. Mi vida entera había transcurrido en ciudades enormes –México, Los Ángeles, Nueva York– y se entenderá lo candorosamente urbana que fui si confieso que, en una excursión infantil, me enteré que la leche era algo que salía no de una lata sino de la asquerosa ubre de un animal enorme y babeante. Ahora, en un país que producía vacas y poetas, azúcar y algodón, y poca cosa más, me arrobaba –sólo cabe la palabra de novela rosa– ante sus apacibles volcanes y sus grandes cielos claros, y el escándalo alegre de los loros que lo atravesaban en bandadas, charloteando. Me enteraba, agradecida, de que el acento risueño de los nicas y su vocabulario extravagante, y a mis oídos, infantil, era en realidad el más puro lenguaje cervantino, preservado casi intacto a través de los siglos. Me mareaba con el olor siempre presente de la vegetación, desnudo y brusco como el del sexo, y el de las hornillas de carbón en las que, al amanecer y por las tardes, se cocinaban las tortillas de maíz recién molido. Managua no era, ni remotamente, una ciudad bonita, pero me mantuvo desde el primer momento con toda la piel atenta, la sangre despierta.

Después de la comida de ese primer día, algún reportero me invitó a acompañarlo a la casa en donde todos sabían que se escondía el cura Miguel d’Escoto, integrante de la oposición civil a Somoza y futuro canciller sandinista. Me sumergí con alivio en el ambiente fresco de una típica casa de la burguesía: un árbol de mango en la esquina de un patio de frescas baldosinas, rodeado por un corredor tejado amoblado con lo indispensable; materas, un ventilador, varias mecedoras, y una hermosa hamaca bordada. ¿Por qué, si todo el mundo sabía dónde estaba escondido el cura, no lo sabía Somoza también? Supongo que la respuesta tendrá algo que ver con la embajada de Estados Unidos, que en ese momento representaba al anómalo gobierno de Jimmy Carter y transmitía al dictador la recomendación de que se abstuviera de resolver la crisis a punta de asesinatos. El tema principal de la entrevista de mi colega, de hecho, fue seguramente la relación sandinista con Estados Unidos, pero a esas alturas, y a pesar de que el cura d’Escoto era vivaz y ocurrente, y recibía y rebotaba las preguntas como si fueran pelotas de ping pong, lo que él dijera era lo de menos para mí. Lo importante era que yo (¡yo!) me encontraba a años luz de mi casa y de mi vida tranquila, metida en una entrevista con un personaje clandestino, en un país tropical en el que se cocinaba una revolución. Y lo verdaderamente importante era que, en esas circunstancias, no me perseguían ni el miedo a la vida, ni a los demás: fatalmente tímida desde siempre, acababa de descubrir el alivio. Un cuaderno de apuntes y un bolígrafo eran mejor escondite hasta que los lentes oscuros detrás de los cuales se parapetaban los matones de la Guardia Nacional.

Unos meses después, ya en plena insurrección, se racionaría el agua en el hotel, y me tocaría salir con los colegas a buscar no sólo noticias sino también frijoles, y con suerte arroz y algún plátano maduro, o yuca, para que el personal siempre leal y amable del Intercontinental nos pudiera preparar la magra cena colectiva. Por ahora, felizmente, el Intercontinental todavía ofrecía agua en abundancia, y un remedo de glamour en su bar de espejos y cuero negro. Allí me senté por la noche de ese largo primer día, a fingir que tomaba algún cóctel (entre las muchas habilidades periodísticas que todavía me faltaban estaba la de saber beber), y a someterme al interrogatorio entre burlón y afectuoso de varios reporteros que no habían visto otro caso como el mío (por lo menos desde que ellos mismos se iniciaron en el oficio).

***

Uno recuerda las cosas como cree que fueron (y, las más de las veces, como quisiera que hubieran sido) y luego las cuenta como mejor puede. La realidad, sin duda, fue mucho más enredada de lo que se puede contar en el ámbito de esta crónica. Los días se sucedieron uno a uno, al azar, y sólo es a la distancia de treinta años que parecen ser los primeros giros lentos de una rueda que está por precipitarse cuesta abajo en una dirección inevitable. A los once meses de la toma sandinista del Palacio Legislativo, los nicaragüenses –y yo entre ellos, yo también– vivimos la euforia total del triunfo de la insurrección contra Somoza. Fue quizás el último momento inocente en mi vida y en la de muchos de los que estuvimos allí. Entre los días de aventura, adrenalina y dicha vinieron días aciagos. Ya había visto a mi primer muerto, y luego, conforme fueron creciendo los conflictos y las guerras centroamericanas, vería a muchos, cientos, demasiados más. Después de Nicaragua viajaría a nuevas ciudades desconocidas, y después de ésas, a otras más. El hecho de subirme a un avión con rumbo a un nuevo destino perdería hasta la más pequeña connotación de aventura, exotismo o glamour (y a cambio, me llegaría a sentir en todo un continente como en mi casa, llena en cualquier parte de amigos y recuerdos). He visto y contado tantas historias que tengo la impresión de haber olvidado las más importantes, mientras que hay otras que no me gusta repasar. Managua es hoy una ciudad de casi dos millones de habitantes, con más pobreza y seguramente también más elevadores que antes, a la que no he vuelto en veinte años. La decepción que eventualmente nos produjeron los sandinistas a casi todos los que los vimos triunfar fue quizá la más amarga de las tantas decepciones parecidas que nos aguardaban a los izquierdistas por el camino. Pero aquella no-ciudad brutal, caótica y conmocionada, tomada por la violencia y la ilusión, permanece prístina en mi recuerdo y en la piel.

Asalto al palacio

Publicado: 15 septiembre 2008 en Gabriel García Márquez
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El plan parecía una locura demasiado simple. Se trataba de tomar el Palacio Nacional de Managua a pleno día, con solo veinticinco hombres, mantener en rehenes a los miembros de la Cámara de Diputados y obtener como rescate la liberación de todos los presos políticos. El Palacio Nacional, un viejo y desabrido edificio de dos pisos con ínfulas monumentales, ocupa una manzana entera con numerosas ventanas en sus costados y una fachada con columnas de partenón bananero hacia la desolada Plaza de la República. Además del Senado en el primer piso y la Cámara de Diputados en el segundo, allí funcionan el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Gobernación y la Dirección General de Ingresos, de modo que es el más público y populoso de todos los edificios públicos de Managua. Por eso hay siempre un policía con armas largas en cada puerta, dos más en las escaleras del segundo piso, y numerosos pistoleros de ministros y parlamentarios por todas partes. En horas hábiles, entre empleados y público, hay en los sótanos, las oficinas y los corredores no menos de tres mil personas. Sin embargo, la dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) no consideró que el asalto de aquel mercado burocrático fuera una locura demasiado simple, sino todo lo contrario: un disparate magistral.

En realidad, el plan lo había concebido y propuesto desde 1970 el veterano militante Edén Pastora, pero sólo se puso en práctica cuando se hizo demasiado evidente que Estados Unidos había resuelto ayudar a Somoza a quedarse en el trono de sangre hasta 1981. “Los que especulan con mi salud, que no se equivoquen”, había dicho el dictador después de reciente viaje a Washington. “Otros la tienen peor”, habría agregado, con una arrogancia muy propia de su carácter.

Tres empréstitos de cuarenta, cincuenta y sesenta millones de dólares se anunciaron poco después. Por último, el propio presidente Carter, de su puño y letra, rebasó la copa con una carta a Somoza en la cual lo felicitaba por una pretendía mejoría de los derechos humanos en Nicaragua. La Dirección Nacional del FSLN, estimulada por el ascenso notable de la agitación popular, consideró entonces que era urgente la réplica terminante, y ordenó que se pusiera en práctica el plan congelado y tantas veces aplazado durante ocho años. Como se trataba de secuestrar a los parlamentarios del régimen, se le puso a la acción el nombre clave de “Operación Chanchera”. Es decir: el asalto a la casa de los chanchos (cerdos).

Militantes probados

La responsabilidad de la operación recayó sobre tres militantes bien probados. El primero fue el hombre que la había concebido y que había de comandarla, y cuyo nombre real parece un seudónimo de poeta en la propia patria de Rubén Darío: Edén Pastora. Es un hombre de cuarenta y dos años, con veinte de militancia muy intensa y con una decisión de mando que no logra disimular con su estupendo buen humor. Hijo de un hogar conservador, estudió el bachillerato con los jesuitas, y luego hizo tres años de medicina en la Universidad de Guadalajara, México. Tres años en cinco, porque varias veces interrumpió las clases para volver a las guerrillas de su país, y sólo cuando lo derrotaban volvía a la Escuela de Medicina. Su recuerdo más antiguo, a los siete años, fue la muerte de su padre, asesinado por la Guardia Nacional de Anastasio Somoza García. Por ser el comandante de la operación, de acuerdo con una norma tradicional del FSLN, sería distinguido con el nombre de “Cero”.

En el segundo lugar fue designado Hugo Torres Jiménez, un veterano guerrillero de treinta años, con una formación política tan eficiente como su formación militar. Había participado en el célebre secuestro de una fiesta de parientes de Somoza en 1974, lo habían condenado en ausencia a treinta años de cárcel y desde entonces vivía en Managua en la clandestinidad absoluta. Su nombre, igual que la operación anterior, fue el número “Uno”.

La número “Dos”, única mujer del comando, es Dora María Téllez, de veintidós años, una muchacha muy bella, tímida y absorta, con una inteligencia y un buen juicio que le habrían servido para cualquier cosa grande en la vida. También ella estudió tres años, de medicina en León. “Pero desistí por frustración”, dice. “Era muy triste curar niños desnutridos con tanto trabajo, para que tres meses después volvieran al hospital en peor estado de desnutrición. “Procede del Frente Guerrillero del Norte. “Carlos Fonseca Amador”. Desde enero de 1976 vivía en la clandestinidad.

Otros veintitrés muchachos completaban el comando. La dirección del FSLN los escogió con mucho rigor entre los más resueltos y probados en acciones de guerra de todos los comités regionales de Nicaragua, pero lo que más sorprende en ellos es su juventud. Omitiendo a Pastora, la edad promedio del comando era de veinte años. Tres de sus miembros tienen dieciocho.

Los veinticinco miembros del comando se reunieron por primera vez en una casa de seguridad de Managua, solo tres días antes de la fecha prevista para la acción. Salvo los tres primeros números, ninguno de ellos se conocía entre sí, ni tenían la menor idea de la naturaleza de la operación. Solo les habían advertido que era un acto audaz y con un riesgo enorme para sus vidas, y todos habían aceptado.

El único que había estado alguna vez dentro del Palacio Nacional era el comandante “Cero”, cuando era muy niño y acompañaba a su madre a pagar los impuestos. Dora María, la número “Dos” , tenía una cierta idea del Salón Azul, donde se reúne la Cámara de Diputados, porque alguna vez lo había visto en la televisión. El resto del grupo no sólo no conocía el Palacio Nacional, ni siquiera por fuera, sino que la mayoría nunca había estado en Managua. Sin embargo, los tres dirigentes tenían un plano perfecto dibujado con un cierto primor científico por un médico del FSLN, y desde varias semanas antes de la acción conocían de memoria los pormenores del edificio como si hubieran vivido allí media vida.

El día escogido para la acción fue el martes 22 de agosto, porque la discusión del Presupuesto Nacional aseguraba una asistencia más numerosa. A las 9.30 de la mañana de ese día, cuando los servicios de vigilancia confirmaron que habría reunión de la Cámara de Diputados, los veintitrés muchachos fueron informados de todos los secretos del plan y se les asignó a cada uno una misión precisa. Divididos en seis escuadrones de a cuatro, mediante un sistema complejo pero muy eficaz, a cada uno le correspondió un número que permitía saber cuál era su escuadra y su posición dentro de ella.

Fabuloso ingenio

El ingenio de la acción consistía en hacerse pasar por una patrulla de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería de la Guardia Nacional. De modo que se uniformaron de verde olivo, con uniformes hechos por costureras clandestinas en tallas medianas, y se pusieron botas militares compradas el sábado anterior en tiendas distintas. A cada uno le dieron un bolso de campaña con el pañuelo rojo y negro del FSLN, dos pañuelos de bolsillo por si sufrían heridas, un foco de mano, máscaras y anteojos contra gases, bolsas plásticas para almacenar el agua en caso de urgencias y bicarbonato para afrontar los gases lacrimógenos.

En la dotación general del comando había, además diez cuerdas de nylon de metro y medio para amarrar rehenes y tres cadenas con candados para cerrar por dentro todas las puertas del Palacio Nacional. No llevaban equipo médico porque sabían que en el Salón Azul había servicios y medicinas de urgencia. Por último se les repartieron las armas que de ningún modo podían ser distintas a las que usa la Guardia Nacional, porque casi todas habían sido capturadas en combate. El parque completo eran dos subametralladoras UZI, un G3, un M3, un M2, veinte fusiles Garand, una pistola Browning y cincuenta granadas. Cada uno disponía de trescientos tiros.

La única resistencia que opusieron todos fue a la hora de cortarse el cabello y afeitarse las barbas cultivada con tanto esmero en los frentes de guerra. Sin embargo, ningún miembro de la Guardia Nacional puede llevar cabellos largos ni barbas, y solo los oficiales pueden llevar bigotes. No había más remedio que cortar, y de cualquier manera, porque el FSLN no tuvo a última hora un peluquero de confianza. Se peluquearon los unos a los otros. A Dora María, una compañera resuelta, le trasquiló de dos tijeretazos su hermosa caballera de combate, para que no se ve viera que era mujer con la boina negra.

A las 11.50 de la mañana, con el retraso habitual, la Cámara de Diputados inició la sesión en el Salón Azul. Solo dos partidos forman parte de ella: el Liberal, que es el partido oficial de Somoza y el Partido Conservador, que hace el juego de la oposición legal.

Desde la gran puerta de cristales de la entrada principal se ve la bancada liberal a la derecha y la bancada conservadora a la izquierda. Al fondo, sobre un estrado, está la larga mesa de la Presidencia. Detrás de cada bancada hay un balcón para las barras de cada partido y una tribuna para los periodistas, pero el balcón de las barras conservadoras está cerrado desde hace mucho tiempo, mientras que el de los liberales está abierto y siempre muy concurrido por partidarios a sueldo. Aquel martes estaba más concurrida que de costumbre y había además unos veinte periodistas en la tribuna de prensa. Asistían casi todos los diputados y dos de ellos valían su peso en oro para el FSLN: Luis Pallais Debayle, primo hermano de Anastasio Somoza, y José Somoza Abrego, hijo del general José Somoza, que es medio hermano del dictador.

El debate sobre el presupuesto había comenzado a las 12.30 cuando dos camionetas Ford, pintadas de verde militar con toldos de lona verde y bancas de madera en la parte posterior, se detuvieron al mismo tiempo frente a las dos puertas laterales del Palacio Nacional. En cada una de las puertas, como estaba previsto, había un policía armado con una escopeta, y ambos estaban bastante acostumbrados a su rutina, para darse cuenta de que el verde de las camionetas era mucho más brillante que el de la Guardia Nacional. Rápidamente, con ruidosas órdenes militares, de cada una de las camionetas descendieron tres escuadras de soldados.

El primero que bajó fue el comandante “Cero”, frente a la puerta oriental, seguido por tres escuadras. La última estaba comandada por la número “Dos”: Dora María. Tan pronto como saltó a tierra, “Cero” gritó con su voz recia y bien cargada de autoridad: “¡Apártense! ¡Viene el jefe!”

El policía de la puerta se hizo a un lado de inmediato y el “Cero” dejó a uno de sus hombres montando guardia a su lado. Seguido por sus hombres subió la amplia escalera hasta el segundo piso, con los mismos gritos bárbaros de la Guardia Nacional cuando se aproxima Somoza, y llegó hasta donde estaban otros dos policías con revólveres y bolillos. “Cero” desarmó a uno y la “Dos” desarmó al otro con el mismo grito paralizante: “¡Viene el jefe!”

Allí quedaron apostados otros dos guerrilleros. Para entonces, la muchedumbre de los corredores había oído los gritos, había visto a los guardias armados, y había tratado de escapar. En Managua es casi un reflejo social: cuando llega Somoza todo el mundo huye.

“Cero” llevaba la misión específica de entrar en el Salón Azul y mantener a raya a los diputados, sabiendo que todos los liberales y muchos de los conservadores estaban armados. La “Dos” llevaba la misión de cubrir esa operación frente a la gran puerta de cristales, desde donde dominaba, abajo, la entrada principal del edificio. A ambos lados de la puerta de cristales había previsto encontrar dos policías con revólveres. Abajo, en la entrada principal, que era una verja de hierro forjado, había dos hombres armados con una escopeta y una subametralladora. Uno de ellos era un capitán de la Guardia Nacional.

“Cero” y la “Dos”, seguidos por sus escuadras, se abrieron paso por entre la muchedumbre despavorida hasta la puerta del Salón Azul, donde se llevaron la sorpresa de que uno de los policías tenía una escopeta. “¡Viene el jefe!”, volvió a gritar “Cero” y le arrebató el arma. El “Cuatro” desarmó al otro, pero los agentes fueron los primeros en comprender que aquello era un engaño, y escaparon por las escaleras hacia la calle. Entonces los dos guardias de la entrada dispararon contra los hombre de la “Dos”, y estos respondieron con una descarga de fuego cerrado. El capitán de la Guardia Nacional quedó muerto en el acto, y el otro guardia quedó herido. La entrada principal, por el momento, quedó desguarnecida, pero la “Dos” dejó a varios hombres tendidos para protegerla.

Al oír los primeros tiros, como estaba previsto, los sandinistas apostados en las puertas laterales desarmaron y pusieron en fuga a los policías, cerrando las puertas por dentro con cadenas y candados y corrieron a reforzar a sus compañeros por entre una muchedumbre que corría sin dirección acosada por el pánico.

La “Dos”, mientras tanto, pasó de largo frente al Salón Azul y llegó hasta el extremo del corredor donde estaba el bar de los diputados. Cuando empujó la puerta con la carabina M1 dispuesta a disparar, solo vio un montón de hombres tendidos y apelotonados en la alfombra azul. Eran diputados dispersos que se habían tirado a tierra al oír los primeros disparos. Sus guardaespaldas, creyendo que en efecto se trataba de la Guardia Nacional, se rindieron sin resistencia.

“Cero” empujó entonces con el cañón del G3 la amplia puerta de vidrios esmerilados del Salón Azul, y se encontró con la Cámara de Diputados paralizada en pleno: cuarenta y nueve hombres lívidos mirando hacia la puerta con una expresión de estupor. Temiendo ser reconocido, porque algunos de ellos habían sido sus condiscípulos en la escuela de los jesuitas, “Cero” soltó ráfaga de plomo contra el techo y gritó : “¡La Guardia! ¡Todo el mundo a tierra!” Todos los diputados se tiraron al sueldo detrás de los pupitres salvo Pallais Debayle, que estaba hablando por teléfono en la mesa de la Presidencia y se quedó petrificado. Más tarde ellos mismos habían de explicar el motivo de su terror: pensaron que la Guardia Nacional había dado un golpe contra Somoza y que venían a fusilarlos.

Formación marcial

En el ala oriental del edificio el número “Uno” oyó los disparos cuando ya sus hombres habían neutralizado a los dos policías del segundo piso y él se dirigía hacia el fondo del corredor donde estaba el Ministerio de Gobernación. Al contrario de las escuadras de “Cero”, las del número “Uno” entraron en formación marcial y se iban quedando en el camino para cumplir las misiones asignadas.

La escuadra tercera, comandada por el número “Tres”, empujó la puerta del Ministerio de Gobernación, en el momento en que resonó en el edificio la ráfaga de plomo de “Cero”. En la antesala del Ministerio se encontraron con un teniente y un capitán de la Guardia Nacional, guardaespaldas del ministro, que al oír los disparos se aprestaban a salir. La escuadra de “Tres” no les dio tiempo a disparar. Luego empujaron las puertas del fondo y se encontraron en un despacho mullido y refrigerado, y vieron detrás del escritorio a un hombre de unos cincuenta y dos años, muy alto y un poco cadavérico que levantó las manos sin que nadie se lo ordenara. Era el agrónomo José Antonio Mora, ministro de Gobernación y sucesor de Somoza por designación del Congreso. Se rindió sin saber ante quién, aunque llevaba en el cinto una pistola Browning y cuatro cargadores repletos en los bolsillos.

El “Uno”, mientras tanto, había llegado hasta la puerta posterior del Salón Azul, saltando por encima de los montones de hombres y mujeres que estaban tirados en el suelo. Luego empujó a la puerta y se quedó estupefacto: vio a “Cero” caminando hacia la mesa de la presidencial, mientras gritaba improperios con su voz de trueno, pero no vio a nadie más en el recinto. El “Uno” tuvo la impresión instantánea de que todo había fracasado. Lo mismo le ocurrió a la “Dos”, que entró en ese momento por la puerta de cristales llevando con las manos en alto a los diputados que encontró en el bar. Solo al cabo de un instante se dieron cuenta de que el salón les pareció desierto porque los diputados estaban tirados en el suelo detrás de los pupitres.

Afuera, en ese instante, se oyó un breve tiroteo. “Cero” volvió a salir del salón y vio una patrulla de la Guardia Nacional al mando de un capitán, que disparaba desde la puerta principal del edificio contra los guerrilleros apostado frente al Salón Azul.”Cero” les lanzó una granada de fragmentación, y puso término al asalto. Un silencio sin fondo se impuso en el interior del enorme edificio cerrado con gruesas cadenas de acero, donde no menos de dos mil quinientas personas, pecho a tierra, se hacían preguntas sobre su destino. Toda la operación, como estaba previsto, había durado tres minutos exactos.

Un mal almuerzo

Anastasio Somoza Debayle, el cuarto de la dinastía que ha oprimido a Nicaragua por más de cuarenta años, conoció la noticia en el momento en que se sentaba a almorzar en el sótano refrigerado de su fortaleza privada. Su reacción inmediata fue ordenar que se disparara sin discriminación contra el Palacio Nacional.

Así se hizo, pero las patrullas militares no pudieron acercarse porque las escuadras sandinistas los rechazaban con un fuego intenso desde las ventanas de los cuatro costados. Durante quince minutos, un helicóptero pasó disparando ráfagas de metralla contra las ventanas y alcanzó a herir a un guerrillero en una pierna: el número “Sesenta y dos”.

Poco después, otra llamada de Pallais Debayle le informó a Somoza que el FSLN proponía como intermediarios a tres obispos nicaragüenses: monseñor Miguel Obando y Bravo, arzobispo de Managua, que ya había sido intermediario cuando el asalto a la fiesta de somocistas en 1974; monseñor Manuel Salazar y Espinosa, obispo de León, y monseñor Leovigildo López Fitoria, obispo de Granada. Los tres, por casualidad, se encontraban en Managua en una reunión especial. Somoza aceptó. Mas tarde, también a instancias de los sandinistas, se unieron a los obispos los embajadores de Costa Rica y Panamá. Los sandinistas, por su parte, encomendaron la dura carga de las negociaciones a la tenacidad y el buen juicio de la número “Dos”.

Su primera misión, cumplida a las 2:45 de la tarde, fue entregarles a los obispos el pliego de condiciones. Pedían la libertad inmediata de todos los presos políticos, la publicación por todos los medios de los partes de guerra y de un comunicado político adjunto, el retiro de agentes armados a más de trescientos metros del Palacio Nacional, aceptación de todo cuanto pedían los empleados en huelga del gremio hospitalario, diez millones de dólares y garantías para que el comando y los presos liberados viajaran a Panamá una vez logrado el acuerdo. De modo que las conversaciones empezaron el mismo martes, continuaron toda la noche y culminaron el miércoles hacia las seis de la tarde. En ese lapso, los negociadores estuvieron cinco veces en el Palacio Nacional, una de ellas a las 3 de la madrugada del miércoles, y en realidad no parecía vislumbrarse un acuerdo en las primeras veinticuatro horas.

Lectura del comunicado

La petición de que se leyeran por radio los partes de guerra y un largo comunicado político que el FSLN había preparado, de antemano resultaba inaceptable para Somoza. Pero otra le resultaba imposible: la liberación de todos los presos que estaban en la lista. En realidad, en esa lista se habían incluido, con toda intención, veinte presos sandinistas que sin duda habían muerto en las cáceles, víctimas de torturas y ejecuciones sumarias, pero que el gobierno se negaba a reconocer.

Somoza envió al Palacio Nacional tres respuestas escritas impecablemente en máquina eléctrica, pero todas sin firmas y redactadas en un estilo informal plagado de ambigüedades astutas. Nunca hizo una contrapropuesta sino que trataba de eludir las condiciones de los guerrilleros. Desde el primer mensaje fue evidente que quería ganar tiempo, convencido de que veinticinco adolescentes no serían capaces de mantener a raya por mucho tiempo a más de dos mil personas acosadas por la ansiedad, el hambre el sueño. Por eso su primera respuesta a las 9 de la noche del martes fue un desplante olímpico que pedía veinticuatro horas para pensar.

Sin embargo, en su segundo mensaje, a las 8.30 de la mañana del miércoles, había cambiado la arrogancia por las amenazas, pero empezaba a aceptar condiciones. La razón parecía clara: los negociadores habían recorrido el Palacio Nacional a las 3 de la madrugada y habían comprobado que Somoza se equivocaba en sus cálculos. Los guerrilleros habían desalojado por iniciativa propia a las pocas mujeres embarazadas y a los niños, habían entregado por medio de la Cruz Roja a los militares muertos y heridos, y el ambiente en el interior era ordenado y tranquilo. En el primer piso, en cuyas oficinas se habían concentrado los empleados subalternos, muchos dormían en paz en sillones y escritorios y otros se dedicaban pasatiempos inventados. No había le menor señal de hostilidad, sino todo lo contrario, contra los muchachos uniformados que cada cuatro horas hacían una inspección del recinto. Más aún; en algunas de las oficinas públicas habían preparado café para ellos, y muchos de los rehenes les habían expresado su simpatía y solidaridad, incluso por escrito, y habían pedido permanecer allí de todos modos como rehenes voluntarios.

En el Salón Azul, donde habían concentrado a los rehenes de oro, los negociadores habían podido observar que el ambiente era tan sereno como en el primer piso. Ninguno de los diputados había ofrecido la menor resistencia, los habían desarmado sin dificultad y a medida que pasaban las horas se notaba en ellos un rencor creciente contra Somoza por la demora de los acuerdos. Los guerrilleros, por su parte, se mostraban seguros y bien educados, pero también muy resueltos. Su réplica a las ambigüedades del segundo documento fue terminante: si dentro de cuatro horas no habían respuestas definitivas empezarían a ejecutar rehenes.

Somoza debió comprender entonces la vanidad de sus cálculos y concibió el temor de una insurrección popular, cuyos síntomas comenzaban a vislumbrarse en distintos lugares del país. De modo que a la 1:30 de la tarde del miércoles, en su tercer mensaje, aceptó la más amarga de las condiciones: la lectura del documento político del FSLN a través de todas las emisoras del país. A las seis de la tarde, después de dos horas y media, la transmisión había terminado.

Signos de capitulación

Aunque todavía no se llegaba a ningún acuerdo, la verdad parece ser que Somoza estaba dispuesto a capitular desde el mediodía del miércoles. En efecto, a esa hora los presos de Managua habían recibido órdenes de preparar sus maletas para viajar. La mayoría estaba enterada de la acción por los propios guardianes, y muchos de éstos, en distintas cárceles, les expresaron sus simpatías secretas. En el interior del país, los presos políticos estaban siendo conducidos a Managua desde mucho antes de que se vislumbrara un acuerdo.

A esa misma hora, los servicios de seguridad de Panamá le informaron al General Omar Torrijos que un funcionario nicaragüense de mediano nivel quería saber si él estaría dispuesto a enviar un avión para los guerrilleros y los presos liberados. Torrijos estuvo de acuerdo. Minutos después recibió una llamada del presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, quien estaba muy al corriente de las negociaciones y notablemente preocupado por la suerte de los sandinistas, y quería coordinar con su colega de Panamá la operación del transporte. Esa tarde, el gobierno panameño alquiló un Electra comercial de la compañía COPA y Venezuela mandó un Hércules inmenso. Ambos aviones esperaron en el aeropuerto de Panamá, listos para despegar, el final de las negociaciones.

Culminaron, en realidad, a las 4 de la tarde del miércoles y a última hora trató Somoza de imponer a los guerrilleros un plazo de tres horas para abandonar el país, pero estos se negaron, por razones obvias, a salir de noche. Los diez millones de dólares fueron reducidos a quinientos mil, pero el FSLN decidió no discutir más, primero porque el dinero era de todos modos una condición secundaria, pero en especial porque los miembros del comando empezaban a dar peligrosas señales de cansancio después de dos días sin dormir y sometidos a una presión intensa. Los primeros síntomas, graves, los notó en sí mismo el comandante “Cero”, cuando descubrió que no lograba concebir la ubicación del Palacio Nacional dentro de la ciudad de Managua. Poco después, el número “Uno” le confesó que había sido víctima de una alucinación: creyó oír que pasaban trenes irreales por la Plaza de la República. Por último, “Cero” observó que la número “Dos” había empezado a cabecear y en un pestañeo instantáneo estuvo a punto de soltar la carabina. Entonces comprendió que era urgente terminar aquel drama que había de durar, minuto a minuto, cuarenta y cinco horas.

El jueves, a las 9.30 de la mañana, veinticinco sandinistas, cinco negociadores y cuatro rehenes abandonaron el Palacio Nacional con rumbo al aeropuerto. Los rehenes eran los más importantes: Luis Pallais Debayle, José Somoza, José Antonio Mora y el diputado Eduardo Chamorro. A esa hora, sesenta presos políticos de todo el país estaban a bordo de los dos aviones llegados de Panamá, donde todos habían de pedir asilo pocas horas después. Sólo faltaban por supuesto, los veinte que nunca más se podrían rescatar.

Los sandinistas habían puesto como condiciones finales que no hubiera militares a la vista ni ninguna clase de tráfico en la ruta del aeropuerto. Ninguna de las condiciones se cumplió, porque el gobierno ordenó a la Guardia Nacional salir a las calles para impedir cualquier manifestación de simpatía popular. Fue un intento vano. Una ovación cerrada acompañó el paso del autobús escolar, y las gentes se echaban a la calle para celebrar la victoria, y una larga fila de automóviles y motocicletas, cada más numerosa y entusiasta, los siguió hasta el aeropuerto. El diputado Eduardo Chamorro se mostró asombrado de aquella explosión júbilo popular. El comandante “Uno”, que viajaba a su lado, le dijo con el buen humor de alivio: “Ya ve, esto es lo único que no se puede comprar con plata”.