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Tengo a la muerte frente a mis ojos. Mi presencia en esta sala lo confirma. Es como si la invocara, pero en realidad todas las mañanas la encuentro allí, esperándome. Mi trabajo es interrogar a los muertos. Para eso me puse este par de guantes, el gorro de cirujano y la mascarilla hace unos minutos. A las 8 de la mañana de este martes 23 de junio tres cuerpos esperan turno dentro de bolsas negras. Dos hombres adultos y un bebé.

Mi nombre es Alfredo Romero, médico forense. A menudo me preguntan si este oficio provoca cierta adaptación a la muerte y les contesto que puede que sí, pero que uno jamás pierde la sensibilidad. No voy a mentir: cuando tengo en la mesa a un bebé, como ahora, de repente todo es menos fácil y la mano tiembla antes de agarrar el bisturí. Ella es Blanqui, el cuerpo número 985 del año, y estoy a punto de hacerle una autopsia. Ingresó anoche. Se cayó. Tenía un año con cuatro meses.

***

El cuarto no es agradable a la vista. Mucho menos al olfato. El olor es fuerte, una mezcla entre sangre, formol y carne descompuesta que hace inútil la mascarilla de protección. Este debe ser el olor a muerte. Las paredes son entre amarillentas y oscuras. Nadie llega aquí por equivocación. Es la sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador, y tampoco es muy grande. Solo lo suficiente para que en su interior permanezcan tres camillas largas o bandejas de metal dispuestas para ser ocupadas por cuerpos inertes. El trabajo de cada día. Encima de una yace Blanqui. Hasta hace doce horas todavía estaba viva. Ahora, este diminuto cuerpo moreno que hizo titubear a Alfredo, el forense de turno que accedió a participar en esta historia, presenta ya los primeros signos de rigidez.

Alrededor suyo, más muerte: un hombre todavía embolsado, con la etiqueta de “no identificado” sobre uno de sus pies. De él lo único que saben los forenses antes de abrir la bolsa es lo que dice su breve historial: muerte violenta por arma de fuego. Otra más. Es el cuerpo número 986.

Más al fondo, otro hombre, joven. Lo trajeron desde Apopa. Ahorcado. El tercer cadáver en la sala, el 987. Su historial indica un suicidio, pero aún es prematuro de confirmar. Lleva en Medicina Legal desde las 5 de la tarde del día anterior. Pero ayer fue lunes y la sala estaba saturada. Lo dejaron para hoy en la mañana, junto a la niña y al que está en la bolsa plástica, del que más adelante se supondrá era miembro de pandillas. De los dos hombres adultos se ocuparán esta mañana una doctora y dos auxiliares de autopsia.

Alfredo tiene el bisturí en la mano. Sus lentes lucen un tanto caídos, pero prefiere no tocar nada, no acomodárselos hasta que todo termine. Primero retira el pamper sucio con el que venía. Observa el cadáver de Blanqui en búsqueda de señales, cualquiera, hasta lo más mínimo que le ayude a precisar una causa de muerte. Le sostiene la cabeza, pequeña, pelona, y cuenta lo que ve: la única señal física es una sutura en la parte posterior de la cabeza, como una X. Un intento –en vano– del hospital por salvarle la vida. Tras la primera inspección, su deber como forense es anotarlo todo. No puede escaparse nada, sobre todo cuando se trata de un niño, asegura.

Esto que ahora hace, vuelve a decir, es difícil. “Los niños siempre son víctimas.” Pero su deber es buscar la verdad, o indicios de esta: “Vamos a ver que el cuerpo de esta niña nos cuente qué le pasó”.

Blanqui se cayó. Tiene un golpe en la cabeza y creen que esa fue la causa de su muerte. El historial médico es escueto y solo registra este dato. Pero no se necesita la autopsia solo para confirmar lo que ocasionó su muerte. Cumple también con otro requerimiento obligatorio: sus restos serán inhumados en el extranjero y para sacarlos del país necesitan del procedimiento. La familia es guatemalteca. Y eso es todo lo que el forense sabe sobre ella hasta ahora.

La rigidez cadavérica comienza a manifestarse en esas cortas extremidades de niña. El forense aún puede moverle la cabeza con relativa facilidad. Más tarde explicará cómo funciona el mecanismo de la muerte en un cuerpo: a las 24 horas, presenta una rigidez total, tieso como un palo. Y a las 36, recupera de nuevo la flacidez.

Ahora, comienza con el cráneo. Son las 8:30 de la mañana. Con la destreza de un cirujano, Alfredo hace una rápida incisión que atraviesa el cuero cabelludo hasta levantarlo, como quien pela la cáscara de una fruta. En adelante, no se verá nada bonito, comenta. “No es que seamos excepcionales, pero no es un trabajo para cualquiera.”

La delicadeza no es algo propio de este oficio. Para abrir el cráneo, Alfredo toma una pequeña sierra eléctrica. El sonido penetrante del instrumento lo invade todo. En este momento, lo mejor para la mente es tratar de imaginar que está perforando un pedazo de tabla, o de lo que sea, y no un cráneo humano. El de una niña.

Enfrente, el hombre joven, ahorcado, ya está desnudo. Su piel luce amarillenta. La camiseta roja y los pantalones azul negro que traía están en el suelo, junto a unos zapatos tierrosos. Todavía tiene los ojos entreabiertos, en dirección al techo. El auxiliar de autopsia acaba de terminar con el cráneo y la colega que entró con Alfredo a la sala no encontró lesiones en el cerebro. Es hora de pasar revista a los órganos internos. Con un corte en Y, el auxiliar abre la caja torácica y el abdomen. La patóloga supervisa y anota.

El cuadro no es fácil de contemplar. Pero los forenses, como expertos de esta rutina, meten la mano, revuelven y sacan, sacan, sacan. Las vísceras expuestas y el sonido de las costillas quebradas con tenazas no son escenas tan diferentes a lo que se ve en series de televisión, solo que sin las amplias instalaciones, el ejército de especialistas, obsesiva pulcritud o recursos sofisticados. Alfredo se dice aficionado de estas series. Sin mucho pensar, dice que le gustaría trabajar en uno de esos lugares con mejores condiciones, en donde “uno solo pide y le dan las cosas rápido”.

No es difícil creerle cuando, a sus espaldas, el angosto cuarto frío de Medicina Legal luce copado. Solo tiene capacidad para ocho cuerpos embolsados y repartidos en dos estantes. Aquí mantienen a los que nadie reclama, a los olvidados o a los que llegan demasiado desbaratados y rotos como para identificarlos sin un examen de ADN. También debe haber cupo para almacenar temporalmente los cuerpos que vienen a parar aquí el fin de semana, cuando no se hacen autopsias. Cuando la amalgama de factores se junta, es inevitable que haya cuerpos en el suelo, donde el riesgo de contaminación es mayor.

—Esto no es CSI, es El Salvador –se apresura a comentar, entre resignado y jocoso. A veces, dice, el humor suele ser un escudo emocional necesario.

***

En Blanqui el examen avanza a sus órganos internos. Los extrae. Es entonces cuando Alfredo encuentra algo que no es normal: una masa de sangre coagulada entre el hígado y el intestino. Un golpe interno. Hemorragia masiva. De pronto, a la historia clínica de Blanqui le faltan piezas. Para Alfredo, la verdadera causa de muerte ha tomado otro giro: “Puede ser que cuando se cayó también se golpeó el estómago con una mesa u otra superficie. O que alguien la haya golpeado”.

Alfredo toma fotos. Coloca una viñeta con unos números en la cavidad abdominal y toma más fotos que serán su evidencia. Acto seguido, llama a su colega, la doctora Martínez, quien hace unos minutos había pedido a uno de los auxiliares desembolsar al hombre no identificado.

—¡Ah! ¡Si es grande! –dice mesurada la doctora, con la convicción de alguien que con 15 años de experiencia ha visto eso y más.

Alfredo le entrega la cámara a su colega. Se pone un tercer par de guantes para seguir con el procedimiento. En una autopsia puede ocupar entre tres y cuatro. Hoy lleva puestos unos talla 7. Sin embargo, aclara que hay veces en las que le toca usar aquellos que estén disponibles. No importa que sean una o dos tallas menos.

Los forenses devuelven a un cadáver lo que le extraen. Por eso ahora Alfredo sutura el tórax y el abdomen con una aguja especial e hilo de cáñamo de unos 15 centímetros de largo. La costura asemeja una trenza que recorre el pequeño cuerpo desde el pecho. Muchas veces, como hoy, le toca rellenar con papel el interior del cráneo para devolverle su redondez y dejarlo sin hendiduras. Blanqui vuelve a tener rostro.

***

El fin de semana que antecedió a la autopsia de Blanqui fue uno de los más violentos en el país. Murieron 26 personas. Veintiséis. Los municipios, los de siempre: Apopa, San Salvador, Soyapango. Por eso no resultó atípica la advertencia que al otro lado del teléfono hizo Alfredo a la mañana siguiente, cuando el trabajo le obligó a posponer la primera entrevista para esta historia: “Hoy amanecieron doce”. El sábado llevaron a cuatro y el domingo, ocho.

Es por eso que los lunes son atareados aquí. Y en El Salvador, el país más violento de América Latina, trabajo es lo que más le sobra a un forense. En este país que de enero a junio ha arrojado 2,034 homicidios, según la Policía.

Las cifras abonan a esta profesión. Los primeros 21 días de junio daban cuenta de 256 personas asesinadas. Las muertes diarias de salvadoreños llegan a 12, según Medicina Legal, mientras que la Policía dice que son 13. Casi nunca concuerdan.

Lo que es un hecho es que el hombre no identificado recién sacado de la bolsa cumple con las estadísticas. Víctima de la violencia. Más del 80% de los fallecidos son hombres. Unos 570 homicidios tuvieron lugar en la vía pública y la mayoría fueron cometidos con un arma de fuego.

Una vez extendido en la bandeja de metal, los auxiliares de autopsia le levantan el brazo izquierdo y notan el orificio que dejó el proyectil de bala. Uno bastó. Entró por el brazo, un poco abajo del hombro, y destrozó órganos vitales. Lo abren. Hígado, riñones y páncreas lucen intactos. Lo siguiente que notan es una serie de tatuajes en una pierna. Uno aún revela números y letras representativos de una pandilla. Y eso es lo único que intuirán los forenses sobre su identidad. Al final del día, el cuerpo regresará al cuarto frío como uno más sin nombre. La autopsia concluye.

El auxiliar le ha vuelto a coser todo menos la cabeza: se le quebró la aguja para suturar. Alfredo no puede darle una. No están a la mano y deberá esperar a que un supervisor vaya al depósito de insumos y la traiga. Mientras, el hombre, el caso número 987, también deberá esperar ahí tumbado en la bandeja un rato más, con el cráneo abierto.

***

Diez de la mañana. La autopsia de Blanqui ha terminado. Causa de muerte: politraumatismo, hemorragia cerebral y hemorragia en cavidades abdominales. Eso escribe Alfredo en el reporte forense.

Al salir de la sala de autopsias se respira con normalidad otra vez.

Alfredo desecha el traje quirúrgico y los botines de plástico que utilizó. Se enfunda en una bata de un blanco inmaculado con su nombre bordado al lazo izquierdo del pecho. No se le nota cansado. Atraviesa un pasillo de puertas entreabiertas y se adentra en una oficina. Sobre una mesa hay un microondas —que sirve a los médicos para calentar el almuerzo—, una cafetera y una silla de escritorio maltrecha color café. Alfredo se sienta detrás de un escritorio y levanta el teléfono. Hace lo que siente debe hacer. Marca un número y una mujer le atiende.

—Buenos días, quisiera hablar con la fiscal del caso de…

—…

—Sí, buenas, señorita le habla el doctor Alfredo Romero, del área de patología forense del Instituto de Medicina Legal. Es con respecto al caso que tienen ustedes de la niña Blanqui. Acabo de terminarle la autopsia y encontré algo que llamó mi atención…

—…

—Ajá. No tiene ninguna señal en la piel del abdomen, pero adentro hay una hemorragia grande. Ante la sospecha de que pueda tratarse de maltrato infantil, yo lo estoy notificando para ver qué más se puede investigar. Fíjese que la historia clínica solo dice que ingresó por una caída de un metro de altura.

—…

—Ok, a la orden. Hasta luego. Sí, Alfredo Romero es mi nombre.

Cuelga y lo hace con serenidad. Está satisfecho. Llamó porque según sus cuentas el expediente del caso tardará al menos 10 días en estar completo. El tiempo, dice, es algo que juega en contra de un forense. Dice que una llamada ahora podría marcar la diferencia entre investigar una historia de maltrato o una simple caída.

Alfredo está de guardia en el área de patología cuando se realiza esta entrevista y hay que interrumpir cada vez que suena el teléfono o cuando algún trabajador abre la puerta y se asoma con una duda en el rostro.

—Disculpe doctor, tiene el reporte de…

—Sí, ya le digo… Mire, mire, y ¿no ha llegado otro?

La eterna inquietud de un forense.

***

Cuando Alfredo Romero llegó al equipo de patología de Medicina Legal, en 1994, era un novato en esto de la medicina forense. Hoy lleva poco más de quince años de experiencias en un ambiente lúgubre, entre cuerpos inertes y penetrante olor a formalina. En el año 2000, con una beca, obtuvo su especialización como forense en México y luego de tres años regresó a ocupar su misma plaza. Investigar. Exigirse. Ahí, dice, está la clave.

Pero al principio no tenía claro que esto de interrogar a los muertos sería su camino. Es más, hablar de la razón que lo llevó a escoger esta profesión pasa necesariamente por hablar de por qué no quería hacerlo.

—Yo estaba muy bien en el hospital de Sonsonate como médico general. Vine aquí sin conocer de medicina forense. Todo comenzó aquel día: veníamos de un adiestramiento con las enfermeras y yo como jefe de residentes en un microbús. A un lado de la carretera venía una señora con su niño, eran cortadores de café. Un carro se los pasó llevando. Al niño no le pasó nada, pero a la señora la destruyó por completo, le pasó encima. Nos bajamos con las enfermeras para dar asistencia. Dimos aviso al puesto de la Policía en Los Naranjos y notificamos el hecho. Aquello me impactó demasiado, el niño llorando, la mamá destruida. Yo dije: “Esto no es para mí, no puedo ser forense”. Pero parece que escupí para arriba y me cayó en la cara.

Luego le tocó su primera autopsia. Un hombre atropellado. Con los años llegarían los casos “especiales”. Como en 2004, cuando practicó autopsia en Matthew Knight, hijo del fundador de la empresa deportiva Nike, quien murió ahogado cuando buceaba en el lago de Ilopango. En esos casos, dice, preferiría no involucrarse.

—Me llamaba incluso un delegado de la embajada de Estados Unidos preguntándome por cosas a las que no tenía acceso. Yo le decía que solo podía responderle por la autopsia. Nada más.

Alfredo es reservado. Y esta característica no es exclusiva en su forma de trabajar. Con su esposa, quien también es médico forense en otra dependencia, han pactado que lo laboral se queda en la oficina. Ninguno habla de los casos que atendieron ni de a qué personaje tuvieron ese día en mesa de autopsias.

—Mi hijo de 13 años sabe lo que hago. No lo quiere hacer él. Dice que quiere ser doctor algún día, pero doctor de vivos, no de muertos.

***

En el área de patología de Medicina Legal laboran 14 médicos forenses. Un grupo de seis, entre ellos Alfredo y su colega de esta mañana, trabajan exclusivamente en sala de autopsias. Los ocho restantes, además de practicar autopsias durante el día, también laboran para el área de clínica por las noches: reconocimiento de cadáveres en la escena del crimen y traslado a la morgue. Alfredo dice, y no duda, sentirse bien en su posición. No le gustaría salir a la calle a levantar cadáveres. Dice, y tampoco tiene duda, que las autopsias son ahora su especialidad.

Este forense está convencido de que la perfección es lo mínimo que debe exigirse en el oficio. Incluso cuando se trata de autorizar a alguien que dice ser familiar para que identifique un cuerpo. Desde su oficina, no se cansa de repetir que esto no es un circo, ni mucho menos, como para que esas bolsas negras se abran ante a los ojos de cualquiera.

Acto seguido, recuerda algunas desventuras de la profesión. Como la ocasión en la que a unos colegas les robaron el vehículo del instituto calle al volcán con todo y fallecido. “Los delincuentes ni se fijaron y más adelante dejaron abandonado el pick up. ¡Vaya sorpresa la que se llevaron!”

Otro colega entra a la oficina y se incorpora a la plática. Responde como experto a la inquietud de por qué en el instituto el horario de autopsias termina a las 8 de la noche.

—En los hospitales se trabaja las 24 horas porque la gente está alerta todo el tiempo, por la misma adrenalina, pero aquí ¿para qué va a estar alerta uno? La persona ya está muerta.

En la sala, la doctora Martínez ha concluido la autopsia del hombre joven. Ahorcado. “Suicidio”, le añadirá al reporte. Sale del cuarto y se lleva consigo el pedazo de lazo azul que traía enrollado en el cuello. Es el último de los tres. El reloj marca las 11 de la mañana. Termina una jornada más en la sala de autopsias de Medicina Legal.

***

Del caso de Blanqui lo último que supe fue lo que su padre me dijo mirándome a los ojos ese mismo día. Han pasado tres días desde que ese hombre, de hablar y vestimenta humilde, me juró que estaba tan sorprendido como yo por el golpe que había encontrado. Le dije que como médico, mi deber era informarlo a la autoridad. Que esta entrevista no formaba parte del proceso, pero que quería decírselo. Ese mismo día se llevaron el cuerpo de Blanqui. Aquella fiscal a la que se lo conté todo no me ha preguntado más.

Hoy, viernes, amanecieron cinco cuerpos. Son las 8 de la mañana y a mí me tocará examinar a tres. Dos hombres y una mujer. El día apenas comienza.

Mezcólatras

Publicado: 16 octubre 2009 en César Castro Fagoaga
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Antes de comenzar a escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 54.8% Alc. Vol., mezcal Rudo. Sirvo y mientras el líquido cae dentro del caballito de dos onzas explota en burbujas y perlea. Meto la punta de mi meñique derecho en el vaso y llevo la gota a la palma de mi otra mano. Froto. Hago una mascarilla con mis manos y la acerco a mi nariz. El aroma es dulce, de maguey cocido. Me acerco el vaso y el olor es más fuerte, destapa narices. Doy un trago corto, sin prisas, y el mezcal me lava la lengua, encías y dientes. Lo trago y después doy una bocanada de aire que me regresa el sabor del mezcal desde mis entrañas con más intensidad. Sería injusto que lo intentara describir, incluso los sommeliers de la Ciudad de México han tenido problemas para descifrar los mezcales tradicionales, pero en mi defensa podría decir que este mezcal, además de rudo, tiene sabores cítricos.

No, esta no es una crónica voyerista ni mundana; todo lo contrario, apunta maneras en el campo didáctico. Porque a esta altura, más de uno o una se estará preguntando qué es eso del mezcal, amén de una bebida alcohólica. En El Salvador, el mezcal suena a chino, desconocido en los bares y cantinas, peor en las discotecas. Uno de los mezcales sin embargo, porque habrá que decir que son muchos, sí ha penetrado paladares en El Salvador y en buena parte del mundo. Con una exportación desde México de 137 millones de litros el año pasado, el tequila es el mezcal más famoso y sin duda la bebida insigne del municipio de Tequila, en el estado de Jalisco, y por la que se conoce a todo mexicano.

Pero no es el único mezcal y hay quien cuestiona que sea el mejor por haber abandonado su elaboración tradicional de antaño. Pero estábamos hablando del mezcal.

*****

El bar se llama Red Fly, anuncia que vende cortes argentinos, pero por ningún lado se vislumbra que ahí, los últimos martes de cada mes, se reúna la Logia de los Mezcólatras. Podría parecer que las reuniones de los martes son simples catas, o saboreadas como las llaman ellos, pero el culto al mezcal de esta logia tiene un punto extra: lo que se saborea no es cualquier destilado del maguey sino mezcales elaborados de forma tradicional, un producto que, como se podrá leer más adelante, se salva por rato de la extinción.

Pero hoy no es martes, sino miércoles, y Cornelio Pérez está cerca de la barra cerrando un acuerdo comercial. Cornelio, que usa grandes gafas de pasta y viste con camiseta y jeans, es muy conocido en el Red Fly. Originario de Oaxaca y de familia mezcalera, Cornelio se dedica a comercializar mezcales tradicionales en la Ciudad de México, lo hace con la marca “La Venencia”, que proviene de Ejutla, Oaxaca. Pero su currículo da para más: es uno de los coordinadores y creadores de la Logia de los Mezcólatras.

—La idea de la logia fue contar con un grupo de personas que se dedicara exclusivamente a probar mezcales tradicionales, ¿por qué? En México hay una tradición de mezcales muy vieja, por lo menos en 21 de los 32 estados, pero desgraciadamente como son producciones que vienen de zonas rurales, que las producen poblaciones indígenas, campesinas o mestizas, esas bebidas difícilmente llegan en su calidad original.

La logia arrancó en diciembre de 2005. Desde entonces ha crecido en número de adeptos que pagan una cuota de recuperación que varía entre 200 y 100 pesos (15 y 7 dólares) para tomar un mezcal y luego tertuliar con sus apreciaciones. Después de 120 degustaciones, Cornelio calcula que más de mil personas se han acercado o pertenecen a la logia, personas que tienen como lema una frase de los mezcólatras: “Un día sin mezcal es como un día sin sol”.

Ahora es noche, primavera lluviosa en México, y Cornelio sentado en la mesa responde las dudas de un ignorante del mezcal. Zanjada la aclaración de que el mezcal es un licor que se destila de algunas de las cerca de 200 especies de maguey, esa planta que parece un aloe vera gigante, Cornelio cuenta las razones por la que un mezcal se puede considerar tradicional.

—Es aquel que se hace exclusivamente de maguey maduro, ya sea silvestre o de cultivo. El maguey acumula en su piña o cabeza almidones y azúcares. Parecería trivial, pero muchos cortan el maguey todavía tierno. En el caso del tequila es patético, lo cortan hasta de tres años.

No es difícil adivinar que Cornelio no toma tequila. La aversión se explica en el proceso de producción. Un maguey es un cultivo para pacientes. La planta tarda entre ocho y nueve años en madurar y es en ese momento en que desarrolla el azúcar que será necesario para la posterior fermentación. En el caso del tequila, la demanda agiliza la poda del maguey en menor tiempo, después de los tres y antes de los seis años, por lo que la planta no despliega azúcares.

Si la cortas antes no tienes azúcares, no tienes nada para fermentar después. Y usan azúcares sustitutos, es una bebida falsificada para decirlo ya, ni se le puede llamar tequila porque para eso tendría que ser mezcal.

Cornelio no está mintiendo. En 2004, México aprobó algo conocido como PROY-NOM-006-SCFI-2004, que en términos coloquiales es la norma que rige la producción de tequila. Uno de los apartados define qué es tequila. Se lee que el licor podrá llevar hasta un 49% de otros azúcares.

A la mesa llega Gustavo Contreras con una botella de mezcal en la mano y tres vasos de dos onzas. Gustavo es el otro coordinador de la Logia, es de Durango y comercializa la marca de mezcal “Dioseño”. Estamos por entrar a lo práctico. Gustavo sirve en los tres vasos y Cornelio continúa con la explicación del deber ser del mezcal tradicional: cultivado sin químicos, fermentado con levaduras naturales, 45 grados de riqueza alcohólica y el maguey horneado en horno de tierra.

Levanto el vaso y me dispongo a probar, pero me detengo y mejor pregunto cómo debe hacerse. Lo primero, dice Cornelio, no como el tequila, no de golpe. Y entonces me habla del perleado. Coge la botella con una mano y la agita suavemente. El resultado son miles de pequeñas burbujas que ascienden desde lo más bajo. Son las perlas. Un destilado arriba de 45 grados perlea, es como si te estuviera diciendo que no está diluido con agua. Después me enseña la prueba del dedo, la gota en la mano y el frotado para aspirar los olores de maguey cocido. Lo pruebo despacio y ese mezcal sabe… sabe bien.

Gustavo sirve dos vasos más, esta vez de otra botella con mezcal incoloro, como la primera, pero con gusano. No todo el mezcal tiene un gusano muerto navegando entre sus aguas; algunos productores lo colocan para darle un sabor específico, sabor a gusano, pero hay otros que prefieren tal cual: claramente incoloro. También hay un mezcal en el que se utiliza una pechuga de pavo para darle sabor, pero esa es otra historia. Pruebo el mezcal con gusano. Cornelio dice que lo primero será el sabor del gusano, pero ya cuando lo paladee más habrá un sabor dulce, como frutal, también una parte mineralizada. Lo que destaca es un gusto salobre, a gusano.

La plática se ha derivado, al cabo de una hora, en la primera vez en que los mezcólatras probaron por primera vez el mezcal. Cornelio recuerda que fue a los seis años, Gustavo a los cinco. No es algo raro, como me daré cuenta un par de días después, que los niños prueben gotas de mezcal para familiarizarse con el sabor o que pidan trozos de maguey cocido como el chocolate más exquisito. Cornelio avisa que tendrá que irse y Gustavo sirve dos copas más. Antes de que sea peor, le pregunto a Cornelio qué región mexicana es más recomendable para buscar el mejor mezcal. Responde que depende, Oaxaca por la variedad, pero también que hay un buen mezcal en Michoacán o en Puebla. Me da un número, el de Guillermo Hernández, de Santiago Matatlán, en Oaxaca.

*****

Oaxaca está a seis largas horas en autobús de la Ciudad de México. Es sábado y la ciudad, que en el casco antiguo recuerda a la Antigua Guatemala y en la periferia, salvando las diferencias, a algunos tramos de Santa Ana, ha amanecido con una espesa capa de nubes grises. Las calles empedradas del centro histórico, muy cerca de la iglesia de Santo Domingo y sus retablos dorados, aloja esta mañana una manifestación blanca a favor de Malena, una profesora de un instituto local que está presa por presuntamente haber protegido a un grupo de pederastas.

Al sur sobre la calle Alcalá, la misma de la protesta, hay varias tiendas que venden mezcal. Son especializadas y de momento no cuadra con la explicación dada por Cornelio Pérez, el mezcólatra. Hay mezcal Oro de Oaxaca reposado, con un color parecido al almíbar de durazno. Cremas de mezcal, grises, verdes, amarillas.

Para llegar a “El Oasis” se camina seis cuadras al oeste del zócalo. El expendio hace esquina con Periférico, una avenida transitada. Dentro, hay una sola persona detrás de una barra de madera. Tiene 64 años, es zapoteco (una etnia indígena que habita en parte de Oaxaca) y se llama Rodrigo Hernández. Es la segunda generación de maestros mezcalilleros de su familia; la tercera es su hijo, Guillermo Hernández, el contacto brindado por Cornelio. Guillermo ha salido y Rodrigo observa y platica no con poco recelo.

Detrás de él hay un estante grande de madera donde se exhiben las diferentes marcas de mezcal que su hijo produce, porque él ahora se dedica a atender el expendio. A la vista hay botellas de mezcal Bonachón, blanco (incoloro) y reposado, con gusano o en cremas de diversos sabores: maracuyá, almendra, mango, café. La de kiwi, con un verde intenso, es particularmente vistosa. Hay botellas sin etiqueta, otras pintadas que dicen mezcal Pechuga con un trozo de maguey dentro y otra con mezcal blanco, de marca Doba, con un pavo en la etiqueta.

Le digo a Rodrigo que estoy un poco sorprendido. Pensaba que el expendio era para la venta de mezcales tradicionales.

—Pues mire, lo que es mezcal tradicional y como es el mezcal es blanco, minero, antes decíamos un blanco minero y lo tomábamos de 45 grados. Ese es un mezcal legítimo, auténtico, pero ya después la gente de antes se fue y vienen los que vienen creciendo y la demanda es que quieren más suave como un mezcal reposado, que se reposa en barricas por nueve o diez meses.

—¿Pero para que sea mezcal tiene que tener arriba de 45 grados, no?

—Así es, pero tiene uno que adaptar a lo que el consumidor pida.

Rodrigo comenzó la fabricación del mezcal en 1970. En su pueblo, Santiago Matatlán, la mayoría de la población vive del maguey. Rodrigo entró a un palenque, como se le conoce a las fábricas tradicionales de mezcal, y cumplió etapas: primero cortó maguey, después lo tapó para cocerlo, molió el maguey con la ayuda de un caballo… La historia se interrumpe con la llegada de Guillermo. Es pequeño como su padre, moreno, y con un parecido sorprendente. Tiene una sonrisa simpática y pareciera que el nombre del mezcal Bonachón se inspiró en él.

Guillermo comenta algo similar a su padre, que los mezcales comerciales que ahora vende han sido producto de la demanda y la competencia. Les pregunto a ellos, productores de mezcal, sobre la mejor forma de saborear un mezcal. Los dos coincidirán en que no toman tequila y que el mezcal nunca debe tomarse rápido, sin respeto, pues eso sería un pecado, dice Guillermo.

Rodrigo pregunta si quiero probar un mezcal. Se gira y busca una botella grande y transparente que luego servirá en un pequeño vasito de plástico de menos de una onza. Dice que es de Agave maduro, un mezcal con sabor a pesar de que solo llega a los 38 grados y con ello, según sus propias exigencias, no alcanza a considerarse un mezcal tradicional. Ese tipo de agave, dirá Rodrigo, no da para más grados. Agave es el nombre científico del maguey, pero es ya costumbre que se usen como sinónimos. Pongo una gota del mezcal en mi mano y la froto, luego meto el aroma en mi nariz. Rodrigo dice que seguro será un olor fuerte, mucho a maguey. El sabor no lo es tanto, pero ya me había advertido que solo tenía 38 grados.

La producción del mezcal es caprichosa. Dependerá del tipo de planta la cantidad de litros que puedan hacerse. Rodrigo da una pista: para hacer un lote del mezcal que acabo de probar se cortan 40 plantas de maguey, pero solo servirá la mitad. Guillermo, a su lado, hace un cálculo más preciso: en promedio, siete kilos de maguey rinde un litro de mezcal y ese , el de agave maduro, requiere el doble. Por eso es caro, añade Rodrigo.

La botella cuesta 200 pesos, cerca de $15. Los mezcaleros tienen también en venta pequeñas botellas de un cuarto de litro que a simple vista lucen como las de cualquier aguardiente, Tic-Tac o pacha que se distribuye en los expendios de San Salvador. No están a la vista, situadas en la balda más baja del mueble, colocadas junto a una docena de botellines plásticos de agua con un líquido incoloro.

Es mezcal Especial, producido con maguey espadín, a 45 grados. Es, en el mar de mezcales reposados, saborizados, cremados y apechugados, el único que ellos mismos consideran puro, blanco y tradicional. Pero está escondido, ninguneado por los clientes que prefieren la crema de kiwi, y a un precio de 15 pesos, poco más de un dólar. Y se trata de una joya. Rodrigo me sirve una copita.

Los dos zapotecos se sueltan y se animan con la charla. Hablan y se interrumpen para contar algunos entresijos de la cultura del mezcal. Una mujer embarazada, dirá Guillermo, no puede acercarse al palenque cuando se está cociendo el maguey en el horno. Correría el riesgo de que se cortase el proceso, pero si ello ocurriera la solución la tiene la misma mujer, que deberá arrojar trozos de maguey al horno. El mezcal no es una labor de mujeres, aunque algunas veces ayuden en la corta de la planta.

Otra botella curiosa es la pintada de rojo y con letras desiguales donde se lee mezcal de pechuga. El líquido es amarillento y dentro de la botella hay dos o una raja de maguey. En ese momento me parece obvio porque cuando mencionan pechuga se me ocurre que se tratará de algún trozo tierno del maguey. Pero Guillermo dice que pensar eso es un error.

—Hay una confusión, a eso se le conoce como pechuga y la gran mayoría le llama pechuga, pero realmente el mezcal de pechuga se hace con frutas y con pechuga de guajolote en la destilación.

Guajolote es el pavo en México. Y sí, para fabricar este mezcal es necesario mezclar las piñas de maguey con trozos de frutas y con la mejor carne del pavo. Rodrigo me pregunta si quiero probar el verdadero mezcal de pechuga. No se me ocurre decirle que no. Alcanza una botella con mezcal blanco que tiene el dibujo de un pavo en la etiqueta, justo arriba de la marca en letras rojas: Doba. Doba y Bonachón son las dos marcas que la familia Hernández comercializa en su expendio de Oaxaca. El resto, que conoceré mañana, son exclusivas para la capital mexicana. El mezcal de pechuga, el verdadero, es mucho más suave que los dos anteriores, será por la pechuga, ligeramente salado, con 38 grados.

Con las tres copas, una cantidad mínima, se me ocurre preguntar si un buen mezcal da cruda, la traducción mexicana a la penosa resaca, la goma. Los zapotecos sonríen. Guillermo contesta que un buen mezcal no da cruda. Aunque hay matices.

—Lo característico de un buen mezcal es que, al otro día, da hambre. Lo otro es que hay que tomar solo de un mezcal, si lo mezcla no se sabe cuál es el culpable. Y bueno, tampoco pasarse de la raya. Hasta el mejor coñac hace cosas malas pasándose del límite.

Poco antes de partir, Guillermo acuerda la hora para visitar mañana su palenque y sus plantaciones de maguey. De eso dependerá entender la fabricación tradicional del mezcal. Rodrigo, entre tanto, pregunta si quiero probar el Bonachón reposado con gusanito. Sí, claro. Compro un par de botellas convencido con las muestras y Rodrigo extiende la mano y me regala cuatro bolsas con sal de gusanito. Son bolsas pequeñas de un polvo con color parecido a la arcilla, una mezcla de sal, chiles y gusanos molidos que sirve como botana. No hay que temerle al gusano: vive conectado al maguey porque es su plaga.

*****

Después de salir de “El Oasis”, el camino que conduce hacia el zócalo de Oaxaca se detiene con el descubrimiento de La Casa del mezcal, una cantina fundada a principios del siglo pasado. Fuera, poco antes de la siete y media de la tarde, el sol no ha caído, pero se mantiene nublado. Dentro, el ambiente es similar pues hay poca luz que ilumine las mesas de madera. El lugar con rocola está decorado con murales que muestran a un tlaotani indígena que está por recibir una jícara llena de mezcal de una mujer sentada al lado de una planta de maguey.

El mesero que recibe dice que los mezcales que se sirven, ocho según la carta, son tradicionales hechos por la casa en Santa Cruz Xocotitlán, en Oaxaca. Hay también siete cocteles diferentes preparados con mezcal y licores de frutas. Casi todas las mesas están ocupadas, pero nadie bebe mezcal, a excepción de una pareja de vejetes que entrará al cabo de una hora. En las mesas hay cervezas, oscuras y claras, y naranjas dulces dispuestas para cubrirse con sal de gusano.

*****

Guillermo dijo que vivía en Santiago Matatlán, pero nunca mencionó que su pueblo se considere a sí mismo como la capital mundial del mezcal. Hay un arco metálico pintado de verde, ligeramente enmohecido, que así lo anuncia. A ambos lados de la carretera se observan al menos 13 fábricas y expendios de mezcal, con el epíteto de ser tradicionales.

A Matatlán se puede llegar en un taxi colectivo desde Oaxaca y los 50 kilómetros de distancia se recorren en poco más de media hora. El trayecto de la carretera está plagado de plantaciones de maguey.

Guillermo espera en la puerta de su vivienda, ubicada en la avenida Independencia del pequeño pueblo. La casa tiene un curioso sistema de pitas para abrir desde la calle sin necesidad de llaves. Guillermo recibe con la sonrisa que le abarca buena parte del rostro y comenta que las llaves sobran, este es un pueblo tranquilo.

La cochera de la casa tiene barricas de madera a un costado, donde se guardará por meses el mezcal que luego llevará el apellido de reposado. La madera, con el tiempo, contribuye a transformar la falta de color a un tono que apunta a lo amarillo. El cuarto más próximo a la cochera está ocupado por una mesa, barriles de plástico y bidones enormes que pueden almacenar hasta 2,500 litros de mezcal. Todos están llenos y etiquetados por el Consejo Regulador de la Calidad del mezcal. Esa entidad privada fundada en 1997 es la que avaló que dos marcas de los Hernández puedan ser comercializadas en la Ciudad de México. Guillermo remueve unas cajas y saca las dos variedades del mezcal Milagrito del Corazón, blanco y reposado.

Pero la estrella de la casa está por venir. Es un mezcal tradicional, blanco en sus dos variedades, llamativo donde los haya. Se llama Enmascarado y viene en dos presentaciones: Técnico, con etiqueta blanca y el dibujo de un luchador enmascarado, con 45 grados; y Rudo, etiqueta celeste, mismo dibujo, y 54.8 grados. El Enmascarado Rudo es un mezcal de puntas, como se le llama a lo primero que sale del alambique, el licor más duro.

Caminamos hacia el palenque, la fábrica familiar, que está en el patio de su casa. En un extremo, al aire libre, hay un agujero en la tierra de cuatro metros de diámetro que está forrado de piedras. Son especiales, explica Guillermo, que no se rajan o explotan cuando se cuece el maguey. Ese horno, bajo tierra, puede recibir hasta 12 toneladas de maguey. Se coloca madera, piedras y luego se da fuego hasta que todo es un hervidero rojo. Entonces se arrojan las piñas del maguey, es decir, el corazón de la planta sin pencas, para luego cubrir de bagazo fresco de la misma planta, bolsas y tierra. Se cuece por cuatro días.

Una vez cocido, el maguey se saca y se lleva al molino. Entonces la yegua Elodia de Guillermo, como la de otros maestros mezcalilleros, comienza a trabajar. Es un molino impulsado por el animal, dispuesto sobre una base circular donde se coloca el maguey cocido para exprimir su jugo. Molido, jugo y piezas cocidas pasan a tinacos de madera que se llenan a la mitad junto con agua. Se conservan así por ocho o nueve días mientras se fermentan. Lo que sigue es lo obvio: el interior de un tinaco se vacía en los alambiques para que calor, vapor, agua fría y condensación hagan lo suyo y tras 12 horas caiga un chorro de mezcal. Guillermo dice que ha sorprendido a su hija de año y medio metiendo su pequeño dedo para probar el mezcal. No es algo precoz, aquí en Matatlán el maguey lo es todo y los niños piden trozos de maguey cocido como la mejor golosina, el bagazo sirve de leña y del quiote, un tallo que puede llegar a medir cinco metros que brota del maguey cuando este está maduro, sirve para hacer cereales parecidos a los Corn Flakes.

Volvamos al alambique. Lo primero que cae es un destilado de 25 grados. Los maestros toman el líquido y hacen una rectificación, una nueva destilación que puede producir un nuevo producto superior a los 60 grados. Entonces entra la mano del experto.

—Ahí interviene el maestro mezcalillero para saber qué es lo que quiere y ahí es donde hay que mezclar: puntas, cuerpo y colas. El cuerpo que es de 65 a 45 grados. De 45 grados para abajo son colas. Hay que saber manejarlo en promedio, todo influye en el sabor.

Ocho años de espera, cuatro días de cocción, nueve días de fermentación y 12 horas de destilación. Lo que tiene un maestro mezcalillero es paciencia. Y devoción por una bebida que es fugaz.

—Los mezcales son únicos, independientes, influye todo, el tiempo por ejemplo, pero hasta el estado de ánimo del productor, el tipo de maguey, la tierra si está entre piedras. La concentración de azúcares de un maguey a otro varía. Por eso hacen lotes y de ahí enumeran botellas. Mil botellas y ahí se acabó.

Guillermo conduce un par de minutos desde su casa para mostrarme su plantación que está al lado de la carretera. Buena parte son magueyes maduros que estarán listos para ser bebidas el año que viene. A tres de ellos los sacrificó y les permitió que se desarrollaran su quiote. El quiote concentra todo el azúcar de la planta por lo que estas tres nunca servirán para el mezcal. De ese enorme tallo, el cual ya ha podado las flores, extraerá mil brotes que luego plantará y serán mil pequeños magueyes.

Bajamos una pendiente y llegamos a una explanada donde tiene plantados los retoños del año pasado. Son pequeñas plantas, sin ese aspecto intimidante de las viejas. Guillermo las contempla orgulloso y dice con amor que esa será la producción de 2017.

Antes de despedirnos, Guillermo regresa a su casa, entra a su bodega y sale con dos pequeñas botellas de Enmascarado de 375 ml, una ruda y otra técnica. Van sin etiqueta porque dice que son de su reserva particular.

*****

Antes de terminar de escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 45% Alc. Vol., mezcal Técnico. Perlea. El olor es intenso y me transporta al maguey cocido de Matatlán. Está más terso que el Rudo. Está bueno.

La respuesta amarilla

Publicado: 15 septiembre 2009 en Roberto Valencia
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A nadie parece importarle la muñeca quebrada. No hay sangre ni alaridos, y sin sangre ni alaridos la urgencia es menos en la Sala de Emergencias de este hospital público llamado Rosales, el mayor de El Salvador. Por eso la muñeca quebrada se aleja discreta hacia el fondo, donde aún quedan las sillas azules que nadie quiso. Antes de sentarse ha tenido que ver, aunque quizá ni siquiera ha mirado, las camas multifamiliares llenas de dolor, a la señora de vestido verde recostada sobre la pared, al anciano descalzo tirado en el suelo, a los guardias armados, a los evangélicos que reparten café. Sentada entre todos ellos, la muñeca quebrada es ahora un esperador más, la última en sumarse al listado infinito.

Tintín y Guacaladita, los socorristas amarillos que la trajeron, sienten que su trabajo ha finalizado. Entregaron a la paciente estabilizada y rellenaron la ficha exigida. La ambulancia espera fuera. No hay tiempo para despedidas.

—Vámonos, que hay otro accidente… –ordena Tintín, el radio en la mano.
—¿Adónde?
—En el bulevar Constitución y calle al Volcán.

Y otra vez las luces. Y otra vez la sirena.

***

Asociación Comandos de Salvamento Guardavidas Independientes de El Salvador nació jurídicamente el 20 de agosto de 1962, un lunes, día en que se publicaron sus estatutos en el Diario Oficial. Un par de años antes, el socorrista Edgar Cornejo Díaz y un grupo de conocidos habían decidido crear su propio cuerpo de socorro al margen de la disciplina de Cruz Roja, el único referente de la época. Para diferenciarse, tiñeron de verde la cruz. Y comenzaron.

“Comandos de Salvamento es una institución de servicio público, sin fines de lucro, que tiene por misión auxiliar a toda persona que está en peligro de sufrir daño en alguna parte o que requiere de algún otro tipo de auxilio”. Esta definición, tomada de una revista interna, pasa por alto una de principales particularidades de Comandos: el voluntariado. Desde sus inicios el grueso de las personas que trabajan por y para esta asociación lo hicieron sin recibir salario alguno. En los últimos años ha habido un esfuerzo por profesionalizar algunas áreas, pero el número de asalariados apenas ronda los 25 entre los cientos de voluntarios que tienen en todo el país.

—¿Tú dejarías esto por otro trabajo mejor pagado?
—No, no lo dejo –dirá Jhonny Ramos Caníbal, 38 años, comando desde los 12–. Vendría a colaborar como puro voluntario. De hecho, ya tuve un trabajo en un hospital privado, de manejar ambulancias, y al salir del turno de allá me venía para acá.

Del grupo original no queda nadie, ni recuerdos casi. El más veterano hoy es Roberto Cruz Cusuco, quien llegó siendo un niño a mediados de los 70 y es el director ejecutivo. De su quinta son Efraín Méndez Pingüino, el tesorero; David Martínez Chancha y Wilmer Lobo Chileverde. Todos ellos forman parte de la junta directiva por ser de los que más años han entregado. Todos ellos vivieron, por ejemplo, el gran cisma de 1980, cuando la institución se partió en dos. Por un lado, Comandos de Salvamento, por otro, Cruz Verde. Unos se quedaron con el nombre; los otros, con el logo. Aquella fue una separación mal avenida, y no faltaron pedradas ni destrucción mutua de vehículos.

—Durante un tiempo llevábamos garrotes en las ambulancias para defendernos –dirá la Chancha.

Desde 1986 la sede central de Comandos de Salvamento está dos cuadras al oriente del parque Centenario, en pleno centro de San Salvador. Es una zona que alberga dos tipos de negocios: los que se dedican a comprar todo tipo de material reciclable y los prostíbulos. En las cuadras de alrededor está la mayor concentración de prostíbulos de todo el país.

Por el edificio principal pagan 645 dólares de alquiler. Es una vieja casona de techos altos, suelos embaldosados y paredes forradas con madera. Una docena de ambulancias, la mayoría inútiles, singularizan la entrada al pasaje. Parece huesera. Dentro de la casona hay un generoso pasillo con bancas que termina en un patio descubierto. Desde ese pasillo se accede a la clínica de primeros auxilios, al cuarto de los camarotes, a la Sala de Radio, a un baño que huele a baño público, al centro de capacitación y a los despachos de Pingüino –que más parece sala de estar– y de Cusuco. Hay mucho movimiento de personas vestidas de amarillo. Y rara es la pared que no tiene colgados diplomas y fotografías, algunas de ellas descoloridas y acartonadas. Nadie las mira.

—Aquí alquilamos –dirá Pingüino–, el local que hemos comprado es el que está enfrente. Y el sueño nuestro es construir una clínica ahí, ¿va? Estamos haciendo gestiones. Para comprar esta parte estamos intentando convencer a la dueña, pero ella quiere el dinero de un solo y no podemos pagar de un solo.
—¿Cuánto les piden por esta propiedad?
—Sería así como… Hace como cuatro años nos pidió un poquito más de un millón y medio de colones.

El edificio de enfrente, el comprado, es una especie de almacén de desechos donde hay desde vehículos desvencijados hasta gallinas. Adentro viven algunos comandos.

Aunque aún no alcanza para dejar de alquilar, los mecanismos para obtener fondos sí han mejorado con los años. La cooperación internacional –en especial, la Noruega– ha cumplido su papel, pero el mayor desahogo se tuvo a partir de 1998, cuando comenzaron a recibir del Estado una balsámica partida anual. Los fondos permitieron la profesionalización de un pequeño grupo de comandos, la creación de unidades de rescate especializadas y ampliar la presencia a una treintena de ciudades, pueblos y cantones de todo el país. El crecimiento de la institución valió incluso para que Stephen Gleason, un asesor del presidente estadounidense Bill Clinton, los propusiera en 2001 como candidatos a recibir el premio Nobel de la Paz.

Comandos tiene hoy un legado de casi medio siglo de servicio, una red de filiales por todo el país, un presupuesto anual que ronda el medio millón de dólares y un pequeño ejército de voluntarios amarillos entre los que hay jóvenes y viejos, católicos y cristianos, hombres y mujeres –pocas–, padres e hijos, ex guerrilleros y ex militares. Comandos tiene una reputación.

***

Apenas hay mujeres en Comandos de Salvamento. Nunca fueron multitud, y con el pasar de los años cada vez son menos porque vestirse de amarillo es muy exigente. Así lo cree Rosa María Gálvez, apodada Chilindrina, quien recaló a mediados de los noventa en la institución y se empleó como socorrista primero y en la clínica ahora. ¿Pero a qué se refiere cuando llama exigente la labor del socorrista?

—No sé si se acuerda del terremoto de Santa Tecla. Estuvimos ocho días allí, ocho días sin llegar a la casa, sin cambiarnos. Y es más, yo ya ni comía, porque ya tenía penetrado en la nariz el olor a muerto. No le hallaba chiste a la comida. Para mí, eso fue lo más, lo más… este… escalofriante. Porque aparte, de primero sacábamos solo personas muertas, pero enteras, pero de los tres días para allá solo pedazos. Vísceras, o sea, ya no podíamos sacar nada entero. Sacábamos pedazos de pies, pedazos de manos… Las máquinas que metieron, aparte de que ya estaban podridos los cuerpos, los destripaban. Y es más, al final ya ni se recuperaba nada, porque los pedazos se los llevaba el camión de la tierra a botarlos, así.

Exigencia.

Físicamente Chilindrina no se parece para nada al personaje televisivo. Es coqueta –anillos, pulseras, uñas pintadas– y extrovertida, y su mirada es poderosa. Acaba de cumplir 35 años y desde hace siete es madre soltera de Andrea Abigail. Es su familia, dice. La acompaña siempre. Incluso cuando tiene turno nocturno su hija duerme con ella en los camarotes de la sede central. A Andrea le gusta mirar cómo trabaja su madre. En un rato aparecerá Julio César Ventura, un niño también de siete que vendrá con su padre para hacerse ver los puntos que tiene en la cabeza. Chilindrina se pondrá los guantes y lo revisará. Todo en su lugar, pero pronto aún para descoser.

—¿Una colaboracioncita? –Chilindrina señalará una alcancía candada.
—No, no tengo –responderá el padre, mirada al suelo.

Raro es que alguien deposite algo.

***

El corazón de la sede central es la Sala de Radio. Aquí se reciben las llamadas y se coordina la atención de las emergencias. La sala es amplia, iluminada. El aire acondicionado cumple. No tiene ventanas. El mobiliario es parco: además de los equipos de comunicación hay un viejo televisor, gigantografías de rescates, archiveros, pizarras, mesas y sillas. Nada combina con nada. Detrás de una mesa, embutido en una camisola amarilla, está Carlos José Alvarado, apodado Listo. Es de los veteranos; lo delatan las canas que blanquean su cabello y su bigote. Llegó a Comandos en 1986. Antes estuvo en Cruz Roja y más antes fue Boy Scout. Trabajó como socorrista y hasta le concedieron la Medalla de Protección Civil. Hoy pasa nueve horas de lunes a viernes en la Sala de Radio. Dice que su fuerte es la comunicación.

—¿Alguna novedad? –pregunta Listo.
—Negativo, estamos revisando la zona, y todo tranquilo –responde una voz metálica desde la filial de Comandos en Antiguo Cuscatlán.
—¿Algún Alfadetango?
—Negativo, negativo, ningún 10-42, ni 43. Todo tranquilo.
—Okey, gracias, pendiente.

Con sonrisa de satisfacción en el rostro, traduce.

—¿Qué me dijo? ¿Qué me dijo? Pues que no tienen ningún reporte de accidente, y el 10-43 significa que no hay tráfico pesado.

A Listo le gusta platicar, explicar, ayudar. En un par de días me mostrará la menos desordenada de las habitaciones: el despacho del director ejecutivo. De sus paredes cuelgan algunas de las fotografías que más enorgullecen a la institución. Listo las fechará y sin pretenderlo improvisará un tour por las peores tragedias que marcan la historia reciente de El Salvador: el deslave de Montebello, el terremoto de 1986, la ofensiva del 89, el Mitch, los terremotos de 2001, el huracán Stan.

Le gusta platicar. Cuando lo hace, ríe. Siempre ríe, excepto cuando recuerda a la madre de sus hijos, Marta Alicia, muerta hace un año. Entonces, Listo se pone rojo y no puede contener las lágrimas.

—Ser comando significa valor, y el que no tiene valor, mejor que no sea comando –dirá otro día.

***

El despacho de Pingüino, el tesorero, más parece sala de estar que despacho. Siempre hay café caliente y pan dulce a veces, la excusa perfecta para que sea un vaivén de comandos todo el día. Tiene además un sofá-cama que invita cuanto menos a sentarse y platicar.

En la tarde de un miércoles de julio la plática deriva hacia el problema de violencia que afecta a El Salvador. Comandos de Salvamento trabaja en la calle, y las ambulancias –sus ocupantes– transitan por todo tipo de barrios y comunidades. En un país del que pocos cuestionan que sea el más violento del continente la pregunta obligada es cuáles creen que son las colonias más peligrosas a las que les toca ir.

—No, no es que nos toque ir –dice el voluntario Roberto Pacheco, Yanqui–, es que hay colonias adonde ya no vamos. En el día no se niega una emergencia, pero en la noche sí.

Después, Yanqui cuenta cuando unos pandilleros les salieron al paso años atrás en el cantón Plan del Pino, de Ciudad Delgado. Era de noche. Habían ido porque una llamada les alertó de una embarazada que estaba a punto. El que tenía la escopeta les pidió descalzarse y entregar todo, pero otro de los pandilleros llegó para pedirle que los dejara marchar. Recordó que alguna vez una ambulancia con socorristas amarillos lo había llevado a él al hospital. La embarazada allá quedó.

—¿Pesa más entonces la seguridad personal que la posibilidad de que haya alguien en peligro?
—La situación es esta –explica Yanqui su peculiar teoría–: las llamadas de ese tipo de lugares nunca son llamadas de emergencia, son llamados por enfermedad común, entonces en ese sentido se le dice a la Policía que lo lamentamos mucho, pero que no les vamos a poder apoyar.
—A no se ser que ellos vayan también –matiza Pingüino.
—Es que hoy se siente más temor que para la guerra –apostilla la Chancha.

En este despacho hay muchas rarezas, pero la más sorprendente es el fusil de asalto Ak-47 inutilizado que Pingüino tiene sobre su cabeza.

***

José Ricardo Leiva, apodado Tintín, es un aplicado socorrista que está ligado a Comandos desde 1993. Por aquel entonces intentaba ganarse la vida como zapatero, y lo de ayudar al prójimo era algo voluntario, con lo que suponía ser voluntario.

—Cuando yo vine a los Comandos en el 93, nosotros salíamos a recaudar con cajitas, va. Bueno, a mí me costaba porque me daba pena, me daba pena ir a pedirle a la gente. Una vez fui al mercado y otra a la zona peatonal, que le llamamos nosotros. La gente colaboraba, sí, pero a mí me costaba, va, me costaba. Yo mejor me quedaba más en la base.

Tintín tiene hoy 39 años y es uno de los pocos que dio el salto del voluntariado al profesionalismo. Gana 200 dólares mensuales, menos de siete dólares al día. Por esa cantidad se pasa la jornada vestido de amarillo, como ahora que, dentro de una Toyota Land Cruiser, habla sobre los problemas que los socorristas tienen con los médicos de los hospitales a los que llevan los pacientes.

—A veces los médicos protestan, va. Cuando llegamos con luces y con sirena. Esto no es emergencia, dicen ellos, y tal vez el paciente está fracturado, con una fractura grave, y ellos dicen ¿y esta es la emergencia que traen? Para nosotros es emergencia; si para ustedes no es emergencia, mala suerte, pero para mí sí es emergencia. Si ya usted la clasifica que no es emergencia, ya es problema muy suyo, va, pero ya nosotros le entregamos vivo el paciente, va.

Entregar vivo el paciente, dice.

***

Me llamo Maggi Cristina del Carmen, tengo 25 años y no aguanto este dolor de muelas. Arrastro molestias desde hace días, pero ha sido hoy, a eso de las 5 y media de la tarde, cuando se ha convertido en tortura. Me he tomado una acetaminofén, pero por gusto. Y no he querido tomar nada más porque estoy embarazada. De cuatro meses. Para diciembre me lo han dejado.

Algo parecido dice Maggi cuando a las 9 y cuarto de la noche de un sábado se presenta en la sede central. Pero esas palabras no salen de su boca como se leen, distantes y frías. Ella las pronuncia enlagrimada, balbuciendo, desgraciada de puro dolor, con los ojos rojos de tanto llanto.

—La problemática aquí –Tintín trata de calmarla– es que le ha llegado al nervio, por eso el dolor. Y se lo tienen que cauterizar.

La ambulancia parte rauda hacia el Hospital de Maternidad, sin luces, sin sirena.

El motivo, la hora y el lugar de cada salida y los nombres de paciente y acompañantes quedan registrados en un fajo de hojas anilladas que está en la Sala de Radio. La mayoría de los registros no son rescates milagrosos ni balaceras mortales ni accidentes múltiples. La mayoría son dramas anónimos que se sufren en primera persona: mareos, lesiones caseras, hipertensión, dolores de muela a los cuatro meses de embarazo.

Ayudar a calmar lágrimas como las de Maggi también es labor de un comando.

***

Wilmer Alexander Lobo es alto y seco. Lo apodaron Chileverde. Llegó a la institución en 1979, con 19 años. Ahora tiene 48. Trabajó y estuvo al frente de la filial de Comandos en la problemática comunidad La Iberia, al oriente de la capital. Pero hace un par de años tuvieron que clausurarla. Por las pandillas. La filial estaba sobre la calle que dividía la zona controlada por la Mara Salvatrucha y la zona del Barrio 18.

—Los vagos, los ladrones, los drogadictos… a nosotros nos respetaban, por años, pero los pandilleros nos acusaban de ayudar a la pandilla rival.

Hubo balazos intimidatorios. Y asesinaron a Emmanuel, un socorrista. A Chileverde le tocó clausurar una de las filiales más carismáticas, con más de un cuarto de siglo de historia.

Chileverde tiene esposa –Dora Elisabeth–, tres hijos y dos nietos. Y después de haber entregado tres décadas a Comandos de Salvamento, y de ser el presidente de la junta directiva, hoy vive en Jardines del Sel-Sut, en Ilopango, una colonia donde el agua solo cae de medianoche en adelante. Cuando cae. Eso sí, está convencido de que ayudar a los demás es vivificante.

—Vemos personas a las que es poquito a veces lo que les estamos ayudando, y son súper agradecidos, llegando al grado de que nos dan sus números y todo, y nos dicen que les busquemos para ayudarnos o agradecernos. Otros que hasta han venido aquí, a la base, a agradecernos, ¿verdad?

***

El encargado del área de capacitación se llama Luis Adalberto Canales Kolatto. Fue afortunado en el reparto de apodos: Kolatto. Tiene la piel, el cabello y los ojos claros; si no abriera la boca podría pasar por gringo. Está separado, es padre de dos hijos, ha cumplido 40 años bien llevados y viste de amarillo desde los 15. Nunca ha tenido otro trabajo. A sus quehaceres de comando él agrega los de docente. Forma a los voluntarios y da clases también a estudiantes de la Universidad de El Salvador y de colegios privados con los que hay convenios.

—La principal ganancia que tenemos es que algunos se quedan de voluntarios.

Guadalupe Guzmán y Brenda González, 20 y 18 años respectivamente, son dos estudiantes de enfermería del Liceo David J. Guzmán, en San Salvador, que estos días asisten a sus clases. Están en último año, pero hasta hace unos meses nadie les había enseñado a reanimar, a dar masajes cardiovasculares, a hacer el boca a boca, a suturar…

—¿Todo eso no lo aprenden en el liceo?
—No –responden al unísono.
—Habíamos visto los tipos de fractura que hay –agrega Guadalupe–, pero nadie nos había enseñado a inmovilizar.

Kolatto no ha dejado de formarse desde que ingresó en Comandos. Ha asistido a cursos de capacitación en Estados Unidos, Cuba, Costa Rica y Panamá. Desde esa pequeña atalaya se atreve con una dura crítica al endeble sistema de atención de emergencias que hay en El Salvador.

—Hay gente que sí te agradece. Digamos: de diez, una. Las otras personas no valoran tu trabajo ni la forma en que tenés que capacitarte para trabajar con los pacientes ni nada de eso. Pero quizás es más por cultura, porque en otros países sos un paramédico y te respetan. Aquí sos un socorrista y la gente no te respeta. Aquí hay un gran problema cuando vamos a reunirnos con Protección Civil. Que los socorristas aquí, que los socorristas allá, que no están preparados… ¡Pero nadie les paga por eso! Aquí no es como en Estados Unidos, donde si vos te preparás para ser un paramédico o para andar en una ambulancia, vas a atrabajar y vas a ganar. Aquí no.

Aquí no.

***

El mismo sábado. Son las 6 de de la tarde. Todavía no anochece. Hace tres días fue día de pago y el turno que comenzará en breve se perfila movido. A la joven embarazada Maggi Cristina un dolor de muelas ya le está torturando, pero aquí nadie sabe nada aún. Todo está en calma.

Orlando Antonio Villalobos Lobo es el radio-operador. Es un joven fornido, muy creyente y que durante un tiempo trabajó como DJ en una discoteca. Ahora va de riguroso amarillo. Lobo es un voluntario que, a pesar de llevar 12 de sus 25 años en Comandos, no recibe salario fijo alguno. Quizá por eso cuenta con entusiasmo la mayor propina que jamás ha recibido como socorrista. Trasladaron a un salvadoreño deportado desde el aeropuerto hasta Nueva Concepción, en Chalatenango, y recibieron 70 dólares como gratificación. Repartido entre tres, 23 dólares y fichas. Todo un tesoro.

—¿Y creés que este trabajo está bien pagado?
—De hecho, no, no está bien pagado, no está bien pagado ¿verdad? Pero a veces uno se siente bien con el simple hecho de que alguien venga y le diga a uno: okey, gracias por lo que has hecho, te agradezco mucho. O que alguien te diga: salvó a mi hijo.

En otra plática que tuvo lugar dos días antes, en la tarde del jueves, Pingüino había detallado las condiciones laborales de un comando promedio, las condiciones que Lobo consideraría un sueño cumplido.

—¿Cuánto gana un socorrista?
—El que gana gana unos 200 dólares, digamos, son 100 dólares quincenales –respondió Pingüino.
—¿Y tienen Seguro Social?
—No, no, o sea, ese es un problema. Ese es uno de los reparos que tenemos ahorita de la Corte de Cuentas, que nos dice que nosotros tenemos que darle las prestaciones laborales ¿verdad? Entonces, estamos tratando de ajustar el presupuesto para ver si se meten al Seguro, y para las pensiones. En ese trámite estamos, pero ahora nadie de nosotros…
—Y aquí nadie tiene vacaciones…
—Sin vacaciones. Nosotros nunca tenemos vacaciones.

Todavía quedan lugares así, lugares donde parece que el dinero aún no es lo más importante.

***

Once de la noche, sábado. A la canchita de fútbol de la comunidad Santa Cecilia, en San Salvador, llega la unidad 029 de Comandos de Salvamento. Es una ambulancia de las nuevas, menos de dos años, una Kia K2700 acondicionada y equipada con lo básico: tanque de oxígeno, camilla blanda, camilla rígida, instrumental. Dentro van Tintín, el motorista Marlon y un voluntario al que llaman Guacaladita.

En la Santa Cecilia esperan Yjaira Azucena Mejía –la muñeca quebrada– y Norma Nohemí Mejía. Forman una peculiar pareja de hermanas. Norma, la menos joven, lleva vestido largo, lentes y un pañuelo devoto esconde su pelo. Yjaira tiene el rostro limpio y bello, como el de una muñeca, el cabello cobrizo hecho cola, jeans y una sugerente chaquetilla.

Se quebró la muñeca mientras jugaban con una pelota en la cancha. Yjaira usó su mano para protegerse de un balonazo, pero se dobló de tal manera que un hueso brotó de la nada. Dice que no le duele. No hay sangre ni alaridos, pero para Tintín el diagnóstico es claro: fractura y traslado.

—¿Usted no está asegurada?
—No. 15 años tengo.
—Pues te toca el Rosales, porque lamentablemente…

Tintín trata de inmovilizar el brazo con un cartón doblado y con una venda hecha jirones.

—¿Cómo sientes? ¿Sientes zocado?
—No.
—Muy bien.

Sin apenas tráfico en San Salvador, en menos de ocho minutos la ambulancia irá desde la Santa Cecilia hasta el hospital público. Y Yjaira se quedará sentada en una silla azul, un esperador más en el drama colectivo que se vive en la Sala de Emergencias. Pero ahora, en esta noche de estrellas difusas, esa muñeca quebrada es lo más importante para los socorristas amarillos.

Gooooool.

Se han conocido hace unas horas y ahora míralos, abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Son además abrazos sentidos, de esos que quizá ni se atreven a dar a sus madres. El grupito lo integran cuatro. Uno es un aspirante a filósofo del fútbol, huesudo, cuarentón y ojeras perpetuas; otro es un joven alto, gordo y con lentes, con cara de no haber roto un plato; hay también un periodista treintañero de ojos claros y gesto serio, de esos que viven obsesionados con su trabajo; y el cuarto es un alguien con camisola azul que subió de la fila de delante. Extraños abrazándose. Y no son los únicos. Todos alrededor gritan saltan celebran animan enloquecen. El Salvador ha marcado gol.

—¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Sin palabras!!! ¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Increíble!!!…

El aspirante a filósofo se desgañita bandera en mano. Él es el más expresivo. Tiene los ojos desorbitados y la lengua azul.

La histeria colectiva se canaliza hacia gritos unánimes de El Salvador, El Salvador. Comienza a remitir de a poquito. Continúan las sonrisas, los arrumacos, las miradas de complicidad, mientras cada quien trata de recuperar su pedazo de cemento. También los cuatro. Por megafonía se escucha la Voz. Anuncia el autor del gol y el resultado. Un nuevo rugido. El estadio entero celebra, pero la celebración es más en este sector. La grada se ha transformado en una gran hermandad. Reina esa sensación que llaman felicidad. Nadie diría que son las mismas personas que hasta hace unos minutos estaban tirándose orines unos a otros, rifándose, vejando a las pocas mujeres que llegan, insultándose, irrespetando el himno contrario, degradando a los jugadores negros, descamisando a quien comete el pecado de no ir de azul o blanco.

***

Hasta se parece al verdadero. Las había desde dos dólares, pero por siete he conseguido una que incluso trae bordado el escudo. Tiene la corona de laurel, los cinco volcanes, el gorro frigio y el arco iris encima, aunque solo de cuatro colores. Meritorio si se tiene en cuenta que quien lo hizo quizá no podría ubicar El Salvador en un mapa. La camisola, más blanca que azul, es Made in China, y espero que sea mi salvoconducto en Vietnam. De casa salí con una que tiene EL SALVADOR inscrito en lo ancho del pecho, pero es de color añil, casi una provocación, me hace ver Wilson Carranza.

Wilson –48 años, bigote, oscuro como café– es compañero de trabajo y amigo. Los partidos de la Liga Mayor no le entusiasman, pero es asiduo de las grandes citas de selección. Podría decirse que es un veterano de Vietnam. Hoy he tenido la suerte de ir con él, con su hijo homónimo y con su padre, Ángel. Tres generaciones que en Vietnam forman una escena familiar atípica. Después comprenderé que no es lo único atípico –atípico– en el comportamiento de Wilson.

Faltan dos horas y media para que empiece el partido, pero los cuatro sabemos que llegamos tarde. Los 400 metros desde el microbús hasta el estadio los hacemos raudos, solo la efímera parada por la camisola. Entre humos de carne asada y hot-dog, nos ofrecen camisolas, cerveza, banderas, pintura para la cara, más camisolas, entradas “Prohibida la reventa” al triple, cachuchas, camisolas… A Wilson incluso le han regalado un pase de cortesía para una barra-show. Lleva impresas dos mujeres ligeritas de ropa, las banderas de los equipos que se enfrentan y una sugerente invitación:

“Hoy sábado cerveza al 2×1 para toda la afición. De 10:00 a 12: P.M. Después del partido te esperamos para compartir! Habrán rifas de bebidas, privados y masajes eróticos. Use este volante como pase de cortesía y sea ud. bienvenido a Kara’s”.

Me lo da y lo guardo. Mientras camino, pienso en el detalle de que no esperan para celebrar, sino “para compartir”. Parece que no hay mucha fe en una victoria.

Subimos la escalinata, mostramos los tiquetes, manos a la nuca para el cacheo policial, y adentro. Vietnam.

***

Seguro que el “Che” Guevara no estaba pensando en este estadio cuando en abril de 1967 incitó a que florecieran dos, tres, muchos Vietnam. La consigna hacía referencia a la más mediática de cuantas guerras se libraron en la década de los sesenta. Un conflicto a más de 16,000 kilómetros fue pues el que hizo que Sol general se comenzara a llamar Vietnam. En los ochenta lo quisieron rebautizar desde algunas radios como Guazapa, el cerro en eterna disputa durante la guerra civil salvadoreña, pero la idea nunca cuajó.

Vietnam en la actualidad es toda la grada oriente del Monumental Estadio Cuscatlán, frente a Tribuna. Son las entradas más baratas que se ponen en venta. Para este partido, cinco dólares, precio por el que el espectador obtiene, con suerte, un pedazo de concreto en el que poder sentarse, a merced del sol y de la lluvia. Determinar cuánta gente cabe no resulta tan sencillo. Los diarios esta mañana hablaban de 12,000 entradas vendidas. Pero la página web de la empresa propietaria del estadio consigna que la FIFA permite casi 14,000 espectadores. Y la empresa eleva la cifra a 18,000. Lo cierto es que esta tarde muchos verán el partido de pie.

¿Y desde cuándo Vietnam se llama Vietnam? Pues depende de a quién se le pregunte. Ni siquiera hay consenso entre los periodistas deportivos veteranos. Roberto Águila (70 años, El Gráfico) y Sergio Gallardo (59 años, Telecorporación Salvadoreña) creen que el nombre se comenzó a utilizar con el estadio Cuscatlán ya en uso, es decir, a partir de 1975. Raúl Beltrán Bonilla (59 años, Radio YSKL) e Ismael Nolasco (66 años, Canal 12) dicen que el nombre se importó del Estadio Flor Blanca, donde desde finales de los sesenta ya se utilizaba el concepto de Vietnam. “Cuando el Alianza derrotó al Santos de Brasil, con Pelé incluido, fue cuando escuché por primera vez la palabra”, me escribirá desde Houston Ernesto Callejas, un salvadoreño que emigró hace 21 años a Estados Unidos.

En lo que hay coincidencia absoluta entre los periodistas y aficionados veteranos es para señalar que el comportamiento ha ido de mal en peor. Del reporteo para esta crónica surgirán declaraciones como estas: “Meterse ahí es un atentado a la cordura.” “Se arman auténticas bacanales.” “No respetan ni a la madre de ellos mismos.” “Los salvadoreños nos comportamos como tribu todavía.” “Juré que no volvería a ese sector.” “Allí van los mareros.”

¿Será para tanto?

***

El partido comenzará pasadas las 7 de la tarde, aún no son las 5, pero Vietnam está ya cubierto por un agitado mar azul y blanco. Muchos llevan acá desde la mañana. Y es que madrugar tiene un codiciado premio, como lo es la elección de la ubicación. Aunque suene raro, los aficionados ocupan primero las gradas más alejadas de la grama, por pura lógica medieval. Apelan al mismo principio que se usaba para ubicar los castillos: desde lo alto se puede lanzar de todo y no recibir de casi nada.

No conviene caminar mucho ni siquiera enfundado en el salvoconducto. Nos sentamos en el primer claro que vemos. Wilson, hijo y padre, detrás. Yo, delante, entre un joven alto y gordo y un tal William Quijano. De 42 años y huesudo, Quijano lleva zapatillas tipo All Star, jeans, bandera amarrada al cuello y una cachucha con los colores de El Salvador. Viene a Vietnam desde los partidos clasificatorios para el mundial de 1982 y dice conocer al “Mágico” González. Quijano es un hombre al que le gusta filosofar sobre fútbol.

—Independientemente de si gana o no, siempre hay que apoyar a la selecta.

Un cartel que vi hace un rato parece darle la razón. Decía: “La afición es el apoyo de los que no pueden solos”.

Mientras hablo con el filósofo, noto que algo cae sobre mi espalda. El calor es el elemento que con mayor precisión permite determinar el origen de los fluidos que le tiran a uno. Como la sensación suele ser compartida por un grupito, incluso genera conversación. “Está caliente.” “¡Puuuta madre!” “¡Guácala!” Siempre hay algún optimista: “Era agua, ¿no?” De todas maneras, este no es mi primer partido en Vietnam, y ya aprendí que levantarse desafiante a buscar culpables es contraproducente. “Tiran de todo porque al salvadoreño le encanta la patanería, joder al vecino, pasarla bien a costa de su hermano”, me escribirá días después Ángel Rivera desde Edmonton, Canadá, un salvadoreño que se fue del país en 1990.

Un pequeño helicóptero de la Policía está suspendido a poca altura. Vietnam responde: “Culeeeeros, culeeeeros”. Es uno de los gritos que más escucharé hoy. Se lo gritarán al que lleva una camisa que no sea azul o blanca, a los que toman fotografías desde la grama, a los antidisturbios, al árbitro, a los linieres, al presidente Antonio Saca cuando saluda en la pantalla, al grupo de bailarinas y bailarines, al delegado de la FIFA, al equipo contrario, al que no se sumerge en la ola.

La ola. La Voz se asoma desde su cabina, cree que falta pasión y pide por megafonía que inicie la ola. La Voz es alguien al que pocos ven pero muchos escuchan. Su nombre es Álvaro Magaña –43 años, chele, amplia sonrisa– y es la persona que desde 1987 recita las alineaciones, los goles y las sustituciones en el Estadio Cuscatlán. Hoy ha llegado a las 3 al estadio, vestido con camisa azul. Frente a frente, la Voz es muy elocuente al hablar, como si se hubiera tomado un huacal de café, le cuesta mantener quietas sus manos.

—¿Y qué haces para animar? –le preguntaré otro día.
—Metemos música, metemos la de la selecta, ¿verdad? Arriba con la selección, arriba con la selección… Y le metemos ánimo, ¿verdad? Grito: ¿cómo están los ánimos de El Salvador? ¿Ganamos hoy? ¡Que se vea la ola!

La ola realmente impresiona. Y es el orgullo de Vietnam. A veces, como hace unos minutos, la Voz da la orden de salida. Otras surge de forma espontánea. Empieza en la esquina sur, debajo de la pantalla, y se desplaza en sentido contrario a las agujas del reloj. A esta que están queriendo organizar ahora, cuando falta más de una hora para el inicio del partido, le está costando dar la vuelta entera al estadio. Cuando la ola llega a Platea, se deshace como terrón de azúcar, como si pasar por ahí fuera una obligación. “Culeeeeros.” Ser los promotores de la ola genera cierto tipo de orgullo de clase. Y da la razón a los que creen que en Platea y en los palcos privados el fútbol se ve, pero en Vietnam se vive.

—El partido hay que verlo aquí, no en casa, porque hay que apoyar a la selecta –dice el filósofo.
—Para mí en Vietnam están los más fieles a la selección –me dirá la Voz.

***

Ni siquiera depende de la indumentaria del rival. Algo que suena tan inocente como vestir de cualquier color que no sea azul o blanco es interpretado como una provocación en Vietnam. Con suerte, al despistado le llueven bolsas de agua y orines hasta que se quita la camisola. Sin suerte, no faltan los voluntarios que se la arrancan ante el aplauso colectivo o el silencio cómplice. La misma escena se repite y se repite y se repite durante las horas previas, y uno no deja de preguntarse por qué sigue llegando gente vestida de otro color cuando es vox pópuli lo que aquí dentro ocurre.

Algo parecido sucede con las mujeres. Minoría absoluta, pero las hay. Vietnam las recibe con agua, con orines, con gritos ensayados de ¡Cuuuulo! ¡Cuuuulo! Algunos parecen tan desesperados que ganas me dieron de regalarles el pase de cortesía para Kara’s. “No dejaría ir a mi hija porque manosean a las mujeres y si uno se opone lo lincha la turba”, me escribirá desde Ciudad de Guatemala Fernando Sánchez, salvadoreño emigrado hace ocho años.

La psicología social tiene un nombre para explicar estos comportamientos: estado de desindividualización. Es más simple de lo que suena. Se resume en que cuando las personas integran grandes grupos aumentan las posibilidades de que incurran en conductas inmorales o agresivas, algo que no harían solas. Aplicado al Vietnam, la multitud es lo que ha institucionalizado actitudes como lanzar orines o irrespetar a las mujeres. Dicen los que saben, y suena bastante lógico, que si no estuviera detrás el grupo que tolera e impulsa la conducta rebañega –rebañega–, pocos se comportarían así.

***

Falta poco más de media hora y el equipo contrario sale a calentar. Vietnam hierve.

—Parecen gladiadores –dice el filósofo.

Al poco, el filósofo se levanta y bandera en mano comienza a saltar. Todos lo hacemos. La luz artificial domina ya por completo el estadio. Apenas se reconoce el perfil del volcán de San Salvador. “Vamos, salvadoreños, esta noche tenemos que ganar…” Hay batucada, saltos, olas, tumbos. Vietnam hierve. Justo enfrente, sobre los palcos, la luna creciente forma una sonrisa cómplice. Ambiente mágico, anoto en la libreta.

Hace una hora estaban volando una gran piscucha, corriéndola por la franja más cercana a la valla. Ahora sería imposible.

—Está full.
—Sí, es porque bajaron los precios. Así me gusta ver a mí el estadio –me responde el filósofo, y se mete en la boca una especie de caramelo azul.

Para llegar hasta su cliente, los vendedores hacen malabares. En términos generales, ellos sí son respetados, aunque sean mujeres o no vayan de azul o blanco. Es una regla no escrita de Vietnam. En lo que llevo aquí nos han ofrecido dos panes por el dólar, maní con chile, paletas Sabrosita a dos coras, y unas sospechosas hamburguesas de a dólar. Es la economía de Vietnam.

La Voz anuncia al ganador del sorteo de un boleto aéreo, cortesía de TACA. El ganador es el 405 sur palco.

—Si has ido a Solón, te felicito, porque yo quisiera estar ahí –me insistirá la Voz.

Ahora, muy a su pesar, él está en una espaciosa cabina blanca, con aire acondicionado y silla reclinable. Allí arriba raro es que haya menos de cuatro personas, y celebran cuando hay que celebrar, pero no se tiran orines ni se insultan. La Voz parece echar eso de menos. Antes de ser la Voz, Álvaro Magaña fue un auténtico Vietnamita.

—¿Y se lanzaban los orines?
—¡Claro! ¡Definitivamente! Si yo tengo hasta experiencia… –ríe– ¿Y sabés qué es lo cómico? Que cuando a vos te agarran para eso, papá, no es solo una bolsa la que te cae, te quiero ser sincero. Yo llegaba al extremo de que llevaba mi cachucha y debajo de la cachucha llevaba mi plastiquito.

De todas las personas con las que hablé para esta crónica, la Voz será el único que cree que Vietnam cada vez es más respetuoso. Ha cambiado para bien, dice.

Los cánticos decaen un poco cuando faltan unos 20 minutos para comenzar. Algo así como dar un paso atrás para tomar impulso, para los himnos nacionales. El de El Salvador, obvio, se canta a pleno pulmón, pero igual o más energías se gastan mientras suena el del equipo contrario. Vietnam –casi– entero da la espalda: patalea abuchea abronca silba vocifera protesta insulta. Por el maldito estado de desindividualización resulta difícil ir contra el comportamiento rebañego. Yo aprovecho para simular que estoy tomando notas, pero el que más me sorprende es Wilson. Al girarme veo que se mantiene de cara a la grama, respetuoso. Atípico.

Cervezas hoy ni se han vendido ni se venderán. Y menos cervezas significa menos orines. Incluso el acceso al agua ha estado y estará restringido. Supongo que esto, unido a lo vibrante del marcador, la amenaza de cierre sobre el estadio y los más de 520 agentes de la Policía desplegados harán de este un partido más seco y menos violento que de costumbre. Al menos en mi sector no hubo grandes peleas entre aficionados, y la Unidad de Mantenimiento del Orden de la Policía apenas tuvo que sacar a dos que tres. “Hoy en día me parece que el nombre de Vietnam ya no le va, tengo amigos Vietnamitas y son gente muy pacífica”, me escribirá desde Cheongju Galileo Romero, un salvadoreño que el año pasado se trasladó a Corea del Sur.

Ya va a iniciar el partido.

—Para mí Vietnam es la zona más importante de un estadio, te quiero ser sincero. Si yo fuera futbolista, yo fuera a celebrar primero a Solón –me dirá la Voz, sonriente.

***

Nos hemos visto por primera vez hace unas horas. No lo sabemos aún, pero el grupito lo formaremos William, el filósofo del fútbol; un joven alto y gordo con el que no he intercambiado palabra; un alguien con camisola azul que saltará desde la fila de delante; y yo, el periodista de gesto serio. Por la cercanía, hemos compartido cánticos, tumbos, olas, orines y otro gol que celebré, sí, pero a la europea.

Vietnam lleva mil horas sin callar.

—Es el alma del Cuscatlán –me dirá días después la Voz.

Minuto veintiséis con doce segundos. El volante Julio Martínez saca de banda hacia Rodolfo Zelaya. A trompicones, el joven delantero se zafa de su marca, avanza por banda izquierda y logra un centro preciso. Cristian Castillo salta como gacela y cabecea…

Gooooool.

Castillo corre, mira al cielo y se arrodilla frente a Tribuna. Vietnam se abraza.

Entierro pobre

Publicado: 29 mayo 2009 en Rossy Tejada
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Las hijas creen que su madre aún duerme. En la casa de la familia González, la puerta que da a la calle está hoy entreabierta, como casi todos los sábados por la mañana, cuando las niñas salen y juegan en el pasaje contiguo. Adentro, en el único cuarto, Pedro elige una mudada de ropa limpia y la coloca sobre uno de los catres. Minutos después, su esposa, Virginia, vestirá la blusa celeste de botones que alguien le regaló. El hombre le aparta el cabello de la frente y corre en busca de maquillaje para disimular la palidez que asoma en el rostro. Aún faltan unos días para la Navidad del año 2006. En ese cuarto oscuro el tiempo avanza implacable. Cada vez es más tarde. Pedro lo sabe y por eso se apresura a inyectarle formalina, la sustancia que, alguien le dijo, retarda la descomposición de un cuerpo. Virginia lleva once horas muerta.

***

Dos años, tres meses y diez días después, Pedro González me contará la historia que lo llevó a embalsamar él mismo el cadáver de su mujer. Sentado en un sofá destartalado, dirá que esperó durante 20 horas a que llegara Medicina Legal para el reconocimiento, que no aguantó más, que la veló dos veces en la casa y que para entonces todavía deberá dinero a la funeraria por el ataúd más barato que le vendieron.

Al verlo, Pedro me parecerá más joven que sus 47 años. Evangélico. Ni alto ni bajo. La piel del rostro, rojiza por el sol. Tendrá el cabello de un tono café tierroso escondido bajo una cachucha. Caminará rápido, algo encorvado. Me dejará una impresión de que es un tipo amable, con seguridad al hablar.

Me contará también que conoció a Virginia cuando ambos trabajaban en un restaurante del centro. Ella era cocinera; él, vigilante. El matrimonio duró 22 años. Originario del municipio de El Sauce, en La Unión, se había venido a probar suerte en San Salvador, como tantos. No tuvo mucha. Me dirá que ha trabajado años en el Centro Histórico, en la venta informal, y lo seguirá haciendo cuando lo conozca. Los $10 que una comerciante del mercado La Tiendona les estará pagando por un día de trabajo en la venta de tomates y cebollas apenas alcanzarán para la comida de los cuatro hijos: Melvin Geovany, que ya tendrá 16 años; José Eduardo, de 15; Luz Clara, de 12; e Hilda Yamileth, de ocho. Me dirá que hasta su muerte, Virginia lo acompañó en el comercio ambulante de verduras. Y que cuando no lograban vender todo el producto, no llegaban los $8. Por eso no es extraño que en la casa que ocupan –y que todavía ocuparán– en la colonia Valle del Sol, de Apopa, la leche, las carnes y los embutidos rara vez integren el menú. Lo único que con holgura consiguen –y conseguirán– son tortillas y huevos.

De Virginia no quedará mucho. Solo un maletín negro en el que Pedro guardará alguna ropa, las blusas y las faldas que más se ponía. La única foto, la del DUI. Pedro la conservará, cual tesoro, en su billetera rota dos años, tres meses y diez días después.

***

Hoy es viernes 22 de diciembre de 2006. Pedro regresa a casa pasadas las 5 de la tarde, un poco más temprano de lo habitual.

La vivienda es un espacio de tres por cinco metros, sin ventanas y con el techo de lámina. Al baño minúsculo se accede por una puerta sin cerradura y estrecha. El resto del espacio sirve de dormitorio, cocina, sala y comedor. Adentro, dos catres; y encima de ellos, una hamaca. Para colgar la ropa, hay dos cuerdas sujetadas entre las paredes. El único lujo es un viejo televisor negro que mantienen escondido entre ropa y otros enseres.

Pedro se acerca a Virginia, quien le dice entre dientes que se siente débil, como si los huesos se le fueran a quebrar, pero que no siente mucho dolor.

—Viejo, te quiero decir algo.—¿Qué pasó?

—Cuando me muera, no creás que vas a dejar de ir a la iglesia.

—¡Cómo crees! Siempre vamos a ver a las hermanas y hermanos. Estate tranquila.

Tres horas después, a las 8:15 de la noche, un cáncer de ovario acaba con Virginia, luego de 15 días de estar postrada por un tumor que en tres hospitales públicos no supieron detectar a tiempo, y mucho menos tratar.

Enseguida, Pedro hace lo que cree conveniente. Agarra el celular que la comerciante de La Tiendona le prestó días atrás para estar al tanto de lo que sucede en la venta. Reporta el deceso al número de emergencias del 911. El agente que lo atiende le dice que no mueva el cadáver hasta que llegue Medicina Legal. Y le hace caso. Sin embargo, lo que Pedro no sabe es que el personal forense no vendrá esta noche ni en la mañana siguiente. Los tiempos de operación de esta entidad no son algo que consigne la ley.

Como puede, Pedro se rebusca para conseguir el ataúd. En Funerales Guardado, sobre la entrada sur a la ciudad, consigue una caja de madera por $150. De esa cifra, dos años después solo habrá podido pagar $50.

Los $60 que la funeraria cobra por los servicios de preparación de un cadáver y la sala de velación están fuera de alcance. Y nadie le fía. Pedro niega con la cabeza y se dirige al encargado, un hombre corpulento y con bigote ralo.

—¿Sabe qué? Yo la voy a preparar.

Once horas después, sin que nadie le diga cómo, le estará inyectando la primera dosis de formalina.

***

Sábado 23 de diciembre. Medicina Legal llega casi al final de la tarde a la casa de los González. Con el acta de defunción al fin en sus manos, Pedro coloca a Virginia dentro del ataúd, se despide de los hijos y de los hermanos de la iglesia pentecostal El Fin Viene, quienes están ahí para recitar oraciones por Virginia. Llega a la alcaldía en busca de la autorización para sepultar a su mujer al día siguiente en el cementerio general de Apopa, pero eso no será posible.

Detrás de un escritorio en la oficina que se encarga de los enterramientos está una mujer de lentes y cejas pronunciadas. Le explica que en el cementerio general ya no hay espacio, que solo puede enterrarla ahí si tiene otros familiares.

Pedro se quita la cachucha y se rasca la cabeza en señal de desconcierto. Entonces le sugieren que pregunte en Nejapa, pero que tiene que pagar la tarifa de $24 por un permiso de traslado de cadáver a otro municipio. Luego de los $50 de la caja, a Pedro apenas le queda dinero. Vista la situación, la mujer abre un cuaderno, se acomoda los lentes y plantea otra alternativa.

—Como no tiene a nadie enterrado aquí ni tiene pisto para pagar en Nejapa, mejor llévesela calle al volcán.

Pedro se extraña de lo que escucha.

—¿Y que hay un cementerio calle al volcán pues?

—Sí, desde hace poco hemos comenzado a mandar a más gente para allá porque aquí ya no caben –le contesta la mujer mientras sorbe café de una taza.

El cementerio general, a diez minutos de la casa de los González, registraba hasta el año 2000, último del que lleva registro la alcaldía, más de 8,700 enterramientos. La empleada le pide imaginar cuántos más habrá hasta hoy.

“Permiso de enterramiento de la adulta Virginia Candelaria Roque, fallecida el…”. Después de mostrar el acta de defunción, la encargada anota el nombre completo de la difunta en el cuaderno y, tras pagar $5.71, entregan a Pedro un comprobante para presentarlo al día siguiente en el cementerio del cantón Las Delicias, carretera a Quezaltepeque.

Pedro descubrirá mañana que llegar hasta Las Delicias, uno de los tres cantones del área rural de Apopa, enclavado en las faldas del Picacho, en las cercanías de la planta Nejapa Power, no será tarea fácil.

***

El principio del final para Virginia fue cinco años atrás, cuando ambos decidieron no tener más hijos. La intención era quedarse con dos varones y una niña. Virginia, una mujer de convicciones fuertes, acudió al Hospital de Maternidad en busca de un método de esterilización en el que confiaba a ciegas: la ligadura de trompas. El fuerte dolor que sintió después la hizo regresar, y ahí ya no le quedaron dudas de lo fallido del procedimiento: estaba embarazada de Hilda Yamileth, la menor de los González. Era un embarazo ectópico, esos en los que el bebé se desarrolla fuera del útero. Pedro aún recuerda con claridad lo que un doctor le dijo ese día: “Si la niña se le cría es porque Dios es grande”.

Hilda nació por cesárea y pasó a ser la consentida del matrimonio.

Con todo y eso, Pedro se encogerá de hombros y mirará al suelo cuando recuerde que su mujer ya no se recuperó desde aquella operación. A los días, la herida en su abdomen comenzó a infectarse y ahí empezaron las constantes visitas a unidades de salud y largas estancias en hospitales. Una mañana de 2006, en una de esas consultas, en el Hospital Rosales, escuchó el diagnóstico que terminó en condena: cáncer de ovario.

***

Domingo 24 de diciembre, víspera de Navidad y día del entierro de Virginia. El pick up de la funeraria espera en la entrada de la colonia. Pedro cree que la formalina ha surtido su efecto porque el cuerpo no hiede. En unas horas sepultarán a Virginia lejos, en el cementerio del volcán.

Antes de salir, se cerciora de meter en la bolsa del pantalón el recibo de la alcaldía por si se lo piden en ese camposanto del que nunca había escuchado hablar. Al trayecto se suman diez hermanos de la iglesia quienes, biblia en mano, llevan seleccionado el salmo que cantarán para despedir a su hermana de El Fin Viene.

Los dos hombres de la funeraria encaraman el ataúd y le dicen a Pedro que no se preocupe, que ellos ya han hecho un par de viajes al cementerio de Las Delicias y conocen el camino.

Tardan media hora en llegar. Se desvían en la carretera pavimentada que conduce a Nejapa y Quezaltepeque, en la intersección de la carretera al volcán. Es un camino vecinal de tierra donde nubes de polvo estrujan los ojos. El pick up ronronea y las llantas patinan hasta detenerse 500 metros adelante.

—Aquí es –dicen los de la funeraria. Es mediodía.

El cementerio no parece cementerio. No hay una sola cruz ni jardineras en esas dos manzanas de terreno. No hay puerta de acceso ni letrero identificativo. Entran como Juan por su casa.

—Como no hay nadie que me diga dónde enterrar a mi vieja, es de que empiece a hacer el hoyo –dice Pedro a su hijo José Eduardo, quien ayuda a bajar las palas y piochas. Pedro escarba rápido, como si quisiera olvidar pronto.

Un metro abajo, la pala topa con una superficie dura. Otro ataúd. Vuelve a cavar un hoyo entre dos árboles de guayaba que años después, cuando regrese, serán su única señal. No lleva cruz, solo unos claveles pasajeros que la pequeña Hilda quiere colocar.

Minutos después, bajan el ataúd con la ayuda de unos lazos. Lo ponen dentro del hueco abierto, de tres metros de profundidad. Pedro echa la primera de las 30 paladas de tierra. Los hermanos se arremolinan. Algunos visten pantalón oscuro y camisa blanca. Otras hermanas visten de luto, y los predicadores llevan saco y corbata. Es entonces cuando abren sus biblias y se turnan en rezos. Entre cánticos desentonados, las 30 paladas de tierra cubren el ataúd y todo vestigio de Virginia. Empapado en sudor, Pedro deja escapar las lágrimas con el sonido de la tierra seca que cae.

***

Al cementerio Las Delicias Pedro regresará dos años, tres meses y catorce días después. Lo hará una tarde montado en otro pick up y acompañado por periodistas. Ya no se acordará del camino porque solo “los de la funeraria sabían cómo llegar”.

Pero el cementerio tendrá otra cara y ya no será el terreno baldío sin cruces en el que enterró a su esposa. Cruces habrá, y muchas. Se habrá transformado en un cementerio cantonal que crece conforme pasan los años. En el lugar donde quedó Virginia estarán otras tumbas con sus cruces y flores. Nadie, excepto Pedro y sus hijos, sabrá que está ahí porque su tumba nunca tuvo una cruz.

—Aquí, aquí la dejé a ella –dirá un Pedro afligido, cuando señale con sus manos juntas la lápida de otro fulano en medio de dos palos.

Esa tarde, emprenderá el regreso a casa con ganas de volver junto a sus hijos otro día, para que recuerden el camino y para poner flores a su madre. Serán las únicas en más de dos años y tres meses. Compungido, José Eduardo, el segundo, dirá que quiere tatuarse en el brazo el nombre de Virginia, la madre a la que la pobreza condenó a una sepultura anónima entre dos palos de guayaba.