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Sado gay: sufrir por amor

Publicado: 10 diciembre 2012 en Enzo Maqueira
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Soy el artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol. Un heterosexual gay friendly en el único bar sadomasoquista gay de Buenos Aires, el único de Latinoamérica.

—Leather –me dice mi amigo Charly, dueño del lugar–, somos un bar leather.

Y me sirve otro vaso de cerveza. Carlos “Charly” Borgia está sentado del otro lado de la barra. Tiene puesta una camisa, un pantalón y una muñequera, todo de cuero. Él y yo somos los únicos que estamos vestidos. Somos amigos hace diez años, cuando yo no era escritor y él no era el rey de la noche sado. “Leather”, repite Charly y me deja solo porque están tocando el timbre. Una luz al lado de la puerta se prende cada vez que un nuevo cliente quiere entrar. Charly le entrega una bolsa negra. El cliente tiene cuarenta años, es flaco, pelo corto. Se mete en un cuarto y se saca la ropa, la guarda en la bolsa, se pone un arnés de cuero. Como un Clark Kent recién salido de la cabina de teléfonos, aparece en el medio del bar listo para la noche, con el pito y la cola al aire. La luz se vuelve a prender.

—Ya vengo –dice Charly y agarra otra bolsa negra.

Así empiezan los sábados en Kadú. Entre las once de la noche y la una de la mañana llega la mayoría de los clientes. Casi todos son habitués: hay una tarjeta con su nombre en donde se anotan los consumos. No hay bolsillos para guardar la plata en Kadú; se fía hasta el final de la noche. Los clientes lo toman con la misma naturalidad con la cual dejan su ropa de todos los días adentro de una bolsa. Charly me explica que no todos son gays declarados; hay clientes que tienen esposa e hijos, o que tienen pareja homosexual pero ocultan su gusto por el fetichismo. Van muchos personajes del mundo del arte, del diseño, de la arquitectura. Tipos que ahora están desnudos y usan accesorios de cuero.

—Cerrá los ojos –dice Charly y me acerca su muñequera a la nariz–. ¿Sentís? Ése es el olor del cuero. Hay gente que acaba con este olor.

La cultura leather incluye al masoquismo, al fetichismo, al fisting y al bondage, palabras que se suelen resumir con las siglas BDSM. Hasta antes de pasar mi primera noche en Kadú esas palabras significaban imágenes sueltas: un tipo con látigo, un debilucho en pañal de bebé, un hombre de bigotes y gorra de cuero que besaba un pie. No tenía modo de imaginarme fisting o bondage. Del primero sólo sabía que era meter puños adentro del culo (pero lo sabía de un modo muy vago, como uno sabe que algún día se va a morir); del segundo, que alguna vez leí esa palabra en internet. En Kadú aprendí los matices: a las doce y media de la noche ya hay un hombre arrodillado en un rincón, desnudo, excepto por una correa en el cuello. Es uno de los siete esclavos de Charly y todavía está en fase objeto. Hay tres niveles para el que disfruta ser sometido: el objeto, la mascota y el siervo. “Le puedo ordenar que esté ahí como si fuera un florero y no se puede mover hasta que yo le diga. O que sea una mesa para apoyar los pies, o que esté parado como un velador”. Habla mirando a su esclavo, lo señala, me obliga a mirar. El esclavo no puede devolvernos la mirada y eso es lo que lo excita. Tiene menos de treinta años, es morocho, cara de bueno. “La gente cree que el sadomasoquismo es violencia y sometimiento, pero acá no se violenta la voluntad de nadie. Todo es acordado previamente. Y no hay sometimiento: es una relación recíproca de confianza”, dice Charly.

Tengo varios amigos gays, bi o con orientaciones sexuales alternativas, pero Charly fue el primero. Todos alguna vez pensaron que me reprimía. Debo ser el único que nunca dudó. Fui a colegio de varones, católico, y mis compañeros se juntaban para comer chizitos y escupirse. También, en los campamentos, cuando los curas dormían, se masturbaban en ronda.

Yo no hacía ninguna de esas cosas.

Yo para ellos era el maricón.

Ahora, según Facebook, mis compañeros están casados. Yo estoy haciendo una crónica en un bar de sadomasoquistas.

***

En el escenario hay un chico con una remera de látex y la cola –y el pito– al aire. Un pelado de unos cuarenta años, alto, tonificado, con un tatuaje y cadenas que le cruzan el pecho también sube.

—Se llama Alan –dice Charly– tenés que ver cómo le va a dar pija.

Hay una diferencia entre pito y pija. Lo que veo alrededor son pitos, porque no hay erecciones y todos parecen inofensivos. En cambio Alan tiene una pija. El esclavo se pone de cara a la pared y Alan le pega en la cola con un látigo. El esclavo se arquea como si hubiera recibido un tiro. El pelado Alan se pone loco. Se planta bien en el suelo. Es la primera vez que veo dos hombres teniendo sexo.

—¿Y? –me pregunta Marcos, el flaco de pelo corto que vi desnudarse cuando entró y ahora toma gin tonic en la barra– ¿Te gusta?

Le digo que no me provoca nada, que en diez años de amistad con Charly vi de todo, pero nunca me excité; que todos mis amigos gays piensan que me reprimo.

—No es represión –dice Marcos–. Es si te calienta o no.

Me tranquiliza escucharlo. Marcos lleva puesto un arnés que roza sus tetillas, usa un brazalete de cuero con pinches y una muñequera. Es psicoanalista y habla claro y con voz firme.

—La sexualidad es sólo una particularidad más del ser humano. Según Freud hay tres clases de masoquismo: el erógeno (el gusto en experimentar dolor), el femenino (se basa en el erógeno y está vinculado con ser amordazado, atado o sometido a obediencia incondicional) y el sentimiento de culpa. Pero todas esas categorías freudianas hoy en día están dejadas de lado. Es como si dijéramos, todavía hoy, que la homosexualidad es una enfermedad. Lo cierto es que cada cual goza como le sale o como puede.

Le digo que sería una forma de resolver la castración del falo, que el falo es el significante de la falta, que un fetichista resuelve la castración con el objeto de deseo.

—Todo eso quedó atrás –Marcos dice que no con la cabeza–. Cualquier parte del cuerpo puede servir como objeto de satisfacción. El juego del cuero sería como cualquier otro juego. Se juega lo erótico en relación al poder. Hay mujeres más “pijudas” que sus maridos.

***

Tengo puesta una remera de Pearl Jam que Charly me prestó apenas me vio llegar vestido con jean y camisa, porque “un leather ve una camisa que no sea de cuero y sale corriendo”. Pensé que la remera era suficiente para pasar desapercibido, pero soy el único que no tiene arnés, correa o guante de cuero. En un bar de fetichistas, me convertí, sin quererlo, en un objeto de deseo.

—El leather surge en los ochenta como una respuesta al estereotipo del mariquita –dice Charly–. Se buscó un look masculino, con camperas y pantalones de cuero, al estilo de las pandillas motoqueras de Estados Unidos. A la imagen del gay afeminado se le contrapuso la fuerza del cuero.

El cuero también se usa como una vía de comunicación.

—Si vos venís a un bar como éste y ves a alguien con collar de perro en el cuello, sabés que es un esclavo; si lo ves más vestido o con cadenas cruzadas, lo más probable es que sea un dominante. Es un modo de entablar un vínculo sin tanto preámbulo.

Marcos quiere sumar su punto de vista. Cuando empieza a hablar me doy cuenta de que tiene ropa de dominante. Pienso que quizás espera que el alcohol me haga relajar un poco:

—El cuero tiene reminiscencias a la vestimenta de guerra romana, a los gladiadores, a las fuerzas policiales y militares, supuestamente viriles. Además, ¿por qué no usar cuero? Yo vengo a Kadú en búsqueda constante y quizás interminable de mis propias posibilidades de gozar. Mi formación universitaria y mi práctica profesional fue atravesada por Freud, Lacan, Foucault y sus discípulos, seguidores y repetidores. Sin embargo nunca vengo como observador/téorico o teórico/observador; necesito ser participante y entregarme a esa colectiva borrachera de exultante naturaleza psicológica.

***

En los recreos, mis compañeros jugaban a perseguirse, a pegarse, a darse patadas. Yo me quedaba en un rincón del patio. En Kadú hago algo parecido: estoy en la parte de arriba, donde todo sigue pareciendo un bar aunque haya doce tipos desnudos y el pelado Alan tome cerveza en copas de cristal negro, en la mitad de la barra, al lado de Tommy. Son la primera pareja BDSM legalmente casada y la fiesta de casamiento fue acá, unos meses atrás. Conversan en ronda con otros tipos, Charly incluido, y de repente todo parece tan normal como en cualquier otro bar. Empiezo a controlar el miedo a que “me pase algo”. Sé que es un miedo de clase media, burgués, de un fascismo teledirigido, pero me resulta inevitable. Después de verlos charlar un rato largo logro reducir mis temores a la sensación de incomodidad de un vestuario de club. Entonces Charly llama a su esclavo, el morocho con cara de bueno que estuvo todo este tiempo quietito en su rincón. Le pide que se la chupe a todos los que están en la ronda, le acaricia la cabeza. En un rato, Charly me va a preguntar si quiero ver algo chancho y el morocho va a abrir la boca y él le va a hacer pis dentro, un chorrito caliente, y le dirá que cierre la boca, pero no ahora.

—Se porta bien este esclavo –dice, y me guiña un ojo.

***

Alexis fue mi segundo amigo gay. Dio la casualidad de que también era leather. Se lo presenté a Charly hace un par de años; me lo agradeció como si le hubiera hecho el segundo mejor regalo de su vida (el primero había sido para un cumpleaños, cuando le mandé un chico lindo que le tocó el timbre a las doce y un minuto de la medianoche). Alexis se convirtió en una estrella de Kadú. En su vida cotidiana era un neurobiólogo prestigioso, con publicaciones en revistas de ciencias y viajes por el mundo. En Kadú practicaba la auto-felación sobre esa misma barra donde ahora apoyo mi vaso de cerveza. Nunca lo vi, pero cuentan que se subía a la barra, se acostaba, levantaba las piernas y llegaba a chupársela. Lo hacía delante de todos.

A los 13 años había tratado de chupársela por primera vez. A los 22 hizo un segundo intento. Hasta ahí, nada diferente a la vida de cualquier hombre; pero Alexis tuvo disciplina y perseverancia. Sólo eso, y una cierta curvatura natural de la espalda. No tuvo que hacer yoga, ni cortarse el frenillo. Fue práctica. Ahora Alexis viene cada tanto a Kadú, pero tiene un perfil más bajo. Hoy vino porque quise que nos encontráramos en el lugar donde el neurobiólogo Alexis es leyenda. A él no le gusta hablar de leather, sino de BDSM. Y no siente nada por el cuero. En cambio, desde chico tenía fantasías con ser secuestrado, que lo ataran y le pegaran. Es algo que charló muchas veces con su analista, un tipo que lo alentó a buscar los límites de su propio placer. Los buscó en Kadú, con su show de auto-fellatio. Me lo cuenta todo rápido, porque son cosas que me contó muchas veces por chat. Y repite la historia que más me impresiona:

—Una vez conocí a un francés por chat que me invitó a pasar tres días en su casa, en el sur de Francia. Lo que más me enloqueció es que el tipo tenía un garage acondicionado con elementos de BDSM: cruces, cadenas, arneses… Durante esos tres días yo era su esclavo y no podía salir de ese rol. Cada dos horas, aproximadamente, teníamos una sesión. Un día me ató y me cubrió el cuerpo con papel film, como si me estuviera momificando; otro día me hizo dormir en el piso. Me despertaba a cada rato. Era como estar tres días en una sesión de tortura.

Le pido a Marcos más precisiones. Me dice que el esclavo se siente apreciado al darle placer al otro. Que de él depende, también, el placer del otro.

“Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.”

—El deseo de ofrecerse es siempre placentero. El esclavo no se siente denigrado, hay una relación erótica que lo hace sentirse valorado sexualmente como objeto. A veces no hay que preguntarse nada sino escuchar atentamente a los protagonistas de las llamadas ‘orientaciones sexuales alternativas’ frente a la hegemónica norma mono-hetero-sexista.

***

—Yo leí mucho a Foucault –dice Charly, mientras se saca las botas de cuero–. Vos nunca podés saber quién es el dominado y quién el dominante. La base del leather no es la humillación ni la violencia. Es la confianza. Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.

Se saca las medias. Después empuja a su morocho hasta el suelo y le pide que le lama los pies.

Pienso que también mi amigo habrá obedecido alguna vez, que también él estuvo en ese mismo rincón donde ahora está de rodillas Leónidas, con una máscara de látex que sólo tiene dos agujeritos para respirar. “¿No se aburre?”, pregunto sin darme vuelta. “Es la idea”, contesta y me dice al oído que adentro de la máscara no se ve nada, que apenas se siente, que el látex se pega a la piel y parece que estuvieras en un ataúd. Y mira para abajo otra vez.

—Pero entregarse al otro es una forma de olvidarte de vos –Charly se pone serio–. Tanto si sos esclavo como si sos dominante, estás dejando tu ego para darle placer al otro. Hay una cuestión de despersonalización atrás de todo esto. El resultado es muy parecido a meditar: no hay ego.

Su esclavo está esperando que termine de hablar conmigo. Empiezo a sentir que por mi culpa Charly no se está divirtiendo; que sus esclavos me deben odiar porque lo distraigo con mis preguntas. Le aviso que me voy. “Antes tenés que ir al subsuelo”, dice Charly y me señala la escalera que entra en lo más profundo de Kadú.

***

Si la palabra “sordidez” tuviera una escenografía, sin dudas sería la del subsuelo de Kadú. Un pibe de veintipico recostado en un sillón, quieto, como si estuviera muerto. Otros dos parados al lado del baño, mirándose mientras se masturban. Adentro de un cuarto hay una ronda: cinco tipos desnudos y olor a transpiración. En otro cuarto, mucho más chico, hay un hombre colgado de un arnés. Lo tienen atado de pies y manos, con las piernas abiertas. Le están metiendo algo. Camino rápido entre un cuarto y otro, con la cabeza gacha, tratando de pasar inadvertido con mi remera de Pearl Jam. Sé que no va a pasar nada que yo no quiera, que es un miedo machista y retrógrado, incluso homofóbico; pero tengo terror a que me cojan. Sin embargo me quedo en mi lugar. Lo siento como un acto de valentía, también como una prueba a mi heterosexualidad. El pelado Alan baja las escaleras. Trae a Leónidas de la mano, que todavía tiene puesta la máscara de látex. Lo ayuda a subir a una tarima. El pelado ata a Leónidas en una cruz; le pega con un látigo, le retuerce los testículos, le estira el pito. Los demás se empiezan a acercar; hacen un semicírculo de tipos desnudos. ¿Mostrará la pija tan grande que tiene el pelado? Todos miran, excepto el chico del sillón, que consiguió quien se la chupara. Recién entonces me doy cuenta de que hasta ahora ninguno acabó. Charly dice que los clientes se reservan la eyaculación para que la noche sea más larga; van a acabar cuando les parezca que ya no pueden ir más lejos. Mientras tanto son hombres desnudos en semicírculo.

Sigo siendo el único que está vestido.

***

Ahora el silencio tiene la forma de una canción de Rammstein. Los tipos se empiezan a mover y algunos vuelven al cuarto del arnés. Tengo la sensación de que es el momento de irme, pero me quedo. Algo está por pasar. Trato de reconocer caras familiares, pero no veo a Alexis, ni a Leónidas, ni tampoco a Marcos. Lo que veo son cuerpos, y de entre los cuerpos una figura que viene hacia donde estoy. Tengo tres segundos para imaginar que Charly viene a protegerme, con su pantalón de cuero negro, mi sado-superhéroe favorito. Tres segundos para imaginar qué pensarían mis compañeros de escuela si me vieran ahí, rodeado de pitos, el maricón que quería ser escritor. Mientras tanto lo veo venir con la música de Tiburón en mi cabeza, los ojos fríos, midiéndome para atacar.

Que me gustara Queen en la adolescencia, que a los dieciocho fuera a la cama solar. Una vida plagada de señales ambiguas, predestinada por esos gallitos de colegio católico que se burlaban de mí. Y por fin el pelado, Alan, está adelante mío: alto, fuerte, un Godzilla que abre las garras para llevarme. Es el momento de cruzar la barrera o de retirarse. No lo dudo: subo corriendo las escaleras, sin mirar atrás, y cuando estoy arriba le pido a Charly mi camisa a rayas y me saco la remera de Pearl Jam. Le digo que me disculpe con el pelado. Me da vergüenza haberme escapado así. “No te preocupes”, contesta Charly y hace ese gesto de tirar la mano para atrás, como si de verdad no tuviera que preocuparme. Cuando camino de vuelta a casa, una y media de la mañana, en una noche fresca de sábado en Buenos Aires. Escucho que alguien canta en un departamento. La voz viene desde un segundo piso, living iluminado, lleno de globos; un tipo de mi edad, con micrófono, al lado del televisor. Su novia rubia lo aplaude; sus amigos lo miran entusiasmados. Parece ser una especie de karaoke en el medio de una despedida de solteros, o un cumpleaños, o algo parecido a una fiesta. Ahí debería estar yo, y después subir las fotos al Facebook. Pero no. Soy un heterosexual gay friendly. El artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol.

Nati es varón

Publicado: 17 octubre 2012 en Andrés Acha
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Cuando tenía 12 años Natalia intentó suicidarse tres veces en la misma noche. Ocurrió el día del cumpleaños de su papá. José no quería festejarlo pero Graciela lo comentó en la vereda y los vecinos llegaron con empanadas, pizzas, pollo, algo para tomar. Era inevitable la reunión. Había cierta excitación en la casa porque Graciela se postulaba ese fin de semana por primera vez como presidenta del Centro Vecinal de su barrio, Parque Liceo. A las diez de la noche Natalia apareció en la fiesta con la cara ensangrentada.

–No quiero vivir más –dijo.

Había dejado caer el peso muerto de su cuerpo atontado por las pastillas desde la cucheta de su pieza. Al volver del hospital todavía quedaban algunos vecinos alrededor de la mesa. Con Natalia descansando en la habitación, conversaron sobre lo que había pasado.

Hacía una semana que Natalia había cambiado las polleras por unas bombachas de gaucho y se había cortado el pelo. Se movía distinto.

Dos horas después, bajo el mismo cielo de la misma noche, volvió la sangre: un cuchillo en las muñecas. Otra vez las corridas, la ambulancia, el hospital, la desesperación, el desconcierto.

Volvieron a la casa. Con el lavaje de estómago hecho, las curaciones del golpe en la cara recién terminadas y los brazos vendados, en el cumpleaños número 32 de su padre, frenaron a Natalia segundos antes de que se cortara de nuevo.

Sus padres no encontraban explicación a la insistencia de Natalia en quitarse la vida.

Esa misma noche la internaron. Era la mayor de los 10 chicos de la sala del hospital y no podían dejarla sola. Su mamá durmió casi un mes apoyada en la cama, con los brazos cruzados sobre el colchón, a los pies de su hija medicada.

Dos años después Graciela llamó a la psicóloga para revelarle lo que había descubierto sobre su hija, el porqué de los intentos de suicidio, de las depresiones y de su repentino cambio de vestuario y actitud.

–Licenciada, para mí Nati, se lo digo como madre, para mí Nati es varón.

A Natalia “La Pepa” Gaitán la asesinaron de un escopetazo en el pecho el 7 de marzo de 2010. Tenía 27 años. Pero eso pasó mucho después.

***

Graciela tenía 20 años y un hijo aquella noche de 1980 en la que conoció a José en un recital de la cantante Tormenta.

–Lo conocí y fue un impacto. Bailamos una pieza, me acompañó hasta la pensión, lo hice pasar a mi cuarto, nos pusimos a charlar y nunca más nos separamos hasta que se murió.

Graciela no sabía que estaba embarazada la tarde en que despidió a José, que se alejaba en tren rumbo al servicio militar obligatorio. Él regresó una semana después con una nota: no era apto porque tenía un dedo del pie encima de otro, y eso le iba a traer problemas con los borceguíes.

Ya había dos hijos en la familia (Diego y Mauricio) cuando Graciela le anunció a su novio que estaba embarazada de nuevo. José Gaitán le contestó con una promesa:

–Si es nena me caso con vos.

En 1982 nació Natalia. Graciela dice que le hizo una trampa al padre: “Nació nena para que se casara conmigo, pero después se hizo varón”.

***

Karen Herrera es una de las personas que mejor conoció a Natalia “La Pepa” Gaitán. Las presentaron y un mes después ya se habían mudado a una piecita de paredes ásperas. Vivieron juntas dos años hasta que se separaron en diciembre de 2009, cuatro meses antes del crimen.

Ahora Karen está sentada en el comedor de la casa que comparte con su mamá y su hijo Iván. Habla bajito, poco, pausado. Mira el mantel de hule, acomoda su cara redonda, morocha, y recuerda que a Pepa la conocía todo el mundo, que era muy simpática, muy linda; que le gustaba mucho bailar y el reggaetón de Don Omar. Dice que Pepa era muy familiera y que todos los domingos compartían una mesa larga y bulliciosa.

Recuerda también que Pepa amaba su moto enduro y que no se la prestaba a nadie. Que la moto tenía un número que la identificaba: el 43, la edad en la que murió su padre de un infarto. Dice que a Pepa esa muerte la afectó mucho.

Karen recuerda y parece cansada: “Tenía un altar con la foto de su papá, estampitas, santos, flores; le dedicaba canciones y de vez en cuando se deprimía porque lo extrañaba mucho. Cuando se ponía triste salía a dar vueltas en la moto”.

En el hombro izquierdo Karen tiene un tatuaje que dice “Pepa”, con una estrella brillante que parece una varita mágica. Se lo hicieron juntas una tarde de calor. Pepa tenía el suyo en el cuello: “Una letra K, pero en chino”, dice Karen. Pepa tenía, además, otros tres tatuajes: la firma de su mamá en el hombro izquierdo, la de su papá en el derecho y el nombre de su padre, José, escrito en el antebrazo.

–Siempre decía que le hubiera gustado irse con su papá. Que se iba a ir con él porque lo extrañaba –dice Karen.

“Todavía no, pero sé que me voy a ir con él”, repetía.

Y Karen le decía callate, no digas esas cosas.

Mientras Pepa enfriaba su noviazgo con Karen, hacía todo lo posible para acercarse a Dayana, la hijastra del que sería su asesino.

***

Barrio Parque Liceo es una frontera. Más allá, se termina la ciudad. A la entrada las casas más coquetas brillan –farmacia, repuestos para el automotor, heladería–. Al cruzar la primera plaza las casas se achatan –jardincito al frente, su reja pesada–. Después de la segunda plaza hay menos flores y más paredones –dos pizzas: 30 pesos–. Del otro lado de la tercera plaza, al fondo, de noche, casi no hay luz.

Pepa vivía y trabajaba en la Asociación Civil Lucía Pía, una ONG que creó su papá y que hoy dirige su mamá. Ahí tienen una guardería-comedor, dan la copa de leche y talleres de capacitación gratuita: computación, peluquería, artesanía, repostería, electricidad y mecánica, corte y confección, cosmetología integral, pintura en tela.

En el barrio la conocen como La Sede. Es un salón rectangular con una cocina que parece cantina, una habitación y dos baños. Sobre un aparador hay un equipo de música y detrás cuelga una bandera del Club Atlético Belgrano.

“Llevo 23 años de trabajo social –cuenta la madre de Pepa–. Acá la carpeta asfáltica tiene nombre y apellido. El cordón cuneta tiene nombre y apellido. La contención social tiene nombre y apellido. Éste fue el primer barrio de Córdoba al que logramos cambiarle la cañería del agua. Conseguimos el terreno y el financiamiento para la escuela secundaria, que no había. Cuando se cerró la escuela primaria, en menos de 24 horas conseguí que nos prestaran unos terrenos para poner 30 contenedores donde darle clases a mil chicos. Ahora estoy luchando para construir un dispensario. No todos me quieren, pero el que no me quiere, me respeta”.

Por La Sede pasaban todos los días dos adolescentes vendiendo pan: Dayana y Sharon Sánchez. La madre de las chicas, Silvia Suárez –cocinera– y el padrastro, Daniel Torres –albañil–  estaban desocupados. Pepa les consiguió trabajo en La Sede y esa fue la manera más rápida que encontró para acercarse a Dayana.

Se hicieron amigos. Comían todos juntos, se reían, la pasaban bien. Silvia cocinaba, Torres revocaba y pintaba. Las chicas conversaban.

Pepa tenía mucho éxito con las mujeres. Silvia se enamoró de ella y la cosa comenzó a complicarse porque a Pepa le gustaba Dayana, la hija de Silvia, de 17 años. Y era correspondida.

El ambiente se enrareció mucho cuando Pepa y Dayana se pusieron de novias. Silvia le confesó a Dayana que estaba enamorada de su novia. Tuvieron varias discusiones hasta que su mamá la echó y por unos meses vivió con una tía.

Torres –petiso, retacón, pelo al ras, 35 años– tampoco toleraba que su hijastra saliera con Pepa. Además sabía que Gabriela Cepeda, la mejor amiga de Pepa, andaba atrás de Sharon, la más chica de sus hijastras, de 14 años. El albañil tenía a su mujer y a su hijastra enamoradas de Pepa y a Gabriela tratando de seducir a Sharon.

–Esto va a terminar mal –dijo Torres unos días antes del asesinato–. Me tienen cansado.

***

La tarde del homicidio, en La Sede, Pepa recortaba cartulinas para la guardería con su novia. Hacía un mes que vivían ahí. Eran las 18.30 del sábado 6 de marzo de 2010. A esa hora llegó Gabriela Cepeda y les contó que había estado frente a la casa de los padres de Dayana y que se habían insultado.

Natalia Carrizo, vecina de Torres, dice que esa tarde Gabriela había pasado tres veces por el frente de la casa insultando y que, por eso, Silvia llamó a la Policía. Las llamadas quedaron registradas en el servicio de emergencias de la Policía a las 19.09 y a las 19.17. La vecina dice que el patrullero nunca llegó. La Policía asegura que un oficial tocó la puerta y el timbre.

La amiga de Pepa explicó que había vuelto a la casa de los padres de Dayana y Sharon, a una cuadra de La Sede, porque la madre de las chicas quería hablar con ella. Ahí, sentados en unas reposeras en la vereda, Silvia y Torres tomaban mate mirando hacia un ancho canal de concreto. Del otro lado, los autos pasaban a toda velocidad, ruidosos, por la Avenida de Circunvalación, que marca el límite final de la ciudad. Era una tarde de calor, las puertas estaban abiertas.

Cuando Pepa se asomó a la esquina para ver por qué su amiga se demoraba, vio que estaba peleando con Silvia. Pepa se acercó, forcejeó y le gritó al padrastro de su novia: “¡Sos un puto! ¡Por qué sos tan maricón! ¡Cuidala a tu mujer, gorriado!”.

La vecina de Torres salía de la ducha cuando escuchó los gritos. Se asomó por la ventana de chapa de su habitación y vio que Pepa insultaba a Torres. Lo invitaba a pelear.

–No. Qué te voy a pegar a vos si para mí sos mujer –respondió Torres.

Hacía tres años que Pepa practicaba Vale Todo, una disciplina en la que lo único que no está permitido es meter los dedos en los ojos y morder al contrincante. “Ella descargaba mucha de su depresión ahí”, cuenta la madre.

“Me voy a apurar porque esto va a terminar mal”, pensó la vecina.

Torres entró en su casa y salió al instante con una escopeta calibre 16 de un solo caño. Caminó por el sendero gris que sale de su vivienda, hizo varios pasos por la calle de tierra sin decir una palabra. Gabriela le pidió que dejara el arma, su mujer se le acercó para frenarlo y él le dijo “correte”. Pepa lo vio venir y le gritó: “Tirá si sos macho”.

En su habitación, mientras terminaba de cambiarse, la vecina escuchó una explosión. Corrió a la calle y vio a Pepa tirada en el suelo, mucha sangre, y a Torres con el arma en las manos.

–¡¿Qué hiciste?! –le preguntó la vecina.

–Qué mocaso, qué mocaso –balbuceó Torres.

Eran las 19.37 cuando un oficial de la Policía recibió en su móvil el llamado de la Central: debía trasladarse a la Manzana 91 de Parque Liceo. Al llegar vio que Pepa estaba boca abajo sobre un charco de sangre. Varios vecinos le dijeron que Torres había disparado.

Sentada en su casa, con el pelo lleno de tintura, la madre de Pepa escuchó que la llamaban: “Doña, doñita. Venga que le pegaron un tiro a la Pepa”. Salió. Corrió. La vio: “Tenía un hueco como el de Terminator en el hombro”, dice.

Torres se escapó en una moto y minutos después llamó a su mujer. Le dijo que se quería entregar y que la escopeta estaba en el techo de la casa del mismo vecino que se la había prestado dos semanas antes. También habló con un policía que le aconsejó que no volviera al lugar porque lo iban a linchar. La Policía lo fue a buscar a la esquina de Niceto Vega y Escalada de barrio Patricios. Confesó todo.

Pepa no aguantó la cirugía con la que intentaron salvarla y murió a las 2.15 del día siguiente. “Apenas falleció mi hija llamé a la Unidad Judicial de la Comisaría y les dije que le avisaran a la mugre de Torres que se había dado el gusto de matarla. Y les dije que me la había matado por lesbiana”, cuenta Graciela.

***

La madre de Pepa fue a canales de televisión, a radios, la entrevistaron en diarios y revistas, apareció en documentales, marchó por las calles con una pancarta que pedía “Justicia para Natalia y para todxs”. Se presentó en Tribunales para convertirse en querellante en la causa que investigó la muerte de su hija. Dio discursos en plazas públicas, subió a escenarios y estuvo en el Concejo Deliberante cordobés cuando se declaró al 7 de marzo (fecha en la que asesinaron a Pepa) como el Día Municipal de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Habló ante miles de personas que pedían la aprobación del matrimonio igualitario frente al Congreso de la Nación:

–No soy yo la que está aquí, es Nati. Pido que los dejen volar, que los dejen elegir. ¿Dicen que están enfermos? Enfermas son esas mentes de mosquitos que dicen que ser lesbiana, gay, trans es estar enfermo. Lo único que hacen es derramar amor. ¿Por qué no los dejan elegir?

Graciela Gaitán lleva a todos lados una carpeta con sus papeles y algunas fotos. Natalia en un acto de escuela con el pelo corto y mirando seria a la cámara. A los 12 años, junto a su papá, semanas después de los intentos de suicidio. A los 24, en el cumpleaños de 15 de su hermana menor, relajada y con una gran sonrisa haciendo señas a la cámara. Poco antes de su muerte, hablando por teléfono, con un piercing en una ceja y otro en el labio, pelo cortito, tatuaje en el antebrazo, media sonrisa de lado.

***

La última vez que alguien del barrio vio a Daniel Torres fue en la televisión, en febrero de 2011, en La Casa del Trovador, un programa de música folclórica que se transmitió desde la cárcel de Bouwer. Torres estaba entre el público. “Se suponía que los que estaban ahí eran los más buenitos”, contó Nelson, el manager de Brisas del Norte, una de las bandas que tocó ese día.

Después del asesinato, Silvia Sánchez se mudó a otro barrio: Villa Boedo. Sus hijas viven con ella. Dayana trabaja en un puesto de teléfonos celulares en una sucursal del supermercado Mariano Max. La vieron junto a su hermana, Sharon, en un baile de La Banda de Carlitos. Gabriela Cepeda, amiga de Pepa, se siente culpable por lo que pasó. Vive con su familia en Villa Retiro.

Graciela Gaitán, la madre de Pepa, impulsó el juicio que se realizó entre el 26 de julio y el ocho de agosto de 2011 en la Cámara Séptima de Tribunales II y que condenó a 14 años de prisión a Daniel Torres. Ahora, en esta tarde fría, Graciela fuma en el asiento del acompañante de un Peugeot 504 que conoció épocas mejores. Para ir al Cementerio Parque Los Álamos hay que cruzar el fondo de su barrio:

–Mirá como sopla ese. Después salen a echar moco –dice Graciela. Y señala a un chico que aspira pegamento sobre un jardín sin flores.

El auto se queja con los baches de un bulevar, toma una calle con árboles amarillos, sigue por una ruta con curvas. El paisaje se vuelve serrano: al costado del camino hay cada vez menos casas, más campo –se venden lechones–. La tierra está mojada por una llovizna triste, el limpiaparabrisas rechina, llega un silencio pesado.

En el cementerio, el aire apenas mueve las copas de los árboles deshilachados por el invierno. Las pisadas no hacen ruido sobre el césped mullido y seco. Graciela levanta la vista, prende otro cigarrillo y repasa la lista de sus muertos: “Allá está la mamá de un nietito mío. 24 años tenía. Allá un primo de la Nati. También lo mataron, el mismo día que a ella pero dos años antes. Dos tiros en el pecho. Acá está mi suegra, Lucía Pía. Por ella la Asociación Civil se llama así. También está mi suegro. Acá, al lado de Nati, está el padre. Es cierto eso de que cada muerte tiene su dolor. Una muerte por accidente tiene su dolor. Una muerte por enfermedad tiene otro dolor. Pero una muerte así…”.

Esclavos del deseo

Publicado: 10 octubre 2012 en Daniel Riera
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1. SORAYA

He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un esclavo desnudo, que se retorcía de dolor, mascullando un ruego para que su ama dejara de castigarlo. He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un joven arrodillado, masajeando los pies de su ama mientras ella departía amablemente conmigo. He visto cómo los latigazos sacudían la espalda enclenque de un trabajador mientras éste, con la cabeza atrapada en un cepo, le agradecía a su ama. He visto cosas aún más duras, que contaré más adelante. He visto amas de todo tipo: una, orgullosa de su condición, que se esmeraba por encontrar ideas y aparatos novedosos que le permitieran reducir mejor a sus siervos; otra, que se veía a sí misma como una prostituta que había encontrado la veta para trabajar sin que la penetraran. Una se solazaba con el castigo físico; otra prefería la dominación psicológica. Una creía que la disciplina es una terapia alternativa; otra, la consideraba un modo de diversión a costa de los imbéciles. Una me recordó a Madonna; otra, obesa y muy atractiva, a los luchadores de sumo.

He visto esclavos de muy distinto tipo, estado civil, profesión y clase social, pero todos tenían algo en común: adoraban a sus amas, las dejaban hacer.

He visto jaulas, cepos, látigos, fustas, pezoneras y muchos otros instrumentos de castigo y de tortura. He visto mordazas metálicas que mantienen la boca abierta y aparejos con sogas que retuercen el cuello.

He visto cosas que no imaginaba ver, a tal punto que por lo menos dos amas –y algunos amigos– me descolocaron con una pregunta:

–¿Por qué estás haciendo esta nota?

¿Qué fantasmas quiero exorcizar? Quién sabe. Mi respuesta probablemente no le interese a nadie.

Existe un mundo semioculto, aquí en Buenos Aires, donde las relaciones humanas se desarrollan en términos de dominante y dominado, de activo y pasivo, de ama y esclavo. Un mundo donde el castigo y la humillación son un acuerdo establecido y aceptado por ambas partes. Cuando contaba lo que había visto a amigos y a conocidos, encontré tres opiniones diferentes. Para algunos, la disciplina es una simple fantasía erótica; para otros, un negocio de mujeres astutas; para los demás, una práctica que expresa hasta qué punto la dictadura militar dejó su huella funesta en el inconsciente de los argentinos. Ninguna de las tres alcanza para definir un asunto tan complejo. Ahora sé que no basta con recortar dos o tres hipótesis al azar para explicar la pulsión que durante siglos ha llevado a algunos seres humanos a sentir placer (o mejor, goce) infligiendo dolor al prójimo, o recibiendo castigo de otros. Varios meses después de haber puesto en marcha esta investigación, todavía son más, muchas más, las preguntas que las respuestas.

He elegido este modo de empezar para desdeñar una historia más impactante, que puse y quité varias veces de la cabeza de este trabajo. Me la contó el ama Soraya, mientras sorbía un café en el bar de la esquina del prostíbulo de Villa Devoto en el que trabaja.

–Una vez le hice una traqueotomía a un tipo con el taco del zapato. Quise que comiera lo que yo había defecado, lo que nosotras llamamos “lluvia marrón”. Se rebeló y me ofuscó tanto que, sin querer, le abrí el cuello de un pisotón. Se me desmayó, lo reanimé como pude y lo mandé a la casa así como estaba. Yo los trato como lo que son: basura. Que, por otra parte, es como les gusta ser tratados. Si yo no me considerara un ser superior –al menos durante el servicio: en la calle es otra historia–, no podría hacer mi trabajo.

La segunda vez que nos vimos, más en confianza, Soraya confesó que “aquella vez sabía perfectamente que le podía agujerear la garganta. Lo que pasa es que cada uno va probando sus límites. Y cuando lo vi al tipo tan sumiso, tan rastrero, me dio tanto asco que me sacó de quicio”.

Soraya, tal su nombre profesional, es una mujer de pelo negro y ojos saltones, de aspecto arábigo, que confiesa 33 años. Sentada a la mesa de un bar, con un saco a cuadros y un jean celeste holgado, parece más una profesora de geografía que una dominatriz. A los 22 años tenía un aserradero con quince empleados, que se fundió durante el gobierno de Menem. A los 27 tuvo una hija “y ahí –no entiendo muy bien por qué, pero sé que la cosa empezó ahí– comenzó a aflorar mi costado morboso”. Dice que antes de quedar embarazada pesaba trece kilos menos y tenía una cinturita de avispa, aunque le costaba horrores mantenerse. Ahora cuenta que a partir de la maternidad comprendió que hay cosas más importantes que una cinturita de avispa. Dice que amó al padre de su hija, pero que nunca pudo funcionar sexualmente con él. Dice que tuvo su primer orgasmo a los 28 años, con su actual pareja. “Con él descubrí el amor”, revela, cursi pero sincera. Con él se desarrollaron, también, ciertos instintos.

–Estábamos haciendo el amor y sentí la necesidad de apretarle el cuello. El reaccionó para la mierda. Me dijo: “¿Qué te pasa, estás loca?”. La vez siguiente, le propuse jugar a que yo era una doctora, le até las manos y le empecé a pegar. Con él empecé a sentirme libre en la cama: me dieron muchas ganas de lastimarlo –de cortarlo con una hojita de afeitar, esas cosas– y lo hice. El nunca había hecho nada demasiado fuera de lo común en la cama. Llegué a hacerle lo que quise y le desperté la sensación de “me duele pero me gusta”. Yo no sabía lo que era la disciplina, ni que existían las amas. La prostitución empezó después, por una mala experiencia económica. Mi idea era hacer el servicio convencional, y entré en un departamento en el que había una persona haciendo disciplina. No llegó a enseñarme nada, pero, en cuanto vi los elementos que utilizaba, supe que eso era para mí.

2. BEATRIZ

Soy un voyeur, pero no observo a través de la rendija de ninguna puerta entornada. Soy un voyeur con una coartada profesional. Contemplo prácticas sadomasoquistas con un cuaderno en la mano. Anoto lo que veo. La letra es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Durante la segunda sesión, relato lo que veo al mic de un grabador. La voz es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Irrumpo en un mundo privado cuyos códigos desconozco, pero sus protagonistas me dejan entrar amablemente y exhiben para mí sus costumbres más íntimas. ¿Cómo empezó todo esto? Un aviso publicado en el diario Clarín despertó la curiosidad. Decía ama beatriz s&m. Había un teléfono. Llamé a Beatriz, di un nombre inventado y le mentí que pretendía ser su esclavo.

–Te estás confundiendo. Yo no soy el ama Beatriz sino Sofía, su brazo derecho. ¿Tenés alguna experiencia?
–Ninguna –le dije.
–¿Qué es lo que más te interesa? ¿Bondage, spanking, adoración de pies, quemaduras con cera, cautiverio, degradación de sentidos, transformismo, cambio de roles, humillación, servidumbre?
–Servidumbre –precisé–. Después, lo que mi ama quiera.

Concertamos una entrevista, a la que no asistí. Al poco tiempo volví a llamar y me atendió Beatriz. Con sentido común de ama, preguntó:

–¿Cómo sabés que querés ser mi esclavo si ni siquiera me conocés?

Para evitar confusiones, me aclaró que jamás tenía sexo con sus esclavos. Me dijo que podría estar un tiempo a prueba, pero que sería su esclavo sólo si satisfacía sus exigencias.

La tercera llamada la hice como periodista, sin máscara. Beatriz dijo que aceptaría una entrevista sólo si, luego de conocerme, concluía que estaba dispuesto a trabajar con seriedad. Colgué el teléfono y me fui para su casa. Llegué a las 7 y media de la tarde. Salí a las 3 de la mañana.

3.BEATRIZ (II)

Beatriz, alias el ama beatriz, es una deslumbrante rubia de ojos verdes que ha ganado cierta fama en el ambiente sado de Buenos Aires. Su temprana retirada la convirtió en un mito viviente: durante la elaboración de esta nota se enamoró del hombre que había organizado su página de Internet, liberó a sus esclavos y dejó la disciplina. Al menos, eso me dijo cuando la vi por última vez.

La primera ocasión en que nos encontramos, me recibe en su departamento de Congreso con un conjunto de top y pantalón plateados. Durante la charla, el teléfono no para de sonar. Desde la cocina, Sofía toma los llamados y los ordena en ficheros escolares y en la computadora. Beatriz fuma mucho, un Marlboro tras otro, y toma cafés, uno tras otro, hasta que pasamos al mate.

–Tengo muchos esclavos, entre los permanentes y los ocasionales. Los ocasionales son los que pagan una sesión para que los discipline; gente que viene con una fantasía determinada y después no vuelve. Los permanentes tienen que reportarse todos los días y venir a verme cuando yo quiero. Son los esclavos más interesantes, los que establecen un vínculo. A esos no les cobro, a lo sumo les ordeno un regalo de cuando en cuando. Soy una ama noble: doy premios y castigos. No me gustan los gritos, trato de usted a mis esclavos y no me gusta lo burdo. Todo lo que hago tiene un sentido estético y un sentido erótico.
–¿Para qué le sirve a tus esclavos la disciplina?
–La disciplina es una terapia alternativa, una situación liberadora.
–¿Para vos o para ellos?
–Para ambos.
–¿De qué los libera?
–De las sombras. Todos tenemos sombras. Yo no disfrutaría si viniera alguien y me pidiera que lo mate. Para mí, la disciplina busca el mejoramiento interior. El mayor problema que tienen los seres humanos es la culpa. Un esclavo que requiere latigazos y fustazos en la cola está sufriendo una regresión a su niñez, a un pasado culposo del que le cuesta zafar. Entonces, aquí, es un esclavo con su ama, para poder ser libre afuera, en el mundo. Si alguien quiere pinzas en los testículos o en las tetillas, es porque tiene un rollo con la castración. Cuando el esclavo cambia de fantasía, ya superó las razones que generaron la fantasía anterior. Tuve un esclavo con el que llegamos al límite de todo. Lo salvé. Primero quiso transformismo y cambio de roles (vestirse de mujer, jugar un papel femenino, ser penetrado). Después me pidió látigo, marcas; después, que lo quemara con cigarrillos; y, al final, unos días de reclutamiento, encerrado en mi casa. Fue el más fiel de los esclavos. Hoy está curado. Tan curado que ahora tiene una esclava (se ríe).
–¿Y cómo te liberás de tus propias sombras?
–La condición de ama tiene una contradicción básica. Cuando te limitás a ejecutar la fantasía de otro, así te pida que lo destroces a latigazos, sos pasiva. Me suelo cansar de esa contradicción. Entonces le pregunto al tipo: “¿Qué es lo que no quiere?”. Y hago lo que no quiere. Cuando soy totalmente activa es cuando más me divierto y cuando me libero de mis sombras. Cuando un tipo me dice “no quiero marcas, porque llego a mi casa y me matan a palos”, le digo: “Estoy harta de hacer lo que usted me pide, no voy a respetar ningún límite, y si usted quiere, se puede ir ahora mismo”. Por supuesto, en esos casos nadie se quiere ir, y yo los dejo repletos de marcas.

De tanto en tanto, Beatriz toca una campanita de bronce. Ante cada tañido, Sofía sale de la cocina y se acerca a ver qué precisamos. Si el cenicero está repleto de colillas, se lo lleva y lo trae vacío. Si Beatriz le pide que cebe mate o que prepare café, ceba mate o prepara café. Sofía tiene 22 años y es una gordita agradable, pero no demasiado llamativa. No termino de comprender qué tipo de relación las une. La duda, lo admito, me inquieta.

Cuando Beatriz no me escucha, se lo pregunto a Sofía.

–¿Sos su esclava?
–No, su secretaria.

Cuando Sofía está en la cocina, se lo pregunto a Beatriz.

–¿Es tu esclava?
–No, es mi secretaria y una amiga. Ella estudia psicología. Los casos que ve acá le vienen bien para aprender y, de paso, se gana un sueldo.

Más tarde, cuando Sofía ya se ha ido a dormir, Beatriz me muestra algunas fotos: distingo a su secretaria en esa mujer con los ojos vendados, atada de pies y manos.

–Una noche tenía ganas de hacer un poco de bondage y, digamos, Sofía se prestó gentilmente –dice, y me guiña un ojo.

Beatriz fue la primera persona dedicada al s&m que conocí. Había llegado a la cita cargado de prejuicios. Esperaba encontrarme con un monstruo: una mujer siniestra que se aprovechaba de gente débil para satisfacer sus bajos instintos. La mía –lo entendí después– era una especulación un tanto simplista. Aunque no me cerraban del todo sus argumentaciones, Beatriz me cayó bien. Parecía una chica culta, sensible, inteligente. La primera conclusión que saqué fue alentadora: no lidiaría con demonios medievales sino con seres humanos.

4.STOLLER Y LA BIBLIA

Leo el libro dolor y pasion. un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista, de Robert J. Stoller. Explica Stoller: “…mis informantes sadomasoquistas tienen algo que decir acerca del valor de una comunicación franca, al menos cuando se hace el amor. Reside en ello, tal vez, otra de las irónicas bromas de Dios: podemos aprender algo sobre el amor en los melodramas del daño. El Libro de Job –ese prodigioso texto sadomasoquista– siempre fue el libro de cabecera de los grandes cómicos. Los sadomasoquistas que conozco sienten que salvan sus almas –y se mantienen vivaces en un universo ajeno– al arriesgar su pellejo”.

El Libro de Job es parte de la Biblia, en el Antiguo Testamento. Job, dice la Biblia, era “íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Para demostrarle a Satanás que Job era un hombre probo, Dios lo autorizó a derramar toda clase de calamidades sobre él, pero, eso sí, le prohibió matarlo. El maligno hizo que le robaran los bueyes y los asnos, que mataran a algunos de sus criados, que sus diez hijos murieran aplastados por el derrumbe de su propia casa y, para completar su obra, hirió a Job sembrando en su cuerpo llagas ardientes.

Durante el tiempo que duró ese tormento, Job llegó a desear la muerte, pero siempre aceptó la voluntad de Dios y jamás renegó de su creador. Finalmente, el Padre restauró el bienestar. El fiel Job murió a los 140 años: su amo celestial había dejado que el diablo le arruinara la vida sin ningún motivo, tan sólo para demostrarle al maligno cuán fiel era su servidor.

5.PICANAS Y SUBMARINOS

Las historias que se cuentan en esta nota transcurren en la Argentina, un país en el que los centros de tortura fueron, hace dos décadas, una herramienta para el sometimiento y la muerte de varios miles de personas. ¿Hasta dónde, entonces, puedo considerar todo esto como un simple juego erótico?

El tema de la dictadura surgió desde el principio durante las charlas con todas las amas aquí entrevistadas. Beatriz, Soraya y Sandy –tales los nombres de las tres protagonistas de esta nota– eligieron diferenciarse de los torturadores. Palabras más, palabras menos, explicaron que quienes deciden someterse a sus designios son adultos que hacen uso de su libre albedrío. Es decir, que eligen someterse. “Ni se te ocurra compararme con Videla o Massera porque te cago a trompadas”, quiso bromear Soraya. Sin embargo, a lo largo de casi un año de trabajo escuché frases como estas:

. “En disciplina se usa mucho el cigarrillo. Inspira terror. A mí me gusta cagarme de risa y decirles a los tipos: «No tengo cenicero», y aplastarles las colillas en la pija o en los huevos.” (Soraya)

. “Una de las cosas que más me excita es la asfixia del esclavo cuando lo estoy estrangulando. Pero tengo que parar cuando me excito más, porque si no lo mato.” (Beatriz)

. “En una relación con un esclavo permanente, si te manejás bien, vas a lograr que en algún momento él mismo te pida la picana.” (Sandy)

. “Me gusta el terror que inspira tener un arma y, de pronto, gatillarla. El esclavo no sabe si tengo o no tengo una bala. Lo hice tres veces y en una no me animé a gatillar, porque el esclavo era tan cagón que tenía miedo de que se muriera de un ataque al corazón.” (Soraya)

. “Una vez salió en el diario que un señor había desaparecido. Estaba acá, haciendo reclutamiento. Lo tuve nueve días en mi jaula, comiendo del plato del perro. Después, cuando salió, dijo que había desapa- recido por razones personales.” (Beatriz)

. “A veces les hago submarino, hasta que llegan al límite de la asfixia. Me tienta la posibilidad de equivocarme y pasarme de rosca. Hasta ahora nunca me pasó. Pero si pasa, sé técnicas de reanimación.” (Soraya)

. “Tengo dos picanas: una de 220 y una más chiquita, de 12 voltios. La de 220 la use en tres oportunidades, y en una me pegué un cagazo bárbaro. Lo tenía al tipo atado, boca abajo, y me dije: «¿Dónde tiro el cadáver?». Desde un punto de vista moral, no tendría ningún problema en matarlos. El problema es legal. Quiero decir, no los mataría como una asesina, pero si alguna vez se me fuera la mano, no sufriría. Haciendo esto entendí a qué llamaban los abogados «emoción violenta».” (Soraya)

. “Si alguien está de acuerdo conmigo y le gusta que agarre la picana, me parece totalmente sensual y erotizante, tanto para mí como para el tipo. Si las dos personas están de acuerdo, no creo que haya perversión.” (Sandy)

6. LA LEY

El doctor luis moreno ocampo y la doctora Alicia Isola son especialistas en casos de violencia sexual del estudio Moreno Ocampo y Asociados. Les ofrezco para su lectura el apartado “Picanas y submarinos”. Lo leen con asombro y estupor. Parecen disfrutar –si cabe el término– cuando analizan la cuestión. Como no existe jurisprudencia sobre el tema, todo análisis legal es, en cierto modo, novedoso.

“Lo que diferencia a quien se somete a un acto masoquista de una víctima de la tortura es la voluntad de la víctima”, precisa Moreno Ocampo. “La pregunta es: ¿cuál es el valor del consentimiento? ¿Hasta qué punto la integridad física es un bien del cual una persona puede disponer? Es complicado, porque los delitos de lesiones son de acción pública, es decir que el Estado debe intervenir si toma conocimiento de que se produjeron. El dilema es averiguar hasta qué punto el consentimiento de la víctima puede exculpar al autor, si es relevante para evitar que la otra persona sea perseguida penalmente.”

Para la doctora Isola, si existiera una causa por lesiones derivada de un acto sadomasoquista, el juez debe cotejar cuál de los dos derechos es más importante: si el derecho individual a ejercer la libertad sexual o el derecho del Estado a preservar la integridad física de los ciudadanos.

–Si la víctima negara haber prestado su consentimiento, aun cuando se tratara de una relación sadomasoquista, la otra persona se vería envuelta en un serio problema legal –dice la doctora Isola–. Supon- gamos que la causa por lesiones haya sido iniciada por un tercero: la madre de la víctima, por ejemplo. Luego se presenta ante la Justicia la supuesta víctima y dice que consintió en que lo flagelaran. No creo que le den demasiada relevancia a su testimonio. En los casos de violaciones, la Justicia es muy sensible al tema de la integridad física y seguramente el juez le prestaría mucha atención al grado de las lesiones: si la lesión infligida fuera “grave” o “gravísima”, el consentimiento de la víctima no tendría demasiado valor. En términos legales, es un conflicto similar al que plantea la eutanasia: tu consentimiento pierde validez en tanto estés consintiendo actos que afectarán tu integridad física, sobre la cual no podés decidir. A la hora de inclinar la balanza entre el ejercicio de la libertad sexual y la protección de la integridad física, supongo que la mayor parte de los jueces de la Justicia argentina –que es muy paternalista– optaría por la última.

Según el artículo 90 del Código Penal, “se impondrá reclusión o prisión de 1 a 6 años si la lesión produjere una debilitación permanente de la salud, de un sentido, de un órgano, de un miembro o una dificultad permanente de la palabra o si hubiere puesto en peligro la vida del ofendido, le hubiere inutilizado para el trabajo por más de un mes o le hubiere causado una lesión permanente del rostro”. El artículo 91 señala que “se impondrá reclusión o prisión de 3 a 10 años si la lesión produjere una enfermedad mental o corporal, cierta o probablemente incurable, la inutilidad permanente para el trabajo, la pérdida de un sentido, de un órgano, de un miembro, del uso de un órgano o miembro, de la palabra o de la capacidad para engendrar o concebir”.

La doctora Isola observa que un juez debería tomar en cuenta la intención del autor, pero que en el caso de una práctica sadomasoquista –concebida al efecto del castigo– le será muy difícil a los abogados demostrar el carácter culposo o accidental de la lesión.

7. SANDY

Un cristo barbado de yeso, vestido con una túnica blanca, me saluda cuando ingreso en el pequeño departamento del ama Sandy. En una de las paredes cuelga un póster de Queen; sobre una repisa, una galería con Venus de todos los tamaños. Sobre otra de las paredes, una colección de fotos familiares de diferentes épocas. Son todas mujeres. La bailarina del tutú, allí, es la madre de Sandy; una de las dos nenas que se multiplican es la propia Sandy; la otra, su hija adolescente.

Sobre la mesa del living, los teléfonos no paran de sonar. Sandy atiende mientras mastica ajíes en vinagre. Tiene armado un speech para no perder tiempo, y lo suelta en tono hot-line.

–Soy pelirroja, de ojos celestes, y mis medidas son 145-120-180. ¿Escuchaste bien? ¿No te desmayaste todavía?

En efecto, Sandy es inmensa. Tiene 29 años, el físico de una luchadora de sumo (después me contará una anécdota fellinesca: una vez un cliente enano le propuso dedicarse al milenario deporte japonés) y el “glamour” de una vedette. Desde muy chiquita tuvo fantasías sadomasoquistas.

–A los 11 años me gustaba soñar que me raptaba un ejército de árabes, que me castigaban, me orinaban y me violaban entre todos. A los 14 me colé en un cine para ver la película Historia de O (1975, Just Jaeckin), a los 16 empecé a jugar con un flaco muy dominante y me convertí en su esclava. Lo nuestro duró casi dos años, hasta que conocí a un amigo de él, que era completamente sumiso. Durante un tiempo fui ama y esclava al mismo tiempo. Disfrutaba de las dos cosas.
–¿Y ahora?
–Si encontrara algún amo, disfrutaría. Pero hoy, para que lo reconozca como mi amo, tiene que ser súper. Y como no existe, me encanta mi papel de ama. No soy fetichista. Me gusta el castigo, el bondage (ataduras), pero sobre todo esa relación de enamoramiento que tiene que haber entre el esclavo y el ama. Para mí la cosa no pasa por vestirse de cuero, por los modos autoritarios de la disciplina alemana o por el teatro. Me interesa la dominación erótica. Soy muy perversa y muy irónica. Si te pongo en una cama de torturas, y me visto de cuero y agarro unas agujas, no te voy a sorprender. Al fin y al cabo, sabés que venís acá para eso. Es muy distinto, digamos, si te meto en mi cama, jugamos con miel, te la chupo y, cuando menos te lo esperás, agarro las mismas agujas y te las clavo. Me encanta ser imprevisible, que me tengas miedo porque no sabés cómo puedo llegar a reaccionar.

Para Sandy, el sadomasoquismo y su departamento son una burbuja perfecta. Casi no sale de su casa, no lee diarios, no mira televisión ni escucha radio. Es profesora de inglés, dejó Psicología en primer año y se interesa por la parapsicología, el tarot y las terapias alternativas. Vive con su hija, y atiende en la zona de Tribunales. Tiene dos tipos de esclavos: los que la visitan por una fantasía sexual, a los que consigue a través de los avisos clasificados de Clarín, y los esclavos permanentes, que recluta a través de contactos y de avisos que publica en la revista Sexhumor.

–A la mayoría de los candidatos los descarto por teléfono, porque al escucharlos enseguida me doy cuenta de que están boludeando. A otros les doy una entrevista y luego de un ratito de charla se tienen que ir porque sé que no sirven. Después están los menos, los que aprueban la entrevista. La edad no me interesa, pueden tener entre 18 y 54 años. La obligación de ellos es llamarme todos los días para ver cómo estoy y, bueno, después les pido lo que se me ocurra. Trato de no joderlos en su vida cotidiana. Por más ama que sea no voy a hacer que un tipo deje a su esposa y sus hijos por mí. Soy perversa, pero no malévola.

8. HISTORIA

El sadomasoquismo –aunque no tuviera esa denominación– empezó mucho, muchísimo antes de la irrupción en la literatura erótica, a fines del siglo XVIII, del emblemático marqués de Sade. El primer registro de una práctica sadomasoquista se encuentra en Satiricón, novela escrita por Petronio alrededor del año 65 de la era cristiana. El autor refiere la historia de la sacerdotisa Oenothea, que consiguió la erección de Encolpio azotándole el vientre y el ombligo con ortigas verdes.

La siguiente referencia histórica aparece recién once siglos más tarde, según lo precisa el historiador británico Ian Gibson en su libro El vicio inglés: en el anónimo Cantar del Mío Cid, el autor relata con evidente placer el modo en que los Infantes de Carrión azotan a sus mujeres:

Las damas mucho rogaron, más de nada les sirvió;empezaron a azotarlas los infantes de Carrión,con las cinchas corredizas les pegan sin compasión,hiérenlas con las espuelas donde sienten más dolor,y les rasgan las camisas y las carnes a las dos,sobre las telas de seda limpia la sangre asomó.

El primer texto considerado un clásico del sadomasoquismo es Confesiones (1782) de Jean-Jacques Rousseau, anterior a Sade y a Sächer Masoch. El pensador francés describe allí cómo encontró el goce a los 8 años, a partir de los azotes que le propinaba su tía. Nueve años más tarde, el marqués de Sade publicó su célebre Justine o los infortunios de la virtud.

El término masoquismo fue acuñado, más de un siglo después, por el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing en su libro Psychopatia Sexualis (1886), y hace referencia a Sächer-Masoch; el concepto de sadismo, de origen algo más impreciso, nace en Francia a mediados del siglo XIX.

La mayor parte de los instrumentos de tortura y dominación utilizados en la actualidad en las prácticas sadomasoquistas surgieron en los tiempos de la Inquisición, el tribunal eclesiástico formado en el siglo XIII para castigar a los herejes, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI. De allí provienen la sala de torturas o mazmorra (que hoy utilizan muchas amas), los cepos, los potros de tormento. Los látigos son más antiguos: fueron utilizados en el Imperio Romano.

Durante la Edad Media, la Iglesia promovió la autoflagelación y el ascetismo como un camino hacia la perfección espiritual y a la purificación de los pe- cados. Este tipo de prácticas cayó en desuso, pero jamás ha sido condenada por la jerarquía eclesiástica y, aun hoy, sectores reconocidos e influyentes del catolicismo, como el Opus Dei, continúan estimulando la “mortificación piadosa” entre sus miembros.

En noviembre de 1993, en la revista La Maga, amparada por el nombre ficticio de Adriana, una ex integrante del Opus confesaba al periodista Julio Spina: “El cilicio se usa dos horas por día y consiste en un entramado de alambre con púas hacia adentro, que se ata alrededor del muslo. Como lastima mucho hay que cambiar de pierna. Y el problema es en el verano, porque no se puede usar malla, ya que se notan las cicatrices. Las disciplinas son instrumentos de mortificación medieval y se trata de cuerdas que terminan anudadas y se aplican en los glúteos una vez por semana, mientras se reza una oración. Cuánto más larga es la oración, mejor, porque se purifican más pecados ya que se sufre más”.

9. BEATRIZ (III)

La tercera o cuarta vez que visito a beatriz me invita a cenar. Ñoquis caseros con manteca y pollo al espiedo de rotisería. Durante la comida suena el portero eléctrico.

–Es Jonathan –informa Sofía.
–Decíle que mañana lo llamo, que ahora estoy con un periodista, y que más tarde va a venir un esclavo.
–Cierto, tiene que venir 304 –recuerda.

Beatriz había conocido a El Inglés durante un viaje. Habían conversado y, cuando Jonathan quiso saber de qué trabajaba, ella le dijo la verdad.

–No bailó en una pata, pero no salió corriendo, y eso ya es bastante. Ahora vino a Buenos Aires y me está despertando sentimientos que tenía guardados. Hace mucho que no tengo una pareja como cualquier hijo de vecino.
–Te estás enamorando…
–No creo que sea para tanto. 07 y 304 lo odian. Están celosos.
–¿Salieron?
–Una sola vez. Pasé una noche similar a la que puede vivir cualquier chica de mi edad, pero diferente para mí. Fuimos a un restaurante japonés y comimos pescado crudo [sushi], un asco total. Por un momento creí que él me estaba disciplinando (risas).
–¿Te gusta?
–Es una persona muy interesante, un tipo acostumbrado a que las mujeres se le tiren encima. Puede mover una montaña si se le ocurre y dice que soy su destino. Torturado morirá. (Se ríe. Luego imita el acento de un inglés que apenas chapurrea el castellano.) “Si quieres puedes atarme un poquito, pero no me pegues con tu látigo porque yo no disfruto de esa manera.” Se bancó que hasta ahora yo no quisiera la penetración. Es evidente que le gustan las mujeres con carácter, porque si no no podría soportarme. (Se ríe de nuevo.)
–…
–¿Vos creés que la mujer maneja porque ella quiere, o porque la dejan?
–No sé, supongo que las dos cosas –mascullo no del todo convencido cuando toca el timbre 304. No me resulta sencillo relacionar a la chica que a gatas disimula su fascinación por un caballero apuesto que la llevó a comer sushi con la dominatriz que dedica su vida a someter a sus siervos.

No sé el nombre de 304, ni creo que corresponda preguntárselo. Bastante con que me permite participar de su mayor secreto. 304 es un muchacho alto, delgadísimo, de unos 35 años, parecido al reverendo Marilyn Manson. Como el reverendo, él también es músico. 304 le dedicó a su ama un modesto tema instrumental. Yo lo había conocido algunos días antes, pero me había retirado poco antes de que fuera disciplinado. Ahora, arrodillado en el piso, masajea sonriente los pies de Beatriz mientras ella departe conmigo. Sé que lo va a someter en mi presencia y no estoy seguro de querer estar presente. En realidad, sé que deseo estar presente, pero me cuesta aceptarlo..

10. LOS PRIMEROS SADICOS

“(…) aun no toque las zonas que mas me interesan: los orígenes de los guiones sadomasoquistas. Desafortunadamente, no tengo fundamentos sólidos sino únicamente indicios, como la necesidad que todos experimentamos de dominar los traumas y frustraciones originados en los «sádicos» de la infancia y la niñez: nuestros padres. Tengo, sin embargo, una hipótesis que exige confirmación clínica: los grandes traumas y frustraciones de los inicios de la vida se reproducen en las fantasías y comportamientos que constituyen el erotismo adulto, pero ahora la historia termina bien. Esta vez, ganamos. En otras palabras, el comportamiento erótico adulto contiene el trauma precoz. Ambos encajan: los detalles del guión adulto cuentan qué le pasó al niño. Los analistas, entonces, somos detectives que tratamos de reconstruir los sucesos originales.”

(De “Dolor y pasión. Un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista”, de Robert J. Stoller. Editorial Manantial.)

11.CONTRATO

Leo el contrato de sometimiento escrito por un esclavo de Sandy y firmado por ambos. Se titula Sumisión y parámetros de la obediencia del esclavo a la voluntad de el alma.

1) El esclavo estará totalmente sometido a la voluntad de el ama.

2) Estará siempre desnudo con un collar o cadena en el cuello en su calidad de tal (aun ante terceros).

3) Para someter al esclavo, el ama lo azotará cuando lo desee. El esclavo, con la sola palabra “suelo”, se pondrá de rodillas con la cabeza en el suelo para que el ama, o quien ella disponga, lo azoten. Los azotes serán del vigor necesario para que queden marcados con la finalidad de que el ama pueda mostrarlos a terceros.

4) En ningún momento podrá mirar la cara de el ama o de terceros. De hacerlo será castigado. El ama le dirá la palabra “suelo” y lo castigará con dos azotes.

5) Habiendo terceros presentes, el esclavo hará o dejará que le hagan lo que el ama disponga (que lo penetren, que acaben en su boca o que lo orinen) o, si ella lo desea, que lo azoten.

6) Toda vez que un tercero (activo) mujer/hombre requiera la presencia de un esclavo, por las razones que sean, en otro lugar que no sea la casa de el ama, ella le ordenará su presencia al esclavo, sin consultar al mismo (el ama le explicará al tercero los parámetros de consulta del mismo, que son los mismos de este contrato).

7) Cada vez que el ama lo desee, el esclavo se amamantará de los senos de ella en señal de dependencia y sumisión absoluta hasta crear dependencia de este acto en el esclavo.

8) Cuando el ama lo crea oportuno le hará realizar un tatuaje (por encima de su pene) a su gusto. El esclavo deberá mostrar el tatuaje, sin objeciones, a quien ella quiera y en el lugar que ella desee. El ama hará trabajar al esclavo para solventar el gasto. El esclavo jamás utilizará calzoncillos, de modo que el ama pueda mostrar su tatuaje con solo bajarle los pantalones.

12. EL MARQUES

“Apenas amanecio, el 3 de diciembre de 1814, el conserje de la Maison de Santé de Charenton, un inmenso asilo de dementes en las cercanías de París, se puso su capote y su bufanda, ensilló un caballo viejo y lo hizo trotar hasta la prefectura de Policía. En las alforjas llevaba una notita de cuatro líneas, nada del otro mundo, en la que se informaba al prefecto sobre este percance: “Ayer, a las diez de la noche, el recluso Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade, de 74 años, murió como consecuencia de una fiebre gangrenosa”. El difunto había pasado casi la mitad de su vida en prisión.

“A un siglo y medio de su muerte, el Divino Marqués afronta todavía más condenaciones y procesos que los acumulados en su vida. Sin embargo, desde que lo rescató el poeta Guillaume Apollinaire, elevándolo a una jerarquía casi mítica, estas mudanzas de su suerte se compensaron con la influencia arrolladora que ha ejercido sobre el arte contemporáneo.

“La filosofía sádica tuvo que cargar con un persistente malentendido: la suposición de que el éxtasis erótico es imperfecto si no media el dolor físico. Después de Apollinaire, los surrealistas y los epígonos de Jean-Paul Sartre pusieron esa filosofía en su punto justo, definiéndola como un camino para oponerse a la moral en uso, una fórmula para destruir el mundo por amor. (…)”

(Revista “Primera Plana”, 1964, a propósito de la proyección en el Festival de Venecia del filme japonés “Hakujitsumu”, de Tetsuji Takechi (inspirado en textos del marqués de Sade.)

13.DELEUZE

“¿Sade y Masoch son investigadores clínicos? Es difícil considerar al sadismo y al masoquismo en el mismo plano que a la peste, la lepra o la enfermedad de Parkinson. La palabra enfermedad no se adecua a ello. Pero, por otra parte, Sade y Masoch nos presentan agudos cuadros sintomáticos. (…)

“Existe la intención persuasiva y educadora. Ya no estamos ante un verdugo que se ensaña con la víctima gozando cuanto menos lo consiente ella. Por el contrario, nos hallamos ante una víctima que necesita un verdugo, que necesita formarle, persuadirle y aliarse con él para su sorprendente cometido. Por eso en el lenguaje masoquista son frecuentes pequeñas notas con declaraciones amorosas.

“Nada de esto, en cambio, existe en el verdadero sadismo. El masoquista rige sus relaciones por medio de contratos, mientras que el sádico abomina de ellos. Este exige la inclusión de aquél en relaciones contractuales.

“(La Iglesia) distinguía con claridad dos tipos de relaciones diabólicas, o dos proyectos fundamentales: una por posesión, y otra por pacto, o alianza. El sádico piensa en términos de posesión instituida; el masoquista, en términos de alianza contractual. La obsesión propia de todo sadismo es la posesión; la del masoquismo, el pacto. El masoquista necesita formar a la mujer déspota, debe persuadirla y hacerla firmar. Es esencialmente un educador y, por supuesto, corre todos los riesgos del fracaso inherentes a cualquier cometido pedagógico.”

(De “Presentación de Sächer Masoch”, Gilles Deleuze. Editorial Taurus.)

14.07

Falta una hora para que llegue 07. beatriz ordena el living y la sala de torturas y pone Erótica, de Madonna. Veronica Louise Ciccone es uno de sus puntos de referencia estéticos. Una colección de máscaras decora la pared más grande del living. De una arcada cuelgan un aparejo con una soga que llega hasta el piso y un collar. Parece un instrumento tenebroso, pero no termino de entender para qué sirve.

–¿Para qué sirve?
–Poné la cabeza ahí, que te muestro.
–¿Te parece?
–Dale, bobo, no te voy a hacer nada…

Beatriz ajusta el collar y luego empieza a tirar despacio de la soga. Me está torciendo el cuello.

–Ya entendí.

Me desata y sigue acomodando todo. Distribuye candelabros de velas rojas por las cuatro puntas del living, trae un látigo y una fusta y los apoya sobre un sofá, enciende las velas y apaga las luces. Saca el cd de Madonna, pone algo de Wagner. De pronto apaga la música y parece que el living se descomprimiera.

–Así va a quedar todo, ¿ves?

Antes de la llegada de 07, Beatriz me cuenta su niñez en Villa del Plata, un pueblo cercano a la Ruta 2, camino de Chascomús.

–De chiquita no tuve muchos juguetes, pero tuve esclavos, que tienen mucho más valor. Tenía un gran poder sobre mis amiguitos. Los ataba en los árboles con unas sogas y les pegaba con ortigas… Jamás jugué a las muñecas. Siempre me gustaron juegos como hacer un pozo en la tierra, meter a la persona hasta la mitad del cuerpo, atarlo con una soga y querer sacarlo. Soy la creación de un chico que se crió conmigo, con el que aprendimos juntos todo esto. Cuando yo tenía 14 años y él 16, me dijo que quería dormir atado debajo de mi cama. De coger ni hablar… Cuando él tenía 18 años y yo 16, ya estaba totalmente sometido a lo que yo le pidiera y fabricaba sus propios elementos de tortura: látigos, cuerditas, soguitas para hacer estiramientos… La primera eyaculación que tuvo fue de esa manera… Nunca tomamos al sexo convencional como lo máximo, sino como una posibilidad más.

Después hablamos de bueyes perdidos. Dice que Sofía trata de convencerla de que se dedique a diseñar ropa, que tiene talento para eso y, quién te dice, algún día… Dice que dejó una novela por la mitad y que ahora está escribiendo otra.

–Es sobre una mujer que está entre rejas por haber asesinado a su madre y a su padre, después de haberlos tenido un tiempo en cautiverio.

No digo nada. Llega 07. Está de traje y tiene un maletín.

15.SACHER-MASOCH

El termino masoquismo fue acuñado por Leopold Sächer Masoch, quien nació el 27 de enero de 1835 en Lemberg, entonces parte del imperio austrohúngaro. Juan Jacobo Bajarlía, en su Breve diccionario del erotismo y poemario satírico, entrega esta semblanza del hombre que “era demasiado sensible y de niño se sintió atraído por una parienta suya, la condesa Xenobia, al parecer muy hermosa, a la que solía ayudarle cuando se vestía. Se cuenta que en cierta ocasión le besó los pies al colocarle los escarpines. Ella respondió con un golpe suave y una sonrisa, y el niño sintió que un fuego lo devoraba. Pero aún no conocía a la condesa. Sólo la sabía autoritaria, hasta que cierto día descubrió lo que nunca más habría de borrársele de su sedienta imaginación. Jugaba entonces al escondite con sus hermanitas, cuando se le ocurrió ocultarse en el guardarropa de la condesa. Y estando allí, entró repentinamente en la alcoba la hermosa mujer que le atraía. Estaba desnuda, con un abrigo de pieles sobre los hombros, y a su lado, el amante. Leopoldo contempló la escena. Vio cómo la condesa acariciaba al hombre. Pero en ese instante entró el marido acompañado por dos amigos y sorprendió la infidelidad. Ella no se amilanó. Cogió un látigo y lo descargó sobre los intrusos. El amante aprovechó la coyuntura para fugarse. Leopoldo quiso hacer lo mismo y fue descubierto. La condesa, entonces, dirigió su furia contra el niño, a quien arrojó al suelo y azotó despiadadamente sujetándolo con una rodilla sobre su espalda. El castigo le produjo placer. Sintió la extraña sensación que ya había experimentado cuando la condesa lo golpeó el día aquel en que había besado sus pies”.

16.07 (II)

07 tiene 34 años y es un muchacho corpulento al que se le están volando las chapas. Trabaja en una compañía de seguros. Apenas deja el maletín, Beatriz le ordena que lave los platos y ordene la cocina. Se saca el saco, se afloja la corbata, se arremanga la camisa y empieza.

–El señor es periodista. Puede conversar con él mientras trabaja.
–Tengo novia, una relación de pareja sin convivencia. Ella no sabe nada. No puedo definir con palabras precisas lo que siento por el ama. Lamentablemente, soy más esclavo de mi trabajo que de ella. (Risas.) Pero el vínculo que tenemos es muy importante, por todo lo que encierra: fantasías, magia. No la considero un ser superior, pero la admiro.

Cuando termina, Beatriz ya está cambiada. Trocó su pollera larga neohippie por el conjunto plateado que llevaba el día que la conocí.

–Vaya a desnudarse, idiota –le ordena–. Tardó mucho con esos platos.

Diez minutos después, la música de Wagner hace vibrar las ventanas del departamento. 07 sale del baño desnudo y gateando.

–Levante ese papel del suelo, idiota, y tírelo a la basura.07 levanta el papel con la boca y se incorpora.¿Quién le dijo que se levante, idiota?

07 pasa frente a mí. El celofán que lleva en la boca es el envoltorio de una casete que utilicé un rato antes. Beatriz le pega fustazos en el culo, enciende una vela y le ordena que le lama los tacos de los zapatos. Mientras 07 lame, Beatriz le derrama la cera caliente sobre la espalda. 07 hace alguna mueca, pero parece bancársela. A puro fustazo, Beatriz lo lleva a la sala de torturas. Lo que sigue durante más o menos una hora y media es una espiral de flagelaciones que parece no tener fin. Le pone pinzas en las tetillas, unidas por una cadena de la que tira con regocijo. Le pone pinzas similares en los testículos. Le cuelga una especie de plomada de pesca de los testículos, le enrosca el pene con tubulátex, el material que usan los médicos para amarrar el brazo durante las transfusiones de sangre. Cuando no soporta el dolor, 07 grita “real”: es su código de piedad, la palabra que tiene que pronunciar para que su ama aminore el castigo.

–Usted está muy debilucho hoy. ¿Quiere ser transferido? –pregunta, y le pega un latigazo en la espalda.
–No, ama.
–¿Quiere ser transferido? –eleva la voz, y le pega un latigazo más fuerte que el anterior.
–No, ama.
–Entonces compórtese como un buen esclavo.

Beatriz le mantiene abierta la boca con la mordaza metálica. Le ordena que ponga su cabeza y sus brazos en un cepo de madera. 07 obedece. Todavía carga con pinzas y plomadas. Beatriz enciende un cigarrillo y le tira la ceniza en la boca. De tanto en tanto, escupe en ella. Pienso que si algo le molestara en este momento, 07 no podría gritar “real”. Beatriz lo saca del cepo y lo lleva de nuevo al living. Enciende dos velas y le descarga la cera caliente sobre la espalda. Mientras la cera se seca, le pega latigazos en la espalda y fustazos en el culo. En la carne se dibujan las marcas del castigo. Le saca las esposas, le amarra el cuello con su látigo. Tira de las dos puntas del látigo. El se está asfixiando. Beatriz se ríe. Le saca las pinzas de los testículos y el tubulátex del pene del modo más brusco posible y le ordena que se acueste boca abajo, en el piso. Apoya su taco sobre la espalda de 07. Lo pisa. Vuelve a ahorcarlo con su látigo. Beatriz le ordena que se masturbe. 07 tiene dificultades para concentrarse (luego él me dirá que lo inhibía mi presencia). Beatriz le ordena que se bañe y que limpie la cera del piso. Eso hace.

17. TRISTE Y ENFERMO

“El sadomasoquismo es una conducta del sujeto que se somete a sus pulsiones sexuales, que entraría dentro de lo que se llama una perversión. El sadismo es la necesidad que se tiene de hacer sufrir al otro para obtener satisfacción, y en el masoquismo, ese otro es el mismo sujeto. Por eso se llama sadomasoquismo, porque no hay un masoquismo sino un sadismo del mismo sujeto que caiga sobre él. El dolor, como la satisfacción, como el deseo, juega un papel importantísimo en la vida de un bebé. Entonces no es extraño que ese dolor padecido deje una marca en la vida sexual del sujeto. Esta es para mí la razón de ser del sadomasoquismo. La agresión, que es algo previo al sadismo, se encuentra en todos los sujetos porque es necesario agredir –vaciar el pecho de la madre, por ejemplo– para poder sobrevivir. Pero el sadismo no es necesario para sobrevivir, es una consecuencia de algún dolor infligido en un sujeto pequeño.

“No debemos olvidarnos de lo que Freud llamaba «masoquismo moral»: la gente acepta ciertas cosas porque está acostumbrada a la práctica del dolor. No hay que separarlo del sometimiento social. El sadomasoquismo es una práctica patológica porque no se puede prescindir del dolor para seguir adelante. Es probable que la práctica sadomasoquista sea un intento de elaboración de uno de esos dolores arcaicos que tenemos los seres humanos. Pero no creo que imitando lo traumático se logre superarlo. Jugar con el dolor intenso es una práctica masoquista y enferma. El dolor es estructurante del sujeto, favorecer el dolor como conducta masoquista o sádica me parece muy triste. Si efectivamente el sadomasoquismo es la teatralización de un dolor infantil, si son los padres los que están ahí, ¿no sería deseable no llevárselos a la cama?

(De un diálogo con la doctora Libertad Berkowiez, directora de la Asociación para la Investigación Científica y Epistemológica, apice.)

18.UN ESCLAVO DE SORAYA

Jorge tiene 32 años, el cabello enrulado y la piel cobriza. Ha ido a clubes de swingers, ha practicado ménages-à-trois y ahora está entusiasmado con la disciplina. “Mi esposa es muy cerrada, qué va’cer. Le tiré onda para hacer algunas cosas pero ella nunca quiso saber nada.” Ha pagado 100 pesos para que el ama Soraya lo castigue esta tarde. Soraya está vestida con un body negro, medias negras y zapatos de taco alto. De movida, le ordena que se meta en un cepo y le descarga una salva de latigazos. Luego lo quema con cera en la espalda, le ordena que abra las piernas y refuerza el concepto con fustazos en las pantorrillas. Toma dos velas. Con la más corta descarga cera sobre los testículos y amaga quemarle el pene con el fuego. Apaga la vela más larga y le calza un preservativo. Con esa vela penetra a Jorge. Luego me guiña un ojo.

Como cada vez que he asistido a sesiones de dominación, siento el peso de mis contradicciones. Soraya me convirtió en su cómplice y, cuando me di cuenta, era demasiado tarde para arrepentirme. Al involucrarme, me convirtió en objeto de su dominio.

Jorge se va y no le pregunto nada a Soraya sobre lo que acabo de ver. Habla de su hija con tanto amor que me atrevo a suponer que daría su vida por ella. Todas las noches le lee cuentos y libros de historia.

–Quiero darle todas las herramientas para que el día de mañana pueda elegir. Si mi hija me sale puta, me muero.

19.SADO UNDER

Laura Barranco tiene 34 años, una figura imponente e investiga en sus performances escénicas las posibilidades artísticas del s&m. “Un diseñador me regaló un tapado de cuerina negra, que me dio una sensación única de poder. Así empecé.”

–Fuera del escenario, he tenido algunas experiencias sado con mi marido, siempre en el lugar de el ama, y la pasé muy bien. En mi vida privada es una opción más, pero no la más importante.
–¿Aplicás castigos en escena?
–Sí, pero soft… Aplico el frío: agua helada, hielo; amordazo con vendas, gasas, ato con la soga, y uso gillettes, esas cosas. Juego con consoladores, pero no llego a penetrar; una vez sí lo hice con otra chica, porque me pareció gracioso. Sola sí hice cosas más fuertes. Una vez me metí una tijera en la vagina, y bailé con la tijera puesta. Me la podría haber incrustado, pero en ese momento no lo pensé. Otra vez, mi asistente estaba atada y le corté las medias con una gillette que tenía en la lengua.

20.FEMINISTAS

Intento hablar con silvia chejter, del cecym (Centro de Encuentros Cultura y Mujer), en busca de una perspectiva feminista sobre el sadomasoquismo. La señora Chejter declina la invitación y ofrece, en cambio, dos ensayos de feministas lesbianas, “uno a favor, otro en contra”. En su libro La herejía lesbiana, Sheila Jeffreys incluye un ensayo categórico desde el título: Sadomasoquismo: el culto erótico del fascismo. Escribe Jeffreys: “Una práctica sexual deseable descansaría sobre la reciprocidad, los cuidados y la igualdad. Lo cual es naturalmente un anatema para quienes defienden el s&m”.

Escribe Gayle Rubin en Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, incluido en la compilación Placer y peligro, de Carol Vance: “La homosexualidad promiscua, el sadomasoquismo, el fetichismo, la transexualidad y los encuentros que traspasan la barrera generacional son todavía vistos como horrores incontrolados, incapaces de incluir afecto, amor, libre elección, gentileza o trascendencia. (…) Una moralidad democrática debería juzgar los actos sexuales por la forma en que se tratan quienes participan en la relación amorosa, por el nivel de consideración mutua, por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad de placeres que aporta”.

21.SADO PUNK

Lorena Colotta es la cantante de primeras impresiones, una banda punk que utiliza el sado como centro de su propuesta artística; el grupo fue telonero de Marilyn Manson durante una de las visitas del reverendo a la Argentina. En los conciertos de su banda, Lorena –una chica bellísima que se gana la vida como modelo– se viste con ropas de ama. “Somos un grupo de voz podrida y música pesada”, define. “Nos gusta la estética del sado y las letras tienen un doble sentido: la agresividad del sado puede ser interpretada también como protesta social.”

22. IRONIA

“Hay en el s&m una ironia evidente sobre los lazos sociales: en un momento en que las mujeres pueden, a través del feminismo, quejarse de los varones y su machismo, aparecen unos tipos que dicen: «Yo soy un perro, domíneme, haga de mí lo que quiera». Es una inversión irónica de una reivindicación social. Las relaciones de humillación y de dominio están en el tejido social, pero son utilizadas para transformarlas en una forma de goce.

“La otra cuestión es la recreación de un lazo adulto-niño. Hay uno que tiene el poder sobre el otro, pero el que no tiene el poder (el masoquista) es el que dicta las reglas sobre el que tiene el poder, cuando la educación nos ha mostrado lo opuesto: que el poder del adulto dicta las reglas sobre el que no lo tiene, que es el niño. Entonces uno puede ahí repetir activamente lo que se ha sufrido pasivamente.

“Ahora, para entender lo que Freud llama «perversiones», hay que quitarle el matiz psicopatológico, en el mismo sentido en el que Freud decía: «El neurótico –es decir, cualquiera– pide prestado su fantasma al perverso». Lo que se puede llamar perversión es la puesta en acto de fantasías de todo el mundo. De ahí la atracción social por las prácticas perversas: nadie es indiferente a esas prácticas por la razón de que todo el mundo se habrá excitado alguna vez con la idea de pegarle a alguien o que alguien le pegue a uno, ¿no?

“No hay una causa unívoca para explicar la práctica del s&m, como no la hay para cualquiera de las actividades humanas. Para algunos, el s&m puede ser una experiencia liberadora, mientras que a otros los puede volver locos.

“No sé si el s&m consiste exactamente en hacer que el dolor se convierta en goce. Una cosa es decir que el dolor es igual al goce, y otra cosa es decir que funciona como vehículo hacia el goce. Pero todo esto no lo podemos saber si no lo investigamos. La cuestión en el psicoanálisis no es qué opino yo de este chico, es qué opina él de sí mismo. El tema del dolor es muy complicado: no sé cuál es la función que cumplen los golpes en un tipo que quiere ser golpeado; conozco la que cumplen en un tipo que no quiere ser golpeado. Sin ser sadomasoquista, cualquiera que alguna vez se haya agarrado a trompadas con alguien sabe que no ha sentido los golpes mientras se los daban. El dolor es un elemento patético, pero hay que ver cómo funciona en el interior del que lo soporta.”

(De un diálogo con Germán García, director de la Escuela de Orientación Lacaniana.)

23.RESPETO

“Cualquier acuerdo entre dos personas que buscan el goce merece respeto. El sadomasoquismo es una forma de goce, una práctica sexual que tiene la misma jerarquía que cualquier otra, y resulta chocante para la mayoría de la gente porque es todo lo contrario de la idea de matrimonio que el sistema idealiza: la luna de miel y todo eso.

“El dolor es una forma desesperada de comunicarse. Atravesar el dolor puede ser el puente para el recuerdo, el precio para recuperar el vínculo con la madre. El sádico a veces quiere comunicarse a través del dolor que le produce a la víctima.

“Nunca tuve pacientes sadomasoquistas: sí mujeres que si no eran golpeadas no podían tener orgasmos. He trabajado en clases populares, marginales: allí la violencia es tan grande que la idea exquisita de convertir el dolor en placer no existe, es más clásica la idea de aguantar el dolor. Dentro de la tribu existe una forma de iniciación muy violenta. Cuando un pibe quiere entrar en una barra, los otros pibes se lo cogen de una manera muy violenta. Si grita, si no se lo banca, no entra; si se lo banca, sí. Es como matarlo y luego hacerlo renacer, un test para que no entre cualquiera que sea flojo.”

(De un diálogo con Alfredo Moffat, director de la Escuela de Psicología Nacional.)24.304

La primera parte de la sesion de beatriz con 304 no difiere demasiado de lo que he visto con 07, excepto que a 304 lo mete, en cuclillas, en una jaula de 1 metro 20 de alto, con las muñecas esposadas. Desde afuera de la jaula, Beatriz descarga cera, fuma y escupe sobre la boca hiperabierta del músico. La segunda parte es distinta a la anterior. Según la definición técnica de Beatriz, lo que veremos ahora es una combinación de “degradación de los sentidos” con transformismo. Beatriz llama así al acto de inhibir en los esclavos la respuesta a los estímulos que ella misma provoca.

–Vístase como usted sabe –ordena Beatriz a 304.

En el dormitorio, Sofía lo ayuda a cambiarse. Vuelve vestido y maquillado como una señorita. La música ya no es Wagner: ahora es Madonna. Erótica. El juego se llama “transformismo”: 304 debe seducirla, bailar para ella, lamerle los pies. Recibe algunos fustazos, pero no mucho. A veces, Beatriz le acerca la boca, para que la bese, o los pechos, para que los toque. 304 no lo hace. Sabe que si se atreve será castigado.

25.FIN

Lo de Beatriz y Jonathan no funcionó. Tiempo después, Beatriz se enamoró del hombre que había puesto su página en Internet y largó todo. Dentro de la jaula donde guardaba a sus esclavos, ahora hay una maceta con un potus. Soraya está ahorrando para poner su propio departamento y Sandy está muy feliz con sus esclavos, pero quiere más.

Amigos y conocidos opinaron que estas prácticas no son del todo legítimas, en tanto en algunas hay dinero de por medio. Una sentencia disfrazada de lógica, pero contaminada por la moral. No estoy seguro de que sea así: el poder del dinero no siempre corrompe la autenticidad de los impulsos.

He visto cosas que no soñaba ver, he variado constantemente entre la fascinación, el morbo, la culpa, el miedo y el espanto. Supongo que los esclavos voluntarios no son esclavos, al menos no en los términos abolidos por la Asamblea de 1813. Acaso sean esclavos de sí mismos. Supongo que, por eso mismo, tampoco los amos son del todo amos. Todo bien, pero algo no cierra. Me cuesta aceptar con naturalidad la carga erótica de las torturas. En parte, quizá, porque vivo en la Argentina. Me pregunto si me hubiera bancado presenciar una sesión de disciplina con picanas.

El desconcierto fue una de las claves de este recorrido. Cuanto más veía, cuanto más escuchaba a las amas y a sus esclavos, menos entendía. Tal vez el error inicial estuvo en buscar una razón de ser, una sola, para los hábitos de personas tan disímiles. ¿Cuáles son los límites que se pueden cruzar en las relaciones humanas? La respuesta está en el fondo de la conciencia de cada uno de nosotros. Y es intransferible.

Mientras dormía, sintió que un soldado deslizaba la mano por su espalda hasta colocarla en la parte superior del pantalón. Ciro Velasco se despertó, intentó dar media vuelta para lanzar un puñetazo pero el soldado lo retuvo con todo el peso del cuerpo, le tapó la boca con una mano, y con la otra le empezó a bajar la bragueta. Ciro intentó gritar. Buscó en medio de la oscuridad algo con qué defenderse, pero sólo halló polvo en el suelo.

Después de descargar las ganas contenidas, el soldado se levantó y caminó unos metros hasta desvanecerse en la penumbra. Ciro no fue capaz de decir nada. Sentía miedo. Se cubrió el rostro y empezó a llorar. No podía escapar, estaba secuestrado con ochenta soldados y policías en un ‘cambuche’ de madera rodeado de cercas de tres metros de altura construidas con alambres de púas.

Al siguiente día no comió. Vio cómo los guerrilleros disponían las ollas que contenían lentejas y arroz. Vio a sus compañeros de cautiverio hacer fila con el plato en la mano para recibir su ración. El agresor se reía con otros compañeros. Se sintió humillado al pensar que se estaban burlando de él.

Ciro, que ahora es Sandra, suspende el relato. Toma de una repisa de mimbre un paquete de cigarrillos y se lleva uno a los labios. Es el séptimo cigarrillo de la tarde.

—Tú no me entiendes. Nadie me entiende; sólo los que vivimos sabemos cómo es eso. Es el infierno… En los tres años de secuestro dormíamos con la ropa mojada. Siempre sentíamos frío. Teníamos hambre y la mayor parte del tiempo estábamos enfermos de gripa, paludismo o leishmaniasis. Aparte de todo, por la falta de mujeres en el campamento, los soldados y policías desfogaban las ganas de sexo entre ellos, delante de todos, porque la casita no tenía separadores de nada. Entonces los que podían estar con alguien antojaban a los demás y así fue que más de uno terminó violado.

El humo inunda el cuarto de Sandra. En el suelo de baldosines marrones reposan las colillas quemadas. Las paredes están cubiertas de fotos de su hija Nancy, de dos hombres que fueron sus amantes, y de ella vestida con minifaldas de la época en que le tocó trabajar como prostituta en Yopal. La cama tiene un tendido rojo y el ventanal está cubierto con una capa de lluvia de estampado militar, el único objeto que conserva de su paso por el ejército.

Antes de ser Sandra y de prestar servicio, Ciro tenía una novia veinte años mayor que él. A pesar de la diferencia de edad, él la amaba. Nunca pensó en tener algo con alguien de su propio género. Hoy en día lo jura con una cruz en la boca. Dice que si no la hubieran secuestrado quizá sería un hombre casado, con más hijos y condecoraciones militares.

En 1995, cuando tenía 16 años, nació su hija, Nancy Edith Velasco. Ciro abandonó el hogar materno y se fue a vivir con su novia. Ante una nueva familia y sin dinero para la comida, recorrió las calles en busca de trabajo. Por ser menor de edad, nadie lo contrataba. Al cumplir 18 años tampoco lo empleaban porque no tenía libreta militar. En 1997 se enlistó en el ejército. Estuvo en San José del Guaviare, de allí lo trasladaron a Elvira, en el Meta, y a finales de julio de 1998 lo llevaron con un pelotón de más de treinta hombres a Miraflores, Guaviare. Antes de partir, se despidió de su novia. Ese día, por última vez, besó con pasión a una mujer.

Partió con la mochila de soldado, las botas puestas y el pelo cortado al ras. Ciro le prometió que volvería pero no pudo cumplir su promesa. Nunca regresó. Su hombría se quedó en el monte y cuando lo liberaron en 2001, se había convertido en Sandra.

El 3 de agosto de 1998, cuando el presidente Ernesto Samper preparaba maletas para abandonar la Casa de Nariño y Andrés Pastrana estaba por llegar al palacio presidencial para gobernar al país, el soldado Ciro Alfonso Velasco patrullaba en el monte con otros siete compañeros. Él recuerda que caminaban sin linternas para no alertar a la guerrilla de las Farc que amenaza con tomarse el pueblo. Escondido entre la maleza alcanzaba a ver las luces de Miraflores, considerado en esa época el epicentro de la lucha contra las drogas en Colombia.

A las ocho de la noche una explosión rompió el silencio. Más de 600 guerrilleros se tomaron el batallón y la base antinarcóticos. Doscientos soldados, que eran todos los que había en el casco urbano y rural, gastaron sus municiones tratando de impedir el paso de las Farc. La diferencia de hombres era de tres a uno. Los guerrilleros aventajaban al Ejército.

Después del estallido siguió una balacera que parecía provenir de todas partes. Ciro quedó aturdido y miró hacia todos lados buscando al enemigo. Cuando ya pudo controlar los nervios se arrojó al suelo, se arrastró hasta una piedra y espero con un ojo en la mira de su fusil y el dedo rozando el gatillo.

Una patada en el costado fue el aviso para darse cuenta de que el enemigo estaba más cerca de lo que pensaba. Al voltear la cara, vio a un guerrillero apuntándole con un arma. Cerró los ojos en espera de una descarga que le destrozara la cabeza. No ocurrió. El guerrillero le ordenó que se pusiera de pie. Tuvo que apoyarse con las manos. Sentía que sus piernas estaban tan flojas como dos madejas de hilo. El guerrillero lo levantó por el cuello del uniforme y lo arrió hasta una fila en la que estaban varios de los compañeros con que patrullaba, y otros que se hallaban en el pueblo. Pensaba que los guerrilleros buscaban el mejor sitio para darles el tiro de gracia. En medio de la maleza, veía soldados mutilados, cuerpos inertes, botas abandonadas y ropa despedazada. Ningunos de los muertos tenía más de 23 años.

En la madrugada llegaron a un río. Allí había media docena de lanchas tripuladas por guerrilleros. En una de ellas subieron a Ciro y a otros soldados. Navegaron durante 24 horas contracorriente hasta llegar a una selva oscura y húmeda llena de serpientes, monos aulladores, arañas y mosquitos. Caminaron tres días más hasta llegar al campamento guerrillero. Allí los encerraron en el ‘cambuche’ de madera cercado con alambre de púas.

El tiempo pasaba en una sucesión de soles y lunas. Cada día parecía la repetición del anterior como si el tiempo se hubiera estancado y los ochenta secuestrados estuvieran condenados a repetir las mismas acciones por el resto de sus vidas. Para ellos el tiempo se manifestaba cada vez que les crecían las uñas, el cabello y la barba. A Ciro Velasco no le creció la barba pero el pelo le llegaba a la mitad de la espalda. Por la falta de comida adelgazó. Su voz era la más suave entre todos los hombres. Cuando entró al Ejército, los superiores le daban cucharadas de panela con ají para que hablara con un tono más grave. El remedio no surtió efecto. Parecía una mujer en medio de hombres. Era el más delgado, el más vulnerable.

—Era fácil que los ‘mancitos’ me cogieran por detrás y tenga, Ya te imaginarás cómo.

Sandra lanza una colilla encendida que cae a los pies de su cama. Toma otro cigarrillo y saca de un armario un álbum de fotos.

–Mira. Aquí estoy cuando era soldado. ¿Verdad que era guapo?

En la foto aparece con el pelo corto y camuflado militar. Era un joven de rasgos finos y cejas pobladas que se unían a la altura de la nariz. Ciro sólo se parece a Sandra en los hoyitos que se le forman en las mejillas cada vez que ríe. Las cejas pobladas fueron reemplazadas por dos líneas tatuadas sobre los ojos. El pelo le llega a los hombros y sus tetillas de joven ahora son un par de senos de casi una libra cada uno. Sandra es más femenina que muchas mujeres. Se sienta con las piernas cruzadas y procura no abrirlas en público. Mantiene erguida la espalda y mueve sus manos con delicadeza al hablar.

–Me violaron, pero después pagaron todos los que me hicieron daño. Después de esa noche en que el soldado me cogió a la fuerza, un año después de la toma a Miraflores, llegaron otros pidiendo lo mismo: sexo, y como yo no accedía me cogían a golpes, me mostraban el miembro y me obligaban hacer aquello…Pero yo no fui la única que me ‘voltee’ en el monte, muchos se voltearon y ahora andan diciendo que yo era la única. Cómo no va a saber una que tenía que ver todas las faenas. Es que yo sí puse la cara y afronté mi vida.

Los diez primeros meses después de la violación, los compañeros le gritaban en el día que era una loca, una degenerada, un travesti o un marica. Los mismos que lo insultaban llegaban en las noches a buscar su cuerpo. Una docena de veces tuvo que recurrir a los puños para defenderse de los agresores. Le partieron una ceja. Desesperado por el acoso, llegó a suplicarle a los guerrilleros que lo encadenaran a un árbol lejos de todos. Inclusive pensó en suicidarse, pero no fue capaz porque sabía que no podía hacer eso por su hija.

–Allá vendí mi cuerpo por protección. Tenía un amiguito que me quería en la intimidad. Era de los pocos que me trataban bonito. Pero durante el día leía la Biblia, no me ponía cuidado y no me defendía de las groserías. Si me pegaban se quedaba tranquilo. Luego llegó un ‘mancito’ que todo el mundo respetaba y me pidió que estuviera con él. Yo sabía que si todo el mundo se daba cuenta de que yo estaba respaldada por el ‘duro’, me iban a tratar mejor. Así fue hasta que este tipo me vio hablando con otro soldado y me pegó un bofetón en la cara.

Ciro Velasco se acostumbró a ser la mujer de los secuestrados. Andaba con el pelo suelto, empezó a caminar contoneando las caderas y cada vez que la guerrilla le daba ropa al grupo, él cortaba las camisas y pantalones con una cuchilla de afeitar, y cosía con una aguja e hilo negro que le proporcionaron los guerrilleros. Todos lo empezaron a llamar Sandra y a tratarla como mujer. Ella no sabe de dónde salió el nombre, pero lo sigue manteniendo como una forma de recordar para siempre su cambio de vida.

Medio año antes de su liberación, los soldados se disputaban el amor y la exclusividad de Sandra. Más de diez hombres, entre policías y soldados, le escribieron cartas, se le arrodillaron y lloraron reclamándole fidelidad. Ciro, convertido en ‘ella’, se volvió un trofeo para los hombres.

–Se enamoraron de mí. Por Dios Santísimo que rompí varios corazones. Ellos se me arrodillaban, me besaban con amor, me decían que me amaban con locura. Para ese momento ya no me importaban. Ellos no saben el daño que me hicieron pero logré vengarme. Bien merecido todo lo que los hice sufrir.

Mientras Sandra rechazaba propuestas de amor y cosía hasta que los ojos se le cansaban en el ocaso del día, en San Vicente del Caguán, Caquetá, se estaba fraguando su liberación. En febrero de 2001, en la vereda Los Pozos, a 20 kilómetros de San Vicente, el presidente Andrés Pastrana se reunió con el jefe guerrillero Manuel Marulanda Vélez para firmar el Acuerdo de Los Pozos, que establecía el intercambio humanitario entre secuestrados por prisioneros de la guerrilla. Marulanda y Pastrana se dieron un apretón de manos. Los medios de comunicación de todo el mundo registraban la sonrisa de los protagonistas del acuerdo.

Cuatro meses después, un guerrillero se acercó al ‘cambuche’ y empezó a señalar a varios soldados al azar. Sandra vio que el dedo la apuntaba. Quedó desconcertada. Por primera vez en tres años logró salir de la prisión selvática. Fueron 15 los afortunados. En junio, en el mismo lugar donde se firmó el acuerdo entre el gobierno y las Farc, Sandra, que quiso salir como Ciro, volvió a la libertad.

Ella recuerda que días antes de la liberación le pidió a un guerrillero que lo peluqueara. No quería que su familia se enterara del cambió que había sufrido en el cautiverio. Lloró sobre su cabello arrancado y pensó que sin el pelo las cosas cambiarían. Intentó dejar atrás su vida como Sandra, enterrarla en el monte y regresar como el hombre que se fue.

Un beso le señaló que todo era diferente. Que quien estaba enterrado en el monte no era Sandra sino Ciro. Al sentir el contacto de los labios de la novia que lo esperó durante tres años, no sintió nada. Pensó que el amor se había acabado e intentó probar con otras mujeres. Ninguna lograba excitarlo. Terminó con la madre de su hija y se fue a vivir a la casa paterna.

Mientras vivía con su familia notó que sus gestos eran diferentes. En el comedor cruzaba las piernas como una señorita y medía cada bocado que se echaba a la boca. Sus tres hermanos, por el contrario, comían de cualquier manera, con las piernas abiertas y sendos cucharones. Su madre empezó a pensar que había algo extraño en el hijo liberado.

Para no seguir levantando sospechas en la familia, Ciro se tatuó un nombre de mujer en el antebrazo, ‘Luzmery’. Siempre andaba con el tatuaje descubierto para contar que estaba enamorado de una novia que nadie conoció. Viendo que los temores sobre su sexualidad se agudizaban en el hogar, resolvió marcharse y dejar salir de su interior a la mujer que clamaba por salir.

Se fue a vivir a una habitación arrendada en la localidad de Bosa. Sin el menor recato empezó a maquillarse. Le gustaba quedarse frente al espejo aplicándose labiales, lápices, sombras. Esos primeros días de Sandra en la ciudad fueron como los de una preadolescente que está empezando a vivir. Iba a las tiendas de ropa de Chapinero para medirse pantalones, blusas, chaquetas. Cuando empezó a ganar dinero trabajando como ‘dama de compañía’ en un local de Teusaquillo, lo primero que compró fue un juego de ropa interior color rojo. Para dar una apariencia femenina, rellenaba los sostenes con medias. En más de una ocasión los clientes se quedaron con el relleno en la mano.

Sandra recurrió a una amiga travesti para que le consiguiera tres litros de una solución salina que reemplaza los implantes de silicona. Pagó 400.000 por cada litro. Se inyectó dos en los senos y uno en el trasero. Gracias a estos cambios, los clientes empezaron a pagar mejor. Se convirtió en una de las divas del lugar, en una de las mejor pagas. Más adelante trabajó en un club nocturno en Chapinero y luego viajó a Yopal, Casanare, para seguir explotando sus atributos.

Cuando habla, se mueven sus senos por debajo de una camisa escotada de color negro con brillantes. En el pecho sobresale el tatuaje de una sirena rodeada de fuego montada en un delfín.

—El tatuaje no significa nada, es que me lo hice para cubrir una cicatriz ¿ves?- acerca el cuerpo para mostrar lo que hay debajo del dibujo.

—Es que me clavaron cinco puñaladas en el pecho y un cuchillazo en la garganta. Eso parecía de terror. Yo apenas trataba de ponerme la mano en el cuello… ¿Si has visto esa película en donde un asesino coge a puñaladas a una chica?, pues así fue. Sandra cierra la mano y la agita en el aire varias veces para revivir la escena.

—Imagínate que entré a dos ‘mancitos’ a la casa para tomarnos unos guaros. Me pidieron que les mostrara fotos de mi familia y yo como una boba les pasé el álbum. En una de las páginas tenía guardados 500.000 pesos. ¡A esos hombres se les fueron los ojos! Seguimos hablando un rato más y luego uno sacó un cuchillo y empezó a enterrármelo como desesperado. Al final me quería rematar cortándome la garganta. El otro sacó mi platica y se fueron. En el Hospital Militar me dijeron que mis senos me habían salvado de morir.

En 2007, un año después de salir del hospital recibió una llamada a su celular. Era la mamá de Nancy, la hija de los dos. Su voz era apagada y lejana. Le dijo que se estaba muriendo. Sandra le quería preguntar detalles de la enfermedad, pero la mujer solo le dijo que no tenía tiempo para hablar de eso. La llamada era para suplicarle que a su muerte se hiciera cargo de la niña, porque a pesar de la decepción que le causó enterarse de que era travesti, podía ser una buena madre. Le recomendó que luchara por la niña, que la sacara adelante y que viviera con ella. Sandra se puso a llorar.

El entierro fue en La Belleza, un pueblo campesino al sur de Santander. No alcanzó a llegar a despedirse de la única mujer que había amado. Días más tarde tomó un bus y visitó la tumba. Venía a cumplirle la promesa de llevarse a la hija a Bogotá.

Desde que se bajó del campero que hacía los expresos desde Puente Nacional hasta La Belleza, sintió varias miradas. Pensó en devolverse. Por unos instantes se sintió avergonzada pero después de unos segundos recobró la fortaleza. Levantó los ojos para retar las miradas y, con el contoneo aprendido en el secuestro, caminó por las calles. Las casas seguían iguales, los viejos eran más viejos, y los amigos que compartieron su infancia ya eran unos hombres. Sus ojos maquillados con pestañina se inundaron de lágrimas negras ante el recuerdo. Sentía que estaba purgando su dolor. Recogiendo los pasos de su vida y de su transformación.

Al girar la cabeza para contemplar todo el escenario de sus primeros años, vio que la seguía una procesión de más de medio centenar de personas que apostaban por adivinar su identidad. No le importó lo que murmuraban. Fue directo a la casa de su ex suegra y golpeó varias veces la puerta. La señora abrió. Vestía de luto. Detrás ella venía corriendo una niña de doce años que se le colgó en el cuello exclamando “Hola papá”.

Al regresar a Bogotá sostenía sobre sus piernas a Nancy, su hija. Para Sandra fue el día más feliz de su vida. Quería que ese trayecto fuera tan eterno como el cautiverio.

Hablaron poco. Sandra no sabía qué decir. Estaba nerviosa. Durante los últimos años había vivido rodeada de hombres, de rumba y de licor. Le preguntó a la niña todo el camino si estaba bien, si tenía hambre, si tenía frío. Recuerda que la niña le pidió solo un favor, llamarla Sandra, ya no se sentía cómoda diciéndole papá.

Llevan cuatro años viviendo juntas en el sur de Bogotá. Después de una tutela que interpuso en contra del Estado logró una pensión por invalidez de 750.000 pesos y tiene una demanda pendiente para que el Estado la indemnice. Hace 10 años recibió una primera indemnización de 7 millones de pesos, pero cuando ganó la tutela se la descontaron de la pensión. Sandra está mal de salud. Sus senos están irritados al igual que las nalgas. La EPS a la que está afiliada dice que no la pueden atender porque no cubren tratamientos estéticos. Ella se siente desprotegida.

Nancy escucha desde una silla de la entrada del cuarto el relato de su padre-madre. A veces asiente con la cabeza, a veces abre los ojos. En toda la conversación permanece callada, solo se ausenta cuando Sandra le pide ir a la tienda para comprar un ponqué, una gaseosa o varios cigarrillos. En una de las ausencias de la hija suelta un suspiro. “He llorado demasiado. Tú no sabes cuánto. Todo me ha tocado aprenderlo a los golpes. Ahora quiero enseñarle a Nancy que sea una verdadera mujer. No quiera que viva ni la mitad de lo que me tocó a mí”.

Casa de masajes

Publicado: 11 abril 2011 en Andrés Delgado
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Sentado en el sofá de la sala, me refresco la garganta con un buen trago de cerveza Pilsen. Siento que la efervescencia me sube por el pecho, de modo que llevo el puño a la boca para eructar con decencia. El patrón de la casa acaba de meterse por un pasillo estrecho para llamar a las chicas de los masajes. La sala donde estoy es cerrada como un horno. El aire es denso y la bombilla de cuarenta bujías alumbra con miseria. Los muebles están descosidos. Una nevera con el logo de jugos Tuttifrutti está llena de cervezas. Una pared, con la pintura descascarada, tiene un afiche-calendario pegado con chinches. Me doy otro trago de cerveza fría y escucho las risas y el parloteo que se aproxima. La situación es esta: imagínese que va de visita a la casa de un amigo. El amigo lo deja en la sala y va a la pieza. En vez de volver con el último dvd pirata que compró, regresa acompañado con ocho mujeres. Todas en tangas diminutas. Delicioso, ¿no? Ninguna de ellas suma 25 años. A vuelo de pájaro, todas se ven muy buenas. Me siento como un niño antojado, mirando una carta de postres de Crepes and Waffles. ¿Quién no ha soñado con una fila de mujeres en tangas para escoger? Bendita sea la Arabia Saudí, la arena del desierto y el calor infernal, los camellos, los oasis y los turbantes. Creo que me convertiré al islam.

Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad. “Disfruta tus fantasías”, dice la credencial de la casa Ángeles de Fuego. “Déjese atender por nuestras hermosas chicas”, anuncia la casa Latinas. En promedio, media hora cuesta 30 mil pesos y una hora 50 mil. Incluso hay promociones desde 20 mil. Es muy fácil dejarse tentar, pues el centro de Medellín está infestado de bellezas que trabajan en casas de masajes. Sin embargo, es difícil saber con precisión la estadística oficial de mujeres que ejerzan la prostitución en estos sitios. Las causas que impiden tener un censo real son varias: la clandestinidad, la movilidad de las casas y de las mujeres; el miedo para acogerse a los programas y la intimidación de los patrones. En 2010, la Fiscalía recogió 1.500 denuncias de abuso sexual efectuado por proxenetas, pero sólo se atendieron 480 casos. Por otro lado, el programa de la Alcaldía “Por una vida más digna” ha atendido unas 1.800 personas que ejercen la prostitución. Lo que sucede es que, si bien unas entidades quieren reducir el negocio, otros sujetos en cambio se ven obligados a promoverlo. ¿Qué sería de los solteros, con los dientes torcidos y caspa en el pelo, sin sus putas? Ni que decir de los casados.

Sentado en el sofá de la casa, sostengo la Pilsen y estiro la derecha para apretar la mano de Marcela. Las mujeres hacen fila para conocerme. Marcela me mira maliciosa, me pica un ojo y desaparece en tangas por el pasillo, pero antes, le veo un precioso lunar en el cachete del culo izquierdo.

—Hola, Adriana,—me dice otra— mucho gusto— y me da un piquito.

—Pedro— le contesto, sabiendo que todos aquí nos cambiamos el nombre. Adriana es blanquita y no tiene brassier. Tiene unas enormes puchecas de mesera. Cuando se agacha para darme el pico, empina la nalga y sus pezones rosados apuntan al piso.

A Cristina le miro los pies. Está descalza, es morenita y delgada; en shorts de índigo con el cierre abajo. Le veo los pantis. Son rojos. Cristina está fresquita, como acabada de duchar. También me dan la mano Tatiana, Carolina y Natalia Y otras dos.

Con la cerveza en la mano, pienso en pedirle al patrón que vuelva hacerlas pasar. Recuerdo que Alfredo alguna vez me dijo: “jamás se coma lo primero que vea.” Alfredo es abogado, tiene 34 años y un sólido matrimonio con una diseñadora profesional. Tiene dos hijos y una férrea trayectoria como fornicador de medio día. Él mismo lo dijo: “Solo los putañeros tenemos el privilegio de hacer el amor los martes a las tres de la tarde”.Entonces le pregunté si su mujer lo había pillado alguna vez. “Nunca”, contestó.

En una oportunidad, encamado con una de sus puticas, Alfredo no fue capaz de venirse. La chica poseía un formidable culo de comadre. “Éramos amigos, yo la visitaba y tomábamos cervecita”.

El día que Alfredo no se “desarrolló” fue de lo más extraordinario. Finalmente se vistieron y cada cual se fue a lo suyo. En las horas de la noche, cuando Alfredo llegó donde su esposa, se cambió la ropa y colgó el pantalón en el perchero. Entonces su mujer tuvo que esculcarle, buscando una plata, y encontró un condón arrugado, pero vacío. Furiosa, le hizo el reclamo. Alfredo improvisó sin pensar: “¡Mi amor, ese Ricardo es un hijueputa!”. La excusa resultó perfecta: su compañero de trabajo, por pura maldad, le había metido el preservativo al pantalón.

—Menos mal el condón estaba vacío, —me dijo Alfredo—, porque como le digo, ese día no alcancé a venirme.

—Pero ¿cómo diablos fue a dar ese condón al pantalón?— le pregunté.

—Me parece que fue la putica. Ella sabe que soy casado y, como no me la comí bien comida, creo que estaba celosa.

Alfredo me invitó a la casa de masajes donde es cliente fijo. Eran las 4:30 de la tarde. Tocamos en una casa cerca del Parque del Periodista y nos abrió una señora de unos 50 años, con cara de tendera, cigarrillo y chanclas. Se llamaba Rosalbita. Alfredo saludó de pico y un abrazo muy sentido. Entramos y pasamos por la primera sala, luego por una segunda y finalmente nos sentamos en una tercera instancia. Los corredores eran oscuros. La casa era como un chorizo. El mobiliario estaba gastado y las paredes no colgaban un cuadro. Pedimos cerveza y cigarrillo. Alfredo le comentó mi proyecto sobre la crónica para UNIVERSOCENTRO. “Pregunte lo que quiera, —me dijo Rosalbita—, pero no ponga mi nombre.” Entonces llamó a las muchachas. Eran solo dos. Era un mal día con poca demanda y oferta. Una de ellas era negra con interiores blancos. Se llamaba Vanesa. Alfredo la sentó en sus piernas. La otra era blanquita, se llamaba Tatiana. Estaba en tangas, como si no se hubiera bañado en todo el día.

Según Alfredo, el secreto para disfrutar las puticas es hacerse cliente. Ir “serruchando allí y allá” no es buena idea. Alfredo me cuenta que alguna vez ensayó en una casa desconocida y le robaron el celular cuando se quedó dormido.

Sentados en la sala, Alfredo preguntó:

—¿Por qué tienes en el hombro ese morado, Rosalbita?.

—Esta semana casi me viola un tombo — contestó.

El uniformado la encerró en el baño y por nada se la come ahí. Ella se resistió y el tipo le pegó un puñetazo. “Lo voy a denunciar”, remató Rosalbita.

Por lo que noté, las historias aparecerían sin hacer muchas preguntas. Las tres mujeres tomaron cerveza por cuenta de nosotros. La sala era oscura. Mientras hablamos, íbamos fumando y tirábamos la ceniza al piso.

La segunda razón que tiene Alfredo para hacerse cliente es no correr un riesgo: que no se le pare. “Por más putañero que usted sea, llave, —me dijo—, ir de putas causa miedito”. Entiendo lo que me dice. Visitar las putas causa curiosidad, expectativa, nervios y cierto vértigo. Precisamente, lo que las hace tan atractivas. Pero estas emociones pueden desembocar en un suceso terrible. Que a usted no se le pare. “A menos que se tome un viagra, —dice Alfredo—, pero tomar viagra con las putitas no tiene sentido, con mi mujer sí”.

Otro trago de cerveza en la sala de Rosalbita.

—Ayer un man me estaba dando por detrás -nos contó Tatiana, la blanquita— y casi rompe el condón.

Una calada de cigarrillo. Tatiana nos cuenta que su primera vez en el negocio fue con un político de La Alpujarra, “un diputado”. Ella tenía 17 años y el tipo le pagó 300 mil por un polvo. Desde ese momento se hizo “adicta a la plata fácil —dice y continúa—, la gente le pone mucho misterio a este trabajo pero la cosa no es tan difícil, uno se empelota se lo deja meter y ya”. Además, nos dijo que trabajar de prepago en la calle es mucho mejor que en las casas de masajes.

—Rosalbita, y ¿cómo son las muchachas nuevas? —le pregunté pensando en los papelitos que dicen “se solicita personal bien presentado”.

—Todas las semanas vienen —contestó— pero no se amañan. Las condiciones son: mayores de edad y un examen de sangre reciente. Una muchacha nueva, que nunca había putiado, hubo que enseñarle a poner condón. Aprendió con una botella. Se le dijeron las reglas: no se deje tocar mucho, no de besitos, y si el cliente quiere una chupadita de teta pídale más plata. Y nunca, nunca diga que es la primera vez. Pero esta culicagada, lo primero que se le dijo y lo primero que hizo. Cuando el primer cliente la eligió, ella confesó que estaba muy nerviosa y, claro, el hombre se aprovechó de eso. Se la comió como le dio la gana, como será, que hasta la puso a pupar y después el tipo le bajó a la cuquis.

—!Huy, fuchi! —reniegan a la vez Tatiana y Vanesa.

De los 30 mil que cada cliente paga por media hora, Rosalbita se queda con 13 mil y ellas con 17. Vanesa la negrita dijo que prefería putiar en vez de terminar el bachillerato para después ganarse un “miserable mínimo”. En su casa, la mamá no sabe a qué se dedica, pero lo supone y no le dice nada porque Vanesa pagaba los servicios públicos.

—Hay tipos que son muy groseros —dijo Vanesa sentada en las piernas de Alfredo— pero este man es un caballero, yo lo conozco— y le da un besito en el cachete.

La tercera razón que tiene Alfredo para hacerse cliente tiene un carácter financiero: obtener crédito. Según él, los patrones de algunas casas le han llegado a fiar. Algunos martes se va de putas y sin un peso en el bolsillo. Se toma unas cervezas, picha y paga a los quince días. “Me he demorado hasta un mes pagando un polvo —dice—, pero pago, porque yo soy muy honrado”.

En la casa de Rosalbita tocaron la puerta. Ella se levantó para abrir. Nos quedamos atrás. Es un cliente. Rosalbita lo sentó en la primera sala. Cuando volvió, acosó las muchachas para que salieran donde el tipo. Vanesa y Tatiana se acomodaron las tanguitas y salieron caminando. Ambas estaban descalzas. Alfredo y yo fumamos mirando al techo. Me pareció que las nenas caminaban en dirección del patíbulo.

Regresó la negrita y se sentó. Un segundo después, Tatiana pasó por el corredor seguida por un sujeto. Ambos iban con el entrecejo fruncido. Bien lo dijo Camargo: “En el sexo hay que descansar de la cortesía y el amor”. Pero no tanto. El tipo con gafas y panza, tenía cara de profesor de escuela. Tatiana, en efecto, iba para el matadero.

Rosalbita volvió a sentarse. Eran las seis de la tarde y a las siete se cierra el chuzo. Otra ronda de cerveza. Me pareció estar haciendo visita en la sala de una tía. El timbre volvió a sonar. Rosalbita fue y volvió con una preciosura de escasos 16 años. Nos presentó. “Mucho gusto, Susana”. La niña se sentó con la columna derechita. Parecía una colegial. A Alfredo le brillaban los ojos:

—¿Y tú trabajas aquí?

—No —contestó— vengo a saludar.

Nadie le creyó, pero igual le seguimos la corriente. Nos contó que estudiaba en la U de A bacteriología y comentó varias historias sobre los profes, compañeros y exámenes. Alfredo estaba encantado. Vanesa la miraba de arriba abajo. Yo pensaba en Tatiana, la blanquita, y en lo que sucedía en una alcoba de la casa.

Rosalbita fue por otra ronda de cervezas y Susana, la niña, se levantó al baño.

—Mucha perra —dijo Vanesa— dizque no putea…, una es la que trabaja aquí y esa perra viene y se roba los clientes, Rosalbita lo sabe.

Alfredo y yo tomamos cerveza y nos hicimos los pendejos.

No habíamos hablado mayor cosa, cuando volvió a aparecer por el corredor el cliente de Tatiana. Pasó rápido y se largó. Era hora de cerrar el negocio. Vanesa y Tatiana se arreglaron para salir. Rosalbita caminaba con una trapera de aquí para allá. Me gritó: “Tiene que venir con más tiempo para que me entreviste de verdad” y se metió por un corredor. Nos quedamos con Susanita. Ella sacó el celular y nos preguntó el número de teléfono. Alfredo me miró malicioso.

—Hágale rápido —lo acosó la niña.

Alfredo le dictó y luego yo le di el mío. Susana los guardó y nos hizo una llamada perdida a cada uno.

—Me llaman y nos vemos en la tarde, pero no aquí —dijo—, porque a las siete tengo que estar con mi novio – y remató con esa sonrisa de colegial.

Más tarde, Alfredo y yo nos fuimos a rematar a un billar. Vanesa tenía razón: Susanita nos salió maestra.

Todo esto, hasta que fui a la casa de masajes sin la compañía de Alfredo. Tenía que hacer el trabajo de campo para la crónica, meterme en una pieza y probar un masaje púbico. Las ocho mujeres se presentaron y se metieron por el corredor. Sentado en el sofá de sala, con el patrón esperando que le dijera el nombre de mi elegida, me acordé de lo que dijo Alfredo: “Jamás se coma lo primero que vea”. Sentí el sofoco de la sala. Miré el calendario pegado con chinches y sentí vértigo. Me hubiera tomado un viagra.

Para entonces, había truncado la relación entre cuerpos y nombres. Creo que había una Claudia y una Yuliana, no recuerdo bien, pero es que en todas las casas de mansajes hay Claudias y Yulianas. No retener los nombres fue un problema grave, muy grave. ¿Tatiana era la yegua morena con una cola de caballo en el pelo? O era Carolina, no recordaba. Me parece que Vanesa tenía un culo cartagenero, dominicano, brasilero, un culo tropical, en todo caso, o era de Natalia. El patrón me miró: “Diga pues, a ver cuál le traigo”. Me tomé un trago de Pilsen y me rasqué la cabeza.

Al azar dije “Adriana” y el patrón se perdió por el corredor. De vuelta, llegó de la mano de unos senos preciosos. Adriana en tacones, tangas y puchecas, me hizo levantar del sofá. Me agarró de la mano, me subió por unas escalas y yo la seguí como un niño regañado. Efraín Medina dijo: “Es increíble cómo funciona el juego de la seducción, siempre el que se cree cazador resulta ser la presa”.