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El fetiche diferente

Publicado: 22 noviembre 2010 en Pablo Galfré
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Ustedes dirán que exagero, pero les juro que no es así. Ya verán. Todo empezó por casualidad en un puesto de diarios que está en la cosmopolita Plaza Italia. Me encanta mirarlo detenidamente porque hay publicaciones de todo el mundo: siempre  observo sus revistas buscando alguna historia rara e interesante por contar. Y así fue como descubrí a la revista El Cisne. Su título de tapa me causó intriga apenas lo vi: Devotee y wanabee, el nuevo tabú sexual. Así comenzó esta historia que no sé cómo terminará. Ya verán.

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Cita textual: Se conoce con el término de devotee (del inglés, ser admirador de, devoto de) a aquella persona que disfruta y siente placer relacionándose sexual o indirectamente con personas con discapacidad física. La discapacidad o la amputación son objetos de su deseo y muchas veces su obsesión. Para el wanabee (del inglés, want to be, querer ser) la fuente de placer se encuentra en el deseo de llegar a ser discapacitado, al punto de simular serlo, y en casos extremos, de autolesionarse.

[Fuente: Revista El Cisne. (Revista sobre discapacidad, educación y rehabilitación). Nº 193. Setiembre del 2006]

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Entrevista a licenciada María Elena Villa Abrille, quizá la única sexóloga de Argentina que sabe algo sobre devotismo.

¿Qué es un devotee?

Es una persona que se siente sexualmente atraída hacia las personas con discapacidad o que tan sólo admiran como ellos llevan adelante sus vidas a pesar de las limitaciones. Pero lo importante es que cuando esta atracción es sólo de tipo sexual puede llegar a transformarse en una obsesión. Más aún, si esta obsesión perdura por más de seis meses, si su único fin pasa por relacionarse sexualmente con personas discapacitadas, estamos hablando de una parafilia.

¿Y qué sería una parafilia?

Es el término moderno que se usa para lo que antes se le llamaba perversiones o desviaciones. Cuando la relación se da sin el consentimiento del otro y cuando ese deseo hace daño al otro estamos hablando de parafilias. Sino puede ser una preferencia sexual más. Eso es en el caso de los devotees. Pero los wanabees ya es otra cosa, creo que algún trastorno tienen, porque no cualquiera desea ser discapacitado.

¿Y cómo son los devotee parafílicos?

Suelen merodear a los discapacitados y su gran deseo compulsivo es tener una relación sexual con dichas personas. Los hombres suelen elegir a las mujeres con amputaciones en las piernas y las mujeres prefieren a hombres en silla de ruedas. El devotee parafílico no se fija en la otra persona ni en el daño que le puede hacer.

¿Qué opinan de los devotee las personas discapacitadas?

Atrocidades. Tienen miedo y quieren distinguir bien quién es devotee y quién no. Yo les diría que estén atentos a los devotee obsesivos, pero que estén abiertos a aquellas personas que quieran brindarles cariño genuino. Hay que comprender que el devotismo no es más que una nueva variante de la conducta sexual humana.

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Internet es donde tanto devotees y wanabees encontraron refugio para armar un mundo paralelo donde expresarse, informarse y, claro está, calentarse. Ustedes ahora están a un click de distancia de miles de páginas web que ofrecen fotos de mujeres en ropa interior luciendo sus prótesis o de mujeres amputadas que provocan con sus hermosos cuerpos desnudos –o partes de él-. Así como algunos buscan en Youtube los grititos histéricos de Chachi Telesco, los devotees optan por apreciar videos de discapacitadas que bailan con sus sillas de ruedas o de filmaciones porno soft de mujeres que seducen con la sensualidad de la ausencia a hombres que desean servirlas apasionadamente. Como todo mercado porno/erótico, la oferta es básicamente para la platea masculina. Además, como sostiene la licenciada Villa Abrille, hay un 20% más de devotees varones que mujeres.

Pero los foros son la piedra angular de este cibermundo, la plaza pública donde devotos y personas con discapacidad pueden conocerse, hacer amigos u ofrecerse como humildes servidores de mujeres y hombres postrados.

En uno de ellos -www.disconocernos.com.ar- me topé con deseos que jamás imaginé posibles, con mensajes que no comprendí al principio, con ciertas sintaxis inabarcables (Los correos electrónicos publicados en este artículo pertenecen a personas reales que autorizaron su publicación, pertenecen a personas que te quiere conocer y que desean que les escribas). Algunos ejemplos:

Busco chica discapacitada para servirla humildemente. Quiero ser tu criado absoluto. Estar siempre pendiente de ti. Cuidarte sin rechistar y obedecerte por completo. Sin interés sexual ni económico. Admito cualquier tipo de discapacidad. ¡Escríbanme a perrok_@hotmail.com!

Busco un hombre discapacitado y sexualmente activo. Soy homosexual y te quiero ayudar. Si sos una persona con capacidades diferentes pero cuya vida sexual es incompleta mandame un mail a hembrita@ardiente.com. No me importa cuál sea tu discapacidad sino simplemente que seas una buena persona que necesite calmar sus urgencias sexuales.

¿Alguien me puede dar un poquito de amor? Tengo 25 años y uso silla de ruedas, por lo cual me es muy difícil encontrar pareja o amigos. La verdad es que necesito conocer a un hombre. A veces me siento muy sola  y quiero saber lo que es ser amada y besada, despertar algo más que lastima. Sólo quiero amor. maria_disca@hotmail.com

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Rodrigo fue el primer devoto que conocí. Con él puedo decir -no creo que me contradiga-, que ya somos un poco compañeros. Digo esto porque ya nos vimos cuatro o cinco veces y chateamos bastante seguido. Digo esto porque desde nuestra primera cita hasta el día de hoy su vida dio un giro de 180 grados. Ya verán.

Primero -para ir entendiendo un poco qué es todo esto del devotismo- le pido que me explique qué es lo que siente por las personas con discapacidad y él me dice que toda su vida tuvo estos sentimientos, esta admiración por ellos. Admiración que sentía mientras los veía subir a un colectivo en silla de ruedas o caminar por el centro con sus bastones despreocupadamente. El admira que sigan adelante a pesar de los obstáculos que les planta la vida.

Rodrigo me aclara que en el mundo devotee sobre gustos no hay nada escrito, y que hay todo tipo de discapacidades para cada devoto. Así como algunos admiran a los parapléjicos, hay otros que se sienten exclusivamente atraídos por los amputados. “Pero a mí lo que más me interesa son las desviaciones en la columna y la falta de motricidad. Creo que viene por ese lado. Todo lo relacionado con los aparatos ortopédicos”. Pero me aclara que no es que le gustan las mujeres de un andar defectuoso y listo. Primero le tiene que gustar como mujer, como persona. Como a todo el mundo.

Ahora ya no juega más a este juego, dice que se curó, pero meses atrás cuando caminaba por la calle no podía dejar de mirar a los discapacitados. “Recuerdo observarlos sin poder sacarles los ojos de encima”. Llegó al extremo de cronometrar los horarios de distintos discapacitados para poder conocer sus movimientos y así volver a verlos una y otra vez. “Y ahí yo me atormentaba preguntándome por qué me pasa esto. Sin embargo nunca me cansaba de mirarlos, de admirarlos”.

Estos cuestionamientos se transformaron en pesadillas y en insomnios eternos y nocturnos. Dentro de su cabeza escarbaba la idea que era el único pervertido del mundo que gustaba de los discapacitados. “Entre los devotee nos decimos: estamos enfermos pero no queremos el remedio. Disfrutamos de la enfermedad. Yo durante un tiempo sufrí con esta enfermedad, pero ahora puedo decir que la estoy disfrutando”. Ya verán por qué.

En una de esas largas noches de insomnio Rodrigo tuvo una idea un tanto extravagante: quebrarse una pierna para poder usar muletas. Con unas maderas sobrantes creó un sistema de pitones y poleas y puso un peso sostenido por una soga en lo alto del techo para luego dejarlo caer sobre su pierna y así quebrarla en mil pedazos. “Tenia 13 años y ya era conciente que me atraía el tema. Quería ver cómo se sentía ser un discapacitado. A último momento me dije qué mierda estoy haciendo y tiré todo al carajo”. Por suerte para él ya dejó de tener estos deseos de pretender ser un discapacitado. Por suerte para él y para sus piernas.

Después de esta revelación ya me siento más en confianza para hacerle una pregunta más… qué sé yo, íntima diría.

- ¿Cómo es el sexo con una mujer discapacitada?

- Nunca me acosté con una discapacitada. En realidad nunca me acosté con una mujer en general. Soy virgen.

Siendo devoto e inmaculado no me queda otra que preguntarle cómo hacía para calmar todos esos deseos libidinales de estar con una mujer discapacitada. Le pregunto si, como todos nosotros, no recurría a material erótico de la web y a utilizar simplemente su mano para calmar sus ansias de placer. Pero me responde que no, que nunca sintió esa necesidad. Me responde: “Nunca me hice una paja en toda mi vida”.

- ¡¿Nunca te hiciste una paja?!

- Te lo juro. Sí estuve desesperado por estar con cualquier tipo de mujer, pero nunca recurrí a eso.

- ¿Y como satisfacías tu libido si no te hacías una paja?

- Cuando tenía 13 años hice unas muletas con unas maderas y durante un tiempo las usé a escondidas en mi casa. Caminaba de acá para allá con las muletas y eso me excitaba mucho. Pero nunca fue una obsesión estar con una persona con discapacidad.

Rodrigo quiere dejar bien en claro, para que nadie se confunda, que sus intenciones siempre fueron buenas, que tiene plena conciencia que está ayudando a personas que nadie mira, que todos discriminan. “Nunca fueron una carga estos sentimientos. Si vos me preguntás si en algún momento hubiese preferido dejar de sentirlos, te digo que no definitivamente. Estoy muy contento con esto que siento. Aparte, en mi caso va más allá del sexo. No soy un fetichista. Yo lo que quiero es una relación de pareja, amar a una mujer discapacitada”.

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Carta de una chica que desea ser discapacitada:

Estimados lectores de la Revista C:

Ustedes quizá no puedan comprenderme, pero es así: deseo ser discapacitada. Mi ideal sería ser parapléjica, pero para serles franca me conformaría con mucho menos. Una leve cojera, por ejemplo. Lo que fuese para aliviar un poco esta sensación de estar en un cuerpo que no me pertenece.

La verdad es que no sé por qué deseo ser discapacitada pero sí sé que me pasa desde que era una niña. La intensidad del deseo fluctúa entre la obsesión y una necesidad relativa. Cuando estoy mal de ánimo es cuando más perentoria se vuelve esta cruel necesidad.

Siempre me he sentido muy culpable con todo esto y la verdad es que me parece una falta de respeto total hacia los discapacitados insinuar que lo que personas como yo sentimos es natural o esté bien. Yo no creo que lo sea.

Por otro lado, sé que muchos wanabees serían capaces de ir hasta las últimas consecuencias para conseguir su propósito: provocarse una lesión o amputarse un miembro de su cuerpo. ¡Pero ese no es mi caso! Yo sería incapaz de infringirme el más mínimo daño para llegar a estar paralizada. Entonces tengo claro que mi realización tiene que venir desde otro lado.

¡Espero que algún día la sociedad sepa comprendernos!

Si otro wanabee o quien sea me quiere escribir para intercambiar sentimientos lo puede hacer a downflake@yahoo.es

¡Besos a todos!

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Entrevista con Augusto. Tiene 35 años, un trabajo estable, está casado en un matrimonio que se cae a pedazos y tiene dos hermosos hijos. Su esposa desconoce que es devotee. Si lo supiese, huiría.

- En tu caso, ¿qué tipo de discapacidad te atrae?

- Amputaciones de miembros inferiores. Me da lo mismo si es la pierna derecha o lo izquierda. Lo que sí me gusta es que la amputación sea por encima de la rodilla. Hay gente que prefiere una o dos piernas amputadas, yo no tengo preferencia en ese sentido.

- ¿Y por qué crees que te atraen las mujeres amputadas?

- No sé ni me lo pregunto. Al principio sí me cuestionaba por qué tenía estos deseos. Me parecía demasiado raro porque no estaba dentro de lo que son los estándares que te enseñan: “A vos nene te tienen que gustar las chicas rubias, flacas y lindas”. Y que te guste algo diferente hace que te hagas un montón de planteos: “¿Por qué me atrae esta persona si supuestamente me debería dar asco?”. Y en un momento me dije “¿Por qué asco? ¿Cuál es la diferencia? Le falta algo, ¿y qué?” Sigue siendo la misma persona básicamente, ¿o no? Lamentablemente yo aún no pude conocer íntimamente a una mujer amputada.

- ¿Qué les dirías acerca de ustedes a las personas con discapacidad?

- Yo creo que les cuesta mucho conseguir sexo y desconfían de todo el mundo. A veces se protegen demasiado y no se dan la oportunidad de conocer a una persona que tal vez pueda gustarles o no. Les diría que salgan más, que se animen, que hay gente que noblemente gusta de ellos.

- En los foros dicen que los devotee son unos enfermos y que objetivan a los discapacitados.

- ¿Y qué si parcializamos al otro sin dañarlo? ¿Acaso la gente “normal” no es fetichista? A algunos hombres les gustan las culonas y a otros las tetonas. Hay mujeres que se sienten atraídas por los musculosos y otras por los intelectuales. ¡Todos parcializamos! Todos tenemos un objeto de deseo más o menos oculto. Lo importante es no lastimar al otro. Nosotros, los devotos, les damos a las mujeres discapacitadas lo que mucha gente les niega: las dotamos de sexualidad, les damos la oportunidad de seducir al otro, de ser lindas y bellas. Dejemos de ser hipócritas, por favor.

Hace unos días Augusto me llamó y me dio la noticia que su matrimonio se terminó por despedazar. Además me dijo que tiene muchas ganas de conocer a una mujer amputada. Les dejo su correo: soydevo@gmail.com.

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Carta de un mexicano devotee que quiere dejar de serlo:

Estimado Pablo:

Quiero contarte que no amo a la discapacidad pero desde tiempos inmemoriales me he sentido compulsivamente atraído por damas discapacitadas, sobre todo por las que sufrieron amputaciones. Quisiera borrar de una vez por todas estos deseos que me atormentan.

Te contaré un par de cosas que las puedes tomar en cuenta para tu investigación (prométeme que no vas a revelar mi identidad):

1. No sé cómo ni cuándo llegué a ser un devoto: creo que nací así.

2. Nadie sabe que soy un devoto. Me da una enorme vergüenza, me da terror.

3. He bregado fuerte para que esto no permanezca en mí, pero permanece.

4. He luchado, y hasta ahora lo he conseguido, por no dañar a nadie.

5. Esto es una carga emocional muy fuerte que me estresa y me deprime.

6. Vengo de una familia de buenas costumbres y dedico mi vida a trabajar, a ser un buen esposo y un muy buen padre.

Ojalá tu artículo sirva para que la sociedad no mire a los devotos como aberrados sino como personas con psicología especial que necesitan ayuda. Particularmente, yo estoy encontrando ayuda en la Palabra de Dios, al menos he encontrado que El si me comprende, me perdona y me guía hacia sendas donde no hay maldad.

Te mando un saludo.

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Mi segundo encuentro con Rodrigo fue cuatro meses después y ya todo había cambiado. ¿Recuerdan que les dije que jugaba a seguir a las personas con discapacidad para poder admirarlos? Bueno, ese juego inocente tuvo sus frutos: así conoció al amor de su vida y también la cura a su enfermedad, según dice él.

Durante cinco años seguidos Rodrigo se tomó siempre el mismo colectivo para ir a la misma escuela. Días tras día. Y así fue como Rodrigo durante esos cinco años de viaje en colectivo admiró y observó en secreto a María, una chica discapacitada que utiliza bastones en ambos brazos para agilizar su errante andar.

“Yo me sentaba lejos de ella para que no se diera cuenta que la observaba. Alguna vez me pasé de parada para ver dónde se bajaba. Me llamaba mucho la atención su destreza al bajar del colectivo”.

Pero al terminar el secundario concluyeron también los viajes en colectivo y así Rodrigo no pudo admirar más a María. Hasta que un día, un amigo discapacitado de Rodrigo, sin saber que él admiraba en secreto a María, le pasó el mail de ella. Casualidad y destino -¿por qué no ambos?- confluyeron en la vida del devotee y la discapacitada.

Y así fue como finalmente se conocieron. Primero chatearon un tiempo e intercambiaron inquietudes hasta que tuvieron su primera cita. “Cuando la vi fue amor a primera vista. No sé qué fue lo que más me gustó, pero recuerdo que fue muy fuerte”.

Y bueno, salieron varias veces más, fueron a tomar unos helados por el barrio, se fueron conociendo y como cualquier otra pareja de tortolitos finalmente se pusieron de novios. Rodrigo, como todo caballero que se precie de tal, llevó a su novia a su casa para presentársela formalmente a su familia. Pero seguramente su madre, como todas nuestras madres, esperaba ver entrar por la puerta nupcial a una hermosa niña rubia y de ojos verdes. Quien entró fue una hermosa niña rubia y de ojos verdes pero con algunos pequeños detalles: a causa de una enfermedad congénita María tiene una malformación en la médula espinal que la obliga a usar bastones para poder caminar. Digamos que mamá rechazó a la flamante pareja, pero como el amor es más fuerte Rodrigo y María se fueron a vivir juntos a una pequeña pensión y su vida cambió radicalmente. Dejemos que él lo cuente.

“A partir de María me curé. Yo no discuto que estamos enfermos. Sí, lo estamos, pero no todas las enfermedades son malas. Me sigue atrayendo el tema discapacidad  pero no sexualmente hablando. Antes de María, si veía a una mujer discapacitada, me excitaba. Ahora ya no, ahora veo a una persona más y punto”.

Hay un pequeño detalle de esta particular historia de amor que me olvidé de contarles. María no sabe que Rodrigo la conoce de hace tiempo, no sabe que él la admiraba en secreto en el colectivo. María no sabe que Rodrigo es devotee.

“Aún no le dije que soy devotee. Cuando se calmen más las cosas se lo diré. No sé cómo va a reaccionar. Pero siempre me gustó decir las cosas de frente, nunca mentí en toda mi vida. Entonces sí o sí se lo voy a decir pero no se cómo reaccionará. Tengo mucho miedo que diga que estoy enfermo y que me deje. Que tergiverse lo que yo siento por ella. Y yo tan sólo la amo”.

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Carta de una devotee que no tiene ningún problema con ser devotee:

Querido Pablo:

Me llamo Marcela, tengo 30 años y soy nicaragüense.

Déjame contarte que desde muy pequeña he sentido atracción por los hombres en silla de ruedas. Crecí y mis fantasías fueron tornándose recurrentes e inexplicables para mí. Sin embargo, nunca he tenido contacto con personas discapacitadas: alimento mis fantasías con películas, telenovelas e internet. Utilizo mi imaginación más que nada pues mi atracción no es sexual, es romántica. Mis fantasías pasan más por el amor, aunque amor también implica, claro está, sexo. Pero sin segundas intenciones, más bien lleno de entrega y dulzura, caricias y mimos.

A partir de la web conocí el término devotee. Descubrí con asombro mensajes de gente como yo tratando de establecer contacto con discapacitados. ¡Al fin encuentro gente como yo! Lo digo con orgullo: ¡Soy una devota! Por primera vez en mi vida sé que no soy la única persona en el mundo que siente y ama de esta manera.
¡Qué locura!: hay hombres discapacitados que sueñan con una mujer que los valore y los ame y hay mujeres que sueñan con un hombre discapacitado a quien amar y entregarle su vida, pero paradójicamente el mundo nos impone los prejuicios que evitan que nos conozcamos.  ¡Qué mundo cruel el nuestro! ¡Cuantas cárceles en nuestras cabezas!

Espero que tu artículo sirva para que devotees y personas con discapacidad nos conozcamos entre sí y ser más felices.

¡Besos para todos!

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“Abel es mi nombre. Mirá, desde niño siento admiración por las personas con discapacidad. Recuerdo que una vez estaba jugando con un muñeco y de golpe se le salió la pierna. En vez de ponérsela, jugué a que saltara sin ella. Recuerdo que eso me causó toda una sensación dentro de mí. Sí, tuve una erección, me escondí en el baño y me masturbé. En ese momento, a los 12 o 13 años, sentí que eso estaba mal. Supuse que se me iba a pasar pero transcurrieron los años y eso nunca cambió. Yo lo único que hice durante todo este tiempo fue esconder mis verdaderos sentimientos.

Antes de saber que existía el devotismo me sentía un enfermo total. Vivía deprimido y angustiado pensando que era la única persona en el mundo que sentía deseos sexuales por los hombres amputados. Porque además de ser devotee, soy homosexual. ¡Ja, ja! No me falta nada, ¿no? Y bueno, el año pasado, investigando en Internet, encontré mucha información y conocí a devotos y a discapacitados que no nos discriminan. Descubrí que no soy el único con estos deseos. Y la verdad que encontrar respuestas y dejar de sentirme un perverso fue un alivio muy grande. No sé si te das cuenta, pero la web nos salva la vida.

Mi primer experiencia sexual con un hombre amputado fue hace ya algunos años. Recuerdo que lo que me llamó la atención la primera vez que lo vi a él, obviamente, fue que le faltaba una pierna y que tenía sus muletas a un costado. Entonces me puse muy nervioso. El sólo hecho de hablarlo me acelera el latido del corazón. Tomé coraje, me le acerqué y le mentí: como estaba muy bien vestido le dije que era médico y que si necesitaba algún tipo de rehabilitación yo se la podía dar gratuitamente. ¡Y él me dijo que no había ningún problema!

Al día siguiente vino acá a mi casa, nos acostamos en la misma cama donde vos y yo estamos charlando ahora. Y él estuvo muy predispuesto a las revisaciones. Para mí que se dejara revisar era como hacer un sueño realidad. Se facilitó todo porque el tipo tenía una mente muy abierta. Pero obviamente que él se dio cuenta que yo no era médico y finalmente me sinceré y le dije que me atraía mucho por su amputación. Mi asombro fue mayor aún porque él me respondió: “Yo te entiendo, está todo bien”. Y yo le digo: “¿Pero a vos no te molesta?”. “No, para nada. Si querés tocar, tocá”, me dijo señalando su muñón.

Mirá, si tengo que decirte, a mí me gusta que la amputación sea por encima de la rodilla. Es así. El muñón como forma no tiene forma, pero es una cuestión fálica, es como si fuera una prolongación del pene, y de eso me di cuenta cuando estuve con este chico. Lo que me llamaba la atención era su pene erecto al lado de su muñón. Lo que más me calentaba era poder tocar su muñón, ser penetrado o penetrarlo a él era una consecuencia de la relación.

Fue una aventura fabulosa. Nos vimos varias veces más con intervalos muy largos, porque él vive viajando, es libre. Es más, actualmente no sé ni dónde está. Me gustaría saber de él, verlo una vez más aunque sea.

Yo ya acepté lo que me pasa, que soy devotee, y lo vivo con una cierta normalidad. Pero lo que me jode es no conocer a alguien que sea gay, amputado y que quiera tener algo serio. Eso es lo que realmente quiero. ¿Puedo dejar mi mail? Quizá alguien quiera conocerme. Eso espero. Mi mail es adt3113@hotmail.com. ¿Lo anotaste, Pablo?”

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Devotee-catalan@hotmail.com dice:

Hola. ¿Qué tal? ¿De dónde eres?

Titi-mari@hotmail.com dice:

Hola, todo bien. De Argentina. ¿Y vos?

Devotee-catalan@hotmail.com dice:

De España. ¿Eres discapacitada?

Titi-mari@hotmail.com dice:

Sí.

¿Y qué discapacidad tienes?

Soy parapléjica. ¿Y vos?

Yo no. A mi me gustan las mujeres como tu. ¿Vas en silla desde hace mucho?

3 años.

¿En qué te afecta tu discapacidad?

Las piernas y un poco las manos.

¿Y puedes mover tus piernas?

No, nada.

¿Tienes alguna foto de tu cuerpo entero?

Sí, ¿por qué?

Me gustaría verte.

¿Para?

Para saber cómo eres.

A ver si adivino: sos devotee.

Sí, así es. ¡Lo soy!

¿Y por qué te gustan las personas discapacitadas?

No lo sé. Desde chaval me ocurre. Ya no me pregunto por qué.

¿Saliste con personas discapacitadas?

Sí, varias veces.

¿Con qué fin?

Como con cualquier otra persona. He tenido algún rollo si es lo que preguntas.

¿Qué te gustan más, las mujeres discapacitadas o no discapacitadas?

Las discapacitadas.

Súper raro.

Sí, algo raro sí que soy. Je, je, je.

¿Y qué te atrae de los discapacitados, su personalidad o discapacidad?

Las dos cosas.

Y bueno, gustos son gustos.

Así es. Ha sido un placer conocerte. Me voy a la cama.

Lo mismo digo. Chau, besos. La próxima te mando la foto.

Besos para ti. ¡Y espero la foto con ansiedad!

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Después de mi último encuentro con Rodrigo me quedé un poco preocupado. No sé si recuerdan: él le estaba por revelar a su novia discapacitada que él es devotee. “Tengo mucho miedo que diga que estoy enfermo y que me deje. Y yo tan sólo la amo”, fue lo último que me dijo. Hace pocos días me lo encontré por la calle y me dio dos muy buenas noticias. La primera, que María comprendió con hidalguía su devotismo y que él la ama más allá de su discapacidad.

Luego de esta revelación, Rodrigo se arrodilló ante ella y le propuso casamiento. Y María aceptó. Así Rodrigo y María, el novio devoto y la novia errante, se casaron y fueron felices.

“Peregrino: Dicho de una persona: Que anda por tierras extrañas”. DRAE

No es aún la medianoche y la fiesta ya ardió. Este es un jardín bien cuidado. Un muro largo y blanco sirve de telón para proyectar un concierto furioso de los Kumbia Kings. Sobre las mesas queda el desparpajo de platos arrasados y casi una veintena de personas bailan y se pasean con vasos en las manos. Unas antorchas alumbran las esquinas. La luna está desnuda hoy, y se ha sentado en su butaca con los ojos bien abiertos. Si brilla tanto será porque no se quiere perder nada. Ya no se mira a nadie con la ropa puesta.

* * *

“Toc, toc, toc”, sonó el celular, anunciando que había llegado un mensaje. Era de Demián: “Bueno, es a partir de las 7:30, cada quien lleva lo que va a tomar y la protección y la chica”. El Peregrino prendió un cigarro y entendió por qué se volvió tan popular aquella antigua ocurrencia que sentencia que no es lo mismo llamarla que verla venir.

Se descubrió cobarde, como cuando siendo joven, parado sobre un tatami, se sentía estúpido con ese uniforme de karate, a punto de recibir una paliza voluntaria a manos -y pies- de un desconocido que, invariablemente, lo aporreaba sin clemencia. Era exactamente la misma sensación, calcada: los segundos estiraaaados, laaaargos, antes de que un árbitro dijera algo en japonés que desencadenaría una andanada de patadas voladoras. Miedo. Miedo ácido y frío en el cielo de la boca, como una hojuela metálica, acompañada de la misma pregunta: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y una añoranza infinita de todos los lugares en los que no estaba. Pero al menos en aquel recuerdo todo quedaba claro para él: tenía miedo de que ese tipo que estaba del otro lado del tatami le hiciera desaparecer la nariz de un puñetazo, o le sacara el estómago por la boca, de una patada. Del cigarro sólo quedaba una brasita que no le alcanzó para llegar a entender su propio susto. Soltó una bocanada de humo que se perdió en la noche. Eran casi las ocho.

* * *

De El Peregrino sabemos que desde que apareció la posibilidad de participar en estas fiestecillas se puso a hacer abdominales y a mirarse más de la cuenta en un espejito diminuto que colgaba tan alto de una pared, que nunca le permitió comprobar el fruto de sus esfuerzos. Sabemos también que había acariciado, durante años, el encuentro con esta comunidad clandestina de gentes que tienen fama de barajar besos y sudores; unos tipos que dieron con la alquimia mágica al responder esta pregunta: ¿cómo se hace para tener sexo con mucha gente sin escondérselo a tu pareja y sin que esta se moleste? Se llaman a sí mismos swingers, que en español tiene una traducción difícil de atrapar con una sola palabra. El verbo que les da origen vendría siendo una combinación de “balancear”, “hamacar”, “columpiar” o “mecer”; aunque quizá la palabra más transversal y zurcidora sería “pendular”. De modo que a este movimiento de alquimistas bien podríamos llamarlos, en la lengua de Cervantes, “los pendulantes”. A El Peregrino le parecía que su invento era uno de los más complejos e importantes desde que un científico inventó la penicilina y, de hecho, no apareció mucho después del hallazgo de este antibiótico.

Terry Gould es un periodista investigativo, canadiense, sesudo y oficioso, que se ha ganado un saco de premios importantes por sus piezas sobre el crimen organizado y violencia. Resulta que Gould -que da talleres a oficiales de cuerpos de seguridad para que aprendan a conseguir informantes- publicó en 1999 un librito bastardo que se llama “Estilo de vida: un vistazo de los ritos eróticos de los swingers”. En téminos de temática, la única conexión con la mayor parte de su obra tal vez sea que en ese libro también aparecen fuerzas del orden. Militares, para ser precisos… intercambiando a sus esposas. Gould concluyó que el inicio del movimiento swinger tuvo lugar en medio la segunda guerra mundial. Y que fueron los pilotos de la armada estadounidense los patriarcas. En la versión más romántica, la práctica fue el resultado de la preocupación de los aviadores por dejar a sus esposas desamparadas en caso de que sus naves fueran derribadas. De modo que sellaban una especie de pacto de honor con sus colegas cambiando esposas, en el acuerdo que el sobreviviente velaría por la viuda como si fuera su propia cónyuge. En la versión más mundana, los astutos pilotos norteamericanos simplemente no quisieron quedarse con las ganas de probar a la mujer del prójimo. Demián parece más cercano a esta corriente.

“Mirá -le había explicado a -El Peregrino en su primera cita-, la verdad que a nosotros lo que nos gusta es ¡cogeeeer!”. Y el otro escuchó su respuesta poniendo su mejor cara de Larry King, sintiendo que ahora sí había entendido más o menos de qué iba la cosa.

Como hemos dicho, El Peregrino había perseguido durante años a los swingers. Escribió correos a algunas de las más de 4 mil respuestas que ofrece google a la búsqueda “swingers en El Salvador”. Alguna vez subió incluso una foto suya, acompañado de una chica bonita como anzuelo. Nada. En respuesta recibió el silencio y una cantidad importante de virulentos spams en su correo electrónico. Realizó incluso algunos pininos en homenaje a los señores “pendulantes” y llegó a la conclusión de que en su país, enano y rancio, la existencia de esta logia sería imposible. De todas formas los pininos no estaban mal.

Tras varios años de imitaciones apócrifas y como se suelen encontrar las mejores cosas, los halló sin buscar. En horas laborales los encontró. Terminaba una entrevista con una fuente -habrá que decir que nuestro personaje ha conseguido trabajo de periodista en un periodiquillo sibarita muy mal visto por algunos círculos de su país- cuando apareció la primera posibilidad. Su fuente era una chica morena, de ojos afilados y lengua brutal. Ella, dijo, tenía el teléfono de un señor que aseguraba ser un alquimista salvadoreño, cuyo contacto guardaba con un seudónimo misterioso… Quedaron en que ella preguntaría si el tipo toleraría una conversación con un reportero. Esa misma tarde había una respuesta: sí, sí lo toleraría.

Como a muchos sobre los que Stanley Kubrick perpetró su enajenante influencia por medio de la película Eyes wide shut, El Peregrino había construido en su cabeza un escenario con modelos rubias y enmascaradas, de estómagos atómicos y piernas tentaculares; de tarzanes elegantes, ataviados con sotanas, que más que cogerse entre sí, cohabitarían refinadamente. Y entonces apareció Demián para desparramarle la fantasía y hacerle dudar de que el swingerismo fuera tan cool.

Sentado en una mesa de la chocolatería Shaw’s -en medio de un barrio con ínfulas de exclusivo llamado Zona Rosa- , El Peregrino especulaba sobre la profundidad de la conversación que sostendría con Demián. Tenía pensado sorprenderlo con un buceo filosófico sobre los límites; generar empatía mostrándose liberal y aventajado en temas de moralidad sexual; darle confianza charlando sobre la deontología periodística. Pero sobre todas las cosas, como punto muy importante, había planeado mostrarse muy por sobre las banalidades propias de una teta redonda y firme, o de unos muslos sudorosos y gráciles. Desdeñoso con las florituras que regala pasear las manos por una cintura breve y riesgosa, o por el ángulo afilado que se dibuja apenas por sobre una fald… ¡ejem! Bueno… o sea que había decidido ponerse serio pues.

En esas cavilaciones estaba El Peregrino cuando apareció Demián con sus lentes oscuros, oteando con descaro el lugar. Era un tipo alto y robusto, que bien podría ser el protagonista de cualquier película sobre la mafia italiana. Tenía ojos claros, un corte de estilo militar y se reía, precisamente, como un gángster de cine. Algo en su risa le hizo sentir a El Peregrino que había caído en una emboscada. Demián se dejó caer pesadamente sobre la silla y se quitó los lentes mientras sonreía con desfachatez. “Ajá… ¿qué ondas?”

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El Ogro camina con el aplomo de amo y señor de este territorio. Va completamente desnudo, como todo mundo a esta hora, e ignora, con pose de mayordomo, las correrías que ocurren alrededor de la casa. Sube a la segunda planta y husmea con desinterés lo que pasa en los cuartos. Afortunadamente él también es ignorado por todos, salvo una que otra caricia de rutina que le prodiga alguna de las chicas. El Ogro es un perrito muy serio y al parecer muy acostumbrado a estos eventos. Mientras el animal recorre la casa, dos tipos conversan sobre política; a su lado, sobre el pasto del jardín, cuatro mujeres se lamen las entrepiernas unas a otras, produciendo un gemido acompasado, como sería el zumbido de un panal de abejas sopranos.

* * *

Tres semanas después de haberse conocido, Demián y El Peregrino habían acordado verse de nuevo. Las reglas ahora estaban claras. Demián había acudido a su logia a consultar cuán aceptable sería la presencia de un lenguaraz en medio de una velada y ese martes llevaría la respuesta… y a su esposa, para comenzar a entrar en confianza.

Durante ese tiempo, El Peregrino dejó de hacerse ilusiones y de soñar con las modelos de Kubrick, que combinaban besos enmascarados. En cambio, en la cabeza se le aparecía Demián y su sonrisa de gato maligno. Por las noches escudriñaba Internet, buscando alguna escena swinger con apariencia real, pero sólo encontró a actrices porno con cuerpos esculpidos y gemidos ensayados. ¿Cómo sería la acompañante de Tony Soprano? ¿Cómo sería ese rebaño lujurioso, al que representaba Demián? Lo más cercano a una respuesta lo encontró en un sitio swinger de Guatemala, en un apartado de preguntas frecuentes: “Pregunta ¿Las personas serán atractivas? Respuesta: Es quizás la pregunta más frecuente y la primera que contestaremos; NO ENCONTRARÁS ESTRELLAS PORNO y eso es seguro. Es entendible que busques personas muy atractivas a tu gusto y seguramente las encontrarás; pero recuerda que en este ambiente no sólo es importante el aspecto físico, sino también la química entre las personas”.

Una madrugada, mientras El Peregrino elucubraba sobre el asunto, se dio cuenta del peligro que encerraba el sólo hecho de hacerse esa pregunta: para el editor del periódico y para tener material suficiente con el que regalar a los lectores, daba exactamente igual si la fiesta era una suma de espantos, una manada de manatíes copulando… de forma que sus inquietudes tendrían que venir de otros lados. ¿Por qué carajos había estado poniéndose de puntillas para verse la panza en aquel espejito? Aquella vez pensó que era mejor no darle más vueltas al tema y dejar que las cosas siguieran su curso.

Del primer encuentro con Demián, El Peregrino había sacado en claro esto: no existe en El Salvador ningún club, o bar, o discoteca swinger, pero sí hay una comunidad numerosa, que Demián estimó en “cientos”. De forma que se reúnen en la suite de un hotel, o en la residencia de alguno de ellos, para realizar sus veladas. Salvo raras excepciones no se admiten hombres solos, en cambio, mujeres solas sí. Cada relación deberá hacerse con protección. Que está muy mal visto el homosexualismo entre hombres y que tenía vigencia la regla universal de esta comunidad: “No significa no”. Si eres rechazado no debes preguntar por qué, o insistir, bajo ningún término.

La segunda cita tuvo lugar en “La Ola Betos”. El Peregrino llegó temprano al lugar y se instaló dos cervezas entre pecho y espalda antes de darse cuenta. Cuando prendía el tercer cigarrillo apareció Demián con su esposa y volvió a hacerse la luz en la cabeza de El Peregrino. Se trataba de una chica bajita de 29 años, que contrastaba como una caricatura con los 44 años y el cuerpo de puerta de Demián. Tenía una cara aniñada y maneras juguetonas. Miraba tras unos anteojos femeninos y llevaba una camisa rosada que le daba una apariencia inocente y dulce. Hablaba con un quejido caprichoso de lolita coqueta. El Peregrino intentó imaginarse una escena de cama con esta niña y el resultado le hizo pasar otra cerveza fría por la garganta con tragos largos y atolondrados.

“Mi señora”, dijo Demián, a modo de presentación, y sonrió con su gesto gangsteril mientras tomaban asiento. En los preludios, Demián disertó sobre el problema actual en el que las mujeres quieren ser iguales a los hombres; que en una selección de temas, el asocio de la moda con las chicas es natural… Mientras su chica celebraba cada comentario con risitas comedidas, Demián derrochaba encanto y fanfarroneaba sobre la amplitud del movimiento swinger, que se mueve por debajo del mantel y donde se supone que hay personalidades públicas y miembros de los distintos cuerpos diplomáticos. “Los hombres no prestamos tres cosas: el carro, la pistola y la mujer. Los swinger creemos en las primeras dos”. Lolita se levantó de la silla para reírse y acariciar la mano de su macho.

“Hay que tener una relación sólida y estar bien seguro para prestar a tu mujer y que te le aceiten los empaques”, explicó Demián, verificando con la mirada el efecto de su broma. “¡Y bien aceitados!”, complementó Lolita, pícara. El Peregrino se rio como pudo y encendió otro cigarrillo, mientras dentro del cuerpo se le entibiaba algo. Demián seguía hablando, pero El Peregrino tenía los ojos puestos en otro lado y por no quedarse atrás relató algunos de sus pininos. Lolita lo premió: “No nos ves como un circo. Tú interés lo vuelve más real…”. Otra cerveza, por favor.

-Todas nosotras somos bisexuales -comentó Lolita, como quien dice misa.

-¿Vos has estado con otras chicas? -preguntó El Peregrino, a sabiendas de la respuesta.

-Claaaaro. ¡Me encanta! A veces, de la pareja es solo ella la que quiere estar conmigo. La otra vez estuvimos tres niñas y…

El Peregrino entreabrió su libreta y escribió “I’m hot”, cuando sus propias ataduras terminaban de romperse y notó cómo se le encendía un motor en el pecho, que sintió ronronear con violencia. Trató de complacer descaradamente su propio morbo pidiéndole a Lolita un relato pornográfico mal disfrazado de pregunta periodística. “Dale, contame algún episodio en el que hayás estado”, pero la chica dio un brinquito dulce para salir de la trampa y no le cumplió el deseo: “Es… es muy… bonito. Tendrías que estar”, dijo, y lo miró por sobre los lentes, sonriendo de medio lado. Cazador cazado.

Demián había consultado con su comunidad la posibilidad de invitar a un periodista en funciones a sus veladas nocturnas. Muchos aceptaron. Demián dijo que convocaría el evento en su propia casa, para hacer sentir confortable al Peregrino y para que “ningún hijueputa te pueda decir nada”. Muy agradecido El Peregrino, muy agradecido. Pero…

Pagaron las cervezas, que no habían hecho más que multiplicarse durante la charla. Lolita y Demián se dirigieron una mirada cómplice y este se reacomodó en la silla. Tenían algo que preguntar: “¿Y ustedes dos participarían o no participarían?” El Peregrino no había llegado solo a la cita.

Una de las cosas que Demián había explicado en el primer encuentro es que si El Peregrino llegaba acompañado le sería más fácil socializar, pasar inadvertido, entrar. El Peregrino pensó que sería una retranca imposible: ¿De dónde carajos iba a sacar -sin pagar- a una chica que accediera a asistir a una orgía llena de desconocidos? Sin embargo, en una semana, tres salvadoreñas se habían anotado con entusiasmo al evento, después de que dos europeas lo rechazaran con asco. El problema fue más bien elegir. La primera posibilidad era una chica menuda, guapa y lista, que había dado pruebas de no hacerle el feo a una cama interesante… pero que era capaz de mandar al cuerno, sin muchas maneras, al primero que le regalara una bromita tonta. El Peregrino pensó en las ocurrencias de Demián y se lo imaginó como un buen candidato a víctima. No quería eso.

La segunda opción era una chica alta y flaca, que también había dado pruebas suficientes de tener apertura, bastante apertura, mucha apertura… ¡demasiada apertura! Si se trataba de pasar más o menos inadvertido no era opción soltar una fiera dentro de la casa de Demián. No. La tercera opción era amiga desde hacía varios años y El Peregrino sabía que le gustaba pensarse a sí misma como una chica mala, como una femme fatale, y eso era una ventaja. También sabía que no lo era, y eso también era una ventaja. Al contrario de las otras dos opciones, esta era unos años mayor que él y combinaba el arrojo con la mesura; además de tener unos ojos risueños. Sería ella. En este relato, la llamaremos Marvel.

… “¿Y ustedes dos participarían o no participarían?” El Peregrino volvió a ver a Marvel, para descargarla de responsabilidad, se asumió como el vocero de la pareja y pronunció una respuesta digna del presidente de la República: “No lo descarto… no niego que la idea me da morbo… pero no quisiera comprometerme”. “A mí también me da morbo”, sazonó Marvel. Demián y Lolita se dieron por satisfechos y ella zanjó el asunto gimiendo entre dientes: “Deberían”.

* * *

9 de la noche. Por las dudas El Peregrino se dio una ducha, se cambió los calzoncillos y se puso unos negros ajustados, marca Zara, que habían sido un regalo navideño. Dio un par de brincos más frente al espejito y respiró hondo. Había dentro de su estómago una piedra que crecía con cada vuelta de reloj. ¿Por qué? ¿Por qué?

Marvel estaba en una cena con compañeros de trabajo y no podría escaparse sino pasadas las 10. El Peregrino pasó por el supermercado comprando una botella de vino tinto, unos cigarros, mentas y un paquete de preservativos. Demián llamó: “Te estamos esperando”. La piedra en el estómago y la actitud de rockstar: “Al suave, ahora vamos para allá”. Condujo hasta el centro comercial y esperó a Marvel hasta las 10:13. Mientras esperaba, algo le comenzó a burbujear en la cabeza. ¡Pop! Una pregunta: “¿Me pasé esta vez?” Silencio. ¡Pop! Otra pregunta: “¿Pierdo mi credibilidad por un artículo lúdico?” Silencio. Cuando Marvel subió al carro venía medio borracha y con la chispa revoloteándole en la cabeza. “A propósito -anunció de entrada-, yo no pienso hacer nada en ese lugar. En todo caso lo haría con vos”, y siguió hablando sin parar de su cena laboral durante la siguiente media hora de camino, mientras El Peregrino sentía el peso de su piedra y de sus preguntas en el fondo, muy al fondo del estómago.

La casa de Demián queda en las afueras de San Salvador y está construida sobre una quinta inmensa que, aparentemente, fue lotificada hace poco. No es del tipo de lugares en los que uno pasa por casualidad. Incluso teniendo la intención de llegar, el visitante tendrá que sortear un enredado acertijo de calles serpenteantes y de giros. En la pluma, un vigilante pedirá una identificación y echará una mirada al interior del vehículo antes de dejar pasar. La casa de Demián está en el último pasaje y no tiene vecinos…

Demián estaba en la acera, para darles la bienvenida y al abrir la puerta se escapó El Ogro, que se acercó para olfatear a los visitantes. Demián llevaba el pelo mojado con su propio sudor y era obvio que tenía más de un trago adentro. Saludó con cortesía a Marvel y le hizo alguna broma al Peregrino sobre un negro que aguardaría detrás de la puerta. El Peregrino sonrió de forma automática e intentó no pensar en lo que podía haber pasado a lo largo de las tres horas que tenía la fiesta de haber comenzado. Demián abrió la puerta y los hizo pasar. En medio de sus piernas, El Ogro regresó al hogar.

Se trata de una casa amplia de dos plantas y un jardín espacioso. Con muebles modernos y una decoración intencionada. Unas 20 personas estaban repartidas entre el jardín y la cocina. En el muro del jardín se proyectaba un concierto de los Kumbia Kings. El local estaba iluminado por unas antorchas y era obvio que en un pasado reciente hubo comida sobre las mesas que estaban fuera. Una chica morena de piernas largas bailaba en una tanga negra. Era la única a la que le faltaban prendas y la única a la que El Peregrino reconoció enseguida. Habían sido compañeros en un colegio jesuita y ahora bailaba con sus fabulosas piernas desnudas en el jardín de Demián. El Peregrino intentó buscar humor en el hecho, para espantar el susto que andaba encima: “¡Ja!, solo falta que aparezca ahora el padre Ibáñez bailando con ella”, y se imaginó al anciano profesor de formación cristiana haciendo maromas. Por poco se le hace realidad la pensada: sentados en unas sillas plásticas conversaban el doctor y su esposa, muy acaramelados. Una pareja de gente mayor, con pintas de gente aún mayor. Demián presentó en sociedad al Peregrino y a Marvel, haciendo una advertencia colectiva: “Trátenlos bien, que están de kinder” y ambos se sentaron al lado del doctor y su esposa.

La mujer del doctor debería aparecer en el diccionario a la par de la palabra “señora”. Así, sin adjetivos, sin matices. Es como el recuerdo que de niños tenemos todos sobre alguna vecina: cachetes regordetes y caídos, un peinado difícil de ubicar en el tiempo, una ropa imposible de recordar -posiblemente un pantalón de vestir y una camisa floreada- y, por supuesto, una conversación inicial sobre hijos: una de sus hijas, aseguró, estudiaba en el extranjero y el otro resultaba que era bla, bla, bla… El doctor llevaba un pantalón negro y una camisa de color suave. Acompañaba en la conversación a su esposa, como si estuvieran en una fiesta de trabajo. Tienen 21 años de casados y 17 de estar en el ambiente. Él aseguró tener 46 años y El Peregrino silbó en sus adentros. No les echaba a ninguno de ellos menos de 50 tacos.

Una rubia menudita, de grandes pechos y microfalda; un señor de lentes y su esposa inmensa; otras tres mujeres difíciles de recordar; tres tipos que fumaban y hacían bromas; el esposo de la ex compañera de colegio de El Peregrino, unas cuantas sombras más y… Lolita, la esposa de Demián, que bailaba con otras chicas al son de los Kumbia Kings. De inmediato, El Peregrino se colocó con el grupo de los fumadores y quiso poner una pose casual… ¿Pero cómo se hace eso en estas condiciones? “Hola, buena orgía ¿verdad?”; “¿Hola, y tú ya pasaste por la piedra a las mujeres de estos otros dos?”… No, nada de eso funcionaría. Por suerte fueron ellos los que comenzaron a hablar. “Mirá, este es un ambiente de respeto, de amistad…” El doctor había mandado al cuerno su camisa de color suave y bailaba con el pecho desnudo con las chicas, mientras su mujer sostenía una profunda conversación con Marvel. El Peregrino se fue relajando al ver a su amiga en un espacio seguro. “Vos seguí hablando -se decía a sí mismo-, vas bien, que no se note que estás aquí, derrochá encanto, hacete el loco…”, cuando apareció Demián y su vozarrón de acantilado, repitiendo a gritos la broma del negro. Marvel se levantó y fue al baño. Al cabo de varios minutos regresó y comentó en tono de espía al oído de El Peregrino: “Fui a tomar notas en tu libreta”.

A medida que pasaba el tiempo, iba apareciendo más piel. Pasadas las 11, a todos les faltaba al menos la camisa. Todos menos El Peregrino y Marvel, que hacían su mejor esfuerzo por dilatar las conversaciones doctas. Él, por ejemplo, sostenía una fingidísima conversación con el señor de lentes y esposa inmensa, sobre un reportaje aparecido en su periódico días atrás. Una de las tres chicas difíciles de recordar se abalanzó de pronto sobre las tetas de la mujer inmensa y esta agradeció la caricia abriendo la boca y mirando al cielo. Mientras lamía a conciencia los pezones de la mujer, extendió la mano y acarició uno de los pechos de Marvel, que se sonrió nerviosa. “¿Puedo tocarte?” -preguntó-. “Mmm, sí”, contestó Marvel, buscando con los ojos a El Peregrino. Silencio. Todos notaron la caricia y esperaron la reacción de ella, que interpretarían como anuncio del talante con que la pareja de invitados afrontaría la noche. La chica seguía en lo suyo, arrodillada sobre el pasto y buscando con la mano derecha el seno de Marvel. Esta miraba divertida la mano de la otra, como si tuviera un animalillo gracioso sobre la blusa, hasta que el animalillo comenzó a deslizarse por debajo de su camisa, buscando el sostén. “Eh… eh… por sobre la camisa nada más…”, pidió. Y el animalillo dio marcha atrás, conjurado por la voz de Marvel.

A la chica X -cualquiera de las tres- que estaba arrodillada en el pasto, lamiendo los pechos de otra mujer, se sumó otra -desnuda- que se arrodilló detrás de esta, y metió su cara entre las nalgas de la chica; luego acudió otra a hacer exactamente lo mismo con la última de la cola. Una cuarta se sumó minutos después y complementó una especie de trenecito zumbador y oscilante. Un zumbido de abejas salía de aquel grupo. El Peregrino intentaba hasta el borde de lo humano sostener una conversación sobre política con el tipo de las gafas (cuya mujer daba origen a la formación de chicas), hasta que el tipo notó el problema: “Dale, mirá esto, que supongo que de política ya hablás bastante”… El Peregrino apenas oyó las últimas palabras.

Comenzaba a hacerse un círculo de personas alrededor de las cuatro mujeres y a El Peregrino no le hizo gracia quedar en medio de todos. Se levantó a llenar su copa de vino y de regreso pasó lo que temía. La rubia de la microfalda se le acercó como una gatita a sobarle el pecho y a ronronearle en la oreja: “¿Y por qué anda tan vestido?” Tenía dedos ágiles la niña esta. Antes de que a El Peregrino se le ocurriera una respuesta lúcida, ya tenía desabrochada la camisa. En su ayuda acudieron la ex compañera de colegio, que seguía vistiendo una tanga negra y una ligera camiseta del mismo color- y Lolita, que para entonces se había disfrazado de fantasía sexual kitsch: llevaba un vestidito rosa y blanco de encajes, miniatura, y un liguero rosa en la pierna derecha. También llevaba zapatos de tacón alto, negros. “¡Y nosotros no nos habíamos ni acercado, porque lo mirábamos tan serio!”, protestaron las dos, rodeando a El Peregrino. La rubia de la microfalda sonrió e ignoró a la competencia mientras su mano intentaba desarmar a su segunda presa. “Este… con calma, con calma, que soy nuevo en esto”, alcanzó a pronunciar El Peregrino, sintiéndose más parecido a aquel karateca de su juventud, que a Mick Jagger. No es no. Las tres chicas abandonaron la ronda y se retiraron, lanzándole a El Peregrino miradas felinas. En el centro del círculo que se había formado antes, una tipa embestía a otra, usando un arnés con un falo plástico.

A los Kumbia Kings les siguió Luis Enrique o algún otro salsero no identificado. El concierto proyectado en el muro ahora era ignorado por todo mundo, menos por el trío de chicas jóvenes que antes habían amedrentado a El Peregrino, que subieron a la segunda planta a colocar una nueva selección musical. El Peregrino las siguió con la vista mientras subían, juguetonas, las escaleras, y le pidió a Demián algo fuerte para beber. Entonces apareció el esposo de la ex compañera de colegio: “Esto al principio cuesta… ver a tu mujer con otro, pero te ayuda el ambiente”. La mayoría de ellos creen que este tipo de fiestecillas ayuda a mantener una relación bien lubricada y viva. Por eso había aceptado estar en el evento, porque quería que su estilo de vida se conociera. “¿No te ha dado morbo?”, preguntó el esposo de la ex compañera de colegio, y El Peregrino tomó la decisión de subir las escaleras a ver qué pasaba.

En la segunda planta había una segunda salita acogedora y bien montada, con un televisor de plasma inmenso, conectado a un sistema de sonido envolvente. Una minisala de cine. Uno de los cuartos de la segunda planta sirve de oficina. Desde ahí se puede ver el jardín y desde ahí disparaba las imágenes un proyector digital conectado a una computadora. Ahí encontró El Peregrino a Lolita y a su ex compañera de colegio, besándose y discutiendo sobre el próximo disco que sonaría y es muy probable que la pregunta que formuló pase a la historia como una de las más estúpidas de todos los tiempos: “Ejem… ¿y ustedes qué están haciendo aquí?” Afortunadamente las chicas pasaron por alto la tontería y retomaron la conversación anterior. Ahora la ex compañera de colegio se había sacado la camiseta y llevaba puesta únicamente la tanga negra. Se acercaron las dos, haciendo con la cintura el movimiento que hace el mar cuando está calmo. Combinaban besos cuando El Peregrino perdió la camisa y las chicas jugaron a lamer el tatuaje que había en su torso. Alguien tocó la puerta del estudio. Era la rubia de la microfalda que sonrió al ver la composición. Cuando ella entró al cuarto, sobre el muro del jardín Luis Miguel cantaba para un público que ya no lo escuchaba…

El Peregrino recuperó su camisa aproximadamente media hora después. “¡Coño!… ¡Marvel!”, pensó -cuando pudo, al fin, pensar- y bajó las gradas corriendo. La encontró sola en el jardín, hablando por teléfono y pidiendo auxilio a alguien. Todos los tipos de la fiesta habían desfilado para hacerle alguna propuesta y ella se escudaba en la libreta, llenándola de tinta roja por todos los lados, hasta que ya no quedó ninguno que rechazar y se quedó sola en el jardín. El Peregrino la convenció de quedarse un poco más. Se sirvieron un trago largo para compartir y pasaron a la sala donde había una especie de “hora social”.

La esposa del doctor buscaba por toda la casa su ropa interior de señora, mientras se sobaba la entrepierna. El doctor llevaba el celular enganchado de los calzoncillos, que tenía por única prenda, junto con los calcetines. Examinaba con gesto de médico el falo de plástico, y lo embadurnaba con lubricante, dando consejos sobre su uso. Una chica se ató el arnés a la cintura y recorrió la casa ofreciendo amor. Demián bajó las gradas desnudo, farfullando bromas contra todo mundo. Marvel tomaba notas como loca, sentada en la barra de la cocina y llamaba la atención de El Peregrino, cuando había un detalle que le parecía importante: “Mirá eso”, decía, señalando al San Antonio de madera. “Escuchá esto”, y tocaba el hombro de El Peregrino cuando una conversación le parecía imperdible. “Perdiste la objetividad”, lo regañó, y él le dio un beso, agradecido.

Poco a poco la actividad se fue concentrando en la sala: tendidos en varios sofás, desnudas y cansadas, una veintena de personas conversaban como amigos: señoras bien señoras, junto a una morena de piernas largas y un doctor con el teléfono enganchado a los calzones; una señora inmensa y su esposo de lentes, que llevaba sus cigarrillos en los calcetines, una nena vestida de fantasía sexual rosa… un periodista y su acompañante. De pronto todo pareció normal y conocido, todo pareció una fiesta más y El Peregrino tuvo ganas de estar ahí mucho tiempo, de no ser un periodista, sino de ser parte de esta cofradía de la que ahora era miembro postizo.

El Peregrino salió de aquella casa antes de las 4 de la madrugada y se despidió de todos con un profundo abrazo. Unos pocos se quedaron conviviendo y terminando las botellas y masticando historias. Son un grupo de amigos. Cuando salían de aquel lugar, Marvel puso su tono de niña caprichosa y se relamió el ego: “No sé por qué me da pena quitarme la ropa, si tengo mejor cuerpo que ellas”, dijo, y le negó un beso de despedida a El Peregrino.

* * *

“Toc, toc, toc”, sonó el celular, anunciando que había llegado un mensaje. Era de Demián: “Ayer nuestra casa se vistió de cariño y obtuvo lo más precioso que existe en la vida, la amistad. Esperamos la hayan pasado bien. F: Lolita, Demián y El Ogro”. El Peregrino se sonrió, con la cabeza aún llena de espasmos y siguió buscando en el Diccionario de la Real Academia Española un buen seudónimo con el que no sentirse tan desnudo.

Burdel de burras

Publicado: 13 mayo 2010 en Margarita García Robayo
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La respuesta de Andrés fue muy directa. Me dijo que le gustaba tener sexo con burras porque no se sentía en la obligación de demostrarle nada a nadie, que estaba él solo con ella, dejándose llevar por lo único que le interesaba en ese momento: tener un orgasmo.

Mientras me cuenta, pienso en ese juego de cumpleaños que se llama “ponerle la cola al burro”. Es complicado: cada niño debe caminar con los ojos vendados hasta la pared donde está colgado el muñeco de cartón y tratar de pegarle el rabo lo más cerca posible de la crucecita roja que señala el nacimiento de la cola. Recuerdo un cumpleaños en que casi todas las rifas se sortearon con ese juego; el regalo que todos queríamos -un game boy que traía el jueguito de Mario Bross- se lo ganó Danielito, un niño de la cuadra a quien la mamá le sopló dónde estaba la crucecita roja. La señora le gritaba “¡dale, Dani, más a la izquierda, eso, eso, en el culito del burro!”. Después de ese día, Danielito no volvió a salir a la puerta de su casa a jugar con el game boy, porque los demás niños le decían que se lo había ganado por darle en el culo a un burro. Pobre Danielito, cómo lloraba.

Yo no entendía por qué.

Ahora, cuando se lo cuento, Andrés pone cara de no entender tampoco: él nunca jugó a ese juego. Por lo menos no cuando era chiquito.

Me dice que todo comenzó a sus doce años. El capataz de su finca en Turbaco (un pueblo a 40 minutos de Cartagena, hacia el sur) le había contado muchas historias sobre las bondades de las burritas, de las que hoy él da fe.

Describe su aventura zoofílica como una “maldad de pelao”. Cuando lo hizo por primera vez tenía trece; esa es la edad más habitual para las burras: entre los doce y los dieciséis, años más, años menos.

Andrés y sus amigos pasan los veinte. Son cinco: dos paisas, un monteriano y dos cartageneros -la variedad de sus orígenes desmiente el mito de que la burricie sea una práctica exclusiva de los costeños-. Todos aseguran que ya no tienen contacto sexual con las burritas, que ahora tienen novias y les basta con ellas. Pero aún se van de paseo los fines de semana a la finca de Turbaco.

-La vuelta de ahora es otra -me dice el paisa.

Y me explica que se dedican a llevar “pelaítos” de catorce y quince, para hacer lo que ellos ya hicieron: perderle el miedo al sexo. Pero no se trata de filantropía: el cupo vale $2.000 y “usar” las burritas cuesta entre $5.000 y $7.000, según la que se escoja.

-Mejor dicho: con diez mil pesitos que el pelao ahorre en la semana ya está hecho.

El paseo

Los cinco muchachos salen todos los sábados a las 7:30 de la mañana en la camioneta de Andrés. Es una Ford verde muy vieja que se llama Miss Donkey, tiene los vidrios polarizados, lo que les permite camuflarme en el paseo de este sábado. En el camino recogen a los clientes, que por lo general no suman más de diez. Muchos repiten.

Esta mañana salimos por el corredor de carga que a esa hora está casi vacío. La carretera termina en el cementerio Jardines de Paz, donde todos nos santiguamos. A la subida de la loma de Turbaco (aproximadamente 180 m de altura) hay una señal de carretera que dice “Revise su culo antes de viajar”. Cuando la pasamos todos los chicos, en la parte trasera de la camioneta, se ríen estrepitosamente.

-Siempre que pasamos por aquí es la misma vaina -me dice Andrés, quien está al volante.

Luego frena y se baja del carro:

-¡Se les va a acabar el chiste a estos maricas!

Andrés camina hasta el cartel, recoge una piedra y repasa las letras que alguien borró delante de la palabra “CULO”: “VEHÍ”. Los chicos lo abuchean.

A las ocho llegamos a la finca. El clima de Turbaco es fresco, casi frío (25° C promedio). Se siente mucha humedad porque por ese terreno corre un arroyo.

El lugar es acogedor. Tiene lo que una finca de fin de semana en Cartagena necesita tener: un gran palo de caucho que da mucha sombra y sirve para recostar varias butacas, acomodar la caja de cervezas e improvisar sobre las inmensas raíces una mesita de dominó, y al fondo: un corral lleno de burras.

Los chicos saltan de la camioneta y se dispersan. Se van hacia la parte trasera de la casa y yo aprovecho para bajarme.

Y allí está Orlando, el capataz. Ha preparado seis burras y un burrito adicional. “Son las más sanas y pollinitas”, dice Andrés. En la puerta de la casa hay tres hamacas, cuatro butacas y dos mecedoras. En el medio hay una nevera de icopor gastada y sucia. A los clientes no se les da trago, pero los cinco patrones siempre se sientan a tomar cerveza y a oír vallenato mientras los demás hacen lo suyo.

Ahora huele a sancocho. Las dos hijas de Orlando preparan un caldo para “después”.

-¿Después de qué? -les pregunto a las niñas. Se ríen. Clara y Cecilia tienen 11 y 13 años y son huérfanas de madre.

Todos quieren con Marylin

Los muchachos también se ríen. Les hizo gracia que les preguntara si hay preferidas entre las burras, porque todavía les resulta increíble que los clientes se peleen por una en especial. Es chiquita, huesuda y mansita; es pollina, pero lleva rato en el negocio. Les sugiero bautizarla Marylin. Más risas.

Parece que el secreto de Marylin y de otras veteranas está en la temperatura que alcanzan. Andrés asegura que eso es un indicador de que la burrita “lo está disfrutando”. Veinte metros más allá, en el corral, las burras corren, se escapan. Orlando las ataja, las echa para adentro. La jornada apenas empieza.

Luego le pregunto a Orlando si ellas sufren. Se ríe y me pregunta si alguna vez he visto a un burro. Yo no sé si debo ruborizarme.

-Las que corren es porque se asustan de ver tanto pelao alrededor, pero no porque sufran. Claro que hay unas a las que les gusta más. Eso es como todo…

El “como todo” suena raro. Me pregunto si querría decir que es como con las mujeres. Si estaría comparando su negocio con cualquiera de los que funcionan en la media luna (especie de zona de tolerancia en Cartagena). Hay unas a las que les gusta más, dijo. Le faltó agregar: esas son las más putas.

Al fondo se ven los clientes en fila india. Son tan niños. Me recuerdan a Danielito con su game boy de Mario Bros. Algunos, sin embargo, parecen muy “curtidos” en el asunto. Hay uno que hace chistes todo el tiempo y se agarra con una mano la cremallera de su bermudita Nike: como si en cualquier momento le fuera a estallar.

-Venga, no se deje ver por los clientes -me dice uno de los paisas y me ofrece cerveza.

Ahí me empieza a explicar por qué es tan bueno estar con una burra. Me habla otra vez de la temperatura: “Lo tienen muy caliente”, dice, y también menciona el popular “chancleteo” que se hace con burros. Entonces entiendo el porqué del burrito adicional.

-Para chancletear usted amarra con la cabuya las bolas del animal, se la pasa después por debajo del pie y la tensa por un extremo y la chancletea así chan, chan, chan (él chancletea). ¿Me entiende?… y cuando el burro aprieta, ¡uno ve el mismísimo cielo!

Ahora se sonroja un poco y se queda mirándome, como buscando palabras menos evidentes. No las encuentra y se calla. Después me dice, todavía nervioso, que él prefiere a las mujeres.

El negocio

Esto parece muy profesional. Está claro que se trata de una forma de proxenetismo (barato) en el que todos se llevan su parte, hasta las burras:

-A ellas les dejamos buena comida y las mantenemos bien cuidaditas. Orlando se ocupa de ellas toda la semana y el sábado las tiene ‘al pelo’; él se gana una comisión: por ahí el diez por ciento de lo que recojamos. Hay otra parte que se va en gasolina y en la caja de cerveza que nos tomamos para pasar el rato. Yo cojo el veinte por ciento de lo que queda y el resto se divide en cuatro partes iguales para los que consiguen a los pelaos. Pero lo más importante, claro, es que el cliente quede satisfecho -expone Andrés con cara de gerente.

Ahí está el negocio. No genera grandes utilidades (aproximadamente $400.000 netos al mes) pero tampoco presenta riesgo porque los clientes deben confirmar con dos días de anticipación, y si es el caso reservar a la burrita de su preferencia. Cuando no hay gente suficiente no se hace el paseo, el punto de equilibrio se determina por los costos fijos: la gasolina, la comisión de Orlando y la cerveza. Los cinco coinciden en que si un día no hay utilidad, no pasa nada. Es todo muy organizado. El paisa lleva las cuentas.

Si el tema del sexo con burras no fuera tan incómodo, estoy segura de que los cinco empresarios tendrían folletos promocionales de su negocio. Se ven tan orgullosos como cualquier joven local que abre una “tiendecita pa’ vendé cerveza” frente a la universidad.

Le pregunto a Andrés quién fija las tarifas de cada ejemplar.

-Orlando.

-¿Y por qué él?

-Porque él las conoce y las lidia en la semana. Y él también es quien recibe las sugerencias de los clientes y se da cuenta de cuál es la que les gusta.

-Ya. Son algo así como “sus chicas”.

-Sí, algo así.

Riesgos

Ellos insisten en que la burras no son portadoras de enfermedades y “esas cosas”. De todas formas algunos clientes prefieren usar preservativos. Pero Orlando dice que eso no es bueno para el animal: que las burras no están acostumbradas al material sintético.

-A una la tuvimos que retirar porque se enfermó de sus partes. Después supimos que había sido una irritación producida por el condón. Por eso yo prefiero asignarle una a cada cliente. Antes uno podía compartirlas, pero es que no existían esas enfermedades de ahora -explica Orlando cual apoderado responsable del gremio, y yo pienso que Marylin no la debe pasar muy bien.

El riesgo está entonces en compartir la burra. Porque, según los patrones “ella solita no te contagia de nada; es el hecho de que otros ya han pasado por allí justo antes que tú”. En esos casos sí recomiendan a sus clientes que usen condón, muy a pesar de la burra. Vuelvo a pensar en Marylin.

De todas formas el mayor riesgo sigue siendo que los papás se enteren. Ni los papás de Andrés, ni los de sus cuatro amigos, ni los de los clientes adolescentes se imaginan en lo que andan sus hijos. Todos se creen el cuento del paseo de fin de semana a la finca de algún amigo en Turbaco. En Cartagena hay tantos amigos con fincas en Turbaco.

Orlando les hace “el dos” porque le parece que los muchachos no están haciendo nada malo. Al contrario, cree que está bien que los pelaos aprendan esas cosas. Después de todo, dice, “a los quince años ya se está en edad de merecer”.

Ponerle la cola al burro

Insisto en que ponerle la cola al burro es un juego difícil. Algunos lo definen como una adaptación sofisticada de la gallina ciega. Puede ser. La gran diferencia es que acá la destreza del niño está en la precisión para ponerle la cola al muñeco. Algo parecido sucede en la vida real.

Tener relaciones con burros requiere de toda una parafernalia. Por ejemplo, como los chicos no las alcanzan toca buscarles banquitos para que queden a la altura del animal. Esa fue la primera inversión que hicieron los muchachos para que los clientes no tuvieran que turnarse el único que había. Lo que sigue es casi un ritual que empieza por alzarle el rabo a la burrita y jalárselo mientras se “procede con el asunto”. Me cuentan que ese es el mejor momento para el cliente, pero el peor para la burra. Aún con banquito sigue siendo una relación desigual.

Algunos de los clientes entran al corral con una vara de madera y casi todos llevan su respectiva cabuya. Orlando me explica que la vara es para animarlas, para que se muevan. No sé qué expresión habré hecho para que Orlando volviera a hablarme ahora con cara y tono de preocupación: “No se angustie tanto, niña, que ellas son ‘casi’ mujeres y todo eso les gusta…”. Y sigue hablando y hablando, pero ya no lo escucho. No aclares que oscurece, dicen por ahí.

Se supone que no debo llegar hasta el corral, pero me acerco un poco. Orlando me sigue. El monteriano está justo debajo del palo de caucho cogiendo fresco. Le paso por delante y ni se inmuta. Me agacho detrás de una matarratón y veo a todos esos muchachitos encaramados en sus burritas. Algunos revoloteando, esperando su turno, calentando motores, haciéndose chistes. Parece una piñata.

Hay uno que está sentado y suda a chorros. A sus espaldas hay otro de gorrita roja que está en plena acción y tiene los ojos cerrados, concentrado. Hace mucha fuerza: le tiene las uñas enterradas en las ancas al animal. Se aferra, se acerca, se mueve rápido, pero sin gracia. Luego la suelta y cae extenuado al lado de su amiguito.

De este lado alcanzo a ver algunas nalgas rosadas temblorosas. Me llama la atención que la mayoría se deja la bermuda en los tobillos y las camisetas colgadas en la cabeza. Están tan ansiosos que casi ninguno se demora más de dos minutos en cumplir con su deber.

-¡Ven, Horacio, que te toca otra vez! -grita el más alto desde el fondo del corral.

Horacio está sentado:

-Ya no puedo más, marica, deja que coja aire.

-Ayyyy, mariquita -le gritan los demás.

-Abre el ojo que te estás volviendo impotente -le dice el alto.

Horacio se pone de pie y le tiemblan las piernas. Se quita los tenis y se manosea un poco.

-Ya. Parece que ahora sí -dice.

Y corre hasta donde está la burra, se sube al banquito, se baja rápidamente la bermuda, la agarra y se le pega. Creo que está simulando porque no se mueve. En la otra esquina del corral hay un monito que decidió no esperar tanto y entregó sus afanes a sí mismo.

Referencias culturales

En la Costa pocos reconocen abiertamente haber tenido sexo con burras, pero el asunto es de dominio público. Lo decente es que escandalice. Lo exagerado es que enorgullezca. El rey de los exagerados fue Raúl Gómez Jattin, un prestigioso poeta costeño ya fallecido al que muchos colombianos bautizaron “el putas”. Erudito en temas de zoofilia, drogadicto, demente y suicida. Autor del poema Te quiero, burrita: “Te quiero burrita porque no hablas ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ ni me quitas un lugar en la hamaca/ ni te enterneces/ ni suspiras cuando me vengo/ ni te frunces/ ni me agarras/ Te quiero sola, como yo/ sin pretender estar conmigo/ compartiendo tu crica con mis amigos/ sin hacerme quedar mal con ellos/ y sin pedirme un beso”.

Orlando defiende un discurso similar. Se confiesa parte de toda una línea ancestral que tuvo sexo con burras desde los ocho años. Me cuenta además que uno de sus tíos nunca se casó porque se enamoró perdidamente de su burra: la bautizó Yolanda. Y su padre, dice, también fue burrero hasta viejo.

Andrés y el segundo cartagenero no se imaginan a sus papás en esos menesteres, pero tampoco les extrañaría. Los paisas ni por plata lo aceptan. El monteriano guarda silencio.

Los muchachos cambian el tema. Son pudorosos. Prefieren darme todas las explicaciones de su negocio que suponen muy original, pero que en verdad no presenta ninguna innovación. Lo que sí hacen es poner en evidencia algo que todavía muchos creían un mito. No es mito. Es una práctica que puede definirse rural por simple oportunidad, pero que eventualmente puede colarse en las ciudades y convertirse, como en el caso de Andrés, en un negocio. Según ellos, les venden a los más chicos la posibilidad que la calle les niega, ese viene siendo el componente moralista; el romántico se lo agrega Orlando: “Las burras son para los niños algo así como el primer amor”.

En medio de la conversación se asoman Clara y Cecilia con caritas burlonas. No se atreven a salir hasta la terraza donde estamos sentados:

-¡Vayan pa’ dentro, culicagadas, ¿no ven que esto es pa’ grandes?! -grita Orlando, mientras las niñas corren soltando carcajadas y se esconden otra vez en la casa.

-Pa, es que ya está la sopa -gritan en coro desde adentro.

Los cinco “doctores” siguen su exposición.

-Nuestra estrategia consiste en facilitarles las cosas a los pelaos. Peor es que se vayan pa’ la media luna a acostarse con esas mujeres que los pueden contagiar de enfermedades y a exponerse a que se los lleve la policía por ser menores. Además les sale mucho más caro -habla por fin el monteriano. Se pone de pie y camina hacia el comedor, a un extremo de la terraza.

Se trata de ofrecer “condiciones más favorables” a un mejor precio, dicen los patrones. A la larga lo que aquí se discute es si acostarse con una mujer o con una burra. Me pregunto si los usuarios de la media luna tendrán esta opción en mente y si las trabajadoras del sector sabrán quiénes se vislumbran como su competencia.

Yo las tengo a todas enfrente: “Las más pollinitas”. La selección de Orlando para la semana: sin duda el mejor catador. En la esquina, ya fuera del corral, está Marylin o una que se le parece. Masca hierba y se ve cansada: ha trabajado mucho hoy.

Al otro lado están los clientes tomándose la sopa.

La mujer está desnuda y cuando habla mira a los ojos: según dice, por una cuestión de respeto. Los pezones parecen pesarle como plomo; las tetas caen lánguidas sobre la panza. “Soy poco promiscua. Y venir a encuentros de gente sin ropa me permite ver penes de distintos tamaños y colores”, confesará después, cuando entre en confianza. Por el momento, sólo comenta que un desnudo no la excita. Dice que ella no ve cuerpos, ve partes: un brazo, un hombro, un testículo, un prepucio, una rodilla. Simula ser un urólogo aburrido, acostumbrado a tocar tejidos escrotales.

Sin embargo, es locutora. Tiene cerca de cuarenta años, la piel demasiado blanca y cuatro estrías que le recorren la panza en sentido vertical. No se debe haber depilado el pubis en los últimos doce meses: Un matorral oscuro le oculta la vagina. Caóticos, los pelos llegan hasta a unos pocos centímetros del ombligo.

Dice no tener problemas en mostrar el cuerpo, aunque es la segunda vez que se desnuda en público y, a diferencia de los nudonaturistas experimentados que se pasean orondos exhibiendo sus genitales, suele llevar una remera larga que la cubre hasta los muslos. Se presenta como Claudia.

La hija y la hermana de Claudia son las únicas personas de su familia que saben que se reúne con gente desconocida, se saca la ropa y actúa como si estuviera vestida. Claudia no piensa decir su apellido y trata de que no la llamen por su nombre. Prefiere un seudónimo. Tiene miedo de que su ex esposo se entere de su afición y le saque la tenencia de la nena. De que la gente comente y la señale como una loca, miedo a que la echen del trabajo. Se llama Claudia, sin embargo, insiste en que le digan “La locutora”. Desnudarse en público no es una tarea fácil.

Uno, dos, tres. Bajás el pantalón y el boxer y quedás casi desnudo: zapatillas, medias, piel. Tenés la toalla: podrías justificar que la llevás por higiene, para no manchar una silla con la transpiración de la cola pero, sabés, la usás para taparte. Hay un barrera propia —sentís que te están mirando, incluso si no hay nadie alrededor—, una barrera cultural muy poderosa que impide que te relajes. Te sentís incómodo, ridículo, vulnerable y no entendés el motivo que amerita la exposición. A las horas de estar sin ropa, olvidás la desnudez por un rato hasta que aparece alguien vestido y te trae la vergüenza.

En los recreos nudonaturistas, los nombres y apellidos, generalmente ficticios, identifican tanto como el tamaño de los genitales, la cantidad de pelo o las marcas de la piel. El apelativo es, quizás, una de las pocas cosas en las que puede mentir un nudista. “Hay personas que cada vez que vienen se presentan con una identidad distinta y eso nos crea un caos en los registros —cuenta José Blanco, de la comisión directiva de Edén, una quinta naturista en Moreno, Provincia de Buenos Aires— Nosotros les decimos que manejamos los datos con estricta confidencialidad pero no nos hacen caso. Así que les pedimos que si inventan un nombre, siempre usen el mismo”.

A su modo, Blanco dirá que un cuerpo desnudo es una verdad explícita. Sin embargo, para poder exhibir esa verdad, en muchos casos, la mentira se torna imprescindible.

Cuestión de convenciones

Preguntarse cuántos nudistas hay en la Argentina es similar a tratar de averiguar qué cantidad de personas divorciadas se masturba pensando en su ex pareja. Aun así, Eduardo Leiro, dueño de una agencia de viajes que ofrece destinos naturistas, calcula que cerca de 10.000 hombres y mujeres disfrutan de estar sin ropa. El número es relativo, azaroso, casual, por no decir inventado. No hay registros y nunca se hizo un censo. Lo cierto es que, de a poco, la cantidad aumenta. Muchos se animan en el exterior: en hoteles de Estados Unidos, en playas de Brasil, México o Uruguay, y luego quieren repetir la sensación.

A diferencia de lo que pasa en otros países, donde la gente con malla convive con el que no la tiene, en casi todos los lugares argentinos donde se practica el nudismo, sacarse la ropa es obligatorio. Y eso, para alguien que quiere iniciarse, para un textil

—como llaman al que porta tela sobre su cuerpo— puede significar la cancelación de la experiencia.

“Tratamos de evitar que vengan mirones —explica Miguel Suárez, coordinador del recreo naturista Yatán Rumi—. Sabemos que al principio puede costar un poco y por eso, para los debutantes, hay una hora de adaptación. Pero si después de ese tiempo la persona sigue sintiéndose incómoda, le pedimos que se retire”.

Para evitar este tipo de situaciones, en los foros de internet —donde se concentran, comunican y discuten los nudistas— hay consejos y advertencias de todo tipo. Allí, un novato puede aprender que está bien mirar, pero no fijamente. Que ante una erección: una toalla bien colocada, la zambullida en una pileta fresca o una puesta boca abajo son buenas actitudes. Que si uno se siente muy gordo o mal formado para hacer naturismo, no entendió para nada el espíritu. Que tener la malla puesta simboliza arrastrar, con una cadena, a la sociedad entera. Y que, a fin de cuentas, es sólo una cuestión de convenciones.

Non sexual journalist

Como en todos los ambientes, en el nudismo hay grupos y subgrupos. Hay alianzas, acuerdos y también oposiciones. En los foros de internet, la división es taxativa: nudismo familiar, nudismo para adultos con respeto de las normas del nudo naturismo (no se permite el ingreso de menores) y nudismo para adultos (a secas). “Muchos disfrutan el contacto con la naturaleza, pero otros buscan sexo. Ambas posturas son respetables: Lo importante es que la gente sepa dónde va, para que después no haya sorpresas ni problemas”, explica Eduardo, creador de la página web Sernudista.com.

Los nudonaturistas —practicantes del nudismo familiar— integran el grupo más cerrado. Sus conceptos son rígidos. Para ellos, el nudismo está lejos del apasionamiento sexual. Sacarse la ropa se interpreta como “la máxima prueba a la que se someten hombres y mujeres relacionándose sin prejuicios en la búsqueda primaria de una amistad profunda”.

Epicuro es su padre filosófico. El placer constituye el bien supremo y la meta más importante en la vida. Pero los placeres son intelectuales y no sensuales, ya que estos tienden a perturbar, íntegra, la paz del espíritu. En resumen: de sexo ni hablar.

Se comportan como una especie de pastores evangélicos de la desnudez. Tratan de convencer, insisten, aseguran que si uno prueba, sin dudas, va a repetir la experiencia. No hay forma de que alguien que se anime a disfrutar de un baño sin malla, se prive de ese placer en lo que le queda de vida.

En la Argentina, están nucleados en la Asociación Para el Nudismo Naturista Argentino (APANNA), tienen personería jurídica y siguen las reglas de la Federación Internacional de Naturismo, sintetizadas en un código de convivencia. No fotografiarás a nadie sin permiso. Reservarás los actos eróticos al ámbito privado. Usarás una toalla para sentarte. No consumirás “drogas ilegales”, no mantendrás actitudes hostiles, no harás gestos obscenos y así. “La observancia de estas sencillas normas hará más placentera la estadía de todos; quien las transgreda podrá merecer —según la gravedad de la falta— desde una advertencia hasta la expulsión”.

Los nudonaturistas temen que los tilden de pervertidoonanistas libertinopedófilos orgiásticoswingers exhibiocionistamasturbadores. Tienen pánico. Saben que, si alguna vez, incluso por error o casualidad, alguien se sintiese acosado en un recreo y el hecho se conociera, el mundo caería sobre sus cabezas.

“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que el día que comáis del fruto del árbol que está en el medio del huerto, serán abierto vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Y como la manzana era el fruto del pecado en el Jardín del Edén, la insinuación sexual es lo prohibido en el mundo nudo naturista. Y quien ose transgredir esas reglas, quien se anime a dar un mordisco, a liberar su instinto pecaminoso, será echado del huerto, para que labre la tierra de donde fue tomado.

Una vez por año, realizan “la maratón desnuda”. Tres kilómetros y medio en las sierras, sin más que un par de medias y zapatillas. Entre los invitados, hay corredores profesionales ajenos al ambiente. Al final de la competencia, una nudonaturista de raza le muestra fotos a uno de ellos. Todo va bien hasta que él, con un gesto demasiado preciso como para ser espontáneo, indica: “a ver esa” y roza, sutil pero firme, el pezón izquierdo, de arriba hacia abajo. “¿Qué hacés, imbécil?”, dice la chica. El hombre se disculpa acongojado. Es tarde. Ya mordió la manzana. En un rato —horas, quizás minutos— recibirá el mensaje de expulsión.

Fiestas. orgías, grandes quilombos

Si los lugares nudonaturistas representaran el paraíso, Palos Verdes, un campo de seis hectáreas en Moreno, Provincia de Buenos Aires, sería el Infierno. Aquí, a 60 kilómetros de Capital Federal, el fruto prohibido se alcanza con solo estirar el brazo.

Vestido, el dueño del lugar Ricardo Peralta comenta que el instinto no puede ignorarse, que los orgasmos “son algo fantástico”. A unos cincuenta metros, acostada sobre el pasto, una mujer lame el pene de su pareja como si con la lengua tratara de sacarle lustre.

Aquí, reina la calentura. “El templo de la diosa afrodita” es una especie de galpón con largos sillones. El que entra sabe lo que va a hacer y acepta lo que otros dispongan. Según cuenta Ricardo, en el lugar se han hecho “fiestas, orgías, grandes quilombos”. Y detalla: una señora sin dientes que practicaba sexo oral al que se ubicara en la fila. Una mujer culta, Verónica, de apariencia tranquila, “que se ponía en cuatro y pedía que fueran pasando”. A veces, eran cinco o seis los que la penetraban. Otras, llegaban a quince.

La esposa de Ricardo, Estela, no entiende a los nudistas. “Todo el tiempo hablan de libertad pero siempre llevan una toalla, como si la tuvieran atada”, dice irónica.

Sonreís. Tampoco entendés. Nadie te dice no mires, pero, está implícito, no tendrías por qué hacerlo. Te sentís incómodo, ridículo, vulnerable. Muy desubicado. No encontrás razones para sacarte la ropa. Ellos dicen que quien lo hace, lo repite. Que no hay forma de que alguien que se anime a disfrutar de un baño sin malla, se prive de repetir esa sensación en lo que le queda de vida. Sin embargo, sabés, esa libertad no alcanza. Haría falta mucho más que el placer de sentir el aire en las partes para animarte de nuevo y volver a comprobar que desnudarse en público no es una tarea fácil.

Dame el tuyo, toma el mío

Publicado: 14 noviembre 2008 en Gabriela Wiener
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Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Hay que tocar el intercomunicador. Deben estar viéndonos por una cámara. Nos abre un sujeto pigmeo y con cara de aburrido que dice que la entrada doble cuesta treinta y cinco euros. Vengan por aquí. Toman la posta dos mujeres atractivas, las relacionistas públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos los primeros, maldita sea. Son las once de la noche de un jueves en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas de hoy, con acento sevillano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas parecidas a las mías. No es una anfitriona más: es la dueña del 6&9. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años.

Esta noche es una promesa intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otro club como el Limousine, que se repleta de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir a jóvenes de clase media que todavía no veo por ninguna parte. En mi encuesta previa lo habían calificado además de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a favor del 6&9 cuando decidimos venir. Seguimos a la anfitriona sevillana en un recorrido relámpago que tiene por finalidad describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella: aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para los casilleros se pide en la barra y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez, pero que a esta hora aún luce vacante. Justo enfrente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, y más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.

–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.

Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.

–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.

–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.

No me froto las manos, no trago saliva. Sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.

Llevo aquí una hora y lo único que he intercambiado son cigarrillos. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me había pasado toda la tarde preparándome como una novia para su boda y seguir al pie de la letra las instrucciones del anuncio del 6&9: «Chicas, por favor, con ropa sexy». Me ceñí una súper minifalda negra con pliegues, cortesía de mi mejor amiga, una ex sadomasoquista. Me puse una blusa escotada del mismo color y unas botas altas que hacían ver apetecibles mis muslos flacos. Opté por la depilación total. Se la enseñé a J. Me dio la impresión de que al ver lo explícito de mis argumentos, él recién se tomó en serio adónde íbamos y para qué. La gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en la web de la North American Swing Clubs Association (Nasca) que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas bajo la atenta mirada de tu consorte, evitas sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Según la misma asociación, más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada, entonces, como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso, este adulterio vigilado.

Nunca habíamos pisado un club como éste, pero a J y a mí podrían considerarnos como una pareja liberal. Más por mí que por él. Me explico: mi primera vez fue a los dieciséis años (nada raro). A la misma edad, tuve mi primer trío (con un novio y una amiga) y mi primer trío con dos hombres completamente extraños (y con aquel antiguo novio de testigo). No es ningún récord, lo sé, pero es suficiente para que los liberales con membresía no me miren tan por encima del hombro. Con cinco años juntos, J y yo contamos entre nuestras experiencias liberales con un intercambio frustrado y varios tríos, aunque siempre con una tercera mujer. En cuanto a los celos, tema superado para los swingers, para mí siempre han tenido que ver con el amor o con la fascinación. Si él se enamora de otra o se fascina por alguien, me pongo celosa. Los celos para él pasan por el sexo: si otro hombre me toca, le rompe la cara.

Antes de venir, J mostraba una buena actitud y parecía tomar nuestra incursión swinger como una saludable aventura. Estaba dispuesto a dar el gran paso, o sea, dejarme llegar todo lo lejos que me propusiera, aunque prefería no decirlo con todas sus letras. Para mí, nuestro swinger-viaje era más un ajuste de cuentas (ver tríos sólo con mujeres en el párrafo anterior), pero a pesar de que confiaba en la buena fe de J, tenía miedo de un arrepentimiento de último minuto. Nunca puedes estar seguro de cuán liberal eres de verdad hasta que te encuentras al lado de parejas profesionales de la libertad y el exceso. Según el decálogo swinger, los arrepentimientos a medio camino se dan entre parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros. Lo que es un insulto para una dupla que se precie de moderna.

Estábamos tranquilos y esperanzados en poder cumplir esta máxima swinger: una actitud liberal se basa en la confianza mutua entre los miembros de la pareja. Un voto de confianza suficiente como para prestar a tu esposo a tus amigas de una noche. Porque un buen swinger es generoso con los compañeros liberales, pero sólo ama a la mano que le da de comer. Se zurra en el noveno mandamiento, pero vuelve a dormir a su casa. Lleva condones a las fiestas de fin de semana, pero permanece fiel todos los días de su vida hasta que la muerte los separe. Siempre he creído en mi capacidad de compartir y sobre todo en mi capacidad de usufructuar. Pero ahora, sentada en esta barra del 6&9, empiezo a preocuparme. Todavía no hemos sido más que tímidos voyeuristas. Veo al fondo del pasillo a un par de jóvenes con los que haríamos buena pareja. Había leído que la mejor estrategia para ligar en estos sitios es que las mujeres tomen la iniciativa. Al fin me decido. Cruzaré los metros que nos separan y me presentaré diciendo alguna genialidad como: «Qué tal, ¿por qué tan solitos?».

Por suerte llega nuestra anfitriona. Al notar nuestras caras de perdedores se ofrece a conseguirnos una pareja. Hacer el papel de celestina entre los swingers novatos está incluido en el servicio del 6&9. Miro hacia donde estaban mis primeros candidatos: se han ido. Muchas parejas, antes de ir al punto, prefieren empezar bebiendo unas copas mientras van descubriendo quién es quién. Es un signo más del refinamiento de estos leales y nobles heterosexuales, además de divertidos. Pero aceptar la ayuda de una celestina en minifalda no sólo sería grosero, sino también una prueba de que nuestra timidez nos ha derrotado. Ya es la medianoche. Unas treinta parejas se han acomodado en la sala de los ligues. Sólo los «martes y miércoles de tríos» se permite que ingresen hombres solos. Ahora todos están tomados de las manos en algún sofá, diciéndose secretos al oído. Las mujeres visten minifaldas y los hombres, camisas bien planchadas y están bien afeitados. Casi no hay grupos. A esta hora es evidente que algunos no sólo vienen a ligar, sino a enrostrar su mercadería a los demás y también a montar su propia película porno. Están las parejas retraídas y acobardadas, las escrupulosas que miran de arriba abajo a cada tipa y tipo que atraviesa la puerta, y las libidinosas que te desvisten con los ojos y te llevan mentalmente a la cama. Otras vienen simplemente a mirar, quizá porque no les queda más alternativa. Hoy, está claro, yo no sólo quiero mirar.

Hay quienes creen que los swingers están pasando de moda en Europa y en Estados Unidos porque a la gente le gusta más comprar que intercambiar. Prefieren gastarse el dinero de sus vacaciones haciendo turismo sexual, dejarse de cortejos y rodeos y pagar por una prostituta o un prostituto en lugar de ofrendar algo, digamos, tan tuyo. No recuerdo quién decía que el sexo es una de las cosas más bonitas, naturales y gratificantes que uno puede comprar. Los swingers podrían confundirse, así, con personas generosas y desinteresadas que no compran ni venden nada. A mí nunca me gustó intercambiar: siempre he tenido arrebatos de generosidad, egoísmos repentinos, ingratitudes y pequeños robos. Esta noche me siento preparada para que me paguen con la misma moneda. O con un poco menos. Porque la premura del intercambio no da tiempo para mostrar tus garantías, y esta pretendida equidad swinger puede acabar en injusticia. Miro a mi alrededor y sé que en este supermercado de cuerpos todos corremos siempre el peligro de llevarnos gato por liebre.

Pero, por lo que veo, el intercambio sólo consiste hasta ahora en altas dosis de caricias, exhibición y harto voyeurismo. Demasiado entusiasmo y nada de acción. En verdad pocas veces se llega hasta el final: digamos, a la cópula cruzada. Aun así, la transacción se pretende lo más justa posible. Si esta noche alguien se me acerca con intenciones de prestarme a su esposo, yo estaré obligada a prestarle el mío. Ni más ni menos. Pero la utopía comunista de Marx no es posible en el 6&9. El trueque siempre es engañoso: demasiado primitivo para nuestra mentalidad moderna. Nos sentimos ridículos y eso que aún estamos vestidos. La mayoría empieza a ser sospechosamente cariñosa con su pareja, salvo los de la mesa de al lado: un cuarteto de intelectuales fashion que parecen haber llegado juntos y, a juzgar por su conversación sobre el parlamento europeo, manejan bien la situación. Las otras parejas estacionadas en la sala de los ligues seguimos incomunicadas, mirándonos con el rabillo del ojo y preguntándonos si somos dignos de ellas o si ellas son dignas de nosotros. Empiezo a tenerle miedo a esta entidad abstracta llamada pareja swinger.

La tensión es tal que J y yo no tenemos ganas ni de besarnos. El esnobismo de ser swinger me está matando. Quiero refugiarme en el amor. Pero justo en medio de este trance existencial comienzan las olas migratorias hacia la zona nudista, el territorio del trueque. J y yo intercambiamos una última mirada cómplice antes de cometer el crimen. Bajamos a toda velocidad las escaleras que conducen hacia los casilleros del sótano. Vamos al encuentro de la terapia de choque. A juzgar por los vapores y los gritos, Lucifer debe vivir en las profundidades del jacuzzi del 6&9.

Primera vacilación de la noche: quitarse la ropa en medio de un iluminado pasillo, junto a dos «adultos mayores» mofletudos y en pelotas. Los abuelos, sin embargo, ni nos miran, y sus cuerpos, que ya han vivido el apogeo y la caída del imperio de los sentidos, desaparecen en la oscuridad. Optamos por copiar a los conservadores y nos envolvemos con unas toallas blancas. Todos nos miran. La gente tiene debilidad por las novedades. Paseamos por el lugar. En la súper cama de treinta metros, unas diez parejas se besan y acarician: algunas con sobrada calma y otras que parecen acercarse ruidosamente al clímax. Me decepciona no encontrar sexo en grupo por ninguna parte. Como recién llegados no podemos saber si los que ya están en la cama son el producto de varios intercambios discretos. Quizá ninguna de las parejas que se revuelcan en el lecho colectivo sea la original. Una breve ojeada alrededor nos avisa que la diversión parece estar en una cueva contigua, aislada por unas cortinas estampadas de penes azules. Ocho parejas en toallas bailan en la penumbra mientras la temperatura sube sin control. Se entregan al juego, aunque todavía no intercambian nada. Yo también me entrego.

Segunda vacilación de la noche: tener sexo delante de tanta gente. Me pregunto si estoy lista. Pero mi impaciencia estalla y se me despierta una especie de espíritu competitivo. Al ver que los demás se manosean, decido desmarcarme y regalarle a J unos minutos de sexo oral casero y devoto, escudada en la oscuridad, pero conciente del exhibicionismo de mi arrebato. Los demás se acercan a mirarnos y siguen nuestro ejemplo. Siempre quise ser una agitadora sexual y éste es sin duda mi cuarto de hora. J toma mi iniciativa con gusto. Las toallas se deslizan a nuestros pies.

Esta bienvenida a Swingerlandia ha estado bien para mí. Siento que he ganado algo de protagonismo y que el grupo se ha soltado gracias a mi buena acción. O al menos es mi fantasía. Comienzo a vivirla: creo que los compañeros han empezado a mirarme lujuriosamente. Creo que ha comenzado a tocarme un pulpo precioso. Creo que estoy en los brazos de un sujeto calvo. Su mujer se me planta al frente y empieza ese bailecito lésbico de videoclip que tanto les gusta a los chicos. La sigo, qué más da. Es guapa y muy delgada, suda y, para ser sinceros, tiene una cara de loca o de haberse metido éxtasis. Yo ni siquiera estoy borracha. Todos nos tocan y nos empujan suavemente a una contra la otra. La ola del deseo se propaga. ¿Pero quién es éste que no me suelta las tetas? ¿Es otra vez el calvo o es otro? Imposible saberlo.

En un segundo busco a J y lo veo con la chica éxtasis, también manoseando a su antojo. Siento un ligero escozor, pero nada serio. Imagino que él debe estar igual o peor. Me alivia saber que también se divierte y no se preocupa por mí, o al menos que lo finge muy bien. Sigo yendo de mano en mano, descubro que me gusta sentirme así, que nadie sepa quién soy, abandonarme a los caprichos de algo que está más allá de mi conciencia. Empiezo un juego solitario que consiste en toquetear con insolencia a las parejas que no se han integrado, lo que me hace saber que estoy excitadísima. Me miran mal y casi me hacen despertar de mi fantasía. Quizá estoy violando una regla swinger sin darme cuenta. No distingo entre los cuerpos anónimos a J. Me angustio, me hago la idea de que lo he perdido, si no para siempre, al menos por un buen rato. Pero entonces una mano penetra entre las ridículas cortinas y me jala hacia afuera.

He hablado con más de media docena de parejas swingers esta noche y todas defienden su opción como un antídoto contra el virus de la infidelidad. Juran que es una novísima forma de sexualidad, capaz de salvar matrimonios agónicos o al menos de estirarlos. Muchos no son otra cosa que versiones recicladas de aquellos cornudos y cornudas voluntarios de la década del setenta (o sus hijos) que consagraron el amor libre y el sexo extramarital. Devotos de la consabida frase: «La fidelidad es el falso dios del matrimonio». Creyentes de que su iconoclasta vida de pareja se enriquecerá sacando una que otra vez los pies del plato. Swinger significa «algo que oscila» y alude a esa facilidad humana para viajar de cama en cama. Define al tipo de persona que renuncia a hacerse de la vista gorda, que reniega de la doble moral y se atreve a actualizar sus máximos delirios con otras personas, aunque dejando que el amor sea el único campo minado para los intrusos. Pero esta regla también se viola a cada instante y algunos confiesan haberse enganchado alguna vez con la pareja de otro e incluso haberse visto a escondidas con ella. Hay casos graves de incumplimiento de contrato que se convierten en matrimonios de cuatro.

Georges Bataille decía que es un error pensar que el matrimonio poco tiene que ver con el erotismo sólo porque es el territorio convencional de la sexualidad lícita. Lo prohibido excita más, eso se sabe, pero los cuerpos tienden a comprenderse mejor a la larga: si la unión es furtiva, el placer no puede organizarse y es esquivo. Imagino que los swingers no le darían crédito al francés Bataille cuando además escribió: «El gusto por el cambio es enfermizo y sólo conduce a la frustración renovada. El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce». Para la mentalidad swinger, un matrimonio es impensable sin fiestas, sin orgías, sin una visita eventual a un club de intercambio. Yo imaginaba que éste sería un templo de sofisticación y placer al estilo de Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Pero lo que ocurre dentro de un club swinger no se parece tanto a esas escenas de glamour y lujuria que la gente suele imaginar desde afuera. Para empezar, está lleno de panzones sudorosos y mujeres con siliconas. Tampoco es esa utopía de la paridad que quieren vender los políticos swingers: un mundo repleto de gente con fantasías para compartir y cuyo fin es reducir los índices de divorcios. Lo que dicen las cifras es que los divorcios son más comunes entre parejas liberales. ¿Y? A los swingers esto no parece importarles.

La mano que me jalaba era la de J, por cierto. Tras la virulencia del cuarto oscuro, ahora lo sigo hasta la súper cama en forma de ele. Queremos un momento de paz e intimidad. Comenzamos a acariciarnos, pero yo estoy desconcentrada. J, en cambio, ya está encima de mí, muy dispuesto. Le pregunto qué tal. Más o menos: no le gustó que la chica del éxtasis lo tocara con modales de actriz porno. Me sorprende mi éxito, le digo un poco presumida, y le susurro palabras al oído.

–¿Tuviste celos? ¿Tuviste ganas de matar?

–¿Tú qué crees? Me daban vértigos.

–Pero, ¿rico?

–…

–¿Rico verme con otro?

–No, francamente espantoso. Mejor si puedo evitarlo el resto de mi vida.

Yo le diré lo de siempre: verlo con otra me excita tanto como me duele. Hacemos el amor. Sin querer nos estamos comportando como unos swingers: nos han estimulado extramaritalmente y procedemos a consumar el sexo conyugalmente. De vez en cuando volteo a la derecha y a la izquierda, atenta a nuestros compañeros de cama. A la derecha hay una pareja de chicos que no llegan a los veinticinco años. Ella es tan morena que no parece de aquí. Él le practica un sexo oral con evidentes muestras de torpeza. Ahora hacia la izquierda: una pareja mayor, ambos muy gordos, me hace pensar en el peso de la costumbre. Ella está encima y no pierde su ritmo eficaz hasta que se viene. No sé si sentir pena o alegría por la evolución: a la larga llega el conocimiento, el declive. Y ese gesto lúdico e intrascendente que anhela hacer renacer una excitación ¿perdida? con experiencias nuevas es nuestra caricatura. Pero J entra y sale con una especie de furia tardía, y entonces mis cavilaciones se extinguen en un orgasmo larguísimo.

Entramos en receso, nos damos una ducha fría y salimos hacia la calefacción. En la sala conocemos a una pareja muy simpática. Él es transportista y ella, enfermera. J me dice que la mujer le recuerda a su profesora de matemáticas. Tiene gafas y unas tetas enormes. Me parece una bonita fantasía hacerlo con tu profe de mate. Ya dije que no soy celosa, aunque su marido se parece al Hombre Galleta. Es casi enano, corpulento y tiene el rostro rugoso. Ambos son dulces. Los cuatro nos hemos sumergido en el jacuzzi y la estamos pasando bien.

Tercera vacilación de la noche: hacerlo con la primera pareja poco atractiva que te dirige la palabra. Estamos ante un caso muy común dentro de este mundillo: uno de los miembros de una pareja (J) se interesa por un integrante de la otra pareja (profesora de matemática con tetas), mientras el otro elemento (yo) sigue pensando en que mejor sería volver a encontrar al calvo y a la loca del éxtasis y acabar lo empezado. En estos casos es mejor abortar el plan, recomiendan los expertos: un club swinger podría convertirse en el Club de la Pelea.

Ni lo sueñes, le digo a J cuando al fin nos quedamos solos. La pareja se ha ido a bailar al cuarto oscuro, de seguro creyendo que iríamos tras ellos. No me gusta el Hombre Galleta, el marido de la profesora, qué puedo hacer, aunque me decepciona no ser tan democrática como pensaba. Huimos de manera cobarde hacia la habitación de las orgías, un buen lugar para esconderse. Siguiendo nuestro atrofiado instinto swinger, llegamos por fin a lo que parece ser un intercambio de parejas con todas las de la ley. Hay unos espejos frente a una cama más pequeña que la de afuera, y allí se desparraman varios cuerpos jadeantes. En este punto sería muy complicado tratar de saber de quién es qué. El eufemismo pareja ya no tiene ningún sentido. No hay forma de individualizar, son una gran entidad: podría tratarse de Lengualarga, esa diablesa hindú con vaginas en todas sus extremidades, que está haciendo el amor con el nieto del dios Indra, aquel ser que tiene igual cantidad de penes. Los gemidos nos dicen que hemos llegado tarde, pero igual intentamos participar. Dos parejas muy hermosas parecen divertirse de lo lindo muy cerca de nosotros.

Cuarta vacilación de la noche: quizá sea una orgía privada a la que no estamos invitados. Una mujer que podríamos llamar la Yegua –poseedora de una gran energía sexual según mi Kamasutra de bolsillo– está masturbando a un tipo mientras otro la penetra. Ambos se detienen, tienen fuerzas para levantarse de la cama y ponerla contra la pared. La acometida es vibrante, hay un componente bestial en todo esto. La Yegua grita. Nosotros somos mudos observadores de las maravillas de la naturaleza, pero sobre todo de las maravillas de la cultura. Esta escena se trae abajo otro mito del mundillo liberal swinger: el de la igualdad de oportunidades. Aquí, como en el mundo real, sólo tienen éxito los que son hermosos y sensuales, los que van al gimnasio y se operan. Los que no, tienen que resignarse al onanismo. La competencia puede ser descarnadamente desleal.

Mira quiénes vienen por allá, me dice J. Vemos que están entrando la profesora de matemáticas y su marido, el Hombre Galleta, y rápidamente ocupan su lugar al lado de nosotros. Ella empieza a hacerle un fellatio y, una vez que logra su objetivo, se inserta dentro de él bamboleando sus supertetas y lo cabalga suavemente. J estira sus manos hacia los pechos de su profesora, mientras yo le hago un nuevo sexo oral a él. El Hombre Galleta hace uso de su derecho y estira sus manos hacia mí. Me coge los senos. Yo le cojo los senos a su mujer. Todos le agarramos las tetas a la profe. Deliberadamente monto al hombre dándole mi espalda y me quedo cara a cara con la profesora, quien a su vez recibe los embates de J desde atrás. Para este momento, el Hombre Galleta, con dos mujeres encima, ya me está masturbando con sus dedos de conductor de autobuses hasta que me vengo. Soy la única que alcanza un orgasmo. Me siento agradecida por tantas muestras de cariño desinteresado. Luego J y yo nos alejamos de ellos sin despedirnos.

Han pasado ya varios días desde que perdí mi virginidad swinger. Rebobino la película y vuelvo a viajar por un instante a ese mundo de intercambios sexuales. Veo a los desposeídos del placer siendo objeto de las multinacionales y sus tentáculos, pretendidos alquimistas del sexo que convierten lo banal en oro, que ofrecen paraísos artificiales, falsas fuentes de la eterna juventud y otros paliativos contra la infelicidad. Veo matrimonios al borde de la debacle, mujeres frígidas, adultos mayores, fármaco-dependientes, cocainómanos en última fase, buenos católicos, despojados del Viagra, eyaculadores precoces, micropenes, dictadores, impotentes, presidentes del mundo libre, clase trabajadora en general, swingers con los días contados viviendo la extinción del deseo como un infernal viaje hacia la desesperación.

Ésta es una noche de viernes en una Barcelona asfixiada de calor y J duerme con el televisor encendido en un partido de fútbol mientras yo escribo sin parar, tal vez esperando la llamada de mi amiga, la ex sadomasoquista, sintiéndome de todo menos liberal. Me regalo el privilegio de ver el mundo de los swingers y sus manjares desde la distancia: no de una distancia orgullosa, pero sí a salvo, con la tranquilidad de quien se sabe joven y amada, aunque sea con fecha de caducidad. No sé si era Aldous Huxley quien decía que es un problema descubrir un placer realmente nuevo porque siempre se quiere más. Cuando uno se lo permite en exceso se convierte en lo contrario: cada placer aloja la misma dosis de dolor. Sé que fui liberal alguna vez, pero sólo hasta que regresé del planeta de los swingers. He traicionado el voto de confidencialidad de la mafia. La última regla para un swinger es no revelar nunca lo que ocurre entre liberales del sexo. Quizá nunca lo fui.