Posts etiquetados ‘Surcos’

“No sé si irme a esquiar a Las Leñas, pasar el fin de semana en Nueva York con mi amigo Tobin o directamente irme a la mierda, aunque tampoco sé bien dónde queda”, gruñó Sean Paul Langan.

Tenía un café con leche en la mano, tres churros de chocolate esperándolo en el plato y un malhumor insoportable. Era una helada tarde de julio de 2002 y Langan, en ese primer encuentro en la cafetería del Hotel Castelar de Buenos Aires, creía tener muy buenas razones para estar furioso: había pasado cuatro meses en la capital argentina filmando a piqueteros, caceroleros, funcionarios, políticos, enviados del Banco Mundial y del FMI, pero no tenía claro cómo continuar su documental. Desde su oficina en Londres lo taladraban con ultimátums y se había peleado con casi todos sus jefes. Había llegado unas horas tarde al golpe de Estado contra Chávez en Venezuela y ahora estaba harto de todo. Él mismo incluido.

Langan tiene 38 años, pero no siempre. Después de las diez de la noche, en las veladas largas, cuenta sólo hasta 34 ó 36. Es canoso, parlanchín, paranoico, chistoso, egocéntrico y de una rigurosa impuntualidad. Más de diez veces sus ocasionales entrevistados -entre ellos algunos presidentes- le habían repetido la misma frase: “Como usted es inglés, lo esperamos con algunos minutos de antelación”. La impuntualidad, replica él, tendrían que rastrearla en su árbol genealógico: madre portuguesa y padre irlandés. Tiene, eso sí, algunos toques muy ingleses: ser un clásico antihéroe y un generador de situaciones absurdas. En una fiesta de lo que él llama “el ambiente groovie de Londres”, Mick Jagger se acercó para conocerlo y averiguar qué estaba preparando. Langan respondió que una serie documental sobre América Latina, y agregó una pregunta poco afortunada: “¿Y tú qué haces?” “Canto”, le contestó Jagger.

En los últimos cinco años Langan ha estado realizando documentales para la BBC. Empezó con los video-diaries: la TV estatal proporcionaba cámaras pequeñas y fáciles de manipular para que soldados, amas de casa u otra gente de a pie se animaran a filmar sus vidas. Langan pidió una cámara sin saber usarla. Lo suyo, durante los diez años anteriores, había sido el periodismo gráfico: escribió en The Guardian, fue corresponsal en la ex Unión Soviética para The Independent y trabajó como free-lance reporteando sobre nuevas tendencias y haciendo crónicas de viaje.

La BBC le dio a Langan unos pocos dólares para que contara la historia de unos rehenes en Cachemira, la región que comparten -o se disputan- la India y Pakistán. Su documental fue muy elogiado por la prensa. Después vino una serie sobre el Islam. Estuvo en Irak, Israel, la franja de Gaza, Egipto, Pakistán otra vez, y Afganistán. Las dos horas de Té con los talibanes le dieron notoriedad, y más aún a partir del 11 de septiembre de 2001.

Después de los ataques a las Torres Gemelas, la BBC y el Canal 4 de Londres se peleaban por los servicios de Langan. El Canal 4 llegó más lejos con su propuesta económica: 600 mil dólares por tres episodios de 48 minutos cada uno. Aunque el tema que él les propuso no los convencía -el impacto de la globalización en América Latina, un viaje desde la crisis argentina hasta los “mojados” que cruzan de México a los Estados Unidos-, lo querían a él. Langan vio por televisión la caída del presidente Fernando de la Rúa y se rió en voz alta de la cobertura que le dieron al hecho las cadenas internacionales:

-De las protestas en la Argentina -explica-, el público europeo sólo recibió imágenes de actos violentos protagonizados por marginales. Pero lo primero que yo vi, frente a la puerta de un banco, fue a una señora con anteojos Gucci que abría su cartera Christian Dior, sacaba un aerosol y prolijamente escribía “chorros” en el frente. No comparto la idea de que a los jóvenes no les interesa la política. El tema es que se sientan tratados como personas inteligentes.

Lo primero que le impresionó de la Argentina fue que los taxistas, los viejitos de las plazas y hasta las señoras que limpiaban su cuarto en el hotel supieran el nombre de las autoridades del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. En Londres solamente los economistas especializados saben quiénes son.

Langan hizo guardia en el Sheraton de Buenos Aires hasta encontrarse cara a cara con el indio Anoop Singh, enviado del FMI. Al saber que se trataba del Canal 4 de Londres, Singh fue todo lo simpático que no había sido con los periodistas argentinos. Y dejó de serlo apenas oyó la primera pregunta: “¿Por qué los argentinos deberían escucharlo, si el FMI no ha resuelto la crisis de Indonesia y, muy por el contrario, profundizó la recesión?” Singh respondió, primero, con un largo silencio. “Lo hablaremos en su momento”, remató.

Más incómodos se mostraron otros funcionarios del Banco Mundial y del FMI, a quienes Langan sorprendió después de un excursión de compras por uno de los centros comerciales de Buenos Aires: “Qué buenos precios hay aquí, ¿no?”, les dijo. “Sí”, contestó feliz el que lucía un sombrero de cuero marrón y una bolsa con regalitos.

Les pidió el nombre de tres argentinos famosos. “Gardel y Maradona”, dijo uno. Otro reprendió a su compañero: “Vas a perder tu trabajo si hablas con la prensa”. Un tercero, argentino, dejó mudo al documentalista inglés: “Susana Giménez”.

Más tarde, en un bar, Langan entrevistó a uno de los responsables para América Latina del Banco Mundial. El diálogo fue tenso y artificial. “¿La pobreza es un cliché?”, preguntó el documentalista, esperando un “no” rotundo. El funcionario dijo: “La pobreza es un cliché. Efectivamente”.

Con un churro en una mano y uno de sus cincuenta cigarrillos diarios en la otra, Langan me confesó, en nuestro encuentro del Hotel Castelar, que con su documental quería demostrar que la pobreza, precisamente, no es un cliché.

“Debemos seguir el viaje de Ernesto Guevara en moto, el que hizo en los años 50, y después se nos va a ocurrir qué hacer”, propuso.

Encendió su cámara en un hospital de Bariloche donde no había ni siquiera gasas. Filmó caras hambrientas alrededor de las ollas populares de La Matanza, en las afueras de Buenos Aires. Después quiso viajar hacia el norte argentino. “¡Estos es Kabul, estos es Kabul!”, diría excitado tiempo después. Recorríamos un asentamiento de chozas de lata en las afueras de Salta, donde los niños miran dibujitos de South Park colgados ilegalmente del cable, los adolescentes se matan jugando a la ruleta rusa y los viejos se pelean con los perros por restos de comida a medio podrir: “¿Dónde está el Estado?”, se preguntó Langan arriba de una montaña de chatarra, desperdicios y mierda. “¡¿Dónde está el maldito Estado?!”, volvió a gritar. Langan es hijo del thatcherismo inglés. Votó por Tony Blair y sentía cierta afinidad con el neolaborismo, pero nuestro viaje lo radicalizó: terminó furioso con los Estados Unidos, con los organismos de crédito inter-nacionales, con las grandes corporaciones y con la famosa “globalización”, una de las palabras que más le escuché pronunciar. En uno de los dos intervalos de nuestro viaje, voló a Londres para el nacimiento de su primer hijo: le puso Luc Che Langan. Tony, jamás.

Después de Salta cruzamos a Oruro, Bolivia, en un tren que atravesó 500 kilómetros en dieciocho horas. Nos recibió el estruendo de los cartuchos de dinamita. Los mineros se habían tomado la ciudad reclamando por la renacionalización de las minas de Huanuni. Protestaban contra la empresa inglesa All Ideals porque ésta no había cumplido todas las promesas que les había hecho años atrás, y porque -según sus detractores- se había llevado las enormes riquezas naturales del distrito minero a cambio de casi nada. Un buen negocio.

“¡Muerte al gringo!”, aullaron los mineros al ver a Langan. Le escribí apresuradamente una frase en español para ayudarlo a disuadir a eventuales agresores: “Vine aquí para conocer su lucha”. Langan casi no habla el español y en los primeros dos intentos se confundió: “Vine acá y no luchan”, farfulló. No pasó nada, pero el inglés se ofendió cuando no lo miraron a los ojos al estrecharle la mano.

“Queremos que haya mil Bin Ladens”, nos dijo sin arrugarse un dirigente minero que admiraba a León Trotski. Esa frase del trabajador boliviano hizo que invitaran a Langan, un par de meses después, al talk-show de Oprah Winfrey -el más visto de la televisión estadounidense-, que esa noche planteaba una pregunta inquietante: “¿Por qué nos odian tanto a los norteamericanos?”

Sean Langan no volvió muy contento del talk-show, porque le dieron poco tiempo para hablar y le negaron un boleto en business-class. “Los mineros fueron más hospitalarios”, refunfuñó al saludarme. En Oruro terminamos festejando la nacionalización de las minas entre petardos, alcohol y hojitas de coca compartidas con los trabajadores. Competimos, Langan y yo, por el cariño de una mujer minera que lucía dientes de oro, pero ella prefirió al mejor amigo que Osama tiene en Oruro.

La ruta del Che Guevara, en todo caso, pasó al olvido cuando Langan se topó con un dirigente cocalero que disputaba voto a voto la presidencia de la república: Evo Morales, líder del Movimiento Al Socialismo (MAS). Un mes antes, el entonces embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha, había dicho que, si Morales ganaba, Washington suspendería toda ayuda a los bolivianos. Evo le respondió a Rocha con un regalo: unas hojitas de coca para que masticara en los festejos del 4 de julio, día de la Independencia de los Estados Unidos.

Cuando llegamos a La Paz, Morales nos atendió en el bar del Torino, un hotel de mochileros de tres o cuatro dólares la noche. A la mañana siguiente le propuse que fuéramos a la puerta de la embajada de los Estados Unidos para grabar la entrevista.

-¿Nunca fuiste a la embajada? -le pregunté.

-No -dijo él.

Morales perdió la elección en el Congreso. El líder cocalero se transformó entonces en el principal opositor a Sánchez de Lozada, quien el 17 de octubre de 2003 renunció a la presidencia de Bolivia ante una rebelión popular que golpeó las puertas del Palacio Quemado en protesta por un paquete de estrictas medidas de ajuste y por la venta del gas a los Estados Unidos vía territorio chileno. Horas después, el impredecible Hugo Chávez llegaba a La Paz invitado a la asunción del mando de Gonzalo Sánchez de Lozada. El presidente venezolano alentó a Morales en el breve encuentro que tuvieron a pocos centímetros de la incansable cámara de Langan: “La revolución lleva tiempo, tienes que tener paciencia. Para hacer una revolución hay que tener paciencia”. Y acto seguido citó la Biblia.

Juan del Granado, alcalde de La Paz, nos presentó a Chávez en una reunión convocada en su oficina. El jefe de Estado no vaciló: “Los invito a Venezuela”, nos dijo, “vénganse lo antes posible a Caracas”.

Langan estaba impaciente: decidió volar de La Paz a Miami y de Miami a Caracas para llegar cuatro horas antes que haciendo lo que era una combinación más sensata: La Paz-Lima y Lima-Caracas. Tenía miedo, claro, de perderse un golpe de Estado. Así, llegamos a una Venezuela quebrada implacablemente entre chavistas y antichavistas.

El último sábado de agosto de 2003, el líder habló ante cien mil personas en uno de esos actos maratónicos que lo caracterizan. Después del discurso, a las ocho de la noche, entró al salón Sol del Perú del Palacio de Miraflores, donde Langan y yo lo esperábamos para la entrevista formal.

-Hola, muchachos, disculpen la demora -dijo Chávez, y pidió un “negrito”, el café cargado que junto a las duchas rápidas y los caramelos de coco lo mantienen trabajando sin pausa de lunes a domingo, hasta las dos o tres de la mañana.

Nos sorprendió el despliegue de seguridad que funciona, incluso, dentro del palacio de gobierno. Hasta la latita de Coca-Cola de Langan fue analizada por el responsable de detectar explosivos.

Langan quiso preguntarle a Chávez sobre sus referentes internacionales, ya que ése ha sido un terreno accidentado para el presidente venezolano: en China dijo que su revolución era la hermana menor de la de Mao; después elogió a Fidel y a Gadafi, y alguna vez declaró sentirse cercano a Blair.

-¿De quién se siente realmente cerca, presidente?

-Cada revolución tiene sus particularidades. Nosotros nos sentimos la hermana menor de la de China. En lo social, la nuestra tiene objetivos muy parecidos a la revolución cubana, como elevar los niveles de salud, educación y deportes. Nuestra revolución es un camino propio para romper con el neoliberalismo y presentar un camino alternativo, después de la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética.

-¿Qué posición deberían adoptar los estados latinoamericanos en relación a los planteos del FMI y otros organismos de crédito internacionales? -le pregunté.

-No creo ser yo el más indicado para dar sugerencias.

-¿Pero qué piensa?

-Te hablo por Venezuela. Nosotros recibimos misiones del FMI y del Banco Mundial. Nosotros oímos, analizamos, pero como gobierno soberano no aceptamos sus recetas. Elaboramos nuestras propias recetas para nuestros males. Porque nadie mejor que nosotros va a conocer las raíces y las causas de nuestros males.

Langan dice que a él no le gustan las entrevistas formales. Que no sabe preguntar ni -mucho menos- repreguntar. Le gustan los momentos distendidos, como cuando el presidente practicó su inglés con él. O cuando, después de la entrevista, nos invitó a Los Roques, una versión venezolana del paraíso.

-Vénganse conmigo al “Aló, Presidente” -dijo Chávez, refiriéndose al programa televisivo-radial que cada domingo conduce en distintos lugares del país.

Ese domingo se transmitió desde el estado de Trujillo, en los Andes venezolanos. El gobierno instaló el miniestudio de televisión en medio de un ingenio azucarero perteneciente a un gallego fascinado por la revolución bolivariana. Miles de personas se agolparon en las rejas de entrada. “Alerta, alerta, alerta que camina/ la espada de Bolívar por América Latina”, cantaron hasta quedar roncos. El presidente habló durante cinco horas, atendió llamados de los oyentes, y al recibir a una delegación progresista de San Francisco cantó Imagine de John Lennon. Presentó el trabajo de sus ministros y disertó sobre las características del jugo de la caña de azúcar.

Del ingenio al aeropuerto, miles de chavistas lo acompañaron en una caravana interminable. En la pista de aterrizaje lo esperaban soldados formados -algunos camuflados- y oficiales del ejército. Chávez se dio un rato largo para saludarlos uno por uno. En una pequeña libreta tomó apuntes. En la pista lo esperaba también su flamante airbus: en su interior tiene un dormitorio que ha despertado las más variadas fantasías de los antichavistas, un business-class con una acuarela de Bolívar, y una clase turista para treinta personas donde predomina la cuerina blanca, con detalles en dorado. El airbus bolivariano tiene un cierto aire saudí, por así decir. Y ahí viajamos.

Antes de despedirnos, le hice al presidente la última pregunta:

-Hace unos días usted dijo que se quedaría hasta el 2013. ¿Por qué quiere quedarse tantos años más?

-¿Por qué? Bueno, no es que yo quiera. Siento que es una obligación. Además, es una posibilidad que está en la Constitución. Tenemos que trabajar muy duro hasta el 2006, nos quedan cuatro años. Estamos haciendo el piso, hay que construir las paredes de la nueva casa, de la nueva patria. Entonces vendrán seis años más, y entregaré el poder en el 2013. Y en el 2013, Dios sabrá, pero yo no tengo la obsesión de ser presidente. Ya te lo he dicho: soy un soldado y un servidor público.

Sean Langan ha leído a Graham Greene, y quiso saber -desde que llegó a América Latina- qué hay detrás de las embajadas de los Estados Unidos. O, mejor dicho, si es cierto que las embajadas están detrás de casi todo, como había leído en sus libros de izquierda.

Dos días después del segundo encuentro con Chávez, conocimos a un funcionario de segundo nivel de la embajada de los Estados Unidos en Caracas. Fue en el Centro San Ignacio, un shopping en Altamira. Los antichavistas compran allí durante el día y en la noche atiborran bares y restaurantes para divertirse. Era un funcionario treintañero, de anteojos y sonrisa fácil, que se parecía bastante al entrevistador peruano Jaime Bayly. Al quinto Cuba Libre hizo su catarsis:

-Nos equivocamos al elegir a Carmona para el golpe -de abril de 2002, un fracaso-. Nosotros queremos solamente que el capitalismo funcione aquí, que los venezolanos puedan hacer dinero de buena ley. Pero a veces este país es tan bananero Todos ellos -señala a los clientes del San Ignacio- se merecen a Chávez por treinta años más.

En nuestro último día en Caracas, nos instalamos frente a la puerta de la embajada. Langan pensaba hacer un chiste a cámara sobre los norteamericanos. Ni bien pisamos la cuadra, nos rodearon cinco agentes de seguridad. Después llegó un funcionario del Departamento de Defensa montado en una scooter. Sonriendo, Langan le dijo:

-Sólo quería decir que en este lugar se preparó un golpe de Estado.

El funcionario se rió.

-De todos modos, éste es un país libre y puedo filmar -siguió el inglés.

-Es un país libre por el momento -“right now”, dijo el estadounidense.

Había sido otro funcionario de la embajada, aquella vez en La Paz, quien nos dijo, off the record, lo que la Administración Bush deseaba para este continente: “Queremos gerentes, viene la ola de gerentes. Como Fox, como pudo haber sido Carmona, como puede ser Sánchez de Lozada. En algunos años más los políticos tendrán que buscar empleo”.

Envalentonados por esta cadena de episodios con funcionarios estadounidenses, pedimos a la embajada en La Paz una entrevista con el entonces embajador Rocha. La respuesta, enviada por fax a Londres, fue graciosa: se lee una anotación favorable sobre el pedido de entrevista -“suena interesante”, dice-, pero está tachada, también a lápiz, con un lapidario “olvídenlo”.

Y lo olvidamos.

Meses después, y antes de empezar la tercera parte del documental -Honduras, Guatemala y México-, Langan expresó su perplejidad frente a la cámara:

-Ninguna embajada de los Estados Unidos me concedió una entrevista, los miembros del Banco Mundial y el FMI no me dan la información que les pido. Tampoco sobre el Plan Puebla-Panamá. Todas estas instituciones pertenecen al Occidente de los valores democráticos, pero en la práctica las veo demasiado lejos de esa palabra.

Apagó la cámara y me preguntó: “¿Tú crees que nos están siguiendo?”

La paranoia de Langan comenzó con sus coberturas en la ex URSS, se agudizó gracias a los chistes del servicio secreto indio, las expulsiones de Afganistán y el mes que pasó de incógnito en Zimbabwe. Una noche entré a su habitación en San Pedro Sula, en Honduras, y lo sorprendí desarmando el aparato del aire acondicionado para esconder los casetes de video.

-Es que Chiquita -la empresa bananera- quizás ya informó al gobierno y pueden venir a secuestrar el material.

El “material” no ayudaba a la empresa bananera. Llegamos a Honduras con la idea de contar cómo esa nación pasó de ser un enclave bananero a un país de “maquilas”, esas enormes factorías donde reina la extrema flexibilidad laboral. En Chiquita había un gran conflicto entre los trabajadores y la empresa, que quería despedir a unos dos mil.

Recorriendo las plantaciones, con el sol encima, pudimos sentir el olor insoportable de los pesticidas y vimos los ojos heridos de los trabajadores. A uno de ellos, que llevaba treinta años en los campos, Langan le hizo una pregunta que me incomodó:

-¿Usted ha sido feliz?

-No, no he sido feliz.

En esos campos los trabajadores nos preguntaban a cada momento cómo cruzar a los Estados Unidos. Y en medio de esos campos está la sede de Chiquita y su campo de golf. Hasta allí nos condujo uno de los abogados de la bananera: un gordito que hablaba un inglés nasal y que nos creyó amigos de la causa de su empresa.

-¿Sabe lo que pasa? Nosotros equipamos a los trabajadores para que usen sus trajes de protección contra los pesticidas, pero ellos no quieren usarlos.

Era una mentira grosera. Almorzamos pescado caro, en el restaurante caro que da a los campos de golf. El abogado nos dijo: “Me encantaría que conocieran lo bien que están nuestros trabajadores”.

Más tarde cruzamos toda Guatemala en taxi. Hicimos base en Antigua, esa ciudad que los autodenominados “viajeros” rechazan por creer que está disfrazada para el turismo. Tanto a Langan como a mí nos molestaron los mochileros premunidos de guías Lonely Planet para viajar barato, su pintoresca exaltación del sufrimiento y su desprecio por los que no pernoctan en hoteles sin estrellas. Langan sabía cómo herirlos. Les preguntaba si eran turistas o si estaban trabajando. “No, somos viajeros”, respondían. “Entonces son turistas”, remataba él.

En Guatemala, Langan quiso detenerse en las plantaciones de café. Tenía algunos reportes sobre la crisis del café provocada, entre otras razones, por los subsidios estadounidenses que no permiten la comercialización de la producción guatemalteca. Durante el recorrido por las plantaciones nos topamos con las voces adultas de la protesta, pero sobre todo con los niños. Con sus risitas traviesas y sus manos curtidas por la cosecha.

-Esto es trabajo infantil -murmuró Langan, conmocionado.

Un jornal diario de esos niños equivale a la taza de café que Langan toma en su casa de Notting Hill. Mirando la cámara, les habló a los que saborean el café sin saber de dónde viene. El trabajo infantil quiebra a la mayoría de los europeos. El barro de las plantaciones propone una discusión más compleja sobre la necesidad que tienen las familias -para subsistir- de llevar a sus hijos, una o dos veces a la semana, a recoger los frutos rojos del café. Pero Langan no estuvo dispuesto a esa discusión.

Desde las plantaciones, cruzamos a Chiapas, en el sur de México. Langan quería con-versar con el subco-mandante Marcos, que lleva más de dos años sin conceder entrevistas. O, al me-nos, cruzarse con algún guerrillero. Los imaginaba montados a caballo y armados. Pasamos allí, en total, veinte días, a la espera de una respuesta. Pero Langan tuvo que conformarse con ver a los zapatistas en los pósters y las camisetas que se venden en las tiendas de San Cristóbal de las Casas. Mientras esperábamos una respuesta de los zapatistas, volamos a la selva lacandona para conocer a los damnificados del Plan Puebla-Panamá (PPP).

Impulsado por el presidente mexicano Vicente Fox, el PPP es un megaproyecto para crear infraestructura. Según sus detractores, favorece a las grandes empresas interesadas en realizar inversiones en América Central, y perjudica al medio ambiente y a cientos de pueblos originarios que deberán dejar sus tierras para permitir la realización de las obras. Casi nos matamos: la avioneta tenía ya treinta años, había viento, llovía, las montañas eran altas y en la selva no aparecía un claro donde aterrizar. Además, el piloto estaba borracho.

Nuestro último destino fue la frontera con los Estados Unidos. Mejor dicho, un punto en los más de dos mil kilómetros que separan a México de su vecino del norte.

Por miles, por decenas de miles, los jóvenes norteamericanos cruzan hacia el sur la línea de San Diego para llegar a Tijuana. De este lado del mundo, pueden quedarse ciegos tomando Margaritas. El gramo de coca se consigue a veinte dólares y la motita no es más cara que un boleto de autobús. El menú de oportunidades incluye los table-dance, a veinte dólares la canción en un reservado protegido por cortinas. Es el pasatiempo favorito de los marineros de la base naval de San Diego, donde está anclada media Flota del Pacífico. “Bienvenidos a América”, me dijo Dulce, la chica más solicitada en uno de los table-dance (omito su nombre porque me trataban de “mister” y no creían en mi argentinidad). En el reservado, detrás de las cortinas y a cambio de mis veinte dólares, me contó que le encanta darles clases de geografía a los gringuitos mientras los masturba.

-Son tan ignorantes que, cuando cruce a los Estados Unidos, me voy a ofrecer como profesora en esas universidades adonde dicen que van.

En Tijuana todo consiste en pasar o no pasar. Se pasa por los motivos más raros. “Cruzo a comprar leche para mis hijas y comida para el perro, porque no come comida mexicana”, nos dijo el corresponsal de La Jornada en Tijuana, Jorge Cornejo. “Voy para ver algunos partidos de fútbol (americano) y hacer algunas apuestitas”, nos dijo uno de los responsables de Migraciones del Estado mexicano, quien -por razones obvias- pidió no ser nombrado. “Cruzo a retirar los últimos dólares que nos dejó la productora”, dirá a su vez Langan, unas horas después de romper el teléfono del hotel tras una discusión con su productor ejecutivo.

Nos importaban los que cruzan ilegalmente a los Estados Unidos. Habíamos escuchado, desde Buenos Aires a Ciudad de México, a cientos de latinoamericanos que soñaban con llegar de algún modo al otro lado. Pasamos un día en el desierto de Tecate junto a los Beta, una fuerza especial del Estado mexicano -sí, del Estado mexicano- que asiste a los que van a cruzar de manera ilegal. Les dan agua, los orientan para que no los mate el sol o la sed, y persiguen a los “coyotes”, los “cuentapropistas” que cobran para cruzar a los inmigrantes. Esta fuerza ha sido objeto de más de una denuncia por abusos varios, pero con nosotros fueron simpáticos. En medio del desierto nos topamos con dos desahuciados que pensaban llegar a los Estados Unidos con un poco de agua y unas latas de comida. “Vamos a las cosechas”, explicó uno al pasar, y no quisieron seguir con la charla para guardar energías. Los tratados de libre comercio y el ALCA han generado un vasto movimiento social que se llama “El Campo No Aguanta Más”. Según su propia definición, este movimiento “lucha por defender y valorar el patrimonio de los campesinos e indígenas, de los ejidos y las comunidades de México; por tener acceso al agua y a la tierra; por que mujeres y jóvenes rurales tengan empleo con remuneración digna; y también luchamos por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, haciendo frente a la grave situación económica, social y ambiental del campo mexicano”.

Pasamos cinco noches con campesinos que no aguantan más y que llegaron a Tijuana decididos a cruzar la frontera. Casi todos eran estudiosos de los movimientos de la “migra”, la fuerza estadounidense que, al otro lado, persigue a los inmigrantes ilegales. La primera noche, Roberto, un campesino que anhelaba cruzar para trabajar en las granjas, nos sorprendió con un grito:

-¡Se durmió, la migra se durmió!

Nosotros veíamos lo mismo que él: un jeep con las luces encendidas. Pero Roberto insistía. Y cruzó. La migra, efectivamente, estaba durmiendo.ç

La noche siguiente conocimos a Miguel Sánchez, otro especialista. Nos habló del cruce con la tranquilidad de los goleadores experimentados. Al otro lado del muro lo esperaba su ocupación de siempre: limpiar las suelas en el Golf Club de San Diego. “Mi trabajo es muy específico y ningún americano quiere hacerlo”, nos dijo esa noche, mientras esperaba su oportunidad.

A Laura la conocimos en la madrugada del último día de nuestros siete meses de viaje. Era chiapaneca, tímida y encantadora. Tiritaba de frío. Tenía dieciséis años y llevaba en su panza un bebé de nueve meses y cinco días. El plan de Laura era cruzar unos cien metros, acostarse en la arena y tratar de dar a luz a “Danielito”: así, según ella, Danielito sería ciudadano norteamericano. Quince días atrás lo había intentado, pero la migra la deportó.

Le dije que no lo intentara otra vez, que fuéramos al hospital y no sé cuántas obviedades más. “No quiero que Danielito sufra como yo he sufrido”, respondió negándose.

Mientras conversábamos, a unos pocos metros los inmigrantes iban cruzando en grupos de a tres. Por el frío cubrían sus ropas con bolsas negras de basura y al pasar saludaban a la cámara encendida. A las cinco y media de la madrugada nos despedimos de Laura. “No se olviden de mí ni de ninguno de nosotros”, fueron sus últimas palabras. Los tres lloramos como niños. Después pasó lo de siempre: los periodistas abandonan el cruel escenario de la historia para volver a su hotel cuatro estrellas. Como cualquier mala película de segunda clase, la nuestra terminaba con un cliché.

A mar, Bolivia

Publicado: 3 octubre 2008 en Sergio Vilela
Etiquetas: , , ,

Cualquiera diría que estamos en alta mar. Pero estamos aquí, a casi cuatro mil metros de altura, en un mar interior que no lleva a ninguna parte. Navegamos en una embarcación que ruge como una cortadora de césped asmática.

La bandera boliviana flamea sobre la cabina del timonel que mira taciturno las montañas que nos rodean. El cielo de mediodía está exageradamente azul, las nubes parecen algodones de azúcar y el sol calienta la cabeza como si no hubiera atmósfera que lo amortigüe. Mientras tanto, media docena de marineros, que están disfrazados de buzos con aletas, se ponen sus antifaces de acrílico y se llevan sus horquetas a la boca. Caminan por la plataforma trasera que tiene esta embarcación y se acercan al borde. Esperan que llegue la orden para empezar. La lancha mediana avanza a velocidad de carretera. Y el vaivén de las olas miniatura de este mar dulce y helado la hace saltar. En otro bote, inflable y con motor fuera de borda, van los tres capitanes a cargo de esta exhibición. Todo queda listo y los buzos se preparan para una operación submarina, como si jugaran a la guerra imaginaria. Una guerra improbable por volver al soñado charco azul, a ese mar que está a miles de kilómetros de aquí.

Alguien da una orden por radio y la división de buceo de la Armada de Bolivia se lanza al agua. Asusta descubrir lo obvio. Al ver esas maniobras uno recuerda que los marinos siempre se están preparando para el combate. Aunque nunca llegue. Miro las caras de dos marineros que llevan salvavidas fosforescentes al cuello y que se han quedado en la nave. No deja de perturbarme su apariencia de niños. Un militar siempre está dispuesto a morir por defender un pedazo de tierra (o de mar), y da la impresión de que estos dos no se han enterado. Me acerco al más risueño y callado y pequeño para indagar. “¿Por qué quisiste ser marino?”, le grito para que oiga mi pregunta por encima del rugido del motor. Y él se queda en silencio un buen rato, como si nunca se lo hubiera preguntado. Este marino es de la tropa, del último escalafón de la Armada. Es del tipo de soldados que van en la primera línea, como carne de cañón. De pronto él despierta y me responde: “Para recuperar el mar, ése es mi deseo”. Y lo dice como si repitiera un viejo evangelio. Lo dice con una dosis de fe. De fe ciega.

Estamos frente a la base naval más importante de Bolivia, en el mejor remedo del mar que tiene este país, el lago Titicaca. Difícil estar aquí y no pensar cuán lejos está el océano de verdad, el gigantesco continente azul. Aquí los marinos bolivianos entrenan sin descanso, como cualquier hombre de mar. Quieren estar preparados, dicen, para cuando llegue el día. Su día soñado, cuando tengan una costa de la que puedan zarpar hacia otros continentes y en la cual puedan desembocar todas sus esperanzas de progreso.

Vamos de vuelta al puerto enano que hay en la base de Tiquina y donde se construye hace meses el primer buque hecho por bolivianos. Los buzos han terminado su exhibición y han sido recogidos por el bote inflable, en el que van los capitanes. Al rato pisamos tierra. Todos los bolivianos han nacido creyendo que su historia sería distinta si Chile nos les hubiera “robado el derecho de tener mar”, como me dice el capitán X, quien nos recibe en el pequeño muelle de la base. El capitán X es un tipo amable y con un ligero aire campechano que lo hace parecer un hombre pacífico, incapaz de disparar un cañón. Está acompañado por el capitán Y, un moreno huraño a quien le cuesta emocionarse. Ellos han sido mis anfitriones desde que llegué esta mañana a la base de Tiquina, luego de viajar tres horas en un bus casi vacío que sólo llevaba a algunos campesinos. Unos anfitriones que han preferido el anonimato para poder contarme, libres de la versión oficial, sus traumas acuáticos y sus sueños portuarios.

Habíamos salido de la base a tomar desayuno en un cafetín de la plaza que estaba al lado. Fue ahí que empecé a entender cómo se vive en un país al que le han amputado una pierna. Y que no soporta verse al espejo mutilado de costa. Imagínate que tienes una casa, tu casa. Un día viene un tipo y se apodera de tu puerta. Ya no puedes salir a la calle por ahí. Te dice que si quieres salir por tu puerta deberás pagarle. Y te ves obligado a salir por la ventana o por encima del muro, porque te resistes a pagarle. Pero es tu casa, y piensas que debes recuperar tu puerta. “Así nos sentimos los bolivianos”, me explica el capitán X, quien me ha puesto el ejemplo para ver si entiendo. Después de la Guerra del Pacífico de 1879, Bolivia perdió 480 kilómetros de costa y se quedó atrapada dentro de su propia casa. Desde entonces ha tenido que salir por la ventana. Para el capitán X, igual que para la mayoría de los bolivianos, la falta de mar es una forma de explicar la pobreza de su país. “Si tuviéramos mar, todo sería mejor, porque se nos abrirían las puertas del mundo”, asegura antes de darle un mordisco al pan que tiene entre sus manos.

Ahora se sienten encerrados, encarcelados. Y no les parece justo que los chilenos no les den una salida, me recuerda el otro capitán tras sorber su café. Han crecido pensando que cuando uno tiene mar la economía mejora, las exportaciones se multiplican y llega más gente de todo el mundo. Los cálculos dicen que la economía deja de crecer un 1,5 por ciento por cada año de privación marítima. Han soñado desde niños con pasar los días de verano en sus playas y las noches caminando en familia por el malecón. Y el mar, además de ser el lamento boliviano más popular, ha sido la coartada más predecible de sus presidentes y dictadores. “Cada vez que necesitaban conjurar sus divisiones internas o disimular su impopularidad”, la causa del mar ha resucitado, asegura Vargas Llosa, quien pasó años de infancia en Cochabamba.

Rebobinemos. La historia boliviana más reciente cuenta que Gonzalo Sánchez de Lozada fue el último ingenuo que tuvo que dejar la presidencia de Bolivia antes de tiempo. Hace unos años todos nos enteramos de que los bolivianos se habían sacado la lotería, y que muy pronto serían millonarios. En Tarija había tanto gas bajo tierra que ni en seiscientos años de consumo creciente podrían acabarlo ellos solos. Era una veta gigante y llena con el combustible del futuro. Estados Unidos y México comprarían.

La pregunta que le daba insomnio al presidente de entonces, Sánchez de Lozada, era ¿por dónde sacamos el gas si no tenemos mar? ¿Perú o Chile? Pasó el tiempo. El presidente se reunió por aquí y por allá, negoció en privado posibles acuerdos, sintió nostalgia por el mar y pensó que, ahora que tenía el gas que todo el mundo quería, estaba mucho más cerca. Estimó, evaluó, calculó, habló mucho por teléfono y al final decidió. Fue muy criticado por el precio que convino con los importadores. Sus enemigos denunciaron que prácticamente le regalaba el gas a Estados Unidos. Y bastó que Sánchez de Lozada insinuara que el gas de Tarija saldría por un puerto chileno para que estallara una revuelta popular, que degeneró en batalla campal, y que dejó decenas de muertos en las calles de La Paz. El presidente también murió, políticamente. Tuvo que irse. Entonces un periodista llamado Carlos Mesa terminó sentado a los pocos meses en el sillón presidencial del Palacio Quemado, con una aprobación de más del setenta por ciento. Todos querían al nuevo. Y lo quisieron más cuando, frente a las cámaras de televisión de todo el mundo que cubrían la Cumbre de las Américas en México, le exigió a su colega chileno Ricardo Lagos sentarse a negociar una salida. Para los bolivianos ése fue un acto de dignidad histórica. Un atrevimiento público que habían esperado durante años de sus políticos, y que nadie se había atrevido a hacer jamás. Para los chilenos eso no fue nada. La noticia estuvo al día siguiente en boca del mundo. Los massmedia le habían regalado más puntos al presidente periodista que demostraba su oficio. Aunque en apariencia el reclamo de Mesa no tuvo ningún resultado concreto,   pasado un tiempo Chile le hizo la ley del hielo a Bolivia. Y las relaciones se enfriaron. Hasta que todo se congeló.

EL CAPITÁN X es de aquellas personas que se emocionan cuando pronuncian la palabra “patria”. Cruzamos la plaza y dejamos atrás el restaurante del desayuno en el que está colgado el único teléfono público del pueblo. Afuera ha empezado a llover y el cielo de la sierra se ha nublado de golpe. Vamos de regreso a la base para seguir con el tour militar. Caminar con ellos es extrañamente cálido porque te hacen olvidar que tienen una mentalidad uniformada. El capitán Y, que parecía cumplir un papel secundario en esta película marina, ha empezado a hablarme con menos cautela. Se nota que han sido entrenados para callar. La opinión de un militar educado debe guardar la horrible solemnidad de un comunicado de prensa. Por ratos ellos caen en ese pálido tono impostado. Al comienzo me habían dicho con timidez que casi no tenían nada que decir sobre el gas y las renovadas posibilidades de salir al mar. Pero el capitán X es vehemente y ahora me confiesa que él está convencido de que Bolivia debe actuar con soberbia calculada para que el gas logre abrirles aunque sea una franja de tierra en el norte de Arica. Piensa que es lo justo. Se emociona, alza la voz, golpea el aire con sus manotazos, y le creo el drama obnubilado que actúa para nosotros. El capitán Y, en cambio, es como un eco tímido de su colega X. Llegamos al campo de cemento que hay en medio de la base. Unos doscientos soldados bajitos y flacos como escopetas se hunden en sus uniformes de dos tallas más. Se parecen a la tropa peruana, y quizá a la chilena y a la ecuatoriana: todos provienen de la misma fábrica con hambre. Los soldados de un ejército pobre, como los de América Latina, siempre parecen tener diez años. Los veo marchar y cantar y repetir sus rutinas de perfectos soldaditos de plomo que no saben por qué ni para qué. Me aburren. Prefiero contemplar la postal que nos rodea.

El lago Titicaca no parece tan grande desde esta garganta estilo Gibraltar que es el estrecho de Tiquina. Es como una piscina angosta que conecta y delimita a Perú y Bolivia. Si navegáramos unas millas fuera de este callejón de agua, veríamos su verdadero infinito: el Titicaca es tres veces más grande que Luxemburgo y casi del tamaño de Puerto Rico. Los cerros, y el viento helado que por las mañanas te cuartea los labios, esta tarde te arrullan.

Y la calma que se siente es tan rotunda que imagino cuán difícil es cultivar una mentalidad bélica en tan pacífico escenario. El capitán X pertenece a una estirpe que sólo existe en esta base naval. Una estirpe de gentes en las que habita un alma de marino sentimental: son niños que han soñado y rabiado en la escuela por el océano perdido y que ahora, de adultos, están dispuestos a recuperarlo, por épico amor. “El día que volvamos al mar, quiero estar ahí”, me jura el capitán X, quien lo dice pensando en sus hijos y en esa vez que los llevó a la playa en el Perú. Para un boliviano, igual que para cualquier mediterráneo, conocer el mar es lo que para Aureliano Buendía fue conocer el hielo. Y muchos viajan a la costa peruana para perder la virginidad marítima. Un día la familia del capitán X partió de La Paz en busca de sol y playa. Subieron y bajaron los Andes por carreteras caprichosas y tuvieron que serpentear abismos mientras descendían en busca del mar perdido. Llegaron al puerto de Ilo, la zona de libre tránsito que el Perú había abierto para que los bolivianos puedan correr olas. Al capitán X se le había grabado una imagen que atesoraba como una estampita: sus hijos jugando en la arena y persiguiendo la espuma del mar, mientras se mojaban los pies. Esa fotografía de la nostalgia podrá ser cursi pero es exacta. Captura la necesidad y la obsesión de un país entero que ahora reza al pie de una llave de gas que le abra la puerta al mar.

Pero regresemos al Titicaca: “Si este lago tuviera tres o cuatro grados más de temperatura, todo sería distinto”, me dice X. Las orillas serían playas exquisitas y, si cierras los ojos y tienes un segundo de imaginación, le creerás al capitán X cuando dibuja en el aire con su dedo índice los hoteles de lujo que habría alrededor: el Titicaca sería el último refugio del turismo exótico de oferta. Llegarían las multinacionales del confort, y todo el mundo vendría a tomar sol y a nadar en este Caribe de las alturas. Los bolivianos extrañarían menos el mar. Pero el maldito Lago Titicaca los ha castigado de por vida: el agua es despiadada y glacial. Bañarse aquí es suicida. Tan suicida como una guerra.

 

CADA VEZ que conversaba con algún marino de cualquier rango, la conclusión era la misma: Bolivia con gas ya no era la misma Bolivia pobre de antes, ese país que reclamaba desde hacía cien años una salida a la costa que alguna vez fue suya.

Ahora se trataba de un país con la segunda reserva más grande del continente, después de Venezuela. La veta de gas descubierta en Bolivia bordeaba los 50 trillones de pies cúbicos y estaba valorizada en 70 mil millones de dólares. Dinero suficiente para pagar catorce veces su deuda externa. Y para comprar veinticinco veces más armamento del que adquirió Chile durante todo el 2003, quien fue además el país que más gastó en América Latina. Mientras uno se convertía en millonario, el otro nutría su arsenal. Las piezas del ajedrez regional se habían empezado a mover. Semanas más tarde el canciller del Perú aparecía en los diarios de Lima y Santiago renegando con elegancia y aduciendo que estaba pendiente la frontera marítima entre Tacna y Arica, y La Moneda respondía que no había nada que resolver. Los ejércitos de la diplomacia cruzaban reclamos sobre ese viejo pleito pendiente que, con la necesidad de Bolivia de salir al mar, se volvía obligatorio. Y de nuevo, una vez más en la historia, Chile, Perú y Bolivia caminaban juntos hacia ninguna parte. La misma hipocresía de siempre en el vecindario. Los mismos países que se declaran amor eterno en Naciones Unidas, o en esas cumbres a las que los presidentes van para tomarse fotos cogidos de la mano, después se patean bajo la mesa. Creen que nadie los ve. Y pasa entre todos: Bolivia y Chile, Chile y Perú, Perú y Ecuador, Argentina y Chile. Mientras el Primer Mundo sigue llenándose los bolsillos y vendiéndoles lo que sea a estos países distraídos, que jamás podrán ser el David que vence a Goliat si compiten contra ese mundo de a uno. Sólo el estado de California produce más divisas que toda América Latina junta. Y pese a eso la unión de los latinoamericanos cada día está más lejos.

 

HABÍA LLEGADO a Bolivia el día anterior. Faltaba muy poco para aterrizar. El lago más alto del mundo había quedado atrás y el altiplano había aparecido por la ventanilla del avión como una mesa de billar. Liso y verde. Perfecto. La capital no parecía ser la típica ciudad de los Andes en la que los aviones tienen que hacer piruetas para poder colarse entre los cerros, antes de aterrizar sobre un valle profundo. Aterrizamos, como en una sábana. El aeropuerto de La Paz delataba desde sus salas de espera que Bolivia era la segunda economía más modesta de toda América. El hermano pobre. Sólo unas diez aerolíneas aterrizan regularmente aquí, y por eso había una atmósfera más de provincia que de capital esclava de la especulación en Wall Street. Era viernes pero parecía domingo. No hubo que pelearse entre el tumulto por las maletas. Ni nadar entre las mareas humanas de otros aeropuertos. Ni buscar ayuda para nada porque era imposible extraviarse. Cogí un taxi hacia el centro de La Paz. El aeropuerto queda en El Alto, un distrito desde el cual se desciende hacia la ciudad por una carretera culebra. Tuve que soportar los aullidos de las bocinas y la tos de los buses y el abultado desorden de los comerciantes de El Alto, antes de poder asomarme a La Paz. De pronto, como si se corriera una cortina, apareció la ciudad hundida en un socavón. La capital de Bolivia parecía una ciudad sembrada en un cráter. Y en medio del tapiz de cemento que la cubría, una veintena de edificios delgados como alfileres señalaban el camino hacia el centro.

El taxista me iba contando las últimas noticias del mar. Me dijo que los chilenos seguían haciéndose los locos con su reclamo, que se esperaba un próximo referéndum para decidir por dónde saldría el gas, que los bolivianos comunes y corrientes preferían que sea por Perú y que muchos temían que, si salía por Chile, ellos podrían hacerles alguna trampa. Igualmente, los ricos de Bolivia decían que era mejor negocio llevar el gas a la costa chilena, porque estaba mucho más cerca que la de Perú. También me dijo que aquí los peruanos eran famosos por ser hábiles ladrones y que los chilenos eran famosos por ser estupendos empresarios. Mientras nos acercábamos al centro de La Paz, la ciudad se hacía cada vez más indefinible. Una extraña mezcla entre el aire botánico metropolitano de Bogotá y la anarquía acelerada de Lima. La Paz es una ciudad sobre los tres mil seiscientos metros de altura, en la que las calles siempre suben o bajan, haciendo que el acto de caminar sea una proeza cardíaca. Conserva el encanto añejo de las tradiciones que subsisten en medio de una aparente modernidad transnacional. Muchos negocios cierran a la hora del almuerzo. Quizá los paceños gocen haciendo su siesta. Las señoras mayores que se ven por la ciudad no muestran el menor entusiasmo por la renovación de sus vestidos de los años sesenta. Y son pocos los jóvenes que parecen andar al día con el último grito de la moda. Es difícil encontrar librerías bien surtidas y cines con proyectores y butacas y buen olor a forro nuevo. Al menos eso es lo que se ve desde la vitrina que es la Avenida del Prado, que atraviesa como una cicatriz la cara más céntrica de La Paz.

Esa misma tarde fui a conocer al jefe del Estado Mayor de la Armada de Bolivia. Y me dijo una única y gran verdad: quien escoge ser marino boliviano es porque tiene, en cierto sentido, alma de sacerdote. Es el militar más sentimental de las fuerzas armadas, y cuando camina por las calles de La Paz la gente lo saluda y lo felicita de lejos y de cerca. Los marinos son como carteles humanos que le dicen a toda Bolivia “no se olviden del mar, volveremos a él”. Desde que quise venir a conocer a sus marinos, no hubo el menor problema y el capitán Fernández, quien me recibió, fue muy gentil y atento. Después me enteraría de que tuve suerte, algo que no le pasó a Sergio Paz, un amigo periodista chileno con abuelo boliviano, que llegaría días después y a quien tratarían de forma sospechosamente hostil. Paz me contó que primero le dijeron que lo atenderían en Tiquina, pero cuando llegó no sólo no lo dejaron entrar a la base del Titicaca sino que lo revisaron y le pidieron sus documentos como si fuese un espía. Encima de eso, un capitán de apellido Rodríguez, a quien yo jamás conocí, le dijo con sinceridad aplastante algo que Paz tardó en creer: “Nosotros odiamos a los chilenos”. Plop. Y se lo confesó sin rodeos. Pero el capitán Fernández, quien me condujo hasta el almirante Jorge Botello, es lo más lejano al marino que atendió a Paz. Por suerte.

Cuando llegamos al despacho del jefe del Estado Mayor, éste estaba terminando de reunirse con el agregado naval de Corea. Bolivia no tendrá mar, pero tiene cuarenta mil kilómetros de ríos navegables y un acceso al océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná-Paraguay. Fue por ahí que llegó hasta Bolivia el buque insignia, la embarcación más importante que tiene su Armada. Mientras esperábamos que nos recibiera, el capitán Fernández, un tipo cobrizo de mejillas infladas que siempre está sonriendo, me sorprendió con la historia de la marina. Después de la guerra con Chile la Armada de Bolivia desapareció. Recién en 1963, el presidente Paz Estensoro decidió reabrir la marina boliviana. Fueron más de ochenta años los que este país vivió sin marineros ni sueños de mar. Como me diría después el director de la Escuela Naval, en los años sesenta se propagó en Bolivia un nuevo ánimo naval. Ver caminar por La Paz a hombres vestidos de blanco era como si, de golpe, el país hubiera pegado una zancada en su camino hacia la costa. Todos volvían a soñar. Y los primeros marineros estaban ahí, como letreros que le gritaban al país “el mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber”, lema que hoy es el más repetido por el Ejército. Quizá por eso ser marino en Bolivia sea la última forma de idealismo en América Latina. Ya no hay revoluciones ni revolucionarios, pero hay marinos sin mar que sueñan y dan esperanzas a todo un país con su sola presencia.

Tras hablar con el jefe de la Armada, fui a buscar a los marinos más jóvenes. Cerca de quince cadetes habían formado un círculo espontáneo en el salón de recreo. La Escuela Naval quedaba frente a una fábrica de cerveza, a unos quince minutos del centro de La Paz. Al entrar te recibía un retrato enorme de Miguel Grau, el héroe nacional de la marina peruana. ¿Qué hacía Grau ahí? Lo habían adoptado como héroe suyo, al no tener ellos uno que hubiera fallecido en combate. De todos modos, Grau había muerto defendiendo Punta Angamos, en la antigua costa boliviana. Tenían razones para quererlo. En el amplio salón había cadetes de quinto año y de tercero y de primero. Cada uno creía tener una verdad sobre el mar. El cadete Seoane, de segundo año, abrió los ojos como si frente a él apareciera el océano que había confeccionado con tanto cuidado en su cabeza. Una imagen tejida con los retazos de los cientos de fotos del mar que había visto en Internet pero que él jamás había visitado.

—No conozco el mar. Me lo imagino no como algo físico, sino como algo espiritual. Extenso, inmenso, y en el que la gente busca algo como el infinito.

Otro cadete, uno de voz ronca y que parecía ser el más educado y correcto y sabio del grupo, me dijo:

—Al principio me impactó la brisa marina que te entra a los pulmones. Sientes una melancolía grande, por no tener una costa propia. El agua es saladísima, como te la cuentan. Las rocas, la arena, el olor. La emoción es gigantesca.

Todos han empezado a confesar cómo fue su primera vez, si la hubo. Y cada cosa que dicen me demuestra mi incapacidad para descubrir las sorpresas de lo obvio. Como siempre he vivido cerca del mar, es fácil ser un aguafiestas de los marinos. Pero oigo al cadete Albán, un tipo pequeño pero corpulento, quien confiesa haberse quedado asombrado con una puesta de sol en Mar del Plata, donde entrenaba con marinos argentinos. Se suma el cadete Suárez y me jura que hay que tener vocación y gusto por el mar desde que naces. Y otro me cuenta que se enamoró del mar por el cine y por esa imagen que tenía metida en la cabeza y en la que, en el fondo del horizonte, el cielo y el mar se borran mutuamente. Pero también hay alguien que me dice que adora el mar y no lo conoce. Es un cadete coleccionista de fotos de todos los mares. Quizá sea su forma de poseerlo. De tenerlo en la mano. De cumplir el sueño boliviano.

HACE POCOS días me desperté con Bolivia. Prendí la televisión en la mañana para ver el informativo y todas las cadenas peruanas anunciaban lo mismo. Bolivia había decidido exportar su gas por Perú. Era más caro, decían los analistas de la CNN, pero el embajador boliviano le explicaba en directo a todo el Perú que tomaba su desayuno, que ésta era una decisión política. Una forma de decirle a Chile que se había perdido la oportunidad de su vida, por no querer negociar ni una franjita ridícula de costa con ellos. Al rato, los primeros parlamentarios peruanos opinaban y algunos ministros pronosticaban un gran crecimiento durante dos décadas en el sur del Perú. A mediodía apareció el presidente Toledo entonando la cadencia solemne con que ha anunciado al país las buenas y, sobre todo, las malas. Se tomó su tiempo y luego añadió con un suave dramatismo calculado: “He hablado esta mañana con el presidente Carlos Mesa y me ha manifestado su intención de sacar el gas boliviano por un puerto del Perú”. Demasiado bueno para ser cierto, creyeron todos. Pasaron horas. En la noche hubo un ciclón de desmentidos por parte del presidente Mesa, quien tuvo que desautorizar en prime-time a su propio ministro de Hidrocarburos, que había dicho que el gas saldría por Perú. El fallido anuncio de Toledo parecía entonces un mensaje cifrado de Bolivia para que Chile se suavizara con ellos. Un modo de advertencia: si no me das el mar que te pido desde hace cien años, le doy mi gas a Perú y punto.

Entonces recordé al capitán X y al capitán Y. Pensaba en ellos y pensaba en todo el país. En cómo Bolivia entera era capaz de mantener un sueño por tantos años y cómo creían que, ahora sí, con el gas, el mar estaba más cerca que nunca. Era asombrosa su resistencia. Pero también pensaba en su fragilidad. Si el gas sale por Perú, Bolivia renuncia a su propia costa para siempre. Una despedida definitiva del mar. Si sale por Chile, empieza un riesgoso coqueteo con la costa anhelada, algo que quizá jamás terminarán de ganar en la mesa de negociaciones. De todos modos, hay algo que seguramente no va a variar en Bolivia, lejos de cualquier decisión. En las casas y las escuelas, los adultos les van a seguir repitiendo a sus niños que el mar les pertenece. Les van a seguir diciendo que algún día, quizá quinientos o mil años más tarde, ellos volverán a bañarse en las playas del océano Pacífico. Por derecho, por deber, por romántica necedad.  

Muxes de Juchitán

Publicado: 22 septiembre 2008 en Martín Caparrós
Etiquetas: , , ,

Amaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar a sus muñecas, y todavía no conocía su nombre.

Son las cinco del alba y el sol apenas quiere, pero las calles del mercado ya están llenas de señoras imponentes: ochenta, cien kilos de carne en cuerpos breves. Las señoras son rotundas como mundos, las piernas zambas, piel cobriza, los ojos grandes negros, sus caras achatadas. Vienen de enaguas anchas y chalecos bordados; detrás van hombrecitos que empujan carretillas repletas de frutas y verduras. Las señoras les gritan órdenes en un idioma que no entiendo: los van arreando hacia sus puestos. Los hombrecitos sudan bajo el peso de los productos y los gritos.

—Güero, cómprame unos huevos de tortuga, un tamalito.

El mercado se arma: con el sol aparecen pirámides de piñas como sandías, mucho mango, plátanos ignotos, tomates, aguacates, hierbas brujas, guayabas y papayas, chiles en montaña, relojes de tres dólares, tortillas, más tortillas, pollos muertos, vivos, huevos, la cabeza de una vaca que ya no la precisa, perros muy flacos, ratas como perros, iguanas retorciéndose, trozos de venado, flores interminables, camisetas con la cara de Guevara, toneladas de cedés piratas, pulpos ensortijados, lisas, bagres, cangrejos moribundos, muy poco pez espada y las nubes de moscas. Músicas varias se mezclan en el aire, y las cotorras.

—¿Qué va a llevar, blanco?
—A usted, señora.

Y la desdentada empieza a gritar el güero me lleva, el güero me lleva, y arrecian las carcajadas. El mercado de Juchitán tiene más de dos mil puestos y en casi todos hay mujeres: tienen que ser capaces de espantar bichos, charlar en zapoteco, ofrecer sus productos, abanicarse y carcajearse al mismo tiempo todo el tiempo. El mercado es el centro de la vida económica de Juchitán y por eso, entre otras cosas, muchos dijeron que aquí regía el matriarcado.

—¿Por qué decimos que hay matriarcado acá? Porque las mujeres predominan, siempre tienen la última palabra. Acá la que manda es la mamá, mi amigo. Y después la señora.

Me dirá después un sesentón, cerveza en la cantina. En la economía tradicional de Juchitán los hombres salen a laborar los campos o a pescar, y las mujeres transforman esos productos y los venden. Las mujeres manejan el dinero, la casa, la organización de las fiestas y la educación de los hijos, pero la política, la cultura y las decisiones básicas son privilegio de los hombres.

—Eso del matriarcado es un invento de los investigadores que vienen unos días y se quedan con la primera imagen. Aquí, dicen, el hombre es un huevón y su mujer lo mantiene .

Dice el padre Francisco Hererro o cura Paco, párroco de la iglesia de San Vicente Ferrer, patrono de Juchitán.

—Pero el hombre se levanta muy temprano porque a las doce del día ya está el sol incandescente y no se puede. Entonces, cuando llegan los antropólogos ven al hombre dormido y dicen ah, es una sociedad matriarcal. No, ésta es una sociedad muy comercial y la mujer es la que vende, todo el día; pero el hombre ha trabajado la noche, la madrugada.
—Pero entonces no se cruzan nunca…
—Sí, para eso no se necesita horario, pues. Yo conozco la vida íntima, secreta, de las familias y te puedo decir que allí tampoco existe el matriarcado.

No existe, pero el papel de las mujeres es mucho más lucido que en el resto de México.

—Aquí somos valoradas por todo lo que hacemos. Aquí es valioso tener hijos, manejar un hogar, ganar nuestro dinero: sentimos el apoyo de la comunidad y eso nos permite vivir con mucha felicidad y con mucha seguridad.

Dirá Marta, mujer juchiteca. Y se les nota, incluso, en su manera de llevar el cuerpo: orgullosas, potentes, el mentón bien alzado, el hombre —si hay hombre— un paso atrás.

Juchitán es un lugar seco, difícil. Cuentan que cuando Dios le ordenó a San Vicente que hiciera un pueblo para los zapotecos, el santo bajó a la tierra y encontró un paraje encantador, con agua, verde, tierra fértil. Pero dijo que no: aquí los hombres van a ser perezosos. Entonces siguió buscando y encontró el sitio donde está Juchitán: éste es el lugar que hará a sus hijos valientes, trabajadores, bravos, dijo San Vicente, y lo fundó.

Ahora Juchitán es una ciudad ni grande ni chica, ni rica ni pobre, ni linda ni fea, en el Istmo de Tehuantepec, al sur de México: el sitio donde el continente se estrecha y deja, entre Pacífico y Atlántico, sólo doscientos kilómetros de tierra. El Istmo siempre ha sido tierra de paso y de comercio: un espacio abierto donde muy variados forasteros se fueron asentando sobre la base de la cultura zapoteca. Y su tradición económica de siglos le permitió mantener una economía tradicional: en Juchitán la mayoría de la población vive de su producción o su comercio, no del sueldo en una fábrica: la penetración de las grandes empresas y del mercado globalizado es mucho menor que en el resto del país.

—Acá no vivimos para trabajar. Acá trabajamos para vivir, no más.

Me dice una señorona en el mercado. Alrededor, Juchitán es un pueblo de siglos que no ha guardado rastros de su historia, que ha crecido de golpe. En menos de veinte años, Juchitán pasó de pueblo polvoriento campesino a ciudad de trópico caótico, y ahora son cien mil habitantes en un damero de calles asfaltadas, casas bajas, flamboyanes naranjas, buganvillas moradas; hay colores pastel en las paredes, jeeps brutales y carros de caballos. Hay pobreza pero no miseria, y cierto saber vivir de la tierra caliente. Algunos negocios tienen guardias armados con winchester “pajera”; muchos no.

Juchitán es un pueblo bravío: aquí se levantaron pronto contra los españoles, aquí desafiaron a las tropas francesas de Maximiliano y a los soldados mexicanos de Porfirio Díaz. Aquí, en 1981, la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo —la COCEI— ganó unas elecciones municipales y la convirtió en la primera ciudad de México gobernada por la izquierda indigenista y campesina. Juchitán se hizo famosa en esos días.

Amaranta siguió jugando con muñecas, vestidos, comiditas, hasta que descubrió unos juegos que le gustaban más. Tenía ocho o nueve años cuando las escondidas se convirtieron en su momento favorito: a los chicos vecinos les gustaba eclipsarse con ella y allí, detrás de una tapia o una mata, se toqueteaban, se frotaban. Amaranta tenía un poco de miedo pero apostaba a esos placeres nuevos:

—Así crecí hasta los once, doce años, y a los trece ya tomé mi decisión, que por suerte tuvo el apoyo de mi papá y de mi mamá.

Dirá mucho después. Aquel día su madre cumplía años y Amaranta se presentó en la fiesta con pendientes y un vestido floreado, tan de señorita. Algunos fingieron una sorpresa inverosímil. Su mamá la abrazó; su padre, profesor de escuela, le dijo que respetaba su decisión pero que lo único que le pedía era que no terminara borracha en las cantinas:

—Jorge, hijo, por favor piensa en tus hermanos, en la familia. Sólo te pido que respetes nuestros valores. Y el resto, vive como debes.

Amaranta se había convertido, por fin, abiertamente, en un “muxe”. Pero seguía sin saber su nombre.

Muxe es una palabra zapoteca que quiere decir homosexual pero quiere decir mucho más que homosexual. Los muxes de Juchitán disfrutan desde siempre de una aceptación social que viene de la cultura indígena. Y se “visten” —de mujeres— y circulan por las calles como las demás señoras, sin que nadie los señale con el dedo. Pero, sobre todo: según la tradición, los muxes travestidos son chicas de su casa. Si los travestis occidentales suelen transformarse en hipermujeres hipersexuales, los muxes son hiperhogareñas:

—Los muxes de Juchitán nos caracterizamos por ser gente muy trabajadora, muy unidos a la familia, sobre todo a la mamá. Muy con la idea de trabajar para el bienestar de los padres. Nosotros somos los últimos que nos quedamos en la casa con los papás cuando ya están viejitos, porque los hermanos y hermanas se casan, hacen su vida aparte pero nosotros, como no nos casamos, siempre nos quedamos. Por eso a las mamás no les disgusta tener un hijo muxe. Y siempre hemos hecho esos trabajos de coser, bordar, cocinar, limpiar, hacer adornos para fiestas: todos los trabajos de mujer.

Dice Felina, que alguna vez se llamó Ángel. Felina tiene 33 años y una tienda —“Estética y creaciones Felina”— donde corta el pelo y vende ropa. La tienda tiene paredes verdes, maniquíes desnudos, sillones para esperar, una mesita con revistas de cotilleo, la tele con culebrón constante y un ordenador conectado a internet; Felina tiene una falda corta con su larga raja, sus piernas afeitadas más o menos, las uñas carmesí. Su historia es parecida a las demás: un descubrimiento temprano, un período ambiguo y, hacia los doce o trece, la asunción de que su cuerpo estaba equivocado. La tradición juchiteca insiste en que un muxe no se hace -nace-y que no hay forma de ir en contra del destino.

—Los muxes sólo nos juntamos con hombres, no con otra persona igual. En otros lugares ves que la pareja son dos homosexuales. Acá en cambio los muxes buscan hombres para ser su pareja.
—¿Se ven más como mujeres?
—Sí, nos sentimos más mujeres. Pero yo no quiero ocupar el lugar de la mujer ni el del hombre. Yo me siento bien como soy, diferente: en el medio, ni acá ni allá, y asumir la responsabilidad que me corresponde como ser diferente.

Cuando cumplió catorce, Amaranta se llamaba Nayeli —“te quiero” en zapoteca— y consiguió que sus padres la mandaran a estudiar inglés y teatro a Veracruz. Allí leyó su primer libro “de literatura”: se llamaba Cien años de soledad y un personaje la impactó: era, por supuesto, Amaranta Buendía.

—A partir de ahí decidí que ése sería mi nombre, y empecé a pensar cómo construir su identidad, cómo podía ser su vida, mi vida. Tradicionalmente los muxes en Juchitán trabajamos en los quehaceres de la casa. Yo, sin menospreciar todo esto, me pregunté por qué tenía que cumplir esos roles.

Amaranta mueve su mano derecha sin parar y conversa con soltura de torrente, eligiendo palabras:

—Entonces pensé que quería estar en la boca de la gente, del público, y empecé a trabajar en un show travesti que se llamaba New Les Femmes.

Durante un par de años las cuatro “New Les Femmes” recorrieron el país imitando a actrices y cantantes. Amaranta se lo tomó en serio: estudiaba cada gesto, cada movimiento, y era muy buena haciendo a Paloma San Basilio y Rocío Durcal. Era una vida y le gustaba —y podría haberle durado muchos años.

En Juchitán no se ven extranjeros: no hay turismo ni razones para que lo haya. Suele hacer un calor imposible, pero estos días sopla un viento sin mengua: aire corriendo entre los dos océanos. El viento refresca pero pega a los cuerpos los vestidos, levanta arena, provoca más chillidos de los pájaros. Los juchitecas se desasosiegan con el viento.

—¿Qué está buscando por acá?

En una calle del centro hay un local con su cartel: Neuróticos Anónimos. Adentro, reunidos, seis hombres y mujeres se cuentan sus historias; más tarde ese señor me explicará que lo hacen para

dejar de sufrir, “porque el ser humano sufre mucho los celos, la ira, la cólera, la soberbia, la lujuria”. Después ese señor —cuarenta años, modelo Pedro Infante— me contará la historia de uno que vino durante muchos meses para olvidar a un muxe:

—El pobre hombre ya estaba casado, quería formar una familia, pero extrañaba al muxe, lo veía, la esposa se enteraba y le daba coraje. Y si no, igual a él le resultaba muy doloroso no poder dejarlo.

Sabía que tenía que dejarlo pero no podía, lo tenía como embrujado.

De pronto me pareció evidente que ese hombre era él.

—¿Y se curó?

Le pregunté, manteniendo la ficción del otro.

—No, yo no creo que se cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.

Me dijo, con la sonrisa triste. Felina me había contado que una de las “funciones sociales” tradicionales de los muxes era la iniciación sexual de los jóvenes juchitecas. Aquí la virginidad de las novias era un valor fundamental y los jóvenes juchitecas siguen respetando más a las novias que no se acuestan con ellos, y entonces los servicios de un muxe son el mejor recurso disponible.

Las New Les Femmes habían quedado en encontrarse, tras tres meses de vacaciones, en un pueblo de Chiapas donde habían cerrado un buen contrato. Amaranta llegó un día antes de la cita y esperó y esperó. Al otro día empezó a hacer llamadas: así se enteró de que dos de sus amigas habían muerto de sida y la tercera estaba postrada por la enfermedad. Hasta ese momento Amaranta no le había hecho mucho caso al VIH, y ni siquiera se cuidaba.

—¿Cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tan drásticamente, tan de pronto? Ellas estaban tan vivas, tenían tanto camino por delante No te voy a decir que me sentía culpable, pero sí con un compromiso moral enorme de hacer algo.

Fue su camino de Damasco. Muerta de miedo, Amaranta se hizo los análisis. Cuando le dijeron que se había salvado, se contactó con un grupo que llevaba dos años trabajando sobre el sida en el Istmo: Gunaxhii Guendanabani—Ama la Vida era una pequeña organización de mujeres juchitecas que la aceptaron como una más. Entonces Amaranta organizó a sus amigas para hacer campañas de prevención. Los muxes fueron muy importantes para convencer a los más jóvenes de la necesidad del sexo protegido.

—El tema del VIH viene a abrir la caja de Pandora y ahí aparece todo: las elecciones sexuales, la autoestima, el contexto cultural, la inserción social, la salud, la economía, los derechos humanos, la política incluso.

Amaranta se especializó en el tema, consiguió becas, trabajó en Juchitán, en el resto de México y en países centroamericanos, dio cursos, talleres, estudió, organizó charlas, marchas, obras de teatro. Después Amaranta se incorporó a un partido político nuevo, México Posible, que venía de la confluencia de grupos feministas, ecologistas, indigenistas y de derechos humanos. Era una verdadera militante.

En la cantina suena un fandango tehuano y sólo hay hombres. Afuera el calor es criminal; aquí adentro, cervezas. En las paredes hay papagayos pintados que beben coronitas y en un rincón la tele grande como el otro mundo repite un gol horrible. Bajo el techo de palma hay un ventilador que vuela lento.

—Venga, güero, tómese una cerveza.

Una mesa con cinco cuarentones está repleta de botellas vacías y me siento con ellos. Al cabo de un rato les pregunto por los muxes y hay varias carcajadas:

—No, para qué, si acá cada cual tiene su mujercita.
—Sus mujercitas, buey.

Corrige otro. Un tercero los mira con ojitos achinados de cerveza:

—A ver quién de ustedes no se ha chingado nunca un muxe. A ver quién es el maricón que nunca se ha chingado un muxe.

Desafía, y hay sonrisas cómplices.

—¡Por los muxes!

Grita uno, y todos brindan…brindamos.

La invitación estaba impresa en una hoja de papel común: “Los señores Antonio Sánchez Aquino y Gimena Gómez Castillo tienen el honor de invitar a usted y a su apreciable familia al 25 aniversario de la señorita María Rosa Mística que se llevará a cabo en”. La fiesta fue la semana pasada; ayer, cuando me la encontré en la calle vendiendo quesos que prepara con su madre, la señorita María Rosa Mística parecía, dicho sea con todos los respetos, un hombre feo retacón y muy ancho metido adentro de una falda interminable que me dijo que ahorita no podía charlar pero quizás mañana.

—A las doce en el bar Jardín, ¿te parece?

Dijo, pero me dio el número de su celular “por si no llego”. Y ahora la estoy llamando porque ya lleva una hora de retraso; no, sí, ahorita voy. Supuse que se estaba dando aires —un supuesto truco femenino-. Al rato, Mística llega con Pilar —“una vecina”— y me cuenta que vienen del velorio de un primo que se murió de sida anoche:

—Pobre Raúl, le daba tanta pena, no quería decirle a nadie qué tenía, no quería que su madre se enterara. Si acá todos la queríamos Pero creía que la iban a rechazar y decía que era un virus de perro, un dolor de cabeza, escondía los análisis. Y se dejó morir de vergüenza.

Dice Mística, triste, transfigurada: ahora es una reina zapoteca altiva, inmensa. El cura Paco me había dicho que aquí todavía no ha penetrado el modelo griego de belleza: que las mujeres para ser bellas tienen que ser frondosas, carnosas, bebedoras, bailonas. “Moza, moza, la mujer entre más gorda más hermosa”, me dijo que se dice. Así que Mística debe ser una especie de Angelina Jolly: un cuerpo desmedido, tacos, enaguas anchas y un huipil rojo fuego con bordados de oro. El lápiz le ha dibujado labios muy improbables, un corazón en llamas.

—Yo también estoy enferma. Pero no por eso voy a dejarme morir, ¿no? Yo estoy peleando, a puritos vergazos. Ahorita me cuido mucho y cuido a las personas con las que tengo relaciones: la gente no tiene la culpa de que yo me haya enfermado. Yo no soy así, vengativa. Ahorita ando con un muchacho de 16 años; a mí me gustan mucho los niños y, la verdad, pues me siento bien con él pero también me siento mal porque es muy niño para mí.

Declara su vecina. Pilar es un muxe pasado por la aculturación moderna: hace unos años se fue a vivir a la ciudad de México y consiguió trabajo en la cocina de un restorán chino.

—Y también trabajo a la noche, cuando salgo y no me siento cansada, si necesito unos pesos voy por Insurgentes, por la Zona Rosa y me busco unos hombres. A mí me gusta eso, me siento muy mujer, más que mujer. A mi lo único que me falta es ésta.

Dice y se aprieta con la mano la entrepierna. Pilar va de pantalones ajustados y una blusa escotada que deja ver el nacimiento de sus tetas de saldo.

—Te sobra, se diría.

Le dice Mística, zumbona.

—Sí, me falta, me sobra. Pensé en operarme pero no puedo, son como cuarenta mil pesos, es mucho dinero.

Cuarenta mil pesos son cuatro mil dólares y Pilar cobra doscientos o trescientos pesos por servicio. Mística transpira y se seca con cuidado de no correrse el maquillaje. A Mística no le gusta la idea de trabajar de prostituta:

—No, le temo mucho. Me da miedo enamorarme perdidamente de alguien, me da miedo la violencia de los hombres. Yo me divierto en las fiestas y en la conga, cuando ando tomada ligo mucho.

Tradicionalmente los muxes juchitecas no se prostituyen: no lo necesitan porque no existe la marginación que les impide otra salida. Pero algunas han empezado a hacerlo.

—Ni tampoco quiero operarme. Yo soy feliz así. Tengo más libertad que una mujer, puedo hacer lo que quiero. Y también tengo mi marido que me quiere y me busca

Dice Mística. Su novio tiene 18 años y es estudiante: ya llevan, dice, orgullosa, más de seis meses juntos.

En septiembre del 2002, Amaranta había encontrado un hombre que por fin consiguió cautivarla: era un técnico en refrigeración que atendía grandes hoteles en Huatulco, un pueblo turístico sobre el Pacífico, a tres horas al norte de aquí.

—Era un chavo muy lindo y me pidió que me quedara con él, que estaba solo, que me necesitaba, y nos instalamos juntos. Era una relación de equidad, pagábamos todo a la par, estábamos haciendo algo juntos.

Amaranta se sentía enamorada y decidió que quería bajar su participación política para apostar a “crear una familia”. Pero una noche de octubre se tomó un autobús hacia Oaxaca para asistir a un acto; el autobús volcó y el brazo izquierdo de Amaranta quedó demasiado roto como para poder reconstruirlo: se lo amputaron a la altura del hombro.

—Yo no sé si creer en el destino o no, pero sí creo en las circunstancias, que las cosas se dan cuando tienen que darse. Era un momento de definición y con el accidente tuve que preguntarme: Amaranta dónde estás parada, adónde va tu vida.

Su novio no estuvo a la altura, y Amaranta se dio cuenta de que lo que más le importaba era su familia, sus compañeros y compañeras, su partido. Entonces trató de no dejarse abatir por ese brazo ausente, retomó su militancia con más ganas y, cuando le ofrecieron una candidatura a diputada federal —el segundo puesto de la lista nacional—, la aceptó sin dudar. Empezó a recorrer el país buscando apoyos, hablando en público, agitando, organizando: su figura se estaba haciendo popular y tenía buenas chances de aprovechar el descrédito de los políticos tradicionales y su propia novedad para convertirse en la primera diputada travestida del país y —muy probablemente— del mundo.

El padre Paco lleva bigotes y no está de acuerdo. El cura quiere ser tolerante y a veces le sale: dice que la homosexualidad no es natural pero que en las sociedades indígenas, como son más maduras, cada quien es aceptado como es. Pero que ahora, en Juchitán, hay gente que deja de aceptar a algunos homosexuales porque se están “occidentalizando”.

—¿Qué significa occidentalizarse en este caso?
—Pues, por ejemplo meterse en la vida política, como se ha metido ahora Amaranta. A mí me preocupa, veo otros intereses que están jugando con ella o con él no, con ella, pues. Porque el homosexual de aquí es el que vive normalmente, no le interesa trascender, ser figura, sino que vive en la mentalidad indígena del mundo. Mientras no rompan el modo de vida local, siguen siendo aceptados
—¿Tú has roto con esa tradición de los muxes?

Le preguntaré otro día a Amaranta.

—La apuesta no es dejar de hacer pasteles o de bordar o de hacer fiestas, para nada; la apuesta es fortalecer desde estos espacios públicos eso que siempre hemos hecho.

Amaranta Gómez Regalado es muy mujer. Más de una vez, charlando con ella, me olvido de que su documento dice Jorge.

Hay estruendo de cuervos y bocinas y no se sabe quién imita a quién. En el medio del Zócalo —la plaza central de Juchitán—, junto al quiosco donde a veces toca la banda o la marimba, una panda de skaters hace sus morisquetas sobre ruedas. Las piruetas les fallan casi siempre. Una mujer montaña con faldas de colores, enaguas y rebozo se cruza en el camino y casi provoca el accidente. Llevan pantalones raperos y gorras de los Gigantes de San Francisco o los Yankees de Nueva York, y uno me dirá que lo que más quiere en la vida es pasar la frontera, pero que ahora con la guerra quién sabe:

—No vaya a ser que te metan en su army y te manden al frente.

Entonces le pregunto por los muxes y le brillan los ojos: no sé si es sorna, orgullo o sólo un buen recuerdo.

—¿Tú has venido por eso?

No puedo decirle que no; tampoco vale la pena explicarle que no es lo que él supone. Se huele el mango, los plátanos maduros, pescado seco, la harina de maíz y las gardenias. Más allá, una sábana pintada y colgada de dos árboles anuncia que “la Secretaría de la Defensa Nacional te invita a ingresar a sus filas en el arma de Infantería. Te ofrecemos alojamiento, alimentación, seguro médico, seguro de vida”; dos soldaditos magros esperan candidatos. Los lustrabotas se aburren y transpiran. Por la calle pasa el coche con altavoz que lee las noticias: “Siete días tuvieron encerradas a parturienta y sus gemelas por no pagar la cuenta” Dos mujeronas van agarradas de la mano y una le tienta a otra con la mano una pequeña parte de la grupa:

—¡Mira lo que te pierdes!

Le grita a un hombre flaco que las mira. A un costado, bajo un toldo para el sol espantoso, se desarrolla el “Maratón microfónico y de estilistas” organizado por Gunaxhii Guendanabani: una docena de peluqueras muxes y mujeres tijeretean cabezas por la causa mientras una señora lee consejos “para vivir una sexualidad plena, responsable y placentera”. Una chica de quince embarazada, vestidito de frutas, se acerca de la mano de su mamá imponente. Colegialas distribuyen cintas rojas y Amaranta saluda, da aliento, contesta a unas mujeres que se interesan por su candidatura o por su brazo ausente. Lleva un colgante de obsidianas sobre la blusa de batik violeta y la pollera larga muy floreada, la cara firme, la frente despejada y los ojos, sobre todo los ojos. Se la ve tan a gusto, tan llena de energía:

—¿Y cómo te resulta esto de haberte transformado en un personaje público?
—Pues mira, no he tenido tiempo de preguntármelo todavía. Por un lado era lo que yo quería, lo había soñado, imaginado.
—Pero si ganas te va a resultar mucho más difícil conseguir un novio.

Amaranta se retira el pelo de la cara, coqueta, con mohínes:

—Sí, se vuelve más complicado, pero el problema es más de fondo: si a los hombres les cuesta mucho trabajo estar con una mujer más inteligente que ellos, ¡pues imagínate lo que les puede costar estar con un muxe mucho más inteligente que ellos! ¡Ay, mamacita, qué difícil va a ser!

Dice, y nos da la carcajada.

Amaranta Gómez Regalado y su partido, México Posible, fueron derrotados. El resultado de las elecciones fue una sorpresa incluso para los analistas, que les auguraban mucho más que los 244.000 votos que consiguieron en todo el país. Según dijeron, el principal problema fue el crecimiento de la abstención electoral y las enormes sumas que gastaron en propaganda los tres partidos principales. Amaranta se deprimió un poco, trató de disimularlo y ahora dice que va a seguir adelante pese a todo.

Adiós al Huáscar

Publicado: 15 septiembre 2008 en Daniel Titinger
Etiquetas: , , ,

—Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

El niño, capucha naranja que le cubre la cabeza, se detiene detrás del cañón que ya no dispara, sostiene unas manijas largas de madera que son puro adorno, ya no sirven para nada, pero sí: al menos para que el niño cierre apenas los ojos como buscando un blanco a través de una mirilla y «ta-ta-ta-ta», haga un ruido furioso con la boca, como si disparase una ametralladora y no un cañón; en fin, tiene siete años y mata peruanos en su cándida imaginación.

El papá se ríe. Es el mismo papá que hace unos minutos, en el piso de abajo que aquí en el barco llaman «segunda cubierta» y huele insoportablemente a barniz, estuvo tan gracioso que hasta hizo sonreír a un joven marinero de gorrita blanca, encargado de cuidar que nadie toque nada y de responder preguntas que casi siempre son la misma: ¿Y esto qué es?

Sobre un estante de madera hay un proyectil enano y al lado una inscripción: «Proyectil donado por el Almirante Don Miguel Grau a la Srta. Carmencita Pomareda».

—Parece que Grau era mujeriego -dice el papá en voz alta, cantando las sílabas como hacen los chilenos.

Fue chistoso para algunos.

Miguel Grau, el héroe máximo del Perú, el Caballero de los Mares, el comandante del monitor Huáscar hasta que le cayó la noche -era de día-, y murió combatiendo contra Chile, 1879, cuando las guerras eran más nobles, pero guerras al fin y al cabo, es ahora mujeriego en la versión anacrónica del padre. Grau, decía, murió en el Huáscar, y no quedó casi nada de él luego de un cañonazo del enemigo de ese entonces, y del Huáscar, al Perú, no le quedó nada.

Estamos, obvio, en Chile, ciento veintiocho años después, a bordo del Huáscar. Un día antes, en Viña del Mar, el almirante en retiro Jorge Patricio Arancibia, ex edecán de Pinochet, diputado, calvicie avanzada, pulóver marrón, me había advertido que al pisar el Huáscar se me iban a poner los pelos de punta. De emoción, claro. Eso dijo: «Vas a pisar el Huáscar y te vas a dar cuenta de que es un santuario». No sé, quizá vine en un mal día.

Es domingo, casi mediodía, y el puerto de Talcahuano, al sur del país del sur, es, visto desde esta orilla, un conjunto de cerros verdes que dan al mar: una bahía en medialuna, casi una laguna de mar. En el mar, el Huáscar. Las visitas al Huáscar son grupales, mil pesos por cabeza, un frío que atraviesa dos casacas. Me tocó en el grupo esta familia de chilenos: un cañón para matar peruanos, ta-ta-ta-ta, el mujeriego almirante Grau. Mala suerte. Desde el muelle, una balsita de madera nos lleva hasta el buque, inofensivo, bonito como el juguete de un coleccionista, como recién pintado, sesenta metros de largo que aquí le dicen «eslora» y que lo hacen bastante más chico de lo que pensé: la realidad echando por la borda todos esos años de remota imaginación escolar, con el inmenso, imponente, majestuoso Huáscar que luchó contra los crueles enemigos chilenos en esa guerra de los libros de Historia del Perú, y que de pronto, unos metros más allá, era (sólo) eso.

El Huáscar es el segundo museo más visitado de Chile.

Ahora estoy, entonces, en el Huáscar, y no se me erizan los pelos, no lloro de emoción, no grito: «Chile, devuélvenos el Huáscar», que es una muletilla en el Perú, mi país, desde sabe Dios cuándo.

Se escucha un disparo.

Hay unos altavoces en distintos lugares del buque. He visto uno frente a la torre giratoria de dos cañones, lo último de la tecnología bélica allá por mil ochocientos sesenta y tantos, cuando el Huáscar se construyó en Inglaterra y se lo bautizó así en honor al inca Huáscar, hijo de Huaina Cápac y Ráhuac Ocllo. Los disparos salen de allí. No de esos cañones estáticos que ni siquiera son los originales -para desilusión de los turistas hay otro ejemplo: un veinte por ciento del casco del buque no es original-, sino de los altavoces. Se trata de una recreación grabada de un combate naval en la agitada voz de un periodista que supuestamente es de guerra, despachando supuestamente desde el mismo epicentro del combate naval, que no es cualquier combate, sino el de Iquique.

21 de mayo de 1879. Iquique, Perú. Flameaba en el Huáscar la bandera peruana. (Dato al margen: Iquique y el Huáscar tienen hoy nacionalidad chilena.) Grau estaba al mando. En la otra esquina, la Esmeralda, buque de Chile comandado por Arturo Prat. Ocho de la mañana. El Huáscar dispara el primer tiro. Mala puntería. Cae en el agua. La Esmeralda, en una maniobra bien estudiada, se pega mucho a la orilla para que el adversario deje de disparar. El almirante Grau era conocido por su caballerosidad y jamás iba a poner en riesgo a la población de enfrente. Entonces el Caballero de los Mares deja de hacer ruido con su cañonería y embiste a la Esmeralda con su espolón de proa, que es como se le dice aquí a la parte de adelante del buque. Diez de la mañana. Tan pegados estaban el Huáscar y la Esmeralda que Prat se lanza al abordaje del buque peruano.

—¿Qué pasa con el comandante Prat? ¿Dónde lo ves? -grita una voz por los altavoces.

Decía que es bonito el Huáscar. Los chilenos lo han cuidado bien, después de todo. El camarote del comandante hasta tiene la foto de Grau, «es un cabro flaco, Grau», dice el papá y el hijo se ríe. Jorge Figueroa, ex publicista, alargado y viejo como el Quijote, presidente de la Corporación de Defensa de la Soberanía de Chile, me dijo hace unos días que «se visita el Huáscar como una capilla, como un convento». Mientras que Sergio Villalobos, Premio Nacional de Historia de Chile, nacionalista al extremo, según cuentan, lentes anchos como fondos de botella, dice que «el Huáscar es parte de la gloria nacional». La de Chile. «No sólo por habérselo quitado al Perú, sino por los actos heroicos que hubo en él». Prat saltando al Huáscar es, dice Villalobos, un acto heroico. Lo confirma la historia. La de Chile.

—¡Muerto! ¡Muerto! -se escucha ahora por los altavoces-. ¡El comandante Prat tiene la frente destrozada!

El supuesto periodista llora a mares e inunda el Huáscar -el de hoy- con su propio melodrama. Eso parece.

Pero han pasado ciento veintiocho años y la gente no entiende nada. Prat murió por su patria. Chile, al final, ganó la guerra. Grau, meses después, moriría también por su propio bando. Perú perdió. Vencedores y vencidos se encargarían de crear sus propios héroes, y «desgraciado el país que necesita héroes», dijo Brecht. Así es. Ciento veintiocho años y un cliché: parece que fue ayer. Chile y Perú siguen peleando una guerra que podría ser la misma o no ser, y esas voces grabadas que se escuchan en el Huáscar le dejan al visitante la extraña sensación de que todo sucede en el momento, en tiempo real, como le llaman.

Y el tiempo real es hostil.

Perú, en su versión 2007, le reclama al vecino un triángulo de mar en la frontera: treinta y cinco mil kilómetros cuadrados de anchoveta no es poca cosa. Chile dice que no hay nada que reclamar, y al rato señala que hay un territorio que le pertenece, que, según Perú, es del Perú. «Los peruanos siempre reclamando cosas», dispara el ultranacionalista Villalobos. Un diario de Lima aprovecha el pánico y se queja en su portada: «Chile se burla de protesta peruana». Seguro que vendió muchos ejemplares ese día. Chile, en el Perú, es un tema que vende: el viejo cuento del enemigo único. O somos soberbios (ellos) o resentidos (nosotros), o victoriosos o derrotados, o chilenos o peruanos, y eso basta para vivir bajo sospecha.

Otro ejemplo. Ollanta Humala («Chile, devuélvenos el Huáscar») y sus huestes del Partido Nacionalista Peruano amenazan con ir hasta la frontera con Chile para «reclamar la integridad territorial y marítima de nuestro país». Al final, Humala no va a ninguna parte y sólo algunos pocos «humalistas» llegan a dos kilómetros de la frontera. Una frontera, por cierto, llena de minas, que no es una metáfora de nada.

—Como chileno, le tengo mucho miedo a Humala -me dijo un periodista de Chile, cuando visitó Lima en mayo del 2007.

El periodista se llama Claudio Fariña y trabaja en la Televisión Nacional de Chile, TVN. Vino a Lima para conocer qué pensamos aquí sobre el documental Epopeya, transmitido por su canal, y que narra, a través de un soldado chileno que sólo existe en la ficción pero que pudo ser real, esa misma guerra de 1879. Fariña jamás hubiese venido a Lima si el embajador peruano en Santiago, con una llamada telefónica al director de TVN, no hubiese puesto en alerta a ese medio sobre los efectos que podría provocar Epopeya en la relación de ambos países. En tiempos de nacionalismo extremo, hay miedo de lo que pueda decir el uno del otro.

El documental se postergó un tiempo y Rafael Cavada, conductor de Epopeya, pelo largo, barba crecida, «el único periodista chileno que estuvo en la invasión de Irak», me han dicho, toma una cerveza en la terraza del Liguria, en Santiago, y dice: «Debido a la torpeza de nuestras cancillerías, esto [el documental] se transformó en un lío más entre ambos países». El mar, la frontera, Humala, el papá de Humala que declara: «Perú debe invadir Chile con fusiles y penes», Fujimori en Santiago, Chile, devuelve al asesino, Epopeya, el 74,6 por ciento de los limeños considera que Chile es un país expansionista.

Al final, lo más devastador de una guerra son las esquirlas que deja. El día después. Lo raro es que este después dure tanto y que sea tan distinto, dependiendo del mirador de cada país.

Hay una versión de los vencidos: Grau, el Caballero de los Mares, el Huáscar que nos quitó Chile, la frontera que estaba más al sur, el pisco es peruano y no chileno, el enemigo es soberbio, expansionista, el resquemor.

Hay una versión de los vencedores. La historia es cíclica, circular, se muerde la cola:

—Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

* * *

Jura que es el sobrino bisnieto de Miguel Grau y dice que su máximo sueño es trabajar en el Huáscar y recibir visitantes como si fuera el mismo Grau quien lo hiciera: «Te imaginas”, me dice, muy serio, “porque sólo yo tengo la cara para hacerlo». Es verdad: el tipo es idéntico a Grau, el rostro abultado, la barba gruesa, exagerada como el retrato de un caballero antiguo, una barba macerada que sólo deja al descubierto el mentón circular, algo tosco, pasadísimo de moda. Es idéntico: tiene una calva prominente, una nariz como estrellada en la pared, ojos claros, hasta una insospechada voz de niño que no hace juego con su cara de Grau, o sí: «Voz de timbre femenino», decía un cronista que tenía el héroe del Perú, y este sobrino bisnieto lo copia también en un gabán azul oscuro que casi le llega a los talones en esta noche helada, en Lima, frente al mar.

Al mar, aquí, se lo llama Mar de Grau.

—Yo podría ir al Huáscar como enviado del Perú -dice Germán Seminario, el sobrino bisnieto-, ya estuve tres veces allí y cuando me ven va mucha gente.

No es muy alto, Grau tampoco lo era.

El sobrino bisnieto tiene cincuenta y tres años, una barba pintada del luto más oscuro, el tiempo no pasa en vano y «Grau murió joven, qué puedo hacer». Hoy ha llegado hasta el malecón con vista al mar en el distrito de Miraflores, que en el espejo retrovisor de la historia sólo puede ser la Batalla de Miraflores, un 15 de enero de 1881, Perú versus Chile. Ganó Chile. Primero, habían conquistado el mar, que era el mar de Grau pero ya era de Chile, y aquél era un mundo sin aviones invisibles ni bombas a control remoto ni guerras en el cielo. Las guerras se ganaban en el mar. Ocho de octubre de 1879. «Falleció Grau. Murió mucha gente», decía un telegrama publicado entonces, en letras pequeñitas, en el diario El Comercio de Lima. «Cuando perdimos el Huáscar, perdimos la guerra», me había dicho el historiador peruano Joseph Dager, en su oficina azul de la Universidad Católica de Lima. Perdimos el Huáscar, ganaron el mar, y luego avanzaron de sur a norte hasta Lima, veinte mil soldados chilenos, saqueos, violacion
es, robos que Sergio Villalobos, supernacionalista, dice que nunca hubo, y ahora Germán Seminario, el sobrino bisnieto, carga un maletín negro lleno de papeles: recortes de prensa con su fotografía y titulares del tipo «Soy la reencarnación de Miguel Grau»; invitaciones a colegios en Perú y en Chile, a ceremonias de la Marina de Guerra del Perú, de la Policía Nacional del Perú, un diploma, algunas cartas, y una hoja desteñida con el árbol genealógico de su familia. Mira. «Éstos son los Seminario, éstos los Grau, y éste de la izquierda es Miguel Grau Seminario, ¿ves?».

—Ése no es nada de Grau -me había advertido un día antes, en su oficina del Museo Naval del Perú, en el Callao, el contralmirante en retiro y director del museo, Fernando Casaretto.

Son las diez de la mañana con un cielo sin cielo, gris, como si siempre estuviese a punto de llover, y el contralmirante Fernando Casaretto, historiador naval, es un hombre flaco de corbata azul que tiene ganas de conversar sobre la guerra. Primero, que ese «Grau» no es nada de Grau sino un farsante, óyelo bien, que en realidad nadie puede ser Grau, «porque ese hombre era un genio”, dice Casaretto. “No puedo aspirar a hacer cosas que hacía Grau, no me siento capaz, por ejemplo, de salvar náufragos chilenos tirados en el mar». Iquique, Perú. Habíamos dicho que el Huáscar hunde a la Esmeralda, muere Prat gritando «¡Viva Chile!», se crea un héroe, sesenta y dos chilenos quedan flotando en el mar y Grau ordena arriar sus botes y recogerlos, imagínate. Salvar chilenos. Ni Epopeya dijo eso, pero bueno, «ése fue un documental chileno y cada país tiene derecho a hacer su circo».

El sobrino bisnieto, o quién sabe qué, no ve por el ojo izquierdo.

Esa falla genética truncó, dice él, su «brillante futuro» en la Marina de Guerra del Perú. Germán Seminario hoy camina por el malecón de Miraflores, pasos cortos, mirada al frente, «buenas noches, caballero», la espalda tan recta que parece que tuviera un dolor muscular, y los transeúntes -«te juro que siempre es así, me ven y me quieren, te juro»- se le acercan sin miedo, «buenas noches», «yo lo he visto en televisión, mis respetos, señor», «caballero, cuánto gusto», le dan la mano, una palmada en la espalda, lo señalan de lejos, «habla, Bolognesi», le gritan, y es que los jóvenes de ahora, pobres, no saben nada de los héroes de antes. La misma heroicidad es una ligereza de la tele, un producto del azar, de atrapar a un ladrón robando una cartera, o cosas así. Ya nadie es tan valiente de morir por su país. Ya nadie es tan idiota de morir por su país.

Como el chileno Prat, o como Grau, porque nadie puede aspirar a ser Grau, óyelo bien, o como ese otro héroe peruano, Francisco Bolognesi, «habla, Bolognesi», le gritan, y en Chile, cuenta Germán Seminario, a él hasta lo han confundido con Prat.

Algunos libros de historia, en el Perú, dicen que Arturo Prat jamás saltó al abordaje del Huáscar, sino que cayó allí luego del espolonazo, y que hasta gritó «¡Viva el Perú!» en señal de rendición.

Algunos libros de historia, en Chile, aseguran que Miguel Grau había sido un traficante de chinos.

Todo puede ser verdad, y «cualquier versión oficial es dudosa», me había dicho, en Santiago, el historiador chileno Alfredo Jocelyn-Holt. Lo único cierto, en los libros de historia de ambos países, es que hubo una guerra. Febrero, 1879. Perú limitaba, al sur, con Bolivia. Bolivia tenía casas con vista al mar, pero «el boliviano es un ser que tiende a irse a las alturas”, dice el nacionalista Sergio Villalobos, “allí está su realidad cultural, el litoral nunca representó nada para ellos». El litoral era Antofagasta y estaba lleno de chilenos, quizá por lo que dice Villalobos o quizá por eso otro que me dijo, en el Museo Naval, el contralmirante Casaretto: «Chile siempre quiso dominar el Pacífico». Había mucho salitre en Antofagasta, y el salitre era como el petróleo de hoy, todos babeaban por el salitre. Bolivia le subió el impuesto, Chile dijo no, no pago, y al rato llegó con su ejército al que ahora ellos llaman, con razón, «ejército vencedor, jamás vencido».

Fue entonces que Perú se metió en el lío ajeno, que de alguna forma era suyo por ese extraño afán de firmar acuerdos, de formar alianzas, y Chile otra vez dijo no, y al rato nos declaró la guerra.

-Algunos libros de historia, en el Perú, dicen que el Perú no deseaba la guerra y que Chile la preparaba.

Algunos libros de historia, en Chile, dicen que el Perú y Bolivia se habían aliado para atacarlos.

-Creo que en cualquier situación de conflicto, incluso entre dos personas, hay mucha razón y sinrazón de ambos lados -me dijo Alfredo Jocelyn-Holt.

Es una mañana fría en Santiago y Jocelyn-Holt está sentado en su biblioteca de estanterías blancas, una barba alargada, un cigarro Drum extinguiéndose en su mano derecha.

-Los historiadores tienen que jugar un papel racionalizador -dice él-. Tienen que escuchar los dos lados y tratar de encontrar un sentido.

Pero cuidado, ésa es tarea de los historiadores. El intelectual es consciente de que el pasado nos condena; el ciudadano de la calle sólo vive el día a día y está donde le acomoda mejor. En las portadas de prensa, por ejemplo, en la TV, en los políticos que amenazan con llegar a la frontera, en los símbolos, en Internet, asolapado en la seguridad del anonimato, diciendo lo que le da la gana, lo que realmente piensa.

Usted no cierre los ojos. Lea estos comentarios del ciberespacio, en voz alta, y no se tape los oídos: no le dé la espalda a la realidad.

-Los chilenos son cruce de payaso y prostituta.

-Viva Chile, ejército vencedor, jamás vencido.

El sobrino bisnieto (o imitador) de Grau dice que no quiere hablar de la guerra. Que todo el mundo quiere hacerlo pero él no, que no le importa la guerra, dice, que nunca ha leído los foros en Internet pero que hasta su madre tiene algo que decirle sobre eso, «ten cuidado, no te vayan a matar los chilenos», muerta de miedo cuando él viaja a ese país para visitar colegios, museos, el Huáscar, y siempre para hablar de lo mismo.

-A mí lo que me gusta es hablar de los valores, no de la guerra -dice Germán Seminario.

También dice que el gobierno del Perú debería pagarle un sueldo decente para trabajar en Chile -que lo apunte en mi libreta, por favor, que lo diga en el artículo- y huir por fin de su trabajo de oficina, sellando papeles en el Ministerio de Transportes, y huir de su casa sin desagüe -¿acaso a nadie le importan ya los héroes?-, y huir de los medios que lo tratan de loco, de que quiere parecerse a Grau, «pero yo no quiero parecerme a Grau, yo me parezco».

En las guerras, cuenta el sobrino bisnieto, peleaban caballeros. No existía Internet. Miguel Grau, su tío bisabuelo, según el árbol genealógico personal, rescataba náufragos, le escribía una carta linda a la viuda de Arturo Prat, le mostraba sus condolencias, le devolvía la espada con la que murió su esposo, y la viuda le respondía «profundamente reconocida por la caballerosidad de su procedimiento», dice la carta. Eran otros tiempos, claro. Toda guerra es absurda, y decir eso es tan obvio como disfrazarse de Grau. Perú, Bolivia, Chile, el salitre, a quién diablos le importa y a ver quién lanza la primera piedra de la historia.

¿Por qué fuimos a la guerra? ¿Por qué peleamos? ¿Por qué el peruano odia al chileno? ¿Por qué el chileno se siente superior al peruano? ¿En verdad es así? ¿Tan longevas pueden ser las consecuencias de una guerra? «Es que las guerras hacen mucho daño», dice por fin, sobre la guerra, Germán Seminario, idéntico a Grau, «pero lo que hay que rescatar son los valores», continúa con su monotema antes de cruzar una calle, «buenas noches, señor», un auto que se aproxima y él que se detiene para dejarlo pasar, la mano derecha dentro del gabán azul, como Napoleón, el auto que ahora se detiene y el chofer haciéndole una señal con la mano: «Pase». El sobrino bisnieto me mira, como para que lo entienda de una vez por todas:

-¿Ves? Ésos son los privilegios que uno tiene.

* * *

Es feriado en Chile. En Talcahuano decían que iba a llover, pero amaneció despejado. Pasa siempre.

Hoy el puerto tiene la apariencia disipada de un domingo y el olor a buñuelo de una feria. Es lunes. Es 21 de mayo. Es el combate de Iquique, el Día de las Glorias Navales, le dicen aquí, y las calles han sido tomadas por ambulantes que ofrecen cualquier cosa: flores artificiales sin espinas, banderitas de papel, ratones verdes de peluche, hombres araña montando patinetas, ande, llévelo, el Huáscar en miniatura.

-Cuatro mil pesos -me dice un vendedor sin dientes, señalando con los ojos el barquito de plástico.

El hombre sospecha que la venta es inminente. El cliente evalúa el producto, no sé, está algo dañado por estribor.

-Me lo llevo al Perú, por si acaso.

-Oye, gallo, éste te lo llevái adonde quieras -me dice-, pero el otro ya ni navega.

El otro sólo puede ser uno.

El vendedor sonríe, con suerte le quedan tres muelas, amablemente.

Al final de la calle, en las faldas del Cerro Alegre, así se llama, hay un estrado azul con hombres uniformados: un militar envuelto en una capa gris, draculeano, me recuerda a Pinochet.

-Pinochet no quería mucho al Perú, ¿no? -le había preguntado antes, en Viña del Mar, al edecán de Pinochet.

-No, no es que fuese antiperuano, sino que quería mucho a Ecuador -fue lo que dijo.

No sé si odiaba al Perú. No sé si le importaba el Huáscar. Lo que sí sé es que el otro día me llegó el correo de un amigo chileno. Allí me contaba un detalle curioso. Eran los tiempos de protestas en contra de Pinochet, y él, mi amigo, era un asiduo en esas marchas. A mediados de los años ochenta, dice en su correo, apareció un vehículo represivo para correr manifestantes, «un lanza-agua muy grande, con una torreta en la cabina, desde donde se lanzaba agua con una presión increíble». A ese carro lo llamaban «el Huáscar», pero no sabe por qué. «Todavía se me ponen los pelos de punta”, dice, “cuando recuerdo a mis amigos gritar en la universidad: ‘Viene el Huáscar, viene el Huáscar’».

Supongo que algo así se gritaba, en Chile, cuando Grau era el capitán del Huáscar. La historia siempre es circular.

Hoy es feriado en todo el país y «en la corbeta Esmeralda brillaba la serenidad de don Arturo Prat», continúa el discurso del comandante. Viene el Huáscar, viene el Huáscar. «Si el enemigo era superior, no importaba». «En medio del fragor del combate, el comandante salta al abordaje e inicia su inmortal viaje a la gloria». «Los chilenos celebramos el 21 de mayo pues nos sentimos interpretados por las acciones de los hombres». Viva Chile. Aplausos. Empieza el desfile militar. Siempre detesté la altanería de los desfiles militares, pero éste dura poco. Más aplausos. Banderitas al viento: los chilenos han aprendido a celebrar su victoria conmemorando una derrota. En el Perú sucede algo tibiamente parecido: se recuerda la derrota conmemorando las derrotas. Es extraño el porvenir de los héroes. Pero «ya va a empezar lo importante y vamos rápido al Huáscar», me dice la encargada de prensa de la Segunda Zona Naval.

-¿Y si yo le digo que Chile devuelva el Huáscar? -le había preguntado al edecán de Pinochet-. ¿Sería un gesto importante?

-Es impensable -contestó con la rapidez de una metralleta-, allí murió Prat.

El Huáscar ya no puede navegar. Sólo flota, como una maderita.

Hoy han maquillado al Huáscar, lo han dejado más lindo, con banderas de colores que van de la proa a la popa, como en la carpa de un circo. Ahora sale un sol estridente, inesperado pero frío, el clima perfecto para conversar sobre el clima cuando otro periodista te pregunta: «¿Y qué hace un peruano aquí?».

Sobre el puente de mando -que no es el original- todo resulta más claro: el mundo siempre se ve mejor desde arriba. El piso de madera vieja, la torre giratoria con orificios parchados e inscripciones que dicen, por ejemplo, «Rasmilladuras causadas por fragmentos de granadas», o «Perforación de la coraza. Angamos, 8-X-1879», justo del día en que murió Miguel Grau, y aquí hay un monolito de bronce en su honor. Más allá, una placa dice: «Han rodado en mis entrañas minutos eternos de eterno heroísmo». Hay un par de salvavidas con las palabras «Huáscar» y «Chile» estampadas una sobre otra. Hay una campana que dice «Huáscar». Hay tres banderas de Chile y anotaciones por todos lados que dicen «Armada de Chile». A mí no me parece mucho un museo, con Grau y todo, es como forcejear para arranchar una cartera y honrar, con el tiempo, a la mujer perjudicada.

Hay otro monolito que indica el punto exacto donde Arturo Prat recibió el disparo en la frente, y justo adelante están paradas las autoridades de Talcahuano, que han empezado a colocar ofrendas florales.

-Corneta, toque silencio -grita alguien, y un marinero lleva una corneta a la boca y la hace sonar en toda la bahía.

No entiendo bien cómo es eso de tocar silencio, pero ahora no se escucha nada, salvo el ruido destemplado de la corneta. Es una quietud extraña: lo que el Huáscar suele generar es mucho ruido. Chile, devuélvenos el Huáscar, dicen los foros en Internet, los nacionalistas acalorados, «es un trofeo de guerra», dicen, «es un símbolo de su soberbia», «es un buque peruano». Se pide la devolución del Huáscar con la misma obstinación con la que nos acercamos a una sección de «objetos perdidos». Allí murió Grau, y la devolución del Huáscar sería, dicen algunos, «un imperativo moral», una forma de curar heridas. Chile, devuélvenos el Huáscar. Devuélvenos los libros de la Biblioteca Nacional del Perú, saqueos, incendios, dicen, y los leones de la avenida Providencia, en Santiago, también son peruanos, y la Pila del Ganso, esa estatua de la alameda Bernando O’Higgins, y los adornos del cerro Santa Lucía, y muchos monumentos de Valparaíso, devuélvenos, etcétera. La guerra con Chile nos mató.

Pero siempre hay dos versiones, ya se sabe, y a mí me toca ser imparcial: en el Huáscar murió Prat, su monolito de bronce, el combate de Iquique, y la corneta que toca silencio, en este instante, en homenaje a todo eso.

-Yo no se lo devolvería a nadie -me había dicho el ex publicista chileno Jorge Figueroa-, el Huáscar es un barco maravilloso, elegante, finísimo, no es un trofeo de guerra sino un santuario.

Hay chilenos que pensaron distinto. Era 1968 y al senador Tomás Pablo Elorza se le ocurrió decir que su país, Chile, en un gesto de hermandad debería devolver el Huáscar al Perú. Indignación. Cómo se le pudo ocurrir eso. Tomás Pablo Elorza sí se hundió, políticamente, y “el Senador que quiso devolver el Huáscar” fue su largo sobrenombre desde ese momento. «No lo eligieron nunca más nunca», me dijo en Viña del Mar el edecán de Pinochet. El escritor y psicólogo chileno Jaime Collyer escribe en una página de opinión del diario Las Últimas Noticias, de Chile: «Esa reliquia oxidada a ras de agua, proveniente de una contienda infame con nuestros vecinos». Un doctor en derecho, de Chile, pide devolver el Huáscar y reemplazar el 21 de mayo, «por su carácter militarista y triunfalista». Existe un Comité Chileno por la Devolución del Huáscar al Perú, y todo bien, salvo que estos ejemplos son aislados, peticiones imposibles, manotazos de ahogado.

-Los peruanos consideran al Huáscar como peruano -me dijo el nacionalistísimo Sergio Villalobos-, pero también fue chileno y es parte de nuestra gloria nacional.

El Huáscar, incluso, peleó en la guerra contra el Perú, a favor de Chile. Fue peruano quince años. Angamos, 8-X-1879. Granadas, disparos, cañonazos, muere Grau, se crea un héroe, cadáveres y cuerpos mutilados por todas partes, y los sobrevivientes del Huáscar quisieron hundirlo antes de que lo tomara el enemigo. No pudieron, obvio, el Huáscar está aquí, en Talcahuano, ciento veintiocho años después, porque los chilenos llegaron a tiempo.

-Corneta, toque romper el fuego -grita alguien, y el mismo marinero de antes hace sonar la corneta en toda la bahía.

Se escucha un disparo. Luego otro, y otro.

-¿Por qué los disparos? -le pregunto a un marinero que tengo al lado.

Nadie habla, hay un minuto de silencio y mi pregunta suena como un lunar en la cara.

-Es el momento en que murió Prat -me dice, incómodo, el marinero.

Semanas después, el historiador peruano Joseph Dager, en su oficina de la Universidad Católica de Lima, dice que no tiene mucho sentido que el Perú pida la devolución del Huáscar. «Fue importante para Perú y hoy es un museo en Chile que, para mi gusto, es un poco destemplado, descomedido. Podría ser un poco menos pedante en recrear el triunfo». Claro, luego Dager se da cuenta de que puede estar hablando desde la derrota (yo también). «Para ellos es una forma de crear identidad», da el tiro de gracia Joseph Dager. Un ejército jamás vencido y un buque para demostrarlo. ¿Qué hubiese pasado si el Perú ganaba esa guerra? ¿Acaso no sería todo al revés?

-Es indigno pedir el Huáscar -me diría también el contralmirante Fernando Casaretto, en su oficina del Museo Naval-. Es un trofeo de guerra que ellos ganaron, yo no lo podría aceptar, tendría que hundirlo.

Pero son casos aislados, las mismas peticiones imposibles desde el otro bando.

-En el nombre del padre, del hijo… -un sacerdote termina la ceremonia en el Huáscar y dice que Jesucristo, el Señor de los Mares, así dice, le otorgue a Prat «el descanso eterno».

Ahora el monolito a Prat está lleno de flores, muy colorido, así es todos los años, luego nos piden abandonar el buque porque le toca ingresar a la gente, al ciudadano de la calle que hace fila, afuera, desde muy temprano. A la gente le gustan estas cosas, por suerte está lindo el clima. Otros años han tenido que suspender la ceremonia en el Huáscar y hacer el desfile militar bajo techo, sólo con invitados oficiales. Un sargento a cargo del Huáscar me invita a un último recorrido antes de bajar. Vamos. Aquí estaban las calderas que ya no existen, éstos son los cañones que no son los originales, éste el puente de mando que tampoco, esta capillita antes no existía, y abajo se le ha dado más peso al buque para que no se dé vuelta. Pero flota solo.

-¿Puede navegar?

-No -intuye la trayectoria de mi duda, la esquiva, se defiende-: cuando se lleva a mantenimiento, cada tres años, se necesitan dos remolcadoras.

Es un buque viejo, el Huáscar. Collyer, el escritor y psicólogo chileno, habló de «esa reliquia oxidada a ras de agua» y luego propuso que una comisión de los dos países «vaya un día a pararse en el muelle y hunda, de común acuerdo, el Huáscar». Adiós al Huáscar, sí. O mejor: que se remolque hasta la frontera de los dos países, que la Armada de Chile y la Marina de Guerra del Perú le rindan honores, Grau, Prat, la importancia de los símbolos, que una corneta toque silencio, que no se escuche nada salvo eso y el ruido de una nave atravesando el agua, por fin, adiós al Huáscar, lentamente, que la corneta toque romper el fuego.

Que se escuche un disparo y que sea el último.

Inseguridad

Publicado: 15 septiembre 2008 en Florencia Abbate
Etiquetas: , , ,

Estoy parada frente a un muro donde dice “En memoria del Chino”, en el corazón de la colonia DINA, una población en San Salvador, territorio de una de las pandillas más grandes y temidas de Centroamérica. Veo niños jugando en la calle y madres que conversan. No parece un lugar tan peligroso. Hasta que una vecina de gestos resignados y amables se acerca a hablar: “Yo lo conocí desde la cuna”, dice y mira el muro; “Sabía ser buen chico”.

El Chino Mariano Salazar era el jefe local de la Mara 18, una inmensa red de pandilleros nacida en Los Ángeles y hoy ramificada por casi diez países. A los veinte años controlaba la distribución de droga en la DINA y en la IVU, la colonia vecina. El 7 de enero del año pasado lo sacaron a golpes de una casa y lo acribillaron, a plena luz del día, con diecisiete impactos de fusil AK-47. La señora sacude la cabeza como si quisiera apartar una imagen horrible. Con un tono desconsolado, afirma: “Aunque se haya firmado la paz en el 92, la guerra aquí en El Salvador sigue”.

Las pandillas o maras son hoy el gran fenómeno social de Centroamérica, y también el blanco principal de sus gobiernos. El 15 de enero del año pasado, los presidentes de El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala se reunieron para firmar un convenio que permite la captura de mareros en cualquiera de los cuatro países, sin importar su nacionalidad. Además, los jefes de policía acordaron actuar en bloque, a través de medidas especiales aprobadas por sus respectivos estados. México ha decidido seguirlos. Y en Panamá, con una carga de delincuencia menor a la del triángulo al norte del istmo, la ex mandataria Mireya Moscoso también llevó adelante un Plan Mano Dura, imitación de aquél dado a conocer por el ex presidente salvadoreño Francisco Flores el 23 de julio del 2003, con un discurso en la colonia DINA. Dicho Plan ha sido continuado por el presidente actual, Tony Saca, del partido de derecha ARENA (Alianza Republicana Nacionalista). Afamado locutor y dirigente de la Asociación Nacional de Empresarios, a Saca le gusta jactarse de ser fiel a la consigna electoral que lo llevó al poder: “Vote por un país seguro”.

“Gracias al Plan Mano Dura trabajamos en cooperación con las Fuerzas Armadas”, explica Ricardo Menesses, Director de la Policía Nacional Civil. “Nos han otorgado un apoyo incondicional para que juntos luchemos por la paz de la población. La gente pide más.” A través de los megaoperativos que incluía “el Mano Dura”, la policía consiguió realizar el fichaje de más de 18 mil pandilleros. . De cara recia y pelo esculpido a la navaja, Pedro Baltasar González, subdirector de la policía salvadoreña, se muestra preocupado: “Si no les ponemos un límite, en el futuro el gobierno tendrá que firmar acuerdos de paz con las pandillas como los que ya firmó con la guerrilla”.

En los últimos tiempos, Menesses y González se han convertido en caras mediáticas. Desde los principales diarios e informativos, estos dos referentes del “puño de hierro” en la lucha anti-maras suenan la alarma. Aseguran que en su país, el más pequeño de Centroamérica (poco más de 20.000 kilómetros cuadrados), hay un promedio de nueve homicidios por día. Y que el 65 por ciento de esos crímenes son protagonizados por miembros de las pandillas más importantes a nivel regional: la 18th. Street (la 18, la del Chino) y la Mara Salvatrucha (MS). Las maras también son noticia en Estados Unidos: hace pocas semanas tres congresistas demócratas de Texas eligieron la frontera mexicana como escenario para denunciar supuestos contactos de Al-Qaeda con los líderes de estas pandillas, después de que la prensa norteamericana informara que un jefe de la red terrorista, el saudita Adnan Shukirjumah, se había reunido en Honduras con representantes de la Mara Salvatrucha.

“Yo soy de los mandos que sostienen que hay que sacarlos definitivamente de circulación, y no estoy hablando de que a lo mejor se recuperarán”, concluye González, tan falto de complejidades como sólo los hombres de uniforme consiguen parecer-. Hay que erradicar el problema de los pandilleros. Por eso estamos a la espera de nuevas reformas de la ley. Lo que se viene es el Plan Súper Mano Dura.”

***

“Mi favorita”, dice Alexander Linares, alias el Crazy, y con la cabeza señala la 9 mm que ahora descansa, junto a dos revólveres, sobre una caja de cartón. Estoy en un departamento que sirve de refugio a la Mara 18 de la colonia IVU -que también supo ser territorio del Chino- en un edificio declarado inhabitable después de los terremotos del 2001. Miro la 9 mm, el arma que su jefe le dio a el Crazy. Para ganársela, debió superar el ritual para entrar a la pandilla: unos cuantos golpean brutalmente al iniciado durante dieciocho segundos y, si resiste, ya es un hermano más.

“La mara te da lo que hace falta: dinero, amigos, respeto. Existe una solidaridad bien fuerte entre los brotheres. Tienes a tus hermanos que te apoyan y en el barrio nadie se mete contigo. Yo pienso que la soledad siempre es mala compañía”, explica. Acaba de cumplir diecinueve años pero aparenta más. Habla lento y mientras lo hace no para de llenar bolsitas de nylon, prolijamente, con idénticas porciones de marihuana. Tiene un cuerpo musculoso y piel mestiza. Le pregunto qué tal se lleva con las tareas de dealer. “Ahorita no podría aspirar a un trabajo normal”, dice. “Ya ves que tengo tatuajes de mara por donde me mires. Tan marcado ni la escuela te recibe, en caso de que quisieras regresar…”

El Crazy nació en una humilde familia campesina. Sus padres murieron durante uno de los operativos militares que solían ser rutinarios durante la guerra. “Nos avisaron que venía la Guardia Nacional. Salimos de la casa a mirar. Ahí yo conocí un helicóptero. Hasta ahí no sabía cómo eran… Vimos cantidades de gente subiendo los volcanes hacia el lado de Honduras, y cómo rodaban. Rodaban cantidades de bultos, gente a la que le disparaban e iba cayendo.” Era la época en que, para combatir a la guerrilla, el Estado implementaba la estrategia de “tierra arrasada”, explicada en manuales de contrainsurgencia provistos por Estados Unidos.

“Quedé huérfano y una de mis tías me dejó en la capital. Muchos años andaba muy solo. Venía a ver los partidos de fútbol a la cancha de la IVU y cada vez me robaban los zapatos. Aquí fui conociendo a los homeboys (pandilleros). Algunos habían vivido en los Estados Unidos. Eran mis héroes. Me gustaban sus tatuajes y también su manera de vestir, los pantalones bien flojos y las zapatillas Nike. Ellos me enseñaron el inglés y a manejar las armas, a defenderme. Ahora la clica es mi familia.” Las clicas son representaciones zonales de las maras, compuestas hasta por cuarenta miembros. Se dice que ellas controlan el 80 por ciento de la droga en el país. Alexander levanta las cejas y agrega con orgullo que ya debe haber alrededor de seiscientas.

Del otro lado se oye una voz: “Soy el Sparky”. La puerta se abre e ingresa un chico flaquito, de doce o trece años. Se saludan con un choque de puños, expertos en un argot hecho de guiños y ademanes. Crazy le da una lata de Coca-Cola y exclama: “Join the conversation, man!” (que se sume a la conversación). Transpirado y manchado de grasa, Sparky se quita la gorra, suspira y sonríe como si recién ahora que cae la tarde empezara a vivir. Hace unos días entró a trabajar por quince dólares a la semana en un taller de mecánica. “Es para evitar arrestos”, aclara. “Con esto del Mano Dura me jalan (llevan) aunque no ande robando ni haciendo ningún mal. En sólo medio año ya me han capturado trece veces.” De ojos vivaces e inquietos, Sparky me estudia. “Cuéntele lo que quiera que se sepa”, le indica el Crazy. Sparky dice que sería muy largo, pero su amigo insiste: “A la argentina le gustan las historias largas”.

Xavier Rauda, alias Sparky, vivía hasta hace poco en el complejo habitacional Santa Teresa, un proyecto realizado con fondos de la Agencia de Cooperación Italiana y de la Fundación Salvadoreña para la Vivienda Mínima. En 1992, Santa Teresa era un sueño concretado para 2.334 familias. Hoy sólo quedan las ruinas: una escuela abandonada, ni una gota de agua en las cañerías, hacinamiento, y los más altos índices de enfermedades infectocontagiosas y de transmisión sexual. Debido a la cantidad de homicidios, el complejo está sombreado con rojo en los mapas de riesgo de la policía. “Vivir en Santa Teresa es tener la vida prestada”, dice.

Toma un poco de Coca-Cola y queda con la vista extraviada. De pronto el silencio se hace añicos. “Ahí me lo mataron a mi hermano”, la voz de Sparky suena como un vidrio roto: “Yo lo encontré.” El cadáver de su hermano Antonio, marero también, tenía el dedo meñique cercenado, una práctica común entre los grupos paramilitares que actuaban en la guerra, a menudo encargados de las ejecuciones sumarias. Diversos “escuadrones de la muerte”, como la Sombra Negra, funcionan todavía bajo los mismos mandos. “Al lado del cuerpo había un perro queriendo comerlo, entre la sangre. Hacía tanto que no lloraba que me había olvidado de cómo era. Con ese odio que llevaba fui a pisar una zona que es de la Salvatrucha. Los vatos (muchachos) del Chele me dieron leña gruesa. Me partieron el maxilar y estos tres dientes de adelante.” José Lorenzo Aflato, alias Chele Lencho, y líder de la clica de la MS en Santa Teresa, fue fusilado unas semanas después.

Sparky se pasa la lengua por esos agujeros donde antes había dientes, traga saliva y me cuenta que muchos de los asesinados no mueren en riñas entre maras, sino con un único tiro en la cabeza y las manos amarradas. En toda Centroamérica están aumentando los sicarios que matan a los mareros. ¿Quiénes contratan sus servicios? Algunos padres de jóvenes que han muerto a manos de las pandillas. Y, fundamentalmente, grupos de empresarios que creen oportuno financiar una “limpieza social”, ya sea con el argumento de que en sus países la delincuencia aleja a turistas e inversores, o con el de que temen convertirse ellos mismos en objeto de ataques, robos y secuestros.

“Es hora de que salga a dar la vuelta”, anuncia Alexander el Crazy. Bajamos la escalera mientras se pone un suéter para que no se vean los tatuajes de sus brazos. Sparky bromea: “Si no fuera por el tatoo del cuello estarías salvado. A lo mejor podrías trabajar en la TV”. Apenas pisamos la calle, se oye el sonido de un auto. “Vienen los clientes”, susurra Crazy . Y cruza velozmente al corredor que conduce a la DINA. Momentos antes de esfumarse, me advierte: “Tú, como si nada”. Estos coches estilo pick-up tienen un uso exclusivo. En ellos van policías y soldados con la misión de aplicar Mano Dura. Descienden del autopatrulla dos agentes que empuñan fusiles automáticos. Sparky contrae los músculos como un animal en actitud de defensa. Se pone en posición de registro y baja la cabeza antes de escuchar la orden. “¡A ver! ¡Manos en la nuca, contra la pared!” Un agente le sube la camisa y desnuda tatuajes: abajo, el número 18; más arriba, el nombre de su hermano y una lágrima; cerca de los hombros, una leyenda que los mareros pintan en todas las paredes: “Perdóname Dios mío por mi vida loca”. Lo empujan adentro del coche. “Vamos a hacer un paseíto”, se burla el oficial y su compañero festeja la broma. Entre risas, el vehículo parte.

***

Sparky ya está de nuevo trabajando en el taller de mecánica. Lo soltaron seis días después, por ser menor de edad. Me lo dice su madre en persona. Vine a verla a su casa en el reparto La Campanera, en el municipio de Soyapango. Sonia Rauda no me hace pasar. Abre apenas la puerta y se limita a responder mientras se aplica un repasador con hielos en el ojo derecho, morado y sangrante. Le pregunto por su marido, y ella duda. “Lo hizo sin intención”, dice. La frase es abrupta. Se despide con una prisa áspera. Cierra y permanezco bajo el sol, mirando aturdida la puerta de chapa.

Soyapango es una de las ciudades donde más operativos anti-maras se han realizado. Aquí, las opiniones sobre el Plan Mano Dura están bastante divididas “La policía caza pandilleros como antes cazaba guerrilleros”, opina Azucena Bonilla, detractora declarada de la Mano Dura. “Antes teníamos miedo por las balas de la guerra y hoy por estas otras. Nuestro país ha quedado destruido y los muchachos no tienen qué hacer. Hace ya muchos años que los jóvenes no encuentran empleo. Así no se puede mantener a la familia ni vivir. Yo creo que en vez de perseguirlos deberían darles la oportunidad de trabajar. A pesar de la guerra que hubo, supuestamente reivindicativa, nuestra situación no mejoró. Los ricos siguen ricos como siempre, y pobres los pobres.”

La guerra civil salvadoreña, que se desarrolló entre 1981 y 1992, es casi un tema tabú entre los habitantes. Dejó un saldo de 75 mil cadáveres y siete mil desaparecidos. Nadie desea recordar los viejos malos tiempos, aun cuando los Acuerdos de Paz, la Amnistía y la reconciliación democrática no hayan traído el bienestar que esperaban. “

Ana Muñoz, en cambio, elogia la Mano Dura: “Antes del Plan no se podía ni andar por esta calle de tantos mareros. Hoy es difícil encontrarlos. Se andan escondiendo”. Su esposo es transportista y ha pasado toda la vida arriba del camión. Estaba tranquilo hasta que se afianzaron las maras: miembros de la MS lo obligan a pagar tres dólares y medio para atravesar una zona que ellos han declarado propia, y en otra zona, los de la 18 le exigen un peaje de dos dólares. “Si no les pagas tu vida corre riesgo”, explica su esposa, con rencor: “Las maras son un cáncer que nos han enviado los gringos.”

No es infrecuente oír la explicación simplista de que la violencia pandillera la importaron los jóvenes que fueron deportados del “Norte” o que decidieron volver al país al terminar la guerra. Durante el prolongado conflicto, el reclutamiento obligado de soldados, la falta de empleo, la violencia indiscriminada y la polarización política desencadenaron una migración masiva: de los seis millones de habitantes, dos millones se establecieron de manera ilegal en Estados Unidos. La estrategia de supervivencia de gran parte de los jóvenes, principalmente asentados en Los Ángeles y Washington, fue integrarse a las pandillas de los guetos latinos.

Una vez concretados los Acuerdos de Paz con la guerrilla, el gobierno norteamericano se abocó a deportar a los refugiados salvadoreños. En El Salvador se cree que los que estuvieron “arriba” y retornan a la fuerza son (y acaso serán siempre) necesariamente delincuentes. El artículo 25 de la primera ley anti-maras formaliza esa creencia: “Cuando un nacional ingresare al país en calidad de deportado y por sus antecedentes o su apariencia o conducta se dedujere su pertenencia a una mara, el agente de autoridad lo detendrá y lo presentará ante el Juez de Paz de la jurisdicción en un plazo máximo de veinticuatro horas”. Para cualquier policía, un tatuaje es señal inequívoca de antecedentes y amerita el arresto de su portador.

***

El Centro Penitenciario “La Esperanza” está atiborrado de personas que esperan ser juzgadas. Queda en la colonia Mariona, posee 150 celdas y fue diseñado para una capacidad de 800 internos. Hoy alberga a más de 3.200 reclusos; en un alto porcentaje son pandilleros. El paisaje tiene algo de bazar y de sociedad secreta, de zoológico y de perdido mercado de pulgas. Paso junto a un recluso en cuya mano distingo un tatuaje que identifica a los MS: la bandera de El Salvador y el lema “De mi madre nací, por mi barrio muero”. Con un diario abierto entre las manos, codea al de al lado: “Fíjate tú en lo que ha dicho el Tony Saca en su discurso de hoy: Los pueblos viven de la esperanza, y yo he enviado las señales adecuadas´”. El compañero suelta una risa cavernosa. Un tercero se suma: “Ya saben ustedes lo que voy a hacer si el Tony no nos Saca de este purgatorio…”.

Los cuerpos tatuados se desplazan, truecan mercadería, negocian. En cada rincón suenan guitarras; alguien entona un rock de Cristo, cae de rodillas y lanza gritos de gratitud y de dicha. Doce iglesias de diferentes corrientes se han establecido para alimentar espiritualmente a los presos. Pastores evangelistas adoctrinan a los mareros. A algunos la palabra divina les da una protección que en este sitio necesitan; a otros los ayuda con su adicción a las drogas y los insta a recordar, en las insoportables noches de abstinencia, que puede haber un mejor amanecer.

Funciona también un “Programa de atención integral a jóvenes de maras”. Su meta es fortalecer las relaciones interpersonales entre la 18 y la MS. En ciertos penales dispusieron sectores diferentes para cada pandilla, dividiéndolos con una gruesa reja; pero aquí no se puede y es preciso lograr que convivan pacíficamente. Una prueba de que no siempre se puede lidiar con el temperamento de los presos es que, el 19 de agosto pasado, 32 internos murieron y otros 28 resultaron heridos en un enfrentamiento con granadas caseras, objetos cortopunzantes, palos y piedras.

Otro tremendo inconveniente de La Esperanza es que no cuenta con un sector de visitas. Miles de personas de afuera ingresan cada día. Y resulta poco menos que imposible supervisar a un tiempo los intercambios que se traspapelan en el caos nivelador de esta geografía humana. “Tenemos conocimiento de que las mujeres de los reos se prestan a ingresar cocaína y celulares dentro de sus vaginas”, declaró recientemente el ministro de Gobernación René Figueroa.’

Las autoridades descubrieron, durante el 2004, varios túneles y planes de fuga. La seguridad fue reforzada. Los miembros de la Unidad de Mantenimiento y Orden recorren el antro en forma constante y hacen decomisos -incautan televisores, ventiladores y otros regalos que traen las visitas-. De pronto pasan unos internos organizando todo para una jornada de fumigación. Las enfermedades que propagan los insectos son uno más de los tantos flagelos del penal.

Rodolfo Garay Pineda, director de Centros Penales, explica que los operativos contra las maras han generado una ola de arrestos que supera con mucho las posibilidades de la infraestructura carcelaria: “Si una asamblea emite una política de mayor aprisionamiento, debería considerar los aspectos de ejecución de la pena y detención provisional. La cifra de reclusos se ha duplicado en los últimos dos años. Mientras se elija el incremento de penas y la eliminación de medidas sustitutivas, lo único coherente es que se construyan nuevas cárceles”.

El Presidente ya confirmó un proyecto que permitirá separar a los reclusos que esperan ser juzgados de aquéllos que cumplen su condena, y tener en distintas prisiones a “los MS” y a “los 18”. A lo largo de este año, se construirán dos reclusorios de máxima seguridad para hombres y un tercero para albergar a mujeres de inadaptación extrema. Más de once millones de dólares serán destinados a dicho objetivo.

***

Margo Rodríguez se sienta sobre una frazada quemada y me mira de soslayo. En su brazo lleva escrito “Diablita”, pues así la bautizó la MS: “Me pareció bonito y me lo mandé tatuar”. Su función en la pandilla era llevar información de una clica a otra. Con su mejor amiga, Gatúbela, se iniciaron juntas en “la vida loca”. Todo comenzó como un intento de escaparle a eso que les deparaba el carácter patriarcal, machista y violento de la vida familiar salvadoreña. “Mi padre nos pegaba bien duro a mi madre y a mí. Entonces me fui de la casa… Para que una mujer entre a la MS existen dos maneras. O tenés sexo con varios mareros, todos de una vez, o te dan una brincada (golpiza). Yo elegí que me golpeen.”

Diablita cayó presa tras una mañana en la que estaba tan fuera de sí que disparó sin control. Más tarde le avisaron que había matado a una chica de su propia pandilla. Iban juntas al colegio y de niñas solían jugar en el mismo pasaje. Fue un vecino quien le dijo a la policía que, hacia el amanecer, la había visto caminando drogada por la calle central, alardeando a los gritos de que iba a matar a alguien.

Confiesa que se siente más segura en el penal que afuera: “Me iba a matar la policía. O si no, mi mara. O si no, la sociedad”. Su cuerpo se eriza como si sus sensaciones y recuerdos se hubiesen convertido en un pozo profundo. “Lo que pasa es que afuera está mi hija”, murmura con la voz estremecida, a punto de quebrarse.

***

Rodrigo Ávila, el viceministro de Seguridad Pública, recién llega a su flamante oficina en el décimo piso de la Gobernación. Este joven empresario fue en la guerra un miembro fundador de las Brigadas Civiles, patrullas integradas por muchachos de familias ricas y dispuestos a colaborar con las Fuerzas Armadas en los fines de semana. En sus páginas, Newsweek las llamó las “BMW brigades”. Ávila evoca su pasado sin remordimientos: “Eso no necesita ninguna reflexión ni reconsideración de ningún tipo. Era una defensa civil de fin de semana. Todas las personas que ahí colaborábamos teníamos trabajos normales en el sector privado o en el gobierno. Estábamos defendiendo al país del embate del comunismo. Aparte de la emoción de ser joven, lo que nos movía era un sincero sentimiento patriótico”. Ante la pregunta por las operaciones de “tierra arrasada”, Ávila responde: “El objetivo era el aniquilamiento de la base logística y de apoyo del contrario. Cuando tú arrasas una población, no le dejas al enemigo qué comer, ni a quién reclutar, ni techo donde resguardarse. Le destruyes todo para que cuando llegue ya no tenga nada”.

El Presidente realizó una reunión con Ávila, el jefe policial Menesses y el ministro René Figueroa. En ella se delinearon “los primeros cien días” del Plan Súper Mano Dura, que ya entró en vigencia y redundó en un crescendo de violencia, fomentada por la captura de más de cuatro mil mareros en redadas nocturnas. Ávila puntualiza que este nuevo plan incluye el despliegue de 333 Grupos de Tarea, la creación de una policía rural y la designación de “fiscales especiales antipandillas”. Las Fuerzas Armadas aportaron más de mil soldados. Y Tony Saca acaba de comprar, con un millón de dólares, una flota de cincuenta vehículos y un helicóptero estadounidense, el Robinson R44, Raven II. Remata Ávila: “El próximo paso es que la ciudadanía participe con nosotros de este combate. Hay que organizarla. Como ha dicho el Presidente, a los pandilleros se les acabó la fiesta”. El FBI, por su parte, está por enviar sus equipos a El Salvador, Guatemala y Honduras, a fin de supervisar el modo y la eficacia con que estos gobiernos afrontan la lucha antipandillas. De esta fiscalización dependerán en alguna medida las políticas norteamericanas de fortalecimiento de la vía comercial con el Caribe y Centroamérica. Al menos así lo ha señalado nada menos que George W. Bush.

***

Prófugo desde hace meses, Rodrigo de Jesús Ventura, alias el Duke, celebra la captura de Carlos Mojica Lechuga, el Viejo Lin, quien tiene cuarenta años y es el principal cabecilla de la 18. Estos líderes de la pandilla a nivel nacional están enemistados. Rodrigo se ríe al mostrarme el titular del diario: “Uno de los cabecillas de la temible Mara 18 fue condenado por tenencia de armas”. Ya antes habían encontrado, en su destroyer (refugio) de la colonia Soyapango, granadas de uso privativo de las Fuerzas Armadas. “El Viejo ha ordenado sacrificios y decapitaciones. Trabaja para el narcotráfico. Tanta droga les llega a los cipotes (adolescentes), que ahora muchos matan por matar y se traicionan entre hermanos. Tiene decenas de muertos encima, y mira tú por la causa que cae.”

El Duke vive escondido en una casa con su esposa y sus dos hijos, que juegan al Nintendo mientras dialogamos. Tiene veintitrés años y pasó cuatro de ellos en la cárcel. Lo deportaron de Estados Unidos con numerosos cargos -sobre todo por organizar asaltos-, y ahora ha sumado una causa por matar a un policía. Su padre era guerrillero, y un grupo de tarea lo secuestró durante el funeral de un compañero. Fue ejecutado. Los hermanos de Duke se alistaron en las Fuerzas Armadas, tentados por el sueldo. Sobrevivieron a la guerra y hoy prestan servicios para Inteligencia. “Por culpa de uno de ellos fue que the fucking Police caught me (me pescó la maldita policía) la última vez.”

Al día siguiente acompaño a la esposa de Rodrigo a hacer averiguaciones a la clínica “Adiós Tatuajes”. Desde que rige el Súper Mano Dura, Elina insiste en que el Duke debe quitarse las identificaciones. Pero el precio de la operación con láser para borrar apenas un tatuaje chico asciende a mil dólares, y el método sólo está disponible en Estados Unidos y México. “Hay muchachos de los cantones rurales que se han hecho sus tatuajes a puro cuchillo. Y para quitarlos se aplican una plancha caliente, o se echan ácido, o se vuelven a picar con la máquina hechiza sin tinta. Mi marido no va a hacer eso porque es humillante. Además, el Duke odia el dolor como odia a los juras (policías)”.

La clínica es atendida por un hombre rubio de mediana edad, anteojos y barba candado, vestido de blanco. Graziano Culpo nació en Italia y vivió varios años en Rio de Janeiro. Trabaja por la reinserción social y laboral de los mareros. Pertenece a la orden de San Caetano y, de algún modo, sigue la línea de los curas tercermundistas de los 70. Nos enteramos de que para borrar los tatuajes se usa una pistolita de luz infrarroja que quema la epidermis hasta alcanzar el lugar donde se aloja la tinta. Este servicio es gratuito, pero hay que ser paciente y perseverante: el borrado no se logra sino con numerosas sesiones, y luego hay que esperar a que la piel desinflame y se caigan las costras de las heridas resultantes, similares a las quemaduras de un cigarrillo. Elina se corre a un costado, abre su celular y llama a su marido para contarle la noticia. La voz de Duke retumba en el teléfono: “¡¿Tanto dolor para dejarte todo cicatrizado?! ¿A qué sociedad reinsertarse si nosotros de eso no formamos parte? Olvídalo”.

“El modelo neoliberal no es moralmente sustentable”, opina Graziano Culpo: “Las maras son la reacción agresiva a la violencia estructural que viven los jóvenes… Siento lástima ante la actitud de estas sociedades, intentando abortar ese fruto de sus entrañas sin querer solucionar las causas de la enfermedad de sus hijos.”