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Matadero y beneficio

Publicado: 15 septiembre 2012 en Andrés Delgado
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“Tengo tres años de edad y en pocos minutos seré sacrificado. Seré despellejado, me abrirán en canal, me sacarán el corazón, trozarán mi hígado, me cortarán la cabeza, rebanarán mis patas y me extirparán los ojos. Son las tres de la mañana y el beneficiadero está en plena faena. Otros novillos hacen fila en dirección de una rampa. Los humanos nos sacrifican en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía. Tal vez por esa obsesiva puntualidad con los restaurantes es que a mi muerte la llaman beneficio. Y es muy posible que esta misma noche una porción de mí caiga en las brasas de un asadero y unas muelas humanas terminen por triturarme. Tengo tres años, soy un novillo de 400 kilos y eso quiere decir que estoy bueno para comer, literalmente”

Si un novillo pudiera escribir su diario, esto es lo que más o menos escribiría antes de su muerte:

“Estamos encerrados en la Central Ganadera de Medellín, en un corral lejos de la planta industrial para que no sintamos el olor a sangre de nuestros congéneres y no nerviemos ni comencemos a dar patadas y cabezazos. Nos bañan con agua fresca que cae sobre mi cabeza y me sienta bien. Después del baño estoy más relajado. Un sujeto con bata blanca me alza la cola, mira por debajo, se levanta y me palmotea el lomo. El procedimiento se llama inspección ante-mortem, para determinar que no tengo ninguna enfermedad y que estoy en condiciones de morir en esta madrugada. En fila, vamos pasando por una rampa. Ahora camino sereno, con dignidad. Ha llegado mi hora”.

Hasta aquí el diario del novillo.

Huele mal

En la sala de sacrificio el olor es vomitivo. Es un fuerte olor entre boñiga, herrumbre, sangre y sustancias químicas que le produce arcadas a quien no esté acostumbrado. Esto es un beneficiadero, pero parece una línea de ensamble de Sofasa [compañía colombiana de montaje de automóviles]. Lámparas blancas, sierras crujientes, golpes de troqueles, rieles en la altura. No hay reses en el piso sacudiéndose mientras se desangran. Hay pasillos congestionados de operarios con pesados delantales amarillos, guantes largos, botas industriales y cascos de obra civil. El siguiente novillo ingresa a la plataforma y queda atrapado. Un operario retiene su cabeza en la caja de sacrificio y empuña una pistola neumática de perno. Apoya el cañón entre los ojos del animal y dispara. El perno rompe el hueso frontal, destroza los sesos, pero el animal sigue vivo. Al disparo ese se le llama insensibilización; el novillo está y no está. Es un procedimiento diseñado para el bienestar del animal, para que no se angustie con la idea de la muerte, ni se huela lo que le viene después.

El novillo tiene los ojos abiertos, pero no ve, ni se da cuenta en qué momento le amarran una pata trasera y lo levantan cabeza abajo. Está atontado y su corazón aún bombea sangre. La lengua le cuelga, casi tocando el piso. Este procedimiento se llama izamiento. Una vez arriba, avanza por el riel elevado entre el sonido industrial de las poleas, los golpes y las sierras. Más adelante, un operario sostiene el cuchillo vampiro. Este pedazo de metal es un tubo con punta diagonal, conectado a una manguera que va a una bolsa plástica transparente. El operario clava el cuchillo vampiro en la yugular. La sangre roja y caliente comienza a descender por la manguera y se recoge en la bolsa. Con este operario sería imposible una pela a cuchillo. Finalmente el novillo muere por anemia aguda en aproximadamente diez minutos. No quedan rastros de violencia. Aún así no quisiera que un hindú ingresara a la planta de beneficio, ni llorara las reencarnaciones de su madre y su cuñada.

“Tenemos un proceso muy tecnificado”, me dice el médico veterinario Jorge Mario Escobar, gerente de la Central Ganadera, el beneficiadero de 28 hectáreas fundado en 1954, ubicado en la autopista norte, a 6 kilómetros del centro de Medellín. La usanza de los viejos matarifes consistía en zanjar el cuello sin previa insensibilización. La muerte era traumática. Los novillos perdían el equilibrio, desangrándose a borbotones; caían lanzando patadas y coces, inundando el recinto de sangre. Los novillos sufrían y el organismo, en su agonía, liberaba sustancias que dañaban el sabor y la textura de la carne. Ahora es distinto. El procedimiento de insensibilización fue todo un logro después de muchos años de estar buscando alternativas que mitigaran el sufrimiento del animal. En Medellín, hay grupos de activistas en contra del consumo de carne. No han entendido que es un asunto natural, que comemos carne hace milenios y que los novillos no son mascotas sino bienes de consumo.

En canal

El novillo colgado se desliza por el riel. En la próxima estación de trabajo se despelleja la carne, se apila el cuero, y en la siguiente, se abre la panza en canal. Es un trabajo que requiere un operario con destreza para manejar una poderosa sierra eléctrica que tronza los huesos como si se deslizara por un blando y grueso filete. También se necesita cursar en el Sena [Servicio Nacional de Aprendizaje] Operaciones básicas de sacrificio bobino y Buenas prácticas de manufactura, BPM. A los trabajadores se les exige además rasurarse barba y bigote, no portar anillos ni pulseras y mantener las uñas limpias y bien cortadas. Todo esto para cumplir con el decreto 1500 que regula la oficina del Invima, ubicada dentro del mismo beneficiadero. El operario gana un sueldo de 700 mil pesos mensuales [unos 275 euros] y cubre un turno heroico: de doce de la noche a ocho de la mañana. Lo leímos en el diario del novillo: “la jornada debe hacerse en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía”.

Las regulaciones del Invima obligan a la Central Ganadera a cumplir con las normas de inocuidad y realizar procedimientos modernos, donde se priorice la muerte digna del animal. La planta tiene capacidad para beneficiar 640 novillos por turno de trabajo; la velocidad del riel es de 80 animales por hora. El doctor Escobar se deleita, como si se tratara de un lomito a la pimienta, con el ritmo de la línea de producción: especialización del trabajo, estandarización de procedimientos, estudios de métodos y tiempos, ergonomía y cero tiempo perdido en cambios de referencia. Si a la sierra de pecho se le parte un tornillo, toda la línea se detiene. La solución: planes de mejoramiento intensivos en el mantenimiento mecánico. Y en verdad el riel elevado, las luces blancas de neón, los operarios uniformados, las estaciones de trabajo, los sonidos de sierras, pistones y golpes, son los mismos que en una fábrica manufacturera.

La diferencia: mientras en Sofasa, a medida que un Renault Logan avanza por el riel, los operarios le agregan componentes. En el matadero —el doctor Escobar insiste en que es beneficiadero, pero cada cosa tiene su nombre—, en el matadero, digo, a medida que el novillo avanza, los operarios lo desvalijan. En Sofasa, al final del recorrido, el Logan está ensamblado. En el matadero, al final, no queda nada del novillo. Es desmontado en su totalidad, pieza por pieza.

Y ninguna parte se desperdicia. Con la sangre se produce harina, morcilla, carnes frías y es utilizada en la industria farmacéutica. Con la bilis, laxantes. Con el estiércol, abono orgánico. Con el miembro viril, juguetes para mascotas. Así es, los perros son los que terminan comiéndose el pipí del novillo. Con el intestino delgado se hace la chunchurria de Buenos Aires. Las vísceras del novillo van a dar a la paila [sartén] de la cocina o son utilizadas como materia prima para los concentrados animales. Nada se desperdicia. El ganado siempre ha sido un excelente negocio. No es gratuito que el oficio de cuidar vacas en corrales se llame ganadero, porque en efecto, quien lo practica, es un indiscutible ganador. Con las patas, se preparan gelatina y colágeno. El cuero va directo a las curtimbres. Con los cachos se producen artesanías y botones porque no creemos, como los chinos, que sean afrodisíacos.

La lengua también se come, pero ahora no la ofrecen en las cartas de los restaurantes. No porque sea de mal sabor, sino porque pedirla es un atrevimiento. Imagínese: “mesero, deme lengua por favor”. En otros casos el asunto llegaba a excesos vulgares cuando, sin esperar la privacidad, el novio le preguntaba a la novia, en presencia del mesero: “Amor, ¿quieres lengua?” No, definitivamente, había que retirarla de la carta.

Los cálculos renales son una verdadera fortuna. Cada gramo de estas piedras cuesta más que uno de oro. Aún así, no hay manera de predecir que un novillo tenga en los riñones o en la vesícula biliar, una de estas valiosas perlas orgánicas. Para evitar robos en la Central Ganadera, la mesa de acero inoxidable donde se abren estas vísceras está vigilada por una cámara. Gracias a esa cautela se impide que los cálculos vayan a parar en el mercado negro de la Plaza Minorista, donde se comercializan bajo cuerda. Al matadero llega un sujeto con lentes oscuros y un maletín de cuero, compra la mercancía y se larga. Se lleva en promedio 200 gramos al mes. No se sabe qué hace con ellos. Se especula que son materia prima para microcomponentes japoneses, pero debe ser falso porque los cálculos renales se cuidan con celo desde años antes del desarrollo de la electrónica. El asunto es un misterio; ni el doctor Escobar supo contestar la pregunta.

Vale decir, finalmente, que ningún pedazo, ninguna garra, ninguna excrecencia del novillo cae al río Medellín, y a eso lo llama el doctor Escobar, un buen balance ambiental.

Impuesto al degüello

La raza más común en Colombia en cuestión de carne es la Brahman, descendiente del cebú, proveniente de la India. Se diferencia del ganado europeo por su giba. El valor del ganado se mide en la masa muscular que se obtiene en el menor tiempo posible. En Colombia, los novillos alcanzan los 400 kilos en tres años. En Argentina, las vacas obtienen ese mismo peso en la mitad de tiempo, gracias al tipo de ganado y a la geografía; en las pampas las vacas argentinas pastan con mansedumbre, son extremadamente perezosas y crecen con los músculos flácidos y pulposos. El filete de calidad debe tener un balance entre grasa y músculo. Esa característica se llama marmórea, como las vetas negras en el mármol blanco, las vetas de grasa blanca en la carne roja.

La Central Ganadera no es dueña de ningún novillo; es la intermediaria entre el vendedor y el comprador. Ambos cierran el negocio en los corrales de la Central en un evento conocido como la Feria Ganadera. Allí se presta el servicio de corral y factura $51.400 pesos [unos 29 euros] por cada res beneficiada, y adiciona un impuesto con el nombre más truculento de todo el estatuto tributario: Impuesto al degüello, de $17.900 pesos [unos diez euros] por res.

Ahora bien, todo hay que decirlo, en Medellín también comemos caballo. El matadero La Mosca, en el municipio de Rionegro, por ejemplo, sacrifica caballos y su carne se comercializa en restaurantes y carnicerías. Las deliciosas butifarras callejeras, que nos rescatan de las peores borracheras a las tres de la mañana, son producidas con carne de caballo. En realidad, eso no tiene nada de malo. Evitar meterle el diente a los caballos es un tabú y un despropósito. Es un condicionamiento cultural absurdo como el que tienen los judíos contra el cerdo o los hindúes, que se mueren de hambre mientras engordan vacas y ratas pardas. En la Argentina se cultivan caballos y se los comen en jugosos filetes de diez centímetros de ancho. Sirven el filete con un cuchillo desechable de plástico y el trinchete se desliza entre la carne como si fuera mantequilla. Imagínense la delicia.

En Medellín también abunda el mercado negro de carne de caballo. Si a un campesino en San Pedro de los Milagros se le enferma un potro flaco y acabado y no puede recuperarlo, el campesino no pierde. Lo sacrifica, se lo eecha a los hombros y lo baja en moto hasta San Cristóbal. Un distribuidor pirata lo compra, lo estruja en la maleta de su Mazda 323 y lo transporta a una casa de barrio, como tantas otras, donde funcionan carnicerías clandestinas con todo su arsenal de neveras, mesas de faena, sierras eléctricas, cuchillos, operarios, y, por supuesto, buenos clientes en carnicerías y restaurantes. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo es posible comerse un sabroso menú ejecutivo por $5 mil pesos [menos de tres euros]? Ya sabe la respuesta.

Según Acopi, el consumo de carne per cápita por año en Colombia es de 17 kilos. En Argentina, 55. Brasil es el primer exportador de carne a nivel mundial, lo sigue Australia, y Colombia ocupa el décimo puesto. Argentina no está en el primer renglón exportador porque prefieren comerse las vacas que exportarlas. Aún en las peores crisis económicas, los australes siempre han ostentado el título de primer consumidor de carne del mundo.

Desde hace milenios estamos obsesionados con la carne. Punta de anca, tabla, mondongo, churrasco, solomo, hígado, ojos, nalga, lengua. Incluso la iglesia católica le dio un giro metafórico a la lujuria y la llamó de manera gráfica “el pecado de la carne”. En la tradición se recomienda la abstinencia de saborear la carne viva y amorosa o jugosa y asada durante los viernes de Cuaresma. Según el catecismo del padre Astete, esta regulación debe cumplirse entre los 6 y 60 años. Quien esté por fuera de este rango puede mandarse la carne que quiera y no queda en pecado. La iglesia y sus vainas. Es más, hasta hace pocos años, si durante los viernes de Cuaresma usted se comía un par de muslos a punta de picos quedaba la posibilidad de quedar pegado a ellos.

El cuadril es la parte externa y trasversal del cuarto trasero de la vaca. Contiene la tabla, la posta, el huevo de aldana y el solomito. Es un culo delicioso. Andrés Calamaro dice en una canción: “Y así suene muy poco sutil, de tu cuadril no me olvido nunca más.”

La carne es un placer. Y un pecado. De gula y de lujuria. Nuestra costumbre es comernos a nosotros mismos. Gracias a ello y a que nos comemos nuestras vacas, esta especie ha sobrevivido por centurias.

¿Qué quieres comer hoy? Cuello, hoy quiero comerte el cuello.

La vida de los animales es un libro de J. M. Coetzee y narra la relación de los humanos con los animales. Paseando por corrales llenos de vacas dice Coetzee: “No he visto horror alguno, no he visto ningún matadero. Sin embargo, estoy seguro de que están ahí. Simplemente no se anuncian al público”. El asunto es: nos encanta la carne pero nos repudia su sistema de producción. En Discovery Channel hemos visto cómo se produce el cereal, la cerveza y el pan, pero nunca veremos el capítulo de la producción cárnica. Es mejor que otro sujeto mate la vaca, y bien lejos. Obvio. La muerte no es asunto para ver. A menos que usted sea lector de prensa amarilla.

Casa de masajes

Publicado: 11 abril 2011 en Andrés Delgado
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Sentado en el sofá de la sala, me refresco la garganta con un buen trago de cerveza Pilsen. Siento que la efervescencia me sube por el pecho, de modo que llevo el puño a la boca para eructar con decencia. El patrón de la casa acaba de meterse por un pasillo estrecho para llamar a las chicas de los masajes. La sala donde estoy es cerrada como un horno. El aire es denso y la bombilla de cuarenta bujías alumbra con miseria. Los muebles están descosidos. Una nevera con el logo de jugos Tuttifrutti está llena de cervezas. Una pared, con la pintura descascarada, tiene un afiche-calendario pegado con chinches. Me doy otro trago de cerveza fría y escucho las risas y el parloteo que se aproxima. La situación es esta: imagínese que va de visita a la casa de un amigo. El amigo lo deja en la sala y va a la pieza. En vez de volver con el último dvd pirata que compró, regresa acompañado con ocho mujeres. Todas en tangas diminutas. Delicioso, ¿no? Ninguna de ellas suma 25 años. A vuelo de pájaro, todas se ven muy buenas. Me siento como un niño antojado, mirando una carta de postres de Crepes and Waffles. ¿Quién no ha soñado con una fila de mujeres en tangas para escoger? Bendita sea la Arabia Saudí, la arena del desierto y el calor infernal, los camellos, los oasis y los turbantes. Creo que me convertiré al islam.

Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad. “Disfruta tus fantasías”, dice la credencial de la casa Ángeles de Fuego. “Déjese atender por nuestras hermosas chicas”, anuncia la casa Latinas. En promedio, media hora cuesta 30 mil pesos y una hora 50 mil. Incluso hay promociones desde 20 mil. Es muy fácil dejarse tentar, pues el centro de Medellín está infestado de bellezas que trabajan en casas de masajes. Sin embargo, es difícil saber con precisión la estadística oficial de mujeres que ejerzan la prostitución en estos sitios. Las causas que impiden tener un censo real son varias: la clandestinidad, la movilidad de las casas y de las mujeres; el miedo para acogerse a los programas y la intimidación de los patrones. En 2010, la Fiscalía recogió 1.500 denuncias de abuso sexual efectuado por proxenetas, pero sólo se atendieron 480 casos. Por otro lado, el programa de la Alcaldía “Por una vida más digna” ha atendido unas 1.800 personas que ejercen la prostitución. Lo que sucede es que, si bien unas entidades quieren reducir el negocio, otros sujetos en cambio se ven obligados a promoverlo. ¿Qué sería de los solteros, con los dientes torcidos y caspa en el pelo, sin sus putas? Ni que decir de los casados.

Sentado en el sofá de la casa, sostengo la Pilsen y estiro la derecha para apretar la mano de Marcela. Las mujeres hacen fila para conocerme. Marcela me mira maliciosa, me pica un ojo y desaparece en tangas por el pasillo, pero antes, le veo un precioso lunar en el cachete del culo izquierdo.

—Hola, Adriana,—me dice otra— mucho gusto— y me da un piquito.

—Pedro— le contesto, sabiendo que todos aquí nos cambiamos el nombre. Adriana es blanquita y no tiene brassier. Tiene unas enormes puchecas de mesera. Cuando se agacha para darme el pico, empina la nalga y sus pezones rosados apuntan al piso.

A Cristina le miro los pies. Está descalza, es morenita y delgada; en shorts de índigo con el cierre abajo. Le veo los pantis. Son rojos. Cristina está fresquita, como acabada de duchar. También me dan la mano Tatiana, Carolina y Natalia Y otras dos.

Con la cerveza en la mano, pienso en pedirle al patrón que vuelva hacerlas pasar. Recuerdo que Alfredo alguna vez me dijo: “jamás se coma lo primero que vea.” Alfredo es abogado, tiene 34 años y un sólido matrimonio con una diseñadora profesional. Tiene dos hijos y una férrea trayectoria como fornicador de medio día. Él mismo lo dijo: “Solo los putañeros tenemos el privilegio de hacer el amor los martes a las tres de la tarde”.Entonces le pregunté si su mujer lo había pillado alguna vez. “Nunca”, contestó.

En una oportunidad, encamado con una de sus puticas, Alfredo no fue capaz de venirse. La chica poseía un formidable culo de comadre. “Éramos amigos, yo la visitaba y tomábamos cervecita”.

El día que Alfredo no se “desarrolló” fue de lo más extraordinario. Finalmente se vistieron y cada cual se fue a lo suyo. En las horas de la noche, cuando Alfredo llegó donde su esposa, se cambió la ropa y colgó el pantalón en el perchero. Entonces su mujer tuvo que esculcarle, buscando una plata, y encontró un condón arrugado, pero vacío. Furiosa, le hizo el reclamo. Alfredo improvisó sin pensar: “¡Mi amor, ese Ricardo es un hijueputa!”. La excusa resultó perfecta: su compañero de trabajo, por pura maldad, le había metido el preservativo al pantalón.

—Menos mal el condón estaba vacío, —me dijo Alfredo—, porque como le digo, ese día no alcancé a venirme.

—Pero ¿cómo diablos fue a dar ese condón al pantalón?— le pregunté.

—Me parece que fue la putica. Ella sabe que soy casado y, como no me la comí bien comida, creo que estaba celosa.

Alfredo me invitó a la casa de masajes donde es cliente fijo. Eran las 4:30 de la tarde. Tocamos en una casa cerca del Parque del Periodista y nos abrió una señora de unos 50 años, con cara de tendera, cigarrillo y chanclas. Se llamaba Rosalbita. Alfredo saludó de pico y un abrazo muy sentido. Entramos y pasamos por la primera sala, luego por una segunda y finalmente nos sentamos en una tercera instancia. Los corredores eran oscuros. La casa era como un chorizo. El mobiliario estaba gastado y las paredes no colgaban un cuadro. Pedimos cerveza y cigarrillo. Alfredo le comentó mi proyecto sobre la crónica para UNIVERSOCENTRO. “Pregunte lo que quiera, —me dijo Rosalbita—, pero no ponga mi nombre.” Entonces llamó a las muchachas. Eran solo dos. Era un mal día con poca demanda y oferta. Una de ellas era negra con interiores blancos. Se llamaba Vanesa. Alfredo la sentó en sus piernas. La otra era blanquita, se llamaba Tatiana. Estaba en tangas, como si no se hubiera bañado en todo el día.

Según Alfredo, el secreto para disfrutar las puticas es hacerse cliente. Ir “serruchando allí y allá” no es buena idea. Alfredo me cuenta que alguna vez ensayó en una casa desconocida y le robaron el celular cuando se quedó dormido.

Sentados en la sala, Alfredo preguntó:

—¿Por qué tienes en el hombro ese morado, Rosalbita?.

—Esta semana casi me viola un tombo — contestó.

El uniformado la encerró en el baño y por nada se la come ahí. Ella se resistió y el tipo le pegó un puñetazo. “Lo voy a denunciar”, remató Rosalbita.

Por lo que noté, las historias aparecerían sin hacer muchas preguntas. Las tres mujeres tomaron cerveza por cuenta de nosotros. La sala era oscura. Mientras hablamos, íbamos fumando y tirábamos la ceniza al piso.

La segunda razón que tiene Alfredo para hacerse cliente es no correr un riesgo: que no se le pare. “Por más putañero que usted sea, llave, —me dijo—, ir de putas causa miedito”. Entiendo lo que me dice. Visitar las putas causa curiosidad, expectativa, nervios y cierto vértigo. Precisamente, lo que las hace tan atractivas. Pero estas emociones pueden desembocar en un suceso terrible. Que a usted no se le pare. “A menos que se tome un viagra, —dice Alfredo—, pero tomar viagra con las putitas no tiene sentido, con mi mujer sí”.

Otro trago de cerveza en la sala de Rosalbita.

—Ayer un man me estaba dando por detrás -nos contó Tatiana, la blanquita— y casi rompe el condón.

Una calada de cigarrillo. Tatiana nos cuenta que su primera vez en el negocio fue con un político de La Alpujarra, “un diputado”. Ella tenía 17 años y el tipo le pagó 300 mil por un polvo. Desde ese momento se hizo “adicta a la plata fácil —dice y continúa—, la gente le pone mucho misterio a este trabajo pero la cosa no es tan difícil, uno se empelota se lo deja meter y ya”. Además, nos dijo que trabajar de prepago en la calle es mucho mejor que en las casas de masajes.

—Rosalbita, y ¿cómo son las muchachas nuevas? —le pregunté pensando en los papelitos que dicen “se solicita personal bien presentado”.

—Todas las semanas vienen —contestó— pero no se amañan. Las condiciones son: mayores de edad y un examen de sangre reciente. Una muchacha nueva, que nunca había putiado, hubo que enseñarle a poner condón. Aprendió con una botella. Se le dijeron las reglas: no se deje tocar mucho, no de besitos, y si el cliente quiere una chupadita de teta pídale más plata. Y nunca, nunca diga que es la primera vez. Pero esta culicagada, lo primero que se le dijo y lo primero que hizo. Cuando el primer cliente la eligió, ella confesó que estaba muy nerviosa y, claro, el hombre se aprovechó de eso. Se la comió como le dio la gana, como será, que hasta la puso a pupar y después el tipo le bajó a la cuquis.

—!Huy, fuchi! —reniegan a la vez Tatiana y Vanesa.

De los 30 mil que cada cliente paga por media hora, Rosalbita se queda con 13 mil y ellas con 17. Vanesa la negrita dijo que prefería putiar en vez de terminar el bachillerato para después ganarse un “miserable mínimo”. En su casa, la mamá no sabe a qué se dedica, pero lo supone y no le dice nada porque Vanesa pagaba los servicios públicos.

—Hay tipos que son muy groseros —dijo Vanesa sentada en las piernas de Alfredo— pero este man es un caballero, yo lo conozco— y le da un besito en el cachete.

La tercera razón que tiene Alfredo para hacerse cliente tiene un carácter financiero: obtener crédito. Según él, los patrones de algunas casas le han llegado a fiar. Algunos martes se va de putas y sin un peso en el bolsillo. Se toma unas cervezas, picha y paga a los quince días. “Me he demorado hasta un mes pagando un polvo —dice—, pero pago, porque yo soy muy honrado”.

En la casa de Rosalbita tocaron la puerta. Ella se levantó para abrir. Nos quedamos atrás. Es un cliente. Rosalbita lo sentó en la primera sala. Cuando volvió, acosó las muchachas para que salieran donde el tipo. Vanesa y Tatiana se acomodaron las tanguitas y salieron caminando. Ambas estaban descalzas. Alfredo y yo fumamos mirando al techo. Me pareció que las nenas caminaban en dirección del patíbulo.

Regresó la negrita y se sentó. Un segundo después, Tatiana pasó por el corredor seguida por un sujeto. Ambos iban con el entrecejo fruncido. Bien lo dijo Camargo: “En el sexo hay que descansar de la cortesía y el amor”. Pero no tanto. El tipo con gafas y panza, tenía cara de profesor de escuela. Tatiana, en efecto, iba para el matadero.

Rosalbita volvió a sentarse. Eran las seis de la tarde y a las siete se cierra el chuzo. Otra ronda de cerveza. Me pareció estar haciendo visita en la sala de una tía. El timbre volvió a sonar. Rosalbita fue y volvió con una preciosura de escasos 16 años. Nos presentó. “Mucho gusto, Susana”. La niña se sentó con la columna derechita. Parecía una colegial. A Alfredo le brillaban los ojos:

—¿Y tú trabajas aquí?

—No —contestó— vengo a saludar.

Nadie le creyó, pero igual le seguimos la corriente. Nos contó que estudiaba en la U de A bacteriología y comentó varias historias sobre los profes, compañeros y exámenes. Alfredo estaba encantado. Vanesa la miraba de arriba abajo. Yo pensaba en Tatiana, la blanquita, y en lo que sucedía en una alcoba de la casa.

Rosalbita fue por otra ronda de cervezas y Susana, la niña, se levantó al baño.

—Mucha perra —dijo Vanesa— dizque no putea…, una es la que trabaja aquí y esa perra viene y se roba los clientes, Rosalbita lo sabe.

Alfredo y yo tomamos cerveza y nos hicimos los pendejos.

No habíamos hablado mayor cosa, cuando volvió a aparecer por el corredor el cliente de Tatiana. Pasó rápido y se largó. Era hora de cerrar el negocio. Vanesa y Tatiana se arreglaron para salir. Rosalbita caminaba con una trapera de aquí para allá. Me gritó: “Tiene que venir con más tiempo para que me entreviste de verdad” y se metió por un corredor. Nos quedamos con Susanita. Ella sacó el celular y nos preguntó el número de teléfono. Alfredo me miró malicioso.

—Hágale rápido —lo acosó la niña.

Alfredo le dictó y luego yo le di el mío. Susana los guardó y nos hizo una llamada perdida a cada uno.

—Me llaman y nos vemos en la tarde, pero no aquí —dijo—, porque a las siete tengo que estar con mi novio – y remató con esa sonrisa de colegial.

Más tarde, Alfredo y yo nos fuimos a rematar a un billar. Vanesa tenía razón: Susanita nos salió maestra.

Todo esto, hasta que fui a la casa de masajes sin la compañía de Alfredo. Tenía que hacer el trabajo de campo para la crónica, meterme en una pieza y probar un masaje púbico. Las ocho mujeres se presentaron y se metieron por el corredor. Sentado en el sofá de sala, con el patrón esperando que le dijera el nombre de mi elegida, me acordé de lo que dijo Alfredo: “Jamás se coma lo primero que vea”. Sentí el sofoco de la sala. Miré el calendario pegado con chinches y sentí vértigo. Me hubiera tomado un viagra.

Para entonces, había truncado la relación entre cuerpos y nombres. Creo que había una Claudia y una Yuliana, no recuerdo bien, pero es que en todas las casas de mansajes hay Claudias y Yulianas. No retener los nombres fue un problema grave, muy grave. ¿Tatiana era la yegua morena con una cola de caballo en el pelo? O era Carolina, no recordaba. Me parece que Vanesa tenía un culo cartagenero, dominicano, brasilero, un culo tropical, en todo caso, o era de Natalia. El patrón me miró: “Diga pues, a ver cuál le traigo”. Me tomé un trago de Pilsen y me rasqué la cabeza.

Al azar dije “Adriana” y el patrón se perdió por el corredor. De vuelta, llegó de la mano de unos senos preciosos. Adriana en tacones, tangas y puchecas, me hizo levantar del sofá. Me agarró de la mano, me subió por unas escalas y yo la seguí como un niño regañado. Efraín Medina dijo: “Es increíble cómo funciona el juego de la seducción, siempre el que se cree cazador resulta ser la presa”.