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El presidente improbable

Publicado: 11 diciembre 2010 en César Bianchi
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A Pepe no hay cosa que le guste más que reflexionar sobre la naturaleza. Pero no tiene todo el tiempo que quisiera para dedicarle a la floricultura y las cuestiones agrarias. A la fuerza, dice, lo obligaron a “agarrar una changa” y como se comprometió, se va hacer cargo. La “changa”, como se llama a los trabajos de ocasión en el Cono Sur, es ser el candidato de la izquierda a presidente de Uruguay. José Pepe Mujica está en camino de hacerle ese favor al oficialismo: triunfó ampliamente en las elecciones internas partidarias del Frente Amplio, una coalición de partidos de izquierda, el 28 de junio de 2009.

Es un hombre de 74 años, feliz cuando trabaja en su chacra, llamada Puebla: plantando forraje o alfalfa, cosechando habas o arvejas en invierno o esperando tomates, zapallos y maíz en verano.

Con los pantalones arremangados que dejan ver las pantorrillas del ciclista que alguna vez fue, las medias rotas, un buzo raído y una boina de otra época, vuelve a confesar que no tiene muchas ganas de ser presidente de un país que alguna vez definió como “un país gil (pendejo)”, porque más de 90% de las semillas que produce, las exporta sin procesar. En otra oportunidad ha dicho que “Uruguay es viable y tiene porvenir, lástima que esté lleno de uruguayos”.

No tiene más remedio que “agarrar la changa”: es el único que puede asegurarle la permanencia en el gobierno al Frente Amplio, que llegó al poder por primera vez en 2004 con el presidente Tabaré Vázquez, el político más popular del país pero fuera de concurso, porque en Uruguay no existe la reelección.

Mujica mismo se definió una vez como “un terrón con patas”. Con 54% de las preferencias le ganó cómodamente en las internas a Danilo Astori (38%), un atildado ex ministro de Economía que fue rector de la Universidad de la República a los 32 años. Astori —delfín del actual presidente Vázquez— es un amante del jazz, un intelectual que en su juventud siguió la corriente estructuralista de la Cepal. En la interna Mujica también venció a Marcos Carámbula, uno de los gobernadores municipales más exitosos del primer gobierno de izquierda, pero que apenas obtuvo ocho por ciento.

“Sigo teniendo más ganas de estar en la chacra, claro. Presidente voy a ser… pero el que tenemos es médico y a él le gusta mucho más ser médico que presidente”, me dijo en su casa, al lado de la estufa, en una entrevista que concedió a desgano, y antes de triunfar en las internas. Estaba malhumorado porque se le había roto el tractor y debió interrumpir sus tareas para ir a la ferretería del barrio a comprar filtros nuevos.

Lucía Topolansky, su compañera, se fue hasta la huerta a persuadirlo para que hablara con la visita. Este hombre tiene mucho de espontáneo pero es un brillante estratega de la comunicación. Con un lenguaje didáctico, pero poco ortodoxo para un político, matizado con malas palabras y metáforas campesinas, logró seducir al “pueblo” hace un lustro, cuando fue el legislador más elegido con 330 mil votos y él solo superó al histórico Partido Colorado.

El Colorado es el partido acostumbrado a gobernar Uruguay desde 1830, cuando el país logró su independencia. En 1836, los que apoyaban al primer presidente, Fructuoso Rivera (1830-1834), y los que adherían al entonces mandatario Manuel Oribe, se enfrentaron en la Batalla de Carpintería: allí surgieron las divisas colorada y blanca. Los blancos (Partido Nacional) cortaron la hegemonía en 1958 y el Frente Amplio —primera manifestación de izquierda en el poder— recién quebró el bipartidismo en el siglo xxi, hace cinco años.

Pepe Mujica y Lucía Topolansky son, por ahora, senadores del Movimiento de Participación Popular (mpp) y tienen una modesta casita junto a su chacra en Rincón del Cerro, un barrio rural en la periferia de Montevideo, la capital del país. Viven como anacoretas, entre proyectos de ley y las legumbres de su quinta. Desde Puebla piensa gobernar si accede a la Presidencia de la República. El chacarero que prefiere su huerta a la banda presidencial, dice que tiene un puñado de ideas para aplicar “de entrada nomás”. Algunas de éstas le pusieron los pelos de punta a Astori, el ex ministro de Economía, hoy compañero de Pepe en la fórmula como candidato a vicepresidente. Mucho más horrorizaron a blancos y colorados.

Mujica ha propuesto discutir la propiedad privada, terminar con el secreto bancario, “importar” peruanos y bolivianos para que trabajen la tierra en el Uruguay rural “porque acá nadie quiere hacerlo”. Propuso que médicos y docentes recién recibidos se radiquen en el interior para ejercer y afirmó que a los adictos a las drogas duras “habría que agarrarlos del forro del culo y meterlos p’adentro de una chacra”, sin consultarlos. Otras ideas fueron más consensuadas: multiplicar las escuelas de tiempo completo, llevar la universidad pública fuera de la capital.

Pepe, que cuando jovencito tuvo una formación ecléctica —fue un anarquista precoz, comunista fugaz, joven allegado a los blancos hasta que fue guerrillero— hoy se dice más cerca de Marx que de Lenin, pero ya no reniega del capitalismo. “En ninguna parte el tipo [Marx] dijo que se iba a construir una sociedad mejor a partir de una sociedad pobre. Eso fue un invento que vino después. Él lo veía como la maduración de una sociedad capitalista recontra abundante y rica. A Lenin lo pongo en la picota”.

Analiza el politólogo Adolfo Garcé: “De despreciar la democracia burguesa a valorarla, de subestimar el camino electoral a convertirse en maestro en la competencia política, de sostener un antiimperialismo radical a admitir que puede ser positiva para el desarrollo nacional la inversión extranjera directa y la instalación de grandes empresas multinacionales”. Tales son las piruetas de un transformista al que “la calle” viene empujando para avanzar con más determinación hacia el socialismo.

Mujica mira fijo y levanta el tono de voz para decir que él no es un revolucionario domesticado que se pasó al capitalismo, como otros que creen que es el reino de la libertad. “¡Qué va a ser! Si tiene cada injusticia brutal. Hay que luchar por recrear otros caminos. Pero tampoco estoy pa’ cometer los mismos errores que cometimos, porque si no, no aprendimos nada”.

Se acomoda la boina, muestra sus uñas sucias de tierra. Dice que quiere que todos los pobres sean cultos y por eso quiere masificar la enseñanza terciaria, que se ve como un sembrador de dudas, que conforme ha envejecido se ha vuelto escéptico y que como no está “gagá”, puede ver “más lejos”.

“Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa. Y eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió, porque este mundo es puro maquillaje: ‘que esto no se puede decir’, ‘aquello tampoco’. ¡La libertad está hipotecada!”.

Se ríe cuando se le pregunta si se siente preparado para el cargo. “Sí… de eso hacen un misterio. Ser buen presidente es saber elegir un grupo de ministros. Los que laburan, los que andan con un plumero en el culo son los ministros. Y no me vengan a encajar pacos [mentiras], porque voy a empezar a deschavar ex presidentes”.

***

Mujica encarna una de las reconversiones políticas más asombrosas de América Latina. Fue secretario de un ministro del derechista Partido Nacional cuando tenía 24 años y fue uno de los principales guerrilleros del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (mln-t) en la década de 1960, cuando abrazó la lucha armada como forma de hacer la revolución. En 1962 armaron una infraestructura para defenderse ante un golpe de Estado que se les antojaba inminente. Las crisis financiera y bancaria del país de aquel momento, sumadas a la escasa credibilidad en el sistema político, fueron el caldo de cultivo para el accionar revolucionario de los tupamaros.

“El golpe se veía venir, estaba en el aire”, dice Mujica en su casa, entre pausas que hablan y a las que apela con frecuencia para darle más énfasis a lo dicho.

Pero el golpe de Estado del colorado Juan María Bordaberry se dio 11 años después del nacimiento del mln, y cuando la organización ya estaba desarticulada por los militares.

En 1964, Mujica fue detenido en un atraco frustrado a una fábrica textil. Se hizo pasar por un delincuente común para proteger a la organización y estuvo un año preso por tentativa de rapiña. “Ahí ya palpé las delicias de la represión. Anduve tres meses durmiendo boca arriba porque me dieron una biaba [golpiza], que casi me matan”.

Cuando salió, volvió a dedicarse a los bulbos de sus flores y a su chacra, comenzó a leer sobre biología y bioquímica, y a manipular revólveres mientras militaba en el legal Movimiento de Izquierda Revolucionaria (mir) de día y en el mln, ilegal, de noche.

Los “políticos con armas”, según los definió Mujica, ya operaban con fuerza: construían “cárceles del pueblo” donde alojaban a los secuestrados y “tatuceras” donde refugiarse y guardar pistolas y escopetas.

Los tupamaros robaron, secuestraron, organizaron atentados con bombas contra instituciones de la “oligarquía” y también mataron. El tupamaro Pepe ha reconocido que quizás-haya-tomado-decisiones-que-desembocaron-en-ejecuciones. No tiene muy claro si él mató o no.

Vistos en un principio como los Robin Hood criollos, los tupamaros empezaron siendo un puñado, a fines de 1969 ya eran dos mil y dos años después, cinco mil. “Nosotros fuimos creciendo hasta que quedamos desbordados. Fuimos prisioneros del éxito, lo que en la guerra se llama saturación”.

Ya clandestino, José Mujica se llamó Facundo y Ulpiano. En 1970, después de un intenso tiroteo, fue a tomar unas copas con dos “tupas” a un bar de Montevideo. Lo vieron acodado al mostrador y llamaron a la policía. Cuenta el ex tupamaro Mauricio Rosencof: “Pepe se aseguró el raje de los otros cuando cayó la cana, pero él no se pudo zafar. El policía que lo encañonaba estaba nervioso y Pepe se puso a tranquilizarlo. ‘Ojo, que se te puede escapar un tiro’, le decía. Y se le escapó un tiro. Pepe fue a parar al Hospital Militar”.

Había tantos tupamaros y allegados camuflados en la sociedad que a Mujica lo salvó un “compañero” cirujano. “Me sacó del cajón”.

Como guerrillero, Mujica era ejecutivo y pragmático, según la evocación de Eleuterio Fernández Huidobro, uno de los cabecillas. “Estaban los teóricos, que para hacer una cosa la complican, y estaba Pepe, que venía de trabajar la tierra. Era del tipo ‘al pan, pan, y al vino, vino’ y no le daba muchas vueltas”.

El 6 de septiembre de 1971 protagonizó una de las fugas carcelarias más espectaculares del siglo xx. Junto a 105 tupamaros y cinco presos comunes se escapó del Penal de Punta Carretas —devenido hoy curiosamente en shopping center— por un túnel de 40 metros. Fue una proeza de proporciones épicas inmortalizada en el libro Guinness con el sugestivo nombre de “El Abuso”. Dos meses antes, su joven compañera Lucía se había fugado junto a 37 tupamaras de la cárcel de mujeres. La libertad le duró poco a José Mujica; días después fue detenido de nuevo.

Estuvo, en total, 14 años preso en cárceles y cuarteles donde fue torturado sistemáticamente por ser considerado uno de los líderes de la inédita guerrilla urbana, desaconsejada por el propio Che Guevara en visita diplomática del gobierno cubano a Punta del Este. Pepe fue uno de los “nueve rehenes” del gobierno militar. Tres de esos años de reclusión los pasó en un calabozo, donde para no enloquecer se hizo amigo de nueve ranitas y comprobó que las hormigas gritan al acercar su oído a ellas.

Sufrió torturas físicas, pero siempre contó las psicológicas. Se debió conformar con ir una sola vez al baño encapuchado y esposado en los mejores días de arresto. En los peores, se orinó y defecó encima.

“Podría relatar las historias de Santa Clara, del cuartel donde estuve siete meses bañándome con una tacita, pasándome un pañito. O podría hablar de que me daban un paquete de tabaco cortado a la mitad y no me daban más durante un mes, aunque me decían que sí me daban, simplemente para generar la desesperación por la necesidad, al punto que para no dar el brazo a torcer un día les dije que no fumaba más —narró para la biografía que escribió Miguel Ángel Campodónico—. O podría recordar a un alférez que se levantaba a las cuatro de la mañana y nos ponía de plantón hasta que comenzaba la vida de cuartel. Podría hablar del acoso, de no dejarnos dormir y buscar todas las formas de “mortificarnos” inútilmente cuando no se precisaba nada”.

Cuando estuvo “sucuchado”, como él dice, en un sitio similar a un aljibe en Santa Clara de Olimar, departamento de Treinta y Tres, las condiciones de su encarcelamiento eran tan deplorables que llegó a enfermarse gravemente de los riñones y la vejiga. Debía tomar dos litros de agua por día, pero los militares apenas si le daban una taza diaria. Llegaron a darle de comer en cucharita cuando advirtieron que se les había ido la mano en el escarmiento.

Según Fernández Huidobro, en algún momento extremo no tuvo otra alternativa que beber su propio pis. “Pis”, dijo Huidobro hace un mes en un acto del Frente Amplio. “Tal vez tengamos un presidente que se tomó su propio pis”, le advirtió a los votantes intentando conquistarlos.

Vale el flashback: la madre de Pepe, Lucy Cordano, le había llevado una pelela [bacinica] rosada pero los soldados no se la querían dar. Como sufría de incontinencia la reclamó, pero le dijeron que no estaban autorizados por el Comando General de las Fuerzas Armadas. Y porque una de las torturas era no permitirle ir al baño. Recién cuando llegó la autorización, con la intermediación del presidente estadou-nidense Jimmy Carter, se apiadaron y le entregaron la pelela.

Lo pasearon por cuatro cuarteles del interior uruguayo como uno de los guerrilleros más temidos por el Ejército, y él siempre cargó con su pelela entre el precario equipaje. “La llevaba de un lado pa’l otro, la blandía como un trofeo. Fue una lucha gremial que gané. Era una lucha por el derecho a mear”, recuerda 26 años después.

En 1983, en el Penal de Libertad, por fin lo vio un médico. Entre la Cruz Roja y las autoridades de la cárcel le encomendaron la tarea de trabajar el cantero floral del penal, para que rumiara sus cavilaciones. Cuando en marzo de 1985, después de 13 años, obtuvo la libertad definitiva salió de la prisión con la pelela rosada florecida de caléndulas.

He ahí el segundo momento de su vida en que Pepe se sintió plenamente consciente de qué significa la libertad, según confesó en el viejo sillón rojo, en el living donde recibió a Gatopardo. “Fue cuando llegué al barrio y el frente de mi casa estaba lleno de amigos esperándome”.

El primero, paradójicamente, fue cuando todavía estaba preso: “Veníamos de los cuarteles y me llevaron al Penal de Libertad”. En Uruguay la cárcel más grande se conoce con ese nombre, porque está situada en la localidad Libertad del departamento de San José. “Me tiraron de un helicóptero tres o cuatro metros pa’ abajo, junto a otros. Sentí alegría porque iba a ver a los compañeros que hacía tiempazo que no sabía nada de ellos. Me llevaron a Libertad. Fue antes que arrancara la dictadura, cuando estábamos en los prolegómenos. Estábamos… como te digo una cosa, te digo la otra: una democracia atadita con alambre”.

Se fue de la “cana” sabiendo dos cosas: que volvería a militar y que algún día se dedicaría a su propia huerta por tiempo completo. Había anotado en un cuaderno sus ideas para formar una cooperativa de vecinos que trabajen la tierra y que puedan autoabastecerse con lo que produzcan.

La militancia política comenzó al día siguiente de estar en la calle. Dio su primer discurso en el Club Atlético Platense y para empezar a financiar el movimiento organizó una colecta entre los asistentes. Decidió meterse en el sistema político para cambiarlo desde adentro.

Así, a instancias de Pepe, los tupamaros instrumentaron las “mateadas”: salieron a recorrer los barrios de la capital y el interior para reunirse con los vecinos y conocer sus preocupaciones mientras compartían el mate, una infusión caliente, amarga y bien uruguaya, a base de yerba.

“En asambleas con compañeros que recién salían de la cárcel y otros que sobrevivieron calladamente la dictadura decidimos darnos un baño de pueblo. Había pasado el tiempo y el Uruguay era otro, teníamos que reconocer al país y el país nos tenía que reconocer a nosotros”, cuenta Lucía Topolansky.

Pepe estaba delgado, rapado y con la barba crecida. Todavía tenía aspecto de preso. Empezó a estrechar un contacto directo con la gente y a mostrarse como un orador con un discurso rústico pero entendible para el uruguayo común. El Mujica de hoy, con posibilidades ciertas de ser primer mandatario, hizo de su forma de comunicarse un arte.

El Movimiento de Participación Popular (mpp), la organización política que parieron los tupamaros, se integró al Frente Amplio en 1989, luego de un virulento debate intestino.

En 1995, el veterano ex guerrillero ingresó al Parlamento como diputado de la República. Cuenta la leyenda que el primer día de trabajo como legislador, Pepe —sin traje, con una campera usada y palillos de la ropa en el ruedo de sus pantalones— estacionó su moto Vespa frente al Palacio Legislativo. Cuando estaba entrando, un guardia se le acercó y le preguntó si pensaba estar mucho tiempo adentro. Mujica le contestó: “Si me dejan, cinco años”.

El destino todavía le tenía reservado un par de sorpresas. Con el gobierno del Frente Amplio, en 2004, fue nombrado ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca.

Fernández Huidobro y Rosencof, hoy reconocidos escritores, también se adaptaron al statu quo. El primero es senador por el mpp desde 1999. Rosencof es el director de la división de cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo desde 2005. Ambos, en cada una de sus oficinas, tienen el busto de Raúl Sendic, el líder de aquel mln revolucionario.

El columnista político Tomás Linn no tiene claro cuánto hay de genuino y cuánto de simulado en el discurso de Mujica, eso de comerse las eses, decir “espetativa” en vez de “expectativa”, “pa” en lugar de “para” y hasta conjugar mal los verbos, una forma de hablar que le redituó en empatía con el uruguayo de a pie, y el pobre en particular. “Tampoco importa”, opina Linn.

“Cuando los políticos descubren que tienen posturas auténticas que seducen a la gente, las transforman en pose porque deben mantenerlas siempre a la vista y eso hace difícil determinar dónde está la frontera. El tema es que Mujica creó una ‘ola’, un ‘fenómeno’, y ningún argumento racional o fundamentado que pretenda cuestionarlo tendrá efecto”.

Hasta Fernández Huidobro —la gente le dice Ñato o lo llama por su segundo apellido— lo reconoce: “Siempre fue así, pero al darse cuenta de que su discurso caminaba, lo cultivó… ¡No lo iba a cambiar!”.

Y vaya si le dio resultado. Mujica es un político rara avis, uno de los más exóticos entre los de primera línea del Cono Sur. El 31 de octubre del año pasado, cuando celebraba el cuarto aniversario de la histórica victoria de la izquierda, cerró su oratoria en la localidad de Rosario, departamento de Colonia, en un escenario donde antes había hablado Danilo Astori.

Esa noche, ante tres mil adherentes del Frente Amplio, Astori se bajó del estrado y se fue hasta su auto acompañado por un hombre de su agrupación; en el coche, lo esperaba su mujer, que es también su secretaria. En dos minutos llegó al auto y se volvió a Montevideo. A Mujica le llevó 15 minutos llegar hasta su coche: fue acosado por decenas de militantes de todas las edades que se le tiraban encima, lo alentaban, le refregaban banderas tricolores por la cabeza, le ponían micrófonos sobre el bigote y no paraban de sacarle fotos con teléfonos celulares y cámaras digitales. Fue ovacionado por una multitud que le gritaba: “¡Pepe presidente!”, a un año de las elecciones nacionales. Y se dio el lujo de no hablar de política. En un discurso de Mujica, como el de aquella noche, se pueden distinguir distintos Pepes. Está el viejo sabio que aconseja: “¡Hay que decirle sí a la vida!”, “Las mujeres deben resucitar este país, nada es más importante que las mujeres. ¡Porque este país necesita coraje!” o cuando contó esta anécdota imperdible: “En un acto del Che me encontré con una gurisita con un pedo como para cuatrocientos. Me la agarré con las amigas: ‘¿Qué mierda tienen en la cabeza? Cuando una mujer está en ese estado tienen que darle una mano y llevarla a la casa a dormir. ¿A ustedes les parece que esto es homenajear al Che? ¡Qué va a ser libertad que se estropeen la vida así…!”. También se puede ver el poeta: “Cuando me toque mirarme en el espejo de la muerte, quiero estar conforme y haber cumplido conmigo mismo”, el antipoeta (“Este país no vive de poesía, vive de guiso de arroz o porotos”), el filósofo de la vida, el hombre de la calle: “Los que somos de izquierda somos filosóficamente distintos. El hombre es el problema, pero es también la esperanza. No vinimos a la vida pa’ explotar a los demás, pa’ chuparle la sangre a otros, ¡vinimos a convivir! […] No dejen que les afanen [roben] la vida. No dejen que se cambien los sentires [sic]”.

Ese mismo día, pero antes, durante un almuerzo con productores queseros de Colonia, me confesó —mientras se tomaba un whisky y se desabrochaba el cinto— que no tenía “ni idea” de qué hablaría en la noche, pero no iría a resaltar los logros del gobierno que él mismo había integrado como ministro. “Para eso está Astori”, dijo.

Después de tomar distancia del perfil académico de su oponente interno, dijo un par de cosas.

—¿Qué es lo que necesita el país, Pepe?

—Precisa todo. Precisa quien hable muy bien el inglés y tenga buena relación con los organismos internacionales, y precisa tener buena relación con la barra de “los astrosos” de América Latina. Ésa es mía: yo me llevo bien con Chávez, Lula, con Evo, con Correa…

—Pero también hay que llevarse bien con Estados Unidos…

—¡Claro! Hay que hacer filo con los de arriba y llevarse bien con los que te dije (y se estiró los ojos como achinados), que son los patrones de pasado mañana.

Recién comenzaba la carrera. En cada acto a donde fue Pepe en los últimos 10 meses se repitieron el tumulto, las aglomeraciones que no lo dejaban caminar, las fotitos desde los celulares, los autógrafos. Con la apariencia de un campesino, tiene la popularidad de una estrella de rock o un héroe latino del reggaeton.

El pico de su popularidad llegó a fines de 2004. Para entonces, su pintoresca figura había provocado un boom editorial con impronta revisionista. Entre 2002 y 2009 se editaron dos biografías sobre él, otro libro que es una larga entrevista dividida en tópicos y dos recopilaciones de sus frases más ocurrentes, ingeniosas, frívolas y serias. Muy oportunas, las editoriales publicaron libros sobre la historia de los tupamaros, sus sueños frustrados y documentos anquilosados en los sesenta.

En 2005, la moda (eme)pepista llegó al carnaval “más largo del mundo” (en Uruguay dura todo febrero). La murga “joven” más exitosa del país, Agarrate Catalina, le dedicó un cuplé el año que Vázquez asumió como presidente. Algunas de sus estrofas decían: “El Pepe tiene una quinta/un perro y un buzo gris/una moto calandraca/y el pelo de un puerco espín/un fusquita sin bocina/y el orgullo de saber/‘¡que a los votos colorados, yo solo los dupliqué!’/Pepe Mujica, qué jugador/desde el boliche a senador/sueño de muchos y de otros no/la pesadilla que se cumplió”.

Lucía Topolansky dice que a Pepe le ha ido bien porque es llano cuando habla, porque con un lenguaje sencillo dice cosas profundas. En buen romance: el pueblo lo entiende porque él es uno de ellos. Es sincero, “agarra el toro por los cuernos” y cuando de algún tema no sabe, lo admite. Por eso, cree Topolansky, se ganó la confianza de esa entelequia llamada “la gente”.

Mujica dijo alguna vez que “la gente te perdona si te equivocaste de buena fe. Lo que no te perdona es que la jodas y la cagues”.

“El discurso de Pepe tiene un componente filosófico”, afirma su esposa. Y eso que no lee filosofía, poesía ni ficción, prefiere la antropología y la agronomía.

A la izquierda universitaria, urbana y socialista Mujica le mostró que había un interior rural que contenía el adn oriental: su matriz agroexportadora.

En el ministerio de Ganadería charló de tú a tú con un peón rural y con el más encumbrado dirigente de la Asociación Rural del Uruguay. Por eso, opina Topolansky, puede ser un buen presidente.

Sus hinchas —Pepe no tiene simpatizantes, tiene hinchas— lo votarán porque confían en que se encargará de repartir mejor la riqueza y la justicia. Cuando fue Ministro de Ganadería forzó a los empresarios cárnicos para que pusieran en el mercado un corte de asado más accesible para la población de menos recursos. El corte se llamó “el asado del Pepe” y así fue vendido desde los pizarrones de las carnicerías. Otros comerciantes siguieron su idea: rebajaron productos y los bautizaron “del Pepe”.

Para muchos analistas, fue una táctica populista y la llamaron “pobrismo”. El periodista Gustavo Escanlar escribió: “Incomible pero barato. Así es ‘el asado del Pepe’, lo peor que le pasó a la cultura uruguaya en los últimos 20 años. Los productos del Pepe promueven el infraconsumo. Establecen el engaño del ‘liberalismo de la pobreza’: nos hacen libres para consumir cosas de cuarta categoría. El barrio, agradecido”.

Pobrismo o solidaridad con los más débiles, Mujica y su sector, el mpp, crearon a principios de 2006 el Fondo Raúl Sendic, una iniciativa de préstamos a proyectos, en su mayoría cooperativos. Son cesiones de dinero sin cobrar intereses, sin pedir garantías ni preguntarle el partido político, a quienes lo necesiten para salir adelante. El fondo se forma con los excedentes de los salarios de los legisladores, ministros y el intendente capitalino, todos del mpp, que topearon su sueldo en 29 mil pesos a la fecha (1 260 dólares), cuando como senadores ganan 3 500 dólares.

Mujica y Topolansky quisieron predicar con el ejemplo al conformarse con 40% de sus salarios. “Es probable que la enorme cantidad de años de cárcel en los que uno tuvo que vivir con lo mínimo hace que no necesitemos mucho para ser felices, en una sociedad muy consumista, con mucho de superfluo y pseudonecesidades”, argumentó la senadora.

Con los préstamos del “Tupa Bank” pudieron hacer viables más de un centenar de proyectos de albañilería, carpintería, agro, pesca, gastronomía, costurería y servicios varios. El propio Mujica, apelando a la sensibilidad de la izquierda, exhortó a otros sectores del Frente Amplio a que lo imitaran. No tuvo eco.

Tres semanas antes de ganar las internas del 28 de junio, Mujica hizo un alto en su agenda repleta de visitas a pueblitos del interior y recorridas por la capital para quedarse una mañana en su chacra. Mientras la senadora Topolansky hablaba, el presidenciable lidiaba con el tractor.

La entrevista fue pactada con ella porque los encargados de la campaña del Pepe no encontraban horas disponibles. Los tiempos en su chacra eran intocables, dijeron. Por mail, Topolansky explicó qué debía hacer para llegar a la casa, donde piensan seguir viviendo en caso de ser presidente y primera dama: “Tiene que tomar la Ruta 1, pasar los accesos hasta Camino Tomkinson, seguir hasta Camino O’Higgins, que es el único asfaltado a mano derecha. Por O’Higgins, después de que pase el tercer repecho va a ver una carnicería, un almacén y una cooperativa de viviendas; el primer camino a la derecha es Camino Colorado. En la esquina hay una garita de ómnibus que dice Pepe Presidente”.

Un par de ironías deliciosas, pensé: el Camino “Colorado” queda a la derecha y en la garita que dice “Pepe Presidente” había que doblar a la izquierda para llegar a lo de Mujica. Ni que lo hubieran hecho a propósito.

La senadora del mpp contó que conoció a su compañero en la militancia. Ella trabajaba en la agencia financiera Monty, estudiaba en la Facultad de Arquitectura y hacía obras sociales. Así, recolectó fondos para enviar a los trabajadores de caña de azúcar de Artigas, en el norte del país, y se solidarizó con la Revolución Cubana. Cuando en 1969 descubrió que la financiera estafaba a sus clientes, optó por quedarse sin empleo y se enroló, con su información privilegiada, al mln. La operación de los tupamaros fue de un éxito rotundo: revelaron la corrupción reinante, hicieron caer al Ministro de Hacienda y se congraciaron con el pueblo. Ahí Lucía conoció a Pepe. Con el alias de Ana se puso a trabajar en la interna de la organización. Luego fue detenida y enviada a la cárcel de mujeres. Se reencontraron en democracia y decidieron continuar juntos. Ambos organizaron las “mateadas”, llegaron al Parlamento, pensaron el proyecto de escuela agraria en el fondo de la casa. Por las peripecias de la militancia no hubo tiempo para hijos propios.

El año pasado un grupo de vazquistas comenzaron una recolección de firmas para promover una reforma constitucional que habilitara la reelección del presidente actual; Mujica dijo que iba a apoyar la iniciativa, porque le ahorraría dolores de cabeza al partido. “Pero eso no fue posible y empezó a cobrar fuerza lo de Pepe, aunque no estaba en los planes”, confesó Lucía.

“La gente empezó a presionar y se generó un compromiso. No podía fallarle a esos militantes. Hubo una percepción de que si no aceptaba, podía dejar un hueco y dejar tirado a un lote de gente. Después que se ha dicho que sí, hay que jugar la partida hasta las últimas consecuencias”, afirmó la legisladora.

Mujica se levanta a las 6:30 para cebarle mate a su mujer, y en plena campaña ha descuidado su despacho parlamentario para recorrer el país y los programas periodísticos. Cuando viaja al interior a ofrecer discursos hasta la noche, intenta dormir una hora de siesta. En tiempos de campaña, sólo sigue los diarios para ver qué dicen de él. A medio leer en su mesa de luz tiene un libro sobre antropología que se llama El mono que llevamos dentro, una investigación del holandés Frans de Waal sobre las especies anteriores al homo sapiens. No usa celular, no tiene tarjeta de crédito, no escribe él mismo en el blog que ahora muestra su imagen retocada por el Photoshop. Garabatea las ideas de sus columnas cibernéticas en un cuaderno y los encargados de la comunicación del mpp lo suben editado a la página de internet http://www.pepetalcuales.com.uy

El hogar rural no tiene cuadros importantes, muebles Luis XV ni platería importada; es una casita de clase media empobrecida. En un estante petiso tiene unos 70 libros. El diario del Che en Bolivia, Historia de los orientales de Carlos Machado, La rebelión de Tupac Amaru, de Boleslao Lewin, La economía uruguaya de 1880 a 1965, de Carlos Quijano, El Uruguay del Siglo xx, La economía, Patria en el exilio. Exilio en la patria, de Ernesto Kroch, Deuda externa del Tercer Mundo, de Eric Toussaint y El arte ético de vender mejor, de Alberto Tortorella, son algunos de ellos.

El que aparece por la puerta desvencijada de su propio hogar no es el Pepe peinado con gel, un jopo estético y la cara lisita que se ve en los carteles que promocionan su candidatura. “¡Al Pepe lo bañaron para esa foto!”, bromeó Fernández Huidobro. “Está tan prolijo… Parece que se bañó”, comentó con más sarcasmo que humor el opositor precandidato colorado Luis Hierro en un acto en el interior.

Si Mario Benedetti fue el abuelito bueno, José Mujica es el abuelito gruñón y cascarrabias, que a muchos les cae simpático y a otros tantos les genera rechazo.

Después de tantos años de afirmar que su discurso y su vestimenta no eran impostadas (“Ya conocéis mi torpe aliño indumentario’”, ha dicho, citando a Antonio Machado), Mujica tuvo que reconocer que cedió ante las presiones de los asesores de su campaña y hasta se probó un terno. La foto de Mujica poniéndose el saco estuvo en la agenda informativa del país y hasta fue noticia en el El Nuevo Herald. “Eso sí, no me pongo corbata ni que lo pida Mandrake”.

Este hombre que terminó la secundaria y apenas concurrió a algunas clases universitarias de Letras en la Facultad de Humanidades, cita La Ilíada para recordar que el discurso más esperado no era el de Aquiles o el de Agamenón, sino el del anciano Néstor, que por ser añoso era el más sabio. Sigue ejemplificando con el respeto que se ganó Winston Churchill o el general ruso octogenario que planeó la estrategia para derrotar a Napoleón. “¡Hay ejemplos a patadas de esos en la historia! Ahora, si usted va a pensar que el presidente tiene que ser un atleta… ahí estoy jodido”.

José Mujica puede llegar a ser Presidente de la República Oriental del Uruguay con 74 años, un pasado como guerrillero, “la panza hecha un mapa”, un lenguaje más propio de un campesino que de un mandatario. Es difícil concebir un coctel más pintoresco y curioso en la dirigencia política de este continente.

Hace rato que América del Sur viene evidenciando cambios profundos que despavilaron a los politólogos. El desfile comenzó con un dirigente gremial metalúrgico en Brasil, y siguió con mujeres, indios aymaras, curas y simpatizantes de Montoneros. Por si faltaba algo más excéntrico, asumió un negro en América del Norte. En este contexto, si Pepe Mujica se consagra presidente de los uruguayos, podrá ser el capitán de la selección de “los astrosos”.
Según los analistas políticos, si no logra ganar las elecciones nacionales del 31 de octubre con más de 50% de los votos, tendrá que competir contra el ex presidente blanco Luis Alberto Lacalle —neoliberal, fan de las privatizaciones— en la segunda vuelta de noviembre.

Fernández Huidobro reveló algo: “Antes de dar luz verde a su candidatura, cuando el Pepe dudaba, me dijo: ‘Mirá Ñato, tengo un pasado a cuestas jodido y un problema por mi edad. ¿No debimos haber colgado los botines cuando ganó el Frente hace cinco años? Ahora nos dicen que tenemos que llegar a la Presidencia… ¿Y si perdemos? Vamos a ser los padres de la derrota…”.

Si así fuera, dejará la actividad política para dedicarse a sus flores y hortalizas, como ya anunció en conferencia de prensa. Si pierde, Pepe será plenamente feliz. Podrá ser un chacarero full time.

Tres años atrás, en su casa de Montevideo, Homero Alsina Thevenet —uruguayo, periodista, crítico de cine— sintió que se moría.

No fue una metáfora ni algo pasajero. La asfixia empezó en la cama y él, ciego de miedo, se arrastró hasta el living y encendió el nebulizador.

—Eran las tres de la mañana. Me recuerdo a mí mismo sentado acá, jadeando durante largo rato. Mascarilla, jadeo jadeo jadeo. Estaba completamente lúcido, y sabía que me estaba muriendo.

Ese día Homero Alsina Thevenet tenía 80 años, 65 de carrera periodística, era el crítico de cine más riguroso del Río de la Plata, la primera persona fuera de Suecia en descubrir que Ingmar Bergman era un genio, y el fundador del suplemento cultural más sólido —e improbable— del Río de la Plata.

Y esas eran algunas —sólo algunas— de todas las cosas que había hecho Homero Alsina Thevenet el día que se estaba muriendo.

De todas, fumar fue la única que casi lo mata.

***

Es una tarde helada en el barrio de Pocitos, Montevideo, capital de Uruguay. Al otro lado de la puerta de una casa —blanca, magra, una casa como cualquier otra— se escuchan pasos, cerrojos, llaves. La puerta se abre y se ve esto: un living, bibliotecas, una mesa redonda cubierta por un tapete verde, sillones y un hombre pequeño —bajo—, de pelo y bigote blancos, suéter y abrigo de lana, pantuflas.

—Bienvenida —dice Homero Alsina Thevenet, el hombre que hace tres años se moría—. Ya ni aquí se puede dejar la puerta abierta.

Sobre la mesa con tapete verde hay pocas cosas: tazas para el té, algunos libros, papeles.

—Preparé mi currículum y una bibliografía, así tenés datos precisos.

Datos, recalca Homero, precisos: más de veinte libros pu blicados (Censura y otras presiones sobre el cine, Listas negras en el cine), uno por publicarse en 2006 (Historias de películas, Buenos Aires, editorial Cuenco de Plata), dos en proyecto.

—Pero vení, sentate. Tomemos té. ¿Por dónde querés empezar? ¿En orden cronológico?

Tiene la voz que ha tenido siempre: hecha de ladridos, ronca.

***

Homero Alsina Thevenet nació el 6 de agosto de 1922 en Montevideo, hijo de Judith Thevenet —maestra— y de Eugenio Alsina —crítico teatral—, tercer vástago —y último— de una familia atravesada por sombra de muerte.

—Hubo un primer hijo que murió pequeño. Una enfermedad mal curada. Se llamaba Leopoldo. Fue terrible para mi madre. Después llegó una niña, Mireya. Después yo.

—¿Por qué te pusieron Homero?

—No sé. Mi padre se habrá querido hacer el intelectual.

Cuando el niño de nombre desmesurado tenía pocos meses, sus padres se separaron. Judith quedó sola con dos chicos, y entonces sí, las cosas se pusieron bravas.

—Aquí, en este terreno donde estamos ahora, mi madre hizo un ranchito, con su sueldo de maestra y mucho sacrificio. Nunca me morí de hambre, pero necesidades hubo, y envidia por la gente rica también. Siempre supe la diferencia entre lo que se puede y lo que no se puede. Toda la vida me impresionó una frase de Scott Fitzgerald, de un tipo pobre con la nariz apretada contra el vidrio, mirando la fiesta desde afuera. Nada. Mi vida era eso.

Y entonces, cuando su vida era eso —mirar desde afuera las fiestas ajenas, saber la diferencia entre lo que se puede y lo que no—, su padre, una bicicleta y una clavícula rota torcieron el destino y le dieron vocación. Le gusta contarlo así: que una noche de 1934, en Montevideo y alrededor de las siete de la tarde, hubo un apagón que duró horas. Que en la esquina de su casa una banda de chicos improvisó una fogata y él, once años, quiso estar. Que bailaba cual indio en torno al fuego cuando un ciclista lo atropelló y le hizo trizas la clavícula. Que siguieron 45 días de yeso, y un corset. Que su padre, por entonces funcionario de Espectáculos Públicos del Municipio, intentó aliviar la convalecencia regalándole un carnet de entrada libre para el cine del barrio: el Latino.

—Empecé a ir tres, cuatro, cinco veces por semana. Con el brazo así.

Así, dice, y se imita, niño endurecido por el yeso, entregado a la blanda oscuridad del teatro Latino.

—Desarrollé una gran capacidad para asimilar repartos de películas. Aún hoy veo películas viejas y puedo identificar a todos los actores secundarios.

Tenía 15 años, una adolescencia humilde, una madre maestra y era pésimo alumno del colegio secundario cuando, en 1937, se cruzó en la esquina exacta de 18 de Julio y Yi (la esquina exacta: no se olvidan los guiños del destino) con Arturo Despoeuy, una suerte de dandy intelectual, fundador de la revista Cine Radio Actualidad.

—Le hice un comentario elogioso de la revista, y me dijo que tenía que escribir ahí. Así empecé. Pero no puedo decir que eran mis crónicas porque era vapuleado por Despoeuy, con toda razón.

—¿No te sentías humillado?

—No. Sentía que tenía que mejorar.

Víctima voluntaria de maestro cruel, soportaba bien los embates del hombre que tachaba sus originales al grito de “¿Por qué decís esto, mocoso, si no sabés?”.

—Él tenía razón. Si tengo que reconocer una actitud mía es la autocrítica. Y si hay algo que debo decir sobre la crítica de cine, es que también es una autocrítica. Uno empieza viendo cine y creyendo en la verdad de lo que ve. Y de a poco empieza a desconfiar. A ver que las películas son más complicadas, que hay una historia detrás, que hay mentira, que hay censura.

Autodidacta profundo, y sin quejarse, en Cine Radio Actualidad Homero acusaba los golpes en silencio. Como un indio paciente volvía a su escritorio y ajustaba tuercas, podaba frases frondosas y se hacía, de a poco, fundamentalista de la precisión.

—A mí me ponen mal los errores, quizás como herencia de mi madre maestra. Porque un error hace desconfiar al lector. Dice: “si se equivoca en esto, qué me va a enseñar este tipo”. Ahora veo que se chequean datos por internet. Yo tengo un episodio con internet. Cuando apareció la película Titanic hice la nota, y yo tenía mi lista de películas sobre el Titanic, pero podía haber otras. Busqué en internet y en efecto aparecieorn otras. Y también aparecieron películas de menos. Hay una película que se llama A night to remember, del año 1958, y como la palabra Titanic no figura en el título, internet no la registra. En cambio me dio una que se llama Titanic Orgy: orgía titánica. Una película porno. Pero en 1937, cuando no había internet ni revistas importadas, para redactar la ficha técnica de una película me iba a la cabina de proyección y tomaba nota mirando la película a contraluz. Claro, todo ese trabajo me quitaba tiempo para el estudio. Fui pésimo alumno. Hice el secundario, pero abandoné el preparatorio de derecho.

—¿Por qué derecho?

—Porque derecho era casi clavado para alguien que se ocupaba de las letras. ¿Lo otro qué es, escribanía, notariado?

—No. Algo más afín con las humanidades. No sé… filosofía.

—Sabés que no. Le tengo desconfianza a la filosofía. Puro bla bla. Como el psicoanálisis. Los psicoanalistas inventan muchas cosas. Me recuerda aquella discusión del filósofo y el religioso en la cual el sacerdote dice que un filósofo le recuerda a un ciego en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está. Y el filósofo le replica: “Sí, pero usted lo habría encontrado”.

En 1939 un periodista uruguayo llamado Carlos Quijano fundó la revista Marcha, que sería uno de los semanarios de cultura y política más importantes de América Latina. Homero tenía 17 años, dos de experiencia laboral, una vida bohemia —lejos de casa, cerca de los bares, la noche, los amigos—, y se ofreció como voluntario en esa nueva publicación: lo hicieron corrector de galeras y él se hizo amigo del secretario de redacción, un hombre hosco que vivía al fondo del local donde funcionaba la revista: Juan Carlos Onetti.

—Vivía ahí, en una pieza donde se amontonaban el baño, la cocina, el cuarto y una mujer que no recuerdo. Íbamos a la barra del café Metro, una especie de peña literaria. Yo fui uno de los que llevó bajo el brazo su novela, El pozo, para venderla por unos céntimos. En 1943 me fui a Buenos Aires siguiendo a una chica que por suerte no me hizo caso, y allá estaba Onetti, que era el secretario de redacción de Reuters, y compartimos el alquiler en una pensión de una señora que no sé si era húngara o austríaca, pero tenía un tío que fumaba mucho, y la casa estaba todo el tiempo llena de humo.

—Pero vos fumabas.

—Sí.

—Y Onetti también.

—Por eso.

En 1944 Homero sufrió un neumotórax y tuvo que regresar a Montevideo. Allí, en 1945, se casó con Andrea Bea que sería la madre de Andrés. Andrés: el único —el único— hijo de Homero. Tres años después se divorciaron, y ella se casó con Jorge Onetti, hijo de Juan Carlos.

—Y acá viene la pregunta. Si yo me divorcio de una mujer, y esa mujer se casa con el hijo de Onetti, ¿qué vengo a ser yo de Onetti? La respuesta es: admirador.

Cuando Pablo Rocca, autor del libro El 45 (Ediciones Banda Oriental, 2004), le preguntó a Homero si él era el Bob del cuento “Bienvenido Bob” que Onetti le dedicó en 1944 (y que cuenta la transformación del joven e ilusionado Bob en el abyecto adulto Roberto), Homero respondió lo que sigue:

“—No creo. Alguna vez lo conversamos con Onetti. No tiene nada que ver, siempre tuvimos un vínculo muy cordial.

”—Sin embargo, llama la atencion que cuando apareció La vida breve (1950) usted escribió un largo artículo en Marcha en el que habla del agotamiento de la obra de Onetti.

”—Esa era mi visión de ese momento. Naturalmente, hoy no la mantengo.

”—Pero sí la mantenía en 1964, cuando en una contratapa de Marcha —que recoge comentarios sobre el texto a 25 años de su publicación— se muestra bastante escéptico con su obra.

”—¿De veras? No me acordaba”.

Esta tarde Homero elige recordar que, tiempo después, se cruzó con Onetti en un ómnibus y los dos, al mismo tiempo, gritaron: “La culpa es tuya”. Que se rieron, dice. Que no hay nada que agregar sobre el asunto.

***

Afuera es gris. Adentro caen las sombras de la tarde.

—¿Querés más té? Es de durazno.

Sobre la mesa con tapete verde hay un trozo de strudel, fotos y un libraco que emana un vapor dulzón: los ejemplares encuadernados de la revista Film, de la que Homero fue cofundador y codirector entre 1952 y 1955.

—Esto te va a sorprender —dice y abre el libro en la página que corresponde a un artículo suyo publicado en junio de 1953 en el que se lee: “No se sabe lo que Bergman piensa de su fama, pero se sabe que está preocupado de sí mismo, que le importan el bien y el mal, que es joven, que es talentoso, que sabe lo que es”.

—Es que en 1952 pasaron cosas —aclara, aunque su currículum (dos hojas escuetas, escritas con prosa de hueso y latigazos) no dice nada de esas cosas que pasaron: apenas reseña que, entre 1945 y 1952, trabajó en la revista Marcha a cargo de la página de espectáculos, y que luego pasó a la revista Film.

—En 1952 el director de Marcha se opuso a que la revista cubriera el Segundo Festival Internacional de Cine de Punta del Este porque consideraba que era un despilfarro para el país. Yo, en cambio, creía que era un evento de importancia fundamental. Entonces me fui de Marcha. El año anterior el festival se había hecho con apoyo estatal, pero ese año no tuvo ningún apoyo. Se hizo con el esfuerzo de embajadas y distribuidores privados y, por tanto, no hubo un jurado oficial, sino un jurado de la crítica en el que éramos once y del cual formé parte. Por supuesto, el pronunciamiento del jurado no era oficial, era doméstico, y se vieron varias películas, tales como Rashomón. Y se vio también Juventud divino tesoro, una de las primeras películas de Bergman que se presentaban en América Latina. Fue una revelación. Lo que vimos ahí no se podía hacer en teatro, ni en poesía, ni en literatura. Eso era cine puro.

Cine puro, ni teatro ni poesía, pero por esos años, en América Latina y el resto del mundo, Bergman era un absoluto desconocido: nadie, nada. En 1946 el estreno de su película Suplicio había pasado sin pena ni gloria por Buenos Aires, pero gracias a aquel espaldarazo en el Festival Internacional de Punta del Este, films como Puerto, Sed de pasiones y Noche de circo fueron estrenados con éxito en Uruguay y Argentina.

Mientras en Suecia un crítico de nombre Olof Lagercrantz escribía en el Dagens Nyheter acerca de Sonrisas de una noche de verano: “los elementos de esta comedia son la penosa fantasía de un jovencito con acné, los descarados sueños de un corazón inmaduro y un ilimitado desprecio por la labor artística y humana. Me avergüenzo de haberla visto”, en Uruguay Homero diría sobre Noche de circo (1953): “Este drama pesimista y patético se apoya en una de las más perfectas construcciones cinematográficas que Bergman haya logrado en su carrera.” En 1954, dos años después de cose char elogios en Uruguay, Juventud sería vapuleada en el Festival de Venecia y recién en 1956 Sonrisa de una noche de verano ganaría el premio a la mejor comedia en el festival de Cannes, sería exhibida en Francia y todos dirían, acerca de Bergman, oh.

—¿Los suecos se enteraron de tu descubrimiento?

—Se enteraron. Bergman nació en julio de 1918, y en 1998 estaba cumpliendo 80 años. Me llamaron de una radio de Estocolmo, de un programa en castellano, para preguntar qué tenía que decir de los 80 años de Bergman.

—¿Y Bergman sabe que fuiste el descubridor?

—Seguramente.

—Pero nunca tuviste relación con él.

—No. Ni debo. Porque todas esas relaciones entre críticos y obra son equívocas. Además, no fui solamente yo. Los miembros de aquel jurado éramos once.

Once, dice Homero, que cultiva con ímpetu su vicio de actor secundario: gente indispensable, pero gente discreta.

***

En 1954 Homero trabajaba en el diario El País, de Montevideo, que publicaba críticas de cine y teatro si había tiempo, lugar y ganas, y pensó que hacer de ese desorden un sistema podía traer beneficios a la única persona que, ya entonces, empezaba a importarle en la cadena alimenticia de los medios: el lector.

—Nos juntamos cuatro periodistas y propusimos hacer la página de espectáculos. Y la hicimos. Pero las crónicas de teatro eran muy largas, porque si tenían que comentar Seis personajes en buscar de autor, de Pirandello, primero el crítico tenía que explicar quién era Pirandello, después la obra, después la crítica. Entonces dije: “El día anterior publicamos quién es Pirandello y qué es esta obra. Al día siguiente damos la crítica”. Y fue tremendamente pedagógico. Un día nos llama el director del diario y nos dice: “Esa paginita que ustedes inventaron está muy bien, pero tiene un defecto: están comentando todo demasiado tarde, yo fui a ver la obra el martes y ustedes publicaron la crítica el jueves”. Y le dije: “Pero si estrenaron el martes no se puede publicar el miércoles”. Agarró el teléfono y le dijo al secretario de redacción: “Las notas de estrenos de teatro en espectáculos tienen el cierre abierto hasta la medianoche, orden de arriba”. Y ahí tuvimos que correr. El método era: estrena la obra, el crítico va, ve la obra, vuelve, escribe, se publica. Esa sección tuvo un éxito delirante. La gente se quedaba hasta las tres de la mañana esperando la crítica. Después, claro, nos copiaron todos.

Homero tenía 32 años cuando empezaba a ser un pedagogo irredimible y, quizás por lo mismo, un enemigo enérgico de la teoría del cine de autor impulsada por la revista Cahiers du Cinéma. Ya por entonces decía, a quien quisiera oírlo, que una película como Lo que el viento se llevó no podía atribuirse a un director llamado Victor Fleming, sino a un productor llamado David O. Selznick que lo había decidido todo, incluida la contratación y el despido de tres directores.

—El cine de autor es una falsedad con la cual los críticos se simplifican la vida. Una película de Bergman, de Orson Welles, de Chaplin, yo no me quejo. Pero contra eso hay 85% de directores mediocres que son esclavos de la empresa y tienen que obedecer órdenes, y no podés decir que una película es de ellos.

“[...] para entender el cine de Hitchcock con Selznick no alcanza con leer a Claude Chabrol, Eric Rohmer, François Truffaut y toda la colección de Cahiers du Cinéma —escribiría años después en un texto titulado “Alfred Hitchcock y David O. Selznick, cuentos de dos gigantes”, recogido en su libro Nuevas crónicas de cine (Ediciones de la Flor, 1999)—. Hay que empezar por leer sobre Selznick, que fue el responsable de toda decisión (…) A Hitchcock le encantaban la proezas, los trucos y los enfoques originales, como filmar toda una película sobre un bote, o hacerla en una sola toma continua, sin corte aparente. Pero los libretos eran su punto débil y así su carrera alternó reconocidos brillos con torpezas argumentales como Marnie, Cortina rasgada y Topaz (1964 a 1969), que sufren de puerilidad y de discurso. En su última etapa Hitchcok era ya su propio productor, filmaba con mucha libertad y se dejaba acariciar el ego por los críticos franceses”.

A Homero no le gustan los egos inflamados.

Esos monstruosos roles protagónicos.

***

En 1960 conoció a Eva, una mujer de 27 años —separada, cuatro hijos— con la que se casó dos años más tarde. Pero antes, en 1959, conoció a Marlene Dietrich.

—En 1959 Marlene Dietrich llegó a Buenos Aires, y no iba a venir a Montevideo. Entonces, fui a Buenos Aires. Iba a dar una conferencia de prensa en el cine Ópera, y había una multitud. Un colega me dice en secreto: “Se iba a hacer en el cuarto piso, pero se hace en el octavo”. Llegué al octavo y el secreto había trascendido: era una sala con butacas, todas llenas. Entonces me fui a la primera fila, y me senté en el suelo. A los dos minutos se abre la cortina, sale Marlene, y yo en el piso. Marlene se sienta, y empieza la conferencia de prensa. Yo le hice una pregunta y se ve que le gustó, porque me dio el resto de la conferencia a mí.

—¿Y qué le preguntaste?

—Yo qué sé. Lo que se le podía preguntar a Marlene: nada muy importante. Ese día se supo que finalmente iría a Montevideo, y que iba a dar una conferencia en el hotel Victoria Plaza. Fui. El hotel era enorme, pero no había tantos periodistas. Habría unos veinte, y lugar de sobra. Entonces hice una travesura: me senté adelante, en el piso. Ella salió de atrás de la cortina, me miró y dijo: “¡Ah, look who’s here!”, miren quién está acá. Y me tiró de vuelta toda la conferencia de prensa a mí.

—La enamoraste.

—Sabés que literalmente pasó eso. Estaba el fotógrafo y me dijo: “Che, tenés que sacarte una foto con ella”. Yo dije muy bien. Y nos sacamos la foto. Mirá.

Homero —de pie, pequeño, bigote a lo Chaplin— mira a cámara, las manos apoyadas sobre la mesa con gesto de campeón. Empequeñecida, con un sombrero negro y guantes blancos, mirándolo arrobada, el ángel alemán —ese león—, y el epígrafe que dice “Marlene enamorada”. Porque le divierte, pero mucho también por sentar bandera, Homero cultivó con deleite esos guiños burlones. En una foto tomada junto a Louis Armstrong en julio de 1957, el epígrafe reza: “Alsina Thevenet y Armstrong. Armstrong es el de la derecha”.

—Mirá. ¿Sabés de quién es esta carta? —dice, sacando una carta de uno de sus libros sobre la censura en el cine—. De Guillermo Cabrera Infante. Le mandé el libro y me rezonga porque no mencioné a Raymond Chandler como responsable del guión de Double Indemnity. Está bien, tiene razón.

—¿Y le contestaste?

—No. Me cayó mal en el momento. Qué le iba a decir.

—¿Te cayó mal la carta?

—No. Ya ves. La guardé.

“Es una pena —escribió Cabrera Infante— no haber sabido que escribía usted su libro, pues podría haberle hablado de la censura antes de Castro, con las campañas de la legión de la decencia contra películas tan inocentes como La mujer que inventó el amor. También le hubiera hablado de la censura bajo Castro…”.

—Y ahora ya no le podés contestar.

—Así es. Ya ves. Se murió él, la carta quedó.

***

En 1965 Homero cruzó otra vez el Río de la Plata para vivir en Buenos Aires, donde trabajó en revistas como Primera Plana, Adán y Panorama, y publicó varios libros. Pero en 1972 Andrés, su hijo, comprometido con partidos de izquierda, fue detenido y acusado del secuestro de un empresario.

—Estaba en la guerrilla, y lo condenaron a seis años de prisión, pero en marzo de 1973 vino el peronismo, que dejó libre a todo el mundo. De todos modos él estuvo catorce meses preso, y yo le tenía que avisar a Andrea, su mamá. El hi jo de Onetti estaba con un puesto de periodista en Prensa Latina de Chile. Conseguí el teléfono y logré pasarle el mensaje. Resultado: me llama ella por teléfono desde Santiago y me pregunta: “Decime una cosa, ¿ahí es posible comprar un televisor y sacarlo del país?”. Le dije: “Mirá, era posible, pero después de tu llamado ya no”. Tenía un costado frívolo esa mujer.

Homero mueve la cabeza. Los recuerdos lo perturban, los recuerdos lo divierten, los recuerdos lo perturban.

—La cárcel es una cosa terrible. Humillante. Humillante para los familiares. Para llevarle algo a mi hijo… destrozaban una torta a cuchillazos para probar que yo no llevaba nada escondido ahí.

Cuando parecía que lo peor había pasado —un amargo periplo por las cárceles tras los pasos del hijo querido— sucedió en Argentina el golpe militar de 1976 y Homero se exilió en España: tenía 54 años cuando marchó con Eva a Barcelona, a empezar todo de nuevo.

—Yo ya tenía una carrera hecha, y allá no pude hacer nada porque los catalanes son muy nacionalistas. Estuve haciendo traducciones y escribí una biografía de Chaplin, a pedido de editorial Bruguera. Tuve tanta mala suerte que el libro salió a comienzos de diciembre del 77, con la vida completa de Chaplin, excepto su muerte: murió 20 días después, el 25 de diciembre de 1977. Dos meses después, encontré el libro en las mesas de saldos de El Corte Inglés.

Fueron ocho años en España, pero no fueron años buenos.

Eso dice: que no hay nada que contar.

***

—¡Homero, las gotas!

Eva aparece alarmada, gotero en ristre. Las gotas para los ojos, dice, son vitales.

—Tiene presión ocular.

Homero la mira divertido. Pocas cosas le gustan más que hacer de bufo. Camina apresurado hasta un sofá, se arroja, y echa la cabeza hacia atrás con un gesto exagerado. Eva se pone a horcajadas.

—¿Te molesta el paso del tiempo?

—Eh, a quién no. Si no es el estómago, es la columna y si no, son los ojos. Tuve una úlcera a los 30 años, y mi estómago se recompuso, pero sin los jugos gástricos correspondientes, con lo cual si como cosas indebidas, lo sufro después. Fritos en general, leguminosas, garbanzos, lentejas, porotos. Nueces. Mis nanas son historias sórdidas.

—Pero las enfrentás con elegancia.

—Porque soy elegante —dice, y mueve la pantufla.

Un año atrás Homero se fracturó la cadera y entonces hubo alarma: huesos rotos y edades altas no se llevan bien. Pero dos meses más tarde chapoteaba en el Caribe, rehabilitado y feliz. Inoxidable.

—Nos fuimos a Punta Cana con Eva, y en ese mar me rehabilité. Me pasaba horas en el agua contemplando las uñas de mis pies, que son preciosas. Fuimos a uno de esos lugares con sistema todo incluido. Un sistema fabuloso. Vas pagando con fichas, no usás dinero. Ah, y mirá lo que tengo.

Despliega un corset ortopédico rosado, lleno de ballenas. Empieza a ponérselo sobre la ropa cuando Eva pregunta:

—Homero, ¿eso no hay que devolverlo?

—No. Ahora es nuestro. Lo pagué.

Le gustan esas cosas: las cosas útiles. Corsets, gotas en los ojos. Viajes todo incluido, freezers, microondas y control remoto. Cosas que solucionan problemas. No bellas, pero eficaces.

***

En 1984 Argentina estaba en democracia y en España Homero no encontraba mucho para hacer. Entonces levantó la poca casa que tenía y, con Eva, regresó a América del Sur: no a Montevideo sino a Buenos Aires. Era 1985 cuando Jacobo Timmerman (periodista fallecido en 1999 y fundador de medios importantes y emblemáticos como La Opinión) le ofreció la jefatura de espectáculos del diario La Razón, que pasaba por su peor momento. Homero tenía 62 años, y pensó que un periódico que se iba a pique era una gran oportunidad para hacer cosas, pero lo echaron poco tiempo después por negarse a cortar una de sus críticas, que no entraba en el diseño pautado.

—Ah, la tiranía del dibujito. No me hables. Yo tengo unos cuentos con eso.

En 1987, dos años después del episodio en La Razón, Homero era jefe de espectáculos del diario Página/12, y además de críticas de cine —que despertaban las más extremas rabias de cabotaje de directores argentinos como Fernando “Pino” Solanas, Alejandro Agresti o Leonardo Favio— escribía columnas de opinión tales como “Mahoma, todavía”, en la que sostenía que “el caso Mahoma versus Rushdie ha suscitado algunas reclamaciones similares, que conviene incorporar ya a los manuales de filosofía y letras: a) Del Diablo contra Dante Alighieri, por la Divina Comedia (circa 1310). Aduce que el retrato del infierno es harto desfavorbale (…). b) Del gobierno de Dinamarca contra William Shakespeare, por Hamlet (1600). Apunta que la frase ‘hay algo podrido en Dinamarca’ se contrapone a los notorios progresos del país en cuanto a higiene, refrigeración y manejo de materiales biodegradables”.

Además de escribir cosas como esa, Homero libraba su batalla contra la tiranía del dibujito.

—El jefe de diagramación de Página/12 se llamaba Daniel Iglesias. También llamado “el Zorro” Iglesias, también llamado “no hay peor sordo que el Zorro Iglesias”. Una vez entregué una nota que ni siquiera era mía. Me llaman de diagramación. “Sacale doce centrímetros”. Que sí, que no, la discusión subió de tono y viene el Zorro Iglesias y me dice: “¿Qué pasa con tu gente? ¿Son todos Shakespeare y Cervantes que no se les pueden cortar doce centímetros?”. Le digo: “No, no son todos Shakespeare y Cervantes. Ahora, tu gente, ¿son todos Rembrandt y Velázquez que no se les puede cambiar el dibujito?”. Gran bronca. Esa misma noche en la escuela de periodismo TEA [Taller, Escuela, Agencia] me daban un premio homenaje, y doy un discursito improvisado de agradecimiento: “Jóvenes periodistas, ustedes han elegido una profesión que está llena de promesas, pero no se crean que es fácil. Porque cuando ustedes entren a un diario se van a encontrar con un jefe que les dice: ‘Che, hay que hacer una nota a tal’. Vas y hacés la nota. La entregás. El jefe la mira y dice: ‘Sí, está bien, pero faltaría tal y cual aspecto’. Vos vas y agregás tal y cual aspecto. Volvés. Y el jefe te va a decir: ‘¿Sabés lo que le falta a esto? Una entrada, un copete’. Vas, volvés con el copete. Te dice: ‘Le falta un final, una cosa que restalle’. Lo encontrás. Terminás la nota y estás muy contento. ¿Y te creés que ahí terminó la cosa? No señor. Ahí la nota pasa al diagramador. Y el diagramador es un personaje que se dedica a quitarle doce centímetros a todas las notas: es una vocación. Me ha pasado”.

***

La bibliografía de Homero incluye muchos títulos —más de veinte— casi todos sobre cine: Ingmar Bergman, un dramaturgo cinematográfico (con Emir Rodríguez Monegal, ed. Renacimiento, 1964), Censura y otras presiones sobre el cine (Buenos Aires, ed. Fabril Editora, 1972), Cine sonoro americano y los Oscar de Hollywood (Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1975), El libro de la censura cinematográfica (Barcelona, Lumen, 1977), Listas negras en el cine (Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1987), Nuevas crónicas de cine (Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999), Historias de pe lículas (Ediciones Cauce, 2000). Pero hay dos volúmenes. publicados en los años ochenta y llamados Una enciclopedia de datos inútiles (Ediciones de la Flor, 1986) y Segunda enciclopedia de datos inútiles (Ediciones de la Flor, 1987), en los que este hombre dibujó su visión del mundo: el mapa de sus intereses, sus desprecios, sus curiosidades. El texto que sigue fue incluido en la Segunda enciclopedia de datos inútiles: “1987: Al reseñar un libro titulado Una enciclopedia de datos inútiles, el erudito Pablo Schwarz (en Brecha, Montevideo, Uruguay, junio 5) se queja de que el autor utilizó demasiadas fuentes de segunda mano. El señor Schwarz encontró seis errores en un libro de 260 páginas, que abarcan 104 capítulos diversos y 16 páginas de índices. Con seis errores el cronista llenó 344 centímetros cuadrados del semanario [Brecha], más un dibujo y un título. Entre las informaciones de segunda mano que el cronista objeta figuran la muerte de Julio César. En el libro había sido escrito que ese emperador romano ‘… murió con otros tajos, tras una conspiración muy célebre, y la leyenda dice que sus últimas palabras habrían sido Et tu Brutus!, al reconocer con sorpresa a uno de sus asesinos’. El señor Schwarz, que sabe latín, sostiene que Julio César no debió haber dicho Brutus sino Brute, para no caer en un solecismo en el momento de su muerte (un solecismo es una falta de sintaxis y suele ser considerado como menos grave que 23 tajos mortales). A esa tesis el señor Schwarz (que sabe griego) añade que Julio César no murió quejándose en latín sino en griego. Habría dicho “kay sy téknon”. Con ese dato el señor Schwarz corrige de paso a William Shakespeare, un reconocido autor de segunda mano, que en su tragedia histórica Julio César (1599) cometió el imperdonable lapsus de hacer morir al emperador en latín mientras sus asesinos lo mataban en el inglés de la época. El punto consagra al señor Schwarz como la única persona del siglo XX que estaba presente en la muerte de Julio César, en el año 44 a.C., y que puede documentar su última frase en griego sin fiarse de fuentes de segunda mano. Sin embargo, eso no es tan milagroso como su buena memoria después de 2.031 (dos mil treinta y un) años”.

Ambas Enciclopedias reúnen más de 500 páginas como esta: todas de colmillos largos.

Dos años después de la publicación del segundo tomo Homero cruzaría una vez más el Río de la Plata, hacia su casa y su cuna. Uruguay.

***

—En 1989 en Uruguay se hizo un plebiscito. Se discutía la Ley de Caducidad, si les dábamos o no el perdón a los militares. Vine a votar, y Jorge Abbondanza, jefe de espectáculos del diario El País, me ofreció volver a hacer un suplemento cultural. Pero yo no sé de teatro, de arquitectura, de música, y me dio miedo. Lo contacté a Elvio Gandolfo [escritor y periodista argentino, cuyas notas han aparecido en números anteriores de El Malpensante, y a quien Homero había conocido en Buenos Aires] y le dije: “Me proponen esto y me tengo miedo, porque no soy un culto general”. Y me contestó: “Ni vos ni yo sabemos de pintura y de música como para escribir de pintura y de música, pero hay algo que sabemos y eso es manejar el material de otra gente”. Así que buscamos colaboradores y, efectivamente, salimos adelante.

—Vos no figurás en el staff como director.

—No, porque no lo hago por la performance. Yo sé lo que se hace y cómo se hace, entonces para qué más.

Y lo que se hace es, probablemente, el producto cultural más extraño de todo el Río de la Plata: el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, que sale los viernes, se anuncia como un suplemento sobre artes, ciencias y letras, y tanto caben en él una reseña implacable sobre el último culebrón literario de Jeffrey Eugenides (Middlesex) como artículos sobre Will Eisner, John Ford, Santiago Calatrava, Thelonius Monk o la teoría del caos.

En el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, que Homero fundó a los 68 años, no se publican avisos porque no se buscan avisos: no se propician avisos; no se usa color por cuestiones prácticas (obliga a disponer de fotos de mayor calidad); se eliminaron las bajadas (porque si el lector lee un resumen de lo que sigue, no lee lo que sigue) y, en tiempos en que la sobrevaluada religión del nuevo periodismo obliga al yo, se aborrece la primera persona.

—La primera persona es una traición, porque termina siendo más importante el escritor que lo escrito. Eliminamos los copetes porque si el copete dice todo lo necesario, el lector se va a ir. En el Cultural hice lo que yo quería hacer. Un suplemento sin concesiones. No le doy bolilla a Planeta si me dice que tal libro es muy importante, o si viene tal tipo con su libro de poesía para que se lo comente. No lo atiendo, no lo publico. Tenemos total independencia. Estoy trabajando con una libertad periodística que en la Argentina no tendría. Allí la crítica de cine está convertida en pildoritas con estrellitas: tres estrellitas, cuatro estrellitas, cinco estrellitas. Si hay que hacerlo se hace, pero hay que superar la instancia de esa crítica que dice “esto es largo, es feo, es malo, es bueno, entretenido”. Cuando uno se empieza a preguntar cómo lo hizo, por qué lo hizo, para qué lo hizo… eso es un progreso.

Durante años, cada vez que un nuevo periodista era incorporado al suplemento Cultural, se le entregaba el manual de estilo, una versión resumida de un texto que Homero había incluido en una de sus Enciclopedias de datos inútiles bajo el título de “Algunas sugerencias para periodistas modestos” y que decía —dice— así: “Comience toda nota en el centro del tema [...] Las primeras líneas deben apresurarse a establecer Qué, quién, dónde, cuándo. El cómo puede esperar al segundo parrafo. Elimine al máximo el Yo, el Nosotros, los otros pronombres respectivos (me, mí, nos). El enfoque gramatical de primera persona debe reservarse para aquello que es absolutamente intransferible [...] Salvo casos de extrema necesidad, elimine los signos de interrogación; el lector quiere respuestas y no preguntas. [...] Evite los signos de admiración: el concepto deberá ser bastante asombroso con sólo enunciarlo, sin que usted le coloque una bandera encima [...] Elimine las referencias al hecho mismo de estar escribiendo una nota. Sea un espejo sin decir ‘aquí estoy como un espejo’. La prosa tersa no se dobla sobre sí misma. [...] Reescriba toda vez que pueda hacerlo. Si tiene a mano un lector que ignore el tema, confíele una primera revisión del texto. Si él no entiende algo, la culpa es de usted [...] Elimine rodeos y larguezas. Un título periodístico llega a alargarse para llenar espacios, como ‘Se experimentaron precipitaciones pluviales en todo el sur de la república’, pero siempre será mejor que usted escriba, llanamente, ‘llovió en todo el sur del país’ ”.

—Me traían prosas cargadas de adjetivos, vueltas y desvíos del tema. Yo cuando leo eso digo: “Este tipo está mintiendo, este tipo no sabe lo que debe saber”.

—Pero hay estilos.

—Claro.

—Está Bryce Echenique.

—Y Proust. Pero tienen sustancia. Todos los jovencitos ahora tiran palabras, tiran palabras. Y yo les digo de antemano: el material está hecho para el lector. La prosa no es tuya, es del lector. Si no lo seducís en las primeras cuatro líneas se va, y no vuelve.

Hoy el suplemento Cultural de El País es objeto de colección: los puestos de libros de la feria dominguera de Tristán Narvaja, en Montevideo —cuadras y más cuadras donde se consiguen tomates y discos, zapatos y antigüedades— venden los números atrasados.

—¿En serio se vende en la feria? No sabía. Yo siempre supe que tenía que trabajar y hacer lo mío. Hace poco leí una frase de un filósofo. Me gustó y me di cuenta de que la estaba aplicando desde hace mucho tiempo: “Pocas personas en este mundo son conscientes de que han salido de la nada y volverán a la nada”. Y es muy cierto. Uno después piensa: Bueno, pero el rato que estemos aquí vamos dejar hecho algo. Algunos han dejado guerras y revoluciones como Hitler y Fidel Castro. Yo dejo un poco de crítica de cine, y es bastante mejor.

—El año pasado eras candidato al premio Homenaje de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

—Sí. Me lo dieron.

—No…

Homero se levanta, rápido como un soplo, y vuelve con un trofeo: el Cóndor de Plata, una distinción que entrega la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina, y que le dieron en 2002 por su labor como crítico.

—No, Homero, era un premio de la fundación colombiana y no lo ganaste vos, lo ganó un periodista brasileño.

—Ah. Entonces no tengo idea qué será —dice y devuelve el Cóndor a su lugar, desinteresado—. ¿Querés más té?

En 2004 Homero fue firme candidato al premio Homenaje que entrega la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que finalmente ganó Clovis Rossi, un periodista nacido en São Paulo en 1943, actual columnista de la Folha de São Paulo que cubrió más de un frente de guerra y que mide dos metros.

La crítica cinematográfica es —siempre ha sido— un oficio de actores secundarios.

***

En el living hay fotos. Muchas. Fotos de su madre, fotos de su mujer, fotos de Toc, el perro.

—No sabés qué perro. Es un golden retriever, un recuperador. Si tirás algo al agua, se tira y te lo trae. Un día se nos quejaron porque sacó a un tipo del agua.

—¿Y el tipo se estaba ahogando?

—No. Por eso se quejaron.

Fotos de los hijos de su mujer, fotos de los nietos: fotos de los hijos de los hijos de su mujer. Entre todas, no hay una sola foto de su hijo Andrés. Su único hijo.

—Estamos distanciados. Hace siete años y pico. No debo haber sido un buen padre. No me daban el tiempo ni el dinero para la atención debida. Entonces, entramos en el capítulo separación de mi hijo. Que es así.

Su hijo, que se exilió en Suecia en 1977, regresó a Uruguay en 1989. Durante nueve años él y Homero se vieron una vez por semana e hicieron las cosas que hacen padres e hijos: comieron, conversaron, no se dijeron tantas cosas. En 1998 Homero decidió poner en orden los papeles de la casa donde vive, que como herencia de su madre podía presentar alguna dificultad.

—Hice un testamento a favor de mi mujer y ése fue el detonante. A los dos días me llama mi hijo. Que no estaba conforme con el testamento. Empezó un discurso de una hora y media delante de su mujer. Nunca fui tan insultado. Me dijo que fui un mal padre toda la vida, que fui un egoísta, que no tengo sentimientos. En fin. Volví a casa, agarré la máquina, escribí un memorándum y se lo mandé. No me contestó, no nos vimos más.

—¿Y vive cerca?

—A cuatro cuadras.

Homero cree que son estos, precisamente, los datos superfluos.

Los datos que a nadie importan.

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En el artículo “La influencia de los hongos en la vida literaria”, recogido en uno de los volúmenes de la Enciclopedia de datos inútiles, Homero asegura que el tomate fue “uno de los viajeros más ilustres entre los llegados a Europa durante el siglo XVI”. La papa, sigue Homero, superó al tomate en la rápida adaptación al nuevo medio, pero fue víctima de un feroz enemigo natural, un hongo agresivo, el Phytophthora infestans, que llegó en la bodega de los barcos y produjo el catastrófico fracaso de las cosechas irlandesas de papas de los años 1845 y 1846, que terminó con la muerte de quinientas mil personas y la emigración de un millón de irlandeses “que cayeron sobre Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Australia, generando una diáspora que duró más de un siglo”. El artículo termina así: “Entre los emigrados irlandeses y sus descendientes se contarían después los escritores Oscar Wilde, George Bernard Shaw, James Joyce, Sean O’Casey, Eugene O’Neill, Liam O’Flaherty. La influencia de los hongos sobre la vida literaria no ha sido estudiada a fondo”.

Tiempo después, Homero le diría a una mujer que escribía su biografía (y que pretendió analizar la obra del señor Alsina a partir de un supuesto interés en personas que, al igual que él, habrían tenido infancias difíciles, como Pablo Picasso u Orson Welles): “Lo que yo soy es lo que está escrito”.

Es probable que el artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria sea una parodia de lo que este hombre piensa del psicoanálisis y de aquellos que creen que en su oscura infancia —en la relación devota con su madre o en el vínculo difícil con su padre— encontrarán algo significativo.

También es probable que el artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria sea, simplemente, un artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria.

Sea como fuere, aquella biografía nunca se publicó.

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Datos precisos, concretos. Los datos que importan.

Homero ya no fuma, tiene 83 años, una mujer, un hijo con el que no habla y, salvo cuando el invierno le impide salir, va todos los días a la redacción del suplemento Cultural.

—En el diario soy un resistente. Mientras me dejen hacer el suplemento, me quedo quieto.

—Y si no te dejaran.

—Y… voy a pelear, supongo.

—¿Y si perdieras?

—Y si perdiera, estoy en condiciones de jubilarme.

—¿Y por qué no te jubilás?

—Ganaría una miseria. Imposible. Porque tengo que mantener una casa, un auto, una mujer, un perro y una patente de perro.

—¿Una qué?

—Patente de perro. Acá hay que pagar por tener perro.

—¿Y a qué te da derecho?

—A tener perro con collar. Eva sabe.

—¿Y si no pagás la patente?

—Se llevan preso al perro.

—No puede ser.

—Si, ya vas a ver.

Homero se pone de pie con un saltito ágil y desaparece. Regresa minutos después.

—Ya averigüé todo. Es un impuesto de prevención de la rabia. Pero hete aquí que hace veintitrés años que no hay rabia en el Uruguay. ¿Dónde va el dinero de esa patente anual?

—¿Dónde?

—No se sabe.

Afuera es noche, tarde, y hace frío.

—¿Te pido un taxi? Ahora vas a ver qué sistema fabuloso. Ni siquiera tengo que decir mi nombre. Les sale mi dirección en la computadora.

Camina hasta el teléfono. Marca un número. Alguien, al otro lado de la línea, dice Hola. Homero dice:

—¿Me manda un taxi, por favor?

Y cuelga.

Computadoras que no hacen preguntas inútiles. Datos precisos. Cosas eficaces.

—Ya vas a ver. Llegan en dos minutos.

Después, camina hasta la ventana. Con las manos en los bolsillos vigila plácidamente la calle.

—Yo tenía un amigo aquí, Mauricio Miller. Era muy divertido. Y le daba al juego de palabras que no te digo. Tenía a su vez otro amigo, Carlos Martínez Moreno, y eran muy graciosos. Habían inventado una tarjeta de visitas para ambos que decía “Carlos Martínez Moreno-Mauricio Miller: Gracioso”. Nunca llegaron a imprimirla. Y yo con Mauricio había inventado mi tarjeta, que tampoco imprimí, y que decía así: “El señor Alsina-Se hacen cosas”.

Un taxi se detiene afuera. Homero sonríe, satisfecho.

—Te dije. Un sistema fabuloso.

Nada en Young recuerda que en esta pequeña ciudad de Uruguay, hace un año, ocurrió una tragedia que por grotesca fue noticia en el mundo. Nada recuerda que ocho personas murieron cuando un programa de televisión “solidario” convocó al pueblo a remolcar una locomotora en apoyo del hospital local. Donde ocurrió la masacre el 17 de marzo de 2006 no hay flores que recuerden a los muertos. La gente pasa por allí como si nunca hubiera sucedido nada. En todo Young no hay ni siquiera un graffiti que mencione la tragedia. Es como si el pueblo hubiera decidido que nunca ocurrió.

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Young tiene 15.000 habitantes, teléfonos de cuatro cifras y una sola esquina con semáforo. Young –a la que llaman Yung- no es capital departamental, no es sede de ninguna fiesta de renombre y carece de atractivos turísticos. Quizás por eso fue tan impactante que la televisión nacional decidiera hacer un programa allí. La idea fue de Griselda Crevoisier, una administrativa del hospital de 51 años, que cada semana miraba en Canal 10 el programa Desafío al Corazón. En él, distintas instituciones eran conminadas a cumplir con una prueba insólita y recibían como premio el dinero donado por los televidentes, sensibilizados a través de la pantalla. En 2004 el hospital no tenía ambulancia. Crevoisier convenció al director de entonces de participar en Desafío y así poder comprar una. Como ella conocía a uno de los dueños de Canal 10, logró que el hospital fuera anotado en la lista de espera del programa. Hoy Crevoisier no cree haberse equivocado. Casi todo lo que hay en el hospital, explica, fue conseguido gracias a donaciones que han suplido el aporte siempre insuficiente del Estado. Celia González, otra funcionaria, cuenta una historia ocurrida años atrás: un día hubo una emergencia y a la ambulancia le faltaba un neumático. El director del hospital no sabía qué hacer. Entonces, contra los reglamentos, llamaron por teléfono a radio Young y pidieron por favor una cubierta. En pocos minutos consiguieron cuatro. Así se hicieron siempre las cosas.

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Cómo a los creativos de Desafío al Corazón –Ernesto Depauli, de 38 años, y Fernando Seriani, de 30-, se les ocurrió que la gente remolcara una locomotora se explica en el expediente judicial de la tragedia. Dos años después de la gestión realizada por Crevoisier, al hospital de Young le llegó el turno de participar en Desafío. Depauli y Seriani visitaron el pueblo en febrero de 2006 y se reunieron con el nuevo director del hospital, Juan Pablo Apollonia, y su comisión de apoyo. Los locales sugirieron realizar una prueba con caballos, pero eso no convenció a los capitalinos. Depauli y Seriani recorrieron Young y, al ver las vías del ferrocarril, se inspiraron. De regreso en Montevideo, Depauli le envió un mail a Apollonia: “Te mando el desafío que pensamos (…): un grupo de personas de Young deberá arrastrar un convoy formado por un vagón de tren, un camión y un tractor, con los motores apagados, una distancia de por lo menos 56 metros, utilizando una cuerda o similar. Es importante que sea un vagón de pasajeros porque es mucho más vistoso. Cuantas más personas haya, mejor, cuanto más larga sea la cuerda, mejor. Si pueden conseguir una locomotora, mucho mejor”. ***

Young hierve en verano. Los tanques de agua se recalientan tanto que, en el hotel, incluso de la canilla fría sale un líquido que quema. La ciudad nació alrededor de una estación de tren, en una de las zonas agrícolas más ricas del país. El intenso movimiento de carga dio origen al pueblo, en medio del campo. “Acá no tenemos río, ni nada parecido. En otros lugares la gente sale a caminar por la costanera. Acá se mira mucha televisión”, dice Ricardo Fontana, empleado del canal de cable local. Uno de los programas más vistos en Young era Desafío al Corazón. Alba Lemes, 68 años y herida en la tragedia, cuenta: “Todos lo mirábamos. Es tan lindo”. Lemes habla en su pequeño living, con el televisor encendido. Participar en Desafío le costó siete costillas fracturadas, el omóplato partido en tres, el peroné quebrado, una fisura en el tobillo, lesiones en el hígado y 300 centímetros cúbicos de sangre del pulmón. Estuvo a punto de morir y aún le duele, pero dice que volvería a hacerlo todo de nuevo. Jonathan Muñoz, que tenía 14 años cuando la televisión visitó el pueblo, tampoco se perdía Desafío al Corazón. “Siempre lo mirábamos”, relata su madre, Ivanna Gómez, en la puerta de su mísero rancho de madera. “Jonathan se ponía muy contento cuanto se cumplía una meta”. Ivanna es fuerte. Sólo al recordar lo bien que Jonathan jugaba al fútbol, y que unos días antes del programa lo había contratado San Lorenzo, el campeón local, las lágrimas asoman a sus ojos.

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Cuando Apollonia, el director del hospital, recibió el mail en el que los creativos del programa le proponían remolcar un tren, un camión y un tractor, respondió en otro mensaje: “Nos parece una muy buena idea”. En ese mail, Apollonia le sugirió al canal que sería mejor tirar de una locomotora y dos vagones. El canal aceptó. El director cambió también el objetivo del “desafío”: había reparado tres viejas ambulancias y ahora quería dotar de calefacción al hospital. Necesitaba 30.000 dólares. “El frío en invierno es terrible”, cuenta. “Compré estufas eléctricas, pero se rompían porque no están hechas para estar prendidas todo el día”. Apollonia es enfermero. Fue designado director del hospital por el Frente Amplio, la coalición izquierdista que gobierna Uruguay desde 2005. Admite que la calefacción debería se provista por el Estado, pero no culpa a la actual administración. “Los gobiernos anteriores dejaron caer los hospitales. Las cosas no pueden cambiar de un día para otro y yo no puedo esperar a que el Estado tenga plata”. Cuando se le hace ver que una cosa es recaudar fondos para un hospital haciendo sorteos y otra es que la gente tire de una locomotora en la televisión, Apollonia lo acepta. “La idea fue de la anterior comisión de apoyo. Cuando llegó la propuesta, yo tenía que decidir… y me enganché”.

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La noticia entusiasmó porque combinaba dos pasiones de Young: la televisión y el hospital. “Hay una identificación muy fuerte con el hospital”, explica Apollonia. “Hasta hace pocos años, cuando abrió un sanatorio privado, aquí todos nacían y morían en él. El programa iba a permitir demostrar el cariño que se le tiene”. Yolanda Faccio, a quien la locomotora le arrancó un brazo, se sintió feliz al enterarse. “Yo miraba el programa siempre. ¡Y que emoción cuándo dijeron que venían a Young!”. Faccio sonríe mientras levanta la manga izquierda de su blusa para mostrar su muñón. Una vez aceptado el “desafío”, Canal 10 se desentendió de toda la organización. Por norma, el canal sólo graba las pruebas, pone los conductores y vende la publicidad. Los televidentes, conmovidos por los “desafíos”, son los que llaman por teléfono para donar el dinero. Organizar, conseguir lo necesario para cumplir con el reto, solventar los gastos, todo corre por cuenta de la institución necesitada. Son las reglas de la televisión “solidaria”. Lo primero que hicieron Apollonia y la comisión de apoyo fue gestionar una locomotora ante el Ministerio de Transporte y AFE, la ferroviaria estatal. La consiguieron, sin demasiadas preguntas ni condiciones. También eligieron a la profesora de educación física Adriana Borba, de 44 años, para dirigir la “cinchada”, como se llama en Uruguay al acto de remolcar un objeto con cuerdas. Como Borba no sabía cuánta gente se necesitaba para arrastrar un tren, propuso llamar al pueblo vecino de Algorta porque allí, una vez en una fiesta popular, habían remolcado siete vagones. La llamada la hizo Gustavo Meyer, secretario de la Junta de Young, el gobierno local, pero no permitió aclarar nada. Interrogado por el juez, Meyer afirmó: “La secretaria de aquella junta no tenía mucho conocimiento, no sabía cuántas personas habían cinchado (…) No pudimos saber eso”. Borba dio otra versión en el juzgado. Dijo que de esa llamada concluyó que se necesitaban 60 personas para tirar de la locomotora. Para obtener 80 voluntarios (los titulares y 20 suplentes) invitó a empresas e instituciones locales. Los bomberos, por ejemplo, comprometieron diez “cinchadores”. El número exacto de personas necesarias para remolcar el tren nunca quedó del todo claro. No hubo cálculos científicos ni ensayos. El pastor Gustavo Muñíz, un religioso luterano que se entusiasmó con el “desafío”, llegó a creer que se requerían “por lo menos mil personas”, relata hoy Marina, su esposa. Mientras tanto, Apollonia y los integrantes de la comisión se entrevistaron con el comisario Julio Sosa, jefe policial del pueblo. Hay dos versiones opuestas sobre la reunión: según Apollonia, el comisario aseguró que se encargaría de la seguridad del “desafío”. Según Sosa, él sólo aceptó controlar el “orden público” pero no la seguridad de la prueba televisiva. Un integrante de la comisión de apoyo que participó de la reunión le dijo al juez que Sosa advirtió que, como mucho, podía aportar ocho agentes. Apollonia y Sosa acordaron, eso sí, que un grupo de desempleados, integrantes de un plan laboral de emergencia que reciben del Estado el equivalente a 112 dólares por mes a cambio de trabajos poco calificados, ayudarían a controlar la seguridad.

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Nada fue tan publicitado en Young. Los escolares pintaron decenas de carteles. Se pusieron pasacalles en las principales esquinas. Se avisó en la prensa del pueblo. Los organizadores fueron entrevistados en cada programa periodístico local. Se abrió una página en internet para que participaran los younguenses emigrados. Y, con la melodía de un viejo aviso televisivo de salchichas, se compuso un jingle que se irradió una y otra vez con altoparlantes: “No se quede en casa / Ni en la oficina / Venga usted y la vecina / Venga usted y la vecina / Vengan todos y todos juntos lucharemos / Y la meta cumpliremos”. La constante apelación a la palabra “todos” hizo que muchos creyeran que cuánta más gente “cinchara” del tren, mejor. Pese a su imprecisión, la campaña publicitaria fue un éxito a la hora de generar expectativa. Cuando llegó el día, el entusiasmo era enorme. En la calle algunos se saludaban diciendo “todo por el hospital”; esperaban que por fin llegara la hora. Yolanda Faccio estaba segura: ella tiraría del tren. Ramón Bacino, que trabajaba en una hacienda fuera del pueblo, le anunció a su esposa que viajaría especialmente para ayudar al hospital. Yamila Racouky, de 15 años, quería estar ahí. “Era algo nuevo, acá nunca pasan cosas así”, dice. Yamila pensó en invitar a la “cinchada” a Jonathan, su compañero de liceo, el chico que jugaba bien al fútbol. El pastor Muñíz también se despertó ilusionado y le preguntó a Marina, su esposa: -¿Qué hago? Si puedo cinchar del tren, ¿cincho? -Sí, claro, mi amor. Si eso es lo que querés.

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La locomotora llegó a Young a las 13 horas del 17 de marzo, una hora y media antes de la hora fijada para grabar la “cinchada”. Recién al ver con sus propios ojos esa gigantesca mole de 56.000 kilos algunos organizadores tuvieron una idea más certera del “desafío” que habían aceptado. Eduardo Quintana, un miembro de la comisión de apoyo al hospital, le dijo a María Emma Reggio, otra integrante: “¡Pah, está gorda esta muchacha! Me parece que no la vamos a poder mover”. La locomotora trajo dos vagones y cuatro empleados ferroviarios: administrativo, inspector, conductor y ayudante. Ellos no habían recibido ninguna instrucción especial de la compañía. El de mayor rango era el administrativo Héctor Parentini y su superior no le había explicado nada. “Sólo me dijo que viniera a Young a ponerme a las órdenes de los organizadores del hospital”, le contó al juez. Los ferroviarios dejaron la máquina en una de las tres vías que pasan frente a la estación, la que corre pegada al andén. Nadie ha podido explicar por qué se eligió esa vía, un detalle clave en la tragedia. No se hizo ningún ensayo del “desafío”. Mientras la estación se llenaba de gente enfervorizada, la profesora de gimnasia Adriana Borba tuvo un breve diálogo con el ferroviario Parentini sobre cómo comenzaría la prueba. Borba le dijo a que a las 14.30 le ordenaría sacar el freno de la locomotora, pero no le dijo cómo lo haría y él no le preguntó. Parentini debía dar, a su vez, la orden a sus compañeros, que permanecerían en la cabina y manejarían el freno. Más o menos a esa hora, el equipo de Desafío al Corazón llegó a Young. Pensaban ir a almorzar, pero se quedaron en la estación. “Vimos tanto movimiento, tanta buena onda que decidimos quedarnos a filmar”, le dijo al juez Fernando Seriani, uno de los creativos del programa. “Había una euforia indescriptible, lo que vimos en Young nunca lo habíamos visto”.

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Yamila Racouky, la compañera de liceo de Jonathan Muñoz, no quería perderse eso por nada del mundo. Young no ofrece mucha diversión para los jóvenes. “Vamos al ciber, al baile, nos sentamos en la vereda a tomar mate. No hay mucho que hacer”. Para peor, las últimas salidas habían terminado en peleas entre sus amigos “planchas” (adolescentes pobres y reacios al estudio y al trabajo) y los “conchetos” (adolescentes ricos). “Acá están muy marcadas las clases sociales, es horrible”, dice Yamila. Cuenta que sus amigos “planchas” salen “y como no tienen plata para emborracharse, empiezan a apedrear las casas, a insultar a la gente…”. Luego vienen las riñas. Yamila tiene sus uñas cortas pintadas de rosa. Aquella tarde pasó a buscar a Jonathan para ir a la “cinchada”. Jonathan era pobre pero no “plancha”. “Era muy sociable, le encantaba la gente”. En el rancho de madera donde vivía, Jonathan le dijo a Yamila que su padre no quería que fuera al “desafío”. Pero ella insistió y Jonathan le mintió a su padre: le pondrían falta en el liceo si no iba. Su padre le creyó. En la estación los chicos se encontraron con multitud enfervorizada. Estaban todos los escolares, sus compañeros de liceo, el pueblo entero. Desde los altoparlantes sonaba a todo volumen, una y otra vez, el pegadizo jingle: todos juntos lucharemos, todos juntos lucharemos. Por sobre la música, Ariel Pérez, un periodista local, y otros dos comunicadores del pueblo animaban la fiesta. Subida al tren estaba Paola Bianco, estrella de la tele, conductora de Desafío al Corazón. Jonathan se entusiasmó y le dijo a su amiga que él tiraría de la locomotora. Yamila le recordó que en el liceo les habían advertido que sólo los adultos podían, pero Jonathan no la escuchó. Yamila también vio a muchos de sus amigos “planchas” frente a la máquina, buscando un sitio para “cinchar”. “Uno de ellos dijo: ‘cuando empiece, me voy a tirar debajo de las ruedas, así me muero de una vez’”. Yamila le pidió a Jonathan que se quedara, pero no hubo caso.

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Adriana Borba, la profesora de gimnasia, le contó al juez de su vasta experiencia en conducir eventos sociales exitosos. Organizó, por ejemplo, el certamen Reina de la Piscina ante 500 personas. Pero esta vez las cosas no salieron tan bien. Había comenzado a llover. La multitud reunida era gigantesca y no se veía ningún policía. El cordón humano que debía separar al público de las vías estaba formado sólo por los desempleados del plan asistencial del gobierno y nadie les hacía caso. Tampoco se respetaban las cintas amarillas colocadas para que la gente no se acercara al borde del andén. “Había gente que se les paraba arriba para que otros pasaran. Yo los vi”, cuenta María Emma Reggio, integrante de la comisión de apoyo. Una multitud se apiñaba al borde mismo del andén y cientos de personas estaban en la vía, delante la locomotora. Borba, que había previsto que cuatro cuerdas bastarían para los 60 tiradores, hizo atar otras dos. A las 14.10 convocó a los “cinchadores” a una charla para explicarles cómo debían tirar del tren, pero sólo 20 fueron a escucharla. Ella había calculado que, para no ser atropellados, todos debían ubicarse a más de diez metros de la locomotora. Pero según Francisco Lafourcade, que participó de esa reunión, ese dato no les fue comunicado. “En ningún momento se nos explicó a cuántos metros de la locomotora debíamos estar”, le dijo al juez. “No nos dijo cómo iba a dar la orden, pero sí que íbamos a empezar a las dos y media”. Borba también les advirtió que si uno caía, los otros tenían que levantarlo rápido. Por seguridad, la profesora quería que los bomberos fueran los “cinchadores” más cercanos a la locomotora, pero ellos entendieron lo contrario y se ubicaron en la punta de las sogas, los más alejados de la máquina. El jingle sonaba a todo volumen, los escolares cantaban, los animadores decían que Young podía, la gente aplaudía. Pasadas las 14, Seriani, uno de los productores de Desafío al Corazón, llamó a sus compañeros a Montevideo. Quería que escucharan el bullicio, le dijo al juez: “Era hermoso el ruido”.

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María López, empleada de comercio, se emocionó en la estación. Pensó: “Este pueblo es muy individualista, pero acá estamos todos juntos para ayudar al hospital”. Casi todos en Young se definen como solidarios e individualistas al mismo tiempo. Y en la estación se notó: muchos querían ayudar al hospital y decidieron “cinchar”, aunque sabían que no debían. Pasadas las 14.10, cientos de personas buscaban tomar un pedacito de cuerda y así poder participar de la “cinchada”, ayudar al hospital, salir en la tele, demostrarle a todo Uruguay que Young existe. El entusiasmo era indescriptible. Los que estaban frente a la máquina llamaban a sus amigos que permanecían en el andén para que bajaran a tirar. Adriana Borba revive hoy la desesperación que comenzó a ganarla en esos momentos. “Todos manotearon las cuerdas. No estaba previsto. Eran las ganas de ayudar, de decir yo estoy, yo estuve, yo tiré. Les pedí que salieran y nadie me hizo caso. Me pasaron por arriba”. Selva Carballo, de 57 años, no había pensado participar, pero allí le vinieron ganas. “Todo era una fiesta, y como nadie me dijo nada y como veía que otros lo hacían yo fui a cinchar y le dije a unas conocidas: vengan, vengan”. Alba Lemes, la mujer de 68 años que se partió siete costillas, el peroné y el omóplato en tres, bajó a las vías y tomó una de las cuerdas junto con su amiga Silvia Porcal. Se sentía feliz. “Era tanta la euforia, la algarabía”. Lemes todavía recuerda cuando Jonathan se acercó y les dijo: “Señoras, ¿no me dejan agarrar la cuerda acá?”.

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Algunos percibieron que las cosas no iban del todo bien. El ferroviario Héctor Parentini advirtió a los organizadores que existía un desnivel peligroso en el piso, bajo los durmientes y contra el andén, donde se iba a realizar el “desafío”. Apollonia, el director del hospital, llamó a la comisaría para protestar por la ausencia de policías. Susana Estigarribia, otra profesora de educación física, sacó de las vías a varios chicos y a un adulto que quería tirar del tren con una niña en brazos. Sin embargo, nadie propuso detener la prueba. “Había gente que decía ‘esto va a terminar mal’, pero la inmensa mayoría de los que estábamos viviendo esa fiesta no nos queríamos dar cuenta”, lamenta Ariel Pérez, el periodista local que animaba de la jornada. En las vías, tomando las cuerdas frente a la locomotora, había ancianos, enfermos, rengos, mujeres con tacos, chicos en hawaianas. A Eliseo Silva, de 57 años, que tenía un by pass, una amiga le dijo “vos no podés tirar”, pero él no hizo caso y se quedó allí con su esposa. En total, unas 400 personas estaban listas para remolcar el tren. Faltaban quince minutos para la hora fijada, las 14.30. Pero muchos ya estaban “cinchando”. El pastor Muñíz le decía a la gente a su alrededor: “no tiren, no tiren, todavía falta”, y no le hacían caso. Las cuerdas estaban tensas, pero la locomotora no se movía porque tenía el freno puesto. “Ojalá caiga una lluvia muy fuerte para que cinchen sólo los que tienen que cinchar”, pidió el pastor. Pero el cielo no lo escuchó.

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Quién y cómo debía dar la orden para comenzar la prueba es el punto clave del caso judicial. Los funcionarios de Canal 10 dijeron que la orden la darían ellos. El director del hospital, Apollonia, sostuvo que hizo alquilar el mejor equipo de audio de Young para que todo el mundo escuchara la orden. La profesora Borba dijo que ella iba a impartir la orden con un megáfono y una señal a Parentini, que iba a estar sobre la locomotora. Parentini, el ferroviario que debía indicarle al conductor cuándo sacar el freno, no estaba arriba de la máquina, sino abajo, entre la multitud enloquecida. Él esperaba la orden de Borba, pero no sabía cómo se la iba a dar. Parentini miraba a Borba, que iba y venía entre la muchedumbre enfervorizada. Borba intentaba sacar de las vías a los no que debían tirar. Se había juntado tanta gente que, en lugar de diez metros entre los “cinchadores” y la locomotora, apenas había dos. “¡Suelten la cuerda”, gritaba, pero nadie le hacía caso. Faltando unos doce minutos para la hora fijada, decidió ir a buscar el megáfono, que tenía una colega. Quería avisar a todos que la prueba así no comenzaría. No se le ocurrió recurrir al poderoso equipo de audio que seguía atronando el jingle (¡todos juntos lucharemos!) y el aliento de los conductores (¡vamos que podemos!). Por fin Borba encontró el megáfono. Eran las 14.20. La profesora gesticula mucho cuando cuenta su historia. Es posible que en aquel momento de nerviosismo también gesticulara. Ella jura que no hizo ninguna seña, pero Parentini dice que sí, que toda la gente empezó a gritar “¡Vamos!” y que entonces vio a Borba hacer la señal que estaba esperando. Faltaban diez minutos, pero el ferroviario dice que a él nadie le dijo la hora exacta en que comenzaría la prueba. “Estaba toda la gente tirando y era un grito unísono ‘vamos, vamos’ y todos tiraban. Primero fue el grito y luego la señora me levanta la mano”, dijo Parentini en el juzgado. “¿Qué más se podía esperar? Yo interpreté que la señora me daba el o.k.” Entonces le dijo al maquinista que sacara el freno.

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La locomotora arrancó. Borba dijo: “la puta que lo parió, ¿quién dio la orden?”. La gente del canal prendió las cámaras. El conductor Ariel Pérez, dudó un instante. Sabía que no era la hora fijada, pero no quiso arruinar el momento así que gritó, según quedó registrado en un video aficionado: “¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos que se puede! ¡Sí, sí, sí!”. La alegría duró poco. Cuando Pérez pronunció su quinto “vamos”, ya había ocurrido todo lo que tenía que ocurrir. Tanta gente tiró de las cuerdas que la máquina arrancó a una velocidad impensada. Los rieles mojados potenciaron el efecto. Los que estaban demasiado cerca debían correr para que la locomotora no los alcanzara; había niños, viejos, gente en sandalias. El desnivel que había marcado Parentini fue una trampa mortal. Allí resbaló y cayó una mujer que tiraba de la soga más cercana al andén. Fue el fin de la fiesta: los que venían detrás empezaron a caer, uno arriba del otro. La máquina se acercaba y ellos no podían salir de la vías porque el andén les impedía rodar o tirarse al costado. “Corríamos, pero alguien se cayó y no nos dio tiempo a nada”, dice la abuela Lemes. “La locomotora era una plumita y cuando nos quisimos acordar fue horrible”, recuerda Selva Carballo. Unos fueron aplastados por el gentío, otros destrozados por la máquina. “Una multitud cayó encima mío”, recuerda Silvia Porcal. “Yo sentía que la columna se me quebraba y las costillas se me clavaban en los pulmones. Era un dolor horrible. Sentía también como el tren iba chupando gente. Yo gritaba ¡auxilio, auxilio! Pensaba que me estaba muriendo. No tenía aire. La conciencia se me iba. Me prendí a la tierra para que el tren no me chupara, el cuerpo se me retorcía…” A Yolanda Faccio la embistió la locomotora. “Vi que se me venía encima, venía más rápido de lo que yo podía avanzar, me caí y me levanté sin el brazo”, relató en el juzgado. Parada en el andén Yamila Racouky, la amiga de Jonathan, vio cómo de golpe todo quedó en silencio. Vio a una mujer sin un brazo y una amiga que estaba con ella, sobrina de Yolanda Faccio, empezó a llorar.

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Ariel Pérez, el animador, quedó mudo. “Vi salir a una persona caminando sin un brazo, no me olvido más. Al rato vino alguien y me dijo: ‘Un desastre lo que hicieron. Hay gente muerta ahí abajo’”. Pensó que le tomaban el pelo, pero no. Había muertos, sangre, pedazos de cuerpo. El pastor Muñíz había muerto. Eliseo Silva, el hombre que quiso tirar a pesar de tener un by pass, había fallecido de un infarto al ver como la máquina mataba a su esposa. Ramón Bacino, que había venido especialmente a “cinchar” por el hospital, había muerto. También el ex comisario Elbio Recoba, de 77 años, y Selva Real, de 56. A Jonathan Muñoz la locomotora lo había abierto al medio. Había heridos graves como Faccio, Porcal, Lemes, Carballo y una anciana irreconocible por las laceraciones sufridas. Panchito Portela, de 14 años, que jugaba al fútbol con Jonathan, no soltaba el cuerpo de su amigo. Cuando sonó su celular y su madre le preguntó dónde estaba, él respondió: “Mamá, estoy al lado de Jonathan y la gente está loca. Dicen que está muerto y está sólo dormido”. Mientras algunos alejaban a los niños, el rescate era caótico. No había camillas ni ambulancia. Alguien consiguió unas tablas y, sobre ellas, los heridos fueron llevados al hospital por el cual se había hecho el Desafío al Corazón.

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Néstor Díaz es dueño de una inmobiliaria frente a la estación. Pensaba cerrar a las 14.30 para ir a la “cinchada”, pero no le dieron tiempo. A las 14.20 empezó a llegar gente llorando y pidiendo agua para los heridos. “Me puse nervioso por mi esposa y mi hija, que estaban allí. Por mi madre no, con casi 80 años, ¡qué me iba a imaginar!”. La mujer y la hija de Díaz estaban bien, pero su madre era la anciana irreconocible por las heridas. Agonizante, Ramona Gallay logró balbucear su nombre y así supieron quien era. Ni bien Díaz llegó al hospital supo que había pasado algo muy malo: “todo el mundo lloraba, hasta las enfermeras lloraban, la situación las había superado totalmente”. La madre de Jonathan también estaba ahí. Había ido a donar sangre para los heridos y le informaron que su hijo había muerto. Díaz no encontró a su madre. “La habían trasladado porque estaba muy grave. El tren le había abierto el cráneo, le había borrado la cara, le había destrozado todo un lado del cuerpo”. Ramona Gallay, de 79 años, murió dos días después. Fue la octava víctima fatal del Desafío al Corazón.

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Canal 10 dio la primicia. Apollonia, el director de hospital, dijo en la pantalla que lo ocurrido era fruto del “entusiasmo que se contagia cuando estamos todos juntos por un esfuerzo común”. El juez de Young, Mario Suárez, afirmó: “fue un accidente”. El 18 de marzo seis víctimas del Desafío fueron enterradas en Young. Canal 10 llevó allí a todos sus famosos y muchos en el pueblo aprovecharon para pedir autógrafos. En el cementerio, el sacerdote Fernando Pigurina, principal de la Iglesia católica local, dijo que todo había ocurrido “por un exceso de amor, no le busquemos más vueltas. La gente quiso dar tanto que dio todo”. Una monja definió a los muertos como “mártires de la solidaridad”. Ese fin de semana, un vecino rico donó los 30.000 dólares que el hospital necesitaba. El 2 de abril Canal 10 emitió un programa llamado Todos por Young. Los televidentes donaron 100.000 dólares: las familias de los muertos y heridos graves recibieron unos 7.000 dólares cada una. El municipio le dio un empleo al padre de Jonathan, que era desocupado. Psicólogos de Montevideo llegaron para atender a la población, que estaba en shock. Apollonia, Borba, los integrantes de la comisión de apoyo al hospital, todos estaban entre la gente más querida del pueblo, al igual que muchos de los muertos. Comenzó a ganar terreno la versión dada por la televisión y por el sacerdote Pigurina: no había culpables. En la prensa y en especial en la televisión, la tragedia pronto perdió espacio. Durante algunas semanas, Canal 10 no se pronunció sobre la suerte que correría Desafío al Corazón. Ya tenían grabado otro programa, en apoyo del hospital de la ciudad de Tacuarembó. En él un “mentalista” manejaba un auto con los ojos vendados entre gente sentada en la calle. También partía de un machetazo una sandía en la cabeza de un voluntario. El 21 de marzo, los fieles de una iglesia evangélica de Young oraron para que Desafío no fuera sacado del aire. El programa volvió el 25 de abril, aunque nunca se emitió el capítulo grabado en Tacuarembó.

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En el juzgado del pueblo se inició la investigación penal de la tragedia. Pero al revés de lo habitual en estos casos, en Young hubo una cruzada para que no se hiciera justicia. La encabezó Silvia Sosa, de 46 años, viuda de Ramón Bacino, muerto en el Desafío. Sosa visitó a cada familia alcanzada por la tragedia y les pidió que firmaran una carta para que la Justicia abandonara el caso. Sosa lleva una gran cruz en el pecho. Dice que superó lo que le tocó vivir gracias a la fuerza de Dios y muchos amigos. “Quedate tranquila que Ramón estaba feliz cinchando”, le han dicho algunos que estuvieron allí. -¿Por qué hizo la carta? -Acá no hay culpables. Nadie tiene que ir preso, porque en todo caso todos tendrían que ir. Si alguien iba preso, iba a ser muy triste. Los involucrados son gente muy querida. ¿Yo me iba a sentir mejor si iban presos? No, me iba a sentir peor. Ramón nunca volverá. -¿Nunca piensa por qué ocurrió la tragedia? -Sólo una vez, el mismo día. Después me mentalicé para no hacer ningún drama. Hace 25 años que soy catequista, no puedo echar por tierra todo en lo que yo creo. Sé que Ramón está bien, murió por otros, para salvar vidas. Siento tristeza, pero una gran paz interior. No podemos vivir buscando culpables. Sucedió, se terminó. Los padres de Jonathan firmaron. “Fue un accidente. No se puede culpar a nadie, porque fuimos todos culpables”, dice la madre, que ni siquiera estuvo en la “cinchada”. “El padre Pigurina fue el portavoz de la comunidad. No vamos a hacerle juicio a nadie. Acá siempre se necesita del hospital y Canal 10 quiso ayudarnos, ¿cómo vamos a hacerles algo así? Y por más plata, a mi hijo no me lo van a devolver”. También firmaron la familia de Ramona Gallay y la mayoría de los heridos, como Faccio, la mujer que perdió su brazo. El juez Suárez jura que nunca recibió un pedido así en su vida.

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La carta promovida por Silvia Sosa no fue firmada por los hijos del matrimonio Silva, la familia del ex comisario Recoba, la viuda del pastor Muñíz, ni por Silvia Porcal, una herida grave. Ella sabe lo difícil que es sostener en Young una verdad distinta a la oficial. El 23 de marzo su esposo Pablo Benítez y la abogada Jacqueline Portela anunciaron una demanda civil contra los organizadores por el daño que ella había sufrido. Porcal, que trabajaba como empleada doméstica, se quebró tres vértebras lumbares, dos costillas y tuvo fracturas expuestas de tibia y peroné. Estuvo cuatro meses enyesada de pies a cabeza. Pasó el peor día de su vida cuando la pusieron en un aparato llamado “la cruz de Cristo” para enyesarla. Aún no puede trabajar. La noticia provocó una ola de repudio en Young. “No querés al hospital”, le decían a Benítez. “A vos nadie te obligó a cinchar”, acusaban a Porcal. Una radio local los criticó con saña y el asunto terminó sólo cuando Porcal llamó a la emisora desde el sanatorio en el que estaba internada y dijo que no haría ningún reclamo. Benítez, un obrero metalúrgico, está indignado. “Si yo hubiera provocado una tragedia así, estaba preso en una tarde. ¡Que no hay culpables! Es fácil hablar, pero Silvia no va a poder trabajar más”. Silvia Porcal, de 38 años, cuenta que pasó de trabajar todo el día a estar en la casa de sol a sol. “Estoy despierta a las dos, tres de la mañana y el accidente me vuelve: siento el ruido, el dolor. Me miro mucho al espejo: hay veces que pienso ‘estoy toda vieja, rota, quebrada: ya no sirvo para nada’”. La abogada Portela aún les aconseja demandar y ellos lo creen posible. “¿Dónde estaba la policía?”, dice Benítez. “¿Cómo dejaron tirar del tren a un nene de 14 años? Dicen que los muertos fueron ‘mártires de la solidaridad’ ¡Cómo van a ser mártires! ¿Fueron ahí a morir? No, fueron a colaborar y encontraron la muerte por la desorganización. Hubo negligencia… ¿nadie va a hacer un mea culpa?”

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“Tu madre es una hija de puta”, le dicen a Panchito en la escuela. Panchito es el chico que lloraba al lado del cuerpo de Jonathan. Su madre es la abogada Portela. “Me siento vapuleada. Es triste ver que la gente que uno conoce es tan ignorante”, dice la abogada. Cree que en Young nadie dice lo que piensa porque la Iglesia es poderosa y hay mucho miedo. “El cura Pigurina realizó una campaña a favor de quienes organizaron el evento. Obvió las leyes y le lavó el cerebro a los younguenses. Hizo reuniones en las que se decía que hay que olvidar. Pero no puede ir contra el derecho de las personas que deben ser reparadas por un evento que les cercenó las vidas”. Portela critica a Canal 10 por proponer un desafío tan inútil como riesgoso y a los organizadores por realizarlo sin la mínima seguridad. Según ella, haber creado esa mezcla de fervor incontrolable y desinformación provocó la catástrofe: “El jingle fue tan irradiado que hoy los niños lo siguen cantando. La gente creía que todos tenían que ir a cinchar. El jingle lo repetía todo el día: tiremos todos, tiremos todos”.

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Apollonia, el director del hospital, dice tener la conciencia en paz. Mientras toma mate, sostiene: “Una comisión de apoyo de un hospital de un pueblo chico no tiene más remedio que hacer las cosas artesanalmente. Todo lo que estaba a nuestro alcance, se hizo. Hubo un entusiasmo colectivo ingobernable, sin explicación racional”. A la profesora Borba no le molesta pasar por el lugar de la tragedia. Piensa que preverla hubiera sido como anticipar el atentado contra las Torres Gemelas. “Todavía no puedo encontrar una explicación lógica. Actuaron por sentimientos. La gente estaba totalmente eufórica. Era una gran fiesta. Creo que sí hubiera habido más gente cuidando, también los hubiesen pasado por arriba”. El mea culpa que quiere Benítez no existe. Apollonia sigue siendo el director del hospital. Sosa, el jefe de policía del pueblo. Borba dirige el sindicato municipal. Los miembros de la comisión de apoyo al hospital son los mismos. Los que tuvieron la idea de remolcar una locomotora siguen en Canal 10, pensando nuevos éxitos.

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El cura Pigurina fuma en pipa. Mientras una veterinaria atiende a su perro basset, dice que tiene ideas opuestas sobre programas como Desafío al Corazón: no deberían existir, pero si no existieran ¿quién atendería demandas como la del hospital de Young? Sabe que la televisión exacerbó el entusiasmo del pueblo: “Era una forma de decirle al Uruguay: ¡acá están los younguenses!”. Y cree que, de un modo aciago, ese objetivo se cumplió, que hoy los uruguayos –incluso el mundo- ven con respeto y admiración a Young por su reacción ante la tragedia, por “haber conservado la unidad, no culpar gente, defender que fue un accidente, estar de acuerdo en que a los que participaron y a los que murieron los animaba la buena intención”. Cuando se le pregunta si aún cree que todo pasó por “exceso de amor”, responde: “No sé si hoy usaría la misma expresión, pero sí hay mucho amor por el hospital. Ese amor en exceso provocó el desastre organizativo que disparó la tragedia”. El sacerdote admite que no es fácil que alguien en Young se atreva a pedir responsabilidades, cuando la mayoría exige lo contrario. “Se cerraron filas en torno a una interpretación y zafar de ella es muy difícil. Hay una presión interna, que no es violenta, pero es muy fuerte”.

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En Uruguay los jueces no pueden encausar a quienes no son acusados por los fiscales, que dependen del Poder Ejecutivo. La fiscal Silvia Blanc sólo pidió procesar al ferroviario Parentini, el único implicado que no vive en Young. El día que Parentini fue llamado al Juzgado de Young para oír su suerte, 400 personas se reunieron allí para reclamar que nadie fuera preso. Llevaban carteles que decían “somos todos culpables”. Estaban los padres de Jonathan, Yolanda Faccio sin su brazo y los otros firmantes de la carta. En su sentencia, el juez Suárez afirmó que es evidente que Parentini no fue el único responsable de la tragedia. Por eso lo procesó, pero sin prisión. Quiso evitar la injusticia de que uno solo pagara en la cárcel lo que muchos provocaron. “Había dos o tres responsables más”, dice hoy. Como sea, nadie fue preso. En Young hubo una caravana de festejo.

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Dos hijos del ex comisario Recoba que viven en Montevideo son los únicos que hoy acusan a los promotores del “desafío” en la justicia civil, culpándolos por la muerte de su padre. Gustavo Salle, su abogado, ha dicho que Canal 10 y varias oficinas estatales son responsables. También que “la convocatoria se hizo para un fin que, en definitiva, es esencial del Estado, que no cumple” y que en Uruguay “existe una verdadera involución cultural, educativa, intelectual que también explica la tragedia de Young”. En la pequeña ciudad insisten en lo contrario. Ana Portela, periodista local y abanderada del “no hay culpables”, porfía que todo ocurrió por ser un pueblo tan bueno. “De tan solidarios que somos, no nos dimos cuenta que era una barbaridad lo que íbamos a hacer”.

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Ramón Díaz llora cuando recuerda a su madre, la anciana de 79 que el tren desfiguró. Sabe que hubo errores de organización, pero no quiere pensar en eso: “Prefiero proteger la vida familiar, trato de olvidar”. Díaz trabajó más de 20 años en otras comisiones de apoyo. Una vez una horda le arrebató los juguetes que repartía durante un beneficio infantil. “La gente se atropella, pierde la compostura. El día de la tragedia había gente muy acelerada, querían salir en televisión. Había muchos jóvenes que no tienen nada que perder, esos que pelean todas las noches sólo para hacerse notar…Y muy poca guardia policial. Los organizadores se quedaron cortos, pero no fue adrede. Los que participaron se sienten culpables y yo también. Con mi experiencia pude haber ayudado”.

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Ariel Pérez, el animador que gritó “Vamos, vamos” cuando el tren arrancó, ahora trabaja en Montevideo. Muchas veces allí escuchó que la gente, al ver el video de la tragedia y oír sus gritos, comenta: “A ese tipo hay que matarlo”. “Mi trabajo era ése”, explica. “Si hay culpables somos los 3.000 o 4.000 que estábamos ahí. Todos vimos que eso estaba mal hecho: cinchar una locomotora con los rieles mojados, con niños… era una prueba hecha por el hospital y ni siquiera había una ambulancia. Todos lo vieron: las autoridades, la gente del Canal 10 y nadie reaccionó. Yo lo vi y no me di cuenta. Yo fui uno de los que estuvo en la gran masacre que hicimos, y me duele”. El dolor no deja vivir a Ruben Muñoz, el padre de Jonathan. “No lo puedo aguantar”, le dijo a un diario. En su rancho se apilan los ladrillos que compró para levantar una casita con el dinero que le dieron. Yamila Racouky cuenta que la tragedia cambió a sus amigos: uno se está construyendo una casita, otro se puso a trabajar, ella quiere irse a estudiar a Montevideo. Marina Rodríguez, la viuda del pastor Muñíz, una argentina de 34 años, pensó en irse, pero se quedó. “Fue doloroso, pero a mis hijas Young les habla de su papá y Buenos Aires no”. Llora cuando cuenta que suele ir a la estación a “hablar” con su esposo. No firmó la carta pidiendo el archivo del caso. “Estoy de acuerdo con que nadie vaya preso, es agregar dolor al dolor. Pero es importante que la Justicia coloque las cosas en su lugar”. Silvia Sosa, la mujer que lideró la cruzada para que la Justicia abandonara el caso, está satisfecha con lo que hizo. “Sólo quiero que esto pase de una vez. Al accidente lo trato de minimizar: ya lo minimicé todo lo que pude y voy a tratar de que desaparezca”. Yolanda Faccio tampoco quiere recordar. Tras la tragedia, siguió mirando Desafío al Corazón. Su sueño es recibir un brazo ortopédico que sustituya al que le arrancó la locomotora, y con él ir a Montevideo y aparecer, esta vez sí, en la pantalla de Canal 10.

El inventor Armando Regusci está parado en medio de la tormenta, con la mirada fija, perdida en uno de los ventanales de un bar del centro de Montevideo. Es una tarde horrible: llueve y sopla un viento helado. Es raro que alguien prefiera estar a la intemperie con ese clima. Pero él, que tiene 68 años, permanece en medio de la tormenta, apenas protegido por el toldo de un café, muy concentrado en algún pensamiento.

 

A sus espaldas, bajo la lluvia, desfilan cientos de autos, ómnibus, camiones y motos. Es un paisaje sucio y ruidoso que padecen, sin poder evitarlo, los habitantes de todas las ciudades del mundo. Tan sólo en Montevideo circulan 350.000 vehículos movidos a petróleo, una puesta en escena que cuesta millones de dólares y recalienta al planeta, una ecuación que amenaza la supervivencia de la humanidad y que Regusci promete abolir para siempre con su gran idea: el motor a aire. A aire comprimido.

 

Resgusci ya ha patentado varios de estos motores. El último, el más desarrollado, lo registró en Uruguay en febrero pasado. Tiene ahora hasta febrero de 2009 para extender la patente al resto del mundo. El principio es sencillo, Regusci lo explica así: “Un pistón conectado a un eje de tal forma que cuando le inyectamos un gas a presión este empuja el pistón, el cual está unido a una cadena que hace girar una rueda libre”.

 

“Estaba pensando en el motor –dice en el primer encuentro, en la vereda del bar–. ¡Y se me acaba de ocurrir una idea muy buena!” Apenas se sienta a una de las mesas del café, Regusci saca de su mochila, papel, lápiz y goma de borrar y dibuja con entusiasmo: pistones, válvulas electromagnéticas, cremalleras y piñones. “Yo me duermo y me despierto pensando en mi motor”, dice.

 

Lo que se le acaba de ocurrir es un mecanismo de “doble cremallera” que aprovecha mejor la energía que le llega al pistón y mueve su motor. En el dibujo, parece sencillo. Pero la pasión no le permite ver que sus explicaciones exceden en mucho los pobres conocimientos de mecánica de un periodista.

 

El entusiasmo tampoco puede evitar las preguntas. En un mundo donde el petróleo manda, ¿acaso alguien cree que los automóviles podrán funcionar un día usando algo tan gratuito y puro como el aire? ¿Algún empresario querría invertir su fortuna en ello? ¿Regusci no estará loco?

 

Esta tarde él sólo parece un hombre común y corriente. No luce como un académico prestigioso: su ropa es informal, de marcas no reconocidas y de colores que no combinaban: camisa entre rojo y violeta, buzo marrón, campera azul, pantalón gris y zapatos marrones. No lleva un maletín sino una mochila como las que usan los estudiantes. No tiene una laptop sino un cuaderno, donde lo anota todo.

 

Tampoco parece un genio loco. Su cabellera cana, todavía abundante, está peinada con prolijidad y no con el meticuloso descuido de un Einstein. Regusci ni siquiera vive en la capital del país, como se esperaría de un científico agobiado por la vida moderna, sino en la apacible Maldonado, a 150 kilómetros. Esa tarde llegó a Montevideo para reunirse con Aldo Lamorte, un arquitecto y poderoso empresario constructor que ha decidido financiar la fabricación industrial de automóviles movidos a aire comprimido. ¿Acaso Lamorte también estará loco?

 

 

El mundo contra Regusci

Armando Regusci ni siquiera es un ingeniero graduado en la universidad, por eso muchos desconfían de la seriedad de sus inventos. Apenas es mecánico y profesor de ciencias básicas. Hasta hace unos años también daba clases de tenis. Lo de inventor le viene de familia, pues dice que su tatarabuelo fue Alejandro Volta, el sabio que inventó la pila eléctrica.

 

Regusci patentó su primer invento en 1983: un auto que, según explica muy serio, funcionaba como los coches a fricción con que juegan los niños. Él lo bautizó Hidrosvol y su prototipo aún existe. El vehículo llevaba por debajo del chasis un disco de un metro y medio de diámetro llamado giróscopo, que era tensado por un motor eléctrico. La energía que liberaba el disco cuando se iba destensando impulsaba el automóvil, que no usaba nada de petróleo y sólo requería de una escasa cuota de electricidad para funcionar.

 

“Renault me dio cien mil dólares para hacer un prototipo. Formamos una sociedad anónima, en la que ellos tenían el 51%. Yo hice el prototipo y funcionó –recuerda Regusci–. Pero había que perfeccionarlo y ellos dijeron que no conseguían capitalistas interesados. Y como yo les había dado la mayoría de la sociedad anónima, ellos decidieron dejar el proyecto allí y yo nunca pude seguir adelante con ese auto”.

 

Inventar un prototipo eficiente de un vehículo que se mueva sin petróleo es muy difícil, pero conseguir los millones de dólares para se necesitan para transformar ese prototipo en un modelo posible de ser fabricado a escala industrial es aún más complicado. La industria automotriz, que vive del petróleo y para el petróleo, tampoco parece interesada en darle un giro radical a su rentable negocio. Sólo un fabricante, Toyota, espera terminar 2008 con una ganancia neta de 12.902 millones de dólares, una cifra comparable con el Producto Interno Bruto de todo un año de un país como Jamaica.

 

Regusci nunca ha tenido capital propio. “Hasta ahora nadie me ha dado bolilla –reflexiona– y los gobiernos y las grandes empresas están llevando al mundo a un crack espantoso”. Regusci cuenta sus idas y venidas con un poco de rabia. Lleva casi la mitad de su vida luchando para que sus automóviles que no necesitan gasolina lleguen al mercado, pero la pelea se ha revelado muy desigual. Es un combate contra la industria petrolera. En el mundo hay más de 600 millones de vehículos recorriendo las calles gracias a ese combustible. Reunidos en un solo lugar, ocuparían más espacio que todos los hombres del mundo juntos. Y el despegue económico de India y China está provocando un aumento explosivo en la cantidad de coches. Cada segundo, dos autos nuevos nacen en el mundo como bebés hambrientos de combustible.

 

Mientras tanto, las fuentes de petróleo se agotan. Y aun si el petróleo jamás se acabara, quemarlo para alimentar a tantos automóviles está recalentando al planeta. Los casquetes polares se derriten. El mar crece. La costa se inunda. Y Regusci está seguro de que es el mundo –y no él– quien ha perdido la razón.

 

Un mes después de que la Renault decidió cancelar el proyecto del Hidrosvol, a fines de los años 70, él diseñó su primer motor a aire comprimido. La diferencia con el primer modelo era notable. El Hidrosvol necesitaba un poco de electricidad para tensar su mecanismo y esa operación tardaba 30 minutos. Además, la energía cargada se perdía a los tres días, incluso si el coche no se usaba. El nuevo motor a aire comprimido no gasta prácticamente nada: la electricidad que se necesita para comprimir el aire es muy poca, y la operación no tarda más de un minuto. Además, la energía del aire comprimido no se pierde nunca.

 

El auto a aire comprimido representa una gran ventaja sobre el mucho más promocionado automóvil movido a hidrógeno. Regusci se enfurece cuando habla de ese competidor rico: “El auto a hidrógeno es inviable. El prototipo costó más de un millón y medio de dólares. El hidrógeno es tres veces más caro que el petróleo. Y destruye la capa de ozono”.

 

Desde su punto de vista, algunas fábricas de automóviles están haciendo estos prototipos para desalentar cualquier otro desarrollo, seguras de que el hidrógeno jamás podrá desplazar al petróleo dado su altísimo costo. La japonesa Honda presentó en 2008 un modelo de automóvil a hidrógeno, pero no lo sacará al mercado porque, si lo hiciera, su precio sería de un millón de dólares.

 

 

Regusci contra la adversidad

El inventor tiene una página de Internet, modesta y prolija. Allí hay una sección de videos en la que se pueden observar ocho filmaciones relacionadas con sus motores ecológicos que no usan petróleo. Hay algo inquietante en esa secuencia. El primer video, cuando Regusci prueba el Hidrosvol, es de 1978. La exhibición con un prototipo de auto a aire comprimido filmada por un canal de televisión es de 1992. Un video de Regusci recorriendo las calles de alguna ciudad uruguaya con un ciclomotor a aire comprimido es de 1993. La presentación del prototipo de una moto a aire comprimido está filmada en 1999. Otra moto en 2005. Un nuevo auto a aire comprimido en 2006. Lo inquietante es que los años pasan, a Regusci se lo ve cada vez más viejo y la humanidad sigue sin enterarse de que, si él tiene razón, todo el carísimo y sucio petróleo puede sustituirse con aire, limpio y gratis.

 

Maricler Silveira, la esposa del inventor, ha vivido todo ese desgastante proceso. Ella es asistente social, pero se ha desempeñado como piloto de pruebas de varios de los prototipos a aire comprimido. De hecho, desde que se casó con Regusci toda su vida ha girado alrededor de ese invento como si formaran un excéntrico triángulo de amor. Silveira recuerda que en dos ocasiones hasta vendieron su casa y todo lo que había en ella para viajar a Estados Unidos. “Armando creía que en un país tan industrializado se le iban a abrir todas las puertas –dice–. Gastamos la herencia de mi familia. No hubo persona, institución, gobierno, al que no hayamos golpeado la puerta. Muchas veces creyeron que Armando estaba loco. Todo ha tenido un costo moral, psicológico y económico muy grande para nuestra familia”. Lo cuenta con un hablar pausado, como tratando de que uno comprenda la magnitud de lo padecido. Sin embargo, no se arrepiente.

 

Durante 30 años todos le dijeron no a Regusci y a su motor de aire. La lista de puertas que golpeó y se le cerraron es larga e incluye al gobierno del Uruguay (nunca le dio ningún apoyo), al New York Times (no encontró interés periodístico en su invento), a Greenpeace (no vio la relación entre el motor a aire comprimido y la protección ambiental) y también a su propia familia (nunca puso un peso para apoyar sus inventos).

 

Regusci es hijo de una familia adinerada. Su padre fue dueño del mayor dique y astillero del Uruguay hasta 1974. Su familia materna, los Campomar, eran dueños de una de las mayores industrias textiles del país. De chico vivió en una mansión en el mejor barrio de Montevideo, veraneaba en la exclusiva Punta del Este, sus padres tenían yate y hasta avión privado. Sin embargo, él fue renunciando a esos privilegios para apostarlo todo a sus motores sin petróleo. Y en ese empecinado camino terminó siendo pobre, ganándose la vida como profesor de tenis (un deporte que aprendió en su juventud aristocrática) y de matemáticas, física y biología.

 

Muchas veces Maricler vio a su esposo abatido por tanta indiferencia, incluso le oyó decir: “Hasta aquí llegué”. Pero un día después él estaba de vuelta en su taller, trabajando con su motor y soñando con un transporte limpio y barato al alcance de todo el mundo. Porque Regusci asocia el triunfo de su motor con la llegada de un tiempo más justo: “Soy un hombre de ideas más bien socialistas. Y sé que mi invento puede sacar de la pobreza a millones. Eso es lo más desesperante de todo esto”.

 

Como buen socialista, donde la pasó peor fue en Estados Unidos, cuando en 2000 un profesor de la universidad de North Texas se interesó en sus inventos y lo invitó a trabajar allí.

 

Los Regusci vendieron todo, incluyendo su casa, y allá fueron. Pero la universidad de North Texas no le ofreció dar clases, ni ser su investigador, ni un sueldo o un puesto de trabajo. Ni siquiera lo ayudaron a conseguir los papeles de residencia. Apenas le dieron 500 dólares. Armando terminó cargando cajas en el depósito de una tienda de artículos de computación. Aun así, construyó un nuevo prototipo de su auto a aire comprimido para que lo examinaran los ingenieros y profesores tejanos. El prototipo funcionó, pero la universidad de North Texas, en Texas, el estado petrolero de Estados Unidos, detuvo allí el proyecto.

 

Tras ese nuevo fracaso y de regreso en Uruguay, Regusci decidió salir a recorrer las calles en una bicicleta impulsada a aire comprimido. Era su manera de reponerse, de divulgar su invento y, sobre todo, de encontrar gente dispuesta a comprar acciones de su compañía. “Tengo etapas depresivas, de mucha tristeza –dice Regusci–. Pero nunca me he rendido”. Miles de uruguayos vieron a este hombre de cabellera blanca recorriendo en bicicleta, solitario y lleno de energía, las avenidas de Montevideo. A veces también se detenía frente a la sede del gobierno municipal, enarbolaba carteles y pedía apoyo para su invento.

 

En cuanto a las autoridades, el plan de Regusci no funcionó. Hubiera sido raro que lo hiciera. La clase política uruguaya tiene un problema con la energía. El subsuelo del país nunca fue relevado a fondo en busca de petróleo y hoy Uruguay es, con Paraguay, el único país de América del Sur que no tiene siquiera un yacimiento. Todo el dinero que Uruguay obtiene con sus exportaciones de carne vacuna, la principal riqueza nacional, se gasta en importar petróleo. El Estado no usa ni fomenta el uso de energías alternativas. A principios del siglo XX, el presidente José Batlle y Ordóñez encomendó a una dependencia pública que desarrollara un combustible a alcohol. Nunca lo lograron, pero con el alcohol hicieron whisky. Hoy el Estado uruguayo debe ser el único del mundo que fabrica whisky oficial con el dinero de sus ciudadanos.

 

Pero la apuesta de Regusci fue un éxito de público. Cientos de personas se interesaron y compraron 5.000 acciones que Regusci vendía apenas a un dólar cada una. Hoy cada una vale cien dólares. “La gente de la calle fue la primera que nos apoyó”, recuerda Maricler, sin disimular su orgullo. Luego, con las noticias sobre el recalentamiento del planeta y el aumento del precio del petróleo, los periodistas también le prestaron atención. Y entonces, un día a mediados de 2007, el inventor Armando Regusci se enteró de que un empresario muy adinerado quería financiar su locura.

 

Aldo Lamorte, como se llama el mecenas, es sobre todo un inversionista y confía en el futuro comercial del motor a aire. “Esto no es un invento loco –dice–. El aire comprimido ya se usa para mover muchas máquinas, es algo muy estudiado. Lo que se trata es de adaptarlo al transporte”. Lamorte es dueño de uno de los hoteles más importantes de Montevideo y también presidente de la Unión Cívica, un pequeño partido político conservador. Él compró un terreno que el inventor convirtió en su taller y también contrató a un equipo de seis ingenieros y físicos para que apoyaran a Regusci. “Están haciendo el desarrollo teórico de lo que Armando ha hecho en forma práctica –explicó Lamorte–. Y han creado un software para el manejo de las válvulas del motor”. La tarea reduce la distancia que separa a los solitarios prototipos de Regusci de un modelo industrial. Porque por ahora los automóviles de aire no pasan de ser unos rústicos armazones de hierro con cuatro ruedas que logran el milagro futurista de rodar sin petróleo. Pero en cuanto a su aspecto y diseño se parecen mucho al troncomóvil de los Picapiedras. Al menos por ahora.

 

Tiempo después de la aparición de Lamorte, a fines de 2007, Regusci recibió un correo electrónico de un desconocido. El remitente era Nassir Arzamkhan, un millonario nacido en isla Mauricio pero radicado en los Emiratos Árabes, dueño de una fábrica de fertilizantes en Dubai, un hotel cinco estrellas en Chad, explotaciones agrícolas y fábricas de alimentos en Mozambique, que también es cónsul honorario de India en Chad. Unos meses después, la hoja de vida de ese extraño empresario incluía también intereses en una industria de automóviles a aire comprimido de Uruguay, la Regusci Air.

 

 

El triunfo de Regusci

Es el tercer encuentro con Regusci. Hoy el inventor luce muy elegante. No lleva campera ni mochila. Por el contrario, está vestido de traje y corbata, y una impecable gabardina como abrigo. Estamos en una coqueta sala del hotel de Lamorte. No somos muchos. Están Regusci, Lamorte y menos de diez pequeños accionistas de la Regusci Air, la compañía que promete cambiar el mundo. Hay alguien más, el centro de todas las miradas: Nassir Arzamkhan en persona.

 

Terminadas las presentaciones, Lamorte resume los avances realizados por los ingenieros y dice que en un par de meses se construirá un prototipo de ómnibus a aire comprimido. Arzamkhan habla en inglés, mientras un adolescente tímido y educado hace de intérprete: es el hijo de Regusci. “Esto es algo importante no sólo para Uruguay, sino también para todo el mundo. Por eso voy a dar toda la ayuda que me sea posible —dice el empresario–. No hay que perder tiempo, porque la humanidad necesita de este proyecto”. Llama a Regusci “my brother”.

 

Arzamkhan tiene 51 años. Mientras la reunión continúa, acepta salir afuera para que ser entrevistado. Nassir es pequeño y viste con discreción (zapatos negros, pantalón negro, camisa blanca con rayitas rosadas), pero habla con una enorme seguridad. Dice que siempre estuvo interesado en el medio ambiente y las energías renovables, y que fue navegando en Internet como supo de Armando Regusci y de Guy Nègre, un francés que también busca desarrollar un automóvil a aire comprimido aunque nunca ha mostrado un prototipo en funcionamiento. A Arzamkhan el proyecto de Regusci le pareció el más serio y, además, le gustó la idea de ayudar a alguien de otro país del sur y no del primer mundo.

 

¿Cuánto dinero está dispuesto a invertir en el motor a aire comprimido? “Lo que se necesite lo voy a dar”, responde el millonario. ¿Cuándo estará funcionando el auto? “Rápido. El año que viene tiene que estar listo”. “Es una necesidad urgente. Si no hacemos algo por el ambiente ya mismo, nuestros nietos pagarán por nuestros errores”. ¿Por qué está interesado en el motor de Regusci? “Yo soy un hombre de negocios y esto es un negocio. Pero esto también es un desafío: quiero poner mi granito de arena en esta causa que es importante para toda la humanidad”.

 

Unas semanas antes, Regusci se había preguntado en voz alta: “¿Será que Nassir es un mentiroso? ¿De verdad vendrá a Uruguay a apoyarme?” Tantas veces lo habían engañado que le costaba creer que la suerte, por fin, estaba de su lado. Entonces se enojó al repasar todos los años de frustraciones: “Los petroleros no quieren que esto salga. Pero yo no estoy mintiendo. ¡Yo puedo fabricar este auto!”

 

Le pregunto a Nassir Arzamkhan: ¿qué dirán sus amigos, los jeques petroleros de Dubai, de este motor que no usa petróleo? “En Dubai hay una enorme preocupación por el medio ambiente”, responde y pasa una larga lista de emprendimientos ecológicos que financia el gobierno de los Emiratos Árabes, como el Sky Tower, un proyectado rascacielos de 300 metros de altura que aspira a ser alimentado por energías renovables.

 

Arzamkhan vuelve a la sala, donde la reunión todavía sigue. El pequeño grupo de inversores de la Regusci Air escucha a su líder. Salvo un hombre mayor, todos son jóvenes. Uno de ellos sugiere instalar un panel de energía solar en el techo del automóvil; así no tendría que usar ni siquiera un poco de electricidad. A Regusci le parece una buena idea. Viéndolo así, en el centro de ese lugar tan elegante y rodeado de sus seguidores, parece un profeta expandiendo un nuevo credo. El motor a aire comprimido sigue siendo el mismo que hace diez años. Pero ahora, en un hotel de lujo, con un empresario exitoso a un lado y un millonario de los Emiratos Árabes del otro, todo comienza a tener otro color. Ahora Regusci tiene dinero. Es posible que por fin empiece a tener la razón.

El teléfono sonó muy temprano en la Seccional 14ª. Llovía. Siete u ocho policías se pasaban el mate de mano en mano. “Estábamos esperando que se hiciera la hora de ir al Palacio Legislativo, porque ese día había sesión”. Era el miércoles 3 de noviembre de 1965 y la llamada venía de la panadería de Enriqueta Compte y Riqué y Marmarajá: dos tipos le estaban cambiando las chapas a un Volkswagen rojo. Un cabo ordenó que Cancela y Meneses fueran a ver qué pasaba.

Siempre andaban juntos y se habían hecho amigos. El gordo Cancela tenía casi 50 años y estaba contando los días que le faltaban para jubilarse. Además, se rebuscaba como zapatero. Meneses era flaco y tenía 25 años. Cancela lo había “adoptado” porque, como a él, a Meneses no le gustaba parar en los boliches de noche. Lo llevaba a todos lados. “Era un viejo confiado. Si nos mandaban al mercado a sacar a los malandras, Cancelase acercaba y los echaba gritando ¡vamos, vamos! Nunca sacó el arma. Yo le decía pará, un día te van a dar una puñalada, pero él no tenía miedo. Me enseñó cómo proceder sin usar la violencia”.

Delci Meneses hoy tiene 57 años. No quería contar la historia, pero su mujer lo convenció. Recordarla aún lo emociona.

Aquél era otro Montevideo: había gobierno colegiado y “vida nocturna”, 61 cines y funciones desde las tres y media de la tarde. Entonces -continúa Meneses- nadie se enfrentaba con la Policía. Por eso, cuando les ordenaron ir a ver qué pasaba con ese Volkswagen, pensaron que se trataba de otro, asunto de rutina. “Lo nuestro era llevar borrachos, tipos que les pegaban a sus mujeres o sacar muchachos de los boliches. Yo pensaba que nunca tendría que tirotearme. Ya tenía tres años de policía y nunca había usado el arma”.

 

El Nene, Gaucho, Cuervo y Malito

Los porteños habían llegado a Uruguay huyendo de la Policía argentina. Su último gran golpe había sido el 28 de setiembre, cuando asaltaron un furgón del Banco de la Provincia de Buenos Aires, en la localidad de San Fernando: habían matado a tres y se habían llevado lo que hoy serían más de 300.000 dólares. Eran Enrique Mario Malito, de 24 años, Marcelo “el Nene” Brignone, de 33; Roberto “Gaucho” Dorda, de 30 o 32 y Carlos “Cuervo” Merelles, de 25.

Andaban con un arsenal a cuestas y nunca dudaban en usarlo. Tenían adjudicadas nueve muertes: un farmacéutico, un joyero, un mueblero y su hijo, un delincuente, un sargento y otros tres policías. Tenían también mucha plata para comprar favores o para gastarla en la noche. Y la estaban gastando. El Diario diría luego que en una rotisería compraron comida por 80 pesos y dejaron 500, que hacían “orgías costosas” que los “enterraderos” les salían caros y que tenían que pagar mucho por documentos falsos. Por eso robaron -dijo la Policía- una carnicería en Las Piedras.

La escena se grabó en la memoria de Meneses. “Cancela fue por la calle y yo por la vereda. Y ahí estaban los dos: Merelles, en el volante, con un traje amarillento y una corbata roja y blanca Raymond, del lado del acompañante; de sport con una camisa a cuadros y una campera celeste”.

Llovía. Cancela, gordo, tranquilo, confiado como siempre, con un pilot encima del uniforme y de su arma, les pidió documentos. Hubo un segundo en que todo se detuvo. Los tipos se quedaron quietos, como dudando.“Me di cuenta que algo raro había”, recuerda Meneses, que entonces sacó su revolver y contradijo a su compañero. “Que documentos ni documentos” gritó y abrió la puerta del auto, apuntando. “Eso me salvó la vida… pero Cancela no pudo sacar el arma. Merelles metió la mano como para sacar los documentos pero, rapidísimo, bien entrenado, sacó una pistola y le tiró. El otro, cuando abrí la puerta y le apunté, se había escabullido para atrás de un árbol. No le disparé porque me daba la espalda. Cuando lo saqué del árbol corrió para la calle, sin sacar arma, siempre dándome la espalda. Ahí vi que le habían dado a mi compañero y le tiré de atrás nomás, porque Cancela ya estaba caído”.Raymond cayó herido y Merelles empezó a dispararle a Meneses. Desde la esquina aparecieron el Nene y el Gaucho, también tirando. Meneses buscó refugio; los porteños no. “Me puse atrás de un arbolito. Ellos no, tiraban parados en la mitad de la calle, de perfil, como si nada. Miedo no tenían; ni siquiera buscaron ponerse atrás del auto”.Las balas rebotaron más de 50 veces en el árbol. Cada pistola que vaciaban, los argentinos la tiraban y agarraban otra cargada. Meneses nunca había visto algo así. “Me van a matar”, pensaba, mientras respondía con su viejo Colt.El policía disparó seis tiros y volvió a cargar (se lastimó la mano luchando por destrancar el tambor de su vetusto revólver). Tiró otras seis balas y cargó las últimas que tenía. Pero no las disparó: las guardó para cuando vinieran a buscarlo.

“No había para donde salir. Y había que ver como se paraban esos tipos… no tenía ninguna duda: me iban a matar”

Fue ahí que Raymond se empezó a arrastrar hacia el Volkswagen. “Los porteños se acercaron, lo agarraron y lo subieron al auto. No vinieron a buscarme. Capaz que sabían que seguía con balas”.

 

El repartidor de pan

Ahora todo era silencio. En la calle habían quedado tres pistolas abandonadas por los argentinos. Meneses vio que su compañero estaba vivo. Buscó ayuda, pero no había nadie. Estaba desesperado.

“Se me muere Cancela” pensaba. Corrió hasta la esquina y, agitando su arma, detuvo a una camioneta. El conductor no se bajó. Meneses empezó a forcejear con los 90 kilos de Cancela, tratando de subirlo a la caja. Fue el panadero el que lo ayudó. Lograron acostar al herido en la camioneta y arrancaron rumbo al hospital. “Llegó vivo, pero se murió en seguida. Estaba…”. Meneses se corta, queda en silencio. Después sigue. “Me dijo: “sacame los zapatos”. Se los saqué y se murió. Así que lo último que dijo fue sacame los zapatos”. Meneses se seca las lágrimas antes de que salgan de sus ojos.Dorda levantó la Beretta y se la gatilló en la cabeza.

-Agradecé que no te reviento. Si caés y hablás, te busco y te corto los huevos.

-Son una mierda ustedes, no se le hace eso a un hombre -dijo el uruguayo.

Así imaginó el diálogo Ricardo Piglia, en Plata Quemada.

En cambio, el periodista Renzo Rossello lo narró así en un relato publicado por El Diario, en 1992:

-Yorugua, te vamos a tener que dejar. Decidí dónde, porque así no podés seguir -explicó Brignone, sin dejar de conducir.Raymond asintió con una mueca de dolor arrollado en el asiento y tapándose la herida con un jirón de la camisa.

-Ta bien, muchachos, déjenme en un taxímetro y yo me las arreglo.

Según ella, Raymond había conocido a los porteños “de casualidad”. “Les hizo, cómo le puedo decir; un contacto para alquilar un auto, esas cosas… Después le dio mucha bronca que lo dejaran en la calle. Es como estar en una lucha, todos juntos, y que sus compañeros lo dejan tirado por ahí.. “

Herido, sangrante, Raymond no pudo ir a sus escondites habituales y se arriesgó a golpear la puerta de Rogelio Blas Scutari, un hombre sin antecedentes, aunque hermano de un ladrón amigo.Scutari lo hizo entrar y le hizo las primeras curaciones. “Mi hermano era repartidor de una panadería. Y se pasaba todo el día con Yamandú en la parte de atrás de la camioneta. Andaba con él para todos lados y lo curaba varias veces por día. Era rubio y una sobrina mía le tiñó el pelo de negro”.A Meneses, mientras tanto, lo llevaron a Investigaciones para que reconociera a los delincuentes en fotos. Ahí los vio a los cuatro: Merelles, Dorda, Brignone y Raymond. “Mis superiores no me querían creer. Decían ‘no pueden ser ellos, porque los tenemos controlados´. Decían que Raymond era ladrón y solo se dedicaba al scruche. Y que yo me confundía porque estaba asustado”.

 

Mujeres del bajo mundo

Al rato vino el director de Seguridad y dijo que se dejaran de joder y salieran a buscarlos.

El propio presidente del Consejo Nacional de Gobierno, Washington Beltrán, fue al velatorio de Cancela y El Diario le dedicó su primera plana: “Asesinaron hoy a un policía cuatro pistoleros argentinos”.

El 4 de tarde la búsqueda de los pistoleros no había tenido éxito. Acción profetizó: “Témese violenta resistencia”. “A lo mejor, la Policía se va a ver en la necesidad de matarlos para echarles el guante”.

“Son capaces de resistiese hasta la muerte”, anotaba por su parte La Mañana.El 5 amaneció sin novedades. Época, diario de izquierda, ironizó desde su portada: “Policía: eficaz contra los gremios, delincuentes aún prófugos”.La prensa de izquierda acusaba a la Policía de torturar a estudiantes y obreros. Otros diarios la defendían. La polémica reflejaba la división creciente de la sociedad. “En aquella época discutía bastante con mi hermano, por pensar distinto”, recuerda hoy María del Carmen Gerónimo, entonces estudiante. Su hermano, Jorge, era policía. “Yo estaba de acuerdo con los estudiantes en muchas cosas, pero mi trabajo era ser policía, reprimir la delincuencia”.

Santana había nacido en Migues, Canelones, 48 años atrás. Pudo haber hecho carrera en la Tienda Inglesa donde trabajó como intérprete, porque sabía inglés. Pero quería ser policía. Ahora era el jefe del Departamento de Vigilancia y andaba atrás de los porteños. Ese día, los hermanos Cabris habían visitado juntos a su madre enferma. La próxima vez que coincidieron fue dos días después, en el Círculo Católico. Uno vivo, el otro muerto.

No se sabe, exactamente, cuándo habían llegado los porteños a Montevideo. El Diario diría luego que aquí vivieron a sus anchas, que nunca les faltó compañía femenina (“mujeres, también uruguayas, que tienen envueltas sus almas en fajas de billetes”), ni amigos y colaboradores (“hampones del bajo mundo que se mueven en los ambientes nocturnos de cabarets y whiskerías también recibieron de brasos abiertos a quienes llegaban a sus locales dispuestos a tapar de billetes los mostradores de esos antros”).

Pero tras la muerte de Cancela y con toda la Policía atrás de ellos, las relaciones y los escondites se les estaban agotando. Todavía se discute cómo llegaron al apartamento 9 del edificio Liberaij pero -según la más aceptada de las versiones- todo empezó a decidirse a eso de las siete de la tarde del viernes 5.

 

El soplón

El viernes 5 a eso de las siete de la tarde, la Policía llegó al escondite de Raymond. Pese a su herida, el uruguayo intentó escapar. Saltó incluso una medianera, pero fue inútil. Cuando lo agarraron pidió que no lo mataran. Dijo: yo soy ladrón, no asesino.

Seguramente el interrogatorio no fue amable: los policías querían saber dónde estaban los argentinos. También se lo preguntaron a Scutari. Y a toda su familia. “Nos llevaron a todos, a mi madre recién operada, a todos. Aquello fue un desastre”, recuerda Gladys Scutari.

Los interrogatorios no dieron resultado.

El viernes 5 a eso de las siete de la tarde mientras la Policía apresaba a Raymond, los porteños jugaban una carta desesperada. Ya sin ningún refugio seguro disponible, golpearon la puerta de un delincuente uruguayo, al que el diario Acción llamaría “Equis”. Querían alojamiento, pero Equis les dijo que no podía.

“Equis sintió entonces cómo pesa una pistola cuando a uno se la meten en la boca del estómago.(…) Querían un escondite, un ‘enterradero’, para das o tres días y Equis tenía que buscárselos.

-En dos o tres horas nada más, dijo Brignone.

Y Dorda:

-Salí y buscanos el agujero. Nosotros nos quedamos aquí con tu mujer… Ya sabés…”.

Equis salió a la calle y solo él sabe qué hizo durante las dos horas siguientes. Quizás se empeñó, sin suerte, en encontrar el refugio que necesitaban los argentinos. Quizás no. Lo cierto es que poco antes del fin del plazo dado por los porteños, Equis estaba en la Jefatura de Policía.

No había mucho tiempo, había que encontrar rápido un falso refugio para que Equis alojara allí a los argentinos. El jefe, Ventura Rodríguez tenía dos parientes jóvenes que subarrendaban un apartamento en un edificio de la calle Julio Herrera y Obes, el Liberaij.

Consultó y se podía usar. Le dijeron a Equis que llevara allí a los argenúnos. Y Equis los entregó.

Así contó Acción cómo pistoleros y policías coincidieron en el Liberaij. Otros diarios ensayaron otras explicaciones, pero Rodríguez confirmó luego la historia de Acción. “Fue un soplón, pero jamás en su vida mi esposo me dijo su nombre”, dice hoy la viuda de Ventura.

Equis volvió a su casa con la noticia de que había conseguido un enterradero. Debe haber rezado para que los ojos no lo delataran. Al entrar se encontró con una sorpresa. Malito ya no estaba. Dicen los diarios que no hizo preguntas. Dijo que había conseguido un refugio perfecto, en pleno Centro y le creyeron.

La Policía pudo haber apresado a los argentinos cuando llegaron al edificio, antes que subieran al apartamento. Después de la batalla, Ventura Rodríguez diría a Acción que no lo hizo para proteger la vida del “soplón” al que se le debía gratitud y al que los porteños habrían matado apenas vieran un policía.

Los pistoleros se instalaron y Equis bajó a traerles algo para comer. Luego volvió a salir en busca de bebida. Y no volvió nunca más.

 

La batalla

Es imposible determinar la hora exacta en que comenzó todo; cada uno de los diez diarios dio su propia versión, como si en toda la ciudad no hubiera dos relojes iguales.

A eso de las diez de la noche la Policía rodeó el edificio. A través del portero eléctrico o de un megáfono -en eso también hay diferencias- se les hizo saber a los argentinos que estaban rodeados y que sus derechos serían respetados. No hubo respuesta.

A las 22.15 -justo cuando en el Radio City empezaba una de James Bond, Desde Rusia con amor- un grupo de choque de la Guardia Metropolitana entró al edificio. Fueron al primer piso y empujaron la puerta del apartamento 9 que no cedió. Tampoco pudieron abrirla a hachazos. Adentro no se oía nada. Dispararon gases lacrimógenos. Allí estaban el comandante del cuerpo, coronel Roberto Ramírez; su segundo, el teniente coronel Pascual Cirilo, y Ventura Rodríguez. Eso bastaría para hacerlos salir, pensaban. Pero no se oyó ni un quejido, ni una tos, ni corridas. Nadie se rindió. “Por un momento hasta dudamos que estuviesen allí”, diría luego Cirillo a El Día.

La primera bomba de gas había retumbado en el edificio como un cañonazo. Douglas Garrido tenía 9 años, vivía en el tercer piso y aquello le pareció igual a las bombas que explotaban en Combate, en la tele. “Salí corriendo al pasillo para ver qué pasaba y me comí todos los gases”.

Hubo más bombas. En algún momento, el propio Ventura los llamó por el portero eléctrico. Lo rodeaban decenas de policías y periodistas. El Diario reprodujo así el diálogo:

-Una vez más les sugiero que se entreguen y les aseguro que sus vidas serán respetadas.

-¡Vengan guanacos! ¡Vengan a pelear si son hombres!

-Mi amigo, acá le habla el jefe de Policía de Montevideo, que es quien les garantiza el respeto de sus vidas.

-Así que vos sos Ventura, el que gana 5.000 pesos por mes, ¿eh? Nosotros tenemos acá tres millones y los vamos a quemar esta noche.

-Estoy con el juez de instrucción, para darles la seguridad de que gozarán de todas las garantías si se entregan.

-(insultos soeces)

-Mi amigo, usted debe estar tomando alcohol y ese no es el mejor consejero en estos momentos…

-Si estamos tomando whisky. ¿Ustedes quieren venir a tomar una copita? Vengan si son hombres.

-Una vez más les recomiendo que se entreguen.

-Nosotros vamos a pelear porque somos hombres. ¿Querés verlo que vamos a hacer? (El delincuente dispara tres veces al lado del intercomunicador, que reproduce fielmente los estallidos). ¿Te gustó esto? Tenemos mucho más de esto para ustedes, si vienen.

-Espero que recapaciten.

Es la hora cero. La Mañana narra una nueva conversación -¿o es la misma?- a través del portero eléctrico. “Ventura Rodríguez va perdiendo los estribos y finalmente grita: la vida de uno de mis hombres no vale la de ustedes cuatro”. La Metropolitana ha pasado de los gases a los proyectiles perforantes, más poderosos. Estos -según El Plata- “hicieron prácticamente irrespirable el ambiente, por lo menos, a una cuadra a la redonda”.  Sin embargo, seguía sin percibirse ningún efecto en los pistoleros. “Estos porteños parecen inmunes a los lacrimógenos”, diría el cronista de La Mañana. “Pensábamos que eran unos idiotas y eran vivos. Y eran unos hijos de una gran siete, con muchas muertes encima”, recuerda hoy Cirillo.

Casi toda la cúpula de la Policía estaba ahí, en el hall del Liberaij. En la vereda ya hay más de 200 policías y cada vez más curiosos. Cirillo recuerda que decidieron volver a subir la escalera. “Esto está muy bravo, estos tipos van a salir por arriba y van a tomar rehenes”, dijo Santana Cabris. Ventura también va con ellos y Santana le advierte que se cuide. De pronto, por un agujero que un proyectil había hecho en la puerta, uno de los argentinos disparó. Hay corridas, gritos y alguien que cae herido.

En su casa, en Pando, Sarandí Cabris dormía. Había estado pendiente de las noticias hasta última hora. Se despertó porque alguien le golpeaba la ventana. Era un funcionario de la Policía Caminera. Le dijo:

-Mire que mataron a su hermano.

 

Hay helados

Tras el tiroteo sobrevino el caos. Algunos se apuraron a sacar al herido (“mientras los compañeros recogían a Santana, los delincuentes argentinos, riendo, desde dentro se mofaban de la Policía”, narraría La Mañana) y otros corrieron escaleras abajo.

Cuando el tiroteo, Cirillo, en lugar de bajar, subió. Ahora estaba solo en el pasillo del primer piso, a merced de los argentinos. Estaba totalmente oscuro. No podía bajar la escalera, porque ello significaba pasar delante de la puerta del apartamento 9 y exponerse a otra ráfaga mortal. No se veía nada y solo atinó a quedarse allí, quieto, en silencio.

El tiroteo se hizo intenso. Algunos apartamentos fueron tomados por la Policía buscando lugares desde donde hacer fuego a la parte de atrás del pequeño apartamento de los pistoleros, a través del pozo de aire.

Afuera los policías ya eran 300 o 500, quién sabe. Y cada vez más y más y más gente. Un cronista de El País narraría: “Toda la noche, en medio de las balas, mezclados con los caballos, apostados atrás de las ambulancias, de los carros policiales, de los bomberos, una multitud ansiosa de no perderse nada del espectáculo, arriesgaba su vida, entorpecía el trabajo de los agentes ( … ) A las 12, el gentío se había filtrado entre las caballos de la Policía y prácticamente era imposible ya no ver, sino saber por los mismos policías qué era lo que estaba pasando, tal era el caos. Sin embargo, el caos suele ser un atractivo negocio para los punguistas, que surgían agarrados de los hombros de algún policía que los llevaba en vilo -modestos chivos emisarios de los gangsters acorralados- y también un negocio para los heladeros que, indiferentes a las corridas y sablazos esporádicos, voceaban su fresca mercadería”.

Uno de los curiosos era un niño de 12 años. Asomaba la cabeza desde la esquina y se asombraba porque las balas sonaban mucho más secas que en el cine. Aquel niño era Jaime Roos.

“Yo estaba en sexto y en el Liberaij vivía una compañera de clase que estaba con hepatitis. La maestra, una vez por semana me pedía que le llevara el cuaderno con los apuntes, así ella estudiaba en su casa y no perdía el año. Cuando comenzó esa balacera tremenda en el barrio, como buen pibe, me arrimé. No había cordón de seguridad. Yo vichaba por la esquina y veía un terrible tuco en Julio Herrera. Me producía una especial preocupación saber que ahí vivía mi compañera. Las balas me producían un efecto angustiante… realmente angustiante. Me fui a dormir con el sonido de los balazos”.

 

Sangre, sudor, lágrimas y mamaderas

Cirillo recibió por radio la orden de entrar en el apartamento 11, el de la familia Baronio, al fondo del corredor, a unos cinco o seis metros en línea sesgada al 9. Le piden que desde allí dispare contra la puerta de los delincuentes. Aunque no puede hacer impacto frontal, si dispara todo el tiempo, evitará que los porteños salgan al pasillo. “El edificio estaba lleno de gente y hasta que pudieran sacarla, había que evitar que ellos tomaran rehenes”.

Ricardo Baronio, jefe de una tranquila familia proveniente del interior (hoy fallecido), abrió la puerta. Estaba muerto de miedo, con Vanesa, su beba, y la empleada. Su señora había ido al teatro.Cirillo entró, trató de tranquilizarlo, pidió unos colchones de lana, los instaló alrededor de la puerta y comenzó a disparar. Le respondieron con gritos, insultos y ráfagas de ametralladoras. (En los colchones de lana, los únicos que tienen la virtud de detener balas, quedarían 180 proyectiles al final de la batalla, diría El Diario)Entre la tremenda balacera, el teléfono sonaba a cada rato: a veces era el ministro del Interior para alentar a Cirillo, a veces la señora Baronio para ver cómo estaban los suyos. “No llames más”, le pidió su marido, porque las balas rebotaban cerca del teléfono.Fueron horas y horas. A Cirillo le llegó una ametralladora por el pozo de aire. Baronio quería un revólver para sumarse al combate. Aquello no terminaba nunca y Cirillo, asustado, agotado, se preguntaba cuánto podría durar.

Cirillo estaba exhausto. ¿Cuántas horas iban, cinco, seis? “Me empezaba a poner exigente. Quería que me mandaran a alguien para ayudarme. Estaba muy cansado. Me dolía todo. Me habían dicho que íbamos a buscar a tres delincuentes que estaban para entregarse. No iba preparado para ese martes 13…”.

Al fin, por el tubo de aire, llegó para auxiliarle un cabo, de apellido Jesús, que tomó la posición de Cirillo contra la puerta.

Cirillo no se acuerda si aprovechó para comer algo: “Estaba con un susto tan grande que no se si comí o no comí”, se ríe hoy. La que sí aprovechó la llegada de refuerzos para comer fue la pequeña Vanesa. “El comandante Cirillo hizo las mamaderos”, recuerda, agradecida 32 años después, Cristina Fernández de Baronio.

Baronio reviviría ese momento dramático en El Día: “Me vi perdido y quise saltar con mi hija por el balcón. Pero el comandante Cirillo me lo impidió, me dijo que tendrían que pasar por sobre su cadáver paro llegar hasta nosotros y para respaldar sus afirmaciones, salió a cuerpo descubierto al corredor y disparó varias ráfagas de ametralladora contra la puerta de los asesinos”.

Pero hoy Cirillo recuerda que él también sentía miedo. “Yo tenía una hija recién nacida… pensaba mucho. Creía que me iban a matar. Uno, en esos momentos, hasta llora”.

 

Barriendo la mugre

La crónica de La Mañana diría que a las 3.25 los argentinos anunciaron a los gritos que iban a salir. Y salieron. A los balazos, intentaron ganar el apartamento de los Baronio. Cirillo recuerda hoy: “El que estaba en ese momento defendiendo la puerta era Jesús. Los tipos salieron baleando y baleando y lo hirieron”.

El sábado amaneció sin que nada hubiera cambiado. Habían cortado el agua y la luz en el edificio. Demasiado tarde: hacía ya mucho que los argentinos habían llenado de agua todos los recipientes que había en el apartamento. A las 5, siete horas después del comienzo de la batalla, el jefe de Policía le decía a un cronista de BP Color: “Por el momento hay una sola idea, ganarles por cansancio”. A las 5.30 llegó una escalera de los bomberos y recién entonces algunos de los vecinos comenzaron a ser evacuados.

Los diarios llenaban sus primeras planas con enormes títulos. El País: “Una histórica noche de balas en pleno Centro”. “Mataron al comisario Santana Cabris”. “Gritaban con todo: ‘¡vengan guanacos?” El Debate: ‘Muerte en la calle’. “Santana Mártir”.

El Debate decía: “No dudamos que al saberse irremediablemente perdidos, los sangrientos maleantes salgan a la calle pidiendo por sus vidas”.No tenían idea.

Jorge Gerónimo, el agente que discutía con su hermana estudiante, subía municiones y bajaba vecinos a través de la escalera de los bomberos y se preguntaba – “todavía hoy me lo pregunto” cómo aguantaban tanto esos porteños. “Eran tantos los gases que la Metro les tiraba… a nosotros nos mataban, pero ellos eran fuertes y pico. Eran duros, mire que estuvimos horas y horas y horas. Y ellos gritando “¡tiren hijos de puta, tiren hijos de puta!”. (Gerónimo se desmayó por efecto de los gases y fue atendido en una ambulancia, en la calle).

Para Genta aquello era un caos: “Era todo lo que no se debe hacer. Siempre hay gente muy valiente que dice ‘vamos a atropellar’, ‘vamos comisario que yo voy’. Pero no es así”.

Otro policía que aún hoy prefiere no dar su nombre evoca que al tomar un apartamento vacío, un oficial se puso un delantal y dijo “ah no, si está sucio no peleamos”. Y barrió el piso. Después agarró una botella de whisky, le dio un trago y se sumó a la batalla.

 

Cuidado con el perro

Afuera del edificio seguía el carnaval. “Centenares de personas debían ser contenidas por los efectivos”, diría La Mañana. A las 10.45 Ventura Rodríguez ordenó dispersar la multitud. El Popular narraría que la medida fue resistida e incluso alguien arrojó una piedra, que hirió a otro espectador.

Cuando el hoy ministro Luis Hierro llegó, se encontró con un endeble cordón policial (“los agentes estaban todos dados vuelta y mirando al edificio”) y, salvo la molestia de los gases lacrimógenos, no tuvo problemas en acercarse al Liberaij. Tenía 18 años y debutaba como periodista de Acción. Como el niño Roos, Hierro se sorprendió por el sonido seco de los balazos.

Ahí también estaba el joven periodista Eduardo Galeano. “Tomaba algún apunte de cuando en cuando, de espaldas contra la pared, y fumaba, fumaba, todo el tiempo fumaba”, escribiría después. “No estaba trabajando. Fui por las mías nomás, porque me llamó la atención. Estaba atraído -si no, no hubiera ido-pero a la vez horrorizado por toda esa violencia”, recuerda hoy.Aquella violencia no afectaba a todos por igual. El ex diputado socialista Arturo Dubra se encontró allí con el integrante del Consejo de Gobierno, Alberto Heber. Según relataría BP Color, lo saludó, entre el ruido de la balacera:

-¡Titito, cómo te va!Heber le contó que se estaba estudiando tirarles granadas a los pistoleros, pero se temía que provocara daños enormes en el edificio.

-¡Y te asustás por estos destrozos! Cuando ustedes con un solo decreto causan destrozos mayores para todo el país….

Unas horas después, Gerónimo la ayudó a bajar por la escalera de bomberos, con el can a upa. Ella después, viendo las fotos de los diarios, reconocería que uno de los policías que había pasado por su apartamento era Héctor Horacio Aranguren.

Al mediodía hubo un momento de silencio hasta que -diría BP Color- “un grito estremeció el ambiente: ¡guanacos, se les acabó el asado!” Los porteños volvieron a disparar sus ametralladoras. Soportaban ya 14 horas de lluvia de balas, gases y bombas molootov, con la misma energía, puntería y rabia del principio. “Estaban enardecidos, nosotros no tanto -recuerda hoy Genta-. “Uno no llega a enardecerse tanto como el que está decidido a morir. ¡Nos decían cada cosa! Nosotros comentábamos que drogados o no, esos tipos eran guapos”!

A las 12.30 hirieron de un balazo a otro policía. A las 12.45, cuando llegó un enorme taladro para tratar de agujerearles las paredes, le dieron a otro. La tensión era cada vez mayor. Pero Aranguren no sentía miedo.

Los Aranguren era pobres. Vivían en Punta Rieles. Celina, su madre, trabajaba en casa de los Gutiérrez, unos vecinos más acomodados, donde limpiaba y cuidaba al niño Daniel, que, nadie sabía, sería un famoso jugador de fútbol.

Tampoco sabía que su hijo, Héctor Horacio, de 21 años, estaba en Liberaij. A él le encantaba su trabajo. Le gustaba girar el revólver en sus dedos, como un cowboy y, a la hora de la siesta, leía novelas policiales. “Era policía, policía, no como algunos de ahora”, recuerda hoy su hermana Mirta. Vive en una modesta casa, en un asentamiento.

“Aunque ahora estamos un poquito mejor, en aquella época éramos re-pobres, pero a él no le gustaban las cosas chanchas”. Un día le puso una multa al senador Tróccoli y no se la sacó, ni aun después de saber quién era.

Aquel mediodía, en el Liberaíj, a alguien se le ocurrió atravesar una escalera de lado a lado del pozo de aire y que Aranguren gateara a través de ella hasta la ventana de los porteños para tirar unas cuantas bombas molotov. “No es que los superiores nos mandaran a arriesgarnos. Era la iniciativa de los funcionarios, venían las bombas molotov y había que tirarlas”, recuerda Gerónimo. “Yo le decía a los muchachos guarda, guarda… y ese muchacho.., se regaló… era un cojudo bárbaro”.

Los argentinos lo vieron y lo acribillaron. La Mañana diría que fue el Nene Brignone. Gerónimo lo bajó por la escalera, pero no había nada que hacer.

 

El fin

Mirta estaba escuchando la radio: “Era sábado al mediodía, estaba haciendo ravioles y dijeron su nombre”.

Hacía rato que Cirillo había pedido que le llevaran a su apartamento los planos del edificio. Pidió que le dijeran, además, quienes más estaban disparando y desde dónde. Quería ver cómo podía ser que siguieran sin pegarles. “Después de revisar los planos y de pensar mucho, me di cuenta: estos tipos estaban en el único lugar donde no les podíamos pegar, exactamente detrás de la puerta. Para darles ahí había que tirarles desde el apartamento que estaba justo enfrente, el 12″.

“Claro que no podía pasar por el corredor, que estaba batido por ellos. Fuimos por el pozo de aire, con dos buenos tiradores de la Metro (baja la voz). Ahí hicimos las cosas bastante prolijas, en silencio y manteniendo todo el tiempo el fuego desde el apartamento 11, para que no se dieran cuenta de nuestro movimiento y para que se acurrucaran más atrás de la puerta”.Al llegar hicieron tres ráfagas: “una de pie, una de rodillas y una tendidos”. No hubo respuesta, pero no se animaron a salir. Dejaron pasar media hora. Solo se oían los disparos de la Policía. “Cuando nos decidimos a entrar grité: ‘¡alto el fuego!’, porque aquello era un relajo, un pandemonium donde se la ligaba cualquiera. Entramos. Estaban tiraditos, atrás de la puerta, como estaba previsto. Tuvimos esa suerte. Y había uno que boqueaba todavía”.Eran las 13.45, más o menos, cada uno de los diez diarios dio horas distintas.

Hoy Puerto no quiere recordar. “Yo dejé la Policía casi enseguida. Son recuentos feos, como para andar ventilándolos para que otros se llenen los bolsillos”.

 

La venganza

Merelles todavía estaba vivo cuando lo sacaron del Liberaij. “Fue como si el mundo se viniera abajo”, diría Acción. “La avalancha lo rodeó y millares de voces se alzaron hasta el sol pesado de la tarde pidiendo su muerte.

-¡Que lo maten…! ¡Mátenlo…! ¡Que lo maten…! (…)Sobre el montón sanguinolento de Merelles llovieron de todas partes los golpes, las patadas, los puñetazos, los escupitajos y los insultos”.Mientras estaba en el Maciel, llegó la ambulancia con Merelles.

Eran las 14 y pocos minutos cuando, a contramano por Canelones, la ambulancia partió hacia el Maciel. Desesperado, en el hospital estaba Juan Aranguren, el tío de Héctor Horacio, la última víctima de los argentinos. “El gurí ya estaba muerto. Se regaló: él salía a las seis de la mañana, pero fue para ahí. Era muy audaz”.

‘Todos le decían al médico’ matalo, matalo’. Pero el doctor no lo quiso matar”.

Al apartamento 9 entró “una horda enardecida”, recuerda Genta. Los cadáveres de Dorda y Brignone yacían sobre “un barro blancuzco” que “se confundía con los charcos de sangre. El panorama era de destrucción, de muerte”, diría BP Color. Las paredes estaban agujeradas por miles de balazos (solo la puerta tenía más de 100), todos los muebles estaban incendiados, todos los vidrios rotos. “En las paredes las manchas de sangre estaban marcadas por proyectiles incrustados y un tizne cubría todas las dependencias con tono oscuro, opaco”.

Tan quemado como los muebles estaba el millonario botín que había sido de los porteños y ya no sería de nadie. “¡Si habría guita! Pero toda quemada. Yo tuve en mis manos los fragmentos de esos billetes grandotes de 1.000 pesos. Valían un platal. ¡Si yo ganaba 68 pesos por mes!”, recuerda Gerónimo.

Los primeros que llegaron también vieron las armas de los argentinos. Luego éstas desaparecieron.

“Únicamente obra en poder de las autoridades una pistola y se estima que las restantes fueron sustraídas por los propios funcionarios, como trofeos, para museos personales”, diría El Diario y Ventura lo confirmaría. Lo mismo pasó con los billetes quemados y la ropa de los pistoleros muertos. Los fotógrafos que entraron últimos tuvieron que retratar los cadáveres desnudos.

Ventura Rodríguez se dirigió al público enardecido, una escena que Acción narraría para la polémica general: “En medio de la confusión y el dramatismo del epílogo, el Jefe de Policía, Coronel Ventura Rodríguez, habló por un megáfono al público reunido en el lugar de los hechos.

Si lo hubieran permitido, el público y algunos de los propios policías, habrían deshecho el edificio de arriba a abajo y habrían sembrado de sal al solar: que nunca más la vida creciera sobre la tierra maldita.

Pero el Jefe de Policía habló y su voz fue una copa de aceite, sobre la muchedumbre alucinada.

Pedía calma, pedía sosiego para la labor de la Justicia, pedía tiempo para la meditación y la pena profunda que viene ahora por la memoria de los muertos.

-Yo le di el último puñetazo… dijo el Jefe.

Y sobre las cabezas de la muchedumbre, mostró en el aire caliginoso de la tarde el puño derecho, tinto en sangre…”.

 

Turismo interno

Ya esa tarde la gente comenzó a hacer cola para entrar al edificio, recorrer su escalera, ver el apartamento 9. “Se agolpaban contra la puerta porque querían entrar a toda costa. Era un espectáculo horrible. ¡Y el portero cobraba entrada!”, recuerda la señora de Baronio.

El lunes 8 La Mañana, señaló que “anoche, tarde ya, la gente seguía concurriendo por cientos y cientos (hasta vimos algún ómnibus de excursión) para ver de cerca el escenario de la tragedia”.Al día siguiente la visita se oficializó. Sorpresivamente, la Policía invitó al público mediante un comunicado: “A partir de la hora 19, hasta el día de mañana a las 7 y 30, se puede visitar el apartamento de la calle Julio Herrera y Obes 1182, donde se desarrollaron los hechos de notoriedad”.Para horror de BP Color aquello fue un “éxito”: “Durante toda la jornada de ayer, incluyendo la noche, se hacía difícil transitar por las inmediaciones; tal era el número de hombres, mujeres e incluso niños que ‘querían ver’ el lugar de la espantosa matanza”.

En cambio, miles y miles de personas habían concurrido el domingo 7 al entierro de Cabris y Aranguren (“dos meritorios funcionarios que cayeron bajo los plomos de los salvajes”, dijo Acción).

Aquel día, en los discursos de homenaje a los caídos se pidió que los jueces fueran menos benévolos con los delincuentes.

El público acompañó el cortejo y luego escuchó los discursos fúnebres en silencio. Pero “en voz baja “-narró Acción- se hablaba solo de Borda, Merelles y Brignone:

-¡Si! ¡Dijeron que resistirían y resistieron…!

 

Epílogo

Nunca encontraron a Enrique Mario Malito.

Rogelio Blas Scutari, el hombre ayudó a Yamandú Raymond cuando estaba herido, falleció. “Pasó siete años en la cárcel. Perdió a su familia. Fue horrible…”, recuerda Gladys, su hermana.

Raymond también estuvo muchos años preso. “Se la comió toda. Ahora tiene 72 años y está en Buenos Aires, con su señora, trabajando de casero, serio, sobrio. Incluso se ha animado a venir por Montevideo”, dijo su primo, Faustino. Justamente, aquí en Montevideo, Raymond y Delci Meneses, el policía que lo hirió, viajaron varias veces juntos en el 409. Se reconocieron.Hoy no entiende lo que pasa con la Policía. Tiene un ex compañero, también retirado, que atiende un quiosco frente a la Caja de Jubilaciones. El hombre le cuenta cómo los punguistas le roban a los viejos, delante de policías que hacen como que miran para otro lado.

Meneses reconoció a Raymond porque nunca olvidó su cara ni la de Merelles. “La muerte de Cancela me afectó mucho. Dudé, incluso, si seguir siendo policía”. Pero como lo premiaron ascendiéndolo dos grados siguió y llegó a subcomisario.

“En 1965 la gente nos apreciaba. Ahora no nos quiere nadie”, sufre Uruguay Genta. Tiene 70 años y, aunque retirado, vive pensando en “su” Policía. Una vez dio una charla en el Rotary y preguntó como debía ser un buen policía: valiente, educado, lindo, culto, le dijeron. Después preguntó quien quería que su hijo fuera policía. Nadie. “Porque ésta es la Policía que el Estado quiere: barata, con comisiones de apoyo que le compren ropa. Para que haya policías de tiempo completo, inteligentes, bachilleres y de buena familia, hay que pagar bien”. Cree que lo que pasó en el Liberaij debería estudiarse como todo lo que no hay que hacer.

Rodríguez reconocería días después de la batalla que, efectivamente, se habían cometido errores. Falleció en 1997. Su viuda recuerda hoy que “el traje que usó ese día lo tuve que tirar, porque ni siquiera en la tintorería le pudieron sacar el olor a los gases”.

Pascual Cirilo también tiene 70 anos y también cree que entonces se cometieron errores: “En un procedimiento contra individuos que ya tienen ocho asesinatos, primero hay que desalojar el edificio”. Es general retirado. Dirigía la cárcel de Punta Carretas cuando se fugaron 106 tupamaros. Fue comandante de la región IV “durante el proceso”. Su participación en la batalla del Liberaij le hizo famoso por un tiempo. “En todos lados querían que hablara de eso, pero yo no decía nada. Hubiera preferido que no me hubiera tocado. No es algo para enorgullecerse, ni para andar contando en los boliches”.

Recorriendo boliches, buscando letra para Brindis por Pierrot, Jaime Roos descubrió que 20 años después, el Liberaij seguía vivo. Por eso lo incluyó en la canción: “El borracho que canta dice: que será de los porteños ocupando el Liberaij”. Esa línea trasunta una suerte de cariño o de admiración. Porque así se los recuerda en la noche montevideana. Fue un hito, algo que quedó marcado. Que quemaran los billetes, que se dieran una biaba tremenda de cocaína, que se tirotearan así y que quemaran todo, está fuera del argumento tradicional. Fueron los que prefirieron morir antes que entregarse a la Policía: eso es lo único que quedó de ellos. Más allá de que fueran personas horribles”. Nunca nadie le recriminó haber incluido a los pistoleros en la canción.

Celina Aranguren, la madre del tercer policía muerto por los argentinos, conoce la canción, pero nunca le prestó atención a la letra. Sigue siendo pobre: tiene 74 años y continúa trabajando. Es casera de una quinta que, en las afueras de Montevideo, tiene Daniel “Tano” Gutiérrez, el niño que cuidaba hace 30 años. Muchas empresas donaron dinero para las familias de las víctimas del Liberaij, pero no recibió nada. Todo fue para la mujer de su hijo y “ella nunca más apareció”. Reclamó ayuda en la Policía “pero siempre me sacaron corriendo”.

Todas las donaciones que se hicieron entonces para las víctimas constan en un volumen que Ventura Rodríguez encuadernó.

No quedan rastros de aquel olor. Por el pozo de aire del Liberaij sube ahora un fuerte olor a milanesas. Quizá la única vecina de aquella época que aún vive en el edificio sea Mirta Eliaskevitz. Dice que pasó “las de Caín” durante el tiroteo, pero no quiere recordar: “No habría ni que hablar de aquello, no hacerlos más héroes a esos señores, como en una canción que se hizo”. El apartamento 9 es ahora el 102. El Estado solventó su reconstrucción. Hace un mes lo alquiló Gerardo Bueno. No sabe que, justo donde ahora está parado, ahí, fue que mataron a Merelles, Dorda y Brignone.

En el registro del día dice: “Marcelo Brignone. Patria: se ignora. Edad: se ignora. Estado: se ignora. Enfermedad: herida de bala. Carlos A. Merelles. Patria: argentino. Edad: 26 Estado: Soltero. Enfermedad: herida de bala. Roberto Juan Dorda: Patria: argentino. Edad: 30. Estado: se ignora. Enfermedad: herida de bala”.

La autopsia dijo que Dorda tenía 16 heridas de bala y quemaduras; Brignone, 19 heridas de bala y quemaduras, y Merelles, una sola herida de bala, en la nuca. Fueron sepultados el 9 de noviembre de 1965 en el Cementerio del Norte.

Ya no están en Uruguay. Merelles “pasó a Buenos Aires” el 15 de noviembre de 1968; Brignone el 8 de enero de 1969, y Dorda el 24 de julio de 1997. En el registro no consta quién redamó sus cuerpos. 

Los cadáveres de los porteños (“eran seres probadamente depravados. En su naturaleza estaba inscripto el mal”, dijo El Día) habían sido derivados a la morgue de la Facultad de Medicina. Nadie los reclamó.

Cirillo diría a los diarios que los hombres que hicieron las ráfagas finales habían sido Nilsi Puerto y Alberto Dutria.

Beatriz Batto vivía en el segundo piso. La Policía llegó a su apartamento a las seis o siete de la mañana. Querían tirar cócteles molotov desde su ventana. Ella reclamó agua para su perro. “La revista Al rojo vivo, dijo que fue cómico lo que yo hice. ¡Pero más cómico fue lo de la Policía! ¡Se estaban matando a tiros y cuando fueron a entrar a mi apartamento gritaban como locos: “saquen al perro, saquen al perro, sino, no entro”. Brutos hombres grandotes y teniéndole miedo al perro foxter”.

A esa altura, había policías en todos los apartamentos desde donde se podía hacer algo contra los argentinos. El comisario Uruguay Genta les tiraba, a través del pozo de aire, desde un apartamento de la planta baja. “Pusimos un sillón contra la ventana y empezamos el hostigamiento de abajo para arriba. Y ellos contestaban de arriba para abajo. En el pozo de aire había un matrimonio que había pasado toda la noche ahí. Parecían dos pichoncitos, apretaditos, cagaditos de frío. Los bajamos. Prendimos el televisor, estaban transmitiendo en directo. El ruido era infernal y el televisor lo repetía. Por el televisor nos enteramos que estaban haciendo un boquete en el techo para tirarles una granada… era tanto el desorden”.

A las dos de la mañana empezó a llover. “El pequeño parlante del comunicador interno reproducía los insultos que Merelles, Brignone y Dorda lanzaban constantemente”, diría BP Color. A esa altura les habían tirado de todo, incluyendo gases que provocan vómitos y diarrea, pero nada los afectaba. ¿Cómo podían resistir? No lo sabían. La Policía suponía que las drogas (habían encontrado gran cantidad de anfetaminas en una de sus guaridas) y el alcohol los ayudaban. Los gritos e insultos permanentes reforzaban esa teoría. Pero eso no explicaba la resistencia a los gases. Luego, cuando vieron que prendían fuego a todo, incluso a los tres millones de pesos argentinos que aún tenían, entendieron que esos tipos sabían y sabían. Usaban el fuego para calentar el aire y hacer subir los gases: respiraban a ras del suelo.

La búsqueda era frenética y la prensa la seguía paso a paso. Uno a uno fueron cayendo los “enterraderos” usados por los pistoleros, que siempre lograban escapar unos minutos antes. “Los traigo muy cerca. Ayer se me escaparon apenas de un apartamento ahí en Larrañaga. ¡Hasta había humo de cigarros todavía!”, le dijo el jueves el comisario Santana Cabris a su hermano Sarandí.

“A Raymond lo tiraron por ahí”, dice Meneses, coincidiendo con Piglia. “Lo tiraron en Lorenzo Fernández y General Flores y apenas pudo hacer las cinco cuadras hasta Cufré y Yaguarí donde vivía uno de mis hermanos”, confirma Gladys Scutari.

Raymond sangraba. En el Volkswagen, los argentinos le hicieron saber que ya no podía seguir con ellos. Tampoco podían procurarle un refugio seguro. Lo que pasó dentro de ese auto nunca fue contado públicamente, pero muchos han reconstruido el diálogo.

-Estás jodido Yamandú -dijo el Gaucho-. Tenés que arreglarte solo, nosotros tenemos que seguir a vos no te va a pasar nada.

-No seas guanaco, porteño, no me entregués, vamos a ver a dónde está Malitoy que él nos diga.

Por eso, aquel 3 de noviembre, estaban preparando ese Volkswagen rojo para un nuevo golpe. Un ladrón, Yamandú Raymond, oriental, de 39 años, estaba con ellos.

Corrieron hasta la esquina de Marmarajá y ahí pararon. Vieron el Volkswagen y dos hombres dentro. Meneses se fijó en la matrícula: el número era muy viejo para un modelo tan nuevo. “Cuando estábamos a 20 metros del auto, alguien desde la panadería nos hizo señas de que esos eran los tipos. Ahí nos abrimos uno por cada lado; Cancela por la calle y yo por la vereda. Nunca más me voy a olvidar”.