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“Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo “hice”, “fui”, “descubrí”, debe entenderse “hicimos”, “fuimos”, “descubrimos”(…)
(Prólogo a la tercera edición de Operación masacre, Rodolfo Walsh)

Si alguien –si un periodista- emprendiera un viaje sin saber nada acerca de su destino salvo la temperatura promedio, la calidad de las playas y la ubicación de las zonas de alojamiento barato; si metiera en su mochila veinte libros, poca ropa y un equipo de snorkell; si eligiera la ignorancia como una performance o como una –mucho menos confesable- forma de la felicidad. Si, en fin, ese periodista se tomara vacaciones, y si esas vacaciones fueran en Filipinas, es probable que sucediera algo de lo que sigue a continuación.

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Mayo de 2012, medianoche, más de cuarenta horas de viaje desde Buenos Aires pasando por Río de Janeiro y Dubai, y esto no parece un lugar al otro lado del mundo. O mejor: esto no parece un lugar al otro lado del mundo del mismo modo en que Tailandia o Indonesia o Malasya parecen lugares al otro lado del mundo. Aquí las calles son iguales a las de cualquier suburbio de Latinoamérica, con edificios hijos de la cópula entre la esquizofrenia arquitectónica y una hemorragia de hormigón, palmeras de plástico revestidas por guirnaldas de luces, iglesias católicas, seven elevens, McDonalds, bares de chicas y un atasco -kilómetros de autos hundiéndose en el corazón de la tiniebla- que es la madre y el padre de todos los atascos. Cada tanto aparece un jeepney -camiones de trompa roma y colores intensos que sirven como transporte público- y esa es la única señal que indica que uno no ha llegado a Brasil ni a México ni a Colombia. Que esto debe ser, en efecto, Manila.

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Manila es la capital de Filipinas, un país compuesto por siete mil islas, con 94 millones de habitantes, 11 de los cuales viven en el exterior. Si buena parte de esa gente se llama Pedro o se apellida Ayala y la mayoría reza el padrenuestro y se hace la señal de la cruz es porque en 1521 llegó hasta allí el conquistador Fernando de Magallanes y desde entonces el país fue territorio español. En 1898 España debió cederlo a Estados Unidos y solo en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Filipinas se declaró independiente. En 1965 asumió el gobierno un hombre llamado Ferdinando Marcos que siguió en el poder hasta 1983 cuando, después de protestas masivas y caos social, fue destituido y reemplazado por Corazón Aquino. Eso, a grandes rasgos, era todo lo que yo sabía al llegar a Filipinas. Eso, y que el turismo sexual era toda una preocupación, y que Imelda Marcos, la mujer de Ferdinando ídem, había dejado tras de sí una colección de mil pares de zapatos –o de mil zapatos- que, después de haber presenciado la fiebre de consumo de pajaronas como Carry Bradshaw, ya no me parecían tantos. Eso era todo. Y, a decir verdad, no me enteré de mucho más. Quiero decir que no quise.

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Ermita debió ser algo, aunque no se sabe qué. Quizás una de esas zonas que funcionan como Kao San Road, en Bangkok, una suerte de babel afiebrada con viajeros que se revuelcan, conversan y beben durante algunos días a precios módicos mientras deciden hacia dónde seguir. Pero ahora es un barrio de Manila muy desconcertante, sumergido alternativamente en un sopor moribundo o en una energía desamparada o en una hostilidad desértica. El lugar más popular de Ermita es un mall descomunal al que se entra previo cacheo de un guardia. Siempre está repleto y parece haberse tragado a toda la gente y los comercios de la zona, excepto los seven eleven que multiplican su disponibilidad de veinticuatro horas a razón de uno por cuadra.

En las calles, de noche, los faroles alumbran poco y las únicas vidas que se ven duermen sobre su miseria y sus cartones en medio de un calor benévolo. Cada vez que le digo a alguien que me alojo en Ermita, el resultado es el mismo: “¿Ermita? ¡Ni se le ocurra salir del hotel después de las nueve de la noche!”. O “¿Ermita? ¿Por qué?”.

Quizás porque cuando uno llega a un país quiere desembarcar en una orilla real y no en sus márgenes desinfectadas, o porque uno es persistente y persiste aún en sus equivocaciones, o porque en los viajes prima esa diletancia suave –mañana me mudaré- mezclada con una omnipotencia peligrosa –a mí no va a pasarme nada- que produce las mejores catástrofes.

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Como ya nadie viaja sin un artilugio para conectarse –el Iphone, la tableta- los que elegimos viajar sin nada estamos a merced de la existencia de cabinas públicas que, como ya no son negocio, empiezan a ser inencontrables. Sin embargo, frente al hotel en el que paro –una habitación sin ventanas, la representación de la perfecta claustrofobia- hay algo que se anuncia como cybercafé. El vidrio de la puerta está cubierto por una película polarizada lúgubre y adentro la temperatura tiene la contundencia de un piedra. La persona que atiende usa el pelo recogido, un top que no le cubre la barriga en la que se ven rastros de vello mal afeitado, y una falda bajo la que se dibuja la curva brutal de un sexo inconcebible.

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Si una ciudad del interior de Estados Unidos y una enorme capital latinoamericana hubieran colisionado en los años setenta, Manila sería el resultado: no hay veredas por las que se pueda caminar, el paseo favorito consiste en recorrer los pasillos de un mall gélido, el colapso del tránsito es una forma de la psicosis y por todas partes hay locales de comida rápida, iglesias católicas, altares a la Virgen y puestos callejeros de comida. En ciertas partes reina esa tensión grumosa que antecede al peligro, aunque después casi nunca pasa nada.

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-¿El mercado de San Andrés? ¿Para qué quiere ir ahí? ¿Por qué no va al mall?

Siempre es lo mismo, en todas partes. Apenas uno manifiesta su voluntad de ir a un sitio que no se corresponde a las expectativas del turista promedio, el fulano local reacciona con horror ofendido: ¿por qué uno se empeña en mirar debajo de la falda, cuando por fuera de la falda hay tanto para ver? Yo no fui –no quise ir- al Fuerte Santiago, ni a la iglesia de San Agustín, ni a Rizal Park, ni a la National Gallery of Art, porque no me interesan las iglesias, los fuertes, los museos ni los parques, pero me gustan los mercados. Para llegar al de San Andrés hay que recorrer una calle atravesada por callejones que se doblan hacia el centro de la manzana como espinazos enfermos y, desde el fondo de sus fauces, lanzan espumarajos de sogas repletas de ropa. Las casas parecen ruinas ateridas después de un terremoto, y el cielo está atravesado por el triperío sangrante de los cables. El mercado no es bueno – no hay frutas raras, ni especias raras, ni verduras raras- pero el olor es una sorpresa: es un olor fuera de la galaxia, una mezcla impactante de moho y transpiración, una cruza mestiza de todas las axilas del mundo y el sexo mal lavado de los peces. Después descubriré otros mercados y, en todos, el olor será un campeón mundial.

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Una tarde las calles del barrio se llenan de carritos adornados con flores y guirnaldas sobre los que decenas de nenas y nenes de entre 3 y 12 años, vestidas de largo y con escotes, vestidos con frac y trajes blancos, saludan a sus vecinos y parientes con gesto de muñecos de ventrílocuo. El desfile –una elección de princesas y sus príncipes- se hará dentro de una hora pero yo no tengo ganas de esperar y paso la tarde caminando por calles donde no hay un alma, salvo los cuatro perros sarnosos de siempre, pensando que en un país donde el fornicio con la carne tierna atrae a tantos extranjeros es complejo entender el empeño de quienes maquillaron esos labios púberes hasta volverlos pulpa roja.

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La mayoría de los carteles de los puestos del mercado de Libertad están en inglés -salmon available, pork´s place-, herencia de los años de dominio estadounidense. Aunque tengo la sensación de que no todos los filipinos hablan inglés, buena parte de la cartelería de las calles y las rutas está en ese idioma (del español, en cambio, parecen haber sobrevivido apenas los números: uno se dice uno, cien se dice cien, dos se dice dos). En un puesto de pescado una pareja simpática quiere venderme una morena pero les digo que no tengo cómo cocinarla y, cuando me preguntan dónde me alojo y respondo que en Ermita, se espantan y preguntan (otra vez) “¡¿Por qué!?”. Camino por el sector de las aves y el cerdo, pero el olor es tan brutal que regreso a la zona del pescado, de un aroma tanto más amable. Al salir me compro un mango, que voy comiendo por la calle, pelándolo con un cuchillo que conservo y que compré para la ocasión. Me quedo largo rato en una esquina, bajo el ala sombría del tren elevado y los cables que cruzan el cielo como venas atascadas por el hollín. La ciudad parece salida de una película de ciencia ficción de los ochenta, cuando el futuro se pensaba como una versión húmeda y empeorada de un suburbio de la Nueva York de aquellos años.

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La parte más vieja de la ciudad se llama Intramuros y es un barrio de casas coloniales, tal como los que hay en Bogotá o Ciudad de México, pero las calles están desiertas.

-Hace mucho calor, por eso no hay gente.

La chica parece un varón, así que creo que es un varón hasta que le veo los pechos bajo la camiseta enorme. Tiene 21 años pero parece de 14 y trabaja ofreciendo paseos de dos horas en su triciclo tracción a sangre: una bicicleta con un carrito adosado para los pasajeros. Le digo que no estoy interesada, pero insiste y negociamos un paseo de media hora, sin detenernos en iglesias ni museos. Cuando empieza a arrastrar la bicicleta con esfuerzo, cuesta arriba y por calles empedradas, el trato que acabo de hacer me parece atroz, de modo que le pido que se detenga, que prefiero quedarme allí. La chica dice que no, que al menos la deje llevarme a un sitio interesante. Como parece ofendida subo y, después de varias cuadras, me deja en la puerta de un McDonalds. Le pago, le agradezco, y apenas me siento en el cordón de la vereda unos chicos se acercan a pedir dinero. Entonces el guardia del McDonalds corre hacia ellos con algo en la mano y los chicos huyen, aterrados. Cuando le pregunto al tipo qué clase de cosa tan eficaz es esa sonríe y aprieta un botón y hay un destello y una descarga eléctrica.

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Makati es la zona más turística de Manila, donde yo no quería ir y a la que terminé yendo, sólo por ver. En Makati hay dos zonas: una, donde queda el mall Ayala Center, kilómetros de tiendas que van desde Jimmy Choo hasta el más obvio Louis Vuitton, todo rodeado por un parque frente al que están los hoteles más caros de la ciudad: el Shangri La, el Península, el Mandarin Oriental. La otra zona es la de la calle Padre Burgos. Allí, sobre un bar ruidoso, consigo habitación en un hotel que las ofrece a mitad de precio porque se ha roto el ascensor y hay que subir por la escalera. Cargo mis doce kilos hasta el piso diez, y el premio al esfuerzo existe, porque mi cuarto tiene una ventana.

En Padre Burgos las calles están atragantadas de ruido, música, autos, bares, salas de masajes, prostitutas y hombres que ofrecen viagra, cialis y anabólicos a cualquier alma que se cruce. A las once de la noche, en el bar que está junto al hotel, hay unas ocho chicas con minifalda y sin soutien balanceándose con desgano en una pista. En los sofás que rodean la pista los hombres miran y a veces levantan una mano. A veinte centímetros de mi cerveza hay una chica sentada sobre la falda de un japonés. Le da la espalda y el japonés, muy joven, la merodea con lujuria lenta, bien sedoso. La chica tiene pechos pequeños y erguidos y el pelo lacio le cae por la espalda como un curso de agua limpia.

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No voy al cementerio chino, donde dicen que las tumbas tienen baño y aire acondicionado, pero sí voy al barrio chino, un sitio lleno de verdulerías que venden fruta cara, farmacias que venden remedios chinos, y tiendas que venden imágenes de Buda y de perros Fu que llegan a costar miles de dólares. Yo compro un objeto irresistible: un hongo de plástico rojo sobre una base negra, una cosa deforme y hermosa que me entregan en un estuche que parece muy caro. Arrastro mi hongo desde el barrio chino hasta la plaza Miranda, un sitio neoapocalíptico donde ríos de carne humana se mueven entre edificios grises bajo las ubres pesadas de los cables comprando ropa y zapatos, jugos y comida, flores y muebles, pescado seco y mangos dulces. Regreso al hotel en un taxi que pasa por el corazón de un barrio tremebundo. El taxista va con la ventanilla baja, escupe y eructa, y yo me impongo un pensamiento barato acerca del relativismo cultural y del derecho que tengo, o no, a que el tipo me dé un poco de asco.

Al día siguiente, me voy a Boracay.

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El avión es pequeño y un mal augurio: está repleto de familias que van a pasar un fin de semana a Boracay, el destino de playa más conocido de Filipinas. Las familias chillan cuando el avión despega, chillan cuando hay turbulencia, chillan cuando el avión aterriza, chillan cuando aparecen sus maletas por la banda transportadora del aeropuerto. Después de tomar un triciclo –esta vez una moto con un carro adosado para los pasajeros-, un bote y otro triciclo, llego a un hotel que tiene cama, agua caliente, un televisor, un armario de madera y una lista de cosas que no pueden hacerse pegada en la pared: fumar donde no hay ceniceros, secarse con las toallas o dormir sobre las sábanas si uno se ha hecho un tatuaje con henna. De la canilla del lavatorio y de la ducha el agua sale con olor a cloaca.

El sol ya está bajo cuando llego a la playa y, apenas pongo un pie, me quiero ir. Se llama White Beach y consiste en dos o tres kilómetros de arena blanca pero el problema es todo lo demás: la calle que la recorre, repleta de hoteles, restaurantes, bares, casas de buceo, tiendas, carpas, poltronas, personas que gritan, beben, se amontonan, compran, comen y se hacen masajes –y tatuajes con henna- entre música a niveles que no dejan respirar y malabaristas transexuales que arrojan kerosene y fuego por la boca. Me voy a dormir pensando que mañana estaré en otra parte.

Pero me quedo quince días.

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Los amaneceres en Boracay deben ser espectaculares, pero yo nunca veo uno. Me despierto, contra todas mis convicciones, a las siete de la mañana, cuando el ruido de la poda de los árboles del jardín (que parecen tener un follaje infinito) empieza a ser insoportable y el sol ya está alto. Desayuno mirando la piscina y luego voy a la playa, a una zona que llaman estación tres. La estación tres es parte de White Beach pero no hay nadie y las razones son un misterio. La arena es estupenda, el agua es calma y para llegar sólo hay que recorrer docientos metros en dirección contraria a la multitud. Yo paro cerca de la Carinderia Michaella, un comedero en el que Rodney, el hijo de la dueña, cocina lo que los comensales eligen -de bandejas en las que se exhiben pescados y pollo- en una parrilla que llena todo de humo. Pero en la Carinderia Michaella las cosas cuestan la mitad que en otras partes y por eso la gente soporta el humo, el malhumor de la madre de Rodney y los embates de Michaella, una niña ínfima con alma de diablo a quien su madre se empeña en vestir bien aunque ella se empeñe en jugar como una cabra loca y ensuciarse las crenchas con arena. Yo voy allí porque me gusta cenar con los pies hundidos en la arena, y porque Rodney se ha ofrecido a cocinar los pescados que le lleve.

Sobre la calle principal, a unos trecientos metros de la playa, hay un mercado -Di Talipapa- donde todos los días compro mangos, paltas, piñas, papaya y pescado. A la noche llevo el pescado a la Carinderia Michaella para que Rodney lo cocine. Una noche se acerca diciendo que el atún rojo que le llevé está en mal estado y que, si lo como, podría enfermarme. Desde ese día empiezo a comprar pollos al spiedo en un puesto de la calle. Tienen el tamaño de una paloma y los como en el hotel a los pies de la cama, mirando viejas películas de James Bond en las que actúa Roger Moore.

La vida es un plan simple. O puede serlo, de a ratos.

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El barco es chico, y lo conducen un padre y su hijo. En quince minutos está al otro lado de Boracay, en un sitio que llaman Crocodile Island y que promete buenos arrecifes. Apenas llegar recuerdo por qué no hago estas cosas: cosas de turista. En Crocodile Island hay docenas de barcos y de cada uno han bajado quince personas y el mar hierve. Pero ya estoy allí, y me sumerjo. Lo que hay bajo el agua no es asombroso pero hace rato –cuatro, cinco años- que no me asomo a un arrecife de esta parte del mundo, y resulta una experiencia tan intensa como cuando uno pasa mucho tiempo sin ir al cine y, un día, va. Los corales están muertos, rotos por las anclas, pero aquí y allá hay cardúmenes de peces, algún coral muy vivo, anémonas. Después de un rato quiero regresar al bote y me doy cuenta de que no sé cuál es. Estoy perdida, enterrada en el agua hasta el cuello, en medio de lo que parece una terminal de buses el día previo a la Navidad. Doy vueltas hasta que veo a un muchacho de gafas negras que agita la mano gritando “Mister, mister, here”, y reconozco la quilla violeta del barco que me trajo hasta aquí.

La costa de la isla está repleta de cavernas donde el agua se refleja como una pupila de color lavanda. Cuando pasamos por una playa amplísima, blanca, vacía, pregunto qué es eso y me dicen que eso es Puka Beach.

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Puka es el nombre de un caracol típico de la zona y es, también, el nombre de una de las playas más hermosas del mundo. Queda a veinte minutos en triciclo desde White Beach, pero nadie va. La arena es blanca, el mar extático y la selva una fiebre verde cayendo desde los riscos. A veces llegan barcos repletos de turistas que bajan entusiasmados (la visión del paraíso siempre embriaga) pero rápidamente los cansa la desolación, la ausencia de música y de bares, y entonces se van. Yo no. Yo permanezco.

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Boracay, como casi cualquier rincón de Filipinas, está repleta de occidentales y cada occidental –en diversos estadíos de edad y de guapeza- lleva a su filipina de la mano. Si yo hubiera venido aquí como periodista sería capaz de contar, ahora, cómo funcionan esas relaciones, por cuánto tiempo se establecen, de dónde vienen esas chicas, hacia dónde van esos señores, cómo se paga y qué. Pero no tengo ganas de averiguar nada y me limito a contar lo que veo, que es la peor forma de contar: sin entender. En el hotel hay un hombre de unos 55 años, carpintero, canadiense, que está con una muchacha a la que presenta como “la dulce Gina”. El y la dulce Gina han estado en la isla de Cebu, comiendo con el padre y la madre y la hermana de la dulce Gina, y dice que gracias a la dulce Gina este ha sido un viaje maravilloso que no olvidará cuando regrese a su casa, de donde espera partir el año próximo para conocer la India. La dulce Gina asiente y dice que él es un caballero y que a sus padres les ha caído muy bien. Yo no entiendo nada pero me limito a sonreír y me quedo admirando la piel de los labios de la dulce Gina, que es realmente una muy linda piel.

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Todos opinan: que El Nido, al norte de Palawan, es lo mejor. Que Coron es mucho más bonita porque es más salvaje. Que Bantayan, al norte de Cebu, es perfecta. Que Bohol. Que Negros. Que Camotes. A veces, cuando reviso el mapa y veo las siete mil islas, me siento como cuando entro a un centro comercial gigante en una ciudad desconocida. La acumulación –de cualquier cosa- me abruma. Quiero decidir rápido, quiero saber exactamente dónde debo ir.

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El día está nublado y, en medio de un calor de incendio, camino más de dos horas hasta una cueva de murciélagos. Atravieso poblados, huellas entre pastizales y un breve sendero de selva. Finalmente, la cueva no es cueva sino un hoyo tenebroso que se hunde en la tierra y del que brota un chirrido fúnebre. Me voy como he venido –sin ver nada- y tomo un desvío hacia una playa pequeña llamada Illig Illigan. Me quedo leyendo y mirando las formaciones calcáreas que brotan del mar espeso y me pregunto por qué caminé dos horas hasta un sitio repleto de los únicos animales de la creación que me producen un pánico cerval. Quizás por eso.

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Cada atardecer la playa parece un set de fotografía. Todo el mundo se toma fotos con cámaras profesionales, trípodes sofisticados, enormes zooms que compran en Honkg Kong, que está a dos pasos y que cuesta poco: tres días con sus noches en un hotel cuatro estrellas y pasaje aéreo se consiguen por 400 dólares. Muchos van a hacer sus compras como quien parte por el fin de semana a Punta del Este.

Cada noche los restaurantes de la playa exhiben en larguísimas mesas pescados varios, calamares, langostinos y langostas de tamaño jurásico. Las langostas no se venden tan fácil y, si se presta atención, se puede ver que las más grandes reaparecen noche tras noche en las mismas bandejas sin hielo. Me digo que nada de todo eso puede estar en mal estado porque, si no, la calle sería un vomitorio. Y no es.

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Corro descalza por la playa. Cuando regreso al hotel veo que tengo las plantas de los pies cubiertas de petróleo. Me pregunto en qué clase de persona me estoy convirtiendo si no me di cuenta de que he estado caminando sobre medio centímetro de petróleo las últimas dos horas. Recojo un trozo de jibia y me raspo las plantas, pero quedan restos que terminaré de remover con el paso de los días y con la ayuda de un jabón para lavar la ropa que parece un jabón para destruir la ropa hecho para sacar petróleo de los pies.

Me digo que tengo que irme porque, si no, no me iré nunca. No hay nada más peligroso que la comodidad. Entonces me voy a Cebu.

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El avión llega a Cebu temprano en la mañana. Tomo un bus de cuatro horas hasta un puerto llamado Maya y, de allí, un bote de una hora hasta la isla de Malapascua. En el bote van dos chicas israelíes de 23 años. Recorren los mejores sitios de buceo de Asia, llevan mochilas ínfimas y tienen esa clase de buena disposición –todo lo pueden comprender, todo les parece formidable- que a mí siempre me ha parecido una forma primermundista de la condescendencia. Cuando llegamos preguntan cuál es el hospedaje más barato de la isla. Alguien les da un nombre, y ellas saludan y se van. Yo, en cambio, demoro una hora y media en conseguir un cuarto con agua caliente y una cerradura firme. Al día siguiente paso por el sitio en el que se hospedan, pregunto precios y pido ver una habitación. Quedo admirada. No cualquiera decide que un calabozo es un buen lugar para pasar las vacaciones.

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Malapascua es una isla que se recorre en dos horas a pie. Yo quería venir aquí, entre otras cosas, por eso. Me gustan las islas donde hay nada para hacer excepto leer, caminar y mirar las cosas que hay debajo del agua. Malapascua es uno de los mejores destinos de buceo del mundo, un lugar salvaje donde hasta hace poco no había luz eléctrica. El agua de las cañerías es agua apenas desalinizada y no hay hoteles de cadena ni restaurantes de lujo. Las casas son una cruza ornitorrinca de vivienda con basural: un par de habitaciones endebles junto a una montaña de pañales, cáscaras de cocos, botellas de plástico, pescado. Los gallos de riña están por todas partes, la cola en pompa, la rabia en el pico. En las mañanas cantan al unísono y eso puede ser –y a veces es- desesperante. Pero yo siempre soy feliz en una isla.

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Buscando llego a una casa que se anuncia como cybercafé y tiene tres computadoras. Para que funcionen hay que ponerles monedas. Cada vez que meto una moneda recibo una descarga de electricidad. Por las noches, en los restaurantes que balconean sobre la playa, los europeos y los gringos se sientan munidos de tablets y blackberrys y pasan ratos inmensos sin levantar la vista y sin hablar entre sí. Un día alquilo el barco de un padre y dos hijos –el más pequeño ha fabricado un arpón con el que caza peces que en cualquier acuario costarían docientos dólares- y voy a ver el arrecife, y en todas partes –en torno a una roca, en torno a un barco hundido, en torno a una plataforma para reabastecer equipos de buceo- el mar se prodiga en medusas de color violeta, morenas, peces payaso, corales laberínticos.

A eso sigue la cola de un tifón que descarga viento y agua. Se suceden días grises en los que camino por la playa mirando los restos destrozados de caracoles espléndidos que deja la marea.

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En el barco de regreso hacia la isla de Cebu, un japonés llamado Nao, de 61 años que parecen 40, se ofrece a llevarme en su auto –que lo espera en el puerto de Maya- hasta Bogo, desde donde puedo tomar un bus a Cebu. Nao conduce su pequeño Honda con prudencia impecable y dice que se retiró a los 48 y que desde entonces recorre siete países por año. Tiene –o dice tener- una casa en Tokyo, otra en Bogo, otra en Cebu, otra en Beijing, otra en Shanghai, otra en Rio de Janeiro, y me muestra fotos y me invita a ir, cuando yo quiera, a todas esas casas. Habla un pésimo inglés. Al llegar a Bogo buscamos la terminal de buses durante un rato. Cuando la encontramos, el autobús de Ceres Lines –aire acondicionado, tres horas hasta Cebu- está a punto de partir. Nao me ayuda a meter la mochila en el maletero, me regala caramelos y se queda mirando y diciendo adiós hasta que el bus se va.

A veces todo permanece inexplicable.

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El bus demora tres horas hasta Cebu y –como casi todos los vehículos a los que me he subido en el último mes- parece a punto de chocar dieciocho veces. El viaje termina en la terminal Norte de Cebu y, de allí, voy en taxi hasta la terminal Sur desde donde debo tomar un bus de tres horas hasta Moalboal, en el otro extremo de la isla. Los buses a Moalboal salen de la puerta nueve, en la que hay una multitud haciendo fila. Cada vez que un bus estaciona, la gente se abalanza, arroja sus bultos por las ventanillas y emprende una lucha cuerpo a cuerpo para subir. Después de esperar un rato, un maletero me indica que mi bus es el próximo. Cuando aparece, tomo la mochila, la arrojo a los pies del maletero y me sumerjo entre los cuerpos que luchan por entrar. Cuando subo, encuentro un sitio libre y me siento. Pero entonces veo que el maletero me hace señas frenéticas: este no es el bus, sino el que viene. Salir es todavía peor. Camino sobre los asientos, piso gente, bajo y vuelvo a abrirme paso hasta la puerta del bus correcto. El forcejeo se repite y encuentro un asiento junto a un tipo que lleva un gallo. El maletero me hace una seña de aprobación y le paso la propina por la ventana.

Las luces del bus son mortecinas y ya es casi de noche. El pasillo está bloqueado por gente -sentada en asientos desplegables- y en el televisor pasan una película de simios, sin volumen y sin subtítulos. Por la ventana veo casas de madera, luces famélicas, ciudades con mercados rutilantes. El bus llega al Moalboal a las nueve y estaciona frente a una farmacia. Desde allí tengo que tomar un triciclo hasta la playa, Panangsama. Me subo al de un hombre de bigotes mexicanos, llamado June. Por el camino recoge a su mujer y a su hijo que se montan con él en la moto. Veinte minutos más tarde, se detiene frente a un hotel en un poblado dormido. Hay viento y empieza a llover y se escuchan las olas golpeando contra un risco, pero al día siguiente, cuando despierto, sobre la corteza de un árbol que se ve desde la ventana, caen rayos del sol.

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Alquilo una moto a cinco dólares y, en las tardes, salgo a mirar. Hay mercados, carnicerías, puestos de verdura, farmacias, arrozales, granjas, zapaterías. Siento que estoy, por primera vez en semanas, en un sitio real. Un día, en la ruta, me cruzo con un grupo de personas que corren detrás de algo que parece un carro. Cuando me acerco veo que es un ataúd sobre un catafalco con ruedas. Los corredores empujan el ataúd y los sigue una camioneta pequeña, cargada de gente. El cortejo se desvía hacia un poblado y yo decido extremar mi método: no seguirlos. No ver.

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Paso por arrozales, paso por un estadio para riñas al que parecen haberle arrancado un pedazo a mordiscones. Veo un árbol del que cuelgan miles de hojas de papel en las que la gente escribe sus deseos. Buscando un jardín de orquídeas doy con un criadero de gallos; el dueño hace pelear a dos y me enciende la sangre ver esa batalla cruel que ya he visto muchas veces, quizás demasiadas. Voy a una playa llamada White Beach -los filipinos no tienen imaginación para el bautismo- y camino mirando las escolopendras monstruosas que quedan atrapadas entre las piedras con la marea baja.

Y todas las mañanas bajo al mar.

Todas las mañanas bajo al mar.

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A cien metros del sitio donde duermo y desayuno, en un mar sin playa y sin orilla, hay lo que no tiene olvido. Tortugas gigantes, coral flamígero, peces como flores incendiadas. Aunque el agua está repleta de medusas que me hacen arder la piel, aunque tengo frío, aunque tengo fiebre, día tras día me sumerjo en ese mundo de sexos helados, de escamas, de venenos. Persisto en ese empeño porque no he venido aquí a buscar nada y, sin embargo, sé que aquí he encontrado alguna cosa. Que me guardo.

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Ceno todas las noches en un restaurante vacío. El parrillero, que viste shorcitos de jeans y se peina con trenzas, se llama Reynaldo. Siempre pido lo mismo: pollo con sal y limón, ensalada de pepinos. Después voy a tomar cerveza al bar donde atiende Evelyn. El bar queda en una esquina, las banquetas de la barra están sobre la calle y hay algo en eso, en esa ausencia de fronteras, que me resulta irresistible. Evelyn es hermosa y altiva y dice que se marchará a estudiar hotelería a Cebu. Cuando paso y la veo conversando con clientes, sigo de largo. No tengo idea de cuales sean los negocios de Evelyn, pero prefiero dejarla en paz.

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Un día entro al mar y sé que va a ser la última vez. El agua se abre como una tela fuerte y precisa. Nado sobre el arrecife, lo cruzo y, cuando llego al filo, me calzo la máscara y miro la ladera del abismo, la profundidad azul y tenebrosa. Y empiezo a decir adiós a todas esas cosas. A cada una.

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La mañana de un celeste puro en la que me voy subo a una van para seis donde embuten a doce. Llego a la ciudad de Cebu mucho antes de la partida de mi vuelo hacia Manila y le pregunto a un taxista cuánto me cobra por dar unas vueltas sin rumbo. Me dice que diez dólares. Me lleva a mercados. Me lleva a una plaza. Me lleva a una iglesia. Me lleva a un templo chino. Cuando le digo que necesito comer, me lleva a un Mc Donalds. Del espejito retrovisor del auto cuelga su licencia y allí se lee su nombre: Antecristo, Bienvenido E.

Dos días más tarde, en la fila de migraciones del aeropuerto de Manila, hay cuatro o cinco ventanillas con muy poca gente, y una frente a la que se agolpa una multitud. Sobre esa ventanilla un cartel dice: “Sólo para Filipinos viviendo en el extranjero”. Así es como me voy de ese país sin entender nada. Sin querer buscar explicaciones.

La crónica del deportado

Publicado: 17 junio 2012 en Alejandro Seselovsky
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Acabo de dar vuelta mi mochila sobre el piso de la terminal cuatro del aeropuerto de Barajas y la poca ropa que traje ahora está desparramada, podríamos decir que convenientemente. Estoy agachado, aguantando las cuclillas, a las seis y media de la mañana, hora de Madrid, en franca operación de búsqueda frente a la línea de control de fronteras, regulando la desesperación pero permitiendo que exhale su nervio: haciendo como que.

Llegué con otras trescientas personas en el vuelo UX 042 de Air Europa proveniente de Buenos Aires. Y excepto por mí, todos completaron sin problemas sus trámites migratorios después de atravesar ese vértigo de angustia que crece conforme avanza la fila hacia el puesto de control, conforme vamos llegando hasta la exacta entrada de lo que vinimos a cruzar: musculitos en las puertas de las discos, agentes de migraciones en las puertas de los países: entrar, no entrar, esa inminencia.

Yo me quedé atrás, los dejé ir hasta que pasaron todos, hasta que todos estuvieron ya en Madrid, que es eso que se ve al otro lado de los puestos de control y que me sugiere la posibilidad de que este lugar sobre el que acabo de desparramar mis cosas no lo sea: que esto no sea España, que todavía no sea España: será su palier. Y entonces: ¿sobre qué lugar del mundo vengo a estar? Digamos: ¿dónde estaríamos? ¿El palier es la casa? ¿La antesala de las cosas son las cosas? Sigo sacando medias, a la espera de que alguien venga a preguntarme qué perdí.

Grafiti: “La próxima vez entren por Lisboa”

El hall de arribos, a esta hora, es una inmensidad vacía: nada, nadie. Esperaba provocar las alarmas del sistema quedándome quieto en un sector de alto tránsito pero no consigo que me adviertan y como no tengo todo el día, voy a tener que ir yo mismo a sacudir el sueño de la seguridad en Barajas. En esta España que aún no es, sobre un costado, junto a unos baños, hay una oficina de información turística. Me acerco, una chica muy rubia y delgada imposta la sonrisa para preguntarme qué lugar de la península quisiera conocer. Afuera aún es de noche y el avión del que bajé sigue ahí, puedo verlo a unos trescientos metros sobre la pista. Le digo que tengo un problema, le miento:

—Perdí mi pasaporte, no sé dónde está.

La sonrisa se le deshace en la cara:

—Eso es un problema.

Después hace un llamado, le habla a alguien de mí y de mi circunstancia, confirma los datos de mi tarjeta de embarque y me dice:

—Ya van a buscarlo en el avión, ¿seguro que no lo tienes contigo?

Guardo las cosas, cruzo el lugar y me dejo caer sobre unas sillas: la espera es el tempo de los aeropuertos y yo ahora tengo que esperar. Frente a mí van pasando otros grupos de personas que bajan de otros aviones: mujeres con saris, hombres con turbantes y esas caras en las que reconocemos la íntima complexión del extranjero, caras como la mía que en el Coto de Corrientes y Juan B. Justo no quiere decir nada pero que aquí, sobre la alfombrita de bienvenida de la Unión Europea, también, como a los demás, me vuelve lo que en un rato me van a explicar que soy: un nacional de tercer país, es decir, traduciendo, uno que no es de acá, uno que vino de afuera, uno que quiere entrar.

La chica de la folletería turística me hace señas. Voy, me paro frente a ella, me ilumino de esperanza y finalmente la escucho decir que no han encontrado nada en el avión, que alguien de policía migratoria ya está viniendo para acá. Se hicieron las ocho de la mañana, afuera se hace de día, el avión en el que vine ya no está y un pibe alto de pelo colorado cortado al ras y con un escudo sobre la manga que dice Cuerpo Nacional de Policía, me encara, bien, correcto, y sin mucha vuelta me pregunta:

—¿Qué ha pasado?

Es un pregunta abierta y, si fuéramos gente completamente honesta, su respuesta debería ser: mire, oficial, hay dos sujetos en un lugar de España que pensaron que yo podía tomarme un avión hasta acá para luego fingir que no tengo en mi poder la documentación correspondiente y así hacerme detener, dejarme llevar hasta el sector de inadmitidos y luego, ya de vuelta en mi país, escribir un relato acerca de cómo son las cosas aquí adentro, adentro del lugar donde usted va a llevarme ahora, al que usted ya me está llevando. Ellos, estos sujetos de los que le hablo, oficial, son un par de viejos conocidos que están haciendo un revista y quieren historias como esta, como la historia que usted y yo estamos protagonizando en este mismo instante en el que caminamos por los pasillos del destacamento policial y lo hacemos en silencio, usted un metro atrás, sin sospechar nada, con su chaleco flúo y el andar bien marcado, y yo sosteniendo una respuesta que no es.

Si de verdad quiere saber “qué ha pasado”, oficial, le cuento: mi pasaporte viaja tranquilo dentro de unos papeles doblados que lo esconden en el fondo de un bolsillo interno, a resguardo de que nadie lo encuentre y cometa la torpeza de hacerme entrar a España, con lo que se arruinaría el plan de estos viejos amigos, que también es mi plan.

Por las dudas, no traje carta de invitación, ni pasaje de regreso, ni dinero suficiente, ni tarjetas de crédito, ni reserva de hotel y antes de bajar del avión tomé la precaución de enrollarme al cuello una muy perturbadora chalina palestina. Pero como con ustedes nunca se sabe, y en tren de asegurar las cosas, no tengo más remedio que decirle lo que ya le he dicho: no sé dónde carajo puse mi pasaporte.

Grafiti: “Yo soy de la ETA y voy a explotar la terminal 4 y a todos los cabrones que trabajan aquí”

Durante 2010, los casos de argentinos no admitidos en el aeropuerto de Madrid se ganaron su lugar en las tapas de los diarios a pura fuerza de la noticia: la mujer de setenta y dos años que llegó para visitar a los nietos pero que no pudo pasar y se le cagaron de risa y le quitaron su medicación. La profesora de historia que venía invitada por la Universidad Complutense y que tuvo que escuchar a una funcionaria del consulado argentino, una tal Valenzuela, diciéndole que llegan miles de turistas por día, que los sacan de la fila al azar y que esta vez le había tocado a ella, que qué se le va a hacer; y además estaba embarazada, la profesora, y además, cuando volvió, perdió el embarazo.

De golpe, algo se instala: lo real, que no es eso que sale en la televisión. Hay quilombo en Barajas, seiscientos argentinos inadmitidos durante el año, indignación popular y un grito de corazón: “¡Españoles putos!”. Así se expresan los pueblos cuando la que los expresa es la tele. Total que nos vinimos, dejamos una Argentina que tenía en Néstor Kirchner, en principio, a un sujeto con vida y ahora estamos acá, en una sala pequeña con un puñado de sillas, donde me pidieron que esperara. En la pared, un cartel con membrete del Ministerio del Interior y la Guardia Civil dice: “usted va a ser sometido a una inspección minuciosa en 2da. línea según lo establece el Art. 7 del Reglamento (CE) N° 562/2006”. Una pena que diga “sometido”, le quita calidez.

El que me viene a buscar es otro oficial: alto, completamente calvo y con una prolija barba candado. Subimos un piso por ascensor y salimos a lo que claramente es una comisaría: escritorios, computadoras, papeles y otros policías como él entre viejos armarios con viejas cajas encima que dicen, por ejemplo: “inadmitidos jun 99”. Me siento frente al señor oficial, que se ve que los aviones de combate lo estimulan porque tiene su pared repleta de pósters: aquí vemos un Sea Harrier, aquí un caza bombardero. Entonces, por primera vez desde que llegué, España, la Unión Europea, me hablan y me dicen: que voy a ser interrogado, que el Estado español va a designar un abogado para que oficie mi defensa y que, luego del interrogatorio, se me comunicará si puedo ingresar o si tengo que volver en el primer avión de Air Europa que salga para Buenos Aires. Le explico que no tengo pasaje de vuelta, me dice que el regreso corre por cuenta del Gobierno de España.

Dos mujeres policías me vienen a buscar. Una, con unos grandes dientes ingleses, y enérgica. La otra, gordita, contenta porque se va a casar. A las dos las hemos visto tantas veces en todas esas películas de Almodóvar, chicas de las clases populares madrileñas con empleo ingrato y sueños por cumplir. Las dos son muy amables cuando me piden, en la sala de requisa, que saque todo lo que traigo en la mochila. Voy a tener que dejar la cámara de fotos, el celular, el reproductor mp3, y si tengo lapiceras, tampoco las puedo ingresar:

—Aquí todos quieren dejar lo suyo en las paredes —me dice— quejándose, la mujer de los dientes. Le explico que solo tengo un lápiz negro. Me dice que lápiz negro no hay problema. La otra mujer, por su parte, saca los papeles entre los que está escondido mi pasaporte, los pone sobre la mesa y los deja ahí.
—Si llegás a encontrar mi pasaporte ahora, le pido tu mano al Rey.
—Lo siento, ya te he dicho que estoy comprometida.

Los dos nos reímos, un plato. Mirá si justo ahora: ja. La señorita oficial de policía guarda nuevamente los papales tal cual como los sacó, sin desdoblar ninguno, sin buscar entre ellos. Acto seguido, las dos me escoltan hasta el lugar que vine a conocer, el sector de inadmitidos del aeropuerto de Barajas, el limbo infame, el espacio suspendido, donde voy a compartir desayuno, almuerzo, merienda y cena con el resto de los inadmitidos del mundo.

Grafiti: “Españoles manden a hacerse follar”

El lugar es un rectángulo de unos cuarenta metros de largo, diez de ancho, con un machimbre azul que sube por las paredes pintadas suavemente de amarillo. No hay ventanas y no hay más salida que un pasillo angosto que te lleva de vuelta a las oficinas policiales. Hay ocho habitaciones pequeñas con dos camas cuchetas cada una, más unos estantes donde acomodar maletas, más unas ventanas de vidrio espeso, granulado: imposible ver el otro lado. En los espacios compartidos hay mucha luz de tubo, blanca y dura. En el alto de un rincón hay una televisión que está clavada todo el día en TVE y cuyo control remoto está en manos de las señoritas oficiales: nadie puede cambiar de canal, nadie puede apagar las luces, ni siquiera las luces de las habitaciones. Hay que pedir que apaguen, que cambien y tener bien leídas las normas de convivencia que están pegadas en la pared:

1) Para cualquier consulta, necesidad o solicitud podrán dirigirse a la asistente social, al policía o al personal de seguridad. 2) El desayuno se realizará a las diez y quince horas. 3) Toda persona que precise algún utensilio para afeitarse o asearse lo solicitará al personal de seguridad después del desayuno. 4) Queda terminantemente prohibido comer en las habitaciones. 5) El mobiliario de la zona común no se moverá de su sitio salvo que sea autorizado. 6) No se introducirán sillas en los aseos ni en las habitaciones, tampoco se sacarán almohadas ni mantas de las habitaciones hacia las zonas comunes. 7) No se acostarán en las sillas de las zonas comunes ni se pondrán los pies encima de ellas. 8) Todas las personas deberán permanecer vestidas y calzadas en las zonas comunes. 9) Las luces de las salas se apagarán a la 1:30 así como la TV y las máquinas expendedoras de refrescos. A dicha hora todas las personas se deberán retirar a sus respectivas habitaciones. 10) Al abandonar estas dependencias se recogerá la ropa de cama entregándola a la asistente social o al personal de seguridad. 11) Cuando el servicio de limpieza se encuentre en estas dependencias todas las personas deberán salir de las habitaciones.

En el centro hay tres teléfonos públicos desde donde se puede llamar siempre que tengas tarjetas y a donde también pueden llamarte, siempre que marquen el número de aquí. Junto a los teléfonos, en una prolija fotocopia, los números de urgencia de todos los consulados con presencia en Madrid más una cantidad de números anotados a mano, de apuro, en los bordes, sobre el gránulo de la pared, residuos de la desesperación, dibujos nerviosos que para alguien, por un instante, fueron la única esperanza.

Al costado, una mesa larga y sillas de plástico, blancas, de jardín. Frente a la tele, una línea de bancos de espera, tan aeroportuarios, “engamados” con el amarillito ese de la pared. Y una supuesta sala para chicos, con dos colchonetas azules en el piso y los restos de unos pocos juguetes. En ninguno de los dos baúles guardajuguetes hay juguetes, pero en uno quedó un dibujo: ese papel es mi primer contacto real con la angustia del encierro. No puedo decir que yo la sienta, pero sí que por primera vez la veo en toda su negrura con ese avión en picada que es devorado desde adentro por un siniestro cangrejo rojo de pinzas gigantes, todo con el trazo de una persona de seis años, siete, y que firma como Jonathan.

En las “zonas comunes” la temperatura es ambiente, podés estar tranquilo de jogging y remerita y el clima general es de cierta aburrida distensión, el desgano de la gente que espera. Sobre las bancas, un poco recostadas, dos chicas miran televisión. Hay unas botellas de agua mineral, unas mantas enrolladas y una Biblia. Las chicas hablan en portugués y llevan dos días acá adentro.

Cleiza, veintiséis años, morena, la cara fuerte y el pelo recogido, un embarazo de cuatro meses encima, con un novio español —el padre de la criatura— que se pasó estas tardes en el hall del aeropuerto, pero sin carta de invitación, el documento que reemplazó al visado tradicional. Y Rafaela, blanca, de treinta, profesora de español, que trajo la carta pero no los sesenta y dos euros por día que te piden en migraciones —las veces que se les da por pedirte—. Las dos son bautistas evangélicas y las dos saben que mañana a la noche van a estar de vuelta en Brasil, una en San Pablo, la otra en Curitiba. Se me ocurre contarle a Rafaela de qué se trata, por qué estoy acá y de pronto algo se le enciende en la cara: me dice que apenas llegue ella también va a ir a los diarios, a las radios y a los canales de televisión a contar este atropello. Le digo que en Argentina viene siendo un tema, me dice que qué bueno que le di la idea, que las cosas no pasan porque sí, que yo debo ser un enviado de Cristo.

Estoy hablando con las chicas cuando la vigorosa oficial de los dientes de piano asoma desde el pasillo y, grácil, etérea, me pregunta:

—¿Has desayunado?

Aldonza Lorenzo con placa policial queriendo saber si tengo hambre: una madre. Enseguida me trae una especie de strudel relleno con pastelera y una taza de café. Empiezo a preguntarme por todo ese maltrato. El café tiene nata, pero eso puedo manejarlo. Un buen “sudaca de mierda” me aseguraría la realidad, la enunciaría como la estaba esperando, y así estaríamos todos más tranquilos. Pero el insulto no aparece, no va a aparecer. Lo voy a comprender después.

Pregunto si me puedo dar una ducha y entonces conozco a Olga, que no debe llegar a los treinta, relajada, muchos colores en la ropa, la reserva humanista entre las fuerzas del orden, nuestra asistente social, o sea: la persona que nos da las toallas, el champú, el desodorante, las mantas, las sábanas de abajo, las de arriba, la funda para la almohada y la que, por diez euros, me vende dos tarjetas con cien minutos para hablar a Buenos Aires. Estoy marcando una larga combinación de números y prefijos cuando me vienen a buscar. Otra vez en la comisaría, otra vez frente a mi oficial de bienvenida y los aviones de combate. Comienza el interrogatorio, por suerte lo tengo de mi lado al doctor Romojaro.

Grafiti: “Fuerte Apache entra a España como sea”

Arturo Merelo Romojaro es flaquito, pelicorto, un hombre breve. Ha sido designado como mi abogado oficial y no va a hacer ningún comentario durante los ocho minutos de la entrevista, que consistirá en unas pocas preguntas básicas:

—¿A qué vienes a España?
—A visitar a un amigo.
—¿Tienes reservas de hotel?
—No.
—¿Tienes carta de invitación?
—No.
—¿Tienes boleto de regreso?
—No.
—¿Traes dinero?
—Cien euros.
—¿Me los muestras?

El policía escribe, imprime, sella y me informa que voy a tener que esperar unos minutos hasta que se me comunique la decisión con respecto a mi caso. Mi abogado y yo nos vamos a otra sala. El doctor Romojaro, perspicaz, me dice:

—Es probable que no te dejen entrar.

Parece que esta sala vacía en la que Romojaro y yo contamos los minutos solía ser una sala llena en los días de la gloria económica española, los buenos días del primer Zapatero y el pleno empleo. Parece que esto estaba lleno de personas que venían a buscarse un destino, el destino que fuera, y que entonces las cosas eran distintas y que el maltrato era como dios manda maltratar, no esta mariconada. Que ahora hay poca gente y muchos ojos mirando. Después, como dejando caer un pensamiento al paso, Romojaro me pregunta:

—¿Piensas recurrir?
—¿Qué sería recurrir? ¿Apelar?
—Claro.
—¿Tiene sentido?

El doctor Merelo Romojaro se acomoda en la silla, cambia la voz a modo semi confidencial y, como no queriendo tener que decirlo, me dice:

—Es que si recurres, a mí me pagan el servicio, ¿comprendes?

De pronto, Romojaro tiene la habilidad de hacerme sentir como en casa, así que le digo que sí, que desde ya, que cuente conmigo.

Nos llaman. La respuesta es no. Entro a firmar toda clase de papeles, incluida la apelación, incluido el documento que me informa que los nacionales de terceros países que han sido inadmitidos deberán regresar al mismo punto de origen y por la misma compañía aérea en la que vinieron.

Haber llegado a Madrid por Air Europa me garantiza alta frecuencia de vuelos hacia la Argentina, pero si viajaste por Air Tanzania capaz que tenés que esperar unos días y así es como inadmitidos de banda negativa se pasan una semana entera en el lugar de detención donde yo voy a estar veintiocho horas. Otro papel dice que vuelvo a Buenos Aires mañana temprano.

De nuevo en las zonas comunes, me meto en mi habitación, hago mi cama, me acuesto boca arriba y veo, en los listones verticales de la cama que tengo encima, la escritura agónica de los encerrados: el grafiti, una literatura. Busco en la otra cama, y también.

De golpe me doy cuenta de que están en las paredes, por todas partes. Con la sensación de estar descubriendo algo que había estado allí precediéndome, empiezo a copiar. Estoy llenando las hojas de mi cancherísima libretita Moleskine cuando un pibe morocho, con las narinas enrojecidas y una expresión general de derrota, abre la puerta y me pregunta:

—¿Eres el argentino?

Nicolae tiene treinta y cuatro años, nació en Focsani, capital de Vrancea, setenta mil habitantes a orillas del río Milcov, centro-oeste de Rumania. Descastados, desclasados, los rumanos en España forman uno de esos colectivos migrantes que se vuelve lugar común vapulear, el perfecto mojón para el ojo idiota. Ahora, uno de esos tipos, comparte habitación conmigo.

Sentado en el borde de la cama, Nicolae me cuenta que viene de Londres, que tiene dos hijos, que a uno le puso Raúl por la estrella del Real Madrid, que estuvo casado, que fue albañil y también cosechó la vendimia, que la primera vez que llegó a Madrid no sabía una palabra de español, que la última se fue sintiendo que España era su patria.

Me cuenta, Nicolae, que vino a lo que vienen todos, a ver si la materia de sus sueños estaba acá, si acá estaban el auto, la casa, la mujer, la vida que en Rumania no. Se desengañó pronto y entonces empezó a robar.

—¿Robar qué?
—Ropa, gafas para el sol, whisky. El whisky es lo que mejor rinde.
—¿Revendías?
—Claro, todo. Por una botella de whisky me daban cinco euros, y con eso comía.
—¿Dónde robabas?
—En cualquier tienda.
—¿Nunca te atraparon?
—Pocas veces.
—O sea que sí.
—Pocas veces.

Grafiti: “Cálmense y solo repitan Jehová es mi pastor”

El almuerzo viene en unas bandejas plásticas, parecidas a las del avión. Hoy tenemos milanesa de pollo con papas fritas, más un cuadradito de ensalada verde con dos tomates cherry, más un guiso de lentejas más botellita de agua mineral más postre: flan, en pote. Pido sal pero no queda. Un lugar donde calentar un poco las lentejas, pero tampoco. Después de comer, aquí, en Barajas, arranca un nuevo día.

La luz, invariable, es, aquí dentro, un correlato del invariable reloj interno: todo está como detenido, no hay acción hacia delante, no hay devenir. Solamente algo se mueve, se sobresalta, cuando suenan los teléfonos. Siempre atiende el que está más cerca y después, por ejemplo, comunica:

—¡Álvaro, de Venezuela! ¿Está Álvaro de Venezuela por ahí?
—Sí, aquí estoy.
—Tu hermana.

Pero pueden pasar varias horas sin que nadie llame y entonces lo que queda es ver televisión, queda la nada: es un poquito para matarse. Yo salgo en unas horas, pero otros empiezan a ver pasar los días: “Aquí vivió nueve días una paraguaya”, dice en la pared de mi cuarto. Por eso, nueve días, para matarse.

Son las tres de la tarde y la gente está ahí sentada o, como Nicolae, durmiendo. Y todos en este paisaje de lo quieto, de lo que no es, sumergidos en una babosa letanía de hibernación, enfrentando como podemos al monstruo que ya no es la frustración ni el enfado, sino el hastío, la muerte en bicicleta, la hiper conciencia del tiempo que te prende fuego la cabeza y que te deja frente al enunciado inevitable de una línea atroz: me aburro. A partir de ahí, lo que queda es mirar el vacío hasta que te vengan a buscar, es decir, para siempre.

Nos saca del sopor una repentina delegación de ochos personas, que incluye a un par de mujeres de trajecito con carpetas en la mano, muy rubias, de ojos casi transparentes que hablan algo a lo que no le podemos llamar ni inglés ni español. Las acompañan otros dos sujetos y nuestras oficiales amigas de siempre más un pelado con borceguíes que les da órdenes. El traductor traduce: aquí se come, aquí se duerme, aquí se vive. Las mujeres anotan cosas y ponen cara de ajá. Nadie se sale de su papel, tampoco nosotros. Las dos brasileritas evangélicas, Nicolae que sale del cuarto refregándose sus rumanas lagañas, Álvaro de Venezuela y un enfermero de Melbourne recién llegado miramos a esas personas que nos miran y lo hacemos sin atrevimiento, algo quebrados, desde la penitencia. Ahí están ellos, un tour del control y la seguridad de algún consulado nórdico, y acá nosotros con nuestras remeritas de dormir, con toda nuestra “inadmitidez” al aire, como destituidos: mascotas en el canil sorprendidas en sus jaulitas misérrimas que en cuanto vuelvan a quedarse solas seguirá cada una entreteniéndose con su propio encierro. (Atroz, la línea: me aburro.)

Teléfono. Es para mí. Voy. Hernán Casciari del otro lado.

—¿Todo bien?
—Todo bien.

Parece que llamaron los del consulado argentino, que saltó el caso y que están viniendo para acá, es decir: a Barajas, a ver qué nuevo quilombo tienen en puerta. Gracias, Hernán. Hablamos. Una hora más tarde estoy otra vez sentado en el escritorio con los aviones en la pared, pero ahora no hay policía, sino dos caballeros de inconfundible acento porteño que me preguntan:

—¿Está bien? ¿Le han hecho algo? ¿Hay algo que quiera denunciar?

La tarjeta que me da Luis García Tezana Pinto dice que es ministro cónsul general de la República Argentina. Su compañero es un hippie mayorcito de barba canosa y colita en el pelo que viene a ser el abogado. Entre los dos me explican que, sin mi pasaporte, tienen las manos atadas. Me lo dicen como excusándose: mire, va a tener que volverse.

Vamos a decirlo así: pareciera que acá están todos cagados, que están expiando. Los polis no se te ríen en la cara y los consulados vienen a ver las habitaciones o a preguntarte si alguien te miró feo. Yo tenía derecho a la degradación del inadmitido y ya ven, las cámaras apuntaron sus luces sobre este cono de sombra y ahora todos dicen gracias y piden por favor.

Después de firmar nuevos papeles, el Ministro y su abogado fumón empiezan a levantar campamento. Entonces les pregunto:

—¿Cuál es la cuestión de fondo en el problema de los inadmitidos?

Tezana me responde sin sacarle los ojos al sobre donde está metiendo sus últimos papales:

—La cuestión de fondo es que acá no hay laburo para nadie.

Grafiti: “Estos españoles tienen euros pero no tienen educación. Aguante Chile aguante Latinoamérica”

La noche es el mismo bodrio del día pero con menos informativos y más doctor House, que dice lupush porque está doblado al castizo, como todo aquí en España: un infierno. Vemos los goles de la fecha y el pronóstico del clima para Madrid, Valencia, Sevilla, Cataluña. En el corte, un aviso de Activia, que en España es verde. Raro: en mi país los modelos de Activia que cagan bien usan el violeta. Será la multiculturalidad.

Una chica negra, pequeñita, con unas trenzas hacia atrás, vestida con un saquito marrón de media manga, entra al salón y deja su bolso en el piso. Está temblando y lleva el susto en la cara. Avanza hacia los teléfonos, llama, cuelga, sale llorando de ahí y va a sentarse. Ahí se queda, bajando un llanto apretado, para adentro, el llanto de alguien que ni siquiera espera desahogarse. Estoy tratando de comprender lo que le pasa cuando llega la cena: cuadraditos rebozados rellenos de jamón y queso acompañados por unas rebanadas de chorizo colorado. La chica, que se seca las lágrimas e intenta comer algo, tiene veinticinco años, es nigeriana y no habla una palabra de español. Tuvo problemas con su carta de invitación y no tiene a quién avisar. Está muerta de frío. Le traigo el buzo rojo que nunca le devolví a mi amigo Rodrigo Lara y se lo pone. Su bandeja es la única que lleva una etiqueta que dice: “musulmán”. Y le faltan las rodajas de chorizo.

Para la una, solo quedamos Álvaro de Venezuela y yo, mirando Tonterías las justas, y comprobando que la televisión atraviesa una crisis creativa en todas partes del mundo. Álvaro es moreno, debe pesar unos cien kilos y tiene a sus tres hermanas en Valencia casadas con tres españoles que, supuestamente, están ahí afuera viendo cómo hacer para que finalmente entre a España. Álvaro es de Sabana Grande, un barrio de Caracas, donde tiene un ciber y locutorio y su esposa no sabe nada de él desde hace cinco días. Eso no parece preocuparlo especialmente, pero de todas formas le ofrezco mi tarjeta, por si quiere llamar. Álvaro me agradece, creo que somos amigos.

A las ocho de la mañana del día siguiente, una mujer oficial, con la desaprensión de los desconocidos, grita mi nombre. Asomo desde la habitación y la veo ahí parada, mirando al piso. Cuando me ve aparecer hace sonar su música:

—Te marchas.

En tres minutos cierro la mochila y salgo. Nicolae ya no está y en la habitación de al lado duermen las dos brasileñas con sus biblias bajo la almohada junto a nuestra nigeriana inadmitida, que está envuelta en una gran kanga azul con estampados naranjas y tiene el buzo de Rodri puesto, que allá fue, a buscar su destino en los guardarropas africanos. En la sala de requisa me devuelven las cosas: el celular, el reproductor, la cámara de fotos.

Después caminamos hacia la pista donde está el patrullero que me va a llevar hasta la escalera del avión. En medio de un silencio penitente, me subo a la patrulla. El viaje es corto y oscuro. Voy sentado atrás, soy algo que va de vuelta, lo que no fue aceptado, soy eso que, acá, no: yo, el inadmitido. Dos polis me escoltan, me abren la puerta, me depositan en manos de una azafata mayor, le entregan ellos mi documentación provisoria, como diciendo: ahora es tuyo. Todos nos ponemos serios cuando completamos el acto: los polis, la azafata, yo mismo.

Algo está pasando, algo que se recorta de la cantidad de movimientos ordinarios que se producen mientras la gente embarca, un hecho diferencial. El resto de los pasajeros que en ese momento está subiendo la escalera ve caer un auto de la policía con un detenido que sube con ellos al mismo vuelo y un poco se quedan. Vuelvo a la Argentina, que me recibirá con el cadáver tibio de Néstor Kirchner y un velorio popular en Casa Rosada. Me voy de Barajas con lo que vine a buscar, una libreta repleta de notas y un grafiti propio en la pared.

Corea

Publicado: 28 mayo 2012 en Juan Villoro
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Constancias de un mundo líquido

En un país movedizo resulta difícil saber cuánto durará un símbolo. El tigre Hodori, mascota de los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, ha caído en desuso. Sin embargo, Hechi, atigrado animal fantástico que resguarda el palacio del rey Sejong, sigue teniendo adeptos.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, la frase de Marx en el Manifiesto comunista define la sociedad coreana, donde el pasado se funde en el futuro. En una de las más famosas esquinas de Seúl, el ciclópeo edificio de la compañía Samsung (con pinta de robot decapitado), enfrenta una antigua puerta con techo de pagoda.

Es difícil saber lo que resistirá en un país que se transforma al modo de un programa de software pero no olvida la herencia de Confucio.

Desde mi habitación, en el piso 19 de un rascacielos, contemplé edificios sumidos en la bruma, monolitos de cristal que parecían honrar a los ídolos del porvenir. Allá abajo, el tráfico avanzaba en silencio. Un mundo misteriosamente amortiguado. Puentes, avenidas, coches, edificios en construcción. Un frenesí insonoro.

En una película, esa imagen iría acompañada de música. Los sonidos vuelven próximo un paisaje que nos excede.

Oí un grito en el pasillo. Alguien parecía sufrir un ataque. Me asomé: dos ejecutivos caminaban en calma, pero uno de ellos gritaba. Aunque no entendí nada, el impasible gesto del interlocutor me hizo saber que el estertor era normal.

Regresé a la ventana. Después de los alaridos, la ciudad me pareció una abstracción sedante.

Una computadora controlaba las luces del cuarto. En el baño, el excusado Toto, de invención japonesa, ofrecía una higiene de laboratorio con artilugios que soplan y lanzan agua en intensidades que van del chorrito elemental a las fuentes brotantes. El mando de controles semejaba la tableta de una civilización lejana, un Código Hammurabi del futuro.

Pensé que mi sensación de extrañeza dependía del espacio, el piso 19 ante los rascacielos de cristal, pero dependía del tiempo. Vivía 16 horas después que en México. Además, había envejecido nueve meses. En Corea la edad se mide a partir de la concepción. Curiosamente, me afectaba más adelantarme un día a mi familia que tener un año más.

Los coreanos se bautizan dos veces: asumen un nombre para Oriente y otro para Occidente. El oído oriental acepta que alguien se llame Keith, Pancho, Calibán o Vanessa Yadira. En cambio, Occidente se pasma ante los nombres orientales. En mi infancia, no me perdía un episodio de Hawai 5-0, la serie que comenzaba con una espectacular toma del oleaje marino y las vibrantes guitarras de Los Venturosos. Luego un locutor decía los nombres de los protagonistas hasta llegar a: “… y como Chin Ho Kelly, Kam Fong Chun”. Escuché esos créditos en 39 episodios y sus repeticiones, y sólo retuve el nombre de Kam.

En Corea conocí a Daniel, CEO y único miembro de Tradech Global, compañía de exportaciones. Por primera vez trabajaba como guía para el Ministerio de Relaciones Exteriores. Quería practicar el español que habla a la perfección (pasó la adolescencia en Chile, donde su familia emigró para hacer negocios). Su microempresa vende gorras de beisbolista. Me contó con orgullo que Corea del Sur domina más del 50% del mercado mundial de gorras, incluyendo las que se usan en la Serie Mundial. Su mayor ejemplo es Pek Song Hak, huérfano de la guerra entre las dos Coreas, que comenzó a vender sus productos en la calle. Actualmente preside la compañía Young An, que hace negocios en 55 países.

Daniel comparte oficina con otras tres empresas (cada una de un miembro). Los trámites para fundar un negocio tardan como mucho una semana. La expansión coreana se debe a transnacionales como LG, Hyundai y Samsung, pero también a la proliferación de pequeños comercios. Los megaconsorcios no han ahogado las iniciativas individuales. En ciertos ramos decisivos, como las farmacias, no hay monopolios ni grandes cadenas, y numerosos supermercados están siendo sustituidos por pequeñas tiendas de comida.

En el Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Seúl, una fotografía de Limb Eung-sik resume los años cincuenta, cuando el país estaba sumido en la miseria. Un joven se recarga contra un muro y mira al suelo con abatimiento. Un sombrero de paja le da un aire de campesino que busca suerte en la ciudad. A sus espaldas, dos hombres se dan la mano, gesto que en Corea se usa más para cerrar un trato que para saludar; han tenido mejor destino que el protagonista de la imagen, del que pende un letrero: “Busco trabajo”. Es una cruda escena de posguerra, pero también un anuncio de lo que vendría después: no hay duda de que esa persona consiguió empleo.

Actualmente Corea del Sur tiene la máxima conectividad del planeta. El motor de búsqueda más usado es un invento local: Naver. Google es ahí una herramienta minoritaria.

Una de las aplicaciones más socorridas del navegador es el conteo regresivo del presidente Li-Myung Bak, empresario de Hyundai en el área de construcciones que despertó grandes expectativas y dilapidó su popularidad. La oposición medía el tiempo que le quedaba en el poder. El 7 de junio, a las 9.30, disponía de 591 días, 14 horas, 36 minutos y 48 segundos.

Dos amigos japoneses pueden reunirse ante un estanque sin decir palabra y despedirse satisfechos de su reunión. Los coreanos son ruidosamente sociables y viven para preservar el jong (pronunciado “yong”), inquebrantable vínculo de la colectividad.

En el siglo XV, el confucianismo llegó a Corea desde China y transformó para siempre el cielo, la conciencias y las costumbres. Uno de sus ideales es el de alcanzar la plenitud en la vida en común. En el siglo XIX, Nietzsche ofreció un improbable eco a Confucio: “Uno siempre está equivocado. La verdad empieza con dos”. El jong es la expresión popular de este principio. Lo que no se comparte no vale la pena. En un restaurante resulta ofensivo pedir platos individuales; hay que meter las cucharas en el mismo guiso.

Estar juntos ante un plato es una prioridad coreana. Pero eso no basta: hay que lograrlo con rapidez. La expresión más frecuente es “pali-pali” (rápido-rápido). El almuerzo dura media hora. Esto permite que la mesa de un restaurante tenga cuatro rotaciones de comensales. Si el primer plato tarda más de diez minutos en llegar, el servicio es pésimo (en cada mesa hay un timbre para recordar urgencias).

La voracidad coreana se explica por sus muchas guerras y el hedonismo de haberlas superado. Entre los variados guisos preferí barbacoas con salsas picantes. “Tiene apetito de posguerra”, me informó Daniel, el CEO de Tradech Global. Los más jóvenes favorecen las combinaciones de la abundancia.

La aceleración vital se extiende a la capacidad de hacer negocios: hay que ganar mientras se pueda. La vida empresarial se rige por el corto plazo. En la ansiosa Corea, la mano extendida del paciente Buda se interpreta en clave irónica: “dame dinero”.

El horizonte de innovación es tan decisivo que en 2004 la compañía LG estableció un peculiar pacto de confianza, eximiendo a su división de nuevos productos de presentar reportes de trabajo a cambio de que entregaran un invento al año. Así surgió el celular “Etiqueta Negra”, que vendió 21 millones de aparatos.

En forma lógica, un artista coreano se especializa en captar el raudo tránsito de los hombres. El fotógrafo Atta Kim hace tomas con ocho horas de exposición. En el museo Leeum cuelga su visión de Times Square: los edificios se perfilan con nitidez en la noche, entre una bruma brillante, que sugiere un polvo astral; es lo que queda del paso de la gente, la huella de una especie apresurada.

¿Es concebible que un territorio que ha sido invadido por China y Japón se dedique al lujo suntuario de hacer planes? Sí, pero todos son para hoy. “Pali-pali”: al destino se le hace tarde.

Después de la guerra con Corea del Norte, el país se sometió a un gobierno autoritario. Wang Sok-Yong, autor de la extraordinaria novela El huésped, sobre una masacre cometida por coreanos erróneamente atribuida al ejército estadounidense, y del relato “La pagoda”, sobre sus experiencias como recogedor de cadáveres durante la guerra de Vietnam, es uno de los muchos que padecieron cárcel en los años sesenta. El escritor tuvo que proseguir su obra en el exilio. No fue sino hasta 1988, con la amnistía a disidentes, que Corea del Sur transitó hacia un régimen progresivamente democrático.

Hoy las turbulencias de otros tiempos se transforman en velocidad y el pánico en gozoso apremio.

El sentido del humor, las fondas de comida exprés, la tumultuosa pasión por los deportes y el gusto por la fiesta hacen que el latinoamericano entienda Corea del Sur como un Japón “normalizado”. Además, los coches circulan del lado derecho.

Con frecuencia el aire huele a una ilocalizable descomposición. El origen del tufo es la dieta rica en ajo. América Latina no huele así, pero los rincones más entrañables de nuestras patrias suelen soltar la reveladora vaharada de algo que está rancio o se pudrió cerca o se maceró en exceso. No asociamos el progreso con esos olores contundentes; lo verdaderamente nuestro apesta un poco. En forma primitiva, Corea del Sur remite a tufos del terruño. Su alucinante desarrollo se normaliza en la nariz.

Mi primer almuerzo ocurrió en el mercado de Andong, pequeña ciudad de provincia, no muy lejos de Seúl. Los peces crudos y las serpientes marinas eran poco apetitosos. Me costó trabajo sentarme en el suelo, me golpeé con lámparas de madera y lamenté llevar zapatos de agujetas. Viajeros más curtidos me habían aconsejado usar mocasines para descalzarme sin problemas en templos y restaurantes. Pero mi espíritu depende del doble nudo. En casi todos los lugares era el único occidental. Mis maniobras se observaban con discreta piedad. Daniel me aguardaba con paciencia, comiendo su botana de nabos en vinagre. Al completar el protocolo, una mesera me entregaba un vasito de metal con agua. El gesto me hacía sentir como un peregrino que atravesó el desierto o se deshidrató por el esfuerzo de sentarse.

En la mesa, junto a los cubiertos, encontré unas tijeras, señal de que el apetito necesita atajos. En el siglo XVIII, Lichtenberg escribió que los alimentos tendrían otro sabor si los cortáramos con tijeras. Tenía razón.

El restaurante del mercado de Andong se dividía en pequeños gabinetes, como vagones de ferrocarril. En la televisión, una joven hacía el rictus inconfundible de quien sufre mucho a causa de un desgraciado. Corea del Sur es la Venezuela asiática. Sus telenovelas permiten que la llore con gusto.

En el gabinete de enfrente, un hombre de mi edad hablaba de sus experiencias en el extranjero. Decía que los peores enemigos de los coreanos son los coreanos. “Tiene razón”, comentó Daniel: “Si un policía de origen chino busca a un sospechoso en el barrio chino de San Francisco, no lo encuentra nunca; en cambio, si un policía de origen coreano busca a un coreano, lo encuentra de inmediato”. “¿Esto no contradice el jong?”, pregunté. “¡Claro que no!”, se sorprendió: “Los celos, la envidia y la competitividad son lazos que no puedes romper; forman parte del jong. Es como un matrimonio”, Daniel sorbió su último fideo.

Al salir vi una alarmante raíz de ginseng. Flotaba en una sustancia amarillenta, como un feto en formol. La incontenible energía coreana proviene en parte de esa raíz antropomorfa, que sugiere a un hermano alterado de Aquaman.

El ginseng se puede tomar en chicle, té, pastillas o caramelo. Esos derivados tienen un gusto agradable y generan un suave estímulo. Sin embargo, es difícil dejar de asociarlos con la raíz originaria, esa criatura flotante -mitad hombre, mitad nabo- que se tomó demasiado trabajo para existir.

¿Es posible sospechar tanto de una raíz? Sí, si la causa es la propia raíz. Mi recelo venía de haber bebido demasiado té de ginseng. Las ideas que provoca son suficientemente lúcidas para desconfiar de su origen.

Para mitigar de una vez por todas el aspecto del ginseng, se creó su presentación en spray. Sin embargo, esa vaporosa solución es demasiado tenue. Supongo que a medida que uno se adapta a Corea, la horrenda raíz se vuelve llevadera, del mismo modo en que en algún momento de la vida aceptamos que nuestras ideas provengan de una masa con molesto aspecto de tubérculo, el cerebro.

Breve historia de la prisa

Corea del Sur tiene la única bandera filosófica del mundo. Fue diseñada en 1883 al modo de un teoría del conocimiento. Un círculo azul y rojo representa el yin/yang, complementaria tensión de los opuestos. En las esquinas, rayas de distinto trazo aluden a la totalidad divisible en cuatro partes: los elementos, las estaciones, las direcciones del mundo.

También el escudo mexicano alude a los contrarios, pero en clave darwinista: el águila devora a la serpiente. Para nosotros la dialéctica del yin y el yang es inquietante: ¿por qué el rojo no mata al azul?

La bandera coreana representa una tensión serena que aún no se cumple en la realidad. La división del país dividido ha llevado a que Corea del Sur tenga un Ministerio de Unificación.

El 2 de junio hubo noticias alarmantes. Otra cumbre con Corea del Norte había fracasado. No se discutía por problemas de colindancia (el curso de un río que se desvía para quedarse con el agua), sino por los asuntos que preceden a una declaración de guerra: sobornos, el hundimiento de un acorazado de Corea del Sur, armas nucleares.

También se publicaba un despacho del grupo Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad. De acuerdo con esa organización disidente, el gobierno de Corea del Norte ha mandado al mundo a tres mil ciberterroristas para que aprendan “las oscuras artes de Internet”. Esa delegación superaba en número a cualquier comitiva del país. En 2010, durante el Mundial de Sudáfrica, Corea del Norte carecía de hinchada. Los organizadores buscaron voluntarios de rasgos orientales para que se pusieran camisetas rojas y apoyaran a los huérfanos del Mundial con solidaridad de coreanos pirata.

Llama la atención que los disidentes se refieran a las “oscuras artes de Internet”. Eso sugiere que no sólo discrepan del régimen sino de la modernidad. ¿Quiénes son los Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad? Imagino a atávicos calígrafos que escriben en papel de arroz, de barbas fluviales, aterrados tanto de la represión en su país como de los millones de teléfonos celulares que zumban al cruzar la frontera sur.

La mayoría de los coreanos con los que hablé en mi visita están seguros de que presenciarán la reunificación de los dos países. Aunque la guerra de 1953 dejó cerca de tres millones de muertos entre los dos bandos y el paralelo 38 divide dos sistemas políticos irreconciliables, el espectacular desarrollo de Corea del Sur infunde optimismo geográfico.

En plena frontera hay una oficina donde se discute la posibilidad de un destino común. El sitio se llama Pan-mun-chom o Joint Security Area. Unas habitaciones están del lado norte, otras del lado sur. Algún día, la misma aspiradora se hará cargo de todo el polvo.

Sería interesante que una vez lograda la reconciliación, el Ministerio de Unificación siguiera en funciones. En todos los países, el Ministerio del Interior (o Gobernación) confirma la organización vertical del poder. Transferir esas funciones a un Ministerio de Unificación significaría un desplazamiento horizontal: de los políticos a los ciudadanos.

De 1910 a 1945, el país fue dominado por Japón. Después de las penurias de la segunda guerra mundial, llegó el alivio de recuperar la independencia. En 1947, la Asamblea de las Naciones Unidas convocó a elecciones para fundar la república de Corea. La iniciativa no se acató en la zona de ocupación soviética y en 1948 el país quedó dividido. Dos años más tarde, Corea del Norte invadió Corea del Sur y ocupó casi todo su territorio. La ciudad de Busan y la isla de Incheon fueron los últimos reductos de la resistencia. Desde ahí se planeó la reconquista, con decisivo apoyo del ejército norteamericano.

Hasta la fecha, la admiración por los productos de Estados Unidos roza el fetichismo. En las afueras del mercado de Busan encontré una herencia gastronómica de la guerra: ahí se revendían bolsas del ejército norteamericano impresa en letras enormes, como para ser leídas bajo pólvora: “Warfighter recommended”. El Menú 12 incluía hamburguesa vegetariana con salsa de barbacoa (también vegetariana). Esta dieta, tan considerada con el estómago y los animales, resulta casi entrañable como producto de guerra, actividad que perjudica la salud.

En los años cincuenta el capitalismo coreano fue un triunfo de la disciplina. Abundan las historias de padres que dejaron de comer o se negaron a ir al médico para que sus hijos pudieran estudiar (La crónica de Manchwidang, novela breve de Kim Moon Soo, narra esos años duros). Sin embargo el resultado no es el de un país ascético, de disciplinados robots que anhelan trabajar más. Si algo destaca en la bulliciosa vida coreana es la urgencia para pasarla bien. No hay mayor concentración planetaria de salas de masaje, spas, discotecas, fondas, juegos electrónicos y cibernéticos, hoteles de paso en forma de castillos medievales. Una dilatada tradición del dolor se supera con placeres instantáneos.

Bastión de la pintura, las videoinstalaciones, las danzas folklóricas, el taekwondo y el chamanismo, Corea del Sur parece estar demasiado ocupada para extrañar algo. Sin embargo el anhelo de unificación indica que aún no están completos. ¿Qué puede aportarles Corea del Norte?

No es posible ver los desfiles de los ejércitos norcoreanos sin sentir que se trata de una parodia. Las marchas con saltos sincopados anuncian a una tropa extrema, que sufre la tortura para poder practicarla. ¿Hay algo encomiable en esa tiranía con bombas atómicas? Luego de largas pausas y nucas rascadas, recibí una respuesta: “Ellos tienen tigres en las montañas, cerca de China”.

Nada más lógico que lo mejor de una dictadura sea un fugitivo animal de presa cuyas rayas prefiguran los barrotes de una cárcel.

Interludio intestinal

Las ciudades coreanas están saturadas de publicidad. Casi todos los letreros promueven comida. En el río que atraviesa la ciudad de Busan una barcaza estaba anclada en mitad del agua, sin más propósito que sostener una banderola. “¿Qué dice?”, le pregunté a Daniel. “Anuncia un restaurante de patas de cerdo”. En Corea, el paisaje da hambre.

Busan es sede del shopping más grande del mundo, que forma parte de la cadena Shinsigae. Fue construido con un criterio que rara vez se asocia con las turbulencias del consumo: la relajación. Incluye un spa con suficientes piscinas para satisfacer a un barrio de Hawaii y los pasillos tienen amplitud de bulevares. En torno a una pista de hielo, hay cafeterías. La librería Kiobó ocupa diez veces más espacio que Armani.

Para el visitante del tercer mundo, lo que más sorprende en los comercios de Corea del Sur, de la tienda departamental Lote a cualquier supermercado, son los baños públicos.

En An Area of Darkness, V. S. Naipaul lamenta que la India conviva de manera tan próxima con los excrementos. Al llegar al aeropuerto de Nueva Dehli tiene la primera impresión de una constante en su viaje: “Los indios defecan en todas partes; en el suelo, en los urinarios (resultado de contorsiones de yoga que no quiero imaginar). Temerosos de ser contaminados, se acuclillan sin sentarse. El resultado es que en cada cubículo de cada baño hay muestras de su mala puntería. Pero nadie parece notar esto”.

Hay algo difícil de aceptar en los desperdicios y las deyecciones. John Berger escribió un hermoso texto sobre la más desagradable tarea que realiza una vez al año en su casa del Pirineo francés: vaciar la letrina. La mierda acumulada es el saldo del año transcurrido en compañía de su familia y sus amigos. Una rabia irracional invade al escritor mientras se ocupa del proceso, agudo recordatorio de lo que, muchas veces en vano, tratamos de sublimar.

En Occidente la defecación suele ser una actividad comercial. Los sitios caros disponen de áreas aromatizadas para la tarea. Hay baños espléndidos en los museos de arte moderno o los restaurantes de diseño (en los que a veces un mozo aguarda propina por acercarte una tolla). En cambio, el baño público suele ser el cubil de los descastados.

El viajero conoce la dimensión de la lejanía cuando sufre un retortijón. En México, Graham Greene enfermó de disentería. Había llegado al país para escribir un libro contra la persecución religiosa. No es exagerado suponer que el elocuente rencor de Caminos sin ley, se debió menos a las convicciones católicas del novelista que al malestar intestinal que lo llevó a purgar una condena en inodoros de penitenciaría y despreciar en forma inolvidable el pollo hundido en salsas.

Corea del Sur ha solucionado el tema de la higiene al grado de que no es digno de mención. Pero los extranjeros existimos para hacer comparaciones. En un país con guisos tan variados, que dependen de los favores del ajo y el picante, resulta tranquilizador que la digestión no represente el desafío moral que activó las plumas de Naipaul, Berger y Greene.

Toda solución puede producir excesos de “arte por el arte”. En plan purista se puede acusar al excusado Toto, de convertir una necesidad en pasatiempo. Con sus múltiples posibilidades y botones, el participativo aparato rebasa el marco de la higiene para proponer que la defecación y la micción se conviertan en asuntos estilísticos.

Confucio tenía razón

Pasé una noche en un hotel tradicional en Hahoe, junto al río Nakdong, el más extenso de Corea. La aldea fue fundada en el siglo XVI por un estudioso de Confucio.

El hotel de cuatro habitaciones estaba a cargo de un expublicista que huyó del estrés de Seúl. Al anochecer, me invitó una cerveza en un pequeño cuarto de madera, con vista al río. Comentó que la arquitectura china privilegia la dimensión y la japonesa el detalle; la coreana se caracteriza por su armonía con el entorno.

Caminé de noche a orillas del río. Estaba lejos, en un sitio desconocido. Mis compañeros de viaje dormían en un albergue de la ciudad antigua. Sin embargo, me sentía completamente en paz. Nada podía salir mal. El activo orden de Corea del Sur te excede en tal forma que anula las sospechas. Puedes ser ingenuo sin que eso resulte grave.

Mi cuarto tenía un techo bajísimo. Me moví ahí de rodillas. Una tina de madera, con agua hipercaliente, proponía masajes.

Antes de acostarme oí el zumbido de una avispa, tan intenso que pensé que estaba en el cuarto. Abrí la puerta corrediza. Detrás de un mosquitero, la avispa golpeaba contra la malla, tratando de entrar al cuarto.

Me conecté a Twitter. Mandé mi propia avispa: Un ecologista enfrenta el Diluvio Universal: decide salvar el agua”.

Dormí en el suelo, la cabeza apoyada en una almohada que parecía un piedra de tela.

Soñé con un actor que debía oponerse a sus parlamentos. El texto era un estimulante obstáculo. El artista actuaba contra la obra; si un pasaje lo irritaba, podía olvidarlo o modificarlo. Poco a poco, se apropiaba de lo que odiaba, convirtiendo sus parlamentos en exasperación creativa.

Desperté sobresaltado. Me afectaba dormir en el suelo, o hacerlo en la casa de un traductor de Confucio. ¿Hasta qué punto las ideas dependen del escenario donde surgen?

Un pájaro carpintero repiqueteó en un árbol y el pequeño refrigerador de mi cuarto produjo una nota aguda. Un dúo perfecto. Luego volvió el silencio. Busqué el reloj, deseando que al menos fueran las cinco. Eran las cuatro.

Me sentía despejado. Como el actor de mi sueño, que mejoraba la obra al negarla. La incomodidad había sido una peculiar forma del descanso.

Un malestar crónico: el suicidio

Entré a Twitter en el teléfono de Daniel y di con un trend topic: el suicidio. El 31 de mayo, Chung Jong-kwan, futbolista del Seúl United, se había ahorcado. Tenía 30 años. Pocos días antes, Yoon Ki-won, arquero del Incheon United, de 23 años, había aparecido muerto en su coche. Chung dejó una nota en la que pedía perdón por participar en una red de sobornos. Aunque Yoon no dejó nota, su muerte parecía deberse a la misma causa.

En las estaciones del metro, los andenes están protegidos por una sólida pared de plástico translúcido para evitar que la gente se lance a las vías.

Un efecto secundario del elevado nivel educativo coreano es el suicidio de los reprobados. En la Iglesia de Cristo, a la que pertenece Daniel, el principal desafío consiste en atender a quienes pueden pasar de las malas calificaciones a la autodestrucción. Su mejor amigo en la Iglesia es el locutor del estadio de béisbol de Seúl. La poderosa voz que anuncia bateadores brinda ahí consejos para subir la autoestima.

En la Universidad de Seúl conocí al padre Ramiro, misionero de Guadalupe nacido en Guadalajara que lleva trece años en Corea del Sur y asiste a los estudiantes. Me dijo que habían llegado a tener hasta tres suicidios en un semestre. Sin embargo, al final se impone la solidaridad. La idea del grupo –el jong compartido- predomina sobre la competencia individual. En su opinión, esto viene del confucianismo y de la pragmática necesidad de sobreponerse a la amenaza japonesa.

¿Qué tan cerca se siente un sacerdote mexicano de la comunidad coreana? Ramiro me explicó que sus feligreses tienen excesivo respeto por las figuras de autoridad; se acercan al sacerdote con veneración, pero no se sinceran. Hablan de asuntos abstractos, no personales. Tiempo después confiesan el problema que tenían cuando buscaron apoyo. Para entenderlos, Ramiro ha desarrollado una larga paciencia: se entera de efectos emocionales y aguarda años para averiguar las causas. Su estrategia recuerda una máxima de Confucio: “No importa que tan despacio vayas siempre y cuando no te detengas”.

En fechas recientes había habido una ola de suicidios de actores, modelos, cantantes y presentadores de televisión. “Los coreanos somos muy emocionales”, comentó Daniel: “No fueron suicidios planeados sino arrebatos”. A pesar de su frecuencia, se hablaba de actos intempestivos.

En Seúl no hay un puente o un alto edificio que atraiga a los suicidas. La falta de un sitio emblemático sugiere que se trata de algo ajeno a la costumbre, pero el drama se reitera.

El 27 de mayo, la psicóloga Cheon Keunah habló del tema en Twitter. Daniel había guardado su mensaje. Los caracteres coreanos permiten escribir tuits que parecen novelas río. A propósito del suicidio de una celebridad, la doctora Keunah escribió: “Mis condolencias por su muerte. Por favor, tengan cuidado al hacer reportajes de casos de suicidio. Eviten los prejuicios y el sensacionalismo. En la sección de Emergencias del Hospital General de la Universidad estamos percibiendo este problema. Es importante que los medios muestren madurez. A veces es mejor no hacer reportajes”.

Este mensaje consta de 25 espacios, cuatro signos de puntuación y 59 caracteres, un total de 88. Podría ser una tercera parte más extenso.

En Occidente, habría que resumirlo en plan Confucio: “La prensa mata por segunda vez a los suicidas”.

Si se mueve, es comestible

En el mercado de pescados y mariscos Yagalchi, de Busan, encontré serpientes, crustáceos, conchillas, ostras, caracoles, peces vivos en cajones de agua (uno se le escapó al pescadero y fue acuchillado en el pasillo), ballena en trozo, tortugas, mantarrayas, cangrejos de Rusia, gusanos de mariposa, animales desconocidos, húmedos, salinos, surgidos de las profundidades, siluetas que hacían pensar en la creación del mundo o plagas del porvenir. Vi una caja con esferas rojas. Parecían granadas de mar. Ese día no hubo langostas.

Una mujer hermosa se llevaba a la boca un marisco complicado. ¿Cómo explicar la fascinación que suscitan los tentáculos en una boca delicada?

El mercado es atendido mayoritariamente por mujeres. Casi todas llevan sombreros atados con mascadas. Sus maridos se dedican a la pesca. Los escasos vendedores hombres parecen buzos cansados de contener la respiración.

Salimos a la intemperie. Olía a yodo y a mariscos. Caminamos junto al agua. A la distancia, desde unas rocas, un cuerpo se lanzaba al mar. “Una mujer buzo”, informó Daniel. “¿Cómo sabes que es mujer?” “Sólo las mujeres pescan así, además distingo sus facciones”. “¿A través del visor?” “Sí”. “No te creo”. Mi guía se exasperó: “¡Las mujeres resisten mejor el agua fría!”.

Para reconciliarse, Daniel propuso comer aguamalas. Una delicia superfresca: los tallarines de Neptuno.

En Busan visitamos un templo budista donde se suele aguardar el año nuevo. Tiene un vasto mirador para contemplar el amanecer. La gente se acerca a la estatua de Buda y le toca la panza para tener un hijo varón.

Las piedras son ofrendas. Hay que encaramar una arriba de otra. Las columnas se alzan con equilibrio inverosímil, como plegarias minerales.

Afuera del Museo de Pesca nos acercamos a un estanque con carpas acostumbradas a que les den de comer. Abrían la boca en la superficie del agua, con la parsimonia de los becarios que saben que recibirán un donativo.

Otros peces atraen por un defecto. El bok es una variante del pez globo (swellfish) y del fugu japonés. Un cocinero experto debe quitarle la vejiga tóxica. En caso de que falle, la carne queda impregnada de veneno y no hay antídoto. El pez sería menos atractivo si perdiera su condición de ruleta rusa. Un guiso para quienes piensan que la mejor mascota es una araña venenosa.

El sabor de la carne blanca, sumida en caldo, es delicado. Me llamó la atención que en el menú el mismo pez tuviera distintos precios. “El fuku viene de China: el caro es salvaje, el barato es de granja”, explicó Daniel. Nosotros comimos pez de granja, que difícilmente es venenoso. Un pez tóxico pirata.

Me decepcionó la falta de riesgo pero debíamos respetar nuestro presupuesto: 15 dólares por persona, que nos permitían comer en forma opípara, siempre y cuando prescindiéramos de veneno.

La cirugía plástica: un photoshop preventivo

En Corea, la belleza depende del rostro. Los close-ups duran lo suficiente para que hierva el agua del té.

Un efecto complementario del interés por el rostro es que nadie duda de las piernas. La minifalda es tan unánime que si una tela llega a la rodilla, parece un uniforme.

Orgullosas de sus muslos, las coreanas buscan redondear sus ojos. A la vuelta de Busan, me hospedé en un hotel casino de Seúl, situado en un promontorio que daba al mar. Abundaban los turistas chinos, apostadores fuertes que comentaban a gritos sus resultados. Otros turistas habían ido a someterse a cirugías faciales. Desayunaban con el rostro envuelto en vendas.

En el buffet conocí a un cirujano plástico. Señaló a una actriz en la televisión: “Yo la operé”. Conversamos sin que él despegara la mirada de la pantalla. El último tribunal de su trabajo era la cámara de la televisión: “Una cara debe retratar bien”. En tiempos en que hasta los teléfonos toman fotos, la cirugía plástica debe mejorar la fotogenia.

Occidente es el lugar donde se considera atractivo que una mujer convierta sus labios en una ventosa de colágeno o se inflen los senos para aludir a una pasión más intensa, el fútbol. En Corea del Sur no detecté una sola cirugía. Le pregunté al médico por los retoques de la actriz. Eran bastantes, pero resultaban imperceptibles para mí porque occidentalizaban sus facciones.

Es conocido el dictum de que Occidente se contiene por culpa y Oriente por pudor. En Seúl no abunda la gente estrafalaria. Cuesta trabajo ver piercings o tatuajes. Ciertos brotes exóticos se vuelven comunes al pertenecer a oficios definidos: los futbolistas se tiñen el pelo de rojo.

En el hotel, la posición social de los visitantes no definía sus ropas. Los millonarios chinos llevaban trajes que parecían hechos con maquinaria pesada. Por su parte, los recién operados usaban prendas de gimnasio, como si sus heridas se debieran al ejercicio.

Salí del hotel confundido por los vestuarios de los clientes. Vi a un hombre de frac y lo tomé por un mozo. Le pedí un taxi. Era un novio que llegaba a casarse en el hotel. Mi confusión divirtió enormidades al auténtico mozo. No dejó de reír hasta que el coche llegó a la entrada.

Ciudades: modelos para armar

El trazo urbano de Seúl es difícil de discernir. Junto a un rascacielos puede haber un edificio de cualquier tamaño y pocos barrios responden a un estilo uniforme. El río Han es tan ancho que no articula a la ciudad; la divide. En sus orillas, las amplias avenidas inauguradas en los Juegos Olímpicos permiten circular a velocidades de videojuego.

Sin embargo, cada sitio ofrece un microcosmos de confort. Es muy sencillo hallar un rincón con comida sabrosa, cibercafés, tiendas, una librería, alguna atracción local. El desorden de Chonju, Busan y Seúl estimula en forma extraña. En cada sitio tengo la sensación de que podría ser feliz ahí por siempre sin la necesidad de integrarme. Un bienestar con estímulos dispersos tan variados que no requiere de una comprensión de conjunto.

En Busan, el tráfico es aún peor que en Seúl. La ciudad está atravesada por montes que dificultan ir de un lado a otro. Algo cercano queda a treinta minutos en coche. Nuestro conductor era de Busan, pero hacía tiempo que no iba ahí y dependía del GPS. En un túnel perdimos la señal y fuimos a dar a un puente larguísimo.

Daniel aprovechó el regreso a la superficie, es decir, a Internet, para informarme que Asia es el continente de los puentes largos. De los 25 puentes más largos del mundo, 15 pertenecen a la República Popular China y otro a Taiwán. El puente número 26 es coreano. Mide poco más de 18 kilómetros y conecta la tierra firme con el aeropuerto de Incheon. El más largo del mundo mide casi 167 kilómetros. ¿Es posible que algo crezca tanto sin alterarse? ¿Una ópera que durara dos meses seguiría siendo una ópera? ¿Una top-model de tres metros seguiría siendo fotogénica? Un puente de 167 kilómetros no parece un vínculo entre dos puntos sino un destino. Se podría escribir una road novel sin salir de ahí.

Una de las lecciones de viajar: de pronto te interesa lo que no te interesa. La conversación sobre los puentes generó una nueva obsesión: volver al aeropuerto por los 18 kilómetros suspendidos sobre el agua.

Un insólito principio de orden en el trazo urbano tiene que ver con el valor que se concede a la educación. En los pequeños pueblos el edificio más importante es la escuela. La arquitectura es una clara metáfora de las prioridades coreanas.

La desaforada expansión urbana permitió que Corea alcanzara niveles de bienestar al costo de sacrificar la armonía urbana. Una vez consumado el milagro económico, se decidió planear una ciudad desde cero para recuperar el privilegio de las plazas y las calles que riman entre sí.

En 1989 comenzó a construirse una ciudadela contra la confusión, “en busca de la humanidad perdida”. ¿A qué propósito debía servir? Normalmente esa pulsión utópica conduce a la edificación de una nueva capital. Pero Corea del Sur no buscaba celebrar en piedra los afanes del poder, sino su herencia espiritual. Así surgió la Ciudad del Libro, cuya primera fase se terminó en 2005. Más de doscientas editoriales se trasladaron ahí.

Visité este falansterio de la razón en día festivo. A la extrañeza de encontrar edificios inspirados en un austero funcionalismo post-Bauhaus, se unió la de recorrer un lugar desierto.

Cada edificio es una pulcra variante del cubo o el rectángulo, pero el conjunto resulta incómodo. Sometidos a una idea rectora, los edificios conforman una serie, una propuesta única, inmodificable. Una curva parece ahí un acto disidente y una espiral, un delirio.

Para articular el espacio, se privó a la ciudad de usos accidentales, la espontánea participación del desorden. Del caos tonificante de Seúl se pasó a un orden aséptico, donde las señas del tiempo no dependen de los habitantes sino del óxido que tiñe los muros. El efecto es paradójico: la elegancia pensada para la escala humana produce una impresión alienante.

Entré en un hotel y contemplé un amplísimo lobby con sillones de diseño y alfombras hechas con tiras de cuero. No había nadie en la recepción. Al cabo de unos minutos llegó un hombre, vestido de negro, como un monje zen. Sostenía una taza de té, de cerámica negra. Todo era perfecto y frío.

Con el bullicio de un día laboral la sensación debe de ser distinta. Sorprende que la ciudad pueda vaciarse en forma tan completa. El descanso rigurosamente coordinado le otorga una condición fantasma. En domingo, la ciudad cesa.

Regresé a Seúl y entré en contacto con una vivificante disfunción urbana, gente con deficiencias mentales provocadas por el aislamiento ante la computadora. En un jardín a orillas del río Han, un grupo de eremitas electrónicos trataba de volver al mundo en 3D.

En los campamentos, los autistas digitales regresan a la realidad a través de una convivencia donde aprenden a untar panes con mayonesa.

También las familias acampan ahí. El río Han es suficientemente ancho para generar una ilusión de naturaleza. En la otra orilla hay edificios, pero se difuminan en la bruma, como los palacios que decoran las tazas de porcelana.

En el parque encontré una muestra de ultramodernidad ecológica: un taller de robots en miniatura, alimentados por energía solar.

Al salir de ahí di con una atracción que buscaba sin saberlo: una casa rodante ofrecía cambio de moneda. Era un banco móvil, que abre en domingo en los espacios públicos.

Quienes venimos de países atrasados siempre esperamos algo más de la tecnología. En el tráiler repleto de computadoras, intuí funciones de telefonía satelital, espionaje, absorción de datos. No entender los sistemas operativos permite imaginar sus efectos. El instantáneo trámite bancario parecía demasiado simple para ese sitio. ¿Eso revelaba que nací en una sociedad conspiratoria o que la excesiva tecnología produce un dopaje paranoico?

Diálogo al final del día:

–Aún tenemos que ir al spa.
–Estoy muerto.
–El spa es para descansar.
–Estoy demasiado cansado para descansar.
–Descansar descansa.
–No me gusta relajarme. Quiero tomar notas.
–Está agotado: necesita relajarse.
–El descanso me quita fuerzas.
–Usted ya no tiene fuerzas.
–No tengo fuerzas para ir al spa, tengo fuerzas para tomar notas.
–El que no quiere descansar está cansado.

El país de los 24 signos

La figura fundacional de Corea del Sur es el rey Sejong, creador de la escritura. Su monumento en una extensa explanada de Seúl incluye un museo de sus aficiones: la astronomía, la caligrafía, la filología.

En 1446, Sejong entregó la primera versión de lo que sería el Hangeul, el alfabeto coreano. De los mandarines a la academia actual, los productores de conocimiento se han fortalecido al dominar saberes vedados a los legos. Los asesores del rey ilustrado se opusieron a la sustitución de los complejos ideogramas chinos por signos que pudieran ser comprendidos por todo el mundo. Mientras menos lee un país, más relevancia tienen quienes dominan de la escritura. Sejong rompió este privilegiado acceso al poder: “Un sabio aprende este alfabeto antes de que acabe la mañana y un idiota lo aprende en diez días”. Fue el primer paso para consolidar una nación que hoy tiene una alfabetización absoluta.

La reforma tomó en cuenta que también los sonidos transmiten significados. Esto llevó a una consideración estética: las vocales debían equilibrarse, siguiendo la dinámica del yin y el yang. Las catorce consonantes y las diez vocales de Hangul permiten pronunciar los sonidos de casi cualquier lengua, lo cual facilita el aprendizaje de idiomas.

Durante su reinado de 1418 a 1450, Sejong se sirvió de la escritura para recibir noticias de sus súbditos y los escribas no firmaban los documentos para garantizar su sinceridad. Los Anales de Sejong dejaron un modelo de transparencia que hoy sólo se obtiene con las filtraciones de Wikileaks.

En el palacio de rey predomina una arquitectura austera. Al fondo, despunta una montaña. Entre el palacio y la ladera verde está la Casa Azul, sede del gobierno. Es una de las pocas construcciones bajas que no están asediadas por edificios. La amplitud que la circunda no remite al espacio sino al tiempo: la Casa Azul parece alzarse en el pasado.

Hay lotos en los estanques del palacio que se empezó a construir en 1395, antes del reinado de Sejong. El sitio ardió durante una de las invasiones japonesas y fue restaurado en 1865. Un texto de ese año informaba que, a partir de entonces, el palacio sería protegido por un dragón de oro en el fondo de un estanque. Durante décadas se pensó que se trataba de una leyenda. Sin embargo, los rumores ganaban precisión: era un animal mágico, de inspiración china, con el cuerpo ondulado como una serpiente.

Hay que desconfiar de muchas cosas, pero no de los mitos coreanos. En 1997 el estanque tuvo que ser limpiado. Al fondo, húmedo y brillante, estaba el dragón.

Sejong es el protagonista del billete de diez mil won. En México, para entrar a la cartera, los héroes tienen que haber pasado por el campo de batalla (Sor Juana es la excepción que confirma la regla). Corea del Sur prefiere personajes de la cultura:

cincuenta mil won: Shin Samdang, pintora del siglo XVII

cinco mil won: Yulgok, calígrafo conocido como Yi I

mil won: I-Hwang, erudito del siglo XVI, experto en Confucio.

Después del reinado de Sejong la aplicación del alfabeto coreano fue errática. A fines del siglo XIX se usó para imprimir documentos oficiales, pero fue proscrito por la ocupación japonesa de 1910. La gramática definitiva del Hangeul no se fijó sino hasta los años cincuenta del siglo XX. Curiosamente, mientras las dos Coreas se enfrascaban en la guerra, ambas adoptaban el alfabeto de Sejong.

Corea cifró su identidad y su destino en 24 caracteres. Los incendios y las invasiones no erradicaron esos tenues instrumentos.

Trepidantes diversiones

En el país del ácido kimchi, asuntos no siempre espectaculares, como cortarse el pelo, se transforman en rituales hedonistas. Los coreanos tienen prisa para todo, pero no para salir de la peluquería, donde el 10% del tiempo se destina a ocuparse del cabello y el resto a un elaborado masaje de manos y pies.

Corea del Sur es bastión del comercio televisivo de llorar a plazos, pero también del K-Pop, corriente musical dominada por adolescentes de minifalda escocesa que perturban al hombre provisto de hormonas. Los varones se visten como delgadísimos mafiosos y se mueven como electrocutados rítmicos. El inconmensurable mercado chino ya se agita a ese compás y Francia se ha rendido a la sombra de las coreanas en flor.

Algunos de los grupos más conocidos son Shinee, Girls Generation, F (X), DBSK (siglas de Dong Ban Shin Ki, “Espíritu de Oriente”, y que en China asume el nombre de TVXQ, Tong Van Xin Qi), 2NE1 (pronunciado “tweeny one”), y 2 p. m., que rivaliza con 2 a. m.

Después de proporcionarme esta lista, Daniel reflexionó sobre la palabra shin: “Quiere decir Dios o fantasma”. La traducción inicial había sido perfecta: “espíritu”, equidistante de “Dios” y “fantasma”.

En playas, discotecas y centros comerciales vi a los ubicuos representantes del K-Pop. Las reguladas coreografías revelan que la espontaneidad está proscrita (incluida la de enamorarse mientras dura el contrato). Esos clones sonoros tienen contradictorio encanto. La sincronía de los bailes, la intensidad de la música y la irrealidad de las escenografías hacen pensar en descaradas discotecas del espacio exterior. Sometidos a una severidad de monjes tecno, los músicos anuncian una sensualidad a la que no tienen derecho.

La industria del sentimentalismo no podía desperdiciar el encuentro del K-Pop con la telenovela. Durante mi visita, las respiraciones se suspendían a las 10 de la noche del paralelo 38 a la isla de Incheon para ver El mejor amor, romance entre un galán del melodrama y una cantante.

Los efectos del ginseng se comprueban en los tambores. El país es una potencia que percute, congregando a hombres y mujeres armados de mazos que aporrean pieles con atlética acrobacia.

El pansori combina el teatro con las danzas populares y la música tradicional. Cerca de Andong presencié una función con disfraces y máscaras, donde sólo actuaban hombres. Las tramas dependían de la comicidad de lo grotesco. Un noble buscaba recuperar su testículo y encontraba el de un buey; con la típica codicia de la aristocracia, decidía usarlo, convirtiéndose en motivo de burla. Otra obra trataba de una anciana que había estado casada tres días y contaba su larguísima viudez. Otra más de un monje expulsado de un convento que se enamoraba de una mujer a la que veía orinar.

En Seúl fui a una sala de pansori situada sobre un club de natación. El vestíbulo olía a cloro. Los socios que llegaban a nadar se mezclaban con los espectadores que hablaban del gayangeum, instrumento horizontal de doce cuerdas, y el piri, pequeña trompeta de bambú.

La naturalidad con que la música tradicional se inserta en la vida moderna me pareció extraordinaria hasta que escuché en un restaurante dos catedrales de la cursilería: “Love is Blue” y “Eres tú”, interpretadas por instrumentos vernáculos y órgano eléctrico. El kitsch es la expresión cultural mejor globalizada: en todas partes resulta igualmente horrenda.

En cualquier rato libre los coreanos aprovechan para continuar los juegos de computadora que tienen pendientes. Uno de los más populares es Paladog, protagonizado por un caballero andante del futuro que lucha contra momias. Este protagonista multicultural utiliza armas medievales para despedazar enemigos en vistosos asteriscos. Sus escuderos pertenecen al reino animal (ratones, osos, un pingüino y una tortuga).

En el metro, la gente tiene la cabeza levemente inclinada hacia abajo, no por cortesía oriental, sino porque consulta su celular. En los primeros días pensé que consumían infinitos mensajes de texto. Luego supe que trataban de aniquilar momias en el Paladog.

El control mental de las palizas

Aunque el taekwondo es el arte marcial más importante de Corea, los campeones no se enriquecen, ni son sex symbols, ni rivalizan con los astros de telenovela.

Tomé una clase en el Centro Keumkang. Pensé que mi edad sería una limitante, pero me informaron que el noveno dan sólo se alcanza después de los sesenta años. En todo el país no hay más de cien personas en ese estado de gracia.

Las cinco condiciones esenciales del taekwondo son el respeto, la paciencia, el control, la dignidad y la capacidad de pelear cien veces sin rendirse. Lo más importante es contener la violencia, tentación considerable en una actividad que enseña 2,500 tipos de patadas.

Consignas del teaekwondo:

-Los huesos crecen. La lesión más común es la del empeine (casi siempre se produce por golpear un codo). Mi instructor tenía una cicatriz en los nudillos porque se fracturó al bloquear una patada. Pero los golpes también ayudan: los huesos de la mano se desarrollan con los impactos. Las manos de mi rival parecían pertenecer a una persona veinte centímetros más alta.

-El enemigo vive en el espejo. El combatiente entrena ante sí mismo, anticipando los movimientos del adversario hasta incorporarlos en su propio cuerpo.

-La debilidad del enemigo tiene puntos precisos. El instructor me tomó del antebrazo y presionó un sitio estratégico. Estuve a punto de desplomarme.

-Gritar equilibra. No se lanzan alaridos por furia sino para mantener el ritmo en la respiración.

Concluí la sesión de taekwondo quebrando una madera con un mensaje sobre el orden cósmico. Después de esta espiritualidad full contact, busqué la forma más conocida de entretenimiento en el planeta.

El estadio de Chonju es de triste memoria para los mexicanos. Ahí Estados Unidos nos eliminó en el Mundial del 2002.

Ahora la selección de Corea del Sur jugaba contra Ghana, sorpresa del Mundial de 2010.

El sonido local es el más estruendoso que he escuchado en un estadio. Cuando un coreano remataba a la portería, el locutor gritaba su nombre con frenesí pulmonar. En respuesta, la multitud dejaba de comer pescado seco para exclamar: “¡Te-han-mingu!” (“país de la gente del gran han”).

Los Diablos Rojos de Corea del Sur atacaron con la verticalidad de un equipo que no ha descubierto la pausa. Incluso cuando tenían el balón, se destacaban más por perseguirlo que por controlarlo. El vendaval ofensivo bastó para vencer a Ghana 2-1, con un emocionante gol de último minuto.

En ocasiones el futbol importa por sus pifias. En 2010, en el Mundial de Sudáfrica, Asamoah Gian pudo hacer que su equipo avanzara a la semifinal. En la última jugada del partido cobró un pénalti con el que Ghana podía vencer a Uruguay. El tiro dio en el larguero. Poco después, durante la serie de desempate, Asamoah recobró la entereza y anotó en forma impecable. En cierto modo, esta destreza lo incriminó: ¿si podía chutar tan bien por qué no lo hizo cuando era decisivo?

Como al destino le gusta el morbo, también en Chonju el dramático Asamoah tuvo oportunidad de cobrar una pena máxima. Para un jugador trabajado por la tragedia, fallar puede ser un gesto épico. Asamoah no nos decepcionó: su tiró no entró en la portería.

La isla color menta

El golf y las excursiones a las fértiles colinas de Jeju forman parte de las ilusiones coreanas. Cada media hora, aviones jumbo parten a la isla.

Desde lo alto, ya cerca del aeropuerto, contemplamos islotes iluminados. Eran bases para pescar calamar.

El paisaje y las esculturas de piedra de Jeju hacen pensar en la Isla de Pascua. Hay volcanes, grutas y campos de té donde se puede comer un sofisticado menú que, de la sopa al postre, sólo consta de hojas aromáticas.

Una de las atracciones locales es la Calle Misteriosa, trazada en declive, pero donde los objetos ruedan hacia arriba. Hicimos la prueba con una lata y varias botellas. A pesar de la inclinación, los vimos ascender.

El camino se construyó en 1975 y el fenómeno fue descubierto cinco años después por un taxista. En ese viaje llevaba a unos recién casados. Por alguna razón, apagó el motor y el coche ascendió por cuenta propia. ¿Una metáfora para que los pasajeros comprendiera que la vida conyugal sucede cuesta arriba?

En la isla de Jeju hay 18 mil dioses registrados. No es extraño que uno de ellos haga subir objetos por un declive. Otro debe amparar las aficiones raras, como el Museo del Teddy Bear, espacio cilíndrico que muestra tableau vivants donde osos de peluche representan el desembarco en Normandía, el alunizaje del Apollo, la filmación de una película y otros excesos humanos. Según el folleto informativo, se trata del único museo coreano que tienen ganancias. Una quinta parte de las entradas viene de la taquilla y cuatro quintas partes de la venta de peluches.

Las grutas y los volcanes de Jeju crean una orografía temperamental, suavizada por la vegetación. Todo es verde, húmedo y parece recién hecho. Para el turista occidental representa una arcadia del tercer día, cuando Yahvé inventó la menta.

Una belleza busca marido

En Corea del Sur el chamanismo equivale al culto guadalupano en México. Es profesado por gente de diversas religiones que lo asume como último recurso en las desgracias. Su influencia abarca numerosas zonas de la cutura. Hwang Sok-Yong estructuró su célebre novela El huésped a partir de los doce pasos del ritual chamánico.

Asistí a una sesión en la que una chica deseaba librarse de sus males. Hong Teahan, profesor especializado en tradiciones coreanas, nos citó en la Universidad Kookmin, en las afueras de Seúl. Lo aguardamos en una cancha de fútbol y de ahí caminamos rumbo a una colina.

Subimos por una senda donde las construcciones se volvían más escasas. Entramos a un sitio arbolado, de tierra apisonada, rodeado de pequeños cuartos. A la derecha había una caseta con un baño. Un perro reposaba, atado a una estaca.

Antes de iniciar la sesión, vimos a un chamán parado sobre un cuchillo. Según explicó Teahan, esa suerte de faquir está en extinción.

El chamán que nos atendió tenía voz de mujer y manos de hombre. La amplia vestimenta de colores, mezcla de túnica y kimono, era definitivamente unisex. Cuando lo vi fumar con enjundia de cowboy, confirmé que se trataba de un hombre. Antes del rito, habló por celular, mientras caminaba por el patio. Llevaba zapatos crocks. Se los quitó para pasar a la pequeña sala presidida por una rubicunda deidad que confundí con Buda. Se trataba de un dios de reparto, uno de los 273 que dominan el imaginario coreano. Un tapiz con el tema de un congreso divino mostraba lo sobrepoblado que está el cielo en esa parte del mundo.

En el altar (decorado con flores de papel en tonos encendidos), había nabos y lechugas, un pulpo entero, guisos para la cena. Una vez más, sobraría comida.

Había prisa para iniciar el procedimiento. El aire de los trajines era mundano. El único detalle que me hizo sentir en un lugar sagrado (es decir, donde estoy en falta) fue el siguiente: me pidieron que por respeto me abrochara el último botón de la camisa.

Luego me indicaron mi sitio en el suelo. Ahorraron otros protocolos y comenzaron a servir platillos de variada abundancia en una mesa al centro del cuarto.

La cliente que nos permitiría ver su rito tenía 33 años (como suele pasar en Corea, parecía de 22). Para eliminar los malos espíritus, pasaron sobre ella una bola de arroz recubierta de 33 frijoles dulces.

La chica era zurda, muy hermosa y lucía deshecha. Mi cuchara chocó con la suya en el caldo común. La sensación de intromisión hubiera sido absoluta de no ser por los músicos, que comían con desparpajo y por el chamán de labios pintados y cara blanca por el maquillaje, que salía a cada rato a hablar por teléfono.

Tal vez porque estábamos en las afueras, rodeados de vegetación, había más mosquitos que en el centro de Seúl. En el patio, dos tableros atraían a los insectos con la luz neón y los achicharraban. Cada tanto nos llegaba el chisporroteo sacrificial de los mosquitos.

La premura tenía que ver con la comida. Después de la cena, las pausas fueron lentísimas, el chamán se cambió quince veces de ropa, danzó y descansó mientras la música prefiguraba la eternidad.

El rito chamánico sigue un guión inflexible: purificación, saludo a los diversos dioses, petición a los ancestros, reflexiones sobre la comunidad.

Se reparten papeles de colores que simbolizan destinos, animales, elementos constitutivos de la Tierra, direcciones del cosmos.

Hay un episodio en el que intervienen galletas purificadoras, otro en el que se usan cascabeles, salmodias que tienen o no que ver con los problemas del solicitante. Según nos enteramos por confesiones dichas entre sollozos, la chica que nos permitió ver su rito se sentía abandonada. Era pobre y demasiado vieja para conseguir marido.

En los muchos descansos, el chamán restaba importancia al acto, saliendo a conversar o a fumar. Su actitud era del todo ajena al de la solicitante, que permanecía sumida en el dolor, más allá de todo alivio. Creía en el rito con más fe que los organizadores.

Cuando la ceremonia llevaba dos horas, los músicos me pidieron contactos para hacer una gira por México. Se veían a sí mismos como artistas folklóricos, no como oficiantes de una religión.

El flautista, de 56 años, había aprendido a tocar a los 14. Provenía de una familia de chamanes y no fue al colegio. Desde el principio fue destinado a ese trabajo.

Durante la ocupación japonesa el chamanismo estuvo prohibido. El profesor Teahan explicó que el rito aún es objeto de una persecución silenciosa. Agregó que no hay estadísticas sobre cuántos surcoreanos practican el chamanismo porque se teme que sean casi todos.

Después de enumerar las bondades del rito, el proselitismo pasó a una zona más convincente: los peligros que corren los adeptos. El profesor realzó la fuerza chamánica alertando sobre el excesivo impacto que puede tener. En dos ocasiones había visto a personas enloquecer durante el baile.

Cuando me despedí, cuatro horas después de haber llegado, el ambiente era el de una fiesta que languidece. Los músicos pasaban a los gestos habituales de quienes acaban de tocar: contar billetes y compartir bromas.

La chica lloraba en un rincón.

Definir lo que no existe

Un texto mío, sobre la violencia en México, se tradujo al coreano y una palabra resultó desconcertante. “¿Está bien traducida?”, me preguntaban. Se trataba de “impunidad”.

La noción de “delito” era comprensible; lo mismo que “ mafia” o “corrupción”. Pero algo no encajaba en la posibilidad de violar la ley dentro de la “ley”. Ese esquivo concepto obligaba a poner comillas en cualquier parte de la explicación.

Comenté que no se trataba de un error de traducción, pero me costó mucho trabajo aclarar el término. A medida que luchaba por darme a entender, crecía mi admiración por la cultura donde eso no tenía sentido.

Viaje al centro de la tierra de nadie

El paralelo 38 está ocupado por la Zona Desmilitarizada (DMZ).

Una locomotora teñida de herrumbre se conserva como un monumento a la época en que el tránsito era posible. Desde los miradores, Corea del Norte parece una reserva natural. No hay otras señales de vida que el ocasional movimiento del follaje, movido por algún venado.

En una reja, los niños colocan mensajes sobre la reunificación y los deseos de jugar con sus vecinos del norte.

Recorrí los 265 metros que se pueden visitar de un túnel de kilómetro y medio que los norcoreanos usaron en su invasión. La temperatura es agobiante. La humedad escurre de las piedras. Falta oxígeno. Un esforzada tumba, una necrópolis vacía. Parece inverosímil que alguien se haya sometido a la tortura de cavar esa fosa subterránea.

Al salir, la gente compra un souvenir, una postal, una gorra, una bolsa de té. La guerra, las uñas que rascaron la tierra y la sangre se convierten en un pretexto para vender camisetas. El turismo vuelve a ser un drama del que se trae un llavero.

Rumbo al día anterior

Recorrí el puente de 18 kilómetros que lleva a Incheon. Poco antes de abordar el vuelo de regreso, fui testigo de otro contraste. Unos actores recorrían los pasillos del aeropuerto, con barbas y bigotes honestamente postizos, disfrazados como el rey Sejon y su séquito. Lograron llamar la atención, pero no tanto como un grupo de K-Pop que regresaba de gira. Rodeados de guardaespaldas dos veces más altos que ellos, los esquivos adolescentes de anteojos oscuros provocaron alaridos de admiración y el safari de la fotografía celular.

Durante quince días había estado al día siguiente de mi propia vida, siempre atrás de lo que debía entender. El personal de tierra de Korean Airlines hizo movimientos de tabla gimnástica para anunciar que el vuelo estaba listo. Nuestro destino era el pasado.

Cada 31 de diciembre los coreanos contemplan la luz más nueva del mundo. No se equivocaron al poblar las playas donde amanece antes. Para nosotros, están en el futuro.

En algún paraje del kilómetro 7 en la vía Turbo-Chigorodó, sobre un asfalto abrazado por un calor infernal de 40 grados centígrados, el joven Khimjo Cheng Lama intenta hacerse pasar por mudito.

Pero la pinta lo delata. Es amarillo como la miel, ojirrasgado, chiquito y de pómulos voluminosos. “¡No hay pierde, son Orientales!”, dice uno de los policías.

La escena transcurre bajo el sol áspero del golfo. De los pasajeros de un bus intermunicipal que es objeto de una requisa rutinaria, siete no hablan español.

Intentan comunicarse en señas, en medio del trance y la confusión. En el momento, no hay entre los hombres de la Policía de Tránsito de Urabá un bilingüe, un intérprete.

Un agente, cuya fortaleza no es precisamente el inglés, soluciona la disyuntiva de saber si los errantes forasteros tienen hambre, preguntándoles: “¿hamburguer?, ¿hamburguer?”.

En efecto nadie entiende. Khimjo Cheng Lama -algo asustado- desciende del bus en compañía de dos hombres de su misma raza. No tienen un solo papel que los identifique. Acaso, algunas fotos en las que se ven asiáticos escuálidos y modestos.

Del mismo vehículo, bajan cuatro morochos que exponen pasaportes cubanos, con visa y sellos colombianos. Uno de ellos incluso lleva el nombre castellano de Luis Alberto Pedroso.

Hubieran podido suplantar a ardientes turbeños. Bastaría con que bailaran regaettón para que el cuero tostado y los dientes refulgentes, se confundieran con aquellos que brotan todos los días en el eje bananero.

Pero aquí tampoco hay pierde. “Un cubano que no hable español y que no sepa ni pronunciar su nombre, como raro. Estos son africanos”, dice un funcionario del DAS que llega al lugar.

Los siete extranjeros coinciden en que cargan equipajes escasos, míseros. “No llevan crema dental ni nada. Apenas jabón de azufre. Cargan un palito, una rama de un árbol a la que le rasparon la punta y con eso se lavan los dientes”, refrenda un agente.

Los supuestos chinos se niegan a colaborar, aferrándose a un silencio que se prolongará por 36 horas más. Bajo ese mutismo comienza para ellos una travesía de trámites y lágrimas a miles de kilómetros de su patria.

“El hueco” colombiano

En Urabá, los extranjeros indocumentados están apareciendo por desbandadas. Este año, el DAS en Antioquia registra la deportación de 119 inmigrantes, la mayoría de ellos de Eritrea, Somalia, Etiopía y Nepal.

Pero una cosa son los que agarran y, otra, los que se le escurren a las autoridades. “Lo que pasa es que el golfo es muy grande, aparte del muelle en Turbo, hay varios sitios donde el DAS no puede llegar y la Armada no hace presencia”, dice un funcionario.

“El waffe”, un pequeño malecón rodeado de aguas putrefactas y desde donde salen lanchas todas las mañanas rumbo a Acandí, Capurganá y Sapzurro, es el paso obligado.

Allí solo brillan dos agentes del DAS. “Uno de ellos tiene que montarse a los barcos que están entrando y saliendo y, el otro, está atendiendo en la oficina a franceses, canadienses, gente que tiene papeles en regla y que va para que le alarguen la prórroga”, asegura un funcionario de la Alcaldía de Turbo.

No hace mucho, se escaparon nueve orientales. “Estaban en un hotel y solo había un oficial. Cuando llegaron los refuerzos, el muchacho tenía retenidos solo dos. Antes muy verraco. Los demás se le volaron”, se escucha de un agente.

Un viejo “coyote”

Francisco es un viejo minero de manos callosas, que en viejas épocas vio cruzar por Acandí turbas de chinos, hindúes y hasta peruanos huyendo de la guerrilla de Sendero Luminoso.

Con sólo tres dientes que le flotan como islotes en la mitad de la cara barbada, dice que por Cacarica y el Parque de los Katíos, aparecen de a 30 ó 40 extranjeros cada tanto.

“Los ‘coyotes’ cobran cualquier 300, 400 dólares por cabeza. Montaña adentro la travesía es de tres días si van sin mujeres. Los que se encargan de cruzar a la gente cocinan en el trayecto, que va a salir a Yavisa, en Panamá, ahí comienza la carretera Panamericana”.

Pero no siempre los sobrecoge la misma suerte. En parte, según el coronel Jaime Ávila Ramírez, comandante de la Policía en Urabá, por el engaño al que son sometidos los indocumentados.

“Les dicen, ¡llegamos, llegamos! Entonces los bajan de las lanchas y se van. Ellos se quedan ahí pensando que lograron el sueño americano y mentiras que no han salido ni siquiera de Chocó”, cuenta un policía de la zona.

Este año, el Ejército encontró a un asiático penetrando el tupido Tapón del Darién, a punto de morirse de hambre y con 5 mil dólares entre el bolsillo. “O sea, al tipo lo abandonaron en la selva, lo dejaron solo”, prosigue el agente.

Para Ávila, el trayecto por el Darién es inhumano. “Los mosquitos, el calor, la inclemencia del tiempo, la sed, el hambre, es una jungla completa y uno tiene que estar preparado para recorrerla”, dice.

Fuentes oficiales que piden reserva de su identidad, aseguran que ya se sabe de una fosa con cuerpos de africanos eritreos. “Les roban la plata y en Acandí los entierran por ahí. Como nadie sabe de ellos, como andan sin papeles, los matan y no pasa nada, nadie se da ni cuenta…”.

Por fin hablan

A 36 horas de la retención, los inmigrantes del bus están recostados sobre cuatro colchonetas peladas. El vapor tropical de Apartadó, Antioquia, deja entrar toda su pesadez por la ventana.

Solo tenemos 10 minutos para hablar con ellos. Al vernos entrar en el recinto en el que duermen mientras se surten los trámites administrativos de deportación, se levantan perturbados, a lo mejor pensando que pertenecemos a alguna agencia de seguridad nacional.

Ahora son sólo seis porque uno de ellos resultó ser un africano refugiado en Colombia. Es un señor que, misteriosamente, registra todos sus papeles en regla. Según los investigadores judiciales, este hombre les cobró a los indocumentados por llevarlos hasta Panamá y eso se llama tráfico de personas.

“No está solicitado por Interpol, no tiene orden de captura. Se lavó las manos diciendo que no conocía a los demás. No podíamos privarlo de la libertad. Es más, ni siquiera tenerlo aquí, hubo que dejarlo ir”, dijeron las autoridades en Apartadó.

La Policía y el DAS intentaron judicializar a este africano, casado con una colombiana, pero la Fiscal del caso adujo no tener pruebas ni tampoco un intérprete para hacerle entender los derechos.

Una vez conocido el proceso, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) comenzó a seguirle la pista con la Cancillería colombiana, dice una fuente del organismo.

En el centro de un cuarto en el que se mezcla el sudor de varios meses de no bañarse con el olor de la comida, hay un plato vacío con el untado de lo que hace unos minutos eran lentejas con arroz.

Uno de los jóvenes africanos, me dice en un inglés tórrido y a manera de reclamo, que las seis personas, incluyendo los asiáticos, tuvieron que comer de la misma ración y que están muertos del hambre.

“¿Qué comerán en Mogadishu (Somalia), su ciudad de origen?”, me pregunto. “Aquí sólo plátano, compadre”, quisiera decirle. Kamaal Abdirahman Abdikardi tiene 17 años. Su amigo, Xaaq Addikadir, 20 y Dalmar Abulear Alí es un adolescente de 14.

Han comido poco. Dalmar es flaco, de pelo pegado al cráneo, dientón. Tiene ocho hermanos pequeños. “¿Tienes miedo de vivir allá?”, le pregunto. “Si, preferimos morirnos aquí que en Mogadishu”, dice.

Personas de inmigración refieren que los africanos en Colombia le corren a los perros. La razón es que, en su país, como mecanismo de tortura, son echados a su suerte entre esos animales.

Pagaron cinco mil dólares

Del rostro de Kamaal salen goterones de sudor y también de lágrimas. “Somos periodistas, amigos”, les digo. Entonces Kamaal comienza a soltar su historia sin atajar las palabras.

Dice que su padre murió luego de que un mortero de tropas etíopes cayera sobre su casa el 3 de marzo de 2007. “Yo estaba jugando fútbol al frente. Desde ese día, mi mamá comenzó a conseguir dinero para que yo huyera”.

Según la ONU, 14 mil somalíes desesperados salieron en las últimas dos semanas de Mogadishu, “cuando se recrudecieron aún más los enfrentamientos entre las tropas del Gobierno Federal de Transición y los grupos armados de oposición”, dijo hace poco Andrej Mahecic, representante en Ginebra de Naciones Unidas.

Un dato no muy lejano a la realidad colombiana: este año 200 mil somalíes han tenido que irse y Kammal, fue uno de ellos. El 2 de mayo, a las 9:00 de la mañana, este muchacho que ahora se seca las lágrimas con la chaqueta, se despidió de su madre. Halitma, así se llama, lo vio perderse entre el paisaje del mar Índico y ni más.

En una mochila, Kammal había guardado algunos pocos trapos y se fue, junto con sus dos amigos del mismo barrio y del mismo clan. Cada uno pagó 5 mil dólares a un hombre que les prometió la “visa para un sueño”.

La primera estación fue el aeropuerto de Dubai, luego hicieron escala en Francia y finalmente terminaron en Venezuela, donde fueron arrestados cinco días. Un colombiano les ayudó a pasar por Cúcuta y, también, a comprar por 500 dólares los famosos pasaportes cubanos en la fría Bogotá.

Ecuador es otra ruta. Este país se convirtió desde junio de 2008, en la embocadura perfecta para llegar a Colombia pues, a partir de ese momento, dejaron de exigir cualquier tipo de Visa. De eso da fe Manuel Sáenz, funcionario del DAS en Bogotá. “Si en el 2006 se deportaron 16 ciudadanos (entre africanos y asiáticos), en el 2008 la cifra llegó a 469″.

Muchos se preguntan, ¿si es gente tan humilde, de dónde sacan la plata para viajar miles de kilómetros, pagando sobornos y documentos falsos?

El director del DAS, regional Antioquia, Marcel Suárez Romero, dice que en algunos casos, los indocumentados deben pagar dichas deudas con trabajo en Estados Unidos, durante diez años o más. “Es el mismo esclavismo de los tiempos remotos”.

¿Quién contesta en Somalia?

Uno de los tres asiáticos -que hasta el momento seguía en esa especie de retraimiento monástico- de un momento a otro rompe su silencio. Es por eso que nos enteramos que su nombre es Khimjo Cheng Lama y que nació el 12 de noviembre de 1993. Tiene apenas tiene 17 años.

Sus compañeros, Babu Lama y Dhorjeme Lama, están, respectivamente, por los 22 y los 35. Parecen desesperados y lo único que atinan a decir, en un inglés aparatoso, es: “Human rights, human rights”.

Desde el momento en el que escuchan de nosotros la palabra “friend”, se echan a llorar como niños.

Han pasado 670 días desde que emprendieron el periplo. Sus caras -pálidas, deshidratadas- son la prueba irrefutable de ese viaje. No son chinos como se creía. Nacieron en Bhután, una pequeña monarquía de tibetanos que se pierde en las montañas glaciales del Asia central.

Estuvieron en Nepal y Hong Kong. Un año después aparecieron en Bahamas, luego, en Panamá y, por último, salieron a estos platanales de Chigorodó.

Los agentes que los custodian nos dicen que nos tenemos que ir. Entonces nos vamos. Ya afuera, desde el primer piso y a través de la ventana le grito a Kammal que me dé el teléfono de su madre en Mogadishu para avisarle que está bien.

También, le lanzo un lapicero y un cuaderno, pidiéndole que escriba parte de la historia que acabo de contar.

Lo más seguro es que el destino de los seis sea Venezuela, el país por donde ingresaron. La gente del DAS en Medellín luego nos dirá que enviarlos hasta Somalia sería como condenarlos a muerte.

Pero también es muy probable que regresen a intentarlo de nuevo. Aquí, en Apartadó, se conoció el caso de un eritreo que vino siete veces. “Al final, se ubicó en un hotel de Medellín con 15 personas y por esa vía lo expulsamos”, nos dicen.

Levanto la bocina y marco el número que me dio Kammal. Son las 11 de la mañana del miércoles 2 de junio. En Mogadishu deben ser las 7:00 de la noche.

El teléfono timbra varias veces. En el primer intento, una grabación en inglés, me dice que llame más tarde. Repito la operación una vez y otra y otra, hasta quedar con la pena en la garganta de no haberle dicho a Halitma, en esa lejura, que su muchacho vive todavía.

El viaje toca a su fin. En cualquier caso, el fin de ese fragmento suyo que hasta aquí he descrito. Ahora –camino de vuelta– aún queda un breve descanso a la sombra de un árbol. El árbol en cuestión crece en una aldea que se llama Adofo y está situada cerca del Nilo Azul, en la provincia etíope de Wollega. Es un inmenso mango de hojas frondosas y perennemente verdes. El que viaja por los altiplanos de África, por la infinitud del Sahel y de la sabana, siempre contempla el mismo y asombroso cuadro que no cesa de repetirse: en las inmensas extensiones de una tierra quemada por el sol y cubierta por la arena, en unas llanuras donde crece una hierba seca y amarillenta, y sólo de vez en cuando algún que otro arbusto seco y espinoso, cada cierto tiempo aparece, solitario, un árbol de copa ancha y ramificada. Su verdor es fresco y tupido y tan intenso que ya desde lejos forma, claramente visible en la línea del horizonte, una nítida mancha de espesura. Sus hojas, aunque en ninguna parte se percibe una sola brizna de viento, se mueven y despiden destellos de luz. ¿De dónde ha salido el árbol en este muerto paisaje lunar? ¿Por qué precisamente en este lugar? ¿Por qué uno solo? ¿De dónde saca la savia? A veces, tenemos que recorrer muchos kilómetros antes de toparnos con otro.

A lo mejor, en tiempos, crecían aquí muchos árboles, un bosque entero, pero se los taló y quemó y sólo ha quedado este único mango. Todo el mundo de los alrededores se ha preocupado por salvarle la vida, sabiendo cuán importante era. Es que en torno a cada uno de estos árboles solitarios hay una aldea. En realidad, al divisar desde lejos un mango de estos, podemos tranquilamente dirigirnos hacia él, sabiendo que allí encontraremos gente, un poco de agua e, incluso, tal vez algo de comer. Esas personas han salvado el árbol porque sin él no podrían vivir: bajo el sol africano, para existir, el hombre necesita sombra, y el árbol es su único depositario y administrador.

Si en la aldea hay un maestro, el espacio bajo el árbol sirve como aula escolar. Por la mañana acuden aquí los niños de todo el poblado. No existen cursos ni límites de edad: viene quien quiere. La señorita o el señor maestro clavan en el tronco el alfabeto impreso en una hoja de papel. Señalan con una vara las letras, que los niños miran y repiten. Están obligados a aprendérselas de memoria: no tienen con qué ni sobre qué escribir.

Cuando llega el mediodía y el cielo se vuelve blanco de tanto calor, en la sombra del árbol se protege todo el mundo: los niños y los adultos, y si en la aldea hay ganado, también las vacas, las ovejas y las cabras. Resulta mejor pasar el calor del mediodía bajo el árbol que dentro de la choza de barro. En la choza no hay sitio y el ambiente es asfixiante, mientras que bajo el árbol hay espacio y esperanza de que sople un poco de viento.

Las horas de la tarde son las más importantes: bajo el árbol se reúnen los mayores. El mango es el único lugar donde se pueden reunir para hablar, pues en la aldea no hay ningún local espacioso. La gente acude puntual y celosamente a estas reuniones: los africanos están dotados de una naturaleza gregaria y muestran una gran necesidad de participar en todo aquello que constituye la vida colectiva. Todas las decisiones se toman en asamblea, las disputas y peleas las soluciona la comunidad en pleno, que también resuelve quién recibirá tierra cultivable y cuánta. La tradición manda que toda decisión se tome por unanimidad. Si alguien es de otra opinión, la mayoría tratará de persuadirlo tanto tiempo como haga falta hasta que cambie de parecer. A veces la cosa dura una eternidad, pues un rasgo típico de estas deliberaciones consiste en una palabrería infinita. Si entre dos habitantes de la aldea surge una disputa, el tribunal reunido bajo el árbol no buscará la verdad ni intentará averiguar quién tiene razón, sino que se dedicará, única y exclusivamente, a quitar hierro al conflicto y a llevar a las partes hacia un acuerdo, no sin considerar justas las alegaciones de ambas.

Cuando se acaba el día y todo se sume en la oscuridad, los congregados interrumpen la reunión y se van a sus casas. No se puede debatir a oscuras: la discusión exige mirar al rostro del hablante; que se vea si sus palabras y sus ojos dicen lo mismo.

Ahora, bajo el árbol, se reúnen las mujeres; también acuden los ancianos y los niños, curiosos por todo. Si disponen de madera, encienden fuego. Si hay agua y menta, preparan un té, espeso y cargado. Empiezan los momentos más agradables, los que más me gustan: se relatan los acontecimientos del día y se cuentan historias en que se mezclan lo real y lo imaginario, cosas alegres y las que despiertan terror. ¿Qué ha hecho tanto ruido entre los arbustos esta mañana, ese algo oscuro y furioso? ¿Qué pájaro tan extraño ha levantado el vuelo y ha desaparecido? Unos niños han obligado a un topo a esconderse en su madriguera. Luego la han descubierto y el topo no estaba. ¿Dónde se habrá metido? A medida que avanzan los relatos la gente empieza a recordar que, en tiempos, los viejos hablaban de un pájaro extraño que, en efecto, había levantado el vuelo y había desaparecido; otra persona se acuerda de que, cuando era pequeña, su bisabuelo le dijo que una cosa oscura llevaba tiempo haciendo ruido entre los arbustos.

¿Cuánto? Hasta donde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la Historia. Antes no había nada. El antes no existe. La Historia no llega más allá de lo que se recuerda.

Aparte del norte islámico, África no conocía la escritura; la Historia nunca ha pasado aquí de la transmisión oral, estaba en las leyendas que circulaban de boca en boca y era un mito colectivo, creado involuntariamente al pie de un mango, en la profunda penumbra de la tarde, cuando no se oían más que las voces temblorosas de los ancianos, puesto que las mujeres y los niños, embelesados, guardaban silencio. De ahí que los momentos en que cae la noche sean tan importantes: es cuando la comunidad se plantea quién es y de dónde viene, se da cuenta de su carácter singular e irrepetible, y define su identidad. Es la hora de hablar con los antepasados, que si bien es cierto que se han ido, al mismo tiempo permanecen con nosotros, siguen conduciéndonos a través de la vida y nos protegen del mal.

Al caer la noche el silencio bajo el árbol sólo es aparente. En realidad lo llenan muchas y muy diversas voces, sonidos y susurros que llegan de todas partes: de las altas ramas, de la maleza circundante, de debajo de tierra, del cielo. Es mejor que en momentos así nos mantengamos unidos, que sintamos la presencia de otros, presencia que nos infunde ánimo y valor. El africano nunca deja de sentirse amenazado. En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana. Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Cuando hay tormenta, los truenos sacuden el planeta entero y los rayos destrozan el firmamento haciéndolo jirones; cuando llueve, del cielo cae una maciza pared de agua que nos ahogará y sepultará de un momento a otro; cuando hay sequía, siempre es tal que no deja ni una gota de agua y nos morimos de sed. En las relaciones naturaleza-hombre no hay nada que las suavice, ni compromisos de ninguna clase, ni gradaciones, ni estados intermedios. Todo –y durante todo el tiempo– es guerra, combate, lucha a muerte. El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la –excepcionalmente malévola– naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria.

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Pues bien, ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido transmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.

En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo –días, meses, años– lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo», «hace mucho tiempo», «hace tanto que ya nadie lo recuerda». Todo se puede hacer caber en estas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Sólo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la Tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar. África es un eterno durar.

Se hace tarde y todos se van a sus casas. Cae la noche, y la noche pertenece a los espíritus. ¿Dónde, por ejemplo, se reunirán las brujas? Se sabe que celebran sus encuentros y asambleas en las ramas, sumergidas y ocultas entre las hojas. Más vale no molestarlas, mejor retirarse del refugio del árbol: no soportan que se las mire, escuche, espíe. Saben ser vengativas y son capaces de perseguirnos: inocular enfermedades, infligir dolor, sembrar la muerte.

De modo que el lugar bajo el mango permanecerá vacío hasta la madrugada. Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol. El sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse ante él, buscando la protección de la sombra. Es extraño, aunque rigurosamente cierto a un tiempo, que la vida del hombre dependa de algo tan volátil y quebradizo como la sombra. Por eso el árbol que la proporciona es algo más que un simple árbol: es la vida. Si en su cima cae un rayo y el mango se quema, la gente no tendrá dónde refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle vetada la reunión, no podrá decidir nada ni tomar resolución alguna. Pero, sobre todo, no podrá contarse su Historia, que sólo existe cuando se transmite de boca en boca en el curso de las reuniones vespertinas bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus conocimientos del ayer y su memoria. Se convertirá en gente sin pasado, es decir, no será nadie. Todos perderán aquello que los ha unido, se dispersarán, se irán, solos, cada uno por su lado. Pero en África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte. Por eso, si el rayo destruye el árbol, también morirán las personas que han vivido a su sombra. Y así está dicho: el hombre no puede vivir más que su sombra.

Paralelamente a la sombra, el segundo valor más importante es el agua.

—El agua lo es todo –dice Ogotemmeli, el sabio del pueblo dogon, que habita en Malí–. La tierra procede del agua. La luz procede del agua. Y la sangre.

—El desierto te enseñará una cosa –me dijo en Niamey un vendedor ambulante sahariano–: que hay algo que se puede desear y amar más que a una mujer. El agua.

La sombra y el agua, dos cosas volátiles e inseguras, que aparecen para luego desaparecer no se sabe por dónde.

Dos modos de vivir, dos situaciones: a todo aquel que por vez primera se encuentre en uno de los hipermercados norteamericanos, en uno de esos mallos gigantescos e interminables, le chocará la riqueza y la diversidad de las mercancías allí expuestas, la presencia de todos los objetos posibles que el hombre ha inventado y fabricado, y luego los ha transportado, almacenado y acumulado, con lo cual ha hecho que el cliente ya no tenga que pensar en nada: lo han pensado todo por él y ahora lo tiene todo listo y a mano.

El mundo del africano medio es diferente; es un mundo pobre, de lo más sencillo y elemental, reducido a unos pocos objetos: una camisa, una palangana, un puñado de grano, un sorbo de agua. Su riqueza y diversidad no se expresan bajo una forma material, concreta, tangible y visible, sino en esos valores y significados simbólicos que dicho mundo confiere a las cosas más sencillas, tan baladíes que son inapreciables para los no iniciados. Sin embargo, una pluma de gallo puede ser considerada como una linterna que ilumina el camino en la oscuridad, y una gota de aceite, como un escudo que protege de las balas. La cosa cobra un peso simbólico, metafísico; porque así lo ha decidido el hombre, quien, por el mero hecho de elegirla, la ha enaltecido, trasladado a otra dimensión, a la esfera superior del ser: a la trascendencia.

Tiempo ha, en el Congo, me permitieron acceder al misterio: pude ver la escuela de iniciación de los niños. Al acabarla se convertían en hombres adultos, tenían derecho a voz y voto en las reuniones del clan y podían fundar una familia. Al visitar una de estas escuelas, tan archiimportantes en la vida del africano, el europeo no parará de sorprenderse y de frotarse los ojos, incrédulo. ¡Cómo? ¡Pero si aquí no hay nada! ¡Ni bancos, ni tan siquiera una pizarra! Sólo unos arbustos espinosos, unos manojos de hierba seca y, en lugar de suelo, una capa de ceniza y arena gris. ¿Y a esto llaman escuela? Y, sin embargo, los jóvenes se mostraban orgullosos y solemnes. Habían alcanzado un gran honor. Es que allí todo se basaba en un contrato social –tratado con mucha seriedad–, en un profundo acto de fe: la tradición reconocía que el lugar donde permanecían aquellos muchachos era la sede de la escuela del clan, la cual, al introducirlos en la vida, gozaba de un estatus de privilegio, solemne e, incluso, sagrado. Una nadería se convierte en algo importante porque así lo hemos decidido. Nuestra imaginación la ha ungido y enaltecido.

El disco de Leshina puede ser un buen ejemplo de esa transformación ennoblecedora. La mujer que llevaba el apellido Leshina vivía en Zambia. Tenía unos cuarenta años. Era vendedora en la pequeña ciudad de Serenje. No se distinguía por nada especial. Corrían los años sesenta y en los más diversos rincones del mundo se topaba uno con gramófonos de manivela. Leshina tenía un gramófono de aquellos y un disco, uno solo, gastado y rayado hasta lo imposible. El disco contenía la grabación de un discurso de

Churchill, de 1940, en el que el orador exhortaba a los ingleses a aceptar las privaciones y los sacrificios de la guerra. La mujer colocaba el gramófono en su patio y daba vueltas a la manivela. Del altavoz, metálico y pintado de verde, salían roncos gruñidos y borbolleos que retumbaban en el aire y en los que se podían adivinar los ecos de una voz llena de pathos, pero ya incomprensibles y desprovistos de sentido. Al populacho que allí acudía, cada vez más numeroso con el paso del tiempo, Leshina le explicaba que era la voz de dios, que la nombraba su mensajera y ordenaba obediencia ciega. Auténticas muchedumbres empezaron a acudir a su casa. Sus fieles, por lo general pobres de solemnidad, con un esfuerzo sobrehumano construyeron un templo en la selva y comenzaron a decir allí sus oraciones. Al principio de cada oficio el estrepitoso bajo de Churchill los sumía en estado de trance y éxtasis. Pero como los líderes africanos se avergüenzan de tales manifestaciones religiosas, el presidente Kenneth Kaunda mandó contra Leshina su tropa, que en el lugar del culto a la mujer, asesinó a varios cientos de personas inocentes y cuyos tanques convirtieron en polvo su templo de arcilla.

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Estando en África, el europeo no ve más que una parte de ella: por lo general, ve tan sólo su capa exterior, que a menudo no es la más interesante, ni tampoco reviste mayor importancia. Su mirada se desliza por la superficie, sin penetrar en el interior, como si no creyese que detrás de cada cosa pudiera esconderse un misterio, misterio que, a un tiempo, se hallara encerrado en ella. Pero la cultura europea no nos ha preparado para semejantes viajes hacia el interior, hacia las fuentes de otros mundos y de otras culturas. El drama de éstas –incluida la europea– consistió, en el pasado, en el hecho de que sus primeros contactos recíprocos pertenecieron a una esfera dominada, las más de las veces, por hombres de la más baja estofa: ladrones, sicarios, pendencieros, delincuentes, traficantes de esclavos, etc. También se dieron casos –pocos– de otra clase de personas: misioneros honestos, viajeros e investigadores apasionados, pero el tono, el estándar y el clima los creó y dictó, durante siglos, la internacional de la chusma rapiñadora. Es evidente que a ésta no se le pasó por la cabeza el intentar conocer otras culturas, respetarlas, buscar un lenguaje común. En su mayoría, se trataba de torpes e ignorantes mercenarios, sin modales ni sensibilidad alguna y a menudo analfabetos. No les interesaba sino conquistar, saquear y masacrar. De resultas de tales experiencias, las culturas –en lugar de conocerse mutuamente, acercarse y compenetrarse– se fueron haciendo hostiles las unas frente a las otras o, en el mejor de los casos, indiferentes. Sus respectivos representantes –excepto los mencionados truhanes– guardaban prudentes distancias, se evitaban, se tenían miedo. La monopolización de los contactos interculturales por una clase compuesta de brutos ignorantes decidió y selló el mal estado de sus relaciones recíprocas. Las relaciones interpersonales habían empezado a fijarse de acuerdo con el criterio más primitivo: el color de la piel. El racismo se convirtió en una ideología según la cual los hombres definían su lugar en el orden del mundo. Blancos-negros: en esta relación a menudo ambas partes se sentían mal. En 1894, el inglés Lugard penetra, al frente de un pequeño destacamento, en el interior de África para conquistar el reino de Borgu. Primero quiere entrevistarse con el rey. Pero sale a su encuentro un emisario que le dice que el soberano no lo puede recibir. Dicho emisario, mientras habla con Lugard, no para de escupir en un recipiente de bambú que lleva colgado del cuello: escupir significa purificarse y protegerse de las consecuencias de un contacto con el hombre blanco.

El racismo, el odio hacia el otro, el desprecio y el deseo de erradicar al diferente hunden sus raíces en las relaciones coloniales africanas. Allí, todo esto ya había sido inventado y llevado a la práctica siglos antes de que los sistemas totalitarios modernos trasplantasen aquellas sórdidas e infames experiencias a la Europa del siglo XX.

Otra consecuencia de aquel monopolio de los contactos con África, ostentado por la mencionada clase de ignorantes, radica en el hecho de que las lenguas europeas no han desarrollado un vocabulario que permita describir adecuadamente mundos diferentes, no europeos. Grandes cuestiones de la vida africana quedan inescrutadas, o ni siquiera planteadas, a causa de una cierta pobreza de las lenguas europeas. ¿Cómo describir el interior de la selva, tenebroso, verde, asfixiante? Y esos cientos de árboles y arbustos, ¿qué nombres tienen? Conozco nombres como «palmera», «baobab» o «euforbio», pero precisamente estos árboles no crecen en la selva. Y esos árboles inmensos, de diez pisos, que vi en Ubangi y en Ituri, ¿cómo se llaman? ¿Cómo llamar a los más diversos insectos con que nos topamos por todas partes y que no paran de atacar y de picarnos? A veces se puede encontrar un nombre en latín, pero ¿qué le aclarará éste a un lector medio? Y eso que no son más que problemas con la botánica y la zoología. ¿Y qué pasa con toda la enorme esfera de lo psíquico, con las creencias y la mentalidad de esta gente? Cada una de las lenguas europeas es rica, sólo que su riqueza no se manifiesta sino en la descripción de su propia cultura, en la representación de su propio mundo. Sin embargo, cuando se intenta entrar en territorio de otra cultura, y describirla, la lengua desvela sus límites, su subdesarrollo, su impotencia semántica.

África significa miles de situaciones. De lo más diversas, distintas, contradictorias, opuestas. Alguien dirá: «Allí hay guerra.» Y tendrá razón. Otro dirá: «Allí hay paz», y también tendrá razón. Todo depende de dónde y cuándo.

En tiempos anteriores a la colonización –así que tampoco hace tanto– en África habían existido más de diez mil países, entre pequeños Estados, reinos, uniones étnicas, federaciones. Un historiador de la Universidad de Londres, Ronald Oliver, en su libro titulado African Experience (Nueva York, 1991), centra su atención en la paradoja, aceptada de manera generalizada, según la cual los colonialistas europeos llevaron a cabo la división de África. «¿División?», exclama Oliver, asombrado. «Brutal y devastadora, pero ¡fue una unificación! El número diez mil se redujo a cincuenta.»

Aun así, queda mucho de aquella diversidad, de aquel fulgurante mosaico, que se ha vuelto un cuadro creado con terrones, piedrecillas, astillas, chapitas, hojas y conchas. Cuanto más lo contemplamos, mejor vemos cómo todos esos elementos diminutos que forman la composición, ante nuestros ojos cambian de lugar, de forma y de color hasta ofrecernos un impresionante espectáculo que nos embriaga con su versatilidad, su riqueza, su resplandeciente colorido.

*

Hace unos años pasé la Nochebuena en compañía de unos amigos en el Parque Nacional de Mikumi, en el interior de Tanzania. La tarde era cálida, agradable, sin viento. En un claro en medio de la selva, sin más protección que el cielo, había dispuestas varias mesas. Y sobre ellas, pescado frito, arroz, tomates y pombe, la cerveza local. Ardían las velas, las antorchas y las lámparas de petróleo. Reinaba un ambiente distendido y agradable. Como suele pasar en África en ocasiones semejantes, se contaban chistes e historias graciosas. Habían acudido allí ministros del gobierno tanzano, embajadores, generales, jefes de clanes. Era más de medianoche cuando sentí que la impenetrable oscuridad –que empezaba justo detrás de las mesas iluminadas– se mecía y retumbaba. No por mucho rato. El ruido aumentaba por momentos, hasta que de las profundidades de la noche emergió un elefante, justo a nuestras espaldas. Ignoro si alguien de entre vosotros se ha topado con uno cara a cara, no en un zoo o en un circo, sino en la selva africana, allí donde el elefante es el terrible amo del mundo. Al verlo, la persona es presa de un pánico mortal. El elefante solitario, apartado de la manada, a menudo se halla en estado de amok y es un agresor frenético que se abalanza sobre las aldeas, arrasando chozas y matando a personas y animales.

El elefante era realmente grande, tenía una mirada penetrante y perspicaz y no emitía sonido alguno. No sabíamos qué pasaba por su tremenda cabeza, qué haría al cabo de un segundo. Tras quedarse parado durante un rato, empezó a pasearse entre las mesas, en cuyo derredor reinaba un silencio sepulcral: todo el mundo, inmóvil, estaba paralizado por el terror. Nadie osaba moverse, no fuera a ser que aquello liberase la furia del animal, que es muy rápido; no hay manera de huir de un elefante. Aunque por otro lado, al quedarse sentada quieta, la persona se exponía a que la atacase; en tal caso moriría aplastada bajo los pies del gigante.

De modo que el paquidermo se paseaba, contemplaba las guarnecidas mesas, la luz, la gente petrificada… Por sus movimientos, por sus balanceos de cabeza, se adivinaba que aún vacilaba, que le costaba tomar una decisión. La cosa se prolongó hasta el infinito, durante toda una gélida eternidad. En un momento dado intercepté su mirada. Nos escrutaba pesada y atentamente, con unos ojos que expresaban una profunda y queda melancolía.

Al final, después de dar varias vueltas a las mesas y al prado, nos abandonó: se apartó de nosotros y desapareció en la oscuridad. Cuando cesó el retumbar de la tierra y la oscuridad dejó de moverse, uno de los tanzanos que se sentaban a mi lado preguntó:

—¿Has visto?

—Sí –contesté, aún medio muerto–. Era un elefante.

—No –repuso–. El espíritu de África siempre se encarna en un elefante. Porque al elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente.

Sumidos en el silencio, todos se dirigían a sus respectivas cabañas mientras los chicos apagaban las luces en las mesas. Todavía era de noche, pero se aproximaba el momento más maravilloso de África: el alba.