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En la aldea de Abdallah Wallo las primeras en levantarse son las muchachas, que, apenas rompe el alba, salen a buscar el agua. Es una aldea afortunada: el agua está cerca. Basta descender por un declive abrupto, escarpado y arenoso hasta el río. El río se llama Senegal. En su orilla norte está Mauritania y en la sur, el país que lleva su mismo nombre, Senegal. Nos encontramos en un lugar donde se acaba el Sáhara y empieza el Sahel, una franja de sabana estéril, semidesierta y tórrida que, siguiendo rumbo al sur, hacia el ecuador, después de unos cientos de kilómetros se convertirá en un territorio de bosques tropicales, húmedo y palustre.

Después de bajar al río, las muchachas cogen agua en altas tinajas de metal y cubos de plástico, más tarde se ayudan a colocárselos sobre la cabeza y así, charlando por el camino, trepan por la pendiente resbaladiza de vuelta a la aldea. Sale el sol y sus rayos se reflejan en el agua que llena los recipientes. El agua centellea, se mece y brilla como la plata.

Ahora se separan, dirigiéndose cada una a su casa; van hacia sus patios. Desde la mañana, desde esa excursión hasta el río, aparecen cuidadosa y esmeradamente ataviadas. Constituye su ropa un vestido de percal con profusión de estampados, amplio y holgado, que llega hasta los pies y cubre la totalidad de su cuerpo. Es una aldea islámica: nada de la vestimenta de una mujer puede sugerir que su portadora pretende seducir a un hombre.

El ruido que hacen los recipientes al ser colocados y el chapoteo del agua recién traída son como el sonido de la esquila de una pequeña iglesia parroquial: despierta a todos a la vida. De las chozas de barro -es que aquí no hay otra cosa que chozas de barro-salen enjambres de niños. Hay muchísimos, como si la aldea no fuese sino una inmensa guardería. Enseguida, en el mismo umbral, empieza la operación de orinar de estos chiquillos, una operación espontánea y refleja, donde sea, a derecha e izquierda, despreocupada y alegre, o bien, aún dormida y malhumorada. Apenas la acaban, corren hacia los cubos y las tinas, a beber. Aprovechando la ocasión, las niñas, pero sólo ellas, se pasan agua por la cara. A los niños ni se les ocurre. Ahora miran a ver qué desayunarán. Es decir, así me lo imagino yo, pues la noción de desayuno aquí no existe. Si algún crío tiene algo para comer, se lo come sin más. Puede tratarse de un pedazo de pan o un trozo de galleta, un poco de cassava o de plátano. Nunca se lo come solo y entero, pues los niños lo comparten todo: por lo general, la niña más grande del grupo se cuida de que todos reciban una ración justa, aunque a cada uno le toque una sola migaja. El resto del día consistirá en un incesante buscar comida. Y es que estos niños andan permanentemente hambrientos. A cualquier hora del día, en cualquier momento, engullirán en un santiamén todo lo que se les dé. Y acto seguido buscarán una nueva ocasión de poder hincar el diente.

*

Ahora que recuerdo las mañanas en Abdallah Wallo, me doy cuenta de que no me han acompañado ni ladridos de perros, ni cacareos de gallinas, ni mugidos de vacas. Pues claro que no: en la aldea no hay ni un solo bicho, ningún animal de los que llamamos de granja, ni ganado, ni aves de corral, ni nada de nada. Por eso mismo no existen establos, ni cuadras, ni pocilgas, ni gallineros.

En Abdallah Wallo tampoco hay plantas, ni hierba, ni flores, ni arbustos, ni huertos, ni jardines. El hombre vive aquí cara a cara con la tierra desnuda, las arenas movedizas y la arcilla quebradiza. Es el único ser vivo de estas extensiones tórridas y abrasadas, y todo el tiempo está ocupado en la lucha por la supervivencia, por mantenerse en la superficie. De modo que están el hombre y el agua. Aquí, el agua sustituye a todo. A falta de animales, es ella la que alimenta y mantiene nuestra existencia; a falta de vegetación, que proporciona sombra, es el agua la que nos refresca, y su chapoteo es como el susurro de las hojas de los arbustos y de los árboles.

Me encuentro aquí como invitado de Thiam y de su hermano Yamar. Los dos trabajan en Dakar, donde los conocí. ¿Que qué hacen? Según. La mitad de la gente de las ciudades africanas no tiene una ocupación fija y claramente definida. Compran y venden, trabajan como mozos de cuerda, como vigilantes… Están por todas partes, en alquiler, siempre disponibles, siempre a nuestro servicio. Cumplen el encargo, cobran el precio y desaparecen sin dejar rastro. Pero también pueden quedarse con vosotros durante años. Eso sólo depende de vuestro antojo y vuestro dinero. ¡Y sus ricos relatos de lo que han hecho en la vida! ¿Que qué han hecho? Miles de cosas, ¡de todo! Se aferran a la ciudad porque ésta les ofrece más y mejores posibilidades de sobrevivir, a veces incluso les permite ganar algo de dinero. Cuando entran en posesión de cuatro monedas, compran regalos y se van a la aldea, a casa, a ver a sus mujeres, hijos y primos.

A Thiam y a Yamar los encontré en Dakar precisamente en el momento en que se disponían a viajar a Abdallah Wallo. Me propusieron acompañarles. Pero yo tenía que quedarme en la ciudad durante una semana más. Aún así, si tenía ganas de visitarlos, me esperaban. Podía llegar a mi destino tan sólo en autobús. Debía acudir a la estación al alba, cuando era más fácil conseguir un asiento. Así que, pasada la semana, allí estaba yo. La Gare Rou-iére es una plaza grande y plana, y suele estar vacía a esas horas tan tempranas. Junto a la verja aparecieron enseguida unos cuantos mocosos, que me preguntaron adónde quería ir. Les dije que a Podor, pues la aldea a la que me dirigía estaba situada precisamente en el departamento que llevaba este nombre. Me llevaron al centro de la plaza, más o menos, y allí me dejaron sin decir palabra. Como no había nadie más en aquel lugar desierto, enseguida me vi rodeado por un nutrido grupo de vendedores que tiritaban de frío (la noche era muy fresca), que intentaban endilgarme alguna de sus mercancías, ya un chicle, ya unas galletas, ya sonajeros para recién nacidos, ya cigarrillos, en cajetillas o por unidades. Yo no necesitaba nada, pero, como no tenían nada que hacer, se quedaron allí, rodeándome. Un hombre blanco, ser caído de otro planeta, es un capricho de la naturaleza tan extraño que se le puede contemplar con suma curiosidad durante un tiempo infinito.

Pero, al cabo de un rato, apareció en la verja un nuevo pasajero, y tras él, otros, de modo que los vendedores, en tropel, se abalanzaron sobre ellos.

Al final llegó un autobús pequeño de la marca Toyota. Estos vehículos disponen de doce plazas, pero aquí transportan a más de treinta pasajeros. Resulta difícil describir el número y las combinaciones de todos los suplementos que llenan el interior de un autobús como aquél: barras y bancos de más, añadidos a golpe de soldador. Cuando el vehículo va lleno, para que alguien pueda subir o bajar, todos los pasajeros tienen que hacer otro tanto. La exactitud y estanqueidad de los que se encuentran en su interior equivale a la precisión de un reloj suizo, y cada individuo que ocupa una plaza tiene que contar con el hecho de que las próximas horas no podrá mover ni tan siquiera un dedo del pie. Las peores son las horas de espera, cuando, en un autobús recalentado y asfixiante, hay que quedarse sentado y quieto hasta que el conductor reúna el número completo de pasajeros. En el caso de nuestro Toyota, la espera se prolongó durante cuatro horas, y cuando ya estábamos a punto de salir, al subir, el chófer -un hombretón joven, inmenso, fornido, macizo y que atendía al nombre de Traoré- descubrió que alguien le había robado un paquete de su asiento, que contenía un vestido para su novia. Hurtos de este tipo son, en realidad, el pan de cada día en todo el mundo y, sin embargo, no sé por qué, Traoré había caído en tal estado de rabia, furia, cólera e, incluso, locura, que todos los presentes en el autobús nos encogimos hasta reducirnos al mínimo, temerosos —¡y eso que éramos inocentes!- de ser despedazados y descuartizados. En aquella ocasión vi una vez más que en África, a pesar de que los robos se repiten a cada paso, la reacción ante el ladrón entraña un rasgo irracional, rayano en la locura. Y es que desplumar a un pobre que a menudo no posee más que un cuenco de arroz o una camisa rota es, de verdad, algo inhumano; de manera que su reacción ante el robo también nos lo puede parecer. La multitud, al atrapar a un ladrón en un mercado, una plaza o una calle, es capaz de matarlo allí mismo; por eso, paradójicamente, el trabajo de la policía no consiste tanto en perseguir a los ladrones como, más bien, en defenderlos y salvarles el pellejo.

*

Al principio el camino conduce a lo largo del Atlántico, a través de una avenida bordeada por unos baobabs tan imponentes, enormes, altivos y monumentales que nos da la impresión de movernos entre los rascacielos de Manhattan. Como el elefante entre los animales, el baobab no tiene igual entre los árboles. Parecen proceder de una época geológica distinta, de un contexto diferente, de otra naturaleza. Sin parangón posible, no hay nada con qué compararlos. Viven para sí mismos y tienen su propio programa biológico individualizado.

Tras este bosque de baobabs que se extiende a lo largo de muchos kilómetros, la carretera tuerce hacia el este, en dirección a Malí y Burkina Faso. Traoré detiene el coche en la localidad de Dagana, que cuenta con varios restaurantes pequeños. Comeremos en uno de ellos. La gente se reúne en grupos de seis u ocho personas, que se sientan en círculo sobre el suelo del comedor. El chico del restaurante coloca en medio del círculo una palangana llena hasta la mitad de arroz, abundantemente rociado con una salsa picante de color pardo. Empezamos a comer. Se come de la manera siguiente: uno tras otro, todo el mundo alarga la mano derecha hacia la palangana, coge un puñado de arroz, exprime la salsa encima del recipiente y se mete en la boca el apelmazado mazacote. Se come despacio, con seriedad y respetando los turnos, para que nadie salga perjudicado. Hay un gran tacto y moderación en todo este ritual. Aunque todos tienen hambre y la cantidad de arroz es limitada, nadie altera el orden, ni acelera, ni engaña. Cuando la palangana está vacía, el chico trae un cubo de agua, del cual, otra vez por riguroso turno, cada uno de los comensales bebe en una taza grande. Luego se lava las manos, paga, sale y sube al autobús.

Al cabo de unos momentos volvemos a proseguir viaje. Por la tarde estamos en una localidad que se llama Mboumba. Aquí me bajo. Me esperan diez kilómetros de camino de tierra a través de una sabana seca y quemada, de arenas movedizas y tórridas, y de un calor de justicia, pesado y chispeante.

*

Volvamos a la mañana en Abdallah Wallo. Los niños ya se han diseminado por la aldea. Ahora, de las chozas de barro salen los adultos. Los hombres colocan sobre la arena unas alfombrillas y empiezan sus oraciones matutinas. Rezan concentrados, encerrados en sí mismos, ajenos al ajetreo de los otros: al corretear de los niños y al ir y venir de las mujeres. A esta hora, el sol ya llena del todo el horizonte, ilumina la tierra y entra en la aldea. Deja sentir su presencia enseguida, en cuestión de segundos el calor se vuelve intenso.

Ahora empieza el ritual de visitas y saludos matutinos. Todos visitan a todos. Se trata de escenas que se desarrollan en los patios; nadie penetra en el interior de las viviendas, porque las chozas sólo sirven para dormir. Thiam, después de la oración, empieza la ronda por sus vecinos más próximos. Se acerca a ellos. Comienza el intercambio de preguntas y respuestas recíprocas. «¿Cómo has dormido?» «Bien.» «¿Y tu mujer?» «Pues, igual de bien.» ¿Y los niños?» «Bien.» «¿Y tus primos?» «Bien.» «¿Y tu huésped?» «Bien.» «¿Y has soñado?» «He soñado.» Etcétera, etcétera. La ceremonia se prolonga durante mucho rato, e incluso cuantas más preguntas hacemos, cuanto más largo hacemos el intercambio de fórmulas de cortesía, más respeto por el otro demostramos tener. A esta hora resulta imposible atravesar tranquilamente la aldea, ya que cada vez que nos topamos con alguien tenemos que entrar en este juego interminable de intercambio de preguntas-saludos, haciéndolo, además, con cada cual por separado; no se puede hacer al por mayor: sería de mala educación.

Todo el tiempo acompaño a Thiam en su ritual. Y pasamos un rato muy largo antes de terminar de hacer toda la vuelta. Mientras, noto que los demás también circulan por sus órbitas matutinas; reina un movimiento febril en la aldea, por todas partes se oye el sacramental «¿Cómo has dormido?» y las tranquilizadoras y positivas respuestas de «Bien, bien». En el curso de tal ronda por la aldea se ve que en la tradición e imaginación de sus habitantes no existe la noción de espacio dividido, diversificado y segmentado. En la aldea no hay cercas ni vallas ni empalizadas, ni tampoco alambres ni mallas metálicas ni cunetas ni lindes. El espacio es uno, común, abierto e, incluso, trasparente: no tienen cabida en él cortinas extendidas ni barreras echadas, paredes ni tapias; no se ponen obstáculos a nadie ni se le impide el paso.

Ahora, parte de la gente se va al campo a trabajar. Los campos están lejos, ni siquiera se ven. Las tierras en las proximidades de la aldea hace tiempo que ya están agotadas, yermas y estériles, convertidas en mero polvo y arena. Sólo a kilómetros de aquí se puede plantar algo, con la esperanza de que, si llegan las lluvias, la tierra dé fruto. El hombre posee tanta cuanta es capaz de cultivar; el problema radica en que no puede cultivar mucha. La azada es su única herramienta; no hay arados ni animales de tiro. Observo a los que se marchan al campo. Como único alimento para todo el día, se llevan una botella de agua. Antes de que lleguen a su destino, el calor se volverá insoportable. ¿Que qué cultivan? Mandioca, maíz, arroz seco. La sabiduría y la experiencia de estas gentes les hace trabajar poco y despacio, les obliga a hacer largas pausas, cuidarse y descansar. Al fin y al cabo son personas débiles, mal alimentadas y sin energías. Si alguna de ellas empezase a trabajar intensamente, a deslomarse y sudar sangre, se debilitaría aún más, y, agotada y exhausta, no tardaría en caer enferma de malaria, tuberculosis o cualquiera del centenar de enfermedades tropicales que acechan por todas partes y la mitad de las cuales acaba con la muerte. Aquí, la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo entre supervivencia y aniquilación.

Las mujeres, a su vez, desde la mañana misma preparan el alimento. Digo «alimento» porque se come una vez al día, por lo que no se pueden usar designaciones tales como desayuno, almuerzo, comida o cena: no se come a ninguna hora establecida sino sólo cuando el alimento está preparado. Por lo general, tal cosa se produce en las últimas horas de la tarde. Una vez al día y siempre lo mismo. En Abdallah Wallo, como en toda la zona circundante, se trata de arroz, adobado con una salsa fuerte, muy picante. En la aldea viven pobres y ricos, pero la diferencia entre lo que comen no consiste en una diversificación de platos sino en la cantidad de arroz. El pobre no comerá más que un puñadito exiguo, mientras que el rico tendrá un cuenco lleno a rebosar. Aunque esto ocurre sólo en los años de buena cosecha. Una sequía prolongada empuja a todos hacia el mismo fondo: pobres y ricos comen el mismo puñadito exiguo, si es que, simplemente, no se mueren de hambre.

La preparación del alimento ocupa a las mujeres la mayor parte del día, o mejor dicho, el día entero. Lo primero que tienen que hacer es salir en busca de leña. No hay madera en ninguna parte, hace tiempo que se han talado todos los árboles y arbustos, y el buscar en la sabana astillas y trozos de ramas o palos es una ocupación pesada, ardua y sumamente lenta. Cuando la mujer por fin trae un manojo de leña, tiene que volver a marcharse, esta vez para ir a buscar un barril de agua. En Abdallah Wallo el agua está cerca, pero en otros lugares hay que caminar kilómetros para encontrarla, o, en la estación seca, esperar durante horas hasta que la traiga un camión cisterna. Provista de combustible y agua, la mujer ya puede proceder a la cocción del arroz. Bueno, no siempre. Antes tiene que comprarlo en el mercado, y pocas veces dispone de dinero suficiente como para hacer un acopio y tener en casa una cantidad excedente. En esto llega el mediodía, la hora de un calor tal que cesa todo movimiento, todo se paraliza y petrifica. También cesa el ajetreo alrededor del fuego y las ollas. La aldea se queda desierta a esta hora, la vida la abandona por completo.

Una vez hice el esfuerzo de ir al mediodía de choza en choza. Eran las doce. En todas ellas, sobre el suelo de barro o sobre esteras y camastros, estaban tumbadas personas mudas e inmóviles. Sus rostros aparecían cubiertos de sudor. La aldea era como un buque submarino en el fondo del océano: existía pero sin dar señales de vida, sin voz y sin movimiento alguno.

*

Por la tarde Thiam y yo nos acercamos al río. Turbio y de color metal oscuro, fluye entre unas orillas altas y arenosas. En ninguna parte se ve vegetación, no hay plantaciones ni arbustos. Claro que se podrían construir canales que regasen el desierto. Pero ¿quién habría de hacerlo? ¿Con qué dinero? ¿Para qué? El río, de cuya presencia nadie se percata ni saca provecho, parece fluir para sí mismo.

Nos hemos introducido tanto por el desierto que cuando volvemos ya es de noche. En la aldea no hay luz alguna. Nadie enciende un fuego: sería desperdiciar combustible. Nadie tiene una lámpara. Tampoco una linterna. Cuando hace una noche sin luna, como hoy, no se ve nada. Sólo se oyen voces aquí y allá, conversaciones y exhortaciones, relatos que no entiendo, palabras cada vez más espaciadas y dichas en voz baja: la aldea, aprovechando esos escasos instantes de frescor, por unas horas se sume en el silencio y duerme.

La burbuja por dentro

Publicado: 16 febrero 2010 en Pablo Sigismondi
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“Señores pasajeros, a partir de este momento deben cerrarse herméticamente todas las ventanillas del avión. En minutos comenzaremos el descenso hacia el aeropuerto de Pyongyang. Se prohíbe cualquier tipo de fotografías”, anunciaron por altoparlante en un inglés delicado y armónico.

Hacia afuera, el sol brillaba en el firmamento, pero en contados segundos la cabina del Ilyushin 62 ruso de Air Koryo quedó en penumbras. Uno de los viajes más difíciles de mi vida estaba por comenzar.

En estos tiempos de globalización y mediatización, Corea del Norte es el país del silencio; el que recibe menos influencia exterior. Después de más de medio siglo de absoluto aislamiento, todo esfuerzo por descubrir su interior choca contra el muro de la prohibición y propaganda. En ese territorio insondable, su pueblo sabe poco y nada de lo que sucede fronteras afuera.

Ni bien aterrizamos, la gigantografía del retrato de Kim Il Sung (dictador de Corea del Norte desde 1948; muerto en 1994 pero declarado “presidente eterno” del país) dio marco apropiado a las instrucciones precisas y contundentes de un joven llamado Dong, quien desde ese momento se convirtió en nuestro guía: “Una vez completado los requisitos migratorios, entregarán pasaporte, teléfonos celulares, GPS, computadoras personales y cualquier publicación (libros, revistas o diarios) que lleven en sus equipajes”, dijo Dong en aceptable inglés y con sumo respeto. Luego agregó: “Cuando abandonen el país les serán devueltos. Recuerden que no podrán hablar con ninguna persona en la calle ni salir del hotel bajo ningún concepto ni a ninguna hora”. En la solapa de su traje azul llevaba una insignia y la foto Kim Il Sung.

Con Dong, el intercambio de información más allá de la versión oficial, las discusiones y los debates, quedaron fuera de lugar. El diálogo se limitó a escuchar el punto de vista que, a través de él, transmite el régimen. Jamás hubo posibilidades de acceder a otra versión. …l no se separó ni un minuto del grupo. A su tarea, se sumaron después tres “guías” más.

Romper la barrera. Unos días antes, en Beijing, China, el gobierno había extendido la autorización y visa para apenas una semana de travesía, muy acotada.

Al fin, después de meses de viaje, me encontraba en el extremo norte de la península coreana, esa gran protuberancia de Eurasia que penetra entre el Mar Amarillo (al oeste) y el de Japón (al este); muy lejos de todo lo que me es familiar, en las antípodas de la Argentina, a más de 18 mil kilómetros de distancia.

En el aeropuerto me siento privilegiado. Soy uno de los escasos mil foráneos que anualmente pueden entrar a Corea del Norte; una burbuja herméticamente blindada y uno de los mayores retos geopolíticos del mundo.

Los trámites son precisos; un papel verde con foto reemplaza al pasaporte. La declaración jurada y la revisación tardan poco tiempo. Somos un grupo de apenas 16 extranjeros.

Desde el aeropuerto, la marcha hacia Pyongyang, la capital del país, es rápida.

Dong, micrófono en mano, da las primeras explicaciones: “tengan presente que el itinerario y el programa están prefijados y resultan inmodificables. No podremos detenernos sino en los lugares ya establecidos. No podrán tomar ninguna fotografía desde las ventanillas del vehículo, sino únicamente cuando paremos en un sitio y con mis instrucciones. Por favor, cumplan estas normas para que no sean decomisadas sus cámaras. Tampoco está permitido dibujar, escribir o tener acceso a Internet”.

Jamás había vivido algo así, ni siquiera en Afganistán, cuando en 2002 los soldados estadounidenses velaron los rollos y tuve que conformarme con “fotografiar con la mirada y la escritura”. De ahora en adelante, todos mis recuerdos quedan grabados sólo en el cerebro y en escasas notas que pueda tomar jeroglíficamente.

No me canso de recorrer con la vista toda aquella ciudad monumental, vacía. Sé que sin la interacción con la gente, estoy contemplando pequeños retazos de realidad. ¿Me ayudarán a vislumbrar lo que sucede realmente?

Limpio, brillante y vacío. Las avenidas anchas, limpias y en perfecto estado parecen brillar entre edificios gigantes. Este primer paisaje urbano, donde no existe publicidad ni letreros de ningún tipo, me recuerda a Cuba.

A medida que avanzamos hacia el centro de la ciudad, la desolación cede ante la presencia de largas filas de personas -todas mirando hacia el piso- esperando los escasos transportes públicos que circulan. Los que caminan, agitan tanto sus brazos, que parecen desfilar. Todos se visten igual.

Aquí la ciudad carece de sutileza. La grandiosa arquitectura soviética de edificios gigantescos, cuadrados y de concreto, sin comercios ni oficinas, parecen pertenecer a un planeta hostil; como el rostro terrorífico de un sistema político que es presentado comúnmente como “el último gobierno estalinista del planeta, basado en la práctica del culto de la personalidad”. ¿Será así de simple o se tratará de un eslogan? ¿Se puede considerar a Corea del Norte como un sistema basado en la ideología comunista?

Cuando cae la noche, todo se vuelve oscuro.

Como la electricidad escasea, los edificios apenas están iluminados y las calles parecen túneles negros. En minutos no queda un alma en la calle; no hay autos ni en las avenidas principales. La poca circulación se detiene.

Desde el piso 37 del hotel Yankgado (situado en una isla en el curso del río Taedong, en medio de la nada) sí se pueden ver, en cambio, las imágenes muy bien iluminadas de Kim Il Sung y su hijo, Kim Jong Il (el actual líder del país), tan grandes que nadie podría dejar de verlas.

Encerrado allí, empiezo a gozar de buena comida y cordial trato, mientras mi autonomía de movimientos se restringe al vestíbulo del hotel y a algunas tiendas de souvenirs situadas en la planta baja.

Asir un trozo de arco iris. Una semana después de haber aterrizado en Pyongyang, nos despedimos de Dong en la estación y subimos al tren que nos llevará de vuelta a China.

El convoy verde militar va bordeando la carretera hasta la ciudad de Sinuiju, levantada sobre las márgenes del río Yalú, la frontera natural con China. El paisaje es llano, de color ocre. A lo lejos, desde las ventanillas, se distinguen casas de madera y gente que cosecha arroz o maíz de forma manual.

Cuando llega el control fronterizo suben los policías a devolver los documentos y equipos que habían sido retenidos una semana antes en el aeropuerto, al ingresar. Cuatro mujeres vestidas con uniforme comienzan a inspeccionar a los viajeros.

Uno a uno (no hay tiempos preestablecidos) toman los equipajes y los revisan con meticulosa precisión, hasta encontrar las cámaras fotográficas digitales. Cada foto será vista minuciosamente y, las que no sean celebraciones propagandísticas del régimen (ciertos enfoques y en determinadas direcciones de los lugares recorridos) serán eliminadas de la memoria de la cámara, lo mismo que aquellas que incluyan personas con uniforme o mapas. Más aún, como el itinerario se basa en una excursión y programa preestablecido, la picardía de utilizar dos o más tarjetas de memoria (una que contenga las fotos prohibidas y otra las no prohibidas) y ocultar fotos es inviable. Nada ha quedado librado al azar porque, además, al ingresar al país, hemos realizado una declaración jurada con nuestras pertenencias. Las inspectoras ahora cotejan esa declaración con el contenido final del viaje.

Miles de fotografías de la corta visita al país van a parar al basurero. Algunos se ponen nerviosos y hasta hay lágrimas. El efecto en las inspectoras es contraproducente, porque más fotos son destruidas, incluso chips completos.

Cuando llega mi turno, una de ellas me pregunta con tono severo:

-¿Cuáles son sus fotografías?

-Están en los rollos, es una cámara antigua, respondo sonriendo.

-¿Has sacado fotos sin cámara digital? ¿De dónde vienes?

-Soy de Argentina, no de Europa, y no uso cámara digital.

Asiente, repite y repite “Ar-guen-tin” y grita: “Ya entiendo, !muéstrame!”

Me relajo. La mujer ha captado que no vengo de un país “imperialista”, que no soy blanco. Se le dibuja una sonrisa vacía. Extiendo mis rollos y mi Nikon F90 ante su vista. Ella murmulla en voz baja, como si buscara resolver qué hacer con mi antigua tecnología: confiscarme los rollos y/o velarlos o, permitirme llevarlos tal cual.

-Está bien- dice, mientras se dirige al siguiente camarote.

-Gracias- respondo y rápidamente guardo las películas.

¿Habrá sentido lástima por mi vieja cámara? No lo sé, pero he logrado atrapar en fotos un poco de la vida en Corea del Norte. Una compañera de viaje australiana me señaló entonces: “Has logrado asir un fragmento del arco iris en tu cámara”.

Apenas una rendija. Corea del Norte me abrió una pequeña rendija de su tierra, y aunque jamás logré perforar el mutismo absoluto de sus pobladores, vuelvo cautivado por más y más preguntas. ¿Hasta cuándo se sostendrá esa sociedad iconográfica que copia lo peor de la pesadilla del Tercer Reich y, como él, su visión falaz de la humanidad? ¿Qué puede hacer la comunidad internacional ante esta tiranía sin par? ¿Es mejor que ellos sean “liberados” como Afganistán e Irak, bajo las botas de un imperio arrogante e insaciable? Después de tantos años de aislamiento absoluto, el tiempo parece congelado en su interior. No conozco otro lugar en el mundo siquiera parecido. ¿Servirá esto como atractivo turístico, si alguna vez Corea se reunifica y su pueblo dividido se estrecha otra vez en un abrazo fraterno?

Un dios de este mundo

Dice la historia (oficial) repetida por Dong (nuestro guía de viaje) que “Kim Il Sung es el hombre más magnífico creado por el cielo. Cuando él llegó a este mundo, el firmamento se alumbró con una nueva estrella y dos arcos iris lo anunciaron; los árboles frutales florecieron misteriosamente. Nuestro líder escribió 100 mil libros de más de 150 páginas cada uno sobre todo el conocimiento humano y jamás se equivocó…”.

El endiosamiento de la dinastía Kim (principal pilar del sistema) cautiva y desconcierta de inmediato. En todo lugar, las imágenes del gran líder Kim Il Sung y de su hijo Kim Jong Il se contemplan en gigantografías imposibles de pasar por alto. No hay otro tipo de publicidad, de ninguna índole.

Mosaicos, estatuas y pinturas del líder adornan las paredes de edificios públicos, escuelas, estaciones de subterráneo, calles y plazas. Incluso en las cumbres de las montañas y en los sitios más remotos del país, hasta los principales accidentes geográficos llevan sus nombres.

Dong agrega: “Para nuestro pueblo, la máxima gloria y felicidad es luchar siguiendo su liderazgo, porque él es el presidente eterno de Corea. Gracias a él, no tenemos que cerrar las puertas de nuestras casas porque no hay delitos, ni prostitución, ni drogas. Somos el único país del mundo donde el socialismo se ha logrado y lo protegemos con la guía de nuestro líder. Gracias a él, no tenemos miedo de ser invadidos y destruidos otra vez. Donde hoy se levantan edificios, hace sólo 50 años había escombros y destrucción. Todo es obra de nuestro amado y querido líder”. Hasta existen gigantescos monumentos con la réplica de su firma.

¿Qué razones pueden impulsar a todo un pueblo a rendir un culto así? ¿Hipocresía del fingimiento que ha deformado la utopía comunista hasta transformarla en mentira? ¿O acaso la inseguridad de los creyentes y la necesidad de proclamar lo evidente?

¿Cómo fue posible? La colina Mansu, en pleno centro de la capital, es el corazón de la ciudad y a su alrededor se levantan los principales edificios. Allí, en dramática ceremonia, un hormigueo humano sombrío y lúgubre (incluidas mujeres y niños que parecen adultos envejecidos) asciende en fila, con paso firme y actitud militar, hacia la cima de la gran explanada al son de una marcha marcial.

Siguiendo un rito diario, portan en sus manos ramos de flores frescas. Frente a la esfinge de bronce de Kim Il Sung (una de las estatuas más grandes del mundo), inclinan su cuerpo rígidamente en señal de respeto y admiración religiosos durante algunos segundos. A continuación, depositan las ofrendas y se retiran caminando hacia atrás, sin dar la espalda a la estatua.

Cuando descienden del monumento, sus rostros reflejan una mezcla de tristeza y enajenación. No se oye ni un murmullo. Veo que absolutamente todos llevan un pequeño broche prendido en el pecho con la figura de Kim Il Sung. Nos enteramos de que ese broche no se compra; sólo se otorga a quienes hacen méritos suficientes.

La repetición de la escena no tiene fin. Nosotros mismos debemos hacerla. Me parece irreal, casi de levitación: debo saludar de forma similar a esa figura de metal que rasga el horizonte. Inclino la cabeza y guardo silencio.

La “era Kim”. Aquí, todos los ritos de la población giran en torno al “Gran Líder, el Padre de la Patria”. La vida y actividades cotidianas se centran en idolatrar a este hombre tanto como a un dios. Para ellos, Kim Il Sung es Dios y su hijo es “el Sol del Siglo 21″.

Jamás había visto algo semejante. Probablemente haya que remontarse cinco mil años atrás, a la época del Egipto de los faraones, para encontrar un sistema político que endiose a sus gobernantes de manera parecida.

Como el presidente (eterno) sigue siendo su finado padre, el actual gobernante, su hijo, Kim Jong Il, se hace llamar “Querido Líder”.

Según palabras del guía: “…l tiene una inteligencia asombrosa, un agudo poder de observación, una gran capacidad de análisis y una perspicacia extraordinaria. …l ha leído y recuerda todos los libros que escribió su padre”.

Los norcoreanos absorben representaciones pictóricas de los Kim de manera continua y repetitiva en todo lugar. Su percepción de la historia y del presente; sus mitos y verdades sobre los cuales construyen la memoria colectiva sólo se basan en ellos.

Al no tener ninguna posibilidad de examinar la veracidad de la versión oficial -remachada hasta el cansancio-, se encuentran a su merced.

Bien podría definirse que este gobierno constituye una teocracia monárquica absoluta, que ha conseguido cerrar la boca, los ojos y los oídos a toda la población.

El régimen ha logrado construir y sostener el poder al edificar un sistema teológico que adora a Kim Il Sung hasta considerarlo omnisciente.

Al mismo tiempo, como auténtica construcción de una religión, las imágenes transmiten y consolidan la fe colectiva. Por eso, además, los años se cuentan a partir de 1912, cuando él nació (por eso mi viaje se produjo en el año 98). Como homenaje al líder, una gran torre, llamada Juche, está levantada a 170 metros de altura y construida con 25.550 bloques de granito que representan los días de vida de Kim Il Sung al cumplir 70 años. Hasta la flor nacional se llama ” kimjongilia “.

En otra visita al principal santuario, el mausoleo de Kim Il Sung -donde yace su cuerpo embalsamado- en Kumsusan, me dejan boquiabierto escenas espeluznantes de aflicción y duelo.

Una enorme movilización de gente se desplaza hacia el lugar central de culto, tal vez la tumba más imponente que existe en la Tierra. A medida que avanzo por una cinta transportadora a lo largo de cientos de metros, se escuchan las palabras ” Uri janggunnin” (“Nuestro General”) entre sollozos y llantos histéricos. No ocultan sus lágrimas y sus pañuelos blancos.

Todos honran al Gran Líder con dramatismo y llanto, como si su muerte acabara de ocurrir, a pesar de que fue el 8 de julio de 1994. Aunque, según la versión oficial, “él no murió, está descansando en su palacio”. Por eso el Parlamento lo declaró “Presidente Eterno”. …l sigue siendo la Cabeza Suprema del Estado.

Radios sin dial. En Corea del Norte, la televisión sólo emite canales locales; las radios sintonizan una emisora estatal y no tienen dial; y está absolutamente prohibido cualquier tipo de lectura o libro extranjero. Con estas condiciones, y sumado al uso del terror y exterminio de cualquier forma de oposición, el pueblo ha interiorizado una imagen tan fantástica de los Kim que puede resultar demasiado complicado explicarle a un norcoreano cómo se vive en el resto del mundo.

Por eso, tal vez la mayoría de la población no pueda imaginar que exista otra cosa más allá.

Esta ignorancia y engaño se traslada a sus miradas vacías, como de robots, que cultivan, marchan, celebran juegos o repiten mecánicamente las ideas del Gran Líder. “El pueblo debe ser capaz de funcionar por sí mismo sin necesitar de ningún otro país. Debe ser completamente independiente en tres frentes: político, económico y militar”, cantan en actos públicos.

Tal es el convencimiento alcanzado que no hay indicios de ningún intento de rebelión o levantamiento contra el gobierno.

Hambre y poderío atómico

El régimen de Pyongyang rechaza todo tipo de presión o amenaza para democratizarse. Mientras, la población padece los efectos del aislamiento. Por ejemplo, una hambruna durante los años ´90 diezmó a sus habitantes. Se estima que entre 1.500.000 y dos millones de personas murieron de hambre a lo largo de esa década. Como consecuencia de la malnutrición, hoy un niño de 7 años nacido allí mide un promedio de 20 centímetros menos y pesa 10 kilos menos que uno de Corea del Sur.

Un potencial cambio violento de régimen por medio de una intervención militar extranjera probablemente produciría -por la alienación de los norcoreanos- efectos contrarios a los propuestos; incluso podría desatar un holocausto nuclear.

El arsenal atómico es, en definitiva, su política de disuasión frente a Estados Unidos.

“Estados Unidos depositó más de 200 bombas atómicas en Corea del Sur. Por eso tenemos derecho a desarrollar nuestro programa atómico. ¿Cómo nos piden que destruyamos nuestras armas cuando los norteamericanos las poseen y para ellos la guerra es un asunto inconcluso?”, dice, contundente, Dong.

Por eso, a pesar de que la mitad de sus habitantes viven en los límites de la malnutrición, el 9 octubre de 2005 el gobierno de Pyongyang hizo detonar su primera bomba atómica. Hoy, Corea del Norte es el país más militarizado del mundo (el 10 por ciento de su población está en armas) y acelera cada vez más su programa atómico y misilístico.

Sin dudas, el desafío que plantea Corea del Norte está íntimamente ligado al programa nuclear de Irán, que también se ve acosado por el intervencionismo militar de las naciones más poderosas. Este es un excelente argumento para el régimen.

Por otra parte, Kim Jong Il ya designó a su hijo como su sucesor. ¿Desaparecerá alguna vez este gulag construido por el “kimilsunismo”?

El tren del infierno

Publicado: 31 enero 2010 en Pablo Ordaz
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Dice que se llama Teresa, que tiene 26 años, que es de Honduras, que se dirige a la frontera con Estados Unidos, que venía andando por la vía del tren junto a otros emigrantes cuando dos tipos le salieron al paso, uno de 37 o 38 años y el otro de 25 o 26, que les dijeron que agacharan la cabeza y pusieran sus manos en la nuca, que se adentraran en el monte, que si cooperaban no les iba a pasar nada. Dice Teresa que a los hombres los registraron y les quitaron el dinero, pero que a ella y a su amiga, las únicas mujeres del grupo, las apartaron y les ordenaron que se bajaran los pantalones, que ellas se los bajaron mientras el revólver del más viejo las iba apuntando a las dos, de una a otra, como si dudara con cuál quedarse. El viejo, dice Teresa, era de bigote abundante, ojos grandes y nariz aguileña, el cutis áspero como si hubiera tenido acné o una cicatriz. Del joven sólo recuerda que era flaquito y tenía el pelo liso.

-El joven fue el que me violó a mí.

El siguiente se llama Mario. Dice que tiene 28 años, que es de Guatemala, que él y su novia, Elsa Marlen, de 19 años, embarazada de gemelos, apenas habían iniciado su viaje hacia Estados Unidos cuando en el municipio de Huixtla, en el Estado de Chiapas, Elsa Marlen desapareció. Dice que él la buscó durante semanas y que, buscándola, desanduvo sus pasos y regresó a Guatemala. Que fue allí donde meses después, y a través de fotografías que le mandó la cancillería de su país, reconoció el cadáver de su novia. Tenía las manos cortadas. La habían enterrado en una fosa común.

-He vuelto a México para matar a los asesinos de Elsa Marlen.

***

Hay más historias, muchas más, y todas esperan en fila para que Arelí las apunte en su libreta. La historia de un chaval de 13 años que confiesa haber matado a un hombre y ahora huye de vagón en vagón. La de un joven que fue violado y que nada más escapar de sus verdugos buscó por las vías del tren el amor de una mujer para intentar olvidar. La de un hombre llamado Donar, que se quedó dormido cuando viajaba junto a otros emigrantes en el techo de uno de esos trenes que van hacia el Norte. Y se cayó. El tren lo reclamó para sí, su tributo de sangre, y le cortó las piernas. Y Donar, que es hondureño y tiene un carácter dulce que es una lección de vida, se quedó aquí, en el albergue de Ixtepec, junto a Arelí, que llena libretas y libretas con el dolor que no cesa, y junto a David, un tipo fornido y bueno que se ocupa del difícil trabajo de proteger a los emigrantes de los que no lo son pero se visten como ellos para robarles hasta el aliento. Y de Alejandro, un cura valiente al que los traficantes de hombres han estado muchas veces a punto de asesinar, pero al que Dios aún no ha llamado a su lado, temeroso tal vez por la bronca que el padre le tiene preparada…

Porque Dios, si existe, fracasa aquí todos los días. Todas las noches.

Y esta noche -madrugada ya- es una de ellas. Esto es Ixtepec, un municipio de 25.000 habitantes del Estado de Oaxaca, lindando con Chiapas. Sur de México. Un lugar de paso casi obligado para los miles de emigrantes centroamericanos que cruzan desde Guatemala por el río Suchiate, buscando el tren soñado y temido que los llevará hacia Estados Unidos. Sin embargo, por culpa del huracán Stan, que a principios de octubre de 2005 azotó la zona llevándose por delante los puentes y el trazado ferroviario, los emigrantes tienen que cubrir a pie o en microbuses unos 280 kilómetros hasta llegar a Arriaga y abordar el primer tren, ya en el Estado de Chiapas. Hacen el camino intentando burlar los controles de la policía y el ejército, y para ello tienen que internarse en el monte, exponiéndose y cayendo con frecuencia en poder de las bandas de asaltantes que infestan una zona conocida como La Arrocera. Es el principio de una larga travesía que, de hacerse en línea recta, se alargaría casi por espacio de 5.000 kilómetros, pero que se convierte en infinita porque los trenes que van hacia el Norte son de mercancías y zigzaguean por todo el territorio mexicano sin frecuencia ni horarios fijos, sometidos al capricho de un fantasma tirano. El trayecto entre el río Suchiate e Ixtepec constituye, pues, el primer contacto de los emigrantes con la realidad del camino. A tenor de sus historias, las mismas que Arelí va apuntando en sus libretas, muy poderosa debe de ser la atracción del paraíso al que creen dirigirse o muy espantoso el infierno de miseria del que escapan para que sigan caminando.

***

Dice Gerardo, que tiene 39 años y es de Honduras, que precisamente en La Arrocera, al tratar de rodear una garita de vigilancia, cinco hombres le salieron al paso. Dice que dos de los asaltantes iban armados, uno con una escopeta, el otro con una pistola de nueve milímetros, que le obligaron a desnudarse, que lo tiraron al suelo de un garrotazo, que registraron sus ropas, que le quitaron todo el dinero que llevaba y que le amenazaron con matarlo si denunciaba. Uno de los asaltantes, el más joven, era alto y flaco, tenía el pelo lacio y calzaba sandalias, “guaraches”, dice Gerardo. El otro, el más viejo, llevaba sombrero y era bigotudo y tenía una cicatriz como de un navajazo en la quijada del lado derecho…

Es entonces cuando Arelí, apenas 27 años, levanta la mirada de la libreta y sonríe, pero su rostro, sus ojos verdes, que son el único eco de esperanza en esta madrugada tan negra, no reflejan precisamente alegría:

-El tipo del bigote…, la señal de la cicatriz en la cara…, el sombrero… La descripción de su acompañante: más flaco, más joven, con el pelo lacio. ¿Se da cuenta? Hace meses que los emigrantes, sean hombres o mujeres, vengan de Honduras o de Guatemala, nos señalan a los mismos tipos como sus verdugos. Pero no pasa nada. Las autoridades no hacen nada. Mire: lo peor no es el tren, que si te duermes y te caes te corta en dos como a Donar o te mata como a tantos otros. Lo peor no es ni siquiera la existencia de bandas de maleantes, de extorsionadores, de gente que mata o que viola. Lo peor de todo, la verdadera mezquindad, es saber que nadie te va a ayudar, que al Estado mexicano no le importa lo que le pase a los centroamericanos que pasan por su territorio camino de Estados Unidos. Que ni la policía ni el ejército, ni las autoridades encargadas de ayudarte, te van a ayudar. Porque aquí, desengáñese, el Estado no está, es un teatro. A veces, en el albergue hemos sabido que entre los emigrantes hay infiltrados sicarios de Los Zetas [uno de los carteles más sanguinarios de México], pero no hemos podido ni siquiera pedir ayuda a las autoridades porque sabíamos que no nos la iban a dar. Que incluso podía ser peor porque los mismos emigrantes te cuentan que ellos fueron asaltados por policías…

Hay un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) de México que corrobora las palabras de Arelí. Está confeccionado con los testimonios que 30 agentes de la comisión -sólo 30- recogieron en un periodo de seis meses -sólo seis meses-. Y aun así, los datos no pueden ser más terribles. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, casi 10.000 emigrantes centroamericanos que trataban de llegar a Estados Unidos fueron secuestrados y tratados con extrema crueldad a su paso por territorio mexicano. Muchos de ellos fueron capturados en grupos, bajados de los vagones de tren y confinados en casas de seguridad o en naves industriales. El rescate que se les exigía fluctuaba entre los 1.500 y los 5.000 dólares. La Comisión Nacional de Derechos Humanos calcula que la industria del secuestro obtuvo en ese corto espacio de tiempo más de 25 millones de dólares. Para ello, los verdugos no dudaron en utilizar una violencia extrema, que incluyó en muchos casos la tortura, la violación y el asesinato. Nueve de cada 10 víctimas recibieron amenazas de muerte dirigidas a ellas o a sus familiares. El 67% de los secuestrados era de Honduras; el 18%, de El Salvador; el 13%, de Guatemala, y el resto, de Nicaragua. También constataron los agentes de derechos humanos el paso de emigrantes procedentes de Ecuador, de Brasil, de Chile, de Costa Rica… Pero son los centroamericanos los que con mayor frecuencia, y con mayor desesperación, hacen la ruta hacia El Dorado que todavía, pese a la crisis, sigue representando Estados Unidos. Sus familias, y también sus países, dependen de sus remesas.

***

Hay quien sostiene, con una dureza no exenta de tino, que algunas naciones centroamericanas han sacrificado a sus ciudadanos para salvar sus economías. Al emigrante se le presenta en sus lugares de origen como un héroe, no como una víctima. A eso contribuye que el que llega encierra su rosario de sufrimientos y humillaciones, tal vez por vergüenza, en un cofre con siete llaves. Y el que no llega… también. Sólo Arelí y quienes como ella no están dispuestos a que México, su país, siga siendo un testigo mudo del horror, se han propuesto que las organizaciones de derechos humanos y la prensa conviertan en visible lo que hasta ahora no lo ha sido. El dolor tan íntimo de Teresa, la furia de Mario en busca del asesino de su novia, la huida sin destino de un niño asustado de 13 años, la terrible maldad de quien aprovecha el paso por sus pueblos de los más desprotegidos para hacer negocio. Golpeando, violando, matando… Sin freno. Sin castigo.

El albergue está lleno esta noche. Hay rumores de que la Bestia volverá por fin a rugir. La Bestia es el tren. Aun parado y en silencio, merece un apodo tan rotundo. Lleva dos días dormitando por culpa de un fuerte vendaval que mantiene cerrado el puerto de Salinas Cruz. Pero al parecer el viento ya está amainando y los barcos empiezan a llegar. El tren será cargado y volverá a pasar por Ixtepec de camino a Medias Aguas. Ése será el momento en que las decenas de emigrantes que dormitan en el albergue, al pie mismo de las vías, aprovechen para saltar y encaramarse al techo.

***

La vigilia se hace muy larga. A las tres de la madrugada, tan lejos aún del amanecer, los gallos se despiertan. Sólo un rato después, varios grupos de emigrantes, algunos con síntomas de haber entretenido la espera tomando alcohol, se acercan al albergue. David se coloca en la puerta. Sin más escudo que sus buenas palabras, los va cacheando uno a uno para evitar que entren con armas. Sentada en una mesa de plástico, Arelí les va preguntando uno a uno sus nombres, su procedencia, si han tenido algún sobresalto en el camino. Algunos mienten, y Arelí lo sabe. No son emigrantes. Tal vez algún día lo fueron, pero luego fueron captados por los propios carteles y pasaron de ser víctimas a trabajar para los verdugos. Son especialmente peligrosos porque tratándose de hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, hablan el mismo lenguaje que los emigrantes y los hacen confiarse, desvelar el nombre del familiar que, casi siempre desde Estados Unidos, los está apoyando con sus dólares. Una vez que descubren quién tiene dinero, el siguiente paso consiste en avisar a sus compinches de que en el vagón tres de la Bestia, con sudadera roja y una gorra negra de Nike, viaja un hondureño con plata. El asalto al tren, entonces, está cantado. Y esta noche es una de esas noches angustiosas en que David y Arelí sienten que algo sucio se está tejiendo. El techo de la Bestia no irá sólo ocupado por indefensos emigrantes a la búsqueda de un sueño.

El tren llega a Ixtepec un poco después del amanecer. Destino: Medias Aguas. Ese nombre destila peligro. “Medias Aguas ya es zona de Los Zetas. Si quieren montarse en el tren para acompañar a los emigrantes”, aconseja David a los periodistas, “intenten convencer al maquinista para que les pare en Matías Romero. Y si no les para, tírense del tren en marcha cuando aminore la velocidad. Pero por nada del mundo sigan hasta Medias Aguas”. David, aseguran quienes lo han tratado de antiguo, no es un hombre de muchas palabras, pero las que dice son de ley. Sin embargo, el maquinista no está de muy buenas pulgas. “¿En Matías Romero? ¿Parar allá? ¿Para qué? Ya veremos…”, contesta desde lo alto de su trono de hierro. “¿Usted sabe?”, se anima por fin sin que medien preguntas, “¿que los emigrantes nos acusan de estar coludidos con las mafias y que paramos el tren para que los asalten? ¡Qué barbaridad! Mire: usted mismo, si gira ese volante de hierro pintado de amarillo que hay entre vagón y vagón, puede parar el tren. Y los asaltantes lo saben. ¿Que no les ayudamos? ¿Eso dicen los emigrantes? Pues eso sí es verdad, ¿pero qué quieren que hagamos cuando nos apuntan con pistolas y hasta con cuernos de chivo…?”.

El tren se pone en marcha. Isabel Muñoz, autora de las fotos de este reportaje, lleva meses retratando el sufrimiento, y también las ilusiones, de los emigrantes centroamericanos a su paso por México. Esta mañana ya está montada en el techo abarrotado de la Bestia. Será su último viaje antes de concluir este reportaje, pero también uno de los más peligrosos. Arelí y David tenían razón. El tren es abordado a última hora, cuando ya está en movimiento, por cuatro muchachos que levantan las sospechas del resto. La Bestia acelera, ruge, pero ya se ha convertido en un peligro secundario. Todos los emigrantes, y no cabe ni un alma más en el techo, tampoco en los reducidos espacios que quedan entre los vagones, están pendientes de esos cuatro muchachos. No les quitan ojo. Ni apartan sus manos de las piedras que casi todos han ido cosechando silenciosamente en la estación de Ixtepec por si la ruta se tuerce. Los emigrantes tienen ante sí miles de kilómetros como éstos, llenos de peligros, de amenazas.

El tren sigue hacia el Norte después de hacer un alto en Matías Romero. Los periodistas se bajan. Y también lo hacen los cuatro muchachos, confirmando con esa sola acción que su interés no era precisamente la ruta hacia el Norte. Unos kilómetros atrás, en el albergue de Ixtepec, Arelí disfruta de unas horas de paz hasta la llegada del próximo tren. Cuando eso suceda, mujeres rotas y hombres manchados de miedo le contarán que un tipo con bigote, nariz aguileña y algo muy parecido a una vieja cicatriz surcándole la cara les obligó a desnudarse, les quitó el dinero, los apuntó con un viejo revólver…

-¿Se termina uno acostumbrando a tanto horror?

-Se termina uno acostumbrando. E incluso te puedes permitir acostumbrarte. Pero lo que no puedes hacer nunca es dejar de estar enojada. El día que dejes de enojarte con las injusticias, ya no servirás. Y habrán ganado ellos.

Los que hacen daño. Los que no hacen nada.

Niponas

Publicado: 18 febrero 2009 en Martín Caparrós
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1.

Hay un lenguaje: todo país es un lenguaje. Quizás, a veces, el viajero puede incluso suponer que entiende lo que le está diciendo. Y casi siempre se confunde, pero ése es el salero de los viajes.

 

Japón, en japonés, no se llama Japón sino Nihón –o Nipón si se le quiere dar más énfasis, como en dale nipón dale nipón o nipón la victoria final te espera virgen. No conozco más casos de países donde el nombre propio sea tan distinto del nombre propio que le dan los ajenos. Debe ser otra muestra de ese imposible: la comprensión entre nipones y gaijines –o goyim, o extranjeros.

 

Si hay algo que por el momento me impresiona de estos señores y señoras es su meticulosidad, sus miramientos. El horror por la mancha bajo cualquiera de sus formas: grande, enorme, clara, oscura, muy paralelepípeda, real, imaginaria. Les sospecho una taxonomía anchurosa de la mancha: como los esquimales tienen cincuenta palabras para hablar de los tonos del blanco, los ornitólogos decenas para las variaciones del jilguero, los argentinos tantas más para decir cagaste.

 

Porque la vida es más o menos así: uno se cree que ha visto pescados –por ejemplo– hasta que llega un día a ese mercado y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice la vida es así, hasta que llega un día y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice que la vida, hasta que llega un día. Y mientras tanto aquí, en el mercado de pescado de Tsukiji, se esconde el tremebundo fugu. Cada dos meses, poco más o menos, un japonés muere de fugu. El fugu es un pescado que tiene en sus vísceras veneno suficiente como para matar 600 vacas –supongo que es un cálculo, que nunca lo probaron–, y los locales se lo comen. Si no está bien preparado –por alguno de los cocineros que han seguido un curso de dos años y conseguido la licencia oficial–, el fugu mata: ruleta rusa con escamas. Ellos dicen que es rico, pero nadie les cree: no parece necesario que lo sea.

 

Como si lo que de verdad les importara fuera verse honorables: limpios, pulcros, la cabeza erguida, el traje presuntuoso por lo austero, la reverencia pronta. Por momentos pienso que tanto trabajo para edificar una fachada debe ocultar monstruos extraordinarios; después el optimismo se me pasa.

 

Tsukiji, todavía. En una palangana llena de agua boquean almejas. Escupen de vez en cuando, abren y cierran conchas. Me pregunto qué percepción de la vida y la muerte, las almejas. Les imagino modos: las han traído aquí, no saben dónde están y suponen quizás que su caparazón las protege todavía. Escupen, boquean; se las comen lo más tarde mañana. Me imagino que no imaginan nada, las almejas. Después, para mi gran sorpresa, veo que cuando las abren les mana sangre roja. Yo sé que no es así, pero las sorpresas siempre me hacen pensar que entendí algo.

 

Aunque nunca sea cierto. A lo lejos, Tokio parece un horror de edificios modernos y brillosos. De cerca, a veces, también, pero no es. Es muy difícil saber a qué distancia hay que mirar a las ciudades para verlas.

 

O para aprender a no mirarlas. Todos los japoneses esperan como un solo japonés su turno en los semáforos, en los largos semáforos de Tokio: en Tokio los semáforos son largos como una noche de esperarte. Le sugiero a un amigo sociólogo que calcule el tiempo que un japonés promedio usa, en su vida, para mirar al hombrecito rojo. Mi amigo me dice que entonces son felices:

 

–Están cumpliendo con su deber, cargando sobre sus pies el peso de las reglas, obedeciendo. No tienen nada que preguntarse, la consigna es clara: la siguen con un esfuerzo mínimo, sólo con sumisión. Es el momento japonés perfecto.

 

Me dice y yo le digo que sí, pero que en la tradición más clásica el cumplimiento del deber era más meritorio cuanto más difícil, y hablamos de los 47 ronin que llevaron el deber hasta la muerte y más allá, cerca de la deshonra.

 

–Es cierto. A los viejos, quizás, a los tradicionales les gustaría más que, frente al semáforo, en la vereda donde tienen que esperar, una parrilla les calentara los pies hasta justo antes de lo intolerable.

 

Dice mi amigo, o si acaso lo piensa, Pero ese arte de vivir se está perdiendo: a los jóvenes ya no les gustaría.

 

Contra tanta armazón de los mayores, jóvenes se desperdigan desparraman. Maneras de disidencia jovencita: los cuerpos desgarbados, las espaldas bombé, las mechas disparadas, los brazos dos colgajos monos remolones. Los jóvenes se empeñan con la figura de sus cuerpos en demostrar que no forman parte de la máquina, que no son un engranaje de Japón & Co –hasta que se gradúan y consiguen el puestito en la empresa y lo defienden con su vida. Lo conservan, lo pagan con su vida.

 

Y los patios de los templos están cubiertos de piedritas muy ruidosas. ¿Cómo si no podría saber el dios que el fiel está llegando?

 

En uno de los cientos de templos de Kioto tres monjes cantaban –calmo salmo– las palabras de Buda. No podía entenderlas y me aliviaba no poder: el olor del sándalo de sus ofrendas era mucho más que suficiente.

 

Los templos en Japón se esconden en la naturaleza, forman parte del paisaje que los rodea: me hacen pensar en una religión de hombres que aceptan su lugar y se acomodan. Los templos en Occidente acaban con cualquier naturaleza circundante: me hacen pensar en una religión de hombres que pretenden dominio. Prefiero la religión occidental –el orgullo de seguir buscando. O quizá nunca tuve la chance de preferir nada.

 

Los lugares turísticos de Japón se parecen a los lugares turísticos del resto del mundo en que unos y otros siempre rebosan de turistas japoneses. Pero lo que no sorprende en Notre Dame desentona en Tokio: el turista debería ser un animal exótico, cuya rareza justifique el esfuerzo de ir a verlo.

 

Tsukiji, una vez más. Un hombre que acariciaba, tajeaba, limpiaba y volvía a acariciar los restos de un atún hasta transformar cada trozo en partes de su arte. Pocas veces ví a alguien tratar la materia tan amorosamente como ese hombre su pedazo de atún, y después ví otro y otro y otro hombre, y más. Imaginé delicadezas, la famosa cultura milenaria, el templo. Aunque era claro que lo hacían por la razón de siempre: para que su aspecto sedujera al comprador que se lo va a comer dentro de un rato, a desaparecerlo.

 

Pero, sobre todo, las niponesas son maestras en el arte difícil de pararse con los pies para adentro: rodillas ligeramente juntas, los muslos separados, kawa bata.

 

“Vuela un cuervo. En la rama
posa el cuervo sus patas.
Vuela el resto”.

Dice el otro, ya tan atragantado de nipón que se le cruzan palabras sin quererlo.

 

2.

En niponés no hay letras, hay dibujos –que nos recuerdan que las nuestras son dibujos también, aunque hayamos aprendido a ya no darnos cuenta. Son dibujos, firuletes tan bellos. Una ciudad que no se puede leer es un alivio y es un desafío: vivimos en la facilidad de las palabras. Aquí, donde las letras no lo son, hay que buscar otros indicios, otros signos. Aprender a mirar o a simular miradas. Saber equivocarse. Aquí los perros no pueden salir a la calle sin correa –como en casi todo el mundo. Aquí lo observan. Se diría que aquí son, sobre todo, observadores fieles.

 

Aquí, en niponés, quiere decir otoño. Aquí, ahora, es primavera.

 

El reemplazo de signos funciona bien en la comida: cuando se les ocurrió que los extranjeros quizás merecían alguna información decidieron poner imágenes de sus platos a la entrada de sus comederos. Por alguna razón no creyeron en la fotografía: en la mayoría de los restoranes de Tokio hay modelos de plástico –la escala es uno a uno– de lo que dan como comida. Algunos harían furor en una muestra muy moderna; todos –casi todos– son mucho más apetecibles que el plato que, después, te ponen en la mesa. Una lección –menor– sobre la utilidad de la mirada.

 

El japonés es un idioma plástico, en aquel sentido de plástico como proteico, pasible de las formas más variadas. Escucho japonés y creo estar oyendo brasileño, italiano, ruso incluso, a veces japonés. La ignorancia permite casi todo –incluso la osadía de suponer que en esa supuesta falta de carácter se esconde alguna clave.

 

Vago con basuritas en la mano, pañuelos de papel sin nada más que dar o que tomar. En una ciudad tan impecable nunca encuentro tachos de basura. Un amigo español me demuestra que ellos también pueden ponerse psicologistas:

–Sí, los japoneses tragan, tragan, tragan. Así como se tragan la basura.

 

Otro me explica que, en el Imperio de la Regla, el cáncer de estómago –el arte de tragar– tiene más incidencia que cualquier otro cáncer.

 

Detesto esas definciones, pero aún así diré que este país es un país de tímidos tan tímidos. Supongamos que un gaijin –un extranjero– le muestre al guarda del tren su pase ferroviario tapando con los dedos la fecha de validez –que ya se habrá vencido. Supongamos que el guarda haga un pálido intento por pedirle que le muestre la fecha, que el gaijín ponga cara de no ve que estoy muy ocupado cómo se atreve a molestarme so empleado; el guarda, entonces, carraspeará muy leve pero no le exigirá al gaijin colado –¿existe, en niponés, la palabra colado?– que le muestre su pase ferroviario. Yo lo ví. La timidez es el horror ante la sombra de un conflicto: para evitarlo están las reglas, los límites, la honestidad antes que nada, un aparato que también llaman cultura.

 

También es esa escena repetida: no hay que contar el vuelto, me explican a menudo; contarlo sería ofensa, suponer que podría haber de menos –¿que podría haber de más? El mecanismo es simple: buscas el hotel, llegas al hotel, entras en el hotel. Antes que nada te hacen sacarte los zapatos: te sacas los zapatos y pides un lugar –porque no sabes cómo llamarlo, no es una habitación, pero tampoco estaría bien llamarlo nicho.

 

Entonces te dan una llave, te dicen que dejes toda tu ropa en el armario de esa llave, que te pongas la bata. Embatado, descalzo, bajas por escalera con alfombra hasta el piso del baño comunal: quince o veinte japoneses en pelotas lavándose hasta el último pecado con duchitas antes de meterse en la inmensa bañera de agua muy caliente. Retozas, entonces, en la bañera, entre cuerpos japoneses relajados, distantes –tímido te mueves, casi nada, sin saber cómo tendrías que hacerlo. Igual te miran.

 

Sales del agua, vas hacia tu ¿espacio?: es hora de acostarse. Entonces atraviesas pasillos y pasillos llenos de agujeros como un ojo de buey, dos filas superpuestas, lo más parecido a una morgue americana de película, y un leve nudo en la garganta. Estás a punto de salir corriendo –y no sabes por qué no sales corriendo. Hasta que encuentras tu número, un nicho de la fila de abajo, te metes, buscas la luz, enciendes la luz, ves el espacio pura cama, sólo el espacio indispensable de la cama. El hotel-cápsula sólo te da lo imprescindible para el sueño: el espacio cama, la almohada, media sábana, la tele chiquitita. Sólo lo imprescindible: por supuesto, la tele.

 

Todos lo dicen: Japón es un país en crisis. Para oponerse a la falta de recursos del Estado, un secretario de Estado anuncia que piensan subir el impuesto al consumo –el IVA local– del 5 al 10 por ciento. Dice que está en estudio y que la medida, si se aprueba, entrará en vigor dentro de cuatro o cinco años. Dice: dentro de cuatro o cinco años.

 

Estoy harto de que me hablen de crisis –japonesa. En la Argentina la recesión se ve: son vacíos, agujeros en lo que alguna vez supimos ser. La economía se ve y, por esa exhibición, se vuelve porno. Aquí, si acaso, se comprende tras larga explicación. La economía, aquí, se vuelve a su lugar: la abstracción, la mano con los hilos detrás de la cortina, erotismo.

 

En el canal porno del nicho pasan una larga larga larga violación nipona. Está filmada tan torpe que parece real –o quizás en eso esté su astucia. Es porno brutal: muy efectivamente repugnante. La mujer se resiste como podría resistirme yo a una lectura de poemas de Mario Benedetti: sin mayor entusiasmo. En algún momento empieza a aceptar su suerte; después simula que disfruta. Parece que los hombres niponeses también necesitan creer que las mujeres niponesas no pueden seguir decidiendo más allá del momento en que ellos les muestran –como sea, la garompa en la mano, el ceño amenzante, la palabra suave– lo que ya decidieron.

 

Pero hay maneras. En medio de lo bestia unos cuadriculitos esconden los genitales de ambos sexos –los sexos de ambos genitales. Me parece muy japo: la brutalidad más absoluta también está sometida a reglas, límites precisos, que la convierten –suponen, supongo– en algo que podríamos llamar civilizado.

 

Luna sobre el estanque, los movimientos lentos, la flor de los cerezos palideciendo el aire: el tono del viejo Japón es la melancolía. Y ahora que eso también es viejo, la melancolía de extrañar aquel humor melancólico, cuando cada cosa ocupaba su sitio, cuando era claro el sitio de las cosas. La civilización, aquí parece, es una forma de la melancolía.

 

“Tantas hojas cayeron;
otras no.
Creyeron ser de piedra”.

Musita el otro, los ojos achinados de distancia, ya partido.

 

3.

Hay momentos. Me fascinó la forma en que el aprendiz le preguntaba a su maestro cocinero si había cortado bien aquel pescado. Podría pensarlo, analizarlo y estaría tan en contra: la sumisión, el poder del saber, la jerarquía triunfante. Pero ese gesto de los ojos bajos y las manos crispadas preocupadas y el temor del rechazo o de la aceptación eran amor: belleza pura. Uno se deja trampear por esas cosas. Y entonces el maestro mira aquel pescado, los ojos bajos del joven aprendiz y le dice que, en realidad…

–¿Qué querrías que dijera? Yo, ahora, por ahora, podría decidirlo. Es mi prerrogativa.

 

Son tan amables, pero tan tan amables. La amabilidad es el arte de mantener perfectas las distancias.

 

No hay lugar. Por eso es tan difícil mantener distancias. No hay lugar, y quizá su efecto más visible –más allá de las masas desatadas, las aglomeraciones siempre tan prolijas– sea el concepto de ciudad realmente vertical, que no he visto en ninguna otra parte. Nuestras ciudades son verticales para ciertas cosas: está entendido que el nivel de la calle es el espacio público, el lugar del mercado, y los altos el espacio privado: la habitación o la administración. Aquí no. Hay, por supuesto, un negocio en la planta baja, pero también puede haber un restorán en el quinto, una peluquería en el séptimo, una juguetería en el cuarto piso. Será tonto, quizás, pero es distinto.

 

Acabo de pasar tres semanas en Japón –por razones de fuerza mayor que se volvió menor. Y hubo tantas tonterías que me llamaron la atención:

Que nadie entiende un mapa.

Que las puertas de los taxis se abren y se cierran solas.

Que en tres semanas no vi ni una sola mujer embarazada: o se cuidan muchísimo o casi no se cuidan.

Que los oficinistas dejan sus portafolios en el portaequipajes del subte y se duermen –tan tranquilos, por fin tan relajados.

Que nunca –salvo dormidos en el subte– conseguí verlos relajados.

Que hay tantos oficinistas –su traje oscuro, su camisa blanca, una corbata al tono de esa falta de tonos.

Que todos creen que los demás son fiables –y actúan en consecuencia.

Que al cabo de unos días yo mismo empecé a actuar en consecuencia, y era tan agradable.

Que en tres semanas las carcajadas fueron siempre extranjeras.

Que hay falsas pistas de esquí que parecen hangares inclinados, falsas canchas de golf que parecen grandes pajareras, falsos lagos de pesca que parecen piletones de la empresa de aguas: que cosas que simulan que son otras parecen a su vez otras cosas, y así y así y así.

Que hay muchos policías con sus gafas de aumento.

Que hay muchos policías que se te tiran encima con bastones.

Que hay tanta tanta tanta gente.

Que las sonrisas pueden significar cualquier cosa y su contrario.

Que muy pocos hablan inglés –sin entusiasmo.

Que la televisión parece boliviana –con el debido respeto a los hermanos latinoamericanos.

Que tantos se desviaron de su recorrido para llevarme al mío.

Que los trenes tampoco saben llegar tarde.

Que no se oyen bocinas.

Que los niponeses parecen creer menos que otros en la utilidad de las palabras.

Que Tokio es una potencia desatada –y a su lado Nueva York es un museo de provincia francesa.

Que de tanto en tanto aparece, en medio del vértigo, un templo –y todo se detiene.

Que las mujeres tienen las piernas macetonas y muy muy pocas son bonitas –con perdón del concepto.

Que todos creen que los extranjeros son un poco tontos.

Que los extranjeros, ante tanto despliegue, en general se atontan.

Que me gustó haber estado mucho más que estar pero eso, por desgracia, me pasa tantas veces.

 

Lo entendí tarde: una buena chica japonesa –dicho, digamos, en el sentido en que se diría buena chica judía: pronunciado por la posible suegra– debe tener las rodillas lo bastante chuecas como para que se vea que responde a su raza.

 

Responden, revolotean, abundan. Colegialas vestidas de marineritos que son el non plus ultra del erotismo japonés. Colegialas vestidas de marineritos: lo que está cerca de ser una mujer sin ser una mujer. Una mujer, supongo, debe serles algo de temer. Por eso, me apresuro, la idea de la geisha: todo ese poder a su servicio –por definición, por tradición a su servicio.

 

Otra vez el pescado –pero los japoneses son los reyes del pescado: se comen, ellos solos, un décimo de todo lo que en el mundo nada.

–¿Pero usted puede comer pescado crudo?

 

Me pregunta, con gran delicadeza, una geisha que hacía de camarera o viceversa en un famoso restorán de Tokio que, por supuesto, sirve pescado crudo.

–Sí, claro.

–¿Está seguro?

 

Un modo extremo del nacionalismo: la ceguera. No creer –no querer saber– que millones de personas en el mundo se comen su pescado crudo, que extranjeros pueden hacer cosas que sólo japos deberían. La astucia no está en rechazar al gaijín porque se diferencia; sí, en rechazarlo cuando podría parecerse. El extranjero, para ser, debe ser extranjero, o sea: distinto, por favor, faltaba más.

 

Japón no parece preparado para la diferencia. Me paso los días golpeándome las cabezas con carteles bajos, puertas bajas, lámparas más bajas –y no se me cae nada. Nunca antes me había sentido tan alto. Ahora sé cuál es el precio del orgullo.

 

Alguien dijo que la vergüenza ocupa en el Japón el lugar de regulación de las conductas que la culpa cumple en Occidente, y puede ser. Hay vergüenza cuando su grupo –el fragmento de sociedad que lo rodea– le hace ver al fulano que ha hecho lo que no debía; culpa, cuando su Dios –el que el fulano se inventó, sí mismo– sabe que ha pecado. La vergüenza es grupal, la culpa función del individuo: es una diferencia significativa.

 

Suelen ser jóvenes, suelen ser hombres: los encerraditos son un invento niponés y se pasan entre seis meses y varios años en un cuarto –de la casa familiar, habitualmente– sin hablar con nadie, saliendo si acaso por las noches a buscarse una comida, una revista, algún otro alimento. En Japón hay un millón de encerraditos: el grado último de la timidez, del miedo a la vergüenza.

 

Chocar de una campana con sí misma: música de la ausencia reclamando.

 

¿Importa en el largo plazo quién inventa algo? Se supone que fueron los chinos los que inventaron la pólvora; está claro que fueron los europeos los que la usaron para conquistar el mundo. Está claro que fueron los europeos los que inventaron el avión, la televisión, el microchip; se puede suponer que quizás sean los japoneses o los chinos los que los usen para reconquistar el mundo.

 

Me incomoda: aquí las siluetas son occidentales. Los coches tienen las formas que les pensaron el señor Daimler o el señor Peugeot, las casas las que Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, los trajes las que Saville Row, las laptops las que William Gates –y muchas costumbres también se reformulan en el mismo sentido. Entonces, si Japón o China dominan –Dios no lo quiera– alguna vez el mundo, quién lo habrá dominado, me pregunto.

 

Veía un cartel en inglés que ofrecía “your virgin rolex in this shop” y me imaginaba cómo sería un rolex desvirgado y la escena sangrienta de su desvirgue y algún grito: cuántas cosas te hacen decir las palabras, pensaba, sin querer, y me preguntaba qué estuvieron diciendo las mías en estos días nipones.

 

“Un semáforo, dos,
tres: una sola
manera de mirarlos”.

Murmuró, modernizado, harto de las metáforas jardineras y de un mundo que te explica todo el tiempo como tienes que usarlo, y se volvió a su casa.

En el verano neoyorquino, los desfiles del orgullo nacional, de los innumerables orgullos nacionales que viven aquí, son tan comunes como los camiones heladeros de Mr. Softee, con su música infantil que se repite insoportable, o los nenes jugando en la cascada de los hidrantes en las calles de los barrios latinos. Los negros del Caribe angloparlante hacen un carnaval tremendo en Atlantic Avenue, en Brooklyn; los griegos y los alemanes tienen sus desfiles aburridos a un costado de Central Park; los dominicanos arman uno en el Bronx y otro en Manhattan; los puertorriqueños son tantos y asustan tanto a las tiendas de lujo de la Quinta Avenida con su “parada” (parade) que estas protegen sus vidrieras de ese aluvión de piel morena con enormes planchas de madera. Los estadounidenses que no se consideran más que “Americans” –ni  Italian-americans, ni African-americans, ni Asian-americans– prestan poca atención a tanto fervor étnico, a menos que les cause demoras en el tráfico.

Los ecuatorianos también son muchos, fiesteros y ruidosos, por lo que veo este domingo de agosto desde el pavimento caliente de Northern Boulevard, en Queens, el condado más cosmopolita del país. A pesar del sol que quema la cabeza, miles se amontonan a lo largo de veinte cuadras para ver el desfile del Día de la Independencia (ecuatoriana, claro). Su bandera se presta muy bien para la ocasión: el sol atraviesa esos colores primarios, amarillo-azul-rojo, y los hace brillar alegres en el mediodía. Desde las carrozas y los camiones con parlantes, locutores y cumbieros de camisetas de la selección animan a la multitud.

En el escenario central, dos locutores se turnan en “esta maravillosa tarde” para saludar a las ciudades “que hoy dicen presente”, destacar la belleza de las misses de distintas jurisdicciones sentadas en el palco queriendo no transpirar, explicar que la tenacidad de los bailarines folclóricos bajo el sol veraniego “es una muestra de lo que somos los ecuatorianos” y mechar cada tanto un “¡que viva el Ecuador!”

Los ecuatorianos son una de las comunidades latinas más grandes de Nueva York, aunque no suelen aparecer tanto en los medios ni en las conversaciones como boricuas, dominicanos o mexicanos –grupos con más historia en Estados Unidos–. Tras haber vivido más de cinco años en la ciudad, sé que hay muchos taxistas ecuatorianos, que los ecuatorianos juegan mucho al voleibol en los parques, que una gran parte de ellos vive por aquí –Jackson Heights y sus alrededores–, que hay un camión de comida ecuatoriana que se estaciona en Roosevelt Avenue con una pantalla donde pasa fútbol vía satélite. Pero no sé mucho más.

Por lo que veo, aunque vivan a 4,500 kilómetros de Quito, los ecuatorianos neoyorquinos están muy metidos en la política de su país. Un hombre sostiene un cartel de PAÍS, el partido del presidente Rafael Correa. Otros tres muestran unas cartulinas blancas con mensajes para Correa en prolijos renglones escritos a mano: “ACABA CON LOS DELINCUENTES POLÍTICOS Q’ CON SUCIAS MENTIRAS AN DESTRUIDO A LOS ECUATORIANOS……… QUE NOS OBLIGARON A DEJAR NUESTRA PATRIA”, dice uno. El punto de la “i” de patria es un corazoncito. “TODOS LOS QUE AN GOBERNADO DEBEN TENER VERGÜENZA DECIR ‘YO FUI PRESIDENTE DEL’ ECUADOR”, dice el de al lado. Cuando una representante del gobierno ecuatoriano habla al final del desfile, la mitad de la gente la aplaude y la otra mitad la silba. Lo que no se ve son señales de apoyo (ni de repudio) a ningún político gringo, aunque faltan menos de 100 días para la elección presidencial en Estados Unidos.

Queens es el punto de partida de un viaje que empezaré mañana. En el Subaru 1992 de mi novia, que tiene más de 280,000 kilómetros, vamos a cruzar Estados Unidos de norte a sur, desde la Nueva York progre hasta la Texas conserva… y luego hasta el D.F., donde nos mudamos hace poco. En el camino, planeo hablar con latinos que me encuentre sobre la elección presidencial, sobre quien podría ser el primer presidente negro de Estados Unidos, sobre qué significa vivir aquí en esta época en que “inmigrante” es casi una mala palabra.

El desfile es una buena manera de empezar a averiguar qué piensan los latinos en Estados Unidos. Los políticos estadounidenses hasta hace poco pensaban que con ir a la Pequeña Habana en Miami a tomarse un café en el Versailles y hablar mal de Fidel Castro tenían solucionado el voto latino. Hoy ya saben que con eso no alcanza. Lo que no sé si saben es que el voto latino en sí no existe. Existen muchos votos latinos, en una población tan diversa que viene en veinte nacionalidades, varios colores (blanco, negro, marrón, amarillo), muchos idiomas (español,  guaraní, maya, náhuat…), una amplia variedad de religiones y, como si esto fuera poco, para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, con muy distintas ideologías. Claro que son escasos los estadounidenses que comprenden lo diferente que es un peruano de Nueva Jersey de un salvadoreño de Washington, D.C., o un dominicano del Alto Manhattan de un mexicano de Chicago.

Cuando está terminando el desfile, los políticos que engalanan el palco dan sus discursos de ocasión: un dominicano que es comisionado de Asuntos Inmigrantes, un ecuatoriano que es funcionario del estado de Nueva York, un político joven hijo de ecuatorianos que se llama Francisco Moya. Con las consonantes marcadas de algunos hijos de hispanos, Moya agradece a los organizadores de “esta linda parada” y anuncia que irá de delegado a la Convención Nacional Demócrata (es el primer ecuatoriano-estadounidense en lograrlo) “para elegir al próximo presidente de los Estados Unidos”. Lo aplauden sin mucho entusiasmo: “Bieeee…”

Después de que un relator de la tele le dedica a la gente un grito de “Goooolll” y de que todos cantan el himno ecuatoriano, le pregunto a Moya por la bandera del Che que ondea por ahí, por los carteles sobre la política ecuatoriana. “No vi ningún cartel demócrata ni republicano”, le digo.

 “Debería haber un equilibrio”, me dice, como buen político que evita dar respuestas negativas, “tienen una conexión tan fuerte (con Ecuador) que deja en claro la pasión que la gente tiene por la política. Esperamos atraer hacia aquí esa pasión que tienen por lo de allá, para que los ayude en el nivel local”.

Moya no es el único interesado en explotar esa pasión. Se dice que los latinos podrían definir la votación en cuatro estados que están en la columna de los indecisos en esta elección: Colorado, Nevada,  Florida y Nuevo México. Y, como en Estados Unidos cada victoria en un estado asigna un número fijo de votos en el colegio electoral, las campañas del demócrata Barack Obama y del republicano John McCain se están gastando mucha plata para tratar de seducirlos. Los clásicos avisos en español que apelan a los valores de las “trabajadoras familias latinas” invaden Univisión, Telemundo y YouTube. McCain aparece en público con Daddy Yankee; Obama tiene el apoyo de Juanes.

Lo que no sé, y empezaré a averiguar mañana, cuando crucemos el río Hudson hacia Nueva Jersey y tomemos la autopista I-95, es qué piensan los latinos de esta elección. ¿Van a votar? ¿Sienten que Obama y McCain les están hablando en serio o los están usando? ¿Votarán a un negro, siendo que tantas veces hispanos y negros se ven como competidores? ¿Tienen tiempo para preocuparse por todo esto, cuando en sus pueblos y condados se aprueban leyes antiinmigración y los sheriffs  salen de redada con agentes de la Migra?

¿Llegará el Subaru hasta Texas?

***

Lunes 4 de agosto: primer día de viaje. Cinco horas y poco pasan rápido, mientras atravesamos Nueva Jersey, Delaware y Maryland hasta entrar a Virginia, a los suburbios al oeste de Washington, D.C.

Vamos a Manassas, un pueblo de ladrillo rojo y banderas estadounidenses en las farolas, con un campo de batalla de la Guerra Civil hoy parque nacional, con cañones de aquella época en el césped del museo, con enormes letras negras en el tanque de agua celeste que celebran el título estatal 2006 de los Eagles, el equipo de fútbol americano de la secundaria local. Las autoridades estiman que en 2008 el pueblo tiene 36,666 habitantes. Me pregunto si no se habrán tentado de cambiarle el último dígito, para que no pareciera tan diabólico.

Manassas, después de todo, es un lugar malvado para algunos. Es malvado para los latinos que abandonaron el pueblo este año, sintiéndose perseguidos. Algunas calles donde vivían, me dirá la activista local Teresita Jacinto, hoy se ven como un pueblo fantasma.

En el norte de Virginia hay muchos grupos de ciudadanos indignados por la inmigración ilegal, como Help Save Manassas –Ayude a Salvar a Manassas–, que busca proteger al pueblo de los “peligros considerables” que traen los “illegal aliens”. Help Save…, de hecho, se ha extendido por la zona como una franquicia de la intolerancia, con tanto éxito como las de comida grasosa o de planchado y limpieza en seco: Help Save Loudoun, Help Save Hampton Roads, Help Save Virginia, Help Save Maryland, Help Save America. Estos grupos han sido muy efectivos en presionar a los gobiernos locales para que tomaran medidas contra los indocumentados. Y en el condado de Prince William, donde está Manassas, lograron que se permita a los policías interrogar a los detenidos sobre su estatus inmigratorio, algo que normalmente solo pueden hacer los agentes federales. Al principio –aunque la norma inicial luego fue suavizada– esto incluía a los sospechosos de cualquier falta, no importa qué tan mínima. Al cruzar la calle por mitad de cuadra  un indocumentado se arriesgaba a terminar deportado a su país de origen.

Estacionamos el auto en el barrio de Old Town, en la calle Liberty. Esta se llama así porque era la que, al bajarse del tren, tomaban los negros que llegaban aquí huyendo del Sur esclavista. El nombre de la calle les cayó perfecto a los activistas pro inmigrantes, ya que les permitió bautizar a su símbolo máximo “El Muro de la calle Libertad”.

El Muro –a secas, como lo llaman los demás– es el último costado en pie de una casa de madera que se incendió, en el 9500 de Liberty Street. El dueño de la propiedad es Gaudencio Fernández, un mexicano que lleva 29 años en Estados Unidos. Con pintura azul, roja y negra, Gaudencio ventiló su bronca por la nueva ley. “Condado de Prince William y ciudad de Manassas, capital nacional de la intolerancia”, se titula su furia. Iguala al concejo local con los que colaboraban con el Ku Klux Klan hace un siglo, llama a los estadounidenses blancos “European-americans”, y les recuerda que los mexicanos y centroamericanos que son la mayoría de los latinos de por aquí son “Native americans”, o sea, americanos originarios.

“Los europeo-estadounidenses exterminaron a millones de americanos originarios para robarse América, ellos fueron los primeros extranjeros ilegales. Tienen una historia de 500 años de violación, robo, asesinato, esclavitud, fronteras artificiales (…) Prefieren tener un pueblo fantasma antes que vivir entre americanos originarios.”

“Detengan la persecución. Exigimos igualdad y justicia para todos. No seremos sus esclavos del siglo XXI.”

Al rato, llega Teresita Jacinto, maestra de escuela nacida en un rancho de Texas y miembro de Mexicanos sin Fronteras. Vestida con una blusa negra bordada de flores que me recuerda a Rigoberta Menchú, Teresita peina bastantes canas sobre un ceño que no se desfrunce muy seguido. Me cuenta que Gaudencio –de  vacaciones en Puebla– debe ir a la corte a defender su cartel cuando vuelva y tiene que mantener el terreno impecable porque los funcionarios lo vigilan de cerca para darle citaciones ante la mínima falta. La predicción del muro se cumplió –dice– porque, desde que se aprobó la resolución, los latinos han abandonado el pueblo. La cantidad de hijos de inmigrantes en la escuela donde ella enseña bajó en 2008. Cada febrero, 600 nuevos alumnos solían inscribirse, cuando los trabajadores itinerantes llegaban a la zona para trabajar en construcción tras lo más duro del invierno. Este año, en lugar de aumentar, la cantidad de estudiantes cayó de forma abrupta. “Hubo 650 estudiantes menos”, dice, “se fueron”.

Al mediodía siguiente, vagando por Manassas, paramos a comer en La Antorcha, restaurante Sal-Mex. Aunque desde su brillante exterior amarillo y azul no parece gran cosa, el lugar es agradable y cuidado, con manteles blancos, sillas de cuero color piel y una máquina de discos con música grupera. Silencioso, también. No hay nadie más que Beatriz Monge, una salvadoreña de 21 que es la que atiende. Le saco una foto con la sandía a la que le está cortando un borde de dientes triangulares como una corona y le pregunto que si siempre está tan quieto. No, antes venía más gente a almorzar, pero es que es el pueblo el que está vacío. Vacío de latinos.

 “La gente vendió sus casas, los niños dejaron la escuela –dice–, porque la policía se los podía llevar.”

Nos vamos. Los únicos que entraron mientras comíamos nuestras pupusas con  loroco, queso y chicharrón fueron dos tipos que preguntaron si podían dejar una pila de guías gratuitas para que la gente se las llevara.

Desde un par de semanas antes de llegar, vengo tratando de contactar a los integrantes de Help Save Manassas. Al fin y al cabo, la historia acá la escriben ellos, los que ganaron. Pero ninguno me contesta los correos. Igual, en su sitio web tienen una lista de comerciantes locales que adhieren al programa Do the Right Thing –Haz lo correcto–: no contratan a nadie sin papeles.  El primero en la lista es el taller de chapa y pintura Andrews Auto Body.

El dueño, Ray Andrews, es más simpático y… ejem… más cobrizo de lo que pensé. Mis prejuicios se me quedan patinando en la cabeza por un segundo. Es que Ray tiene cara de latino, no de European-american ultra-nativista que odia a los “illegal aliens”. O, mejor dicho, tiene cara del estereotipo del latino: piel cobriza, cabellos negros. Para completar, barba y bigote negros. Al rato, me entero: Ray es un Native american, un indígena, un americano originario. Nació en Ohio pero es miembro de la tribu Sault Ste. Marie de la Nación Chippewa, basada en Michigan, en la frontera con Canadá.

 –Me lo preguntan todo el tiempo –dice Ray, parado afuera del taller, de camisa caqui arremangada, con la típica etiqueta bordada de los mecánicos: “Ray”.
 –¿Qué cosa?
 –Que si hablo español, que si estoy legal.

Cuando perdió su licencia de conducir y tuvo que sacar otra, Ray Andrews, 43 años, descendiente de los que vivían en Estados Unidos antes de que Estados Unidos existiera, tuvo que probarle a los burócratas desconfiados que es estadounidense. De hecho, dice su esposa, Vicky, tuvo que llevar cuatro documentos distintos para demostrarlo.

 “Me pedían la Green Card”, dice Ray. La tarjeta verde, el documento de los inmigrantes documentados. También la policía lo detuvo un par de veces mientras manejaba, sin razón aparente.

Ray asegura que no tenía idea de que su negocio aparecía en el sitio de Help Save Manassas, que él no se anotó en esa lista. Recuerda haber dado su tarjeta de presentación a uno de los miembros, nada más. Igual, sí está de acuerdo con el grupo en algunas cosas. “Estoy en contra de que cualquier inmigrante ilegal, no importa de dónde sea, de México o de Inglaterra, venga y reciba un montón de programas de asistencia pública”, dice.

Separados solo por unas cuantas cuadras de las tranquilas calles del condado de Prince William, Gaudencio Fernández y Ray Andrews son dos descendientes de los primeros americanos, dos “americanos originarios”, como escribió Fernández en su pared. Sin embargo, sus visiones son tan divergentes que se chocan. Lo que para el mexicano son fronteras artificiales, para el estadounidense son límites reales que deberían mantener separadas a las personas “legales” de las “ilegales”. La identidad que Fernández usa para justificar la presencia de los latinos en Estados Unidos es para Andrews lo que le da el derecho a exigir que no se les permita entrar.

***

No todos los latinos son tan militantes como Gaudencio o Teresita. Casi una semana después de Manassas, pasamos por Milton, un pueblito breve en el norte de Florida, en la costa del golfo de México. Milton también vio partir a sus latinos, pero aquí fue después de una redada de la Migra.

En La Hacienda, un restaurante mexicano, el dueño, Gerónimo Barragán, acaba de llegar del servicio religioso de su iglesia baptista. Nació cerca de Guadalajara, pero cuando habla en inglés, lo hace con el acento arrastrado, de diptongos largos, de los sureños. Viste prolijo, próspero, de corbata y camisa blanca y pantalones pinzados aunque el restaurante está cerrado por ser domingo. El poco pelo que sigue a su frente amplia va bien cortito, resalta sus orejas pequeñas. El restaurante es grande y con pretensiones –es uno de dos que tiene Gerónimo–. Los únicos sonidos vienen de una mesa del fondo, donde unos amigos suyos, miembros de su iglesia, conversan bajito.
En febrero, el sheriff local y agentes de Inmigración salieron de redada por negocios del condado, en busca de personas que estuvieran usando identidades robadas para poder trabajar como si fueran “legales”. Tras el arresto y la deportación a México y Guatemala de 10 de sus empleados, espero indignación, piedad, puños levantados al cielo.

 “Aunque en este caso nos tocó perder, estamos de acuerdo con lo que los líderes están haciendo”, dice Gerónimo, serio y pausado, “este país está luchando por tener a todo el mundo identificado, legal. No estamos en contra. El país hace lo que tiene que hacer”.

De todos modos, la deportación de sus 10 empleados seguro que lo afectó… ¿no? Sí, dice, le costó mucho conseguir nuevos trabajadores para reemplazarlos. ¡Plop!

De hecho, cuando algunos residentes del pueblo organizaron una protesta contra la redada, Barragán no fue. No solo eso: se reunió con el sheriff para asegurarle que no le guardaba rencor. “Fui a decirle que no había resentimiento con él –dice–. No estábamos involucrados en eso ni en ningún movimiento así. Solo queríamos ayuda para volver a abrir nuestro negocio. Entendimos que era su deber.”

Un tipo como Gerónimo, empresario próspero en el Sur conservador, quizás cuestiona la imagen generalizada de las ideologías de los latinos en Estados Unidos. Pero no todos son pro inmigrantes a cualquier precio, no todos creen en “la Raza”. Hay gente que lo único que quiere es que la dejen en paz, que la dejen prosperar si puede o que la dejen trabajar duro hasta que eso suceda. Que no le pidan ir a votar cada dos años, porque no le interesa la política. Que no le cobren demasiados impuestos –pero los pagará si la ley lo manda–. Hay gente cuyo sueño americano pasa por la asimilación total, por vivir para ver el día en que Sánchez sea tan “american” como el irlandés Kennedy.

La casa con jardín grande, garaje para dos autos y un aro de básquet en la entrada es una aspiración que trasciende las etnias y las nacionalidades.

***

Al salir de Virginia y entrar a Carolina del Norte, dejamos la interestatal y empezamos a viajar por carreteras más pequeñas. Alguna granja aparece al costado del camino y el olor a bosta invade el carro en algunos trechos. La placa de un auto dice I ASKGOD, Yo le pregunto a Dios, otra dice ASK GOD Y, Pregúntale a Dios por qué.

El sur de Estados Unidos vivió en las últimas dos o tres décadas una explosión demográfica de latinos que llegaron atraídos por el trabajo en el campo y en plantas procesadoras de alimentos. La ecuación racial antes era blanco contra (o sobre) negro; los hispanos vinieron a alterar ese equilibrio en cada pueblo y ciudad. Pasamos la noche en un campamento cerca de la playa de Emerald Isle, sobre el Atlántico. Pero en esas horas en la zona balnearia, no vemos más que blancos –colorados, más bien, ya que están veraneando.

Nunca vi el sedentarismo a la Homero S. mejor explicado que cuando entramos al campamento la primera noche. Acampar aquí significa llegar en una casa rodante del tamaño de un colectivo –que, más de una vez, lleva un auto o camioneta a remolque– y empezar a bajar todo tipo de objetos y comodidades: mesas, sillas, bicicletas, toldos con mosquitero hasta el suelo para poner sobre las mesas y sillas, ¡antenas satelitales! Cada parcela de acampado tiene su propia mesa y bancos de picnic, electricidad, chorro de agua potable, fogata con parrilla… He dormido en pensiones con menos lujos.

A la mañana, camino a una entrevista en la parte más rural del estado, vemos un par de tipos que transpiran en el sol fuerte del mediodía, subidos a la caja de un camión donde acomodan fardos de hojas verdes de tabaco recién recogidas. Me bajo a conversar con ellos. Uno de los trabajadores se sube a la cabina del camión y está por arrancar para llevarse el tabaco a un galpón de almacenamiento. El otro es muy parco, así que hablo con el conductor: Diego Ramírez, 33, de Ciudad de Guatemala.

 “¡Puro Obama, claro que sí! Creemos que puede ser el cambio –dice, apenas me asomo por la ventanilla derecha–. No queremos más guerra y queremos que mejore la economía. Con McCain va a ser la misma historia de Bush.”

De repente, Ramírez arranca el motor, nervioso. Acaba de llegar su jefe. Parece que los muchachos no tienen tiempo reservado para atender a la prensa en su jornada laboral. El jefe estaciona a unos metros y se baja apurado. La cabina está oscura y me cuesta sacarle una foto. Ramírez se pone más nervioso, mira al jefe acercarse, me mira a mí para la foto, al jefe, a mí. “¡Ya, don Diego! ¡Gracias!”, dice. “¡Ya, don Diego!” El jefe pasa por delante del camión y llega hasta a mí.

 “What’s going on here?”, ¿qué pasa acá?

Gordo, robusto y pelado, de cara colorada y lentes oscuros. Diego aprovecha para arrancar; no sé si lo metí en problemas. En el auto, mi novia saca fotos del altercado, que se verán como una fotonovela de acción.

Le cuento al jefe qué pasa y no sé si se calma o simplemente no le importa. Le hago un par de preguntas pero entiendo poco por su cerrado acento sureño. Asegura que todos sus trabajadores tienen papeles y se sube a su camión. El peón parco arroja en la caja las pocas hojas de tabaco que quedaron en el suelo y se van.

Aliviado, subo al auto y retomamos la ruta.

Una de las fotos de Ramírez  muestra su cara transpirada debajo de la gorra, el torso desnudo brilloso, la mano izquierda desplegada en un saludo. Intenta sonreír, pero ni sus labios ni sus ojos lo logran.

No llegó a decir si era ciudadano estadounidense, ni si estaba “legal”. No dijo si podía votar. ¿Contaba realmente su fervor por Obama, su entusiasmo porque las cosas mejoraran en Estados Unidos? ¿A alguien le importa la opinión de los “ilegales”?

***

Los latinos de la zona  no tienen mucha conciencia política, comenta al rato Juvencio Rocha Peralta. Nació en Veracruz, México, hace 44 años y llegó a esta zona rural cuando tenía 18  y los latinos eran pocos y extraños. Juvencio vino a Estados Unidos sin papeles, pero se acogió a la amnistía para indocumentados que declaró el presidente republicano Ronald Reagan en 1986. Trabajó en el campo y en construcción, pero también fue a la universidad y se graduó en administración de empresas. Pronto se convirtió en activista comunitario, al “ver las injusticias” que sufrían los latinos en la zona y la ausencia de organizaciones que los representaran. Ahora preside la Asociación de Mexicanos en Carolina del Norte y trabaja en una oficina con aire acondicionado en un community college –especie de institutos terciarios con carreras de dos años– en Kinston, un pueblo rodeado de plantaciones de tabaco y plantas de procesamiento de alimentos donde los latinos son casi invisibles. Viven a las salidas del pueblo en lotes de “Mobile homes” –tráileres hechos viviendas permanentes, sinónimo de pobreza rural–. Peinado con prolijidad, de camisa blanca sin corbata, Juvencio lleva una placa en el pecho que lo identifica como coordinador de Educación Técnica. Los pasillos del college están vacíos de estudiantes, que volverán en septiembre para el comienzo de las clases.

Las iniciativas antiinmigrante también avanzan por estas tierras. La senadora republicana Elizabeth Dole, que representa al estado, basa su campaña de reelección, entre otros temas, en su lucha contra la inmigración ilegal. Pero los latinos que ya son ciudadanos no reaccionan, dice Juvencio, sentado en el fresco de su oficina mientras los truenos de una tormenta de verano prometen un respiro del calor húmedo del sur.

“Lamentablemente, el porcentaje de los que van a las urnas es pequeño. Los que nos preocupamos por estas cosas no vamos a las urnas para tratar de quitar a esta gente”, dice, “la gente se siente más cómoda y no sale a practicar sus derechos civiles. Somos muy conformistas; si tengo documentos y mi familia está bien, entonces, como decimos en México, que se joda el otro”.

Los latinos de la zona son pobres, comenta. Trabajan en campos de tabaco, pepinos y tomates o en plantas donde se procesan pavos, pollos y otros alimentos para consumo masivo.

Tras dejar su oficina, recorremos despacio un lote de “Mobile homes” en el auto. Son tres o cuatro cuadras de un tráiler junto a otro, separados por unos metros donde cada vecino estaciona su auto o camioneta. Las viviendas son de madera o de chapa, del ancho de una habitación. Se ven casi como vagones de tren. No hay casi nadie afuera: el tiempo está lluvioso y es media tarde, cuando la gente ya volvió de trabajar en el campo o en la fábrica. El ambiente es de siesta.

Vamos casi de salida cuando le pido a mi novia que frene para poder sacarle una foto a un tráiler pintado de bandera mexicana. Techo verde, paredes blancas, base roja. Cuando me ve sacarle fotos a su casa, Mario Córdoba, de 16  años, sale levantando las palmas de las manos, desafiante, encogiendo los hombros en una pregunta.

Es bajito y sus bermudas largas a cuadros que cuelgan de un boxer a cuadros que cuelga de su cintura lo dejan aún más chaparro. El sol le marcó en el torso la silueta de una camiseta sin mangas y tiras finas sobre los hombros. Lleva el pelo negro brilloso de gel y pulseras de colores en la muñeca izquierda.

 —Por los colores… –le grito desde el auto para tranquilizarlo, señalando la casa.
 —Ah… –sonríe y asiente con la cabeza.

Mario es de San Diego, California. También vivió en el D.F. unos meses, hace poco. Su familia llegó a la costa este hace unos seis meses para trabajar en el campo. Son todos ciudadanos estadounidenses, pero cree que ninguno va a ir a votar. Él tampoco votaría si tuviera la edad, porque los candidatos siempre hacen lo mismo.

 —Muchos dicen que van a dar papeles y nunca hacen nada. Barack Obama dice que esto, que lo otro, pero nunca se sabe.

Igual, cuenta, “dicen que la raza latina lo va a votar, por los colores”. Los colores de piel, claro.

***

Irene Moreno, otra vecina del lugar,  nos cuenta que mañana no va a ir nadie a trabajar, porque se dice que la Migra va a estar en las rutas. En el campo, donde el transporte público no tiene razón de ser, manejar es sinónimo de trabajar. El gobernador del estado había anunciado controles de tráfico para evitar que la gente manejara borracha el fin de semana y entre los 700,000 latinos del estado –se estima que 400,000 son indocumentados– esto desató una bola de nieve de rumores.

 “La gente está muy asustada”, dice Irene, de Durango, México, que es residente legal y trabaja en una fábrica de hilos. Parada en el porche de su tráiler color salmón, abraza a su niña de tres años, la menor de sus tres hijos: “Parece que mucha gente se va a quedar en su casa, no va a salir”.

El día antes, en Siler City –un pueblo de similar tamaño del otro lado del estado–, se decía lo mismo. La gente no paraba de llamar a una organización de ayuda a los inmigrantes para preguntar si era seguro salir en auto.

Ese fin de semana, latinos de todo el estado se quedan encerrados en sus casas, asustados. Todo por un control rutinario de autopistas, de los que en Carolina del Norte se hacen todos los veranos.

***

—Los morenos son muy flojos   –dice, sin vueltas, el barman Juan Carlos Alonso, cuando encuentra un minuto para charlar al final de la barra del restaurante La Nopalera.

He escuchado cosas parecidas sobre los negros otras veces en conversaciones informales con latinos en Estados Unidos. Pero es raro que alguien se lo diga, con nombre y apellido y foto, a un periodista que está tomando notas.

Alonso tiene 32 años y vive en Savannah, Georgia, que fue una de las ciudades importantes del Sur confederado cuando desde su puerto se exportaba el algodón que cultivaban los esclavos. Hoy, casi el 60% de la población es negra. El barrio histórico es pintoresco y está lleno de turistas pero, fuera del centro, la ciudad se ve pobre y marginada.

Llego a La Nopalera después de una tarde frustrante y calurosa de buscar el inexistente barrio latino de la ciudad. Los latinos son relativamente pocos, por lo que no hay tantas tiendas y restaurantes como para decir que exista una zona hispana propiamente dicha. Sí logramos comer unos tacos y gorditas de chicharrón en La Comarca, tienda y restaurante mexicano. Afuera, en una pared, un cartel anuncia bandas de música grupera que tocarán en el Club Xtacy y otro ofrece: “Marranos, chivos, borregos, cabezas (de res). Previamente destazados y pelados. Órdenes sólo los martes”.

Es una tarde calurosa y Alonso, nacido en Puebla, prepara margaritas para un grupito de chicos y chicas rubios que apenas deben pasar los 21, la edad legal para beber. Él no va a votar porque aún no tiene la ciudadanía estadounidense, pero está claro que no quiere un presidente negro.

 “Si queda Obama de presidente, les va a dar más facilidad de ser más flojos”, dice de los negros.

Así queda expuesta la tradicional guerra de prejuicios entre dos minorías que suelen competir en los sectores más bajos del mercado laboral. Los latinos, según algunos negros, vienen a arruinar todo, al aceptar trabajar por poca plata. Los negros, según algunos latinos, no quieren trabajar y viven de la asistencia social.

Me quedo pensando: si un votante va a basar su elección en sus inclinaciones racistas, ¿por qué, en lugar de a un señor negro, va a votar a un señor blanco, tan blanco como todos los presidentes estadounidenses hasta ahora?

Me viene a la mente lo que me dijo media hora antes Elvira, una mexicana de Guanajuato, dueña del supermercado El Don Juan II, en otra zona de Savannah.

 —No creo que el color de la piel de Obama importe, es más el poder de convencimiento que pueda tener —opinó desde detrás de la caja registradora, entre cliente y cliente—. Relaciones difíciles existen entre todas las razas. Votar por un blanco o por un negro viene siendo la misma cosa.

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Nueva Orleans parece en camino a recuperarse,  tres años después del huracán. Pero no hace falta manejar mucho para encontrar recuerdos de Katrina. Las casas con ventanas clausuradas con tablones. Las equis de aerosol pintadas por las cuadrillas de rescate en el frente de cada vivienda, con números que indican quién estuvo allí y cuántas víctimas encontró. Los carteles en los postes de luz que ofrecen servicios de demolición y reconstrucción, todo llamando al mismo teléfono.

Tampoco hay que andar mucho para encontrar otra consecuencia del huracán de 2005: los obreros latinos que llegaron en masa apenas pasó la emergencia para trabajar en la reconstrucción.

El barrio de Mid City tiene muchas de esas casas desvaídas, sin arreglar. En algunas vive gente. En otras, el moho aún cubre las paredes. En el porche de una casa de paredes azul viejo que no se ve tan bien encuentro a los hondureños de Copán Ruinas: cuatro hombres jóvenes, dos hermanos, todos oriundos de la misma ciudad, cada uno llegado por su cuenta. “Nos juntó la necesidad”, dice uno y se ríen. Julián, Bonérjez, Manuel y Edwin descansan de otro día largo de trabajo en construcción, en demolición, en pintura o en lo que sea. Haciendo lo que hace la gente trabajadora en cualquier pueblito de América Latina cuando vuelve de su jornada y el calor está bajando: sentarse delante de la casa a hablar bajito de cualquier cosa, ver gente pasar, matarse los mosquitos y sacudírselos de la palma de la mano.

El barrio es pobre y parece tranquilo. Pero los hondureños dicen que después de que oscurece no salen para nada, porque “los morenos friegan bastante”. Desde la explosión demográfica hispana de la que ellos son parte, ha habido muchos ataques de negros contra hispanos. Pero, más que una cuestión racial, pareciera un tema económico: los latinos indocumentados tienen mucho dinero en los bolsillos los días de pago porque no pueden abrir cuentas de banco; para los asaltantes, son Walking ATM, cajeros automáticos caminantes; los asaltantes, parece, tienden a ser negros.

 —Cuando hay trabajo, nosotros trabajamos, y salir, casi no salimos, porque hay que cuidar el dinerito, por si se queda sin trabajo uno –dice Manuel Guerra, de 32 años, el más veterano de los cuatro, de bigote finito, sentado en una silla de plástico blanca, que viste solo unos jeans.

Una consecuencia inesperada de esta ola inmigratoria es que muchos latinos de los de antes, los afincados hace tiempo en Nueva Orleans y los nacidos allí, redescubrieron su identidad cultural.

Antes, los latinos eran “invisibles” en la ciudad, cuenta Diane Schnell, hija de hondureños, nacida y criada aquí. “Había un supermercado, dos restaurantes y el consulado hondureño, y eso era todo —dice—, ahora hay unos 10 o 12 supermercados y las tiendas se han triplicado o cuadruplicado. Abrieron un consulado mexicano, también.” Sus padres ahora pueden comprar aquí el queso blanco que antes se hacían traer por amigos desde Honduras.

Estoy en la oficina de Diane porque es la directora de marketing (y la directora de noticias, es una empresa pequeña) del canal 42, parte de la cadena en español Telemundo. El canal arrancó en 2007 y en julio pasado lanzó el primer noticiero en español de la historia de la ciudad.

Desde las ventanas de la oficina se ve la superficie oscura del lago Pontchartrain, que junto al río Mississippi mantiene a Nueva Orleans rodeada de agua. Agua que está más alta que la propia calle y que, empujada por Katrina, desbordó los muros de contención. Faltan unas semanas para que Gustav pase cerca, más o menos para el aniversario tres de la tragedia, y la prensa nacional vuelva a prestar atención y a mandar a esos cronistas a quienes les encanta flamear como banderas delante de una cámara en vivo.

Diane también cambió, como cambió su ciudad. Como para otros hijos de latinos, el español había sido para ella solo el idioma de los padres y los abuelos, inútil fuera de las puertas de casa.

 —Ha sido una experiencia de aprendizaje para mí. Antes, era más estadounidense, básicamente era todo lo que necesitaba. Solo hablaba español en casa, pero porque mis padres querían que aprendiera ambos idiomas. Pero ahora lo uso más: trabajo aquí en Telemundo, veo la demanda que hay, y siento que es una gran oportunidad para mí poder ayudar a una comunidad que lo necesita.

En esta campaña electoral, dice Diane, solo el republicano John McCain ha sacado avisos en español en el canal 42. Es que Obama no necesita votos latinos en Louisiana. Al parecer, su campaña apuesta a ganar con la mayoritaria población negra, así que no necesita gastar dinero en convencer a los hispanos. Esos fondos se los puede dedicar a los cuatro estados donde los hispanos sí pueden definir la elección.

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Después de Nueva Orleans,   los días empiezan a pasar más rápido. Para cuando entramos a Texas, mi novia está cansada de manejar y yo, de trabajar. Decidimos no detenernos en Houston, me pongo al volante para que los dos descansemos y nos metemos al corazón de Texas mientras cae la noche.

Dormimos en La Grange, en un motel de una familia india de la India, donde el cartel de letras movibles parece estancado en los cincuenta: “Teléfono. TV a color”, promociona.

Paramos en Smithville, un pueblo ínfimo con camionetas grandotas en la calle principal y un único restaurante mexicano, México Lindo.

Una de las mozas, Sanjuana Moreno –20  años, nacida aquí–, dice que no le interesa votar porque no siente que ella pueda hacer una diferencia. “Obama nos puede beneficiar más que el otro”, dice, igual. “Más que nada, porque es moreno”. El mánager Olegario Huerta –50, residente legal pero aún no ciudadano– admite que no sabe mucho sobre los candidatos. “Que gane el que va a dar papeles”, dice, más como chiste que como manifiesto.

 —Toño, ¿tú a quién le vas? –le dice a su cuñado, que trabaja en la cocina.

Toño se encoge de hombros y sonríe, pícaro.
 —¿Yo? A las Chivas.

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Tras dos semanas y 6,692 kilómetros,   un polvoriento Subaru blanco entra anónimo y triunfal al tráfico endiablado del D.F. una tarde de domingo. No nos podemos quejar: el único desperfecto fue un reventón en la autopista camino a Nueva Orleans.

Unos días después, en un discurso de 44 minutos en la convención demócrata, Obama dedica apenas 33 palabras al tema de la inmigración y usa una parte para decir que no quiere que la contratación de ilegales socave los salarios estadounidenses.

McCain ni siquiera menciona el tema en forma directa en la convención republicana. Usa ese recurso, supuestamente emotivo, de los discursos gringos en que el político habla de personajes “reales” para que la audiencia pueda “conectar” con el mensaje. “La hija latina de trabajadores migrantes”, entona, merece “la oportunidad de alcanzar el potencial que Dios le dio”. De los padres hipotéticos de la chica hipotética, no dice nada.

Me acuerdo de Juvencio, el activista de Carolina del Norte, quien se quejaba de que los candidatos no hablaban de los temas que le importan a él y a otros latinos. Me acuerdo de Diane, la hija de hondureños en Nueva Orleans, quien, si tuviera a los candidatos enfrente, les preguntaría qué piensan hacer con los inmigrantes indocumentados. “La comunidad hispana quiere estar segura de que la van a respetar, a tratar de la misma manera que a los demás, que no va a ser acosada ni encasillada —me dijo—, están aquí, están ayudando a reconstruir, quieren ser reconocidos por las cosas buenas que hacen acá.”

El silencio de los candidatos, sin embargo, es una táctica selectiva. Después de las convenciones, dan entrevistas a la cadena en español Univisión. Ahí, se desviven por mostrarse del lado de los hispanos, diciendo cosas que no dicen cuando el micrófono es de ABC, NBC o CBS. McCain asegura que no votó a favor del muro fronterizo, cuando cualquiera puede buscar en internet el registro de la votación en el Senado y ver el “Yea” al lado de su nombre. La esposa de Obama le dice a una radio hispana de Los Ángeles que la reforma migratoria va a ser una de las prioridades de su marido, junto con el fin de la guerra en Iraq. Qué raro, entonces, que solo la mencione ante audiencias hispanas. Es, claramente, un tema incómodo, que a los dos candidatos les puede causar más pérdidas que ganancias.

La verdad es que los latinos son importantes solo en los estados donde pueden inclinar la elección para uno u otro lado. Son importantes porque Florida vale 27 votos electorales; Colorado, nueve; y Nevada y Nuevo México, cinco cada uno. En los estados donde no hay duda de quién ganará –Nueva York y California porque siempre serán progres, Texas y Tennessee porque siempre serán “conservas”–, donde los hispanos no hacen diferencia, no vale la pena gastar plata en seducirlos.

Las encuestas anuncian que un número récord de latinos votará en esta elección y que dos tercios votarán a Obama. Pero las encuestas no tienen rostro y los latinos –ecuatorianos, salvadoreños, mexicanos, texanos, guatemaltecos, hondureños, californianos y más– pueden ser bien distintos entre sí.

Indiferentes, como Mario, el adolescente de Kinston. Fervorosos, como Diego, el cosechador de tabaco. Conservadores, como el restaurantero Gerónimo, en Florida. Militantes, como Teresita, la activista pro inmigrante en Virginia. Prejuiciosos, como el barman Juan Carlos. Interesados, como Francisco, el político de Nueva York. Temerosos, como los que no salieron a manejar aquel fin de semana en toda Carolina del Norte. Desafiantes, como Gaudencio y su Muro de la calle Libertad.

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Cuando estoy terminando este texto,  recibo un correo electrónico de Diane Schnell desde Nueva Orleans. El susto de la evacuación por el huracán Gustav ya pasó, pero dejó una novedad: el gobierno de la ciudad esta vez emitió alertas en español, reconociendo la presencia creciente de la población latina.

Diane me cuenta que la campaña de Obama aún no ha comprado un solo espacio publicitario en el canal.

 —Supongo que no necesitan o no quieren nuestros votos –escribe–. Vamos a ver si esa es una buena decisión de su parte.