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Partes de guerra

Publicado: 24 abril 2013 en Daniel de la Fuente
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Es el Anfiteatro del Hospital Universitario. Afuera, decenas esperan saber si entre los caídos en la guerra entre cárteles está su familiar.

Adentro, un grupo de sujetos con uniformes blancos y tapabocas, algunos con iPod, labora de manera automática en aquel espacio con olor intenso a formol y carnicería que se cuela hasta el paladar, dejando un sabor amargo en la garganta.

“Nunca se te olvida tu primer muerto”, dice uno de tantos forenses en aquel sábado de sol. “Como que te persigue, lo piensas seguido”.

Como reportero, había visto gente sin vida, pero como voluntario de este servicio de la Procuraduría estatal, durante dos semanas, no me tocó sólo uno, sino 16 acribillados en el interior del Bar Sabino Gordo la noche del pasado viernes 8 de julio.

Para conocer desde adentro lo que viven, sienten y hasta sufren los trabajadores del Servicio Médico Forense solicité colaborar como voluntario en una de sus unidades, tras una capacitación, que incluyó el uso de guantes y tapabocas, el traslado de cuerpos y el comportamiento prudente en una escena del crimen. Todo movimiento debe ser autorizado por la Ministerial y Periciales.

El cuadro en el Semefo, tras la masacre en el Sabino Gordo, es avasallador: cuerpos sobre cuerpos en planchas metálicas, listos para la autopsia.

Pese a que están lavados, o quizá por eso, es imposible dejar de mirar en aquellos desnudos bañados por la luz eléctrica sus mejillas, brazos y pechos agujereados por las balas, así como sus pliegues de carne destruida.

Allá, lo inverosímil: la cabeza de un hombre abierta de par en par a causa de los disparos.

“Hay trabajo”, dice por decir algo un forense, Felipe, y un empleado del anfiteatro expresa un “mjm” aburrido.

Ya están acostumbrados. Las armas en la calle provocan esto y más. Ya escasean los servicios por heridos de bala en las estaciones de emergencias: muy pocos sobreviven.

Contemplo esta escena 15 ó 20 minutos y salgo dejando atrás a aquellos despedazados, algunos con los brazos casi levantados como implorando ayuda, junto a otros, víctimas posiblemente de muerte natural, como ancianos famélicos.

Me descubro triste. Para quien mira por vez primera un exterminio así, es difícil no sentir un ligero temblor en el cuerpo.

“Y no entramos al cuarto frío”, dice con ironía José Luis, otro forense. “Puro acartonado. Tres meses y a la fosa común. Es otro olor”.

Las tres unidades del Servicio Médico Forense que posee el Estado, a cargo de Cruz Verde, llegaron esa noche al Sabino Gordo. Luego de que las ambulancias trasladaron a los heridos, algunos de los cuales murieron en el camino al hospital, y de que periciales trabajaran en sus indagatorias, los forenses fueron autorizados a llevarse los cuerpos.

Se actuó con rapidez y de manera automática, como siempre, embolsando cadáveres bañados en sangre, casquillos, botellas quebradas, humo, penumbra. Pese a la fiesta interrumpida, siguió la música.

En Cruz Verde son cuatro forenses por turnos de 24 horas. Cuando pasa algo como lo del Sabino Gordo, los paramédicos deben abandonar sus ambulancias para acudir a la penosa tarea.

“Esto no es nada”, dice un forense. “Que te toque un putrefacto para que veas lo que es esto.

“A ésos te los avientas con mucho Vicks en la nariz, dos o tres tapabocas y guantes”.

El primer muerto de Felipe fue uno de ésos, con varios días sin vida y de 150 kilos de peso. Vomitó en el trayecto.

A José Luis le tocó un prensado, de los que no se ven mucho porque la gente ya no circula de noche por las balaceras.

Mientras recuerda sucesos, subí a la camioneta del Servicio Médico Forense dejando atrás a las víctimas de la peor masacre en la historia de Nuevo León y una de las más sangrientas en el País. Uno de los forenses se preguntó cuándo terminará esto. Nadie respondió.

Y sí: uno como rescatista no olvida a su primer muerto. Y más si son 16 al mismo tiempo.

***

La jornada inicia el sábado cuando el Ejército halló una fosa con restos humanos en Pesquería, en un paraje junto a tejabanes de la Colonia CROC de ese municipio.

Tras autorizarme la entrada como voluntario y ser capacitado, me incorporo a una unidad con Felipe y José Luis. Ataviados con el mono blanco de plástico, los pasajeros que miran desde otros vehículos no adivinarían que vamos escuchando música de los 70.

Aunque llevan poco juntos, la pasan bien. A sus 40 años, Felipe tiene hijos casados y nietos, y José Luis apenas va para los 25 años, tiene una niña que sabe que su papá llegará “cuando salga el sol al otro día” y dice que le gusta lo que hace aunque no están exentos de riesgos.

“A otros compañeros sí les han bajado cuerpos”, relatan. “A nosotros nomás nos han seguido camionetas”.

Llegamos. En sus vehículos los soldados esperan aburridos y acalorados en aquella brecha inhóspita y llena de zancudos. Una grúa soporta una camioneta blindada hallada en la zona.

“Echemos un vistazo”, dice Felipe al bajar de la camioneta.

Nos internamos en la fronda en la que nada había, salvo botes de líquidos y envoltorios de comestibles.

Los soldados hallaron trozos de huesos quemados. A lo lejos había tambos con restos de diesel; más allá, esposas.

El olor a combustible de los restos en la superficie aún se percibe. El delito parece muy reciente.

Ahí, de acuerdo a periciales, tres adultos fueron martirizados y acribillados. Luego, quemados.

El ambiente lucía con riesgo, pero unos a otros se dan ánimos.

“Lo que sí es que si nos caen los malitos… Pero aquí con los soldados estamos bien. Ellos nos han dicho que en caso de un ataque no nos pongamos a correr como locos, que nos quedemos con ellos”, comenta un forense.

Cuatro horas después trasladamos los restos. Al salir por la brecha, atrás del convoy militar, se escucha en la radio “Fortunate son”, de Creedence, como si a alguien le quedara duda de lo que reflejan estos días de combate.

Sí, a los forenses les dan asco y horror los saldos de esta guerra, pero se asumen fríos y sin duelo alguno al hacerlo. Es un trabajo.

“Imagínate si nos pusiéramos a lamentar cada cosa que vemos”, dice uno. “No acabaríamos, porque si bien un día tenemos uno o dos muertos, hay otros en los que no paramos: uno tras otro”.

Pese al luto permanente que uno esperaría hallar en estos forenses, las bromas y travesuras entre ellos son frecuentes.

Tienen miedo, pero no han llegado a sufrir pesadillas, aunque sí a soñar que llevan y traen cadáveres todo el tiempo. Despiertan agotados, añaden, valorando más la vida.

“Y a darle”, afirma el más joven al continuar su jornada de 24 horas consecutivas por 24 de descanso, con un sueldo poco mayor a los 6 mil pesos al mes, en tanto el otro dice que con su trabajo se le quitó lo miedoso.

“Nada te espanta si vienes de ver todos los días el infierno”, añade y comenta que los amigos suelen preguntarles si les tocó recoger a tal o cual sicario famoso.

Dejamos los huesos en el anfiteatro. El personal los recibe desencantado casi como necedades. En medio de lo que dejó la masacre del Sabino Gordo, más restos hallados en el campo parecen sólo más labor y tedio.

Tras contemplar los cuerpos destruidos de aquel bar, los forenses se reportan disponibles. “Que no hay jale”, expresa uno.

Veinte minutos después de estar en el anfiteatro, de dejar en un contenedor los trajes y guantes y de asearnos con algodones con alcohol que traen en el vehículo, los forenses y yo comemos pollo asado y papas fritas.

“Así es esto”, sonríe José Luis. “Ha pasado que nos cae un reporte de descuartizados cuando estamos comiendo y le apuramos mientras vamos en camino”.

Si una labor así no mata el hambre, nada lo hace en estos días de exterminio.

***

A diario les toca lidiar con la muerte.

Para ellos es común llegar a sitios en los que no hay autoridad y cuando, incluso, los delincuentes aún sostienen enfrentamientos a sangre y fuego.

Son los forenses y los paramédicos, hombres y mujeres, muchos voluntarios, cuya labor humanitaria ha cobrado un papel determinante en la guerra que el crimen organizado ha desatado en Nuevo León y que, hasta anoche, había dejado la cifra récord de 961 muertos en lo que va del año, muy por encima de los 610 crímenes de todo el 2010.

Durante dos semanas y tras una capacitación básica, en la que se acordó no intervenir en acciones vitales, un reportero de EL NORTE acompañó como voluntario durante jornadas completas a paramédicos de la Cruz Verde de Monterrey y a elementos del Servicio Médico Forense.

Con ellos atendió reportes a cualquier hora del día y la noche. Lo mismo acudió a choques y atropellos leves que a reportes de baleados, fosas clandestinas y tiroteos, un poco de lo que a diario viven estos rescatistas, héroes anónimos.

Se estima que, en lo que va del año, el Servicio Médico Forense, subrogado por la Procuraduría estatal a la Cruz Verde, ha realizado más de 2 mil 700 traslados en Nuevo León, cifra que incluye no sólo víctimas de la violencia, sino también ha muertos naturales, por enfermedad o accidentes.

A su vez, los paramédicos de la Cruz Verde han acudido, en el mismo lapso, a poco más de 10 mil 100 llamados de diversa índole.

Aunque ambas corporaciones atienden también casos que no están vinculados con el crimen, son las víctimas y los hechos de la delincuencia organizada los que más los marcan.

Les han bajado de manera forzada pacientes o cadáveres de sus vehículos, los han perseguido y hasta impedido brindar su servicio.

También se han visto perturbados ante el hallazgo de fosas comunes, descuartizados y decapitados, convirtiéndose en testigos de cómo ha escalado la manera en que se perpetran los crímenes.

Muestra de esto es la reciente masacre del 8 de julio, cuando un comando acribilló a 20 personas en el bar Sabino Gordo.

“Nunca había visto algo así aquí, (era) un pin… infierno”, citó un forense a su compañero, que trabajó bajo presión debido a que siempre que llegan a un lugar así hay la zozobra de que los asesinos regresen.

A ellos les tocó reunir a los muertos en los únicos tres vehículos del Servicio Médico Forense con los que cuenta el Estado, los cuales salieron custodiados por federales y soldados, como se ha vuelto una costumbre para evitar que algún comando intente rescatar los cuerpos.

Antes de esa noche, lo más cercano a esa masacre había sido el “miércoles negro”, como le llaman al pasado 15 de junio.

Ese día se alcanzaron 33 víctimas mortales en el área metropolitana, cifra superior a la de cualquier jornada hasta el momento en Ciudad Juárez, la ciudad más violenta del País.

Sólo a la unidad de un forense le tocó recoger a 10 cuerpos esa noche.

“Acabamos cansadísimos, todos perturbados”, cuenta.

“Imagínate que entras a la (Colonia) Moderna por dos y en una esquina te dicen que hay otro y, más allá, otros. No lo creíamos. Estuvo horrible”.

Ese día, la última de las víctimas, la 33, cuya muerte se dio a conocer después de la jornada sangrienta, fue ejecutada dentro de la ambulancia de una corporación de auxilio.

Ángel Flores, comandante de la Cruz Verde de Monterrey, señaló que la escalada de violencia en Nuevo León empezó a percibirse en la corporación hacia el 2007.

“Afortunadamente no hemos sido víctimas, porque nuestro trabajo es aparte, pero sí han cambiado nuestros hábitos porque los paramédicos llegan a los lugares cuando todavía se están dando balazos, por lo que la orden que se tiene es tomar distancia y aguardar para realizar el trabajo”, dijo.

Tanto paramédicos como forenses tienen jornadas de 24 horas de trabajo por 24 de descanso.

Son 65 paramédicos, de los cuales 19 son voluntarios, mientras que en el Servicio Médico Forense hay cuatro elementos por turno. Cada uno gana, en promedio, de 6 a 7 mil pesos mensuales.

La Cruz Verde cuenta con 10 ambulancias, en tanto que de forenses hay tres unidades.

Otra manera en que se percibe la mayor violencia y el impacto de las armas cada vez más poderosas que usan los delincuentes es que ahora los ataques dejan menos heridos y más muertos.

Sin embargo, afirman que no todos los días son iguales en cuanto a la cantidad de heridos y traslados.

“Antes había uno o dos baleados por mes, de pandilleros o asaltos con armas de postas o calibre .22″, dijo el comandante.

“Ahora, como puedes tener uno o dos baleados un día, en otro te tocan los 20 del Sabino Gordo… Nada se puede prever”.

Flores dijo que, aunque no se han dado deserciones en el personal de Cruz Verde, la situación sí ha afectado en el ánimo.

“Van con más tensión, definitivamente, porque les toca llegar en medio del peligro y ver cuerpos destrozados”, aseguró.

***

El último servicio de la jornada con los forenses llega a la medianoche. El reporte de un baleado en Avenida Nazas, al lado del Cerro de la Campana, nos hace despertar de la dormitada, ponernos los monos de plástico, guantes y boquillas, e ir a una de las zonas más violentas de la Ciudad.

Ministerial y Seguridad Pública ya tienen acordonado. A bordo del vehículo esperamos a que se recogieran evidencias, en tanto los oficiales se mantienen alertas con armas de alto poder.

En eso, un ministerial que tenemos enfrente le grita detenerse a alguien que viene detrás de la camioneta del Semefo.

“¡Párate, pen….! ¡Párate!”, aulló y junto a otros apuntan hacia esa dirección. Y hacia nosotros.

José Luis y yo nos inclinamos a toda velocidad hacia Felipe, el operador, sin saber quién o quiénes son los que vienen.

En realidad es uno que, con la nariz destrozada, viene huyendo de asaltantes. Los ministeriales lo interrogan y lo dejan ir.

“Vamos a bajarnos”, dice Felipe. “Péguense a la camioneta, no nos vayan a tirar desde el cerro”.

Sin dejar de mirar hacia las luces en lo alto de una loma y parapetados en la unidad contemplamos a los ministeriales que permanecen apuntando hacia lo alto de Río Nazas rumbo a Las Torres. Esperan el arribo de pistoleros. Llegaría la nada.

“De uno de estos cerros bajé a cuatro putrefactos”, cuenta José Luis. “Estaban en un tejabán. Los tabletearon hasta matarlos”.

Los oficiales empiezan a charlar y llega el Ejército a patrullar la zona. Alivio. Pero la expectativa se mantiene. Cuántas veces ha pasado que los comandos llegan y se llevan los cuerpos.

Cuando nos dejan pasar vemos un montón de casquillos en un depósito. Intuimos que ahí está el cuerpo.

En realidad está al fondo de uno de los penumbrosos callejones, en una de las casas a las que se puede llegar tras bajar una treintena de escalones desiguales de concreto. Hasta ahí llegó Alejandro Michel, de 17 años, aparentemente un inocente más.

Bajamos con la canastilla de plástico, quizá de 10 kilos. Al paso, curiosos, llantos sordos. Entre más descendemos más lejos queda el vehículo y la posible escapatoria en caso de una balacera.

Sin dejar de voltear, llegamos al sitio donde el joven murió: pesaba no menos de 100 kilos.

Tras embolsarlo y sujetarlo a la canastilla, subirlo nos lleva 10 largos y cansados minutos. Enseguida, salida rápida.

Al llegar al anfiteatro, los del Sabino Gordo ya han desaparecido. Sólo se encuentra, en un rincón, una anciana escuálida.

Comprometidos con su misión, los forenses levantarían en días posteriores a descuartizados, decapitados, putrefactos, acribillados. El martes fueron 19. Escándalo de cuerpos que quizá ni de tumbas gocen.

El miércoles, cuatro sujetos son abatidos por el Ejército en un parque de Colonial Cumbres. Allá vamos y aguardamos a que soldados, ministeriales y periciales revisen las pertenencias de esos jóvenes de ojos abiertos y vida cancelada: armas, chips de celulares. Nada. Ni carteras traen, fotos de mujeres, hijos, madres.

Ni un solo recuerdo digno.

La autoridad le toma fotos a los tatuajes: puras fantasías.

“¿Qué piensas al verlos?”, le pregunto a José Luis, quien aguarda pasmado a que terminen de examinar a los hombres ensangrentados y con agujeros.

“En quiénes serían, qué dejaron atrás”, dice el joven.

Salida rápida y con custodia hacia el anfiteatro, dado que hay la amenaza de que vengan por los cuerpos. En eso, a Felipe le cae una llamada: otro nuevo servicio, un baleado en Cadereyta.

“Vámonos”, dice el rescatista, convencido de la relevancia de su tarea, poco atractiva pero imprescindible.

Sería una noche larga, sin embargo: no era uno. Eran cinco.

Un mundo sin Gloria

Publicado: 3 diciembre 2012 en Leonardo Haberkorn
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Gloria Cor se pegó un balazo el sábado, pero los diarios recién dieron la noticia el lunes.

“Funcionaria policial se mató porque no podía pagar la luz. Inspectores de UTE la denunciaron judicialmente y tenía temor de ser procesada”, dijo Últimas Noticias en un titular relegado a la página 9. La nota no decía el nombre de Gloria: la llamaba “G.E.C.M., de 38 años de edad”. Decía que “acuciada por problemas económicos y presionada por inspectores de UTE que la acusaban de obtener el suministro de energía eléctrica en forma irregular”, se había matado con un balazo “en el tórax”.

Es parte de la verdad, pero no toda. La historia de Gloria Elena Cor Machado es más compleja, más triste, más dramática de lo que dijeron las breves crónicas dedicadas a su muerte. La historia de la agente Cor, que murió el sábado 22 de mayo con un balazo en el corazón, resume muchos de los dramas con los que la sociedad uruguaya convive con indiferencia.

***

Gloria nació en una familia muy pobre. Eran seis hermanos que vivían en Las Piedras; su padre cuidaba caballos, su madre cobraba una pensión por incapacidad debido a un defecto físico en un brazo.

Miguel Cor, un hermano de Gloria que hoy trabaja como electricista en la Jefatura de Policía de Montevideo, cuenta que eran chicos cuando su madre los abandonó. “Se fue con un hombre, él le dijo que con los hijos no la quería y ella nos dejó”.

Gloria tenía entonces seis o siete años. La partida de su madre acentuó la precaria situación de la familia. “Salíamos a pedir comida a la calle”, recordó Miguel Cor. “Íbamos a la feria de Las Piedras a pedir o recoger fruta y verdura para comer”.

A Gloria no le gustaba hablar mucho de su infancia, pero algo le contó a una amiga policía. Pedir le daba mucha vergüenza. “Fue una niñez muy pobre, muy triste”, relató su ex compañera.

Tras unos años, el padre de Gloria decidió ir a vivir a la casa de su madre, en Zapicán, Lavalleja. Tres hermanos marcharon con él, entre ellos Gloria y Miguel. Los otros fueron dados en adopción y hoy llevan otro apellido.

En Zapicán su padre comenzó a trabajar cuidado caballos en el campo, mientras los niños eran criados por su abuela. Miguel recuerda que a veces se quedaban solos, cuando su abuela se tomaba el tren a Rio Branco para traer comida barata de Brasil y unos kilos de más para vender en la zona. Seguían viviendo en la pobreza.

“Aquellos niños se criaron casi solos. Y haber pasado una infancia tan dura le dejó a Gloria ese carácter tan peleador, tan guerrero que tenía”, recuerda su amiga policía.

Por eso todavía le cuesta crear que se haya matado.

***

Gloria Cor dejó tres hijos: María Elena, de 22 años, S., de 12 y M. de 9.

Gloria tuvo a María Elena siendo apenas una adolescente. No fue un embarazo deseado, sino producto de una violación. Fue su propio padre el responsable. Gloria tenía apenas 15 años.

“Yo nací a raíz de una violación de su padre”, cuenta María Elena, en su modesta casa de Nuevo París donde viven ocho personas. “Mi madre me lo contó cuando yo tenía siete años, para que aprendiera a cuidarme de los hombres”.

Miguel, el hermano de Gloria, dice que su padre estuvo preso “tres o cuatro años” por embarazar a Gloria, pero sostiene que ella “era virgen cuando quedó embarazada, porque no llegó a haber penetración, fue un roce…”.

No es eso lo que Gloria le contó a su hija, a su esposo y a sus mejores amigas. Todos ellos relataron cuánto sufría Gloria por el trauma de la violación.

“Ella me explicó que decidió tenerme porque yo no tenía la culpa de lo que había pasado”, cuenta su hija María Elena. “Ella parecía muy fuerte, pero eso nunca lo pudo superar”.

Cuando su padre fue preso, Gloria fue internada en el Iname y, cuando salió, vino a Montevideo donde comenzó a trabajar como empleada doméstica con cama. Su hija, mientras tanto, era criada por su abuela en Lavalleja.

***

Gloria trabajó de empleada en varios hogares y en una peluquería de Malvín. Durante unos cinco años fue mucama en el apartamento de la familia Riani, en la rambla. “Era una gurisa bárbara, muy trabajadora, muy alegre. Nunca la veías triste, tenía mucho ímpetu y energía”, recuerda Rodolfo Riani. “Era divina con los chiquilines y de confianza total: le podías dejar la llave o lo que fuera con total tranquilidad”.

Los Riani sabían que Gloria tenía una hija llamada María Elena, pero no conocían su historia.

Cuando María Elena cumplió 7 años, su abuela ya no pudo cuidarla porque quedó ciega, y la niña vino a vivir con Gloria a Montevideo.

“Al principio vivíamos en pensiones, yo pasaba mucho tiempo sola en una pensión en el Centro. Después ella pudo alquilar un apartamento en la calle India Muerta. No teníamos muebles y dormíamos en un colchón en el piso. Ella trabajaba día y noche para poder comprar las cosas de la casa”, recuerda su hija.

María Elena admira la tenacidad que su madre siempre puso para salir adelante, pero la convivencia entre ellas nunca fue fácil. “Ella me decía que yo le recordaba lo que le había hecho su padre. Me maltrataba. Me pegaba”. Más de una vez le gritó:

—¡Yo tendría que haberte abortado!

Después de cada ataque Gloria se disculpaba con su hija. María Elena tenía 12 cuando su madre le contó con detalles cómo había sido la relación con su padre, para que su hija se pusiera en su lugar y entendiera las razones de su conflictiva relación: la amaba y la rechazaba al mismo tiempo.

Gloria tenía una ilusión: ser policía. “Tenía vocación”, dice su hermano Miguel. A los Riani les contaba siempre que ella soñaba con ser funcionaria policial. Divirtiéndose con los niños de la familia, solía ponerse una gorra y jugar a que era un agente de la ley.

Se anotó en la Escuela Nacional de Policía en 1990 y en 1992 cumplió su sueño: Gloria recibió su uniforme y su arma de reglamento.

“Ella amaba este trabajo”, dice la agente Adriana Puricelli, que conoció a Gloria en la escuela policial, donde se hicieron amigas inseparables. “El uniforme le daba una identidad, para ella ponérselo era ser alguien digno de respeto. Llegaba a su casa y sólo hablaba de los procedimientos. Para ella la Policía era todo”.

La actual jefa de Policía de Paysandú, la inspectora Cristina Domínguez, tuvo años atrás a Gloria trabajando a sus órdenes en la Comisaría de la Mujer, en Montevideo. La recuerda como una buena agente, “muy trabajadora, muy sacrificada, muy ordenada, muy prolija en su apariencia física”.

Sin embargo, Domínguez tuvo que hacer que Gloria fuera derivada a otra dependencia policial: no podía encargarse de las mujeres que llegaban denunciando una violación. “Me di cuenta de que no podía atender a otras víctimas que habían pasado por su misma situación, porque revivía todo lo que ella había vivido”, dice Domínguez. “Era algo que tenía a flor de piel”.

***

El otro sueño de Gloria era progresar en la vida, pero pronto descubrió que no sería fácil lograrlo siendo policía.

Con un sueldo insuficiente, Gloria hizo lo que hacen todos los agentes: servicio 222.

Hacer 222 significa trabajar de agente (generalmente vigilando alguna institución pública o privada) después de las ocho horas de tarea laboral habitual. El sueldo se duplica, pero también las horas de trabajo.

Haciendo jornadas de 16 horas, llegando a su casa extenuada y sólo con deseos de dormir, la relación entre Gloria y su hija se complicó aún más. Golpeada, María Elena llegó a escaparse de su hogar y se refugió en el Instituto Nacional del Menor.

—Los psicólogos del Iname le dijeron que los problemas eran de ella, no míos, que ella tenía que ver a un psicólogo. Pero nunca quiso -recuerda María Elena.

“Gloria, precisás ayuda. Tenés que ir a un psicólogo”, le decía su amiga Adriana Puricelli. “Pero ella no aceptaba auxilio. Era muy orgullosa y, para afuera, siempre aparentaba que era fuerte y que estaba todo bien”.

Cumpliendo el servicio 222, Gloria había conocido otro mundo: el de los policías que viven separados de sus familias, sin ver nunca a sus esposas e hijos. Un ambiente donde la infidelidad y los divorcios son cosas de todos los días.

“¿Cómo va a durar una pareja en la policía? Trabajás ocho horas, después te vas a hacer otras seis horas al 222: son 14 horas de trabajo. Agregale una hora para ir al primer trabajo, media hora para ir de ese trabajo al lugar del 222 y otra hora para volver a casa: son 16 horas y media. Cuando el policía llega de noche a su casa, no tiene ganas de hablar, ni de atender a sus hijos, ni de tener relaciones sexuales, es algo abrumador…”, relató una oficial que prefirió que no se publicara su nombre.

Álvaro Sosa, secretario del sindicato policial, dice que “el 222 es una inmensa trampa. El policía entra a trabajar porque no tiene otro modo de sobrevivir. Deja de concurrir a su casa. Más tarde o más temprano, eso le cuesta la separación de su pareja. Luego se termina divorciando, consigue otra pareja y ahora tiene dos hogares que mantener. Eso lo obliga a tomar otro 222. Esa es la norma”.

Todos los policías entrevistados –ocho, entre agentes y oficiales- coincidieron en este punto.

“El mayor índice de divorcios del Uruguay lo tiene la policía”, dice el agente Héctor Giménez. “Con pocos ingresos, con la necesidad económica de hacer horarios extremos, poco o ningún contacto con la esposa y los hijos, la infidelidad es muy frecuente. Las parejas se separan, los hijos terminan creciendo solos y muchos son víctimas fáciles para la pasta base o terminan siendo lo que llamamos infanto-juveniles”.

Precisamente, haciendo el 222 Gloria conoció a Giménez.

***

Giménez vive hoy en El Pinar, en una de esas modestas viviendas que construye el Ministerio de Vivienda llamadas “núcleos básicos evolutivos”.

En realidad, casi nunca está allí: como trabaja 14 horas diarias no puede perder tres horas más de ómnibus para ir y volver a El Pinar. “Salgo de casa el domingo de noche y vuelvo el viernes de noche o el sábado de mañana. Duermo tirado en algún banco en el 222 o en la comisaría”. Cuando fue ubicado para ser entrevistado para este reportaje, Giménez dormía en una silla en una oficina.

La vida de Giménez no era muy distinta cuando conoció a Gloria hace más o menos 13 años. Los dos hacían 222 cuando se conocieron. Gloria era soltera y muy atractiva. Giménez estaba casado con su actual esposa, pero eso no impidió el romance.

Adriana Puricelli intentó convencer a su amiga de que no le convenía esa relación con un policía casado, pero Gloria no la escuchó: “Ella tenía una gran carencia de afecto, que le venía de la infancia. Buscaba el amor, se enamoraba. Siempre hubo hombres que se aprovecharon de eso”.

Poco después, Gloria quedó embarazada y Giménez volvió con su esposa.

La llegada de una nueva niña, Stefani, aumentó las necesidades económicas. Gloria y sus hijas ya no dormían en el piso. Cuidando cada peso Gloria había progresado y había amueblado su pequeño apartamento alquilado. “Trabajaba las veinticuatro horas”, cuenta su hija María Elena. Su sueño ahora era tener su propia casa.

***

“Vos tenés un ángel aparte”, le decía su amiga Adriana Puricelli cuando Gloria pudo comprar por fin su propio hogar, en la calle Bernardo Guzmán, en Nuevo París.

La casa en la que Gloria vivía –en la que se mató- tiene dos dormitorios, cocina, living y baño, todo un lujo para tantos policías que viven en pensiones y asentamientos. Era una vivienda en un pequeño complejo de propiedad horizontal edificado por el Banco Hipotecario, a pocas cuadras de la avenida Garzón, pero frente a un cantegril. El Ministerio de Vivienda era quien pagaba la entrega inicial, luego restaban muchas cuotas: Gloria tenía que pagar 35 años de cuotas, sin importar que poco después de inauguradas las casas ya tuvieran rajaduras, humedad, filtraciones de agua, según relatan los vecinos.

La situación económica de Gloria no era fácil. Había tenido otro hijo, Marcos, y seguía siendo soltera. Además, a pesar de haber aprobado hacía ya años el examen para ascender en el escalafón policial, seguía siendo una agente de segunda.

El agente Giménez, con quien Gloria mantuvo una amistad después del romance, le aconsejó que no comprara la casa: “Yo le dije que no lo hiciera porque esos planes son un cáncer, te cobran una cuota que un policía no puede pagar”.

Efectivamente, Gloria no tardó en atrasarse en los pagos. El dinero no le daba y, como todos los policías, había comenzado a sacar préstamos cuyas cuotas de pago le descontaban del sueldo, que cada vez quedaba más reducido.

Para no perder la casa, decidió que también le descontaran del salario la cuota del Banco Hipotecario.

Con sus ingresos cada vez más recortados por cuotas y pagos, Gloria siguió el camino de miles de policías: el de transformarse en esclavos del 222 y los préstamos usurarios.

***

Gloria anotaba cada gasto en una libretita, no fumaba, no tomaba. Lo que cobraba lo usaba para su casa y sus hijos. “Ya tengo mi casa, sólo me falta el Fitito”, le decía a su hija María Elena.

Tenía visto un autito anaranjado y soñaba con comprarlo, pero el dinero nunca alcanzaba. Para empezar, la cuota de la casa era de 2.700 pesos, demasiado para su sueldo.

Gloria finalmente se había casado, pero su matrimonio con el agente Ariel Arballo tampoco la ayudó a mejorar económicamente ni a solucionar sus problemas familiares.

Como todo policía, Arballo no estaba casi nunca en su hogar y los hijos de Gloria quedaban solos casi todo el día. Muchas veces Gloria llegaba extenuada a medianoche y encontraba que la casa era un completo desorden. “Los niños no habían hecho los deberes, no habían tendido las camas, no habían barrido la casa…”, recuerda Miguel, el hermano de Gloria.

Los ingresos de Arballo eran –son- escasos. Como tantos policías, Arballo es divorciado y con varias parejas anteriores. Es padre de diez hijos y a cuatro de ellos les pasa dinero de acuerdo a retenciones dictadas por la Justicia que se le descuentan del sueldo. Esas quitas, más las originadas en préstamos tomados en cooperativas policiales y casas de crédito, hacen que de su salario quede poco y nada.

“Hoy mi sueldo es de 200 pesos por mes”, dice Arballo. Su aporte a la familia se limitaba entonces al dinero que podía sacar del 222. “Salgo a las siete de la mañana y vuelvo a las diez y media de la noche, y me quedan 3.000 o 4.000 pesos”.

Arballo cuenta que fue él quien decidió “colgarse” del tendido de la UTE para no tener que pagar la electricidad que consumían: “Después de la crisis de 2002 las tarifas subieron tanto que de pagar 600 pesos por mes pasamos a pagar el doble. Ya no nos daba la plata”.

Estuvieron muchos meses sin abonar la electricidad hasta que un día llegó una inspección de la UTE y constató el robo de energía. El caso pasó a la Justicia y ellos firmaron un convenio con la empresa para ponerse al día.

“Intentamos cumplir con el acuerdo, pero no pudimos hacerlo por mucho tiempo, porque nos fijaron una cuota de 3.700 pesos por mes, entre el consumo y la deuda”, cuenta Arballo. “Tratamos de todas maneras de que nos fijaran una cuota más baja para poder pagarla, pero nos pasaban de una oficina a otra. Una vez me tuvieron dos horas esperando. Escribimos muchas notas, pero nadie nos dio una respuesta”.

Después de unos meses, Arballo decidió conectarse nuevamente.

***

La situación familiar tampoco ayudaba a Gloria. Le pesaba que sus hijos crecieran solos, como ella. Temía por su hija Stefanie, que estaba llegando a la adolescencia. Marcos, el menor, sufría de convulsiones. Lo atendía en el Hospital Policial, donde a veces los turnos con un especialista pueden demorar meses. Más de una vez, perdió la hora que tenía con el médico porque no recibió autorización de sus superiores para ausentarse del trabajo. “Eso la deprimía mucho”, relató su hermano Miguel.

Gloria estaba enamorada de Arballo, pero –como suele ocurrir con las parejas policiales- ya habían tenido sus separaciones. Según Arballo, se habían alejado por conflictos económicos. “Tuvimos un problema, pero lo solucionamos. Después, decidimos buscar un lugar donde los dos pudiéramos hacer el 222, para estar juntos al menos en el trabajo. Hacía seis o siete meses que los dos hacíamos el 222 en la Intendencia y estábamos viéndonos más”.

Adriana Puricelli, la amiga de Gloria, sostiene que la pareja se había separado porque Arballo tenía otra mujer. En la carta que Gloria dejó tras su suicidio alude a esa relación, pero Arballo dice que esa mujer –una prostituta- es sólo una amiga.

De todos modos, Gloria y su marido ya se habían reconciliado cuando llegó el triste desenlace de esta historia.

La situación económica de la familia era apremiante. “A veces Gloria compraba de a un morrón, de a una zanahoria. Le decía al almacenero: ‘mire que cuando cobre el 222 le pago’. Y le pagaba. El lujo que se daba era comprar un refresco de diez pesos los fines de semana”, cuenta la agente policial Cunha, que vive en el mismo complejo de viviendas en el que vivía Gloria.

Cunha llora cuando lo cuenta, pero no se asombra. En la Comisaría de la Mujer, donde trabaja, ya tuvo una compañera policía que, como no tenía dinero ni para alquilar una pieza, vivía en el edificio de una escuela abandonada, iluminándose con un mechero.

Gloria nunca dejó de pagar las cuentas del almacén, pero cada vez estaba más endeudada. “Era impresionante cómo hacía para estirar la plata. Sacaba de un lado y con eso pagaba parte de lo que debía en otro y si le sobraba algo, ese poquito lo integraba a otra deuda. Y así seguíamos”, cuenta Arballo. “Pero yo ya tenía cinco préstamos y ella otros cinco: teníamos cuotas en el República, en Cash, en Pronto…”

El 5 de mayo, Gloria tuvo que comparecer ante un juez penal por la denuncia que UTE le había hecho por robo de energía: ella era la responsable por ser la dueña de casa. El juez no la procesó, pero le advirtió que la próxima vez sí lo haría.

Gloria sabía que su casa estaba otra vez conectada ilegalmente al tendido eléctrico. El agente Giménez, el padre de Stefani, cuenta que Gloria lo llamó por teléfono tras aquella audiencia judicial. “Ando mal, estoy muy cansada, la verdad es que estoy podrida de tantos problemas, te juro que hay días que me dan ganas de matarme…”, le dijo.

Giménez le respondió que se dejara de embromar, que tenía dos hijos chicos que seguir criando.

Unos días después les cortaron el agua, por falta de pago, dice Miguel, el hermano de Gloria. “Ella quiso renovar el préstamo en el Banco República para pagar, pero no pudo”.

Pocos días después, la mañana del 20 de mayo, los inspectores de UTE volvieron a la casita de la calle Bernardo Guzmán y tomaron fotos de la nueva conexión ilegal a la electricidad. “Gloria pensó que la iban a procesar con prisión”, dice Arballo. Si eso ocurría, ya no podría seguir siendo policía.

Unas horas después, Ariel Arballo escuchó el balazo cuando entraba a su casa.

La carta que dejó Gloria decía:

“Perdoname Arielito ya no doy más, que no te echen la culpa, el problema soy yo. Que me perdone la Estefi que le arruiné el cumple, al Marqui que se porte bien, cuidalo, no lo dejes en banda. Te corresponde parte de la casa mientras vivas y no traigas a la puta a vivir acá. A la María y a la Mili un besote, y a mis hermanos también y al Ángel y Matías (sus sobrinos) que perdonen mi cobardía de ser segunda mamá. Te amo y los amo a todos, sólo espero que me perdonen: me cansé de luchar contra el viento. No te enojes por ser yo tan cobarde. Yo sé que vos me amás. Y pedile a Dios que me perdone y me lleve al cielo, no creo haber sido tan mala. No dejes que todo se venga abajo. Cuidá lo que hicimos. Hasta luego”.

***

La prensa le dedicó poco espacio al suicidio de la policía “G.E.C.M.”. Unos días después ya nadie habló del asunto.

Quizás habría valido la pena detenerse un segundo en esta historia.

Hoy los niños que viven debajo de la línea de pobreza, como vivieron Gloria y sus hermanos, son más del 50%.

El abuso sexual infantil crece año a año. “Cada vez hay más casos, aunque no sabemos por qué”, dijo la doctora Graciela Palomino, que integra la Comisión de Maltrato Infantil de la Sociedad de Pediatría del Uruguay. Otra integrante de la comisión definió la situación como una “epidemia oculta”.

En diciembre había 27.179 policías en Uruguay. La inmensa mayoría de ellos hace jornadas de trabajo de 12, 13, 14 horas diarias.

Muchos viven en asentamientos. Oficialmente, no se sabe cuántos son, pero Isabel Rodríguez, directora de la Caja Policial, puso un ejemplo: tras el temporal del 23 de agosto de 2005 un centenar de familias de policías se quedaron sin hogar porque el viento había derribado sus ranchos de cartón, chapa, bloques sin unir.

No hay cifras oficiales de cuántos policías viven bajo la línea de pobreza, pero una comisión que asesoró al ministro del Interior antes de asumir el cargo, manejó que son el 90%.

“Los policías viven en una situación de sobreexplotación que recuerda a Los Mensú de Horacio Quiroga”, dice Álvaro Sosa, del Sindicato Policial. “Probablemente son los funcionarios públicos en peores condiciones. Muchos viven en asentamientos, en condiciones infrahumanas, porque no pueden pagar un alquiler. Duermen en las terminales de ómnibus y cenan un pancho, que es lo que se pueden pagar. Los índices de alcoholismo y divorcios en la policía son más altos que en cualquier otro sector del Uruguay. Y la cantidad de internaciones psiquiátricas son alarmantes”.

Gloria Cor no fue el único policía que se suicidó en 2006. Según un registro parcial que llevan las autoridades, antes hubo por lo menos otros dos casos y cinco intentos fallidos. En 2005 tres policías se suicidaron y otros diez lo intentaron. Pero el registro no es exhaustivo. El Sindicato Policial, por ejemplo, sabe de una policía se mató en Rivera agobiada por las deudas y su caso no figura en la estadística oficial.

***

Miguel Cor, el hermano de Gloria, no pudo terminar de leer la carta que ella dejó. Su esposa había muerto de cáncer seis meses antes. Es él quien cuida hoy a S.y M., los dos hijos chicos de Gloria, junto a sus dos hijos. Para poder mantener a los cuatro niños día por medio, hace ocho horas en el 222. Esos días sale de su casa a las 6.45 de la mañana y vuelve a las 23.15.

María Elena, la hija mayor de Gloria, dice que todavía no asume que su madre haya muerto: “¿Por qué llegó a hacer esto, si siempre luchó contra todo?”

Tiene una hija de ocho meses. Vive junto a su pareja, su hija y otras cinco personas en una casita muy modesta lindera a un cantegril, frente a donde vivía Gloria. La casa está en obras: la están arreglando. El dinero viene de un hermano de su pareja, al que le va muy bien en su trabajo… en España.

María Elena está cursando primer año en el liceo nocturno. Lo hace porque quiere ser policía como su madre: “Yo quería trabajar junto a ella”.

El policía Héctor Giménez, que conoció a Gloria en el 222, lamenta la situación de S., la hija que tuvo con ella y hoy tiene 12 años. “Por un error mío, esa niña ahora tiene que crecer sin madre y sin un padre a su lado”. También lamenta no haber visto crecer a las dos hijas de su matrimonio. No está nunca en su casa y de golpe descubrió que la mayor, de 16 años, había dejado de ser una niña. “Un día me encontré con que en mi casa había otra mujer”.

Ariel Arballo, el esposo de Gloria, dice que perdió al amor de su vida. “Era una excelente persona, todos la querían, se hacía querer por todo el mundo”. Cree que la UTE se ensañó con él y su esposa, cuando al mismo tiempo hace la vista gorda con las decenas de viviendas “colgadas” del tendido eléctrico que hay en el cantegril de enfrente.

De camino al velorio de Gloria, su amiga Gloria Puricelli vio como esos vecinos colocaban una escalera, sin disimulo, y conectaban ilegalmente otra casa al tendido de UTE.

El padre y la madre de Gloria vinieron a Montevideo para el velorio de su hija. La madre llegó de Buenos Aires: familiares y amigos de Gloria la oyeron quejarse de las molestias y gastos que le provocó el viaje.

El padre de Gloria llegó de Lavalleja. Todos lo vieron, toda la noche, junto al cuerpo de su hija. “No se movió un segundo de al lado del cajón”, cuenta María Elena. Estuvo allí todo el tiempo. Le acariciaba la frente, la besaba. Le pedía que por favor lo perdonara.

Hay casas que hablan. Gritan cosas, cuentan retazos de grandes historias. Esta, en la que recién entramos, es una de ellas. No es muy grande: cuatro cuartos, una pequeña terraza y un patio. Por los acabados que sobreviven -piso cerámico, ladrillo rojo que decora las paredes exteriores, portón de rejas metálicas- uno diría que la familia que vivió aquí le puso mucho cariño y empeño a esta casa. Por las advertencias pintadas en las paredes, uno también diría que la familia que vivió aquí sufrió el desplazamiento, la huida, el dejarlo todo.

***

Si la vida de Sabine Moreno pudiera explicarse con una línea de tiempo, una sucesión de hechos representados por coordenadas y picos unas veces altos, otras veces bajos, podríamos decir que la antigua vida de Sabine Moreno acabó cuando su familia recogió lo poco que podía y huyó de la comunidad sin rumbo fijo.

Pico alto en el diagrama: la familia huye sin rumbo fijo. Un momento trágico, aunque quizá no tanto como el asesinato del abuelo, emboscada en el camino, no muy lejos de la comunidad, muy cerca de la estación de taxis; tres balas, ningún testigo, sangre manando de la boca. Un momento no tan trágico, quizás, pero doloroso al fin de cuentas.

Pico alto en el diagrama: asesinato de su abuelo. Mauricio Moreno. Q.E.P.D. 06/10/1960 – 18/11/2010.

El asesinato de Mauricio activó por fin esos sensores nerviosos que desde el cerebro le ordenan a los pies correr. Los mismos sujetos que se presume lo mataron, en ese mismo año, ya habían acabado a otros seis miembros de la familia de Sabine, para entonces una colegiala de 16 años con muchos sueños. Uno podría preguntarse: ¿por qué esa familia no huyó cuando cayó la primera de sus víctimas? ¿Quién aguanta tanta muerte antes de decidir largarse de su comunidad? Entre las mujeres que ahora lideran a la familia hay versiones encontradas. Blanca, la madre de Sabine, dice que al principio no creyeron que esas muertes tuvieran que ver directamente con ellos. Amelia, la abuela paterna de Sabine, dice que no se iban por culpa de su marido. La familia hacía todo lo que dispusiera Mauricio, y Mauricio se oponía a abandonar ese pedazo de tierra en medio de huertas y cafetales que tanto les había costado a todos.

Mauricio era un evangélico comprometido y confiaba en que Dios resolvería todos los problemas en los que se metieron solo por el hecho de vivir donde vivían. Decía que si Dios quería que dejaran este mundo, no había por qué oponérsele. Pero el abuelo también era un pecador. Lo dice Amelia, su viuda. Se refugiaba en la iglesia para huir del trago. En su batalla interna entre el bien y el mal, los asesinatos en contra de sus familiares poco a poco fueron inclinando la balanza hacia su principal flaqueza. Por eso, en una de sus tantas borracheras perdió la compostura y desenmascaró sus rencores frente a unos ojos que se enfurecieron cuando lo escucharon proferir una amenaza. Una noche, a la orilla de un camino que atraviesa la comunidad, tambaleante y extasiado Mauricio se olvidó de Dios y dijo que haría justicia con sus propias manos. A los días de esa borrachera y de esa amenaza lo emboscaron y lo acribillaron a balazos. Su familia encontró su cadáver ensangrentado, con tres balas en el pecho y una en el rostro. A esos que ofendió no les gusta que los amenacen.

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Habrán sido, alguna vez, felices. Lo dice, en primer lugar, ese paisaje que sobresale detrás de una ventana sin vidrios y sin barrotes. En ese hueco está pintado el volcán de San Salvador. Es un cuadro hermoso: el río bajo la cumbre, la carretera, una milpa -el maizal infaltable en el paisaje salvadoreño-, y al fondo el volcán, imponente, sombreado por unas nubes.

Quienes vivieron aquí añejaron muchos recuerdos. Lo dicen los árboles de mango y mandarina que inundan con su aroma todo el patio. A juzgar por su altura -ocho metros la mandarina, 15 metros el mango-, los árboles llevan varios años echando frutos.

***

Muerto el abuelo, ya no había poder que se opusiera al éxodo de la familia Moreno. Una mujer bajita, morena y resuelta decidió por todos. Amelia, la abuela de Sabine, viuda de la noche a la mañana, se echó a cuestas el control de toda la familia, compuesta por 20 integrantes. La séptima muerte en la familia los hizo partir. El miedo por fin fue miedo, y ordenó a los pies de esas 20 almas correr en abierta y urgente estampida. Se lo dijeron a Blanca, la mamá de Sabine, el sábado 11 de diciembre de 2010. Sabine lo escuchó todo.

—Dijeron que nos íbamos a ir pero no dijeron cuándo. Para nosotros fue una gran sorpresa cuando al siguiente día nos avisaron que alistáramos las cosas -dice.

Huir, abandonarlo todo, sacudió las fibras más íntimas de Sabine. No es fácil abandonar el terruño, piensa ella. No es fácil que le roben el terruño a punta de pistolas y muertos. Lo comprendió cuando buscó sus cosas para meterlas en una maleta. Sintió un vacío en el pecho, pensó que es difícil dejar atrás toda una vida, sobre todo cuando ahí han crecido tres generaciones de una gran familia. Ella (16 años), su madre (35 años), su abuela materna (50), su abuela paterna (52), habían nacido ahí, en el cantón El Guaje, y a partir de aquella noche ya nunca más regresarían ahí, donde lo dejaron todo. Al igual que ellos, otras 23 familias de esa comunidad huyeron en diferentes oleadas a lo largo de 2010.

Recuerdo de Sabine: empaca lo que puede en cuatro horas. Se siente triste, se pregunta: ¿se puede meter toda una vida en una maleta? La respuesta es obvia. Apenas y alcanza llevarse, además de la ropa, un televisor. Sabine cree que hacia donde la llevaban podrá conectar el televisor. Un carro patrulla de la Policía Nacional Civil entra a la comunidad. Sigue a otro vehículo con placas particulares, prestado por un amigo. Es un camión. Es lo único que la autoridad puede hacer: entrar y salir, custodiar la partida. Todos se encaraman en la cama de los vehículos. Huyen. Se largan para nunca más volver.

Coordenada: Sabine Moreno y su familia huyen de la Mara Salvatrucha 13.

Pico alto: Sabine es desplazada del cantón El Guaje, en Soyapango, El Salvador. Soyapango, parte del Área Metropolitana de San Salvador, es la segunda ciudad más populosa del país.

***

La casa abandonada habla más que la vecina nerviosa que vive en la casa de al lado, que revuelca las pocas palabras que salen de su boca y responde apresurada y nerviosa a las preguntas de Houston, el policía que nos acompaña. Esa vecina no recuerda el nombre de los inquilinos. “Se fueron hace mucho tiempo. No los trataba mucho”. La casa dice que la desmantelaron. No hay techos ni focos ni ventanas ni cableado eléctrico. Tampoco grifos en las pilas ni palanca para el retrete.

La casa también le pone nombre y apellido a “los muchachos” que ahuyentaron a los que aquí vivían. En una de las paredes, hay dos letras pintadas en negro. Una es M y la otra S. Son dos letras mayúsculas, muy grandes. Son las siglas de la Mara Salvatrucha 13, unas de las pandillas más peligrosas del mundo. En otra pared, esas letras están separadas por dos manos huesudas, con uñas largas, como cuchillos. Las manos hacen señas. Una es una garra, la otra es una letra. Abajo hay tres letras más. Son las iniciales que dan nombre a la clica que se tomó esa casa: Diábolicos Criminales Salvatrucha (DCS).

En el patio, debajo del árbol de mango hay frutos masticados, semillas chupadas, colillas de cigarrillos, una botella plástica que alguna vez almacenó guaro. En el retrete hay restos de heces. Ya están secos. Houston dice que aquí se reúnen los muchachos. Que la casa para ellos es estratégica, porque desde este punto de la colina pueden observar cuando los policías entran o salen de esta colonia. Houston dice, sin dramatismos, que los muchachos se reúnen aquí “para planear sus fechorías”.

—Por eso expulsaron a los inquilinos -dice.

Nos alejamos del sector y después de cruzar dos redondeles y tres calles estamos en otra colonia. Houston nos muestra otros pasajes con casas abandonadas. Pero aquí los muchachos que ahuyentan a la gente tienen otra nomenclatura para autonombrarse. “Fuck the police”, escribió alguien en una pared. “18″, cierra esa frase. Aquí controla la pandilla Barrio 18, otra de las pandillas más peligrosas del mundo, y enemiga de la Mara Salvatrucha.

En un radio de unos dos kilómetros, las pandillas con mayor fuerza, poder y presencia territorial de El Salvador envían mensajes por medio de los grafitos de las casas abandonadas.

Otra casa que habla. Y otra más: alguien arrancó los ladrillos de esta y ha sembrado una pequeña huerta en el patio y en el último cuarto. En otra, unos niños han entrado a jugar con pintura. Se mancharon las pequeñas manos y las estamparon sobre las paredes. En otra alguien le declaró su amor a alguien más. “Dagoberta y Seco. Amor por siempre y para siempre”, escribieron, junto a un corazón pintado con tiza en la pared, y un cártel de Minnie y Mickey tomados de la mano.

En este pasaje de 70 casas hay 25 abandonadas. ¿Qué les pasó a esas familias? ¿Por qué huyeron? ¿De qué huyeron? ¿Quién compra o alquila una casa para luego dejarla abandonada? ¿Por qué nadie llega a vivir ahí? ¿Por qué ningún vecino explica adónde se fueron esos otros vecinos?

Nadie, en este pasaje, se atreve a contestar esas preguntas. Menean la cabeza en señal negativa y entre el silencio y la mirada esquiva uno alcanza a percibir algo que se podría traducir como miedo. Miedo a decir algo que no deben decir. Miedo a ser vistos hablando con la policía. Pero Houston, 23 años como policía, es atrevido y desconfiado. Dice que la gente que se ha quedado no contesta porque son familiares de “los muchachos”. Uno no sabe si creerle a él o sospechar que esos que se han quedado simplemente tienen miedo. Quién sabe.

Houston pide que aceleremos el paso. Lo pide luego de que un par de niños se nos han atravesado, por tercera vez, montados en unas bicicletas. “Son orejas de la pandilla. Andan queriendo saber qué estamos haciendo”, dice Houston, de nuevo, sin dramatismos. Uno piensa que esos niños, a estas horas de la mañana, deberían estar en clase, pero tal vez reciben clases en la tarde. Quién sabe.

Los compañeros de Houston -otros siete policías- se repliegan y avanzan hasta el carro patrulla. Hace unos minutos, dos de ellos custodiaban con sus rifles la entrada del pasaje de las casas abandonadas. Otros dos estaban en el otro extremo del pasaje, y el resto había hecho un cerco alrededor nuestro. Nos daban las espaldas y miraban en todas direcciones, incluyendo a los techos de las casas de un solo piso. Todos vigilaban. Saben que este es territorio de la pandilla y de nadie más.

Salimos de Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador ubicado unos 15 kilómetros al oriente de San Salvador. Salimos apenas con una idea de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en este país. Las casas han contado algo pero no lo suficiente. Sus inquilinos han desaparecido y es casi una norma para los desplazados continuar así: olvidados por todos. Es preferible eso a meterse en problemas con aquellos que los expulsaron. Por eso, para entender lo que esas casas no pueden terminar de contar, habrá que rastrear a esos fantasmas desplazados, subir una cumbre ubicada en las afueras de la ciudad, luego bajar, acercarse a las orillas de un río y entrar a una casa con paredes de lámina y piso de tierra. Habrá que seguir hablando en el último refugio de Sabine Moreno.

***

Hace más de 30 años, El Salvador entró por una puerta angosta a uno de los capítulos más oscuros de su historia. En las montañas tronaban las balas, estallaban las bombas y morían centenares de salvadoreños. En algunos puntos del país se cometieron barbaries contra hombres, mujeres y niños. Bombas, balas, sangre, muertos. Acusados de pertenecer a uno u otro bando (el ejército o la guerrilla) muchos campesinos decidieron dejar sus ranchos, bajar de las montañas y esconderse donde fuera. Fueron desplazados. Se movieron a las ciudades, a la orilla de los ríos, o a pequeñas comunidades marginales que con el tiempo crecieron y se convirtieron en colonias legales. Muchos otros no solo fueron desplazados sino que se convirtieron en migrantes y lograron llegar hasta los Estados Unidos.

Pico alto para El Salvador: guerra civil. 1980-1992.

Finalizada la guerra, hace 20 años, a El Salvador regresó la paz. Pero sería difícil precisar cuánto tiempo duró esa paz, porque el país comenzó a experimentar otra guerra: la de las pandillas. No hay nada concluyente sobre la razón que originó esta nueva guerra, y solo el odio se asoma por la puerta como posible explicación a las discordias entre los dos bandos.

Todo comenzó cuando unos jóvenes, deportados de los Estados Unidos, se mezclaron con otros muchachos más jóvenes en barrios, plazas y parques. Los que bajaron del norte tenían un nuevo estilo no solo de ver la vida sino de la moda. Vestían camisas flojas, pantalones flojos, pañoletas, gorras… Los de acá se fascinaron con esa nueva moda. Que se mezclaran no fue ningún problema. El problema fue que los de aquí hicieron crecer a las pandillas de los que venían de allá. Los odios continuaron. Dos de las pandillas más peligrosas del mundo encontraron en El Salvador un campo fértil para la batalla, y el Estado se convirtió apenas en un observador silencio de esos enfrentamientos.

No está nada claro, pero si la historia reciente de El Salvador fuera una línea de tiempo, en los últimos 20 años podrían ubicarse muchos estallidos, representados por picos altos, que demuestran la evolución de las pandillas a base de peleas, cuchillos, balas y muertes. Ahí donde vivían sus miembros, las pandillas comenzaron a dominar el territorio, se expandieron, y pelearon otros territorios, a lo largo y ancho del país. Para 2005 habían dominado las colonias de Lourdes, Colón, en La Libertad. Esas colonias que patrullamos junto a Houston y sus policías. Cinco años más tarde, en 2010, la Mara Salvatrucha conquistó el Cantón El Guaje, el hogar de la familia de Sabine, en Soyapango.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha llegado a sugerir que las pandillas son un ejército que acerca a los 70 mil miembros directos, más el aporte que dan sus familiares. Si la estimación es exacta, uno de cada 100 salvadoreños es pandillero. El ministro es de los que creen que los familiares han dejado de ser actores pasivos en la estructura de las pandillas.

Lo cierto es que el de las pandillas no es un mundo de blancos y negros. Y es en ese gris tan confuso donde se entremezclan simpatías, miedos, obediencias, abusos, extorsiones y silencios. Sobresale en ese gris confuso la clara utilización de la violencia para obtener control territorial. La población que vive en los territorios dominados por las pandillas está expuesta a normas que aunque no están escritas, se cumplen al pie de la letra. “Ver, oír y callar”, es la principal, dice Sabine Moreno. Luego hay otras, muchas, demasiadas…

Si uno vive en una comunidad MS no puede transitar por la vecina comunidad 18, so pena de que cualquiera de las dos pandillas concluyan que uno es un espía.

Uno no puede estudiar en un instituto nacional si vive en una zona controlada por la Mara Salvatrucha, como no puede estudiar en un instituto técnico nacional si vive en una zona controlada por el Barrio 18. En El Salvador, hasta la definición de la educación media es algo que miles de jóvenes tienen que pensar bajo los esquemas de las pandillas, que también reclaman para ellas esas instituciones del Estado.

Uno no puede ser visto hablando con la policía porque automáticamente se convierte en un sospechoso soplón.

Uno no puede tratar mal ni con miradas, gestos o palabras subidas de tono a los pandilleros, porque eso es una ofensa que puede pagarse con la vida.

Si se es mujer, se corre el peligro de que usurpen tu cuerpo uno o varios de los miembros de la pandilla que dominan la colonia.

Cuando una clica de las pandillas Barrio 18 o Mara Salvatrucha entra a un territorio y lo conquista, lo conquista todo. No está nada claro qué buscan, pero el narcomenudeo, la ganancia que deja el control de las extorsiones y la expansión territorial para hacer crecer esas dos fuentes de ingreso se asoman como posibles explicaciones. Hay otros casos, como en El Guaje, en Soyapango, en donde solo la geografía del territorio es apetecida por las pandillas.

El municipio de Soyapango, en San Salvador, por años fue considerado como la primera gran ciudad dormitorio del país. En las décadas de los 60 y 70 allí se afincaron familias obreras que crearon un bum inmobiliario que convirtió las otroras fincas de café o cañaverales en laberintos inmensos adornados con diminutas casas de concreto de dos y, con suerte, tres cuartos y un patio. Soyapango es una de las ciudades más densamente pobladas del país. Es la ciudad creada para las familias obreras del Área Metropolitana de San Salvador. Y en esa mancha de concreto son pocas las islas verdes que le sobreviven. El cantón El Guaje es una de ellas.

Cuando una clica de la Mara Salvatrucha (la Sureños Locos Salvatrucha) conquistó la comunidad del cantón El Guaje, e instaló ahí una sucursal con el nombre de la comunidad en la que creció Sabine Moreno (la clica “Guajes Locos Salvatrucha”) fue porque le interesó la geografía del lugar. Le interesó lo aislado del terreno para organizar ahí reuniones con las clicas más fuertes de Soyapango y, según la policía, para dejar regadas a sus víctimas.

Lastimosamente para familias como las de Sabine, saberse conquistados siempre se explica con violencia, intimidación y muertes.

Si antes los desplazados huían de las bombas o de los reclutamientos forzados -sobre todo del ejército, pero también de la guerrilla- ahora huyen casi que por las mismas razones. Huyen porque no quieren que sus hijos se hagan pandilleros, no quieren que los fuercen a hacerse pandilleros, porque no quieren que sus hijas sean violadas, porque muy cerca han impactado las balas, porque los acusan de estar con la policía o con la pandilla contraria. Eso le pasó a la familia de Sabine. Los rumores los acusaron de informar a la policía y de ayudar a la pandilla contraria.

***

Recuerdo de Amelia, la abuela de Sabine: El Guaje era un lugar tranquilo en el que se podía vivir. Era una antigua finca, donde se asentaron unos colonos y sus descendientes desde hace más de 50 años. Ahora diezmada y convertida en una especie de oasis en medio de dos colonias con mala fama, en el Guaje sobreviven diminutos cafetales y huertas. Rodean a esa comunidad rural las colonias Santa Lucía y Sierra Morena. Hace siete años, esas dos colonias fueron noticia cuando por primera vez se habló en la prensa de toques de queda impuestos por las pandillas.

El 2005 fue un año de toques de queda en los barrios. Se peleaba el territorio, y las pandillas advertían a los habitantes de esos territorios que no debían salir de sus casas pasadas las 7 de la noche, para no ser confundidos con el enemigo. Al menos eso reportaba la policía. Eso pasaba muy cerca de El Guaje, que para ese momento seguía siendo una comunidad tranquila.

A El Guaje la Mara Salvatrucha llegó cuando se pavimentó el camino que conecta a Soyapango con el municipio de San Marcos. Antes quien entraba a El Guaje solo era alguien que tuviera algo que ver con El Guaje. Pero a mediados de 2008, un grupo de jóvenes, extraños, circuló por esa carretera y le gustó aquello con lo que se encontró.

Recuerdo de Sabine: eran cinco jóvenes. Llegaban a la cancha de fútbol de la comunidad. Se hicieron amigos de los jóvenes de la comunidad. Fumaban cigarrillos y “le decían cosas a las bichas”.

Desde cerca, que cinco jóvenes intenten controlar una pequeña comunidad en medio de la nada puede significar muy poco. Una pandilla de barrio, una pequeña pandilla. Pero si se amplían las coordenadas, esos cinco jóvenes ya no son una pequeña pandilla, sino más bien los emisarios de una organización muy grande, con nexos en todo el país, con normas en todo el país. Normas que no tardaron mucho en calar en El Guaje.

Cuando esos cinco jóvenes que Sabine recuerda llegaron a El Guaje, Remberto Morales tenía 12 años. Remberto era, según Sabine, “un niño bien, que se vestía bien, amable, que jugaba con nosotros”. Pero Remberto tomó la decisión de acatar y de hacer cumplir las normas de la mara. Se hizo amigo de esos muchachos y entonces dejó de ser amigo de Sabine. Remberto Morales, brincado por la clica Guajes Locos Salvatrucha, se convirtió en El Panadol.

Recuerdo de Sabine: Desde que le pasó eso, se hizo huraño, pasaba con el ceño fruncido y a quien le mirara mal lo amenazaba de muerte.

No pasaría mucho tiempo cuando Sabine y su familia fueron amenazadas de muerte después de la masacre en la que fue asesinado El Panadol.

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El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo un promedio de 12 asesinatos diarios. Una tasa de homicidios de alrededor de 70 por 100 mil habitantes. Desde cuando los pandilleros comenzaron a ser noticia recurrente, en el año 2003, tras el lanzamiento del primer plan mano dura -un plan represivo que consistía en encarcelar pandilleros acusados de “asociaciones ilícitas”- muchas comunidades, asentamientos y colonias fueron estigmatizados.

Lo que nunca nadie cuestionó fue la incapacidad del Estado para recuperar el control de esos territorios. Lo policía hacía redadas en las colonias dominadas por las pandillas pero eso nunca garantizó que el Estado volviera a controlar esas zonas. Solo eso explica que para 2012, junto a ese elevado promedio de homicidios diarios, se creara una lista de 25 municipios considerados como los más peligrosos del país. Entre estos se incluye a Soyapango, en el oriente de San Salvador, y a Colón, en el occidente de la capital. En medio de todo ese caudal de cifras y muertos, el drama de las familias que huyen de la violencia, moviéndose de un lado a otro, como nómadas, nunca fue ni ha sido tomado en cuenta.

No hay una cifra de desplazados por la violencia en El Salvador porque simplemente el fenómeno no se ha estudiado con rigurosidad y profundidad. No es un dato que exista porque no es un dato que se denuncie ni se sistematice, y los casos son tan complejos, y los escapes tan silenciosos, que solo los afectados saben lo que les está ocurriendo. La policía se ve amarrada a brindar seguridad a las retiradas y luego hace conjeturas sobre las razones que llevan a una familia a abandonar su casa, sus pertenencias, su vida. Del lado de las familias, la norma no establecida dicta que nadie ponga denuncias por temor a represalias, porque lo que más quieren es desaparecer, pero con vida, no enterrados bajo tierra.

Quizá el dato que más se acerque a la magnitud del problema sea una lista de casas desocupadas que maneja el Fondo Social para la Vivienda (FSV), institución estatal que facilita préstamos para que las familias de bajos recursos adquieran una casa propia. Para siete colonias dominadas por las pandillas, ubicadas en los departamentos de San Salvador y La Libertad, la cifra llega a las 613. Si el promedio de personas por familia en El Salvador es de cinco, según el censo de población de 2007, eso significa que unas tres mil personas abandonaron su hogar sin una razón clara.

Uno bien podría pensar que los inquilinos de esas casas se fueron porque no pudieron seguir pagando la cuota, según responden de manera oficial las autoridades del FSV. “La norma que une a todos esos casos es que por alguna razón cayeron en mora, y eso obligó a un proceso de recuperación de esas viviendas”, dice el gerente de créditos de la institución, Luis Barahona.

Pero uno también podría sospechar que hay algo más fuerte detrás de tanta casa abandonada en esas colonias, dadas las coincidencias entre el elevado número de viviendas solas y la presencia de pandillas.

— ¿Uno puede hacer esa relación simple entre casas del Fondo deshabitadas y el contexto de la colonia en donde está ubicada? ¿Uno puede decir, por ejemplo, que quienes se fueron de la colonia La Campanera, dominada por el Barrio 18, se fue huyendo de la violencia de esa pandilla?

— No creemos que sea el factor principal, pero no podemos negar que en algunos casos se nos ha manifestado que se van porque se ven afectados por la delincuencia de la zona. El problema es que no estamos ante una estadística concreta, como para poder decir: es un 5% de todos los casos, un 10%. Le mentiríamos.

El FSV no es la institución competente para crear una lista de casos, pero al menos reconoce que en aquellas zonas en donde tienen presencia como autoridad, compiten con la autoridad de las pandillas. A quienes solo tienen esas colonias como opción de vida, el FSV les llama “segmento vulnerable”.

Es un círculo vicioso. Entre las ofertas de ayuda que da el FSV a aquellos que huyen de la violencia -previa comprobación con una denuncia policial- está la permuta de esa vivienda en otro sector con similares características. Eso, por defecto, y sin que la institución pueda hacer nada, incluye la presencia de alguna de las dos pandillas en el paquete de compra.

***

Coordenadas: es el 31 de julio de 2010. Es de noche. En el cantón Cuapa, fronterizo con El Guaje, unos jóvenes organizan un baile. Si algo puede explicar mejor hasta dónde llegó la violencia en el cantón El Guaje, para que de ahí huyeran 23 familias, fue lo ocurrido después de ese baile, al que acudieron cinco jóvenes, otrora amigos de Sabine Moreno. Uno de ellos era aquel niño que se vestía bien y que terminó, con 14 años, convertido en El Panadol. También iba un joven de 19 años que recién se había convertido en padre. Su nombre era Dagoberto, quien junto a una morena y pequeña joven de nombre Lucía, hermana de Sabine, había procreado a una pequeña niña que para mediados de 2010 tenía año y medio. Dagoberto, un joven inquieto, sin ideas claras sobre qué hacer con su vida, era amigo de El Panadol y de los homies de El Panadol.

***

En los territorios dominados por las pandillas, la frontera que divide la amistad, el apego y el cariño entre los pandilleros, sus familias y sus vecinos a veces es tan difusa, tan poco clara, que omite certezas. Esa falta de certidumbre puede conducir a resultados trágicos, potenciados por conclusiones apresuradas. A la familia de Sabine, esas conclusiones apresuradas fueron las que la diezmaron. La única muerte que nada tuvo que ver con esas conclusiones fue la que inició la tragedia de los Moreno.

Pico en la familia de Sabine: Ernesto Quintanilla, un expandillero deportado de los Estados Unidos, muere asesinado el 14 de febrero de 2010.

Ernesto era un hombre tatuado y deportado. En Los Ángeles fue miembro de la Mara Salvatrucha y ni Sabine ni su madre pueden precisar de cuál clica era. Lo cierto es que en el año 2000, Ernesto llegó a vivir a El Guaje, porque en El Guaje vivía el único familiar que lo ataba a El Salvador. Vivió en paz Ernesto, sin meterse con nadie, escondido en esa zona rural rodeada por colonias de concreto, hasta que una clica de la MS comenzó a visitar el lugar. La clica lo ubicó, le pidió que hiciera cosas, pero Ernesto se negó. Por eso lo mataron, porque es muy difícil que un pandillero retirado pueda vivir tranquilo sin hacer cosas por el barrio.

Recuerdo de la madre de Sabine: su hermana se puso muy triste. Nunca pensaron que esa sería la primera de muchas muertes, porque siempre creyeron que lo que le ocurrió a Ernesto no tenía nada que ver con ellas.

El problema es que otro familiar hizo que tuviera mucho que ver.

Pico alto en la vida de la familia Moreno: José Mena desaparece en abril de 2010.

José Mena era un vendedor de muebles de madera que se crio en El Guaje y terminó casado con Beatriz Cruz, una mujer risueña que vivía de lavar trastos y cocinar sopas en un mercado. Beatriz Cruz era tía de Sabine Moreno.

José Mena y Beatriz Cruz frecuentaban mucho la casa de Ernesto Quintanilla, porque José y Ernesto, con el tiempo, se hicieron buenos amigos. El dolor que le provocó la muerte de Ernesto hizo que José perdiera la compostura. En la tienda de la comunidad, José dijo que sabía que los muchachos de la pandilla tenían que ver con el asesinato de Ernesto. A José, a los días de andar haciendo esas acusaciones, se lo tragó la tierra. Desapareció sin dejar rastro. A oídos de la madre de Sabine Moreno llegó el rumor de que El Panadol y el resto de miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos habían asesinado a José en el cafetal, después de obligarlo a cavar su propia tumba. Pero Blanca fue astuta. Escuchó el rumor y calló.

El cafetín en el que José Mena acusó a los pandilleros por la muerte de su amigo Ernesto Quintanilla, era regentado por Fidelina y Yesenia Moreno, prima y sobrina de Mauricio, el abuelo de Sabine. Era ese un cafetín modesto, en el que se vendían almuerzos y se cocían pupusas. Era ese un cafetín frecuentado por todos: vecinos, amigos, pandilleros y policías. Pero que los policías lo visitaran, lejos de traer seguridad, solo provocó otra desgracia para la familia Moreno. Como los rumores pueden ser una suerte de verdades para aquellos que se los creen, Fidelina y Yesenia recibían en ese lugar a los policías para contarles de las andadas de los pandilleros de El Guaje.

Pico alto en la familia de Sabine: en la mañana del 16 de junio de 2010 fueron asesinadas Fidelina y su hija Yesenia.

Las acribillaron en medio de la carretera, antes de que prepararan su puesto de venta de pupusas. Por ese asesinato, Mauricio Moreno, el abuelo de Sabine, comenzó a tomar de nuevo.

***

El baile en realidad no era un baile sino que una emboscada. Así como la MS se tomó El Guaje y reclutó pandilleros en El Guaje, el Barrio 18 hizo lo mismo en un cantón aledaño a El Guaje: el cantón Cuapa. Muy tarde lo comprendieron los cinco jóvenes que iban hacia aquel baile.

A las 11 de la noche de aquel sábado 31 de julio, la puerta de la casa de la viuda de José Mena fue sacudida por una lluvia de golpes y gritos.

—¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta! -gritaban los jóvenes.

Beatriz se sorprendió al ver, en la cabeza de aquel grupo asustado, a Dagoberto, el marido de Lucía, su sobrina. Beatriz los dejó pasar, y no pasó mucho tiempo cuando otra lluvia de golpes sacudió de nuevo la puerta.

Cuando Beatriz abrió de nuevo, fue abatida por un empujón, y solo alcanzó a ver a unas sombras desconocidas que apalearon uno por uno a los jóvenes.

Recuerdo de Blanca, la madre de Sabine: Beatriz, su hermana, nerviosa y asustada, sacude la puerta de su casa y le cuenta lo sucedido. Le dice que la empujaron y que se los llevaron con las manos amarradas con las cintas de los zapatos. Luego Beatriz regresó a su casa, a trancar muy bien las puertas, y retornó donde Blanca todavía más afligida.

Recuerdo de Sabine: ella estaba dormida y la despertaron unos disparos. Al rato llegó Beatriz, gritando: “¡Ya los mataron, Blanca! ¡Escuché unos gritos por el maizal”

Los gritos fueron seguidos por unos disparos, los disparos que despertaron a Sabine Moreno.

A la mañana siguiente, esa masacre en El Guaje fue noticia a nivel nacional. Dagoberto, el cuñado de Sabine, padre de una bebé recién nacida; Remberto, el otrora amigo de Sabine, convertido en el pandillero El Panadol, fueron asesinados. De los cinco, solo Dagoberto, que no era pandillero, sino que amigo de pandilleros, conservó intacta la cabeza.

Recuerdo de Sabine: a los demás les cortaron la cabeza y les cortaron sus partes íntimas. Luego las partes íntimas se las metieron en la boca.

Corrección de Blanca: solo a uno de ellos le arrancaron sus partes íntimas para metérselas en la boca.

Un mes después de esa masacre, las conclusiones apresuradas volvieron a enlutar a la familia de Sabine. El rumor decía que Beatriz Cruz había “vendido” a los cuatro miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos con la pandilla rival. Los rumores decían que quienes llegaron a sacarlos de su casa no eran policías, sino pandilleros del Barrio 18, disfrazados de policías, y alertados por Beatriz. Para la madre de Sabine, esos rumores guiaron a un desconocido hasta el mercado en el que trabajaba su hermana. Pico alto en la familia de Sabine: el mediodía del 28 de agosto de 2010, Beatriz Cruz fue asesinada a los pies de una cantarera.

Dos días después, una amenaza recorrió por todo El Guaje. Aquellos que no tuvieran familiares pandilleros debían salir de la comunidad o de lo contrario serían exterminados. El mensaje llevaba una dedicatoria expresa a la familia de Sabine. Dicen que el papel decía: “Empezando por toda la familia de Mauricio Moreno…”.

***

Mauricio Moreno era un hombre que no le temía a las serpientes. Lo dice su mujer, Amelia de Moreno. Lo dicen tres fotos que la familia conserva en un álbum. En las fotos, tomadas en diferentes momentos todas, Mauricio alza tres diferentes masacuatas, unas boas que pueden superar los dos metros de largo. En las fotos, Mauricio sonríe. Se le ve contento.

Tras la muerte de Beatriz, pasaron tres meses en los que ocurrió muy poco en El Guaje. Mauricio Moreno pensó que había zanjado el problema denunciando a la policía lo expuesta que estaba su familia después de tantos asesinatos y amenazas. La policía entonces patrulló un par de veces a la semana pero en noviembre dejó de hacerlo. Y Mauricio, que durante todo ese tiempo siguió tomando, y en más de alguna ocasión profiriendo amenazas, diciendo que haría justicia con sus propias manos, retó a los mareros.

No pasó ni una semana cuando él también cayó muerto.

***

El primer refugio fue un infierno.

Recuerdo de Sabine: lloviznaba. El camión los aventó en una calle frente a una gruta, a la orilla de un río. Ella no sabía ni siquiera cómo se llamaba ese lugar, pero sintió que en nada se comparaba al lugar en el que vivían, porque el frío en esa montaña calaba hasta los huesos. Llegaron a esa gruta por sugerencias de otra vecina que también había huido de El Guaje, tres meses antes que ellos.

Esa vecina, esa amiga, a la mañana siguiente, cuando se enteró del arribo de la familia de Sabine, fue a darles abrigo. Les cocinó salchichas con huevo y tomate. Sabine recuerda que la tristeza, la rabia, el enojo, le quitaron el hambre. Quería largarse de ahí, y entonces supo que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

***

¿Cuántas familias son desplazadas en El Salvador? La respuesta a esa pregunta podría ser una incógnita para siempre. Lo cierto es que mientras más se pregunta, mientras se revuelve entre las historias de amigos y conocidos, siempre aparecen muchos casos. Demasiados.

Caso 1: Jaime, un policía de Soyapango, ahora asignado a otra unidad, huye a mediados de 2011 de la colonia en la que compró su casa porque se descubrió vecino de pandilleros del Barrio 18. Al principio trazaron un pacto de caballeros, pero a medida que la convivencia convirtió esa frontera imaginaria en un barril en el que pueden depositarse todas las rencillas, Jaime prefirió huir. Ya había amenazado con una pistola y no quería sacarla por segunda vez. Temía que lo mataran o terminar preso por el simple hecho de defenderse de aquello que él consideraba como una amenaza.

Recuerdo de Jaime: Una noche de mediados de 2001 tomaba con un vecino, en la tienda de la colonia, cuando sus vecinos pandilleros, también embriagados, llegaron a preguntarle si él era de los policías que mataban homies. Jaime, que estaba sentado, se paró y sacó su pistola. Se volvió a sentar y la posó en su pierna derecha. “Si quieren, probamos”, les dijo.

Al día siguiente recibió un anónimo debajo de la puerta de su casa: “O te vas o se mueren vos, tu mujer y tus dos hijos”.

Jaime lo dejó todo. Todavía intenta vender la casa y ahora alquila otra en otro municipio, en otro departamento.

Caso 2: Carolina nació, creció y se desarrolló en una comunidad dominada por la Mara Salvatrucha. Esa frontera gris que obliga a convivir con pandilleros, compartir con ellos, respetarlos a ellos, terminó definiendo el amor de Carolina hacia uno de esos pandilleros. Carolina se hizo su mujer y tuvo un varón de esa relación. Cuando el niño tenía dos años, su padre cayó preso.

Recuerdo de Carolina: su marido la obligó a visitar el penal de Ciudad Barrios, al oriente del país, todas las semanas, y en cada visita la obligó a meterse droga y chips de celulares en la vagina. A mediados de 2009, unos custodios la descubrieron con un paquete de marihuana que llevaba en la vagina. Se le cayó después de que la obligaron a hacer decenas de cuclillas. Fue encarcelada seis meses en el penal de Mujeres, en el municipio de Ilopango. Cuando salió, los pandilleros de la colonia la llegaron a buscarla hasta su casa. Le dijeron que debía continuar con las misiones. Carolina se negó, la golpearon enfrente de su hijo. La dejaron malherida.

Carolina decidió largarse de su casa, abandonar a su familia, y cargar con su hijo, hoy de cinco años. Alquiló una casa en el departamento de Santa Ana, al occidente del país, pero hasta allá la persiguió la pandilla. Alguien la denunció como desaparecida y en agosto de 2011 colgó su imagen en el noticiero 4 Visión, uno de los de mayor rating en El Salvador. Al siguiente día, una vendedora de celulares, mientras ella cargaba su saldo, la reconoció y le preguntó que por qué se había fugado de su casa.

Recuerdo de Carolina: caminó de regreso a su casa, junto a su hijo, mirando por el rabillo del ojo. Cruzó el centro de la ciudad, llegó al mercado, lo atravesó, y por todo ese trayecto sintió que alguien la perseguía. Al día siguiente se dio cuenta de que la vendedora no guardó su secreto, y que incluso distribuyó su celular. Lo supo porque alguien marcó a su teléfono, y antes de que esa voz terminara de decir: “Al fin te encontramos, bicha hija de…”, ella aventó el aparato en un basurero del parque central. Carolina se movió a otro departamento, y luego cruzó, indocumentada, hacia Guatemala. No piensa regresar.

Caso 3: A Juan lo acaban de amenazar de muerte. Lo han amenazado sus propios sobrinos, que ahora “caminan” con la Mara Salvatrucha. Juan vive en una comunidad al occidente del país, y no sabe qué hacer con su vida. Entres sus alternativas todavía no contempla huir, porque dice que adonde quiera que vaya pasará lo mismo.

—Las pandillas están en todas partes. Tengo dos lugares adonde ir, pero en esos dos lugares también hay pandillas. A lo mismo voy a ir a dar -dice Juan.

—¿Y entonces qué piensa hacer?

—Esa es la cuestión. Yo no quiero perder todo lo que tengo acá, así que a lo mejor me toca defenderme por mis propios medios. Porque a uno, de pobre, ¿quién va a venir a prestarle ayuda?

***

El segundo refugio fue toda una molestia. La familia de Sabine se movió a la orilla de un río, porque 20 personas no pueden vivir sobre un camino vecinal, interrumpiendo el tráfico de vehículos más de dos días. Por eso al segundo día los hombres levantaron unas chozas con techos de aluminio encima de unas peñas gigantescas. No tenían agua para beber ni para lavar la ropa y la del río no daba consuelo porque estaba y sigue contaminada. No tenían en qué cocinar la comida porque todos los utensilios quedaron en la casa que dejaron en El Guaje. No tenían en dónde bañarse ni en dónde defecar, más que en un hueco pestilente que quedaba entre los peñones del río.

—Pasamos dos semanas serenándonos (a la intemperie)… Mire: sufrir así, esto no se le desea a nadie -dice Sabine.

***

El tercer refugio es una champa protegida detrás de un portón de hierro largo y alto. Este pedazo de tierra que no es suyo, que nunca será suyo, era el parqueo de la casa de otra familia que les ha brindado cobijo.

En la sala hay un sillón largo, dos sillas de plástico y aquel televisor que Sabine logró rescatar en la huida de El Guaje. El sillón, las sillas plásticas, las láminas, la cocina de leña, la mesa del comedor, son cosas que ha tocado conseguirlas a base de sacrificios que Sabine y su madre no tenían contemplados. Aquí no hay trabajo para ninguna y les toca sobrevivir vendiendo pastelitos rellenos de papa y empanadas de plátano a sus vecinos, entre lo que se encuentran otras tres familias de refugiados de El Guaje.

La sobrina de Sabine, la hija de Remberto, el joven asesinado junto a otros cuatro pandilleros justo hace dos años, enciende el televisor. Están pasando la caricatura de Bob Esponja.

—¿Ustedes quieren regresar? -preguntamos.

—Por mí, yo quisiera estar en mi lugar otra vez, pero es imposible regresar. Las casas de nosotros ya están ocupadas por gente de los mismos pandilleros. Ellos se apoderaron de ese lugar -responde Sabine.

***

En marzo de 2012, ocurrió un suceso inédito en El Salvador. El gobierno hizo un pacto con la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13 que consistió en la reducción de los homicidios a cambio de traslados de los líderes de las pandillas de penales de máxima seguridad a cárceles con menores restricciones.

Los traslados de 30 líderes de las pandillas coincidieron con la reducción significativa de los homicidios. A un mes de la tregua y de esos traslados, los homicidios se desplomaron en un 59%, de 13.6 a 5.6 diarios. Reducción que para agosto de 2012 se mantiene. Si la tendencia sigue a lo largo del año, El Salvador se alejaría muchísimo de la tasa de muertes con la que cerró 2011 (alrededor de 70 homicidios por cada 100 mil habitantes), y que lo ubicaron como el segundo país más violento del mundo, solo superado por Honduras, que registró 82 homicidios por cada 100 mil habitantes.

El gobierno de El Salvador, encabezado por el presidente Mauricio Funes, niega la existencia de negociaciones del gobierno con las pandillas, pero desde entonces ha caído en una suerte de contradicciones al tiempo que se ha comprometido a buscar apoyos en los partidos políticos, la empresa privada y la sociedad para acabar de una vez por todas con la violencia entre las pandillas. Además, el mismo ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha dejado claro que el plan de conciliación entre las pandillas fue afinado en su despacho y con pleno conocimiento de Funes.

Oficialmente, lo que ha ocurrido en El Salvador es una tregua entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha respaldada con el apoyo logístico del gobierno.

Pico alto para El Salvador: después de años de violencia, hoy es tiempo de tregua entre las pandillas.

—¿La tregua no las anima para regresar a sus casas?

Comentario de Sabine: esa tregua es mentira y para nosotros no sabe a nada. Nadie revivirá a mis familiares muertos y nadie nos garantiza que podemos regresar, y estar sanas y salvas, en nuestro lugar de origen.

Nati es varón

Publicado: 17 octubre 2012 en Andrés Acha
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Cuando tenía 12 años Natalia intentó suicidarse tres veces en la misma noche. Ocurrió el día del cumpleaños de su papá. José no quería festejarlo pero Graciela lo comentó en la vereda y los vecinos llegaron con empanadas, pizzas, pollo, algo para tomar. Era inevitable la reunión. Había cierta excitación en la casa porque Graciela se postulaba ese fin de semana por primera vez como presidenta del Centro Vecinal de su barrio, Parque Liceo. A las diez de la noche Natalia apareció en la fiesta con la cara ensangrentada.

–No quiero vivir más –dijo.

Había dejado caer el peso muerto de su cuerpo atontado por las pastillas desde la cucheta de su pieza. Al volver del hospital todavía quedaban algunos vecinos alrededor de la mesa. Con Natalia descansando en la habitación, conversaron sobre lo que había pasado.

Hacía una semana que Natalia había cambiado las polleras por unas bombachas de gaucho y se había cortado el pelo. Se movía distinto.

Dos horas después, bajo el mismo cielo de la misma noche, volvió la sangre: un cuchillo en las muñecas. Otra vez las corridas, la ambulancia, el hospital, la desesperación, el desconcierto.

Volvieron a la casa. Con el lavaje de estómago hecho, las curaciones del golpe en la cara recién terminadas y los brazos vendados, en el cumpleaños número 32 de su padre, frenaron a Natalia segundos antes de que se cortara de nuevo.

Sus padres no encontraban explicación a la insistencia de Natalia en quitarse la vida.

Esa misma noche la internaron. Era la mayor de los 10 chicos de la sala del hospital y no podían dejarla sola. Su mamá durmió casi un mes apoyada en la cama, con los brazos cruzados sobre el colchón, a los pies de su hija medicada.

Dos años después Graciela llamó a la psicóloga para revelarle lo que había descubierto sobre su hija, el porqué de los intentos de suicidio, de las depresiones y de su repentino cambio de vestuario y actitud.

–Licenciada, para mí Nati, se lo digo como madre, para mí Nati es varón.

A Natalia “La Pepa” Gaitán la asesinaron de un escopetazo en el pecho el 7 de marzo de 2010. Tenía 27 años. Pero eso pasó mucho después.

***

Graciela tenía 20 años y un hijo aquella noche de 1980 en la que conoció a José en un recital de la cantante Tormenta.

–Lo conocí y fue un impacto. Bailamos una pieza, me acompañó hasta la pensión, lo hice pasar a mi cuarto, nos pusimos a charlar y nunca más nos separamos hasta que se murió.

Graciela no sabía que estaba embarazada la tarde en que despidió a José, que se alejaba en tren rumbo al servicio militar obligatorio. Él regresó una semana después con una nota: no era apto porque tenía un dedo del pie encima de otro, y eso le iba a traer problemas con los borceguíes.

Ya había dos hijos en la familia (Diego y Mauricio) cuando Graciela le anunció a su novio que estaba embarazada de nuevo. José Gaitán le contestó con una promesa:

–Si es nena me caso con vos.

En 1982 nació Natalia. Graciela dice que le hizo una trampa al padre: “Nació nena para que se casara conmigo, pero después se hizo varón”.

***

Karen Herrera es una de las personas que mejor conoció a Natalia “La Pepa” Gaitán. Las presentaron y un mes después ya se habían mudado a una piecita de paredes ásperas. Vivieron juntas dos años hasta que se separaron en diciembre de 2009, cuatro meses antes del crimen.

Ahora Karen está sentada en el comedor de la casa que comparte con su mamá y su hijo Iván. Habla bajito, poco, pausado. Mira el mantel de hule, acomoda su cara redonda, morocha, y recuerda que a Pepa la conocía todo el mundo, que era muy simpática, muy linda; que le gustaba mucho bailar y el reggaetón de Don Omar. Dice que Pepa era muy familiera y que todos los domingos compartían una mesa larga y bulliciosa.

Recuerda también que Pepa amaba su moto enduro y que no se la prestaba a nadie. Que la moto tenía un número que la identificaba: el 43, la edad en la que murió su padre de un infarto. Dice que a Pepa esa muerte la afectó mucho.

Karen recuerda y parece cansada: “Tenía un altar con la foto de su papá, estampitas, santos, flores; le dedicaba canciones y de vez en cuando se deprimía porque lo extrañaba mucho. Cuando se ponía triste salía a dar vueltas en la moto”.

En el hombro izquierdo Karen tiene un tatuaje que dice “Pepa”, con una estrella brillante que parece una varita mágica. Se lo hicieron juntas una tarde de calor. Pepa tenía el suyo en el cuello: “Una letra K, pero en chino”, dice Karen. Pepa tenía, además, otros tres tatuajes: la firma de su mamá en el hombro izquierdo, la de su papá en el derecho y el nombre de su padre, José, escrito en el antebrazo.

–Siempre decía que le hubiera gustado irse con su papá. Que se iba a ir con él porque lo extrañaba –dice Karen.

“Todavía no, pero sé que me voy a ir con él”, repetía.

Y Karen le decía callate, no digas esas cosas.

Mientras Pepa enfriaba su noviazgo con Karen, hacía todo lo posible para acercarse a Dayana, la hijastra del que sería su asesino.

***

Barrio Parque Liceo es una frontera. Más allá, se termina la ciudad. A la entrada las casas más coquetas brillan –farmacia, repuestos para el automotor, heladería–. Al cruzar la primera plaza las casas se achatan –jardincito al frente, su reja pesada–. Después de la segunda plaza hay menos flores y más paredones –dos pizzas: 30 pesos–. Del otro lado de la tercera plaza, al fondo, de noche, casi no hay luz.

Pepa vivía y trabajaba en la Asociación Civil Lucía Pía, una ONG que creó su papá y que hoy dirige su mamá. Ahí tienen una guardería-comedor, dan la copa de leche y talleres de capacitación gratuita: computación, peluquería, artesanía, repostería, electricidad y mecánica, corte y confección, cosmetología integral, pintura en tela.

En el barrio la conocen como La Sede. Es un salón rectangular con una cocina que parece cantina, una habitación y dos baños. Sobre un aparador hay un equipo de música y detrás cuelga una bandera del Club Atlético Belgrano.

“Llevo 23 años de trabajo social –cuenta la madre de Pepa–. Acá la carpeta asfáltica tiene nombre y apellido. El cordón cuneta tiene nombre y apellido. La contención social tiene nombre y apellido. Éste fue el primer barrio de Córdoba al que logramos cambiarle la cañería del agua. Conseguimos el terreno y el financiamiento para la escuela secundaria, que no había. Cuando se cerró la escuela primaria, en menos de 24 horas conseguí que nos prestaran unos terrenos para poner 30 contenedores donde darle clases a mil chicos. Ahora estoy luchando para construir un dispensario. No todos me quieren, pero el que no me quiere, me respeta”.

Por La Sede pasaban todos los días dos adolescentes vendiendo pan: Dayana y Sharon Sánchez. La madre de las chicas, Silvia Suárez –cocinera– y el padrastro, Daniel Torres –albañil–  estaban desocupados. Pepa les consiguió trabajo en La Sede y esa fue la manera más rápida que encontró para acercarse a Dayana.

Se hicieron amigos. Comían todos juntos, se reían, la pasaban bien. Silvia cocinaba, Torres revocaba y pintaba. Las chicas conversaban.

Pepa tenía mucho éxito con las mujeres. Silvia se enamoró de ella y la cosa comenzó a complicarse porque a Pepa le gustaba Dayana, la hija de Silvia, de 17 años. Y era correspondida.

El ambiente se enrareció mucho cuando Pepa y Dayana se pusieron de novias. Silvia le confesó a Dayana que estaba enamorada de su novia. Tuvieron varias discusiones hasta que su mamá la echó y por unos meses vivió con una tía.

Torres –petiso, retacón, pelo al ras, 35 años– tampoco toleraba que su hijastra saliera con Pepa. Además sabía que Gabriela Cepeda, la mejor amiga de Pepa, andaba atrás de Sharon, la más chica de sus hijastras, de 14 años. El albañil tenía a su mujer y a su hijastra enamoradas de Pepa y a Gabriela tratando de seducir a Sharon.

–Esto va a terminar mal –dijo Torres unos días antes del asesinato–. Me tienen cansado.

***

La tarde del homicidio, en La Sede, Pepa recortaba cartulinas para la guardería con su novia. Hacía un mes que vivían ahí. Eran las 18.30 del sábado 6 de marzo de 2010. A esa hora llegó Gabriela Cepeda y les contó que había estado frente a la casa de los padres de Dayana y que se habían insultado.

Natalia Carrizo, vecina de Torres, dice que esa tarde Gabriela había pasado tres veces por el frente de la casa insultando y que, por eso, Silvia llamó a la Policía. Las llamadas quedaron registradas en el servicio de emergencias de la Policía a las 19.09 y a las 19.17. La vecina dice que el patrullero nunca llegó. La Policía asegura que un oficial tocó la puerta y el timbre.

La amiga de Pepa explicó que había vuelto a la casa de los padres de Dayana y Sharon, a una cuadra de La Sede, porque la madre de las chicas quería hablar con ella. Ahí, sentados en unas reposeras en la vereda, Silvia y Torres tomaban mate mirando hacia un ancho canal de concreto. Del otro lado, los autos pasaban a toda velocidad, ruidosos, por la Avenida de Circunvalación, que marca el límite final de la ciudad. Era una tarde de calor, las puertas estaban abiertas.

Cuando Pepa se asomó a la esquina para ver por qué su amiga se demoraba, vio que estaba peleando con Silvia. Pepa se acercó, forcejeó y le gritó al padrastro de su novia: “¡Sos un puto! ¡Por qué sos tan maricón! ¡Cuidala a tu mujer, gorriado!”.

La vecina de Torres salía de la ducha cuando escuchó los gritos. Se asomó por la ventana de chapa de su habitación y vio que Pepa insultaba a Torres. Lo invitaba a pelear.

–No. Qué te voy a pegar a vos si para mí sos mujer –respondió Torres.

Hacía tres años que Pepa practicaba Vale Todo, una disciplina en la que lo único que no está permitido es meter los dedos en los ojos y morder al contrincante. “Ella descargaba mucha de su depresión ahí”, cuenta la madre.

“Me voy a apurar porque esto va a terminar mal”, pensó la vecina.

Torres entró en su casa y salió al instante con una escopeta calibre 16 de un solo caño. Caminó por el sendero gris que sale de su vivienda, hizo varios pasos por la calle de tierra sin decir una palabra. Gabriela le pidió que dejara el arma, su mujer se le acercó para frenarlo y él le dijo “correte”. Pepa lo vio venir y le gritó: “Tirá si sos macho”.

En su habitación, mientras terminaba de cambiarse, la vecina escuchó una explosión. Corrió a la calle y vio a Pepa tirada en el suelo, mucha sangre, y a Torres con el arma en las manos.

–¡¿Qué hiciste?! –le preguntó la vecina.

–Qué mocaso, qué mocaso –balbuceó Torres.

Eran las 19.37 cuando un oficial de la Policía recibió en su móvil el llamado de la Central: debía trasladarse a la Manzana 91 de Parque Liceo. Al llegar vio que Pepa estaba boca abajo sobre un charco de sangre. Varios vecinos le dijeron que Torres había disparado.

Sentada en su casa, con el pelo lleno de tintura, la madre de Pepa escuchó que la llamaban: “Doña, doñita. Venga que le pegaron un tiro a la Pepa”. Salió. Corrió. La vio: “Tenía un hueco como el de Terminator en el hombro”, dice.

Torres se escapó en una moto y minutos después llamó a su mujer. Le dijo que se quería entregar y que la escopeta estaba en el techo de la casa del mismo vecino que se la había prestado dos semanas antes. También habló con un policía que le aconsejó que no volviera al lugar porque lo iban a linchar. La Policía lo fue a buscar a la esquina de Niceto Vega y Escalada de barrio Patricios. Confesó todo.

Pepa no aguantó la cirugía con la que intentaron salvarla y murió a las 2.15 del día siguiente. “Apenas falleció mi hija llamé a la Unidad Judicial de la Comisaría y les dije que le avisaran a la mugre de Torres que se había dado el gusto de matarla. Y les dije que me la había matado por lesbiana”, cuenta Graciela.

***

La madre de Pepa fue a canales de televisión, a radios, la entrevistaron en diarios y revistas, apareció en documentales, marchó por las calles con una pancarta que pedía “Justicia para Natalia y para todxs”. Se presentó en Tribunales para convertirse en querellante en la causa que investigó la muerte de su hija. Dio discursos en plazas públicas, subió a escenarios y estuvo en el Concejo Deliberante cordobés cuando se declaró al 7 de marzo (fecha en la que asesinaron a Pepa) como el Día Municipal de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Habló ante miles de personas que pedían la aprobación del matrimonio igualitario frente al Congreso de la Nación:

–No soy yo la que está aquí, es Nati. Pido que los dejen volar, que los dejen elegir. ¿Dicen que están enfermos? Enfermas son esas mentes de mosquitos que dicen que ser lesbiana, gay, trans es estar enfermo. Lo único que hacen es derramar amor. ¿Por qué no los dejan elegir?

Graciela Gaitán lleva a todos lados una carpeta con sus papeles y algunas fotos. Natalia en un acto de escuela con el pelo corto y mirando seria a la cámara. A los 12 años, junto a su papá, semanas después de los intentos de suicidio. A los 24, en el cumpleaños de 15 de su hermana menor, relajada y con una gran sonrisa haciendo señas a la cámara. Poco antes de su muerte, hablando por teléfono, con un piercing en una ceja y otro en el labio, pelo cortito, tatuaje en el antebrazo, media sonrisa de lado.

***

La última vez que alguien del barrio vio a Daniel Torres fue en la televisión, en febrero de 2011, en La Casa del Trovador, un programa de música folclórica que se transmitió desde la cárcel de Bouwer. Torres estaba entre el público. “Se suponía que los que estaban ahí eran los más buenitos”, contó Nelson, el manager de Brisas del Norte, una de las bandas que tocó ese día.

Después del asesinato, Silvia Sánchez se mudó a otro barrio: Villa Boedo. Sus hijas viven con ella. Dayana trabaja en un puesto de teléfonos celulares en una sucursal del supermercado Mariano Max. La vieron junto a su hermana, Sharon, en un baile de La Banda de Carlitos. Gabriela Cepeda, amiga de Pepa, se siente culpable por lo que pasó. Vive con su familia en Villa Retiro.

Graciela Gaitán, la madre de Pepa, impulsó el juicio que se realizó entre el 26 de julio y el ocho de agosto de 2011 en la Cámara Séptima de Tribunales II y que condenó a 14 años de prisión a Daniel Torres. Ahora, en esta tarde fría, Graciela fuma en el asiento del acompañante de un Peugeot 504 que conoció épocas mejores. Para ir al Cementerio Parque Los Álamos hay que cruzar el fondo de su barrio:

–Mirá como sopla ese. Después salen a echar moco –dice Graciela. Y señala a un chico que aspira pegamento sobre un jardín sin flores.

El auto se queja con los baches de un bulevar, toma una calle con árboles amarillos, sigue por una ruta con curvas. El paisaje se vuelve serrano: al costado del camino hay cada vez menos casas, más campo –se venden lechones–. La tierra está mojada por una llovizna triste, el limpiaparabrisas rechina, llega un silencio pesado.

En el cementerio, el aire apenas mueve las copas de los árboles deshilachados por el invierno. Las pisadas no hacen ruido sobre el césped mullido y seco. Graciela levanta la vista, prende otro cigarrillo y repasa la lista de sus muertos: “Allá está la mamá de un nietito mío. 24 años tenía. Allá un primo de la Nati. También lo mataron, el mismo día que a ella pero dos años antes. Dos tiros en el pecho. Acá está mi suegra, Lucía Pía. Por ella la Asociación Civil se llama así. También está mi suegro. Acá, al lado de Nati, está el padre. Es cierto eso de que cada muerte tiene su dolor. Una muerte por accidente tiene su dolor. Una muerte por enfermedad tiene otro dolor. Pero una muerte así…”.

“¿Quién dijo miedo detrás de una palmera?”.
Dicho de los campesinos del Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA), Honduras.

Doris en el laberinto

A las 11 de la noche del 25 de diciembre de 2009, Doris Pérez se preparó para una emboscada. Se puso unos vaqueros, una camisa grande de hombre, de botones, cuadriculada, unas botas de hule y sobre el cabello castaño un gorro negro.

Cinco horas más tarde cargaba un machete en una mano. Avanzaba despacio y en silencio. Los rayos de la luna se colaban raquíticos hasta los senderos que separan a unas palmas africanas de otras palmas africanas. Gracias al follaje de las palmeras, elevado 25 metros, ella y el resto de campesinos eran sombras sigilosas que esquivaban como podían las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca, podía frustrar la misión.

En el Valle del Aguán, al noroeste de Tegucigalpa, Honduras, una plantación de palma africana puede convertirse en un laberinto sin paredes. Forma senderos interminables y desde cualquier punto evoca un espejo infinito: palmeras gigantescas, casi idénticas, alineadas una detrás de la otra, una a la par de la otra; cientos a la derecha, cientos a la izquierda y en diagonal… Un mar geométrico de árboles en el que solo los expertos saben entrar, salir, esconderse.

Doris no conocía ese laberinto pero no iba sola. Era una más entre el grupo de 100 usurpadores que avanzaban, decididos, para tomarse La Aurora, una de las plantaciones propiedad de la Exportadora del Atlántico, empresa de Miguel Facussé, uno de los hombres más poderosos de Honduras. La mayoría de los sigilosos invasores cargaba machetes y gorros como los de Doris. Unos pocos, los que lideraban la expedición, se cubrían además el rostro con pasamontañas. Esos cargaban armas de fuego.

El asalto fue rápido. “¡Ahí vienen los campesinos!”, gritó un guardia a lo lejos. Alguien disparó, otros respondieron y Doris se escondió detrás del tronco de una palmera. La División Nacional de Investigación Criminal (DNIC) en el municipio de Tocoa, departamento de Colón, insinúa que fueron los campesinos los primeros en apretar los gatillos. “Los campesinos amenazaron con armas de fuego”, escribió en un informe -elaborado año y medio después, en mayo de 2011- el jefe departamental de la división, Nelson Aguilera. Según los campesinos, ellos únicamente respondieron al fuego de los vigilantes. En el Bajo Aguán, las versiones sobre los enfrentamientos siempre están divididas.

De los hechos de aquella madrugada basta decir que había 25 guardias armados contra un centenar de campesinos. Los guardias huyeron serpenteando entre las palmeras. Cuando uno de los campesinos de la delantera descubrió la retirada, gritó: “¡Vencimos!” Doris también gritó, varias veces, mientras alzaba su machete, mientras brincaba, mientras se fundía en un abrazo con Geovany, el joven que venía a su lado: “¡Ganaron los campesinos! ¡Ganamos! ¡Que vivan los campesinos!”

***

El Valle del Aguán es una inmensa alfombra verde que atraviesa los municipios de Tocoa y Trujillo, en el Caribe hondureño. Es un paraíso agrícola en el que confluyen transnacionales como la Standard Fruit Company, con sus furgones planchando día y noche la Carretera Panamericana; poderosos terratenientes como Miguel Facussé, con más de 16 mil hectáreas de tierra; un ejército de guardias privados para custodiar la carretera y las fincas; y más de 3 mil campesinos pobres y sin tierras.

Hace tres años, en mayo de 2009, se expresaron aquí las profundas diferencias entre esos hombres y mujeres pobres y los terratenientes millonarios. En una revuelta pacífica y sorpresiva, un millar de campesinos ocuparon la planta El Chile, una de las procesadoras del aceite de palma africana de la Corporación Dinant, la empresa insignia de Miguel Facussé.

Esa toma generó pérdidas millonarias a Dinant, porque en un mundo con una creciente crisis energética los derivados del aceite de la palma africana generan cada día millones de dólares en ganancias. El aceite de palma es el cuarto producto de mayor exportación en Honduras, y en los últimos 10 años ha colocado al país en la lista de los 10 principales productores del mundo. Pero más allá de lo económico, se impone el valor simbólico de lo que ocurrió hace tres años: por segunda ocasión en una década, los campesinos de esta zona del país entonaban un mismo cántico revolucionario. Exigían más tierras para los pobres a costa de quitar tierras a los ricos.

Doris Pérez y el resto de los que participaron en aquella primera toma de 2009 y en las que la han seguido desde entonces, están inspirados por otros que en el año 2000 se tomaron por primera vez tierras en el Aguán. En aquel entonces, la región intentaba recuperarse de la devastación provocada por el Huracán Mitch de 1998, que dejó inundaciones, ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Más de un millón de damnificados, 5 mil fallecidos y 8 mil desaparecidos. Honduras, el país más afectado por el huracán, tenía hambre y frío. Entonces de todos los rincones del país, una masa de campesinos caminó hasta el Valle del Aguán, aquel que en otros tiempos había sido un edén de productividad agrícola, de empleo, de estabilidad, pero que para el nuevo siglo se había convertido en un intrincado sistema de compraventas, de cooperativas campesinas quebradas, estafadas, sobornadas. Todo eso lo sabían los campesinos, pero aún así las familias marcharon cargando machetes, una muda de ropa, animales de granja y niños. Decían que si la tierra alguna vez fue de los campesinos debía volver a manos de los campesinos. Decían que el Estado no los podía dejar morir de hambre. Se instalaron en las tierras del otrora Centro Regional de Entrenamiento Militar (CREM), el campamento en el que Estados Unidos entrenó en tácticas contrainsurgentes a los ejércitos de Centroamérica, hace más de 30 años, en los 80. Se instalaron y ya nunca se fueron. Luego de meses de negociaciones, los campesinos aceptaron asentarse en una porción de tierra lo suficientemente grande como para que ahora quepan ahí los cultivos, las edificaciones, y hasta la tercera generación de esos primeros colonizadores.

Los campesinos de 2009, autonombrados como el Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA) emularon aquellas tomas pero le agregaron un nuevo matiz: se armaron. El entonces presidente de Honduras, Manuel Zelaya, intentó reaccionar y diluir el movimiento aceptando sus motivos, negociando entregas parciales de tierras y prometiendo soluciones futuras, pero el golpe de Estado que lo derrocó en junio de 2009 truncó cualquier posible acuerdo.

El movimiento creció y se organizó. Para el primer semestre de 2010 eran 23 las plantaciones tomadas, en una operación que paralizó la producción en más de 20 mil hectáreas de tierra, el equivalente al área urbana de la capital del país, Tegucigalpa, o a casi cuatro veces la isla de Manhattan, en Nueva York. El 10 de diciembre, 200 campesinos se tomaron 950 hectáreas de la finca La Confianza; el 22 de diciembre cayó la finca San Isidro; en la madrugada del 26, Doris y sus compañeros se tomaron La Aurora; el 5 de enero de 2010 cayó la Finca Concepción…

El gobierno de Porfirio Lobo, electo a finales de 2009 e instalado el 27 de enero siguiente, se encontró con un fenómeno desbocado y ya no pudo hacer mucho. Las tomas siguieron. El nuevo presidente apenas alcanzó a colocarse como intermediario entre los campesinos y los terratenientes, encabezados por Miguel Facussé, dueño de 12 de las 23 fincas tomadas. La intermediación solo consiguió que los campesinos entregaran la mayoría de las tierras a sus actuales dueños y se instalaran en poco más de 4 mil hectáreas, a cambio de una promesa de compraventa, de remediciones y acciones jurídicas que definieran si era legal que un pequeño grupo de terratenientes tuviera tanta tierra en su poder. Así se desarrolló el conflicto: con el gobierno negociando con cada grupo por separado, y con los bandos enfrentados entendiéndose con las armas. Lo dicen los hechos. Lo dice el odio que ha crecido en estos tres años entre los dos bandos armados. Lo dicen los muertos que comenzó a cobrarse y que se sigue cobrando el conflicto del Bajo Aguán.

Como los tres guardias que en enero de 2010, cinco semanas después de la toma en la que participó Doris Pérez, regresaron a sus puestos de vigilancia en La Aurora creyendo que la Policía había desalojado a los usurpadores. Se encontraron con las armas de los campesinos, decididos a preservar a cualquier precio la tierra conquistada. Los tres fueron abatidos a balazos. Del lado de los campesinos no hubo ninguna baja. Las autoridades no realizaron capturas. Por ninguna de las más de 60 muertes que ha caudado la guerra por el Bajo Aguán hay capturas. Ni una sola. Los guardias, eso sí, han vengado a los suyos por la vía de las armas, en otros enfrentamientos, de otras maneras.

Zona de guerra

—¡Ahí van esos hijos de puta! ¡Sígalos, compa, sígalos!

Contagiados de la urgencia que hay en la voz de Vitalino, giro a toda velocidad el timón, damos media vuelta y enrumbamos de regreso a Tocoa. El pick up con el que nos acabamos de cruzar y que ha despertado la cacería desaparece en una curva. Aceleramos. 80 kilómetros por hora. Lo redescubrimos a lo lejos, en la recta de asfalto. En la cama del pick up van, parados, sujetos a un armazón de hierro, media docena de hombres. Algunos llevan pasamontañas. Van armados, pero por la distancia no sabemos si lo que cargan son escopetas, fusiles o -quién sabe- armas de juguete. Vitalino Álvarez, “El Chino”, el vocero del MUCA, que está sentado a mi lado y nos sigue animando a darles alcance, asegura que vio armas largas.

—¡Ahí llevan AK-47, compa! ¿No las vio? ¡Métale, compa! Métale para que les saquen la foto.

En el asiento trasero, el fotoperiodista alista su cámara. Los guardias bajan la velocidad cerca de la entrada a Tocoa, en un desvío en el que hay una gasolinera y que separa a la ciudad de las plantaciones. Entre Tocoa y las plantaciones de palma de Miguel Facussé hay 15 minutos en automóvil. La división entre lo urbano y lo rural es una nada.

Nos llevan 200 metros de ventaja cuando llegan al desvío y cruzan a la derecha. Vitalino, mi copiloto, sube el vidrio y se enrolla en el asiento. Perseguimos a los guardias de la finca San Isidro, la propiedad que colinda con el asentamiento campesino de La Confianza y con la finca La Aurora. Esta zona de plantaciones es como un rombo en el que en cada esquina hay hombres armados. Los guardias controlan una de las cuatro partes del territorio en disputa. Los campesinos las otras tres.

Los encapuchados giran a la derecha y se meten en una calle de tierra, paralela a la Carretera Panamericana. Vitalino grita:

—¡Siga recto, compa! ¡Ahí ya no nos metamos! ¡Esa es zona caliente!

Apenas y asoma los ojos chinos por la ventana, mientras los guardias se alejan, escoltados por una nube de polvo. No hemos tenido oportunidad de fotografiarlos. Damos media vuelta, ya despacio, y emprendemos el camino original hacia La Confianza. Vitalino no sale del caparazón en el que convirtió el asiento de copiloto hasta que retomamos la Carretera Panamericana. Son las 6:30 de la mañana. Es martes 29 de mayo de 2012 y faltan dos días para que venza un ultimátum que lanzó el terrateniente Miguel Facussé.

Han pasado tres años desde las primeras tomas en el Bajo Aguán y el gobierno no ha resuelto nada. Aquí todavía suenan las balas y caen los cuerpos. La lista de asesinados supera, repito, los 60. La mayoría de las bajas son del lado campesino. Las autoridades no han hecho, repito, ni una sola detención. El terrateniente dijo hace dos semanas que los campesinos tienen que desocupar las 4 mil hectáreas en las que se replegaron mientras esperan que el gobierno haga algo que convenza a todos, que deje satisfechos a todos. Pero en estos días nadie entiende, ni siquiera el gobierno, por qué el terrateniente tiene tanta prisa. Los campesinos han respondido que de esta tierra solo los sacan muertos.

Por fin atravesamos La Confianza, el asentamiento campesino más organizado del Bajo Aguán, y nos topamos con la cerca que separa la finca San Isidro de las tierras a las que las gentes del MUCA llaman con mística revolucionaria “territorio liberado”. La calle se convierte en una T que surca un océano de palmeras. Si vamos hacia la izquierda, nos explica Vitalino, daríamos con la misma “zona caliente” donde se metieron los guardias que perseguíamos. Ahí no entra nadie, dice. A la derecha está el sector de Sinaloa, con las instalaciones del Instituto Nacional Agrario (INA) y el camino hacia la finca La Aurora, ambas en manos de los campesinos. Enfrente, 50 metros detrás de la cerca que protege la finca San Isidro, sobresale una barricada.

Es un muro de sacos de arena levantado debajo de las palmeras. Parece que no hay nadie, pero igual nos sentimos observados. Tomamos fotos. Esta es “zona caliente”, tierra de sospechas, de paranoias. Enfrente tenemos el territorio que ocupan los hombres de Facussé.

Vitalino nos invita a un café en un chalé ubicado en medio de los dos territorios enemigos. Bromeamos con que este lugar fue la Casablanca del Bajo Aguán, como en la película. Aquí, hace solo un año, guardias y campesinos coincidían a la hora del almuerzo. Hoy se han acumulado demasiados odios como para que eso se repita. Aquí, en este Rick’s centroamericano, mientras su dueña prepara huevos fritos, calienta el café y hornea las tortillas, Vitalino nos cuenta de una campesina aguerrida, una líder del movimiento. Nos habla de Doris Pérez.

***

A las 6 de la mañana del 5 de junio de 2011, Doris Pérez preparó cinco pollos que comerían su familia y sus amigos más tarde, en el almuerzo. Primero les torció el pescuezo. Luego los desplumó. Por último, les sacó las entrañas.

Terminando estaba con el último animal cuando unos jóvenes le advirtieron que los guardias de la finca San Isidro hacían “una gran disparazón”. “Ahí que se maten ellos, nosotros no les estamos haciendo nada”, respondió ella. Los jóvenes le dijeron que por atenida le podía ir mal, y se marcharon.

Media hora más tarde, cinco mujeres pasaron junto a Doris corriendo, espantadas. Cuando, intrigada, fue a ver qué pasaba al otro lado de la casa, que alguna vez funcionó como oficina gubernamental, a Doris se le aguadaron las piernas. Un grupo de guardias armados cruzaba la calle de tierra y estaba a punto de entrar al INA, el sector ocupado por los campesinos en el que desde un año antes vivía Doris. A gatas se metió a la casa y encontró a tres de sus cuatro hijos escondidos debajo de una cama. La mayor, de 11 años, que ya no cupo en el hueco, le dijo: “¡Hoy nos matan, mamita!”. Ambas se tiraron al suelo cuando la casa fue barrida por los disparos.

Pasaron unos minutos hasta que el silencio que suele seguir a las balas logró convencer a Doris de que era hora de escapar. Uno de los pasillos internos de la casa conducía al patio, donde quedaron unos pollos sin plumas, encima de una pila. Ahí reunió a los niños, que temblaban, y les dijo: “Primero Dios no nos pasa nada, pero tenemos que correr con todas nuestras fuerzas”. Les ordenó desfilar uno detrás del otro, lo más recto posible. Doris imaginaba que si corrían en grupo serían un blanco fácil. No habían avanzado ni 10 metros cuando le dieron la razón los zumbidos de los disparos que caían a los lados de la fila, que zigzagueaba entre los arbustos.

Cerca de la salida de la propiedad encontraron apretujadas, asustadas, congeladas, a las mismas que huyeron cuando inició el ataque. “¡Levántense, que ahí vienen los guardias!”

Y entonces Doris sintió el balazo.

Todavía siguió corriendo junto a sus hijos por unos minutos, hasta que uno de sus compas, que acudía en auxilio de quienes huían en desbandada, se le echó encima y la aventó al suelo. “¡Cuidado, muchacha!”, le dijo, antes de que ambos rodaran en la tierra, antes de que una bala zumbara justo donde ella estaba parada. Ese hombre, cree ella, le terminó de salvar la vida. El compa se levantó, tomó su fusil y se fue a repeler a los guardias. Antes de irse, le dijo a otro que auxiliara a Doris, gravemente herida. Solo entonces Doris se tocó el vientre y se manchó con su propia sangre; solo entonces se dio permiso para ser débil. Sintió algo ácido en el estómago y vomitó.

La bala había atravesado el celular que cargaba en la cintura, sostenido por unos apretados vaqueros, y se le había alojado en las entrañas. Ella cree que esa costumbre de cargar ahí los celulares le permitió sobrevivir. Ahí carga ahora su nuevo celular, cubriendo la cicatriz del disparo. “Imagínese me agarran de nuevo”, dice Doris Pérez.

***

Los guardias de los terratenientes tienen bien ganada mala fama entre los campesinos y entre oenegés que velan por los derechos humanos en Honduras. En la semana del ultimátum de Miguel Facussé un grupo de estas oenegés instauró en Tocoa un juicio simbólico en el que se recogieron más de 15 testimonios que hablan de asesinatos, maltratos, desapariciones, persecuciones a manos de esos guardias. Asistieron cientos de habitantes de las comunidades de la zona y de los asentamientos del MUCA. En la mesa de honor lograron sentar a un representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

Nadie contó el caso de Carmela Chacón. El 15 de mayo de 2011, los guardias de la finca San Isidro secuestraron a Pascual López, su cuñado. Pascual, de 45 años, le cuidaba unas vacas a Carmela en un pastizal ubicado al extremo norte de la finca, que linda con otro asentamiento de campesinos llamado Rigores. Cuando los guardias lo vieron, le dispararon en una pierna y luego lo arrastraron hacia el laberinto de las palmeras. Todo esto ocurrió frente a los ojos de Jaime, un niño de 12 años que acompañaba a Pascual aquella tarde. Será porque iba al otro lado del rebaño, cubierto por una docena de vacas, pero no vieron a Jaime, que cuando escuchó los disparos se escondió detrás de unos matorrales. Un año después, el niño no logra sacarse de la cabeza aquella imagen: un hombre arrastrado hacia una plantación mientras grita que lo suelten, que le den auxilio. Pascual, a la fecha, no aparece. Su cuñada, cuando lo recuerda, todavía llora.

Cuando inició el conflicto, los principales periódicos de Honduras, el gobierno y buena parte de la sociedad, cuando hablaban de la guerra en el Bajo Aguán se referían únicamente al terror que provocaban los “campesinos guerrilleros”. La violencia ejercida por el ejército de guardias armados que custodian las fincas de los terratenientes no encontraban espacio en ninguna portada ni en ningún discurso gubernamental. Si se pregunta a las autoridades, casi siempre dicen que los guardias actuaron en legítima defensa. Tuvieron que pasar tres años, y más de 60 muertos, la mayoría campesinos, para que los campesinos dejaran de ser víctimas de “la violencia” -así, en abstracto- de un país devorado por la delincuencia y con la medalla de tener la tasa de homicidios más alta del mundo. Ahora los periódicos comenzaron a preguntarse quién asesina a los campesinos del Aguán y a pedir reacciones a la Corporación Dinant, a la que los campesinos acusan de ordenar la mayoría de asesinatos. Dinant se lava las manos. Le reclama al gobierno porque no logra poner orden en la zona. Hoy que le toca responder, cuando un campesino cae muerto o desaparece, la empresa de Facussé responde que no se dedica a la eliminación sistemática de personas.

Los familiares de estos campesinos no creen a Dinant.

Yamileth Valle es una de las que desconfía. A mediados de marzo de 2012, dos fiscales del municipio de Trujillo ingresaron al recién inaugurado cementerio del asentamiento campesino en La Confianza. Pretendían exhumar un cadáver, pero no pudieron iniciar la excavación porque Yamileth Valle, de 16 años, estaba sentada sobre la tumba recién sellada y no quería levantarse. Tenía una mirada furiosa, en la mano derecha una piedra, y alrededor de los pies otra docena. Yamileth desafió a los fiscales a que intentaran desenterrar a su padre, Matías Valle, asesinado un mes antes, pero les advirtió que con las piedras apuntaba a la cabeza. Los fiscales no lo intentaron demasiado.

Yamileth desconfiaba de los fiscales. Ni siquiera creía que fueran fiscales. Aún hoy no tiene cómo comprobarlo, pero en el conflicto del Bajo Aguán casi nadie trata de confirmar sus sospechas. Aquel día, Yamileth temía que esos hombres estuvieran del lado de los asesinos de su padre, uno de los máximos líderes del MUCA. Desde el día del asesinato, los rumores decían que los sicarios que lo mataron no podían cobrar su pago porque les pedían la cabeza de Matías Valle como prueba para cobrar la recompensa.

Matías Valle se había convertido en los últimos años en uno de los principales promotores de la lucha campesina en el Bajo Aguán. Exsoldado, se convirtió a la causa campesina después de asistir a algunas asambleas que el MUCA organizó en su comunidad, ubicada muy cerca de una de las fincas de Miguel Facussé. Al principio, Valle llegaba a escuchar, pero pronto comenzó a hacer oír su voz y se acabó por convertir en el enlace de los campesinos del Aguán con las organizaciones campesinas del resto del país. Él fue el principal organizador de la revuelta pacífica que culminó con la toma de la planta extractora de aceite de palma de la Corporación Dinant en mayo de 2009. La primera toma campesina, la que dio inicio al conflicto armado entre los campesinos pobres y los guardias de los terratenientes.

La identidad del hombre que ordenó la muerte de Matías Valle quizá sea, para siempre, un misterio sin resolver. Yamileth da por hecho que los gatilleros eran hombres de Miguel Facussé. En la mañana en que fue asesinado, Valle esperaba un autobús en una parada cuando dos sicarios, en moto, lo acribillaron. Tres de los disparos le entraron en el tórax. Matías Valle quedó tendido sobre un piso de tierra, con los ojos completamente cerrados, frente a unas cajas de cervezas y gaseosas llenas de botellas vacías.

Lo velaron en su comunidad, y en la noche de la vela un amigo corrió el rumor de que los sicarios, guardias de una de las fincas, necesitaban cortarle la cabeza al cadáver para cobrar por el trabajo. Por eso en el cementerio de Quebradas de Arena se abrió un nicho para un cuerpo que nunca se enterraría. La familia decidió hacerlo en otra comunidad llamada Suyapa, pero el rumor también los alcanzó hasta allí. Matías Valle fue enterrado en los terrenos de La Confianza porque es zona liberada y los policías y fiscales saben que no pueden llegar hasta allí sin bajar los vidrios de los autos y, sobre todo, sin permiso del MUCA. La tumba fue cavada debajo de unas palmas africanas.

El sueño del guerrillero

Si no hubiera tanto en juego, las muertes en el Bajo Aguán quizá hubieran significado poca cosa en Honduras, el país más violento del mundo. Su tasa de homicidios para 2011 fue de 82 por cada 100 mil habitantes, y diluidos en esas cifras los asesinatos por este conflicto bien podrían pasar inadvertidos. Pero lo que ocurre aquí importa. Están en juego millones de dólares representados por miles de hectáreas agrícolas cultivadas con palma africana. Y está en juego un proyecto político.

En 2009 se expresaron aquí las profundas diferencias entre Manuel Zelaya, un presidente que se salió del molde de las élites hondureñas, y la poderosa clase empresarial del país. Es curioso que para entender el conflicto del Bajo Aguán haya que revisar el papel de un antiguo terrateniente convertido en político y derrocado con un golpe de Estado.

En junio de 2009 Zelaya, un finquero hijo de finqueros de la región ganadera de Olancho, había dado la espalda al ala tradicional del Partido Liberal, que lo llevó a la presidencia, y se había convertido en aliado del presidente venezolano Hugo Chávez. También se había revelado como un defensor populista de las causas campesinas en Honduras. El 17 de junio de 2009, en una reunión con un millar de campesinos del Bajo Aguán, realizada en la ciudad de Tocoa, Zelaya lanzó una bomba para el sector político empresarial del país: prometió remedir las tierras de los terratenientes y entregar los excedentes que estuvieran fuera de la ley, junto a otras tierras ociosas, a unos 100 mil campesinos que reclamaban suelo cultivable. Los líderes del MUCA que participaron en la firma de ese acuerdo no pudieron ser más felices. Zelaya movió hilos en el Congreso y aprobó el decreto que haría realidad sus promesas. El conflicto del Bajo Aguán parecía solucionado. Pero la alegría campesina duraría muy poco. 11 días después de esa promesa, el domingo 28 de junio de ese mismo año, el ejército, tras conspirar con la élite económica del país y con la mayoría del Congreso, sacó a Zelaya de su casa en plena madrugada y lo subió a un avión con destino a Costa Rica. Allá llegó exiliado el presidente derrocado. Allá se bajó de un avión, vestido en pijamas.

“Eso nos hizo entender que había que actuar por la fuerza, dado que el sistema estaba colapsado. No había otra salida”, dice hoy Jhony Rivas, uno de los líderes políticos del MUCA y el negociador en la mesa del gobierno de Porfirio Lobo, que tres años después todavía intenta solucionar el conflicto.

¿Qué pasó en el Bajo Aguán tras el golpe? Hasta agosto de 2009, dos meses después del golpe, los campesinos no hicieron nada. Se sumaron al Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), un movimiento que abrazaba a un sinnúmero de gremios, oenegés y asociaciones que van desde defensores de derechos humanos, maestros, sindicalistas, estudiantes, obreros, políticos y campesinos opuestos al golpe de Estado. El FNRP era una nueva izquierda visible, y quería el regreso de Zelaya. Para agosto de 2009 ya era evidente que no lo lograría. Entonces los campesinos se decidieron a actuar.

“Si algo estalla, va a estallar en el Bajo Aguán. Allá hay comunidades entrenadas, comunidades con armas”, nos dijo aquel agosto un activista beligerante del FNRP en Tegucigalpa. Este activista, en esa época, era uno de los encargados del sistema de comunicaciones, tenía contactos con la mayoría de líderes de esa resistencia.

Tres años después, en el Bajo Aguán hay una guerra entre dos frentes: los campesinos y los guardias de los terratenientes, y el Estado es apenas un testigo silencioso de lo que aquí está ocurriendo.

En septiembre de 2011 el general René Osorio, jefe de las Fuerzas Armadas hondureñas, calificó de “guerrilla” a uno de los bandos en esta guerra. Se refería a los campesinos.

***

Atardece en el Bajó Aguán, a la redonda todo se ha pintado gris y se aproxima una tormenta. La anuncia una llovizna que humedece la frente de Vitalino Álvarez, “El Chino”, el hombre con el que estuvimos persiguiendo a un pick up lleno de guardias. Recién cruzamos la caseta de control de la entrada principal y un hombre con pistola al cinto y un fusil en la mano le pregunta a Vitalino quiénes somos. Se lo pregunta con un semblante serio, con desconfianza. “Vienen conmigo, compa. Vienen a conocer el asentamiento”, explica Vitalino. El equipo de seguridad tiene todas las alertas encendidas.

Entramos a La Confianza y desde decenas de ranchos de manaca (como se llama aquí a las chozas hechas con ramas de palma africana unidas con nailon y recubiertas con barro) hombres, mujeres y niños nos observan curiosos. Los campesinos han soñado con que esto algún día se convierta en una bonita colonia. Las calles ya están trazadas, hay una escuela con techos de lámina, un templo católico, uno evangélico, los cimientos de una casa comunal y el pasto para una cancha de fútbol. El dinero para todo esto ha salido de la venta de la fruta de la palma africana que los campesinos han cosechado en las fincas tomadas. Los líderes del MUCA estiman que solo en 2011 lograron un producción de 114 millones de lempiras (alrededor de 6 millones de dólares). La administración de estos fondos recae en una asamblea comunitaria. Los del MUCA se han convertido en millonarios, por decirlo de alguna manera. En la tierra ocupada dan empleo a cientos de familias y con los beneficios pagan salarios que rondan los mil 300 lempiras semanales (68 dólares) por ocho horas de trabajo. Comparando con los 38 dólares semanales que ganaban trabajando para los terratenientes en estas mismas fincas, con jornadas que superaban las 12 horas diarias, los campesinos dicen sentirse satisfechos.

El MUCA asegura que el pago de salarios consumió el 60% de lo que el movimiento ganó en 2011. El resto lo invirtieron en seguir edificando La Confianza y en el mantenimiento de la organización. Y el mantenimiento de la organización incluye la compra de armas. En lo que va de conflicto, la Policía ha recogido rumores sobre las armas de los campesinos a lo largo y ancho del caudal del río Aguán. Solo rumores, porque armas de guerra no ha pescado ninguna. Esos rumores dicen que las AK-47 están escondidas en el follaje de las palmeras oenterradas a la orilla del río o en cajas, debajo de las chozas en los asentamientos… Hay fotografías que alimentan esos rumores: hace dos años, un fotógrafo de La Prensa captó la imagen de un grupo de encapuchados que cargaban lo que se presume eran unos fusiles de guerra.

Más rumores. Un periodista de la Resistencia Nacional, que nunca publica nada con su nombre real, que viaja por todo el país para monitorear cómo se está moviendo la Resistencia, invita a creerle y a no creerle cuando habla de los secretos del Aguán. “En una de las zonas tomadas hay un campo de entrenamiento militar, pero como nunca los dejarán llegar hasta ahí, y como el periodismo vive de confirmaciones, esto que les cuento no les sirve de nada”.

Lo cierto es que en La Confianza hoy Vitalino carga en la cabeza una gorra; en la espalda una mochila; y en la cintura, por debajo de la camisa, una pistola nueve milímetros. “Está en regla”, dice. Es decir, que es un arma legal, registrada a su nombre. Con la pistola se protege cuando sale del perímetro custodiado por el equipo de seguridad, porque el vocero del MUCA, dice, no puede andar desarmado cuando viaja a otros lugares. “Los compas me lo han exigido”. Los compas se la han comprado. Luego nos pide que no hablemos de las otras armas, que no fotografiemos las otras armas, que no escribamos de las otras armas.

Vitalino no es campesino. Al menos no un campesino que cultive palma africana. Es un activista político que antes del golpe de Estado trabajaba en la construcción y administraba una pequeña tienda. Ahora trabaja a tiempo completo como vocero del MUCA y enlace del movimiento con la prensa nacional e internacional. “¡Hasta la victoria siempre!”, se lee en su tarjeta de presentación. Vitalino ha sido político siempre. Es un sobreviviente de la década más represiva de un país que aniquiló, en los 80, todos los intentos de la izquierda de acabar por las armas con “los opresores” de este país. En Honduras hubo un intento de formar una guerrilla, como la de El Salvador, como la de Nicaragua, como la de Guatemala, pero fracasó. Vitalino sueña ahora con una segunda oportunidad.

En aquella época hubo dos famosas células guerrilleras ligadas al Partido Comunista de Honduras: las Fuerzas Populares de Liberación “Lorenzo Zelaya”, y los Cinchoneros. A los integrantes de la primera los llamaban “Lenchos”, en honor al pionero de las luchas campesinas, asesinado en 1935. Los de la segunda le deben su nombre a Serapio Romero, un campesino que vivía de hacer cinchos y correas para caballos. Hace un siglo y medio, Romero lideró una revuelta en contra del presidente de turno, fue capturado y murió decapitado, por orden judicial, el 20 de julio de 1868.

—A una de esas células pertenecía, pero no les voy a decir a cuál –dice Vitalino, mientras tomamos gaseosas al pie del rancho que comparte con su pareja, una morena de pelos rizados y labios gruesos. En una esquina del solar que ocupa en La Confianza, Vitalino tiene una letrina, y la puerta de lámina de la letrina está recubierta por una llamativa bandera de Estados Unidos. “Es que el imperio se ha cagado tanto en nuestros pueblos, compa, que hay que jugarle una broma”, dice Vitalino, mientras ríe con los dientes completamente pelados. Según él, en algo tiene uno que pensar mientras caga.

***

A Vitalino no le gusta revelar muchos secretos. No es originario del Bajo Aguán. Su verdadera residencia está a siete horas de camino, en otro departamento. Allá viven sus hijos y la madre de sus hijos. “Aquí está mi otra familia. Aquella ya la formé, ya camina sola. Ahora aquí me necesitan más”, dice. A su modo, Vitalino protege a los suyos, intercede por los suyos. Y ellos se lo agradecen.

“¡Chino! ¡Chino!”, grita una niña pelirrubia que nos sale al paso, con los brazos abiertos, bajo la llovizna. Seguimos recorriendo La Confianza y la niña prácticamente se cuelga de Vitalino, que la carga y la abraza mientras hace de guía en esta utopía de comunidad autorregulada. “El robo y el hurto comprobado se sanciona con tres veces el valor de lo robado, y se anotará en el expediente personal del compañero sancionado. Att. Junta de Disciplina y Vigilancia”, se lee en un rótulo colgado en la puerta de la administración de la comunidad.

Avanzamos. Un niño chapotea casi desnudo en una poza que se ha formada en la calle de tierra. Vitalino se molesta. Hay visita -nosotros- y quiere que todo brille en el asentamiento estrella del MUCA y un niño careto, con los calzones llenos de lodo, rompe con la estampa. Le grita a la mamá del niño y le hace señas. Se lo llevan. “¿Quieren ver la quesera?”, nos pregunta Vitalino, mientras la madre y el niño se escabullen dentro de una champa. “Eso que ven allá, al fondo, es el bulevar. Ya casi está terminado”. En una ancha avenida de tierra, una docena de lámparas formadas en línea recta esperan a que llegue el cemento.

Una reportera de la televisión local, del municipio de Tocoa, se entretiene entrevistando a la niña pelirrubia de siete años, ojos vivaces y pestañas colochas.

—¿Qué querés ser cuando seas grande? –le pregunta.
—Una socia de la cooperativa porque aquí vivo muy bien –contesta la niña, risueña pero apenada, moviendo los pies, apretándose los dedos, mirando hacia el suelo barroso.

Vitalino, complacido, sonríe. “Estos niños ya saben lo que significan las siglas del MUCA. Desde pequeños los vamos preparando”, nos dice. En las escuelas de los asentamientos, además de enseñarles a sumar y a restar, a los niños les inculcan la historia y los valores del movimiento campesino.

La reportera entrevista a Vitalino. “(…) Esta es una lucha que nunca vamos a dar por perdida”, alcanzamos a escuchar, mientras nos concentramos en la pelirrubia que ahora juega sobre un montículo de arena.

—¿Qué es el MUCA? ¿Qué significa? –le preguntamos.

La niña levanta el dedo índice y gira 360 grados, al tiempo que responde, risueña, con la mirada perdida en algún punto del asentamiento, que desde aquí luce inmenso:

—Todo esto es MUCA.

***

Son las 2 de la tarde y en el Bajo Aguán el calor provoca sudores a un millar de campesinos que rodean al ministro de Agricultura, César Ham. Ham es un ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional de Honduras que con el tiempo se convirtió en burócrata y en uno de los líderes del partido de centroizquierda Unión Democrática (UD). Cuando derrocaron a Manuel Zelaya fue uno de los principales opositores al golpe y al gobierno de facto de Roberto Michelletti, pero no renunció a participar como candidato a la presidencia por UD en las elecciones que ganó Porfirio Lobo. El FNRP no se lo perdona. Le acusan de legitimar el proceso electoral y con ello al gobierno de facto. Peor fue cuando Ham aceptó integrar el “gobierno de unidad” que Lobo instauró, y se convirtió desde 2010 en ministro de Agricultura. A él le ha correspondido actuar como mediador en el conflicto de tierras en el Aguán. Sin resultados hasta el momento.

Ham es un hombre recio y desconfiado. No confía en los campesinos y tampoco confía en los guardias de Miguel Facussé. Hace dos horas entró al INA, el lugar en el que casi perdió la vida Doris Pérez, custodiado por un convoy militar compuesto por tres vehículos Humvee armados con metralletas M-60. Cuando entraron, los soldados apuntaron hacia los campesinos con sus armas. Un grupo compuesto por unos 30 campesinos respondieron apuntándoles con sus celulares. Decían que había que registrar en fotografías esa “intimidación”. Los soldados se retiraron del lugar, y se parquearon frente a la finca San Isidro, sin dejar de apuntar con sus metralletas. La reunión está por terminar y los soldados siguen patrullando el perímetro.

Ham ha venido para dar otro ultimátum a los campesinos: o firman un acuerdo de compraventa con el gobierno y asumen un préstamo con bajos intereses para pagar con él las tierras ocupadas a Miguel Facussé, o serán desalojados. “Es ahora o nunca, compañeros, tienen que firmar”, dice el ministro Ham. Le responde el silencio. Los campesinos no entienden por qué el gobierno se ha contagiado con la prisa del terrateniente.

Antes de que se retire, una campesina increpa al ministro:

—¿Por qué nos llama compañeros, si mire cómo nos viene a visitar: presionándonos, intimidándonos con esos hombres y esas armas?
—Compañeros, a mí me hubiera gustado ir a la finca La Aurora para reunirme allá con ustedes, pero es que no nos engañemos: esta zona es caliente allá y acá, y uno solo quiere ser precavido.

Ham se monta en su camioneta, y atraviesa La Confianza para buscar la Carretera Panamericana. Ni un ministro custodiado con tres Humvees se atreve a tomar el camino que corre a lo largo de la finca San Isidro, la zona caliente. En esta zona hay que ser precavidos.

***

El ministro se fue hace 10 minutos y nosotros queremos conocer a los famosos guardias del terrateniente. La guerra del Aguán se ha cobrado ya una docena de bajas de su lado y ellos también tendrán algo que decir. Pese a las advertencias de Vitalino Álvarez y a la precaución del mismo César Ham, decidimos que es ahora o nunca, así que tomamos la calle de la zona caliente y la atravesamos. Avanzamos a 10 kilómetros por hora. Desde ambos lados de la calle, el laberinto de palmeras africanas nos vigila.

A los pocos minutos los vemos. Serán unos ocho o 10. Quizá una docena. No hay tiempo para contarlos. Unos están sentados en una especie de banca y otros están parados. Parecen posar para una foto de postal, con el paisaje de las palmeras al fondo. Portan armas. Parecen escopetas. A su alrededor hay pichingas de agua. El grupo es una mancha azul turquesa en medio del negro de las sombras de las palmeras y del verde del follaje. De un inconfundible azul chillón es la camisa de su uniforme.

Vamos a detenernos. Levantamos la mano para saludar. Ellos nos han visto llegar y ahora nos pueden distinguir a través de la ventana abierta del copiloto. Es entonces cuando escuchamos un disparo. ¿Un disparo? En esta zona hay que ser precavidos, ya lo dijo el ministro, así que para efectos prácticos ese tronido fue un disparo. Aceleramos. Las llantas traseras se barren. ¿Se barrieron? Nos perdemos delante de una nube de polvo. ¿La levantamos?

Un día después, le narramos lo sucedido al jefe policial del municipio de Tocoa, Daniel Reyes.

—¿Un arma con silenciador? Tal vez un disparo a la tierra. ¿50 metros? ¿Dice que había palmeras? El sonido pudo ahogarse entre las palmeras… Pero mire, déjeme decirle algo… Eso que hicieron es una imprudencia. ¡Si ni nosotros vamos por esa ruta! Y si vamos nos coordinamos primero con ellos. ¿Es qué don Vitalino no les advirtió que esa es zona caliente?

En ese camino, en esa zona caliente, el 15 de agosto de 2011 cinco personas fueron asesinadas. Tres hombres y dos mujeres. Recién habían salido de las instalaciones ocupadas del INA. Nadie sabe por qué tomaron la calle de la zona caliente. Nadie les dijo que debían ser precavidos. Lo cierto es que un pick up los interceptó y desde el pick up los acribillaron. Cuatro de los asesinados eran empleados de la embotelladora Pepsi, que venían de pintar unas vallas publicitarias. La quinta era la dueña del negocio favorecido con la publicidad de esa compañía. Por esta masacre no hay ningún sospechoso, mucho menos algún capturado. Ya hemos dicho que por las muertes en el Aguán no hay nadie detenido. Nadie.

Tres días más tarde, en Tegucigalpa, le narramos lo mismo al gerente financiero de la Corporación Dinant, Roger Pineda.

—Honestamente no sé qué decirle. La verdad es que los nervios están crispados. No se justifica, pero (los guardias) deben tener una paranoia, sobre todo cuando ven gente extraña. Bueno, ustedes lograron captar la esencia del ambiente que está ahí, ¿no?

El terrateniente padece dolores de espalda

A juzgar por una foto colgada en el lobby de su oficina en la ciudad de Tegucigalpa, en la que se le ve con una banda azul cruzándole el pecho, uno pensaría que Miguel Facussé Barjum es el presidente de Honduras y está pasado de años. Por las fotos que hay en un taburete de su oficina, sin embargo, el terrateniente es un abuelo canoso, bonachón y sonriente. Y por el aparato de masajes dispuesto frente al ventanal, en el que se somete a dos sesiones diarias de terapia, Facussé es un anciano de 85 años que debe inclinarse mucho, boca arriba, para intentar sosegar sus fuertes achaques en la espalda.

Facussé es todo eso y más. Es uno de los empresarios más poderosos de Honduras y sus detractores dicen que es pieza clave para poner y quitar presidentes en su país. Su influencia se extiende por todo el istmo centroamericano, donde su empresa, Corporación Dinant, tiene fuertes inversiones. Inunda las cocinas -y los anuncios en televisión- con el popular aceite vegetal “Mazola” y las pastas marca “Issima”. En las tiendas y supermercados introdujo la marca “Yummies”, especializada en las tajaditas de plátano “Zambos”, en los palitos de papa “Zibas”, y en los aros de cebolla “Taco”. Las inversiones de Facussé inclusive saltan hasta México, al Norte; y Colombia, al Sur. El 4 de mayo de 2011, un fan escribió en la página de Facebook de la compañía: “Grande el Zar de las marcas”. Dinant produce y exporta snacks, jabones, lejías, pastas y aceite de palma. También ha invertido con éxito en biogás, biodiésel y biomasa. Todo esto último gracias a la palma africana.

A Facussé en las esferas políticas de Honduras todavía lo llaman “Tío Mike”, un mote que cobró relevancia cuando su sobrino, Carlos Flores Facussé, gobernó el país entre 1998 y 2002. Pero para los campesinos del Bajo Aguán este empresario es “el terrateniente”. El mote tiene un asidero lógico: según Dinant, antes de las tomas Facussé tenía en Honduras 16 mil hectáreas destinadas al cultivo de palma africana. Eso sin contar las propiedades que aseguran poseer en Nicaragua. El mote también lleva un dejo de rencor que asoma en la voz de los campesinos cada vez que hablan del conflicto: ¿De quién son esas tierras? “Del terrateniente”. ¿A dónde trabajaba antes de ingresar al MUCA? “En la palma del terrateniente”. ¿Quién mató a su esposo? “Los guardias del terrateniente”. ¿Por qué no denunció el asesinato? “Porque la Policía está con el terrateniente”.

En su oficina hay otros dos objetos que lo perfilan: un cuadro pequeño, con un dibujo a grafito, en el que sobresale orgullosa una palma africana, y una avioneta a escala que reposa sobre un archivero, al lado del escritorio. “¡Le fascinan!”, dice Anabela, su asistente en los últimos 25 años. En Honduras dicen que Facussé suele poner a disposición de los presidentes y de la élite política centroamericana sus avionetas. También hay quienes dicen que muchas de esas avionetas aterrizan con fines sospechosos en las plantaciones de palma del terrateniente. Sobre todo después de que la organización WikiLeaks revelara en 2011 algunos cientos de cables confidenciales de la embajada de Estados Unidos en Honduras.

En uno de esos cables, fechado el 4 de marzo de 2004, la embajada reporta el aterrizaje, descarga y posterior destrucción de una narcoavioneta en una finca de Facussé, ubicada en el municipio de Trujillo.

En el conflicto del Bajo Aguán, el narcotráfico ocupa un papel importante. Según el ejército, gracias a los narcos los campesinos se han armado hasta los dientes. Según los campesinos, algunos de los enfrentamientos en los que han muerto guardias e incluso policías han sido en realidad revueltas entre narcotraficantes y guardias o policías que se les enfrentan. Lo único cierto es que se ha comprobado que los narcotraficantes utilizan las fincas más cercanas al mar Caribe para aterrizar sus avionetas o descargar narcolanchas. Lo único seguro es que esta región está dominada por el narcotráfico.

Según el mismo cable develado por WikiLeaks, en marzo de 2004 fue el mismo Miguel Facussé quien reportó a las autoridades que una narcoavioneta fue derribada por los guardias cuando sobrevolaba su finca. Al margen de las diferentes versiones que la embajada norteamericana recogió sobre el suceso, el entonces embajador Larry Palmer cerró el cable considerando “de mucho interés” el hecho de que en los 15 meses previos al reporte otros cargamentos de droga habían tratado de desembarcar en esa misma propiedad de Miguel Facussé:

“In July 2003, a go-fast boat crashed into a sea wall on the same property and engaged in a firefight with National Police forces. Two known drug traffickers were arrested in this incident and 420 kilos of cocaine were recovered. Earlier in the year, another air track terminated at the same property and appeared to have used the same airstrip”.

***

Es lunes 4 de junio de 2012. El plazo para que los campesinos firmen con Facussé un acuerdo de compra o desalojen las tierras se ha vencido, y aunque la Policía ya recibió las órdenes de desalojo, por instrucciones del gobierno no han actuado y dan un compás de espera. El MUCA, acorralado, ha anunciado que firmará el acuerdo y comprará las tierras usurpadas. En la sede de Corporación Dinant, un complejo de oficinas situado en una loma, en el centro de Tegucigalpa, nadie está celebrando nada. Facussé no está en casa. Pese a la promesa de su equipo de relaciones públicas, el empresario designa a otro para que hable en su lugar: el gerente financiero, Roger Pineda. Al terrateniente no le gusta hablar con la prensa.

Pineda es un ingeniero agrónomo, experto en banca, que lleva 16 años trabajando para Facussé. Es un hombre de buenas maneras que habla fluido, como un candidato entrenado en plena campaña electoral, y quizá sea por eso que me recuerda a los diputados cuarentones, pasados de peso, que se saben ganadores porque hay alguien mucho más fuerte detrás de ellos que los respalda. Pineda es el representante y vocero de Facussé para el conflicto en el Bajo Aguán. Es quien da la cara a la prensa por su jefe. Desde septiembre de 2011 no viaja a la zona porque dice que lo han amenazado de muerte. Hace una semana, por sugerencias del departamento de seguridad de la compañía, blindó su camioneta.

Pineda asegura tener una visión clara de lo que está ocurriendo en el Bajo Aguán, pero antes de compartirla con nosotros ofrece copias de denuncias por usurpación y de un informe elaborado por la Dirección Nacional de Investigación Criminal de la Policía de Honduras, en donde se detallan todos los ataques contra la Exportadora del Atlántico en el Bajo Aguán. Pineda muestra fotocopias de notas periodísticas que habla de campesinos armados y violentos. Habla de guardias desaparecidos. De guardias torturados “a los que les arrancaron la oreja como salvajes”.

—Contra los guardias de esta empresa también hay serias acusaciones –le decimos.
—¿Pero dónde están judicializadas? ¿Dónde están las pruebas? Nosotros amparamos nuestras acusaciones sobre la base de denuncias verificables en las oficinas destinadas a perseguir el delito. Los dichos de los campesinos, en cambio… ¿cuál es el asidero de sus denuncias?
—¿Los guardias de esta empresa nunca han disparado un arma contra un campesino?
—Siempre que han utilizado un arma de fuego es para defenderse. Nuestros guardias siempre han fallecido adentro de las fincas, no fuera de ellas.
—¿Qué ocurrió en la finca El Tumbador?
—No hay una conclusión clara sobre lo que pasó, pero nuestros guardias portaban pistolas y escopetas. Sin embargo, los campesinos tenían disparos de AK-47. Como le repito, nosotros pusimos a disposición de la justicia a nuestros guardias pero no hubo y a la fecha no hay certeza de lo que pasó.

El 15 de noviembre de 2010, en la finca El Tumbador, ubicada en el municipio de Trujillo, cinco campesinos fueron asesinados y otra media docena fueron heridos de gravedad, tras una toma que terminó en tragedia, los 100 campesinos que intentaron hacerse de la finca terminaron huyendo despavoridos. Según la Fiscalía, los cinco asesinados fueron abatidos fuera de la finca custodiada por los guardias de Dinant. Una de las víctimas, un joven de 23 años, José Luis Sauceda, padre de dos niños, recibió “varios disparos en la cabeza”.

—¿Qué tipo de armas utilizan los guardias de la empresa?
—Armas legales: escopetas y pistolas.
—¿No utilizan armas de guerra?
—Hay fotografías, de la prensa, en donde usted se da cuenta que son los campesinos los que utilizan armas ilegales. Yo no sé qué pasó en esa ocasión en El Tumbador… Supongo que ellos mismos, en la desesperación, fueron presas del cross-fire.
—El jefe de la policía municipal en Tocoa dice que en los enfrentamientos entre guardias y campesinos nunca han encontrado casquillos o municiones de escopetas o pistolas. Dice que los enfrentamientos son con armas largas.
—¡Pues claro! ¡Son las que usan los campesinos!

Roger Pineda saca una última fotografía: es una ampliación a colores. En la imagen, un hombre carga una pancarta de color rojo con las siglas MUCA pintadas de blanco. En la esquina de la pancarta aparece dibujado, en negro, el rostro del Che Guevara. Para Pineda detrás de las acciones de los campesinos hay una motivación política.

***

Un sábado de 2010 –Pineda no recuerda la fecha- un hombre que lo había visto en la televisión lo abordó a la entrada de un supermercado. Para esa fecha, primer trimestre de 2010, las 23 fincas en el Bajo Aguán seguían tomadas. El hombre le preguntó a Pineda si ya habían resuelto el problema, y Pineda le respondió que lo estaban intentando resolver. Entonces el hombre se le quedó mirando, serio, y Pineda se asustó. Después, se sorprendió. “Dígame la verdad –le dijo aquel hombre-, tengo 45 manzanas de tierras y quiero saber si las voy a perder o no”.

—Ahí me cayó el 20 de por qué el MUCA ha hecho esto, sobre todo a don Miguel. Lo que han logrado es crear en la mente de la población un estado de indefensión inmediato, bajo la siguiente lógica: la gente ve el escenario y se pregunta: ¿si al grande, o a uno de los más grandes lo botaron, por qué no me van a botar a mí?

Pineda está convencido de que hay un grupo detrás de los campesinos que está utilizando la fuerza como estrategia de una campaña política, pero no se atreve a ponerle nombre alguno a sus suposiciones. “No, sé, no sabría decirle…”

Pineda cierra su hipótesis citando otros hechos. Según él, la guerra por el Bajo Aguán lo que ha hecho es levantar otros frentes de guerra. Para junio de 2012, en varias regiones del país, incluido el Valle de Sula, departamento de Cortés, movimientos campesinos se habían tomado miles de hectáreas de cultivo de caña de azúcar. La industria azucarera de Honduras reportó pérdidas superiores a los 300 millones de lempiras debido a la toma de las tierras. Los campesinos de esa zona han copiado la organización de las tomas en el Bajo Aguán.

Los hombres más tristes del mundo

La penúltima vez que vimos a Jhony Rivas, el líder político del MUCA, a Vitalino Álvarez, el vocero, y a Doris Pérez, la campesina que se tomó La Aurora y fue baleada en el INA, fue el viernes 1 de junio, en la toma del puente sobre el río Aguán, que sirve de entrada al municipio de Tocoa. El día anterior había vencido el ultimátum del terrateniente y del gobierno.

Vitalino llevaba gorra, camiseta y su nueve milímetros en la cintura; Jhony Rivas un fólder en la mano y dos custodios en los costados; Doris Pérez llevaba sombrero, una camisa cuadriculada de botones tallada en la cintura, jeans apretados y un par de botas negras con tacón alto. Parecía una vaquera a la moda.

Vitalino soñaba con que en la marcha los campesinos desfilaran con los machetes en alto y con los malayos con los que cortan la fruta de la palma africana. El malayo es un tubo de aluminio de 25 metros de largo que tiene acoplada una hoja curva y afilada en la punta. “¿Ha visto cómo desfila el ejército chino, compa? Eso da una impresión de poder”, nos dijo días antes de la marcha. Pero en la marcha eran muy pocos los campesinos que cargaban machetes y solo él y los guardias de Jhony Rivas estaban visiblemente armados. Ese viernes, el MUCA, a sus campesinos, les aseguraba que nadie podía presionarlos, que la lucha llegaría hasta las máximas consecuencias.

Dos días después, el domingo 3 de junio, nos reencontramos con ellos en Tegucigalpa. Estaban recluidos en un hotel custodiado por el equipo de seguridad del MUCA. Después de la marcha en el puente, el equipo de negociación de los campesinos, liderado por Jhony Rivas, se había movilizado de urgencia para pensar mejor las cosas y había acabado por aceptar el acuerdo ofrecido por el gobierno, con cierta sensación de derrota.

Doris Pérez se alegró al vernos, pero rápido regresó a la melancolía que reinaba en el lugar. Nos dijo que los habían presionado con el uso de la fuerza, con las amenazas de desalojo, que firmaron sin querer firmar. Lo mismo repitieron Vitalino y Jhony Rivas.

Vitalino improvisó una conferencia de prensa y Johny Rivas se lanzó a hablar. A medio discurso entró al salón uno de los máximos dirigentes del Frente Popular de Resistencia Nacional de Honduras. Nos vio, saludó y se retiró. Era Rafael Alegría, uno de los hombres más cercanos al depuesto presidente Manuel Zelaya, que hoy impulsa la candidatura presidencial de su esposa, Xiomara, por medio del Partido Libre, extensión del FNRP.

La conferencia de Rivas se alargó una hora. Aunque la lógica mandaba que estuvieran felices porque ahora La Confianza y más de 4 mil hectáreas de tierra iban a ser suyas, porque ya no habría amenazas de desalojos y las escrituras estarían a su nombre, porque el conflicto, en teoría, estaba resuelto y cesarían los enfrentamientos, la violencia, los asesinatos, Jhony y Vitalino estaban tristes. En aquel hotel, lejos de celebrar que habían ganado tierra para más de 600 familias campesinas, actuaban como si lo hubieran perdido todo.

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Un hombre camina lento en un camino de tierra, a un costado de una plantación de palma africana. Esa plantación es el laberinto de la finca Paso Aguán, otra de las propiedades del terrateniente Miguel Facussé. El campesino se llama Gregorio Chávez, tiene 69 años. Gregorio es miembro activo del MUCA. Alguien aborda a Gregorio y Gregorio desaparece sin dejar rastro. Desaparece en la tarde del domingo 3 de junio, el mismo día en el que el MUCA decidió darle una tregua al conflicto. A la fecha, Gregorio sigue desaparecido.

***

Un grupo de hombres encapuchados, sigilosos, armados, se abre paso entre las palmas africanas. Es la madrugada del domingo 8 de julio. Ha pasado un mes desde que los campesinos, el gobierno y Miguel Facussé acordaron la tregua; un mes desde la desaparición de Gregorio Chávez en la finca Paso Aguán. Los campesinos que caminan entre los árboles de palma saben que hay un acuerdo firmado y saben que hay un desaparecido más. Por supuesto que lo saben. Quizá albergan esperanzas de encontrar mientras avanzan los restos de Gregorio Chávez. Pero su objetivo es otro. El grupo sigue avanzando y esquiva como puede las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca Paso Aguán, podía frustrar la misión…