Posts etiquetados ‘Ya’

Anoche Lucía Armijo reventó dinamita. Pasada la medianoche despertó con el sonido de los silbatos: la señal que sus vecinas hacen sonar para alertarse del peligro. En la penumbra escuchó los ladridos destemplados de los diez perros que vigilaban la minúscula construcción de adobe en la que vive. Medio minuto después sintió pasos arrastrados, carreras nerviosas y voces roncas de desconocidos alrededor de la casa. “Afuera hay rateros”, murmuró a sus hijos en la oscuridad y salió de su cama. Se abrigó apenas, encendió una lámpara de carburo, tomó un palo de madera y salió a mirar lo que sucedía. Tenía que vigilar que no robaran las bodegas de herramientas y maquinarías que tiene a su cuidado. Es su trabajo.

—Los vi en la negrura. Querían abrir la puerta de una de las casetas que están cerca de la bocamina. Eran cuatro.

Tenían cubierta la cara con unos pañuelos. Me vieron con la lámpara y me amenazaron. Me dijeron, “te vamos a pegar chola de mierda, ándate a dormir, no cuides tanto cosas que no son tuyas”.

Eso le dio rabia. Corrió a su casa a buscar unos cartuchos de dinamita, encendió uno y se lo arrojó.

—Explotó casi en sus piernas cuando arrancaban cerro abajo.

Para asegurarse de que no volvieran, Lucía tiró otro cartucho de dinamita.

Lucía Armijo trabaja de guardabocamina en “Monja uno”, una de las 600 faenas que socavan la falda del Cerro Rico en Potosí: la montaña que tiene la reserva de plata y estaño más grande de Bolivia. La que asombró a los conquistadores. La que nutrió a España y Europa con multimillonarias oleadas de plata y la que, ahora, desde los túneles que barrenan su interior, todavía fluye lo poco que queda de su hemorragia de riqueza.

Lucía es una de las 200 guardabocaminas que existen en Cerro Rico. Tiene 40 años, una sonrisa con tapaduras metálicas, las mejillas resecas por el sol y la piel cobriza. Vive con sus seis hijos y una nieta recién nacida en una caseta de seis por tres metros: un cuartucho con poca ventilación, techo de zinc oxidado, piso de tierra y una puerta con rendijas tapadas con cartones.

—No es mucho, pero tengo una llave de agua potable cerca y electricidad. Hay otras partes del cerro donde las mujeres deben caminar a una cisterna para tener agua –dice mientas masca unas hojas de coca. Está sentada en su caseta. Sus escasas pertenencias la rodean abarrotadas y mustias: dos camarotes que se reparten entre toda la familia, cajas con ropa, una mesa con las patas chuecas, una cocina y un televisor que ahora está encendido en un canal de dibujos animados para entretener a Juan Eduardo, el menor de sus hijos.

La caseta –que está decorada con guirnaldas y globos de colores por las fiestas de carnaval que acaban de terminar– es parte de su pago por vigilar la mina y cuidar las bodegas de esta empresa en la que trabajan 60 mineros.

Lucía es guardabocaminas desde hace 14 años. Llegó aquí desde Comunidad de Jesús –un sector poblacional de Potosí–, la primera vez que la abandonó su marido.

—Me dejó sin nada. Entonces me vine para acá, al Cerro Rico, porque podía trabajar en la mina sin dejar a mis hijos botados. Después volvió, pero no funcionó y nos separamos otra vez. Trabaja de chofer en la ciudad, pero no me importa. Acá tengo casa, un sueldo y la posibilidad de pichar los minerales sobrantes. Con eso me doy vueltas.

Podría ser peor.

Pichar consiste en barrer las rocas que se caen de las volquetas que sacan los mineros de la mina. Las guardabocaminas las juntan cerca de su cabina y luego las venden a pequeñas empresas compradoras de minerales que pagan lo recolectado en efectivo. De la concentración de metal con valor comercial que contenga su cargamento dependerán sus ganancias. Lucía vende lo que picha cada dos meses. Si tiene suerte puede ganar 1.500 bolivianos (213 dólares estadounidenses). Eso aumenta el sueldo de 700 bolivianos que gana mensualmente (alrededor de 100 dólares) por su trabajo de guardabocamina y el otro tanto que consigue lavando ropa de algunos mineros.

Algunas veces también “carretea”: arrastra los vagones con mineral desde el interior del socavón cuando hace falta fuerza de trabajo. La ayudan sus dos hijas mayores de 16 y 18 años.

—Cuando hay buen mineral, podemos sacar hasta 30 carros y ganar 100 bolivianos más.

Pero la principal responsabilidad de Lucía es vigilar las casetas de las herramientas y las maquinarias. Si llegaran a robarles, tendría que pagar todo de su bolsillo. Y como Lucía, al igual que las otras guardas, no tiene ahorros, le descontarían su sueldo. Se quedaría con nada.

—Conozco a muchas guardas que trabajan gratis, como si fueran esclavas. Hace unos días robaron más arriba y los dueños de la mina echaron a la guarda de su caseta, la despidieron y no tiene dónde dormir con hijos –dice y se persigna para conjurar esa posibilidad.

A Lucía han intentado robarle cuatro veces.

Por eso todas las noches duerme a medias.

Por eso guarda dinamita detrás de su puerta, al lado de los juguetes de su hijo.

Por eso anoche lanzó dos cartuchos en la oscuridad.

***

Potosí fue mucho, pero ahora es poco. La ciudad –ubicada a más de cuatro mil metros de altura al sur de La Paz– languidece en sus recuerdos. Su casco histórico de calles estrechas, monumentos imponentes como La Casa de la Moneda –la segunda construida por los españoles en el Nuevo Mundo– y caserones con escudos de nobles españoles ya desaparecidos son historia. El presente, en cambio, es duro. Según el Instituto Nacional de Estadísticas de Bolivia, ocho de cada diez habitantes del Departamento de Potosí viven en la extrema pobreza.

Ya no queda nada de la portentosa riqueza que relató el cronista Nicolás de Martínez Arzanz y Vela en el Siglo XVIII en su libro “Historia de la Villa Imperial de Potosí”. Ahí describe una ciudad “donde la plata abundaba como la arena a orillas del mar y su resplandor opacaba al de la luna llena”.

Ahora, Cerro Rico –un triángulo casi perfecto hecho una montaña de tonos rosados que marca el paisaje de la ciudad– es un montañón menoscabado. Una pirámide carcomida en su interior por 619 bocaminas y, al menos, 150 kilómetros lineales entre cuevas, galerías y pasadizos, según datos de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). El cerro también se está hundiendo. Si en 1545, cuando se inició la explotación de su riqueza, tenía una altura de 5.183 metros, hoy los estudios geológicos comprueban que ésta se redujo en 787 metros por los trabajos mineros y la erosión.

En su época dorada, durante la Colonia, Cerro Rico nutrió con embarques de riqueza a Europa. Los historiadores más discretos hablan de 15 mil toneladas de plata pura enviadas a ultramar; los más sensacionalistas, de treinta mil.

El cronista León Pinelo sostenía en 1629 que la producción del cerro era tanta que “bastaría para un puente o camino desde Potosí a Madrid de 2.071 leguas de largo, cuatro dedos de espesor y 14 varas de ancho”.

En los registros históricos dicen que en 1630 Potosí llegó a tener 160 mil habitantes, un poco más que la población que por entonces tenían París y Londres. Mientras Potosí resplandecía con la riqueza -en sus calles se vendían perlas de Ceylán, tenía treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, 14 escuelas de baile y en la Casa de

Moneda se acuñaron monedas para las Filipinas-, en el cerro se escribía el capítulo oscuro de su historia: miles de indios fueron esclavizados y otros tantos africanos fueron traídos por los españoles para cumplir con la ambición.

El esplendor de Potosí no duró demasiado. Su altura, las bajas temperaturas y las constantes epidemias hicieron que los españoles emplazaran una nueva ciudad: Sucre, un lugar más cómodo, menos cruento. “La nueva población, ubicada a 150 kilómetros, fue otro parásito de la riqueza del Cerro Rico. En 1650 sus vetas escasearon y la ciudad imperial comenzó a hundirse en el olvido, pero ha sobrevivido gracias al estaño y otros metales menores como el zinc y el bórax”, asegura Olivier Barras, investigador social suizo-francés radicado en Potosí y que investiga la minería boliviana.

Pero el verdadero caos llegó en 1985 cuando la Comibol –que explotaba el 75 por ciento del Cerro Rico– se desmembró por las deudas, la ineficacia y la corrupción. Se vinieron los despidos masivos: sólo mantuvieron su puesto dos mil trabajadores de los 13 mil que conformaban su plantilla. Muchos emigraron en busca de otras oportunidades, otros saquearon las instalaciones y unos cuantos esperaron una solución gubernamental. La respuesta fue que formaran sus propias cooperativas. El Estado aportaría las herramientas y la asistencia técnica y los mineros su trabajo. En el Cerro Rico todo fue alegría. Era el comienzo de una nueva era, nueva época que nunca llegó.

En menos de un mes se conformaron 50 nuevas cooperativas privadas con unos pocos socios que arrendaron un yacimiento y comenzaron a explotarlo sin medidas de seguridad, con jornadas extenuantes, fuera de los derechos laborales y con un rendimiento deprimente.

Ese es el sistema que se mantiene hasta hoy.

***

Es hora de almuerzo en Pailaviri –la principal mina de Cerro Rico y la única que pertenece al Estado boliviano– y Paulina López –66 años, viuda y de modales bruscos– está vestida con su mejor traje de chola: faldón abultado, falso de enaguas, chal tejido, medias de seda y bombín negro en la cabeza.

Unos turistas europeos, que se preparan a entrar al museo mineralógico que existe en el lugar, se quedan mirando a Paulina. A la distancia disparan sus cámaras. Ella masculla unas palabras en quechua, se cubre la cara con el manto y apura el tranco.

—Estos gringos, piensan que somos parte del museo.

Paulina está del mal humor. Hace poco llegó de Potosí. Bajó a la ciudad para visitar a su hijo menor, pero no lo encontró. Su nuera le dijo que había entrado a trabajar en una mina en el sector de Robertito, en la parte trasera del Cerro Rico, la más aislada, la más pobre.

—Me venció. Yo no quería que ninguno de mis hijos trabajara en el cerro. Quería que tuvieran una mejor vida, que no siguieran mis pasos ni los de mi esposo. Él murió por el mal de la mina, de los pulmones. Yo empecé a recolectar mineral del suelo cuando tenía 14 años, al igual que mi madre y mi abuela –dice Paulina y frunce el ceño mientras se encamina a un costado de la mina a buscar a sus compañeras palliris, que están pallando los minerales que recolectaron de las sobras de la mina.

Las palliris conforman uno de los grupos más tradicionales y enraizados entre las mujeres de la cultura minera del alto andino. Su nombre proviene de la palabra quechua Pallay que significa “escoger”. Su oficio consiste en recolectar el material que sobra de los relaves o los residuos que se concentran fuera de las bocaminas y cuentan con autorización de los dueños de las cooperativas. El proceso es simple, pero agotador: recogen las piedras de entre los restos en un delantal, las acumulan en una bolsa plástica y luego lo trasladan a un corral cuadrado de murallas de piedra. Ahí lo parten con un martillo o con las manos para extraer el material minero que queda y luego venderlo. Mensualmente ganan un promedio de 1.200 bolivianos (170 dólares).

—Ahora ganamos poco, no trabajamos tanto. Las palliris somos mujeres viejas, ya no llegamos al alba como antes. Nos duelen los huesos, nos cansamos rápido y tampoco tenemos que mantener a nuestros hijos –dice

Adelaida Jancko, una mujer de 74 años que está pallando sentada en el suelo de su corral. En sus manos callosas y con dedos como garfios sostiene un martillo con el que golpea una piedra. La examina y sólo guarda un pequeño trozo en un saco que está extendido a su lado.

Adelaida habla la mayor parte del tiempo en quechua. Lo prefiere al español, el que pronuncia con tono duro, sin ritmo. Empezó como palliri hace 35 años. Antes era dueña de casa, pero después que su marido murió en un accidente dentro de un socavón, salió a trabajar al cerro para mantener a sus nueve hijos. Conocía el oficio. Lo había visto cuando acompañaba a su madre que era “muira”: entregaba la comida y el agua que llevaba sobre una mula a las distintas bocaminas del cerro.

—Yo, en cambio, nunca quise traer a mis hijos para acá. Siempre los dejé en casa en Potosí para que estudiaran.

Me hicieron caso: cuatro son profesores y otro es pastor en una iglesia. Ellos no quieren que suba, pero en mi casa me aburro. Me acostumbré a trabajar mucho, me molesta estar en la casa sentada.

Adelaida masca coca y la escupe disimuladamente. A su lado María Vargas, una palliri un poco más joven y callada golpea una roca. La mira y la arroja para un lado.

María tiene 54 años y quedó viuda en 1999. Mientras la silicosis consumía a su marido y vio que no tenían comida en casa, se vino a pallar al cerro. Después de su muerte siguió escarbando entre los escombros, buscando entre el residuo de los metales algo que rescatar. Es la tradición de la mina. El destino que por centurias ha marcado a las viudas de Cerro Rico.

—Las cosas ya no son como antes. Quedamos pocas palliris, ahora hay más guardabocaminas. Ellas tienen más trabajo y sufren más –dice María sin dejar de golpear la roca.

—Ahora nada tiene la pureza de antes –refunfuña y martillea con fuerza una piedra hasta hacerla polvo.

***

Palliris y guardabocaminas forman parte de un perverso sistema que tiene su postal más cruel en “la montaña devora hombres”, como llaman los mineros al Cerro Rico, y que se replica en otros centros mineros de Bolivia.

Según Comibol, en todo el país alrededor de cinco mil mineros trabajan para la empresa estatal. Nueve mil lo hacen para compañías privadas. Pero existe una cifra fantasma, un número que nadie maneja, de los trabajadores de los pequeños minerales: en bocaminas sostenidas por maderos viejos, con túneles enclenques, pozos de “copajira” (agua tóxica) y gases contaminantes que los mineros combaten cubriéndose sólo con pañuelos.

Las mujeres también forman parte de esta cifra fantasma. Aunque desde 1985, cuando se reestructuró el sistema minero boliviano, las palliris fueron reconocidas como socias por las cooperativas mineras y se integraron a las asociaciones gremiales. En estas organizaciones en teoría también se deberían integrar a las guardabocaminas, pero siempre han existido diferencias entre ellas. “Las palliris sienten que tienen otro estatus en el sistema cooperativo: ellas son socias, mientras que las guardas son asalariadas, con contratos de palabras y sin protecciones legales.

Pero también existe la diferencia generacional: las guardas son más numerosas y jóvenes, mientas que las palliris son ancianas y están desapareciendo lentamente”, explica la investigadora boliviana Ingrid Tapia, autora del libro

“La herencia de la mina”.

Según Eblyn Cavero, asistente social y encargada en Potosí del programa de mujeres mineras del Centro de Promoción Minera de Bolivia, las guardabocaminas son las que están expuestas a las peores condiciones laborales.

“Además de no tener beneficios sociales y estar a merced de la voluntad de sus empleadores a la hora de negociar sus sueldos, deben vivir en condiciones deplorables, muchas veces sin agua y expuestas a la contaminación de los residuos tóxicos que salen de las minas. Y bueno, estar expuesta a la violencia de los asaltantes de los yacimientos a los que se enfrentan con piedras, palos o dinamita. Porque los dueños prefieren contratarlas a ellas antes que a un sereno a quien deben pagarle un sueldo legal”.

Eblyn Cavero, quien lleva cerca de cinco años recorriendo Cerro Rico de punta a falda, dice que “es imposible magnificar la realidad de las mujeres mineras. Es muy diversa, pero no es nada agradable”.

Aún así se puede bosquejar su perfil con la información que maneja Comibol: tienen sobre 40 años, en su mayoría fueron abandonadas por sus esposos o quedaron viudas. Se estima que cada trabajadora tiene al menos tres hijos.

La mayoría trabaja fuera de la mina, pero otra vez aparece la cifra no oficial que asegura que por lo menos dos mil mujeres realizan faenas al interior de los piques.

“Eso sucede especialmente con chicas jóvenes, muchas menores de edad, que trabajan fuera de la ley y con salarios de miseria en minerales más alejados de Cerro Rico y en pueblos rurales de la Provincia de Oruro, la otra gran zona minera de Bolivia”, explica el investigador Olivier Barras.

***

Anoche a Ema Mendoza –26 años, estatura baja, piel oscura, cara redondeada– le envenenaron uno de los siete perros que la ayudan a vigilar el socavón San Miguel, el mineral donde trabaja como guardabocamina desde hace tres años. Lo encontró esta mañana tirado tras la cabina en la que vive con sus dos hijas, Nayeli (10) y Carolina (5). Al animal, que no tenía nombre, lo enterraron los mineros bajo una pila de piedras.

—Querían dejarlo ahí tirado, pero como por acá no pasan recogiendo basura, les pedí que lo enterraran. A cambio tuve que lavarles la ropa –dice Ema. Son las tres de la tarde, el sol cae recto sobre Cerro Rico, pero corre un viento helado. Dentro de la casucha hace frío y suena una radio con música romántica. En una cocinilla hierve una tetera.

—Yo creo que lo mataron los mismos que trataron de robar allá abajo, en donde tiraron dinamita anoche.

Ema habla bajo, con los ojos entrecerrados y con los brazos cruzados sobre el pecho. Se vino desde Bentasus, un pequeño pueblo agrícola que está a una hora de Potosí, cuando tenía 20 años. Siguió a una amiga de infancia que trabajaba en el cerro. Su primer trabajo fue seleccionar piedras que se caían de los camiones. Ganaba 25 bolivianos al día (menos de 4 dólares). Después aceptó cuidar la mina “La Amorosa”, que está en la parte media del cerro.

—Ahí la pasé mal. No tenía agua y no me pagaban las pichas que hacía. Los mineros eran atrevidos, no podía estar tranquila. Así que me fui a otra mina, en la que trabajaba con mi mamá que también dejó el pueblo cuando enviudó, y después conseguí trabajo acá que es mejor porque tengo agua y luz.

Su madre, Victoria, se quedó en la otra mina. La mujer tiene 63 años, está enferma de la espalda y ahora está en cama inmóvil. Pero no quiere dejar el trabajo. Es su único ingreso. Ema ahora tiene que subir a cuidarla y mirar esa mina todos los días. Va tres veces: por la mañana, después del mediodía y cuando comienza a oscurecer.

Anoche, cuando sintió los silbatos de las otras guardabocaminas, pensó en subir, pero cuando escuchó la primera explosión de dinamita desistió de hacerlo.

—Mis hijas se asustaron y no quise dejarlas solas. Acá puede pasar cualquier cosa. En el cerro estamos desamparadas.

Ludvic y Marco bajan la mirada, sonríen nerviosos y se sumergen en el agua. Su piel oscura se hunde en un turbio canal de regadío. Arriba de sus cabezas, el sol del mediodía ya parece brasa. Cae violento sobre el camino que conecta los bateyes ocho y nueve, que forman parte de la veintena de campamentos agrícolas del Ingenio Barahona, la principal factoría azucarera del sureste de República Dominicana. Mientras ellos se bañan, también lavan su ropa -unos pantalones gastados, unas raídas camisetas- en esta corriente de agua café que está a la orilla de la polvorienta ruta. Los cañaverales se mueven ligeros con el viento y sus ramas parecen silbar. Aprovechan sus últimas semanas de verdor. En diciembre, un ejército de hombres las cortará a machetazos, las amarrará en atados y las cargará sobre los oxidados carros del tren que las llevará a la planta de molienda. Será el tiempo de la cosecha, de la zafra 2009-2010. Cinco meses de amargo trabajo para conseguir minúsculos granos de dulzura.

Para Ludvic y Marco, ésta será su primera zafra . La esperan ansiosos. Son hermanos -dicen que su apellido es Pierre- y sus figuras adolescentes no se condicen con los 19 y 20 años que declaran tener. Hace una semana llegaron desde Haití. Su viaje fue una travesía. Caminaron durante dos días desde Cap Rouge, un pueblo agrícola, cercano a la ciudad de Jacmel, en la costa sur de su país para cruzar la frontera. Con ellos sólo cargaron dos mochilas, la ropa que llevaban puesta y unas zapatillas deportivas que apenas protegieron sus pies. Pese al cansancio llegaron convencidos de que la caña les daría dinero. Así les contó y aún les cuenta su primo Robinson, quien ya ha participado dos veces en estas faenas y con quien comparten una estrecha barraca de techo de paja, piso de tierra y camastros metálicos sin colchón en el Batey Nueve.

Robinson -22 años, pecho hundido, corto pelo rizado y jeans sujetos con un cordel- es quien habla por ellos. Lo hace en un rudimentario español que mezcla con creole, el otro idioma oficial de Haití además del francés. Con esta casi incomprensible forma de hablar y un tono algo desconfiado, Robinson dice que él mismo los acompañó en su paso ilegal a República Dominicana. Que evitó que cayeran en manos de los “buscones” que trafican trabajadores para la zafra y que cobran entre 200 y 400 dólares por cada “pasajero”. También cuenta que ahora él los mantiene con el dinero que gana limpiando los cañaverales, pero que con su primer sueldo ellos le devolverán la ayuda. Y luego de repetir cuatro veces que sus primos son mayores de edad, en un arranque de confianza, reconoce que tienen 16 y 17 años. Pero, a modo de disculpa, comenta que son fuertes.

-Están acostumbrados al trabajo -dice con el mentón altivo.

Sus primos lo escuchan y bajan la vista. Confían ciegamente en él. Tienen que hacerlo. En Haití dejaron una madre y tres hermanos que se quedaron cultivando el reseco pedazo de tierra que heredaron de su padre muerto hace dos años. Entonces su exigua vida comenzó a bordear la miseria y se ilusionaron por los tres dólares diarios que les comentaron recibirán por cada día de trabajo.

Fue así como Ludvic y Marco fueron seducidos por el susurro de prosperidad de la caña que ahora ondula inocente a sus espaldas.

NEGOCIO AMARGO. Aunque hoy la fantasía del Caribe, las playas de arena blanca y los resorts de lujo son la principal fuente de ingresos de República Dominicana, durante más de un siglo el dulce jugo de la caña fue la base de su economía.

Pero el poder del cañaveral persiste. Todavía se sigue entrelazando con la memoria histórica del país y de su gente, en un relato donde la conquista, la fortuna, la pesadumbre y el sacrificio se diluyen en un sabor extraño.

Partió cuando Cristóbal Colón llevó desde las Islas Canarias la primera semilla de caña y la sembró en La Hispaniola -como entonces se conocía al territorio que hoy comparten dominicanos y haitianos-. Esa planta -que germinó en Puerto Plata, en el litoral norte de la isla- se propagó tan rápido, que a mediados del siglo XVI se trajeron más de 35 mil esclavos africanos -en su mayoría adolescentes- para que trabajaran en los cañaverales. Las razones fueron tan prácticas como crueles: los tainos -el pueblo originario de la isla- no soportaron las arduas faenas.

La búsqueda de dulzura ya tenía toques de acidez.

El auge azucarero colonial español no duró mucho, entró en crisis y disminuyó hasta desaparecer por completo. Los ingenios y los cañaverales sólo renacieron en el mapa de la economía dominicana en las últimas décadas de siglo XIX con capitales extranjeros. En esa época, las principales instalaciones azucareras no eran dominicanas: cinco pertenecían a italianos, cuatro a estadounidenses, otras dos las manejaban cubanos, y una estaba en manos de un grupo británico.

Pero el verdadero apogeo del negocio de la caña dominicana se desarrolló desde los años 20 hasta mediados de los ’80. Fue el dictador Rafael Leonidas Trujillo (1930-1961) quien en la última década de su mandato -antes de ser asesinado- logró la propiedad de la mayoría de los ingenios del país con maniobras como las drásticas subidas de impuestos. De su dominio sólo escaparon dos empresas privadas: Central Romana (entonces de la South Porto Rico Sugar Company) y Consorcio Vicini (perteneciente hasta hoy a una poderosa familia de origen italiano).

Entonces el monocultivo azucarero dominaba más del 90 por ciento de las exportaciones. Era la gran fuente de divisas para el país. Pero en los campos la prosperidad no se replicaba. Los bateyes aumentaban alrededor de los cañaverales y la zafra siguió teniendo piel oscura: la mayoría de los braceros -cortadores o picadores de caña- que participaban en estas labores eran inmigrantes traídos ilegalmente de Haití.

El periodista, político y escritor dominicano Ramón Marrero Aristy consignó esta situación en “Over”, la novela que publicó en 1939. “Diciembre corre con sus brisas frías. Los cañaverales florecidos de espigas, inmensos como un mar, serán abatidos desde mañana por la tromba humana que llegó de Haití y de las islas inglesas. Todos vinieron este año, como siempre, encerrados en las hediondas bodegas de vapores de carga, de lentas goletas, o en camiones, apretujados como mercancías” escribió, dejando en claro el tráfico humano que sucedía en los ingenios azucareros.

En 1952, Rafael Leonidas Trujillo “reguló” este sistema que existía desde principios del siglo XIX. La fórmula del dictador consistía en que el Estado dominicano compraba los braceros al gobierno haitiano y luego los realquilaba a los ingenios del país. La mayoría eran jóvenes, muchos apenas sobrepasaban los quince años.Aunque el sistema ideado por Trujillo desapareció, y a mediados de los años 80 el negocio del azúcar entró en una crisis que culminó en 2000 con la privatización de sus azucareras, la práctica del tráfico de personas desde Haití aún se mantiene en la clandestinidad. Los buscones intensifican sus labores cuando viene la cosecha.

NIÑOS QUE SIEMBRAN. En el camino de entrada al Batey Cinco del Ingenio Barahona, Jesús Pérez Alonso monta una ruidosa motocicleta. En el asiento trasero lo acompaña su primo Daniel, quien mueve los brazos y asusta a las gallinas que se interponen en su camino.

Jesús tiene quince años, la cabeza rapada y una frente café que reluce con el sol de la siete de la tarde. Es uno de los cinco hijos de un matrimonio de dominicanos descendientes de haitianos. Su padre momentáneamente trabaja en un conuco -parcela de tierra dedicada a la agricultura- mientras espera el inicio de la zafra. El hombre -que hace poco volvió del campo con una penca de plátanos verdes- dice, convencido de que el niño está haciéndose hombre. Por eso le prestó su motocicleta. Quiere que aprenda a conducirla.

-Así me llevará al trabajo cuando esté cansado -dice.

El vehículo -de relucientes manubrios acerados, ruedas delgadas y marca japonesa- es la gran posesión de la familia. Más que su choza de barro áspero, de tres habitaciones y techumbre de ramas secas. Más que los dos cerdos que dormitan a la sombra y que vigila Altagracia, la abuela del clan.Altagracia es la única que se asombra cuando Jesús acelera la velocidad y sus amigos -Vladimir y Joseph- corren entusiasmados tras él. Cuando pasan por su lado, se tapa la boca y luego refunfuña. Cree que pueden hacerse daño.

-Más lento; cuidado con las gallinas -grita y levanta una taza de latón por la que revolotean unas moscas.La cara de Altagracia -quien no sabe si tiene 60 o 66 años- está subyugada por las penurias del batey: las arrugas fracturan su piel morena, el mentón cae desinflado en su cuello, la mirada está enmarcada con ojeras pardas y en su boca reseca hay un gesto de alegría vacía. Lleva un vestido de algodón raído que le queda grande, su cabeza está cubierta por un pañuelo del que se asoman unos mechones blancos y en sus pies descalzos hay manchones de tierra.

La abuela es la única de la familia que se atreve a contar que su nieto dejó la escuela y que durante el tiempo muerto -los meses posteriores a la zafra, cuando los cañaverales se han cortado- se dedica a cultivar caña. Igual que los otros niños del batey, quienes trabajan unas horas -antes o después de escuela- y ganan siete pesos (20 centavos de dólar) por cada surco que siembran.

-Ahora Jesús quiere ver si lo aceptan en la zafra. Quiere ganar más dinero -insiste la abuela y las mujeres que la miran desde las otras casuchas empiezan a murmurar. Dicen, entre un barullo de voces, que la abuela está equivocada. Que está vieja.

La reacción no es extraña. Se repetirá más tarde entre las mujeres del Batey Cuchilla, que asegurarán que todos los niños de ahí asisten a la escuela. Luego, en Concho Primo -el sector rural del Batey Seis del Ingenio Barahona-, la mamá de Santa -14 años, flaca como espiga y largo pelo trenzado- retará a la niña cuando ella diga que este año sembró en los cañaverales donde trabaja su hermano.

Pero los escasos estudios sobre los bateyes -realizados por organismos internacionales- evidencian lo que sus habitantes prefieren ocultar. En septiembre de 2009 un informe del Departamento de Estado estadounidense denunció el trabajo infantil “forzoso” en los campos de azúcar de República Dominicana, así como en otras áreas agrícolas donde se cultiva café, arroz y tomate.

El documento fue rechazado por el Ministerio de Trabajo dominicano que aseguró: “La posición de la Cancillería estadounidense no refleja la situación real del trabajo infantil en el país, cuyas leyes prohíben la contratación de niños por parte de las empresas que operan en el sector azucarero”. El ministerio también entregó sus propias cifras: En República Dominicana en 2000 trabajaban alrededor de 436.000 niños y adolescentes, pero la cifra se redujo a 157.000 en 2007.

Estos datos fueron apoyados por los industriales del azúcar. En un documento, los representantes del Grupo Vicini, Central Romana e Ingenio Barahona -las tres principales industrias de área- aseguraron que el informe de Estados Unidos no especifica lugar alguno del país donde se practique el trabajo infantil. También destacaron que en sus plantaciones funcionan más de 60 escuelas donde se educan a los hijos de sus trabajadores.

Es cierto. Santa -la niña de Concho Primo- jamás dejó de ir a la escuela. Ella sembró caña un par de horas por la tarde, después de sacarse su uniforme escolar. Por la noche, cansada, se sentó a hacer sus tareas.

VIDA SIN PAPELES. El Ingenio Barahona es uno de los principales y más legendarios centros de producción azucarera de República Dominicana. Fue fundado en 1920 y está conformado por 19 bateyes que se extienden mustios y opacos entre las provincias de Independencia, Barahona y Bahoruco. En el sureste. Ahí viven más de 25 mil personas que sólo en la última década han empezado a contar con servicios de ayuda como consultorios médicos, escuelas, centros de reunión y llaves de agua potable comunitarias. La mayoría de estos campamentos están nombrados con números, pero hay otros que tienen nombres como el Batey Central, Cuchilla, Algodón o Los Robles.

Originalmente el término batey era utilizado por los aborígenes taínos para designar las plazas donde se efectuaban los juegos de pelota, las actividades sociales y ceremoniales. Los conquistadores mantuvieron el término y luego los empresarios del azúcar lo adoptaron para nombrar el entorno social donde habitan los trabajadores de los ingenios azucareros con sus familias.

Hoy los bateyes, con sus casas de barro, sus caminos de tierra y sus trabajadores mal pagados, son las postales miserables de la tierra que ahora se vende como un paraíso.

Andre Jean -75 años, 7 hijos y 12 nietos- nació en Fond Verettes, un pueblo en la frontera sur de República Dominicana y Haití, pero a los 14 años se vino con su padre a buscar suerte en la zafra. Al poco tiempo su madre les siguió los pasos y se instalaron en un batey de Barahona.

Andre y su familia jamás volvieron  a pensar en la tierra haitiana.

A los quince, asegura André, nadie en su cuadrilla le competía en el manejo del machete. A los 18 ya tenía mujer y esperaba su primer hijo. Ahora es un sobreviviente. Es uno de los pocos braceros ilegales de la época dorada del imperio azucarero que no ha muerto. De sus antecesores y contemporáneos haitianos sólo quedan sus descendientes. Hombres y mujeres que viven abatidos en una tierra que parece resistirse a aceptarlos.

-Aquí la vida no ha sido buena, pero nunca había sido tan mala como ahora. Antes, cuando era joven y los norteamericanos estaban a cargo del ingenio, se podía ganar hasta diez pesos al mes y eso era mucho mejor que los cien pesos que pagan diariamente ahora. En las zafras hoy se trabaja más duro, aunque para el pobre cualquier cosa es mejor que nada -dice este hombre, que ya no trabaja en el campo, pero todavía carga su mocha (machete) afilada, vive de la ayuda de sus hijos, maldice en creole y nunca se mueve de su choza en Concho Primo.

Tras la caña no hay espacio para ilusiones.

-Todos esperamos la zafra, pero en el fondo sabemos que es uno de los momentos más duros. Algunas veces hay que trabajar más de doce horas, aguantar el sol, la vigilancia de los jefes que no nos dan tiempo para ir al baño y volver al barracón con los brazos adoloridos por el peso del machete. Y todo para ganar 130 pesos por tonelada cortada (un poco más de tres dólares) -dice Frenel Elius. Su padre, Jacques, llegó desde Hinche -una ciudad ubicada en el centro de Haití a escasos kilómetros de la frontera- hace 40 años.Frenel vive en el Batey Siete en una casa húmeda y acalorada con Deliemen, su mujer. Ninguno de los dos tiene sus papeles en regla. Legalmente no existen; tampoco sus dos hijos, quienes también nacieron en tierra dominicana. Podrían pedirlos, tienen derecho, pero no se atreven. Como muchos habitantes de los bateyes no existen ni a un lado ni al otro de esta isla caribeña.

Bridget Wooding -socióloga inglesa especialista en migración e investigadora asociada de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de República Dominicana- está convencida de que la invisibilidad ha crecido junto con la caña.

-Es bastante común que existan inmigrantes que lleven aquí más de 50 años y no tengan su papeles en regla y sus hijos o nietos no tengan certificado de nacimiento, que es la prueba de la nacionalidad para los niños que nacen en el país y les da acceso a otros derechos y ayudas, como la protección contra la trata de personas, trabajo infantil o el matrimonio precoz. Pero eso hay que contextualizarlo en un país donde nunca ha existido un real proceso de regularización de este problema. Y eso es muy grave en una isla con dos países divididos por una frontera muy porosa -dice la especialista desde su oficina en Santo Domingo.

Bridget Wooding sabe de lo que habla; lleva 20 años estudiando el problema. Ya no recuerda cuántas veces ha cruzado la frontera entre República Dominicana y Haití.

MISIÓN EN EL INFIERNO. Los funcionarios de Plataforma Vida -una ONG que ayuda a los pobladores del Ingenio Barahona y que fue creada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy- conocen bien los bateyes del sector y la mayoría de sus problemas. Su actual director es Eusebio Peña, un ex reportero radial que hace más de una década comenzó a colaborar con el trabajo pastoral del padre Ruquoy.

Este hombre -que vive en Batey Tres, tiene dos hijos y un auto del año 80 que a duras penas atraviesa los caminos internos de los cañaverales- es respetado por los trabajadores. Apenas lo ven entrar a sus campamentos los niños lo saludan, las mujeres le comentan sus problemas y los hombres buscan alguna descolorida silla plástica para que se siente. Él sabe cómo tratarlos, sabe que hay que escucharlos, sabe que muchas veces esconden cosas por temor.

Ahora, de vuelta de Batey Cuchilla a las oficinas centrales de la asociación, en el Batey Seis, dice que los tres adolescentes que caminan por la orilla de la línea del tren, al costado de los cañaverales, van a pescar tilapia -un pez de agua dulce- a los drenajes, y que ya están inscritos para trabajar en la cosecha. También cuenta que Luis, un viejo bracero de 70 años y pocos dientes, pronto deberá dejar su choza porque se la pedirán para albergar a los nuevos trabajadores que llegarán de Haití. Y que Octavia -la anciana que limpiaba habichuelas en Batey Algodón sentada en la tierra y vestida con una enagua sucia- apenas vive gracias a la ayuda de sus nietos.

Estas historias, dice Eusebio, palidecen frente a lo que podría contar el padre Ruquoy. Este cura trabajó durante dos décadas con los inmigrantes del sector y fue uno de los primeros en denunciar públicamente los abusos que se cometían en las zafras. Su atrevimiento tuvo un costo: hace cuatro años tuvo que abandonar el país acosado por las amenazas y atentados contra su vida. Hoy está en Mulungushi Agro, un lugar perdido de la provincia central de Zambia, África, donde trabaja con 30 huérfanos cuyos padres murieron de sida.

-Esto es otra realidad dura. Aquí la esperanza de vida es de sólo 37 años y casi el 20 por ciento de la población tiene VIH. Pero es diferente a la de los bateyes, porque acá no hay culpables directos, no hay abuso por empresas que quieran enriquecerse con el abuso y la explotación de gente que no sabe defenderse, de gente que sólo quiere surgir. Eso es algo totalmente opuesto al evangelio. Desgraciadamente, allá en la isla, nada ha cambiado y las autoridades siguen ciegas frente a la situación de los trabajadores de la caña. Todavía tengo en la memoria la primera imagen que vi cuando entré a un cañaveral y encontré a un grupo de picadores de caña caminando encadenados con dos guardias a caballo -dice desde su parroquia en la sabana africana.

El padre Ruquoy no fue el único sacerdote que acusó estos abusos. En su parroquia en San José de los Llanos -en la provincia de San Pedro de Macorís, al otro lado de la isla, en la región sureste-, el misionero español Christopher Hartley Sartorius también se enfrentó contra los empresarios azucareros y también hace tres años tuvo que abandonar el país bajo amenazas de muerte. Ahora vive en una región fronteriza de Etiopía y trabaja con pueblos trashumantes somalíes. Tribus donde el hambre ataca hasta la muerte.

La falta que cometió este cura en tierras dominicanas fue decir públicamente que la vida en los bateyes era “la antesala del infierno” y combatir los intereses del grupo Vicini, una de los clanes empresariales más poderosos del país. Aunque desde el principio tuvo prohibida la entrada a los bateyes de su región, Hartley se las arregló para enseñarles sus derechos a los trabajadores, iniciar una lucha por regular el contrato de los picadores de caña que todavía está en tribunales, y facilitar la ayuda para que la prensa extranjera rompiera el silencio del cañaveral. También escribió un diario personal con historias escalofriantes como la de Marta, una inmigrante haitiana que murió sola en su choza y la encontraron devorada por las ratas, o la de viejos picadores que tuvieron que ser enterrados en ataúdes armados con las maderas de sus casas.

Gracias a su gestión, una avalancha de información salió de la isla: el periódico El Mundo escribió un reportaje denuncia titulado “Un cura en el infierno”; lo mismo hizo el Pulitzer Gerardo Reyes para el Nuevo Herald de Miami. Luego vinieron los documentales como el italiano “Inferno di zucchero” y “The price of sugar”, que siguió sus pasos como misionero mientras la voz de Paul Newman relataba los horrores de los bateyes. Después de eso lo acusaron de antidominicano, de buscador de protagonismo con el sufrimiento ajeno.

-Yo sólo dije lo que todos sabían desde hace tiempo, hice público algo por lo que el padre Ruquoy luchaba desde mucho antes. En los campos de azúcar siempre ha existido abuso a los trabajadores, trabajo infantil clandestino y gente muerta de miedo. Me atrevo a decir que la ignorancia y el miedo han sido, y siguen siendo, el pegamento que mantiene a flote la industria azucarera -habla el padre Hartley desde Etiopía.

En esa parte de África son las once de la noche y sus compañeros de misión duermen. Antes de colgar su celular, se queda en silencio y dice con voz baja.

-Lo triste es que allá en el Caribe como acá en África, las cosas no cambian. La gente sigue sufriendo. Los niños siguen creciendo en la miseria.

LA DULZURA COTIDIANA. Dos hermanos juegan con una pistola de plástico frente a su casucha, cerca de los cañaverales, en la parte más empobrecida de Concho Primo. Se llaman Antonio y René, no pasan los diez años, tienen los pies descalzos, la piel brillante por la humedad  y dicen que les gustaría ser policías para mandar en el batey.

Son las cinco de tarde.  El calor de la tarde pega inclemente, los viejos se refugian bajo la sombra y hablan en creole. Los hombres llegan en motos y bicicletas de vuelta del campo. Otros niños corren rápido por un sendero de barro y basura que los lleva a una rigola, como llaman a los canales de regadío, de turbia y cálida agua oscura, en los que se bañan. Sin pudor se sacan la ropa y tiran al agua. A la sombra de un árbol una niña con moños y chapes redondos de colores fuertes mira como su hermano menor se zambulle en la poza.  Ella está empapada, pero no quiere seguir jugando. Tiene hambre y limpia  una caña con un cuchillo oscuro y de hoja gastada. Luego de pelarla con dos movimientos fuerte, se lleva la rama a la boca. Se ríe. Sus ojos brillan, estira la mano y amistosamente ofrece  la caña que se sacó de  la boca. Se vuelve a reír y comenta que es dulce.

Los niños no mienten, sólo son inocentes.

El pasaje uno de la calle Juan Soler es un lugar solitario. Esta calle -ubicada en el sector sur de Chaitén y cerca del río- sólo es tierra húmeda y pozas de aguas grisáceas que las últimas lluvias han dejado como recuerdo. No hay veredas, tampoco árboles. Por los alambres de los postes -unos palos algo ladeados, pero firmes- no circula electricidad y sus focos no se encienden desde hace meses. En las casas no hay señales de vida: están desiertas. Sus puertas y ventanas están tapiadas con maderas, plásticos oscuros o latones. Casi todas tienen banderas chilenas que flamean a ratos: algunas desteñidas y apagadas; otras, nuevas y vivas.

En el centro del pasaje, frente a la poza de agua más grande, está la casa de Mireya Velásquez -viuda, tres hijas, de contextura maciza y mirada caída-. Es la única que no tiene bandera. Esta pequeña construcción de madera, techo de dos aguas, ventanas sin cortinas y un patio lleno de cordeles con ropa tendida al sol, al igual que Mireya, sobrevive humilde y silenciosa.

-Aquí todos se fueron, dejaron todo botado. Sólo volvieron para sacar algunas de sus cosas y en los feriados para ver cómo estaba todo. Ahí pusieron las banderas, para hacer patria -dice Mireya mientras mira el fuego de su cocina sobre la que hierven dos ollas tan brillantes como la madera de su piso.

Son más de las cuatro de la tarde. Hay sol, pero hace frío. El clima está raro, caprichoso. Hace unos minutos granizó, pero el cielo sólo se encapotó por unos minutos.

Desde la ventana -que en su borde tiene figuritas de loza y monitos de plástico – se ve la fumarola, ahora blanca como nube, del volcán Chaitén. Con desgano, comenta que nunca lo mira, que no le tiene miedo y, mascullando, insiste con lo de la bandera.

-Una bandera no sirve para hacer patria. Eso se hace quedándose acá y hay que ser valiente -refunfuña.

Mireya tiene razón: esta tierra no es lugar para débiles.

***

Naturaleza extrema. El letrero que está en la entrada de la ciudad ya lo anunciaba. Entre las dos tablas que dicen “Bienvenidos a Chaitén”, con letra más pequeña está escrito: “Naturaleza extrema”. Una frase turística que presagió el futuro de este pueblo de postal. Una advertencia de lo que sucedió el 2 de mayo de 2008, cuando el más dormido – y más ignorado- de los tres volcanes que lo rodean -Michimahuida, Corcovado y Chaitén- oscureció su destino.

El volcán -que antes llamaban inocentemente cerro Chaitén- remeció la tierra por días, levantó una nube tóxica que podía verse a miles de kilómetros, cubrió de cenizas y provocó el mayor desplazamiento de personas que se ha realizado en Chile en más de un siglo. Y días después -cuando ya no había habitantes- un aluvión de barro bajó por el río y sepultó una ciudad que se dibujada como un paraíso a la entrada de la Patagonia chilena: bosques profundos, un borde costero limpio y un pueblo que se jactaba, según cifras gubernamentales, de ser una de las comunas con mayor índice de desarrollo humano de la Décima Región.

En ese Chaitén, que todos recuerdan, vivían más de cuatro mil habitantes, había más de mil 200 viviendas y estaba conformado por una población joven: el 35,7 por ciento no superaba los veinte años, mientras el 10 por ciento había cumplido más de 60.

Entonces había futuro. Hoy Chaitén (que en mapudungún significa “colar en chaivas”, una especie de canasto) es un pueblo fantasma por el que todavía transitan y viven más de un centenar de personas que le dan respiro. Muchos de ellos son carabineros y militares que están ahí por razones estratégicas; otros son profesionales que trabajan en las obras de reconstrucción del nuevo Chaitén (que estará en Santa Bárbara, 12 kilómetros al norte) y, la gran mayoría, son antiguos habitantes que volvieron y se niegan a la idea de verlo morir.

Los llaman los rebeldes, los porfiados, los ilusos.

Ellos insisten: están haciendo patria. Aunque nadie maneja cifras exactas, los porfiados son más de un centenar. Casi la mitad son mujeres. La gran mayoría sobre 40 años y acompañadas de sus maridos. Ellas volvieron desilusionadas de los lugares donde las reubicaron (Puerto Montt, Ancud, Castro).

No quieren vivir en otro lugar que no sea éste.

Su tierra.

***

Trabajo de mujeres. Dos jotes vuelan por el cielo de la tarde. Con sus alas abiertas planean suavemente sobre la avenida Ignacio Carrera Pinto, la principal de Chaitén. La tenebrosidad de sus sombras contrasta con la limpieza que tiene la misma calle que en los peores días de la erupción inspiraba lástima y temor. Ahora en su asfalto no hay rastro de cenizas, tampoco queda barro en sus bermas, en el bandejón central crece algo de pasto y por las veredas se puede caminar.

-Todo lo limpiaron mujeres. El trabajo lo inició Fidelina Paiyacar y luego se le unió Mireya Velásquez. Lo hicieron con palas, carretillas y baldes, y ahora parece que fuera obra de máquinas -dice Bernardo Riquelme, concejal y conocido como el locutor de radio que hasta el último momento transmitió desde Chaitén.

-La Fidelina vive lejos del pueblo, con sus hermanas, cerca del embarcadero- el locutor apunta al norte, hacia unos cerros verdes, y se ofrece de guía para una caminata de media hora.

Fidelina Paiyacar juega con Chocolate -un perro de tres patas al que trata como hijo- en el huerto de su casa. Tiene 56 años. Su cara parece esculpida por el viento del sur: redonda, rasgos marcados, cejas tupidas, mejillas sonrosadas y mirada mustia. Vive en una casa de tejuela plomiza. Está emplazada en una loma que enfrenta el mar; rodeada de árboles y vegetación. A su lado están las casas de sus hermanas Olga y Ana -de 69 y 71 años- quienes hablan rápido y se ríen a destiempo. Las tres ni siquiera se preocupan del volcán.

-A ése ni lo miramos. No le tenemos miedo- dice Fidelina con la boca engurruñada. Sus hermanas asienten. Las tres visten faldas estampadas, camisas de colores fuertes cerradas hasta el último botón y gruesas calcetas de lana.

A las hermanas Paiyacar les gusta decir que se criaron entre el monte y el mar.

Su papá era pescador. Ellas, al igual que sus otros seis hermanos -unos muertos, otros desperdigados por el sur- nacieron en una cabaña abajo en la caleta. Ahí crecieron y vivieron por más de cinco décadas, hasta que hace siete años el municipio las trasladó a esta colina para que estuvieran más seguras. La idea al principio no les gustó, pero se movieron obedientes. Armaron sus nuevos hogares, plantaron árboles, hicieron un invernadero donde cultivaban verduras que vendían en el pueblo y criaron a sus perros.

Pero rugió el volcán.

-Mis dos hermanas se fueron en la barcaza, pero yo me quedé acá hasta que me obligaron a salir. Me fui con una hija a Villa Santa Lucía, que está al interior -cuenta Fidelina quien a los dos meses comenzó a acercarse disimuladamente a Chaitén. Primero se vino a la zona de La Gruta -al noroeste de la ciudad- y en septiembre bajó a su casa para empezar a limpiar las calles, contratada por el municipio.

Luego se vinieron sus hermanas, con quienes en febrero participó en una protesta contra el gobierno y su delegada presidencial para la Provincia de Palena, Paula Narváez, quien insistía en desalojar el sector por la posibilidad de una nueva explosión. Una advertencia que se materializó la tarde del 24 de ese mes cuando el volcán hizo una segunda explosión.

-Esa tampoco nos dio susto, nosotras vivíamos a la orilla de la playa para el terremoto del ’60 y tampoco tuvimos miedo-dice Fidelina, quien no se movió y al día siguiente sólo barrió el polvillo del suelo donde ahora planea plantar grosellas.

Luz y sombra: Las autoridades dicen que Chaitén es un lugar inhabitable. Una frase que siguen repitiendo para convencer de su error a quienes volvieron o están volviendo a la ciudad.

Pero a los rebeldes, la advertencia les da lo mismo. No les importa que no haya agua potable, ni alumbrado público. Que sólo existan un par de negocios donde conseguir mercadería. Que el combustible sea clandestino y tengan que comprarlo en poblados cercanos o incluso en Argentina. Desde ahí traen tambores que luego venden en bidones de 10 litros a ocho mil pesos. Con ese combustible hacen andar los generadores con los que, por unas horas, cuando oscurece, alumbran sus casas.

-Es más caro que la electricidad. Pero esto no es extraño. Crecí sin luz y con agua que teníamos que ir a buscar a vertientes, ahora incluso es cómodo porque la reparte un camión municipal todas las semanas -dice Ruth Paranchiguay, quien antes del la erupción del Chaitén trabajaba en el asilo de ancianos de la ciudad y vivía en una casa que fue arrastrada por la corriente de barro en que se transformó el río.

-Cuando me di cuenta de que sólo había un peladero lloré cuatro horas. Ni fotos rescatamos cuando pudimos volver a buscar nuestras cosas -se lamenta. Mira a su marido, Hernán Guanchalaquén, un pescador que perdió su bote con la marejada de barro. Ahora la ayuda a vender el pan que ella amasa.

Ruth y Hernán parecen hermanos. Caminan con el mismo paso de resignación. Ella tiene 53 y él 57, pero lucen mayores.

Llegaron en septiembre desde Castro donde habían sido reubicados. Primero al poblado de Amarillo y en diciembre se instalaron en la casa de una de sus tres hijas, quien prefirió quedarse en Puerto Montt. Es una construcción modesta, con paredes de madera prensada sin pintar. En su living no hay demasiado: un sofá, una mesa, un refrigerador que nunca hacen funcionar; un estante de madera vacío y un cuadro sobre el que han puesto -como improvisado collage- fotos de recuerdos nuevos: una de sus nietas jugando y celebraciones recientes que no parecen muy alegres.

-Hace rato que no somos felices, pero acá en Chaitén estamos tranquilos -habla Ruth y abraza a su marido, quien lleva un raído polerón azul con una frase en inglés. Dice: “This old house” (esta casa vieja). Una ironía.

Afuera oscurece. Hernán dice que es tiempo de encender el motor.

Durante dos horas la luz artificial combatirá la sombra de la noche.

***

La vida afuera. Roselia Nahuelcar escucha una radio de Chiloé que toca música romántica mientras atiende su negocio: un comedor donde vende colaciones a los trabajadores de las distintas obras de la zona, a la gente que va en tránsito a otras comunas y a los escasos turistas que aún visitan el pueblo. Ya pasó el mediodía. Hoy tuvo un cliente especial: el senador Carlos Kuschel, quien está recorriendo el sector para apoyar a los chaiteninos: él no habla de rebeldes.

Su comedor-restaurante se llama “La Roca”, por la pescadería que antes tenía en la avenida Corcovado, la costanera del pueblo. Su nuevo local dista del lujo: un living implementado con tres mesas vestidas con manteles de color y alcuzas. Atrás hay un sofá arrinconado, un refrigerador y varios jarrones con flores de plástico. En una de las paredes cuelga un calendario de cartón con un fotomontaje de unas casas y el volcán tirando su kilométrica nube tóxica. “Porque vivimos abrazados a las inclemencias, porque conocemos el lenguaje de la naturaleza… Feliz 2009″, es un extracto de la larga leyenda que lo acompaña.

Después de vivir en Puerto Montt -en una casa que la sofocaba y a la que nunca le tuvo cariño- Roselia volvió a fines del año pasado con su marido, una hija y dos nietos: una niña que se llama Sofía que se arrastra en un andador entre las mesas y Marcelo, un niño de 12 años que dejó su octavo básico porque no aguantó el colegio de la ciudad.

-Si la alcadesa de Viña del Mar no terminó la básica, yo podría ser el próximo alcalde de Chaitén -murmura el niño. Sabe que lo escuchan.

-Pero alcalde de este Chaitén, no de esa fantasía que quieren construir -replica Roselia y celebra su ocurrencia con una risotada.

Roselia vive en una casa arrendada que está al otro lado del río, a orillas del camino a Futaleufú y tiene un cerco de pinos. La casa anterior está al lado de la playa y de su antiguo local, pero no está en buenas condiciones y no le sirve para su negocio.

-Estoy decidida a quedarme en Chaitén. Incluso ya limpié el espacio que tengo en el cementerio al lado de mi padre para que me entierren acá. Cuando estaba viviendo lejos, todo era un caldo de cabeza. Me sentía inútil. Aquí soy feliz y siento que estoy aportando algo para hacer que esto renazca -explica Roselia y se queda pensativa. -

Aquí no tenemos servicios de luz y agua y somos muy pocos, pero me da rabia que afuera piensen que esto no tiene vuelta. Los que dicen eso son los verdaderos porfiados -dice y recoge de un mantel unas migas de pan.

Algo parecido dirá más tarde, al atardecer, Hortensia Muñoz, la esposa de El Turco, uno de los pescadores más conocidos del sector. Uno de los rebeldes más icónicos.

Volvieron a Chaitén el 25 de enero. Como perdieron todo -casa, camioneta, barco y redes- se quedaron en la casa que les prestó una amiga para que la cuidaran y encendieran la estufa para secar la humedad. Hortensia, quien era ayudante de pastelería en el Café Nelly´s, se puso a hacer pan. Los días buenos puede ganar hasta 8 mil pesos. Fue el negocio que se le ocurrió hacer en el que llaman “pueblo cero”: cero agua, cero luz, cero futuro.

-Vivir afuera no es lo mismo. Extrañaba mi pueblo, mis costumbres. Aquí la vida es más fácil y nunca falta nada: hay leña, mariscos, pescados. Aquí estamos los chaiteninos de corazón, los valientes, los que queremos a nuestro pueblo en las buenas y en las malas -dice Hortensia. Su marido la interrumpe, y mientras toma un té, comenta que pese a lo que anuncien, Chaitén sobrevivirá.

-Los que están afuera volverán cuando se les acabe la fantasía del bono, la plata que les da el gobierno, cuando tengan que vivir en la realidad y la ciudad les coma su dinero.

Ruth tiembla con el frío de la tarde y asiente, desganada, con la cabeza. En silencio le echa más leña al fuego.

***

Dos muertes. La Hostal Pudú está en la avenida Corcovado y frente al edificio donde estaban la cocinería artesanal, uno de los lugares más visitados por los turistas en los tiempos buenos. El hospedaje está conformado por cinco cabañas, un pequeño departamento interior y la casa de su dueño, Juan Santana -un antiguo carabinero que llegó hace veinte años para quedarse en Chaitén-. La encargada de atender a los pasajeros es su esposa Ana María Risco, una mujer menuda, de melena y anteojos que se afirman en su pequeña nariz.

El matrimonio volvió en agosto del año pasado y en el verano su hospedaje apenas dio abasto para los chaiteninos que regresaron a visitar su pueblo y los turistas que querían ver el volcán.

-Esto va a ser un boom este verano. Incluso ahora creemos que los chaiteninos empezarán a volver de a poco. Si ya somos casi un centenar, a fines de septiembre habrá más de doscientos -dice Ana María y revisa uno de los rosales -sólo ramas, sin flores- en un antejardín que parece una pista de patinaje opaca.

Son las ocho de la mañana. Ana María entra al comedor del hostal y enciende una radio. La sintoniza en un noticiario regional.

-Cuando hablan de Chaitén, las noticias nunca son buenas. La culpa es de las autoridades -comenta y pone su mano bajo el mentón.

-A Chaitén lo han asesinado dos veces.

La primera fue días antes de la pasada Navidad cuando el ministro Pérez Yoma dijo que Chaitén estaba muerto. Estaba con mis dos hijas armando el arbolito cuando lo escuchamos. Me puse a llorar, pero apareció mi marido y me dijo que lo decían porque no veían cómo realmente estaban las cosas.

La segunda acta de defunción de Chaitén fue en febrero, luego de la protesta. Entonces Ana María no lloró, tenía mucho trabajo atendiendo sus cabañas.

***

Una barbaridad. En Chaitén se comentan muchas cosas. Anuncios, promesas y muchos cuentos. Dicen que sigue temblando por las mañanas y por las noches; que la nieve que se ve cerca de la cima del volcán es señal de que se está enfriando; que uno de estos días, sin aviso, uno de sus domos se desprenderá y sepultará la ciudad en menos de 20 minutos. Ahora todos comentan el más ocurrente: en la fumarola que sale del cráter se dibuja un ángel.

-Ojalá que no sea el del juicio final -dice María José Peña mientras conduce su auto camino a Santa Bárbara, donde se está construyendo el nuevo Chaitén.

-Ese es un cuento más increible que el ángel de humo -habla subiendo la voz. Maneja con música fuerte. Ahora suena un reggaetón.

María José -visos rubios, anteojos, parka blanca cerrada y apretada- se devolvió a Chaitén para cuidar las cabañas del complejo turístico Brisas del Mar que manejaba su familia. Sus padres y su hermano de 12 años se quedaron en Esquel, una ciudad del noroeste de la provincia del Chubut, en Argentina, que se encuentra cerca de Futaleufú. A ella no le gustó esa ciudad. Tampoco se acostumbró a Puerto Montt, donde intentó rearmar el negocio de artesanía que tenía en Chaitén.

En el viaje la acompañan Rita Gutiérrez y Ana Gallegos, las rebeldes más polémicas y sus grandes amigas.

Todas pasan la noche en la residencial de Rita -rubia, separada y madre de dos hijos que deja en Puerto Montt-, quien con sus hermanas Noemí y Marieta encabezan las protestas. Ahora ellas salieron de Chaitén para hacerse “unos chequeos de salud”, se excusa.

El auto avanza. El espejo retrovisor se satura de verde. Se llena de vegetación.

-Queremos nuestra tierra y nuestras raíces, pero tenemos que estar sanas para luchar-, la apoya Ana Gallegos, quien volvió a la ciudad hace nueves meses para desenterrar Mega (su pub-discoteca), su almacén y un bus turístico de las cenizas. Dice que perdió casi todo y se le sumaron diez años a los 45 que confiesa. Pero no se rinde. Ahora reabrirá su negocio en una casa que arrendó cerca de la plaza.

Ana está en Chaitén con su marido. Sus dos hijos -un adolescente y un universitario- viven con una de sus hermanas en Puerto Montt.

-Sacrificios que hay que hacer -dice y se queda con la mirada fija en el camino

Diez minutos más tarde el auto se estaciona frente al portón de entrada a Santa Bárbara. Está cerrado y ellas exigen que les abran porque son chaiteninas y quieren ver donde estará su nuevo pueblo. Lo consiguen y lo que encuentran las desiluciona: dos grandes casas de latón en las que estarán la municipalidad y los carabineros. A un costado, unos trabajadores aplanan el terreno de una futura pista de aterrizaje.

-Dicen que será una ciudad autosustentable y ecológica -comentan con gestos de incredulidad. No lo dicen, no necesitan hacerlo: desprecian este proyecto.

-Se ahorrarían más plata si limpiaran nuestro Chaitén en vez de seguir con el cuento de “Santa Barbaridad” que está igual de cerca del volcán -dice Rita Gutiérrez ya de vuelta.

Atardece. Corre viento. La fumarola del volcán apenas se mueve. Las banderas flamean iluminadas por un sol naranja. Un velo ocre cae sobre las calles vacías de un Chaitén que se niega a morir.