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Publicado: 8 abril 2017 en Uncategorized
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He alimentado este blog durante ocho años, seis meses y 24 días. Son más de 660 crónicas, más de 270 autores.

—I’m pretty tired. I think I’ll go home now.

maxresdefault

Gracias.

Roberto Valencia

La filmación del Gran Premio de Alemania de 1957, la mejor carrera de todos los tiempos según los especialistas, es sobria en imagen, blanco y negro, pura compaginación, nada de efectos especiales, pero escandalosamente ruidosa porque los autos de Fórmula 1, estructuras cilíndricas carentes de cinturón de seguridad, suenan como aviones de la Segunda Guerra en el carreteo previo al despegue. Hacia el podio aceleran los pilotos, vestidos con zapatos y guantes de cuero, pantalón y remera de algodón, antiparras y casco de madera con interior de corcho, inflamables. Entre los veintitrés hay favoritos, como los ingleses Mike Hawthorn y Peter Collins, pero ninguno como el argentino Juan Manuel Fangio, que si gana este domingo 4 de agosto de 1957 en Nürburgring logrará una hazaña única en toda la historia del automovilismo: sumar su quinto título mundial, esta vez con Maserati, después de los de 1951 con Alfa Romeo, 1954 y 1955 con Mercedes-Benz, y 1956 con Lancia Ferrari. Fangio corre a la cabeza con su Maserati, el número uno pintado en blanco sobre el metal —rojo con una pestaña amarilla en la trompa—, cumpliendo cada vuelta de casi veintitrés kilómetros en poco más de nueve minutos, batiendo sus propios récords, haciendo lo que los demás no pueden.

Como un rayo, lo inesperado. Fangio, a quien todos llaman Chueco por sus piernas como paréntesis, levanta el pie del acelerador. Aminora la marcha para entrar en boxes cuando faltan diez vueltas para el final. Los mecánicos tardan cuarenta y cinco segundos en cambiar las ruedas y llenar el tanque, porque queda muy poco combustible debido a la estrategia del piloto: largar con medio tanque, puesto que a menor peso mayor velocidad. Fangio se cambia las antiparras antes de salir de nuevo a la pista y se ubica ahora en el tercer puesto. Delante de él se escapa la Ferrari de Collins y, en punta, la de Hawthorn que, al no haber pasado por boxes, está tan exigida que no rinde como debería. Faltan dos vueltas para el final y la situación no cambia. Ferrari, Ferrari, Maserati. Ferrari, Ferrari, Maserati.

Como un rayo, lo que todos esperan. Fangio pasa a Collins y, segundos después, a Hawthorn, a ambos por el interior de una curva a más de doscientos kilómetros por hora, y encara los últimos metros hacia la gloria durante los cuales piensa que nunca antes manejó así, decidido al riesgo máximo, a la misión suicida, y que nunca más volverá a hacerlo, porque ya tiene cuarenta y seis años, veinte más que varios de sus rivales, y el cuerpo es una obviedad: algo distinto de lo que era.

La acción dura dos segundos o menos y, como la cámara está lejos, se ve muy pequeña. Pasaría inadvertida si no fuera por el arrojo de una mujer de saco gris y gorro blanco que, mientras Fangio entra en boxes, corre con los brazos extendidos hacia el Maserati, todavía en movimiento, y toca al quíntuple campeón antes que nadie, le agarra la cara con ambas manos y lo besa, se besan, como si no hubiera nadie alrededor cuando, en verdad, todos se les van encima.

Los mecánicos llevan en andas a Fangio hasta el podio, donde lo esperan Collins y Hawthorn, quien al año siguiente, el 6 de julio de 1958, se tomará revancha al ganar en Reims el Gran Premio de Francia en el que el argentino se retirará del automovilismo con un cuarto puesto. El récord de cinco campeonatos será superado casi medio siglo más tarde, en 2003, por el alemán Michael Schumacher, quien incluso después de ganar un título más, llegar a los siete y convertirse así en el máximo campeón en la historia de la Fórmula 1, dirá que ni él ni nadie podrá jamás igualar a Fangio.

Los créditos iniciales del documental de 1976 Fangio. Una vita a 300 all’ora (Fangio. Una vida a 300 kilómetros por hora), del director inglés Hugh Hudson, no tienen el espíritu celebratorio de las imágenes del Gran Premio de Alemania de 1957 que se ven durante los primeros minutos, sino uno melancólico, el del otoño del ídolo. La cámara recorre una pared marrón de la que cuelgan decenas de fotos de Fangio —de niño, en muchas de sus doscientas carreras, ovacionado por multitudes, sonriendo con Juan Domingo Peró— y su familia —en especial una de su padre, Loreto, y otra de su madre, Herminia—, mientras suenan unos tristes violines italianos, indicio de que los Fangio, como especificará más tarde el relato en off a cargo del propio protagonista, llegaron a fines del siglo xix desde los Abruzos, región montañosa del centro de Italia que se extiende hasta el Adriático, para dedicarse al trabajo rural en Balcarce, un pueblo serrano de la provincia de Buenos Aires próximo al Atlántico.

En el documental aparecen luego más imágenes registradas por Hudson, ganador del Oscar con Carrozas de fuego, otra épica deportiva. Fangio, en el relato en off, con su acento campechano, dice que le gusta ir una vez al año a ese lugar en el que se lo ve ahora, un autódromo en el que está rodeado por cuatro niños que miran con admiración un viejo auto de carrera, para recordar sus años de juventud. Fangio tiene sesenta años o poco más al momento de filmar esa escena, a comienzos de los setenta. Una gorra de tela le cubre la cabeza calva, con una coronilla rubia oscura cada vez más gris, que a esa edad ya tiene salpicada de manchas marrones, una más grande que las demás debajo de la sien derecha. Son las de siempre la sonrisa ladeada y la mirada de dandy, los ojos verdes como uva blanca.

—Todos estos chiquilines no son ni mis hijos ni mis nietos. Son los pequeños hinchas que aún me quedan.

Fangio niega tener algún vínculo sanguíneo con esos chicos que se ven en pantalla. Y con cualquier otro. Hasta su muerte —el 17 de julio de 1995, a los ochenta y cuatro años— dirá que no se casó ni tuvo hijos por considerar incompatibles la vida de familia y la vida de piloto, tan cercana a la muerte.

Sin embargo, al momento del estreno de Fangio. Una vita a 300 all’ora, los hijos que el protagonista había concebido con distintas mujeres —una de ellas, la de saco gris y gorro blanco de los boxes de Nürburgring—, y a quienes nunca reconoció legalmente, ya eran hombres que, a su vez, tenían hijos.

Fangio y la mujer de saco gris y gorro blanco también aparecen besándose en una foto del Gran Premio de Alemania de 1957 publicada entonces en diarios y revistas de todo el mundo. Desde la izquierda del cuadro, un hombre de traje, gorra y anteojos observa cómo Fangio, con la corona de laureles sobre los hombros y una calvicie avanzada, se inclina para besar a la mujer que no se cae del podio porque la mano izquierda de un hombre que entra desde la parte inferior del cuadro la sostiene por los glúteos. Esa mujer, según los epígrafes, es Andrea Eromia Berruet, más conocida como Beba, la pareja de Fangio desde mediados de la década del treinta, cuando ella, de veintitantos años, estaba separada, pero no divorciada legalmente, de un hombre llamado Luis Alcides Espinosa, y Fangio era un mecánico de la misma edad que, siempre con autos prestados porque no tenía uno propio, iba de un pueblo a otro en busca de carreras en las que aprovechaba para hacerle publicidad al taller del que era propietario junto con otros socios en Balcarce, Fangio, Duffard y Cía.

Por aquellos años, aunque ya mostraba notables aptitudes para el manejo, Fangio sólo acumulaba fracasos. Salió tercero en su debut en las pistas, el 24 de octubre de 1936, en Benito Juárez, con un Ford A ‘29 que era, en realidad, un taxi. Con otro Ford A llegó tarde a su segunda carrera, en diciembre del mismo año, en González Chaves, pero igual se metió en el circuito, falta por la cual fue descalificado por los jueces. En la tercera, en 1937, en Balcarce, tuvo problemas tanto en la largada —arrancó la palanca de cambios del Buick que manejaba y la reemplazó por un destornillador— como en el transcurso de la competencia —que abandonó luego de chocar contra un puente, porque no era fácil conducir por caminos de tierra, la visión disminuida por la polvareda, con un destornillador por palanca de cambios—. Sí pudo terminar con un Ford V8, aunque en el séptimo puesto, su cuarta carrera, en Necochea, el 27 de marzo de 1938, cuando Beba Berruet encaraba los últimos días de un embarazo que concluiría el 6 de abril, en Balcarce, con el nacimiento de un niño al que la pareja llamaría Oscar Alcides, pero que no anotaría con el apellido Fangio ni Berruet, sino con el de Luis Alcides Espinosa.

***

—Me anotaron con el apellido Espinosa porque cuando nací mi mamá todavía no había hecho los papeles de divorcio, y eso que se había separado hacía bastante de Espinosa.

Oscar no ha heredado ningún rasgo físico de su madre, Beba Berruet, quien, según puede verse en fotos de varias carreras, era una mujer de baja estatura, cara redonda, sonrisa amplia, pelo y ojos oscuros, mirada chispeante.

—Cuando yo tenía diez años o menos, mi mamá se fue con mi papá a Europa y me dejó en Balcarce con la familia Espinosa, que es extraordinaria. En ese momento, según lo que se conversó, decidieron eso para no cortarme la escuela primaria, para que la terminara ahí con mis compañeros. Los Espinosa me criaron hasta que me vine a Mar del Plata, a la casa de mi abuela materna, para hacer el colegio secundario. En lo de mi abuela viví hasta que me casé.

A quien Oscar sí se parece, más aún a los setenta y ocho años, es a su padre, Fangio, el perfil romano, los ojos verdes, e incluso las manchas marrones en la cabeza calva que, de tan lustrosa, refleja la luz de la araña que cuelga del techo. El living de este chalet de la periferia de Mar del Plata, ciudad balnearia ubicada a unos setenta kilómetros de Balcarce, tiene una decoración clásica, las sillas tapizadas de pana, platos y fuentes de porcelana con escenas de la campiña en el bahiut, la mesa rectangular laqueada, con detalles de ebanistería, sobre la cual Oscar apoya las manos, también con manchas marrones.

—Mi mamá acompañó a mi viejo durante toda su carrera en Europa. Hasta cocinaba para los corredores en los autódromos. Cuando en 1952 mi viejo chocó en Monza y estuvo internado como cuatro meses en Italia, la que no se movió de al lado de la cama para cuidarlo fue mi vieja. Yo me encontraba con ellos cuando volvían de Europa para pasar las vacaciones de verano o para correr en Buenos Aires. Quizás hubiera sido mejor tenerlos más cerca de chico. No lo voy a negar.

***

Siempre que Fangio y Beba Berruet estaban en la Argentina, Oscar cambiaba la cotidianidad de Mar del Plata, la casa de su abuela materna, el fútbol con amigos y el colegio secundario industrial del cual egresaría como técnico mecánico, por la del hijo de un ídolo deportivo que aparecía en las portadas de revistas como Life y Paris Match, y eso era poco en comparación con los elogios y homenajes que recibía de papas y reyes, de Pío XII y Jorge VI de Inglaterra, de Pablo VI y Rainiero de Mónaco; su fama era tal que sobre él los medios publicaban incluso estudios astrológicos (“Es un hombre llamado a los grandes destinos, según lo anuncian en su vida los dioses astrales —escribió Xul Solar, destacado artista plástico y estudioso de la astrología, en 1950, un año antes de que Fangio ganase su primer título de Fórmula 1—. Por un lado, aparecen los éxitos y la suerte, y por el otro, un descontento hasta consigo mismo, manifestándose a veces solitario con ciertos tintes de frialdad”).

Gran parte de las temporadas de padre, madre e hijo transcurrían en Buenos Aires. El tiempo se repartía entre los compromisos sociales y los paseos por la ciudad, especialmente por la costanera, a lo largo de la cual se encontraban los carritos de venta de carne a la parrilla en los que tanto le gustaba cenar a Fangio, lejos del centro, de los autógrafos y los flashes. Distinta era la rutina cuando estaba próximo el Gran Premio de la Argentina y los días transcurrían en el autódromo. Oscar se divertía lo mismo, o más, porque era fanático de las carreras, y en los boxes, durante los entrenamientos y las clasificaciones, pasaba el rato con el argentino Froilán González y otros pilotos destacados de Fórmula 1, todos amigos de su padre. Oscar los escuchaba conversar sobre los autos y en una ocasión, como nunca antes, sobre el clima. Fue en enero de 1955, durante el verano del año del fuego, como lo llamaron los meteorólogos. Desde hacía semanas la temperatura no bajaba de los cuarenta grados y los organizadores del Gran Premio amagaron con suspenderlo por temor a una insolación masiva. Cuando se decidió seguir adelante, los equipos comenzaron a pensar cómo prevenir los golpes de calor. Se pensó en ropa liviana. Se pensó en paradas técnicas para tomar agua, aunque esos pocos segundos fuera de pista podían costar caros. Se pensó incluso en verduras… en realidad, Fangio pensó en eso pocos días antes de la carrera, una mañana en su departamento porteño, mientras Beba Berruet cocinaba el almuerzo. Como Oscar andaba por ahí sin hacer nada, el padre lo mandó a la verdulería de la esquina a comprar un repollo. Para una ensalada, pensó Oscar, e hizo rápidamente el mandado. Fangio agarró la esfera gomosa y, en lugar de cortarla y condimentarla, despegó algunas hojas, las puso dentro de su casco y se lo calzó. Oscar miraba sin entender hasta que su padre le explicó que las hojas carnosas servirían para aislar el calor. Y así fue como Fangio ganó el Gran Premio de Argentina de 1955, en el que muchos pilotos abandonaron por insolación, y todo por tener un repollo en la cabeza.

Cuando en Buenos Aires no quedaba más por hacer, los tres se iban de vacaciones a Mar del Plata, y Oscar, de a poco, volvía a lo cotidiano. Allí pasaban los días en la playa, Beba charlando al sol con alguna amiga, el padre jugando al fútbol con el hijo y sus amigos. A Fangio le gustaba descansar en ese lugar porque además estaba cerca de Balcarce, cerca de la famiglia.

Los Fangio vivían sobre la calle Trece en una casa que ocupaba un cuarto de manzana y en la que el adjetivo amplio podía aplicarse a cada uno de sus espacios: living, comedor, cuatro habitaciones, parque y huerta al fondo, quincho y, como se decía en Balcarce, la cocina del pueblo, porque todos pasaban a saludar —y a comer un tentempié— por ese lugar en el que cada vez que había una reunión familiar, de las muchas a las que fue Oscar con su padre y su madre, las mujeres pasaban gran parte del día preparando desayunos, almuerzos, meriendas y cenas para veinte o treinta personas, mientras los chicos atendían sus juegos y los hombres los suyos, las cartas, las bochas, siempre con los vasos llenos de vermut o vino.

Una de esas reuniones familiares —en la que no está Oscar— se muestra en la película Fangio. Una vita a 300 all’ora. Ahí están, un mediodía soleado en el parque, Loreto Fangio, un albañil llegado de los Abruzos a los siete años, y Herminia Déramo, una ama de casa argentina hija de inmigrantes de esa misma región, ambos octogenarios, con algunos de sus seis hijos, como Toto —casi nadie lo llamaba Rubén— y Juan Manuel. En esas reuniones, según cuenta Fangio en el relato en off, Herminia desempolvaba viejas fotos y Loreto contaba historias de la miseria en Italia, de sus primeros años en la Argentina y de la bonanza que llegó con su oficio de frentista artístico, del cual estaba orgulloso. Cada vez que pasaba por una de sus obras junto a sus hijos, Loreto la señalaba con la mano, moviendo los dedos como si tocara el relieve de los frisos y los ornatos, y los niños escuchaban “este frente lo hice yo”.

Como lo que Loreto decía era tan cierto como una pared, sus hijos registraban cada historia con el mismo nivel de detalle con el que la repetirían en el futuro. Así lo hizo Fangio en un libro que escribió con el periodista argentino Roberto Carozzo, Fangio. Cuando el hombre es más que el mito: “Y aquélla otra anécdota, de cuando mi padre tenía más o menos quince años. Caminando se iba de la quinta para el lado del cerro, donde se hacían bailes. Él estaba medio entreverado con la hija del que lo organizaba. Y la madre siempre al lado de la puerta, con un silbato y el machete colgando cerca de la salida, por si acaso se armaba. Él fue a sacar a la chica y bailó unas piezas. Pero después vino un cajetilla de la ciudad y la segunda vez ya no quiso salir. Dos veces se lo hizo. A la tercera campaneó si la vieja estaba cerca o lejos de la puerta… La vieja se había corrido un poco. Entonces fue a sacar a bailar a la hija. Con la negativa, le contestó: ‘¡Ajá, estás cansada para bailar conmigo y no para bailar con ese otro!’ Y detrás de la última palabra partió el cachetazo, dio media vuelta y salió quemando por la puerta. La vieja no alcanzó a taparle la salida, así que salió a correrlo, tocando el pito… ¡Qué iba a alcanzarlo!”.

—Mis abuelos toda la vida supieron que yo era su nieto —dice Oscar—. La abuela era más reservada, más cortante. El abuelo, en cambio, era más suelto, más abierto para hablar de cualquier cosa. Ellos y el resto de la familia no tenían buen feeling con mi mamá, porque mi viejo había tenido una novia que era de una familia bien de Balcarce y había dejado todo para irse con mi vieja, que estaba separada de su marido. Igual la atendían bien cuando íbamos porque mi viejo era don Corleone: lo que él decía, se hacía.

No sólo Fangio tenía un carácter fortísimo, según Oscar. También Beba Berruet. Ambos se demostraban afecto con la misma intensidad con que se peleaban y eso erosionó la relación a tal punto que, a comienzos de los sesenta, cuando ya estaban de nuevo en la Argentina, decidieron separarse después de estar juntos casi treinta años. Oscar, que tenía poco más de veinte, continuó viviendo con una tía en la casa de su abuela materna, quien había muerto. No se mudó con su padre ni con su madre. Ya le faltaba poco para hacer el servicio militar y, luego, independizarse.

—A mi vieja le gustaba que se hiciera todo como ella decía. Igual que a mi viejo, que encima no te daba la razón ni aunque la tuvieras. De todas maneras, yo pienso que mi viejo tuvo suerte de tener a mi vieja cuando ganó los campeonatos del mundo, porque ella le cuidaba el entorno para que no se metieran en vicios y cosas raras.

Se abre la puerta que conecta el living con el resto de la casa y aparece Norma, la esposa de Oscar, con café. Norma, negros los zapatos, el pantalón y el pulóver, blanco el pelo, claros los ojos, apoya la bandeja sobre la mesa y, sonriente, le dice a su marido que recuerde que debe llevarla al supermercado antes de que cierre, y para eso no falta mucho porque ya son como las seis de la tarde y encima es invierno y oscurece temprano. Él le responde que sí, que por supuesto, que más tarde la lleva, y Norma, sonriente, se va y cierra tras de sí la puerta.

***

Al terminar el servicio militar, Oscar entró a trabajar en la concesionaria Mercedes-Benz Fangio S.A. que su padre, ya retirado del automovilismo, tenía en Mar del Plata con los mismos socios del taller de Balcarce, que eran distintos de los socios de Buenos Aires, con los que tenía otra concesionaria y otros negocios. Oscar trabajaba como mecánico y cobraba como tal. No tenía beneficio alguno ni en la concesionaria ni en las pistas, porque entonces ya corría en karting.

Al año siguiente de ganar el campeonato marplatense de karting, en 1963, Oscar pasó a correr en Turismo Carretera, la principal categoría del automovilismo argentino, con el nombre Cacho Espinosa, aunque él quería usar su apellido real, Fangio, pero no podía porque eso no era lo que decía su documento. Como Cacho Espinosa corrió hasta 1965, año en que se consagró subcampeón en la clase B de Turismo Carretera.

En 1966, cuando tuvo la oportunidad de competir en Fórmula 3 en Europa, le pidió a su padre que resolviera el aspecto legal del vínculo, porque lo único que había hecho hasta entonces había sido solicitar a mediados de los cincuenta su adopción, trámite que abandonó al poco tiempo sin dar explicaciones; Beba Berruet tampoco se las debe haber pedido, según Oscar. Fangio le respondió a éste que lo único que podía hacer era pedirle a un juez que agregara el apellido en su documento. El coronel que debía firmar el documento por orden del juez —porque entonces, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, ciertos trámites se hacían en los regimientos militares— le dijo a Oscar: “¿Por qué usted tiene dos apellidos paternos?, este documento no es válido, yo no le tendría que firmar nada”, pero igual firmó y el nombre completo pasó a ser Oscar Alcides Espinosa Fangio. Viajó y, como en Europa corría como Cacho Fangio, en una de las carreras de Fórmula 3 se armó gran revuelo porque también competía el hijo del italiano Alberto Ascari, campeón de Fórmula 1 en 1952 y 1953, y los diarios habían anticipado el acontecimiento con títulos como “Se enfrentan los hijos de dos grandes campeones”.

***

—Corrí en Inglaterra, Italia y Mónaco, pero a los pocos meses me volví porque no se daban los resultados y estaba sin plata —dice Oscar—. Mi viejo me fue a ver a algunas carreras, en Europa y en Turismo Carretera. Yo me enteraba después porque me contaban otros. Él nunca me decía nada y yo tampoco le preguntaba. Con mi mamá tampoco hablaba de ninguna de mis cosas. Yo quería hacer mis cosas solo.

Norma abre la puerta del living, se asoma para recordarle que deben ir al supermercado porque ya son las ocho de la noche, y luego la cierra.

—Cuando volví a la Argentina, seguí trabajando durante un tiempo en la concesionaria y corriendo en otras categorías nacionales —sigue Oscar, apurando su taza de café—. En ese momento le pedí a mi viejo solucionar de verdad el problema del apellido, porque lo de sumarme su apellido había sido un parche. Quedamos en que si un día me casaba y tenía hijos, él me iba a reconocer legalmente así sólo me quedaba mi apellido verdadero, Fangio. Con Norma nos casamos en 1967, tuvimos tres hijas y mi viejo nunca quiso arreglar lo del apellido, porque él y su abogado decían que no se podía. Así que tuve que inscribir a mis tres hijas como Espinosa Fangio.

A lo largo de las últimas oraciones, el decir de Oscar se ha fatigado.

—Es el día de hoy que no sé por qué mi viejo nunca hizo las cosas bien conmigo y no me reconoció como debía. Pero eso es personal y hay que separarlo de lo que es mi viejo como ídolo. Él, en lo deportivo, fue excepcional, el mejor. Pero tuvo fallas de este lado —se toca, a la altura del pecho, el pulóver marrón—. Tuvo fallas conmigo, con Rubén y con Juan. Mi viejo no se hizo cargo de nada con nosotros.

Norma aparece de nuevo, esta vez, lista para salir. Se ha puesto una campera negra, y tiene la cartera en una mano y la campera de cuero marrón de su marido en la otra.

—La primera vez que lo vi a Rubén fue en una entrevista que le hacían en la televisión, y él decía que era hijo de Fangio —sigue Oscar—. Yo me quedé duro y le dije a ella —señala a su esposa— “Norma, tengo un hermano”. Si yo soy parecido a mi viejo, Rubén aún más; es el clon de mi viejo, nada más que un poco más alto. Yo siempre quise tener hermanos, y recién a esta edad me aparecen dos hermanos menores.

—Bueno —dice Norma, sonriente—, me lo tengo que llevar porque es mío —y le alcanza la campera a Oscar, que se pone de pie.

Los mismos ojos verdes. La misma sonrisa ladeada. La misma coronilla blanca. Las mismas manchas marrones en las manos y en la cabeza calva, incluso la misma, más grande que las demás, debajo de la sien derecha.

—No saber quién era yo fue una carga grande que tuve durante muchos años y me ha llevado a estar depresivo.

Rubén no sólo se ve como Fangio, también se oye como él, el mismo modo campechano, el mismo timbre —en leve sordina— sobre el fondo de martillos neumáticos que, afuera, rompen las calles del centro porteño. Está en una oficina de paredes blancas con escritorios cubiertos de carpetas y papeles, en el estudio de su abogado.

—Yo nunca estuve metido en juicios ni nada por el estilo, pero todo esto del ADN y el juicio de filiación era algo que tenía que hacer para sentirme mejor. No es fácil llevar un apellido que no es el tuyo. No es fácil no saber quién sos.

Tal como dice Oscar, Rubén es el clon de Fangio a los setenta y cuatro años.

***

Rubén lleva el apellido Vázquez desde su nacimiento en Balcarce, el 25 de junio de 1942, un día después de que Fangio hubiera cumplido treinta y un años. La madre de Rubén, Catalina Basili, estaba casada con Pedro Vázquez, un mecánico ferroviario que trabajaba en el taller de la estación de trenes de Balcarce al cual, después de cada carrera, Fangio llevaba su auto para limpiar el motor con el vapor de alguna locomotora, que era lo único que removía el aceite y el barro del metal hasta dejarlo brillante. Los mecánicos le daban permiso y lo ayudaban gustosos porque el piloto, campeón de Turismo Carretera en 1940 y 1941, era ya el orgullo del pueblo.

Pedro Vázquez tenía cierta confianza con Fangio y en algún momento le preguntó si podía darle trabajo en el taller Fangio, Duffard y Cía. a su hijo mayor, Ricardo. Con doce años, Ricardo entró a trabajar como ayudante. En sus tareas estaba una tarde en la que le pidieron que destapara el radiador de un auto que debía repararse. Él fue, se paró sobre el paragolpes delantero y, con un trapo, agarró la tapa del radiador. Un cuarto de giro alcanzó para que la tapa saliera disparada. Ricardo saltó hacia atrás para esquivarla, pero el chorro le empapó el mameluco. Los mecánicos reaccionaron ante los gritos y le descubrieron el torso para que el agua hirviente no lo siguiera quemando. Fangio lo llevó luego a su casa. Llamó a la puerta y salió Catalina Basili, pelo oscuro, carnes blancas, que tenía poco más de treinta años, aunque se veía mayor con el delantal sobre el vestido por debajo de la rodilla. Tras revisar la quemadura de Ricardo, que no era grave, la mujer agradeció a Fangio, y le ofreció mate y una porción de la torta que había sacado del horno poco antes de su llegada. El encuentro, que duró un par de horas, fue el primero de varios que, a diferencia de aquel, serían secretos; Catalina Basili estaba casada y con dos hijos, y Fangio en pareja con Beba Berruet y con un hijo, Oscar. Buena parte del pueblo sabía y hablaba de la relación, que terminó cuando Catalina Basili quedó embarazada.

Seis meses después del nacimiento de Rubén, Pedro Vázquez y su familia se mudaron a Maipú. Allí se bautizó al bebé el 24 de junio de 1943. La madrina fue una de las hermanas de Catalina Basili y el padrino Fangio, aunque no fue a la ceremonia, quizá porque ese día celebraba su cumpleaños, y mandó a un representante; tampoco fue Pedro Vázquez, quien había dado su apellido a Rubén, porque, según se dijo entonces, en el ferrocarril no le habían dado el día libre. En ese momento se comentó que Fangio había aceptado el compromiso por ser amigo de los Vázquez. En el futuro serían otros los comentarios. Por ejemplo, que Fangio fue obligado por los familiares de Catalina Basili a hacerse cargo, aunque más no fuera, del padrinazgo de su hijo.

En los años siguientes, debido al trabajo de Pedro en el ferrocarril, los Vázquez vivieron en Mar del Plata y otras ciudades antes de radicarse a mediados de los cincuenta en Cañuelas, trescientos cincuenta kilómetros al norte de Balcarce. La familia vivía en un chalet de un barrio obrero de Cañuelas en el que no se hablaba de Fangio, ni como familiar ni como deportista, porque allí tampoco se escuchaban las transmisiones radiales de sus carreras ni se compraban revistas de automovilismo para seguir al detalle su campaña en la Fórmula 1. Rubén sabía quién era su padrino, pero el mutismo que había en torno a él lo volvía más lejano, más inalcanzable de lo que ya era: un hombre que cenaba con la realeza, que asistía a fiestas del jet set europeo. Rubén no tenía posibilidad ni tampoco intenciones de conocerlo porque no le gustaban las carreras, sino el fútbol —siempre fue hincha del River— y los bailes que se hacían en el club Estudiantes, en uno de los cuales conoció a una chica llamada Ercilia con la que se pondría de novio y luego, en 1967, terminaría casándose.

Para sostener a su familia, Rubén mantuvo tres empleos durante casi treinta años. Por la mañana en el ferrocarril —del que se retiró durante la primera mitad de los noventa—, por la tarde en diversos trabajos temporarios —por ejemplo, en una fábrica de casillas rodantes— y los fines de semana como mozo en bares y restaurantes. Ercilia, además de encargarse de los quehaceres domésticos, trabajaba fuera de la casa porque el dinero apenas alcanzaba para alimentar, vestir y hacer estudiar a sus tres hijos. Cuando estos se independizaron, Rubén comenzó a trabajar como recepcionista en un hotel de Cañuelas, cuyo dueño conocía a otro empresario hotelero de Pinamar, ciudad balnearia cercana a Mar del Plata. A fines de 1994, el hotelero de Pinamar le preguntó a su colega de Cañuelas si le permitía contratar a Rubén para que trabajara con él durante el verano de 1995. Todos estuvieron de acuerdo.

Un día, en la recepción del hotel de Pinamar, una mujer se desmayó y Rubén llamó por teléfono a un médico. Cuando la mujer volvió en sí y se relajó la tensión, el médico reparó en Rubén. Lo miró y le dijo:

—Qué parecido a Fangio que es usted.
—Le digo más —intervino el dueño del hotel, que estaba atento a la recuperación de su clienta—: Rubén es de Balcarce y es ahijado de Fangio.
—¡Ah, bueno! —le respondió el médico y luego miró de nuevo a Rubén—. El día que usted se haga un ADN se va a llevar una sorpresa.

En ese momento, Rubén no le dio importancia al comentario. Ya le habían dicho cosas como esa muchas veces. En los días siguientes, sin embargo, el recuerdo recurrente de ese episodio azuzó al pasado. Y el pasado embistió. Rubén se veía deprimido: cuando volvía de sus trabajos, pasaba mucho tiempo en la cama y eran pocas las veces que se sentía con ánimo para reunirse con amigos y familiares, algo que desde siempre había hecho con entusiasmo. Cada vez que Rubén le decía a Ercilia que no sabía por qué ese episodio lo había dejado en un estado de tristeza tan profundo, ella le respondía que debía pedir ayuda a un psicólogo. La situación, con altibajos, se prolongó hasta 2005, cuando el hijo mayor de Rubén le dijo que no podía seguir así, que debía hablar con su madre para sacarse todas las dudas y que debía hacerlo rápido, porque Catalina Basili tenía ya noventa y seis años.

Rubén visitaba a diario a su madre, que vivía sola desde la muerte de Pedro Vázquez, en 1975. En una de esas visitas, se animó a decirle que necesitaba saber quién era su padre porque todos mencionaban su parecido con Fangio. Le contó el episodio del hotel de Pinamar. Catalina Basili le respondió que siempre hubo personas que se parecieron a otras y que eso no significaba nada. Al día siguiente, Rubén insistió y le dijo que ya tenía pensado hacerse un estudio de ADN con su hermano Ricardo para saber si tenían el mismo padre. Entonces, Catalina Basili le contó de aquella tarde en la que Ricardo se había quemado el pecho con un radiador mientras trabajaba en el taller de Fangio.

—Mi mamá era una hija de italianos muy dura. Yo no tengo tantos buenos recuerdos de ella, como sí los tengo de mi padre. Mi viejo era pura bondad, era un tipo extraordinario… no se merecía una situación así.

Rubén llama padre o viejo a Pedro Vázquez. Afuera del estudio jurídico, los martillos neumáticos siguen arando el pavimento.

—Fue bravo hablar con mi mamá de todo esto. También debe haber sido bravo para ella. Ella me contó muchas cosas, por ejemplo, por qué me pusieron Rubén Juan: Rubén por el hermano menor del Chueco y Juan… por razones obvias.

Rubén no llama padre o viejo a Fangio, sino Chueco, Juan o Juan Manuel.

—Yo nunca juzgué a mi madre, pero la relación con ella no siguió igual. De todas maneras, yo la acompañé hasta que murió en 2012, tenía ciento tres años. A mí me quedaron muchas dudas, como si mi padre sabía toda la verdad. Son dudas que siempre voy a tener, aunque algunas las fui aclarando. Me acuerdo que antes de empezar con el juicio de filiación fui a visitar a mis primos, los hijos de la hermana de mi mamá, les conté lo que estaba por hacer y ellos me dijeron “nosotros siempre supimos quién era tu padre, pero mamá nos hizo prometer que nunca dijéramos nada”.

Mira su reloj y se disculpa: son las cuatro de la tarde y debe retirarse. Dentro de dos horas se transmitirá por televisión un partido del River y ese es el tiempo que necesita para viajar de Buenos Aires a Cañuelas, primero en subterráneo hasta la terminal de trenes de Constitución y de ahí a su casa. De camino a la salida, mientras se acomoda la campera de gamuza y la boina negra, se detiene frente a una foto de Perón que hay en una repisa y, sonriendo, le dice “buenas tardes, general”.

***

En una vereda del centro de Mar del Plata, bajo el techo de la entrada de un edificio de líneas funcionales, protegiéndose de la llovizna helada, espera Oscar, zapatos, pantalón, campera y boina en diferentes tonos de marrón. Mira hacia ambas esquinas y saluda con la mano a un hombre canoso, bajo y fornido, que viste casi igual y avanza hacia él cubriéndose con un paraguas blanco y azul que tiene dibujos borrosos de autos de carrera.

—Ahí viene Juan, mi otro hermano —dice Oscar, y lo saluda con un abrazo.

A diferencia de Oscar y Rubén, Juan, de setenta años, no tiene ningún parecido con Fangio. Sus ojos son marrones, tiene la cabellera corta y frondosa ordenada por una raya al costado. Entran en el edificio, suben hasta el estudio del abogado de ambos y se sientan en una pequeña sala de reuniones a través de cuya ventana, desde la que puede verse la plaza del otro lado de la calle, entra una masa de luz grisácea.

—Nosotros nos conocemos hace muchos años —dice Oscar—. Juan andaba siempre con el hermano menor de mi papá, el tío Toto.
—Yo vivía con mi mamá y con mi abuela en Balcarce, todavía vivo ahí, pero iba siempre al taller de Toto porque él armaba autos de carrera —dice Juan—. Y a mí desde chiquito me gustaron los autos, los motores. Hice el secundario en una escuela técnica y después, cuando me recibí de ingeniero agrónomo, hice una maestría en Inglaterra y un doctorado en Estados Unidos sobre maquinaria agrícola.
—En Balcarce era vox populi que él —Oscar señala a Juan— era hijo de Toto, así que en algún momento llegué a pensar que era mi primo. Con los años sumamos conocidos en común, compartimos asados, carreras y nos fuimos haciendo amigos. Nos vemos muy seguido porque vivimos cerca. Con Rubén nos vemos un poco menos porque Cañuelas está más lejos. Hasta ahora una sola vez nos juntamos los tres, un fin de semana en una cabaña en Tandil, que nos queda a todos a mitad de camino. Fue muy emocionante. Conversamos muchísimo, cada uno de su historia.
—Mi historia es muy distinta a la de Oscar, él sí tuvo relación con nuestro padre. Yo nací el 6 de junio de 1945. Como ya estaba separada de Juan Manuel, mi vieja me anotó con su apellido, porque se llama Susana Rodríguez. Ella me contó que Toto, a pedido de Juan, la había ayudado a comprar las cosas que se necesitaban para mi nacimiento.
—¿Y por qué Toto, sabiendo todo esto, nunca me dijo “Oscar, Juan es tu hermano”?
—Creo que no nos dijo nada porque se imaginaba que nosotros sabíamos. Toto siempre me dijo que yo era hijo de Juan Manuel, y así me presentaba ante los demás en cualquier situación.

Tres abogados y una abogada son parte del asunto.

Miguel Pierri, en representación de Rubén. Apenas tomó el caso, en 2005, solicitó la exhumación del cadáver de Fangio, enterrado en el cementerio de Balcarce, del cual debían tomarse las muestras para el análisis comparativo de ADN. “Y así comenzó una batalla de años —dice Pierri—. Primero fue la Fundación Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio la que nos puso todo tipo de obstáculos. Y luego enfrentamos un bloqueo pertinaz de parte de la familia Fangio a través de Ethel, una sobrina que vivió muchos años con él y lo cuidó hasta que murió. Ethel, que ya falleció, nos tomó como enemigos. Después de la lucha procesal, el juez autorizó que se hiciera la exhumación el 7 de agosto de 2015”. Los peritos obtuvieron la muestra del ADN de Fangio y la cotejaron no sólo con la de Rubén, sino con la de Oscar, quien se había sumado al pedido de exhumación. El resultado del análisis de Oscar se hizo público cuatro meses después, en diciembre de 2015, y el de Rubén en febrero de de 2016. Para ambos fue el mismo: hijo de Juan Manuel Fangio con el 99.9% de certeza. (Según el análisis que Juan se hizo luego con Oscar y Rubén, los tres son hermanos por línea paterna con el 97.4% de certeza.) “Lo que uno debería preguntarse después de conocer esos resultados evidentes es por qué la Fundación y la familia Fangio se opusieron tanto a que nosotros siguiéramos adelante con la exhumación. Tanto unos como otros dispusieron de todos los bienes de Juan Manuel, y se hicieron cargo de desarrollos inmobiliarios y del manejo de la marca Fangio”. Con la imagen y el apellido Fangio se venden y han vendido exclusivas líneas de ropa masculina, vinos de exportación, ediciones limitadas de relojes TAG Heuer, un combustible premium de la petrolera argentina YPF llamado Fangio XXI, las trescientas cincuenta Ferraris de colección de la serie The Fangio fabricadas por la firma italiana para celebrar su septuagésimo aniversario, y vehículos Mercedes-Benz, empresa que tiene al quíntuple campeón como uno de los pilares de su imagen corporativa; incluso su fábrica en la ciudad bonaerense de Virrey del Pino se llama Centro Industrial Juan Manuel Fangio. Ese inventario, que ya vale millones, es incompleto, según Pierri, y por eso se está realizando una auditoría que permita determinar con exactitud a cuánto asciende la herencia de Fangio que, tras su muerte, pasó a sus hermanos y sobrinos, ante la inexistencia de hijos reconocidos legalmente. “La fortuna de Fangio podría ascender a los cincuenta millones de dólares o más, porque además de las propiedades y los campos hay negocios en marcha. Sabemos que YPF pagó unos diez millones de dólares que se repartieron entre la Fundación y la familia. Puede ser que haya habido ocultamiento de bienes que, mediante supuestas ventas y subastas, se hayan transferido a supuestos terceros compradores. Hay gente que deberá dar cuenta por sus actos”.

Erika Hooft, en representación de los cuatro sobrinos de Fangio que viven entre Balcarce y Mar del Plata, los mismos que, junto a Ethel, se opusieron a la exhumación porque, según la abogada, temían que las imágenes del cadáver fueran difundidas con morbo en los medios, algo que, finalmente, no ocurrió. “Una cosa es la exhumación y todo lo que tiene que ver con el derecho a la identidad, y otra muy distinta es la cuestión patrimonial —dice Hooft—. Según me han dicho mis clientes, Fangio se gastó todo su dinero en tratamientos médicos, y luego donó lo que le quedaba, autos, trofeos, medallas, al municipio de Balcarce para que se exhibiera en el Museo. El uso de la marca Fangio es administrado, en gran medida, por la Fundación, con la que mis representados tienen buen vínculo, si bien no la integran activamente. De todos modos, entiendo que haya un reclamo por los bienes. Si yo fuese la abogada de los hijos de Fangio, ya estaría trabajando para aclarar la cuestión patrimonial. Cuando hay plata de por medio, uno pelea hasta sacarse los ojos para defender lo que considera propio”.

Oscar Scarcella, en representación de Oscar y Juan. “No sabemos si Fangio fue cediendo todos sus bienes en vida o si los dejó a nombre de distintas sociedades. También hay que tener en cuenta los dividendos que genera la marca Fangio, que la están usufructuando el Museo y los familiares de Juan Manuel. A menos que se demuestre lo contrario, los familiares han actuado legítimamente porque no había otros herederos reconocidos. Pero una cosa es la legitimidad de un derecho y otra cosa es la buena fe con la que puede ejercerse. Y yo creo que los familiares de Fangio no han procedido de buena fe, porque saben de la existencia de Oscar desde siempre, capaz que de Rubén y Juan también, y lo único que han hecho es poner trabas procesales, incluso negando la historia de Oscar, que fue pública”.

Christian Verdier, en representación de sí mismo, en tanto sobrino nieto de Fangio, y fundador y gerente de Los Templarios srl, la sociedad que comercializa la marca Fangio para cualquier tipo de producto, excepto los autos y otros vehículos, área de negocios que le pertenece a Mercedes-Benz Argentina, y los tractores, porque Fangio alguna vez autorizó a un conocido suyo a fabricarlos y venderlos con su nombre, aunque hasta el momento no lo ha hecho . “De Oscar sí sabíamos porque Juan Manuel tuvo una relación de muchos años con Beba, pero de Rubén y Juan nunca escuchamos nada —dice el abogado—. La verdad es que Juan Manuel y sus hermanos salían de joda todo el tiempo cuando eran jóvenes, y tenían mucho éxito con las mujeres. Juan Manuel siempre tuvo su harén”. Lo primero que debe quedar claro respecto del patrimonio de Fangio, según él, es que los ídolos deportivos de los cincuenta no ganaban lo mismo que Messi en la actualidad. “Juan Manuel ganó fortunas, por supuesto, pero durante los últimos años de su vida invirtió todo en la enfermedad renal crónica que lo llevó a la muerte. Con Los Templarios siempre actuamos en conjunto con la gente del Museo. Participamos del proyecto de la nafta Fangio XXI, por ejemplo, pero la que cobraba era la Fundación. Ahora la marca está desactivada… Perdón… En realidad, no está desactivada porque se está construyendo en Balcarce un hotel con el nombre Fangio, también con la Fundación”.

***

El proyecto no consiste solamente en la construcción de un hotel en Balcarce, según anunció públicamente la Fundación Fangio, sino en el desarrollo y gestión por treinta años de una cadena de cuarenta y cuatro hoteles en la Argentina y otros países, el primero de los cuales se está levantando desde 2013 en esa ciudad de casas bajas en cuyo ingreso hay emplazada una escultura de Fangio al volante de La Flecha de Plata, como se conoce el Mercedes-Benz con que ganó dos campeonatos de Fórmula 1, hecha con discos de arado.

A pocas cuadras del hotel en construcción, frente a la plaza principal, se encuentra el Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio, que ocupa el edificio de un cuarto de manzana en el que funcionó a comienzos del siglo XX la municipalidad. Hasta las mañanas de días laborables el lugar es visitado por turistas que lo recorren para fotografiar las medallas, los trofeos y las condecoraciones exhibidas en vitrinas, y la colección de medio centenar de autos, entre originales y réplicas, que está distribuida entre la planta baja y las ocho bandejas a las que se accede mediante una rampa helicoidal. Autos negros, blancos, amarillos, rojos, celestes, verdes, naranjas, de varias formas y marcas, los que Juan Manuel Fangio, el héroe argentino —como se lee en carteles y folletos— usó en su vida diaria y aquellos con los que compitió, también los de carrera que la Fundación recibió como donaciones de parte de Ayrton Senna, Alain Prost y otras figuras del automovilismo mundial.

—Balcarce explotó turísticamente cuando se abrió el Museo, en 1986 —dice Antonio Mandiola, presidente de la Fundación desde 1998, en el bar de la planta baja.

Fuma, aunque en el lugar esté prohibido, y el humo le envuelve la cara, el bigote y el pelo entrecanos.

—El sueño de Fangio era que, para aprovechar el impulso del Museo, el grupo de gente de la Fundación formara una empresa que fuera redituable para sus integrantes y también para la economía del pueblo.

En ese sentido, explica, se desarrolla el proyecto hotelero, que es gestionado por la firma Fangio Épos, de la que son parte la Fundación, una empresa inmobiliaria de Balcarce y otros socios particulares. Fangio Épos administra también una estancia en el circuito de turismo rural, un bar y un restaurante. Con el dinero de esos emprendimientos y el de las entradas se mantiene el Museo, como en otro momento se sustentó con lo que la Fundación cobraba por la nafta Fangio XXI o las ediciones especiales de TAG Heuer que, según Mandiola, fueron idea suya.

—Nosotros no somos titulares de la marca, pero sí tenemos responsabilidad en su cuidado y en su uso. Ahora, con el tema de los hijos que le han aparecido a Juan Manuel, se están diciendo muchas cosas. Ellos y sus abogados han dicho que nosotros pusimos trabas para que se hiciera la exhumación, que nosotros hacemos negocios. Nosotros no tenemos problemas con nadie y evitamos la polémica. De hecho, a Cacho lo conocemos de siempre y ha venido infinidad de veces al Museo. De Rubén nunca jamás habíamos escuchado nada, así que nos tomó por sorpresa cuando lo vimos en los medios. Lo de Juancito también nos sorprendió, pero la diferencia es que a él lo conocemos desde hace años porque es de Balcarce y estaba todo el día con Toto. El comentario que corría acá era que Juancito era hijo de Toto.

Los juicios de filiación, según Mandiola, no afectaron en nada la imagen de Fangio, no modificaron en absoluto lo que él representa en el ideario argentino: “modelo de hombre”, “arquetipo de valores espirituales como fe, tenacidad, valentía, inteligencia, aguante y espíritu de observación”, “alguien que ha visto la vida y sobre todo la muerte demasiado de cerca y demasiadas veces, que ha alcanzado esa ataraxia de los sabios que han meditado sobre la fragilidad del triunfo y sobre la vanidad de las coronas de laurel”, como escribió Ernesto Sábato en un artículo publicado en marzo de 1973, pocos días después de que Fangio hubiera sido declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires junto al Nobel de Química Luis Federico Leloir y Jorge Luis Borges; el texto está reproducido en una pared del Museo próxima al bar.

—Alguna que otra mujer sí me dijo que se le había caído un ídolo —dice Mandiola—. Y recalco que fueron mujeres porque tienen sentimientos distintos respecto de lo que es la paternidad, de lo que son los hijos, y no saben del valor que tiene la trayectoria deportiva de Fangio en todo el mundo. Fangio era un exitoso y tenía todo a favor para poder salir con las mujeres que quisiera.

Se acerca un hombre que se presenta como uno de los siete integrantes de la Fundación y le dice a Mandiola “acá te dejo tus llaves”, mientras apoya sobre la mesa las llaves de un Mercedes.

Juan mira la pantalla, que cambia con cada click del mouse. Andrea, su esposa, menuda, rubia y de ojos celestes, entra en el living, grande, con revestimientos de piedra laja beige y ventanas al parque del fondo. Lo ve encorvado sobre la mesa de la computadora y le pregunta qué busca, antes de perderse en otro cuarto. En voz alta, para que Andrea pueda escucharlo, Juan dice “una foto” y, segundos después, “acá está”.

Delante de una pared de ladrillos a la vista conversan cuatro hombres, a cuyos lados se ven los medios cuerpos de otros dos, mientras al frente de todos ellos, sentados a una mesa sobre la que hay un vaso de agua, una fuente con pan y una servilleta, posan, de izquierda a derecha, Fangio, Toto y Juan, quien, con una sonrisa recta, mira a Toto abrazar por el hombro a Fangio.

—Esta foto se sacó a principios de los noventa en el quincho de la casa de los Fangio —dice Juan—. Debe haber sido una de las últimas veces que Juan Manuel vino a Balcarce. Esta es la única foto que tengo con él… y está Toto en el medio. Yo estuve con Juan Manuel en muchos de los asados que hacía acá, en su casa de Balcarce. Charlamos de un montón de temas, pero nunca salía la cuestión de la paternidad. Sinceramente, nunca tuve dudas sobre mi identidad porque siempre supe quién era mi padre. De chiquito mi madre me dijo que yo era hijo de Fangio. Ella me contó que tenía quince años cuando tuvo una relación corta con él, que en ese entonces tenía treinta y tres. Cuando nací, mi vieja tenía dieciséis recién cumplidos.

Susana Rodríguez, la madre, tiene ahora ochenta y siete años y vive cerca de esta casa. Justo en el momento en que Juan ofrece conocerla, Andrea aparece y le dice que a esta hora, las tres de la tarde, seguro está durmiendo la siesta. Entonces, Juan dice que mejor será en otro momento, no porque a Susana le afecte hablar de Fangio, de hecho tiene un buen recuerdo de él, sino porque es mejor dejarla descansar.

***

Desde el parque donde se encuentra la parrilla, el césped corto, las plantas cuidadas, los frutos maduros del naranjo, llega un aroma apetitoso que se mete dentro de la cocina, un ambiente pequeño en el que Rubén y Ercilia toman mate mientras esperan que, como casi todos los sábados, lleguen familiares para almorzar.

Ercilia luce bastante delgada en su jogging marrón y, aunque tiene un año menos que su marido, setenta y tres, se le ven pocas canas en el pelo —teñido de— castaño. Dice que los únicos lujos de esta casa baja de frente amarillo, cercana a la estación de trenes de Cañuelas, son los servicios de internet y televisión por cable, que las jubilaciones de ambos no alcanzan para mucho, pero que tampoco se lamentan por eso porque siempre se han arreglado con lo justo.

—Cuando nos casamos, yo quería entrar en la fábrica de Mercedes-Benz que está acá cerca, en Virrey del Pino, porque pagaban mucho mejor que en el ferrocarril —dice Rubén—. Entonces fui a ver a Fangio a su concesionaria de Buenos Aires para pedirle una carta de recomendación. Yo pensaba que, como era mi padrino, me iba a ayudar. Me saludó pero no me preguntó nada. Le pidió a un secretario que me escribiera la carta y me fui. Esa fue la única vez que lo vi. Llevé la carta a Mercedes-Benz, contento como perro con dos colas, pero nunca me llamaron.

Fangio, según Rubén, debe haber dado la orden de que no lo contrataran para evitar las sospechas que seguro habrían surgido a raíz del innegable parecido físico entre ambos. Tenía el poder para hacerlo porque era uno de los principales concesionarios del país. De hecho, pocos años después de ese encuentro, en 1974, fue nombrado presidente de Mercedes-Benz Argentina.

—Yo no entraba en la fábrica y veía que todo el tiempo contrataban gente, hasta conocidos míos. Ahí siempre trabajó medio Cañuelas. Algunos de los desaparecidos de la Mercedes-Benz eran de acá. Uno de ellos se llamaba Esteban Reimer y era el marido de una amiga mía de la escuela primaria, María Luján Reimer, Maruca.

Entre 1976 y 1977, los primeros años de la última dictadura argentina, fueron perseguidos por su actividad política y sindical al menos veinte obreros de Mercedes-Benz, quince de los cuales, entre ellos Esteban Reimer, continúan desaparecidos. Según el informe Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad, publicado en 2015 por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos argentino, “existen pruebas e indicios que muestran las distintas formas en que Mercedes-Benz se involucró en los crímenes de lesa humanidad cometidos contra los trabajadores”, por ejemplo, facilitándoles a los perseguidores los legajos de sus empleados. Sin embargo, Fangio, la máxima autoridad de la filial local en aquellos años —y hasta 1987—, murió sin ser investigado por el Poder Judicial.

Fangio nunca hablaba públicamente de ese tema ni de ningún otro vinculado a la política, salvo cuando aclaraba que no era peronista, a pesar de que muchos creyeran que sí lo era porque Perón, en 1949, había otorgado fondos al Automóvil Club Argentino para que comprara dos Ferraris para el equipo de pilotos que participaba de competencias internacionales en representación del país. En verdad, Fangio era conservador y, en nombre de ese partido, fue fiscal y presidente de mesa en varias de las elecciones que el conservadurismo ganó hasta mediados de los cuarenta en todo el país mediante fraude durante la –por tal motivo llamada– Década Infame. Rubén, en cambio, sí es peronista, y es uno de esos peronistas que, además de saludar retratos de Perón, exhiben en alguna parte de su casa una foto de Evita, en este caso en la tapa de un pequeño libro que está junto a la computadora.

–Ese librito se publicó cuando murió Evita —dice Rubén—. Era de mi viejo… Vázquez. Él era tan peronista que hasta le decíamos Pocho, como le decían a Perón.

Golpean la puerta de entrada. Ercilia se levanta para atender y manda a Rubén, pantalón de jogging gris, buzo negro y boina blanca, a controlar el asado, “para qué te pusiste, si no, la ropa de asador”. A Ercilia le toma unos veinte pasos salir de la cocina, atravesar el comedor, el living, y llegar al picaporte. Quienes acaban de llegar son Ricardo Vázquez, hermano de Rubén por línea materna, y su hijo. En el juego de las diferencias sería difícil marcar siete entre Ricardo Vázquez y Rubén porque las que hay entre ellos superan por mucho ese número. Alcanza con saber que Ricardo Vázquez tiene los ojos marrones, la piel mate y, a sus ochenta y siete años, algo de pelo para peinar. Se sienta a la cabecera de la mesa del comedor, con las manos apoyadas en su bastón. Viste un chaleco de tela polar y una remera marrón de mangas cortas que le permiten lucir los tatuajes azulados, ya difusos, que tiene en sus antebrazos y que se hizo cuando visitó varios países como suboficial de la Marina, no muchos años después de que hubiera trabajado como ayudante en el taller Fangio, Duffard y Cía., donde, recuerda, una tarde se quemó el pecho con un radiador.

Golpean la puerta una, dos, tres veces y ya son doce los comensales. Ercilia se apura a tender la mesa porque Rubén ya sacó la carne de la parrilla. Despliega un mantel de tela escocesa verde y blanca, e inmediatamente después de haber visto un agujero en el centro lo retira con movimiento de mago. Regresa de la cocina con otro mantel de la misma tela, lo despliega y pone encima la vajilla, el pan, el vino, las ensaladas. La carne llega con Rubén. Todos mantienen viva una conversación que pasa de la política al fútbol y luego al tema que capta la atención por mayor cantidad de tiempo, la familia.

El mantel es el tablero sobre el cual Rubén, mientras conversa, juega con las migas de pan. Las barre con las yemas de los dedos hasta juntar un pequeño puñado que luego acomoda, alternadamente, en cuadrados blancos y cuadrados verdes. Es un movimiento lento que se vuelve rápido, errático, cuando la charla se concentra en Fangio y Catalina Basili, y todos tienen algo para decir. Ricardo, que siempre sospechó que su hermano era hijo de Fangio. Una de las hijas de Rubén, que su abuela le dijo que había callado por vergüenza y por miedo. Ercilia, que la familia nunca culpó a Catalina Basili por los momentos difíciles que vivió Rubén, pero sí a Fangio.

—Por más mal que haya actuado —interrumpe Rubén—, no se puede hablar mal del Chueco, no se puede destruir a un ídolo. Todos tenemos grandezas y miserias… aunque es fuerte decir miserias. Digamos flaquezas. Todos tenemos grandezas y flaquezas.

Vuelve la mirada hacia las migas y las mueve de un cuadrado verde a otro blanco.

Fue debido a un acontecimiento inesperado que Oscar terminó acompañando a Fangio en su última actuación memorable en el automovilismo, en las 84 Horas de Nürburgring, de 1969.

En esa época, Oscar ya no trabajaba en la concesionaria Fangio S.A. de Mar del Plata; tenía en esa ciudad un taller en el que, cuando no estaba reparando el auto de un cliente, preparaba sus coches de carrera. Mantenía una relación cordial pero distante con su padre, que vivía en Buenos Aires dedicado a los negocios, aunque en el último tiempo estaba también abocado a la dirección deportiva de La Misión Argentina que correría en Nürburgring, el circuito en el que doce años antes había ganado su quinto título. Con él a la cabeza, todo estuvo listo a tiempo. Sin embargo, cuando faltaban pocas semanas para viajar a Alemania, se retiraron del equipo dos de los diez pilotos. Fangio convocó entonces a Oscar para ocupar una de las vacantes.

—Había muchos pilotos a los que podrían haber llamado, pero Froilán, que era un tipazo, hizo que me llamaran a mí —dice Oscar—. Para mí era un compromiso muy grande porque había que ir a hacer buena letra.

Durante el mes previo a la competencia, cuenta entusiasmado, el equipo recorrió a diario el circuito alemán para estudiar las pendientes, los tramos de cornisa, las ciento setenta y dos curvas, siempre bajo las órdenes de Fangio, que compartió con todos el método con el que había ganado allí en 1957: aprender el camino por etapas de dos o tres kilómetros, con árboles, postes, lomadas y alambrados como referencias, para así saber dónde obtener ventajas. En la carrera, de todos modos, se despistaron dos de los tres Renault Torino de La Misión Argentina y el tercero quedó en el puesto número cuatro —en ninguno de los casos mientras Oscar estuvo al volante—, aunque había dado más vueltas que ningún otro coche y, por ende, era el ganador; los jueces le descontaron puntos porque el escape hacía mucho ruido y se pasaba del límite de sonoridad. Fangio protestó, manteniendo siempre los buenos modales.

Más allá del resultado, dice Oscar, integrar La Misión Argentina fue uno de los máximos logros de su carrera como piloto, de la que se retiró a comienzos de los ochenta, tras cerrar su taller, para concentrarse en mantener a su familia, primero con un negocio de ropa y luego, hasta su jubilación, al frente de una agencia de lotería que había heredado su esposa, Norma.

—Corrí unas setenta carreras, pero subí poco al podio. Debo haber ganado unas tres carreras o por ahí. A mí me costó mucho llegar a correr. Yo lo que quería era algún día andar entre los cinco primeros.

Desapareció de la voz de Oscar el entusiasmo con el que suele hablar de su pasado como piloto.

—Cuando vos corrés y sos el hijo de, piensan que sos igual. Pero no se pueden hacer comparaciones. Mi viejo es como un Messi, como un Maradona, uno de esos que nace cada tanto. Yo corría para aprender y todos me buscaban más defectos que al resto porque pensaban que estaba corriendo con el caballo del comisario, que iba a ganar seguro. Por eso yo decía “cuando pueda andar entre los cinco primeros voy a estar contento”. Y cuando llegué a andar entre los cinco primeros, cuando estaba andando más o menos bien, tuve que dejar el automovilismo porque no tenía los medios económicos. Me costó dejar porque era lo que ansiaba.

A Oscar ni se le pasó por la cabeza pedirle ayuda a su padre para seguir corriendo. Eso habría implicado que mantuvieran una conversación, algo que, si bien nunca habían hecho a menudo, no hacían en absoluto desde mediados de los setenta.

***

Enfrentados en la doble página, Fangio a la izquierda y Oscar a la derecha, tienen un parecido evidente, más allá de que, en las fotos, el padre tenga sesenta y largos, y el hijo, casi cuarenta. Sobre la cabeza de Fangio se leen la volanta “Juan Manuel ya no reconoce a Cacho” y el título “¿Qué pasó entre Fangio y su hijo?” de la nota publicada en diciembre de 1977 en la revista argentina La Semana.

Los periodistas han viajado a Mar del Plata para buscar a Oscar. Cuando lo encuentran en la puerta de su chalet y le preguntan “¿Qué pasa con tu padre?”, Oscar responde “con mi padre no pasa nada”. Luego se distiende y explica que insiste en pedirle que resuelva la cuestión del apellido porque no quiere que sus hijas vivan el drama que a él lo ha marcado desde su nacimiento. “Es una cuota de crueldad que quisiera ahorrarles”.

De regreso en Buenos Aires, los periodistas entrevistan a Fangio en una de sus oficinas. Al principio todo es sonrisas con el recuerdo de las victorias del pasado. Pero cuando le preguntan “¿Qué significa Oscar en su vida?”, él se queda en silencio. “Demuda el rostro. Los ojos se le endurecen repentinamente” y responde:

—De eso no quiero hablar.
—¿Por qué?
—Es mi vida privada, y de eso no quiero hablar.
—¿Cacho Fangio es su hijo?
—Le reitero. Perdóneme. Pero ese es un tema privado, y no quiero hablar nada.

A esa altura de la charla, Fangio “no puede controlar su nerviosismo”. Tiene “el rostro transfigurado” y mueve constantemente sus manos, “ágiles y expresivas cuando hablaba de automovilismo”, que ahora, sin embargo, le tiemblan.

—Mi mamá nunca se metió en todo esto del apellido, ni antes ni después de separarse de mi viejo. Ella vivía su vida y yo la mía. Igual me la traje a Mar del Plata cuando ya estaba mayor, y acá murió en 2013.

Oscar tiene las manos cruzadas, los dedos entrelazados, rígidos, sobre la tabla de la mesa.

—Cuando mi hija mayor tenía cuatro o cinco años, eso debe haber sido en 1973, lo fui a ver a mi viejo a su oficina para arreglar de una vez las cosas. Yo le dije “de tu dinero no quiero nada, hacé testamento, regalá todo, hacé lo que quieras, yo lo que quiero es que me arregles la parte moral, la del apellido, que es lo que corresponde”. Y él… me dijo… “para que arreglemos todo y te deje sólo mi apellido vos tenés que hacer mérito”.

Oscar se mira las manos, se las aprieta hasta que los nudillos parecen de nácar cuando dice mérito.

—Le dejé de hablar por muchos años. En 1994 nos cruzamos en un homenaje que nos hizo Presidencia de la Nación por los veinticinco años de las 84 Horas de Nürburgring, pero sólo nos dimos la mano. Recién volvimos a hablar en 1995. Lo fui a ver a su casa de Buenos Aires porque sabía que estaba muy delicado. Le conté que mis hijas estaban en la universidad y él se puso muy contento. Ni hablamos del tema del apellido. Me pidió que fuera a verlo de nuevo y lo vi entusiasmado con eso. Volví pero mi prima Ethel me hizo atender por una mucama que no me dejó entrar y me dijo que mi viejo estaba internado. Y era mentira porque mi viejo estaba ahí, en la cama. No volví a verlo.

Un silencio profundo permite oír con nitidez cómo, del otro lado de la puerta del living, juegan Norma y uno de sus nietos.

Derek nació en Ilobasco, lo asesinaron en Milán.

Todos nacemos y morimos en algún lugar. Es ley de vida. Si la primera frase de esta crónica está reservada para datos en apariencia triviales es porque de seguro no lo son. Y no lo son porque el asesinato del joven Derek, en junio de 2013, desencadenó una serie de acontecimientos que crearon un hilo invisible y mágico entre las dos ciudades: la salvadoreña que lo vio nacer y la italiana que lo vio morir.

La de Derek es una historia de mareros, de incertidumbres y de muerte. Pero también lo es de esperanza, de fe y de humanismo. Condensa lo mejor y lo peor del género humano.

“Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”, dirá dentro de cuatro horas la madre de Derek, Maddalena, ante unos 200 adolescentes del Instituto Nacional de Ilobasco. Ella prefiere llamarlo como lo llamaba cuando era un niño: Toñito.

Eso será a las 4 de la tarde, y todavía falta media hora para las 12. A Maddalena y Enzo, 60 y 63 años de edad, los padres adoptivos de Derek, acaban de traerlos a Ilobasco desde San Salvador en un Yaris blanco. Salen del carro y entran presurosos en la iglesia de El Calvario, en el barrio homónimo. Maddalena carga en sus brazos una maceta con una planta, comprada en un vivero sobre la carretera que viene de San Rafael Cedros.

La iglesia está vacía y fresca, envuelta en el silencio enigmático propio de los templos. Es un pabellón rectangular con paredes de ladrillo, techo falso y suelo embaldosado. Modesta pero acogedora.

Maddalena y Enzo conocen. Estuvieron acá hace tres años. De un solo caminan hacia el costado izquierdo. No muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, hay una vistosa placa en memoria de Derek. Es del tamaño de un televisor de 30 pulgadas, con una fotografía del joven. Sonríe con picardía. Su gesto es el de alguien que quiere comerse el mundo.

“Con tanta tristeza llevamos el recuerdo de ti a tu tierra de origen”, dice un fragmento del texto de la placa, que trajeron desde Milán.

Maddalena besa la foto de su hijo. Coloca la maceta con cariño en el suelo y la gira hasta que cree tener la aprobación de Derek. Luego abre su bolsón y de una cajita saca dos mariposas azuladas. Enzo mira el ritual en silencio. Maddalena pega las mariposas sobre la placa, cerca del rostro de su Toñito, con una especie de crema adhesiva. Luego se voltea con un gesto mínimo de satisfacción.

—Las hizo una amiga y me pidió que las pusiera –dice, aunque lo dice en italiano; ni ella ni Enzo hablan español.

Para estar más cerca de Derek, Maddalena se sienta sobre la parte de la banca que se usa para arrodillarse. Lo mira. Lo toca. Lo besa. Comienza a llorar.

***

Edenilson Antonio Durán Mincolelli nació en Ilobasco el 18 de noviembre de 1989, el mes en el que la guerrilla lanzó la ofensiva ‘Hasta el tope’, dos días después de que la Fuerza Armada masacró a los jesuitas en la UCA.

La guerra lo convirtió en un huérfano más. Unas monjas se hicieron cargo, lo llevaron a Guatemala, y lograron que lo adoptara una entusiasta pareja de Sesto San Giovanni, una populosa ciudad del área metropolitana de Milán. Antes de cumplir los 4 años, Edenilson Antonio ya era italiano. Mincolelli es el apellido de Enzo. Lo de Derek vino después y es más informal, una especie de sobrenombre exitoso que el propio joven eligió.

Maddalena y Enzo son gente religiosa y sencilla, trabajadores. Respetaron el apellido salvadoreño de su hijo, Durán, y no hicieron el más mínimo esfuerzo por ocultarle sus orígenes. Todo lo contrario. El Salvador siempre estuvo presente en el hogar de los Mincolelli.

Estimaciones conservadoras cifran en más de 40,000 los salvadoreños radicados en Milán y alrededores. Fuera de América, es la comunidad más numerosa y organizada. Al adolescente Toñito primero y al joven Derek después siempre les fascinó todo lo relacionado con su país de origen. Viajar para conocerlo devino casi una obsesión. Así las cosas, apenas logró cierta independencia juvenil, no le costó comenzar a relacionarse con migrantes salvadoreños o con los hijos de los que en los ochenta y noventa cruzaron el océano Atlántico.

Enzo definió a Derek como un salvadoreño con mentalidad de italiano; alguien enamorado de todo lo que rezumara salvadoreñidad, de todo, aunque ni siquiera hablaba español. Maddalena lo presentó como un joven de corazón noble, pero cándido: “Toñito amaba rodearse de amigos, pero no sabía distinguir que hay personas buenas y malas; para él todos eran amigos”.

Como parte del plan de ‘salvadoreñización’, Derek comenzó a salir con jóvenes que resultaron ser activos de la Mara Salvatrucha-13. Para 2013 esta pandilla acumulaba ya cinco o seis años tejiendo una red adepatada a la realidad de Milán, con jóvenes salvadoreños como materia prima básica. La MS-13 –también la 18– se había convertido ya en una de las preocupaciones de Sección de Criminalidad Extranjera de la Polizia di Stato, la división policial creada en 2005 para tratar de neutralizar la actividad creciente de las bandas latinas.

Derek desapareció en la noche del 29 al 30 de junio de 2013. Tenía 23 años. Al drama de la desaparición le sucedieron dos semanas de búsqueda e incertidumbre. En Italia, país diez veces más poblado que El Salvador pero poco habituado a este tipo de expresiones de violencia, el caso se coló con fuerza en la agenda informativa y acaparó el interés de la ciudadanía.

Hasta el 15 de julio no se tuvo certeza de su muerte. Un cadáver había aparecido el 3 de julio en un canal de agua de los suburbios, en el municipio de Pessano con Bornago, pero su estado de descomposición era tal que se creyó que era un hombre de unos 40 años y no se relacionó con Derek hasta la sentencia del ADN.

A Derek murió de un golpe violento en la nuca. Luego lo llevaron hasta el canal de Villoresi y lo tiraron. Los expertos en pandillas de la Polizia di Stato dieron máxima prioridad al caso e interrogaron a los jóvenes con los que había compartido las últimas horas, casi todos emeeses salvadoreños. La Sección de Criminalidad Extranjera se volcó, pero nunca logró determinar con precisión judicial quién o quiénes asesinaron a Derek. Nadie ha sido enjuiciado aún. Sobre los motivos, todo es pura especulación: que si lo mataron por negarse a cumplir alguna misión de la pandilla, que si tenía deudas por drogas, que si…

La misa funeral se celebró la tarde del 19 de julio en la iglesia Santa María Auxiliadora de Sesto San Giovanni, llena hasta la bandera. Maddalena: “Unas mil personas con distintos tonos de piel, de religiones diversas, jóvenes punk, roqueros, metaleros… diferentes entre ellos, pero todos con la misma tristeza en el corazón”.

Ese mismo día lo enterraron, en Italia.

Pero Maddalena y Enzo quisieron que una parte de Derek regresara a El Salvador. Y lo consiguieron.

***

Comienza a llorar Maddalena en El Calvario. Da un último giro a la maceta, para que sean menos las hojas que tapen la placa. Enzo, más mesurado, se sienta frente a su esposa. Se esfuerza por contener las lágrimas, pero fracasa. Han pasado casi cuatro años desde el asesinato, pero es evidente que todavía no han superado la pérdida de Derek.

—Il mio Toñito è un angelo –susurra Maddalena–. Un vero angelo!

A Derek nunca le sedujo estudiar, mucho menos la universidad. Aprendió electricidad. Con 16 años trabajaba y ganaba para sus gastos, algo que suena usual en El Salvador, pero que en Italia resulta casi subversivo. Cuando cumplió los 18, él mismo se pagó la licencia de manejo y compró su propio carro. Discotequeaba. Se tomaba sus tragos. Le iba muy bien con las chicas.

Sus padres hablan de él con orgullo desmedido.

La Polizia di Stato nunca dio con los responsables, pero los investigadores ataron los suficientes cabos como para tener la certeza de que alguna de las clicas milanesas de la Mara Salvatrucha está detrás del asesinato. Maddalena y Enzo lo saben. Han tratado, de hecho, de informarse sobre las maras. Pero nunca han permitido que su dolor se dirija contra la sociedad que exportó a Milán el fenómeno, contra El Salvador o contra los salvadoreños. Todo lo contrario. Por eso ahora están en esta modesta pero acogedora iglesia de Ilobasco.

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Derek se fue bebé de Ilobasco y nunca regresó. Murió sin recuerdos propios de la ciudad ni del país. Sin embargo, Enzo y sobre todo Maddalena se sintieron en la obligación de respetar la extraña pero intensa relación de su hijo con El Salvador.

Siete meses después del asesinato, viajaron hasta Ilobasco. En ese viaje lograron el permiso del párroco de El Calvario para colocar la placa conmemorativa, algo mucho más complicado que lo que suena. La otra placa-lápida que hay en la iglesia honra a Bernardo Perdomo, alcalde en la segunda mitad del siglo XIX. hijo meritísimo, alguien que da nombre a calles y escuelas.

Un diente de Derek viajó desde Milán entonces, en febrero de 2014, y está detrás de la placa.

Maddalena y Enzo regresaron a El Salvador en febrero de 2017. Fue un viaje relámpago, de apenas unos días, para la inauguración simbólica –las obras aún no estaban finalizadas– de la construcción de una cancha de usos múltiples en el Instituto Nacional de Ilobasco, el INDI. Una donación.

Milán está a los pies de la cordillera de los Alpes, epicentro europeo del esquí. Hubo un tiempo en el que padre e hijo los fines de semana escapaban a esquiar. Como deporte peligroso que es, a Enzo se le ocurrió contratar un seguro médico por si ocurría algún accidente. Nunca tuvieron que hacer uso por la nieve, pero, tras el asesinato, supieron que el seguro era también un seguro de vida.

Maddalena y Enzo recuperaron ese dinero y convencieron a varios amigos italianos, que hicieron pequeños aportes. Quisieron dejar en Ilobasco, en memoria de Derek, una obra concreta y de impacto, algo más allá del simbolismo de la placa. Se apoyaron en Deidamia Morán, una de las lideresas de la comunidad salvadoreña en Milán. Buscaron el consulado salvadoreño en aquella ciudad, y el consulado canalizó hacia distintos ministerios. Entre todos eligieron el INDI, el instituto más concurrido de todo el departamento de Cabañas.

La donación fue de 22,000 dólares. Bien invertidos, han alcanzado para remodelar los servicios sanitarios de los estudiantes y para construir una cancha con todo y sus gradas, que podrá utilizarse también como salón multiusos. “Es un sueño hecho realidad”, les dijo Ronny Menjívar, el director del INDI, a los padres de Derek.

La inauguración fue el viernes 17 de febrero. Resultó un día tenso y largo y cansado para Enzo, pero sobre todo para Maddalena. Un día inolvidable. Ella fue quien tomó el micrófono y dijo aquello: “Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”.

A Maddalena y a Enzo no les sobra el dinero. Y aunque les sobrara, no tendrían por qué donarlo en un país a 9,500 kilómetros de su hogar; un país que ni siquiera habían visitado antes del asesinato de su hijo; un país que engendró el fenómeno de las maras que se exportó a Milán.

—Su sonrisa no se ha apagado –dijo Maddalena, siempre en italiano, ante unos 200 adolescentes del INDI–, su sonrisa aún brilla en el corazón de todos los que lo quisieron, y ahora brilla también aquí. Toñito ahora es uno de ustedes, y su padre y yo lo imaginaremos siempre aquí, a un costado de esta cancha, animándolos. ¡Vivan, jóvenes, la vida que él no pudo vivir! ¡Y siéntanse orgullosos de tener un compatriota como él!

El discurso fue tan sentido que incluso a este periodista, que para tantas cosas se cree un témpano de hielo, se le escaparon las lágrimas.

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En esta iglesia de Ilobasco, casi mediodía, llora Maddalena y solloza Enzo. Llevan unos 20 minutos junto a la placa de Derek. Silencios alternados con recuerdos y lamentos.

Enzo se para y dice que es hora de irse. Antes de las 3 de la tarde tienen que estar en el instituto y aún hay que almorzar. Maddalena también se para y, como si sintiera que aún no lo ha dicho todo, baja la cabeza y se despide con una sentencia cargada de resignación: “Nos lo llevamos de El Salvador para darle una vida mejor, pero la muerte lo siguió hasta Italia. Parece que ese era su destino”.

Maddalena vuelve a llorar y se agacha para dar a Derek un último beso. Enzo besa los dedos de la mano y los estampa contra la foto sonriente. En menos de 72 horas tomarán el vuelo de regreso a Italia. Y en la iglesia de El Calvario, no muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, quedará anudado uno de los dos extremos del hilo invisible y mágico que une Ilobasco y Milán.

Dice el Instituto Nacional de Estadística que Toril tiene 16 habitantes. Una exageración, según María Isabel. “Ahora mismo, en el pueblo, somos cuatro”. No es una forma de hablar. Cuatro son los vecinos de Toril: Paulina, una mujer de 75 años apoyada en un bastón; María, que mira con desconfianza a los visitantes mientras se cierra su chaqueta negra; un chico con un perro marrón y que se niega a decir su nombre y la propia María Isabel, que tiene los ojos azules y la expresión arrugada. Están todos en la placita del pueblo. La treintena de casas marrones a sus espaldas están vacías, abandonadas. María Isabel, sentada en el borde de una fuente, estira las piernas y sonríe: “Habéis llegado al culico del mundo”.

Toril está en la zona más despoblada, más olvidada y más vacía de España. Catedráticos de la Universidad de Zaragoza han calificado a esta área como la Laponia española, una imaginaria región que abarcaría las provincias de Soria, Guadalajara, Teruel, Cuenca y la parte interior de Valencia. Y lo han hecho a través de la asociación Serranía Celtibérica, un proyecto que pretende evitar el completo abandono de esta zona y dotar de identidad a la España más olvidada. Hablamos de un área de 63.098,69 kilómetros cuadrados (dos veces Bélgica) que abarca 1.632 municipios, pero que sólo tiene 503.566 habitantes. Es decir: 7,98 habitantes por kilómetro cuadrado.

Dentro de la Laponia española, los Montes Universales, una zona montañosa situada en la frontera entre Cuenca y Teruel (donde está Toril), conforman el epicentro. Es como el quieto ojo del huracán que permite entender que, el sobrenombre de Laponia del sur, no es hiperbólico. Aquí, la densidad de población es menor que la de la región escandinava.

“¿Que somos menos que los esquimales? Madre mía…”. Mira María Isabel con cara de incredulidad. Pero los datos hablan: en los Montes Universales, que abarcan un territorio de más de 3.500 kilómetros cuadrados (más o menos, la provincia de Guipúzcoa) sólo viven 5.700 personas. Es decir, la densidad de población es de 1,63 habitantes por kilómetro cuadrado. En Lappi, la región más septentrional de Escandinavia, hay 1,87 habitantes por kilómetros cuadrado.

Y eso según los datos censales. El proyecto Serranía Celtibérica asegura que, tras un estudio pueblo a pueblo en los Montes Universales, la densidad de población real -contando sólo residentes- es de 0,98 habitantes por kilómetros cuadrado. Números similares a los de Siberia.

Lo curioso es que esta nada demográfica no se encuentra demasiado lejos -geográficamente- de los mayores núcleos de población de España. Toril, el pueblo con cuatro habitantes, está a 180 kilómetros de Valencia y a 270 kilómetros de Madrid. De la capital se da un salto casi directo al vacío. Una vez que se sale del área metropolitana madrileña, el paisaje muta a desértico sin transición. De la autovía se pasa a la carretera nacional y, de ella, a la comarcal, que se enreda en curvas con el asfalto sin pintar. Es la puerta de entrada a los Montes Universales.

Las casas desaparecen. Desde el pueblo de Huélamo, situado aproximadamente a la entrada de los Montes Universales, hasta Toril, transcurren 45 minutos en coche. En ellos, no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Tampoco se ven casas. En todo el trayecto, sólo un pastor da una tregua a la soledad. Se llama Eloy y ha nacido en un pueblo cercano. Lleva viviendo aquí toda su vida. Apoyado en una vara de madera con sus ovejas tras él, aprovecha para hablar todo lo que puede y lo más rápido que puede. Como un chute de conversación. “Esto está muerto. Se despuebla muy rápido. No hay riqueza. La gente se va”. Una queja común en esta zona.

Cruzar la Laponia española es avanzar a través del silencio. Los únicos ruidos que lo interrumpen provienen de pájaros, cencerros de algún rebaño o árboles que se mecen al viento. Todo lo visible al horizonte son laderas arboladas, rocas y bosques. El paisaje está desprovisto de presencia humana. Los pueblos aparecen cada cierto tiempo, distantes unos de otros, pequeños y aislados, como si fueran check points. Más del 76% de las localidades de esta zona se consideran remotas: distan más de 45 minutos en coche de la ciudad más cercana.

La mayoría tienen entre 50 y 200 habitantes. Otros, como Toril, resisten agarrados a un hilo de vida. “Cuando yo era niña éramos bastantes. Había vida aquí, celebrábamos fiestas y había muchos niños”, recuerda María Isabel. “Ahora, mira…”. Y señala con la cabeza el pueblecito casi abandonado.

El vienes nevó en la zona y María Isabel y los demás, cuentan, estuvieron sin luz hasta el domingo. “Pasa un par de veces cada invierno, cuando nieva mucho. Nos quedamos aislados, con medio metro de nieve”. La ciudad más cercana a Toril es Teruel, que está a hora y media en coche. Es el tiempo que les separa del cine más cercano, del centro comercial más a mano o del taller más próximo.

La agonía de Toril comenzó cuando cerraron el colegio del pueblo. “Fue hace tiempo ya”, recuerda Paulina apoyada en su bastón. “Mi nieto Satur fue el último. Cuando cerraron el colegio por falta de niños, se tuvieron que ir del pueblo”. Hace 20 años que en Toril no ven un niño.

“Y jóvenes sólo quedo yo”, dice el chico con el perro. “Todos mis amigos y chavales de mi edad están viviendo en Catauña”. “¿Y tú? ¿Por qué no te vas?”. El chico se encoge de hombros.

Es un problema que se repite: la tasa de envejecimiento en esta zona es de las más altas de Europa. Se trata, según el proyecto Serranía Celtibérica, de una región que está biológicamente en extinción. “De aquí al hospital o al cementerio”, dice riendo Paulina. El 32% de los habitantes de los Montes Universales, según datos del INE, tienen más de 65 años. Sólo un 7% tiene menos de 15.

Siempre puede ser peor. El pueblo que está al lado de Toril, llamado Masegoso, se ha quedado vacío. Se alcanza Masegoso tras una bajada serpenteante que desemboca en una señal que parece nueva. También el pueblo está en buen estado. Pero no hay nadie. Sólo quietud, abandono y silencio. Hay ropa colgada llena de polvo, un arado oxidado que yace en el medio del pueblo, una camisa tirada en la hierba junto a una sartén y unos columpios para niños que se mecen despacio con la brisa. A Masegoso lo han dejado atrás.

Un grupo de gatos observa a los visitantes inesperados. El pueblo sólo tiene vecinos en verano, cuando es utilizado como segunda residencia por un puñado de antiguos vecinos.

Según datos de la Proyección de la Población de España en el período 2014-2064, llevada a cabo por el INE, vamos a perder, en España, un millón de habitantes en los próximos 15 años. Para la segunda mitad de siglo, según este mismo estudio, el porcentaje de mayores de 65 años será de casi el 40%. Masegoso bien podría ser un aviso presente de lo que le espera a la Laponia española futura.

Vivir aislado

Guadalaviar es uno de los pueblos más grandes de esta zona. Está a 25 minutos de Toril. Tiene 222 habitantes censados, 155 viviendo en el pueblo, 16 en paro, seis niños, cinco bares y un alcalde llamado Rufo Soriano Pérez. La localidad aparece repentina entre laderas, con casas amontonadas, un perro olisqueando la señal que indica el nombre del pueblo y una señora en silla de ruedas tomando el sol con gafas oscuras.

Rufo nos recibe en la placita del Ayuntamiento. “Hace años éramos 500 vecinos, pero se ha ido vaciando. La gente se va porque no hay trabajo. Antes había una fábrica, pero la cerraron”. Es un problema que comparten la mayoría de pueblos. Las fábricas aquí no son rentables, están muy alejadas de las autovías y la logística resulta demasiado cara. La ganadería y el turismo rural se han quedado como las únicas opciones. Y son insuficientes.

“La gente joven desaparece”, dice Rufo. “Se van a trabajar fuera y los que se quedan están a verlas venir”. Con la marcha de la gente joven también se esfuman los niños. Y cierran los colegios. “Nosotros mantenemos la escuela porque tenemos cinco niños, que es el requisito mínimo. Hay uno de 12 años, otro de 11 y tres de 4 años. Van todos juntos al colegio”.

Esther y Dámaso son los padres de Álvaro, uno de los cinco niños del pueblo. “Aquí los niños son felices. Se pasan el día jugando y se forman en la escuela. En las ciudades hay cierto prejuicio sobre cómo vivimos en los pueblos. Pero aquí los niños están a su aire, disfrutando”, dice Esther. Luego matiza: “A ver, te tiene que gustar este tipo de vida. Es una vida muy tranquila, muy sosegada”.

Tan tranquila que un solo día en Guadalaviar podría resultar desesperante para un urbanita acelerado. “Aquí no hay nada. Si quieres ir al cine o de compras o de copas te tienes que ir a Teruel, que está a una hora y media”, dice Rufo. “En invierno anochece pronto y la gente da un paseo, charla o echa la partida. No hay mucho más que hacer”.

Santiago Ferrández tiene 48 años. Nació y creció en Zaragoza, donde tuvo tres hijas y un empleo que, por estresante, llegó a afectar a su salud. “Decidí romper con todo”, cuenta. Se trasladó a Guadalaviar y ahora regenta uno de los bares del pueblo. “Cuando yo llegué aquí lo hice con una compañera y ella duró cuatro meses. No se adaptó. Era más joven y le costó mucho aclimatarse a esto”, cuenta Santi. “Vivir aquí puede ser duro. Aquí hay mucha soledad, estas muchas horas solo. Hay poca gente para hablar, casi no hay gente joven. Vives en un pueblo rodeado de montañas en el que no hay nada y donde no hay otra manera de salir que en coche. Eso te come. Tienes que tener claro a lo que vienes”.

La fruta, el pan y el médico

Al otro lado de la frontera, en la provincia de Cuenca, está Zafrilla, donde viven 50 personas. Llegar a Zafrilla es como llegar a un fuerte militar. La carretera desciende en curvas hacia el pueblecito. Se ve desde lejos y te ven llegar desde lejos.

En la plaza del Ayuntamiento, Pascual vende fruta desde su furgoneta. Viene dos veces por semana. Otras dos veces llega al pueblo otro vehículo con congelados y cada dos días, uno con pan. En Zafrilla no hay tiendas, así que los suministros básicos llegan cada semana en forma de furgonetas como la de Pascual.

Montse Pérez, de 48 años, espera en la cola para comprar naranjas. Cuenta que, en Zafrilla, al haber cuatro niños, no hay colegio y que, por ello, los pequeños tienen que desplazarse cada día media hora hasta un pueblo cercano. “Y ese colegio también va a cerrar, así que los padres están pensando en irse a vivir a Cuenca para que los niños estudien”, dice Montse.

Cuenta también que, en Zafrilla, no hay clínica médica ni farmacia. “El médico viene dos veces a la semana y si hay una emergencia tenemos helipuerto. El año pasado le dio un infarto a un vecino, pero, como no tenemos desfibrilador, no se pudo hacer nada”.

No queda gente joven en Zafrilla. Se fueron a Cuenca, que está a una hora y media. “La vida aquí no es fácil para ellos. Aquí hay mucha rutina. Te levantas, tomas un café en el bar, compras en el furgón que haya venido ese día, cocinas y trabajas algo en casa”, explica Montse. “Siempre ves a la misma gente. Para alguien de fuera esto es aburrido. Aquí hay más gatos que vecinos”.

María Mora escucha la explicación de Montse. Tiene 88 años y es otra de las vecinas de Zafrilla. Nos propone visitar su casa con una sonrisa y un pañuelo en la cabeza. Vive sola, aunque su hijo viaja cada fin de semana desde Barcelona para visitarla. En el salón tiene una estufa de leña y una pequeña televisión. “La veo por las noches”, dice sonriendo.

El único viaje que María ha hecho en su vida fue a Barcelona, hace ya muchos años. “Y hace tiempo que no salgo del pueblo. Para qué”.

Alrededor de Zafrilla, como alrededor de Guadalaviar, Toril y los demás pueblos de la Laponia española, no hay sino monte. Descampado hasta donde alcanza la vista. “¿El futuro?”, se pregunta Rufo, el alcalde de Guadalaviar. “Es un asunto muy serio. Lo veo mal. O cambian las cosas o esto se muere”. Montse coincide. “¿Quién va a montar aquí nada? Es inevitable que esto se vacíe de gente joven. Y cuando nuestra generación ya no esté, pues no va a haber relevo”. María Mora, apoyada en su bastón, escucha y replica. “Bueno, pues ya nos veremos todos en el cielo. Aunque seguro que allí hay más gente que aquí”.

Tiempo muerto

Publicado: 7 marzo 2017 en Verónica Ocvirk
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Son las once de la mañana. Andrea, paciente, llega al Hospital Italiano quince minutos antes de su consulta. Y se sienta a esperar. Ya esperó bastante a que llegara ese día, cerca de tres meses. El tema –dice- es que hay que llamar y llamar para que abran las agendas, porque solo dan turnos para los tres meses siguientes. El desafío es tratar de “entrar” ni bien eso ocurre, ya que los turnos se agotan enseguida y entonces hay que esperar otro mes más, hasta que vuelvan a abrirlos. Y así. Pero ahora ya está, ya consiguió su cita y 90 días después está sentada en la sala de espera. Piensa que es muy interesante el sistema que implementó el Italiano, con televisores donde aparecen el nombre del paciente, el número de consultorio al que debe ir y la hora a la que fue llamado. En la pantalla van quedando los registros, nueve o diez pacientes. Entonces Andrea se la pasa haciendo cálculos: cuál es el consultorio que llama más rápido, cuál no está llamando, cuando tiempo demoran por paciente. Pregunta cuánta gente tiene adelante y se pone a sacar cuentas, además de estar muy atenta a que no la salteen mientras saca raíces ahí en su silla. De pronto se le viene la imagen de las interminables esperas que hace años soportó en esa misma sala cuando sus tres hijas eran chicas. Tratando de entretenerlas para que no se desmadren. Llevándoles la merienda. Y atajando a la bebé, que gateaba y se arrastraba por todos lados. Qué estrés. El hecho de saber que tenía que ir a controlarles la ortodoncia, una cosa de cinco minutos para la que podía llegar a esperar hora y media, le provocaba tremendos nervios. Ahora que está sola se saca un capuchino de la máquina y trata de considerar a ese lapso como un parate. Siempre dentro del marco de lo posible, porque uno vive sin tiempo y corriendo por el laburo; el de ella ahora condensado en los correos y las llamadas perdidas que le caen cuando por fin logra salir, una hora y media más tarde, cuando el reloj marca ya las 13.30.

El relato de Andrea no tiene nada del otro mundo. Quienes son jóvenes y sanos tal vez no lo adviertan. Pero quienes sufren de cualquier afección grande o pequeña (o creen que la sufren, lo cual viene a ser casi lo mismo), o tienen a sus padres grandes, o son ellos mismos padres, seguro saben de lo que estamos hablando: hace décadas que enfermarse en la Argentina implica empezar a vivir una especie de vida aparte y no solamente por el dolor, el ardor, la molestia, la ansiedad, la falta de sueño, los nervios tensos. En ese mar que es la medicina la vida se ve de pronto sumergida en un calendario opresor en el cual hay que esperar para todo. Y así el paciente, con su relato y sus papeles, se convierte en alguien que está solo y espera. Espera en el teléfono para hacerse de un turno;espera semanas –en algunos casos meses- para que esa cita se concrete; espera al médico en la sala de espera (lo que constituiría la espera núcleo, la más básica); espera para tener la orden, para autorizar la orden, para que le vuelvan a redactar la orden; espera para hacerse el estudio y por el resultado del estudio; espera por el reintegro; y por la prótesis; espera por la historia clínica que tiene que adjuntar al expediente para que le cubran la práctica; espera por el informe de la radiografía; o por un medicamento que justo está en falta; espera en el laboratorio y también espera con fe, pero más que nada con incertidumbre, por la fecha de una cirugía.

No se trata solo de una cuestión de pobres; la clase media y los ricos también esperan. Claro que para los primeros es peor, porque los hospitales y centros de salud públicos no suelen dar turnos telefónicos y entonces el pobre tiene que acercarse hasta allí a las cinco de la mañana y hacer cola durante una, dos horas, a la intemperie. Luego,otras más bajo techo para recibir atención, o a veces, apenas, concretar una cita. Pero las clases medias y altas, aun con sus turnos, también se pasan horas y horas en unas salas probablemente más bonitas y cómodas, con láminas de Claude Monet enmarcadas, viejas revistas de chimentos y servicio de sparkling.

¿Por qué esperamos tanto? ¿qué respuestas tienen para dar la comunidad sanitaria y los propios médicos? Existe un término muy argentino para definir las esperas prolongadas: es “amansadora” y guarda también un matiz disciplinador, porque amansar es volver manso a un animal salvaje quitándole su bravura natural. Los significados y los sentimientos que se ponen en juego en el acto de esperar hacen pensar que detrás de una aparente cuestión de horarios asoma a la vez una lección de subordinación, una conexión fina entre espera y reverencia en la cual la propia palabra “paciente” puede resultar reveladora.

Con el brujo no

Son las cinco de la tarde y el médico ya debería estar atendiendo en su consultorio particular. En la minúscula sala de espera casi no quedan asientos disponibles. Unos y otros miran la hora, se miran entre ellos, miran hacia la puerta, alguno que otro resopla fuerte. Y en eso, uno se atreve, se levanta, se acerca a la secretaria y empieza a decirle que cuándo va a venir el médico, que lleva más de una hora ahí, que al fin y al cabo para qué dan turnos. Los demás aprueban en silencio. La secretaria encoge los hombros y explica que al doctor se le presentó una situación impostergable, que de todas formas está llegando. Al rato,efectivamente, llega, y en su paso hacia el consultorio intercambia una mirada con el que había increpado a la secretaria, a quien reconoce de consultas anteriores.

—¿Qué tal? -interpela.
—Muy bien, doctor, faltaba más, gracias por preguntar—dice el paciente.

Cualquier rastro de enojo ha mutado en pleitesía.

El sociólogo Javier Auyero analizó a fondo las filas de espera en diferentes dependencias del Estado, y se refiere a la manipulación del tiempo como una dimensión simbólica donde se produce una negociación de poderes, derechos y vulnerabilidades. “La dominación opera cuando unos se rinden ante el poder de otros y se vive como un tiempo de espera: esperar con ilusión primero y luego con impotencia que otros tomen decisiones para, en efecto, rendirse ante su autoridad”, se lee en su libro Pacientes del Estado.

Paciente es alguien que espera para ser atendido por un profesional de la salud y paciente se le dice, también, a quien tiene paciencia. Pero estas acepcionesno son tan diferentes. La misma persona que resopla en la cola del banco, o que reprende a los gritos a la gente del servicio técnico porque lleva tres cuartos de hora sin internet, se rinde ante el médico.

El Barómetro de la Deuda Social Argentina contabilizó en 2013 la cantidad de personas que dijeron haber esperado más de una hora para recibir atención sanitaria. El promedio del país fue el 45 por ciento, con diferencias entre Gran Buenos Aires (53 por ciento) y Ciudad de Buenos Aires (26 por ciento). Por otro lado, el trabajo Opinión de los usuarios de Salud en la Argentina, en el que Rodrigo Lugones y Federico Tobar presentan los resultados de un conjunto de estudios de opinión pública realizados entre 2011 y 2013, advierte que el 48 por ciento de los consultados esperaron al médico entre media hora y una hora y el 15 por ciento más de una hora. No obstante el estudio señala que los habitantes de este país suelen tener un alto nivel de satisfacción con respecto al sistema de salud en general, a su funcionamiento y a lo que juzga como la figura central del sistema de salud local: el médico argentino. “Mi tesis es que la gente no espera ser atendida en forma rápida”, explica Tobar, para quien la espera larga en los servicios de salud está más que naturalizada: está legitimada. “Es un requisito en la construcción social del paciente. El paciente tiene paciencia, el usuario no. Un usuario puede reclamar y con eso se perdería el contrato básico de nuestro modelo de salud, que es la asimetría de poder entre el médico y el sujeto de cuidados”. El paciente no sabe lo qué le pasa, ni qué le van a hacer, debe entregar su cuerpo y su voluntad a un grupo de profesionales y a una institución. En el momento que recibe atención sanitaria es confrontado con un conjunto de reglas de interacción. Algunas son explícitas (como el consentimiento informado que el individuo firma antes de un procedimiento que involucra cierto riesgo clínico), pero la mayoría de las veces esas reglas son tácitas. “La aceptación de esas reglas convierte al usuario en paciente”, marca el consultor internacional en salud e investigador del CIPPEC.

Para el experto en el ejercicio moderno de la medicina hay un modelo aceptado del médico como una eminencia despiadada y omnisapiente: es el arquetipo del Dr. House. Por eso los hospitales están llenos de médicos a los que les dicen House, porque es lo que todos quieren ser, un profesional reconocido por su amplísimo conocimiento y capacidad para diagnosticar y prescribir, pero que no tiene por qué rebajarse a la calidad de ser humano y dar explicaciones. La prueba más clara de eso –dice- es el sobreturno: “No existe ninguna otra práctica liberal moderna donde exista el sobreturno. Pedile a un abogado, a un contador, que te den unsobreturno. Sin embargo, los médicos no quieren ceder el turno. Eso sería peor a que les digan cómo tratar al paciente, porque el control del turno tiene que ver con el control de la práctica médica”.

En este punto las opiniones tienden a coincidir: los médicos son profesionales con tanta libertad que resultan inmanejables. Y como para contribuir aún más a ese agigantamiento, la sociedad les atribuye un poder similar al que antes se otorgaba a los sacerdotes o chamanes. Un médico puede no ser Maradona, Messi, ni Mick Jagger. Pero el reconocimiento que recibe a nivel micro es impresionante.

Apaguen los relojes

¿Por qué los hospitales públicos no funcionan a la tarde? Según Hugo Spinelli, médico y Director del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús, una buena parte de los profesionales que tienen que cumplir ocho horas diarias llega a las nueve de la mañana y se va a las dos horas. Y el director puede poner turno tarde, pero los médicos no irían: es imposible hacerles cumplir el horario. “Si vos sos dueño de un cine – explica-tenés todo como un relojito y si querés hasta lo podés controlar desde Miami. Pero en un hospital esa idea que tenemos de una pirámide conducida desde arriba no funciona. De acuerdo a Spinelli la práctica médica se mueve por fuera de lo que es el modelo industrial y entonces el poder no está en la cúpula, sino en la base. “El médico es el shamán de la tribu, el que tiene el poder. Entonces, ¿cómo se cambia esa correlación de poder? ¿Empoderando a la gente? Sí, pero solo en parte, porque la gente le teme al brujo de la tribu. Si pensamos el problema con una lógica industrial, fallamos. La propia naturaleza del juego y la autoridad que se les concede a los profesionales de la salud hacen que la pirámide clásica mute”, reflexiona.

El profesor de Economía de Princeton Alan Krueger narraba hace un tiempo en el New York Times que un amigo suyo, tras aguardar al médico más de una hora, se plantó frente al doctor y le presentó una factura por el tiempo que había perdido. Krueger argumentaba que el tiempo invertido en las salas de espera debería ser calculado de acuerdo al costo de oportunidad e imputado luego al gasto total del sistema sanitario.

Lo que a Krueger se le pasó por alto es que la asignación de una duración a las consultas médicas es siempre imperfecta. No es como un turno de peluquería en el cual minutos más, minutos menos, se puede estimar cuánto va a durar.

Es cierto que gran parte de la sociedad funciona sobre la base de una impronta industrial de tiempos, de regularidad y productividad. Pero en medicina el trabajo bien hecho es artesanal. Nunca se sabe cuánto puede durar una consulta, ni si es grave lo que el paciente padece, o si este es introvertido, tartamudo o hipocondríaco. Se trata de un juego abierto, fortuito y atravesado por cuestiones tan pesadas como la vida, la muerte, el dolor, la angustia de la enfermedad. Algo que con el peluquero, evidentemente, no pasa.

Carla sufrió hace un tiempo de síndrome de ojo seco y la pasó bastante mal, no solo por la molestia del caso sino porque dio muchas vueltas por muchos consultorios donde nadie terminaba de saber que le pasaba, y mucho menos cómo podía mejorar. Las esperas se volvieron interminables, y como tenía los ojos adoloridos no leía, no usaba el teléfono; Carla no hacía más que esperar. Además los turnos con los especialistas podían demorar hasta seis meses mientras se sentía tan sola luchando con todo eso que le pasaba, y encima con la burocracia. Hoy está convencida de que uno debe buscar respuestas hasta que encontrar un profesional que además de tener el conocimiento, muestre también la calidez suficiente como para manejar situaciones así. Como ese oftalmólogo que la tranquilizaba y hasta llegó a abrazarla una vez que rompió en llanto.

El producto de la medicina no es tangible: es la palabra, que construye realidades con solo hablar. “El médico dice algo y el paciente se puede reír, angustiarse, saber que le queda una semana de vida o que está sano. ¿Y qué hizo como trabajador? Habló. Por eso también los profesionales de la salud son tan difíciles de manejar y controlar. Es muy fácil mentir. Y entonces hay que dar un acto de fe, incluso entre pares”, advierte Spinelli. Y concluye: “Por supuesto que debemos condenar el abuso que el médico hace de ese tiempo imponderable y de esa enorme libertad. Pero tampoco alcanza con poner un reloj. No se trata de eso”.

La soledad del paciente

Las esperas –decíamos- no son todas equivalentes. Recorrer el Hospital Fernández de Buenos Aires por la mañana permite formarse una idea bastante acabada de cómo es esa espera para quienes no acceden a una obra social o prepaga: gente por todos lados, poco personal a quien preguntarle algo, muletas, sillas de ruedas y cantidad de niños en un lugar triste, gris y no demasiado limpio. Algunos miran las pantallas con TN, muchos bostezan, otros conversan sobre enfermedades, uno va lentamente quedándose dormido. Donde más se advierte el contraste con las clínicas privadas es en las salas de espera de pediatría. Claro que también están abarrotadas de chicos, pero además de climatizadas y limpias las privadas suelen estar pintadas de colores, tienen mesitas y sillas de tamaño infantil y una serie de juegos como para que el tiempo de espera sea un poco más llevadero.

“Las esperas difieren de acuerdo al subsector: prepagas, obras sociales y sector público. Difieren en cantidad de tiempo y calidad. Pero todos esperan, lo que pone de manifiesto lo que llamamos barreras de acceso de tipo administrativo, además de las financieras, geográficas y culturales, lo cual termina produciendo que llegar a una atención oportuna y sin padecimientos, más allá de los propios de cada patología, sea casi un milagro”, dice Gabriela Hamilton, magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social y Profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Según explica, en algún momento los servicios de salud dejaron de pertenecer a los pacientes: “Los trabajadores de la salud nos apropiamos de ellos atendiendo en el horario que nos conviene, así los hospitales están atestados por la mañana y completamente vacíos a la tarde y la noche, cuando solo funcionan las guardias”. Tanto pobres como ricos, cuando son pacientes, se encuentran bastante solos. Unos peregrinando por hospitales y salitas, otros recorriendo sin demasiadas guías a los profesionales que le ofrecen sus enormes cartillas de especialistas.

Algunos países tienden hacia un modelo de cuidados continuos e integrales. Cuando se logra que el cuidado del paciente sea permanente y no episódico, y cuando la responsabilidad por ese cuidado no está fragmentada sino que es integrada, se rompe en parte con esa asimetría de poder, porque la persona tiene entonces un médico de confianza.Un médico que conoce a su paciente es capaz de conversar con él, y es fundamental porque el vínculo producido a partir del diálogo puede reducir estudios, medicamentos, interconsultas con especialistas y por supuesto: también esperas. El profesional podría resolver temas menores por teléfono y no por evadir la consulta, sino todo lo contrario: porque conoce a su paciente, su historia, a su familia, incluso su casa. ¿Qué médico va hoy a la casa de las personas a las que atiende?

Según Tobar, Buenos Aires tiene más médicos, más camas hospitalarias, más resonadores y más tomógrafos que cualquier otra ciudad de todo el continente. Lo que hace falta es compromiso de modificar el modelo de atención, y a partir de ahí modificar el modelo de gestión. Reconoce que para eso a los médicos hay que pagarles de otra forma, asignarles población y combatir el pluriempleo. Un día habitual en la vida de un médico puede llegar a ser un intrincado tetris de atención de consultas externas en el hospital, la guardia, incluso guardias en ambulancias, y los pacientes particulares de aquí y de allá. Eso también provoca que sea usual que lleguen a tarde.

Mientras los minutos pasan entre la ansiedad, la paciencia y esa entrega que es a la vez un poco ingenua y un poco ciega, en esa suerte de rendición provocada por la gran necesidad de algo de alivio, se van tejiendo significados. La espera en los sistemas de salud sigue generando preguntas que convierten a ese tiempo muerto a un tiempo de control social y también de esperanza. En cada clase, y cada edad, la espera parecería ser algo naturalizado, que se da por sentado aunque en ese camino haya miedos, haya angustia y soledad, y una de las tantas falencias del sistema de salu

Cuando el primer y único cosmonauta que tiene el Ecuador, Ronnie Nader, era muy pequeño, a finales de los años sesenta, los niños querían ser astronautas. Él lo supo desde el día que suspendieron su programa de televisión favorito, Luno The White Stallion, en el que un caballo alado cabalgaba por el espacio. “Me sentí vacío —recuerda Nader desde un sillón de su casa, la tarde de 2013 en que me recibe—, sin saber qué hago aquí”. Para él, fue una epifanía: un niño que sentía que no encajaba en el mundo quería irse al espacio. Entonces, apenas comenzada la primaria, dejó de hacer las cosas como las hacen los niños. Se volvió un chico obstinado y muy consciente de sus logros. A los trece años, comenzó a estudiar física nuclear con un libro que le regalaron por su cumpleaños: Fundamentos de Física Atómica, de José Leite Lopes. A los dieciséis ya había ganado dos veces concursos escolares de física a nivel nacional. Después del colegio, empezó a experimentar con rudimentarios sistemas de inteligencia artificial, una simulación por computadora del razonamiento humano. Cuando tenía veinticuatro años, creó la primera red computacional para unir todas las sucursales de uno de los bancos más grandes de Ecuador. Hoy Nader—cuarentón, piel dorada, inteligencia afilada, autoestima inquebrantable— utiliza un reloj que tiene dos alarmas programadas para no olvidarse de comer.

Todo lo que  hace bordea el borroso límite entre el perfeccionismo y la compulsión. Antes de que el gobierno de Ecuador restringiera portar armas, era aficionado al tiro. “Era un excelente tirador”, añade, «algo que me sirvió mucho durante mi entrenamiento de cosmonauta”. En el Centro Yuri Gagarin de Rusia —donde se graduó de cosmonauta—, Nader sorprendió a sus instructores por su resistencia en la prueba de centrífuga, una especie de juego de parque de diversiones en el que un brazo mecánico hace girar el cuerpo con violencia y a toda velocidad simulando el zangoloteo del despegue. De acuerdo con el reporte de un corresponsal ruso de la BBC, los científicos se preguntaban incrédulos “¿De dónde salió este tipo?”. El malayo Faiz Khaleed, uno de sus ex compañeros en el Centro Yuri Gagarin, recuerda la velocidad con que corrían las noticias sobre el ecuatoriano. “Todos sabíamos lo bien que le había ido a Nader”, dice como si volviese a sorprenderse de su colega que resistió ocho gravedades. Una gravedad es la unidad de medida para calcular la violencia con la que la Tierra nos obliga a poner los pies sobre ella. Se representa con una g minúscula. Los airbags de los carros saltan cuando detectan tres g. Los giros más drásticos de las montañas rusas llegan a cuatro g. Los pilotos de combate más experimentados han llegado a soportar hasta nueve g antes de perder la conciencia. El cadete espacial Nader, un civil con corpulencia más propia de un defensa de fútbol americano que de un astronauta, no tenía nada que envidiar a los aspirantes a cosmonautas que habían tenido entrenamiento militar. En otra prueba, Nader se sumergió en una piscina de doce metros de profundidad donde estaban, hundidas como dos galeones interestelares, las réplicas de dos módulos de la Estación Espacial Internacional. Para aprobar, Nader debía instalar una cámara remota en el Zvezda, uno de los módulos rusos de la estación, en menos de noventa minutos. Él lo hizo en cuarenta y uno. En los vídeos que documentaron el ejercicio, se lo ve calmado. Terminarlo en la mitad del tiempo demostraba su dominio del pesado Orlan—M, la escafandra presurizada que los cosmonautas visten para las caminatas espaciales.

El cosmonauta ecuatoriano no luce como los antiguos personajes de nuestra imaginación colectiva, forjados sobre el yunque de los cómics, la televisión y el cine a imagen y semejanza de los primeros voladores espaciales. Los cosmonautas modernos son más multicuturales: también vienen de Sudáfrica, Irán o Eslovaquia. Nader no es carismático y rubio como Yuri Gagarin, el primer ser humano en salir del planeta, cuya sonrisa  según un escritor soviético, “iluminó la oscuridad de la Guerra Fría”. Tampoco tiene el aire de feo encantador de Alan Shepard, el hombre que en el Apolo 14 introdujo a escondidas un palo de golf número seis para hacer dos tiros de golf en la Luna. Ronnie Nader es un hombre moreno, macizo, ancho. A primera vista, daría la impresión de no encajar en el molde del traje espacial, pero cabe bien en su Sokol. Las agencias espaciales rusa y estadounidense no tienen un estándar de peso para sus astronautas, pero sí de visión y estatura: hay que medir como mínimo un metro sesenta y ocho, y como máximo un metro noventa, y soportar la preparación física del entrenamiento para vuelo civil y militar. En la foto oficial que se tomaría después de la graduación, el cosmonauta ecuatoriano sostiene su casco sonriente. Lleva una fina barba de candado y una calvicie casi completa que acentúa la redondez de su rostro. Cuando el primer y único cosmonauta ecuatoriano habla, parece como si dictara un capítulo del libro de Historia que —está seguro— le corresponderá. En las películas espaciales, la indumentaria de los astronautas se queda en los armarios del centro de operaciones. Nader guarda su Sokol en el escaparate de una salita de su casa en las afueras de Guayaquil, donde también exhibe recortes de la prensa local. Tiene uno que grita en letras gigantes “Hazaña”, refiriéndose al día de su graduación; el diploma de la World Record Academy, que al igual que Guinness World Records, certificó que el segundo de los tres hijos de Nader es el ser humano más joven en volar en condiciones parecidas a gravedad cero; y la medalla al mérito que el Congreso del Ecuador, la Asamblea Nacional, le otorgó a la agencia espacial que Nader fundó. El resto de sus distinciones no las cuelga: “Para eso sirven las condecoraciones: para terminar en cajas”, asegura.

Ronnie Nader es un cosmonauta fumador: en su casa de Guayaquil, enciende otro de los siete Marlboro blancos que fumará durante la tarde de 2013 cuando conversamos, y recorre con la mirada su sala entre diplomas y trofeos. Vestido de camiseta y pantalón deportivo negro, el cosmonauta tiene un aire terrenal. Al conversar sobre los sacrificios que ha hecho en su carrera al espacio, oscila entre el orgullo y la modestia. En ese orden. Entre caladas de humo parece a ratos desinteresado por los reconocimientos y a ratos parece elevarse hasta alcanzar el altar de los héroes. Nader, mentón respingado, puños apretados: “Enviar un satélite al espacio —dice— te pone en ese momento en que todo el mundo deja de hacer lo que está haciendo, te mira y aplaude”. Nader, puños apretados, mentón respingado: “No me importa el país —añade—. Para mis hijos soy un héroe, porque me vieron trabajando, haciendo las cosas como varón”. El Sokol es el único trofeo en esa sala que algún día servirá para algo. Ya una vez dejó la casa de Ronnie Nader y aterrizó afuera de la sala de un cine: era la función de estreno de Europa Report, del cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero, un claustrofóbico thriller hollywoodense sobre un viaje a la luna de Júpiter. En aquella ocasión, a la salida de la película, decenas de personas hicieron cola para tomarse una foto con el traje exhibido detrás del vidrio. El primer cosmonauta ecuatoriano espera romperlo pronto, cuando suene la alarma que anuncie la hora de irse al espacio.

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Para ser cosmonauta, Ronnie Nader viajó a Rusia. Un cosmonauta es un viajero espacial entrenado en el Centro Yuri Gagarin en La Ciudad de las Estrellas, una base militar en las afueras de Moscú. Como todo en los países comunistas, durante décadas fue secreta. Como todo en los países comunistas que colapsan, el secreto se convirtió en un negocio lucrativo: una década después de la caída de la Unión Soviética, el multimillonario estadounidense Deniss Tito pagó veinte millones de dólares a Rosaviakosmos, la agencia rusa, por un viaje de ocho días al espacio en 2001. En el centro Yuri Gagarin, el ecuatoriano Nader estudió durante dieciséis meses repartidos en cuatro años hasta alcanzar el título de cosmonauta. Para los rusos, todo egresado de su entrenamiento era un cosmonauta. Para los estadounidenses, sus graduados de la misma carrera eran astronautas. Era una definición geopolítica. Durante la Guerra Fría esa diferencia semántica fue una declaración de principios, una denominación de origen. Revelaba en nombre de cuál de los dos imperios del siglo XX se iba a conquistar el cosmos. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se repartían el planeta, voltearon a mirar a las estrellas. El océano que circunda al mundo no tenía dueño. Desde donde comenzaba el espacio —a cien kilómetros de altura, según la Federación Internacional de Aeronáutica— todo podía ser conquistado. Los viajes espaciales no sólo ampliaron el campo de batalla: su tecnología llevaba las ventajas del avión a un extremo escalofriante y la destrucción ya era posible a control remoto. Los mismos cohetes que llevaban al espacio perros, monos y peregrinos de nombres inolvidables como Yuri, Neil o Buzz servirían para lanzar bombas nucleares.

Hoy viajar fuera del planeta ya no asegura a un país la dominación mundial, pero sigue siendo un acontecimiento excepcional. A más de trescientos veinte kilómetros de altura, cosmonautas y astronautas conviven en paz en la Estación Espacial Internacional. Allí, pocas cosas los diferencian, como el material con que purifican su agua —yodo los gringos, plata los ex soviéticos—, o las copas de vodka y cognac que los rusos sí tienen permiso de tomar. La champaña, sin embargo, está prohibida para todos. Pero se puede ser astronauta sin haber traspasado la atmósfera terrestre. Ronnie Nader no ha llegado a viajar fuera del planeta, pero es un hombre excepcional.

Un siglo atrás, volar debajo de la atmósfera también lo fue. Los primeros aviadores eran elevados a héroes, y sus viajes reseñados como hazañas. Recibían todos los honores de los hombres y todos los suspiros de las mujeres. Sus nombres se inscribían en placas, y sus vidas se resumían en los libros de historia. Décadas más tarde, volar en avión se fue volviendo una rutina mesocrática. Ya casi nadie se baja del avión ante una comitiva que lo recibe con flores y discursos. Nadie escribe triunfante en su perfil de Facebook: “Hoy viajaré por primera vez en avión”. Algún día, lo mismo pasará con los que se van al espacio. Dará lo mismo astro, cosmo o taikonauta —el equivalente chino—. Como explica George Zamka, ex piloto de los transbordadores Discovery y Endeavour de la NASA, se ha empezado a privatizar el monopolio estatal de la galaxia. Con el turismo espacial inaugurado en 1999, no está lejos el día en que la Estación Espacial Internacional sea el nuevo destino del verano patrocinado por Coca-Cola. En 2013, la nave de Virgin Galactics, la galáctica empresa fundada por el multimillonario inglés Richard Branson, despegó del puerto espacial América, en Nuevo México, subió a más de veintiún kilómetros, rompió la barrera del sonido y regresó a la tierra. La empresa de Branson ofrece vuelos espaciales para quien pueda pagarlos —doscientos cincuenta mil dólares por asiento— y ya tiene más de quinientas reservaciones para volar en la SpaceShipTwo. Esa nave se accidentó en un vuelo de prueba en 2014, pero Branson ha dicho que está más resuelto que nunca a que el paseo orbital sea una realidad.

Nader, quien costeó su entrenamiento de cosmonauta en Rusia con sus ahorros de ingeniero de software, no tenía vocación de turista espacial. Le parecía poca cosa: “Yo quería toda una aventura nacional”. No le bastaba con poner su nombre en órbita. Quería viajar en nombre de toda la patria. Convertirse en el hombre que inauguraba la era espacial en un país conocido como el mayor exportador de banano del mundo. Pero las empresas cósmicas nacionalistas son cosa del siglo pasado. Ya nadie lanza cohetes espaciales por orgullo patrio. Hoy, el espacio —como la guerra— es un mercado donde las empresas privadas se asocian con las agencias estatales. En quince o veinte años, los niños no se maravillarán porque la gente pueda acercarse a las estrellas, sino porque hacía unas cuantas décadas era todo un acontecimiento. Para el cosmonauta Ronnie Nader, esta aventura incluiría entrenarse por cuenta propia en Rusia y crear EXA, la Agencia Espacial Civil Ecuatoriana y construir y enviar al espacio dos satélites, Pegaso y su gemelo Krysaor, con la bandera de su país. Al Ecuador la era espacial y su héroe estratosférico le han llegado con cincuenta años de retraso.

En el centro Gagarin de Moscú, Ronnie Nader recibió un uniforme hecho a su medida por los sastres de NPP Zvezda, la compañía que desde la segunda mitad del siglo XX ha fabricado la indumentaria aeroespacial rusa. El traje, llamado Sokol —halcón en ruso—, es blanco y voluminoso y por dentro está hecho de nylon 6, el mismo material con que se fabrican las cerdas de los cepillos de dientes. Un día de junio de 2007, después de casi quinientos días de entrenamiento, Nader rindió allí sus últimas pruebas: había volado en dos aviones supersónicos rusos a una velocidad de casi tres mil kilómetros por hora, y en su último examen tuvo que ponerse encima los diez kilos que pesa el Sokol mientras flotaba en una simulación de gravedad cero. Nader se graduó de cosmonauta en una ceremonia sin aspavientos. No hubo nadie de su familia. Apenas un delegado de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, los funcionarios del Centro Gagarin y tres equipos de periodistas de Ecuador. Un estrechón de manos, una palmada en el hombro y un breve aplauso sellaron una ceremonia austera en la que recibió el diploma y las alas de titanio que lo acreditan cosmonauta. En unos meses que atravesaron años, Ronnie Nader había estudiado mecánica orbital y astronavegación y había sometido su cuerpo a extenuantes rutinas como la simulación de un ambiente a diez mil metros de altura. Un par de días después, el primer cosmonauta del Ecuador regresó a su país en una aerolínea comercial. Bajó del avión y puso los pies sobre la Tierra.

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En 2013, más de medio siglo después de que la Unión Soviética lanzara el Sputnik, el primer satélite artificial de la humanidad, el cosmonauta Ronnie Nader monitorea desde un moderno centro del de Ecuador el lanzamiento de Pegaso en China. Lanzar el primer satélite de un país que tomó prestado su nombre de una línea imaginaria es toda una escena cinematográfica: desde las afueras de Guayaquil, en el ECU911, un centro de inteligencia atiborrado de computadoras, unas trescientas personas están atentas a lo que sucede al otro lado del mundo, en el cosmódromo de Jiuquan, desierto de Gobi, noroeste de China. Pegaso, bautizado así en memoria del caballito alado de la infancia de Nader, parte hacia la órbita del planeta Tierra un segundo después de las once y trece minutos de la noche. El cosmonauta se comunica con sus pares asiáticos. Cuando Pegaso se separa del cohete chino que lo ha llevado fuera del planeta, la operación queda bajo su total mando. Nader anuncia por un altavoz: “Bienvenido, Pegaso, al cielo, bienvenido al espacio, Ecuador”. El centro de control rompe en júbilo. Entre los que aplauden está Rafael Correa, presidente de la República y ex jefe de la tropa Scout 14 de la que Nader fue parte. Ha seguido con atención el lanzamiento, en silencio y con sus ojos verdes clavados en la pantalla. El presidente de Ecuador lleva puesta una de sus camisas de bordados precolombinos dentro de una casaca negra con la insignia del proyecto Pegaso sobre el hombro izquierdo y la inscripción R. Correa sobre el pecho. El gobierno ecuatoriano ha contribuido setecientos mil dólares para los seguros y el lanzamiento de los satélites gemelos construidos por Nader. Esa noche, cuando el primero de ellos, el Pegaso, llega al espacio, el cosmonauta y el presidente se abrazan. Nader dice con voz quebradiza: “Señor Presidente, lo logramos”. Correa le corresponde el abrazo, y el cosmonauta remata para la posteridad: “Somos un país espacial”. Dos ex boyscouts se han reencontrado para cumplir los deseos de su infancia.

Rafael Correa y Ronnie Nader pertenecían a dos categorías definidas de niños: los que quieren ser presidentes y los que quieren ir al espacio. Pertenecen, además, a la excepcional categoría de niños que cuando crecen lo logran. A ambos, la Universidad Católica de Guayaquil, donde estudiaron —economía, el Presidente, ingeniería en sistemas, el cosmonauta— los nombró parte de los cincuenta mejores alumnos de su historia. Pero el cosmonauta y el Presidente no se parecen: Correa exuda carisma, es guapo y tiene el aplomo seductor de quienes han crecido en la adversidad. Nader, por el contrario, es de complexión tosca, tiene facciones duras y una voz que, aunque no es grave, transmite una vocación inquebrantable y una disciplina marcial. Cuenta el cosmonauta que, aunque sus padres se divorciaron cuando él era muy niño, su madre logró que jamás le faltase nada. Ronnie Nader es un tanto huraño: unos de sus ex vecinos recuerda un día que paseaba con su hija de cuatro años por la casa de Nader, que entonces tenía una especie de caballo enano, la niña gritó: “¡Qué lindo el poni!”. Con un gesto tajante, Ronnie Nader le aclaró que eso no era un poni. Correa, cuyo carisma lo ha llevado al cargo más alto al que puede aspirar un político, la habría trepado al caballo para hacerse una fotografía con ella. Correa es uno de los cincuenta y tantos hombres que han llegado a la presidencia de Ecuador desde su independencia. Nader es el único hombre en este país capaz de llegar a las estrellas desde que volar hasta ellas es posible.

El primer cosmonauta de Ecuador no suele ir a fiestas ni salir de casa. Lo suyo es estar metido en un laboratorio en Guayaquil de ubicación reservada o planeando la próxima ocasión en que llevará el traje espacial. No es hincha de ningún equipo de fútbol y no entiende la cobertura desmedida que se da a los partidos de la selección nacional. “Nadie es menos pobre cuando gana la selección —se queja—. De hecho, somos más pobres”. El presidente de Ecuador, en cambio, es seguidor del Club Sport Emelec, ve la mayoría de sus juegos y celebró el último campeonato de su equipo. Rafael Correa también cree que es hora de que el país dé un salto a la adultez. Un salto que le permita al Ecuador dejar de comprarle electricidad a Colombia y empezar a vendérsela al norte del Perú, que modernice hospitales y construya escuelas donde antes no había, perforar la selva para sacarle todo el petróleo posible y volar los cerros para tener las minas a cielo abierto más grandes del continente.

Hasta tres semanas antes del lanzamiento de Pegaso, el presidente de Ecuador no sabía nada del proyecto. El satélite, un cubo de diez por diez centímetros, tiene el tamaño de una cajita de joyas. Lleva una cámara de alta definición para grabar y transmitir lo que capta fuera de la Tierra. Como todo ecuatoriano emigrado, el satélite es como un patriota sentimental: cada tanto toca el himno nacional. Ha sido lanzado en medio de la parafernalia de un país enamorado del simbolismo: lanzar un satélite diminuto desde China y celebrarlo como si se tratara de la primera misión tripulada a Ganímedes no es raro en un país que en los años setenta, durante la dictadura militar de Guillermo Rodríguez Lara, rindió honores militares y paseado sobre un tanque de guerra al primer barril de petróleo que Ecuador exportaría. Ahora la música de la televisión pública termina de redondear el ambiente heroico del lanzamiento del Pegaso: tiene un remoto parecido a Así habló Zaratustra de Richard Strauss, la banda sonora de 2001 Odisea Espacial de Kubrick. Sirve de fondo para el relato en off de la presentadora de televisión, quien informa que Ecuador ha hecho lo que antes nadie en Sudamérica había intentado. Pegaso no era el primer satélite de la región dando vueltas por la galaxia: los hay argentinos, brasileños, venezolanos, pero sí  es el único de su clase que no había salido de una sala de proyectos de una agencia de gobierno.

En el centro de control de Guayaquil, Nader y Correa posan para la foto detrás de una bandera nacional que el cosmonauta acaba de sacar de su cazadora. La presentadora de televisión lee el teleprompter con una voz modulada para que sus palabras retumben como retumban los dichos históricos: “Ahora Ecuador mira desde el espacio”. Nader improvisa un discurso de agradecimiento. Dice que sin el gobierno de Correa el lanzamiento de Pegaso no hubiera sido posible. Aprovecha para contarle al presidente que en el disco duro del satélite va una representación de la insignia de su grupo scout. La tropa 14 se fue al espacio. El cosmonauta agradece a su madre frente a las cámaras. El presidente del Ecuador lo interrumpe y bromea: “Señora, ¿se acuerda cuando lo botaba de los Scouts?”. El cosmonauta suelta una carcajada, y le da al presidente una palmada en la espalda. Le recuerda las travesuras del pasado señalando con el índice, como puntero errático, la sala de control: “¿Por ésta no me vas a botar, no?”.

Después de graduarse de cosmonauta, Nader decidió ser un ingeniero aeroespacial autodidacta. Los ingenieros aeroespaciales construyen las naves que se van al espacio y se quedan en tierra firme. Cuando las naves llevan astronautas, la misión de los ingenieros aeroespaciales es salvarlos de vagar para siempre en la Vía Láctea, como le sucede por al personaje de George Clooney en la película Gravity. Son el cable que los sujeta a Tierra. Tal vez si un astronauta comete un error este acabe siendo parte de las anécdotas: lo alertaría una computadora y se resolvería. Pero el error de un ingeniero aeroespacial terminará en tragedia. “Ser astronauta no es nada comparado con ser ingeniero aeroespacial”, explica Nader desde un sillón de su casa. “Nadie anda pidiéndole autógrafos a los ingenieros que hacen esas naves donde nosotros volamos como monos entrenados”. Nader asegura que fabricar los satélites fue más difícil que aprender a volar en el espacio.

Era más que temerario fabricar un cubo capaz de orbitar el planeta en un país donde apenas se había diseñado y producido un automóvil —el Andino, un modelo setentero del que se bromeaba: “el carro divino que te deja a medio camino”—. Según Nader, tuvieron que importar el titanio, diseñar las estructuras y los escudos, construir las baterías. Cuando los ingenieros encargados de la electrónica fallaron, el cosmonauta los despidió. “Con Ronnie Nader hay que estar siempre a la altura”, dice Jaime Jaramillo, el aliado estratégico con el que la Agencia Espacial Ecuatoriana construyó los escudos protectores del satélite. Suelta una ligera risa cuando explica que Nader es temperamental y obstinado, aunque Jaramillo prefiere rotularlo como un hombre de misión: “Y las misiones”, continúa Jaramillo, “están para cumplirse”. Sin ingenieros electrónicos, el ingeniero en sistemas convertido en ingeniero aeroespacial asumió también el diseño de la electrónica de los satélites. Otra vez, el comandante fue autodidacta. Empezó por las tarjetas de circuitos, esas placas verdes llenas de líneas y puntos que uno encuentra si desarma un disco duro cualquiera. Nader empezó con las tarjetas lisas, las peló a mano, soldó con cuidado sobre ellas cada línea y cada punto. Artesano futurista, Nader trabajó durante casi dos años para poder decir que hasta el último tornillo se hizo en Ecuador. “Hacer dos satélites nos convirtió en excelentes ingenieros”, dice Nader antes de hacer una pausa dramática, necesaria para que las palabras caigan por su propio peso, haladas por las fuerzas gravitacionales de la Historia: “Hacerlos gratis nos convirtió en héroes. En patriotas”, concluye. Pegaso y Krysaor son los primeros nanosatélites en transmitir imágenes que se pueden ver en vivo en el portal de internet EarthCam. Algún día quedarán entre los veintitantos mil fragmentos de basura sideral, como los escombros de un naufragio, con una inscripción: Made in Ecuador.

Nader es un creyente de que Ecuador cambió para siempre desde que lanzó el satélite Pegaso. Dice que los cambios más grandes ocurren cuando nadie se da cuenta. Equipara el lanzamiento de Pegaso con el del Sputnik. Esa noche, me explica desde su sillón en Guayaquil, la Unión Soviética dejó de ser un país rural e industrial para convertirse en una potencia mundial. Lo hizo gracias al genio de Sergei Korolev, el padre del vuelo espacial e ingeniero de Yuri Gagarin. El símil que Nader propone es más que evidente. Él está seguro de que será el hombre que va a sacar al Ecuador de la mediocridad agrícola y acelerar su incipiente industrialización. Él es el hombre que ha señalado el camino hacia el futuro. A Ronnie Nader lo secunda un grupo de voluntarios que confía en él sin reservas. El cosmonauta les ha prometido la posteridad: “No les ofrecí un sueldo sino la oportunidad de poner sus nombres en la Historia”. No lo duda.

El lanzamiento del Sputnik fue una victoria moral soviética en plena Guerra Fría. Aquella esfera metálica del doble del tamaño de una pelota de basketball hizo que los americanos se estremecieran de pavor con la idea de que un artefacto comunista les pasaba sobre las cabezas. El cosmonauta ecuatoriano cree que le ha legado una ganancia inmaterial a Ecuador. Su autobiografía personal parece encarnar el mismo mantra de autoayuda que su país gritaba en los estadios, cuando la selección nacional de fútbol clasificó por primera vez a un Mundial de Fútbol: ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede ¡Sí-se-puede!

Nader cuenta que tres días después de graduarse en Moscú la agencia espacial rusa, Rosaviakosmos, le ofreció trabajo y que esa noche no pudo dormir. Se trataba de eso o de montar la empresa demencial de una agencia espacial propia. Sin más dinero que el suyo.  Una odisea espacial privada. El cosmonauta malayo Faiz Khaleed, compañero de Nader en la Ciudad de las Estrellas,  recuerda que el ecuatoriano  estaba convencido de que su futuro estaba en el Ecuador. La mayoría de los cosmonautas latinoamericanos trabajan en el extranjero.  La NASA ha lanzado a once hispanos al espacio, de los cuales tres —el costarricense Franklin Chang, el peruano Carlos Noriega y el argentino Frank Caldeiro— nacieron fuera de Estados Unidos, pero volaron como ciudadanos norteamericanos. Sólo se les atribuye latinos por su ascendencia. A George Zamka lo llaman “el astronauta colombiano” porque su mamá es de Medellín, igual que a Cristina Aguilera la llaman “la cantante ecuatoriana” porque el padre que la abandonó es de Guayaquil. El malayo Khaleed y Nader se habían hecho amigos y compartían el tiempo libre que el entrenamiento les permitía. Cada vez que conversaban, según Khaleed, Nader insistía en su programa de Ecuador al Espacio: “Me regaló una camiseta con el logo del proyecto”, dice por Skype desde Kuala Lumpur.

El cosmonauta Ronnie Nader presentó solo el programa Ecuador al Espacio en el salón del Hilton Colón de Guayaquil. Era agosto de 2007 y acababa de regresar de Rusia con su diploma espacial. Habló de vuelos de microgravedad, satélites, puerto espacial y una misión tripulada a la Luna. Tenía enfrente a medio millar de curiosos invitados —entre periodistas, diplomáticos rusos, oficiales del ejército, amigos y espectadores accidentales— que lo escuchaban en escéptico silencio. Nader recuerda una atmósfera de incredulidad y condescendencia en el salón del hotel. Gran parte de lo que declaró les sonaba a disparate. No es común que los países metidos en el saco eufemístico de las vías de desarrollo tengan una industria aeroespacial. Faiz Khaleed cuenta que él y Sheik Muszaphar Shukor—el otro cosmonauta malayo— pudieron entrenarse gracias a que el gobierno de Malasia compró unos aviones rusos. Una especie de combo aeroespacial: por la compra de unos Sukhoi, le entrenamos dos astronautas. Un programa aeroespacial suena a capricho político o excentricidad científica en un país como Ecuador que sigue entre los diez más pobres de América Latina, según un informe de 2013 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU.  La ambición de explorar el espacio ha traído soluciones inadvertidas al planeta Tierra: hoy los bomberos y los pilotos de carreras están más seguros porque visten las fibras inventadas para los trajes con los que los cosmonautas pasean por el espacio. Un reloj cuya carátula no se raya es un pedacito de la ventana de una nave espacial. Las primeras gafas con protección ultravioleta fueron los visores de  un casco de astronauta. El GPS, que nos guía como lazarillo robótico por carreteras nunca antes recorridas, es otro invento de la ciencia espacial. Cada salida al cosmos nos devuelve un mundo tecnológico un poco mejor. Pero invertir más de setecientos mil dólares, públicos y privados, en lanzar dos satélites al espacio no admite un diagnóstico alegre de locura en un país donde casi la mitad de los ecuatorianos viven en el subempleo (según cifras de 2014), la maternidad adolescente es una de las más altas del continente y donde no se detiene la depredación ambiental en nombre del progreso.

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En la mitología griega, Pegaso es el primer caballo que estuvo entre los dioses. En la mitología ecuatoriana, Pegaso es la primera nave espacial nacional en enfrentarse a una de las cinco deidades que reinan en el espacio: los desechos espaciales, la radiación, el plasma, el ambiente neutral y el vacío. Se llaman dioses porque, cuando se lanzó el primer Sputnik, mientras esperaban que el satélite completara la órbita y diera señales de estar funcionando, Sergei Korolev le preguntó a uno de los operarios del centro de vuelos si creía en Dios. El operario, como era de esperarse, le contestó que no. “Entonces”, le pidió el padre del vuelo espacial, “encomendémonos a los dioses del espacio”. Desde ese día, a todos los cosmonautas que están por abandonar el planeta en una nave, los ingenieros rusos les imponen las manos y recitan una invocación a los cinco dioses. El quinto dios de los cosmonautas rusos —los desechos espaciales— averió para siempre a Pegaso. Después de un mes en órbita y siete días de enviar sus primeras imágenes, el satélite dejó de transmitir: Pegaso se estrelló con basura espacial rusa y empezó a girar sin control. Fue una colisión lateral. Un regalo caído del cielo para los opositores políticos de Correa, que ridiculizaron la obra de Nader. Una gran oportunidad de atacar a su amigo, el presidente.

La mañana siguiente al lanzamiento del satélite, el rapero guayaquileño Au-D presentó Todos somos astronautas, una canción de dos minutos dedicada a Pegaso. “Volando hacia arriba, surcando el espacio,/ jugando entre estrellas, montado en un Pegaso”. Nader asegura que  la canción puso a llorar a gente del centro de control a las afueras de Guayaquil. En el siglo XIX, el alemán Alexander von Humboldt había perfilado a los ecuatorianos: “Son seres extraños y únicos. Duermen tranquilos en medio de humeantes volcanes, viven pobres con riquezas inimaginables a su alrededor y se alegran con música triste”. Apenas le faltó mencionar la vocación hiperbólica sobre los triunfos y las derrotas. Los enemigos de Nader, que son los mismos del gobierno de Correa, dijeron que había comprado las partes del satélite en China, que no era cosmonauta y que EXA funcionaba en el patio de su casa. Martín Pallares, un periodista opositor, lo acusó de montar un espectáculo para servir a oscuros fines de la Secretaría Nacional de Comunicación de Ecuador. En El Fraude de Pegaso y su gran éxito mediático, Pallares decía que con ocho mil dólares se podía comprar un satélite por internet, y que Pegaso había costado casi cien veces más. El texto, más opositor que preciso, levantó una polémica. Carlos Andrade, un científico ecuatoriano con estudios en robótica y aeroespacio que trabajó con nanosatélites en el MIT, precisa: los satélites que se compran por internet son para una órbita de trescientos diez kilómetros, y que Pegaso estuvo a más de seiscientos kilómetros de altura. Según el científico, Pegaso tardará más o menos diez años en caer, mientras que los satélites que se compran con un clic no duran más de dos meses en operación. Pegaso tampoco le había costado más de setecientos mil dólares al gobierno: el proyecto entero, –incluidos los seguros contra daños y pérdidas, las pruebas y validaciones aeroespaciales de los dos satélites–, se financió con ese dinero y otros miles de dólares provenientes de los fondos de Nader y del auspicio de Sunny, una empresa que fabrica jugos. Adolfo Chaves, un ingeniero aeroespacial costarricense que participó en la construcción de un satélite holandés, coincide en que no se puede fabricar satélites como los de Nader con unos miles de dólares “Lo que han hecho —explica el ingeniero aeroespacial— es regalar un trabajo que en Europa costaría entre un millón, y un millón y medio de dólares”.  Pegaso tiene unas alas desplegables y unos micromúsculos inteligentes, algo que no se encuentra googleando como había sugerido el periodista en su crítica. “A ese patán ni lo conocía”, dice Nader desde el sillón de su casa a las afueras de Guayaquil. El cosmonauta se enfureció. Los detractores del gobierno habían metido en el mismo saco el proyecto de los satélites y el odio a Rafael Correa.

El cosmonauta terminó atrapado en una telaraña política de la que se esforzaba por salir a patadas que lo enredaban aún más. Nader, el hombre reservado que en su entrenamiento calificó entre los cuarenta mejores de los más de cuatrocientos graduados del Centro Gagarin, no resistió el ring verborreico de la política ecuatoriana. Los opositores del gobierno vieron en él un aliado de Correa, y en política, como en toda guerra, los amigos de los enemigos también deben ser destruidos. “Politizaron un hecho histórico. Científico”, critica Nader desde su sillón. No entendió la virulencia en su contra, le frustraba la ingratitud hacia él, que había hecho del Ecuador uno de los treinta y tantos países del mundo que tienen un satélite orbitando alrededor de la Tierra. El cosmonauta, tan inexperto en política como creyente en el valor de su obra, buscó defenderse en sus propios términos. Utilizó la cuenta de Twitter que había abierto para comunicar los avances de Pegaso y defenderse a trompadas virtuales de sus detractores. Lanzó mensajes beligerantes. “Si me dices cuál centavo de los setecientos mil es tuyo, te lo devuelvo, ¿ok?” desafió a uno de sus críticos. Escribió que no discutía con periodistas, solo con ingenieros. Diseñó un algoritmo para rastrear y desenmascarar a los usuarios de Twitter que lo insultaban. “Oiga don @Ronnie_Nader el sábado tengo una fiesta de disfraces, ¿me presta el suyo? Por el satélite no se preocupe, llevo un cubo Maggi”, decía uno. “Agarren al perico que se le está comiendo el cerebro a Nader”, decía otro. Le dio un ultimátum a un universitario y pasante del Observatorio Astronómico de Quito para que se disculpara por declarar a CNN que Pegaso no transmitía en tiempo real. Nader mostró los registros de un sistema de seguimiento satelital que desmentían al muchacho que, asustado y en evidencia en su error, terminó por disculparse. El cosmonauta llamó a sus detractores ignorantes, tontos, arrogantes, viles, canallas. Esa actitud vehemente hizo que tambaleara el pedestal que con tanto esmero se había fabricado para sí mismo: “Si ser el héroe nacional significa que no pueda bajar a poner en su sitio al malcriado que miente en mi cara, entonces no merezco ese puesto”. Nader dice no tener oídos ni tiempo para críticas “Yo estoy metido en mis cosas, enfocado en mi programa espacial, en mis ideales, mis sueños y mis problemas”  En realidad, parece no estar dispuesto a tolerarlas: “No hay tal cosa como crítica constructiva. Lo que veo es, nada más, envidia y celo”. Dice que las tomará cuando vengan de alguien que haya construido dos satélites, aprobado el entrenamiento de astronauta y vivido una emergencia en órbita. Ronnie Nader es un vehemente al que le cuesta reconocer sus errores. Él prefiere llamarlos experiencia.

La grandielocuente convicción de Nader de que su trabajo es un gran salto para su país no significa que su trabajo sea un fraude. Pegaso dejó de transmitir su señal después de tropezarse con la basura espacial rusa. Las catástrofes acosan todas las misiones estelares, y sus eventuales fracasos son sólo una oportunidad de persistir. La hazaña de Yuri Gagarin estuvo a punto de terminar en catástrofe cuando un cable no se separó por completo de la nave principal y la cápsula en que viajaba el primer viajero espacial de la historia se convirtió en un yo-yo interestelar. El cable que se desintegró en la atmósfera le salvó la vida a Gagarin, quien recuperó la conciencia un antes de aterrizar cerca del pueblo de Smelovka. Richard Nixon había preparado un discurso anunciando que Neil Armostrong y Buzz Aldrin no regresarían de la primera misión lunar: “Saben que no hay ninguna esperanza para su recuperación, pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio”. Por un error en su diseño, el primer satélite chileno FASat–Alfa no se separó del satélite ucraniano al que estaba incorporado y jamás funcionó. La Mars Climate Orbiter, una sonda de la NASA que debía aterrizar en Marte, se destruyó cuando intentaba penetrar la atmósfera marciana porque los ingenieros creían que los datos que enviaba la nave venían codificados en el sistema inglés de medidas en lugar del sistema métrico decimal. En diciembre de 2013, Brasil y China lanzaron un satélite que nunca llegó a entrar en órbita por un desperfecto del cohete. El error es la madre de los avances científicos. El error es la madre del progreso. El error de Nader fue tomarse demasiado en serio lo que se decía en el ciberespacio, especialmente en Twitter. Para los partidarios del gobierno, el lanzamiento de Pegaso fue el inicio de la conquista espacial. Para sus adversarios, una charada propagandística. El país de la mitad del mundo convive dividido.

La familia del cosmonauta le ha hecho jurar que no habrá un tercer satélite. Les dolió tanta virulencia pública contra él. El programa espacial de Ecuador y su creador sucumbieron al efecto Rafael Correa: todo lo que el presidente toca se convierte en discusión a gritos. También de puños. Cuando un político ganaba la Presidencia de la República de Ecuador, tenía una tarea principal: evitar que lo derroquen. Lo que le quedaba de tiempo, lo utilizaba para gobernar. Entre 1996 y 2006, hubo siete presidentes, un triunvirato y una efímera presidenta que duró dos días en el cargo. Insólito ex jefe de boy scouts, el presidente Correa se ha estabilizado en el poder y gobierna con mano dura a tiempo completo. Desde que está allí, un millón de ecuatorianos ya no son pobres. Restringió la libertad de prensa, y expulsó del país a la embajadora de Estados Unidos y a los funcionarios del Banco Mundial y el FMI, pero hoy es el presidente latinoamericano más popular entre sus ciudadanos. Ha anunciado que en los próximos dieciséis años se invertirán más de veinte mil millones de dólares para construir Yachai, una ciudad experimental en el centro de Ecuador habitada por científicos e intelectuales, desde donde planean crear tecnología propia y exportarla. Un experimento social que coincide con las ambiciones del cosmonauta ex boy scout: construir un puerto espacial para aprovechar el magnetismo del centro de la Tierra.

En 2007, Nader demandó por sesenta millones de dólares a una compañía de atún. En un comercial de televisión, un hombre a quien presentaban como Edwin Aldrin Zambrano, el primer astronauta ecuatoriano, llevaba en su vuelo espacial con la nave Si-se-puede 1 una lata con encebollado de atún. Por entonces, Nader aún no se había graduado de cosmonauta, pero creía que ese anuncio comercial usurpaba su imagen: “El primer astronauta ecuatoriano tiene un nombre”, me advirtió Nader desde un sillón de su casa en las afueras de Guayaquil. En 2010, tres años después de haberla enjuiciado, desistió de su demanda cuando la atunera aceptó pagarle una fracción de lo que pedía. Para la empresa de atunes se trataba de una cuestión práctica: o seguía pagando a su abogado para que la defendiera o le pagaba al cosmonauta. Para el cosmonauta, era saldar una ofensa contra el hombre que llevaría a Ecuador al espacio. Ronnie Nader está convencido de que es el pionero sideral de la patria, el que la sacará de dos siglos de adolescencia agrícola y la guiará a la adultez espacial: “Así como hay cosas que un niño debe hacer para convertirse en hombre —insiste—, hay cosas que un país debe hacer para convertirse en nación”. Saltar de Banana Republic a Space Nation. El cosmonauta Ronnie Nader es una hormona del crecimiento nacional. Ese comercial de atún no era la imagen que él quería de sí mismo. La posteridad que Nader había elegido no era la falsa y ridícula imagen de una publicidad de pescado enlatado. Era ser el pionero de la historia cósmica del Ecuador.

Llegará el día en que ya nadie recuerde al falso astronauta que abría una lata de encebollado en el espacio. El entrenamiento solitario de Nader en Rusia, la agencia espacial que fundó y la ingrata ingeniería de sus dos satélites han opacado ese ingenio atunero mercantil que años atrás desató su ira. En la vida real, Edwin Aldrin Zambrano, esa caricatura ficticia y publicitaria del cosmonauta Nader, era un taxista guayaquileño que comía encebollado, una sopa popular de atún, yuca y cebolla.  Un hombre rechoncho, sonriente y deslenguado que no se parecía al cosmonauta. Hoy Ronnie Nader, a quien la compañía de atún tuvo que indemnizar por haber explotado su imagen para vender sus enlatados, proyecta puertos espaciales y alunizajes que posicionen a Ecuador en el mapa sideral. En enero de 2014, Krysaor, su segundo satélite, empezó a enviar sus primeras señales desde la frontera con el espacio exterior. Según él, dos compañías, una belga y una suiza, se han interesado en la construcción de su puerto espacial ideado. Ronnie Nader seguirá esperando con paciencia el día que pueda por fin vestir su traje espacial fuera de la Tierra. Las peleas del impetuoso cosmonauta en el ciberespacio harán que su recuerdo no sea tan heroico. Después de todo, hasta el sol, dijo José Martí, tiene manchas.

Pasta de campeón

Publicado: 20 febrero 2017 en Jhonnatan Torrez Casanoba
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Sparring:

Cuatro segundos sin aire. Uno, dos, tres, cuatro… (como si fueran eternos)

1: El golpe preciso en la boca del estómago me quita el aire.
2: Pierdo el equilibrio. Intento respirar, no caer, meter aire. Caigo.
3: Desde el lodo puedo ver a estos hombres de uniforme, sin identificaciones. Uno sigue en la motocicleta negra, destartalada y sin placas; esperando a ver qué hago.
4: El aire vuelve con dolor, quiero hablar para pedir ayuda. Apenas puedo aferrarme a mi mochila e intento alcanzar la grabadora que cayó a menos de un metro del anónimo uniformado. Esto lo enfada más.

—No estarás grabando, ¿no?
—No…
—Bueno, cojudito, mejor que aprendas a no meter tu nariz donde no debes.

Los testigos reclaman por qué me golpearon (benditos sean). El conductor de la motocicleta sentencia:

—Ya sabes, última vez.

Se van.

Segundos después aparece una patrulla. Les cuento que intentaron quitarme la mochila, mis notas, la grabadora y cuando me negué, recibí el golpe. Un policía joven y de trato torpe, me dice:

—Si no hay placa o nombres, no podemos hacer nada. Vamos a estar atentos, pero ¿te das cuenta de que esto es una advertencia?

Una advertencia por meter la nariz donde no debo. Un canal de drenaje donde venden droga. Sí, y qué. Con una mezcla de enojo e impotencia, recuerdo esa tarde en que me metí en este lío. Todo había empezado con un apretón de manos. Así nada importante.

Dos meses antes de ese gancho al estómago, mientras trataba de entender cómo funcionaba esta ciudad que estructurada en anillos, devora a quien no puede seguirle el ritmo, conocí a Miguel. Miguel es un hombre viejo, delgado, que oculta las canas en una gorra desgastada y que tiene la mirada fija sobre mí. Nada extraordinario. Un tipo en la calle.

Alguna vez me contaron que dar la mano al saludar era una forma de demostrar que no tenías un arma y que podías ser confiable. Fue lo único que se me ocurrió cuando lo tuve en frente, extenderle la mano. Él hizo lo mismo.

—Buenas ¿qué hace por mi humilde barrio? -me dice en tono de broma.

Ese día, y así, conocí a Miguel Medina, quien a sus 56 años tenía las arrugas que te dejan la nostalgia, unos pantalones blancos y la autoconfianza de quien ha recibido muchos golpes en la vida.

—Yo fui boxeador, creo que por eso sigo vivo -dice

El boxeador

Miguel nació en Riberalta, es el sexto de siete hermanos. El negocio de la familia eran la castaña y la venta de madera. Cuando cierra los ojos y recuerda el monte puede oler la tierra mojada.

Miguel cuenta que aprendió a pelear en su pueblo. Para cuando se trasladó a Santa Cruz de la Sierra a estudiar Ingeniería Civil, una de las primeras cosas que hizo fue buscar un gimnasio dónde entrenarse. Quería ser boxeador.

—Es que al toro hay que darle con qué torear, pues -dice riendo, aún con los ojos lejos, 35 años atrás.

Era 1980. Por esos años el deporte preferido de la ciudad era el básquetbol. Ser boxeador era algo extraño. Entrenar para pegarle a la gente iba en contra de la voluntad civilizadora de los tiempos. Sin embargo, en esa época se forjaron leyendas del boxeo nacional, como Hugo “Pacho” Olivares, el primer boliviano en lograr el título latinoamericano de los pesos medianos de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Ese año llegó un promotor de la AMB. Y eligió a unos cuantos. Para estar en esa selección había que hacer más que pelear. Había que ganar. Miguel estaba decidido. Entre golpe y golpe atrajo las miradas de los demás boxeadores y así consiguió su apodo.

—Me pusieron ‘Escocés’. No es un gran apodo. Al principio me daba vergüenza, pero como en todo, uno se acostumbra.

—¿Y por qué la vergüenza?
—Yo tenía un short rojo con negro, a cuadros. Lo usé en una de mis primeras peleas. Cuando estaba arrinconado contra las cuerdas, recibiendo golpes, me di cuenta que solo podría salir de un salto. Esperé que lance un golpe largo y levanté la pierna. El short se rompió y quedó como una falda. Y qué te puedo decir. Ese día no llevaba calzones.

Cuando el público comenzó a corear: “Escocés” (bis), el oponente se distrajo. Miguel combinó golpes al hígado, el estómago y la mandíbula, esa serie de golpes se convertirían en su marca personal. El oponente, de quien nadie recuerda el nombre, cayó y Miguel ganó la pelea, su apodo de boxeador y un lugar en el grupo. Hay días en que la suerte se hace querer.

El campeón Hugo “Pacho” Olivares desde su hogar, siete anillos lejos del ruido, dice que hace mucho que no habla del boxeo, porque si bien le trajo muchas alegrías, también le trajo dolor. Él fue implicado en un caso de narcotráfico que le costó la pelea por el título mundial que debía disputar con el francés Gilbert Delé en Francia. Estuvo un tiempo preso en el extranjero y aunque al final se probó su inocencia, recuerda el episodio con amargura. Eran los 80 pues, el narcotráfico había sentado sus reales en Bolivia. Se había extendido hasta los más altos niveles de gobierno. Entonces teníamos incluso nuestro “Rey de la Cocaína”, un hombre que no solo financió un golpe de Estado, sino que se convirtió en el principal proveedor de Pablo Escobar, según el libro “Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narco-Estado”, escrito por la esposa de Suárez, Aida Levy. Durante esa década, la coca se había convertido en el 12% del Producto Interno Bruto del país. Para 1983 el tambor de coca (100 libras) costaba 800 dólares. Una obscena cantidad de plata. Para el final de la década, Bolivia producía cerca de 1.200 toneladas de pasta base de cocaína. Esos días el narcotráfico no solo se había convertido en un negocio rentable y peligroso, sino que había abierto la puerta sin salida para el consumo interno, en todos los estratos sociales.

En esa época, Miguel consumía cocaína. Al principio porque le ayudaba a beber más tiempo, a ser el que más aguantaba, a ser el campeón. En 1983, tuvo la oportunidad de hacer que su nombre tenga peso en el mundo del boxeo. Se embarcó en una gira nacional con otros boxeadores, entre ellos, “Pacho”. Una de las paradas era Tarija. Allá Miguel debía enfrentarse a Rogelio Jimenez, “La Perla Negra”, un boxeador grande, bailador, con pegada bestial.

—Yo estaba nervioso. El negro era fiero, pero yo no me iba a dejar. Estaba mareado cuando subí al ring, pero una vez lo tuve en frente, fue o él o yo.

Lo que nadie le había dicho a Miguel era que habían programado la pelea para que “La Perla Negra” lo despedace. Era el chanchito del sacrificio. Se acordaron 6 rounds. “La Perla”, un boxeador ya reconocido en esa época, de esos que bailan en el ring, que tienen las manos en baja guardia, que juegan con el oponente y dan ganas de darle un tiro, estaba listo para la que se supone sería una pelea sencilla. “Pacho” recuerda el episodio con emoción y risa:

—Le hizo la vida imposible a “La Perla”. Entró directo a arrollarlo, sin ver, sin pensar. Fue una pelea hermosa. “La Perla” quería jugar con Miguel, pero no tenía tiempo para nada. Cuando se dio cuenta ya estaba arrinconado recibiendo. Tres veces lo tumbó Miguel ¡tres veces! ¡Nadie podía creerlo!

“La Perla” cayó por primera vez. No era un chiste. No estaban para bailar, lo iban a romper. Entonces comenzó a subir las manos, a cubrirse la cara, se olvidó del estilo. Por cada golpe que daba, recibía tres. Miguel no era un hombre fácil de tumbar. Era un toro que arrasaba con todo. “La Perla” recibe un golpe al hígado, cae, los golpes siguen y el público comienza a aullar. Miguel recibe un golpe tras otro, pero para él lo importante es no caer. Lo importante es “fajar” y protegerse. Luego “La Perla” cae por tercera vez. La pelea termina por puntos. Miguel Medina Roca, el beniano que habían llevado para que otro boxeador se luzca, ganaba ahí donde nadie daba un peso por él. Ya entonces hacía lo que le daba la gana. Ganaba. Se sentía campeón.

Miguel fue el sparring de “Pacho”.

—Era bueno, aguantaba, no era fácil de doblar. Cuando atacaba, pegaba fuerte, era “fajador”, entraba y no le importaba nada, ni cuánto recibía; solo le importaba dar, ganar. Miguel peleaba para el público, le gustaba escuchar a la gente gritando.

Un fajador es un boxeador que combate a corta distancia intercambiando golpes hasta que alguien se desmorona. Digamos, Rocky Balboa. Todo lo contrario de un estilista, que prefiere el combate a distancia y el desplazamiento continuo sobre el ring. Como Floyd Mayweather.

—¿Y usted qué tipo de boxeador era? -le pregunto a “Pacho”.
—Con esa pregunta hemos confundido a muchos (ríe). A mí me entrenaron en los tres estilos básicos: fajador de corta distancia, el de media distancia, el contragolpeador y el estilista. En las peleas había aprendido a jugar y cambiar los estilos. Por eso perdí pocos combates, y nunca me noquearon.
—Entonces, ¿cambiar de estilo le ayudaba a confundir a su oponente?
—¡Claro! Como la pelea de Miguel con “La Perla”. Uno era fajador y el otro estilista, y cuando comenzaron a atacarse, Miguel lo sacó de esquema. “La Perla” quería cambiar de estilo, pero no podía y acababa cayendo. Al final, como boxeas es como vas a acabar tu vida.
—…Como boxeas, vas a acabar tu vida…
—Sí, mira, Miguel fajaba, le iba de frente como un toro, no pensaba, ese era su defecto. Todos los fajadores que conozco terminaron mal, dañados, porque son pues toros, ¿y como acaban los toros? Muertos.
—¿El fajador sólo gana en el ring?
—Mira, había boxeadores grandes aquí. Por ejemplo, un argentino que ahora es peluquero en Montero. Él era fajador, un gran boxeador, pero ahora se pierde, no puede mantener una charla porque se va… los golpes le dañaron la cabeza. Otros acabaron muertos o alcohólicos.
—¿Y cómo es cuando dos fajadores se encuentran?
—¡Un espectáculo! Eso le gusta a la gente, que se den, que se partan la cara. Pero no es bueno, uno no debe pelear para el público. En el ring hay reglas y técnica, el público no importa. Pero Miguel peleaba para el público, igual que uno que era cargador en la estación argentina. “Mata toros”, le decíamos y venía a entrenar, un fajador terrible, un día se agarraron con Miguel y paralizaron a todo el coliseo. Se daban como si el cuerpo fuese ajeno. La pelea no iba a terminar nunca. “Mata toros” golpeaba fuerte, imagínese un tipo que se pasa ocho horas al día cargando peso y Miguel… (hace una pausa y los ojos se llenan de nostalgia, traga saliva) y Miguel lo mejor que sabía hacer era atacar y aguantar, aun cuando uno pensaba que se iba a caer, aguantaba.
—El día que conocí a Miguel, lo primero que me contó es que él había sido boxeador, y que quizá por eso seguía vivo...

“Pacho” se percata que llevábamos mucho tiempo hablando de Miguel, del boxeo, de los 80, y que si bien habían pasado 33 años, aún sentía la adrenalina. No podía contar un solo episodio sin hacer la mímica perfecta de los movimientos de boxeador. Toma un sorbo de café y me pregunta:

—¿Y qué es de la vida de Miguel?
—Tiene 56 años, trabaja reciclando aluminio, plástico y vendiendo algunas cosas de segunda mano, vive en un canal de drenaje y es drogadicto.

Hugo “Pacho” Olivares, hoy un hombre de pelo blanco, de esos seres humanos con los que podrías sostener una charla sin mirar el reloj, el hombre que pudo vencer a casi todos sus oponentes por knock-out, se queda en silencio, tratando de digerir el golpe. Me pregunta.

—Pero, ¿está bien?
—Bueno, en la medida de lo que su forma de vida lo permite, se ha ganado el respeto de la gente ahí abajo.
—Es pues un guerrero, no era fácil doblar a Miguel.

Fajar y resistir

Miguel tenía 19 años la primera vez que probó la pasta base.

—Vomité todo, no podía creer que me haya caído tan mal, y probé una segunda y una tercera vez hasta que bueno, me gustó.

—Pero si le cayó mal ¿por qué seguir intentado?
—En esa época, bueno, desde que me acuerdo, las relaciones sociales se hacían bebiendo, y fumar me ayudaba a beber más tiempo, a aguantar más.
—¿Y consume desde los 19 años hasta ahora?
—Sí, al principio solo para beber, luego… bueno me hice vicioso.

Lo que al principio simplemente fue acercarse al vendedor de droga para consumirla, se fue convirtiendo en desaparecer del mundo por tres días, una semana, entrando y saliendo del submundo en el canal de drenaje. Había comenzado a vender todo lo que había heredado: tierras, vacas y el negocio familiar.

Unos primos decidieron ayudarlo enviándolo a vacunar vacas en el municipio beniano de Reyes.

—A la estancia que me mandaron solo se llegaba en avioneta. No había nada alrededor. Yo estaba a cargo de los peones, me mandaron ahí porque pensaban que no podría conseguir la droga. Ja.
—¿Pensaban?
—Sí, es que (suelta una risa de triunfo y casi en secreto) yo aprendí a fabricármela solo.
—Fabricar cocaína ¿en medio de la nada?
—Sí, una vez un vendedor me llevó donde la preparaban, y mientras esperábamos, yo comencé a preguntar cómo se hacía esto y aquello, y bueno luego me di cuenta que tenía todo lo necesario. El ácido de las baterías para los equipos, el querosén de las lámparas, el diésel del generador de electricidad, la coca que nos mandaban para los trabajadores y… la cal.

En la noche, oculto en el monte comenzó a pisar la coca, a mezclarla con los químicos, armó su propio laboratorio.

—La primera vez me salió una cosa horrible, casi me muero al probarla, me quemó todo el pecho.
—Y siguió intentando, como cuando fumó la primera vez… (un fajador)
—¡Claro! El cuerpo pide, y estaba comenzando a desesperarme. A la tercera vez me salió algo más o menos, ya luego fui sabiendo qué había que mejorar, y al final por cada tres libras de coca, sacaba unos 50 gramos de pasta. Me alcanzaba para al menos una semana.
—¿Nunca se dieron cuenta?
—No, uno sabe, aprende cuándo drogarse. Yo fumaba de noche, me iba a andar al monte a caballo, toda la noche, iba a cazar.
—¿Qué cazaba?
—Lo que haya. A veces uno acaba cazando a sus demonios.
—¿Y pudo atrapar alguno?
—A varios (se ríe, pero inmediatamente cambia el semblante) he visto y he vivido muchas cosas. Cosas feas a veces.

Miguel cuenta que a los meses de llegado a la estancia descubrió que estaban robando el ganado. Cuando informó de esto, le pidieron que se hiciera cargo del problema.

—Y me hice “cargo” del ladrón.
—Entonces usted…
—Sí, pero no quiero hablar de eso.
—¿Eso fue lo que hizo que vuelva a Santa Cruz?
—Sí, vine a ocultarme, me fui a La Frontera.

La Frontera era un “barrio” detrás del Parque Industrial de la ciudad. Hace 32 años, los primeros adictos a las drogas formaron su propio barrio un lugar donde podían drogarse hasta morir, construyeron pequeñas casas con maderas y lonas. Ahora no existe, fue loteado. Miguel vivía ahí, reciclando plásticos que vendía en una empresa del Parque Industrial. Tenía una casucha y unas bolsas para recolectar. Miguel ya tenía 40 años. Llevaba 21 consumiendo pasta base y al menos 18 de ellos, de forma diaria. Para cuando nos conocimos tenía 56 años y aunque el deterioro de la edad y la calle habían pasado por su cuerpo, extrañamente no presentaba el daño que los expertos esperarían de un consumidor como él. Ariel Rojas, psiquiatra del Hospital Psiquiátrico Benito Menni, explica que el mecanismo de acción de la droga varía en cada sujeto. Es por eso que el efecto mismo de la pasta base es tan variable como las personas. A algunos los pondrá eufóricos, a otros depresivos, a otro le pegará más fuerte y le producirá síntomas psicóticos. La pasta base de cocaína (conocida también como paco, bicha, bazuco o carro) se produce con los residuos de la cocaína y es procesada con químicos como el diésel, queroseno y ácido sulfúrico. Los efectos secundarios de la droga van desde la destrucción del aparato respiratorio hasta la taquicardia, (los manuales médicos suman alrededor de una treintena de efectos secundarios). Pero el caso de Miguel es tan particular como su historia. Dice que aprendió a regular su consumo, porque sabe que la droga, la pasta base que fuma, hace daño y así, como en su pasado de boxeador, ataca y resiste. No se deja fajar.

—En algún momento ¿quiso salir de aquí?
—Pude. De hecho ahí está una de las historias más increíbles que me pasaron en la vida, pero usted no me va a creer.
—A ver…
—Mi ayudante y yo estábamos recolectando plásticos, y en el basurero de un banco encontramos una bolsa que estaba llena de algo. Más tarde, cuando nadie nos miraba, abrimos el paquete y estaba lleno de plata. Nos fuimos a un alojamiento de esos que hay en el mercado Los Pozos y comenzamos a contar y repartirnos como si estuviéramos jugando cartas.
—¿Cuánto había?
—Cuarenta y cinco mil dólares y quinientos bolivianos. Sí ¿suena increíble no? Nos repartimos una cantidad para mi ayudante, y una parte más grande para mí, porque era el maestro y el que encontró el paquete.
—¿Y qué pasó?
—El muchacho se volvió a La Frontera. Parece que quiso imponérsele con la plata al jefe de ahí y lo mataron. Apareció muerto. Todo normal.
—¿Y usted qué hizo con su parte?
—Me compré una ropa bonita, luego me fui a la ‘La Playa’ (el lugar donde venden autos usados) y me compré una vagoneta, y ¡listo!
—Listo para…
—Para hacer trabajar la plata, ahora sí podía salir de pobre…

Para Miguel, “hacer trabajar la plata” significó ir al Chapare a comprar ladrillos de pasta base para venderla y convertirse en distribuidor. Comenzó a comprar armas para protegerse, joyas. Comerció con ellas, claro, seguía fumando. Según él, tenía el plan perfecto para salir de esa vida, de sentar cabeza. Iba a vender droga.

—¿Y qué pasó con el plan?
—Yo tenía mi mujer, y también mi amante. Con mi amante íbamos a Cochabamba a comprar la droga, y parece que alguien me denunció con mi mujer. Ella fue a la Policía. Me agarraron justo cuando hacía una entrega, me encontraron con siete kilos de cocaína y fui a la cárcel.

La cárcel le tocó a los 50 años. El primer día, él y tres más fueron arrojados al pabellón de máxima seguridad, donde domina un grupo llamado ‘La Pesada’. Le dieron la “bienvenida”. Ésta consistía en una pelea con otro interno más antiguo. Miguel fue el primero en pelear. Su primer oponente fue un brasilero musculoso quien se reía al verlo viejo, flaco y asustado… pero una vez más, como en 1983, ser subestimado se convertiría en su ventaja. Esta vez no había guantes, ni ring, réferi ni reglas.

—Al primero le gané en dos golpes. Se enojaron y me trajeron a otro que tampoco aguantó mucho y me mandaron un tercero. No podían creer que yo aguante. Igual lo tumbé. Yo creía que me iban a matar, así que recibía y repartía golpes como loco. Pero con estilo.

En la cárcel de Palmasola todo aquello de lo que se pueda sacar un rédito, es aprovechado. Miguel se convertiría en una buena fuente de ingresos para los apostadores que le daban algo de dinero por hacerlos ganar. Ahí hacían pelear gente por dinero, como se hace pelear a los gallos.

—Yo no quería pelear, pero comenzaron a amenazarme. Uno de los jefes, “El Gordo Killi”, me dijo que si no peleaba me iban a apalear; además, el primer día que llegué me quitaron todo, mi ropa, mis pertenencias, todo.
—¿Tuvo que seguir peleando?
—Claro, pero les puse una condición: Yo peleaba unas cuantas más, pero que con la plata que gane, quería irme a Régimen Abierto.
—¿Cuántas peleas fueron hasta eso?
—Unas cinco. En la última, la bolsa de la pelea era de tres mil dólares ¿Se imagina? Presos apostando tres mil dólares en una pelea. Me gané unos pesos y pagué mi cuota para que me dejen salir a Régimen Abierto.
—¿A quién le pagó?
—Ni a usted le conviene saber ni a mí decirlo. Pagué y me pasaron a Régimen Abierto, eso es lo que importa.
—¿Cuántos meses estuvo en máxima seguridad?
—Dos meses, a la merced de los de La Pesada.
—¿Y en Régimen Abierto, peleaba?
—No, ahí tuve la suerte de dormir solo dos días en pabellón. Luego me hice amigo de un narco poderoso y me convertí en su seguridad a cambio de dormir en su departamento y comer comida de restaurante. Tenía que cuidarlo, lavar su ropa y mantener limpio el apartamento.
—¿Y cuánto tiempo estuvo preso? Porque si lo agarraron con siete kilos de pasta base usted debería haber recibido mínimo quince años de cárcel.
—Sí, estuve cuatro meses más en Régimen Abierto, seis meses en total en la cárcel. Mi exmujer me hizo un trato: le firmaba un papel en blanco para que se quede con todo lo que yo había acumulado, terrenos, joyas, armas, todo, y ella me daba lo que yo necesite para pagar y salir.
—¿A quién le pagó?
—El abogado, la fiscal y el juez se repartieron doce mil dólares.
—¿Por qué puede decirme a quién le pagó para salir de la cárcel y no a quien le pagó para cambiarse de pabellón?
—No dije nombres, además esos doce mil dólares también borraban el rastro de la causa.

La relación de Miguel con la droga es una constante. Él entiende que salir de la droga es con droga, que transformada en dinero, puede convertirse en una nueva vida. Es el único mundo que conoce.

—Y al salir de la cárcel ¿siguió en el mismo negocio?
—Claro, es a lo que le sé, además salí de la cárcel a la calle, no tenía dónde ir, hacen años que mi familia no sabe nada de mí, este negocio lo conozco, en esto soy…
—¿El campeón?
—Sí, ¡el campeón de la pasta! (risas) ¿Ve? Por eso me decían que yo tenía “Pasta pa´ campeón”.

El Canal

Náuseas.

Las náuseas son el anuncio de la llegada del vómito, una advertencia, quizás uno de los mecanismos de supervivencia más primitivos que conservamos como especie. Nos anuncia el peligro cuando hemos comido algo en mal estado, cuando hay algo podrido, cuando el cuerpo ya no puede resistir el miedo. La náusea es la forma en la que el cuerpo te arrastra lejos de lo que cree te puede hacer daño.

Dicen los expertos, los que aprendieron a domesticar las náuseas, que hay un truco de engañar al cerebro para que se olvide de que viene el vómito. El truco es sonreír. El gesto de la sonrisa puede estimular los pares nerviosos y hacerle creer al cerebro que todo está bien.

La primera vez que bajé al canal de drenaje fue un día infernal de 33 grados centígrados a la sombra, justo un día después de dos días de lluvia. El olor era tan penetrante que se podía sentir en la nuca. La náusea, yo intentando sonreír y esa realidad más fuerte que el hedor.

Santa Cruz de la Sierra tiene 300 kilómetros de canales de drenaje, y pese a que no hay cifras actuales, en 2010 se reportaba que existían 11.200 “hombres topo” (nombre con el que se conoce a quienes viven en los canales). De esa cifra se considera que un 35% son “indigentes esporádicos”, es decir, que cada cierto tiempo regresan con sus familias.

Duberty Soleto, director de la Secretaría de Políticas Públicas del Gobierno Departamental de Santa Cruz, dice que el año 2015 se realizaron 40 operativos de rescate, en los que se retiró a las personas que viven en los canales de drenaje y en las riberas del rio Piraí. Dice que los enviaron a hogares o centros de rehabilitación de administración delegada, (iglesias o a oenegés a los que la Gobernación aporta con dinero), ya que no se cuenta con centros propios.

Javier, un teniente de Policía que pidió llamarse así, cuenta que los operativos más grandes que se realizaron fueron durante la Cumbre G77 +CHINA, y la llegada del Papa Francisco. En ambas ocasiones, el problema no era social, era estético. “Esa gente” daba mal aspecto a la ciudad, entonces la orden era de cargarlos en camiones y dejarlos lo más lejos posible.

—Incluso una vez los fueron a botar en la carretera a Samaipata -dice el policía entre risas.

Intenté hablar sobre el tema con el Municipio, pero ese día el Oficial Mayor de Desarrollo Humano renunciaba, y en la Policía, los altos mandos estaban muy ocupados en la organización de la seguridad durante el Carnaval. Daban ganas de ir a llorarle a Gardel. Pero acá no tenemos eso. Un Gardel.

Las versiones extraoficiales que pude recabar no variaban demasiado de las planteadas por la Gobernación. Hay un juego de poder, y todo apunta a la legislación y a la falta de una política de Estado sobre el tema de los hombres topo.

Y aunque la Policía reporta haber incautado en 2015 casi 12.383 kgs de cocaína, aprehendiendo a 846 personas; el microtráfico sigue cobrando más y más vidas. Microtráfico. Esa es la palabra. En esa red está atrapado Miguel.

Pero, ¿cómo se organizan estos grupos, estos “gremios”? A esta pregunta, tanto los policías como el personero de la Gobernación, me dicen que no pueden responder. Que sí saben que existen sistemas de comunicación para prevenir la llegada de los operativos o la presencia policial, pero que desconocen que haya una organización como tal. Total, son gente sin hogar. Drogadictos. Qué organización van a tener. Olvidan que son humanos. Y los humanos nos organizamos. Siempre.

Para la mayoría de la gente, el vivir en el canal de drenaje solo es una extensión de la adicción, y que este espacio es un escondite para después de robar, o para consumir la droga. Es el Wonder world de los perdidos.

Quise saber cómo vivía Miguel, y él me sirvió de guía en este submundo, este otro mundo.

—¿Quién manda aquí?

—Aquí en el canal hay un jefe que tiene varios apodos: “El Luci” (por Lucifer), “El one”; cuatro subjefes, cada uno tiene mínimo dos personas que hacen de guardaespaldas. También están los campaneros, que son siempre muchachos, chicos que están en la superficie, fuera del canal, atentos, varios repartidos por la extensión del canal, pero al menos cuatro cuidando la rotonda donde vive el jefe.
—¿Él es el que pone orden?
—No, ese es “El Disciplina”, es como un comisario, él se encarga de que las reglas se cumplan y de arreglar los problemas entre la gente.
—¿Cómo que problemas?
—Deudas, robos, cosas así. Si vos me debes plata, en lugar de pelear, vamos donde “El Disciplina” y él dice como solucionamos.

Existen reglas que todos, incluso los visitantes como yo, deben cumplir.

  • No se puede entrar al canal de drenaje en cualquier momento, menos aún si se lo hace desde el punto central, la rotonda, que tiene como adorno una fuente de aguas danzantes, perfecta para distraer. Se debe esperar a que los automóviles estén en movimiento.
  • No se puede robar al menos a 500 metros dentro del radio del canal, y si se lo hace, no se debe escapar al canal.
  • No se le pega a las mujeres (esta regla es la que tiene la máxima pena, quien incurra será golpeado y pasará por “la calle de la amargura”).

En fin, las reglas de convivencia se basan en pagar las deudas, cuidarse entre ellos, y ser invisibles ante la gente. Llamar la atención lo menos posible, porque atención significa policías y policías a veces significa extorsión. La moneda básica es la pasta base, las deudas se pagan en droga, y el estatus se obtiene con dinero para manejar droga. Los cuatro subjefes (tres hombres y una mujer) son distribuidores que “hacen trabajar” la mercadería. Los campaneros y seguridad trabajan por droga. La moneda máxima es una caja de fósforos que contiene aproximadamente 50 gramos. Cada uno de ellos trabaja por la cuarta parte de una caja. Miguel no está en la estructura. Pero es respetado por sus años y sus puños y puede estar cerca de los jefes sin problema.

Los compradores son variados. No solo los que viven en el canal la consumen. Autos de lujo se acercan, dan dinero, van al punto contrario de la rotonda y hacen el intercambio de manos. Albañiles, chicos bien, camioneros, taxistas, chicas bien, hombres de oficina, artistas, malabaristas callejeros. A todos les gusta la miel.

En dos meses de observación, siempre entre las 18:00 y las 19:30, vi intercambiar dinero por droga delante de los ojos de la ciudad.

—¿Y la pasta sólo es de la misma o hay categorías? Digo, porque la que compra el tipo del Munstang negro no debe ser la misma que la que compra “El trauma” (un mecánico que religiosamente va de “shopping” a las 19:15 de todos los días, a comprar su dosis).
—Hay pues. Hay tres tipos de pasta, y los precios varían. Están por ejemplo: “La pela ojos”. La cajita de fósforos de eso cuesta como Bs 300. “La que enamora” cuesta Bs 200 la cajita. Y está “la cafecita”, que es la más barata. Cuesta Bs 100 la cajita.
—¿Por qué esos nombres?
—“La pela ojos”, porque es la más pura, su efecto es poderoso. “La que enamora”, porque es la que se invita, la que sirve de gancho para que vengan. Y “La cafecita”, porque es la más sucia, lo último en el refinado, esa es la que más se vende al raleo, cuesta 10 Bs la dosis, el sobrecingo.

El día 14 que voy a la rotonda, espero en el mismo semáforo de siempre. En cuanto soy detectado por los campaneros, hay una rotación casi sincronizada dejando libres a tres, que vienen directamente hacia mí. Tres flacuchos de cara chupada, con las manos que les cuelgan casi llegando a las rodillas.

—Vamos abajo que el jefe quiere hablar con usted. – Me dice “El eléctrico”, un moreno que tiene los pelos parados de tan sucios.
—¿Y de qué? – Digo tragando tanta saliva que apenas puedo acabar la frase.
—Usted viene mucho, no compra y le parece raro, vamos tranquilo, no va a pasar nada.

En la entrada al túnel desde donde gobierna “Luci”, hay un tipo alto y robusto. Me pide que me saque los zapatos para entrar a un túnel de un metro de altura. Voy agachado hasta que me encuentro a un hombre cuarentón, armado, con el torso desnudo, moreno y con el tono pausado como un profesor de escuela que habla para que cada palabra sea comprendida.

—Dicen que ya lleva días rondando por aquí, y quería saber si podíamos servirle de algo. -Ambos sabíamos que era una falsa cortesía, que la pregunta era clara.
—Escribo un artículo, sobre Miguel, el que era boxeador antes. -Digo masticando cada vocal.
—¡Ah! El viejo Miguel es famoso. ¿Va a salir en la prensa? Si es así, vaya tranquilo nomás, que voy a dar la orden de que ninguno de estos pendejos le toque un pelo. Vaya nomas gordito, eso sí, Miguel le va a decir cuándo puede y cuando no puede venir. Usted sabe, a veces el negocio se pone fuerte.

El “Departamento” de Luci, es claramente más cómodo que el de cualquiera que viva en ese mundo. Incluso tiene divisiones para que duerman los encargados de su seguridad.

El día 16, descalza y drogada, “Genesis”, como pidió que la llame, me ofrece sus servicios, e incluso me detalla un tarifario que va desde sexo oral en la plaza cercana, hasta una noche en el alojamiento “de preferencia del cliente”. Marketing total. Me niego, se enoja, se desespera.

—Ya pues, mira que no hice nada de plata y ya no tengo ni para comer.

No tarda mucho en conseguir un cliente. Un taxista a quien no le importa parar el tráfico para embarcarla. Cerca de una hora después, cuando la trae de vuelta, le pregunto al taxista por qué llevarse a esa chica si no muy lejos hay un conocido prostíbulo en la ciudad.

—Es que estas no son como las putas normales. Esas son escogedoras, que no hagas esto, que no así, que así me duele. A estas le vas subiendo unos pesos y hacen lo que quieras. – Dice orgulloso. Y se va.

Según el doctor Ariel Rojas, el efecto de la pasta base es tan corto (5 minutos en promedio) y el proceso de abstinencia tan largo, que el sujeto intenta acortar los periodos de abstinencia, consumiendo cada vez más y más. Y el efecto es el deterioro no solo físico, sino también social, ya que todo lo que ha construido, hogar, familia, trabajo, ya no tiene más valor, porque el adicto se vuelve muy disciplinado con la substancia. Tan disciplinado que puede dejar de lado incluso el propio cuerpo con tal de cumplirle a quien manda ahora: la droga.

Es mi visita número 17. Se supone que este día no debo venir. Hablo con un vecino, quien con algo de miedo, acepta dejarme subir a la terraza del 5to piso de su casa. Quiero ver lo que pasa. Ahora desde arriba. A las 15:30, una vagoneta Toyota blanca sin placas ni marcas distintivas, aparece cerca de “la puerta trasera del jefe”. Un hombre, con una mochila negra se baja del auto y en cuanto el tráfico se mueve entra al canal. Sale cinco minutos después sin la mochila, pero con un pequeño paquete envuelto en periódico. Espera a la vagoneta y sube, avanzan un poquito. Paran cuenta algo, quizás dinero.

A las 17:30 un auto nuevo, con vidrios obscuros y también sin placas, para en el mismo lugar. Dos hombres con chalecos negros, y corte de pelo militar, bajan del auto. Uno se queda afuera esperando al otro. Tres minutos después sale bromeando con la seguridad del canal, suben al auto y se van.

Días antes Miguel me decía.

—Los días de entrega, primero viene el proveedor y un rato después, vienen los verdes a cobrar sus verdes.

Pura poesía. Todo.

A las 18:00, como todos los días, comienzan a llegar cual hormigas al azúcar los clientes internos y externos. Es casi una danza coordinada entre el tráfico, los campaneros y los compradores. Mientras la luz del sol da paso a las de las luminarias, este baile tiene fin a las 19:30. A esa hora, si usted se detiene en el puente desde donde puede mirar a ambos lados del canal de drenaje, podrá ver chispazos de luz intermitentes, como las luciérnagas en esas carreteras oscuras. Uno a uno, hasta donde la vista llegue, habrá una pipa encendiéndose, alumbrando por un instante tan fugaz como el efecto mismo de esa fumada. Es la horita feliz. También para Miguel.

Ahí, en el canal, cuatro anillos lejos del poder, sazonadas con la droga está mezclada la miseria, la adicción y la enfermedad mental, pero a la mirada de la ciudad no son más que un problema estético a resolver, un dolor de cabeza para los policías.

—Hay mucha gente a la que le conviene que esto siga así. Desde oenegés que reciben fondos, hasta distribuidores de droga. Es un negocio grande, advierte el Dr. Soleto, desde su oficina en la gobernación del departamento.

Son las 19:50 del día en que vería por última vez a Miguel. Me dice que ojalá alguien de su familia lea esto, así sabrán que está vivo, y que va a seguir peleando.

—Fajar y resistir -le digo.
—Aguantar hasta que no se pueda más, hasta que uno quede frío y ojalá lo entierre su familia, y no que un tipo de la morgue lo arroje a uno a la fosa común. Como si fuera un perro.

Nos despedimos y mientras camino pienso en la gente que vi beneficiándose directa o indirectamente de la miseria. El vendedor de drogas; Doña Carmela, que les vende comida que prepara recogiendo las verduras de la basura del mercado y comprando la carne que se está a punto de tirar; el hombre de chaleco negro que cobra dinero; los Albertos, que son quienes compran cosas robadas; los hombres de uniforme que les quitan plata, las tiendas de barrio. Sí, es un negocio muy grande.

Cien metros después de la despedida con Miguel, unos hombres de uniforome, sin identificaciones, en una moto negra y china, sin placas. Frenan de golpe y me preguntan qué hago tanto en la rotonda. Apenas preguntan, uno se baja e intenta quitarme la mochila y vuelve a preguntar:

—¡Qué mierda haces todos los días en la rotonda!
¡Escribo sobre el ex boxeador!

Entonces viene el gancho directo al estómago, la falta del aire, el reclamo de la gente por el abuso, la advertencia. Y pienso en ese momento que Miguel ha aguantado más que esto. Pienso en fajar y en resistir.

Pienso en su pasta de campeón.