Dennis ni siquiera era pandillero.

Cuando los policías golpearon la puerta de su cuarto había ya siete cadáveres regados en el casco de la finca San Blas. Consuelo, la madre de Dennis, estaba sentada junto a la champa de abajo, a unos 15 metros, rodeada por policías encapuchados y sin poder ver lo que ocurría con su hijo, pero lo escuchaba. Consuelo dijo a los policías que la única persona viva arriba era su hijo.

Las ráfagas habían cesado. Los policías gritaban frente a la puerta colorada del cuarto de Dennis. Él hablaba por teléfono con su tío Chus, el mandador de la finca: “¿Qué hago?”, pidió. Chus le preguntó si eran pandilleros o policías. Dennis contestó que policías, que los había escuchado cuando sacaron de la champa a su mamá, a su padrastro y a sus hermanos pequeños. Chus se envalentonó: “Si es la Policía, no tengás miedo; la Policía te va a respetar. Cuando te digan que abrás la puerta, abrila y tirate al suelo”.

—Y mi Dennis les abrió la puerta –dice Consuelo.

Chus el mandador alcanzó a escuchar por el teléfono la voz de uno de los policías: “¿¡Con quién hablás!?”. La llamada se cortó. Llamó varias veces más. Nunca nadie contestó.

Abajo, Consuelo, sentada junto a la champa que está al lado de la plancha de ladrillo para secar café, escuchó a Dennis.

—Bien lo oí, porque era mi hijo y yo estaba pendiente. Oí cuando abrió la puerta y salió. Sentí alivio al oír su voz. Él les pidió que lo dejaran hablar, les pidió una oportunidad para explicar… pero no se la dieron.

Consuelo Hernández de Ramírez supone que su hijo Dennis Alexander Martínez Hernández, de 20 años, quería explicar a los policías que vivía desde hacía seis años en la finca porque era el escribiente, la persona contratada para controlar las horas trabajadas por cada empleado; supone que quería decirles que era un activo servidor en la sede local del Tabernáculo Bíblico Bautista; pedirles que revisaran si acaso su cuarto, donde solo encontrarían una biblia, un reloj, un corvo, una cama y un televisor; aclararles que no sabía nada de armas, que él no era pandillero.

Después de la súplica de Dennis no se oyeron más voces. Consuelo y su familia –su marido, Fidencio, y los tres hijos varones, menores de 13 años los tres– escucharon solo las últimas detonaciones de la madrugada. Dos, quizá tres disparos; no recuerdan con exactitud. Un policía de los que estaba cerca de Consuelo oyó lo mismo, y gritó.

—Gritó: ¡Alto al fuego! ¡Alto al fuego! Pero ya mi Dennis estaba muerto.

Reconstruir la matanza negada

La madrugada del 26 de marzo de 2015 siete varones y una mujer –dos de ellos menores de edad– murieron bajo fuego de una de las unidades especializadas de la Policía Nacional Civil (PNC), el Grupo de Reacción Policial (GRP). Sobre el papel, es una de las unidades mejor preparadas. La matanza ocurrió en El Matazano 2, un cantón del municipio de San José Villanueva, departamento de La Libertad, en el casco de una finca cafetalera llamada San Blas.

La versión oficial, reproducida y amplificada en las horas siguientes por la mayoría de medios de comunicación del país, señaló que los ocho fallecidos eran integrantes de la Mara Salvatrucha (MS-13) y que murieron al intercambiar disparos con los policías, que los agentes se limitaron a repeler el ataque. “Los sujetos dispararon sus armas de fuego al advertir la presencia policial, generándose un intercambio de disparos con el saldo ya mencionado”, dice el comunicado que la PNC elaboró transcurridas unas 12 horas.

Pero no.

Este periódico entrevistó a cuatro jóvenes que aquella madrugada escaparon con vida de la finca; habló con familiares de siete fallecidos; revisó los ochos levantamientos forenses y las ocho autopsias; analizó una parte sustancial del expediente fiscal 90-UFEADH-LL-15, incluida el acta que recoge el levantamiento de la escena; consultó a expertos en derechos humanos, a médicos forenses, a fiscales, a un instructor profesional de tiro; examinó las notas, las fotografías y los videos publicados tras la matanza; visitó el lugar de los hechos y los asentamientos aledaños; y –lo más importante– descubrió que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, en la champa de abajo, a unos 15 metros, y que atestiguó –y sufrió– el operativo del GRP.

Ese fardo de testimonios y documentos permite afirmar que la versión oficial sobre lo ocurrido es falsa, y que conceptos como “masacre”, “ejecuciones sumarias” y “montaje” definirían mejor el actuar del Estado salvadoreño aquel 26 de marzo.

El porqué de la Mara Salvatrucha en San Blas

Los pandilleros se habían convertido en un problema para Dennis y su familia.

No todos aparecieron a la vez. El primero fue Taz, de 34 años y palabrero de la Ayagualos Locos (ALS), clica que tiene su base en Ayagualo, un cantón de Santa Tecla contiguo a El Matazano 2, separado solo por la carretera al puerto de La Libertad. Taz llegó a la finca con su nueva pareja, una adolescente de 16 años llamada Sonia. Consuelo recuerda que Taz “pidió posada” a Chus el mandador “porque el muchacho se había sacado a la cipota”, dice. La pareja se instaló en San Blas como un mes antes de la matanza.

Una semana después de la llegada de Taz, por la finca comenzó a dejarse ver Matador, otro pandillero viejo –40 años–, miembro de la Teclas Locos (TLS), la clica que en su día dio el pasepara la creación de la Ayagualos Locos. Ambas estructuras están integradas en el programa de La Libertad de la Mara Salvatrucha, uno de los que más titulares ha dado a la prensa salvadoreña, con liderazgos prominentes como Saúl Antonio Turcios, alias el Trece, y Dionisio Arístides Umanzor, alias Sirra.

Matador apareció unos 20 días antes de la matanza. Taz se lo presentó a Chus el mandador, Matador también le pidió posada, para usarla de manera esporádica, y Chus el mandador no supo cómo negarse.

De las múltiples conversaciones sostenidas para esta investigación se infiere que Matador había identificado la finca como un buen sitio para ocultarse de la Policía, cuyos operativos arreciaban desde mediados de febrero, cuando el gobierno decidió enterrar la Tregua con el simbólicotraslado de los principales líderes de las pandillas al Centro Penal de Seguridad de Zacatecoluca.

Para acceder a San Blas, la vía más sencilla es una calle de tierra montuosa llamada con tino Las Oscuranas, en la que apenitas caben dos carros a la par. Inicia en la carretera al puerto, pasa por el cantón El Matazano 2, desde donde la vía se angosta aún más, y desemboca unos tres kilómetros después en el campo de golf El Encanto. El casco de San Blas está a mitad de camino entre el cantón y el campo de golf.

El terreno es propiedad de Francisco Eduardo Menéndez Guirola, y en agosto de 2014 en el Registro de Comercio se registró como finca de café, valorada en más de 110,000 dólares.

El casco lo componen dos casas de cemento una frente a la otra, con vigas de madera, techos de lámina y corredores afuera de los cuartos. Ambas casas están separadas por unos 20 metros de patio terroso. La casa principal, a la izquierda del portón de acceso, tiene tres cuartos. La casita blanca tiene dos, y funciona como oficina y bodega. A un costado de la casa principal hay un desnivel de unos tres metros; abajo, la champa de bahareque y láminas. A un costado de la casita blanca hay un edificio semiderruido, sin techar, que en la parte trasera tiene una letrina. Más allá del casco, los cafetales, veredas y una callecita que permite llegar, campo traviesa, a un caserío de nombre El Cajón, que ya pertenece al municipio de Huizúcar.

La finca ofrecía espacio e intimidad para acomodar a los nuevos huéspedes. Bastó la casa principal. El cuarto chiquito lo ocupaba Matador, que se quedaba noches esporádicas; en el cuarto del medio dormían Taz y Sonia. El más grande, marcado en la pared con una bandera salvadoreña con la inscripción ‘100% ÁGUILA’, era el que habitaba Dennis desde el año 2009. En la champa vivían, instalados seis meses antes de la matanza, Consuelo, Fidencio y sus tres niños. Chus el mandador, hermano de Consuelo, los recomendó al patrón. Chus el mandador tenía su casa en El Matazano 2; llegaba a la finca cada día, pero no vivía ahí.

Desde que apareció Taz, las visitas de otros pandilleros y simpatizantes de la pandilla se hicieron más frecuentes. Pasaban el día ahí, se quedaban alguna noche a dormir en el corredor de la casita blanca. Iban y venían. Casi todos eran nacidos y criados en los alrededores. Los cuatro sobrevivientes de la matanza eso estuvieron haciendo desde que supieron que Taz vivía en San Blas. Aseguran que llegaban no solo a pasar el rato, sino también a cortar flores de izote, aguacates, mangos y guineos para luego venderlos en el mercado de Santa Tecla. Era fruta que se desperdiciaba en la finca, dicen. Había permiso de Chus el mandador, dicen.

Según el pastor de la sucursal del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Matazano 2, Adalberto González, quien tiene 18 años de predicar ahí, a esa finca llegaban “más de 20 muchachos” por esas fechas. Había noches, recuerda, en las que tras el culto Dennis le pedía permiso para dormir en la iglesia porque sentía que era demasiado peligroso llegar a la finca. El pastor dice que Dennis le dejó claro que los pandilleros no pidieron permiso: “Ellos vieron tranquilo y se metieron; ellos no piden permiso a nadie”, recuerda la frase que alguna vez Dennis le dijo.“Tené cuidado, Dennis”, le pidió el pastor en varias ocasiones. Y Dennis le respondía que él no se involucraba en nada: “Yo, mi estudio, mi trabajo y mi iglesia”.

Dice Consuelo que en los días previos a la matanza, Chus el mandador –un hombre rural, de esos que no acostumbran salir de casa sin su corvo– estaba “bastante resentido”, y se había atrevido a encarar a Matador por las constantes visitas y por la frecuencia creciente con la que varios pandilleros –además de Taz, el único avalado por él– usaban la finca como hospedaje. Le dijo que algunos de los trabajadores de la finca no querían llegar, le dijo que el riesgo de que la Policía interviniera era demasiado. Matador se comprometió a que los visitantes se irían.

A pesar del reclamo y del compromiso adquirido por Matador, el día de la matanza fue día de visitas. Habían llegado Saiper desde Panchimalco; Bote, desde San José Villanueva; Garrobo y Güereja, desde la lotificación Las Brumas, en Zaragoza, al otro lado de la carretera al puerto; y también habían llegado los cuatro sobrevivientes.

Ese día hicieron una sopa. La noche estaba fresca, casi todos con suéteres.

—Cuando acabamos la sopa, cada quien se fue a dormir. Matador se fue a dormir. Taz se fue a dormir con la mujer. Dennis… él ni cuenta, él vivía en su cuarto aparte. Y los demás nos quedamos relajeando –dice el más joven de los sobrevivientes.

La matanza de San Blas

El GRP no llegó a San Blas por casualidad. Alguien telefoneó a la PNC y le informó que la presencia de pandilleros en la finca en la tarde-noche del 25 de marzo era muy superior a lo que ya se había vuelto habitual. Alrededor de una decena de activos y aspirantes de la Mara Salvatrucha se había congregado, procedentes de distintas poblaciones de los alrededores. En la finca estaban, además, Dennis, Sonia y Consuelo y su familia.

La llamada que delató la inusual concentración fue atendida en la delegación de Santa Tecla y, según el detallado informe incluido en el expediente fiscal, explicitó que los mareros “estaban armados” y “se encontraban reunidos para planificar el cometimiento de delitos”.

—No era la primera vez que llegábamos a la finca desde que el Taz vivía allá, y esa noche nos quedamos porque se decidió hacer una sopa –dice otro sobreviviente, testigo de la balacera–. Casi todos nos conocíamos de tiempo, ¿va? Nos veíamos seguido y dijimos: hagamos un sopón.

La delegación policial de Santa Tecla solicitó apoyo al GRP, la caballería pesada, la misma unidad élite que sería enviada si ocurriera un asalto con rehenes en una sucursal bancaria. Uniformes grises camuflados, pistolas calibre 9 milímetros, gorros navarone, pick-ups 4×4, cascos, chalecos antibalas, fusiles de asalto M-16/M4 con luz, granadas de aturdimiento… así iban los policías que enfilaron hacia San Blas.

Sobre la hora concreta en la que inició el sonoro asalto a la finca no hay unanimidad, pero la mayoría de los testimonios lo ubican pasada la medianoche. Para entonces, del sopón solo quedaba, sobre las brasas, una olla ennegrecida y vacía. Dennis hacía horas que se había encerrado en su cuarto, después de haberse tomado un café en la champa, con su madre. Taz y Sonia también se habían aislado en su habitación, y también Matador.

Al otro lado del patio de la finca, los demás pandilleros se habían separado en dos grupos: uno más nutrido y juvenil que, aunque ya había ocupado para acostarse el corredor techado de la casita blanca, mantenía aún la plática encendida. El otro grupito, conformado por Saiper, Güereja y Garrobo, pandilleros en torno a los 30 años los tres, se había instalado en el edificio semiderruido. Entre un grupo y otro, no más de 15 metros, estirados quizá por la negrura de la noche.

—El finado Bote estaba con nosotros, con los jóvenes, pero bajó a darles unos cigarros, y cuando venía subiendo es que lo mataron –dice un sobreviviente.

Los vehículos policiales no subieron por la calle Las Oscuranas, sino que atravesaron los cafetales a pie desde el caserío El Cajón; accedieron al casco desde el flanco oriental.

—Al finado Bote de un solo lo alumbraron y dijeron: “Párense ahí, hijos de puta, ¡la Policía!” ¿Va? Pero de un solo dispararon. O sea, nomás vieron que iba para arriba, de un solo pegaron el lamparazo y dispararon –dice un sobreviviente–. Su versión la respaldan los otros tres jóvenes que también estuvieron aquella noche en San Blas.

El pandillero de la Teclas Locos Ernesto Hernández Aguirre, alias Bote, murió a los 17 años de edad. En la autopsia no se pudo determinar el número exacto de orificios de entrada de bala que tenía en el cuerpo, pero se estimó en torno a la veintena, repartidos sobre todo en cabeza y piernas, también en el pecho. El cadáver quedó a un par de metros de la puerta del edificio semiderruido, bajo una destartalada carreta de grandes ruedas azules, que quizá él vio como el último refugio para proteger su vida. Le descargaron una ráfaga de unos cinco disparos en el área de la oreja derecha, que le destrozó la cabeza. “Es bien díficil pegar cinco veces en un mismo lugar; tiene que ser alguien experto para controlar la ráfaga. Lo que pudo suceder es una ráfaga controlada, eso es que hala y suelta el percutor, y se van cuatro o cinco disparos”, trata de explicar un instructor de tiro de la PNC.

Apenas unos minutos antes de ser acribillado había telefoneado a su novia. Los investigadores hallaron junto al cuerpo un corvo y, en su espalda, una mochila con ropas, además de unas esposas y un sombrero que su novia posteriormente dirá que no le pertenecían. Bote no tenía ningún tatuaje. Cuando falleció, calzaba sus zapatos favoritos: unos Domba negros.

Según consta en el acta de levantamiento de la escena, Bote no portaba arma de fuego, pero terminó con una veintena de tiros en el cuerpo.

“Al detectar la presencia policial, los sujetos atacan abriendo fuego contra los elementos policiales y logran lesionar a un policía”, dice la referida acta, agregada al expediente de la Fiscalía. Pero los cuatro testigos presentes aseguran que las armas que primero se dispararon la madrugada del 26 de marzo fueron las de la PNC.

Los minutos posteriores al ametrallamiento de Bote son algo más complejos de reconstruir.

—Los policías subieron hacia adentro (al patio), disparando a todos lados –dice otro de los cuatro jóvenes que vivió para contarlo.

Los sobrevivientes sobrevivieron porque estaban en el corredor techado de la casita blanca, algo más alejada de la senda por la que accedieron los policías. Huyeron por instinto en dirección opuesta, hacia la calle Las Oscuranas, y de ahí hasta disolverse entre el bosque y la noche, temerosos y desperdigados. Los cuatro aseguran que los tres pandilleros que quedaron acorralados en el edificio semiderruido estaban desarmados, aunque al amanecer a uno lo fotografiaron con un fusil de asalto a la par; y a los otros dos con sendas escopetas.

La Mara Salvatrucha dice que sus homies no dispararon aquella noche, pero la versión oficial habla de un agente del GRP herido leve en una pierna durante el “intercambio de disparos”. Consuelo y Fidencio oyeron que los agentes se referían a un compañero herido en la rodilla, aunque sin poder precisar si en efecto era una herida de bala. Y en el Instituto de Medicina Legal de Santa Tecla, según los forenses, no se ordenó ningún reconocimiento a ningún policía con lesiones el día del operativo, algo a lo que obliga la ley cuando las hay.

Mientras, en la casa principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en los cuartos.

El siguiente paso del operativo fue tomar el edificio semiderruido, en el que estaban atrincherados Saiper, Güereja y Garrobo, armados según la versión oficial con un fusil M-16, y con dos escopetas calibre 12: una Valtro PM5 y una Maverick 88 sin culata.

Quizá pasaron varios minutos entre el ametrallamiento de Bote y la decisión policial de asaltar el edificio. La estructura presenta en su fachada incontables agujeros de bala, en su mayoría concentrados en lo que podría considerarse el acceso principal.

Los policías lanzaron al interior del edificio semiderruido dos granadas de aturdimiento ALS09NR, dispositivos de distracción que generan ruido ensordecedor y luz cegadora, con una onda expansiva que acentúa los efectos desorientadores. Hacerlas llegar al interior no supuso mayor problema porque no había techo.

Al parecer los tres pandilleros decidieron jugársela y escapar del edificio semiderruido por la parte trasera, donde se encuentra la letrina, una fosa séptica dentro de un cubículo de láminas oxidadas. La esperanza de los mareros, quizá, era que ese sector, del que no venían balas, aún no estuviera tomado por los policías.

Sí lo estaba.

El pandillero de la Teclas Locos José Antonio Gómez, alias Güereja, de 27 años de edad, cayó a unos ocho o 10 metros de la letrina. Acribillado, su cuerpo quedó junto a un poste de concreto de un metro de altura, boca abajo, con la Valtro PM5 tirada encasquillada a la par, en paralelo, con la empuñadura más cerca de los pies que de las manos. El cargador contenía cinco cartuchos y uno más en la recámara. Un médico forense que leerá la autopsia no le hallará explicación lógica a la secuencia de balazos: “Los orificios de la espalda y los de adelante sugieren que estaba acostado. ¿Entonces qué? ¿Le dieron vuelta después? Allá Investigaciones debe definir… nosotros no podemos dar más explicaciones”. Los de la funeraria aconsejaron a la familia que no abrieran el ataúd durante la vela.

El pandillero de la Teclas Locos Manuel de Jesús Gutiérrez, alias Garrobo, de 29 años, avanzó un poco más que su homeboy, unos 15 metros desde la letrina. También lo desfiguraron a tiros y también amaneció con un arma –la Maverick 88– y cartuchos regados a un costado. Murió, dice la autopsia, por “heridas de cráneo, tórax y abdomen causadas por proyectiles”. Entre los 13 orificios que consigna el reconocimiento forense, hay dos disparos certeros en la cabeza, y otros dos en brazo y antebrazo, como si hubiera intentado cubrirse.

El pandillero de la Teclas Locos Hugo Nelson Melara, alias Saiper, un viejo de 34, corrió hacia el sur por la parte trasera de la casita blanca y su cuerpo quedó a una veintena de metros de la letrina. Diez balazos, uno de ellos en la cabeza, pusieron fin a una vida que inició en un cantón de Panchimalco y que por años se consumió en el penal de Chalatenango, donde estuvo preso por homicidio. Ya de día, aquel 26 de marzo, junto a su cuerpo había un fusil M-16 que aún tenía 22 cartuchos sin disparar, y uno más en la recámara.

Imposible determinar con precisión en esta investigación (la Policía rechazó la petición escrita de entrevistas que El Faro planteó al subcomisionado que dirige el GRP, al director o al subdirector de la institución) cuánto tiempo pasó entre las muertes de los tres pandilleros atrincherados en el edificio semiderruido y la decisión de vaciar las casas.

En la principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en sus cuartos. Consuelo y Fidencio estaban en la champa, con sus tres niños, obligados por los padres a meterse bajo la cama.

Las ráfagas y los disparos se escucharon no solo en la finca, sino en los dos valles a uno y otro lado; se oyeron en El Matazano, en Ayagualo, en Las Brumas, en Loma Linda… incluso en el lejano casco urbano de San José Villanueva. Todos los testigos entrevistados estiman que la balacera duró no menos de 45 minutos, y algunos le calculan hasta hora y media. En lo que sí hay coincidencia absoluta es en que por períodos de 10 o 15 minutos se calmaba por completo, pero luego las ráfagas se reactivaban.

También hay certeza de que cuando un grupo de agentes del GRP bajó a la champa de Consuelo y preguntó si había alguien adentro, solo Dennis y Sonia quedaban vivos arriba.

Antes, tras los primeros escarceos, Consuelo había telefoneado a Dennis, y este le había aconsejado que toda la familia permaneciera dentro de la champa. Dennis llamó luego a su tío, Chus el mandador, para contarle lo que estaba pasando y pedirle consejo, pero eso fue casi al final.

Acorralados, Matador y Taz tomaron la decisión de salir de sus respectivos cuartos de la casa principal. Matador avanzó unos tres metros patio adentro. Taz, unos cuatro. Sus cadáveres en la mañana siguiente aparecerán justo donde acaba el corredor techado. Matador tendrá su suéter oscuro subido hasta el pecho, su enorme y tatuada barriga al aire, como saldría alguien que quiere mostrar que no tiene armas en la cintura. La fotografía que trascendió de Taz lo muestra descamisado en una noche fresca y con el pantalón bajado hasta las nalgas y el calzón hasta la cintura.

Al igual que sus homies Güereja, Garrobo y Saiper, ambos amanecieron con armas de fuego a la par. Matador con una pistola Sarsilmaz de 9 milímetros, con 13 cartuchos en el cargador sin disparar y uno más en la recámara. Cuando llegaron los investigadores al amanecer, Taz tenía junto a su cuerpo un fusil M4 con culata de M-16 con 58 balas en el cargador, además de la de la recámara.

Imposible reconstruir, sin el testimonio de los agentes del GRP, qué sucedió cuando los dos pandilleros salieron de sus cuartos. Pero sí se puede narrar las consecuencias.

El pandillero de la Teclas Locos Mauricio López García, alias Matador, de 40 años de edad y marero desde la década de los noventa, murió tras recibir cuatro o cinco balazos en la cabeza y el cuello, señala la autopsia A-15-167; dos de esas balas le impactaron primero la mano derecha. Un forense consultado juzgó lógica la tesis de que estaba cubriéndose cuando lo rafaguearon. Matador había pasado más de una década encarcelado, en los penales de Quezaltepeque y Chalatenango. Salvo el rostro, tenía todo el cuerpo tatuado, y en su cuello destacaban una ‘M’ y una ‘S’ góticas. La noche anterior a la matanza no durmió en San Blas, sino en el municipio de Colón, con su pareja y madre de su único hijo, un bebé de seis meses de edad.

El pandillero de la Ayagualos Locos José Alfredo Aldana, alias Taz, de 34 años, salió de su cuarto antes que su novia Sonia. Murió por “heridas de cráneo, tórax y abdomen”, dictamina su autopsia. Dos de los balazos, en la cabeza. También intuyó lo que se le venía encima, según interpretó un médico forense la herida de bala en su mano izquierda. “Sí, lo primero que uno mete son las manos”, respondió el especialista cuando se le consultó si la herida en la “región palmar izquierda” evidenciaba una reacción para defenderse.

En algún momento después de la muerte de Matador y Taz otro grupo de agentes del GRP se había movido hasta la champa de Consuelo, contigua a la casa principal, pero con un salto vertical de unos tres metros, que obliga a dar una generosa vuelta. La familia no opuso resistencia. Abrieron cuando les dijeron que abrieran. Fidencio, un sexagenario enclenque que debería estar ya jubilado, también sufrió la furia de los uniformados.

—A él le pegaron una patada, lo botaron al suelo y lo encañonaron –dice Consuelo, asiente Fidencio–. Llegó otro policía y preguntó: ¿y con este? Otro le dijo que no fuera a disparar, que había niños.

A Consuelo y a los niños los sentaron cerca de la champa, bajo unos palos de mango, en una especie de borde de concreto junto a la plancha de secado del café. Fidencio, tirado en el suelo y encañonado.

—Gracias a Dios, el otro policía dijo: no disparen porque hay niños. Y yo se lo agradezco a Dios –dice Fidencio, un hombre muy religioso, como su mujer, y que no sabe leer ni escribir, como su mujer.

Pero arriba, en la casa principal, la matanza no había terminado. La siguiente fue Sonia, la adolescente enamorada de un marero.

—Yo solo oía que gritaban que abrieran las puertas y que salieran –dice Fidencio.

O Sonia abrió el cuarto, o el GRP lo hizo.

—A ella la sacaron antes que a mi Dennis.
—¿Qué decía? ¿Eran palabras de una persona que está oponiéndose?
—Nooo, yo más bien creo que ella… que cuando el hombre le dijo que se hincara, ella se hincó.
—¿Usted oyó cuando los policías le pidieron que se hincara?
—Sí. “Hincate”, le dijo, y unas palabras que yo no voy a repetir, y un… no sé… no sé qué le preguntarían, pero ella dijo: “no sé nada”. Eso sí lo oí bien clarito. Me imagino que estaba hincada o qué sé yo.
—¿Después de eso oyó disparos?
—Ahí sí no…
—¿Ya no había balacera?
—No, ya no.

La joven Sonia Esmeralda Guerrero, de 16 años, murió de un único tiro en la boca, que le destrozó la parte alta de la columna vertebral. Según la autopsia, la bala entró a un centímetro de la comisura de los labios, en el lado izquierdo del rostro. Le destruyó la mandíbula inferior, la dentadura, la cuarta, quinta y sexta vértebras cervicales, y la médula ósea. Sonia –alta, chelita, jovial– fue por un par de años servidora en la iglesia Peniel, de la lotificación Loma Linda, y estudiaba octavo grado. Pero se enamoró de Taz y no supo decir que no cuando le propuso irse a vivir juntos. Ni su familia ni Consuelo –con quien entabló cierta amistad en las semanas que vivieron en la finca– se la imaginan con un arma en la mano. Los cuatro pandilleros sobrevivientes también niegan esa posibilidad.

—Si ella era bien fresita –dice uno de ellos, el más joven–, ni las uñas le gustaba enchucarse.

La versión oficial de una Sonia pistolera choca frontalmente con el relato de Consuelo y con la descripción de ella que hacen familiares, conocidos y los cuatro jóvenes sobrevivientes. Pero a la par del cadáver de Sonia apareció una pistola Glock encasquillada junto a su mano izquierda, un cargador en la bolsa trasera de sus jeans, y otro más en su brasier, apretado contra sus pequeños pechos. Así quedó consignado en el acta oficial que recoge el levantamiento de la escena.

Estas dos imágenes de la joven Sonia Guerrero circularon en redes sociales después de la matanza. Se tomaron antes de que los forenses de Medicina Legal realizaran el levantamiento de cadáveres.

En internet se distribuyó una fotografía de ella en la que no tiene los cargadores encima, y la Glock está volteada. Uno de los forenses consultados fue muy explícito: “Es imposible que la pistola se haya dado vuelta ella sola durante la toma de las fotografías; probablemente montaron esa escena”.

Muerta Sonia, los policías fueron al fin al cuarto de Dennis, que en ese momento pedía por teléfono consejo a su tío, Chus el mandador.

Su madre, su padrastro, sus hermanos lo oyeron todo.

A Dennis un balazo le atravesó la cabeza, con orificio de entrada en la región frontal izquierda, y orificio de salida debajo de la oreja derecha. Ese disparo entró de arriba hacia abajo. Tiene otro tiro en su brazo derecho, a 12 centímetros del hombro, y el proyectil le quedó adentro.

Al amanecer, junto a su cadáver había dos corvos y un cuchillo.

Dennis ni siquiera era pandillero.

La marcha por la paz

La mañana del 26 de marzo, cuando los ocho cadáveres de la finca San Blas aún esperaban que llegaran los forenses del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador y otras cabeceras departamentales se desarrolló la Marcha por la Vida, la Paz y la Justicia, convocada por el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia y el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén. Según cálculos oficiales, unas 200,000 personas caminaron para pedir paz. Estas son algunas de las frases que el presidente Sánchez Cerén mencionó en su discurso.

“Este día es un día hermoso, lleno de amor; las calles de El Salvador se vistieron de amor”.

“Todos, todos somos imprescindibles; nadie, nadie puede ser sustituido en esta grandiosa batalla, esta batalla que necesitamos darla en el amor, en el hogar”.

“Tenemos que rescatar las comunidades y convivir en armonía, en convivencia”.

“Tenemos que arrancar los odios de nuestros corazones y saber ser tolerantes, saber entender, saber comprender que en la vida todos somos indispensables”.

“Rindo tributo a todas las víctimas de la violencia y el crimen en nuestro país. Reafirmo nuestra voluntad de que ningún crimen quedará impune”.

A Consuelo y a su familia los llevaron la madrugada del 26 de marzo a la delegación de la PNC en Santa Tecla. El Estado salvadoreño sabe que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, pero en las 16 semanas transcurridas desde la matanza Consuelo no ha recibido la visita de ningún fiscal, de ningún policía, de ningún delegado de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Durante poco más de dos semanas siguió viviendo en la finca San Blas. Nadie le ha preguntado por lo que atestiguó y vivió aquella noche.

El lunes 13 de abril, 18 días después de la matanza, el presidente Sánchez Cerén se jactó de que, de los 481 homicidios de marzo, 140 correspondían a pandilleros abatidos durante enfrentamientos con la PNC. Para ese entonces, marzo era el mes más violento del siglo en El Salvador. Dennis y Sonia son parte de esas cuentas presidenciales.

Epílogo

Chus el mandador desapareció 19 días después de la masacre. Su cadáver apareció un día después, con el rostro desecho a machetazos.

La mañana del 14 de abril de 2015, el agricultor Jesús Hernández Martínez, de 44 años, mandador de la finca San Blas, hermano de Consuelo y tío de Dennis, salió hacia su trabajo a las 6:30 de la mañana. Nadie supo más de él durante 24 horas.

A las 7:15 de la mañana del 15 de abril, una llamada reportó al puesto policial de Huizúcar que había un cadáver tirado en la calle principal al cantón El Zapote, de esa misma localidad, una zona que ya no controla la Mara Salvatrucha, sino la pandilla Barrio 18. Un cuarto de hora después, una patrulla llegó al lugar. Dos horas después, se presentó un médico forense.

La autopsia dice que el cadáver tenía cinco lesiones de arma contuso-cortante, tipo machete, en el rostro. También tenía un lazo de nailon azul alrededor del cuello. Los huesos del cráneo estaban destrozados, al igual que los de la cara y la dentadura. Murió de asfixia y como consecuencia de los machetazos.

No llevaba ninguna identificación. Su mujer lo reconoció la mañana que apareció al ver sus fotografías en la delegación policial de Santa Tecla, adonde llegó preguntando por los muertos de las últimas horas. Una de las fotos era el cadáver de Chus el mandador.

Chus el mandador fue la última persona que habló con Dennis. Ese celular comprado apenas unas semanas atrás desapareció, igual que otras pertenencias de Dennis, como su biblia y su reloj. Alguien lo hurtó del cuarto aquella madrugada. Dos de los familiares han recibido llamadas desde el teléfono de Dennis semanas después de que este muriera por los balazos de algún integrante del GRP. No se atreven a contestar.

Chus el mandador, recuerda Consuelo, estaba “indignado y dolido” tras la matanza. Aseguró a varias personas que los policías no le habían dado una oportunidad a su sobrino, que le habían disparado a sangre fría. Chus el mandador estuvo presente mientras se procesaba la escena, y despotricó, gritó, insultó… llamó asesinos a los policías.

Después fue asesinado. Y cuando se le pregunta de quién tiene miedo, Consuelo responde que de los policías.

—Hola, ¿Dwayne?… ¿Dwayne?
—Sí, señor vicepresidente.
—¿Puede traerme un poco más de café?
—Sí, señor vicepresidente. Ahora voy.
—Gracias, Dwayne.

Eran las diez de la mañana en Nashville, un tranquilo día laborable en el que la mayoría de los vecinos se habían ido a trabajar, y Albert Gore Jr. se sentó a la cabecera de la mesa del comedor a desayunar. El plato estaba rebosante de huevos revueltos, beicon y tostadas. La taza, del tamaño de un estanque, había sido rellenada en un abrir y cerrar de ojos por Dwayne Kemp, su cocinero, un hombre hábil y elegante que fue contratado por los Gore cuando, como suele decir su jefe, «todavía trabajábamos en la Casa Blanca». Recién duchado y afeitado, Gore lucía una camisa azul oscuro y pantalones de lana grises. En los meses transcurridos desde que el 13 de diciembre de 2000 perdió la batalla electoral en Florida y cedió la presidencia a George W. Bush, Gore pareció relajarse y desapareció del mapa. Después viajó por España, Italia y Grecia durante seis semanas con Tipper, su esposa. Llevaba gafas oscuras y una gorra de béisbol bien calada. Se dejó barba de montañero y ganó peso. Cuando volvió a realizar apariciones públicas, sobre todo en las aulas, le tomó el gusto a presentarse diciendo: «Hola, soy Al Gore. Antes era el próximo presidente de Estados Unidos». La gente miraba a ese hombre voluminoso e hirsuto —un político que recientemente había obtenido 50.999.897 votos a la presidencia, más que cualquier otro demócrata en la historia, más que cualquier otro candidato en la histo ria, a excepción de Ronald Reagan en 1984, y más de medio millón de votos más que el hombre que asumió el cargo— y no sabía qué sentir ni cómo comportarse, así que cooperaban en sus elaborados menosprecios hacia su propia persona. Se reían de sus bromas, como si trataran de ayudarlo a borrar lo que todo el mundo consideraba una decepción de proporciones históricas, «el desengaño de su vida», como decía Karenna, la mayor de sus cuatro hijos.

«Ya conocen el viejo dicho —anunciaba Gore a su público—, unas veces se gana y otras se pierde. Y luego está esa tercera categoría poco conocida.»

Desde entonces, Gore se ha desprendido de la barba, pero no del peso. Todavía tiene panza. Come rápida y copiosamente y disfruta mucho haciéndolo, igual que un hombre que ya no tiene que preocuparse de parecer demasiado grueso en Larry King Live. «¿Quiere unos huevos? —me preguntó—. Dwayne es el mejor.»

Esta ha sido la primera temporada electoral en una generación en la que Al Gore no ha aspirado al cargo nacional. Se presentó a las presidenciales en 1988, cuando tenía treinta y nueve años; a la vicepresidencia, en la lista de Bill Clinton, en 1992 y 1996; y de nuevo a la presidencia en 2000. Tras decidir que una revancha contra Bush resultaría demasiado divisiva (o tal vez demasiado difícil), Gore se ha empeñado en no quedarse al margen. Por el contrario, para describir sus sentimientos utilizaba palabras como «liberado» y «libre» con gran determinación. Se había visto liberado de la carga, de la presión, del ojo de la cámara. En su casa de Nashville apenas sonaba el teléfono. No había personal de prensa en la puerta ni ayudantes a sus espaldas. Podía decir lo que quisiera y apenas había reacción alguna en los medios de comunicación. Si le apetecía llamar a George Bush «cobarde moral», si le apetecía comparar Guantánamo y Abu Ghraib con islas de un «gulag estadounidense» o a los representantes del presidente en los medios con «camisas pardas digitales», lo hacía. Sin preocupaciones, sin titubeos. Es cierto que en el Teatro Belcourt debía pronunciar un discurso a mediodía ante un grupo conocido como Music Row Democrats, pero era probable que las únicas cámaras que hubiera fuesen locales. Con sorna, resumía ese discurso en una pequeña libreta con solo dos palabras: «guerra» y «economía».

Cuando Al y Tipper Gore se hubieron recuperado de la conmoción inicial de las elecciones de 2000, gastaron 2,3 millones de dólares en la casa en la que viven ahora, un edificio colonial centenario situado en Lynwood Boulevard, en el barrio de Belle Meade, en Nashville. Todavía son propietarios de una vivienda en Arlington, Virginia —una casa construida por el abuelo de Tipper— y de una granja de treinta y seis hectáreas en Carthage, Tennessee, lugar de origen de la familia Gore; pero Arlington estaba peligrosamente cerca de Washington, y Carthage demasiado lejos para instalarse allí de manera permanente, sobre todo para Tipper. Belle Meade, que recuerda a Buckhead, en Atlanta, o a Mountain Brook, cerca de Birmingham, es un próspero reducto para empresarios y estrellas del country; alberga un barrio de extensos céspedes en pendiente, casas con magnolios y entradas para coches en la parte delantera y anexos modernos de cristal y piscinas en la parte trasera. Hace tiempo, Chet Atkins vivía allí; Leon Russell todavía lo hace. Algunos elementos de la casa, que la pareja amplió con ayuda de un arquitecto, son inequívocamente Gore: la batería de Tipper (congas incluidas) en el comedor; en las paredes, las fotografías de Al estrechándole la mano a los Clinton y a varios líderes mundiales. Hay menos libros y más televisores de los que cabría esperar. Cuando el arquitecto diseñó el anexo posterior de la casa, Gore le pidió que curvara los muros hacia dentro en dos puntos para salvar unos árboles. «Los árboles no eran nada especial o inusual —afirmó—. Simplemente, no podía soportar la idea de talarlos.» En el jardín trasero, alrededor del patio y la piscina extragrande, donde Al y Tipper hacen largos, Gore también instaló un sistema antiinsectos que pulveriza con discreción un fino rocío de crisantemos triturados desde un tronco de árbol y un muro del patio. «Los mosquitos lo odian», dijo. Otras partes de la casa son menos respetuosas con el medio ambiente. En el camino de entrada había aparcado un Cadillac negro de 2004, que conduce Gore, y en el garaje había un Mustang de 1965, que Al regaló a Tipper por San Valentín.

Gore se terminó los huevos. Se dirigió a un patio cubierto situado en un lado de la casa y se acomodó en una silla mullida. Dwayne le llevó la taza de café y se la rellenó.

Sin embargo, Gore no ha permanecido recluido en casa desde que, a finales de 2002, decidió no volver a presentarse a las elecciones. En el último año ha dado varias conferencias en Nueva York y Washington en las cuales ha criticado duramente a la Administración de Bush, pero ha respondido pocas preguntas. «Es mejor así una temporada», señaló. Ha dado conferencias por dinero en todo el mundo. Y está impartiendo cursos, principalmente sobre la intersección de la comunidad y la familia estadounidense, en la Universidad Estatal de Middle Tennessee en Murfreesboro y la Universidad Fisk en Nashville.

«Tenemos grabadas en cinta unas cuarenta horas de conferencias y clases —afirmó Gore, impávido—. Esta es su oportunidad de verlas.»

Gore está empezando a ganar mucho dinero. Es miembro de la junta directiva de Apple y asesor de Google, que acaba de pasar por una oferta pública de venta. También ha trabajado en la creación de un canal de televisión por cable y está desarrollando una empresa financiera.

«Me lo estoy pasando genial», aseguró.

En un sistema parlamentario, un candidato a primer ministro que haya perdido las elecciones suele ocupar un lugar destacado en la cámara. En Estados Unidos no funciona así. Aquí uno emprende su propio camino: da conferencias, escribe unas memorias, amasa una fortuna o busca una causa honesta. Es posible que de vez en cuando reciba la llamada de un periodista, pero no suele ocurrir. En cualquier caso, Donna Brazile, directora de campaña de Gore en 2000, decía: «Cuando terminó, el Partido Demócrata lo dejó en la cuneta» y prefirió olvidar no solo la catástrofe de Florida, sino también los tropiezos de Gore: su mutante personalidad en los tres debates con Bush; su dependencia de los asesores políticos; su incapacidad para sacar rédito de la imperecedera popularidad de Bill Clinton y su derrota en Arkansas, donde este último había sido gobernador, y más aún en Tennessee; y su decisión de no exigir un recuento inmediato en el estado de Florida. Ahora, allá donde vaya, Gore se encuentra con multitudes desesperadas con la Administración de Bush que ven en él todo lo que podría haber sido, todos los «y si…». «El desengaño de su vida.» A veces se le acerca gente que se refiere a él como «señor presidente». Algunos tratan de animarlo y le dicen:

«Sabemos que en realidad ganó usted». Algunos inclinan la cabeza y le dedican una mirada afectada de compasión, como si hubiera perdido a un familiar. No solo debe hacer frente a sus remordimientos; es siempre el espejo de los demás. Un hombre inferior habría cometido faltas peores que dejarse barba y ganar unos kilos.

Más que Franklin Roosevelt o incluso que John F. Kennedy, Gore fue educado para ser presidente. Es lo que esperaba de él su padre, Albert Gore, Sr., un senador que, según se decía, aparentaba tanta nobleza como un hombre de Estado romano. Cuando la madre de Al estaba embarazada de él, Gore padre les dijo a los directores del periódico Tennessean de Nashville que, si su mujer daba a luz un niño, no quería que la noticia quedara relegada a las páginas interiores. Cuando nació Al, el titular decía: «DE ACUERDO, SEÑOR GORE. AQUÍ ESTÁ, EN PRIMERA PLANA». Seis años después, el senador coló en The Knoxville News Sentinel la historia de que el joven Al lo había convencido de que le comprara un arco y unas flechas más caros de lo que tenían pensado. «Quizá haya otro Gore en la senda de la cumbre política —rezaba la noticia—. Solo tiene seis años. Pero, con las experiencias que acumula hasta la fecha, quién sabe qué puede ocurrir.» Cuando Gore llegó a Harvard (la única universidad en la que solicitó ingresar), informó a su clase de cuál era su máxima ambición. Su primera candidatura, que se produjo en 1988, después de haber pasado solo unos años en el Senado, no fue tanto un acto de presuntuosidad juvenil como un intento precipitado de llegar a la Casa Blanca mientras viviera su padre.

Gore tiene cincuenta y seis años. Cuando la campaña de 2000 tocó a su fin, algunos lo consolaron pidiéndole que recordara que Richard Nixon había perdido la contienda presidencial en 1960 y el cargo de gobernador de California en 1962 —informando a la prensa de que ya no podrían seguir «machacándolo»— y que luego volvió para conseguir la presidencia en 1968. Por alguna razón, cuando hoy le mencionan ese hecho, no le resulta reconfortante ni seductor. Si John Kerry gana en noviembre, probablemente supondrá el final de la carrera de Gore en la política nacional; si pierde, todavía quedarán figuras fuertes para una posible campaña en 2008, a saber, John Edwards y Hillary Clinton.

«Resumiendo, la respuesta es que dudo que vuelva a ser candidato nunca más —dijo Gore—. De verdad. La segunda parte de la respuesta es que no lo he descartado por completo. Y el tercer elemento es que no añado la segunda parte a modo de evasiva. Es simplemente para completar una respuesta honesta a la pregunta, y no cambia en absoluto la parte principal, es decir, que no creo que vaya a presentarme como candidato. Si esperara volver a serlo, probablemente no sentiría la misma libertad para tirar a matar en las conferencias. Y eso me gusta. Me resulta —y pronunció de nuevo esa palabra— liberador.» Volverse a presentar al Senado o aceptar un cargo en el gabinete, apostilló, también quedaba descartado.

Gore y una parte considerable del país están convencidos de que si en 2000 las cosas hubieran sido distintas en Florida, si los conservadores del Tribunal Supremo no hubieran superado a los liberales por un único voto, Estados Unidos no se hallaría en la tesitura actual: las portadas no describirían el caos en Irak, el déficit presupuestario récord, la retirada de numerosas iniciativas medioambientales, la disminución de las libertades civiles, el recorte en investigación con células madre y la erosión del prestigio estadounidense en el extranjero. Gore no reconoce su amargura, pero es palpable en casi todas sus conferencias; y aunque es posible que ese sentimiento en parte sea personal -¿quién podría reprochárselo?- se topa con otro sentimiento más profundo y público que la decepción en sus aspiraciones y las de su padre.

«Es un hombre que trabajó toda su vida para conseguir lo único que quería, ser presidente de Estados Unidos, y lo tuvo allí, al alcance de la mano -decía Tony Coelho, presidente de la campaña de Gore en 2000-. Tenía la sensación de que Clinton le había perjudicado, pero, no obstante, se dejó la piel y lo logró. Fue el que más votos obtuvo, con una diferencia de medio millón, pero intervino el Tribunal Supremo y se acabó. A muchos nos cuesta entender qué significa eso o cómo se siente uno. Lo cierto es que Gore es una persona de políticas, no una persona política, y sentir que estaba en la cúspide del cargo político definitivo, que podía afectar a las políticas y al mundo como nadie, y que todo quedara en nada… ¡Imagínese!»

En breve aparecería por allí un nuevo amigo de Gore, un excéntrico músico y artista visual llamado Robert Ellis Orrall, para llevarlos a él y a Tipper al Belcourt.

«Le caerá bien Bob —dijo un Gore sonriente—. Pero, se lo advierto, es muy peculiar. Está un poco loco.»

Gore pronunció esa última frase en lo que me pareció su voz de Mr. Goofy. Cuando quiere subrayar algo que ha dicho, indicar que sabe que está citando un tópico o empleando una modulación estentórea o pomposa, utiliza la voz de Mr. Goofy, adopta un semblante cómico y simula un tono más propio de un dinosaurio de la televisión. Y luego está la voz de Herr Profesor, el Gore conferenciante. Al principio no quería hablar de política, pero cuando salió el tema de la prensa, le sacó jugo y, según mis cálculos, se explayó con un discurso de veinte minutos acerca de la degradación de «la esfera pública», una expresión acuñada por el filósofo alemán Jürgen Habermas en los años sesenta (uno intenta, sin conseguirlo, imaginarse al actual presidente haciendo alusiones al autor de Conciencia moral y acción comunicativa). «Es un hombre muuuuy interesante —dijo Gore—. ¿Por qué no lo he descubierto hasta ahora?»

Es fácil entender que a Gore, a falta de un cargo público, le guste enseñar. En su respuesta ininterrumpida, mencionó el centro de estudios de imágenes cerebrales de la Universidad de Nueva York; El alfabeto contra la diosa, de Leonard Shlain; El cerebro de Broca, de Carl Sagan; un artículo de opinión del Times dedicado al declive de la lectura en Estados Unidos escrito por Andrew Solomon; la falta de investigación acerca de la relación entre el cerebro y la televisión —«No hay nada en las dendritas sobre ver la televisión»—; Gutenberg y el auge de la imprenta; el gobierno soberano de la razón en la Ilustración; el individualismo —«Un término utilizado por primera vez por Tocqueville para describir Estados Unidos en la década de 1830»—; Thomas Paine; y Benjamin Franklin. «Vale, ahora avancemos hasta el telégrafo y el fonógrafo.» De acuerdo, pero no hemos avanzado: primero estuvo Samuel Morse, que no oyó la noticia del fallecimiento de su esposa mientras pintaba un retrato —«Hay un cuadro suyo en la Casa Blanca, si mal no recuerdo»— y, por ello, decidió inventar un medio de comunicación más rápido. «Ahora avancemos de nuevo hasta Marconi… Esa sí que es una historia interesante»; el hundimiento del Titanic; David Sarnoff; el origen agrícola del término inglés broadcast; pasando por «los diecinueve centros visuales del cerebro»; un artículo sobre el «flujo» en Scientifi c American; el «reflejo orientador» en los vertebrados; el patetismo y «fracaso último» de las manifestaciones políticas como un medio para enfrentarse a la esfera pública antes mencionada —«¿En qué consisten en realidad? ¿En una multitud sosteniendo carteles con cinco palabras que a lo sumo espera que se acerque una cámara para aparecer unos segundos en televisión?»— y, por último, la tesis realizada por el propio Gore en Harvard en 1969, que trataba del efecto de la televisión en la presidencia y el auge, más o menos por aquella época, de la imagen por encima de la letra impresa como un medio para transmitir noticias. Todo para acabar hablando del canal por cable que está desarrollando.

—¿Qué tipo de canal será? —le pregunté.
—No puedo hablar de ello —respondió—. Todavía no.

De lo que sí le interesa hablar y de lo que ha hablado abiertamente y en un lenguaje que sorprende por su contraste con su antigua prudencia afectada es de los fracasos del hombre que se impuso en 2000.

—Puede hablar sin ambages —añadí.
—Estoy desenchufado —replicó él.

Minutos después llegó Robert Ellis Orrall, un hombre encantador que ronda los cincuenta años y lleva el pelo rapado y pendiente. Posee un vibrante sentido del espectáculo, en la medida en que siempre está actuando, y empezó a contar chistes en cuanto llegó. Gore parecía totalmente relajado en su presencia.

Tipper Gore, que lucía un jersey de algodón y pantalones rosa eléctrico, salió al patio a saludar a Orrall.

—¿Cómo estás, Bob?
—Bien, Tipper. Un poco nervioso. Me han pedido que presente a Al en un acto, así que tengo que pronunciar un pequeño discurso…

Los rasgos de Gore denotaron cierto atisbo de ansiedad. Orrall daba todos los indicios de ser una presencia impredecible en el escenario. Una cosa era hacer el payaso en el patio y otra presentar a un ex vicepresidente delante de varios centenares de seguidores.

—Espero que, eh… lo hayas redactado, Bob —dijo Gore.
—Lo tengo aquí —respondió Orrall palpándose el bolsillo.

Los cuatro salimos al camino y nos montamos en el coche de Orrall, un incómodo Volkswagen Golf. El ex vicepresidente abrió la puerta delantera, se encogió quisquillosamente y se embutió en el escaso espacio disponible, como si estuviera introduciéndose en un buzón. Una vez dentro, desplazó las piernas hacia arriba y a la derecha formando lo que parecía una letra del alfabeto cirílico especialmente compleja. Luego cerró muy lentamente la puerta. No hubo lesiones graves. Tipper se montó atrás.

Orrall salió del camino y puso rumbo al teatro. No había sirenas ni coches siguiéndonos, al margen del tráfico normal.

Gore sonrió y dijo:

—Bob, podrías fingir que eres del Servicio Secreto, pero tendrías que llevar un auricular en lugar de pendiente.
—Haré todo lo posible —dijo Orrall.
—¡Por favor! —intervino Mr. Goofy.

Orall interpreta papeles, y uno de ellos es Bob Something, principal compositor y cantante de un grupo absurdo llamado Mon key Bowl, que podría describirse como un cruce entre The Fugs y Ali G.

Durante el trayecto, Orrall sacó un CD de Monkey Bowl titulado Plastic Three-Fifty que incluía canciones como «Stupid Man Things», «Hip Hop the Bunny» y «Books Suck». El segundo tema del disco llevaba por título sencillamente «Al Gore».

Poco después de conocerse a través de un amigo común, Orrall le puso una de las primeras versiones de la canción. A Gore le gustó tanto que añadió un toque propio.

—Pongámosla —dijo Orrall, e introdujo el CD en el reproductor. Tras una serie de acordes de guitarra y ritmos sincopados contagiosos, Orrall se puso a cantar:

Al Gore vive en mi calle,
en el tres veintipico de Lynwood Boulevard. Y no me conoce,
pero yo le voté. ¡Sí, agujereé la tarjeta!

No sé cómo puede vivir sabiendo
que aunque ganó el voto popular
sigue viviendo en mi calle, un poco más abajo de mi casa.

Pronto, todos los ocupantes del coche se echaron a reír, tal vez Gore el que más, y Tipper se golpeteaba la rodilla con la palma de la mano al ritmo de la batería:

Una vez tuve una bici 
y era un niño y alguien me la robó 
y todavía estoy enfadado, 
lleno de ira, no puedo olvidarlo.

Tengo que ser más comprensivo, lo sé, porque, aun con el voto popular,
Al Gore vive en mi calle, un poco más abajo de mi casa.

Después de otra estrofa que contrastaba cómicamente la derrota de infancia y la autocompasión de Orrall con la histórica decepción y recuperación de Gore, el estribillo daba un giro culminante:

La vida no es justa, ya lo sé
porque, aun con el voto popular,
Al Gore vive en mi calle, un poco más abajo
de mi casa [repetición]

El presidente Gore vive en mi calle, un poco más abajo de mi casa.

Finalmente, la canción parecía tocar a su fin, pero entonces se oyó la voz del propio Gore: «Eh tío, me gusta tu canción, pero tienes que superar todo eso. ¡Este barrio es genial!».

Todos aplaudimos y Orrall siguió conduciendo.

Al cabo de un rato empezamos a hablar de Fahrenheit 9/11, la película de Michael Moore, y de los planos iniciales, que muestran la que tal vez sea la escena más dolorosa de la vida política de Gore: el día que tuvo que liderar una sesión conjunta del Congreso en su función de presidente del Senado mientras certificaba los votos del Colegio Electoral, un proceso que se vio interrumpido en repetidas ocasiones por varios miembros afroamericanos de la Cámara que intentaron, en vano, hacerse con el lugar y oponerse al procedimiento. Fue Gore, por supuesto, quien tuvo que seguir las normas del orden y enviarlos a sus asientos, al tiempo que sabía que su defensa del decoro y de la ley sería considerada una suerte de flagelación, una defensa del hombre al que despreciaba o llegaría a despreciar.

«Esa escena es increíble», dijo Orrall.

Se hizo un largo silencio y Gore respondió: «Todavía no hemos tenido la oportunidad de verla. Estábamos de vacaciones cuando la estrenaron». Por el tono de Gore, parecía que hubiese perdido la oportunidad de ver Dos colgaos muy fumaos, pero Tipper terció: «Yo no sé si podría verla».

Gore comentó que no hacía mucho había aparecido en el programa de radio de Al Franken. «Llamé desde Nashville», dijo. El invitado era Michael Moore. Franken empezó a representar su personaje del terapeuta new age Stuart Smalley y, con Gore y Moore al teléfono, dijo: «Y bien, Michael, ¿querría decirle algo al vicepresidente?».

En 2000, Moore y otros izquierdistas apoyaron la candidatura del tercer partido liderada por Ralph Nader, que cimentó su campaña en la idea de que no había diferencia entre Gore y Bush. Sin Nader en la carrera, es probable que Gore hubiera conseguido la presidencia, incluso excluyendo Florida.

«Lo sentimos mucho, Al», dijo Moore.

Gore se echó a reír al rememorar la historia. «Hice una larga pausa y dije: “¿El qué, Michael?”. Entonces dio una explicación muy complicada, diciendo que había votado en el estado de Nueva York, que no estaba en juego, y que Nader había prometido no hacer campaña en ningún estado en disputa y bla, bla, bla. Así que le dije: “Eso me parece increíblemente complicado, Michael”.» (Más tarde escuché la conversación en internet. Franken mencionaba que «no era una disculpa total» y Moore se aseguró de decirle a Gore: «Eres más liberal que hace cuatro años».) Luego Gore me dijo: «La que sí he visto es Bowling for Columbine. Agradezco lo que intenta hacer, pero antes de ver la película nunca habría imaginado que pudiera despertarme simpatías hacia Charlton Heston. Y, sin embargo, lo hizo. […] Estoy convencido de que hay algo de eso en Fahrenheit 9/11».

Orrall metió el Volkswagen en el aparcamiento del Teatro Belcourt. Alguien le indicó una plaza que había sido reservada con un cono naranja.

«¡Eh! —dijo Gore—. ¡Tenemos un cono naranja!»

Mientras los Gore entraban por una puerta lateral se encontraron con Bob Titley, uno de los cofundadores de Music Row Democrats. Nashville es un centro del sector musical, y la zona que rodea la Decimosexta Avenida, donde las principales compañías de discos y publicidad tienen sus oficinas, se llama Music Row. El negocio de la música country es mayoritariamente republicano. Pero siempre ha habido excepciones, como cuando una de las Dixie Chicks dijo el año pasado que se avergonzaba de tener a Bush como presidente. Al ser denunciadas categóricamente las Dixie Chicks, varios directivos y compositores de Nashville decidieron crear el nuevo grupo.

—¿Hay alguna razón por la que no me hayáis invitado a una de vuestras veladas de karaoke? —le preguntó Gore a Titley.
—Lo estábamos reservando para una gran noche —dijo.

Orrall subió al escenario, realizó una representación que llevaría a cabo aquella noche en un club local, el Bluebird Café, y presentó eficientemente al orador del día. «Ganó el voto popular… ¡Y vive en la misma calle que yo!» Gore, que llevaba americana y corbata, salió en medio de una gran ovación, esbozó una amplia sonrisa, saludó e hizo el numerito de la gratitud que hacen los políticos, mencionando con deleite a los amigos sentados entre el público. Últimamente había arremetido a menudo contra la Administración de Bush y conocía bien los detalles de su acusación.

Una vez que la multitud se calmó, dio las gracias a varias personas y dijo: «Hola, soy Al Gore, y fui el próximo presidente de Estados Unidos».

Todo el mundo prorrumpió en carcajadas, pero él mantuvo su ensayada inexpresividad. «A mí no me parece especialmente divertido», apostilló.

Todos rieron de nuevo. «Pónganse en mi piel. Me pasé dos años viajando en el Air Force Twoy ahora tengo que quitarme los zapatos para embarcar en un avión.

«No hace mucho, iba por la Interestatal 40 de aquí a Carthage. Conducíamos nosotros. Miré por el retrovisor y no había caravana de vehículos. ¿Han oído hablar del síndrome del miembro fantasma?» A la hora de cenar, prosiguió, en la salida de Lebanon, los Gore encontraron un Shoney’s —«un restaurante familiar barato»— y la camarera se alteró por la presencia de Tipper, se dirigió a la mesa contigua y dijo: «Ha recorrido un largo camino, ¿verdad?». Poco después, decía Gore, viajó a Nigeria en un Gulfstream V para dar una conferencia sobre energía. Durante la conferencia contó la historia de lo que había sucedido en una cena en Tennessee, y detalló lo que era un Shoney’s. En el viaje de vuelta, el avión se detuvo a repostar en las Azores. Mientras Gore esperaba en la pista, un hombre se le acercó corriendo con un mensaje urgente. «¡Señor vicepresidente! ¡Tiene que llamar a Washington!», exclamó, y le hizo entrega de una copia de un telegrama. «No sabía qué estaba pasando en Washington —dijo Gore—. Entonces caí en la cuenta: muchas cosas.»

Resultó que un periodista de Lagos se había confundido y escrito un artículo en el que afirmaba que Gore había «inaugurado un restaurante familiar de bajo coste llamado Shoney’s». Bien, dijo Gore, «más tarde recibí una carta de Bill Clinton en la que me felicitaba por el nuevo restaurante. Nos satisface celebrar los éxitos mutuos».

Gore ha disimulado su indignación por las elecciones de 2000 con una característica mezcla de aplomo impasible e ironía de la era de la información que lo distingue de los tres hombres de la historia de Estados Unidos que han compartido su peculiar destino: Andrew Jackson, Grover Cleveland y Samuel Tilden.

Cuando Jackson perdió las elecciones en 1824 frente a John Quincy Adams pese a haber ganado el voto popular, no cesó de denunciar el fraude y de clamar contra el «engaño, la corrupción y los sobornos» del sistema, por no hablar de la traición de Henry Clay, que cedió su electorado a Adams por el cargo de secretario de Estado. Cuatro años después, Jackson volvió a presentarse y ganó.

Cleveland, que aspiraba a la reelección en 1888, perdió el voto electoral ante Benjamin Harrison, pero aseguró a sus partidarios que sería redimido. «Cuidad los muebles de la Casa Blanca —le dijo su esposa, Frances, al personal—. Volveremos.» Cleveland logró su segundo mandato, y se cobró su venganza cuatro años después.

Tilden era diferente. Samuel Tilden, un demócrata de Nueva York, era un gobernador de mentalidad reformista que en 1876 planteó un magnánimo desafío a Rutherford B. Hayes. Tilden parecía el claro ganador del voto popular, pero cuando llegaron unos resultados ajustados en cuatro estados, en especial Florida, el Congreso nombró una comisión electoral especial que estaba controlada mayoritariamente por el Partido Republicano. La comisión votó siguiendo líneas partidistas para otorgar a Hayes los votos electorales en cuestión y Tilden perdió. Era considerado una persona inteligente, pero torpe y distante; fue criticado por ser demasiado débil, demasiado vacilante a la hora de retar a la comisión con la dureza necesaria. En lugar de esgrimir sus argumentos políticamente, se fue a Europa y a la postre se retiró a Graystone, su finca de Yonkers. Al sopesar su candidatura en 1880, Tilden escribió una carta en la que la rehusaba: «No hay nada que desee tanto como un despido honorable». Rara vez salía de Graystone y falleció en 1886. En la lápida de Tilden podía leerse: «Todavía confío en el pueblo».

Al Gore digirió su derrota y, en última instancia, su decisión de no participar en la carrera presidencial de 2004 de una manera que recordaba a la de Tilden. Tras la decisión del Tribunal Supremo, y una vez que Gore optó por no emprender una estrategia de «tierra quemada» para socavar la legitimidad de Bush en la prensa y en los juzgados, pronunció un discurso de claudicación el 13 de diciembre de 2000, que será recordado como una demostración de ecuanimidad y un tono casi perfectos, un discurso que exaltaba el Estado de derecho y que al parecer contribuyó sobremanera a enfriar la guerra pública y su propia rabia interior. Para escribir ese discurso, Gore se inspiró en la amarga derrota sufrida en 1970 por Al Gore padre a manos de un oponente que hacía demagogia en materia de racismo.

«En cuanto a la batalla que concluye esta noche —afirmaba—, creo, como dijo mi padre en una ocasión, que, por dura que sea la derrota, puede servir tanto como la victoria para moldear el alma y dar rienda suelta a la gloria.»

El tono de Gore era elegíaco, pero, al igual que Tilden, seguía haciendo frente a una decisión, y solo se tomaría en el seno de su familia. Incluso durante la campaña estuvo rodeado eminentemente de profesionales remunerados, no de personas fieles. Después, su círculo se fracturó y siguió su camino. A diferencia de Clinton, que podía recurrir a un gran número de amigos en busca de consejo, Gore carecía del don, o de la paciencia, para demostrar gratitud, para mantener contacto. Donna Brazile se quejaba de que jamás había recibido una nota de agradecimiento por los servicios prestados en 2000, y muchas personas que habían trabajado para Gore o que habían donado sumas importantes a la campaña relataban experiencias similares. «Trataba mal a la gente —decía Robert Bauer, uno de los ayudantes de Gore durante la batalla de Florida—. Era frío, distante, condescendiente y desagradecido. Corrían historias legendarias sobre lo desagradecido que era con la gente. Gore tiene un carácter extraño. […] Es un hombre aislado.» Otros ayudantes no se mostraban tan duros, y afirmaban que Gore era brusco y exigente, pero no desconsiderado. Sin embargo, una vez liberado del aparato y de las exigencias de una campaña política, Gore disfrutaba de sus ratos a solas, pensando, leyendo, escribiendo conferencias y navegando por internet. «Uno de los rasgos de su personalidad es su introversión —comentaba otro antiguo ayudante—. La política fue una elección profesional espantosa para él. Debería haber sido profesor universitario, científico o ingeniero. Habría sido más feliz. Tratar con los demás le resulta agotador, así que tiene problemas para conservar sus relaciones con la gente. La clásica diferencia entre un introvertido y un extrovertido es que si mandas a un introvertido a una recepción o un acto en el que haya cien personas, saldrá con menos energía de la que tenía al llegar. Un extrovertido saldrá del acto vigorizado, con más energía que al entrar. Gore necesita descansar después de un acto; Clinton se marchaba revigorizado, porque tratar con la gente era algo natural para él.»

Gore se presentó a la presidencia a la sombra de Clinton: a la sombra del talento y los errores de Clinton, sobre todo su aventura con Monica Lewinsky, el regalo supremo a la oposición republicana. Cuando quedó claro que Clinton había mentido a su mujer, a Gore y a todo el mundo, que en realidad había continuado con su aventura, la relación Clinton-Gore, que había sido más formal de lo que se publicitaba, se sumió prácticamente en el silencio. La elección de Joe Lieberman como compañero de carrera de Gore estuvo muy influida por las denuncias morales del primero contra Clinton.

«No pude convencer a Gore de que utilizara a Clinton —decía Tony Coelho, presidente de la campaña—. Gore creía firmemente que había gente que no lo apoyaría si lo hacía. Clinton solía restar importancia a sus errores. Para él, la infidelidad no era gran cosa. Para Al Gore significaba algo. Al es un marido fiel y comprometido con Tipper. Son como adolescentes enamorados, así que aquel hecho no se podía minimizar. Para él era real. Tenía la sensación de que Clinton nunca había asumido públicamente su responsabilidad. Se reunían [Clinton y Gore] porque nosotros programábamos cosas. La situación era tensa, e incluso hostil en algunos momentos. Al es una persona que prefiere ir de frente a mentir, y lo intentó con Clinton. Clinton prefería reírse y seguir adelante.»

Poco después del 11 de septiembre de 2001, Gore visitó a Clinton en Chappaqua, Nueva York. Su relación parecía haberse restablecido. Casi todos los miembros del entorno de Gore siguen creyendo que Clinton anhelaba que el vicepresidente le sucediera, pero hay quienes sospechan que no le disgustó del todo que la derrota dejara más espacio en el escenario político para Hillary en 2008. La relación entre Gore y Hillary era complicada, y a veces fría, desde hacía tiempo.

En verano de 2001, Gore había puesto fin a su silencio y lanzado una crítica pública contra la Administración de Bush con un discurso en Florida. Sin embargo, tras los atentados terroristas, declaró que Bush era su «comandante en jefe», un gesto que pretendía fomentar la unidad y no empeorar el ánimo nacional. Pero en septiembre de 2002, cuando la Administración de Bush emprendió la marcha hacia una guerra en Irak, Gore aparcó la discreción con un discurso devastador en el Commonwealth Club de San Francisco en el que el blanco fue la política exterior del gobierno. Gore, que fue uno de los pocos demócratas que en 1991 votaron a favor de la resolución del Congreso que apoyó la primera guerra del Golfo, decía ahora que la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos socavaría el intento por desmantelar al-Qaeda y perjudicaría los lazos multilaterales necesarios para combatir el terrorismo:

Si vencemos rápidamente en una guerra contra el débil y diezmado ejército de cuarta fila de Irak y al poco tiempo abandonamos, igual que el presidente Bush ha abandonado al poco tiempo Afganistán tras derrotar a una potencia militar de quinta fila, el caos resultante podría suponer un peligro mucho mayor para Estados Unidos que el que afrontamos en la actualidad con Sadam.

El desafío de Gore para que la Casa Blanca de Bush presentara pruebas reales de un vínculo entre Sadam Husein y el 11-S, tanto en tono como en sustancia, fue más crítico que cualquier discurso pronunciado hasta la fecha por los candidatos demócratas. De repente, la posibilidad de una candidatura de Gore inundó los medios de comunicación.

«No me sorprendieron las políticas económicas de Bush, pero sí la política exterior, y creo que a él también —me dijo Gore—. La verdadera distinción de esta presidencia es que, en el fondo, es un hombre muy débil. Se proyecta como alguien increíblemente fuerte, pero de puertas para dentro es incapaz de decir no a sus principales valedores económicos y a su coalición en el Despacho Oval. Ha sido asombrosamente maleable con Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y toda la gente del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense. Se puso en marcha de inmediato después del 11-S. Fue demasiado débil para resistirse.

«Yo no soy de los que cuestionan su inteligencia —añadió Gore—. Hay diferentes clases de inteligencia, y es arrogante que una persona con un tipo de inteligencia cuestione a otra con otro tipo. Desde luego, es un maestro en ciertas cosas y tiene seguidores. Busca la fuerza en la simplicidad. Pero, en el mundo actual, eso a menudo es un problema. No creo que sea débil intelectualmente. Creo que no tiene curiosidad. Me asombra que se pasara una hora con su futuro secretario del Tesoro y no le hiciera una sola pregunta. Pero creo que la suya es una debilidad moral. Me parece un matón y, como todos los matones, es un cobarde cuando se enfrenta a una fuerza a la que teme. Su reacción a la lista de peticiones de grupos de interés adinerados que lo llevó a la Casa Blanca, una lista extravagante e increíblemente egoísta, es obsequiosa. El grado de obsequiosidad que implica el decir “sí, sí, sí, sí, sí” a lo que quiera esa gente por mucho que perjudique a la nación en su conjunto solo puede obedecer a una verdadera cobardía moral. No le encuentro otra explicación, porque no es una cuestión de principios. El único denominador común es que cada uno de los grupos tiene mucho dinero que está dispuesto a poner al servicio de su fortuna política y de la aplicación feroz e inflexible de políticas ciudadanas que los beneficien a ellos a expensas de la nación.»

Corría el rumor de que Gore decidiría si se enfrentaba o no a Bush antes de finales de 2002. La historia afirmará que no anunció su no candidatura el 15 de diciembre en 60 Minutes, sino un día antes, cuando apareció como presentador invitado de Saturday Night Live. En el monólogo inicial, Gore dijo: «La buena noticia de no ser presidente es que tengo los fines de semana libres. La mala, que también tengo libres los días laborables. Pero quiero dejar claro desde el principio que esta noche no volveré a discutir asuntos del pasado. Todos sabemos que hay cosas que debería haber hecho de otra manera en la campaña de 2000. Puede que a veces fuera demasiado rígido, que suspirara demasiado, y la gente decía que era excesivamente condescendiente. Por supuesto, ser condescendiente significa hablarle a la gente como si fuera tonta».

En un sketch que parodiaba su proceso de selección de un candidato a la vicepresidencia, Gore aparecía en remojo en una bañera con «Joe Lieberman». Al Franken, que interpretaba a un terapeuta de autoayuda en otro sketch, le decía a Gore sobre la época en que llevaba barba: «Creo que está bastante claro que te habías sumido en una espiral de bochorno descomunal». Y más tarde, cuando Martin Sheen le mostró el estudio de grabación de El ala oeste de la Casa Blanca, Gore se acomodó con aire soñador en la silla del presidente en el plató del Despacho Oval.

—Disculpe, John —le decía Gore a John Spencer, que interpreta al jefe de personal—.¿Podría hacerme un pequeño favor?
—Por supuesto.
—Voy a ponerme de espaldas al lado de la ventana y me gustaría que se acercara usted a la mesa y dijera: «Señor presidente, los jefes del Estado Mayor Conjunto quieren una respuesta».

No eran las bromas propias de un hombre que estaba preparándose para aspirar al cargo nacional.

La noche siguiente, vestido con traje y luciendo una expresión apropiadamente sobria, Gore lo hizo oficial. «He venido a acabar con esto», le dijo a Lesley Stahl. Para Gore, una revancha con Bush sería contraproducente; estaría demasiado centrada en 2000. Algunas personas de su círculo lo aceptaron, pero también dijeron que en aquel momento Bush parecía popular, e incluso imbatible. A la mañana siguiente, Katharine Seelye, una periodista que había atormentado a Gore durante la campaña en lo que este consideraba un ataque incesante a sus meteduras de pata, reales e imaginarias, declaraba en The Times que Al Gore estaba «liberado».

En el Teatro Belcourt, tras la andanada inicial de mofas hacia sí mismo, Gore pasó de alabar a la «Administración Clinton-Gore» a una crítica feroz a la de Bush. Ensayó todos los temas que le habían obsesionado durante muchos meses: la precipitada carrera hacia la guerra, la manipulación de los datos de espionaje, el recorte de las libertades, la «vergüenza» y la «traición» de Abu Ghraib y la explotación de la guerra para manipular la campaña electoral («¡Está […] utilizando la guerra! ¡Utilizando la división! ¡Fomentando el miedo!»). El nuevo aderezo del día fue una denuncia a Porter Goss, candidato de Bush a la dirección de la CIA que había atacado a John Kerry en la Cámara de Representantes. Goss, afirmaba Gore, era una elección partidista inadmisible.

Los principales discursos políticos de Gore, que han sido organizados por MoveOn.org y la American Constitution Society for Law and Policy, carecen de la pedantería que en ocasiones se filtra en su conversación. En su mayoría son presentaciones convincentes de las críticas a Bush que conocen bien los lectores de las páginas editoriales y los columnistas más liberales. Lo que les infunde una fuerza añadida es el propio orador, la autoridad de haber ganado el voto popular y sus credenciales en el Senado y la Casa Blanca en materia de política exterior, medio ambiente y proliferación nuclear.

Cuando vi a Gore pronunciar uno de esos discursos en Washington y después, al visionar los demás en cinta, estuvo menos formal y torpe que en la campaña de 2000. La sombra de las habilidades interpretativas innatas sigue cerniéndose sobre Gore (al igual que le sucede ahora a Kerry) y, aquí y allá, en un esfuerzo por mostrar pasión, Gore eleva un poco el tono hasta convertirlo en algo febril. Empieza a gritar, a sudar, a traspasar la frontera de la pasión y adentrarse en la selva de la histeria. Pero muy de vez en cuando. Por supuesto, esos momentos de sobreexcitación fueron los que más destacaron no solo en Fox, sino también en CNN, donde Soledad O’Brien informó a los espectadores con la debida objetividad de que Gore se había dado el gusto de una «diatriba» pública.

Los detractores republicanos y conservadores de Gore se mostraron feroces y burlones. Los medios informativos propiedad de Rupert Murdoch se apresuraron a presentar a Gore en sus momentos más sudorosos y a citar su lenguaje más incendiario. En el New York Post, John Podhoretz afirmaba: «Ha quedado patente que Al Gore está loco. […] Un hombre que estuvo a punto de ser presidente de Estados Unidos ha quedado reducido a la imagen de esas personas de Times Square que gritan con un megáfono sobre la justicia de Dios». David Frum, antiguo redactor de discursos de Bush, escribía sobre el «deterioro emocional» de Gore y sugería que, «por su propio bien», buscara «una habitación oscura, fresca y en silencio». Y Charles Krauthammer, un columnista de The Washington Post que en su día ejerció la psiquiatría, asistió a Special Report de Fox News Channel y ofreció un diagnóstico: «Por lo visto, Al Gore ha vuelto a dejar de tomarse el litio».

Entre los aliados de Gore, la reacción fue eminentemente positiva, pero no del todo. Uno dijo que estaba «jugando en los dos extremos», combinando «el truco de MoveOn.org» con una nueva vida en la banca de altos vuelos. «Los discursos me ponen enfermo», decía su amigo, que señalaba sobre todo el uso del gulag para describir las prisiones dirigidas por Estados Unidos. «No concibo un punto de retorno. Con esos discursos se ha vinculado a la extrema izquierda del partido. Él dirá que no es cierto, pero sí lo es.» Esa suele ser la opinión de quienes pusieron su fe en su mitad de nuevo demócrata, el Gore que se oponía al gasto deficitario y que estaba dispuesto a actuar con mano dura en Bosnia y Kosovo. Pero la mayoría de sus aliados, los más liberales y los más indulgentes, aprobaron el tono del ataque, pues consideraban que era precisamente lo que faltaba en sus discursos cuatro años atrás: claridad, convicción e incluso audacia. Eli Attie, que redactaba discursos para Gore y ahora escribe guiones para El ala oeste de la Casa Blanca, decía: «Corren tiempos virulentos, y Gore está respondiendo a ellos con un lenguaje agresivo y apasionado. Al fin y al cabo ¿qué puede perder?». Lisa Brown, que ejerció de asesora de Gore en la Casa Blanca, decía que, si bien Gore se ha desplazado a la izquierda, no cree que «haya cruzado la línea del pensamiento conspiratorio».

Cuando Gore terminó su discurso en el Belcourt, se ganó otra ovación con el público en pie. Entre bastidores, posó para algunas fotos. Tenía el cuello de la camisa empapado y la cara roja. No hacía especial calor sobre el escenario.

En el trayecto de vuelta a Belle Meade, Gore empezó a teorizar sobre las elecciones de noviembre. «Veintiocho presidentes electos se han presentado a un segundo mandato y casi ninguna de esas elecciones se ganaron por poco —afirmó—. Diez fueron derrotados y hubo dieciocho victorias. Entre las diez derrotas hay una en la que el candidato ganó el voto popular. Las excepciones son Ford y Truman, pero ninguno fue elegido en primer lugar. Y la elección de Truman se recuerda como un resultado ajustado por ese titular de prensa incorrecto, pero en realidad fueron tres o cuatro puntos, si mal no recuerdo. Todo esto implica que las elecciones son un referéndum sobre quien ocupa el cargo en ese momento. En términos de teoría de la información, los votantes disponen de tanta información sobre el titular del cargo porque han tenido cuatro años para observarlo y el oponente es una pregunta accesoria: ¿El aspirante lo hará razonablemente bien?»

Por supuesto, Gore considera que Kerry lo hará más que razonablemente bien. Ambos entraron juntos en el Senado en 1984 y compartían ciertas cualidades: seriedad intelectual, indiferencia, un pasado privilegiado y altas expectativas. No eran ni mucho menos amigos.

Cuando le pregunté a Gore por su relación, respondió: «El primer año fue… eh… competitivo. Trabajamos en ciertos asuntos de la misma manera y esa puede ser una fórmula para una relación difícil. Pero él tomó la iniciativa de acercarse a mí e identificar el hecho de que consideraba que la relación no era como podía y debía ser y me pidió que nos sentáramos a hablar de ello para crear juntos una base para una relación laboral mucho mejor. Se lo agradecí y me impresionó. A partir de entonces, casi siempre trabajamos muy bien juntos».

Hace cinco años, Kerry se preguntaba en voz alta si él o Gore debían ser el candidato del partido para suceder a Clinton.

«Se quejó de ello —comentaba Gore—. Fue sincero conmigo en ese tema. Me contó exactamente lo que pensaba. En su opinión, él era un buen candidato, podía ser su última oportunidad, podía conseguirlo y bla, bla, bla. Por mi parte, le expresé por qué consideraba que sería un error que lo hiciera y, obviamente, a mí me interesaba decir tal cosa.»

Le pregunté si, tras la impugnación, Kerry creía que Gore era un producto defectuoso por asociación.

«No lo expresó como una crítica hacia mí o hacia mis posibilidades. Más bien creía que él podía hacerlo mejor o ser un candidato más apropiado. —Gore sonrió y luego borró esa sonrisa y habló… con mucha… prudencia—. No me enfadé. Si hubiera pensado de esa manera y aprovechado esas opciones sin comentármelo, entonces quizá sí me habría molestado.» Cuando llegó el momento de que Gore eligiera a un candidato a la presidencia, su breve lista incluía a Kerry y John Edwards.

De nuevo en casa, Gore se quitó la chaqueta y la corbata y se sentó a la mesa del comedor. Dwayne sirvió un almuerzo a base de chuletas de cordero sobre un lecho de verduras aliñadas. Otro sirviente trajo grandes jarras de agua y té con hielo.

Mientras atacaba sus costillas, Gore dijo que estaba bastante convencido de que Kerry ganaría en noviembre.

«Los errores de Bush han sido espectaculares —aseguró—. La evidencia de los engaños y los cálculos equivocados se han sumado para generar en la mente de muchos la convicción cada vez mayor de que no es bueno para Estados Unidos.»

Entonces, ¿por qué los sondeos daban unos resultados tan ajustados?

«Siempre intento decirle a la gente que será muy ajustado y que es muy importante que cada uno realice su aportación, pero mi predicción es que, al final, probablemente no lo será tanto. Creo que ahora mismo la balanza se está decantando. Además, la derecha republicana ha iniciado una especie de guerra fría civil de una manera muy despiadada.»

Gore tenía un ordenador portátil abierto mientras comíamos (él y Tipper tienen Apple G4 idénticos. «¿Qué te esperabas? —preguntó ella—. Vivo con el hombre que inventó internet»). Añade a favoritos algunos medios previsibles —The TimesThe Washington Post, Google News—, pero también páginas de izquierdas como mediawhoresonline.com y truthout.com. A partir de sus lecturas, en la Red y otros formatos, se ha convencido más de que, tras la caída de Goldwater en 1964 y el movimiento contra la guerra de Vietnam, los conservadores estadounidenses estaban decididos a «jugar a largo plazo» y organizarse, ideológica, económica e intelectualmente, para ganar las elecciones e iniciar una revolución conservadora. A Gore le interesa un memorándum escrito a petición del presidente de un comité de la Cámara de Comercio de Estados Unidos por un abogado de Virginia llamado Lewis F. Powell Jr. y fechado el 23 de agosto de 1971, solo dos meses antes de que Nixon nombrara a Powell para el Tribunal Supremo. El memorándum de Powell afirma que el sistema económico estadounidense está sometido a «un intenso ataque» de izquierdistas bien financiados que dominan los medios de comunicación, el sector académico e incluso algunas tribunas del mundo político. Dicho memorándum describe una batalla por la supervivencia de la empresa libre y anima a «dudar» menos y mostrar «una actitud más agresiva» en todos los frentes. Fue clasificado como «confidencial» y remitido a las cámaras de comercio y a destacados directivos de toda la nación.

Como juez del Tribunal Supremo, Powell resultó moderado, pero el movimiento conservador ayudó a sus candidatos predilectos, en especial a Ronald Reagan. Le pregunté a Gore si creía que Hillary Clinton, en pleno período Lewinsky, estuvo acertada al esgrimir el fantasma de una «gran conspiración de la derecha».

«Es difícil separar la frase de todas las declaraciones que se han generado a su alrededor —afirmó—. Representa algo que originalmente no era lo que se quería decir. La palabra “gran” es precisa; la palabra “derecha” es precisa; es la palabra “conspiración” la que quiere modificar la gente, porque para muchos implica oír algo que dudo que Hillary quisiera decir cuando la utilizó. Estoy seguro de que mi expresión “guerra fría civil” es vulnerable a malas interpretaciones aún peores.»

Gore se apresuró a distinguir a la Administración de Bush de cualquiera de sus antecesoras. En su opinión, las cosas eran mucho peores «ahora» que a mediados de la década de 1980. «La experiencia de la Administración de Reagan fue decepcionante para la derecha en muchos sentidos —comentó—. Fue satisfactorio contar con un triunfador que se ganó el corazón de tantos estadounidenses y que era tan elocuente al presentar muchas de sus ideas, pero para ellos resultó tremendamente decepcionante que se plegara mucho más a la razón de lo que ellos habrían querido. El mayor aumento de impuestos de la historia no fue el de Clinton y Gore en 1993, sino el de Reagan en 1982. Aquello les molestó mucho. Sus iniciativas sobre control armamentístico, de las cuales yo fui una parte importante, contrariaron mucho a gente como Richard Perle, un personaje muy destacado en la génesis de la política sobre Irak. Después de la experiencia con Reagan decidieron prepararse para la próxima oportunidad que tuvieran. Por tanto, serían exhaustivos e inflexibles de manera global. Entonces, cuando Gingrich y su equipo vencieron en 1994, sentaron las bases para la identificación de todos los mecanismos discretos de poder y programas, políticas, cargos y organismos que, a su juicio, debían ser transformados. […] Bush, como candidato, se limitó a estrechar la mano a esa serie de grupos unidos por el respeto a los respectivos intereses personales. Lo que tenían en común es que todos eran poderosos y perseguían una serie de objetivos contrarios al interés ciudadano.»

Gore se refrescó con un largo sorbo de té. Habíamos despachado las costillas y las verduras y nos sirvieron un sorbete de fruta en copas de cristal altas. Gore apuró el hielo y consultó el ordenador portátil. Luego empezó a hablar de la desaparición de la Unión Soviética y del viejo mundo «bipolar».

—Una consecuencia es que existe un triunfalismo emergente entre los fundamentalistas del mercado que ha asumido una actitud de infalibilidad y arrogancia que ha llevado a sus partidarios a despreciar los valores no monetizados si no encajan en su ideología.

—¿Qué falta? —le pregunté.
—Las familias, el medio ambiente, las comunidades, la belleza de la vida y las artes. Abraham Maslow, más conocido por su jerarquía de las necesidades, tenía una máxima según la cual, si la única herramienta que utilizas es un martillo, todos los problemas empiezan a parecer un clavo. Traduciéndolo a esta conversación: si la única herramienta que utilizas para medir el valor es una etiqueta o la monetización, empieza a parecer que aquellos que no son fáciles de monetizar carecen de valor. Por tanto, se esgrime un desprecio fácil, que evocan en un abrir y cerrar de ojos, hacia los abrazaárboles o la gente preocupada por el calentamiento global.

Y, sin embargo, la ideología de Bush está teñida de creencias religiosas, aventuré. No todo lleva una etiqueta de precio.

Gore frunció los labios. También baptista del Sur, se había declarado un creyente renacido, pero sin duda desdeñaba el carácter público de la fe de Bush.

—Es un tipo particular de religiosidad —señaló—. Es la versión estadounidense del mismo impulso fundamentalista que vemos en Arabia Saudí, Cachemira y religiones de todo el mundo: hindú, judía, cristiana o musulmana. Todos comparten ciertos rasgos. En un mundo de cambios desconcertantes, cuando fuerzas grandes y complejas ponen en peligro los puntos de referencia conocidos y cómodos, el impulso natural es aferrarse como si nos fuera la vida al árbol que parece tener las raíces más profundas y no cuestionar jamás la posibilidad que no vaya a ser el motivo de nuestra salvación. Y las raíces más profundas se hallan en tradiciones filosóficas y religiosas con una larga historia. No los oyes hablar demasiado del sermón de la montaña, ni de las enseñanzas de Jesús sobre compartir con los pobres o de las Bienaventuranzas. Es la venganza, el azufre del infierno.

Tipper había salido a comer con Christine, la mujer de Bob Orrall, y ahora estaban de vuelta.

Recientemente, Tipper había comprado tres matamoscas de diseño y quería enseñarlos.

—¿Matamoscas?
—Puedes atraparlas con la mano, Al, pero mira esto.

Tipper sacó tres matamoscas extraordinariamente ingeniosos y los depositó sobre la mesa del comedor.

—Eh, Christine —dijo Gore—, ¿cómo puedo buscar los cuadros de Bob en internet? Quiero enseñárselos…

Christine, una mujer mucho menos teatral que su esposo, se lo explicó. Gore tecleó la URL correcta y apareció el contenido en cuestión. No había estado tan contento en todo el día.

—Bob pinta cuadros sobre traumas infantiles y luego escribe sobre ello en el lienzo.
—Fuimos a un asesor matrimonial —contó Christine— y entonces empezó a hacer estas cosas sobre recuerdos de la infancia.
—Debió de salir más barato que la terapia —intervino Gore. —Bueno, ¡seguimos casados!

Gore dio la vuelta al ordenador portátil y fue abriendo los cuadros en la pantalla y leyendo los pies de foto. En uno de ellos se apreciaba un grupo de gente reunida en torno a un niño en un parque de atracciones. Al pie decía: «No vomites en Disneyland. Todo el mundo actúa como si hubieras infringido la ley y tus padres fingen que eres hijo de otro. Luego marcan la zona como si fuera la escena de un crimen y los encargados de limpiarla llevan trajes antirradiación. En serio. Y luego dicen: “Creo que ya hemos tenido suficiente por un día”, y vuelves a compartir cama con tus hermanos en el motel Howard Johnson».

Gore se reía a mandíbula batiente.

—Fue traumático ¿eh? —dijo, y empezó a hacer clics de nuevo sobre el portátil—. ¿Dónde está ese en que estaba tan gordo que se escondía bolígrafos en los michelines? —Y luego añadió—: Ahora se ha convertido en una fuente de ingresos para tu familia, ¿verdad?
—Lucinda Williams compró cinco —respondió Christine—. Ya sabes…

Gore la interrumpió. Se detectaba un verdadero entusiasmo en su voz, mitad sincera, mitad Mr. Goofy.

—¡Mira, cariño! ¡Salgo en la prensa!

Gore había buscado en Google su discurso en el Belcourt y en los medios aparecía una noticia. Los primeros párrafos estaban dedicados a sus críticas hacia Porter Goss.

Antes de que Christine se fuera, ella, Tipper y Al hicieron planes para el fin de semana, que incluían la posibilidad de salir a cenar e ir a escuchar música al Bluebird u otro lugar.

Gore no cesaba de mirar la pantalla del ordenador.

—Por norma general, en lo que respecta a las noticias, si eres el presidente cuentas con un equipo de prensa itinerante, y si eres el candidato del partido, también —afirmó—. Pero, con esas dos excepciones, al margen del juicio a Scott Peterson, nada, un discurso, una propuesta, algo en el discurso demócrata será noticia de ámbito nacional a menos que suceda durante un trayecto en taxi de diez minutos en el centro de Manhattan o de Washington D. C., Los Ángeles, Chicago o Saint Louis. No existe. ¿Y esto del discurso? Será un articulito de Associated Press. Eso es todo.

El único momento en que Gore trascendió los articulitos del servicio de noticias este año fue su aparición en la Convención Nacional Demócrata, celebrada en Boston a finales de julio. Gore no tenía intención de quedarse mucho tiempo. Todo indicaba que el partido, actualmente dirigido por gente que depositaba sus esperanzas en las posibilidades de John Kerry, solo estaba dispuesto a conceder a Gore un papel terciario en la convención. En lugar de recordar a los demócratas lo que podría haber sido, en lugar de despertar sentimientos de ira o arrepentimiento, parecían decididos a ocultar a Gore. Donna Brazile tenía razón: le habían dejado en la cuneta. La convención comenzó un lunes, y esa noche fue declarada «para ex» y hablaron Gore, Jimmy Carter y Bill Clinton. Pero, dado que los medios de comunicación redujeron su programación a una cobertura mínima, solo retransmitieron a Clinton. El ganador del voto popular en 2000 sería cosa de MSNBC, CNN y el canal digital de ABC. «Hemos venido a la ciudad solo por el discurso de Al y luego nos iremos de aquí —dijo Carter Eskew, que fue estratega de Gore en la última campaña—. Ya sabemos de qué va la cosa. No sé si me entiende. Este partido es de otra persona.»

«Es una época bastante emotiva —dijo el ayudante de Gore, Josh Cherwin, que rondaba los veinticinco años y había ejercido de recaudador de fondos para los demócratas—. La nueva nominación de Gore debería haber sido un momento de gloria. Por el contrario, es bastante doloroso.»

A primera hora del lunes me reuní con Gore en el Hotel Four Seasons. De camino hacia allí, leí en The Times un artículo escrito por Katharine Seelye sobre su aparición en Boston. Una vez más, se proyectaba una imagen un tanto ridícula de él.

Gore había prometido grabar un saludo en vídeo para todas las delegaciones estatales que estaban tomando un desayuno «inaugural» en salas de baile de hoteles de toda la ciudad. Él y Cherwin llegaron a la sala para la retransmisión de poca monta con cara de sueño. Para él, era de especial importancia que el discurso de la convención saliera bien, aunque no lo fuera para nadie más. Podía ser su última vez en el estrado.

Lo único que debía hacer Gore era tomar asiento, mirar a la cámara y dedicar unas bonitas palabras a los delegados, la tarea política más rutinaria que quepa imaginar. Y, sin embargo, la maquilladora se ocupó de él como si estuviera preparándolo para el primer plano inicial deEl bueno, el feo y el malo. Tras unos veinte minutos disimulándole los poros, Gore sonrió animosamente y dijo:

—Este podría ser el trabajo de maquillaje más profesional jamás realizado para una webcam.
—En realidad no es una webcam, señor —dijo alguien—. Es una videoconferencia.
—Ah. Y eso no es un botón para silenciar el sonido —respondió Gore toqueteando un interruptor que tenía delante—. Es un dispositivo de activación.

Los demás guardaron silencio con ese aire de «es muy temprano, todavía no hemos tomado el café». Sin embargo, Gore parecía desesperado por mostrarse de buen humor.

El director le pidió a Gore que probara el volumen de su micrófono. Este asintió y empezó a hablar con el típico susurro ronco de Ronald Reagan: «Damas y caballeros, en un minuto comenzaremos…».

Ninguno de los técnicos jóvenes pareció captar la referencia. En cambio, la maquilladora sí lo hizo y sonrió.

Entonces sucedió algo extraño; extraño si uno nunca ha estado en presencia de Al Gore, claro. En el mismo instante en que le pidieron que empezara hablar a la cámara, todo su cuerpo se irguió. Sonrió ligeramente… demasiado. La sonrisa casi parecía una forma de dolor. Su voz adoptó esa cadencia sureña de antaño, que pretendía resultar encantadora y reconfortante, pero que a menudo se antojaba condescendiente e irritante (uno no cesaba de oír los ecos de una vieja parodia de un debate en Saturday Night Life: «…y luego… eh… lo meteré en un… apartado postal»).

Finalmente dijo: «Estoy profundamente agradecido por la oportunidad de servicio que me han brindado». Y con esas palabras terminó. Gore se levantó del asiento y, por toda la ciudad, los delegados pudieron desayunar.

Gore y Cherwin dieron las gracias a todo el mundo y volvieron a la suite del primero. El lugar parecía un despacho donde está realizándose una apresurada tesis doctoral, suponiendo que el alumno pudiera gastarse mil dólares por noche en una habitación con vistas a Public Garden. Las papeleras rebosaban de folios arrugados. Una pared estaba cubierta de hojas que contenían apuntes tomados a vuelapluma para el discurso.

«Me he pasado casi toda la noche despierto —dijo Gore—. Siempre he tenido esa mala costumbre, pero parece que soy incapaz de evitarla.»

Sabía que el discurso de la convención no podía parecerse a los alegatos contra Bush que había lanzado por todo el país. El lenguaje debía ser más contenido; tenía que ofrecer un discurso político conciso, sin olvidar ser agradecido con Bill Clinton, rendir un extenso homenaje a John Kerry y, sobre todo, no dar munición a los equipos de respuesta republicanos. Hacer excesivas referencias a la campaña de 2000 era simplemente inadmisible.

«Estudian esos discursos de manera bastante exhaustiva —aseguró—. ¡No quieren ningún ataque contra Bush en la Convención Demócrata! Me recuerda a cuando Steve Martin estaba dando un discurso de homenaje a Paul Simon en el Kennedy Center Honors hace un par de años y dijo: “Sería fácil plantarse aquí a hablar de la inteligencia y las aptitudes de Paul Simon, pero no es el momento ni el lugar”.»

Gore se pasó otra hora saludando a amigos en el Four Seasons; el hotel era el ónfalo de la convención, el centro para políticos importantes, burócratas del partido y gente adinerada. Gore bajó en el ascensor con su hija Kristin, que trabajaba en Los Ángeles como guionista de la serie de animación Futurama y últimamente había terminado una novela gráfica sobre el mundo de la política en Washington. Al igual que su padre, Kristin Gore sanó sus heridas, al menos en parte, con el vendaje del cómic. Antes de su publicación, un entrevistador le preguntó a Kristin por qué no había escrito la novela poco después de las elecciones, y dijo que quería evitar un libro que pareciera «Sylvia Plath interpreta Washington».

Gore, que llevaba traje oscuro, y Kristin, que lucía una camiseta y pantalones cortos de deporte, se montaron en el asiento trasero de un Cadillac. El personal se metió en una minifurgoneta y la pequeña caravana de vehículos se dirigió al Fleet Center. Una vez realizadas las comprobaciones de seguridad, los Gore recorrieron una serie de pasillos y túneles traseros en dirección a los vestuarios que hacían las veces de camerino. Mientras caminábamos, Kristin respiró hondo y dijo: «Va a ser una semana extraña». Gore tenía que detenerse a cada minuto para saludar a gente. Algunos parecían encantados de verlo y otros inclinaban la cabeza en un gesto comprensivo.

«¡Esta es una semana de reencuentros!», exclamó Gore cuando una persona le besó en la mejilla.

Jim King, que durante años había sido escenógrafa de las convenciones demócratas, acompañó a Gore a la escalera que llevaba al escenario.

«¡Eh, Jim! ¿Dónde están los demás?», le preguntó Gore. Subimos las escaleras y nos adentramos en el escenario. Todavía faltaban cuatro o cinco horas para que comenzaran las actividades de la convención. Las butacas estaban prácticamente vacías. El extenso techo del Fleet Center estaba abarrotado de globos rojos, blancos y azules, todos ellos sujetos con una red. Los globos eran de John Kerry. Mientras Gore contemplaba el techo, King le dijo que tuviera cuidado con los cables y otros peligros que podían dejarlo en ridículo y romperle un tobillo.

«¿Esta es la parte de riesgos laborales?», le preguntó Gore.

Aquella noche, cuando faltaban unos minutos para las ocho, más de dos horas antes de que comenzaran los informativos, Bill Richardson, gobernador por Nuevo México, presentó al ex vicepresidente: «Un visionario, […] un luchador, […] uno de los más grandes líderes y patriotas de este país y, el día de las elecciones de 2000, el hombre al que la gente eligió para que fuera presidente de Estados Unidos».

Gore saludó sonriente y dijo: «Amigos, compañeros demócratas, conciudadanos: voy a ser cándido con ustedes. Esperaba volver aquí esta semana en otras circunstancias, presentándome a la reelección. Pero ya conocen el viejo dicho —allá vamos—. Unas veces se gana y otras se pierde. Y luego está esa tercera categoría poco conocida».

Se oyeron carcajadas en la sala.

«Esta noche no he venido aquí a hablar del pasado. Al fin y al cabo, no quiero que piensen que me paso las noches en vela contando y recontando ovejas. Prefiero concentrarme en el futuro, porque sé por experiencia que Estados Unidos es una tierra de oportunidades en la que todos los niños y las niñas tienen la posibilidad de hacerse adultos y ganar el voto popular. Lo digo en serio…»

Gore recibió una ovación de algo más de un minuto antes de pronunciar su discurso y de unos treinta segundos al finalizar. La autoparodia inicial, y después una condena directa, aunque comedida, al actual presidente y los gestos de apoyo a Kerry y su gratitud a Clinton estaban bien escritos y resultaron inofensivos para los barones de la convención. El político que en 2000 era conocido por su dramática exasperación y la torpeza con la que se presentaba a sí mismo había sido modesto, inteligente y sereno.

Daba igual. Al final de la noche, de lo único que hablaba la gente era de la deslumbrante actuación de Bill Clinton. Las televisiones habían ignorado a Gore, y la mayoría de los periódicos tan solo le dedicaron pequeños espacios. Cuando John Kerry llegó a Boston para aceptar el nombramiento, Gore ya se había ido, observándolo todo desde su salón de Nashville con unos amigos.

Al Gore no sufre de cara al público. No ensaya sus viejos resentimientos: contra los Clinton, contra la prensa, contra Katherine Harrys y Jeb Bush, contra el Tribunal Supremo, contra Ralph Nader o contra Bob Woodward («No empecemos»). Charlamos durante horas y, a la primera mención de los comicios de 2000, Gore frenó en seco. No pensaba hablar de aquello, al menos de manera concreta. «Permítame hacer una pequeña pausa. Cuando le llamé y le invité al discurso y la convención, le dije que el motivo por el cual hacía una excepción a pesar de que ahora no concedo entrevistas es porque he tenido muchas experiencias en que la premisa inicial del artículo se convierte en el extremo de una cuña para abrir un discurso mucho más amplio.» Gore hablaba con muchas pausas, que es la medida que adopta cuando quiere decir algo adecuado para su publicación. «No pretendo transmitir desconfianza […] sino un sentido de prudencia —en esto hay cierto elemento de relajación—. No quiero entrar en un diálogo sobre la campaña de 2000, porque puede que quiera tratarlo en profundidad en otro momento y lugar. Aplico un criterio distinto a la hora de decidir qué digo y qué no digo sobre la campaña de 2000, porque creo que tiene que pasar más tiempo para mí y para la mayoría de la gente que leería mis pensamientos al respecto. Creo que todavía es muy… Un 49 por ciento de la gente todavía no está preparada para oír lo que tengo que decir al respecto sin dar por sentado que no está distorsionado por motivos partidistas. […] Llegado el momento adecuado, tengo mucho que decir sobre ello. Yo también necesito más perspectiva.» El lenguaje era formal y la voz tan dolida como cautelosa. «En mi interior hay tantas cosas relacionadas con las elecciones de 2000 que, aunque más o menos sé lo que quiero decir, requiere más tiempo. Me ha llevado más tiempo darme cuenta de que debo realizar la máxima aportación posible a extraer significados más profundos de esas elecciones. Aunque puede que sea pura banalidad…»

Entre los columnistas y los profesionales de la política, Gore derrochó buena parte del capital político que le quedaba el año pasado cuando apoyó a Howard Dean para la candidatura demócrata. En aquellos días previos al Grito, Dean se antojaba el candidato más verosímil, y Gore parecía aportar las credenciales de la clase dirigente. Pero poco después del Grito, después de la caída libre, incluso el propio Dean reconocía que su candidatura había empezado a desmoronarse en el preciso instante en que recibió ese apoyo, con lo cual hizo que pareciera el beso de la muerte.

Muchos ex asesores de Gore me dijeron que creían que había respaldado a Dean porque el gobernador de Vermont estaba desarrollando el tipo de campaña —para las bases, generada en internet, resuelta— que habría querido para él en 2000. Esa interpretación «psicoanalítica», dijo Gore, era absurda. El verdadero motivo era que, por encima de todo, Dean era el único candidato que, al igual que él, manifestaba sin ambages su oposición a la guerra en Irak.

«Creo que Bush planteó una gran visión falseada —afirmó Gore—. La guerra en Irak se expuso como una gran idea. Pues fue una gran idea estúpida. E insisto, no creo que sea tonto, pero esa idea sí.»

Gore sigue siendo comprometido, serio y acreditado. Todavía resulta fácil imaginárselo como un buen presidente, aunque poco apreciado. Y, sin embargo, persiste un rasgo, y es un rasgo que comparte con George W. Bush. Es extremadamente reacio a reconocer un error, por pequeño que sea. A mitad de nuestras conversaciones en Nashville, le pregunté cuál era la mayor equivocación que había cometido en política. Guardó silencio unos momentos, hubo varias salidas en falso, volvió a hacer una pausa y rememoró que, cuatro años atrás, en la campaña tenía una respuesta preparada para esa pregunta, pero que no recordaba cuál era.

«A lo mejor fueron mis subsidios al azúcar», aventuró.

Le pregunté el motivo por el que no había alertado a su antiguo compañero de campaña, Joe Lieberman, de que respaldaría a Dean.

«A Joe lo considero un amigo —empezó Gore—. Me sabe mal haber herido sus sentimientos, y creo que algunos miembros de su campaña le convencieron de que podía ser positivo utilizarlo. Antes de anunciarlo públicamente intenté contactar con él muchas veces y no pude.»

¿Pensaba que la campaña de Lieberman había intentado beneficiarse deliberadamente del incidente?

«No lo sé a ciencia cierta, así que no lo diré. Lo único importante es que no se lo dije personalmente antes del anuncio.»

Justo antes de cenar, Gore consultó su Treo.

«Eh —dijo mientras paseábamos cerca de la piscina—. Acabo de recibir un correo electrónico sobre Jim McGreevey. Va a dimitir como gobernador de Nueva Jersey. A ver si adivinas por qué. Hagamos un test.»

Elegí la respuesta C —la correcta— y Gore me miró dos veces al más puro estilo Mack Sennett.

«¡Uau! ¿Cómo lo sabías?»

Dwayne sirvió temprano una cena para tres al aire libre: salmón ennegrecido, verdura y un buen vino blanco. Teníamos que irnos pronto. Norah Jones y su grupo daban un concierto aquella noche en la Grand Ole Opry House, más o menos a media hora de distancia. Antes de comer habíamos hablado de las dos figuras de la Administración de Bush que también habían pertenecido al círculo de Clinton y Gore: Colin Powell y George Tenet.

Gore dijo que todavía consideraba a Powell un amigo, «pero todo el mundo tiene claro que fue marginado. Como la derecha desconfiaba de sus valores e instintos, lo convirtieron en un testaferro. […] Los hemos visto [a Powell y a su mujer] en actos sociales y me cae bien y le respeto mucho, pero creo que ha sido maltratado por su Administración y que se ha dejado utilizar de manera perjudicial para él y, lo que es más importante, para el país. En mi opinión debería haber dimitido. Sin duda. Durante su presentación ante las Naciones Unidas sentí lástima varias veces. Fue una experiencia muy dolorosa de ver. […] No estoy acusándolo de amañarlo conscientemente. Creo que es mucho más complejo y hay muchos más matices.

»Pienso que lo único que comparten Powell y Tenet es una sensación de deuda personal con el presidente Bush y su familia. En ambos casos, la deuda personal influiría más a la hora de determinar sus decisiones sobre dónde debían trazar una línea y decir: “Ya basta. No puedo consentir esto”».

Comimos rápido y nos dirigimos al Cadillac. Gore conducía, y Tipper, con las indicaciones sobre el regazo, mostraba el camino. Gore contó una historia muy divertida sobre un encuentro secreto con el ex primer ministro ruso Víktor Chernomirdin («el sobrio») que declaró «confidencial por razones de seguridad nacional».

Las indicaciones de Tipper fueron impecables y Gore las siguió, una rareza en la historia de la institución conyugal. Cuando llegamos a Opryland, los Gore tenían reservado un aparcamiento.

«Ya no hay caravana de vehículos —comentó Tipper al bajarse del coche—. Solo yo.»

Habíamos llegado cinco o diez minutos antes de que empezaran los teloneros, y Gore prefirió esperar en la sombra que sentarse y tener que ser él mismo, saludar e interpretar.

Cuando bajaron las luces, nos deslizamos a nuestros asientos. Los Gore disfrutaron del concierto —ambos saben mucho sobre el rock and roll de su generación y sobre la escena actual de la música country—, pero en el descanso se acercaron varias personas que querían tiempo, que querían conectar.

«¡Norah Jones y Al Gore… la misma noche!», exclamó alguien. Luego llegó otro hombre y él y Gore se pusieron a hablar con sumo detalle sobre unos colegiales de Whitwell, Tennessee, que habían creado un monumento al Holocausto con millones de clips de papel.

Después del concierto, los Gore estaban de buen humor y se ofrecieron a enseñarme Nashville antes de dejarme en el hotel. Gore estaba planteándose incluso parar en el Bluebird si llegábamos a tiempo para el espectáculo de Bob Orrall. Pasamos junto a las oficinas musicales de la Decimosexta Avenida, las discotecas del centro, el río, el Ryman Auditorium y la tienda de discos Ernest Tubb.

Tipper se vertió un mejunje de color ámbar en las manos y se las frotó. Luego echó un poco en las manos de su marido mientras estábamos parados en un semáforo.

«Es limpiador —dijo con un tono profesional volviéndose hacia el asiento trasero—. ¿Quiere un poco? Le hemos dado la mano a mucha gente.»

Estábamos hablando de si Gore pensaba escribir un libro y le pregunté si había leído el best seller que copaba entonces las listas de no ficción. Él se echó a reír y respondió: «No he leído el libro de Clinton. ¡Me han dicho que habla mucho de la pérdida de la presidencia en su escuela elemental!».

Pasamos por delante del edificio de la Convención Baptista del Sur. Aquel mismo día, Gore me había comentado que él y Clinton solían rezar juntos en la Casa Blanca. Le pregunté a qué iglesia de Nashville iban él y Tipper.

Se hizo un silencio en el asiento delantero.

—Ahora somos ecuménicos —dijo Gore a la postre.
—Yo creo que sigo a Baba Ram Dass —apostilló Tipper entre risas.
—Podría decirse que la llegada de los predicadores fundamentalistas nos ha echado con sus políticas de derechas —añadió Gore.

Obviamente, era un detalle en un tema en general doloroso. Tennessee, que nunca ha sido especialmente liberal, había rechazado a Al Gore en 2000, una pérdida que acabó con sus sueños.

—Eso me hace preguntarme cómo salió usted elegido para el Congreso —observé.

Gore no lo negó.
—A veces yo también me lo pregunto —dijo.

El país de la calma

Publicado: 10 agosto 2015 en David Santa Cruz
Etiquetas:, , ,

―Mira, el único peligro que hay en Uruguay es, que de repente, te des cuenta que llevas dos días tumbado en el pasto viendo crecer la hierba, tomando mate ―dice Ángel Galán, un periodista español avecindado en Montevideo. Tiene razón.

Cuando sucede viene el estupor, sientes vergüenza; piensas que estás desperdiciando tu vida. Luego, el síndrome de abstinencia por la falta del estrés–ira–angustia–depresión y todo el coctel químico que el cerebro reproduce en ciclos de tensión–carga–descarga–distensión. Que cada vez se acortan: tensión–carga–descarga. Sin tiempo al descanso: tensión–carga, tensión–carga, tensión–carga. Hasta enloquecer. Piensas. No pasa nada. Entonces suspiras. Sí, parece que la hierba hace ruido cuando crece pero tú no la escuchas. Te relajas. Piensas. Así son las cosas acá.

***

El 27 de abril de este 2014, la banda de heavy metal Megadeth, tocó en el Teatro de Verano, el principal escenario para conciertos del país. En algún momento del concierto, un grupo de personas desplegaron una bandera enorme con el logotipo de la banda, lo que llamó la atención del vocalista, Dave Mustaine.

―Denme un segundo, tengo que tomarle una foto a esto, voy por mi celular ―dijo y desapareció del escenario.

Expectantes, los casi cuatro mil asistentes se movían con el mismo vaivén y suave rumor que las olas del Río de la Plata cuando se estiran sobre las playas de Montevideo.

Al regresar, el guitarrista pelirrojo tomó la foto y llamó a su esposa.

―Hola amor. ¿Te acuerdas que hablábamos a dónde mudarnos si viviéramos fuera de América? Bueno, nos mudamos a Uruguay.

La ovación no se hizo esperar, el comentario de Mustaine abonaba a la sensación de que Uruguay es un gran lugar para vivir. Aunque quizá sólo esté de moda. Ya en septiembre de 2013, Steven Tyler, vocalista de la banda de hard rock, Aerosmith había dicho que el de Uruguay era el mejor presidente del mundo y que más mandatarios deberían seguir el ejemplo de José «Pepe» Mujica. Que, qué duda cabe, es hoy una estrella más: uno de los principales activos promocionales de la República Oriental del Uruguay.

―¿La moda es argentina, latinoamericana o más extendida? ―pregunta, mientras tomamos un café, Gabriela, una chica que vive en el barrio contiguo al mío en Buenos Aires.
―Mundial ―respondo.
―¿Y empezó?
―En 2012, por una entrevista que el diario español El Mundo le hizo a El Pepe, la titularon «El presidente más pobre del mundo». ¡Y zas!, todos los medios fueron a buscarlo. Luego los uruguayos legalizaron el matrimonio gay, y luego la marihuana, y el aborto…
―Quizá que hayan llegado a semifinales en fútbol en 2010. ¿Tendrá también algo de incidencia? ―dice ella.

¡Ah sí! El futbol. ¿Qué pasó en 2010? Googleo discretamente en el teléfono. ¡Ah!, el mundial de Sudáfrica. Holanda contra Uruguay. Recontra googleo: Uruguay ganó dos mundiales, el primero de la historia, en 1930, jugaba de local. El segundo fue tragedia ajena, 1950. Maracaná, 250 mil espectadores, Brasil en la final como favorito. Uruguay se coronó.

―Es posible ―le digo a Gabriela.

En 2013 la revista inglesa The Economist nombró a Uruguay el mejor país del mundo. Dicen que se lo dan por la aprobación del paquete de reformas. Dicen también que están abriendo un camino que no sólo mejorará a una sola nación, sino que si son replicadas, beneficiarían al mundo.

***

Su figura bonachona y regordeta que corona con una franca sonrisa lo hacen parecer afable. Lo es, aunque a veces refunfuña. Con el éxito que tiene, alguien debería fabricar un muñeco de peluche a su imagen y semejanza. En las calles de Montevideo la gente lo ve y se sorprende, sacan de inmediato los celulares y le toman fotos.

―¡Que viva El Pepe!, ¡Que viva Mujica! ―grita un grupo de cinco o seis brasileños que iban saliendo a la calle y coincidieron con el mandatario.

Él los saluda con la mano en alto, les dice algo que no alcanzo a registrar y amaga con entrar al auto. Voltea como si se olvidara de alguna cosa. Levanta la vista, despacio, hacia los periodistas que lo esperábamos. Cuando constata que seguimos ahí con los micrófonos, libretas y grabadoras en la mano abre los ojos y la boca, ladea la cabeza y separa un poco las manos con los pulgares hacia afuera, en un gesto mezcla de desencanto y resignación. Pareciera decir «pero, ¿todavía siguen aquí?». Deja caer los hombros y avanza hasta donde estamos. Da pasos lentos, pesados. Le llueven las preguntas, capotea todas, es fin de semana y sale de un acto protocolario con militares. Esos, a los que combatió rifle en mano siendo guerrillero. Esos que lo encerraron en una celda oscura, húmeda y desaseada. Y que luego de escaparse de ella, en una fuga de película, lo confinaron a siete años de aislamiento sin dejarlo leer. Esos militares que lo orillaron a la locura al recluirlo durante dos años en un pozo. Donde su único entretenimiento era alimentar, con migajas de pan, a siete ranas. Ahí  aprendió que la hormigas gritan y que cualquier rata se domestica.

―Presidente ¿El tamaño de las fuerzas armadas está bien en Uruguay? ―pregunta un reportero.
―Pienso que probablemente  necesite rectificación.
―¿Se necesitan menos militares? ―replica una voz de mujer.
―Se necesitan para realizar un conjunto de tareas que no podemos cumplir todavía. Ahora es mucho más complejo que antes, hay ciertos conocimientos como de sísmica, de planimetría, que son difíciles de captar en el país.

Pero que el presidente evada ese tipo de respuestas sobre los militares no es sólo parte de la cordialidad entre instituciones y poderes reales y fácticos. El uruguayo es en lo general dual a este respecto. En 1989 se esperaba que triunfara el plebiscito para derogar la «Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado» la cual permitía la amnistía de militares y policías que violaron derechos humanos durante el gobierno cívico militar. Pero los uruguayos decidieron mantenerla y renunciar a la posibilidad de juzgar a sus dictadores, aún y a pesar de que la Suprema Corte consideraba dicha ley como inconstitucional.

—Yo tengo una memoria y sus recuerdos. No puede ser de otra manera. Pero dejo una cosa bien clara: el libro de mis cuentas pendientes, ese yo lo perdí —le dijo en 2005 al periodista brasileño, Marco Aurélio Weissheimer.

El día es flojo y no hay mucho de donde cortar. Tiramos preguntas, a ver si da nota. José Mujica se exaspera.

―¡Si cada cual me va a plantear su problema particular, no me voy más de acá! ―Dice y aún así contesta, elaborando las respuestas.

Dos días después me llega un correo electrónico de la oficina de la presidencia: «Hemos recibido su solicitud y agradecemos el interés que expresa, dada la intensa agenda del Presidente, es muy difícil concretar la entrevista».

***

Luego de la entrevista de El Mundo, la  granja de Mujica se convirtió en centro de peregrinaje para los periodistas del planeta. Todos en busca del presidente que siembra flores, repara él mismo su tractor, tiene una perra coja como mascota, y además vive desde siempre con la misma mujer que también fue guerrillera y ahora es senadora. Al igual que su marido, ella creía que la mejor forma de cambiar el mundo era mediante el proceso revolucionario. Ella también fue encarcelada, vejada y tuvo su gran fuga.

Todos los medios de comunicación querían una historia que revelara el origen de su pobreza. La respuesta: dona el 90% de su sueldo a obras sociales. Algo insólito en una época donde la cleptocracia impera aún en medio de crisis económicas. Frente a este desprestigio El Pepe representa una visión romántica. No es que la gente desconozca que como tupamaro y anarquista participó en expropiaciones –robos a bancos para financiar la guerrilla–, secuestros y demás acciones de guerra. Es solo que Facundo y Ulpiano –sus nombres de batalla– desaparecieron tras recibir seis balazos y perder la libertad. El Mujica actual reconoce sus errores de  juventud y en junio de 2014, fue propuesto para recibir el premio Nobel de la Paz.

A José Mujica no le gusta el mote. Ha dicho que no es el más pobre del mundo, que pobres son aquellos que necesitan mucho para vivir, él es un campesino que tiene lo suficiente y que de momento agarró una chambita de presidente. Sus detractores lo tachan de radical y populista, de ser un demagogo que creó un personaje: El Pepe. Aunque los propios uruguayos dan fe de encuentros personales e historias de calle que indican lo contrario. En Valizas una de las playas más concurridas de Uruguay, escuché de boca de un ingeniero agrónomo decir que antes de llegar a la presidencia, Mujica iba a comprar las plantas y semillas para su chacra y siempre les compraba un poco a la empresa donde él laboraba y otro tanto a los de la competencia, así que en opinión del agrónomo así era para todo, equitativo en la medida de lo posible.

El estrellato llegó a su máximo el día que José Mujica se paró en la tribuna de las Naciones Unidas para hablar de la felicidad y el tiempo libre. Para declararse socialdemócrata como la mayoría de los guerrilleros que sobrevivieron a su propia utopía y se incorporaron a la lucha electoral. Pararse ahí además y decirle a la burocracia internacional que no sirven para mucho, que «nuestro mundo precisa menos organismos mundiales de toda laya, que organizan foros y conferencias que sólo sirven a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas».

Cuando José Mujica no es un soñador tiene que actuar como hombre de Estado. Tiene claro que vive en un sistema capitalista y que Uruguay con sus poco más de tres millones de habitantes es un actor minúsculo del sur dentro del concierto internacional. Rodeado, por si fuera poco, de dos gigantes regionales: Argentina y Brasil, que lo acorralan contra el Atlántico.

―Pero dentro de Uruguay no es una presidencia tan respetada en términos de logros ―dice el doctor en ciencia política Germán Lodola, cuya vertiente de investigación es precisamente la nueva izquierda latinoamericana.
―Se dice en Uruguay que no ha avanzado mucho en áreas donde se lo había propuesto inicialmente. Y tampoco ha tenido grandes logros en materia económica. Se le ve más como un gobierno estático ―dice el catedrático de la bonarense Universidad Torcuato Di Tella.

Durante el mes que estuve en Uruguay, 15 días en 2013 y otros tantos en 2014 pude comprobar que en efecto: aquello que nos parece romántico desde fuera, a los uruguayos les rompe las pelotas. Se puede percibir en las columnas de los diarios o en los medios electrónicos que la vida sencilla de Mujica parece una afrenta. A veces, aún sus más fieles seguidores no tienen más opción que levantar los ojos y  los hombros cuando su presidente llega a la toma de protesta del ministro de economía en chanclas y sin cortarse las uñas de los pies o bien cuando hace fila en un hospital público para ser atendido.

La crítica interna es parecida a la que había en México cuando el presidente Vicente Fox empezó a usar botas con traje o se comportaba como ranchero y no de manera protocolaria. En general, a la opinión pública en todo el mundo le molesta la chabacanería en un gobernante, dígase el rey de España cazando elefantes; Hugo Chávez cantando rancheras; Evo Morales fichado para jugar en un equipo profesional de futbol; Cristina Fernández diciéndole a políticos y empresarios que son como la gata flora –si se la meten chilla y si se la sacan llora– y así.

***

En Uruguay la mitad del año es carnaval y la otra mitad hace frío. Para el frío inventaron la grappamiel y para el carnaval las murgas. También hay candombe, parodistas, humoristas y revistas. Pero lo suyo es la murga.

En 1968 la murga, La Milonga Nacional, intentaba explicarse a sí misma en su salida.

Murga es el imán fraterno
que al pueblo atrae y hechiza
Murga es la eterna sonrisa
en los labios de un Pierrot.

A mis oídos llegó de los labios de Jorge, un consumidor de pasta base de cocaína, que a veces cuida coches.

―Yo soy murguero ―me dijo al acercarse y mientras me extendía una lata de Jumex de durazno, mezclado con alcohol.
―Ajá ―contesté. Sin darme tiempo se arrancó cantando, la voz clara y educada. Departimos hasta las tres de la mañana.
―Yo era muy bueno, pero soy bohemio ―dice Jorge y se despide.

Una murga es un grupo vocal de 13 cantantes, un director y tres percusiones, que forman una ópera con guitarra, cajón, timbal y bombo. Van maquillados, lucen ropas coloridas, mezcla de arlequín y payaso vagabundo. Resumen cada año las noticias del país. Aún en la época de la dictadura tuvieron cierta libertad. Aunque a las más combativas, como La Soberana –compuesta por miembros del grupo guerrillero tupamaros– las desarticularon.

Para los seguidores del carnaval, no hay mayor ilusión que ir de camión con una murga recorriendo tinglados.

En 2014, la murga Momolandia quedó en segundo lugar del carnaval. El autobús es una fiesta que atraviesa Montevideo, rompe en silencio la tranquilidad de la ciudad. Adentro se vive un carnaval que afuera nadie ve.

―No flaco, ¿vos vas a caminar? Son las dos de la mañana, es re peligroso. ¡Te pido un taxi! ―me dice el cuidador de la puerta del Museo del Carnaval, uno de los tablados más socorridos durante la festividad.

Son apenas seis o siete calles sobre una peatonal bien iluminada, solitaria, pero tranquila. Así que me niego, me parece ridículo. Si fuera San Pedro Sula o Caracas, incluso dudaría en pedir un taxi. Uruguay junto con Canadá son los dos países más seguros del continente americano y en eso todos los estudios coinciden. Camino sobre Sarandí y llego a la catedral, ahí a 100 metros está el apartamento donde me hospedo. Mi anfitriona coincide con el portero: fui un irresponsable por estar caminando por la Ciudad Vieja a esas horas.

***

Maru Martínez es mi amiga. Es uruguaya. Originaria de 33, un pueblito que hace referencia a los 33 orientales que le arrebataron la Provincia de Uruguay a los brasileños. Hace rato que vive en Montevideo. Escribe que da envidia, tiene un blog hilarante: nolvidarme.wordpress.com. Si fuera española o argentina sería tan famosa como Maitena. Pero como le dijo Juan Carlos Onetti a Eduardo Galeano: «Mirá, pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo».

Las veces que he visitado el país me quedo en su casa, que ya siento como mía. Me encanta salir a la terraza y disfrutar la vista de la catedral con el Río de la Plata de fondo, todo antiguo, siempre igual. Sólo el viento muestra cambios. Un fuerte olor herbal, mentolado que me despierta más que el café que sostengo en mi mano. Sigo mi olfato, llego a la orilla de la terraza y miro abajo: unas hermosas plantas de marihuana, frondosas, salen por las ventanas de los vecinos.

—Siempre las han tenido —explica Maru—, sólo que ahora las sacaron al sol, ya no tienen que esconderlas.

***

A dos calles de mi casa montevideana, en Camacúa y Brecha, nació en 1846 el Conde de Lautremont, poeta maldito, autor de Los Cantos de Maldodor. Creció en medio de la guerra civil que los historiadores llamaron la Guerra Grande. En ella, Francia e Inglaterra con apoyo argentino intentaron adueñarse del recién conformado país.

Por aquel entonces, Alejandro Dumas gozaba la fama de haber escrito Los Tres Mosqueteros. Y aunque nunca estuvo en Uruguay, contó su versión de la guerra en La Nueva Troya. Ahí asegura que el nombre de Montevideo se originó cuando el vigía del barco de Juan Díaz de Solís gritó: «montem video». Pero los historiadores señalan que en los mapas a este punto se le llamó Monte Ovidio.

Maru fue el primer habitante de ese país que conocí. Por ella supe que los uruguayos dicen «Ta» como muletilla por cualquier cosa. Que al Río de la Plata, lo llaman «el mar» por su vastedad; lo tratan como tal, se bañan en sus playas y construyeron una Rambla que bordea la ciudad. Que el refresco local es el Paso dos Toros de pomelo (toronja), que el chivito canadiense es el plato típico, que a los hot dogs les dicen panchos y que hay que comerse uno en La Pasiva. Que existe el mercado del puerto y también una playa hermosa llamada Valizas y una más hippie llamada Cabo Polonio, donde por decisión de los habitantes no hay electricidad ni agua corriente.

***

Al final de las dunas se ve Cabo Polonio. De no ser por el mar, parecería un pueblo perdido del desierto, de cualquier desierto. Se intuye un pueblo de pescadores pero salvo la artesanal y deportiva, la pesca está prohibida por decreto. Desde el 2006 se logró que también se prohibiera construir o utilizar la arena de la zona como material para construcción.

En esta playa no hay energía eléctrica ni agua potable, las pocas casas funcionan con pozos, desde siempre. Y los pobladores permanentes son apenas un puñado que viven del turismo que llega año con año durante el verano. Porque en invierno no queda nada más las calles de arena y una playa torturada por un mar furioso, tan gris como el cielo. El viento congela, y las casitas de madera son incapaces de proteger a nadie. Así que casi todos se van.

En el verano Cabo Polonio y Valizas –la playa vecina– se llenan de turistas europeos que buscan la experiencia natural; de artesanos que ven el poblado como un paraíso hippie y de turismo nacional que busca una playa sin argentinos y brasileños botando la plata y sintiéndose dueños del lugar. Sucede como en Punta del Este, un complejo turístico con una hermosa marina y hoteles all inclusive, algo muy parecido a Los Cabos y Cancún en México, a donde llegan los turistas que quieren disfrutar del clima y el mar, sin los nativos ni sus costumbres.

Al Cabo se llega desde el kilómetro 264 y medio de la ruta número 10. De ahí quedan unos 7 kilómetros de arena y algo parecido a un bosque, que se pueden recorrer solo camiones de redilas que recuerdan a las guaguas cubanas, a caballo, o caminando. La otra vía es desde Valizas, el poblado cercano, donde sí hay luz y agua corriente.

El camino desde este punto se a pie o a caballo. Primero se debe cruzar un río de unos seis metros de ancho que en su punto menos profundo debe medir 1.65 metros, vamos que yo mido 1.82 y el agua me llegaba a la clavícula. Luego se debe elegir, bordear los 10 kilómetros de playa o ir en línea recta a lo largo de 8 kilómetros entre dunas y pequeños pantanos. Todo bajo un sol calcinante o un frío insoportable.

Eso sí, en Uruguay no se puede acampar en la playa, es ilegal, y aunque nunca vi un policía en ninguna de las dos playas, nadie acampa.

A la noche Cabo Polonio se sume en una fiesta discreta, tampoco se puede hacer ruido y como no hay electricidad pues no es que se pueda poner el estéreo a todo volumen. Las fogatas abundan, los tambores, las guitarras, alguna pareja recién formada que solo durará esa noche furtiva o a lo sumo el verano.

***

La República Oriental del Uruguay es un país pequeño, tiene 176 mil kilómetros cuadrados de extensión y poco más de tres millones de habitantes. En México existen al menos cuatro estados que son similares a este país, tres de ellos más grandes. Los uruguayos son los mayores consumidores de carne y whiskey en el mundo. Tienen la mayor cantidad de vacas por habitante, no porque haya muchas vacas (12 millones de cabezas de ganado) sino porque son pocos habitantes.

En alguna época se le llamó la Suiza de América por ser un refugio de capitales, ahora sólo le dicen paraíso fiscal.  Si bien su inflación no es de las más altas (8.3% frente al 20.8% de Argentina), el precio de la comida es tan alto como en la zona del Euro. El índice Big Mac ayuda a entenderlo mejor, en Uruguay la hamburguesa cuesta 4.91 dólares, mientras en México su precio es de 2.78.

Viven entre dos gigantes que para frenar la guerra decidieron que fuera un país independiente. Los brasileños y los argentinos. Los tres países producen carne, soja y productos de piel, por lo que Uruguay solo coloca en el mercado lo que los otros dos no pueden abastecer. Por lo que su economía se ve arrastrada por ambos. Por si fuera poco, en el Mercosur les impiden negociar por su lado, aunque llevan rato coqueteando con la Unión Europea y con la Alianza del Pacífico.

Los uruguayos llaman oficialmente a la «Semana Santa», la semana del turismo y es feriada no por tema religioso, sino porque es la época en que la gente sale de Montevideo para visitar a sus familias en las provincias. Esa semana la ciudad queda desierta y las playas se llenan. Desde 1929 el laicismo es una realidad como no lo es en ningún otro país de América.

Los uruguayos aseguran que el tango, el ritmo por excelencia de la argentina y Carlos Gardel, su mayor exponente, nacieron en Uruguay.

Las relaciones con el vecino siempre fueron complicadas: Si allá comen con picante, los de acá cagamos fuego, dice un cuplé de la murga Don Timoteo. Los tres últimos presidentes, no han abonado mucho para mejorarlo. Digamos que se les chispoteó al menos una vez a cada uno cuando creían que nadie los escuchaba. En 2002, el presidente uruguayo Jorge Batlle dijo a Bloomberg: «La situación argentina es de los argentinos, con los problemas de Argentina; una manga de ladrones del primero al último». Luego su sucesor, Tabaré Vázquez, dijo que consideró la posibilidad de una guerra con Argentina, por el tema de una planta de pasta de celulosa construida del lado uruguayo en la frontera de ambos países. Ya en 2013, Pepe Mujica se mandó una a lo grande en cadena nacional: «esta vieja [Cristina Fernández] es peor que el Tuerto [Néstor Kirschner]; el Tuerto era político, ésta es terca».

La sangre no llegó al río, se pidieron disculpas y todo sigue como siempre.

Si Francia y Alemania necesitaron media docena de guerras y llevar al planeta entero a dos de las mayores conflagraciones bélicas de la historia para poder ser vecinos cordiales. Y las dos coreas, teniendo una misma identidad, lengua y hasta lazos sanguíneos viven en un estado permanente de guerra (ahora suspendida) desde 1950. La diferencia entre uruguayos y argentinos es un sentimiento que se reduce a un chiste relajado.

―Ta, ¿sabés cómo se hacé un uruguayo? Necesitás masa para pizza, barro del Río de la Plata y un poquito de mierda. ¡Pero sólo un poquito! Porque si te pasás te sale argentino.

El chiste me lo han contado tantas veces que sería injusto adjudicárselo a un solo uruguayo.

***

―La película de El Gran Dictador de Chaplin [1940] no se exhibió en la argentina. La gente tenía que cruzar el río e irla a ver a Uruguay ―dice Gustavo Koniszczer, quien es argento-uruguayo―. Lo mismo pasó con el clásico del cine erótico, Emmanuelle.

«A principios del siglo veinte, el Uruguay era un país del siglo veintiuno», escribió Eduardo Galeano en Los Abrazos Rotos. Todo parece indicar que así fue hasta antes de la dictadura con más presos políticos per capíta en el mundo. El peruano Mario Vargas Llosa, reafirma en El Viaje a la Ficción, la admiración que le produjo la libertad en Uruguay pues se acercaba más a la de países europeos, que a la libertad de sus vecinos latinoamericanos.

Ernesto «El Che» Guevara, ya como ministro de economía de Cuba, dijo en un discurso en el Paraninfo de la Universidad de la República, en Montevideo, el 17 de agosto de 1961: «Tengo las pretensiones personales de decir que conozco América, y que cada uno de sus países, en alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles que en nuestra América, en las condiciones actuales, no se da un país donde, como en el Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas». Al año siguiente Cuba sería expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la octava reunión de ministros de relaciones exteriores, realizada en Punta del Este, Uruguay.

Eran momentos duros, la izquierda latinoamericana intentaba abrirse paso por distintas vías, mientras que la derecha buscaba frenar a toda costa que Cuba exportara la revolución. Derrotados los políticos, arrebataron los militares. Vargas Llosa culpa a los tupamaros por generar las condiciones que culminaron con el golpe en Uruguay el 27 de junio de 1973. Sin embargo en Chile, Salvador Allende había llegado por la vía de las urnas en 1970, y tres años después fue asesinado por los golpistas.

Salvo ese episodio, Uruguay siempre ha sido un país ejemplar, al que sólo le falta desarrollar un modelo económico que lo lleve al primer mundo.

―En el top ten de las marcas país de Latinoamérica, elaborado por FutureBrand ―dice Koniszczer, Director para Latinoamérica de la agencia de publicidad―, Uruguay es la nación que más primeros lugares ocupa en atributos específicos, entre ellos calidad de vida, seguridad, oportunidades laborales, mejor lugar para vivir, tolerancia, libertad política y libertad de expresión.

Es un paraíso.

Cuando investigué para esta crónica y comparaba lo que se decía del país oriental antes de la dictadura y después de ella, parecía que nada había pasado en medio, ni los muertos, ni los desaparecidos, ni los exiliados. La prisión donde estuvieron confinados los presos políticos –entre ellos Mujica– es ahora un lujoso centro comercial.

—A pesar de ser un extupamaro, a Mujica se le ve como un moderado. En una época donde la política está desprestigiada, Mujica se presenta como algo diferente. ―Dice Germán Lodola.
—Y eso que la época de los tupamaros fue muy violenta, hoy tienen un presidente que formó parte de esa guerrilla y que se ha convertido en un activo de imagen para Uruguay. ―Cuenta Koniszczer, a quien le tocó vivirla.

En 1985, el país regresó a la vía democrática, liberaron a los presos políticos, el Frente Amplio –un partido que aglutina a las izquierdas– salió de la clandestinidad y quienes antes optaron por la vía armada, decidieron participar en las urnas. Cuatro años después ganarían su primer espacio importante. El oncólogo Tabaré Vázquez, ganó la intendencia de Montevideo y en 2005, se convirtió en presidente del país.

«Sin el Frente Amplio y sin Tabaré no hubiera sido posible Mujica», dice Lodola. Con Tabaré Vázquez se intensificaron las transferencias de dinero en efectivo como política social.

―Afuera todos ven a El Pepe, pero Tabaré fue el que reactivó la economía. Si Mujica fue presidente es porque Tabaré puso las bases ―dice Natalia Chargoñia, una escritora uruguaya.

El activismo de los uruguayos sorprende. Lapop señala que la participación cívica ha descendido, no así la política. He platicado con dos o tres personas, pero ellos levantaron más de dos mil cuestionarios.

***

Un repartidor de leche, al centro del restaurante Bacacay, habla con dos mujeres empleadas del café:

―Es que yo creo que Tabaré no debió haber vetado el aborto. Es un derecho de las mujeres ―dice el repartidor.
―Hacía falta discutirlo, reglamentarlo. Además Tabaré es médico, no fue una cosa moral fue ética ―responde la cajera, una mujer que ronda los 40 años.

La camarera, una jovencita que no supera los 20 años, interviene:

―Tá, no sé ―dice en voz baja. Se toca el labio como para que no se le salgan las palabras― Sí, una debe poder decidir sobre su cuerpo, pero, no sé.
―De eso se trata, si vos no querés abortar porque crees que es malo, no lo hacés y ya, pero no hay porque imponérselo a los demás ―dice el lechero.

Quisiera interrumpirlos, preguntarles dónde viven. ¿Hasta qué grado estudiaron?, pero siento vergüenza de mi clasismo, de que me sorprenda una plática informada entre el lechero y las meseras. Veo por la ventana el Teatro Solís y me escondo detrás del periódico.

Esa misma semana de marzo del 2013 me volvería a suceder. Fue con los dueños de El Miró, el restaurante más barato y rico de la ciudad, ubicado en la calle de Ciudadela y Mercedes. Nos enfrascamos en una discusión sobre macroeconomía que se prolongó aún después de haber bajado la cortina del local.

***

¿Y si el chico no mató a su padre? ¿Podrían vivir ellos con la culpa de condenar a un inocente a pena de muerte? El juez se los había advertido: «si alguno tiene una duda razonable…». Y uno de ellos la tenía. Los actores de «12 hombres en pugna», iban por su quinta semana de éxito escenificado la obra de Reginald Roseen en el Teatro Circular de Montevideo. La tensión crecía y desbordaba en imprecaciones que, de acuerdo con el guión, en el pináculo del montaje trastocaba en violencia.

Luego la calma, el actor José María Novo encendía un cigarro para tranqulizar al personaje.

«No se puede fumar en un espacio cerrado»…

Se escuchó antes que se desvaneciera la nube de humo, y en medio del silencio…

«Apague ese cigarro. Por favor».

Era domingo, cuando la gente de mayor edad va al teatro.

La voz elevada pero calmada de una mujer, desde la segunda fila…

«Está prohibido».

El actor obedeció a la tercera llamada. La platea entera murmuró.

En Uruguay, el control social siempre triunfa. Durante el gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010), Uruguay se convirtió en el primer país del continente en prohibir el consumo de tabaco en lugares cerrados y edificios públicos.

Se hizo por decreto.

La nación más pequeña del Cono Sur fue el quinto país del mundo en hacerlo.

«Agradezcan que el presidente es oncólogo y no sexólogo», se leía en una pinta del centro de la ciudad.

―Todo lo que te generá dependencia te reduce libertad ―dice Álvaro, un artesano al que todos conocen como «El Chula». El encabeza la Red de Usuarios de Drogas y Cultivadores de Canabis del Uruguay―. Más que prohibir lo importante es informar. De ya te digo que no hay mayor droga que la ignorancia.

«El Chula» vive por la Plaza Gerardo Cuestas, en Montevideo. Un barrio donde la gente se conoce, las casas no tienen rejas y los niños juegan en la calle.

En 1974 la dictadura legalizó la tenencia para consumo de marihuana. Pero hasta el 2000 se iniciaron los movimientos a favor del auto cultivo, porque sin él se condena al consumidor al narcotráfico. De hecho lo que convierte en extraordinaria la legalización en el Uruguay no es que cualquiera pueda ponerse pacheco legalmente. Sino que por primera vez desde la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, un Estado se atreve a legislar sobre la producción y distribución de los mismos.

***

A los montevideanos les gusta pescar. Salen a la rambla hasta con cuatro cañas cada uno, tiran la línea y esperan en silencio. Beben mate sin parar y miran al horizonte porque el de la Plata es un río infinito que se mezcla con el mar.

―El país está de moda, pero no termino de entender qué es lo que lo hace tan distinto. Tan bucólico ―le digo a Matías, un carpintero de apenas 30 años que paciente espera que pique algún pez.
―La respuesta más profunda en la que puedo pensar es que la culpa de todo la tienen el río y el puerto, hasta que seamos un país.

Callo, pienso. Sí seguro que la hierba hace ruido al crecer pero es el rumor del río el que no me deja escucharla.

Erguida, con un ramo de flores entre las manos, entra a la iglesia arrastrando su inmensa cola de novia. Beatriz García Noreña no mira atrás. El vestido, de fino encaje y pedrería, ceñido hasta la cintura, se abre como un abanico hasta los pies que apenas soportan el temblor de sus piernas. Algunas miradas escrutan a la distancia y sus sombras se proyectan en el pavimento. Al fondo, apenas visible, un militar custodia un edificio con su fusil.

Apoyado en una columna del templo hay un cartel que reza: “La guerra la perdemos todos, ayudemos todos a construir un proceso de paz”.

El disparo silencioso de un fotógrafo registra la escena.

“Papá, dile que no tome más”, exige Beatriz.

El hombre, discreto, se aleja de inmediato.

El fotoperiodista Jesús Abad Colorado llegó a Granada, un pequeño pueblo en el oriente del departamento de Antioquia, en Colombia, a registrar la destrucción producida por la explosión de un carro-bomba con 400 kilos de explosivos, la segunda detonación más grande en la historia del país. El ataque, perpetrado el 6 de diciembre del año 2000, fue encabezado por los frentes 9, 34 y 47 de la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), y estaba dirigido a la estación de policía, en pleno corazón de Granada.

La imagen de la novia de espalda a este desastre, incluida en una serie fotográfica sobre la guerra en este pueblo, ganaría un año después el premio Simón Bolívar de periodismo en Colombia, transformándose en una metáfora de la resistencia. Del amor en tiempos de guerra. De la esperanza.

“Esta foto fue como un bálsamo en la adversidad de la guerra. Habla de resistencia. Beatriz y Óscar, su esposo, fueron un símbolo de esperanza”, explica Abad Colorado.

La reconstrucción de Granada comenzó cuando Beatriz decidió ponerse el traje de novia en medio del desastre.

Si Dios la tiene para casarse…”

Tres días antes del casamiento un eco sordo, semejante a un trueno, se expandió entre los valles que acunan las montañas de Granada hasta llegar a la localidad de Los Planes. Allí, Beatriz, poco antes del mediodía, sintió una brisa tibia, primero, y luego un estruendo.

Los habitantes del pueblo imaginaron lo peor. Al otro día se enteraron de lo sucedido. Granada había sido destruida.

“Ahí pensé que se acababa todo”, reflexionó Beatriz algo espantada.

La madre, en cambio, fue más optimista:

“Si Dios la tiene pa’ casarse esta semana, así será”.

Y así fue. Beatriz llegó a la iglesia en el mismo vehículo (un Dodge Dart blanco) donde habían trasladado a los muertos después de la bomba.

El destino, sin embargo, no pareció ensañarse con la novia. Ninguna de las personas a quienes había contratado para organizar la fiesta estaba muerta y el templo filial, ubicado a dos cuadras del desastre, aún se mantenía en pie. Lo corroboró la misma Beatriz quien, junto a sus padres y hermanos, acudió al casco urbano de Granada al otro día de la explosión. Aquella vez, recuerda, caminaron cinco horas por senderos accidentados, escondiéndose cada vez que aparecía un helicóptero.

“Lanzaban tiros desde arriba. ¡Ay Dios mío, nos van a matar!”, se lamentaba.

Al llegar al pueblo, Beatriz se enteró de lo que realmente había sucedido.

Cerca de las 11:15 de la mañana de aquel 6 de diciembre, un grupo de guerrilleros descendió de un pequeño camión, a una cuadra del comando de Policía, y empujó el vehículo en dirección a un antiguo edificio de cuatro pisos ubicado en pleno centro del pueblo.

Los rumores decían que las FARC se tomarían Granada a sangre y fuego. A María Olivia Gómez, que vivía arriba del comando de policías, días antes se lo había advertido el mismo comandante de la estación: “Señora, por el amor de Dios, abandone este lugar, algo muy malo va a pasar”. No había que ser adivino. La guerra entre los paramilitares y la guerrilla hacía intuir que algo así sucedería.

La mujer, junto a su esposo, se había mudado a una casa en un segundo piso, ubicada frente al recinto policial. El marido de María Olivia, Horacio López Montes, vio desde el balcón como los comerciantes cerraron sus negocios ante la llegada de los guerrilleros. Algunos policías se replegaron y observaron cómo el camión descendía lentamente en dirección a la garita de guardia.

Pocos segundos después se escuchó una ráfaga de metralla y, casi al instante, una inmensa explosión. Horacio alcanzó a ocultarse en el baño y Olivia en la cocina. El piso y las paredes se estremecieron. Al abrir los ojos, la mujer observó sorprendida que el largo pasillo que chocaba contra el balcón ya no estaba. En su lugar sólo había polvo, escombros y hierros retorcidos. Luego, suspiró con un hilo de voz: “¡Ay diosito, cómo es que nos salvamos!”.

El atentado dejó 23 muertos, 25 heridos, 131 viviendas destruidas, 82 locales destrozados y una novia en la incertidumbre.

La toma protagonizada por las FARC se prolongaría aún por 18 horas más, haciendo llover pipetas de gas cargadas de explosivos y metralla. Luego vendría el rescate de los cuerpos.

“El primero que saqué fue el de un policía”, recuerda Gustavo Giraldo, el sepulturero del pueblo. “Estaba destripado. Sólo lo armaba la ropa. Cogí su arma y una granada”.

Dos días después, cuando Beatriz caminaba rumbo al altar, Giraldo aún escarbaba entre los escombros, junto a personal de la Cruz Roja y una retroexcavadora, buscando el último cuerpo, el número 23, atrapado en las ruinas de la cervecería de don Arturo Zuluaga. La mayoría desconocía su nombre original. Todos lo llamaban Sabajón.

¿Y a éste qué le pasó?”

La fiesta fue en la casa de un amigo de la familia de Beatriz en Granada. Aunque habían previsto 150 invitados, apenas llegaron unos cuantos familiares. Por decisión de su padre no hubo música ni primer baile.

“Usted fue muy berraca en echar pa’lante”, la felicitaron algunos.

“Usted cómo no respetó el dolor del pueblo”, le recriminaron otros.

Su familia había gastado bastante dinero y, siendo honestos, no estaba dispuesta a arrojarlo a los escombros. Menos Beatriz que había recorrido todo el municipio de El Santuario por varios meses, buscando el traje de novia de sus sueños y por el que su padre desembolsó 250 mil pesos (un salario mínimo de la época).

La fiesta tuvo poco de memorable. El pueblo ya estaba de luto desde el 3 de noviembre, cuando un grupo de paramilitares, fuertemente armados, había ingresado a Granada disparando en contra de la población civil, matando a 19 personas.

Tras ambas masacres, el éxodo de habitantes se hizo inevitable. Cuando la foto de la novia apareció en el diario El Colombiano en primera plana, el 12 de diciembre de aquel año, 9 mil personas ya habían abandonado Granada.

Los novios no estaban para recuentos trágicos. Después de la luna de miel se fueron a vivir a una casita en la cima de una montaña, que pertenecía al padre de Óscar.

Fue el cierre de un ciclo que comenzó cuando ambos eran niños y compartían el mismo curso en la escuela. Ella era una tímida estudiante y él un, alumno revoltoso. “Era muy fastidioso, muy necio”, recuerda Beatriz.

Ambos continuaron juntos, en el mismo grado, hasta que Óscar decidió abandonar la primaria y viajar a Cali a trabajar en una tienda de abarrotes a comienzo de los noventa. Fue la misma época en que el Ejército de Liberación Nacional, ELN, a través de su frente Carlos Alirio Buitrago, realizó ofensivas en contra de la industria hidroeléctrica. La acusaban de haber desplazado a miles de campesinos de sus tierras. Estos ataques fueron especialmente fuertes en los alrededores de Granada.

Con el correr de los años, Óscar regresó al pueblo convertido en un hombre. La primera vez que Beatriz lo vio, recuerda que le guiñó uno de sus ojos.

“¿Y a este qué le pasó?, con lo gordo que me caía en el colegio”, se preguntaba una y otra vez.

Ahora que están juntos, cuando recuerdan aquellos años, Óscar siempre le dice que entre “el amor y el odio, hay un solo paso”. El refrán les calzó a la perfección. Beatriz quedó embarazada antes de terminar el primer año de matrimonio. La foto de su ingreso a la iglesia, inmortalizada por Jesús Abad, la colgó orgullosa en la sala de su casa. Eran años felices.

“¡Que se la quite!”

“Quítese la blusa”, le ordenaron a Beatriz mientras le apuntaban con un fusil.

“No, ¿por qué me la voy a quitar? Yo no tengo nada”, respondió.

“¡Que se la quite!”, le volvieron a ordenar.

Tres hombres armados habían ingresado a su casa. Ella estaba sola, cocinando, mientras su bebé de cuatro meses gateaba y jugaba con unos tarros en el suelo.

“Si quiere tóqueme aquí, para que vea que no tengo nada”, rogó con angustia señalándose las costillas.

“¡Se la quita o la mato!”, le gritaron.

Beatriz no tuvo más opción que quitarse la blusa, mientras rezaba para que no les hicieran nada a sus hijos; al que jugaba a su lado y al que tenía en su vientre.

“¿Y el sostén? Quítese el sostén”, le volvieron a ordenar apuntándola con un fusil.
Beatriz pensó que la iban a violar. Les rogó que no lo hicieran y se quitó la prenda entre lágrimas. Frente a su torso desnudo, los hombres que le apuntaban empezaron a reírse. “Esta señora no tiene nada, lo que tiene son unos senos muy bonitos”, le dijeron entonces en tono de burla. Justo en ese momento llegó otro hombre, que al parecer tenía un rango superior y los regañó. El sujeto del fusil salió de la cocina y lo siguieron los otros dos. Beatriz quedó ahogada en un llanto amargo.

Los encapuchados llegaron al hogar sin brazaletes de identificación. Simplemente aparecieron una noche y se quedaron. Beatriz no sabía si eran de la guerrilla o paramilitares. En cualquier caso, invasores. Se instalaron con sus inmensos morrales en el corredor, y allí dormían.

Esto sucedió en los últimos meses del año 2002, al comienzo de la ofensiva de Seguridad Democrática liderada por el presidente Álvaro Uribe, quien había prometido que el oriente antioqueño por fin sería “un territorio de paz”, pero no mencionó de qué manera se alcanzaría.

“La connivencia de la fuerza pública con los grupos paramilitares se tradujo en muchas atrocidades, desde saqueos a sus casas, abusos sexuales y hasta ejecuciones extrajudiciales. En Granada se ve claramente como la principal víctima del conflicto fue la población civil”, explica la investigadora Marta Villa, de la ONG Corporación Región.

Las cifras sobre violencia sexual en Colombia son elocuentes. Según estadísticas de la organización Oxfam, casi medio millón de mujeres fueron víctimas entre los años 2001 y 2009. Se estima, sin embargo, que el 80 por ciento de ellas nunca denunció.

“Cuando se empezó a atacar a las mujeres, se cruzó una línea y los granadinos entendieron la magnitud de la guerra que les estaba tocando”, agrega Marta Villa.

Pero Beatriz no solo sufrió abuso sexual. También observó, cuando iba de compras al pueblo, brutales asesinatos de hombres que bajaban de las chivas (camiones de transporte de pasajeros).

—Un día vi cómo mataban a un señor delante de su esposa y de sus dos hijos. Otro día a una señora le mataron a sus dos hijos, ella se puso enfrente de ellos y gritaba “mátenme a mí”- cuenta Beatriz.

El año 2002 fue particularmente sangriento. En junio, en la localidad de El Edén, integrantes del bloque Metro de los paramilitares ultimaron a cinco campesinos, en noviembre a otros cinco en Minita y, en diciembre, se reportaron 11 muertes más en el mismo lugar.

La mitad del territorio de Granada, por entonces, estaba sembrado con minas antipersonales. La guerrilla mataba campesinos con inyecciones letales cargadas con gasolina. Los paramilitares, incluso, llegaron a matar a ancianos sólo porque su cédula había sido expedida en Granada.

Era tal el festín de sangre que en ocasiones, en pleno entierro, llegaban los paramilitares a buscar a su siguiente víctima. Gustavo Giraldo, el sepulturero de Granada, lo vio varias veces: “Estaba enterrando un cadáver, llegaban los paramilitares y le decían a uno de los familiares en el entierro: ‘Venga para acá que quiero conversar una cosita’. Después se iban y a la media hora me llamaban que en tal parte había un cadáver para traerlo. Era el mismo ‘parcero’ que había cargado el ataúd”.

A tanto llegó el negocio de la muerte en el oriente antioqueño que, según cuenta Giraldo, en el cementerio de San Carlos, un municipio vecino de Granada, no había espacio para un muerto más. Desde entonces, cuenta, los muertos del municipio vecino comenzaron a ser enterrados en Granada.

El hostigamiento en toda la región fue constante. El mismo Óscar, esposo de Beatriz, lo vivió en las montañas cercanas a su finca.

“O nos colabora o lo borramos del mapa”, le dijo un paramilitar.

Beatriz no estaba enterada de que su marido estaba siendo presionado por ‘paras’ y guerrilleros para incorporarse a sus filas. No había otra opción: tenían que irse. Beatriz tenía ocho meses de embarazo.

Perros lamiéndose las heridas”

Después del nacimiento de Vanessa, su segunda hija, Beatriz partió a Cali a encontrarse con Óscar. Los cuatro se instalaron en un estrecho cuarto en la casa de un amigo de su marido, con la esperanza de que este consiguiera un trabajo. Fueron días difíciles. Pasaron hambre. A veces comían sólo una vez al día. Beatriz resistió ocho meses hasta que no soportó más. Empacó su ropa, cargó a sus hijos y tomó un bus hacia Medellín sin ni siquiera contarle a su marido.

“Le dije a Dios: ‘Tú sabrás qué vas a hacer conmigo, pero yo acá no me aguanto más’”, recuerda.

Luego de un breve paso por Medellín, Beatriz volvió a su pueblo, Los Planes, en Granada, donde la guerra ya sumaba más de 120 desaparecidos. Su forma de resistir fue el silencio, llorando de miedo debajo de las cobijas, rezando todos los días, o tapándole los ojos a sus hijos para que no vieran lo que estaba pasando a su alrededor.

Óscar volvió a su encuentro. La relación no marchaba bien y se separaron.

Al cabo de un año decidieron volver a vivir juntos.

En el casco urbano la resistencia de los granadinos a la guerra se hacía cada vez más fuerte. El primer viernes de cada mes, la organización de víctimas de Granada, Asovida, organizaba marchas con velas en honor a los muertos y desaparecidos. Una situación resistida en un principio por algunos sectores de la iglesia.

“Nos decían que parecíamos ‘como perros lamiéndose las heridas’”, cuenta Gloria Ramírez, directora de Asovida.

Las marchas derivaron en la creación del “Salón del Nunca Más”, que abrió sus puertas en 2009 y que hoy es un ejemplo en Colombia. “Preservamos la memoria por nuestra dignidad, por el perdón y para luchar contra el mayor defecto que tiene esta sociedad, la indiferencia”, agrega Ramírez.

En el Salón exhiben la foto de Beatriz vestida de novia. Ella ocasionalmente visita el recinto para recordar al tío, al primo, a un ex novio y a una decena de amigos que perdió en la guerra. “Nos frustraron tantos sueños”, dice mientras camina por el lugar.

Beatriz quería terminar el bachillerato, estudiar psicología y comprar su propia finca. Todo se esfumó. Apenas alcanzó para sobrevivir. Pero aun así sigue siendo “la novia” de Granada. Han pasado 14 años desde que Abad le tomó la foto y todavía la llaman para pedirle prestado su vestido de boda. El traje, para desgracia de las interesadas, lo vendió poco después de la ceremonia.

Beatriz fue la valiente que intentó, tal vez sin éxito, dar la espalda a la guerra. La mujer que decidió continuar con la vida a pesar de tanta muerte.

La señora que sirve café en la central de buses de Montevideo siempre sabe de qué va a hablarle un extraño. «A veces es más fácil hablar con un desconocido», me dice Raquel Quirque, una desconocida con tres letras Q en su nombre. Se ha sentado en una sala de espera de Tres Cruces, la terminal de viajeros de Uruguay, tras horas de pie en Del Andén, un café en el ombligo de esta central de transportes donde ella dice buenos días, azúcar o edulcorante, con la voz de una tía que sirve el desayuno sin prisas. Raquel Quirque es rubia, Sagitario, viste de negro, responde su teléfono con el ringtone del himno del Club Atlético Peñarol y se despierta antes de las cinco de la mañana. A esta hora del almuerzo, su esposo está tras el volante de un bus en una carretera como chofer de la Compañía Oriental de Transporte. La boletería queda frente al lugar donde ella sirve café a los pasajeros y el hijo de ambos trabaja en el departamento de encomiendas de la misma compañía. No es casualidad: se llama familia. La Señora Q ha acabado su turno en la cafetería y no deja de abrazar el termo que usa para tomar mate. Su marido le trae la yerba desde el interior de Uruguay, desde donde lleva a esos desconocidos que cada día se acercan a hablar con ella. Toda la vida de Raquel Quirque gira alrededor de Tres Cruces. «Voy a un supermercado y en vez de preguntar ‘¿cuánto es?’, digo: ‘¿algo más?’. Suena el teléfono de mi casa y digo: ‘Café del Andén, buenas tardes’». Su cortesía en piloto automático anuncia una alegre fatalidad: quiere envejecer sirviendo café en Tres Cruces.

—Yo tengo un dicho que es «De acá al BPS o al Norte».

El BPS es la caja estatal de jubilaciones de Uruguay. El Norte es el cementerio más grande de Montevideo.

—Me jubilo o me muero acá —dice—. Pero buscarme otro trabajo, no.

La terminal de Tres Cruces tiene en su puerta principal un cartel de bienvenida: AQUÍ SE ENCUENTRA UN PAÍS. Los carteles de bienvenida suelen ser demagógicos. Si uno es extranjero y llega un domingo a un Montevideo de calles desoladas, es posible que se pregunte dónde están todos los uruguayos. Si va ese mismo domingo a la medianoche a Tres Cruces, tendrá la respuesta: todos los uruguayos están allí. El paisaje humano es bastante homogéneo y con cierto color local: gauchos con teléfonos inteligentes y ejecutivos adictos al mate. Gente rebuscando entre sus bolsillos el boleto de viaje, llevando niños con una mano y maletas con la otra, matando el tiempo con un cigarrillo, durmiendo en la sala de espera con la boca abierta, universitarias llegando tarde con sus boletos en la boca. Señores cargando trajes a la espalda para evitar que se arruguen, viajeros con mochilas del tamaño de un chico gordo de once años, señoras ahorcándose con bufandas. Un turista caminando de memoria con un folleto de viajes, músicos despeinados con guitarras en estuche negro, jóvenes extraviados buscando a alguien, pasajeros tragando comida rápida en marcha, mamás esperando a sus hijitas con muñecas en la puerta de un baño. Hombres que aún usan relojes y las manos en los bolsillos, mujeres ejecutivas arrastrando maletas con cadencia y estilo, una chica con un parche en el ojo por una cirugía. Tipos rapados andando como si alguien los persiguiera, niños rapados por la quimioterapia en sillas de ruedas, hombre negro y mujer blanca besándose. El señor que ha metido varias monedas a un teléfono público y dijo hola-hola en vano, un bombero serio y con uniforme azul marino, un muchacho con la camiseta del Gremio de Porto Alegre y otro con la de Boca Juniors, epidemias de viejos con gorras de béisbol, manadas de adolescentes con audífonos, familias que se abrazan como si fuera la última vez. Viajan por los diecinueve departamentos de Uruguay, un territorio que puede atravesarse en menos de medio día por bus, que es cien veces menor que el tamaño de Rusia, un kilómetro cuadrado más grande que Surinam y cuya población entera equivale a los nacidos cada año en el vecino Brasil. Es un país llano y diminuto, sin futuro para los aviones de pasajeros, la tierra prometida para un empresario de transportes de ómnibus. Casi la mitad de los uruguayos vive en Montevideo. En 2011 la terminal-shopping recibió veintiún millones de visitas: siete veces la población de Uruguay. Tres Cruces, «donde se encuentra un país», no es un cartel demagógico: es un teatro para un antropólogo del viaje breve. Un laboratorio de conversación con desconocidos.

—Y vos, cuando tomás un café, conversás —dice la Señora Q—. El mate es más personal.

La Señora Q es una etnógrafa involuntaria. Durante casi dos décadas ha observado a viajeros y compradores en Tres Cruces, una terminal que ya es mayor de edad. No impone ella la distancia de la cortesía: contagia la cercanía de la confianza. Cuando conversa, mira a los ojos. El Café del Andén tiene dos locales: el del primer piso, dominado por las boleterías y las salas de espera de los autobuses; el del segundo, donde venden postres entre las demás tiendas del shopping. Raquel Quirque llega a trabajar al amanecer y se va a la hora del almuerzo. Inyecta de agua caliente los termos para beber mate. Los clientes le piden tortugas, unos panes redondos con jamón y queso. Le piden también medialunas, esos bizcochos que de lunar no tienen nada. Sin embargo, la verdadera ocupación de la Señora Q es mirar: ver lo que, a fuerza de tanto ver, ya no vemos. O lo que es igual: ver lo que preferimos no ver. Por ejemplo, cosas de vida o muerte. Toda la gente del interior tiene que pasar por Tres Cruces para curarse. La terminal queda cerca de varios hospitales, incluyendo uno de niños con cáncer. Y ella ve a los enfermos. Ve la angustia de los padres. Ve cómo se va curando un niño. Ve cuando dejan de venir. Tomar demasiado café tiene mala prensa. Pero ella dice que servir café en Tres Cruces le ha cambiado el cerebro.

—De qué puedo quejarme si tengo salud y trabajo —dice la Señora Q—. Acá ves problemas reales. Si los comparás con tu vida, soy Alicia en el País de las Maravillas.

Alicia en el País de las Maravillas nació en Minas, una ciudad más calmada que Montevideo, que ya es más calmada que casi todas las capitales del mundo. Los uruguayos tienen un temperamento de bajo voltaje que sufre metamorfosis explosivas cuando acuden al estadio Centenario. La reputación de un país diminuto que produce vacas felices, fanáticos del fútbol y melancolía. Es un país de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos, a quienes se les atribuye cualidades de suizos y portugueses. La sentencia «triste como uruguayo contento» es un chiste que encanta a los argentinos. Los uruguayos deslindan todo el tiempo que no son argentinos, igual que los canadienses se cansan de que los confundan con los gringos. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de las tres Américas, el carnaval teatral más largo e inofensivo del mundo, y uno de los presidentes más viejos y austeros del universo. «Somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad», dijo José Mujica, que nació el mismo año en que murió el tanguero Gardel, a quien los uruguayos reclaman uruguayo. El presidente dice que sus paisanos aman la vida en minúsculas, la serenidad y los afectos. En Tres Cruces hay más afectos que serenidad.

—Es divertido el trato con la gente —dice la Señora Q—. Aunque haya momentos que te apabullan.
—El del interior te pide por favor —dice Natalia Benavides, quien ha trabajado en Atención al Cliente—. El de la capital te exige.
—El del interior es más amoroso y previsor —insiste la Señora Q—. Siempre le sobra el tiempo. Un montevideano vive más apurado.

Ver un rostro entre miles todos los días y entre todos ellos recordar un solo detalle. Una biografía en un solo pestañeo.

—Hoy la gente está más agresiva —dice ella sin parpadear—. No sé. Alguien puede tener más problemas que yo y no lo discuto. Pero nunca se lo increparía a un desconocido.

La Señora Q mira con ojos maternales, de esos que no puedes engañar.

—Dicen mis compañeros que, cuando los rezongo, pongo los ojos duros. Como que no parpadeo.

Un chico que trabaja en el café le aconseja una sola palabra.

—Parpadeá.

***

El jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, un hombre acostumbrado a resolver líos entre más de cien conductores de autobuses, no tiene automóvil. Prefiere ir a pie. «La primera vez que me senté en un volante —dice— fue arriba de un bus». Empuñando un radiotransmisor, Osvaldo Torres dirige el tránsito en las calles lluviosas que rodean a Tres Cruces un viernes al final de la tarde. Es la hora punta. «La terminal es un enorme rompecabezas —me dice en botas de hule— que debemos armar continuamente». Los paraguas son parte del panorama, y Torres lleva un impermeable de color fosforescente. Los transeúntes caminan ensimismados y pensativos bajo el agua. Cuando no son torrenciales, todas las lluvias parecen uruguayas. El país tiene distancias tan breves que todos los días miles viajan de ida y vuelta entre la capital y el interior. El hormigueo crece los principios y fines de semana. Hay días y horas en que ingresan a la terminal tres ómnibus por minuto. Horas en que los habitantes del país se encuentran, pero también se tropiezan. «Me gusta andar así entre la gente», dice Torres, el señor del tráfico pesado. Cada viernes, entre seis de la tarde y siete de la noche más de cien ómnibus entran y salen de cuarentaiún plataformas en una sola hora. «Es el momento más importante de la semana y lo disfrutamos», dice con cara de viernes. «Se nos carga el cuerpo de adrenalina». Ha bajado de su discreta torre de dos pisos, desde donde un equipo de controladores avista el caos sobre ruedas. Torres tiene el talento de mando de un general. Podría hasta dirigir la lluvia.

—Me gustan los que comandan un grupo humano que va al frente —dice el jefe—. La gente que manda y predica con el ejemplo.

Torres siempre quiso ser un militar, pero el destino le fue imponiendo ironías y azares. Fue guía de turismo en la Organización Nacional de Autobuses, una empresa de transportes cuyo ícono era un galgo a lo Greyhound. Explicaba desde la historia de una ciudad hasta la morfología de una catarata. Un día de esos hubo que correr un camión y él estaba allí. El destino siempre le dio oportunidades: una tía se había casado con un marino que llegaría a ser comandante en jefe de la Armada, y de niño iba con frecuencia a casa de ellos. Una noche, cuando tenía diez años, se quedó a dormir allí y se tiró en el jardín a mirar el cielo. Fue cuando su tío, el comandante del mar, le señaló una estrella, una de las favoritas de los navegantes, la de más fulgor en la constelación de Tauro. Hoy una de las hijas de Torres lleva su nombre: Aldebarán. Nunca olvidará esa noche. «Soy un marino frustrado», admite. En algún momento, pasó por su cabeza ingresar a la escuela naval. Torres es un almirante imposible.

—Hasta hoy —dice— me pregunto por qué no lo hice.

A las seis y cinco de la tarde, Torres se mueve como una autoridad del tránsito bajo la lluvia. Dirige la calle zigzagueando entre una fila de once buses. Tras ellos se avistan unos más. Los rostros de la gente mirando por la ventana de los buses son retratos aburridos: caras con vaho en el vidrio, caras de recién despiertos, caras de sólo existe la música en mis audífonos, caras de ojalá vengas a recogerme. Los ómnibus aparecen uno tras otro y eliminan toda la visibilidad de otros coches. Las empresas tienen nombres de espías como Agencia Central, playeros como Turismar, mayúsculos como CITA y COT, geográficos como Paysandú o amables como Bonjour. Tienen eslóganes clásicos —«Nos encanta llevarte»— o prometen conexión a Internet desde sus puertas. Todos están obsesionados por convertir sus autobuses en camas de hotel. Para el jefe de la Torre de Control las distinciones no existen. Ejerce su comando en diez mil metros cuadrados de territorio. Una vez, uno de los choferes había abandonado un ómnibus en la terminal más tiempo del prudencial sin reportárselo.

—Me tuve que extralimitar —dice como disculpándose—. Le tuve que decir que, estando dentro de la terminal, incluso para ir a cagar me tenía que avisar a mí.

A las seis y treinta de la tarde, hay una legión de pasajeros esperando irse.

Señores revisando su boleto por si se equivocan.

Chicas con maletas muy floridas o muy negras.

Gente abriendo sus paraguas contra el cielo.

El Almirante Imposible ve desfilar en la pantalla de su computadora fotos de buques abriendo fuego. Ve desfilar fotos de sus tres hijas y nietos, a unos compañeros del transporte, citas que le gusta leer en voz alta, ciudades como Río de Janeiro, mujeres como Marilyn Monroe y la Madre Teresa, boxeadores como Cassius Clay, cantantes como Frank Sinatra, militares como el general Patton. En la serie de retratos que desfilan por su pantalla tiene también la fachada de una boletería en la terminal a la que enviará un e-mail de reproche. «Una de mis tareas es preocuparme de que los locales tengan una estética». Tiene una gata llamada Maika, a la que encontró en la calle. Es fan del Defensor Sporting Club porque no le gustan los clubes que siempre ganan. Le fascinan las teorías de conspiración: se acuerda dónde estaba el día y la hora que mataron a Kennedy. Fuma cada vez menos, pero fuma todavía un paquete de diez cigarrillos al día. Fuma más a partir de que oscurece. Tiene amigos de bar, pero sobre todo uno lejano y favorito: un primo hermano que fue traductor de las Naciones Unidas y con quien conversa por Skype. Su madre, que tiene noventa años, se llama Valkiria y la tiene en una casa de ancianos. Su esposa es cajera de una de las empresas de transporte. Torres va a cumplir sesenta años, la edad legal para jubilarse.

—No —dice—. Esto es lo mío.

***

Nadie sueña con incendios una madrugada de Navidad. El 25 de diciembre de 2010, Torres, el jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, dormía a doscientos kilómetros de Montevideo hasta que alguien le dio la noticia del fuego. «Es como si a un capitán le avisaran que le han hundido el barco», recuerda Torres. «Uno se siente a la deriva». El incendio había estallado minutos antes de las dos de la mañana, en el entrepiso de una tienda de zapatos y un local de ropa deportiva. Eduardo Robaina, el Jefe de Operaciones de Tres Cruces, que había trabajado todas las navidades de los veinticuatro años anteriores, interrumpió su descanso de la que iba a ser su primera Navidad libre: estaba en la casa de su madre, en Canelones, a cincuenta kilómetros al norte de Montevideo. «Después de llamar a los bomberos, me llamaron a mí». El fuego estaba convirtiendo en cenizas nueve tiendas del shopping. La Señora Q no supo del incendio hasta esa mañana. «Fue como si se me fuera el alma del cuerpo», dice, y no volvió a Tres Cruces hasta dos días después. «Fue un regalo nefasto de Papá Noel», dice Pablo Cusnir, el gerente de marketing. «Nos sacó a todos de nuestro sueño cuando estábamos fuera de Montevideo. Y mi mujer estaba embarazada». Esa mañana, Osvaldo Torres, que había dispuesto todo para volver a trabajar dos días después, regresó a su torre y la encontró convertida en un gabinete de crisis: el presidente del directorio Carlos Lecueder, el vicepresidente Luis Muxi, el gerente general Marcelo Lombardi discutían qué hacer. «Estos hombres van a tener que conducir el naufragio o dirigir el rescate», se dijo el Almirante Imposible. Y el gerente general, que esa madrugada celebraba una barbacoa con más de cincuenta invitados, enrumbó hacia la terminal. Nunca se descubrió el origen del incendio. Los bomberos apagaron el fuego a las siete y media de la mañana.

—Uno se enfrenta con situaciones que son más o menos conocidas —dice Lombardi—. Esto era absolutamente desconocido.

En Navidad siempre hay incendios, pero los incendios pertenecen al gobierno de lo inesperado. Lombardi cree que pudo haber sido un fuego artificial caído en el techo. O un cortocircuito en el aire acondicionado. Lo que no destruiría el fuego lo arruinarían el humo y el agua. El hollín y el olor a quemado aplastaron el aire. Después del incendio, hubo que arremangarse los pantalones. «Uno sabía todas las mañanas al levantarse que el día iba ser horrible», dice Lombardi. «Lo único que había todos los días era docenas de problemas». Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche. «Vi cómo había quedado: los bancos de madera seguían armados pero hechos carbón, y todo estaba inundado», recuerda la Señora Q. «Los locales se habían convertido en agujeros negros». Ana Claudia Casas, administradora de Óptica Lux, uno de los nueve comercios que perdieron todo, recuerda desde sus anteojos: «Es como si hubiera caído una bomba. Todo negro. Fierros torcidos por todos lados». Lilian Lerena, una vecina que hace sus compras en Tres Cruces, lo resume así: «Vi mucho humo, pero más tristeza». Fue una tragedia sin muertos ni heridos, con unos siete millones de dólares en pérdidas. «Siempre tuve la necesidad de entrar al local y encontrar algo», recuerda Casas, quien administra la óptica. «Una patilla, un lente, no sé. Necesitaba encontrar algo tal como había quedado». Tenía cientos de anteojos allí. Las gafas de sol se venden más en Navidad.

—¿Y tu mujer te hablaba por teléfono? —pregunto a Lombardi.
—Sí —responde—. Pero con monosílabos.

Esa Navidad, cuando el gerente general de Tres Cruces volvió a casa, sus hijas ya estaban dormidas. Adiós vacaciones. No habría ganas de celebrar el fin de año. Debían improvisar soluciones urgentes para que el servicio de autobuses no se detuviese, informar sobre las pérdidas a los comerciantes, reconstruir el shopping. Primero idearon un lugar de entrada y otro de salida de los autobuses. Cuando uno baja de un ómnibus, sólo se va. Pero cuando uno sube, debe identificar el coche. No puede equivocarse. Las partidas de ómnibus tenían que continuar desde Tres Cruces. El mismo día de Navidad armaron una terminal de llegadas en un estacionamiento frente al Estadio Centenario. Tenían botellones con agua para los pasajeros, baños químicos, una sala de espera en el asfalto, música y altavoces, carpas para protegerse del sol y hasta un carro de chorizos. Fue una terminal de campaña. El público lo entendió. Pero en Tres Cruces, a unas cuantas calles de allí, todos los medios de prensa exigían novedades del servicio. «Una situación de emergencia exige verticalidad y todo el equipo se adaptó», cuenta Lombardi. «Las decisiones se tomaban y no se discutían: se ejecutaban». Fue una improvisación colectiva entre vecinos, autoridades y comerciantes. En un mes, a fines de enero de 2011, la terminal volvió a correr en un ciento por ciento, y en cinco meses se reabrió el centro comercial. Hubo que reconstruir una treintena de unos cien locales. El shopping volvió a ser un lugar de fantasía.

—Más que pesadillesco fue inolvidable —dice Torres.

Un incendio ayuda a desajustarte el cuello. Para Pablo Cusnir, gerente de marketing, hombre de acción y de ventas, ir a trabajar con corbata era necesario para un ejecutivo, como un chef se pone el delantal para cocinar. Había enterrado su pasado de melenudo hijo de una peluquera, de tronco incapaz de meterse en una camisa, de pies histéricos contra los zapatos. Cuando no llevaba corbata, Cusnir se sentía muy incómodo de tratar con otros comerciantes. En las semanas posteriores al incendio, nadie en Tres Cruces se preocupó demasiado por volver a los trajes. Elegían un pantalón digno para caminar entre los restos del fuego. Era verano y el incendio acostumbró a Cusnir a andar sin corbata. Meses después, el gerente de marketing cambió el timbre de llamadas de su teléfono. Había empezado a odiarlo. Desde el día de la tragedia, cada vez que lo llamaban a su teléfono era el ruido de un problema. Lo llamaban su esposa o su madre y más líos. Lo llamaban desde las seis y treinta de la mañana hasta las once de la noche para contarle más problemas. Ya lo tenía asociado: el timbre de su teléfono sólo anunciaba un lío tras de otro. Un día, en una reunión de trabajo, el ruido del teléfono de uno de los presentes lo crispó. Era el mismo timbre de su teléfono los días posteriores al incendio. Un fantasma en forma de ringtone.

—Era como un vacío —dice Cusnir—. Se me ponía la piel de gallina.

El gerente de marketing buscó otra melodía.

Hoy contesta con rock&roll.

El único hombre que una mujer espera conocer tras un incendio es un bombero. Hay excepciones que se oponen a esta lógica. Dos días después de esa trágica Navidad, Natalia Benavides, una mujer rubia y alta que trabajaba en el departamento de Atención al Público, acudía a la terminal improvisada en el estadio Centenario para recibir a los pasajeros. David Souza, un cajero de la empresa de ómnibus General Artigas, más bajito que ella, iba al mismo lugar para recibir a los buses de su compañía que llegaban desde Brasil. «Traté de ser amable y le dije que hablaba otros idiomas, que cualquier cosa me consultara», dice ella. «Vio que yo tenía dificultad para hablar portugués», dice él, «y aprovechó para lucirse diciendo que hablaba distintos idiomas». Él empezó a invitarla a salir; ella no quería. Él insistía; ella se disculpaba. Él nunca había tenido una historia estable con nadie; ella pensó que nunca podría estar con alguien como él. Un día antes de acabar el año, ella ofreció darle el número de teléfono de cualquiera de sus compañeras si él aceptaba llevar en su moto a un amigo que le compraría cigarros. Él dijo que lo llevaba pero que sólo quería el número de ella. Ella no le dio ningún teléfono; él le pidió su número al amigo. Él empezó a escribirle mensajes; ella empezó a responderle. Ella y él compartieron el mate. Ellos tuvieron un hijo. Ellos se conocieron por un incendio. Allá ellos.

***

Todos creen que la Señora Q conoció a su marido en Tres Cruces. El prejuicio se disfraza de fantasía: tiene algo de lírico y aventurero conocerse en el paradero de un autobús y mejor si llueve. Pero cuando Raquel Quirque, la Señora Q, empezó a trabajar en el Café del Andén, ya llevaban nueve años y una nena juntos. Había trabajado en una pizzería del Montevideo Shopping, donde conoció a los futuros dueños del café. En verdad, había trabajado en todos los shoppings de Montevideo. «Una terminal de buses es especial», dice la Señora Q. «Es otra gente, otro movimiento, otra curiosidad. Quería trabajar en Tres Cruces». El dueño del Café del Andén es un médico. Entonces era el doctor que iba a las casas de los trabajadores de la Compañía Oriental de Transportes para confirmar si estaban enfermos. Un día fue a casa de ella para controlar la salud de su esposo. El marido había empezado a trabajar en el garaje de la COT: llevaba los camiones al lavadero y los devolvía al estacionamiento. El enfermo se convirtió en chofer cuando inauguraron Tres Cruces, y ella en la Señora Q. Dormir con un conductor de ómnibus es a fin de cuentas procurar que en la carretera nunca se vaya a quedar dormido.

—Es una gran responsabilidad mantenerse despierto —dice ella, parpadeando.

Hay alguien que sabe bastante de choferes sin tener que dormir con ellos: Julio Sánchez Padilla es propietario de la empresa de transportes CITA y unos de los fundadores de Tres Cruces. Hay en su figura de patriarca y en su biografía la sospecha de que sabe demasiado: juez de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Roma y Tokio, récord Guinness por dirigir sin interrupciones el programa televisivo de fútbol más antiguo del mundo —Estadio 1, todos los lunes desde 1970—, y un guerrero sobreviviente de dos infartos. Sánchez Padilla cuenta historias con la pausa de quien sabe que es escuchado. Décadas de polémicas televisadas entre el bien y el mal, décadas de convivir con choferes que cargan vidas y toneladas. El Señor del Récord Guinness recuerda sobre todo a uno de sus conductores de ómnibus, un tal Febres. Dice que era un tipo elegantón, prolijo y puntual. Dice, además, que ya ha muerto.

—No hay más choferes como Febres —lamenta el Señor del Récord Guinness—. La gente se toma sin amor la tarea por la que en algún momento pidió por favor.

La Señora Q, que lleva durmiendo más de veinticinco años con el mismo chofer, cree que no hay conductores como Montiglia, su marido al volante de un Scania. Tiene un hijo que trabaja tan despierto como su padre en el Departamento de Encomiendas de Tres Cruces. Tiene una nuera que también trabaja en Encomiendas en Tres Cruces. Y tiene una hija que trabaja en una tienda de ropa, que no está en el shopping de Tres Cruces pero que va a visitarla a Tres Cruces. Hay miles de estudiantes universitarios que viajan casi todos los fines de semana al interior, y miles de ellos recibiendo encomiendas de sus padres: cajas con comida, ropa arreglada, animales. Y van a Tres Cruces por esas cajas, por la camisa planchada, por el guiso que el viernes les hizo la madre. Van desesperados en busca de esa caja. Van a romper lo que la envuelve. Es una caja de la conexión con la tierra. Enviar una encomienda sigue siendo enviar una caja. La comida favorita de mamá no se puede enviar por Internet. Y en Uruguay todos los viajes son cortos. Por eso los guisos llegan bien.

Su hijo, que trabaja entre guisos ajenos, ve a veces más animales que gente.

—Ve pollitos casi a diario —dice la Señora Q—. Pollitos en vaivén. Van y vienen en cajas con agujeros.

Su hija, la única del clan que no trabaja en Tres Cruces, también va a la terminal.

—Pero viene a ver a la madre —me dice la madre.
—¿De qué habla con su marido todos los días?
—De todo, menos del trabajo. A pesar de que él lleva a tantos pasajeros, yo soy quien conversa más con la gente.

Hay quienes vuelven a casa para olvidarse del trabajo.

Hay quienes hacen de olvidar todo un trabajo.

Samantha Navarro tiene una canción de Tres Cruces.

No es cumbia. Ni tango. Ni candombé. Es desamor.

La cantante tiene un cabello frondoso y ondulado como sus canciones. Y dice así: ♫Terminal Tres Cruces/grissssss amanecer/toma tu mochila/no te quiero ver♫. Se trata de un amor de verano, de una despedida. ♫Terminal Tres Cruces/ que te vaya bien/ yo te quise tanto/ pero ya no sé♫. Deseo. Desengaño. Duda. ♫Y ahora estoy perdiendo tooooodo lo que encontré/y me estoy odiando♫. El remate de la canción dice: ♫Y me estoy sangrando♫. Tres veces. Tres Cruces. Crucifixión. El personaje de la canción, según ella, no es ella, aunque todos creamos que es ella. Es un personaje mixto que compuso oyendo historias de despedidas. «Quise tratar toda la terminal como si fuese una sola persona», se explica. «El personaje que me inventé siente que no va más a ser capaz de amar». Lo que no inventa Navarro es que Tres Cruces ha atravesado su vida como sus más de trescientas canciones. Cuando era niña, tomaba un ómnibus que pasaba por el descampado donde iban a construir la terminal. Estudió guitarra, química, antropología. Es sumiller, escribe cuentos de ciencia ficción, canta. Cuando viaja a dar conciertos en el interior, Samantha Navarro sube a un autobús de Tres Cruces. Desde la ventana del ómnibus de su infancia vio cómo movían una plaza cuando construían la terminal. Por entonces trabajaba de secretaria y estudiaba química en la universidad.

—Era como un lugar de perturbación cuántica —recuerda la cantante—. Un movimiento de máquinas y de cosas que yo jamás había visto.
—Se creó un nuevo centro de la ciudad —dice el Señor del Guinness.
—¿Qué hace usted cuando va a la terminal? —pregunto.
—Sólo saludar —añade él—. Nada más. Porque todo el mundo está en movimiento.

El Señor del Guinness tuvo en su poder la maqueta de Tres Cruces cuando allí aún no sucedía nada. En 1990, años antes de su inauguración, Julio Sánchez Padilla era el Señor del Transporte en Uruguay. «La terminal era lo fundamental», insiste. «El shopping, lo accesorio». Dos décadas después llegó el incendio. El ex presidente de la Asociación Nacional de Transportistas, quien conoce de infartos, sabe que una tragedia puede convertirse en un estilo de resucitar. Hoy Tres Cruces luce sin mamparas, sin albañiles, sin ruido. Lo que La Cantante del Pelo Frondoso veía por la ventana del ómnibus cuando era niña es hoy otra canción. No es más bulla bruta: es orquesta fusión, escenario de encuentro y despedida, ensayo de laberinto. Los habían insultado por querer construir una terminal allí. El día de la inauguración de Tres Cruces, Sánchez Padilla colocó una placa dorada en el hall principal. Dijo un proverbio conocido: «Las grandes obras las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos». Toda frase entre comillas demanda enemigos para su futuro. El Señor del Guinness es un militante de Peñarol —«a usted se lo puedo decir porque es extranjero»— y un admirador de Carlos Lecueder, el presidente del directorio de Tres Cruces que viaja por el mundo y regresa con ideas para sus centros comerciales. Hoy el patriarca de los transportistas casi no visita la obra. En su lugar, cada miércoles, su empresa lleva a cientos de niños del interior a visitar Montevideo.

—Algunos que vienen del interior más alejado —dice Sánchez Padilla— no conocen el mar.

La Señora Q tiene una vista privilegiada a un mar de extraños. Y tiene un don: Quirque es un imán a quien uno se acerca a contarle algo. Una mujer gorda y rubia aparece caminando frente a la sala de espera y aumenta su sonrisa cuadro por cuadro cuando se da cuenta de que ella la mira. Durante tres años y medio, Sandra Díaz Reyes limpió un baño de mujeres en Tres Cruces. Durante tres años y medio vivió de un sueldo, pero sobre todo de las propinas que le dejaban otras mujeres. Había llegado como una empleada de escoba y trapeador hasta que un día faltó la señora responsable de ese baño frente a un Mc Donald’s. Desde entonces Sandra Díaz Reyes lo cuidó como si fuese una prolongación de su casa. Compraba con su dinero un perfume más agradable que el desinfectante oficial, lo decoraba como si fuese su sala durante las fiestas de fin de año, les pedía a sus clientas que, por favor, lo dejasen impecable. Nada como la fila de un baño de mujeres para empezar a conocer a una mujer: «Veía a las que andaban en la cola y sabía quién me iba a dejar limpio el baño», recuerda la Señora que Limpiaba Retretes. Esa tarde, en medio de la multitud de pasajeros que andaban por la terminal, ambas se detuvieron a conversar en la sala de espera. Como si tuviesen un radar para identificarse.

—Nosotros vemos más allá de lo que ustedes piensan —dice la Señora Q—. Detectamos a todos con una mirada de rastreo.

No se acordaba del apellido de la Señora que Limpiaba Retretes. En Tres Cruces, la memoria del detalle es neblinosa. Recuerdas episodios estelares, olvidas los nombres completos. Es una memoria emotiva, dramática, anecdótica. Sandra Díaz Reyes dejó de atender el baño de mujeres cuando se separó del padre de sus primeros cinco hijos. La empresa de conservar un baño público impecable tiene más de amor propio que de detergente. La imagen cinematográfica de un baño de mujeres tiene un olfato más cercano a la vanidad que a la fisiología, a los lápices de labios que a los intestinos. Los baños de Tres Cruces no son cinematográficos: son de necesidad urgente, de gente haciendo cola, de impacientes. La Señora Q recuerda un día trágico. Fue al año siguiente de inaugurar Tres Cruces. Sandra Díaz se había tomado su media hora de descanso y la estaba cubriendo una compañera. La muchacha de limpieza empezó a gritar y llamó a los de seguridad: había encontrado un feto en la bolsa de una papelera.

—Fue mi peor día en Tres Cruces —dice—. El otro fue el incendio.

La Señora que Limpiaba Retretes sabe que un baño es un gran teatro. Hay tragedias y comedias.

—Yo era muy histérica con la limpieza —dice ella sobre el baño de su casa—. Aprendí lo que mi madre me enseñó. Y mis hijas también.

La Señora que Limpiaba Retretes cree en la limpieza absoluta y en la Biblia. Capricornio risueña, no cree en el zodíaco. Cree en el Dios de los Evangelios, en el trabajo y en los amigos de su antiguo trabajo. Cree en tener siete hijos y en una madre que trabajó con ella limpiando los baños de la terminal y de un restaurante por las noches. Hacía sus compras en Tres Cruces. Celebraba los cumpleaños con sus amigas de Tres Cruces. Se fue a vivir a dos cuadras de Tres Cruces. Cuando se quedó sin trabajo en Tres Cruces, iba a visitar a sus amigas a Tres Cruces. Les vendió ropa en Tres Cruces. Trabajó en una fiambrería. Fue guardia de seguridad. Limpió casas. Conoció a su segundo esposo. Tuvieron dos hijos y abrieron juntos una panadería. «Yo venía del interior, de Salto. Tres Cruces marcó mi vida», dice la Señora que Limpiaba Retretes. «Allí aprendí que podía salir adelante con mis hijos». En ese tiempo, tenía cinco hijos. Uno de ellos era un futbolista del futuro: Luis Suárez, el número 9 de la Selección de Uruguay, aún no era el chico de los dientes de conejo que intimidaría a los arqueros del mundo. Tenía menos de diez años cuando iba a buscar a su madre al baño de mujeres de Tres Cruces. Sus hermanos lo mandaban a pedirle el dinero para comprar cosas de comer y el niño subía por las escaleras desde el baño hasta el supermercado. Luis Suárez jugaría en el Nacional de su país y en el Ajax de Holanda. Luego sería el chico del Liverpool de Inglaterra que haría que los porteros se arrepientan de cuidar su puerta. La madre de uno de los futbolistas más famosos del mundo fue una señora que fregaba baños.

—Me molesta que a veces la gente se te arrima por lo que él es hoy —dice su mamá—. Yo sé distinguir a las personas. Por eso tengo mi gente en Tres Cruces. Hoy aparece el tío y el primo que nunca existieron. Pero yo sé quién estuvo siempre.

La Señora Q recuerda a un hombre que estuvo siempre.

—Lo conozco desde que arreglaba los enchufes —dice—. Ahora arregla los problemas de todos.

El Señor Que Arregla los Problemas de Todos es un título todopoderoso. Exige casi una reverencia. Pero Eduardo Robaina es un señor calvo a quien le ha costado todo, incluso su barba de candado. El título del Señor Que Arreglaba los Enchufes nos devuelve a sus orígenes. Dejó tres años de estudios en una facultad de ingenieros para meter el músculo en una refinería. Bajó de las alturas de cálculos y proyecciones para sumergirse en un subterráneo de combustibles y cemento. El trabajo de un hombre lógico y rudo. Estudió hidráulica, termodinámica, química, tanques, bombas, logística. Trabajar en una refinería es un gimnasio del peligro: ser capaz de producir obras gigantescas y estudiar miles de detalles para evitar una catástrofe. Esa fue su escuela. Robaina entró en Tres Cruces como medio oficial de mantenimiento, un señor que proveía de enchufes y clavos. Hoy es el jefe de Operaciones. «Toda la bondad que hay adentro del gordo es la misma de cuando andaba poniendo enchufes», informa la Señora Q. «Pero no es lo mismo andar arreglando enchufes que tener que mandar a tanta gente». Robaina tiene todas las llaves maestras y todas las posibilidades de equivocarse.

—Nuestro trabajo es solucionar problemas —dice desde su más de cien kilos—. Y dentro de las ventajas de esto, a veces se puede ser humano.

El Señor que Arreglaba los Enchufes es una antena humana. Una escena se repite siempre en Tres Cruces: hombres, mujeres y niños enfermos a quienes el Ministerio de Salud Pública les paga un pasaje de bus para atenderse en un hospital de Montevideo. Regresar a casa depende de los cupos que les reservan por ley las empresas de transporte. A veces se quedan un día entero en la terminal esperando volver. A veces el Señor de los Enchufes paga la comida de una madre que espera con su hijo. La Señora Q lo ve a veces rebuscando dinero en sus bolsillos. Un enchufe siempre está ahí, humilde y explosivo, como esa rendija de la que nos previenen cuando niños. El Señor Que Arreglaba los Enchufes anda siempre con un radiotransmisor por Tres Cruces. Da la impresión que podría resolver hasta las penas de amor.

***

A la Señora Q, que conversa con miles de extraños como si fuesen su familia, también le toca callar. Hay un hombre que habla solo, es un monólogo y ella sólo lo mira, sonríe y asiente frente a él. Hay señoras que cuentan sus líos con el marido porque eso las oprime. «Se acostumbran a uno», dice. «O uno se acostumbra a ellos». Sólo hay que darse cuenta hasta dónde quiere llegar la gente. Están los que te cuentan todo y que nunca más los vuelves a ver. O están los que se saludan durante años y un día se van a vivir juntos, como Pablo Cusnir, el gerente de marketing que empezó de cadete y saludaba a una chica bonita de DHL que hoy es su esposa. Es normal que la Señora Q se encuentre aquí con gente de su ciudad, con ex compañeros de estudio, con amigos de la infancia. En Tres Cruces, encontró a las monjas de su colegio Nuestra Señora del Huerto. Cuando iba a la escuela, a las monjas sólo les veía la cara. Hoy ya les puede ver el pelo.

—La hermana Domitila —dice— sólo se acordó de mí cuando le dije quién era.

Uno de los mayores homenajes a un maestro es que años después un alumno cruce la calle sólo para saludarlo. Hay quienes pasan de largo. Otros corren a abrazarlos como si el azar fuese un milagro. Un día la administradora de Óptica Lux encontró en Tres Cruces a su profesor de Historia. Sólo recordaba su nombre: Ángel. Lo distinguió desde sus anteojos con 0.50 de miopía. Desde que se inauguró la terminal, Ana Claudia Casas trabaja nueve horas al día viendo a gente que no ve bien. A veces a la Chica de las Gafas le toca atender a gente con buena vista. Casos para el neurólogo Oliver Sacks.

—Venían a la óptica a pedirnos que les cortáramos el pelo —sonríe.

Uno de sus clientes la ve en Tres Cruces desde niño. Ha sufrido dos desprendimientos de retina. Tiene -31 de miopía.

—Hoy instala cables de fibra óptica —dice ella.

El destino es irónico con efectos especiales.

El gerente general de Tres Cruces, por ejemplo, no guarda su automóvil en el estacionamiento de la terminal: paga un parqueo privado frente a ella.

—Aquí no hay excepciones de privilegio —dice Lombardi.

Lombardi, un contador público que se aburrió de la contabilidad, tiene hoy la experiencia de calmar incendios.

—Un día —dice— detectaron que un miembro de Al Qaeda había pasado por aquí.

Interpol tiene una oficina en Tres Cruces. En ella no sólo se encuentra un país.

Ves a bolivianas que llegan a trabajar en casas de familias de clase alta.

Ves a extranjeros subir y bajar de los nueve mil taxis que llegan por día.

Ves a barras bravas de argentinos, brasileños y uruguayos.

Ves a bolivianas regresar maltratadas de las casas de la clase alta.

—Vi caer a uno del segundo piso —dice la señora Q—. Vino caminando, levantó la pata y se tiró. Un guardia del Café del Andén no lo pudo detener. El hombre saltó por encima de la baranda como si huyera de sí mismo y se fracturó una pierna seis metros más abajo. Nadie se daría cuenta de que el suicida no había muerto. Sólo preguntaron si se había tropezado.
—De tanto ver gente, ya no ves a la gente —dice la señora Q.

Lilian Lerena, una vecina que trabaja en la funeraria Previsión S.A., dice que sus clientes están vivos. El año anterior reconoció a un amigo de su infancia en la terminal. No lo había visto en más de treinta años. Hoy es dueño de una discoteca donde tocan cumbia.

—Quedamos que un día iba ir al baile —sonríe ella.

Natalia Benavides, ex promotora de Atención al Cliente, se acuerda de cosas que desaparecían.

—Un señor nos fue a preguntar si habíamos encontrado su dentadura postiza. No recordaba si la había olvidado en el baño.

Hasta que alguien la encontró.

Tres Cruces tiene un Departamento de Objetos Perdidos.

Si pasa un tiempo sin que nadie reclame su bicicleta o su paraguas, la compañía no los conserva. Los dona a escolares de Montevideo quienes, con suerte, no los perderán. Natalia Benavides aún cree en la especie humana.

—Es más la gente que devuelve que la gente que no devuelve —dice.
—¿Cómo se ve el mundo desde Atención al Cliente?
—La gente se ve como loca —dice ella—. Sin tiempo para nada. Y no se trata de una sola persona. Son todos los que pasan.

Nos devuelve la mirada en el reloj.

La Señora Q es tan puntual que es impuntual: llega media hora antes a trabajar y bebe mate en la entrada de Tres Cruces. Existen allí dos mundos, el de arriba y el de abajo. Ella trabajó nueve años en el primer piso y siete años en el segundo. Hoy está de vuelta en el epicentro. Quien va por arriba quiere comprar: pasea, mira, escoge. Quien va por abajo quiere viajar: toma mate, espera, conversa. Después de unas cinco horas en bus, a quien llega de viaje no le apetece ir al shopping de Tres Cruces: va en busca de un taxi o un abrazo. Los abrazos en mayúscula son el gesto más natural entre sus más de cincuenta mil pasajeros por día. Hay también allí actos solitarios, quién sabe si más del cielo o del infierno. Desesperados: un hombre se disparó un tiro en la cabeza en un inodoro. O absurdos: un señor murió tras atorarse un pedazo de costilla en la garganta.

—Tres Cruces es la gente —dice la Señora Q—. Alrededor de él giramos nosotros.

Antes de despedirse, Raquel Quirque, tres Q en trece letras, como nunca, parpadea. Donde hay multitudes, hay personas en serie. Uno es el mendigo, que exige el dilema constante de la caridad: dar o no dar. A veces, como no puede regalarles una medialuna del negocio, ella busca monedas de su cartera. A veces, cuando les da de comer, tiran la comida. Donde hay multitudes, hay también gente fuera de serie. Uno que otro maniático. Por años, la Señora Q tuvo un cliente que iba todos los días a desayunar. Era soltero. Trabajaba en un supermercado. Vivía en una casa oscura donde se había impuesto la costumbre de encender una sola luz a la vez. Por años buscó a la mujer que le servía el café como él quería: cortado tibio, dos sobrecitos de azúcar, sin espuma. Por años no faltó nunca y la única mañana en años en que no pudo ir telefoneó para avisar que no lo esperaran. Fue a Tres Cruces desde el día de su inauguración hasta que se jubiló. Hoy ya no se le espera, pero la señora que sirve el café sabe qué decirle cuando vuelve.

Cuando el señor Wong llegó a Todos Santos aún no se había inventado el hielo. El chino tenía entre sus maletas el diseño silencioso de un pasado propio que lo ayudaba a no sentirse tan extraño en ese oasis en medio del desierto, en el pueblo peninsular anclado entre las rocas y el océano Pacífico. Y quién sabe en qué momento se le ocurrió levantar un hotel, construir la primera gasolinera e importar el hielo hasta la nada misma. Ese será su secreto. El secreto del Hotel California es tan encriptado como el pasado del señor Wong, el oriental que se autodenominó Antonio Tabasco. Un chino empecinado en querer ser más mexicano que los mexicanos.

El brazo descarnado de la patria mexicana es ajeno al macizo continental. Los sudcalifornianos no son isleños pero padecen un castigo mayor: un abandono añejo de 1.600 kilómetros del país bodoque donde se cuecen las decisiones y las operaciones políticas. Para acceder a La Paz, la capital del Estado de Baja California Sur, es necesario navegar en el Mar de Cortés durante medio día o acceder por vía aérea.

Yo miro desde arriba las montañas y el mar esmerilado con toques turquesas, el acuario del mundo según Jacques Cousteau. Las construcciones son rectangulares y cuadradas, avenidas anchas y calles que no conducen a ninguna parte. La ciudad parece diseñada por un niño que juega con ladrillitos. La Paz pretende marcar presencia con la dureza del cemento y con una modernidad importada desde el norte. Trazar hoy el mismo recorrido del asiático tras los pasos de la canción de los Eagles es una farsa.

Caminar por el Malecón de La Paz a las doce del mediodía es invocar a la soledad. El paseo es monotemático, todas las estatuas aluden al mar: delfines, sirenas, tiburones, pescadores y hasta el mismísimo Cousteau. Encuentro un perro bajo un arbusto pequeño escondiéndose del sol, lo voy a fotografiar, el perro me mira, se vuelve a echar y se duerme.

Frente al Malecón está la estación de buses. Compro un boleto con destino a Todos Santos. La autovía rápida solo permite ver cómo pasan a 100 kilómetros por hora los cactus en los laterales. Nada queda del camino hostil, del paso obligado por el paraje que une La Paz con Los Cabos. El hiperturismo sajón plagado de Baby Boomers retirados con jubilación de privilegio es la invasión posmoderna que soportan los todosanteños. Lo que no se conquista se compra.

La fiebre del oro arrastró al chino Wong junto a miles de aventureros franceses, alemanes, italianos e ingleses hasta el sur de la península de California. La década del 20 comenzaba con una promesa en decadencia atada al brillo del metal reinventando la misma ambición de la colonización española.

La tradición bélica de los habitantes de Todos Santos aún estaba latente ante los constantes embates de conquista de los Estados Unidos y de algún que otro ataque de corsarios chilenos. Esos pueblerinos montañeses que se enteraban de las noticias del continente dos años después de cada acontecimiento estaban preparados para resistir el hostigamiento de los invasores. Pero los todosanteños esbozaron un antídoto para contrarrestar el padecimiento: la broma espontánea. A cada habitante del paraje le inventaban un apodo en un santiamén. Y siempre fueron más crueles con los foráneos.

El apodo instantáneo es respetado por el colectivo como si fuera la renovación de un bautismo pagano. Juegos de palabras, comparaciones, antagonismos o chistes situacionales son algunos ejemplos de la amplia gama del humor peninsular. ‘El torpedo’ fue un borracho muy muy torpe. A un arquitecto chaparrito, muy petiso, que llegó al pueblo le apodaron ‘El cortito’. Un señor obeso con cuello muy grueso y seis pliegues de gordura lo llamaron ‘El siete nucas’. Aunque otros sobrenombres partían de su asombro, como el que le pusieron a un maestro que regresó a trabajar a su pueblo natal en la década del 60 después de haber vivido en ciudades de clima frío.

El maestro, por las mañanas, usaba bufanda, una prenda casi desconocida en el desierto. Como muchos pobladores pensaban que era una toalla pequeña lo bautizaron ‘El entoallado’. ‘El manos de tortilla de harina’ fue otro maestro, pero este padecía vitíligo, la enfermedad degenerativa de la piel a causa de la muerte de las células responsables de la pigmentación. Con Wong no fueron originales, él sólo fue ‘El Chino’.

Dos horas de viaje desde La Paz hasta Todos Santos sobre el Trópico de Cáncer. El Pacífico está a tres kilómetros. La vegetación cambia, se hace más tupida y la temperatura baja, son tres grados menos a causa de una brisa que llega desde la costa. El Hotel California está a dos cuadras de la terminal. Llego veinte años antes, pienso, cuando veo a Debbie Stewart, la hermosa canadiense propietaria de hotel boutique. Ella está rodeada de revistas de moda mientras desliza su índice en un iPad.

Me presento como «periodista argentino que quiere contar algo de la historia del hotel y sus mitos». Le doy la mano. Me sonríe y con la boca feliz atropellando el castellano me sugiere que hable con Monserrat, una mexicana corpulenta que está en la recepción. «Ella te va a llevar a recorrer el hotel», me dice la mujer de mis sueños para mis 60.

Hay una sola pregunta que quiero hacer: ¿The Eagles se hospedaron aquí para componer esa canción alucinógena de fantasmas, campanas y desiertos? Pero un reportero no debe ser tan bruto, tan explícito, nosotros no hacemos pornoperiodismo. Entonces me dedico a escuchar. Que el hotel tiene 16 habitaciones, que la pieza número 13 no existe, que lo construyó un tal Antonio Tabasco, que se inauguró en 1950 luego de tres intensos años de trabajo, que originalmente funcionaba en la planta baja un almacén de ramos generales que se llamó La Popular; mientras, entramos en la habitación número 5 en el primer piso del hotel, el sitio donde Tabasco tenía su oficina. La suite tiene dos pisos. Por lo bajo, un modesto escritorio. En el piso superior hay una cama de dos plazas cubierta con una colcha blanca, el mismo color para un atrapasueños gigante que cuelga del techo color ladrillo. Frente a la escalera hay un cuadro de una mujer sin nombre en blanco y negro. Tomo varias fotos, presumo que esa será la única habitación que voy a conocer.

–¿Monserrat, puedo grabar la entrevista?
–Prefiero que no la grabe. Lo que tengo para contar ya lo dije.
–¿Qué hay de cierto que la canción Hotel California está inspirada en este lugar?

Ahora estamos en una pequeña terraza de la suite. Monserrat, la joven que hace doce años que trabaja con la bella mujer canadiense, no quiere que su voz quede registrada. Desde allí se divisa la cúpula de la iglesia Misión del Pilar. Ella tampoco desea hablar de los espectros y de los ruidos extraños que azotan por las noches aunque confiesa que hace algún tiempo un hombre se presentó como ex trabajador del hotel y le habló de un crimen que conmovió al pueblo. Ese podría ser el motivo de la aparición de un alma en pena. Miramos a la iglesia y responde: «No hay registro oficial para saber si ellos estuvieron alguna vez en el hotel. Pero son muchas las similitudes que hay entre la letra de la canción con la geografía del lugar, el desierto, la ruta y las campanadas de la misión». Las palabras de la recepcionista son solo conjeturas. Yo regreso a La Paz con más dudas que certezas.

Jesús Chavez Jiménez es un periodista que se considera un eterno aprendiz. De niño se especializó en la táctica y estrategia de vender diarios en la calle mientras escribía breves crónicas a mano siendo un corresponsal prematuro de El Sudcaliforniano, el diario con mayor trayectoria en la península, hasta llegar a ser muchos años después su director.

Pauto un encuentro con él y dos conocedores de historias de la región: el periodista Jorge Romero Zumaya y el psicólogo Alejandrino de la Rosa Hirales. El Cayuco es el sitio de la reunión, un restorán de mariscos. Mientras comemos abulones, camarones y pulpos los relatos trascienden la cronología del hotel. La duda eterna de saber si la canción que le valió a The Eagles el premio al Mejor Disco del Año en el Grammy de 1977 y de ocupar el puesto 37 en la lista de los 500 mejores discos de todos los tiempos según la revista Rolling Stone lleva al trío de la sabiduría a indagar en lo profundo de la historia.

«Hay algo curioso que es innegable. En California, Estados Unidos, no hay ningún hotel que se llame Hotel California», afirma Jesús. «No necesariamente tienes que estar en el lugar para escribir sobre él», agrega el psicólogo. Y reafirma su tesis con un ejemplo: «El cantante mexicano Agustín Lara escribió la canciónGranada sin haber conocido Granada. La canción se transformó en un himno. Si escuchas una historia y luego la mezclas con tu psicodelia puedes hacer una amalgama. Y eso puede haber ocurrido con la canción del hotel». Alejandrino marca el ritmo con el tenedor y entona:

Granada,
tierra ensangrentada
en tardes de toros.
mujer que conserva el embrujo
de los ojos moros…

Chavez Jiménez interrumpe el cántico. Se remonta al 1700 y a los viajes de las misiones de los jesuitas. Cita la obra del Padre Miguel Del Barco: Historia natural y crónica de la antigua California. El misionero, a partir de los reportes de su gente, redactó 16 tomos abordando la flora, la fauna. Describe también detalles como las características del pez rodaballo y cita a la damiana, una planta típica que se puede beber como té o licor y es afrodisíaca. Jesús, el reportero, reafirma la hipótesis de Alejandrino, se puede describir un lugar sin conocerlo en profundidad. El jesuita fue una especie de cronista por correspondencia. The Eagles pueden haber compuesto la canción sin haber estado jamás en este peñón ajeno al continente.

«Para entender la historia del lugar debes leer a Fernando Jordán Juárez. La revista Impacto lo envió a Baja California en la década del 50 y él se quedó a vivir aquí y aquí se suicidó», me sugiere el periodista Jorge Romero Zumaya. Jordán Juárez es reconocido como el primer cronista del siglo XX que narró el devenir de la península a la que denominó ‘El Otro México’. Varios años antes de que Jordán escribiera su obra y de que ‘El Chino’ comprara el terreno en Todos Santos para transformarlo en un moderno centro comercial con hotel, tienda y gasolinera, Tabasco conoció a su futura esposa en el antiguo pueblo minero de El Triunfo. Una joven mujer analfabeta oriunda de un paraje que hoy existe en la cartografía gracias a Google Maps y que –según el buscador– solo tiene dos habitantes: Rancho Boca del Saucito.

La adolescente Trinidad Castillo Ruiz había quedado huérfana y vivía junto a sus tías en El Triunfo mientras la temperatura de la fiebre del oro se iba enfriando. Como la mujer de 16 no sabía leer ni escribir las tías comenzaron a enviarle cartas al oriental en su nombre. De ese intercambio epistolar triangulado nació un amor que duró hasta 1974 cuando Tabasco murió. ‘El Chino’ fue a buscar oro y se encontró una esposa.

«Mi papá era apático, es que era chino. Con mis hermanas pensábamos que cuando él estuviera viejito nos va a platicar sobre su familia, cómo vivió, cómo llegó aquí. Pero en media hora se murió y no platicó nada. Él hablaba muy bien el inglés, pero no pronunciaba bien el español. A mí me decía Oga, no podía decir Olga».

–Olga, usted no tiene rasgos asiáticos.
–Yo no, pero mi hermana mayor sí. Se llama Carmen y tiene 81 años.

A las 8 de la noche Todos Santos quedaba a oscuras. Solo en la tienda La Popular la electricidad extendía el jolgorio dos horas más. La pequeña Olga tenía seis años y acompañaba a su padre a la oficina para escuchar los resultados de la lotería mientras él revisaba la correspondencia. La tienda fue el epicentro del pueblo durante más de dos décadas, durante los años donde los rancheros que bajaban de las montañas se espantaban con el invento del hielo. Jamás habían probado la cerveza Pacífico bien helada. Olga Tabasco, una de las siete hijas del matrimonio fundador del hotel, es la pieza clave en este viaje de acordes sin rumbo, donde los actores que aún viven pugnan contra el olvido.

–¡Véngase a complal a La Popular! ¡Flijoles y celveza flía!

Micrófono en mano, el chino también inventó una especie de radio parlante. Pero si Tabasco hablaba hacia el afuera, quien mantenía la tensión dramática puertas adentro era su madre. Trinidad, durante la noche, narraba «espantos» y algunas de las historias ocurrían en el mismo escenario en donde estaban. A Olga no le gusta mentir por eso relata una sola experiencia sobrenatural que ella vivió, las canicas que caían desde las escaleras cuando el hotel estaba a oscuras.

«Mi madre contaba que se oía en la escalera del hotel el ruido de una canica cayendo. Pasaron los años, y yo ya de 15 iba subiendo las escaleras del hotel y las escuché. Pero no grité ni nada, porque me iban a descubrir». Olga iba a oscuras a visitar a un torero que se alojaba en el hotel, Heber Alarcón López, quien luego fuera su esposo. El casamiento entre Olga y el torero tuvo una matriz escandalosa. Cuando Tabasco descubrió el amorío los increpó. El Chino tenía la costumbre de usar un silbato para llamar a la policía. «Lo voy a denuncial y a ti te voy a encelal con un candad».

«¡Que se lo lleven a la cárcel y que me encierren! Pero el día que salga me voy a ir con él y nunca más me van a volver a ver», contestó Olga a su padre. «Deja que se vaya, pero que se vaya casada», dijo la madre. El episodio ocurrió a la madrugada y a la 1 de la tarde del otro día se casaron. Heber y Olga se conocieron un 12 de octubre y un 4 de diciembre se casaron, matrimonio que duró 51 años hasta la muerte de Heber, el torero que luego fue peluquero y que bautizó Ole a su negocio.

–¿Olga, qué piensa de la canción Hotel California?
–La letra no me ha llamado la atención. Ni el CD tengo. Nunca lo he tenido
–¿Es cierto que cantantes famosos llegaban al hotel?
–Recuerdo que se hospedó Fernando Fernández, el de acá, de Guanajuato. Y también José Alfredo Jiménez.
–¿Se acuerda de algún gringo?
–Yo tuve el libro de registros del hotel, pero tontamente me deshice de él.

Olga saca un álbum con fotos y recortes que su esposo el torero coleccionaba. Hay algunas que son antiquísimas: Tabasco, cuando aún era el señor Wong; Carmen de bebé –la primera hija del matrimonio– y sobre el final de la improvisada carpeta de cartulina verde hay una copia de un fax. El fax está firmando por el mismísimo Don Henley, el líder de la banda estadounidense, dirigido a Joe Cummings, un escritor gurú con casi cuarenta libros publicados sobre destinos turísticos. Es que Joe, luego de alojarse en el hotel, tuvo la misma incógnita. Una vez en Estados Unidos le escribió a la banda. La respuesta fue inmediata.

«Ni yo ni nadie de los Eagles nunca hemos tenido cualquier forma de asociación, ya sea por negocios o por placer con el Hotel California de Todos Santos». La negativa es contundente a pesar de las similitudes entre la letra, el espíritu y la perfecta descripción del espacio creado por el El Chino Tabasco. El fax puede ser el comienzo del final de un mito que se repite a voces entre los vecinos sudcalifornianos. O puede ser el final de una crónica que quisiera escribir algún día: la historia de un viaje en un oscuro camino del desierto, donde el viento golpee en mi cabeza, las luces trémulas, las campanas de la misión y las presencias indescifrables me digan: «Bienvenido al Hotel California, un lugar tan adorable del que nunca puedes irte».

En la estantería metálica hay un cuadro de Jesucristo, otro de la Virgen y varias figuritas de santos católicos. Junto a todos ellos, en la pared, un póster del Che Guevara: fondo rojo, silueta en negro, una estrella en la boina.

Édison Cosíos siempre fue un joven revolucionario. O así lo recuerda Vilma Pineda, su mamá… El 15 de septiembre del 2011, a las cinco y cuarto de la tarde, ella recibió la noticia más dura de su vida: su hijo tenía 17 años de edad y un policía le disparó una bomba lacrimógena directamente a la cabeza, mientras el muchacho participaba en una manifestación en contra del Gobierno de Rafael Correa.

Durante los siguientes seis meses, ella literalmente vivió en dos hospitales, el uno público y el otro privado. El diagnóstico final de los médicos fue devastador: ‘Estado vegetativo permanente’. Cuando ella decidió llevarse a su hijo, unos doctores le dijeron que no llegaría vivo ni a su casa. Otros, que viviría a lo mucho unos cuantos días más.

Han pasado tres años y medio y no solo que no ha muerto sino que Édison Cosíos ya ni siquiera pasa todo el tiempo acostado en su cama. Cuando entro en su habitación, pintada de un intenso azul pastel, él está en una silla especial, sentado junto a la ventana, recibiendo directamente el sol profundo del mediodía. Una especie de gorra de baño blanca cubre su cráneo, pero no logra disimular la hendidura provocada por el impacto de la bomba. Parece dormido.

“‘Edy, aquí está Alexis, él es periodista y quiere escribir sobre ti. Salúdale”. Sin la ayuda de nadie, el muchacho levanta la mano derecha y la extiende. Estiro la mía y él la aprieta con fuerza. “Hola, Édison. ¿Cómo estás?”, pregunto. Él hace puño la misma mano y levanta el dedo pulgar… Alcanzo a ver un escudo de la Liga de Quito. “¿Eres liguista? Yo soy barcelonista”. Habla su mamá: “Édison, ¿qué les haces a los barcelonistas?”. Y él levanta el dedo medio para hacerme la ‘mala seña’… Sonríe.

Sobre su cama está un letrero con su nombre en letras doradas y mayúsculas: ÉDISON COSÍOS. Abajo, un enorme cartelón lleno de fotos: con su familia, con sus amigos, con alguna novia… Ahí se ve a un joven blanco, delgado, sonreído, que dista mucho del hombre casi inmóvil y callado que está en la habitación. Junto al cartelón, muchos globos que han ido dejando las personas que lo visitan. El más grande tiene forma de corazón y la leyenda: “Quiero que mi cariño te acompañe por siempre”.

***

Al joven Cosíos la política le interesó desde pequeño pero nunca fue afín a ningún partido. En el Colegio Mejía formó el Movimiento Combatiente Alfarista y la primera vez que se postuló a la Presidencia del Consejo Estudiantil obtuvo muy pocos votos. Eso lo sabe bien Carlos Collaguazo, quien su compañero y lo define como su líder. “En el Colegio debíamos tener plata para hacer campaña, o vincularnos con algún partido. Y nosotros ni teníamos plata ni queríamos unirnos a nadie”.

Collaguazo estudia ahora Ciencias Políticas en la Universidad Central. Reconoce que Cosíos tenía “el don de la palabra”. “Podía convencernos de hacer algo solo con hablar. Hacía amigos con mucha facilidad, siempre estaba alegre. A veces, cuando alguien tenía que irse temprano, él le convencía para que se quedara en las discusiones de política o preparando las campañas”.

Por esos días, el Gobierno promulgaba el Bachillerato Unificado, que eliminaba las especializaciones en los colegios y definía que todos los estudiantes recibirían el mismo título. Con eso Cosíos nunca estuvo de acuerdo.

Los alumnos del Mejía habían decidido salir a protestar, pero el Movimiento Combatiente Alfarista, al que identificaban como MCA, decidió que no iría porque justo en ese momento estaban buscando apoyo para la segunda campaña de Cosíos rumbo al Consejo Estudiantil.

Las manifestaciones fueron fuertes el martes 13 y el miércoles 14 de septiembre y todo hacía pensar que la cosa empeoraría el fatídico jueves 15.

El Colegio Mejía es una construcción antigua, gigante y de paredes blancas. Eran casi las cinco de la tarde y Édison Cosíos les dijo a sus compañeros que debía ir a encontrarse con su novia. Se despidió y se fue sin haber participado de las protestas. Pero justo cuando estaba por salir del colegio, alcanzó a ver cómo los policías comenzaron a meterse por la puerta principal para reprimir a los estudiantes. En ese momento, tomó la decisión más cara de su vida: regresó, cogió un escudo con las siglas MCA y dio la orden: “Vamos a defender a nuestro Colegio”. “Édison le tenía una especie de ‘pica’ al Gobierno”, confiesa Collaguazo.

Las normas de seguridad pública mandan que los policías deben disparar las bombas lacrimógenas hacia arriba en un ángulo de 45 grados para que si llegasen a caer sobre alguien, a lo mucho le rompan la cabeza. Pero Collaguazo asegura que esa tarde los policías irrumpieron disparando directamente a los cuerpos de los estudiantes. “Hubo muchos compañeros que se salvaron de milagro. Édison incluso tenía el escudo y se quiso proteger pero creo que la bomba llegó tan rápido que no le dio tiempo a nada, le pegó duro en la cabeza”.

Doña Vilma Pineda nunca olvidará el momento en que sonó el teléfono. Su esposo estaba del otro lado y le dijo: “Tienes que salirte de donde estés porque al Édison le han disparado”.

***

La casa de la familia Cosíos Pineda queda en el barrio La Argelia, en el sur de Quito. Un lugar enquistado en las montañas, lleno de calles empinadas, muchas de tierra, otras empedradas, pocas adoquinadas y una pavimentada. La de ellos es adoquinada. Por esos lares no se respira esmog.

Cuando decidieron que el joven regresaría al hogar, el Gobierno hizo algunas modificaciones en la vivienda. Para entrar, hay que cruzar una larga rampa de cemento. La puerta de calle es de metal azul. Esa, la puerta de ingreso a la sala y la del cuarto de Édison tienen más de dos metros de ancho. Las hicieron así para que las camillas y la propia cama del joven pudieran entrar y salir cada vez que fuera necesario. Lo primero que se ve es la sala, enseguida la habitación de Édison, luego el comedor, la cocina y el resto de cuartos asoman tras un largo corredor. El piso es de cerámica blanca.

La sala es un lugar pequeño pero acogedor. Dos sillones y una mesa de madera en la que están fotos de toda la familia. El ventanal muestra en el fondo a un pequeñito Panecillo.

Antes del accidente, Vilma Pineda era operaria en una fábrica de ropa. Pero desde ese momento, su vida y su único trabajo es cuidar a su hijo. Al día siguiente del bombazo, los doctores le dijeron que tenía muerte cerebral. Y, aunque enseguida cambiaron su diagnóstico a un coma profundo, ella tuvo que estar “pegada” a su hijo todo el tiempo.

Las primeras semanas estuvo en el hospital Eugenio Espejo. Luego fue trasladado al De los Valles, que es privado, pero la cuenta fue asumida por el Estado. “Llegó un momento en el Eugenio Espejo, en que los médicos ya me querían mandar a la casa. Parece que no querían que mi hijo muriera ahí. Nuestro caso se hizo público y toda la gente estaba pendiente. Creo que ellos preferían que se supiera que murió en la casa y no ahí”.

Durante los meses de hospital, Vilma Pineda tuvo que resignarse a leer de todo en redes sociales. Sus otros dos hijos le mostraban que muchas personas le decían que debía ‘desconectar’ a su hijo. Y ella cree que eso era una muestra de ignorancia porque su hijo nunca estuvo conectado a nada.

También tuvo que escuchar a una doctora cuando le dijo: “Déjelo ir”. Y ella hasta ahora no comprende por qué se lo dijo. “Había mucha gente hablando y opinando sobre nuestro caso. Cuando yo estaba en los hospitales, llegaron varias personas a decirme: ‘A mí me pasó lo mismo’, ‘mi hijo está igual’… A expresarme su solidaridad. Personas que yo no conocía y cuyas historias ha permanecido en secreto. Yo estoy segura de que si mi caso no se hubiera contando, no hubiera recibido nada de ayuda, ni del Gobierno ni de nadie. Por eso yo soy muy agradecida del periodismo. Creo que los medios de comunicación han sido mis aliados en esta dura lucha”.

La última vez que Vilma Pineda vio a su hijo consciente fue en la mañana de aquel 15 de septiembre que jamás olvidará. Su esposo, ella y Édison se sentaron a desayunar temprano. El joven no les habló de los preparativos para su campaña, ni de las protestas de sus compañeros, ni de su cita con su novia por la tarde. Hablaron “de temas normales, de cualquier cosa”.

Luego, ella y su hijo se fueron juntos en el bus que pasa por La Argelia y se despidieron en la avenida Napo. Allí ella se bajó, le dio, como todos los días, su bendición, le dejó un beso y le pidió que se cuidara y que volviera temprano a la casa.

***

Todo cambió hace casi un par de años. La habitación de Édison tiene unos doce metros cuadrados. Hay una televisión, un escritorio con varios frascos de cremas y medicamentos, un archivero, un sillón donde pasan las noches las enfermeras y un ‘sofá cama’ donde Vilma Pineda y su esposo duermen cada noche desde que regresaron a casa.

Aquella mañana, la enfermera de turno y Vilma arreglaban la habitación, ponían crema en la espalda del joven y bromeaban. No recuerda sobre qué, pero recuerda que bromeaban. Y, de repente, con uno de sus chistes, Édison sonrió.

Yo no lo podía creer. Grité, salté, pedí que le tomaran una foto, pero no alcanzamos. Nunca había hecho ningún movimiento. Me emocioné mucho, grité como loca”, recuerda la madre.

Esa noche, cuando sus otros hijos, ambos mayores que Édison, llegaron a la casa, ella le contó todo a su familia. Su hijo se acercó a Édison, le tomó la mano y le dijo: “Si me escuchas, guambra, me vas a hacer lo que siempre me hacías cuando jugábamos”. Y fue la primera vez que Édison levantó su dedo medio para hacer la ‘mala seña’.

Luego de eso vinieron muchas sonrisas más. Muchos gestos. Hubo más apretones de mano. Cada vez ellos le hablaban más. La madre les contaba esto a todos los médicos que mandaba el Ministerio de Salud. Ellos se limitaban a leer la historia clínica, anotaban algo, o parecía que anotaban algo, pero nunca dijeron nada.

Una vez un doctor “jovencito” llegó a la casa y, cuando Vilma Pineda salió de la habitación, aprovechó para preguntarle a la enfermera qué tan cierto era lo que decía. “Luego, la enfermera me lo contó. Como ellas han sido testigos de todo lo que ha pasado, cuando el médico le preguntó, ella contesto: ‘¿O sea que no nos cree?’. Luego le pidió a Édison que saludara al doctor. Y él lo saludó. Le pidió que le apretara la mano y el se la apretó… Ahí en el baño el doctor se daba contra la pared diciendo: ‘no es posible, no es posible’”.

Este joven doctor pidió ese día la visita de un neurólogo, un especialista que pudiera hacer una mejor valoración. Esa fue la mejor noticia que Vilma Pineda recibió en mucho tiempo. Se hizo ilusiones pero no pudo evitar también ponerse triste, porque comprendió que hasta ese momento nadie le había creído ni le habían tomado en serio. “Debían haber estado pensando que yo estaba loca, que veía lo que quería ver”.

Llegó entonces un médico de más experiencia, y más años, enviado desde el Estado. Pero cuando llegó, leyó la historia clínica y terminó con la ilusión en menos de un minuto y de la manera más brusca. “¿Para qué me manda a llamar, señora? –dijo-. Usted sabe que su hijo no se va a recuperar. Lo que está haciendo son cosas normales dentro de su condición”. Y eso fue todo.

Esa noche la madre de Édison sufrió. Se sintió devastada. Pero al siguiente día decidió que no se iba a dejar vencer. A él le encantaba la música de un grupo de cumbia que se llama La Vagancia. A través de una sicóloga, consiguió su contacto y logró que fueran a la casa, con todos sus instrumentos, y le dedicaran un concierto privado. “Ese día mi hijo se rió más que nunca. Fue increíble, parecía que quiso levantar los brazos para aplaudirlos”.

Daniel Hinojosa tiene 28 años y es vocalista de La Vagancia desde su inicio, hace ocho. Describe cómo Édison movía sus manos, sus brazos, gesticulaba, reía… “Fue uno de los momentos más emotivos y gratificantes que hemos tenido. Ese día teníamos un compromiso y llegamos tarde porque nos quedamos siquiera unas dos horas en la casa de Édison, con su familia, sus amigos”.

Desde esa tarde vinieron muchas mejoras. Cada vez más respuestas, más sonrisas, comenzó a abrir el ojo derecho hasta la mitad …

Un día, el presidente, Rafael Correa, hizo una visita sorpresa. Llegó con varios ministros. “La primera vez que el Presidente vio a mi hijo, vio prácticamente un esqueleto. –Explica Vilma- Lo primero que le sorprendió fue que encontró a un chico bien ‘papeado’, con un buen semblante. Pero se sorprendió todavía más cuando le dije a mi hijo. ‘Édison, aquí está el Presidente, salúdale’”.

El muchacho le saludó, se rió, y le respondió un par de preguntas con su mano. Correa le recriminó a su Ministra de Salud por qué no le había informado acerca de estos progresos. Ella le respondió que tampoco nadie le había dicho nada. El Presidente pidió que desde ese momento un “buen” especialista de un hospital privado lo atendiera.

Este nuevo médico sí se tomó el tiempo para verificar los progresos del joven y le dijo a la familia algo que volvería a cambiarles la vida: “Édison ya no está en estado vegetativo, ahora tiene un nivel de conciencia mínimo. Yo no les puedo garantizar que alguna vez se levante, pero evidentemente está mejorando”.

***

Édison Cosíos mide un metro ochenta de estatura y su peso de toda la vida bordeaba los 60 kilos. Pero cuando salió del Hospital de los Valles pesaba 25. En su celular, Vilma Pineda guarda fotos de ese momento. Imágenes en las que, en efecto, más parece que se ve un cadáver. La piel tan pegada al esqueleto que es como si no hubiera nada más en medio.

Ahora, ha vuelto a sus 60 kilos, tiene de nuevo su color de piel y si no fuera por la hendidura en el cráneo y un orificio en el cuello por el que logra respirar, podría parecer que solo está dormido.

En el último año han pasado muchas cosas. El nuevo médico comenzó a darle una medicación que estimula la actividad cerebral. El celular de Vilma Pineda es como una especie de testigo. Ahí hay fotos en las que Édison está comiendo un chupete o bebiendo una cerveza con su propia mano y sin la ayuda de nadie. Hay fotos de las celebraciones de sus dos últimos cumpleaños, la casa llena de amigos, de tíos, de primos. Y hay fotos de la primera salida que hizo la familia, como familia, en mucho tiempo. Tomaron a Édison, dejaron en la casa la silla especial de posturas, lo sentaron en el asiento trasero de su auto con el cinturón de seguridad y se fueron al Quinche.

Vilma Pineda sabe que esta ha sido la batalla más dura de su vida. Y ha decidido librarla en estas cuatro paredes. Ella es pequeña, delgada y de pelo corto. Habla pausado y tiene voz dulce. Ahora ya casi no llora. Cree que es verdad aquello de que las lágrimas se acaban. Que casi casi ha llorado todo lo que podía llorar.

Ya casi nunca sale de su casa, por no decir nunca sale de su casa. Su día empieza a las seis de la mañana. Entonces tiene que levantarse y, con la ayuda de la enfermera, hacerle a Édison los primeros ejercicios de rehabilitación física. Él come a través de una manguera, una especie de sonda que le llega directamente al estómago. Y debe hacerlo cada tres horas. Ella le prepara de todo, desde huevos para desayunar, hasta un corte de la mejor carne para almorzar, con frutas, legumbres. De todo, pero todo licuado. Cada comida es todo un proceso porque hay que dársela con el ritmo adecuado para que no le vaya a hacer vomitar.

Todos los días, Édison recibe de su madre un baño de esponja. Durante el día, siempre, vienen al menos cuatro personas a hacerle terapias físicas y sicológicas. En la mañana, él permanece en su silla, cerca de las ventanas, o recorriendo la casa, o tomando el sol. Al mediodía, su madre le pone noticieros en la televisión. Es un espacio de relajación. Por la tarde, vuelve a la cama y entonces su mamá tiene que estarle cambiando constantemente de posiciones y poniéndole crema en el cuerpo para que no se le vaya a lastimar.

El día termina a las diez de la noche, cuando Édison recibe la última comida y todos se van a dormir. Así es la vida.

El neurólogo Braulio Martínez revela que el estado actual del joven se llama: ‘nivel cognitivo mínimo’. Dice que lo que está haciendo la familia es lo correcto, tratando de llevar la vida lo más ‘normal’ que permita la situación. Pero también es tajante al decir que es muy complicado hacer un pronóstico. “Nosotros nos basamos en probabilidades. La mayoría de probabilidades son que no se recupere. Pero el cuerpo humano no es matemático, tampoco es imposible”…

***

El policía que disparó la bomba fue sentenciado primero a ocho años de prisión, pero luego la Corte Nacional de Justicia le bajó a cinco años la condena, que aún sigue cumpliendo. Vilma Pineda casi no quiere hablar de él. Se confiesa creyente pero el dolor lo siente cada día de su vida y no se considera capaz de perdonar.

Muchas veces se ha preguntado si los días de su hijo pueden llamarse realmente vida. De hecho, si a ella le pasara lo mismo, no quisiera vivir así. Pero esta es una guerra que quiere librar.

No puedo negar que tengo la ilusión de que un día mi hijo se levante y vuelva a ser el de siempre. No importa cuánto tiempo pase. Pero también es cierto que todos los días convivo con el miedo de que se muera. Cuando yo me lo traje a la casa, le dije a Dios: ‘En tus manos pongo a tu hijo, que un día me prestaste’. Los doctores me dijeron que no viviría más allá de unos días y aquí sigue y está mejorando. Creo que es por algo, creo que mi hijo tiene un propósito aquí. Y mientras él siga luchando, yo seguiré luchando también…”