La señora que sirve café en la central de buses de Montevideo siempre sabe de qué va a hablarle un extraño. «A veces es más fácil hablar con un desconocido», me dice Raquel Quirque, una desconocida con tres letras Q en su nombre. Se ha sentado en una sala de espera de Tres Cruces, la terminal de viajeros de Uruguay, tras horas de pie en Del Andén, un café en el ombligo de esta central de transportes donde ella dice buenos días, azúcar o edulcorante, con la voz de una tía que sirve el desayuno sin prisas. Raquel Quirque es rubia, Sagitario, viste de negro, responde su teléfono con el ringtone del himno del Club Atlético Peñarol y se despierta antes de las cinco de la mañana. A esta hora del almuerzo, su esposo está tras el volante de un bus en una carretera como chofer de la Compañía Oriental de Transporte. La boletería queda frente al lugar donde ella sirve café a los pasajeros y el hijo de ambos trabaja en el departamento de encomiendas de la misma compañía. No es casualidad: se llama familia. La Señora Q ha acabado su turno en la cafetería y no deja de abrazar el termo que usa para tomar mate. Su marido le trae la yerba desde el interior de Uruguay, desde donde lleva a esos desconocidos que cada día se acercan a hablar con ella. Toda la vida de Raquel Quirque gira alrededor de Tres Cruces. «Voy a un supermercado y en vez de preguntar ‘¿cuánto es?’, digo: ‘¿algo más?’. Suena el teléfono de mi casa y digo: ‘Café del Andén, buenas tardes’». Su cortesía en piloto automático anuncia una alegre fatalidad: quiere envejecer sirviendo café en Tres Cruces.

—Yo tengo un dicho que es «De acá al BPS o al Norte».

El BPS es la caja estatal de jubilaciones de Uruguay. El Norte es el cementerio más grande de Montevideo.

—Me jubilo o me muero acá —dice—. Pero buscarme otro trabajo, no.

La terminal de Tres Cruces tiene en su puerta principal un cartel de bienvenida: AQUÍ SE ENCUENTRA UN PAÍS. Los carteles de bienvenida suelen ser demagógicos. Si uno es extranjero y llega un domingo a un Montevideo de calles desoladas, es posible que se pregunte dónde están todos los uruguayos. Si va ese mismo domingo a la medianoche a Tres Cruces, tendrá la respuesta: todos los uruguayos están allí. El paisaje humano es bastante homogéneo y con cierto color local: gauchos con teléfonos inteligentes y ejecutivos adictos al mate. Gente rebuscando entre sus bolsillos el boleto de viaje, llevando niños con una mano y maletas con la otra, matando el tiempo con un cigarrillo, durmiendo en la sala de espera con la boca abierta, universitarias llegando tarde con sus boletos en la boca. Señores cargando trajes a la espalda para evitar que se arruguen, viajeros con mochilas del tamaño de un chico gordo de once años, señoras ahorcándose con bufandas. Un turista caminando de memoria con un folleto de viajes, músicos despeinados con guitarras en estuche negro, jóvenes extraviados buscando a alguien, pasajeros tragando comida rápida en marcha, mamás esperando a sus hijitas con muñecas en la puerta de un baño. Hombres que aún usan relojes y las manos en los bolsillos, mujeres ejecutivas arrastrando maletas con cadencia y estilo, una chica con un parche en el ojo por una cirugía. Tipos rapados andando como si alguien los persiguiera, niños rapados por la quimioterapia en sillas de ruedas, hombre negro y mujer blanca besándose. El señor que ha metido varias monedas a un teléfono público y dijo hola-hola en vano, un bombero serio y con uniforme azul marino, un muchacho con la camiseta del Gremio de Porto Alegre y otro con la de Boca Juniors, epidemias de viejos con gorras de béisbol, manadas de adolescentes con audífonos, familias que se abrazan como si fuera la última vez. Viajan por los diecinueve departamentos de Uruguay, un territorio que puede atravesarse en menos de medio día por bus, que es cien veces menor que el tamaño de Rusia, un kilómetro cuadrado más grande que Surinam y cuya población entera equivale a los nacidos cada año en el vecino Brasil. Es un país llano y diminuto, sin futuro para los aviones de pasajeros, la tierra prometida para un empresario de transportes de ómnibus. Casi la mitad de los uruguayos vive en Montevideo. En 2011 la terminal-shopping recibió veintiún millones de visitas: siete veces la población de Uruguay. Tres Cruces, «donde se encuentra un país», no es un cartel demagógico: es un teatro para un antropólogo del viaje breve. Un laboratorio de conversación con desconocidos.

—Y vos, cuando tomás un café, conversás —dice la Señora Q—. El mate es más personal.

La Señora Q es una etnógrafa involuntaria. Durante casi dos décadas ha observado a viajeros y compradores en Tres Cruces, una terminal que ya es mayor de edad. No impone ella la distancia de la cortesía: contagia la cercanía de la confianza. Cuando conversa, mira a los ojos. El Café del Andén tiene dos locales: el del primer piso, dominado por las boleterías y las salas de espera de los autobuses; el del segundo, donde venden postres entre las demás tiendas del shopping. Raquel Quirque llega a trabajar al amanecer y se va a la hora del almuerzo. Inyecta de agua caliente los termos para beber mate. Los clientes le piden tortugas, unos panes redondos con jamón y queso. Le piden también medialunas, esos bizcochos que de lunar no tienen nada. Sin embargo, la verdadera ocupación de la Señora Q es mirar: ver lo que, a fuerza de tanto ver, ya no vemos. O lo que es igual: ver lo que preferimos no ver. Por ejemplo, cosas de vida o muerte. Toda la gente del interior tiene que pasar por Tres Cruces para curarse. La terminal queda cerca de varios hospitales, incluyendo uno de niños con cáncer. Y ella ve a los enfermos. Ve la angustia de los padres. Ve cómo se va curando un niño. Ve cuando dejan de venir. Tomar demasiado café tiene mala prensa. Pero ella dice que servir café en Tres Cruces le ha cambiado el cerebro.

—De qué puedo quejarme si tengo salud y trabajo —dice la Señora Q—. Acá ves problemas reales. Si los comparás con tu vida, soy Alicia en el País de las Maravillas.

Alicia en el País de las Maravillas nació en Minas, una ciudad más calmada que Montevideo, que ya es más calmada que casi todas las capitales del mundo. Los uruguayos tienen un temperamento de bajo voltaje que sufre metamorfosis explosivas cuando acuden al estadio Centenario. La reputación de un país diminuto que produce vacas felices, fanáticos del fútbol y melancolía. Es un país de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos, a quienes se les atribuye cualidades de suizos y portugueses. La sentencia «triste como uruguayo contento» es un chiste que encanta a los argentinos. Los uruguayos deslindan todo el tiempo que no son argentinos, igual que los canadienses se cansan de que los confundan con los gringos. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de las tres Américas, el carnaval teatral más largo e inofensivo del mundo, y uno de los presidentes más viejos y austeros del universo. «Somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad», dijo José Mujica, que nació el mismo año en que murió el tanguero Gardel, a quien los uruguayos reclaman uruguayo. El presidente dice que sus paisanos aman la vida en minúsculas, la serenidad y los afectos. En Tres Cruces hay más afectos que serenidad.

—Es divertido el trato con la gente —dice la Señora Q—. Aunque haya momentos que te apabullan.
—El del interior te pide por favor —dice Natalia Benavides, quien ha trabajado en Atención al Cliente—. El de la capital te exige.
—El del interior es más amoroso y previsor —insiste la Señora Q—. Siempre le sobra el tiempo. Un montevideano vive más apurado.

Ver un rostro entre miles todos los días y entre todos ellos recordar un solo detalle. Una biografía en un solo pestañeo.

—Hoy la gente está más agresiva —dice ella sin parpadear—. No sé. Alguien puede tener más problemas que yo y no lo discuto. Pero nunca se lo increparía a un desconocido.

La Señora Q mira con ojos maternales, de esos que no puedes engañar.

—Dicen mis compañeros que, cuando los rezongo, pongo los ojos duros. Como que no parpadeo.

Un chico que trabaja en el café le aconseja una sola palabra.

—Parpadeá.

***

El jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, un hombre acostumbrado a resolver líos entre más de cien conductores de autobuses, no tiene automóvil. Prefiere ir a pie. «La primera vez que me senté en un volante —dice— fue arriba de un bus». Empuñando un radiotransmisor, Osvaldo Torres dirige el tránsito en las calles lluviosas que rodean a Tres Cruces un viernes al final de la tarde. Es la hora punta. «La terminal es un enorme rompecabezas —me dice en botas de hule— que debemos armar continuamente». Los paraguas son parte del panorama, y Torres lleva un impermeable de color fosforescente. Los transeúntes caminan ensimismados y pensativos bajo el agua. Cuando no son torrenciales, todas las lluvias parecen uruguayas. El país tiene distancias tan breves que todos los días miles viajan de ida y vuelta entre la capital y el interior. El hormigueo crece los principios y fines de semana. Hay días y horas en que ingresan a la terminal tres ómnibus por minuto. Horas en que los habitantes del país se encuentran, pero también se tropiezan. «Me gusta andar así entre la gente», dice Torres, el señor del tráfico pesado. Cada viernes, entre seis de la tarde y siete de la noche más de cien ómnibus entran y salen de cuarentaiún plataformas en una sola hora. «Es el momento más importante de la semana y lo disfrutamos», dice con cara de viernes. «Se nos carga el cuerpo de adrenalina». Ha bajado de su discreta torre de dos pisos, desde donde un equipo de controladores avista el caos sobre ruedas. Torres tiene el talento de mando de un general. Podría hasta dirigir la lluvia.

—Me gustan los que comandan un grupo humano que va al frente —dice el jefe—. La gente que manda y predica con el ejemplo.

Torres siempre quiso ser un militar, pero el destino le fue imponiendo ironías y azares. Fue guía de turismo en la Organización Nacional de Autobuses, una empresa de transportes cuyo ícono era un galgo a lo Greyhound. Explicaba desde la historia de una ciudad hasta la morfología de una catarata. Un día de esos hubo que correr un camión y él estaba allí. El destino siempre le dio oportunidades: una tía se había casado con un marino que llegaría a ser comandante en jefe de la Armada, y de niño iba con frecuencia a casa de ellos. Una noche, cuando tenía diez años, se quedó a dormir allí y se tiró en el jardín a mirar el cielo. Fue cuando su tío, el comandante del mar, le señaló una estrella, una de las favoritas de los navegantes, la de más fulgor en la constelación de Tauro. Hoy una de las hijas de Torres lleva su nombre: Aldebarán. Nunca olvidará esa noche. «Soy un marino frustrado», admite. En algún momento, pasó por su cabeza ingresar a la escuela naval. Torres es un almirante imposible.

—Hasta hoy —dice— me pregunto por qué no lo hice.

A las seis y cinco de la tarde, Torres se mueve como una autoridad del tránsito bajo la lluvia. Dirige la calle zigzagueando entre una fila de once buses. Tras ellos se avistan unos más. Los rostros de la gente mirando por la ventana de los buses son retratos aburridos: caras con vaho en el vidrio, caras de recién despiertos, caras de sólo existe la música en mis audífonos, caras de ojalá vengas a recogerme. Los ómnibus aparecen uno tras otro y eliminan toda la visibilidad de otros coches. Las empresas tienen nombres de espías como Agencia Central, playeros como Turismar, mayúsculos como CITA y COT, geográficos como Paysandú o amables como Bonjour. Tienen eslóganes clásicos —«Nos encanta llevarte»— o prometen conexión a Internet desde sus puertas. Todos están obsesionados por convertir sus autobuses en camas de hotel. Para el jefe de la Torre de Control las distinciones no existen. Ejerce su comando en diez mil metros cuadrados de territorio. Una vez, uno de los choferes había abandonado un ómnibus en la terminal más tiempo del prudencial sin reportárselo.

—Me tuve que extralimitar —dice como disculpándose—. Le tuve que decir que, estando dentro de la terminal, incluso para ir a cagar me tenía que avisar a mí.

A las seis y treinta de la tarde, hay una legión de pasajeros esperando irse.

Señores revisando su boleto por si se equivocan.

Chicas con maletas muy floridas o muy negras.

Gente abriendo sus paraguas contra el cielo.

El Almirante Imposible ve desfilar en la pantalla de su computadora fotos de buques abriendo fuego. Ve desfilar fotos de sus tres hijas y nietos, a unos compañeros del transporte, citas que le gusta leer en voz alta, ciudades como Río de Janeiro, mujeres como Marilyn Monroe y la Madre Teresa, boxeadores como Cassius Clay, cantantes como Frank Sinatra, militares como el general Patton. En la serie de retratos que desfilan por su pantalla tiene también la fachada de una boletería en la terminal a la que enviará un e-mail de reproche. «Una de mis tareas es preocuparme de que los locales tengan una estética». Tiene una gata llamada Maika, a la que encontró en la calle. Es fan del Defensor Sporting Club porque no le gustan los clubes que siempre ganan. Le fascinan las teorías de conspiración: se acuerda dónde estaba el día y la hora que mataron a Kennedy. Fuma cada vez menos, pero fuma todavía un paquete de diez cigarrillos al día. Fuma más a partir de que oscurece. Tiene amigos de bar, pero sobre todo uno lejano y favorito: un primo hermano que fue traductor de las Naciones Unidas y con quien conversa por Skype. Su madre, que tiene noventa años, se llama Valkiria y la tiene en una casa de ancianos. Su esposa es cajera de una de las empresas de transporte. Torres va a cumplir sesenta años, la edad legal para jubilarse.

—No —dice—. Esto es lo mío.

***

Nadie sueña con incendios una madrugada de Navidad. El 25 de diciembre de 2010, Torres, el jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, dormía a doscientos kilómetros de Montevideo hasta que alguien le dio la noticia del fuego. «Es como si a un capitán le avisaran que le han hundido el barco», recuerda Torres. «Uno se siente a la deriva». El incendio había estallado minutos antes de las dos de la mañana, en el entrepiso de una tienda de zapatos y un local de ropa deportiva. Eduardo Robaina, el Jefe de Operaciones de Tres Cruces, que había trabajado todas las navidades de los veinticuatro años anteriores, interrumpió su descanso de la que iba a ser su primera Navidad libre: estaba en la casa de su madre, en Canelones, a cincuenta kilómetros al norte de Montevideo. «Después de llamar a los bomberos, me llamaron a mí». El fuego estaba convirtiendo en cenizas nueve tiendas del shopping. La Señora Q no supo del incendio hasta esa mañana. «Fue como si se me fuera el alma del cuerpo», dice, y no volvió a Tres Cruces hasta dos días después. «Fue un regalo nefasto de Papá Noel», dice Pablo Cusnir, el gerente de marketing. «Nos sacó a todos de nuestro sueño cuando estábamos fuera de Montevideo. Y mi mujer estaba embarazada». Esa mañana, Osvaldo Torres, que había dispuesto todo para volver a trabajar dos días después, regresó a su torre y la encontró convertida en un gabinete de crisis: el presidente del directorio Carlos Lecueder, el vicepresidente Luis Muxi, el gerente general Marcelo Lombardi discutían qué hacer. «Estos hombres van a tener que conducir el naufragio o dirigir el rescate», se dijo el Almirante Imposible. Y el gerente general, que esa madrugada celebraba una barbacoa con más de cincuenta invitados, enrumbó hacia la terminal. Nunca se descubrió el origen del incendio. Los bomberos apagaron el fuego a las siete y media de la mañana.

—Uno se enfrenta con situaciones que son más o menos conocidas —dice Lombardi—. Esto era absolutamente desconocido.

En Navidad siempre hay incendios, pero los incendios pertenecen al gobierno de lo inesperado. Lombardi cree que pudo haber sido un fuego artificial caído en el techo. O un cortocircuito en el aire acondicionado. Lo que no destruiría el fuego lo arruinarían el humo y el agua. El hollín y el olor a quemado aplastaron el aire. Después del incendio, hubo que arremangarse los pantalones. «Uno sabía todas las mañanas al levantarse que el día iba ser horrible», dice Lombardi. «Lo único que había todos los días era docenas de problemas». Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche. «Vi cómo había quedado: los bancos de madera seguían armados pero hechos carbón, y todo estaba inundado», recuerda la Señora Q. «Los locales se habían convertido en agujeros negros». Ana Claudia Casas, administradora de Óptica Lux, uno de los nueve comercios que perdieron todo, recuerda desde sus anteojos: «Es como si hubiera caído una bomba. Todo negro. Fierros torcidos por todos lados». Lilian Lerena, una vecina que hace sus compras en Tres Cruces, lo resume así: «Vi mucho humo, pero más tristeza». Fue una tragedia sin muertos ni heridos, con unos siete millones de dólares en pérdidas. «Siempre tuve la necesidad de entrar al local y encontrar algo», recuerda Casas, quien administra la óptica. «Una patilla, un lente, no sé. Necesitaba encontrar algo tal como había quedado». Tenía cientos de anteojos allí. Las gafas de sol se venden más en Navidad.

—¿Y tu mujer te hablaba por teléfono? —pregunto a Lombardi.
—Sí —responde—. Pero con monosílabos.

Esa Navidad, cuando el gerente general de Tres Cruces volvió a casa, sus hijas ya estaban dormidas. Adiós vacaciones. No habría ganas de celebrar el fin de año. Debían improvisar soluciones urgentes para que el servicio de autobuses no se detuviese, informar sobre las pérdidas a los comerciantes, reconstruir el shopping. Primero idearon un lugar de entrada y otro de salida de los autobuses. Cuando uno baja de un ómnibus, sólo se va. Pero cuando uno sube, debe identificar el coche. No puede equivocarse. Las partidas de ómnibus tenían que continuar desde Tres Cruces. El mismo día de Navidad armaron una terminal de llegadas en un estacionamiento frente al Estadio Centenario. Tenían botellones con agua para los pasajeros, baños químicos, una sala de espera en el asfalto, música y altavoces, carpas para protegerse del sol y hasta un carro de chorizos. Fue una terminal de campaña. El público lo entendió. Pero en Tres Cruces, a unas cuantas calles de allí, todos los medios de prensa exigían novedades del servicio. «Una situación de emergencia exige verticalidad y todo el equipo se adaptó», cuenta Lombardi. «Las decisiones se tomaban y no se discutían: se ejecutaban». Fue una improvisación colectiva entre vecinos, autoridades y comerciantes. En un mes, a fines de enero de 2011, la terminal volvió a correr en un ciento por ciento, y en cinco meses se reabrió el centro comercial. Hubo que reconstruir una treintena de unos cien locales. El shopping volvió a ser un lugar de fantasía.

—Más que pesadillesco fue inolvidable —dice Torres.

Un incendio ayuda a desajustarte el cuello. Para Pablo Cusnir, gerente de marketing, hombre de acción y de ventas, ir a trabajar con corbata era necesario para un ejecutivo, como un chef se pone el delantal para cocinar. Había enterrado su pasado de melenudo hijo de una peluquera, de tronco incapaz de meterse en una camisa, de pies histéricos contra los zapatos. Cuando no llevaba corbata, Cusnir se sentía muy incómodo de tratar con otros comerciantes. En las semanas posteriores al incendio, nadie en Tres Cruces se preocupó demasiado por volver a los trajes. Elegían un pantalón digno para caminar entre los restos del fuego. Era verano y el incendio acostumbró a Cusnir a andar sin corbata. Meses después, el gerente de marketing cambió el timbre de llamadas de su teléfono. Había empezado a odiarlo. Desde el día de la tragedia, cada vez que lo llamaban a su teléfono era el ruido de un problema. Lo llamaban su esposa o su madre y más líos. Lo llamaban desde las seis y treinta de la mañana hasta las once de la noche para contarle más problemas. Ya lo tenía asociado: el timbre de su teléfono sólo anunciaba un lío tras de otro. Un día, en una reunión de trabajo, el ruido del teléfono de uno de los presentes lo crispó. Era el mismo timbre de su teléfono los días posteriores al incendio. Un fantasma en forma de ringtone.

—Era como un vacío —dice Cusnir—. Se me ponía la piel de gallina.

El gerente de marketing buscó otra melodía.

Hoy contesta con rock&roll.

El único hombre que una mujer espera conocer tras un incendio es un bombero. Hay excepciones que se oponen a esta lógica. Dos días después de esa trágica Navidad, Natalia Benavides, una mujer rubia y alta que trabajaba en el departamento de Atención al Público, acudía a la terminal improvisada en el estadio Centenario para recibir a los pasajeros. David Souza, un cajero de la empresa de ómnibus General Artigas, más bajito que ella, iba al mismo lugar para recibir a los buses de su compañía que llegaban desde Brasil. «Traté de ser amable y le dije que hablaba otros idiomas, que cualquier cosa me consultara», dice ella. «Vio que yo tenía dificultad para hablar portugués», dice él, «y aprovechó para lucirse diciendo que hablaba distintos idiomas». Él empezó a invitarla a salir; ella no quería. Él insistía; ella se disculpaba. Él nunca había tenido una historia estable con nadie; ella pensó que nunca podría estar con alguien como él. Un día antes de acabar el año, ella ofreció darle el número de teléfono de cualquiera de sus compañeras si él aceptaba llevar en su moto a un amigo que le compraría cigarros. Él dijo que lo llevaba pero que sólo quería el número de ella. Ella no le dio ningún teléfono; él le pidió su número al amigo. Él empezó a escribirle mensajes; ella empezó a responderle. Ella y él compartieron el mate. Ellos tuvieron un hijo. Ellos se conocieron por un incendio. Allá ellos.

***

Todos creen que la Señora Q conoció a su marido en Tres Cruces. El prejuicio se disfraza de fantasía: tiene algo de lírico y aventurero conocerse en el paradero de un autobús y mejor si llueve. Pero cuando Raquel Quirque, la Señora Q, empezó a trabajar en el Café del Andén, ya llevaban nueve años y una nena juntos. Había trabajado en una pizzería del Montevideo Shopping, donde conoció a los futuros dueños del café. En verdad, había trabajado en todos los shoppings de Montevideo. «Una terminal de buses es especial», dice la Señora Q. «Es otra gente, otro movimiento, otra curiosidad. Quería trabajar en Tres Cruces». El dueño del Café del Andén es un médico. Entonces era el doctor que iba a las casas de los trabajadores de la Compañía Oriental de Transportes para confirmar si estaban enfermos. Un día fue a casa de ella para controlar la salud de su esposo. El marido había empezado a trabajar en el garaje de la COT: llevaba los camiones al lavadero y los devolvía al estacionamiento. El enfermo se convirtió en chofer cuando inauguraron Tres Cruces, y ella en la Señora Q. Dormir con un conductor de ómnibus es a fin de cuentas procurar que en la carretera nunca se vaya a quedar dormido.

—Es una gran responsabilidad mantenerse despierto —dice ella, parpadeando.

Hay alguien que sabe bastante de choferes sin tener que dormir con ellos: Julio Sánchez Padilla es propietario de la empresa de transportes CITA y unos de los fundadores de Tres Cruces. Hay en su figura de patriarca y en su biografía la sospecha de que sabe demasiado: juez de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Roma y Tokio, récord Guinness por dirigir sin interrupciones el programa televisivo de fútbol más antiguo del mundo —Estadio 1, todos los lunes desde 1970—, y un guerrero sobreviviente de dos infartos. Sánchez Padilla cuenta historias con la pausa de quien sabe que es escuchado. Décadas de polémicas televisadas entre el bien y el mal, décadas de convivir con choferes que cargan vidas y toneladas. El Señor del Récord Guinness recuerda sobre todo a uno de sus conductores de ómnibus, un tal Febres. Dice que era un tipo elegantón, prolijo y puntual. Dice, además, que ya ha muerto.

—No hay más choferes como Febres —lamenta el Señor del Récord Guinness—. La gente se toma sin amor la tarea por la que en algún momento pidió por favor.

La Señora Q, que lleva durmiendo más de veinticinco años con el mismo chofer, cree que no hay conductores como Montiglia, su marido al volante de un Scania. Tiene un hijo que trabaja tan despierto como su padre en el Departamento de Encomiendas de Tres Cruces. Tiene una nuera que también trabaja en Encomiendas en Tres Cruces. Y tiene una hija que trabaja en una tienda de ropa, que no está en el shopping de Tres Cruces pero que va a visitarla a Tres Cruces. Hay miles de estudiantes universitarios que viajan casi todos los fines de semana al interior, y miles de ellos recibiendo encomiendas de sus padres: cajas con comida, ropa arreglada, animales. Y van a Tres Cruces por esas cajas, por la camisa planchada, por el guiso que el viernes les hizo la madre. Van desesperados en busca de esa caja. Van a romper lo que la envuelve. Es una caja de la conexión con la tierra. Enviar una encomienda sigue siendo enviar una caja. La comida favorita de mamá no se puede enviar por Internet. Y en Uruguay todos los viajes son cortos. Por eso los guisos llegan bien.

Su hijo, que trabaja entre guisos ajenos, ve a veces más animales que gente.

—Ve pollitos casi a diario —dice la Señora Q—. Pollitos en vaivén. Van y vienen en cajas con agujeros.

Su hija, la única del clan que no trabaja en Tres Cruces, también va a la terminal.

—Pero viene a ver a la madre —me dice la madre.
—¿De qué habla con su marido todos los días?
—De todo, menos del trabajo. A pesar de que él lleva a tantos pasajeros, yo soy quien conversa más con la gente.

Hay quienes vuelven a casa para olvidarse del trabajo.

Hay quienes hacen de olvidar todo un trabajo.

Samantha Navarro tiene una canción de Tres Cruces.

No es cumbia. Ni tango. Ni candombé. Es desamor.

La cantante tiene un cabello frondoso y ondulado como sus canciones. Y dice así: ♫Terminal Tres Cruces/grissssss amanecer/toma tu mochila/no te quiero ver♫. Se trata de un amor de verano, de una despedida. ♫Terminal Tres Cruces/ que te vaya bien/ yo te quise tanto/ pero ya no sé♫. Deseo. Desengaño. Duda. ♫Y ahora estoy perdiendo tooooodo lo que encontré/y me estoy odiando♫. El remate de la canción dice: ♫Y me estoy sangrando♫. Tres veces. Tres Cruces. Crucifixión. El personaje de la canción, según ella, no es ella, aunque todos creamos que es ella. Es un personaje mixto que compuso oyendo historias de despedidas. «Quise tratar toda la terminal como si fuese una sola persona», se explica. «El personaje que me inventé siente que no va más a ser capaz de amar». Lo que no inventa Navarro es que Tres Cruces ha atravesado su vida como sus más de trescientas canciones. Cuando era niña, tomaba un ómnibus que pasaba por el descampado donde iban a construir la terminal. Estudió guitarra, química, antropología. Es sumiller, escribe cuentos de ciencia ficción, canta. Cuando viaja a dar conciertos en el interior, Samantha Navarro sube a un autobús de Tres Cruces. Desde la ventana del ómnibus de su infancia vio cómo movían una plaza cuando construían la terminal. Por entonces trabajaba de secretaria y estudiaba química en la universidad.

—Era como un lugar de perturbación cuántica —recuerda la cantante—. Un movimiento de máquinas y de cosas que yo jamás había visto.
—Se creó un nuevo centro de la ciudad —dice el Señor del Guinness.
—¿Qué hace usted cuando va a la terminal? —pregunto.
—Sólo saludar —añade él—. Nada más. Porque todo el mundo está en movimiento.

El Señor del Guinness tuvo en su poder la maqueta de Tres Cruces cuando allí aún no sucedía nada. En 1990, años antes de su inauguración, Julio Sánchez Padilla era el Señor del Transporte en Uruguay. «La terminal era lo fundamental», insiste. «El shopping, lo accesorio». Dos décadas después llegó el incendio. El ex presidente de la Asociación Nacional de Transportistas, quien conoce de infartos, sabe que una tragedia puede convertirse en un estilo de resucitar. Hoy Tres Cruces luce sin mamparas, sin albañiles, sin ruido. Lo que La Cantante del Pelo Frondoso veía por la ventana del ómnibus cuando era niña es hoy otra canción. No es más bulla bruta: es orquesta fusión, escenario de encuentro y despedida, ensayo de laberinto. Los habían insultado por querer construir una terminal allí. El día de la inauguración de Tres Cruces, Sánchez Padilla colocó una placa dorada en el hall principal. Dijo un proverbio conocido: «Las grandes obras las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos». Toda frase entre comillas demanda enemigos para su futuro. El Señor del Guinness es un militante de Peñarol —«a usted se lo puedo decir porque es extranjero»— y un admirador de Carlos Lecueder, el presidente del directorio de Tres Cruces que viaja por el mundo y regresa con ideas para sus centros comerciales. Hoy el patriarca de los transportistas casi no visita la obra. En su lugar, cada miércoles, su empresa lleva a cientos de niños del interior a visitar Montevideo.

—Algunos que vienen del interior más alejado —dice Sánchez Padilla— no conocen el mar.

La Señora Q tiene una vista privilegiada a un mar de extraños. Y tiene un don: Quirque es un imán a quien uno se acerca a contarle algo. Una mujer gorda y rubia aparece caminando frente a la sala de espera y aumenta su sonrisa cuadro por cuadro cuando se da cuenta de que ella la mira. Durante tres años y medio, Sandra Díaz Reyes limpió un baño de mujeres en Tres Cruces. Durante tres años y medio vivió de un sueldo, pero sobre todo de las propinas que le dejaban otras mujeres. Había llegado como una empleada de escoba y trapeador hasta que un día faltó la señora responsable de ese baño frente a un Mc Donald’s. Desde entonces Sandra Díaz Reyes lo cuidó como si fuese una prolongación de su casa. Compraba con su dinero un perfume más agradable que el desinfectante oficial, lo decoraba como si fuese su sala durante las fiestas de fin de año, les pedía a sus clientas que, por favor, lo dejasen impecable. Nada como la fila de un baño de mujeres para empezar a conocer a una mujer: «Veía a las que andaban en la cola y sabía quién me iba a dejar limpio el baño», recuerda la Señora que Limpiaba Retretes. Esa tarde, en medio de la multitud de pasajeros que andaban por la terminal, ambas se detuvieron a conversar en la sala de espera. Como si tuviesen un radar para identificarse.

—Nosotros vemos más allá de lo que ustedes piensan —dice la Señora Q—. Detectamos a todos con una mirada de rastreo.

No se acordaba del apellido de la Señora que Limpiaba Retretes. En Tres Cruces, la memoria del detalle es neblinosa. Recuerdas episodios estelares, olvidas los nombres completos. Es una memoria emotiva, dramática, anecdótica. Sandra Díaz Reyes dejó de atender el baño de mujeres cuando se separó del padre de sus primeros cinco hijos. La empresa de conservar un baño público impecable tiene más de amor propio que de detergente. La imagen cinematográfica de un baño de mujeres tiene un olfato más cercano a la vanidad que a la fisiología, a los lápices de labios que a los intestinos. Los baños de Tres Cruces no son cinematográficos: son de necesidad urgente, de gente haciendo cola, de impacientes. La Señora Q recuerda un día trágico. Fue al año siguiente de inaugurar Tres Cruces. Sandra Díaz se había tomado su media hora de descanso y la estaba cubriendo una compañera. La muchacha de limpieza empezó a gritar y llamó a los de seguridad: había encontrado un feto en la bolsa de una papelera.

—Fue mi peor día en Tres Cruces —dice—. El otro fue el incendio.

La Señora que Limpiaba Retretes sabe que un baño es un gran teatro. Hay tragedias y comedias.

—Yo era muy histérica con la limpieza —dice ella sobre el baño de su casa—. Aprendí lo que mi madre me enseñó. Y mis hijas también.

La Señora que Limpiaba Retretes cree en la limpieza absoluta y en la Biblia. Capricornio risueña, no cree en el zodíaco. Cree en el Dios de los Evangelios, en el trabajo y en los amigos de su antiguo trabajo. Cree en tener siete hijos y en una madre que trabajó con ella limpiando los baños de la terminal y de un restaurante por las noches. Hacía sus compras en Tres Cruces. Celebraba los cumpleaños con sus amigas de Tres Cruces. Se fue a vivir a dos cuadras de Tres Cruces. Cuando se quedó sin trabajo en Tres Cruces, iba a visitar a sus amigas a Tres Cruces. Les vendió ropa en Tres Cruces. Trabajó en una fiambrería. Fue guardia de seguridad. Limpió casas. Conoció a su segundo esposo. Tuvieron dos hijos y abrieron juntos una panadería. «Yo venía del interior, de Salto. Tres Cruces marcó mi vida», dice la Señora que Limpiaba Retretes. «Allí aprendí que podía salir adelante con mis hijos». En ese tiempo, tenía cinco hijos. Uno de ellos era un futbolista del futuro: Luis Suárez, el número 9 de la Selección de Uruguay, aún no era el chico de los dientes de conejo que intimidaría a los arqueros del mundo. Tenía menos de diez años cuando iba a buscar a su madre al baño de mujeres de Tres Cruces. Sus hermanos lo mandaban a pedirle el dinero para comprar cosas de comer y el niño subía por las escaleras desde el baño hasta el supermercado. Luis Suárez jugaría en el Nacional de su país y en el Ajax de Holanda. Luego sería el chico del Liverpool de Inglaterra que haría que los porteros se arrepientan de cuidar su puerta. La madre de uno de los futbolistas más famosos del mundo fue una señora que fregaba baños.

—Me molesta que a veces la gente se te arrima por lo que él es hoy —dice su mamá—. Yo sé distinguir a las personas. Por eso tengo mi gente en Tres Cruces. Hoy aparece el tío y el primo que nunca existieron. Pero yo sé quién estuvo siempre.

La Señora Q recuerda a un hombre que estuvo siempre.

—Lo conozco desde que arreglaba los enchufes —dice—. Ahora arregla los problemas de todos.

El Señor Que Arregla los Problemas de Todos es un título todopoderoso. Exige casi una reverencia. Pero Eduardo Robaina es un señor calvo a quien le ha costado todo, incluso su barba de candado. El título del Señor Que Arreglaba los Enchufes nos devuelve a sus orígenes. Dejó tres años de estudios en una facultad de ingenieros para meter el músculo en una refinería. Bajó de las alturas de cálculos y proyecciones para sumergirse en un subterráneo de combustibles y cemento. El trabajo de un hombre lógico y rudo. Estudió hidráulica, termodinámica, química, tanques, bombas, logística. Trabajar en una refinería es un gimnasio del peligro: ser capaz de producir obras gigantescas y estudiar miles de detalles para evitar una catástrofe. Esa fue su escuela. Robaina entró en Tres Cruces como medio oficial de mantenimiento, un señor que proveía de enchufes y clavos. Hoy es el jefe de Operaciones. «Toda la bondad que hay adentro del gordo es la misma de cuando andaba poniendo enchufes», informa la Señora Q. «Pero no es lo mismo andar arreglando enchufes que tener que mandar a tanta gente». Robaina tiene todas las llaves maestras y todas las posibilidades de equivocarse.

—Nuestro trabajo es solucionar problemas —dice desde su más de cien kilos—. Y dentro de las ventajas de esto, a veces se puede ser humano.

El Señor que Arreglaba los Enchufes es una antena humana. Una escena se repite siempre en Tres Cruces: hombres, mujeres y niños enfermos a quienes el Ministerio de Salud Pública les paga un pasaje de bus para atenderse en un hospital de Montevideo. Regresar a casa depende de los cupos que les reservan por ley las empresas de transporte. A veces se quedan un día entero en la terminal esperando volver. A veces el Señor de los Enchufes paga la comida de una madre que espera con su hijo. La Señora Q lo ve a veces rebuscando dinero en sus bolsillos. Un enchufe siempre está ahí, humilde y explosivo, como esa rendija de la que nos previenen cuando niños. El Señor Que Arreglaba los Enchufes anda siempre con un radiotransmisor por Tres Cruces. Da la impresión que podría resolver hasta las penas de amor.

***

A la Señora Q, que conversa con miles de extraños como si fuesen su familia, también le toca callar. Hay un hombre que habla solo, es un monólogo y ella sólo lo mira, sonríe y asiente frente a él. Hay señoras que cuentan sus líos con el marido porque eso las oprime. «Se acostumbran a uno», dice. «O uno se acostumbra a ellos». Sólo hay que darse cuenta hasta dónde quiere llegar la gente. Están los que te cuentan todo y que nunca más los vuelves a ver. O están los que se saludan durante años y un día se van a vivir juntos, como Pablo Cusnir, el gerente de marketing que empezó de cadete y saludaba a una chica bonita de DHL que hoy es su esposa. Es normal que la Señora Q se encuentre aquí con gente de su ciudad, con ex compañeros de estudio, con amigos de la infancia. En Tres Cruces, encontró a las monjas de su colegio Nuestra Señora del Huerto. Cuando iba a la escuela, a las monjas sólo les veía la cara. Hoy ya les puede ver el pelo.

—La hermana Domitila —dice— sólo se acordó de mí cuando le dije quién era.

Uno de los mayores homenajes a un maestro es que años después un alumno cruce la calle sólo para saludarlo. Hay quienes pasan de largo. Otros corren a abrazarlos como si el azar fuese un milagro. Un día la administradora de Óptica Lux encontró en Tres Cruces a su profesor de Historia. Sólo recordaba su nombre: Ángel. Lo distinguió desde sus anteojos con 0.50 de miopía. Desde que se inauguró la terminal, Ana Claudia Casas trabaja nueve horas al día viendo a gente que no ve bien. A veces a la Chica de las Gafas le toca atender a gente con buena vista. Casos para el neurólogo Oliver Sacks.

—Venían a la óptica a pedirnos que les cortáramos el pelo —sonríe.

Uno de sus clientes la ve en Tres Cruces desde niño. Ha sufrido dos desprendimientos de retina. Tiene -31 de miopía.

—Hoy instala cables de fibra óptica —dice ella.

El destino es irónico con efectos especiales.

El gerente general de Tres Cruces, por ejemplo, no guarda su automóvil en el estacionamiento de la terminal: paga un parqueo privado frente a ella.

—Aquí no hay excepciones de privilegio —dice Lombardi.

Lombardi, un contador público que se aburrió de la contabilidad, tiene hoy la experiencia de calmar incendios.

—Un día —dice— detectaron que un miembro de Al Qaeda había pasado por aquí.

Interpol tiene una oficina en Tres Cruces. En ella no sólo se encuentra un país.

Ves a bolivianas que llegan a trabajar en casas de familias de clase alta.

Ves a extranjeros subir y bajar de los nueve mil taxis que llegan por día.

Ves a barras bravas de argentinos, brasileños y uruguayos.

Ves a bolivianas regresar maltratadas de las casas de la clase alta.

—Vi caer a uno del segundo piso —dice la señora Q—. Vino caminando, levantó la pata y se tiró. Un guardia del Café del Andén no lo pudo detener. El hombre saltó por encima de la baranda como si huyera de sí mismo y se fracturó una pierna seis metros más abajo. Nadie se daría cuenta de que el suicida no había muerto. Sólo preguntaron si se había tropezado.
—De tanto ver gente, ya no ves a la gente —dice la señora Q.

Lilian Lerena, una vecina que trabaja en la funeraria Previsión S.A., dice que sus clientes están vivos. El año anterior reconoció a un amigo de su infancia en la terminal. No lo había visto en más de treinta años. Hoy es dueño de una discoteca donde tocan cumbia.

—Quedamos que un día iba ir al baile —sonríe ella.

Natalia Benavides, ex promotora de Atención al Cliente, se acuerda de cosas que desaparecían.

—Un señor nos fue a preguntar si habíamos encontrado su dentadura postiza. No recordaba si la había olvidado en el baño.

Hasta que alguien la encontró.

Tres Cruces tiene un Departamento de Objetos Perdidos.

Si pasa un tiempo sin que nadie reclame su bicicleta o su paraguas, la compañía no los conserva. Los dona a escolares de Montevideo quienes, con suerte, no los perderán. Natalia Benavides aún cree en la especie humana.

—Es más la gente que devuelve que la gente que no devuelve —dice.
—¿Cómo se ve el mundo desde Atención al Cliente?
—La gente se ve como loca —dice ella—. Sin tiempo para nada. Y no se trata de una sola persona. Son todos los que pasan.

Nos devuelve la mirada en el reloj.

La Señora Q es tan puntual que es impuntual: llega media hora antes a trabajar y bebe mate en la entrada de Tres Cruces. Existen allí dos mundos, el de arriba y el de abajo. Ella trabajó nueve años en el primer piso y siete años en el segundo. Hoy está de vuelta en el epicentro. Quien va por arriba quiere comprar: pasea, mira, escoge. Quien va por abajo quiere viajar: toma mate, espera, conversa. Después de unas cinco horas en bus, a quien llega de viaje no le apetece ir al shopping de Tres Cruces: va en busca de un taxi o un abrazo. Los abrazos en mayúscula son el gesto más natural entre sus más de cincuenta mil pasajeros por día. Hay también allí actos solitarios, quién sabe si más del cielo o del infierno. Desesperados: un hombre se disparó un tiro en la cabeza en un inodoro. O absurdos: un señor murió tras atorarse un pedazo de costilla en la garganta.

—Tres Cruces es la gente —dice la Señora Q—. Alrededor de él giramos nosotros.

Antes de despedirse, Raquel Quirque, tres Q en trece letras, como nunca, parpadea. Donde hay multitudes, hay personas en serie. Uno es el mendigo, que exige el dilema constante de la caridad: dar o no dar. A veces, como no puede regalarles una medialuna del negocio, ella busca monedas de su cartera. A veces, cuando les da de comer, tiran la comida. Donde hay multitudes, hay también gente fuera de serie. Uno que otro maniático. Por años, la Señora Q tuvo un cliente que iba todos los días a desayunar. Era soltero. Trabajaba en un supermercado. Vivía en una casa oscura donde se había impuesto la costumbre de encender una sola luz a la vez. Por años buscó a la mujer que le servía el café como él quería: cortado tibio, dos sobrecitos de azúcar, sin espuma. Por años no faltó nunca y la única mañana en años en que no pudo ir telefoneó para avisar que no lo esperaran. Fue a Tres Cruces desde el día de su inauguración hasta que se jubiló. Hoy ya no se le espera, pero la señora que sirve el café sabe qué decirle cuando vuelve.

Cuando el señor Wong llegó a Todos Santos aún no se había inventado el hielo. El chino tenía entre sus maletas el diseño silencioso de un pasado propio que lo ayudaba a no sentirse tan extraño en ese oasis en medio del desierto, en el pueblo peninsular anclado entre las rocas y el océano Pacífico. Y quién sabe en qué momento se le ocurrió levantar un hotel, construir la primera gasolinera e importar el hielo hasta la nada misma. Ese será su secreto. El secreto del Hotel California es tan encriptado como el pasado del señor Wong, el oriental que se autodenominó Antonio Tabasco. Un chino empecinado en querer ser más mexicano que los mexicanos.

El brazo descarnado de la patria mexicana es ajeno al macizo continental. Los sudcalifornianos no son isleños pero padecen un castigo mayor: un abandono añejo de 1.600 kilómetros del país bodoque donde se cuecen las decisiones y las operaciones políticas. Para acceder a La Paz, la capital del Estado de Baja California Sur, es necesario navegar en el Mar de Cortés durante medio día o acceder por vía aérea.

Yo miro desde arriba las montañas y el mar esmerilado con toques turquesas, el acuario del mundo según Jacques Cousteau. Las construcciones son rectangulares y cuadradas, avenidas anchas y calles que no conducen a ninguna parte. La ciudad parece diseñada por un niño que juega con ladrillitos. La Paz pretende marcar presencia con la dureza del cemento y con una modernidad importada desde el norte. Trazar hoy el mismo recorrido del asiático tras los pasos de la canción de los Eagles es una farsa.

Caminar por el Malecón de La Paz a las doce del mediodía es invocar a la soledad. El paseo es monotemático, todas las estatuas aluden al mar: delfines, sirenas, tiburones, pescadores y hasta el mismísimo Cousteau. Encuentro un perro bajo un arbusto pequeño escondiéndose del sol, lo voy a fotografiar, el perro me mira, se vuelve a echar y se duerme.

Frente al Malecón está la estación de buses. Compro un boleto con destino a Todos Santos. La autovía rápida solo permite ver cómo pasan a 100 kilómetros por hora los cactus en los laterales. Nada queda del camino hostil, del paso obligado por el paraje que une La Paz con Los Cabos. El hiperturismo sajón plagado de Baby Boomers retirados con jubilación de privilegio es la invasión posmoderna que soportan los todosanteños. Lo que no se conquista se compra.

La fiebre del oro arrastró al chino Wong junto a miles de aventureros franceses, alemanes, italianos e ingleses hasta el sur de la península de California. La década del 20 comenzaba con una promesa en decadencia atada al brillo del metal reinventando la misma ambición de la colonización española.

La tradición bélica de los habitantes de Todos Santos aún estaba latente ante los constantes embates de conquista de los Estados Unidos y de algún que otro ataque de corsarios chilenos. Esos pueblerinos montañeses que se enteraban de las noticias del continente dos años después de cada acontecimiento estaban preparados para resistir el hostigamiento de los invasores. Pero los todosanteños esbozaron un antídoto para contrarrestar el padecimiento: la broma espontánea. A cada habitante del paraje le inventaban un apodo en un santiamén. Y siempre fueron más crueles con los foráneos.

El apodo instantáneo es respetado por el colectivo como si fuera la renovación de un bautismo pagano. Juegos de palabras, comparaciones, antagonismos o chistes situacionales son algunos ejemplos de la amplia gama del humor peninsular. ‘El torpedo’ fue un borracho muy muy torpe. A un arquitecto chaparrito, muy petiso, que llegó al pueblo le apodaron ‘El cortito’. Un señor obeso con cuello muy grueso y seis pliegues de gordura lo llamaron ‘El siete nucas’. Aunque otros sobrenombres partían de su asombro, como el que le pusieron a un maestro que regresó a trabajar a su pueblo natal en la década del 60 después de haber vivido en ciudades de clima frío.

El maestro, por las mañanas, usaba bufanda, una prenda casi desconocida en el desierto. Como muchos pobladores pensaban que era una toalla pequeña lo bautizaron ‘El entoallado’. ‘El manos de tortilla de harina’ fue otro maestro, pero este padecía vitíligo, la enfermedad degenerativa de la piel a causa de la muerte de las células responsables de la pigmentación. Con Wong no fueron originales, él sólo fue ‘El Chino’.

Dos horas de viaje desde La Paz hasta Todos Santos sobre el Trópico de Cáncer. El Pacífico está a tres kilómetros. La vegetación cambia, se hace más tupida y la temperatura baja, son tres grados menos a causa de una brisa que llega desde la costa. El Hotel California está a dos cuadras de la terminal. Llego veinte años antes, pienso, cuando veo a Debbie Stewart, la hermosa canadiense propietaria de hotel boutique. Ella está rodeada de revistas de moda mientras desliza su índice en un iPad.

Me presento como «periodista argentino que quiere contar algo de la historia del hotel y sus mitos». Le doy la mano. Me sonríe y con la boca feliz atropellando el castellano me sugiere que hable con Monserrat, una mexicana corpulenta que está en la recepción. «Ella te va a llevar a recorrer el hotel», me dice la mujer de mis sueños para mis 60.

Hay una sola pregunta que quiero hacer: ¿The Eagles se hospedaron aquí para componer esa canción alucinógena de fantasmas, campanas y desiertos? Pero un reportero no debe ser tan bruto, tan explícito, nosotros no hacemos pornoperiodismo. Entonces me dedico a escuchar. Que el hotel tiene 16 habitaciones, que la pieza número 13 no existe, que lo construyó un tal Antonio Tabasco, que se inauguró en 1950 luego de tres intensos años de trabajo, que originalmente funcionaba en la planta baja un almacén de ramos generales que se llamó La Popular; mientras, entramos en la habitación número 5 en el primer piso del hotel, el sitio donde Tabasco tenía su oficina. La suite tiene dos pisos. Por lo bajo, un modesto escritorio. En el piso superior hay una cama de dos plazas cubierta con una colcha blanca, el mismo color para un atrapasueños gigante que cuelga del techo color ladrillo. Frente a la escalera hay un cuadro de una mujer sin nombre en blanco y negro. Tomo varias fotos, presumo que esa será la única habitación que voy a conocer.

–¿Monserrat, puedo grabar la entrevista?
–Prefiero que no la grabe. Lo que tengo para contar ya lo dije.
–¿Qué hay de cierto que la canción Hotel California está inspirada en este lugar?

Ahora estamos en una pequeña terraza de la suite. Monserrat, la joven que hace doce años que trabaja con la bella mujer canadiense, no quiere que su voz quede registrada. Desde allí se divisa la cúpula de la iglesia Misión del Pilar. Ella tampoco desea hablar de los espectros y de los ruidos extraños que azotan por las noches aunque confiesa que hace algún tiempo un hombre se presentó como ex trabajador del hotel y le habló de un crimen que conmovió al pueblo. Ese podría ser el motivo de la aparición de un alma en pena. Miramos a la iglesia y responde: «No hay registro oficial para saber si ellos estuvieron alguna vez en el hotel. Pero son muchas las similitudes que hay entre la letra de la canción con la geografía del lugar, el desierto, la ruta y las campanadas de la misión». Las palabras de la recepcionista son solo conjeturas. Yo regreso a La Paz con más dudas que certezas.

Jesús Chavez Jiménez es un periodista que se considera un eterno aprendiz. De niño se especializó en la táctica y estrategia de vender diarios en la calle mientras escribía breves crónicas a mano siendo un corresponsal prematuro de El Sudcaliforniano, el diario con mayor trayectoria en la península, hasta llegar a ser muchos años después su director.

Pauto un encuentro con él y dos conocedores de historias de la región: el periodista Jorge Romero Zumaya y el psicólogo Alejandrino de la Rosa Hirales. El Cayuco es el sitio de la reunión, un restorán de mariscos. Mientras comemos abulones, camarones y pulpos los relatos trascienden la cronología del hotel. La duda eterna de saber si la canción que le valió a The Eagles el premio al Mejor Disco del Año en el Grammy de 1977 y de ocupar el puesto 37 en la lista de los 500 mejores discos de todos los tiempos según la revista Rolling Stone lleva al trío de la sabiduría a indagar en lo profundo de la historia.

«Hay algo curioso que es innegable. En California, Estados Unidos, no hay ningún hotel que se llame Hotel California», afirma Jesús. «No necesariamente tienes que estar en el lugar para escribir sobre él», agrega el psicólogo. Y reafirma su tesis con un ejemplo: «El cantante mexicano Agustín Lara escribió la canciónGranada sin haber conocido Granada. La canción se transformó en un himno. Si escuchas una historia y luego la mezclas con tu psicodelia puedes hacer una amalgama. Y eso puede haber ocurrido con la canción del hotel». Alejandrino marca el ritmo con el tenedor y entona:

Granada,
tierra ensangrentada
en tardes de toros.
mujer que conserva el embrujo
de los ojos moros…

Chavez Jiménez interrumpe el cántico. Se remonta al 1700 y a los viajes de las misiones de los jesuitas. Cita la obra del Padre Miguel Del Barco: Historia natural y crónica de la antigua California. El misionero, a partir de los reportes de su gente, redactó 16 tomos abordando la flora, la fauna. Describe también detalles como las características del pez rodaballo y cita a la damiana, una planta típica que se puede beber como té o licor y es afrodisíaca. Jesús, el reportero, reafirma la hipótesis de Alejandrino, se puede describir un lugar sin conocerlo en profundidad. El jesuita fue una especie de cronista por correspondencia. The Eagles pueden haber compuesto la canción sin haber estado jamás en este peñón ajeno al continente.

«Para entender la historia del lugar debes leer a Fernando Jordán Juárez. La revista Impacto lo envió a Baja California en la década del 50 y él se quedó a vivir aquí y aquí se suicidó», me sugiere el periodista Jorge Romero Zumaya. Jordán Juárez es reconocido como el primer cronista del siglo XX que narró el devenir de la península a la que denominó ‘El Otro México’. Varios años antes de que Jordán escribiera su obra y de que ‘El Chino’ comprara el terreno en Todos Santos para transformarlo en un moderno centro comercial con hotel, tienda y gasolinera, Tabasco conoció a su futura esposa en el antiguo pueblo minero de El Triunfo. Una joven mujer analfabeta oriunda de un paraje que hoy existe en la cartografía gracias a Google Maps y que –según el buscador– solo tiene dos habitantes: Rancho Boca del Saucito.

La adolescente Trinidad Castillo Ruiz había quedado huérfana y vivía junto a sus tías en El Triunfo mientras la temperatura de la fiebre del oro se iba enfriando. Como la mujer de 16 no sabía leer ni escribir las tías comenzaron a enviarle cartas al oriental en su nombre. De ese intercambio epistolar triangulado nació un amor que duró hasta 1974 cuando Tabasco murió. ‘El Chino’ fue a buscar oro y se encontró una esposa.

«Mi papá era apático, es que era chino. Con mis hermanas pensábamos que cuando él estuviera viejito nos va a platicar sobre su familia, cómo vivió, cómo llegó aquí. Pero en media hora se murió y no platicó nada. Él hablaba muy bien el inglés, pero no pronunciaba bien el español. A mí me decía Oga, no podía decir Olga».

–Olga, usted no tiene rasgos asiáticos.
–Yo no, pero mi hermana mayor sí. Se llama Carmen y tiene 81 años.

A las 8 de la noche Todos Santos quedaba a oscuras. Solo en la tienda La Popular la electricidad extendía el jolgorio dos horas más. La pequeña Olga tenía seis años y acompañaba a su padre a la oficina para escuchar los resultados de la lotería mientras él revisaba la correspondencia. La tienda fue el epicentro del pueblo durante más de dos décadas, durante los años donde los rancheros que bajaban de las montañas se espantaban con el invento del hielo. Jamás habían probado la cerveza Pacífico bien helada. Olga Tabasco, una de las siete hijas del matrimonio fundador del hotel, es la pieza clave en este viaje de acordes sin rumbo, donde los actores que aún viven pugnan contra el olvido.

–¡Véngase a complal a La Popular! ¡Flijoles y celveza flía!

Micrófono en mano, el chino también inventó una especie de radio parlante. Pero si Tabasco hablaba hacia el afuera, quien mantenía la tensión dramática puertas adentro era su madre. Trinidad, durante la noche, narraba «espantos» y algunas de las historias ocurrían en el mismo escenario en donde estaban. A Olga no le gusta mentir por eso relata una sola experiencia sobrenatural que ella vivió, las canicas que caían desde las escaleras cuando el hotel estaba a oscuras.

«Mi madre contaba que se oía en la escalera del hotel el ruido de una canica cayendo. Pasaron los años, y yo ya de 15 iba subiendo las escaleras del hotel y las escuché. Pero no grité ni nada, porque me iban a descubrir». Olga iba a oscuras a visitar a un torero que se alojaba en el hotel, Heber Alarcón López, quien luego fuera su esposo. El casamiento entre Olga y el torero tuvo una matriz escandalosa. Cuando Tabasco descubrió el amorío los increpó. El Chino tenía la costumbre de usar un silbato para llamar a la policía. «Lo voy a denuncial y a ti te voy a encelal con un candad».

«¡Que se lo lleven a la cárcel y que me encierren! Pero el día que salga me voy a ir con él y nunca más me van a volver a ver», contestó Olga a su padre. «Deja que se vaya, pero que se vaya casada», dijo la madre. El episodio ocurrió a la madrugada y a la 1 de la tarde del otro día se casaron. Heber y Olga se conocieron un 12 de octubre y un 4 de diciembre se casaron, matrimonio que duró 51 años hasta la muerte de Heber, el torero que luego fue peluquero y que bautizó Ole a su negocio.

–¿Olga, qué piensa de la canción Hotel California?
–La letra no me ha llamado la atención. Ni el CD tengo. Nunca lo he tenido
–¿Es cierto que cantantes famosos llegaban al hotel?
–Recuerdo que se hospedó Fernando Fernández, el de acá, de Guanajuato. Y también José Alfredo Jiménez.
–¿Se acuerda de algún gringo?
–Yo tuve el libro de registros del hotel, pero tontamente me deshice de él.

Olga saca un álbum con fotos y recortes que su esposo el torero coleccionaba. Hay algunas que son antiquísimas: Tabasco, cuando aún era el señor Wong; Carmen de bebé –la primera hija del matrimonio– y sobre el final de la improvisada carpeta de cartulina verde hay una copia de un fax. El fax está firmando por el mismísimo Don Henley, el líder de la banda estadounidense, dirigido a Joe Cummings, un escritor gurú con casi cuarenta libros publicados sobre destinos turísticos. Es que Joe, luego de alojarse en el hotel, tuvo la misma incógnita. Una vez en Estados Unidos le escribió a la banda. La respuesta fue inmediata.

«Ni yo ni nadie de los Eagles nunca hemos tenido cualquier forma de asociación, ya sea por negocios o por placer con el Hotel California de Todos Santos». La negativa es contundente a pesar de las similitudes entre la letra, el espíritu y la perfecta descripción del espacio creado por el El Chino Tabasco. El fax puede ser el comienzo del final de un mito que se repite a voces entre los vecinos sudcalifornianos. O puede ser el final de una crónica que quisiera escribir algún día: la historia de un viaje en un oscuro camino del desierto, donde el viento golpee en mi cabeza, las luces trémulas, las campanas de la misión y las presencias indescifrables me digan: «Bienvenido al Hotel California, un lugar tan adorable del que nunca puedes irte».

En la estantería metálica hay un cuadro de Jesucristo, otro de la Virgen y varias figuritas de santos católicos. Junto a todos ellos, en la pared, un póster del Che Guevara: fondo rojo, silueta en negro, una estrella en la boina.

Édison Cosíos siempre fue un joven revolucionario. O así lo recuerda Vilma Pineda, su mamá… El 15 de septiembre del 2011, a las cinco y cuarto de la tarde, ella recibió la noticia más dura de su vida: su hijo tenía 17 años de edad y un policía le disparó una bomba lacrimógena directamente a la cabeza, mientras el muchacho participaba en una manifestación en contra del Gobierno de Rafael Correa.

Durante los siguientes seis meses, ella literalmente vivió en dos hospitales, el uno público y el otro privado. El diagnóstico final de los médicos fue devastador: ‘Estado vegetativo permanente’. Cuando ella decidió llevarse a su hijo, unos doctores le dijeron que no llegaría vivo ni a su casa. Otros, que viviría a lo mucho unos cuantos días más.

Han pasado tres años y medio y no solo que no ha muerto sino que Édison Cosíos ya ni siquiera pasa todo el tiempo acostado en su cama. Cuando entro en su habitación, pintada de un intenso azul pastel, él está en una silla especial, sentado junto a la ventana, recibiendo directamente el sol profundo del mediodía. Una especie de gorra de baño blanca cubre su cráneo, pero no logra disimular la hendidura provocada por el impacto de la bomba. Parece dormido.

“‘Edy, aquí está Alexis, él es periodista y quiere escribir sobre ti. Salúdale”. Sin la ayuda de nadie, el muchacho levanta la mano derecha y la extiende. Estiro la mía y él la aprieta con fuerza. “Hola, Édison. ¿Cómo estás?”, pregunto. Él hace puño la misma mano y levanta el dedo pulgar… Alcanzo a ver un escudo de la Liga de Quito. “¿Eres liguista? Yo soy barcelonista”. Habla su mamá: “Édison, ¿qué les haces a los barcelonistas?”. Y él levanta el dedo medio para hacerme la ‘mala seña’… Sonríe.

Sobre su cama está un letrero con su nombre en letras doradas y mayúsculas: ÉDISON COSÍOS. Abajo, un enorme cartelón lleno de fotos: con su familia, con sus amigos, con alguna novia… Ahí se ve a un joven blanco, delgado, sonreído, que dista mucho del hombre casi inmóvil y callado que está en la habitación. Junto al cartelón, muchos globos que han ido dejando las personas que lo visitan. El más grande tiene forma de corazón y la leyenda: “Quiero que mi cariño te acompañe por siempre”.

***

Al joven Cosíos la política le interesó desde pequeño pero nunca fue afín a ningún partido. En el Colegio Mejía formó el Movimiento Combatiente Alfarista y la primera vez que se postuló a la Presidencia del Consejo Estudiantil obtuvo muy pocos votos. Eso lo sabe bien Carlos Collaguazo, quien su compañero y lo define como su líder. “En el Colegio debíamos tener plata para hacer campaña, o vincularnos con algún partido. Y nosotros ni teníamos plata ni queríamos unirnos a nadie”.

Collaguazo estudia ahora Ciencias Políticas en la Universidad Central. Reconoce que Cosíos tenía “el don de la palabra”. “Podía convencernos de hacer algo solo con hablar. Hacía amigos con mucha facilidad, siempre estaba alegre. A veces, cuando alguien tenía que irse temprano, él le convencía para que se quedara en las discusiones de política o preparando las campañas”.

Por esos días, el Gobierno promulgaba el Bachillerato Unificado, que eliminaba las especializaciones en los colegios y definía que todos los estudiantes recibirían el mismo título. Con eso Cosíos nunca estuvo de acuerdo.

Los alumnos del Mejía habían decidido salir a protestar, pero el Movimiento Combatiente Alfarista, al que identificaban como MCA, decidió que no iría porque justo en ese momento estaban buscando apoyo para la segunda campaña de Cosíos rumbo al Consejo Estudiantil.

Las manifestaciones fueron fuertes el martes 13 y el miércoles 14 de septiembre y todo hacía pensar que la cosa empeoraría el fatídico jueves 15.

El Colegio Mejía es una construcción antigua, gigante y de paredes blancas. Eran casi las cinco de la tarde y Édison Cosíos les dijo a sus compañeros que debía ir a encontrarse con su novia. Se despidió y se fue sin haber participado de las protestas. Pero justo cuando estaba por salir del colegio, alcanzó a ver cómo los policías comenzaron a meterse por la puerta principal para reprimir a los estudiantes. En ese momento, tomó la decisión más cara de su vida: regresó, cogió un escudo con las siglas MCA y dio la orden: “Vamos a defender a nuestro Colegio”. “Édison le tenía una especie de ‘pica’ al Gobierno”, confiesa Collaguazo.

Las normas de seguridad pública mandan que los policías deben disparar las bombas lacrimógenas hacia arriba en un ángulo de 45 grados para que si llegasen a caer sobre alguien, a lo mucho le rompan la cabeza. Pero Collaguazo asegura que esa tarde los policías irrumpieron disparando directamente a los cuerpos de los estudiantes. “Hubo muchos compañeros que se salvaron de milagro. Édison incluso tenía el escudo y se quiso proteger pero creo que la bomba llegó tan rápido que no le dio tiempo a nada, le pegó duro en la cabeza”.

Doña Vilma Pineda nunca olvidará el momento en que sonó el teléfono. Su esposo estaba del otro lado y le dijo: “Tienes que salirte de donde estés porque al Édison le han disparado”.

***

La casa de la familia Cosíos Pineda queda en el barrio La Argelia, en el sur de Quito. Un lugar enquistado en las montañas, lleno de calles empinadas, muchas de tierra, otras empedradas, pocas adoquinadas y una pavimentada. La de ellos es adoquinada. Por esos lares no se respira esmog.

Cuando decidieron que el joven regresaría al hogar, el Gobierno hizo algunas modificaciones en la vivienda. Para entrar, hay que cruzar una larga rampa de cemento. La puerta de calle es de metal azul. Esa, la puerta de ingreso a la sala y la del cuarto de Édison tienen más de dos metros de ancho. Las hicieron así para que las camillas y la propia cama del joven pudieran entrar y salir cada vez que fuera necesario. Lo primero que se ve es la sala, enseguida la habitación de Édison, luego el comedor, la cocina y el resto de cuartos asoman tras un largo corredor. El piso es de cerámica blanca.

La sala es un lugar pequeño pero acogedor. Dos sillones y una mesa de madera en la que están fotos de toda la familia. El ventanal muestra en el fondo a un pequeñito Panecillo.

Antes del accidente, Vilma Pineda era operaria en una fábrica de ropa. Pero desde ese momento, su vida y su único trabajo es cuidar a su hijo. Al día siguiente del bombazo, los doctores le dijeron que tenía muerte cerebral. Y, aunque enseguida cambiaron su diagnóstico a un coma profundo, ella tuvo que estar “pegada” a su hijo todo el tiempo.

Las primeras semanas estuvo en el hospital Eugenio Espejo. Luego fue trasladado al De los Valles, que es privado, pero la cuenta fue asumida por el Estado. “Llegó un momento en el Eugenio Espejo, en que los médicos ya me querían mandar a la casa. Parece que no querían que mi hijo muriera ahí. Nuestro caso se hizo público y toda la gente estaba pendiente. Creo que ellos preferían que se supiera que murió en la casa y no ahí”.

Durante los meses de hospital, Vilma Pineda tuvo que resignarse a leer de todo en redes sociales. Sus otros dos hijos le mostraban que muchas personas le decían que debía ‘desconectar’ a su hijo. Y ella cree que eso era una muestra de ignorancia porque su hijo nunca estuvo conectado a nada.

También tuvo que escuchar a una doctora cuando le dijo: “Déjelo ir”. Y ella hasta ahora no comprende por qué se lo dijo. “Había mucha gente hablando y opinando sobre nuestro caso. Cuando yo estaba en los hospitales, llegaron varias personas a decirme: ‘A mí me pasó lo mismo’, ‘mi hijo está igual’… A expresarme su solidaridad. Personas que yo no conocía y cuyas historias ha permanecido en secreto. Yo estoy segura de que si mi caso no se hubiera contando, no hubiera recibido nada de ayuda, ni del Gobierno ni de nadie. Por eso yo soy muy agradecida del periodismo. Creo que los medios de comunicación han sido mis aliados en esta dura lucha”.

La última vez que Vilma Pineda vio a su hijo consciente fue en la mañana de aquel 15 de septiembre que jamás olvidará. Su esposo, ella y Édison se sentaron a desayunar temprano. El joven no les habló de los preparativos para su campaña, ni de las protestas de sus compañeros, ni de su cita con su novia por la tarde. Hablaron “de temas normales, de cualquier cosa”.

Luego, ella y su hijo se fueron juntos en el bus que pasa por La Argelia y se despidieron en la avenida Napo. Allí ella se bajó, le dio, como todos los días, su bendición, le dejó un beso y le pidió que se cuidara y que volviera temprano a la casa.

***

Todo cambió hace casi un par de años. La habitación de Édison tiene unos doce metros cuadrados. Hay una televisión, un escritorio con varios frascos de cremas y medicamentos, un archivero, un sillón donde pasan las noches las enfermeras y un ‘sofá cama’ donde Vilma Pineda y su esposo duermen cada noche desde que regresaron a casa.

Aquella mañana, la enfermera de turno y Vilma arreglaban la habitación, ponían crema en la espalda del joven y bromeaban. No recuerda sobre qué, pero recuerda que bromeaban. Y, de repente, con uno de sus chistes, Édison sonrió.

Yo no lo podía creer. Grité, salté, pedí que le tomaran una foto, pero no alcanzamos. Nunca había hecho ningún movimiento. Me emocioné mucho, grité como loca”, recuerda la madre.

Esa noche, cuando sus otros hijos, ambos mayores que Édison, llegaron a la casa, ella le contó todo a su familia. Su hijo se acercó a Édison, le tomó la mano y le dijo: “Si me escuchas, guambra, me vas a hacer lo que siempre me hacías cuando jugábamos”. Y fue la primera vez que Édison levantó su dedo medio para hacer la ‘mala seña’.

Luego de eso vinieron muchas sonrisas más. Muchos gestos. Hubo más apretones de mano. Cada vez ellos le hablaban más. La madre les contaba esto a todos los médicos que mandaba el Ministerio de Salud. Ellos se limitaban a leer la historia clínica, anotaban algo, o parecía que anotaban algo, pero nunca dijeron nada.

Una vez un doctor “jovencito” llegó a la casa y, cuando Vilma Pineda salió de la habitación, aprovechó para preguntarle a la enfermera qué tan cierto era lo que decía. “Luego, la enfermera me lo contó. Como ellas han sido testigos de todo lo que ha pasado, cuando el médico le preguntó, ella contesto: ‘¿O sea que no nos cree?’. Luego le pidió a Édison que saludara al doctor. Y él lo saludó. Le pidió que le apretara la mano y el se la apretó… Ahí en el baño el doctor se daba contra la pared diciendo: ‘no es posible, no es posible’”.

Este joven doctor pidió ese día la visita de un neurólogo, un especialista que pudiera hacer una mejor valoración. Esa fue la mejor noticia que Vilma Pineda recibió en mucho tiempo. Se hizo ilusiones pero no pudo evitar también ponerse triste, porque comprendió que hasta ese momento nadie le había creído ni le habían tomado en serio. “Debían haber estado pensando que yo estaba loca, que veía lo que quería ver”.

Llegó entonces un médico de más experiencia, y más años, enviado desde el Estado. Pero cuando llegó, leyó la historia clínica y terminó con la ilusión en menos de un minuto y de la manera más brusca. “¿Para qué me manda a llamar, señora? –dijo-. Usted sabe que su hijo no se va a recuperar. Lo que está haciendo son cosas normales dentro de su condición”. Y eso fue todo.

Esa noche la madre de Édison sufrió. Se sintió devastada. Pero al siguiente día decidió que no se iba a dejar vencer. A él le encantaba la música de un grupo de cumbia que se llama La Vagancia. A través de una sicóloga, consiguió su contacto y logró que fueran a la casa, con todos sus instrumentos, y le dedicaran un concierto privado. “Ese día mi hijo se rió más que nunca. Fue increíble, parecía que quiso levantar los brazos para aplaudirlos”.

Daniel Hinojosa tiene 28 años y es vocalista de La Vagancia desde su inicio, hace ocho. Describe cómo Édison movía sus manos, sus brazos, gesticulaba, reía… “Fue uno de los momentos más emotivos y gratificantes que hemos tenido. Ese día teníamos un compromiso y llegamos tarde porque nos quedamos siquiera unas dos horas en la casa de Édison, con su familia, sus amigos”.

Desde esa tarde vinieron muchas mejoras. Cada vez más respuestas, más sonrisas, comenzó a abrir el ojo derecho hasta la mitad …

Un día, el presidente, Rafael Correa, hizo una visita sorpresa. Llegó con varios ministros. “La primera vez que el Presidente vio a mi hijo, vio prácticamente un esqueleto. –Explica Vilma- Lo primero que le sorprendió fue que encontró a un chico bien ‘papeado’, con un buen semblante. Pero se sorprendió todavía más cuando le dije a mi hijo. ‘Édison, aquí está el Presidente, salúdale’”.

El muchacho le saludó, se rió, y le respondió un par de preguntas con su mano. Correa le recriminó a su Ministra de Salud por qué no le había informado acerca de estos progresos. Ella le respondió que tampoco nadie le había dicho nada. El Presidente pidió que desde ese momento un “buen” especialista de un hospital privado lo atendiera.

Este nuevo médico sí se tomó el tiempo para verificar los progresos del joven y le dijo a la familia algo que volvería a cambiarles la vida: “Édison ya no está en estado vegetativo, ahora tiene un nivel de conciencia mínimo. Yo no les puedo garantizar que alguna vez se levante, pero evidentemente está mejorando”.

***

Édison Cosíos mide un metro ochenta de estatura y su peso de toda la vida bordeaba los 60 kilos. Pero cuando salió del Hospital de los Valles pesaba 25. En su celular, Vilma Pineda guarda fotos de ese momento. Imágenes en las que, en efecto, más parece que se ve un cadáver. La piel tan pegada al esqueleto que es como si no hubiera nada más en medio.

Ahora, ha vuelto a sus 60 kilos, tiene de nuevo su color de piel y si no fuera por la hendidura en el cráneo y un orificio en el cuello por el que logra respirar, podría parecer que solo está dormido.

En el último año han pasado muchas cosas. El nuevo médico comenzó a darle una medicación que estimula la actividad cerebral. El celular de Vilma Pineda es como una especie de testigo. Ahí hay fotos en las que Édison está comiendo un chupete o bebiendo una cerveza con su propia mano y sin la ayuda de nadie. Hay fotos de las celebraciones de sus dos últimos cumpleaños, la casa llena de amigos, de tíos, de primos. Y hay fotos de la primera salida que hizo la familia, como familia, en mucho tiempo. Tomaron a Édison, dejaron en la casa la silla especial de posturas, lo sentaron en el asiento trasero de su auto con el cinturón de seguridad y se fueron al Quinche.

Vilma Pineda sabe que esta ha sido la batalla más dura de su vida. Y ha decidido librarla en estas cuatro paredes. Ella es pequeña, delgada y de pelo corto. Habla pausado y tiene voz dulce. Ahora ya casi no llora. Cree que es verdad aquello de que las lágrimas se acaban. Que casi casi ha llorado todo lo que podía llorar.

Ya casi nunca sale de su casa, por no decir nunca sale de su casa. Su día empieza a las seis de la mañana. Entonces tiene que levantarse y, con la ayuda de la enfermera, hacerle a Édison los primeros ejercicios de rehabilitación física. Él come a través de una manguera, una especie de sonda que le llega directamente al estómago. Y debe hacerlo cada tres horas. Ella le prepara de todo, desde huevos para desayunar, hasta un corte de la mejor carne para almorzar, con frutas, legumbres. De todo, pero todo licuado. Cada comida es todo un proceso porque hay que dársela con el ritmo adecuado para que no le vaya a hacer vomitar.

Todos los días, Édison recibe de su madre un baño de esponja. Durante el día, siempre, vienen al menos cuatro personas a hacerle terapias físicas y sicológicas. En la mañana, él permanece en su silla, cerca de las ventanas, o recorriendo la casa, o tomando el sol. Al mediodía, su madre le pone noticieros en la televisión. Es un espacio de relajación. Por la tarde, vuelve a la cama y entonces su mamá tiene que estarle cambiando constantemente de posiciones y poniéndole crema en el cuerpo para que no se le vaya a lastimar.

El día termina a las diez de la noche, cuando Édison recibe la última comida y todos se van a dormir. Así es la vida.

El neurólogo Braulio Martínez revela que el estado actual del joven se llama: ‘nivel cognitivo mínimo’. Dice que lo que está haciendo la familia es lo correcto, tratando de llevar la vida lo más ‘normal’ que permita la situación. Pero también es tajante al decir que es muy complicado hacer un pronóstico. “Nosotros nos basamos en probabilidades. La mayoría de probabilidades son que no se recupere. Pero el cuerpo humano no es matemático, tampoco es imposible”…

***

El policía que disparó la bomba fue sentenciado primero a ocho años de prisión, pero luego la Corte Nacional de Justicia le bajó a cinco años la condena, que aún sigue cumpliendo. Vilma Pineda casi no quiere hablar de él. Se confiesa creyente pero el dolor lo siente cada día de su vida y no se considera capaz de perdonar.

Muchas veces se ha preguntado si los días de su hijo pueden llamarse realmente vida. De hecho, si a ella le pasara lo mismo, no quisiera vivir así. Pero esta es una guerra que quiere librar.

No puedo negar que tengo la ilusión de que un día mi hijo se levante y vuelva a ser el de siempre. No importa cuánto tiempo pase. Pero también es cierto que todos los días convivo con el miedo de que se muera. Cuando yo me lo traje a la casa, le dije a Dios: ‘En tus manos pongo a tu hijo, que un día me prestaste’. Los doctores me dijeron que no viviría más allá de unos días y aquí sigue y está mejorando. Creo que es por algo, creo que mi hijo tiene un propósito aquí. Y mientras él siga luchando, yo seguiré luchando también…”

Bueno, te voy a contar.

Entré al Éxito de Chapinero a quemar tiempo porque tenía una entrevista de trabajo. Me puse a mirar los libros porque siempre me ha gustado mirar los temas, ojear, y si es preciso voy y me tomo un café en el mismo establecimiento. Estaba mirando el Almanaque Mundial de 2015… Perdón, 2014… Estoy confundido. Me llamó la atención que cada día salen más países. También cómo era la antigua Unión Soviética. Cuando de pronto dije: “Hijuemadre, me cogió la tarde”.

Salí del almacén y como a las dos cuadras miré y dije: “Ay, mierda, ¡el libro!”. Involuntariamente me lo había colocado debajo del brazo, como si fuera mío. Dije: “¿Ya a qué me devuelvo? Agg, qué hijuemadre”.

Fui a la entrevista de trabajo, no pasó nada. Me puse a ojear más el libro y después me metí a una vaina de compraventa de libros y revistas, y me lo compraron. Un poquito más de mitad de precio.

Ahí fue donde se me metió en la cabeza: “Bueno, si yo saqué ese libro, entonces puedo sacar más”.

Me volví un pícaro, lo reconozco (risas)… Sebastián, se me va a colgar, quedan treinta segundos…

José Manuel finalmente se despidió al otro lado del teléfono.

Los sesenta y cuatro mil pesos que le consigné para que me llamara desde alguno de los teléfonos de La Modelo, la cárcel a la que lo enviaron en febrero pasado por el hurto reiterativo de libros, solo alcanzaron para trece minutos y medio de entrevista. Según me contó, un “marica” irrumpió en su celda y le robó casi toda la plata.

“Sebastián, me tocó lavar ropa de gente de acá para ganar unos pesos y poder cumplirte”, me dijo.

José Manuel está recluido en el pabellón Nuevo Milenio, en el cual permanecen los presos con sida. Hace dos semanas, en la audiencia de imputación de cargos, me dijo: “Te tengo una primicia. Me dijeron que tengo sida”. Luego agregó: “Soy inocente”.

Para ese momento, la juez que dirige el caso llevaba alrededor de cinco minutos en el estrado, ordenando sus papeles. A las cuatro y quince de la tarde comenzó la sesión.

En una sala de audiencias del octavo piso de un viejo edificio de la calle dieciséis, entre carreras séptima y octava, José Manuel escuchaba atentamente al defensor de oficio que le asignó el Estado, el doctor Marco Tulio Céspedes. La juez, que no superaba los treinta años, les concedió dos minutos para que tomaran una decisión.

—Su señoría, el señor acusado ya tomó una decisión.
—Señor José Manuel Home García, ¿es eso cierto?
—Es cierto, su señoría.
—Señor José Manuel Home García, ¿usted tiene deseos de aceptar los cargos?
—Sí, su señoría.
—Siendo así las cosas, señor fiscal, le concedo el uso de la palabra.

Entonces el fiscal comenzó a leer un documento con las pruebas que inculpaban a José Manuel.

—El día siete de febrero, siendo las seis de la tarde, José Manuel Home García, quien tiene 44 años y nació en Cali, entró al Éxito de la calle 175…

Una vez allí, ese 7 de febrero, José Manuel, consciente de lo que iba a hacer (no como la vez del Almanaque Mundial) tomó cinco libros: La estrategia del ave fénix, Manejo del duelo, Pablo Escobar Mi padre y dos ejemplares de Hablando sola. Luego, como si muy en sus adentros quisiera que lo atraparan, cruzó la puerta principal del almacén y lo único que logró fue que se encendieran las antenas de seguridad, que el guardia le pidiera el recibo de compra y que, al percatarse de que se trataba de un robo, le quitara los libros y llamara a la Policía.

—Su señoría, el dactiloscopista de la Sijin —dijo el fiscal— hizo el cotejo con las huellas dactilares de José Manuel Home, estableciendo su plena identidad. Pongo a su disposición estos documentos.

—Proceda, doctor.

***

A principios de 2014 robé ese almanaque y un par de libros más. Tuve una temporada de quedarme quieto como ocho meses y a finales de año empecé a hacerlo más seguido.

Me he robado por ahí unos treinta libros. No, no… Son muchos más. Por ahí unos noventa.

Yo soy selectivo, porque me gusta la lectura. Me gustan mucho los de superación personal: ‘Amar o depender’, del doctor Walter Riso, ‘Te amo, pero soy feliz sin ti’, del Papá Jaramillo.

“Yo soy selectivo, porque me gusta la lectura”
Soy una persona emocionalmente muy débil y esa es una de las razones por las que he llegado a donde he llegado.

También me gusta Isabel Allende. Me leí ‘De amor y de sombras’. Sin embargo, mi libro preferido es ‘La culpa es de la vaca’. Ese del hijo de Pablo Escobar apenas si lo ojeé. No vale la pena.

Después de leerlos los vendía por ahí en Chapinero o en lo zona de la 16, por donde están los juzgados, donde me hicieron la audiencia. Si un libro costaba cuarenta y dos mil pesos, entonces lo vendía a mitad de precio.

Pero, no sé, Sebastián. Siento esto como una indagatoria.

***

La juez revisó los documentos, corroborando cada punto, hasta que finalmente dio su veredicto.

—Se comprueba la materialidad de la conducta y la responsabilidad del procesado, indicando entonces esta funcionaria que la sentencia que emitirá no será otra que una sentencia condenatoria. ¿Señor defensor?
—Su señoría, muy respetuosamente —dijo el abogado Céspedes—. El señor José Manuel Home se vino de Cali hace tres años, es administrador de empresas de la Universidad del Valle, vive en la carrera 13A # 13-61, y pues… Aquí no ha logrado encontrar estabilidad, lo que lo llevó a cometer ese delito para subsistir. Tampoco tiene antecedentes, su señoría. Pido que se le suspenda la ejecución de la pena, así como la indemnización. Él no tiene los medios.

Yo era muy alcohólico —me cuenta— e incluso me tuve que rehabilitar. Los papás de mi segunda esposa la alejaron de mí, y la enviaron a estudiar a Buenos Aires.

Antes de llegar a Bogotá, fui hasta allá para recuperarla (risas). Volví muy desorientado. Traté de erradicar la vida nocturna: el que está untado de aceite, no se puede acercar a las llamas.

La juez ignoró al defensor. Estableció la fecha de la siguiente audiencia y luego dio por terminada la diligencia. El abogado y yo bajamos al primer piso del edificio en el mismo ascensor. En este lapso me contó que José Manuel dirigió dos empresas importantes, pero que un negocio fallido lo dejó en bancarrota.

Mientras tanto, dos guardias conducían a José Manuel y a cuatro presos más de La Modelo hacia la carrera séptima, donde los esperaba un bus del INPEC. José Manuel, esposado, miraba de reojo la vitrina de una librería.

***

En la última audiencia, antes de que José Manuel llegara, escuché a la juez y a la delegada del Ministerio Público murmurar entre ellas.

—Muy de malas —dijo la delegada del Ministerio Público—. Pero, ¿por qué hacen esas cosas?
—Es lo que todos se preguntan— le respondió la juez, sarcásticamente.
—Bueno, le robaba a los ricos, ¿no? —comentó la delegada, dirigiéndose al defensor de almacenes Éxito, quien no asistió a la audiencia pasada y se veía sorprendido ante las risas que soltaba la funcionaria mientras decía lo que decía.

“El tipo ahora está mejor —me dijo el abogado Céspedes antes de entrar a la sala—. Lo hubiera visto cuando lo atraparon. Estaba mechudo, sucio”.

Era 10 de junio. José Manuel llevaba cinco meses y 15 días en prisión.

Sebastián, por favor llévame algo de comer —me dijo una semana antes en otra llamada—. Me gané un chuzón por ponerme a defender a un man de acá. Ojalá me den salida ya.

José Manuel por fin llegó a la sala.

—Buenas tardes a todos —dijo agitado. El guardia con el que llegó hizo que subiera los ocho pisos corriendo debido a que iban tarde. Sin embargo, más se demoró su respiración en relajarse y su sudor en secarse, que la juez en dictar el fallo. Omitió por completo el pedido del abogado Céspedes en la última audiencia: “Su señoría, pido que se le suspenda la ejecución de la pena, así como la indemnización. Él no tiene los medios”.

“Esa juez… ¿Para qué le metía la caución?”, me dijo Céspedes antes de tomar el ascensor. El proceso apenas duró diecisiete minutos.

La juez ordenó que José Manuel permaneciera treinta días más en La Modelo, antes de quedar libre y estar expuesto a la tentación de embolsillarse un nuevo libro.

En el apartamento hay varios ventanales, y por los ventanales se cuela un chorro de luz clara. Está en el piso 18 de un edificio cercano a Plaza Venezuela, en el centro de Caracas, la capital del país. Desde aquí, el caos de la ciudad es la escena de una película muda: se ve la gente caminando con prisa, los vendedores ambulantes perseguidos por policías, el tráfico. Esta vivienda no es grande, pero sí espaciosa. Las paredes en blanco, los muebles en blanco, los cojines en blanco y negro. Están el coche, los juguetes de un niño de meses, el árbol de Navidad. Y tatuado en una pared, un verso de Andrés Eloy Blanco, como una elocuente declaración de principios: “Es haber amanecido sin habernos explicado/como sin haber dormido pudimos haber soñado/ Todo eso es querer y amar/ Y amar es más todavía/ porque amar es la alegría de crearse y crear”. —Ya te atiendo. La mujer, Migdely Miranda Rondón, viuda de Giniveth Soto –sobrina del diputado al parlamento por el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela, Fernando Soto Rojas– está despeinada, en chanqueltas, con un bebé –que llora, se calla, vuelve a llorar, se vuelve a callar; se duerme– en sus brazos. —Mírame, estoy como una loca. Desde que mi esposa murió ando en una corredera. Ella se encargaba de todo. ¿Verdad, hijo? ¿Verdad que esa mamá nos hace mucha falta? El niño llora.

***

La madrugada del sábado 13 de diciembre pasado mataron a Giniveth Soto de un tiro en la cabeza, cuando intentaron robarle el Volkswagen con el que trabajaba como taxista. Por el vínculo con el parlamentario chavista, el crimen puso sobre el tapete –de nuevo– el tema de la inseguridad. Y desató –también de nuevo– las quejas de la comunidad de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (Lgtb) por la falta de amparo legal: como aquí no está protegido el matrimonio entre personas del mismo sexo, Salvador Gabriel, de cuatro meses de edad, quedó desprotegido, en un limbo jurídico.

***

Giniveth Soto y Migdely Miranda –psicólogas, 32 años la primera, 31 la segunda– se conocieron en mayo de 2012 trabajando juntas. Se hicieron novias de inmediato, y en junio de 2013 se casaron. Para eso viajaron a Rosario (Argentina). Allá, desde 2012, las parejas del mismo sexo, extranjeras, pueden contraer nupcias. Luego, regresaron a Caracas con el plan de ser madres. —Decidimos que fuera de las dos. La forma que encontraron para la procreación conjunta fue la fertilización in vitro: que un óvulo de Giniveth, (fecundado con ayuda de un banco de semen) fuera gestado por Migdely. El costo del procedimiento rondó los 150 mil bolívares. Hicieron rifas, juntaron sus sueldos, le pidieron ayudas al gobierno (en un documento consta que el Ministerio de Comunas les tramitó un aporte de 45 mil bolívares). Conscientes del desamparo legal que arropaba a su unión en Venezuela, decidieron que el niño naciera en Argentina, para que tuviera los apellidos de ambas. Y así fue: el pequeño se llama Salvador Gabriel Soto Miranda. —Nos fuimos a Argentina como estudiantes. Pero Cadivi (el órgano que entonces se encargaba de la adjudicación de divisas en el país a personas naturales y jurídicas, en el marco del control de cambio que impera en Venezuela desde 2003) no nos dio los dólares completos. Por eso hasta hambre pasamos. Pero mucha gente nos ayudó. Fue un esfuerzo que hicismos… El niño llora, desesperado. —Ya va. Déjame darle pecho a ver.

***

Giniveth Soto y Migdely Miranda intentaron varias veces que su familia existiera (legalmente) en Venezuela. Al llegar al país, luego de las nupcias, pidieron que el Registro Civil (RC) introdujera su acta de matrimonio en los archivos, para que la unión fuera válida en el país. Se lo negaron, porque –les dijeron– Venezuela solo pueden casarse un hombre y una mujer. La respuesta escrita –que solicitaron y les llegó meses más tarde– está firmada por el director del RC, Alejandro Herrera, y dice: “El acto nupcial analizado no se corresponde con el ordenamiento jurídico venezolano (…)”. No es la primera vez que dan esa negativa. Tamara Adrián, abogada, transexual, defensora de los derechos Lgbt, ha acompañado a seis parejas en ese trámite, y no ha logrado nada. Ha gestionado casos en el exterior (en los consulados correspondientes), y nada. Si bien en Venezuela las parejas homosexuales no pueden contraer nupcias, la Constitución no prohíbe el registro de esas uniones realizadas fuera del país. Y de acuerdo con un dictamen del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), de 2008, no existe un impedimento explícito para el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Solo que la AN debería legislar para que sea posible. Pero no lo ha hecho. Eso para Adrián es un signo claro del atraso del Estado Venezolano: “Las constituciones de Colombia y Brasil, por ejemplo, dicen también que el matrimonio es entre hombre y mujer. Y los máximos tribunales de esos países interpretaron que eso implicaba una discriminación. Aquí el TSJ dijo lo contrario”. —Ya el niño dejó de llorar. ¿Se durmió? Cuando solicitamos que introdujeran en los archivos la partida de nacimiento del niño, para que tuviera la nacionalidad venezolana, ocurrió lo mismo. Él es Soto Miranda, pero aquí no lo quisieron registrar, porque el formato dice: “papá” y “mamá”. Hasta nos insinuaron que lo registrara una sola. ¿Entonces para qué me fui a parir a Argentina, para que él tuviera sus dos apellidos?

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Carlos Trapani es abogado, especialista en derechos del niño, asesor de Cecodap –ONG que defiende y promueve los derechos de niños y adolescentes desde hace más de 20 años– e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Católica Andrés Bello. No conoce un caso similar: “Si su madre es de aquí, le corresponde la nacionalidad al bebé (…) No importa como sea la familia: una mamá no tiene ni más ni menos derechos porque su pareja sea del mismo sexo”.

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—Ahorita viene un abogado amigo mío a ver cómo me puede ayudar. Él tampoco tiene muy claro el asunto. Se lo voy a volver a contar todo. Aunque te digo: a veces a uno se le quitan las ganas de luchar. Este apartamento era de ella. Lo compró porque ella quería tener una familia, y vivíamos aquí. Todo esto es muy fuerte. El caso es más complejo: en Venezuela la familia Soto-Miranda no existe. Y con el asesinato de Giniveth todo se complicó: como no son esposas están las interrogantes: ¿Quién hereda el apartamento? ¿Y el carro, que también era de Giniveth? ¿Y el bebé argentino? ¿Quién es la madre? (Porque aquí, en Venezuela, legalmente, solo puede haber una mamá). —No es tan sencillo que yo diga: “La madre es mi esposa” o “la madre soy yo”. Te lo digo: no es sencillo. Hay dos opciones. Si el pequeño queda registrado como hijo de la fallecida, sus abuelos podrían quitárselo a Migdely, pero la casa y el carro (de Giniveth) le quedarían al niño. Si se reconociera el matrimonio, a Migdely le correspondería la mitad de los bienes. (“Pero mi caso no se ha discutido, al niño lo ampara la ley, a mí no: es como si no existiera”). En caso de que Migdely lo presente como suyo, no se le reconocería el vínculo con Giniveth (su mamá biológica, porque fue la que aportó el óvulo). Y el niño no podría heredar. Cuando fui a la morgue, quería entrar yo a reconocer el cadáver. Pero como no tengo su apellido no me dejaron, y pasó un familiar de ella. Yo no sé cómo van las averiguaciones para saber quién la mato. Esto ha sido una pesadilla.

***

Después del fallecimiento de Giniveth, el colectivo Lgbt protestó frente a la AN. Y luego Migdely estuvo en una mesa de trabajo, en las que estuvieron la rectora del CNE, Sandra Oblitas; representantes del Consejo de Protección de los Derechos de los Niños, del Ministerio de la Mujer, del Registro Principal, de la Defensoría del Pueblo, de la ONG Venezuela Igualitaria. Trataron de resolver el acertijo, y no llegaron a nada. Al final, le pidieron a Migdely que consigne pruebas de que ella fue la que dio a luz. —¿Esas pruebas para qué? —No sé. Quizá para que yo quede como la madre, porque según la ley, en Venezuela la madre es la que pare. Me darían una partida de nacimiento en la que el niño aparecerá con mis apellidos. Quizá luego comprueben, con análisis de ADN, que él es hijo de Gini. Aquí tampoco se ha legislado sobre la maternidad sustituta. En este caso las dos quieren figurar como madres. Pero generalmente, quienes recurren a un vientre “prestado” para dejar descendencia, no desean que la madre “de alquiler” tenga derechos sobre el niño. En 2014, una pareja que procreó bajo esa modalidad pidió a un tribunal que el bebé llevara el apellido de la madre biológica, no –como estaba en la partida de nacimiento– de quien lo dio a luz. El tribunal lo declaró con lugar. Pero en el caso Soto-Miranda todo es diferente: las dos querían figurar como madres, y ahora una está muerta.

***

Giovanni Piermattei, de Venezuela Igualitaria, estuvo en las mesas de trabajo. Dice: “Uno especula que darán un documento diciendo que Miranda es la madre, aclarando que el niño tiene dos mamás. No creo que lo registren con sus apellidos, aunque pudieran”.

***

El análisis de Tamara Adrián es este: “El interés superior del niño debe prevalecer. La Convención Internacional de los Derechos del Niño lo protege. No se trata del matrimonio igualitario, sino de los derechos del niño. No le pueden quitar los derechos que él tiene en su país de origen”.

***

—Somos chavistas y maduristas –proclama Migdely– Se debe apoyar al más débil, que durante muchos años estuvo oprimido.. Y nosotros sabemos que dependemos de la AN. En enero de 2013 se introdujo en el Parlamento un proyecto de ley de matrimonio igualitario, respaldado por 20 mil firmas. La Constitución obligaba a discutirlo en el período legislativo que terminó en diciembre pasado. No lo hizo. De estar vigente esa ley, el camino en el caso Soto-Miranda no sería un laberinto. —No se ha discutido porque creen que somos minoría. No todo el mundo dice que es gay. Pero somos muchos, somos muchos. —¿Has pensado en irte del país? —Pienso en la familia de Gini, que está encariñada con el niño. Pero no lo descarto.

***

Adrián estima que 150 parejas venezolanas homosexuales se han casado en el exterior. Son muchas más las que conviven sin matrimonio: en 2012 los datos preliminares del censo de 2011 revelaron que había entre 4 mil y 6 mil familias homoparentales. En julio se publicó la data definitiva del censo. La cifra de familias homosexuales no apareció. Quinteria Franco, de la ONG Unión Afirmativa, la solicitó en el INE: “No fueron suficientemente significativos para generar estadísticas”, le respondieron. Uno puede concluir que hay una homofobia de Estado”, opina Adrián. Nosotras hicimos todo esto para que se visibilice este problema de exclusión. Ojalá haya valido la pena, ojalá –dice Migdely.

“Es necesario que el hombre de hoy, que vive bajo el signo de tantas opresiones y esclavitudes, rompa todas esas cadenas”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, septiembre de 1979.

Taenia solium es un parásito, la solitaria, un gusano en las tripas de un humano. Le roba sus nutrientes. Lo depaupera sin matarlo. Su hábitat predilecto son las paredes internas de un segmento del intestino delgado llamado yeyuno. Al aparato digestivo la larva accede encapsulada, entre carne de cerdo ingerida cruda o poco cocinada. Los ácidos gástricos la liberan. Libre, la minúscula cabeza –corona de ganchos, cuatro ventosas, forma de pera– se aferra como anzuelo al paladar del pescado. Luego se dedica a hurtar, una cuota suficiente para la buena vida pero sin arriesgar la del incauto. La lombriz crece y crece y crece, blanca y plana como un tallarín, hasta regarse medio metro, un metro, de ahí dos tres cinco… hasta seis metros, siete. Cientos de centímetros parasitarios, prosperados a base de nutrimentos ajenos durante semanas, meses, años. La literatura médica habla de ejemplares que sobreviven hasta una década en las entrañas de sus víctimas, impotentes y resignadas.

En El Salvador, país que no aprecia la carne de cerdo, la solitaria afecta con frecuencia limitada, una incidencia en todo caso inferior a la que tienen otros parásitos… como los extorsionistas.

—Uno se termina haciendo del ojo pacho –dice Ulices, extorsionado.
—¿Por qué? ¿Resignación?
—Resignación. ¡Esa es la palabra! Nosotros les damos 180 dólares al mes, pero eso no es lo peor, la verdad. Lo peor es el sentimiento de impotencia que uno tiene. Nada nos costaría zampar a cuatro vigilantes, ¿veá? Si quisiera darles lucha, les diera lucha. Pero tengo dos hijos pequeños, esposa… Como somos dos socios, al final son 90 dólares por cabeza, que es lo que me cuesta una buena cena. No vale la pena. ¿Poner en riesgo a mi familia por una cena?

Ulices paga la cuota, mantiene a los parásitos. Pandilleros de la 18 facción Revolucionarios en su caso. Lo ha hecho durante más de tres años. Se reconoce como un renteado. Uno más. Uno entre decenas de miles.

* * *

I. Lainfestación.

Conviene explicitar de entrada que Ulices no es alguien achicopalado, de naturaleza sumisa; al contrario, es de los que tratan de caminar cabeza erguida por la vida.

—Me formaron para ser muy aventado –dice–; aventado y desconfiado. Todo lo que pueda hacer yo, lo hago yo.

Esa concepción de la existencia cristalizó de diferentes maneras: Ulices sobrelleva su condición de renteadoen silencio, sin contárselo a casi nadie; Ulices suele cargar una Glock 9 mm, registrada a su nombre; Ulices cree que el dinero está para ser invertido y multiplicado, y el cómo no es lo más relevante.

A finales de 2011 se le apareció la oportunidad de convertirse en dueño de un billar. Un amigo que terminaría de diputado en la Asamblea lo había adquirido meses atrás, pero preocupaciones mayores no le permitían dedicarle el tiempo necesario, y le propuso arrendárselo.

Ubicado en la llamada Zona Real, en las inmediaciones del Hotel Real Intercontinental, el billar era, entre los locales de su estirpe, uno de los de mayor abolengo, con más de tres décadas. Antes de dar el sí, acordaron que durante cuatro días podrían auscultar el negocio con acceso absoluto, y comprobó que se facturaban en torno a 140 dólares diarios brutos. Como abría los siete días, eran 4,200 dólares al mes, y eso con el piloto automático.

—Ordenándolo un poco, mi socio y yo vimos que sí había de dónde sacar lucro –dice Ulices.

El acuerdo entre los amigos fue 1,800 dólares mensuales de alquiler por el local más 400 por las mesas de billar. En los días siguientes hubo que invertir arriba de 5,000 en remodelar la cocina, pintarlo, adquirir mobiliario, decorarlo, arreglar los aires acondicionados, los baños…

Le entraron sin saber que el billar estaba parasitado.

Ulices tenía entonces 27 años, los mismos que su socio, quien también es su primo y confidente. Ambos son fundadores-propietarios de una vigorosa empresa de mercadeo y publicidad, con ganancias estratosféricas en comparación con las del salvadoreño promedio. Graduado en la Universidad José Matías Delgado, Ulices vive en una urbanización de la zona sur de la capital en la que no hay casas abajo de los 100,000 dólares, su garaje se lo disputan un pick-up, dos sedanes, un importado de lujo y una vespa del 86, dispone de motorista, el fútbol en el Estadio Cuscatlán lo ve desde palco, ha sido candidato a diputado suplente en las elecciones de 2015, se divierte en la exclusiva colonia San Benito, y en una cena con su esposa se gasta 90 dólares sin cargo de conciencia.

—La decisión no fue sencilla porque nunca había estado en un business así, y si asumí el reto es porque me gustan los negocios. Pero mi esposa nunca estuvo de acuerdo. Nunca.

El billar tenía cinco empleados, incluido el vigilante. Fueron ellos quienes traspaso consumado le dijeron que unos pandilleros de la 18 se presentaban todos los sábados en la noche, como Don Francisco, pero para cobrar la renta: 50 dólares en monedas.

Aventado y desconfiado, en su primer sábado Ulices le dijo al vigilante que esta vez él y su socio entregarían la plata. Caída la noche, se presentaron dos jóvenes: uno de unos 18 años; y el otro, de unos 24. Como siempre, se dirigieron al vigilante por lo suyo, pero este les explicó que había nuevos encargados y que querían platicar.

—Nosotros de entrada habíamos dicho: paguemos, ¿para qué confrontar? Pero queríamos hablar.

Por lo que pudiera pasar, Ulices dejó su Glock 9 mm en la oficina. Salieron él y su primo al parqueo, con el vigilante y su escopeta de escuderos. Se presentaron como los administradores y dijeron que un inexistente patrón les había pedido conocer las condiciones. La conversación inició tensa pero amistosa.

—¿Cómo funciona esto de la renta?
—Nosotros brindamos servicios de seguridad –el menos joven tomó la palabra, y por su forma de expresarse, sus gestos, a Ulices no le quedó duda de que eran mareros–. Ustedes tienen nuestro teléfono. Si llega otra pandilla a cobrar, les dicen que están con los Revolucionarios de la 29, y si hay problema, nosotros nos encargamos. Igual si tienen un problema con un bolo o alguien que llega a asaltar. Solo nos llaman. A la hora de cualquier desvergue su vigilante no tiene que ensuciarse las manos.

El pago de la renta también incluía el compromiso de que ningún homie llegaría al billar como cliente, conscientes de que su sola presencia perjudica al negocio.

La plática, de unos 10 minutos, solo se tensó en el tramo final, cuando Ulices se atrevió a comentar que estaban arrancando y que creían que 50 dólares era demasiado.

—Quizá sintió como que no queríamos colaborar, y ahí se puso más serio: lo conveniente es que sigan apoyando, que rápido nos ubicaban, que podían averiguar quién era el dueño… un tono más amenazante.

Ulices pidió calma: la idea era seguir apoyando. Entregaron los 50 dólares en monedas, con la sugerencia de que hablara con quien tuviera que hablar para revisar la cuota. El Chiquitito se despidió con una petición: la próxima cuota, en billetes de 20 y 10, que ahora mejor así. La pareja de pandilleros caminó cuadra y media, y subieron en un Honda Civic negro que los esperaba con el motor encendido.

Aún no lo sabía, pero aquel pandillero diminuto y altanero del que nunca conocerá su nombre, el que aparentaba unos 24, era uno de los palabreros en la libre de la facción Revolucionarios del Barrio 18; en concreto, del grupo que tiene su cancha en la comunidad 29 de Agosto de San Salvador.

Al siguiente sábado el encuentro fue más breve. Los mareros llamaron antes para decir que se presentarían a las 5 de la tarde. Llegaron Chiquitito y el otro chamaco, esta vez acompañados de una joven que evidenciaba un nerviosismo desmedido. Ulices y su primo salieron al parqueo, chocaron las manos como cheros de toda la vida, y los tres billetes cambiaron de dueño. Ulices alcanzó a preguntar si había planteado lo de la revisión de la cuota. Chiquitito respondió lacónico: un no y una advertencia de que eso no dependía de él. Por todo, un minuto.

—Cuando se iban, yo le dije: resolveme. Algo serio, ¿veá? Y me dijo: ahí le aviso.

Con ligeras variantes el patrón se repitió el tercer, cuarto, sexto sábados, el séptimo. Y cuando los renteadosya se habían resignado a que nada cambiaría, Chiquitito telefoneó al vigilante un día a mitad de semana y pidió hablar con Ulices.

Mirá, bato –le dijo Chiquitito–, hemos visto que ustedes están en la disposición de colaborar, así que vamos a cambiar las cosas. Mucho nos arriesgamos al llegar todos los sábados, y ahora el modo de entrega será una vez al mes, entre el 14 y el 16. Acordate –le dijo Ulices–que en un negocio así el flujo es diario, y para mí juntar la plata de un solo… Mirá –le dijo Chiquitito–, ese es tu problema. Yo necesito que lo hagamos una vez al mes, pero te vamos a ayudar: y el pago mensual será de 180 dólares, no de 200. Vaya –le dijo Ulices–, está bueno, pero cuando vengás a cobrar, avisame un día antes, no me vayás a caer de sorpresa, que no haya dinero en caja, y vayás a encachimbarte, ¿veá? Está bueno –le dijo Chiquitito.

Sería enero o febrero de 2012, en vísperas de la Tregua que acordaron el gobierno del presidente Mauricio Funes y las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18.

El cambio en las condiciones de pago supuso el inicio de laestabilidad.

* * *

Cada día del año 2014 siete salvadoreños tuvieron el valor de denunciar a sus parásitos ante la PNC. El nombre de 2,480 valientes quedó inscrito en un reporte policial. Como curiosidad, se denuncia más en los departamentos de Santa Ana, Morazán, San Miguel y Sonsonate, aunque resulta imposible determinar si es porque el delito está más extendido, porque las instituciones estatales son más solventes, o porque sus ciudadanos están menos resignados que el resto de los salvadoreños.

Sea como fuere, cualquier reporte oficial de datos siempre será un espejismo de la realidad de un delito del que expertos y profanos señalan que tiene un subregistro brutal y creciente. Así, mientras la conciencia colectiva está convencida de que extorsionados y extorsionistas son cada vez más en El Salvador, las cifras policiales aseguran lo contrario: 4,528 fueron las denuncias recibidas en 2009; 3,296 en 2011; y 2,785 en 2013. La tendencia es similar en los registros de la Fiscalía General de la República.

Saber cuántas personas pagan renta es una quimera, como aspirar a contar los zompopos de mayo. Se respira en el ambiente lo desbocado que está este delito que, incluso con el subregistro y la impunidad, es el segundo que a más personas mantiene encarceladas, solo superado por el homicidio. De una encuesta de la Universidad Centroamericana (UCA) realizada a finales de 2014 se infiere que 163,000 adultos –163,000 familias– pagaron algún tipo de extorsión durante ese año, pero no deja de ser el mismo instrumento que cuando trata de retratar las preferencias partidarias en las semanas previas a unas elecciones sus resultados son muy lejanos a lo que acaban diciendo las urnas.

Para explicar el descenso en las denuncias, está muy extendida la creencia de que el delito se ha naturalizado, como si cada vez más y más salvadoreños se resignaran a vivir con su solitaria.

* * *

II. Laestabilidad.

Uno sabe que no tendría que pagar por parquear el carro en la vía pública, a la puerta de un restaurante o de un hospital, pero por lo general se paga sin rechistar –incluso tarifas fijas, de hasta dos dólares, canceladas por adelantado– al autoproclamado administrador de la cuadra. La razón de ese pago, socialmente tolerado, no difiere tanto de la razón por la que Ulices y su socio se resignaron a pagar la renta.

Superada la incertidumbre de lainfestación, los 180 dólares acordados se incorporaban cada mes al libro de contabilidad con la misma naturalidad que se anotaban los pagos por la energía eléctrica, por el agua o por el wifi.

Que el negocio despegara con tino sin duda ayudó a pasar el mal trago. La remodelación sedujo. El trato y las promociones mejoraron. Se introdujo un servicio de comidas. Se ajustó precios al alza. Se apostó por un cliente con mayor poder adquisitivo, que pagara gustoso la exclusividad de las dos mesas de billar VIP, aisladas y con aire acondicionado.

—Cuando lo tomamos, llegaba mucho joven de 17 a 20 años y de aspecto… digamos… no amigable, que además pagaban una hora de billar y se tomaban una cerveza cada uno, ¿veá?

El perfil de la clientela cambió. En pocas semanas, de los 140 dólares por noche de caja se saltó a 350, con un par de días fuertes en la semana, en los que se ingresaban de 800 a 900 dólares. Esos números facilitaron acostumbrarse a la solitaria, pero la opción de denunciar su condición de la renteados estaba totalmente descartada mucho antes de que la bonanza.

Ulices es amigo de un exdirector de la PNC y tiene muy buena relación con un influyente comisionado. A ambos los consultó más como amigo que como víctima. El primero le respondió que, hasta no tener claro quiénes estaban detrás, no dejara de pagar, y le sugirió que desconfiara de los empleados. El segundo de entrada le recomendó interponer la denuncia, pero con tal desesperanza que Ulices lo asumió como una invitación tácita a no hacerlo.

—Pagar a unos mareros va contra mis principios, yo estoy totalmente en contra, ¿me entendés? –dice Ulices–. Pero si no lo denunciamos es porque la PNC es una institución que no iba a cambiar la situación ni a brindarnos seguridad. La cuota… era manejable; y la relación que estábamos teniendo con ellos, dentro de lo que cabe, era armoniosa. Entonces, lo terminamos viendo como un mal necesario y punto.

En aquellos días se destapó la Tregua, con las insólitas peticiones de perdón a la sociedad que pandilleros como el Sirra o Viejo Lyn hicieron en los medios de comunicación, aunque lo que más pesó a la hora de que Ulices se resignara a laestabilidad no fue la fe en ese oscuro proceso, sino el hecho de tener una familia.

—Mis hijos nunca han puesto un pie en el billar. Mi esposa, dos o tres veces lo más, y siempre de día.
—¿Su familia sabía que pagaba renta?
—Mis hijos son pequeños. Mi esposa no estaba al tanto porque nunca lo permití. A ver, con mi esposa tengo confianza, platicamos de todo, pero desde que yo entré en el billar… no sé… lo hice… como sabiendo que no es quizá la forma más correcta de hacer plata… no sé si me captás… como que no es lo moralmente correcto, pues. Por eso siempre mantuve lejos a mi familia.
—¿Pero ella sabía que pagaban renta?
—Algo sabía, pero no los detalles. Lo manejé como que era parte del negocio y que nunca hubo amenazas ni nada.
—¿Quién lo sabía, aparte de su socio?
—Mi papá sí, porque por un tiempo llegaba a apoyarnos al local. Y amigos… tal vez dos o tres personas de confianza. Pero es que yo soy así, desconfiado. No sé, quizá la misma política me ha enseñado a ser sigiloso, mucho más en este tema, porque nunca sabés de dónde te puede venir el… la verdad es que a casi nadie le dije.

Laestabilidad se prolongó por casi tres años. Chiquitito siempre fue el principal interlocutor, con transacciones en el parqueo que se consumaban en segundos. El tercer sábado de cada mes terminó fijado como el día de pago. Los 180 dólares al mes, inamovibles. La pandilla nunca pidió aguinaldos ni bonos ni nada por el estilo; lo más parecido, alguna petición de colaboración adicional para un entierro o para pagar abogados, pero bastaba responderles que no podían para que ni siquiera insistieran.

Si bien parasitaria, la relación se naturalizó.

—Un amigo, uno de esos pocos que sabían, abrió un bar cerca –dice Ulices–. Y como él intuía que le iban a caer, primero me buscó. Yo le hice el contacto, para que empezara bien desde un inicio. Y ya, platicaron y arrancaron. Fue para simplificarle la vida.

Si la premisa era no complicarse, los años de laestabilidad resultaron llevaderos.

El problema es que los parásitos de Ulices eran pandilleros, un grupo violento, armado para la guerra y dispuesto a todo para retener su cuota de nutrientes. Y cuando en la segunda mitad de 2014 la estrella del billar empezó a apagarse, la cosa se puso fea.

—Tuve que ir a su comunidad a darles una plata –dice Ulices.

Para entonces, laestabilidad estaba dando paso a lacapitulación.

* * *

Los datos-balances-encuestas no parecen la herramienta idónea para dimensionar el fenómeno de las extorsiones y su impacto en el comercio. Quizá las opiniones.

Existe un Consejo Nacional de la Pequeña Empresa de El Salvador, que los pocos que lo conocen lo conocen como Conapes. La personería jurídica la ganaron en 1990 y es la heredera de asociaciones similares que operaron antes y durante la guerra civil. Aseguran sus dirigentes que tienen registradas más de 11,000 comercios y empresas pequeñas, con unos 20-30 empleados en promedio. Su presidente se llama Ernesto Vilanova y es dueño de un hotelito en la zona costera. Su vicepresidente se llama Ricardo Sosa, y es consultor en temas de seguridad. Desde hace varios años –los dos coinciden en el diagnóstico– la renta es la preocupación reinante entre los agremiados de Conapes.

“Las extorsiones se han convertido en un modus vivendi en El Salvador”, dice Vilanova. “Es el negocio del siglo XXI”, dice Sosa. “Hoy el 90 % de los pequeños empresarios pagan renta, y el problema ya se hizo crónico; es muy difícil que vaya a retroceder”, dice Vilanova. “En los noventa lo más lucrativo para el crimen organizado eran los secuestros y, cuando el Estado apretó, se pasó a las extorsiones”, dice Sosa. “El extorsionado rara vez denuncia; a nosotros nos cuenta bajo condición de confidencialidad”, dice Vilanova. “Yo en mi hotel tengo que dar comida y cervezas a los pandilleros de la zona; dinero aún no”, dice Vilanova. “También nos consta que existen oportunistas y aprovechados que, sin ser pandilleros, extorsionan en nombre de las pandillas”, dice Sosa. “Tuvimos un caso de un pequeño empresario extorsionado por cuatro policías”, dice Vilanova. “Nosotros jamás les aconsejamos que sigan pagando, pero el problema es que acuden cuando están con el agua al cuello”, dice Sosa.

Después de todo esto, Vilanova y Sosa se despiden, pero no se van. Se sientan a otra mesa del local. Han quedado con el propietario de una floristería de San Salvador que los ha citado porque ya no alcanza a pagar la renta que le exigen. Quiere consejo.

* * *

III. Lacapitulación.

El billar comenzó a perder brillo tras la Semana Santa de 2014. Ulices todavía no le halla explicación, atrincherado en que ni el trato ni las promociones variaron, y tampoco se había abierto cerca algún negocio similar que pudiera robarle clientela. Pero que pasó, pasó: los cierres de caja devinieron menos felices noche tras noche. Las ganancias en mayo bajaron respecto a las de abril; las de junio lograron que extrañaran las de mayo; y las de julio… en julio dejó de haber ganancias. Para agosto los números rojos parecían insostenibles.

—Había días que cerrábamos con 60 dólares de caja –dice Ulices.

La inversión se había concebido para garantizar un flujo diario de dinero, no para convertirse en un lastre de la economía familiar, y en septiembre los problemas de liquidez afloraron. Se despidió a dos personas que apoyaban en la cocina y en la limpieza, se hizo ajustes para apretarse el cincho, y por último, quizá amparados en la relación cordial con sus parásitos durante laestabilidad, se optó por retrasar el pago de los 180 dólares.

—Creo que fue septiembre que nos tardamos con la cuota. El día que llamaron para avisar que pasarían les expliqué que el negocio estaba malo. Ok, me dijo, ¿cuándo me lo vas a dar? Espero que la otra semana, le dije.

Cuatro o cinco días después, volvieron a telefonear, y Ulices respondió que todavía no tenían la plata. Chiquitito esta vez no salió tan comprensivo; que si no seás tonto, que si no te pongás en ese plan, que si te hemos ayudado. Ulices se animó a pedir algo más de tiempo. Voy a hablar con los de arriba y te informo, escuchó en un tono que interpretó amenazante.

—Me llamó al día siguiente, que ya había hablado con no sé quién, y que teníamos dos días para cancelar; si no, iban a tirarnos una granada –dice Ulices–. Yo le dije: mirá, si te ponés en esa actitud, cuelgo, porque no es así tampoco. Hemos tenido una relación pacífica, y ahora que el negocio va mal… La onda es que le colgué. Como a los 10 minutos me estaba hablando el jefe de él, no sé si desde alguna cárcel, como para tranquilizarme, diciéndome que me calmara, que quizá el otro había agarrado la cosa por donde no era. Bien al suave, pero también quería que pagáramos. Al final acordamos. Y de los 180, por el retraso, nos subieron a 230 dólares, ni recuerdo qué excusa me puso.

Ante el cariz violento que estaba tomando la relación, Ulices y su primo decidieron pagar sin condiciones, ganar tiempo. Lo hicieron a pesar de que, también como desquite por la demora, los pandilleros exigieron que tenían que ir a dejar la plata a la 29, su cancha.

La comunidad 29 de Agosto queda sobre el bulevar Venezuela. A una cuadra del punto de referencia que les dieron, la llantería y taller Doño, en el cruce del bulevar con la calle que baja del mercado Central. Aventado y desconfiado (“Todo lo que pueda hacer yo, lo hago yo”), decidieron ir en persona a los dominios de Chiquitito.

Los dos socios, el administrador del billar y el motorista de Ulices se subieron en el sedán del primo después de la hora de almuerzo y se plantaron en la 29 de Agosto. Ulices iba con 230 dólares en un sobre, su Glock 9 mm en el cincho y un teléfono en la mano. Su primo, con una pequeña Whalter PPK .22 recortada. Al ingresar por el pasaje indicado, marcó para reportarse. La desconfianza era mutua. ¡Bajen los vidrios! ¿Por qué vienen tantos? Era evidente que Chiquitito los observaba desde alguna altura. Sigan hasta el tope –les dijo–; den la vuelta; regresen; paren junto a la tiendita; esperen, que va a caerles alguien. Pasaron segundos eternos, un minuto, dos… nadie se acercaba. Ulices llamó con tono de ultimátum. Al poco un hombre con un niño de unos ocho años de la mano, como si fuera su hijo, caminaron hacia ellos. Agarró el sobre, se lo echó a una bolsa, se alejaron. Los cuatro intrusos encendieron el carro y escaparon aliviados del bajomundo.

Escrito así, en menos de un minuto se digiere, pero quizá sea el párrafo más angustioso en la historia de vida de Ulices.

—Como a los 10 minutos me llamó para confirmar que el pago estaba completo.

Faltaban tres semanas para el siguiente, y Ulices le dijo que lo más probable es que volverían a tener problemas.

—Y ahí empezó de nuevo: ya venís con babosadas, que-paquí-que-pallá. Y siguió con amenazas: que conocían ese carro negro, las placas, y que yo tenía otro así, y otro más así, y un pick-up. Y todo verídico. Hasta me dijo: tenés uno sin placas, y cabal, porque lo acababa de traer.
—¿Los carros con los que usted llegaba a trabajar?
—Sí, pero también sabían del carro de mi esposa, que nunca se acercaba al negocio. Y lo sabían. Eran datos que no tenían por qué tenerlos. Que supieran el de mi esposa me terminó de asustar. Echamos a uno de los vigilantes, por la desconfianza, y al otro lo sentamos para interrogarlo.

No hubo tiempo para mucho más. Con las cuentas del billar en rojo y ante lo que Ulices sintió como una amenaza directa a lo más sagrado, su familia, aquel dinero que entregaron en la 29 de Agosto fueron los últimos nutrientes para sus parásitos.

—Ir a la comunidad fue una locura; por tonto quizá lo hice –dice Ulices–. Y eso nunca se lo conté a mi esposa.
—Ella se enterará cuando lea este artículo.
—Me tocará decirle que es la creatividad del periodista.

* * *

Para Ulices el billar era un business prescindible en el que se embarcó para disponer de ingresos adicionales y para probarse en un mundo desconocido. Cerrarlo fue una contrariedad, no una crisis.

—Pero hoy… ya te digo… no podría dejar de tener inversiones en algún comercio, por lo del flujo diario.

No habían pasado ni tres meses cuando se le apareció otra oportunidad. Un conocido que andaba necesitado de dinero ofreció a precio de cachada dos carretones de venta de comida. Ulices y su primo valoraron, intuyeron y aceptaron. Dejarlos nítidos les costó la mitad de lo que vale uno nuevo. El negocio no es muy exigente: pagar un jornal de subsistencia a alguien, garantizar que tenga comida para vender, poco más. A cambio, una entrada de dólares modesta pero constante.

Como la inversión fue pequeña y el rubro menos absorbente, con otro amigo adquirió cuatro carretones más. En un chasquido Ulices se ha convertido en copropietario de una flotilla de seis.

—Arrancamos y… ¿me creés que ya tengo los seis renteados? –dice Ulices–. Te estoy hablando de que habrán pasado 10 días, lo más, y eso que están regados por toda la ciudad. Empezaron a llegar a pedir comida, pero se nos comían cinco panes, y salía peor, así que le dije al empleado: mejor negociá y pagá.

Está pagando de tres a seis dólares semanales por carretón, unos 100 dólares mensuales. Cree que los parásitos también son pandilleros, pero certeza no tiene, e incluso desconfía de alguno de sus empleados. Las cantidades, de momento, no le quitan el sueño. Los carretones han resultado ser un buen negocio. No se atreve a decir si seguirá invirtiendo y ampliando su flotilla, pero de algo sí está convencido: tampoco lo denunciará.

(Aclaración: el nombre del protagonista de este relato se ha modificado para proteger su vida)

La tierra se había vuelto oscura de tanto chupar combustible. Los árboles del patio seguían en pie, pero sus ramas se habían secado. Un olor penetrante flotaba en el aire. Junto a la casa, cuatro muchachos descamisados cargaban tanques en un camión. No había extinguidores; nadie usaba guantes ni botas ni overol. Solo un par de cuerdas y sus músculos tensos los ayudaban en la faena.

Chano, el conductor, sentado muy cerca con su barriga comba, le hablaba al ayudante, un wayuu también joven de pelo liso.

—¿Por dónde nos vamos?
—Dicen que por la Sierra.

En sus viajes semanales desde Maracaibo, en el occidente de Venezuela, hacia la frontera colombiana, Chano ha transitado rutas secundarias y trochas polvorientas, pero desconoce esta. Jamás ha cruzado la Sierra de Perijá, una zona boscosa que comunica ambos países.

—¿Muy empinao por ahí?
—Algo —dijo el guajiro—. Hay una subida pará, pero es una sola. Si pasamos esa, tamos listos.
—¿Y este carro sube?
—Sube, pero hay que sabelo llevá. Por ahí se vino Ramiro hace poco.
—¿Se vino con to y carro?
—Él se tiró. Se alcanzó a tirar, pero el carro sí se perdió con la carga.

Chano movió la cabeza, como negándose a ese destino. Miró el camión unos segundos, en silencio, antes de dar la orden.

—Revísale bien los frenos, que si fallan otra vez, nos jodimos.

El camión de Chano es un viejo Dodge modelo 79; tiene la carrocería picada y le chillan los amortiguadores, pero el motor funciona al pelo. Chano confía y siempre lo carga con 28 tanques llenos de combustible: unas seis toneladas. Aquella noche los caleteros amarraron toda la carga y Chano llevó el carro a un terreno baldío frente a la caleta. Las luces de las casas iluminaban la vía, y el trajín de los contrabandistas agitaba el barrio cerca de la medianoche. Solo esperábamos la orden de salida.

Hacia el noroccidente de Maracaibo, en las parroquias más grandes y más pobres, hay centenares de casas donde almacenan y distribuyen el combustible. Constantemente reciben a los surtidores ilegales, tipos que compran gasolina y diésel en las estaciones de servicio y le pagan al despachador el doble de lo que compran, para luego vender la carga en las caletas. Desde esos barrios, donde la policía patrulla poco o nada, es muy fácil acceder a las vías que conducen hacia Colombia.

A medianoche pasó un flaco y convocó a una reunión donde la patrona. Era una india de manta rosada, que llevaba dos Blackberry en la mano, un collar y varios anillos de oro. A su alrededor giraban otras mujeres, también encargadas del negocio. Los conductores, obedientes, formaron un corro esperando instrucciones. La jefa habló:

—Los que van sin lona se tiran por la Sierra. Los otros, por el tubo.

Chano respiró aliviado mientras cada cual buscaba su carro. Desde varias callejuelas salieron camiones cargados que rugían con la aceleración. Uno a uno se fueron formando, hasta crear una fila de 20 que avanzó por una vía destapada. En 15 minutos alcanzamos un punto de acceso a una carretera. Y allí, junto a la vía, nos esperaban un soldado de la Guardia Nacional y un policía, que controlaban el acceso como fiscales de tránsito. Por la carretera pasaba a altísima velocidad una caravana con camiones que pude contar: eran más de 80. Esperamos unos minutos mientras el largo tren del contrabando fluía. Entonces nos sumamos.

La gasolina en Venezuela se vende un 312 % por debajo de su costo de producción. Muchos expertos petroleros están en contra del costoso subsidio, y uno de ellos, José Toro Hardy, exmiembro del directorio de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), calcula que el Estado dedica 12.000 millones de dólares anuales a proveer el combustible más barato del mundo. El litro de gasolina venezolana cuesta 0,03 dólares, mientras Colombia la vende en más de un dólar. En ese margen está la ganancia fabulosa que sostiene el contrabando.

La sangría ilegal exporta unos 30.000 barriles diarios (a 159 litros por barril), según datos oficiales. Pero todos los expertos aseguran que la cifra es mayor. El costo de esta fuga para el Estado venezolano ronda los 500 millones de dólares cada año.

Hoy el país con las mayores reservas de crudo importa gasolina en grandes cantidades: según la Administración de Información de Energía de los Estados Unidos, ese país vendió a Venezuela durante 2013 un promedio de 3,3 millones de litros de gasolina cada día, y a esto se suma otro poco que se compra a México y Brasil. Pdvsa compra el barril en unos 115 dólares; después, lo subsidia y prácticamente lo regala a sus consumidores, pues solo recupera un 2 % del dinero invertido. El volumen importado, que cubre un 6 % del consumo diario en el mercado venezolano, podría representar solo la mitad de lo que se va con el contrabando hacia Colombia.

En la punta de la caravana viaja siempre la mosca: un automóvil donde van las indias encargadas de negociar con la ley. Cuando llegamos a Cuatro Bocas, una alcabala de la Guardia Nacional, tres soldados se dedicaron a pasar revista cabina por cabina. Al llegar a la nuestra, Chano dijo un nombre:

—Estrella.

Y eso fue todo. Los choferes pronunciaban el nombre de alguna mujer, la delegada que transa con los oficiales. Todas son wayuu, la etnia que ha poblado La Guajira durante siglos y que todavía hoy controla los negocios en toda la zona binacional. Estrella, Mariela, la China… Los soldados anotaban en pequeñas libretas para llevar el control de lo que dejaban pasar. Así, más tarde, se sentarían con ellas a concretar la transacción: tantos camiones, tanto dinero que cada una de ellas pagaría y, a su vez, más tarde cobrarían a los contrabandistas.

Durante la mayor parte del recorrido íbamos en silencio. Chano y el guajiro, ambos veinteañeros bien vestidos, iban pendientes de lo que ocurría fuera de la cabina. Chano daba instrucciones para que el guajiro acomodara el espejo derecho; pedía agua o cualquier otra cosa. De resto, callaba. Cerca de las dos de la mañana abrió la boca de nuevo:

—¿Dónde está mi yerro?

Chano hablaba de su pistola, que no aparecía. Nos levantamos y buscamos, hasta que el ayudante la encontró metida en una ranura del cojín. Chano la guardó bajo su silla y siguió manejando en silencio.

Pasamos por la zona de Carrasquero y Molinete; allí buena parte de la población vive del negocio: hay choferes, ayudantes, mecánicos, caleteros, vigilantes, guardaespaldas.

Minutos más tarde llegamos al Tubo, una alcabala importante a mitad de camino, junto al río Limón. Allí confluyen varias rutas de contrabando. Al río llegan otros contrabandistas en lanchas, que arrastran el combustible en tanques sobre el agua. En la orilla hay camiones que reciben la carga y la llevan a la frontera. Otros, a veces, van por la Troncal del Caribe, la carretera que une a Maracaibo con el puesto fronterizo de Paraguachón.

En el Tubo estuvimos una hora detenidos, más de 100 camiones apretujados en un costado de la vía. Muchos apagaron los motores mientras los guardias ejecutaban su logística: peinaron el rebaño verificando a quién pertenecía cada carro; pasaron por los corredores que formaban las hileras de camiones; anotaron los datos y se fueron.

Muchos hombres bajaron de los camiones para orinar, revisar el motor o asegurar algún tanque flojo. Chano habló un rato con un colega que se paró al lado. Cruzaron anécdotas de sus viajes y hablaron de dinero, hasta que por fin el militar a cargo, algún coronel, dio la orden de paso. La caravana pasó frente a los militares y las guajiras que ya habían negociado el soborno. Desde una fotografía inmensa, Hugo Chávez, todavía presidente, miraba al horizonte junto a un discurso que hablaba de probidad y honor.

Cada tanto, cuando el contrabando se atasca, estalla en la Troncal del Caribe un conflicto que incomunica a los dos países. En 2011, la Guardia Nacional allanó varias caletas en Sinamaica, un pueblo guajiro, y quemó lo que encontró. En represalia, los contrabandistas y muchos vecinos suspendieron el tránsito durante cuatro días. El transporte comercial se detuvo, solo dejaban pasar ambulancias y cisternas de agua.

Para frenar el contrabando ha habido muchos intentos, pero todos han fracasado. Hace tres años, Pdvsa implementó el Programa Automatizado de Venta de Combustible, que la gente llama “el chip”: un dispositivo electrónico que sirve para controlar las veces que cada vehículo tanquea. Con este plan hay un límite de litros que puedes comprar cada semana. El sistema se implementó en los estados fronterizos, pero no ha logrado detener la sangría.

—¿Aló? ¿Dónde están ustedes? Nosotros… Por aquí… Donde se para la guerrilla.

Chano, que hablaba con un compañero, cortó la llamada y siguió manejando tranquilo. A los pocos minutos llegamos a un retén, aún del lado venezolano, justo cuando la mosca parqueaba junto a la vía. Las indias se estaban bajando para arreglar el negocio, y sobre la carretera nos esperaba media docena de guerrilleros armados. Todavía estaba lejos la frontera, pero las Farc, en una diligencia que parecía rutina, recibían su mordida a escasos kilómetros de dos puestos militares. Iban camuflados, con fusiles al hombro y barbas de varios días. Había dos mujeres, y todos llevaban brazaletes con su insignia. Los guerrilleros usaban el mismo sistema de chequeo rápido: los choferes no se detenían, apenas bajaban la marcha para decir el nombre de la guajira y seguir. En total, cada camión pagó esa noche 6000 bolívares en sobornos (cuatrocientos dólares en ese momento).

Llegamos a Montelara a las cuatro de la mañana, después de recorrer unos 150 kilómetros. El caserío, con un centenar de predios, tiene una mitad en cada país y un arroyo seco que marca la división. Por todas partes hay parcelas de tierra demarcadas con alambre de púas, y centenares de tanques plásticos y de metal en los que se mueve el combustible.

El camión avanzaba entre crujidos y traqueteos por las callejuelas polvorientas todavía en penumbras. Los choferes se repartieron entre los distintos patios, listos para vender la carga a sus compradores de confianza. En uno de ellos, donde cinco camiones ya descargaban, estacionamos de retroceso. Chano negoció el precio de venta y hubo acuerdo: la ganancia esa noche fue de 1000 bolívares por cada tanque (70 dólares). Él sacaría su tajada como conductor, y la mayor parte iría a las manos del capitalista que financió la carga.

Seguían llegando camiones entre pitos y cambios de luces. Había choferes que gritaban con sus celulares; negociaban precios y cantidades antes de tomar una decisión. Pronto llegarían también los colombianos dispuestos a comprar, con pacas de billetes tan grandes como una caja de zapatos.

Otro intento por detener el contrabando fue el de las cooperativas indígenas. En 2005, Álvaro Uribe y Hugo Chávez suscribieron un acuerdo que permite a 14 cooperativas importar combustible venezolano de forma legal, y venderlo en las 140 estaciones de servicio de La Guajira en un precio inferior al estándar internacional. Las cooperativas mueven 12 millones de litros mensuales: apenas una parte de los 50 o 70 millones que mueven los contrabandistas.

A las tres de la mañana salimos de La Paz, Cesar, a buscar el combustible. Íbamos cargados de tanques vacíos, y el viejo Ford volaba rumbo a la frontera con Venezuela. Recorrimos 200 kilómetros en tres horas, cruzándonos con caravanas de contrabandistas que hacían su viaje de regreso.

—Toda esa gente viene full de gasolina —dijo el Flaco sin dejar de mirar la ruta. A mi derecha, con la cara cubierta por una camisa, su ayudante dormía.

Ya se asomaba el sol cuando llegamos a Carraipía, un pueblo arenoso ubicado muy cerca de la frontera. Allí mismo, al día siguiente, los noticieros reportarían la muerte de tres policías en una emboscada guerrillera. Aquella mañana estacionamos en una calle de tierra. El ayudante, un muchacho compacto, moreno, siempre callado y severo, sacó la guantera de raíz y cogió una bolsa de papel donde venía envuelto el dinero: cuatro millones y medio de pesos. El Flaco cerró las puertas y guardó la plata en una mochila. Teníamos que ir a Maicao para cambiar de moneda:

—Hay que comprá bolívares. Los venezolanos no reciben otra cosa.

El Flaco hizo una llamada y a los pocos minutos llegó un automóvil a buscarnos. Es un servicio que los contrabandistas usan por seguridad: si entraran a Maicao con un camión cargado de tanques plásticos, todos sabrían que llevan efectivo para comprar gasolina. Sería un robo seguro.

A las siete llegamos a la plaza del pueblo, donde se reúnen cada mañana decenas de cambiadores en oficinas y puestos callejeros. El Flaco tocó una puerta de vidrio oscuro y entramos a un cubículo estrecho: un tipo rechoncho de bigotes contaba dinero en una máquina.

—¿Cuánto traes?
—Cuatro y medio.
—La vaina está buena, te estás llenando.
—Qué va.

Hicieron la operación en silencio y a los pocos minutos salimos con una paca de bolívares tan grande como una caja de zapatos.

Desde La Guajira colombiana salen centenares de contrabandistas rumbo al Cesar. Viajan en caravanas de Renault 18, viejos bólidos que se compran por 2,5 millones de pesos: máquinas bien aceitadas bajo carcasas lastimosas que viajan a velocidades altísimas conducidas por pelaos; conductores suicidas que viajan con el pecho pegado al volante y 50 pimpinas de gasolina acomodadas con gran habilidad. Con frecuencia chocan, se matan, y sobre el asfalto quedan las huellas de sus conflagraciones frecuentes.

Al Cesar llegan también camionetas Bronco, de mayor capacidad, igualmente repletas con 100 pimpinas de 25 litros cada una. Llegan además carrotanques en manadas, todos listos para surtir un mercado que es capaz de vender, cada semana, seis millones de litros de combustible. Es decir, 550 millones de pesos cada siete días.

El ayudante escondió los bolívares en el fondo de la guantera y salimos. Avanzamos unos pocos minutos hasta llegar a una finca ubicada a orillas de la carretera. Un niño wayuu vigilaba un portón que debíamos cruzar. El Flaco le dio un billete y el chico abrió. Allí empezaron dos horas y media de una marcha lenta, por un camino de tierra y piedras que impedía superar la primera velocidad. Vimos casas paupérrimas, criaderos de cerdos y chivos. Vimos un sembradío de maíz completamente abandonado.

Un kilómetro más adelante llegamos a un nuevo portón de madera, alto y pesado. A poca distancia se veía una casa amplia bien mantenida, con techo de teja y anchos corredores. Un hombre controlaba el acceso bajo la sombra de un árbol inmenso.

—Este es el retén más duro. De regreso, cuando vengamos cargaos, hay que pagá 30.000, pero el hombre mantiene la vía buena y nos deja trabajá. Hay otra ruta, cruzando otra finca, pero aquel tipo sí cayó en la mala con la guerrilla. Dicen que dejó de pagá la vacuna y un día le cerraron el paso. La guerrilla cogió tres camiones cargaos y los quemó. Ya nadie pasa por ahí.

Rayaba el mediodía cuando por fin llegamos a Montelara. De día se veía más claro el panorama: decenas de casas expuestas al sol del desierto; casas con techos de lata y cercas de alambre, ni un solo metro de pasto, pura tierra amarilla. Solo los wayuu, duros como el cuero seco de los chivos que pastorean, han sido capaces de sobrevivir en este infierno árido durante siglos.

Los patios donde compran, almacenan y venden la mercancía se siguen multiplicando a un ritmo veloz. Se ven varios en construcción, armazones de madera y zinc que darán cobijo a nuevos expendios en cuestión de días. A uno de esos patios, regentado por el Mocho, llegamos con el camión. El Mocho apenas pasa los 30 años, pero lleva muchos en el negocio. Le falta un brazo, pero se mueve con agilidad usando el que le queda. Lleva siempre un sombrero de paja muy ancho que lo protege durante la jornada. Y mueve bastante dinero, pero gasta demasiado.

—Este vergajo ha tenío tres Toyotas y toítas las esmigaja —lo acusó el Flaco.

El otro sonrió con algo de vergüenza. Después ambos vieron pasar un camión nuevo y el Mocho ofreció:

—Le vendo uno igualito.
—¿Venezolano o colombiano?
—Venezolano.
—¿Robao?
—Pues claro, barato.
—Nombe. ¿Qué voy a hacé yo con un carro robao que no se puede usá en Colombia? Mejor termino de arreglá este —dijo el Flaco y pateó las llantas de su Ford, que todavía está pagando en cuotas mensuales.

Bajo aquel sol nocivo pasamos dos horas, mientras el Flaco y su ayudante llenaban los 24 tanques plásticos arriba del camión. En tierra, con una bomba, dos tipos con botas de caucho impulsaban el combustible desde sus tanques metálicos. Sudados y sucios, el Flaco y su ayudante contrastaban con sus colegas venezolanos: aquellos, ubicados muy cerca de la llave por donde sale el combustible, “vigilados” por autoridades más corruptas, viven de un oficio más fácil y más rentable.

Cuando por fin llenaron, arreglaron el negocio frente al rancho de lata que hacía las veces de oficina. El Flaco y el Mocho gastaron varios minutos contando los fajos. Y desde el terreno vecino, encaramado en una estructura en construcción, bajo el sol que no daba tregua, un obrero requemado miraba los billetes con la envidia dibujada en el rostro.

Antes de dejar Montelara paramos a almorzar en un ventorrillo. En una mesa contigua, dos contrabandistas intercambiaban anécdotas de robos y emboscadas: por estas tierras es muy frecuente que los bandidos intenten robar la carga a tiros.

El Flaco terminó de comer y se recostó en la silla con las piernas estiradas. Se veía cansado, pero también satisfecho.

—Uh, carajo. Quién estuviera en una oficina con aire acondicionao… Nombe, qué va. Yo toy muy acostumbrao a esto. Me gano 500 en un día; un millón. ¿Y quién me va a da trabajo a mí?

De regreso, con el camión cargado, pagamos doce peajes improvisados: niños harapientos y mujeres sin oficio cerraban el camino con una cuerda. Esa pobre gente veía pasar el dinero frente a sus casas y no podían dejar de participar. El Flaco llevaba un rollito de billetes listos para ir pagando. Su ayudante se quejaba:

—Este negocio tiene muchos socios.
—Cómo se hace, primo. Esta tierra es de ellos y si no quieren, no nos dejan pasá.

De Venezuela sale combustible hacia tantos lugares. Hay mafias que lo llevan a Brasil después de cruzar la selva; hay barcos atuneros que no pescan atún: en sus tanques clandestinos llevan derivados del petróleo a Aruba y Curazao. Hay, también, un ejército incontable de contrabandistas que mueven gasolina y diésel hacia Colombia, a través de la extensa frontera entre los dos países. Cruzan por Los Llanos en la zona del Arauca; por Los Andes en la región del Táchira; y por el norte, en rutas que cubren las tierras inhóspitas de La Guajira. Pero no hay —no conozco— un pueblo que haya sido secuestrado por el negocio como ocurrió con La Paz.

Dos noches antes del viaje a la frontera hice allí un recorrido. Me llevó Pacho, el rubio taimado, una suerte de contrabandista de bajo perfil. Su carro casi nuevo había sido adaptado para pasar desapercibido: limpio y bien mantenido, escondía bajo los asientos un tanque de 200 litros.

Aquella noche el pueblo hervía de actividad. Desde la entrada, a orillas de la carretera, vimos ventorrillos donde se despachaba gasolina a toda hora.

—Mira, ahí la venden y ahí mismo duermen —dijo Pacho.

En un tramo de 200 metros había decenas de casuchas construidas con láminas de metal y palos de madera. Adentro había cambuches y cocinas improvisadas, donde dormía el encargado del puesto. Y al lado, apoyada sobre el piso de tierra, la respectiva máquina dispensadora, los tanques para almacenar y, afuera, baldes, filtros y mangueras. Cada diez metros había un tarantín instalado, y todos competían desesperados por vender.

A menudo, la geografía bendice y condena. La Paz tiene 22.000 habitantes, y su ubicación ha sido fundamental en el negocio: el corredor por donde viaja el combustible desemboca aquí.

Los contrabandistas empezaron a viajar por esta zona desde los años cincuenta, cuando traían bultos de cigarrillos, luego marihuana y más tarde electrodomésticos. Desde entonces se trazaron los primeros caminos rurales, se empezó a sobornar a las autoridades y se acumularon las fortunas más antiguas. Así se perfeccionó el método que hoy sirve al negocio del combustible.

Los periódicos del Cesar publican con frecuencia alguna noticia relacionada con el contrabando: decomisos, capturas, heridos y muertos. Por esos días, en varios diarios, circulaba un informe elaborado por la Universidad Popular del Cesar y Ecopetrol. El informe contenía un censo con numerosos datos, entre ellos un conteo de las casas donde se almacena y se distribuye a otros lugares (320), y los puntos de venta directa (509). En aquel mapa, el pueblo parecía atacado por un sarampión virulento.

—¡Ojo, ojo!

Nos incorporábamos a la carretera en Carraipía cuando nos dieron la voz de alto. Ocho camiones cargados estaban escondidos en un potrero junto a la vía. Y una veintena de contrabandistas esperaban que se despejara.

—Hay ley, primo.

Estacionamos el Ford bajo un árbol y nos reunimos con los demás, sentados en la orilla de la carretera. Casi todos eran veinteañeros, excepto uno: un tipo que rozaba los 40 y era el más entusiasta. El tipo decía que estábamos perdiendo el tiempo, que debíamos avanzar y buscar la manera de atravesar el cordón policial.

—Somos bien cobardes nosotros. Ahí no puede habé más policías que contrabandistas. ¡Vamos, ellos se quitan porque se quitan! —insistía, pero los muchachos lo miraban entre incrédulos y divertidos.

En el cinto del pantalón, bajo la camisa, llevaba una pistola. Los muchachos reían mientras lo escuchaban, y el cuarentón caminaba en círculos agobiado por la ansiedad. Algunos hicieron llamadas tratando de recibir información. Y la consiguieron.

—¡Hay vía, hay vía!

Abordamos en tropel y retomamos el viaje. La caravana avanzó rápidamente, sin retenes ni policías a la vista. Solo encontramos una alcabala del ejército, pero el contrabando no figura entre sus competencias. El contrabando es asunto de la policía. Aquella tarde los soldados se hicieron a un lado y nos dejaron seguir. Después de muchas horas por caminos tortuosos, horas de polvo y piedras, era un alivio avanzar sobre asfalto uniforme. Cada minuto rendía muchos metros y daban ganas de seguir hasta La Paz, donde el Flaco vendería feliz sus 5000 litros de combustible.

Pero la fantasía duró poco. Más adelante llegamos a un punto donde debíamos decidir:

—Si nos tiramos derecho a lo mejor hay un retén, y toca pagá como 800. Si cogemos por Los Remedios vamos seguros.

Los Remedios era una nueva trocha, una de tantos caminos de herradura que cruzan La Guajira colombiana; pasadizos rurales que forman una red inabarcable, tan grande que los policías no pueden cubrirla.

Rápidamente el sendero empezó a reducirse, hasta convertirse en un pasadizo lleno de maleza y grandes árboles, donde el Ford traqueteaba rozado por la vegetación. Cruzamos bosques y ríos, y en un momento dado empezamos a ascender.

—Aquí más adelante tenemos que repartí la carga.
—¿Cómo así?
—Vamos muy pesaos. Ahí se para siempre un camión que uno le paga y ayuda a subí una loma que viene más alante. Si subimos así como vamos, es peligroso.

Pero llegamos al punto y no había nada. Solo un anciano y otro tipo que fumaban callados en medio de la oscuridad.

—Oiga, primo, ¿y el carro que sube carga?
—Ese no vino hoy. Ta por allá abajo haciendo un mandao.
—Ah, carajo.
—¿Cuánto lleva? ¿Muy pesao?
—24.
—Ah, así no sube. Mejor deje la mitá aquí. Sube, deja la otra parte allá arriba y viene a buscá esta. Así va seguro. Cargao es mucho riesgo.

El Flaco se lo pensó unos segundos y decidió:

—Yo subo solo, por si acaso. Ustedes se van a pie.

Y arrancó dejando una espesa nube de polvo. El ayudante echó a correr cuesta arriba, y en pocos minutos me quedé solo. Grité y silbé varias veces, pero nadie respondió. Arriba, por el camino serpenteante, solo se veían las luces del camión que se alejaba en la oscuridad de la montaña. El ruido del motor se desvaneció cuando cruzó la última curva, y el silencio, apenas roto por la brisa, se adueñó de todo.

Costaba distinguir el camino en aquella noche sin luna. A un lado estaba el cerro; al otro, el abismo. Por seguridad me mantuve del lado derecho, tropezando a cada rato con los desniveles del camino. Jadeaba y sudaba a chorros, aunque la noche era fresca. Lo que sentía era angustia y físico miedo. ¿Cuánto tardaría en llegar a la cima? ¿Estarían esperando? Cada tanto me detenía a descansar y miraba hacia arriba: un espectáculo abrumador de estrellas se amontonaba en el cielo; las copas de los árboles describían una danza majestuosa. Daban ganas de quedarse a esperar la luz del día, pero tenía que salir de allí. Así que caminé, y al cabo de una hora por fin llegué a lo alto del cerro. Con el viejo Ford estacionado, el Flaco y su ayudante esperaban impacientes.

—¡Vámonos, de una!

Dimos toda esa vuelta, de casi cinco horas, solo para evitar un retén policial que ni siquiera era seguro. Pero ante el riesgo de perder la carga, cualquier travesía es preferible. La ruta nos devolvió a la carretera y paramos cerca de la medianoche a descansar en el patio de un taller, donde nos encontramos con otros compañeros de viaje. Allí, parapetados en la cabina del Ford, incómodos y extenuados, dormimos por primera vez en 20 horas de viaje.

Pacho y su cuñado Ramón comparten un patio en San Diego, un pueblo ubicado a solo cinco kilómetros de La Paz. Allí la historia es otra: aunque está muy cerca del emporio gasolinero, San Diego no se ha contagiado por el gusanillo de la fortuna súbita. Hay algo en el espíritu de sus habitantes —alergia al riesgo, aprecio genuino por el sosiego— que los vuelve reacios al azar. Pacho y Ramón son los únicos que venden combustible. Sus casas dan a un patio común, y allí, detrás de un portón alto y sólido, se ve el desorden del negocio: un tanque de 1000 litros, decenas de pimpinas, mangueras, una bomba, dos carros con tanques secretos y una camioneta.

Aquella mañana, antes de salir de La Paz, estaban afanados: Ramón preparaba un embarque de diésel que llevaría a Cuatro Vientos, un caserío ubicado a tres horas hacia el sur, viajando por una trocha casi intransitable (allí se venden entre 30 y 40 carrotanques semanales de combustible para tráfico pesado). Cuanto más se aleja el combustible de la frontera, más caro y rentable se vuelve.

Mientras Ramón llenaba el tanque de su sedán, Pacho descargaba el suyo con método, muy limpio, casi siempre en silencio. Había inclinado el carro para facilitar la tarea, y llenó varias pimpinas de gasolina ayudándose con la gravedad y chupando a cada rato la punta de una manguera. Pacho ha trabajado siempre en el negocio del transporte público:

—Pero eso ya no da, primo. Los piratas perratearon el negocio y ya uno estaba trabajando por 10.000 pesos diarios. ¿Quién vive con eso? La idea mía es ahorrá y comprá un taxi, y salime de esto, primo. Esto es muy peligroso, vive uno con la muerte en la espalda: 200 litros de gasolina en un carro. Una bomba.

Pero salirse no es fácil. El problema de Pacho y Rafa es el mismo de tantos otros: ni siquiera terminaron el bachillerato. Esta zona, ahora dominada por las multinacionales del carbón, solo ofrece oportunidades a unos pocos, y hay que estar preparado. El contrabando es la tabla que ha salvado a muchos del naufragio. La Paz es solo un caso, el prototipo que refleja la situación de muchos pueblos del Caribe colombiano: allí hay un 80 % de desempleo, y tres cuartos de la población vive de la gasolina. El 58 % de los hombres que se dedican al contrabando no tienen formación para aspirar a un trabajo bien remunerado.

Pacho suspende un momento la carga de su carro para vender un poco de gasolina a un cliente que acaba de llegar. Pacho recibe el billete y llena el carro con una pimpina. En la última maniobra derrama un poco de líquido y reacciona doblando la manguera. Parece que en ese momento, cuando mira la mancha de gasolina en el suelo, surge la reflexión:

—Este negocio no se acaba nunca, primo. En Venezuela esto es agua, y acá es oro.

A las dos de la mañana nos despertó el ruido de una caravana. Más de 20 camiones pasaban cargados por la carretera, uno tras otro, como un tren decidido y sin obstáculos. El Flaco prendió el Ford y nos fuimos.

Tuvimos que volar para alcanzar al último de la caravana, pero era un viaje que debíamos aprovechar: cuando los contrabandistas se juntan, es más difícil detenerlos, y también es más fácil negociar. En la caravana iban dos carrotanques y varios camiones que le pertenecían a un “duro”: algún capitalista con músculo para sobornar a la autoridad donde fuera necesario. Los demás íbamos colados. Así pasamos por varios pueblos, mientras la mosca, una Toyota blanca, iba en la punta arreglando con la policía. Cada vez que llegábamos a un retén, la mosca se estacionaba junto a la patrulla de turno. El patrón pagaba por sus carros, pero también pagaba por nosotros y por cualquiera que se hubiera adherido. Más adelante el Flaco tendría que responder.

Faltaban unos pocos kilómetros para llegar a La Paz. Pero algo salió mal: la noche anterior habían instalado un puesto móvil de la policía antes de entrar al pueblo. Así pretendían detener la entrada de gasolina que venía bajando desde La Guajira. La mosca desvió y nos metimos a un pueblo llamado La Jagua del Pilar.

Amanecía y muchos vecinos barrían o regaban sus jardines. Miraban la caravana con asombro; jamás habían visto pasar por allí un grupo de contrabandistas. Pero colaboraban: en varias esquinas los viejos del pueblo nos guiaban con señas. Pronto salimos y empezamos a ascender una nueva serranía. La caravana parecía una serpiente ruidosa que reptaba por el costado de la colina. Subíamos y el clima se enfriaba, hasta que nos encontramos en lo alto con un clima templado. Desde allí veíamos toda la llanura del Cesar, la región que íbamos a suplir de combustible en pocas horas.

Cada tanto nos deteníamos a esperar información. Eran recesos breves, no más de cinco minutos, mientras el patrón recibía datos de sus informantes ubicados en la vía. Así nos asegurábamos de encontrar el camino libre. Después bajamos, atravesando dos pueblos de montaña detenidos en el tiempo: casas de barro y caña brava, gente con la inocencia en la mirada. Y por fin, con la cabina cubierta de tierra, después de respirar mucho polvo, llegamos a La Paz, de donde habíamos salido 30 horas antes. La mosca se detuvo y el patrón se acercó.

—Me debéi 200; te pagué tres retenes. En Urumita se querían poné brutos: les iban a echá plomo a ustedes.
—Qué va, eso es puro terrorismo que meten pa que uno pague.

El Flaco restó importancia a la amenaza y convino que pagaría al llegar al parqueadero. Arrancamos y entramos al pueblo. Por todas partes había movimiento de camiones y carrotanques que llegaban a surtir. El Flaco vendería al día siguiente, después de descansar. Sus cuatro millones y medio se habían convertido en nueve. De allí sacarían los gastos del viaje, el pago del ayudante y la ganancia. Con el capital de siempre en dos días, saldría otra vez rumbo a Montelara.

Estacionamos, bajamos del Ford y caminamos rumbo a la calle. Por primera vez en un día y medio, pensé, nos libraríamos del constante olor a gasolina. Pero qué va: cuando avanzamos por el parqueadero, nuestros pies se hundían en el suelo húmedo. Allí, otra vez, la tierra se había vuelto oscura de tanto chupar combustible.