Derek nació en Ilobasco, lo asesinaron en Milán.

Todos nacemos y morimos en algún lugar. Es ley de vida. Si la primera frase de esta crónica está reservada para datos en apariencia triviales es porque de seguro no lo son. Y no lo son porque el asesinato del joven Derek, en junio de 2013, desencadenó una serie de acontecimientos que crearon un hilo invisible y mágico entre las dos ciudades: la salvadoreña que lo vio nacer y la italiana que lo vio morir.

La de Derek es una historia de mareros, de incertidumbres y de muerte. Pero también lo es de esperanza, de fe y de humanismo. Condensa lo mejor y lo peor del género humano.

“Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”, dirá dentro de cuatro horas la madre de Derek, Maddalena, ante unos 200 adolescentes del Instituto Nacional de Ilobasco. Ella prefiere llamarlo como lo llamaba cuando era un niño: Toñito.

Eso será a las 4 de la tarde, y todavía falta media hora para las 12. A Maddalena y Enzo, 60 y 63 años de edad, los padres adoptivos de Derek, acaban de traerlos a Ilobasco desde San Salvador en un Yaris blanco. Salen del carro y entran presurosos en la iglesia de El Calvario, en el barrio homónimo. Maddalena carga en sus brazos una maceta con una planta, comprada en un vivero sobre la carretera que viene de San Rafael Cedros.

La iglesia está vacía y fresca, envuelta en el silencio enigmático propio de los templos. Es un pabellón rectangular con paredes de ladrillo, techo falso y suelo embaldosado. Modesta pero acogedora.

Maddalena y Enzo conocen. Estuvieron acá hace tres años. De un solo caminan hacia el costado izquierdo. No muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, hay una vistosa placa en memoria de Derek. Es del tamaño de un televisor de 30 pulgadas, con una fotografía del joven. Sonríe con picardía. Su gesto es el de alguien que quiere comerse el mundo.

“Con tanta tristeza llevamos el recuerdo de ti a tu tierra de origen”, dice un fragmento del texto de la placa, que trajeron desde Milán.

Maddalena besa la foto de su hijo. Coloca la maceta con cariño en el suelo y la gira hasta que cree tener la aprobación de Derek. Luego abre su bolsón y de una cajita saca dos mariposas azuladas. Enzo mira el ritual en silencio. Maddalena pega las mariposas sobre la placa, cerca del rostro de su Toñito, con una especie de crema adhesiva. Luego se voltea con un gesto mínimo de satisfacción.

—Las hizo una amiga y me pidió que las pusiera –dice, aunque lo dice en italiano; ni ella ni Enzo hablan español.

Para estar más cerca de Derek, Maddalena se sienta sobre la parte de la banca que se usa para arrodillarse. Lo mira. Lo toca. Lo besa. Comienza a llorar.

***

Edenilson Antonio Durán Mincolelli nació en Ilobasco el 18 de noviembre de 1989, el mes en el que la guerrilla lanzó la ofensiva ‘Hasta el tope’, dos días después de que la Fuerza Armada masacró a los jesuitas en la UCA.

La guerra lo convirtió en un huérfano más. Unas monjas se hicieron cargo, lo llevaron a Guatemala, y lograron que lo adoptara una entusiasta pareja de Sesto San Giovanni, una populosa ciudad del área metropolitana de Milán. Antes de cumplir los 4 años, Edenilson Antonio ya era italiano. Mincolelli es el apellido de Enzo. Lo de Derek vino después y es más informal, una especie de sobrenombre exitoso que el propio joven eligió.

Maddalena y Enzo son gente religiosa y sencilla, trabajadores. Respetaron el apellido salvadoreño de su hijo, Durán, y no hicieron el más mínimo esfuerzo por ocultarle sus orígenes. Todo lo contrario. El Salvador siempre estuvo presente en el hogar de los Mincolelli.

Estimaciones conservadoras cifran en más de 40,000 los salvadoreños radicados en Milán y alrededores. Fuera de América, es la comunidad más numerosa y organizada. Al adolescente Toñito primero y al joven Derek después siempre les fascinó todo lo relacionado con su país de origen. Viajar para conocerlo devino casi una obsesión. Así las cosas, apenas logró cierta independencia juvenil, no le costó comenzar a relacionarse con migrantes salvadoreños o con los hijos de los que en los ochenta y noventa cruzaron el océano Atlántico.

Enzo definió a Derek como un salvadoreño con mentalidad de italiano; alguien enamorado de todo lo que rezumara salvadoreñidad, de todo, aunque ni siquiera hablaba español. Maddalena lo presentó como un joven de corazón noble, pero cándido: “Toñito amaba rodearse de amigos, pero no sabía distinguir que hay personas buenas y malas; para él todos eran amigos”.

Como parte del plan de ‘salvadoreñización’, Derek comenzó a salir con jóvenes que resultaron ser activos de la Mara Salvatrucha-13. Para 2013 esta pandilla acumulaba ya cinco o seis años tejiendo una red adepatada a la realidad de Milán, con jóvenes salvadoreños como materia prima básica. La MS-13 –también la 18– se había convertido ya en una de las preocupaciones de Sección de Criminalidad Extranjera de la Polizia di Stato, la división policial creada en 2005 para tratar de neutralizar la actividad creciente de las bandas latinas.

Derek desapareció en la noche del 29 al 30 de junio de 2013. Tenía 23 años. Al drama de la desaparición le sucedieron dos semanas de búsqueda e incertidumbre. En Italia, país diez veces más poblado que El Salvador pero poco habituado a este tipo de expresiones de violencia, el caso se coló con fuerza en la agenda informativa y acaparó el interés de la ciudadanía.

Hasta el 15 de julio no se tuvo certeza de su muerte. Un cadáver había aparecido el 3 de julio en un canal de agua de los suburbios, en el municipio de Pessano con Bornago, pero su estado de descomposición era tal que se creyó que era un hombre de unos 40 años y no se relacionó con Derek hasta la sentencia del ADN.

A Derek murió de un golpe violento en la nuca. Luego lo llevaron hasta el canal de Villoresi y lo tiraron. Los expertos en pandillas de la Polizia di Stato dieron máxima prioridad al caso e interrogaron a los jóvenes con los que había compartido las últimas horas, casi todos emeeses salvadoreños. La Sección de Criminalidad Extranjera se volcó, pero nunca logró determinar con precisión judicial quién o quiénes asesinaron a Derek. Nadie ha sido enjuiciado aún. Sobre los motivos, todo es pura especulación: que si lo mataron por negarse a cumplir alguna misión de la pandilla, que si tenía deudas por drogas, que si…

La misa funeral se celebró la tarde del 19 de julio en la iglesia Santa María Auxiliadora de Sesto San Giovanni, llena hasta la bandera. Maddalena: “Unas mil personas con distintos tonos de piel, de religiones diversas, jóvenes punk, roqueros, metaleros… diferentes entre ellos, pero todos con la misma tristeza en el corazón”.

Ese mismo día lo enterraron, en Italia.

Pero Maddalena y Enzo quisieron que una parte de Derek regresara a El Salvador. Y lo consiguieron.

***

Comienza a llorar Maddalena en El Calvario. Da un último giro a la maceta, para que sean menos las hojas que tapen la placa. Enzo, más mesurado, se sienta frente a su esposa. Se esfuerza por contener las lágrimas, pero fracasa. Han pasado casi cuatro años desde el asesinato, pero es evidente que todavía no han superado la pérdida de Derek.

—Il mio Toñito è un angelo –susurra Maddalena–. Un vero angelo!

A Derek nunca le sedujo estudiar, mucho menos la universidad. Aprendió electricidad. Con 16 años trabajaba y ganaba para sus gastos, algo que suena usual en El Salvador, pero que en Italia resulta casi subversivo. Cuando cumplió los 18, él mismo se pagó la licencia de manejo y compró su propio carro. Discotequeaba. Se tomaba sus tragos. Le iba muy bien con las chicas.

Sus padres hablan de él con orgullo desmedido.

La Polizia di Stato nunca dio con los responsables, pero los investigadores ataron los suficientes cabos como para tener la certeza de que alguna de las clicas milanesas de la Mara Salvatrucha está detrás del asesinato. Maddalena y Enzo lo saben. Han tratado, de hecho, de informarse sobre las maras. Pero nunca han permitido que su dolor se dirija contra la sociedad que exportó a Milán el fenómeno, contra El Salvador o contra los salvadoreños. Todo lo contrario. Por eso ahora están en esta modesta pero acogedora iglesia de Ilobasco.

***

Derek se fue bebé de Ilobasco y nunca regresó. Murió sin recuerdos propios de la ciudad ni del país. Sin embargo, Enzo y sobre todo Maddalena se sintieron en la obligación de respetar la extraña pero intensa relación de su hijo con El Salvador.

Siete meses después del asesinato, viajaron hasta Ilobasco. En ese viaje lograron el permiso del párroco de El Calvario para colocar la placa conmemorativa, algo mucho más complicado que lo que suena. La otra placa-lápida que hay en la iglesia honra a Bernardo Perdomo, alcalde en la segunda mitad del siglo XIX. hijo meritísimo, alguien que da nombre a calles y escuelas.

Un diente de Derek viajó desde Milán entonces, en febrero de 2014, y está detrás de la placa.

Maddalena y Enzo regresaron a El Salvador en febrero de 2017. Fue un viaje relámpago, de apenas unos días, para la inauguración simbólica –las obras aún no estaban finalizadas– de la construcción de una cancha de usos múltiples en el Instituto Nacional de Ilobasco, el INDI. Una donación.

Milán está a los pies de la cordillera de los Alpes, epicentro europeo del esquí. Hubo un tiempo en el que padre e hijo los fines de semana escapaban a esquiar. Como deporte peligroso que es, a Enzo se le ocurrió contratar un seguro médico por si ocurría algún accidente. Nunca tuvieron que hacer uso por la nieve, pero, tras el asesinato, supieron que el seguro era también un seguro de vida.

Maddalena y Enzo recuperaron ese dinero y convencieron a varios amigos italianos, que hicieron pequeños aportes. Quisieron dejar en Ilobasco, en memoria de Derek, una obra concreta y de impacto, algo más allá del simbolismo de la placa. Se apoyaron en Deidamia Morán, una de las lideresas de la comunidad salvadoreña en Milán. Buscaron el consulado salvadoreño en aquella ciudad, y el consulado canalizó hacia distintos ministerios. Entre todos eligieron el INDI, el instituto más concurrido de todo el departamento de Cabañas.

La donación fue de 22,000 dólares. Bien invertidos, han alcanzado para remodelar los servicios sanitarios de los estudiantes y para construir una cancha con todo y sus gradas, que podrá utilizarse también como salón multiusos. “Es un sueño hecho realidad”, les dijo Ronny Menjívar, el director del INDI, a los padres de Derek.

La inauguración fue el viernes 17 de febrero. Resultó un día tenso y largo y cansado para Enzo, pero sobre todo para Maddalena. Un día inolvidable. Ella fue quien tomó el micrófono y dijo aquello: “Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”.

A Maddalena y a Enzo no les sobra el dinero. Y aunque les sobrara, no tendrían por qué donarlo en un país a 9,500 kilómetros de su hogar; un país que ni siquiera habían visitado antes del asesinato de su hijo; un país que engendró el fenómeno de las maras que se exportó a Milán.

—Su sonrisa no se ha apagado –dijo Maddalena, siempre en italiano, ante unos 200 adolescentes del INDI–, su sonrisa aún brilla en el corazón de todos los que lo quisieron, y ahora brilla también aquí. Toñito ahora es uno de ustedes, y su padre y yo lo imaginaremos siempre aquí, a un costado de esta cancha, animándolos. ¡Vivan, jóvenes, la vida que él no pudo vivir! ¡Y siéntanse orgullosos de tener un compatriota como él!

El discurso fue tan sentido que incluso a este periodista, que para tantas cosas se cree un témpano de hielo, se le escaparon las lágrimas.

***

En esta iglesia de Ilobasco, casi mediodía, llora Maddalena y solloza Enzo. Llevan unos 20 minutos junto a la placa de Derek. Silencios alternados con recuerdos y lamentos.

Enzo se para y dice que es hora de irse. Antes de las 3 de la tarde tienen que estar en el instituto y aún hay que almorzar. Maddalena también se para y, como si sintiera que aún no lo ha dicho todo, baja la cabeza y se despide con una sentencia cargada de resignación: “Nos lo llevamos de El Salvador para darle una vida mejor, pero la muerte lo siguió hasta Italia. Parece que ese era su destino”.

Maddalena vuelve a llorar y se agacha para dar a Derek un último beso. Enzo besa los dedos de la mano y los estampa contra la foto sonriente. En menos de 72 horas tomarán el vuelo de regreso a Italia. Y en la iglesia de El Calvario, no muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, quedará anudado uno de los dos extremos del hilo invisible y mágico que une Ilobasco y Milán.

Dice el Instituto Nacional de Estadística que Toril tiene 16 habitantes. Una exageración, según María Isabel. “Ahora mismo, en el pueblo, somos cuatro”. No es una forma de hablar. Cuatro son los vecinos de Toril: Paulina, una mujer de 75 años apoyada en un bastón; María, que mira con desconfianza a los visitantes mientras se cierra su chaqueta negra; un chico con un perro marrón y que se niega a decir su nombre y la propia María Isabel, que tiene los ojos azules y la expresión arrugada. Están todos en la placita del pueblo. La treintena de casas marrones a sus espaldas están vacías, abandonadas. María Isabel, sentada en el borde de una fuente, estira las piernas y sonríe: “Habéis llegado al culico del mundo”.

Toril está en la zona más despoblada, más olvidada y más vacía de España. Catedráticos de la Universidad de Zaragoza han calificado a esta área como la Laponia española, una imaginaria región que abarcaría las provincias de Soria, Guadalajara, Teruel, Cuenca y la parte interior de Valencia. Y lo han hecho a través de la asociación Serranía Celtibérica, un proyecto que pretende evitar el completo abandono de esta zona y dotar de identidad a la España más olvidada. Hablamos de un área de 63.098,69 kilómetros cuadrados (dos veces Bélgica) que abarca 1.632 municipios, pero que sólo tiene 503.566 habitantes. Es decir: 7,98 habitantes por kilómetro cuadrado.

Dentro de la Laponia española, los Montes Universales, una zona montañosa situada en la frontera entre Cuenca y Teruel (donde está Toril), conforman el epicentro. Es como el quieto ojo del huracán que permite entender que, el sobrenombre de Laponia del sur, no es hiperbólico. Aquí, la densidad de población es menor que la de la región escandinava.

“¿Que somos menos que los esquimales? Madre mía…”. Mira María Isabel con cara de incredulidad. Pero los datos hablan: en los Montes Universales, que abarcan un territorio de más de 3.500 kilómetros cuadrados (más o menos, la provincia de Guipúzcoa) sólo viven 5.700 personas. Es decir, la densidad de población es de 1,63 habitantes por kilómetro cuadrado. En Lappi, la región más septentrional de Escandinavia, hay 1,87 habitantes por kilómetros cuadrado.

Y eso según los datos censales. El proyecto Serranía Celtibérica asegura que, tras un estudio pueblo a pueblo en los Montes Universales, la densidad de población real -contando sólo residentes- es de 0,98 habitantes por kilómetros cuadrado. Números similares a los de Siberia.

Lo curioso es que esta nada demográfica no se encuentra demasiado lejos -geográficamente- de los mayores núcleos de población de España. Toril, el pueblo con cuatro habitantes, está a 180 kilómetros de Valencia y a 270 kilómetros de Madrid. De la capital se da un salto casi directo al vacío. Una vez que se sale del área metropolitana madrileña, el paisaje muta a desértico sin transición. De la autovía se pasa a la carretera nacional y, de ella, a la comarcal, que se enreda en curvas con el asfalto sin pintar. Es la puerta de entrada a los Montes Universales.

Las casas desaparecen. Desde el pueblo de Huélamo, situado aproximadamente a la entrada de los Montes Universales, hasta Toril, transcurren 45 minutos en coche. En ellos, no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Tampoco se ven casas. En todo el trayecto, sólo un pastor da una tregua a la soledad. Se llama Eloy y ha nacido en un pueblo cercano. Lleva viviendo aquí toda su vida. Apoyado en una vara de madera con sus ovejas tras él, aprovecha para hablar todo lo que puede y lo más rápido que puede. Como un chute de conversación. “Esto está muerto. Se despuebla muy rápido. No hay riqueza. La gente se va”. Una queja común en esta zona.

Cruzar la Laponia española es avanzar a través del silencio. Los únicos ruidos que lo interrumpen provienen de pájaros, cencerros de algún rebaño o árboles que se mecen al viento. Todo lo visible al horizonte son laderas arboladas, rocas y bosques. El paisaje está desprovisto de presencia humana. Los pueblos aparecen cada cierto tiempo, distantes unos de otros, pequeños y aislados, como si fueran check points. Más del 76% de las localidades de esta zona se consideran remotas: distan más de 45 minutos en coche de la ciudad más cercana.

La mayoría tienen entre 50 y 200 habitantes. Otros, como Toril, resisten agarrados a un hilo de vida. “Cuando yo era niña éramos bastantes. Había vida aquí, celebrábamos fiestas y había muchos niños”, recuerda María Isabel. “Ahora, mira…”. Y señala con la cabeza el pueblecito casi abandonado.

El vienes nevó en la zona y María Isabel y los demás, cuentan, estuvieron sin luz hasta el domingo. “Pasa un par de veces cada invierno, cuando nieva mucho. Nos quedamos aislados, con medio metro de nieve”. La ciudad más cercana a Toril es Teruel, que está a hora y media en coche. Es el tiempo que les separa del cine más cercano, del centro comercial más a mano o del taller más próximo.

La agonía de Toril comenzó cuando cerraron el colegio del pueblo. “Fue hace tiempo ya”, recuerda Paulina apoyada en su bastón. “Mi nieto Satur fue el último. Cuando cerraron el colegio por falta de niños, se tuvieron que ir del pueblo”. Hace 20 años que en Toril no ven un niño.

“Y jóvenes sólo quedo yo”, dice el chico con el perro. “Todos mis amigos y chavales de mi edad están viviendo en Catauña”. “¿Y tú? ¿Por qué no te vas?”. El chico se encoge de hombros.

Es un problema que se repite: la tasa de envejecimiento en esta zona es de las más altas de Europa. Se trata, según el proyecto Serranía Celtibérica, de una región que está biológicamente en extinción. “De aquí al hospital o al cementerio”, dice riendo Paulina. El 32% de los habitantes de los Montes Universales, según datos del INE, tienen más de 65 años. Sólo un 7% tiene menos de 15.

Siempre puede ser peor. El pueblo que está al lado de Toril, llamado Masegoso, se ha quedado vacío. Se alcanza Masegoso tras una bajada serpenteante que desemboca en una señal que parece nueva. También el pueblo está en buen estado. Pero no hay nadie. Sólo quietud, abandono y silencio. Hay ropa colgada llena de polvo, un arado oxidado que yace en el medio del pueblo, una camisa tirada en la hierba junto a una sartén y unos columpios para niños que se mecen despacio con la brisa. A Masegoso lo han dejado atrás.

Un grupo de gatos observa a los visitantes inesperados. El pueblo sólo tiene vecinos en verano, cuando es utilizado como segunda residencia por un puñado de antiguos vecinos.

Según datos de la Proyección de la Población de España en el período 2014-2064, llevada a cabo por el INE, vamos a perder, en España, un millón de habitantes en los próximos 15 años. Para la segunda mitad de siglo, según este mismo estudio, el porcentaje de mayores de 65 años será de casi el 40%. Masegoso bien podría ser un aviso presente de lo que le espera a la Laponia española futura.

Vivir aislado

Guadalaviar es uno de los pueblos más grandes de esta zona. Está a 25 minutos de Toril. Tiene 222 habitantes censados, 155 viviendo en el pueblo, 16 en paro, seis niños, cinco bares y un alcalde llamado Rufo Soriano Pérez. La localidad aparece repentina entre laderas, con casas amontonadas, un perro olisqueando la señal que indica el nombre del pueblo y una señora en silla de ruedas tomando el sol con gafas oscuras.

Rufo nos recibe en la placita del Ayuntamiento. “Hace años éramos 500 vecinos, pero se ha ido vaciando. La gente se va porque no hay trabajo. Antes había una fábrica, pero la cerraron”. Es un problema que comparten la mayoría de pueblos. Las fábricas aquí no son rentables, están muy alejadas de las autovías y la logística resulta demasiado cara. La ganadería y el turismo rural se han quedado como las únicas opciones. Y son insuficientes.

“La gente joven desaparece”, dice Rufo. “Se van a trabajar fuera y los que se quedan están a verlas venir”. Con la marcha de la gente joven también se esfuman los niños. Y cierran los colegios. “Nosotros mantenemos la escuela porque tenemos cinco niños, que es el requisito mínimo. Hay uno de 12 años, otro de 11 y tres de 4 años. Van todos juntos al colegio”.

Esther y Dámaso son los padres de Álvaro, uno de los cinco niños del pueblo. “Aquí los niños son felices. Se pasan el día jugando y se forman en la escuela. En las ciudades hay cierto prejuicio sobre cómo vivimos en los pueblos. Pero aquí los niños están a su aire, disfrutando”, dice Esther. Luego matiza: “A ver, te tiene que gustar este tipo de vida. Es una vida muy tranquila, muy sosegada”.

Tan tranquila que un solo día en Guadalaviar podría resultar desesperante para un urbanita acelerado. “Aquí no hay nada. Si quieres ir al cine o de compras o de copas te tienes que ir a Teruel, que está a una hora y media”, dice Rufo. “En invierno anochece pronto y la gente da un paseo, charla o echa la partida. No hay mucho más que hacer”.

Santiago Ferrández tiene 48 años. Nació y creció en Zaragoza, donde tuvo tres hijas y un empleo que, por estresante, llegó a afectar a su salud. “Decidí romper con todo”, cuenta. Se trasladó a Guadalaviar y ahora regenta uno de los bares del pueblo. “Cuando yo llegué aquí lo hice con una compañera y ella duró cuatro meses. No se adaptó. Era más joven y le costó mucho aclimatarse a esto”, cuenta Santi. “Vivir aquí puede ser duro. Aquí hay mucha soledad, estas muchas horas solo. Hay poca gente para hablar, casi no hay gente joven. Vives en un pueblo rodeado de montañas en el que no hay nada y donde no hay otra manera de salir que en coche. Eso te come. Tienes que tener claro a lo que vienes”.

La fruta, el pan y el médico

Al otro lado de la frontera, en la provincia de Cuenca, está Zafrilla, donde viven 50 personas. Llegar a Zafrilla es como llegar a un fuerte militar. La carretera desciende en curvas hacia el pueblecito. Se ve desde lejos y te ven llegar desde lejos.

En la plaza del Ayuntamiento, Pascual vende fruta desde su furgoneta. Viene dos veces por semana. Otras dos veces llega al pueblo otro vehículo con congelados y cada dos días, uno con pan. En Zafrilla no hay tiendas, así que los suministros básicos llegan cada semana en forma de furgonetas como la de Pascual.

Montse Pérez, de 48 años, espera en la cola para comprar naranjas. Cuenta que, en Zafrilla, al haber cuatro niños, no hay colegio y que, por ello, los pequeños tienen que desplazarse cada día media hora hasta un pueblo cercano. “Y ese colegio también va a cerrar, así que los padres están pensando en irse a vivir a Cuenca para que los niños estudien”, dice Montse.

Cuenta también que, en Zafrilla, no hay clínica médica ni farmacia. “El médico viene dos veces a la semana y si hay una emergencia tenemos helipuerto. El año pasado le dio un infarto a un vecino, pero, como no tenemos desfibrilador, no se pudo hacer nada”.

No queda gente joven en Zafrilla. Se fueron a Cuenca, que está a una hora y media. “La vida aquí no es fácil para ellos. Aquí hay mucha rutina. Te levantas, tomas un café en el bar, compras en el furgón que haya venido ese día, cocinas y trabajas algo en casa”, explica Montse. “Siempre ves a la misma gente. Para alguien de fuera esto es aburrido. Aquí hay más gatos que vecinos”.

María Mora escucha la explicación de Montse. Tiene 88 años y es otra de las vecinas de Zafrilla. Nos propone visitar su casa con una sonrisa y un pañuelo en la cabeza. Vive sola, aunque su hijo viaja cada fin de semana desde Barcelona para visitarla. En el salón tiene una estufa de leña y una pequeña televisión. “La veo por las noches”, dice sonriendo.

El único viaje que María ha hecho en su vida fue a Barcelona, hace ya muchos años. “Y hace tiempo que no salgo del pueblo. Para qué”.

Alrededor de Zafrilla, como alrededor de Guadalaviar, Toril y los demás pueblos de la Laponia española, no hay sino monte. Descampado hasta donde alcanza la vista. “¿El futuro?”, se pregunta Rufo, el alcalde de Guadalaviar. “Es un asunto muy serio. Lo veo mal. O cambian las cosas o esto se muere”. Montse coincide. “¿Quién va a montar aquí nada? Es inevitable que esto se vacíe de gente joven. Y cuando nuestra generación ya no esté, pues no va a haber relevo”. María Mora, apoyada en su bastón, escucha y replica. “Bueno, pues ya nos veremos todos en el cielo. Aunque seguro que allí hay más gente que aquí”.

Tiempo muerto

Publicado: 7 marzo 2017 en Verónica Ocvirk
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Son las once de la mañana. Andrea, paciente, llega al Hospital Italiano quince minutos antes de su consulta. Y se sienta a esperar. Ya esperó bastante a que llegara ese día, cerca de tres meses. El tema –dice- es que hay que llamar y llamar para que abran las agendas, porque solo dan turnos para los tres meses siguientes. El desafío es tratar de “entrar” ni bien eso ocurre, ya que los turnos se agotan enseguida y entonces hay que esperar otro mes más, hasta que vuelvan a abrirlos. Y así. Pero ahora ya está, ya consiguió su cita y 90 días después está sentada en la sala de espera. Piensa que es muy interesante el sistema que implementó el Italiano, con televisores donde aparecen el nombre del paciente, el número de consultorio al que debe ir y la hora a la que fue llamado. En la pantalla van quedando los registros, nueve o diez pacientes. Entonces Andrea se la pasa haciendo cálculos: cuál es el consultorio que llama más rápido, cuál no está llamando, cuando tiempo demoran por paciente. Pregunta cuánta gente tiene adelante y se pone a sacar cuentas, además de estar muy atenta a que no la salteen mientras saca raíces ahí en su silla. De pronto se le viene la imagen de las interminables esperas que hace años soportó en esa misma sala cuando sus tres hijas eran chicas. Tratando de entretenerlas para que no se desmadren. Llevándoles la merienda. Y atajando a la bebé, que gateaba y se arrastraba por todos lados. Qué estrés. El hecho de saber que tenía que ir a controlarles la ortodoncia, una cosa de cinco minutos para la que podía llegar a esperar hora y media, le provocaba tremendos nervios. Ahora que está sola se saca un capuchino de la máquina y trata de considerar a ese lapso como un parate. Siempre dentro del marco de lo posible, porque uno vive sin tiempo y corriendo por el laburo; el de ella ahora condensado en los correos y las llamadas perdidas que le caen cuando por fin logra salir, una hora y media más tarde, cuando el reloj marca ya las 13.30.

El relato de Andrea no tiene nada del otro mundo. Quienes son jóvenes y sanos tal vez no lo adviertan. Pero quienes sufren de cualquier afección grande o pequeña (o creen que la sufren, lo cual viene a ser casi lo mismo), o tienen a sus padres grandes, o son ellos mismos padres, seguro saben de lo que estamos hablando: hace décadas que enfermarse en la Argentina implica empezar a vivir una especie de vida aparte y no solamente por el dolor, el ardor, la molestia, la ansiedad, la falta de sueño, los nervios tensos. En ese mar que es la medicina la vida se ve de pronto sumergida en un calendario opresor en el cual hay que esperar para todo. Y así el paciente, con su relato y sus papeles, se convierte en alguien que está solo y espera. Espera en el teléfono para hacerse de un turno;espera semanas –en algunos casos meses- para que esa cita se concrete; espera al médico en la sala de espera (lo que constituiría la espera núcleo, la más básica); espera para tener la orden, para autorizar la orden, para que le vuelvan a redactar la orden; espera para hacerse el estudio y por el resultado del estudio; espera por el reintegro; y por la prótesis; espera por la historia clínica que tiene que adjuntar al expediente para que le cubran la práctica; espera por el informe de la radiografía; o por un medicamento que justo está en falta; espera en el laboratorio y también espera con fe, pero más que nada con incertidumbre, por la fecha de una cirugía.

No se trata solo de una cuestión de pobres; la clase media y los ricos también esperan. Claro que para los primeros es peor, porque los hospitales y centros de salud públicos no suelen dar turnos telefónicos y entonces el pobre tiene que acercarse hasta allí a las cinco de la mañana y hacer cola durante una, dos horas, a la intemperie. Luego,otras más bajo techo para recibir atención, o a veces, apenas, concretar una cita. Pero las clases medias y altas, aun con sus turnos, también se pasan horas y horas en unas salas probablemente más bonitas y cómodas, con láminas de Claude Monet enmarcadas, viejas revistas de chimentos y servicio de sparkling.

¿Por qué esperamos tanto? ¿qué respuestas tienen para dar la comunidad sanitaria y los propios médicos? Existe un término muy argentino para definir las esperas prolongadas: es “amansadora” y guarda también un matiz disciplinador, porque amansar es volver manso a un animal salvaje quitándole su bravura natural. Los significados y los sentimientos que se ponen en juego en el acto de esperar hacen pensar que detrás de una aparente cuestión de horarios asoma a la vez una lección de subordinación, una conexión fina entre espera y reverencia en la cual la propia palabra “paciente” puede resultar reveladora.

Con el brujo no

Son las cinco de la tarde y el médico ya debería estar atendiendo en su consultorio particular. En la minúscula sala de espera casi no quedan asientos disponibles. Unos y otros miran la hora, se miran entre ellos, miran hacia la puerta, alguno que otro resopla fuerte. Y en eso, uno se atreve, se levanta, se acerca a la secretaria y empieza a decirle que cuándo va a venir el médico, que lleva más de una hora ahí, que al fin y al cabo para qué dan turnos. Los demás aprueban en silencio. La secretaria encoge los hombros y explica que al doctor se le presentó una situación impostergable, que de todas formas está llegando. Al rato,efectivamente, llega, y en su paso hacia el consultorio intercambia una mirada con el que había increpado a la secretaria, a quien reconoce de consultas anteriores.

—¿Qué tal? -interpela.
—Muy bien, doctor, faltaba más, gracias por preguntar—dice el paciente.

Cualquier rastro de enojo ha mutado en pleitesía.

El sociólogo Javier Auyero analizó a fondo las filas de espera en diferentes dependencias del Estado, y se refiere a la manipulación del tiempo como una dimensión simbólica donde se produce una negociación de poderes, derechos y vulnerabilidades. “La dominación opera cuando unos se rinden ante el poder de otros y se vive como un tiempo de espera: esperar con ilusión primero y luego con impotencia que otros tomen decisiones para, en efecto, rendirse ante su autoridad”, se lee en su libro Pacientes del Estado.

Paciente es alguien que espera para ser atendido por un profesional de la salud y paciente se le dice, también, a quien tiene paciencia. Pero estas acepcionesno son tan diferentes. La misma persona que resopla en la cola del banco, o que reprende a los gritos a la gente del servicio técnico porque lleva tres cuartos de hora sin internet, se rinde ante el médico.

El Barómetro de la Deuda Social Argentina contabilizó en 2013 la cantidad de personas que dijeron haber esperado más de una hora para recibir atención sanitaria. El promedio del país fue el 45 por ciento, con diferencias entre Gran Buenos Aires (53 por ciento) y Ciudad de Buenos Aires (26 por ciento). Por otro lado, el trabajo Opinión de los usuarios de Salud en la Argentina, en el que Rodrigo Lugones y Federico Tobar presentan los resultados de un conjunto de estudios de opinión pública realizados entre 2011 y 2013, advierte que el 48 por ciento de los consultados esperaron al médico entre media hora y una hora y el 15 por ciento más de una hora. No obstante el estudio señala que los habitantes de este país suelen tener un alto nivel de satisfacción con respecto al sistema de salud en general, a su funcionamiento y a lo que juzga como la figura central del sistema de salud local: el médico argentino. “Mi tesis es que la gente no espera ser atendida en forma rápida”, explica Tobar, para quien la espera larga en los servicios de salud está más que naturalizada: está legitimada. “Es un requisito en la construcción social del paciente. El paciente tiene paciencia, el usuario no. Un usuario puede reclamar y con eso se perdería el contrato básico de nuestro modelo de salud, que es la asimetría de poder entre el médico y el sujeto de cuidados”. El paciente no sabe lo qué le pasa, ni qué le van a hacer, debe entregar su cuerpo y su voluntad a un grupo de profesionales y a una institución. En el momento que recibe atención sanitaria es confrontado con un conjunto de reglas de interacción. Algunas son explícitas (como el consentimiento informado que el individuo firma antes de un procedimiento que involucra cierto riesgo clínico), pero la mayoría de las veces esas reglas son tácitas. “La aceptación de esas reglas convierte al usuario en paciente”, marca el consultor internacional en salud e investigador del CIPPEC.

Para el experto en el ejercicio moderno de la medicina hay un modelo aceptado del médico como una eminencia despiadada y omnisapiente: es el arquetipo del Dr. House. Por eso los hospitales están llenos de médicos a los que les dicen House, porque es lo que todos quieren ser, un profesional reconocido por su amplísimo conocimiento y capacidad para diagnosticar y prescribir, pero que no tiene por qué rebajarse a la calidad de ser humano y dar explicaciones. La prueba más clara de eso –dice- es el sobreturno: “No existe ninguna otra práctica liberal moderna donde exista el sobreturno. Pedile a un abogado, a un contador, que te den unsobreturno. Sin embargo, los médicos no quieren ceder el turno. Eso sería peor a que les digan cómo tratar al paciente, porque el control del turno tiene que ver con el control de la práctica médica”.

En este punto las opiniones tienden a coincidir: los médicos son profesionales con tanta libertad que resultan inmanejables. Y como para contribuir aún más a ese agigantamiento, la sociedad les atribuye un poder similar al que antes se otorgaba a los sacerdotes o chamanes. Un médico puede no ser Maradona, Messi, ni Mick Jagger. Pero el reconocimiento que recibe a nivel micro es impresionante.

Apaguen los relojes

¿Por qué los hospitales públicos no funcionan a la tarde? Según Hugo Spinelli, médico y Director del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús, una buena parte de los profesionales que tienen que cumplir ocho horas diarias llega a las nueve de la mañana y se va a las dos horas. Y el director puede poner turno tarde, pero los médicos no irían: es imposible hacerles cumplir el horario. “Si vos sos dueño de un cine – explica-tenés todo como un relojito y si querés hasta lo podés controlar desde Miami. Pero en un hospital esa idea que tenemos de una pirámide conducida desde arriba no funciona. De acuerdo a Spinelli la práctica médica se mueve por fuera de lo que es el modelo industrial y entonces el poder no está en la cúpula, sino en la base. “El médico es el shamán de la tribu, el que tiene el poder. Entonces, ¿cómo se cambia esa correlación de poder? ¿Empoderando a la gente? Sí, pero solo en parte, porque la gente le teme al brujo de la tribu. Si pensamos el problema con una lógica industrial, fallamos. La propia naturaleza del juego y la autoridad que se les concede a los profesionales de la salud hacen que la pirámide clásica mute”, reflexiona.

El profesor de Economía de Princeton Alan Krueger narraba hace un tiempo en el New York Times que un amigo suyo, tras aguardar al médico más de una hora, se plantó frente al doctor y le presentó una factura por el tiempo que había perdido. Krueger argumentaba que el tiempo invertido en las salas de espera debería ser calculado de acuerdo al costo de oportunidad e imputado luego al gasto total del sistema sanitario.

Lo que a Krueger se le pasó por alto es que la asignación de una duración a las consultas médicas es siempre imperfecta. No es como un turno de peluquería en el cual minutos más, minutos menos, se puede estimar cuánto va a durar.

Es cierto que gran parte de la sociedad funciona sobre la base de una impronta industrial de tiempos, de regularidad y productividad. Pero en medicina el trabajo bien hecho es artesanal. Nunca se sabe cuánto puede durar una consulta, ni si es grave lo que el paciente padece, o si este es introvertido, tartamudo o hipocondríaco. Se trata de un juego abierto, fortuito y atravesado por cuestiones tan pesadas como la vida, la muerte, el dolor, la angustia de la enfermedad. Algo que con el peluquero, evidentemente, no pasa.

Carla sufrió hace un tiempo de síndrome de ojo seco y la pasó bastante mal, no solo por la molestia del caso sino porque dio muchas vueltas por muchos consultorios donde nadie terminaba de saber que le pasaba, y mucho menos cómo podía mejorar. Las esperas se volvieron interminables, y como tenía los ojos adoloridos no leía, no usaba el teléfono; Carla no hacía más que esperar. Además los turnos con los especialistas podían demorar hasta seis meses mientras se sentía tan sola luchando con todo eso que le pasaba, y encima con la burocracia. Hoy está convencida de que uno debe buscar respuestas hasta que encontrar un profesional que además de tener el conocimiento, muestre también la calidez suficiente como para manejar situaciones así. Como ese oftalmólogo que la tranquilizaba y hasta llegó a abrazarla una vez que rompió en llanto.

El producto de la medicina no es tangible: es la palabra, que construye realidades con solo hablar. “El médico dice algo y el paciente se puede reír, angustiarse, saber que le queda una semana de vida o que está sano. ¿Y qué hizo como trabajador? Habló. Por eso también los profesionales de la salud son tan difíciles de manejar y controlar. Es muy fácil mentir. Y entonces hay que dar un acto de fe, incluso entre pares”, advierte Spinelli. Y concluye: “Por supuesto que debemos condenar el abuso que el médico hace de ese tiempo imponderable y de esa enorme libertad. Pero tampoco alcanza con poner un reloj. No se trata de eso”.

La soledad del paciente

Las esperas –decíamos- no son todas equivalentes. Recorrer el Hospital Fernández de Buenos Aires por la mañana permite formarse una idea bastante acabada de cómo es esa espera para quienes no acceden a una obra social o prepaga: gente por todos lados, poco personal a quien preguntarle algo, muletas, sillas de ruedas y cantidad de niños en un lugar triste, gris y no demasiado limpio. Algunos miran las pantallas con TN, muchos bostezan, otros conversan sobre enfermedades, uno va lentamente quedándose dormido. Donde más se advierte el contraste con las clínicas privadas es en las salas de espera de pediatría. Claro que también están abarrotadas de chicos, pero además de climatizadas y limpias las privadas suelen estar pintadas de colores, tienen mesitas y sillas de tamaño infantil y una serie de juegos como para que el tiempo de espera sea un poco más llevadero.

“Las esperas difieren de acuerdo al subsector: prepagas, obras sociales y sector público. Difieren en cantidad de tiempo y calidad. Pero todos esperan, lo que pone de manifiesto lo que llamamos barreras de acceso de tipo administrativo, además de las financieras, geográficas y culturales, lo cual termina produciendo que llegar a una atención oportuna y sin padecimientos, más allá de los propios de cada patología, sea casi un milagro”, dice Gabriela Hamilton, magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social y Profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Según explica, en algún momento los servicios de salud dejaron de pertenecer a los pacientes: “Los trabajadores de la salud nos apropiamos de ellos atendiendo en el horario que nos conviene, así los hospitales están atestados por la mañana y completamente vacíos a la tarde y la noche, cuando solo funcionan las guardias”. Tanto pobres como ricos, cuando son pacientes, se encuentran bastante solos. Unos peregrinando por hospitales y salitas, otros recorriendo sin demasiadas guías a los profesionales que le ofrecen sus enormes cartillas de especialistas.

Algunos países tienden hacia un modelo de cuidados continuos e integrales. Cuando se logra que el cuidado del paciente sea permanente y no episódico, y cuando la responsabilidad por ese cuidado no está fragmentada sino que es integrada, se rompe en parte con esa asimetría de poder, porque la persona tiene entonces un médico de confianza.Un médico que conoce a su paciente es capaz de conversar con él, y es fundamental porque el vínculo producido a partir del diálogo puede reducir estudios, medicamentos, interconsultas con especialistas y por supuesto: también esperas. El profesional podría resolver temas menores por teléfono y no por evadir la consulta, sino todo lo contrario: porque conoce a su paciente, su historia, a su familia, incluso su casa. ¿Qué médico va hoy a la casa de las personas a las que atiende?

Según Tobar, Buenos Aires tiene más médicos, más camas hospitalarias, más resonadores y más tomógrafos que cualquier otra ciudad de todo el continente. Lo que hace falta es compromiso de modificar el modelo de atención, y a partir de ahí modificar el modelo de gestión. Reconoce que para eso a los médicos hay que pagarles de otra forma, asignarles población y combatir el pluriempleo. Un día habitual en la vida de un médico puede llegar a ser un intrincado tetris de atención de consultas externas en el hospital, la guardia, incluso guardias en ambulancias, y los pacientes particulares de aquí y de allá. Eso también provoca que sea usual que lleguen a tarde.

Mientras los minutos pasan entre la ansiedad, la paciencia y esa entrega que es a la vez un poco ingenua y un poco ciega, en esa suerte de rendición provocada por la gran necesidad de algo de alivio, se van tejiendo significados. La espera en los sistemas de salud sigue generando preguntas que convierten a ese tiempo muerto a un tiempo de control social y también de esperanza. En cada clase, y cada edad, la espera parecería ser algo naturalizado, que se da por sentado aunque en ese camino haya miedos, haya angustia y soledad, y una de las tantas falencias del sistema de salu

Cuando el primer y único cosmonauta que tiene el Ecuador, Ronnie Nader, era muy pequeño, a finales de los años sesenta, los niños querían ser astronautas. Él lo supo desde el día que suspendieron su programa de televisión favorito, Luno The White Stallion, en el que un caballo alado cabalgaba por el espacio. “Me sentí vacío —recuerda Nader desde un sillón de su casa, la tarde de 2013 en que me recibe—, sin saber qué hago aquí”. Para él, fue una epifanía: un niño que sentía que no encajaba en el mundo quería irse al espacio. Entonces, apenas comenzada la primaria, dejó de hacer las cosas como las hacen los niños. Se volvió un chico obstinado y muy consciente de sus logros. A los trece años, comenzó a estudiar física nuclear con un libro que le regalaron por su cumpleaños: Fundamentos de Física Atómica, de José Leite Lopes. A los dieciséis ya había ganado dos veces concursos escolares de física a nivel nacional. Después del colegio, empezó a experimentar con rudimentarios sistemas de inteligencia artificial, una simulación por computadora del razonamiento humano. Cuando tenía veinticuatro años, creó la primera red computacional para unir todas las sucursales de uno de los bancos más grandes de Ecuador. Hoy Nader—cuarentón, piel dorada, inteligencia afilada, autoestima inquebrantable— utiliza un reloj que tiene dos alarmas programadas para no olvidarse de comer.

Todo lo que  hace bordea el borroso límite entre el perfeccionismo y la compulsión. Antes de que el gobierno de Ecuador restringiera portar armas, era aficionado al tiro. “Era un excelente tirador”, añade, «algo que me sirvió mucho durante mi entrenamiento de cosmonauta”. En el Centro Yuri Gagarin de Rusia —donde se graduó de cosmonauta—, Nader sorprendió a sus instructores por su resistencia en la prueba de centrífuga, una especie de juego de parque de diversiones en el que un brazo mecánico hace girar el cuerpo con violencia y a toda velocidad simulando el zangoloteo del despegue. De acuerdo con el reporte de un corresponsal ruso de la BBC, los científicos se preguntaban incrédulos “¿De dónde salió este tipo?”. El malayo Faiz Khaleed, uno de sus ex compañeros en el Centro Yuri Gagarin, recuerda la velocidad con que corrían las noticias sobre el ecuatoriano. “Todos sabíamos lo bien que le había ido a Nader”, dice como si volviese a sorprenderse de su colega que resistió ocho gravedades. Una gravedad es la unidad de medida para calcular la violencia con la que la Tierra nos obliga a poner los pies sobre ella. Se representa con una g minúscula. Los airbags de los carros saltan cuando detectan tres g. Los giros más drásticos de las montañas rusas llegan a cuatro g. Los pilotos de combate más experimentados han llegado a soportar hasta nueve g antes de perder la conciencia. El cadete espacial Nader, un civil con corpulencia más propia de un defensa de fútbol americano que de un astronauta, no tenía nada que envidiar a los aspirantes a cosmonautas que habían tenido entrenamiento militar. En otra prueba, Nader se sumergió en una piscina de doce metros de profundidad donde estaban, hundidas como dos galeones interestelares, las réplicas de dos módulos de la Estación Espacial Internacional. Para aprobar, Nader debía instalar una cámara remota en el Zvezda, uno de los módulos rusos de la estación, en menos de noventa minutos. Él lo hizo en cuarenta y uno. En los vídeos que documentaron el ejercicio, se lo ve calmado. Terminarlo en la mitad del tiempo demostraba su dominio del pesado Orlan—M, la escafandra presurizada que los cosmonautas visten para las caminatas espaciales.

El cosmonauta ecuatoriano no luce como los antiguos personajes de nuestra imaginación colectiva, forjados sobre el yunque de los cómics, la televisión y el cine a imagen y semejanza de los primeros voladores espaciales. Los cosmonautas modernos son más multicuturales: también vienen de Sudáfrica, Irán o Eslovaquia. Nader no es carismático y rubio como Yuri Gagarin, el primer ser humano en salir del planeta, cuya sonrisa  según un escritor soviético, “iluminó la oscuridad de la Guerra Fría”. Tampoco tiene el aire de feo encantador de Alan Shepard, el hombre que en el Apolo 14 introdujo a escondidas un palo de golf número seis para hacer dos tiros de golf en la Luna. Ronnie Nader es un hombre moreno, macizo, ancho. A primera vista, daría la impresión de no encajar en el molde del traje espacial, pero cabe bien en su Sokol. Las agencias espaciales rusa y estadounidense no tienen un estándar de peso para sus astronautas, pero sí de visión y estatura: hay que medir como mínimo un metro sesenta y ocho, y como máximo un metro noventa, y soportar la preparación física del entrenamiento para vuelo civil y militar. En la foto oficial que se tomaría después de la graduación, el cosmonauta ecuatoriano sostiene su casco sonriente. Lleva una fina barba de candado y una calvicie casi completa que acentúa la redondez de su rostro. Cuando el primer y único cosmonauta ecuatoriano habla, parece como si dictara un capítulo del libro de Historia que —está seguro— le corresponderá. En las películas espaciales, la indumentaria de los astronautas se queda en los armarios del centro de operaciones. Nader guarda su Sokol en el escaparate de una salita de su casa en las afueras de Guayaquil, donde también exhibe recortes de la prensa local. Tiene uno que grita en letras gigantes “Hazaña”, refiriéndose al día de su graduación; el diploma de la World Record Academy, que al igual que Guinness World Records, certificó que el segundo de los tres hijos de Nader es el ser humano más joven en volar en condiciones parecidas a gravedad cero; y la medalla al mérito que el Congreso del Ecuador, la Asamblea Nacional, le otorgó a la agencia espacial que Nader fundó. El resto de sus distinciones no las cuelga: “Para eso sirven las condecoraciones: para terminar en cajas”, asegura.

Ronnie Nader es un cosmonauta fumador: en su casa de Guayaquil, enciende otro de los siete Marlboro blancos que fumará durante la tarde de 2013 cuando conversamos, y recorre con la mirada su sala entre diplomas y trofeos. Vestido de camiseta y pantalón deportivo negro, el cosmonauta tiene un aire terrenal. Al conversar sobre los sacrificios que ha hecho en su carrera al espacio, oscila entre el orgullo y la modestia. En ese orden. Entre caladas de humo parece a ratos desinteresado por los reconocimientos y a ratos parece elevarse hasta alcanzar el altar de los héroes. Nader, mentón respingado, puños apretados: “Enviar un satélite al espacio —dice— te pone en ese momento en que todo el mundo deja de hacer lo que está haciendo, te mira y aplaude”. Nader, puños apretados, mentón respingado: “No me importa el país —añade—. Para mis hijos soy un héroe, porque me vieron trabajando, haciendo las cosas como varón”. El Sokol es el único trofeo en esa sala que algún día servirá para algo. Ya una vez dejó la casa de Ronnie Nader y aterrizó afuera de la sala de un cine: era la función de estreno de Europa Report, del cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero, un claustrofóbico thriller hollywoodense sobre un viaje a la luna de Júpiter. En aquella ocasión, a la salida de la película, decenas de personas hicieron cola para tomarse una foto con el traje exhibido detrás del vidrio. El primer cosmonauta ecuatoriano espera romperlo pronto, cuando suene la alarma que anuncie la hora de irse al espacio.

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Para ser cosmonauta, Ronnie Nader viajó a Rusia. Un cosmonauta es un viajero espacial entrenado en el Centro Yuri Gagarin en La Ciudad de las Estrellas, una base militar en las afueras de Moscú. Como todo en los países comunistas, durante décadas fue secreta. Como todo en los países comunistas que colapsan, el secreto se convirtió en un negocio lucrativo: una década después de la caída de la Unión Soviética, el multimillonario estadounidense Deniss Tito pagó veinte millones de dólares a Rosaviakosmos, la agencia rusa, por un viaje de ocho días al espacio en 2001. En el centro Yuri Gagarin, el ecuatoriano Nader estudió durante dieciséis meses repartidos en cuatro años hasta alcanzar el título de cosmonauta. Para los rusos, todo egresado de su entrenamiento era un cosmonauta. Para los estadounidenses, sus graduados de la misma carrera eran astronautas. Era una definición geopolítica. Durante la Guerra Fría esa diferencia semántica fue una declaración de principios, una denominación de origen. Revelaba en nombre de cuál de los dos imperios del siglo XX se iba a conquistar el cosmos. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se repartían el planeta, voltearon a mirar a las estrellas. El océano que circunda al mundo no tenía dueño. Desde donde comenzaba el espacio —a cien kilómetros de altura, según la Federación Internacional de Aeronáutica— todo podía ser conquistado. Los viajes espaciales no sólo ampliaron el campo de batalla: su tecnología llevaba las ventajas del avión a un extremo escalofriante y la destrucción ya era posible a control remoto. Los mismos cohetes que llevaban al espacio perros, monos y peregrinos de nombres inolvidables como Yuri, Neil o Buzz servirían para lanzar bombas nucleares.

Hoy viajar fuera del planeta ya no asegura a un país la dominación mundial, pero sigue siendo un acontecimiento excepcional. A más de trescientos veinte kilómetros de altura, cosmonautas y astronautas conviven en paz en la Estación Espacial Internacional. Allí, pocas cosas los diferencian, como el material con que purifican su agua —yodo los gringos, plata los ex soviéticos—, o las copas de vodka y cognac que los rusos sí tienen permiso de tomar. La champaña, sin embargo, está prohibida para todos. Pero se puede ser astronauta sin haber traspasado la atmósfera terrestre. Ronnie Nader no ha llegado a viajar fuera del planeta, pero es un hombre excepcional.

Un siglo atrás, volar debajo de la atmósfera también lo fue. Los primeros aviadores eran elevados a héroes, y sus viajes reseñados como hazañas. Recibían todos los honores de los hombres y todos los suspiros de las mujeres. Sus nombres se inscribían en placas, y sus vidas se resumían en los libros de historia. Décadas más tarde, volar en avión se fue volviendo una rutina mesocrática. Ya casi nadie se baja del avión ante una comitiva que lo recibe con flores y discursos. Nadie escribe triunfante en su perfil de Facebook: “Hoy viajaré por primera vez en avión”. Algún día, lo mismo pasará con los que se van al espacio. Dará lo mismo astro, cosmo o taikonauta —el equivalente chino—. Como explica George Zamka, ex piloto de los transbordadores Discovery y Endeavour de la NASA, se ha empezado a privatizar el monopolio estatal de la galaxia. Con el turismo espacial inaugurado en 1999, no está lejos el día en que la Estación Espacial Internacional sea el nuevo destino del verano patrocinado por Coca-Cola. En 2013, la nave de Virgin Galactics, la galáctica empresa fundada por el multimillonario inglés Richard Branson, despegó del puerto espacial América, en Nuevo México, subió a más de veintiún kilómetros, rompió la barrera del sonido y regresó a la tierra. La empresa de Branson ofrece vuelos espaciales para quien pueda pagarlos —doscientos cincuenta mil dólares por asiento— y ya tiene más de quinientas reservaciones para volar en la SpaceShipTwo. Esa nave se accidentó en un vuelo de prueba en 2014, pero Branson ha dicho que está más resuelto que nunca a que el paseo orbital sea una realidad.

Nader, quien costeó su entrenamiento de cosmonauta en Rusia con sus ahorros de ingeniero de software, no tenía vocación de turista espacial. Le parecía poca cosa: “Yo quería toda una aventura nacional”. No le bastaba con poner su nombre en órbita. Quería viajar en nombre de toda la patria. Convertirse en el hombre que inauguraba la era espacial en un país conocido como el mayor exportador de banano del mundo. Pero las empresas cósmicas nacionalistas son cosa del siglo pasado. Ya nadie lanza cohetes espaciales por orgullo patrio. Hoy, el espacio —como la guerra— es un mercado donde las empresas privadas se asocian con las agencias estatales. En quince o veinte años, los niños no se maravillarán porque la gente pueda acercarse a las estrellas, sino porque hacía unas cuantas décadas era todo un acontecimiento. Para el cosmonauta Ronnie Nader, esta aventura incluiría entrenarse por cuenta propia en Rusia y crear EXA, la Agencia Espacial Civil Ecuatoriana y construir y enviar al espacio dos satélites, Pegaso y su gemelo Krysaor, con la bandera de su país. Al Ecuador la era espacial y su héroe estratosférico le han llegado con cincuenta años de retraso.

En el centro Gagarin de Moscú, Ronnie Nader recibió un uniforme hecho a su medida por los sastres de NPP Zvezda, la compañía que desde la segunda mitad del siglo XX ha fabricado la indumentaria aeroespacial rusa. El traje, llamado Sokol —halcón en ruso—, es blanco y voluminoso y por dentro está hecho de nylon 6, el mismo material con que se fabrican las cerdas de los cepillos de dientes. Un día de junio de 2007, después de casi quinientos días de entrenamiento, Nader rindió allí sus últimas pruebas: había volado en dos aviones supersónicos rusos a una velocidad de casi tres mil kilómetros por hora, y en su último examen tuvo que ponerse encima los diez kilos que pesa el Sokol mientras flotaba en una simulación de gravedad cero. Nader se graduó de cosmonauta en una ceremonia sin aspavientos. No hubo nadie de su familia. Apenas un delegado de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, los funcionarios del Centro Gagarin y tres equipos de periodistas de Ecuador. Un estrechón de manos, una palmada en el hombro y un breve aplauso sellaron una ceremonia austera en la que recibió el diploma y las alas de titanio que lo acreditan cosmonauta. En unos meses que atravesaron años, Ronnie Nader había estudiado mecánica orbital y astronavegación y había sometido su cuerpo a extenuantes rutinas como la simulación de un ambiente a diez mil metros de altura. Un par de días después, el primer cosmonauta del Ecuador regresó a su país en una aerolínea comercial. Bajó del avión y puso los pies sobre la Tierra.

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En 2013, más de medio siglo después de que la Unión Soviética lanzara el Sputnik, el primer satélite artificial de la humanidad, el cosmonauta Ronnie Nader monitorea desde un moderno centro del de Ecuador el lanzamiento de Pegaso en China. Lanzar el primer satélite de un país que tomó prestado su nombre de una línea imaginaria es toda una escena cinematográfica: desde las afueras de Guayaquil, en el ECU911, un centro de inteligencia atiborrado de computadoras, unas trescientas personas están atentas a lo que sucede al otro lado del mundo, en el cosmódromo de Jiuquan, desierto de Gobi, noroeste de China. Pegaso, bautizado así en memoria del caballito alado de la infancia de Nader, parte hacia la órbita del planeta Tierra un segundo después de las once y trece minutos de la noche. El cosmonauta se comunica con sus pares asiáticos. Cuando Pegaso se separa del cohete chino que lo ha llevado fuera del planeta, la operación queda bajo su total mando. Nader anuncia por un altavoz: “Bienvenido, Pegaso, al cielo, bienvenido al espacio, Ecuador”. El centro de control rompe en júbilo. Entre los que aplauden está Rafael Correa, presidente de la República y ex jefe de la tropa Scout 14 de la que Nader fue parte. Ha seguido con atención el lanzamiento, en silencio y con sus ojos verdes clavados en la pantalla. El presidente de Ecuador lleva puesta una de sus camisas de bordados precolombinos dentro de una casaca negra con la insignia del proyecto Pegaso sobre el hombro izquierdo y la inscripción R. Correa sobre el pecho. El gobierno ecuatoriano ha contribuido setecientos mil dólares para los seguros y el lanzamiento de los satélites gemelos construidos por Nader. Esa noche, cuando el primero de ellos, el Pegaso, llega al espacio, el cosmonauta y el presidente se abrazan. Nader dice con voz quebradiza: “Señor Presidente, lo logramos”. Correa le corresponde el abrazo, y el cosmonauta remata para la posteridad: “Somos un país espacial”. Dos ex boyscouts se han reencontrado para cumplir los deseos de su infancia.

Rafael Correa y Ronnie Nader pertenecían a dos categorías definidas de niños: los que quieren ser presidentes y los que quieren ir al espacio. Pertenecen, además, a la excepcional categoría de niños que cuando crecen lo logran. A ambos, la Universidad Católica de Guayaquil, donde estudiaron —economía, el Presidente, ingeniería en sistemas, el cosmonauta— los nombró parte de los cincuenta mejores alumnos de su historia. Pero el cosmonauta y el Presidente no se parecen: Correa exuda carisma, es guapo y tiene el aplomo seductor de quienes han crecido en la adversidad. Nader, por el contrario, es de complexión tosca, tiene facciones duras y una voz que, aunque no es grave, transmite una vocación inquebrantable y una disciplina marcial. Cuenta el cosmonauta que, aunque sus padres se divorciaron cuando él era muy niño, su madre logró que jamás le faltase nada. Ronnie Nader es un tanto huraño: unos de sus ex vecinos recuerda un día que paseaba con su hija de cuatro años por la casa de Nader, que entonces tenía una especie de caballo enano, la niña gritó: “¡Qué lindo el poni!”. Con un gesto tajante, Ronnie Nader le aclaró que eso no era un poni. Correa, cuyo carisma lo ha llevado al cargo más alto al que puede aspirar un político, la habría trepado al caballo para hacerse una fotografía con ella. Correa es uno de los cincuenta y tantos hombres que han llegado a la presidencia de Ecuador desde su independencia. Nader es el único hombre en este país capaz de llegar a las estrellas desde que volar hasta ellas es posible.

El primer cosmonauta de Ecuador no suele ir a fiestas ni salir de casa. Lo suyo es estar metido en un laboratorio en Guayaquil de ubicación reservada o planeando la próxima ocasión en que llevará el traje espacial. No es hincha de ningún equipo de fútbol y no entiende la cobertura desmedida que se da a los partidos de la selección nacional. “Nadie es menos pobre cuando gana la selección —se queja—. De hecho, somos más pobres”. El presidente de Ecuador, en cambio, es seguidor del Club Sport Emelec, ve la mayoría de sus juegos y celebró el último campeonato de su equipo. Rafael Correa también cree que es hora de que el país dé un salto a la adultez. Un salto que le permita al Ecuador dejar de comprarle electricidad a Colombia y empezar a vendérsela al norte del Perú, que modernice hospitales y construya escuelas donde antes no había, perforar la selva para sacarle todo el petróleo posible y volar los cerros para tener las minas a cielo abierto más grandes del continente.

Hasta tres semanas antes del lanzamiento de Pegaso, el presidente de Ecuador no sabía nada del proyecto. El satélite, un cubo de diez por diez centímetros, tiene el tamaño de una cajita de joyas. Lleva una cámara de alta definición para grabar y transmitir lo que capta fuera de la Tierra. Como todo ecuatoriano emigrado, el satélite es como un patriota sentimental: cada tanto toca el himno nacional. Ha sido lanzado en medio de la parafernalia de un país enamorado del simbolismo: lanzar un satélite diminuto desde China y celebrarlo como si se tratara de la primera misión tripulada a Ganímedes no es raro en un país que en los años setenta, durante la dictadura militar de Guillermo Rodríguez Lara, rindió honores militares y paseado sobre un tanque de guerra al primer barril de petróleo que Ecuador exportaría. Ahora la música de la televisión pública termina de redondear el ambiente heroico del lanzamiento del Pegaso: tiene un remoto parecido a Así habló Zaratustra de Richard Strauss, la banda sonora de 2001 Odisea Espacial de Kubrick. Sirve de fondo para el relato en off de la presentadora de televisión, quien informa que Ecuador ha hecho lo que antes nadie en Sudamérica había intentado. Pegaso no era el primer satélite de la región dando vueltas por la galaxia: los hay argentinos, brasileños, venezolanos, pero sí  es el único de su clase que no había salido de una sala de proyectos de una agencia de gobierno.

En el centro de control de Guayaquil, Nader y Correa posan para la foto detrás de una bandera nacional que el cosmonauta acaba de sacar de su cazadora. La presentadora de televisión lee el teleprompter con una voz modulada para que sus palabras retumben como retumban los dichos históricos: “Ahora Ecuador mira desde el espacio”. Nader improvisa un discurso de agradecimiento. Dice que sin el gobierno de Correa el lanzamiento de Pegaso no hubiera sido posible. Aprovecha para contarle al presidente que en el disco duro del satélite va una representación de la insignia de su grupo scout. La tropa 14 se fue al espacio. El cosmonauta agradece a su madre frente a las cámaras. El presidente del Ecuador lo interrumpe y bromea: “Señora, ¿se acuerda cuando lo botaba de los Scouts?”. El cosmonauta suelta una carcajada, y le da al presidente una palmada en la espalda. Le recuerda las travesuras del pasado señalando con el índice, como puntero errático, la sala de control: “¿Por ésta no me vas a botar, no?”.

Después de graduarse de cosmonauta, Nader decidió ser un ingeniero aeroespacial autodidacta. Los ingenieros aeroespaciales construyen las naves que se van al espacio y se quedan en tierra firme. Cuando las naves llevan astronautas, la misión de los ingenieros aeroespaciales es salvarlos de vagar para siempre en la Vía Láctea, como le sucede por al personaje de George Clooney en la película Gravity. Son el cable que los sujeta a Tierra. Tal vez si un astronauta comete un error este acabe siendo parte de las anécdotas: lo alertaría una computadora y se resolvería. Pero el error de un ingeniero aeroespacial terminará en tragedia. “Ser astronauta no es nada comparado con ser ingeniero aeroespacial”, explica Nader desde un sillón de su casa. “Nadie anda pidiéndole autógrafos a los ingenieros que hacen esas naves donde nosotros volamos como monos entrenados”. Nader asegura que fabricar los satélites fue más difícil que aprender a volar en el espacio.

Era más que temerario fabricar un cubo capaz de orbitar el planeta en un país donde apenas se había diseñado y producido un automóvil —el Andino, un modelo setentero del que se bromeaba: “el carro divino que te deja a medio camino”—. Según Nader, tuvieron que importar el titanio, diseñar las estructuras y los escudos, construir las baterías. Cuando los ingenieros encargados de la electrónica fallaron, el cosmonauta los despidió. “Con Ronnie Nader hay que estar siempre a la altura”, dice Jaime Jaramillo, el aliado estratégico con el que la Agencia Espacial Ecuatoriana construyó los escudos protectores del satélite. Suelta una ligera risa cuando explica que Nader es temperamental y obstinado, aunque Jaramillo prefiere rotularlo como un hombre de misión: “Y las misiones”, continúa Jaramillo, “están para cumplirse”. Sin ingenieros electrónicos, el ingeniero en sistemas convertido en ingeniero aeroespacial asumió también el diseño de la electrónica de los satélites. Otra vez, el comandante fue autodidacta. Empezó por las tarjetas de circuitos, esas placas verdes llenas de líneas y puntos que uno encuentra si desarma un disco duro cualquiera. Nader empezó con las tarjetas lisas, las peló a mano, soldó con cuidado sobre ellas cada línea y cada punto. Artesano futurista, Nader trabajó durante casi dos años para poder decir que hasta el último tornillo se hizo en Ecuador. “Hacer dos satélites nos convirtió en excelentes ingenieros”, dice Nader antes de hacer una pausa dramática, necesaria para que las palabras caigan por su propio peso, haladas por las fuerzas gravitacionales de la Historia: “Hacerlos gratis nos convirtió en héroes. En patriotas”, concluye. Pegaso y Krysaor son los primeros nanosatélites en transmitir imágenes que se pueden ver en vivo en el portal de internet EarthCam. Algún día quedarán entre los veintitantos mil fragmentos de basura sideral, como los escombros de un naufragio, con una inscripción: Made in Ecuador.

Nader es un creyente de que Ecuador cambió para siempre desde que lanzó el satélite Pegaso. Dice que los cambios más grandes ocurren cuando nadie se da cuenta. Equipara el lanzamiento de Pegaso con el del Sputnik. Esa noche, me explica desde su sillón en Guayaquil, la Unión Soviética dejó de ser un país rural e industrial para convertirse en una potencia mundial. Lo hizo gracias al genio de Sergei Korolev, el padre del vuelo espacial e ingeniero de Yuri Gagarin. El símil que Nader propone es más que evidente. Él está seguro de que será el hombre que va a sacar al Ecuador de la mediocridad agrícola y acelerar su incipiente industrialización. Él es el hombre que ha señalado el camino hacia el futuro. A Ronnie Nader lo secunda un grupo de voluntarios que confía en él sin reservas. El cosmonauta les ha prometido la posteridad: “No les ofrecí un sueldo sino la oportunidad de poner sus nombres en la Historia”. No lo duda.

El lanzamiento del Sputnik fue una victoria moral soviética en plena Guerra Fría. Aquella esfera metálica del doble del tamaño de una pelota de basketball hizo que los americanos se estremecieran de pavor con la idea de que un artefacto comunista les pasaba sobre las cabezas. El cosmonauta ecuatoriano cree que le ha legado una ganancia inmaterial a Ecuador. Su autobiografía personal parece encarnar el mismo mantra de autoayuda que su país gritaba en los estadios, cuando la selección nacional de fútbol clasificó por primera vez a un Mundial de Fútbol: ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede ¡Sí-se-puede!

Nader cuenta que tres días después de graduarse en Moscú la agencia espacial rusa, Rosaviakosmos, le ofreció trabajo y que esa noche no pudo dormir. Se trataba de eso o de montar la empresa demencial de una agencia espacial propia. Sin más dinero que el suyo.  Una odisea espacial privada. El cosmonauta malayo Faiz Khaleed, compañero de Nader en la Ciudad de las Estrellas,  recuerda que el ecuatoriano  estaba convencido de que su futuro estaba en el Ecuador. La mayoría de los cosmonautas latinoamericanos trabajan en el extranjero.  La NASA ha lanzado a once hispanos al espacio, de los cuales tres —el costarricense Franklin Chang, el peruano Carlos Noriega y el argentino Frank Caldeiro— nacieron fuera de Estados Unidos, pero volaron como ciudadanos norteamericanos. Sólo se les atribuye latinos por su ascendencia. A George Zamka lo llaman “el astronauta colombiano” porque su mamá es de Medellín, igual que a Cristina Aguilera la llaman “la cantante ecuatoriana” porque el padre que la abandonó es de Guayaquil. El malayo Khaleed y Nader se habían hecho amigos y compartían el tiempo libre que el entrenamiento les permitía. Cada vez que conversaban, según Khaleed, Nader insistía en su programa de Ecuador al Espacio: “Me regaló una camiseta con el logo del proyecto”, dice por Skype desde Kuala Lumpur.

El cosmonauta Ronnie Nader presentó solo el programa Ecuador al Espacio en el salón del Hilton Colón de Guayaquil. Era agosto de 2007 y acababa de regresar de Rusia con su diploma espacial. Habló de vuelos de microgravedad, satélites, puerto espacial y una misión tripulada a la Luna. Tenía enfrente a medio millar de curiosos invitados —entre periodistas, diplomáticos rusos, oficiales del ejército, amigos y espectadores accidentales— que lo escuchaban en escéptico silencio. Nader recuerda una atmósfera de incredulidad y condescendencia en el salón del hotel. Gran parte de lo que declaró les sonaba a disparate. No es común que los países metidos en el saco eufemístico de las vías de desarrollo tengan una industria aeroespacial. Faiz Khaleed cuenta que él y Sheik Muszaphar Shukor—el otro cosmonauta malayo— pudieron entrenarse gracias a que el gobierno de Malasia compró unos aviones rusos. Una especie de combo aeroespacial: por la compra de unos Sukhoi, le entrenamos dos astronautas. Un programa aeroespacial suena a capricho político o excentricidad científica en un país como Ecuador que sigue entre los diez más pobres de América Latina, según un informe de 2013 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU.  La ambición de explorar el espacio ha traído soluciones inadvertidas al planeta Tierra: hoy los bomberos y los pilotos de carreras están más seguros porque visten las fibras inventadas para los trajes con los que los cosmonautas pasean por el espacio. Un reloj cuya carátula no se raya es un pedacito de la ventana de una nave espacial. Las primeras gafas con protección ultravioleta fueron los visores de  un casco de astronauta. El GPS, que nos guía como lazarillo robótico por carreteras nunca antes recorridas, es otro invento de la ciencia espacial. Cada salida al cosmos nos devuelve un mundo tecnológico un poco mejor. Pero invertir más de setecientos mil dólares, públicos y privados, en lanzar dos satélites al espacio no admite un diagnóstico alegre de locura en un país donde casi la mitad de los ecuatorianos viven en el subempleo (según cifras de 2014), la maternidad adolescente es una de las más altas del continente y donde no se detiene la depredación ambiental en nombre del progreso.

***

En la mitología griega, Pegaso es el primer caballo que estuvo entre los dioses. En la mitología ecuatoriana, Pegaso es la primera nave espacial nacional en enfrentarse a una de las cinco deidades que reinan en el espacio: los desechos espaciales, la radiación, el plasma, el ambiente neutral y el vacío. Se llaman dioses porque, cuando se lanzó el primer Sputnik, mientras esperaban que el satélite completara la órbita y diera señales de estar funcionando, Sergei Korolev le preguntó a uno de los operarios del centro de vuelos si creía en Dios. El operario, como era de esperarse, le contestó que no. “Entonces”, le pidió el padre del vuelo espacial, “encomendémonos a los dioses del espacio”. Desde ese día, a todos los cosmonautas que están por abandonar el planeta en una nave, los ingenieros rusos les imponen las manos y recitan una invocación a los cinco dioses. El quinto dios de los cosmonautas rusos —los desechos espaciales— averió para siempre a Pegaso. Después de un mes en órbita y siete días de enviar sus primeras imágenes, el satélite dejó de transmitir: Pegaso se estrelló con basura espacial rusa y empezó a girar sin control. Fue una colisión lateral. Un regalo caído del cielo para los opositores políticos de Correa, que ridiculizaron la obra de Nader. Una gran oportunidad de atacar a su amigo, el presidente.

La mañana siguiente al lanzamiento del satélite, el rapero guayaquileño Au-D presentó Todos somos astronautas, una canción de dos minutos dedicada a Pegaso. “Volando hacia arriba, surcando el espacio,/ jugando entre estrellas, montado en un Pegaso”. Nader asegura que  la canción puso a llorar a gente del centro de control a las afueras de Guayaquil. En el siglo XIX, el alemán Alexander von Humboldt había perfilado a los ecuatorianos: “Son seres extraños y únicos. Duermen tranquilos en medio de humeantes volcanes, viven pobres con riquezas inimaginables a su alrededor y se alegran con música triste”. Apenas le faltó mencionar la vocación hiperbólica sobre los triunfos y las derrotas. Los enemigos de Nader, que son los mismos del gobierno de Correa, dijeron que había comprado las partes del satélite en China, que no era cosmonauta y que EXA funcionaba en el patio de su casa. Martín Pallares, un periodista opositor, lo acusó de montar un espectáculo para servir a oscuros fines de la Secretaría Nacional de Comunicación de Ecuador. En El Fraude de Pegaso y su gran éxito mediático, Pallares decía que con ocho mil dólares se podía comprar un satélite por internet, y que Pegaso había costado casi cien veces más. El texto, más opositor que preciso, levantó una polémica. Carlos Andrade, un científico ecuatoriano con estudios en robótica y aeroespacio que trabajó con nanosatélites en el MIT, precisa: los satélites que se compran por internet son para una órbita de trescientos diez kilómetros, y que Pegaso estuvo a más de seiscientos kilómetros de altura. Según el científico, Pegaso tardará más o menos diez años en caer, mientras que los satélites que se compran con un clic no duran más de dos meses en operación. Pegaso tampoco le había costado más de setecientos mil dólares al gobierno: el proyecto entero, –incluidos los seguros contra daños y pérdidas, las pruebas y validaciones aeroespaciales de los dos satélites–, se financió con ese dinero y otros miles de dólares provenientes de los fondos de Nader y del auspicio de Sunny, una empresa que fabrica jugos. Adolfo Chaves, un ingeniero aeroespacial costarricense que participó en la construcción de un satélite holandés, coincide en que no se puede fabricar satélites como los de Nader con unos miles de dólares “Lo que han hecho —explica el ingeniero aeroespacial— es regalar un trabajo que en Europa costaría entre un millón, y un millón y medio de dólares”.  Pegaso tiene unas alas desplegables y unos micromúsculos inteligentes, algo que no se encuentra googleando como había sugerido el periodista en su crítica. “A ese patán ni lo conocía”, dice Nader desde el sillón de su casa a las afueras de Guayaquil. El cosmonauta se enfureció. Los detractores del gobierno habían metido en el mismo saco el proyecto de los satélites y el odio a Rafael Correa.

El cosmonauta terminó atrapado en una telaraña política de la que se esforzaba por salir a patadas que lo enredaban aún más. Nader, el hombre reservado que en su entrenamiento calificó entre los cuarenta mejores de los más de cuatrocientos graduados del Centro Gagarin, no resistió el ring verborreico de la política ecuatoriana. Los opositores del gobierno vieron en él un aliado de Correa, y en política, como en toda guerra, los amigos de los enemigos también deben ser destruidos. “Politizaron un hecho histórico. Científico”, critica Nader desde su sillón. No entendió la virulencia en su contra, le frustraba la ingratitud hacia él, que había hecho del Ecuador uno de los treinta y tantos países del mundo que tienen un satélite orbitando alrededor de la Tierra. El cosmonauta, tan inexperto en política como creyente en el valor de su obra, buscó defenderse en sus propios términos. Utilizó la cuenta de Twitter que había abierto para comunicar los avances de Pegaso y defenderse a trompadas virtuales de sus detractores. Lanzó mensajes beligerantes. “Si me dices cuál centavo de los setecientos mil es tuyo, te lo devuelvo, ¿ok?” desafió a uno de sus críticos. Escribió que no discutía con periodistas, solo con ingenieros. Diseñó un algoritmo para rastrear y desenmascarar a los usuarios de Twitter que lo insultaban. “Oiga don @Ronnie_Nader el sábado tengo una fiesta de disfraces, ¿me presta el suyo? Por el satélite no se preocupe, llevo un cubo Maggi”, decía uno. “Agarren al perico que se le está comiendo el cerebro a Nader”, decía otro. Le dio un ultimátum a un universitario y pasante del Observatorio Astronómico de Quito para que se disculpara por declarar a CNN que Pegaso no transmitía en tiempo real. Nader mostró los registros de un sistema de seguimiento satelital que desmentían al muchacho que, asustado y en evidencia en su error, terminó por disculparse. El cosmonauta llamó a sus detractores ignorantes, tontos, arrogantes, viles, canallas. Esa actitud vehemente hizo que tambaleara el pedestal que con tanto esmero se había fabricado para sí mismo: “Si ser el héroe nacional significa que no pueda bajar a poner en su sitio al malcriado que miente en mi cara, entonces no merezco ese puesto”. Nader dice no tener oídos ni tiempo para críticas “Yo estoy metido en mis cosas, enfocado en mi programa espacial, en mis ideales, mis sueños y mis problemas”  En realidad, parece no estar dispuesto a tolerarlas: “No hay tal cosa como crítica constructiva. Lo que veo es, nada más, envidia y celo”. Dice que las tomará cuando vengan de alguien que haya construido dos satélites, aprobado el entrenamiento de astronauta y vivido una emergencia en órbita. Ronnie Nader es un vehemente al que le cuesta reconocer sus errores. Él prefiere llamarlos experiencia.

La grandielocuente convicción de Nader de que su trabajo es un gran salto para su país no significa que su trabajo sea un fraude. Pegaso dejó de transmitir su señal después de tropezarse con la basura espacial rusa. Las catástrofes acosan todas las misiones estelares, y sus eventuales fracasos son sólo una oportunidad de persistir. La hazaña de Yuri Gagarin estuvo a punto de terminar en catástrofe cuando un cable no se separó por completo de la nave principal y la cápsula en que viajaba el primer viajero espacial de la historia se convirtió en un yo-yo interestelar. El cable que se desintegró en la atmósfera le salvó la vida a Gagarin, quien recuperó la conciencia un antes de aterrizar cerca del pueblo de Smelovka. Richard Nixon había preparado un discurso anunciando que Neil Armostrong y Buzz Aldrin no regresarían de la primera misión lunar: “Saben que no hay ninguna esperanza para su recuperación, pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio”. Por un error en su diseño, el primer satélite chileno FASat–Alfa no se separó del satélite ucraniano al que estaba incorporado y jamás funcionó. La Mars Climate Orbiter, una sonda de la NASA que debía aterrizar en Marte, se destruyó cuando intentaba penetrar la atmósfera marciana porque los ingenieros creían que los datos que enviaba la nave venían codificados en el sistema inglés de medidas en lugar del sistema métrico decimal. En diciembre de 2013, Brasil y China lanzaron un satélite que nunca llegó a entrar en órbita por un desperfecto del cohete. El error es la madre de los avances científicos. El error es la madre del progreso. El error de Nader fue tomarse demasiado en serio lo que se decía en el ciberespacio, especialmente en Twitter. Para los partidarios del gobierno, el lanzamiento de Pegaso fue el inicio de la conquista espacial. Para sus adversarios, una charada propagandística. El país de la mitad del mundo convive dividido.

La familia del cosmonauta le ha hecho jurar que no habrá un tercer satélite. Les dolió tanta virulencia pública contra él. El programa espacial de Ecuador y su creador sucumbieron al efecto Rafael Correa: todo lo que el presidente toca se convierte en discusión a gritos. También de puños. Cuando un político ganaba la Presidencia de la República de Ecuador, tenía una tarea principal: evitar que lo derroquen. Lo que le quedaba de tiempo, lo utilizaba para gobernar. Entre 1996 y 2006, hubo siete presidentes, un triunvirato y una efímera presidenta que duró dos días en el cargo. Insólito ex jefe de boy scouts, el presidente Correa se ha estabilizado en el poder y gobierna con mano dura a tiempo completo. Desde que está allí, un millón de ecuatorianos ya no son pobres. Restringió la libertad de prensa, y expulsó del país a la embajadora de Estados Unidos y a los funcionarios del Banco Mundial y el FMI, pero hoy es el presidente latinoamericano más popular entre sus ciudadanos. Ha anunciado que en los próximos dieciséis años se invertirán más de veinte mil millones de dólares para construir Yachai, una ciudad experimental en el centro de Ecuador habitada por científicos e intelectuales, desde donde planean crear tecnología propia y exportarla. Un experimento social que coincide con las ambiciones del cosmonauta ex boy scout: construir un puerto espacial para aprovechar el magnetismo del centro de la Tierra.

En 2007, Nader demandó por sesenta millones de dólares a una compañía de atún. En un comercial de televisión, un hombre a quien presentaban como Edwin Aldrin Zambrano, el primer astronauta ecuatoriano, llevaba en su vuelo espacial con la nave Si-se-puede 1 una lata con encebollado de atún. Por entonces, Nader aún no se había graduado de cosmonauta, pero creía que ese anuncio comercial usurpaba su imagen: “El primer astronauta ecuatoriano tiene un nombre”, me advirtió Nader desde un sillón de su casa en las afueras de Guayaquil. En 2010, tres años después de haberla enjuiciado, desistió de su demanda cuando la atunera aceptó pagarle una fracción de lo que pedía. Para la empresa de atunes se trataba de una cuestión práctica: o seguía pagando a su abogado para que la defendiera o le pagaba al cosmonauta. Para el cosmonauta, era saldar una ofensa contra el hombre que llevaría a Ecuador al espacio. Ronnie Nader está convencido de que es el pionero sideral de la patria, el que la sacará de dos siglos de adolescencia agrícola y la guiará a la adultez espacial: “Así como hay cosas que un niño debe hacer para convertirse en hombre —insiste—, hay cosas que un país debe hacer para convertirse en nación”. Saltar de Banana Republic a Space Nation. El cosmonauta Ronnie Nader es una hormona del crecimiento nacional. Ese comercial de atún no era la imagen que él quería de sí mismo. La posteridad que Nader había elegido no era la falsa y ridícula imagen de una publicidad de pescado enlatado. Era ser el pionero de la historia cósmica del Ecuador.

Llegará el día en que ya nadie recuerde al falso astronauta que abría una lata de encebollado en el espacio. El entrenamiento solitario de Nader en Rusia, la agencia espacial que fundó y la ingrata ingeniería de sus dos satélites han opacado ese ingenio atunero mercantil que años atrás desató su ira. En la vida real, Edwin Aldrin Zambrano, esa caricatura ficticia y publicitaria del cosmonauta Nader, era un taxista guayaquileño que comía encebollado, una sopa popular de atún, yuca y cebolla.  Un hombre rechoncho, sonriente y deslenguado que no se parecía al cosmonauta. Hoy Ronnie Nader, a quien la compañía de atún tuvo que indemnizar por haber explotado su imagen para vender sus enlatados, proyecta puertos espaciales y alunizajes que posicionen a Ecuador en el mapa sideral. En enero de 2014, Krysaor, su segundo satélite, empezó a enviar sus primeras señales desde la frontera con el espacio exterior. Según él, dos compañías, una belga y una suiza, se han interesado en la construcción de su puerto espacial ideado. Ronnie Nader seguirá esperando con paciencia el día que pueda por fin vestir su traje espacial fuera de la Tierra. Las peleas del impetuoso cosmonauta en el ciberespacio harán que su recuerdo no sea tan heroico. Después de todo, hasta el sol, dijo José Martí, tiene manchas.

Pasta de campeón

Publicado: 20 febrero 2017 en Jhonnatan Torrez Casanoba
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Sparring:

Cuatro segundos sin aire. Uno, dos, tres, cuatro… (como si fueran eternos)

1: El golpe preciso en la boca del estómago me quita el aire.
2: Pierdo el equilibrio. Intento respirar, no caer, meter aire. Caigo.
3: Desde el lodo puedo ver a estos hombres de uniforme, sin identificaciones. Uno sigue en la motocicleta negra, destartalada y sin placas; esperando a ver qué hago.
4: El aire vuelve con dolor, quiero hablar para pedir ayuda. Apenas puedo aferrarme a mi mochila e intento alcanzar la grabadora que cayó a menos de un metro del anónimo uniformado. Esto lo enfada más.

—No estarás grabando, ¿no?
—No…
—Bueno, cojudito, mejor que aprendas a no meter tu nariz donde no debes.

Los testigos reclaman por qué me golpearon (benditos sean). El conductor de la motocicleta sentencia:

—Ya sabes, última vez.

Se van.

Segundos después aparece una patrulla. Les cuento que intentaron quitarme la mochila, mis notas, la grabadora y cuando me negué, recibí el golpe. Un policía joven y de trato torpe, me dice:

—Si no hay placa o nombres, no podemos hacer nada. Vamos a estar atentos, pero ¿te das cuenta de que esto es una advertencia?

Una advertencia por meter la nariz donde no debo. Un canal de drenaje donde venden droga. Sí, y qué. Con una mezcla de enojo e impotencia, recuerdo esa tarde en que me metí en este lío. Todo había empezado con un apretón de manos. Así nada importante.

Dos meses antes de ese gancho al estómago, mientras trataba de entender cómo funcionaba esta ciudad que estructurada en anillos, devora a quien no puede seguirle el ritmo, conocí a Miguel. Miguel es un hombre viejo, delgado, que oculta las canas en una gorra desgastada y que tiene la mirada fija sobre mí. Nada extraordinario. Un tipo en la calle.

Alguna vez me contaron que dar la mano al saludar era una forma de demostrar que no tenías un arma y que podías ser confiable. Fue lo único que se me ocurrió cuando lo tuve en frente, extenderle la mano. Él hizo lo mismo.

—Buenas ¿qué hace por mi humilde barrio? -me dice en tono de broma.

Ese día, y así, conocí a Miguel Medina, quien a sus 56 años tenía las arrugas que te dejan la nostalgia, unos pantalones blancos y la autoconfianza de quien ha recibido muchos golpes en la vida.

—Yo fui boxeador, creo que por eso sigo vivo -dice

El boxeador

Miguel nació en Riberalta, es el sexto de siete hermanos. El negocio de la familia eran la castaña y la venta de madera. Cuando cierra los ojos y recuerda el monte puede oler la tierra mojada.

Miguel cuenta que aprendió a pelear en su pueblo. Para cuando se trasladó a Santa Cruz de la Sierra a estudiar Ingeniería Civil, una de las primeras cosas que hizo fue buscar un gimnasio dónde entrenarse. Quería ser boxeador.

—Es que al toro hay que darle con qué torear, pues -dice riendo, aún con los ojos lejos, 35 años atrás.

Era 1980. Por esos años el deporte preferido de la ciudad era el básquetbol. Ser boxeador era algo extraño. Entrenar para pegarle a la gente iba en contra de la voluntad civilizadora de los tiempos. Sin embargo, en esa época se forjaron leyendas del boxeo nacional, como Hugo “Pacho” Olivares, el primer boliviano en lograr el título latinoamericano de los pesos medianos de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Ese año llegó un promotor de la AMB. Y eligió a unos cuantos. Para estar en esa selección había que hacer más que pelear. Había que ganar. Miguel estaba decidido. Entre golpe y golpe atrajo las miradas de los demás boxeadores y así consiguió su apodo.

—Me pusieron ‘Escocés’. No es un gran apodo. Al principio me daba vergüenza, pero como en todo, uno se acostumbra.

—¿Y por qué la vergüenza?
—Yo tenía un short rojo con negro, a cuadros. Lo usé en una de mis primeras peleas. Cuando estaba arrinconado contra las cuerdas, recibiendo golpes, me di cuenta que solo podría salir de un salto. Esperé que lance un golpe largo y levanté la pierna. El short se rompió y quedó como una falda. Y qué te puedo decir. Ese día no llevaba calzones.

Cuando el público comenzó a corear: “Escocés” (bis), el oponente se distrajo. Miguel combinó golpes al hígado, el estómago y la mandíbula, esa serie de golpes se convertirían en su marca personal. El oponente, de quien nadie recuerda el nombre, cayó y Miguel ganó la pelea, su apodo de boxeador y un lugar en el grupo. Hay días en que la suerte se hace querer.

El campeón Hugo “Pacho” Olivares desde su hogar, siete anillos lejos del ruido, dice que hace mucho que no habla del boxeo, porque si bien le trajo muchas alegrías, también le trajo dolor. Él fue implicado en un caso de narcotráfico que le costó la pelea por el título mundial que debía disputar con el francés Gilbert Delé en Francia. Estuvo un tiempo preso en el extranjero y aunque al final se probó su inocencia, recuerda el episodio con amargura. Eran los 80 pues, el narcotráfico había sentado sus reales en Bolivia. Se había extendido hasta los más altos niveles de gobierno. Entonces teníamos incluso nuestro “Rey de la Cocaína”, un hombre que no solo financió un golpe de Estado, sino que se convirtió en el principal proveedor de Pablo Escobar, según el libro “Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narco-Estado”, escrito por la esposa de Suárez, Aida Levy. Durante esa década, la coca se había convertido en el 12% del Producto Interno Bruto del país. Para 1983 el tambor de coca (100 libras) costaba 800 dólares. Una obscena cantidad de plata. Para el final de la década, Bolivia producía cerca de 1.200 toneladas de pasta base de cocaína. Esos días el narcotráfico no solo se había convertido en un negocio rentable y peligroso, sino que había abierto la puerta sin salida para el consumo interno, en todos los estratos sociales.

En esa época, Miguel consumía cocaína. Al principio porque le ayudaba a beber más tiempo, a ser el que más aguantaba, a ser el campeón. En 1983, tuvo la oportunidad de hacer que su nombre tenga peso en el mundo del boxeo. Se embarcó en una gira nacional con otros boxeadores, entre ellos, “Pacho”. Una de las paradas era Tarija. Allá Miguel debía enfrentarse a Rogelio Jimenez, “La Perla Negra”, un boxeador grande, bailador, con pegada bestial.

—Yo estaba nervioso. El negro era fiero, pero yo no me iba a dejar. Estaba mareado cuando subí al ring, pero una vez lo tuve en frente, fue o él o yo.

Lo que nadie le había dicho a Miguel era que habían programado la pelea para que “La Perla Negra” lo despedace. Era el chanchito del sacrificio. Se acordaron 6 rounds. “La Perla”, un boxeador ya reconocido en esa época, de esos que bailan en el ring, que tienen las manos en baja guardia, que juegan con el oponente y dan ganas de darle un tiro, estaba listo para la que se supone sería una pelea sencilla. “Pacho” recuerda el episodio con emoción y risa:

—Le hizo la vida imposible a “La Perla”. Entró directo a arrollarlo, sin ver, sin pensar. Fue una pelea hermosa. “La Perla” quería jugar con Miguel, pero no tenía tiempo para nada. Cuando se dio cuenta ya estaba arrinconado recibiendo. Tres veces lo tumbó Miguel ¡tres veces! ¡Nadie podía creerlo!

“La Perla” cayó por primera vez. No era un chiste. No estaban para bailar, lo iban a romper. Entonces comenzó a subir las manos, a cubrirse la cara, se olvidó del estilo. Por cada golpe que daba, recibía tres. Miguel no era un hombre fácil de tumbar. Era un toro que arrasaba con todo. “La Perla” recibe un golpe al hígado, cae, los golpes siguen y el público comienza a aullar. Miguel recibe un golpe tras otro, pero para él lo importante es no caer. Lo importante es “fajar” y protegerse. Luego “La Perla” cae por tercera vez. La pelea termina por puntos. Miguel Medina Roca, el beniano que habían llevado para que otro boxeador se luzca, ganaba ahí donde nadie daba un peso por él. Ya entonces hacía lo que le daba la gana. Ganaba. Se sentía campeón.

Miguel fue el sparring de “Pacho”.

—Era bueno, aguantaba, no era fácil de doblar. Cuando atacaba, pegaba fuerte, era “fajador”, entraba y no le importaba nada, ni cuánto recibía; solo le importaba dar, ganar. Miguel peleaba para el público, le gustaba escuchar a la gente gritando.

Un fajador es un boxeador que combate a corta distancia intercambiando golpes hasta que alguien se desmorona. Digamos, Rocky Balboa. Todo lo contrario de un estilista, que prefiere el combate a distancia y el desplazamiento continuo sobre el ring. Como Floyd Mayweather.

—¿Y usted qué tipo de boxeador era? -le pregunto a “Pacho”.
—Con esa pregunta hemos confundido a muchos (ríe). A mí me entrenaron en los tres estilos básicos: fajador de corta distancia, el de media distancia, el contragolpeador y el estilista. En las peleas había aprendido a jugar y cambiar los estilos. Por eso perdí pocos combates, y nunca me noquearon.
—Entonces, ¿cambiar de estilo le ayudaba a confundir a su oponente?
—¡Claro! Como la pelea de Miguel con “La Perla”. Uno era fajador y el otro estilista, y cuando comenzaron a atacarse, Miguel lo sacó de esquema. “La Perla” quería cambiar de estilo, pero no podía y acababa cayendo. Al final, como boxeas es como vas a acabar tu vida.
—…Como boxeas, vas a acabar tu vida…
—Sí, mira, Miguel fajaba, le iba de frente como un toro, no pensaba, ese era su defecto. Todos los fajadores que conozco terminaron mal, dañados, porque son pues toros, ¿y como acaban los toros? Muertos.
—¿El fajador sólo gana en el ring?
—Mira, había boxeadores grandes aquí. Por ejemplo, un argentino que ahora es peluquero en Montero. Él era fajador, un gran boxeador, pero ahora se pierde, no puede mantener una charla porque se va… los golpes le dañaron la cabeza. Otros acabaron muertos o alcohólicos.
—¿Y cómo es cuando dos fajadores se encuentran?
—¡Un espectáculo! Eso le gusta a la gente, que se den, que se partan la cara. Pero no es bueno, uno no debe pelear para el público. En el ring hay reglas y técnica, el público no importa. Pero Miguel peleaba para el público, igual que uno que era cargador en la estación argentina. “Mata toros”, le decíamos y venía a entrenar, un fajador terrible, un día se agarraron con Miguel y paralizaron a todo el coliseo. Se daban como si el cuerpo fuese ajeno. La pelea no iba a terminar nunca. “Mata toros” golpeaba fuerte, imagínese un tipo que se pasa ocho horas al día cargando peso y Miguel… (hace una pausa y los ojos se llenan de nostalgia, traga saliva) y Miguel lo mejor que sabía hacer era atacar y aguantar, aun cuando uno pensaba que se iba a caer, aguantaba.
—El día que conocí a Miguel, lo primero que me contó es que él había sido boxeador, y que quizá por eso seguía vivo...

“Pacho” se percata que llevábamos mucho tiempo hablando de Miguel, del boxeo, de los 80, y que si bien habían pasado 33 años, aún sentía la adrenalina. No podía contar un solo episodio sin hacer la mímica perfecta de los movimientos de boxeador. Toma un sorbo de café y me pregunta:

—¿Y qué es de la vida de Miguel?
—Tiene 56 años, trabaja reciclando aluminio, plástico y vendiendo algunas cosas de segunda mano, vive en un canal de drenaje y es drogadicto.

Hugo “Pacho” Olivares, hoy un hombre de pelo blanco, de esos seres humanos con los que podrías sostener una charla sin mirar el reloj, el hombre que pudo vencer a casi todos sus oponentes por knock-out, se queda en silencio, tratando de digerir el golpe. Me pregunta.

—Pero, ¿está bien?
—Bueno, en la medida de lo que su forma de vida lo permite, se ha ganado el respeto de la gente ahí abajo.
—Es pues un guerrero, no era fácil doblar a Miguel.

Fajar y resistir

Miguel tenía 19 años la primera vez que probó la pasta base.

—Vomité todo, no podía creer que me haya caído tan mal, y probé una segunda y una tercera vez hasta que bueno, me gustó.

—Pero si le cayó mal ¿por qué seguir intentado?
—En esa época, bueno, desde que me acuerdo, las relaciones sociales se hacían bebiendo, y fumar me ayudaba a beber más tiempo, a aguantar más.
—¿Y consume desde los 19 años hasta ahora?
—Sí, al principio solo para beber, luego… bueno me hice vicioso.

Lo que al principio simplemente fue acercarse al vendedor de droga para consumirla, se fue convirtiendo en desaparecer del mundo por tres días, una semana, entrando y saliendo del submundo en el canal de drenaje. Había comenzado a vender todo lo que había heredado: tierras, vacas y el negocio familiar.

Unos primos decidieron ayudarlo enviándolo a vacunar vacas en el municipio beniano de Reyes.

—A la estancia que me mandaron solo se llegaba en avioneta. No había nada alrededor. Yo estaba a cargo de los peones, me mandaron ahí porque pensaban que no podría conseguir la droga. Ja.
—¿Pensaban?
—Sí, es que (suelta una risa de triunfo y casi en secreto) yo aprendí a fabricármela solo.
—Fabricar cocaína ¿en medio de la nada?
—Sí, una vez un vendedor me llevó donde la preparaban, y mientras esperábamos, yo comencé a preguntar cómo se hacía esto y aquello, y bueno luego me di cuenta que tenía todo lo necesario. El ácido de las baterías para los equipos, el querosén de las lámparas, el diésel del generador de electricidad, la coca que nos mandaban para los trabajadores y… la cal.

En la noche, oculto en el monte comenzó a pisar la coca, a mezclarla con los químicos, armó su propio laboratorio.

—La primera vez me salió una cosa horrible, casi me muero al probarla, me quemó todo el pecho.
—Y siguió intentando, como cuando fumó la primera vez… (un fajador)
—¡Claro! El cuerpo pide, y estaba comenzando a desesperarme. A la tercera vez me salió algo más o menos, ya luego fui sabiendo qué había que mejorar, y al final por cada tres libras de coca, sacaba unos 50 gramos de pasta. Me alcanzaba para al menos una semana.
—¿Nunca se dieron cuenta?
—No, uno sabe, aprende cuándo drogarse. Yo fumaba de noche, me iba a andar al monte a caballo, toda la noche, iba a cazar.
—¿Qué cazaba?
—Lo que haya. A veces uno acaba cazando a sus demonios.
—¿Y pudo atrapar alguno?
—A varios (se ríe, pero inmediatamente cambia el semblante) he visto y he vivido muchas cosas. Cosas feas a veces.

Miguel cuenta que a los meses de llegado a la estancia descubrió que estaban robando el ganado. Cuando informó de esto, le pidieron que se hiciera cargo del problema.

—Y me hice “cargo” del ladrón.
—Entonces usted…
—Sí, pero no quiero hablar de eso.
—¿Eso fue lo que hizo que vuelva a Santa Cruz?
—Sí, vine a ocultarme, me fui a La Frontera.

La Frontera era un “barrio” detrás del Parque Industrial de la ciudad. Hace 32 años, los primeros adictos a las drogas formaron su propio barrio un lugar donde podían drogarse hasta morir, construyeron pequeñas casas con maderas y lonas. Ahora no existe, fue loteado. Miguel vivía ahí, reciclando plásticos que vendía en una empresa del Parque Industrial. Tenía una casucha y unas bolsas para recolectar. Miguel ya tenía 40 años. Llevaba 21 consumiendo pasta base y al menos 18 de ellos, de forma diaria. Para cuando nos conocimos tenía 56 años y aunque el deterioro de la edad y la calle habían pasado por su cuerpo, extrañamente no presentaba el daño que los expertos esperarían de un consumidor como él. Ariel Rojas, psiquiatra del Hospital Psiquiátrico Benito Menni, explica que el mecanismo de acción de la droga varía en cada sujeto. Es por eso que el efecto mismo de la pasta base es tan variable como las personas. A algunos los pondrá eufóricos, a otros depresivos, a otro le pegará más fuerte y le producirá síntomas psicóticos. La pasta base de cocaína (conocida también como paco, bicha, bazuco o carro) se produce con los residuos de la cocaína y es procesada con químicos como el diésel, queroseno y ácido sulfúrico. Los efectos secundarios de la droga van desde la destrucción del aparato respiratorio hasta la taquicardia, (los manuales médicos suman alrededor de una treintena de efectos secundarios). Pero el caso de Miguel es tan particular como su historia. Dice que aprendió a regular su consumo, porque sabe que la droga, la pasta base que fuma, hace daño y así, como en su pasado de boxeador, ataca y resiste. No se deja fajar.

—En algún momento ¿quiso salir de aquí?
—Pude. De hecho ahí está una de las historias más increíbles que me pasaron en la vida, pero usted no me va a creer.
—A ver…
—Mi ayudante y yo estábamos recolectando plásticos, y en el basurero de un banco encontramos una bolsa que estaba llena de algo. Más tarde, cuando nadie nos miraba, abrimos el paquete y estaba lleno de plata. Nos fuimos a un alojamiento de esos que hay en el mercado Los Pozos y comenzamos a contar y repartirnos como si estuviéramos jugando cartas.
—¿Cuánto había?
—Cuarenta y cinco mil dólares y quinientos bolivianos. Sí ¿suena increíble no? Nos repartimos una cantidad para mi ayudante, y una parte más grande para mí, porque era el maestro y el que encontró el paquete.
—¿Y qué pasó?
—El muchacho se volvió a La Frontera. Parece que quiso imponérsele con la plata al jefe de ahí y lo mataron. Apareció muerto. Todo normal.
—¿Y usted qué hizo con su parte?
—Me compré una ropa bonita, luego me fui a la ‘La Playa’ (el lugar donde venden autos usados) y me compré una vagoneta, y ¡listo!
—Listo para…
—Para hacer trabajar la plata, ahora sí podía salir de pobre…

Para Miguel, “hacer trabajar la plata” significó ir al Chapare a comprar ladrillos de pasta base para venderla y convertirse en distribuidor. Comenzó a comprar armas para protegerse, joyas. Comerció con ellas, claro, seguía fumando. Según él, tenía el plan perfecto para salir de esa vida, de sentar cabeza. Iba a vender droga.

—¿Y qué pasó con el plan?
—Yo tenía mi mujer, y también mi amante. Con mi amante íbamos a Cochabamba a comprar la droga, y parece que alguien me denunció con mi mujer. Ella fue a la Policía. Me agarraron justo cuando hacía una entrega, me encontraron con siete kilos de cocaína y fui a la cárcel.

La cárcel le tocó a los 50 años. El primer día, él y tres más fueron arrojados al pabellón de máxima seguridad, donde domina un grupo llamado ‘La Pesada’. Le dieron la “bienvenida”. Ésta consistía en una pelea con otro interno más antiguo. Miguel fue el primero en pelear. Su primer oponente fue un brasilero musculoso quien se reía al verlo viejo, flaco y asustado… pero una vez más, como en 1983, ser subestimado se convertiría en su ventaja. Esta vez no había guantes, ni ring, réferi ni reglas.

—Al primero le gané en dos golpes. Se enojaron y me trajeron a otro que tampoco aguantó mucho y me mandaron un tercero. No podían creer que yo aguante. Igual lo tumbé. Yo creía que me iban a matar, así que recibía y repartía golpes como loco. Pero con estilo.

En la cárcel de Palmasola todo aquello de lo que se pueda sacar un rédito, es aprovechado. Miguel se convertiría en una buena fuente de ingresos para los apostadores que le daban algo de dinero por hacerlos ganar. Ahí hacían pelear gente por dinero, como se hace pelear a los gallos.

—Yo no quería pelear, pero comenzaron a amenazarme. Uno de los jefes, “El Gordo Killi”, me dijo que si no peleaba me iban a apalear; además, el primer día que llegué me quitaron todo, mi ropa, mis pertenencias, todo.
—¿Tuvo que seguir peleando?
—Claro, pero les puse una condición: Yo peleaba unas cuantas más, pero que con la plata que gane, quería irme a Régimen Abierto.
—¿Cuántas peleas fueron hasta eso?
—Unas cinco. En la última, la bolsa de la pelea era de tres mil dólares ¿Se imagina? Presos apostando tres mil dólares en una pelea. Me gané unos pesos y pagué mi cuota para que me dejen salir a Régimen Abierto.
—¿A quién le pagó?
—Ni a usted le conviene saber ni a mí decirlo. Pagué y me pasaron a Régimen Abierto, eso es lo que importa.
—¿Cuántos meses estuvo en máxima seguridad?
—Dos meses, a la merced de los de La Pesada.
—¿Y en Régimen Abierto, peleaba?
—No, ahí tuve la suerte de dormir solo dos días en pabellón. Luego me hice amigo de un narco poderoso y me convertí en su seguridad a cambio de dormir en su departamento y comer comida de restaurante. Tenía que cuidarlo, lavar su ropa y mantener limpio el apartamento.
—¿Y cuánto tiempo estuvo preso? Porque si lo agarraron con siete kilos de pasta base usted debería haber recibido mínimo quince años de cárcel.
—Sí, estuve cuatro meses más en Régimen Abierto, seis meses en total en la cárcel. Mi exmujer me hizo un trato: le firmaba un papel en blanco para que se quede con todo lo que yo había acumulado, terrenos, joyas, armas, todo, y ella me daba lo que yo necesite para pagar y salir.
—¿A quién le pagó?
—El abogado, la fiscal y el juez se repartieron doce mil dólares.
—¿Por qué puede decirme a quién le pagó para salir de la cárcel y no a quien le pagó para cambiarse de pabellón?
—No dije nombres, además esos doce mil dólares también borraban el rastro de la causa.

La relación de Miguel con la droga es una constante. Él entiende que salir de la droga es con droga, que transformada en dinero, puede convertirse en una nueva vida. Es el único mundo que conoce.

—Y al salir de la cárcel ¿siguió en el mismo negocio?
—Claro, es a lo que le sé, además salí de la cárcel a la calle, no tenía dónde ir, hacen años que mi familia no sabe nada de mí, este negocio lo conozco, en esto soy…
—¿El campeón?
—Sí, ¡el campeón de la pasta! (risas) ¿Ve? Por eso me decían que yo tenía “Pasta pa´ campeón”.

El Canal

Náuseas.

Las náuseas son el anuncio de la llegada del vómito, una advertencia, quizás uno de los mecanismos de supervivencia más primitivos que conservamos como especie. Nos anuncia el peligro cuando hemos comido algo en mal estado, cuando hay algo podrido, cuando el cuerpo ya no puede resistir el miedo. La náusea es la forma en la que el cuerpo te arrastra lejos de lo que cree te puede hacer daño.

Dicen los expertos, los que aprendieron a domesticar las náuseas, que hay un truco de engañar al cerebro para que se olvide de que viene el vómito. El truco es sonreír. El gesto de la sonrisa puede estimular los pares nerviosos y hacerle creer al cerebro que todo está bien.

La primera vez que bajé al canal de drenaje fue un día infernal de 33 grados centígrados a la sombra, justo un día después de dos días de lluvia. El olor era tan penetrante que se podía sentir en la nuca. La náusea, yo intentando sonreír y esa realidad más fuerte que el hedor.

Santa Cruz de la Sierra tiene 300 kilómetros de canales de drenaje, y pese a que no hay cifras actuales, en 2010 se reportaba que existían 11.200 “hombres topo” (nombre con el que se conoce a quienes viven en los canales). De esa cifra se considera que un 35% son “indigentes esporádicos”, es decir, que cada cierto tiempo regresan con sus familias.

Duberty Soleto, director de la Secretaría de Políticas Públicas del Gobierno Departamental de Santa Cruz, dice que el año 2015 se realizaron 40 operativos de rescate, en los que se retiró a las personas que viven en los canales de drenaje y en las riberas del rio Piraí. Dice que los enviaron a hogares o centros de rehabilitación de administración delegada, (iglesias o a oenegés a los que la Gobernación aporta con dinero), ya que no se cuenta con centros propios.

Javier, un teniente de Policía que pidió llamarse así, cuenta que los operativos más grandes que se realizaron fueron durante la Cumbre G77 +CHINA, y la llegada del Papa Francisco. En ambas ocasiones, el problema no era social, era estético. “Esa gente” daba mal aspecto a la ciudad, entonces la orden era de cargarlos en camiones y dejarlos lo más lejos posible.

—Incluso una vez los fueron a botar en la carretera a Samaipata -dice el policía entre risas.

Intenté hablar sobre el tema con el Municipio, pero ese día el Oficial Mayor de Desarrollo Humano renunciaba, y en la Policía, los altos mandos estaban muy ocupados en la organización de la seguridad durante el Carnaval. Daban ganas de ir a llorarle a Gardel. Pero acá no tenemos eso. Un Gardel.

Las versiones extraoficiales que pude recabar no variaban demasiado de las planteadas por la Gobernación. Hay un juego de poder, y todo apunta a la legislación y a la falta de una política de Estado sobre el tema de los hombres topo.

Y aunque la Policía reporta haber incautado en 2015 casi 12.383 kgs de cocaína, aprehendiendo a 846 personas; el microtráfico sigue cobrando más y más vidas. Microtráfico. Esa es la palabra. En esa red está atrapado Miguel.

Pero, ¿cómo se organizan estos grupos, estos “gremios”? A esta pregunta, tanto los policías como el personero de la Gobernación, me dicen que no pueden responder. Que sí saben que existen sistemas de comunicación para prevenir la llegada de los operativos o la presencia policial, pero que desconocen que haya una organización como tal. Total, son gente sin hogar. Drogadictos. Qué organización van a tener. Olvidan que son humanos. Y los humanos nos organizamos. Siempre.

Para la mayoría de la gente, el vivir en el canal de drenaje solo es una extensión de la adicción, y que este espacio es un escondite para después de robar, o para consumir la droga. Es el Wonder world de los perdidos.

Quise saber cómo vivía Miguel, y él me sirvió de guía en este submundo, este otro mundo.

—¿Quién manda aquí?

—Aquí en el canal hay un jefe que tiene varios apodos: “El Luci” (por Lucifer), “El one”; cuatro subjefes, cada uno tiene mínimo dos personas que hacen de guardaespaldas. También están los campaneros, que son siempre muchachos, chicos que están en la superficie, fuera del canal, atentos, varios repartidos por la extensión del canal, pero al menos cuatro cuidando la rotonda donde vive el jefe.
—¿Él es el que pone orden?
—No, ese es “El Disciplina”, es como un comisario, él se encarga de que las reglas se cumplan y de arreglar los problemas entre la gente.
—¿Cómo que problemas?
—Deudas, robos, cosas así. Si vos me debes plata, en lugar de pelear, vamos donde “El Disciplina” y él dice como solucionamos.

Existen reglas que todos, incluso los visitantes como yo, deben cumplir.

  • No se puede entrar al canal de drenaje en cualquier momento, menos aún si se lo hace desde el punto central, la rotonda, que tiene como adorno una fuente de aguas danzantes, perfecta para distraer. Se debe esperar a que los automóviles estén en movimiento.
  • No se puede robar al menos a 500 metros dentro del radio del canal, y si se lo hace, no se debe escapar al canal.
  • No se le pega a las mujeres (esta regla es la que tiene la máxima pena, quien incurra será golpeado y pasará por “la calle de la amargura”).

En fin, las reglas de convivencia se basan en pagar las deudas, cuidarse entre ellos, y ser invisibles ante la gente. Llamar la atención lo menos posible, porque atención significa policías y policías a veces significa extorsión. La moneda básica es la pasta base, las deudas se pagan en droga, y el estatus se obtiene con dinero para manejar droga. Los cuatro subjefes (tres hombres y una mujer) son distribuidores que “hacen trabajar” la mercadería. Los campaneros y seguridad trabajan por droga. La moneda máxima es una caja de fósforos que contiene aproximadamente 50 gramos. Cada uno de ellos trabaja por la cuarta parte de una caja. Miguel no está en la estructura. Pero es respetado por sus años y sus puños y puede estar cerca de los jefes sin problema.

Los compradores son variados. No solo los que viven en el canal la consumen. Autos de lujo se acercan, dan dinero, van al punto contrario de la rotonda y hacen el intercambio de manos. Albañiles, chicos bien, camioneros, taxistas, chicas bien, hombres de oficina, artistas, malabaristas callejeros. A todos les gusta la miel.

En dos meses de observación, siempre entre las 18:00 y las 19:30, vi intercambiar dinero por droga delante de los ojos de la ciudad.

—¿Y la pasta sólo es de la misma o hay categorías? Digo, porque la que compra el tipo del Munstang negro no debe ser la misma que la que compra “El trauma” (un mecánico que religiosamente va de “shopping” a las 19:15 de todos los días, a comprar su dosis).
—Hay pues. Hay tres tipos de pasta, y los precios varían. Están por ejemplo: “La pela ojos”. La cajita de fósforos de eso cuesta como Bs 300. “La que enamora” cuesta Bs 200 la cajita. Y está “la cafecita”, que es la más barata. Cuesta Bs 100 la cajita.
—¿Por qué esos nombres?
—“La pela ojos”, porque es la más pura, su efecto es poderoso. “La que enamora”, porque es la que se invita, la que sirve de gancho para que vengan. Y “La cafecita”, porque es la más sucia, lo último en el refinado, esa es la que más se vende al raleo, cuesta 10 Bs la dosis, el sobrecingo.

El día 14 que voy a la rotonda, espero en el mismo semáforo de siempre. En cuanto soy detectado por los campaneros, hay una rotación casi sincronizada dejando libres a tres, que vienen directamente hacia mí. Tres flacuchos de cara chupada, con las manos que les cuelgan casi llegando a las rodillas.

—Vamos abajo que el jefe quiere hablar con usted. – Me dice “El eléctrico”, un moreno que tiene los pelos parados de tan sucios.
—¿Y de qué? – Digo tragando tanta saliva que apenas puedo acabar la frase.
—Usted viene mucho, no compra y le parece raro, vamos tranquilo, no va a pasar nada.

En la entrada al túnel desde donde gobierna “Luci”, hay un tipo alto y robusto. Me pide que me saque los zapatos para entrar a un túnel de un metro de altura. Voy agachado hasta que me encuentro a un hombre cuarentón, armado, con el torso desnudo, moreno y con el tono pausado como un profesor de escuela que habla para que cada palabra sea comprendida.

—Dicen que ya lleva días rondando por aquí, y quería saber si podíamos servirle de algo. -Ambos sabíamos que era una falsa cortesía, que la pregunta era clara.
—Escribo un artículo, sobre Miguel, el que era boxeador antes. -Digo masticando cada vocal.
—¡Ah! El viejo Miguel es famoso. ¿Va a salir en la prensa? Si es así, vaya tranquilo nomás, que voy a dar la orden de que ninguno de estos pendejos le toque un pelo. Vaya nomas gordito, eso sí, Miguel le va a decir cuándo puede y cuando no puede venir. Usted sabe, a veces el negocio se pone fuerte.

El “Departamento” de Luci, es claramente más cómodo que el de cualquiera que viva en ese mundo. Incluso tiene divisiones para que duerman los encargados de su seguridad.

El día 16, descalza y drogada, “Genesis”, como pidió que la llame, me ofrece sus servicios, e incluso me detalla un tarifario que va desde sexo oral en la plaza cercana, hasta una noche en el alojamiento “de preferencia del cliente”. Marketing total. Me niego, se enoja, se desespera.

—Ya pues, mira que no hice nada de plata y ya no tengo ni para comer.

No tarda mucho en conseguir un cliente. Un taxista a quien no le importa parar el tráfico para embarcarla. Cerca de una hora después, cuando la trae de vuelta, le pregunto al taxista por qué llevarse a esa chica si no muy lejos hay un conocido prostíbulo en la ciudad.

—Es que estas no son como las putas normales. Esas son escogedoras, que no hagas esto, que no así, que así me duele. A estas le vas subiendo unos pesos y hacen lo que quieras. – Dice orgulloso. Y se va.

Según el doctor Ariel Rojas, el efecto de la pasta base es tan corto (5 minutos en promedio) y el proceso de abstinencia tan largo, que el sujeto intenta acortar los periodos de abstinencia, consumiendo cada vez más y más. Y el efecto es el deterioro no solo físico, sino también social, ya que todo lo que ha construido, hogar, familia, trabajo, ya no tiene más valor, porque el adicto se vuelve muy disciplinado con la substancia. Tan disciplinado que puede dejar de lado incluso el propio cuerpo con tal de cumplirle a quien manda ahora: la droga.

Es mi visita número 17. Se supone que este día no debo venir. Hablo con un vecino, quien con algo de miedo, acepta dejarme subir a la terraza del 5to piso de su casa. Quiero ver lo que pasa. Ahora desde arriba. A las 15:30, una vagoneta Toyota blanca sin placas ni marcas distintivas, aparece cerca de “la puerta trasera del jefe”. Un hombre, con una mochila negra se baja del auto y en cuanto el tráfico se mueve entra al canal. Sale cinco minutos después sin la mochila, pero con un pequeño paquete envuelto en periódico. Espera a la vagoneta y sube, avanzan un poquito. Paran cuenta algo, quizás dinero.

A las 17:30 un auto nuevo, con vidrios obscuros y también sin placas, para en el mismo lugar. Dos hombres con chalecos negros, y corte de pelo militar, bajan del auto. Uno se queda afuera esperando al otro. Tres minutos después sale bromeando con la seguridad del canal, suben al auto y se van.

Días antes Miguel me decía.

—Los días de entrega, primero viene el proveedor y un rato después, vienen los verdes a cobrar sus verdes.

Pura poesía. Todo.

A las 18:00, como todos los días, comienzan a llegar cual hormigas al azúcar los clientes internos y externos. Es casi una danza coordinada entre el tráfico, los campaneros y los compradores. Mientras la luz del sol da paso a las de las luminarias, este baile tiene fin a las 19:30. A esa hora, si usted se detiene en el puente desde donde puede mirar a ambos lados del canal de drenaje, podrá ver chispazos de luz intermitentes, como las luciérnagas en esas carreteras oscuras. Uno a uno, hasta donde la vista llegue, habrá una pipa encendiéndose, alumbrando por un instante tan fugaz como el efecto mismo de esa fumada. Es la horita feliz. También para Miguel.

Ahí, en el canal, cuatro anillos lejos del poder, sazonadas con la droga está mezclada la miseria, la adicción y la enfermedad mental, pero a la mirada de la ciudad no son más que un problema estético a resolver, un dolor de cabeza para los policías.

—Hay mucha gente a la que le conviene que esto siga así. Desde oenegés que reciben fondos, hasta distribuidores de droga. Es un negocio grande, advierte el Dr. Soleto, desde su oficina en la gobernación del departamento.

Son las 19:50 del día en que vería por última vez a Miguel. Me dice que ojalá alguien de su familia lea esto, así sabrán que está vivo, y que va a seguir peleando.

—Fajar y resistir -le digo.
—Aguantar hasta que no se pueda más, hasta que uno quede frío y ojalá lo entierre su familia, y no que un tipo de la morgue lo arroje a uno a la fosa común. Como si fuera un perro.

Nos despedimos y mientras camino pienso en la gente que vi beneficiándose directa o indirectamente de la miseria. El vendedor de drogas; Doña Carmela, que les vende comida que prepara recogiendo las verduras de la basura del mercado y comprando la carne que se está a punto de tirar; el hombre de chaleco negro que cobra dinero; los Albertos, que son quienes compran cosas robadas; los hombres de uniforme que les quitan plata, las tiendas de barrio. Sí, es un negocio muy grande.

Cien metros después de la despedida con Miguel, unos hombres de uniforome, sin identificaciones, en una moto negra y china, sin placas. Frenan de golpe y me preguntan qué hago tanto en la rotonda. Apenas preguntan, uno se baja e intenta quitarme la mochila y vuelve a preguntar:

—¡Qué mierda haces todos los días en la rotonda!
¡Escribo sobre el ex boxeador!

Entonces viene el gancho directo al estómago, la falta del aire, el reclamo de la gente por el abuso, la advertencia. Y pienso en ese momento que Miguel ha aguantado más que esto. Pienso en fajar y en resistir.

Pienso en su pasta de campeón.

A sus setenta y nueve años, Gay Talese, el mayor cronista vivo de Estados Unidos, quería ir a una corrida de toros. Tras una hora en la plaza de Las Ventas de Madrid, después de ver matar a cinco animales, a un torero con un muslo ensangrentado y a otro lanzarse de cabeza por detrás de la barrera del ruedo perseguido por una bestia de cuatrocientos kilos, su esposa aprovechó el descanso previo al último toro de la tarde para decirme algo en voz baja. «Gay pregunta si ya nos podemos ir». Él estaba de pie a su lado, listo para huir lo antes posible. Tenía puesto su sombrero panamá de color camel y se había metido bajo el brazo un periódico que había tomado prestado del bar de su hotel. Pero un toro más salió al ruedo, los veinte mil espectadores de la plaza volvieron a callarse, y Talese tuvo que sentarse otra vez sobre su almohadilla de plástico. Diez minutos más tarde acabó la función. En el camino de salida, Talese, vestido con unos mocasines y un traje a medida como del siglo pasado, miró de nuevo al ruedo. Un carro de caballos arrastraba hacia fuera el cadáver del sexto toro que dejaba un rastro de sangre en la arena. «¿Ahora lo cortarán en pedazos?», preguntó. Dijo que aquello le recordaba a Floyd Patterson, un excampeón de los pesos pesados que le había contado que no se sentía capaz de odiar a sus rivales. «Los toros me han dado lástima, como cuando Liston o Ali le pegaban a él aquellas palizas». Al maestro de los cronistas del detalle, el mundo de la tauromaquia —que había excitado el pincel de Picasso y la máquina de escribir de Hemingway— sólo le provocó la duda de un carnicero y el recuerdo de un boxeador al que no le gustaba dar golpes.

De niño, Talese fue un estudiante mediocre. «Yo era bueno en una cosa para la que no había calificación —dijo en otra entrevista—: la curiosidad». Como todos los niños, se distraía en la escuela centrando su atención en objetos menores, como una tiza o un borrador, o mirando a la joven sustituta de la maestra de Composición en inglés. En su adolescencia, espiaba a las parejas que se juntaban de noche al borde del mar de su pueblo, Ocean City, y el sacerdote de su parroquia pronosticó que el futuro autor de La mujer de tu prójimo, un libro sobre la liberación sexual de los setenta que Talese documentaría dirigiendo en persona una casa de masajes, sería un degenerado. En la escuela secundaria, escribió en un semanario de su pueblo sobre las derrotas de los equipos de fútbol y béisbol de su colegio. En la universidad escribió una historia sobre un estudiante de más de dos metros y diez centímetros que se negaba a hacer una prueba con el equipo de baloncesto porque prefería podar árboles, y también sobre un anciano que atendía los casilleros del equipo de fútbol y al que los jugadores le pasaban la mano por la cabeza antes de salir al campo para que les diese buena suerte. Cuando trabajaba en The New York Times publicó ‘Don Malas Noticias’, un perfil dedicado a Alden Whitman, un hombre tímido y bajito que escribía con anticipación necrologías de personajes públicos y que vivía pendiente de que estos muriesen para poder publicarlas. En aquel tiempo persiguió gatos callejeros por Nueva York para clasificarlos según sus costumbres como salvajes, bohemios o gatos de media jornada en tiendas y restaurantes. Una tarde de 1999, mientras hacía zapping en el sofá del salón de su casa, se encontró con la final del mundial de fútbol femenino entre China y Estados Unidos, y vio a una defensora del equipo asiático fallar un penalti decisivo. Le intrigó tanto saber si lloraría en el vestuario o si sus compañeras la consolarían o la dejarían sola, qué le diría su familia al regresar a Pekín y cómo la recibirían los burócratas del deporte chino, que Talese se pasó seis meses buscándola para contar cómo era la vida de una futbolista china después de un fracaso. Cuando visitó Madrid, en 2011, llevaba buen tiempo con su curiosidad ocupada en un asunto misterioso: un reportaje para entender sus cincuenta años de matrimonio.

El día antes de ir a los toros, un domingo por la tarde, Nan Talese, su esposa, la prestigiosa editora de Doubleday,  quiso conocer el Museo del Prado. Había una cola tan larga para entrar, que ella y su marido decidieron postergarlo. Al lado del museo estaba el jardín del hotel Ritz y merendaron allí. Mientras hablábamos en la mesa, Gay Talese me preguntó: «Dime, cuando sales a cenar con una chica, ¿tú pagas la cuenta?». Dos horas antes, sentado en una butaca dorada de la suite de su hotel, me había preguntado: «¿Vives solo en Madrid?», «¿Cómo te pagas el alquiler del piso si no tienes un sueldo fijo?». Tenía las piernas cruzadas, y de cuando en cuando elevaba la punta de uno de sus zapatos de piel, fabricados por un artesano ruso de Brooklyn. «¿Eres hijo único?», «¿Tu hermano es mayor o menor que tú?». En un reportaje se describía cómo Talese acudía a ver La Traviata, de Verdi, al Metropolitan Opera de Nueva York y en un entreacto le presentaban a un banquero al que de inmediato comenzó a preguntarle por su matrimonio. Quería saber cuándo conoció a su mujer, cuánto tiempo llevaba casado, por qué ella no estaba con él en la ópera, hasta si seguían siendo felices. El caballero que quería entender su matrimonio deseaba saber todo de aquel desconocido.

Talese es un maestro de la curiosidad por el detalle, y a veces esta curiosidad se confunde con la indiscreción. Su incontenible atracción por la intimidad le permitió enterarse de que la esposa del mafioso Bill Bonanno dejaba la ropa limpia de su marido a los pies de la cama para no tocar la cómoda donde él guardaba sus cosas, y de que vivía tan amargada por no tenerlo nunca a su lado, que llegó a tener celos de su suegro, el viejo y reservado capo de la familia; o que el beisbolista Joe DiMaggio seguía enamorado de Marilyn Monroe tres años después de su muerte. Talese pregunta a la gente lo que en apariencia a nadie le importa sólo para descubrir lo que no sabíamos que nos importaba tanto, esas claves triviales que definen a las personas. Luego las revela y el efecto es vernos descubiertos en un espejo. El chismoso se entera para contarlo; Gay Talese, para entenderlo. Es un dandi inquisitivo que creció como voyeur detrás de los mostradores de la sastrería de sus padres, donde su madre atendía tardes enteras a señoras enguantadas de blanco para quienes la tienda era también un diván.

La minuciosa insistencia de Talese en conocer rasgos sencillos de las personas recuerda al laborioso y melancólico oficio del sastre, practicado por varias generaciones de su familia en el sur de Italia y que su padre intentó contagiarle sin éxito, pese a la admiración que le provocaba verlo trabajar. «Él hacía cada traje puntada a puntada, sin usar máquina de coser, porque quería sentir la aguja en sus dedos mientras penetraba en una pieza de seda o lana y se movía a la velocidad de un gusano a lo largo de la costura de un hombro o una manga», recuerda Talese en Vida de un escritor. El hijo no quiso ser sastre, pero ha elegido tardar años en acumular detalles y escenas para reportar y escribir cada uno de sus libros. De su padre heredó la persistencia en el detalle; de su madre, la capacidad de escuchar. En sus comienzos en The New York Times, Talese se fijaba en los libros que llevaban sus compañeros mayores cuando subían por el ascensor del periódico y espiaba a oídas las discusiones sobre esos libros cuando iba a su cafetería. Es un hombre de orejas bien abiertas que no ve los restaurantes como sitios para disfrutar de la comida, sino como «cámaras de resonancia» donde puede captar conversaciones ajenas. Este señor elegante al que le nacen ímpetus inquisitivos ante cualquier desconocido es un venerador de las más disimuladas y azarosas formas populares de la intromisión. «Entre los hombres mejor informados de Nueva York están los ascensoristas, que rara vez conversan porque siempre están a la escucha; igual que los porteros», nos recuerda en Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas. Gay Talese es, ante todo, un hombre atento.

Esa tarde de domingo, al final de la merienda en el Ritz, él y su mujer se detuvieron otra vez delante del Museo del Prado. Talese se sorprendió al ver un cartel que anunciaba una exposición de José de Ribera, el pintor español del siglo XVII autor de La mujer barbuda. «Era de Nápoles», me dijo el italoamericano. «¿Podemos entrar?». Visitó la sala de Ribera con la impaciencia de un niño obligado a seguir a sus padres por los templos turísticos de una vieja capital europea. Al cabo de veinte minutos de recorrido, una vez satisfecho su compromiso sentimental de ver la obra de un pintor que imaginaba que había nacido en Nápoles, cerca de la región de origen de su familia, y en el momento en que su esposa admiraba la sala de los pintores flamencos, el gran observador de la vida de las personas sintió que ya había visto suficiente historia del arte. «Okey —nos dijo—, ¿ya nos podemos ir?». Talese caminó a paso ligero hacia el tráfico del Paseo del Prado, y Nan se quedó dos metros rezagada. Él buscaba un taxi y se dio cuenta de que no la tenía a su lado. Sin siquiera darse la vuelta para verla, estiró un brazo hacia atrás y abrió la palma de su mano.

Al día siguiente, mientras bajaba las escaleras huyendo de la plaza de toros, a Gay Talese lo invitaron a ver las fotos de las celebridades que han pasado por Las Ventas. Se detuvo a mirar los retratos de Ava Gardner, el Che Guevara, Orson Welles y Sofía Loren achicando sus ojos como un calibrador de diamantes. Gay Talese ha descrito los dedos de Frank Sinatra, que «eran nudosos y despellejados, y los meñiques sobresalían, tan tiesos por la artritis que a duras penas los podía doblar»; la obsesión del actor irlandés Peter O’Toole por ciertos calcetines, «únicamente usa medias verdes, hasta con un esmoquin»; la coquetería de Fidel Castro, «el cuidado que se pone a sí mismo puede medirse desde las uñas arregladas hasta sus botas de puntera cuadrada, que no tienen raspaduras y brillan suavemente». Es un elegante que se entromete en el atuendo de los demás. En la suite de su hotel, me preguntó si en mi casa tenía una chaqueta, una corbata y una camisa. «Pareces un niño que vende fruta en la calle», me dijo. Su padre era el único italiano de Ocean City que usaba traje y corbata, y desde niño Gay Talese también vestía de traje. De haber sido un portero en Nueva York, él habría tenido algo de los «porteros del lado este», a quienes describió orgullosos como un noble, y otra parte de los «porteros de hotel», especialistas en recordar apellidos y evaluar la calidad de equipajes de cuero. «Tú te sientes cómodo con lo específico y yo con lo brumoso», le dijo su mujer en un reportaje de la revista New York dedicado a su matrimonio.

Antes de que Talese saliera de la plaza de toros, le presentaron a un crítico taurino. Después de saludarlo se quedó mirándolo. Era un español de unos setenta años, moreno y con bigote, que vestía una camisa y unos jeans corrientes. «¿Han visto sus zapatillas?», preguntó de repente, mirando el calzado que llevaba. «¡Miradlas, son las más brillantes de todas!». Durante dos días Gay Talese había paseado por Madrid por primera vez en su vida. Había visitado uno de los museos de arte antiguo más memorables del mundo. Había sido espectador de una corrida de toros con peligro, emoción y sangre. Hasta ese momento del viaje, el caballero de la curiosidad no nos había pedido que nos fijáramos en nada. Lo hipnotizó el fulgor de las zapatillas de un crítico taurino.

Cada viernes a las 6:15 de la tarde, luego de una semana analizando granos de cebada bajo un microscopio, el genetista Goetz Hensel conduce dos kilómetros hasta un bar de Quedlinburg, un pueblo con casonas medievales al este de Alemania, para beber una chop de Hasseröder de un sólo trago. Durante ese after office, Hensel y sus colegas —alemanes e ingenieros biotecnólogos como él— hablan de fútbol, de pop alemán o de cualquier otra cosa, menos de trabajo. Para hablar de ciencia tienen todo el día en el instituto de investigaciones biológicas IPK, el banco genético de semillas más grande del mundo. Cuando quieres embriagarte la genética no importa demasiado, dice Hensel, un científico de cincuenta y tantos años que habla con voz pausada, con la misma autoridad de un abuelo sabio. Goetz Hensel viste jeans y camiseta azul, tiene el pelo entrecano, usa anteojos y carga una mochila negra más grande que su espalda. En su mano derecha lleva un reloj Timex Ironman que registra cada uno de sus movimientos: las caminatas que hace por el parque cercano a su casa, las calorías que quema, las seis horas de sueño que duerme cada día. Pero en el bar, con sus amigos, prefiere no monitorear su ritmo cardíaco cuando un par de rubias se sientan en la mesa contigua. Por eso cada viernes, el científico intenta olvidarse que dedica su vida a descifrar el ingrediente principal de la tercera bebida más consumida en el mundo después del agua y el té.

Hensel trabaja en una bodega climatizada similar a un hangar donde hay hileras de frigoríficos enormes como roperos, alineados uno tras otro. Alguien distraído podría pensar que detrás de las puertas de esas neveras, las de unos científicos que quieren mejorar la cerveza, hay precisamente eso: cervezas bien heladas. Pero allí se guardan decenas de plaquitas de cristal con germinados de semillas de cebada. Unas parecen migajas de arroz, otras tienen diminutas ramas verdes, todas están etiquetadas con escrúpulo germano. En este lugar, Goetz Hensel, un ingeniero alemán que no ve series de televisión ni suele ir al cine, ha producido en las últimas dos décadas más de veinte mil plantas modificadas en sus genes para ser más productivas y nutritivas. Su mayor obsesión es la cebada, el insumo principal de la cerveza. Hensel dice que alterar su composición la haría más resistente a las plagas y los climas extremos. De todos los cereales, la cebada es la que más fibra y proteína tiene: reduce el colesterol, la diabetes y el riesgo de infartos. Es el segundo cultivo más importante de Alemania, y el cuarto en el mundo después del trigo, el arroz y el maíz. Por eso, en un futuro donde la temperatura del planeta aumenta y las ciudades crecen vertiginosamente, el genetista cree que resguardar la cebada es crucial. La mayoría de alemanes, sin embargo, sienten que la genética hace peligrar la pureza de su cerveza.

El músico Frank Zappa decía que un país de verdad debe tener su propia cerveza. Según Zappa también ayuda tener una aerolínea, un equipo de fútbol y algunas armas nucleares, pero lo que en realidad importa es tener una cerveza. En Alemania, ese dicho tal vez se haya tomado muy en serio: no existe otro país que produzca, consuma y exporte más cerveza. En el país de Goethe y Schumacher existen más de cinco mil marcas y se concentra casi la mitad de cervecerías que existen en Europa. Un alemán bebe más de cien litros de cerveza al año: el doble de litros que un estadounidense, el triple que un mexicano y cinco veces más que un chino. En Alemania cada pueblo tiene al menos una cervecería. Cualquiera, a cualquier hora, puede beber una botella de medio litro mientras viaja en bus, en metro, o en la calle mientras da un paseo, en un almuerzo de oficina o en el gimnasio. Los supermercados no venden cerveza helada, sólo los autoservicios de veinticuatro horas. Con tan pocos meses de sol, el paladar germano se ha acostumbrado a beber la cerveza tibia. Los alemanes prefieren beber solos y, aunque siempre llegan a una reunión con cervezas en la mano, no la comparten. No suelen comprar six packs ni pagar por la botella de alguien más, ni siquiera cuando quieren seducir a una chica o chico en un bar. En el verano, cuando parques y canales se llenan de bebedores, uno puede ver peatones solitarios, generalmente desempleados, con un carrito o una gran bolsa de plástico juntando las botellas vacías que los berlineses dejan entre asados y picnics. Los alemanes no tiran las botellas en los contenedores de basura, las colocan al costado de un poste de luz, en la banca del parque o en la cornisa de las ventanas para que los recicladores puedan ganarse unos centavos.

En casa, sentado frente a su computadora, el genetista Goetz Hensel trabaja mejor acompañado de una Radeberger —una cerveza dorada, ligeramente amarga— y se relaja y no piensa en las moléculas que le dan textura a su bebida favorita. Algunos doctores, dice, recomiendan la cerveza como una mejor opción para rehidratarse tras el ejercicio, pues todos sus ingredientes son de origen natural. La dosis de azúcar que posee es de tan alta calidad que los alemanes pueden beber y beber sin preocuparse por la resaca. La cerveza es rica en antioxidantes naturales, en fibra, en vitaminas B y C, en minerales, y en nutrientes que combaten la anemia. Su cantidad de calorías es inferior al de la gran mayoría de bebidas alcohólicas y las gaseosas. Reduce las posibilidades de sufrir un infarto, actúa como un laxante natural y disminuye el riesgo de osteoporosis. Pero el científico de la cerveza también sabe que cuando nos pasamos de tragos nuestro sistema nervioso jamás la pasa bien.

Durante el Oktoberfest, la fiesta dedicada a la bebida alcohólica más popular del mundo, se toma tanta cerveza como para llenar tres piscinas olímpicas. Allí, algunos se divierten viendo a jóvenes turistas tambalearse o cantar en la calle por lo borrachos que están. Todo genetista sabe qué sucede exactamente: el alcohol incrementa la liberación de dopamina, un neurotransmisor que en exceso enloquece las neuronas, y éstas —por decirlo de un modo— empiezan a suicidarse, a ahorcarse con sus dendritas, o se apuñalan con los cristales de fosfato. O, en el peor de los casos, aumentan el voltaje de las neurotransmisiones al punto de electrocutarse. La resaca —los mareos, los vómitos, la sed, la leve amnesia— es consecuencia de todo ello. Hensel dice que ha borrado de su memoria la última vez que se emborrachó. Y si alguna vez experimentó un ‘eureka’ gracias a los efectos de la cerveza, al día siguiente ya no se acuerda.

Pero beber una buena cerveza con moderación, dice el científico, facilita el intercambio de ideas, la colaboración y forja un espíritu en el laboratorio. Hensel prefiere la cerveza alemana, pero no tiene una marca favorita: le gusta probar la producción local, respetando también la temporada. En Baviera y durante el verano toma siempre cerveza de trigo porque es dulce y refrescante. En el norte del país se inclina por la producción amarga del Báltico. «En Alemania es imposible conseguir cerveza de mala calidad», dice Hensel, quien difícilmente tiene resaca. Lo que sí le genera un dolor de cabeza es que muchos compatriotas suyos vean la labor del genetista con desconfianza.

Para crear variedades de cebada que no necesiten mucha agua, resistan enfermedades, produzcan más toneladas de grano por hectárea y sean más nutritivas, se necesita conocer a fondo su código genético. En el IPK, decenas de científicos europeos, asiáticos y estadounidenses se esfuerzan por identificar y mapear para qué sirve cada uno de los miles de genes que componen este cereal, que doblan en número a los genes humanos. Hensel siempre ha estado fascinado por la biología moderna molecular y la posibilidad de hacer crecer una planta entera a partir de sólo una rama, una raíz o una sola célula. Pero se resiente con la mala publicidad que tiene su oficio entre la opinión pública alemana.

Las principales organizaciones ambientales del mundo, como Greenpeace, afirman que los transgénicos destruyen la biodiversidad de los cultivos y agotan la fertilidad de los suelos. En un mundo donde los alimentos transgénicos están demonizados, Alemania quizá sea el país más firme en ese rechazo. De acuerdo con una encuesta del Departamento de Protección de la Naturaleza, más del ochenta por ciento de los alemanes no quiere consumir alimentos transgénicos, aunque en Alemania sólo se cultivan esos vegetales con fines científicos. Siguiendo los pasos de Francia y Grecia, Alemania prohibió los cultivos de maíz transgénico en 2009, presionada por los granjeros de Baviera, la región cervecera número uno del país. El ministro de agricultura alemán Christian Schmidt, nuevo Embajador de la Cerveza, es uno de los portavoces europeos más influyentes en la guerra contra los transgénicos. «No quiero una expansión de la ingeniería genética en el campo alemán, ni tampoco conozco a nadie que desee su presencia extendida», dijo en junio de 2015, en medio de un debate acalorado sobre la prohibición de cualquier cultivo genéticamente modificado en la Unión Europea. Hensel lamenta la ignorancia que revelan esas declaraciones: se sabe que el ochenta por ciento del algodón cultivado en todo el mundo —el insumo principal de la mayoría de la ropa que usamos— es transgénico. También la soja: más del noventa de la producción mundial es transgénica. Y aunque la soja transgénica casi no se come en forma directa, sus derivados se utilizan en miles de alimentos que consumimos. «Así que la mayoría de los productos ‘bio’ de soja, aunque digan lo contrario o no lo especifiquen en sus etiquetas, están en contacto con organismos genéticamente modificados», dice el científico. Le parece absurdo que la gente no tema usar transgénicos en los fármacos —como las vacunas o la insulina que combate la diabetes—, pero sí en alimentos como la cerveza, cuando ambos productos son ingeridos por el cuerpo. No todo lo que es transgénico es malo por definición, dice Hensel, quien evita comprar alimentos bajo el sello ‘bio’: en el jardín de su casa, los tomates crecen con fertilizante. Si su esposa insistiera en hacer la despensa sólo con productos orgánicos, dice que ya se habría divorciado.

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Quienes beben cerveza, decía el monje alemán Martín Lutero, entrarán al paraíso caminando con la frente en alto. En la tierra de Nietzsche, la cerveza es religión. Y su receta básica es una suerte de mandamiento tallado en piedra que no debe quebrarse. Desde hace quinientos años la cerveza en Alemania sólo es considerada cerveza si contiene cuatro ingredientes: lúpulo, levadura, agua y malta de cebada. Así lo estipula la Reinheitsgebot, la Ley de la Pureza Cervecera de 1516, el documento de certificación culinaria y estándar de calidad más antiguo del mundo. Sin un permiso especial, los bares alemanes no pueden vender cerveza que no esté hecha bajo esa ley. El lúpulo —flor japonesa de la misma familia de la marihuana— aporta fragancia, propiedades relajantes y mayor tiempo de vida en estantería. La levadura es vital para la fermentación. Sin embargo, la cebada es el ingrediente sagrado de la receta.

Algunos antropólogos afirman que los primeros granos de cebada que el hombre cultivó no fueron tanto para hacer alimento sino para fermentar cerveza y embriagarse. Hablar de los orígenes de la cerveza nos obliga a remontarnos a las culturas Sumeria y Egipcia, cuando probablemente alguien, después de masticar el cereal y escupirlo en algún tipo de cuenco, observó cómo se producía una especie de líquido espumoso que había cambiado su olor y sabor, evolucionando hacia sabores agrios y ácidos. Los más antiguos documentos de casi todas las civilizaciones mencionan la cerveza. Dionisio, antes de ser el misterioso dios del vino en Grecia y el alegre Baco en Roma, fue la divinidad de la cerveza en Tracia. La fórmula más antigua para elaborar esta bebida se encontró en Mesopotamia y se conserva en el Museo Metropolitano de Nueva York. La cerveza es menos antigua que el vino porque requirió de más tecnología: la agricultura para crecer el grano, el fuego y las calderas para cocinarlo. Pero una vez inventado se extendió rápidamente. Los egipcios le enseñaron a los griegos a hacer cerveza y estos a los romanos y los romanos al resto del mundo. Si el vino era raro y aristocrático, porque sólo se podía hacer una vez al año —cuando la fruta estaba madura—, la cerveza se popularizó rápidamente en las clases bajas. Todo lo que necesitaban era grano malteado y un ingrediente amargo —como el lúpulo— para equilibrar su dulzura. Cuando tomas una cerveza, dice Hensel, tomas nueve mil años de historia. Y una cerveza alemana concentra, sobre todo, los últimos quinientos años de ella.

Hace cinco siglos los alemanes guardaban la mejor cebada para hacer pan rico en fibra, pero también cerveza. Desde esa época las cervecerías solían ubicarse al lado de las panaderías: la cerveza siempre fue el pan líquido de los germanos. Un día de 1516, los Duques de Baviera decidieron que el trigo y el centeno solo servirían para hornear pan, y la cebada sólo para producir cerveza. Los duques querían regular la composición de la bebida para evitar ingredientes como hierbas venenosas y frutos del bosque, pero también para monopolizar los cultivos de cebada: con la Ley de la Pureza ellos controlarían los precios y se harían más ricos.

Muchos años después esa ley que nació para controlar el mercado de la bebida que embriagaba a Alemania y al resto de Europa se transformaría en tradición. Una encuesta reciente de la Asociación Nacional de Productores de Malta concluyó que nueve de cada diez alemanes no admite alteraciones en la composición de su cerveza. Quieren preservar su cerveza pura y libre de ingredientes con genes modificados. Dicen que no los necesitan: para producir cerveza de alta calidad ya tienen suficientes variedades de cebada. La Federación de Cerveceros Alemanes sostiene que con sólo ocho variedades de este cereal se produce el noventa por ciento de la cerveza en el país. Cada variante produce hasta cuarenta tipos de malta de cebada. De este universo, cada maestro cervecero escoge hasta cinco tipos y crea una nueva mezcla. Sumado a las diferentes culturas de levadura, los distintos tipos de agua y las más de sesenta clases de lúpulo, las posibilidades para crear una nueva cerveza de malta de cebada son infinitas.

Hace un siglo y medio, el monje bohemio Gregor Mendel sentó las reglas de la genética al identificar los principios que rigen las variaciones en color, tamaño y forma dentro de cada especie, rasgos que se heredan de generación en generación. Desde esa época los productores de cebada en Alemania se basan en estas huellas genéticas a la hora de cruzar dos tipos de cebada para conseguir una nueva mezcla, que cruzan con otra mezcla y así sucesivamente durante algunos años, hasta conseguir una variedad natural —no creada en un laboratorio— completamente nueva. Genetistas como Goetz Hensel aseguran que una cebada con genes mejorados —rica en carbohidratos, baja en proteínas, con larga vida en estantería— puede hacer más eficaz la producción de cerveza: puede acortar los años de pruebas para crear nuevas variedades de malta y reducir el consumo de agua y energía. Pero el rechazo a los transgénicos del público alemán está tan arraigado, que los productores de malta de cebada no admiten que un científico meta las narices en su cerveza. «Creo que se podría aceptar la modificación genética en otros cultivos como el maíz o el sorgo, pero jamás en la cebada», dice Walter König, representante de la Asociación de Cerveceros de Baviera, conocedor de su mercado. «La cerveza es el último bastión de un producto cien por ciento natural. Los alemanes nunca aceptarán una alteración genética».

Aunque quinientos años de pureza cervecera es mucho tiempo y la industria de los alimentos depende cada vez más de los laboratorios, el mercado alemán sigue dominado por el escepticismo en torno a los organismos genéticamente modificados. Mientras que en Alemania los cultivos transgénicos están prohibidos, en Latinoamérica ocupan más de setenta millones de hectáreas: una superficie similar a la que utiliza Estados Unidos, el principal productor de transgénicos en el mundo. Estos, debido a su resistencia a los insecticidas, se cultivan durante todo el año. Al no dejar descansar el suelo la tierra agota todos sus nutrientes hasta que no puede producir más, y estos cultivos se fumigan con glifosato, el herbicida más usado en el mundo, aunque la OMS ha advertido que puede provocar cáncer. Para los científicos, sin embargo, no todas son malas noticias: hace veinte años se cultivaron las primeras papayas transgénicas para resistir una plaga de insectos en Hawái. Hasta hoy no existe estudio alguno que compruebe que estas papayas destruyan la biodiversidad o hayan causado alguna enfermedad humana. Es el mismo caso del arroz Golden: cada año, en el sureste asiático, hasta medio millón de niños se quedan ciegos por falta de vitamina A. El arroz Golden, una variedad de arroz transgénica y enriquecida con esta vitamina, podría salvar miles de vidas además de asegurarles alimento.

A pesar de que la cebada ya experimentó el clima extremo de la Edad del Hielo, está comprobado que en las próximas décadas las zonas donde se cultiva el cereal de forma natural disminuirán drásticamente por al aumento de temperatura. Nuevas variedades de cebada tendrán que ser diseñadas para adaptarse al medio ambiente, para tener mejores niveles de rendimiento, para seguir produciendo malta de cerveza de buena calidad. Goetz Hensel está convencido de que los genetistas no solo salvarán los alimentos en el futuro, sino también nuestra forma de embriagarnos los fines de semana: la cebada, dice el científico, tiene que evolucionar para que la cerveza sobreviva.

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Goetz Hensel cree que casi nadie entiende realmente el trabajo de un genetista, a pesar de que vivamos en el siglo XXI. En algunos círculos —sobre todo los más conservadores— la reputación de esta clase de científicos es similar a la de un hereje medieval o un comunista en los cincuenta: su profesión es sospechosa. La televisión y el cine se han encargado de instalar en nuestras mentes imágenes distorsionadas: científicos despeinados —las batas blancas, los ojos desorbitados— encerrados en un laboratorio, mezclando caprichosamente los genes de una mosca con los de un ser humano. Hensel jamás ha visto corderos que brillan en la oscuridad, ni ha escuchado al ratón que canta como pájaro —ambas especies existen y fueron creadas en un laboratorio—, pero reconoce que tiene cebada fluorescente en su oficina: un método que utiliza para identificar fácilmente los marcadores genéticamente alterados en el principal ingrediente de la cerveza alemana. «Una oveja fluorescente quizá no tiene mucho sentido», ríe Hensel. «Pero imagina un árbol de Navidad fluorescente. ¡En vez de colgarle luces y gastar electricidad tendrás un árbol que brille por semanas! Esto puede servir en el futuro, ¿no?».

El genetista alemán no pierde la paciencia cuando le piden que explique por qué su trabajo es importante en la producción agrícola. Gracias a la genética, dice, se pueden seleccionar sólo aquellos atributos que un agricultor necesita para producir plantas con ciertas propiedades específicas controladas por genes específicos: soja que resista las sequías, maíz que produce su propio insecticida, trigo más nutritivo, centeno rico en fibra. Pero transnacionales como Monsanto, DuPont o Bayer, que ejercen el monopolio de la producción de semillas agrícolas, ha hecho que la labor del genetista sufra más rechazo. Parte del problema es que desde mediados de los noventa, la investigación y el desarrollo de los transgénicos respondió más a las leyes del mercado que a las de la preservación ambiental: produjeron semillas baratas, resistentes a ciertas bacterias, que precisaban de pesticidas para combatir otras plagas, que también eran producidos por estas mismas compañías. Los medios de comunicación se pronuncian con alarmante frecuencia contra los organismos genéticamente modificados. Las propias marcas de alimentos alertan en sus etiquetas al consumidor de productos alterados. En ese escenario, Hensel entiende que sea difícil creer que el trabajo de un genetista esté motivado por otra cosa que no sea servir a intereses de grandes corporaciones.

Hensel lamenta que la opinión pública en torno a los organismos genéticamente modificados esté marcada por una hostilidad de la política de su país y no por pruebas científicas. A pesar de ello, con una botella de Hasseröder en mano, Goetz Hensel saborea el momento cada vez más cercano donde su profesión sea reivindicada. Él, como todo alemán, celebra la tradición cervecera, pero está convencido de que sus investigaciones sólo pueden beneficiar la producción de su bebida favorita en el futuro. De hecho, Hensel es menos ortodoxo: hace diez años, durante un congreso académico en Suecia, bebió cerveza elaborada con maíz transgénico. Irónicamente, los granos de MON 810 —la variedad producida por Monsanto y presente en la bebida— eran cultivados en Alemania hasta 2009, cuando el gobierno prohibió su siembra. A Hensel le pareció una cerveza un poco dulce, pero le gustó.

Afortunadamente, dice, su mujer y su hijo lo apoyan en su trabajo, aunque no todos los genetistas corren con la misma suerte. Un colega suyo siempre evita hablar de su trabajo durante la cena para no discutir con su esposa. Desde hace tiempo, Goetz Hensel y sus colegas aprendieron que la genética no siempre es el mejor tema de sobremesa en el país de la cerveza.