Dos meses de investigaciones después, la Unidad Especializada Antipandillas de la Fiscalía General de la República cree que Miguel Ángel Deras Martínez, de 22 años, es un marero que pasó la mañana del 3 de marzo de 2016 en el caserío Las Flores, del cantón Agua Escondida, municipio de San Juan Opico. Aquel día y en aquel lugar, dice la solicitud de imposición de medidas, una clica del Barrio 18-Revolucionarios asesinó a 11 salvadoreños: ocho empleados de una distribuidora de energía eléctrica y tres jornaleros. Los asesinaron con crueldad extrema y grabaron partes de la matanza con celular, para regocijo de las redes sociales de la sociedad más violenta del mundo.

Dos meses de investigaciones después, la Fiscalía y la Policía Nacional Civil creen que Miguel es un terrorista que participó en la masacre de Opico. Pero hay otra versión que dinamita la versión oficial, que señala que han detenido al joven equivocado, y que ubica a Miguel aquella mañana del 3 de marzo en el mercado Central de San Salvador, comprando conchas, pancitos y camaroncillo.

La Fiscalía acusó ya formalmente a Miguel y a otros ocho adultos de ser miembros de la clica Vatos Locos Primaveras. “Todos son autores directos y realizaron funciones propias para privar de libertad a las víctimas y quitarles la vida”, dice José Ernesto Castaneda Guevara, el fiscal que lleva el caso.

“Sinceramente… me duele lo que le han montado a mi hijo, porque ese día él estaba por San Salvador, a comprar conchas para la coctelería que administra”, dice Miguel Ángel Deras padre, veterano empleado de la alcaldía de Quezaltepeque, de la que llegó a ser administrador de mercados durante la gestión del Manuel ‘Chino’ Flores, hoy diputado por el FMLN.

Al igual que el padre, docenas de amigos, vecinos, familiares y conocidos creen que fiscales y mandamases policiales se equivocan cuando aseguran que Miguel pasó la mañana del 3 de marzo en Opico. Dicen que Miguel ni siquiera es pandillero.

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La de Opico quizá sea la masacre atribuida a las maras que más impacto ha generado en la sociedad salvadoreña desde la quema del microbús en Mejicanos, en junio de 2010. A la brutalidad de la cifra, 11 trabajadores salvadoreños asesinados con corvos, pistolas y armas largas, se sumó que a mediados de abril se filtró un vídeo grabado por uno de los pandilleros que perpetraron la matanza, en el que se aprecia cómo machetean la nuca de uno de los empleados, tirado contra el suelo con las manos amarradas a la espalda.

Desde el inicio, el gobierno –embarcado como está en una guerra abierta contra las pandillas– quiso mostrar firmeza y efectividad. En las horas posteriores a la masacre, desplegó a cientos de policías y soldados en la zona, que se tradujeron en más de 80 detenciones.

El 7 de marzo, en una conferencia de prensa del gabinete de Seguridad encabezada por el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, se informó que el caso estaba en vías de resolución. “Son 82 capturados que pertenecen a grupos de pandillas de la MS-13 (Mara Salvatrucha)”, dijo Sánchez Cerén, apenas unos minutos antes de que el director de la PNC, Howard Cotto, detallara la desarticulación de cuatro clicas de la referida pandilla y dijera incluso que habían determinado que las órdenes para cometer la matanza procedían de los penales de Ciudad Barrios y del Sector 2 de Izalco, donde el Estado recluye solo a emeeses.

En esta imagen descargada de la cuenta Facebook, Miguel y tres amigos asisten el 18 de mayo de 2013 al Estadio Óscar Quiteño de Santa Ana, para ver el partido de vuelta de la semifinal entre Juventud Independiente y FAS, el equipo del que Miguel era fanático.

Sin embargo, apenas un día después, la Fiscalía desdeñó las pesquisas de la PNC, y anunció que no presentaría cargos relacionados con la masacre contra ninguno de los detenidos.

A partir de entonces, la Unidad Especializada Antipandillas de la Fiscalía tomó las riendas de la investigación que, dos meses después, cuajó en órdenes de detención contra cuatro menores de edad y nueve adultos, supuestos integrantes de una clica de la pandilla 18-Revolucionarios con base en el municipio aledaño de Quezaltepeque.

Según la reconstrucción de los hechos realizada por la Fiscalía, que cuadra con el testimonio de un vocero de las pandillas al que ha tenido acceso un periodista de la Sala Negra de El Faro, el grupo de dieciocheros se desplazó armado con fusiles, escopetas y pistolas a Opico, a un sector controlado por la Mara Salvatrucha, para hacer unapegada, para matar a enemigos. Al no hallar a ninguno, cometieron la masacre con la idea de calentar la zona, para que el Estado se desquitara contra los emeeses.

“Tenemos una gama de prueba documental, pericial y testimonial”, dice el fiscal Castaneda Guevara. “Tenemos testigos presenciales que nos aportan elementos que contribuyen a establecer las circunstancias en las que sucedieron los hechos y el nivel de participación de cada uno de los procesados en el mismo”, dice. “Contamos con un vídeo”, dice.

En otras palabras, la Fiscalía ha negociado con un exintegrante de la clica presente en la matanza, lo ha bautizado con el sobrenombre de Islámico, y le ha ofrecido criterio de oportunidad, que no es más que beneficios a cambio de poner el dedo a sus homeboys.

En este contexto es que la Fiscalía acusa a Miguel de ser un asesino desalmado.

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Miguel cumplió 22 años en abril. Cuando uno navega en su página de Facebook, lo que halla son continuas referencias a su novia, a su familia, a sus amistades y a los dos equipos de fútbol de su preferencia: el Club Deportivo FAS y el Fútbol Club Barcelona. Es un joven en apariencia enamoradizo, risueño y apegado a los suyos. Sus últimos dos mensajes los dedica uno a su novia (“Un año 3 meses mi amor atu lado te amo mi vida eres lo máximo”, el 14 de mayo), y el otro a su madre (“Feliz día de la madre le doy gracias ah Dios por permitirme tenerte ami lado un año más te amo mama”, el 10 de mayo). El joven que se ve en las fotos viste zocado, camisolas sport o camisas abotonadas, tenis discretos, todo en las antípodas del look atribuido a las pandillas. “Mi hijo no está tatuado ni usa aritos… nada”, dice Ana Lilian Martínez, la madre. En una pared de la habitación en la que vive, en casa de sus padres, Miguel pintó en letras grandes y rojas ‘Guns N’Roses’, el nombre de la banda metalera estadounidense, alejada de los gustos musicales que se presuponen a los mareros.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

Miguel Ángel Deras Martínez (al centro) espera la audiencia de imposición de medidas en el Juzgado Especializado de Instrucción por supuesta participación en la masacre de Opico. Foto Fred Ramos.

En la investigación lo han bautizado con la taka Slipy, Miguel Ángel Deras Martínez (a) Slipy de la Santa María, y dicen que disparó en la nuca a una de las víctimas con una 9 mm de fabricación checa. “Pero Miguel le decimos nosotros; Miguel o Miguelito, eso de Slipy se lo han inventado”, dice uno de los amigos, que pide no ser identificado por miedo. “Nosotros somos el círculo de amigos y le decimos Miguel”, apuntala. Otros cinco amigos presentes asienten. A pesar de que a Miguel le tocó ser joven en Quezaltepeque, quizá el municipio salvadoreño más estigmatizado por la violencia, no tiene antecedentes penales de ningún tipo. Ni él ni nadie de su círculo familiar cercano.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

La familia de Miguel es una familia integrada por padre, madre y tres hermanas mayores. Son clase media y viven en una casa grande ubicada en la Lotificación Antonieta, donde no hay una presencia activa de pandillas. Ana Lilian tiene un puesto en el mercado de Quezaltepeque. Miguel Ángel Deras padre trabaja para la alcaldía desde hace 27 años, salvo el trienio 2012-2015, cuando Arena llegó al poder y lo despidió por ser uno de los cargos de confianza del hoy diputado efemelenista Manuel ‘Chino’ Flores. “El Chino es gran amigo mío; de niños, sus hijos y Miguelito jugaban juntos en el mismo equipo de fútbol”, dice el padre. Miguel se graduó en 2012 de bachiller general en el Instituto Nacional Juan Pablo II, en Nejapa, y el despido de su padre lo desanimó de ir a la universidad. En 2015, Miguel Ángel Deras padre se reintegró en la planilla de la municipalidad, amparado por una sentencia judicial. Con el dinero de la indemnización por la improcedencia del despido, alquilaron un localito en el centro de Quezaltepeque y abrieron una coctelería, que tiene los cócteles de conchas y de camaroncillo como principal reclamo de su menú. El negocio lo administran Miguel y Alberto Domínguez.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

En un municipio como Quezaltepeque, en el que las fronteras de los sectores controlados por la Mara Salvatrucha o el Barrio 18 están muy delimitados, Miguel se mueve con relativa libertad. Vive en la Antonieta, rodeado de canchasfirmes de la 18; lleva a su sobrina al Colegio Adventista, en la otra punta de la ciudad, cerca del redondel de la fábrica Corinca; el puesto de su madre, que visita con frecuencia, está en un sector del mercado bajo influencia de la Mara Salvatrucha; la coctelería, a tres cuadras del parque Central. Viaja seguido a la capital, a Santa Ana para ver al FAS, incluso hace escapadas con sus amigos a la playa El Tunco, en La Libertad. No parece el tren de vida de un mareroactivo.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

Un veintena de personas juran y perjuran que la mañana del jueves 3 de marzo, día de la masacre de Opico, Miguel hizo lo mismo que el 2 y el 4 de marzo, su rutina desde que comenzó a administrar la coctelería a mediados de 2015. Mañaneó, fue a dejar en mototaxi a su sobrina al Colegio Adventista, incluso se tomó una foto con ella que subió a su Facebook a las 7:22 a. m., se reunió con su padre para que le diera 30 dólares, se fue en Coaster con una mochila alpina al sector de mariscos del mercado Central de San Salvador, donde compró 150 conchas a nueve dólares el ciento, dos dólares de pancitos duros y el resto en camaroncillo fresco. Regresó tipo 10 y media para abrir la coctelería y se puso a jugar maquinitas; en esas estaba cuando llegó su socio Alberto Domínguez, quien también respalda con su testimonio la versión.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero, de que su taka es el Slipy de la Santa María, y de que es un asesino desalmado.

Habitación en la que vive Miguel Ángel Deras, en la que no se aprecia la más mínima referencia que implique la pertenencia al Barrio 18 que la Fiscalía atribuye a Miguel Ángel Martínez. Guns N’ Roses es un reconocido grupo metalero estadounidense, en las antípodas de la música rap y hip-hop con la que más se identifica el fenómeno de las pandillas. Foto Roberto Valencia.

A Miguel lo detienen unos minutos antes del mediodía del martes 17 de mayo, en su día libre. A las 10:52 a. m. había escrito su último mensaje de Whatsapp a su novia, Jackeline Jiménez: “Okizz mi amor aver si no viene cansada”. Un pick up nuevo y blanco, sin ningún tipo de distintivos, llegó con seis militares y dos policías. Él les abrió y se lo llevaron a la subdelegación policial de Quezaltepeque, y de ahí, ya en la tarde-noche, a las bartolinas de Lourdes, en Colón, que por su tamaño y hacinamiento ya se conocen con el sobrenombre del Penalito. Esa detención se tradujo en dos procesos judiciales distintos: el primero, por agrupaciones ilícitas –nombre legal que recibe la pertenencia a una mara u otra agrupación de naturaleza criminal–, con un requerimiento fiscal tan débil que incluso mentía al aseverar que Miguel fue detenido a las 7 de la noche en la colonia Primavera, y sobre el que el Juzgado Primero de Paz de Quezaltepeque concluyó, el lunes 23 de mayo, que ni siquiera ameritaba la detención provisional; el segundo proceso es el de la masacre de Opico, por el que el fiscal Castaneda Guevara pide no menos de 344 años de cárcel para Miguel, e igual número para los otros ocho involucrados.

Porque la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

***

Mediodía del lunes 23 de mayo de 2016. Miguel sale de la pequeña sala que acoge el Juzgado Primero de Paz de Quezaltepeque. Lleva la camisola y los chores blancos que la PNC entrega ahora a los detenidos relacionados con pandillas. Una juez acaba de decirle que el caso con el que la Fiscalía pretendía que él y otros cinco jóvenes fueran privados de libertad por agrupaciones ilícitas no tiene sustancia suficiente. Miguel luce somnoliento y huele a bartolina, pero acepta platicar.

—En realidad… no sé qué hago aquí, porque yo no tengo ningún vínculo con pandillas –dice.
—Alguien ha tenido que decir que formas parte de la clica.
—Pero no tengo ni la menor idea. Adentro he hablado con los bichos, y ellos mismos me han dicho que ni saben por qué yo estoy aquí. Uno me dijo: “Sí se pelaron con vos…”

En la solicitud de imposición de medidas de la Fiscalía identificada como 64-UDHO-LL-16, la referida a la masacre de Opico, el testigo criteriado Islámico identifica con precisión al Slipy de la Santa María como uno de los jóvenes que participó en la matanza, con un rol destacado. En la página 17 lo describe: “De 18 años de edad aproximadamente, de complexión física delgada, piel negra, cabello negro, de un metro con sesenta centímetros de estatura aproximadamente, residente en colonia Santa María, Quezaltepeque, no le ha visto tatuajes y es soldado o gato de la cancha de la Santa María”. Miguel tiene 22 años, es chele y vive en la lotificación Antonieta, casi en la otra punta de la ciudad.

—Yo no soy pandillero y no tengo… o sea, enemigos, o sea… yo no tengo enemigos –dice Miguel.
—¿Cómo explicas lo que te está pasando?
—No le he hallado… porque yo jamás me he metido en problemas. Ni sé por qué me tienen vinculado.

Al salir del juzgado, un hombre llamado Carlos González se acerca al periodista, se identifica como amigo de Miguel y pregunta por él. Con el celular muestra un par de fotos de hace varios años en las que se ve a ambos. A Carlos todos le dicen Charly, tiene una parte del pelo teñido de rubio, viste colorido y vive de su puesto en el mercado de Quezaltepeque, donde arregla ropa. Es homosexual y lo lleva con orgullo.

En el submundo de las pandillas, la homosexualidad –el culerismo, dicen– está vista como una de las desviaciones intolerables en un homie, razón más que suficiente para ser asesinado. Miguel y Charly son amigos desde hace años.

Pero el fiscal Castaneda Guevara está convencido de que Miguel es pandillero.

Las vías del tren están a pocos metros, al otro lado de la calle sombreada por árboles añosos. Detrás de pequeños muros, detrás de pequeños jardines, detrás de rejas bien pintadas, las casas se ven sólidas y limpias como si acabaran de pulirlas. Es mediodía y hay un silencio de siesta, sin autos, sin gente. Nada ha cambiado mucho en los últimos cien años. Las vías del tren ya estaban allí, algunos de estos árboles ya estaban allí. La casa también. Ocupa toda la esquina de esta calle de Olivos, un suburbio elegante de la zona norte de Buenos Aires, pero apenas se ve al otro lado de la puerta de rejas, del muro agobiado por la hiedra. El timbre emite un ruido ronco, doloroso. Por el portero eléctrico se escucha la voz de una mujer.

—¿Quién es?
—Vengo a ver a Dolly.
—Pasá.

La puerta de rejas se destraba con un zumbido y se abre a un jardín selvático, oscuro. Al otro lado espera una mujer mayor, el pelo a la altura de las orejas, las puntas peinadas hacia dentro. Es menuda, de aspecto vivaz, la piel muy blanca.

—Hola. Yo soy la cuñada.

Aquí no debería haber una cuñada. Debería haber, tan sólo, dos hermanas: una de ellas olímpica, noventa años, más de un metro setenta; la otra, tres años menor, de aspecto desconocido. Entonces: ¿cuñada de quién?

—Llegaste —dice una voz potente que proviene de la penumbra, a espaldas de la mujer menuda—. Qué puntual. ¿Tenés sangre inglesa?

La mujer olímpica, noventa años, más de un metro setenta, camina hacia la luz del recibidor. Usa un vestido estampado, azul y blanco, por encima de las rodillas.

—Pasá. ¿No tenés problemas con los gatos? Tenemos catorce.

La mujer menuda saluda y desaparece. La mujer olímpica ve el grabador y dice:

—Juan siempre decía: “Sin grabador”. A mí no me molesta. Ahora lo van a traducir al turco. Pobre Juan.
—¿Por qué “pobre”?
—Querida, ¿vos sabés turco? Una traducción así no se puede controlar.

Hay algo, en la celeridad con que empieza a hablar de Juan, que lo aclara todo. En esta casa viven, de hecho, dos hermanas. Esta mujer —Dolly, Dorotea Muhr, viuda del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, autor de La vida breve, Los adioses, El astillero, ganador del premio Cervantes, fallecido en 1994— y su hermana Nessy: la mujer menuda. Sólo que Nessy es, también, cuñada de Onetti. Y esa forma de presentarse —“soy la cuñada” (de Onetti) y no “soy la hermana” (de Dolly)— devela que él es el hombre en torno al cual ha girado siempre la peregrinación de propios y extraños hacia esta casa: en torno a los libros de Juan, el insomnio de Juan, el exilio en España de Juan, la cama de la que no salía nunca Juan. Devela que nadie ha venido aquí a preguntar por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte.

Dolly Muhr señala una puerta lateral que da paso al comedor diario:

—Pasá. ¿Qué vas a tomar? ¿Café, agua, Coca Cola?

Afuera hace treinta y seis grados pero el comedor se mantiene fresco. Las ventanas, cubiertas por cortinas de hilo, apenas dejan pasar la luz violenta. Dolly sale por la puerta que da a la cocina. Se mueve con rapidez pero un tanto endurecida. En junio de 2015 se cayó y se quebró la cadera mientras paseaba por Salamanca, España. Por eso, aunque pasa la mayor parte del año en Madrid, el verano de 2016 la encuentra en la casa donde nació, recuperándose a fuerza de caminatas. Cuando regresa, apoya sobre la mesa una botella de Coca Cola y dos vasos.

—Estoy más en España que acá. Si no fuera por la cadera ya estaría en Madrid. Las mujeres tenemos que estar más atentas al calcio. ¿Vos comés carne?
—Sí.
—¿Te pican los mosquitos?
—No mucho.
—¿Ves? Mi hermana tiene la teoría de que no le pican porque es vegetariana. Ella tiene cada idea sobre la dieta. Es de las pocas personas que conozco que nació y va a morir, como ella dice, en la casa donde nació. No tiró nada. Tiene todo. Hasta la bañera de cuando éramos chicas.

La mesa del comedor parece arrinconada ante el embate de muebles que llenan la habitación de tres por tres: un televisor, una cómoda sobre la que hay catorce portarretratos y cuatro arreglos florales, una estantería con libros, una cajonera, un piano vertical sobre el que hay cinco portarretratos y una lámpara, un hogar a leña sobre el que hay cinco arreglos florales, una mesa redonda sobre la que hay un equipo de música, una biblioteca repleta de libros y estatuillas de porcelana —gansos, campesinas, músicos, gatos—, un vitrinero de vajilla antigua, una mesa pequeña, una mesa más grande, un sofá, un taburete.

—Qué cantidad de objetos.
—Bueno, son cien años de vivencia.

Cien años sobre los que ella, que tiene diez menos, habla poco.

***

Cinco días atrás:

—Hola, quisiera hablar con Dorotea Muhr.
—Soy yo.

Habla en un tono paródicamente marcial, tajante, divertido. Pregunta:

—¿Vos lo leíste a Juan?
—Claro.
—Qué lindo.
—Pero quiero hablar de usted.
—Bueno. No sé qué te puedo contar.

***

A principios del siglo pasado, el padre de Dolly Muhr se fue de Austria, donde había nacido. Quería ser músico y su padre, dueño de viñedos, no lo dejaba, de modo que partió a Inglaterra. Al llegar allí se desató la Primera Guerra Mundial y, para evitar que lo llamaran al frente, pensó en cruzar el océano. Un panadero le prestó plata para un pasaje a Nueva York, pero el buque estaba repleto y terminó en Buenos Aires. Por su parte, la abuela de Dolly Muhr, inglesa, se casó con un francés y viajó a Buenos Aires. Cuando empezó la guerra el francés marchó al frente, donde lo mataron. La mujer se quedó sola, primero con tres hijos —un varón, dos mujeres—, después con dos porque una murió de meningitis. La otra, Dorotea —le decían Dodo— se hizo mujer y en 1924 conoció a un austriaco que se ganaba la vida dando clases de inglés: el padre de Dolly.

—Mi madre dice que fue un coup de foudre. Y así nací yo.

Quizás de esa mezcla de idiomas y nacionalidades —o quizás porque las hermanas hablan, entre ellas, inglés— proviene el extraño acento del español que habla, rudo, duro en las consonantes.

—Nessy nació en 1928. Mi padre hizo esta casa. Acá había un baldío. Le puso Villa Dodo por mi madre. A mí me decían Dodita. La única que me dice Dodita es mi hermana. Para el resto soy Dorotea o Dolly. Que no me gusta. Es muy cursi.

—¿Su padre cómo se llamaba?
—Hans. Juan. Como Juan. Juan y Juan. Fue viajante de comercio, trabajó en una empresa de acero. Pero sólo le interesaba la música. Tocaba el cello. Pero con la música no podía mantener a una familia. Yo empecé a tocar el piano a los siete años, pero cuando Nessy tuvo cinco me dijo: “Vos salí”. Me echó. Entonces me fui a tocar el violín con papá y ella se quedó con el piano. Pero fue perfecto, porque a mí me encantó estar en las orquestas.
Y ella es una pianista increíble. Es el genio de la familia. ¿Vos sabés música?
—Si.
—¿Qué tocás, tocás algo?
—La guitarra.

Se echa hacia atrás, fingiendo sobresalto.

—Ah: chin chin chin chin.
—No. Guitarra clásica. Bach. Esas cosas.

Su mirada se cubre, de pronto, de respeto absoluto: de total reverencia.

—¡Qué bien! ¿Y tocás?
—Hace mucho que no.

Es difícil saber, entonces, si lo que refleja su rostro es indignación o dolor. En una habitación del piso de arriba, guardado en su estuche, está el violín que ella, desde que dejó la Orquesta Sinfónica de Madrid, no ha vuelto a tocar.

***

En las entrevistas le preguntan: “¿Por qué Onetti nunca quiso regresar a Montevideo?”; “¿Cómo vivía Onetti en España?”; “¿Realmente Onetti no salía de la cama?” Nunca parece molesta por el hecho de que nadie pregunte cómo fue, para ella, dejar Montevideo, exiliarse en España, estar con un hombre que vivía en la cama.

—Siempre le preguntan por Juan.
—Obviamente. Todas las entrevistas que he tenido eran por Juan, no por mí.
—¿Eso no la incomoda?
—¡No! ¿Por qué? Me parece maravilloso.
—¿Usted siente que, de los dos, él era la figura importante?
—Qué pregunta tonta, querida. Claro. Él era único.

A veces habla en presente. Dice “Juan es de Cáncer”. O “Mientras yo salgo, él se queda leyendo”.

***

En el recibidor de entrada, además de tres sillones, una mesa, un perchero, un mueble de mimbre con vinilos, dos bibliotecas rebosantes, hay, sobre un esquinero, un aparato que permite el discado rápido a los bomberos, la ambulancia y la policía. Debajo del aparato, un cartón en el que, con lápices de colores, están listados los nombres y los años que tenían algunos de los gatos de la casa en 2013: Pussycat 4 y medio, Boy Blanche 5, Triggy 5, Belladonna 4 y medio, Kinderlein 1 y medio, Rashomon 2 y medio.

—Nosotras empezamos a estudiar música a los siete años en un conservatorio que estaba en la esquina. Un horror. Mi hermana siempre lo odió un poco a mi padre porque no se dio cuenta de que ella era un genio. Perdimos ocho años en ese conservatorio.
—¿A qué colegio iban?
—Al Northlands. Otra burrada de mis padres.

El Northlands es un colegio de gran fama, bilingüe, sólo para mujeres. Allí se educó, entre otras, Máxima Zorreguieta, reina de Holanda.

—Salimos de ahí y nos mandaron a aprender traductorado público, que también era sólo para mujeres. Yo no sabía cómo relacionarme con los chicos. Lo que pasó después fue inevitable.
—¿Qué pasó?
—Que me dediqué a enamorarme de los amigos de mi padre. Me enamoré de un director de orquesta. Yo tenía 17, 18. Fui a escucharlo a la iglesia, el Réquiem de Mozart. Ay, ay, ay. Salí de ahí enamorada. Pero no existe el amor. Es una especie de fetichismo, de brujería. Bueno, al director me lo descubrieron. Y se armó lío. Porque él era casado.
—Entonces llegaron a tener una relación.
—No, no. Yo no tuve relaciones con nadie hasta que Juan….
—No. Me refería a que tuvieron una relación. Que salían.
—Sí. Pero no más que un beso. Siempre me respetaban. Porque tuve varios hombres de edad. Pero nunca llegué a una cama. Ni siquiera a un sofá. Cuando me descubrieron, mi padre me encajó para que leyera los diez volúmenes de Jean-Christophe, la novela de Romain Rolland. ¿La leíste?
—No.
—Bueno. Trata de dos muchachos que se enamoran. Y después otros diez tomos de dos mujeres que se enamoran. Fue peor. Yo creo que la adolescencia es una trampa mortal. Esa pasión que sentís todo el tiempo. Una pasión que no es verdad, todo es delirio. Es como si estuviéramos un poco narcotizadas. Y me metí con Juan con la misma locura. Con Juan caías. Cuando llegó Juan, yo sabía que eso sí. Que eso era.
—¿Cómo supo?
—Porque me sentía absolutamente dominada y completa con él.

***

Con múltiples ventanas que dan al jardín, la sala de música que Hans Muhr construyó para su hija menor, Nessy, es la habitación más grande y mejor ubicada de la casa. Allí, en medio de sillones, sillas, taburetes, mesas, bibliotecas, vitrinas y dos pianos de cola, ella estudia y da clases a más de treinta alumnos. A un lado de la sala, bajo la escalera que lleva al piso de arriba, está la cocina pequeña, oscura. A los pies de la heladera siempre hay recipientes con comida para gatos.

***

Cuando Dolly conoció a Onetti él ya llevaba dos matrimonios (se había casado con dos de sus primas hermanas, a su vez hermanas entre sí, y había tenido un hijo, Jorge, con la primera), e inauguraba el tercero con Elizabeth María Pekelharing, una holandesa con quien compartía trabajo en la agencia de noticias Reuters. El mismo año en que se casó con ella —1945— conoció a Dolly. La leyenda dice que la vio por la calle, con el violín, y le dijo a su mujer: “Qué maravilla de criatura”. Su mujer dijo: “¿Querés que te la presente? Fuimos compañeras de colegio”.

—Yo era amiga de la mujer de Juan. Habíamos ido al colegio juntas. Juan un poco se enamoró de mí cuando me vio la primera vez. Yo no, porque estaba metida con otra persona. Él se dedicó a seducirme y ganó. Tuvimos una relación clandestina de diez años. Sufrí horrores. Pero estaba decidida a quedarme como la mujer que vive en la sombra. Íbamos a una casa de citas, un motel. Conocí todas las casas de citas de Buenos Aires. Una vez nos tocó esperar con unas parejas y se conocían los hombres. El tipo dice: “El mundo es un pañuelo”. Y Juan dice: “Sí, y bien sucio”. Genial, ¿no?
—Usted no sentía vergüenza.
—¡No! Yo estaba con el tipo más maravilloso del mundo. Desde el principio con Juan tuve relaciones porque sabía que era mi hombre. Pero yo sufría, y él tiene que haber sufrido viendo lo mal que lo pasaba yo.
—Jamás le pidió que se separara.
—No, jamás. Yo lo entendía. Los hombres son cobardes. No quieren hacer daño. Además, yo era amiga de la holandesa. Era una mujer muy divertida. A mí me encantaba. Y siempre nos veíamos, porque formábamos parte del mismo grupo.

En 1949 nació María Isabel (Litty), la segunda hija de Onetti. Un año después él publicó La vida breve, donde aparece el personaje de una violinista: “Aprovechaba las pausas para contemplar el perfil asexuado, la nariz recta, los ojos enceguecidos bajo el caso de pelo rubio y rizado; la sensualidad, escasa y trágica, le rezumaba por el ángulo de la boca”.

—Cuando la holandesa tuvo a Litty fue durísimo. Pero yo era muy pasiva con Juan. Me sentía totalmente dominada por él. No dominada en el mal sentido. Entregada, que es mejor.

Toma un trago de gaseosa con la avidez del que mastica: como si la Coca-Cola fuera un bife, una cosa sólida.

—Después que murió Juan, me analicé durante diez años. Y me di cuenta de la búsqueda de papá a través de los hombres de los que me enamoraba. Mi padre usaba chaleco, y Juan se ponía su chaleco y me decía: “Te gusta, ¿no?” Era como volver ahí. A eso. ¿Te das cuenta? Juan entendía a la gente.

En Construcción de la noche, una biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez en 1993, Onetti dice: “Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña (…) A mí me gustan las mujeres locas. Las mujeres convencionales, burguesas, no me gustan. (Dolly) Tiene una enorme vitalidad. Parece haber sido creada para compensar mi abulia, mi descreimiento, mi escepticismo (…) me hizo feliz y me sigue haciendo feliz. Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses, algunas. Años, alguna. Toda la vida: Dolly”.

En 1954, él publicó Los adioses. No estaba dedicado a su hija, ni a su mujer, ni a Dolly, sino a una poeta uruguaya llamada Idea Vilariño.

***

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba cuatro años de matrimonio, cuatro de relación clandestina con Dolly y acababa de nacer su hija cuando, en 1949, conoció en Montevideo a la poeta uruguaya Idea Vilariño. “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”, escribió ella. Empezó, de inmediato, una correspondencia ardiente en ambas direcciones.

—Juan se veía con Idea. Ella estuvo mucho tiempo atrás. Estaba muy enamorada. Pero nunca se casaron, nunca se juntaron del todo. Se peleaban mucho. Por política. Idea era muy politizada. Ella era una gran escritora. Pero yo pienso que sufrió muchísimo por lo de Juan. Muchísimo. Yo la vi varias veces. Ella tenía cartas de Juan y quería publicarlas. Hablamos. Yo creo que él fue el amor de su vida, aunque ella tuvo muchos amores. Era una tipa muy sensible.

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba nueve años de matrimonio, casi diez de relaciones clandestinas con Dolly, cinco con Idea, cuando, en 1954, su mujer lo echó de casa.

—No me lo olvido más. Me llamó un día a la oficina donde yo trabajaba y me dijo: “La holandesa me echó”. Yo estaba sentada sobre el escritorio. No lo podía creer. Yo había juntado dinero para irme a Europa en barco, a visitar a mi tío, y me dijo: “Ahora no te vas”. Y yo le dije: “Sí, me voy igual”. Estuve tres meses. Allá me mandó Los adioses.
—La novela que le dedicó a Idea.
—Si. Tapas amarillas, hermosa. Cuando volví, Juan se había ido a trabajar a Montevideo y yo le tuve que contar a mi padre. Se lo dije en esta cocina. Le dio un puñetazo a la heladera, y me miró y me dijo: “Es demasiado tarde”. Como diciendo: “A ésta no la cambio más”. Me puso la condición de que nos casáramos. Para Juan no había nada más fácil. Siempre se casaba. Nos casamos en una gestoría, vía México. No tenía validez en la Argentina. Te llegaba un telegrama y decía: “Están casados”. Yo recién me casé legalmente con Juan cuando nos fuimos a España.
—Y su amiga, la holandesa, ¿supo que ustedes estaban juntos desde antes?
—Bueno, ella no sabía cuándo había empezado la cosa. Una vez me preguntó, porque seguimos viéndonos. Pero Juan lo pasó muy mal, porque durante muchos años no pudo ver a Litty. Yo después me hice muy amiga de Litty. Vive a pocas cuadras de acá, y tiene nietos, así que me llama para que los compartamos. Pero yo me sentía un poco con cola de paja, porque le había quitado a su padre.

Dolly llegó a Montevideo un día de 1955. Su hermana, que también es modista, le había hecho un vestido especial.

—Blanco, precioso. Lo primero que me dijo Juan fue: “Andá a comprarte un anillo”. Y así fue. Me compré un anillo pour la galerie, como quien dice, y fui aceptada como la esposa de Juan.

Así fue como empezaron los siguientes cuarenta años de la vida con Juan.

***

Es una mañana ardiente de febrero. En Pista Urbana, el bar de Mónica Lacoste en San Telmo, las sillas y las mesas están apiladas contra las paredes. Es actriz, hija de un matrimonio en cuya casa recalaba Onetti cada vez que se separaba de alguna mujer.

—Yo amaba a Juan. Bailaba para él, él me escribía poemas. Mis viejos vivían entre Montevideo y Buenos Aires, y un día llegó Juan a la casa de Montevideo, con Dolly. Yo tenía siete años. Había un patio con claraboya al que daban todas las habitaciones. Y esta joven juguetona me propuso tirar chorritos de agua desde arriba, sobre los comensales que estaban abajo. Dolly para mí fue siempre la jovencita que se animaba a jugar más que yo. En Montevideo andábamos en bicicleta y hacíamos treinta, cuarenta kilómetros. Íbamos al cine. Era de una vitalidad increíble. Hasta el día de hoy, tiene una capacidad de improvisación única. Vos la llamás un sábado a la noche y le decís: “Venite al centro que hay un concierto de tal cosa, o a escuchar poesía”, y ella se toma un colectivo y se viene.

***

En Montevideo, Dolly estudiaba violín y trabajaba como secretaria en diversas empresas, mientras Onetti trabajaba en el periódico Acción. Vivían en un departamento chico y gélido y, por no tener, no tenían ni heladera.

—Me guardaban la comida en el almacén de la esquina. Para que el salón quedara más bonito compré tiras de madera y fui revistiendo las paredes. Pero los clavos que usé no eran fuertes, y las maderas se caían. En el medio de la noche se escuchaba: “¡Pam!” Juan decía: “Se te cayó otra”. Una vez puse cortinas estilo inglés, floreadas. Él las miró y me dijo: “No importa, después me acostumbro y ni las veo”. Pero yo le dije: “No, decime qué cortinas querés”. Y me dijo: “Rojas”. Tenía insomnio. Se dormía a cualquier hora y a la mañana el sol se filtraba por las cortinas. Así que puse cortinas rojas. Pero eran años maravillosos. Juan tenía cantidad de gente amiga, escritores, íbamos a los bares. Era muy sociable. Yo además salía de una especie de ostracismo, de diez años de clandestinidad, y meterme en ese ambiente de literatura, donde todo el mundo quería a Juan y lo admiraba, fue maravilloso.

En 1957, Idea Vilariño publicó un libro titulado Poemas de amor, y lo dedicó, sin tapujos, “A Juan Carlos Onetti”.

—Esos poemas son hermosos. Ése que dice “No te veré morir” es hermoso.

El poema, llamado Ya no será, dice, hacia el final, “No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.” En 1960 Onetti le dedicó a Dolly su libro La cara de la desgracia: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”.

—A mí me gustó. A mi madre no le gustó nada. Pero él me lo explicó. Era como la sorpresa de que un perro podía dar mucha felicidad. Él adoraba a los perros. Pero mi mamá decía: “¿Qué es esto? ¡Vos no sos un perro!” A mí me preguntó si estaba de acuerdo y yo dije que sí. Lo que diga Juan. Es muy original, una muestra de amor. Es simplemente decir cuánto amor puede dar un animal.
—¿Él le decía que la quería?
—No.

Silencio.

—Eso no.

Silencio.

—Era implícito. A mí me decían: “Cómo permitís que tenga otras mujeres”. Yo sentía que Juan tenía un mundo ahí. ¿Y porque estaba casado con su señora esposa no lo iba a tener? Yo muchas veces pienso que no sólo emocionalmente, sino en la cama, tuvo cosas que no podía tener conmigo. Nunca se me ocurrió decirle que no. Creo que la mitad de las mujeres saben que los tipos salen con otras y se hacen las burras. Una sola vez tuve celos. Yo era un poco la ninfa, la niña, la pura, y había una chica que era así. No llegaron a tener nada, pero él se enloquecía con ella. Fue la única vez que le dije a una chica: “Es un hombre casado”. Como diciendo: “Buscate otro”. Porque nunca dije eso, a ninguna de ellas, jamás. Él no me mentía. Yo no quería que me mintiera. Me contaba. Me decía: “Vos sos un brazo mío”. Mientras él y yo sintiéramos que lo nuestro era para siempre, el resto no importaba. Hay un hecho ahí que es la base de nuestra vida. Eso está ahí y es inamovible.

Golpea la mesa con la palma de la mano.

—Eso no se mueve.
—Qué entrega.
—Qué amor.

Aunque hubo otras mujeres, la relación entre Onetti y Vilariño quedó grabada en mármol. En 1961, después de una pelea destemplada —habían pasado juntos varios días de encierro amoroso cuando ella fue convocada por cuestiones políticas y él exigió que se quedara, sin que ella le hiciera caso—, parece haber terminado. Idea registró en su diario que esa misma noche, después de acudir al mitin, fue a verlo. Dolly la hizo pasar, la condujo hasta donde él estaba. Al despedirse, Idea le preguntó a Dolly cómo podía tolerar a otras mujeres y Dolly, según Idea, respondió: “Yo quiero que sea feliz”.

***

Después de un tiempo, Dolly consiguió trabajo como violinista en la orquesta del sodre (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), Onetti un empleo como director de Bibliotecas Municipales, y la agente literaria Carmen Balcells llegó a Montevideo para proponerle ser autor de su agencia, de la que formaban parte García Márquez y Vargas Llosa. Todo marchaba bien, pero empezó a enrarecerse cuando, en 1973, las fuerzas armadas tomaron el poder.

—Yo estudiaba violín con un violinista tupamaro, guerrillero. En un momento se rajó a la Argentina y la mujer se quedó, embarazada y con un chico. La fui a visitar. Llego a la casa y aparece un tipo con un rifle. Yo tenía en la funda del violín unos papelitos de unas ferias que hacían ellos. Juan me había dicho: “Tiralos en el inodoro”. Vieron eso y adiós. Me metieron en el patrullero. Me acuerdo de haber tenido una sensación terrible del libertad perdida. Me metieron en una celda, me tomaron huellas digitales, me insultaron. Pasé cuatro o cinco horas horrorosas. Al final, me largaron. Mientras, la policía había ido a casa. Juan me dijo: “No, vino un viejito que miraba todos los libros, muy simpático”. Yo lo quería matar. Cuando la cosa se ponía brava entraba en una especie de irrealidad. Novelaba todo.

Poco después, cuando pasó tres meses preso, no pudo hacer ese operativo de evasión. Onetti había sido jurado en un premio literario que organizaba la revista Marcha. El premio se otorgó a un relato que la dictadura consideró pornográfico, y, entre un viernes y un lunes, todos los miembros del jurado fueron detenidos.

—Nos habíamos mudado y lo habían ido a buscar al departamento anterior. Menos mal, porque habían ido a las cuatro de la mañana y seguro se lo hubieran llevado encapuchado, y Juan no hubiera sobrevivido a eso. No estaba hecho para cosas difíciles. Todo su mundo era muy cómodo, muy arreglado. El sábado toqué con la orquesta del sodre y pensé: “Si están buscando a Juan, lo único que tienen que hacer es venir y buscarme a mí”. Esa noche toqué Brahms. Brahms siempre me traía mala suerte. El lunes vinieron. De día, gente de civil, con buenos tratos. Y Juan fue, convencido de que lo iban a llevar a declarar y volvía. Yo quise ir con él y no me dejaron. No volvió hasta tres meses después. Lo llevaron a un lugar… Tenía un colchón que era una miseria, no comía, no dormía, se quería ahorcar. Ya era conocido como escritor afuera de Uruguay, entonces hubo una gran presión internacional, así que lo trasladaron a un neuropsiquiátrico. Para otro hubiera sido una aventura, pero para él era una pesadilla.

Salió en mayo de 1974. Antes, el 15 de marzo, fue a visitarlo Idea Vilariño, que esa misma noche escribió un texto en el que describe esa visita que, según dice, comienza con Dolly dejándolos solos: “Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’ (…) Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme”.

—Idea fue a verlo al neuropsiquiátrico.
—No, no creo —dice, sin embargo, Dolly.

***

—Hemos tenido alguna charla en la que la he visto llorar y contarme cosas de su intimidad que le hacían mucho daño —dice Mónica Lacoste—. Pero Juan era un tipo de una gran lucidez, una gran ternura. No creo que haya sido la relación entre un egoísta y una sumisa. Y tampoco creo que haya habido mayor crueldad que la que hay en cualquier pareja. En la juventud, cuando la sexualidad está más viva, todas esas cosas son más dolorosas. Cuando uno se pone más veterano, se pone más piadoso o más resentido. La piedad te calma. Yo creo que Dolly optó por la piedad. Y yo la admiro por eso.

***

Apenas después de su liberación, Onetti viajó a Italia y luego a Buenos Aires, para trabajar en la adaptación al cine del relato El Muerto, de Borges.

—Pero cuando estábamos en Buenos Aires me dijo: “Andá a Montevideo, buscá dos valijas y nos vamos a España”. Metí lo que pude. Se quedaron los originales de El Astillero, un montón de cosas. Y nos fuimos.

Era 1975. Félix Grande, Luis Rosales y Juan Ignacio Tena le habían ofrecido ayuda en caso de que quisiera instalarse en Madrid, y se la dieron. Dolly consiguió empleo como violinista en una orquesta que viajaba por España tocando zarzuelas y buscó piso para alquilar. Dio con uno en la Avenida América. Para firmar el contrato le pidieron que fuera “el cabeza de familia”.

—El cabeza de familia estaba en el hotel, leyendo. Yo les decía: “Es que lo llamaron para una conferencia, para esto, para lo otro”. Insistieron tanto que el día que fui a firmar les llevé una foto donde se lo veía con Rosales, Félix Grande. Ellos eran unos próceres allá. Entonces aceptaron que firmara yo.
—Para usted nunca fue una carga ocuparse de todo.
—No. Me encantaba. Era un poco como la madre. Lo defendía de los periodistas. Vino un tipo, pobre, desde Francia, tres veces. Llegaba hasta ahí y Juan decía: “No, no quiero verlo”. Una vez vino Godard, el director de cine. Quería hacer una película con una novela de Juan. Juan dijo “Whisky”. “No”, dijo Godard, “agua”. Lo cual a Juan le cayó fatal. Al final se fue y nunca hicieron nada ¿Vos tenés hijos?
—No.
—Mejor. Yo quería tener. Juan me dijo: “Es justo, te toca”. Hice tratamientos, pero no pude. Menos mal. Me salvé. Hubiera sido un desastre. Hubiera durado uno o dos años más con Juan y chau. Su lema era “¿Por qué no estás conmigo?” Un chico le hubiera quitado su lugar. Él quería que estuviera en la cama leyendo con él. Ésa era su idea de felicidad. Yo no pensaba lo que significa tener un niño berreando en el comedor. Con quién lo iba a dejar cuando tuviera que ir a trabajar. Juan no hubiera cambiado un pañal. Jamás lo hizo.

Poco después, Dolly concursó por una vacante en la Orquesta Sinfónica de Madrid, y la consiguió.

—Fue maravilloso. Había polacos, rusos, argentinos, franceses, ingleses. Estuve 16 años en la orquesta. Viajábamos mucho. Fuimos a Escocia, Suiza, Italia, todo España. Y dejaba la bronca de Juan en casa, porque él no quería que viajara. Igual, yo siempre dejaba a alguien que se ocupara de él.

En las cuestiones domésticas —que a Dolly nunca le interesaron mucho: cuando se mudó a Montevideo ni siquiera sabía cocinar— la ayudaba una mujer española, Paquita, y ella no sólo trabajaba en la orquesta sino que, además, pasaba a máquina los manuscritos de Onetti, que escribía a mano.

—Él lo pasó fatal al principio, porque extrañaba. Yo lo asimilé tan bien que me gusta más Madrid que Buenos Aires. Pero a Juan le costó. Pasó dos años sin poder escribir.
—¿No la afectó el ostracismo de él?
—No. Cuando él escribía yo estaba feliz, porque quería decir que estaba contento. Estaba mal cuando no podía escribir.
—¿Él la admiraba?
—Admiraba mi energía, supongo. Amor no es admirar. Amor es otra cosa.
—Pero usted lo admiraba a él.
—¡Bueno! Obviamente, querida.
—Por eso le pregunto si él la admiraba.
—Me hacía chistes sobre mi violín. Yo estaba un día escuchando una grabación de Yehudi Menuhin y me dice: “Toca mejor que vos, ¿no?” Se divertía. Yo ponía frazadas para que él no me escuchara tocar y pudiera trabajar tranquilo. ¿Tu marido lee lo que vos escribís?
—A veces.
—Juan nunca fue a un concierto mío. Jamás. Había que levantarse para ir, y él no se levantaba.
—¿A usted le molestaba que no fuera?
—Bueno, me dio un poco de tristeza una vez que hicimos un cuarteto de cuerdas, que fue lo más alto que pude llegar, y dimos varios conciertos y no fue. No era nada personal, él no salía. Pero me sentía poco acompañada en mi parte, mientras yo lo acompañé completamente en lo de él.

En 1980 Onetti recibió el Premio Cervantes y el monto del premio, abultado, les permitió comprar el piso de Casa de América y dos oficinas.

—Si hubiera sido por Juan, lo guardábamos todo abajo del colchón. No tenía idea del dinero.

***

—Es fácil decir “Él estaba en cama y Dolly hacía todo” —dice Mónica Lacoste—. Juan era muy vital. Si no, no hubiera soportado a una mujer tan vital. Pero me parece que ella dejó un poco de lado su carrera como música porque sabía que, si se desarrollaba mucho, se iba a independizar de Juan y se iba a ir alejando. Entre ellos hubo un amor incondicional. Fue hasta que la muerte los separa, pero no fue políticamente correcto, y no fue hipócrita. Fue real. Con peleas, con desencuentros, con llantos, con dolor.

***

Lo de la cama, dice Dolly, fue de a poco. Si en las ocasiones en las que viajaron juntos —México, España— ella salía a recorrer mientras él prefería quedarse en el hotel, si llegó a responderle a una periodista que le preguntó qué le parecía Madrid que no tenía idea porque nunca había salido de su casa, sólo en los últimos años lo de vivir y escribir en la cama pasó a ser la única forma posible de vivir y escribir.

—Juan tuvo varias depresiones fuertes. En Madrid tuvo una y todos los días venía un enfermero y le ponía la inyección con el antidepresivo. Todos los días en el mismo lugar. Y se le empezó a hacer un absceso brutal en la pierna. Llamé a varios médicos que ni siquiera lo miraron. Al final, terminamos en ambulancia a la clínica. No me olvido más de ese viaje. Casi se muere. Lo operaron, tenía litros de pus. No sé cómo dejé que llegara a ese punto. Vino el médico y dijo “No garantizo que llegue a mañana”. Fui a mi casa. Me encerré en el dormitorio con la botella de whisky y con nuestra perra Biche. Y aullé. Aullé como un animal. Yo no podría haber aguantado la muerte de Juan entonces. Cuando murió sí, ya era otra cosa. Estaba muy mal. Pero entonces era imposible. Después se recuperó bien, lo llevamos a casa. Pero ya se quedó medio en la cama. Todo por una depresión. Tuvimos una brava en Uruguay. Pero ahí logramos, con su médico personal, llevarle de contrabando un siquiatra. Lo convenció, le dio pastillas, y con eso lo sacó.
—Cuando empezaron a pasar esas cosas ¿usted no pensó “Me metí en una muy difícil”?
—No, para nada. No. Hay un hecho ahí que es… la incondicionalidad. La base de nuestra vida.

Sin cambiar el tono de voz —decidido, enérgico, tajante—, dice “Ya vengo”. Sale del comedor. Se escuchan sus pasos subiendo la escalera y, pocos minutos después, sus pasos bajando y una conversación amortiguada que sostiene con su hermana en la cocina de la que llega una sola frase, nítida: “Ya terminamos”. Cuando vuelve al comedor dice:

—Vení, te muestro la casa.

En el baño de la primera planta, sobre la bañera, el lavatorio, el bidet, el inodoro, hay fotos de gatos de la casa, tomadas por Nessy: sobre el inodoro, la foto de un gato subido al inodoro; sobre el bidet, un gato dentro del bidet. El baño tiene una ventana. Desde allí se ve el patio selvático, repleto de gatos (Tommy, Miranda, Pepino, Baby Cat). En el patio del vecino hay una piscina donde flota lentamente una orca de plástico.

***

A las cinco de la tarde de un domingo, la mesa del patio trasero de las hermanas Muhr está dispuesta para el té: mantel de hilo, tazas de porcelana, tetera, sándwiches de jamón y queso, tostadas. Nessy come trozos de pan integral y cubos de tomate.

—Una vez vi un camión con las vacas amontonadas, pobrecitas, y dejé de comer carne.

Dolly fogonea la conversación, pidiendo que Mónica Lacoste y su marido, el arquitecto Jorge Sábato, cuenten la vez en que la dejaron en un auto sin el freno puesto y el auto empezó a irse cuesta abajo con Dolly en el asiento trasero. Se habla del bar de Mónica, de un viaje que hicieron Dolly y Onetti en tren, desde Santiago hasta Puerto Montt.

—Eran todos escritores. Iban a visitar a Neruda.
—El otro día vimos un documental que contaba cuando la mujer lo pilló con una chica más joven —dice Jorge Sábato.
—¿Con todos esos poemas que le dedicó? —dice Dolly, como si estuviera escuchando un chisme reciente.
—Sí —dice él—. Él se enamoró de una chica más joven.
—Cuándo no. Hombres —dice Dolly.
—Lo abandonaron ambas —dice Jorge.
—Pobrecito —dice Dolly—. Habrá estado fatal. Se le cae el país, la mujer. Todo.

***

—Vení, Nessy está tocando.

Son las dos de la tarde de un miércoles. Dolly nunca duerme la siesta porque se acuesta muy tarde, mirando documentales o la televisión española o leyendo, y no se despierta temprano. Desde la sala de música llega el sonido del piano, potente como un animal. Apenas escucha que se abre la puerta, Nessy se interrumpe. Dolly se instala en un sofá, como si fuera a quedarse ahí toda la tarde.

—Entrevistala a ella, que tiene una vida más interesante que la mía. Es una compositora genial —dice.
—Ella es Géminis, como te habrás dado cuenta —dice Nessy—. Le interesa la gente. Ella te entrevista a vos.
—“Onetti me aburre”, decía Juan. Cuando venían con “¿Usted por qué escribe?”, ya empezaba a preguntarles a ellos o a ellas. Sobre todo si eran bonitas.
—¿Usted cómo se llevaba con Onetti, Nessy?
—Bueno, un día me tiro un gato en la cara.

Dolly da un respingo, sorprendida:

—¿Un gato?
—Sí. No sé. Estaría de la mal humor.
—No, le gustaba hacer cosas raras, un poco surrealistas. Una vez a una sobrina le rompió un huevo crudo en el pelo. La chica lloraba y Juan le dijo “Es bueno para el pelo”.
—¿Usted extrañaba a su hermana, Nessy, cuando ella se fue a Montevideo?
—Otra pregunta tonta —dice Dolly, riéndose.
—La contestación —dice Nessy, impostando el papel de buena alumna— es “Sí, por supuesto”. Cuando se fue, la casa estaba un poco más ordenada.
—Ella es obsesivamente ordenada y yo soy lo opuesto.
—En medio del desorden no puedo concentrarme —dice Nessy—. En cambio ella, cuanto más desarreglo, mejor. Ahora puso la mesa con un mantel lindo para vos. Le digo “Ojalá la mesa estuviera así siempre”. Hasta plata tirada deja.
—¿No tocan juntas?
—No —dice Nessy—. Ya no es tiempo. Eso ya pasó.
—Ella dice que yo desafino —dice Dolly, divertida—. De chicas tocábamos con papá, hasta que ella nos echó a los dos. Vení, vamos al comedor, así dejamos tranquila a Nessy.

Mientras camina hacia el comedor, dice que dejó el violín después de irse de la orquesta.

—Violín solo no se puede. Pero ahora estoy estudiando composición. Uso eso.

“Eso” es el piano vertical que está en el comedor y que señala sin desprecio, como quien señala respetuosamente una herramienta.

—Estudiar composición para mí es como leer. Placer puro. Ahora estoy leyendo a Joyce Cary. ¿Sabés quién es?
—El irlandés.
—Sí, a Juan le encantaba. Yo aprendí literatura con Juan. Leíamos muchísimo juntos. Era como ir a la universidad. Una de las primeras conversaciones que tuvimos con Juan fue sobre la novela de Romain Rolland que te conté. Aunque en casa se leía mucho. Mis padres nos regalaban cajas de libros. Pero Juan ya había leído todo. Yo le conseguía libros. Tanto en Uruguay como en Madrid yo iba con una canasta a las librerías de segunda mano y las llenaba. Una vez en Uruguay, en plena dictadura, yo iba con una canasta llena y me paran en la calle. “¿Dónde va con esos libros?” Me revisaron todo. Había que comprarle toneladas, mantenerlo alimentado. Qué raro lo que dijo Nessy del gato.
—Bueno, a lo mejor….
—Ella es muy sensible, muy nerviosa. Como mi madre. Era histérica. Cuando murió mi abuela fue horrible, porque tenía un coágulo en el pulmón. Estuvimos casi nueve horas sentados afuera, porque al lado de ella era imposible, el ruido que hacía el pulmón al respirar era tremendo. Me acuerdo que lo llamé a Juan desde una confitería. Le dije “Se está muriendo”. Y me dijo “Sí, la gente se muere”. Mi madre se volvió loca cuando murió. Gritaba “Je ne veux pas, je ne veux pas! No quiero, no quiero”.
—¿Juan era protector con usted?
—No necesitaba. Yo no necesitaba.

Sobre la mesa hay un libro, llamado Confesiones de Santa Marta. Publicado para recordar los cien años del nacimiento de Onetti, contiene fotos, reproducciones de manuscritos. Dolly pasa las páginas mientras explica: éste es Juan peleándose con su hermanito por un caballo de madera, éste es Juan jugando con globos, éste es Juan apuntándome con una pistola de juguete. Sólo hay tres fotos suyas con Onetti: una, tomada en Xalapa en 1980; otra en la que él está de perfil y ella, detrás, de espaldas y fuera de foco, toca el violín. En la última, Onetti, con traje y cortaba, mira a cámara. A la altura de su hombro la cabeza de Dolly: el rostro suave de la juventud, los ojos de enigmáticos párpados adormecidos, la boca mórbida. Parece hipnotizada, un rostro perfecto mirando sin ver. Onetti, la mano abierta sobre la frente, le aferra la cabeza como si estuviera despegada del cuerpo, como si esa cabeza fuera suya.

—Acá está con Galeano, cuando tenía pelo. Era un churro bárbaro. Y Benedetti. Un pan, pobrecito. Y mirá a Cortázar, con el gorro. Qué guapo era. Guapísimo.

En el libro aparecen Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. Ella no dice Mario, Juan, Gabo, sino sus nombres completos o sus apellidos, con un respeto extraño, distante, disciplinado.

—Ésta es Idea.

Posa un dedo sobre la foto de Onetti con Idea Vilariño, tomada en Madrid. En la foto, ella apoya las manos sobre los hombros de él y él mira a cámara —a Dolly— con una expresión indescifrable: pícara, excitada.

—¿La sacó usted?
—Claro. Ella fue a visitarlo en 1993, por ahí. Y otra muchacha que hacía años que estaba con él, también. Me daban pena, porque realmente Juan enganchaba para toda una vida. Supongo que tendrían esperanzas de que él me dejara. Claro. Siempre hay esperanza, ¿no? Yo la tuve.
—Idea le quitó la dedicatoria a Poemas de amor cuando volvió a editar el libro.
—No ¿Quién te dijo eso? No creo. Ella estaba muy orgullosa de su relación con Juan.

***

—Él era súper dependiente —dice Mónica Lacoste—. Yo recuerdo el grito de Juan: “¡Doollyyy!” Y Dolly salía corriendo. Era su forma de necesitarla, de celarla.
—¿Había algo de Juan que la sacara de quicio?
—Que ella lo cuidara tanto y él desbaratara ese cuidado. Era inevitable que bebiera, pero que bebiera más de la cuenta. Que prometiera que iba a comer antes de beber y que no lo hiciera. Yo creo que él vivió muchos años más gracias a sus cuidados.

***

Onetti, finalmente, murió en Madrid, en 1994. Más de veinte años atrás.

—Él tenía divertículos. Murió de eso. Tendría que haber hecho una dieta, que nunca hizo. Por ahí comía un helado de Häagen-Dazs a las cuatro de la mañana, eso le encantaba. Al final estaba que no tenía fuerzas ni para fumar.
—¿Falleció en la casa?
—Internado. Lo tuve que llevar porque estaba perdiendo sangre. Lo internaron varias veces por ese problema, y la última vez no salió.
—¿Usted estaba con él?
—Sí.

Dolly permaneció dos años más en la orquesta sinfónica, hasta que la obligaron a jubilarse por la edad.

—Fue como un segundo abandono. Lloré tanto cuando me dijeron.
—¿Y entonces?
—Y entonces empecé a ir al psicoanalista. Un tipo fantástico. Empecé a anotar los sueños, a descubrir toda una relación edípica con mi padre. Fue fabuloso.

En 2007, donó el archivo personal de Onetti a la Biblioteca Nacional de Uruguay.

—Mis amigos me decían “Lo hubieras vendido a una universidad americana y te pagaban una fortuna”. Pero Juan era anti norteamericano. ¿Por qué les iba a regalar eso? ¿Por plata? No. Después, no sé, no me acuerdo bien cómo fue, pero me vine para acá, y empecé a quedarme cada vez más tiempo. Bueno, ahora porque me caí, también. En Salamanca, una noche de verano hermosísima. Salamanca es preciosa. ¿Conocés España?
—Sí.
—Ah, qué bien. Es el país de la guitarra. Vos tendrías que volver a tocar. Buscate un profe.
—Y en un momento dejó el departamento de allá.
—Sí. En un momento también dejé el departamento de la Avenida América. Era como vivir en el pasado, pero sin Juan.

Dos argentinos, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ayudaron a embalar, a comprar muebles de Ikea para reemplazar los originales que, en parte, se llevaron ellos. Ambos viven en España desde 2002 y tienen, en Madrid, algo llamado Museo del Escritor: objetos —más de 5,000— de Cortázar, Borges, Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, y la biblioteca completa de Onetti, sus muebles, sus anteojos.

—Los chicos son fantásticos. Se apoderaron de la biblioteca de Juan, íntegra. No tiran nada. Un día fui y les dije “Quiero ese libro para volver a leerlo”, y me dijeron “No, yo te compro uno nuevo, pero ése no lo toques”. El piso de Avenida América lo alquilé, primero temporalmente. Pero un día tuve que ir a Madrid, el piso estaba alquilado y los chicos me dijeron: “¿Por qué no venís a casa?” Me sentí cómoda y ahora, cuando voy, me quedo en casa de ellos. A Claudio le firmé un poder total. Puede venderme a mí si quiere. Ellos tienen una campana que era de Juan. Juan le había puesto una leyenda: “No contesto preguntas tontas”. La tenía siempre al lado.
—¿Para qué la usaba?
—Para llamarme a mí.

En la plaza principal de Ramiriquí, Boyacá, se levanta una estatua de Juan Mauricio Soler. Es una estructura construida con piezas de chatarra forjada, en la cual sobre un plano inclinado se sostiene la representación de Soler parado sobre los pedales de una bicicleta. De cuando en cuando viajeros que cruzan por este pueblo se detienen en el parque a tomarle una foto. Juan Mauricio es -a sus 31 años- la vieja gloria más joven del ciclismo colombiano y el ramiriquense más destacado desde el expresidente José Ignacio de Márquez.

A una cuadra de la estatua, en una casa de tres niveles, vive Soler. En la primera planta de la construcción de ladrillo el suegro de Mauricio administra un taller de motos en cuyo aviso se ve la figura del exciclista. Todos los días, a eso de las ocho de mañana, Mauricio sale de su casa en compañía de Aquiles, un labrador negro, y camina hasta la finca que tiene a un kilómetro del pueblo por la vía a Miraflores. Allí tiene dispuesto un pequeño gimnasio. Sus días siguen siendo, después del accidente, días de recuperación.

***

Un inventario incompleto de las caídas de Juan Mauricio Soler:

Aquel absurdo accidente en los primeros diez metros, sin haber superado aún las vallas de salida de la primera etapa de la Vuelta Nacional del Futuro del 99. Quedaría segundo en la clasificación general, detrás de un corredor al cual le había sacado dieciséis minutos en las pruebas clasificatorias del departamento.

La vez que preparándose para la Vuelta al Porvenir de 2001, bajando el Alto de Canutos en la vía Duitama-Soatá, se le cayó la rueda delantera al saltar un policía acostado. Se destrozó la cara, duró tres días inconsciente en el hospital. La cicatriz que se extiende unos dos centímetros desde la comisura izquierda de sus labios hacia arriba es la marca imborrable de aquel golpe. “Eso fue terrible”, recuerda Manuel Soler, su padre: “no se reconocía quién era”. “Este man se va a retirar”, pensó Serafín Bernal, su entrenador. Al cabo de unas semanas se reintegró a los entrenamientos y fue campeón de la Vuelta que preparaba.

La caída en la última etapa de la Vuelta a la Juventud de 2003 con llegada en Yopal. Según su hermano Omar todo indica que un grupo de corredores de Antioquia, históricos rivales del ciclismo boyacense en las competencias nacionales, lo cerraron faltando medio circuito para la meta.

En la tercera etapa de la Vuelta a Colombia del 2005 coronó de primero el alto de La Línea, pero en el descenso tuvo tres caídas; una de esas en el sector conocido como Lanzaperros donde los fuertes vientos le hicieron perder el control de su bicicleta. Fue el día en que murió en transmisión el narrador de ciclismo Alberto Martínez Práder, cuyas últimas palabras, antes del accidente del transmóvil —desde el que narraba la carrera—, fueron “Soler, Soler…”. Quedó sexto en la clasificación general, rey de los novatos y ganador de la última etapa.

En la fracción del Clásico RCN del mismo año disputada entre Ibagué y Armenia un aficionado en Cajamarca se le atravesó al lote e hizo que cayera al asfalto. El plato de la bicicleta se le enterró en una pierna. Logró terminar la etapa pero al siguiente día no pudo ser parte de la largada.

El accidente en Bolivia en el 2005 en el cual se le atravesó un perro. Según Pablo Arbeláez, redactor de ciclismo de El Colombiano, “la cara le quedó como un mapa”.

La caída en la Coppa Agostoni en 2007 lo llevó al quirófano para que le fuera realizada una reconstrucción de cartílago en la muñeca derecha.

La lesión de una de sus rodillas, que alteró su calendario ciclístico, por una caída en el Giro della Provinca di Reggio Calbabria en febrero de 2008.

La caída en la segunda etapa del Giro de Italia del mismo año que le ocasionó una fractura en la muñeca izquierda. Ese día llegó pedaleando hasta la línea de meta, lo cual, según su compañero de equipo Enrico Gasparotto, había sido una muestra de verdadero coraje. Logró continuar en la ruta del dolor de aquel Giro por nueve etapas más, hasta el kilómetro 96 de la etapa 11. Abandonó cuando ya casi no podía sostener el manubrio de su bicicleta ni apretar las barras de frenos.

El Tour de Francia de 2008 que se desvanecía en el asfalto. La caída en los kilómetros finales de la primera etapa le produjo una fractura de muñeca derecha y un hematoma en la cadera izquierda. “No puedo casi frenar ni ponerme de pie –dijo a los medios-. Pero los de mi pueblo somos echaos pa´lante”. Vendado y maltrecho, logró echar para adelante por 423 kilómetros más en ese Tour hasta que el dolor le ganó el pulso y finalmente se bajó de la bicicleta sin terminar la quinta etapa de la carrera. El periodista J.G. Peña del diario ABC de Madrid escribió: “El ‘mal de manos’ es una enfermedad de deportes duros: la pelota, el boxeo. Y de Mauricio Soler. Caiga como caiga, el ciclista colombiano para el golpe con la mano”.

La caída en la segunda etapa del Giro de Italia de 2009 que lo llevó a abandonar por causa de una tendinitis en su rodilla derecha.

Durante un entrenamiento en enero de 2010 un carro lo atropelló a una cuadra de su casa. “Voy a parar por un par de días”, declaró a los medios.

El golpe en la rótula de la rodilla izquierda que sufrió en una caída en la primera etapa del Criteérium du Dauphiné de 2010.

La caída al realizar el descenso del Collado Bermejo, en los últimos cinco kilómetros de la segunda etapa de la Vuelta a Murcia de 2011. Tuvo que ser evacuado en ambulancia con varios cortes en su pierna izquierda.

Y aún faltaba el peor golpe.

***

Un oyente de La W acaba de llamar a la línea abierta. Le reclama al periodista Julio Sánchez y a su equipo periodístico por no estar registrando la noticia de un ciclista colombiano, boyacense, de nombre Juan Mauricio Soler, quien a esta hora lidera en solitario el ascenso del Col del Galibier, el punto más alto del Tour de Francia. Es julio 17 de 2007. Soler es casi un desconocido dentro del pelotón ciclístico internacional. Su equipo, el Barloworld, es una escuadra chica que ha llegado a la ronda francesa gracias a una invitación.

Soler no conoce el recorrido. Sin embargo, ha decidido atacar en las primeras rampas del ascenso más largo del día, a falta de 47 kilómetros para llegar a la meta en Briançon. Viniendo de atrás, el ciclista nacido en Ramiriquí sobrepasa al grupo de cinco que hasta ese momento lidera la etapa y sigue de largo. Dos corredores, Popovych y Astarloza, intentan por unos metros seguirle el paso, pero la aceleración con la que sube el colombiano finalmente los descuelga.

Mauricio sigue subiendo –inquebrantable– y corona la cima del Galibier. Comienza el descenso. En 37 kilómetros está la línea final. Yaroslav Popovych y Alberto Contador, compañeros en el equipo Discovery, han cruzado el puerto de montaña a dos minutos cinco segundos del líder. La ruta se inclina hacia abajo para ellos y salen en busca de Mauricio.

Los habitantes de Ramiriquí se agolpan a esta hora en las tiendas y cafeterías alrededor del parque principal para ver por televisión al coterráneo. Manuel Soler, papá de Juan Mauricio, escucha la etapa por radio desde su casa. Omar Soler hace lo mismo desde una bodega de Arturo Calle en Bogotá. Él es ciclista aficionado y entiende que no será fácil para su hermano conseguir la victoria: la dupla persecutora viene muy fuerte. La producción de televisión concentra la imagen en estos últimos, como asumiendo que la neutralización de la fuga es inminente en el descenso.

Diez kilómetros para Briançon. La W, gracias al regaño del oyente, se ha enlazado con el relato de Rubén Darío Arcila en Colmundo. Andina Estéreo, 95.1 F.M en Ramiriquí, ha hecho lo propio. “Lo que hace el ciclismo nacional”, anota ‘Rubencho’ Arcila en su voz grave y colorida: “es solamente ver a un pedalista colombiano en punta y se estremece nuevamente el país”. La diferencia se acorta: 58 segundos. A Contador y Popovych los han alcanzado seis corredores, incluido Rasmussen, el líder del Tour. Hacen los relevos, “la escalera como aves migratorias”.

“Ahí lo tenemos en la pancarta de los cinco kilómetros finales, con el muñón de los Alpes al frente, Briançon lo espera”. Ya son catorce los ciclistas que se ciernen sobre Mauricio Soler. “Creo que estamos en las goteras de una etapa memorable, para recordar, para guardar en la página de oro del ciclismo”. El último kilómetro y medio es en ascenso y, contrario a toda lógica, como cuando Lucho Herrera dijo que ojalá el Alpe De Huez tuviera 25 kilómetros más, Soler —después de 158 kilómetros de recorrido— agradece ese repecho final.

«Todo un país con los pedalazos de este colombiano. Y es que la gente entiende de ciclismo: mira la lámina, la estampa del hombre y dice: “¡Este es un campeón!”, “¡Este sí tiene portento!”, “¡A este hombre le luce la máquina!”». Último kilómetro, 50 segundos la diferencia. “Parece el conteo regresivo para el lanzamiento de una cápsula espacial”, dice ‘Rubencho’. Los sucesos deportivos en su narración se hacen pasar por verdaderas gestas épicas, como asuntos de la Historia seguidos minuto a minuto: “Soler no descansa, no mira hacia atrás, el pedaleo sigue taladrando cada metro del pavimento, la recta al frente, son los últimos metros, es la etapa reina de los Alpes, otra miradita, hay que cuidar la alforja mi querido amigo, que desde atrás cualquiera puede arrebatar la gloria, la victoria, entrando poco a poco en el umbral de la gloria el pedalista colombiano, el balanceo final, el manubrio bien sostenido por la parte alta, vuelve a abrirse, la bailarina, el dancé, y aquí viene Mauricio a repetir la hazaña”. Doscientos metros. Toma la última curva. Soler asoma la sonrisa. El dolor físico se funde con la gloria. El presidente Nicolas Sarkozy lo mira desde la escotilla del carro del director de carrera alzar los brazos hacia el cielo. “Se sube la cremallera, se sube el corazón, se sube Colombia, se trepa sobre la victoria. Soler es el ganador”.

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Mauricio Soler había ganado la etapa del mítico Galibier y a su llegada a Paris se coronó Rey de la Montaña del Tour de Francia de 2007. Serafín Bernal no se sorprendió. Él había sido su entrenador en el Club Deportivo Boyacá cuando Soler era apenas un corredor juvenil. Por sus manos han pasado en esa categoría, además de Juan Mauricio, los campeones de la Vuelta a Colombia Álvaro Sierra y Miguel Sanabria, y nuevas promesas como Robinson Chalapud y Darwin Atapuma. Serafín se jacta de su buen ojo ciclístico. Su astucia, que según él le viene directamente de la malicia indígena, lo lleva a saber desde muy temprano qué corredor colombiano brillará en Europa. Esta mañana soleada en el centro de Tunja me habla con insistencia de un joven llamado Rodrigo Contreras. “Acuérdese de ese nombre”, dice.

Serafín va a los pueblos de Boyacá en busca de nuevos talentos. Según él, la disciplina de la vida en el campo contribuye a forjar el carácter de un ciclista: “En la ciudad la vida es fácil y el ciclismo es de sacrificio”, dice. “Los que sirven para este deporte son los campesinos porque ellos están acostumbrados a aguantar hambre, sol, agua. Cuando tienen una oportunidad en el ciclismo se enfocan en eso para salir adelante”.

En festivales de escuela de los pueblos, en las clásicas municipales en Boyacá, Serafín ponía su mirada en Soler. “Era un corredor excepcional –recuerda–. Yo veía la facilidad con la que andaba este muchacho, pero que no tenía cómo salir adelante”. Bernal habló con él y lo vinculó a la escuela con el patrocinio de Chocolate Sol. Soler tenía 17 años. Bajo la dirección de Bernal, fue Subcampeón de la Vuelta de la Juventud de Venezuela (2001), Campeón de la Vuelta del Porvenir (2001), Campeón Sub-23 de la Vuelta a Boyacá (2002), Subcampeón de la Vuelta de la Juventud de Colombia en 2002, Tercero en el 2003, y campeón de la misma en el año 2004. Esta última es considerada la competencia más importante de Colombia en la categoría Sub-23.

Mauricio Soler era un muchacho introvertido cuya faceta más intrépida la exhibía montado sobre una bicicleta. “Era muy combativo —recuerda Bernal—. No le comía a nadie. Que es fulano de tal, a él no le importaba. Y para arriba no le ganaban. Me acuerdo que en una Vuelta del Porvenir subiendo a Manizales se voló del grupo puntero un compañero de equipo de Soler. Él duró en fuga tantos kilómetros que le dije a Soler que no lo fuera a alcanzar, y tocó bravearlo para que lo dejara ganar, porque sino Soler iba, lo cogía y pasaba de largo. En el fondo Soler debió quedar rabón”.

Según Bernal, la ambición de Soler para llegar a ser buen corredor era tan grande que cuando el entrenamiento empezaba —a las ocho de la mañana en las gélidas calles de Tunja— él ya le llevaba a sus compañeros 25 kilómetros de ventaja. Había venido en bicicleta desde Ramiriquí, a donde regresaba por la tarde.

“Yo soy muy exigente en esto”, dice el entrenador. “Yo tengo que ver que de verdad están chorreando sangre porque hay unos corredores muy cobardes y esos no sirven. En cambio esos muchachos del campo desde las cuatro de la mañana están trabajando, llueve o truene, sacando las reses, sacando papa, maíz, y el desayuno es cualquier cosa, y trabajan hasta por la noche, entonces esa gente está acostumbrada al rigor de la vida”.

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La casa de Manuel Soler y María del Carmen Hernández está ubicada en la vereda El Común, a cinco kilómetros del casco urbano de Ramiriquí. Para llegar desde el pueblo hay que tomar la carretera hacia Miraflores. Los pobladores suelen llamarla genéricamente “la pavimentada”. Es un recorrido escarpado flanqueado a lado y lado por una inagotable sucesión de tonos verdes reverberados por el sol. Después de pasar una Virgen de carretera se debe avanzar unos 500 metros a la derecha por un camino destapado. Es una casa campesina de color salmón y una sola planta. Un muro de metro y medio de altura construido con bloques de ladrillo, interrumpido por una puerta enrejada negra, divide un antejardín de cemento con el exterior. Las colinas verdes que cercan el lugar están atravesadas por pinos, ocales, acacias y urapanes, y alrededor las vacas y las gallinas y las cocheras de marranos. La quietud de la tarde sólo la suspende el ladrar de los perros y los ruidos caseros.

Un afiche enmarcado de Juan Mauricio Soler cuelga de la parte exterior de una de las paredes de los cuartos. Aparece él montado sobre una bicicleta, y metido en el famoso maillot de pepas del Tour de Francia que identifica al campeón de los premios de montaña. La foto tiene un título en letras rojas, un juego de palabras: “Cirque du Soler”. Debajo del título hay una nota escrita a mano:

“Papá y Mamá Gracias por
habermen dado unas piernas
tan fuertes. Y doy gracias a Dios
por tener unos padres como
ustedes. Los AMO.
Su hijo Mauricio Soler H”

La tarde es de domingo. Omar Soler visita a sus padres. Mauricio podría aparecer por acá en cualquier momento. “Hace días que no sube”, dice María del Carmen, en un tono de voz que no aspira a ser reclamo sino apenas declaración del hecho simple.

En la parte exterior del lugar, Omar hace un recuento del palmarés de su hermano. Manuel, a pocos metros, enfundado en una ruana, mira el campo en silencio. El padre de Mauricio ha tenido que guardar reposo desde hace un año cuando sufrió un accidente sacando un marrano de la cochera.

–De niños ustedes trabajaron el campo. – le digo a Omar.
–Claro–, dice. Mauricio hasta los quince años 100% en el campo.
–¿Qué hacían?
–De todo. Ver las vacas, hierbar papa, maíz. Todas las labores. Hacer de comer a los obreros. Mauricio inclusive era el compañero de mi papá del campo.

Manuel Soler tenía unos cultivos a 4 kilómetros de la casa, cerca al páramo, y pasaba mucho tiempo allí. Una bicicleta cross era el medio de transporte de Mauricio entre la casa y los cultivos de su padre.

Si toda vida tiene un hecho fundacional que determina la vocación, el de Mauricio Soler transcurrió un día del año 98 en el que ganó una carrera de campesinos en Ramiriquí. Sería Omar quien iría a participar en la competencia, pero Mauricio, al ver que éste había salido para Bogotá a hacer unas vueltas, tomó la bicicleta de su hermano, bajó hasta el pueblo y compitió. Le sacó casi dos vueltas al segundo en el circuito tradicional de Ramiriquí. Hasta entonces Mauricio no tenía ninguna relación con el ciclismo más allá de lo que las labores del campo demandaban. Ese día pensó que podría dedicarse a la bicicleta.

Al poco tiempo Mauricio y Omar fueron a Tunja y hablaron con Lino Casas, quien en ese entonces dirigía la Escuela Santiago de Tunja, y se vincularon a ésta. “Yo les decía que no hicieran eso porque lo uno no tenía con qué ayudarles”, dice Manuel Soler. Su voz campesina es un murmullo quedo. “Y lo otro no me gustaba porque era tal vez muy riesgoso”.

–Pero después cuando Mauricio comienza a ganar…
–Pues cuando ellos ya se definieron a eso pues ellos verán, ya dejarlos. Dios los ayude a lo que ellos quieran hacer porque qué más. No se podía hacer más.
–Supongo que se alegraba…
–Pues claro… si uno les oye unas tristezas porque eso no más se volvía mierda por allá en los porrazos.

Hay una breve risa triste, de resignación.

***

Lindon Borda es padrino de matrimonio de Mauricio Soler. La conversación tiene lugar en la sala de la casa de una de sus hermanas, contiguo al hotel de su familia en Ramiriquí. Soler ha accedido a entrevistarse conmigo en este lugar y debe llegar dentro de un rato.

–Perdón un momentico que tengo que llamar a ese man que se le vence la declaración de renta – dice.
–¿A Mauricio?
–Sí.

Le pregunto cómo nace la relación entre él y Soler.

Me explica primero que él ha sido un aficionado al ciclismo desde joven: “desde los tiempos de Patrocinio Jiménez, otro paisano”. Completados sus estudios en Sogamoso, Lindon volvió a Ramiriquí. Para entonces Soler había quedado segundo en la Vuelta Nacional del Futuro (en 1999) y ya se perfilaba en el pueblo como una promesa del ciclismo. Borda junto con un grupo de amigos comenzaron a apoyarlo. Entre todos reunían para la gasolina y alguno prestaba el carro para llevar a Mauricio a las competencias de los pueblos.

Cuando Soler se alistaba para correr la Vuelta al Porvenir del 2001 en el pueblo le organizaron un bazar para recoger dinero y comprarle una bicicleta Trek. “La que en su momento utilizó Lance Armstrong”, dice Borda. Fue un fin de semana en el que en el parque principal de Ramiriquí hubo carne, chicha, rifas, sopa de cuchuco de trigo con espinazo, música y cerveza. La bicicleta valía unos diez millones de pesos. “El último día –recuerda Lindon- se hizo una campaña para que dieran dinero en efectivo, y mucha gente daba 20 mil, 50 mil”. Zoilo Pulido, por ejemplo, dueño de un almacén de víveres situado en la calle peatonal de Ramiriquí, regaló dos millones trescientos mil pesos. Reunieron unos ocho en total, lo cual sumado a unos ahorros que Soler tenía de las competencias que ganaba en los pueblos, alcanzó para pagarla.

Le duró muy poco. Fue hasta Tunja, regresó, volvió a subir y de vuelta en el Alto de Soracá un carro lo atropelló y acabó con la bicicleta. Mauricio por suerte no sufrió mayor daño. “Me acuerdo ese día”, dice Omar Soler. “Llegó acá desmotivado. Que él no montaba más, que dejaba esa mierda. Yo le dije: ‘No huevón, si usted nació pa’ algo, si tiene un futuro en la vida es eso, ser ciclista, es lo que le rinde, qué más se pone a hacer’. Me bajé de mi bicicleta y le dije: ‘Vaya a que le monten otro repuesto y va con esta a la Vuelta al Porvenir’”.

Con la bicicleta de su hermano, Mauricio quedó campeón de la competencia.

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Dice el periodista Matt Rendell en el libro Reyes de las Montañas que los ciclistas colombianos han hecho del subdesarrollo una virtud. No hace tanto ninguna de las carreteras que conectan a Ramiriquí estaban pavimentadas. Para coronar el Alto de Soracá rumbo a Tunja o el Alto de Bijagual en la vía a Miraflores, había que abrirse paso por caminos destapados. El asfalto era algodón. “Mauricio me decía eso”, recuerda Lindon Borda: “que la ventaja que él tenía era que en el destapado se esforzaba bastante por subir y cuando estaba sobre pavimentada se sentía sobradísimo”. Algo similar opina su hermano Omar: “haber aprendido a montar en destapado es otra fortaleza de los ciclistas de la región. Le toca a uno mínimo en el día hacer 20 o 30 kilómetros destapados, y eso le va ayudando para fortalecer músculos”. Cuando Juan Mauricio Soler se alistaba para correr el Tour de Francia de 2008 le dijo al periodista Lisandro Rengifo que una de las ventajas que él tenía frente a sus rivales del pelotón internacional era ser boyacense.

***

Mauricio irrumpe en la sala y la entrevista con Lindon se detiene. “Hola padrino”, le dice. Su paso es lento y precavido. Trae puesta una gorra, sudadera Adidas gris con rojo y tenis negros de la misma marca. Camina hacia mí y entregándome su mano grande dice: “Ahora sí lo saludo bien”. Hacía unas dos horas, Martha, la administradora del hotel, nos había presentado escuetamente cuando él de regreso de su finca se había detenido aquí para recoger sin éxito su declaración de renta. Sin cruzar el umbral de la edificación acordamos la hora y el lugar para la entrevista. A los pocos segundos lo vi tomar su bicicleta y descender con cautela, parado sobre los pedales, una calle sin pavimento camino hacia su casa. Era la hora de almuerzo. “No sabía que Mauricio ya estaba montando bicicleta”, me dijo Martha un tanto sorprendida. Sin embargo, no era un hecho nuevo. La revista Mundo Ciclístico lo había registrado hace unos meses bajo el título “Exclusivo: ¡¡Mauricio Soler vuelve a la bicicleta!! Grandes progresos en su proceso de recuperación”. Una foto mostraba a Soler rodando sobre una bicicleta tipo cross por el camino que conecta su casa de campo y escoltado por Aquiles. La nota recogía la siguiente declaración de Mauricio: “Al tomar la bicicleta nuevamente me he sentido tan feliz como el día en que tomé el avión en España para regresar a Colombia. Volver a montarme en una de mis bicicletas era algo tan deseado como ver a mi hijo de nuevo después del accidente. No sé si esto me sirva como rehabilitación pero lo único que sí sé es que ahora me siento anímicamente mejor que nunca”.

Lindon pregunta por su estado de salud. “Con constancia he ido mejorando poco a poco”, responde Soler, y agrega que diariamente debe por lo menos caminar: “tengo que mover la sangre”. Por suerte es algo que le gusta, pero confiesa que hay días en que debe “sacar ganas de donde no las hay” para recorrer el camino hasta su finca y hacer las rutinas de ejercicios.

Según dice, los 18 meses en los que había algún progreso en su recuperación ya han pasado. Y aunque las secuelas persisten, su evolución ha sido notable. Cuando Patricia, su esposa, le preguntó a los médicos si Soler volvería alguna vez a caminar, le contestaron que eso sólo lo sabía Dios, y que si lo hacía, sería después del noveno mes. “Al cuarto mes –recuerda- ya estaba dando mis primeros pasos en la piscina”.

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El Tour de Francia de 2007 no había llegado a París cuando Antoine Vayer, ex director deportivo del equipo Festina, en un artículo publicado en el diario ‘Libération’ y en entrevista concedida a la emisora La W planteó sus dudas sobre el desempeño del ciclista colombiano. “Soler hace parte de un grupo de corredores que hacen cosas que en mi opinión son imposibles de lograr sin la ayuda del dopaje”, le dijo a la cadena radial. “Hoy en día en un premio de montaña Soler le sacaría a Lucho Herrera o a Parra cinco minutos (…) Tendría que ser extraterrestre para hacer lo que está haciendo (…) Quisiera conocerlo y que me explicara cómo entrena para poder subir como sube porque de mi experiencia como entrenador creo que es físicamente imposible, no es de humanos subir de esa forma”.

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Mauricio Soler tomó la bicicleta esta mañana para llegar hasta su finca. No por virtud sino porque el dolor en unos de sus tobillos hizo imposible que lo hiciera a pie. “En la bici me cuesta muchísimo”, reconoce. Sube despacio, pero el pulso se dispara mientras pedalea por las lomas que rodean su finca. Después de cierta velocidad, superado el umbral de zona aeróbica, la presión intracraneal de Mauricio se altera y le produce fuertes dolores de cabeza. Con 31 años de edad volver al ciclismo de competencia está completamente descartado para él después de su accidente en Suiza: demasiado esfuerzo en la bicicleta lo llevarían a una presión mortal en su cráneo.

–Voy a intentar hacer lo máximo de mis posibilidades. Es que no tengo ni cabeza para nada. Intentaré hacerlo… responder las preguntas.

La voz de Soler es frágil y delicada, como gobernada por gráciles cuerdas a punto de resquebrajarse. Su agrietado rostro sufre una parálisis en el lado izquierdo debido a la lesión del nervio facial en el accidente en Suiza. Su fama de taciturno se afianza en esos intervalos que suceden cada tanto en los que en silencio su mirada gacha, enlutada, se queda suspendida en algún rincón de la sala. Pareciera ausentarse un breve instante de la realidad, para luego volver quién sabe de dónde.

Le digo a Mauricio que quiero hablar sobre su vida en general.

–Sí señor. Pues lo poco que me acuerdo porque hay muchas cosas que se me han olvidado.

El encuentro tiene lugar en época de la Vuelta a España 2013, en el marco de una temporada excepcional para el ciclismo colombiano en Europa: Rigoberto Urán y Nairo Quintana habían logrado el subcampeonato del Giro de Italia y el Tour de Francia respectivamente. Por estos días, Soler sigue las etapas por televisión de la ronda ibérica. “Me hubiese gustado correr una Vuelta a España y poderla disputar. No tuve ese privilegio”.

—¿Le da nostalgia ver ciclismo?
—No, nostalgia no -dice, marcando con su voz algo parecido a un énfasis-. Afortunadamente mientras pude lo practiqué y lo hice de la mejor forma. Lo que pienso que me costaría sería ir a un Tour, a una carrera personalmente, verles allí y no estar corriendo. No quiero vivir esa experiencia.

A continuación Soler hace un recuento de su historial deportivo: su andar por categorías juveniles en Colombia, la llegada a Europa, y especialmente aquel año 2007 que representó el pico más alto en su carrera. “Lo más grande que hice como deportista fue en ese año”, dice. “Ganador de la etapa reina del Tour de Francia, la montaña del Tour, y campeón de la Vuelta a Burgos”. A raíz de esos triunfos fue escogido como Deportista del Año por el diario El Espectador.

Cuando Juan Mauricio desembarcó en Europa, su principal anhelo era correr un Tour de Francia. “Es con lo que los ciclistas jóvenes sueñan”, dice. Un buen inicio de temporada de su equipo en el 2007 les mereció una wild card para ser de la partida en la competencia ciclística por etapas más importante del mundo. “Inicialmente yo iba a aprender porque el de la responsabilidad era Félix Cárdenas. Lógico que uno tiene muchas aspiraciones pero sabía que iba a tener que trabajar. Intentaría hacer algo si me daban la oportunidad”.

El 13 de julio de 2007, con el Tour ya en ruta, apareció publicada en El Tiempo una nota escrita por Mauricio Soler: “Este es mi primer Tour de Francia; ahora sí que lo creo. Y es que poco a poco voy comprobando todas esas cosas maravillosas de las que muchos amigos y compañeros ciclistas me hablaban de esta carrera”. Eran los ojos vírgenes del campesino boyacense deslumbrado al ver todo el despliegue mediático que suscitaba el Tour y de cómo la organización de carrera cuidaba hasta el más mínimo detalle. “La verdad es que nunca, ni siquiera pagando, había sido sometido a unos chequeos tan completos como los que me hicieron la semana pasada”. Soler anunciaba que estaba en buenas condiciones. “Vamos a ver qué pasa en los próximos días”.

A los dos días el mismo diario publicó una nueva nota escrita por Soler. Arrancaba con la siguiente frase: “Espero que por un momento ustedes, compatriotas aficionados al ciclismo, hayan podido disfrutar de mi actuación de ayer en el Tour de Francia”. Soler había llegado cuarto el día anterior en la séptima etapa del Tour y la primera de alta montaña. Estaba maltrecho: “Me había salido una llaga horrible porque las zapatillas eran nuevas y no habían cogido la horma del pie”. Sin embargo, pese a las molestias, Soler se sobrepuso al dolor y atacó en los kilómetros finales del día. Y lo hizo, cuenta, debido a un error de comunicación: “Iniciando el último puerto me dice el director: ‘Mauricio, un sprint’. Yo pensé que había que atacar, hacer un sprint, pero resulta que los geles que llevábamos para la alimentación se llamaban sprint. Entonces lo que me indicaba era que me bebiera un gel para tener energía para el final de la etapa.”.

La jornada de descanso, un día antes de la etapa del Col del Galibier, Soler casi no podía caminar. El dolor producido por las ampollas en su pie derecho lo mantuvieron postrado en el hotel todo el día. El director del Barloworld mandó a traer desde Italia las viejas zapatillas de Mauricio para que corriera con ellas al día siguiente.

“Desafortunadamente de recuerdos tengo muy pocos”, asegura, “pero sí me acuerdo de algo… allí yo he atacado en el penúltimo puerto, no estoy seguro si era el Telegraphe. Delante de mí iba una fuga, de cuatro o cinco corredores, no me acuerdo exactamente. He coronado el Telegraphe, he descendido hasta el pueblo, después que he pasado por el pueblo recuerdo que… o no recuerdo, lo he visto en algún lado que los he alcanzado allí y he intentado irme solo. He pasado por un lado y me han cogido la rueda uno o dos corredores. Al final, un poco más adelante, se han quedado porque el paso era bueno, el ascenso era rápido. Recuerdo que tenía muchísima visibilidad porque veía, no sé, cinco kilómetros por donde iba a hacer la carrera. Veía a la gente que estaba al lado y lado de la carretera. Entonces tuve fuerzas para pasar primero el Galibier, luego hacer el descenso y me ha alcanzado la fuerza para ganar la etapa… Me acuerdo que entrando a la ciudad después del descenso había muchas rotondas como es típico en Francia y prácticamente yo las saltaba intentando recortar un poco de distancia. El final era un kilómetro y algo más en ascenso, y subiendo me defendía más o menos. No recuerdo lo que pensaba pero sabía que estaba por ganar la etapa de un Tour de Francia y que debía darlo todo, que debía morir sobre la bici”.

Darlo todo.

Morir sobre la bici.

***

En el verano de 2011 Juan Mauricio Soler buscaba ganar una etapa después de cuatro años. Una afición que aún no olvida las hazañas de los escarabajos colombianos en Europa celebró el ímpetu con el que Soler domó la cuesta arriba. Después de la sobresaliente temporada del 2007, su registro ciclístico posterior se pareció mucho a una promesa incumplida. Una larga espiral de caídas lo obligaron a abandonar o impidieron que fuera de la largada en todas las grandes rondas de su calendario.

Aquel junio de 2011 Soler estaba ilusionado. Encararía los nueve días de la Vuelta a Suiza para llegar con kilómetros en sus piernas al Tour de Francia. Las empinadas faldas de los Alpes se ajustaban a sus capacidades. El 12 de junio de 2011 Soler se reencontró con la victoria. Lo hizo en la segunda etapa de la Vuelta a Suiza, en el alto de Crans-Montana. Con el grupo partido después de 148 kilómetros de recorrido, Soler pegó dos zarpazos a falta de mil metros y los ciclistas Damiano Cunego y Frank Schleck, no lograron seguirle la rueda. Soler alzó los brazos hacia el cielo por un breve instante y le dedicó la victoria a Xavier Tondo, su amigo y compañero del equipo Movistar quien en mayo pasado había perdido la vida en un absurdo accidente con la puerta del garaje de su casa. Eusebio Unzué, su director de equipo, declaró: “Por fin ha atacado con cabeza, calculando, sin ansiedad”. Por su parte, el cronista de ciclismo Carlos Arribas, tituló su artículo en El País ‘Soler recupera la autoestima en Suiza’, y dijo: “ha recuperado la sonrisa. También la autoestima, desaparecida estos cuatro años en que su elevada figura triste, solitaria, silenciosa, no era sino el síntoma de la escasa consideración social que despertaba en el pelotón”.

–¿Qué significó para usted esa victoria en Crans Montana?
–Era demostrarme a mí mismo que todo el trabajo que había hecho durante el tiempo de estar corriendo en Europa estaba dando frutos. Tenía pensado que con el estado de forma que tenía y como me sentía, posiblemente estaría disputando el Tour de Francia. No se pudo, pero bueno, lo más importante es que sigo aquí.

***

–¿La reconoce? – le pregunta el neurólogo Manuel Murié Fernández.
–Sí, es Patricia, mi esposa –dice.

Mauricio Soler acaba de abrir los ojos después de 24 días de coma inducido. Está esquelético y entubado en una cama de la Clínica Universidad de Navarra. El ciclista del equipo Movistar no tiene idea dónde está ni la gravedad de lo que le ha ocurrido: piensa que lo que ve puede ser una clínica en Bogotá y que en cuestión de semanas será posible estar de vuelta sobre los pedales.

El 16 de junio de 2011 Mauricio Soler corría la sexta etapa del Tour de Suiza. En la jornada anterior había perdido la camiseta del líder con el ciclista italiano Damiano Cunego. Pero esa tarde, en la escalada final de Triesenberg/Malbun, Soler esperaba recuperarla. Ese era el objetivo del día. Acababa de salir de una rotonda, rodando a unos 72 kilómetros por hora cuando su tubular delantero chocó contra un bache en el asfalto. Soler perdió el control, salió por encima de su bicicleta y, como en una estampida seca, se detuvo finalmente al estrellar su cabeza contra el poste de una cerca de un jardín infantil. El corredor Baden Cooke quien venía detrás de Soler describió el accidente en su cuenta de Twitter como “realmente repugnante”. “No tuvo ni tiempo de frenar”, agregó. Soler fue llevado en helicóptero hasta el Hospital Sant Gallen. El médico del equipo Movistar, Alfredo Zuñiga, se comunicó con Patricia en Colombia y le dijo: “Lo siento mucho, señora, pero Mauricio está muy mal, prácticamente muerto. Sólo un milagro lo puede salvar”.

Soler había sufrido un trauma craneoencefálico severo, laceración del riñón izquierdo y una docena de fracturas: en la base izquierda del cráneo, de ocho costillas, de clavícula y escápula, del cuello del pie izquierdo y del malar y temporal del pómulo izquierdo. En la escala de Glasgow –que mide el nivel de conciencia de víctimas de traumatismos cranoencefálicos– Soler estuvo en el más bajo de todos: grado tres. Las primeras 72 horas eran cruciales, y el riesgo de muerte cerebral era latente. Patricia voló desde Colombia con dos mudas de ropa y bajo la idea triste de repatriar el cadáver de su esposo.

Pero la evolución de Soler fue favorable. A las tres semanas los médicos suizos autorizaron su traslado en helicóptero a la Clínica Universidad de Navarra con la cual el equipo Movistar tenía un convenio. Allí se despertó.

Luego vendrían meses largos de terapia y recuperación en Pamplona, y posteriormente en Bogotá, con Patricia siempre a su lado, día y noche. Las metas de Soler con el accidente habían cambiado. Ahora eran más simples, más mundanas, más sensoriales e infantiles: lograr sentarse por sí mismo, mejorar el equilibrio, intentar dar sus primeros pasos.

***

“Yo no conozco un corredor que se hubiera caído tanto como ese”, dice Serafín Bernal, donde ese quiere decir Soler. “Cada cinco competencias se pegaba un porrazo el hijuemadre. Como técnico uno ya estaba listo para ver a qué horas se iba al suelo. La piel que tiene no fue con la que nació: está raspado por todo lado”. Si la caída no era grave, una fractura por ejemplo, Soler seguía en la ruta “así le escurriera la sangre”. Bernal le lavaba la herida con jabón Rey y agua y de vuelta a los pedales, a recortar diferencia. “Era muy berraco el chino. La gran mayoría empiezan a desmayarse, que los suban al carro, que yo no monto más, que me duele todo. Este no”. Con otro corredor con un prontuario de caídas similar, tal vez Bernal habría desistido. Pero Serafín, el cazatalentos, el mecenas, no dudaba de la capacidad natural de Soler para el ciclismo. Y por eso luchaba.

Mauricio Ardila es ciclista profesional. Fue compañero de piso de Soler en Pamplona (España). “Caídas teníamos todos –dice-. Tuvo la mala suerte de tener esa última que le costó su carrera en el mejor momento. Él tuvo épocas de muchas caídas. No podría explicarlo”.

Bernal tampoco tenía una explicación. Había golpes sin sentido. Alguna vez llegó a pensar que detrás de todos esos tropiezos y accidentes había un maleficio. Amigos y allegados lo convencieron de que Soler era víctima de un embrujo. Juan Mauricio debía tener 19 ó 20 años cuando Serafín lo llevó hasta el municipio de Motavita, en donde prestaba en ese entonces sus oficios parroquiales el padre Álvaro de Jesús Puerta quien era y sigue siendo conocido en Boyacá como un sacerdote capaz de hacer milagros. El padre habló con Juan Mauricio y ofreció una misa de sanación en su nombre. Serafín y Soler regresaron a los entrenamientos y las competencias. Pero nada cambió. “No era eso”, dice Bernal.

Luis Fernando Saldarriaga es director del equipo 4-72 y uno de los técnicos de ciclismo más respetados en Colombia. “Hablar de estos temas me parece fastidioso –comenta-. Ya sabemos lo que le pasó y perdimos un gran ciclista para Colombia”. Forzado a lanzar alguna hipótesis dirá que a Mauricio Soler le pudo haber faltado fundamentación técnica. “La agilidad mental para sortear obstáculos se adquiere en las escuelas de ciclismo –explica-. Las diferentes técnicas del viraje, el uso de los frenos, las velocidades en las cuales un corredor puede frenar y no frenar, las diferencias entre frenado largo y corto, la posición sobre la bicicleta, la parada de pedales”.

Lisandro Rengifo, periodista de ciclismo de El Tiempo, sostiene sin titubeos que a Soler le faltó escuela ciclística: “Yo no creo en la mala suerte. Yo creo en la buena preparación y en la mala preparación. Mauricio Soler no hizo pista, simplemente se dedicó a la ruta”. Según explica, mediante las rutinas en velódromo el ciclista adquiere cierta destreza para manejar los descensos, la habilidad de esquivar momentos delicados, meterse en un embalaje y aprender a manejar la tensión que se vive dentro de un lote de corredores. Opinión similar tiene el periodista antioqueño Pablo Arbeláez, quien conoce a Soler desde su andar por las competencias juveniles del país: “Mauricio era un corredor silvestre, de un sentido muy natural, salido de la tierra, fuerte, de muy buen paso, que al fin y al cabo venía de una escuela que no tenía mucha fundamentación”.

“Yo lo llevé al velódromo y nunca le gustó”, dice Bernal en su defensa cuando, intentando buscar responsables del infortunio, los reproches se han dirigido hacia él. “Después que Soler salió del Club Deportivo Boyacá tuvo técnicos muy buenos. Si hubiera sido mala formación, allá se hubiera recuperado”. Pero Juan Mauricio siguió con su rutina de caídas aquí y allá, razón por la cual Serafín no carga culpas al respecto. “Yo pienso que es algo físico de él –concluye-. Había unos médicos que decían que Soler tenía los reflejos atrasados, que cuando iba a maniobrar estaba ya en el piso”.

En el 2011, en su equipo Movistar pensaron que esa podía ser la explicación a tantos porrazos. Según cuenta el periodista Carlos Arribas de El País de España, los médicos del equipo le practicaron a Soler exámenes de reflejos, reacción muscular y visión periférica. No era eso.

Una vez le preguntaron a Soler en una entrevista que por qué se caía tanto. “En realidad no han sido muchas –replicó-. Lo que sucede es que siempre me he golpeado muy fuerte y eso hace que las caídas trasciendan”. Hoy tiene una explicación más decantada. “Hizo falta un poco más de escuela –reconoce-. Como era medio bueno se han dedicado a que tenía que ganar carreras y he dejado de aprender cosas”.

–¿Le faltó fundamentación para maniobrar situaciones peligrosas y realizar los descensos?
–Creo que en todo. También para saber andar dentro un grupo de hartos corredores. Haberlo hecho más tranquilamente para no descubrirlo ya corriendo.

***

Soler despojado de su bicicleta luce torpe y errante. El ciclismo era para él la vida misma, y entonces, forzado a bajarse de su sillín, a renunciar para siempre al baño de aire en su cara cuando se rueda sobre una bicicleta a unos cincuenta kilómetros por hora, pareciera como si de él quedara tan solo una parte, un porcentaje, encargado de sobrellevar el luto por lo perdido. Soler es hoy lo que queda de un hombre al que le han extirpado su mayor talento y su más sólido anhelo. Un superhéroe que a los 28 años perdió sus poderes.

En la memoria de los ramiriquenses están los días de gloria de aquel muchacho campesino. Muchos recuerdan –por ejemplo- aquella noche en la que Soler, a bordo de un camión de bomberos y en medio de la algarabía de una extendida caravana, realizó el recorrido triunfal desde el caserío de Tierranegra hasta el pueblo.

El brío de sus piernas ya no logra desatar la alegría de la región. Soler no es más aquel corredor capaz de convertir cada puerto de montaña en una apoteosis del dolor. Y ya no siendo aquel, es la persona que esta tarde baja con precaución, cogido del pasamanos, las escaleras de un café ubicado en un segundo piso en el parque principal de Ramiriquí.

“Parezco una niña consentida -le dijo hace unos meses al programa Crónicas RCN-. Debo tener cuidado con todos los movimientos que hago”. Soler frente a la fuerza unánime e irrevocable del nunca más.

Saben los que saben que Soler estaba para algo grande. Que hablar sobre él, de su extraordinaria capacidad para el ciclismo, conduce irremediablemente a lanzar conjeturas sobre lo que pudo haber sido si el infortunio no hubiera embestido con tanta furia esa tarde en Suiza. “Habría podido ganarse el Tour de Francia”, dice Serafín Bernal. “Rey de la montaña de un Tour de Francia, un Giro de Italia o una Vuelta a España muchas veces”, pronosticaba Luis Fernando Saldarriaga. “Es el mejor escalador del mundo, cuando está en buenas condiciones”, dijo en su momento Eusebio Unzue, quien fuera director de equipo de Soler y bajo cuya tutela estuvo también el cinco veces ganador del Tour de Francia, Miguel Indurain.

“Poco lo hablamos –me dijo Omar Soler-, pero le debe dar muy duro saber que en este momento él podría estar haciendo cosas similares o mejores que Nairo. Por mi paisano, que es una persona también del campo, humilde, que se merece todo, una alegría inmensa. Pero a la vez, internamente, un dolor fuerte de pensar que con la edad de Mauricio, con las condiciones que tenía, debería estar en su mejor momento, y no poderlo ver allá, y verlo donde está, le duele a uno mucho en el alma”.

“Pero esas ya son cosas del destino”, interrumpió en ese instante su padre con ese susurro campesino que es su voz. “No era pa’ más. Hasta ahí era. Darle gracias a Dios que nos lo dejó otros días. Era hasta ahí”.

Cae la tarde en Ramiriquí. Soler se despide y lo veo entrar a su casa, dispuesto a volcarse sobre los placeres familiares: sus suegros, su perro, su hijo, su esposa. “Esa mujer vale más que mil Toures de Francia”, dice Pablo Arbeláez cuando le pregunto sobre la importancia de Patricia Flórez en la vida de Mauricio. Mañana Soler se despertará temprano, levantará a su hijo, emprenderá el camino hasta su finca, hará los ejercicios de rehabilitación, regará su jardín, echará un vistazo a sus dos terneros, volverá a casa, dedicará su tarde al rol de esposo y padre. Continuará recogiendo los jirones de su efímera gloria.

Ya nada queda del sueño de ganar una gran vuelta. Hoy lo que más añora es poder ver crecer a su hijo. “La vida me ha cambiado y uno tiene es que mirar hacia adelante”, dice. Aunque ese hombre no haya sido siempre ese hombre, Soler no se doblega. El ciclismo le inoculó un carácter.

Distrito Feral

Publicado: 21 julio 2016 en Andrés Cota Hiriart
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No es precisamente que los encuentros zoológicos inesperados obstaculicen una cotidianidad del todo plácida, a fin de cuentas, si por algo se destaca la vida capitalina es por su inagotable salvajismo: tráfico demente, enfermedades gastrointestinales, contaminación ingrata, terremotos, asaltos, secuestros y corrupción en todas su modalidades. Sin embargo, nada como una alimaña veloz, que se escabulle furtivamente debajo de la cama, para ponerle un poco de sabor a la machaca. Quizá no debería sorprendernos que una variedad considerable de criaturas inquietantes acechen entre el asfalto, después de todo, y aunque a primera vista no resulte evidente, vivimos en una de las urbes más biodiversas del planeta.

Por supuesto que ganas no han faltado para aniquilar el entorno biológico que nos rodea. En aras del progreso social talamos montes, entubamos ríos, desecamos lagos y poco a poco recubrimos centímetro tras centímetro de cemento. Pero la madre naturaleza es persistente. Y pese a la devastación ecológica implícita en figurar, de acuerdo con el International Business Times, dentro del ranking de las cinco ciudades más grandes y pobladas del mundo (con 22 millones de habitantes y contando), en los escasos remanentes rurales de la megalópolis azteca, aún es posible encontrar animales silvestres. Son los últimos sobrevivientes de las taxonomías nativas que precedieron al asentamiento humano y algunos forasteros exóticos que han hallado su hogar en la caótica selva de concreto.

Para empezar es necesario saber dónde estamos. No en términos socioeconómicos, sino biológicos. La enorme mancha metropolitana del DF y su zona conurbada se extiende dentro de la cuenca del Anáhuac: un gran valle de altura, en otros tiempos decorado por cuatro lagos extensos, que queda delimitado por escarpadas cordilleras volcánicas. Nos encontramos en el corazón del eje neovolcánico transversal: a un lado se levanta la Sierra Nevada, donde descansan el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl; al otro, la Sierra Ajusco-Chichinauhtzin. En los extremos opuestos, y ya casi devoradas en su totalidad por la proyección urbana, están la serranía de Santa Catarina y la de Guadalupe, con la Basílica a sus pies. Esto le confiere al área un gradiente altitudinal marcado, que va desde los 2,200 metros sobre el nivel del mar en Xochimilco, hasta cerca de los cuatro mil en las faldas de los volcanes. Y en biología, diferencias de altura significan diversidad de biomas. Lo que implica un amplio abanico de nichos ecológicos que explotar.

Igualmente importante es el hecho de que el Valle de México se localiza sobre una frontera biogeográfica. Un territorio en el que convergen dos ecozonas distintas: el neoártico y el neotrópico, cada una constituida por un tipo de biota particular. Dicho de manera sencilla: “La ciudad de la esperanza” se erige sobre una región de transición en la que podemos encontrar representantes característicos de ambas latitudes.

La primera fiera citadina con la que entré en contacto directo fue una enrome araña peluda. Se trataba de un ejemplar de proporciones generosas, pelaje gris espeso y semblante intimidante. En ese entonces yo tendría unos doce años de edad. El pequeño monstruo aterciopelado se anunció, sin mayor advertencia mediante, sobre las rocas que circundaban la casa de mis abuelos. Nos enteramos de su aparición gracias a los gritos de los vecinos: mis papás, ambos científicos, eran requeridos para solucionar la situación. Para mi fortuna, su intervención devino en que yo fuera otorgado con la grata posibilidad de conservar a la hipnotizante criatura dentro de una cubeta por unos días. Aquel encuentro marcó mi vida.

Luego aprendí que México ocupa el segundo lugar a nivel mundial en diversidad de tarántulas, con aproximadamente 66 especies; todas ellas completamente inofensivas para el humano. En la capital es común encontrar ejemplares del género Aphonopelma en lugares como el Pedregal y Tlalpan, al sur, y del género Brachypelma, al oriente de la ciudad.

Nunca supe exactamente a qué especie pertenecía aquel ser de ocho patas que catalizó mi interés por el reino animal. El mundo era muy distinto, la información no se encontraba tan al alcance de la mano. Si el encuentro hubiera sucedido hoy en día, en cambio, habría bastado mandar una fotografía del espécimen en cuestión a los aracnólogos de la Unidad de Manejo Ambiental Tarántulas de México, que ofrecen, a través de su portal de internet, el servicio gratuito de identificación de organismos encontrados alrededor de todo el país.

De las tarántulas no hay nada que temer, como tampoco, por lo general, de los alacranes negros que abundan en numerosas delegaciones de la ciudad.

Pero en el DF existen dos temibles bestias invertebradas que sí representan un peligro latente.

Si son fanáticos de la lucha libre seguramente recordará a Emilio Charles Jr., mejor conocido como El Rey del Biutiful. Un gladiador rudo, rudo, rudo que brilló sobre el cuadrilátero con su melena decolorada. Pero es probable que no estén al tanto de por qué se esfumó de las carteleras. Y es que su destreza en el combate no probó suficiente para confrontar al silencioso enemigo de ocho patas: la terrible araña violinista. Fue una pelea ardua que comenzó con una picadura, al parecer inocua, una tarde del 2010. Horas después comenzaron los síntomas: una llaga rosada apareció sobre la piel, una extraña úlcera cutánea que comenzó a supurar y crecer. Conforme la herida se extendía incrementaban los males: fiebre, fatiga y náuseas, hasta que el luchador terminó en terapia intensiva. Dos años más tarde, la leyenda del ring falleció por fallas renales. Tenía apenas 56 años de edad.

Las arañas del género Loxosceles, llamadas comúnmente violinistas, reclusas o del rincón, poseen un veneno necrótico poderoso que inflama y gangrena el tejido ocasionando una llaga muy difícil de curar. Aproximadamente en el veinte por ciento de los casos, el envenenamiento se vuelve también sistémico, referido como loxoscelismo visceral, y el riesgo de muerte se torna inminente. Lo que complica el asunto es que la picadura no suele ser dolorosa, por lo que muchas veces pasa inadvertida hasta que comienzan a presentarse los síntomas.

La mala noticia es que son arañas domésticas. Suelen habitar en bodegas y áreas oscuras de la casa. No obstante, no son agresivas, los ataques generalmente suceden por accidente. Existen reportes que confirman su presencia en Indios Verdes, al norte de la capital, y en la colonia Santa Úrsula, en el extremo opuesto. Por lo que se podría suponer que en el resto de la ciudad no se han encontrado porque no se les ha buscado debidamente.

La buena noticia es que recientemente un grupo de investigación dirigido por el doctor Alejandro Alagón, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, desarrolló un suero para su tratamiento. El antídoto de cuarta generación fue creado a partir de toxinas clonadas de veneno, lo cual implica que no fue necesario estar ordeñando a miles arañas para obtener la sustancia. Los laboratorios Bioclon ya cuentan con este fármaco inyectable a la venta bajo el nombre de Reclusmyn.

El único otro arácnido defeño cuya picadura resulta en verdad peligrosa es la famosa viuda negra o araña capulina, Latrodectus mactans. De cuerpo lustroso y redondo, con patas casi metálicas y el característico reloj de arena rojo brillante sobre su vientre, posee un veneno neurotóxico que ataca el sistema nervioso y puede llegar a causar la muerte de niños y ancianos. Son frecuentes al sur de la ciudad.

De igual manera que en el caso de la araña violinista, los laboratorios Biclon son los responsables de comercializar el antídoto para picaduras de viuda negra: Aracmyn Plus, el cual también es cortesía del doctor Alagón y su grupo de investigación.

El hecho de que la mayoría de arácnidos capitalinos no sean peligrosos no significa que no puedan llegar a incomodar. En su estudio “Diversidad de arañas asociadas a viviendas en la Ciudad de México”, el investigador del Instituto de Biología de la UNAM, César Gabriel Durán-Barrón, concluyó que en cada casa de la capital mexicana habitan en promedio cinco especies distintas conviviendo con los inquilinos humanos. De las más de mil arañas recolectadas durante esta investigación, la que se encontró con mayor frecuencia fue la patona, Physocyclus globosus, seguida por la falsa viuda negra, Steatoda grossa.

Muchos años después del encuentro con mi primera fiera urbana, tuve un tropiezo que casi termina en tragedia con un tipo distinto de zoología urbana. Cursaba el cuarto semestre de la carrera de Biología y visitábamos el Ajusco, un volcán al sur de la ciudad, para hacer un inventario de los reptiles y anfibios presentes. No habíamos subido mucho todavía, cuando una compañera dio con una víbora de cascabel. La serpiente se hallaba enroscada debajo de un seto de pasto, era pequeña, color café claro con patrones intrincados en rojo vino y mirada amenazante.

Me propuse voluntariamente para atraparla. La academia requería que fuera pesada y medida. No resultó demasiado difícil, el día aún no calentaba y el animal de sangre fría se mostraba con pocas ganas de pelear. Sujeté a la criatura por la cabeza mientras tomábamos los datos correspondientes. Después había que meterla dentro de un saco de lona para pesarla. El problema era que sólo contábamos con sacos pequeños, lo que significaba que había que realizar una maniobra complicada. Había que meter la mano que sujetaba la cabeza del espécimen dentro del saco y después cambiar el agarre por la mano que se encontraba afuera. El nivel de dificultad aumentaba porque la transacción sucedía a ciegas. Nerviosamente comencé la operación y en el momento justo del intercambio de manos sentí un pinchazo en el pulgar. Apreté la mandíbula y terminé la tarea con taquicardia y angustia. Al cerrar el saco la sangre que emanaba de mi dedo se hizo evidente. La maestra palideció. Pero la suerte quiso que ese no fuera mí día. No sentía dolor alguno, por lo que, pasados unos minutos, concluimos que la perforación había sucedido con uno de los dientes inferiores y no con los colmillos que inyectan el veneno.

De acuerdo con Eduardo Cid, veterinario encargado del vivario de la Fes Iztacala, en el DF pueden ser encontradas seis especies distintas de víboras de cascabel. Los bosques de las zonas elevadas, como el Ajusco, son los dominios de la cascabel pigmea, Crotalus ravus, y de la de montaña, Crotalus triseriatus. Mientras que las zonas bajas, como Xochimilco, son el terreno de la cascabel de pantano, Crotalus polystictus, cuyo bello patrón moteado también le ha ganado el mote de cascabel jaguar. Otras especies reportadas son la cascabel de Querétaro, Crotalus aquilus, y la gravemente amenazada cascabel de bandas cruzadas, Crotalus transversus. Pero posiblemente la más destacada sea la que aparece en la bandera nacional: la cascabel de cola negra, Crotalus molossus. Víboras imponentes con escamas triangulares delineadas que alcanzan el metro veinte de longitud y que pueden ser vistas en el pedregal de Ciudad Universitaria.

Todas las mencionadas poseen fosetas termosensibles y colmillos retráctiles que inyectan veneno hemolítico (que literalmente licúa el tejido de sus víctimas) a la manera de una aguja hipodérmica. Esta poderosa toxina es capaz de finiquitar a un adulto promedio en un lapso de cinco horas si no se administra antídoto. Sin embargo, los accidentes mortales en la capital son escasos. Es difícil saber cuántos decesos por mordeduras se dan exactamente; la Secretaría de Salud no lleva un récord del todo confiable, pero es probable que la media no rebase un par de defunciones por año.

Además de las cascabeles, en la Tenochtitlán contemporánea abundan un gran número de serpientes inofensivas, que van desde las Thamnophis, clásicas culebras de agua que se venden en los acuarios, hasta las de hocico moteado del género Salvadora. Quizás la más famosa sea el cincuate o alicante, Pituophis deppei, una culebra color amarillo mango con patrones negros y rojos que puede llegar a medir más de dos metros de largo y a la cual se le atribuye erróneamente que roba la leche de las mujeres en etapa de lactancia. El mito dice que los cincuates se aproximan sigilosamente por las noches, desplazan a la cría sin que mamá se dé cuenta y succionan la teta obteniendo el elíxir nutritivo mientras que entretienen al bebé para que no llore, ofreciéndole su cola como chupón.

Tristemente ésta no es la única creencia popular que resulta desfavorable para los organismos de sangre fría chilangos. A muchas especies se les achacan males potenciales. A los ajolotes, por ejemplo, se les culpa de embarazar a las mujeres cuando se bañan en el lago. Y algunas lagartijas, como Barisia imbricata, son falsamente acusadas de picar con la cola. Esto, en combinación con el activo mercado de mascotas exóticas, ha ocasionado que los números de algunas especies se reduzcan de manera vertiginosa. En prácticamente todos los tianguis de la ciudad es posible encontrar puestos dedicados a la venta informal de animales. Con nombres llamativos como dragón enano vietnamita, tortuga payaso o falso camaleón, se ofrecen reptiles locales colectados de manera ilegal. La explotación ha sido de tal escala que los lagartos cornudos, del genero Phrynosoma, se consideran gravemente amenazados, de acuerdo con datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat).

El problema con los anfibios y reptiles es que no son tan fáciles de mantener en cautiverio como a un hámster. Tienen necesidades específicas de temperatura y humedad, y dietas complicadas de satisfacer adecuadamente. Esto ocasiona que la mayoría de individuos adquiridos de manera irresponsable muera por negligencia o sean abandonados en herpetarios y clínicas veterinarias por compradores arrepentidos. El vivario de la Fez Iztacal, por ejemplo, alberga a cientos de organismos procedentes de tales casos. Especímenes que, por múltiples razones, nunca podrán ser devueltos a la naturaleza y cuya existencia estará condenada al confinamiento por el resto de sus días.

Mi mamá cuenta que cuando era chica abundaban las ranas en el jardín. En los charcos que se formaban durante la temporada de lluvias era posible ver miles de diminutos renacuajos. Y no es que mi mamá creciera en el campo, ni que nos estemos refiriendo a principios de siglo. La casa estaba en una avenida y corrían los años 70s.

Durante el tiempo que ha pasado desde esa escena hasta el día de hoy, se ha manifestado un cambio drástico. Ha sido una debacle imperceptible para el grueso de la población, pero no por ello menos atroz: el apocalipsis anfibio.

La fragmentación del hábitat y la extrema contaminación de los cuerpos acuíferos han diezmado las poblaciones de ranas y salamandras al punto de prácticamente erradicarlas por completo. Algunas, como la rana de Tláloc, Lithobates tlaloci, ya han desaparecido del medio natural; otras, se encuentran en crítico peligro de extinción. Tal es el caso de dos especies endémicas del Valle de México: la rana fisgona de labios blancos, Eleutherodactylus grandis, que sólo puede ser encontrada en el Pedregal de San Ángel y el axolotl, Ambystoma mexicanum, considerado por muchos como el anfibio más sobresaliente del mundo.

El semblante del ajolote es difícil de olvidar. Su aspecto remite a un ser arcaico, propio de un mundo perdido o de una película de ciencia ficción. Es un organismo casi milagroso, dueño de los secretos de la eterna juventud, gracias a su carácter neotérico y poseedor de una capacidad regenerativa remarcable. Al verlo flotando en el agua se tiene la sensación de que la evolución con él se portó un poco más imaginativa que con el resto de seres vivos, moldeando a través de los años a un ente casi surrealista. Por eso es que alarma tanto saber que los últimos representantes de este emblemático anfibio mexicano hoy batallan por sobrevivir en los canales de Xochimilco.

La primera vez que escuché que en el aeropuerto de la Ciudad de México se utilizaban halcones entrenados para limpiar el espacio aéreo de otras aves que podrían presentar una amenaza para las aeronaves, pensé que me estaban choreando. Un amigo me lo dijo así: “¿Sabes de qué magnitud sería el impacto generado por la colisión de un avión, que se desplaza a 700 kilómetros por hora, contra una parvada de palomas que vuelan en dirección contraria? Los pinches pájaros serían como granadas. Por eso es que los asustan empleando aves de presa”. Resultó que era cierto, tanto en la capital como en varios otros aeropuertos del país la estrategia es puesta en práctica cotidianamente.

El amigo que me contó esto se llama Jerónimo Berruecos, un biólogo experto en biogeografía y posiblemente una de las personas que más sabe sobre la biota de la capital. Era él y nadie más a quien tenía que recurrir para preguntarle sobre las especies que componen el emblema nacional: la poderosa ave que devora a una serpiente posada sobre un nopal, leyenda clásica de la fundación de Tenochtitlán y por consiguiente del DF.

El consenso generalizado, avalado por la Secretaría de Gobernación en el segundo capítulo de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional, es que las especies que integran el lábaro patrio son un águila dorada, Aquila chrysaetos, y una serpiente cascabel de cola negra, Crotalus molossus. Con respecto a la serpiente no parece existir mayor debate, sin embrago, desde los años 70s, algunos ornitólogos destacados, como Rafael Martín del Campo, han cuestionado la identificación del ave o, al menos, lo han hecho con respecto a aquélla que pudo haberse presentado frente a los migrantes provenientes de Aztlán.

El principal problema mencionado tiene que ver con la distribución natural y los hábitos del ave en cuestión. Las águilas doradas son típicas del hemisferio norte, particularmente de los ecosistemas de alta montaña; se han registrado pocos avistamientos de la especie más al sur que Sonora y,aún cuando sería teóricamente plausible que algún ejemplar despistado haya llegado a aparecerse por el barrio mexica, lo más factible es que no hubiera descendido hasta los islotes del valle y mucho menos detener su vuelo sobre una cactácea. El segundo problema es la relación de tamaño: “O se trataba de una águila bebé o de una serpiente gigante”, dice Jerónimo. Las águilas doradas son animales corpulentos, su envergadura rebasa con facilidad los dos metros de largo con las alas extendidas. Por lo que, si tomamos en cuenta que las cascabeles de cola negra rara vez sobrepasan el metro veinte de longitud, se hace evidente que existe un conflicto de escala.

¿Y entonces qué es? Martín del Campo piensa que podría tratarse de un quebrantahuesos mexicano, Caracara cheriway; un ave de presa de tamaño mediano que antiguamente predominaba en la cuenca del Anáhuac. Jerónimo, por su parte, opina que la identidad del plumífero patriótico responde más probablemente a la de un gavilán. Considera que podría ser o bien una aguililla de cola roja, Buteo jamaicensis, o una aguililla de Harris, Parabuteo unicinctus, ambas especies también referidas comúnmente como halcones y de presencia habitual en el Valle de México.

Es posible avistar representantes de estos dos tipos de rapaces en varias delegaciones de la ciudad, como en Coyoacán, Iztapalapa y Tlalpan.

En total están reportadas aproximadamente 350 especies de aves en el DF, de las cuales alrededor de cuarenta por ciento son migratorias y el resto, residentes. Colibríes, garzas, zanates y carpinteros. Pero posiblemente el más especial sea el gorrión serrano, Xenospiza baileyi, ya que es endémico de la capital y que actualmente sólo habita en algunos pastizales de Milpa Alta, al sureste de la ciudad.

Probablemente los animales más afectados por el trepidante desarrollo urbano, además de los anfibios, sean los mamíferos de mayor tamaño. En el sentido de que requieren de territorios extensos de vegetación para poder sobrevivir. Son ya más bien escasos los registros de gato montés, venado y coyote en las zonas adyacentes al DF, y prácticamente nulos los de puma, oso negro y lobo que hasta los años 50s aún era posible encontrar merodeando por las distintas serranías.

El cacomixtle, Bassariscus astutus, un curioso animal nocturno que parece una mezcla entre mapache y gato con larga cola anillada, figura entre nuestros animales más connotados. Aunque antes era usual verlos en toda la ciudad, ahora básicamente sólo habitan en el Bosque de Chapultepec, la reserva de la UNAM y áreas periféricas como el Desierto de los Leones. Tampoco es tan común encontrar al resto de mamíferos medianos oriundos al Valle de México: armadillos, mapaches, tejones, zorrillos, comadrejas y tlacuaches (también conocidos como zarigüeyas, únicos marsupiales presentes en el nuevo mundo).

Quizá las musarañas no sean muy conocidas. Sus hábitos fosoriales y carácter esquivo las mantienen lejos de la luz pública. Pero es relevante mencionarlas pues son los mamíferos carnívoros más pequeños que existen. También habría que enlistar al teporingo o zacatuche, Romerolagus diazi, un pequeño conejo de orejas chiquitas endémico del área de los volcanes.

Los murciélagos están representados en la capital, de acuerdo con Laura Navarro Noriega —coordinadora del área de educación y comunicación ambiental del Programa para la Conservación de Murciélagos en México— por dieciséis especies. Algunos utilizan los túneles del drenaje profundo y el metro como guarida; otros pasan el día escondidos en cuevas y árboles o en edificios y estructuras de anuncios espectaculares. Muchos de ellos prestan servicios ambientales importantes para la ciudad: los que se alimentan néctar, por ejemplo, polinizan a las plantas. Y los insectívoros limpian las calles de bichos. Podrá sonar como algo poco remarcable, pero hay que tomar en cuenta que un murciélago hambriento puede devorar hasta tres mil insectos por noche.

Por último queda nombrar a un animal tan abundante en la megalópolis que sus números superan con creces a los de la población humana. Jorge Francisco Monroy, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, estima que por cada ciudadano capitalino existen aproximadamente diez ratas. Lo que implica que compartimos la ciudad con más de 200 millones de roedores. Alejandro Velasco Said, médico veterinario del Centro Antirrábico del DF, afirma que esta situación es como estar sentados sobre una bomba de tiempo. Y que lo peor es que no estamos haciendo nada concreto para desactivarla. Una posible solución, al menos desde mi punto de vista, sería dejar de matar a las serpientes para que ellas se ocupen del resto.

No podríamos cerrar este breve catálogo de bestias urbanas sin mencionar qué hacer en caso de un encuentro afortunado o desafortunado, según sea el caso, con fauna silvestre en la Ciudad de México.

La Brigada de Vigilancia Animal es el órgano correspondiente de la policía encargado de brindar auxilio en tales instancias. Aunque generalmente lidian con denuncias de tráfico, maltrato o gatos que se trepan a los árboles y ya no saben cómo bajarse, el personal también está capacitado para manejar fieras salvajes. Aproximadamente veinte por ciento de las llamadas que atienden anualmente tienen que ver con los organismos mencionados en este artículo.

“Me llamo Ulises Geovani Rodríguez Silva. 27 años. Me dedico a la zapatería, enderezado y pintura. Estoy acompañado con Roxana Abigail González. No tengo hijos. Soy de Santa Ana. Estaba viviendo en el pasaje San Carlos del Bulevar de Los Héroes de San Salvador. Estudié hasta octavo grado”.

Ulises es un muchacho seco y chele, con tatuajes que cubren gran parte de su brazo izquierdo. Roxana está a su lado, callada, cabizbaja, morena, manos atrapadas entre las piernas, 21 años, de un cantón de Chalatenango, ama de casa, con estudios hasta noveno grado. Una muchacha bajita regordeta que no sabe el nombre de su papá. Cuando se lo preguntan, calla y niega con la cabeza. Ambos están esposados y sentados a la par de su abogado defensor en la sala 2A del Centro Judicial Isidro Menéndez de San Salvador, donde el juez tercero de sentencia de la capital dicta sus sentencias.

“Sí, deseo declarar”.

Ulises ha dicho eso a pesar de que el juez le acaba de explicar que no está obligado a declarar, que él es inocente hasta que se demuestre lo contrario, que hoy, 7 de marzo de 2016, está en esta sala para escuchar las pruebas y a los testigos, y también para escuchar a su defensor poner a prueba esas pruebas. El abogado es un abogado público, un hombre con poco tiempo para cada caso. Hay defensores públicos que tienen hasta 60 audiencias cada mes. Un homicidio, cuatro homicidios, 15 homicidios, una violación, cuatro violaciones, diez violaciones, 20 robos, cinco secuestros… 60 audiencias, 30 días. Hasta el momento, el defensor público de Ulises y Roxana solo ha pedido que le permitan que sus defendidos se sienten a su lado. Ulises y Roxana habían sido sentados atrás, como si fueran público de su propio juicio. Luego, el abogado dijo que se acababa de enterar de que su defendido quería declarar y que por tanto ya no tenía sentido defenderlo. “Usted tiene que orientarlo”, replicó el juez. El defensor, revoloteando unos papeles, dijo: “Eeeh… Todo va orientado a la inocencia de mi defendido… Hay sucesos que se dieron ahí… Con eso y otras cosas más trataríamos de contradecir a la Fiscalía”. ¿Qué es “Eso”? ¿Qué “Otras cosas más”? Tras cuatro meses asistiendo a juicios de homicidio en este país he entendido que en muchas ocasiones se dice por decir, se retuerce para aparentar. Donde la honestidad obligaría a decir “señor juez, no tengo ni idea de quién es este señor, pido tiempo para enterarme”, se dicen, por decir algo, palabras como “señoría… defendido… sucesos… acaecidos… contradecir… Fiscalía”. O sea, nada. Dicho lo que dijo el juez, Dicho lo que dijo –o sea, nada- el defensor, le tocó el turno de decir al acusado Ulises.

“En primer lugar, quiero reconocer de que he estado recluido algún tiempo. Estando detenido he leído la biblia. Estudiando la biblia los meses que estuve detenido logré comprender la justicia terrenal y la divina. Mi compañera de vida, al lado mío, ha sido encarcelada por algo que no tiene nada que ver”.

Ambos están acusados de haber matado a un hombre el 12 de mayo de 2015 adentro de una casa de la urbanización San Jorge, a eso de las 10 de la noche, a unos metros del Bulevar de los Héroes, de los restaurantes de comida rápida y el campo de atracciones “El Mundo Feliz”.

“La situación del homicidio, sí lo cometí. Sí cometí ese delito de homicidio por cuestiones personales con el señor Armando Peña Tobar”.

La teoría expuesta por la Fiscalía afirma que Ulises regresó con unos tragos adentro, entró a la casa donde alquilaba un cuarto, apuñaló decenas de veces a su casero de 64 años, con la ayuda de Roxana. La teoría fiscal dice que Marte II, que es un testigo protegido, escuchó el siguiente grito: “te voy a matar, te voy a sacar un ojo”, y entonces se asomó. Esta versión propone que Marte II combatió con Ulises, le quitó el cuchillo, y que Ulises le dijo a su mujer que le alcanzara la .3280 (sic), que ella le alcanzó un bulto pequeño, y que él la empuñó como una pistola y le advirtió a Marte II que o abría la puerta o moría ahí mismo a la par de Armando. Que la pareja, antes de dejar la casa ensangrentada, tomó un televisor plasma de Armando y huyó. La teoría de la fiscalía dice que Marte II avisó a los vigilantes privados que custodiaban ese pedazo de ciudad, y que por suerte una patrulla policial del 911 pasó. La versión consigna que entonces la patrulla aceleró y logró encontrar a Ulises y a Roxana caminando desorientados en el parqueo del restaurante de hamburguesas Wendy’s. La investigación fiscal asegura que ante su inminente captura, Armando y Roxana se rinden. Son capturados como manda la ley y trasladados a diferentes centros de detención.

“Tengo una situación, una enfermedad siquiátrica. Acá está la receta del Hospital Siquiátrico donde me llevan mes a mes para comprar mi tratamiento diario”.

El papel lo saca Ulises. El abogado defensor ve a su defendido como quien ve a alguien realizar un truco de magia.

“Esos meses –alrededor del homicidio- no la pude ir a traer por la situación de que yo soy un ex pandillero. Tengo ocho años de haber dejado la pandilla a la cual pertenecí. El Hospital Siquiátrico está en medio de ambas pandillas. Entonces, no podía poner en riesgo mi vida, no estuve tomando mi tratamiento siquiátrico”.

Para llegar al Siquiátrico es necesario ir a Soyapango. En Soyapango, durante 2015, la tasa de homicidios fue de 81 por cada 100,000 habitantes. Fue una tasa brutal que superó incluso a la tasa del segundo país más violento de la región, Honduras. Sin embargo, la mortal tasa de Soyapango fue mérito en un país como este, que cerró el año con 103 homicidios por cada 100,000 habitantes. Uno de cada 972 salvadoreños fue asesinado en este paisito que cabe unas cuatro veces en el paisito de Guatemala. Para llegar al Siquiátrico hay que internarse en la calle La Fuente, a la altura de Unicentro. Hacia adentro empieza una de las concentraciones de colonias más emblemáticas por el control que las pandillas ejercen sobre ellas. Es un nudo de concreto armado sin esmero que se reparte la Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 Sureños. Bosques del Río y San José, bastiones de la 18; Guayacán, Montes, Monte Blanco, El Pepeto, bastiones de la MS. En la calle La Fuente suele ocurrir que pandilleros de ambas organizaciones suben a los buses que pasan por sus colonias, bajen a los jóvenes y les piden el documento de identidad para saber si viven en su zona o en la otra. De esa dirección y del interrogatorio dependerá la severidad de la golpiza o, incluso, la vida. Un joven en camisa polo con el logo de su empresa, pantalón de vestir, zapatos lustrados y pelo engominado corre riesgo de ser revisado, desnudado, interrogado en la calle La Fuente. Un joven como Ulises, tatuado de los brazos, enemigo de la MS y retirado del Barrio 18, es un hombre muerto caminando en la calle La Fuente.

“Mi enfermedad es la esquizofrenia paranoide”.

Sin mucho esfuerzo, esto dice en la web la Medciclopedia sobre esa enfermedad: “forma de esquizofrenia caracterizada por una preocupación persistente, con delirios ilógicos, absurdos y cambiantes, habitualmente de naturaleza persecutoria, de grandeza o de celos, acompañados de alucinaciones”.

“Quiero dar detalles, porque cuando ocurrió, mi compañera de vida estaba dormida. Lo que dijo el criteriado, en parte tiene razón y en parte está mintiendo”.

El criteriado es el testigo Marte II. Todos en la sala sabemos quién es Marte II. “Vivía en el cuarto contiguo a nosotros”, dirá Ulises. Tres jueces me aseguraron que las medidas ordinarias –distorsionar tu voz como la de un ratón o de ultratumba, ponerte un camisón negro y una capucha, permitirte declarar tras un biombo y darte un nombre clave- no protegen a nadie en casi ningún caso. El asesino sabe quién lo delató. El secuestrador lo sabe. El violador lo sabe. Los tres jueces coinciden en que la medida es solo una manera de darle seguridad al testigo, de que no vea al victimario y se sienta más confiado al hablar. En otras palabras, las medidas ordinarias son un mecanismo de engaño para los testigos que se atreven a acusar. Son pequeños detalles que llevan al testigo a pensar que todo está bien porque su voz se hace cavernosa en la sala; que no hay problema, porque viste, en negro, un modelito como los del Ku Klux Klan; que el biombo es un sólido escudo entre él y el asesino. Un fiscal de homicidios, cuyo trabajo depende de esos encapuchados, lo definió así: “ser testigo en este país es joderse la vida”.

“Los hechos sí sucedieron, su señoría, me hago cargo del homicidio, porque maté. Nunca existió la posibilidad de quererle robar, en el departamento él tenía una laptop, las llaves de un vehículo. Mi intención nunca fue robarle, pero sí lo maté, por la situación de que hubo roces. Tengo esquizofrenia, soy muy impulsivo, veo cosas que no existen. No recuerdo ni qué me dijo, solo que me insultó. Yo abrí la puerta y encuentro a Roxana Abigail dormida. Ella tiene un plasma encendido, que es el plasma que dicen que me robé. Yo llegué de noche. Yo solo escuchaba los gritos. A mí se me descontrola un poco la mente, como le digo”.

Es sorprendente la quietud de Roxana. No se mueve. No saca las manos de entre las piernas. Es sorprendente, sobretodo, por lo que sabremos luego.

“Teníamos un problema (con Armando Tobar) con los $200 que se le pagan al mes. Yo tenía 12 días de haberme venido a vivir ahí. Él empezó a decirme… Él quería que yo pagara más por la utilización de la red. (La red) era de un cuarto aledaño. Le dije que dejara de molestar, que yo tenía problemas siquiátricos. Ella se quedaba siempre dormida con sus auriculares, oyendo música. Volví a salir, le dije que no hiciera bulla, que ella estaba dormida. Pero ahí yo ya salí con el cuchillo en la mano. Le dije que por favor se callara, que mejor le iba a desocupar el cuarto. Uno también es celoso. Le dije que no hiciera bulla, que mañana íbamos a platicar. ‘¿O sea que me querés amenazar? No te tengo miedo’. Y empezaron los insultos. Viendo el desafío, uno de hombre y con mi tratamiento siquiátrico, empecé a atacarlo con el cuchillo. Quiso quitármelo. En ese momento yo sabía que era él o yo. De ahí los arañazos que tengo en el cuello. Forcejeamos y empecé a apuñalarlo. ¿Cuántas veces? No sé, porque ya uno airado… Lo apuñalé muchas veces. Me manché de sangre por completo, porque estaba vestido con pantalón y camisa manga larga. Mi situación era no dejar de apuñalarlo, porque él me tenía abrazado y no me soltaba, y como era algo fornido… Hasta que ya me soltó fue que cayó al suelo”.

El testigo Marte II asegura que él salió al escuchar los gritos, que vio el cuerpo ensangrentado y muerto de Armando y que vio el cuerpo de Ulises untado con la sangre de Armando. Marte II asegura que él también forcejeó con Ulises, pero que en su caso, él ganó y pudo quitarle el cuchillo. Marte II asegura que al vencer a Ulises, lo dejó ir y luego pidió auxilio al vigilante y a la Policía.

“Cuando salió el criteriado, me dijo: ‘ey, ¿qué estás haciendo?’ No hallé qué responder, solo le dije: ‘ándate, no te quiero matar, vos no me has hecho nada, no te quiero matar’. Él me dijo: ‘entregame el cuchillo’. Yo se lo he entregado con mis propias manos, nunca ha forcejeado conmigo. El criteriado dice que yo lo quise amenazar. Es raro, cuando don Armando era una persona fornida, el criteriado es delgado y ya de avanzada edad. Me hubiera sido más fácil matar al criteriado que a alguien ya… Por decirlo así, más fuerte. Yo le he dado el cuchillo. Él me dijo que me salga, yo le dije que no, que mi compañera estaba dormida en el cuarto… Nunca amenacé al testigo. No le quité la vida porque no me había hecho nada. Mencionan una .3280. Ese calibre nunca ha existido en calibre de arma. Sí existe la .3220 y la .380. Armas no han encontrado. Es otra de las mentiras del criteriado”.

Efectivamente, la .3280 no existe. Hay revólveres .3220 –mejor conocidos como .32-, y definitivamente hay .380. En El Salvador, el país más homicida del planeta, se registran 11,000 armas de fuego cada año, desde 2010. O sea, cada día unas 30 nuevas armas andan en manos de los salvadoreños en las calles de este país de 6.5 millones de personas. Ninguna de esas armas, obviamente, es una .3280.

“Ella no ha escuchado nada, porque sigue acostada en la cama. He entrado al cuarto a despertarla, la he movido, ahí es donde la he manchado de sangre. Ella se despertó asustada. Me preguntó que qué pasaba. Le dije que no preguntara, porque no le iba a contestar… O sea, que ella ahorita se está dando cuenta que sí, yo maté al individuo. Hasta la fecha, nunca se lo había confesado a ella. Necesitaba de valor y de conocer la palabra de dios. Si yo mintiese, del juicio de dios no me puedo escapar. Por temor a dios es que yo he venido a declararme culpable y pedirle que puedan absolver a mi compañera de vida, porque yo manché de sangre el vestido de ella”.

Roxana, la muchacha de un cantón de Chalatenango, a sus 21 años, ha pasado casi un año de su vida encarcelada sin entender por qué. Quizá intuyó que aquella sangre su pareja se la sacó al hombre en el suelo, pero nadie le había explicado por qué ella estaba presa, qué tenía ella que ver con aquel homicidio. Ella ha pasado un año encarcelada luego de despertar abruptamente, manchada en sangre. Su tiempo en una prisión como la de Ilopango, con un hacinamiento superior al 400%, terminará hoy, porque su pareja entendió que o hablaba o su mujer iría a la cárcel. La Fiscalía la acusa de homicidio simple. El defensor público parece interesarse tanto por este caso como un caníbal en un plato de verduras. En este sistema de (in) justicia donde solo uno de cada 10 homicidios llega a juicio, Roxana solo tenía una posibilidad de quedar libre: que su homicida novio decidiera confesar.

“Yo sé que voy a ser condenado porque cometí el delito. Yo a ella tenía 12 días de haberla conocido… Nos conocimos y nos quisimos acompañar. El único error de ella fue haber estado a la hora equivocada en el lugar equivocado, y el único delito de ella fue haberse acompañado conmigo, pero ese no es un delito ante la ley”.

La Fiscalía también sostiene que Ulises robó un televisor.

“Yo le dije a ella: ‘han matado a don Armando, no pregunte, vámonos’. Y agarré mi televisor plasma de 32 pulgadas y 40 dólares que ella tenía en una mochilita. (En la oficina de don Armando) había una minilaptop, las llaves de una camioneta…”.

Ulises no será condenado por ningún robo en el tribunal, tras casi un año de investigación. Ulises y Roxana serán condenados como ladrones por los medios de comunicación sin ninguna investigación. “Con la idea de obtener unos ingresos extras, un anciano de 64 años, puso en alquiler tres habitaciones su (bis) residencia ubicada en San Salvador, pero nunca imaginó que su inquilino lo mataría al intentar robarle sus electrodomésticos y sus pertenencias personales”, fue el primer párrafo de Diario 1 publicado luego del juicio. A pesar de que la nota cierra diciendo que Roxana fue absuelta “por falta de pruebas”, le dedican este párrafo: “Sin embargo, la noche del 12 de mayo pasado, Rodríguez Silva, había consumido bebidas alcohólicas en compañía de una mujer que responde al nombre de Abigail Villanueva, de 20 años. Ambos sujetos planearon robar electrodomésticos en la vivienda del adulto mayor, pero según su declaración, no pensaban asesinarlo”.

“Yo he salido a buscar un taxi con tal de que me llevara a Santa Ana, Mi intención era parar un taxi, darle el plasma y que me llevara a Santa Ana. Mi compañera, sin saber lo que pasaba… No sé qué pasó en la mente de ella, yo la levanté con mis manos llenas de sangre. Cuando vi la patrulla, me he tirado al suelo”. El Diario La Página habló en su nota luego del juicio de “la pareja de atacantes” y tituló: “testigo relató cómo un sujeto le dio 50 puñaladas a su víctima para robarle un televisor”, a pesar de que Marte II no relacionó el asesinato con el robo.

Luego de la declaración, la Fiscalía insistirá en que “la ropa indica que Roxana participó”. Se consignará que el cuerpo de Armando tenía 50 puñaladas. El defensor, coherente con el desinterés mostrado desde el inicio, solo repetirá algunas de las cosas que Ulises confesó. Su estrategia de defensa era ver qué pasaba. A Marte II solo le preguntó que de dónde bajó Roxana. Marte II, con ayuda del juez, tuvieron que hacerle ver al abogado defensor que nadie bajó de ningún lado, porque la casa es de una planta. El juez, dando crédito a la confesión de Ulises y a su tratamiento siquiátrico, le dará una pena mínima por homicidio simple: 10 años, y otros 3 por amenazas a Marte II. Respecto a Roxana, dijo: “No se ha demostrado la participación que cometió”. Absuelta. Antes de que la sentencia fuera dictada, Ulises pidió una última cosa. El juez no se la concedió. Dijo que no le correspondía a él, y Ulises fue conducido hacia el penal del que salió para venir a este juicio.

“Solo un favor quería pedirle a su señoría: hice una solicitud de traslado de penal. Me tenían con régimen de protección, porque la población adentro no me recibe. Yo ya llegué cuatro veces a ese penal, porque hice una condena anterior. Me han hecho amenazas… Como solo son mareros, más que todo. Ahí tengo enemigos que fueron de la calle, va. Yo hace ocho años anduve activo. Solicito mi traslado por motivos de seguridad al penal de San Vicente, el único penal donde no tengo problemas. Ya me amenazaron de que me van a matar. Ayer, día domingo no hicieron nada por respeto a la visita. Me haga el favor… si me pueden tener de mientras acá en las bartolinas para no poner en riesgo mi vida. Y, por lo demás, me considero responsable del delito. Nada más. Muchas gracias”.

Los niños corren a toda prisa por el patio del kínder, mientras Jesús Manuel Díaz permanece quieto en una esquina. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de un uniforme dos tallas más grande, que la escuela le ha prestado para que pueda asistir a las clases. Los zapatos que lleva, igualmente grandes, tampoco son suyos. Los demás alumnos gritan y juegan como si fuera el último día para hacerlo hasta que la maestra les ordena que se formen. Todos obedecen, pero Jesús Manuel se cae un par de veces al correr para llegar a la fila. Guadalupe Cadena, la directora de preescolar de la Escuela César Augusto Herrera Romero, lo señala y dice: “Es por desnutrición. Siempre se está cayendo”. Los niños se forman por estaturas y Jesús Manuel se pone hasta delante en la fila de la derecha. El grupo grita “buenos días” al unísono y después canta el himno nacional. Jesús Manuel mira con sus grandes ojos hacia otro lado, sólo tararea unas estrofas en voz baja y pierde el compás, pero nadie le dice nada. Sus compañeros apenas lo miran. De repente se queda callado. A sus tres años, Jesús Manuel habla muy poco y tiene problemas para vocalizar. Le cuesta ir al baño solo. Se pelea a veces con los otros alumnos. Aprende lento. Su maestra insiste en que no come bien.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un moreno de piel curtida, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el sexto de siete hermanos, sólo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Estación Chontalpa, un pequeño pueblo de Huimanguillo, el municipio más pobre del estado de Tabasco (179,285 habitantes), donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (cuatro hombres y tres mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a mendigar en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel. El último recuerdo feliz de Juan Manuel Díaz con su familia, años antes de que naciera su hijo, fue una tarde de risas con sus tres hermanos y un cartón de cervezas.

Aquella tarde, al dispersarse la reunión familiar, Juan Manuel prolongó su felicidad en una cantina. Un hombre se le acercó cuando bebía una cerveza más en la barra y le preguntó:

—¿Tú no eres hermano del que se mató en la curva?

Juan Manuel se molestó con su interlocutor y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía. Había estado con su hermano esa tarde. Era imposible que se hubiera suicidado.

—Ve y mira que no te miento —le dijo el hombre.

Juan Manuel salió a toda prisa de la cantina. Al llegar a la curva, los vecinos se arremolinaban en la puerta de la casa de su hermano Jesús. La rutina del pueblo se había roto de repente y los rumores empezaban a propagarse. Se decía que Jesús había encontrado a su mujer en la cama con otro hombre. Que los dos amantes escaparon y que Jesús perdió la cabeza. Lleno de ira, golpeó con el puño una mata de nance en la orilla de la carretera. Después entró de nuevo a la vivienda. Agarró una cuerda de medio metro y se colgó del techo. Juan Manuel vio el pequeño cuerpo de su hermano —1.50 metros de estatura— sin vida, ahorcado, con un golpe en la frente.

Con el paso del tiempo, la pregunta sobre su hermano cambió por completo: “¿No eres hermano del muchacho que mataron?”, le decía la gente del pueblo. Y hasta hoy la sospecha sigue en la mente de Juan Manuel. “La mata de nance lastima, y no tenía la mano lastimada. Ni marcas. Tenía un golpe en su frente. Yo creo que lo mataron. Supe de la persona que salió del cuarto ese día. Y me mira temeroso. Porque yo en el cuerpo de mi hermano le juré que, si algún día yo supiera del cabrón, lo chingaba, me la iba a cobrar. Pero yo no estoy seguro de que esa persona haiga sido. Se lo dejo a Dios, que haga su obra. Esa persona se volvió religiosa, llega mucho al templo. Si se arrepintió, que Dios lo perdone.”

La mujer de Jesús estaba embarazada. Vivió durante dos años más en Chontalpa hasta que murió de una enfermedad desconocida. La niña, que ahora tiene tres años, quedó al cuidado de su abuela materna. Juan Manuel visita a su sobrina de cuando en cuando. Dice que deambula por las calles del pueblo descalza, que nunca va a la escuela. “Anda desamparadita y cualquiera puede abusar de una niña”. Jesús era el hermano más cercano de Juan Manuel. Iban juntos al parque, a recoger leña, al centro de la ciudad. “Mi hermano se murió. De corazón me gustaría darle a su hija, pero no puedo. Él era mi mejor hermano, si él me escucha, sabe cuánto nos quisimos.” El resto de los Díaz Salazar, poco a poco, se han marchado de Chontalpa, como lo hace gran parte de la población. Tabasco es uno de los cinco estados con mayor migración hacia Estados Unidos. También lo es a nivel interno. De acuerdo con el Censo de 2015, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), unas 67,690 personas emigraron de Tabasco para vivir en otra entidad de la República como Quintana Roo (30%), Campeche (13%), Veracruz (13%), Chiapas (8%) y Yucatán (7 por ciento).

Así lo hizo el padre de Juan Manuel, quien fue el primero de los Díaz Salazar en ejercer el multiempleo. Primero fue tractorista, luego cortó limón —la principal actividad económica de la región— y recogió leña para venderla. Hace un año sus ingresos no eran suficientes para comer y, junto con su esposa, migró a Veracruz. Allí también llegaron un hermano y una hermana. Guadalupe, la más pequeña, se fue lejos, y Mercedes, “más lejos”. Otro de los Díaz Salazar encontró acomodo en Cozumel. Sólo María, religiosa, se quedó en el pueblo, pero apenas tienen relación. “No quiero hablar mal de mi hermana, pero no sé dónde tiene la religión. Insulta a su madre, la ofende”, dice Juan Manuel. Él es el único que ha permanecido en el pequeño terreno al lado de las vías del tren donde todos se criaron. Vive con su pareja, Janette, y sus dos hijos, Daniel, un bebé de seis meses, y el mayor, Jesús Manuel, a quien llamó así en honor a su hermano.

***

A Janette le gustaba ir a la iglesia y contarle a su madre cómo creía que Dios las ayudaba a comer lo poco que comían, cómo las protegía a pesar de las dificultades. Pero a ella nunca le gustaron esas palabras. “Ella prefería al Diablo de abajo”, dice Janette con su hablar entrecortado, mientras le da palmadas en la espalda a Daniel para que no llore. Un día la madre agarró una biblia y la hizo pedazos frente a ella. Era muy habitual que zarandeara a su única hija, la golpeara, la arrastrara y la empujara contra el refrigerador. “Nunca me enseñó a limpiar, ni a trapear, ni nada. Me enseñaba a madrazos”. Janette, una mujer esquelética de rasgos muy marcados, luce todavía cicatrices en las orejas y dice que debajo de su melena de pelo fino tiene una marca que le cruza el cráneo desde el frontal hasta la parte posterior. Más allá de las marcas que pueblan su menudo cuerpo, le duelen las otras que no se cierran nunca. Recuerda con angustia que, siendo una niña, si quedaba alguna mancha en la ropa que limpiaba, su madre tiraba todas las prendas a la tierra para que empezara de nuevo. “Era una niña, no sabía qué hacer”, se justifica mientras Juan Manuel escucha una historia mil veces contada. La única explicación que recibía cuando preguntaba el porqué del maltrato era que se parecía a una tía suya con la que su madre se llevaba mal. Janette no conoció a su padre. Vivía con su padrastro, mecánico de profesión, que nunca se interpuso entre los golpes. Fueron los vecinos de aquella comunidad de Veracruz donde nació los que se cansaron de que la golpearan. Demandaron a la madre y acabó en la cárcel.

—¿Por qué me hiciste eso? —le inculpaba la madre cuando salió de prisión.
—Yo no hice nada. La gente se cansó de que me pegara. Yo le decía a usted que eso estaba muy mal —le respondía Janette.

La niña regresó a su casa después de estar internada en las instalaciones del DIF. Las autoridades le aseguraron que su madre había cambiado. Después de dos meses de calma, “volvió a perder los nervios” y continuó maltratándola. Era diciembre. Janette se escapó de casa. Tenía 12 años.

Sin siquiera un suéter para protegerse de la lluvia, se dirigió a una cantina. “Dile a mi mamá que la quiero mucho pero por lo que me está haciendo no voy a la casa. Si me quiere buscar no me va a encontrar”, le dijo a la cantinera. Le pidió 20 pesos para comer algo y luego buscó una vivienda y se metió a hurtadillas. La señora de la casa la descubrió:

—¿Qué haces aquí, no tienes casa? —le preguntó.
—Sí tengo, pero ya sabe cómo me maltrata —le respondió.

La señora le ofreció un lugar para dormir y, al día siguiente, protección. La madre y el padrastro salieron a buscar a Janette por la comunidad hasta que la encontraron en la casa. La señora no la entregó y amenazó a la madre con denunciarla de nuevo si trataba de llevársela. Unos días después, Janette le agradeció a su benefactora y se dirigió al taller mecánico de su padrastro para recoger una pequeña maleta con mudas. Aprovechó que él y su madre estaban en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Se alistó y fue en busca de un conocido de la familia que de vez en cuando pasaba por la casa para comer un taco. Le dijo:

—¿Sabe qué? Creo que me tengo que juntar con usted.

La llevó a un pequeño rancho. Ella le dijo que sólo se quedaría con él porque no tenía a dónde ir. “Pero me dijo: ‘Tú no vas a estar conmigo, nomás’ ”. Quería abusar de ella. Janette sólo pensó: “Ya ni modo. Tengo que dejarme de todo”.

Janette dejó de ser una niña al lado de ese hombre, con el que mantuvo una relación durante siete años. Tuvieron una niña, “güera, muy bonita”. Después de deambular por Oaxaca, llegaron al terreno de los Díaz Salazar en Estación Chontalpa. Se acomodaron en la parte trasera de la casa familiar, una estructura que apenas estaba cubierta de nailon, al lado de las vías del tren por donde todos los días pasa La Bestia, el tren de mercancías en el que al menos cada año unos 500,000 migrantes se suben en su camino a Estados Unidos. Él tenía 43 años. Era el primo de Juan Manuel.

***

Así se conocieron Juan Manuel y Janette: él anclado al terreno infértil en el que creció, ella en una huida hacia ninguna parte. Los dos intentaban esquivar “los golpes de la vida”, repite Juan Manuel, en Estación Chontalpa, una villa, frontera con Chiapas, que nació alrededor de las vías del tren con bares, comercios, hoteles y gasolineras para aquellos que pasaban por ahí cuando el ferrocarril todavía funcionaba. Chontalpa, la tercera población de Huimanguillo, conserva los rezagos de esa industria prometida a pesar de que ahora sólo pasa el tren de mercancías. El único rastro que deja estos días alrededor de las casas humildes de concreto y madera son los migrantes centroamericanos a lomos de La Bestia que esquivan los controles situados a unos kilómetros de este pueblo rodeado de campos ganaderos y plantíos de cítricos. En México sólo circulan dos trenes. Uno con mercancía en los vagones y humanos en el techo. El otro es uno turístico que va de Sinaloa a Chihuahua por los cañones del Cobre. El tren de mercancías tiene tan poco impacto económico en la zona actualmente que las autoridades quieren cambiar el nombre de Villa Estación Chontalpa por sólo Villa Chontalpa, que además se ha convertido en una de las zonas de mayor riesgo para los migrantes por el control del crimen organizado en la zona. La ruta del tren recorre estaciones ferroviarias de tres estados: Tabasco, Chiapas y Veracruz, por lo cual este sitio se ha convertido en una zona con altos índices de secuestro, robo, contrabando y tráfico de migrantes. Cada semana, aquellos que se suben al tren se bajan antes de la estación y se esconden entre los matorrales en busca de refugio. En alguna ocasión, Juan Manuel y Janette han compartido una tortilla con algún migrante que pasa por ahí o lo han dejado pasar la noche con ellos.

Varias familias se asentaron en los terreros propiedad del ferrocarril y montaron sus casas de madera alrededor de la maleza, colgándose de la electricidad pública y tomando agua de los pozos de la zona. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 73% de las viviendas en el municipio de Huimanguillo no tienen disponibilidad de servicios básicos. En Chontalpa, con 5,148 personas, existen al menos 1,259 hogares, según información municipal. De estas viviendas, 47 tienen piso de tierra y unas 148 consisten en una sola habitación. Sólo 42 casas tienen computadora, en 702 hay lavadora y 1,131 cuentan con televisión. Janette y Juan Manuel no poseen nada de eso.

Los Díaz Salazar construyeron un cuartucho lleno de humedad y, con los años, otro de concreto a sólo unos metros de distancia. Cuando se asentaron en este lugar, Janette le pedía a Juan Manuel acompañarla mientras esperaba a su pareja por las noches. El primo de Juan Manuel a veces llegaba tarde o no llegaba. A veces llevaba algo de comer y a veces no. Muchas veces bebía. Juan Manuel vio una de esas noches cómo su primo golpeaba a Janette y la azotaba en el suelo, “sin sentimiento”. Janette tenía miedo de su pareja. También de los rateros que circulan en la oscuridad. No quería estar sola con su niña. Los rumores en el pueblo decían que los dos dejaban a la chiquita sola y se iban al monte. Pero Juan Manuel asegura que él permanecía paciente y vigilante en las vías del tren. Su primo le había dado la venia para cuidar de su mujer. Incluso de vez en cuando le ofrecía dinero para que diera un paseo con ella por el pueblo. Su versión es que Janette rompió la relación. Él se fue del pueblo y se llevó a la niña. Ella buscó cobijo en una casa cercana. “No le voy a decir que lo engañamos porque no fue así. Aunque conviviendo nos agradamos”, dice Juan Manuel. Cuando los dos hablan de su relación utilizan palabras como “agradar”, “respeto”, “trato” y, si dicen “querer”, lo cuantifican con un “bastante”. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Juan Manuel compró unos tablones para revestir de madera la casa de nailon. Llegó Jesús. Después Daniel.

“Yo pienso quedarme con ella y luchar por mis hijos hasta el día que me muera. Yo confío en ella porque me respeta y creo que me quiere bastante. No le veo yo hablando con otro hombre o haciendo cosas que no debe. Gracias a Dios se da a respetar y yo la movilizo si sale a alguna parte. Eso me da a pensar que ella tiene planes para compartir su vida conmigo hasta el final. Que ella sienta que yo la quiero. Y yo se lo demuestro de miles de formas. Aunque sea pobre y con pocas cosas.”

En 1990, todas las prensas de vinilos que había en Latinoamérica fueron desmontadas. En Colombia, Discos Fuentes y Codiscos, las más importantes empresas discográficas del país —ambas de Medellín—, dejaron de producir acetatos. Sony, Sellos Vergara, Fondo Musical y Disonex siguieron el mismo camino.

Había llegado el CD.

Se dice que Discos Fuentes, fundada por Antonio Fuentes en 1934, le cedió toda la maquinaria a Discos Victoria, también localizada en Medellín. Sin embargo, 28 prensadoras de color verde, aún con sellos de aquella casa discográfica en el stamper, permanecieron casi una década en el garaje del papá de Henry Cavanzo: el músico de orquesta Germán Carreño, a quien le encargaron la labor de vender todas las maquinas de Discos Fuentes, llamó en 1990 a su buen amigo Henry y le pidió el favor de guardar las prensadoras.

Cuando Carreño apareció, siete años después, le dijo a Henry: “No, hermano, todo eso ahí arrumado. Les debo mucho tiempo de arriendo”. Su intención en ese momento era reinstalar la planta, pero al final se vio obligado a venderla en el Ricaurte por aproximadamente 200 millones de pesos (lo que valen 50 toneladas de hierro, el peso de todo aquel aparataje).

Solo quedaron dos prensadoras: Germán, para saldar la renta atrasada, se las dio a Henry; las mismas dos máquinas que nos muestra en este momento a mí y al fotógrafo que me acompaña.

Estamos haciendo una suerte de tour por la casa de Henry, ubicada en el barrio Santa Isabel. Primero vamos a HC Records, en el segundo piso, que solía ser la habitación de sus papás. Luego pasamos a un cuarto contiguo, en donde queda una sala de ensayos. Su hijo, Henry Andrés, recién acaba de finalizar su práctica de batería. Finalmente, bajamos al primer piso, en donde Henry ha pasado noches enteras los últimos seis años arreglando una de las máquinas con las que Germán Carreño le pagó siete años de arriendo atrasado.

Henry nos enseña paso a paso cómo funciona la prensadora y efectivamente sobre el stamper aún hay un sello de Discos Fuentes. ¿Cómo habrán llegado estas prensadoras hasta aquí? Me parece que ni siquiera Henry conoce toda la verdad. Él, sencillamente, las aceptó y ahora desea protagonizar una historia llamada “Henry y la fábrica de vinilos”.

Casualmente, las prensas que Carreño vendió en el Ricaurte fueron a dar a un taller chileno de carros ubicado justo detrás de la casa de Henry, quien se enteró apenas hace dos años. Pusieron las máquinas a hacer bandas para frenos. Pero los dueños del taller compraron en Ricaurte solo el esqueleto de las prensas. Un día Henry abrió el garaje y uno de los señores que trabaja en el taller vio la máquina y le dijo: “Hermano, eso se parece a unas máquinas que yo tengo allí detrás. ¡Véndamela! Le doy un millón de pesos por cada máquina”. Por la cabeza de Henry pasó algo como: “Ni en sus sueños, mijo”.

Durante 20 años, Henry tuvo miedo de un rumor que le había contado un anciano que trabajaba en Discos Fuentes, para quien las 28 prensas, la consola de masterización, de corte y contorno, y la planta de galvano fueron adquiridas por el narcotraficante Justo Pastor Perafán durante un viaje a Holanda (1990). En esta versión de la historia Germán Carreño también aparece, pero como asesor musical del ex capo colombiano. Supuestamente Perafán compró todo lo que había en la planta holandesa de vinilos: muebles, sillas, parlantes, audífonos… En pocas palabras y, según esta historia, el narco compró a puerta cerrada y se trajo toda la maquinaria en barco. Pero Henry duda de este cuento.

En un principio, Henry pensó usar las prensas como troqueladoras para hacer hebillas de zapatos y cinturones, pero durante una gira con Totó la Momposina (Cavanzo en el bajo), cambió de parecer. Estaba en Francia, en un festival, y tras la presentación fue en busca de un tamal o un pollito asado; él había escuchado que el evento había incluido gastronomía colombiana. Fue en ese momento cuando vio, en uno de los muchos stands que había, acetatos nuevos, cubiertos con celofán. Preguntó cuánto costaban y le respondieron que 30 euros. “¡30 euros!”, gritó él porque le parecieron baratos.

—Mi mentalidad cambió de inmediato —asegura Henry—. Entendí que los discos en vinilo nunca pasaron de moda. Me le entregué a la máquina, hermano. Yo no dormía de la fiebre tan tenaz, de la goma, ¿si me entiende? Me acostaba a las diez de la noche y a las dos de la mañana ya estaba de pie, pensando en la máquina. Empecé a descubrir cada arteria, tendón y hueso de la prensa.

Henry decidió dedicarse únicamente a arreglar una de las dos prensas. Pero se dio cuenta de que la máquina escogida estaba oxidada por dentro. El óxido, prácticamente, se había convertido en hierro. Le dijeron: “Mande a hacer nueva esa vaina”. Él se resistió y durante seis meses regó Coca-Cola —sí, Coca-Cola— sobre la zona corroída, hasta que logró destaparla. Antes había hecho pruebas con ácido muriático, Diablo Rojo, pero lo único que sirvió fue la Coca-Cola. Y uno que se la toma a pecho con tanto gusto.

Las máquinas, una vez estén al cien por ciento, van a poder prensar 4 vinilos por minuto: 2.880 mil discos si se piensa en una producción de doce horas. Henry ya negoció la materia prima, la cual importará desde Ecuador. Pretende producir discos de 180 gramos; de menor calibre, según él, sería una chambonada. Un disco, en un cálculo relámpago de Henry, puede costar al público unos 30 mil pesos. Piense ahora usted: ¿cuánto vale hoy un LP nuevo de su banda favorita?

Este hombre aún no sabe cuál va a ser el primer acetato que va a prensar. Lo que sí tiene claro es que ya hay 80 mil discos por producir. Curiosamente, de Discos Fuentes ya le hicieron un pedido. Henry cuenta que son las bandas jóvenes las que hacen pedidos en grandes cantidades. “El vinilo es algo novedoso para las nuevas generaciones”, explica.

—Mi problema, actualmente, es la falta de recursos para concluir. Tengo encima 11 países para que les produzca. Hace poco me enteré de que se están fabricando, a petición, 10 máquinas como la mía, con nueva tecnología. No le tengo miedo a eso, porque hay una diferencia: yo soy músico, productor, arreglista, instrumentista… Además, la gente del medio me conoce.

***

Para comprender todo ese amor —amor verdadero y no moda— por los vinilos, debemos conocer la vida temprana de Henry Cavanzo.

A los ocho años ya era guitarrista concertista y se ganaba algunos pesos tocando en tabernas nocturnas. A los once años estudiaba “cosas científicas”. Era adicto a comprar libros. Alguna vez un pariente lo llevó a conocer La Casa del Ingeniero, en el centro de Bogotá, y desde entonces nadie pudo sacarlo de ahí. Tenía la intención de fabricar un amplificador para su bajo y lo consiguió siguiendo los pasos sugeridos por La mecánica popular, revista mensual que coleccionaba con devoción.

Henry iba al colegio a calentar silla porque no le gustaba. Asegura haber sido muy adelantado entre sus compañeros y constantemente peleaba con los profesores. Estudió en el Instituto Técnico Central hasta tercero de bachillerato y se salió. Claudicó. Sus papás avalaron la decisión.

Aun así, Henry acepta que no todo se puede hacer de manera autodidacta. Cuando tenía 13 empezó a viajar con la orquesta Washington y sus Latinos (colaborando en el bajo). Continuó sus estudios leyendo la Teoría de la música Danhauser. Colaboró, además, en otras orquestas: La Máxima de Mañungo, la de Lucho Bermúdez, Totó la Momposina, la orquesta de los hermanos Rey. En 1973, hizo el contrabajo en una producción del dueto Silva y Villalba.

Henry Cavanzo, que ahora tiene 50 años, sigue siendo un hombre de música: es capaz de interpretar 30 instrumentos diferentes.

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—En Latinoamérica, la gente no quería dejar el vinilo —cuenta Henry—. Era muy costoso comprar un equipo con bandeja de CD.

Una noche, durante un viaje a San Andrés con la orquesta de Lucho Bermúdez, decidió hacer doble turno tocando el piano para la banda con la que se turnaron el escenario. El billete extra que se ganó le sirvió para comprar un equipo con bandeja de CD, que también tenía tornamesa y casetera.

—La parte del CD no duró tres meses. Esa vaina sacó la mano. Servían las caseteras y el tornamesa. Pero como yo tenía buen material en acetato no hubo problema.

Para Henry el sonido del CD no es ni mejor ni peor que el de un LP; es diferente. Pero el ancho de banda que tiene el acetato no lo alcanza el CD. “Por más que el CD suba a 520.000 Hertz y de pronto a 128 o 192 bits, es imposible que el digital alcance el ancho de banda de un acetato… Tal vez en 100 años”.

Henry es partidario de que la tecnología no ha sido del todo beneficiosa. Él mismo se pregunta por qué está volviendo a surgir el vinilo. La primera edición de The Sound of Silence (1964), de Simon&Garfunkel, la cual hace parte de su colección de vinilos, aún sobrevive, mientras que un CD de Oscar de León que compró en los noventa ya ni siquiera existe porque un hongo le corroyó el nitrato.

El año pasado le pidieron que recuperara un archivo en vinilo de 1930. Le entregaron los LP en un talego. Henry empezó a lavar suavemente cada disco con un cepillo de dientes untado con jabón líquido. Luego los brilló con un poco de algodón untado de una mezcla de grafito y una cera especial. Cuando tuvo el primero listo, lo colocó en su tocadiscos de 78 revoluciones (su más preciada adquisición) y empezó a sonar la voz de un locutor italiano (en esa época, los acetatos también eran una suerte de grabadora). Tras 76 años de vida, y unos ligeros retoques, esos discos antiguos que le encargaron recuperar siguen ahí, intactos.

Tras décadas de pasión por la música, de nuevos formatos y adelantos tecnológicos, el deseo de Henry de echar a andar su propia fábrica de vinilos sigue ahí, intacto.