1. Registro de una captura

En la mañana del viernes 9 de enero de 1981, un comando armado asaltó un taller de imprenta ubicado en la Avenida Cuscatancingo, de San Salvador. Hacía cinco meses que la guerrilla había atacado siete guarniciones militares en el interior del país, y apenas semanas atrás, en diciembre, había anunciado la inminencia de una “ofensiva final”. Esta sería ejecutada al siguiente día, 10 de enero y así El Salvador entraría plenamente a la guerra. Pero aquella mañana de viernes no se sabía lo que estaba por venir, y en un taller de imprenta de la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación, siete hombres trabajaban como en un día cualquiera. Uno de ellos era artista y serigrafista. Cuando el comando armado ingresó al taller, todos temieron por sus vidas. Aquel comando estaba integrado por agentes de la Policía Nacional.

Los sacaron a la fuerza y los subieron a un camión. Luego se los llevaron al cuartel central de la PN, “el castillo”, en el centro capitalino.

A los capturados se los llevaron por ser miembros de la Asociación de Empleados del Ministerio de Educación (AEME), “la cual es un grupo de fachada del Bloque Popular Revolucionario (BPR)”, escribió la PN, en un registro en el que además se asegura que utilizaban ese taller del Ministerio de Educación para imprimir propaganda de “esa organización clandestina”.

Jesús es un hombre pequeño que ronda los 60 años y trabaja en una oficina del segundo gobierno de izquierdas del FMLN. La guerra, la represión y la persecución, en teoría, han quedado atrás, en el olvido.

Cuando a Jesús lo capturaron, hace 34 años, lo acusaron de pensar distinto y por oponerse al régimen desde una organización clandestina. Algo le hicieron mientras estuvo capturado, y eso lo dejó marcado. Nuestra llamada lo sorprende, pero accede a cruzar palabras cuando le explicamos que un amigo en común nos refirió.

“Entonces, Jesús, sabemos de su captura. ¿Puede contarnos qué le ocurrió?” Jesús pregunta en dónde obtuvimos la información. Le explicamos. Luego dice que no quisiera hablar, que recordar ese episodio le trae recuerdos desagradables, que después de la captura “y lo que me hicieron, hui del país. No pensaba volver, pero luego volví, con la paz…”

Le enviamos a Jesús, por correo, una copia del registro de su detención, la número 8 del libro “capturas más relevantes realizadas por la Policía Nacional desde 15OCT979 a la fecha, de personas relacionados con actos de subversión y terrorismo”. El libro de capturas está fechado el 24 de abril de 1984, fue elaborado por el Departamento II de la PN, la rama de inteligencia, dedicada a labores de espionaje para perseguir objetivos políticos.

Jesús responde el correo, y es la última vez que dirá algo sobre su registro de captura. De nada sirven los ruegos. Él no quiere revivir ese episodio, y lo resume así:

—Muchas gracias, acuso recibo de su correo y archivo adjunto. Estoy sorprendido de ver el documento, escrito en las viejas máquinas de escribir de la época, que aún remueve la memoria personal…

En realidad, estos libros remueven la memoria nacional.

2. El sendero del libro amarillo

El libro de capturas más relevantes de la PN no es el único. Hay otros. Por ejemplo, uno que también habla de registros de capturas, lo llamaremos libro de viajes por lo pintoresco de su título: “Resumen de capturas realizadas por la Policía Nacional de personas por participar en actividades de tipo subversivo-terroristas y que han manifestado haber viajado a países comunistas, así: a Rusia, Cuba y Nicaragua”. Este libro también fue elaborado por del Departamento II de la PN. En él hay más registros de capturas fechadas desde el “150CT979”. Para esa fecha, hacía tres meses que los sandinistas habían triunfado en Nicaragua. La última fecha de actualización dice “San Salvador, 29 de marzo de 1985”, es decir, menos de un año después de iniciar el gobierno del presidente José Napoleón Duarte.

Podríamos decir que solo en estos dos libros, elaborados por una de las oficinas de inteligencia contrainsurgente de la Fuerza Armada de El Salvador, hay 496 registros de capturas de salvadoreños, y que 90 de ellos se convirtieron en fantasmas luego de haber caído en manos de la Policía Nacional, uno de los tres cuerpos más temidos en los años de las dictaduras y de la guerra civil salvadoreña.

Pero eso no sería del todo cierto.

Los fantasmas no existen.

En esos dos libros hay información sobre hombres y mujeres de carne y hueso -como Jesús-, con identidad y parentela, muchos hasta con edades, profesiones, lugares de origen y residencia; muchos otros hasta con direcciones de trabajo.

Estos dos libros, junto a otros seis documentos, conducen hacia un Estado que espiaba, perseguía, capturaba, interrogaba, torturaba, desaparecía, asesinaba.

Los libros evidencian, además, que la información obtenida en los interrogatorios era utilizada para continuar con la persecución y para entender el funcionamiento de la guerrilla, los nombres de sus mandos, su estructura y su despliegue territorial.

En otros dos libros, catalogados como “secretos”, la Fuerza Armada hace un dibujo pormenorizado del organigrama y el funcionamiento del Partido Comunista y las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y en ellos se menciona que están hechos para ser compartidos con la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos. Lo de “secreto” no es gratis. La palabra en mayúsculas “SECRETO” acompaña, centrada y en negritas, el inicio y pie de página, de las más de 70 hojas que componen cada libro.

La presentación de uno de ellos es más que clara: “Estudio sobre las fuerzas terroristas salvadoreñas –Partido Comunista Salvadoreño”.

El prólogo de este documento, además, comprueba un doble discurso del gobierno estadounidense respecto a su papel en la guerra, en el que criticaba al Estado y a la Fuerza Armada salvadoreña por las violaciones a los derechos humanos, pero al mismo tiempo se nutría de la información que se recopilaba en El Salvador luego de persecuciones, capturas y torturas. Al menos estos libros indican que fue así hasta 1986, dos años después de los intensos debates en el congreso estadounidense para cortar la ayuda militar a El Salvador, y tras las visitas del vicepresidente George Bush y del secretario de Estado George Shultz a El Salvador, en las que reclamaron por el uso excesivo de la fuerza.

“Este estudio es para compartir descubrimientos analíticos con la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos relacionados con la estructura de fuerzas terroristas dentro. Este estudio reemplaza y pone al día el estudio 16-86, con el título Fuerzas Terroristas Salvadoreñas-Partido Comunista”, se lee en el prólogo del libro sobre el Partido Comunista, cuya última fecha de actualización es “diciembre de 1986”.

Otro de los libros es un compilado de crímenes que hasta 1991 la PN le endilgaba a la guerrilla salvadoreña, incluido el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero. Repetimos: la sección de inteligencia de la Policía Nacional, todavía en 1991, 11 años después del magnicidio del Arzobispo de San Salvador, sugería que sus asesinos habían sido “terroristas-subversivos”.

Aunque no toda la información en este libro es falsa.

De los 32 crímenes que la PN le atribuía a la exguerrilla, en 1991, siete fueron validados por la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas. Entre estos el asesinato de José Antonio Rodríguez Porth, ministro de la presidencia del primer gobierno de Arena, asesinado el “081509JUN989” junto a su guardaespalda, Benjamín Pérez.

El sexto libro contiene un “análisis político-militar sobre las agrupaciones terroristas” que la inteligencia de la PN hacía sobre la guerrilla, y el séptimo es el resumen de una investigación de espionaje tras la caída de uno de los fundadores de las FPL, Felipe Peña, en 1975.

En ese libro se reproduce parte de los hallazgos de inteligencia policial al momento de dar con el paradero de Peña en una “casa de seguridad”, y narra el enfrentamiento entre Peña, su compañera de vida, y los agentes de la PN. El documento revela, además, una “lista de funcionarios y otros que estaban fichados por guerrilleros”. La lista está compuesta por 41 nombres, entre ellos el teniente coronel José Guillermo García que a la postre se convertiría en general y ministro de la Defensa para los primeros años de la guerra, así como los empresarios Roberto Hill y Archie Baldocchi. La hermana de Felipe Peña, Lorena Peña, presidenta de la Asamblea Legislativa, revisa este documento con paciencia y confirma que en efecto su hermano era líder fundador de las FPL, que en esa casa de seguridad residía y que mucha de la información que hay sobre sus actividades es cierta. “Pero estas cosas deben analizarse en su respectivo contexto. ¿Por qué se hacían esas cosas? ¿Para qué era esa lucha? Era para combatir un régimen, un sistema que no dio ninguna otra vía de solución pacífica a ese conflicto”, dice.

La fuente que hizo llegar el documento en el que se habla sobre Felipe Peña dijo a El Faro que “este es el verdadero libro amarillo, elaborado por la guerrilla para eliminar a sus objetivos políticos”, en alusión a la revelaciones sobre el libro amarillo, divulgadas en 2014 por investigadores estadounidenses, y que vinculaban al ejército en prácticas de persecución y violaciones a los derechos humanos.

Este libro rosado (por el color de su pasta) aunque habla de objetivos perseguidos por inteligencia insurgente, va más allá. Dibuja los métodos que el Estado utilizaba para espiar a sus adversarios, utilizando varias dependencias de gobierno, como el viceministerio de Transporte, o inclusive metiéndose hasta en los velatorios de sus enemigos para espiar a sus deudos, para determinar si aquellos que llegaban a despedirse también eran opositores políticos.

En el libro rosado hay memorándums confidenciales entre el Director de la Policía de Aduanas, el Jefe de la desaparecida Ansesal y el Ministro de la Defensa de la época, en los que se ordena al Departamento de Tránsito autorice la recolección de datos (nombres y direcciones de vivienda) de 45 personas que acudieron, el 16 de septiembre de 1975, a la misa de 30 días tras la muerte de Felipe Peña, celebrada en la capilla de la colonia Centroamérica de San Salvador. Días antes, la Policía de Aduanas informaba a Ansesal que una “comisión de este cuerpo” se había hecho presente a la misa para “tomar el número de placas de las personas que asistieron a la misa”. La Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña (Ansesal) tuvo la fama de haber sido la agencia de vigilancia de enemigos del régimen con más vínculos a los escuadrones de la muerte, tanto que cuando se habla del mayor Roberto d´Aubuisson, fundador del partido Arena, suele hablarse de Ansesal.

Este legajo de documentos guarda una relación directa con el libro amarillo, una lista de casi 2 mil salvadoreños, opositores políticos (con nombre, seudónimo y fotografía) utilizada para dar caza a los “delincuentes-terroristas”, según se lee en las primeras páginas de ese documento, el cual invitaba a los militares a un “para que se use”.

El libro amarillo reapareció en 2013, pero fue elaborado entre 1979 y 1987 por el Departamento II (Inteligencia) del Estado Mayor, para darle persecución y captura a comandantes guerrilleros, pero también a opositores políticos, sindicalistas y defensores de derechos humanos.

En 2014, el Centro para la Defensa de Derechos Humanos de la Universidad Washington (UWCHR, por sus siglas en inglés) divulgó un análisis al contenido de ese documento, y esa investigación arrojó que el 43 % de los enlistados en el libro amarillo habían sufrido violaciones a los derechos humanos.

El libro amarillo apareció cuando un hombre alquiló una casa en San Salvador, y de un cielo raso cayó, al suelo, un documento que estaba forrado con una pasta amarilla. El hombre, entonces, lo comentó entre sus allegados, lo entregó a una organización que recoge documentos históricos –quienes aún guardan el libro original- y el cuento de un libro amarillo caído de un cielo raso llegó a los oídos del investigador y ex preso político Carlos Santos.

Santos, exestudiante del Centro Nacional de Artes (Cenar), se formó en un país que perseguía y reprimía cualquier manifestación opositora, incluidas las artísticas. Santos fue capturado y torturado por la Policía Nacional en la ciudad de San Miguel. Tras su liberación se autoexilió, y desde entonces trata de armar el rompecabezas que le dé una explicación a sus traumas: aquellos que lo hacen volver a un baño público ubicado en lo que ahora es un amplio parqueo-mercado de la ciudad de San Miguel. El baño está ubicado en el subsuelo, debajo de un pequeño edificio de dos pisos. Es un baño mugre, lúgubre, con una pared que separa los mingitorios de una pequeña pila, escondida en una esquina. “Ahí me sumergían la cabeza, una y otra vez”, dice Santos. El baño y esa pila eran utilizados como una sala de tortura para presos políticos.

—¿Por qué cree que el libro amarillo es real?
—Es real. Fue elaborado por el Estado Mayor y a mí me lo han confirmado guardias nacionales, policías de hacienda y policías nacionales que lo utilizaron. Además, las personas registradas ahí también validan ese documento. Sus historias, el afán de sus familiares por dar con el paradero de sus desaparecidos, comprueban su autenticidad.

Carlos Santos, desde que encontró el libro amarillo, ha tratado de dar con el paradero de esas familias. A la fecha ha ubicado el posible destino de 32 de los registrados. En la mayoría de esos casos, las personas capturadas fueron desaparecidas.

3. Identificar, capturar, interrogar, eliminar

El Faro presentó los ocho documentos al ministro de la Defensa, general David Munguía Payés, un militar que a principios de la guerra fue miembro fundador del Batallón de Reacción Inmediata Belloso, uno de cuatro comandos élites entrenados por los Estados Unidos en combates contrainsurgentes. Munguía Payés fue en el Belloso comandante de la compañía de armas, y durante seis meses jefe del Departamento II (inteligencia) de esa unidad. “Hacíamos labor de inteligencia táctica en combates, no inteligencia política”, dice Munguía Payés, para marcar distancia respecto de los cuerpos de seguridad de la Fuerza Armada.

Más tarde, en el segundo lustro de los ochentas, en la segunda mitad de la guerra, Munguía Payés fue uno de los hombres más cercanos al desaparecido presidente José Napoleón Duarte. En la posguerra se convirtió en un político que logró ganarse la confianza de la exguerrilla y desde 2009 ha sido ministro de los dos gobiernos del FMLN.

El ministro reconoce que durante la guerra, en afán de combatir a los enemigos, se cometieron excesos. Sobre todo en los primeros años, los mismos años en los que se elaboró el libro amarillo y los nuevos archivos a los que ha tenido acceso El Faro.

El libro amarillo fue elaborado por el Departamento II (Inteligencia) del Estado Mayor, y guarda una estrecha relación con otros siete libros secretos de la Fuerza Armada. Esto dice David Munguía Payés, el ministro de la Defensa, sobre el libro amarillo:

“Bueno, ese libro tiene que ver un poco con las fases incipientes de la guerra, donde había menos conciencia al respeto a los derechos humanos. Porque la guerra nuestra fue evolucionando. Los primeros años fue dura, una guerra sangrienta que no tenía leyes”, dice Munguía Payés. “Acuérdese que por un lado había secuestros, por otro lado los escuadrones de la muerte. El tema de los derechos humanos como que no se conocía y no importaba, entonces tengo entendido que ese libro se… se comienza a elaborar identificando a aquellas personas que eran consideradas comunistas y dañinas al régimen, las cuales deberían ser capturadas y en algunos casos hasta eliminadas”, dice el general.

Para Munguía Payés, la importancia con el libro amarillo radica en saber responder qué ocurrió con las personas que aparecen enlistadas. “El punto para mí no es tanto que haya lista de nombres ahí… el punto es si en realidad se cometieron errores y si algunas de esta gente que estaban en este libro fueron perseguidas para ser eliminadas… y si se hicieron o no se hicieron.”.

A mediados de noviembre de 2015, El Faro presentó a Munguía Payés los archivos secretos de la dictadura. Se le explicó al ministro que en esos libros hay una correspondencia, en 90 casos, de personas que aparecen con registro de captura, y que, según la Comisión de la Verdad, fueron torturadas, asesinadas o están desaparecidas. Se le explicó, además, que entre estos siete libros y el libro amarillo hay una correspondencia de 120 personas que estaban fichadas en el libro amarillo y que terminaron capturadas por la PN. De ese total, el 20 % aparece registrado con violaciones a sus derechos humanos en el informe de la Comisión de la Verdad. La mayoría sufrieron desaparición forzada.

El ministro Munguía Payés hojea los libros, uno por uno. Lo hace con calma y paciencia.

—Ministro, ¿estos libros son auténticos?
—He visto los documentos y me parece que son auténticos… aunque no lo podría asegurar.

Cuatro de los siete libros presentados al Ministro están en su formato original, con sus pastas desgastadas por el tiempo y, posiblemente, el uso.

—¿La Fuerza Armada guarda registros de los informes de inteligencia, como estos, que realizaban los extintos cuerpos de seguridad?
—No lo sé, habría que buscarlos…
—¿Estos libros fueron sustraídos de los archivos de la Fuerza Armada?
—Probablemente las hubo (sustracciones). Posiblemente haya habido fugas…

El Faro también presentó los libros al último director de la Policía Nacional, el coronel Samuel Cuéllar, un militar de bajo perfil, ahora en retiro, con cursos de inteligencia en la Escuela de las Américas, el centro de capacitación de los Estados Unidos para un nutrido grupo de militares latinoamericanos que a la postre fueron acusados en sus países por cometer graves violaciones a los derechos humanos. Entre estos, el general Noriega, de Panamá; el general Pinochet, de Chile; el general Videla, de Argentina; el coronel Domingo Monterrosa y el mayor Roberto d´Aubuisson, de El Salvador. “Se dice eso, pero a mí no me enseñaron a torturar”, dice el coronel Cuéllar.

Cuéllar estuvo destacado en la Guardia Nacional y en la Policía Nacional, a finales de los setenta y primeros años de la década de los ochenta, y luego dirigió el Centro Técnico de Instrucción Policial (Cetipol), una academia que formaba agentes de la PN, en donde fue maestro para la generación de oficiales de la actual Policía Nacional Civil que formaron parte de la cuota propuesta por la Fuerza Armada, en 1994. Cuéllar también combatió en la guerra y llegó a dirigir la Tercera Brigada de Infantería de San Miguel, una década más tarde, a inicios de los noventa.

El coronel Cuéllar se dice un férreo opositor a la lucha clandestina de la Fuerza Armada. Dice que lo suyo era combatir bajo las reglas de la guerra, unas que permiten, dice él, matar o morir en combate, pero nunca atacar a poblaciones civiles, nunca a enemigos vencidos o rendidos. Eso, asegura, le trajo muchos problemas con sus compañeros de milicia. Cuéllar se perfila a sí mismo como una aguja en un pajar.

Tras la firma de la paz, Cuéllar fue el encargado de la desmovilización del Batallón de Reacción Inmediata Arce, desplegado en la zona norte de Morazán, al oriente del país. Más tarde, fue llamado por el presidente Alfredo Cristiani (1989-1994) para desmovilizar a otro cuerpo de seguridad: el coronel Cuéllar finiquitó a la temida Policía Nacional, que fue cerrada el 31 de diciembre de 1994.

Desmovilizar a los agentes de la PN significó una sola cosa: dar de baja a todos aquellos que a juicio de los observadores de las Naciones Unidas tenían manchado su expediente por violaciones a los derechos humanos u otros crímenes. Entre muchas de sus funciones, asegura Cuéllar, le tocó incluso enviar a prisión a agentes de la institución que fueron descubiertos por liderar bandas de extorsionistas.

Una caricatura de la época de Alecus publicada en el periódico La Noticia, un vespertino ya desaparecido, muestra a Cuéllar dormido, en una cama, cobijado con una sábana en la que se lee: “Policía Nacional”. Cuéllar suda y tiembla por culpa de una pesadilla: un hombre vestido de negro y con capucha, una sombra negra armada con un fusil, asalta a dos ovejas. “¡Quietas, esto es un asalto!”, le dice la sombra a las dos ovejas, que levantan sus patas delanteras. En otra publicación dominical de El Mundo, fechada el 5 de noviembre, la portada de una entrevista con Cuéllar invita a ser leída gracias a este titular: “Este olorcito de la Policía se irá conmigo para toda la vida”.

Cuéllar hojea los libros presentados por El Faro y dice: “Estos libros eran hechos por la inteligencia de la Policía. En aquella época se cometieron errores que nunca debieron haber ocurrido”.

Cuéllar hojea los documentos, uno por uno, y se detiene a examinar detenidamente el libro de capturas.

—¿Han dado con el paradero de estas personas? -pregunta.
—Sí, hemos dado con el paradero de algunas.
—Ellos darían un buen testimonio. Y al encontrarlos pueden decir algo con respecto a otros que estaban con ellos. Ahora, yo no sé hasta dónde llegaron en este departamento (de inteligencia) para haber recopilado a toda esta cantidad de gente capturada. Desde el momento en que están ellos archivándolas, ya hay una responsabilidad, un compromiso de la institución que merece una respuesta.
—¿Qué le parece la información que hay en estos documentos? Nombres, residencias, trabajos. Hay casos que tienen una relación directa con el libro amarillo. Es decir: perseguidos en ese libro terminaron capturados por la PN, y muchos posteriormente desaparecidos, asesinados o torturados.
—Este es un trabajo muy interno. Cómo salieron no lo sé. Es un descuido de ellos o lo pasaron a otras instituciones. No sé qué habrá pasado con esta gente, si es que la entregaron. Debería de haber (habido) un control de derechos humanos.
—¿Dentro de la Policía había gente que se dedicó a registrar capturas y otra gente que participó de violaciones a los derechos humanos?
—En mi gestión no ocurrieron esas cosas. Era otro momento del debate político. Recuerde que estábamos finiquitando a los miembros de la PN y estábamos dando nacimiento a la PNC.
—Pero usted me ha dicho cómo operaba la Policía en los 70 y 80 y dice que se cometieron errores…
—Sí, hubo errores. Era más como una policía urbana. Había problemas de detenidos a los que les aplicaban bastante…
—¿Torturas?

Cuéllar asiente meneando la cabeza de arriba hacia abajo, pero no se atreve a pronunciar esa palabra: “torturas”. Él continúa:

—En los interrogatorios, verdad, eran más estrictos. Creo que más que la Guardia…
—¿Más que la Guardia?
—Con la Guardia era otro problema, tenía objetivos diferentes a los de la Policía en la guerra. El objetivo de la Guardia con la izquierda era bien peculiar, bien especial…
—¿El objetivo de ellos era exterminar opositores?
—(Cuéllar asiente de nuevo con movimiento de cabeza). La Guardia era como una muralla. Con la Policía era diferente, aunque había policías que trabajaban con ellos también, pero cuando llegaban a trabajar los interrogadores… eran cosa seria. Uno se daba cuenta por la información que llegaba. La Guardia era más… yo siempre critiqué eso. Siempre dije que había que cambiar mandos, cambiar idearios en la Guardia y la Policía.
—¿La inteligencia de los cuerpos de seguridad funcionaba como una inteligencia para la persecución política? Supongo que no se utilizaba para combatir la delincuencia común, el crimen organizado… ¿o sí?
—No. Y no era un inteligencia militar. Era una inteligencia política, una inteligencia policial-política, porque así era el tipo de conducción. Los cuerpos de seguridad respondían al Viceministerio de Seguridad Pública y ellos informaban directamente al Ministerio de la Defensa. La forma de conducción era un concepto demasiado duro, porque el comunismo es el comunismo, pero es diferente un combate a una ideología, que se combate con ideas… pero allá no. Allá mezclaron las cosas y si alguien pensaba así, había que ver cómo lo capturaban y lo eliminaban.
—¿Cuando usted llegó a dirigir a la Policía Nacional había un archivo en el que dijera “estos son los archivos secretos de la PN”?
—No.
—¿Tras la firma de la paz hubo una fuga de documentos?
—Desde que se firmaron los acuerdos de paz, una de las instrucciones que dieron fue que inmediatamente todas las instituciones, cuarteles, comandancias, debían limpiar completamente todo los que fueran aspectos de inteligencia, de investigaciones investigación. Y así lo hicieron. Empezando desde el Ministerio, el Estado Mayor… ya cuando llegaron los Acuerdos y que comenzó la desmovilización, ya no había nada de esto.
—¿Quién emitió la orden para desaparecer esos documentos?
—El Ministerio de la Defensa comunicó esa orden a modo de sacar y desprenderse de esos documentos comprometedores.

4. Los hallazgos

El libro de capturas y el libro de viajes por sí solos, no dan cuenta de los “errores” o los “excesos” de los que hablan el ministro de la Defensa y el último director de la Policía Nacional, Samuel Cuéllar.

En realidad, estos libros, junto al libro amarillo, son parte de un rompecabezas que podría ser más grande, pero que por el momento solo puede ser entendido si el contenido de estos libros se compara con las listas de denuncias de la Comisión de la Verdad.

Tras las negociaciones y la firma de la paz entre el Estado salvadoreño y los comandantes guerrilleros del FMLN, el 16 de enero de 1992, uno de los puntos medulares de los acuerdos exigía la instauración de una Comisión de la Verdad, un grupo investigador compuesto por extranjeros, cuyo mandato los obligaba a investigar los principales crímenes ocurridos durante la guerra civil. La Comisión compiló los casos más significativos ocurridos en los 12 años de guerra en un informe titulado “De la locura a la esperanza”.

Los observadores de las Naciones Unidas se entrevistaron con militares, patrulleros, agentes de cuerpos de seguridad, exguerrilleros, políticos, familiares de víctimas, representantes de oenegés de derechos humanos, e hicieron una convocatoria para que se pusieran denuncias en todo el país por violaciones a los derechos humanos sufridas en carne propia o cometidas en parientes o conocidos. El llamado de la Comisión de la Verdad fue atendido por más de 21 mil denunciantes, que dieron cuenta de los sucesos ocurridos a miles de salvadoreños. Los resultados de esas consultas están recogidas en los “Anexos” al informe.

El Faro digitalizó tres bases de datos de denuncias registradas por la Comisión de la Verdad, y cotejó más de 21 mil registros de personas, con nombre y apellido, con los 496 nombres aparecidos en el libro de capturas y el libro de viajes de la PN.

En el libro de capturas, la Policía Nacional registró la detención de 368 salvadoreños. De estos, casi siete decenas fueron desaparecidos, asesinados o torturados. Del cruce de nombres se obtuvo que el 17.8 % de los capturados sufrió alguna violación a sus derechos más elementales. Muchos en fechas posteriores a las de su captura.

Salvador Hernández Hernández es uno de ellos. Fichado en el Libro Amarillo de la Fuerza Armada, fue capturado el 13 de julio de 1982, en Ilopango. 10 días más tarde, la PN lo remitió a un juez militar de instrucción mediante el oficio número 4255. Por esos años, una primera ley de amnistía benefició a muchos presos políticos, incluido Hernández, quien fue liberado. “Amnistiado”, se lee en el archivo de la PN. Sin embargo, dos años después, el 27 de junio de 1984, fue asesinado “por paramilitares en Cancasque, Chalatenango”, según la Comisión de la Verdad.

En el libro de viajes están registradas las capturas de 128 salvadoreños. El 18.7 % de los registrados en ese libro sufrieron tortura, desaparición forzada o asesinato en las mismas fechas, en fechas previas o en fechas posteriores a la de su captura.

Rosa Ada Soto de Acosta es una de esas víctimas. Ella era un ama de casa de 45 años que fue acusada de pertenecer al Partido Comunista. El 9 de junio de 1983 fue capturada junto a su esposo, Alfredo Acosta Díaz, en su propia casa, ubicada en la colonia Satélite de San Salvador. Del relato de su captura se desprende que tanto Rosa Ada como Alfredo fueron interrogados por los viajes que ambos emprendieron a Rusia, y por los viajes de sus hijos. Rosa Ada también tenía un hijastro que había viajado a Cuba, según la Policía. Su nombre era Ramón Ernesto Acosta, de 31 años, capturado un día después que su padre y su madrastra en la misma casa de la colonia Satélite. Según la Comisión de la Verdad, Rosa Ada fue reportada como desaparecida el 8 de junio de 1983, un día antes del reporte de la fecha registrada de su captura. Su hijastro, Ramón Ernesto, también fue desaparecido en la misma fecha que su madrasta, aunque la PN registró su captura el “10JUN983”.

De las 496 personas registras en el libro de viajes y el libro de capturas, 90 sufrieron alguna violación a sus derechos humanos, según la Comisión de la Verdad. La mayoría fueron desaparecidas.

De los 496 casos que hay en estos dos libros, 120 tenían una orden de búsqueda en el libro amarillo. Y de estos, el 20 % sufrió desaparición forzada y asesinato luego de haber estado bajo custodia de la PN, según los registros de la Comisión de la Verdad.

Mauricio Hernández Campos, Julio César Orellana Lemus y Daniel Arturo Hernández Castillo son tres de ellos. Los tres aparecieron fichados en el libro amarillo, con su nombre real, su fotografía y sus presuntos seudónimos. Más tarde, el 28 de julio de 1983, fueron capturados en una imprenta del Barrio Santa Anita, en el centro de San Salvador. Los tres fueron acusados de pertenecer al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y de imprimir “propaganda subversiva” para dicha organización. En 1993, la Comisión de la Verdad registró que estas tres personas, con su misma edad y sus mismos seudónimos, fueron reportadas como desaparecidas el mismo día en el que la PN registró sus capturas.

5. Hablan dos sobrevivientes

El “13JUN980”, sábado, cuatro agentes de la Policía Nacional vestidos de civil y uno uniformado golpearon a la puerta de la familia Lazo Hernández, en un apartamento ubicado en la tercera planta de uno de los multifamiliares de la colonia Zacamil. En la casa vivían Rosalina, su esposo, Fredy, y los hijos de ambos. El mayor tenía 11 años; la menor, seis. Había varios invitados a la casa, entre ellos dos líderes de las FPL y un joven, al que Rosalina no conocía. Este dijo llamarse José Ricardo Funes Zepeda.

Eran las 8 de la noche cuando llegaron los agentes. “Ya nos cayeron”, dijo el hijo mayor, quien se percató del operativo cuando jugaba con unos amigos en el segundo piso. Subió. Fredy miraba la televisión junto a su hija. Veían Hawai Cinco-0. En la cocina se preparaba un lomo horneado y en la mesa había un plato lleno de jocotes de corona.

Antes de que los policías entraran, Rosalina intentaba romper la documentación que había en el apartamento. Recibos, hojas reclutorias de miembros de las FPL, afiches y propaganda. Ella había ingresado a la organización en 1976, y aparte de prestar su vivienda, hacía labores de inteligencia. “Estaba en el lugar de los hechos”, dice ella, refiriéndose a sus andanzas como insurgente. Cuando los policías entraron, Fredy recibió un culatazo en la cabeza. “Y ¡plas! ¡Chorro de sangre, mire!”. Los niños fueron testigos de cómo unos extraños torturaban a sus padres.

—No lloren, hijos -les dije-. No lloren, que ya voy a regresar -cuenta Rosalina que alcanzó a decirles.
—¡Ajá, hija de la gran puta: ¿ya vas a regresar?! -le dijo uno de los policías.
—Y me dan la gran… que reboté contra el muro. Luego me bajaron arrastrada por las gradas. No, dije yo: ¡ya valimos! –cuenta Rosalina.

Ya en la calle la subieron a un camión y le ordenaron que se acostara y que abrazara el cuerpo de un joven que estaba tirado sobre la cama. “Era un cadáver”, recuerda.

Mientras tanto, a los hombres en el tercer piso les vendaron los ojos y los seguían golpeando frente a los niños. Al cabo de un rato también los bajaron, arrastrados por las gradas, y los subieron al camión, ordenándoles que se recostaran encima de Rosalina y el cadáver.

El camión arrancó.

—Nos llevaron a un lugar en donde había una gran cárcava, y adentro habían escarbado tierra y habían aventado unos cadáveres –recuerda Rosalina.
—Mirá, vení –le dijeron sus captores, mientras la bajaban del camión-: Así va a ser tu suerte si no hablás.

Ya en el cuartel de la PN, en “el castillo”, la encerraron en unas celdas ocultas en un sótano.

El “castillo” de la PN ha cambiado desde entonces. Ubicado en el centro histórico de San Salvador, ahora alberga a la dirección central de la Policía Nacional Civil, el cuerpo policial creado para sustituir a los cuerpos de seguridad pública del pasado. Hace algunos años, cuando se remodelaba uno de los jardínes de la nave central, albañiles encontraron huesos en la tierra removida. El director de Medicina Legal de la época, Juan José Mateu Llort sugirió, sin pruebas científicas, que ese hueso era humano. Aquello fue un escándalo. La sola posibilidad de que en el corazón del castillo brotara el hueso de un salvadoreño alertó a las organizaciones de derechos humanos, que desde la dictadura y luego en la guerra reclaman por el paradero de más de 5 mil desaparecidos. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, gritaban desde el interior del castillo los familiares de decenas de desaparecidos.

Saúl Quijada, segundo al mando del Equipo de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal, recuerda que a ellos los habían convertido en el blanco de todas las sospechas. Hasta la Procuraduría de Derechos Humanos intervino para garantizar la integridad de los forenses, porque los familiares de las víctimas los acusaban, con gritos, de encubrir las atrocidades de la PN. Durante una semana, custodiados por familiares vigilantes, ellos excavaron en el jardín, bajo la mirada de aquellos que buscaban los huesos de los suyos. “Terminamos de amigos con algunos de ellos”, dice Saúl Quijada, cuando recuerda el campamento que se montó en el castillo. Al final, Medicina Legal certificó que esos huesos, para infortunio de las víctimas y sus familiares, eran de un perro.

Hoy se mantiene el edificio principal del castillo, con cinco niveles, pero uno de los edificios de celdas y salones de interrogación fue demolido a mitad de los noventa, y el área de las celdas ocultas ahora es un sótano oscuro que sirve de parqueo. En las plantas más bajas de la nave central hay un gimnasio para los policías que incluye un salón en el que se imparten clases de baile.

Hace más de 30 años, Rosalina estuvo recluida en una celda donde su cuerpo no cabía y el piso siempre estaba húmedo. Desde la primera noche, y durante todo ese primer mes, la torturaron todos los días. No le dieron de comer, y la invitaban a tomar agua de un escusado. Querían sacarle información, pero ella se resistía.

—¿Por qué la torturaban?
—El objetivo de ellos era que dijera quién era mi jefe, adónde tenía el dinero, quiénes colaboraban, de dónde sacábamos para comprar carros, qué dónde habíamos hallado unos zapatos Kickers (en la casa tenía una caja llena de zapatos Kickers) y yo no me acordaba… ja, ja, ja. ¡y por eso me dieron veeeerga!

Le engraparon la espalda, a la altura de la columna; le arrancaron, “sin qué ni para qué”, algunas de sus muelas; le fracturaron tres vértebras, que 35 años después le causan unos fuertes dolores de espalda; le aplicaron el potro: el torturador se sienta en la cintura de la víctima, que está boca abajo. El torturador le jala la cabeza, hacia arriba, arqueándole la espalda. Y Rosalina no cedía. Le aplicaron choques eléctricos en el pubis, ella de pie, amarrada, desnuda, con los brazos estirados. Recuerda que le pegaban en la entrepierna unos electrodos que la hacían convulsionar. Otras veces la tortura fue más simple: golpes contundentes a la cabeza, que la hacían saborear su propia sangre. “Yo sentía las gotas de sangre glup, glup, glup, se sienten las gotas de sangre, ¿veá?”, dice Rosalina.

La golpiza que más recuerda y que más le duele, y ni ella entiende por qué es la que más recuerda, ocurrió una vez que sus verdugos le preguntaron quién, según ella, se la había llevado presa.

“¿Te acordás quiénes te llevaron presa: la guardia o la policía?”, le preguntaban. “La policía”, decía ella. “¿Ah, sí, no?”, le reclamaban. “¡Plas! Fue cuando me quebraron aquí, mire”, y Rosalina se toca la quijada. “No les pareció que dijera que la Policía. A saber por qué no querían que dijera que fue la Policía…”

A los tres meses, Rosalina fue trasladada a Cárcel de Mujeres, al ala de presas políticas. Un mes más tarde, en octubre del 80, la guerra ya había estallado. Las FPL y las otro cuatro facciones de la guerrilla anunciaron que se convertían en un solo frente: el FMLN. Solo hasta entonces se reencontró con sus hijos. Solo hasta entonces le dolió lo que ellos también habían sufrido.

Un niño de 11 años y una niña de seis sobrevivieron en la casa de sus padres, solos, hasta que la comida se les acabó en la refrigeradora y la alacena. Esto era la guerra. Y antes de que eso ocurriera, un niño de 11 años se convirtió en un padre para una niña de seis, y todos los días iba a dejarla y a traerla a la escuela, hasta que un día el niño tomó a su hermana de la mano y decidió, como adulto, que lo mejor era que la niña se quedara en la escuela, hasta que él resolviera cómo encontrar, a sus 11 años, y sin dinero, al resto de su familia. Esto era la guerra. El niño dejó a la niña con la directora de la escuela, le pidió que la cuidara y prometió regresar por ella. La niña de seis años se encontró, entonces, con la soledad más grande de esta tierra, cuidada por una mujer extraña, en una casa que no era la suya. Y fue así por dos largos meses, hasta que su hermano regresó con un tío, a rescatarla. Rosarlin Hernández hoy es una mujer con un hijo mayor de edad, un esposo y otra vida a la que le hace falta algo. Algo que se le perdió el día en que se llevaron a sus padres. Ella dice: “Aquel día me robaron la infancia”.

La guerra le robó la infancia.

***

El sábado 13 de junio de 1980, José Ricardo Funes Zepeda se reunió con dos “compas” en las cercanías del colegio Cristobal Colón, en la colonia San Luis, de San Salvador. Debían organizar unas acciones de las FPL, y en esa zona vivían unos colaboradores dispuestos a prestar su casa. A las 5 de la tarde, José Ricardo y sus compas descubrieron que sería imposible celebrar la reunión, porque la zona estaba militarizada y los colaboradores habían desistido. Uno de los compas propuso viajar a la colonia Zacamil, “una zona caliente”, pero que era eso o nada.

José Ricardo tenía 22 años, y había decidido luchar contra el régimen desde que en 1977 fue testigo de una masacre en la Plaza Libertad, en medio de las protestas masivas contra el fraude electoral cometido por la dictadura contra la Unión Nacional Opositora, de la que su padre era candidato a la vicepresidencia. Tras esa masacre, la familia de José Ricardo huyó a Costa Rica, pero un mes más tarde él regresó a colaborar con las organizaciones de masas de la oposición. Su padre, dos años después, formó parte de la junta revolucionaria de gobierno, un movimiento compuesto por civiles y militares progresistas que derrocaron al general Carlos Humberto Romero, al que la dictadura le había dado el triunfo fraudulento en 1977. Esa junta duró unas pocas semanas con su formación original, y la mayoría de los líderes civiles renunciaron a ella y huyeron del país, de los atentados y las amenazas de muerte, luego de una serie de desencuentros influenciados por la injerencia de Estados Unidos y el regreso al poder –vía la junta- de la élite militar a la que se quiso combatir.

El padre de José Ricardo fue, junto a otros líderes de la Democracia Cristiana, de los que seguían creyendo que desde la junta se podía cambiar al país. José Ricardo no estuvo de acuerdo con su padre. Así que anunció públicamente su adhesión a las FPL, y en aquellos años eso causó una gran conmoción: el hijo de uno de los miembros de la junta se declaraba enemigo del Estado.

Aquella tarde del 13 de junio de 1980, José Ricardo llegó a la casa de una mujer que se dijo llamar América. Iban a cenar un oloroso lomo horneado y jocotes de corona. En la casa había cinco adultos y dos niños, uno de 11 y una niña de seis. Cuando la PN los descubrió y los capturó, José Ricardo supo que lo mejor que podía hacer era resguardar su verdadera identidad, así que insistió e insistió en que su nombre era José Ricardo.

José Antonio Morales Carbonell, hoy subsecretario de Gobernabilidad del gobierno, tuvo la suerte de que los agentes de la PN no le reconocieran. Su nombre y su seudónimo y su filiación y su rostro, para 1979, ya estaban registrados en el Libro amarillo. Y aunque en el libro de capturas la Policía Nacional lo registra con su nombre y su seudónimo, en realidad nunca supieron a quién habían detenido junto a América (Rosalina).

Quizá los archivos con los cuales se daba persecución a los opositores todavía no eran del conocimiento de todos los militares. O quizá tuvo la suerte de que… José Antonio Morales Carbonell, el hijo de Antonio Morales Erlich, uno de los miembros de la junta revolucionara de gobierno, tuvo mucha suerte.

La primera noche en el cuartel de la Policía, a Morales Carbonell lo separaron del grupo y se lo llevaron a una celda solitaria, húmeda y fría. Recuerda que en la madrugada lo despertaron unos gritos. Eran los gritos de los torturados.

—¿Qué escuchaba?
—Eran unos alaridos… Yo nunca había escuchado los gritos de los torturados. Son gritos que no se parecen a nada de lo que uno conoce. Es como cuando uno pasa por un matadero, solo que este es de seres humanos. Entre el frío del piso y los gritos de esa gente yo empecé a temblar de pavor.

Mientras pasaban los días, la tortura se iba aproximando a su celda. La tortura le llegó con la cara de un joven al que lo colgaban de los pulgares para que estos soportaran todo el peso de su cuerpo. A ese muchacho le habían apagado, en el trayecto desde La Libertad –donde lo habían capturado- todos los cigarrillos que su captores venían fumado. “Tenía las orejas desechas”, recuerda Morales Carbonell. En la espalda y en el abdomen del joven, Morales Carbonell descubrió el efecto que produce el cañón de un fusil estrellado con violencia contra un cuerpo desnudo.

Una noche sacaron al joven. Desde su celda, ubicada en una parte alta, Morales Carbonell tenía visibilidad hacia el parqueo. Desde ahí vio cuando a ese joven lo subieron a un auto y se lo llevaron. Nunca más se supo de él. Cuando la Cruz Roja se asomó por las celdas de la Policía Nacional, le preguntaron a José Ricardo si sabía qué habían hecho con ese joven, del que ya había un registro de captura pero que no aparecía en ninguna otra cárcel ni bartolina del país. “Lo desaparecieron”, pensó José Ricardo, que ahora temía por su vida. Entonces pensó en confesar su verdadera identidad a los delegados de la Cruz Roja. Tenía miedo. No sabía si el delegado le ayudaría a contactar a su padre. Confió. Morales Carbonell confesó su verdadero nombre y, al día siguiente, lo condujeron a la oficina del director de la Policía Nacional, el coronel Carlos Reynaldo López Nuila. En el salón lo esperaban, junto al coronel, su padre y su madre.

Antonio Morales Ehrlich le confió, tiempo después, que cuando llegó a la oficina del director de la PN para reclamar a su hijo, el coronel López Nuila respondió, sorprendido, convencido de que su Policía Nacional no tenía preso al hijo de un miembro de la junta revolucionara de gobierno. Pero entonces Morales Ehrlich le pidió la lista de los presos, y le señaló el nombre falso de José Ricardo Funes Zepeda. “Este es. Tráiganlo”, dijo a López Nuila.

Morales Carbonell, en protesta contra el régimen, continuó preso, y recuerda que desde que López Nuila supo que él estaba en su cárcel, siendo testigo de lo que ahí ocurría, dejaron de oírse los gritos de los torturados. Morales Carbonell recuerda que una mañana, en el patio de la Policía, adonde sacaban a los presos a tomar el sol, se cruzó con López Nuila.

—Lo veo afónico –me dijo.
—Y cómo no voy a estar afónico si dormimos en el suelo? -le contesté.
—¿Cómo en el suelo? ¿No tienen camas? Si se supone que deben tener…

6. El coronel López Nuila “está enfermo”

En un pequeño cerro con una vista privilegiada al volcán de San Salvador vive el coronel Carlos Reynaldo López Nuila. La casa tiene dos plantas y está protegida por alambres razor y un guardia armado, que al menor movimiento cerca del portón abre y pregunta: “Sí, ¿qué desea?”.

Ubicar el paradero del exdirector de la Policía Nacional no es una tarea sencilla. Su oficina en la Universidad Tecnológica, de la cual es vicepresidente, es un fuerte infranqueable que repele a aquellos que quieren preguntarle sobre la guerra. En el presente, López Nuila rehúye hablar de su pasado.

Carlos Reynaldo López Nuila es un militar en retiro que en 1979, con la llegada de la Junta Revolucionara de Gobierno, se convirtió en director de la Policía Nacional. Salvo este ascenso que lo lanzó a la fama en plena efervescencia de la guerra, de su carrera se sabe muy poco. Quizá lo más sobresaliente sea que en 1963 participó en un curso de la Escuela de las Américas. Fuera de eso, la voz de López Nuila se enciende y se apaga en las escuetas notas de prensa que dan cuenta de entrecomillados atruibuidos a su nombre, elaboradas en su mayoría por corresponsables extranjeros. En ellas él habla del trabajo de la Policía Nacional e intenta desmarcarse de las denuncias o justificar el comportamiento de algunos de sus subalternos.

Una de esas publicaciones apareció el 9 de mayo de 1984. El periódico español El País publicó un cable de la Agencia France Press (AFP) con este titular: “Vinculan a la CIA y al alto mando del ejército salvadoreño con los escuadrones de la muerte”. El cable de la AFP retoma un artículo publicado por el Christian Science Monitor, en el que se retrató a toda la plana del Estado Mayor, y al Consejo de Seguridad de las Fuerzas Armadas, como cómplices de las actividades de los escuadrones de la muerte.

En el artículo reproducido por El País, se lee: “Las actividades de los escuadrones de la muerte deben ser aprobadas en última instancia, directa o indirectamente, por el Consejo de Seguridad de las Fuerzas Armadas”.

“Miembros señalados son el general Vides Casanova, viceministro de la Defensa, el coronel Adolfo Blandón, jefe de Estado Mayor, el coronel Nicolás Carranza, director de la Policía de Hacienda, y el coronel Reynaldo López Nuila, director de la Policía Nacional, que forma parte de la Comisión pro-derechos humanos de El Salvador”, dice en la nota reproducida por El País.

Aquella denuncia contra ese grupo de militares que dirigía a la Fuerza Armada pasó inadvertida, y tras el triunfo electoral de Napoleón Duarte en 1984, Eugenio Vides Casanova se convirtió en ministro de la Defensa, y López Nuila salió de la dirección de la Policía Nacional para convertirse en viceministro de Seguridad Pública, la cabeza al mando de la PN, la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda.

De las andanzas del coronel López Nuila en los primeros años de la guerra ahora se conoce un poco más gracias a documentos desclasificados del Departamento de Estado. El 17 de junio de 1982, López Nuila se reunió en El Salvador con dos funcionarios de la Embajada de Estados Unidos. Uno de ellos era Jon Glassman, un importante asesor del Departamento de Estado, autor del libro “interferencia Comunista en El Salvador: documentos que demuestran apoyo comunista a la insurgencia salvadoreña”

“Conversación con el director de la PN”, es el título del cable que da cuenta del encuentro entre Nuila, Glassman y Craig Jonhstone. En el documento -obtenido por el Centro de Derechos Humanos de la Universidad de Washington (UWHRC, por sus siglas en inglés), vía Acta de Libertad de Información (FOIA) en Estados Unidos-, López Nuila habla sobre los alcances de la guerrilla, la necesidad de crear un centro de inteligencia que recoja la información proveniente de todas las unidades del ejército y minimiza las denuncias por violaciones los derechos humanos en la PN.

“América Central y El Salvador solía tener mucho mejor inteligencia cuando Estados Unidos dio su apoyo a esta actividad”, dijo Nuila en aquella reunión, en la que reconoció que la labor de inteligencia de los cuerpos de seguridad de la Fuerza Armada había sufrido tras los recortes a la ayuda militar que Estados Unidos implementó en 1982.

Cuando a López Nuila le preguntaron qué estaba haciendo para detener abusos de autoridad de sus tropas, el coronel “mostró un resumen y una lista de agentes policiales llamados a comparecer ante cortes por crímenes serios desde octubre 15 de 1979”. Cuando le preguntaron sobre abusos cometidos a prisioneros, López Nuila respondió que “había menos que en las islas Fackland donde ocho argentinos habían muerto”, y que las condiciones de los presos eran vigiladas constantemente por la Cruz Roja Internacional, que visitaba las celdas “hasta tres veces por semana”.

En esa reunión, López Nuila presentó un resumen estadístico “que indicaba que la Policía Nacional había arrestado a 2,288 por subversión desde octubre 15 de 1979. De estos, 1,200 habían sido liberados después de haber sido interrogados”.

El libro de capturas y el libro de viajes dan cuenta de detenciones desde “15OCT979”. López Nuila confiesa a Estados Unidos que hubo capturas masivas de “subversivos” desde el 15 de octubre de 1979. Ese día, un grupo de militares progresistas dieron un golpe de Estado al general Carlos Humberto Romero. En su proclama se comprometieron a romper con el pasado y a respetar los derechos humanos. Estas nuevas evidencias apuntan a lo contrario: que a partir del golpe de Estado creció la persecución hacia los opositores políticos.

Durante todo el mandato de Nuila al frente de la PN, los libros secretos del ejército continuaron actualizándose. El libro de capturas terminó de rellenarse en 1984. El libro de viajes en 1985. Los libros de inteligencia sobre el Partido Comunista y las FPL indican tener información actualizada hasta 1986. El libro amarillo tiene como última fecha de entrada “13AGOS987”. Hasta aquí, Vides Casanova y López Nuila reinaban en lo más alto de la jerarquía militar de la época.

Al final del cable de la Embajada de Estados Unidos, Craig Johnstone y Jon Glassman suscriben un comentario sobre López Nuila y la Policía Nacional. “López Nuila se proyecta a sí mismo como un chico bueno tratando de hacer su trabajo bajo circunstancias muy difíciles. La Policía Nacional está lejos de ser una organización de santos, pero es una organización importante gracias a los esfuerzos de este abogado y coronel”, escribieron.

En otro cable desclasificado por el Departamento de Estado, y fechado en marzo del 83, se da cuenta de la “existencia de un escuadrón de la muerte de la derecha en la Policía Nacional salvadoreña”. En el documento, al que se la han tachado todos los remitentes y destinatarios, informantes aseguran que dentro de la PN existe un “escuadrón de la muerte compuesto por miembros de tres áreas de la Policía Nacional: la Sección de Investigación Criminal, la Sección Especial de Investigación Política y la Sección Antinarcóticos”.

Hoy día, es imposible hablar con López Nuila sobre cualquier hecho de la guerra. Desde que Arena llegó al poder en 1989, su figura poco a poco se fue diluyendo en el reguero en el que se convirtió el mapa político de la posguerra. Y es así hasta la fecha. Hoy se le conoce más por sus inversiones en educación a través de la Universidad Tecnológica, y por ser socio y administrador del Canal 33 de televisión en señal abierta.

En una nota publicada el 26 de febrero de 2015 en El Diario de Hoy, se cuenta de un guiño que la Universidad hizo a López Nuila, en la inauguración de un edificio en el centro de la ciudad. “En homenaje al Dr. Carlos Reynaldo López Nuila, por ello lleva el nombre de dicho fundador del alma máter e impulsor de servicios educativos a nivel de postgrados”.

En mayo de 2013, en una nota sobre el libro amarillo publicada por el periódico mexicano La Jornada, aparecen recogidas las últimas palabras que López Nuila ha dado sobre su pasado. “Yo de esa época no quiero saber absolutamente nada”, dijo el coronel en retiro.

En la Universidad Tecnológica, López Nuila es infranqueable. “Está enfermo”, dice su asistente. “No lo podrá atender”.

En su casa, un guardia armado abre la puerta al detectar el menor movimiento frente al portón.

—Vengo a buscar al coronel López Nuila. Queremos una entrevista para pedirle explicaciones sobre unos hallazgos que tenemos sobre la Policía Nacional que él dirigió.
—Permítame…

El guardia armado cierra la puerta y se pierde en el interior de la vivienda. Al cabo de unos minutos regresa:

—No, que no. Que dice que lastimosamente está enfermo, y que no lo podrá atender. Tal vez en otra ocasión.

El 14 de noviembre de 2015, El Faro le dejó una carta en su casa, en donde se le detalla los hallazgos: que 90 de 496 salvadoreños con registro de capturas en la PN terminaron, según la Comisión de la Verdad, desaparecidos, asesinados o torturados. A la fecha, este periódico no ha obtenido respuesta del coronel López Nuila.

7. R32 busca a su esposa e hija

Podríamos decir que en los libros de la muerte hay respuestas para las miles de víctimas de la guerra y sus familiares, pero eso no sería cierto.

En los libros de la muerte solo hay respuestas para las familias de 496 salvadoreños.

En El Salvador, según las autoridades, no existen archivos de la guerra, y quizá sea porque realmente allá afuera, en la calle, sobrevivan los verdaderos archivos perdidos del conflicto. El Faro ha tenido acceso a siete documentos, pero seguramente hay más, muchísimos más, como lo sugieren el ministro de la Defensa, David Munguía Payés, cuando dice que “es probable que haya habido fugas”; o el último director de la Policía Nacional, el coronel Samuel Cuéllar, cuando cuenta que tras la firma de la paz se giró una orden para que se desaparecieran los archivos de inteligencia de las comandancias, cuarteles…

Y sin embargo, miles de salvadoreños siguen buscando aquello que se las ha perdido, y la sola existencia de unos archivos apócrifos quizá pueda ayudarles en su búsqueda.

R32 es uno de ellos.

El libro amarillo del Estado Mayor dice que R32 era un “miliciano” de la Resistencia Nacional (RN/FARN). R32 fue secretario general de la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños (Fenastras). Ingresó muy joven al movimiento sindical del sector energético del país, que a inicios de la guerra protagonizó importantes apagones para presionar al régimen. Antes de la última de sus capturas, que duró cuatro años, entre 1980 y 1984, R32 había sido capturado en dos ocasiones, una por la Guardia Nacional y otra por la Policía Nacional. R32 era un perseguido que tuvo que abandonar su apartamento en la colonia Zacamil, cambiarse el nombre, el de sus cuatro hijos y el de su esposa. Pasó a un estado de semiclandestinidad hasta que fue capturado por última vez el 22 de agosto de 1980.

R32 aparece fichado en el libro amarillo pero no aparece registrado en los libros de la Policía Nacional. Sin embargo, al menos dos de los capturados por ese libro lo mencionan en sus declaraciones, obtenidas presuntamente a golpes de tortura.

Más de 30 años después, Héctor Bernabé Recinos dirige el Comité de Ex Presos Políticos de El Salvador (Coppes). Durante cuatro años él fue torturado en los cuarteles de la Guardia Nacional, luego en la prisión para presos políticos de la ciudad de Santa Tecla -una cárcel hoy convertida en museo- y más tarde en el Centro Penal La Esperanza, la principal cárcel del país, conocida como “Mariona”. En la prisión de Santa Tecla, Bernabé conoció a José Antonio Morales Carbonell, aquel joven militante de las FPL que fue capturado en un apartamento en el que una niña junto a su padre miraban Hawai Cinco 0. En plena guerra, Bernabé Recinos, Morales Carbonell y otros dos presos políticos se convirtieron en líderes de un movimiento en las cárceles del país. En libertad, Bernabé Recinos lideró un movimiento opositor importante en el sector energético del país. En prisión, lideró un movimiento importante que denunciaba las torturas a las que el régimen sometía a los presos políticos.

Podríamos decir que la suma de ambas luchas provocó que lo castigaran donde más podía haberle dolido.

Podríamos decir que por eso desaparecieron a su esposa y a su hija.

Podríamos decirlo, pero ya nos lo ha dicho él.

Bernabé sospecha que sus captores dieron “seguimiento de inteligencia” a su esposa y a su hija, luego de una visita que le hicieran en la cárcel. Las ubicaron en una colonia del Barrio San Jacinto, en la casa de una pareja de amigos que le daban refugio a su familia: su mujer, su hija y sus dos hijos.

El 22 de agosto 1982, Ana Yanira (11 años) y su esposa, María Adela García, fueron capturadas y posteriormente desaparecidas por un comando armado. Junto a su esposa y su hija, los captores se llevaron también a la pareja que les daba refugio: América Fernanda Perdomo, del Comité de Derechos Humanos, y Saúl Valentín Villalta, un abogado miembro del FAPU. Sus dos hijos varones fueron testigos del secuestro. Ellos se salvaron porque en el momento del operativo, jugaban fútbol, en la calle, junto a un grupo de niños de la cuadra. Así era la guerra.

Hace más de 30 años, la noticia de la desaparición de su esposa y su hija le llegó a través de una visita a la cárcel. Aquella fue la peor tortura.

Desde entonces Bernabé busca aquello que se le ha perdido.

A finales de septiembre le enseñamos a Bernabé el libro de capturas y el libro de viajes.

Podríamos habernos quedado callados, y haber dejado que él navegara, intentado encontrar ahí sus nombres, pero eso no habría sido justo.

—No están, ¿verdad? –nos pregunta.
—No, Bernabé. Los hemos buscado y no aparecen.
—¿Tampoco América y Valentín?
—Tampoco.

Los ojos de Bernabé no quieren creernos. Sus piernas, que bailotean debajo de la silla, no quieren creernos. Las yemas de sus dedos no quieren creernos, y juegan, inquietas, con las esquinas de las páginas del libro de capturas, abierto de par en par. Él suspira. Se encoge de hombros…

—Bueno, habrá que seguir buscando…

Entonces Bernabé se sumerge en el libro de capturas. Lo hojea con paciencia. Empieza en el medio, y luego se va a las primeras páginas. Se detiene. Señala con el dedo.

—A este lo conocí: terminó en silla de ruedas. A este también lo conocí…

“Concentrate, Lorena”, se dice a sí misma. “Concentración”, repite una y otra vez. Pero es difícil. Es difícil, incluso, mantener la cordura. Tiene un bolígrafo en la mano y treinta preguntas de un multiple choice de Matemática y Física sobre el banco. Son las ocho y media de la mañana y está rindiendo el examen de ingreso a la carrera de Medicina, en la Universidad de La Plata, bien conocido y temido por su exigencia: mil trescientos alumnos se anotan cada año, pero no llega a aprobar ni siquiera la mitad.

Lorena tiene 19 años y ya a los 15 sabía que quería ser médica, cuando, fascinada, se quedaba hasta tarde viendo documentales con ambulancias en Discovery Channel. Lorena es de Río Colorado −una pequeña ciudad perdida en la provincia de Río Negro, donde nace la Patagonia− y prefirió estudiar en La Plata, aunque estaba más cerca de Bahía Blanca, que también tiene una universidad reconocida. Parecía una ironía, pero era más fácil entrar a Medicina en La Plata que en Bahía Blanca, donde primero había que aprobar un año de otra carrera afín, como Farmacia o Bioquímica. La primera decisión de Lorena había sido anotarse en Farmacia, en Bahía Blanca, porque su padre no podía mantenerla en la capital de la provincia. Pero al día siguiente de la inscripción, cuando el viejo se dio cuenta de que ella no estaba del todo conforme, las cosas cambiaron: “Mañana nos vamos para La Plata”, le dijo él. “Pero papá, me acabo de anotar en Farmacia”, le respondió ella. El padre insistió, y ella no pudo ocultar su alegría: marcharon a La Plata, alquilaron el primer departamento que vieron (en la calle 10, no muy lejos del centro) y Lorena se puso a estudiar.

Ahora, con las treinta preguntas de Matemática y Física delante de ella, se pregunta si todo esto tiene sentido. Lorena ya rindió este examen hace un año y falló. La nueva chance no está siendo más fácil. Pero aún tiene esperanzas de romper el maleficio: ha estudiado, ha repetido de memoria las fórmulas, ha empapelado su casa con cartulinas llenas de ecuaciones. Necesita cuarenta respuestas correctas para aprobar, de las sesenta que son en total: quince de Matemática y quince de Física un día, quince de Biología y quince de Química al día siguiente. Ella prefiere las de Matemática, donde nunca se equivoca. En Química sabe que si no calcula con precisión puede llegar a un resultado errado. En Biología suele tropezar ante el sentido ambivalente de las preguntas y las nomenclaturas similares de los aminoácidos y las proteínas. Y en Física siempre es difícil plantear bien el problema.

Pero todo es más difícil para Lorena si antes de entrar a rendir el examen cree que sus compañeros la están observando, y los ojos de ellos se sienten, invariables, en su nuca. Todo es más difícil, una vez más, si el día anterior al examen, el lunes, Lorena presencia el amanecer desde las ventanas de una fiscalía, declarando. Todo es más difícil, por último, si dos noches atrás, el domingo, Lorena se va a dormir pensando en las ecuaciones y se despierta a mitad de la noche, sobresaltada, descubriendo que alguien entró a la casa para violarla.

“Lorena, concentrate”, se repite, entonces.

Entre las ecuaciones de Matemática aparecen las imágenes de aquella noche, demasiado vívidas como para ser archivadas por ahora en la categoría de recuerdos: su madre gritando (“¡Lorena, Lorena!”), forcejeando con un pibe, los dos agarrados de los brazos como si bailaran un vals horrible en la puerta del balcón, hasta que él pierde el equilibrio y se va para afuera, pasándose del otro lado de la baranda, y perdiéndose en la noche, como un batman endemoniado. Lorena lo ve todo a cierta distancia, demasiado borroso desde su miopía. Está paralizada por el pánico, sentada en la cama, sin poder moverse: para comprender, necesita sus lentes de contacto y no los tiene puestos. Al principio cree que todo es parte del sueño en el que estaba, pero ante la crudeza de los gritos de su madre se da cuenta de que está despierta, viviendo una pesadilla demasiado real. Y es entonces cuando escucha los disparos. Son tres explosiones que parecen detonar adentro de su cabeza, o muy cerca, como los truenos de una tormenta a su alrededor. Se suceden una detrás de la otra: ¡bang! ¡bang! ¡bang! Un pensamiento feo cruza la mente de Lorena, tan feo que trae un dolor punzante: alguien acaba de matar a su mamá. Entonces sí: se para y prende la luz. Su mamá aparece con el resplandor blanco y la abraza. Está viva. Y la abraza, muy fuerte.

Juntas salen al balcón, por donde se fue el que recién estaba adentro. “¿Estás bien?”, le pregunta alguien más a Lorena. Es la voz de un hombre: “¿Estás bien?”, repite. Es su vecino, un muchacho que está en el balcón de al lado, separado por una mampara de vidrio opaco, y le habla sin verla. Lorena adivina un arma en su mano. “Sí”, le responde ella. No puede decir más. El vecino desaparece. “¡Lo mató, lo mató!”, grita su madre. “¿Pero a quién mató?”, pregunta Lorena, que no entiende qué está sucediendo. Su madre tiene una sola respuesta: la abraza de nuevo, con los ojos llorosos y la respiración agitada.

Pocas horas más tarde, una chica no mucho más grande que ella le ofrece un té con bastante azúcar. “Estás pálida”, le dice. “En unos minutitos vas a hablar con el fiscal en su despacho.” Lorena no puede dejar de pensar en el examen que tiene que rendir al día siguiente, mientras toma el té. Su madre está declarando. Lorena escucha de lejos el interrogatorio: el fiscal le pregunta una y otra vez si el que entró a su casa tenía un arma. “Era el violador”, le asegura a Lorena la chica que le alcanzó el té. El violador: ella sabe que se refiere al terror anónimo que azotó a la ciudad de La Plata durante los últimos días, alguien que esperaba la noche para trepar a los balcones y entrar a los departamentos donde dormían chicas solas. Las tomaba por sorpresa y les hacía pasar la peor experiencia imaginable: las violaba y les robaba. “Era un pibito, nomás, quién lo iba a decir…”, escucha Lorena, pero siente que está en otro lugar, muy lejos de ahí. Tal vez, en un lugar llamado realidad. Porque todavía no cree que esto que está viviendo sea real. Cuando Lorena quiere saber más sobre el violador, ya es demasiado tarde: el relato ha concluido. “No te va a hacer bien hablar de esto”, le dice la chica, y cambia de tema.

Al día siguiente, lunes 24 de marzo de 2008, la noticia es tapa: “Mataron a tiros al supuesto ‘hombre araña’”, titula el diario El Día, de La Plata. Una foto del edificio donde vive Lorena ilustra el artículo. Otros medios también la difunden. Y el martes, un día después, Lorena se evade de las ecuaciones de Matemática en el aula de la facultad de Medicina pensando que muchos de los que la rodean, futuros médicos algunos, futuros bochados otros, vieron su historia en los medios y saben que ella es la última chica a la que quiso someter el temido hombre araña violador. Una vez más: “Concentrate, Lorena”.

***

Tenía en vilo a toda la ciudad. Con 48 horas de diferencia había violado a una chica e intentado abusar de otra, que eligió saltar al vacío desde su balcón, en un segundo piso, para evitar el ataque sexual aun a costas de enfrentar la muerte. Pero tuvo suerte: quedó enganchada en los barandales y amortiguó su caída, salvando la vida. Aún así, fue internada en un hospital, para luego regresar a su pueblo natal en estado de shock. El violador las había sorprendido en sus departamentos, a solas, a las cinco de la madrugada. Cuando ellas se despertaron, él ya estaba adentro. Algún tiempo atrás había cometido otros ataques sexuales y algunos robos: entraba sin hacer ruido y atrapaba a sus víctimas cuando ya no podían defenderse. Las violaba con un cuchillo en la mano, haciéndoles sentir su olor penetrante, mezcla de sudor, mugre y poxiran. Las amenazaba con una mentira: les decía que afuera tenía un cómplice y que iba a ser peor si se resistían. Y después se iba, descolgándose por la misma ventana por la que había entrado, llevándose cámaras de fotos, celulares y billeteras, y hundiendo a las chicas en el fango de un drama largo y horrible. El hombre araña solía elegir estudiantes, pero uno de sus ataques, quizás el más espeluznante, había quebrado el patrón: se había animado a someter a una anciana de 78 años con una maldad sin límites.

El diario Hoy le había dedicado la tapa del suplemento Trama Urbana, que publicaba ocho páginas de noticias policiales y judiciales. “Un peligro”, era el título, y la ilustración mostraba a un hombre trepando una pared. Al lado, la portada se completaba con otros dos títulos llamativos: “Crimen de la cajera: ‘Era un pibe callado, no parecía chorro’” y “La familia ladrona dio otro golpe”. Se ve que no eran días de calma en la ciudad. Si acaso él vio la tapa que le dedicaban los muchachos de Trama Urbana, se habrá sentido orgulloso: quizá, tanto como un rockero que alcanza la primera plana de Rolling Stone o como un futbolista que aparece en la de Olé.

La policía no sabía demasiado sobre él. Ni siquiera conocía el número exacto de ataques que había cometido. Podían ser cuatro, pero en el peor de los casos se remontaban a ocho. Y eso sin contar los que podrían no haber sido denunciados. En el Gabinete de Delitos contra la Integridad Sexual de la Dirección Departamental de Investigaciones de La Plata, la teniente primero Laura Paiva estaba desesperada por darle algún sentido a la información que le llegaba con cada nueva denuncia. Estaba acostumbrada a investigar violaciones y abusos horribles, pero la histeria colectiva que se vivía en la ciudad le metía presión, y el área de acción del joven violador, en un radio de unas veinte cuadras en la zona céntrica de la ciudad, parecía una provocación. Con la ayuda de la comisaría del barrio, había montado una estrategia de carnadas para atraer al violador: las agentes se sacaban por un rato el uniforme y hacían el papel de mujeres solas que se dejaban ver por la calle y dormían con la ventana abierta. Para completar la escena se instalaron autos con cámaras que registraban todo lo que pasaba en los callejones oscuros. Pero nada daba resultado.

Los ataques del hombre araña violador habían comenzado el 2 de febrero de 2008. El 7 hubo otro. Y el 13, uno más. En marzo recibieron denuncias dos veces más: el 17 y el 18, cuando la chica se tiró del balcón. Había tres ataques más, que podrían no corresponder al mismo sospechoso, pero tampoco eran tan diferentes como para dejarlos aparte. En el Gabinete, la teniente Paiva trabajó con otras agentes durante febrero y marzo relacionando los hechos, las características físicas y las zonas de las denuncias. “Todas las víctimas mencionaban a un chico jovencito”, me dice ahora. La teniente Paiva no parece una teniente de la Policía Bonaerense: ha pasado los treinta años, pero no hace tanto; viste de civil, informal, y lleva aros artesanales. “Eso de que fuera un chico nos sorprendía: ¡que un pibito adolescente anduviera por la calle abusando de la gente! ¿Abuso sexual, tan chiquito? No lo podíamos creer.”

El modus operandi del hombre araña desconcertaba a los investigadores: alcanzaba a subir al primer piso y al segundo; y de alguna manera, había marcado su record trepando al tercero. Al principio, la teniente Paiva no entendía cómo hacía para atacar a las chicas en sus departamentos. “Con la sucesión de ataques empezamos a observar que siempre había algún escalón o alero para subir”, dice. “Y él, con esa edad y una contextura física más bien menuda, era una gacela.” Lo que nunca sabrá es si el hombre araña elegía primero a sus víctimas o al escenario de los hechos: para ella, no ha quedado claro cuál de las dos variables tenía prioridad.

A medida que se sumaban los ataques, las víctimas ayudaron a confeccionar algunos identikits del violador. Eran retratos que mostraban a un pibe de facciones mestizas, con la nariz achatada, los labios gruesos, las orejas grandes y la tez mate. Los retratos tienen una frialdad y una quietud que difícilmente me permitan imaginar el terror que causaba ese rostro. Algunos testigos lo habían descripto con un flequillo cruzado; otros, que lo conocieron más tarde, dijeron que llevaba el pelo corto debajo de una gorra. Pero fue un remisero de 20 años, que trabajaba en el sur de La Plata, el que le permitió a la teniente Paiva identificar al pequeño violador: el remisero le entregó un nombre para esos dictados de rostro.

“En todos los hechos, el violador se robaba objetos chiquitos, fáciles de descartar, de vender y de llevar: celulares, cámaras o dinero”, cuenta la teniente Paiva. La investigación comenzó a partir de esos elementos, siguiendo el rastro de las llamadas que se hacían de los celulares robados. Una llamada fue hecha pocos minutos después de un abuso. La línea de destino pertenecía al remisero. La teniente lo citó a declarar, aunque dudaba de él: sospechaba que podía ser un cómplice, o incluso el mismo atacante. Cuando vio que el muchacho se mostraba sincero, le explicó a quién estaba buscando. El chico colaboró. Y contó que el que lo había llamado era un pibe que viajaba con él de vez en cuando, y que le decía que estaba yendo al Parque de la Costa. La teniente Paiva se sorprendió: parecía que el violador había elegido pasar un día en un parque de diversiones para celebrar el éxito de sus ataques. El hombre araña le dijo al remisero que se había subido a otro remís, y que el chofer estaba perdido. Le pedía que le indicara, por teléfono, cómo llegar al Parque. “Es una cosa de chicos eso de robar un celular y usarlo para llamar a un conocido: no hay ninguna autopreservación”, considera la teniente, satisfecha frente a la clave que le permitió desenredar el ovillo.

El remisero le dijo que el chico se llamaba Brian y tenía 16 años, y que vivía en un barrio periférico del sur de la ciudad de La Plata. La teniente Paiva comprobó que los archivos policiales lo tenían fichado: unos días atrás, el miércoles 12 de marzo, había sido detenido mientras trepaba un edificio. Por orden de un juzgado de menores, el domingo siguiente había sido alojado en una Casa de Abrigo, un centro de minoridad de régimen abierto en el que convivían chicos con causas penales y asistenciales. Algunos de los viejos y tremebundos institutos de menores estaban siendo reemplazados en la provincia de Buenos Aires por centros como este, donde los chicos debían ser estimulados a reintegrarse a su hogar en un plazo máximo de un mes. La Casa de Abrigo tenía una canchita de fútbol y una escuela. Pero para Brian estar ahí era una pérdida de tiempo: a las pocas horas se fugó.

El remisero declaró que su cliente era un pibe solitario: no tenía novia, nunca viajaba acompañado, y solía parar en cíbers o en las plazas del centro de la ciudad. Como hacía viajes largos, el remisero le había dejado su número particular para ganarse su confianza, y Brian lo llamaba desde cabinas públicas o celulares cambiantes. Lo citaba en una esquina suburbana y le decía que manejara hasta el centro de la ciudad. Nunca era el mismo origen; nunca, el mismo destino. Brian era un chico de la calle, pero no un mendigo, observó el remisero. Decía que trabajaba de albañil, pero nunca estaba sucio. Y siempre tenía a mano los veinte pesos que costaba el viaje. Parecía que andaba en algo raro. Pero al remisero no le interesaba averiguar en qué. Y cuando la unidad de Paiva había conseguido agrupar todas las causas bajo un mismo patrón e identificar a Brian, él decidió subir al departamento de Lorena.

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El clima, el tráfico, el barrio: esas charlas son siempre aburridas. Los vecinos se preguntan cosas sin importancia, más por compromiso que por interés. Lorena y su vecina del 1º C apenas se saludaban. La vecina se llamaba Natalia y había llegado a estudiar Comunicación Social a La Plata desde la ciudad costera de General Lavalle. Tenía 26 años y hacía dos que convivía con su novio. Ninguna de ellas sabía cómo se llamaba la otra, pero Lorena fue la primera que se animó a tocar el timbre para pedir uno de esos típicos favores de vecinos. Era viernes, y durante todo el día había diluviado. La lluvia traía granizo, y había caído con tanta fuerza que las piedras habían roto uno de los ventanales del departamento de Lorena −el que daba al patio interno del edificio−. Lorena entró a su casa y descubrió los CDs en el suelo y los apuntes desparramados, en un alboroto inusual, tanto como para pensar que alguien había entrado a robar, pero el agua en el piso era una señal clara de que todo se debía a la furia de la tormenta.

El ventanal estaba roto y Lorena se asustó: ella también había escuchado sobre el misterioso hombre araña. El último ataque, en el que la chica se había arrojado desde el balcón, fue en la calle 13, esquina 57; y Lorena, que vivía en el número 1571 de la calle 10, entre 64 y 65, sintió que estaba demasiado cerca. Lo suficiente como para tratar de arreglar cuanto antes ese vidrio roto.

Lo primero que hizo fue llamar a su mamá: ella iba a ir a La Plata el lunes para estar cerca de su hija el día del examen; pero como la voz de Lorena sonaba algo angustiada, le dijo que adelantaría el viaje y llegaría al día siguiente, el sábado. Después, sí, Lorena le tocó el timbre a Natalia, su vecina del 1ºC. Ella estaba en La Plata de casualidad: con su novio tenían planes de visitar a su familia en la costa, pero se amargaron cuando descubrieron que el auto no arrancaba. Lorena le contó a Natalia que tenía un vidrio roto y le pidió cinta adhesiva para taparlo con unos cartones. Mientras lo reparaban tuvieron una charla breve, la primera después de meses de hola y chau.

—¿Por qué no te vas a dormir a la casa de alguna amiga? Por ahí estás más tranquila −le sugirió Natalia.
—No, todo bien, yo me quedo acá −Lorena quería aparentar que se sentía segura en su departamento.
—Bueno, cualquier cosa yo me quedo acá al lado.

Antes de irse, Natalia se refirió al hombre araña: sus ataques eran tan comentados en las esquinas de la ciudad que ya era como hablar del clima, la típica conversación pasatista de los vecinos aburridos:

—Encima, está este loco que anda violando a las chicas acá cerca… −le dijo Natalia −. Yo también estoy un poco nerviosa, porque mi ventanal del balcón no traba y siempre estoy sola porque mi novio trabaja con horarios raros −se detuvo y luego, con la convicción de haber ideado algo importante, le propuso−: Si llegás a escuchar algo, gritá; y si yo escucho algo, grito. Y cualquiera de las dos sale a ver qué pasa.

Natalia se fue de la casa de su vecina preguntándose si ella sabría el motivo de los horarios raros de su novio. Lorena no se lo había preguntado. Quizá no le pareció importante. O tal vez ya sabía que él era policía. Nicolás, el novio de Natalia, también tenía 26 años. Todavía tenía cara de pibe, pero llevaba el pelo corto −como todos los oficiales− y eso le daba un aire serio. Era de San Clemente, una localidad cercana a General Lavalle, el pueblo en el que se había criado Natalia. Pero fue en un boliche de Santa Teresita, a mitad de camino, donde se habían conocido seis años antes. Él era un cadete de la escuela de Policía Ramón Falcón que en esos días llevaba con orgullo su primer uniforme, y parecía un chico sereno y maduro, diferente de los novios con los que ella había estado perdiendo el tiempo.

Natalia cursaba el tercer año de Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata. Los dos tenían 21 años. Nicolás era lo que Natalia llamaba “un policía de alma”: desde chico supo que quería llevar la placa de la Policía Federal, como su abuelo. Y a diferencia de los jóvenes de General Lavalle que se metían en la fuerza porque no encontraban trabajo −y que a Natalia le daban un poco de vergüenza ajena−, y en un país donde “policía” es mala palabra para muchos pibes, Nicolás tenía una vocación marcada y no medía riesgos. Ella contaba sus anécdotas con orgullo, como esa vez que, paseando por el Obelisco, un tipo le arrebató la cámara a dos turistas yanquis y Nicolás, en su día libre, lo corrió unas cuadras hasta agarrarlo, reducirlo y entregárselo a un vigilante. El novio había hecho una carrera ejemplar, y ostentaba el rango de oficial subinspector, ejerciendo el puesto de Jefe de Guardia en una comisaría del barrio porteño de Palermo. Entraba a trabajar a las seis de la mañana y dormía en horarios extraños, pero todavía el sistema policial, esa compleja maquinaria de voluntades y hábitos que rige a la institución, no lo había contaminado. “Mi novio es un buen policía”, decía Natalia a quien quisiera escucharla en la universidad, pero sabía que en la facultad de Comunicación, la misma en la que había estudiado Miguel Bru −una de las víctimas más emblemáticas de la violencia policial, asesinado y desaparecido a los 23 años por policías de la Comisaría 9ª de La Plata−, “bueno” y “policía” sonaba a contradicción.

Nicolás también había escuchado sobre el hombre araña, pero no estaba tan preocupado como su novia y su vecina. Por eso se quedó dormido a las once de la noche, como siempre, pensando en despertarse a la tres de la mañana para tomar el micro y llegar a Buenos Aires a las seis. Y ni siquiera se despertó cuando su novia, sin poder contener sus nervios ante unos ruidos en el balcón, le susurró “Nico, hay ruidos, escuchá, escuchá”.

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La primera ventana del 1571 de la calle 10, la de la planta baja, tenía barrotes horizontales. Eran siete, cilíndricos, tan relucientes que daba lástima poner un pie sobre ellos y ensuciarlos. Pero Brian los trepó sin perder el tiempo: eran una escalera perfecta. Era la una y media de la noche del lunes 24 de marzo de 2008. Su última semana había sido vertiginosa y atroz: el domingo 16 se había fugado de la Casa de Abrigo donde lo habían internado unos días atrás; el lunes 17 había entrado en el departamento de una estudiante de Ciencias Económicas de 25 años, la había sometido y se había marchado robándole cien pesos y un celular (desde el que había hecho la llamada a su remisero de confianza para que le diga como llegar al Parque de la Costa); y el martes 18 había atacado a una chica de 19 años que cursaba la carrera de Odontología, pero no la había podido violar: ella fue la que se tiró por el balcón. La sucesión de los hechos alarmaba a la gente, y este último caso le dio a Brian fama a nivel nacional. Sus días abominables no habían terminado: mientras trepaba por los barrotes, quién sabe, tal vez saboreara de antemano un nuevo ataque y se viera en las portadas de los diarios del día siguiente.

Adentro del departamento del 1º D, Lorena dormía un sueño químico: para descansar mejor y aplacar los nervios del examen tomaba una pastilla de Clonazepam por día, repartida en un cuarto a la mañana, otro al mediodía y la mitad a la noche. Su madre, Norma, había llegado el sábado, adelantando su viaje por el granizo. Si no hubiera sido por la lluvia, Norma no habría cambiado su pasaje original, y mientras Brian trepara los peldaños ella estaría en la ruta, viajando desde Río Colorado. Pero ahí estaba, dando vueltas en la cama sin poder dormirse. Hasta hacía un rato, había estado leyendo Inés del alma mía, la novela de Isabel Allende, acostada en la cucheta de su otro hijo, que vivía con Lorena y que esa noche estaba visitando a su novia en Bahía Blanca.

Norma, la madre de Lorena, tenía insomnio: su mente se perdía en cavilaciones que iban de aquí para allá, como las hojas de los árboles que se entreveían a través de la cortina, movidas por la brisa. La imagen hubiera sido una linda postal para quedarse dormida muy despacio. Pero algo quebró la calma de la noche. Primero, una sombra fugaz. Norma se sobresaltó y dio un brinco que la dejó sentada en la cama. Ella también había leído las noticias sobre el hombre araña. Pero no podía ser él, pensó. Volvía a acostarse cuando la sombra se acercó lentamente a la puerta ventana del balcón. Era una figura pequeña e indudablemente humana. Pronto fue tan nítida como real el miedo de Norma. Sintió que estaba viviendo todas las películas de terror juntas, y de nuevo, algo la impulsó: se paró y se lanzó hacia la ventana, al encuentro de la sombra. Corrió la cortina y descubrió que la ventana ya estaba abierta; y que Brian estaba ahí, frente a ella, mirándola fijo con sus ojos inyectados en sangre y una media sonrisa encajada en sus facciones lampiñas de muchachito.

En momentos así, la gente se transforma y se desconoce. Norma era una mujer de casi cuarenta años, y su trabajo en la cocina y en el lavadero del hospital de Río Colorado le había dejado una tendinitis en las manos, que se le dormían o se le hinchaban cada vez más seguido. La mujer medía unos centímetros más que Brian, que era petiso, pero más fuerte que ella. Y sin embargo fue Norma la que, incluso dolida por la tendinitis, le saltó encima y lo agarró de los hombros y del cuello de la campera de jean. Quedó cara a cara con él, tan cerca como para descubrir su acné de adolescente y desafiar esa mirada extraviada, por momentos furiosa, a la que se habían reducido sus ojos rojos.

Norma se dio cuenta, en el contraataque, que Brian no estaba ahí por ella, sino por Lorena, y decidió luchar hasta el final para defender a su hija: se inclinó sobre Brian y lo empujó para atrás. Fue en ese momento cuando vio que él se reía. Su media sonrisa ahora era completa y burlona, y desnudaba sus dientes grandes y cuadrados, sin borrarse ni siquiera ante las peores embestidas de Norma, que comenzó a gritar por su hija (“¡Lorena, Lorena!”) y a insultarlo hasta hacerle perder el equilibrio. Brian logró escapar, descolgándose del balcón con agilidad por los mismos barrotes por los que había subido, y todavía se reía: le resultaba ciertamente divertido ver a una señora tan alterada.

Los gritos de Norma habían despertado a su hija y a sus vecinos. Nicolás había salido al balcón, frenético, con el arma en la mano y una orden en la boca: “¡Alto, policía! ¡Alto!”. Adentro, Lorena acababa de despertarse del sueño pesado del Clonazepam y lloraba asustada, desde la cama. Su madre corrió para abrazarla y todavía no había llegado hasta ella cuando los tres disparos cortaron la brisa de la noche.

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Nicolás mató a Brian. Fue con un tiro certero en la cabeza. Y fue casi de casualidad: Brian ya había descendido los siete metros que separaban el balcón de la calle cuando desenfundó un revólver Iver Johnson. Era un .38 corto niquelado, y era tan viejo y tan plateado que parecía uno de los que usaban los cowboys. Nicolás también había salido al balcón con un arma, la pistola Bersa Thunder 9 milímetros reglamentaria, y gatilló al ver el resplandor del revólver con el que Brian le apuntaba mientras huía, sin detenerse ante la voz de alto. Tiró sin ver, al tiempo que se escondía detrás de la baranda del balcón, convencido de que Brian iba a hacer fuego antes. La oscuridad de la calle no le permitía advertir dónde estaba el violador: Nicolás hizo tres disparos frenéticos e intuitivos. Dos balas se perdieron en la noche. Y la tercera entró por la nuca de Brian. Como si no pudiera escapar a su destino de morir esa madrugada de lunes.

Lorena y su mamá aparecieron en su balcón, y se encontraron con una certeza escalofriante en boca de Nicolás: “Creo que lo maté”, repetía. Abajo había quedado Brian, desparramado en el pavimento. “¡Es el pibe, es el pibe que anda violando a las chicas!”, gritaba Norma. Nicolás entró a su habitación. Hasta hacía un minuto, estaba durmiendo con Natalia al lado. Pero ahora estaba en problemas. Y ella lo miraba desde la cama, con sus enormes ojos negros desorbitados. “Llamá al 911”, le dijo él. “No, no, mejor dame a mí, que llamo yo”. Natalia marcó y le pasó el celular. Él habló sin demasiado detalle: “Pueden venir, por favor, que acá hay una persona herida”. Después se vistió y bajó a la calle. Natalia, en cambio, fue a ver a Lorena, que todavía lloraba. Y unos minutos después bajó con ella.

Los policías llegaron en tres patrulleros y cercaron la zona donde estaba el cuerpo. Brian los esperaba, muerto, boca arriba, con un orificio de salida de bala en la frente y algo de sangre alrededor de su cuerpo. Unos metros más allá estaba el revólver. Lo revisaron: estaba descargado. Nicolás contó lo que había pasado y quedó detenido. Encontraron su Bersa Thunder 9 milímetros sobre la cama, donde él la había dejado, con trece balas en el cargador y una en la recámara.

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Un periodista de Canal 9 informaba desde la vereda de la calle 10, donde había ocurrido todo: “Se trataría de un chico de 16 años…”. En otro canal, el cronista de policiales Mauro Szeta también daba la noticia, con su acostumbrado tono sombrío: “Un joven oficial de la Policía Federal escuchó los gritos de sus vecinas y salió al balcón a ver qué pasaba”. Zapping: los vecinos aparecían en cámara y opinaban, pidiendo mano dura y muerte a los violadores.

Algún tiempo después, comencé mi propia investigación. Hablé con policías, abogados y periodistas. Y me di cuenta de que iba a ser difícil rastrear los pasos de Brian: era un chico que no había tenido domicilio fijo y que no había ido a la escuela. Sus pasos no habían dejado huellas. Pero yo quería encontrar una respuesta a la pregunta que quedaba detrás de la ola de ataques: ¿quién era este pibe al que toda la ciudad despreciaba, celebrando su muerte?

En los últimos años Brian se había transformado en una sombra, abandonando su casa, un hogar muy pobre, y perdiéndose entre las siluetas anónimas de la calle. Siendo todavía un bebé, había migrado desde el norte del país con su familia, que consiguió un terreno para levantar su casa al sur de La Plata. El barrio era una zona de chacras y casonas en el siglo XIX, pero cuando la familia de Brian llegó las cosas habían cambiado: el tono general era de decadencia, óxido y soledad.

El padre de Brian era operario de una fábrica y murió antes de que su hijo aprendiera a decir “papá”. La madre, Abigail, tuvo que salir a trabajar en los invernáculos de la zona cosechando tomates. Era una mujer excedida por los cinco hijos que había tenido con un par de hombres y por su pobreza. Pasaría mucho tiempo hasta que volviera a formar pareja, y su familia encontrara algún tipo de orden. Entretanto, Brian tuvo una infancia más o menos contenida, pero nunca serena. Era el menor de los hermanos, y era tan esquivo que ni siquiera jugaba a la pelota con sus amigos. Pero era travieso. Y abandonó la escuela pronto, lejos de la mirada de su madre, que trabajaba todo el día. Brian había aprendido a leer, pero casi no sabía escribir. Cuando se enteró, Abigail lo volvió a anotar, pero esta vez en la escuela complementaria de una iglesia evangelista que congregaba a los vecinos más humildes del barrio. Un año más tarde, su hijo volvió a abandonar, y ni la copa de leche ni la ropa que le conseguían pudieron retenerlo.

Para ese entonces ya era un nene de carácter fuerte, embravecido, que reaccionaba mal, especialmente ante los gritos de Abigail. Ella difícilmente podía criar cinco hijos: volvía a su casa muy cansada después de varias horas de juntar tomates para ganar algo dinero y darles de comer. Caminaba las largas hileras sembradas del invernáculo, de ida y vuelta, juntando los frutos con un canasto en la mano. Cada canasto se descargaba para llenar una jaula, que, completa, se valuaba en tres pesos. Si el día era provechoso, Abigail podía llenar cuarenta jaulas de tomates. Pero no podía estar en su casa y enseñarles buenos modales a sus hijos: ella había elegido, al menos, que tuvieran la panza llena.

Una tarde, en un inusual día de recreo, Abigail retó a Brian y le tiró de la oreja, harta de que se cruzara por delante del televisor. Él salió de la casa llorando. Tenía bronca. Odiaba a su madre, al televisor y al mundo. Entonces recogió algunas piedras embarradas y comenzó a arrojarlas a las ventanas, sin puntería. Adentro, mientras las hermanitas de Brian la miraban asustadas, Abigail seguía viendo televisión: su cabeza estallaba, su estómago hacía ruido, y las piedras repiqueteaban contra las paredes de madera. Abigail pretendió ignorarlas. Pretendió sentirse un poco más tranquila. Pretendió estar frente a un problema menor. Cuando se le acabaron las piedras y las lágrimas, Brian se fue caminando hacia cualquier lado, alejándose de la casa. Sabía que iba a terminar errando como un sonámbulo por la ciudad, y que a la noche alguien le iba a indicar cómo volver, pero no le daba miedo perderse. No era la primera vez que lo iba a hacer. A los 9 años, la posibilidad de tener una vida normal comenzaba a marchitarse.

***

¿Existía la chance de que Brian no fuera un monstruo? En la ciudad de La Plata su nombre estaba condenado a ser sinónimo de horror, pero había una sola manera de responder a ese interrogante, y era entrar a su morada. Yo sabía que era una tarea compleja y que podía encontrarme con gente molesta, capaz de echarme con insultos y amenazas. Pero había que probar: mi investigación se construía en base a intentos.

Tenía un solo dato, que había podido rescatar luego de una charla con un policía que tuvo la gentileza de revisar su archivo. Me había pasado un cruce de calles. “Una casa amarilla”, me había dicho. En realidad, el color amarillo se correspondía con la madera roída y la pintura desgastada por el sol y la humedad. Un toldo hacía las veces de puerta y un perro flaco y costilludo daba la bienvenida. Brian había pasado su infancia en esta casa, pero ya no estaba aquí. “En La Plata solamente se quedó Blanca, su hermana”, me dicen desde la puerta. Blanca no está muy lejos: se mudó a lo de su suegra, a un par de cuadras. Vive en una calle de tierra, frente a un baldío surcado por unas vías abandonadas. La casa tiene una galería de plantas y enredaderas que conduce hasta la puerta, y una ventana que hace de kiosco.

Clap-clap: golpe de palmas. Sale un hombre de pocas palabras y le explico por qué estoy ahí. “Voy a llamar a Blanca”, dice y desaparece. Pasan unos segundos. El tipo vuelve con un vaso de gaseosa: “Ya viene”. La bebida tiene color naranja y sabor indefinido. Pero en pocos lugares me han recibido con esta hospitalidad, con algo para tomar, sin suspicacias.

Blanca, la hermana de Brian, llega desde el fondo de la casa. Tiene 21 años y antes de que se presente ya se la adivina tímida. Sus ojos brillan con una luz particular: hay simpleza, candidez y algo de ingenuidad en esa mirada. Brian había mostrado furia y extravío en su última noche, algo muy diferente de lo que proponía ahora su hermana. Blanca trae en brazos a su bebé de dos meses. Desde adentro de la casa la observan sus otros hijos, de dos y tres años: los sobrinos de Brian.

Ningún periodista vino a tocar la puerta luego de la muerte de Brian: nadie quiso sacarle la careta al hombre araña. Acaso a la opinión pública le alcanzaba con el tiro en la nuca y el fin de los ataques. Blanca acepta charlar conmigo como si me hubiera estado esperando desde aquel fatídico 24 de marzo en que su hermano fue muerto. Es curioso: yo estaba listo para enfrentarme a una situación tensa, e incluso había anotado una lista de buenos argumentos para insistir y ganar unos minutos de charla, pero no fue necesario nada de eso. Blanca, en cambio, me invita a tomar asiento en unos troncos desparramados a la sombra.

“Brian me contaba a mí sus cosas”, arranca, con un vaso de esa gaseosa indefinida en su mano, y su bebé en el pecho. Los recuerdos pasan con palabras escuetas y anécdotas breves. Dice que fue a los once años cuando Brian comenzó a meterse en problemas, cada vez más alejado de su hogar. “Le gustaba callejear”, cuenta. Su hermano salía a la mañana y volvía después de la medianoche, solo o acompañado por la policía. A veces pasaba la noche fuera de casa. Su madre lo retaba, le preguntaba por dónde andaba, le pedía que no se perdiera más. Pero a Brian no le importaba el castigo: a la mañana siguiente volvía a salir.

Pronto cayó preso por primera vez. Otra de sus hermanas, Belén ­−un año menor que Blanca−, se acostumbraría a ir a buscarlo a la comisaría. Brian ya había aprendido a arrebatar billeteras, carteras y celulares como si fueran golosinas: se lo habían enseñado sus amigos de la calle, pibes tan desamparados como él, o aún más, que dormían en las plazas del centro de La Plata y vivían en un mundo violento y sin adultos. A veces, cuando pasaba la noche fuera de casa, Brian se sumaba a las ranchadas y dormía con ellos, que se abrigaban con cartones y compartían los botines y las limosnas. Para Abigail, enterarse de eso fue suficiente: ella misma decidió internar a su hijo en un hogar asistencial de menores.

Todavía hoy, Blanca no entiende por qué Brian se rebelaba y elegía esa vida. Ella vive con la familia del padre de sus hijos, que trabaja en los invernáculos, como muchos de sus vecinos. Blanca y su pareja se conocieron en la iglesia evangelista −la misma a la que fue su hermano− y no han perdido su fe. Ella terminó la escuela primaria, pero nunca inició la secundaria porque tuvo que meterse a trabajar juntando tomates con su madre. El trabajo en el invernáculo era duro y Blanca, que ahora se dedica a criar a sus tres hijos, aún lo recuerda con desagrado. Pero sabe que, por algún motivo, su suerte fue mejor que la de Brian.

***

El Che Guevara custodiaba el futuro de los niños. Lo hacía desde un mural colorido, en el patio del hogar asistencial en el que Brian pasaría algún tiempo. Había llegado hasta ahí derivado por una causa asistencial: llevaba un año en la calle pidiendo monedas para comer e ir a jugar a los videojuegos y hacía tiempo que no pisaba la escuela. Abigail no podía dejar su rutina sacrificada en el invernáculo y sólo los hermanos mayores cuidaban de Brian. Algún tiempo atrás, un juzgado de menores había tomado parte en el asunto. La madre, como derrotada, había planteado la posibilidad de la internación de sus hijos más pequeños.

“Brian era uno más, no tenía ninguna particularidad”, me cuenta Susana, la directora del hogar, que trata de recordar algún signo que pudiera haberle llamado la atención, pero no lo consigue. Me sorprendo y quiero recomendarle alguna pastilla para la memoria. Pero más tarde descubriré que la directora no es la única persona que habla de un Brian opaco. Como él, muchos de los chicos que buscan refugio en el hogar sufren la ausencia del padre. “La madre hace todo lo posible por ocupar un rol que no puede ejercer”, considera Susana. “Pero lo que necesita el pibe es el límite del padre. Y como no encuentra a nadie que tenga el derecho a ponérselo, hace lo que quiere. Muchos de los fracasos que tenemos tienen que ver con eso: es difícil rescatar a los pibes criados por mamás solas a las que no les dan bolilla.”

Brian tuvo dos etapas en este hogar, que trabaja con objetivos a largo plazo, a diferencia de la Casa de Abrigo adonde estuvo unos días antes de su muerte. La primera fue cuando el juzgado lo derivó al hogar convivencial; y más adelante llegó la segunda, algunos meses antes del desenlace, cuando fue enviado al centro de día. En el primer período, Brian convivió con otros niños, al sumarse a una unidad familiar de ocho, encabezada por una madre sustituta −que tampoco recuerda especialmente al pequeño hombre araña−. La rutina en ese hogar convivencial era de escuela y granja. Pero Brian estaba cerca de su casa, y dos meses después decidió irse. Más adelante, el centro de día le ofreció por un tiempo más tareas escolares complementarias, con talleres de música, teatro, artesanías y oficios. Desde el mural, el Che Guevara no sólo amparaba el porvenir de los niños, sino también los sueños de los fundadores del hogar: en la década del 1970, a los 17 años −casi la misma edad que tenía Brian cuando murió−, Susana había comenzado a restarle tiempo a sus estudios de Derecho para hacer trabajo social y apoyo escolar en los barrios pobres; y en los años ochenta inició el hogar junto a otros militantes.

“Cuando nos enteramos de lo que pasó con Brian, nos extrañó”, sigue ahora la directora. “Todo el tiempo trabajamos con chicos amenazados por el camino de los robos o la droga, pero no por el de las violaciones, eso jamás lo hubiéramos imaginado.” Susana sabe que, a veces, la exclusión gana la pulseada y no hay fuerza suficiente para oponerse: algunos de los chicos que pasaron por el hogar terminaron rindiéndose ante la adversidad a la que parecían estar condenados. “Cuando pasa algo así nos desanimamos bastante. Pero muchas veces que un pibe termine bien o mal tiene que ver con su propia decisión.” Susana se amarga: “Brian pasó por acá dos veces. Lo importante era estar el tiempo suficiente, pero lamentablemente no se quedó”.

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Cuando Abigail, harta de la vida en La Plata, decidió abandonar la ciudad y volver al norte del país, Brian, que tenía 15 años, comenzó a vivir su propia crónica de niño solo. “Lo que pasa es que, viste cómo es el destino: cada cual tiene el suyo. Yo pienso que él terminó de esa manera por el abandono. Una mamá no puede irse así”, considera Regina, la suegra de Blanca. Ella conoció a Brian siendo un niño, y asegura que el exilio de Abigail empeoró las cosas y disgregó el hogar: los hermanos mayores, que vivían en La Plata, comenzaron a pasar más tiempo con sus parejas y Brian se quedó solo.

La calle parecía ser su única alternativa. Y los arrebatos, su modo de vida. A veces volvía a la casa de madera roída, donde lo esperaban Blanca y sus sobrinos. Brian les compraba galletitas y se quedaba mirando televisión y charlando. Le gustaban los dibujitos: hacía zapping entre Dragon Ball Z, Pokemon y Los Simpson. Le decía a Blanca que le preocupaba cómo estaban, pero al rato se iba, y no importaba si ella quería retenerlo. En una de esas visitas, Brian vio por televisión un comercial del Parque de la Costa y le preguntó a su hermana si quería acompañarlo, pero ella le dijo que no. Algún tiempo después se daría el gusto, yendo luego de uno de sus últimos abusos, y una llamada por celular a su remisero para pedirle las coordenadas del Parque sería la pista que la teniente Paiva tomaría para desenredar el ovillo e identificarlo. Y aunque faltaba mucho para que eso ocurriera, Blanca no necesitaba preguntarle nada para darse cuenta de que su vida estaba descontrolada: “Cuidate, no hagas desastres”, le decía ante su aspecto maltrecho. Brian le juraba que le iba a hacer caso, pero andaba más en Plaza Moreno y en el cíber que en su casa.

A los 15 años, su independencia era total. Brian vivía su día a día sin saber a dónde iba a terminar cuando cayera el sol. Su hermana cuenta del día en que él se subió al tren y se fue a Mar del Plata. Era verano y quería conocer la playa. Blanca, que había ido de excursión con el colegio, le había contado lo lindas que eran la arena y las olas. Brian lo comprobó en su propia piel: pisó los caracoles, se entremezcló con la multitud de la playa Bristol y se dejó llevar por el mar. Y desde ahí llamó a su hermana para contárselo. “Viajaba mucho”, dice ella. “A veces se iba para Buenos Aires, en tren hasta Constitución, porque le gustaba, decía que era re lindo y que había muchas cosas para ver.” Mientras lo cuenta, Blanca lo imagina, encantada: ella, que sólo vive a sesenta kilómetros de la capital del país, no la conoce.

Pero su tono cambia cuando confiesa que la vida de Brian se oscureció con drogas, armas, dinero sucio y peleas: poco a poco, descubrió que su hermano ya no era el mismo que antes. Sus travesuras habían desembocado en algo serio y él, que no se daba cuenta de los riesgos, se enorgullecía. “Mirá lo que tengo acá”, le dijo una vez, levantándose la remera y mostrándole un revólver en la cintura. Blanca se alarmó, pero él le dijo que no pasaba nada, que el revólver estaba descargado. “Tené cuidado con eso”, le pidió ella. Y es difícil dejar de pensar que Brian encontró su final con un revólver descargado en las manos, acaso el mismo.

Blanca ocupaba un lugar que la superaba: tenía que mantener a raya a su hermano, pero el tiempo que lo veía era tan breve que apenas podía decirle que se cuidara y abrazarlo. Brian sabía que ella nunca había abandonado la fe: era una creyente persistente y convencida. Y, como no admitía el robo, él nunca le mostró sus botines. Como sea, quería ayudarla. Y la única manera que tenía era compartiendo algo de su dinero sucio. En una de esas visitas a la casa, sacó de sus dos bolsillos unos cuantos billetes doblados. Más de mil pesos. Blanca nunca había visto tanta plata junta. Se miraron en silencio. Blanca estaba incómoda: “No quiero nada de eso”, le dijo, contundente. Al lado estaba Belén, la hermana menor de Blanca, la misma que solía ir a buscar a Brian a las comisarías. “¿Vos querés plata? Yo te presto”, la tentó Brian. Ella sí aceptó, pero él se la entregó a solas, en un rincón. No se animaba a hacerlo delante de Blanca.

Sin embargo, no todo era dinero fácil e independencia en la vida de Brian. Más de una vez apareció golpeado, lleno de moretones. “Él no sabía pegar ni defenderse. Buscaba roña pero después no se la aguantaba”, cuenta Blanca. Ella le preguntaba qué le había pasado, quiénes le habían dado la paliza. Pero él negaba todo y decía que se había caído. “Ojo con lo que hacés”, le recriminaba ella de nuevo. “Siempre te estoy diciendo que te portes bien y no hagas cosas de las que después te tengas que arrepentir.”

Brian dejó de escucharla el día que apareció con la nariz quemada, negra, de tanto aspirar pegamento. No podía ocultar que andaba “de bolsita”: sus compañeros de la ranchada lo habían iniciado hacía un tiempo y él ya no podía dejar el poxiran. Cuando quería mostrarse un poco más “careta” se ponía una curita en la nariz para tapar la zona morada. Hasta que Blanca descubrió que tenía una de esas bolsitas apestosas en el bolsillo y ató cabos: “¿Qué andarás haciendo vos?”, lo reprendió por vez número mil. Él hizo silencio. Se lo notaba angustiado. La visitó dos veces más, y luego pasó un tiempo sin aparecer. No tuvieron despedida: Blanca se enteró de su muerte con la noticia del último y fatal ataque del hombre araña, descubriendo recién entonces que se trataba de su hermano.

La historia de la familia era ya demasiado dura. Pero le esperaba algo peor: quince días antes de que Brian trepara al departamento de Lorena y encontrara su final, falleció la mayor de los cinco hermanos. Estaba embarazada una vez más y ya no podía alimentar tantas bocas. Había tenido su primera hija a los 15 años y sentía que no iba a poder luchar para seguir criando hijos. Decidió hacerse un aborto ella misma, pero la herida se le infectó, y poco tiempo después la llevó a la muerte. Tenía 30 años. El padre de sus hijos había fallecido algún tiempo atrás, cuando un colectivo lo arrolló. Más que nunca, Blanca tuvo que tomar las riendas de la familia. Por eso creyó que rescatar a Brian era un compromiso personal y familiar. Pero pronto se dio cuenta de que no iba a poder vencer la voluntad de su hermano, que le decía, con aire fanfarrón, “Yo hago lo que quiero y me llevan preso, pero me sueltan. Así que lo voy a volver a hacer”. Una sola vez Brian se quedó sin respuesta y bajó la mirada: fue cuando Blanca le preguntó si había pensado que le podía pasar algo grave.

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Un cartel sobre el monitor de la computadora advierte: “AVISO SOBRE JUEGOS CON CARACTER VIOLENTO. La utilizacion del presente, por sus contenidos violentos, puede alterar la formacion y educacion del usuario (Ley 12.855, Art. 2)”. Al leerlo me asombro y me pregunto si Brian lo habrá visto alguna vez. Estoy sentado en la máquina número 15 del cíber al que iba Brian. Desde aquí, sólo hay que caminar tres cuadras para llegar a la casa de Lorena, escenario de su último ataque. Es posible que Brian haya estado frente a la máquina número 15 antes de trepar por esos barrotes. El cíber está en una casona reciclada, con la pintura de un dragón en la fachada. ¿Brian se habrá sentado alguna vez en esta misma computadora? ¿Habrá leído el aviso? ¿Le habrá dado risa? Al lado mío se mezclan pibes cantina y nenes del barrio. Ya es hora de reemplazar la máquina número 15: el teclado tiene cuatro quemaduras de cigarrillo y las teclas tipean con un clac-clac desvencijado. Con interés tanteo la carpeta de juegos: está repleta y no falta el Counter Strike, el popular juego en red en el que hay que matar o morir con un rifle en las manos, en primera persona.

El encargado del local es un muchacho con la cara llena de granos, y dice que no conoció a Brian. Explica que en marzo el empleado a cargo era un chico paraguayo, pero que se volvió a su país. Y agrega que las cosas cambiaron en este cíber: “El dueño es un chino que se hartó de un grupo de pibes medio vagabundos que se quedaban a dormir acá, y los echó a todos”. Pienso: seguro que Brian estaba entre ellos.

En la plaza Moreno, en el centro de la ciudad, charlo con un grupo de chicos que limpian los parabrisas de los autos que frenan con el semáforo rojo. Ellos conocen a Brian, y mencionan sus fechorías con cierto cholulismo: él es el único que ganó cierta fama, aunque para alcanzarla haya tenido que entregar su vida y arruinar la de los demás. Pero ninguno de estos chicos habló en persona con él ni sabe dónde están sus compañeros de ranchada. Dicen que, después de la muerte de Brian, aquellos se diseminaron por el conurbano bonaerense, para cambiar de aire y exorcizar la mala suerte de su colega.

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Para el fiscal Marcelo Romero, la del 24 de marzo fue una semana complicada. A pesar de ser el titular de la Fiscalía Número 6, se encontraba en la Número 7, apoyando al fiscal titular, que era joven y nuevo en la tarea. En esos días agitados, un dirigente sindical llevó a su tropa a ocupar una destilería y, ante la detención que se le iba a imponer, redobló la apuesta con la amenaza de volarla. Por si fuera poco, en esos días la Fiscalía Número 7 recibió las denuncias de los tres últimos ataques del hombre araña, incluido el de su hora final, que llegaba con carátula de homicidio.

Los dos fiscales se dirigieron al lugar del hecho y encontraron el cerco policial alrededor del cuerpo de Brian, a quien, en la morgue, tres de sus víctimas identificarían como el hombre araña. “Al autor del disparo se lo aprehendió preventivamente y se le imputó el delito de homicidio, que es lo que corresponde en estos casos”, explica ahora Romero. Es un fiscal formal y preciso, que habla por delante de una bandera de la provincia de Buenos Aires que engalana su despacho. “Nunca habíamos sufrido tantos ataques por Internet.

Los lectores opinaban de a miles y siempre en contra”, dice Romero. La reacción popular que se veía en los medios con la detención del joven policía lo había tomado por sorpresa.
“El disparo mortal ingresó por la nuca, mientras la persona aparentemente escapaba”, continúa Romero. Y agrega: “Los peritos consideraron que era posible, pero para la fiscalía no estaba tan claro, porque podía tratarse de un exceso en la legítima defensa. Es decir, no fue que dos fiscales se ensañaron con un policía, sino que de verdad teníamos dudas”. Pero la gente que opinaba en los sitios web los diarios no se manejaba con la misma frialdad que la Justicia: “En algunos comentarios incluso pedían la pena de muerte para nosotros”, se sorprende aún el fiscal.

El lunes 24 de marzo −el mismo día en que ocurrió el último ataque− los investigadores decidieron hacer la reconstrucción del hecho. Fue poco antes de la medianoche: peritos, policías y fiscales invadieron el edificio de la puerta 1571 y sacaron sus propias conclusiones, trabajando hasta la madrugada. Con esos informes, la Fiscalía Número 7 solicitó la elevación a juicio para Nicolás, pero el juez de garantías −que es quien pone límites a las acusaciones de los fiscales mientras dura una investigación− entendió que Nicolás no había cometido un exceso en la legítima defensa. Es decir, que no había sido un caso de gatillo fácil. Que a los 26 años, él había logrado esquivar la mala fama de la Fuerza: no era un maldito policía.

La fiscalía no apeló la medida y archivó el expediente, y Nicolás fue sobreseído.

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Lorena falló en el examen. Obtuvo 35 puntos sobre 60, pero necesitaba 40 para aprobar. Las últimas horas habían tenido de todo, menos la paz que necesita un estudiante para llegar a un examen. Sin embargo, no quería dejar escapar su ilusión tan fácil, y una semana más tarde probó suerte en el recuperatorio. Esos siete días también fueron difíciles: su madre no quería que Lorena estuviera en el departamento de la calle 10 y se la pasaban yendo y viniendo a la casa de una tía en Avellaneda. Su padre y sus hermanos también aparecieron en La Plata, para ayudar con la mudanza, que la familia había decidido como una tarea inmediata. Lorena estaba cansada y apenas podía estudiar en los ratos libres. En el recuperatorio arañó el ingreso: obtuvo 37 puntos. Y luego de dos años de esperanza, entendió que no iba a estudiar Medicina. Eligió entonces anotarse en la carrera de Técnico en Cardiología: ahora aprende todo sobre holters, electrocardiogramas y ergometrías.

Además del aplazo en los exámenes, el ataque le dejó otras consecuencias: “Estar sola a la noche es lo peor que me puede pasar”, confiesa. Aunque sigue viviendo con su hermano, Lorena dice que cualquier ruido la pone nerviosa y que la oscuridad le molesta. Pero asegura que nunca se le pasó por la cabeza dejar la ciudad: “Un loco no va a arruinar mi vida”. Durante un tiempo, volvió a vivir en su mente el trauma de aquella noche. Soñaba seguido con Brian, incluso cuando se acostaba media hora a dormir la siesta. En esos sueños, Lorena miraba desde arriba todo lo que pasaba, viéndose a sí misma en la cama y a Brian en el balcón. A veces la historia cambiaba, y le tocaba ir a reconocerlo a la morgue. Pero ella, que nunca vio su rostro, tampoco lo descubría en el sueño. “Ahora ya volvió todo a la normalidad”, dice, serena. “Pero me fijo si me siguen o no, tal vez un poco perseguida, porque pienso que él podía llegar a saber que había una chica sola ahí arriba o a lo mejor me había seguido para ver a dónde vivía.”

Mientras Lorena rendía su primer examen, Nicolás pasaba el peor momento de su vida, preso en la delegación de la Policía Federal en La Plata. La culpa por haberle quitado la vida a Brian y el miedo a pagar con una larga condena eran insoportables. El lunes a la madrugada, luego del ataque y del llamado al 911, los policías se lo habían llevado detenido. Natalia, su novia, declaró hasta las siete y media de la mañana. Él lo haría al mediodía, primero ante los inspectores y después ante los fiscales, frente a quienes no podría contener el llanto. A las once de la noche comenzaría la reconstrucción del hecho, en los balcones de Lorena y de Natalia, para determinar si Nicolás contaba la verdad o si había disparado cuando Brian estaba de espaldas, ya escapando. Algunos vecinos comenzaron a organizar una marcha de protesta por la detención de Nicolás, pero él fue liberado antes de que pudieran concretarla. Se reencontró con su novia a las seis de la tarde del día martes.

“Nadie está preparado para pasar por algo así”, dice Natalia, y acepta que se indignó más de la cuenta con el fiscal. “Yo sé que son los pasos preestablecidos de la Justicia, pero estaba en duda el accionar de Nicolás sin importar que Brian hubiera ido a violar a una chica.” Hasta que el juez de garantías dictó el sobreseimiento, Nicolás creía que iba a ir a juicio y temía pasar una temporada a la sombra. “Yo no buscaba matarlo”, le decía a su novia, como queriendo alejar al fantasma de Brian. “Nico estaba acobardado, porque él hizo lo que tenía que hacer. ¿Y si no hubiera hecho nada?”, se pregunta Natalia. “Eso hubiera sido peor: que violaran a otra chica y en el departamento de al lado hubiera un policía que no hacía nada.”

Un mes más tarde, Natalia y Nicolás también abandonaron su departamento de la calle 10. Nunca charlaron demasiado sobre el tema. Él prefiere evitarlo. Cuando logré contactarlo, el joven policía me dijo que tal vez su novia aceptara contarme algo. Ella, para terminar la historia y el café que comparte conmigo, se encoje de hombros: “Nico ni siquiera fue a un psicólogo a hablar de esto, pero creo que le haría bien porque todavía es un chico”.

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Y Blanca.

Ella fue la que tuvo que darle la noticia de la muerte de Brian a su madre, Abigail. Fue en una charla por teléfono. Abigail volvió a quebrarse, y lloró como había hecho quince días antes por su otra hija. En ese momento, Abigail había vuelto a La Plata para velarla. Cuando se enteró de la muerte de Brian le prometió a Blanca que iba a volver, pero ya no lo hizo.

Blanca suspira: “A Brian se le podría haber ido toda esa maldad yendo a la iglesia y rezando. Yo oraba por él y todavía hoy oro por su alma”. La hermana cree que Brian no quiso evitar su destino. El pastor de la iglesia le dio muchas oportunidades, le habló, lo quiso cambiar más de una vez. Pero a él no le interesaba. Cuando le daban consejos, él se reía con la misma risa que tanto aterraría a Norma, la mamá de Lorena, luchando cuerpo a cuerpo en el balcón, en una noche fatídica de otoño.

A Brian nadie lo pudo encaminar. Ni su madre, ni el hogar asistencial, ni la iglesia. Y Blanca cree que su alma no descansa en paz: “Por las cosas que hizo acá en la Tierra, los pastores ya me dijeron que debe estar en el Infierno”, se estremece. Regina, su suegra, agrega que cuando la gente hablaba del famoso hombre araña en la iglesia evangelista, en aquellos días de fines de marzo en que fue muerto, ella no se podía contener y se sinceraba: “Oren por mi nuera, porque él era su hermano, que Dios le dé fuerza para seguir su camino”, proponía.

El cuerpo de Brian tampoco encontró un reposo en paz. Cuando murió, Blanca estaba en el tramo final del embarazo del bebé de dos meses que ahora amamanta. Y ya venía de pasar el luto por su hermana. Estaba demasiado cansada para hacerse cargo sola. En la morgue tardaron unos días en entregarle el cadáver, y en el cementerio le pedían una serie de papeles difíciles de conseguir. Blanca y su suegro, el marido de Regina, juntaron algunos documentos y los llevaron, creyendo que el día del entierro había llegado. Iba a ser una sepultura íntima: ellos dos frente al ataúd de Brian, una flor, un cura y unos tipos que lo hundieran en el pozo. Pero en la administración les dijeron que todavía faltaban papeles. Blanca se dio por vencida: ya no podía seguir adelante. Ahora se amarga: “No sé qué fue de él, si está enterrado o no, o dónde está”.

Y en esa casa de suburbio, donde la fe en Dios es lo único que permite continuar a pesar de todas las tragedias y sacrificios que aparecen como si la vida fuera una carrera de obstáculos, Blanca elige recordar a un Brian alegre, distinto del monstruo de los ataques repugnantes que le arruinó la vida de aquellas chicas, y que generó una ola de miedo en la ciudad. Lo de recordar a un Brian alegre no es un lugar común. Es que lo único que le queda a Blanca de su hermano −lo único: el único objeto− es una foto vieja y doblada, en la que él se está riendo en un cumpleaños con algunos niños. Brian está vestido de fiesta, con una camisa, y muestra una sonrisa enorme de dientes de leche. Es la misma mueca risueña que lo acompañará para siempre, aun en su última hora. Blanca prefiere quedarse con la certeza de que Brian alguna vez fue un niño alegre. Un niño que reía.

La mañana fresca y soleada de fines de marzo de 1997, Alberto Salguero Vaca Narvaja, 30 años, sobrino de Fernando, líder montonero, conduce por la avenida Octavio Pintos de la capital de Córdoba, hasta la calle Democracia. Un Renault 9 gris pasa a gran velocidad. Apenas baja la ventanilla lo primero que ve es el pelo blanco. Descubre que el viejo que se cree dueño de la calle es Luciano Benjamín Menéndez. A Salguero Vaca Narvaja no le importa llegar tarde a su trabajo de biólogo.

—¡Asesino! ¡Asesino, hijo de mil puta! —le grita, impulsivamente.

Menéndez, 70 años, pulóver gris, pantalón de vestir, baja con el rostro desencajado. En el auto lo acompaña una mujer.

—¿Qué me dijiste? —pregunta el ex militar.
—Asesino. Asesino hijo de puta —repite Salguero, desde su asiento.

Apenas escucha el insulto Menéndez, un metro setenta y cinco, se le arroja encima. Salguero Vaca Narvaja, cuarenta años menos, fornido, los brazos largos, abre la puerta y le pega una trompada. Luego, otra. Y cuando el hombre intenta agarrarle el cuello lo noquea con un golpe en el mentón. El septuagenario trastabilla y dos trabajadores de una verdulería cercana lo ayudan a subir a su auto. Menéndez huye pasando semáforos en rojo. Vaca Narvaja lo persigue unas cuadras.

Después llama a su padre. Repasaron las veces que su familia lloró la desaparición del abuelo Miguel Hugo, el fusilamiento de su padrino Huguito (el padre del actual juez federal de Córdoba) y el exilio en México. Luego va hasta una comisaría. En los ´90, Menéndez seguía siendo un hombre poderoso. Los H.I.J.O.S pintaban “acá vive un genocida” en las paredes, pero los vecinos las tapaban. En su casa del barrio Bajo Palermo había una garita con tres custodios. La policía no lo dejaba solo. Parecía intocable.

Y sin embargo nunca, nadie, le había dado semejante paliza. Ni en la época de “la lucha contra la subversión”, en los ´70, cuando se jactaba de los “objetivos de guerra” eliminados, escritos en rojo en su lista personal como los Vaca Narvaja, Mario Santucho y René Salamanca. Entre 1975 y 1979, cuando era jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Menéndez nunca disparó un tiro. En 1984 fue acusado por tres mil casos de torturas, secuestros y privaciones ilegítimas de la libertad así como de la existencia de los campos clandestinos de detención de La Perla y la Ribera en Córdoba, dos de los más activos en todo el país.

Veinte años después la justicia argentina sumó infinidad de pruebas y lo condenó diez veces a cadena perpetua por genocidio. Pero Menéndez está en otra cosa.

“Parece que siguiera con las botas puestas”, dice Facundo Trotta, fiscal del megajuicio por lesa humanidad “La Perla”, en Córdoba. A veces, Menéndez se levanta y deambula por la sala. Y vuelve a su asiento. Los jueces lo miran de soslayo sabiendo que, de un momento a otro, cerrará los ojos.

Sentado en el banquillo, aislado del resto, el general se prepara: bosteza y entrelaza las manos sobre las rodillas.

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1 de octubre de 2015. 15.30.

—Hola
—Sí, qué tal… ¿hablo con Luciano Benjamin?
—Sí, ¿quién habla?
—Mucho gusto. Soy periodista de Buenos Aires y quisiera saber si….
—Le agradezco el llamado. Pero desde que estoy preso no hablo con la prensa.
—Está bien, comprendo. Quería saber cómo estaba de salud. Sé que tuvo bronquitis la semana pasada y no pudo ir al juicio.
—Ah, sí. Mejor. Me reincorporé a mis actividades normalmente.
—¿Lo está cuidando su hijo Juan Martín?
—Mire, no se moleste, pero no le voy a decir nada. Perdón.

La voz flemática de Luciano Benjamín Menéndez, desde la calle Ilolay del barrio Bajo Palermo donde cumple prisión domiciliaria desde hace tres años, se fue apagando lentamente. Hace tres años, también, murió su esposa, Edith Angélica Abarca: 38 años de casados y siete hijos. Ese día no fue al entierro: prefirió llorar a solas en su chalet.

Nacido el 19 de junio de 1927, tres años antes del primer golpe militar argentino, creció en la certeza que el Ejército tenía un destino manifiesto: ser el guardián de la nación. “Necesitamos una guerra por generación”, dijo, cuando le dieron el grado de general a los 45 años. Se lo acusa de ser el “autor de escritorio” de secuestros, asesinatos, torturas y desapariciones: uno de los jefes de la dictadura militar que premeditó y planificó un “aparato organizado de poder”. Menéndez sabe que no podrá salir más en libertad: las condenas por lesa humanidad son imprescriptibles e inamnistiables.

“Cachorro” – así le pusieron sus superiores cuando entró al Ejército por ser hijo de un militar- sólo tiene permitido ir a los tribunales y a los consultorios médicos. En la semana, está ocupado con una agenda completa: martes, miércoles y jueves se sienta como acusado en la “La Perla” -el centro clandestino más grande del interior, por el que pasaron cerca de tres mil detenidos-; jueves a la mañana, por teleconferencia en San Luis; y jueves a la tarde y viernes, por la misma vía, en La Rioja.

De los 622 ex militares de la última dictadura condenados por delitos de lesa humanidad, Menéndez es récord. Desde que la Corte declaró la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final en 2005 y hasta la fecha -según datos de la Procuraduría contra Crímenes de Lesa Humanidad- fue imputado en 73 causas y acumula 12 condenas.

Las sentencias lo sitúan como principal responsable del “plan sistemático de exterminio que se impuso entre 1976 y 1983”. Siete de las condenas son de reclusión perpetua, tres de prisión perpetua, y las dos restantes de 20 y 12 años. Y cuatro de las perpetuas están firmes por resolución de la Corte Suprema.

“Él sigue justificando en los juicios que el Ejército salvó al país de una agresión interna financiada por el exterior. No existen dudas que muchas de las víctimas optaron por la lucha armada. Sin embargo, el Estado militar procedió al margen de la ley. Ante la sospecha de un delito, debieron hacer lo mismo que hoy estamos haciendo con ellos”, dice el fiscal Trotta.

Calmo y entusiasta, el ex jefe militar sigue repitiendo que Argentina “vivió la Tercer Guerra Mundial entre Occidente y el marxismo”. Como si los días de los 382 años de prisión no le afectaran.

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El poder que manejó como Comandante en Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército –el segundo más grande del país-, con sede en Córdoba, fue absoluto. La Junta Militar –compuesta por el Ejército, la Armada y la Fuerza Área- dividió el territorio en cuatro zonas. “Cachorro” lideró la Zona III con 15 mil efectivos, tres brigadas, 24 áreas y veinte regimientos a su cargo en diez provincias: Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy. Era la mitad del país.

“En el Tercer Cuerpo él había creado todo el sistema de represión, secuestro y tortura”, resume la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº1 de Córdoba que lo condenó a perpetua por primera vez en 2008 por los secuestros, torturas y asesinatos de cuatro militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Para María Teresa Sánchez, abogada de Abuelas de Plaza de Mayo, Menéndez creó un “grupo interrogador de detenidos” antes del golpe de marzo del ´76 y lideró acciones paramilitares.

“A las desaparecidas Menéndez las hacía rotar de norte a sur para que nunca las pudiéramos encontrar”, dice Sonia Torres, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, sobre quien fue responsable de 238 centros clandestinos en el total de las diez provincias–Tucumán con 78 y Córdoba con 59 fueron las principales- . Sólo en Córdoba, hay entre 500 y 700 víctimas por el terrorismo de Estado. Menéndez siempre lo negará: “Los desaparecidos desaparecieron y nadie sabe dónde están, lo mejor será entonces olvidar” -Revista Gente, 25 de febrero de 1982-. Sonia aún busca al hijo de Silvina Parodi, su hija secuestrada en 1976. Es el primer caso por sustracción de menores que se juzga en su provincia.

—Me gustaría saber qué hace en su tiempo libre, si lo van a visitar amigos…
—Si salgo en libertad, le doy una entrevista. Hasta luego, que le vaya bien.

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A los 20 años, en el Colegio Militar, Luciano Benjamín Menéndez sentía que el mundo estaba a sus pies. Había entrado cinco años antes y ya le habían dado el cargo de teniente, con cadetes a cargo. “Se empeña por sobresalir. Es un oficial muy eficaz en el escuadrón”, dijo Alberto Juan Iribarne, su jefe de regimiento. “Enseña con el ejemplo y tiene mucho ascendiente sobre sus subordinados, posee una conciencia del deber para el grado inmediato superior”, escribió el teniente coronel Manuel Mateos, en su legajo militar.

Los Menéndez dejaron España para radicarse en el Río de la Plata a mediados del siglo XIX. Su abuelo fue teniente coronel de las Guardias Nacionales, una fuerza que precedió a Gendarmería y actuó en la “Conquista del Desierto”. José María, su padre, teniente y participó de la represión contra anarquistas y comunistas. “El interés soviético viene de 1919 con el levantamiento de obreros. Fue la primera amenaza”, reconocería Luciano Benjamín décadas después, hablando de la tarea “ejemplar” de su linaje.

No hubo un Menéndez que no pisara fuerte en el Ejército. Su tío, el general Benjamín, intentó un golpe militar en 1951 contra Juan Domingo Perón. Y uno de sus primos, Mario Benjamín, fue gobernador militar de las Islas Malvinas en guerra de 1982- al que le cortó el diálogo por considerarlo un “flojo” en el mando-.

Alumno de la escuela contrarrevolucionaria francesa, Luciano Benjamín aplicó la doctrina: el enemigo interno ya no vestía uniforme, se infiltraba en cualquier rincón de la sociedad y todo ciudadano podía ser sospechoso.

“No se matan seres humanos sino anti patriotas, enemigos de la civilización occidental. Como Adolf Eichmann, Menéndez era un hombre profundamente ideológico, un nacionalista católico con tintes liberales que odiaba a los comunistas, a los peronistas y a toda minoría racial”, dice Daniel Mazzei, historiador experto en el Ejército argentino.

Criado en la localidad de San Martín, el niño Luciano Benjamín se la pasaba montando a caballo junto a su único hermano José María. Décadas después, como Comandante en Jefe, paseaba con su yegua por los parques del Ejército mientras su séquito torturaba en los centros clandestinos.

En el Colegio Militar, además de “Cachorro”, le decían “Chupete” por su cara aniñada. Cuando subió a recibir el diploma de teniente, se encontró con viejos compañeros de grado: Jorge Rafael Videla, Albano Harguindeguy, Ramón Genaro Díaz Bessone, Santiago Omar Riveros y Leopoldo Galtieri. Los últimos tres serían sus compañeros en el “ala dura” del Ejército, a los que intentó liderar sin éxito.

En los ´70, para conocer la Doctrina de Seguridad Nacional, viajó hacia el campamento de Fort Lee, en Estados Unidos. Y a su regreso aterrizó en Tucumán como uno de los comandantes de la V Brigada, la segunda más importante del Tercer Cuerpo. Dirigió tropas en los meses previos del “Operativo Independencia”. Fue el preludio del golpe militar: el despliegue descomunal de militares en febrero del ´75 para combatir a la Compañía Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Con 45 años, fanático de Julio Argentino Roca, San Martin y un workaholic entregado a la misión militar, en 1972 cumpliría un viejo sueño de abuelo y padre: ser uno de los generales del Ejército más jóvenes de la historia.

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10 de diciembre de 2015. 14.30.

El coronel retirado Mariano Menéndez, 64 años, hijo de Luciano Benjamín, está eufórico. Mauricio Macri acaba de jurar como presidente de Argentina.

—Papá es el más feliz —dice el hijo de “Cachorro” al otro lado del teléfono, desde alguna calle de Buenos Aires.

Es el segundo de sus hijos vivos. Eran siete y quedaron cinco. Fue militar como el primogénito ya fallecido Luciano Benjamín. Luego siguen Martín Horacio, ingeniero químico; Marita, que está casada con un coronel retirado –y tienen ocho hijos-; María Victoria, casada con un comodoro de la Fuerza Área –nueve hijos-; el menor, Juan Martín del Milagro. “Y José”, remarca. El primer hijo muerto.

El 14 de julio de 1976, el nene, de nueve años, se intoxicó con monóxido de carbono por la pérdida de un calefón. Su padre, sospechando un homicidio, se negó a la autopsia y siguió como si nada hubiera pasado. Cinco días después un soldado de su Ejército dio un golpe maestro al asesinar a Mario “Roby” Santucho, fundador del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y líder del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

“Los marxistas no conciben la armonía sino el conflicto permanente”, dijo implacable, en una conferencia de prensa.

—Para mi papá seguimos siendo siete. Nunca pudo superar la muerte de José, era el preferido. Lo sigue llorando.

Mariano se muestra en Facebook con banderas argentinas, con postales de mesas largas con amigos y parientes. Es un acérrimo defensor de la última dictadura – sus seis hijos y sus sobrinos repiten la fórmula: fotos y comentarios de la unión familiar, la defensa de la patria y el rechazo visceral a la década kirchnerista-. En uno de sus últimos posteos, convoca a firmar en apoyo a la editorial del Diario La Nación “No más venganza” (23 de noviembre de 2015).

En la entrevista telefónica dice que el triunfo de Mauricio Macri fue histórico “porque es la primera vez que no se necesitó recurrir a las Fuerzas Armadas (FFAA) para derrocar una tiranía”.

—¿Una tiranía?
—Sí, eran delincuentes. Ahora tenemos recambio presidencial porque los militares derrotaron a la subversión.
—¿Cómo es eso?
—El mayor peligro era el comunismo. Hay que recuperar la Argentina grande que fuimos.
—¿Y cuál es?
—La de principios del siglo XX, potencia del mundo.

Mariano Menéndez es el espejo de su padre: misma cadencia lenta de voz, mismas cejas, misma mirada gélida.

—¿Qué piensa de los juicios contra él?
—Son inconstitucionales, con testigos comprados y sentencias escritas desde Buenos Aires.
—¿Todas las pruebas son truchas?
—No se respetan los principios jurídicos, mi padre combatió una guerra. A mí me gustaría que se anularan. A mi viejo le allanaron la casa y no encontraron nada.

Luego dice que “papá” les enseñó a galopar “mirando firmes al horizonte y siendo cariñosos con el caballo” y que nunca los castigó –“se tentaba cuando veía a mamá enojada por nuestras travesuras”- . Y recuerda cuando fue agredido por “una turba de locos”. Fue el 21 de agosto de 1984, a la salida del programa de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona en Canal 13. Su padre sacó un cuchillo de paracaidistas cuando militantes de la Juventud Comunista le gritaron “asesino” y “cobarde”. La foto recorrió el mundo.

—¿Alguna vez te encontraste con un hijo de desaparecidos?
—Nunca se dio la ocasión. Pero no tendría problema.
—Y si eso pasa, ¿qué dirías?
—Si saben que sus padres agredieron el país con las ideas comunistas. Y con la violencia más despiadada.

Luego, el coronel retirado se despide amablemente. Como su padre.

***

En 1977 Luciano Benjamín Menéndez ordenó un pacto de sangre. A los oficiales y suboficiales los hizo partícipes de torturas y asesinatos. Luego creó un ritual. Era una ceremonia de fusilamientos selectivos que consistía en sacar de a tres a los presos y llevarlos “de paseo”, como ocurrió con el dirigente gremial del Sindicato de Luz y Fuerza Tomás Di Toffino y otros en los carnavales del ´77. En la prensa se decía que los “subversivos” habían sido aniquilados por enfrentamientos fraguados o intentos de fuga.

“Todos están salpicados por sangre”, les decía a sus hombres de confianza en “La Comunidad Informativa”, en donde confluían autoridades de inteligencia, especialmente del Destacamento de Inteligencia 141 del Ejército, SIDE, Gendarmería, Policía federal y las policías provinciales. Apenas asumió como jefe del Tercer Cuerpo -entre agosto y septiembre de 1975- felicitó al Comando Libertadores de América, un comando paramilitar que, al estilo de la Triple “A”, asesinó a Marcos Osatinsky, creador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y masacró a la familia Pujadas, en un golpe especial contra la organización Montoneros.

Menéndez felicitó a la inteligencia policial pero concentró el poder en sus manos. Creía que los militares eran los especialistas en luchar contra los “subversivos que nos quieren cambiar el estilo de vida y la visión cristiana del hombre”.

***

Ernesto “Nabo” Barreiro era uno de los líderes –con Jorge Exequiel Acosta y Héctor “Capitán Vargas” Vergés- de “La patota” de La Perla, tropa de elite del Grupo de Operaciones Especiales (OP3) y una de las preferidas de “Cachorro”. Barreiro es el que confesó, varias veces, que profesores universitarios y empresarios participaron del armado de las listas negras. El que ahora, con su jefe débil de salud, lidera a sus compañeros en los juicios.

“La patota” era experta en secuestros e interrogatorios bajo torturas pero también en maniobras de distracción como los “lancheos” -salidas de civil en dos o tres autos con prisioneros-, como los que hicieron al Festival de Cosquín y al Chateau Carreras, sede cordobesa del Mundial de Fútbol de 1978. A veces hacían chocolateadas por aniversarios patrióticos y los sacaban a ver desfiles militares.

Cuando en 1979 llegó al país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) –en Córdoba visitó Campo de la Ribera y La Perla-, Menéndez ordenó pintar las paredes, perfumar los pisos y llevar muebles y camas. “La patota” encabezó la misión. A pocos detenidos les permitieron ir a sus casas por unos días.

Menéndez estaba furioso: creía que abrir las puertas del país era una “concesión inadmisible”. Pero era tarde: su idea de “blanquear” la represión clandestina con juicios militares y públicos nunca había sido apoyada.

“Al que llegue a actuar mal, le corto los huevos”, dijo en La Comunidad Informativa.

Nunca pasó: el pacto de sangre fue un éxito.

***

La cárcel de máxima seguridad de Bouwer está a 17 kilómetros de la ciudad de Córdoba. En 2010, Jorge Rafael Videla y Menéndez compartieron el pabellón de lesa humanidad por el asesinato de 31 presos políticos –uno de ellos era “Huguito” Vaca Narvaja -. Videla permanecía aislado y colaboraba con las tareas domésticas. Menéndez agarraba el control remoto para mirar partidos de polo y ordenaba papeles en una suerte de oficina. Vestía sobretodo negro. Leía los diarios y a Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Roberto Potash.

No era la primera vez que “Cachorro” caía preso. A fines de septiembre de 1979 se había rebelado por 36 horas contra el entonces titular del Ejército y poco después presidente de facto Roberto Viola. Pero sólo lo acompañaron 800 de sus 15 mil hombres. Pasó detenido noventa días en un cuartel de Curuzú Cuatiá, en Corrientes. Creía que el Proceso de Reorganización Nacional se había “ablandando” por la liberación del periodista Jacobo Timmerman. Sin embargo, había otro telón de fondo: aspiraba a ser el reemplazante de Videla como jefe de Ejército. Pero el elegido fue Viola.

Treinta años después y a pocos centímetros de distancia, en la cárcel, Menéndez no le reprochó ninguna decisión: le volvió a hacer la venia.

Mario Baldo, 45años, es piloto de avión y estuvo detenido en Bouwer entre 2007 y 2012. Conoció a Menéndez en los recreos y conversaban de aviones. El general era distante y reservado. “Subteniente, acompáñeme a la sala de enfermería”, le dijo una mañana, como si fuera uno de sus hombres. Cuando atravesaron un pasillo oscuro por los pabellones comunes, algo los frenó. “Usted es un asesino, un cobarde hijo de puta”, se escuchó que le gritaron desde una celda. Menéndez no reaccionó: sólo miró hacia el suelo. Después fijamente a Baldo.

—He matado mucha gente, pero tendría que haber matado mucho más –le dijo, casi en secreto. Luego: “Es el único país que encarcela a sus héroes”. Y silencio.

Hubo un día que Bouwer se convirtió en una fiesta. En el pabellón de lesa, había gritos y aplausos como si se festejara la final de un mundial de fútbol. Menéndez levantó los brazos al cielo.

En la pantalla, Crónica TV reflejaba una placa roja con letras blancas gigantes: “Murió Néstor Kirchner”.

***

—¡Es mentira, es mentira!

El grito sacudió los Tribunales Federales de Córdoba. A comienzos de septiembre de 2015, el abogado querellante Juan Carlos Vega hablaba sobre apropiación de las empresas del grupo Mackentor, especialista en la construcción vial e hidráulica. Los militares acusaron al grupo de financiar la guerrilla armada –sin acreditar ninguna prueba- y detuvieron a un grupo de directivos, a los que secuestraron y torturaron el 25 de abril de 1977. Menéndez supervisó la cadena de mandos. En cuestión de días, el juez Adolfo Zamboni Ledesma – su mano derecha judicial – firmó la ocupación militar de las empresas.

—¡Eran guerrilleros! —volvió a aullar Menéndez.

El presidente del Tribunal, Javier Díaz Gavier, conocía esos ataques de ira.

—Usted sabe que no puede interrumpir. ¿Quiere que lo retire de la sala? –le advirtió.

El ex militar se calmó. Sus defensores oficiales lo miraban desconcertados. Estiró los músculos y se fue a una sala con el maletín marrón debajo del brazo.

La apropiación de “Mackentor” no había sido casual. El grupo era una amenaza para el establishment económico porque le sacaba mercado a las corporaciones. “Cachorro” nunca disimuló la simpatía con los ideólogos del modelo neoliberal, como la Fundación Mediterránea – creada en 1977 y dirigida por el ex ministro de Economía Domingo Cavallo-, y con familias tradicionales y millonarias como los Minetti, los Roggio, los Urquía y los Tagle. Los que ganaron por su modelo de obra pública, capital concentrado y cero conflicto sindical.

Pero esos amigos lo abandonaron.

La fotógrafa Irma Montiel, de la agencia Télam, nunca lo había visto como en los últimos meses: “La actitud débil en los hombros lo perfila como si estuviera entregado”.

“Se pone loco cuando lo tratan de ladrón, cuando lo incriminan y cuando declara un Vaca Narvaja”, dice la periodista Marta Platía. El arriero Julián Solanille juró haberlo visto dando la orden en un fusilamiento masivo en La Perla. Ese día de audiencia Menéndez levantó la mano para hablar –no lo dejaron- y masculló insultos.

La ex detenida Teresa Celia Meschiatti dijo que después del operativo militar de 1977 en “El Castillo” –una casona que fue destruida con bazucas- escuchó decir al ex agente civil de inteligencia, Ricardo “Fogo” Lardone, que su jefe se había quedado con “valijas llenas de dólares” de los siete montoneros asesinados. El hecho nunca se esclareció.

Es la tarde de un jueves de noviembre de 2015 y desde el chalet del barrio Bajo Palermo Juan Martín del Milagro Menéndez, 41 años, habla después que su padre, Luciano Benjamín, le acerca el teléfono inalámbrico a su pieza. Es ingeniero civil, suele levantarse después del mediodía y es el único de los hermanos que no tuvo hijos.

—Mi viejo no es un corrupto. Eso son los políticos.

La voz suena simpática y reposada. Pero el padre le habla por lo bajo, como dictándole órdenes, y se pone nervioso. Levanta el tono.

—¿Vos sabés quién fue el comandante Mario Santucho? Leí sobre los ´70 ¡Y ahora lo llaman un joven idealista! — Juan Martín parece ser, en cuestión de minutos, otra persona.
—¿Y qué lees?
—Los guerrilleros fueron los primeros en hablar de una guerra, no los militares.
—¿Y qué más te interesa?
—Que la sociedad apoyó a los militares. ¿O la Plaza de Mayo no estaba llena cuando habló Galtieri? Perdón, no quiero hablar más. Ustedes tergiversan todo.
—¿Ustedes?
—Sí, los periodistas. Disculpame, tengo que salir. Hasta luego.

***

En los medios y en las redes sociales, una escasa minoría aún lo apoya. En los comentarios de la nota “Menéndez: me persiguen hace 30 años y sólo declararé ante juez militar” –Diario Uno, 17/08/15-, aparecen opiniones desde Facebook. Entre los 12 comentarios, el ciudadano Facundo Gianoni dice “Grande Cachorro, vos sos de los responsables que un sucio trapo rojo no flamee hoy en lugar de nuestra querida celeste y blanca”; otro usuario, Carlos Alberto Busnelli, opina que es “un MILITAR CON HONOR Y muchos de sus camaradas deberían seguir su ejemplo”. Y para el usuario Hio Shiva, “lo que dice el general es correcto, eran terroristas, algunos quedaron vivos y están ahora en el poder”.

La realidad era otra hacía veinte años. En el retorno a la democracia Menéndez fue protegido por la burocracia sindical, el poder eclesiástico liderado por el cardenal Raúl Primatesta y un amplio espectro político cordobés, tanto del peronismo como del radicalismo. El ex gobernador Eduardo Angeloz lo invitó varias veces a subir al palco, donde compartió asiento con Oscar Aguad, actual ministro de Comunicaciones.

A los juicios solían acompañarlo los militantes de Famus (Familiares de Muertos por la Subversión). Ellos festejaron cuando en 1990 recibió el indulto del ex presidente Carlos Menem a pesar de que nunca había sido condenado. Por ese entonces fundó el partido de ultraderecha “Nuevo Orden Republicano”, que propuso el retorno de las FFAA en la calle. Pero nadie lo siguió.

“Todo nuestro espectro político está a la izquierda, deslumbrado por el éxito de la demagogia y el populismo de Perón”, había dicho en un acto, reconociendo el fracaso como líder político.

***

Se jactó de aniquilar la “subversión” antes que cualquier jefe militar. Y quiso dar el salto: pasar del enemigo interno a una guerra convencional.

En 1978 se preparó para una batalla con Chile por el canal de Beagle. “El brindis de fin de año lo hacemos en el Palacio de La Moneda y después iremos a mear el champagne en el Pacífico”, le dijo a su tropa, que preparó durante cuatro meses en la frontera.

Cuando se enteró que el Papa Juan Pablo II había intervenido para frenar el conflicto, en las vísperas de Nochebuena, perdió los estribos. “Videla es un cagón”, rumió ante sus hombres de confianza.

La ilusión de invadir Chile se hacía añicos.

***

Es una tarde del verano de 2015 y Paola Salamanca, maestra de escuela, 45 años, piensa dormir una siesta. Es hija de René Salamanca, ex secretario general del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), cuadro cordobés del Partido Comunista Revolucionario, y el primer detenido-desaparecido después del golpe militar. “Nosotros quedamos destruidos en la pobreza”, dice, con un tono acongojado.

Según el Nunca Más, Menéndez fue a ver a Salamanca a “La Perla”. Luego de un interrogatorio, el jefe militar ordenó “trasladarlo” en un camión, que los prisioneros conocían como “Menéndez Benz”. “En el juicio Menéndez nos clavó esos ojos malignos de asesino”, dijo José María, otro hijo de René. “Las fábricas no me dieron trabajo por llevar un apellido de “subversivo”, comentó luego. El caso Salamanca demuestra una máxima del Tercer Cuerpo: “barrer a los líderes para exterminar la base”.

Entre 1976 y 1979, Menéndez pisó los centros clandestinos -fusta en mano- cuando caía un “pez gordo”. La Perla –y 580 testimonios lo comprueban- era el epicentro del exterminio: por la jerarquía de detenidos políticos, la llamaban “La Universidad” –a La Ribera, por contraposición, le decían “La Escuelita”-. Los periodistas Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo, autores del libro “La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración”, dijeron que el vínculo de Menéndez con el centro clandestino fue tan estrecho que lo asociaron al sobrenombre de su mujer, Edith Abarca, a la que llamaba cariñosamente como “La Perla”.

Tanto como en la ESMA había un circuito profesional de la tortura compuesto por “el ablande” – los interrogatorios-, “la sala de terapia intensiva o la margarita”- se picaneaba en una cama de hierro- y “la cuadra” –donde los cautivos permanecían acostados, atados y vendados-. En “La Perla” hubo doce casos de muertes por tortura, como el de Herminia Falik de Vergara, que murió agonizando en los brazos de una compañera. Esa noche Barreiro y “La patota” salieron apurados para cenar con sus familias en la Nochebuena del `76.

“Cachorro” pensaba que la muerte por tortura era un error táctico. Pero no se enojó ni les hizo sumarios.

***

—Fue el mejor comandante de cuerpo, el de más confianza. Un león listo para la pelea —dijo Videla en la biografía “Cachorro. Vida y muertes de Luciano Benjamín Menéndez”, escrita por Camilo Ratti.

“Cachorro” se movía como pez en el agua: en el lugar justo, en el momento indicado. Desde los ´60, con la fusión del movimiento obrero, estudiantil y sindical, Córdoba y Tucumán se convirtieron en focos guerrilleros. En 1969 ocurrió el “Cordobazo” y operaban los líderes de Montoneros y ERP pero también de otras organizaciones políticas del peronismo de base o de la izquierda revolucionaria. El golpe policial cordobés del ´74 conocido como “El Navarrazo” había encendido la reacción. Pero los militares consiguieron una legitimidad impensada: la presidencia de Isabel de Perón, y luego la de Ítalo Luder, dictaron decretos que dieron vía libre a las FFAA para “aniquilar a la subversión”.

—Un gobierno democrático nos pidió combatir la agresión comunista. Es un país insólito. Se juzga a soldados patriotas que dieron la vida. Fuimos los ganadores –dijo en agosto de 2015, en el juicio de La Rioja—. Allí dijo que jamás persiguió a nadie por sus “ideas políticas nacionales” y que la agresión marxista empezó con el campamento de los Uturuncos en 1959 como “reflejo de la Revolución Cubana”. Y agregó: “Ni Francia con Indochina, ni Estados Unidos por Hiroshima repudiaron lo que hizo su Ejército”.

Como ningún otro jefe antes de la dictadura, Menéndez se anticipó en estilo, forma y contenido: visitas periódicas a las tropas, creación de los primeros centros clandestinos –La escuelita de Famaillá, en Tucumán, y Campo de la Ribera, en Córdoba-, una mesa de inteligencia con todas las fuerzas, y redacción de documentos fundacionales del golpe militar. Eufórico y con mano de acero, “Cachorro” olía a sangre.

—A los subversivos los liquidamos con la mente fría y el corazón ardiente. El ejército argentino nunca perdió una guerra. ¡Subordinación y valor! –envalentonó a su tropa cuando asumió como Comandante en Jefe.

A los que no lo saludaban, les daba 60 días de arresto.

***

Apenas asumió como jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, convocó a los periodistas para la quema pública de libros y a la sociedad les exigió un sacrificio: “Las muertes de la guerra son para alcanzar una democracia, porque el argentino no puede vivir en otro sistema que el democrático”. Cuando iba a rezar ponía flores en las iglesias. En una de ellas, una vez se encontró con el obispo de La Rioja Enrique Angelelli y le dijo “usted se tiene que cuidar mucho”. Meses después lo mandó a matar.

Nadie dudaba que Menéndez tuviera un compromiso personal con la represión. Solía ir a en la estancia La Ochoa, conocida como “Casa de Piedra” y a poca distancia de La Perla. Allí, mientras descansaba, dejó que torturaran detenidos, como a Salomón Gerchunoff, dirigente del Partido Comunista.

Pero el preferido de Videla en el campo de batalla –“No puedo hacer nada, está en territorio de Menéndez”, respondía ante un pedido de intervención- no lo fue en el campo de la política. “Cachorro” creó la “Organización Nacionalista” o “Partido Militar”, que acusaba al jefe de la Junta por “blando”. Como Emilio Massera, aspiraba a ser la cabeza de la dictadura y se creía el paladín de los duros pero nadie lo siguió. “Es un bruto, le falta cintura para negociar”, había dicho su enemigo Roberto Viola.

La conspiración política le costaría el destierro. Cuatro años antes del fin del Proceso, por sublevarse contra Videla, le sacaron el traje de general.

***

Siete meses después de la guerra de Malvinas la periodista Cristina Wargon lo entrevistó para el diario Tiempo de Córdoba. Fue la única que se atrevió a enfrentarlo. “Me impresionaron sus ojos: como los de un yacaré. Eran claros, y con esa membrana que parece una persiana que se cierra”, dice. Por teléfono, el general le pidió que le mande un formulario por correo y Wargon respondió:

—General, no me diga que le tiene miedo a una mujer.

Diez minutos después le abrió la puerta de su casa. Le pareció un departamento aséptico. En esa histórica entrevista, a solas, dijo cosas como “yo estaba en los cuarteles, no sabía del modelo económico”, “a las Madres de Plaza de Mayo las respeto pero hasta en el uso del pañuelo copiaban a los rusos” y respondió que los desaparecidos “estaban en el exterior pagados por organismos internacionales”. A Wargon le temblaba el grabador en la mano. “No te alcanza con ser rubia y de ojos claros para hacer esas preguntas comunistas”, la increpó.

Cuando se publicó la entrevista, en enero de 1983, Menéndez no la volvió a llamar. “Puse todo lo que me dijo y mi marido me decía que si me mataban al menos los estudiantes de periodismo iban a tener un póster en sus piezas”, ríe, ahora, más de treinta años después desde su departamento de Buenos Aires.

En aquel momento, sin embargo, salía a la calle mirando hacia los costados.

***

Una tarde cualquiera, a fines de octubre, Juan Martín Menéndez está contento. Talleres de Córdoba, del que también es hincha su padre, ascendió a la segunda división del fútbol argentino.

—Me gustaría salir a festejar con él, pero no lo dejan. Lo siguen tratando como a un criminal —dice, por teléfono. Los hijos nunca quisieron dar entrevistas personales.

Se ríe nervioso. Los amigos lo cargaban por el apellido. Pero cierta vez su padre los invitó, no paró de hacer bromas y lo vieron como alguien “normal y divertido”.

La peor bronca, dice, la sintió con los cuatro escraches de H.I.J.O.S. “No quiero que vuelvan a aparecer”, dice, desde el encierro de su pieza, donde pasa la mayor parte del día. Pero Juan Martín se tranquiliza y vuelve a hablar de Talleres –“volvimos a ser grandes”-. Después, que su papá es sencillo: un hombre “de bien”. Ve más noticieros que películas y en las comidas le da igual si el menú es arroz con queso o salmón rosado.

—No es muy gourmet, es bastante espartano.
—¿Espartano?
—Sí (ríe).
—¿Cómo se reparten los gastos de la casa?
—A papá lo borraron (N de R: En 2001, el Ministerio de Defensa le dio de baja como “general retirado” junto a Antonio Bussi) pero él sigue cobrando la jubilación.
—¿Ustedes sufrieron por ser los hijos de Menéndez?
—Mi viejo sufrió tres infartos. ¿No te parece mucho?

En 2006, Juan Martín fue detenido por la policía en la madrugada de un domingo. “Soy el hijo de Menéndez”, fue lo primero que dijo cuando le pidieron el documento. Olía a alcohol: horas antes había frenado en la puerta de una casa. Allí vio a un nene de ocho años. Salió del auto, se bajó los pantalones y le exhibió los genitales. Juan pagó fianza y recuperó la libertad.

Emilio Salguero, referente de H.I.J.O.S. filial Córdoba, dice que no tiene nada en contra de los hijos de Menéndez, pero piensa que “el dictador” debería estar en una cárcel común. “Los organismos de derechos humanos construimos una condena social. Por algo le dicen el Chacal o la Hiena. ¿Quién puede defender ahora al represor más condenado de la Argentina?”.

Desde que está con prisión domiciliaria, Menéndez apareció caminando por las calles y yendo a turnos médicos sin que los ciudadanos se sorprendieran. El 9 de diciembre de 2015 circuló por Facebook una foto en la sala de espera del Instituto de Cardiología de Córdoba. Estaba solo, de traje y corbata, y sin custodia policial. Nadie reparó en su rostro cadavérico salvo Paola Gramaglia, que acompañó a su padre –militante en los ´70- a un chequeo médico. “No pude hacer más que sacar una foto, y hasta con miedo, pero no podía dejar que esto pase sin más “, escribió en su Facebook.

“Queremos una Navidad en paz”, desea Juan Martín Menéndez desde el otro lado del teléfono. Insiste que ama a sus hermanos, con los que se escribe por grupo de WhatsApp todos los días. En el chalet de Bajo Palermo piensan en hacer asado para las fiestas de fin de año. La familia imagina al abuelo Luciano Benjamín en uno de los sillones de cuero del living, levantando una copa con sus 30 nietos. Allí, en el calor del hogar, es el único lugar donde lo ven sonreír.

Con su máxima suprema: Dios, Patria y Familia.

Abuelos indignados

Publicado: 20 enero 2016 en Nilton Torres
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El blanco era la sede principal en Barcelona del Banco Santander, la entidad financiera más solvente de España. Los dieciséis convocados para dar el golpe convinieron reunirse en la céntrica Plaza de Cataluña, a escasos cincuenta metros de su objetivo, el número cinco del Paseo de Gracia, una de las calles más caras de la nación ibérica —la quinta en el ranking de la consultora inmobiliaria Cushman & Wakefield—, no sólo por el precio de los alquileres, también por las exclusivas marcas que allí tienen sus tiendas, como Louis Vuitton, Cartier, Tiffany & Co., Yves Saint Laurent, Bulgari, Armani. Días antes, tres de ellos habían visitado el banco en distintas ocasiones para reconocer el terreno y no dejar nada al azar. Observaron minuciosamente la rutina de los empleados y agentes de seguridad y prestaron especial atención a las barreras que tenían que traspasar.

A la hora acordada, las once de la mañana, el grupo se dirigió con paso firme hacia su meta. Seis de ellos se quedaron en la puerta de la calle y los otros diez ingresaron simulando ser clientes. Cruzaron primero las imponentes puertas de madera y cristal que preceden al elegante recibidor de arquitectura neoclásica, para luego franquear la puerta automática que abre paso al hall principal. Formaron un círculo discreto en medio del luminoso salón y rápidamente hurgaron entre sus ropas, en las que llevaban ocultas las cartulinas amarillas que blandieron frente a empleados y clientes mientras gritaban:

—¡No es una crisis, es una estafa!
—¡Rescate para la ciudadanía y no para los bancos!
—¡Esta deuda no la pagamos!

Al percatarse del alboroto, uno de los dos agentes de seguridad de turno se acercó a los imprevistos manifestantes y, con inusitada delicadeza, les dijo:

—Por favor, señores, sin hacer mucho escándalo.

Ellos ni se inmutaron. Allí estaba un insólito grupo de mujeres y hombres de casi setenta años, bien plantados y con ropa y zapatos cómodos para aguantar el tiempo que hiciera falta, porque a esa edad no es sencillo soportar mucho tiempo de pie.

En la puerta del banco ya se había formado jaleo. Una muchedumbre, azuzada por los compañeros de los manifestantes que se habían quedado en la retaguardia, hacía eco de la protesta y algunos periodistas aparecieron alertados por las redes sociales de que un grupo de “abuelos” había tomado el Santander.

El reloj marcaba las 14:30 del jueves 27 de octubre de 2011. Habían transcurrido tres horas y media desde que la oficina bancaria había sido invadida. Sorprendentemente, hasta ese momento, nadie se había atrevido a preguntar qué querían ni hasta cuándo pretendían estar allí los ocupantes. Obligada por las circunstancias, la circunspecta subdirectora de la oficina dio el paso:

—¿Hasta qué hora pensáis quedaros? Es que a las tres cerramos y me gustaría saber si necesitáis agua o comida, por si os vais a quedar mucho tiempo —les dijo.
—Mire, sólo queremos entregarle un manifiesto, leerlo y nos marchamos —fue la respuesta.

“Somos la generación que luchó y consiguió una vida mejor para sus hijos e hijas […] Estamos orgullosos de la respuesta social y del empuje que están mostrando las nuevas generaciones en la lucha por una democracia digna de este nombre y por la justicia social”, resaltaba en sus primeras líneas el documento, que además exigía el fin de la especulación bancaria y la corrupción política, y la responsabilidad de la banca ante la crisis económica que, desde el año 2008, causa estragos en la sociedad española y que se ha manifestado en una inflación galopante, desempleo, incremento de la deuda pública, recesión y una burbuja inmobiliaria que está dejando a miles de personas en la calle, desahuciadas por el incumplimiento del pago de sus hipotecas.

Pero el manifiesto también consignaba que esos intrépidos “okupas” de la tercera edad que habían tomado la entidad bancaria se sumaban a la protesta de los ciudadanos que colmaban las calles españolas con su indignación y que eran insultados por políticos que aseguran que la crisis es un invento de los que no quieren trabajar y de los que se han endeudado, irresponsablemente, por encima de sus posibilidades. Si a esos ciudadanos se les llama despectivamente “perroflautas”, los manifestantes que tomaron la sede del Santander propusieron que les dieran, a ellos, un mote parecido: “yayoflautas”.
“Yayo” es como en gran parte de España se llama cariñosamente a los viejos.

—Estábamos conversando y comiendo en un chino —cuenta Celestino Sánchez, Celes, sesenta y dos años y añejo militante del Partido de los Comunistas de Cataluña—. Éramos un grupo de compañeros de mi edad y jóvenes pertenecientes a un movimiento llamado Inflexión, que nos estaban dando una mano con temas de internet. Hablábamos de cómo la gente de nuestra edad podía aportar a la protesta, y salió aquello de la Esperanza Aguirre y del nombre que usaba para referirse a los indignados, perroflautas.

En el currículo público de Esperanza Aguirre, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, no sólo destacan su título nobiliario de condesa consorte y los cargos públicos que le ha tocado ejercer, como ministra y senadora. Sobre todo resalta su cualidad de boquifloja. Entre otras perlas, llamó hijoputa a un ex consejero de Caja Madrid al que había defenestrado de su cargo y calificó de pelmazos a su propia gente de prensa por haber convocado a unos periodistas a una visita que hizo a los afectados por un incendio en un pueblo cercano a Madrid, cuando había dado instrucciones precisas de que quería tener ese encuentro en privado. Cuando los indignados tomaron la madrileña Plaza del Sol, el 15 de mayo de 2011, y acamparon allí durante semanas, Aguirre no disimuló su ofuscación. Cada vez que se le preguntaba al respecto, apelaba a inspirados adjetivos para referirse a los que se habían atrevido a afear tan turística plaza con su protesta y sus carpas. Los llamó camorristas, pendencieros y perroflautas. Este último podría considerarse el súmmum de la terminología despectiva, ya que con este nombre se denomina peyorativamente a los integrantes de las tribus urbanas de hippies, punks y anarcos, que se distinguen por llevar rastas y piercings, y a los que se acusa de poca —o nula— higiene y de ser unos revoltosos antisistema. Celes no recuerda exactamente quién tuvo la ocurrencia, pero sí que fue uno de los veteranos el que soltó:

—¡Coño!, si vosotros sois los perroflautas, nosotros seremos los yayoflautas.

***

Los yayoflautas le han dado una bocanada de aire fresco a la protesta en España.
Con sus chalecos amarillo fosforescente, su signo distintivo y sus “travesuras”, que es como llaman a las ocupaciones que realizan de oficinas bancarias e instituciones del Estado, este colectivo integrado por hombres y mujeres de sesenta años en adelante ha asumido la misión de reclamar a viva voz que sus hijos y nietos no vivan peor que ellos. Y lo mismo si se trata de sus propios hijos y nietos o los de los demás.

En la mira de los yayoflautas están los políticos corruptos, los ladrones de traje y corbata, los yernos reales deshonestos, pero sobre todo los responsables de la crisis y el menoscabo del “Estado del bienestar”, esa responsabilidad del gobierno de proveer una sanidad y educación pública de calidad, vivienda digna y trabajo, protecciones y derechos que se han ido reduciendo ostensiblemente a fuerza de los recortes de los presupuestos gubernamentales. Sus travesuras han tenido una enorme repercusión por medio de las redes sociales: su cuenta en Twitter, @iaioflautas, tiene —al momento de redactar esta nota— 26 705 seguidores y su página de Facebook le gusta a 12 154 personas.

Los medios de comunicación españoles han prestado especial atención a sus movimientos, y han encontrado en los “indignados de la tercera edad” o “los abuelos indignados”, como los llaman en sus titulares, un ángulo diferente de la cobertura de la crisis, cobertura periodística que ha servido también para sumar nuevos compañeros a la causa:

—Los vi por la televisión cuando ocuparon un autobús. Me gustó la idea y los busqué por internet. Al cabo de un mes me respondieron y me incorporé al grupo —dice Paco González, sesenta años, jubilado, militante de la desaparecida Liga Comunista Revolucionaria, brigadista internacional y ex sindicalista.
—Vi que era un movimiento de gente mayor, activo y luchador contra las injusticias. Les mandé un correo y les dije que podían contar conmigo y con mi marido [José] —dice Ángeles Tarjuelo Lozano, sesenta y cinco años, ama de casa.
—Cuando me enteré de que unos yayoflautas habían entrado en un banco a hacer una cosa que era chillar y quejarse dije: “¡Me cago en la mar!, eso es lo que quiero hacer” —dice Luis Sotillo, sesenta y nueve años, auditor jubilado, simpatizante de las acampadas en Plaza de Cataluña e indignado número 1 423 558 (cifra inventada por el propio Luis), tal como consigna la camiseta de color celeste que se hizo confeccionar para participar de las manifestaciones y las protestas.

***

Felipe López-Aranguren tiene sesenta y un años y la pinta de roquero de los setenta: flaco, patillas largas, melena gris y gafas de metal a lo John Lennon. Sociólogo, poeta y militante comunista, Felipe fue uno de los primeros en sumarse a la tropa de los yayoflautas. Sentado en un café de Sant Andreu, distrito barcelonés que aún conserva el espíritu del pueblo que fue y que terminó siendo absorbido por el crecimiento de la ciudad condal, Felipe lía tranquilamente un cigarrillo. Frente a él espera, humeante, una taza de café negro. Le da un sorbo y explica en qué consisten sus “travesuras”.

—Entramos a un lugar, lo ocupamos, esperamos que nos atienda un representante, le entregamos un documento que indica por qué estamos allí y nos retiramos. Sin violencia y todos tranquilos.

Pero ésta es la versión resumida de lo que es una “travesura” yayoflauta, ya que sus ocupaciones exigen planificación, discreción y paciencia. Hay un minucioso trabajo previo de reconocimiento. Son sólo cuatro o cinco los que conocen a detalle dónde y cuándo se va a realizar la ocupación. Éstos convocan por correo electrónico —o por teléfono— a un grupo de entre treinta y cincuenta compañeros para que se concentren en un lugar cercano al sitio que será tomado. Una vez que el grupo pequeño determina que es el momento, llaman por celular al resto e ingresan al lugar escudados por una sola frase: “Tranquilos, somos los yayoflautas y somos pacíficos”. Este lema se lanza para desmontar cualquier intención de respuesta violenta y a la vez advierte que están allí para perpetrar un acto de desobediencia civil, no violento, público y que busca denunciar una injusticia. Acto seguido se colocan el chaleco distintivo y, ya puesto, a lo que van: pedir la presencia de un alto funcionario para explicarle la reivindicación que los ha llevado hasta allí, indicando que no se moverán hasta que sean atendidos. La táctica ha resultado exitosa desde la ocupación de la sede del Santander, en octubre de 2012, que fue su primera acción oficial.

Inicialmente los yayoflautas emularon la metodología del 15M —el movimiento ciudadano surgido para protestar contra la crisis económica de España— para organizar sus acciones: convocar a una manifestación por medio de las redes sociales e identificar de manera plena el objetivo. Por supuesto que cuando se presentaban en el lugar, había más policías que manifestantes.

Felipe López-Aranguren se acomoda su casaca negra, en cuya solapa reluce una estrella negra anarquista y, bajando la voz como para contar un importante secreto, dice que recurrieron entonces a su experiencia de los tiempos de la dictadura, cuando las reuniones de más de tres personas estaban prohibidas.

—Entonces convocábamos a la gente en el lugar en el que haríamos la manifestación y la consigna era que, si habíamos los suficientes, tocábamos un pito y montábamos el follón. Caso contrario, esperábamos cinco minutos y cada uno seguía su camino. Adaptamos esta táctica a la situación actual y tuvimos éxito.

Los yayoflautas se declaran hijos del 15M, ya que fue en las acampadas de Plaza de Cataluña donde se encontraron y reencontraron.

—Durante mucho tiempo nos habíamos preguntado dónde estaban los jóvenes, por qué no se movían ni hacían nada frente a los recortes, la burbuja inmobiliaria y la crisis —dice Felipe López-Aranguren—. De pronto, se movieron. No era lo que nosotros pensábamos, pero lo importante era ser parte del movimiento.

En las acampadas se toparon con que se habían organizado diversos grupos de trabajo divididos por comisiones: desahucios, inmigración, recortes en sanidad y educación pública, precarización de los servicios sociales. Y también había una comisión de personas mayores en la que se debatía sobre los pensionistas y las pensiones. Pero esos temas a Felipe y los suyos les sabían a poco. Entonces fue que decidieron emprender su propia y particular cruzada, a la que poco a poco se han ido sumando más y más compinches que han aportado, sobre todo, experiencia.

Los yayoflautas son un colectivo heterogéneo en el que las ideologías y los colores políticos están proscritos, pero a lo que no le dan la espalda es a la experiencia adquirida en los aciagos años del franquismo. En sus filas trabajan juntos aquellos que sufrieron en carne propia la opresión y el castigo por ser herederos del bando perdedor de la Guerra Civil —el republicano— y los que se vieron obligados a mantener la boca cerrada y pasar desapercibidos para los partidarios de las camisas negras y el brazo derecho en alto. Entre los primeros se encuentran Antonia Jover y Rosario Cunillera.

Antonia tiene setenta y tres años, no es muy alta, es algo rellenita y siempre sonríe. Vive sola, en el piso en el que vivió con sus padres, un lugar acogedor y en el que tienen un lugar privilegiado las fotografías familiares. Al indagar por sus recuerdos más antiguos, cuenta que dio sus primeros pasos en una prisión.

—Tenía dos meses cuando mi madre fue encarcelada por ser esposa de un oficial republicano. Estuvimos encerradas hasta que cumplí dos años y medio, y ella fue puesta en libertad.

Antonia conoció a su padre cuando tenía dieciséis años y él había cumplido su condena en diferentes prisiones y hasta en un campo de concentración, el de Albatera (Alicante). En 1956 se establecieron en Barcelona, pero la prisión no había hecho mella en las convicciones de los Jover, que se sumaron a la lucha clandestina bajo la apariencia de una familia burguesa dedicada al comercio. Con esa pantalla dieron soporte a los presos políticos, repartieron octavillas prohibidas y ofrecieron refugio en su casa, durante quince años, a Gregorio López Raimundo, histórico secretario general del perseguido Partido Socialista Unificado de Cataluña.

—Ofrecí mi juventud por algo en lo que creía y vuelvo a hacer lo mismo en mi vejez. Ahora toca luchar contra los desalojos, el paro, los recortes en la sanidad —dice Antonia, quien nunca encontró un hombre que diera la talla para compartir su militancia, que la llevó a trabajar activamente en la preservación de la memoria histórica por medio de la Asociación Catalana de Ex Presos Políticos.

Fue allí donde conoció a Rosario Cunillera.

Rosario tiene sesenta y siete años y lleva siempre su larga cabellera blanca sujeta en una cola de caballo. Es hija de un militar republicano enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer —sur de Francia— después de la Guerra Civil, y de una asturiana que tuvo que huir a Francia junto con sus once hermanos, todos perseguidos por el franquismo.

—No puedo fallar a la herencia de mis padres. Siempre he estado luchando por alguna causa, y hoy toca más que nunca. Creo incluso que lucho más que cuando era joven —dice Rosario, cuya hoja de vida incluye su adherencia en las Juventudes Comunistas de Francia y su labor activa en diversas organizaciones, principalmente asociaciones de vecinos. En estas entidades, Rosario siempre está participando de cualquier actividad que tenga como fin mejorar su calidad de vida y la de la gente que la rodea.

Pero entre los yayoflautas también están aquellos cuyas historias no tienen como escenario la clandestinidad, ni la prisión ni las batallas políticas.

—Siempre he dicho que no soy ni de derechas ni de izquierda. Soy de arriba. Porque de arriba se ven mejor las cosas —dice Luis Sotillo.

Luis es un hombre robusto, alto y de hablar pausado. A sus sesenta y nueve años disfruta de caminar por la montaña, de sus nietos y de su jubilación, tras trabajar más de cuarenta años como auditor de cuentas. Y aunque podría decirse que no tiene de qué quejarse, él dice que sí. Y tanto.

—Me cabrea la cantidad de mentiras que oigo cada día. Me insultan cuando me engañan y me dicen que esto es una crisis y no lo es, es una estafa. Y salgo a la calle porque mis nietos no van a tener la misma educación pública que tuvieron mis hijos.

Los dos hijos de Luis son profesionistas —uno es geólogo y el otro veterinario— y tienen trabajo, pero como van las cosas, son sus nietos los que le preocupan, ya que vislumbra para ellos un futuro incierto.

Es lo mismo que vislumbra Ángeles Tarjuelo para los suyos.

—Esta crisis se está llevando por delante a las personas trabajadoras, como mi hijo, que ha tenido que cerrar su negocio y ha perdido su casa. Ahora vive conmigo y mi marido, y me duele verlo así.

Ángeles trabajó como contadora, pero cuando se casó, decidió dedicarse por completo a su familia. José Gràcia, su esposo, es jubilado y trabajó muchos años como chofer en una entidad bancaria. Ángeles nunca militó en ningún partido ni movimiento político, pero no por ello dejó de encolerizarse ante las injusticias y los abusos, sobre todo durante la dictadura. Pero en aquellos años esa indignación no podía expresarse a viva voz.

—En mi casa oía decir: cuidado con lo que habláis y con quién habláis. Hemos crecido con miedo a hablar y expresar nuestras opiniones tanto en política como en religión. Franco era el que mandaba, y por lo tanto ¡chitón!, si no querías verte en líos. Ahora no sé si no hay miedo, si lo hemos perdido o ya no nos importa. Lo cierto es que con los yayoflautas me siento viva y útil. Hay que salir y dar un aldabonazo y decirle a la gente que no nos miren, que se nos unan —dice, y sus ojos pardos brillan a través de los gruesos cristales de sus gafas.

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No hay una cifra oficial, pero los yayoflautas estiman que ya son más de mil en toda España. El núcleo original es el de Barcelona —donde participan activamente cerca de trescientas personas—, y se han formado grupos en otras ciudades catalanas como Gerona, Sabadell, Tarrasa, Moncada y Badalona. También se han agrupado bajo el estandarte yayofláutico en Madrid, Granada, Córdoba, Sevilla, Valencia, Murcia, Castellón y Palma de Mallorca. E incluso hay un par de ciudades alemanas, Colonia y Berlín, desde donde los han contactado para pedirles asesoría sobre cómo constituirse, una “consultoría” que cada vez es más frecuente y demandada.

Una tarde de noviembre de 2012, Luis Sotillo y Ángeles Tarjuelo se encargan de realizar una reunión con unas personas interesadas en formar yayoflautas en Mataró, una ciudad del Maresme barcelonés, a media hora en tren partiendo desde la estación Plaza de Cataluña, en el centro de Barcelona. La reunión se realiza en un espacio cedido por la asociación de vecinos de la localidad. Es una oficina pequeña, iluminada por un par de fluorescentes y decorada con varios carteles en los que se insta a pelear contra los desahucios. Allí esperan ocho personas: cinco caballeros y tres señoras. Tras las presentaciones de rigor, Luis y Ángeles se sientan frente a ellos.

Luis se acomoda las gafas y el espacio se llena con su vozarrón:

—Los yayoflautas somos un grupo de personas mayores que nos hemos atrevido a dejar el sofá, ponernos de pie y salir a la calle a cabrearnos —les dice—. Hacemos nuestras travesuras de manera pacífica. La organización es libre, horizontal y no hay cuotas de afiliación. Nos vemos una vez al mes en una asamblea en la que damos ideas para una nueva acción, y el grupo coordinador, que son tres o cuatro, toma nota, y son ellos los que organizan la travesura. El resto nos enteramos por correo electrónico de una fecha, un lugar y una hora, y allá nos vamos.

Luis hace una pausa y saca de su maletín el chaleco de los yayoflautas y lo muestra: color amarillo fosforescente. En él lucen inscritos sus lemas. “No a los recortes de los servicios públicos: sanidad, enseñanza, transporte público, jubilaciones”, dice en la espalda. “No a las privatizaciones. Contra la corrupción y especulación. Sí a la memoria histórica”, se lee en el pecho.

—Una cosa importante: nunca hagáis nada solos, siempre en grupo. Y si os piden identificarse, haceros los tontos: que no llevo el carnet, que lo olvidé, que mis pastillas.

El ambiente es distendido. Se intercambian ideas para futuras acciones. Eligen a sus coordinadores y, al final del encuentro, Ángeles hace el honor de dejarles seis chalecos y se los reparten rápidamente entre ellos. Así, de esa manera simple, nace un nuevo grupo de yayoflautas.

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Las mareas son aquellos movimientos de agua generados por la fuerza de gravedad que ejercen tanto la Luna como el Sol sobre mares y océanos. En España, la crispación ciudadana expresada por medio de marchas multitudinarias ha adoptado alegóricamente el nombre de mareas, aunque, en este caso, la fuerza que las agita son los recortes del gobierno, los desahucios, la recesión y el desempleo. Este último es el problema más preocupante, ya que, según cifras recientes, veintiséis por ciento de la población económicamente activa, es decir, más de seis millones de españoles, no tiene trabajo.

Manifestándose en las calles están la marea verde de los afectados por las hipotecas, la amarilla de los trabajadores de la enseñanza, la naranja de los que protestan por los recortes en los servicios sociales y la blanca de los trabajadores de la sanidad que claman por la no privatización de sus servicios. Los yayoflautas no son una marea. Más bien, siguiendo con la alegoría marítima, son como una ola que hace acto de presencia y se retira para luego volver, en un incansable vaivén.

Son veintinueve las “travesuras” contabilizadas en su blog, http://www.iaioflautas.org. Se cuentan tanto las acciones que han apoyado de otros grupos como las propias. Estas últimas son dieciocho hasta el momento. Entre ellas destacan, aparte de la ocupación del Banco Santander, la primera de todas, la toma de la oficina de la agencia de calificación Fitch (7 de noviembre de 2011), para protestar contra la especulación bancaria; la ocupación del consulado alemán en Barcelona (22 de junio de 2012), para reclamar un plan de rescate europeo para las personas y no para los bancos, y la toma de la Bolsa de Barcelona (21 de septiembre de 2012), para poner en evidencia a uno de los símbolos de la “oligarquía financiera”. Precisamente la ocupación de la Bolsa fue el episodio que puso de manifiesto algo que los yayoflautas sabían que iba a ocurrir tarde o temprano: que se borrara la sonrisa de los labios de aquellos que los veían como unos inofensivos abuelitos alborotadores.

—La ocupación salió muy bien. Éramos cincuenta de nosotros, y nos atendió el gerente de la Bolsa. Pero mientras una comisión hablaba con el funcionario y el resto abandonaba el lugar, en la puerta nos esperaban los antidisturbios —cuenta Celestino Sánchez.

Videos colgados en YouTube muestran el despliegue policial de media docena de furgonetas y decenas de efectivos, que formaron una cadena para cortar la circulación de los yayoflautas. La consigna policial era pedirles la documentación, lo que podía concluir en dos cosas: ponerles una multa por alteración del orden público o denunciarlos ante un juez por la misma falta.

Los yayoflautas optaron por no identificarse. Se ubicaron en el frontis del edificio de la bolsa y esperaron. Algunos estaban parados y comentaban la situación; otros, apoyados en sus bastones, observaban atentamente el despliegue de los policías. También se sentaron en las escaleras de acceso para hacer menos cansadora la espera. En ninguno había el mínimo atisbo de temor. Al final y ante la cada vez más numerosa presencia de transeúntes que empezaron a clamar en apoyo de los yayoflautas impedidos de moverse con libertad, la policía recibió la orden de retirarse, y los manifestantes se marcharon gloriosos y caminando al ritmo de los aplausos de la gente.

Una situación similar de acoso policial se repitió un mes después, el 27 de octubre de 2012, cuando, en conmemoración de su primer aniversario, intentaron ocupar la Generalidad de Cataluña, la sede del poder político catalán. La ocupación no se pudo efectuar, ya que cuando intentaron entrar se estaba realizando el cambio de guardia, y los yayoflautas se toparon frente a frente, otra vez, con varias docenas de policías. Hubo un conato de enfrentamiento, y dos de ellos debieron ser atendidos en ambulancias por ataques de ansiedad. Celestino fue uno de los que tuvieron que recibir atención médica.

—Pensaron que nos cansaríamos y que siempre estaríamos en ese nivel en que molestas pero “no es pa’ tanto”. Eso está cambiando —dice Celes.

***

El Ateneu Roig es un antiguo almacén que ha sido acondicionado como centro cultural. Está ubicado en una estrecha calle del barrio barcelonés de Gracia, el distrito más bohemio de la ciudad. Las entidades y asociaciones de vecinos utilizan el ateneo para organizar talleres y encuentros. En este lugar, los yayoflautas realizan sus asambleas mensuales.

Es una tarde de diciembre, y a las cinco se inicia la junta convocada para hacer balance de sus acciones. La sala principal del ateneo es bastante grande, alrededor de cuarenta metros cuadrados. La convocatoria ha congregado a más de ciento veinte yayoflautas, entre ellos Luis, Antonia, Ángeles y Rosario. Hace frío, y los convocados han ido llegando de a poco y abrigados con bufandas y pañuelos atados al cuello. Cuando se encuentran se saludan y se detienen a conversar algunos minutos. Ríen, se dan de palmadas en la espalda y la pregunta que más se repite es: “¿Cómo va la salud?”. El espacio queda pequeño, así que se tienen que acomodar más sillas, incluso en la zona que hace las veces de recepción.

El primero en tomar la palabra es Celes, y lo hace para agradecer a todos por haberse puesto de pie y salido a las calles.

—No hay duda de que la desobediencia civil y el método de las ocupaciones era lo que teníamos que hacer y funciona. Vamos por buen camino —dice.

Pero la reunión también sirve para tocar un tema bastante importante: se ha producido la primera denuncia contra un yayoflauta.

Andrés Ruiz Grima, sesenta y siete años, fue interceptado por la policía en la Plaza de Cataluña, en Barcelona. Él había participado de la marcha que precedió el intento de la toma de la Generalidad de Cataluña, el día del primer aniversario del colectivo. Horas después de terminada la manifestación, caminaba por los alrededores de la plaza con un grupo de compañeros, cuando la policía le pidió que se identificara. Andrés les entregó el Documento Nacional de Identidad (DNI) y, cuando intentaron separarlo de los otros yayoflautas, éstos rodearon a los policías, quienes optaron por retirarse rápidamente. Pero ya habían tomado nota de los datos de Andrés y, tiempo después, le llegó la notificación de que había sido denunciado ante la justicia por “resistencia a la autoridad”.

Antonia Jover pide la palabra.

—Sabíamos que iba a ocurrir algún día, pero ni las citaciones ni las multas nos van a asustar”.

Los compañeros aplauden.

Carlos Sánchez Almeyda es el abogado que colabora con el colectivo. En un momento de la junta explica que las cosas se pueden poner aún más peliagudas para ellos. Se refiere a la reforma del código penal —aún en fase de estudio— que en su artículo 557 apunta que: “Quienes actuando en grupo o individualmente pero amparados en él, alteraren la paz pública ejecutando actos de violencia sobre las personas o sobre las cosas, o amenazando a otros con llevarlos a cabo, serán castigados con una pena de seis meses a tres años de prisión”.

—Ha vuelto Franco —clama una mujer.

Silbidos de pifia. Celes pide orden y toma la palabra.

—Quieren acojonarnos y no nos van a acojonar. Seguiremos con la protesta. Esos mamones no podrán contra nosotros —exclama, y el ateneo retumba con las palmas.

La asamblea llega al final con muchos acuerdos y planes por poner en marcha. Lo inmediato: constituir una coordinadora de solidaridad para apoyar a los compañeros que sean denunciados, e iniciar una campaña de difusión en casales (clubes) de abuelos y asilos, y también en escuelas y asociaciones de barrio, a fin de compartir lo que hacen y mostrar que “sí se puede”, y si alguien se anima, que se sume a su causa.

—Somos ocho millones de pensionistas, y si hay seis millones de parados, sumamos y somos catorce millones de personas. Allí hay fuerza —dice Luis Sotillo—. Y en la calle, manifestándonos, es donde debemos estar.

A la hora del almuerzo, Gustavo Santaolalla apaga los equipos de música. El productor de rock y pop latino más influyente del mundo no puede sentarse a comer si están tocando una canción. Hay quienes no consiguen escribir, ni estudiar, ni conversar, ni tener sexo si no están en silencio: la música les impide concentrarse en lo que hacen. A Gustavo Santaolalla, la comida lo distrae de la música. Cuando era adolescente y escuchaba The Beatles, Santaolalla trataba de oír el trabajo de George Martin, el productor que sumó arreglos sinfónicos en sus canciones y convirtió el talento rustic de cuatro muchachos en un sonido que conquistaría el mundo. Cada vez que oía The Who, Santaolalla buscaba la mano de Kit Lambert, el manager que convenció al grupo de fusionar el rock y la ópera para lograr una complejidad sonora que los haría pasar a la historia. Cuando ponía The Kinks, Santaolalla reconocía la influencia del productor Shel Talmy, quien los llevó por primera vez a un estudio y grabó con ellos el hit que los hizo famosos —You really got me—, tal vez el más emblemático del pop británico de todos los tiempos. Gustavo Santaolalla, el nombre que aparece cada vez que uno teclea «gurú del rock latino» en Google, creció escuchando a los hombres que convirtieron a unos grupos de muchachos en las mejores bandas de la historia. Hoy, cada vez que prestamos atención a algunos de los temas más conocidos de Café Tacuba, Juanes, Bersuit Vergarabat, Molotov, Los Prisioneros, Jorge Drexler, Divididos, Julieta Venegas, La Vela Puerca, Caifanes o Bajofondo, estamos escuchando a Gustavo Santaolalla.

—La atención también es un don —dice—. Por eso no puedo comer y escuchar música. Si estás atento ves cosas que otra gente no puede ver.

Santaolalla lleva un esmoquin negro que resalta sus ojos celestes. Acaba de salir de la habitación del hotel donde se hospeda en Buenos Aires y, antes de empezar la sesión de fotos, se mira al espejo y descubre una arruga diminuta que arruina la caída de la tela debajo de una manga. Una productora corre hacia él con un alfiler para alisarla. Santaolalla vuelve a mirarse al espejo, entiende que todo está en orden, y la sesión puede comenzar.

El músico y productor que ha ganado dos Óscar, un Globo de Oro, dos Grammy, dos BAFTA y catorce Grammy Latinos por su trabajo, es capaz de percibir lo que otros no ven. Veinticinco años antes de nuestro encuentro en Buenos Aires, una tarde calurosa a finales de los ochenta, Gustavo Santaolalla había caminado entre los puestos de vinilos de la feria cultural El Chopo, en México D.F., para ir a escuchar a una banda de muchachos que, además de escasa experiencia, tenían sólo tres instrumentos y no sonaban demasiado bien. Después de oírlos en el escenario decidió gastarse hasta el último centavo de su presupuesto para que pudieran grabar su primer disco. Esos músicos jóvenes que antes de conocer a Santaolalla ni siquiera se habían planteado entrar en un estudio, y que al comienzo fueron rechazados por disqueras como EMI y BMG —hoy Sony Music— se convirtieron en Café Tacuba. En 2009 la banda recibió de las manos de Morrisey el premio Leyenda MTV. Su disco Re fue elegido en 2013 como el mejor álbum latino de toda la historia por la revista Rolling Stone. «Tiene la capacidad de ver las cosas cuando flotan en el aire», dijo Quique Rangel, el bajista del grupo mexicano. «Sabe sacar lo mejor de cada uno», me contó Meme, el tecladista de Café Tacuba. «Es algo así como nuestro gurú», dijo Rubén Albarrán, el cantante de la banda. «Gustavo Santaolalla apareció y se me empezaron a abrir las puertas», declaró el músico colombiano Juanes. «Ve mucho más allá que un mero músico», dijo la cantante brasileña Marisa Monte. No sólo los medios le dicen ‘gurú’ a Santaolalla: los artistas con los que ha trabajado hablan de él como si fuera, más que un productor, un guía espiritual con una percepción superior.

Solemos confundir a los productores musicales con managers o intermediarios. Los críticos del éxito mainstream suelen acusarlos de titiriteros: señores que eligen a un grupo de músicos, los reúnen en un estudio, les hacen interpretar canciones como fórmulas, les consiguen contratos y les aconsejan como peinarse. «Es una forma de hacerlo —dice Santaolalla con cierto desdén—. Yo no puedo». Casi nadie fuera de la industria sabe lo que hace un productor musical. En realidad, su trabajo se compara con el de un director de cine: el productor es quien imagina el disco en su cabeza cuando aún no existe, acompaña a los músicos en sus ensayos, busca lo mejor de sus temas, les pide más canciones, escribe arreglos, incorpora instrumentos, decide tecnologías de grabación, elige el equipo técnico de trabajo, administra tiempos, establece criterios de edición y mezcla, selecciona las tomas en el estudio, les dice «otra vez, otra vez, otra vez». El sonido y la estética artística de una banda en un disco, explica Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, son el sello de un productor. Santaolalla repite que sólo graba discos con músicos que tengan una voz propia, una visión artística definida. Su negocio es el de un jardinero atento: encuentra en los artistas un germen que otros no ven, y trabaja obsesivamente con ellos para que eso crezca, tome forma y se convierta en una identidad. Después de pasar por sus manos, ese germen casi siempre toma forma de disco de platino. A finales de los noventa, Santaolalla recibió el demo de un músico colombiano que había sido rechazado por sellos que buscaban estilos más comerciales. Santaolalla lo escuchó y meses más tarde viajaba a Medellín para producir el primer disco de estudio de aquel muchacho que fusionaba ritmos folclóricos con rock. Hoy Juanes lleva vendidos más de quince millones de discos y ha ganado veinte Grammy Latinos. El músico y productor Brian Eno —David Bowie, U2, Coldplay— dice que elige a los artistas por su sentido del humor. El productor Rick Rubin —Black Sabbath, Kanye West, Eminem— elige a los artistas cuando siente que le gusta pasar el tiempo con ellos. Gustavo Santaolalla dice que los elige con «la panza». Es lógico que no pueda comer mientras presta atención a la música.

—Algo me vibra y siento que me atrae.

En la habitación de su hotel en Buenos Aires, sobre la mesa del living, hay un libro de Krishnamurti: El conocimiento de uno mismo. Santaolalla levanta el libro y me lo muestra. Krishnamurti es uno de sus autores de cabecera. Para comprender cualquier cosa, explica el filósofo indio —una pareja, un cuadro, un paisaje, los árboles— hace falta verdadera atención. Escuchar exige hacer a un lado las distracciones, y eso supone olvidarse también de las opiniones y creencias propias. Para Krishmanurti, la atención verdadera es un modo de estar alerta que surge sólo cuando no estamos obsesionados en nosotros mismos. Santaolalla aprendió a prestar atención desde niño, pero tardó unos treinta años en dejar de estar obsesionado con su propio plan de ser un músico exitoso.

***

Santaolalla ganó dos premios Óscar por componer las bandas sonoras de Secreto en la montaña y de Babel tocando instrumentos de cuerda que nadie le enseñó a tocar: el ronroco (un charango andino) y el úd (el laúd árabe). Santaolalla montó una bodega en Argentina y produjo tres vinos que ganaron medallas de oro en las Sélections Mondiales des Vins de Canadá sin tener ninguna experiencia como bodeguero. Santaolalla compuso la banda de sonido para el videojuego The last of us, elegido juego del año en los Games Developers Choice Awards 2013, sin haber trabajado nunca para un videojuego. Santaolalla abrió una editorial para publicar libros de arte y fotografía sin haber sido nunca editor, estrenó un musical en Toronto sin haber hecho nunca un musical, y trabaja para montar un show de ballet sin haber hecho nunca un espectáculo de danza. Santaolalla tiene sesenta y tres años, es uno de los productores musicales más influyentes del mundo, pero no sabe leer música.

Un día, cuando tenía diez años, su profesora de guitarra en Ciudad Jardín —un barrio de calles arboladas y familias de clase media en la provincia de Buenos Aires— le pidió que tocara una pieza. El niño Santaolalla, que estudiaba música desde los cinco años, la interpretó a la perfección, pero su profesora no lo felicitó. En cambio le tapó los ojos, eligió un lugar diferente en la partitura, y le pidió que empezara desde allí. Él se quedó en silencio. Se había aprendido el tema de oído, pero no podía leer el pentagrama. La profesora confirmó sus sospechas y llamó a su madre: «No puedo seguir enseñándole —le dijo—. Su oído puede más que mi teoría». Santaolalla cursaba quinto grado en un colegio inglés, era monaguillo en la Iglesia, y su forma de escuchar y aprender comenzaba a alejarlo de ciertas enseñanzas. Una tarde le pidió una cita al cura de su parroquia porque estaba obsesionado con una idea: si Dios era bueno y todopoderoso como le habían enseñado, ¿por qué no hacía desaparecer al diablo? Si Dios permitía que el diablo siguiera existiendo —le dijo al cura—, era lógico pensar que trabajaba para él. Al igual que su profesora de música, el párroco lo escuchó y llamó a sus padres, pero en este caso para decirles que tal vez debían exorcizar a su hijo. Gustavo Santaolalla tenía once años, y atravesaba su primera crisis espiritual.

—Me imaginaba el paycheck que Dios le pasaba al diablo todos los meses para hacer el trabajo sucio— dice, y se ríe con la mitad de su rostro.

Cuando está afinando un instrumento, preparándose para tocar o examinando la ropa para una sesión de fotos, Santaolalla lleva un gesto grave, expectante —el ceño fruncido, la boca ligeramente entreabierta—, de profunda concentración. Un gesto adusto que podría ser confundido con hosquedad si no fuese porque a cada momento lo desarma como una máscara de goma para lanzar poderosas carcajadas. Es la misma cara de concentración que puede verse en una foto que le tomaron a los cinco años, en una fiesta del jardín de infantes. La imagen cuelga en el living de la casa donde creció, en Ciudad Jardín, a unos treinta kilómetros de Buenos Aires: allí se lo ve a Santaolalla con un delantal blanco y un moño a lunares, llevando una batuta en la mano, mientras dirige una orquesta formada por sus compañeritos. Orfelia Abatte, la mamá del músico, todavía recuerda que aquel día en el jardín Pinocho una mujer se acercó y le dijo: «Cultívelo. Lleva la música adentro». No hacía falta que se lo dijeran.

—No sabés cómo le daba la entrada a los triángulos. Tenía una habilidad…— dice Abatte con un orgullo que no le cabe en el cuerpo.

La madre del músico argentino es una mujer menuda, bajita, coqueta, que siempre quiso estudiar guitarra pero nunca pudo. Orfelia Abatte tiene noventa y tres, viaja a Los Ángeles cada año a visitar a su único hijo, y todavía conserva en una caja fuerte la canción que él le compuso hace cuarenta años, cuando murió su marido. Gustavo —“Gusi”, dice ella— es muy parecido a su padre, Alfredo Santaolalla, un ejecutivo que conoció cuando era secretaria en la compañía de publicidad Walter Thompson. Orfelia y Alfredo eran una pareja de melómanos. Santaolalla recuerda que sus padres compraban discos a montones en una época en que conseguir variedad exigía esfuerzo y dedicación. En su casa se oía tango, folclore, jazz, música popular europea, rock, música clásica, brasileña. Su padre cantaba tangos mientras se afeitaba, y el futuro creador de Bajofondo —ese grupo que ha seducido a oyentes del mundo fusionando tango y otros ritmos rioplantenses con música electrónica— se paraba en la puerta del baño a escucharlo. A los cinco años, cuando entró a la escuela primaria, Santaolalla recibió de las manos de su abuela su primera guitarra y empezó a estudiar música con una profesora. Su primera composición fue una chacarera dedicada al cura de su escuela, y sus primeras actuaciones las hizo tocando en la parroquia. Santaolalla quería hacer música y quería ser cura, pero antes de llegar a la adolescencia su precocidad lo alejó de la iglesia y de los pentagramas. Entonces convirtió la música en una religión autodidacta. A los once años armó su primer grupo folclórico. A los doce tuvo su primera guitarra eléctrica. A los trece escuchó por primera vez a los Beatles y ese sonido —dice— le cambió la vida. Eso era lo que quería hacer. Santaolalla ensayaba tanto que el cielo raso del living de su casa se derrumbó dos veces por las vibraciones de los amplificadores. Leía con fascinación la parte de atrás de los discos que compraban sus padres: allí aparecía el nombre de los productores que lo habían hecho posible. El arte de hacer discos —dice— siempre le interesó tanto como hacer música. A los dieciséis firmó su primer contrato para grabar con Arcoiris, el grupo que formó con tres amigos de la iglesia, y a los dieciocho produjo el primer disco de León Gieco, un cantautor que se convertiría en un referente de la música latinoamericana. Arcoiris fue uno los grupos fundacionales del rock argentino, y contenía ya los elementos que se convertirían en el sello de Santaolalla: la búsqueda de una identidad que aporte al rock sonidos de una cultura propia, y la búsqueda de una conexión emotiva o espiritual. Los Arcoiris fusionaron ritmos folclóricos con el rock, y sumaron instrumentos como el bombo, el charango y la flauta, cosas que ningún grupo argentino había hecho. Fue una aventura musical y mística: cuando terminó la secundaria, Santaolalla se fue de su casa y formó con los integrantes del grupo una comunidad liderada por Dana Winnycka, una modelo ucraniana trece años mayor que hacía de guía espiritual, de la cual se enamoró. Dana había viajado por el Tibet y la India, y estableció para todos una disciplina rígida inspirada en algunas filosofías orientales: tenían prohibido el sexo, el alcohol y las drogas.

—Con Arcoiris éramos más una comunidad religiosa que hippie— dice Santaolalla.

En un mundo donde coexistían las ideas del Che Guevara y la psicodelia, mientras los Beatles viajaban a la India y la mayoría de los rockeros abrazaba la trilogía sexo-droga-rock and roll, los Arcoiris se volvieron una vanguardia involuntaria: practicaban la trilogía yoga-naturismo-meditación. Las búsquedas espirituales —religiosas o paganas— son casi un lugar común de la historia del rock: George Harrison se aferró al hinduísmo, Bob Dylan se convirtió al cristianismo, Leonard Cohen lleva décadas dedicado al budismo, Cat Stevens se hizo musulmán devoto y cambió su nombre, Jim Morrison se fascinó con el chamanismo. Los salseros Richie Ray y Bobby Cruz dejaron la música durante veinte años para fundar iglesias. Ricky Martín —que también fue monaguillo— se hizo seguidor del budismo. Juanes mismo tuvo su conversión religiosa y dijo que seguía a Jesús a su manera. Las historias sobre el fervor espiritual de los músicos suelen ir acompañadas de relatos que van de los excesos a la salvación. Santaolalla, fiel a su precocidad, fue de la religión a los excesos. Hasta mediados de los setenta vivió como un monje disciplinado en la comunidad Arcoiris, y llegó a sacar cinco discos con ellos hasta que se escapó, formó otra banda —Soluna— y a empezó experimentar todo aquello que se había reprimido. Pero la mística de trabajo y algunos principios de las filosofías orientales ya estaban en su vida.

A finales de los setenta, cansado de pasar días enteros en las comisarías por llevar el pelo largo, Santaolalla emigró a Los Ángeles para huir del clima de miedo e intolerancia que la dictadura militar había sembrado en Argentina.El mismo año que llegó a Estados Unidos los Sex Pistols se separaban y The Ramones ascendía en los rankings musicales. Santaolalla se cortó el pelo, armó una banda new wave con su socio argentino Aníbal Kerpel y se subió a la nueva ola post punk. El grupo Wet Pinic —así lo llamaron— tuvo su minuto de gloria cuando la revista Rolling Stone eligió el videoclip de su tema “Cóctel” como uno de los mejores del año. Pero el éxito fue fugaz. Las cosas no salieron como él hubiera querido, y sobrevivió componiendo jingles y soundtracks publicitarios. Una noche, mientras se congelaba en un hotel barato de Nueva York y cenaba pan con queso, sin un centavo en los bolsillos, Santaolalla entró en crisis y entendió que debía replantearse su vida.Tenía que cambiar su manera de hacer las cosas.

—Me tengo que correr del foco, pensé. Voy a salirme de la obsesión por hacer mi proyecto propio. Voy a ayudar a otra gente.

En ese momento, dice, decidió poner su energía y su talento al servicio de otros. Cualquier biógrafo responsable sospecharía de una decisión tan espontánea y consciente, pero eso fue lo que hizo los veite años siguientes: se dedicó casi por completo a trabajar en proyectos de otros artistas. Los ayudó a definir una identidad y a pulir su voz, a ser reconocidos, a vender miles y millones de discos y a ganar premios. Uno de los libros que inspiraron a Santaolalla en su aproximación a las culturas orientales fue Mente zen, mente de principiante, del japonés Shunryu Suzuki, introductor del budismo zen en América. El libro explica que una de las bases de esta doctrina es actuar con la inocencia del que recién se inicia. Un alumno le pregunta a Suzuki cuánto ego necesitaba un hombre. El maestro le responde:

—Lo suficiente como para no tener ganas de tirarse frente a un autobús.

Cuando se renuncia a pensar «debo hacer algo especial», dice Suzuki, entonces se hace algo: a la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la mente del experto, pocas. Después de esa crisis personal, Santaolalla renunció a ser el protagonista, y construyó su carrera detrás de escena, poniendo su talento al servicio de otros artistas. En los últimos veinte años, su nombre pasó a figurar en letras pequeñas en la parte de atrás de algunos de los discos más vendidos en Sudamérica. Santaolalla hizo a un lado su ego para hacer crecer el nombre de otros, y terminó en la portada de la revista Time. En 2005 fue nombrado por esa revista como uno de los veinticinco latinos más influyentes en los Estados Unidos. El ranking que publicaron ubicaba a Santaolalla por encima de Jennifer López y de Salma Hayek, la actriz que al año siguiente le entregaría su primer Óscar. Cuando subió al escenario a recibirlo, con la sobriedad de un monje, dedicó su premio a todos los latinos.

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Desde hace algunos años Santaolalla es convocado para dar charlas motivacionales ante empresarios interesados en conocer la fórmula de su éxito. El trabajo de un productor musical suele ser invisible para la mayoría de los oyentes, y su éxito nos genera una curiosidad más propia de un mago que de un obrero perfeccionista. Ante su auditorio, como cuando le piden consejos para los artistas jóvenes en alguna entrevista, Santaolalla aconseja tener disciplina, encontrar una identidad propia y mantenerse fiel a una visión. Los que esperan de él una receta mágica se decepcionan. Al hablar de su trabajo cita a Picasso («Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando»). Y no se cansa de repetir identidad, identidad, identidad. Cathleen Murphy, vicepresidenta de Sony Global, dijo que Santaolalla cambió las reglas de la industria: «Fue el creador de la música latina alternativa que ahora suena en todas las radios del mundo». Hay quienes lo acusan de ser parte de una maquinaria que fabrica productos en serie.

—Claro que soy parte de la industria. Pero no me considero un estereotipo de quienes hacen productos a medida del mercado.

Santaolalla se define primero como músico, y todos los artistas que produce tienen algo en común: la búsqueda de un sonido que identifique a la región. Durante las últimas dos décadas, él y su socio Aníbal Kerpel han producido músicos muy distintos entre sí, pero todos comparten cierto trabajo con ritmos locales: Juanes con vallenatos, la Bersuit con murgas y candombes, Café Tacuba con rancheras y boleros, Divididos con música de Atahualpa Yupanqui, Bajofondo con tango y ritmos rioplatenses, el dúo Orozco-Barrientos —unos músicos argentinos de provincia— con tonadas mendocinas. Y los fusionan con géneros como el rock, el pop, o la electrónica. El director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, Daniel Albano, cuenta que en el documental Everything is a Remix se describe al proceso creativo como el ejercicio de copiar, transformar y combinar. «Santaolalla logra en los artistas que produce un balance tan exquisito de estos tres factores —explica— que termina formándoles una identidad casi definitiva». El productor Brian Eno dice que en la música ya no existen grandes invenciones formales: se trata de experimentar con lo creado en los últimos sesenta años. El productor Rick Rubin dice que él crea música como un perfumista crearía una esencia: poco a poco y con algo de instinto. Daniel Albano cree que Santaolalla reúne las mejores condiciones para ser un productor forjador de estilo: su oído musical y estético, su capacidad de rodearse con grandes músicos e ingenieros de sonido, su experiencia como arreglador, su conocimiento de la música latina, sus viajes por las tres Américas en busca de música y tecnología, su habilidad para liderar y su disciplina. Quienes han trabajado con Santaolalla hablan de dos cualidades más: su obsesión por los detalles, y su insistencia en producir más y más para quedarse sólo con lo mejor.

A mediados de los ochenta Santaolalla regresó a la Argentina para producir una gira demencial junto a León Gieco, su primer ‘descubrimiento’ como productor. Durante casi dos años recorrieron el país desde la ciudad más austral —Ushuaia— hasta el extremo norte —La Quiaca—, grabando y filmando con músicos folclóricos nativos. Viajaron más de cien mil kilómetros, grabaron más de cincuenta horas de video y tomaron más de dos mil fotografías para producir De Ushuaia a La Quiaca, una gira que se convirtió en cuatro discos —uno de ellos listado entre los mejores cien discos del rock argentino por Rolling Stone—, un libro y un documental. Santaolalla ha dicho que ese viaje lo transformó. Allí conoció a cientos de artistas a los que no les interesaba grabar discos ni salir en televisión: hacían música porque para ellos era una necesidad vital. Y también conoció a su actual mujer, Alejandra Palacios, madre de sus hijos menores, Luna y Don Juan Nahuel. Santaolalla necesitaba un fotógrafo para la gira y ella se presentó a la entrevista de trabajo. Otros fotógrafos ya habían rechazado el proyecto.

—Me dijo que tenía que sacar cinco rollos por día, y que se sabía cuándo empezaba el viaje pero no cuándo terminaba. Era un delirio, pero vi en él a un productor increíble— me dice Alejandra Palacios.

Durante el viaje, Palacios y Santaolalla no se enamoraron enseguida: estaban concentrados en el trabajo. Él era muy caballero, cuenta su mujer, «un hombre a la antigua» que le abría la puerta de los autos y estaba atento a los detalles. Años después de aquella gira en la que se conocieron, cuando ella estaba por dar a luz a Luna, su primera hija con Santaolalla, en la sala de parto había otra mujer sosteniendo su mano, haciéndola respirar. Mónica Campins, la ex mujer de Santaolalla y madre de su hija mayor Ana, estaba allí para ayudarla a parir. Eso que la mayoría de los hombres creería imposible —ver a su mujer y a su ex unidas en un momento tan animal como trascendente— era consecuencia del efecto que Santaolalla produce en aquellos con los que se involucra. Hoy Mónica Campins es parte de la gran familia del productor argentino y vive muy cerca de la casa de Alejandra Palacios y Santaolalla. Para él, ese tipo de logros también tienen que ver con su trabajo.

—No hablo de ir todos los días a la oficina, sino de trabajar las relaciones con la familia, con los amigos. Soy consciente que hago cosas que impactan a la gente, y siempre trato de que sea algo positivo.

Todos los proyectos en los que se involucra, dice Santaolalla, ayudan de alguna manera al descubrimiento de las personas. «Una de sus grandes cualidades es manejar muy bien la energía y las relaciones humanas. Es algo tan fuerte en él que inevitablemente terminó dedicándose a esto», me dijo el tecladista de Café Tacuba, Emmanuel del Real Díaz. «Es un movilizador. Pone a andar cosas. Y esas cosas terminan funcionando», dijo su amiga Marisa Monte, música y productora brasileña. «El trabajo de Santaolalla suele mostrarse con la presencia de lo étnico. Pero por sobre todo creo que valora el instinto, lo emotivo, la calidez. No importa qué forma tenga lo que produce, creo que él respeta y promueve lo emocional», dice Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical. Las películas con las que Santaolalla ganó premios también hablan de búsquedas, individuales o colectivas: Diarios de motocicleta, Secreto en la montaña, Babel. A los guiones con los que trabaja, dice, él los elige como a los artistas: con la piel y el estómago. Durante la última entrega de los premios Goya en España, Relatos salvajes ganó como mejor película iberoamericana pero Santaolalla —que compuso su banda sonora— no fue premiado por la música del filme. Sus nuevos fans adolescentes hicieron oír sus reclamos por Twitter. «Tendría que haber ganado el tío que hizo la música de The last of us», repetían. Santaolalla no se llevó ese premio, pero recibió una prueba de fidelidad de un público inesperado. Hacer cosas nuevas ha mantenido vivo su don para conmover a las personas: le permite prestar atención con el entusiasmo de un eterno principiante, y la pericia técnica de un escultor experimentado. Una vez le preguntaron al productor Rick Rubin si su creatividad había cambiado con el tiempo. «Al inicio yo era un completo novato —dijo Rubin—, ahora soy un completo novato con treinta años de experiencia».

Santaolalla volvió a sacar un disco solista en 2014, luego de varios años de trabajar únicamente en proyectos colectivos o de otros artistas. Desde hacía dieciséis años, cuando editó Ronroco —el disco que le abrió las puertas al mundo del cine— que no hacía un trabajo en solitario. Le puso de nombre Camino. En 2014 Santaolalla llegó también a la Argentina para filmar una serie documental sobre el Camino del Inca o Qhapaq Ñan, como se conoce en quechua al gigantesco sistema vial que integró el imperio incaico a través de seis países andinos, desde Chile hasta Colombia. El proyecto abarcaba siete provincias argentinas y arrancaba por Mendoza, donde Santaolalla tiene su bodega Cielo y Tierra. Para empezar eligieron una comunidad indígena Huarpe, en una zona cordillerana, cerca de la frontera con Chile. Santaolalla habló durante horas con la líder de la comunidad, Claudia Herrera, sobre la senda andina como un lugar sagrado para distintos pueblos, sobre sus antepasados, sobre la necesidad de buscar en los orígenes para mirar el presente. Santaolalla tenía la cabeza rapada, lo que en sus propias palabras le daba un aspecto entre astronauta, monje y enfermo mental. «Cortarse el cabello es el símbolo de retomar un camino, dar una vuelta al círculo, volver a caminar los mismos caminos quizás pero con más sabiduría y fuerza», dice Herrera. Después que se apagaron las cámaras, los huarpes hicieron una ceremonia para que los buenos espíritus acompañaran a Santaolalla. En la montaña, delante del fuego, le entregaron una pluma de cóndor para que llevara un mensaje a través de los distintos pueblos que iba a visitar, como hacía antiguamente el chasqui. Más que el portador de un simple mensaje, explica la líder de la comunidad, «el chasqui es un corredor espiritual». Santaolalla llevaba consigo su ronroco. Después de recibir la pluma tocó un tema para ellos, les regaló su instrumento, y volvió a retomar su camino.

En septiembre de 1991, mientras el país intentaba recuperarse de la debacle económica del primer gobierno de Alan García, en medio de apagones y  coches bomba, llegó al Perú una comitiva del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con el objetivo de negociar el pago de una deuda de US$450 millones, cuyo retraso ponía en peligro la reinserción del Perú al sistema financiero global. El Ministerio de Economía, encabezado entonces por el economista Carlos Boloña Behr, estaba quebrado, con fondos apenas para sostener el aparato estatal. Entonces, la única entidad solvente para cumplir con aquel compromiso era el Banco Central de Reserva (BCR), pero no era tan simple. Entre las reformas emprendidas para frenar la crisis inflacionaria, se contempló la modificación de los estatutos del banco, para que este dejara de otorgarle préstamos a otras entidades públicas, porque en la práctica se convertían en subsidios disfrazados de créditos blandos. En busca de una salida, Ricardo Lago, representante del BID en el Perú, solicitó una cita con los altos funcionarios del BCR. Sentado en el Salón Ayacucho, en el Hotel Cesar, en Miraflores, Lago se encontró con Javier De la Rocha, gerente general del BCR. A los pocos minutos, Martha Rodríguez y Julio Velarde, directores del BCR, así como de Renzo Rossini, gerente de estudios económicos del BCR, se sumaron a la reunión. Velarde no estaba convencido de la operación. “Si el BCR le prestaba el dinero al MEF, a través de un crédito puente, éste no le devolvería el préstamo”, aseguraba Velarde. No obstante, para hacer más atractiva la propuesta, pensando sobre todo en que los caños de la banca multilateral no se le cerraran otra vez al Perú, Lago les ofreció incorporar en la cartera de créditos del BID un proyecto de capacitación técnica, con un fuerte desembolso, dirigido al BCR. “Eso es inaceptable, si tú crees que se necesita dicha asistencia técnica, está bien, pero de ninguna manera la condiciones al crédito del BCR al MEF. Esa es una decisión soberana del directorio del BCR. Parece un ‘soborno’ y eso es inaceptable”, le respondió Velarde.

Para aquel entonces Velarde no era cualquier funcionario público. Como asesor del primer ministro de Economía de Fujimori, Juan Carlos Hurtado Miller, tenía un papel importante en la reinserción económica del Perú. Participó en el diseño del Plan de Estabilización Económica, aquel programa feroz que Hurtado Miller presentó en cadena nacional durante el horario estelar del 7 de agosto de 1990, un mensaje inolvidable no solo por la frase con la que cerró -“que Dios nos ayude”-, sino porque anunció que a partir del día siguiente los precios de los productos más básicos de la canasta familiar se multiplicarían hasta por 30. Velarde, católico por convicción, estaba al tanto de los costos sociales del programa, sobre todo para los más pobres, pero como economista ortodoxo estaba convencido de que era la única salida para estabilizar los precios. Por ese motivo, delante de Lago, Velarde se opuso a que el BCR le prestara recursos al MEF, acción que habría significado un retroceso costoso en el camino por recorrer. Después del 28 de julio de 1990, Fujimori nombró al economista Jorge Chávez como presidente del BCR, pero este no se incorporó al ente emisor sino hasta fines de año porque se encontraba en la Universidad de Oxford, concluyendo su doctorado. Por ese motivo, durante la primera etapa del plan, como director del BCR, Velarde participó en la definición de la política monetaria. Bajo su liderazgo, el BCR paró en seco los créditos al gobierno, unificando el tipo de cambio y decretando su flotación, estableciendo las bases para crear un mercado de dinero. Gracias a estas medidas, que contaron con el aval del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, se estabilizó en pocos meses el tipo de cambio, así como el nivel general de los precios. “Fue un ejercicio de libro de texto”, dice Lago, quien recuerda la determinación de Velarde al defender el programa en el consejo de ministros, tres días antes del mensaje de Hurtado Miller. Aquella tarde del 4 agosto de 1990, los ministros estaban al tanto de lo que ya se denominaba el “fujishock”, por lo que Hurtado Miller los convocó para convencerlos.

Velarde, con esa voz estentórea que lo caracteriza, explicó el plan en cifras, porcentajes y proyecciones, una sucesión de números grises, insoportablemente opacos para los que no están familiarizados con teoría monetaria ni modelos económicos, pero lo hizo con tal seguridad que fue difícil escucharlo sin sentir que estaban encomendándose a un cirujano inexpresivo pero de manos brillantes. Después de aquella reunión, que se extendió hasta la media noche, Velarde logró que todos votaran a favor del plan. El MEF no giraría ni un cheque más allá de los ingresos fiscales del día a día, equilibrando el presupuesto y sincerando los precios de los servicios públicos. Como resultado, la inflación, que en 1990 alcanzó los 7.650%, bajó a 139,2% en 1991, para descender más tarde a 6%. El Producto Bruto Interno (PBI), que tuvo un pobre desempeño entre los años 1990 y 1992, con una caída promedio de 0,8%, alcanzó una tasa de crecimiento promedio de 7,2% hasta 1997. La autoridad que impuso Velarde para definir una política monetaria clara, precisando la intervención del BCR en el mercado cambiario. El 5 de abril de 1992, tras el golpe de Estado, Velarde, como la mayoría de altos funcionarios del BCR, renunció al directorio. Volvió al BCR en el año 2001, bajo la presidencia de Richard Webb, otro destacado economista formado en las canteras de la institución. Irónicamente, en septiembre de 2006, durante la segunda administración de Alan García, Velarde fue nombrado presidente del BCR. Si antes le tocó corregir los errores en política monetaria del ex presidente, ahora le tocaría velar por controlar la inflación en medio de su exceso de entusiasmo con el gasto público. Entonces, la inflación se mantenía en el rango meta de 2,5%, mientras que las reservas internacionales sumaban US$17.200 millones. Para el año 2009, en plena tormenta de la crisis global, la inflación escaló hasta 6%, pero se mantuvo en el orden de 3% durante la última década, ubicando al Perú como uno de los países con menor inflación de América Latina. Las reservas, que alcanzan los US$65.0000 millones al 2015, nos sitúan en el tercer lugar en el ranking regional.

Después de ocho años al frente del BCR, sin ningún escándalo de malos manejos ni de errores garrafales en el manejo de la política monetaria, sino todo lo contrario, queda claro que  Velarde no parece estar impulsado por intereses personales o por cálculos políticos. Más allá de las conferencias periódicas que hace o por las escasas entrevistas que da en televisión, donde solo habla de porcentajes, sectores y proyecciones, no destaca precisamente por hablar de sus logros, que no son pocos, ni por retar a sus contrapartes en el MEF. En esta última década, ha destacado por mantener una relación de respeto con siete ministros de Economía, cada uno con un perfil diferente, con los que ha compartido la conducción de la economía. Es raro encontrar, salvo contadas excepciones, a economistas o empresarios que critiquen su labor al frente del ente emisor. Adjetivos como “piloto de lujo”, de Richard Webb, o “el verdadero garante de la economía”, de Christian Laub, no lo sacan de ese papel secundario que le gusta tener en el reparto, pese a ocupar un lugar protagónico en la transición de la economía peruana al grado de inversión. Pero su cautela ha sido recompensada por el sector privado, que le otorgó 93% de aprobación en la Encuesta a los Líderes en CADE Ejecutivos 2014, convirtiéndolo en el funcionario público más ovacionado por la clase dirigente. Por eso, si hubo una acción que restableció la confianza empresarial en 2011 tras la victoria presidencial de Ollanta Humala, que provocó la caída de la bolsa peruana en 16 puntos, fue la decisión de su gobierno de mantener a Velarde en la presidencia del BCR, incluso antes de terminar de nombrar a sus ministros, sacando del tablero a Óscar Dancourt, exdirector y exvicepresidente del directorio del BCR, enfrentando a Humala con su primer equipo de técnicos.  Pese al último enfrentamiento por el incremento en 6% del salario del presidente del BCR, que se discutió desde hace dos años en el Congreso, Humala no podría estar más que agradecido. En 2012 Velarde recibió el premio Bravo de la Revista LatinTrade al mejor banquero central de América Latina. Un año antes, la Cancillería lo reconoció por sus aportes en la difusión de las oportunidades de inversión en el Perú. En 2010 la prestigiosa revista financiera Emerging Markets lo eligió como el mejor banquero central de América Latina. “Se ha ganado a pulso el reconocimiento internacional como uno de los banqueros centrales más destacados de su época. Se va a convertir en personaje legendario de la política monetaria peruana. Me aventuraría a decir que es el único banquero central, posiblemente de la historia, que ha parado una hiperinflación (1990) y ha prevenido una deflación (2009)”, dice Ricardo Lago.

Hombre tímido en grandes grupos de personas, se ha rodeado de profesionales de confianza con talento, con Renzo Rossini, gerente general del BCR desde el año 2003, como el más veterano de sus colaboradores. Martha Rodríguez, probablemente una de las personas que más conoce de política monetaria del Perú, es otra de sus más cercanas amistades, con quien comparte créditos en numerosas investigaciones académicas. Exmilitante del PPC, se le vinculó sentimentalmente en el año 2001 con la lideresa del partido Lourdes Flores, pero pronto él se ocupó de desmentir dicho rumor. Parco y huidizo, disfruta muchísimo de leer, escuchar música, beber buenos vinos, aprender y entender, actividades que, en un hombre con su experiencia, conocimientos y recorrido, se realizan probablemente mejor en soledad.

El banquero celebrity

Como señalan los economistas del BCR Paul Castillo y Carlos Montoro, una de las características de la economía peruana es que esta está parcialmente dolarizada. Si bien el nivel es menor al de décadas atrás, la dolarización hace más difícil y complejo para el BCR alcanzar sus metas de estabilización de precios e influir en las tasas de interés, básicamente porque la mitad de la economía funciona con monedas que no emite. “El grado de dolarización en la economía peruana sigue siendo alto comparado con otras economías emergentes que conducen sus políticas monetarias bajo el esquema metas de inflación. Por consiguiente, un reto todavía presente para el BCR radica en cómo implementar su política monetaria en un ambiente con dolarización parcial”, señalaron Castillo y Montoro en un artículo de la revista Moneda, editada por el BCR. Precisamente, por ese motivo, la política monetaria del Perú representa un caso de estudio e investigación a nivel internacional, por lo que Julio Velarde es invitado a numerosos foros internacionales. “Él se reúne periódicamente con banqueros centrales de la talla de Ben Bernanke (expresidente de la FED de Estados Unidos) o Janet Yellen (actual presidenta de la FED) en reuniones anuales, entre las que se encuentra el Simposium de la Reserva Federal de la Ciudad de Kansas, que reúne a los funcionarios y presidentes de bancos centrales de todo el mundo”, afirma una fuente del BCR. Tan importantes son estas cumbres de banqueros centrales, que en 2008, durante dicha reunión, Bernanke anunció los paquetes de flexibilidad monetaria I y II que implementaría la Reserva Federal de Estados Unidos para intentar enfrentar una crisis financiera sin precedentes.

Aquellos que lo han acompañado en estos viajes, describen un cuadro de timidez en reuniones donde hablan muchas personas a la vez. Pero, cuando los encuentros son menos numerosos, o de uno a uno, dicen que Velarde se expresa con bastante fluidez a través de un perfecto manejo del inglés, por lo que muchos gestores de algunos de los fondos de inversión más grandes del planeta solicitan tener reuniones personales con él pues, se sabe ya, que a puerta cerrada dice algunas cosas que no diría en público o en reuniones más grandes. Entre los años 2012 y 2014 viajó varias veces con la delegación público privada InPerú, para a visitar inversionistas en países como Alemania, Reino Unido, España, Corea, China y Kuwait, donde se reunió con decenas de empresarios y autoridades monetarias. En estos espacios, Velarde absorbe conocimientos que lo acercan más al sector de los mercados financieros, que cada vez influyen más en la economía real, y que inmediatamente incorpora a su base de datos. A su regreso al BCR, en sus reuniones semanales con el quipo que supervisa la economía mundial, más que escuchar los informes, él se ocupa de presentar su propio reporte. El economista Pablo Secada, quien fue su alumno en la Universidad del Pacífico, recuerda que una vez, mientras un compañero mencionaba un documento de estudio, Velarde lo corrigió y citó de memoria la llamada y la cita bibliográfica de ese documento, línea por línea, y con número de página y año de publicación. Durante el diseño de lo que se conoció como el Plan Amaru, presentado por Santiago Roca, uno de los efímeros Siete Samuráis de Fujimori, Velarde, invitado a la cita como asesor de Hurtado Miller, tomó una tiza para destrozar el plan en la pizarra sin que ninguno de sus autores pudiera argumentar en contra de sus observaciones.

Allá por los años ochenta, cuando quiso entender a fondo el problema del sector agrario en el Perú, Velarde fue a todas las librerías y bibliotecas, se compró o pidió prestado todos los libros que había al respecto y se encerró en su casa a leerlos. Al cabo de una semana de estudio, sabía más del agro que muchos especialistas con años de experiencia en el sector. Y no se ufanaba de ello ni esperaba reconocimiento alguno por sus conocimientos. “Lee mucho y siempre está al día con lo último del saber de su sector y lo, más importante, lo comparte”, señala uno de los directores del banco. Uno podría esperar que un funcionario público con un perfil como el suyo pudiera perder fácilmente la perspectiva y considerarse a sí mismo una especie de gurú cuya palabra final es la definitiva. Pero nada más alejado de la verdad. Quienes trabajan con él en el día a día señalan que una de sus principales características es que cada vez que uno se presenta en su oficina para hacer un reporte de su área, Velarde interrumpe con sencillez completando las cifras, dejando en claro que él está dos o tres pasos por delante. Su conocimiento de música y literatura complementan una personalidad que algunos califican de genial.

Los genios están locos

El intenso olor a cigarro que sale de la oficina del profesor Jürgen Schuldt impregna el primer piso del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP). Sentado en su sillón, rodeado de sus libros de estudio, Schuldt recuerda a Velarde con un solo adjetivo: brillante. Sus resultados académicos no eran para menos. En 1969 ingresó en el primer puesto a la Universidad Pacífico. Paralelamente postuló a la Universidad Nacional de Ingeniería, donde alcanzó el segundo lugar de 6000 postulantes. Durante sus años de estudiante, Velarde obtuvo el primer lugar todos los años, por lo que se graduó en 1974 con el premio especial Robert Maes, con el que se reconoce a los alumnos más talentosos y con futuro prometedor. Tras acabar sus estudios de doctorado en la Universidad de Brown, Velarde regresó en 1978 como investigador del CIUP, desempeñándose más tarde como profesor de Teoría Monetaria en diferentes periodos, llegando a desempeñarse como decano de la Facultad de Economía. Entre sus exalumnos están Miguel Palomino, director el Instituto Peruano de Economía (IPE), Gianfranco Castagnola, presidente ejecutivo del Grupo Apoyo, Mercedes Araoz, exministra de Economía y Carlos Casas, exviceministro de Economía. Este último lo recuerda con tres adjetivos: desordenado, distraído y genial. “Todos los genios están locos”, dice el economista, actual profesor principal del Departamento Académico de Economía de la Universidad del Pacífico, exjefe de prácticas de Velarde. Para Casas, Velarde no era un apasionado de la forma sino de la exactitud. No eran pocas las veces que en vez de coger su cigarrillo agarraba la tiza, terminando con la boca manchada de blanco, pero cuando se trataba de analizar un informe era implacable. “No se fijaba en que faltara o no una coma o dónde, sino en que el texto dijera algo cierto y novedoso. En esa época existía aún el papel continuo y yo le llevaba mi tesis impresa para que me dé su opinión. Él me la devolvía llena de anotaciones, machas de café y huecos de cigarrillo”, recuerda Casas. Velarde era un gran consumidor de cigarrillos, de café, placeres que ha debido aprender a moderar por salud.

Como sus clases eran enredadas por la cantidad inmensa de información que manejaba, Casas, como su jefe de prácticas, se encargaba de aterrizar los conceptos sofisticados para que los alumnos procesaran la clase. “Era muy despiadado y sin embargo abierto y bromista”, recuerda la exministra de Economía, Mercedes Araoz. “La gente le tenía miedo porque su curso era difícil y él era un profesor muy exigente, se burlaba de ti cuando preguntabas muchas veces la misma cosa, pero a diferencia de otros profesores te animaba a preguntar y te explicaba hasta que entendieras”.  Un día, luego de que Mercedes y su compañera de salón terminaran de presentar su trabajo final, Velarde las miró con frialdad y les dijo: ‘ustedes se lo han copiado’. “Casi nos morimos porque algo así representa un problema enorme con la universidad y era definitivamente jalar el curso”, dice Mercedes. “Pero al vernos heladas, pálidas y desconcertadas porque no nos habíamos copiado, nos dijo: ‘es una broma señoritas, nada más, no se preocupen’. El humor de Velarde, hasta el día de hoy, es bastante particular, como lo evidencia en las conferencia de prensa, al dirigirse a los periodistas poco entendidos en economía, con los que pasea mientras intentan sacarle alguna declaración polémica. Nadie que no fuera él mismo podía encontrar nada en su oficina. Esta era un caos llena de libros, separatas, fotocopias, cuadernos y apuntes, apilados en rumas sobre el escritorio, las sillas, los estantes y hasta el piso. Sin embargo, en este espacio, Julio Velarde estaba cómodo. Con su cigarrillo en mano y su taza de café manchando todo, quizás hasta se sentía protegido.

En 2009, como ministra de Economía, Araoz fue la contraparte de Velarde en el manejo de  la economía. No es usual que quien maneja la política monetaria de un país esté siempre parado en la orilla contraria de lo que opina o piensa quien está a cargo de la política fiscal del mismo país. Pero aquel año encontró a Velarde y Mercedes en polos opuestos. Velarde estaba preocupado por el impulso fiscal del gobierno que podría engendrar inflación, mientras que el MEF estaba intentando con sus mejores armas reactivar la economía. Pese a las diferencias conceptuales y de prioridades, el trato siempre fue cordial y el que se conocieran desde tiempo atrás ayudó mucho a evitar malos entendidos. “No había cinismo ni animadversión porque no había agenda que fuera la que estaba sobre la mesa”, cuenta Araoz. Quizás para mantener ese nivel alturado de diálogo, Velarde procuró que las coordinaciones entre el BCR y el MEF se realizaran, principalmente, entre sus altos funcionarios y los viceministros. Pero, en caso de que las tensiones entre los gerentes del banco -Renzo Rossini, Jorge Estrella (gerente de política monetaria) o Adrián Armas (gerente de estudio económicos)- escalaran, se acudía a Velarde o Mercedes para llegar a un punto medio. Sin embargo no siempre pudo establecerse esos códigos para mantener el fondo sobre la forma.

Los años de la crisis

“Cuando hay una crisis, en el último nivel y el más alto, las cosas las resuelven el ministro de Economía y el Presidente del BCR en un cuarto, a solas”, nos cuenta Secada, asesor del ex ministro de Economía, Luis Valdivieso, cuando se produjo la crisis financiera internacional. Los cuadros técnicos del BCR están entre los más preparados y hábiles de todo el país. Muy pocos economistas tienen problema en reconocerlo, pero al mismo tiempo destacan que la postura del BCR por defecto, en cuanto a estrategias y utilización de herramientas financieras, en lo que respecta a reducir el encaje o bajar la tasa de interés de referencia, es bastante conservador. Tanto es así, que cuando se debían tomar medidas de tipo financiero en el Ejecutivo para paliar algunos de los efectos de la crisis del 2008/2009, Valdivieso le encargó a Secada que sustentara su plan frente al directorio del BCR, esperando que este tomara medidas tan audaces como el MEF para evitar que la crisis arrinconara al Perú. Secada, delante del directorio de viejos y experimentados economistas del BCR, encabezado por Velarde, sintió que lo trataban con mucho respeto pero también con algo de condescendencia. Cuando finalizó su exposición le dijeron algo muy parecido a “muchas gracias por venir, estaremos en contacto”. Valdivieso, dice Secada, sabía perfectamente que eso iba a pasar. En 2009, con proyecciones de 7% a principios de año, se cayeron hasta rosar el 0%. No obstante, la labor coordinada entre el MEF del sucesor de Valdivieso,  Luis Carranza, provocaron un rebote que casi alcanza los dos dígitos.

Los funcionarios del BCR están blindados ante las movidas políticas que afectan al MEF. No hay nada en el marco normativo del banco que sujete las decisiones de política monetaria al poder político de ningún poder del Estado y eso, para un académico como Velarde, es bastante cómodo: no es necesario convencer a nadie para tomar una decisión. Desde hace casi una década, pese a que su voto pesa en el directorio tanto como el de cualquier otro director, casi todas, sino son todas, las decisiones las ha tomado Velarde. No obstante, en abril de 2014, con el exministro de Economía Luis Miguel Castilla, hubo momentos tensos porque este señaló que la política cambiaria era ‘predecible’ estancando un mayor uso de la moneda local. Velarde, respaldado por la autonomía del ente emisor, ni se inmutó. Sin embargo, entre 2012 y  2013, Velarde sí tuvo que encargarse de asuntos políticos para poder completar el directorio del BCR, que estuvo por más de dos años con tres miembros menos. Durante meses, Velarde tuvo que reunirse con congresistas y representantes del Ejecutivo para completar el directorio con profesionales de un perfil acorde a la tarea de diseñar políticas monetarias. En general, de los cinco directores, sucede que en muchos casos que tres han sido alumnos de Velarde. Por ese motivo, cuando el presidente Humala quiso imponer en el directorio a dos directores que no cumplían con los requisitos que él exigía, estuvo cerca a presentar su renuncia. Pero, entre quienes no piensan como él o no comparten su apreciación neoclásica de la economía, Velarde es tremendamente respetado.

Político en ciernes

Experiencia política no le falta. En 1983, como militante del PPC, partido al que llegó de la mano del economista Percy Tabori, ingresó al Ejecutivo como asesor del ministro de Industria de ese entonces, Iván Rivera Flores. Acción Popular, el partido de gobierno, le entregaba dos carteras al PPC, que eran en este caso las de Justicia e Industrias. Meses más tarde, cuando la alianza se quebró, ocupó el equipo que diseñó el plan de gobierno entre los años 1984 y 1987, al lado de economistas como Carlos Neuhaus Tudela, Jorge Gonzales Izquierdo y el mismo Tabory. Durante la campaña electoral de 2001, Velarde encabezó el equipo que diseñó el plan económico, estableciendo entre las propuestas de la candidata Lourdes Flores reglas estables en tributación para facilitar la inversión (como eliminar el IGV a la importación de bienes de capital, la reducción de aranceles a los insumos, reducción a 15 % del impuesto a la renta para la reinversión de utilidades y la desaparición paulatina del impuesto de solidaridad), y disciplina en el manejo del gasto. El programa de Velarde buscaba captar 4.000 millones de dólares en inversión extranjera al año, logrando un crecimiento de 6 % y 7 % del PBI e impulsando a sectores como el agro, la construcción, pequeña y micro empresa, para los que se diseñará planes quinquenales y programas de emergencia dentro de los primeros 120 días de gestión. Nada mal para un hombre que opina poco sobre tema de actualidad.

Sin embargo, entre colegas, Velarde es más pragmático que en sus apariciones televisivas, como comenta Christian Laub, presidente de la Bolsa de Valores de Lima, a quien le comentó que en el caso de la Ley del Empleo Juvenil faltó más audacia. “Julio Velarde cree que debemos recuperar el ritmo de crecimiento, implementando reformas estructurales como las de los años noventa. La flexibilización laboral para los jóvenes es un movimiento tímido en la dirección correcta, pero se necesita liderazgo para que salga adelante”, comenta Laub. Velarde, como académico, es probablemente uno de los pocos, sino el único, con más estudios sobre diferentes sectores de la economía, desde Política Monetaria y Finanzas hasta Defensa, Agricultura y Pesquería. “Sería un gran ministro de Economía, incluso un gran primer ministro. Habilidades no le faltan”, declara un colaborador cercano. Quién sabe, quizá, en el fondo Velarde, poco a poco, sin quererlo o no, se está acercando más a Palacio de Gobierno de lo que él cree.

Los números de 2015

Publicado: 30 diciembre 2015 en Uncategorized

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 270.000 veces en 2015. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 12 días para que toda esa gente la visitase.

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