“¡Suban pues que los vamos a violar!”, grita Viviana. Cinco hombres, tres mujeres y una pareja de esposos la siguen. Ellas tienen vestidos de baño. Ellos, una toalla amarrada a la cintura. Dejaron sus cervezas y se salieron del jacuzzi y de los saunas para tomar las escaleras hacia el segundo piso, donde hay un sofá anaranjado largo en forma de cruz. En el primer escalón está Alejandro, que le entrega a cada hombre un condón marca Corona importado de la China. Además de la única pareja de esposos, se forman otras dos. Los tres hombres que se quedaron solos rodean a la mujer que está sola. Ella les unta jabón líquido antibacterial en sus manos antes de dejarlos pasar los dedos y la lengua por entre sus piernas y tetas.

Después de limpiarse, un tipo soltero que asiste por cuarta vez a estas fiestas le toca un pezón a la chica, mientras su vagina recibe caricias de otro hombre. Al tiempo que la tocan, a su lado las otras dos parejas tienen sexo en el sofá. Los tipos, ya sin toalla pero con las chancletas de plástico azul que les dieron a la entrada, están encima, entre las piernas de su respectiva compañía. La pareja de esposos únicamente mira, mientras él la acaricia por encima del bikini.

Un tipo calvo al que la ropa le queda ajustada y la barba empieza a crecerle, es el único de la fiesta que no se ha desnudado. Está sentado en una silla enfrente del sofá. Mira la escena, sonríe, saca su celular, toma un par de fotos, y sigue con la mirada clavada en la orgía que se empieza a formar. Es el productor de este evento, el Emperador de las noches cuckold.

***

Dos horas antes de sentarse a observar lo que sucede en la fiesta, Alejandro está encerrado en una cafetería sobre la calle 57, dos cuadras abajo de la Avenida Caracas. Además de la mujer que atiende el local, él es el único que está adentro. La reja está puesta para evitar la entrada de los hinchas de Millonarios que caminan desde El Campín este sábado por la noche.

“Esta es mi oficina improvisada”, dice, riéndose y mirando a la dueña.

A través de la reja, dos hombres con camisetas de fútbol piden una gaseosa y un paquete de papas. “Son puros ñampiros. Si se encuentra uno de Nacional con otro de Millonarios se rompen ellos y rompen todo”, dice Alejandro, mientras se sienta en la última mesa de la tienda y pide un tinto que espera lo ayude a aguantar una noche más como anfitrión de las juergas de los cornudos y los corneadores, que se prolongan hasta las tres de la mañana.

Este empresario de la noche bogotana, de sonrisa amplia y brazos gruesos, se crió rodeado de lujuria.

“Yo soy vago desde pequeñito. Mi papá tenía residencias en Sevilla (Valle del Cauca). Siempre había mucha prostituta y entraba todo el mercado de la infidelidad”.

Hoy su negocio consiste en explotar el fetiche cuckold, o fantasía del cornudo, un juego sexual en el que un corneador tiene sexo con la pareja de otro, que observa y celebra la escena. Durante los últimos cinco de sus 49 años de vida se ha dedicado a organizar estas fiestas sexuales temáticas en sitios que alquila en Chapinero.

“En el mundo cornudo el fetiche del man es ver a la pareja como su muñeca; ella es su parcera, su actriz porno, su amante –explica Alejandro–. El corneador es el que presta el servicio, o sea el amante de la esposa, llamada hotwife. Ella puede tener uno o varios en una noche”.

***

La fiesta de esta noche es en Poseidón, un spa gay con zonas húmedas sobre la 57, ubicado entre una tienda de la cadena de precios bajos D1 y una taberna. Hay duchas, turco, jacuzzi y pantallas LCD que muestran escenas de porno heterosexual de culioneros.com, y cuatro cuartos privados, cada uno con la cama a ras de suelo y un rollo de papel higiénico en la cabecera.

La invitación para asistir a la fiesta es un flyer que diseña Alejandro en Paint y le envía a cada uno de los 3.551 contactos repartidos en 16 listas de difusión que tiene en su Whatsapp. Va firmada con el seudónimo de Eliot Gabalo.

“Una noche estaba viendo un programa en NatGeo sobre las fiestas del emperador Heliogábalo y pensé que eso se podía hacer”, comenta a propósito del personaje en el que se inspiró: un joven emperador romano conocido por los banquetes que armaba y por ser una de las primeras personas que los historiadores reseñaron como transexual.

“Crecí y seguí siendo vago: organizaba fiestas de mi bolsillo, nos reuníamos con amigos y hacíamos orgías. Sacábamos suites en el Hotel La Fontana, en la 127, y montábamos fiestas solo por placer”.

Para lograrlo, usaba una extinta sección de clasificados del periódico El Tiempo, ‘Corazones solitarios’, donde publicaba avisos para contactar a personas dispuestas a compartir esta experiencia con él y sus amigos.

“Hace 28 años estoy casado con la misma mujer, pero he tenido siete mozas. Nunca he tenido una enfermedad venérea ni hijos por fuera del matrimonio, como dicen por ahí: he sido jugador pero responsable”, dice antes de contestar el celular y darle a una mujer indicaciones para llegar a la fiesta.

“Cuando estés ahí me pegas el pitazo. Un besito”, se despide y cuelga. Era Natalia, una médica que Alejandro describe como una mujer bajita y chusquita, su pareja desde hace dos años en el mundo cuckold. “Somos una pareja, pero más como de buenos parceros, de socios; no creo que estemos enamorados ni tengamos una relación sentimental, pero es parte del ejercicio”, dice.

***

La noche de Alejandro no acaba sino hasta las cuatro de la mañana, que es cuando termina de revisar las cuentas que dejó el evento. Cada sábado sale a las seis de la tarde de su casa y vuelve hasta las cinco de la mañana. La noche se le va preparando todo para las fiestas, que incluyen rumbas personalizadas a petición de sus clientes.

“Hay un man chacho, con un puesto importante en la Procuraduría General, que es muy cornudo. Me dio un millón de pesos para que le celebrara el cumpleaños de su pareja. Quería que le consiguiera tipos jóvenes para que tuvieran sexo con ella; una de las fantasías del man era que hubiera un negro y se lo incluí”.

Pero no todas las noches su tarea es organizar fiestas cuckold en la ciudad. También colabora como conductor radial en Bogotá Nocturna, un canal de YouTube.

“Yo hago dos programas: uno que se llama Atmósfera Erótica, en el que se tratan temas sexuales, y otro que se llama Mi Empresa es Colombia, dedicada a entrevistar empresarios colombianos para dejarles un mensaje positivo a los jóvenes”.

Su cercanía al mundo de los fetiches le ha dado el bagaje para conducir Atmósfera Erótica, y su vena empresarial, que cultiva desde que estudió Ingeniería Química e Industrial en la Universidad Nacional, le permite entenderse con los empresarios que invita a su otro programa.

“Trabajé mucho tiempo con polímeros y tuve una empresa de adhesivos. Me mataba como un hijueputa en eso. Tenía 42 empleados jodiéndome la vida. Hice plata pero también hubo mucho estrés; era despertarme y hacer 20 millones ese día. Cada mes lloraba”, cuenta.

En la industria química, Alejandro tenía que transformar la materia prima en productos para comercializar. Ahora, en su faceta de empresario del sexo tiene que vender y recrear una fantasía, y lograr que se vuelva un círculo vicioso para que sus clientes regresen.

“En la organización de estos eventos el mayor riesgo es que no venga nadie y solo pasó una vez”, dice. Le sucedió por culpa de un socio que tenía antes. “El man sólo quería convocar por redes, hicimos el experimento y llegaron dos personas…”, cuenta Alejandro, que desde esa experiencia ha explotado más el uso de Whatsapp, pero sin descuidar los perfiles que tienen en redes sociales como Twitter.

“Aprendí a manejar redes sociales y posicionamiento SEO. Tengo varias cuentas en Twitter, pero la de presentar es @eliotgabalo –donde tiene más de 12.000 seguidores–”, explica mientras las busca en su celular, en el cual también tiene instaladas aplicaciones para buscar pareja como Tinder o Badoo. “Todos los perfiles los manejo personalmente, desde Hootsuite”.

***

Esta noche Alejandro no espera una convocatoria masiva. “Es 13, no cae quincena y no van a venir muchos”, pronostica. Sale de la cafetería y camina dos cuadras hacia la Caracas. Saluda a un amigo –un hombre casado que viene con la moza– y a Natalia, su pareja en este juego sexual, que ya lo estaba esperando a la entrada del sitio. Él le da un pico y ella le entrega una caja con 24 preservativos.

La invitación es clara: Chico solo 60 mil, pareja 50 mil, chico menor de 25 años 50 mil, chica sola gratis…. Hoy apenas llegan a 20 los asistentes, pero hay fiestas a las que han entrado hasta 120 personas.

“Hace 15 días éramos más de 100, fue Sodoma y Gomorra. Había un grupo de 15 tipos con la misma vieja”, cuenta Carlos Eduardo, de 43 años de edad y seis de divorciado.

No hay fila y los pocos que llegan antes de las nueve de la noche, hora en la que abren las puertas y empieza la fiesta, no ocultan su timidez. “¿Es la primera vez que vienes a esto?”, le pregunta una mujer a un tipo que acaba de llegar y que asiente con la cabeza.

Adentro del sitio, cada hombre y pareja pagan su cover. A cambio les dan acceso a un locker, toalla y chancletas, y a todas las zonas húmedas y cuartos privados del lugar. Cuando entran en calor y dejan la vergüenza, unos empiezan a meterse en el jacuzzi, hablar y pedir cerveza. La estatua del dios Poseidón, que le da el nombre al lugar, se pierde entre el humo aromatizado que sale de unos extintores y carteles que invitan a la protección: “Si te gusta mamar, ponte condón”. La música para prender la primera hora es una compilación que ponen en YouTube: Clásicos del merengue 80 y 90.

“La mayoría de las viejas que vienen a esto son gorditas, eso sí, las cosas como son”, dice Carlos Eduardo, antes de pararse de la mesa donde charla y dirigirse al sauna para espiar a la pareja que acaba de entrar. “No están haciendo nada todavía”, notifica y se vuelve a sentar junto a otro participante que no quiere decir su nombre, Viviana –socia de Alejandro, que está separada y hace 15 días no pudo ir a la fiesta por tener la custodia de los hijos–, y una de las slut toys, que tiene las piernas llenas de morados, pues la noche anterior se cayó bailando en un tubo.

“Las slut toys son viejas que estuvieron metidas en la movida swinger y se quedaron enganchadas, pero ya sin pareja. Son parte de la logística y se encargan de prender el ambiente. Aunque reciben un salario, esto lo hacen por gusto. Gratis no hay nada en la vida y su principal función es acostarse con los manes que vienen solos”, explica Alejandro para negar que se trate de prostitución, aunque admite que sus eventos rayan en ello.

“Esto casi cae en prostitución, por eso se hace en zonas de tolerancia que tienen los permisos. Es sexo consensuado, la gente que viene es por ahí de 40 años. Son parejas y solteros que están por encima del bien y del mal y tienen derecho a reunirse”, dice para defender sus eventos, que ya suman más de 200.

Alejandro se para en la entrada, da la bienvenida a cada invitado y cuida hasta el más mínimo detalle para mantener intacto su título de emperador de la rumba cuckold. Cuando escucha el grito de Viviana, el llamado de guerra para que arranque la acción, empieza a entregar condones.

“Yo soy el más teso en esto. Los otros clubes no le meten creatividad: venden sitio sin pensar en las fantasías de la gente. Yo incentivo el fetiche, lo conozco; he sido cornudo y me gusta. Coger a una vieja y darle clavo entre 10 es una chimba… ¿O usted no lo hizo nunca en el colegio?”, pregunta y enseguida suelta una carcajada.

Mareros en Milán

Publicado: 9 mayo 2016 en Roberto Valencia
Etiquetas:, , , ,

Miles de milaneses maldijeron a Zinedine Zidane. Aquel cabezazo incrustado en el pecho de Marco Materazzi lo repitieron en las pantallas de la Piazza del Duomo una y otra y otra vez, con furia creciente entre los miles de ‘tifosi’ milaneses, furia hecha propia por un pequeño grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 que participó en el súbito acto de repulsa colectiva.

Zinedine Zidane puso fin a su carrera con una roja directa maldecida y vitoreada por un país, Italia, que media hora después gozó como solo un pueblo de esencias futboleras sabe gozar cuando deviene campeón del mundo. Los salvadoreños, fascinados con la posibilidad de sentir como propias alegrías futbolísticas ajenas, se habían dejado contagiar por el delirio de aquella final. La vivieron una cerveza tras otra y desde privilegiada ubicación, a los pies de la más gigante de las pantallas, cortesía de galletas Ringo. Todos eran mareros de larga data: Loco 13, Salado, Sleepy, Mecha…

Algunos generarían sonoros titulares en la prensa italiana en los años sucesivos, protagonistas del fenómeno de ‘le gang latine’, pero la noche mágica del cabezazo eterno solo fueron unos hinchas más de la Azzurra. Jóvenes con tatuajes irreconciliables que gozaron contra natura, ajenos por voluntad propia al odio a muerte entre sus pandillas. La noche del 9 de julio de 2006, en la prehistoria de la implantación de las maras en Milán, emeeses y dieciocheros maldijeron a Zinedine Zidane en insólita hermandad.

Aunque no tardaría en desbocarse todo… en regresar a la normalidad.

***

Para hallar huellas de las maras en Milán no es necesario perderse en los suburbios. Tiger, un pandillero salvadoreño con el que entré en contacto dos años atrás, me ha citado hoy en plaza Cadorna, tan céntrica que 15 minutos a pie bastan para llegar a Piazza del Duomo, el mero corazón de la ciudad.

—Tenemos que ir a Centrale –dice nomás verme, y trata de aparentar que no está preocupado.

Tiger aterrizó en Italia la década pasada, con veintipocos. Dieciochero desde finales de los noventa, había conocido dos cárceles como menor y otra como adulto. Como la mayoría de los de su generación que pasaron años entre rejas, su cuerpo es un lienzo, con tatuajes visibles incluso vestido como viste ahora: jeans, chumpa hasta la barbilla y gorro de lana. Esta madrugada de inicios de diciembre el termómetro bajó a -1 ºC en Milán. Tiger habla perfecto italiano y… y hasta aquí. No contar más fue la condición para que me compartiera las intimidades de su pandilla. Tiger, de hecho, no es el verdadero aka del Tiger.

En El Salvador desempeñó un papel intermedio en una clica del interior del país. En Italia, sin pretenderlo, fue de los que más contribuyó a parar el Barrio 18. Hoy Tiger es un peseta, un traidor, alguien que en los códigos de las maras merece la peor de las muertes. Su vida es y será una escapada eterna. Pero, superada esa desconfianza respecto del extraño tan propia entre los pandilleros que han tenido la inteligencia suficiente para llegar a treintañeros, la sentencia a muerte lo convierte en una fuente prodigiosa. Los que siguen activos raramente cuentan interioridades relevantes de su barrio.

“Ya no le tengo amor a la pandilla”, me dijo anoche, mientras cenábamos en un pueblito en las afueras; “lo que quiero, y te lo digo así de claro, es que la pandilla se vaya a la mierda, ¿va? ¡Que desaparezcan esos hijos de puta!”

En plaza Cadorna bajamos al metro, a la línea verde, y en menos de 10 minutos estamos bajo la imponente estación Milano Centrale.

***

La Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 (como Eighteen Street Gang) nacieron en las calles de Los Ángeles, California. También su odio a muerte. En Centroamérica, los primeros homies deportados se vieron muy a finales de los ochenta. Y hubo que esperar hasta bien avanzados los noventa, después de que Washington hiciera de las deportaciones un pilar de su política de seguridad, para que las pandillas angelinas se popularizaran en El Salvador.

Las gangas se importaron, pero son parte de la sociedad salvadoreña desde hace un cuarto de siglo. El fenómeno ha evolucionado en función de condiciones sociales, económicas y políticas muy propias. La Mara Salvatrucha de El Salvador ya muy poco tiene que ver con la Mara Salvatrucha de Los Ángeles, y es muy diferente a la Mara Salvatrucha de Honduras, a la de Guatemala o a la del sur de México.

La aparente paradoja es importante para este relato, porque las pandillas que han hecho metástasis en Milán son las de El Salvador, las más violentas, donde en torno a 2010 dejaron de ser un problema de seguridad pública para convertirse en uno de seguridad nacional. En Italia se comete un asesinato por cada 100,000 habitantes en un año; en El Salvador, más de 100, y la cuota mayor de víctimas y victimarios la ponen las maras. Cifras oficiales hablan de no menos de 60,000 pandilleros activos y otras 400,000 personas dependientes o simpatizantes o familiares, su colchón social, en un país de apenas 6.5 millones de habitantes.

Más allá de los números, siempre fríos, el principal distintivo de las maras en El Salvador es el de las fronteras invisibles en buena parte del territorio nacional, fronteras que separan colonias y cantones controlados por una u otra pandilla, fronteras erigidas sobre la sangre de miles.

La mitad de la población, que calza casi con la mitad más empobrecida, sobrevive bajo la ley del ‘Ver, oír y callar’ de los mareros, un sistema de control social que afecta la cotidianidad de formas insospechadas, mucho más allá de los muertos. Un ejemplo: en 2011, dos de cada tres equipos de fútbol ya habían desechado por miedo los dorsales 13 y 18. Otro: cuando fallece un ser querido, la vela está prohibida para los familiares que residen en áreas controladas por pandillas rivales.

Pero… ¿por qué Milán, a 10,000 kilómetros de distancia? ¿Por qué no Madrid, Barcelona o Roma? Porque en Milán hay salvadoreños. Miles. Decenas de miles. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, no existe fuera del continente americano una comunidad tan numerosa como la radicada en Italia. La migración, además, se concentra en lo que se conoce como ‘il Grande Milano’, que con 5 millones es la principal concentración humana del país y una de las más importantes de Europa.

El Consulado General de El Salvador en Milán atiende Lombardía, la región de la que Milán es capital. La cifra de censados ronda los 18,000, pero por tratarse de una migración con un alto componente de ilegalidad, fuentes del consulado y de oenegés surgidas de la propia comunidad no bajan de 40,000 la estimación de salvadoreños en Milán y alrededores.

“Estamos un poco habituados a los salvadoreños, porque la migración empezó en los setenta”, dice Massimo Conte, investigador social. “Al principio prácticamente eran solo mujeres, señoras que vinieron a atender las casas de la burguesía italiana, con una intensa vida católica por lo general, por lo que su presencia dio una imagen muy positiva de El Salvador entre los italianos”, dice.

Hay salvadoreñas que van camino de cumplir medio siglo en Milán. Hay cientos de salvadoreños ya –miles quizá– de segunda y hasta de tercera generación. El flujo desde los setenta ha sido continuo y constante, con alzas durante la guerra civil y sobre todo en el último lustro, con la violencia generada por las pandillas como detonante.

A Italia migran salvadoreños en busca de la oportunidad que su país les niega y son recibidos por la madre, el hermano, la esposa. Migran también víctimas de las pandillas y de otros grupos violentos: huérfanos, viudas, extorsionados, amenazados de muerte. Y migran también mareros: algunos huyen de su propia pandilla, algunos otros la llevan tatuada en el corazón.

“En 2005 o 2006 encontré a los primeros de la MS-13”, dice el investigador Conte, todo un referente en Italia si se quiere hablar de pandillas de origen latinoamericano, por sus estudios sobre el fenómeno durante ocho años.

Mareros dispersos en Milán hay desde que arrancó el siglo. Los hay que rehicieron su vida. Los hay que comenzaron a añorar lo pasado y a juntarse con similares, al inicio sin importar que rifaran la pandilla rival. Para julio de 2006, cuando el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, emeeses y dieciocheros aún se divertían contra natura. Pocos meses después, una pelea en una discoteca separó para siempre los caminos de la 18 y la MS-13 en Milán.

Desde afuera resulta difícil comprender el imán del barrio cuando se ha logrado lo más difícil: huir de El Salvador. El Cholo, pandillero cuarentón que migró para romper con su pandilla, trata de explicarlo: “El pandillero que quiere seguir, siempre busca reunirse. La iglesia, el fútbol, cualquier excusa es buena cuando se echa de menos el vacile. ¿Cómo se organizan? Si llegás a un lugar donde se come pescado, te acostumbrás a comer pescado. El que quiere seguir en lo mismo ve cómo son las leyes, las costumbres… uno se adapta. Luego entrás a cometer delitos, pero sabés que de Italia te pueden deportar. Entonces, conviene ganarse a los homeboys en El Salvador, decirles que aquí están haciéndola de campeones, parando el barrio, para que allá los reciban bien si acaso los deportan”.

***

La estación Milano Centrale es imponente por su belleza pero sobre todo por su monumentalidad: 200 metros de fachada. Justo enfrente, el Pirellone, el rascacielos más alto del país durante 35 años. Y entre Centrale y el Pirellone, la plaza Duca d’Aosta, un espacio abierto con vistosos jardines, farolas ciclópeas, turistas, bancas, ciclistas… Parece el lugar menos indicado para hallar huellas.

—‘È qui’ cerca –dice Tiger; a quien con demasiada frecuencia se le cuela el italiano.

La calle al costado norte de Centrale se llama vía Sammartini; discurre paralela a los rieles, separada por un viejo muro. Caminamos 200 metros desde la fachada, y ya parece otra ciudad. Otros 200, y la calle se abre para albergar un parque estrecho con una cancha de baloncesto y pequeñas zonas verdes. Los edificios ahora son bloques desiguales de seis-ocho-diez alturas, maltratados por el tiempo, en los que conviven italianos empobrecidos y migrantes. Este ‘parchetto’ fue por años punto de encuentro del Barrio 18. Quizá aún lo sea.

En la entrada de un condominio hay un ‘18’ pintado con plumón verde; ‘Pocos pero locos’, dice debajo. Luce reciente. A unos 10 pasos, debajo de la pintura blanca con la que quisieron cubrirlo, se adivina un placazo como los que se ven en El Salvador: metro y medio de altura, aerosol… Había un gran ‘18’ azul, y a los costados, en negro, ‘SPLS’ y ‘TLS’, por la clica Shatto Park Locos y la jengla Tiny Locos. “De los locos de Milano casi todos son Shatto Park”, me dirá otro día Tiger.

Su teléfono vuelve a sonar.

—¿¡Y quién va a haber, mamá!? Un martes, de mañana… ¿quién va a estar?
—…
—Casi todo lo han quitado, mamá. No se ve nada. Estese tranquila.

En el placazo aparecían los nombres de cinco pandilleros: el Venado –muerto por una golpiza brutal que un grupo de emeeses le propinó muy cerca de aquí–, el Shagy, el Caballo, el Perro y, en el lugar más destacado, el Gato.

Gato es el aka de Denis Josué Hernández Cabrera, dieciochero hasta el tuétano, nacido en 1984, encarcelado en El Salvador entre 2004 y 2013, inquilino del Sector 1 de la cárcel de Izalco, alineado con los Sureños tras la partición de la 18, tan enfermo por su barrio que, cuando tras cumplir condena su madre lo trajo a Italia, ni siquiera se planteó como posibilidad redirigir su vida.

—Quizá sea el único que vino cabal-cabal a parar el barrio –dice Tiger.

En septiembre de 2015 se consumó el golpe policial más contundente que el Barrio 18 ha recibido en Italia. Tras meses de seguimientos, grabaciones y teléfonos intervenidos, la Polizia di Stato detuvo al Gato junto a otros 14 homies, salvadoreños casi todos. Lo presentaron como ‘il capo’, el palabrero. En verdad lo era. Pero su presencia significa más, algo que ni la Policía italiana alcanza a dimensionar: el Gato representa un punto de inflexión en el modelo de implantación de las maras en Milán.

—Vamos a Carbonari –me apura Tiger–, quizá queden más placazos.

Trata de disimularlo, pero está preocupado y mira receloso a cada figura que surge. Hace cuatro años que no se acercaba a los dominios de la que era su pandilla. En su vida de peseta, rarísima vez baja a Milán.

***

Cuando Deidamia Morán migró de Tonacatepeque a Milán, la Mara Salvatrucha no existía, y la 18 era poco más que algunas docenas de jóvenes latinos reunidos en esquinas y parques de Los Ángeles. Deidamia migró en 1974.

La poderosa burguesía milanesa quería mano de obra bien referenciada y barata para cuidar a sus hijos, limpiar sus casas, y la Iglesia católica canalizó esa necesidad. Empleada en la Cooperativa de la Fuerza Armada y enfermera en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, Deidamia tenía credenciales más que suficientes, y se animó a seguir los pasos de dos amigas que se le habían adelantado. Como ellas tres, cientos cruzaron el océano Atlántico en busca de una oportunidad en una ciudad en la que sobraban las ofertas de trabajo poco cualificados.

Cuatro décadas después, Deidamia es un referente entre los salvadoreños de Milán. Desde mediados de los ochenta se involucró en fomentar la idea de comunidad diferenciada, para mantener las esencias de la salvadoreñidad. Al cobijo de la Iglesia católica se creó la que hoy se conoce como Comunidad Monseñor Romero, con sede en el jesuítico Centro Schuster; Deidamia fue cofundadora y su primera presidenta. Por su rol híbrido entre promotora cultural, sindicalista y política, ha sido testigo en primera fila de la implantación de las maras.

—¿Cuándo empezaron a ser un problema en Milán? –pregunto.
—Se escuchaban cosas pero, quizá como autodefensa uno se resiste a creer. El escándalo empezó… quizá cuando le sacaron el ojo al muchacho.

El domingo 13 de julio de 2008, un partido de fútbol entre salvadoreños en una de las canchas de ‘Forza e Coraggio’ devino batalla campal entre emeeses y dieciocheros. Hubo golpes, ultrajes, carreras desesperadas. Lo peor se lo llevó Ricardo, un joven perseguido por una turba liderada por Necio y Pirata, la vanguardia de la incipiente Mara Salvatrucha milanesa. Lo alcanzaron tras un kilómetro de agónica carrera, y en plena calle lo golpearon-patearon-arrastraron-lincharon, le machetearon la cara, lo desfiguraron. La brutalidad del ataque, el ojo perdido, el cómo, fue un shock para la sociedad italiana; en la prensa se empezó a hablar de la MS-13 como la peor de las plagas importadas.

—La Policía nos ha dicho que los nuestros son más asesinos que los sicilianos.

Los nuestros, dice Deidamia con pena, lastimada por un fenómeno que puede derribar en un chasquido el buen nombre de una comunidad que costó décadas construir. Entre las actividades que organizan desaparecieron el fútbol y similares, por miedo. Deidamia incluso supo que su nombre apareció en una lista que la Polizia di Stato confiscó a unos pandilleros, como persona a la que había que extorsionar.

Los nuestros, dice Deidamia, en un arrebato de sinceridad casi imposible de escuchar en El Salvador.

Los nuestros, dice Deidamia con el alma doliente.

***

Rara vez baja a Milán el Tiger desde que se peseteó, pero acá estamos, caminando de Sammartini a plaza Carbonari, 10 minutos de travesía por barrios de clase media, media-baja. Justo ahora embocamos una calle llamada vía Stressa.

—¿En Milán está dividida la 18? –pregunto.
—Sí, pero de hace poco.

En El Salvador, la ruptura del Barrio 18 en dos mitades, Sureños y Revolucionarios, fue un proceso lento y sangriento que se cocinó entre 2005 y 2009.

—Acá no había división hasta que llegó el Gato. Él vino con otra clecha y quiso corregir a los que habían cagado el palo, porque en Milano casi todos éramos arbolitos de Navidad, con la luz verde prendida; pocos se salvaban. Algunos locos no quisieron pagar a la pandilla y, como el Gato es full Sureño, y algo habían oído del desvergue allá, se hicieron de la Revolución.
—¿Pagar a la pandilla?
—Aguantar verga, por las cagadas que uno comete. Varios locos no quisieron que los zapatearan o tenían grandes clavos en El Salvador y, ‘a la final’, dividieron la pandilla.

A escala minúscula, la historia no difiere tanto de la ruptura en El Salvador: un sector de la pandilla que rechaza las maneras como el líder ejerce su liderazgo. Las nuevas reglas del Gato, alguien forjado en la disciplina de las cárceles salvadoreñas y recién llegado, no fueron del agrado de todos. Algo parecido a lo que representó el Viejo Lyn.

—Vaya, estamos en Carbonari –me dice Tiger.

***

Dentro del enredo de cuerpos policiales –civiles y militares– del Estado italiano, las labores de seguridad pública recaen en primera instancia sobre la Polizia di Stato. Y dentro del organigrama de esta institución, la ‘Squadra mobile’ de Milán –el equivalente a la delegación policial en El Salvador– es una de las más nutridas y especializadas.

En 2005 se conformó una Sección de Criminalidad Extranjera, al poco de detectarse las primeras ‘gang latine’; hoy son una veintena de profesionales que monitorean, estudian, analizan y contrarrestan las pandillas mediante operativos. Paolo Lisi es el responsable de la sección: “Pronto nos dimos cuenta de que la violencia entre pandilleros latinos no eran episodios esporádicos”.

En Milán, por su condición de capital industrial -ergo polo migratorio-, surgieron filiales de las pandillas trasnacionales Latin Kings, Ñetas, Bloods y Trinitarios, y también grupos autóctonos como Comandos, Trébol o Latin Forever. Mara Salvatrucha y Barrio 18 tardaron en entrar en el radar de pandillas problemáticas de la Polizia di Stato, hasta 2008, pero hoy son la indiscutida mayor preocupación.

—La mentalidad del pandillero salvadoreño es diferente a otras nacionalidades, peor aún con los que vienen brincados de El Salvador –dice Marco Campari, uno de los agentes más experimentados del grupo.

Lisi y Campari manejan con sorprendente tino los conceptos brincarse, clica, ranflero, palabrero, Sureños, Revolucionarios… palabras que incluso el salvadoreño promedio tiene problemas para definir con precisión.

—La mentalidad es más violenta –apunta Lisi–. Matar a un rival es algo absolutamente normal.
—¿Creen que pueden insertarse en la sociedad? –pregunto.
—Yo no lo creo –dice Campari–. Con las otras pandillas se podría intentar algo, pero no con la Salvatrucha o la 18.
—Son diferentes a las demás –retoma la palabra Lisi–; los Latin Kings o los Trinitarios, por ejemplo, son bandas criminales, pero tienen un discurso de orgullo nacional, de solidaridad interna… Las pandillas salvadoreñas no; según mi experiencia, su mentalidad es absolutamente mafiosa.

Los operativos más mediáticos de la Polizia di Stato durante 2015 fueron contra las maras: en septiembre, el desmantelamiento de la clica del Gato; y en junio, la detención de un grupo de emeeses tras una pelea con empleados de Trenord, la empresa ferroviaria regional.

El jueves 11 de junio de 2015, en la estación Milano-Villapizzone, una petición de boletos a unos jóvenes que se habían colado derivó en una discusión con varios trabajadores de Trenord. De las palabras a los insultos; de los insultos a los empujones; y de los empujones a una pelea tumultuaria que terminó con un machete incrustado en el brazo de un conductor de tren, a punto de la amputación. La víctima en esta ocasión no fue un migrante pandillero más, sino un italiano, y el caso sacudió la opinión pública como ningún otro. Los agresores huyeron, pero la Polizia di Stato los capturó en días sucesivos, en poco más de medio año los juzgaron, y a tres mareros los condenaron a penas de hasta 16 años de cárcel. El italiano es un Estado firme.

Lisi y Campari están convencidos de que la Polizia di Stato ha desarrollado destrezas suficientes para contener a las pandillas en general, y al Barrio 18 y la Mara Salvatrucha en particular. Pero intuyen que el pulso recién comienza.

—Cuando apagas un fuego, quedan las brasas, ¿no? –dice Campari–. En septiembre desmantelamos la 18, pero sentimos que todavía hay brasas y que con poco se encenderán de nuevo.

Dentro de dos días, Cholo, el pandillero cuarentón, recurrirá a una metáfora similar, pero más amenazante: “La pandilla es un cáncer. Y con un cáncer a veces pasa que te lo extirpan, y uno piensa que ya está sano, pero al poco resurge… y más agresivo. Así es esto. Los italianos deberían preocuparse”.

***

Me dice Tiger que Carbonari ofrecía ventajas precisas para lo que la 18 quería construir en Milán.

—Aquí se hacían los meeting.

Le dicen plaza Carbonari, pero es un redondel boscoso y extraño, más de 200 metros de diámetro, diseñado para que los carros puedan circular por la autopista que pasa encima. Es un espacio abierto y cerrado a la vez, que está en medio y apartado de todo. Ahora, cerca de las 11, estamos solo un indigente y nosotros dos, además de bancas, árboles, senderos adoquinados…

—Es un parque escondido y con vista a todos lados. De acá –Tiger señala a un lado– nadie puede llegar; de allá, tampoco. Si aparece una patrulla, podés escapar fácil, porque las entradas directas son en sentido contrario. Por eso aquí se hacían los meeting.

El meeting, de asistencia obligatoria, es el principal órgano de decisión de una clica. Cuando la 18 se quiso parar en serio en Milán, el meeting semanal dejó de ser changoneta y devino prioridad. En Carbonari brincaron y corrigieron como en El Salvador, con zapateadas de 18 segundos. Luego se aprobó el fondo común para el barrio, que obligaba a entregar cinco euros semanales al inicio, luego 10; con ese dinero se empezó a invertir en droga para revender y obtener más dinero. Más luego se juntó lo suficiente para comprar alguna pistola en el mercado popular de San Donato Milanese. Y así.

El crecimiento del Barrio 18 es consecuencia de las deliberaciones de Carbonari. En el cuadrante noreste del redondel, el elegido como base, aún queda un ‘18’ pintado con aerosol negro sobre una farola gigantesca. Han tratado de cubrirlo con pintura blanca pero con poco tino, como si la hubieran echado con un vaso. Tiger mira el placazo con un dejo de nostalgia.

—Deben de haber sido los contrarios, porque así nomás le han botado ‘proprio’ la pintura.

Maciachini, un sector con significativa presencia de la Mara Salvatrucha, está a poco más de un kilómetro.

—Vamos mejor a ver qué ondas en el Trotter.

***

Mientras en El Salvador el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén ha desatado contra las pandillas una represión que linda con el terrorismo de Estado, en Italia vela por los mareros encarcelados.

—Yo llego a las cárceles, hablo con ellos, veo si les cumplen sus derechos, contacto a familiares, al abogado… Mi labor es que se cumplan sus derechos procesales.

Habla Vanessa Hasbún, la máxima autoridad del Consulado de El Salvador en Milán desde marzo de 2010 hasta junio de 2013; y desde octubre de 2015, la encargada del servicio de protección consular. Su trabajo es ayudar a los salvadoreños encarcelados, procurarles asistencia legal, contactar a la familia, garantizar que el Estado italiano respete sus derechos humanos.

La mayoría de las personas a las que Vanessa Hasbún visita son pandilleros. Conoce al Wicked, al Loco 13… estima que se habrá reunido con no menos de 20, una fracción del total.

—Adentro son bien disciplinados –dice–, pero educadoras con las que hablo me comentan que por más que trabajan con ellos, no logran montar un proyecto de rehabilitación efectivo, porque no entienden cómo funciona la pandilla.

Vanessa Hasbún busca entre sus recuerdos y rescata el caso de un joven pandillero al que, por buena evolución y conducta, lo transfirieron a Bollate, un centro de reclusión que hace honor a la palabra reeducación y que otorga amplias libertades, incluida la de salir a trabajar. Cree que él sí quiere romper con su pandilla.

—Pero los demás van a seguir; esa es mi sensación.

***

El Trotter todavía es parte de la vieja Milán, un parque centenario y entrañable. Está algo lejos de plaza Carbonari, por eso toca caminar dosquetrés cuadras hasta viale Sondrio y tomar un bus anaranjado y articulado de la ruta 90, rumbo a Loreto. La 90 es la ruta más conflictiva para un pandillero porque atraviesa áreas con presencia de Latin Kings, Comandos, Mara Salvatrucha, Barrio 18… Tiger está inquieto.

—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto.
—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.

Desde que a mediados de la década pasada las maras se radicalizaron en El Salvador, ocurrieron cambios significativos. Ya no brincan a mujeres, por ejemplo. Y para garantizar lealtad y entrega, al aspirante varón se le comenzó a exigir que primero cumpliera una misión: por lo general, un asesinato. En Italia no. En Italia el rito de iniciación siguió siendo la zapateada de 13 segundos en la MS-13, y de 18 en la 18.

—Es lo que les falta a los brincados acá: la misión. El único que se podría decir que la hizo es el Wicked.

Wicked es el aka de Eduardo Segura Fuentes, dieciochero hasta el tuétano también, aunque con una historia de vida en las antípodas de la del Gato. Wicked nació en El Salvador en 1991 y lo llevaron niño a Italia, limpio. No conoció cárceles ni creció en medio de la violencia extrema, pero eso no impidió que se apasionara tanto por el barrio que incluso logró que le dieran el pase para parar su propia clica: una sucursal de la Hoover Locos, siempre de la 18.

El domingo 7 de junio de 2009, en las afueras de la discoteca Thiny, Wicked fue pieza clave en la planificación y ejecución del asesinato de David Stenio Betancourt (a) King Boricua, máximo líder de los Latin Kings-New York. En la prensa italiana el homicidio se manejó como un ajuste de cuentas entre las dos facciones de los Latin Kings (New York y Chicago), pero en el bajomundo todo se supo, y la pegada del Wicked supuso algo así como el ingreso de la 18 en las grandes ligas de las pandillas latinas milanesas.

—Nosotros escueliamos al Wicked –dice Tiger–. Que si vos sos un gran hijoeputa, que simón, que si póngase con todo, ¿va? Se lo tomó tan en serio que quizá sea el único que de verdad respetaba todas las reglas. Y por ganar más palabra se metió en lo de matar al King Boricua.
—Algo desequilibrado, ¿no?
—Noooo. Wicked no toma, no fuma… es un cuadro. ¡Lee! ¡Lee un vergo! Es un hijoeputa que estudia, una persona correcta, solo que con mente full pandillero. Una mente basura, alguien malo en toda la palabra, pero con vos habla como una persona tranquila, bien portado.

El Wicked simboliza la segunda hornada de pandilleros, los brincados en Italia, dependientes de internet para mantenerse conectados con las casas matrices. Un dieciochero salvadoreño pero made-in-Italy, el eslabón imprescindible para el arraigo del fenómeno.

Aún vamos en el bus anaranjado y articulado de la ruta 90, parados. Su teléfono vuelve a sonar.

Después de lo del Wicked, me he quedado intrigado por la fijación hacia las pandillas salvadoreñas que tienen estos jóvenes que llegaron niños a Italia.

—¿Por qué la dependencia? ¿Desde Milán se envía plata a El Salvador o algo? –pregunto.
—No, no, no… cada uno lo suyo –responde, casi ofendido–. Lo han insinuado, pero pollos pendejos tampoco somos.
—Entonces, ¿de qué le sirve a la 18 en El Salvador tener una clica acá?
—Que se expanda el barrio, que la 18 sea la más grande, darse el lujo. Y a los de aquí, para seguir haciendo sus pendejadas. Nunca vas a entenderlo si no has estado en esto, pero ‘a la final’ es así la onda, ¿Cuántos locos vinimos a levantar esto? Tres, cuatro. De tres o cuatro subimos a 10, 20, 40… y hoy están el vergo de locos presos y el vergo fuera.

Con un movimiento de cuello, Tiger me hace ver que hemos llegado a piazzale Loreto.

***

Cuando el salvadoreño migra, el país entero migra. En el punto del globo en el que se asienta una comunidad fuerte de salvadoreños, como en Milán, se asientan las pupusas, la laboriosidad, el Torito Pinto, la Mara Salvatrucha, el azul-y-blanco, el ‘Los primeros en sacar el cuchillo’, las cachiporristas, el ‘Mágico’ González, el 15 de Septiembre, la hospitalidad infinita, la 18, el Pollo Campero, los tamales y las iglesias evangélicas made-in-Elsalvador, por supuesto.

La Misión Cristiana Elim, una de las congregaciones con mayor arraigo en El Salvador, tiene presencia creciente en Italia. Desde hace más de una década Mauricio Hernández es el pastor responsable de las filiales de Milán y alrededores.

“Mi función es ayudar a mis hermanos en sus problemas más íntimos”, dice. Y entre esos problemas, la violencia de las pandillas ocupa un lugar sobresaliente. “Lo raro en Milano hoy es encontrar a un salvadoreño que no tiene a un familiar que pague renta allá”, dice. Por eso, cuando se congregan oran por la paz en El Salvador, oran para que cambie la mentalidad de los pandilleros, oran a Dios y le piden que interceda por los familiares extorsionados, oran para que se frene la metástasis de las maras en Milán.

***

Desde piazzale Loreto al parque Trotter por vía Padova, un kilómetro eterno por una calle larga y estrecha que parece ser uno de los epicentros de la migración. A ambos lados se suceden bares y negocios con letreros en chino, español, urdu, árabe… Se alternan con casas de cambio, locutorios, salones de juego y locales que compran oro. No debe ser esta una zona por la que acostumbre a pasear el milanés clasemediero o de más arriba.

—No hay barrio más mierda que este –dice Tiger–; bueno, quizá Sammartini, que es zona de culeros, prostitutas y transas.

Su teléfono vuelve a sonar. No sé si esta vez es la madre o la pareja. La tranquiliza. Regresa a la plática algo cariacontecido. Justo pasamos frente a un “bar latinoamericano” llamado El Dorado, con los colores de la bandera ecuatoriana como reclamo. Es casi mediodía pero está cerrado. Unos años atrás se llamaba El Manabá.

—Este era nuestro libadero, ‘proprio’ nuestra zona. Vergazal de veces he salido yo de aquí arando. Veníamos bien enmachetados y hubo un montón de broncas acá, pero balazos nunca. Creo que porque nadie ha tenido el valor de decir: vaya, voy a comerme 30 años en la cárcel. Porque en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema.

Ese es el problema, dice.

—Mirá, esta es la entrada del Trotter.

***

La metástasis de las maras en Italia preocupa a la Polizia di Stato, y hay razones inapelables para la preocupación; sin embargo, las posibilidades de que el fenómeno termine pareciéndose al cáncer que carcome los estratos inferiores de la sociedad salvadoreña son… nulas.

Comparado con el salvadoreño, el italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas; las maras no seducen a la juventud. Italia es miembro del G-8, el grupo de países con las economías más industrializadas del planeta. El salario promedio de un italiano es de casi 2,900 dólares brutos. Existen, además, otros grupos del crimen organizado –lo que genéricamente se conoce como la Mafia– que, si bien hacen un uso limitado de la violencia si la referencia es el terror que generan las maras, reaccionarían contra cualquier nueva estructura que amenazara sus intereses.

“Acá en Italia, los pandilleros joden solo a los salvadoreños, porque saben que con los otros países no se pueden meter, mucho menos con los italianos”, dice Tiger.

Maras como las de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia, por la misma razón que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha no tienen en el país que las vio nacer, Estados Unidos, ni siquiera una fracción de la incidencia que ganaron en El Salvador, Honduras y, en menor medida, en Guatemala.

Para que las maras devengan problema de seguridad nacional, se necesita una sociedad como la salvadoreña.

***

El ‘parco’ Trotter es un parque difícil de explicar. Hace un siglo era un hipódromo, y el circuito interno de calles y senderos conserva como eje rector el óvalo perfecto sobre el que galoparon caballos. 100 mil metros cuadrados verdes salpicados por abetos-arces-cedros y un puñado de edificios. Desde finales de la década de los veinte acoge una escuela municipal, la Casa del Sol, pensada para niños tuberculosos. Justo en medio hay un foso profundo y rectangular que algún día se usó como piscina. A pesar de su inmensidad, el parque está vallado, con horarios de apertura y cierre. Es público, pero las mañanas se reservan para los escolares. La entrada al Trotter de vía Padova está a 40 metros del bar El Dorado.

Un señor mayor nos explica en el portón que solo en la tarde se puede ingresar, que ahora no. En un par de días yo regresaré sin Tiger para comprobar que el costado poniente de la expiscina todavía está salpicado de placazos de la 18, los más vistosos que veré en Milán.

Es mediodía ya, y Tiger ha quedado con su familia para celebrar el cumpleaños a la mamá. Tenemos que regresar a Loreto, salir del centro de la ciudad en la línea roja del metro, y luego él tomará un bus a Cinisello-Balsamo, en el periferia del área metropolitana. Ahí hay un centro comercial en el que opera uno de los tres restaurantes que Pollo Campero ha abierto en Milán como reclamo nostálgico para la comunidad salvadoreña.

—¿Vos sos Inter o Milán? –pregunto a Tiger, dentro del metro ya–. ¿Vas seguido a San Siro?
—¡No, ni pendejo! Se llena de salvadoreños.

Vida de peseta. Vive en una de las capitales mundiales del fútbol y no puede ir al estadio.

Su teléfono vuelve a sonar. Esta vez es el novio de su hermana. Le dice que está encaminado, que en un cuarto de hora. La conversación es corta.

—Era mi cuñado. Él es bien buena onda, nunca ha estado en nada de pandillas.

Tiger calla por unos segundos.

—Una vez conocí a su mamá, y no le caí bien por estas ondas, ¿va? –me señala los tatuajes más visibles–. La señora me miraba… me miraba… ¡malísimo!… n’ombre… malísimo… con cara de asco… de odio. A saber, quizá se vinieron de El Salvador huyendo de las pandillas… pero me miraba con una cara… Yo hasta mal me sentí.
—¿No le dijiste nada?
—¿Y qué le voy a decir? Si… ‘a la final’… ella tiene razón.

***

Deidamia habla con el alma doliente.

—Estuve en junio en El Salvador, en un pueblo llamado San José Guayabal, y en esos días mataron a varios en los alrededores. Matan a personas como moscas. Y el gobierno ni se hace cargo. Dicen que es alarmismo de los medios. Pero yo te digo: oíme bien… y mirame…

Deidamia me clava la mirada, se incorpora, su alma doliente le resquebraja la voz hasta ahora firme.

—… Amo mi patria… amo mis raíces… Primera vez en mi vida que fui y me sentí prisionera… ¡Prisionera! Jamás de los jamases me dejaron ir sola a ninguna parte… jamás de los jamases. Y no es que yo quisiera protección… Si ahora me preguntás si quiero regresar a El Salvador, la respuesta es no, porque está horrible… ¡Horrible! En Italia vivo libre, y en mi patria soy prisionera.

Deidamia teme que las maras seguirán generando sonoros titulares en Milán. Más que temer, lo sabe. “He escuchado que somos 45,000 salvadoreños en Lombardía, pero somos más”, dice. El flujo en los últimos años ha sido constante, indetenible, cancerígeno.

—¿Cómo evitar que esto siga creciendo, Deidamia?
—Ya es tarde –dice–. Lo que uno quisiera, y lo digo con el corazón en la mano, es que nuestra gente ya no emigre para acá.

Es la primera entrega del día y Santos acelera el paso sobre el puente peatonal que atraviesa una de las avenidas más congestionadas de la ciudad. Pero a esta hora de la mañana –las 11, más o menos– las vías están más bien despejadas. Un grupo de estudiantes se agolpa para entrar en la Universidad de Lima. Santos trae consigo una mochila repleta de discos que pesa como un difunto. Un profesor, viejo cliente suyo, le ha pedido una decena de películas para un taller de la Facultad de Comunicaciones. Es mayo de 2014 y, bajo la resolana que le brilla en la pelada, el pirata favorito de los cinéfilos peruanos cumple con hacer una de sus últimas entregas.

—¿Tú eres Santos? –le pregunta de pronto un chico de camisa a cuadros.

Santos advierte de que se trata de un enviado del profesor. Asiente y saca las películas envueltas en una bolsa negra. El joven, que frente a él parece un enano de circo, le recibe el encargo, le da un billete y se despide. Santos ojea dentro de la mochila: quedan sólo dos entregas más.

—Estoy jodido –se lamenta.

***

Santos Herrera, quien hasta hace poco más de un año era uno de los piratas más solicitados de Lima, tiene 45 años, los párpados pesados y los ojos mínimos. Una antigua clienta suya lo describe como «un cuchi-cuchi, pero grande». En el habla más doméstica del cariño, cuchi-cuchi se usa para referirse a alguien que desborda ternura. Pero este retrato es una segunda impresión, porque a primera vista, su talla, su barba cenicienta y su contextura intimidan. Con el tiempo, sin embargo, Santos va tomando para uno la forma de un gigante bueno que, por lo general, habla pausado hasta que la pasión le atropella. A menudo da la impresión de que su memoria va por mucho kilometraje adelante de su voz. Cuando menciona el título de una película se ahoga diciendo dos o tres más casi sin proponérselo.

—Mi mente siempre vuela a mil. Siempre vuela a mil –dice Santos camino a una entrega en Miraflores, el distrito más turístico de Lima.

***

En los años ochenta, Santos vivió su adolescencia en El Porvenir, en La Victoria, una zona popular pegadita al centro de la ciudad. En ese entonces al cine se iba con mucha regularidad y el barrio de Santos rebosaba de salas de proyección. En la segunda mitad de la década, cuando el terrorismo se trasladó de la sierra a la capital y Perú cayó en la peor crisis social y económica de su historia, los limeños se encerraron en sus casas y el negocio de los cines entró en una penuria que duró más de 10 años. De los casi 120 cines que habían en Lima, para 1991 quedaban 100 y en 1994, sólo 60. El resto de las salas del mundo también padecía la crisis por la aparición de nuevas tecnologías como el VHS, el primer gran soporte de la piratería.

En ese entorno, Santos empezó su educación cinematográfica. El cuenta que desde entonces procura ver entre una y dos cintas diarias. No vale la pena hacer el intento de calcular cuántas películas ha visto en su vida, porque una cifra inverosímil no aporta nada. Basta con decir que ha visto muchas, muchas películas. Pero lo que más sorprendía a sus clientes era la capacidad de recordarlas como si se le proyectaran al interior de la frente.

Y este último rasgo es precisamente el que lo define. La referencia mínima que puedas tener sobre una película le basta para encontrarla. Con tener un recuerdo nítido de la escena de una cinta puede alcanzar, así no pronuncies bien el nombre del director, o no recuerdes si la película es belga o francesa, o si es de los noventas u ochentas. «Yo con solo leer el título sé si anda por la Red o si está en Polvos», cuenta Santos.

Lo que él llama su “disque éxito” se debe también a las selecciones especializadas que realizó; recopilaciones de películas sobre arte, arquitectura, danza, fotografía.

Hasta mayo de 2014, entregando cintas de contrabando a domicilio, Santos ganaba al mes alrededor de 2.500 soles (poco menos de 800 dólares). Por su catálogo y su capacidad para recomendar, entre sus clientes resaltaban varios rostros conocidos de la escena cultural de Lima. Era el repartidor más solicitado por cineastas, críticos, artistas, escritores y periodistas. “Ahora no llego ni a los 300 soles mensuales. Y eso es jodido”, cuenta.

Pese a que la discreción parezca una regla natural en el oficio de la piratería, Santos dentro de todo siempre fue muy notorio. En “La República”, uno de los periódicos más importantes del país, el periodista Renato Cisneros se refiere a él en una columna: “Es la persona que me suministra películas que, ni por casualidad, aterrizarán en las marquesinas locales […]. En su trabajo hay informalidad, sí, pero su espíritu benefactor lo resarce”. Como este, otros tantos testimonios de clientes de Santos se han colado en la prensa escrita, radial y televisiva. Incluso, en una micro-comedia web bastante popular en el Perú, llamada “Los Cinéfilos”, Santos tiene una escena en la que se interpreta a sí mismo. Al final del capítulo, uno de los protagonistas se gira hacia a él y le dice: “Nunca te mueras, huevón”.

Santos era, en realidad, ya tan público que nadie pudo prever que, en marzo de 2014, un cortometraje de “MotherBoard”, la vertical tecnológica de la revista “Vice”, tuviera el efecto que tuvo en Lima. Sobre todo porque iba dirigido a un público norteamericano. Los noticieros locales, que reeditaron a su gusto fragmentos del documental, lo convirtieron en denuncia: “Un medio estadounidense desvela la piratería en el Perú”. El enfoque parecía una broma, porque la piratería cinematográfica corre desnuda desde siempre por todas las calles del país: más del 95% del cine que ven los peruanos en DVD procede del mercado ilegal. “Hay policías que van a comprar en uniforme. ¿Desde cuándo es novedad la piratería?”, reclama Santos.

El documental de “Vice”, titulado Peru’s DVD pirates have exquisite taste (Los piratas peruanos de DVD’s tiene un gusto exquisito), se centró en Santos y en los vendedores de un lugar mítico de la piratería cinéfila: el Pasaje 18, un corredor dentro Polvos Azules, la galería comercial más popular de Lima, en donde existe un oasis de cine clásico e independiente desde hace más de 11 años.

Santos, por su papel protagónico, fue quien pagó por los platos rotos. En Polvos Azules le mostraron los dientes y una advertencia clara le llegó a través de un amigo: “Gordo, no te aparezcas en buen tiempo por acá. Te lo aconsejo por tu salud”.

Una semana después, en el Pasaje 18 se respiraba tensión. Un par de estudiantes, con una cámara de video, intentaban hacer un reportaje para una asignación universitaria. Los dueños de las tiendas –por lo general amables y voluntariosos– se negaban por todos los medios a responderle a los muchachos. A un lado, dos comerciantes conversaban sobre Santos: “A él lo jodió su vanidad. Quién le manda a aparecer en un documental.”

Mariano Carranza, el responsable del corto-documental, quien tiene en “Vice” un cargo híbrido entre productor y director, es un peruano que antes de residir en Nueva York fue por mucho tiempo cliente de Santos. Tras el impacto inesperado del cortometraje, Santos no le quiso volver a hablar. “Creo que se desahogó conmigo porque yo era el realizador del documental”, dice Mariano. “Los medios en Perú son una porquería. Yo creo que se entendió lo que quise contar. Si los canales de TV en su afán de buscar noticia lo tergiversan, ya escapa de mis manos. Es más, en algunos rebotes pixelaban el logo de ‘MotherBoard’. Eso ya sobrepasa cualquier límite, no sólo legal y ético, sino de mínima cortesía.”

Aunque poco después del escándalo sus compañeros del Pasaje 18 le incentivaban a volver, Santos temía por las represalias de los mayoristas de Polvos Azules, quienes aseguraban que los había expuesto al peligro de una intervención policial. Como pronto le fue imposible seguir trabajando sin acceder a los catálogos de la galería, su negocio cayó en picada. Además, un amigo de Santos que trabaja en la Fiscalía le advirtió que la policía podría irrumpir en su casa. “No sé cuándo, pero estoy seguro de que te van a intervenir”, le dijo. Una vez avisado, Santos se deshizo de casi toda su colección personal. Una madrugada tomó los más de 4.000 DVD’s que tenía y los repartió entre tres de sus mejores clientes. “Los tombos piensan: ‘A este cojudo lo tenemos que intervenir’. Pero se van a llevar un gran sorpresa porque yo ya no tengo nada”, explica él.

Es muy sabido que en Lima las intervenciones a los locales piratas se hacen entre agosto y diciembre. Tras un largo rumor de que se avecinaba una, la policía arremetió el 13 de septiembre de 2014 contra más de cien tiendas de DVD’s en Polvos Azules. No parecía haber relación con el documental porque al Pasaje 18 ni lo miraron. Sin embargo, todos los contrabandistas coinciden en que “Vice” cometió un error. En el sótano de Polvos –justo el lugar de la intervención –, donde se trabaja la piratería a gran escala, los mayoristas graban DVD’s de a decenas en las llamadas torres de copia, unas máquinas hasta la altura de las rodillas muy parecidas a un CPU. “Vice” las mostró y no debió, piensan ellos.

***

Para un país con una de las conexiones a Internet más lentas del mundo y casi huérfano de filmotecas, lo que trae consigo la piratería no se condena, se elogia. Un gran número de directores peruanos van por sí mismos a entregar su película a los piratas, porque la mayoría de ellos le adeudan al Pasaje 18 su educación audiovisual. El documentalista Javier Corcuera lo explica mejor que nadie en la dedicatoria de su cinta La espalda del mundo. Esta dice: “A Polvos Azules, por democratizar la cultura”.

Corcuera es uno de los cineastas que entregan sus películas directamente a los piratas del Pasaje 18, pero con la condición de que no se altere el producto y que las copias sean de buena calidad. Además, propone que se obligue a pagar un canon a quienes él llama los verdaderos piratas, aquellos que otorgan el soporte para la piratería: las grandes importadoras de discos en blanco y la Telefónica, por ejemplo, que gana millones en el Perú por dar un servicio de Internet que es usado para descargar películas ilegalmente. El camino para que los artistas vivan de sus obras, piensa él, no es criminalizar a los pequeños comerciantes ni a los compradores de contrabando sino hacer responsables a los que realmente lucran con ese negocio.

Andrés Wood, el director chileno de Machuca, cuando estuvo en el Perú en 2009 por el Festival de Cine, se refirió en privado a Polvos Azules como la “mayor filmoteca de América Latina”. Él, como tantos otros directores extranjeros que llegan a Lima, acude al Pasaje 18 para conseguir todo el cine que probablemente no encuentre en ninguna otra parte, y paga por película algo parecido a lo que cuesta un litro de Coca Cola. Si uno revisa los catálogos cinematográficos del Pasaje, se encontrará con varios autógrafos de cineastas. Florencio, uno de los primeros comerciantes de cine independiente en este lugar, presume a menudo de la firma del director tailandés Apichatpong Weerasethakul.

Santos es uno de los hijos más célebres del Pasaje 18. Hace 10 años, luego de trabajar en el MHOL (una asociación civil peruana que vela por los derechos de los homosexuales), se inició como vendedor de piratería en un stand de Polvos Azules llamado Mondo Trasho. Este local fue una de los primeros en tener un cartel y Santos propuso llamar la atención con un eslogan que se convertiría en una muletilla constante entre los vendedores del Pasaje: “sólo-para-conocedores”.

Si uno va de sur a norte por el Paseo de la República, una de las vías más importantes de la ciudad, justo antes de experimentar la sensación de estar en el centro de Lima, a su mano derecha se encuentra con Polvos Azules. Hay muchos rumores sobre esta galería, pero una única verdad: en Polvos Azules se encuentra todo: ropa y calzado, videojuegos, relojes, celulares, discografía musical, computadoras, juguetes, muebles y un largo etcétera. Sin embargo, es particularmente conocido en los últimos años por el comercio de DVD’s. El periodista Jaime Bedoya escribe lo siguiente: “He comprado productos piratas en Nueva York, Madrid, París, Seúl, Buenos Aires y Río. Doy fe en que ninguno de esos lugares he encontrado el standard de calidad ilegal del DVD pirata peruano”. Bedoya hace también una salvedad: “La piratería seguramente es mala, pero el desempleo debe ser peor”.

***

Desde que Santos perdió su trabajo ha vuelto a ir a Polvos Azules solo tres veces en casi un año y medio. “Pero como un rayo”, dice él. “Una visita de médico”.

Santos menea la cabeza de lado a lado buscando un tenedor. Es la hora de almuerzo y está frente a un plato de arroz chaufa, en un restaurante a unas cuadras de su casa. En este tiempo ha trabajado de todo: de encuestador, mensajero, de operador logístico en una constructora… “Te contaré que hasta he dado masajes”, confiesa. Ha participado también de series web, videoclips, en una telenovela y de extra en una película. “Si tienes buena vista, me ves”, dice.

Ahora mismo, Santos evalúa si postular a algún trabajo como vigilante, aunque antes estuvo cerca de ser un superhéroe. Sus clientes le pedían imposibles: “Habían personas que me pedían películas que se estaban proyectando en el Festival de Cannes. ¿Cómo vas a tener una película que no se ha estrenado en ninguna parte del mundo? La gente te pide cada cosa…”, y sonríe antes de llevarse el tenedor a la boca.

Cruzando la avenida Los Quechuas, en una callecita de Salamanca, una zona de clase media al este de Lima, Santos vive con sus hermanos. “Juntos, pero no revueltos”, aclara. En el cuarto piso de un edificio color melón, Santos tiene una habitación de madera que construyó hace unos años. Sus hermanos, sus parejas e hijos viven repartidos en el resto de departamentos.

En este último año, Santos ha sido varias personas en una: para la justicia, un pirata; para la sociedad, un desempleado; para sí mismo y sus feligreses, un difusor cultural. La mesera le ha retirado el plato, y él ha cruzado los brazos sobre la mesa.

—Pero yo quiero decir algo… –se pone serio–. Si tú tienes una película propia, y eres un completo desconocido, y tu película la piratean en Polvos, siéntete halagado. ¿Me entiendes?

Para llegar a una de las últimas casas que está construyendo el arquitecto Simón Vélez hay que tomar una carretera que sale de Bogotá y descender por las crestas de la cordillera de los Andes hacia el ardiente valle del río Magdalena. La vía atraviesa pueblitos tropicales y paradores repentinos que subsisten vendiendo mandarinas y flotadores. Vallas de todos los tamaños ofrecen felicidad y descanso en nuevos condominios y casas con piscina. A mitad una recta inverosímil entre tantas montañas hay que tomar un discreto desvío y, si se tienen las credenciales, superar dos retenes dónde policías con fusiles M-16, lanzagranadas y botas militares custodian una estrecha y polvorienta carretera flanqueada por samanes y acacias florecidas.

—Buenos días don Alberto —dice con certeza uno de los policías y da una rápida ojeada al interior del carro, un Honda último modelo y vidrios opacos.
— Buen día —responde Simón, sin ganas de entrar en aclaraciones—. Vengo a la obra.

Simón se presta para confusiones. Siempre lleva puesto el mismo desaliño de pantalones un poco escurridos, botines a medio amarrar, la camisa medio adentro o medio afuera, eso sí siempre un poco a medio planchar. “Para mi toda la vida ha sido muy importante andar mal vestido, es mi manera de decir que no soy empleado de nadie”, me dijo. El policía hace una seña y da paso sin sospechar que ese hombre que hoy no se rasuró y parece el último pasajero en bajar de un vuelo nocturno es una estrella de la arquitectura alternativa que convirtió la guadua —un bambú que crece como maleza en la zona cafetera colombiana— en motor de una revolución constructiva y estética.

“Simón se inventó lo que hace”, me explicó Benjamín Villegas, uno de los primeros editores que se fijó en su obra y publicó un libro que recoge buena parte de los usos de la guadua en la cultura colombiana. “Es un tipo absolutamente original y novedoso. Su obra va a trascender”, me dijo. Desde la época precolombina y hasta Simón Vélez, la guadua tuvo usos prosaicos: cercas, ductos, ranchos efímeros, materas y esqueleto invisible en muros de tierra pisada o bahareque. La guadua era, en esencia, la materia prima de la pobreza. La razón es simple: abunda, resiste, es liviana y muy barata, cuando no gratuita pues brota en cañadas y lotes abandonados. La guadua colombiana puede llegar a crecer hasta 12 centímetros al día y es tan intrínseca al paisaje de las montañas templadas que hay hoteles, restaurantes, condominios, parques y hasta una famosa canción en ritmo de guabina que se llama “Los guaduales” y el cantante se pregunta “¿Por qué lloran?” Hace diez años, el Ministerio de agricultura estimaba que en el país había 60 mil hectáreas de guadua, casi toda silvestre.

En la obra de Simón Vélez la guadua adquirió, de repente, una majestuosidad de catedral. Desnuda y rolliza, sostiene imponentes domos que parecen caparazones de tortugas gigantes o cubiertas flotantes que a veces recuerdan el casco invertido de un trasatlántico, un abanico extendido o un paraguas abierto. Casi siempre las completa con teja artesanal en barro o a veces con pasto. “Yo como arquitecto no hago cubos, yo soy de otra religión”, dice Simón. “Yo hago techos.”

Simón redescubrió las posibilidades constructivas de la guadua, un pasto gigante y prehistórico, a través de un invento casi accidental que tiene la simpleza distintiva de lo genial: inyectó concreto en los canutos —los vacíos internos de las varas— para darle solidez a las junturas, y reemplazó la uniones de las varas que la gente solía hacer con lazos de fibras naturales o muescas, por pernos y tuercas en hierro. “La relación de peso y resistencia es la mejor en el mundo”, asegura Simón. “Cualquier cosa construida en acero, yo la puedo hacer en bambú más rápido y más barato.”

En la obra de Simón la tecnología de punta corre por cuenta de la naturaleza. Él bautizó a la guadua como “el acero vegetal”. Su destreza está en la confección. “En países pobres la mano de obra es muy hábil porque la gente depende de sus manos para vivir. Cuando un país se hace rico, los obreros pierden su habilidad y pasan a manejar máquinas”, dijo hace poco en una conferencia en la escuela de arquitectura de Cooper Union en Nueva York. “Yo puedo hacer las casas que hago sin necesidad de electricidad, todo a mano, con un cincel, un martillo y un serrucho.”

Por eso, sus obreros son los únicos herederos de su escuela, verdaderos depositarios de esa sabiduría rústica e intransferible por una vía diferente a la práctica. Sin embargo cada vez resuenan más ecos de su obra en manos de admiradores juiciosos y también de imitadores mediocres. Ambas escuelas lo tienen sin cuidado.

Descendemos unos trescientos metros por la falda de una montaña hasta toparnos con el segundo retén. Una agradable brisa mueve las ramas de tecas rectas y fornidos cauchos. Simón se quita su infaltable sombrero blanco de paja y me dice que está cansado de los viajes. Su reciente fama le impone ir de un lado a otro: obras en China o Brasil, conferencias en MIT o talleres en el Vitra Museum o el Centro Pompidou. Puede estar un día tomando café con el arquitecto Glenn Murcutt, premio Pritzker, y al otro alzando una copa de vino con Mick Jagger en un yate del coleccionista de arte Jean Pigozzi en una bahía de Panamá. O comiendo con su colega Shigeru Ban, famoso por sus estructuras en papel y cartón, y terminar haciéndose juntos una foto, sonrientes. Con tantos viajes puede incluso dejar plantada, sin querer, a Martha Stewart, la gurú estadounidense de la decoración de interiores por televisión que una vez fue a buscarlo a su casa pero, como Simón no estaba, se resignó —como los turistas en los museos de cera— a hacerse una foto junto a un retrato suyo desnudo y en tamaño natural que cuelga en una de las paredes de su casa. (El cuadro es un dibujo hecho y dedicado por el fallecido pintor colombiano Luis Caballero.)

—¿Placa del vehículo? —pregunta el policía que emerge de entre la vegetación como una lagartija.
—Este carro es robado, entonces no me la sé —responde Simón.

Es verdad que el carro no es de él aunque le toque hacer creer que sí, como es verdad que no todas sus casas las custodian hombres armados. Pero casi todas son infranqueables: las protege el cerrojo del silencio. De casi ninguna hay fotos excepto las que él mismo muestra en conferencias en las que nunca menciona al dueño y siempre identifica con la misma vaguedad: “Casa en las montañas de Colombia”. ¿Por qué? Al redefinir las posibilidades de la guadua, Simón redefinió también su tradicional clientela. Sin excepción, sus clientes son muy ricos o muy poderosos, y casi siempre ambas cosas. “Habría que hablar con ellos”, me dijo cuando le pregunté si podía acompañarlo a visitar alguna de las casas que está haciendo. “Los ricos son muy ariscos”, dijo.

El dinero y el poder son invisibles y Simón es de esos arquitectos que saben darle forma y presencia a esa mezcla casi siempre inevitable de los dos. En sus casas y bajo sus espléndidos techos duermen los dueños de muchas de las grandes fortunas de América Latina y también algunas de otros rincones del mundo. Casi todos cuidan con celo su privacidad, unos por pudor, otros por temor.

Por eso, los pocos artículos sobre él y su trabajo se limitan a repetir las mismas imágenes de ensueño: un hotel de lujo en Guangdong, China; un iglesia efímera en Pereira que luego replicó cerca de Cartagena como templo sin religión; un puente peatonal en Bogotá; un pabellón para India en Expo Shanghái; otro para la exposición mundial de Hannover, la primera construcción en bambú que logró un permiso de construcción en Alemania; y un salón de exposiciones que ocupaba la mitad del Zócalo en la Ciudad de México.

Esas pocas obras —monumentales, públicas y de una belleza inédita— han sido suficientes para que su trabajo le haya dado la vuelta al mundo. El salón del Zócalo, una nave en guadua de 5 mil metros cuadrados para alojar un proyecto itinerante del artista canadiense Gregory Colbert, es la estructura en bambú más grande que se ha construido jamás. El pabellón de Hannover fue el más popular de la exposición, con más de 6 millones de visitantes. Lograrlo no fue fácil: Simón tuvo que construir primero un prototipo a escala en Colombia para que los inspectores alemanes hicieran las pruebas de carga.

Por esos trabajos, y otros, recibió distinciones de la American Society of Landscape Architects y, en 2009, el premio Príncipe Claus de Holanda, que destacó su contribución a la arquitectura contemporánea por “la combinación de innovación científica y principios estéticos”. Nunca ha ganado un premio de arquitectura en Colombia, tampoco de ingeniería, y sin embargo el capítulo sobre guadua en el código de construcción de Colombia está hecho a la medida de su obra.

Superado el control de la policía, avanzamos entre el bosque hasta donde se asoma por fin, al filo de un precipicio, un gigantesco óvalo de concreto rodeado de andamios, vigas y hierros despelucados. Es, por ahora, el imponente esqueleto de una mansión de 8 cuartos, sala de cine climatizada con silletería de teatro y una amplia piscina que, una vez terminada, parecerá flotar sobre el abismo. La planta de la casa, con un salón central y dos alas laterales, está inspirada, según Simón, en una villa de Andrea Palladio, el gran arquitecto de la Venecia del siglo xvi que construyó palacios e iglesias pero brilló más por las casas de veraneo para la opulenta aristocracia del Renacimiento. Aquí, en plena cordillera de los Andes, la villa palladiana tendrá su pequeño renacimiento tropical. La cúpula del techo no tendrá estuco ni frescos de ángeles, sino varas rollizas de guadua desnuda y expuesta.

Desde las bases de la futura mansión la vista se abre a un paisaje que parece un lienzo secándose al aire libre: las montañas azuladas por la bruma forman un cañón profundísimo que desaparece en el horizonte. Abajo escurre un hilo blanco, el espumoso río Bogotá que a esta altura arrastra ya toda la descarga inmunda de la ciudad. Los gavilanes flotan sin esfuerzo con las alas extendidas sobre el aire tibio. Un helicóptero militar surca el cielo, tan lejos que parece parte de una película muda.

En tierra, con el calor encima, una docena de obreros trabajan sin descanso; cortan varillas, alistan una mezcla de concreto, toman medidas. Uno de ellos, refugiado en un toldo de lona verde, revisa cuentas y recibos en una empolvada laptop por la que, al cabo de dos años, cuando finalice la obra, habrán quedado registradas minucias que sumarán varios millones de dólares. Sin perder tiempo, Simón pasa revista a una cuadrilla que, con poleas y arneses, elevan a la cúspide de lo que será el salón principal un gigantesco anillo en hierro que sostendrá el techo en guadua.

“Simón es un arquitecto de hacer y con una dimensión constructora escasa en Colombia; todos sus desplantes a la teoría son porque mira la arquitectura desde la construcción y por eso le molesta la afectación teórica”, explica Silvia Arango, profesora de la Universidad Nacional y autora de Historia de la Arquitectura en Colombia. “Él tiene una idea tectónica de la arquitectura.” Simón, dice Arango, piensa como ingeniero y dibuja como arquitecto, una combinación escasa hoy día, cuando rige la disociación entre el diseño y la estructura.

Encorvado sobre un plano desplegado en un tablón del campamento, Simón revisa los avances de la obra. “Estas columnas hay que hacerlas un poco más anchas”, le explica al maestro de obra mientras corrige el plano con un lápiz rojo de carpintero. “Ojo, que eso no vaya a quedar como está ahí.” El recorrido continúa, Simón pregunta, el maestro responde. Simón corrige, el maestro asiente. Simón piensa con las manos y quizá por eso cuando piensa con la cabeza tiende a distraerlas haciendo malabares compulsivos con lo que tenga disponible, por lo general un lápiz —lo toma por la punta y lo hace girar como una hélice hasta que vuelve de nuevo a su lugar— o su teléfono —pendulando en una pinza entre índice y pulgar.

“Mientras Simón va construyendo va diseñando”, me había advertido Carlos Ballen, un arquitecto que empezó su carrera bajo la sombra de Simón, hoy tiene su propia firma y dice admirarlo. “Puede tumbar muros o simplemente agrandar la casa mientras la va haciendo.” Para algunos clientes ése es el precio de trabajar con un artista genial, repentino y caprichoso, para otros es el sobrecosto de contratar a un arquitecto que dibuja a mano en servilletas, recibos de restaurante y no se ocupa de las cuentas.

“El que necesita un presupuesto es porque no tiene la plata”, me había dicho Simón mientras conducía por las curvas de la carretera que lleva a la obra. Esa libertad resulta muy conveniente para alguien que ve la realidad casi como un retén infame a la imaginación. Una vez Simón diseñó una casa pero no cabía en el lote del cliente. En vez de revisar su diseño, contó Ballen, llegó a convencerlo que lo mejor era comprar el lote vecino. (Finalmente, el cliente recapacitó y Simón tuvo que resignarse a hacer la casa más pequeña.)

Una vez el anillo esté suspendido, Simón empezará a sujetar la varas de guadua en el techo. Por lo pronto están arrumadas en un rincón de la obra, con algunas raíces retorcidas que parecen un tubérculo gigante y algunos palos de mangle, una madera durísima que crece en las ciénagas de las costas colombianas. “La guadua la tengo que traer del Quindío”, dice Simón, quien ha librado una incansable batalla con las autoridades para que permitan su explotación. “Para cortarla tuve que hablar con el ministro de Ambiente, ¡con el ministro!”, alega y explica que por ser una planta nativa, las autoridades ambientales prohíben su corte. Una prohibición, como tantas, por las que Simón pasa por encima a diario. “Es el único cultivo ilícito que no necesitamos pedirle permiso a los gringos para legalizarlo”, me dice mientras juega al péndulo con su teléfono. “Por eso para mis obras yo no puedo comprar en la cadena de la construcción, sino en la cadena de la corrupción.”

A la apoteosis de sus obras no sólo se le suma conseguir la guadua (con o sin permiso) sino, a veces, llevarla hasta su destino. Para la obra en el Zócalo llenó 27 contenedores con 9 mil varas de guadua de diez metros de largo. Los trámites de aduana tomaron dos meses, más que lo que le tomó levantar el edificio a una cuadrilla de obreros que llevo desde Colombia. Pero lo más áspero estaba por venir: al arribar al puerto de Manzanillo, la policía mexicana, inquieta por una carga inusual y hueca, puso a olfatear a sus perros. La guadua estaba limpia, pero casualmente, en un alijo vecino la policía terminó dando un golpe histórico: casi 24 toneladas de cocaína pura, más de lo que se incautó en los seis años del gobierno de Vicente Fox. El valor del cargamento, oculto en láminas para pisos, se estimó en 400 millones de dólares, hasta hoy la mayor incautación de droga del mundo en una sola operación. Hace poco sucedió lo mismo en un contenedor que envió a Francia vía el puerto de Le Havre. No serían éstas las únicas veces que en su vida, por accidente, coca y guadua se encontraron.

De regreso al carro, Simón aprovecha para tomar un desvío por un sendero tapizado de hojas que crujen como galletas. “Me voy a echar una meada”, dice entredientes. Yo aprovecho para darle un vistazo al otro atractivo secreto de la casa: a escasos cien metros, al otro lado de un muro de piedra, sobresale una construcción blanca que resplandece bajo el sol del mediodía. Es la nueva casa de descanso de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

Me volteo y veo que con una mano Simón sigue rociando el bosque y con la otra sostiene una llamada. Parece agitado por la conversación. Al subir al carro le pregunto:
—¿Le estresa venir a las obras?
—No —dice al tiempo que dejamos la obra y se despide de la guardia levantando la mano como si lo que va a decir lo estuviera jurando ante un tribunal—. Me estresa más no venir.

Simón Vélez ha hecho su brillante obra como ha hecho todo en su vida: brincándose las reglas; no importa si están escritas o hacen parte de las “buenas costumbres”. Se desmarcó del letárgico aburrimiento de la arquitectura colombiana, reformó a su gusto las inflexibles normas de un país de ingenieros y leguleyos, y le dio, a su forma, lecciones de realidad a los planificadores urbanos y a las autoridades ambientales. Su casi patológica atracción por lo prohibido y lo indecible lo hace un hábil y solícito provocador social: saca sus credenciales de ultraconservador entre sus amigos hippies de noches bohemias y las de libertino desabrochado entre sus amigos de corbata, maletín de clave y torneos de golf. Aunque conoce de abolengos, le torció el pescuezo a los modales y la etiqueta por lo que transgrede con naturalidad el férreo clacismo colombiano. Incluso lo que para algunos es dictum de la naturaleza —la idea de familia o de sexualidad— le parece postizo: tiene una perra que se llama Río y un perro que se llama Miel. Le gusta ser el avis rara donde va y más que eso, le saca provecho: su manera única de no pertenecer a nada lo hace bienvenido en todas partes, desde una fiesta de actores de telenovela hasta una opaca conspiración política. La mayoría de las reglas las ha brincado a plena luz del día, otras veces lo ha tenido que hacer de noche y a hurtadillas.

Una mañana soleada a comienzo de este año lo acompañé a una obra que está haciendo en La Candelaria, el distrito histórico de Bogotá. Lo que pensé que sería un recorrido pedagógico se volvió una operación clandestina.

—Don Simón, vinieron de la alcaldía —fue el recibimiento de uno de los obreros.
—¿Y qué dijeron? —preguntó inquieto, mientras nos colábamos por la puerta entreabierta.
—Nada, no les abrimos.

Adentro, una cuadrilla de obreros trabajaban en una vieja casona colonial. Simón le quitó parte del techo en teja española y lo reemplazó por una marquesina en vidrio y varilla corrugada, insertó un mezzanine y habilitó un patio como huerta y terraza.

—Si saben que yo soy el arquitecto me paran la obra —me dijo, quitándose el sombrero—. Me detestan —remató.

“Simón tiene más admiradores de los que le gustaría tener; él preferiría tenerlos de enemigos”, me dijo, una tarde, el pintor Genaro Mejía, uno de sus mejores amigos. “Le fascina pelear.” Pelea con los vecinos y sus ruidosas fiestas, a los que fustiga con piedras que lanza desde su balcón, con las esposas de los clientes (“Las mujeres ri-
cas creen que uno es el empleado”), con los contratistas incumplidos, con los obre-
ros cuando le mienten, con los policías indolentes y con todo el que se le atraviese y le dé un buen pretexto, incluidos los inspectores de la alcaldía de su barrio.

Si algún día los historiadores de la arquitectura desempolvan sus planos y licencias en las oficinas públicas encontrarán impecables dibujos a computadora que poco o nada se parecen a la obra real. Muchos ni siquiera llevan su firma. Para él los permisos son un cortapisa inútil y por eso ha aprendido a brincarlos supliendo a los funcionarios con versiones insípidas, pero en regla, de lo que tiene en mente. 
A veces, ni siquiera se molesta en timarlos y construye sin permiso.

La única versión ajustada a sus obras está en decenas de cuadernos cuadriculados Clairefontaine que reposan en un estante de su estudio. “Puedo borrar y borrar y no se daña —dice sobre su preferencia por el papel francés—, además el trazo del lápiz no me destempla los dientes.” Esas páginas son la bitácora más fiel de sus jornadas de trabajo: planos, dibujos y diagramas a mano alzada de una simetría temblorosa. Cientos de líneas se sobreponen o se cruzan y van formando extraños diseños que parecen, a veces, elaboradas telarañas y a veces los esqueletos de animales prehistóricos. De pronto, en una página cualquiera, un boceto casual de un rostro humano, una suma a lápiz, una anotación ilegible y manchas, muchas manchas de café.

Al terminar la visita, salimos de la obra rápido pero sin aspavientos, como si hubiéramos comprado drogas o pagado un soborno. Recordé lo que me había dicho antes de salir, el teléfono pendulando entre sus dedos ansiosos: “Como aquí todo está prohibido éste es el paraíso de los anarquistas como yo. Vivo muy orgulloso de trabajar siempre ilícitamente. Me daría vergüenza contar con la bendición del establecimiento para hacer lo que hago”.

De vuelta a su casa, desde uno de los ventanales donde se ven las cúpulas de las iglesias coloniales del centro de Bogotá, me señaló el penthouse de uno de los pocos edificios de la zona. “Ésa es la obra de la que estoy más orgulloso porque la hice sin licencia y a cien metros de la alcaldía.” Es un espacio de 600 metros cuadrados con una vista inédita de la ciudad y a los cerros que la rodean. “Usted está muy viejo y muy rico —me contó Simón que le había dicho a un amigo, un abogado rico que lo compró—, cierre los ojos y yo le hago una vaina de la que no se va a arrepentir. 
Y cerró los ojos.” La obra fue una verdadera provocación a la autoridad: tuvo que bajar por la fachada toneladas de escombros de muros y columnas que echó abajo. Con las mismas poleas subió los muebles, incluida una mesa de billar.

Simón Vélez vive en La Candelaria, un barrio de casonas coloniales y faroles mortecinos donde los residentes saludan cordialmente a los ladronzuelos de ocasión y se dejan extorsionar con cierta alegría por los mendigos que duermen acurrucados en los porches de sus casas. “Me gusta vivir aquí porque es como un pueblito —dice Simón— aunque es peligroso.” Está a tiro de piedra del Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la casa presidencial, y rodeado de conventos, tugurios y zonas de tolerancia.

Esa ciudad queda borrada de un golpe cuando uno timbra en el citófono blindado de su casa y el dedo de una voz femenina activa un interruptor eléctrico que abre remotamente una pesada puerta en hierro, azotada por el grafiti y los orines. Para llegar a su casa, falta remontar un húmedo y estrecho camellón de piedra flanqueado por zarcillejos, chusques y palmas.

“Yo no soy urbanista sino aldeísta”, me dijo Simón mientras tomábamos café en el comedor de madera de su casa. “Aquí hacemos ciudades dormitorio: la gente tiene un sitio para dormir, otro para trabajar y otro para divertirse o comprar. En la aldea está todo.” Su casa, que no es una sino cinco casas dispares rodeadas de jardines, pasadizos y estanques, es el discurso puesto en práctica: allí duerme, trabaja, se divierte y comparte una vida ancha, que no se sabe si es de condominio o comuna, con sus hijas, yernos, nueras y nietos, el pintor Genaro, dos perros, cinco gatos, la servidumbre y una población flotante de practicantes —siempre mujeres— que se ocupan de todo lo que tiene que ver con la computadora.

Simón duerme en una cama sostenida por raíces de guadua, bajo un lienzo abstracto de Carlos Jacanamijoy, artista indígena y uno de sus clientes. A su cuarto se llega por una estrecha escalera de caracol, incómoda como la de un submarino. Para acceder a su casa hay que subir una vertiginosa escalera con las barandas muy bajas que algunos visitantes se resisten a subir. En su estudio, de un desorden de naufragio, el techo es demasiado bajo. El sanitario está tan cerca del lavamanos que toca usarlo de lado.

“La gran obra de Simón es su casa”, me dijo una vez un arquitecto que no se refería, por supuesto, a esos inexplicables detalles, sino a que allí está condensada su evolución como arquitecto. En pie subsiste la primera cabaña hecha en madera de sapán, modesta y con aires de casita en el árbol, que levantó hace 40 años cuando era apenas un estudiante de arquitectura en la Universidad de los Andes. “Es un mueble habitable”, dice él. Y justo al lado, su último capricho, un torreón en concreto, escalera en hierro y columnas de piedra que rescató de una demolición. “No”, me dice con sonrisa pícara cuando le señalo que parece otro homenaje a Palladio. “Ésta sí es pura arquitectura greco-quimbaya.”

“Simón parece un niño jugando con piedras: las quita y las pone”, dice Mejía, testigo de cómo Simón ha ido juntando retazos de inquilinatos en demolición y piedras talladas que algunos indigentes que viven del rebusque le llevan a su puerta. Un juego que bien puede ser una prolongación de su infancia en Manizales, una ciudad que uno de sus amigos me describió como “un guadual urbanizado”. Allí Simón creció en una casa estilo Bauhaus hecha por su padre, un ingeniero que sacó un grado de arquitecto en Estados Unidos. Las vacaciones eran en la hacienda de su abuelo, en el Valle del Cauca, una de las tierras más ricas del suroccidente de Colombia. Eso le dio un cierto gusto por la vida rural que completó heredándole a su madre la vocación de jardinera y casi nada de su legendaria elegancia.

Aunque no se graduó con sus compañeros de Los Andes, en todos dejó el mismo recuerdo: el de un gran dibujante, siempre haciendo piruetas con un lápiz en la mano, conquistador y mujeriego, y de un conservadurismo insospechado para ser hijo de la generación de Woodstock y la estridente guitarra de Jimi Hendrix. El oía Bach y disolvía manifestaciones a punta de voladores que disparaba como misiles contra la multitud. “Siempre fui anticomunista, y lo sigo siendo”, dice.

Su casa es no sólo un monumento a su arquitectura sino a un estilo de vida que desprecia, por regla, las pautas y los límites. “La casa viola toda la norma urbanísticas del barrio pero es lo mas cercano que he visto a su espíritu”, dijo una vez un inspector que, según recuerda Mejía, visitó los predios. Además de las normas arquitectónicas, su casa también viola las del tesoro público. Desde hace años Simón no paga los impuestos, una obligación que empezó a subsanar, por primera vez y a regañadientes, hace muy poco.

La desobediencia civil de Simón tiene tanto de convicción rebelde como de procaz economía. Una mezcla que revuelve hábilmente la filosofía política de Thoreau y San Dimas. En todo caso para brincarse las normas y evadir las consecuencias hay que estar muy bien rodeado; y en ocasiones también muy mal rodeado. Simón se mueve con una destreza inesperada en el mundo de la política, con amigos y conocidos de toda pelambre. Esa habilidad es una derivación de su buen olfato para los negocios y una vocación natural para la vida social. Simón es un intruso en el jet-set y su casa es sede de fiestas memorables: actrices, presentadoras de tv, periodistas, políticos, empresarios y cantantes pueden perderse por los senderos de su jardín y gozar de la inmunidad que a veces se les niega afuera.

“Me gusta la política, creo en la política y soy muy activo”, me dijo una tarde que paseábamos por su jardín, me mostraba un bambú negro y otro que le regaló el jardinero del emperador japonés. Entre sus plantas, Simón puede pasar del modo ensimismado al modo locuaz en una fracción de segundo y soltar a la vez fogonazos de inteligencia o frases prefabricadas que repite una y otra vez, como un guión aprendido de sí mismo. “Si no mandan los políticos, mandan los policías o los curas y eso es peor, créame.”

Los políticos también son duchos repitiéndose a sí mismos y Simón fue testigo de ello cuando organizó en su casa un almuerzo —el primero— para conquistar en apoyo de la élite bogotana a un político de provincia que soñaba con dar el gran salto a la escena nacional. En su mesa se sentaron directores de medios, columnistas de estirpe y un empresario de las esmeraldas que, aunque consideraban que ya todo estaba decidido para las elecciones que se avecinaban, escucharon con paciencia el discurso bien planeado del advenedizo mientras cuchareaban en silencio un plato de fríjoles al estilo de su tierra. Para sus adentros se reían de un aspirante que parecía más un finquero que un estadista, y que como candidato presidencial apenas rozaba el dos por ciento de popularidad. Era 2004 y ese hombre que recitaba de memoria su diatriba antiguerrillera se llamaba Álvaro Uribe Vélez.

Pero en la política unos sirven el almuerzo y otros ponen el dinero. “Encarreto a clientes y amigos a que inviertan plata”, me dijo Simón que, refractario a las moralejas, ha dado a su activismo político un giro riesgoso, haciendo de intermediario de personajes opacos que nunca figuran pero caminan por las sombras de la política haciendo de banqueros de segundo piso que financian candidatos como quien invierte —o apuesta— en la bolsa. Cuando ganan, algunos cobran en influencia, otros en efectivo y con intereses.

—¿No le da miedo mediar en esos acercamientos? —le pregunté.
—Me parece entretenido. Es la novela de la vida. Eso es excitante. Y por corrupto que sea un político es peor un policía, créame. En una democracia, mientras se necesite tanta plata para una elección, eso no se puede hacer sino a través de corrupción. La política sin plata no existe.

En el rol de fundraiser (que a veces le implica hacer de tesorero improvisado y guardar los jugosos recaudos en tarros de la cocina) le consiguió aportes a las campañas de personajes antagónicos como el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, un exguerrillero al que le presta su casa de descanso en Girardot, como a Germán Vargas Lleras, de derechas y actual vicepresidente de la República. “Mi partido es el neo-oportunismo”, fue la explicación de Simón cuando le señalé la elasticidad de sus afectos políticos, tan flexibles como la guadua y donde caben ideales a los que los separa un abismo tan hondo como el que sobrevolaba aquel helicóptero mudo.
Como la política, la arquitectura sin plata tampoco existe. Y la arquitectura de Simón tiene un costo asociado impredecible: “Mi método es el de la prueba y el error”, dice Simón, que descubrió lo que podía llegar a construir con la guadua gracias a un raro cliente al que no lo espantó un método tan arriesgado. La razón: el riesgo era insignificante junto al que manejaba habitualmente en su negocio. “En esa época yo no era nadie”, me dice Simón, menos dado hoy día a alardear, como le gustaba hacerlo hace algunos años en público, de las épocas en las que le hizo casas y fincas a algunos narcotraficantes de renombre. “Hoy día no trabajaría para esa gente”, completa.

Cuando Simón no era nadie corrían los años ochenta y Carlos Lehder, quien luego emergería como una de las figuras más indómitas y ambiciosas del Cartel de Medellín, le encargó unas caballerizas. La condición era que tenían que ser en guadua. “Casi que fui forzado”, dice hoy Simón que hasta entonces no había trabajado con esa madera y le tocó probar hasta dar con la idea de inyectar concreto en los vacíos de la guadua.

Después de esa obra crucial para su futuro como arquitecto, otros mafiosos, rebeldes por vocación, dóciles imitadores de sus patrones o simplemente hostigados de mármol italiano, alfombras persas y baños en oro, siguieron la onda del orgullo Made in Colombia. Aún está en pie la casona en guadua, la primera de todas, que le hizo años después a la familia Ochoa, socios de Pablo Escobar, en La Pintada, o las pesebreras en la hacienda Las Mercedes, en un paraje de la vía entre Manizales y Medellín conocido como El 41.

Lehder Rivas —nacido como Simón en 1949 y como él en el seno de una familia de clase alta de Manizales— fue extraditado en 1987 y condenado a cadena perpetua. Fabio Ochoa también fue extraditado y su hermano Jorge Luis pagó condena en España. Todos ellos fueron las caras visibles de una época en que Colombia, en todas sus instancias, era penetrada por la cultura narco, y muchos de estos empresarios del crimen querían exhibir, sin pudor, sus inéditas fortunas. Tierras, haciendas y casas fueron sus inversiones favoritas. El dinero que entraba a cántaros se prestó para todo tipo de extravagancias fútiles, pero en ocasiones auspició, casi sin saber, creaciones más nobles: esculturas por encargo de artistas que hoy gozan de renombre, vacunas experimentales hechas por médicos que soñaban con salvar vidas y casas que daban un nuevo donaire a lo vernáculo. Muchos creadores sucumbieron —antes que al dinero— a la posibilidad real, y hasta entonces casi milagrosa, de realizar sus aventuras. “Si no fuera por los narcotraficantes, jamás hubiera construido nada”, dijo Simón hace unos años, en modo provocador, a un periodista de la revista Américas. “Ellos asumieron el riesgo [de trabajar con un material desconocido], algo que la clase alta nunca hubiera hecho.”

Simón acelera por la autopista que nos trae de vuelta a Bogotá. Con el sol de la tarde a las espaldas, esquiva camiones y buses, manejando con una sola mano. Con la otra hace péndulos con el teléfono, que timbra con frecuencia: Simón contesta llamadas del canal de tv de la ciudad para invitarlo a una entrevista. (“No sé en qué carro voy —le dice a su interlocutor—, como el alcalde nos puso a comprar muchos carros por el Pico y Placa [restricción para circular según el número de matrícula]”); para convidarlo al cumpleaños de uno de sus amigos, Byron López, un empresario que brincó del negocio de las esmeraldas al de los servicios de aviación para las Fuerzas Militares, y sobre el cuál la dea ha mantenido un ojo vigilante. (“Me demoro pero yo llego, lo que pasa es que estoy en Mondoñedo —en la puta mierda”); para reunirse con los socios de su empresa de laminados en guadua (“resuelvan lo que quieran, yo no tengo conflicto con nadie”); para almorzar con otro amigo en un restaurante que propone Simón (“es chiquito, bueno y caro”). También lo llama desde Estados Unidos el dueño de la casa Palladiana que, en ese instante, está comprando con su mujer los bombillos y la grifería.

Atrás va quedando la vegetación arrebatada de las tierras templadas. Las matas de plátano y los helechos van cediendo el paisaje a los pinos y los eucaliptos. “Yo admiro las culturas forestales, propias de todos los países desarrollados”, señala Simón cuando casi sin darnos cuenta la periferia de la ciudad empieza a emerger: fabricas, basureros, canteras de materiales de construcción y barrios marginales de casas sin acabar con las tripas expuestas: bloque de ladrillo y plancha en cemento, techos de zinc y asbesto. Una ciudad para sobrevivientes, maciza y durable pero hacinada y sin gracia.

“Sin duda su obra va a perdurar estéticamente, pero la pregunta es si va a perdurar de pie en el tiempo”, me dijo un arquitecto que durante muchos años estudió las construcciones con guadua, asombrosamente resistentes a los temblores (sismo-indiferentes, diría Simón) pero vulnerable a la humedad y al gorgojo.

Más allá del paso del tiempo o la intemperie, la verdadera evanescencia de su obra está en otra parte: sus construcciones son una artesanía, semejante a urdir un canasto o tallar una canoa. “Usted no le puede meter ingeniería en serio a la guadua”, continúa el arquitecto y explica que con otros materiales cuyas resistencias están estudiadas y certificadas los diseños se pueden poner a prueba con modelos matemáticos.

Mientras atravesábamos uno de los barrios obreros que rodean a Bogotá, y poco antes de despedirnos, Simón me contó de su nuevo proyecto para construir edificios en guadua para la clase menos pudiente. “La vivienda popular es deliberadamente fea —dijo— y vale lo mismo hacer bonito que hacer feo.” La idea, que por ahora es sólo maqueta, le entusiasma. “Siento que ahí puedo hacer cosas más trascendentes”, dijo y se explicó: “Cuando uno hace casas para ricos, hace arquitectura clandestina, prohibida. La arquitectura popular es pública”. Le pregunté qué lo había motivado a cambiar el nicho de los clientes opulentos por el de los humildes. “La plata”, dijo. Y remató con una de sus frases prefabricadas: “Voy a morir pobre si sigo haciendo casas para ricos”.

Volví a ver a Simón algunos meses después de ese encuentro. La primera vez estaba probando un arma nueva contra las fiestas de sus vecinos que no lo dejan dormir: dos parlantes de alta potencia que apuntaban a la casa contigua. La munición no podía ser mejor para asfixiar cualquier parranda: villancicos. La segunda vez acompañé al fotógrafo que le haría los retratos para este reportaje. Simón se había dejado crecer definitivamente la barba, mucho más canosa de lo presumible, y tenía una mancha de café en la camisa. Me sorprendió la docilidad con que se dejó guiar, aceptando cada pose, como esos animales feroces que se han resignado a la jaula y a las rutinas de su domador. En una de las pausas le entregué algo que llevaba varios meses en mi mochila y que supuse le interesaría. Era la fotocopia de una carta publicada en 1956 en una revista ya desaparecida. En ella, el autor hacía una férrea defensa de la guadua, a la que el destinatario había, en otro escrito, acusado del retraso del campo colombiano. Simón la recibió con curiosidad, se sentó en un banco de madera y se ensimismó en su lectura, escondiendo la mirada bajo el ala inclinada de sus sombrero. Estuvo así varios minutos, inmóvil y alejado de la conversación, al punto que pensé que lo había vencido un sueño repentino y secreto. “Linda carta”, dijo de pronto, rompiendo la quietud. “El que la escribió era un viejo muy rico, un hacendado amigo de mi abuelo”, aclaró mientras enrollaba las tres hojas en un tubo que emparejó golpeando una de la bocas contra la mesa.

La carta terminaba así: “¡Ah! me olvidaba de algo: ¿qué fuera de los hornos de los trapiches sin la guadua para cocer la panela? ¿Y con qué hará hervir el Demonio la paila mocha cuando necesite derretir plomo? ¿Y de qué seguirán levantando las varas de premio en los regocijos públicos? ¿Y cómo se las arreglará el señor cura para los andamios que necesita al pintar la iglesia, al terminar la torre? ¿De qué hará el monte Calvario? Sin la guadua, convéncete, seremos lápiz sin punta y sin con qué sacársela”.

Al volver a su estudio, Simón puso despreocupadamente la carta sobre un arrume de documentos y al soltarla se desenrolló bruscamente. El arquitecto se sentó frente a uno de sus cuadernos, tomó un lápiz muy bien tajado, y empezó a dibujar.

Una mañana de enero de 2015, con el fin de poner los cimientos de una casa, Máxima Acuña Atalaya picaba las piedras de una colina con golpes secos y certeros como los de un leñador. Acuña mide menos de un metro y medio, pero carga rocas del doble de su peso sobre la espalda y destaza un carnero de cien kilos en minutos. Cuando visita la ciudad de Cajamarca, la capital de la sierra norte del Perú donde ella vive, teme que la atropellen los autos, pero es capaz de enfrentar a una retroexcavadora en movimiento para defender el terreno que habita, el único con abundante agua para sus cultivos. Nunca aprendió a leer y escribir, pero desde 2011 ha impedido que una minera de oro la expulse de su casa. Para campesinos, defensores de derechos humanos y ecologistas, Máxima Acuña es un ejemplo de coraje y resistencia. Para quienes el progreso de un país depende de explotar sus recursos naturales, Máxima Acuña es una campesina terca y egoísta. O, peor aún, una mujer que busca sacarle dinero a una compañía millonaria.

—Me han dicho que debajo de mi terreno y de la laguna hay bastante oro —dice Máxima Acuña, con su voz aguda—. Por eso quieren que me largue de aquí.

La laguna se llama Azul, pero ahora luce gris. Aquí, en las montañas de Cajamarca, a más de cuatro mil metros de altitud, una espesa niebla lo cubre todo y disuelve el perfil de las cosas. No se oyen cantos de aves, ni hay árboles altos, ni cielo azul, ni flores en los alrededores, porque casi todas mueren congeladas por el viento frío cercano a los cero grados. Todas excepto las rosas y las dalias que Máxima Acuña lleva bordadas en el cuello de su blusa. La vivienda de barro, piedras y calaminas donde vive ahora, dice, está a punto de derrumbarse por las lluvias. Necesita construir una casa nueva, aunque no sabe si conseguirá hacerlo. Más allá de la niebla, a unos metros frente a su predio, está la Laguna Azul, donde hace unos años Máxima Acuña pescaba truchas junto a su esposo y sus cuatro hijos. La campesina teme que la empresa minera Yanacocha la despoje de la tierra donde vive y convierta la Laguna Azul en un depósito para unos quinientos millones de toneladas de desechos tóxicos que saldrán de un nuevo tajo minero.

En quechua, Yanacocha significa ‘Laguna Negra’. También es el nombre de una laguna que dejó de existir a inicios de los noventa para dar paso a una mina de oro de tajo abierto considerada en su mejor época la más grande y rentable del mundo. Debajo de las lagunas de Celendín, la provincia donde viven Máxima Acuña y su familia, hay oro. Para extraerlo, la minera Yanacocha ha diseñado un proyecto llamado Conga que, según economistas y políticos, llevaría al Perú hacia el Primer Mundo: vendrían más inversiones y por tanto más puestos de trabajo, modernas escuelas y hospitales, lujosos restaurantes, nuevas cadenas de hoteles, rascacielos y, como anunció el Presidente del Perú, quizá hasta un tren subterráneo en la capital. Para conseguir todo ello, sin embargo, Yanacocha dice que será necesario secar una laguna ubicada a más de un kilómetro al sur de la casa de Máxima Acuña, para convertirla en una mina de tajo abierto. Después, utilizaría otras dos lagunas para depositar allí los desechos. La Laguna Azul es una de ellas. Si eso sucede, dice la campesina, podría perder todo lo que su familia posee: las casi veinticinco hectáreas de tierra rebosante de ichu y otros pastos alimentados por manantiales. Los pinos y queñuales que le proveen de leña. Las papas, ollucos y habas que hay en su chacra. Y, sobre todo, el agua que beben su familia, sus cinco ovejas y sus cuatro vacas. A diferencia de sus vecinos que vendieron sus tierras a la compañía, la familia Chaupe-Acuña es la única que todavía vive junto a la futura zona de extracción del proyecto minero: el corazón de Conga. Ellos dicen que jamás se irán de allí.

—Algunos comuneros dicen que por mi culpa no tienen trabajo. Que la mina no funciona porque estoy acá —dice la campesina—. ¿Qué hago? ¿dejo que me quiten mi terreno y mi agua?

Máxima Acuña se detiene, deja de picar las rocas y se seca el sudor de la frente. Su pelea con Yanacocha, cuenta, se inició con la construcción de un camino. Una mañana de 2010, Acuña se levantó con un dolor punzante en el vientre. Tenía una infección en los ovarios que no la dejaba caminar. Sus hijos alquilaron un caballo para llevarla hasta la choza que heredaron de su abuela, en un caserío a ocho horas de allí, para que se recuperara. Un tío suyo se quedaría a cuidar su chacra. Tres meses después, cuando logró reponerse, ella y su familia regresaron a casa, pero encontraron algo distinto en el paisaje: la antigua trocha de tierra y piedras que cruzaba una parte de su predio se había convertido en un camino amplio y llano. Unos obreros de Yanacocha, les dijo su tío, habían llegado con aplanadoras. La campesina fue a reclamar a las oficinas de la compañía en las afueras de Cajamarca. Insistió durante días hasta que un ingeniero la recibió. Ella le mostró su certificado de posesión.

—Ese terreno es de la mina —dijo él, mientras ojeaba el documento—. La comunidad de Sorochuco lo vendió hace años. ¿Acaso no sabía?

Sorprendida y enfadada, la campesina solo tenía preguntas. ¿Cómo podía ser eso cierto si ella había comprado esa parcela en 1994 al tío de su marido? ¿Cómo podía ser si ella había criado ganado ajeno y ordeñado vacas durante años para ahorrar el dinero? Ella había pagado dos toros, de casi cien dólares cada uno, para adquirir ese terreno. ¿Cómo podía ser Yanacocha dueña del predio Tragadero Grande si ella tenía un papel que decía lo contrario? Esa tarde el ingeniero de la empresa la despidió de su oficina sin respuestas.

Medio año después, en mayo de 2011, días antes de su cumpleaños número cuarenta y uno, Máxima Acuña salió temprano a casa de una vecina para tejerle una frazada de lana de oveja. Al regresar encontró su choza reducida a cenizas. Los corrales de sus cuyes estaban tirados. La chacra de papas destruida. Las piedras que su esposo Jaime Chaupe juntaba para construir una casa estaban desperdigadas. Máxima Acuña denunció a Yanacocha al día siguiente, pero la denuncia fue archivada por falta de pruebas. Los Chaupe-Acuña construyeron una choza provisional. Intentaron seguir con sus vidas hasta que llegó agosto de 2011. El relato de Máxima Acuña y su familia sobre lo que Yanacocha les hizo a inicios de mes, es una secuencia de abusos que temen que se vuelva a repetir.

El lunes 8 de agosto un policía llegó hasta la choza y pateó las ollas donde preparaban el desayuno. Les advirtió que debían dejar el terreno. No lo hicieron.

El martes 9 unos policías y vigilantes de la minera confiscaron todas sus cosas, desataron la choza y le prendieron fuego.

El miércoles 10 la familia durmió a la intemperie sobre la pampa. Se taparon con ichu para protegerse del frío.

El jueves 11 un centenar de policías con cascos, escudos antimotines, garrotes y escopetas fueron a desalojarlos. Una retroexcavadora venía con ellos. La hija menor de Máxima Acuña, Jhilda Chaupe, se arrodilló frente a la máquina para impedir que ingresara al terreno. Mientras unos policías intentaban apartarla, otros apaleaban a su madre y hermanos. Un suboficial golpeó a Jhilda en la nuca con la culata de una escopeta, ella se desmayó y el escuadrón, asustado, se replegó. Ysidora Chaupe, la hija mayor, grabó el resto de la escena con la cámara de su celular. El video dura un par de minutos y se puede ver en Youtube: su madre grita, su hermana está inconsciente en el suelo. Los ingenieros de Yanacocha miran de lejos, al lado de sus camionetas. Los policías formados están a punto de marcharse. Ese día fue el más frío de ese año en Cajamarca, aseguran los meteorólogos. Los Chaupe-Acuña pasaron la noche a la intemperie a siete grados bajo cero.

La empresa minera ha negado esas acusaciones una y otra vez ante jueces y periodistas. Piden pruebas. Máxima Acuña sólo tiene certificados médicos y fotos que registran los moretones que le dejaron en los brazos y las rodillas. Ese día, la policía redactó un acta que acusa a la familia de haber atacado a ocho suboficiales con palos, piedras y machetes, pero a la vez reconoce que no tenía poder para desalojarlos sin el permiso de un fiscal.

—¿Has escuchado que las lagunas se venden? —pregunta Máxima Acuña, mientras levanta una pesada roca con las manos— ¿O que los ríos se venden, el manantial se vende y se prohíbe?

Después de que los medios difundieran su caso, la lucha de Máxima Acuña ganó seguidores en el Perú y el extranjero, pero también escépticos y enemigos. Para Yanacocha, ella es una usurpadora de tierras. Para miles de campesinos en Cajamarca y activistas del medio ambiente ella es La Dama de la Laguna Azul, como la empezaron a llamar cuando su resistencia se hizo conocida. La vieja metáfora de David contra Goliat se volvió inevitable: era la palabra de una campesina contra la de la minera de oro más poderosa de Latinoamérica. Pero lo que estaba en juego, en realidad, involucraba a todos: el caso de Máxima Acuña enfrenta diferentes visiones de aquello que llamamos progreso.

***

Salvo las ollas de acero en las que cocina y el diente postizo de platino que luce cuando sonríe, Máxima Acuña no tiene otro objeto de metal que sea valioso. Ni un anillo, ni una pulsera, ni un collar. Ni de fantasía ni de metal precioso. Le cuesta entender la fascinación que sienten las personas por el oro. Ningún otro mineral ha seducido y trastornado tanto la imaginación humana como el destello del metal con el símbolo químico Au. Basta revisar cualquier libro de Historia Universal para confirmar que el deseo de poseerlo ha precipitado guerras y conquistas, fortificado imperios, arrasado montañas y bosques. Hoy el oro convive con nosotros desde prótesis dentales hasta componentes de celulares y laptops, desde monedas y trofeos hasta lingotes de oro en bóvedas bancarias. El oro no es vital para ningún ser vivo. Sirve, sobre todo, para alimentar nuestra vanidad y nuestras ilusiones de seguridad: cerca del sesenta por ciento del oro que se extrae en el mundo termina en forma de joyas. Y un treinta por ciento se utiliza como respaldo financiero. Sus principales virtudes —no se oxida, no pierde su brillo, no se deteriora con el tiempo— lo vuelven uno de los metales más codiciados. El problema es que cada vez hay menos oro para explotar.

Desde niños hemos imaginado que el oro se extrae por toneladas y que cientos de camiones lo transportan en forma de lingotes hasta las bóvedas de los bancos, pero en realidad es un metal escaso. Si pudiéramos juntar todo el oro que se ha obtenido a lo largo historia y lo derritiéramos, apenas alcanzaría para llenar dos piscinas olímpicas. Sin embargo, para obtener una onza de oro —cantidad suficiente para fabricar un anillo de matrimonio— hace falta extraer cerca de cuarenta toneladas de tierra, tanto como para llenar treinta camiones de mudanza. Los depósitos más ricos del planeta se agotan y cada vez es más difícil hallar nuevas vetas. Casi todo el mineral que queda por extraer —una tercera piscina— yace enterrado en minúsculas cantidades bajo montañas y lagunas inhóspitas. El paisaje que queda luego de la extracción revela un contraste superlativo: mientras que las compañías mineras dejan agujeros en la tierra tan descomunales que pueden verse desde el espacio, las partículas extraidas son tan diminutas que hasta doscientas de ellas cabrían en la cabeza de un alfiler. Una de las últimas reservas de oro del mundo yace bajo los cerros y lagunas de Cajamarca, en la sierra norte del Perú, donde la minera Yanacocha opera desde fines del Siglo XX.

El Perú es el exportador de oro número uno de América Latina y el número seis del mundo, después de China, Australia y Estados Unidos. Esto se debe, en parte, a las reservas de oro que tiene el país y a las inversiones de transnacionales como Newmont, el gigante de Denver, quizá la minera más rica del planeta y dueña de más de la mitad de las acciones de Yanacocha. En un solo día Yanacocha excava unas quinientas mil toneladas de tierra y roca, un peso equivalente a quinientos aviones Boing 747. Montañas enteras desaparecen en semanas. Hasta fines de 2014, una onza de oro costaba cerca de mil doscientos dólares. Para extraer esa cantidad, necesaria para fabricar unos aretes, se producen casi veinte toneladas de residuos con restos de químicos y metales pesados. Estos desechos son tóxicos por una razón: hay que verter cianuro sobre la tierra removida para extraer el metal. El cianuro es un veneno mortal. Una cantidad del tamaño de un grano de arroz basta para matar a un ser humano, y un millonésimo de gramo disuelto en un litro de agua puede matar decenas de peces de un río. La minera Yanacocha insiste en que el cianuro se mantiene dentro de la mina y es tratado con los más altos estándares de seguridad. Muchos cajamarquinos no creen que esos procesos químicos sean tan limpios. Para probar que su miedo no es absurdo o antiminero cuentan la historia de Hualgayoc, una provincia minera donde las aguas de dos de sus ríos son de color rojo y donde ya nadie se baña. O la de San Andrés de Negritos, donde una laguna que abastecía a la comunidad se contaminó con el aceite quemado que se filtraba de la mina. O la del pueblo de Choropampa, donde un camión que transportaba mercurio derramó el veneno por accidente e intoxicó a cientos de familias. Como actividad económica, cierto tipo de explotación minera resulta inevitable y necesaria para llevar la vida que llevamos. Sin embargo, la minería, aún la más avanzada en tecnología y la menos agresiva con el ambiente, es considerada una industria sucia en todo el mundo. Para Yanacocha, que ya tiene antecedentes en el Perú, limpiar su imagen de errores ambientales puede ser una tarea tan difícil como resucitar las truchas de un lago contaminado.

El rechazo de las comunidades preocupa a los inversionistas mineros, pero no tanto como la posibilidad de que sus ganancias disminuyan. Según la empresa Yanacocha, solo quedan reservas de oro para cuatro años más en sus minas en actividad. El proyecto Conga —que será casi tan grande como una cuarta parte de Lima— permitiría continuar con el negocio. Yanacocha explica que deberá secar cuatro lagunas, pero que construirá cuatro reservorios de agua que se alimentarán de las lluvias. Según su estudio de impacto ambiental, será suficiente para abastecer a las cuarenta mil personas que beben de los ríos nacidos de aquellas fuentes. La minera explotará oro durante diecinueve años pero promete emplear a unas diez mil personas e invertir casi cinco mil millones de dólares que le darán al país más dinero en impuestos. Esa es su oferta. Los empresarios tendrían más dividendos y el Perú más fondos para invertir en obras y puestos de trabajo, la promesa de prosperidad para todos.

Pero así como hay políticos y líderes de opinión que apoyan el proyecto por motivos económicos, también hay ingenieros y ambientalistas que se oponen por razones de salud pública. Expertos en manejo de aguas como Robert Moran, de la Universidad de Texas, y Peter Koenig, ex funcionario del Banco Mundial, explican que las veinte lagunas y seiscientos manantiales que existen en la zona del proyecto Conga forman un sistema interconectado de agua. Una especie de aparato circulatorio creado durante millones de años que alimenta a los ríos y riega las praderas. Dañar cuatro lagunas, dicen los expertos, afectaría para siempre todo el conjunto. A diferencia de otras zonas de los Andes, en la sierra norte del Perú —donde vive Máxima Acuña—, no existen glaciares para abastecer de suficiente agua a sus habitantes. Las lagunas de estas montañas sirven como reservorios naturales. La tierra negra y los pastos funcionan como una extensa esponja que absorbe las lluvias y la humedad de la niebla. De ahí nacen los manantiales y los ríos. Más del ochenta por ciento del agua en el Perú se destina a la agricultura. En la cuenca central de Cajamarca, según un reporte del Ministerio de Agricultura de 2010, la cantidad de agua utilizada por toda la minería en un año representó casi la mitad de lo que consumió la población de la zona durante el mismo periodo. Hoy miles de agricultores y ganaderos temen que la explotación de oro contamine las únicas fuentes de agua que tienen.

En Cajamarca y otras dos provincias implicadas en el proyecto, los muros de algunas calles están pintados con grafitis: «Conga no va», «Agua sí, oro no». En 2012, el año más tenso de las protestas contra Yanacocha, la encuestadora Apoyo anunciaba que ocho de cada diez cajamarquinos estaba en contra del proyecto. En Lima, donde se toman las decisiones políticas del Perú, la bonanza crea el espejismo de que el país seguirá llenando sus bolsillos de dinero. Pero eso solo será posible si Conga va. De lo contrario, advierten algunos líderes de opinión, ocurrirá una catástrofe. «Si Conga no va, sería como dispararnos a los pies», escribió en una columna el ex ministro de economía Pedro Pablo Kuczynski. Para los empresarios, el proyecto Conga sería un salvavidas: el hito del Antes y el Después. Para campesinos como Máxima Acuña, también significaría una bisagra en su historia: sus vidas no volverán a ser las mismas si pierden su principal riqueza. Hay quienes dicen que la historia de Máxima Acuña es utilizada por grupos antimineros que se oponen al desarrollo del país. Sin embargo, hace tiempo que las noticias locales empañan el optimismo de los que quieren inversiones a toda costa: hasta febrero de 2015, en promedio siete de cada diez conflictos sociales en el Perú fueron causados por la actividad minera, según la Defensoría del Pueblo. En los últimos tres años, uno de cada cuatro cajamarquinos ha perdido su empleo. De acuerdo a las estadísticas oficiales, Cajamarca es la región que más oro produce pero la que más pobres tiene en todo el país.

***

Si alguien intentara visitar a Máxima Acuña puede que una tranquera de metal se lo impida. Para llegar a su casa, es necesario viajar cuatro horas en furgoneta desde Cajamarca a través de valles, cerros y abismos hasta los alrededores de la Laguna Azul. Hacerlo no sería complicado si no hubiera que pasar por el puesto de vigilancia del proyecto minero Conga. Si eres de Lima o del extranjero, no te dejarán continuar. Si dices que vas a visitar a Máxima Acuña no pasarás, a menos que saques una cámara de televisión. «Esa señora tiene problemas con la mina», dirá el vigilante, con chaleco naranja y walkie-talkie en la mano. Entonces te hará bajar del vehículo y anotará tu nombre en una libreta y le dirás que ese es un camino público y el repetirá que no, señor, no se puede, esta vía es sólo para comuneros. Si insistes, llamará a los policías que patrullan en una camioneta de la minera. «Es propiedad privada», dirán ellos. Entonces quizá pagues algo extra al chofer que te ha llevado hasta ahí para tomar un desvío y viajar dos horas más hasta Santa Rosa, la comunidad más cercana a la casa de los Chaupe-Acuña. Llegarás de noche. A cambio de más dinero, un campesino tal vez acepte llevarte en su motocicleta por una trocha llena de charcos, hasta llegar cerca a otro puesto de vigilancia. Entonces tendrás que bajar de la moto y cruzar una colina, a oscuras y agachado, para que los guardias de Yanacocha no te vean. Al otro lado, la motocicleta espera. Sigues. Diez minutos después llegas al terreno. Todo alrededor es barro y pasto y neblina. Ladran unos perros. Enciendes la linterna para divisar la casa. Caminar por allí de noche es como andar a ciegas.

—Aquí vivimos secuestrados —dijo Máxima Acuña la noche en que la conocí, mientras atizaba la leña para calentar una olla de sopa—. No podemos salir lejos, no podemos recibir visitas, no podemos caminar con libertad. Es muy triste vivir como yo vivo.

***

Tres décadas antes de convertirse en La Dama de la Laguna Azul, Máxima Acuña era una niña a la que le aterraban los policías. Cada vez que veía uno por las calles de su pueblo, lloraba y se aferraba a la falda de su madre. La asustaban aquellos hombres de uniforme verde petróleo y botas polvorientas. Máxima, la tercera de cuatro hermanos, era demasiado tímida. Cuando llegaban visitas a su hogar en el caserío de Amarcucho, a setenta kilómetros al norte de Cajamarca, ella se escondía. No tenía amigas. No jugaba con muñecas, pero le gustaba confeccionar ropa para los recién nacidos de su barrio. Con los años su cuerpo cambió pero no su personalidad. No salía a fiestas. No hablaba con chicos. «En realidad, no hablaba con nadie y era bien terca», recuerda Jaime Chaupe, su esposo, quien se casó con ella cuando tenía dieciocho años, después de insistirle durante cuatro. Ella pasaba el día tejiendo sombreros o limpiando los corrales de los cuyes o recogiendo leña y ayudando a su madre en la chacra. Su padre murió cuando era una niña y nunca la enviaron a la escuela. Deseaba crecer pronto para trabajar, tener su propia chacra y comprarse un par de zapatos. Quería que, si algún día tenía hijos, no caminaran descalzos como ella.

Máxima Acuña dice que descubrió que tenía coraje cuando vio cómo la policía golpeaba a su familia, en el primer enfrentamiento con la minera Yanacocha. Durante sus primeros años de matrimonio la familia de su esposo la marginaba por ser analfabeta. Por eso siempre fue muy severa con sus hijos al punto de pegarles si no estudiaban. A lo largo de casi cinco años de juicios, apelaciones y audiencias que tuvo desde que la intentaron desalojar de Tragadero Grande, supo qué otras cosas no quería para su vida. Decidió, por ejemplo, que jamás viviría en una ciudad. La primera vez que fue a Cajamarca para denunciar la destrucción de su primera choza, casi la atropellan dos veces por no saber qué significaba la luz roja del semáforo. Descubrió que el humo de los autos le provoca sarpullido, que los tallarines de los restaurantes le saben asquerosos, que detesta el sabor de las aceitunas y que no puede salir a la calle sola porque siempre se pierde. También descubrió que podía expresar lo que sentía a través de canciones. A Máxima Acuña le gusta cantar. En las marchas junto a otros campesinos y activistas, nunca falta alguien que le anima a pararse ante la multitud e improvisar un yaraví —un canto andino triste— que narra su lucha. Cuando comenzó su pelea con Yanacocha descubrió también cómo se llamaba: siempre había pensado que ella era Maximina, como le decía su madre, hasta que su abogada, al leerle su documento de identidad, le dijo que su verdadero nombre era Máxima. El suyo era un nombre sin diminutivos.

***

Un día antes de que Máxima Acuña tomara un avión rumbo a Ginebra para denunciar su caso en las Naciones Unidas, Rocío Silva Santisteban, secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, recuerda que pasó la tarde con ella en su departamento en Miraflores. Silva Santisteban dice que cuando salieron a pasear por el malecón, Máxima miraba todo con curiosidad: jamás había visto construcciones tan altas, ni cruzado avenidas tan luminosas. Jamás había visto el mar de noche ni desde esa distancia. Pero lo que más le intrigaba era cómo hacían los limeños para llevar agua hasta el último piso de los edificios.

Antes de convertirse en un ícono de lucha antiminera, a Máxima Acuña le sudaban las manos y se ponía nerviosa al hablar ante una autoridad. Le costó aprender a defenderse delante de un juez. Después que intentaran desalojarla en agosto de 2011, Yanacocha denunció a la familia Chaupe-Acuña por el delito de usurpación agravada. Según los abogados de la empresa, los campesinos habían invadido el terreno luego de golpear a policías y vigilantes privados. Desde esa fecha, la familia tuvo que asistir a las audiencias —primero en Celendín, la provincia donde viven, y luego en Cajamarca— pero no tenían dinero para el transporte. Los esposos Chaupe-Acuña debían levantarse de madrugada y caminar durante ocho horas hasta la comunidad de Sorochuco para tomar un bus que los llevara al juzgado. Cuando por fin llegaban, los magistrados solían postergar la sesión porque los representantes de Yanacocha no podían asistir. En la ciudad de Cajamarca, los cuatro hijos de Máxima Acuña estaban alertas. Ellos viven juntos en un cuarto alquilado al fondo de una carpintería. Allí comen, estudian y duermen. Dicen que se mudan cada cierto tiempo por seguridad. Una noche dos hombres con pasamontañas amenazaron de muerte a Ysidora Chaupe cuando salía de la universidad donde estudia Contabilidad. Daniel Chaupe, su hermano menor, quien enfermó luego de que los policías lo golpearan en los pulmones, fue rechazado de un trabajo en una ferretería por ser hijo de «una antiminera». Mientras, en Tragadero Grande, Máxima Acuña y su esposo aseguran haber soportado el acoso de la empresa. Cuentan que las camionetas de Yanacocha se estacionaban frente al terreno hasta seis veces al día. Los vigilantes tomaban fotos, observaban qué hacía la familia. Un día, dice Máxima, un vehículo de la mina atropelló a dos carneros y robó dos más. En otra ocasión mataron a Mickey, el perro que cuidaba las ovejas y ladraba a todo aquel que se acercara a su terreno. Algunas noches dicen haber escuchado disparos. Lo cuenta toda la familia. Quisieran tener forma de probarlo.

En la corte de Celendín, los Chaupe-Acuña perdieron dos juicios. Fueron sentenciados a casi tres años de prisión y a pagar cerca de dos mil dólares como reparación a la minera. Debían abandonar ese terreno que habían invadido. Mirtha Vásquez, abogada de Máxima Acuña, explica que los jueces y fiscales no tomaron en cuenta las pruebas que había presentado la familia, como el certificado de posesión y el testimonio de los parientes a quienes habían comprado el terreno. La defensa de los Chaupe-Acuña apeló a la Corte Superior de Cajamarca y se inició un nuevo juicio. Durante esos meses, con el apoyo de la cooperación internacional, Máxima Acuña y su hija mayor viajaron a Europa para contar su caso en el extranjero. En Suiza —el país que más oro le compra al Perú— se entrevistó con una oficial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas. En Francia se reunió con el sindicato metalúrgico y con una senadora que meses después fue a visitarla a su terreno. En Bélgica, durante un foro sobre derechos humanos, le contaron sobre otras mujeres con historias parecidas a la de ella. Yolanda Oqueli, Guatemala: madre de dos niños, baleada varias veces por liderar protestas pacíficas contra un proyecto minero que invadiría dos comunidades rurales. Carmen Benavides, Bolivia: amenazada por combatir la minería industrial que contamina el río donde habita su etnia. Francia Márquez, Colombia: perseguida por paramilitares que quieren en su pueblo minería de oro a gran escala. Francisca Chuchuca, Ecuador: denunciada por oponerse a un proyecto minero de oro que contaminaría dos ríos que abastecen a medio millón de campesinos. Entre 2012 y 2013, la Unión Latinoamericana de Mujeres registró cien agresiones a defensoras de la tierra y el agua en todo el continente. Las acusan de oponerse al progreso.

Máxima Acuña, sin embargo, es diferente a todas ellas: ella no es dirigente, ni activista, ni tiene aspiraciones de ser líder. «Solo quiero que me dejen vivir tranquila en mi terreno y que no contaminen mi agua», ha declarado. Sin proponérselo, la mujer que fue elegida Defensora del Año 2014 por la Unión Latinoamericana de Mujeres, pasó de ser una señora tímida a inspirar a quienes luchan para evitar el despojo de sus tierras. «Ella es una de las pocas personas que no se ha vendido a la mina», dice Milton Sánchez, secretario de la Plataforma Interinstitucional de Celendín, que pasó varias noches en Tragadero Grande, junto a cientos ronderos y defensores de las lagunas durante las protestas. Glevys Rondón, directora ejecutiva de la Fundación para el Monitoreo de la Actividad Minera en América Latina y traductora de Máxima Acuña durante su viaje a Europa, dice que a diferencia de la mayoría de defensoras, que tienen un discurso articulado, el de su amiga peruana es muy personal e íntimo. «En el mundo hay más Máximas», dice Rondón. En 2003, un empresario enjuició al argentino José Luis Godoy por la supuesta usurpación de un terreno que habita desde hace seis décadas y que tiene canteras de granito rojo. En 2011, la policía quemó la casa del ecuatoriano Alfredo Zambrano para que abandonara el pedazo de bosque tropical donde vive y que el gobierno expropió para construir una represa. En 2012, unos sicarios le sacaron los ojos al hijo de la venezolana Carmen Fernández por oponerse a que las tierras de su etnia sean entregadas a las mineras de carbón. En 2014, el nicaragüense Fredy Orozco fue acusado de guerrillero por no dejar que la policía lo desalojara de sus tierras de cultivos para construir un canal interoceánico. A ellos, al igual que a Máxima Acuña, los han acusado de sacrificar el progreso de sus países por un beneficio personal. De victimizarse delante de los periodistas para sacar provecho de las empresas. De ser utilizados por personas u organizaciones que trabajan para sus propios intereses.

—Todo el que cuestione a las compañías extractivas y sea un aliado de los defensores de la tierra y el agua va a ser atacado —dice el activista y ex sacerdote Marco Arana, denunciado en múltiples ocasiones por Yanacocha—. A Máxima la llaman terrateniente, a nosotros terroristas.

Máxima Acuña explica que solo quiere conservar la única vida que conoce y le pertenece: cultivar papas, ordeñar vacas, tejer mantas, beber el agua de sus manantiales y pescar truchas en la Laguna Azul sin que un vigilante le diga «esto es propiedad privada». Preferiría no tener que pelear para seguir con su vida, dice. Por eso cuando le piden que narre lo que le ha hecho la minera, a veces se niega. Dice que durante las reuniones en Europa repetía su historia diez veces al día. Terminaba tan harta y deprimida que al llegar al hotel solo podía dormir.

Cuando regresó a Lima de ese viaje, su salud colapsó. Durante esos meses, con la incertidumbre del proceso judicial, sufría dolores de cabeza, mareos y se desmayaba. Rocío Silva Santisteban la llevó al doctor. El diagnóstico: estrés severo, acentuado por los síntomas de la menopausia. Debía descansar. Le recetaron pastillas para dormir, jarabes y hormonas. Recibió terapia psicológica. Dejó de dar entrevistas. Mientras Máxima Acuña recuperaba fuerzas para su tercer juicio en Cajamarca, Yanacocha amplió su pool de abogados a seis y contrató a Arsenio Oré Guardia, una eminencia del derecho penal en el país y asesor de otras mineras poderosas como Barrick y Doe Run. La abogada Mirtha Vásquez reconoce que se sintió intimidada al litigar con Oré Guardia, autor de libros que ella había estudiado con obsesión en la universidad. Si antes habían perdido dos juicios, ahora existía el riesgo de perder contra un maestro del Derecho. La abogada Vásquez reunió a la familia Chaupe-Acuña en su oficina. Quería ser sincera: esa sentencia, les dijo, era la última oportunidad que tenían para ganar. Si perdían la familia debía considerar la posibilidad de irse a vivir a otra parte. Sí se quedaban sus vidas correrían peligro. Máxima Acuña le dijo que se quedaría a morir allí.

***

A fines de 2014, la Corte Superior de Cajamarca declaró que los Chaupe-Acuña eran inocentes de la supuesta ocupación ilegal de Tragadero Grande. Luego del fallo, Máxima Acuña creyó que la empresa minera Yanacocha dejaría de hostigarla para que se fuera. Entonces eligió con su familia una colina protegida por un cerro a doscientos metros de su casa para levantar una nueva vivienda, pues la que tenía estaba a punto de caerse por las lluvias. Ella y su familia abrieron zanjas, recolectaron piedras para las bases y empezaron a hacer las paredes con arcilla. Pero unas semanas después de que colocaran las primeras rocas, hombres de seguridad y obreros de Yanacocha ingresaron al terreno con picos y palas para destruir los cimientos. Máxima Acuña, su esposo y dos muchachos que en ese momento ayudaban a levantar los muros, intentaron defenderse con piedras. La seguridad de la minera los ahuyentó a garrotazos. Esa tarde, Yanacocha difundió un video de lo ocurrido. Dijo que el lugar donde los Chaupe-Acuña construían no pertenecía a las tierras en litigio, y que actuaron en defensa de su posesión. La abogada de Máxima Acuña desmintió a Yanacocha: el fallo de la Justicia, explicó, involucraba todo el territorio que abarca Tragadero Grande. Se trataba, dijo, de un acto intimidatorio. La policía de Cajamarca —que tiene un convenio para prestar seguridad a la minera— no intervino. Solo hubo un escuadrón de suboficiales a un lado del camino junto al terreno, observando desde lejos cómo Yanacocha deshacía en minutos lo que los Chaupe-Acuña habían construido.

***

Algunas oficinas de la sede principal de la minera Yanacocha, en Lima, se llaman El Perol, Mamacocha, Chailhuagón, Azul. Son los nombres de lagunas que podrían desaparecer por la extracción de oro del proyecto Conga. El químico Raúl Farfán es director de Asuntos Externos de la compañía y tiene su despacho junto a esas oficinas. Es un hombre joven de pelo engominado y ojos atentos que una mañana me recibió en su departamento de Chacarilla, una zona residencial de Lima. Su trabajo es encargarse, entre otras cosas, de las buenas relaciones entre la minera y las comunidades. Él, quien ha dedicado la mitad de su vida a temas de responsabilidad social en compañías como Shell, Antamina y Xtrata, dijo que entendía las razones por las que la población desconfiaba de Yanacocha —«es normal que en estos casos sintamos simpatía por el más débil»— pero que no todo lo que había declarado la familia era cierto.

—No destruimos su casa —aseguró Farfán, quien llevaba diez meses en su cargo— sólo removimos los cimientos de una nueva construcción para que no sigan invadiendo nuestro predio.

Para explicar mejor las razones de esa decisión, el químico sacó un mapa. En él estaban contemplados dos terrenos comprados a la comunidad de Sorochuco en 1996 y en 1997 por el proyecto Minas Conga. Dentro de esas compras estaría incluido el predio Tragadero Grande que Máxima Acuña y su familia reclaman como suyo. La junta directiva de Sorochuco firmó los documentos de compra-venta. Samuel Chaupe, suegro de Máxima Acuña, también firmó y avaló la transferencia del terreno. De hecho, dijo Farfán, hay fotos satelitales para probar que los Chaupe-Acuña mienten al decir que vivieron allí desde 1994: en esas imágenes no hay chozas ni chacras. Para la empresa, la familia invadió los terrenos recién en 2011, cuando estalló el conflicto de Conga. Yanacocha dice que el certificado de posesión que muestra Máxima Acuña no es un título de propiedad. Que solo la comunidad de Sorochuco, que sí tenía títulos, podía vender esas tierras. Que por eso los denunció y pidió a la policía desalojarlos. Esa es su versión.

—Con la construcción de la nueva casa, estaban cometiendo una nueva invasión —dijo Farfán—. Si ves que alguien extraño construye en tu propiedad, tienes el derecho de remover esos cimientos en los quince días siguientes. Eso dice la ley. Hemos defendido nuestra posesión.

Miguel Ayala, quien era presidente de la comunidad de Sorochuco cuando se vendieron los primeros terrenos para el proyecto Conga, dice que la versión de la empresa está distorsionada.

—La minera dice que la familia ha invadido, pero cómo puede ser si hace quince años yo firmé y les di a los Chaupe el certificado de posesión de su terreno —dice—. La comunidad es testigo de que ellos vivían allí incluso desde antes de que tuvieran el certificado.

Sentado en un rincón de la bodega que tiene en Cajamarca, Ayala recuerda que los esposos Chaupe-Acuña llegaban desde Tragadero Grande a Sorochuco para hacer trueque. Traían papas y ollucos y las cambiaban por las arvejas o el maíz que otros comuneros como Ayala producían. En las alturas de Celendín, Máxima Acuña era vecina de su suegro, Samuel Chaupe, quien sí vendió su parcela a la mina porque firmó el documento que cedía los terrenos a Yanacocha.

—Máxima y Jaime no firmaron —dice Ayala— por lo tanto no vendieron su predio.

La disputa entre la familia de Máxima Acuña y la empresa minera se convirtió también en un asunto de números e interpretaciones geográficas. En 2012, cuando la disputa entre los Chaupe-Acuña y Yanacocha recién se iniciaba, un experto del Gobierno Regional de Cajamarca, el ingeniero civil Carlos Cerdán, viajó hasta Tragadero Grande, el predio de la discordia. Cerdán, un hombre flaco de nariz angulosa y de anteojos gruesos, es experto en mapas. Durante una mañana el especialista delimitó el área exacta del terreno usando tres GPS, la carta nacional y los límites que registran las escrituras de ambas partes. El estudio concluyó que la parcela adquirida por los Chaupe-Acuña —casi veinticinco hectáreas— no formaría parte de las tierras compradas por Yanacocha. O en todo caso, me explicó Cerdán, sólo una parte estaría dentro del terreno de la empresa, pero no toda la parcela. Esto ocurre por un detalle: si bien los límites están claros en los documentos de ambas partes, hay problemas de cálculo. Todo es una confusión de números y papeles que no se ajustan a la realidad. No hay mapas infalibles.

—Pero todos cometemos errores —dijo el ingeniero—. Incluso puede que yo esté equivocado.

El estudio del experto en mapas no fue considerado en ningún momento del juicio. Tanto la defensa de los Chaupe-Acuña como la de Yanacocha han reconocido que para resolver la disputa sería necesario ir a un juicio civil donde cada uno presentara sus pruebas para demostrar quién es el propietario. Aún cuando este proceso se inicie, Yanacocha no dejará que Máxima Acuña y su familia construyan una nueva casa.

—Queremos evitar que haya una invasión sistemática de terrenos, que venga otra familia y quiera invadir —dice Raúl Farfán, directivo de Yanacocha—. No queremos sentar un precedente.

El gerente de Asuntos Legales de la minera, el abogado Wilby Cáceres, es más enfático en su temor. Para él, la zona donde los Chaupe-Acuña intentan construir otra vivienda ha sido habitada por dirigentes antimineros durante las protestas contra el proyecto Conga. «Nos preocupa que la propiedad sea ocupada por ellos». Aunque otros ejecutivos de Yanacocha no lo reconocerían delante de una grabadora, hay otra razón evidente: si Máxima Acuña y su familia se quedan ahí, Conga no podría realizarse.

***

La Dama de la Laguna Azul está de pie, vigilando sus ovejas sobre la pampa. Lleva un radio a pilas colgado en el hombro derecho y escucha huaynos de una emisora evangélica llamada Tigre. Ha pasado un mes desde la vez que ella picaba y cargaba piedras en esta colina, solo que ahora el terreno que pisa está cubierto con escombros de barro, paja y madera mojada por las lluvias. Son los restos que quedaron de lo que iba a ser su nueva casa. Junto a ellos, a unos metros, la minera Yanacocha ha colocado un extenso cerco de malla a lo largo de una pradera para criar alpacas. Dentro hay una caseta de seguridad que mira directamente a la casa de Máxima Acuña. La campesina dice que uno de los vigilantes se acercó hace unos días para ofrecerle trabajo a su esposo. Le dijo que Yanacocha ya no quería pelear.

—Ahora quieren paz, quieren diálogo. ¿Acaso soy cualquier cosa para que me hagan lo que les da la gana y de ahí no pasa nada? —se queja Máxima Acuña, levantando la voz en medio de la pampa—. Me han difamado. Han golpeado a mis hijos. Ahora quieren darnos trabajo. Prefiero no tener plata. Mi tierra me hace feliz, pero el dinero no.

Por esos días, algunos medios habían difundido la existencia de unos títulos de propiedad que demostraban que los esposos Chaupe-Acuña era dueños de otros nueve terrenos —casi ocho hectáreas en total— en Sorochuco. Esas noticias daban a entender que la familia llegaba a un terreno vacío, lo ocupaba y luego se lo apropiaba. Sin sutilezas, presentaban a Máxima Acuña con una usurpadora profesional. Ysidora Chaupe, hija mayor de la campesina, recuerda que luego de esas noticias recibió decenas de llamadas de gente que apoyaba su causa y que le preguntaba si en verdad tenían más terrenos y por qué no lo habían mencionado antes.

—Nos han difamado diciendo que tenemos una casa en Cajamarca, que mi mamá es una terrateniente, que ella ha trabajado en un chifa de Lima, que quiere sacarle plata a la mina —me dijo Ysidora Chaupe, mientras amamantaba a su hijo recién nacido—. Pero no nos importa si la gente no nos cree. Tenemos los documentos. Ya declaramos todo en el juicio.

En las escrituras de compra-venta que guarda Máxima Acuña, esos terrenos aparecen como herencia de sus padres o compras a sus hermanos, por los que ha pagado un carnero o un toro. Son parcelas dispersas, ubicadas en laderas de cerros. Algunas tienen pasto, en otras hay leña, maíz o arvejas que solo se pueden cultivar cuando llueve. Se calcula que una familia campesina de la sierra del Perú necesita poseer treinta y dos hectáreas de tierra para producir el equivalente a una hectárea de tierra en la costa, por las dificultades que presenta. Tragadero Grande, dice Máxima Acuña, es el único lugar que tiene para vivir porque allí hay pasto abundante, el territorio es extenso para tener ganado y sobre todo porque, a diferencia de los otros terrenos, es el único que tiene fuentes de agua: allí hay manantiales por todos lados. A pesar de eso, algunos medios acusaron a su abogada Mirtha Vásquez y a Grufides, la oenegé que dirige, de victimizar a la familia Chaupe-Acuña. Dicen que Vásquez es inmoral y mentirosa. Incluso, cuenta la abogada, han ingresado a su casa dos veces para romper todas sus cosas. No puede asegurar quiénes fueron pero lo sospecha, porque no le robaron nada.

—Algo nos tenían que cobrar —dice Vásquez, que también es profesora en la universidad y madre de dos hijos—. Yanacocha no va a perdonarnos que le hayamos ganado un juicio. Solo temo por Máxima y su familia. A veces pienso que esto nos está costando más que lo que valen veinticinco hectáreas de terreno.

Hasta marzo de 2015, la minera Yanacocha había puesto seis denuncias más por usurpación a la familia Chaupe-Acuña. Los han denunciado por hacer una chacra de papas, por plantar pinos en sus linderos, por salir a pastar las ovejas en otra zona del terreno, incluso por quemar ichu para llamar a la lluvia, como es costumbre entre los campesinos de la zona. Ahora hay un cerco de metal al costado de su terreno que les ha cerrado el camino a Sorochuco donde hacen trueque o compran algunos alimentos. Los comuneros y activistas que defienden las lagunas de Cajamarca están organizándose para llegar hasta allí, construir la casa de los Chaupe-Acuña y montar guardia para protegerlos. El presidente regional de Cajamarca, Porfirio Medina, ha dicho que si algo le pasara a la campesina, «el pueblo librará todas las batallas necesarias contra los abusos de la minera». Máxima Acuña solo insiste en que así venga el dueño de Yanacocha a disculparse, no sacará de su mente lo que ha sufrido.

—Eso está sembrado dentro de mí —dice.

Una lluvia gruesa cae de pronto sobre Tragadero Grande. Máxima Acuña apura el paso de sus botas de jebe para volver a su casa. Un perro blanco y escuálido la sigue sin dejar de ladrarle.

—Se llama Johnny —dice la campesina y suelta una risa irónica.

Dice que es en “honor” al vigilante de Yanacocha que quemó su primera choza, y que tenía el mismo nombre.

Una de las últimas noches que pasé en Tragadero Grande, días antes de que destruyeran los cimientos de la nueva casa, la pareja de campesinos y yo cenamos un plato de sopa de fideos, envueltos en varias frazadas, sobre un par de colchones. Las camionetas de seguridad de Yanacocha se habían estacionado cinco veces frente a su terreno durante ese día. Unos vigilantes —acompañados de policías con cascos, garrotes y escudos, pero sin identificación— ingresaron al predio para tomar fotos y filmar lo que los esposos construían.

—Algo malo va a pasar, mi coca se ha puesto amarga —susurró Jaime Chaupe, un hombre supersticioso, mientras masticaba hojas de coca y fumaba un cigarrillo—. No sé, hay veces en que quiero largarme ya.

La lluvia golpeaba el techo de calamina, como si intentara romperlo.

—No te acobardes —dijo Máxima Acuña—. A esos policías no les tengo miedo.

Entonces apagó la vela y se acostó junto a su esposo.

Varón de 69 años enterrado en la iglesia del convento de San Ildefonso con un sayón franciscano de la Orden Trinitaria, el 23 de abril de 1616. Tabique nasal prominente y corvo, una mano izquierda anquilosada por las heridas de un arcabuz de la batalla de Lepanto, un esternón magullado e invadido por restos de plomo por la misma lesión, una espalda “algo cargada”, mandíbulas con seis dientes o menos.

Empezaron por buscar un cuerpo, uno sólo, en su tumba original. Si las condiciones eran favorables, si los casi 400 años que pasaron no las habían fulminado, podrían dar con esas marcas distintivas de las que hablaban las biografías, las que retrataba la pintura de Juan de Jáuregui, y las que él mismo había descrito en el prólogo de Novelas ejemplares.

De nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Nacido en Alcalá de Henares, afueras de Madrid, en 1547. Funcionario del reino como comisario real de abastos en Sevilla, militar veterano herido de guerra —”manco”—, presidiario breve, cautivo durante un lustro de los piratas berberiscos. Sólo le cantaron dos misas de difunto, lo mínimo, porque murió pobre sin ser un escritor glorificado, siquiera muy conocido, ignorante de que, con la publicación de la segunda parte de El Quijote el mismo año de su muerte, alcanzaría el título póstumo, en un futuro de siglos, de padre de la novela moderna.

Buscaron, pensando al principio que no sería complicado y no tardarían más de diez días en encontrarlo, porque las fuentes históricas decían que allí estaba, un cuerpo entero que se había extraviado en la reparación del templo. Junto a él estarían enterrados ocho o nueve más si acaso, todos en los nichos de la pared norte.

En enero de 2015 comenzaron la excavación de la cripta del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, donde los registros decían que se había enterrado a Cervantes en 1616, trasladado desde otra iglesia cercana. Limpiaron la cripta de oscuridad y polvo, de estanterías arrumbadas. Vieron losas removidas en el suelo, hurgaron apenas y asomaron esqueletos, muchos, que luego pasaron de 300: supieron que el trabajo sería largo. Pero a los diez días descubrieron en documentos históricos que el cuerpo que buscaban no estaba completo, sino que sus miembros, disgregados, se había mezclado con los de su esposa y un capellán, y que todos juntos habían sido guardados en una caja que, además, se había movido de sitio. El cuerpo entero en la tumba original ya no sería: la iglesia antigua donde lo habían enterrado originalmente, que quedaba en otra calle, no había sido reformada sino derruida.Y a la iglesia de las Trinitarias Descalzas, en la calle Lope de Vega, donde los restos de Cervantes fueron trasladados y donde los investigadores buscaban, lo que había llegado no era un cajón con los restos individualizados, sino una caja con restos revueltos. En lenguaje funerario: una reducción.

Pasaron los días, las semanas, un mes. No encontraban rastros del cuerpo de Miguel de Cervantes. Palearon, excavaron, analizaron y salieron centenas de restos, sobre todo de bebés con raquitismo. Un cementerio del siglo XVIII y comienzos del XIX en la manzana ubicada entre las calles Lope de Vega y Huertas, en pleno barrio de Las Letras. Nada sabían de él las doce monjas de clausura que hacen su vida orando y cosiendo para obras de caridad en el convento que lo escondía, en este tramo del centro mismo de Madrid, vibrante de bares, librerías de viejo y tiendas de diseño.

Iba a terminar febrero, ya llevaban más de 30 días excavando, cuando encontraron una acumulación de huesos, mordidos por la tierra húmeda, algo que no se parecía a nada de lo que habían visto antes. Porque allí, pegados a los huesos, había residuos de la indumentaria de un capellán: una estola, una manípulo, una casulla del siglo XVII, y una moneda de 16 maravedís del mismo siglo. La lista de esos restos coincidía con la que se reseñaba en los documentos históricos: en esa caja estaban Miguel de Cervantes, su esposa y el capellán, dueño de la indumentaria que encontraron.

Los científicos fueron cautos y dijeron que era “posible” que “fragmentos” de Miguel de Cervantes estuvieran allí. La conclusión de 35 días de excavación fue magra y así quedó impresa en el informe ejecutivo de la investigación que presentaron en una rueda de prensa el 17 de marzo de 2015: “En definitiva, a la vista de toda la información generada en el caso de carácter histórico, arqueológico y antropológico, es posible considerar que entre los fragmentos de la reducción localizada en el suelo de la cripta de la actual Iglesia de las Trinitarias se encuentren algunos pertenecientes a Miguel de Cervantes”.

—Son muchas las coincidencias y no hay discrepancias —resumió Francisco Etxeberría, en la conferencia de prensa, frente a un auditorio repleto de periodistas de medios españoles y extranjeros, científicos de varias disciplinas que participaron en la investigación y políticos locales, en la sede del Ayuntamiento de Madrid.

Etxeberría —profesor de la Universidad del País Vasco, médico forense y antropólogo de reputación, curtido también en exhumaciones históricas de peso: Víctor Jara, Salvador Allende, Pablo Neruda— dirigió la última fase de lo que se llamó el Proyecto Cervantes, que había comenzado el 24 de enero y que involucró a 30 personas de diversas disciplinas: arqueólogos, antropólogos, forenses, eruditas del textil, expertos en momias, restauradores, técnicos, peritos de georradares, un sacerdote, abogados y un alpinista por si había que bajar muy profundo.

La televisión pública retransmitía en directo. Los reporteros, expectantes después de un mes de silencio por un acuerdo de confidencialidad, demandaron titulares incontestables: ¿es él o no?, ¿se pudo individualizar el cuerpo?, ¿se pudo saber algo más de su biografía, algo sobre las causas de su muerte? Los políticos se llamaron a sí mismos sanchopanzas y a los investigadores, quijotes; hablaron de escuderos e hidalgos, del bien de España. Los promotores de la búsqueda aplaudieron en la primera fila. Pero los científicos dijeron que “no se pudo individualizar el cuerpo de Cervantes por el estado de conservación de los restos”, como zanjó al micrófono Almudena García, madrileña historiadora especializada en arqueología funeraria; “puede que de esas evidencias se obtenga un perfil de ADN que confirmaría la identidad, pero no es seguro que se consiga”, añadió Etxeberría.

Días más tarde ella, Almudena García, lo iba a explicar diáfano y simple, cerveza sin alcohol a sorbos, bocados de aceitunas:

—Hay una premisa que te enseñan el primer día de clases: “Si tienes poco hueso, di poco”. Y como hay poco hueso y en mal estado, no se pudieron precisar edades, más allá de decir que hay mandíbulas de varones adultos con poca dentadura.

Sobre la mesa del bar hay una foto, una de las imágenes que documentaron todo el proceso. Pueden verse un cráneo grande, frontales rotos —añicos—, huesos largos cuarteados del color de la tierra. La caja donde encontraron los restos la rotularon con el código 4.2/32.

La idea de buscar el cuerpo de Miguel de Cervantes surgió en 2010. No estaba en realidad perdido. Las fuentes históricas decían que sus huesos se habrían extraviado en las reformas de la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, pero el acta de defunción y dos placas, una en la fachada del templo, que firma la Real Academia Española, y que dice: “A Miguel de Cervantes Saavedra que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria a la cual se debió principalmente su rescate (…)”, y otra en el altar mayor, sobre el coro enrejado donde rezan las monjas a diario: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega [que fue monja trinitaria]”, no dejaban muchas dudas. Pero no se conocía su ubicación exacta.

En 1809 el rey José Bonaparte lo había mandado a buscar en el convento con dos médicos para que lo trasladaran al panteón de hombres ilustres que iban a construir. No tuvieron éxito. Ese año se había prohibido definitivamente el entierro en las iglesias y ordenado la construcción de cementerios a las afueras de la ciudad. Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, lo buscó también 61 años después, sin resultados.

De todos modos, las placas, la costumbre, la información repetida por guías de turismo y libros de viaje por décadas, hicieron que, durante años, nadie se preocupara mucho y se asumiera que Cervantes estaba allí.

Pero en 2010 Luis Avial, un geofísico que ya había trabajado en la exhumación de fosas de la guerra con la Sociedad de Ciencias Aranzadi que preside Francisco Etxeberría, supo del extravío por un periodista en una charla de café. Avial propuso la búsqueda a Etxeberría y a su equipo. Su versión dice que Etxeberría convocó a un grupo de expertos, entre ellos el historiador genetista Fernando de Prado, descendiente de Cristobal Colón, quien hizo de este proyecto un peregrinaje, su principal cruzada. La versión de Fernando de Prado es que él presentó el proyecto a Avial. Ambos coinciden en que De Prado buscó financiamiento hasta en 50 instituciones públicas que le negaron la ayuda, y coqueteó con una entidad privada estadounidense. Avial habló con el Ayuntamiento de Madrid, que decidió poner el dinero necesario: 110,000 dólares. Entre todos, calcularon que se justificaría la inversión porque el impacto multiplicaría la publicidad gratuita bajo la forma de artículos publicados en la prensa de todo el mundo.

Tras cuatro años de gestación, comenzaron la primera parte de la búsqueda en abril de 2 014, cuando el equipo de Avial entró al templo y la sacristía con el georradar, un aparato que detecta “anomalías magnéticas” que se asocian a enterramientos, y una cámara digital termográfica que identifica cavidades en el suelo o las paredes por las diferencias de temperatura.

Una tradición oral, que había pasado de una madre superiora a otra, decía que Cervantes estaba enterrado en la cripta justo debajo del altar de la Virgen de la Inmaculada, que arriba, en la iglesia, está a la izquierda del crucero, junto a los bancos.

—Eso estaba en el ambiente —dice la madre superiora actual, sor Amada, una voz honda con dejo sureño que sale del claustro hasta la bocina del teléfono.
En abril de 2 014, el georradar detectó cinco sectores principales con enterramientos en el crucero de la iglesia, que apuntaban todos a la cripta, donde al final excavaron. Avial, sin conocer aún la coincidencia con la tradición oral de las monjas, encontró que el que llamó Sector 2, justo bajo la Inmaculada, tenía características especiales; era sospechoso.

La tradición oral y la sospecha tecnológica no acertaron. No fue allí donde encontraron la caja de reducción 4.2/32.

Los investigadores contaban sobre todo con la bibliografía más conocida, el libro La sepultura de Miguel de Cervantes: memoria escrita por encargo de la Real Academia Española y leída a la misma por su director, el marqués de Molins, escrito por tal marqués (1870) tras buscar sin éxito el cuerpo, y una biografía escrita por Luis Astrana Marín: Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época (1948-1958). Fueron insuficientes.

Francisco Marín Perellón, historiador y archivero del Ayuntamiento de Madrid, se sumó al equipo el 3 de febrero de 2015 para ampliar la investigación documental. Revisó en una docena de archivos y encontró en la planimetría general de Madrid y en los papeles constitutivos del convento el dato clave: la iglesia original derruida y la mudanza de los restos, mezclados con otros, fueron llevados a la cripta nueva.

El historiador también descubrió que a todas las personas enterradas en la iglesia de San Ildefonso las habían movido nuevamente a un rincón del claustro en 1630, cuando la marquesa que era patrona del convento ordenó la exhumación de todo el que no fuera su pariente. Durante más de 60 años estuvieron en ese lugar ignorado los restos que ahora coinciden con los de la reducción 4.2/32. Marín Perellón sostiene que no se perdieron porque las monjas trinitarias respetaron la cadena de custodia y los preservaron en el claustro de acuerdo con “el dogma de fe de la resurrección de la carne” de la doctrina cristiana que rige el derecho canónico.

No causa mucho asombro en España que los cuerpos sepultados en las iglesias se pierdan, bien porque según las costumbres funerarias cristianas cuando no se paga por una sepultura perpetua, pasada la década los huesos van desmembrados a las fosas comunes, o bien porque derrumbaron las iglesias o hubo avatares en sus traslados. Así desaparecieron también los restos con otros nombres célebres: Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Diego Velázquez y, durante la Guerra Civil, en otras circunstancias —las de miles—, el de Federico García Lorca, fusilado.

Mientras abajo, durante los 35 días que duró la búsqueda, los científicos excavaban, afuera, arriba, era el silencio, impuesto por el pacto de confidencialidad que el ayuntamiento de Madrid hizo firmar a los miembros del equipo: no saldría información a menos que fuera la oficial, canalizada por la oficina de prensa. Los fotógrafos, cámaras y reporteros sólo tuvieron acceso al umbral de la cripta el primer día de la excavación, la mañana del sábado 24 de enero, de tres a cinco minutos, de dos en dos. No había mucho que ver todavía: losas en el suelo sin remover, cámaras endoscópicas adivinando el interior de los nichos, algunos huesos sobre los mesones.

Los científicos están acostumbrados a callar mientras trabajan. Para ellos no era complicado cumplir con el acuerdo. Hasta el final no compartieron todos los hallazgos con los otros miembros del equipo: los antropólogos no dijeron todo al geofísico ni a las expertas del museo del traje, por ejemplo, que no supieron, hasta lo último, lo que había determinado el numismático o lo que había encontrado el historiador. Pero buscaban a Miguel de Cervantes: los medios de todo el mundo les respiraban encima. El domingo 25 de enero se filtró un rumor erróneo, que no salió de los investigadores, y que generó este titular: “Hallado el ataúd de Cervantes”. Sucedió que Tito Aguirre, técnico arqueólogo veterano del grupo, se había ingeniado con sus compañeros una plancha metálica fina de dos metros de largo para sacar los ataúdes de los nichos, como panes del horno de un obrador. Contaban con que los féretros saldrían enteros. Abrieron el nicho 1, abajo a la izquierda de la entrada, esquina noroeste, pegado a la tierra. La plancha no llegó al fondo. Halaron pero pesaba; el ataúd tenía tierra, la madera se había hecho trozos, podrida. La tabla se dejó ver y cayó al suelo, con la forma de una pirámide maltrecha: tenía talladas unas chinchetas metálicas roídas por la humedad que, sin embargo, no había desdibujado estas siglas: MC.

“Pues ya hemos terminado”, recuerda Tito Aguirre que pensó al momento. Francisco Etxeberría los llamó a todos: “¿Qué pone aquí?” A primer vistazo, pensaron que la M era de Miguel y la C de Cervantes. Un entusiasmo fugaz bañó la bóveda. Almudena García vio un paisaje de caras asombradas. Rió. Carme Coch, arqueóloga que recién había llegado de Valencia para instalarse en Madrid durante la búsqueda, pensó que, jolín, era el primer día y ya tenía que volver. Berta Martínez, su colega madrileña, se decía escéptica que era demasiado casual, que esa MC podía ser, por ejemplo, de una María del Carmen. Tardaron muy poco en darse cuenta en que el féretro era pequeño, que contenía huesos revueltos de unas diez personas, restos infantiles, adultos apenas, textiles y calzados de varios momentos, escombros. “Dijimos: calma. La gente tiene bastante claro que eso es raro”, recuerda Almudena García. No habría pasado de ser una anécdota a no ser por la filtración, que corrió a la velocidad de los bites de internet, ese alimentador del rumor. Etxeberría y García salieron el lunes por la mañana a una rueda de prensa obligada a las puertas del convento, pidieron calma y prudencia, dijeron que había más enterramientos con ese ataúd. La especie, sin embargo, quedó sembrada durante las siguientes semanas. La comentaban los transeúntes, la repetían en los toures a pie que pasaban frente a la iglesia.

Con ese antecedente, fueron cautos la tercera semana de excavación, cuando apareció un esqueleto con una mano que parecía anquilosada. Lo encontró Carme Coch, que excavaba con Berta Martínez. Reconoció el desgaste de los huesos de un hombre mayor, vio el cordel con unos nudos de lo que pudo haber sido un sayón franciscano atado a la cintura, identificó una anquilosis en una mano: los huesos de la muñeca fusionadas: ¡¿La mano del manco de Lepanto?! Coch se lo dijo a Martínez con disimulo, sin que nadie más escuchara, y le pidió que avisara a Francisco Etxeberría, que estaba en la sacristía, escaleras arriba. Martínez palideció. Subió las escaleras en shock, pensó “lo tenemos”. Carme Coch entró en razón mientras Berta Martínez se alejaba: era la mano derecha, no la izquierda, que es la que señalan las fuentes históricas como la mano atrofiada: ésa en este esqueleto estaba bien. Así lo certificó Etxeberría. Así lo comprobaron todos.

De esto nada se supo afuera durante los días de la excavación. El silencio oficial continuó. Dos puertas, una abierta, la otra cerrada. Turistas que la atravesaban mapa en mano y sólo se encontraban con un vestíbulo oscuro, más puertas cerradas y unos gatos tímidos. Un periodista de televisión haciendo guardia. La portera, temple de fuego, que decía que los periodistas son unos pesados. Un barrendero uniformado que oficiaba de informante secreto de la prensa. Almudena García, a las puertas del bar de enfrente, donde comían a diario ella y todo el equipo, diciendo datos vagos que no comprometían la investigación —hemos abierto la mitad, hemos contado más de cien, hemos parado la revisión en los nichos hasta que vengan las de restauración, hemos encontrado mucho textil, hemos encontrado momias—, mientras se calentaba las manos con el té de manzanilla de la sobremesa.

Ella y su equipo cumplieron con el pacto. Tanto, que hasta días antes de la revelación de los resultados, entre los promotores del Proyecto Cervantes todavía pensaban que sus restos estaban en ese primer nicho con el ataúd de las MC.

De todas formas, en el fondo no había ningún misterio. Una treintena de científicos excavando para buscar los huesos del escritor fundamental de la lengua española, una línea de investigación que terminaba con una caja de huesos tan deteriorados que no confirmaban ningún rasgo físico identificable del escritor, todo eso en el marco de la gestión de una alcaldesa que ya agotaba su mandato y que parecía querer irse con algo importante —algo tan importante como haber encontrado el cuerpo de Cervantes— para mostrar como logro. Una parte de los expertos del escritor criticaba el proceso, diciendo que era una pérdida de tiempo y recursos; otros decían que por qué no usar ese dinero en ayudar a desahuciados por los bancos o a los dolientes de la Guerra Civil que no han encontrado los cuerpos de sus familiares mal enterrados en las cunetas donde los mataron.

Para levantar la puerta trampa de la cripta, en el suelo de madera de la sacristía, se necesitan al menos dos personas: es un gigante tan antiguo como el edificio, que terminó de construirse en 1730. Se necesitan también unas llaves grandes de hierro, igual de antiguas, y las escaleras que guarda el portón son asimismo viejas, rayadas por el tiempo, y terminan en un sótano con techo abovedado de ladrillos, cruzado por hileras de luces de neón, un espacio de nueve por seis metros que convirtieron en un laboratorio in situ: no tenían autorización para llevarse del recinto ni un hueso, ni de la arena un grano. Dividieron la cripta en cuadrantes, hicieron un andamio para pasar de un sitio al otro. El espacio de estudio se amplió hasta la sacristía, un cuarto no muy grande de tono también lúgubre, con imágenes de Jesús y de los santos.

Fue un lunes o un martes, 23 o 24 de febrero, la fecha se les desdibuja en la memoria. Habían trabajado en la cripta el mes entero, jornadas intensivas de diez horas con dos de descanso para comer, humedecidas por el invierno, sin apenas domingos libres. Sólo quedaba la mitad de la gente, el equipo base. El resto había dado por terminado su trabajo. Berta Martínez trabajaba en el tercer nivel de enterramientos, el más profundo, en el último cuadrante de la cripta, en la última esquina, al sureste. Ardía en fiebre, una gripe nutrida por la humedad y el polvo que ya había contagiado a varios de sus compañeros. Carme Coch tenía en mano el boleto del AVE de regreso para ese mismo día. Excavaban con Tito Aguirre cuando encontraron que la tierra se hacía más oscura, como si alguien la hubiera traído de otro lugar. Distinguieron una reducción de huesos, palearon suelo abajo. Lo que encontraron no era como ninguna de las otras cuatro acumulaciones de huesos que habían visto antes.

“Nos pareció que era algo que no podíamos desechar, que teníamos que excavar y ver bien en qué consistía, porque a veces excavas y te cuesta entender lo que excavas, pero esto parecía bastante compatible con lo que estábamos buscando”, recuerda Martínez.

“Aparte de que estaba a la profundidad más baja vimos que había muchos huesos largos, muchos fémures, muchas tibias a un lado, y vimos los cráneos que estaban al otro ladito. Estaba todo junto pero como que separado, ¿no? Vimos restos de cajas de tablones, como si también los hubiesen transportado en una caja o nos daba esa sensación”, narra Carme Coch. Almudena García, que coordinaba al equipo, llamó a Luis Ríos, biólogo especializado en antropología física: “Vente, que hemos encontrado algo que tiene buena pinta”. Llamó de urgencia a Elvira González y Lucinda Llorente, expertas del Museo del Traje de Madrid. En la caja había textiles que debían analizar. Hasta entonces, las vestimentas que habían encontrado eran de dos siglos posteriores a la muerte de Cervantes, y no habían dado aún con el sayón con que lo habían enterrado, una prenda franciscana larga con un cordón ceñido a la cintura, de un tejido basto, de orden mendicante.

Cavaron metro y treinta y cinco, bajaron con las bandejas de laboratorio, sacaron los huesos con cuidado máximo, los pusieron a secar en los mesones por dos días para que perdieran fragilidad. Primero apareció un trozo de tela bordado, que González y Llorente identificaron como lino con hilo de oro. No era el sayón de Cervantes, pero era el traje del capellán que, ya sabían por los documentos, estaba en la caja de reducción.

“Sacamos trocitos y trocitos, intentabas cepillarlo y se te desaparecía, para empezar a recomponer todo, la casulla con el manípulo, la estola. Ya cuando salió el borlón casi llorábamos de alegría”, dice Lucinda Llorente.

“Porque era la confirmación ya definitiva de que estábamos ante lo que estábamos. Estuvimos toda la mañana haciendo un puzzle sobre la mesa, porque aquello de verdad era un batiburrillo de tal naturaleza que había que tratarlo con sumo cuidado”, completa Elvira González.

Fue la única indumentaria que hablaba de la época en la que enterraron al escritor. Después salió la moneda de 16 maravedís que el numismático Alberto Canto García identificó como de 1660 aproximadamente, que en la foto del informe final se ve como un trozo de metal desfigurado, una circunferencia achatada. Terminaron de limpiar los huesos, ya secos, con brochas de maquillaje, cerdas suaves. El trabajo duró cinco días más.

Almudena García hizo otra llamada, a Francisco Etxeberría, para que viajara desde el País Vasco. “Estábamos convencidos, pero llevábamos mes y medio aquí y era necesario que viniera alguien con otros ojos, por si se nos estaba pasando algo por alto”, dice.

Etxeberría hizo muchas preguntas, estableció sus propias comparaciones, determinó que no había discrepancias, que todo eran coincidencias. El traje del capellán, la moneda, la cercanía con el suelo geológico de Madrid, los documentos.

En rigor antropológico los registros dijeron que había en la reducción un mínimo de 15 individuos, cinco niños y diez adultos, por los huesos que más se repetían: cuatro radios derechos y un radio izquierdo, cuatro cráneos masculinos, dos femeninos, de otros cuatro no se sabe el sexo. Y fragmentos con artrosis, cartílagos calcificados, mandíbulas con dientes desgastados o inexistentes que podrían haber sido los de unos hombres de la edad de Cervantes; muñecas y axiales que se perdieron o se desintegraron.

El historiador Marín Perellón terminó de componer la lista definitiva cuatros días antes del anuncio oficial, tras revisar todas las actas de defunción del archivo parroquial. En ella estaban Cervantes, su esposa, su casero, el capellán, varios niños. Eran 17, dos más que la medición antropológica.

“Hubo huesos que no llegaron nunca al laboratorio, pero aún así cabe la posibilidad perfectamente de que se quedaran por el camino. Es una hipótesis completamente plausible, lo que pasa es que no se puede certificar”, dice Carme Coch.

¿Por qué buscar los restos de Cervantes? ¿Por qué si no estaban perdidos?

Los involucrados en la investigación han dicho que había que localizarlo y honrarlo, que la búsqueda sirvió para potenciar la divulgación de su obra. Escritores cervantinos dijeron que era mejor hacer justicia a sus libros. Francisco Ferrándiz, antropólogo estudioso de la muerte, ajeno a esta excavación, opina que es porque existe ahora una fascinación por los huesos: “Tiene una raíz cristiana que está vinculada al culto a las reliquias, a las exhumaciones de santos; por otro lado, siempre ha habido turismo necrófilo, y llegan nuevas corrientes de derechos humanos que buscan verdad, justicia y reparación, además del prestigio creciente de las ciencias forenses”, por obra de series televisivas como CSI.

Lo que queda en la cripta es esto: cinco mesones, lupas. Bolsas transparentes —seis— llenas de huesos fragmentados que en una primera mirada parecen hojas recogidas en otoño. Un libro, Human bone manual. En la pared norte, nichos con féretros sin abrir, pero sus epitafios no dejan dudas de que contienen cuerpos de sacerdotes. De frente, un armario para guardar las momias, sus ataúdes y, a la derecha, cajas de reducción en hileras, urnas que parecen macetas alargadas de plástico, con códigos así: Nicho 5, material óseo y arqueológico; sector V, material arqueológico, nicho 14.

Las restos que identificaron con el código 4.2/32, donde posiblemente haya “algunos fragmentos” de Cervantes, cupieron en tres cajas. Pero ya no están aquí: tienen entidad de reliquia. Están a resguardo en la biblioteca sacramental del claustro de las monjas. La esquina donde aparecieron es ahora una oquedad amarillenta con bolsas negras encima.

Ya no hay nada más que los arqueólogos puedan agregar a esta búsqueda.

Pero Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos no han dejado de venir tres veces a la semana a este recinto sepulcral trocado en laboratorio con suelo de arena y barro, blanqueado por la luz artificial, donde ya no hay ruido de taladros y aspiradoras industriales. Aunque han pasado dos meses desde que terminó la excavación, investigan las revelaciones de este yacimiento inédito de niños con raquitismo. Rearman sobre los mesones los esqueletos de vértebras mínimas, clavículas y sacros ínfimos. “Mis niños”, los llama García.

Corre la mañana de un jueves de abril de 2015. No están las dos monjas que los supervisaron durante toda la excavación, sor Edita en sus 30, sor María que le dobla la edad. Son “guardas de hombres”, así se llama su cargo: las encargadas de vigilar y acompañar a los visitantes que hacen obras en el convento.

—Y controlarlos un poquillo, de lejos, pero un poquillo también —dirá la voz antigua de la madre superiora que sale del claustro a por la bocina.

La relación entre el equipo y las monjas se hizo íntima. Con los días, sor Edita se dejó poner una bata blanca sobre el hábito, una mascarilla, cofia y guantes, y ayudó a limpiar los huesos con pinceles. La mayor sólo miraba, excepto esa vez que inspeccionó en dos ataúdes y agarró con sus propias manos desnudas la vestimenta para decir que era de cura.

A la 1:30, al mediodía, Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos habrán acabado la jornada. Sor Edita los esperará arriba en la entrada de la sacristía. Subirán las vetustas escaleras, la monja los recibirá con un manojo de las llaves de hierro antiguas en una mano, agujas de tejer y lana en la otra, hábito blanco, cruz rojiazul en el pecho, túnica negra. Entre dos cerrarán la puerta trampa. Sor Edita dirá, queda, que los extraña y que quiere que vengan todos los días.

Se llamaba Miguel de Hortigosa el sepulturero. Nada fundamental se conoce sobre su vida, excepto lo que hay que saber: que también era el sacristán de la iglesia del convento de San Ildefonso de Trinitarias Descalzas, calle del Amor de Dios, villa de Madrid; que las monjas le pagaron 13,600 maravedíes, lo mismo que 400 reales, por un trabajo del que consta recibo fechado en 8 de octubre de 1697; y que tal trabajo consistió en trasladar unos cuerpos de esa iglesia a otra, ubicada en la calle que hoy se llama Lope de Vega.

Marín Perellón está convencido de que fue él quien transportó la caja de reducción a la cripta y que éste es el dato que confirma que en la reducción que encontraron es ésa donde estaría Cervantes. “Sin ninguna duda”, sentencia. Es 22 de mayo. Hace apenas unos días que el historiador revisa el archivo conventual. Dio con el diario de cuentas del convento donde está el dato. Abre el pergamino, tapa amarillenta de piel de cordero, libro 37, legajo quinto. Echa mano de la paleografía, la ciencia que estudia las escrituras antiguas, para leer uno a uno los párrafos de letra farragosa. Hasta éste, el número 18, que así traduce:

Mas se le hazen buenos y reziuen en data quatroçientos reales, que valen treze mil y seisçientos maravedís por los mismos que pagó a don Miguel de Hortigosa de el gasto que tubo de mudar los cuerpos de los difuntos de la yglesia vieja a la nueua de dicho comuento [y] terraplenar la bóbeda, como consta de reciuo dado por el susodicho, su fecha de ocho de octubre de seisçientos y nouenta y siete, que presentó con estas quentas.

Hortigosa, el sepulturero. Pudo haber sido él también —dice Marín Perellón que quizá— la persona a la que contrataron para sacar los restos del claustro de la antigua iglesia y reducirlos en una caja, la que encontraron. Ese año que consta en el recibo, trasladó los huesos ya disgregados al templo nuevo, recién construido, los depositó a un metro treinta y cinco de profundidad en la cripta y terraplenó. En el entierro se le pudo haber caído la moneda de 16 maravedís: no lo descarta Marín Perellón ni lo descartan los arqueólogos.

El párroco de la iglesia de San Sebastián, en la calle Atocha, saca otro libro con cuidado y lo extiende sobre la mesa: el libro tiene 406 años —cuaderno cuarto de difuntos (1609-1620)—, una cubierta de cuero de cerdo amarillenta y brillante que resiste los siglos. Las hojas no están siquiera ajadas, son gruesas como el cartón. Está en el tercer párrafo el acta de defunción. Ilegible para un cerebro inexperto, pero ya había sido desencriptada en 1749 en el prólogo de las Comedias y entremeses de Cervantes.

Miguel de Çerbantes. El 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Zerbantes Sahauedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trenitarias. Mandó dos missas del alma, y lo demás a voluntad de su muger, que [e]s testamentaria y el licenciado Francisco Martínez, que viue allí.

Con el tiempo se confirmó que Cervantes murió el 22 y el sepelio fue el 23. No se enterró en la iglesia de San Sebastián, que es lo que correspondía al común de los vecinos de la zona. Vivía con su esposa en la cercana calle de León y su casero era Francisco Martínez, el cura del convento de San Ildefonso. Además, Cervantes se hizo trinitario 20 días antes de su muerte. En 1575 unos corsarios berberiscos lo capturaron junto con su hermano cuando volvía a España desde Nápoles en una galera, después de la guerra, tras haber batallado en Lepanto contra los turcos y recibido tres arcabuzazos. Lo llevaron a Argel. Como era “soldado aventajado” al servicio de la Corona y tenía cartas de recomendación, “El Cojo”, su principal captor, decidió pedir el rescate para sacar provecho. El secuestro agarró a su familia depauperada. Pasaron en cinco años y medio tres intentos de fuga. Los frailes trinitarios mendigaron para juntar los 500 ducados de oro del rescate, lo que lograron en 1580. Como agradecimiento, un sábado santo, Miguel de Cervantes se convirtió a la Orden Trinitaria.

No hay nada en el acta de defunción ni en los documentos hasta ahora descubiertos que hablen de lo que mató a Cervantes. La incógnita de la causa de su muerte es una de las varias sombras de su biografía. En el informe final de la excavación hay un estudio extenso que firma Julio Montes Santiago, de la Universidad de Vigo, basado en un arqueo de los datos biográficos disponibles y en la biblioteca médica del escritor, que se abrevia en posibilidades: diabetes, enfermedades renales, cirrosis, insuficiencia cardiaca y algún tumor.

Los restos de la hermana de Miguel, Andrea Cervantes, están en la iglesia de San Sebastián; también los de otra hermana, Magdalena de Jesús. Los de su hermana Luisa, que fue monja, están en el convento de la Purísima Concepción de Alcalá de Henares. Por la imposibilidad de recuperar los huesos de sus familiares —porque están en osarios y porque no se han encontrado tampoco evidencias de la hija natural de Cervantes—, y por el estado de conservación de los restos de la reducción 4.2/32 se hace muy difícil extraer una muestra de ADN y compararlas genéticamente.

El historiador Francisco Marín Perellón sigue examinando el archivo del convento en busca del testamento perdido de Cervantes. Confía en encontrarlo y en que sus cláusulas revelen, por qué no, alguna enfermedad final, cómo fueron sus últimos meses, cómo quería que se le enterrara, si tenía deudas, si es verdad que tuvo esa hija natural llamada Isabel. Empezó a buscar en mayo. Es mitad de julio y dice que sin novedades, que la pesquisa puede tardar hasta seis meses.

Volvieron a enterrar los restos contenidos en las tres urnas fichadas con el número 4.2/32, sin la mirada pública. Las monjas —la priora y las dos guardas— las llevaron desde la biblioteca sacramental, una por cabeza. El vicario las roció con agua bendita, el sacerdote Jorge Teulón, enlace entre las religiosas y los investigadores, ayudó a meterlas en el nicho, debajo de una lápida de piedra caliza que dice “Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra. 1547-1616”, con un extracto de su Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado el mismo año de su muerte: “El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto, / llevo la vida sobre el deseo / que tengo de vivir”. Firma la Real Academia de la Lengua Española. Sellaron. Fue el 10 de junio de 2015, a puerta cerrada, en la iglesia de San Ildefonso del Convento de las Trinitarias Descalzas, calle de Lope de Vega.

La ceremonia abierta ocurrió al día siguiente, el pequeñísimo templo repleto de invitados, con música militar en directo de los regimientos Córdoba 10 y Tercio Viejo de Sicilia 67, donde Cervantes sirvió a la Corona como soldado. Era de mañana pero afuera se hizo de noche unas horas: una tormenta de verano tapió el cielo y ahogó las calles con agua y granizo.

Darío Villanueva, director de la Academia, leyó un discurso que habló del “momento feliz, que por fin ha llegado”:

—En que la ciencia física y la forense nos han permitido poner orden en la casa que albergó la ultima morada de nuestro escritor y solventar aquella anomalía, propiciando que el tesoro de sus cenizas haya sido localizado y ahora pueda ser presentado con la misma dignidad y reconocimiento con que otros países cultos honran a los más grandes escritores.

Ana Botella, que iba a dejar de ser alcaldesa de Madrid en dos días más y cerraba su gestión con este acto, leyó otro y dijo que cumplían la voluntad de un hombre “de honra y fe cristiana”:

—Es la hora por fin de decir, don Miguel, misión cumplida (…) Aquí estamos para que España y el mundo vuelvan a honrar los restos mortales de Cervantes como no se había hecho en tres siglos.

Los militares llevaron una corona de flores hacia la tumba, en desfile, erguidos con rectitud geométrica, música marcial; la alcaldesa la dejó a los pies de la hornacina.

Los enterraron en la pared norte del templo junto a la entrada, donde había sitio para otra lápida. No sobre el punto en el que de verdad aparecieron, porque allí hay un coro enrejado donde las monjas rezan a diario. La tradición oral de las prioras falló, pero una placa que estaba en la iglesia hacía casi 200 años lo indicó siempre, con precisión: encontraron la caja de reducción justo debajo, en línea recta, de esa lápida del altar mayor que dice: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega”.

Enterraron esos restos —que puede que sean los de Cervantes, o no, quizás algunos— que, en realidad, no estaban perdidos.

El viernes anterior la vida seguía su curso. Al irme al colegio, me despedí con el ritual acostumbrado: “Bendición, papá”. “¡Dios me lo bendiga, catire buenmozo, carajo!”. Se estrujó los ojos antes de hacer a un lado Un nuevo modelo del Universo, un grueso tratado de metafísica del místico ruso P. D. Ouspensky, y sacó un billete de su cartera: “Aquí tienes 50 bolívares. Trata de que te alcancen hasta el lunes porque tu papá no ha podido ir al banco”. Después me abrazó dándome muchos besos en la mejilla, como siempre. Estaba sentado frente a la mesita del teléfono, en una silla mariposa con estampas de grandes flores, y seguía en piyama con la bata verde y los lentes oscuros de toda la vida. Cuando lo abracé dejó escapar un breve suspiro con un aroma a hígado alcohólico. Es un olor inconfundible, una mezcla acre de medicamentos y bilis. Entonces mi madre me llamó a la cocina. “Más tarde vienen a buscar a tu papá”. No quise comprender lo que me decía, así que fui otra vez a la sala y, antes de salir, lo abracé, estreché mi rostro contra su cara sin rasurar y pasé mi mano por su cabeza blanca. Aquella fue la última vez que lo vi vivo. Mientras caminaba hacia la parada del autobús pasó a mi lado la ambulancia de los bomberos que iba a buscarlo.

Murió tres días más tarde, en el Hospital Clínico Universitario, ahogado por el agua acumulada en sus pulmones, luchando por liberarse de una camisa de fuerza. Tenía 53 años. Fue el 9 de noviembre de 1981, en Caracas. La noticia apareció desplegada en el vespertino El Mundo y, al día siguiente, en las primeras planas de los principales periódicos venezolanos: “Ha fallecido Rafael José Muñoz, poeta y dirigente político contra la dictadura”. Esa misma noche, por la capilla funeraria, pasó un desfile de amigos que contaban anécdotas de la resistencia clandestina, de la prisión y la guerrilla, para terminar lamentando la gran pérdida de “el poeta”. Así lo llamaba todo el mundo y yo estaba acostumbrado, aunque en aquel entonces no había leído una sola de sus páginas. Apenas tenía doce años y no sabía nada de la muerte.

Me acerqué al ataúd y apoyé mi cara contra el cristal. Lo vi muy bien vestido, con un traje gris, una camisa blanca, una corbata oscura y la piel rojiza y fresca. Mi propósito era comunicarme telepáticamente, despertarlo con mis pensamientos, sacarlo del sueño profundo en que se encontraba. Esperé a que su respiración empañara el cristal, a que sus ojos se abrieran. Pero nada sucedió.

El patio de la funeraria se llenó de coronas enviadas por familiares, políticos y artistas. Llegó el presidente de la cámara de diputados del Congreso Nacional y más tarde, cuando exhausto de tanto llorar me fui a dormir a una habitación de la funeraria, apareció el ex presidente Carlos Andrés Pérez, uno de sus grandes amigos, y en vez de darle el pésame a mi mamá se lo dio a mi tía, creyéndola la viuda. Cuando Carlos Andrés Pérez fue ministro del interior, poco menos de dos décadas antes, había hecho perseguir implacablemente a mi tía por guerrillera y, ya presidente, la había indultado por razones humanitarias. Al día siguiente apareció, algo desaliñado, el maestro Santamaría, quien en la escuela primaria había enseñado a mi padre las primeras rimas de Rubén Darío y rudimentos de versificación. “En los últimos tiempos, el poeta leía la Biblia y comentábamos sus pasajes por teléfono. Tenía gran conocimiento de ese relato, pero no creo que fuera creyente”, declaró Santamaría al periódico El Nacional. “Ahora es un Armagedón que navega en el mar”. Entre los amigos entrañables faltó al menos uno: José Agustín Catalá, antiguo mentor y editor con quien compartió la cárcel en los cincuenta, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. “No quise ir al velorio del poeta –me dijo Catalá en 2009–. Estaba molesto con él porque destruyó su vida. Pero también conmigo por haberle conseguido el apartamento para que trabajara fuera de la casa en su ‘Homenaje a Neruda’. Fueron varios meses y durante ese tiempo, en realidad, usaba las horas de trabajo para beber sin parar hasta que acabó con su existencia”.

Mi padre vivió bajo la sombra del alcohol casi toda su vida. Hizo lo que pudo para dejarlo, pero terminó vencido. Cuando yo era niño muchos de nuestros encuentros transcurrían en la barra o en alguna mesa del bar La Giralda, a una cuadra del céntrico bulevar de Sabana Grande, en Caracas. Era a principios de los setenta y las autoridades no le prestaban la menor atención a la presencia de niños en los bares. Recuerdo esa enorme casona como un sitio umbrío, pero no carente de atmósfera. Tras la barra solían estar Antonio o Manolo, los hermanos Gallardo, unos españoles republicanos que habían huido de Cuba cuando comenzaron las expropiaciones en los inicios de la revolución. Jamás le preguntaban qué iba a beber, sino que destapaban una cerveza muy fría y se la servían en una jarra congelada. A mí, en cambio, siempre me preguntaban. “¿Y qué quieres hoy?”. “Una Orange Crush”, respondía invariablemente, acomodándome en un taburete alto junto a mi padre para poder alcanzar el pitillo en la botella. Él abría su libreta y tomaba apuntes que después abandonaba, como éste, que llevé muchos años doblado en mi billetera:

En los ojos del loro está el secreto del sol
y de la formación del mundo sideral.

En la madera está todo. Contémplala.
Allí encontrarás los misterios de la arquitectura
y el secreto de las catedrales.

El universo lo hizo el hombre.
Nadie osaría hablar de Cirio o del Alfa del Centauro
si antes no hubiese estado consubstanciado con su ambiente.
Todo lo que soy es lo que es el mundo.

***

No estoy muy seguro de las causas que lo empujaron a beber desde muy joven, pero sí tengo alguna idea de dónde y cuándo descubrió el alcohol. “Cuando llegué a vivir a Puerto Píritu, al año siguiente que tu papá, él ya había comenzado a beber con Julián Saume, que era un muchacho encargado del bar” –me contó mi tío Alí Muñoz–. “Al cerrar, terminaban con todo lo que había quedado en las botellas y se emborrachaban a muerte mientras recogían y ordenaban”.

“A los 14 años tu papá decidió ir de Guanape a Puerto Píritu a estudiar bachillerato, pues la escuela en Guanape sólo llegaba hasta la primaria”, me contó mi tío Tom López.

Mi padre nació en Guanape un pequeño pueblo a 280 kilómetros de la capital venezolana, el 22 de mayo de 1928 y, por ser ése el día de Santa Rita de Casia, lo apodaron Rito. Era hijo ilegítimo de los tórridos amores de Agustín López, hacendado a quien llamaban el Kaiser, y Zoila Piedad Muñoz, hija del médico y farmacéutico de Guanape. Tom, en cambio, era hijo legítimo de don Agustín con Margarita Barrios. Aunque Rafael José era cinco años mayor que Tom, ambos pasaron parte de la infancia juntos en el pastoreo y el ordeño de la hacienda El Manzano. “Teníamos muy buena relación porque Rito era muy agradable. De los hermanos Muñoz, él era el único que se acercaba a nuestra casa, que era donde vivía don Agustín, e incluso llegó a mudarse con nosotros durante varios años. Trabajaba mucho y yo lo acompañaba a llevar las vacas”.

Rafael José madrugaba para llevar leche fresca a la mesa, cortaba la leña para el fogón, daba de comer a las aves del corral, preparaba las alambradas, llevaba las vacas a los establos al caer la tarde. Era un peón más en las tierras de don Agustín. “Cuando mi papá veía un hombre trabajador se enamoraba de él. De ahí su relación especial con Rito. A pesar de la distancia que imponía el viejo, Rito lograba estar cerca del padre a través del trabajo”, decía Tom.

Agustín López fue un hombre legendario en su región y bastante atípico para su época. Además de hacendado, llegó a ser jefe civil de Guanape, pero renunció al darse cuenta de que su carácter, poco conciliador, estaba reñido con el cargo. Tom lo recuerda como un hombre seco, calculador. Escogía a sus mujeres con cuidado, no sólo por su belleza física o su inteligencia, sino también por las tierras o propiedades que tuvieran en su haber. Piedad Muñoz, madre de cuatro de sus hijos, era la hija del doctor Pedro Celestino Muñoz, médico y gran autoridad del pueblo, y de él había heredado la única botica y la oficina de correos. Margarita Barrios de López, su esposa legítima, 30 años menor que él, era hija de un importante hacendado de la zona. En asuntos políticos, Agustín fue conservador casi toda su vida, pero también enemigo de la dictadura y el autoritarismo. En un viaje de negocios a Caracas asistió a un acto político que tuvo a Rómulo Betancourt como orador principal. Fascinado por las ideas del joven político –fundador de Acción Democrática y llamado, décadas más tarde, “el padre de la democracia venezolana”–, se hizo militante de su causa, dándole ánimos a través de extensas cartas y apoyo económico durante sus exilios. Cuando Agustín murió, Rómulo Betancourt le dedicó una de sus columnas en la primera plana del periódico. Desde entonces no ha dejado de especularse sobre el lazo que los unió. ¿Era el Kaiser de Guanape el padre biológico del hombre que llegaría a ser presidente en 1945? Sea como fuere, ambos tendrían una profunda influencia en la vida de mi padre, Rafael José Muñoz.

En la infancia, Rafael José y su madre, Zoila Piedad Muñoz, fueron muy cercanos. Él era el primogénito de la mujer más independiente y culta del pueblo. Pero, cuando creció, la relación se hizo más distante y áspera, debido a la inquina sembrada por Agustín cuyo orgullo había quedado herido luego de que Piedad decidiera ponerle fin a ese romance que había dejado cuatro hijos y decenas de cartas de amor ardiente. “Cuando Rito tenía 10 u 11 años –recordaba Tom–, Piedad comenzó su relación con Serrano, el telegrafista, padre de Artajerjes, el menor de los Muñoz y también poeta. Estábamos don Agustín, Rito, Alí y yo en la esquina de la bodega de Tito. En la esquina opuesta, donde estaba el telégrafo, vimos a Piedad. Don Agustín entonces le dijo a Rito: ‘Allá está tu mamá pegada como una hiedra a la baranda del telegrafista’. Mi tío Alí Muñoz recuerda el mismo episodio, pero en su recuerdo las palabras de Agustín no guardan ninguna sutileza y en vez de decir ‘como una hiedra’, dice una ‘como una perra’”.

El deterioro de la relación con su madre y el trato seco de Agustín animaron a Rafael José a buscar un horizonte más allá del paisaje de su infancia y mudarse al pueblo costero de Puerto Píritu. Decidió argumentar, para evitar discusiones, que quería seguir estudios de bachillerato, ya que en Guanape la escuela llegaba sólo hasta sexto de primaria. La tarde en que fue a buscar a su padre para contárselo, éste estaba en la barbería y, después de escucharlo, toda su respuesta fue: “Haga como mejor le parezca”. A partir de ese momento, la relación entre ambos se volvió monosilábica.

Rafael José abandonó sin aspavientos la casa de los López. Sin embargo, en 1943, Agustín enfermó de cáncer en la garganta y, ya moribundo, tomó su caballo y atravesó la densa sabana por el camino de las recuas de mulas hasta el pueblo costero de Puerto Píritu, donde había mejor atención médica y donde estaba su hijo que, por entonces, tenía sólo 15 años. Rafael José cuidó a su padre durante muchos días, hasta que murió, asfixiado y en sus brazos, intentando decirle algo. De aquella tentativa de reconciliación nació, 20 años más tarde, la “Elegía a mi padre Agustín”, que cierra El círculo de los 3 soles, su segundo libro, publicado en 1969. Allí, Agustín no es una figura hosca y desaprensiva sino un padre brahmánico, con una estatura imponente y magnánima, como si la desazón experimentada en la infancia pudiera ser reparada por la imaginación.

Elegía a mi padre Agustín
(…)
En fin, ha muerto padre Agustín, lo llora Baltazar,
y los peones de la hacienda Manzano, y sus hijos.
¿Quién me regalará plumas de Cristofué, quién olerá
raíces en la tarde, quién cogerá los nidos,
quién se internará en el patio de las coitoras
y llamará a los muertos,
y levantará una lápida con un ladrillo que diga: Kroft,
umugen de bornsnet, bertiken ats grubest,
buitemb uonem para las rocas de Anchuría,
sombrest para el delirio? (…).

***

A los 16 años, Rafael José ya escribía poemas. “La pasión política y la pasión poética se manifestaron en tu papá desde muy joven –decía mi tío Tom–. La primera, le venía de don Agustín que como ferviente admirador de Rómulo Betancourt siempre debatía sobre los problemas políticos del país y era, además, un hombre muy atento al acontecer internacional. Nuestra casa era la única de Guanape donde había un afiche de la fuerza aérea británica durante la segunda guerra mundial. Papá seguía los acontecimientos cada día en la radio de un vecino. En la poesía, Rafael José comenzó escribiendo unas cartas de amor que eran la envidia de sus amigos, por lo efectivas. Sin ser muy apuesto, conseguía con las cartas la atención de las damas hermosas. Empezó a escribir sonetos eróticos que luego lo metieron en más de un problema. De hecho, no pudo terminar el bachillerato en el liceo Fermín Toro porque cuando le tocaba presentar exámenes de historia, en vez de contestar qué había caracterizado al Siglo de Pericles o como se había llevado a cabo la Independencia de España, se dedicaba a escribirle poemas eróticos a la profesora Eunice Gómez”.

Poco después de la muerte de su padre, Rafael José decidió irse a Caracas. Abordó el vetusto vapor “Trinidad” que, en dos días de lenta navegación, lo llevó hasta el puerto de La Guaira. El viaje tuvo un incidente afortunado. El señor Álvarez era un extremeño de unos cincuenta años que había luchado en el bando republicano durante la guerra civil española. Allí había conocido a Miguel Hernández, de modo que al descubrir los ímpetus poéticos de Rafael José, Álvarez se puso a declamar poemas de Hernández, Machado y Lorca, ampliando el hasta entonces limitado repertorio poético de mi padre.

Una vez en Caracas, y sin un centavo en el bolsillo, aceptó trabajar como facturador y cajero en el matadero de Agustín, su medio hermano mayor, que había prosperado en el negocio de los frigoríficos. A mediados de octubre de 1945, cuando tenía 17 años, la historia venezolana sufrió un quiebre radical. Un golpe cívico-militar derrocó al general Isaías Medina Angarita. El cabecilla del golpe era Rómulo Betancourt, ya por entonces líder de Acción Democrática, el partido que había fundado en 1941. Hizo un llamado a que los jóvenes se incorporaran a la fundación de la democracia, y de pronto todas las piezas del país parecieron encajar de forma nueva y deslumbrante.

Rafael José había conseguido un puesto de maestro en una escuela de San Diego de los Altos, en las afueras, y ya por entonces la política empezó a convivir con la poesía. Por las noches iba a los cafés del centro a contagiarse del ánimo de renacimiento que reinaba en las tertulias universitarias donde se reinventaba el futuro. Por otra parte, escuchando a los poetas mayores como don Fernando Paz Castillo, y a otros más jóvenes pero ya consagrados como Vicente Gerbasi, sentía que la poesía era una pasión irrevocable. Descubrió que los surrealistas parisinos no lo conmovían tanto como el vitalista Neruda y el melancólico Vallejo. Había llegado a ellos a través del poeta y ensayista Juan Liscano, uno de los intelectuales más respetados del país, el primero en publicar sus poemas y notas críticas en la Revista Nacional de Cultura, quien lo alentó siempre a optar por la poesía y no por la política. Catorce años mayor, Juan Liscano no era sólo su amigo sino también, hasta cierto punto, su padre sustituto. Así lo demuestra la dedicatoria de “El círculo de los 3 soles”: “A Juan Liscano, amigo, maestro, padre”.

***

La mañana del 24 de noviembre de 1948, la promesa de un país democrático saltó en pedazos. Rafael José tenía 20 años y se despertó aturdido por el ruido de los tanques mordiendo el asfalto mientras se desplazaban hacia el Palacio de Miraflores, muy cerca de su casa. Ese fue el fin de la presidencia de Rómulo Gallegos, el novelista de la legendaria Doña Bárbara, que había seguido en el mando a Rómulo Betancourt. Acción Democrática y el Partido Comunista de Venezuela fueron declarados ilegales y muchos de sus dirigentes forzados a marchar al exilio. Todo esto volcó a Rafael José a la lucha partidista. Ya era militante destacado de la juventud de Acción Democrática, pero se afincó aún más en su formación ideológica y desarrolló destrezas como organizador.

Por esa misma época, la familia López se estableció en Caracas. Rafael José encontró, al mudarse con sus medios hermanos, el calor familiar que había perdido desde Guanape. Pasaba mucho tiempo escuchando tocar el piano a Titina, una de sus hermanas, a quien adoraba. La casa donde vivían quedaba en la parte más baja de La Pastora, justo detrás del Palacio de Miraflores. En el saloncito había un tocadiscos. Tom todavía recuerda que Rafael José era un gran melómano. “No le gustaba ir a conciertos pero le fascinaba la música. Nos sentábamos junto con Titina todos los domingos y escuchábamos la sinfonía Patética, que es la número 6 de Tchaikovsky, o la 5ta de Beethoven, que tanto le gustaba. Cuando no oíamos música, se encerraba muy temprano en la oficina del fondo con sus libros de poesía y una botella de ron. Todavía puedo oírlo recitar con enorme exaltación: “Desembarqué en Picasso a las seis de los días de otoño / recién el cielo anunciaba su desarrollo”. La poesía realmente lo tomaba, producía un rapto en él. “Soy feliz”, decía.

La organización política comenzó a tomar cada vez más tiempo en su vida, pero su pulsión poética no entendía de dogmas y, cuando podía, se encerraba a escribir. Una tarde, a principios de 1952, se acercó a Vicente Gerbasi con un puñado de poemas. A Gerbasi lo asombró que alguien de 22 años hablara de la muerte aun en sus poemas amorosos. Ponderó sus sonetos, diciendo que estaban llenos de sonoridad y de “una fuerte luz oscura”, y lo alentó a ser original sin contemplaciones. Esa breve aprobación fue suficiente para que Rafael José se animara a reunirlos en su primer libro, Los pasos de la muerte (Ediciones de la Revista Hispana, 1953), cuyo prólogo firmó el propio Gerbasi. El libro es, en realidad, una desconcertante exploración de la muerte como presencia cotidiana, y está poblado de angustiosas visiones pero no exento de humor y parodia:

Por aquí viene la muerte caminando
con su pesada carga de cabellos
Tiene un color de ojo de sardina
su pelambre es de potro de carrera
y su mirada, de nocturna máscara.

Pero, finalmente, se consagró a la política a tiempo completo. Decidió no abandonar el país y ayudó a Leonardo Ruiz Pineda, secretario general del partido en la clandestinidad, a reconstituir Acción Democrática. Un día de ese mismo año, a causa de que ya abusaba de la bebida, doña Margarita de López tomó una decisión amarga y le pidió que se fuera de la casa. Esa fue su salida definitiva del reino familiar. El desarraigo y la soledad se anclaron más profundo y nada lo consoló de la separación de sus hermanos: Titina, Celina, Tom.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez estaba en el poder desde diciembre de 1952 y la situación de Rafael José se hizo precaria. A fines de 1952, Leonardo Ruiz Pineda había sido asesinado en una emboscada. Desde entonces, y en apenas tres años, Pérez Jiménez hizo eliminar a tres secretarios generales de Acción Democrática y a cientos de militantes, además de poner tras las rejas a sus dirigentes principales. Entre 1952 y 1958 Rafael José entró y salió de la cárcel no menos de una decena de veces. Cuando podía, escribía poemas que daba a sus amigos, para que los resguardaran en caso de que lo pusieran preso. De todos modos, en los allanamientos que practicaba la Seguridad Nacional en las residencias de estudiante donde vivía por entonces, se perdieron muchos manuscritos originales.

Por esos mismos tiempos se acercó a los maestros metafísicos como George Gurdjieff, Piotr Ouspensky, Madame Blavatsky y Paul Burton, descubiertos gracias a la equipada biblioteca de temas esotéricos de Juan Liscano. En su doctrina del Cuarto Camino, Gurdjieff planteaba que la trascendencia era el resultado del desarrollo interior individual, de un conocimiento que podía llevar a la comprensión del lugar propio en el universo. Pero, de acuerdo con Gurdjieff, esa sabiduría sólo podía lograrse a partir de una cuidadosa exploración de la conciencia que llevara a la mente al límite. Esos pensamientos dejaron una huella permanente en su obra y en su manera de concebir su lugar en el mundo.

Un día de 1955, cuando tenía 27 años, fue capturado distribuyendo propaganda y llevado a la Seguridad Nacional, el centro de inteligencia y tortura del régimen de Pérez Jiménez. El director de Seguridad se llamaba Pedro Estrada, también apodado el Chacal de Güiria, y era un hombre con modales de dandy. Su lugarteniente era Miguel Silvio Sanz, un negro robusto de cuyos labios siempre colgaba un habano encendido, que atizaba antes de apagarlo en el cuerpo de sus víctimas. Sanz quería que Rafael José revelara nombres, lugares, fechas, planes, y ordenó que lo trasladaran al sótano. Ahí, durante días, lo golpearon, lo acostaron desnudo sobre una panela de hielo, lo hicieron permanecer horas con los pies descalzos sobre el borde afilado de la rueda de un auto, le aplicaron electricidad en los testículos, lo sumergieron boca abajo en un barril de agua. Él dijo que no hablaría. Que no perdieran su tiempo porque sus castigos no le causaban dolor. “Tengo poderes mentales. Sus castigos no me lastiman”, les dijo. “Si no creen en mi palabra, compruébenlo ustedes mismos”. Entonces lo golpearon, y ni siquiera gimió. Durante una de las torturas, alguien ordenó que le apagaran un cigarrillo en el pene. Después, enviaron el calzoncillo ensangrentado en una bolsa a la familia. Pero él siguió sin delatar a sus compañeros. Una noche intentaron ablandar a uno de ellos, torturado en la habitación contigua. Le dijeron que Rafael José había contado todo. Sin embargo, cuando lo llevaban a su celda, mi padre lo alertó gritándole: “No abras la boca. Estos coños de madre quieren hacerte creer que yo canté, pero no les creas. No les he dicho ni una palabra”. Después de mucho, sus captores se dieron cuenta de que no podrían sacarle nada, y que era preferible mantenerlo preso. Lo enviaron a la cárcel de Ciudad Bolívar, a 600 kilómetros de la capital, donde pasó preso casi todo 1957.

“La tortura fue algo terrible. Era muy difícil de resistir y casi todo el mundo terminaba cantando” –recordaba mi tío Alí Muñoz, quien también fue encarcelado y torturado–. “No porque quisieran traicionar, sino porque te sometían a una violencia brutal. Tu papá era muy jodido, porque a cuenta de que él no delataba, le exigía a todos la misma verticalidad. Una vez se sospechaba que yo había cantado. Estábamos presos y él me increpó. ‘Eres sospechoso de delación’. Le respondí que no lo había hecho. ‘Tienes que probarlo porque si no serás un soplón hasta que demuestres lo contario’. ¿Crees que soportar más torturas te hace mejor?, le respondí. Carajo, no faltaba más, mi hermano, mi verdugo”.

En la cárcel de Ciudad Bolívar estrechó su amistad con el historiador y periodista Ramón J. Velázquez, que ocupó brevemente la presidencia de Venezuela en 1993. Velázquez lo recuerda como uno de los jóvenes más comprometidos de Acción Democrática, con una capacidad extraordinaria para abstraerse del sufrimiento: “El poeta tenía una característica que sólo tienen los pastores. Cuando nos llevaban al patio, él fijaba la vista en los árboles y pájaros que se asomaban más allá de las alambradas. Se concentraba oyéndolos y parecía entenderlos. Cuando estábamos en el calabozo, se retiraba a un rincón. Sentado en el catre y, abstraído de las discusiones que lo rodeaban, comenzaba a apuntar versos en un cuaderno escolar. Habíamos arreglado con uno de los carceleros para que nos permitieran usar una máquina de escribir. El poeta Muñoz esperaba su turno y mecanografiaba los poemas en unos folios azules que luego guardaba celosamente en una carpeta”.

Milagrosamente, algunos de los poemas carcelarios, de mayo y noviembre de 1957, sobrevivieron. Tienen el aire fluvial del Orinoco que corría al margen del presidio. En uno de ellos añora la libertad que representa como una “zona de incertidumbre y de promesas”. Otro, “América, te canto en esta hora”, refiere en tono dramático:

Ah, estas cadenas, estas
ruedas de frío hierro amenazando
hasta el germen más puro;
estas garras malditas horadando
esa porción del alma que nos duele,
ese rincón tranquilo, esa pradera
adonde solo llegan las ramas y las nubes.

El 15 de diciembre de 1957 hubo un plebiscito para legitimar la dictadura de Pérez Jiménez, que proclamó su triunfo. Sin embargo, en la madrugada del 23 de enero de 1958, tras una oleada de protestas gremiales, la dictadura terminó y los presos políticos fueron liberados casi de inmediato. Exaltado de felicidad, después de pasar siete meses preso, mi padre y otros militantes saltaron a bordo del primer bus a Caracas. La travesía tomó casi dos días durante los cuales festejaron con aguardiente. Cuando llegaron, la capital seguía en estado de júbilo, con las calles tomadas por la gente.

***

Suele decirse que la poesía de mi padre nació tardíamente, tras una vida de zozobra, y que disputó su lugar con la política hasta, finalmente, imponerse. El ensayista y poeta Jesús Sanoja Hernández insiste en que su obra era la de un desorbitado que, en medio del delirio alcohólico, cabalgó al borde de los abismos demoníacos, la revelación divina, el disparate matemático, la dislocación del lenguaje y la locura, reinventando el idioma. Esta enumeración caótica, sintetizada por el crítico Guillermo Sucre como la búsqueda de un “esperanto poético”, no da cuenta, sin embargo, de la transformación que sufrió mi padre y que lo llevó de una crisis existencial profunda al descubrimiento de una desconcertante imaginación.

Su crisis empezó en la década del sesenta, cuando quiso optar por el radicalismo de la lucha armada pero, paralelamente, empezó a sentir un profundo desencanto con la política.

En 1959, Rómulo Betancourt, líder de AD, hizo llamar a los dirigentes jóvenes a su despacho para amenazarlos con una sanción disciplinaria por haber apoyado una precandidatura que no era la suya. Cuando Betancourt hablaba muy pocos osaban rebatirlo pero mi padre lo tomó por la corbata y comenzó a zarandearlo. “Vamos a hablar claro. Usted está conspirando contra la unidad”, dijo, advirtiéndole que su eventual elección traería el riesgo de un nuevo golpe militar. “Los militares no lo quieren, los demás partidos no lo apoyan, los empresarios no le tienen confianza. Carece de respaldos. Si usted es electo, todo se va al carajo. Entonces, ustedes se irán nuevamente al exilio y los que nos joderemos aquí somos nosotros como nos jodimos durante 10 años”. La cosa quedó allí, pero el divorcio entre el líder histórico y los dirigentes jóvenes era ya efectivo. Un año después, en abril de 1960, ya electo Rómulo Betancourt como presidente, se consumó la expulsión del partido de casi todo el buró juvenil. Betancourt estaba dispuesto a pagar ese precio para consolidar su proyecto político con el apoyo de Estados Unidos y la expresa misión de contener el contagio de la revolución cubana, que amenazaba con regarse como un incendio por el continente.

La primera vez que Fidel Castro salió de Cuba, en 1959, viajó a Caracas. El motivo secreto era extender, en Latinoamérica, la emancipación de Estados Unidos y su idea era que Betancourt lo apoyara. Pero éste le volvió la espalda y se convirtió en su más encarnizado antagonista. Sin embargo, Castro se reunió con los izquierdistas que ya se mostraban inconformes con las alianzas del nuevo gobierno con la oligarquía y el clero. Rafael José Muñoz fue uno de los principales promotores del debate sobre la lucha armada y la posibilidad de seguir la vía cubana.

“Al poeta le tocó poner orden en esa situación” –recuerda Domingo Alberto Rangel, ideólogo fundador del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)–. “Era un hombre muy singular. No he visto ser más nervioso. Sostenía los pañuelos en sus manos sudorosas y los rompía a causa de la impaciencia. Para él no existían los plazos en el tiempo. Quería que todas las tareas se cumplieran inmediatamente y pedía celeridad en todo. Era ideal para la organización, pero en el MIR abundaban los bohemios y él solía pelear con quienes eran desmañados con el tiempo. Eso no impidió que fuera el gran secretario de organización del MIR. Tomó el dictamen de la dirección nacional del partido y se dedicó a recorrer el país para recomponer y compactar las fuerzas de la izquierda, dispersas en el momento de la división de Acción Democrática”.

También se encargó de coordinar los preparativos de la creación de los frentes guerrilleros y viajó a La Habana clandestinamente. “Yo lo acompañé. Asistimos a una reunión con Raúl Castro y Ramiro Valdés, en la que nos entregaron un maletín con 150.000 dólares para el movimiento guerrillero –asegura Antonio Octavio Tour, en aquel entonces un joven militante–. El viaje fue complicado porque tuvimos que salir clandestinamente por la frontera con Colombia y a partir de ahí movilizarnos en aviones privados”.

Rafael José se había casado, en 1959, con Nelly Olivo, mi mamá. Vivieron desde el principio en un matrimonio contrariado, que duró hasta su muerte, y tuvo un distanciamiento de ocho años. No podía haber seres más distintos. Ella era bióloga y él poeta, pero la verdadera diferencia radicaba en el carácter: él era ordenado, puntual y socialdemócrata; ella soñadora, revolucionaria y tan abstracta que sus conversaciones, salpicadas de una profusa jerga médica y biológica, resultaban incomprensibles. Sin embargo, eran buenos compañeros y se guardaban respeto.

El sueldo que recibía mi padre en el MIR no alcanzaba para gran cosa, de modo que mi madre hacía malabarismos para estudiar y sostener a los hijos con el pequeño salario que recibía como técnica de investigación en la universidad. “Pese a que la política lo absorbía casi totalmente, el poeta siempre encontraba un momento para escribir –decía mi madre–. Después de asistir a tres reuniones, organizar la logística de quienes se iban a la guerrilla, mover armas de un sitio a otro, volvía a su máquina Erika e introducía dos hojas blancas en medio de las cuales insertaba una lámina de papel carbón”. Junto a la máquina, colocaba un vaso de cerveza o vino y le daba unos sorbos como preludio a la escritura. “Apenas comenzaba a teclear, no paraba hasta traspasar al papel lo que tenía en la mente, fuera un artículo de opinión, un manifiesto político o un poema. Como le tenía manía al desorden, después de terminar recogía todo y clasificaba el trabajo con minuciosidad. La máquina quedaba como si no la hubiese tocado”. Sin embargo, la vida que llevaban era desordenada. El acoso de la Dirección de Inteligencia Policial los llevaba a no tener rutinas fijas. Cuando él tenía que ocultarse, sus hijos pasaban un buen tiempo sin saber dónde estaba. “Para no ponerlos en peligro, yo tenía que dejarlos con mi mamá mientras las cosas se tranquilizaban. Eso era muy angustioso para ellos”, recordaba mi mamá en una de las conversaciones que tuvimos a fines del año pasado, antes de su muerte.

En los sesenta, mi padre amplió el estudio de los maestros esotéricos. Había comenzado con George Gurdjieff y su discípulo, Piotr Ouspensky. Siguió con libros históricos sobre alquimia y cábala. Visitaba con frecuencia la librería del Centro de Orientación Filosófica y formó una amplia biblioteca con títulos como Los relojes cósmicos y Hermetismo y religión. Esas sospechas acerca de la existencia de otras dimensiones capaces de ampliar la percepción no tardaron en permear su poesía. La metafísica terminó por convertirse en un refugio del profundo desencanto político que había empezado a sentir, y que fue clave en su crisis existencial que empezó en estos años.

Antonio Tour estuvo cerca suyo en los momentos en que su convicción revolucionaria comenzó a resquebrajarse. “El poeta supo que había habido ejecuciones sumarias en los focos guerrilleros del Occidente. Una compañera había sido ejecutada por despertar un ataque de celos entre dos guerrilleros. El comandante encargado del frente decidió ejecutarla para eliminar el motivo de la discordia. Otras cosas pasaban en la guerrilla urbana, incluyendo la desaparición de una enorme suma de dinero que se había destinado a ayudar a los compañeros que salían de las montañas. Todo eso, además de las rencillas entre los líderes del MIR, lo decepcionaron. Pero él nunca habló de eso. Cuando se asomaba el tema entre tragos, él sólo decía: ‘Tour, dejemos el pasado en el pasado y sigamos bebiendo’. Sólo una vez entró en materia para decirme: ‘Eso no era lo que se suponía que haríamos. Estábamos aquí para derrotar la injusticia y fomentar la democracia’. Y ahí acabó. Después de una pausa siguió bebiendo”.

Su mente, agotada con las luchas internas del MIR, producía febriles imágenes de la vida en el campo junto a su padre, que funcionaban como un alivio a la perturbación. Pasaba las madrugadas en vela y un reumatismo que había empezado a padecer gastaba sus horas con dolores atroces. Las rachas alcohólicas se hicieron más largas y constantes, y tuvo ataques cada vez más funestos de reumatismo, que el alcohol ya no lograba apaciguar. Sin embargo, pese a su desencanto, estaba decidido a unirse a la guerrilla.

La noche en que iba a hacerlo llegó temprano a casa a preparar lo poco que iba a llevarse. Estaba exhausto y tenía los nervios a flor de piel. Lo aguijoneaba la duda acerca de lo que iba a hacer. ¿Tenía sentido? Llevaba tres años sin tomar un respiro de la actividad partidaria y de las persecuciones y, además, mi mamá estaba embarazada de su tercera hija. Él le había hablado vagamente de un viaje de trabajo, pero ella sospechó. Estaban a punto de cenar cuando empezaron a discutir acaloradamente. “Sabía que me ocultaba algo –decía mi mamá–. Yo tenía una jarra de agua y le iba a servir. Pero me detuve y lo miré fijamente para que me dijera qué pensaba hacer”.

De pronto, mi padre se puso de pie, hizo a un lado las pocas cosas que preparaba para llevarse, y farfulló algunas palabras para sí mismo. Mi mamá vio en él una mirada angustiada que no había visto nunca antes. Sacó una cerveza de la nevera y volvió a la mesa, luchando por recuperar la compostura. Marla y Yuri, sus hijos de tres y dos años, mis hermanos, lo miraban en silencio, sentados frente a los platos de comida humeante. Mi padre iba a sentarse otra vez, pero se detuvo. Entonces sobrevino el ataque. Con una energía inesperada, volteó la mesa echando al suelo toda la vajilla. Permaneció inmóvil, tratando de ordenar los pedazos rotos de sí mismo, pero no pudo y, en vez de marchar a la montaña, fue hospitalizado en una clínica psiquiátrica.

A principios de 1963, semanas después de este episodio, emprendió un largo viaje que lo llevó, gracias a gestiones de sus amigos comunistas, a Europa y la Unión Soviética. Poco se sabe sobre su estadía en Moscú. Pasó dos meses en un sanatorio de la ciudad, rehabilitándose del alcohol y aliviando el reumatismo. Una fotografía lo muestra en el Teatro Bolshoi, acodado en una mesa sobre un fondo de terciopelo rojo y arabescos dorados. Lo acompañan dos hombres. Según contaba después, el más joven se llamaba Boris y era su intérprete. En su honor, llamaría Boris a su último hijo.

***

En las heladas caminatas por los jardines del sanatorio y por los bosques del parque Kolomenskoe, en Moscú, el agotamiento cedió y él empezó a dedicar tiempo y energía a la escritura. Regresó a Caracas en abril de 1963, pocas semanas antes del nacimiento de Valentina, su tercera hija, cuyo nombre exaltaba la hazaña de la cosmonauta Valentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio. Este nacimiento lo acercó de nuevo a la vida familiar. Alejado del alcohol, vivió uno de sus mejores momentos. Los conflictos y peleas con mi mamá habían disminuido aunque, por causa de la difícil personalidad de ambos y del carácter enamoradizo de mi padre, la relación nunca llegó a ser armónica. Fue un período de extraordinaria fecundidad para su obra. Al cabo de unos meses comenzó a escribir poemas en cuadernos escolares, con una letra llena de picos, siempre nítida. Eran versos extraños, en nada parecidos a su obra anterior, en los que intentaba reflejar en palabras lo que, decía, le había “llegado” en imágenes.

El año 1964, en que trabajó como corrector de pruebas y estilo, y como articulista en diversas publicaciones, puede verse cómo la aparición de una galaxia tras la explosión de una supernova: se sintió renacer. Trabajó con mayor intensidad y llegó a escribir más de 20 poemas en un solo día. Cada nueva jornada aparecían sobre el papel anagramas, anagogías y analogías desconcertantes, que podían leerse como expresiones que intentaban escapar del significado convencional, pero también como voluptuosas creaciones de una lengua en estado edénico. El producto de esa vertiginosa erupción es “El círculo de los 3 soles” (Editorial Zona Franca, 1969), compuesto entre 1964 y 1968, un volumen de más de 500 páginas con poemas que van de unas pocas líneas hasta trabajos de varias secciones con muchas páginas. Algunos están escritos en prosa y otros en largos bloques o en aforismos de pocas líneas. Algunos muestran un denso desarrollo y otros son ráfagas o pensamientos confusos. Hay un afluente caracterizado por ficciones matemáticas formuladas en ecuaciones inconcebibles. Hay parábolas que versan sobre dimensiones del tiempo y el espacio expresadas en genealogías inalcanzables para la experiencia humana de un solo hombre y que, sin embargo, son “vividas” por la voz poética. En otros poemas predominan las alusiones esotéricas trufadas en versos que refieren a transmutaciones alquímicas y cabalísticas. Hay una vertiente en la que se esbozan la metempsicosis de Rafael José Muñoz en RJM, muzoñumjuansan, el hijo, el padre y, finalmente, Rafsol. En las pastorales y elegías hay pájaros, árboles y paisajes que parecen pertenecer a lugares y civilizaciones del pasado o el futuro. En general, en los poemas menos convencionales el tiempo es alterado por momentos que quiebran la linealidad y palabras que equivalen a efectos sin evidente causa. Él decía que sus poemas venían de profundidades del ser y que le aparecían dictados por una voz interior.

Tengo un deseo extraño de colocarme en el Billón
de ir más allá, de colocarme en el Trillón
donde el tiempo anida sus Siglos.
Tengo un deseo extraño de ser Tres:
Onu ne aicnese y onirt ne anosrep.
Tengo ganas de quedarme así:
Uno en esencia y trino en persona.

En muchos poemas, el lenguaje es sometido a un estrujamiento tal que termina descoyuntado, vuelto una representación fonética. Cuando no escribía llevado por el frenesí, pasaba horas y horas absorto en la búsqueda de imágenes y símbolos que lo llevaran a crear una poética que buscaba unir la palabra y el número.

Desde las Sumarijas Regiones
Berlinescher astronomischer chlurder
Aften gnoste must;
Así son, por trillones de kilómetros
Bajando najitos, sin viento,
Entran hacia el callejón donde esperan las Cariátides (…).

“El círculo de los 3 soles” está poblado por una zoología, una geología y una botánica de ciencia ficción. En un poema habla de las “cuevas de Epsilón”, en otro menciona “la cola de Andrómeda bajo sudores de platino”, en otro se refiere a las “grutas de Osiris”. Los animales reales o imaginarios también están presentes: “el loro de Alejandría”, “la garza No. 1”, “el Venado de ojo de lucero”, “las Dos Hormigas Negras Evangelistas del Círculo”, “el Pez Austral”, “la Tortuga Argentorati”. A su exaltada memoria emocional y a la capacidad de evocar paisajes que no conocía, añadía el soplo de la fábula y la proporción del absurdo. Fue capaz de imaginar su propia gestación, en una revuelta y una burla contra su historia familiar.

Las revelaciones de Rafsol
Me fui a la colina y contemplé la noche,
otosoropas estrellas, begonias azules, anaxulas negras,
y en el infinito espacio la forma de un 3 (…).
Díjeme: Ex nació de Ex y engendró a Ox,
Ox creó a Seh y Seh engendró a Yex,
Yex creó a Lex y Lex engendró a Fex;
y cuando Fex hubo desaparecido
nació Agustín, hijo de Dominga;
y Agustín engendró a Tito y a Titina y a Tom y a Celenia
y a Amado;
y he aquí que más tarde, cuando pasean las cucarachas
por el corredor de las casas de Guanepa,
Agustín se encontró con Piedad,
hija de Pedro Celestino Muñoz;
y he aquí que Agustín y Piedad se unieron
y de esa unión nació Rito y Alí
y Rosalía y Ludgerio;
y Artajerjes nació de la unión de Piedad con Serrano.
Rito se llamó Rafsol
Díjose que nació por obra y gracia del Espíritu Santo;
Y que la mañana en que nació cantó un cristofué,
díjose también que nació con poderes extraños:
podía ver a 1.000 trillones de años luz,
podía resucitar a los muertos,
podía perdonar los pecados,
podía detener el Universo, si cerraba los ojos (…).

Símbolos alquímicos e iniciáticos como la roszul, el huevo, el mandala, la piedra, el espejo, el ojo, la llave deben vérselas con cruces, sepultureros, ataúdes, funerales. La presencia de la muerte es melancólica, como han destacado todos los críticos, pero no es menos cierto que para él la muerte no está exenta de festejo, ceremonia y humor negro. Entre todos los textos hay uno que escribió el 22 de marzo de 1968, cuando tenía 39 años, que sirve de pórtico al libro, y que es una invitación a su propio entierro:

Ha muerto cristianamente el señor Rafael José Muñoz. Sus amigos: Juan Liscano Velutini, Jesús Sanoja H., Ramakrisna, Krisnamurti, Romain Rolland, Pitágoras, Platón, Tsu Tsu, José Stalin, Mao Tse Tung, Moisés, Alberto Schweitzer, Hermann Hesse, Thomas Mann, Walt Withman, Mauricio Maeterlink, James Joyce, George Ivanovich Gurdjieff, Piotr D. Ouspensky, Madame Blavatsky, Annie Besant, Mabel Collins, Thomas Hamblin, Los Doce Apóstoles, Los Peregrinos de Oriente, invitan al acto del sepelio, el cual se efectuará el día 22 de marzo de 1968. Sitio de encuentro: Jardines de Guanola. Hora: 5 a.m. o 5 p.m.

La muerte ficticia del poema es el punto culminante de esa crisis existencial que lo hizo abandonar la política y abrazar la poesía.

Cuando “El círculo de los 3 soles” se publicó, en 1969, mi tío Alí Muñoz le celebró los sonetos. La respuesta de mi padre fue un golpe en el estómago: “Los sonetos los escribo para que los güevones (mentecatos) que no entienden lo otro, que es la verdadera poesía, se enteren de que de verdad escribo”.

Hoy, el crítico venezolano Rafael Arráiz Lucca considera “El círculo de los 3 soles” como uno de los diez libros de poesía venezolana más importantes del siglo XX y, con los años, Rafael José Muñoz empezó a ser mencionado como un poeta que además fue político, y no como lo contrario. Aunque la academia lo ha estudiado muy poco, varias generaciones de lectores lo han mantenido, de modo oculto y misterioso, increíblemente vivo.

Sus dos críticos principales, Juan Liscano y Guillermo Sucre, tenían visiones antagónicas sobre su obra. Liscano dice que Rafael José Muñoz recreó las vanguardias sin conocerlas a fondo. Guillermo Sucre, en “La máscara, la transparencia”, toma con pinzas esta tesis. Sin ocultar su desdén por Liscano y con abierto desaire hacia Rafael José, se pregunta si éste es un “poeta realmente complejo o simplemente complicado”. Dice, severo: “Este poeta venezolano transgrede todos los límites expresivos en insalvables criptogramas (…) El lenguaje de Muñoz, en gran medida, deja de ser un sistema de símbolos compartidos con el lector real o virtual”. Reconoce que la obra es el producto de “una gran tensión interior, de un inconsciente trabajado por las más duras pruebas personales”. Sin embargo, advierte: “El peligro de Muñoz, y se percibe mucho en su libro, es el de (re) caer en lo eneguménico: que ‘el humilde del sinsentido’ de que habla Lezama recordando a San Juan de la Cruz, derive en la arrogancia del furor destructivo”. Pero reconoce al poeta versátil y diestro que está detrás de lo que él llama la “arrogancia del furor destructivo”, tanto del lenguaje como de su propia persona. La confusión babélica, que por momentos recuerda la “cristalina mezcolanza” de Rimbaud, hace a Sucre hablar de una desmesura y una mitología personal que elevan a Rafael José Muñoz de rango, salvándolo de un anacrónico vanguardismo. Se trata de un “esperanto poético en el que caben diversos idiomas deliberadamente falseados”. Sin embargo, prefiere el lado mesurado de su poesía. “Así, hay otra cara de su libro (además de las mil que el tiempo irá revelando) en la que el lenguaje, sin perder su visión y su búsqueda extrema, vuelve por sus propios poderes, luminosos o oscuros, pero ya no abandonados al egotismo del poeta vidente (yo soy un elegido, es una de las convicciones de Muñoz). En ese otro plano es donde la experiencia sin duda mística de este poeta se ahonda y esclarece a sí misma; donde su mitología personal, adquirida o inconsciente, parece coincidir con un logos necesario”.

***

Durante estos años su relación con el alcohol empezó a ser otra vez tormentosa. Vivía torturado por la dipsomanía, que lo llevaba a pasar largos períodos de abstinencia, alternados con otros en los que el consumo de alcohol era incontrolable. Mi tío Alí Muñoz dice que su vínculo se resintió a causa de las hospitalizaciones, porque le tocaba ser el malo de la película. “En varias ocasiones tuve que hacerlo hospitalizar. Tu mamá quedaba inconsolable. ¿Pero qué iba a hacer yo? ¡Era mi hermano! Una vez le monté una trampa para llevarlo bajo engaño a la clínica. Al descubrirla, me insultó y se resistió de mil maneras. Como él era muy persuasivo, casi convence al doctor para que lo dejara ir. Entonces tuve que plantármele diciéndole: “Doctor, yo lo respeto mucho a usted, pero el poeta no saldrá de aquí bajo ningún respecto a menos que esté sobrio”.

Las clínicas eran un suplicio más truculento que la tortura. Lo enfundaban en una bata hospitalaria y lo amarraban a la cama para evitar que huyera. Y no sólo debía padecer el espantoso síndrome de abstinencia alcohólica, cuyos estragos físicos son más largos y terribles que los de la heroína o la cocaína, sino soportar el tratamiento de electroshocks con que pretendían curarlo. Pero el hospital no merecía el estoicismo de la cárcel. Los médicos decían que su mente había sufrido daños por la tortura y el alcohol y, aunque nunca hubo por parte de ellos un diagnóstico claro, muchos sostienen que su poesía era una expresión de locura, y que el trance onírico que usaba como método creativo era producto de una indeterminada enfermedad. Esta hipótesis es ingeniosa, pero limitada. Tiene, en el fondo más de demérito que de elogio, pues evade vérselas con lo que dicen o plantean los poemas mismos, su desorbitada creación y su profunda musicalidad.

Cuando Rafael José salía de las hospitalizaciones quedaba con los sentidos embotados, desconectado del mundo, en un pliegue del tiempo y el espacio donde sólo cabían él y sus demonios. Mientras tanto, el matrimonio se iba a la deriva. “El poeta era luz en la calle y oscuridad en la casa”, solía quejarse mi mamá, porque mi padre seguía siendo un amigo entregado a sus amigos pero un hombre complejo en su propia casa. Aunque mi mamá reconocía sus esfuerzos desesperados para superar el alcoholismo, sentía que sus hijos –Marla, Yuri, Valentina– ya habían sufrido suficiente durante una infancia trastornada por ausencias inexplicables, mudanzas repentinas y el acecho de los cuerpos de seguridad que, en busca de armas y propaganda, dejaban la casa patas arriba y el aire infectado de terror. Además, estaban las crisis recurrentes, marcadas por estallidos nerviosos y delirios que culminaban en hospitalizaciones.

Una noche de principios de septiembre de 1968, cuando ya había terminado la corrección de “El círculo de los 3 soles”, volvió achispado a casa. Estaba de un humor particularmente jovial y llevaba un ramo de flores con la intención de reparar las asperezas que había atravesado con Nelly en los últimos meses. Todavía quedaban restos de ternura entre ambos. Esa noche hicieron el amor por última vez en su vida. El encuentro de los dos cuerpos fue borrascoso. Pocas veces estuvieron de acuerdo en algo, salvo en el recuerdo de esa noche. Ella se quedó en silencio sintiéndose levitar. Él encendió un cigarrillo y la vio sumergirse en el sueño. De pronto, ella sintió que su cuerpo se desdoblaba y que atravesaba paredes hasta llegar a la calle. Él dijo que la vio salir del cuerpo y, al verla caminar por la calle en ropa de dormir, comenzó a llamarla para que volviera.

Mi mamá supo de inmediato que había quedado embarazada y, desde entonces, pasó cada día mortificada por los efectos que podía tener el alcoholismo de Rafael José en la formación del feto. Nueve meses después, el 21 de mayo de 1969, un día antes del cumpleaños número 41 de mi papá, nací yo, Boris, el hijo menor. Mi papá recibió la noticia con júbilo pero acusó a mi madre de haber adelantado el parto para evitar que naciera el 22, igual que él. “Tu papá era un ser arbitrario”, se oía repetir a mi mamá al rememorar mi nacimiento. Cinco días después, mi padre abandonó la casa.

***

Nadie ignora que, para llenar una ausencia, la memoria inventa recuerdos benévolos o disimula aquellos que resultan dolorosos. Durante mucho tiempo, mi imaginación volaba hasta la habitación del Hospital Clínico Universitario, donde murió mi papá y que yo nunca conocí. Allí, junto a la cama, veía su cuerpo atrapado por la camisa de fuerza. Escuchaba su voz llamando a mi mamá: “Nelly, Nelly, Nelly…”. Y sentía su respiración arrinconada. Después, esas imágenes terribles daban paso a otras en las que mi papá emergía de su lecho de muerte y se instalaba de nuevo en el mundo, sobrio y curado por siempre jamás. Esas fantasías lograban anular mi desdicha pero, tarde o temprano, la ilusión estallaba para dar paso al verdadero recuerdo de los días que compartimos entre 1978 y 1981, los únicos años en que, desde mi nacimiento, vivimos en familia.

En realidad, se separó de mi madre pero no de sus hijos. Desde que se fue, aunque no volvió a dormir en casa, nos visitaba varias veces a la semana. Los domingos nos llevaba al matiné del teatro Río de la Calle Real. Luego, religiosamente, terminábamos sentados todos en una mesa de La Giralda. Pero para mí el gran acontecimiento llegaba los sábados. Me recogía en nuestro apartamento del edificio Papirusa de la avenida Orinoco de Bello Monte y caminábamos a través de la avenida Casanova hasta llegar a la antigua Calle Real de Sabana Grande, en lo que luego se transmutó en una irreconocible arteria atascada de vendedores, a una estrecha pero infinita juguetería de la que yo podía llevarme cualquier cosa que quisiera. Me decía que era el Bazar Muñoz y que todo lo que había adentro era mío. Muchos años después, atando cabos, descubrí que el Bazar Muñoz no era sino el Rey de las Piñatas, una de las pocas tiendas que sobrevivió con cierta dignidad a las invasiones bárbaras que, en los años noventa, volvieron al bulevar más entrañable de la ciudad, un corredor asediado por todas las taxonomías de miseria humana. Cada vez que paso por ese punto de Caracas me asaltan aquellos episodios de felicidad infantil, perfumados con el aroma a lavanda de los pañuelos de mi padre. Son instantes cargados con una fulminante ilusión de eternidad, como si toda la alegría de la infancia estuviera cifrada en esas pequeñas ceremonias del amor.

Mi papá volvió a casa un poco antes de las elecciones presidenciales de 1978. Había trabajado en la campaña presidencial de 1972 como consejero político de Carlos Andrés Pérez, y luego como su secretario personal. Cuando Pérez fue electo presidente, en 1973, mi padre fue nombrado comisionado Especial de la Presidencia. Él esperaba que su participación en la arrolladora victoria del presidente fuera reconocida con un puesto más destacado, pero algunos de sus amigos más antiguos conspiraron en su contra calificándolo de hombre enfermo, no apto para una posición ejecutiva.

El día en que volvió, lo vi entrar a casa con la falta de energía propia de un hundimiento y la inconfesada desesperación de la derrota. Poco antes le habían diagnosticado cirrosis hepática. Su hígado se cobraba revancha produciéndole temblores y despellejándole las manos.

En aquella época, en la radio se oía día y noche “Paula C”, un despecho intelectualoso de Rubén Blades. Mi papá solía asomarse a la ventana y, mirando el cerro Ávila, repetir una y otra vez el estribillo: “Oye que triste quedé cuando se fue Paula C / Vivir sin un amor no vale nada / No vale nada, tú ves”. Por esos datos supe que él también arrastraba una pena de amor. De hecho, durante un tiempo se había enredado con una mujer mucho más joven que él y menos tolerante que Nelly, que lo había echado sin contemplaciones. También había malbaratado en aguardiente el dinero que había ganado durante sus años de trabajo en el gobierno. Cuando regresó a casa, interrumpió toda actividad partidaria, salvo la publicación de artículos de opinión en el vespertino El Mundo y comentarios sobre ocultismo en la revista Cábala. Supongo que creía que apartado de las causas políticas y de cualquier aspiración de poder, lejos de cualquier militancia, podría establecer una rutina normal con su familia. Pero vivía en permanente estado de guerra contra sí mismo, cargando con la tristeza elemental que siempre lo había perseguido.

Poco a poco, dejó de ser un hombre activo, enérgico y callejero. Renunció a frecuentar los bares de Sabana Grande para quedarse bebiendo, leyendo y escribiendo en casa. A la vez, adoptaba rituales y pasatiempos paradójicos, como hacer el desayuno los domingos o jugar a las adivinanzas con las canciones de salsa y la música clásica de la radio. Hoy me parece increíble que la melancolía que se lo tragaba no fuera suficiente para derribarlo por completo y hacerlo abandonar la escritura, a la que se aferraba con celo. Consumía diariamente un litro de ron y, arropado por el vapor etílico, se sentaba frente a la máquina. Una vez que empezaba a teclear sólo tomaba las pausas que le dictaba la respiración, como si escribir poemas y artículos lo mantuviera unido al mundo por un hilo de tinta.

A veces lo sorprendía declamando sonetos que había aprendido de memoria en la juventud, murmurando fragmentos incomprensibles. Insomne, cuando ya nadie en la casa estaba despierto, se sentaba de nuevo a escribir poemas que abarcaban la hoja completa, de arriba a abajo y de un borde al otro, sin dejar el menor resquicio libre. En la mañana, me asomaba a espiar la máquina de escribir pero, por lo general, no entendía nada del soliloquio interminable que poblaba aquel montón de papel.

No he podido encontrar más que un puñado de esas páginas entre los abundantes escritos que dejó. Sin embargo, en el último año he leído muchos poemas que puso en manos de Jesús Sanoja Hernández, gracias a quien se salvaron de las mudanzas familiares que parecían más bien naufragios. La mayoría están marcados por una honda tristeza. La evocación de la muerte ya no es irónica, juguetona o reflexiva, sino inmediata: la muerte como solución al dolor de vivir. Los últimos poemas apenas si despiden algo de la luz y el sentido que le faltaron a su vida.

En agosto de 1981, tres meses antes de morir, escribió un poema amoroso dedicado a Mireya, una joven vecina. Luego de comparar a la quinceañera con la luz del día, el canto de la tarde y decir que tiene un olor a pomarrosa, cambia de tono bruscamente:

Ya ni tengo ganas de vivir.
muero, seguido por mi propia muerte.
no tengo nada, todo se convierte
en un no ser, un desistir.
No aprendo ni siquiera a convivir
con la lluvia, la noche, con lo inerte.
Pienso en mi suerte, en mi pobre suerte.
solo pienso en mi polvo, en sucumbir.

Estoy seguro de que en ese momento ya presentía su propia muerte y, a pesar de que el alcoholismo lo inutilizaba cada vez más, durante los años previos se las había arreglado para terminar “En un monte de Rubio” (Editorial Centauro, 1979) y “Doña Piedad y las flores”, una plaquette dedicada a su madre. Más adelante, escribió “Homenaje a Pablo Neruda”, un libro que permanece inédito. El título “En un monte de Rubio” alude al lugar de nacimiento de su amigo Carlos Andrés Pérez, a quién consagra el libro como una especie de biografía poética. Sólo muy recientemente se lo ha empezado a leer con independencia del contexto político en que fue escrito ya que, en verdad, la crítica de la época no le prestó atención, ni siquiera para criticarlo como un servicio al poder.

Durante los tres años que vivimos juntos, la vida fue tumultuosa para todos. En los períodos de sobriedad parecía disfrutar de cierto sosiego, a pesar de que los temblores de la abstinencia le sacudían el cuerpo. En esos raros momentos, vivíamos la ilusión de la normalidad. Se levantaba temprano, se bañaba y leía el periódico antes de sentarse a su máquina. Si tenía que salir, pasaba a recogerlo un taxi o se iba caminando, pues le encantaba recorrer distancias que, para mi imaginación, eran inabarcables. Una vez caminamos tomados de la mano hasta la Plaza Venezuela. Luego de un buen trecho nos detuvimos a comer hamburguesas en un puesto callejero. No he olvidado que al ordenar las llamó “hamburger”, con pronunciación inglesa. Después atravesamos avenidas llenas de concesionarios de autos, hasta que giramos a la altura de la calle de los hoteles. Cuando por fin llegamos a la Torre Polar de Plaza Venezuela, me dejó en el cine mientras él se sentaba a conversar con su viejo amigo, el cantante puertorriqueño Daniel Santos, que no era adicto al alcohol sino a la cocaína. Ese día vi la película “Can’t Stop the Music”, una fabulación infantilizada sobre la formación de la banda gay Village People. Recuerdo todo con gran nitidez porque fui intensamente feliz durante el paseo. Pero al salir del cine encontré a mi papá con los ojos enrojecidos y el inconfundible aliento de los tragos.

A los períodos de sobriedad y lucidez los seguían inevitables crisis alcohólicas. Como cabía esperar, aquellos eran cada vez más breves y espaciados. Había días en los que salía a la calle sobrio y, un par de horas más tarde, un taxi lo dejaba en la puerta del edificio hecho un guiñapo. Varias veces cayó allí sin poder levantarse. Vivíamos en un primer piso, de modo que yo miraba todo escondido tras la ventana, con un escalofrío de vergüenza que venía acompañado por el deseo malsano de que el hombre tirado en el suelo no fuera mi padre. Los vecinos no sabían cómo reaccionar y yo me sentía incapaz de enfrentarme a ese espectáculo. Sin embargo, como no había nadie más en casa, bajaba a recogerlo y lo ayudaba a acostarse en el sofá.

Vivir con alguien encadenado a la melancolía y el dolor estuvo a punto de hacer perder la cordura a mi mamá. Cuando mi papá era atrapado por trances de delirium tremens, se desataban en casa situaciones descabelladas. Más de una vez lo vi sostener conversaciones simultáneas con grupos de amigos invisibles. Arreglaba como podía los muebles de la sala. Los invitaba a sentarse y, en una esquina del semicírculo, disertaba sobre política y filosofía, sobre el amor, la música, las noticias. En uno de esos delirios obligó a mi mamá a servir café a los seis miembros de su cenáculo. Ella, de hecho, vertió café en las seis tazas y las colocó con gran ceremonia donde se hallaban los amigos imaginarios. En otras ocasiones nos conminaba a mí o a alguno de mis hermanos a sentarnos en la sala para seguir con atención lo que esos fantasmas tuvieran que decirnos. Había duendes recurrentes, que aparecían para aliviar el desamparo en el que vivió desde su niñez. Uno de ellos, tal vez la más comprensiva de sus sombras, era el señor Angelo, un notario de modales corteses que llegaba sin anunciarse para consolar los desvelos del poeta con su sabiduría de otro mundo.

La única hospitalización que pareció curarlo de veras ocurrió a mediados de 1980, en el Hospital Clínico Universitario. Salió de ella renovado y casi brioso. Durante ese período comenzó a decir que estaba escribiendo otro libro de poemas. “Se llama ‘Los secretos del jabón azul’ y es sobre los arcanos de Hermes, el tres veces grande, quien anunció el cristianismo y escribió la ‘Tabla Esmeralda’”, afirmaba, rotundo y con teatral grandilocuencia. Nunca encontré ese libro entre sus papeles, salvo una mención aislada en otro poema, y una carpeta rotulada “Los secretos del jabón azul” que estaba vacía.

Aunque José Agustín Catalá, su fiel amigo y editor, aún se lamenta por haberle hecho más fácil la tarea de destruirse prestándole un apartamento para escribir fuera de casa, no es del todo exacto que se encerrara allí sólo para beber. El 24 de abril de 1980 entregó en Monte Ávila Editores un libro inédito titulado “Poemas”. Este manuscrito desapareció en el laberinto de archivos muertos de esa editorial. Pero también escribió su “Homenaje a Neruda”, ciento veinte folios de un desmesurado poema en el que la voz poética conversa con Neruda, llamándolo por su nombre o “el hondero entusiasta”. Allí mi padre mezcla referencias de la vida y obra del poeta chileno con la suya propia. Largos pasajes cabalgan hacia la incoherencia y, aunque siempre retoma el nombre de Neruda, por momentos refiere episodios y anécdotas políticas de sus años militantes, mencionando tanto a sus amigos como a sus adversarios y torturadores.

Es imposible precisar cuándo comenzó a beber de nuevo, pero debe haber sido a mediados de aquel año, poco después de enterarse de que un cáncer de pulmón devoraba a su hermano Ludgerio. Jesús Sanoja Hernádez escribió que cuando mi padre le entregó los originales de “Homenaje a Neruda”, cargaba “la muerte pintada en el rostro y metida en el alma”. Eso debe haber sido en septiembre u octubre de 1981.

Algunas semanas antes del día en que murió fueron a entrevistarlo unos periodistas del suplemento cultural “Papel Literario”, del periódico El Nacional. Sus respuestas fueron tan absurdas que nunca pudieron publicar el artículo. El fotógrafo Vasco Szinetar le hizo varios retratos esa mañana. Muestran a un hombre envejecido que aparenta al menos 20 años más de los 53 que tenía. A fines de septiembre llegó la noticia de la muerte de Rómulo Betancourt en Nueva York que lo hizo murmurar durante días, como si hubiese muerto un familiar muy cercano. A principios de octubre murió Ludgerio.

Mi papá no paraba de beber. Tenía las manos desconchadas por las cirrosis, estaba flaco y la cabeza se le había vuelto completamente blanca. Desde su habitación, que permanecía casi todo el día con la persiana baja, se filtraba un fuerte olor a bilis y alcohol. Sin embargo, entre nosotros la relación seguía estando llena de ternura.