Miguel Ángel Tobar era un hombre que desde noviembre de 2009 sabía que sería asesinado.

Él tenía dudas acerca de quién lo asesinaría. A veces creía que lo harían unos policías del occidente de El Salvador. A veces creía que sería asesinado por pandilleros del Barrio 18. Pero la mayor cantidad de veces en las que pensaba acerca de su muerte, estaba convencido de que sería asesinado por pandilleros de la que fue su pandilla, la Mara Salvatrucha.

Miguel Ángel Tobar, un hombre de 30 años, estaba convencido de que no moriría de un ataque cardíaco ni de una caída desde las alturas ni tampoco de viejo –jamás pensó que moriría de viejo-. A veces pensaba que moriría masacrado en alguna vereda polvosa del departamento de Santa Ana o una del departamento de Ahuachapán. Desde enero de 2012 que lo conozco, siempre tuvo presente que “La Bestia” lo seguía. Lo decía todo el tiempo. Por eso, Miguel Ángel Tobar recuperó el año pasado la escopeta 12 que había enterrado en un predio baldío luego de robarla al vigilante de una gasolinera de El Congo durante un asalto que la Policía le pidió que hiciera. Era complicada la vida de Miguel Ángel Tobar. Por eso él consiguió a principios de este año una pistola .357, pero la Policía se la decomisó cuando él caminaba cerca de su casa, en el cantón Las Pozas, del municipio de San Lorenzo, en el departamento de Ahuachapán. Por eso, porque sabía que La Bestia lo seguía, Miguel Ángel Tobar cruzó la frontera con Guatemala por un punto ciego a principios de este año y pagó 20 dólares para que le fabricaran un trabuco –dos piezas tubulares de metal que al chocar percuten un cartucho de escopeta 12-. Miguel Ángel Tobar sabía que sería asesinado, pero pretendía evitar ser descuartizado, torturado, ahorcado. Él prefería un balazo.

Sabía tanto que su muerte sería un asesinato que el tema se podía tocar sin ningún tapujo. El martes 14 de enero de este 2014 lo visité. Solía visitarlo al menos una vez al mes desde que lo conocí en enero de 2012. Ese día él sentía que su muerte estaba más cerca que de costumbre. La noche anterior le dijeron que unos jóvenes habían llegado al cantón donde él vivía y habían preguntado por el marero del lugar. Ese día hablamos adentro del vehículo de vidrios polarizados en el que lo visité. El motor del carro nunca estuvo apagado.

-Ey, hay un problema, Miguel. Como a cada rato cambiás de teléfono, cuesta localizarte. Necesito que me des números de tu familia para llamarles por cualquier cosa –le dije aquel martes.

-Ah, simón, por si algo pasa… O sea, para que te avisen cuando me maten y te digan: ey, mataron al Niño –me dijo en el pick up Miguel Ángel Tobar, que siempre se refería a él por el apodo que tenía en la Mara Salvatrucha. El Niño de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya.

El pasado viernes 21 de noviembre no me llamó ningún familiar. Me llamó un vecino de El Niño desde el cantón Las Pozas. Fue él quien a las 3:43 de la tarde me anunció que había pasado lo que todos sabíamos que iba a pasar.

-Ey, malas noticias. Se dieron al Niño en San Lorenzo.

***

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Si se le preguntaba a cuántas personas había asesinado, él contestaba:

—Me he quebrado…me he quebrado 56. Como seis mujeres y 50 hombres. Entre los hombres incluyo los culeros, porque he matado a dos culeros.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

En expedientes policiales hay evidencia de 30 de los homicidios en los que ese hombre participó cuando era pandillero de la Mara Salvatrucha.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Era uno despiadado. Allá por 2005 asesinó junto con otros pandilleros a un joven de unos 23 años a quien apodaban Caballo. Ese hombre en un acto de idiotez había decidido tatuarse un 1 en un muslo y un 8 en el otro, pero también tenía tatuadas dos letras en el pecho: MS. Quién sabe cómo lo logró, pero Caballo se presumía pandilllero del Barrio 18 cuando le convenía y marero de la Emeese cuando era mejor para él. Miguel Ángel Tobar descubrió su secreto, lo adentró con mentiras en los montes de Atiquizaya junto a otros emeeses. Lo asesinaron. Basta decir que Caballo murió sin brazos, sin piernas, sin tatuajes. Y, cuando ya no tenía nada de eso, aún alcanzaron a torturarlo unos minutos más. Fue ese día cuando Miguel Ángel Tobar, que era conocido en su clica como Payaso -gracias a su cara socarrona, alargada, boca grande- se cambió su apodo al de El Niño, porque cuando le sacó el corazón al Caballo tuvo una epifanía y aquello le pareció como el nacimiento de un bebé. De un niño.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Eso todos lo saben desde hace mucho. La Policía, cuando se le acercó a principios de 2009 para que le ayudara a resolver casos de homicidios cometidos por la Hollywood Locos Salvatrucha, sabía que se acercaba a un homicida. Nunca creyeron que era otra cosa. De hecho, el cabo de la Policía que llegó hasta su casa en el cantón Las Pozas a buscarlo aquella tarde que Miguel Ángel Tobar decidió traicionar a su pandilla, tuvo que tener precauciones. El pandillero estaba armado esa tarde con una .40 y una .357 y bajo los efectos del crack, pero aceptó acercarse hasta el puesto de investigadores del municipio de El Refugio.

El Niño se sentía acorralado. Su clica empezaba a sospechar que él era el asesino de tres de los pandilleros de la clica de los Parvis Locos Salvatrucha de Turín (municipio vecino de Atiquizaya) que habían matado a su hermano. Así es el interior de una pandilla, un manglar de intrigas y conspiraciones entre sus propios miembros. El hermano de El Niño, apodado El Cheje en su clica, fue asesinado en 2007. El Niño, poco a poco, vengó su muerte discretamente, sin anunciarlo a nadie de su clica. Asesinó a Chato, Zarco y Mosco de un tiro en sus cabezas. Solo sobrevive un pandillero conocido como Coco, que huyó de la zona occidental del país al ver que sus amigos de crimen caían uno a uno con el cráneo perforado por el hermano de su víctima.

Sin embargo, Miguel Ángel Tobar fue mucho más que un asesino. Él fue la llave que la Policía y la Fiscalía usaron para meter en la cárcel a más de 30 pandilleros de las clicas Hollywood, Parvis y Ángeles, de Santa Ana y Ahuachapán. Fue el testimonio de ese hombre el que logró que un juez dictara 22 años de prisión contra los dos líderes de la Hollywood. Uno es José Guillermo Solito Escobar, conocido como El Extraño, un treintañero líder de la pandilla en la zona de Atiquizaya. El otro es más célebre, incluso fue citado por el ex ministro de Justicia y Seguridad de El Salvador, Manuel Melgar, como uno de los pandilleros que habían dado el salto a crimen organizado en el país. Se trata de José Antonio Terán, conocido como Chepe Furia, un cuarentón, ex guardia nacional, dueño de los camiones recolectores de basura de Atiquizaya, uno de los primeros miembros de la MS en Estados Unidos, fundador allá de la clica Fulton Locos Salvatrucha y en El Salvador fundador de la clica Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Hoy, gracias a lo que dijo Miguel Ángel Tobar en un juzgado especializado de San Miguel, Chepe Furia y El Extraño cumplen 22 años de condena por haber asesinado a un informante de la Policía en el departamento de Usulután el 24 de noviembre de 2009. El muchacho se llamaba Samuel Trejo, tenía 23 años cuando lo asesinaron, y era conocido en la pandilla como Rambito.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Sin embargo, sin su ayuda, 30 asesinos estarían sueltos en El Salvador. Y probablemente –muy probablemente- ese hombre fue asesinado por haber dado esa ayuda a la justicia salvadoreña. Y quizá hubiera encerrado a 11 más, pero ya no podrá declarar en el juicio contra los pandilleros acusados de tirar cadáveres a un pozo abandonado en medio de una milpa en el municipio de Turín.

El viernes 21 de noviembre no solo fue asesinado un asesino. Fue asesinado un testigo protegido del Estado salvadoreño. El viernes 21 de noviembre Miguel Ángel Tobar fue asesinado a balazos en un acto de sicariato. Ese día fue asesinado un hombre al que el Estado salvadoreño prometió proteger a cambio de su testimonio. Era un hombre al que incluso el Estado le había dado un nuevo nombre. Liebre o Yogui. Así lo llamaban en los expedientes judiciales y en los juicios, cuando aparecía con un pasamontañas y vestido de policía con uniformes que le sobraban en su cuerpo menudo pero recio. Miguel Ángel Tobar era un hombre que fue asesinado mientras el Estado cuidaba de él.

***

La bicicleta y el charco de sangre que salió de su cabeza están a 30 pasos aquí en la calle del municipio de San Lorenzo, detrás del puesto policial. Aquí todos conocen esta como la calle al Portillo. Es viernes 21 de noviembre de 2014. Son las 8 de la noche.

San Lorenzo es un municipio al que se llega pasando Santa Ana, entrando a Atiquizaya, dejando atrás el parque central y recorriendo unos 20 kilómetros por una calle de dos carriles que rompe el llano en medio de cerros. Llego aquí acompañado de mi hermano Juan, con quien visitamos a El Niño desde enero de 2012.

El puesto policial es una casita que está casi al final del casco urbano de San Lorenzo. A esta hora temprana de la noche, este municipio es oscuro. Unas pocas bombillas públicas iluminan la calle. La gente se duerme poco después que los pollos y solo un pequeño grupo de muchachos platica en la calle. Se extrañan al ver pasar el pick up.

En el puesto policial hay dos agentes. No dan ninguna señal de temor. Si un pick up polarizado se acerca a un puestito policial de un municipio rural salvadoreño por la noche, muy probablemente los agentes lo recibirán con la mano en la pistola. Si no lo hacen, como aquí en San Lorenzo, es porque no consideran que están en un punto crítico de este país. Y no lo están. San Lorenzo, con una población que ronda los 10,000 habitantes, tuvo, según datos de la Policía, cero homicidios en 2013; en 2012, dos homicidios; y en 2011, cero homicidios. De hecho, este año los dos agentes del puesto solo recuerdan un homicidio, el que ocurrió hoy hace unas horas, el de Miguel Ángel Tobar, El Niño. Desde junio de 2012, este es el primer asesinado en San Lorenzo. Eso hace de San Lorenzo un pedacito afortunado de este país.

Tras una breve charla queda claro que El Niño es considerado por los policías como una lacra, alguien que estaba destinado a morir. “Era problemático”. “Era un delincuente”. “Incluso este año tuvo un problema de que lesionó a un compañero de la DIC (División de Investigación Criminal) de Santa Ana que estaba en su tiempo libre tomando allá en el cantón de donde era ese muchacho”.

El Niño era conocido en toda la zona. San Lorenzo, a la luz de las cifras, no es un municipio con serio problema de pandillas. El mismo Niño lo describía como un lugar de asaltantes y miembros de bandas de robafurgones, pero no de pandillas. Era zona de paso de pandilleros que se movían entre la frontera con Guatemala y Atiquizaya, pero no de habitación. Cuando el Niño llegó al lugar, a mediados de este año, empezó a correrse la voz de que un pandillero o un traidor de la pandilla o más bien un líder de la pandilla vivía en el cantón Las Pozas. Unos decían una cosa y otros decían otra. La primera vez que lo visité en su casa, una de esas veces en las que conversamos dentro del carro con el motor encendido, varios curiosos llegaron a ver quién visitaba al célebre Niño. Llegaron vendedoras, vecinos, estudiantes de la escuelita del polvoriento cantón Las Pozas.

Los policías lo odiaban en primer lugar porque había sido pandillero. Hablaba como pandillero, era problemático como son los pandilleros, e irreverente y mariguanero.

Muchos policías de la zona lo odiaban porque era el testigo clave en el caso contra dos cabos de Atiquizaya. Se trata de José Wilfredo Tejada, de la unidad contra homicidios de Atiquizaya, y Walter Misael Hernández, de la unidad contra extorsiones. La mañana del 24 de noviembre de 2009, estos dos policías solicitaron a la unidad de seguridad pública que detuviera, en el mercado, a un muchacho de 23 años, porque tenían que hablar con él. Ese muchacho era Samuel Trejo, conocido como Rambito. Ese muchacho fue asesinado por Chepe Furia. En el libro de novedades del 24 de noviembre de 2009 consta que esos dos cabos se llevaron al muchacho de la subdelegación de Atiquizaya y nunca lo devolvieron. Horas después, El Niño lo vio en un pick up que era conducido por Chepe Furia y donde también iban El Extraño y otro pandillero deportado de Estados Unidos en 2009 con cargos de lesiones graves. En Maryland, según su ficha de deportación, ese otro pandillero era conocido como Baby Yorker. Aquí se renombró como Liro Jocker. Su nombre real es Jorge Alberto González Navarrete y tiene 32 años. Chepe Furia, El Extraño y Liro Jocker se llevaron a Rambito en un pick up, y El Niño los vio.

El muchacho, Rambito, que iba en ese pick up horas después de haber sido sacado de la subdelegación por los cabos, apareció asesinado 13 días después en una carretera en el departamento de Usulután. Putrefacto. Tenía las manos atadas por atrás con un lazo azul –el mismo lazo azul que El Niño declaró ver en el pick up-. El informe forense dice que fue asesinado el mismo día que los cabos lo sacaron de la subdelegación, el mismo día que los pandilleros se lo llevaron en el pick up. El informe dice también que lo torturaron y luego le metieron tres balazos en la cabeza. Los investigadores de la Policía aseguran que Rambito era informante de la Policía y ayudaba a levantar un caso de extorsión contra Chepe Furia.

Antes de llegar hasta el pick up de Chepe Furia, cuando El Niño caminaba hacia el punto de encuentro, había visto a los cabos pasar con Rambito en otro pick up. Eso declaró en la primera etapa del juicio.

El miércoles 15 de enero de este 2014, más de cuatro años después del asesinato de Rambito, los cabos fueron absueltos. Sus colegas policías no quisieron declarar nada. Dijeron no recordar lo que habían dicho en etapas anteriores del juicio. Dijeron que no recordaban si esos cabos habían pedido detener a Rambito el día de su asesinato. Los fiscales les mostraron el libro de novedades, donde esos mismos policías, de su puño y letra, habían escrito que los cabos se habían llevado a Rambito. Luego les mostraron a esos policías su declaración anterior, donde recordaban todo con claridad. Luego les recordaron que estaban bajo juramento. Los policías, los tres que declararon, dijeron que reconocían su letra, pero que ya no recordaban nada, que estaban confundidos. Bajaron la cabeza –los tres- y repitieron lo mismo: no recuerdo, no recuerdo, no recuerdo.

El Niño entró ese día con la cara cubierta a la sala de juicio del Juzgado Especializado de Sentencia de San Miguel. Aquel día, la Fiscalía le había asignado el nombre de Yogui. Así lo llamaban en su calidad de testigo criteriado. Poco después de haber entrado a aquel horno, se quitó la máscara. Dijo que le picaba la cara. No le importó que lo vieran los abogados defensores de los cabos acusados –que ya estaban atrás de un biombo, rezando-. Dijo que total a él ya lo conocían. Todos sabían que El Niño era Miguel Ángel Tobar. Por orden del juez se puso de nuevo el pasamontañas y actuó igual que los policías que fueron citados como testigos. Dijo que no recordaba nada, que no recordaba nada de lo que había dicho antes, que no recordaba haber visto a Rambito en el pick up ni nada de nada. Los abogados defensores de los cabos reían en la sala de juicio, los fiscales se volvían a ver entre ellos, incrédulos, asustados. Los cabos rezaban tras el biombo. Los cabos fueron absueltos.

Las sentencias son un sinsentido bajo la lógica común. Los cabos absueltos sacaron a Rambito del lugar de su detención. Este terminó en manos de los pandilleros que están condenados por asesinarlo. En medio de una cosa y otra todo es borroso.

La Fiscalía, en aquella sala, sin El Niño, no era nada. Era dos fiscales asustados haciendo el ridículo. Era un espectáculo chistoso del que se reían dos abogados defensores privados.

Yo salí confundido de la sala. Pensé por un momento que El Niño me había engañado. Luego recordé que él mismo me había contado que algunos investigadores de Atiquizaya y El Refugio le habían pedido que se equivocara en la primera fase del juicio, que confundiera a los investigadores en el reconocimiento. Le ofrecieron 5,000 dólares por equivocarse, me contó El Niño. Luego le ofrecieron ir a cometer un homicidio a un monte de Atiquizaya, pero le dijeron que le darían el arma cuando estuvieran allá. El Niño, con odio, se rio de lo burda de la estratagema cuando conversamos en una de mis visitas.

—Pendejos, ilusos, malditas ratas, ellos querían “caminar” a al Niño. La Bestia, pendejos.

Cuando el juicio terminó y los cabos salieron libres, llamé por teléfono a El Niño.

—Niño, ¿vos me mentiste a mí o le mentiste al juez?
—Yo los vi con Rambito y vi a Rambito irse con Chepe y los otros… La onda es que… Yo sólo no quería decir lo mismo. Ya tengo demasiadas cruces encima como para ponerme una más.

***

Cuando ocurrió aquella escena en San Miguel, El Niño no vivía en el cantón Las Pozas, de San Lorenzo. El Niño vivía en el municipio de El Refugio, muy cerca de Atiquizaya. Vivía en una casita con solar que la Policía y la Fiscalía le pagaban. Vivía enfrente del puesto de investigadores policiales de El Refugio. En teoría, lo habían sacado de Atiquizaya porque los mismos investigadores estaban convencidos de que Chepe Furia había infiltrado la subdelegación de ese municipio.

En El Refugio vivían el Niño, su compañera de vida, de 18 años, y su hija Marbely, de dos. Vivían de lo que El Niño pudiera hacer, que era cultivar mariguana o traer un poco de mariguana desde Guatemala a través de sus contactos y venderla en pequeñas dosis a los pocos consumidores que sabían que él vivía ahí. Por lo demás, la Unidad Técnica Ejecutiva del Sector Justicia (UTE) le enviaba cada mes una canasta, la canasta que preparan para los testigos criteriados que no viven en casas de seguridad de la UTE. La canasta es miserable.

La UTE atiende a unas 1,000 personas cada año. La gran mayoría son víctimas o testigos oculares de algún hecho delictivo. Solo unos 50 cada año son como El Niño, testigos criteriados. Asesinos, ladrones, coyotes protegidos por la Fiscalía y la Policía para que declaren en juicio. El trato es sencillo: protección y mantenimiento a cambio de la traición en juicio a tu grupo de criminales.

Así, El Niño obtenía del Estado la casita con solar y una canasta mensual con cuatro libras de frijoles, otras cuatro de arroz, pasta, salsitas de tomate, sal, azúcar, aceite, papel higiénico, jabón, cepillo. Punto. Por eso, para comprar más comida, ropa para la niña o leche, El Niño vendía mariguana.

Lo que ocurrió es que desde enero de este 2014, la canasta dejó de llegar. Sin que le hicieran saber razón alguna, la canasta dejó de llegar. El Niño aún tenía que declarar contra los policías y contra los asesinos del pozo de Turín –donde él mismo participó en el lanzamiento de dos cadáveres-. Y no solo la canasta. Los 60 dólares que los policías le entregaban de vez en cuando dejaron de llegar. Cuando la Policía consigue testigos que dan buena información suelen darles una pequeña cantidad mensual para mantenerlos controlados.

El Niño decidió largarse en marzo de la casita de El Refugio con su mujer embarazada y Marbely.

Al principio, El Niño dejó a su familia en la casa de Las Pozas y se fue a vivir en un monte cercano en una casita abandonada que algún agricultor de la zona levantó años atrás. Vivía resguardado por la escopeta 12 que escondió tras el asalto a la gasolinera. Ese asalto a la gasolinera de El Congo en 2009 era una acción policial. El Niño era el infiltrado en el grupo de pandilleros, cuando la pandilla aún no se enteraba de que era un traidor. Él iba a informar del asalto minuto a minuto para que la Policía llegara. Eso hizo. Envió mensajes, pero las patrullas nunca aparecieron, así que decidió participar de lleno en el asalto y llevarse la escopeta del vigilante y algo de dinero. El Niño recuperó su escopeta cuando se fue de El Refugio, y se llevó consigo a tres muchachos de Las Pozas a los que él llamaba los ganyeros, porque todos consumían mariguana y de alguna u otra forma tenían problemas con los emeeses que de vez en cuando llegaban a Las Pozas a vigilar que el Barrio 18 no se hubiera tomado ese territorio de nadie. En Las Pozas hay pintas de la MS y de la 18. Es un territorio de paso de ambas pandillas.

El Niño y los suyos, allá en el monte, dormían por turnos: dos descansaban y dos vigilaban, y bajaban solo si era necesario proveerse de algo.

La primera vez que lo visité fuera de El Refugio, el Niño me indicó que lo esperara en una vereda que sale a la carretera que va a San Lorenzo, donde hay un grande y frondoso amate. Esa es zona 18. Unos muchachos de una llantería estaban ya demasiado inquietos por la presencia inmóvil de un pick up polarizado en medio de la nada. De repente, El Niño salió de la vereda a paso rápido. Llevaba en la mano un machete corto y en el pantalón un trabuco y cinco cartuchos de escopeta 12. Iba con el pasamontañas que ocupaba en los juicios como gorro, a medio poner. Se metió en la parte de atrás del carro –adelante me acompañaba mi hermano Juan-. Iba asustado, agitado. Veía para todos lados. Dijo: “¡Démosle, démosle con todo, metele la pata!” Cuando pasamos por Atiquizaya, se hundió en el asiento lo más que pudo y se tapó la mitad de la cara con una mano. Nos metimos en un motel de la carretera que va a Santa Ana. Cerramos el portón y pusimos tranca. Y entonces logramos conversar con calma.

Poco a poco fue midiendo los riesgos en Las Pozas y decidió volver a la casa de su madre, donde nació y creció. Vivía en alerta. Tenía un sistema de ganyeros que vigilaban cualquier movimiento extraño.

Ya fuera de El Refugio era mucho más difícil localizarlo. Se deshacía de los celulares cada semana. Viajaba por el monte hacia Guatemala a comprar onzas de mariguana para venderlas en Las Pozas. Fue detenido varias veces por soldados y policías. Le decomisaron las armas, lo arrestaron cuando iba al río a pescar y le encontraron dos puros de marihuana que pensaba fumarse para relajarse un poco. Lo llevaron a Atiquizaya y lo metieron en la bartolina de los emeese. Eso ocurrió el pasado octubre. El Niño había dicho que él era un retirado de la clica de los Centrales Locos Salvatrucha de San Salvador. El Niño me contó que un policía pasó por la celda cuando él ya estaba adentro y dijo: “Este es el Niño de Hollywood, el que metió preso a Chepe Furia”. El Niño, por suerte, había logrado esconder la hoja de una navaja de bolsillo en su calcetín. Se amotinó en una esquina de la celda, pero los pandilleros –muy jóvenes, los recordó El Niño- no se atrevieron a atacar al celebérrimo expandillero. Finalmente, llegó la orden de que lo sacaran de esa celda, porque él, mientras blandía su navajita frente a los mareros, estaba bajo la protección del Estado. Eso se suponía.

El Niño era lo que era, un hombre de vida dura, un delincuente. Y, ya suelto, empezó a vivir como tal. Se peleaba en la cantina. E incluso en una ocasión, noqueó a un policía vecino, que un día borracho entró a casa de El Niño aprovechando que este dejó la puerta abierta para meter un tercio de leña, y empezó a insultarlo diciéndole “culero, traidor de la Mara, maricón”. El Niño lo atizó. Horas después, el policía recibió dos disparos de escopeta 12. Él acusó a El Niño. Tres testigos de la zona me aseguraron que fueron dos muchachos desconocidos en el cantón que pasaron por ahí. El Niño ya no tenía su escopeta en ese entonces. Él me aseguró que fueron “unos bichos dieciocho” que, según su hipótesis, pasaron y vieron al policía de la División de Investigaciones Criminales de Santa Ana ebrio y decidieron atentar contra él.

Era muy común que El Niño se despidiera de la misma manera tras mis visitas.

-Va, pues, a ver si cuando vengás a la próxima sigo vivo.

***

La reconstrucción que la Policía hizo de la escena del crimen señaló esto: El Niño iba en bicicleta por la calle hacia el Portillo, en San Lorenzo. Es una calle que conecta con caminos de tierra que llevan hasta el cantón Las Pozas. De frente a él, una mototaxi apareció con dos hombres gordos, rapados y de unos 40 años. Lo embistieron con la mototaxi. Su bicicleta quedó tirada. El Niño corrió. El primer tiro de los seis le entró por la espalda. Las primeras gotas rojas sobre el pavimento están a apenas un metro de la bicicleta. Avanzó mientras le asestaron otros dos tiros, uno en la cabeza, atrás de una de sus orejas y otro al costado. Las gotitas se hacen más frecuentes a los 15 pasos largos. Dio 15 pasos más. Cayó boca abajo. Se volteó hacia arriba para pelear. Los victimarios se acercaron y le metieron tres tiros más. Cabeza y pecho. Las vainillas de las balas están ahí, a la par del charco de sangre pintado en el pavimento, esparcido, como si un animal herido se hubiera arrastrado. Los asesinos se largaron no hacia el monte, sino que hacia el pueblo de San Lorenzo en una de esas mototaxis que hacen un estruendoso ruido. La escena está a unos 50 metros del puesto policial. Los policías llegaron como 20 minutos después del hecho. No hubo operativo de búsqueda ni nada por el estilo.

Lo imagino, sobre todo, revolcándose en el pavimento y boqueando sangre. Lo conozco. Sé que peleó como animal hasta el último momento. Ya lo habían intentado matar antes. Ya había peleado como bestia, con cada pedazo de su cuerpo. Siempre dijo que un balazo era algo que seguramente le ocurriría, pero que se lo llevara La Bestia, que lo levantara y lo llevara a un lugar donde matarlo tranquilamente… “Eso no, eso está paloma”, decía. Y lo decía porque lo sabía, porque él había sido esa bestia antes.

El viernes 21 de noviembre de 2014, el día de su muerte, el Niño había ido a San Lorenzo a asentar a su segunda hija. Llevó su documento único de identidad y el de su mujer. Le puso Jennifer y tiene tres meses de edad. Ella se quedó huérfana de padre el mismo día que su padre la reconoció como su hija.

***

Nadie, ni un policía ni un fiscal ni un juez ni un funcionario de la UTE, hizo nada para que El Niño estuviera a resguardo de nuevo. Nadie hizo nada siquiera para que le devolvieran la canasta de víveres. Todos los policías con los que hablé del caso durante estos más de dos años sabían que el Niño terminaría asesinado. Lo decían como si eso no representara un fracaso de ellos mismos.

En marzo de 2014 publiqué en El Faro una crónica titulada “La espina de la Mara Salvatrucha”, un perfil de El Niño que mi hermano Juan y yo escribimos en 2013 para un libro. Más o menos un mes después, mi hermano Carlos, también reportero de El Faro, me dijo que Raúl Mijango le había trasladado un mensaje de la ranfla nacional de la Mara Salvatrucha. Raúl Mijango es –acortando lo más posible su extenso currículum- un ex comandante guerrillero que desde marzo de 2012 se presentó a sí mismo como mediador entre el gobierno y las pandillas en la tregua que nació ese mes y redujo drásticamente los homicidios durante más de un año. La tregua ahora se desmorona al ritmo de la subida de los homicidios. Mijango sigue siendo reconocido por los pandilleros como su interlocutor. La ranfla nacional es el grupo de líderes nacionales que marcan las pautas generales para todas las clicas de la Mara. Todos están presos en el penal de Ciudad Barrios. En aquella ocasión, Mijango le dijo a mi hermano que la crónica causó malestar entre los ranfleros, que no les gustó que se ventilaran interioridades de la pandilla. Mi hermano Carlos preguntó a Mijango, entendiendo que la publicación aumentaba el riesgo de El Niño, si había alguna solución para su caso. La respuesta de Mijango fue: “No, no hay ninguna solución”.

Todos sabíamos que El Niño sería asesinado. Yo era uno de los que lo sabíamos.

Nadie hizo nada por evitarlo.

***

En una ocasión a principios de 2013 tuvimos esta conversación en el solar de El Refugio, mientras comíamos unos pipianes hervidos.

—¿Sentís que te usaron? —pregunté.
—Si de todo mi caso el único menos alivianado soy yo. Todos los viejos de allá arriba, de la alta sociedad, han salido alivianados. ¿Cuánto valía la muerte de Rambito? 11 mil dólares pagó Chepe Furia para que caminaran a Rambito. Yo soy el que menos he sacado.
—¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué nos garantiza que cuando el Estado te suelte no seás sicario?
—No me han ofrecido otro camino. Tendría que haber un programa de trabajo. Te vamos a dar chance de que barrás en tal juzgado. Yo no me he borrado las tintas porque no me han ofrecido nada, y al menos esto me protege con respeto si me voy a otro lado. La información que he dado vale. Yo dije que yo fui, que yo disparé, y que los otros hicieron lo que hicieron. ¡Eso vale!
—¿Vos descartás que volvás a las andadas?
—No lo puedo descartar. Si estando aquí me han ofrecido oportunidades.
—Y a vos, ¿qué te debemos nosotros los salvadoreños?
—Yo arriesgo mi vida. Salí yo de las calles y saqué a otro vergo de sicarios. Por eso hay un vergo de gente que me quiere matar. Policías, pandilleros. Yo no sé quién trabaja para quién aquí. Es una onda que se llama crimen organizado. Yo no quiero estar ya en este riesgo, tengo a mi niña. A la sociedad no le importa que esté en este riesgo, a ellos solo les importa que el testigo ya declaró. Si ellos se pusieran a pensar y dijeran: “Ey, a este bicho le puede ir mal, tiene a su hija, tiene a su mujer, pongámosle al menos una chambita”.

***

Los pandilleros que lo amenazaron por teléfono desde el penal de Ciudad Barrios en 2011 se equivocaron. Le dijeron que lo iban a dejar oliendo a pino. Se referían al material del ataúd. El Niño también se equivocó. Les dijo que no sabían a qué olía el pino, y que los ataúdes en su zona los hacían de mango y conacaste.

El ataúd de El Niño es de teca. Era el más barato de la funeraria. Lo donó la alcaldía de San Lorenzo a petición del suegro de El Niño.

La vela transcurre sin novedades este sábado 22 de noviembre. Unas 30 personas, amigos de la madre de El Niño, cantan coros evangélicos. Uno de esos coros dice algo como que solo dos lados hay, uno es el recinto celestial y el otro es el lago infernal. Hay atol, café y pan dulce. La madre de El Niño está derrotada en una silla de plástico a la par del ataúd. No llora, no es primeriza en esto. En 2007, la Mara Salvatrucha asesinó a su otro hijo, un pandillero de la Parvis Locos Salvatrucha de Atiquizaya a quien llamaban Cheje. Hoy ella no llora, solo está derrotada sobre la silla, sin hablar. La viuda de El Niño amamanta a Jennifer en una esquina.

Afuera hay fiesta. En el cantón Las Pozas hay fiesta. Hay una tarima y hay una discomóvil que echa unas pocas luces de colores y pone reguetón a todo volumen frente a la escuela. La fiesta está a 100 metros de la vela, por eso el reguetón y los coros evangélicos luchan por sobresalir. La fiesta ya estaba programada, se hace todos los años por estas fechas, la organiza la alcaldía de San Lorenzo. No la iban a detener por un muerto.

***

Es domingo 23 de noviembre, son las 12 del mediodía. Es el cementerio de Atiquizaya. Es el entierro de El Niño. La tumba es un hoyo a la par de un barranco en los linderos del cementerio. El hoyo lo abrió desde la mañana el suegro de El Niño. Unas 30 personas llegan. La mayoría de ellas convocadas por el pastor que predica en el cantón Las Pozas. Unas cinco tumbas más allá, un grupo de pandilleros chivea con dados. El enterrador, sentado junto al vigilante municipal del cementerio, nos dijo al entrar que “ellos son los que controlan aquí”. La zona está dominada por el Barrio 18. La presencia de mi hermano Juan y la mía es desconcertante para los pandilleros que rondan el entierro. Uno aparece del barranco. Llegan dos más a la tumba donde chivean. Aparece uno riendo, justo cuando varios hombres echan tierra para sepultar el ataúd. Este último va disfrazado de pandillero hasta el ridículo: lleva un sombrero redondo pachuco, una camiseta blanca y floja por dentro de unos pantalones de tela negra flojos también y unos tenis blancos. Se siente fuerte, ríe, se pasea por atrás de nosotros, escupe. Se va. Entra otro más desde el barranco. Dos mujeres cantan coros evangélicos. La madre de El Niño grita y llora durante unos cinco minutos. Decidimos irnos cuando los hombres echan las últimas paladas de tierra. Da la impresión de que pronto los pandilleros harán algo. Hay demasiados alrededor. Le decimos a la viuda que nos veremos en la entrada del cementerio, que es mejor que nosotros nos vayamos. Lo hacemos. Sin decirlo, ella y su padre han notado la tensión. Apuran el entierro. Un hombre corta una rama de un arbolito de izote, la flor nacional de El Salvador, y la clava en el lugar donde quizá alguien ponga una cruz de cemento algún día.

Salimos con Juan y por el callejón nos persigue un muchacho alto, moreno, de no más de 25 años. Nos pide que paremos. No le hacemos caso. Detrás de nosotros viene toda la gente del entierro. Un pequeño desfile de pobres. El muchacho se aposta en la entrada del cementerio junto a otro más a vigilar que todos se vayan. Apenas logramos darnos la mano con la viuda y su padre.

Adentro del cementerio, sin cruz, sin mausoleo, sin epitafio queda un bulto de tierra con una rama de izote clavada. Abajo yace Miguel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood, un hombre del que todos sabíamos que iba a morir asesinado.

Roberto fue probablemente el hombre más infeliz del mundo durante 17 horas continuas, entre la mañana del 1 y la madrugada del 2 de junio de 2013. En ese tiempo, una multitud endemoniada lo acusó de liderar el robo de un camión Nissan Cóndor, lo amarró de pies y manos, lo golpeó con mangos de picotas en la cabeza, en las costillas y en el culo, y cuando el sol ardía bajo el dominio de las tres de la tarde, su cuerpo recibió chorros de gasolina y una mano de hombre sin pena prendió el cerillo y lo transformó en una antorcha medieval y él iba de tumbo en tumbo, revolcándose como una culebra en la plaza del pueblo, rogando a ciegas a sus verdugos que le libraran de ese calor enorme que le comía como una piraña hambrienta cada pedazo de piel.

—Quiero agua, dirá varias veces después en el hospital y lo dirá a las dos de la madrugada por última vez, antes de que su cuerpo ya no robusto, con el 90% carbonizado, achicado por las llamas, emita su último suspiro.

A las seis de la tarde de ese 1 de junio, la multitud de Ivirgarzama regresó a paso lento a sus labores cotidianas, con el alma desahogada como quien sale apaciguado de la misa dominical, con la certeza de haber sancionado a mano propia y dura a un delincuente y aportado con un granito de arena en la lucha contra el crimen. A la misma hora, Roberto Ángel Antezana, de 27 años de edad, moreno, padre de un niño de siete años y cortador de árboles madereros de oficio, fue socorrido por su papá Melquiades y su mamá Isabel, que bajo los efectos de una soledad evidente y de una tristeza eterna, solo atinaron a echarle tierra a su hijo para que las últimas bocas de fuego se extingan. Después espiaron a los costados y cuando vieron que ya no había más peligro, lo cargaron al hospital en una camilla improvisada que hicieron con dos bolsas de tela que compraron en el mercado que está a media cuadra de la plaza, porque el chofer de la ambulancia municipal se negaba a socorrerlo por temor a despertar de nuevo a los llamados amos de los linchamientos.

Ivirgarzama es un pueblo que con sus cerca de 10.000 habitantes en su núcleo urbano, está anclada en la provincia Carrasco y forma parte del famoso trópico de Cochabamba, cuya imagen más visible es Chapare, la cuna política del presidente Evo Morales y el territorio fértil del circuito de la hoja de coca, esa planta milenaria que va a los cachetes de los consumidores tradicionales o siguen camino a las fosas de maceración donde se cocina la cocaína made in Bolivia.

El trópico de Cochabamba es también la tierra brava donde desde el 2005 hasta septiembre de 2013, grupos eufóricos de varios pueblos llevaron por a la hoguera a 13 hombres de entre 18 y 45 años de edad, acusados de haber robado vehículos usados o motocicletas que no cuestan más de 300 dólares. En ese polvorín, Ivirgarzama fue el epicentro donde por lo menos 20 personas más, según reportes policiales, soportaron golpes de manada o fueron asfixiados con alambres de púas como medida de presión para que canten sus pecados.

Pero estadísticas anteriores que maneja el estudio de la misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala y que no están registradas en los libros del Ministerio Público ni de la Policía nacional, elevan – o descienden – a Bolivia al pedestal número dos del ranking de ajusticiamientos por manos de civiles. Ese informe le da al país el título de subcampeón de linchamientos al haberse registrado entre 1996 y 2002, un total de 480 incidentes de ese tipo, de los que 133 terminaron en muerte en diferentes ciudades y zonas rurales de la nación.

Para el ministerio público y la Policía, para los habitantes más antiguos y para los recién llegados de Ivirgarzama, para los comerciantes de vehículos indocumentados y vendedores de chucherías, esta zona del país que se encuentra en el corazón del territorio nacional, a 350 km de Santa Cruz de la Sierra y a 800 de La Paz, es por momentos una especie de lejano oeste, un Estado dentro de un Estado, donde la justicia y la seguridad ciudadana se asumen por cuenta propia.

—Siempre fue así, dice José Luis Hervas, que llegó de Cochabamba en 1985, con sus 29 años de edad y su flamante título de médico general debajo del brazo.

Ese mismo año, ante la ausencia estatal, junto al párroco, a la directora de la escuela y al corregidor, el médico ayudó a formar un tribunal de sentencia para frenar a los ladrones de gallinas que en aquel tiempo malhumoraban a los habitantes.

La primera sentencia que dieron fue cuando un vecino denunció a otro que le había robado tres pollos. La decisión unánime del comité fue obligar al ladrón a que devuelva los animales, vivos o muertos, y someterlo a 20 chicotazos a espalda pelada, amarrado a un poste en el centro de la plaza, para que pase vergüenza, para que se sepa que en Ivirgarzama habita gente de ley.

—Supuestamente hacíamos justicia.

Eso cree ahora el médico que recuerda que la justicia ordinaria y oficial dio señales de vida allá por 1990, cuando desde La Paz llegó el primer policía no itinerante al pueblo, y siete años después, el 2002, bajó de un bus el primer fiscal permanente, más que para combatir los delitos de bagatela, para estar alerta ante los brotes de violencia anunciados por la Federación de Cocaleros, que había amenazado con bloquear la carretera asfaltada que va de Santa cruz a Cochabamba, como represalia al gobierno de Jorge Quiroga, cuyos parlamentarios aprobaron en enero la expulsión definitiva del diputado Evo Morales del congreso, bajo acusación de ser el autor intelectual de la muerte de un subteniente y de un policía en la localidad de Sacaba, a manos de campesinos.

Las cifras no han mejorado mucho. Ivirgarzama estrenó hace dos años un edificio de tres plantas donde funciona el Comando de la Policía, que está casi deshabitado porque para la población solo están destinados tres efectivos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), que se visten de civil cuando ocurren los linchamientos. Los dos fiscales que ahora existen, trabajan en una casita sin baño, sin conexión telefónica ni internet y donde está guardada una camioneta color roja del año 2000 que el Ministerio Público envió desde Cochabamba, pero que no funciona porque no tienen presupuesto para reparar el problema de motor ni para comprar gasolina.

Marcos Vidal tiene su carta de renuncia en la punta de la lengua, al cargo de fiscal, porque está cansado de destinar el 60% de sus 800 dólares de sueldo para gastos operativos de su oficina, y de cargar a nombre de la justicia boliviana el peso de impedir las matanzas y de investigar a los autores que están amparados en un código del silencio que la gente ha instaurado para protegerse de las investigaciones del Ministerio Público.

La tarde en que quemaron vivo a Roberto Ángel Antezana, el fiscal buscó ocultar su investidura con una polera negra entre las aproximadamente mil personas que enarbolaban la muerte en la plaza. Pero alguien reconoció su cuerpo de niño grande, su cabello ondulado y su voz de papagayo y de una botella de plástico le disparó combustible.

—Sentí el frío de la gasolina en mi espalda y escuché una voz que me dijo: ¡Apartate fiscal de mierda!

Dio un paso hacia atrás y ahora cree que esa reacción lo libró de la muerte. Pero aquel pasaje no es el peor tormento que habita en los recuerdos de este fiscal cruceño que, por problemas con una autoridad superior, llegó a Ivirgarzama como castigo en enero del 2013, supuestamente solo por dos meses. Marcos Vidal, a sus 47 años de vida, ya no duerme como un bebé. Sus sueños son un nido de culebras porque no puede olvidar la cara perdida de un hombre con cuerpo de pajarito que a las tres de la tarde de ese 1 de junio, encendió un fósforo y lo lanzó a otro hombre que desde las nueve de la mañana empezó a ser castigado en las entrañas de una especie de inquisición del siglo XXI.

***

Roberto no fue el único al que esa tarde quemaron vivo. Pero fue el primero. Casi inmediatamente después, sus hermanos Álvaro, Nelson y Melquiades, su sobrino Gunnar Antezana Ángel y su yerno Rubén Aguilar Cuéllar, maniatados y con la cabeza metida en bolsas de nailon, también pasaron por el patíbulo autoritario de la turba, alimentada por moto taxistas y choferes del transporte interprovincial, por campesinos y por curiosos que a voz en cuello decían que estaban en contra de los criminales que no dejan dormir en las noches calientes y húmedas del trópico de Cochabamba.

Álvaro pasó por 20 cirugías y le amputaron dos dedos de la mano derecha y la mano izquierda está convertida en un puñete que no puede soltar. El fuego le deformó la piel de sus brazos y el diagnóstico médico dice que sufrió quemaduras de primer, segundo y de tercer grado. Por eso estuvo cinco meses en cama y los representantes del Ministerio Público acudían a una clínica de Cochabamba no para investigar sobre lo que le hicieron, sino para tomarle declaraciones dentro del proceso por el supuesto robo del camión Nissan Cóndor instaurado a los linchados.

La cara redonda y plana de Álvaro delata a un hombre que aparenta más de los 32 años que tiene, porque a partir de aquella tragedia – él mismo lo dice – los años se le vaciaron encima de la noche a la mañana. Desde su casa paterna de Bulo Bulo, donde está ahora, a orillas del río Ichilo y a 50 kilómetros del lugar aquel que bautizó como la cuna de sus peores dramas, este sobreviviente deshilvana su reciente pasado:

Todos los que fuimos linchados aquel día, menos Roberto, salimos de aquí a las 5:00 a sacar simbao – peces que sirven de carnada para pescar – de los atajados de Puerto Gretter. Fuimos en la camioneta de mi papá, en la Hilux plateada que compró en 11.000 dólares.A las 6:00 ya estábamos de retorno, chupando mandarinas y planificando la jornada de pesca. Viajábamos despacio y relajados, pero dos hombres vestidos de uniforme policial se bajaron de una vagoneta y nos hicieron parar.

No nos asustamos porque sabemos que ésta es una zona roja donde opera el narcotráfico y se esconden los ladrones de vehículos, y que de vez en cuando llegan desde Santa Cruz policías para realizar operativos. Como no teníamos nada que temer, les hicimos caso. Pero sentí una mala espina, llamé a mi casa y no me acuerdo quién contestó. Solo dije que nos habían detenido unos uniformados. Cuando los cinco ya estábamos fuera de nuestro vehículo, salieron del monte por lo menos 20 personas con palos y piedras y los supuestos policías desaparecieron o quizá se cambiaron de ropa. Eso fue a 20 km de Bulo Bulo. Nos acusaron de haber robado un camión y después hicieron lo que quisieron, nos colocaron bolsas en la cabeza, nos inmovilizaron con nudos ciegos en las manos y en los pies y nos tiraron como a chancho a la carrocería de nuestro propio vehículo. Uno de ellos le quitó la llave a mi hermano Melquiades y nos llevaron hasta un cruce de camino que está a 5 km de aquí. Ahí fue que escuché la voz de mi papá.

Don Melquiades Ángel Roca es de estatura pequeña, tiene bigotes despoblados y una cara que confirma que la desgracia tocó la puerta de su vida a los 60 años de edad, cuando pensaba que la tranquilidad le vendría como un regalo que siempre mereció, después de criar a sus 12 hijos con el esfuerzo de hombre de campo, cultivando esas 40 hectáreas que compró en las mejores épocas de su existencia.

Nació en Todos Santos, un rancherío metido en alguna esquina de Villa Tunari, dentro de la provincia Chapare. Ahora está sentado junto a su hijo Álvaro y a su esposa Isabel, amparados por una cabaña que es la antesala de su dormitorio y donde hasta el 30 de junio del 2013, un día antes de los sucesos, junto a su mujer dirigía un restaurante de comida típica. La rocola, ese gramófono que funciona con monedas expulsando canciones a la carta, era la alegría de los clientes a la hora del almuerzo.

Recibí una llamada de Álvaro, me dijo que estaban en problemas, que los habían detenido. Fui con mi esposa y con mi hijo Roberto a buscarlos y los encontramos tirados en la carrocería, como si fueran animalitos. Dos hombres dispararon al aire con sus escopetas y lo rodearon a Roberto, lo ataron y lo alzaron donde estaban los cinco. Lo acusaron de ser el hombre orquesta de una banda que se dedica a robar vehículos. Les insistí en que si eso era verdad por qué no acuden a la Policía. Me contestaron que no creen en la justicia. Me desesperé y les dije que si eran machitos que se agarren a puño uno a uno conmigo. Para ese momento, que era cerca de las 9:00, ellos ya pasaban de 80 porque había llegado en un bus más gente alterada. Mi mujer se desplomó de dolor y tuvo que volver a la casa para reponerse. Luego se los llevaron a Ivirgarzama y yo los seguí de lejitos, en un auto que en Bulo Bulo había contratado por horas.

En la camioneta, para ponerlo a la par con los otros, a Roberto lo agarraron a patadas con modales de barbarie. Eso cuenta Álvaro, que tiene recuerdos intermitentes:

En el vehículo perdía y recordaba el conocimiento. Lo volví a recuperar cuando me estaban azotando y después me enteré que todo había ocurrido en la plaza, al frente de la Alcaldía y a un costado de la iglesia. La gasolina que me echaban encima me sacaba y me devolvía a la vida. Porque cuando me perdía su olor fuerte me despertaba pero después me mareaba y me volvía a dormir. Intuí que me prendieron fuego, me revolqué en el piso para intentar apagarme. No sentía dolor, estaba adormecido de tanto palo. Nunca pude ver el fuego pero sabía que me estaba quemando. No me acuerdo si grité.

Gritó como bala un cordero que va camino al matadero.

Eso lo asegura su papá, que estaba prisionero en la carrocería de un camión estacionado a metros de los condenados. Ahí lo subieron por la fuerza. Desde ese lugar estiraba el cuello para ver el circo romano instalado en el centro del pueblo, donde el público febril esa tarde acosaba a seis gladiadores atormentados.

Desde esa carrocería de camión, vi a un hombre que estaba con la cara reventada. Le pregunté a Jeison, mi hijo de 17 años que me acompañaba, quién era ese pobre tipo. El muchacho no me respondió, solo se puso a llorar y yo entendí que se trataba de Roberto. Tan mal estaba el pobre que no lo reconocí.

Desde ahí vio gritar a Roberto y a Álvaro, a Nelson y Melquiades, a Gunnar y a Rubén. Todos jóvenes de entre 18 y 32 años de edad.

Escuché decir a la gente que Álvaro ya estaba muerto y le cortaron las pitas de las manos y de los pies porque el fuego no las había quemado. Pero de pronto despertó y se arrastró a una banqueta de la plaza. Pidió una frazada no sé si porque le hacía frío o porque estaba casi desnudo, pero una vendedora de refresco le alcanzó un vaso y mi pobre hijo se acostó como una guagua. Cuando ya estaban todos tirados y sin fuerza, con el cuerpo negro y destrozado, los que me tenían prisionero me preguntaron si quería bajarme de la carrocería. Les respondí que depende de ustedes. Y una voz hipócrita me dijo que si yo no hice nada por qué estaba ahí. Entonces brinqué, corrí a socorrer a las víctimas y en ese trajín encontré a mi mujer que gritaba como loca.

A Roberto, a Álvaro, a Nelson y a Gunnar los llevaron de a uno al hospital, cargados en la misma camilla improvisada. Pero Rubén y Melquiades, que presentaban evidencias de no estar al borde de la muerte, fueron trasladados a las celdas por dos policías que solo llegaron al escenario para eso.

Álvaro despertó en el hospital.

Ahí me di cuenta que Roberto estaba todavía vivo. Una enfermera gritó: ¡Doctor, doctor, un paciente está mal, agonizando! Antes yo lo había visto en estado consciente y vendado todo, menos su cara. Pedía agua y no le daban. Yo quería llorar y no podía. Supuse que era de madrugada. Cuando amaneció llamaron a mi mamá para decirle que uno de los gordos había muerto. Los policías me contaron después que por el fallecimiento de mi hermano se preocuparon del resto de los linchados y nos llevaron a un hospital de Cochabamba.

A la muerte de Roberto, se sumó la de Gunnar, que se fue de este mundo en enero pasado, a los 26 años de edad, a causa de un cáncer que le diagnosticaron en ese pie derecho que la tarde de furia la multitud anónima le había destrozado a patadas.

Álvaro recibió de la justicia ordinaria el beneficio de detención domiciliaria y por eso ahora está aquí con sus padres, masticando el drama de los hechos. Pero Melquiades, Nelson y Rubén continúan detenidos en la cárcel de El Abra de Cochabamba. Sus familiares vendieron dos terrenos para pagar a un abogado y Melquiades papá no ha recuperado su camioneta Hilux.

—Es como si la tierra se la hubiera tragado.

Pero la pérdida de las cosas materiales no es lo que acongoja a don Melquiades. Lo que lo llena de espanto es que incluso en pleno velorio de Roberto le llegaron amenazas de que iban a sacar el cuerpo del difunto después de que lo entierren.

Si fuera cobarde me hubiera ido de aquí, no lo hago porque estoy con Dios y porque mis hijos no son ladrones. A esa gente le hice saber que aquí estamos y que si quieren vengan a matarnos. Total, con todo lo que pasó ya estamos medio muertos.

Para defenderse, los Ángel Antezana tenían dos armas que consideraban eficientes: machetes y once perros.

Estos últimos, dice doña Isabel, morena, de 51 años, de una boca que vive con la sonrisa extraviada y de ojos enormes y nublados, los perros se portaron como verdaderos guardianes, porque a falta de policías, los animales se desgañitaban ladrando cuando sentían ruidos de hombres extraños en los alrededores de la casa.

Varias veces intentaron hacernos algo. Nos llama la atención que de los once solo queden siete. Se fueron muriendo, tal vez ellos los mataron.

***

Y ellos son todos y son nadie. La justicia ordinaria no mostró mano dura contra los autores de los linchamientos producidos en el trópico y, por el contrario, cuando la Policía detuvo a algún sospechoso, los pobladores, campesinos y colonos reaccionaron como un solo hombre, se quejaron y amenazaron al Gobierno nacional. El 3 de febrero de 2010, el magno congreso ordinario de la Federación Sindical de Comunidades Carrasco Tropical, emitió un pronunciamiento y envió una carta con el rótulo de urgente al entonces ministro de Gobierno Sacha Llorenti.

Parte de la carta dice: “No logramos entender cómo la justicia está a favor del delincuente. Ante la constante aparición de robo de motos y a domicilios, la gente se siente desprotegida, y al respecto no se hace ninguna investigación. Pero cuando aparece muerto un ladrón, rápidamente actúa la Policía. Un compañero nuestro fue detenido acusado de instigar un linchamiento y enviado a la cárcel de Sacaba de Cochabamba. Rogamos a su autoridad que se lo libere y que se deje sin efecto las investigaciones en su contra. Por otro lado, le pedimos que pueda gestionar la reestructuración de la Policía y de los administradores de justicia, con los que no nos sentimos protegidos”.

El 2 de marzo de 2010, la Federación Sindical de Mujeres Carrasco Tropical, le envió otra carta a la ministra de Justicia, Celima Torrico, en la que se le pide que libere a un afiliado que detuvieron y al que se lo involucra en el ajusticiamiento del 14 de diciembre de 2009 por parte de una multitud a los ladrones de motocicletas, y que, en caso de no ser escuchadas, amenazaron con movilizaciones, pero le aclararon que no quisieran llegar a esa extrema medida.

Los dirigentes de las instituciones que forman parte de la federación Carrasco Tropical guardan un silencio de cementerio para referirse personalmente sobre los linchamientos y desde la vereda del anonimato coinciden con el discurso del ciudadano común: “Le hemos perdido la fe a la Policía, a los jueces, a los fiscales y por eso nos vemos obligados a sancionar a los delincuentes, porque cuando los policías los mete a la cárcel, a los pocos días los liberan en nuestras narices”.

El moto taxi es el principal servicio de transporte público en Ivirgarzama y sus conductores se ganaron el apodo de ‘verdugos’, porque como tienen la facilidad de movilizarse cuando han descubierto a un supuesto ladrón, alborotan a la población y preparar la hoguera para ejecutarlo.

Si uno les pregunta, ¿qué hacen ustedes cuando descubren a un ratero de motos? Lo quemamos, contestan, siempre que la pregunta no la haga un periodista identificado. Y se justifican argumentando que lo único que hace el pueblo es aplicar la justicia comunitaria que está amparada por la nueva Constitución Política del Estado y por la Ley de Deslinde Jurisdiccional que se aprobó el año 2010.

—Pero no existe ningún artículo que mande que se aplique la pena de muerte. Los castigos de la justicia comunitaria y ancestral apuntan solo a tareas físicas, asegura el fiscal Vidal.

El jurista habla con conocimiento de causa porque a él, una vez, lo sentenciaron y castigaron los aimaras del lago Titicaca. Fue el 2005 cuando acudió a la comunidad indígena Chua, para detener, junto a un policía, a un profesor de escuela sobre el que pesaba la acusación seria de haber violado a varias estudiantes de 15 años.

—Pero usted cometió un error, le dijo el Mallku, el líder político de la comunidad que de poncho rojo, con su bastón de mando en una mano y un chicote en la otra, lo invitó a que explique por qué ha detenido al profesor sin su permiso, causando un perjuicio para los estudiantes, porque es sabido que – le enfatizó – cuesta que el Estado les envíe a un nuevo maestro a ese rincón de la patria que si se viaja en un vehículo se llega en solo tres horas de La Paz.

Lo pusieron al medio de un círculo formado por otros dirigentes. Desde las 16:00 hasta las 18:00 lo llevaron a un juicio bajo las normas de la justicia comunitaria. Lo sentenciaron a que haga 200 adobes en lo que quedaba del día. Como ya era tarde y hacía frío, le dieron una especie de indulto: que compre 10 cajas de gaseosa popular a cambio de bajar a la mitad la pena.

—Por suerte tenía dinero y había una venta en la esquina de una cuadra, cuenta ahora el fiscal con buen humor, sentado en un restaurante del centro de Ivirgarzama.

Mira de a rato su teléfono celular de 20 dólares y dice: Ya son siete las llamadas que me hicieron de un número privado desde que estoy hablando contigo. Y de eso hace cuatro horas.

Deduce que en el pueblo ya se enteraron que el fiscal está hablando con un periodista y que los telefonazos podrían ser una advertencia para que no estire la lengua, para que no hable de los misteriosos linchamientos. Pero él ha decidido no contestar las llamadas que le hagan desde un número privado, porque ya está cansado de las amenazas. Por eso, prefiere recordar cómo terminó su historia de reo a orillas del Titicaca.

Aquella tarde-noche se sacó los zapatos y se arremangó el pantalón. Le dieron baldes para que saque agua del lago, le entregaron un montículo de paja, otro de tierra y empezó a ‘trabajar’.

Cuando iba por los 20 adobes tembló de frío y los efectos de los 3.800 metros de altura sobre los que se asienta el Titicaca, era un taladro pesado que le perforaba la cabeza.

—Pero igual seguí. Se había armado una muralla de gente a mi alrededor y en coro contaban cuando iba por el adobe 98, por el 99, por el 100.

Eran las 10 de la noche cuando el Mallku lo despidió con un abrazo de amigo y le dio un mensaje que Marcos Vidal nunca olvidará: Ya sabe fiscal, siempre hay que pedir permiso a la comunidad y si el maestro es culpable de lo que se le acusa, estamos de acuerdo que pague en la cárcel. El profesor ahora tiene 36 años de edad y cumple una condena de 20 años de prisión en la cárcel de San Pedro de La Paz.

Un año antes, Marcos Vidal se estrenó en su lucha contra los linchamientos como suele ocurrirles a quienes están notoriamente marcados por el sello de la muerte. En El Alto de La Paz, esa ciudad montada sobre 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, descubrió que la muerte purga los pecados de una de las urbes más alta del mundo. El 2004 él se inició como fiscal de homicidios y su primera misión fue rescatar con vida a un paisano que había sido sorprendido robando una garrafa en un barrio de la zona de Río Seco. Cuando llegó al lugar de los hechos, a eso de las 18:30, vio que en una cancha de fulbito estaba un hombre ensangrentado y con el cuerpo mojado con gasolina, listo para que lo conviertan en un mechero humano.

Se abrió paso sin identificarse. Cuando estuvo frente al amarrado, se presentó como el doctor Vidal, representante del Ministerio Público de Bolivia, señores. Solicitó que le den permiso para trasladar al acusado a una oficina judicial para someterlo a una audiencia de medidas cautelares.

Amenazaron con sacarlo a patadas.

Los policías que lo acompañaban no se asomaron al escenario. Se quedaron a unas cuadras de la cancha, con el motor del vehículo encendido, listo para escapar por si la gente agarre su bronca contra los agentes de la ley.

—¿Quién garantiza que a este ladrón no lo soltarán después que nosotros se lo entreguemos?, recuerda el doctor Vidal que alguien de entre la masa le grito de frente.
—Yo garantizo, cuenta que respondió con aplomo.

Le tomaron la palabra, soltaron al supuesto hombre de mal hacer y agarraron al fiscal, lo ataron al arco de fulbito y le aclararon que si el juez libera al detenido, será a él a quien torturen.

Un juez de El Alto, enterado sobre la vida dura por la que atravesaba Marcos Vidal, terminó la audiencia en 30 minutos y ordenó que al ladrón de garrafas se lo traslade a San Pedro, a esa cárcel que luce sus muros de adobes centenarios a pocas cuadras del centro de la sede de Gobierno.

El fiscal no sabía que a partir de esa noche iba a evidenciar la ejecución de por lo menos 20 linchamientos, que salvará a algunos y que no podrá hacer nada por otros, que su ritmo de trabajo alocado y franciscano sería la causa para que fracase su matrimonio con la mujer con la que procreó dos hijos y que un 1 de julio de 2013, en plena plaza de Ivirgarzama, alguien de la manada de ejecutores le rociará con gasolina en la espalda y le dirá: Apartate de ahí fiscal de mierda.

***

Los acusados de ser ladrones en Ivirgarzama son odiados a muerte cuando están vivos, pero dos de ellos, cuando cruzaron el umbral del más allá, pasaron de chicos malos a ‘santos’ y ahora les ponen velas y les rezan para pedirles milagros los lunes y los viernes, cuando la creencia popular asegura que las almas vuelven de visita a la tierra para ayudar o hacer la vida imposible a los mortales.

Pero la gente les claman por una ayuda no en el templo del pueblo, sino, y aunque cueste creerlo, en la mismísima Policía. Los devotos no son solo los hombres o mujeres de civil, los uniformados también les piden que interpongan sus oficios para un montón de peticiones.

En un lugar privilegiado del Comando de la Policía de Ivirgarzama, encima de una mesita de tocador, duerme una urna de madera donde están guardados los restos óseos de dos hombres sin nombre que hace más de cinco años fueron quemados vivos y acusados de un robo que no figura en los expedientes policiales.

El suboficial Pedro Núñez Pacheco, director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), se ríe con vergüenza evidente cuando admite que las ‘calaveritas’ están ahí, acompañando a los pocos policías que trabajan en Ivirgarzama y a las que elevan plegarias cuando se avecina un linchamiento, para que desinflen el ventarrón de la furia de la gente, para que no permitan que otros caigan en desgracia.

Son los patrones de la guarda de los sentenciados a muerte, sentencia el suboficial Núñez, el policía que llegó al trópico de Cochabamba el 2010, cuando los cráneos y otras partes del cuerpo de esos seres anónimos ya estaban en la casa policial. Como no existe nada escrito, se remite a testimonios de sus camaradas antiguos que ya no están, los que le contaron que fue a orillas del río Ichilo donde se encontraron dos cuerpos carbonizados, que luego fueron llevados al Comando para que las almas de los fallecidos hagan el milagro que la Policía pocas veces puede evitar: impedir que la gente mate a otra gente aplicando técnicas brutales conocidas como linchamientos.

Tanta fe les tienen los policías a esos restos, que fueron ellos los que pusieron cuota para comprar la urna. Cuando la noticia llegó a las casas de los vecinos, éstos se sumaron a la romería y ahora tienen la costumbre de acudir a la Policía para rezar por el alma de los esqueletos y para pedirles milagros: Una ayuda por favor para que prospere el negocio, para alejar a los rateros de la casa y para que los seres queridos siempre regresen sanos a casa.

Los que acuden en las noches no solo prenden velas, se quedan en silencio durante horas para pijchear (masticar hojas de coca) y así entablar una comunicación espiritual con esos hombres de los que no se sabe quiénes fueron, de dónde son, ni qué hacían en el trópico antes de que se les corte el hilo de la vida.

El suboficial Núñez incluso cree que algunos de los fieles podrían ser quienes participaron del linchamiento. Suele ver a algunos que se sientan a llorar como un bebé, que levantan las manos y hablan despacio, como si se estuvieran quejando de algo, como si un pecado mayor les sofocara en el pecho.

La mayoría de los linchados queda como NN porque ningún familiar o amigo llega para reclamar el cuerpo y por eso no se consigue identificarlos. El médico forense Pedro Cejas Suárez, 58 años de edad y con voz de sacerdote en estado de gracia, cree que los parientes de los difuntos no aparecen por miedo a que el pueblo los apunte o porque quizá son de otros rincones del país y desconocen en qué terminó su ser querido.

—Después de 48 horas son sepultados en fosas comunes. No hace falta cavar un pozo hondo porque el fuego achica los cuerpos. A veces nos hemos encontrado con amputaciones térmicas, donde solo quedan parte de la columna y de la cabeza.

Pedro Cejas trabaja en un consultorio que está en la segunda planta de las instalaciones de la Policía, y desde ahí ve pasar la vida y las muertes que ocurren en Ivirgarzama, el pueblo con casas de dos o de tres pisos sin revocar, con techos de calamina y con terrazas donde las mujeres tienden las ropas lavadas, con calles de tierra y con perros que saben hacerles zigzag a las motos, a las miles de motos sin placas que conforman el parque automotor.

No hay estadísticas serias que sirvan para hacer comparaciones. Ni la Policía ni el Ministerio Público manejan datos de ajusticiamientos que nunca se saben, que quedan ocultos entre los barbechos de la jungla tropical. Pero lo que se puede percibir a través de las pocas denuncias sobre el índice de delitos, entre cinco o 10 cada mes –con el robo de motos en la cima del ranking – el médico forense cree que los ajusticiamientos asustan a los delincuentes y por eso desaparecen un tiempo, hasta que se les pasa el miedo.

La última muerte a mano de vecinos fue el 7 de noviembre del año pasado. El informe forense dice que Gerardo Mérida García, de 25 años, fue encontrado colgado de un árbol de palo santo, con signos de violencia y hematomas en toda su humanidad y que la causa de su muerte fue probablemente por asfixia mecánica por estrangulamiento con soga delgada.

Desde aquel día no se presentaron denuncias oficiales de robo de motocicletas, revela el director de la Felcc, sin ningún tono de orgullo, porque sabe – lo afirma – que la lucha contra el delito se apoya más en la política del terror que en los esfuerzos de sus pocos hombres.

Los policías se sienten con las manos atadas y creen que sus vidas, si se hicieran los machitos, penderían de un hilo. El 2009, el Comando fue reducido a mero observador de una matanza. La Unidad Móvil de Patrullaje Rural (Umopar) detuvo a cuatro personas que corrían por la carretera en un vehículo tipo taxi. En el interior del motorizado encontraron armas y los metieron a la celda policial. Solo bastó una hora para que miembros de un sindicato de transportistas lleguen hasta ahí para hacer saber que esos cuatro ‘tipos’ habían intentado robar 45.000 dólares del interior de la casa de uno de sus afiliados.

La gente se alborotó y a los detenidos se los quitaron a la Policía de las manos.

La masa de hombres se entró por la parte trasera del edificio y mientras cortaban el candado de la prisión con una cierra, los presos Bladimir Herrera Tintaya (32), Edgar Alba Caero (21), Eldy Eliot Villalba Chávez (28), desesperados como cebras atacados por felinos, rompieron la ventana de la cárcel y cayeron de las brasas al sartén, directo a los brazos de sus enemigos que primero les dieron con palos y luego los colocaron encima de una llanta de camión donde estuvieron ardiendo horas hasta convertirse casi en cenizas.

El cuarto supuesto delincuente, Eufracio Carlos Alba, de 29 años, no escapó por la ventana rota y se quedó en una esquina de la celda temblando como un gatito.

—Estoy aquí como prueba de mi inocencia, cuenta el suboficial Núñez que Eufracio les dijo a sus atacantes, que después de varios azotes le perdonaron la vida.

***

Los dos primeros palazos parten el alma y los que vienen después son una anestesia para el cuerpo, un preparativo para que el zarpazo de la muerte no vuelva loco al hombre en llamas.

Álvaro Ángel Antezana no es consciente de si gritó o no cuando lo estaban quemando y entre los intervalos de ese infierno recuerda cosas que le ayudaron a seguir con vida, como el vaso de refresco que una mano de mujer le alcanzó cuando él estaba tirado en el banco de la plaza adonde llegó a rastras cuando dejaron de atacarlo.

—Esa persona se jugó la vida entre medio de tantos bárbaros.

Eso cree Álvaro y admite que le hubiera gustado que aquel ángel solidario haya ido horas después al hospital, para que cuando su hermano Roberto pida agua, lo socorra y le apague el fuego que se le quedó encendido en la garganta.

El escapista

Publicado: 11 febrero 2015 en Isabella Portilla
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2000. 21 de noviembre. 4:30 p. m. Londres. Justo al frente del Ritz, en Berkeley Square, un sujeto alto, guapo, vestido con un traje negro de Valentino, mira cada 20 segundos el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, que lleva puesto en su muñeca izquierda.

Dos cuadras atrás el detective Andy Swindells, de Scotland Yard, estaciona su automóvil frente a un autoservicio. Después de comprar cigarrillos continúa lentamente su trayecto. Con un gesto usual, mira por el retrovisor y percibe a escasos 200 metros un rostro memorable: la presa que intentaba cazar seis meses atrás.

Es causa del azar, piensa.

Entonces Andy Swindells saca su arma. Le apunta a Juan Carlos Guzmán Betancourt. En seguida lo apresa. Le rodea las muñecas con unas esposas que hacen imposible el contacto con el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, robado de una caja fuerte de máxima seguridad de alguno de los nueve hoteles más suntuosos de Londres. De ellos, Guzmán extrajo un año atrás 75.000 dólares en joyas, 40.000 en efectivo y numerosas tarjetas de crédito.

Dos días después, en su oficina, Andy Swindells golpea con su puño el escritorio al tiempo que revisa un documento. Uno. Dos… Al quinto golpe lleva la mano derecha a su pelo enmarañado y con la izquierda suelta furioso las hojas. Aunque Swindells sabe que Guzmán es un estafador de marca mayor, campeón de una maratónica serie de robos hoteleros, las pruebas que reúne en su contra no son suficientes para encarcelarlo.

A las pocas horas, Guzmán es puesto en libertad bajo fianza.

1993. Viernes, 4 de junio. 2:15 de la madrugada. Aeropuerto internacional de Miami. Carlos Bohórquez, un empleado de la aerolínea Arca, abre el tren de aterrizaje de un avión DC-8, proveniente de Colombia. De pronto, como un bulto congelado, exánime, un niño cae.

Bohórquez sacude el cuerpo que parece inerte. Le toma el pulso, le da respiración boca a boca. El niño está entumecido, hipotérmico. Las autoridades de inmigración lo trasladan al Hospital Panamericano. El niño es dado de alta a las 6:00 de la mañana del sábado.

La noticia empieza a propagarse. Una cadena local entrevista a Guillermo Rosales, el niño. Dice que tiene 14 años. Estudiaba en Cali, en el colegio Icet y cursaba segundo año de secundaria. Dice que sus padres murieron seis meses atrás, y que por eso se retiró del colegio y se fue a vivir a la calle. Dice que no tenía qué comer, ni dónde dormir: su casa era alquilada. Dice que no tenía hermanos, ni tíos, ni abuelos. Dice que está solo en el mundo.

Le dice al periodista, mientras pierde la mirada en el aire, que no le quedó más opción que la calle, pero no robó ni se envició. Ni consiguió compañía. Ni amigos. Ni un perro: no tenía dinero para darle de comer.

En Cali conoció a varios vendedores ambulantes, cargueros y maleteros de la terminal. Ellos le dieron pequeños trabajos. Con ese dinero comía; a veces, buscaba desperdicios en la basura. Dice que una señora de un restaurante, Nelly, le regaló un radio que lo acompañó durante las tres horas que duró el vuelo de Bogotá a Miami, mientras viajaba entre las ruedas y amortiguadores del aeroplano y se congelaba.

Dice que tomó esa decisión porque estaba harto de la pobreza; entonces pensó en una tía que vivía en Miami. Ella seguramente lo ayudaría.

Dice que pudo elegir un avión de pasajeros para viajar, pero descartó esa idea porque la gente después de verlo hubiera gritado: ¡en el avión se coló un muchacho!

Dice que no tuvo tiempo de pensarlo. Cuando vio los claveles y las rosas que traía el avión y las escasas personas que viajaban en él, se subió. No sabía dónde aterrizaría. Dice que si el avión no hubiera aterrizado en Miami, habría trabajado hasta llegar allá para encontrar a su tía.

Pero ahora está en Miami. Dice que es suerte.

1993. Lunes, 7 de junio. 8:00 a. m. Consulado de Colombia en Miami. “Hacemos un llamado a la comunidad latina en Estados Unidos para que, por medio de su generosidad y abogando por la solidaridad de los pueblos, le puedan brindar alojamiento al menor Guillermo Rosales, mientras se define su situación”, dice ante los micrófonos de los medios miamenses Andrés Talero, el cónsul colombiano. Radio Klaridad, la emisora con más audiencia de latinos en el sureste de Florida, hace eco del mensaje. Inmediatamente aparecen tres familias interesadas en ayudar al niño: Ruth Withney y su esposo, residentes en Washington DC; Mike y Lady Muñoz, de West Palm Beach; y los Lozano, de Miami.

Los Lozano: Jairo y William: colombianos, policías, reconocidos en la colonia latina en Estados Unidos por sus obras sociales, son los elegidos.

Guillermo se traslada a su nueva casa. Los Lozano se encariñan fácilmente con él. El niño llama “papá” a Jairo, y a Bertha, su esposa, le dice “mamá”. Guillermo recibe el mismo trato que los otros tres hijos del matrimonio: tiene cuarto propio, comida, ropa nueva, cariño, protección… Pero se diferencia de ellos por una sola razón: es famoso.

Un halo de heroísmo parece envolverlo. Un sábado va a comer a un McDonald’s de Coral Way con su nueva familia. Gloria Bejarano, caleña, 14 años, se abalanza sobre él. Lo abraza, lo besa muy cerca de la boca. Él se sonroja. Sus nuevos hermanos celebran. Después, como si se tratara de un acto protocolario, varios hombres se acercan a darle la mano, a pegarle palmaditas en la espalda. Están felices de conocerlo, de tenerlo al lado, como si se tratara de Ulises después de volver de Troya.

Los medios hispanos y anglófonos amplían la historia del pequeño. Reportan su día a día. Su primera hamburguesa, su primer corte de pelo, su primer paseo, etc. Pero no olvidan su historia de polizón.

Expertos en aeronáutica explican ante las cámaras y en los periódicos las incongruencias del testimonio de Guillermo. A 10.000 metros de altura, a 20 grados bajo cero y sin presurización parece imposible que un humano sobreviva siquiera media hora, dicen los técnicos. Los ingenieros de vuelo creen que si el niño hubiera estado en el tren de aterrizaje habría muerto por alguna de estas tres razones: asfixia, frío o trituramiento.

Sin embargo, Armando Socarrás, un cubano que viajó en 1969 de Cuba a Madrid en un tren de aterrizaje, igual que Guillermo, cree en la versión del muchacho. Y lo apoya. También lo hace David Iverson, abogado, 27 años, estadounidense, casado con una colombiana, quien se ofrece a representarlo sin ningún costo por solicitud de una asociación de compatriotas de su esposa.

Los latinos se sienten identificados con su historia. Lo convierten en héroe. Parece ser el símbolo de superación, la estrella que los ilumina a seguir trabajando por su sueño americano.

Todo está a su favor. Pero, de repente, una mujer llama a una emisora colombiana. Se presenta como la tía del polizón. Dice que el muchacho no tiene 13 años, sino 17; que sus papás están vivos y que no se llama Guillermo, sino Juan Carlos.

1993. Lunes, 14 de junio, Colombia. El Departamento Administrativo de Seguridad descubre la verdadera identidad del polizón: Juan Carlos Guzmán Betancourt, 17 años, nacido en Roldadillo, Valle del Cauca. No es huérfano. Es hijo de Yolanda Betancourt, empleada doméstica, y Óscar Guzmán Tobar, agricultor, a quien nunca conoció. De su casa huyó, no porque estuviera solo en el mundo; huyó de las golpizas propinadas por Harold Velasco, su padrastro.

A raíz del escándalo, crece su fama. La historia de Juan Carlos resulta más conmovedora que la de Guillermo. Los estadounidenses quieren ayudarlo. Una mujer texana, adinerada, 80 años, le ofrece una gran suma de dinero.

Dos familias sin hijos, una de Nueva York y otra de Illinois, quieren adoptarlo.

Pero Juan Carlos Guzmán no puede permanecer en el país norteamericano. Walter Cadman, el director del Servicio de Inmigración, decide suspender el permiso de estadía del joven.

Guzmán es trasladado al sur del condado de Dade, a la casa de una pariente lejana, Luzmila Marín. Su permanencia allí es sólo una cuestión de procedimiento. Pero Juan Carlos se siente aprisionado. Huye. Un policía de Miami lo atrapa cuando lo ve merodear por la casa de los Lozano. Lo llevan a dos estaciones de Policía. Finalmente, a una cárcel. Es la primera vez que está en un lugar como ese. De allí lo trasladan al aeropuerto.

Camina pausado, cabizbajo, sus grandes ojos marrones parecen agigantados cuando ve que un grupo de periodistas se lanzan a interrogarlo con micrófono en mano. Juan Carlos no responde ninguna pregunta. Se echa a llorar.

De regreso a Colombia viaja con Arca. En uno de los aviones de esta compañía aérea se camufló como un tornillo hasta Miami. Ahora está muy lejos del tren de aterrizaje. Viaja en compañía de un funcionario de inmigración que sólo le quita las esposas cuando sobrevuelan Jamaica.

En el aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá hay al menos una docena de periodistas a la espera del muchacho. A esa misma hora llega Faustino Asprilla, jugador de fútbol. A su arribo, “El Tino” agrede físicamente a un reportero. Entonces el manojo de periodistas presentes se divide en dos. Los que están pendientes de la llegada de Guzmán ven llegar al joven envuelto en un traje de paño nuevo; tiene clavados los audífonos de un walkman en las orejas y está estrenando reloj.

Reconoce que no es huérfano de madre. Dice que aunque sabe dónde vive, no la va a buscar. Dice que ella lo echó de la casa hace tres años. No soportaba a su padrastro ni la pobreza que tuvo que vivir. Dice que mintió, sí. Que falseó su nombre y su edad. Pero dice que lo hizo para que no lo deportaran el mismo día que llegó a Miami. Dice que el cónsul colombiano lo trató de narcotraficante, drogadicto y homosexual, pero que todos —menos él— le brindaron el apoyo que buscaba.

Sin mirarlos a los ojos, el joven les dice a sus interrogadores que se siente triste y aburrido. Dice que no le queda otro camino que volver a su antigua vida: la de callejero, la de gamín. Dice que en Colombia no tiene ninguna oportunidad de progresar. Dice que quiere volver a Estados Unidos, esta vez por lo legal: allá tiene dos casas para vivir, 5.000 dólares, un yate. Y futuro.

1993. Sábado, 26 de junio. 6:45 a. m. Isugú, una vereda de Roldanillo, Valle del Cauca, Colombia. Yolanda Betancourt sirve café en dos pocillos viejos, escarapelados. Le da uno a Aurelia Carmona, su mamá. Las señoras, sentadas en la entrada de la casa de adobe, hablan del clima, de la crecida del río Cauca, del bochorno de la mañana.

A la conversación se une María del Pilar, hija de Aurelia y hermana de Yolanda. Al parecer, la tía de Juan Carlos es la única que tiene presente la fecha de su cumpleaños o, por lo menos, es la única que se atreve a hablar del tema.

¿Dónde estará Juan?”, pregunta la muchacha mientras moja un pedazo de pan en el café. Yolanda y Aurelia se miran espantadas, como si acabaran de oír un terrible pecado.

Pero en seguida las tres echan de menos al hijo menor de Yolanda. Entre llanto y risas recuerdan la primera vez que Juan Carlos se escapó de la casa. Era 12 de septiembre de 1986. El niño tenía diez años. Iba todos los días a un circo venezolano estacionado en Roldanillo. Se hizo amigo de los payasos, y el día que el circo se fue Juan Carlos partió con ellos.

Pasaron 168 días hasta que Yolanda lo volvió a ver. Estaba angustiada, sumida en el terror de la desaparición de su hijo. Una mujer del circo la llamó desde Cúcuta, le avisó que el niño estaba bien, con vida, pero tenía problemas con sus documentos. Esa fue la primera vez que lo deportaron: estaba en Caracas.

Su mamá no lo juzga. Mientras juega con el pocillo vacío en sus manos, dice que el muchacho estaba huyendo de la pobreza. Culpa a la miseria, a su destino, al abandono de su esposo, a la vida.

Yolanda nunca fue al colegio. Aurelia le enseñó a cocinar, a lavar, a planchar. Eso es lo único que sabe hacer. Hace tiempo conoció a un hombre; tuvo tres hijos: Alexander, Edwin y Juan Carlos. Cuando quedó embarazada de Juan, a los 23 años, faltando un mes para que el niño naciera, el hombre la abandonó.

Vivió con los niños y su mamá. Construyeron un cambuche, en Guayabal, un caserío a orillas del río Cauca. Ella y Aurelia trabajaban todo el día como empleadas del servicio. De eso vivían. Los niños crecieron solos. Sin afecto, ni protección. Entre el barro y la escasez.

Pasaron seis años. Yolanda viajó a Cali. Buscó trabajo como empleada doméstica. No la recibieron en ninguna casa con sus hijos. Alquiló un cuarto en Puerta del Sol, en el Distrito de Aguablanca, uno de los lugares más poblados, violentos y marginales de Cali, donde la pavimentación de vías y la construcción de vivienda no son realizadas por el Estado, sino por los desplazados.

Los niños estudiaban. Ella, Yolanda, trabajaba doce horas diarias. Seis días a la semana. El domingo descansaba. No tenía tiempo de darles un abrazo ni un beso a sus hijos. Los trataba con dureza, con sequedad.

Poco después conoció a Harold Velasco. Vivieron todos juntos. La situación empeoró para los niños: no toleraban a Harold. Él nunca los quiso.

Juan Carlos se cansó de los maltratos y los regaños de su mamá y luego de los de su padrastro. Se fue de la casa después de una fuerte discusión con Yolanda. Esa fue la última vez que la mujer lo vio.

Después de tres meses, un día, cuando Yolanda entró a comprar una panela a una tienda, lo reconoció. Juan Carlos apareció en un programa de televisión.

1993. Sábado, 11 de diciembre. Nueva York. Juan Carlos Guzmán se baja de un avión de American Airlines. No lleva tiquete; tampoco pasaporte. Pasa por inmigración. Le piden sus documentos. “Una prima tiene mi pasaporte, pero se adelantó”, responde con encanto. Lo dejan seguir. Antes de pasar por la aduana se sube a los conductos del aire acondicionado. Guzmán duerme esa noche en el aeropuerto John F. Kennedy. Al día siguiente se oye caer una rendija y en seguida el hombre cae de pie. Nadie lo ve.

Es invierno en Nueva York. Guzmán camina por las calles del Bronx; tiene puesto sólo una camiseta y unos jeans. Se encuentra con un sacerdote; este lo lleva a un hogar de caridad. Le dan comida, abrigo, techo. El joven les pide dinero para comprarse un boleto de tren.

El 29 de diciembre Juan Carlos Guzmán viaja en Silver Meteor disfrazado de monje para evitar ser sorprendido por las autoridades fronterizas. Llega a Miami, llama a los Lozano, vuelve a hospedarse en casa de los policías. Contacta a Iverson, su antiguo abogado, y acuerdan ofrecer una rueda de prensa en el restaurante Monserrate.

Iverson descarta hallar en la adopción una salvación para el muchacho; para este procedimiento el trámite tendría que haberse hecho antes de su cumpleaños número 16. En cambio, el abogado cree en la posibilidad de conseguir una visa humanitaria, pues hasta el 26 de junio, día en que Juan Carlos cumple 18 años, es todavía menor de edad.

Apenas empieza la pelea legal por la estadía de Guzmán en Estados Unidos. No importa que sea un mentiroso. El inmigrante ilegal, colombiano, menor de edad, es apoyado espiritual y económicamente por una gran cantidad de personas, como Arturo López, el dueño del restaurante Monserrate, quien se pronuncia frente a la prensa: “Creo en él. Ojalá todos pudiéramos ayudarlo para que deje de ser un gamín, estudie medicina —como quiere— y sea alguien en la vida”.

1994. Miércoles, 20 de abril. 9:00 a. m. Aeropuerto de Fort Lauderdale, Condado de Broward, Florida. Juan Carlos Guzmán se dirige a los mostradores de la aerolínea Continental. Solicita un tiquete de ida y regreso a Nueva York. Saca una tarjeta de crédito de una billetera de aspecto infantil, la pasa por el datáfono. Clave errada. Otro intento. Vuelve a fallar.

Decide cambiar de aerolínea, se dirige ahora a los mostrdores de Delta, pide sólo el boleto de ida. Un policía husmea la conversación que Guzmán mantiene con la vendedora. Las tarjetas de crédito que ahora tiene en sus manos han sido reportadas como robadas tan sólo unas cuantas horas atrás en Miami Beach. Juan Carlos Guzmán es apresado, lo trasladan al centro de detención de Krome e inician su proceso de deportación.

Hace una semana, Iverson, su abogado, lo salvó cuando lo sorprendieron robando en una habitación del Fontainebleau Hilton, en Miami. El hotel decidió no presentar cargos, y quedó libre.

Ahora los medios registran el arresto. No tiene aliados y empiezan a crecer sus detractores. En las notas de prensa se repite constantemente su país de origen. La colonia está furiosa porque Juan Carlos vigoriza la fama de tramposos y mentirosos de los latinoamericanos. Rolando Pérez, un colombiano que vive en Miami, se ofrece a recoger firmas para que envíen a Guzmán a la cárcel, sin contemplaciones.

2004. Lunes, 20 de diciembre. 7:40 p. m. Londres. Andy Swindells está fuera de servicio. Ríe, habla, fuma y tararea canciones sentado en un bar de West End, rodeado de seis amigos. Media hora más tarde recibe una llamada telefónica de la comisaría de Marylebone; le piden que se haga cargo de un arresto. Swindells está cerca del lugar. Se despide de sus compañeros de noche y camina hacia la oficina.

Hace frío. Llovizna. Es una de las noches más oscuras del año en Londres. Andy Swindells luce pálido, desgastado; no le han sentado bien los tragos. Se sumerge entre la apabullante muchedumbre que camina por Oxford Street. A lo lejos aparece poco a poco una cara familiar, una frente memorizada, anteriormente examinada, un lunar azulado y plano entre ceja y ceja, único en el mundo. Los ojos del detective miran con zoom de amplio alcance. Los oídos se agudizan. Swindells oye, entre los murmullos de los cientos de transeúntes, una sola voz que habla español, con acento colombiano. Lo sabe. Es él, el culpable de su insomnio, a quien capturó y pese a su voluntad tuvo que dejar en libertad cuatro años atrás.

Después de aquella vez, con una tarjeta de crédito robada, Guzmán viajó rumbo a Francia. Se hospedó en un lujoso hotel parisino. Pidió champaña, caviar de beluga y durmió durante dos días. A la tercera noche bajó al bar. Iba vestido con un traje Armani azul marino, sus zapatos lucían impecablemente brillantes. Tomó whisky durante toda la noche; por lo menos eso hizo creer. Entrada la madrugada, le pidió a un empleado que lo llevara a su habitación. Al tocarse los bolsillos, dijo haber perdido la llave, así que mandó a buscar una copia a la recepción. El empleado abrió la puerta contra la que reposaba el cuerpo aparentemente ebrio. Lo dejó postrado en una cama y se fue. A los quince minutos, Guzmán salió de ese cuarto con tres maletas llenas de ropa, joyas y dinero. Esa misma noche pensaba partir de allí, de no haber sido por calcular mal la hora de llegada de Robert Miran, el huésped del hotel que lo sorprendió en el ascensor cuando intentaba huir con sus pertenencias.

Guzmán fue arrestado por la Policía de París. Ese intento de robo lo llevó a la cárcel, pero después de once meses fue dejado de nuevo en libertad. Entonces robaría en otra veintena de hoteles alrededor del mundo usando más de diez alias y dos pasaportes falsos: uno ruso y otro español.

Ahora Swindells actúa sigiloso. Ve a través de las farolas que iluminan la calle. Guzmán, de chaqueta negra, Armani, de cuero, está acompañado. Un hombre más bajo que él casi grita al hablarle. De repente, los dos entran a una tienda de Sainsbury’s; mientras tanto el detective llama refuerzos y en tres minutos la Policía acordona la calle.

No tiene que pasar mucho tiempo para que Guzmán y su acompañante salgan con las manos en la cabeza.

Swindells no puede creer que haya capturado de nuevo al tipo que ha venido buscando durante tanto tiempo. Esta vez el detective tiene un notable gesto de satisfacción. “I see you again, I see you again”, repite mientras se escucha la sirena de una patrulla en el centro de Londres.

2004. Miércoles, 22 de diciembre. 10:00 a. m. Londres. Andy Swindells revisa un cuarto de hotel en Lisson Grove; el cuarto que había ocupado hasta hace un par de días uno de los más expertos ladrones del mundo.

La cama está tendida. Hay dos mesas de luz a lado y lado. En el costado izquierdo reposa un armario de madera de seis cajones. Cualquiera diría que Guzmán visitó un casino y se sacó el premio mayor; en el interior del mueble hay cientos y cientos de monedas. Más abajo, en otros cajones, hay recibos, tiquetes de compras de distintos almacenes. Bolsas. Facturas. Chequeras. Una etiqueta de equipaje de San Petersburgo. Un pasaje de avión a Estambul y un tiquete de compra de un reloj Jaeger-LeCoultre por 20.700 libras.

En el fondo de uno de los cajones, entre un par de toallas, Swindells encuentra un tesoro: dos pasaportes: uno ruso y otro español. Ambos, sesudamente falsificados, tienen la foto de Guzmán. El español pertenece a David Iglesias Vieito; Guzmán lo robó un año atrás, en uno de sus tantos logros en un hotel de las islas Canarias.

La habitación grande y clara está alquilada a nombre de un amigo del ladrón, un francés que conoció dos semanas atrás. Swindells le cuenta lo sucedido; el francés no sale de su asombro: “pensé que era un hombre de negocios; siempre lo he llamado ‘David de España’”.

Una hora más tarde Swindells es trasladado a una pequeña cárcel. Allí, en una cama, con la mirada suspendida en el techo, reposa Guzmán. Los dos hombres se ven cara a cara. El detective no puede dejar de examinar el lunar azulado que el ladrón tiene justo arriba de la nariz. Swindells le pregunta por cada uno de sus robos: cuatro en Londres en 2001 y cuatro en 2004, que incluían el del Mandarín Oriental (de donde Guzmán sustrajo 40.000 libras en joyas y efectivo) y el de Dorchester (en donde robó cerca de 36.000 libras). Al escuchar al detective, Guzmán asiente con la cabeza, simula una leve y taimada sonrisa. Le gusta lo que oye. Al final de la intervención confiesa su responsabilidad en cada uno de esos robos y le cuenta a Swindells, paso a paso, con cinismo y gusto, orgulloso de sí mismo, la forma en que los ejecutó.

Después de unos cuantos pero largos segundos de silencio, Swindells le pregunta por qué siendo un hombre tan brillante se ha dedicado a robar. Guzmán, con los ojos perdidos en algún lugar del recinto oscuro, le responde: “usted no lo entendería”.

2005. Lunes, 6 de junio. Prisión de Standforfd Hill, Kent, Inglaterra. Juan Carlos Guzmán se despierta a las seis de la mañana. Se baña y toma su desayuno junto a los otros reclusos. Luego se dispone a asistir a una clase, como ha venido ocurriendo en los últimos 71 días de su vida, desde que un juez inglés le dictó una sentencia de tres años y medio por los delitos cometidos en los hoteles más lujosos de Londres.

Standford Hill es una cárcel clavada en la isla de Sheppey, de categoría D, lo que la hace una prisión abierta; en ella están recluidos los presos que cumplen condenas menores a cinco años, de baja peligrosidad y de poca probabilidad de fuga.

Son las tres de la tarde. Es un día soleado en Sheppey. Guzmán manda a llamar a uno de los guardias hasta su reja. Se queja de dolor de muela. Le dice que necesita ir al dentista. El dolor parece insoportable. Los guardias le abren las puertas de la prisión y lo dejan salir solo, como se permite en una cárcel abierta.

Tiene quince alias, dos pasaportes falsos, ha robado en más de cuarenta hoteles del mundo. ¿Tenían que instalarlo en una cárcel de categoría D?”, se preguntaba retóricamente, una y otra vez, el detective Swindells, después de conocer el dictamen de Michael Peart, el juez que atendió el caso. Ahora Swindells sabe que algo saldrá mal; las noticias no tardarán en llegar al departamento de investigaciones de Scotland Yard.

Apenas da un paso afuera del inmenso presidio, Guzmán oculta sus ojos detrás de unas gafas Cartier. Va al dentista, pero jamás vuelve a la cárcel de Standford Hill. Huye por el único camino posible: un puente en la parte continental de Kent. Logra salir de Inglaterra solo, sin dinero, sin tarjetas de crédito, sin amparo. Sólo Dios sabe cómo logra instalarse en Dublín.

2005. Jueves, 16 de junio. 2:30 p. m. Irlanda. La catedral de San Patricio luce empapada. Llueve en el centro de Dublín. Juan Carlos Guzmán, guarnecido bajo un paraguas negro, camina despacio por una calle peatonal. Entra al hotel Merrion. El conserje lo saluda, le abre la puerta y recibe su paraguas; cada acto se reviste de una esmerada atención cortesana.

Guzmán dirige la vista hacia la chimenea situada al frente del recibidor; se acomoda en una fina silla de cedro, del color de la natilla; todo allí tiene una envoltura ceremonial: el espejo ancho acomodado encima de la chimenea, las tenues lucecillas que sobresalen a lado y lado del mármol, las flores largas y de colores opacos y las lámparas vestidas con cristal de roca del siglo XVII que cuelgan del techo, repletas de pequeñas velas.

La noche anterior estuvo en el bar. Bebió un poco de cerveza mientras estudiaba a su víctima. Cuando el sujeto partió en compañía de una mujer, Guzmán recogió una copia del recibo en donde aparecía su nombre y su número de habitación.

Ahora, en la sala del lujoso Merrion, Guzmán pide té. Mira con reserva las estampillas irlandesas de una de las paredes. Se deleita con el calor del fuego y cruza una o dos líneas con algún huésped. Minutos más tarde se dirige al lobby. Saluda amablemente a los empleados. Habla del clima en un perfecto inglés. Cambia unas cuantas divisas. Dilata su charla unos minutos más, ríe, bromea. Se asegura de que los empleados reconozcan su cara después.

Al día siguiente Juan Carlos Guzmán, quien lleva puesta una camiseta con un mensaje que dice: “Ahorra agua, bebe cerveza”, hace una llamada desde el vestíbulo del hotel.

Minutos más tarde sube hasta el último piso. Desde allí, a las 9:30 de la mañana, todos los días, las aseadoras llevan sábanas y cobijas limpias a los cuartos. Aborda a una de ellas. “Extravié mi llave”, le dice. Necesita que lo ayude a abrir su habitación. La aseadora le responde que no puede. Pero él, de antemano, conoce su respuesta. Sigue hablándole. Dice que no sabe dónde pudo perderla. Poco a poco se muestra encantador. Le hace preguntas, después le suelta un halago. Ríen. Congenian. Guzmán quiere conocer detalles sobre sus víctimas. La aseadora cae en la trampa; de repente, ésta dispara: “No hay de qué preocuparse, señor. Seguramente todo estará solucionado para cuando yo recoja a sus hijos y los lleve a la guardería”.

Guzmán se dirige nuevamente al lobby. Kirk, el recepcionista, lo reconoce, lo saluda agradablemente. Guzmán le pide una nueva llave para su habitación. “Perdí estúpidamente mis llaves”, le explica. Antes de intercambiar cualquier tipo de información, el astuto hombre le dice que quiere confirmar el servicio de guardería para esa noche. No da lugar a dudas. Ni a sospechas. Al fin y al cabo: el cliente tiene siempre la razón.

Ahora, llave en mano, se dirige al cuarto, a la suite de sus víctimas. Sabe que el matrimonio de Beverly Hills llegó a Dublín en un viaje de placer, así que tardarán en volver al hotel. Ya instalado en el cuarto, calculando cada detalle, llama al operador del Merrion. “Mis hijos estuvieron jugando con las claves de las cajas fuertes y me es imposible abrirlas”, le dice a un empleado con su magnífico y creíble acento gringo. Minutos después un conserje lo saca del apuro: abre las cajas.

Guzmán baja, como si nada. Se despide con la gentileza que lo ha caracterizado durante su estadía. En la entrada del Merrion un chofer de Bentley lo espera en un lujoso automóvil. Guzmán sale del hotel. Lleva consigo casi 4.000 dólares, un anillo de rubí, una tarjeta de crédito empresarial American Express y los pasaportes de la pareja.

Mas tarde, después de dejar sus nuevas pertenencias en el cuarto de un hostal, entra a Weir & Sons, la joyería más grande de Dublín. Con la American Express compra un reloj rolex Daytona de oro blanco y dos mil dólares más en joyas. Luego va rumbo a Brown Thomas, la tienda de moda más lujosa de Irlanda; se mide alrededor de diez trajes de diseñador y gasta otros 700 dólares más.

En la noche, cuando la pareja de estadounidenses llega al hotel se percatan de la calamidad. Un huracán llamado Juan Carlos Guzmán se ha llevado todo.

2005. Viernes, 17 de Junio. Irlanda. Hace nueve horas Juan Carlos Guzmán protagonizó uno de sus mejores robos. Ahora decide cambiar de hotel. Esta vez se hospeda en un hostal modesto. Después de descansar durante medio día echado en una cama, sale a caminar por las calles de Dublín; se dirige a Hmv, la famosa megatienda musical. Compra cerca de mil dólares en música y paga con la ya maltratada y muy dadivosa American Express.

Por descuido no se percata de un pequeño detalle: la pareja de estadounidenses ya denunció el robo de la tarjeta.

Después de pagar, el dueño del almacén le ordena que lo acompañe a su oficina. Allí, quince minutos más tarde, Bryan McGlinn, detective de la Policía irlandesa, le presenta una orden de detención. Guzmán se defiende, esta vez en un spanglish desconcertante. Les dice —al dueño de la tienda y al detective— que acaba de encontrarse la tarjeta en la calle camino a la tienda, por eso había decidido entrar y comprar algo de música. En seguida presenta sus documentos: un pasaporte español a nombre de Alejandro Cuenca, 25 años, procedente de Cádiz, España. Dice ser huérfano de una familia gitana al sur del país ibérico. Al juzgar por su dialecto y sus facciones, los dos hombres terminan convencidos de su identidad. No les queda duda cuando descubren un tatuaje de la bandera española en su brazo. El detective le pide disculpas, le dice que buscan a un sujeto de origen colombiano, pero no se da cuenta de que está en frente del genio encantador, el mismo a quien Swindells describió como el que es capaz de vender cubos de hielo en el Ártico.

Se va. Parte con las manos repletas de bolsas con discos. Camina lento, esta vez más que de costumbre. En su mente se posan varios recuerdos: cuando lo detuvieron por vez primera en Londres, hacia 1998, después de robar en el hotel Le Méridien y emplear una tarjeta de crédito robada. No sabía exactamente qué hacer, ni qué decir. Pero de repente, de su boca salió un acento español que pronunció: “Pero si yo no soy el que buscan. Yo me llamo Gonzalo Zapater Vivas”, y lo comprobó cuando sacó de su bolsillo el pasaporte que confirmaba esa identidad; entonces lo dejaron ir.

Y cuando lo arrestaron en el aeropuerto de Heathrow. Acababa de hacer unas compras en Dixons; usó una tarjeta de crédito robada en una habitación de un hotel de Tokio. Entonces dijo que se llamaba César Vera Ortigosa. Fue declarado culpable, pero pagó su fianza: 800 dólares; los pagó en efectivo; sacó un fajo de billetes de su bolsillo y lo dejaron libre.

Si la Policía hubiera contado con un sistema de huellas digitales, su suerte habría sido otra; pues no tardarían en darse cuenta de que Cuenca, Zapater Vivas y Ortigosa Vera eran una misma persona; pero la suerte, esa dama caprichosa, por ahora, era su amante, le pertenecía. Al fin y al cabo, parecía el personaje de la canción de M.I.A.: volaba como el papel, se elevaba como los aviones y si lo atrapaban en la frontera, tenía visados a su nombre.

2009. Lunes, 21 de septiembre. 11:45 a. m. Vermont. Frontera entre Canadá y Estados Unidos. Hace calor, Juan Carlos Guzmán no soporta los rayos de sol que caen en su cara. Hace veinte minutos está en una carretera, camina solo con un tarro vacío en sus manos. Busca una estación de gasolina. Alza los brazos en busca de ayuda. Nadie para.

De repente, ve que una patrulla de la Policía se estaciona en la orilla de la calzada. De ella se baja un hombre calvo, enjuto, de unos 50 años. Es un agente de la Policía fronteriza. Camina hacia él fijamente, con las manos en la cintura.

Los dos hombres se saludan. Guzmán le pide ayuda: su auto, estacionado unos metros atrás, está averiado; no tiene gasolina y su teléfono celular se quedó sin batería. El policía nota algo raro en él. Es el tono de su voz. Parece acelerado, pronuncia una gran cantidad de palabras por minuto, más de lo normal. También suda en exceso. El calor insoportable de la zona y el estado de su auto explicarían su comportamiento; sin embargo, el policía no suele equivocarse con esas cosas. Algo anda mal.

A lo mejor no se dio cuenta, pero usted acaba de pasar la línea fronteriza”, dice el policía. En seguida le pide su identificación.

Guzmán camina otra vez hacia su auto, saca de él un pasaporte español a nombre de Jordi Ejarque Rodríguez. El sargento mira los numerosos sellos: Turquía, Egipto, Londres, Jordania, España, Omán…

Al sargento algo le huele mal. Después de ver el pasaporte, el sujeto le parece aún más raro.

Cuando decide confirmar su identidad por medio de una lectura electrónica de sus huellas digitales, la luz roja, señal de alerta, se enciende. Es cuando lo comprueba: tiene razón, algo anda mal. Acaba de dar con uno de los estafadores más perseguidos en todo el mundo.

Juan Carlos Guzmán Betancourt: vinculado a trece casos por hurto y estafa en hoteles de Londres, Francia, Irlanda y España. Prófugo de una cárcel de Inglaterra. Capturado en el aeropuerto de Heathrow de Londres con una tarjeta de crédito robada en Japón. Procesado en Dublín por robo. Ladrón. Políglota. Mentiroso. Genio. Una especie de Frank Abagnale Jr., a quien Spilberg dio vida en Catch me if you can. El supuesto hijo de un diplomático. Un ficticio príncipe alemán. El jeque árabe. El carismático. El fingido descendiente de una familia de gitanos. El hipnotizador. El magnífico corredor de bolsa catalán. El huérfano. El estafador internacional más buscado en el mundo. Gonzalo Zapater Vives. Khalid al-Sharif. Jordi Ejarque. David Iglesias Vieito. César Ortigosa Vera. Todos. Él. Está ahora mismo recluido en una cárcel de Estados Unidos, al recibir una condena de un juez del estado de Vermont por treinta años. Mientras tanto, en su mente brillante planea como siempre un escape.

El amigo chino

Publicado: 4 febrero 2015 en Leila Guerriero
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El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca: Supermercado Express, letras rojas sobre fondo verde. En la vereda, una pizarra anuncia que se aceptan tarjetas de crédito y débito. Tomates y naranjas brillan lustrosos frente a los carritos de metal que se usan para llevar pedidos a domicilio. Desde adentro, detrás de su pequeño mostrador, Ale, el dueño del supermercado, me ve y me saluda con un gesto. No lo dice, pero es como si lo dijera. Durante dos meses, en cada uno de nuestros encuentros, cada vez que lo llamaba por su nombre, Ale se daba vuelta y decía, decepcionado: «Ah, Leila».

Ale es chino, y sabe muchas cosas de mí. Cuando estoy en casa, cuando salgo de viaje, cuándo se termina mi dinero y cuándo no hay más comida en mi heladera. Técnicamente, y desde hace cinco años, Ale es el hombre que me alimenta. Lo veo más que a cualquiera de mis amigos, hablo con él dos o tres veces por semana, sabe que me gusta el queso estacionado y que no como nada que tenga ajo. Cuando hago un pedido por teléfono y olvido algo —pan, leche— me lo recuerda:

—¿Hoy no pan, hoy no leche?

Si le pido cuatrocientos gramos de jamón crudo se alarma:

—Muy caro. ¿Tanto quiere?

Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana.

En cambio yo (después de entrevistarlo una docena de veces, de citarlo en bares y hablar a hurtadillas en su lugar de trabajo para responder una pregunta simple: por qué vino de su China milenaria a estas jóvenes pampas del sur) todavía no sé —nunca sabré— nada de él.

***

La primera vez que lo vi fuera del supermercado fue en una confitería, luces dicroicas, plantas colgantes. El mozo trajo un jugo de naranja y nos miró con sorna, pero Ale, que desconoce el idioma mudo del desprecio, agradeció.

—Mucha gracia.

Después, dibujó la China sobre una servilleta de papel.

—Acá provincia Guandong. Acá provincia Fujian, mi provincia. Antes viene más gente de Guandong. Ahora viene más gente de Fujian, paisano mío.

Hace cinco años, Ale no se llamaba Ale sino Huang, pero dejó ese nombre con todas las cosas que dejó en la República Popular China, en su aldea de Fujian, ciento veinte mil kilómetros cuadrados —la mitad de la superficie de la provincia de Buenos Aires— donde se agolpan treinta y cinco millones de habitantes —el equivalente a los de toda la Argentina. Ale nació muy budista en aquel país donde se festejan el Festival de la Primavera y la Fiesta de las Linternas, donde la edad da prestigio y el tiempo se cuenta por ciclos lunares regulados por la naturaleza, y se mudó en el año 2000 a Buenos Aires, Argentina, donde los viejos son resaca, el tiempo se paga caro y la mayor fiesta del año es el nacimiento de un dios improbable en el que él no cree. A cambio, es el joven dueño de un supermercado que permanece abierto de lunes a sábado de 9 a 22, domingos de 9 a 13 y de 17 a 22, sin feriados nacionales ni días de guardar.

—¿Por qué viniste, Ale?
—Para conocer mundo –dijo Ale, cuando le pregunté.
—¿Conocés otras partes de China?
—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas… cómo dice…
—La muralla china.
—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.
—¿Y cuando vivías en China qué hacías?
—Primero, secundaria. Después aprende tres años como técnico, y después aprende dibujar dibujo. Y cocinero. Después, mi paisano está acá y yo viene. Pero dos años antes de llegar a Argentina, mi mamá fue Bolivia, a trabajar en negocio de venta de pollo parrilla. Yo tiene 18 año cuando mamá fue Bolivia.
—¿Por qué se fue tu mamá a Bolivia?
—Tiene pariente allá. Allá tiene mucho paisano que dicen que afuera de mi país es lindo, tiene mucha cosa, y yo dije voy a salir para ver, yo también quiere salir de país para conocer mundo. Y ahí me fui, salí a mundo.

Algo azul destella sobre la mesa: el celular. Ale atiende y habla en chino. Después pregunta:

—¿Puede ser basta por hoy? Llama mamá, dice que vino señor que debe plata.

Mientras caminamos de regreso me dice que tiene una hermana menor, que en la China los hijos obedecen a sus padres y los padres a los abuelos y todos obedecen al que tenga más edad. Y que tiene un hijo de dos meses que se llama Sergio.

—No tiene nombre chino, toravía.

Yo ni siquiera sabía que Ale tuviera una mujer.

***

La China es un país desmesurado.

Nueve millones y medio de kilómetros cuadrados, mil trecientos millones de habitantes, dieciocho mil kilómetros de costa, cinco mil cuatrocientas islas y cuatro milenios de civilización que alcanzaron para que brotaran el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora, Mao, la Revolución Cultural, Tian’anmen y el tren que llega del aeropuerto de Shangai hasta el centro —treinta y cinco kilómetros— en siete minutos. Cincuenta mil hijos de esa China viven en Buenos Aires donde llegaron en mayor número hace diez años, muchos para abrir supermercados alrededor de los que se tejieron las peores famas: competencia desleal, explotación de los empleados, suciedad.

El supermercado de Ale es luminoso, tiene unos seis metros de ancho por catorce de fondo con los habituales sectores de té y fideos, aceites y conservas, vinos, lácteos, fiambrería, carnicería, productos de limpieza y una verdulería al frente. En este negocio, que era de una de sus primas, Ale empezó atendiendo las cajas registradoras, tomó pedidos por teléfono, acomodó mercadería, y finalmente lo compró. Ahora se prepara para un futuro de esplendor: sabe que es buen negociante.

Es martes, casi de noche, y este hijo de la China está en su negocio floreciente, escribiendo carteles que ofertan galletas a tres por uno.

—Hola, Ale.
—Ah, Leila —se decepciona—. Diculpa, ahora no puede habla, tiene mucho trabajo.
—¿Y no querés que hablemos acá, mientras trabajás?
—Bueno, no hay probrema.

Su única hermana —una muchacha con una margarita azul dibujada en cada uña— mira con sorna desde la caja registradora. En la otra caja hay un primo recién llegado: Xin. Un chico frágil que casi no habla español, con el aspecto de un pájaro lastimado y el pelo como una lluvia de pesadumbre. Parece inanimado, recién salido de una bañera de agua tibia. Le recuerdo a Ale la primera vez que me habló: fue hace cuatro años. Ale atendía la caja, me estaba dando el vuelto, y de pronto dijo en un español de manual:

—¿Ushté toma-rá vá-cá-rá-ció-nés?

En aquel momento le dije que sí, que en abril, pero él no entendió. Sólo le habían enseñado a preguntar.

—Ah, sí, sí. Yo tomaba clase con profesora cateyano. Ahora no puede, no tiene tiempo, trabaja, puro trabaja.
—¿No extrañás la China?
—Cuando primero venir Argentina, sí, extraño China. Ahora, extraño meno. Pero extraño mi abela, mi abelo. A mí me gusta acá. No pone triste que China lejos. Pone triste a veces por pelear con pariente, pelea con papá, mamá, este cosa medio triste. Otro no. Problema de trabajo, pero eso no pone triste. Ahora, hace do mese, vino papá. Técnico elétrico papá, todavía no trabaja porque no sabe idioma.
—¿Tu papá no pudo venir antes?
—No, porque tiene mi abelo enfermo. Año pasado abelo murió y yo no puede volver. Eso feo. Mi abela vive ahora con uno otro tío.
—¿Y vos vas a volver a China?
—Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
—Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
—No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Un vez taxista me dice: «Salió en diario que chino come gato».
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Dije: «Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente epeshial».
—¿Esto era como lo imaginabas?
—No. Es ciudá, y cuando yo viene acá imagina que Argentina era… así, como caballo caminando… este ariba. Cómo se llama este… caballo caminando…
Se pone pálido, aprieta la boca en un coágulo rosa, preso en su idioma, yo en el mío.
—¿Te imaginabas que acá había caballos?
—No, no. Como caballo, como caminando caballo ariba…
—¿Gaucho?
—No, no. Dibuja una línea ondulada.
—Este, camina ariba.
—¿Montañas? —le pregunto, modulando cada sílaba como si Ale en vez de un hombre que cruzó el océano, que maneja un comercio y es padre de una persona pequeña—, fuera sordo. O un poco idiota.
—¿Pampa?
—No.

Al fin, el dice: «Verde» y yo grito: «¡Pasto!». Ale imaginaba un país cubierto de pasto: lo que pisan los caballos.

—Esto es más famoso de Argentina: pato. Perdona mi cateyano. Hay cosa que yo sé, pero no sabe cómo se habla. ¿Cómo se llama eto? ¿Oreja?
—No, ceja.
—Ah, ceja. ¿Ve? Si no habla, olvida.

Finalmente Ale dice que ese fin de semana no podremos encontrarnos porque viajará a la ciudad de Rosario, para visitar a la familia de su mujer, Clarita. De modo que hago cuentas: a su aldea, Pekín y Buenos Aires hay que sumar Rosario. Ale, que se fue de China para conocer el mundo, conoce cuatro ciudades del globo.

No entiendo.

Entonces llamo al señor Han.

***

En una de las zonas caras del barrio de Belgrano está la residencia del cónsul chino. Allí funciona la oficina del agregado cultural, el señor Han Mengtang, un hombre que hace diez años vive en distintos países de Sudamérica como funcionario chino.

—Claro, no se entiende porque es diferente, usted lo ve como occidental —me había explicado por teléfono—. En Occidente, aunque no tenga dinero, la gente viaja. En Oriente, la gente primero echa una buena base económica, y entonces viaja. A los cincuenta, cuando ya los hijos están grandes, dejan supermercados y se van de viaje.
En el consulado no hay banderas ni escudos, pero los números del portero eléctrico están en chino, sin traducción. Toco uno cualquiera y alguien dice algo y suena una chicharra. La puerta se abre. Tres segundos —literales— después el señor Han sale del ascensor trajeado, sonriente, y me invita a sentarme en ese hall desangelado.

—Oriente es muy distinto de Occidente. El budismo chino piensa que la vida es un círculo, viene aquí y luego en el futuro tiene otra vida. El occidental piensa en el presente, no en el futuro. Para el chino, en el presente tiene que hacer bien, porque si uno hace maldades en esta vida, en el futuro tiene que pagar. Pasar bien el presente es importante, pero el objetivo es tener mejor vida en el futuro. En Occidente, lo más importante es el individuo. En China el Confusionismo dice: primero Cielo, sigue Tierra, después el Rey, después los padres y los maestros, y el individuo al final. Individuo es lo último.

Transcurrida una exacta media hora, y varias explicaciones después, el señor Han echa una mirada a su reloj, me regala un libro —China 2004— y se despide, todo sonrisas, no sin antes recomendarme que vaya a la China cuanto antes.

***

Es sábado por la tarde y Ale trabaja. El supermercado está vacío y suena música china tradicional. Las latas de porotos y el papel higiénico flotan en ese lamento melifluo y sopranísimo. Cuando hay clientes, Ale pone cumbia.

—Gente no gusta música china. Asusta. Si pone fuerte, entra poco gente.

Se ha despertado de la siesta hace una hora. Hay pocas cosas que le gusten tanto como dormir: se acuesta a las diez y media de la noche y se despierta a las nueve y media de la mañana, pero no sale de su cama hasta mediodía: desde allí atiende a los proveedores por teléfono.

—Acá aire mejor. Porque se llama Buenos Aire. En mi país, no tan bueno el aire, mucho auto. Antes no, antes meno auto. Antes, cuando yo chico, dormía al aire en una silla, y puedo ver estrella a la noche, muy claro. Ahora no. Y Argentina, cuando vino, veía bien estrella. Ahora, poco poco. Cielo me parece más sucio que ante.

Una puerta comunica el supermercado con la vivienda, que está en el primer piso. En esa casa viven él, su mujer y su hijo, su hermana menor, su madre, su padre y tres primos. Ser muchos bajo un mismo techo es gran orgullo para las familias chinas, signo de prosperidad. En China hay calles que se llaman así: Cinco generaciones bajo un mismo techo.

—En China todo mundo vivir junto. Viven papá, mamá, hijos, primos. Acá no, acá parece que si tiene 18 años ya salió de la casa.
—¿Y a vos cómo te gusta más?
—Vivir todo junto. Porque tiene más tiempo para hacer otra cosa. Yo, después de trabajo, muy cansado. Y volver a casa y si mamá hace cocina, no es tan cansado para vos. A mí me gusta esto. Porque mi señora lava, mi mamá cocina, yo trabajo. Pero acá en Argentina todo mundo vive con su señora, su señor.
—¿Y vos no te irías a vivir solo, con tu mujer y tu hijo?
—No, no. Mejor todo mundo junto. Igual en China diferente ahora. En ciudad grande, Shangai, gente más libre, igual que acá: quiere salir de casa y vivir junto con novia, novio. Pero para mí mejor este mejor.

Entonces la madre de Ale, a quien llaman Marta, aparece desde alguna parte, chasquea la lengua, cambia la música y grita: «¡Juaaanshhhiiitooo!», llamando a uno de los tres empleados peruanos que trabajan aquí desde hace años y que se refieren a la señora Marta y su familia como «los chinos». Juan (cito) aparece sin apuro y escucha lo que la señora tiene para decir, que es más bien poco: apenas unos gestos que indican que limpie el piso donde se ha volcado algo. Ale me mira y sonríe. Me explica que ella no grita porque esté enojada sino porque viene de una provincia china donde todo el mundo grita, pero los gritos de la señora Marta son espeluznantes y por primera vez me pregunto si Ale no me está mintiendo.

***

Ni Ale, ni la familia de Ale —ni sus primos ni su hermana, ni su madre— se dejan ver por el barrio. Trabajan casi todo el día y sus salidas son pueblerinas: visitan a otros parientes, van a restaurantes chinos de la zona.

La vida de Ale no tiene sobresaltos, aunque en el invierno de 2003 estuvieron a punto de matarlo. Era noche de martes y estaba con su madre cuando escucharon ruidos en la escalera. Antes de poder asustarse, dos tipos se les tiraron encima. Les pegaron, los amordazaron, los amenazaron con armas y les robaron todo: televisor, plata, ropa. Lo hicieron con saña: rompieron una mesa a golpes, mataron el gato al grito de «chino comegato». Al día siguiente, ni Ale ni su madre aparecieron, pero el supermercado abrió en tiempo y forma. Después de ese episodio sellaron la casa por el frente con una plancha de hierro de color morado.

—Reja, yo no miro, no pienso —dice Ale, mientras recorre las estanterías tomando notas de los productos que faltan—. Yo no tiene miedo. Mamá tiene. Tiempo tiene que pasar. Hasta que mamá olvida.

De pronto su hermana se acerca, dice algo, me lanza una mirada torcida y vuelve a la caja.

—Perdón —dice Ale— mejor cambia horario, ahora mucho trabajo.

Miro alrededor: el supermercado está vacío.

Entiendo que, cuando esto termine, Ale volverá a ser el hombre que me vende la comida. Que está esperando con ansias el momento en que eso suceda.

***

—Dame mi bolsa, chino de mierda, dame mi bolsa, la puta que te parió.

El tipo está borracho y muy explícito. Son las tres de la tarde, y bajo esa camisa floreada puede haber cualquier cosa: un arma, o nada. Estoy acurrucada entre los canastos de plástico rojo con el logo de Coca-Cola. Mi grabador rueda y Ale mira al fulano, impasible.

—Te dejé acá una bolsa con mercadería antes de entrar a tu supermercado, chino de mierda, dame la bolsa.

El tipo tiene olor agrio. Cebolla, sudor, cigarros. Grita. No hay bolsa. El tipo lo sabe, yo lo sé, hasta los guardias de seguridad del supermercado —dos rusos que no hablan una palabra de español— lo saben. Pero nadie hace nada. El tipo huele como huelen las peores cosas. Ale tiene cara de haber visto esto muchas veces.

—¿Qué borsa, amigo?–le pregunta.
—La bolsa, hijo de puta, la bolsa que te dejé acá llena de mercadería, no me vas a estafar, chino de mierda.
—No dejó borsa, amigo.

Todo el supermercado está quieto, mirando al tipo y a Ale, que lo mira impávido. No ha interrumpido lo que estaba haciendo: pasando la tarjeta de débito de una clienta por la máquina correspondiente.

—La bolsa que te dejé antes de entrar, llena de mercadería, chino poronga.
—Qué borsa, amigo. No dejó borsa.

El ruso de seguridad se acerca por detrás y el hombre se harta. Se va. La clienta guarda su tarjeta y sale del supermercado: corriendo.

—¿No te da miedo que pueda pasar algo?
—No. No hay problema. Tiene policía, tiene guardia.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Mi mujer no tiene miedo, pero queja mucho, porque yo no tiene tiempo para ella.

Me pregunto qué será de mí —de nosotros— después de esto: después de esta intromisión en la vida del hombre que me alimenta.

***

Un periodista argentino que vive en Brasil y estudia chino me envía un mail con curiosidades varias: “Algunas monedas chinas son redondas por fuera y tienen un cuadrado hueco por dentro. Esto es un principio taoista: ser rígido en lo moral, y flexible, redondo —sin puntas— para recibir lo que viene de afuera”. En el mismo mail me explica cómo decir “amigo chino”. Repito la frase hasta aprenderla. Es fin de semana y corro al supermercado. Veo a Ale lidiando con unas cajas. Lo llamo. Se da vuelta y dice, hastiado: «Ah, Leila». Yo digo algo que suena así:

—Chúnguo panguió.

Me mira desconcertado. Probablemente, he dicho una barbaridad. Hay idiomas así, en los que la entonación transforma un saludo en insulto, y por lo que sé el chino es uno de ellos: el sonido i, por ejemplo, quiere decir uno o varios cientos, dependiendo del tono y la intención.

—¿Cómo? –dice Ale, acercándose, y me apuro a explicarle que quise decir “amigo chino” en chino. Se diga como se diga.

Ale toma un papel, un lápiz, y dice: «no, no chúnguo».

—Escribe así: Zhong Guo Peng You.

Nos reímos. Después, porque le toca apilar cajas, le pregunto si no se aburre.

—¿Te aburrís?
—¿Qué é eso?

Intento explicarle, pero lo hago mal, y desde aquel día Ale cree que aburrirse es estar apurado. Ahora, cada vez que lo llamo por teléfono y tiene mucho trabajo, me dice: «Ahora no, diculpa, aburido, aburido».

***

Clarita es dos años mayor que Ale.

Se casaron hace un año, y ella lo cela con ahínco, con dedicación. Desaprueba hondamente nuestros encuentros, aunque suceden a la vista de todos, entre desodorantes, pasta dental y cebollas. Clarita es china y vivía en Rosario hasta que conoció a Ale y se casaron en una ceremonia rara: Ale dice que fue en un restaurante.

A fines de 2004 Clarita parió a Sergio, el primogénito y, como después del parto las mujeres chinas permanecen un mes en cama recuperando energías, ella era, para mí, una incógnita. Hasta que un día la puerta que comunica el supermercado con la casa se abrió, y un aroma a menta y leche cuajada expulsó a una mujer suave como un fantasma con un bebé en los brazos. Usaba un pijama, una conjunto de blusa cerrada hasta el cuello y babuchas atadas debajo de la rodilla: ropa de nena. No me miró; fue directo hasta donde estaba su cuñada. El bebé, en sus brazos, crujía como una rama de chocolate pálido, con el pelo disparado hacia el techo con la ferocidad involuntaria de las ramas de los árboles. Se dijeron algo al oído, Clarita se volvió, me miró, después atravesó la puerta que lleva hasta su casa y se desvaneció. Escuché el gemido del bebé —el hijo del hombre chino— y el olor a menta y leche desapareció con él.

Supe que tenía que irme. Supe, también, que a Ale y a mí nos quedaba poco tiempo.

***

—Pase, pase, asienta toma por favor.

El señor Xu Ao Feng, de 55 años, es chino, vino de Shangai a los 34 y es presidente de la Fundación de Ciencias y Cultura China, donde desde 1991 se enseña feng shui, Tai Chi Chuan, acupuntura, medicina china e idioma chino. El señor Feng tiene una forma de hablar admirable para un profesor de idiomas: enredada.

—Oriente y Occidente son cultura muy diferentes que van por caminar muy diferentes, y muy dificil de integlar. Entonces con tanto mil año de historia cada Occidente, cada Oriente, todo con su camina caminando, todo tiene resultado. Su amigo chino tiene una mente difelente. Por ejemplo, la lógicamente de un chino muy difelente. Occidente le gusta ciencia. Siempre las cosas tiene números: usted va a médico, manda examen, y dice cuánto tiene de esto, cuánto tiene de otro. Chino no. Chino trabaja energía, meridiano de cuerpo. Occidental pregunta: «¿Energía? Eso no existe». Jajaja. Jajaja.

Pero eso existe. Su amigo chino viene de plovincia que hay mucha gente y ese plovincia tiene histolia que le gusta vivir afuera. No solo en Argentina, en todo mundo hay gente de Fujian. Es gente que trabaja en mar, en barco, entonces más posibilidad para irse a correr el mundo.

—Pero, señor Feng, cruzar el planeta en avión y establecerse en otro lugar no es conocer mundo.
—Ah, sí, jaja. Jaja. Cierto. No conoce. Jajaja. Jajaja. Pero si usted va afuera y ve algo mejor que su tierra, se queda afuera, ¿no? Su amigo viene por eso, porque acá mejor que su tierra, ¿viste? Y ese provincia Fujian son muy trabajadores, son de campo, entonces trabaja mucho. Eso por un lado bueno, y por otro lado no tanto. Porque nadie puede competir, ellos son muy forte y nadie puede competir. Negocio de ellos se tiene más horas abierto. Por cuatro botellas de agua ya van y lleva a domicilio. ¿Qué negocio puede así? Ellos pueden. La cosas tienen lado bueno y malo. Para otro supermercado, sentir mal, porque no puede competencia. Por otro lado, muy bueno servicio para pueblo argentino. Las cosas no es perfeto. Ello ponen supermercado porque paisano de ello tiene supermercado. Y ello no sabe idioma. Idioma importante. Usted sabe idioma, sabe mucho de cultura. Por ejemplo, argentino habla con mucho verbo. Habla muy largo. Chino habla corto. Chino no dice: «hoy hablo», «mañana voy hablar». No. Chino dice: «hoy hablar, ayer hablar, mañana hablar». No hay tiempo, no hay persona. Pero muy complicado ser chino, porque tiene que saber dos cultura: Oriente y Occidente.

Después el señor Feng me lleva a visitar su enorme y silente salón de té. Le pregunto por qué a los chinos les gusta tanto el karaoke (Ale adora el karaoke) y me dice:

—¿Y usted no le gusta baile? Lo mimo.

Me despide en la escalera, divertido, como si estuviera guardándose el mejor de los secretos.

***

Ale tiene 25 años. Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle. El pelo negro, los labios apretados —rosas—, las uñas largas que le dan a sus manos un aspecto anfibio. Los dedos ahusados, la piel delicada. No tiene cicatrices. Usa lentes y cuando no entiende algo mira sobre los vidrios, alzando la cabeza, y pregunta: «¿Cómo dice?». Es muy alto y camina rápido, con un gesto entre alerta y divertido.

La última vez que hablé con él era martes. Estaba en su mostrador, detrás de los canastos de plástico, y susurró que había ido al médico por un resfrío.

—Médico chino, bario chino. Médico acá no gusta. Muy fuerte.

En el barrio chino de Belgrano, en Buenos Aires, hay médicos chinos y supermercados que venden todo lo que los chinos no venden en sus supermercados para occidentales porque nadie lo compraría: fideos de veinte grosores distintos, anguilas vivas, pescado seco.

—Acá Argentina comida menos variada. En China tiene mercado. Acá no tiene mercado. Sólo tiene súper-mercado. Mercado mejor, más fresco, más variedá. A mí me gusta trabajo súper-mercado. Sale bien. Quiero ser mayorista.
—¿Y después?
—Y después no sabe. Cuando soy más grande, 50, 60 años, entonces me voy de viaje. O que mi hijo me cuiden bien, no sé cuál de las dos mejor. Quiero ir a Japón, Corea. Pero ahora no puede salir, porque mamá no sabe idioma y papá tampoco, y no sabe hacer negocio. Si yo me voy, mamá tiene que cerrar negocio porque no sabe maneja. Y ahora tengo mujer, hijo.
—¿En tu infancia querías viajar?
—¿Qué es infancia?
—Cuando sos chico. Primero viene la infancia hasta los 12 años más o menos, después una cosa que se llama adolescencia, hasta los 17 o 18, y después sos adulto. Algo así.
—Ah, sí. Infancia. Sí. Mucho amigo chiquito. Juntábamo y cantábamo canción. Yo infancia campo, cerca de río, abelo, abela. Mucho juega.
—Tenés buenos recuerdos.
—¿Qué es recuerdo?
—Una imagen que te queda… guardada. En la memoria.
—¿Cómo buen día, buenas noches?
—No. Por ejemplo cuando me contás «Cuando yo era chico, estaba con mis amigos y fuimos al río…».
—Ah, sí, sí, eso, recuerdo: tengo guardado mi abelo que me llevó a Pekín y día que vimos palacio grande. Tengo guardado a mi abela. Tengo guardado una vez que salí para mi cumpleaños con amigos a la playa, y quedamos ahí, charlando, cantando.
—Un buen recuerdo.
—Sí. Muy buen guardado. Bueno. Diculpa. Tengo que trabajar.
Ale se perdió entre las góndolas. Su madre y su hermana hicieron una reverencia respetuosa, seca, pura dignidad.
Después llamé al señor Han.

***

El señor Han me atendió por teléfono, enérgico y amable. Hablamos sobre historia china, sobre la guerra del opio, sobre Mao, y de pronto me dijo que la provincia de Fujian formaba parte de la vía marítima de la ruta de la Seda. Que en la región de la que vino Ale estaban los puertos de esa ruta que comunicaba la China con Europa, transitada por aventureros y comerciantes desde el siglo III antes de Cristo hasta el siglo XVI después del ídem, y que Ale era hijo de ese pueblo de inquietos, de personas con marcada tendencia a la aventura.

—El viaje forma parte de la vida de esa gente —dijo el señor Han— porque están separados del resto de la China por cadenas montañosas, y en cambio tienen el mar, y salir a negociar por el mar es fácil. Esa gente siempre se va.

Me despidió amable y volvió a rogarme que fuera a la China, pronto.

Colgué el teléfono. Por un momento Ale dejó de parecerme un padre de familia preocupado por la subsistencia de su mujer y de su hijo —de su hermana y de sus primos— y fue un bucanero loco, alguien esperando pacientemente la oportunidad para aferrarse a la cintura blanca de su Clarita y llevarla, ahora sí, a ver el mundo.

Me asomé al balcón. El cartel del supermercado latía como una inmensa branquia. Los tomates titilaban como linternas rojas y Ale —inmerso en su mundo de tres ciudades— volvía a ser, como siempre, un desconocido. El hombre que me vende la comida.

La cazadora de Facebook

Publicado: 30 enero 2015 en Arelis Uribe
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Conocí a una mala mujer por internet. O eso pensaba yo.

Lo primero que tengo que explicar es por qué la conocí. O cómo. Yo era community manager en una agencia que me pagaba dos sueldos mínimos por trabajar 45 horas semanales. Estudié periodismo, una carrera que se estaba viniendo abajo, hasta que apareció internet. De esta revolución digital y sus nuevos cargos en inglés, a mí me tocó ser community manager.

El community manager es el vocero de una marca en internet. Es un rubro hipócrita. Soy vegetariana y mi cliente es la faenadora más grande de Chile, ésa que transformó a Freirina en una cerdópolis, un pueblo con más chanchos que personas. Miguel, que se sienta a mi lado, es ciclista furioso, de ésos que van a las marchas y jamás se comprarían un auto. Su trabajo es escribir en el Facebook de la automotora más grande de Japón. Detrás de mí está Daniela, una feminista que maneja la cuenta de un producto de limpieza. Su tarea es conversar con las mujeres sobre lo maravillosa que se ve la cocina cuando está limpia.

Según mi Linkedin, soy experta en redes sociales y marketing digital. En la práctica, paso todo el día en Facebook. Soy una persona que se hace pasar por una marca, para que esa marca hable como si fuera una persona. Entonces, la faenadora saluda y pregunta qué tal, cómo va la semana, cómo están los niños. Y los humanos responden, todo bien, esperando el fin de semana, los niños en el colegio.

La tarea principal del community manager, o CM, es preparar concursos. Eres Don Francisco en internet: conversas, haces reír a la gente y, si te siguen el juego, les regalas un refrigerador o un mes de papas fritas. Sabes que los pobres hacen lo que sea por un premio.

Nuestros clientes quieren que gente linda participe en sus concursos, gente linda como la que sale en sus comerciales. Pero sucede lo contrario. Son señoras gordas y morenas las que más persiguen premios. Señoras que son una plaga a la que llamamos “cazaconcursos”. Señoras como Marjorie, la mujer que conocí por internet.

***

Mi primera tarea de community manager fue hablar en nombre de una marca de ron. Miguel, el CM de los autos japoneses, me enseñó todo lo que debía saber: escribe tres mensajes al día y una vez a la semana regala un premio. Nunca me previno de las mujeres como Marjorie.

Tuvimos una reunión con el cliente, nos pidió un concurso en el que las personas grabaran un video cantando el jingle del ron. Le advertimos que sería difícil, ¿quién querría filmarse cantando una canción tonta sobre el Caribe para ganar unas botellas de ron chileno? Pero el cliente siempre tiene la razón.

El concurso fue un fracaso: la marca de ron tenía 18 mil fans y llegaron sólo dos videos. Uno era el de una mujer llamada Cwendolyn y el otro de una tal Marjorie. Los nombres dicen mucho, en especial en Chile, donde sólo los gringos y los pobres se llaman en inglés.

Corto dos trozos de papel y anoto sus nombres. Le pido a Miguel que escoja. Me entrega a la ganadora: Marjorie. Le doy play a su video. Aparece en el living de una casa chica. La escalera y la puerta de entrada caben en el encuadre. Tiene los ojos maquillados muy negros y un par de aros grandes y agitanados. Su cara es redonda y rosada, como si hace siglos un alemán hubiera salpicado sus genes en ese contorno mapuche. Las manos levantadas escarban el pelo largo y teñido rubio, en un gesto que busca desesperadamente ser sensual. Canta y mueve el escote de su blusa negra, mirando directo a la cámara.

Busco en el Facebook de Marjorie sus datos personales para avisarle que es la ganadora. En su muro encuentro algo que nunca imaginé: todos los mensajes son de concursos. Todos. “Gana este lindo reloj de Atavío”. “Comparte esta imagen y gana seis botellas para pasar un momento relax”. “CONCURSO, dale #megusta y estarás participando por productos Daily”. Me siento estafada, Marjorie me es infiel.

Le muestro la pantalla a Miguel. Él se ríe. “Te presento a las cazaconcursos”, dice, y empieza su cátedra.

– Las cazaconcursos son mujeres que pasan todo el día en las redes sociales buscando concursos. Son legión y son un problema. Sólo persiguen los premios, no se comprometen con las marcas y lo acaparan todo. Son viejas ociosas que escriben con faltas de ortografía y ganan casi siempre haciendo trampa. Mejor bloquéala y no le des el premio. Métete al grupo de community managers y busca la lista negra de cazadoras, ahí aparecen todas.

Me marea tanta información. Cazadoras de premios, un grupo secreto de community managers, listas negras. Me siento en El código Da Vinci. Miguel me envía una invitación para sumarme al exclusivo grupo “Soy un CM en Chile”. Acepto.

***

“Soy un CM en Chile: aportando para hacer crecer las redes sociales responsablemente”. Son más de 700 miembros y sólo se puede ser parte del grupo con la invitación de otro integrante. A mí me invitó Miguel, el CM veterano que me apadrina y me explica cómo funciona esta hermandad.

– Se creó para colaborar, pero eso se perdió. Hay un caso emblemático, cuando el CM del diario La Hora, sin querer, tuiteó “fui a hacer caca”. Este error escatológico pudo pasar desapercibido, si no fuera porque otro community manager tomó un pantallazo de la frase y lo difundió en internet. Supuestamente, con la sana intención de que los demás aprendiéramos de las caídas ajenas.

Aunque los CM son un rubro competitivo y cruel, los une un enemigo común. Entre las publicaciones sobre marketing, videos virales y errores de publicación, aparece esto:

– Y cuando nacieron los community managers, dios también creó a las cazaconcursos. ¡La cagó! 25 premios y una sola ganadora.
Abajo, una imagen que reúne mensajes de distintas marcas felicitando a una misma persona: Marjorie. Los community managers comentan:

Pía: ella es la reina de las cazaconcursos.
Ale: Que horror!!! Ella, Yasna Orellana, Cwendolyn, Pini Guti entre otras llevan años haciendo lo mismo.
Daniel: Que paso con la lista negra de los CM’S ¿?
David: Me ha tocado verla en concursos también!
Nicolás: si en tu concurso no participó Marjorie, replantea tu estrategia.

Un par de mensajes después, alguien comparte la preciada lista negra. Leo la nómina de cazadoras vetadas, entre ellas, Cwendolyn, Elizabeth y Marjorie. Tres mujeres chilenas con nombre en inglés.

***

Nadie puede esconderse de Google. Escribo el nombre completo de Marjorie y encuentro su perfil de Facebook, de Twitter, de Youtube, de Pinterest, de Instagram. Esta mujer tiene más cuentas que yo, que soy la experta. Miro sus videos, está el del ron y otros donde se ven niños cantando jingles de otras marcas. Google me dice que vive en Buin, zona rural de Santiago, y que estudió, como los más pobres de Chile, en un liceo técnico de su misma comuna.

Sigo a Marjorie en Twitter y le mando un mensaje: “hola, ¿me das follow back para enviarte un dm?”. En menos de cinco minutos recibo una notificación en mi celular: Marjorie ha comenzado a seguirte.

***

Soy periodista y te quiero entrevistar. Una verdad a medias, porque no trabajo escribiendo en ningún diario. “¿Y qué gano yo con esto?”, lanza sin rodeos. Le explico que nada, que los periodistas no le pagan a sus entrevistados. Se hace la difícil, pero al final acepta. Me pide que hablemos por Skype. Obviamente, Marjorie también tiene cuenta ahí.

La llamo y me contesta el mismo encuadre del video de ron. Se ve joven y guapa, pero no quiero simpatizar con ella, las cazadoras son el enemigo, la encarnación del egoísmo. Le pido que se presente. Ella se resume en cuatro frases: tengo 28 años, soy casada, elegí ser dueña de casa para criar a mis dos hijos y me gustan mucho las redes sociales y los concursos.

Me impresiona que tenga hijos, que esté casada, que se vea tan adulta y que tengamos la misma edad. Le pregunto cómo empezó con los concursos.

– Le pedí a mi marido que me dejara el computador para no aburrirme. Pensé que podía haber un trabajo por internet y tener un ingreso extra para la casa. Cuando me metí a Facebook, vi los concursos y empecé. En el 2010, gané mi primer premio, una radio en Nestlé, me acuerdo. Ahí le agarré el gustito.

Desde entonces, Marjorie ha acoplado los concursos a su vida. Su rutina de lunes a viernes me recuerda a la de mi mamá: se levanta a las seis de la mañana, viste a su hijo de seis años para el colegio, hace la limpieza de la casa, cocina el almuerzo, prepara la leche de su niña de dos años y, cuando se desocupa, como a las dos de la tarde, se acerca al computador.

– Una mitad del día soy dueña de casa, la otra mitad reviso concursos.

Con el tiempo desarrolló toda una metodología. Se suma a las comunidades de cada marca que encuentra en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube. Participa en más de cien concursos al día. A ese ritmo, gana veinte premios al mes. Cada vez que la felicitan porque ganó, anota la marca y la fecha en un cuaderno. Así no se le olvida ningún premio.

– Hay veces en que no gano nada y eso es terrible para mí, porque le dedico tanto tiempo al tema del concurso. Otras semanas he ganado cinco veces. No son premios grandes, pero igual ayudan.

Marjorie me explica que los concursos le han traído muchos beneficios, porque ha ganado cosas para la casa que no podría haber conseguido de otra forma. Pienso en mi abuela, que además de dueña de casa, era costurera. Con ese trabajo adicional, le daba a mi mamá y a mis tíos cosas que mi abuelo no era capaz de comprar. Marjorie, por su parte, ha ganado mercadería, productos para el baño, cenas familiares y seguros de vida. El mejor premio que recuerda se lo dio la multitienda Falabella.

– Tuve que sacarme una foto con mi mueble favorito en el Falabella más cercano. Tuve problemas hasta con el guardia, porque adentro de la tienda no se podían sacar fotos. La tomé rápido, la subí y gané. Me dieron una gift card de $200 mil. Me compré un plasma gigante con la plata.

A mi abuelo no le gustaba que su mujer trabajara, pero lo necesitaba. Le pregunto a Marjorie qué opina su esposo.

– Puros problemas. Me dice, “ay, ya estai metida en Facebook”, que lo dejo de lado a él y que le dedico demasiado tiempo a algo que no me da mucho. Pero él sí ha visto beneficios, porque esto no es hobbie, esto es un ingreso.

Un ingreso importante. Marjorie me cuenta que su marido está sin trabajo hace cinco meses. Desde entonces, el único sustento de su familia han sido los concursos.

***

Toda la vida de Marjorie gira entorno a Buin. Su familia es de Buin, estudió en el liceo de Buin y en la plaza del pueblo conoció a su actual marido. Ella tenía 13 años y él, 17. Ya llevan 15 años juntos. En Buin.

– Él ha sido el único.

En el Facebook de Marjorie hay varias fotos de la pareja. Me cuenta que las pocas veces que han discutido, ha sido por los concursos.

La mayor pelea fue cuando le hackeron su Facebook. Ese día, Marjorie escribió su clave y no pudo entrar a su cuenta. Después de muchos intentos, se metió a mirar su perfil desde la cuenta de otra persona y descubrió que le habían cambiado las fotos, le habían borrado mensajes y le habían escrito “cosas horribles” en su muro. Su marido le dio un ultimátum.

– Me dijo, “corta el leseo y hazte un Facebook personal”.

Entonces, como Bruce Wayne, Marjorie tuvo que dividir su identidad: un Facebook personal y otro para los concursos.

– La envidia tiene que haber sido. Como vieron que yo ganaba mucho. Lo que pasa es que en este mundo de los concursos no soy solamente yo. Hay muchas.

Sé que son muchas, las he visto en la lista secreta. Le pregunto qué sabe de las otras cazadoras. Me cuenta que la mayoría de las mujeres que tiene en el Facebook de los concursos son “ludópatas, o sea, que les gustan los concursos”. Son más de cien dueñas de casa y las conoció a todas por internet.

– Con este tema una se hace amigas, conversa de la vida, de los problemas, de los concursos. Es como un trabajo que nosotras manejamos, si hasta nos decimos colegas.

Otro problema, me explica Marjorie, es que las marcas la bloquean. A veces ni siquiera ha ganado y la vetan. Tanteo el terreno antes de responder. Es entendible, le digo, no es la idea que gane siempre la misma persona. Ella asiente. Analizo los peligros y me aventuro un poco más. Le confieso que lo sé porque soy community manager. Marjorie sigue apacible, en silencio. Doy el salto final. Le revelo que, incluso, hay una lista negra con el nombre de las cazaconcursos más famosas. Entonces, cuando creo que mantengo a Marjorie quieta bajo la mira, ella voltea la perspectiva y me atrapa con una pregunta.

– ¿Estoy en la lista negra de los community managers?

Paso de cazadora a cazada.

***

Una niña llora. Marjorie se aleja del computador y va a buscarla. Se sienta frente a la pantalla con su hija sobre el regazo y le pide que me salude. La niña mueve la mano y me sonríe. Marjorie la besa y le hace cariño. La pequeña se acurruca en sus brazos y deja de llorar.

Marjorie se merece la verdad: sí, le digo, estás en la lista negra. ¿Y quién ve esa lista? Me pregunta preocupada, ¿ustedes o las empresas también? Le explico que sólo los CM. Ella no hace más preguntas y abraza nuevamente a su hija.

Yo también termino las preguntas. Me despido y le doy las gracias por la entrevista. Marjorie sonríe y me dice “no, gracias a ti”. Cierro Skype.

***

Sigo los pasos de Marjorie y esa semana participo en mi primer concurso. Me vendría bien complementar mis dos sueldos mínimos.

“Que gane la mejor”, me dice Marjorie por Twitter. Entiendo su indirecta.

Finalmente, nos gana una cazadora novata. Marjorie pierde una de sus cien apuestas diarias, yo doy por finiquitada mi incipiente carrera de cazadora. Decido no participar más, pero al día siguiente recibo una solicitud de amistad de Marjorie. Ahora somos amigas en su Facebook de concursos. Soy una colega más.

Cinco minutos antes de morir, René Favaloro se puso la pijama, caminó unos pasos hasta el comedor y dejó siete sobres blancos sobre la mesa: una carta para su secretaria privada, Diana Truden, cuarenta y seis años menor que él, con quien estaba a punto de casarse, y otras a nombre de sus sobrinos, sus amigos de la infancia, “las autoridades competentes” y su empleada doméstica, Ramona Giménez, a quien agradecía por los años de servicio y dejaba una carta de recomendación.

Eran las primeras horas de la tarde del sábado 29 de julio del año 2000 cuando en su departamento de Palermo, un barrio de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, fue hasta el baño, cerró la puerta y dejó una nota pegada en el espejo. A esa hora, en el escritorio del entonces presidente de la nación, Fernando de la Rúa, había otra carta que nadie llegaría a leer a tiempo. El cirujano que había desarrollado la técnica del bypassaortocoronario, que sólo en Estados Unidos salva setecientas mil vidas por año, estaba a punto de apretar el gatillo del revólver calibre treinta y ocho que apuntaba a su corazón.

***

Cuando murió René estábamos todos en mi casa. Nos llamó un político ofreciéndonos un cajón presidencial con una gran bandera y hacerse cargo de la Fundación —dice Roberto Favaloro—. Y lo mandamos a la puta que lo parió.

La puteada del sobrino de René Favaloro retumba en el silencio de su oficina. Roberto es el director de la Fundación Favaloro, uno de los centros médicos más avanzados de Argentina y Latinoamérica, donde cada año se atiende a medio millón de pacientes y se realizan alrededor de tres mil cirugías coronarias y trasplantes cardiacos, de médula ósea, pulmonares, hepáticos y renales. Roberto ocupa el lugar que perteneció a su tío desde la creación de la Fundación, en 1975, hasta el día de su muerte. Algunos médicos y familiares aseguran que él era la debilidad de René: el hijo que nunca tuvo

—René fue hasta el último día como mi padre —dice Roberto mientras deja deslizar su cuerpo por el respaldo del sillón.

A primera vista, el parecido con su tío resulta asombroso: tiene el mismo cabello blanco y tupido, lleva siempre el ceño fruncido y la misma expresión de eterna amargura.

—Creo que René sabía cuál sería su final, aunque era como Don Quijote y quizá sentía que podía seguir luchando.

Habla pausado, con oraciones cortas, y dice que nunca escuchó que su tío mencionara la posibilidad de suicidarse, que siempre se manifestaba a favor de la vida. Por eso, en un primer momento, la familia pensó que podía tratarse de un homicidio y tardaron quince días en cremarlo.

—Los valores que tenía René eran peligrosos: honestidad y pasión hoy son términos subversivos.

***

René Favaloro tenía siempre el ceño fruncido y la mirada de quien atraviesa un vendaval, la mandíbula cuadrada, los pómulos bajos, el cabello cano —peinado prolijamente hacia atrás—, el gesto de amargura. Había nacido el 12 de julio de 1923 en un barrio humilde de empleados de la industria frigorífica de la ciudad de La Plata, El Mondongo, cincuenta y cinco kilómetros al sur de la ciudad de Buenos Aires. Su padre, Juan Bautista Favaloro —ebanista—, le enseñó desde muy pequeño las técnicas para trabajar la madera, y durante las vacaciones de verano pasaba horas con su hermano Juan José, tres años menor, haciendo artesanías en el taller familiar donde, a pesar de las necesidades económicas, el arte era más importante que el dinero. La madre, Geni Ida Raffaelli —modista—, siempre contaba que a los cinco años René acompañaba a su tío doctor, Arturo Cándido Favaloro —el único con educación universitaria en una familia de inmigrantes sicilianos—, durante las visitas domiciliarias a los pacientes, y decía que él también sería médico. Cuando caía la noche, le gustaba vagar por los bosques y las plazas. “Tuve tiempo de corretear y robar los primeros besos furtivos entre las sombras nocheras de los amores chiquilines y conocer después a esa mujer que el hombre encuentra en su juventud, con la que transita los caminos del amor total y siente hasta el tuétano, por primera vez, la marca del sexo”, escribió en Recuerdos de un médico rural(Torres Agüero Editor, 1980). Eso habrá sentido en el colegio secundario cuando se enamoró de una compañera de aula, María Antonia Delgado —Tony—, e iniciaron un noviazgo intenso.

Su deseo de niño empezó a cumplirse en 1941: se inscribió en la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata y ya en primer año pensaba que con un poco de esfuerzo podía ser el mejor de la clase.

***

La consagración como cirujano en Estados Unidos, el aporte a la Medicina con el desarrollo del bypass, la decisión de renunciar a ingresos millonarios para volver a su país y crear un centro de avanzada que estuviera al nivel de los mejores del mundo pero al alcance de toda la comunidad, sus denuncias contra los manejos del sistema de pagos de las obras sociales y finalmente su suicidio hicieron de René Favaloro una víctima emblemática de la corrupción política argentina de la última década del siglo pasado.

Durante mucho tiempo, Favaloro fue el personaje que todos los políticos argentinos querían tener a su lado en la foto. Varios candidatos a la presidencia intentaron tenerlo como compañero de fórmula. Cuatro presidentes le ofrecieron el cargo de ministro de Salud. Y aunque haya muerto hace más de una década, en algunas encuestas que se realizaron en Argentina para medir el nivel de honestidad de celebridades, su nombre aparece por encima del de la Madre Teresa, Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. En un concurso televisivo que buscaba al representante del “gen argentino”, recibió más votos que Diego Armando Maradona y el Che Guevara. Más de cuatrocientas mil personas dijeron que les gustaba la página de Facebook que alguien creó con su nombre, y todos los días le escriben mensajes como estos: “Grandes ideales, perseverancia, gran capacidad de lucha, sabiduría y nobleza: siempre lo han distinguido. Por eso su paso por la vida ha dejado huellas”. “Doctor, cuánta falta nos hace hoy usted que fue uno de los últimos patriotas”.

***

En 1950, en Jacinto Arauz, un pueblo humilde de un poco más de mil habitantes en la zona más desértica de La Pampa, seiscientos kilómetros al oeste de Buenos Aires, el único médico que había, Dardo Rachou Vega, se enfermó y tuvo que abandonar el lugar para realizarse un tratamiento en Buenos Aires. El tío de René Favaloro, antiguo poblador de la zona, pensó en su sobrino que recién había terminado los estudios universitarios y le ofreció el trabajo por tres meses. En Buenos Aires, Favaloro pensó que los tres meses pasarían rápido y que ser médico rural sería una buena oportunidad para sumar experiencia. Una tarde de mayo de 1950 partió con una valija y algunas pertenencias. Y al poco tiempo empezó a reorganizar el sistema de salud del pueblo. Enseñó a las comadronas que asistían los partos a hervir los hilos y a utilizar alcohol para desinfectar las heridas, y logró bajar la mortalidad infantil. Tomó muestras de sangre a todos los habitantes, armó una lista clasificada por tipo y factor y creó un banco de sangre viviente —formado por potenciales donantes— disponible las veinticuatro horas. Cuando había una cirugía programada, se comunicaba con los que tenían el mismo grupo y factor que el paciente y los mantenía en alerta. Cumplidos los tres meses, el doctor Rachou volvió a Arauz y le ofreció a Favaloro continuar en el pueblo. Favaloro viajó a La Plata para casarse con su novia Antonia y, al final de la luna de miel, se instaló definitivamente en Jacinto Arauz. El hermano, Juan José, que se había recibido de médico en La Plata, siguió sus pasos y se sumó al equipo de trabajo.

—Jacinto Arauz lo marcó y lo cambió mucho —dice el sobrino, Roberto, mientras se refriega los ojos con las manos en un gesto de cansancio.

Favaloro transformó una casona vieja en una clínica con veintitrés camas y una sala de cirugía. Enseñó a prevenir enfermedades y organizó charlas abiertas a la comunidad en las que brindaba pautas para el cuidado de la salud. Y a los que no tenían dinero, los atendía gratis.

—El lugar se convirtió en un centro tan importante que viajaban de otras ciudades más grandes para operarse con él.

***

Y en pueblo chico, las hazañas del nuevo médico rural empezaron a comentarse en cada esquina.

Hay varias leyendas de la cirugía cardiovascular, pero René fue el más creativo.

Es una tarde de junio de 2012, y el lugar, un consultorio privado de Recoleta, un barrio de clase alta de Buenos Aires. Mariano Favaloro es primo de René. Lleva el cabello y los bigotes blancos, las gafas caídas hasta el vértice de la nariz y tiene voz grave, de locutor.

—Después del suicidio, todos los años me invitan a un programa de televisión para hablar de René. Pero la última vez dije que no. No voy más. Estoy cansado.

Se queda unos segundos en silencio. Dice que ésta será la última entrevista en la que hablará de su primo.

—Mi mujer no quiere que hable más de la muerte de René. Piensa que algunas de las cosas que yo diga pueden dañar su imagen.

***

Era fanático del futbol y del club Gimnasia y Esgrima de La Plata. Tenía algunas cábalas, como ir a los entrenamientos de su equipo. Y si algún domingo ganaba, a la semana siguiente volvía a la misma hora y estacionaba el auto en el mismo lugar. Le gustaba la historia latinoamericana, salir de pesca, hablar de próceres independentistas como José de San Martín, detenerse a mirar los campos al costado de la ruta. Era generoso, prolijo, temperamental, meticuloso y humilde. Los que lo conocieron decían que tenía una personalidad arrolladora y un carisma increíble y se tomaba la vida en serio. En las fotos de los diarios y las revistas se le ve siempre serio: vestido con un delantal blanco sentado delante de una biblioteca repleta de libros, o de traje hablando frente a sus colegas en un congreso de medicina.

***

La experiencia en Arauz duró doce años. Cada vez más deslumbrado por los avances de la cirugía torácica que leía en las revistas que recibía del extranjero, en 1962 pensó que para ser el mejor debía ir a perfeccionarse donde habían comenzado a realizar operaciones cardiacas de alta complejidad. Consiguió una carta de recomendación y ese mismo año se integró al staff del Departamento de Cirugía Torácica de la Cleveland Clinic Foundation, de Ohio, Estados Unidos. Su función consistía en ordenar el quirófano y cumplir guardias cada cuarenta y ocho horas. Y de a poco, se fue ganando la confianza del director del instituto. Luego de cinco años de estudio y trabajo en la Cleveland Clinic, se convenció de que podía operar y utilizar la vena safena —ubicada en la pierna— como si fuera un parche, en la cirugía de pacientes que llegaban de urgencia con síntomas como angina de pecho o un ataque cardiaco y presentaban arterias del corazón obstruidas.

El 9 de mayo de 1967, Favaloro realizó la primera operación exitosa de bypass, ante una enfermedad que hasta ese momento se cobraba más de medio millón de vidas al año sólo en Estados Unidos y marcó ese día como uno de los más importantes de la historia de la cardiología mundial. Sin embargo, después de catorce intervenciones llegó a la conclusión de que el método tenía sus limitaciones y debía perfeccionarlo. En la intervención número quince logró anteponerse a la zona obstruida con otro conducto y consiguió sacar sangre nueva y fresca directamente desde la arteria aorta, que sale del corazón. A esa técnica —el puente aortocoronario—, que a principios del siglo pasado el investigador y médico francés Alexis Carrel había probado en animales y Favaloro se encargó de perfeccionar, se le conoció en todo el mundo como “bypass Favaloro”. Él lo explicaba así: “Aquel día me sentí como si fuera un plomero que entraba a una casa donde los caños estaban tapados. Puse caños nuevos y, de pronto, un torrente de linda sangre oxigenada fluyó al corazón”.

En 1968, la Cleveland Clinic comenzó aplicar el bypass en forma sistemática. Un año después, las operaciones de bypass llegaron a quinientas setenta. Favaloro transmitió su experiencia en congresos a los que concurrían cardiólogos de todo el mundo y editó un libro, Tratamiento quirúrgico de la arteriosclerosis coronaria, que fue traducido a varios idiomas.

Aunque la técnica del bypass no había sido su idea primigenia, el mérito de Favaloro fue esforzarse por perfeccionarla, salvarla de todos sus defectos y realizarla en reiteradas ocasiones hasta conseguir su estandarización a nivel mundial.

***

No era un hombre de muchas amistades. Escapaba rápido de las reuniones sociales y las fiestas. Si lo invitaban a cenar, nunca se quedaba después de las once de la noche. Cuando no trabajaba, viajaba a congresos de medicina. Y cuando no viajaba, leía alguno de los libros y revistas de investigación científica que siempre tenía apilados en la mesa del comedor de su casa. A los setenta y siete años, cumplía con las mismas obligaciones que los médicos residentes. Si había alguna urgencia, era el primero en llegar. Con la familia, recuerda el sobrino, era divertido. Uno de sus pocos amigos fue Carlos Penelas, un poeta que editó más de veinte libros y a quien Favaloro quiso conocer después de leer su libro Conversaciones con Luis Franco(Ediciones de Poesía, 1978).

—Te espero el miércoles a las doce en mi casa —dice Penelas por teléfono—. Sé puntual porque no voy poder darte más de una hora de entrevista.

***

Después de consagrarse en Estados Unidos con la técnica del bypass, en 1971 Favaloro pensó que podría levantar un centro médico como la Cleveland Clinic en Argentina. Una tarde de octubre rechazó una oferta de dos millones de dólares anuales para quedarse en Estados Unidos y redactó una carta dirigida al jefe de cirugía cardiovascular. “Querido doctor Effler: como usted sabe, no existe cirugía cardiovascular de calidad en Buenos Aires. Los pacientes se van a diario a San Pablo o a Estados Unidos. Algunos tienen suficiente dinero para viajar, pero otros deben realizar tremendos esfuerzos económicos (un paciente tuvo que vender su casa) […] Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires”.

Aunque sabía que a los cuarenta y siete años lo más conveniente era permanecer en la Cleveland Clinic, el deseo de ser reconocido en su país pudo más que la razón. Dos días después, el doctor Effler le respondió por escrito: “Querido René: tu carta no me ha sorprendido, no obstante me ha desilusionado profundamente […] La pérdida será tremenda. Ya que no tengo ilusiones de tener otro Favaloro. Podré, en los próximos diez años de mi carrera, estimular a jóvenes emprendedores a que traten de alcanzar tu récord”.

Con la ayuda de su hermano y un equipo de colaboradores, en 1975 creó la Fundación Favaloro, que funcionaba como un anexo del Sanatorio Güemes, de Buenos Aires. Tenía como eje central desarrollar un plan de salud para que, con un aporte mínimo de todos los ciudadanos, se pudiera operar a cualquier persona en cualquier hospital público en forma gratuita. Otros objetivos eran poner un tope a las ganancias de los médicos y de los laboratorios, obtener para la fundación un apoyo estatal fuerte y atender también los sectores más humildes de la población. De todos los objetivos, sólo pudo cumplir con los dos últimos.

Sabía que sin el apoyo económico de los gobiernos no podía concretar su proyecto de medicina comunitaria, y por eso, en 1976, después de oponerse al golpe militar que depuso a Isabel Martínez de Perón y mientras el país comenzaba a vivir la década más violenta de su historia, fue una de las primeras personalidades de la ciencia y la cultura en visitar al dictador Jorge Videla.

“Yo creo que detrás de la dictadura militar están todos los argentinos”, dijo Favaloro en abril de 1982, entrevistado por un canal de televisión, unos días antes de viajar a las Islas Malvinas para presenciar la asunción del entonces gobernador militar Mario Benjamín Menéndez.

***

La casa de Carlos Penelas, un departamento antiguo del centro de la ciudad de Buenos Aires, parece la de un anticuario. En las paredes no hay lugar para más libros y adornos: portarretratos, cuadros, diplomas, angelitos de cerámica, caballitos de mar moldeados en porcelana, tapices y figuras de bronce.

—La única ambición de Favaloro era la medicina —dice Penelas, cruzado de piernas en un sillón floreado—. Y en eso era muy competitivo. Pero cuando lo veías en un momento tranquilo, era otra persona. Un hombre formidable. Lo que pasaba era que siempre estaba con los dedos en el enchufe. Tenía una preocupación permanente por el país y una idea de patria. Le molestaba mucho cuando le decía que todos los gobiernos robaban, aunque creo que en el fondo coincidíamos en muchas cosas. En la primera charla que tuvimos, en 1978, casi sin conocerme pero sabiendo de mi formación anarquista por mi libro que había leído, sacó una tarjeta con su nombre y me dijo: “Carlos, llévala en el bolsillo. Si te detienen, pedí que me llamen a mi casa o donde sea”. Y ése fue un gesto que no me voy a olvidar más.

Penelas se pone de pie y camina hasta la cocina. Dos minutos más tarde vuelve con dos tazas de café y dice que detrás de toda esa energía también había en Favaloro un mundo afectivo muy complejo, cierto fatalismo, ciertos elementos autodestructivos y, por cierto, contradicciones.

—Como cuando fue a Malvinas. ¿Pero cómo hacía para no ir? Si necesitaba préstamos del gobierno o el aval financiero. Favaloro me decía: “Me tienen agarrado de los huevos”.

Había soñado con levantar un centro médico de avanzada en Buenos Aires, pero no había tenido en cuenta un detalle: a diferencia de lo que ocurría en Estados Unidos, en Argentina no existía una ley que permitiera a las empresas descontar impuestos de las donaciones.

—Si hay que recordar a Borges cuando hablaba bien de Pinochet, mejor no recordarlo. A Favaloro, salvando las distancias, hay que recordarlo por lo que hizo con el bypass, la docencia y la investigación.

Penelas se toma unos segundos, hace silencio y mira la hora en su reloj como si estuviera apurado.

—Todo lo que quieras saber está en mi libro.

***

Una tarde primaveral, en el cuarto piso del edificio de la Fundación, en la oficina que alguna vez perteneció a René, Roberto Favaloro toma café y dice que no cree que su tío haya tenido que ver en algo con los militares.

—Sí sé que durante la dictadura ayudó a escapar a mucha gente del país. Como él era conocido, venían a pedirle ayuda. En aquellos años, que tu nombre apareciera en una agenda ya era peligroso. Yo en ese momento no estaba en Argentina porque había ido a estudiar a Estados Unidos.

Unos días después, un doctor que trabajó y compartió durante más de diez años consultorio con René, Mario Racki, dice que Roberto fue uno de esos nombres que aparecieron en una agenda y que René lo ayudó a escapar del país:

—Roberto militaba en la agrupación política de izquierda Montoneros y lo habían encontrado repartiendo panfletos. Los militares le dijeron a René: “Doctor, si a su sobrino no lo saca del país, lo matamos”. Y lo mandó a Estados Unidos. Roberto le debe la vida y unas cuantas cosas a su tío. Gracias a su contacto con las Fuerzas Armadas, René salvó a muchas personas. Y éste creo que es un capítulo de su vida que debería saberse.
“—¿Ayudará la vuelta de la democracia?

“—Quiero ser optimista, siempre lo he sido… Espero que Dios o el destino nos haga ver la luz, pero si la vamos a hacer como la estamos haciendo, sin hablar con claridad, no creo. Todos tenemos que ir al altar de la patria a confesar los errores que cometimos, que no son exclusivos de los militares. Veo que vuelve la demagogia que tanto mal le hizo al país, ya casi ni se habla mal del peronismo, por temor a que vuelva a ser gobierno”.

Así respondía Favaloro en un reportaje publicado en enero de 1983 en la edición número 97 de la revista Humor, que sería secuestrada antes de salir a la venta por orden del gobierno militar.

***

Siempre cercano al poder de turno, en 1983 apoyó públicamente la candidatura del radical Raúl Alfonsín, y durante su presidencia la Fundación obtuvo subsidios millonarios y el aval del Estado para solicitar créditos en el Banco Interamericano de Desarrollo. En 1989, durante la presidencia del peronista Carlos Menem, fue nombrado asesor ad honórem del Ministerio de Salud y Acción Social, y su nombre circuló entre los candidatos a vicepresidente para acompañarlo en la reelección. En 1998, durante la presidencia del radical Fernando de la Rúa recibió diecisiete millones de dólares anuales para mantener su proyecto de medicina gratuita y solidaria.

—Favaloro quiso hacer un proyecto fenomenal que podía funcionar en Suecia o Finlandia. No acá —dice Penelas con el ceño fruncido, mientras camina por el living de su casa—. Porque acá todo era un negocio. Los préstamos nunca llegaban enteros. Este país era de una corruptela feroz. Todo está en mi libro.

En la biografía póstuma Diario interior de René Favaloro (Editorial Sudamericana, 2003), Penelas escribió: “Favaloro vio cómo, mientras el país se estaba derrumbando, sus sueños se congelaban y era presa de la rapiña, el desmérito y el total olvido de la ciencia. En el campo de la medicina, que para él era un santuario, se instaló el imperio de lo económico y del liso y llano mercantilismo”.

Ahora, Penelas vuelve a mirar su reloj.

—Discúlpame, pero me tengo que ir a buscar mi nuevo libro de poesía.

***

Sus colegas médicos conducían autos importados: Mercedes-Benz, Audi, BMW. Favaloro prefería manejar un modesto Renault 12, hasta que un día se quedó sin frenos y lo cambió por otro de igual valor: un Peugeot 504. Era obsesivo. Tenía una memoria admirable y le costaba delegar funciones. Se acordaba de todos los detalles y de la historia clínica de pacientes que no veía durante meses. Su equipo médico cobraba un salario fijo de la Fundación, pero Favaloro nunca cobró un sueldo: vivía del dinero que recibía de empresarios a los que atendía en su consultorio privado. Operaba con la misma entrega al múltiple campeón de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio —le hizo cinco bypass— y a un indigente. Decía en sus conferencias que él no era el médico de los ricos: “De esa clase de gente atenderé sólo diez por ciento”.

***

Con el apoyo de un subsidio aprobado en el Senado, en 1992 inauguró en la ciudad de Buenos Aires el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro. Un edificio de trece pisos, cuatro mil quinientos metros cuadrados y un valor estimado en cincuenta y cinco millones de dólares, situado a pocas cuadras del Congreso. Allí, a contramano del sistema de salud y de la forma de trabajar de las clínicas privadas, primero operaba a sus pacientes y después facturaba ese servicio a las obras sociales. En 1998, el Laboratorio de Investigaciones Básicas, que había sido creado en 1980, dio lugar a la Universidad Favaloro, donde se formarían cardiólogos y cirujanos de China, España, Alemania, México y toda Latinoamérica. Los alumnos de primer año estaban obligados a trabajar en los barrios más necesitados. “No hay vacaciones. En primer año, van a las villas miserias. En tercer año van al Hospital Thompson, donde la inmensa mayoría de los pacientes son realmente pobres. Y en el último año, durante tres meses, tienen que ir a lugares humildes; van a Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta. Tienen que convivir con la comunidad. No van al hospital, van a ponerse al lado de ese médico rural para que vean el problema social”, dijo en su última conferencia académica dictada en el Congreso Nacional de Cardiología desarrollado en Argentina, en junio de 2000.

—Vení, quiero mostrarte algo —dice Roberto Favaloro y señala una de las tantas placas que están colgadas en una de las paredes de su oficina:

“El amor y patriotismo a su tierra hizo que Norteamérica perdiera a uno de los mejores cirujanos del mundo”, dice en inglés una placa de bronce que lleva la firma de uno de los pioneros en la cirugía cardiovascular, el doctor Dwight Harken.

En este edificio, en 1993, Roberto realizó el primer trasplante pulmonar doble de Argentina. Cinco años más tarde, también aquí se le colocó un corazón artificial a un paciente que fue, en América Latina, el que más tiempo resistió en esas condiciones hasta que apareció un donante.

En 1998, Argentina entró en una crisis económica profunda. Las prestadoras de salud comenzaron a atrasarse en los pagos y la deuda que mantenían con la Fundación llegó a dieciocho millones de dólares. Desde cargos jerárquicos de algunas obras sociales le insinuaron a Favaloro que si quería cobrar, debía “ceder” diez por ciento. La crisis continuó apretando y el Estado suspendió el subsidio que mantenía con la Fundación.

—Cuando nos sacaron el subsidio empezaron los problemas —dice el sobrino—. Ese dinero representaba un tercio de nuestro presupuesto.

La Obra Social para Jubilados y Pensionados de la República Argentina (PAMI, Por una Argentina con Mayores Integrados) acumuló una deuda de ciento noventa y cinco facturas sin pagar por un valor de un millón cuatrocientos mil dólares y la Fundación empezó a atrasarse en el pago de créditos y los sueldos de sus mil doscientos empleados. René se negó a pagar cualquier tipo de coima para que las obras sociales le liberaran los pagos. El periodista Pablo Calvo, del periódico Clarín, escribió en el libro La muerte de Favaloro (Editorial Sudamericana, 2003) que un día René se sintió derrotado y alguien lo vio llorar en un pasillo del edificio del PAMI. Ese mismo año falleció su mujer y entró en una profunda depresión.

—Antonia era muy buena e incomprensiva con el trabajo de René —dice su primo Mariano Favaloro—. Cuando se fueron a Arauz fue su gran colaboradora. Pero después, en el último tiempo, estaba un poco más quejosa porque René se iba de la casa a las siete de la mañana y volvía a las diez de la noche.

—Creo que no había sido feliz con Antonia —dice Penelas—, pero con su muerte empezó a faltar el olor a sopa en la casa.

En 1999, Favaloro pidió ayuda económica al entonces presidente De la Rúa y a un grupo de empresarios. Pero desde el gobierno no respondieron los llamados. Una conocida magnate y filántropa argentina, Amalia Lacroze de Fortabat, le envió una caja de champaña. Y en la Fundación comenzó a funcionar un Comité de Crisis integrado por los sobrinos Roberto y Liliana Favaloro y los médicos Héctor Rafaelli y Eduardo Raimondi, que le pedían que cediera su lugar de director y se tomara unos meses de vacaciones.

—René siempre decía que estaba arrepentido de haber regresado a la Argentina —dice Roberto—. Tendría que haber hecho algo con cincuenta camas para operar a un sector de personas. Porque era ineludible que iba a terminar dependiendo del Estado.

Unos meses después de la muerte de Antonia, Favaloro inició un romance a escondidas con una de sus secretarias, Diana Truden, cuarenta y seis años menor. Al principio se encontraban en la esquina, después comenzaron a salir juntos de la Fundación y hasta planificaron casarse. “Él estaba muy deprimido. Yo cursaba el traductorado de inglés, me quedaba estudiando en la oficina hasta las nueve de la noche. A veces charlábamos, y en una de esas charlas me dijo: ‘Me siento atraído por vos. Así empezó todo'”, le dijo Diana Truden a la revista Gente en el año 2000.

—La relación con Diana era un poco complicada por los prejuicios y porque, a medida que se acercaba el casamiento, los problemas económicos de la Fundación se acrecentaban —dice el sobrino—. Nosotros siempre estuvimos a favor. Diana hoy sigue trabajando en la Fundación y es una persona excelente.

Sin embargo, una semana después, el doctor Racki cuenta otra versión:

—A los sobrinos y nietos les cayó muy mal la idea del casamiento. Y lo maltrataron.
Penelas dice que había personas que estaban de acuerdo con el casamiento y otras que no:

—Algunos se acercaban a Favaloro por obsecuencia y le decían qué bárbaro, setenta y siete años y con una mujer de treinta y uno. En general, la sociedad le permite este tipo de cosas a un poeta o a un músico. Pero a un médico no. Y él lo sabía. Nunca apoyé esa relación. ¿Los motivos? Pregúntele a Diana.

***

Trabajar con René fue una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —dice por teléfono el doctor Mario Racki—. Muchas veces venían a verlo personas humildes con problemas cardiacos y él les decía: “Yo la voy a operar, quédese tranquila”. Ésa era su frase de cabecera y siempre la cumplía.

En una de esas charlas de consultorio, dice Racki, René le anunció que se venía una crisis económica terrible, tan devastadora como un terremoto. Y le contó, también, que estaba apesadumbrado porque la Fundación se encontraba en una situación económica delicada.

Un día antes de suicidarse, el viernes 28 de julio de 2000, René Favaloro se reunió con su sobrino y le confirmó que se casaría el 17 de agosto. A las seis de la tarde, luego de operar a una paciente, se retiró de la Fundación con su novia Diana. Compraron comida y fueron hasta la casa de René. El sábado desayunaron y ajustaron detalles de la boda. Favaloro, que tenía setenta y siete años, se estaba cuidando en las comidas porque quería bajar la panza. Le preocupaba también no poder cumplir con el pedido de Diana, que quería que la acompañara en las clases de salsa.

Ese mediodía, Diana fue hasta su casa a buscar una valija con ropa —de regreso prepararían las invitaciones a la boda— y René dijo que iba a ir hasta La Plata a visitar a su familia. Pero eso nunca sucedió.

“Cuando volví, me extrañó que no estuviera su auto, pero pensé que había llegado temprano y lo había guardado —declaró Diana Truden en la causa judicial que investigaba el suicidio de Favaloro—. De pronto recordé algo: en enero de ese año, 2000, cuando volví de un viaje por África, me dijo: Me voy a suicidar. No puedo vivir sin esta relación, pero tampoco puedo sacrificarte. Se refería a la diferencia de edad. Hablamos y decidimos seguir, le pedí que nunca más hablara de suicidio, y me lo prometió. Pero la situación de la Fundación le angustiaba. No tiene arreglo, decía. Los últimos balances fueron negativos, y el 28 de julio se le murió un paciente que operó ese mismo día. Para colmo, me mostró una lista del personal de la Fundación que sería echado: la mayoría, amigos entrañables que empezaron con él. En mi casa, esperé a mi hermano Pedro, cargamos dos valijas y la computadora, y a las cinco menos cuarto de la tarde llegamos a la casa de René. Las llaves estaban puestas por dentro. Le llamé dos veces por mi celular, pero respondió el contestador automático. Toqué el timbre muchas veces. Por fin, Pedro pudo empujar la llave, y entramos. René estaba muerto. Yo no sabía que tenía un arma…”.

En la tarde fría de un sábado invernal, la noticia de la muerte de René Favaloro, producto de un disparo en el corazón, conmocionó a la sociedad argentina. Los periódicos y los semanarios le dedicaron la portada y el motivo de su muerte despertó una gran incógnita. El entonces presidente de Argentina, De la Rúa, decretó duelo nacional. A la mañana siguiente, en la puerta del edificio de la Fundación, cientos de personas se reunieron para despedirlo entre lágrimas y flores. La familia solicitó al juez que tomara muestras de ADN para prevenir la aparición de un hijo no reconocido. Una investigación publicada en elClarín reveló que Favaloro había dejado una herencia de catorce departamentos, dos casas, dos campos, una cuenta bancaria con miles de dólares, un libro inédito terminado y siete cartas de despedida.

Doce años después del suicidio de René, desde su oficina a cargo del Departamento de Comunicación e Imagen Institucional de la Fundación Favaloro, Diana Truden dice por teléfono que no habla con la prensa y que la entrevista que salió publicada unos días después de la muerte de René no fue tan así.

—Dije dos palabras y armaron una nota.

La voz suena suave, dubitativa y cortante.

—Creo que los sobrinos son las personas más indicadas para hablar del doctor. Recomiendo que el que quiera saber realmente sobre la vida de Favaloro lea los libros que él escribió.

***

En un programa de televisión emitido en agosto de 2000, dos médicos amigos, Tulio Huberman y Bernardo Boskis, cargaron contra el subdirector del periódicoLa Nación, José Claudio Escribano, por haber publicado un día después de la muerte una carta que Favaloro le había enviado con un mes de anticipación, en la que decía que estaba pasando uno de los momentos más difíciles de su vida: “Me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestra tarea. Yo no vivo de homenajes, me duran unos momentos”. El entonces presidente De la Rúa reconoció también que su secretaria había recibido una carta de Favaloro un día antes de su muerte. Pero explicó que a sus manos llegó un día después del suicidio. La carta decía: “Estimado Fernando: te escribo estas líneas porque nuestra Fundación está al borde de la quiebra […] Necesitamos alrededor de seis millones de pesos. No tengo conexiones con el empresariado argentino […] Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi vida estuve tan deprimido”.

Con el correr de los años, el juez que llevaba la causa de la muerte de Favaloro, Daniel Turano, liberó algunas de las cartas que Favaloro había dejado en hojas membretadas con su nombre y apellido. Un fragmento de una de ellas decía: “Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento, como decía don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad […] En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara. Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz”. Otra, que le dejó a su secretaria, la mujer con la que estaba a punto de casarse, decía: “Diana: ha llegado el momento de la gran decisión. Tú no eres culpable de nada. Mis proyectos se han hecho pedazos […] Tú has sido mi grande y verdadero amor. Siempre me he sentido un poco culpable. Nunca debí permitir que nuestro amor llegara tan lejos. Cuarenta y seis años es una gran diferencia […] Te he amado con locura. Estaré pensando en ti hasta el último segundo”. En un fragmento de la carta que dejó para sus amigos y familiares, manifestó su voluntad inquebrantable de no pagar coimas: “El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse. Hemos tenido reuniones con mis colaboradores más cercanos […] me aconsejaban que, para salvar a la Fundación, debemos incorporarnos al sistema; sí, a los retornos; sí, al ana-ana [n. de la r.: un código que indica que hay que repartir una mercancía], pondremos gente a organizar todo. Hay especialistas que saben cómo hacerlo. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado. En estos momentos, a esta edad, terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros, mis profesores, me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar. Prefiero desaparecer”.

En el cuarto piso de la Fundación, Roberto Favaloro se sienta otra vez en el sillón y dice que el Comité de crisis nunca planteó pagar coimas.

—Era un tema aritmético de reducción de personal. Cerramos un piso y medio: casi cien camas.

El número de empleados bajó de mil doscientos a ochocientos. Muchos de los despedidos fueron profesionales con los que René mantuvo una relación de amistad. No podíamos seguir así. Eran doctores cercanos porque habían sido compañeros de estudio y demás, pero con la diferencia que René tenía setenta y siete años y parecía de sesenta y siete, y los otros de noventa y siete. Era cuestión de sobrevivir, o morir.

En 2001, el primo de René, Mariano Favaloro, sintió que en la Fundación había cambiado la esencia impuesta por su creador y presentó su renuncia. Lo siguió Penelas, el vocero, con una carta que decía que, fallecido su entrañable y admirado amigo, había advertido que la Fundación comenzaba transitar por caminos que a su entender no se compadecían con el pensamiento de Favaloro. El doctor Mario Racki y su esposa —también doctora— formaron parte de la lista de despedidos. Tres años después, en 2004, el entonces presidente de Argentina, Néstor Kirchner, declaró el 12 de julio como Día de la Medicina Social, en homenaje a Favaloro.

La Fundación llegó a deber un año de salario a los médicos y tres meses a los enfermeros. Tuvieron que pasar cinco años del suicidio de René Favaloro para que comenzaran a equilibrarse los números. El apellido se transformó en la marca de una línea de alimentos saludables y, en la Fundación, se empezaron a realizar cirugías estéticas: lifting facial, aumento de senos y lipoaspiración de abdomen.

—Ese año empezamos a repuntar y a abrir camas para cumplir con otras ideas que tenía René —dice su sobrino—, como la de realizar trasplantes de médula ósea e intestino.
—¿Usted sabe por qué se suicidó René?
—Ayyy, si yo supiera. Fueron múltiples causas. La más grande fue esta Fundación que era como su hijo. Creo que si yo fuera René y tuviera esos problemas a los setenta y siete años, pensaría: “Llegaré a los ochenta y dos años para ver todo solucionado, o mejor que se encarguen los que vienen atrás”. No sé, uno puede hacer muchas conjeturas.

El teléfono celular no para de vibrar sobre la mesa. Roberto mira la pantalla y aprovecha para tomar otro sorbo de café.

—Antes de matarse, René dejó una carta para Diana, una para la señora que trabaja en la casa, otra para todos, otra para no sé quién…
—Y también dejó una para usted.
—Sí, es cierto, y no sé por qué.
—¿Se puede saber qué dice esa carta?
—No, no se puede.

Y ésas son sus últimas palabras de esta tarde.

El corazón es el primero en avisar cuando algo no anda bien. En estado de reposo, mientras reina la normalidad, puede latir 75 veces por minuto. Pero si algo extraño pasa, su frecuencia suele duplicarse: puede producir más de 150 pulsaciones en el mismo tiempo. Cuando este brinco ocurre, el retumbar se siente con más fuerza. La sangre corre más rápido por el cuerpo, la temperatura aumenta y el respirar se convierte en un ejercicio apresurado. Una alerta así no puede pasar desapercibida, y Yonatan ya se dio cuenta. Su corazón le está avisando que cerca hay peligro.

En apariencia, sólo está a punto de entrar a un salón de clases. La verdad: en segundos se enfrentará de nuevo al enemigo. Bien puede dar media vuelta, pero arrepentirse a estas alturas no tendría sentido. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. La alarma sigue encendida, pero ya nadie puede detenerlo. Con una respiración profunda ataja un poco de calma, y con un “Buenos días” entra en el ruedo.

Todos voltean a verlo. Aquí los estudiantes son policías. Eso es lo que altera a Yonatan. Es probable que no sean los mismos que lo atacaron hace más de un año, pero el estar aquí es ver de nuevo sus caras. Y hay algo que empeora todo: está solo. Todos los profesores debutantes siempre van acompañados por otro docente con experiencia. Pero este día es la excepción.

Es mayo del 2011. Se encuentra en la sede de la Universidad Experimental para la Seguridad (Unes) en Catia, al Oeste de Caracas. Está allí para hablar de derechos humanos, su tema sensible. Los efectivos asisten porque la ley los obliga. La legislación sobre el Servicio de Policía y el Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana (PNB), aprobada en 2009, ordena la formación periódica de todos los efectivos. “Reentrenamiento” le llaman, luego de creada la nueva PNB y en referencia a los otros 137 cuerpos policiales que existen en Venezuela y que no fueron fundados bajo el “nuevo paradigma”. Él está allí para reentrenarlos.

Han pasado ocho meses desde aquel incidente en la Libertador, la avenida que atraviesa el corazón de Caracas. La gran diferencia es que ahora él está al mando. Y para dejarlo en claro, decide retarlos y lanza el anzuelo.

—Señores, mi nombre es Yonatan Matheus, soy su profesor y soy gay.

***

La sangre se ha derramado por litros en la Libertador.

Es la noche del 25 de septiembre de 2010. Vestido de uniforme naranja y con un bolso repleto de folletos y preservativos, Yonatan cumple con su acostumbrado recorrido de los viernes por esta avenida. Como director de la organización no gubernamental Venezuela Diversa, tiene más de un año visitando a las transgéneros y prostitutas que encontraron en la conocida vía capitalina su mejor mercado de trabajo. Es una especie de predicador, que siempre se acerca a la zona para hablar de protección y prudencia sexual. Pero, esta vez, algo más lo lleva hasta el lugar.

Una semana antes, varios impactos de bala terminaron con la vida de Nathaly, una de las transexuales. No fue un robo. Todos sus conocidos aseguran que se trató de un delito de odio: la mataron por transexual. Por más perturbadora que pudiera parecer la noticia, no sorprende. En 2009, sólo en esta avenida, cinco transexuales fueron asesinadas. Venezuela Diversa lleva bien esa cuenta: varios reportes sobre violaciones, maltratos y chantajes contra estas personas reposan en los expedientes de la ONG. Sólo esta organización le ha hecho seguimiento a estos casos. Ningún organismo estatal ha prestado especial atención, por eso no hay cifras oficiales.

Yonatan se ha encargado personalmente de hacer la denuncia ante las autoridades y los medios de comunicación. Y ha sido contundente al señalar a los presuntos culpables: muchos de los testimonios recogidos aseguran que los responsables de estos delitos visten uniforme y actúan en nombre de la ley. Esta noche, busca información sobre el último asesinato.

Ya está por concluir su jornada. Conversa sobre Nathaly –la víctima más reciente- con una de sus compañeras de trabajo en la Libertador, cuando una patrulla de la Policía Metropolitana de Caracas se estaciona a pocos metros. Del vehículo se bajan nueve personas. Todas, con las pistolas alzadas y gritando. “¡Contra la pared ya!”, ordena uno de ellos. Otro va directo hacia donde está Yonatan y lo hala del brazo. Bulla, empujones y más gritos. En cuestiones de segundos, Yonatan desaparece y los policías arrancan.

Siete de los funcionarios, entre ellos una mujer, le hacen compañía en la parte trasera de la patrulla. El lugar es oscuro y sucio. Tiene sólo dos muebles de cuero negro a los costados. Toda una jaula. Son pasadas las 10 de la noche. Un joven de no más de 14 años está con ellos. Viste ropa mugrienta, sus ojos están enrojecidos y la posición de su cuerpo es inestable. Él también estaba en la Libertador.

—¡Eres un rolo e’ marico, el sapo que nos tiene en peo! -grita uno de los policías.

El hombre levanta su arma y apunta a Yonatan. Él intenta hablar para defenderse. “¡Cállate!”. Yonatan obedece. Sabe que no debe insistir o desobedecer. “¿Y tú quién eres?… Seguro eres el marido de éste. ¡Habla!”, dice el hombre ahora apuntando hacia el menor de edad. El joven también quiere hablar pero el llanto se lo impide. “¡Ay, mira!, está llorando. Está cagado. El maldito está drogado. Ponlo a toser sangre para que sepa quién está al mando aquí”.

La orden se cumple. Los golpes logran ahogar el llanto del adolescente. Ninguna de las súplicas calma al policía. “Y tú, cierra los ojos, marico de mierda”. Con los párpados apretados, Yonatan escucha aterrado. Quiere llorar, pero hace lo posible por mantener la calma. Sabe que después irán con él.

De pronto, la patrulla se detiene. Dos motorizados frente a una licorería llamaron la atención del grupo de efectivos, por lo que todos deciden bajar del vehículo. Yonatan y el niño se quedan solos. Es ahora o nunca. Saca el celular de su ropa interior. Con las manos temblando, comienza a revisarlo en busca de un nombre clave. Su pulso torpe complica todo, pero logra encontrarlo en segundos. Marca el número. Comienza a repicar. Su corazón late desordenado y sus manos están empapadas de sudor. Sigue repicando. Mira hacia afuera. Espera que los policías no lleguen todavía. Repica y nada. A los pocos segundos, cae la contestadora. Primera frustración. Lo vuelve a intentar. Repica por varios segundos y sucede de nuevo. Nadie contesta. Las voces de los efectivos se escuchan cada vez más fuerte. Debe intentarlo una vez más y rápido. El temor amenaza con someterlo, pero vuelve a marcar. Espera. Nada sucede. Cuando parece que volverá a fracasar, lo logra.

—¿Aló?
—¡Me secuestraron! Estaba en la Libertador y unos policías me secuestraron. No sé adónde me llevan. ¡Me quieren matar!

Cuelga justo cuando la mujer oficial sube a la patrulla. “¿A quién llamaste?… ¡Apaga esa vaina!”. El resto del grupo sube y el vehículo se mueve de nuevo. La esperanza de Yonatan desaparece.

El mismo oficial que lo había amenazado le da la orden. “¡Arrodíllate!”. Yonatan vuelve a obedecer. Tiembla y el sudor corre frío por su cuello. El uniformado es tajante: “No veas y baja la cabeza”. El arma lo apunta de nuevo. “Por marico, verás lo que te va a pasar”. Sigue aguantando el llanto. Morirá, pero no lo verán llorar.

—¡No le hagan nada! Ese marico ya habló con alguien. Si le hacen algo, nos vamos a meter en un peo –dice de repente la mujer policía.

Escucha sorprendido. Se mantiene cabizbajo, esperando alguna respuesta del funcionario que lo había amenazado. Durante pocos segundos, el silencio es lo único que sucede.

—Párate –ordena el hombre.

Da una señal y la patrulla se detiene.

—Baja.

Está atónito, pero no espera. Con las piernas aún temblando, Yonatan baja de la patrulla.

—Mosca con hablar. Te tenemos pillao’. Te vamos a vigilar –dice el policía, antes de que la patrulla se pusiera en marcha y desapareciera de su vista.

Yonatan sólo alcanza a dar un par de pasos más por aquella calle oscura. En el borde de la acera más cercana, se deja caer. Respira varias veces, pero no aguanta más: en ese momento, comienza a llorar.

***

Todos ríen a carcajadas en el piso más alto de El Helicoide, un edifico ícono al sur de Caracas. Es febrero de 2012. Allí, el personal de la Unes está celebrando con una noche de fiesta el tercer aniversario de la universidad. Fue creada en 2009 por el gobierno nacional con la idea de que fuera allí donde se formara a la nueva Policía Nacional Bolivariana (PNB). El Ejecutivo la defendió como la principal estrategia para detener “el cáncer” de la corrupción que se corrió dentro de las paredes de las policías del país en tiempos de la “cuarta república”, según palabras del entonces presidente Hugo Chávez. Al cierre de 2011, la institución hacía alarde de haber graduado a 23 mil 714 nuevos efectivos. Para septiembre de 2012, según cifras oficiales, serían más de 31 mil 976 policías nacionales bolivarianos. Eso festejan esta noche. Y Yonatan está allí.

El salón tiene vista panorámica de toda la ciudad, que a esta hora ya está convertida en miles de puntos luminosos. Es, formalmente hablando, una fiesta de trabajo. Son profesores, militares, policías. Casi todos llegaron acompañados. Los hombres de esposas y las mujeres de esposos. Yonatan también ha decidido ir en pareja. Pero está con un hombre, un amigo, un atrevimiento para muchos a juzgar por los cuchicheos.

Ha pasado ya casi año y medio desde aquel ataque en la Libertador -que queda a media hora de este salón de fiesta- y nueve meses desde que comenzó a dar clases en la institución. Su labor como activista de Venezuela Diversa llamó la atención de la coordinación de Derechos Humanos de la Unes. Le aseguraron que, en el nuevo perfil del PNB, el respeto a la diversidad era supremo, por lo que le propusieron ayudar. Aceptar era entrar a la mismísima boca del lobo. Él lo sabía y aún así entró.

Hay una música suave de fondo. Todos esperan por el brindis protocolar para subirle volumen a la bulla. Los murmullos continúan. Nada nuevo. La aclaratoria que hizo Yonatan en su primer día de clase se debió repetir muchas veces más. La autoridad que le confiere ahora su rol como profesor matizó un poco la reacción de la mayoría, pero no evitó –ni evita- las burlas, presiones y juegos en su contra, tanto de parte de sus alumnos como de colegas. Para él, eso era algo obvio de esperar. Después de todo, se inmiscuyó en una estructura que funciona con las mismas normas convenidas en un cuartel militar, y que defiende sin pena una de sus más claras premisas: a los policías no le gustan los homosexuales.

La organización Acción Ciudadana Contra el Sida (Accsi), con el auspicio de Onusida y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, realizó en 2008 un estudio basado en una encuesta a 742 personas en locales y zonas de encuentro del colectivo Lgbt (lugares de “ambiente”) en Caracas, Maracaibo y Mérida. Es una de las pocas investigaciones desarrolladas en el país sobre el tema. La mayoría de los consultados aseguró haber sido agredido por policías al menos una vez: 50% lo dijo en Caracas, 63% en Maracaibo y 65% en Mérida. La violencia verbal, la “matraca” (soborno) y la privación arbitraria de libertad resultaron ser las faltas más comunes. Los transexuales figuraron siempre como los más afectados. Pero el mismo Yonatan sabe que la violencia ha llegado a más.

Yonatan sí volvió a la Libertador, pero las visitas debieron ser cada vez menos. El “te vamos a vigilar” reapareció varias veces, en mensajes que le llegaban de boca de las prostitutas o en alguna patrulla que bajaba sospechosamente la velocidad ante su presencia. Yonatan, finalmente, dejó de ir, pero la sangre no dejó de correr por la Libertador. En 2011, Venezuela Diversa conoció de cuatro transexuales asesinadas en Caracas. Tres de ellas, en la famosa avenida. El Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas (Cicpc) relacionó dos de estos casos con una banda delictiva y prostitución dirigida por transgéneros. En mayo de 2011, Wilmer Flores, director del Cicpc, aseguró que en la zona se habían registrado más de 20 transexuales asesinadas que, a juzgar por el modus operandi, guardaban relación con la misma banda. Para Yonatan y otros activistas, fue una generalización peligrosa que buscó minimizar las otras denuncias en las que figuraban como sospechosos, precisamente, efectivos policiales.

“Popssssss”… Los aplausos revientan complacidos al destape de la botella que protagonizará el brindis. En la fiesta ya está reunida todala plana mayor de la universidad, incluyendo a la rectora Soraya El Achkar, designada por el propio presidente Chávez para dirigir la institución. Suenan las copas, más carcajadas y arranca la orquesta. Como debe ser, la rectora y su pareja son los primeros en entrar a la pista de baile. Pero capturan la atención sólo por pocos momentos. En segundos, las miradas pasan de un golpe a fijarse en otra pareja que acaba de entrar a la escena: son Yonatan y su amigo.

Son dos hombres bailando juntos, al lado de la rectora y frente adecenas de funcionarios. Yonatan sabe que todos lo miran. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. Está asustado, pero baila como si nada importara. Debe mostrarse seguro. Es un reto ya enfrentado y no piensa declinar. Sin embargo, no ha terminado la primera pieza cuando pasa.

—¿Qué están haciendo? ¿Cómo se les ocurre? -los interrumpe una señora alterada que él no reconoce.

Yonatan duda por momentos, pero su amigo se apresura y es quien responde.

—Queríamos bailar y es lo que estamos haciendo. ¿Es que no tenemos derecho a hacerlo?

La mujer no consigue con qué defender la queja. Nadie se atrevea secundarla. Yonatan, parado en medio de la pista, intenta ver el rostro de la rectora. No parece incómoda o sorprendida. Así que la ofendida no tiene más remedio que retirarse, derrotada. Yonatan se vuelve a unir con su amigo en un abrazo, y con una sonrisa dibujada en el rostro sigue bailando. Bailó y sonrió toda la noche.

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Talones juntos, espalda erguida, puntas de mano derecha en la sien. “Buenos-días-profe-sor”, dice con firmeza un muchacho cuando ve pasar a Yonatan. El profesor sonríe, devuelve el saludo y sigue su camino rumbo al salón de clases. Es norma en la Unes que todo estudiante se presente con saludo militar ante sus profesores, y la respuesta suele darse en el mismo código. Pero Yonatan ni es militar ni le gusta lo militar. “Buenos-días-profe-sor”, repite más adelante el ritual otra alumna. Esta vez, Yonatan se detiene, se para firme delante de la muchacha y se burla de nuevo del sistema: en lugar de la frente, coloca delicadamente su mano en la cintura, inclina hacia un lado la cadera y, en vez de pisar firme, flexiona ligeramente su rodilla hacia atrás. “Buenos días, bachiller”, responde con voz pícara. El resultado es un par de risas cómplices.

Es una mañana de clases cualquiera en el Helicoide. Desde diciembre de 2011, Yonatan fue transferido desde Catia a la sede principal de la universidad. Ahora da clases a los aspirantes a PNB, que son en su mayoría bachilleres recién graduados. Ya no está a cargo del “reentrenamiento”. Es responsable ahora de la formación de los nuevos policías. Cuida la planta desde la semilla. En este tiempo, su osadía le ha ganado la admiración de algunos profesores y la simpatía de varios alumnos. Y aún mejor: el respeto de muchos.

La clase de hoy es sobre el uso progresivo de la fuerza. El más viejo de los alumnos ha de tener 22 años. Yonatan ordena a todos sacar de sus morrales la ley del Servicio del Policía. Todos obedecen. “Atención en el artículo 12”. Pide a uno de los alumnos el favor y el joven se pone de pie y lee.

—Artículo 12: Los cuerpos de policía actuarán con estricto apego y respeto a los derechos humanos consagrados en la Constitución de la República, en los tratados sobre los derechos humanos suscritos y ratificados por la República

Yonatan nunca denunció a sus agresores de la Libertador. Miedo o prudencia. Y así como él, la mayoría de las víctimas. Según el mismo estudio de Accsi de 2008, cerca de 88% de las personas Lgbt que dijeron haber sido víctimas de algún atropello por partes de efectivos nunca denunciaron. Y del grupo que sí se atrevió, sólo 15% dijo que su caso había sido resuelto. Es miedo, prudencia y también resignación.

—Ahora el artículo 8, por favor –ordena Yonatan.
—Artículo 8: Los cuerpos de policía darán una respuesta oportuna, necesaria e inmediata para proteger a las personas y a las comunidades…

Yonatan es de los que cree que la denuncia se desestima si no se resuelven los casos. Admite, también, que si no se denuncia la impunidad gana. Un círculo vicioso. Pero la recurrencia de los asesinatos de transexuales es tal que llamó la atención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh). El pronunciamiento oficial se hizo el 7 de junio de 2012, a raíz del asesinato de otra transgénero apodada “Lulú”. Fue el blanco de varios impactos de balas el 3 de junio de 2012. ¿El lugar del crimen? De nuevo la avenida Libertador de Caracas. La Cidh señaló que al menos otras ocho transexuales fueron asesinadas en la capital en el primer semestre de 2012. Se refirió también a la actuación irregular de efectivos policiales: “La Comisión continúa recibiendo información sobre asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias…”. En su pronunciamiento, culpó al Estado de no investigar estos casos y de su consecuente impunidad. E hizo una recomendación puntual: incluir “las reformas necesarias para adecuar las leyes a los instrumentos interamericanos en materia de derechos humanos”.

El 19 de noviembre de 2010, el Ministerio de Interior y Justicia aprobó la creación del Consejo de Igualdad y Equidad de Género para los cuerpos policiales. Según la resolución publicada en la Gaceta Oficial 39.556, la instancia tiene la tarea de crear políticas para “erradicar las conductas o situaciones de discriminación contra las mujeres y personas sexodiversas, y velar por la atención oportuna e integral a las víctimas de discriminación y violencia” por parte de los organismos de seguridad del Estado. Pero, si le preguntan a Yonatan, las reformas legislativas deberían comenzar por la inclusión de la tipificación de los “delitos de odio”. Al menos 19 países del mundo (seis en Latinoamérica) ya aprobaron esta figura, que estipula agravantes en caso de que el ataque esté asociado a prejuicios religiosos, raciales, xenofóbicos u homofóbicos. El mensaje con esta iniciativa es claro: si matar es condenable, hacerlo por estos motivos lo es mucho más.

Yonatan no vio a sus agresores pagar su ofensa, pero ha conseguido su propia forma de compensación. La Policía Metropolitana se terminó de desintegrar en 2011, y la mayoría de sus funcionarios fueron “reentrenados” y sumados a las filas de la PNB. Los gritos y la humillación de aquella noche se transformaron ahora en un “permiso, profesor”. Con su sola presencia, obliga a que el tema de la diversidad sea asunto de todos los días en una de las instituciones más importantes del país. Sólo por estar allí, el lugar se parece menos a un cuartel. Un gay educa al nuevo policía nacional.

—Ahora el artículo 13…
—Los cuerpos de policía prestarán su servicio a toda la población sin distinción o discriminación alguna fundamentada en la posición económica, origen étnico, sexo, idioma, religión, nacionalidad, opinión política o de cualquier otra condición o índole…
—¿Qué quiere decir lo que el compañero acaba de leer? –pregunta Yonatan a otra alumna que responde de inmediato.
—Significa que no importa si eres sangre azul, si te gustan las mujeres o los hombres… Tenemos que servir con respeto a todos. Todo esto es un tema de dignidad humana.

“Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. El corazón es también de los primeros en avisar cuando algo bueno está por ocurrir y el de Yonatan ya encendió la alarma.