ACTO PRIMERO: después del Sábado de Muerte

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Hay, valga el lugar común, un antes y un después de aquel 28 de noviembre de 2015, sábado. A media tarde, pandilleros de la 18-Revolucionarios bajaron de Los Troncones con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Durante al menos una hora se tomaron el caserío, obsesionados con encontrar indicios de sus enemigos de la Mara Salvatrucha. Encañonaron, retuvieron e interrogaron a cuanto joven y varón hallaron. Sentenciaron a tres: Juan Carlos, Moisés y Kevin. Los encaminaron unos cien metros. Los voltearon contra el piso. Los fusilaron. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Después de aquel triple homicidio, el miedo a los muchachos de Los Troncones se terminó de apoderar de Córdova. Más de la mitad de las familias huyeron en los días y semanas posteriores. En silencio. Quizá para siempre. De 70 niños matriculados en 2015 en la escuela se pasó a 30 en 2016. Las maras evidenciaron –una vez más– su capacidad para aterrorizar comunidades enteras.

Casi un año después, la minoría que se quedó se refiere a la huida de la mayoría como “laemigración”. El caserío está en desgracia, dicen. Y si duro resultó para los que huyeron, no menos lo fue para los que permanecen. Cerraron, por ejemplo, las dos iglesias evangélicas, los únicos dos lugares de prédica, como si a Dios también le valiera la suerte de los cordovianos.

Hoy es miércoles y es octubre, 2016. Máximo Ramírez –delgado, tostado, platicador, 55 años– es de los que permaneció. Su edad algo le ayuda en esto de lidiar con maras. Todos acá lo conocen como Mancho o don Mancho. Ahora, sentado sobre la rampa de entrada a la escuela mientras las mujeres sancochan unos elotes, habla desenfadado sobre su principal preocupación: un mapache.

El maíz de su pequeña milpa está doblado. Que un mapache le arruine 20 mazorcas cada día es un drama mayúsculo. Anoche se acostó a las 3 de la madrugada. Parecido anteanoche. Y también la noche anterior. Todo por matarlo. La mejor manera, dice Mancho, es con perros grandes y bravos que encaramen al intruso a un árbol. No sirve cualquier chucho. Un mapache como este, de los grandes y solitarios, franjas blancas y negras en el rostro, es capaz de encararlos y amedrentarlos. Ya encaramado, el hondillazo certero. Es triunfo doble: sosiego para la milpa y carne fresca para la cena. Pero Mancho no tiene perros grandes y bravos. Sus tres desvelos han sido por gusto. Anoche, el improvisado ‘plan B’ fue sacrificar a otro animal, desollarlo y confiar en la hediondez. “Maté a un zorrillo y lo amarré con un alambre; al mapache el zumo le da asco”, dice. Un par de zopes vuelan en círculos ahora, mediodía, sobre el olor a muerte.

Hasta hace tres años, hasta cuando los mareros comenzaron a ganar presencia, este era el tipo de problemas que quitaban el sueño en Córdova.

San Luis Córdova es un pedazo del cantón Los Troncones, municipio de Panchimalco, departamento de San Salvador. En línea recta, apenas 22 kilómetros distancian Córdova y el Hotel Sheraton. Pero el número es un espejismo. Pedrina, Jaime y Ricardo, los profesores de la escuela, viven los tres en el área metropolitana de la capital. Invierten no menos de dos horas y media para llegar, y otras dos y media para regresar. La travesía incluye una hora de caminata a campo traviesa, y cruzar un río traicionero: el Tihuapa.

Córdova ni siquiera es un poblado propiamente dicho. Es más bien una sucesión de casas desperdigadas a ambos lados de la calle destartalada que muere en el caserío. No hay plaza ni nada que se le parezca. Antes del Sábado de Muerte, eran 230 gentes. Hoy, menos de la mitad. No hay energía eléctrica. Cada quien se rebusca por su agua. Cada quien quema su basura. Cada quien construye su fosa séptica, en el mejor de los casos. Es ruralidad extrema.

Además de mapaches, zorrillos y zopes, en los cerros de Córdova hay venados, coyotes, cotuzas, gatos cervantes y gatos zontos, cusucos, garrobos verdes y garrobos prietos, auroras, chiltotas, tecolotes, gavilanes, chachalacas, masacuatas, corales, serpientes castellanas, alacranes, tarántulas y unas arañas cholas-cholas y temidas que acá las llaman casampulgas. Casi todo lo que se mueve es fuente codiciada de proteínas.

“Un su garrobo bien tostadito… juuummmm”, dice Carmen Vásquez –delgado, retostado, alguien que cuenta como mérito infinito comerse 10 tortillas en una sentada, 56 años–, y sonríe de imaginarse chupando los huesitos del reptil.

Cuando el caserío comenzó a vaciarse tras el Sábado de Muerte, Carmen, su esposa y el menor de sus hijos hicieron lo que casi todos: irse a la otra ribera del río Tihuapa. A Planes de las Delicias y Valle Nuevo, cantones ambos del municipio de Olocuilta. “La gente agarró miedo a los muchachos, y con miedo la gente se va, ¿veá? Cuando uno cree que lo van a matar, ¿veá? Aunque tal vez pidiéndole a Dios”.

En su caso, el hambre y la incertidumbre pudieron más que el miedo. Es de los poquísimos que a los pocos días regresó. En Córdova tiene su casa; precaria, pero suya. También tiene dónde sembrar; en un terreno de un vecino que migró a Estados Unidos. Maíz cuando comienzan las lluvias; frijol o maicillo sobre la milpa doblada. Las cosechas le abastecen para todo el año. Si son generosas, incluso puede vender una parte. Con esos granos básicos, los animales que fulmina con su hondilla, los cangrejos que saca del Tihuapa y algún que otro trabajo ocasional, tiene la subsistencia garantizada, que no es poco decir en un país como El Salvador.

Como si fuera guía de un museo, Carmen muestra las casas habitadas hace un año, amplias, solitarias y asilvestradas ya por la estación lluviosa. En un muro de ladrillos, a unos 300 metros de la escuela, hay un placazo azul cielo. Es de trazos torpes, como si fuera obra de un aprendiz de grafitero. El elemento central dice ‘MS’, en grande. A su izquierda, un puño con los dedos anular y meñique estirados. A su derecha, ‘Mara Salvatrucha’. Debajo, el nombre de la clica, ‘CGLS’, escrito dos veces.

El ‘CGLS’ es por la Cangrejeras Locos, del cantón Cangrejera, municipio de La Libertad. Está algo lejos, en la desembocadura del Tihuapa. Luego se explicará cómo y por qué uno de los tentáculos de esa clica de la Emeese cayó sobre Córdova. Es importante para entender esta historia. Pero conviene aterrizar antes la idea de cómo afecta el desplazamiento forzado a los que se quedan, comprender qué sucede cuando las maras generan una migración como la habida tras el Sábado de Muerte.

Cerraron las dos iglesias evangélicas. La más concurrida era la Iglesia de Dios Mundial. Cerró también la tienda mejor abastecida, la que sacaba de apuros aunque resultara algo más cara. Cuando se corrió la voz de que las maras estaban detrás de la despoblación, las visitas de vendedores ambulantes se redujeron casi a cero. Tampoco entraron más los intermediarios que buscan los excedentes de los agricultores para revenderlos en la capital.

Incluso la escuela se tambaleó. Su nombre es de una literalidad insípida: Centro Escolar Caserío San Luis Córdova Cantón Los Troncones. El código asignado por el Ministerio de Educación, el 86400. Es pequeña pero digna. A mediados de la década pasada, se benefició de la cooperación internacional. Es sin duda la construcción más vistosa de todo el caserío. Tiene su propio pozo de agua. Tiene retretes blancos. Tiene paneles solares que generan energía para el funcionamiento y que garantizan unos modestos ingresos al centro: los vecinos pagan una cora (25 centavos de dólar) por recargar su celular.

El Sábado de Muerte ocurrió poco antes de la vacación de fin de año. Luego, laemigración. Más luego, la incertidumbre. Hubo profesores que meditaron el traslado. Tras el reinicio de clases aparecieron pintadas de la Mara Salvatrucha en un muro. Un día forzaron la entrada y entraron a robar, algo que los docentes atribuyeron a jóvenes con algún grado de afinidad hacia la Mara Salvatrucha. La matrícula se desplomó el 57 %. Fueron semanas tensas. Pero a pesar de todo, las aulas siguen abiertas.

Más allá de los beneficios obvios para los 30 estudiantes inscritos, la escuela representa la expresión más sólida y constante del Estado salvadoreño en Córdova, casi la única. La unidad de salud más cercana queda allende el río, en Valle Nuevo. La Alcaldía de Panchimalco olvidó hace trienios que este caserío es parte del municipio. La Policía Nacional Civil apenas se deja ver; si hay un parto o alguien necesita hospitalización, envían un pickup desde Panchimalco si quien lo pide se compromete a pagar el combustible.

“Los policías en veces vienen, en veces no vienen. Después de la matazón sí vinieron seguidón algunas semanas, pero luego nada”, dice Mancho.

El miedo se mantiene en Córdova. Hay señales, de hecho, de que la Mara Salvatrucha no quiere dar por perdido este caserío. El placazo azul cielo lo hicieron meses después del Sábado de Muerte. También puertas y paredes de varias de las casas abandonadas han sido pintarrajeadas con las letras. El 16 de octubre, dos jóvenes de 17 y 23 años desaparecieron cuando regresaban de un culto sobre la calle a Los Troncones. Los hallaron al día siguiente, decapitados. En Córdova creen que eran o activos o simpatizantes de la Mara Salvatrucha, y que los asesinaron los dieciocheros.

“La semilla mala ya está regada en Panchimalco… y en todo El Salvador”, dice David Antonio Hernández –no tan delgado, tostado, profundamente religioso, 26 años–, resignado y encomendado a su dios. David y su esposa fueron alumnos de la escuela hasta 2009. La “semilla mala” echó raíces un lustro después. Hoy son padres de una niña de seis y de un niño de tres. Pero el Sábado de Muerte no logró sacarlos de su hogar, de su caserío.

“Nosotros no andamos en malos pasos y no somos familia de muchachos de ningún grupo”, dice. “No nos metemos con ellos, y ellos no se meten con nosotros”, dice. La familia camina martes y sábados hasta la Iglesia Profética Santidad a Jehová, en el mero Los Troncones. Dos horas ida, dos horas vuelta. “Dios en ningún momento nos desampara”, dice. Pero en Córdova, comulgar con el Ver, oír y callar parece más efectivo que la fe.

Si uno vive en lugares no controlados por una pandilla, cuesta dimensionar las razones que obligan a abandonar el hogar. También las razones para permanecer cuando la amenaza es tan sólida. Juzgar a los cordovianos, a los unos y a los otros, es un acto de soberbia intelectual. Las razones para irse o para quedarse son un mundo.

Carmen permaneció.

—¿Dónde es lo más lejos que ha viajado usted en su vida?

La pregunta es para tratar de dimensionar su sentimiento de arraigo.

—Ahhh… ¡yo he sido vagamundos! En Sonsonate vive un tío mío. He ido a las fincas, a cortar. He ido a Tepecoyo, al volcán de San Salvador, a Opico…
—¿En San Miguel ha estado alguna vez?
—De este lado sí no…
—¿Santa Ana?
—Hasta un sitio que le dicen El Congo he llegado. No crea, si cuando estaba
cipote sí he viajado yo. Y uno se quedaba hasta que le pagaban.

Juan Antonio Martínez –delgado, tostado por el sol también, uno de los líderes de la comunidad, 47 años– huyó de Córdova. Don Toño, le dicen. Se trasladó al cantón Valle Nuevo, con su familia. Valle Nuevo queda a unas dos horas a pie, con el Tihuapa de por medio. Muy de vez en cuando, Toño regresa a Córdova con su corvo bien afilado, para ver cómo está la casa que levantó con sus propias manos. Chapoda, limpia, recoge jocotes o limones.

“Emigramos unas 25 familias y… la verdad… yo quisiera regresar, porque acá nací, acá me he criado. En Valle es más difícil si uno es pobre. Acá uno cosecha, tiene sus palitos”, dice. Él y los suyos son víctimas de lo que técnicamente se conoce como desplazamiento forzado interno. Desplazados por las maras. En la que era su casa, en el terreno junto a la escuela, Toño habla y habla, como si sus problemas se resolvieran por solo compartirlos. Por un momento se envalentona: “Yo amo esto”. Amo, dice. Un verbo que los prejuicios hacen que cueste imaginar en boca de un hombre rural en su primera plática con un extraño. Don Toño ama esto. Y esto, Córdova, es lo que el Sábado de Muerte le obligó a dejar atrás.

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ENTREACTO: los desplazados

Córdova es un ejemplo de manual de lo que Naciones Unidas convino en llamar desplazamiento forzado interno. Huir sin salir del propio país. En el mundo, estos traslados los suelen generar la guerra, la violencia política, religiosa o étnica, la violación sistemática de derechos humanos… En El Salvador, las maras –aunque no solo.

No es un fenómeno nuevo. En torno a 2008, los desplazados dejan de ser casos anecdóticos. Para 2011 ya son tendencia, siempre concentrados en colonias, barrios y cantones empobrecidos, el hábitat natural de las pandillas. Tras el fracaso del proceso conocido como la Tregua, en 2014, el fenómeno se viraliza. La prensa ha reportado docenas de córdovas regados por el país. Y los individuos o familias que huyen a título individual son incontables.

Pero el Estado salvadoreño se resiste a aceptar esta realidad, quizá porque hablar de desplazados supone admitir que las maras son poder establecido. Lo poco que se ha tratado de sistematizar sobre el tema ha sido iniciativa de las oenegés aglutinadas en la ‘Mesa de la Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado’. Entre agosto de 2014 y diciembre de 2015 documentaron de forma artesanal 146 casos, con 623 afectados. La punta del iceberg nomás. Los ciento y pico de Córdova no están en ese listado. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos retomó el trabajo, lo maceró y en julio de 2016 presentó un demoledor informe de 64 páginas, el primero de esta naturaleza elaborado por una entidad estatal. Entre la docena de conclusiones, una que al gobierno le debería haber sentado como guacalada de agua helada: “Debido a que el Estado no reconoce el desplazamiento forzado interno, esto genera un impacto humanitario que dificulta una asistencia humanitaria efectiva y eficaz”.

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ACTO SEGUNDO: el Sábado de Muerte

La zafra había iniciado una semana antes en El Salvador. Nadie en Córdova siembra caña de azúcar, por montuoso y aislado. Pero sí relativamente cerca: en las planicies que hay entre la carretera El Litoral y el mar.

Tras la quema, los cañaverales exigen cientos de brazos. Los empleadores lo saben. Acarrear mano de obra ha devenido un negocio en sí mismo. El salario de cortador es mísero, cinco dólares por tarea –es de machos terminar las dos–, más el rancho, la comida. Pero en economías de subsistencia como las de Toño, Mancho o David, ese jornal sabe a aguinaldo.

El Sábado de Muerte fue el particular inicio de la zafra en Córdova. Los cordovianos, unos 12 o 14 antes de, van a la corta en grupo. En los últimos años se ha convertido en ritual. Los hombres se despiertan dosquetrés horas antes de salir el sol. Se citan bajo algún palo. Caminan por veredas hasta Amayón, un cantón con calle transitable hasta la carretera El Litoral. Una auténtica procesión nocturna de cumeros surcando los cerros de Panchimalco.

En Amayón, tipo 4 de la madrugada, abordan un camión junto a otros hombres de otros cantones y caseríos aledaños. Todos citados para lo mismo. El camión los lleva a los vastos cañaverales de San Luis La Herradura o de otros municipios del departamento de La Paz, a deslomarse.

Juan Carlos Vásquez Benítez –21 años, uno de los jóvenes asesinados por la 18– mañaneó aquel 28 de noviembre de 2015. La zafra nunca le había entusiasmado. Había metido papeles para ver si le salía algo en San Salvador y no depender del jornal de cortador. “Para no tener que asolearse”, había dicho a sus amigos. A la espera de que le confirmaran si sí o si no, prefirió embolsarse unos dólares.

De los experimentados del grupo, a Juan Carlos le fue bien aquella mañana con la cuma. Logró devastar las dos tareas en ocho horas. Pero la alegría mayor resultó atrapar a un conejo sobreviviente de la quema. “Tamaño conejón”, dice casi un año después David, su amigo. También él estuvo en el cañal el Sábado de Muerte.

Bien amarrado pero vivo, Juan Carlos y su conejo fueron la sensación en el camión durante el viaje de regreso a Amayón. Más de uno lo devoró con la mirada. Planearon una merienda, nomás para los allegados.

El grupo regresó a Córdova bien pasada la 1 de la tarde. Juan Carlos voló a la casa, a pavonearse de su botín. Se bañó, se acicaló y rápido bajó a ver si hallaba a los cheros. Por ser sábado, sabía que los encontraría cerca de la Iglesia de Dios Mundial, la más concurrida en los últimos meses. El local era modesto pero digno: paredes de adobe recubiertas de concreto, techo de duralita, suelo embaldosado, baño. Hermanos de la misma congregación procedentes del puerto La Libertad habían ayudado a levantarlo pocos meses atrás.

Juan Carlos no se congregaba seguido. Tampoco su amigo Alcides Moisés Godoy Carrillo –20 años, otro de los tres asesinados por la 18–, que tenía a su pareja con ocho meses de embarazo. Pero habían oído que era un culto de acción de gracias. En plena etapa de captación de fieles, daban por seguro que al final habría reparto de café, sodas o pan dulce. Razón suficiente para merodear.

En esas apareció el comando de la 18-Revolucionarios del cantón Los Troncones. Serían las 2:30 de la tarde. Juan Carlos, Moisés y otras seis u ocho personas platicaban en el cruce de veredas ubicado 50 metros al norte de la iglesia. Todos jóvenes. Adolescentes varios.

Jóvenes y adolescentes también eran los muchachos del comando dieciochero, solo que armados con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Unos siete u ocho. A cara descubierta. Dos de ellos vestían pantalón y botas militares. De un solo encañonaron al grupo de Juan Carlos y Moisés. Con ellos estaba Kevin –13 años, el tercero de los asesinados por la 18–, nieto del pastor de la Iglesia de Dios Mundial. Kevin vivía en Planes de las Delicias, pero el culto lo había llevado a Córdova.

Los interrogatorios duraron no menos de una hora. Hay testigos que alargan hasta las dos horas aquella angustia colectiva del Sábado de Muerte.

Los pandilleros creen tener la habilidad de identificar cuando alguien estáen la juega. Es decir, si un joven es activo, chequeo o simpatizante de una pandilla contraria. Cientos de inocentes habrán muerto en la última década por esa creencia.

En Córdova sentenciaron a Juan Carlos, Moisés y Kevin. Tres vidas que no sumaban 55 años. Solo del adolescente, Kevin, los cordovianos consultados dicen que sí vestía flojo y que tenía alguna maña propia de los muchachos. En cambio, dice Mancho, Juan Carlos y Moisés “eran cumeros, como nosotros”.

A los tres los encaminaron unos 100 metros, a la curva de la calle que parte hacia Los Troncones. Los voltearon contra el piso, quizá entre lágrimas y ruegos por sus vidas. Los fusilaron con fusiles, disparos certeros para reventar las cabezas. “Pa, pa, pa, pa, pa… Como una guerra… Pa, pa, pa, pa, pa…”, dice Toño. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Dicen que el pastor trató de mediar por ellos, por su nieto, pero que lo encañonaron y que le dijeron que mejor se alejara, que aquello no iba con él.

Lo más significativo quizá sea que nadie telefoneó a la Policía. Todos supieron que un comando de hombres armados estaba en el caserío. Los rehenes eran entre ocho y diez hijos, primos, vecinos, amigos. La ocupación de Córdova duró no menos de una hora. Pero nadie llamó a la Policía.

—¿Ahí los tuvieron, a la vista de todos?
—Ahí los tuvieron, embrocados –dice David.
—¿Nadie llamó a la Policía?
—¿Y cómo…? No… nadie…
—Pero… ¿por miedo?
—¿Y por qué más?

Quizá haya que formar parte de lugares como Córdova, donde el Estado es tan pero tan raquítico, para asumir que si un comando de pandilleros armados se toma el caserío, lo normal es no llamar a la autoridad. Pero así pasó.

El 28 de noviembre de 2015, la 18-Revolucionarios fusiló a Juan Carlos, Moisés y Kevin. El triple homicidio, virajes extraños que tiene la vida, le valió el indulto al gran conejo que unas horas antes había viajado amarrado desde los cañaverales de San Luis La Herradura. La familia de Juan Carlos lo liberó. “No lo quisieron comer, por tristeza”, dice David.

En los días y semanas posteriores, se vino laemigración.

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ENTREACTO: los refugiados

Los cordovianos que cruzaron con enseres el río Tihuapa son una resulta de los esquemas de terror que las maras mantiene en sus canchas. Son desplazados internos. En cuenta aparte va la migración trasfronteriza, esa que se conjuga con palabras como exilio, asilo o refugiados. Para vigilar esta otra expresión, existe una entidad supranacional: el ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

El Triángulo Norte de Centroamérica se considera la región más violenta del mundo. De los tres países, según el ACNUR, los salvadoreños son de largo los que más solicitudes de asilo gestionan ante gobiernos extranjeros: 23,000 en 2015, que es como si todos los vecinos de Suchitoto huyeran en un solo año.

Estados Unidos es y será el destino preferente, pero México, Belice, Costa Rica y Panamá –y en menor medida Nicaragua– han emergido en 2015 y 2016 como receptores de salvadoreños que huyen. Las cifras oficiales horrorizan. Perfilan un drama infinito. Pero las cifras reales son todavía más duras. También entre los que en su huida cruzan fronteras existe un vigoroso subrregistro: lo que migran para salvar sus vidas y no sienten como necesidad urgente regularizarse en el nuevo país.

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ACTO TERCERO: antes del Sábado de Muerte

El devenir de un sinnúmero de colonias y cantones de El Salvador está ligado a las maras desde hace 15 años o más. Pero no es el caso de Córdova. El influjo de las letras y los números  comenzó a sentirse apenas un par de años antes del Sábado de Muerte. Al igual que en otras áreas rurales del país, la Tregua contribuyó a generar las condiciones para que la semilla germinara.

La implantación del fenómeno en el mero Córdova, sin embargo, es modesta. Para cuando el triple homicidio, ni siquiera operaba una clica propiamente dicha. La Mara Salvatrucha tenía y tiene presencia, pero más testimonial que otra cosa. Un puñado de jóvenes que entró en contacto con los mareros del otro lado del río Tihuapa, y que fantaseaban con convertirse en pandilleros. Nada de extorsiones. Nada derentas. La pegada de los  ieciocheros de Los Troncones frenó la propagación de la Emeese de forma más efectiva que las fuerzas de seguridad.

El Tihuapa al sur y el lamentable estado de la calle hacia Los Troncones al norte definen el caserío. No tienen energía eléctrica por el aislamiento, pero ese aislamiento quizá sea también la razón para que se mantuvieran lejos las maras. En Los Troncones, la 18 se asentó firme la década pasada. La Mara Salvatrucha hizo de Cangrejera y Valle Nuevo plazas fuertes en los mismos años. Córdova queda en medio.

Si se escarba más atrás en el tiempo, en los ochenta y noventa, parecía que este caserío tendría un mejor futuro. La guerra civil apenas se sintió. Operó una hacienda de la que aún hoy se aprecian vestigios. El nombre del dueño, el finado Miguel Palomo, aún hoy se pronuncia con devoción. “400 reses había, ganado chulo”, dice Mancho con un dejo de orgullo. Además de ganado, se sembraba. Un camión cargado de guineos se atrevió a cruzar el Tihuapa durante una tormenta, pero la repunta lo volteó, lo arrastró y esparció la carga río abajo. Los cordovianos que peinan canas lo cuentan como ejemplo insuperable de esplendores pasados.

Las celebraciones eran celebraciones de verdad: el Día del Trabajador, el Día del Niño… Llegaban músicos y llegaban con pesados equipos de sonido, a caballo. “El caserío se llenaba de gente como usted no se imagina”, dice Toño.

Pero la hacienda cerró. Y la calle se malogró. Sin su principal fuente de empleo y abandonado por el Estado, el caserío se limitó a administrar su deterioro. La mejor herencia de aquellos años de aparente prosperidad quizá sea la escuela. Guardan trofeos de cuando de entre los alumnos salían equipos capaces de medirse de tú a tú con centros escolares de todo Panchimalco y de Olocuilta. Aún en 2007, el número de alumnos inscritos fueron 106, contra los 30 después del Sábado de Muerte.

Pero para esta historia lo más relevante es el pasado más cercano, cuando logra germinar de la “semilla mala” de las maras.

Córdova es parte de Los Troncones, controlado por la 18-Revolucionarios. Pero el caserío vive de espaldas a Los Troncones. Desde antes de la irrupción de las pandillas. Y así será mientras la calle sea un chiquero. El aislamiento es muy marcado, pero los cordovianos miran más al otro lado del Tihuapa, a los cantones Planes de Las Delicias y Valle Nuevo, a Olocuilta. La mayoría de los duis han sido expedidos en Zacatecoluca. Es la relación natural, la del día a día. A pesar de que si se mira un mapa es la opción menos recomendable, los profesores de la escuela viajan a diario desde la capital hasta Planes de las Delicias, vía carretera al aeropuerto. Y de ahí caminan a Córdova.

A Valle Nuevo llegó el influjo de la CGLS, la Cangrejeras Locos, una de las clicas del poderoso programa de La Libertad, de la Mara Salvatrucha. Ambos cantones están sobre la carretera de El Litoral.

Planes de las Delicias es un cantón sin maras. No es así nomás que no las haya. Una parte de sus vecinos tiene relación con la Fuerza Armada. Están organizados para cortar de raíz cualquier intento de las pandillas por establecerse.

Cuando laemigración, los menos se fueron a Planes de las Delicias. Los más, a Valle Nuevo, como Toño y los suyos. No todos pudieron elegir. En Planes recelan de todo lo que tenga aroma a pandilla. Y algunas de las familias que tuvieron que dejar todo en Córdova viajaban con la sospecha de que algún hijo o sobrino o hermano tenía relación con la Mara Salvatrucha. En Valle Nuevo, cancha firme de esa pandilla, el recibimiento fue mejor.

“En Valle Nuevo los muchachos son más respetuosos. Ahí usted entra y te preguntan: ‘¿Es familiar del tal? Está bueno, puede entrar, aquí no le pasa nada, aquí lo cuidamos, aquí solo no queremos que vengan infiltrados’. Eso es lo único que temen ellos”, dice Toño.

Lo ya escrito: juzgar a los cordovianos mientras se lee esto en un smartphone o una computadora, sin saber qué supone vivir en una comunidad controlada por las maras, es un acto de soberbia intelectual. Toño, los demás desplazados, los que permanecieron y los profesores son, ante todo, víctimas. Víctimas.

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Los que se quedaron se esfuerzan para que el caserío no muera. Mantienen la esperanza de que los desplazados regresen. La batalla de las últimas semanas, acuerpada por los profesores de la escuela, es que las alcaldías de Panchimalco y Olocuilta construyan una pasarela o un puente que permita cruzar el Tihuapa sin tener que jugarse el físico, como ocurre durante la estación lluviosa.

El propósito es noble: atenuar el aislamiento de Córdova y de sus gentes. En la misma línea, está tomando fuerza la idea de que traerán la energía eléctrica desde Los Troncones. Dicen que empleados de la distribuidora Delsur ya han hecho mediciones. Pero en El Salvador, donde el fenómeno de las maras se dejó crecer tanto que buena parte del país está ya parcelado en áreas de influencia de las tres pandillas principales, cuesta identificar estas buenas iniciativas como noticias buenas.

Diario de un bordador

Publicado: 9 enero 2017 en Sebastián Hacher
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Octubre de 2016.

A un año de empezar el experimento.

Primero fue el ñandutí de Paraguay, después el kené de la selva peruana. En el medio, antes y después, el bordado. Punto cadena, punto cruz, pespunte y punto atrás. Prisionero, escapulario, festón griego, cordón y cordón partido. Bordo todos los días y cada vez que puedo, tanto que a veces me cuesta salir de casa. Siento que el rincón donde están los hilos me llama. Ahí está el silencio, el meterse adentro de la tela. El centro del bastidor es un agujero negro: te atrae, te abduce, te hace creer que adentro hay un universo nuevo. Y lo mejor es que no te decepciona. Ese universo existe. No se puede describir, pero existe.

Cada día sin bordar es un día perdido. Bordo mientras leo diarios, o chequeo las redes sociales. Bordo mientras espero en el médico, o cuando tengo un rato libre y paso cerca de una plaza en la que me puedo sentar. Bordo en mi jardín, que es enorme y silvestre. Y bordo los viernes en un taller donde todas lo hacen mucho mejor que yo. Queda a 60 kilómetros de mi casa, pero no importa. Necesito compartir con alguien esto que hierve adentro.

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A veces también bordo de noche, cuando todo lo demás terminó. Y ahora que empieza el calor lo hago con la ventana abierta. Hoy descubrí que el reflejo del vidrio y el velador de la mesa generan un halo interesante, nuevo. Por primera vez decidí fotografiarme bordando. Medí la luz, calculé el encuadre, pedí ayuda para apretar el obturador. No quiero una selfie, quiero un autoretrato: hay un mundo de diferencia entre las dos cosas.

Enseguida bajo la foto a la computadora. Hay que retocarle los negros, levantar un poco el contraste de algunos elementos de la mesa: adornos, el costurero, un ovillo de hilo, mis manos que sostienen el bastidor. El resto está apenas iluminado. Se ve el rostro, la barba crecida, los pómulos hinchados -recién empiezo la dieta- y la estrella gris de mi remera.

Me gusta esa remera. Es una Converse trucha. El tipo que las hacía fue un visionario: las sacó a la calle antes de que la marca se decidiera a hacer ropa. Era una imitación sin modelo, un fake que no falsificaba nada. La compré en La Salada una noche en la que tuve problemas con unos matones. Estuve tres años investigando la vida en la feria y aquella fue la primera vez que sentí miedo de verdad: alguien había amenazado con matarme. Esa madrugada, no se por qué, compré esa remera. Enseguida se le hizo un agujero y destiñó, pero igual la seguí usando para estar en casa. Hoy me la puse para palear la tierra de la huerta de verano, transplantar tomates y reforzar el gallinero. Ahora la uso para trabajar con hilos.

Me gusta que la remera esté en mi primer retrato como bordador. Le agrega un pedazo de la historia.

Le envío la foto a varios amigos. Pregunto: Vot sí o vot no como foto de perfil.

Una amiga que me bienquiere:

—Demasiado. Linda foto pero te vas al tacho. Nadie va a saber la historia de la remera. No Sebastián, no lo hagas.

Otra:

—Es misteriosa, pero te van a hacer bullyng. Vot No.

Un amigo:

—Publicala y te van a seguir los chongos.

Otro amigo, por chat:

—Es algo que todos sabemos, pero verlo así es muy fuerte. No la publiques.

Quienes se inclinan por el sí, tienen otros argumentos: la foto es todo un manifiesto, casi una imagen de campaña. Hacelo, me dicen. Es un buen aporte a la causa contra el patriarcado.

La conclusión es triste. Nadie ve mi dedicación al bordado como un acto natural. Tengo que recapitular todo lo que hice, empezar con la historia desde cero. Necesito entender en qué me estoy convirtiendo.

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Marzo de 2016

Mi primer encuentro con el bordado tradicional es pura torpeza: lo que hago sobre la tela son los palotes de un principiante. Intento escribir con punto cadena “una voz en el jardín” -el verso de Diana Bellesi que tantas veces escuché en estos meses- y la letra sale chueca, torcida. Mis manos se acuerdan de la caligrafía que aprendí en el primario, pero no puedo dibujar cursivas fáciles de bordar. Podría ser el que borda los nombres en la bolsita de un niño que va al Jardín, o las sábanas de un enfermo en el hospital. No estoy para más que eso, por ahora.

Hay algo en la delicadeza del bordado -por lo menos esa delicadeza que experimento ahora, al tratar de escribir usando el punto cadena- que me despierta una sensación nueva. Con el ñandutí era distinto: había que tensar, empujar, hacer nudos. Algo de fuerza sutil -fuerza suave, le escuché decir una vez a una amiga- que ahora se me vuelve un lastre.

Visto desde acá, el ñandutí era tensión, nudos, raíz: tierra en todos sus sentidos. El bordado se me hace aire. Quizás sea el cambio de aguja. En el ñandutí empecé con una enorme y luego me mudé a otras más pequeñas pero robustas. Acá trabajo con una aguja número siete, de cabeza dorada, que apenas logro sostener entre los dedos. Trabajo con hilo fino -una hebra de mouliner naranja- y los puntos son pequeños, apretados.

Como soy zurdo y me siento inseguro, uso las dos manos. La izquierda pincha, la derecha recoje. Beneficios de haber sido educado para escribir de costado y adaptarse a un mundo para derechos. La historia de mi vida.

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El sábado 14 de mayo voy al taller de Guillermina Baiguera. Me la recomendaron varias personas. Guillermina es una de las primeras y más serias maestras de bordado de la nueva generación en Buenos Aires. Borda hace quince años, y muchas de las que dan clases pasaron antes por sus talleres. Tiene una galería que se llama Formosa: un local en Colegiales, en una calle con tilos y cerca de una plaza. La mayoría cree que el nombres es por la provincia o porque alguna vez estuvo en una calle llamada así, pero la verdad es que es un homenaje al origen de la palabra, que significa hermoso, bien formado.

Si en el ñandutí pude dar un paso al frente, aprender dechados, irme con la sensación de haber dominado al hilo sobre el bastidor, acá soy el último de la fila: las posibilidades, la historia y la diversidad de técnicas parecen infinitas. Guillermina escribió un manual con varios puntos. Es un libro cosido a mano, impreso en un papel suave y rústico. “Como experiencia sensible no sé donde puede llevarme el bordado”, escribió en las primeras páginas. Quizás eso tenga algo que ver esa versatilidad del hilo, tan parecida al dibujo.

Mi primera clase es una de introducción al bordado. Todo es tan nuevo para mí que cada vez que hablo siento que rompí algo. Enseguida descubro que esa disonancia es apenas un detalle. La mayoría de las veces trabajamos en silencio, y las cuatro horas del taller se convierten en una especie de tiempo suspendido, que parece no transcurrir.

Todas ellas tienen una historia con el bordado. Las dos mayores aprendieron de chicas, en la escuela. Recuerdan los manuales clásicos y las enseñanzas morales que venían con ellos. La más joven aprendió de su abuela española. El único que no tiene una raíz sólida en todo esto soy yo. Cuento la historia de mi abuela modista, de cómo ella me introdujo en el mundo del trabajo manual con hilos. Pero en el fondo siento que lo mío es otra cosa: apenas soy un periodista intentando una investigación.

Aprendo los puntos básicos: cadena, pespunte, punto atrás. Son un trazo universal, que parece haberse diseminado por el mundo como un virus: mi manta peruana bordada en la selva, el libro de palestina de una de mis compañera de taller, las historias de William Morris que nos cuenta Guillermina. En todas encuentro los mismos puntos diciendo cosas por completo distintas.

Yo estoy en este estadio: la cadena me sale bien. Mi festón griego es un desastre. Mi único avance: dejo de bordar con las dos manos.

Cuando termina la clase, Guillermina me llama.

—Qué bueno tener un alumno hombre -dice.
—¿Vienen pocos?
—Casi ninguno. El bordado tiene una energía muy femenina, íntima. Los pocos hombres que han venido se fueron autoexpulsados.

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Una directora de cine feminista dice: el bordado antes se usaba para formar señoritas. Era una forma de mantener las hormonas controladas.

No me atrevo a preguntar que opinan sobre eso en el taller.

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20 de Mayo

Publico mi primer texto sobre bordado. Mi idea es hacer una serie de notas sobre distintas técnicas, y lo que me pasa con ellas. Correrse del pequeño canon que supo construir es una jugada arriesgada para alguien que se pasó los últimos quince años escribiendo sobre violencia y movimientos sociales.

En algún momento, lo sé, voy a recibir un golpe. Y sucede.

Por primera vez en mi vida me hacen bullying. Son comentarios lastimeros, la versión adulta de los codazos que se dan dos pibitos en una fila de escuela cuando ven a uno distinto. Lo hacen por WhatsApp, en un grupo privado del que no formo parte.

Esperaba eso, y no sabía cómo me lo iba a tomar. ¿Me iba a derrumbar frente al gaste? ¿Les recitaría como respuesta mi currículum de nacido y criado en el conurbano? ¿Cagaría a trompadas al que tuviese a mano?

No sucedió nada de eso. Tuve una mezcla de piedad y ganas de entender el fenómeno. Conozco a los personajes: masculinidades con ánimo pero sin fuerza de conquista, reafirmando su identidad chonga al señalar al que suponen enemigo o competidor, tratando de ponerlo en un lugar de supuesta debilidad. Viven de sus inseguridades: reafirman su pertenencia a la tribu señalando al otro. No pueden vencer ni expulsar al que está afuera, pero lo señalan para sentirse adentro de algo.

Un hombre que borda. Uno que se hace el sensible, dicen.

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Hablo con una editora de las que se dedican a seleccionar y componer libros. Le explico mi proyecto. Pienso entrevistar, investigar y sobre todo experimentar con el bordado y el tejido. No sabría en qué categoría poner un texto así, dice ella. Necesitaría clasificarlo.

Me gusta esa incomodidad: la editora es brillante y puede convivir con eso, abrir un espacio en los pliegues de su lista de géneros para poner ese texto.

El bordado mismo queda en un lugar incómodo, a mitad de camino entre el arte y la artesanía, la experimentación y la tradición. Hay algo desfasado, algo de “la labor”, del oficio que intenta convertirse en otra cosa sin perder la esencia.

Sería mucho más fácil para mí escribir sobre violencia. Elegir una de las tantas historias que tengo en la carpeta de pendientes y seguir haciendo lo que sé que más o menos me sale bien y funciona: meterme hasta el hueso en historias de otros, encontrar el brillo en lo oculto, descubrir la belleza del margen. Pero lo que busco es algo distinto: correrme para hacer algo nuevo, para descubrir desde ahí otras posibilidades. Habitar el borde-borde/bordado: una epifanía etimológica- para no aburrirse. Repetirse es morir.

Dos días después del encuentro con la editora recibo un mail:

Te queremos como autor, pero no nos cierra el libro.

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22 de junio

Mi plan maestro es bordar los arcanos del Tarot. Y en cada uno de ellos aprender una técnica distinta. Empiezo por el mago de Marsella: me detengo horas en cada detalle. Termino por saber de memoria cada uno de los elementos que componen la carta. La brujería es hacer que lo que esté afuera también está dentro, y viceversa.

Al principio intento hacerlo solo, pero mis técnicas son tan pocas que tengo que pedir ayuda. Deambulo por varios talleres y de todos los que hay en Buenos Aires, elijo volver al de Guillermina. Tiene dos ventajas: es un taller de producción, del que puedo entrar y salir cuando quiero. Y tiene un grupo de asistentes con proyectos sólidos. Denise trabaja desde hace tiempo en un mundo de corales enormes y delicados, tanto que parece eterno. Mirta borda tormentas y paisajes. Carolina a su familia con unos hilos finos y un nivel de detalle que emociona. Laura trabaja en un vestido de guata con frutas de colores.

A veces llego tarde por el tráfico, complicaciones de trabajo o alguna reunión de la que no pude escapar. Y aunque sea tarde, ir es sagrado: cada viernes estoy ahí con mi bolsa de hilos desordenados y con toda la semana a cuestas. A veces creo que no voy a poder, que el mundo exterior va a entrar hasta la mesa misma en la que trabajamos y va a invadirlo todo: la neurosis de la semana reflejada en la última actividad antes de caer rendido. Pero empiezo a bordar y todo pasa. Hay un ritmo nuevo, un compartir despreocupado, cooperativo, que te envuelve de a poco y genera un ambiente donde todo lo de afuera ya no importa.

Son grosas mis compañeras: ganan premios, exponen en el salón de arte textil y en el de bordado, pero tienen tiempo para recomendarme qué colores usar o para elogiar mis intentos que siempre -pero siempre- me parecen chuecos y faltos de gracia.

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Guillermina me contó un sueño. Le salían tres hilos del pecho. Tiró de ellos para sacarlos. Eran hilos extraños. El último no quería salir: mientras tiraba, sintió que se movía algo dentro suyo. Entonces dejó de tirar.

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Visito a la artista plástica Mónica Millán en su estudio. Vive en una casa con un jardín enorme: reprodujo allí parte de la selva misionera en la que vivió gran parte de su vida. Pinta y dibuja todos los días. También borda. Son cuadros de varios metros, repletos de selvas interminables. En algunos se cuela el bordado: telas que compra, lo que encuentra en ferias de viejo, en cajones familiares, en el Ejército de Salvación. Al principio parecen retazos sobre sus obras. Después van ganando protagonismo, crecen: cuando esas naturalezas se vuelven más barrocas, los hilos se transforman en lluvias o en lianas. Al final del recorrido, cuando miro sus obras más nuevas, descubro como el bordado termina siendo el soporte de obras que tienden a ser figuras geométricas. Cómo si el paisaje se disolviera a formas primigenias. Percibo una concepción del mundo, un devenir hacia lo abstracto que supongo parte de una especie de lenta revelación.

Le digo la verdad: miro su trabajo y me dan ganas de salir corriendo a bordar, de intentar llegar a ese mismo destino.

—Te dan ganas de bordar —dice ella— porque lo que ves es a una persona que se metió para adentro.

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“El paisaje nos constituye”, dijo mientras caminamos por el jardín. Pero quizás lo que nos constituya sea el paisaje sonoro. Quizás el paisaje sonoro crea las formas y esas forman nos toman mediante el sonido. Pienso en los cantos de la ayahuasca, las visiones que provocan. Pienso en el ruido de las chicharras en Misiones, en el canto de los pájaros de mi casa. Y hasta en la música horrible que a veces escuchan mis vecinos.

¿Cuál es mi paisaje interno? ¿Tendré algún día las herramientas para sacarlo afuera con el bordado? ¿O me tengo que conformar con la palabra- siempre tan limitada a la hora de expresar algo que no sea un convencionalismo?

Envidio un poco a los que pueden dibujar. Por ahora, bordo formas abstractas: garabatos que se van encastrando unos con otros. Si me preguntan, estoy practicando los puntos. En algún momento emprendo con el hilván: líneas paralelas, hilo fijo, intento de patrón.

En la casa de la artista plástica vi unos pañuelos viejos bordados con un hilo finísimo, formando una cuadrícula con miles de puntadas. Tal vez, sin saberlo, intento hacer algo parecido a menor escala. Hago como los religiosos: imito la vida del santo mientras espero la iluminación.

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1 de junio

De Paraguay traje hilo -unos veinte rollos grandes- y mucha tela. Sobre todo ao poí, un algodón fuerte, de trama regular y abierta sobre la que intento bordar. Al principio es como alisar la arena: un poco de presión de más, el hilo se estira y el cuadro mínimo por el que entró el hilo se deforma para siempre. Trabajo despacio, casi conteniendo la respiración.

Dice Guillermina:

—Una vez pasó una mujer que hacía meditación budista. Los budistas tienen que bordarse los trajes. Esta mujer pasó porque nos debe haber visto bordar y me dijo que ella tenía que bordarse su propio traje y que en general usaba la puntada del hilván y que estaba muy relacionado a la respiración. Y es verdad. Yo bordo con ese punto una vez que entré en ritmo pasan horas y no sé dónde estuve.

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Cuando empecé a bordar, mis amigos me decían: vas a terminar como Chiachio y Giannone. No sabía quienes eran, y me daba fiaca averiguarlo: tengo una especie de dislexia con los apellidos. Más cuando son complicados.

Hasta que los encontré. Y me enamoré de su obra. Sus cuadros son enormes, llenos de detalles: junglas tropicales, autoretratos festivos, divertidos, de un kitsch elegante. El de ellos es un bordado hacia afuera, una selva distinta a la de Mónica. El paisaje que los forja a ellos es la combinación perfecta entre la fiesta colorida y el salón de arte.

Les mando un mail: estoy escribiendo sobre bordado, me gustaría charlar con ustedes.

Ser periodista tiene una sola ventaja. Sos jugador amateur de fútbol y lo entrevistás a Messi.

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2 de junio.

Leo una crítica que habla sobre la obra de Chiacho y Giannone. De la crítica surge una pregunta: ¿Un hombre que borda masculiniza una práctica femenina o se feminiza a sí mismo?

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Si llegamos temprano al taller, a veces Guillermina está bordando. Lo que hace siempre es sutil y poderoso. Pienso en ella como en una especie de bailarina clásica, de movimientos precisos pero a la vez libres y poéticos. Una vez la vi haciendo una trama pequeña, siguiendo el patrón de la tela donde cada fila de puntos terminaba con un hilo que se extendía mucho más allá de la tela. Otras veces borda para desbordar: hace los puntos y los desarma. Lo que queda en la tela es el vacío, la marca de una hebra que ya no está pero dejó su huella. En algunas obras saca hilos de la urdimbre y los cambia por hilos de coser o de seda. Las telas son siempre de trama regular, por lo general de lino o de seda. Si hace una obra con punto cruz, es tan pequeña y compleja que podría llamarse nanobordado.

Le pregunto cómo hace para que queden tan perfectos:

—Yo veo la tela —dice—. No necesito contar los hilos. Tengo una especie de facilidad para decodificar gráficos, para decodificar telas. No es difícil para mí eso. Veo la trama.
—Vos —le digo— sos la Neo del bordado. La que puede ver la Matrix textil.

No suele contarlo mucho, pero también hace dibujos, trabaja con cerámica o borda sobre objetos extraños, como las ramas de árbol que trae de Villegas, su pueblo natal. Una vez me mostró una serie de dibujos que se llaman Escapularios, como mi punto favorito. Estaban hechos con óleos pastel sobre papel de seda: la textura del dibujo formaba una capa de grasa sobre un papel muy fino, que a veces se rompe y la obliga a volver a empezar.

—El resultado más importante es el proceso —suele decir— porque es donde surgen cosas. Cuando aparece algo no es que “ah, llegué” no, siempre hay algo más por probar.

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2 de julio

El observador se siente demasiado cerca del observado. Y a veces esa ilusión dura por siempre. Estoy por entrevistar a Chiacho y Giannone. ¿Voy a verlos como bordador o como periodista? ¿Qué busco de mí mismo cuando entrevisto a los genios del bordado? ¿Quiero que me enseñen a bordar por telepatía? ¿Que me ayuden a pensar mi praxis de bordador?

Un amigo dice que un trabajo periodístico tiene que tener un in crescendo: entrevistar los personajes más sencillos y seguir la búsqueda hasta encontrarme con los más capos de todos. ¿Busco nada más que eso?

Descubro que mis preguntas son masculinas: las pienso en términos de comparación, competencia, jerarquías, incluso exposición.

El viernes pasado, en el taller nos pusimos a ver un libro. Eran bordados de artistas. Había algo cooperativo en el arte de mirar, de compartir ese momento. Algo íntimo y amistoso. No digo que este mundo no esté contaminado, pero la base es es otra, muy distinta.

No hay un equivalente masculino para la palabra sororidad.

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Ayer, mientras desgrababa otra nota, al pasar volví a escuchar una frase de la entrevista con Guillermina:

—Cuando paso horas bordando, no se donde estuve.

¿Me podría quedar acá sentado bordando toda la vida, hacerlo en silencio, de forma anónima, dejar de querer conquistar el mundo?

A veces creo que me gustaría.

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12 de julio

Bordo frente a la computadora, sentado en la mesa de la cocina. Me da el sol y apenas se escuchan algunos sonidos: el ronroneo del autódromo que está a par de kilómetros, el ruido de mi heladera, la perra Maloca que le ladra a algo que no llego a ver y los teros que defienden su nido en medio del jardín. Hago un ermitaño, la carta 9 del Tarot. Solo me interesa la cara, los pliegues de la barba, ese bigote que parece esconder una sonrisa, los ojos, la melena un poco desordenada. Uso un hilo azul oscuro, pero en cada intercambio el grosor. El primero y el segundo lo hago con un hilo de Paraguay, que allá se usa para hacer trajes de novia. El último lo hago con hilo fino que compré en un supermercado de Colonia Urquiza por siete pesos. Bordo varias veces lo mismo: son estudios sobre el ermitaño, me digo.

Bordo un martes a las cinco de la tarde: cada tanto respondo un mail o me preguntan algo de trabajo por chat.

De chico quería ser artesano y escritor. Me mantuve en eso hasta los 17 años. Primero fueron los hilos, luego acompañar a mi amigo Santiago a vender a Parque Lezama las remeras que él pintaba. Me apasionaba la feria: ahí estaba la mitad de lo que yo quería ser.

El otro día me lo encontré en la costa: veintipico años después tiene tres locales, pinta -él solo- diez mil remeras por temporada. Le mostré lo que estaba empezando a bordar. Y eso, me preguntó, ¿cómo lo podés vender? No es algo masivo.

Nunca lo había pensado así. Santiago descubrió mi fantasía oculta. ¿Podré vivir de ser bordador?

Cada tanto -como, cuando dejé la fotografía- me dan ganas de largar todo y empezar de cero. ¿Será tan radical esta vez?

Bordo, y me escapo.

¿O sigo soñando que huyo, y en realidad estoy haciendo siempre lo mismo?

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Los que dicen que escribir ordena el mundo nunca bordaron. Y los que dicen que los límites del mundo son los límites del lenguaje, tampoco.

20

Chiachio y Giannone responden enseguida. Suelen exponer en Ruth Benzacar, pero ahora eligieron mostrar su obra en una galería que queda por Congreso y proponen que nos encontremos ahí.

—Queremos —dice Chiachio cuando le preguntó por qué eligieron ese lugar— romper el paradigma de lo que esperan que hagamos.

La regla del mercado del arte dice: si uno escala, tiene que seguir escalando: no se retrocede de la galería top a una que está afuera del circuito comercial.

—No nos importa eso —dice Chiachio—. Y además, queríamos hacer algo en el barrio nuestro porque nosotros vivimos acá cerca. A medida que transcurrieron los días descubrimos que había un público que nosotros siempre esperábamos que vieran nuestro trabajo y que no veíamos en otros circuitos. Un público real.

La primera en llegar fue Doña Beba: 80 años, oriunda de Hurlingham, fundadora de la Asociación de Bordadoras Argentinas. Leyó de la muestra en un diario. Llevó de regalo dos latas de puré de tomate, bordadas alrededor como un lapicero, acolchado para pinchar las agujas y con un interior pensado para guardar los restos de hilo. Otra mujer llevó pan casero. Y una tercera, un bizcochuelo.

Si el bordado fue siempre patrimonio de aquellas abuelas y considerado una ‘labor’ para hacer en la casa, el arte le abrió las puertas y se lo apropió: ahora hay marcas de hilo que auspician artistas, pintores que aprenden a bordar, muestras en museos y hasta estrellas del bordado. Al abrir su muestra a pocas cuadras de la estación de Once, Chiachio y Giannone le abren la puerta del mundo del arte a las señoras. O se lo devuelven.

Y cuando llegan, esas señoras se encuentran con algo nuevo: una familia de dos hombres, uno más simpático que el otro, con perros salchicha y gatos como hijos y como musa para cada cuadro. Lo que pintan, y lo que bordan son esa familia gay tan constituida como alegre.

—Lo nuestro —dice Giannone— es una forma de generar visibilidad.

Si otros bordados me invitaban a salir corriendo a bordar, el de ellos me produce una sensación extraña: entre la angustia de ver algo tan grande y ganas de saltar de alegría, de hacer lo que quiero siempre siempre siempre.

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Entre Doña Beba y el arte contemporáneo está el diseño, lo manual como valor recuperado por el mercado. Hay miles de bordadoras, miles de talleres, miles de fotos subidas a Instagram. El bordado crece como un hongo colorido que invade todo, sobre todo las redes sociales. En Pinterest, una búsqueda con la palabra #embroidery da miles de resultados. Una madre japonesa borda camisas con perros y gatos por encargo. Un diseñador hace motivos pop con estilo de video juegos y punto cruz. Hay activistas feministas, amas de casa, pintoras, fotógrafos, maestras y performers. El bordado conquistó el mundo.

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Viajo al interior a dar un taller. Me hago amigo de uno de los organizadores. Nos contamos nuestras aventuras y y eso se convierte en una forma de reconocernos enseguida. Él es hijo de laburantes del campo. Anduvo por Buenos Aires, fue jugador de fútbol, un poco barra brava, hizo boxeo y después se volvió a sus pagos. Ahora está por recibirse de sociólogo, y se dedica al trabajo social en su provincia. Es como esos hombres que se tiran de las montañas con aletas en los brazos: no tienen miedo de estrellarse porque no hay mucho para perder.

Trabajamos durante dos días. Los ayudo a editar una investigación larga sobre los asesinatos en su ciudad, una de las más violentas del país. En los ratos libres -a la hora del almuerzo, mientras caminamos hasta el quiosco a comprar la merienda o cuando me lleva en auto hasta el hotel- conversamos. Es un tipo franco, transparente, de buena escucha. Al segundo día siento que se lo puedo contar.

—Lo que me gustaría —digo— es encontrar una mercería y comprar hilo. Yo me dedico a bordar.

Llevamos dos días hablando de muertos, tiroteos, policías corruptos y políticos. No hay sorpresa en su gesto.

—Conozco el lugar —dice.

Nos desviamos del camino. Llegamos a una esquina enorme, una especie de supermercado de chucherías de plástico, bazar y artículos de limpieza.

—Es mi única bala —dice mi amigo nuevo.

Me atiende una señora por una reja. Tarda en creerme que quiero comprar hilo de bordar viejo, pero me abre.

—Allá están todos —dice.

Son cajas enteras de hilos de seda, de todos los colores posibles. Miro un rato, y trato de disimular la emoción.

—Me los llevo todos —digo—. Le puedo dar 300 pesos.

La señora se ríe.

—Estás loco. Valen cinco pesos cara rollo. Casi que los estamos regalando.

Elijo colores, cómo un niño que mete la mano en un bolsa de caramelos sugus para sacar sus favoritos. Voy contando a ojo, por bulto. Paro cuando llego a 80 rollos: 400 pesos. Una ganga. Salgo de la tienda con las endorfinas por el techo. Mi amigo espera en el auto.

—¿Conseguiste? —pregunta.

Agito mi bolsa de cilindros multicolores.

El levanta los puños como si hubiese metido un gol.

—Yo sabía papá, yo sabía —dice.

Y los dos nos reímos de la circunstancia.

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20 de septiembre

Sucedió una tragedia. Esta mañana desperté sin el ruido de los teros: el jardinero destruyó su nido mientras cortaba el pasto. En mi imaginación, los teros representaban a la naturaleza entera. Eran máquinas drogadas para reproducir la belleza. Amaba cómo cumplían su función. Sin ellos el mundo es un lugar hostil, lleno de energías ciegas que se chocan y amenazan con destruirlo todo. En medio de ese caos, el punto cadena avanza por una línea serena, recta. No necesita más que mis propias manos para avanzar. En el medio le bordé un sol con un punto nuevo, que no conocía. Como hice los rayos sin calcular el centro -con lana dorada, amarilla y una especie de fucsia- cuando el trabajo estuvo avanzado descubrí que el sol en realidad había quedado como una estrella.

Por algo deber ser, pensé, y la dejé así.

Sin saber nada de esto, mi maestro de Tarot dijo:

La estrella es un sol visto de más lejos.

Me gusta esa carta: de rodillas en la tierra, sin más armadura que el propio cuero, dándole al mundo lo que se cocinó en nuestro interior.

Bordo con lana que compré en el puerto de Yarinacocha, a 15 centavos de dólar el ovillo. Me traje unas treinta docenas, todas de distinto color. Lo que me gusta de ella esa esa combinación entre lo suave y lo rústico. Cuando bordo con lana, no siento la necesidad de ser perfecto. Alcanza con dejarse llevar por el punto.

Bordar ordena todo lo que puede ser ordenado en el mundo, que es más bien poco.

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En la entrevista le pregunté a Leo Chiachio aquello que se preguntaba la crítica: qué pasa cuando un hombre borda. ¿Se masculiniza el bordado o se feminiza el bordador?

—¿A quién le importa? —respondió.

Y nos agarró un ataque de risa.

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29 de septiembre

Trabajo sobre la tela que pintó Teresa en la comunidad San Francisco, cerca de Pucallca, Perú. Descubro cada una de sus imperfecciones. Avanzo centímetro a centímetro y por momentos me parece un desastre: todo está torcido, nada es simétrico. Necesito alejarme de la tela, verla de lejos, para a volver a descubrir el encanto del diseño Shipibo.

En los bordes estoy haciendo una guarda con escapulario cerrado. Es un punto que cuando toma ritmo parece avanzar solo, como en una especie de danza de pequeños saltos: arriba, atrás, abajo, atrás, adelante y así hasta el infinito.

El escapulario (¿esto ya lo dije?) se borda como un mantra

Además, me gusta el nombre: tiene algo de cristiano, y algo que suena a ocultar.

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2 de octubre

Bordo con seda y con lana de forma alternativa. Es como correr en una cinta y hacer picados en el barro uno atrás del otro. El cambio de textura y de ritmo me obliga a mantenerme adentro de la tela: como las venezolanas que trabajaban con Madame de Salzmann haciendo tapices para cultivar la atención.

Aprendí que puedo bordar durante una hora sin mirar la pantalla del celular. Con la escritura no pasa lo mismo.

Una amiga que borda y escribe -y que es un poco bruja- opina que es una locura escribir sobre bordado.

—Es una actividad total —me dijo—. No puede ser escrita.

Al principio pienso: me gusta desafiar lo imposible, saberme derrotado de antemano.

Pero cuando vuelvo sobre esas palabras descubro otra cosa. Escribo sobre esto para ponerlo afuera de mí. Escribir es una forma de estar y no estar en las cosas, de vivirlas y tomar distancia.

Un intento, vano quizás, de no ser absorbido por el agujero negro del bordado.

Egipto, Ibn el-ra’asa es un insulto. Significa «eres un hijo de bailarina». Me lo explicó una bailarina de la danza del vientre antes de entrar a escena con un luminoso traje de lentejuelas, un velo sobre su cabeza y el seudónimo de Farha. Fuera de los escenarios, Farha es Teresa González, una chica con el pelo recogido, gafas de aumento y un promedio de nueve durante su doctorado de Química en Barcelona, la ciudad donde nació. «No es fácil para mí hacer amigos aquí», me dijo la bailarina de Egipto. Desde las ventanas del Memphis, el barco para turistas cuyo nombre en inglés corresponde al que antes tenía la antigua capital del país de las Pirámides, los pasajeros veían pasar El Cairo iluminado mientras disfrutaban del show de Farha sobre el río Nilo. En su camerino, Teresa González tenía un cubo que eventualmente le servía de retrete. «No me dejan salir ni para ir cenar —me dijo—. Me traen la comida». Una de las reglas en el barco egipcio donde presentaba su show decía: «Se prohíben los movimientos trepidantes que inciten sexualmente». Otra regla más decía: «Se prohíbe a cualquier miembro del grupo musical que acompaña a la bailarina, especialmente al encargado del ritmo, que realice movimientos o gestos durante el baile que tengan connotaciones sexuales». Su jefe, el tecladista de la orquesta que toca con ella, prefiere que la bailarina no hable con nadie. Un cantante flaco de voz gruesa la presentaría con su nombre artístico: Farha significa alegría. Ella es una optimista. También Farha, alegría, define su doble identidad.

En escena, Teresa González, la estudiante de Química, se convertía en otra mujer: sus pechos se erguían y su cintura se curvaba. Para salir a bailar en el Memphis se soltaba el cabello, alzaba el mentón y su figura de ciento sesenta y dos centímetros lucía más alta y estilizada. La primera noche que la vi bailar en el barco, se movía al ritmo de una banda de cuatro músicos y el cantante flaco de voz gruesa. Cuando a mediados del siglo XIX Gustave Flaubert visitó El Cairo, se enamoró de la bailarina Kuchuk-Hanem —pequeña dama— y la describió como una «criatura de altura». Por la misma época, el escritor estadounidense George William Curtis se encandiló con la misma mujer. «No es un retoño —escribió—. Pero aún no es una flor completamente abierta». Una bailarina puede encarnar una imagen de deshonra en el mundo musulmán. Pero en los momentos de mayor incertidumbre —entre 2011 y 2013, Egipto pasó por una revolución y un golpe de Estado—, los sitios de Internet más frecuentados en Egipto presentan clips de danza del vientre: Safinaz, una bailarina de origen armenio y pechos exuberantes, llegó a tener más de cuatro millones de visitas en un mes, según advirtió el escritor egipcio Alaa Al Aswany. Los vídeos de la bailarina libanesa Haifa Wehbe han superado las diez millones de entradas en You Tube. Sus cuerpos recuerdan la metáfora que desde hace siglos los poetas árabes usan para describir la belleza de una mujer, la de la duna y la rama: caderas anchas y cinturas estrechas y flexibles. Aunque el profeta Mahoma consideró la música como «el almuédano del demonio», el Corán no prohíbe expresamente la danza. Pero los países árabes viven la paradoja de adorar el baile y detestar en público a las bailarinas que admiran en silencio. La interpretación radical de la Sharia, la ley islámica que rige los códigos de conducta y los criterios de la moral, es la que evita que el poder llegue a manos femeninas. «El placer de bailar es más intenso que un orgasmo —me dijo la bailarina catalana en su camerino del barco—. Es un desahogo y eso se transmite». La revolución y el golpe de Estado habían causado más de cuatro mil muertos en Egipto. Ver el contoneo de una bailarina en una danza tan ligada al instinto y a la fecundidad, puede ser, más allá de los insultos, un remanso secreto en medio de tanta tragedia.

Teresa González había dejado sus estudios de Química para bailar en El Cairo cuando la Primavera Árabe comenzó con una muerte: un vendedor ambulante de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi se incendió a lo bonzo en Sidi Bouzid, al sur de Túnez, en protesta por su precariedad laboral y el maltrato que recibía de la policía por ser un trabajador sin permiso legal. En 2010, su suicidio provocó la indignación en su país que se extendió en forma de revolución en otros diecisiete países de Oriente Medio y África. Ese mismo año, Teresa González había viajado a Egipto para bailar en un festival de danza del vientre, donde un cantante que la vio en escena le prometió un contrato. «Nadie me hablaba cuando llevaba gafas y el pelo recogido —recuerda ella—. Hasta que me vieron en el escenario». Mientras se agitaba el alzamiento popular de la Primavera Árabe, la estudiante de Química comenzaba una revolución personal. Hasta entonces el baile de la danza del vientre había sido para ella un pasatiempo que comenzó cuando tenía nueve años y un trabajo eventual en sus días de universitaria. Vivía con sus padres, tenía un novio y de vez en cuando bailaba en restaurantes árabes de Barcelona. Era hija única y sus padres la alentaron a viajar. Había estado antes en San Francisco, Estados Unidos, como estudiante de intercambio cultural, y luego en Sídney, Australia, para acabar sus estudios de inglés. Con el dinero necesario tuvo la seguridad de que, si las cosas no salían bien, podía volver a casa. «Mi padre siempre me ayudó y por eso uno tiene miedo de decepcionar a la gente que quiere —me dijo—. Sientes inseguridad, pero yo también sentía un dolor en el pecho. Sentía angustia». De todos los países que habían iniciado su revolución, sólo cuatro derrocaron a sus dictadores. En Egipto, tras la Primavera Árabe, el primer presidente elegido en elecciones democráticas, Mohamed Morsi, un islamista del partido Hermanos Musulmanes, fue derrocado por militares golpistas. La promesa de un contrato para bailar en El Cairo le bastó a Teresa González para romper con su novio y los tubos de ensayo. Su padre la había animado a que dejara sus estudios de Química. «Quería que su mente creciera, pero que creciera desde ella misma», me diría Felipe González, el padre de la bailarina, un empleado de banco alto y canoso quien le compraría un departamento en El Cairo. «Una bailarina no puede tener tabúes —me diría su hija—. Este baile consiste en interpretar tu vida con el cuerpo. No puedes bailar con el pecho hacia adentro». Cuando todo el mundo miraba con desconfianza hacia Oriente Medio, Teresa González veía en Egipto una gran oportunidad para bailar.

Egipto se empeña en recordarnos la imagen rígida de una gran pirámide. Para una bailarina de la danza del vientre, en cambio, Egipto es el ombligo más flexible del mundo. Un inversionista podría verlo como un lugar estratégico: un país con cerca de noventa millones de habitantes, vecino de Libia e Israel, costa en el Mediterráneo y el Mar Rojo, y con la capital más poblada de África que durante la revolución de 2011 fue para el mundo el eje y el símbolo de las nuevas democracias por venir. Un país que siempre ha bailado. Cuando una mujer egipcia se casa, recibe como regalo de parte de su marido un traje de baile, y en las bodas lo habitual es que una bailarina de danza del vientre inaugure la pista a la hora de bailar. Unos dos mil años antes de Cristo, en un tallado en piedra de la dinastía XVIII del Imperio Medio, las protagonistas son mujeres que bailan semidesnudas en posturas que reconocemos en la danza del vientre actual. Aquella pieza arqueológica, hoy en el Museo Británico de Londres, es evidencia de que Egipto fue el origen sacro de este baile que hoy es universal. Teresa González había tomado sus primeras clases de danza en una escuela de barrio en Bercelona, cercana al templo Sagrada Familia. En Oriente Medio la danza del vientre propicia insultos, pero es el centro de la cultura popular.

Un refrán egipcio reza: «Quien no sabe bailar dice que el suelo está inclinado». En la superstición local, si una mujer baila en sueños, es señal de que caerá en un escándalo. Bailar ha fascinado siempre por lo que muestra y oculta. Platón catalagó a las danzas en honestas y sospechosas: unas servían para acompañar el canto y el culto al cuerpo mientras las otras eran usadas en ritos religiosos como un pretexto para entregarse a los excesos de la fiesta. Las danzas siempre fueron sospechosas de tener un doble propósito. Una de las películas más vistas en Egipto, Shabab emraa, joven mujer, narra la historia de un muchacho de provincias que llega a vivir a El Cairo, donde su casera lo seduce hasta hacerlo olvidar de sus estudios. La protagonista es Tahia Carioca, una famosa bailarina en el mundo árabe. La historia de Mata Hari, la legendaria bailarina que los franceses ejecutaron después de la Primera Guerra Mundial luego de acusarla de espía, inspiró a inicios del siglo XX a mujeres y directores de cine. El Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz alimentó la leyenda de mujeres espías con novelas y cuentos donde las bailarinas eran amantes de militares y terratenientes poderosos, y a través de ellas narró la corrupción política del país. En la época de los califas, el sistema de gobierno de los primeros administradores del Islam después de Mahoma, lo habitual era que los sultanes recibieran de regalo a bailarinas esclavas que tenían acceso a las reuniones privadas y se dedicaban al tráfico de información. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero danza y política se han movido en Egipto al mismo ritmo.

Cuando Teresa González bailaba en el barco Memphis, en sólo siete días de julio de 2014 explotaron tres bombas en Egipto. Una de ellas en El Cairo, y dos en Sinaí, la península inhóspita que hace frontera con Israel y Franja de Gaza, un territorio fértil para los grupos yihadistas, los militantes más violentos del Islam político que libran la Guerra Santa, la Yihad, contra los «infieles», el mundo que no es musulmán. Abdelfatah Al-Sisi, el presidente actual de Egipto que comandó el golpe de Estado de 2013 y que al año siguiente fue legitimado con el voto popular, ha sido responsable de la muerte de más de tres mil manifestantes y de encarcelar al menos veinte mil ciudadanos a quienes acusó de espionaje, conspiración o terrorismo. También encarceló a medio centenar de periodistas disidentes y clausuró una docena de programas televisivos de debate político. En 2014, un canal de televisión local, propiedad del cuñado del presidente Al-Sisi, anunció un concurso para nuevos talentos de la danza del vientre. A la bailarina Teresa González no le interesaba competir. En un laboratorio de Química de la Universidad de Barcelona, Teresa González había trabajado con otros científicos para crear una síntesis orgánica que ayudaría a crear un nuevo fármaco contra el cáncer. En Egipto, en cambio, sólo buscaba entender el país donde eligió vivir.

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En el departamento de Teresa González había maletas abiertas con sujetadores de piedras brillantes, salsa de tomate en envases aluminio, velos de seda, faldas con lentejuelas, aceite de oliva embotellado, maquillaje, embutidos ibéricos. Tres años antes la bailarina había viajado a El Cairo para comprar ese departamento con la ayuda de su papá. Era el departamento de alguien que, gracias a la ayuda de su padre, no rendía cuentas a nadie. No había fotos de familiares a la vista. Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Su única compañía era una chica japonesa de apellido Sunami, una bailarina de danzas árabes en la Opera House de El Cairo. Teresa González le alquilaba una habitación.

La bailarina clasifica a sus amigos en categorías: amigo, mejor amigo, amigo cercano, segundo mejor amigo, conocido, ex amigo. Esa noche en su camerino de artista del barco Memphis, había recibido un mensaje de uno de ellos. Era de Ramy Mohamed El Telbany, un chico a quien la bailarina llama Ramy, el mejor de sus amigos egipcios. Teresa González es buena con los idiomas y con los números. Pero es muy desorientada y tiene problemas de lateralidad: nunca recuerda que lado es el derecho o el izquierdo y siempre que sale a caminar se pierde. «Cuando llegué me perdía en la calle y un día en un bus me puse a llorar. No entendía nada —me dijo—. Con Ramy aprendí a caminar la calle y a hablar con la gente en las cafeterías, en los buses, aprendí a volver sola a casa». Ella era una recién llegada a Egipto y en las calles de la capital comenzaban las manifestaciones al grito de «pan, libertad y justicia social», la consigna de la revolución. Egipto se paralizó, y Ramy Mohamed El Telbany, su mejor amigo, perdió su trabajo. La revolución había caído entre ellos como una bomba de humo negro y dejaron de frecuentarse. Ramy Mohamed El Telbany era recepcionista en un hotel de El Cairo y migró a Dubai para trabajar de asistente de recepción de un hotel. Hacía tres años que no se veían y él acababa de volver a la ciudad.

Teresa González tomó clases de árabe en una academia en Barcelona. Pero dice que donde más aprendió fue en Egipto, con sus amigos y en las calles de El Cairo. Para practicar la lectura compra revistas fáciles de leer como las que traen recetas para hacer comidas rápidas, bajas en calorías, o sobre maquillaje moderno que explican como pintarse las uñas y los ojos en pocos minutos. Hoy Teresa González habla bien el árabe, aunque aún confunde algunas palabras: dice mierda cuando quiere decir picante; dice pene cuando quiere decir noticias. A los egipcios les hace gracia. Ramy Mohamed El Telbany le había enseñado sus primeras palabras en su nueva lengua: «Un té de menta, por favor». La bailarina catalana se refugió en sus amigos egipcios. «Aquí a las extranjeras los tipos nos llaman open mind porque creen que nos acostamos con cualquiera, y quieren seducirte para conseguir pasaporte europeo —me dijo—. Un vecino ya me ofreció matrimonio». El segundo mejor amigo de la bailarina se llama Mohamed Abdel Moez, y el hermano mayor de él fue asesinado por la policía durante el golpe de Estado, en 2013, en una protesta callejera. Moez trabajaba en una tienda de venta de papiros, y cada tanto quedaba con ella para tomar el té. «Siempre me dice: yo no podría estar con una bailarina o una chica que haya estado con otros hombres». Teresa González me lo contaba mientras movía hacia un sofá un cubo con agua que llevaba un motor eléctrico. Era su «mini jacuzzi personal» y, como parte de su rutina después de bailar, lo usaba para calmar el dolor de sus pies. Hundía sus pies en las burbujas con gesto de alivio, y así desinflamaba sus tobillos de bailarina cansada. Al día siguiente vería a Mohamed Moez en la cafería frente a su departamento. Esa noche me pidió que fuera delicado al hablar con él de política y religión, además de explicarme una regla que debía acatar para poder hospedarme en su casa. Si sus vecinos me preguntaban por ella, debía decir: «Trabaja con un ordenador». O: «Ella es traductora». Medir las palabras es conveniente en El Cairo. Decirle a alguien Ibn el-ra’asa no son palabras vacías: nadie quiere tener una madre ni una vecina que baile la danza del vientre. Teresa González llevaba más de tres años hablando con los vecinos de su barrio y nunca le pudo decir a nadie que se dedicaba a bailar.

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El baile y la guerra siempre hicieron buena pareja. Desde los primeros pasos en ceremonias de muerte, caza y fecundidad, la danza se alió con la política y la religión. En el antiguo Egipto, la muerte y la resurrección de Osiris era representada con una danza. A fines del siglo XIX, cuando en Egipto se inauguraba el canal de Suez que une el Mediterráneo con el mar Rojo, una bailarina cuyo nombre suena como el desgarro de un vestido, Shawq, fue la protagonista de una fiesta con invitados ilustres. Shawq también actuó como invitada especial en el estreno de la ópera Aída, de Giusepe Verdi, en la Opera House de El Cairo. Egipto era uno de los países árabes más liberales: las primeras mujeres del mundo árabe en ir al colegio, pilotar aviones o conducir coches, habían sido egipcias, y también las que llegaron a formar parte del Parlamento y del Gobierno. La activista egipcia Hoda Shaarawi fue la primera en quitarse el velo en público en una manifestación: en El Cairo de 1923 Hoda Shaarawi inauguró el movimiento feminista árabe. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero no siempre había sido así. En los años veinte, Egipto era gobernado por una monarquía y en aquella época, Badía Masabni, una bailarina de origen libanés, era propietaria de uno de los casinos más famosos de El Cairo, próximo a uno de los puentes que cruzan el río Nilo. Hoy la gente llama al puente por su nombre: Badía.

Las bailarinas egipcias habían llegado a ser parte de la vida política y un símbolo nacional. En los años setenta, tras la guerra entre Egipto e Israel, en cada una de sus visitas a El Cairo, el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger reservaba un show privado de la bailarina Nagwa Fouad, quien también había bailado para el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing y para el de los Estados Unidos Richard Nixon, y que también bailaría para el presidente Jimmy Carter. Nadie cuestionaba, al menos por ello, su moral. Hoy, en nombre de la moral pública, un policía en Egipto puede detener a una bailarina en el escenario porque su traje muestra más de lo permitido, o por bailar de manera demasiado provocativa. Abrir las piernas o tumbarse de espaldas en el suelo está prohibido. También subirse a una silla.

La bailarina egipcia Fifi Abdou fue condenada en 1991 a tres meses de cárcel por practicar «movimientos depravados». Una década después, Fifi Abdou propuso crear en Egipto la primera asociación profesional de bailarinas de la danza del vientre. Los musulmanes mas conservadores de Al Azhar, el centro del Islam oficial de Egipto, se opusieron. «Eso sería como legalizar la prostitución», dijeron. La danza del vientre siempre fue más rechazada por las religiones que por los gobiernos. «Todas quieren bailar en las fiestas que organiza el Club Militar —me dijo Teresa González sobre las fiestas de los oficiales del ejército egipcio—. Ahí bailan las mejores y es donde mejor pagan». Bailarinas y militares tienen en Egipto una relación de conveniencia, y el radicalismo islámico es su enemigo en común. En 1981, tres años después de haber ganado el premio Nobel de la Paz por ser el primer gobernante árabe que firmó la paz con Israel, el presidente militar de Egipto Anwar el-Sadat fue asesinado. La revolución iraní de 1979 no sólo había reinstaurado la república islamista en ese país, sino que la influencia de su líder el Ayatollah Khomeini se extendió hacia el resto de los Estados árabes. Con la interpretación radical de la ley islámica, la danza fue perdiendo el significado religioso heredado de la época faraónica y también las bailarinas comenzaron a ocupar el último peldaño del escalafón moral. Hoy en Egipto la danza del vientre sólo se puede practicar con autorización del gobierno. En 2014 el gobierno de Irán condenó a unos jóvenes a una pena de seis meses de cárcel y noventa y un latigazos por haber subido a YouTube un vídeo donde bailaban al ritmo de una canción soul de Pharrell Williams: Happy.

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Teresa González aún no tenía un contrato para bailar en El Cairo. Aunque la ley egipcia condena a los infractores con penas de hasta un año de cárcel, el líder de su orquesta la consentía. Ser hijo de una bailarina en Egipto es deshonroso, pero la bailarina catalana trataba a su jefe como una hija bien educada. Los años que siguieron a La Primavera Árabe, Egipto ha vivido con un alto índice de desempleo. La bailarina González debía cuidar su trabajo. Donde antes aparcaban un promedio de cuarenta buses diarios de turistas que querían ver las pirámides, sólo llegaban dos. La guerra interna entre el gobierno y sus opositores ahuyentaba a los turistas. Había escaso trabajo en El Cairo y ella suplantaba a una bailarina norteamericana de vacaciones. «Yo pensé que la revolución sería algo pasajero —me dijo la catalana—. La química me sigue gustando, pero no me arrepiento de haberla dejado. Aunque económicamente me vaya peor, soy más feliz bailando». Lo dijo cuando llegamos a su departamento en un piso del barrio Marrioteia, una zona popular de El Cairo. Desde el ventanal de su departamento se ven las cúspides de Keops, Kefren y Micerinos, las sepulturas más famosas del mundo, envueltas en una nube de arena y polución que parece bruma.

Acostumbrada a ellas, la bailarina ya no les presta atención. Desde donde vive, para llegar al centro de El Cairo, se viaja una hora en bus y en metro por autopistas elevadas sobre basureros y fachadas de edificios a medio terminar. La plaza Tahrir, que en árabe significa Plaza de la Liberación y que había concentrado las mayores movilizaciones de 2011, estaba sitiada por el ejército egipcio. Las bocas del metro estaban tapiadas con alambre de púas y en cada esquina había policías con armas largas. Junto al Museo Egipcio de El Cairo, donde se conserva en un cofre de cristal la máscara dorada de Tutankamón, descansaba entre vidrios rotos y ventanas carbonizadas la mastodóntica sede del Partido Nacional Democrático, el símbolo del partido político militar que gobernó Egipto durante treinta y tres años. Lo habían incendiado los manifestantes en 2011, un día que en la historia ha quedado como el Viernes de la Ira. El centro de El Cairo recordaba un inmenso salón de baile donde hubo una fiesta que acabó mal. En 2013, lo que había sido un símbolo de la movilización libertaria, lo tomó el Ejército de nuevo en el poder. En la plaza Tahrir había un monumento «a los mártires de las revoluciones», erigido por los mismos militares que en 2011 habían martirizado a los revolucionarios.

La bailarina catalana llegó a una ciudad que durante más de dos mil años había sido territorio romano, turco, francés y británico. El Cairo, la ciudad más poblada de África, es un territorio en disputa crónica donde las identidades se superponen como las capas de pintura en una puerta vieja. Con la revolución los egipcios vivieron la paradoja de cambiar todo para que nada cambie. En un país que nunca vivió en democracia, las dos organizaciones políticas que se impusieron eran dogmáticas. Una islámica y la otra militar. «La primavera árabe no fue una revolución —se indignaba el poeta sirio Adonis en una entrevista—. Los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad. Los árabes tienen que hacer su revolución interior». El presidente de Egipto Al-Sisi fingió virtudes democráticas: después de hacer un golpe de Estado dejó de vestir su uniforme militar. Según un informe de Human Right Watch, el gobierno de facto de Al-Sisi cometió una de las peores masacres desde la tragedia de la plaza Tianannmen en Pekín. En la mezquita Rabá Al-Audawiya y la plaza Al-Nahda, el ejército egipcio mató a más de mil seguidores de los Hermanos Musulmanes, el partido político que ganó las primeras elecciones democráticas de la historia de Egipto y que fue derrocado por los militares al año siguiente, en 2013, los que protestaban contra el régimen de Al-Sisi. Un hermano de Mohamed Moez, el segundo mejor amigo de la bailarina, fue uno de los asesinados.

Mohamed Moez es un chico alto y tímido que habla inglés y español. Había estudiado periodismo, y tenía veintiséis años, el pelo peinado con gel y una expresión de sorpresa en sus ojos redondos, como la de quien espera que le cuentes algo divertido. La bailarina lo había invitado a tomar el té en el bar que está frente a su edificio. «Él es muy religioso —me advertía su amiga—. Me saluda con la mano y más de una vez me dijo que yo soy inteligente y no debería bailar». Mohamed Moez salía de trabajar de la tienda de papiros.

—De la muerte de mi hermano prefiero no hablar —me dijo Moez con su taza de té.

Le dije que de política se habla en voz muy baja en Egipto.

—Pero al menos hablamos —respondió—. Si la revolución sirvió para algo, fue para eso: la gente antes no hablaba de política.

Mohamed Moez me mostró la foto de un amigo a quien la policía había matado en un acto de protesta. Era un fotógrafo compañero suyo en la facultad. Lo asesinaron mientras tomaba fotos en una manifestación. Tenía la imagen de su amigo en su Facebook. Se veía a un chico sonriente, con la barba crecida y ropa de colores. Lo mataron el 5 de julio de 2013. Otros dos amigos de Mohamed Moez estaban presos. El vendedor de papiros hablaba del miedo y del gobierno militar de Al-Sisi. Mohamed Moez prefiere no hablar de temas políticos con la bailarina. Ni de religión. Acaba enfadándose con ella.

—He ido a tiendas donde tenían un cartel con una mujer sin velo con una «X» encima, y al lado había otra foto con una mujer con velo y ponía «SI» —le dijo Teresa González en el bar frente a su casa—. Yo entré a esa tienda y pensé: me van a matar.
—Tu tienes un punto de vista malo —exclamó Moez—. Yo nací aquí. Aquí la religión para la gente es diferente que en Europa.

Se conocieron cuando Mohamed Moez había ayudado a llegar donde la bailarina a una extranjera que buscaba extraviada su departamento en El Cairo. Por los idiomas que hablaba, a Moez no le costaba ser amable con los extranjeros. Había conocido una chica de Bolivia y le decía que quería visitar América Latina. «A mí me gusta su pensamiento y vivir de una manera diferente —me dijo—. Y quiero que la gente de aquí piense de esa forma». Fue una extranjera que lo trasladó mentalmente a un paisaje exótico al que tal vez jamás él llegaría. Pero con su amiga, la bailarina, le sucedía otra historia: cada vez que se encontraba con la catalana se enfrentaba a una contradicción. El Islam Sunita dice sobre la mujer: «Su poder de seducción constituye un elemento potencialmente perturbador del orden social y la rectitud moral». Mohamed Moez mantenía todas las distancias con la bailarina. Le pregunté a ella sobre el día que el vendedor de papiros fue a despedirse en el rellano de su edificio.

—Él me abrazó —dijo—. Pero dejando aire de por medio.

Cuando asesinaron al hermano de Moez, éste llamó por teléfono a la bailarina. «Yo no dormía —dijo la catalana—. La gente se disparaba por las ventanas. Yo nunca había visto un muerto». En esos días, la bailarina había decidido volver a Barcelona hasta que todo se calmara, cuando Moez la interceptó. «Quiero verte antes de que te vayas —le dijo—. Cuando tú has estado en momentos difíciles, yo he estado allí. Y ahora que te necesito, te vas». La bailarina recordó que fue la única vez que Moez le ha demostrado cariño. «Quería abrazarlo, pero él no entra a mi casa y en la calle no podía». Teresa González lo hizo pasar entonces hasta el recibidor de su edificio. «No voy a su casa, no porque no tenga confianza, sino por lo que va a decir la gente. Los hombres no pueden hacer esto antes de casarse —me dijo él—. La gente piensa mal. Es algo de nacimiento». Mohamed Moez le dijo a su madre que su amiga española era profesora de castellano.

La bailarina era una especialista en incomodar a sus amigos. Mohamed Moez no es el único. «A mí me pone muy tenso ir con ella por la calle», me dijo Ali Nawar, un chico de veintitantos años y dos metros de estatura que es traductor para la agencia española de noticias EFE en El Cairo. Hijo de un militar retirado, el día que lo conocí Teresa González le había pedido que la acompañara a comprar bisutería: brazaletes, collares, pendientes. También quería unas estrellas adhesivas que ella se pone en el ombligo para resaltar aún más su vientre en los shows. La idea de caminar con su amiga por la ciudad le producía una sonrisa nerviosa a su amigo. Aunque no era la primera vez que se ocupaba de ella.

Cuando sucedió el golpe de Estado, en 2013, Alí Nawar, se acercó con sus dos metros al edificio de Teresa González para llevarle unas compras del supermercado. Era la primera vez que visitaba los suburbios de El Cairo. Vivía en el distrito El-Manial, en la isla de Roda, una zona alta de la ciudad compuesta por dos islas del río Nilo, donde las casas, heredadas de la colonia británica, son antiguas, con jardín, y los únicos centros comerciales de su barrio son un kiosco y una farmacia. Los suburbios de su propia ciudad le resultaban amenazantes a Alí Nawar. En parte por eso, nunca acudía solo cuando quedaba con su amiga bailarina. Los encuentros eran siempre de tres. Ahmed Mustafa, su amigo y compañero de trabajo, lo acompañaba cuando él quería ver a la bailarina.

Esa tarde, antes de ir a comprar bisutería, los tres habían quedado encontrarse en el bar Ahl Cairo, en el barrio Dokki, una zona residencial de la ciudad. Ahl Cairo es uno de esos bares a los que acuden extranjeros y no está mal visto que los amigos se saluden con dos besos, aunque sean egipcios. Mientras un té en el bar frente a la casa de Teresa González costaba dos libras, allí podía costar veinte libras, un precio equivalente a cualquier bar de Europa. Fuera del bar Ahl Cairo y de su barrio, Alí Nawar se siente intranquilo. «Para mí es un reto caminar con Teresa: observo la gente por si hay adolescentes en grupo que la puedan acosar. Porque tengo amigas a quienes les han pegado». Nawar rebusca sus palabras antes de hablar. Cuando dice pegado, quiso decir violado. El traductor sentía pudor para explicarse con claridad, como si evitara alarmar a alguien que acaba de conocer, sobre la vida cotidiana de las mujeres egipcias. Alí Nawar se portaba como un gigante temeroso.

En los últimos años, centenares de violaciones a mujeres suceden en las calles de El Cairo. «Son rodeadas por un grupo de entre quince y cien hombres, y aisladas de sus amigos», ha resumido Human Rights Watch. En julio de 2014, en plaza Tharir, el escenario central de la revolución, hubo cerca de doscientas agresiones sexuales en una sola semana. En las protestas de junio de 2013, habían denunciado cerca de cien violaciones en la misma plaza. Mujeres golpeadas con cadenas, palos y sillas. Mujeres cortadas con cuchillos. Atacadas en manada y por hombres jóvenes. «En Egipto el acoso sexual siempre existió —me dijo Zeinab Sabet, una activista egipcia—. Pero ahora la violación no empieza como un simple acoso sexual. Quieren apartar a la mujer de la vida pública. Aterrorizarla. Es un fenómeno político: antes eran individuales; con la revolución comenzaron las violaciones en grupo». Zeinab Sabet se educó en París y vestía con escote y el pelo descubierto. Ella y un equipo de otros treinta activistas formaron el grupo Tharir Body Girl, que rescata a mujeres que están por ser violadas. Usan chaleco y casco amarillo para identificarse. Zeinab Sabet me explicó que hasta entonces sólo habían podido intervenir en noventa casos. «Es peligroso —me dijo— porque van armados con cuchillos».

Después de los violadores, su segundo enemigo es la legislación. La ley dice que, en caso de violación, la mujer agredida debe ir a la policía con la persona que la acosó y llevar testigos. «¿Cómo una mujer que experimenta esto —me dijo Zeinab Sabet— puede tener fuerza para ir a la policía con el chico que la violó?». Desde el gobierno, Adel Afifi, un miembro del consejo legislativo, culpó a las mujeres: «Son ellas las que provocan el cien por ciento de las causas de la violación, ya que al salir a manifestarse se exponen». La bailarina creía tener el antídoto para que no le suceda nada malo. «Aquí los tipos son muy observadores —me dijo—. Te tratan según cómo caminas y, si andas con el pecho hundido, te atacan. Yo, si estoy de bajón, no salgo». A pesar de sus dos metros de estatura, Ali Nawar, el traductor gigante y temeroso, temía que le arrebataran a su amiga. Temía no poder hacer nada para impedirlo.

Salir a pasear por El Cairo con Teresa González puede verse como un deporte de riesgo por partida doble. En un talk show muy popular en Egipto, Al fin de la tarde, es habitual escuchar a su presentador, Mahmoud Saad, hablando a los jóvenes y a sus padres. «Hay jóvenes que trabajan con extranjeros para hacer bombas en contra de este país. Tomemos conciencia de esto y apoyemos a nuestro presidente», dijo Saad mirando directamente a la cámara. «Ahora hay más segregación —me insistió Alí Nawar—. Hay un tipo de separación entre la gente: están los que buscamos los derechos sociales y el resto». La segregación la produce sobre todo el rechazo a lo desconocido, o la defensa a la moral islámica. Una noche, su amigo Ahmed Mustafá se separó de él para acompañar a la bailarina a su casa. «Estaba oscuro y me despedí de ella con dos besos frente a la puerta de su edificio», recordó Ahmed Mustafa. Luego sintió que una piedra rozaba su cabeza. Un egipcio que en su país se comporta como un occidental puede entrar en la categoría de «infiel» al Corán. «Ahora están repitiendo esa vieja política del miedo —me dijo Ali Nawar—. A ustedes —los extranjeros— les llaman agentes, espías». Al sentir la piedra pasar cerca de su cabeza, Ahmed Mustafá quedó paralizado. «Yo no quería problemas y me fui», contó Mustafá. Hay casos más dramáticos. Según Mustafá, cuando en 2012 en Egipto estaban los Hermanos Musulmanes en el poder, el miedo lo sentían hacia las brigadas policiales conocidas en Egipto como «policía moral». Cuando veían un chico con una chica solos, le decían al hombre que no podía sentarte con una chica a solas si no era su esposa. «Una vez un joven ingeniero estaba con su novia, aparecieron unos hombres y le dijeron que no podía estar allí con ella. Cuando el chico quiso pelear, lo mataron —dijo Mustafá—. Ahora ya no pasa eso. Ahora te matan o meten preso por estar en contra del gobierno. Pero la gente sigue pensando igual». Alí Nawar, el traductor y gigante temeroso, temía que una tarde de compras de bisutería con su amiga bailarina pudiese convertirse en una película de terror.

—Aquí vives para los vecinos y para el portero del edificio —me había explicado Sabet, la activista—. El portero es aquí como un miembro de la familia. Tienes que cuidarte de lo que piensa de ti porque él habla con otra gente. Es la razón por la que odio vivir aquí.
—A mí tu portero me odia —le dijo Ahmed Mustafá a la bailarina.

La bailarina no se sorprendió.

—Ese odia a todos —dijo.

Los egipcios viven con toda clase de prohibiciones.

Desde formar un partido político hasta estar con un extranjero bajo el mismo techo.

La bailarina catalana no puede invitar amigos a su departamento.

Y sus amigos no se atreven a presentar a una amiga bailarina a sus padres.

Durante tres mil años, Egipto fue gobernado por potencias extranjeras.

En 1922 los británicos les concedieron la independencia.

La fobia al extranjero es atávica.

Los porteros son los guardianes de esos microestados que son los edificios de apartamentos. Frente al portero del edificio de Teresa González, cualquiera tiene prohibido decir: abogado, manager, contrato. En árabe y castellano, según la catalana, suenan igual. Temía que su portero, quien no sabe leer, dedujera que ella era bailarina.

Una revolución exige enfrentar sus propias contradicciones, y Egipto volvió de la ilusión revolucionaria a un Estado policial. En una cultura donde la familia gira en torno a la figura del padre, cuando ese padre fue educado en los rigores de un cuartel, el miedo siempre comienza en su mirada. Igual que en la familia de Ali Nawar, todos los egipcios tienen en su familia un teniente, un policía, un almirante. Es el legado de más de sesenta años de sucesivos gobiernos militares.

Alí Nawar, el traductor, insistía en el peligro de caminar con ella por la calle.

—Nos interesa conocer más extranjeros con mentalidad más abierta —me dijo su amigo Mustafá—. Yo tengo amigos hombres que salen con chicas, tienen relaciones sexuales y toman drogas. Pero cuando eligen una mujer para casarse, eligen a una conservadora.
—Eligen la mujer que viene detrás de la vaca —añadió el traductor—. Es un dicho. Las mujeres de zonas rurales son más tradicionales que las urbanas. No toman drogas ni salen.

Tres años después de la revolución egipcia, la bailarina ya no sentía esa asfixia que la había obligado a dejar su doctorado en Química en Barcelona. Los egipcios que entonces se jugaron la vida por la democracia especulan los motivos del fracaso. «La revolución no fue una revolución. Es el plan de un país como Estados Unidos que quiere que caiga el ejército para coger el petróleo de los países árabes —me dijo el señor Shaaban, dueño del bar frente al edificio de la bailarina—. Antes no había democracia pero al menos había trabajo. Ahora no tenemos trabajo ni democracia». Su opinión es una de las versiones más difundidas en los barrios populares. La revolución que creció desde la militancia de jóvenes universitarios e intelectuales no prosperó en un país donde un tercio de la población es analfabeta y donde la palabra bailarina es un insulto, pero también donde las bailarinas siguen siendo el mejor refugio ante la incertidumbre.

La canción Tópico del Amor, que da su nombre al bar del señor Shaaban donde la bailarina se sienta a tomar el té, siempre ha sido interpretada por la artista mas querida en el mundo árabe. El bar tampoco admite mujeres. Un día Teresa González se sentó allí por primera vez con cara de extranjera distraída. El dueño del bar nunca se atrevió a echarla.

La bailarina catalana aprendió a moverse en un mundo que ha acabado siendo para hombres. «Las mujeres necesitan conocer sus derechos», me dijo la activista Zeinab Sabet, quien, además de participar en el grupo Tharir Body Girl, daba clases de defensa personal. Su deseo coincide con el de Montesquieu en el siglo XVI: «Las costumbres hacen las leyes, las mujeres hacen las costumbres; las mujeres, pues, hacen las leyes». Después de la frustrada revolución que prometía cambiar las leyes en Egipto, sus mujeres, aunque no bailen, tampoco son respetadas.

—Yo vivo de noche —me dijo la bailarina catalana—. Y las mujeres egipcias no salen de noche.

De noche, en El Cairo, Teresa González siempre estaba sola. Su compañera de piso, la bailarina Kaoru Sunami, dormía o estaba bailando en la Opera House. «Es muy reservada —me dijo la japonesa—. El mundo del baile tiene sus secretos». Después de acabar de bailar, Teresa González suele detenerse en una juguería de la esquina de su departamento donde ofrecen zumos y ella elige siempre el mismo: uno de caña de azúcar, que en Egipto lo llaman asir assa. «Me gusta sentarme aquí —me dijo mientras sorbía el líquido verde y espumoso con una pajita—. Aquí me siento invisible». La gente pasaba, los hombres pasaban, y la ignoraban. Sólo la saludaban los niños. «Cuanto más te respetan, menos te miran». Giza, la población donde vive, fue construida sobre una gran meseta de arena que se acumula en los recodos de su calle. Junto a su edificio había un taller de reparación de mototaxis, una mezquita sin minarete, una despensa con unas cuantas latas, un negocio de reparación de computadoras y una tienda de ropa femenina, donde todas las prendas incluyen velo. Es un barrio de gente tradicional donde Teresa González disfrutaba siendo imperceptible. Ganar respeto en Egipto era para ella ganar invisibilidad.

En la relación con sus vecinos cairotas, Teresa González pasó del acoso al rechazo, y del rechazo a la indiferencia. La bailarina cree haber llegado a un término medio. «Si yo hablo, ellos sí que me pueden hablar. Si no, no. Así son las cosas aquí». Su única amiga mujer, Hadia Hamed, una licenciada en Geografía que estudia coreano y trabaja en una tienda de Vodafone, lo veía de una manera más piadosa: «Los hombres aquí son como niños grandes». Hadia Hamed se puso seria cuando hablaba de varones, pero el resto del tiempo tenía una sonrisa más grande que su boca. «Mi marido ha hecho siempre lo que su madre le decía —me dijo—. No lo culpo porque él no ha tenido la oportunidad de ser diferente. Más que cambiar, debe madurar. Antes hubiese sido imposible que yo estuviera aquí con ustedes. Es un choque cultural para él: mi marido nunca habla con extranjeros». Por tradición, los varones del mundo árabe no se van de la casa de sus madres hasta que se casan. Casi ninguno de los muchachos solteros que conocí en El Cairo, incluidos los amigos de la bailarina, vive fuera de la casa materna.

El mundo de las mujeres egipcias era un enigma que la bailarina sólo avistaba desde arriba del escenario. Hasta que conoció a la geógrafa Hadia Hamed. Fue a través de una red social estilo Couchsurfing, donde los extranjeros se hospedan gratuitamente en la casa de quien la ofrece, y se vieron por primera vez en un restaurante yemení. «Estaba por casarse pero ella no quería», me había contado la bailarina de la geógrafa. Los casamientos por amor en Egipto son exclusivos de jóvenes de clase alta occidentalizada, o de rebeldes dispuestos a enfrentarse a sus familias. Hadia Hamed aún no se atrevía a decirle al resto de sus amistades que su amiga española bailaba la danza del vientre. Mucho menos a su marido. Sus padres respetan la tradición árabe de concertar la boda de los hijos. Recién en 2010, en Egipto la mujer obtuvo el derecho a pedir el divorcio. Aún debe tener un permiso de su marido si quiere salir del país.

Grimilda Barbier, una cubana casada en La Habana con un egipcio, y que llevaba casi dos décadas viviendo en El Cairo donde se convirtió al Islam, podía recitar la legislación de memoria. «Aquí el matrimonio es un negocio sin precio fijo —me dijo una tarde—. Tu familia negocia la dote cuando te casas. Pero si eres mujer y pides el divorcio pierdes todos los privilegios: tu ex marido debe mantenerte sólo un año y no te deja la casa». Barbier tenía cuarenta años, dos hijos, un velo en la cabeza y un cuerpo robusto como la mayoría de las mujeres árabes. «Hace años que me hubiese vuelto a la isla, pero sin dinero ni permiso no puedes». Sólo volvería a Cuba de vacaciones. Cuando estalló la revolución, Grimilda Barbier fue con su hija a protestar a la plaza Tahrir. «Aquí con los militares nunca había fiesta popular ni hábito de reunirse como sí hay en Cuba —deslindó—. A Tahrir muchos iban por política, a pedir derechos, y otros por la novedad: a festejar». La revolución era una puerta entreabierta hacia el desahogo. «Yo no apoyé la revolución desde el principio. Tampoco apoyo el antiguo régimen. Pero creo que todo cambio es positivo —me dijo Hamed, la geógrafa—. Quiero tener hijos, pero que haya una sociedad más civilizada. El problema es la educación. O cambia este sitio, o me voy de aquí». Su vida podría ser cómoda si aceptara las convenciones. Pero Hadia Hamed ha hecho lo posible por no respetarlas del todo.

Antes de irse del restaurante yemení, Hadia Hamed me pidió que nos tomásemos una foto para mostrársela, «algún día», a su pareja. «Él aún no es tan abierto de mente —me dijo—. Lo estoy intentando porque lo quiero». Por entonces Teresa González era como su salvoconducto hacia el resto del mundo. En el siglo XXI, se repite la historia de las bailarinas esclavas del siglo I en los califatos árabes: cuando ellas dejaban de moverse para los jerarcas del palacio, bailaban para las mujeres que esperaban lejos del salón principal. En ese caso, más que la danza del vientre, lo que les ofrecían era lecciones de seducción. Las esclavas eran, paradójicamente, más libres en su cautiverio: tenían acceso a la información que sólo se comparte en fiestas privadas y así tenían más influencia sobre los hombres que las señoras de la casa. «Yo bailo siempre mirando a las mujeres —me dijo la catalana en el barco Memphis—. Ellas bailan con los ojos». Su amiga Hadia Hamed quiere dedicarse a la fotografía, pero de interiores o de paisajes, porque no podría fotografiar, por ejemplo, una boda. «Las bodas acaban tarde —me diría—. Y de noche tengo que estar en casa». Aunque días atrás la geógrafa se escapó y fue a ver bailar a su amiga secreta. A Hadia Hamed sólo le está permitido bailar para su marido. Como toda recién casada, también recibió como regalo de boda de su esposo un traje de baile, un modelo similar a los que usa su amiga en el escenario. Hadia Hamed sólo puede vestirse con él en su intimidad.

Hacía un buen tiempo que la bailarina no tenía pareja. «Si sigo viviendo aquí —me dijo ella—, algo voy a tener que hacer». Los hombres en su casa tienen prohibida la entrada, y la mayoría de los egipcios que busquen algo más que un pasaporte europeo no se casarían con una mujer que no fuera virgen. «Lleva mucho tiempo entender cómo funciona todo esto», me dijo Sara Farouk Ahmed, una mujer británica que lleva veinte años viviendo en El Cairo casada con un egipcio. Su nombre occidental es Maureen O’Farrell. La bailarina la escucha como a una maestra desde que se conocieron en el festival de danza donde ella bailó. En el Reino Unido, a Miss O’Farrell la gente la reconocía por la calle por haber interpretado un papel protagónico en la serie de televisión The Widows que la BBC emitía en los ochenta. Indignada por la participación de Gran Bretaña en la guerra del Golfo Pérsico, la actriz abandonó su país y desde entonces en El Cairo suele tapar su cabeza con un velo. «Odié a mi país —me dijo—, a los americanos y a los británicos». Por esos días, la maestra británica le corregía a su discípula española la posición de las manos y los brazos para bailar la danza del vientre. «Ella tiene un ojo y un criterio tan fino —precisó la catalana— que puede corregirme cosas que ninguna otra bailarina podría». Sara Farouk Ahmed es la representante de Randa Kamel, una de las bailarinas más famosas de Egipto, y trabaja de asistente de producción en una productora de películas. Ella animó a la catalana a que siguiera su carrera en El Cairo. En la revolución de 2011, le ayudó a encontrar el departamento donde vive.

Sara Farouk Ahmed le explicó también la posición que debía adoptar debajo del escenario. «En Egipto el concepto de público y privado es diferente que en Europa. Aquí tu nombre no debes decirlo nunca, porque el nombre es del mundo privado. Tu parte pública como mujer te la da tu familia. Debes decir soy la mujer de, la madre de o la hija de. Ese es tu nombre», le dijo. En Egipto, Teresa González no es de nadie. Su nombre real sólo lo saben sus amigos y su portero. Sara Farouk Ahmed fumaba cigarrillos rubios y bebía vino blanco en su casa, y a la vez hacía el ayuno que exigía la celebración musulmana anual del Ramadán. «A mí no me importa la religión en sí misma, sino la decencia que te puede aportar —me dijo—. Es más una decisión política que religiosa». Ella se convirtió al Islam y fuera de casa se presenta con el apellido de su marido. «A mí me gusta esa forma de pensar que tienen aquí. Se traduce en una expresión: Insha’Allah (Si dios quiere). El occidental, en cambio, siempre es rotundo: las cosas son blanco o negro. Los egipcios tienen un plan, pero si no funciona pasan a otro». La señora Farouk pondera la capacidad egipcia de improvisar. Viniendo de un país como Inglaterra, donde la puntualidad es un patrón de conducta, la ex actriz de televisión admira a quienes sobreviven en la ciudad más grande de África, donde la mayoría vive con un sueldo promedio de sesenta euros mensuales y donde el tráfico en sus calles sin semáforos es tan denso que produce uno de los doce niveles más altos de contaminación en el mundo. La bailarina japonesa Kaoru Sunami, dijo algo similar. «En Japón todo es control y estrés. Me gusta que aquí puedes dejar las cosas al azar». Sunami vivía en el confort disciplinado que la Opera House de El Cairo exige a sus bailarinas, y encontraba en Egipto una especie de refugio para el relax. Sin embargo, por esos días la policía egipcia había irrumpido en el edificio de Sara Farouk porque dos estudiantes habían entrado con una prostituta, y los vecinos los apuñalaron. Una prostituta en su edificio era un atentado a la moral religiosa. La delató el portero.

Si tuvieran que elegir entre un partido político atado a una doctrina religiosa que obliga a las mujeres a cubrirse y un gobierno militar que ve a las bailarinas como un recurso para representar al país, Sara Farouk se queda con los militares. Teresa González, lo mismo. Dominar las emociones del público es un arma política. Entre las bailarinas esclavas llegadas a Egipto durante el siglo XVI, las más influyentes eran un grupo de mujeres de la tribu Gawazi, que aumentaban su brillo con los mismos abalorios y tatuajes que las mujeres de la época faraónica. Su popularidad era tal que el gobernante de Egipto Mohamed Ali las extraditó de El Cairo por miedo de que influyeran en sus tropas, que en el siglo XIX se enfrentaban con los invasores otomanos. La historiadora británica Leona Wood documentó que la danza del vientre de entonces había tomado su esencia de fábulas poéticas y se creía que sus movimientos eran rituales mágicos. El poder político de las bailarinas provenía de la suma de sus individualidades. Eran el núcleo resistente de la danza más tradicional, y también de una ideología, la de su tradición tribal. El cuerpo de una bailarina es mucho más que un cuerpo deseado: es el cuerpo de un mensaje. En el Egipto actual, las leyes estrictas que protegen la moral pública dejan de regir cuando se censura el debate político ante cámaras y se anuncian espectáculos televisados de la danza del vientre. «Yo no sé nada de política en realidad. Y soy muy influenciable», me dijo la bailarina.

La danza del vientre es un baile solista y anárquico. Pero las escuelas de danza han codificado uno que otro paso: un shimi de cadera es hacer vibrar la cintura, un contra camello es arquear la espalda hasta que el cuerpo queda como un signo de interrogación. «Yo no pienso en nada de eso cuando bailo. Lo importante es escuchar las canciones y traducirlo con el cuerpo —me había explicado mientras ensayaba—. Aprendí árabe porque el secreto de la danza está en la interpretación de las letras». El vestido y los accesorios que lleva una bailarina han sido siempre algo más que adornos o ropas flexibles que faciliten el movimiento del cuerpo. Teresa González compraba su vestuario en el taller de costura y confección de Eman Zaki, una ex bailarina que hoy es la mayor exportadora de trajes artesanales de danza árabe del mundo. Su lugar es como esos parques de atracciones de pueblo, repleto de luces de colores, telas con remiendos y operarios con caras cansadas. Es un punto de encuentro de mujeres de apariencia convencional que pueden lucir extraordinarias con esos trajes. La rutina de la bailarina catalana era siempre la misma: calentar sus músculos y encender su reproductor MP4. Su canción favorita, Tópico del amor, dice: «La gente que ama es desafortunada». Durante su ensayo, la bailarina hundía el vientre con dramatismo, como si le doliera, mientras cantaba en voz baja.

La ex estudiante de Química se fotografía cada noche con los turistas que abordan el barco Memphis en un atracadero de Maadi, un barrio costero del sur de El Cairo. Muchos de ellos son hombres, pero la mayoría son familias con niños, abuelos, esposas y grupos de amigas que andan de viaje. Todos esperan ver la danza exótica que tuvo su época de glamour en las primeras décadas del siglo XX. Del esplendor de antaño sólo queda en el centro de El Cairo el vetusto cabaret Scheherazade, que significa «hija de la ciudad» y es el nombre de la protagonista de Las mil y una noches. Hoy las molduras pintadas de oro de su techo alto están descascaradas. «Si quieres trabajar allí te tienes que prostituir», me dijo Teresa González. Hoy, entre la decrepitud del viejo cabaret y el souvenir fotográfico del barco, como si fuese una foto velada, se diluye el reconocimiento que las bailarinas tuvieron antes en el mundo árabe. En el barco Memphis no sólo es importante saber bailar. Teresa González debía hacerlo una y otra vez, noche tras noche, sin perder técnica ni intensidad. Igual que la Scheherazade en el libro Las mil y una noches, la catalana sobrevive en su trabajo gracias a su talento y oficio para contar bien una historia. Scheherazade lo hacía con palabras; Teresa González con el cuerpo.

Un show de la danza del vientre para turistas siempre será la versión reducida de una obra concebida para hipnotizar. La última vez que la vi bailando, esa noche al ritmo de los tambores y el teclado, la ex científica bailó apenas cinco minutos de una canción que suele extenderse por una hora y media. Pero en los ensayos, en la habitación de su apartamento, ella bailaba la canción completa mientras se repetía en voz baja la letra que ella comprendía hasta memorizarla. Mientras en El Cairo yo escuchaba relatos con lamentos de una revolución popular fracasada, Teresa González, en cambio, celebraba con su trabajo de cada noche el triunfo de su revolución personal: dejar las fórmulas exactas para vivir de la improvisación. A diferencia de sus amigos egipcios más queridos, la bailarina catalana no estaba a favor de la revolución. Todas las bailarinas de mitad del siglo XX que ella admiraba, desde Samia Gamal a Fifi Abdou, crecieron con gobiernos militares y fuera de Egipto. «Yo creo que deben pasar unos cien años para que la gente cambie la mentalidad y tengamos una democracia en serio», me dijo Mohamed Moez, el empleado en la tienda de papiros que perdió a su hermano en la revolución. En un país como Egipto, el núcleo inicial y minoritario de la revolución fueron jóvenes universitarios. En la cultura del Insha-Alah —dios quiera—, aparte de Ramy Mohamed El-Telbany que se marchó a Dubai, todos los amigos de Teresa González se atrevieron a luchar por una revolución que no perduró. Pero, a diferencia de la bailarina española, ninguno de ellos se fue de la casa de sus padres y ninguno se siente en libertad de presentar a su familia a su amiga bailarina. Ninguno hizo su revolución personal. Ramy Mohamed El-Telbany era el único de sus amigos varones que no vivía con su mamá.

Cuando él se encontró con su amiga catalana después de tres años de trabajar en un hotel de Dubai, ambos se abrazaron en medio de una calle penumbrosa de El Cairo. «Es una mezcla entre una bailarina y una persona que quiere aprender mucho —me dijo él—. Las chicas por esta zona no son así. Una chica que quiere hablar y tiene el corazón para viajar a un país del que no sabe nada es única». Cuando Egipto era para ella un mundo por descifrar, Ramy Mohamed El-Telbany le enseñó esa forma simplificada de escribir su idioma, que es el franco árabe, reemplazando fonemas que no existen en inglés con números. También la invitó a conocer a su familia: el padre, la madre y sus tres hermanos. Su amiga era entonces una chica sonriente que escuchaba hablar árabe sin entenderlo. «Soy el provocador de todo esto —insistiría después Felipe González, el padre de la bailarina—. Yo le digo: decide lo que creas que es mas importante. En la vida, lo peor es no decidir». Gracias al apoyo de su padre la bailarina dejó sus estudios de Química. No muchas mujeres deciden aterrizar en un país cuyo futuro se discute en medio de un terremoto social.

Desde el departamento de la bailarina de la danza del vientre, la pirámide de Keops se ve tan gigante que uno tiene la sensación de poder tocarla al sacar la mano por su ventana. Desde las pirámides, en cambio, El Cairo se extiende como una ciudad enorme, plana, confusa y gris. A los pies de los templos funerarios permanecen incólumes las plataformas de piedra donde las ceremonias religiosas eran celebradas con música y baile. En el centro de El Cairo, la plaza Tharir, símbolo de la revolución popular que logró derrocar una dictadura, sigue siendo un territorio gris y en disputa. Las bailarinas, un objeto de injuria. La revolución de los jóvenes egipcios le quitó protagonismo a las viejas pirámides cuando la gente comenzó a clamar por democracia. También separó a los amigos. Esa noche, antes de despedirse, Teresa González me dijo que viajaría con Ramy Mohamed El-Telbany hasta la ciudad de Mansoura, a ciento veinte kilómetros al norte de El Cairo, donde vive la familia de él. Le pidió a su amigo volver a su casa materna, y él aceptó: Teresa González aprendió el árabe y quería hablar con su madre. En el país donde la palabra bailarina es un insulto, un joven egipcio cometió un acto revolucionario: llevar a una amiga bailarina a conversar con su mamá.

Sobrevivir a un naufragio

Publicado: 22 diciembre 2016 en Xavier Gómez Muñoz
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Fabián Heredero, el náufrago de Santa Elena, vive en la parroquia Chanduy, un poblado a orillas del Pacífico, con apenas 18 mil habitantes repartidos en 14 comunas, una junta parroquial y un par de hoteles que no se llenan ni por el feriado del 9 de Octubre. Si tomas un bus en la entrada del kilómetro 110 de la vía a la Costa, llegarás a este puerto en unos 20 minutos. Te quedas en el parque, bajas una cuadra y un fuerte olor a pescado te dirá que llegaste. A un costado de la playa verás decenas de hombres, con botas de caucho y bermuda, a los que sobrevuelan un número mayor de aves, ansiosas por arrebatar algo de la pesca que sacan a tierra en gavetas. Cerca de la orilla hay cientos de lanchas ancladas. Y en el malecón, varios camiones y camionetas a la espera del producto fresco para distribuirlo en ciudades y mercados.

Sobre el malecón del puerto de Chanduy está también el comedero Los Pinos, del que son dueños los suegros de Fabián. Allí estuvieron el fin de semana anterior al naufragio, él, su esposa Karen Villón, sus hijos Ángel y Ginson y otros familiares. Eran las fiestas de la Virgen del Carmen, la patrona del puerto. Los cerca de 1.200 pescadores de la parroquia, como todos los años, sacaron a pasear a la imagen en una especie de procesión de lanchas pesqueras, a unas cuatro millas náuticas de la playa. Acto seguido empezó la fiesta. Fabián y su familia celebraban, mientras tanto, el cumpleaños de su hijo mayor, Ángel (seis años). Después salieron un rato al malecón. Fabián bailó el merengue Junto a tu corazón con su esposa. Y al día siguiente se tomó unas cervezas con amigos. Regresó a casa antes de las seis de la tarde, porque el lunes le esperaba día de pesca. Y todos quienes pescan en Santa Rosa saben el día en que saldrán, pero no tienen certeza de cuándo vuelven.

110 millas

Con tres mudas de ropa, un impermeable, un par de botas de caucho, bloqueador solar, crema para el cuerpo, jabón, champú, dos perfumes y 30 dólares en la maleta, Fabián salió de su casa la mañana del lunes 20 de julio. Se despidió de su esposa, y le prometió a sus hijos que traería golosinas a su regreso. Como pasa con otros pescadores de la provincia de Santa Elena, Fabián tampoco trabaja en el puerto donde vive. En su caso, por dos razones: en Chanduy se pesca ejemplares pequeños (que representan menos ingresos, también algo de camarón, langostino y langosta) y los días de descanso son pocos. Es por eso que aquella mañana, cuando el reloj marcaba las 6:30, se trasladó al puerto de Santa Rosa, donde las jornadas pueden durar entre tres y cinco días en altamar —dependiendo de cuánto tarden en llenarse las redes— pero las recompensas son mayores.

Una vez en el puerto, Fabián Heredero (24 años), Alfri Domínguez y José Hernán Arcentales (ninguno llegaba a los 30) hicieron las compras de rigor: 100 dólares en comida, enlatados, bebidas, pilas para el navegador, cartones para dormir en la lancha y siete fundas de carbón para cocinar los alimentos. Zarparon de Santa Rosa a las 9:30 de la mañana, junto a otra embarcación con los hermanos de Fabián, quienes se dedican también a la pesca. El mar picado hizo que tardaran nueve horas en llegar al punto acordado: “110 millas hacia el sur, en aguas peruanas, donde no hay tanta competencia, ni ruido de motores que ahuyente a los peces”. Y de donde se obtiene —al igual que de aguas chilenas, según reconocen varios pescadores del sector— “buena parte de la pesca que se vende en los puertos de Santa Rosa o Anconcito”, aunque las normativas internacionales les prohíban atravesar el espacio marítimo ecuatoriano.

Eran alrededor de las 6:00 de la tarde, cuando desde la embarcación dirigida por Fabián empezaron a calar la red o trasmallo. Después de unas horas revisaron la pesca y durmieron. Antes de que el sol del siguiente día se ponga perpendicular, ya tenían enhieladas y acomodadas lo equivalente a 15 gavetas de bonito y albacora (cada gaveta tiene más o menos 100 libras), lo cual no abastecía la capacidad de carga de la lancha (la llenan con 60 gavetas). Entonces buscaron otro punto cercano y repitieron la jornada. Era el primer viaje de Fabián con José; con Alfri ya había trabajado varias veces. Lo consideraba un amigo, al que desde la popa —donde Fabián regularmente conduce los motores— escuchaba reír y conversar.

Pasadas las 11:00 de la noche, la embarcación con los hermanos de Fabián se comunicó por radio.

—Fabián, ponte pilas que ya estamos haciendo el alce (recogiendo la pesca) para regresar pronto.
—A nosotros nos falta un poco todavía. Pero tranquilo, ya sabes que yo soy duro para manejar —contestó él.
—Pero dale suave, mira que el mar está feo.

Y se despidieron.

La primera lancha se adelantó cuatro millas en su regreso a Santa Rosa. La otra, con Fabián, Alfri y José, tardó un poco más en salir. Cuando inició su trayecto, llevaba las tres cuartas partes de su capacidad de carga. Nadie imaginaba, todavía, lo que el mar deparaba para ellos.

El naufragio

A la altura de la milla 100, cerca de las 5:00 de la madrugada del 22 de julio, una primera ola reventó violentamente contra la nave que Fabián y sus tripulantes trataban de mantener a flote. El agua subió hasta el nivel de la cintura y los motores se apagaron.

—¡Muchachos, alístense! —gritó Fabián, esforzándose por mantener la calma—. ¡Amarren las maletas, pongan los teléfonos en fundas y prendan la bomba de succión (para sacar el agua)!

Pero enseguida, mientras devolvían al mar la pesca, con la esperanza de alivianar peso, los emboscó una segunda ola. Las pomas de gasolina y el trasmallo empezaron a flotar, los motores ya no respondían, las maletas se fueron a quién sabe dónde y, a esas alturas, no había bomba de succión que logre extraer a tiempo toda el agua del bote. Con menos fuerza que las anteriores, pero con la capacidad necesaria para volcar la lancha, cayó la tercera ola. La tripulación se fue al agua. Entre la pesca de dos jornadas completas, pomas de combustible y demás objetos que flotaban en el mar, Fabián logró agarrarse de un trasmallo. Desde ahí oyó las voces de Alfri y José.

—¡Fabián, ya no avanzo! ¡No puedo! —decía uno de ellos.

Pero él no podía verlos, solo escuchaba sus gritos y chapoteos, en medio del sonido del mar agitado y la oscuridad.

—¡Tranquilos! ¡No se cansen! ¡Estoy por acá! ¡En el trasmallo!
—¡Fabián…! ¡No puedo! ¡No puedo!
—¡Naden para acá! ¡Vengan! ¡Estoy por acá!

Alfri y José, sin embargo, encontraron un par de pomas de combustible flotando en el agua. Se aferraron a ellas y vieron a lo lejos luces que parecían de otra embarcación. En su desesperación pensaron que podrían nadar hasta allá y salvarse. Fabián les gritó que no se vayan. Que las luces podrían estar más lejos de lo que parece. Que en la oscuridad las distancias son más engañosas. Que vuelvan. Los oyó chapotear unos cinco minutos, y nunca más supo de ellos.

La lancha, que por cierto se llama La presencia de Jehová está aquí, no llevaba a bordo chalecos salvavidas. Al parecer —supone Fabián— los olvidaron en el puerto mientras la limpiaban. Boyas para emergencias de este tipo “nunca llevan (tampoco), porque hacen mucho bulto y se necesita espacio para la pesca”. Para que resulte rentable trabajar de tres a cinco días en altamar, y repartir la ganancia entre el dueño de la embarcación (a quien corresponde la mitad del dinero obtenido) y los tres tripulantes, que comparten el resto en partes iguales.

Treinta horas, solo y en altamar

Sujeto al trasmallo de la nave, Fabián pudo mantenerse varios minutos a flote. Ya no escuchaba las voces de sus compañeros, ni veía luces próximas. Se arrepintió de no haber ido con ellos, porque creyó que habían llegado a alguna embarcación pesquera y que tardarían demasiado en encontrarlo. Entonces supo que debía regresar a la lancha, aunque esta se encontrara volcada. Trepo por la proa, y alcanzó a colocarse en una posición incómoda: entre sentado y acostado, agarrándose con fuerza de los extremos. Pero el mar tenía otros planes, y lo revolcaba, como muñeco de trapo, en sus aguas. En una de esas embestidas, un golpe en la cabeza lo dejó aturdido, y el dolor en un brazo le hizo recordar el accidente en bicicleta que le fracturó aquella misma extremidad siendo adolescente en Milagro, su ciudad natal.

Con los primeros rayos de sol, decidió que debía quitarse la ropa y secarse. Pero sin un espacio de sombra, empezó a sentir que su piel, bañada en agua salada, se curtía. A eso de las 9:00 de la mañana —calcula basándose en la posición del sol— vio un grupo de tres ballenas jorobadas nadando a unos treinta metros. Y antes del mediodía, observó a lo lejos una aleta que pensó que podría ser de un tiburón.

—Claro que sentí miedo —aunque los pescadores de esta zona están acostumbrados a ver ballenas jorobadas entre junio y octubre de cada año—, pero en el fondo uno sabe que estos animales no se acercan por la gasolina regada en el agua (alrededor de la nave).

La tarde se hizo lenta, pero Fabián se sentía optimista, pues aunque estaba viviendo su primer naufragio, tenía cierta experiencia en mantenerse a la deriva (cuando meses atrás un grupo de piratas le robó los motores de la lancha, dejándolo —a él y su tripulación— a merced del océano). Entre las 4:00 de la tarde, vio un barco mercante que a pesar de sus gritos no supo de su existencia. De ahí solo escuchó viento y el picoteo de las aves que saqueaban la pesca esparcida en el mar. Las esperanzas blandearon con la noche. El frío se hizo intenso. Estaba cansado, con hambre y sediento, entre millones de kilómetros cúbicos de agua salada. Entonces se quedó mirando por largo rato la Luna y quiso dejarse ir con la marea, pero pensó en sus hijos, su esposa, su madre, su abuelo, y empezó a rezar.

A la mañana siguiente, tenía el cuerpo tan entumido por el frío, que apenas lo sentía. Sus manos estaban moradas y arrugadas, como las del cadáver de un anciano. Con el sol calentándole los huesos, ganó algo de ánimo y se zambulló por debajo de la lancha. Así halló, en el compartimento interior de la proa, una funda con arroz y una papa crudos, un rollo de cinta aislante y un cuchillo. Enseguida comió algunos granos. Evacuó en el mar lo poco que le quedaba en las tripas y, de entre la ropa que llevaba, escogió una camiseta negra para hacer una bandera.

A eso de las 10 de la mañana del jueves 23 de julio, una lancha de pescadores distinguió aquel pedazo de tela en medio del mar. La embarcación se acercó velozmente, pero Fabián solo logró verla cuando estaba a poquísimos metros. Le dieron algo de ropa, comida, agua dulce, y lo llevaron de vuelta a Santa Rosa. Por las coordenadas del accidente y el punto donde lo encontraron, calcularon que la marea lo había arrastrado 10 millas con dirección a Galápagos. Fabián Heredero había sido náufrago por cerca de 30 horas.

De regreso a tierra

Es el mediodía de un sábado, y alrededor de las calles arenosas que llevan al puerto de Santa Rosa hay cientos de comerciantes, abastos, bares y un par de burdeles. Junto al desembarcadero, los pescadores descargan la faena: grandes piezas de picudo, bonito, albacora, dorado, pez espada, tiburón, etcétera. Durante los tres meses que han transcurrido desde el naufragio, Fabián ha salido de pesca apenas dos veces. Han sido meses duros —dice— al tiempo que un botero lo lleva hacia una lancha recién llegada. Saluda con sus amigos, quienes están terminando de limpiar la nave. Hacen algunas bromas. El dueño de la lancha se acerca, y reparte el dinero de la pesca vendida. A Fabián —aunque no hizo nada— le regala un pez de alrededor de 30 libras. De regreso a tierra, otro pescador amigo, que no sabe si Fabián viene o va para el mar, le grita:

—¡Fabián!… Y, ¿para dónde?
—110 millas —responde él, y en su sonrisa se alcanza a ver ironía.

Ocho balas en el cuerpo. Catorce operaciones. Una amputación. Secuestrado y extorsionado. Amenazado de muerte. Treinta años. Así de telegráfico y así de concluyente. En este relato hay una víctima y decenas de verdugos. La víctima se llama Martín Vásquez y sus verdugos son matones a sueldo, secuestradores y bandas rivales. En este relato hay cristales rotos de tanta violencia junta, miedo contenido y escenas reveladoras de una realidad mayor, la colombiana.

Como otras tantas criaturas en su país, Martín ya vino al mundo con etiquetas. La de hijo y nieto de desplazados por el conflicto armado colombiano. Lo parieron un 23 de junio de 1986 en el departamento del Valle del Cauca, más concretamente en la cafetalera ciudad de Sevilla, a caballo entre la cordillera occidental del país y el macizo andino, lo que algunos han dado en llamar “la sucursal del cielo”, pues dicen que por estas tierras se encuentran las mujeres más bellas del planeta, se baila una cuarta parte de la salsa que bulle en el cosmos y se puede convivir con uno de los climas más apacibles del continente.

Su infancia tuvo de todo, como la de cualquier otro niño de su barrio y de su edad. Hasta cumplir los 10 años. A partir de ahí la vida no le dejaría estirar ni uno más de los últimos soles de su inocencia. Lo primero fue aceptar la pérdida de su tío, al que mataron en la ciudad de Palmira, donde Martín pasaba temporadas enteras rodeado de palmerales y caña de azúcar, viendo crecer de cerca la yuca con los frijoles bajo la brisa mansa. “A decir verdad, mi tío siempre estuvo condenado”, aclara este joven que recién ha cumplido 30 años. Cuando no eran unos, eran los otros. O los de más allá. La hacienda de su tío fue base de operaciones de los “tres ejércitos” que todavía hoy siguen desplegando su violencia por hacerse con el control del país caribeño. “Y si los guerrilleros le acusaban de alojar al ejército de la República, éstos hacían lo propio señalándole por haber dado cobijo a los revolucionarios de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. ¿Pero qué podía hacer mi tío más que bajar la cabeza y asentir ante unos y otros?, pregunta Martín con su mirada, ahora sí, encharcada por la emoción, a la vez que retira dos lágrimas de la mesa donde compartimos nuestras consumiciones.

Martín y yo nos hemos citado en un bar tres horas antes de la media noche. Apenas hechas las presentaciones y tomar asiento alejados de unas cuantas voces rotas por el futbol, Martín no ha querido dejar escapar el tiempo y se ha dado toda la prisa del mundo en comenzar con su relato, su verdad, la pesadilla que le ha traído hasta nuestro país.

Si a los diez años lograron arrancarle fantasías propias de la edad, cumplidos los 19 comenzaría su vía crucis. La fecha, un 15 de enero de 2008, a mitad de camino de una de sus rutas laborales. Martín lo tenía casi todo en la vida. Amigos, el calor de su familia, el amor de una novia, unos ingresos semanales… Su labor consistía en cobrar a domicilio préstamos de familias que venían pagando a plazos las compras del establecimiento donde él estaba empleado. “Entregar el recibió a la señora de la casa y cobrar en metálico la cuota mensual. Así de sencilla y así de complicada era mi ocupación”, cuenta Martín 11 años después.

Y hasta ese preciso momento, ni una sola señal. Ningún aviso. Nunca. Jamás. Tampoco era la primera vez que transitaba aquellas callejuelas atravesadas las unas por las otras. “De haberlo intuido habría tomado mis precauciones, pero en mi país vives el miedo de otra manera, te acostumbras pronto a todo lo que le pasa a tus vecinos. Sólo que no piensas que eso te vaya a ocurrir a ti.” subraya este joven con aparente nobleza e ingenuidad.

Y lo ocurrido tuvo la misma violencia que rapidez. Al muchacho lo interceptaron cuatro matones para hacerse con la recaudación que llevaba encima. Cuatro adolescentes acostumbrados a soportar el rigor de la calle y que esta vez habían cambiado los juguetes de toda la vida por armas. A la postre, cuatro aspirantes a sicarios que le acabarían metiendo 7 balas en el cuerpo sin dar cabida a las respuestas. Los cuatro sacaron sus armas y dispararon a quemarropa. A plena luz del día. Los cuatro tomaron el botín y se fueron por donde vinieron. Sin más. “Todo sucedió muy rápido”, recuerda. “Al principio no sentí dolor, sólo dificultades para respirar. Luego ya perdí el sentido por la munición. Y ya”, abrevia Martín.

Horas más tarde, Martín Vásquez se reencontraría con la vida en el Hospital Departamental de Cali. Allí pasó tres meses y allí sufrió 14 intervenciones quirúrgicas. Las primeras para sacar el plomo del cuerpo; las siguientes, para reconstruir órganos vitales que se interpusieron en la trayectoria de la balacera. La última, para amputar su pierna izquierda, por encima de la rodilla, muy cerca de la cadera.

Martín no maquilla sus cicatrices ni las silencia. Tampoco siente vergüenza de exhibir las que no lleva a la vista. Vive con ellas. Las muestra. Hay escenas de guerra por todo el cuerpo. Sólo el abdomen tiene un área de unos 33 centímetros cuadrados plegados y cosidos a mano, su vejiga le condena a encontrar un cuarto de baño cada 25 minutos, y su pierna derecha le exige realizar esfuerzos poco habituales. Lo único que no puede mostrar es la bala que todavía esconde a la altura del bazo. No obstante, la señala.

Seguimos sentados. Conversando. Colocando fechas a los acontecimientos que cambiaron los días de este joven colombiano y su regreso al mundo de los mortales. Pero nada más abandonar su estancia en el Hospital Departamental los miedos y la violencia irían in crescendo. Tan solo las dos horas y media de traslado que mediaron entre el centro médico y su domicilio conciliarían toda su convalecencia.

A la vuelta de la esquina esperaba la realidad colombiana más aciaga. En uno de sus escasos paseos por el barrio, Martín era secuestrado a plena luz del día. Sus captores reclamaban 75 millones de pesos colombianos; el equivalente a unos 32 mil euros que el joven había cobrado cuatro semanas atrás de su seguro de vida y accidentes. Y los consiguieron. Para ello se lo llevaron a un piso franco, le quitaron la venda de sus ojos y le sentaron frente a unos tipos de aspecto duro y cara descubierta. Jóvenes cuyas vidas no iban más allá de una larga lista de compras que incluyera los tenis de marca, la ropa interior de marca, los jeans de marca y una gafas de sol de marca. Todo aquello que la sociedad ofrece a casi todos los colombianos y niega a la mayoría.

Después de recordarle el mundo que acababa de dejar atrás y amenazarle con el tiro de gracia a cada uno de sus familiares allí donde los miércoles de ceniza ponen la santa cruz, Martín fue incapaz de negarse a ninguna de sus exigencias. Sobraron los detalles. Los 8 días de cautiverio se convirtieron en otras tantas visitas a la sucursal número 23 del Banco de Bogotá para ir retirando el dinero. Fraccionado, para no levantar sospechas, en fajos de entre 4 y 8 millones de pesos.

Amenazado en todo momento y sin apenas espacio para dominar sus silencios, su puesta en libertad llegaría un lunes, a última hora de la tarde, nada más descolgarse la luz del día. No hubo ninguna formalidad, más allá de las advertencias propias de quienes necesitan seguir delinquiendo y los 5.000 pesos que le metieron en los bolsillos para el taxi de vuelta a casa; dos euros y medio con los que volver a acariciar la libertad.

Y nunca mejor dicho, sólo acariciarla. Martín tuvo que regresar al hospital Departamental para paliar la falta de medicación que sufrió durante los días de secuestro. Allí se encontraría con los mismos pasillos. La misma luz pobre encargada de borrar lo poco que había que ver. Los únicos cambios, sus nuevos vecinos de habitación y una visita inesperada. Hasta los pies de su cama llegaron dos sicarios para recordarle que pecar de alcahuete se pagaba con la vida. Tirando de arrestos y oficio, allí mismo le metieron una bala en el pie que le quedaba. Y como entraron, se fueron, sin que nada ni nadie alterase sus estados. Ni si quiera el Cristo del Sagrado Corazón que presidía la “sala de torturas”, santo y patrono que comparten la mayoría de las familias del país.

De regreso a una nueva y fugaz convalecencia, Martín seguiría recibiendo amenazas de todas las edades. Incluido anónimos bajo la puerta que le intimidaban con “darle plomo y acostarle” en el panteón familiar. Salir otra vez a la calle se tornó en una nueva pesadilla. Martín llevaba puesto el miedo, como un envoltorio. Le hacía mirar a todas partes. Dudar de todo y de todos. Y cada vez que los agentes policiales se acercaban por su domicilio para recabar información sobre su secuestro, sus captores hacían lo propio elevando el tono de las amenazas.

Rasgar una y otra vez el aire ingrato del barrio le obligaría a mudarse definitivamente. Con la ayuda de unos familiares y los préstamos de la Sra. Milagros, su antigua jefa, la que meses antes había pedido a todas las vírgenes juntas por su vida, Martín pudo poner un pequeño locutorio telefónico en la localidad que le vio dar sus primeros pasos y echar lo primeros dientes de leche.

Pero nadie dijo que se lo iban a poner fácil. Al contrario. Dos bandas rivales de la zona se apresuraron en chantajearlo para que pagase por su “seguridad”. De nuevo las amenazas y los sobresaltos. De nuevo su vida al límite de lo soportable. Y fue ese miedo el que lo deportó de manera imprevista y definitiva. A Martín le encontraron una oportunidad de traerlo para España y se subió a ella. No lo hizo como tantos otros compatriotas suyos que llegaron para ganarse la vida en la construcción o la hostelería. No. Martín lo hizo por temor. Por pánico a un escarmiento mayor. A nuestro país llegó sin maletas. Con lo puesto. Con el jadeo del que tiene que salir corriendo como alma agredida.

Martín Vásquez y yo hacemos un alto en la conversación. Tomamos un respiro. No es fácil inhalar tanta violencia de una sola vez. Y tras la pausa surge la pregunta. La de cuánto odio suele separar a la víctima de sus verdugos. La del rencor de años y sus secuelas. Pero no, el muchacho que ahora exporta todo su júbilo atrasado no rumia venganza. Apenas se advierte la sombra de una rabia contenida de tanta pregunta por responder. “No podría vivir con ese resentimiento todos los días. Eso me haría infeliz”, sentencia este joven capaz de mirar al futuro de tú a tú con la que ha caído.

Martín no señala a nadie. Insinúa que sería incapaz de juzgar a sus verdugos. Es consciente de que el destino pudo haberle puesto al él del otro lado de la línea, lo mismo que a sus esbirros. A ciertas edades el sentimiento de pertenencia a una pandilla provoca reputación y notoriedad. Y ya luego pasar de pandillero a sicario es un santiamén que se produce con demasiada frecuencia en su tierra. “Casi nadie está a salvo”, asegura.

Muchos de esos jóvenes a los que hemos venido desaprobando son muchachos de su misma generación. Hijos de familias rotas a los que ya sólo les queda el consumo como única pertenencia a la sociedad. Todos ansiosos de reconocimiento social. Y para ello no dudan en robar, secuestrar o matar. Lo que les encarguen. Incluso en competir por matar. Si, competir, porque las muertes reclaman más muertes. Y para ello empiezan disfrazando su realidad. Unos fumando cocaína, otros atragantándose del pegamento que se utiliza para soldar las suelas de los zapatos y la mayoría escuchando las letras y la música estridente de sus ídolos. Sólo ver el frío en sus miradas les delata; sus oficios quedan a la intemperie. Y mientras los sociólogos siguen apuntando a la desestructuración de las familias y la falta de oportunidades como el verdadero polvorín en la gestación de estos submundos, los sicarios más jóvenes acuden en procesión a rezarle a la Virgen del Carmen para pedirle coraje en el preciso instante de matar a su siguiente víctima.

Martín conoce bien la problemática de su país y su procedencia. La mayor parte de malandros y sicarios que se han venido cruzando en su camino salieron de unos barrios marginales repletos de desplazados por el conflicto armado y que hoy ya asedian las grandes urbes colombianas. Las partes de atrás de una nación, que diría el poeta. Barriadas enteras donde las casuchas de chapa y cartón se amontonan las unas con las otras, se vive de prestado y es fácil reconocer los orígenes y las muchas condiciones sociales con sólo cruzar las miradas. Allí en las que las palabras se cosen a puñaladas, las drogas se adueñan de casi todo y la violencia llegó para instalarse. Allí donde es casi seguro que Dios y Estado no asomen jamás.

Ya en España, Martín trabajó durante un tiempo en una fábrica de quesos que más tarde la crisis se encargaría de llevar por delante. Luego ha venido ganándose el pan a ratos sin hacerle ascos a oficios humildes, costosos o poco afortunados. Sus servicios han estado allí donde surgían las oportunidades. También se ha ocupado de pinchar discos, repartir publicidad, remachar calzado o reparar equipos informáticos a gente de pocos posibles… Ahora estudia un módulo profesional. Apenas le quedan tres meses para recibir el certificado en Redes, Microinformática y Diseño de Páginas Web; los mismos días que le restan para agotar la prestación por desempleo que recibe de 425 euros y con los que se viene organizando para compartir con dos bocas más, su compañera y el hijo de ésta.

Y como la necesidad primero aprieta y luego ahoga, Martín se viene ahorrando una comida de lunes a viernes en la Cocina Económica de Santander. Hasta allí acude cada día a la hora del almuerzo entre el trajín de su par de muletas y la esperanza de no tener que volver al día siguiente; de encontrar trabajo a dentelladas para ganarse el sustento de todos los días.

Seguimos sentados frente por frente. Conversando. Y Martín se emociona de nuevo. Las lágrimas vuelven a bordear sus ojos. Éstos quedan nuevamente humedecidos entre muecas propias de la edad y un par de gestos humildes. Ahora hablamos de su familia. De lo que han sufrido por él. Hay adoración por cada uno de ellos… Su mirada se inunda nuevamente mientras se atropella con palabras de admiración. Parece sentir y querer decir tanto a la vez que acaba borrando las preguntas con respuestas.

Esta es la primera vez que Martín abre las puertas al pasado, quizá para que la historia no quede en los archivos de la indiferencia y seamos conocedores de un conflicto que cumple ahora 50 años. Del sufrimiento de los 6 millones de personas desplazadas que hay en su patria obligadas a huir de las zonas rurales por la violencia, las amenazas y la confrontación armada. Y curiosamente Martín lo ha ido contando de espaldas a la entrada del establecimiento en el que estamos acomodados. Desde el primer instante. Tres horas de espaldas a una puerta, sí, algo impensable durante los últimos años en su Colombia natal. Si algo le ha dado nuestro país es seguridad. En Santander ha encontrado el sosiego que necesitaba. Aquí ha dejado de ir guardando su dorso a cada momento. Hoy por hoy, Martín es dueño de unas ganas de vivir envidiables. Traslada todo su entusiasmo y contagia una energía sin fronteras. Nadie diría que este joven haya podido cruzarse con tantas toneladas de violencia en su trayectoria vital. “Hasta no hace mucho los días sólo tenían ayer”, certifica este joven de rostro afable y sonrisa pegada al rostro. Ahora casi todos parecen tener mañana y comenzar mucho antes.

Hace rato que las voces y los ánimos en el establecimiento se han ido apagando. Es media noche y apenas quedan tres comensales en la barra del bar pegados a otras tantas copas de vino tinto. Ponemos fin a nuestra conversación y fijamos la fecha de una nueva cita. Ahora sí, nos despedimos. En el momento de estrechar nuestras manos, Martín Vásquez añade una frase muy parroquial: “Mañana será otro día, Javier”. Y se levanta. Con la pierna de siempre, la derecha, la que le queda.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac…

El Sombra le pone el fusil en la cabeza a un pandillero hincado cerca de las llantas de un pick up 4×4 de la Fuerza Armada y jala el gatillo en ráfaga. El arma tiene bloqueado el paso de munición y solo suenan los chasquidos mientras el soldado la agita dando ligeros golpes en el cráneo de su captura.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac…

—Me dan ganas de volarte la cabeza, hijueputa, me dan ganas, fijate -le dice El Sombra al pandillero mientras le deja ir otra descarga en falso, agitando el fusil.

El Sombra, como llamaremos al personaje principal de esta historia, es un soldado del Comando de Fuerzas Especiales del Ejército, destacado en una unidad que, según él mismo cuenta, es la encargada de salir cuando matan a otro soldado. O a varios. Es el caso de esta noche del miércoles 9 de marzo, cuando un convoy de elementos armados salió espantado desde la escena del crimen donde quedó tirado el soldado del Grupo de Operaciones Especiales, Carlos Enrique Ramos, de 19 años, y su padre, su hermano y un primo, en una finca del municipio de Olocuilta. Los militares van a toda prisa a San Francisco Chinameca, a12 kilómetros aproximadamente, donde dicen haber ubicado a la clica del Barrio 18 que dio la orden de matar a uno de los suyos.

El Comando de Fuerzas Especiales, según nos explicará Sombra más adelante, está compuesto de cuatro unidades: Escuadrones de paracaidismo, el Comando Especial Antiterrorista, el Grupo de Operaciones Especiales y la Escuela de Fuerzas Especiales.

La búsqueda había comenzado a las 6 de la tarde, con un amplio operativo del Ejército y la Policía que peinaba Olocuilta en busca de pandilleros. Otro grupo de soldados se quedó para resguardar la zona del homicidio y esperando a que cayera la noche. Ahí fue donde conocí a El Sombra.

—Hey, tomáme una foto con el fusil así, ¿ve? -le dice el soldado al fotógrafo que me acompaña, mientras posa con su arma apuntando hacia el cielo y la lámpara de su fusil encendida. El fotógrafo le hace un par de cuadros y El Sombra le da su número de teléfono para que se las pase más tarde por Whatsapp.

Cubrir una escena de homicidio se ha convertido en un evento de todos los días para los periodistas judiciales en El Salvador. Pasar varias horas detrás de la cinta amarilla policial, esperando a que salga Medicina Legal con los cuerpos y un policía que diga cómo quedaron las víctimas es el pan diario.

Así estábamos un grupo de periodistas cuando se nos acercaron unos soldados. Uno de ellos me llama a mí y a otros dos colegas a un lugar más apartado y nos enseña una foto de cómo quedaron el soldado Ramos, su padre, su primo y un hermano. Amarrados, bocabajo, en medio de un monte alto.

El soldado nos dice que reconoce el trabajo de la prensa y que sabe que estamos ahí durante horas y horas esperando a que alguien nos dé información. Luego dice que quisiera pasarnos esa fotografía de la escena pero que tiene miedo de que su teléfono esté interferido, por alguna unidad de inteligencia, y sepan que él es una fuga de información.

Ese mismo soldado le hace un gesto a El Sombra, que tiene bien entretenidos a los demás periodistas detrás de la cinta amarilla, y este se acerca. Comienza a contarnos que un equipo ya tiene ubicados y acorralados a los pandilleros que mataron al soldado Ramos y su familia, que están en la finca donde quedó el soldado y su familia, en una quebrada, y que solo están esperando la noche para “darles”, dice, y hace gestos con las manos como quien dispara una ráfaga con el fusil.

—¿Por qué no los capturan? –pregunto, con temor a que me vean como idiota.
—¡Puta! ¿Y para qué vamos a capturar a esas mierdas? Mejor les hacemos el paro y les avanzamos camino. De todos modos, solo la muerte es la que les espera a esos hijosdeputa -contesta El Sombra, mientras sonríe y muestra las coronas metálicas en sus dientes.

Minutos después de esa plática, llegan a la zona dos camiones llenos de soldados y dos pick up artillados. El militar encargado de la tropa es El Charli Mayor. El Sombra y el otro soldado se le cuadran y reciben indicaciones. Ambos se despiden de nosotros y caminan hacia los camiones.

El Sombra, antes de irse al camión, nos deja su número y nos dice que cuando ande en operativos nos va a avisar para que hagamos “un reportaje de calidad” y se despide con una frase: “ahorita a matar vamos”.

La frase nos deja desencajadas las caras y no puedo evitar pedirle que me deje acompañarlos. El Sombra me responde que no, que de eso no podemos hacer noticia porque no les conviene. “De eso no se deja evidencia”, dice y vuelve a mostrar sus dientes metálicos.

Antes de irse, los soldados se reúnen frente al camión. Algunos se gritan los nombres indicativos y se dan instrucciones. El Charlie Mayor se sube al carro artillado con dos soldados más y salen rumbo al norte; otro grupo se queda en el lugar y dicen que va rumbo al sur.

Arrancamos a toda velocidad detrás del carro en el que se subió El Sombra y El Charlie Mayor. Entre las curvas de la calle los perdemos por algunos momentos, pero al rato los volvemos a alcanzar. Vamos a unos 80 kilómetros por hora.

Luego de unos 30 minutos de perseguirlos, alcanzamos a la unidad en la entrada del casco urbano de San Francisco Chinameca, municipio de La Paz. Ahí se detienen los dos pick up artillados. Frente a nosotros, un soldado maneja una subametralladora empotrada en el carro.

Los carros avanzan despacio y de repente el silencio inunda el lugar. Son cerca de las 8:00 de la noche y parece que estamos solos en un pueblo fantasma.

Un soldado rompe el silencio y da unos gritos de alerta. “¡Aquí, aquí!”, dice. Me bajo del carro y corro detrás de él. Dos soldados más corren hacia un callejón lleno de casas hechas de lámina, madera y carpas plásticas negras. Al rato, los soldados regresan sin novedad. “Se fue el hijueputa”, dice uno.

Avanzamos hasta un llano y de repente veo a El Sombra y a otro soldado que traen a un joven delgado sin camisa. Lo traen con las manos amarradas hacia atrás y amordazado con un trapo. En un movimiento relámpago, uno abre la puerta del pick up artillado y lo tiran a la cabina. Nadie dice ni una palabra.

El Charlie Mayor reúne a su tropa cerca de los carros y les da instrucciones. “Este hijueputa me lo va a dar”, dice, mientras señala hacia el carro donde está el sujeto amordazado. Más tarde, El Charlie Mayor me contará que ese es el plan: sacarle verdad al pandillero que han capturado a como dé lugar, hasta que les diga dónde está El Panza, el palabrero de la clica que, según ellos, mandó a matar al soldado Ramos y su familia.

El final de la calle donde estamos se divide en dos accesos, para la parte baja y alta de la comunidad. Un grupo de soldados avanza hacia la parte baja y me voy tras de ellos. Está oscuro y el último poste con alumbrado eléctrico quedó a unos cien metros. Los últimos rayos de luz alcanzan a iluminar una pared alta de una casa de dos plantas donde hay un enorme placazo con el número “18”.

Los soldados encienden sus linternas y caminan a la ofensiva, apuntando a todos los rincones, dándose indicaciones entre ellos. La calle por la que avanzamos deja de ser pavimento y se deshace en una vereda de peñascos y tierra suelta hasta llegar a una quebrada. Por ahí caminamos cuando un grito nos pone los nervios de punta.

—¡Ahí está, ahí está! –uno de los soldados grita apuntando con su linterna hacia el lado izquierdo de la quebrada donde hay una casa de lámina y bahareque.

Dos soldados más lo acompañan y subimos por un camino empinado hasta llegar a otro terreno llano que hace las veces de patio de la casa. Hay una fogata que, al parecer, alguien quiso apagar, pero que las brasas dejaron en evidencia.

Los soldados gritan y ordenan que abran la puerta. Alguien enciende la luz del patio y de pronto todos nos vemos ahí. Un soldado se da la vuelta y me apunta con el arma. “¡No te movás!”, me dice. Levanto las manos y le digo que tranquilo, que soy el periodista que venía detrás. El soldado se da la vuelta y pega otro grito hacia la casa.

Una señora abre la puerta y sale al encuentro. Dice que aquí no hay nadie, que ella no ha hecho nada y que no sabe por qué los han llegado a molestar. Uno de los soldados le grita a la señora y le advierte que lo mejor es que saque al pandillero que está escondido en su casa o de lo contrario se la van a botar.

Los soldados entran apuntándole a todo lo que se mueve, una joven de unos 19 años se para frente al televisor y se petrifica. Viste una calzoneta y una camisa larga. De pronto se escucha un ruido adentro de un cuarto y los soldados gritan desde la sala “¡si no salís te morís!”

Vencido, un joven de unos 18 años sale con las manos arriba y sin camisa. “Yo no soy nada, yo de ver un terreno que tengo allá abajo vengo, no soy nada, no soy nada”, repite el joven y uno de los soldados lo agarra del pelo y lo encamina a la salida.

El joven, delgado, piel trigueña, pelo corto y parado, que vive en esta zona marginal, cumple los requisitos del estereotipo de pandillero. Los soldados lo hincan entre las piedras de la quebrada frente a su casa y la única mujer soldado del equipo le pega una patada en las piernas.

—Hacete más para arriba pues, rata -le dice para que el joven avance hacia un pequeño muro de cemento.
—Yo no soy nada, déjenme, rezonga el joven.
—¿Ah, no? ¿y por qué te escondías, pues? ¿Que te dan miedo los soldados o qué? -cuestiona la soldado a tiempo que le deja ir otra patada.

Otro soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y dice que ha visto a otro. “¡Allá está, allá está!” Todos corremos quebrada abajo y volvemos a subir por un camino empinado de piedra y tierra. Esta vez nos adentramos entre unos árboles y plásticos negros colgados con lazos. Al fondo, en medio de un barranco, hay otra casa de lámina con un foco encendido.

Los soldados avanzan y se oyen unas patada seguidas del grito de una señora que dice que no le peguen, que él no es nada, que los va a denunciar. Los soldados sacan a un hombre de la casa. Esta vez el detenido es gordo y está tatuado. Le ponen las manos hacia atrás, le entrelazan los dedos y se los ponen a la altura de la cabeza.

Capturados los dos sujetos, los soldados los hacen caminar cuesta arriba hasta llegar donde alcanza la luz del alumbrado público y hacemos una pausa mientras otro grupo avanza por otra calle y hace una búsqueda rápida.

En esas estamos cuando se escuchan unos gritos desgarradores. Es el llanto de una joven que viene subiendo la quebrada acompañada de su madre.

—¡Suéltenlo, suéltenlo! Ustedes no saben ni mierda y aquí vienen a agarrar a la gente como que son perros. ¡Suéltenlo, malditos! -grita entre el llanto desconsolado, la joven de unos 17 años.
—¡Mejor se calla si no quiere que la llevemos a usted también, niña! -le advierte El Charlie Mayor.
—¡Llévenme! ¡llévenme! ¡Métame presa! -les grita la joven y su madre intenta callarla.
—¿Usted cree que no la puedo llevar presa? ¿quiere que la lleve presa? Venga, pues, dice el militar y se le acerca con unas esposas en la mano.
—¡Lléveme!… me cae mal que vienen a tratar pura mierda a la gente ¡abusivos! -le grita la joven.
—¡Y a mí me cae mal que ustedes sean pandilleros! ¡Todos son pandilleros! ¡Todos ustedes colaboran con los pandilleros! -les grita El Charlie Mayor, con tono enfurecido, como si intentara que toda la comunidad lo escuchara.

Un soldado le advierte a su jefe que hay un periodista de televisión que parece estar filmando el momento y lo calma.

—Hey, estas ondas no las vayan a estar grabando, por favor -nos pide El Charlie Mayor.

Subimos hasta donde dejamos los carros y allá está El Sombra con otros dos soldados. Todos con sus fusiles cruzados sobre el pecho. Un soldado hinca al hombre gordo de quien dicen es El Panza y al otro al que identifican como El Caballo. Los dos, según dicen, son pandilleros del Barrio 18, de la clica que supuestamente mandó a matar al soldado de Olocuilta.

Un soldado baja un garrafón de agua del carro y vacía en una botella para repartir mientras descansamos un rato. El Sombra toma un trago de agua y se dirige hacia donde están hincados los dos detenidos, cerca las llantas del pick up 4×4. Entonces comienza a divertirse.

¡Poc! ¡poc!… ¡poc!

Tres patadas en el pecho de El Panza rompen el silencio de la noche en el lugar donde estamos. El Sombra se parte en carcajadas y se pasa al lado donde está El Caballo. Entonces hace como que carga el fusil y se lo pone en la cabeza.

Tac-tac-tac-tac-tac

Enseñando los dientes en tono amenazante, El Sombra refunfuña y le repite que le dan ganas de matarlo.

—Me estresás fíjate, hijuemilputas -le dice y le vuelve a dejar ir otra descarga en falso en la cabeza al detenido.

Otra vez se regresa al lado de El Panza, quien está también sin camisa. En el brazo derecho tiene un tatuaje con el número 18 que El Sombra no le había visto.

—Ahhhh. No me había fijado en eso que tenés ahí, ¡maldito hijueputa! … ¡poc! ¡poc! ¡poc! ¡Mejor te debería volar toda la cabeza!

Otra lluvia de patadas entre el pecho y el brazo le caen a El Panza, quien solo puja y se agacha un poco como queriendo calmar el dolor, pero solo logra recibir más patadas de El Sombra.

Patadas en el pecho, en el hombro, en el brazo, en el estómago. Pujido. Más patadas. Más patadas. Más patadas. Tac-tac-tac-tac. ¡poc! ¡poc! ¡poc! Tac-tac-tac-tac. Patadas. Pujidos. Patadas. “Te vas a morir hijueputa. Te vas a morir”. Risas. Dientes metálicos. Risas. Patadas. Pujidos. Tac-tac-tac-tac. Risas…

—Este cabrón es loco -dice El Charlie Mayor, mientras ve de reojo cómo se divierte de El Sombra.
—¿Cómo te llamás hijueputa? -pregunta El Sombra.
—Santiago Mármol –contesta al que señalan como El Caballo, a tiempo que El Sombra le pega varias palmadas con todas sus fuerzas en la cabeza.
—¿Cuánto tiempo tenés de llevar la palabra aquí? -insiste Sombra.
—Nombre. Yo en la casa estaba -responde el hombre.
—¡Ah! ¿y por qué te corriste? ¿tenías miedo? -le dice El Sombra y le vuelve a pegar más palmadas en la cabeza.

El otro, al que reconocen como El Panza, no logra decir su nombre porque cada vez que va a hablar El Sombra lo calla con una patada.

Para la suerte de El Panza y El Caballo, un grupo de señoras con mantos blancos sobre sus cabezas viene bajando la calle y un soldado advierte a El Sombra para que se calme con su juego.

—Buenas noches, dicen en coro las señoras mientras agachan la mirada y pasan pegadas a la cuneta, evitando ver a los soldados.
—Buenas noches.  -responde El Charlie Mayor. Las horas han pasado rápido y casi es la media noche.
—¡Rápido, señora! ¡Camine, camine, camine, señora! -les grita El Sombra, y las señoras avanzan con la cabeza agachada, como evitando ver lo que hacen con los dos detenidos.

El Sombra camina hacia los periodistas. Viene secándose el sudor. Trae una botella con agua en la mano. Ríe y vuelve a mostrarnos sus dientes metálicos.

—Ajá, muchachos, nos dice.  Esto va comenzando. Ahorita va a empezar lo bueno. Quédense si quieren hacer un buen reportaje.

Entonces parece más relajado. Saca su teléfono celular y comienza a contar de qué se trata todo esto. Cuenta que su unidad especializada es la que sale cuando matan a un soldado, y no la policía, como es en la mayoría de los 481 homicidios cometidos en marzo de este año, o los 5,897 homicidios que hubo el año pasado.

—Los policías ahí nos van a disculpar, pero cuando matan a un soldado los hacemos a un lado -dice El Sombra.

Según este soldado, su misión cada vez que matan a un soldado es recibir la línea que les “tira” inteligencia sobre qué clica fue y en qué lugar pueden comenzar a cazar pandilleros. Capturan a uno – como al que tienen amordazado bocabajo en el pick up – y los hace “cantar por las malas”, dice. ¿Que cómo saben si el capturado es pandillero? “¡Y no bien se les echa de ver, pues! ¿Qué no los ve cómo se visten?”, responde.

Hasta marzo de 2016, el soldado Ramos, al que asesinaron en Olocuilta junto a su familia, había sido el cuarto soldado asesinado por presuntos pandilleros en El Salvador. El año pasado, en 2015, fueron 24 los soldados que cayeron abatidos, una cifra récord en lo que va del siglo.

—La Policía -dice El Sombra- viene a investigar por las buenas. Nosotros, el batallón especial cazapandilleros, venimos a investigar por las malas. Jajajaja.

Cuenta El Sombra que su método no tiene comparación. Que ellos vienen “solo a traer”. Y, muchas veces, “a pegar”.

El soldado saca su teléfono Android y nos enseña algunas fotos de pandilleros muertos, aunque no explica si murieron en un supuestos enfrentamientos o asesinados por pandilleros rivales. En unas salen unos jóvenes con tiros en el pecho, en la cara, en los brazos… “Son ratillas”, dice el soldado y revienta en carcajadas. Luego muestra una donde se ve un hombre con los sesos de fuera.

—Ese era soldado -dice El Sombra en tono serio y cabizbajo, y señala la foto del soldado Gerardo Ortiz Vega, de 39 años, a quien mataron el 19 de febrero de este año en el cantón Panchimalquito, de San Salvador.
—…
—A ese lo agarramos. Agarramos al que pegó. ¿sabe qué le hicimos?
—¿Qué?
—¡Póngamelo ahí, mi Charlie! -le dije-. Póngamelo paradito… ¡chac! (chasquea el fusil que tiene en las manos)… prrrrr… prrrr…. Prrrrr.
—….
—Treinta le dejé ir. Ni se pudo reconocer después -dice El Sombra.

En ese operativo, contrario a lo que cuenta Sombra, no fue reportado ningún tiroteo, ni tampoco pandilleros muertos.

Contando eso estaba cuando un soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y levanta el fusil rápidamente.

—¡Si te movés, te morís! ¡Si te movés, te morís!

Un joven de unos 17 años estaba escondido cerca de un poste del tendido eléctrico, a unos veinte metros de donde estábamos nosotros, desde un punto donde nos podía ver bien.

Dos soldados más se despliegan y le apuntan al joven. Este levanta las manos y se tira al suelo. Un soldado lo va a traer del pelo, le amarran las manos con una cinta y lo suben al pick up. Luego suben a los otros dos detenidos a la cama del mismo pick up en el que va el amordazado.

—Vaya, aquí ya nos vamos -dice El Sombra, y los demás soldados se suben a los pick up para salir de la comunidad.

En la cama del pick up van los tres detenidos esposados y boca abajo. Uno de los soldados que va de pie junto a ellos le suelta una patada a uno. “Vas poniendo las patas en mi mochila, basura”, le dice. Luego, el otro soldado que también va en la cama le pega otra patada al mismo detenido. “Movete de ahí. Te estoy ayudando para que este no te siga dando verga”, le dice.

Los pick ups avanzan y salimos del casco urbano.

A las afueras del municipio, los soldados se detienen y nos dicen que ya no podemos seguirlos. Que van a “otra misión”. Y que los dejemos en paz.

—Ya bastante les dejamos ver -dice El Sombra, y nos muestra por última vez sus dientes metálicos.

La hija imperfecta

Publicado: 28 noviembre 2016 en Gloria Ziegler
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En la Universidad de Ciencias y Humanidades de Los Olivos, en Lima, una alumna de primer ciclo levanta la mano durante una conferencia sobre Género y Diversidad Sexual y le hace una pregunta a Verónica Ferrari, la especialista que dirige la charla:

—¿Los gays creen en Dios?
—No, la verdad, todos somos satánicos —contesta ella, y luego lanza la misma carcajada frenética que se le escapa cada vez que se siente incómoda.

Esta tarde de mayo, sin embargo, su gesto nervioso pasa desapercibido entre las risas de una centena de universitarios que ocupa los asientos del auditorio. Meses atrás, un estudiante de esta universidad abandonó la carrera cansado del acoso de sus compañeros debido a su orientación sexual. Su caso no es un hecho aislado. Ferrari, una activista que ha renunciado a tener una casa, un trabajo estable y a criar a su propia hija para liderar una lucha por los derechos de la comunidad lésbica, aguanta ahora las náuseas que siente cada vez que debe hablar en público y sigue con la conferencia.

—Hay gente que sí cree (en Dios) y hay otros que no, como yo. Pero somos personas comunes y corrientes —explica luego sin pesimismo, tras hablar durante poco más de una hora sobre identidad sexual y sobre la lucha que encabeza un grupo de hombres y mujeres en Perú contra la discriminación de la comunidad LGTBI.

Horas más tarde, en el bus de regreso a su casa dirá que ella también sabe lo que es la humillación.

—No me gusta liderar nada. Quiero estar sola, la verdad, pero no me ha quedado otra que asumir esto.

***

Verónica Ferrari creció sabiendo qué era ser una hija perfecta: todo aquello que representaba su hermana mayor; y ella, por más que se esforzara, nunca lograría. Es decir, destacar en las actuaciones escolares, ser la niña inteligente y coqueta con la cual presumir frente a los amigos de la familia, aquella con la que todos querían jugar, la dueña de una personalidad arrolladora.

—Yo era súper introvertida y por entonces era fácil ser bulleada. No recuerdo a nadie especial de esos años: a una mejor amiga o amigo. A nadie. Era la antítesis de mi familia, que era súper abierta y receptiva.

La segunda hija de Alberto Ferrari, un dirigente sindical de una empresa eléctrica, y Juana Gálvez, una joven ama de casa, nació en Chosica —una pequeña ciudad al este de Lima dividida por un río y rodeada de cerros— el 11 de junio de 1979, en medio del entusiasmo de la pareja. Pero la alegría de sus padres se desvaneció pocos días después, cuando Verónica enfermó.  Y desde entonces, dice su hermana Vanessa, todos se volcaron a ella.

—(Verónica) estaba recién nacida cuando cogió la tos convulsiva. Después de eso, sería la hijita que habían salvado de la muerte, y siempre mantendríamos esa tendencia por protegerla. De repente, sin quererlo, todos hicimos que ella se cohibiera más —cuenta con la misma cadencia en la voz de su hermana.

Verónica Ferrari creció admirando a su hermana mayor. Siguiéndola cada vez que iba al río con los chicos del barrio, escalando los cerros o adentrándose en las chacras para robar algunas frutas. Era un intento desesperado por imitarla, pero nadie —ni su madre, ni su padre— intuyó nada extraño en su comportamiento. Pensaron que era algo natural.

—Siempre me perseguía, pero cuando me animaba a hacer algo que yo sabía que era avezado incluso para mí no quería exponerla. Y ella se resentía conmigo —recuerda Vanessa.

Así fue durante varios años. Hasta que, en algún momento impreciso, aquella timidez y esa admiración se transformarían en una introversión monstruosa, en una sombra que llegaría a aislarla.

—No sé cómo empezó, pero fue antes de que me diera cuenta de que me gustaban las chicas —dice Verónica—. Imagino que me deben haber hecho pasar una vergüenza muy grande en el colegio, pero no lo recuerdo.

La fobia social comenzó sin que nadie lo notara. Ni sus padres ni sus profesores se dieron cuenta cuando comenzó a encerrarse a leer durante semanas. Ni siquiera cuando prefirió quedarse en el salón de clases durante los recreos para no cruzarse con un niño que la empujaba y le jalaba el pelo.

—Se escondía de los grupos de personas. Les tenía pánico —cuenta su hermana—. En el colegio se juntaba con las niñas que menos se hacían notar, y siempre paraba con una, nada más.

En 1986, Verónica se fijó por primera vez en una de sus compañeritas de colegio, una niña que bailaba risueña durante un recreo, y sintió ganas de besarla, pero la vergüenza la paralizó.

—Yo era un ser que se reducía para desaparecer.

***

Es una mañana de mayo y por la ventana del living se cuela una luz lánguida. Verónica Ferrari se estremece en su casa con una tos seca. Afuera, Barranco —el barrio más bohemio de Lima— comienza a despertar. Pero en el departamento modesto que comparte con Daniel Salas, un amigo que la hospeda desde hace algunos meses, solo se escuchan sus espasmos insistentes y el goteo de una canilla gastada que llega desde la cocina.

—Cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas pensé que Dios se había equivocado de cuerpo conmigo, porque lo que veía en las novelas y leía era que solo a los hombres les gustaban las mujeres —recuerda.

A los 7 años nunca había escuchado la palabra lesbiana. La lógica —pensó entonces— era que todo fuera un error.

—Me parecía vergonzoso y, por eso, nunca le conté a nadie.

Poco después, también se sentiría atraída por otro niño del colegio. Y entonces empezó a creer que quizá no era tan distinta.

—Estaba en el drama de pensar que era medio anormal y medio normal —dice y se ríe.

Una tarde de 1997, mientras paseaba por la feria de libros usados del bulevar Quilca, en el centro histórico de Lima, Verónica se fijó en uno de sus compañeros de la academia preuniversitaria. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a salir.

A los dos les fascinaba el cine y la literatura y eso, quizás, fue lo que más acercó a la estudiante de Derecho y Ciencias Políticas que luego se convertiría en Lingüista y al aspirante de Medicina que con el tiempo se dedicaría a la Literatura. Así, durante seis años, se quisieron sin sobresaltos. Y nada cambió —o eso creyeron— el 22 de agosto de 2003, cuando nació su hija.

—Estábamos contentos —dice Verónica y sonríe sin nervios—. Nos queríamos.

***

Al principio, la futura activista de 24 años y su hija compartían la casa de Chosica con sus padres, y su pareja hacía lo propio en San Juan de Lurigancho. Por lo demás eran —según lo que les habían enseñado— una familia normal: se entusiasmaban con las primeras sonrisas de su niña, almorzaban los domingos con la familia y compartían los gastos de los pañales y la leche maternizada. Pero tres meses después del nacimiento de su nieta, Alberto —el padre de Verónica y sostén económico de los Ferrari— murió. Entonces ella no encontró más opción que mudarse con su hija a casa de sus suegros.

—Al principio, a pesar de las dificultades económicas, todo era normal. Pero, luego hubo cierta tensión con mi padre —escribe su ex pareja por correo electrónico.

Verónica Ferrari, en cambio, dice que los problemas empezaron porque él no lograba escapar de los mandatos que había heredado de una familia tradicional:

—No me sentía mal con mi vida. Él es un buen hombre y yo tenía a mi hija. Pero me sentía insatisfecha como feminista por su falta de coraje, porque sus papás se metían en nuestras vidas y querían que fuera una buena esposa, esa ama de casa correcta que vive para su familia; y eso era algo que yo no estaba dispuesta a cumplir.

Verónica aguantó aquella tensión durante cuatro años, mientras estudiaba Lingüística y seguía un tratamiento con un psiquiatra para lidiar con su fobia social. Pero entonces el suelo que pisaba se tambaleó de nuevo.

—Mis dudas volvieron cuando la relación estaba completamente desgastada —recuerda.

De a poco, comenzó a pensar que ser bisexual o lesbiana tal vez no era una condena. Y una mañana de 2007, después de dejar a su hija de tres años en la guardería, llegó a la casa del Movimiento Homosexual de Lima con el estómago revuelto por los nervios.

***

En De amores y luchas, una columna que escribió en 2012 para Diario 16, Ferrari habló sobre aquel primer acercamiento:

A los 18 años fui al Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y no me atreví a tocar la puerta. Di varias vueltas alrededor de esta casa que se veía tan común como cualquier otra de Jesús María. Hasta pensé que una casa así no podría ser del MHOL. La casa del MHOL, según lo que imaginé, tenía que tener mil colores, y lo que yo veía era de un color inocuo y aburrido.

No toqué ­—la puerta— y regresé a mi vida “normal”. Esa vida que luego abandonaría para cumplir esos sueños que a veces me despertaban por las noches.  Freud siempre tuvo razón. Esos sueños representaban lo que yo realmente quería y me negaba a vivir. Así que diez años después volví a esta casa, que aún mantenía sus colores aburridos, y toqué la puerta, entré y mi vida nunca fue la misma. Salí como una mujer nueva o, mejor dicho, -como- una lesbiana nueva.

***

Son las nueve de la mañana, pero por el gris del cielo podría estar anocheciendo en Lima. Ha pasado una semana desde que Verónica Ferrari regresó de un encuentro de activistas LGBT en Cusco. Su gripe —como la luz débil que llega hasta la sala del departamento de Barranco— permanece intacta. Y ella recuerda su primer encuentro con los integrantes del MHOL.

Aquel día se vio reflejada en la mirada asustada de un puñado de chicas que también estaba allí por primera vez y escuchó la orden seca de una coordinadora que les decía: “A ver, lesbianas, párense”.

Ferrari no se intimidó.

—Yo había llegado pensando que era bisexual y esa era una inducción al lesbianismo muy intensa —dice—, pero me gustó y volví.

Durante varias semanas, le dijo a su pareja que estaba haciendo una investigación sobre el feminismo en el movimiento. Luego, acabó por sincerarse: le habló de su cansancio, de sus dudas; y en 2009 se separaron. Su hija aún no cumplía seis años y, sin embargo, sería una de las primeras personas en conocer los motivos de la ruptura.

Ahora, en Barranco, mientras calienta agua en la hornilla de la cocina para hacerse una infusión y corta una porción de budín para el desayuno, Ferrari dice que explicárselo a ella fue sencillo.

—Cuando le conté que ya no íbamos a vivir con su papá, me preguntó si me iba a casar con otro hombre y le dije que no, pero que tal vez, en algún momento, lo haría con una chica —cuenta mientras camina de regreso a la sala con el desayuno—. Me acuerdo que me preguntó si eso se podía, y le expliqué que no, pero que quizás, en algunos años.

Así, sin aspavientos, le habló a su hija. Con la agudeza que nunca habían tenido con ella.

Dos años después, una tarde de 2011, un grupo de 15 lesbianas, gays y transexuales del Movimiento Homosexual de Lima llegó a la Plaza de Armas de la ciudad para replicar la acción mundial “Besos contra la Homofobia”.

Faltaban pocos minutos para las seis y, aunque el sol ya no se veía desde aquel punto del centro histórico, caía una luz que parecía anunciar algo fatídico.

Una mujer ya les había gritado inmorales a dos chicas que se besaban. Algunas personas se reían, otras les miraban con repugnancia. Y cuando llegó la policía para desalojarles recibieron bastonazos, patadas y gas pimienta.

Esas imágenes llegarían a la televisión nacional un día después, de la mano de uno de los programas de reportajes periodísticos de los domingos por la noche. Y algunos peruanos se indignaron.

Vanessa Ferrari no sería uno de ellos.  Ella no vería nada hasta el día siguiente, cuando regresó del trabajo y encontró a su hija y a su sobrina mirando la grabación de un programa de noticias en su casa.

Aquella tarde de verano, mientras se sucedían las tomas de la policía reprimiendo, se reconocería en los ojos levemente achinados, en el pelo negro y los pómulos redondeados de una de las activistas que recibía una patada. Y entonces comenzó a entender lo que ocurría.

—La verdad no es que yo sea homofóbica —aclara.

Han pasado cuatro años desde que vio a su hermana golpeada, y ahora Vanessa está sentada en una cafetería de San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima.

—Yo me burlo, hago chacota de todo, no solo de la comunidad gay —dice—. Pero eso, a algunas personas les resulto ofensiva. Y creo que mi hermana no me dijo nada por miedo a que la juzgue. Pero enterarme así, por la televisión, al comienzo fue chocante.

Esa tarde de 2011, Vanessa se encerró en su cuarto sin decir palabra y pensó lo obvio: en ella, en cómo fastidiarían a su excuñado y sobre todo, en su sobrina. Horas después, cuando Verónica llegó al departamento, la encontró con esa cara rígida que confirmaba lo inevitable.

—He visto el reportaje —le dijo Vanessa—. Y quiero que sepas que estoy orgullosa. Debe ser un reto para ti asumirlo y decirlo libremente, pero no quiero que involucres a la familia, y sobre todo a tu hija, que está muy chiquita.

Verónica asintió con los ojos desencajados. Y, por un tiempo, no habló más de aquello con su hermana. Después de su separación había comenzado a compartir aquel departamento con ella, pero no tardaría en sentirse obligada a dejar la casa —y a su hija— con Vanessa.

***

Tres años más tarde, el actor y activista Gabriel de la Cruz Soler se cruzó con Verónica después de consultar a un vidente sobre su futuro. Faltaban pocos días para el lanzamiento de “No tengo miedo” —un colectivo que promueve la justicia social y el acceso equitativo a los recursos para la población LGTBIQ (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer)— y quería saber qué suerte le pronosticarían las cartas. Aquel adivino ya le había hablado de una mujer que lo ayudaría a sacar adelante la iniciativa. Y, desde el primer momento, sospechó que se había referido a ella.

Se conocieron durante el estreno de una obra de teatro que marcaría la salida del closet del actor peruano. Verónica ya se había convertido en presidenta del Movimiento Homosexual de Lima —después de una vertiginosa carrera que había empezado con la acción “Besos contra la homofobia” y que la transformó en referente lésbico en los medios de comunicación y en las redes sociales—. Y en 2014, cuando nadie lo esperaba, renunció al MOHL con una denuncia pública que hacía énfasis en la necesidad de un recambio generacional (dentro del movimiento) que no fuera bloqueado por otros dirigentes.

Tras la renuncia, tal y como habían pronosticado las cartas, la lingüista se sumó a “No tengo miedo” durante algunos meses; y luego, volvió a alejarse para formar activistas de manera independiente.

—Quiero incentivar a la gente y fortalecer a las organizaciones, pero no para que me sigan, sino para que se hagan libres —explica otro día en su casa, con una seriedad que no suele mostrar cuando habla de sí misma.

***

Es 11 de junio de 2015. Verónica Ferrari cumple 36 años y, de nuevo, se ha quedado sin techo. Hace unos días Daniel Salas le dijo que debía abandonar el departamento de Barranco y hoy pasará la noche en la casa de una amiga. Sus ingresos como columnista de un diario ya no le alcanzan para pagar un cuarto y no sabe qué hará en los próximos días.

— Le da más importancia a sus actividades que a buscar un trabajo estable. Ha puesto el activismo en primer lugar y ha descuidado la relación con su hija, aunque no quiera aceptarlo —decía el padre de su hija, días atrás.

Desde hace unos meses, la preadolescente volvió a vivir con él, después de varios años en la casa de la hermana mayor de la activista, y Verónica la ve los fines de semana. A veces van al cine y otras, se pasan la tarde conversando, como si fueran dos amigas con la urgencia de ponerse al día.

Ahora, desde la casa donde se quedará por unos días, Verónica habla de ella:

—Me jode estar lejos, pero no quiero que sea como yo. Y no me voy a culpar por eso.

Verónica Ferrari, la mujer que se convirtió en activista para pelear por una sociedad más justa para su hija, confía en que ella entenderá. Con que no herede sus miedos le alcanza.