Reynaldo Villafranca –Coqui– debió morir hace diez años, en el paseo principal de Los Palacios, cuando un machorro acomplejado le cosió a puñaladas el estómago. Minutos antes, en el cabaret del pueblo, Coqui le había gastado al homicida una broma de pájara juguetona –quizás un leve flirteo o un piropo algo subido de tono–, nada con demasiada maldad.

–Mi hijo siempre fue así –dice Justa Antigua, y revolea las manos en el aire, y las afloja–. Un jodedor.

Permaneció semanas en terapia intensiva, técnicamente muerto.

–Le pusieron tripas plásticas y lo salvaron –dice Alicia Cordero, encorvada y menuda–. Pero después nos empezó a preocupar, porque Coqui tenía que tirarse un pedo, y no se tiraba ninguno. Y todos queríamos que se acabara de tirar un pedo para ver si la operación funcionaba. Hasta que por fin se tiró uno. Hicimos fiesta.

La cuenta es mezquina, pero si hubiese fallecido aquella vez, y no ahora, en enero de 2015, la muerte hubiera tenido sus ventajas. Lo habrían enterrado en el cementerio municipal, a unas pocas cuadras de su casa, rodeado de muchos otros muertos conocidos, no de esos muertos extraños que hoy lo acompañan, y que lo deben volver todo aún más inhóspito para Villafranca.

Aunque hubiese tenido también –la muerte por puñaladas– sus puntos flacos. No habría sido noticia internacional, ni siquiera habría pasado de ser lo que son las muertes en los pueblos chicos: algo de morbo inicial –en su caso, un poco más, dado que se trataría de un asesinato–, algo de bulliciosa nostalgia, y después mucho tedio, hasta que otro muerto viniera a sustituirlo.

Estamos a 28 de enero. Villafranca, en resumen, falleció hace diez días, después de un paludismo con complicación cerebral. Tenía cuarenta y tres años recién cumplidos. Era enfermero, y uno de los 165 miembros de la Brigada Médica “Henry Reeve” que desde inicios de octubre de 2014 el gobierno cubano enviara a Sierra Leona para combatir el Ébola. Es el segundo colaborador que muere, y el primero de los profesionales de la salud.

Por eso yo estoy ahora en la sala de la casa de Alicia Cordero –NO.19ª, calle 28–, donde tantas veces Villafranca ensayó frente al televisor doblajes de canciones en inglés –Cindy Lauper, Whitney Houston–, para luego travestirse y participar de las actividades nocturnas que las autoridades municipales organizaban en el Ranchón de Los Palacios.

–Todo muy legal –advierte Nereida Hernández, Jefa de Circunscripción.

Y por eso estoy cruzando la calle, entrando a un solar, tocando a la puerta NO.16ª, pidiendo permiso para pasar, siguiendo de largo por la sala –muñecas rotas, altar de santería en las esquinas–, los cuartos –hediondos, oscuros–, la cocina –brochazos apurados de un azul turbio–, saliendo al patio –manguera derramando agua, ropa tendida, tanque herrumbroso– y llegando finalmente a la covacha donde dormía Villafranca, separado del resto de su familia; una muy miserienta casucha de madera.

–Te lo dije, esto es un quimbo– susurra Nereida.

Por primera vez, Justa rompe a llorar sin consuelo. Pide que le devuelvan a su hijo. Es lo lógico, pero me asombra. Justa se ha pasado la tarde diciendo que hay que conformarse con lo que Dios determina. Y que si Coqui salió de muertes mucho peores, y vino a morirse ahora, de repente, era porque así estaba escrito. A mí me pareció que una ecuación tan despejada ––muerte imprevista de un hijo-decisión suprema del Todopoderoso-resignación de los mortales– escondía una poderosa dosis de crueldad, y bastante poco amor. Pero ahora la veo llorar con ese llanto cataléptico tan propio de las madres, y pienso que lo que ha pasado, y pasa a diario esta señora, bien justifica que mantenga una actitud impasible o simplemente reposada ante la muerte, al menos en apariencia.

Intento consolarla y, a un tiempo, mirar alrededor, captar el estado de cosas. Hay una mesa de hierro con un mantel de flores, una hornilla eléctrica encendida, otra hornilla oxidada e inservible, una olla embarrada de frijoles, un trapo grasiento, una cafetera sin tapa, varios pomos de distintos tamaños, una botella de cerveza vacía, hollejos de naranja, y grumos de arroz sobre el mantel. Hay, sobre otra mesa más pequeña, un televisor ruso, al parecer roto.

–Piense que su hijo fue un símbolo para muchos –digo, y me cojo asco. Pero cualquier cosa por aliviarla.

–Eso mismo te he explicado yo –dice Nereida.

La trascendencia de la muerte –que es siempre una grosería si se compara con la muerte misma–, parece calmarla un poco.

Paso al cuarto. Dos ventiladores rotos y ropas viejas: una gorra de visera doblada, un pantalón remangado. En el closet, un bulto de prendas entremezcladas, como si el closet fuera la guarida de algún perro. Hay cajas de madera, jabas, mallas, un lavamanos que no se instaló, una cama empolvada, una cortina ajada con sellos de equipos de MLB. Y en el baño, una taza rota.

Ahora, a todo lo anterior, que, si bien regado, no parece tan alarmante, pongámosle una y hasta dos capas de churre, pongámosle costra, parches de tierra, manchas de grasa. A las ropas, a los ventiladores, a las cortinas, a los manteles. Mucha dejadez, mucha grisura, mucha inopia.

Por más que el aspecto de su casucha se haya deteriorado en estos diez días de luto, no debe lucir muy diferente a la casucha de Villafranca en vida. Creyendo quizás que combatir el Ébola no es, de por sí, lo suficientemente humanitario, la información oficial omite datos sobre la remuneración a la Brigada, y habla únicamente de altruismo, solidaridad, desinterés, grandeza de espíritu. Nos ha quedado claro. Hay muchas formas de obtener dinero sin tener que exponerse al Ébola. Pero si te pagan por exponerte, sería completamente legítimo.

Entonces Justa Antigua comenta algo que nadie se había atrevido a decir, y que resulta elemental:

–Él fue a África para comprarse una casita y salir de aquí. Quería que nos fuéramos juntos. Él quería eso. Pero no viró, y ya le faltaba poco.

No. No le faltaba poco. Le faltaba la mitad de la misión.

***

Las puñaladas del paseo no son la primera tragedia en la vida de Villafranca. Su madre, además de santera, y de invocar peregrinamente a Dios, siempre ha peinado y planchado pelos. Con cinco años, Villafranca ingiere un líquido para desrriz, que su madre ha dejado en el suelo, y se quema la garganta. Hay que ponerle entonces un esófago de plástico.

Villafranca tiene cinco hermanos. Todos, menos él, del mismo padre. Todos, menos él, consumados delincuentes y convictos. No es de extrañar entonces que desde bien pequeño cruce la calle y se refugie en casa de Alicia Cordero. Allí seguirá yendo durante más de treinta años –hasta que parta para Sierra Leona– a confesarse y a comerse lo que Alicia tenga en los calderos o en el refrigerador: un pollo, croquetas, un batido, un jugo de frutas. Y será él –no otro– el masajista de Alicia, su enfermero particular: quien le toma la presión arterial y quien le da fricciones en la espalda.

–El verdadero luto por su muerte fue aquí –dice Nereida, en el patio de la 19ª.
–Lo único que no hacía en mi casa era dormir– agrega Alicia.

Cuando termina la secundaria, Villafranca decide no estudiar más. Su madre se lo permite.

–Siempre fue muy independiente –dice Justa–, y yo lo dejé, porque él sabía lo que hacía.

Al parecer, sí sabía. Ingresa a la Facultad, para sacar título de bachiller, y la termina. Después trabaja como obrero agrícola en la algodonera de Los Palacios. Después pasa a estibador, en una empresa de agricultura. Y hacia 1997, gracias a unos cursos que ofrece el Estado, comienza a estudiar enfermería, que es lo que en realidad ama. Se gradúa, y luego se especializa en cuidados intensivos: curar úlceras de pie diabético, etc. Trabaja durante un año en la sala de terapia del hospital provincial “Abel Santamaría”, de Pinar del Río. Luego lo trasladan al policlínico de San Diego –a unos veinte kilómetros de Los Palacios–, y allí se queda.

Sigue pasando cursos de la salud y cursos de inglés. Superándose, como dicen. Atiende también a los vecinos de la cuadra (una práctica común entre los médicos y enfermeros cubanos, trabajar incluso fuera de horario). Siente predilección por los pacientes de la tercera edad. Colostomías, cánceres. Y siempre, según todos los que lo recuerdan, muy jaranero, muy divertido, repleto de facundia. No esconde su homosexualidad. Se mete con los vecinos y bromea. Es libre, quizás hasta demasiado libre para un pueblo tan pequeño. Parece bastante probable que haya sido, Villafranca, una pájara cumbanchera, primorosa. Tiene un amigo de juergas: Hanói, enfermo de VIH.

–Pero Coqui siempre estaba buscando preservativos– aclara Alicia. Y Nereida asiente.

A veces, sin embargo, Villafranca llora. Si intentamos un breve perfil sicológico, podemos conjeturar que se ríe a carcajadas para olvidar la violencia doméstica, que se vuelca a la calle para borrar los fantasmas que lo acosan en su círculo íntimo.

–No hace mucho –dice Alicia– llegó aquí con un piquetazo tremendo en la cabeza, botando sangre como un animal. Tuvieron que darle cuatro puntos.

El piquetazo no es otra cosa que el colofón de una disputa con uno de sus hermanos.

Alicia comienza ahora un conteo de todos los atracos a los que Villafranca fue sometido por sus familiares. La lavadora y el juego de baño que le robaron, las ropas, los perfumes y las zapatillas que le quitaron, el guanajo al que solo le dejaron las plumas, el lechoncito que tenía antes de irse para África, y que se lo vendieron en cuanto trepó al avión.

Pero no hace falta que Alicia se esmere. Basta con pasar examen, hoy mismo, a la situación de algunos de los hermanos de Villafranca.

Tomás Zayas fue deportado de Estados Unidos por delitos legales. A Manteca, el mayor de todos, hace poco le trocaron la cárcel por reclusión domiciliaria, dado que padece un cáncer terminal, y estas son las horas en que Manteca robó a otros dos hermanos suyos y desapareció, nadie sabe dónde está. Mayeya, otra hermana, cayó presa porque en las visitas a su hijo le pasaba tabletas de parkisonil camufladas dentro de la comida. El hijo, a su vez, cumple condena por haber matado a dos personas en el reparto de Los Palacios.

Por supuesto: ninguno respeta a Justa Antigua. Justa Antigua no respeta a ninguno. Lo único que le quedaba a Villafranca era su madre. Y para quien único importaba Justa, a sus setenta y nueve años, era para Villafranca. Su hijo menor significaba la última posibilidad real que le quedaba a esta mujer para salir del antro donde vive.

Pero esa posibilidad se fue. El paludismo se la robó.

***

En la foto –posiblemente de pasaporte– que les toman a los colaboradores antes de volar a Sierra Leona, Villafranca muestra una seriedad impostada. Calvo, rostro ovalado, ojos nobles, piel negra y abrillantada, labios gruesos, boca apretada. Todo como congestionado y a punto de estallar. Como si Villafranca tuviera ganas de decirle al fotógrafo: “Ay, chico, anda. Termina ya, por tu vida”.

Algunos en el pueblo rumoran que, previo a la salida, Villafranca siente un poco de miedo. Sin embargo, ni Nereida, ni Justa, ni Alicia lo confirman. Ninguna, también es cierto, es de fiar en ese sentido. Quizás crean que el miedo, si existió, podría restarle méritos. Están acostumbradas a escuchar que todos los que mueren en una misión de la Patria han muerto sin temor alguno, sin titubear, más convencidos e invictos que una roca. No están dispuestas, pues, a que el Coqui pase a los anales como el único cobarde.

Por otra parte, en uno de los reportajes de la televisión nacional, que filman antes de que los colaboradores partan de misión, Villafranca aparece, y ahí muestra su jovialidad habitual.

–¿Tú has escuchado la bulla cuando el equipo de Pinar del Río da un jonrón? Bueno, esa fue la bulla de todo el pueblo cuando apareció en el noticiero: ¡Mira al Coqui! ¡Mira al Coqui! –dice Nereida, agitada, enjugándose las lágrimas.

Por su facilidad para comunicar, su dominio del inglés e incluso algo del portugués, Villafranca ya pasa los últimos días, en el Centro de Tratamiento al Ébola de Kerry Town, alejado de los pacientes, más centrado en cuestiones protocolares y de otra índole. Lo que, evidentemente, no lo exime de riesgos.

En la mañana del 17 de enero, presenta los primeros síntomas diarreicos, y en la tarde lo asalta una fiebre de 380 C. Le hacen la prueba de Malaria. La prueba da positivo. Le inician tratamiento antipalúdico por vía oral. La fiebre sube. Pierde el sentido del tiempo y el espacio. Lo trasladan al hospital de la Armada Británica. Allí lo ingresan. La prueba de Malaria vuelve a dar positivo, y la prueba de Ébola, negativo. Le aplican la última generación del tratamiento antipalúdico por vía endovenosa.

Durante la noche y la madrugada, el cuadro clínico se agrava. Presenta dificultades respiratorias, toma neurológica. Lo acoplan a un equipo de ventilación pulmonar. Pero no responde al tratamiento, y horas después fallece.

–Yo estaba haciendo un desrriz –dice Justa–, y veo que empieza a entrar gente con batas, y gente y gente, y me da un brinco el corazón.

Son las autoridades municipales y provinciales de Salud Pública. Pero Justa no puede dejar el desrriz a la mitad, porque se quema el pelo y se deshace el moño. Aún así, la plancha se le cae de las manos. Justa desfallece. Nunca nadie de Salud Pública ha venido a su casa. Este es el tipo de noticias que no es necesario comunicar. La sola presencia del emisario lo expresa todo. Cuando Justa termina de planchar el pelo, alguien le dice lo que ya ella sabe.

Un día después, en la Galería de Arte de Los Palacios, tiene lugar el homenaje póstumo a Villafranca. Velan una foto suya, la foto del pasaporte. Asisten Viceministros de Salud Pública, las autoridades políticas del municipio y la provincia, compañeros de trabajo, personal de salud, gente que lo conoce, y gente que no lo conoce pero que se solidariza.

Justa, convencida por Nereida, asiste a última hora. Quien sí no asiste es Hanói, su compinche de correrías. Cuando toco a su puerta, Hanói me dice:

–Perdona, pero yo no estoy en condiciones de hablar. No tengo nada que decir. Lo llevo adentro –se pone la mano en el pecho–. Él siempre estará conmigo. Eso.

***

El cuerpo, o casi seguramente las cenizas, no regresan hasta pasado mínimo tres años. El dinero de la misión se pagará, lo que no se sabe todavía a quién: ¿qué nombre testamentó Villafranca? Nadie se atreve tampoco a comentarlo explícitamente. Alicia se hace eco de los chismes que la señalan a ella como beneficiaria. Pero lo sugiere como si fuera un problema.

–Eso sería una mierda de su parte. Yo no quiero ni pensar en eso. Si mira lo que ha pasado con el teléfono.

Una sobrina de Villafranca anda exigiendo el teléfono asignado a su tío por colaborador. Pero Villafranca ordenó que pusieran el teléfono en casa de Alicia.

–Un teléfono cuesta más de quinientos dólares –dice Nereida–. Si lo llevan para la casa de la familia, lo venden.

La mezcla de muerte y cuestiones materiales es siempre una bomba de tiempo. A Alicia le preocupa el tema, pero no quiere que su preocupación indique falta de amor. Bien mirado, después de asumir a Villafranca por décadas, Alicia tiene derecho a preocuparse o a prestarle atención a lo que quiera: incluso a las cuestiones más prácticas, incluso a un teléfono.

La última vez que habla con su muchacho, lo hace desde la sala de su casa. Es 30 de diciembre. Villafranca la llama y le desea feliz año. Dice Alicia que estaba contento, porque habían salvado tres niños. Y que era pura carcajada, con ese amaneramiento suyo tan peculiar.

El hambre

Publicado: 8 abril 2015 en Martín Caparrós
Etiquetas:, , ,

1

El rascacielos del Chicago Tribune, construido en 1925 en el centro del centro de Chicago, es una idea del mundo. Sube, alto y audaz, más pisos que los que entonces solían tener los edificios, pero tiene, a ras del suelo, la puerta de entrada de una catedral gótica: la tradición como base de la audacia moderna. Y un concepto del poder: empotrados en su frente hay trozos, piedras de otros edificios, como si éste se los hubiera deglutido – y digerido mal. Esos trozos dibujan un reino de este mundo: el Taj Mahal, la iglesia de Lutero, la Gran Muralla china, el muro de Berlín, el castillo de Hamlet en Elsinoor, el Massachussets Hall de Harvard, la casa de Byron en Suiza, la abadía de Westminster, el fuerte de El Álamo en Tejas, el Partenón en Atenas, el castillo real de Estocolmo, la catedral de Colonia, Notre Dame de París, la torre de David en Jerusalén. Son trocitos: los bocados del monstruo. Esos mordiscos armaron el Imperio Americano.

Se me cruzan respuestas: a veces se me cruzan intentos de respuesta pero, fiel a mí, prefiero hacerme el tonto. Cien, doscientas palomas revolotean en banda a buena altura: van, vienen, se cruzan, se confunden. No saben dónde ir; sus alas brillan en el aire, sus movimientos son una ola perdida, tan bella sin querer. De pronto aparece una paloma que llega de más lejos; las muchas se abren, la dejan pasar; la una se pone a la cabeza; las muchas vuelan tras ella, la siguen como si fueran una sola.

Chicago, tarde de invierno fiero, el viento revoleando.

Aquí, en estas calles, en alguna de estas calles, nacieron personas que admiro o que no admiro. Aquí, entre otros: Frank Lloyd Wright, Ernest Hemingway, John Dos Passos, Raymond Chandler, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Edgar Rice Burroughs, Walter Elias Disney, Orson Welles, Charlton Heston, John Bellushi, Bob Fosse, Harrison Ford, John Malkovich, Robin Williams, Vincent Minelli, Kim Novak, Raquel Welch, Hugh Hefner, Cindy Crawford, Oprah Winfrey, Nat King Cole, Benny Goodman, Herbie Hancock, Patti Smith, Elliot Ness, John Dillinger, Theodore Kaczynski (a) Unabomber, Ray Kroc (a) McDonald’s, George Pullman, Milton Friedman, Jesse Jackson, Hilary Rodham Clinton –y siguen tantas firmas, que recuerdan que también somos made in Usa.

—Es muy simple, hermanos, es muy fácil: todo está escrito en este libro, y alcanza con aprender y obedecer lo que dice este libro para tener la mejor vida posible, aquí y en la eternidad, toda la eternidad.

Grita, parada en la vereda, una señora negra treinta y tantos, pelo largo planchado, bluyín y chaquetón, anteojos grandes, culo grande, la sonrisa tremendamente compasiva. La señora habla y habla pero nadie se decide a escucharla.

—Miren, vengan: alcanza con aprender y obedecer para tener la mejor vida…

Aquí, en estas calles, hay miles de personas apuradas, hay viento, hay un gran lago que parece un mar y alrededor, más homogéneo, más poderoso aún que en Nueva York, el capitalismo concentrado y refulgente bajo forma de edificios como castillos verticales: superficies de piedra, acero, vidrio negro que colonizan el aire, lo fragmentan, lo transforman en un tributo a su poder. El aire, aquí, es lo que queda entre esas fortalezas, y las calles anchas, limpias, tan cuidadas, son el espacio necesario para que se luzcan. No sé si hay muchos lugares donde un sistema –de ideas, de poder, de negocios– se haya plantado con semejante imperio. Chicago –el centro de Chicago– es una ocupación brutal, absoluta del espacio. Durante muchos siglos ésa era la tarea del rey, que erigía su palacio o fortaleza, y de su Iglesia, que una catedral, para marcar de quién era el lugar: para imprimir en el espacio su poder. En cambio aquí son docenas de empresas poderosas las que llenan el aire con sus edificios, y nada desentona.

Chicago es un festival de la mejor arquitectura que el dinero puede comprar: cuarenta, cincuenta edificios corporativos construidos en los últimos cien años, cada uno de los cuales calificaría como el mejor de Buenos Aires, dos o tres de los cuales calificarían entre los diez mejores de Shanghái –porque así está el mundo. Uno de los primeros diseñadores de la ciudad, Daniel Burnham, escribió en 1909 la idea básica: “No hay que hacer planes modestos, porque no tienen la magia necesaria para calentar la sangre de los hombres”. Aquí los edificios tienen la magia necesaria, la labia requerida: explican, sin la sombra de una duda, quiénes son los dueños. Entre las fortalezas no hay edificios modestos, negocios de chinos transplantados, restos de otro orden, callejones, basura: todo es la misma música. Money makes the world go round, canta Liza Minelli –su padre nació aquí–, y Pink Floyd le contesta: Money,/ it’s a crime./ Share it fairly/ but don’t take a slice of my pie.

La señora negra treinta y tantos se toma un respiro: debe ser duro hablar sola tanto rato. Entonces un hombre blanco de 50 o 60, sucio, barba descuidada, chaqueta de duvé verde muy gastada –un sinhogar, les dicen–, se le acerca y le pregunta si está segura de que con aprender y obedecer alcanza:

—Si no estuviera segura no lo diría, ¿no lo cree?
—No, yo no.

En estas calles las veredas están limpias impecables, las vidrieras brillan; pasan señores y señoras que llevan uniforme de trabajo: trajecito de pollera o pantalones para ellas, sus tacos, sus carteras; traje oscuro con camisa clara para ellos. El hombre blanco –se ve– no quedó satisfecho con la respuesta de la mujer negra y vuelve a su refugio, diez metros más allá: su refugio es un cartón en el suelo y sobre el cartón un bolso reventado, una manta marrón o realmente sucia, un plato de plástico azul con un par de monedas. Al costado de su refugio tiene un cartel que dice que tiene hambre porque no tiene trabajo ni nadie que le dé de comer: “Tengo hambre porque no tengo trabajo ni quién me dé de comer”, dice el cartel escrito con marcador negro sobre otro pedazo de cartón. Su cartel no pide; explica.

Las veredas están limpias impecables, vidrieras brillan y abundan los mendigos: cada 30 o 40 metros hay uno sentado en la vereda limpia etcétera, dos, tres, cuatro por cuadra sentados en la vereda limpia etcétera con carteles que dicen que no tienen comida.

—Todo está escrito en el libro, mis amigos. Si ustedes no lo leen, si ustedes no lo siguen, la culpa es toda suya. La condena será toda suya, mis amigos.

Grita la mujer negra.

Cuando funciona es cuando más me deprime. En Calcuta, en Madaua, en Antananarivo siempre se puede pensar en la falla, en lo que queda por lograr. Ésta es una de las ciudades más exitosas del modelo más exitoso del mundo actual: Chicago, USA. Y todo el tiempo la sensación de que no tiene gran sentido: tanto despliegue, tantos objetos, tanto reflejo, tanta tentación tonta. La máquina más perfecta, más inútil. Gente que se esfuerza, que trabaja muchas horas por día para producir objetos o servicios relativamente innecesarios que otras personas comprarán si consiguen trabajar muchas horas por día produciendo objetos o servicios relativamente innecesarios que otras personas comprarán si consiguen trabajar muchas horas por día produciendo objetos o. Como si un día fuéramos a despertarnos amnésicos –por fin amnésicos, gozosamente amnésicos– y preguntarnos: ¿y para qué era que era todo esto?

(Lo necesario –lo indispensable– es un porcentaje cada vez menor de lo que nuestro trabajo nos provee. Más aún: el grado de éxito de una sociedad se mide por la proporción de mercaderías innecesarias que consume. Cuanta más plata gasta en lo que no precisa –cuanta menos en comida, salud, ropa, vivienda–, suponemos que mejor le ha ido a ese grupo, ese sector, ese país.

Aunque, también: ¿qué pasaría, en un mundo más igualado, con todas esas cosas bellas que sólo se hacen porque hay gente a la que le sobra mucha plata? Aviones coches barcos casas de vanguardia relojes finos grandes vinos el iphone los tratamientos médicos personalizados. ¿Un desarrollo igualitario siempre es más lento y más oscuro?).

Aquí supo haber mártires. Durante muchos años, para mí, Chicago fue un nombre con dos significados: el lugar donde Al Capone y sus muchachos mataban con ametralladoras primitivas en películas que se veían en blanco y negro aunque fueran color; el lugar donde miles de trabajadores encabezaron las luchas por la jornada de ocho horas y, en 1886, cuatro fueron colgados por eso: los Mártires de Chicago se volvieron una figura clásica de los movimientos obreros, y la razón por la cual el 1º de Mayo se convirtió en el Día del Trabajo en casi todo el mundo –salvo, faltaba más, en los Estados Unidos de América.

Treinta y ocho años antes, en 1848, mientras el señor Marx publicaba en alemán y en Londres su Manifiesto Comunista, mientras Europa se rebelaba contra sus varias monarquías, aquí en Chicago capitalistas entusiastas veían en esa confusión grandes oportunidades de negocios. Aquí en Chicago, ese año, se inauguraba el canal fluvial y los primeros trenes que la conectarían con la costa y la convertirían en el gran centro del comercio de carnes y cereales del norte; ese año se terminaban de construir los primeros elevadores de granos a vapor, unas máquinas ingeniosas que permitían usar silos de un tamaño nunca visto; ese año, también, se abrió una sala donde los granjeros que vendían sus productos y los comerciantes que los compraban se reunían a negociarlos: el Chicago Board of Trade, el ancestro del Chicago Mercantile Exchange o, dicho de otro modo: el mercado que ahora decide los precios de los granos en el mundo.

—Todo está escrito en el libro, mis amigos.

Grita la mujer negra.

El edificio tiene 200 metros de alto; es una masa maciza, impenetrable, de piedras grandes y ventanas chiquitas y arriba, en lo más alto, una estatua de diez metros de Ceres, la diosa romana de la agricultura: maíz en una mano, en la otra trigo. Abajo, junto a la puerta, unas letras talladas dicen Chicago Board of Trade; el edificio fue inaugurado en 1930, mientras los Estados Unidos caían en la crisis más bruta de su historia. A sus lados, dos edificios del más riguroso neoclásico, de cuando los americanos descubrieron que eran un imperio –y quisieron parecerse al más famoso–: el edificio neoclásico de un viejo Banco Continental que ahora compró el Bank of America; el edificio neoclásico de la Reserva Federal, sucursal de Chicago. Las banderas de estrellas están por todas partes: el poder hecho piedras y banderas.

—Bienvenido.

Me dice Leslie, la mejor sonrisa, una chaqueta rosa, de un rosa muy rosado. Leslie –llamémoslo Leslie– es corredor de una de las cuatro o cinco grandes cerealeras del mundo, una empresa que mueve decenas de miles de millones de dólares por año, y va a llevarme a conocer la Bolsa a condición de que no diga su nombre ni el nombre de su empresa. Leslie –llamémoslo Leslie– se da cuenta de que lo miro raro y me explica que la chaqueta es, cómo decirlo, un accidente:

—Es el mes de concientización sobre el cáncer de mama, la usamos para hacer que la gente piense en el cáncer de mama.

Me dice, y que es una buena causa y que siempre es bueno colaborar con una buena causa. Después me dice que entremos, que tenemos mucho por recorrer: que la Bolsa es un mundo, dice, todo un mundo.

—Esto es un mundo con sus propias reglas. A primera vista pueden parecer raras, difíciles, como si quisiéramos que los de afuera no supieran lo que pasa acá adentro. Pero yo te las voy a explicar hasta que las entiendas.

Me dice, me amenaza.

El piso –se llama “el piso”– de la Bolsa de Chicago tiene más de 5.000 metros cuadrados, media hectárea de negociantes y computadoras y tableros electrónicos. El piso de la Bolsa de Chicago es como una catedral: una gran nave vagamente redonda de techos altísimos y, justo bajo el techo, muy arriba, en el lugar de los vitrales de los santos, una guarda de luz que la rodea: miles de cifras en marquesinas de diodos verdes, rojos y amarillos, cotizaciones, cantidad de compras y de ventas, subas y bajas, pérdidas y ganancias: la razón comerciante hecha cifras que cambian todo el tiempo.

Más abajo, aquí abajo, el piso de la Bolsa de Chicago está dividido en pozos –pits– con funciones distintas: hay pozo de maíz, de trigo, de opciones de maíz, de opciones de trigo, de aceite de soja, de harina de soja. Cada pozo es un círculo de diez metros de diámetro rodeado por tres filas de gradas. Adentro, de pie, tres o cuatro docenas de señores, muchos con su chaqueta rosa, parecen aburridos: unos miran la pantalla que les cuelga de la cintura, otros leen un diario, alguno mira el pelo del de al lado, la ropa del de al lado, el tedio del de al lado, otro la punta de sus zapatos relucientes; muchos miran el techo, miran las cifras de las marquesinas o sus tabletas donde tienen más cifras, más cotizaciones –hasta que, de pronto, alguien grita algo que nunca logro entender, y se despiertan. Gritan y se miran: un gallinero sin gallinas, puro gallo educado pero gallo. Enarbolan talonarios en blanco, se hacen gestos con las manos y los dedos, miran nerviosos las pantallas de cintura, los números del techo. Por un minuto, dos, todos cacarean, lanzan manos al aire, ensayan aspavientos; después, tan súbito como empezó, el movimiento se vuelve a disolver en catatonia.

—Acá todo tiene un sentido. O, por lo menos, nos gusta creerlo.

Dice Leslie –llamémoslo Leslie–, y me explica que los meneos de las manos –la palma hacia afuera o hacia adentro, los dedos juntos o separados, a la altura del pecho o de la cara– quieren decir compro o vendo, cuánto, a cuánto, y que se entienden.

—Pero la mayor parte del tiempo parecen aburridos.
—Bueno, porque ahora casi todo se hace en las pantallas. Hace unos años había días que acá no se podía ni caminar de tan lleno que estaba.

Ahora se puede. Las tormentas intermitentes de los gallos son como un dinosaurio bipolar, una mímica en honor al pasado venturoso. Todo parece un poco forzado, como fuera de lugar; así era este negocio hasta hace diez o quince años. Ahora todo esto es una parte muy menor. La mayoría –más del 85 por ciento en estos días, y la cifra avanza– se hace en otro lugar, en ningún lugar, en las pantallas de las computadoras del mundo, en los rincones más lejanos. Chicago ya no es Chicago; es otra abstracción globalizada.

Después le pregunto a Leslie –llamémoslo Leslie– si cree que este lugar, el templo, va a durar:

—En algún tiempo esto va a desaparecer, ¿no?
—Es difícil pensar que puede desaparecer. Ya lleva más de 150 años, y yo me he pasado la mitad de mi vida acá. ¿A vos te parece que puedo pensar que no va a estar más?
—No sé. ¿Pero creés que va a desaparecer?
—Sí. Supongo que a mediano plazo sí.

Pero, todavía, en los pozos de cada grano –en las pantallas de las computadoras– miles y miles de operaciones incesantes van “descubriendo” el precio a través de la oferta y la demanda. Chicago ya no es el lugar donde todo se compra y se vende pero sigue siendo el que fija los precios que después se pagarán –se cobrarán– en todo el mundo. Los precios que definirán quién gana y quién pierde, quién come y quién no come.

Recuerdo, de pronto, tardes en Daca, noches en Madaua pensando cómo sería este lugar, donde tanto se juega. Y supongo –pero es injusto o no tiene sentido o no tiene sentido y es injusto– que aquí nadie pensó nunca en Daca ni en Madaua.

—El mercado es el mejor mecanismo de regulación para mantener los precios donde deben estar. Nadie puede controlar un mercado, ni siquiera los especuladores más poderosos.

Me dice Leslie.

—Este lugar ayuda a bajar los costos de la comida en todo el mundo.

Me dice otro corredor, un señor bastante gordo que transpira copioso. Yo intento no juzgar lo que me dice: le pregunto cómo.

—Creando un mercado transparente que provee liquidez a todos los involucrados. Se necesita que haya gente y empresas que arriesguen su dinero para que el mercado pueda funcionar. Eso es lo que hacemos. Y, por supuesto, ganamos plata con eso, si no no lo haríamos.

Lo escucho, no hago muecas. La Bolsa de Chicago sirvió –dicen– para estabilizar los precios. Su gran invento, mediados del siglo XIX, fue el establecimiento de contratos a futuro –los “futuros”–: un productor y un negociante firmaban un documento que los comprometía a que en tal fecha el primero le vendería al segundo tal cantidad de trigo por tanto dinero, y la Bolsa garantizaba que ese contrato se cumpliría. Así los granjeros sabían antes de cosechar cuánto cobrarían por sus granos, los compradores que los procesarían sabían cuánto tendrían que pagarlos. Era –se suponía– una función muy útil del famoso mercado.

La explicación más clara me la dará, tiempo después, en Buenos Aires, Iván Ordóñez, que entonces trabajaba como economista de uno de los mayores sojeros sudamericanos, Gustavo Grobocopatel.

—¿Qué es la agricultura, en el fondo? Es agarrar un montón de plata, enterrarla, y en seis meses desenterrar más plata. El problema es que en el momento de plantar yo sé cuánto me cuesta la semilla, el trabajo, el fertilizante, pero no sé a cuánto se va a vender el grano en el momento de cosechar. Como tengo incertidumbre respecto del ingreso, porque el resultado depende del clima y eso lo hace muy volátil, lo tengo que asegurar. Y lo mismo le pasa al industrial que necesita mi soja para transformarla en harina, o al criador que necesita esa harina para alimentar sus animales. Entonces lo que podemos hacer es ponernos de acuerdo, sobre la base de una serie de datos pasados y presentes, sobre un precio para cuando se coseche. Ésos son los contratos a futuro: obligaciones de compra y venta de algo que hoy no existe. Por eso se dice que éste es un mercado de “derivados”: porque los precios a futuro derivan de los precios actuales de esos mismos productos. Eso me ayuda a estabilizar el precio. Como el mercado necesita volumen, no solamente participo yo que produzco soja y vos que la comprás, sino también un chabón que cree que el precio que nosotros pactamos es poco o es mucho. Ese tipo, que se llama especulador, lo que hace es darle volumen y liquidez al mercado, y consigue que los precios de esos futuros sean confiables.

Cuando escucho la palabra confiable, decía el otro, saco mi revólver.

Hay quienes sostienen que el mercado de las materias primas alimentarias funcionó con esas normas durante mucho tiempo. Pero algo empezó a cambiar a principios de los noventas; nadie, entonces, lo notó; muchos, después, lo lamentaron.

—Ahora hay jugadores nuevos, bancos y fondos que se involucraron en todo esto; antes era un mercado para productores y consumidores, y ahora se ha vuelto un lugar para el juego financiero, la especulación.

Estados Unidos salía de los años de Reagan, cuando millones de puestos de trabajo habían desaparecido –y millones de trabajadores habían sido despedidos– para que las grandes corporaciones pudieran “relocalizar” sus fábricas en otros países, cuando el salario de los trabajadores que quedaban se estancó aunque su productividad subió casi un 50 por ciento, cuando los impuestos a los más ricos bajaron a la mitad. Cuando esos ricos tenían, por todas esas razones y un par más, mucho dinero ocioso y querían “invertirlo” en algo que les sirviera para tener más.

—A mí no me gusta mucho, pero qué puedo hacer. Tengo que seguir jugando, es mi trabajo.

Leslie – llamémoslo– me explica los mecanismos del asunto. Al cabo de un rato se da cuenta de que no termino de entenderlos y trata de tranquilizarme:

—Todo esto se puede sintetizar muy fácil: todos estos muchachos quieren ganar plata. ¿Cómo hacen para ganar plata? Ahora hay muchísimas maneras. Hay que conocerlas, ser capaz de manejarlas: tomar posiciones a mediano plazo, a largo plazo, entrar y salir de las posiciones en dos minutos. Cada vez hay más formas de ganar plata con estos asuntos.

Hay países del mundo –como éste– donde se puede decir que uno hace algo sólo para ganar plata. Hay otros donde no. Pero, en general, es duro decir que uno hace subir el precio de los alimentos sólo para ganar plata. Entonces hay justificaciones: que en realidad los granos suben por el aumento de la demanda china, la presión de los agrocombustibles, los factores climáticos. Leslie –llamémoslo Leslie– es una persona encantadora, henchida de buenas intenciones. Sus amigos –los corredores que me presenta en el piso de la Bolsa de Chicago– también lo parecen. Algunos trabajan para las grandes corporaciones cerealeras, otros para los bancos y fondos de inversión, otros son autónomos que juegan su dinero comprando y vendiendo –y deben tener el respaldo de una financiera que les cobra comisiones por todo lo que hacen. Todos amables, entusiastas, personas tan preocupadas por el destino de la humanidad. Personas que me hacen preguntarme para qué sirve hablar con las personas. O dicho de otra manera: para qué sirve la percepción que las personas tienen de lo que hacen. Para qué, más allá de la anécdota.

—¿Y a veces piensan cuál es el costo de lo que hacen en el mundo real?
—¿A qué tipo de costo te referís? ¿El costo económico, el costo social? ¿De qué costo estás hablando?

2

“La historia de la comida dio un giro ominoso en 1991, en un momento en que nadie miraba demasiado. Fue el año en que Goldman Sachs decidió que el pan nuestro de cada día podía ser una excelente inversión.

“La agricultura, arraigada en los ritmos del surco y la semilla, nunca había llamado la atención de los banqueros de Wall Street, cuya riqueza no venía de la venta de cosas reales como trigo o pan sino de la manipulación de conceptos etéreos como riesgo y deudas colaterales. Pero en 1991 casi todo lo que podía convertirse en una abstracción financiera ya había pasado por sus manos. La comida era casi lo único que quedaba virgen. Y así, con su cuidado y precisión habituales, los analistas de Goldman Sachs se dedicaron a transformar la comida en un concepto. Seleccionaron 18 ingredientes que podían convertir en commodities y prepararon un elixir financiero que incluía vacas, cerdos, café, cacao, maíz y un par de variedades de trigo. Sopesaron el valor de inversión de cada elemento, mezclaron y cifraron las partes, y redujeron lo que había sido una complicada colección de cosas reales a una fórmula matemática que podía ser expresada en un solo número: el Goldman Sachs Commodity Index. Y empezaron a ofrecer acciones de este índice.

“Como suele pasar, el producto de Goldman floreció. Los precios de las materias primas empezaron a subir, primero despacio, más rápido después. Entonces más gente puso plata en el Goldman Index, y otros banqueros lo notaron y crearon sus propios índices de alimentos para sus propios clientes. Los inversores estaban felices de ver subir el valor de sus acciones, pero el precio creciente de desayunos, almuerzos y cenas no mejoró nada la vida de los que intentamos comer. Los fondos de commodities empezaron a causar problemas”.

Así empezaba un artículo revelador, publicado en 2010 en Harper’s por Frederick Kaufman, titulado ‘The food bubble: How Wall Street starved millions and got away with it’.

—La comida fue financializada. La comida se volvió una inversión, como el petróleo, el oro, la plata o cualquier otra acción. Cuanto más alto el precio mejor es la inversión. Cuanto mejor es la inversión más cara es la comida. Y los que no pueden pagar el precio que lo paguen con hambre.

Yo había buscado una foto suya en internet, para reconocerlo en el bar de Wall Street donde me había citado; en la foto, Kaufman tenía una camiseta blanca, barba de cuatro días, el pelo alborotado y la sonrisa ancha: un grandote levemente salvaje. Pero esa tarde vi llegar a un señor casi bajito envuelto en traje azul atildado correcto con su camisa impecable y su corbata, llevando de la correa a su caniche blanco. Después me dijo que venía de un almuerzo y que lo disculpara por el perro pero estos días andaba tan ocupado presentando su último libro, Bet the Farm, y que en algún momento tenía que sacarlo. Fred Kaufman se sentó y me dijo que teníamos una hora.

—A principios de los noventas los ejecutivos de Goldman Sachs estaban a la búsqueda de nuevos negocios. Y su filosofía de base, la filosofía de base de los negociantes, es que “todo puede ser negociado”. En ese momento tuvieron la astucia de pensar que las acciones y bonos de deuda y todo eso quizá no tendrían tanto valor en el largo plazo; que lo que siempre tendría valor era lo más indispensable: la tierra, el agua, los alimentos. Pero estas cosas no tenían volatilidad, y eso era un problema para los traders. Toda la historia de los mercados de alimentos, y la historia de la civilización, consistió en tratar de dar cierta estabilidad a los precios de un producto muy inestable. La comida es fundamentalmente inestable, porque hay que cosecharla dos veces por año, y esa cosecha depende de una serie de cuestiones que no podemos manejar: la meteorología, sobre todo. Pero la historia de las civilizaciones depende de esa estabilidad. La civilización se hizo en las ciudades; allí aparecieron la filosofía, las religiones, la literatura, los oficios, la prostitución, las artes. Pero la gente de las ciudades no produce comida, así que había que asegurar que pudieran comprarla a un precio más o menos estable. Así empezó la civilización en el Medio Oriente. Y, muchos siglos después, en América también fue así. Durante el siglo XX los precios del grano fueron muy estables –salvo en breves períodos inflacionarios– y este siglo fue el mejor para este país.

El caniche era paciente, educado. Mientras su dueño hablaba él lo miraba, quieto como si no lo hubiera escuchado tantas veces. Fred Kaufman era un torrente de palabras:

—Los banqueros no entienden los beneficios de tener un precio estable para los alimentos; lo que entienden, al contrario, es que si hay más volatilidad ellos van a hacer más dinero a lo largo de mucho tiempo, porque la demanda de alimentos nunca va a desaparecer; al contrario, va a aumentar siempre. Entonces les interesaba crear las condiciones para atraer grandes capitales a estos mercados y, sobre todo, para mantener esos capitales allí y hacer mucha plata manejándolos. Eso es lo que querían: plata. A ellos no les importan los mercados, no les importan los alimentos; les importa la plata. Para eso debían convertir ese mercado, que durante un siglo sirvió para mantener la estabilidad de los precios y la seguridad de los productores y consumidores, en una máquina de producir volatilidad y, por lo tanto, de producir dinero: para eso crearon su Índex, que les permitió atraer los capitales de muchos inversores y manejarlos. Y eso produjo un aumento sostenido de los precios. En unos años triplicaron los precios del grano; sí, lo triplicaron, y millones de chicos se murieron, felicitaciones. Todos los especuladores predicen que los precios de los alimentos se van a duplicar en los próximos veinte años; si eso sucede, y los habitantes de los países pobres tienen que gastar el 70 u 80 por ciento de sus ingresos en comida, la primavera árabe será una fiesta de quince al lado de lo que va a pasar en el mundo. Hay gente que cree que eso no va con nosotros, que no es nuestro problema. Acá estamos a dos cuadras del Ground Zero: creo que ya nos dimos cuenta de que en el mundo hay gente que está muy enojada con nosotros y que pueden hacer cosas que pueden afectarnos.

Dijo Kaufman, y su caniche blanco lo miró preocupado.

Pero ahora, en Chicago, en pleno piso, Leslie trata de explicarme el mecanismo. Me cuesta; pasa un rato largo hasta que creo que entiendo algo:

Supongamos que quiero hacer negocios. Yo, por supuesto, no he visto un grano de soja en mi vida, pero puedo vender ahora mismo una tonelada para entregar el 1 de septiembre de 2014 –un futuro– al precio del mercado: digamos que 500 dólares. Todo mi truco consiste en esperar que el mercado se haya equivocado y la tonelada de soja valga, fin de agosto, 450 dólares. Porque yo, que nunca tuve soja, podré comprar entonces por ese precio la tonelada que debo entregar –y me habré ganado 50 dólares. O, mejor, vender mi contrato para que otro lo haga –y quizás, entonces, gane 49. O, si soy impaciente o quiero alfombrar mi baño o dedicarme full time a la pintura prerrafaelista, podría venderlo en cualquier momento entre ahora y septiembre 2014. Mañana, por ejemplo, si la “soja septiembre 2014” sube un dólar y tengo ganas de hacer plata rápida.

Pero también, me explica Leslie, podría ser que la soja septiembre 2014 termine a 600 dólares y yo habré perdido 100, por ejemplo. Para evitarlo, me dice, podría ser más sofisticado y comprar, en lugar de un contrato a futuro, una opción. Una opción es un contrato que me da el derecho –pero no la obligación– de vender una tonelada de soja a 500 dólares la tonelada en septiembre próximo. Por eso le voy a pagar al que se compromete a comprármela a un precio –digamos 20 dólares. Si llega octubre y la soja está a 450, habré ganado 30, porque el tipo que me vendió la opción está obligado a comprarme a 500 dólares la soja que yo podré comprar a 450; menos 20 que me costó ese derecho, son 30. Entonces puedo vender mi opción a 30, o 29, y ganar ese dinero directamente, sin hacer la operación. Y el que me la compra especula con que una semana después la soja esté a 445 y entonces en esa semana habrá ganado 5 dólares más, y así de seguido. Y si la soja termina a 600 yo habré perdido sólo 20: no ejerzo mi opción y ahí se acaba todo.

—Uffff.

Ésa es la teoría, que no tiene nada que ver con la práctica. En la práctica esas opciones se compran y se venden todo el tiempo, sin parar: en última instancia, el precio de la soja en septiembre 2014 o pasado mañana o el mes próximo es sólo un número que hay que prever con la mayor precisión posible para poder apostar con éxito sobre sus variaciones, pero sería lo mismo que fuera la temperatura de St. Louis Missouri a lo largo de las próximas 24 horas o la cantidad de eructos en una cena de negocios de catorce vendedores de cilicio líquido. Podría ser cualquiera de esas cosas y tantas más, pero si fueran no cambiarían las vidas de millones: aquí el precio de los granos es la base para un juego de especulaciones; fuera de aquí, es la diferencia entre comer y no comer.

Aquí, mientras tanto, el negocio está en sacar provecho de las pequeñas diferencias diarias u horarias o minuteras en la cotización; esas ínfimas variaciones, si las cantidades son importantes, producen diferencias sustanciales. Y todo gracias a los errores de cálculo del mercado que, para fortuna de sus cultores, siempre se equivoca.

Es curioso: los que trabajan en el mercado, los que cantan las más encendidas loas al mercado, los que viven tan pingües gracias al mercado, trabajan con los errores del mercado. Y ninguno dice –con sus whiskies en el bar, en sus artículos de The Economist, en sus clases de las escuelas de negocios– lo que me gusta del mercado es que siempre se equivoca.

Pero el error del mercado es condición de sus negocios. Si no se equivocara, si la soja futura septiembre 2014 negociada esta mañana a 500 costara 500 en septiembre 2014, este templo estaría desierto, no habría forma de hacer negocios con todo esto. Nadie lo dice: cantan sus Panegíricos, difunden la Palabra, te dicen que el Mercado es la cura para todos los males.

Viven de sus errores.

————————————————-

Este texto pertenece al libro El Hambre, que publicado la editorial Anagrama.

Señora de nadie

Publicado: 31 marzo 2015 en Luciana Mantero
Etiquetas:, , ,

En la clase media y alta argentina nadie sabe muy bien cómo llamarlas y, cuando algo es difícil de nombrar, es una mala señal. Solemos decirle la chica que me ayuda, la mía, la empleada, la shikse, la mucama; sólo en ocasiones la señora que trabaja en casa. Y tendemos a “confundir” su ayuda profesional con favores personales (“Esperame un rato más que ya llego, estoy haciendo unas compras”; “¿Te venís más temprano mañana que tengo que salir antes?”). Casi siempre el afecto se atraviesa en el vínculo.

La Ley de Contrato de Trabajo las excluye y el flamante Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares –aprobado en el Congreso por unanimidad el 13 de marzo, a partir de un proyecto presentado en 2010 por CFK– viene a intentar equiparar estas deudas –licencia por maternidad, igual indemnización, 35 horas seguidas de descanso semanal, el pago de horas extras–. Pero como la gran mayoría (el 84 por ciento según el Indec) trabaja en negro, no es parte de la economía formal, no existe, en la práctica no goza de ningún derecho laboral. Es invisible. Su sueldo –que suele ser paupérrimo– se decide “a dedo”.

Y eso que en su usual rol de cuidadoras de niños, escondidas en la intimidad de nuestros hogares, son el sostén casi exclusivo de la masiva incorporación femenina al mercado laboral. El trabajo doméstico es un encuentro entre clases, culturas y en ocasiones nacionalidades (el 40 por ciento de las empleadas de casas particulares que trabajan en la ciudad de Buenos Aires nacieron en países limítrofes o en Perú).

Sentadas en aquel bar de Palermo, nada era demasiado distinto a cada vez que una empleada doméstica abre la puerta de su trabajo: ella estaba en un mundo ajeno, yo en el propio. Ella se llama Soledad –pidió mantener su apellido en el anonimato– y nació en Piura, la quinta ciudad más habitada de Perú, cerca de la frontera con Ecuador y a mil kilómetros de Lima. Vio la luz junto a su hermana Carmen, un primero de junio de 1964. Las mellizas fueron la cuarta y la quinta integrantes de una familia de ocho hermanos, de las más pudientes de aquel barrio humilde. Hasta los once años vivió una vida relativamente tranquila. Sus hermanos estudiaban en la universidad, su madre estaba presente. Después, con la psicosis de su hermano mayor, todo se tornó denso, turbulento, revuelto como un huracán. La madre pasaba la mayor parte del tiempo en Lima cuidándolo y siguiendo sus internaciones. Y volvía a Piura hecha una nube espesa de ira y frustración.

–Se volvió muy violenta, nos pegaba a todas, se volvió muy mala.

Llovía la furia sobre sus hijas mujeres, especialmente contra Soledad: en su versión quien la trajo al mundo fue quien más la hizo sufrir.

Un tiempo después, a sus 15 años, se les vino otra pena encima: su hermana fue violada por un vecino y se convirtió en madre a la fuerza. Soledad fue la encargada de criar al niño, presentado en el barrio como hijo ilegítimo de su abuelo, “para evitar la vergüenza”. Sostuvo la escuela como pudo mientras gerenciaba su casa entre mamaderas y pañales. Aun así logró recibirse de maestra.

–Después vino lo peor. Mi hermano violó a mi hermana, y después me violó a mí. Ahí fue cuando me salí de mi casa –escupe con bronca, torciendo la boca húmeda de lágrimas.

Huyó a trabajar a Tierra Negra, Huancabamba, a ocho horas a caballo de Piura. Pero si una docente primaria ganaba 200 soles (78 dólares) al mes, una empleada doméstica podía cobrar 360 (140 dólares). Duró muy poco en la docencia: el dinero y la idea de vivir en una gran ciudad fueron el estímulo más tentador.

Una amiga le ofreció un trabajo seguro y ella, sin decir nada a nadie, se perdió entre el gentío de la capital y se mezcló con las mucamas de la alta sociedad limeña del barrio de La Molina. Los caserones amplios, las calles tranquilas con rotondas verdes y arboladas le mostraron otra vida posible. Allí, a sus 22 años, arrancó formalmente su “carrera” como mucama.

Empezó trabajando en negro en la casa de un peruano y una italiana de mal carácter y tres hijos. La mucama de un embajador le enseñó, mientras ambas paseaban al perro de sus patrones, a reclamar por lo que le correspondía. Después de dos años de trabajo renunció con juicio y les sacó mil soles.

Entonces entró como cocinera en la casa de los dueños de una compañía de seguros con tres hijos, un jardinero, una lavandera, un chofer y una mucama. Y mientras su “patrona” tomaba clases de pintura o jugaba al tenis, ella tenía tiempo para estudiar de los libros de cocina que iba comprando, y de experimentar. Lomo relleno con salsa de ciruela o al roquefort, pechugas con espinaca al vino blanco, rellenas de azafrán, ostras, ceviche de concha negra…

Ganaba 2000 soles (775 dólares) al mes y tenía algo de dinero ahorrado. Entonces se animó a soñar. Cuando una conocida le habló de las mieles de la convertibilidad argentina (un peso valía un dólar) y le ofreció un trabajo seguro decidió, ese invierno de 1999 que fue su bisagra, que de todas formas se iría al extranjero y tendría éxito. Envió los 2000 dólares que le pedían de adelanto, compró un pasaje de avión “sólo ida” y se dejó llevar a través del continente.

***

Un bolso chiquito, un aeropuerto inmenso al que llaman Ezeiza, gente alocada con sus valijas y una mujer exultante y sin plan B. Eran las seis de la mañana de un día fresco de principios de primavera. Soledad se sentó en uno de los asientos del hall y esperó. Esperó. Siguió esperando a que pasaran a buscarla, pero nadie se hizo presente. Las horas pasaron. Se quedó ahí hasta las 7 de la tarde, hasta que, deshecha en lágrimas, se resignó a la idea de que había sido completamente engañada.

Le siguieron nueve meses de oscuridad. Tanta que los cuenta de un tirón y sin parar de llorar. Dice que prefiere así, porque no quiere volver a acordarse. Vivió en la estación de ómnibus de Retiro, en la calle, y comió de Cáritas y de la solidaridad de las personas que iba conociendo. Aprendió a rebuscárselas vendiendo latitas de gaseosas y flores. Nunca se alimentó de la basura ni dejó de enviarle algo de dinero a su familia, aclara. Y recién cuando pudo juntar para el ómnibus Buenos Aires-Lima-Piura, con el orgullo intacto, emprendió la vuelta por sus propios medios.

Pero en Perú la situación familiar volvió a ser insostenible. Recorrió los lugares en los que había trabajado y recurrió a las personas que había conocido. A través de un profesor de la Universidad de Lima consiguió una carta de recomendación para entregar a miembros de una congregación religiosa en Buenos Aires. Y volvió por la revancha.

Trabajó cuidando a una señora mayor en un barrio cerrado de la zona norte del Gran Buenos Aires. La asistió por tres años hasta el día de su muerte. No llegó a encariñarse porque tenía esa fatal sensación de que en cualquier momento volvería a perderlo todo.

En su vida casi siempre trabajó en negro. Tuvo buenas y malas experiencias. “La puerta está abierta. Detrás tuyo vienen otras chicas”, le dijeron una vez cuando se quejó por la cantidad de trabajo. En otra fueron aún menos amables.

–Les dije que me iba a Perú y que necesitaba que me pagara mis vacaciones y mi tiempo de servicio. ¿Qué hicieron ellos? Me mandaron a comprar y cuando regreso no me abrieron la puerta.

Años más tarde otro empleador la dejaría nuevamente en la calle una noche de invierno y sin sus cosas, por haber hecho entrar a la casa a una compañera de un curso que había ido a alcanzarle unos apuntes. Pero ésa es otra historia.

–Yo le pedí a la Virgen el trabajo con el señor Hernán y ella me lo concedió. Le había pedido hacer la experiencia de trabajar con una persona sola, del sexo opuesto, que me cuidara. Porque nunca me he casado y… siempre tengo esa intriga de cómo será convivir. Yo salía de franco un lunes y justo me llamó para tener la entrevista ese día. Dios me lo mandó.

***

Soledad tiene una voz aguda y al hablar entrecierra sus ojos negros. Es flaca. Su cara es alargada y el pelo corto y esponjoso. “Es algo rara. Suele ofenderse muy fácil y no quiere trabajar en grupo con cualquiera”, observó una profesora de uno de los cursos de la escuela de Capacitación de U.P.A.C.P (Unión de Personal Auxiliar de Casas Particulares), donde nos conocimos. A veces tiene arranques de furia contra el mundo y maldice desde las entrañas. Otras frunce su boca, mira hacia abajo y se desborda en un llanto tímido, entrecortado. Hace poco intentó con un psicólogo, la derivaron a un psiquiatra. Carga su mochila con recelo y en ella lleva desde fotocopias de documentos viejos, ropa, hasta un alicate. Cuando sonríe su boca grande, expansiva, y su mandíbula hacia adelante la hacen florecer.

***

El nuevo empleador se llamaba Hernán Pietric y era broker o financial advisor de Alchemy Sociedad de Bolsa S. A., una compañía financiera.

Cuando se conocieron él pisaba los 40, era huérfano, no tenía hermanos, ni tíos, ni pareja estable; un hombre libre de compromisos que necesitaba alguien –le explicó a Soledad– que se hiciera cargo del hogar y su organización…

–Que ocupara el lugar de la señora de la casa.

Soledad empezó a trabajar de lunes a viernes “con cama”, por 1500 pesos (500 dólares de aquel entonces). Era su primer trabajo en blanco en Argentina y la época en la que empezó a tramitar su residencia legal –la obtendría poco después gracias al Plan Patria Grande que regularizó a inmigrantes del Mercosur y sus estados asociados–.

Al tiempo el señor Hernán se percató de que los fines de semana ella no tenía a dónde ir y le dijo que dispusiera de su casa.

Soledad se fue convirtiendo en la gerenta del hogar. Pagaba las cuentas, hacía las compras en el supermercado, sugería el menú siempre de acuerdo a los designios del estricto método Cormillot al que el señor Hernán se sometía para bajar de peso. Organizó un sistema para ahorrar gastos y mejorar la calidad de los alimentos: una vez por semana se levantaba al alba y, después de dejar el desayuno y la vianda preparados, se iba al mercado central de Liniers a comprar frutas y verduras.

Se esmeraba en lustrar el piso de parquet italiano, en ordenar prolijamente cada una de las remeras en su gaveta correspondiente, en planchar los pantalones de la forma que al señor Hernán le gustaba.

–Yo le compraba las medias, le compraba hasta la ropa interior porque él no tenía tiempo.

Si él quería comer algo en especial, ella salía con su changuito a recorrer el barrio hasta conseguirlo. Lo convenció de probar un champú para bebés que aplacara la grasitud de su pelo y de animársele al ceviche –que se abocó a preparar con esmero y seis variedades de pescado–.

–A veces cocinábamos juntos. Los domingos hacíamos pizza. Y se reía porque yo soy de comer muy poco y él comía mucho. Nunca me voy a olvidar un viernes que estaba baldeando y se me aparece en la cocina con una camisa que él tenía, muy holgada, de cuando era delgado. Estira su mano, se da la vuelta y me dice: “Mire, señora Soledad, ¿cómo me queda la camisa?”. Parecía un matambre. ¡Me hacía reír tanto!

Nunca se tutearon ni tuvieron contacto físico.

–Me respetaba mucho, siempre tuvimos el roce de empleador y empleada. Nunca quiso que regresara al Perú, decía que no me merecía esa suerte. “Usted es muy buena conmigo. Yo la estimo, la aprecio mucho, porque usted se ganó mi respeto, mi cariño y mi amor. Yo la quiero, señora Soledad”, me decía.

El la convenció para que dejara de enviarle dinero a su familia y empezara a ahorrar: anotaban los gastos y él depositaba el excedente del sueldo (que había subido a 2200 pesos) en su cuenta bancaria, en dólares. Lo registraban puntualmente en un cuaderno cuadriculado.

–“Soledad, usted trabajó toda su vida, tiene que poder disfrutar, retirarse y tener su lugar propio donde vivir”, me decía. Me consiguió otros trabajos para los fines de semana en casa de sus amigos.

Contra la opinión de él, ella empezó a prestar dinero a conocidos, como lo hacía su madre. Llegó a juntar en total –dice– nueve mil doscientos dólares.

El la hizo soñar por primera vez con una casa propia.

Pero un día, después de seis años, él se murió en sus brazos.

***

A Hernán Petric el corazón se le detuvo para siempre en su casa, un 20 de julio de 2011, en presencia de Soledad.

Se fue de este mundo apretando bien fuerte su mano y con el último suspiro –derrama ella entre recuerdos líquidos– su alma se elevó “como un humito blanco” que la atravesó.

–Los médicos me decían que le hablara. Yo le decía: “No, señor Hernán, no me deje sola, no me deje. Por favor no me deje sola, yo lo necesito”.

Esa madrugada, después del SAME, cuando el cuerpo aún no se había enfriado, llegaron los mejores amigos de Hernán. Según Soledad tomaron algunas cosas que había de valor, a sugerencia de los policías que estaban en el lugar, envolvieron la ropa de ella en una sábana y le pidieron que se fuera inmediatamente, antes de que llegara el juez.

Intentaron volverla invisible, pero ella había firmado el parte médico. La fueron a buscar a los pocos días para que declarara en la Comisaría 33ª y sus palabras –junto a las de ellos– quedaron plasmadas en un expediente judicial.

Después tuvo que llamarlos, insistirles, perseguirlos y rogarles que le devolvieran sus nueve mil doscientos dólares.

–Si yo quiero, no te doy nada –le aclararon. Y ella lo sintió como un golpe en la mandíbula.

Se los dieron –cuenta ella–, contra entrega de aquel cuaderno cuadriculado escrito de puño y letra por el señor Hernán. No le tocó ni un céntimo de indemnización ni de herencia.

***

–Mucha gente me lo pregunta. No sé si estuve enamorada. Pero lo extraño mucho al señor Hernán –dice entre lágrimas–. El era muy bueno conmigo. El no me hubiera dejado en la calle.

La última vez que la vi cursaba computación y cocina en la escuela de U.P.A.C.P, tenía varios trabajos de limpieza por hora y, como se había quedado en situación de calle, dormía en un parador del Gobierno de la Ciudad.

Los fines de semana viajaba a la casa de una amiga en La Plata, a lavar su ropa.

Había pasado más de un año, pero todavía lloraba la muerte del señor Hernán.

–Viene todas las semanas, a más tardar cada diez días. Es la única que lo visita –me dijo por ese entonces el cuidador de la galería 24 del Cementerio de la Chacarita, cuando le pregunté quién había acomodado con tanto esmero aquellos lirios rosados y blancos en el nicho de Hernán Pietric.

Sufría algunas confusiones espaciotemporales.

Caminaba por las calles de Buenos Aires como si fuera invisible.

Cuando José Gutiérrez de la Concha, capitán general de la Cuba colonial de mediados del siglo XIX, dijo que “con una lidia de gallos, una gruesa de barajas y doce manolas con sus guitarras son llevados los cubanos a donde quieran”, estaba resumiendo de manera concentrada un espíritu que sigue enraizado en la sociedad cubana. Jamás existió en el país un asunto tan aparentemente trivial que ocupara una posición de semejante envergadura durante el último siglo.

Las peleas de gallos son una pieza inevitable en la configuración de esta isla como nación, de su identidad y de la construcción de un modo de vida cercano a ciertos valores. Tampoco faltan motivos para ello: hay quien dice que la guerra de independencia comenzó en 1895 con el grito de un criollo en una valla de gallos, el ring circular donde se enfrentan los animales: “¡Basta de que peleen los gallos, carajo, es hora de que peleen los hombres, vamos todos a respaldar el grito de independencia!”.

Más de un siglo después, a las afueras de La Habana, el público se encarama en los maderos de la valla de gallos mientras el cielo se derrumba y los relámpagos zigzaguean sobre sus cabezas. Pero ni los estruendos que hacen temblar las patas de los gallos que pululan por el recinto, ni las cicatrices de este cielo de comienzos de verano, alteran el curso de la pelea. Es un recinto clandestino, escondido entre la espesura de los árboles.

“¡20 a 14! ¡20 a 14!”, vocifera un hombre mientras se descuelga de la grada improvisada. No obtiene repuesta, así que aumenta el énfasis y la apuesta: “¡20 16!”, repite una docena de veces atropelladamente. Pero nadie cierra el trato con él. Se guarda el manojo de billetes y las maneras bruscas y se concentra en los gallos que luchan en el ruedo, que acaba con una de las aves muerta.

—Uno menos.
—Uno más –responde entre dientes el veterinario con el taco de ceniza del tabaco asomando en los morros.

Si René se define como veterinario no es únicamente por echar a un montoncito detrás de su mesa de trabajo el tercer gallo muerto de la tarde. También cura a los malheridos. “Razafín para la infección, yodo para las heridas y huevo con naranja para que se recupere”, explica este hombre de 53 años que lleva aplicando sus fórmulas médicas a los gallos desde los 15. Una pluma le sirve para desatascar el gaznate de los animales cuando está bloqueada por coágulos de sangre y una gruesa aguja con hilo para cerrar los tajos que los pollos se producen con las afiladas espuelas de carey que sus dueños les colocan. Pero en lo que va de tarde solo ha utilizado el yodo.

—¿Y esos? –le pregunto irónicamente señalando a los que yacen sin vida.
—Ah, no. A esos les tocó perder.

***

Fueron los españoles quienes trajeron los gallos a América y comenzaron a pelearlos como un divertimento. Pero ese espectáculo que comenzó con dos animales enzarzándose trascendió su carácter deportivo para convertirse en un asunto de Estado, a merced de sucesivas prohibiciones, promesas y debates morales. De ahí pasó a ser un elemento de identidad de la sociedad cubana. Pocas cosas han cambiado desde que hace más de 270 años un decreto real solicitase al gobernador de la isla un informe sobre si las peleas podrían tener “inconvenientes con la gente del mar y la tierra”.

En 1835 se dictó una norma que prohibía la construcción de vallas en zonas rurales. Más tarde también se prohibió la simultaneidad de peleas en lugares diferentes. Pero las riñas se siguieron desarrollando, cada vez en lugares más apartados donde la red del control colonial no llegaba. Fue en este tiempo cuando el gobernador de Nejucal envió una carta al capitán general de la isla quejándose de que los trabajadores abandonaban el trabajo y el culto divino ¡para acudir a peleas de gallos!

Y todo eso, junto a la isla de deseo que suponen estos recintos, no se podía permitir en una tierra colonial que en la segunda mitad del siglo XIX sufriría profundas convulsiones y se libraría definitivamente del poder colonial: pero entonces ya era demasiado tarde para arrancar de la realidad una actividad que se había convertido en una tradición esencialmente local.

No fue hasta finales de siglo cuando más intensamente se vivió la cuestión de las peleas de gallos, que pasó a convertirse en la munición de las varias facciones tras la independencia de la isla. De 1898 y hasta 1902, con la aprobación de la Enmienda Platt, Estados Unidos ocupó esta tierra con un gobierno mixto que velaba por los principios que la emergente potencia enarbolada, entre ellos la modernidad.

Y las peleas de gallos eran consideradas una barbarie.

Una ley del 24 de julio de 1899 modificó el Código Penal sobre juegos de azar. Dos meses después se fulminaron las corridas de toros, las cuales nunca más resurgieron. En abril de 1900 se prohibieron las lidias de gallos y un mes después se otorgaron poderes a la sociedad protectora de animales para castigar a los infractores. Pero nada detuvo el curso de la tradición a pesar de las afiladas luchas entre los defensores de la modernidad a la sombra del país ocupante.

Las corridas de toros eran la fiesta española; el béisbol, la americana. Y los gallos habían penetrado de tal forma en las costumbres de la sociedad que seguía siendo imposible extirpar de las aficiones del pueblo. Las leyes disparaban contra el atraso de un pueblo considerado salvaje y hambriento por modernizar, especialmente desde sus élites. Ejemplo de ello fue la satisfacción del alcalde de Placetas cuando, en enero de 1901, envió una carta al secretario de Estado y Gobernación, Diego Tamayo, calificando las peleas de gallos de “espectáculo inmoral y sangriento, que tan pobre concepto hace formar de la cultura de un pueblo”. El cambio, impulsado por los poderes sociales y militares, proponía un giro en la difusión de unos valores que no acabaron de cuajar en su plenitud… cuando en 1902 llegó la República de Cuba –por primera vez independiente– con las peleas prohibidas por ley.

***

“Tiene cada pueblo sus costumbres tradicionales con las cuales está encariñado y que le dan carácter perfectamente típico y hasta nacional. Los juegos y entretenimientos forman parte muy principal de esos hábitos arraigados, que van de modo lento y gradual modificando las condiciones del tiempo y lugar”. Así comenzaba el proyecto de Ley sobre Lidias de Gallos elaborado en los primeros balbuceos del nuevo país independiente y que fue presentado por varios representantes del parlamento. Y continuaba: “Querer que desaparezcan violentamente, es algo así como aspirar a torcer el natural proceso de la evolución social y ocasionar, como con toda violencia, un malestar sensible y nada conveniente a la marcha armónica y ordenada de todo progreso verdadero”.

La expresión de la época “moral pública” no hizo sino alimentar el debate, que los periódicos amplificaron según sus propios intereses. El paradigma de la modernidad, abrazado por los intelectuales, no contemplaba chirriantes actividades propias de países atrasados, rurales y, en definitiva, salvajes. Una lucha entre el pasado frente al futuro que se libraba con amplios ecos y participación.

El Fígaro, uno de los periódicos que circulaban a principios del nuevo siglo, publicó en noviembre de 1902 una encuesta que había realizado a 64 figuras destacadas de la vida cultural habanera sobre el asunto, con resultados dispares. Desde las respuestas tibias: “Toleremos las vallas de gallos, a cambio de que los hijos de los guajiros vayan a las escuelas públicas, y éstas, no lo dude usted, matarán a aquellas”, a las abstenciones en verso: “Yo no contesto: me callo/ Y muy bien hago en callar, pues quien debe contestar/ a la pregunta es el gallo”, pasando por algún irónico que acababa con estos versos: “¡Cuantos menos gallos haya…/ Tocarán a más gallinas!”.

Pero no fue hasta 1909 cuando se volvieron a autorizar las peleas de gallos. Después entraron los años y el desenfreno de la década de los cincuenta, cuando el juego superó cualquier delirio y nada hacía sospechar que las ruletas de los casinos se detendrían por muchos giros políticos que se pudieran efectuar; nada que el dinero no pudiera solucionar. El gánster Frank Ragano le contó a Santo Trafficante –que controlaba los negocios de la mafia en la isla junto a Lansky, Batisti y Barletta– su preocupación por los movimientos de unos jóvenes idealistas en los confines orientales del país, pero éste le respondió con desdén: “Estoy seguro de que Fidel nunca llegará a nada. Pero aunque no sea así, nunca cerrará los casinos. Aquí hay mucho dinero para todo el mundo”.

El paso del tiempo no ha cambiado demasiado los esquemas en el interior de las vallas y su significado social. Las regulaciones de la amplia etapa colonial pretendían controlar unos lugares donde la sociabilidad se desplegaba sin límites entre las diferentes procedencias sociales, un potencial nido de conspiración contra el poder que la metrópolis no podía permitir.

A diferencia de las plazas de toros, los cafés o la ópera, las peleas de gallos poseían un elemento capaz de eliminar las desigualdades sociales: el azar; componente que se une a la apuestas para borrar las jerarquías que sí se reproducen en otros lugares. Como escribió el autor de un diccionario de frases cubanas, “el caballero apuesta con el mugriento; el condecorado acepta la proposición del guajiro; el negro manotea al noble”. El resultado de la pelea hablará por sí mismo.

Aunque la revolución atenuó las diferencias de clase, hoy las mezclas constituyen la norma. Jóvenes buscavidas, jubilados, profesionales reconocidos, dirigentes políticos y hombres cargados de collares y dientes de oro comparten el mismo espacio intercambiando risas y dinero. Muy pocas mujeres. Si durante el siglo XIX eran las burguesas quienes no se asomaban a estos recintos, tampoco ahora acuden mujeres a estos espectáculos que simbolizan, en cada gesto, la hombría.

Numerosos estudios sobre estas actividades relacionan muchos atributos machistas con las peleas de gallos; estudios respaldados por la realidad que sigue palpitando en la actualidad. Desde la identificación del pollo ganador con valores de superioridad, pasando por la escasa presencia femenina en los recintos y siempre supeditada a la voluntad del hombre hasta la superación de lo masculino sobre lo femenino, encajan en una descripción de una sociedad que aún trata de sacudirse los valores negativos de la tradición. Por no mencionar los focos de prostitución que suponen. Tampoco contribuyen a salir de esas descripciones algunos de los gritos despectivos a los animales más débiles (“¡gallina! ¡gallina!”) en plena batalla por el triunfo.

***

En Cuba, como en Macondo, no están permitidas las peleas de gallos. La primera medida que se tomó en el país, en 1739, trató de controlar los espectáculos para recaudar parte de los beneficios que se generaban en estos espacios donde el juego y la fiesta ofrecían un lugar en el que escabullirse de la rutina. Pero dicha restricción solo impulsó la desviación de las juergas a recintos clandestinos. Hoy sucede lo mismo: únicamente en las vallas oficiales se permite las peleas. Y son mucho más aburridas.

“Allí hay reglas”, explica Enrique, un ex combatiente de la guerra de Angola que esta temporada ha perdido 80.000 pesos (3.000 dólares) en apuestas y contempla una de estas peleas en la valla clandestina de las afueras de La Habana. En ella, como en todas las extraoficiales, se permite el esparcimiento sin las rígidas restricciones de los recintos estatales, unos lugares cuya apertura fue la salida al crecimiento de la hipocresía: se trataba de un deporte penalizado hasta los años ochenta, pero que gustaba demasiado a todo el mundo.

Hoy, un sábado de finales de octubre, hay feria en Finca Alcona, las instalaciones del Estado, aunque todavía no ha empezado la temporada. Mientras tanto los galleros y los dueños de las cientos de vallas de todo el país acuden a las carpinterías a buscar sacos de virutas de madera para empezar a entrenar y pelear a los gallos.

“¡Managua, Managua, Managua! ¡Con dos marcho!”, repite el conductor del Chevrolet del 53 mientras golpea el capó de su viejo e imponente trasto. Durante quince minutos insiste intermitentemente, hasta que decenas de personas se bajan de un autobús y consigue, por fin, los tres ansiados pasajeros para partir.

Finca Alcona, a las afueras de Managua, es una construcción sólida, de madera y hormigón, permanente, de dos alturas; poco tiene que ver con las improvisados edificios sembrados por toda la isla, sorprendentemente resistentes pero construidos de tablas de madera y techos de plástico. Está al lado de un restaurante y del criador estatal de gallos que vende y exporta a otros países. No se puede fumar, ni beber. Tampoco hay música, ni el desenfreno de las vallas clandestinas. Un funcionario controla todo desde la planta de arriba. Entre pelea y pelea no hay mujeres dando vueltas a la circunferencia de combate vendiendo cacahuetes, perritos calientes o helados, ni chicas que al extranjero –si es que hay, que es casi nunca– le piden una cerveza. Tampoco está permitido apostar, aunque al acabar la función la valla se vacía con demasiada rapidez como para asegurar que es la diversión lo único que se despliega en ese lugar.

Justo en ese momento, tres hombres charlan en la puerta, a espaldas de todo, cuando se acerca otro tipo al que le dan 1.500 pesos (60 dólares), en seis billetes de diez pesos convertibles: han apostado por el gallo de Alexis, que ha perdido frente a uno mexicano.

—Pero entonces, tú tienes dinero –le sugiero al chico que ha perdido 60 dólares tras desembolsar una cantidad inusual en la cartera de un cubano medio.
—Bueno… –sonríe antes de mostrar su carné oficial de criador de gallos–. Tengo unos 50 pollos listos para pelear, que utilizo, porque yo no vendo.

El funcionario de la valla, que ha cerrado las puertas de la instalación donde los pollos han peleado, se va a casa a caballo. Los otros tres chicos se ofrecen a llevarme a La Habana en su coche… pagando 20 fulas, algo más de 15 veces de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

***

Alfredo Cruz comprende mejor que nadie los entresijos de ese universo. Este criador de gallos de San Cristóbal, una tranquila población 60 kilómetros al oeste de la capital, pasea por su jardín con el sol tostándole el cuerpo mientras muestra las decenas de animales que cría, las claves de su alimentación y las fases de entrenamiento. “Cuando están rojos como tomates voy y los peleo. El tiempo te va diciendo: se le recogen las carnes y se posa sobre las puntas de los dedos. Cuando un atleta empieza a entrenar, corre sobre los talones; luego corre con las puntas: ahí está el gallo”, explica este sesentón que cree que “los gallos son igual que la raza humana: si no hay raza no hay buen gallo”.

Nada hace sospechar de la pasión de Alfredo por la actividad: “Lo tengo como deporte. No solo crío pollos, sino también cochinos. Lo que me gusta es la cría. Dinero no se gana…, así que criamos puercos. Esa es la vía por la que podemos subsistir un poquito”.

Sin embargo, no todo el mundo comparte esta opinión, pues ven en el espectáculo un festival absurdo de sangre y enfrentamiento entre dos animales en el mismo espacio que se da rienda suelta a las apuestas, el juego y demás escapatorias que chocan con los principios que abandera la Revolución: moralidad. De hecho, el juego y el “enriquecimiento ilícito” representaban la dictadura de Batista, a la que Fidel Castro derribó. Por esta razón las apuestas y el dinero que se mueve en torno a las apuestas gozan de tan baja reputación. Y es que recuerda a los tiempos a los que la Revolución venció y relevó.

La Nochevieja de 1958 los casinos –en manos del capital norteamericano que controlaba el esqueleto del país a través de una red de sobornos y comisiones– fueron atacados furiosamente cuando llegó la noticia de que la Revolución había triunfado. La ira se concentró en los casinos de los hoteles porque simbolizaban el odio a un régimen cruel en un país con altos índices de analfabetismo y pobreza y que beneficiaba a una minoría. La Habana era la perla del Caribe, donde miles de turistas anuales, principalmente norteamericanos, disfrutaban del ambiente propicio para la diversión… hasta que vino el comandante. Y mandó parar. El proyecto de quince inmensos hoteles-casinos en El Malecón se quedó en el aire.

Se nacionalizaron las empresas norteamericanas y con ellos los casinos. Se fulminó el juego. Así lo expresaba Fidel Castro durante una concentración de obreros gastronómicos en junio de 1960, quienes se quejaron porque al cerrar los casinos se hizo tambalear la facturación de los hoteles y, por lo tanto, sus empleos: “… incluso, cuando mediante una ley revolucionaria se puso fin a todo tipo de juego en el país, hubo una excepción con los casinos. Nosotros habríamos deseado que no quedara ningún tipo de juego legalizado […] el juego era manejado por gánsteres, las mafias de gánsteres manejaban el juego. Pero, además, se nutrían esos casinos de los funcionarios ladrones”.

Y las peleas de gallos caían del lado del juego, del enriquecimiento ilícito, de los ecos de un tiempo que había que olvidar y no encajaba con la nueva época que se asentaba en la justicia social y las promesas. Así, en 1968 se trataron de eliminar las peleas en todo el país con el objetivo de acabar con las apuestas. A mediados de los años 80, se rebajó la categoría de la gravedad al transgredir la norma y pelear al margen de las vallas estatales. Se pasó de penas de cárcel a simples multas.

Pero los cubanos siempre han esquivado la legalidad en este ámbito. “Para mí los gallos son un deporte, pero el cubano es muy jugador”, opina Alfredo mientras señala uno de los gallos en su casa. “Toda Cuba juega a los gallos. Cuba son gallos y pelota [béisbol]”. “¡Y mujeres!”, intermedia un chico que trabaja en la finca.

***

—¿Usted es extranjero? –me pregunta un hombre que, junto a su esposa, esperan a la sombra de un árbol en la autopista central–. Sabes que las peleas son ilegales. Si se tira la policía te llevan a inmigración. Ten cuidado –advierte.

Desde la carretera apenas se escucha la música que ensordece en el complejo donde las mesas de juego y la barra de bar acompañan a la valla de gallos. Todo lo prohibido se entremezcla aquí: peleas, apuestas, juego, dinero.

Un empleado de barriga prominente desea que la temporada se extienda, a pesar de que sea el mes de julio y ya hace un mes que habitualmente se suelen acabar las peleas. “Hace falta dinero”, admite. Trabaja en cinco vallas diferentes, ocho dólares en cada una. 180 al mes. “Pero eso no es nada”, opina. “Aquí en Cuba hay mucha necesidad. Demasiada necesidad”, expresa. Para redondear el sueldo, este hombre que niega identificarse (“aquí me conocen y ya está, yo no doy mi nombre a nadie”) suele apostar en las peleas para ganar algo más. Y de vez en cuando suma 60 dólares a su saldo.

En Cuba no es fácil ganar dinero. Por eso, uno de los pocos modos que tiene una persona para juntar más que los exiguos sueldos del Estado es el juego, el que el artículo 219 del Código Penal castiga con multas y hasta con tres años de cárcel. “Para el Estado este juego es ilícito. ¡Todo es ilícito!”, se queja este hombre del gremio que ni siquiera se identifica con un apodo, como es habitual en esta actividad al margen –y en contra– de las regulaciones. Y es que pocos son capaces de estirar la confianza hasta revelar su verdadera identidad.

Enrique, el excombatiente sesentón que dice tener diez oficios y haber perdido esta temporada más de 80.000 pesos, lo que ganaría en un trabajo estatal en doce años (sí, doce años) lo ejemplifica. “Pero no lo pongas en internet, que me llevan preso. Hay extranjeros que tergiversan las cosas…”, desliza tras ser retratado antes de abandonar con paso ligero la valla.

En el mismo recinto y a media tarde, Ayova ha ganado 3.200 pesos (130 dólares). Los 100 pesos para entrar al recinto le han rendido bastante a este cuarentón, que dice ganar entre diez y veinte mil pesos al mes con las apuestas. Hoy no ha peleado con ningún gallo propio, pues no los tiene preparados. “Va por temporadas”, resume. Tampoco Antonio, 76 años, pelo blanco y bigote dorado, ha jugado con un gallo propio. A su pensión trata de añadirle lo ganado con los gallos, que multiplica por cuatro, cinco y seis los 300 pesos mensuales de su retiro.

Y es que no resulta sencillo arrancarle palabras a alguien que va a pelear. Al componente de azar de las peleas se añaden las estrategias, los disimulos y los trucos. Nadie quiere desvelar el estado de su arma de combate. Llegan a la valla, pesan e inscriben a su gallo en una pizarra. Si encuentran un contrincante del mismo peso, se desarrolla la pelea. Todas las artimañas valen para juntar algo de dinero. Desde los que apuestan sin tener ni un peso a los que, peleando su propio gallo, apuestan por el contrario porque saben que perderá.

“¿Contra quién lucha?”, le pregunto a un tipo que rompe con la estética que domina el ambiente –pantalones cortos, ropa impecable, estilo deportivo–. Señala con el dedo a otro gallo de plumaje blanco. Bromea, sonríe y hasta vacila mientras le ayudan a colocarle las espuelas a su gallo, ignorando que su cara, minutos después y con su ave muerta, poco tendrá que ver con su aspecto jovial de antes. Otro joven que está a punto de echar a su gallo solo ha apostado 1.500 pesos. “El contrincante no quería más”, se excusa después de lamentarse por la escasa cantidad.

Ya sobre el recinto de viruta los dos galleros elevan a su animal mientras lo agitan en el aire. Lo agarran del cuello y lo mueven bruscamente hacia adelante para llenarlos de furia y hacerlos pelear. El árbitro da vuelta al reloj de arena y se sueltan los animales. A partir de ahí los picotazos y las sacudidas con las espuelas anclados a las patas se suceden mientras la grada circular grita, se enfurece y gesticula. El estanquero, quien se encarga de cuidar del recinto, tiene que apartar a quienes la pasión les lleva a acercarse demasiado a los animales en combate.

Salta alguna mota de sangre mientras el ambiente se enciende, los galleros gritan a sus animales y éstos revolotean impulsados por la energía del recinto. Tiempo después, uno de los dos muere o pierde tras no levantarse tras unos segundos. Entonces, unos ganan las apuestas, otros las pierden y todos disfrutan. La tradición de las peleas se ha mezclado con la del juego en un instante que alude a los siglos de tradición. Nada nuevo.

“Tú sabes cómo es el cubano. En las fiestas de campesinos, por ejemplo, se pelean gallos, porque esto es historia. Vinieron a Cuba como medio de entretenimiento para los mambises. A mí me gustan las dos cosas, la apuesta y la pelea”, explica Alfredo, el criador de gallos.

Nada hace pensar que se vaya a alterar el devenir de unas prácticas adheridas a la médula de la identidad cubana y que han sobrevivido durante cuatro siglos a un gobierno español, once meses a una ocupación inglesa, tres años a otra norteamericana, medio siglo a una independencia con injerencias frecuentes, y otros sesenta años de una revolución que ama la riña de gallos y detesta las apuestas. “Pero no todo el mundo tiene posibilidades para apostar, así que lo tienen como medio de diversión”, matiza el criador de gallos.

Disfrutan demasiado, multiplican vertiginosamente sus salarios, dan rienda suelta a varias pasiones y siglos de historia les amparan. Y así, definitivamente, así es imposible acabar con nada.

A sus 54 años, Agapito Pazos Méndez vivió su único día en el mundo. Conoció el mar en la costa de Galicia, recibió el beso de una mujer y comió su plato preferido. Nada mal para un condenado a no pisar la tierra. Luego lo devolvieron al Hospital Provincial de Pontevedra, donde había entrado a los 11 años y donde murió a sus 80, cuando tuvo suficiente de espiar el cielo por la ventana de la sala de medicina interna.

Esta es la vida de un hombre que pasó casi siete décadas encamado en un hospital. Su padrón municipal decía: “Agapito Pazos Méndez. Calle Loureiro Crespo, Hospital Provincial, habitación 415, cama dos. Pontevedra”.

La primera vez que lo sacaron del hospital, una siesta de mayo de 1984, asomó la cabeza para sentir el viento salado del mar.

La segunda vez, a fines de abril de 2010, fue para enterrarlo.

“Adiós al niño de la 415”, titularon los diarios gallegos primero y el resto de España después. El adulto con espina bífida y seso de niño que fue un secreto en vida y un tabú bajo tierra. Las versiones se recrudecieron entonces. ¿Quién era este inquilino que ocupó la cama de un hospital durante 69 años?

Una vez le preguntaron si comprendía que había un mundo afuera. Agapito señaló la calle y frunció el ceño. Como que los ruidos del exterior eran terribles para él.

***

Nadie podría decir que Pontevedra, en el noroeste de España, no sea una ciudad de gallegos mansos, macerados en la relativa quietud de sus 82.000 habitantes.

Franjo Padín Casas se da vuelta a toda máquina.

—¡Oye, ten cuidado con lo que dices! Agapito pasó su vida aquí adentro porque un hospital es peor que una cárcel, te encierran y no sales más. Vamos, que en todos los países los hospitales son siempre lugares peligrosos, con muchos secretos.

Con más de 30 años como cuidador de enfermos en el Hospital Provincial, debe saber de lo que habla. La fuga de Agapito al mar también fue un secreto, una maniobra arriesgada de la que Padín Casas no podía quedar afuera.

—Es que ese hombre llevaba toda su vida encerrado y queríamos quitarlo, pero teníamos problemas con las monjas. Lo quitamos tres cuidadores, Elías, Licer y yo, pero no recuerdo cómo.

Marisol Dorado, una enfermera que dedicó 33 de sus 38 años sanitarios a atender a Agapito, dirá en otra ocasión que se organizaron para sacarlo durante la siesta sin que se enteraran las monjas.

—Sí, pero aguarda que es mi turno para contar. Te decía que lo metimos del lado del copiloto en un Renault 12, bien atado con el cinturón para que no se cayera. El fulano iba todo asustado, había muchos coches y él estiraba la mano para protegerse. Piensa que en su vida había visto uno. Lo llevamos hasta la costa de Lanzada–O Grove, que era la más cercana, y pusimos el coche contra un acantilado. Agapito quedó extasiado, con los ojazos fijos en las olas, sin decir palabra. Perdió el habla. Imagina qué sintió con el viento en la cara y ese mar lapislázuli.

De regreso pasaron por la casa de una empleada del hospital y Agapito ligó un beso, una gaseosa y un pedazo de su queso favorito.

Cuando lo regresaron a la habitación 415, al atardecer, las monjas habían puesto el grito en el infierno.

Padín Casas habla en pose de denuncia:

—Sabes, para mí Agapito no era disminuido como dicen los demás. Preveía la muerte y esas cosas. Una vez fui a retirar un cadáver y me señaló a un enfermo, bajó el pulgar y dijo: “No te vayas muy leijos, que éste ya parte también”. No llegué a dejar el cadáver que ya me llamaron para buscar al otro. Él miraba a los pacientes y decía si iban a vivir o morir.

El pulgar de Agapito era el de un César.

Los mismos cuidadores intentaron otra vez llevarlo a mirar aviones, pero las monjas se desquiciaron. Hubiera sido de leyenda, seguro. Pero los hubiera son tiempos que no existen.

***

Si hay precisiones pendientes en esta historia están sepultadas en la fila tercera del nicho 80 de la zona octava del cementerio pontevedrés de San Mauro: “Agapito Pazos Méndez, 11/12/1930-23/4/2010”. Lo que ocurre entre esas fechas es de una magia real, con olor iodado de hospital.

La gaviota negra es un documental en vías de darle detalles a los 80 años de Agapito. Lo prepara a cuentagotas Generoso Martínez Acevedo, quien en 1958, a sus 4 años, fue tratado en Pontevedra de una neumonía con dos inyecciones caducadas que lo despellejaron vivo. Pasó cuatro años internado en el Hospital Provincial, alimentado con yemas de huevo crudas y aceite de bacalao. Si hasta le tenían preparado el entierro y todo, pero sus recuerdos son de correr por los pasillos del hospital empujando a Agapito en una silla de ruedas.

—La primera vez que lo vi, Agapito estaba contra un ventanal con ropa azulada. Parecía una niña. Una vez que recuperé fuerzas, me gustaba hacerlo rodar por los pasillos. Otra vez lo llevé al depósito de los muertos. Ya se sabe, travesuras de niños, y eso que él ya tenía 30. Pasamos cuatro años con Agapito jugando en un lugar de muerte. Y así y todo vivimos.

Es que la muerte es una señora demasiado seria para jugar con niños. Si había en ese hospital dos compadres del alma, eran Generoso y Agapito. Tanto como para que Generoso recuerde que por la cabeza de Agapito pasaba otro mundo, un mundo hecho de sentidos, palabras y gestos que hacían del hospital su universo.

El tiempo hizo de las suyas y Generoso no volvió a pisar el hospital. No se pudo despedir de su amigo.

Con los años pasaron cosas, y para responder a mil preguntas hace falta un periodista de los de antes. Hoy es otro día en Pontevedra y Celestino Vieitez cuenta que debe haber dado la vuelta cuatro veces al mundo, pero que la de Agapito fue la nota más complicada de su vida.

—Me entero de que este hombre llevaba 50 años en la cama del hospital, pero me encuentro con todas las trabas políticas porque Agapito costaba al contribuyente una cantidad de pesetas bestial y no querían que eso se supiera. Entonces todos huían de darme información, y cuando la Administración se entera me amenaza con que lo iban a trasladar a un centro especializado a que quedara a su suerte. ¿Quieres saber lo que hice?

Celestino fundó y redactó El Sol de Sanxenxo, un periódico quincenal de tres mil ejemplares que costaba 100 pesetas aquel diciembre de 1989 en que tituló Agapito, 50 años encamado en el hospital provincial. Acompaña una foto de Agapito sonriendo sin mirar a la cámara, tapado con una colcha cuadriculada y apoyado en su brazo izquierdo, y el epígrafe: “Es testigo silencioso de las alegrías y desvelos del Hospital Provincial desde hace medio siglo. Su cama y su habitación es todo su reino”.

Fue su único reportaje en vida. Celestino escribió aquella vez: “Ninguna de las personas entrevistadas supo concretarnos con exactitud la fecha en que fue recogido un pequeño niño que apareció envuelto en un mantel a cuadros azules y blancos, en un verano de los años 30. El recién nacido sería criado con todo mimo y cariño por los 30 empleados con que contaba el centro por aquel entonces. Que se sepa, nadie de la familia de este crío se preocuparía de él, hasta que a finales de los años 50 se acercó por el hospital un joven que dijo ser su hermano y que le hizo compañía durante dos horas. A partir de ese punto, los funcionarios más antiguos no recuerdan a ningún familiar de Agapito que se acercase a visitarlo”.

La nota se pierde en nombres de médicos y monjas que convivían con Agapito, y remata: “Agapito no puede expresarse verbalmente de una forma normal, habla por una especie de gruñidos y tan sólo es comprendido por unas ocho personas. Sin embargo, su inteligencia es sobresaliente y no se le pasa por alto ningún tipo de detalle. Cuenta con un televisor y una radio, manejando su puesta en marcha con un interruptor eléctrico colocado en la cabecera de su cama. Su apetito es bueno, desayunando grandes tazones de pan con leche, y sus mejores amigos son los muñecos. En su monótona vida se destaca la visita que realizó en el año 84 a Sanxenxo, con el único fin de ver el mar”.

—Tú dices que la nota se pierde, pero bien liado estuve por escribirla. El valor del reportaje estuvo en que se descubrió una vida que no era normal, pero a la vez no di pistas de gastos porque las repercusiones podían costarle el puesto a gente de la Administración involucrada en el fraude, entre comillas, de un costo que no se debía mantener. No querían desprenderse de Agapito porque era el hijo de todos.

Y Celestino cedió, no fuera a ser cosa que… El reportaje se publicó con la cautela de una penitencia y no hubo debacles ni púlpitos atronadores. Nada impediría el transcurrir de Agapito como un baúl en los fondos de un hospital que arrancó en 1890 como el asilo más importante de Galicia.

“Durante este año de 1941 fueron atendidos en el hospital 3.016 enfermos: 2.088 hombres y 928 mujeres, de los cuales fueron alta por curación 1.845 hombres y 792 mujeres”, dice el investigador Antonio Días Lema en su Historia del Hospital de Pontevedra. Uno de esos 3.016 era Agapito. El alta, que en realidad fue su baja, tardó más de 25.000 días.

***

Pontevedra-Madrid

Estimado periodista:

Supe de su interés por la historia de Agapito. Le diré algunas cosas, pero como ex director del hospital prefiero que no revele mi nombre para tranquilidad de mi conciencia y del secreto médico que nadie está dispuesto a romper.

Digamos que para comprender hoy el caso Agapito es necesario comprender el concepto del individuo enfermo en la beneficencia. Para la época de la Guerra Civil el hospital cumplía funciones multiuso, diferente de lo que hoy se entiende por un hospital, y la beneficencia era para tratar a los pobres. La leyenda cuenta que Agapito baja de un pueblo de la montaña, del lado de Lalín, pero los enfermeros más viejos nunca se pusieron de acuerdo en la fecha. Lo recibe una monja de muy pequeño, venía metido en un cajón rústico con forma de cuna y ya tenía las piernas inválidas. No había otro hospicio preparado para tratar a inválidos, y eso explica por qué se quedó. Se dice que estuvo una temporada en el hospital y volvió a su casa, pero al cabo de unos meses se lo volvió a ingresar por alguna enfermedad y ya nunca más se lo quitó.

Yo llegué al hospital en los ‘70 y me encontré con Agapito en la sala de Medicina Interna: eran esas salas antiguas, de piso de madera, con veinte camas de un lado y veinte del otro, y Agapito ocupaba una en el medio. Tenía un coeficiente medianamente bajo y hablaba un gallego cerrado, dificultoso, pero comprendía perfectamente lo que ocurría a su alrededor. Desde allí vigilaba a todo el mundo y si faltaba una cartera o sucedía algo fuera de lo común, él nos avisaba. Al punto de que guardaba la llave del armario de los medicamentos durante la noche y los domingos. Cuando yo entraba en la sala, hablaba primero con él para que me diera el parte de los enfermos.

Pensar que este señor vivió todos esos años en una sala donde había enfermos y enfermedades de todo tipo y jamás hizo infecciones ni úlceras, habla de que la unidad de enfermería lo tenía como oro en paño. Agapito fue pasando de generación en generación, sobrevivió a infinidad de jubilaciones pero siempre hubo quien se encargaba de su cuidado.

Con los años cambió el mundo y cambió la tradición hospitalaria en Pontevedra. Se tiró el viejo pabellón donde estaba Medicina Interna y se hicieron habitaciones con dos camas y un cuarto de baño para cuatro. Agapito llegó al final de sus días en la cuarta planta del hospital, con una ventana que daba a la calle y un televisor. Parece que le describiera al cliente de un gran hotel; pero algo así era.

Acabado el franquismo se les concedió una pensión a los discapacitados y una asistenta social le consiguió un dinerillo que Agapito guardaba en una caja de caudales al pie de su cama. Porque era suya, no del hospital: una cama de reserva perpetua que nunca se puso como cama de hospitalización para que nadie pudiera ocuparla ni trasladarlo. Incluso cuando pasamos a depender del Servicio Gallego de Administración se transfirieron todas las camas menos la de Agapito porque no figuraba en los papeles, no existía para nadie más que él y punto.

Ni siquiera cuando a fines de los ‘80 un gerente intentó trasladarlo a un asilo porque no le cabía en la cabeza que Agapito estuviera tanto tiempo en el hospital. Se le argumentó que los enfermeros eran su familia y que todos en el hospital lo entendíamos así. Además, y esto se lo pregunto a usted, ¿no es de sentido común creer que ningún asilo estaba preparado para recibir a un niño tan grande?

Hay una anécdota muy bonita y es que lo llevaron a conocer el mar. La Diputación tenía en O’ Grove el sanatorio para niño tuberculosos de los huesos y usaron esa excusa para meterlo en una silla de ruedas y bajarlo a la playa. Vino encantado, muy asombradito. Hoy eso no sería posible por la tutela jurídica de los enfermos, pero hablamos de una época en que se llevaba a los muertos en las furgonetas como si nada.

De sus padres no sé nada. Se rumoreaba que la familia vino a visitarlo algunas veces al principio, cuando recién lo metían en el hospital, pero luego ya no volvió. No nos queda otra que apelar a la memoria, porque en 2004 un incendio destruyó el almacén con los archivos del hospital y se perdieron los informes clínicos de todos los pacientes. El pasado de Agapito desapareció como la historia misma del hospital.

Hay muchas otras leyendas misteriosas alrededor de Agapito, pero dudo de que sean ciertas. Esta historia podría haber pasado en cualquier hospital del mundo. Es una historia de humanidad. Por favor, cuando escriba sobre Agapito subraye humanidad.

***

No es bueno ver morir a un personaje de la infancia. Agapito agonizaba por un derrame y porque, según la enfermera Marisol Dorado, desde que lo subieron al cuarto piso, en 1974, el niño se desorientó y le tocó envejecer.

A ella la llamaron el 23 de abril de 2010 para que corriera al hospital. Llegó deshecha y se quedó con Agapito hasta que lo llevaron en un cajón, igual que lo trajeron 69 años antes. Sentía que esa muerte los mataba también a los enfermeros, y eso que desde pequeña la habían acostumbrado a las ferocidades de la vida: su padre, el enfermero José Dorado, le contaba sobre un niño que habían abandonado en el Hospital Provincial con las piernitas truncas, metido en un cajón.

Ni modo de adivinar que ella entraría a trabajar en Medicina Interna a sus 18 años y que pasaría los siguientes 33 con Agapito. Se dedicó a alimentar a los enfermos y limpiarles el culo, pero se impacientó cuando Agapito, que la miraba con desconfianza, le pegó tres bastonazos. “Oye que tú serás mucha cosa, pero mejor te calmas o dejo entrar a esa gaviota, ¿la ves?”. Agapito miró con terror al pájaro libre y largó el bastón.

Desde entonces, pobre de él si le tironeaba el uniforme a una enfermera para verle las tetas o se negaba a comer: “Mira que llamo a Marisol y mete a la gaviota”. Y Agapito comía de mil maravillas. Marisol nunca lo recordó más feliz que cuando le daban queso. Excepto esa vez que una gaviota entró de veras y picoteó la feta del plato. “¡Queiso, queiso!”, gimoteó Agapito, y a Marisol se le rompió el corazón. Se especializó en los músculos de su cara para saber cuándo tenía hambre y cuándo sueño, pero le sorprendía que nunca llorara.

En eso estaban cuando alguien preguntó por qué ese hombre llevaba tantos años internado. Ahí la cosa se puso fea: la Diputación les colgó a los enfermeros el teléfono y la dirección les cerró la puerta. “Escuché que el padre de Agapito es alguien muy importante en Pontevedra y por eso está bien protegido”, dijo uno, y ese decir se propagó contagioso por el hospital.

Marisol jura que desde la dirección se taparon cosas, y que no está claro que esa Maruja que apareció ahora sea la hermana de Agapito. Como que tampoco cierra que nadie de la dirección haya estado en el entierro: Agapito es tabú aún muerto. Lo dice y se deja caer en la silla, sin ánimo para nada excepto para llevarle flores al cementerio de por vida, lo que en su mundo privado la conecta con esa tarde en que se las ingenió para sacarlo de la habitación y subirlo al Renault 12 que enfiló al océano.

Por eso a Marisol le enoja que alguien diga que Agapito era un pobrecito; porque él, cuenta ella, no conoció otra vida ni conoció otro mundo, pero esa vida y ese mundo lo hicieron feliz en su infancia perpetua. Tuvo sus navidades, sus propios cubiertos y sus regalos, como ese enorme perro de peluche de una paciente que falleció y fue a parar a la pieza 415.

Lo que pasaba por su mente ya es otra historia.

***

Pueblo de Anzo. Lalín, Galicia

—Tú te viniste de tan lejos para entrevistarme porque lo es tu destino. ¿Hablas gallego?
—No, señora Maruja. Mejor español.
—Lo haré intento en español. ¿Cosa quieres saber?
—De Agapito. Cuénteme su historia. ¿Conoció a su hermano?
—¡Pues claro! Somos tres hermanos de tres padres diferentes. Nacimos en Lalín: Manuel en el ’28, Agapito en el ’30 y yo en el ’37. Me adoptaron unos señores y trajeron a Anzo porque sabían que era una niña sola sin cuidados. Mi madre la vi sólo una vez, murió cuando yo con 8 años. Mi hermano mayor, que está malito ahora, se vio con recursos de nada cuando murió mi madre y encima con Agapito que no tenía columna. Y Manuel todo el día trabajando la labranza y cargando a Agapito en la espalda. Dime, ¿te parece bien cargar con un niño a los 13 años? Entonces la vida muy dura para todos.
—¿Es así que abandonan a Agapito en el hospital?
—Eso que abandonan es mentira. Unos vecinos ayudan a Manuel con la entrega de Agapito para que estese más descansado. Entonces lo dejan con 11 años en el hospital y yo más grande lo visitaba seguido y él me decía que lo llevara a casa y yo no podía llevarlo. Con Manuel fuimos muchas veces a verlo y Agapito nos miraba fijo, pero siempre mejor que se quedara en el hospital porque ahí lo cuidaban bien y Manuel y yo teníamos muchos hijos. Nunca pensamos en quitarlo, no tenía sentido.
—En el hospital se dice que el padre de Agapito era alguien importante.
—No sé quién su padre, pero Agapito no era hijo de nadie importante. Agapito era Pazos Méndez, el apellido de mi madre. Sé que el padre de Manuel era un cura, pero la vida de Agapito más única que todas porque estuvo en el hospital siempre.
—¿Nunca le pidieron los médicos quitarlo del hospital?
—Yo no podía quitarlo porque estaba con familia adoptiva que me decía qué hacer. En el hospital Agapito estaba todo contenido pero yo pensaba qué difícil para él, mejor morirse que vivir así toda la vida. Una vez lo llevaron a ver la mar. ¿Lo sabías?
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—Dos años antes de su morir. Fuimos con Manuel pero Agapito no hablaba ni no miraba, ya muy malito. Nos enteramos por la tele de su morir, el hospital no me avisa. Todo así, medio misterioso. Agapito no es el único que tuvo vida complicada.

***

Hasta que un día lo sacaron al mar. Los enfermeros Padín Casas y Dorado ya contaron lo suyo. Que el remate sea del ideólogo de la fuga, el cuidador José Licer:

―Pongamos que te cuento que Agapito me decía “mira, la caille” porque desde su ventana nunca vio otra cosa. Que a mi entender no tenía precisión del tiempo ni del mundo de afuera. Que su percepción del bien y del mal eran otras y que en los 31 años que pasé a su lado no logré comprender jamás su raciocinio, pero que sé que en su interior percibía la muerte. Que Agapito en el hospital fue un icono oculto, un murmullo que se agranda cada día sin vistas a morir. Déjame decirte que nada de eso se compara con los ojos que puso en el mar.

Reducir la vida de un hombre de 80 años a un manojo de líneas suena irrespetuoso. Mejor dejarlo frente al mar, con el viento en la cara. Sin palabras.

Les dicen botnios o botnianos. Son “un montón de niños rubios”, discursean los vecinos en los zaguanes. Abandonados por sus padres, los crían los abuelos. Nadie indica dónde golpear para conocer más sobre ellos. Es raro porque en Fray Bentos, como en cualquier pueblo chico, todos saben a quién hay que acudir en cada caso. A nadie se le niega una a mano, excepto para encontrar a los hijos de Botnia.

Son vástagos del repunte económico concebidos durante la construcción de la planta de celulosa más escandalosa del planeta. Son parte de lo que dejó la crecida de Fray Bentos, la capital del departamento de Río Negro, tras la finalización de las obras de Botnia, luego absorbida por la empresa UPM, también finlandesa. De alguna manera también son un producto de la tormentosa crisis económica de 2002. La gente habla de ellos, pero nadie sabe bien qué mujeres parieron a esos botnios hijos de gringos. Los evocan por lo bajo; acusan a las madres de no tener corazón. Y también se compadecen de su futuro.

Las autoridades matan a pura indiferencia. “Acá no pasó nada”, niega la subdirectora de la Dirección Departamental de Salud rionegrina, que corta la conversación telefónica audiblemente enojada cuando escucha los datos del Instituto Nacional de Estadística. Las cifras hablan de un pico de nacimientos en Fray Bentos durante 2006, año en el que empezaron las obras. En ese momento nació la mayor cantidad de bebés del decenio 2000-2010. Se trata de 544 nacimientos: 86 más que dos años antes. Desde el Ministerio de Desarrollo Social son más amigables pero previenen: “Nadie habla de esas cosas”.

Sin embargo, hubo quienes entreabrieron sus puertas. Fueron las mujeres que conocieron, se enamoraron, se enredaron o incluso se casaron con alguno de aquellos tipos que llegaron en malón entre 2005 y 2007 para revolucionar el calmo transcurrir de la ciudad.

Muchos fraybentinos trazan la analogía entre Botnia, con el fenomenal movimiento que supuso su edificación, y el mítico frigorífico Anglo, que se alojó en la zona a mediados del siglo XIX. La empresa era propiedad de ingleses que atracaban en el muelle buscando corned beef para la guerra y besos etílicos para la noche. Los dos complejos albergaron unos 5.000 trabajadores y salpicaron de esplendor los escaparates, la vida social pública y también la privada. Claro que uno perduró 100 años —si se cuenta su fundación en 1865 bajo el nombre Liebig Extract of Meat Company— mientras que el otro sólo dos y algo. El frigorífico era empujado por la mano de obra local —y directa o indirectamente daba trabajo a toda la ciudad—, mientras que fueron los ciudadanos extranjeros los que más gastaron durante la construcción de la planta. Los jornaleros del Anglo tenían estabilidad y los trabajos se heredaban de generación en generación. En Botnia, en cambio, los contratos aparecían y desaparecían.

Otra diferencia fue que los requerimientos de Botnia —especialmente los asociados a las tecnologías digitales— superaron la capacidad de la mano de obra local. Por eso se establecieron entre el río Negro y el Uruguay miles de trabajadores especializados. Algunos vinieron acompañados por sus familias; otros eran veinteañeros europeos embarcados en una aventura tanto laboral como hormonal.

Desde que llegaron, la sagrada hora de la siesta en el poblado recostado contra el río Uruguay se tuvo que postergar. Los cajeros automáticos nunca tenían dinero. A veces las sucursales locales del mismo Banco República tampoco. Los comercios permanecían abiertos después del mediodía y dejaban las puertas entornadas hasta las nueve de la noche. En una especie de furor shoppingesco, los negocios atendían de lunes a lunes. La clientela quería gastar. Supermercados y tiendas de ropa montevideanos se instalaron en esa 18 de Julio que está a 300 kilómetros de la de la capital y que atraviesa las 30 cuadras de una ciudad con 24.000 habitantes. Los restoranes —o confiterías, como dicen los fraybentinos— no daban abasto. Se inauguraron pubs, prostíbulos y discotecas. El meneo mayor empezaba a las seis de la tarde, cuando los obreros abandonaban la soldadora halógena, los andamios o la computadora para tomarse unas cervezas reparadoras.

Nuevos fleteros cargaban y descargaban muebles relucientes todo el día en casas recién alquiladas por el doble de su precio anterior. Como en un balneario en verano, familias enteras de fraybentinos cedían su techo, escribano mediante, y las acondicionaban como podían. Todos aprovechaban: los empleados públicos y los profesionales alquilaban sus modestas mansiones a los extranjeros más pudientes. Las inmobiliarias también despertaron de la siesta. Encontraron su El Dorado entre albinos, musulmanes, chilenos, brasileños o turcos que amontonaron, para hacer unos pesos extra, en modestas casas arregladas de apuro. Los barraqueros chocaban a diario las palmas de constructores, albañiles, sanitarios, electricistas y también algunos improvisados en busca del mango.

Quienes tenían garaje pero no auto abrieron kioscos o cibercafés. A nadie le fue mal. Todo estaba a la venta. Todo se consumía como leña en el fuego. Miles de motos encontraron flamantes dueños, que las echaban a rugir desde las seis de la mañana hasta bien entrada la medianoche. La venta de electrodomésticos también se disparó. Un vecino evoca a sus coterráneos fraybentinos cargando orgullosos, de a pie o en moto, estilizados televisores durante cuadras y cuadras. Lo hacían a la vista de todos, para que el pueblo oliera el progreso del buen gastar.

La calma había sido alterada. Algunos funcionarios municipales —verdaderos motores de la economía local en el interior— pidieron licencia sin goce de sueldo y se dedicaron de una u otra manera a Botnia.

Los buenos sueldos y las changas se multiplicaron. Desde los floristas hasta los que plantaban papas, todos disfrutaron de la bonanza. Los peones ganaban 10.000 pesos por quincena. Los taxistas, antes bostezones, ya no descansaban. Los conversadores almaceneros tampoco. Las profesoras daban clases de español a finlandeses, holandeses, turcos, austríacos, alemanes, croatas o polacos. Las amas de casa lavaban, planchaban y cocinaban para ellos. Pagaban bien. Los gringos y los rebosantes jornaleros eran el corazón de aquella chimenea que a finales de 2007 empezó a humear. Muchos vieron multiplicar sus ingresos cuando se pusieron a la orden de gerentes tercerizados que les pedían a los obreros que tuvieran empresas unipersonales. En el pueblo todos dicen que 3.000 fraybentinos trabajaron directamente en la obra civil. Dicen.

El impulso frenético tuvo una ayuda extra con el corte del puente que une a Río Negro y Entre Ríos. Provincia y sede “piquetera” de una patota de militantes, sojeros e industriales —que tiran sus desechos negruzcos al mismo río que lo hace UPM— y localidad de un pueblo azuzado, Gualeguaychú, aislada en protesta ante un posible Chernóbil criollo. Resultado: las divisas permanecían en Fray Bentos y los gringos también.

La cadena del capital giraba. Hasta los robos bajaron: todos estaban ocupados.

***

Rita porta vitalidad y belleza con sus 50 años. El cabello negruzco como sus ojos y un rostro afilado expresan lo indígena que lleva en los genes. Todavía le parece escuchar el batir de las palmas en la puerta de su casa, que queda en el centro de la ciudad. Llegaban madres y niños que extendían la mano pidiendo algo para comer. Ella no estaba mucho mejor. La crisis de 2002 le había dejado la economía familiar patas para arriba. Nunca había visto gente pidiendo. Nunca había plantado vegetales. Nunca había pensado en talar el duro laurel del fondo, que tanto estimaba, para calentar las manos de sus hijas porque no tenía ni para el gas. El olor al humo del laurel las acompañó a todas partes durante el duro invierno de 2003. Se movían a caballo: tampoco había plata para el transporte. Los comercios estaban vacíos y la siesta se extendía un poco más de lo habitual, hasta que los hoteles, las pensiones y las casas plagadas de telarañas se vieron desbordados. Todos coinciden: Fray Bentos no estaba preparada para el aluvión de gente. Casi todos recuerdan aquel momento como uno de los más importantes de sus vidas.

En 2005, después de que el gobierno de Jorge Batlle firmara con Finlandia un tratado de libre comercio de cláusulas más que beneficiosas para los extranjeros, Botnia desmalezó el terreno en la cabecera sur del puente San Martín mientras los agrimensores mensuraban, los eléctricos tendían redes y los desarrolladores de software programaban sin tiempo para pestañear. Los arquitectos dibujaban y mandaban comprar hormigón premezclado. Los ingenieros planificaban grandes movimientos de tierra, desarrollaban planes de gestión ambiental y perforaban el suelo hasta el agua. Incluso arqueólogos, sociólogos y comunicólogos hicieron de las suyas mientras los peones se relamían. La fiebre contagió a los pueblos vecinos e incluso a alguna ciudad no tan cercana, como Paysandú. Los orientales llegaban de todas partes.Rita tenía miedo del ajetreo. Pensaba que los “gringos” ya nos habían colonizado una vez, robando las riquezas originarias que dilapidaron al otro lado del océano. Ahora los imaginaba desembarcando por el agua, lo único que quedaba en Uruguay después de la aftosa, las corridas bancarias y la sangría de jovencísimos emigrantes.

En 2006 el movimiento ya era palpable. En agosto la empresa había completado prácticamente la obra civil, se mostraba orgullosa de los 2.900 trabajadores que a diario alimentaban el barullo y anunciaba 5.000 puestitos para la próxima añadidura.

***

Por entonces la familia Taskinen se instaló en la calle Rincón de esa misma ciudad, donde Jorge Luis Borges puso a recordar y recordar a Irineo Funes, el memorioso. Fue una de las tantas familias que vinieron a Uruguay desde tantísimos países. Botnia proveía de educación a los hijos de sus altos mandos mediante un convenio con el colegio franciscano Los Laureles, que trajo maestras y profesoras desde Finlandia, la tierra donde la empresa cotiza en bolsa de valores. Las instalaciones se mejoraron y se construyó un edificio anexo para dar las clases. El barrio Jardín pasó a llamarse Residencial Botnia para albergar a las familias europeas cuyos jefes de hogar eran un ejército de imprescindibles para la multinacional. Se paseaban recreando a Finlandia entre las instalaciones perimetrales que compartían y tenían su spa propio. Tomaban sol desnudos y comían carnes que cocinaban en vinagre y con demasiado picante, según recuerdan los fraybentinos.

Frente al complejo de 80 confortables viviendas estaba la escuela. Niños uruguayos y extranjeros se veían las caras en los actos conjuntos, haciendo gimnasia, en fechas patrias y durante otros festejos. Unos bailaban el pericón y los otros sus músicas típicas. La interacción no era frecuente. Pero los Taskinen querían que sus niños se zambulleran en Uruguay. Vesa —por entonces de 10 años— y Tero —de 16— se integraron al aula franciscanovareliana y escucharon hablar de Gardel, del dulce de leche, del mate y de la rambla. Venían de una breve estadía en Finlandia, después de algún tiempo en Holanda. El señor Taskinen los hizo viajar, a ellos y a su esposa, por Japón y por diversos países europeos, entre maletas y maletines con contratos firmados. A diferencia del mundo que conocían, Fray Bentos los sedujo lo suficiente para quedarse. El movimiento del pequeño pueblo era “majestuoso”, su gente, cálida, y la seguridad, altísima: los niños salían de noche, podían volver a cualquier hora y no les iba a pasar nada malo.

A Tero le encantó Fray Bentos. De haber estado en Europa tendría que haber esperado unos cuantos años más para ver los amaneceres entre amigos. Con sus 16 años salió por las callejas y se hizo de los mejores compinches que ha tenido en la vida, amigos que ya son familia. Lo dice en el plácido fondo de la casa familiar, bajo un alero cercano a una pérgola y sobre un colchón de dos plazas coronado de almohadones. Es un rubio menudo de ojos clarísimos. Viste una casaca aurinegra que invita a cliquear en un sitio web que abrieron los manyas fraybentinos. Habla español como se habla al oriente del río. En realidad es uruguayo: fue el primer finlandés en obtener la ciudadanía celeste. Sus amigos bromeaban: “Ahora somos tres millones y uno”.

—¿Tuviste suerte con las chicas aquí?
—Podría decirse que sí —contesta sin más detalles. Luego admitirá que “se hizo hombre” en Fray Bentos.
—Claro que sí —afirma con orgullo Daïvi, su madre—. Vinimos con dos rubios. Todavía son bastante populares con las chicas.

***

En el pueblo todos lo saben. Hubo muchas parejas entre uruguayos y extranjeros: algunas momentáneas, otras con ciertas pretensiones, y unos pocos matrimonios que terminaron en Finlandia o algún otro país. Y también hubo relaciones por dinero, por necesidad o porque sí.

—Pateabas gringos, pateabas euros, dólares. Hubo amor y hubo dinero— aventura Melissa, de 35 años.

Melissa trabajaba entre las copas rojas de los lupanares. Sus carnes rollizas, su aplomo, un amplio escote y una gran simpatía eran sus armas allí. La conocieron los de afuera y los de adentro, los que tenían más y los que menos, el soldador y el ingeniero. La especulación también afectó al mercado del cuerpo. La cerveza servida entre sugerencias candorosas ahora sale 100 pesos, pero hace ocho años la cobraban a 120. El piso para los servicios sexuales era de 1.000 pesos. Los hombres del pueblo se enervan cuando recuerdan que les cerraban en la cara la puerta del cabaret. Cafishos y madamas cerraban con llave para desatar en los locales las bacanales de los extranjeros que bajaban en shuttles contratados, entre vozarrones alcohólicos ininteligibles. Muchas chicas de otras ciudades se instalaron en Fray Bentos para alimentar la maquinaria sexual masculina, para calmar la sed de la carga.

A Melissa los rusos le daban asco “por sucios”, pero la piel tersa de los austríacos la cautivó: ni pelos tenían. Uno de ellos fue Markus, que tenía 26 años. Ella tenía 29.

—Conocí un montón de gringos. Pero me dediqué a uno solo por un año y medio.

Durante dos años más mantuvieron la relación a punta de aeropuertos y videollamadas por Skype. Viajaron juntos a Buenos Aires, Brasil y Austria, entre otros lugares. Se veían cada seis meses y se cachondeaban entre computadoras cada vez que podían. Pero el tiempo pasó como pasa para la mayoría de las parejas.

La propuesta de Markus fue clara: vivir juntos mientras durara aquello. Así que Melissa abandonó Las Canteras, el barrio más humilde de la ciudad, y el que está más cerca del fogón de Botnia. Por entonces estaba terminando de construir la casa donde vive hoy con sus seis hijas, pero durante los años dorados se mudó a un chalet en Las Cañas, un lugar “pipí cucú”, según rememora. Se llevó a sus niñas más pequeñas y armaron rancho aparte con el joven austríaco.

Cuando se conocieron él pidió exclusividad. Pagaba 2.000 pesos la hora de compañía, así que a veces Melissa encajonaba 7.000 u 8.000 pesos en un día. Dejó la noche y se dedicó a la gran vida. En el barrio la veían pasear con ropas caras, lentes de sol, altiva, hecha una gran señora en el Chevrolet Corsa que Botnia le había facilitado a Markus. Tenía otros novios que al verla en la pizzería con su nuevo enamorado la tentaban con cerveza. A veces aceptaba los tragos y Markus, que estaba haciendo sus primeras armas con el español, le advertía: “Yo no estúpido”. Aquellos descendientes de los súbditos del Imperio Austrohúngaro eran celosos: si una chica salía con ellos no podía andar dispensando besos por ahí. Pero cuando Melissa volvió cierta tarde de Maldonado y encontró panchos con fideos en la heladera y sobre la mesa del comedor una servilleta con un beso dedicado a Markus, no pataleó. Un taxista le dijo que una mercedaria había visitado a su pareja. Él, para desentenderse, mandó echar a las domésticas que limpiaban la casa argumentando que se lo querían levantar. “Mentiras”.

Melissa cocinaba y hacía algunas tareas de la casa. A Markus le gustaba tanto su arte que pronto dejaron de salir a comer. A ella, el silencioso arreglo tácito no le cayó en gracia. Así que planteó que los miércoles pizzería y los viernes restorán. Y así fue.

***

Dicen que los gringos eran —y todavía son, porque algunos aún trabajan allí— los dueños del pueblo. Hubo un tiempo, incluso, en el que a los locales les costó pagar las pizzerías, las birras, la noche, las prostitutas y los regalos para las mujeres del pueblo.

Hubo chicas que dejaron sus trabajos formales para abanicar a tiempo completo a los finlandeses. Mujeres jóvenes que nunca se habían acostado con alguien por dinero empezaron a hacerlo. Chicas que trabajaban en los servicios domésticos también les sacaron algún peso de más a los gringos, y los gringos les sacaron a ellas lo que buscaban.

Los europeos llegaron a un paraje que los recibió con una parsimonia ejemplar. Todo se demoraba más. Aprendieron a soportar la impuntualidad y el “un día de éstos”. Decían “Llueve, uruguayo no trabaja. Nublado, no trabaja. Uruguayo no quiere trabajar”. Pero sacaron ventaja de la pachorra.

—Las mujeres les daban bola porque había gringos que te regalaban flores y bombones. ¿Cuándo uno de Fray Bentos vino con una caja de bombones con moñita y todo, tipo telenovela? —se pregunta Melissa—. Nunca.

Los fraybentinos se granjearon entre las mujeres la fama de perezosos. La ley del mínimo esfuerzo amoroso y el menosprecio eran, según ellas, las principales características de los varones, que incluso llegaban a administrar el sueldo de sus parejas.

—Te quitan la autoestima y se meten en la toma de decisiones. Acá las mujeres tienen como gran meta de la vida casarse y adiós que te vaya bien —dice  Rita con algo de molestia.

El uruguayo es duro con las patas. No baila. Los extranjeros danzarines y joviales invitaban vinos y comida a las chicas, algunas ya entradas en años, que rara vez recibían tales invitaciones y agasajos. Ellos hablaban de otros mundos mágicos, de cadencias virtuosas y maravillas desarrollistas.

—¡Una reina! Te digo que me sentía una reina. Nunca había visto a un hombre mirarme con esos ojos de amor. Se preocupaba, me llamaba, me mimaba. Yo no estaba acostumbrada. Un día me paró frente a una vidriera y me preguntó, “¿qué querés?” A mí me daba vergüenza —reconoce Rita, que al final eligió una prenda de ropa.

Sus hijas la veían más joven. Ella sentía el corazón con 30 años menos.

—Los europeos en general son muy educados y caballeros. Son atentos, te corren la silla, te preguntan qué comés. Si tenés frío te dan su campera. El uruguayo no, es todo lo contrario. Te dicen “dame la campera que tengo frío” y hasta terminás pagando la cuenta.

—A mí me tocó uno medio turco —dice Fabiana como si hubiera jugado a la tómbola.

Nunca había lavado ropa, pero un grupo de extranjeros recién llegados necesitaba lavandera. Un amigo la invitó a la confitería. Le hablaron de dinero antes de la cita y ella, que como casi todos los demás estaba en apuros, aceptó sin ver media alguna. Los gringos se presentaron sin otra ropa que la puesta. Uno de ellos la convidó a sentarse a su lado, pidió descorchar una botella de tinto y “un buen plato para la señorita”. Tendría 45 años y hablaba español sólo para escanciar cuando el cáliz amenazaba a vaciarse: “¿Más?”.

—Se terminó la bebida y otro amigo le pidió que comprara más bebida para la dama. ¡Yo era una dama! Me conquistó por caballero. Me puso a prueba para lavar la ropa y rompí el lavarropas —recuerda Fabiana.

La segunda cita transcurrió entre gestos vagos y sin comunicación verbal más allá de alguna onomatopeya y ciertas palabras en un inglés traído de los pelos. En la tercera cena el finlandés intentó decirle lo evidente mediante una anotación de cuaderno. Era un término en su lengua que significaba “barrera de idiomas”. A los dos o tres meses tenían una serie de vocablos básicos que licuaban entre el frenesí de los cuerpos. El franeleo antecedió a la convivencia. Fabiana se fue a vivir con su príncipe azulado, que también cobijó a sus dos hijas. “¡Era mi casita!”, añora.

—Él no entendía nada. Yo le decía, “ay, ay, ay, cosita, te quiero con mamita. ¿Me queré’? ¿Me queré’?”. Y él decía “sí, mamitaaaaa”. Nos mirábamos a los ojos y sabíamos lo que queríamos.

La cuidaron y cuidó. Relata paseos y mandados juntos y los atardeceres en el río. Advierte que le hace mal recordar: extraña. Él se quedaba mirando el atardecer en las barrancas del río y cuando el único resplandor que se adivinaba era el de las luces argentinas, Fabiana le decía que quería volver a casa y él trataba de quedarse un rato más. Decía: “Acá romántico”.

Todos los días él le entregaba “platita”. No hacía como otras, que les robaban dinero a los extranjeros de sus regordetas billeteras. Algunas prostitutas incluso los mandaron golpear. A Melissa le alcanzaba con salir a comprar un litro de leche con 1.000 pesos: él no preguntaba por el vuelto. Los taxistas y los almaceneros se hacían los vivos. Un litro de agua mineral podía costarles cuatro dólares; una cerveza, 30. Cuando se dieron cuenta, abandonaron el almacén de la esquina por el Tata de 18 de Julio, que acepta tarjetas bancarias. Una señora, responsable de un club social, evoca cómo le manotearon la billetera a un gringo en una curda fatal.

***

Los fraybentinos los recuerdan orinando los árboles en la plaza Constitución, sudando la gota gorda para aprender español, animando las fiestas mamados hasta el tuétano, descubriendo a los mosquitos, la humedad y el sol rajante que los dejaba colorados como frutillas. Trabajaban mucho. Eran adictos al trabajo. Se colocaban todas las cervezas que podían y a las seis de la mañana del otro día estaban bañados, afeitados y marcando tarjeta uniformadísimos.

El tiempo pasó y hacia finales del 2007 el fuego pasó a ser brasa. Los pubs cerraron, algunos restoranes también y sobrevinieron los despidos. El vox populi era que iban a quedar trabajando en Botnia 1.000 fraybentinos, pero terminaron siendo poco más de 300, muchos de ellos con contratos zafrales. Al año siguiente, todo había vuelto a ser como antes de Botnia.

Muchos televisores, motos, lavarropas, aparatos de aire acondicionado, teléfonos y lustrosos mobiliarios se pusieron a la venta a precio de bicoca para pagar las cuotas de los préstamos, que habían pasado a ser incómodas. La bonanza no duró lo que parte de la población esperaba. Otros lo planificaron mejor y pudieron terminar de pagar el auto, refaccionar la casa, ponerse al día con los acreedores o hacer el viajecito.

***

Alejandra camina con su pequeño hacia la escuela. Pasa por el almacén, compra la merienda y sigue el camino. Es un mediodía de abril y hace calor en las afueras de Fray Bentos. Ella estuvo en Finlandia pero se volvió con su hijo: no quería vivir allá. Está tratando de que el padre del niño envíe dinero, pero no lo hace. Poco tiempo después de regresar a Fray Bentos, volvió a trabajar en la whiskería repleta de viejos verdes. No quiere entrar en detalles, dice estar ocupada, es lunes, cuelga la ropa en el fondo de su casa, pide disculpas y se mete adentro. Hay por lo menos otras dos chicas en su situación, pero ninguna quiso hablar del tema.

Jessica, de 26 años, se para en sus talones. Conoció en 2006 a su ex pareja, un finlandés. Viajó con 19 años a Europa. Armó las valijas, apretó los dientes y se despidió de sus alumnos de danza. Cruzó a Buenos Aires y de Ezeiza partió a Helsinki. De ahí a Uusikaupunki, un pueblito de 15.000 habitantes al suroeste de Finlandia en el golfo de Botnia, cerca de Suecia. Todo era precioso. Hasta que al tiempo volvió de vacaciones a Fray Bentos y se reencontró con las enfermedades de sus padres, la rambla, el mate, el idioma y el laburo que había dejado porque su esposo le decía que no tenía necesidad de trabajar. En Europa habían intentado ser padres, sin suerte. Primero aplazó un mes el regreso al frío. Después lloró en la terminal de ómnibus de Fray Bentos. Una amiga la acompañó al baño: quería tirar entre los desperdicios su pasaporte europeo. No lo tiró, pero llegó a Buenos Aires y no pudo con el ataque de pánico que le vino en el check–in y que otros pasajeros calmaron con tranquilizantes.

—Le dije: “Mi vida está acá. Yo te adoro, te voy a extrañar siempre, te voy a querer siempre. Pero no puedo cambiar lo que soy por vos. Aunque seas el amor de mi vida”. Fray Bentos es un pueblo muy chico. Si no me hubiera ido me hubiera quedado con la duda. Fui y tuve la experiencia, y dimos lo mejor de nosotros. Pero me quedé.

Algunas de las mujeres que habían abandonado a su pareja volvieron con ellos tras la partida de los extranjeros. Otras no.

Daniela es maestra, una de las tantas que no vivían la noche. Tiene unos 40 años y nunca pensó en algo serio hasta que se enamoró, en su caso de Osman, un cañista turco que anduvo soldando medio mundo y terminó en Fray Bentos. Se casaron en 2009. Un año antes volvió a Fray Bentos a esperar por Ence, el proyecto de planta pastera que estaba planeada para instalarse en Río Negro pero terminó en Colonia. Ahora Osman, como tantos fraybentinos, está en Conchillas, ligando tuberías. También hubo parejas que se establecieron en Finlandia, porque el país ofrece a los extranjeros facilidades para estudiar la lengua e iniciarse en la vida laboral.

Rita empezó a comunicarse con su ex pareja, que había vuelto a Europa, por videollamadas que se cortaban y le impedían escuchar a ese hombre que tanto quiere todavía. Pensaba irse, pensaba quedarse. Pero una de sus hijas quedó embarazada y se decidió por ella y su nieto, haciendo fuerza para olvidar los proyectos en República Checa. Tiene una amiga que ya hace cinco años que está por allá y está bien.

—Tuve tanto dolor como esperanzas. Tengo tantos recuerdos… Había tanta gente que desbordaba todo y vino el bajón. Fray Bentos nuevamente se volvió un pueblo fantasma. Un amigo me dijo que estuvimos en una burbuja. Y luego vino la sensación de plafón bajo. Yo lo noté en la parte sentimental.

***

Las lucecitas amarillas se apagaron y se llevaron a los muñecos del tinglado. Fray Bentos se volvió lúgubre otra vez. Los anuncios de “se alquila” se multiplicaron entre los balcones y las ventanas del pueblo. Los pubs cerraron. La siesta volvió a ocupar el lugar de privilegio de siempre. Los trabajadores retornaron a sus ciudades y se despidieron entre abrazos, besos y unos cuantos “nos vemos”.

Sanseacabó. Los municipales, los jubilados, un puñado de profesionales, los funcionarios públicos, entre ellos militares y policías, volvieron ser los que empujaban la economía.

Ahora el pueblo está en calma. Canta la chicharra. Un puñado de gerentes, ingenieros y trabajadores de confianza se miran de reojo entre ellos, cada uno en su mesa. Visten jeans o bombachas gauchas del siglo XXI, camisas a cuadrillé, chalecos de guata revestidos de polyester. Trabajan para que Botnia escupa humo. Son pocos, pero animan los restoranes al mediodía y a la noche. Piden la cuenta, pagan y dejan regada de migas de pan la mesa que la moza recoge comedidamente. Son lo que dejó la crecida.

Las volutas de humo fino y blanco se observan desde la placidez de Las Canteras como foto de un pasado mejor. Una comadrona avisa que no quedó nada, y les aconseja a los de Conchillas que no se hagan ilusiones porque Fray Bentos sigue siendo el pueblo fantasma de antes. Aunque puede que tal vez algún día alguien lo redescubra, como hicieron los ingleses con el Anglo y los finlandeses con Botnia. Que los extranjeros otra vez se maravillen con su geografía y la bondad de sus gentes.

Entonces Katy, una chica de 23 años, madre soltera de dos, uno de ellos bien rubio, volverá a ser agasajada por sus hermanos varones, que le compraban de todo en las épocas de bonanza. Caminando hacia la ruta, Katy evoca aquellas semanas con sus amigas cuando decidía a qué bar acudir a observar a los gringos tomarse hasta el agua de los floreros de lunes a lunes. Hasta ahora no tiene un trabajo fijo, pero ese día una van pasaba a buscarla: la necesitaban para recoger niños. Mientras construían andamios en Botnia atendió una tienda de insumos informáticos, pero desde entonces, maternidad de por medio, no había conseguido trabajo. Ese día, después de mucho tiempo, su quehacer sería remunerado. Estaba contenta y linda.

***

Durante el boom de Botnia los embarazos aumentaron, como aumentan cuando la gente se siente con el coraje para mantener niños. Una doctora que atiende una policlínica de Las Canteras dice que antes de las obras unas 20 chicas embarazadas se controlaban mensualmente. Desde la llegada de los europeos pasaron a ser 30 y hoy son 40. El aumento no significa que la natalidad se haya duplicado en diez años, sino que las mujeres se controlan más, aclara una partera del barrio. Ahora las mujeres piden anticonceptivos, piden exámenes luego de una relación de riesgo, preguntan y van con sus compañeros. Cosas que antes de Botnia no pasaban.

Las mujeres sabían que los gringos se les iban y tomaron las precauciones del caso. En estos años aprendieron a utilizar preservativos y anticonceptivos orales en una zona donde antes de las obras era difícil que usaran un condón. Hablar de sexo —no practicarlo— era tabú, o más tabú que ahora, afirma sin dudar la partera.

—¿Hubo un boom de la sexualidad además de lo económico?
—Pienso que sí. La situación económica lo planteó. Había que hacer dinero. Pero además la gente se educó y tomó conciencia de que cada uno es responsable de su salud. Pienso que hubo un clic. Al tomar contacto con gente de otros lugares siempre hay un enriquecimiento personal. El intercambio que existió entre la gente fue lindo. Ésta era una zona donde no se hablaba mucho. El tema estaba quietito, no sé si por vergüenza o qué. Pero ahora las pacientes están informadas, preguntan, cuestionan, aceptan, y se trabaja muy bien.

Exceptuando los precios de la vivienda y los comestibles, todo volvió a su cauce. Fray Bentos parece esperar otro milagro global que la despierte del sopor, del letargo. Que la desplace como capital de departamento con una de las mayores tasas de desempleo y con la mayor tasa de desempleo juvenil de Uruguay. Es comprensible la nostalgia.

***

Para el pueblo es prácticamente imperceptible el beneficio de lo que se produce a unas pocas cuadras: UPM es una empresa que ronda anualmente 10.000 millones de euros en ventas. No quedaron monedas y tampoco nacieron muchos niños. El mayor premio que tuvo Fray Bentos fue la efímera posibilidad de conocer gente nueva y quedarse con sus memorias en algún lugar entre el deseo y la razón, otros dos hijos de Botnia.

A esta hora los curripacos duermen. O eso parece. El sol del mediodía calienta en lo más alto, como un tizón allá arriba, mientras acá abajo sur de Guainía, frente a Venezuela, muy cerca de Brasil– el caserío permanece aletargado y vacío. Son 60 casas con paredes de bahareque o tablas, techos de palma o zinc, habitadas por descendientes de la etnia arawak. La comunidad de Cangrejo, junto al río Negro, suele ser un vaivén permanente de hombres y mujeres cuyas vidas discurren como ese cauce de aguas oscuras. Pero a esta hora –12:05, decíamos– nadie camina por sus calles desiertas.

Iginia Pinto no tiene tiempo para descansar. Desde esta mañana, con su hija y varios nietos, se instaló dentro de una choza dispuesta a tostar 100 kilos de mañoco. A ratos con parsimonia, a ratos con violencia, Iginia mueve la harina de yuca sometiéndola al calor salvaje que arde bajo el budare de hierro. Iginia ronda los 70 años, es menuda y parece frágil, pero aún tiene fuerzas para cocinar de pie durante horas. Para alimentar la brasa como un fogonero, con palos gruesos que recogen los niños en los terrenos cercanos.

El fuego no ha dejado de arder durante la faena de hoy, y el espacio dentro de la choza se ha llenado de una ceniza fina que flota en el aire. La luz del mediodía hiere la penumbra, se cuela entre las varas de las paredes y las sombras proyectadas dibujan líneas temblorosas en el piso de tierra cruda. Inmune al bochorno, Iginia cocina sin decir palabra.

***

En el extremo sur del río Negro, que aquí es la frontera natural con Venezuela, del lado colombiano sobresale un pueblo entre todos los caseríos de la zona: San Felipe hace las veces de capital. Tiene solo cuatro calles, pero es el único con comercio, escuela, iglesia y puesto de salud. En su periferia, siempre junto al río, hay 21 comunidades indígenas (todas muy limpias, con patios despejados y chozas distribuidas bajo árboles antiguos), la mayoría habitadas por curripacos, y unas pocas donde viven también los yerales, indígenas venidos de Brasil.

Con frecuencia, cuando necesitan comprar o vender algún insumo, los nativos viajan por el río en curiaras (botes largos y delgados hechos a partir de troncos) de remo o motor hasta San Felipe. Allí hacen sus diligencias y vuelven a sus aldeas antes de que caiga la noche. Los pobladores de estas comunidades suman un millar de habitantes.

La historia del Bajo Guainía –todos los pueblos ubicados entre Puerto Colombia y Brasil– está ligada al comercio del caucho y del fique. Pero también, como suele ocurrir en toda frontera, al contrabando de mercancías. Multitudes de desplazados y buscavidas diversos llegaron a este lugar atraídos por la esperanza de riqueza súbita. Había dinero entonces, todo estaba permitido y en San Felipe prosperaron cuatro prostíbulos y varias discotecas. Muchos “emprendedores” de origen dudoso –es decir, traquetos– amasaron fortunas. Más tarde, cuando llegó la ley (armada y ejército), se produjo una estampida. Y ahora, repartidas por todo el pueblo, se ven sus casas estrambóticas, que duermen en silencio el largo sueño del abandono.

A pocos pasos de San Felipe, cruzando un desvencijado puente de madera, entre cultivos de yuca amarga, está la comunidad de Cangrejo.

***

El mañoco –el oro de la selva– es una harina grumosa que se produce a partir de la yuca amarga. A diferencia de la dulce, esta hay que manejarla con sumo cuidado: contiene cianuro y es preciso extraerlo antes del consumo. De la yuca se conocen más de 50 variedades, y para los curripacos tiene una ventaja primordial: en esta selva húmeda se cultiva durante todo el año.

En su libro Datos etnográficos de Venezuela, el naturalista Lisandro Alvarado describe así el proceso de elaboración del mañoco: “Rallan la raíz (de la yuca) lo mismo que para fabricar casabe, y mezclan enseguida la masa con un fermento especial, a fin de que pueda el mañoco conservarse largo tiempo sin alterarse, y de que adquiera un sabor acídulo conveniente al gusto de los indígenas. Esta levadura se prepara de antemano poniendo en un catumare (vasija de palma) cierta porción de raíces para mantenerlas en remojo hasta que, reblandecida y fermentada, la sacan, descortezan y deshacen, volviéndola una masa homogénea, que es la que mezclan con la raíz rallada, en la proporción de una parte de morojói (así llaman a esta levadura) por tres de raíz rallada, teniendo cuidado de que al efectuarse la operación no haya en las manos herida alguna, ni escoriación. Échase la mixtura en el sebucán (una manga), prénsase, despójasela del yare (líquido amargo), y enjuta ya la masa y convertida en un largo cilindro, sácanla y pónenla en una guapa (cesta) grande en donde la desbaratan, convirtiéndola en una harina basta y gruesa, que tamizan y despojan de las partículas fibrosas. Cernida la harina, viértenla sobre un budare puesto al fuego, cuyo borde sobresale como cuatro dedos de alto, y con una paleta de madera van removiendo la sustancia para que se tueste con uniformidad y deje escapar, en forma de vaho denso y blanco, los restos de humedad y de zumo tóxico (ácido prúsico) que encierra, y también para que adquiera un color amarillo dorado y su final consistencia. En tal estado se guarda y se almacena”.

Los indígenas del triángulo amazónico que comparten Colombia, Venezuela y Brasil, consumen el mañoco y confían en sus virtudes desde antes de que llegara Colón a estas tierras. La yuca, dicen, es buena para la digestión y ayuda a combatir infecciones; también reduce la inflamación, alivia el estreñimiento y los trastornos digestivos; mejora la artritis y disminuye el dolor en las articulaciones; mitiga el dolor de cabeza, elimina las erupciones de la piel y reduce el colesterol; contiene vitaminas A, B y C; aporta calcio, potasio, fósforo, hierro, manganeso, cobre. Y, por encima de todo, contiene almidón: una gran fuente de energía. Justo lo que se necesita para sobrevivir en la selva profunda.

***

Melvino Arias, un líder curripaco, es nativo de San Felipe, pero emigró y vive en la comunidad de Coco Nuevo, ubicada a pocos kilómetros de Inírida. Melvino conoce el movimiento del mañoco desde que nació allá junto al río; hoy vive preocupado por las amenazas que enfrenta su comercialización.

—Antes nos iba bien, porque en los tiempos de bonanza los venezolanos compraban mucho mañoco; ellos nunca se dedicaron a hacer: compraban. Ahora, con el cambio de moneda, en este momento hay una de las peores crisis que ha habido. Los venezolanos eran los principales clientes, pero eso se acabó. Y en nuestras comunidades hay una afectación, porque el mañoco sigue siendo la principal actividad de los nativos.

Esta tierra sufrió un éxodo. Hace 15 años, quizá un poco menos, varios centenares de indígenas abandonaron la zona y cruzaron la frontera rumbo a Venezuela, cuando ese país era todavía un destino favorable. Pero la revolución chavista dañó las cosas. Hace cinco años empezó una nueva migración, esta vez en sentido inverso: los colombianos que se habían ido están ahora de regreso. Y a ellos se han sumado muchos venezolanos desesperados.

Algunos nativos venden su producción de mañoco en San Carlos, un pueblo de Venezuela ubicado frente a San Felipe, en la otra orilla. Otros viajan con los costales hasta Maroa, un pueblo venezolano, más bien fantasma, ubicado a casi cuatro horas de navegación río arriba, en lancha rápida o “voladora”. Pero los comerciantes de la zona, colonos venidos de otras tierras, son los únicos que tienen la capacidad de llevar mañoco en cantidades hasta Inírida.

Para sacar la producción hay dos rutas –dice Melvino–, y las dos son complicadas. Por el pueblo de Yavita es la más fácil: hay que viajar por los ríos y hay que cruzar ese pedazo, que es territorio de Venezuela (una trocha de 30 kilómetros por tierra). Pero después de 1 o 2 toneladas, ya no se puede en lancha y toca coger la trocha de Huesitos: 80 kilómetros muy difíciles. Ahorita son 13 horas de recorrido, porque está muy mala esa vía. Millón y medio cobran los tractores por cruzar. Por eso a veces es preferible venderles a los venezolanos, que están ahí mismito, al precio que paguen.

Melvino dice que lo urgente es reparar la trocha de Huesitos: con eso mejoraría la vida en las comunidades. Muchos paisanos, dice, se han sacado la nacionalidad venezolana para cruzar el atajo en suelo extranjero y evitar problemas con la autoridad. Si alguien decide hacer el viaje solo por tierra colombiana, debe navegar el río Negro hacia arriba, ahí tomar la desembocadura del Casiquiare y salir después al Orinoco; desde allí debe bajar hasta San Fernando de Atabapo, el punto donde estuvo Humboldt, y de ahí caer finalmente a Inírida. El viajero gastará más o menos cinco jornadas navegando de día: de 6:00 a 6:00. Pero eso es en invierno, porque en verano son ocho días de travesía.

Huesitos, sin embargo, es una ruta peor, y la más costosa. Pero a veces es la única. Melvino: “Por ahí toca pagar hasta tres millones ida y vuelta, más el combustible. El desplazamiento es complicado, aunque sea buen negocio”.

***

Entre Inírida y San Felipe, un par de veces al mes, viaja un avión que transporta suministros pagado por comerciantes del pueblo. A veces, en esa pista deteriorada, aterrizan vuelos oficiales y avionetas enviadas por algún servicio de salud. Pero estas son oportunidades infrecuentes. Lo único seguro ­–desde siempre y para siempre– son los ríos y sus caudales veleidosos. En invierno, cuando la corriente sube 10 o 15 metros, los cauces se vuelven senderos anchos (500 metros de orilla a orilla) de fácil navegación: bajo el agua se oculta la amenaza de las rocas grandes, y las corrientes traicioneras prácticamente cesan. En verano el agua baja, los obstáculos aparecen y el tránsito se convierte en una odisea. Los motoristas, que conocen todos estos ríos, evitan los tramos más peligrosos saliéndose del cauce: a cada rato los viajeros tienen que abandonar los botes para sortear los accidentes a pie. Deben bajar la carga, echársela al hombro y caminar con ella antes de abordar la lancha en un punto más seguro. Y todo el transporte es así, siempre atado a los caprichos de la corriente.

***

Iginia repite la ceremonia del tostado un par de veces por semana, y todos los miembros de su familia viven de esa actividad. A medida que mueve la paleta sobre el budare, parece que poco a poco va alcanzando una especie de trance: en su rostro no hay expresión; no hay fatiga, tedio ni dolor. Tampoco placer. El trabajo de Iginia es pura rutina y su cara, llena de surcos profundos, mantiene siempre un gesto pétreo con la mirada fija en la harina. A ratos pone la mano encima y verifica la temperatura, o coge con los dedos un puñado y se lo lleva a la boca: prueba el material para estar segura de que todo marcha bien.

Mientras Iginia cocina, su hija me ofrece por fin una taza llena de mañoco cocido y agua. Con una totuma, imitándolos, voy sorbiendo pequeñas cantidades como quien come cereal por la mañana. El gusto es amargo y las pepitas de harina crujen en cada mordisco. Es un sabor que exige curiosidad y costumbre, pero la descarga de energía es evidente.

Así, cucharada a cucharada, voy consumiendo el oro de la selva: el alimento difícil que los indígenas curripacos le arrancan a la tierra desde hace siglos. Entonces pienso en el origen de lo que estoy llevando a mi estómago: en la piel fuerte y rústica de la yuca amarga; incluso en la violencia de su veneno –a veces inofensivo, pero siempre latente–. Y así entiendo por qué el mañoco es el principal bocado de toda esta etnia empecinada: no puede haber para ellos, gente recia, un alimento más apropiado.