Pasta de campeón

Publicado: 20 febrero 2017 en Jhonnatan Torrez Casanoba
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Sparring:

Cuatro segundos sin aire. Uno, dos, tres, cuatro… (como si fueran eternos)

1: El golpe preciso en la boca del estómago me quita el aire.
2: Pierdo el equilibrio. Intento respirar, no caer, meter aire. Caigo.
3: Desde el lodo puedo ver a estos hombres de uniforme, sin identificaciones. Uno sigue en la motocicleta negra, destartalada y sin placas; esperando a ver qué hago.
4: El aire vuelve con dolor, quiero hablar para pedir ayuda. Apenas puedo aferrarme a mi mochila e intento alcanzar la grabadora que cayó a menos de un metro del anónimo uniformado. Esto lo enfada más.

—No estarás grabando, ¿no?
—No…
—Bueno, cojudito, mejor que aprendas a no meter tu nariz donde no debes.

Los testigos reclaman por qué me golpearon (benditos sean). El conductor de la motocicleta sentencia:

—Ya sabes, última vez.

Se van.

Segundos después aparece una patrulla. Les cuento que intentaron quitarme la mochila, mis notas, la grabadora y cuando me negué, recibí el golpe. Un policía joven y de trato torpe, me dice:

—Si no hay placa o nombres, no podemos hacer nada. Vamos a estar atentos, pero ¿te das cuenta de que esto es una advertencia?

Una advertencia por meter la nariz donde no debo. Un canal de drenaje donde venden droga. Sí, y qué. Con una mezcla de enojo e impotencia, recuerdo esa tarde en que me metí en este lío. Todo había empezado con un apretón de manos. Así nada importante.

Dos meses antes de ese gancho al estómago, mientras trataba de entender cómo funcionaba esta ciudad que estructurada en anillos, devora a quien no puede seguirle el ritmo, conocí a Miguel. Miguel es un hombre viejo, delgado, que oculta las canas en una gorra desgastada y que tiene la mirada fija sobre mí. Nada extraordinario. Un tipo en la calle.

Alguna vez me contaron que dar la mano al saludar era una forma de demostrar que no tenías un arma y que podías ser confiable. Fue lo único que se me ocurrió cuando lo tuve en frente, extenderle la mano. Él hizo lo mismo.

—Buenas ¿qué hace por mi humilde barrio? -me dice en tono de broma.

Ese día, y así, conocí a Miguel Medina, quien a sus 56 años tenía las arrugas que te dejan la nostalgia, unos pantalones blancos y la autoconfianza de quien ha recibido muchos golpes en la vida.

—Yo fui boxeador, creo que por eso sigo vivo -dice

El boxeador

Miguel nació en Riberalta, es el sexto de siete hermanos. El negocio de la familia eran la castaña y la venta de madera. Cuando cierra los ojos y recuerda el monte puede oler la tierra mojada.

Miguel cuenta que aprendió a pelear en su pueblo. Para cuando se trasladó a Santa Cruz de la Sierra a estudiar Ingeniería Civil, una de las primeras cosas que hizo fue buscar un gimnasio dónde entrenarse. Quería ser boxeador.

—Es que al toro hay que darle con qué torear, pues -dice riendo, aún con los ojos lejos, 35 años atrás.

Era 1980. Por esos años el deporte preferido de la ciudad era el básquetbol. Ser boxeador era algo extraño. Entrenar para pegarle a la gente iba en contra de la voluntad civilizadora de los tiempos. Sin embargo, en esa época se forjaron leyendas del boxeo nacional, como Hugo “Pacho” Olivares, el primer boliviano en lograr el título latinoamericano de los pesos medianos de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Ese año llegó un promotor de la AMB. Y eligió a unos cuantos. Para estar en esa selección había que hacer más que pelear. Había que ganar. Miguel estaba decidido. Entre golpe y golpe atrajo las miradas de los demás boxeadores y así consiguió su apodo.

—Me pusieron ‘Escocés’. No es un gran apodo. Al principio me daba vergüenza, pero como en todo, uno se acostumbra.

—¿Y por qué la vergüenza?
—Yo tenía un short rojo con negro, a cuadros. Lo usé en una de mis primeras peleas. Cuando estaba arrinconado contra las cuerdas, recibiendo golpes, me di cuenta que solo podría salir de un salto. Esperé que lance un golpe largo y levanté la pierna. El short se rompió y quedó como una falda. Y qué te puedo decir. Ese día no llevaba calzones.

Cuando el público comenzó a corear: “Escocés” (bis), el oponente se distrajo. Miguel combinó golpes al hígado, el estómago y la mandíbula, esa serie de golpes se convertirían en su marca personal. El oponente, de quien nadie recuerda el nombre, cayó y Miguel ganó la pelea, su apodo de boxeador y un lugar en el grupo. Hay días en que la suerte se hace querer.

El campeón Hugo “Pacho” Olivares desde su hogar, siete anillos lejos del ruido, dice que hace mucho que no habla del boxeo, porque si bien le trajo muchas alegrías, también le trajo dolor. Él fue implicado en un caso de narcotráfico que le costó la pelea por el título mundial que debía disputar con el francés Gilbert Delé en Francia. Estuvo un tiempo preso en el extranjero y aunque al final se probó su inocencia, recuerda el episodio con amargura. Eran los 80 pues, el narcotráfico había sentado sus reales en Bolivia. Se había extendido hasta los más altos niveles de gobierno. Entonces teníamos incluso nuestro “Rey de la Cocaína”, un hombre que no solo financió un golpe de Estado, sino que se convirtió en el principal proveedor de Pablo Escobar, según el libro “Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narco-Estado”, escrito por la esposa de Suárez, Aida Levy. Durante esa década, la coca se había convertido en el 12% del Producto Interno Bruto del país. Para 1983 el tambor de coca (100 libras) costaba 800 dólares. Una obscena cantidad de plata. Para el final de la década, Bolivia producía cerca de 1.200 toneladas de pasta base de cocaína. Esos días el narcotráfico no solo se había convertido en un negocio rentable y peligroso, sino que había abierto la puerta sin salida para el consumo interno, en todos los estratos sociales.

En esa época, Miguel consumía cocaína. Al principio porque le ayudaba a beber más tiempo, a ser el que más aguantaba, a ser el campeón. En 1983, tuvo la oportunidad de hacer que su nombre tenga peso en el mundo del boxeo. Se embarcó en una gira nacional con otros boxeadores, entre ellos, “Pacho”. Una de las paradas era Tarija. Allá Miguel debía enfrentarse a Rogelio Jimenez, “La Perla Negra”, un boxeador grande, bailador, con pegada bestial.

—Yo estaba nervioso. El negro era fiero, pero yo no me iba a dejar. Estaba mareado cuando subí al ring, pero una vez lo tuve en frente, fue o él o yo.

Lo que nadie le había dicho a Miguel era que habían programado la pelea para que “La Perla Negra” lo despedace. Era el chanchito del sacrificio. Se acordaron 6 rounds. “La Perla”, un boxeador ya reconocido en esa época, de esos que bailan en el ring, que tienen las manos en baja guardia, que juegan con el oponente y dan ganas de darle un tiro, estaba listo para la que se supone sería una pelea sencilla. “Pacho” recuerda el episodio con emoción y risa:

—Le hizo la vida imposible a “La Perla”. Entró directo a arrollarlo, sin ver, sin pensar. Fue una pelea hermosa. “La Perla” quería jugar con Miguel, pero no tenía tiempo para nada. Cuando se dio cuenta ya estaba arrinconado recibiendo. Tres veces lo tumbó Miguel ¡tres veces! ¡Nadie podía creerlo!

“La Perla” cayó por primera vez. No era un chiste. No estaban para bailar, lo iban a romper. Entonces comenzó a subir las manos, a cubrirse la cara, se olvidó del estilo. Por cada golpe que daba, recibía tres. Miguel no era un hombre fácil de tumbar. Era un toro que arrasaba con todo. “La Perla” recibe un golpe al hígado, cae, los golpes siguen y el público comienza a aullar. Miguel recibe un golpe tras otro, pero para él lo importante es no caer. Lo importante es “fajar” y protegerse. Luego “La Perla” cae por tercera vez. La pelea termina por puntos. Miguel Medina Roca, el beniano que habían llevado para que otro boxeador se luzca, ganaba ahí donde nadie daba un peso por él. Ya entonces hacía lo que le daba la gana. Ganaba. Se sentía campeón.

Miguel fue el sparring de “Pacho”.

—Era bueno, aguantaba, no era fácil de doblar. Cuando atacaba, pegaba fuerte, era “fajador”, entraba y no le importaba nada, ni cuánto recibía; solo le importaba dar, ganar. Miguel peleaba para el público, le gustaba escuchar a la gente gritando.

Un fajador es un boxeador que combate a corta distancia intercambiando golpes hasta que alguien se desmorona. Digamos, Rocky Balboa. Todo lo contrario de un estilista, que prefiere el combate a distancia y el desplazamiento continuo sobre el ring. Como Floyd Mayweather.

—¿Y usted qué tipo de boxeador era? -le pregunto a “Pacho”.
—Con esa pregunta hemos confundido a muchos (ríe). A mí me entrenaron en los tres estilos básicos: fajador de corta distancia, el de media distancia, el contragolpeador y el estilista. En las peleas había aprendido a jugar y cambiar los estilos. Por eso perdí pocos combates, y nunca me noquearon.
—Entonces, ¿cambiar de estilo le ayudaba a confundir a su oponente?
—¡Claro! Como la pelea de Miguel con “La Perla”. Uno era fajador y el otro estilista, y cuando comenzaron a atacarse, Miguel lo sacó de esquema. “La Perla” quería cambiar de estilo, pero no podía y acababa cayendo. Al final, como boxeas es como vas a acabar tu vida.
—…Como boxeas, vas a acabar tu vida…
—Sí, mira, Miguel fajaba, le iba de frente como un toro, no pensaba, ese era su defecto. Todos los fajadores que conozco terminaron mal, dañados, porque son pues toros, ¿y como acaban los toros? Muertos.
—¿El fajador sólo gana en el ring?
—Mira, había boxeadores grandes aquí. Por ejemplo, un argentino que ahora es peluquero en Montero. Él era fajador, un gran boxeador, pero ahora se pierde, no puede mantener una charla porque se va… los golpes le dañaron la cabeza. Otros acabaron muertos o alcohólicos.
—¿Y cómo es cuando dos fajadores se encuentran?
—¡Un espectáculo! Eso le gusta a la gente, que se den, que se partan la cara. Pero no es bueno, uno no debe pelear para el público. En el ring hay reglas y técnica, el público no importa. Pero Miguel peleaba para el público, igual que uno que era cargador en la estación argentina. “Mata toros”, le decíamos y venía a entrenar, un fajador terrible, un día se agarraron con Miguel y paralizaron a todo el coliseo. Se daban como si el cuerpo fuese ajeno. La pelea no iba a terminar nunca. “Mata toros” golpeaba fuerte, imagínese un tipo que se pasa ocho horas al día cargando peso y Miguel… (hace una pausa y los ojos se llenan de nostalgia, traga saliva) y Miguel lo mejor que sabía hacer era atacar y aguantar, aun cuando uno pensaba que se iba a caer, aguantaba.
—El día que conocí a Miguel, lo primero que me contó es que él había sido boxeador, y que quizá por eso seguía vivo...

“Pacho” se percata que llevábamos mucho tiempo hablando de Miguel, del boxeo, de los 80, y que si bien habían pasado 33 años, aún sentía la adrenalina. No podía contar un solo episodio sin hacer la mímica perfecta de los movimientos de boxeador. Toma un sorbo de café y me pregunta:

—¿Y qué es de la vida de Miguel?
—Tiene 56 años, trabaja reciclando aluminio, plástico y vendiendo algunas cosas de segunda mano, vive en un canal de drenaje y es drogadicto.

Hugo “Pacho” Olivares, hoy un hombre de pelo blanco, de esos seres humanos con los que podrías sostener una charla sin mirar el reloj, el hombre que pudo vencer a casi todos sus oponentes por knock-out, se queda en silencio, tratando de digerir el golpe. Me pregunta.

—Pero, ¿está bien?
—Bueno, en la medida de lo que su forma de vida lo permite, se ha ganado el respeto de la gente ahí abajo.
—Es pues un guerrero, no era fácil doblar a Miguel.

Fajar y resistir

Miguel tenía 19 años la primera vez que probó la pasta base.

—Vomité todo, no podía creer que me haya caído tan mal, y probé una segunda y una tercera vez hasta que bueno, me gustó.

—Pero si le cayó mal ¿por qué seguir intentado?
—En esa época, bueno, desde que me acuerdo, las relaciones sociales se hacían bebiendo, y fumar me ayudaba a beber más tiempo, a aguantar más.
—¿Y consume desde los 19 años hasta ahora?
—Sí, al principio solo para beber, luego… bueno me hice vicioso.

Lo que al principio simplemente fue acercarse al vendedor de droga para consumirla, se fue convirtiendo en desaparecer del mundo por tres días, una semana, entrando y saliendo del submundo en el canal de drenaje. Había comenzado a vender todo lo que había heredado: tierras, vacas y el negocio familiar.

Unos primos decidieron ayudarlo enviándolo a vacunar vacas en el municipio beniano de Reyes.

—A la estancia que me mandaron solo se llegaba en avioneta. No había nada alrededor. Yo estaba a cargo de los peones, me mandaron ahí porque pensaban que no podría conseguir la droga. Ja.
—¿Pensaban?
—Sí, es que (suelta una risa de triunfo y casi en secreto) yo aprendí a fabricármela solo.
—Fabricar cocaína ¿en medio de la nada?
—Sí, una vez un vendedor me llevó donde la preparaban, y mientras esperábamos, yo comencé a preguntar cómo se hacía esto y aquello, y bueno luego me di cuenta que tenía todo lo necesario. El ácido de las baterías para los equipos, el querosén de las lámparas, el diésel del generador de electricidad, la coca que nos mandaban para los trabajadores y… la cal.

En la noche, oculto en el monte comenzó a pisar la coca, a mezclarla con los químicos, armó su propio laboratorio.

—La primera vez me salió una cosa horrible, casi me muero al probarla, me quemó todo el pecho.
—Y siguió intentando, como cuando fumó la primera vez… (un fajador)
—¡Claro! El cuerpo pide, y estaba comenzando a desesperarme. A la tercera vez me salió algo más o menos, ya luego fui sabiendo qué había que mejorar, y al final por cada tres libras de coca, sacaba unos 50 gramos de pasta. Me alcanzaba para al menos una semana.
—¿Nunca se dieron cuenta?
—No, uno sabe, aprende cuándo drogarse. Yo fumaba de noche, me iba a andar al monte a caballo, toda la noche, iba a cazar.
—¿Qué cazaba?
—Lo que haya. A veces uno acaba cazando a sus demonios.
—¿Y pudo atrapar alguno?
—A varios (se ríe, pero inmediatamente cambia el semblante) he visto y he vivido muchas cosas. Cosas feas a veces.

Miguel cuenta que a los meses de llegado a la estancia descubrió que estaban robando el ganado. Cuando informó de esto, le pidieron que se hiciera cargo del problema.

—Y me hice “cargo” del ladrón.
—Entonces usted…
—Sí, pero no quiero hablar de eso.
—¿Eso fue lo que hizo que vuelva a Santa Cruz?
—Sí, vine a ocultarme, me fui a La Frontera.

La Frontera era un “barrio” detrás del Parque Industrial de la ciudad. Hace 32 años, los primeros adictos a las drogas formaron su propio barrio un lugar donde podían drogarse hasta morir, construyeron pequeñas casas con maderas y lonas. Ahora no existe, fue loteado. Miguel vivía ahí, reciclando plásticos que vendía en una empresa del Parque Industrial. Tenía una casucha y unas bolsas para recolectar. Miguel ya tenía 40 años. Llevaba 21 consumiendo pasta base y al menos 18 de ellos, de forma diaria. Para cuando nos conocimos tenía 56 años y aunque el deterioro de la edad y la calle habían pasado por su cuerpo, extrañamente no presentaba el daño que los expertos esperarían de un consumidor como él. Ariel Rojas, psiquiatra del Hospital Psiquiátrico Benito Menni, explica que el mecanismo de acción de la droga varía en cada sujeto. Es por eso que el efecto mismo de la pasta base es tan variable como las personas. A algunos los pondrá eufóricos, a otros depresivos, a otro le pegará más fuerte y le producirá síntomas psicóticos. La pasta base de cocaína (conocida también como paco, bicha, bazuco o carro) se produce con los residuos de la cocaína y es procesada con químicos como el diésel, queroseno y ácido sulfúrico. Los efectos secundarios de la droga van desde la destrucción del aparato respiratorio hasta la taquicardia, (los manuales médicos suman alrededor de una treintena de efectos secundarios). Pero el caso de Miguel es tan particular como su historia. Dice que aprendió a regular su consumo, porque sabe que la droga, la pasta base que fuma, hace daño y así, como en su pasado de boxeador, ataca y resiste. No se deja fajar.

—En algún momento ¿quiso salir de aquí?
—Pude. De hecho ahí está una de las historias más increíbles que me pasaron en la vida, pero usted no me va a creer.
—A ver…
—Mi ayudante y yo estábamos recolectando plásticos, y en el basurero de un banco encontramos una bolsa que estaba llena de algo. Más tarde, cuando nadie nos miraba, abrimos el paquete y estaba lleno de plata. Nos fuimos a un alojamiento de esos que hay en el mercado Los Pozos y comenzamos a contar y repartirnos como si estuviéramos jugando cartas.
—¿Cuánto había?
—Cuarenta y cinco mil dólares y quinientos bolivianos. Sí ¿suena increíble no? Nos repartimos una cantidad para mi ayudante, y una parte más grande para mí, porque era el maestro y el que encontró el paquete.
—¿Y qué pasó?
—El muchacho se volvió a La Frontera. Parece que quiso imponérsele con la plata al jefe de ahí y lo mataron. Apareció muerto. Todo normal.
—¿Y usted qué hizo con su parte?
—Me compré una ropa bonita, luego me fui a la ‘La Playa’ (el lugar donde venden autos usados) y me compré una vagoneta, y ¡listo!
—Listo para…
—Para hacer trabajar la plata, ahora sí podía salir de pobre…

Para Miguel, “hacer trabajar la plata” significó ir al Chapare a comprar ladrillos de pasta base para venderla y convertirse en distribuidor. Comenzó a comprar armas para protegerse, joyas. Comerció con ellas, claro, seguía fumando. Según él, tenía el plan perfecto para salir de esa vida, de sentar cabeza. Iba a vender droga.

—¿Y qué pasó con el plan?
—Yo tenía mi mujer, y también mi amante. Con mi amante íbamos a Cochabamba a comprar la droga, y parece que alguien me denunció con mi mujer. Ella fue a la Policía. Me agarraron justo cuando hacía una entrega, me encontraron con siete kilos de cocaína y fui a la cárcel.

La cárcel le tocó a los 50 años. El primer día, él y tres más fueron arrojados al pabellón de máxima seguridad, donde domina un grupo llamado ‘La Pesada’. Le dieron la “bienvenida”. Ésta consistía en una pelea con otro interno más antiguo. Miguel fue el primero en pelear. Su primer oponente fue un brasilero musculoso quien se reía al verlo viejo, flaco y asustado… pero una vez más, como en 1983, ser subestimado se convertiría en su ventaja. Esta vez no había guantes, ni ring, réferi ni reglas.

—Al primero le gané en dos golpes. Se enojaron y me trajeron a otro que tampoco aguantó mucho y me mandaron un tercero. No podían creer que yo aguante. Igual lo tumbé. Yo creía que me iban a matar, así que recibía y repartía golpes como loco. Pero con estilo.

En la cárcel de Palmasola todo aquello de lo que se pueda sacar un rédito, es aprovechado. Miguel se convertiría en una buena fuente de ingresos para los apostadores que le daban algo de dinero por hacerlos ganar. Ahí hacían pelear gente por dinero, como se hace pelear a los gallos.

—Yo no quería pelear, pero comenzaron a amenazarme. Uno de los jefes, “El Gordo Killi”, me dijo que si no peleaba me iban a apalear; además, el primer día que llegué me quitaron todo, mi ropa, mis pertenencias, todo.
—¿Tuvo que seguir peleando?
—Claro, pero les puse una condición: Yo peleaba unas cuantas más, pero que con la plata que gane, quería irme a Régimen Abierto.
—¿Cuántas peleas fueron hasta eso?
—Unas cinco. En la última, la bolsa de la pelea era de tres mil dólares ¿Se imagina? Presos apostando tres mil dólares en una pelea. Me gané unos pesos y pagué mi cuota para que me dejen salir a Régimen Abierto.
—¿A quién le pagó?
—Ni a usted le conviene saber ni a mí decirlo. Pagué y me pasaron a Régimen Abierto, eso es lo que importa.
—¿Cuántos meses estuvo en máxima seguridad?
—Dos meses, a la merced de los de La Pesada.
—¿Y en Régimen Abierto, peleaba?
—No, ahí tuve la suerte de dormir solo dos días en pabellón. Luego me hice amigo de un narco poderoso y me convertí en su seguridad a cambio de dormir en su departamento y comer comida de restaurante. Tenía que cuidarlo, lavar su ropa y mantener limpio el apartamento.
—¿Y cuánto tiempo estuvo preso? Porque si lo agarraron con siete kilos de pasta base usted debería haber recibido mínimo quince años de cárcel.
—Sí, estuve cuatro meses más en Régimen Abierto, seis meses en total en la cárcel. Mi exmujer me hizo un trato: le firmaba un papel en blanco para que se quede con todo lo que yo había acumulado, terrenos, joyas, armas, todo, y ella me daba lo que yo necesite para pagar y salir.
—¿A quién le pagó?
—El abogado, la fiscal y el juez se repartieron doce mil dólares.
—¿Por qué puede decirme a quién le pagó para salir de la cárcel y no a quien le pagó para cambiarse de pabellón?
—No dije nombres, además esos doce mil dólares también borraban el rastro de la causa.

La relación de Miguel con la droga es una constante. Él entiende que salir de la droga es con droga, que transformada en dinero, puede convertirse en una nueva vida. Es el único mundo que conoce.

—Y al salir de la cárcel ¿siguió en el mismo negocio?
—Claro, es a lo que le sé, además salí de la cárcel a la calle, no tenía dónde ir, hacen años que mi familia no sabe nada de mí, este negocio lo conozco, en esto soy…
—¿El campeón?
—Sí, ¡el campeón de la pasta! (risas) ¿Ve? Por eso me decían que yo tenía “Pasta pa´ campeón”.

El Canal

Náuseas.

Las náuseas son el anuncio de la llegada del vómito, una advertencia, quizás uno de los mecanismos de supervivencia más primitivos que conservamos como especie. Nos anuncia el peligro cuando hemos comido algo en mal estado, cuando hay algo podrido, cuando el cuerpo ya no puede resistir el miedo. La náusea es la forma en la que el cuerpo te arrastra lejos de lo que cree te puede hacer daño.

Dicen los expertos, los que aprendieron a domesticar las náuseas, que hay un truco de engañar al cerebro para que se olvide de que viene el vómito. El truco es sonreír. El gesto de la sonrisa puede estimular los pares nerviosos y hacerle creer al cerebro que todo está bien.

La primera vez que bajé al canal de drenaje fue un día infernal de 33 grados centígrados a la sombra, justo un día después de dos días de lluvia. El olor era tan penetrante que se podía sentir en la nuca. La náusea, yo intentando sonreír y esa realidad más fuerte que el hedor.

Santa Cruz de la Sierra tiene 300 kilómetros de canales de drenaje, y pese a que no hay cifras actuales, en 2010 se reportaba que existían 11.200 “hombres topo” (nombre con el que se conoce a quienes viven en los canales). De esa cifra se considera que un 35% son “indigentes esporádicos”, es decir, que cada cierto tiempo regresan con sus familias.

Duberty Soleto, director de la Secretaría de Políticas Públicas del Gobierno Departamental de Santa Cruz, dice que el año 2015 se realizaron 40 operativos de rescate, en los que se retiró a las personas que viven en los canales de drenaje y en las riberas del rio Piraí. Dice que los enviaron a hogares o centros de rehabilitación de administración delegada, (iglesias o a oenegés a los que la Gobernación aporta con dinero), ya que no se cuenta con centros propios.

Javier, un teniente de Policía que pidió llamarse así, cuenta que los operativos más grandes que se realizaron fueron durante la Cumbre G77 +CHINA, y la llegada del Papa Francisco. En ambas ocasiones, el problema no era social, era estético. “Esa gente” daba mal aspecto a la ciudad, entonces la orden era de cargarlos en camiones y dejarlos lo más lejos posible.

—Incluso una vez los fueron a botar en la carretera a Samaipata -dice el policía entre risas.

Intenté hablar sobre el tema con el Municipio, pero ese día el Oficial Mayor de Desarrollo Humano renunciaba, y en la Policía, los altos mandos estaban muy ocupados en la organización de la seguridad durante el Carnaval. Daban ganas de ir a llorarle a Gardel. Pero acá no tenemos eso. Un Gardel.

Las versiones extraoficiales que pude recabar no variaban demasiado de las planteadas por la Gobernación. Hay un juego de poder, y todo apunta a la legislación y a la falta de una política de Estado sobre el tema de los hombres topo.

Y aunque la Policía reporta haber incautado en 2015 casi 12.383 kgs de cocaína, aprehendiendo a 846 personas; el microtráfico sigue cobrando más y más vidas. Microtráfico. Esa es la palabra. En esa red está atrapado Miguel.

Pero, ¿cómo se organizan estos grupos, estos “gremios”? A esta pregunta, tanto los policías como el personero de la Gobernación, me dicen que no pueden responder. Que sí saben que existen sistemas de comunicación para prevenir la llegada de los operativos o la presencia policial, pero que desconocen que haya una organización como tal. Total, son gente sin hogar. Drogadictos. Qué organización van a tener. Olvidan que son humanos. Y los humanos nos organizamos. Siempre.

Para la mayoría de la gente, el vivir en el canal de drenaje solo es una extensión de la adicción, y que este espacio es un escondite para después de robar, o para consumir la droga. Es el Wonder world de los perdidos.

Quise saber cómo vivía Miguel, y él me sirvió de guía en este submundo, este otro mundo.

—¿Quién manda aquí?

—Aquí en el canal hay un jefe que tiene varios apodos: “El Luci” (por Lucifer), “El one”; cuatro subjefes, cada uno tiene mínimo dos personas que hacen de guardaespaldas. También están los campaneros, que son siempre muchachos, chicos que están en la superficie, fuera del canal, atentos, varios repartidos por la extensión del canal, pero al menos cuatro cuidando la rotonda donde vive el jefe.
—¿Él es el que pone orden?
—No, ese es “El Disciplina”, es como un comisario, él se encarga de que las reglas se cumplan y de arreglar los problemas entre la gente.
—¿Cómo que problemas?
—Deudas, robos, cosas así. Si vos me debes plata, en lugar de pelear, vamos donde “El Disciplina” y él dice como solucionamos.

Existen reglas que todos, incluso los visitantes como yo, deben cumplir.

  • No se puede entrar al canal de drenaje en cualquier momento, menos aún si se lo hace desde el punto central, la rotonda, que tiene como adorno una fuente de aguas danzantes, perfecta para distraer. Se debe esperar a que los automóviles estén en movimiento.
  • No se puede robar al menos a 500 metros dentro del radio del canal, y si se lo hace, no se debe escapar al canal.
  • No se le pega a las mujeres (esta regla es la que tiene la máxima pena, quien incurra será golpeado y pasará por “la calle de la amargura”).

En fin, las reglas de convivencia se basan en pagar las deudas, cuidarse entre ellos, y ser invisibles ante la gente. Llamar la atención lo menos posible, porque atención significa policías y policías a veces significa extorsión. La moneda básica es la pasta base, las deudas se pagan en droga, y el estatus se obtiene con dinero para manejar droga. Los cuatro subjefes (tres hombres y una mujer) son distribuidores que “hacen trabajar” la mercadería. Los campaneros y seguridad trabajan por droga. La moneda máxima es una caja de fósforos que contiene aproximadamente 50 gramos. Cada uno de ellos trabaja por la cuarta parte de una caja. Miguel no está en la estructura. Pero es respetado por sus años y sus puños y puede estar cerca de los jefes sin problema.

Los compradores son variados. No solo los que viven en el canal la consumen. Autos de lujo se acercan, dan dinero, van al punto contrario de la rotonda y hacen el intercambio de manos. Albañiles, chicos bien, camioneros, taxistas, chicas bien, hombres de oficina, artistas, malabaristas callejeros. A todos les gusta la miel.

En dos meses de observación, siempre entre las 18:00 y las 19:30, vi intercambiar dinero por droga delante de los ojos de la ciudad.

—¿Y la pasta sólo es de la misma o hay categorías? Digo, porque la que compra el tipo del Munstang negro no debe ser la misma que la que compra “El trauma” (un mecánico que religiosamente va de “shopping” a las 19:15 de todos los días, a comprar su dosis).
—Hay pues. Hay tres tipos de pasta, y los precios varían. Están por ejemplo: “La pela ojos”. La cajita de fósforos de eso cuesta como Bs 300. “La que enamora” cuesta Bs 200 la cajita. Y está “la cafecita”, que es la más barata. Cuesta Bs 100 la cajita.
—¿Por qué esos nombres?
—“La pela ojos”, porque es la más pura, su efecto es poderoso. “La que enamora”, porque es la que se invita, la que sirve de gancho para que vengan. Y “La cafecita”, porque es la más sucia, lo último en el refinado, esa es la que más se vende al raleo, cuesta 10 Bs la dosis, el sobrecingo.

El día 14 que voy a la rotonda, espero en el mismo semáforo de siempre. En cuanto soy detectado por los campaneros, hay una rotación casi sincronizada dejando libres a tres, que vienen directamente hacia mí. Tres flacuchos de cara chupada, con las manos que les cuelgan casi llegando a las rodillas.

—Vamos abajo que el jefe quiere hablar con usted. – Me dice “El eléctrico”, un moreno que tiene los pelos parados de tan sucios.
—¿Y de qué? – Digo tragando tanta saliva que apenas puedo acabar la frase.
—Usted viene mucho, no compra y le parece raro, vamos tranquilo, no va a pasar nada.

En la entrada al túnel desde donde gobierna “Luci”, hay un tipo alto y robusto. Me pide que me saque los zapatos para entrar a un túnel de un metro de altura. Voy agachado hasta que me encuentro a un hombre cuarentón, armado, con el torso desnudo, moreno y con el tono pausado como un profesor de escuela que habla para que cada palabra sea comprendida.

—Dicen que ya lleva días rondando por aquí, y quería saber si podíamos servirle de algo. -Ambos sabíamos que era una falsa cortesía, que la pregunta era clara.
—Escribo un artículo, sobre Miguel, el que era boxeador antes. -Digo masticando cada vocal.
—¡Ah! El viejo Miguel es famoso. ¿Va a salir en la prensa? Si es así, vaya tranquilo nomás, que voy a dar la orden de que ninguno de estos pendejos le toque un pelo. Vaya nomas gordito, eso sí, Miguel le va a decir cuándo puede y cuando no puede venir. Usted sabe, a veces el negocio se pone fuerte.

El “Departamento” de Luci, es claramente más cómodo que el de cualquiera que viva en ese mundo. Incluso tiene divisiones para que duerman los encargados de su seguridad.

El día 16, descalza y drogada, “Genesis”, como pidió que la llame, me ofrece sus servicios, e incluso me detalla un tarifario que va desde sexo oral en la plaza cercana, hasta una noche en el alojamiento “de preferencia del cliente”. Marketing total. Me niego, se enoja, se desespera.

—Ya pues, mira que no hice nada de plata y ya no tengo ni para comer.

No tarda mucho en conseguir un cliente. Un taxista a quien no le importa parar el tráfico para embarcarla. Cerca de una hora después, cuando la trae de vuelta, le pregunto al taxista por qué llevarse a esa chica si no muy lejos hay un conocido prostíbulo en la ciudad.

—Es que estas no son como las putas normales. Esas son escogedoras, que no hagas esto, que no así, que así me duele. A estas le vas subiendo unos pesos y hacen lo que quieras. – Dice orgulloso. Y se va.

Según el doctor Ariel Rojas, el efecto de la pasta base es tan corto (5 minutos en promedio) y el proceso de abstinencia tan largo, que el sujeto intenta acortar los periodos de abstinencia, consumiendo cada vez más y más. Y el efecto es el deterioro no solo físico, sino también social, ya que todo lo que ha construido, hogar, familia, trabajo, ya no tiene más valor, porque el adicto se vuelve muy disciplinado con la substancia. Tan disciplinado que puede dejar de lado incluso el propio cuerpo con tal de cumplirle a quien manda ahora: la droga.

Es mi visita número 17. Se supone que este día no debo venir. Hablo con un vecino, quien con algo de miedo, acepta dejarme subir a la terraza del 5to piso de su casa. Quiero ver lo que pasa. Ahora desde arriba. A las 15:30, una vagoneta Toyota blanca sin placas ni marcas distintivas, aparece cerca de “la puerta trasera del jefe”. Un hombre, con una mochila negra se baja del auto y en cuanto el tráfico se mueve entra al canal. Sale cinco minutos después sin la mochila, pero con un pequeño paquete envuelto en periódico. Espera a la vagoneta y sube, avanzan un poquito. Paran cuenta algo, quizás dinero.

A las 17:30 un auto nuevo, con vidrios obscuros y también sin placas, para en el mismo lugar. Dos hombres con chalecos negros, y corte de pelo militar, bajan del auto. Uno se queda afuera esperando al otro. Tres minutos después sale bromeando con la seguridad del canal, suben al auto y se van.

Días antes Miguel me decía.

—Los días de entrega, primero viene el proveedor y un rato después, vienen los verdes a cobrar sus verdes.

Pura poesía. Todo.

A las 18:00, como todos los días, comienzan a llegar cual hormigas al azúcar los clientes internos y externos. Es casi una danza coordinada entre el tráfico, los campaneros y los compradores. Mientras la luz del sol da paso a las de las luminarias, este baile tiene fin a las 19:30. A esa hora, si usted se detiene en el puente desde donde puede mirar a ambos lados del canal de drenaje, podrá ver chispazos de luz intermitentes, como las luciérnagas en esas carreteras oscuras. Uno a uno, hasta donde la vista llegue, habrá una pipa encendiéndose, alumbrando por un instante tan fugaz como el efecto mismo de esa fumada. Es la horita feliz. También para Miguel.

Ahí, en el canal, cuatro anillos lejos del poder, sazonadas con la droga está mezclada la miseria, la adicción y la enfermedad mental, pero a la mirada de la ciudad no son más que un problema estético a resolver, un dolor de cabeza para los policías.

—Hay mucha gente a la que le conviene que esto siga así. Desde oenegés que reciben fondos, hasta distribuidores de droga. Es un negocio grande, advierte el Dr. Soleto, desde su oficina en la gobernación del departamento.

Son las 19:50 del día en que vería por última vez a Miguel. Me dice que ojalá alguien de su familia lea esto, así sabrán que está vivo, y que va a seguir peleando.

—Fajar y resistir -le digo.
—Aguantar hasta que no se pueda más, hasta que uno quede frío y ojalá lo entierre su familia, y no que un tipo de la morgue lo arroje a uno a la fosa común. Como si fuera un perro.

Nos despedimos y mientras camino pienso en la gente que vi beneficiándose directa o indirectamente de la miseria. El vendedor de drogas; Doña Carmela, que les vende comida que prepara recogiendo las verduras de la basura del mercado y comprando la carne que se está a punto de tirar; el hombre de chaleco negro que cobra dinero; los Albertos, que son quienes compran cosas robadas; los hombres de uniforme que les quitan plata, las tiendas de barrio. Sí, es un negocio muy grande.

Cien metros después de la despedida con Miguel, unos hombres de uniforome, sin identificaciones, en una moto negra y china, sin placas. Frenan de golpe y me preguntan qué hago tanto en la rotonda. Apenas preguntan, uno se baja e intenta quitarme la mochila y vuelve a preguntar:

—¡Qué mierda haces todos los días en la rotonda!
¡Escribo sobre el ex boxeador!

Entonces viene el gancho directo al estómago, la falta del aire, el reclamo de la gente por el abuso, la advertencia. Y pienso en ese momento que Miguel ha aguantado más que esto. Pienso en fajar y en resistir.

Pienso en su pasta de campeón.

A sus setenta y nueve años, Gay Talese, el mayor cronista vivo de Estados Unidos, quería ir a una corrida de toros. Tras una hora en la plaza de Las Ventas de Madrid, después de ver matar a cinco animales, a un torero con un muslo ensangrentado y a otro lanzarse de cabeza por detrás de la barrera del ruedo perseguido por una bestia de cuatrocientos kilos, su esposa aprovechó el descanso previo al último toro de la tarde para decirme algo en voz baja. «Gay pregunta si ya nos podemos ir». Él estaba de pie a su lado, listo para huir lo antes posible. Tenía puesto su sombrero panamá de color camel y se había metido bajo el brazo un periódico que había tomado prestado del bar de su hotel. Pero un toro más salió al ruedo, los veinte mil espectadores de la plaza volvieron a callarse, y Talese tuvo que sentarse otra vez sobre su almohadilla de plástico. Diez minutos más tarde acabó la función. En el camino de salida, Talese, vestido con unos mocasines y un traje a medida como del siglo pasado, miró de nuevo al ruedo. Un carro de caballos arrastraba hacia fuera el cadáver del sexto toro que dejaba un rastro de sangre en la arena. «¿Ahora lo cortarán en pedazos?», preguntó. Dijo que aquello le recordaba a Floyd Patterson, un excampeón de los pesos pesados que le había contado que no se sentía capaz de odiar a sus rivales. «Los toros me han dado lástima, como cuando Liston o Ali le pegaban a él aquellas palizas». Al maestro de los cronistas del detalle, el mundo de la tauromaquia —que había excitado el pincel de Picasso y la máquina de escribir de Hemingway— sólo le provocó la duda de un carnicero y el recuerdo de un boxeador al que no le gustaba dar golpes.

De niño, Talese fue un estudiante mediocre. «Yo era bueno en una cosa para la que no había calificación —dijo en otra entrevista—: la curiosidad». Como todos los niños, se distraía en la escuela centrando su atención en objetos menores, como una tiza o un borrador, o mirando a la joven sustituta de la maestra de Composición en inglés. En su adolescencia, espiaba a las parejas que se juntaban de noche al borde del mar de su pueblo, Ocean City, y el sacerdote de su parroquia pronosticó que el futuro autor de La mujer de tu prójimo, un libro sobre la liberación sexual de los setenta que Talese documentaría dirigiendo en persona una casa de masajes, sería un degenerado. En la escuela secundaria, escribió en un semanario de su pueblo sobre las derrotas de los equipos de fútbol y béisbol de su colegio. En la universidad escribió una historia sobre un estudiante de más de dos metros y diez centímetros que se negaba a hacer una prueba con el equipo de baloncesto porque prefería podar árboles, y también sobre un anciano que atendía los casilleros del equipo de fútbol y al que los jugadores le pasaban la mano por la cabeza antes de salir al campo para que les diese buena suerte. Cuando trabajaba en The New York Times publicó ‘Don Malas Noticias’, un perfil dedicado a Alden Whitman, un hombre tímido y bajito que escribía con anticipación necrologías de personajes públicos y que vivía pendiente de que estos muriesen para poder publicarlas. En aquel tiempo persiguió gatos callejeros por Nueva York para clasificarlos según sus costumbres como salvajes, bohemios o gatos de media jornada en tiendas y restaurantes. Una tarde de 1999, mientras hacía zapping en el sofá del salón de su casa, se encontró con la final del mundial de fútbol femenino entre China y Estados Unidos, y vio a una defensora del equipo asiático fallar un penalti decisivo. Le intrigó tanto saber si lloraría en el vestuario o si sus compañeras la consolarían o la dejarían sola, qué le diría su familia al regresar a Pekín y cómo la recibirían los burócratas del deporte chino, que Talese se pasó seis meses buscándola para contar cómo era la vida de una futbolista china después de un fracaso. Cuando visitó Madrid, en 2011, llevaba buen tiempo con su curiosidad ocupada en un asunto misterioso: un reportaje para entender sus cincuenta años de matrimonio.

El día antes de ir a los toros, un domingo por la tarde, Nan Talese, su esposa, la prestigiosa editora de Doubleday,  quiso conocer el Museo del Prado. Había una cola tan larga para entrar, que ella y su marido decidieron postergarlo. Al lado del museo estaba el jardín del hotel Ritz y merendaron allí. Mientras hablábamos en la mesa, Gay Talese me preguntó: «Dime, cuando sales a cenar con una chica, ¿tú pagas la cuenta?». Dos horas antes, sentado en una butaca dorada de la suite de su hotel, me había preguntado: «¿Vives solo en Madrid?», «¿Cómo te pagas el alquiler del piso si no tienes un sueldo fijo?». Tenía las piernas cruzadas, y de cuando en cuando elevaba la punta de uno de sus zapatos de piel, fabricados por un artesano ruso de Brooklyn. «¿Eres hijo único?», «¿Tu hermano es mayor o menor que tú?». En un reportaje se describía cómo Talese acudía a ver La Traviata, de Verdi, al Metropolitan Opera de Nueva York y en un entreacto le presentaban a un banquero al que de inmediato comenzó a preguntarle por su matrimonio. Quería saber cuándo conoció a su mujer, cuánto tiempo llevaba casado, por qué ella no estaba con él en la ópera, hasta si seguían siendo felices. El caballero que quería entender su matrimonio deseaba saber todo de aquel desconocido.

Talese es un maestro de la curiosidad por el detalle, y a veces esta curiosidad se confunde con la indiscreción. Su incontenible atracción por la intimidad le permitió enterarse de que la esposa del mafioso Bill Bonanno dejaba la ropa limpia de su marido a los pies de la cama para no tocar la cómoda donde él guardaba sus cosas, y de que vivía tan amargada por no tenerlo nunca a su lado, que llegó a tener celos de su suegro, el viejo y reservado capo de la familia; o que el beisbolista Joe DiMaggio seguía enamorado de Marilyn Monroe tres años después de su muerte. Talese pregunta a la gente lo que en apariencia a nadie le importa sólo para descubrir lo que no sabíamos que nos importaba tanto, esas claves triviales que definen a las personas. Luego las revela y el efecto es vernos descubiertos en un espejo. El chismoso se entera para contarlo; Gay Talese, para entenderlo. Es un dandi inquisitivo que creció como voyeur detrás de los mostradores de la sastrería de sus padres, donde su madre atendía tardes enteras a señoras enguantadas de blanco para quienes la tienda era también un diván.

La minuciosa insistencia de Talese en conocer rasgos sencillos de las personas recuerda al laborioso y melancólico oficio del sastre, practicado por varias generaciones de su familia en el sur de Italia y que su padre intentó contagiarle sin éxito, pese a la admiración que le provocaba verlo trabajar. «Él hacía cada traje puntada a puntada, sin usar máquina de coser, porque quería sentir la aguja en sus dedos mientras penetraba en una pieza de seda o lana y se movía a la velocidad de un gusano a lo largo de la costura de un hombro o una manga», recuerda Talese en Vida de un escritor. El hijo no quiso ser sastre, pero ha elegido tardar años en acumular detalles y escenas para reportar y escribir cada uno de sus libros. De su padre heredó la persistencia en el detalle; de su madre, la capacidad de escuchar. En sus comienzos en The New York Times, Talese se fijaba en los libros que llevaban sus compañeros mayores cuando subían por el ascensor del periódico y espiaba a oídas las discusiones sobre esos libros cuando iba a su cafetería. Es un hombre de orejas bien abiertas que no ve los restaurantes como sitios para disfrutar de la comida, sino como «cámaras de resonancia» donde puede captar conversaciones ajenas. Este señor elegante al que le nacen ímpetus inquisitivos ante cualquier desconocido es un venerador de las más disimuladas y azarosas formas populares de la intromisión. «Entre los hombres mejor informados de Nueva York están los ascensoristas, que rara vez conversan porque siempre están a la escucha; igual que los porteros», nos recuerda en Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas. Gay Talese es, ante todo, un hombre atento.

Esa tarde de domingo, al final de la merienda en el Ritz, él y su mujer se detuvieron otra vez delante del Museo del Prado. Talese se sorprendió al ver un cartel que anunciaba una exposición de José de Ribera, el pintor español del siglo XVII autor de La mujer barbuda. «Era de Nápoles», me dijo el italoamericano. «¿Podemos entrar?». Visitó la sala de Ribera con la impaciencia de un niño obligado a seguir a sus padres por los templos turísticos de una vieja capital europea. Al cabo de veinte minutos de recorrido, una vez satisfecho su compromiso sentimental de ver la obra de un pintor que imaginaba que había nacido en Nápoles, cerca de la región de origen de su familia, y en el momento en que su esposa admiraba la sala de los pintores flamencos, el gran observador de la vida de las personas sintió que ya había visto suficiente historia del arte. «Okey —nos dijo—, ¿ya nos podemos ir?». Talese caminó a paso ligero hacia el tráfico del Paseo del Prado, y Nan se quedó dos metros rezagada. Él buscaba un taxi y se dio cuenta de que no la tenía a su lado. Sin siquiera darse la vuelta para verla, estiró un brazo hacia atrás y abrió la palma de su mano.

Al día siguiente, mientras bajaba las escaleras huyendo de la plaza de toros, a Gay Talese lo invitaron a ver las fotos de las celebridades que han pasado por Las Ventas. Se detuvo a mirar los retratos de Ava Gardner, el Che Guevara, Orson Welles y Sofía Loren achicando sus ojos como un calibrador de diamantes. Gay Talese ha descrito los dedos de Frank Sinatra, que «eran nudosos y despellejados, y los meñiques sobresalían, tan tiesos por la artritis que a duras penas los podía doblar»; la obsesión del actor irlandés Peter O’Toole por ciertos calcetines, «únicamente usa medias verdes, hasta con un esmoquin»; la coquetería de Fidel Castro, «el cuidado que se pone a sí mismo puede medirse desde las uñas arregladas hasta sus botas de puntera cuadrada, que no tienen raspaduras y brillan suavemente». Es un elegante que se entromete en el atuendo de los demás. En la suite de su hotel, me preguntó si en mi casa tenía una chaqueta, una corbata y una camisa. «Pareces un niño que vende fruta en la calle», me dijo. Su padre era el único italiano de Ocean City que usaba traje y corbata, y desde niño Gay Talese también vestía de traje. De haber sido un portero en Nueva York, él habría tenido algo de los «porteros del lado este», a quienes describió orgullosos como un noble, y otra parte de los «porteros de hotel», especialistas en recordar apellidos y evaluar la calidad de equipajes de cuero. «Tú te sientes cómodo con lo específico y yo con lo brumoso», le dijo su mujer en un reportaje de la revista New York dedicado a su matrimonio.

Antes de que Talese saliera de la plaza de toros, le presentaron a un crítico taurino. Después de saludarlo se quedó mirándolo. Era un español de unos setenta años, moreno y con bigote, que vestía una camisa y unos jeans corrientes. «¿Han visto sus zapatillas?», preguntó de repente, mirando el calzado que llevaba. «¡Miradlas, son las más brillantes de todas!». Durante dos días Gay Talese había paseado por Madrid por primera vez en su vida. Había visitado uno de los museos de arte antiguo más memorables del mundo. Había sido espectador de una corrida de toros con peligro, emoción y sangre. Hasta ese momento del viaje, el caballero de la curiosidad no nos había pedido que nos fijáramos en nada. Lo hipnotizó el fulgor de las zapatillas de un crítico taurino.

Cada viernes a las 6:15 de la tarde, luego de una semana analizando granos de cebada bajo un microscopio, el genetista Goetz Hensel conduce dos kilómetros hasta un bar de Quedlinburg, un pueblo con casonas medievales al este de Alemania, para beber una chop de Hasseröder de un sólo trago. Durante ese after office, Hensel y sus colegas —alemanes e ingenieros biotecnólogos como él— hablan de fútbol, de pop alemán o de cualquier otra cosa, menos de trabajo. Para hablar de ciencia tienen todo el día en el instituto de investigaciones biológicas IPK, el banco genético de semillas más grande del mundo. Cuando quieres embriagarte la genética no importa demasiado, dice Hensel, un científico de cincuenta y tantos años que habla con voz pausada, con la misma autoridad de un abuelo sabio. Goetz Hensel viste jeans y camiseta azul, tiene el pelo entrecano, usa anteojos y carga una mochila negra más grande que su espalda. En su mano derecha lleva un reloj Timex Ironman que registra cada uno de sus movimientos: las caminatas que hace por el parque cercano a su casa, las calorías que quema, las seis horas de sueño que duerme cada día. Pero en el bar, con sus amigos, prefiere no monitorear su ritmo cardíaco cuando un par de rubias se sientan en la mesa contigua. Por eso cada viernes, el científico intenta olvidarse que dedica su vida a descifrar el ingrediente principal de la tercera bebida más consumida en el mundo después del agua y el té.

Hensel trabaja en una bodega climatizada similar a un hangar donde hay hileras de frigoríficos enormes como roperos, alineados uno tras otro. Alguien distraído podría pensar que detrás de las puertas de esas neveras, las de unos científicos que quieren mejorar la cerveza, hay precisamente eso: cervezas bien heladas. Pero allí se guardan decenas de plaquitas de cristal con germinados de semillas de cebada. Unas parecen migajas de arroz, otras tienen diminutas ramas verdes, todas están etiquetadas con escrúpulo germano. En este lugar, Goetz Hensel, un ingeniero alemán que no ve series de televisión ni suele ir al cine, ha producido en las últimas dos décadas más de veinte mil plantas modificadas en sus genes para ser más productivas y nutritivas. Su mayor obsesión es la cebada, el insumo principal de la cerveza. Hensel dice que alterar su composición la haría más resistente a las plagas y los climas extremos. De todos los cereales, la cebada es la que más fibra y proteína tiene: reduce el colesterol, la diabetes y el riesgo de infartos. Es el segundo cultivo más importante de Alemania, y el cuarto en el mundo después del trigo, el arroz y el maíz. Por eso, en un futuro donde la temperatura del planeta aumenta y las ciudades crecen vertiginosamente, el genetista cree que resguardar la cebada es crucial. La mayoría de alemanes, sin embargo, sienten que la genética hace peligrar la pureza de su cerveza.

El músico Frank Zappa decía que un país de verdad debe tener su propia cerveza. Según Zappa también ayuda tener una aerolínea, un equipo de fútbol y algunas armas nucleares, pero lo que en realidad importa es tener una cerveza. En Alemania, ese dicho tal vez se haya tomado muy en serio: no existe otro país que produzca, consuma y exporte más cerveza. En el país de Goethe y Schumacher existen más de cinco mil marcas y se concentra casi la mitad de cervecerías que existen en Europa. Un alemán bebe más de cien litros de cerveza al año: el doble de litros que un estadounidense, el triple que un mexicano y cinco veces más que un chino. En Alemania cada pueblo tiene al menos una cervecería. Cualquiera, a cualquier hora, puede beber una botella de medio litro mientras viaja en bus, en metro, o en la calle mientras da un paseo, en un almuerzo de oficina o en el gimnasio. Los supermercados no venden cerveza helada, sólo los autoservicios de veinticuatro horas. Con tan pocos meses de sol, el paladar germano se ha acostumbrado a beber la cerveza tibia. Los alemanes prefieren beber solos y, aunque siempre llegan a una reunión con cervezas en la mano, no la comparten. No suelen comprar six packs ni pagar por la botella de alguien más, ni siquiera cuando quieren seducir a una chica o chico en un bar. En el verano, cuando parques y canales se llenan de bebedores, uno puede ver peatones solitarios, generalmente desempleados, con un carrito o una gran bolsa de plástico juntando las botellas vacías que los berlineses dejan entre asados y picnics. Los alemanes no tiran las botellas en los contenedores de basura, las colocan al costado de un poste de luz, en la banca del parque o en la cornisa de las ventanas para que los recicladores puedan ganarse unos centavos.

En casa, sentado frente a su computadora, el genetista Goetz Hensel trabaja mejor acompañado de una Radeberger —una cerveza dorada, ligeramente amarga— y se relaja y no piensa en las moléculas que le dan textura a su bebida favorita. Algunos doctores, dice, recomiendan la cerveza como una mejor opción para rehidratarse tras el ejercicio, pues todos sus ingredientes son de origen natural. La dosis de azúcar que posee es de tan alta calidad que los alemanes pueden beber y beber sin preocuparse por la resaca. La cerveza es rica en antioxidantes naturales, en fibra, en vitaminas B y C, en minerales, y en nutrientes que combaten la anemia. Su cantidad de calorías es inferior al de la gran mayoría de bebidas alcohólicas y las gaseosas. Reduce las posibilidades de sufrir un infarto, actúa como un laxante natural y disminuye el riesgo de osteoporosis. Pero el científico de la cerveza también sabe que cuando nos pasamos de tragos nuestro sistema nervioso jamás la pasa bien.

Durante el Oktoberfest, la fiesta dedicada a la bebida alcohólica más popular del mundo, se toma tanta cerveza como para llenar tres piscinas olímpicas. Allí, algunos se divierten viendo a jóvenes turistas tambalearse o cantar en la calle por lo borrachos que están. Todo genetista sabe qué sucede exactamente: el alcohol incrementa la liberación de dopamina, un neurotransmisor que en exceso enloquece las neuronas, y éstas —por decirlo de un modo— empiezan a suicidarse, a ahorcarse con sus dendritas, o se apuñalan con los cristales de fosfato. O, en el peor de los casos, aumentan el voltaje de las neurotransmisiones al punto de electrocutarse. La resaca —los mareos, los vómitos, la sed, la leve amnesia— es consecuencia de todo ello. Hensel dice que ha borrado de su memoria la última vez que se emborrachó. Y si alguna vez experimentó un ‘eureka’ gracias a los efectos de la cerveza, al día siguiente ya no se acuerda.

Pero beber una buena cerveza con moderación, dice el científico, facilita el intercambio de ideas, la colaboración y forja un espíritu en el laboratorio. Hensel prefiere la cerveza alemana, pero no tiene una marca favorita: le gusta probar la producción local, respetando también la temporada. En Baviera y durante el verano toma siempre cerveza de trigo porque es dulce y refrescante. En el norte del país se inclina por la producción amarga del Báltico. «En Alemania es imposible conseguir cerveza de mala calidad», dice Hensel, quien difícilmente tiene resaca. Lo que sí le genera un dolor de cabeza es que muchos compatriotas suyos vean la labor del genetista con desconfianza.

Para crear variedades de cebada que no necesiten mucha agua, resistan enfermedades, produzcan más toneladas de grano por hectárea y sean más nutritivas, se necesita conocer a fondo su código genético. En el IPK, decenas de científicos europeos, asiáticos y estadounidenses se esfuerzan por identificar y mapear para qué sirve cada uno de los miles de genes que componen este cereal, que doblan en número a los genes humanos. Hensel siempre ha estado fascinado por la biología moderna molecular y la posibilidad de hacer crecer una planta entera a partir de sólo una rama, una raíz o una sola célula. Pero se resiente con la mala publicidad que tiene su oficio entre la opinión pública alemana.

Las principales organizaciones ambientales del mundo, como Greenpeace, afirman que los transgénicos destruyen la biodiversidad de los cultivos y agotan la fertilidad de los suelos. En un mundo donde los alimentos transgénicos están demonizados, Alemania quizá sea el país más firme en ese rechazo. De acuerdo con una encuesta del Departamento de Protección de la Naturaleza, más del ochenta por ciento de los alemanes no quiere consumir alimentos transgénicos, aunque en Alemania sólo se cultivan esos vegetales con fines científicos. Siguiendo los pasos de Francia y Grecia, Alemania prohibió los cultivos de maíz transgénico en 2009, presionada por los granjeros de Baviera, la región cervecera número uno del país. El ministro de agricultura alemán Christian Schmidt, nuevo Embajador de la Cerveza, es uno de los portavoces europeos más influyentes en la guerra contra los transgénicos. «No quiero una expansión de la ingeniería genética en el campo alemán, ni tampoco conozco a nadie que desee su presencia extendida», dijo en junio de 2015, en medio de un debate acalorado sobre la prohibición de cualquier cultivo genéticamente modificado en la Unión Europea. Hensel lamenta la ignorancia que revelan esas declaraciones: se sabe que el ochenta por ciento del algodón cultivado en todo el mundo —el insumo principal de la mayoría de la ropa que usamos— es transgénico. También la soja: más del noventa de la producción mundial es transgénica. Y aunque la soja transgénica casi no se come en forma directa, sus derivados se utilizan en miles de alimentos que consumimos. «Así que la mayoría de los productos ‘bio’ de soja, aunque digan lo contrario o no lo especifiquen en sus etiquetas, están en contacto con organismos genéticamente modificados», dice el científico. Le parece absurdo que la gente no tema usar transgénicos en los fármacos —como las vacunas o la insulina que combate la diabetes—, pero sí en alimentos como la cerveza, cuando ambos productos son ingeridos por el cuerpo. No todo lo que es transgénico es malo por definición, dice Hensel, quien evita comprar alimentos bajo el sello ‘bio’: en el jardín de su casa, los tomates crecen con fertilizante. Si su esposa insistiera en hacer la despensa sólo con productos orgánicos, dice que ya se habría divorciado.

***

Quienes beben cerveza, decía el monje alemán Martín Lutero, entrarán al paraíso caminando con la frente en alto. En la tierra de Nietzsche, la cerveza es religión. Y su receta básica es una suerte de mandamiento tallado en piedra que no debe quebrarse. Desde hace quinientos años la cerveza en Alemania sólo es considerada cerveza si contiene cuatro ingredientes: lúpulo, levadura, agua y malta de cebada. Así lo estipula la Reinheitsgebot, la Ley de la Pureza Cervecera de 1516, el documento de certificación culinaria y estándar de calidad más antiguo del mundo. Sin un permiso especial, los bares alemanes no pueden vender cerveza que no esté hecha bajo esa ley. El lúpulo —flor japonesa de la misma familia de la marihuana— aporta fragancia, propiedades relajantes y mayor tiempo de vida en estantería. La levadura es vital para la fermentación. Sin embargo, la cebada es el ingrediente sagrado de la receta.

Algunos antropólogos afirman que los primeros granos de cebada que el hombre cultivó no fueron tanto para hacer alimento sino para fermentar cerveza y embriagarse. Hablar de los orígenes de la cerveza nos obliga a remontarnos a las culturas Sumeria y Egipcia, cuando probablemente alguien, después de masticar el cereal y escupirlo en algún tipo de cuenco, observó cómo se producía una especie de líquido espumoso que había cambiado su olor y sabor, evolucionando hacia sabores agrios y ácidos. Los más antiguos documentos de casi todas las civilizaciones mencionan la cerveza. Dionisio, antes de ser el misterioso dios del vino en Grecia y el alegre Baco en Roma, fue la divinidad de la cerveza en Tracia. La fórmula más antigua para elaborar esta bebida se encontró en Mesopotamia y se conserva en el Museo Metropolitano de Nueva York. La cerveza es menos antigua que el vino porque requirió de más tecnología: la agricultura para crecer el grano, el fuego y las calderas para cocinarlo. Pero una vez inventado se extendió rápidamente. Los egipcios le enseñaron a los griegos a hacer cerveza y estos a los romanos y los romanos al resto del mundo. Si el vino era raro y aristocrático, porque sólo se podía hacer una vez al año —cuando la fruta estaba madura—, la cerveza se popularizó rápidamente en las clases bajas. Todo lo que necesitaban era grano malteado y un ingrediente amargo —como el lúpulo— para equilibrar su dulzura. Cuando tomas una cerveza, dice Hensel, tomas nueve mil años de historia. Y una cerveza alemana concentra, sobre todo, los últimos quinientos años de ella.

Hace cinco siglos los alemanes guardaban la mejor cebada para hacer pan rico en fibra, pero también cerveza. Desde esa época las cervecerías solían ubicarse al lado de las panaderías: la cerveza siempre fue el pan líquido de los germanos. Un día de 1516, los Duques de Baviera decidieron que el trigo y el centeno solo servirían para hornear pan, y la cebada sólo para producir cerveza. Los duques querían regular la composición de la bebida para evitar ingredientes como hierbas venenosas y frutos del bosque, pero también para monopolizar los cultivos de cebada: con la Ley de la Pureza ellos controlarían los precios y se harían más ricos.

Muchos años después esa ley que nació para controlar el mercado de la bebida que embriagaba a Alemania y al resto de Europa se transformaría en tradición. Una encuesta reciente de la Asociación Nacional de Productores de Malta concluyó que nueve de cada diez alemanes no admite alteraciones en la composición de su cerveza. Quieren preservar su cerveza pura y libre de ingredientes con genes modificados. Dicen que no los necesitan: para producir cerveza de alta calidad ya tienen suficientes variedades de cebada. La Federación de Cerveceros Alemanes sostiene que con sólo ocho variedades de este cereal se produce el noventa por ciento de la cerveza en el país. Cada variante produce hasta cuarenta tipos de malta de cebada. De este universo, cada maestro cervecero escoge hasta cinco tipos y crea una nueva mezcla. Sumado a las diferentes culturas de levadura, los distintos tipos de agua y las más de sesenta clases de lúpulo, las posibilidades para crear una nueva cerveza de malta de cebada son infinitas.

Hace un siglo y medio, el monje bohemio Gregor Mendel sentó las reglas de la genética al identificar los principios que rigen las variaciones en color, tamaño y forma dentro de cada especie, rasgos que se heredan de generación en generación. Desde esa época los productores de cebada en Alemania se basan en estas huellas genéticas a la hora de cruzar dos tipos de cebada para conseguir una nueva mezcla, que cruzan con otra mezcla y así sucesivamente durante algunos años, hasta conseguir una variedad natural —no creada en un laboratorio— completamente nueva. Genetistas como Goetz Hensel aseguran que una cebada con genes mejorados —rica en carbohidratos, baja en proteínas, con larga vida en estantería— puede hacer más eficaz la producción de cerveza: puede acortar los años de pruebas para crear nuevas variedades de malta y reducir el consumo de agua y energía. Pero el rechazo a los transgénicos del público alemán está tan arraigado, que los productores de malta de cebada no admiten que un científico meta las narices en su cerveza. «Creo que se podría aceptar la modificación genética en otros cultivos como el maíz o el sorgo, pero jamás en la cebada», dice Walter König, representante de la Asociación de Cerveceros de Baviera, conocedor de su mercado. «La cerveza es el último bastión de un producto cien por ciento natural. Los alemanes nunca aceptarán una alteración genética».

Aunque quinientos años de pureza cervecera es mucho tiempo y la industria de los alimentos depende cada vez más de los laboratorios, el mercado alemán sigue dominado por el escepticismo en torno a los organismos genéticamente modificados. Mientras que en Alemania los cultivos transgénicos están prohibidos, en Latinoamérica ocupan más de setenta millones de hectáreas: una superficie similar a la que utiliza Estados Unidos, el principal productor de transgénicos en el mundo. Estos, debido a su resistencia a los insecticidas, se cultivan durante todo el año. Al no dejar descansar el suelo la tierra agota todos sus nutrientes hasta que no puede producir más, y estos cultivos se fumigan con glifosato, el herbicida más usado en el mundo, aunque la OMS ha advertido que puede provocar cáncer. Para los científicos, sin embargo, no todas son malas noticias: hace veinte años se cultivaron las primeras papayas transgénicas para resistir una plaga de insectos en Hawái. Hasta hoy no existe estudio alguno que compruebe que estas papayas destruyan la biodiversidad o hayan causado alguna enfermedad humana. Es el mismo caso del arroz Golden: cada año, en el sureste asiático, hasta medio millón de niños se quedan ciegos por falta de vitamina A. El arroz Golden, una variedad de arroz transgénica y enriquecida con esta vitamina, podría salvar miles de vidas además de asegurarles alimento.

A pesar de que la cebada ya experimentó el clima extremo de la Edad del Hielo, está comprobado que en las próximas décadas las zonas donde se cultiva el cereal de forma natural disminuirán drásticamente por al aumento de temperatura. Nuevas variedades de cebada tendrán que ser diseñadas para adaptarse al medio ambiente, para tener mejores niveles de rendimiento, para seguir produciendo malta de cerveza de buena calidad. Goetz Hensel está convencido de que los genetistas no solo salvarán los alimentos en el futuro, sino también nuestra forma de embriagarnos los fines de semana: la cebada, dice el científico, tiene que evolucionar para que la cerveza sobreviva.

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Goetz Hensel cree que casi nadie entiende realmente el trabajo de un genetista, a pesar de que vivamos en el siglo XXI. En algunos círculos —sobre todo los más conservadores— la reputación de esta clase de científicos es similar a la de un hereje medieval o un comunista en los cincuenta: su profesión es sospechosa. La televisión y el cine se han encargado de instalar en nuestras mentes imágenes distorsionadas: científicos despeinados —las batas blancas, los ojos desorbitados— encerrados en un laboratorio, mezclando caprichosamente los genes de una mosca con los de un ser humano. Hensel jamás ha visto corderos que brillan en la oscuridad, ni ha escuchado al ratón que canta como pájaro —ambas especies existen y fueron creadas en un laboratorio—, pero reconoce que tiene cebada fluorescente en su oficina: un método que utiliza para identificar fácilmente los marcadores genéticamente alterados en el principal ingrediente de la cerveza alemana. «Una oveja fluorescente quizá no tiene mucho sentido», ríe Hensel. «Pero imagina un árbol de Navidad fluorescente. ¡En vez de colgarle luces y gastar electricidad tendrás un árbol que brille por semanas! Esto puede servir en el futuro, ¿no?».

El genetista alemán no pierde la paciencia cuando le piden que explique por qué su trabajo es importante en la producción agrícola. Gracias a la genética, dice, se pueden seleccionar sólo aquellos atributos que un agricultor necesita para producir plantas con ciertas propiedades específicas controladas por genes específicos: soja que resista las sequías, maíz que produce su propio insecticida, trigo más nutritivo, centeno rico en fibra. Pero transnacionales como Monsanto, DuPont o Bayer, que ejercen el monopolio de la producción de semillas agrícolas, ha hecho que la labor del genetista sufra más rechazo. Parte del problema es que desde mediados de los noventa, la investigación y el desarrollo de los transgénicos respondió más a las leyes del mercado que a las de la preservación ambiental: produjeron semillas baratas, resistentes a ciertas bacterias, que precisaban de pesticidas para combatir otras plagas, que también eran producidos por estas mismas compañías. Los medios de comunicación se pronuncian con alarmante frecuencia contra los organismos genéticamente modificados. Las propias marcas de alimentos alertan en sus etiquetas al consumidor de productos alterados. En ese escenario, Hensel entiende que sea difícil creer que el trabajo de un genetista esté motivado por otra cosa que no sea servir a intereses de grandes corporaciones.

Hensel lamenta que la opinión pública en torno a los organismos genéticamente modificados esté marcada por una hostilidad de la política de su país y no por pruebas científicas. A pesar de ello, con una botella de Hasseröder en mano, Goetz Hensel saborea el momento cada vez más cercano donde su profesión sea reivindicada. Él, como todo alemán, celebra la tradición cervecera, pero está convencido de que sus investigaciones sólo pueden beneficiar la producción de su bebida favorita en el futuro. De hecho, Hensel es menos ortodoxo: hace diez años, durante un congreso académico en Suecia, bebió cerveza elaborada con maíz transgénico. Irónicamente, los granos de MON 810 —la variedad producida por Monsanto y presente en la bebida— eran cultivados en Alemania hasta 2009, cuando el gobierno prohibió su siembra. A Hensel le pareció una cerveza un poco dulce, pero le gustó.

Afortunadamente, dice, su mujer y su hijo lo apoyan en su trabajo, aunque no todos los genetistas corren con la misma suerte. Un colega suyo siempre evita hablar de su trabajo durante la cena para no discutir con su esposa. Desde hace tiempo, Goetz Hensel y sus colegas aprendieron que la genética no siempre es el mejor tema de sobremesa en el país de la cerveza.

Tienen 20 años, las sonrisas torcidas y las miradas salvajes. Son doce o quince y te rodean como una jauría de perros flacos, olfateando tu miedo. No llevan polo, sólo shorts y sandalias, tatuajes y cicatrices. Un negrito con pinta de niño remueve una olla de fideos que hierve sobre una cocina a kerosene. Le parte unos huevos encima y echa sal.

Otro, más alto y atlético, que parece el líder, te pregunta la edad y de dónde eres. 22 años. De Magdalena. Explotan en carcajadas. No, acá no hay nadie de Magdalena. Ellos son del barrio de Renovación, en La Victoria. Renovación no queda muy lejos de Magdalena del Mar, pero los chicos malos de Renovación no estudian periodismo, como tú. Muchos ni siquiera terminaron la secundaria, ni la primaria. Ellos pescuezean transeúntes para robarles billeteras, carteras, celulares. O paquetean marihuana y cocaína para venderla en las esquinas. O empuñan pistolas y asaltan grifos, pollerías, tragamonedas, hostales, casas de cambio, cambistas callejeros de dólares. O se hacen pasar por taxistas, se desvían de la ruta, recogen a un par de cómplices en el camino y les exigen a los pasajeros a punta de cuchillo que vacíen sus tarjetas en los cajeros automáticos. La mayoría termina en Lurigancho antes de los 20. Los reciben sus papás y hermanos, sus amigos de toda la vida. Los protegen. Les enseñan cómo hablar, cómo caminar, cómo pelear y no hacerlo: todo lo que deben saber para sobrevivir en ese lugar donde frecuentarán a asaltantes de bancos, secuestradores, narcotraficantes, sicarios, entre quienes establecerán contactos. Si demuestran arrojo, los llamarán para trabajar juntos afuera. Al salir serán graduados. Como en una universidad. Volverán, por supuesto, porque de eso se trata: entrar y salir de prisión desde los 20 años hasta que envejecen o hacen plata o mueren en el intento. Los que se plantan son pocos. Pero todos se conocen: aunque hay broncas y muertos, son como una gran familia.

Tú, en cambio, estás solo. Eres solo.

—¿Por qué estás acá? Tienes cara de sano.

El líder, a quien llaman Richard, te mira con lástima con sus ojos de zorro que ha visto mucha sangre. También mira tus zapatillas Adidas, calculando si son de su talla.

No hay platos. Sirven en tápers de plástico. No hay sillas ni mesa. Toman la sopa parados frente a las dos celdas que ocupan en el primer piso. Dos celdas de dos por dos metros para quince reclusos. Hacinamiento, le dicen los periodistas. Ahí nos acomodamos, primo, te dice Richard. Echas un vistazo. Ropa tirada. Fotos de mujeres desnudas en las paredes. Una bombilla tenue. Dos camarotes de tres catres cada uno, catre sobre catre: sus ocupantes apenas cuentan con espacio para moverse y respirar (el de arriba casi toca el techo con la nariz). Después descubrirás que otros reclusos viven solos, con televisión, equipos de sonido, hornos microondas, frigobar. Pero eso será después. Ahora te tragas esa sopa con sabor a engrudo sintiendo que vas a vomitar.

Es las ocho de la noche en Lima. Es verano. Hace calor.

Miras la fila de celdas a los lados, la fila de celdas en los dos pisos de arriba. Todos están dándole a sus cocinas a kerosene. Richard te informa que las autoridades sólo se ocupan de tu alimentación hasta el almuerzo, a la 1 de la tarde. Después tú ves, primo. Luego te enterarás de que, si dispones de dinero, puedes comer en cualquier restaurante de la prisión. En el pabellón que te han asignado esa mañana los burócratas, el 11, funcionan dos restaurantes aceptables. En el 7 y el 9, donde purgan condena los presos por narcotráfico, nacionales y extranjeros, compiten decenas, muy buenos, que ofrecen platos criollos e internacionales, a la carta.

Pero eso será después.

Ahora has terminado la sopa y Richard te explica que a ti te correspondería irte a tocar los timbales (lavar tápers y cubiertos) porque no has contribuido con nada, pero él invita por ser tu primera noche. El negrito se lleva los utensilios al lavadero. También carga un balde de agua: a esa hora no cae agua. El agua sólo cae de 6 a 7 de la mañana y de 3 a 4 de la tarde. Tendrás que pelearte con tus compañeros para llenar unos bidones si quieres agua para asearte o tomar un café. O pagarle a alguien para que lo haga.

Richard te pregunta dónde vas a dormir. Te dice que si quieres vivir solo puedes comprar tu propia celda, por unos mil soles (trescientos dólares). Con un contrato firmado por ti y el vendedor y garantizado por los delegados del pabellón, quienes son elegidos en comicios con votación secreta por los propios internos, entre los más antiguos y de mayor jerarquía, y reconocidos por policías y funcionarios civiles del INPE (Instituto Nacional Penitenciario).

Pero eso será después.

—Ahora quédate acá.

Lo miras. Miras al resto. Ríen.

—Nadie te va a violar, primo.

Richard parece buen anfitrión.

—Yo no te pido nada. Un plato de sopa no se niega. Pero acá a la gente le gustan los culos nuevecitos. Y tú tienes buen culo. Cuida ese culo.

Con tu llave en el bolsillo

Te quedas solo. Levantas la cabeza con una cara de malo que ni tú te la crees.

Entonces te das cuenta de que nada será como en las películas gringas. No dormirás en una celda personal, en una litera que sube y baja. No habrá wáter ni desagüe: cagarás en silos. No caerá agua de una ducha, ni fría ni caliente: usarás baldes. No vestirás un bonito uniforme naranja con un número en la espalda. No marcharás en fila para recoger tu bandeja para el desayuno, el almuerzo y la comida, a la hora exacta, ni comerás en un comedor blanquísimo, con guardias vigilando que no te pase nada. Las luces no se apagarán. Tu celda no se cerrará con un chasquido electrónico.

Tu celda no se cerrará nunca.

En Lurigancho tú tienes la llave de tu celda y puedes entrar y salir a tu antojo.

Estás preso, pero eres libre.

Eres libre para moverte por las doscientas hectáreas de la prisión. Podrás recorrer restaurantes y gimnasios. Caminar por el jirón de la Unión (réplica del transitado jirón del centro de Lima), donde no existen tiendas ni bazares, pero sí podrás comprar de todo: ropa, televisores, radios, cds, jabones, drogas. Podrás visitar a los transexuales del pabellón 3 si el sexo dos veces por semana con tu novia no te basta. Podrás ganar algunas monedas lavando ropa, acarreando agua, puliendo barrotes ajenos o chupando penes. Eres libre para hacer casi lo que se te dé la gana, hasta las 5 de la tarde, bajo tu cuenta y riesgo. La puerta de ningún pabellón estará cerrada si puedes pagar la entrada. En teoría los policías resguardan las puertas para no permitir que los internos transiten por los pabellones, pero en realidad son ellos quienes cobran entrada. Y así descubrirás que, aunque en teoría son los policías quienes dominan la prisión, en la práctica los internos hacen lo que se les antoja .A las cinco de la tarde, el policía encargado de tu pabellón pasa cuenta para verificar que no le falte ningún reo, cierra el candado y se larga. Adentro no habrá policías ni cámaras. Entonces serás libre para moverte por los tres pisos del pabellón (también el techo, si quieres ver el cielo) y, si los dueños te permiten, para meterte en las setenta y cinco celdas de concreto y fierro y en las innumerables celdas de triplay construidas por los mismos reclusos para combatir el hacinamiento. De nuevo, bajo tu cuenta y riesgo.

No estarás metido en una celda. Eso te dará la libertad suficiente para no volverte loco encerrado solo sin poder dormir. Pero te expondrá a los peligros de caminar tres pisos de corredores con celdas casi a oscuras, entre ladrones y asesinos ebrios y drogados. Esta primera noche, en medio de los gritos y el fuego, preferirías estar encerrado, solo.

No tienes ese lujo. No tienes soledad ni silencio.

Con tu carnet de periodista en el pecho

Años después, regresarás varias veces, con un carnet de periodista colgando del cuello de la camisa limpia y bien planchada, acompañado de un fotógrafo. Y cuando los colegas te pregunten cómo así conoces tan bien todos los huecos de la prisión, no les dirás que tuviste tiempo para recorrer la cárcel entera en los catorce meses que estuviste encerrado. No. Eso no se cuenta. Ya he venido antes, responderás.

Regresarás, pero nunca regresarás.

Tres diferencias básicas. Uno: los internos no se comportan enfrente de los periodistas como entre ellos. Entre ellos se permiten mentarse la madre, drogarse, emborracharse, asaltarse unos a otros, pelearse a cuchillo, matarse a balazos, sacar teléfonos celulares y laptops para comunicarse con el exterior, entre otras libertades que a los reporteros les encantaría ver y escuchar y a los fotógrafos fotografiar. Por eso, la prisión que un periodista visita no es la verdadera, sino una prisión hecha para periodistas por internos, policías y funcionarios. Dos: a los periodistas los escoltan policías, así que nunca corren ningún riesgo real, nunca experimentan el estado de tensión o alerta que domina a los presos incluso cuando duermen. Tres: los periodistas saben que saldrán en unas horas. Y esta quizás sea la diferencia más significativa. Como periodista sabes que regresarás a la redacción con tu fotógrafo, bromearás con tus colegas, más tarde le harás el amor a tu chica y te encerrarás a escribir en la computadora, con un café a la mano, tratando de reproducir la atmósfera lúgubre del lugar con imágenes bien diseñadas, metáforas inteligentes y una pizca de ironía. Pero será en vano. No importa cuánto te hayas esforzado por mirar: no miraste. No importa cuánto te hayas esforzado por escuchar: no escuchaste. No importa con cuántos internos hayas hablado, sin grabadora ni libreta para dejarlos entrar en confianza, comiendo su comida, metiéndote en sus celdas, sentándote en sus camas: no hablaste con ellos, no entraron en confianza, siempre supieron qué decirte y qué no decirte: supieron mentirte.

Encerrado

El penal de Lurigancho fue construido en 1964, en el primer gobierno del presidente Fernando Belaúnde, con una capacidad para 2500 internos distribuidos en 20 pabellones, pero en la actualidad sobreviven unos 10 mil. El hacinamiento es tal que, cuando cae la noche y los policías cierran los pabellones con candados, muchos duermen al aire libre, en los patios, en los canchones donde se quema la basura.

Pero el hacinamiento es sólo uno de sus problemas. Lurigancho tiene por lo menos una docena. Ingreso de armas, drogas y alcohol. Propagación de enfermedades contagiosas como el sida, venéreas y tuberculosis. Insuficiencia de médicos, medicinas y equipos. Bajísimas condiciones de higiene y salubridad. Carencia de agua y desagüe. Pésima alimentación. Ausencia de una adecuada atención psicológica y de verdaderos talleres laborales y educacionales. Corrupción de policías y funcionarios. Sentencias que nunca llegan por falta de abogados de oficio para los más pobres.

En este pabellón que comienzas a caminar, diseñado para 150 presos, conviven casi 400. Unos 300 son menores de 25 años. Los viejos te observan con indiferencia. Los de mediana edad te guiñan el ojo, te miran el culo. Son los de tu edad los que te rodean. —¿Por qué te han metido?

—¿Lanzas? ¿Jalas?
—Habla, mierda.

Un mes atrás estabas sentado en un salón de clases en la universidad. Ahora tus amigos están de vacaciones en alguna playa del sur o del norte, fumándose un troncho, emborrachándose, tirando. Mañana se meterán en el mar con una resaca feliz. Y seguirán con sus vidas. Navidad. Año nuevo. Feliz día, mamá. Feliz cumpleaños. Besos. Abrazos. Mientras tanto, tú estarás acá. Muerto sin haberte muerto. En un ataúd, pero vivo. No más clases. No más amigos. No más novia. No más familia. No más alegría. No más libertad.

—Esto es la prisión, rata.
—Mira bonito nomás, huevón.

Cinco soles

Richard se aleja con su gente. Caminas al baño. El olor a orina y mierda se te mete por las narices hasta el cerebro. Un olor como un sabor. El baño consta de un urinario largo con un hueco en el medio y cinco cuartitos con sus respectivos silos. Cinco silos por piso: quince para 400 personas. Luego descubrirás que, en Lurigancho, muchas peleas a muerte se inician por un lugar para cagar. Tendrás que aprender a cagar en cuclillas, rápido. Luego sabrás que el contenido de esos urinarios y esos silos, y de los urinarios y silos de toda la prisión, desembocan a través de unos ductos hasta los muros posteriores de las celdas. En teoría debería funcionar un sistema de tuberías y desagües, pero acá no existe nada de eso. En Lurigancho te quedas con tu mierda. Respiras tu mierda. Y la mierda de todos. Todos los días.

Pero tranquilo: te acostumbrarás.

Te acostumbrarás a lo que sea.

Ya estarás acostumbrado cuando, después, mucho después, descubras que ahí, en esos ductos, entre la mierda reseca y el vaho de los orines, donde ni periodistas ni policías resistirían sin vomitar por el hedor, los internos esconden armas, licor y drogas cuando las autoridades del INPE o de la Policía ordenan una requisa para demostrar a los periodistas que ejercen control sobre la prisión, después de un motín o una pelea entre bandas con muertos y heridos de bala y cuchillo. Después sabrás que las requisas no existen. Los reportajes de la tele son un montaje con el que contribuyen los reporteros sin darse cuenta. Los policías llegan a un acuerdo con los delegados de los pabellones: cada uno aporta un porcentaje de armas, drogas y licor para que los jefes puedan mostrar a las cámaras; a cambio, les permiten conservar la mayor cantidad.

Pero eso será después.

Orinas. Un chico de tu edad se para a orinar a tu lado con aire de muy macho. Te mira a los ojos, luego te mira el pene y después se mira a sí mismo el pene. Te sacudes y te alejas mientras escuchas su voz.

—Cuando quieras, papi, estás pa´ agarrarte a besos.

En las escaleras, un adolescente de ojos asustados se la chupa a un cuarentón de bigotes. El cuarentón te manda un beso con la mano abierta repleta de paquetitos de crack, como caramelos.

Llegas al segundo piso. Una sala de estar del tamaño de un salón de clases, bancas de fierro, un televisor encendido. Luces apagadas. Una puerta conduce al corredor y a la fila de celdas. El tercer piso es idéntico. Ocupas una banca. El olor de las drogas se mezcla: marihuana, pasta, crack. El ruido de cincuenta personas gritando a la vez.

En la tele pasan una telenovela brasileña: Xica Da Silva. Cada vez que la protagonista, una negra jovencita, sale casi desnuda, la platea suelta gritos, algunos con la mano dentro del pantalón, otros con el pene afuera, masturbándose sin pudor o tal vez por si a alguien se le antoja. Cuando la telenovela termina, un grupo se aleja camino a sus celdas; los demás se acomodan para dormir en el piso, sobre cartones, pegados unos a otros. Los cuerpos se mueven bajo las frazadas. Risas. Mentadas de madre con cariño.

Las primeras luces del amanecer se cuelan por los barrotes del ventanal de fierro.

Tu primera noche está por terminar cuando se acerca un interno de unos 25 años, un metro ochenta, chuzos en la cara, cabeza rapada, aliento a alcohol y polo sin mangas que deja ver hombros y bíceps trabajados. Se sienta junto a ti. Mira a uno y otro lado con los ojos desorbitados por la pasta. Tú también miras a los lados, aunque sabes que nadie te defenderá. Tienes un par de billetes en las medias, pero no le será difícil hallarlos. Te preparas para tu primera pelea.  Sabías que ese momento llegaría.

—¿Te la chupo? -te dice de pronto.

No contestas.

—Cinco soles. Habla.

No contestas. Él sigue buscando fantasmas alrededor.

—Te vaceas en mi boca. Si quieres te fío porque eres nuevo, pero después me pagas.

No contestas.

—Me pagas, ah, conchetumare. Yo chupo pinga rico, pero no entro en huevadas…

Los bandos en guerra de Colombia firmaron un acuerdo para dar fin a la más grande guerra civil del hemisferio occidental, la cual se ha prolongado durante más de medio siglo. El saldo oficial de víctimas a la fecha es de 218,000 muertos y 45,000 desparecidos; pero hay cálculos de muchísimos más. Un número incalculable de gente ha sido herida, torturada y encarcelada, y cerca de siete millones han sido desplazados al interior (la cifra más alta alcanzada por un país en el mundo). El pacto se cerró en La Habana, Cuba, tras cuatro años de negociaciones entre el gobierno colombiano y la guerrilla armada conocida como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o las FARC. El 2 de octubre, Colombia llevará a cabo un plebiscito para ratificar el acuerdo. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que no pase. Tal como el mundo ha aprendido en los últimos tiempos, los referendos pueden ser propuestas riesgosas.

Desde el principio de las negociaciones con las FARC, el expresidente Álvaro Uribe ha atacado el esfuerzo pacificador del presidente Santos, su antiguo ministro de Defensa. Últimamente ha intensificado su campaña en contra del plan de paz acordada, alegando que favorece y hasta recompensa a los “terroristas” de la FARC por sus crímenes porque no impone castigos punitivos, sino un plan de justicia transicional en el que los responsables de crímenes de guerra pagarán por sus pecados con labores de rehabilitación; otro punto que enardece a Uribe y sus seguidores es la posibilidad de que exguerrilleros participen en política en el futuro. Para coincidir con el plebiscito convocado por el gobierno (a favor del Sí), Uribe montó una contracampaña (a favor del No), bajo la consigna “la paz sí, pero no así”.

El conflicto en Colombia se remonta a 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un candidato presidencial de tendencia popular que comenzó la guerra civil conocida como La Violencia; los liberales de Gaitán y sus rivales conservadores se vieron envueltos en una viciada sangría que duró una década y dejó más de 300,000 muertos. Mientras tanto, los marxistas conformaban comunidades armadas de autodefensa campesina. A principios de los sesenta, el gobierno, temeroso de la expansión de una insurgencia comunista al estilo cubano, envió a su ejército a atacarlos, dando como resultado la proliferación de guerrillas armadas. Con el paso de los años, algunas guerrillas han renunciado a la lucha en diferentes acuerdos de paz, pero las FARC y el Ejército de Liberación Nacional o eln, de menor presencia, inspirado y respaldado originalmente por Cuba, han permanecido en el campo de batalla, con alrededor de siete mil y dos mil combatientes, respectivamente. (Además, las FARC también han calculado más de diez mil miembros en su milicia.) Éstos se han expandido por todo Colombia, pero principalmente se encuentran en áreas rurales donde sobreviven del cobro de impuestos a comerciantes y a quienes cultivan coca; en los últimos años también se han visto envueltos directamente en el negocio de producción y tráfico de cocaína. Asimismo ambos grupos se han financiado a través del secuestro con recompensa y extorsión; durante años, compañías mineras y petroleras han pagado a las guerrillas para evitar el sabotaje de sus pipas. Las FARC finalmente accedieron a sentarse en la mesa de negociación después de varios golpes a sus principales líderes, el más reciente en 2011, cuando el presidente colombiano Juan Manuel Santos, entonces en su primer periodo, lanzó una operación militar en la que fue asesinado Antonio Cano, jefe máximo de las FARC.

En mis visitas a Colombia y Cuba en años recientes, me he reunido con Santos y miembros de ambos bandos de la negociación. Dado que la guerra civil continuaba su curso —con frecuentes ataques de las guerrillas a las patrullas armadas y ataques aéreos y terrestres a gran escala por parte de las fuerzas armadas colombianas— me impresionó el respeto que las partes se mostraron, y cómo parecían igualmente comprometidos en la causa por la paz.

He estado en muchas conflictos y he pasado mucho tiempo con hombres cuyas vidas se han entregado a la misión de matar a sus enemigos y, de ser necesario, de morir en la hazaña. La guerra tiene su propia lógica, y este síndrome de muerte voluntario es parte de él, y hasta que algo ocurre para desvirtuarlo, la paz ni entra en consideración en las mentes de los combatientes. Lo que pasaba con los colombianos era algo muy distinto y, para mí, refrescantemente nuevo: no importaba si estaba en el Palacio de Nariño o en un restaurante en La Habana, siempre había una sola conversación: seria, profunda, y a veces claustrofóbica —tanto con curtidos guerrilleros como con hombres del mero establecimiento colombiano— y era cómo lograr la paz. Por eso, por su singular intensidad, nunca dudé que lo lograrían.

El pasado septiembre en La Habana, pasé la tarde con el sucesor de Cano, conocido como Timochenko, con su segundo al mando, llamado Pastor Alape, y el vocero de la fuerza insurgente, Iván Márquez (quien firmó el acuerdo final por las FARC), en una cena donde celebraban con cerdo asado en el jardín de uno de sus amigos cubanos. Los guerrilleros se ufanaban de una ceremonia que había tenido lugar el día anterior: en presencia del presidente Raúl Castro, Timochenko y Santos se habían estrechado las manos y jurado firmar un acuerdo de paz en seis meses. El momento relucía con insignias de voluntad de paz: los tres hombres llevaban guayaberas blancas y su reunión inclusive había recibido la bendición pública del papa Francisco mientras terminaba una gira en la isla. (El plan de los seis meses resultó ser demasiado optimista; la fecha acordada del 31 de marzo iba y venía entre negociaciones postergadas por las garantías de seguridad para las guerrillas.)

Durante nuestra cena, Timochenko, un hombre bajo, corpulento y con barba de 57 años, reconoció que el día previo, antes de encontrarse con Santos, sintió algo así como pánico escénico, pero que pasó tan pronto llegó el momento. Mencionó su emoción al ver a Castro por vez primera, y contó cómo el líder cubano lo presionó para que estrechara la mano del presidente colombiano. Para Timochenko y sus amigos que han pasado la mayor parte de las últimas cuatro décadas en la jungla, la paz era un extraordinaria perspectiva a contemplar. Son, de alguna manera, verdaderos Rip van Winkles, que regresarían a ciudades y pueblos donde no habían podido mostrarse abiertamente desde su juventud. Cuando le pregunté a Pastor Alape, larguirucho y con gafas —y, como Timochenko, de 57 años de edad—, qué película pasaban en 1979 cuando se unió a las FARC e iba a la preparatoria, contestó con una sonrisa de oreja a oreja, Fiebre del sábado por la noche.

El verdadero nombre de Timochenko es Rodrigo Londoño Echeverri, y el de Pastor Alape, Félix Antonio Muñoz Lascarro. Márquez, el mayor de ellos, de 61 años, es Luciano Marín Arango. La cabeza de los tres tiene un precio para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, recompensas por información para su captura que oscilan entre dos millones y medio hasta cinco millones de dólares; se les acusa de una variedad de crímenes que van desde del tráfico de cocaína coordinado por las guerrillas hasta las ejecuciones de aquellos campesinos de coca que se atrevían a vender productos a los rivales paramilitares de las FARC.

Los líderes de la guerrilla niegan haber estado directamente involucrados en el negocio de la cocaína, insisten en que los narcotraficantes colombianos son sus peores enemigos y se dicen del lado político correcto. Pero no es tan simple como esto. Como Pastor Alape explicó a mi amigo Patricio Fernández del periódico chileno The Clinic: “En un principio, las FARC tenían una política represiva contra los campesinos que sembraban mariguana o coca. Incluso desarraigaban sus plantíos. Pero esto nos acarreó muchos problemas. Después de una larga evaluación concluimos que no debíamos hacerlo pues provenía de un problema social. Así que en su lugar simplemente les pedíamos que colaboraran con una parte de su producción, una suerte de política de impuestos. Eso fue lo que hicimos. En otras palabras, cualquier capital que circulara en nuestro territorio tenía que pagarnos algo”. A medida que la guerra mengua, es más fácil para las guerrillas reconocer que dichas políticas fueron contraproducentes. El mes pasado, al visitar con otros reporteros un campamento en la jungla al sur de Colombia, un alto jefe de las FARC, Mauricio Jaramillo, aceptó que la política de tributación en las drogas había causado “un enorme daño” a los rebeldes.

Ahora los negociadores de las FARC han firmado un acuerdo en el que reconocen tácitamente su parte en el tráfico de drogas al aceptar cortar todo vínculo en el mismo. En cuanto en qué medida dicho acuerdo puede incidir en el problema de las drogas en Colombia, Santos me comentó en abril que, incluso si las FARC saliera del negocio, no se sentía muy optimista al respecto: “Con frecuencia me considero como alguien en una bicicleta fija”, me dijo. “A pesar de todo lo que hacemos por combatir el narcotráfico, Colombia sigue siendo el primer exportador mundial de cocaína.” Entonces comenzó a decir que la única manera de empezar a solucionar el problema global de la droga era despenalizarla pero, para ello, admitió, falta un largo trecho.

Santos también habló esperanzado del inminente acuerdo para la paz, pero agregó que “también hay quienes han hecho de la lucha contra las FARC una bandera, un estilo de vida, y buscan una nueva dialéctica en la cual sostenerse”. Esto parecía aludir a su predecesor Álvaro Uribe, un derechista cuyo padre murió en un fallido intento de secuestro por las FARC. Uribe ha hecho campaña contra la iniciativa de paz desde sus inicios. Con el eslogan “Paz sí, pero no así”, lanzó una instancia contra el movimiento por la paz, argumentando que el acuerdo ofrecido a las FARC “recompensaría a los terroristas” al permitirles postularse para un puesto público. De hecho, las FARC accedieron a un sistema de “justicia transicional” en el que el énfasis estaría en la confesión pública, la reconciliación y el servicio comunitario, pero aquellos que no confesaran sus actos o fueran culpables de crímenes de guerra serios estarían sujetos a penalización, incluyendo la cárcel. Sólo aquellos guerrilleros que pasen por este proceso podrán postularse para un cargo público.

Incluso si la mayoría de los colombianos vota a favor del acuerdo por la paz de Santos, otros actores violentos pueden continuar operando en las impunes trincheras colombianas. Colombia está en una tentativa de diálogo con el eln y se espera establecer rondas formales en Ecuador, pero las conversaciones iniciales han sido, según se sabe, más tensas que con las FARC. Los líderes del eln parecen más radicales ideológicamente y más recalcitrantes. También existe la sospecha de que pueden estar buscando ocupar el territorio al que las FARC ha renunciado o de donde se ha desplazado, especialmente en áreas donde los grupos han entrado en conflicto por el territorio previamente.

La derecha paramilitar colombiana también sigue siendo sumamente problemática. En principio postulados por acaudalados terratenientes, narcotraficantes y hacendados, con frecuencia bajo la protección secreta del Estado, estas bandas armadas hasta los dientes masacraron a civiles de quienes sospechaban colaborar con la guerrilla en una campaña de terror que se extendió desde los noventa a la primera década del dos mil. Para el 2002, cuando Uribe fue electo presidente, las milicias se habían convertido en poderosas organizaciones criminales, fuertemente involucradas en el negocio de la cocaína tanto como en el de secuestro, extorsión y usurpación de tierras. Uribe ofreció amnistía a los combatientes paramilitares a cambio del desarme, y decenas de miles de ellos aceptaron su oferta. A la mayoría se le permitió regresar a la vida civil sin castigo alguno. Desde entonces, miles han regresado al campo de batalla, donde operan abiertamente como narcoparamilitares y narcotraficantes organizados dentro de las filas militares. (En años recientes, docenas de oficiales y miembros originales del Congreso del partido de Uribe han sido condenados por conspirar con los paramilitares. Uno de los hermanos de Uribe actualmente se encuentra sujeto a juicio acusado de haber constituido su propio escuadrón de la muerte paramilitar.)

En abril, cuando hablé con Santos, se expresó con desprecio del más grande y poderoso de estos grupos, una amalgama de pandillas y paramilitares veteranos que se hace llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia, la cual, me dijo, suma aproximadamente 2,500 hombres armados. Él dice que este grupo intentaba presentarse como fuerza insurgente con la esperanza de ser legitimado con sus propios acuerdos de paz y un eventual amnistía. Santos me comentó que no iba a conceder a los autollamados Gaitanistas la legitimidad que anhelaban; en cambio, planeaba “darles duro, bien duro”.

Mientras tanto, un diplomático, que conoce bien a Colombia y sus actores, compartió conmigo su preocupación sobre el gran número de colombianos que se oponen al acuerdo de paz. “Piensan, como Uribe, que concede demasiado a las FARC. El problema de esta visión es partir de la suposición de que si se cancela el acuerdo de paz, las farc pueden ser eliminadas militarmente, y creo que eso es una pésima lectura de la realidad.”

La gran lección de la historia de Colombia siempre ha sido que se necesita violencia para ganarse un lugar en la mesa. Se requerirá no sólo una paz duradera sino un ejercicio efectivo de la ley para cambiar tal patología en los años venideros.

ACTO PRIMERO: después del Sábado de Muerte

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Hay, valga el lugar común, un antes y un después de aquel 28 de noviembre de 2015, sábado. A media tarde, pandilleros de la 18-Revolucionarios bajaron de Los Troncones con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Durante al menos una hora se tomaron el caserío, obsesionados con encontrar indicios de sus enemigos de la Mara Salvatrucha. Encañonaron, retuvieron e interrogaron a cuanto joven y varón hallaron. Sentenciaron a tres: Juan Carlos, Moisés y Kevin. Los encaminaron unos cien metros. Los voltearon contra el piso. Los fusilaron. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Después de aquel triple homicidio, el miedo a los muchachos de Los Troncones se terminó de apoderar de Córdova. Más de la mitad de las familias huyeron en los días y semanas posteriores. En silencio. Quizá para siempre. De 70 niños matriculados en 2015 en la escuela se pasó a 30 en 2016. Las maras evidenciaron –una vez más– su capacidad para aterrorizar comunidades enteras.

Casi un año después, la minoría que se quedó se refiere a la huida de la mayoría como “laemigración”. El caserío está en desgracia, dicen. Y si duro resultó para los que huyeron, no menos lo fue para los que permanecen. Cerraron, por ejemplo, las dos iglesias evangélicas, los únicos dos lugares de prédica, como si a Dios también le valiera la suerte de los cordovianos.

Hoy es miércoles y es octubre, 2016. Máximo Ramírez –delgado, tostado, platicador, 55 años– es de los que permaneció. Su edad algo le ayuda en esto de lidiar con maras. Todos acá lo conocen como Mancho o don Mancho. Ahora, sentado sobre la rampa de entrada a la escuela mientras las mujeres sancochan unos elotes, habla desenfadado sobre su principal preocupación: un mapache.

El maíz de su pequeña milpa está doblado. Que un mapache le arruine 20 mazorcas cada día es un drama mayúsculo. Anoche se acostó a las 3 de la madrugada. Parecido anteanoche. Y también la noche anterior. Todo por matarlo. La mejor manera, dice Mancho, es con perros grandes y bravos que encaramen al intruso a un árbol. No sirve cualquier chucho. Un mapache como este, de los grandes y solitarios, franjas blancas y negras en el rostro, es capaz de encararlos y amedrentarlos. Ya encaramado, el hondillazo certero. Es triunfo doble: sosiego para la milpa y carne fresca para la cena. Pero Mancho no tiene perros grandes y bravos. Sus tres desvelos han sido por gusto. Anoche, el improvisado ‘plan B’ fue sacrificar a otro animal, desollarlo y confiar en la hediondez. “Maté a un zorrillo y lo amarré con un alambre; al mapache el zumo le da asco”, dice. Un par de zopes vuelan en círculos ahora, mediodía, sobre el olor a muerte.

Hasta hace tres años, hasta cuando los mareros comenzaron a ganar presencia, este era el tipo de problemas que quitaban el sueño en Córdova.

San Luis Córdova es un pedazo del cantón Los Troncones, municipio de Panchimalco, departamento de San Salvador. En línea recta, apenas 22 kilómetros distancian Córdova y el Hotel Sheraton. Pero el número es un espejismo. Pedrina, Jaime y Ricardo, los profesores de la escuela, viven los tres en el área metropolitana de la capital. Invierten no menos de dos horas y media para llegar, y otras dos y media para regresar. La travesía incluye una hora de caminata a campo traviesa, y cruzar un río traicionero: el Tihuapa.

Córdova ni siquiera es un poblado propiamente dicho. Es más bien una sucesión de casas desperdigadas a ambos lados de la calle destartalada que muere en el caserío. No hay plaza ni nada que se le parezca. Antes del Sábado de Muerte, eran 230 gentes. Hoy, menos de la mitad. No hay energía eléctrica. Cada quien se rebusca por su agua. Cada quien quema su basura. Cada quien construye su fosa séptica, en el mejor de los casos. Es ruralidad extrema.

Además de mapaches, zorrillos y zopes, en los cerros de Córdova hay venados, coyotes, cotuzas, gatos cervantes y gatos zontos, cusucos, garrobos verdes y garrobos prietos, auroras, chiltotas, tecolotes, gavilanes, chachalacas, masacuatas, corales, serpientes castellanas, alacranes, tarántulas y unas arañas cholas-cholas y temidas que acá las llaman casampulgas. Casi todo lo que se mueve es fuente codiciada de proteínas.

“Un su garrobo bien tostadito… juuummmm”, dice Carmen Vásquez –delgado, retostado, alguien que cuenta como mérito infinito comerse 10 tortillas en una sentada, 56 años–, y sonríe de imaginarse chupando los huesitos del reptil.

Cuando el caserío comenzó a vaciarse tras el Sábado de Muerte, Carmen, su esposa y el menor de sus hijos hicieron lo que casi todos: irse a la otra ribera del río Tihuapa. A Planes de las Delicias y Valle Nuevo, cantones ambos del municipio de Olocuilta. “La gente agarró miedo a los muchachos, y con miedo la gente se va, ¿veá? Cuando uno cree que lo van a matar, ¿veá? Aunque tal vez pidiéndole a Dios”.

En su caso, el hambre y la incertidumbre pudieron más que el miedo. Es de los poquísimos que a los pocos días regresó. En Córdova tiene su casa; precaria, pero suya. También tiene dónde sembrar; en un terreno de un vecino que migró a Estados Unidos. Maíz cuando comienzan las lluvias; frijol o maicillo sobre la milpa doblada. Las cosechas le abastecen para todo el año. Si son generosas, incluso puede vender una parte. Con esos granos básicos, los animales que fulmina con su hondilla, los cangrejos que saca del Tihuapa y algún que otro trabajo ocasional, tiene la subsistencia garantizada, que no es poco decir en un país como El Salvador.

Como si fuera guía de un museo, Carmen muestra las casas habitadas hace un año, amplias, solitarias y asilvestradas ya por la estación lluviosa. En un muro de ladrillos, a unos 300 metros de la escuela, hay un placazo azul cielo. Es de trazos torpes, como si fuera obra de un aprendiz de grafitero. El elemento central dice ‘MS’, en grande. A su izquierda, un puño con los dedos anular y meñique estirados. A su derecha, ‘Mara Salvatrucha’. Debajo, el nombre de la clica, ‘CGLS’, escrito dos veces.

El ‘CGLS’ es por la Cangrejeras Locos, del cantón Cangrejera, municipio de La Libertad. Está algo lejos, en la desembocadura del Tihuapa. Luego se explicará cómo y por qué uno de los tentáculos de esa clica de la Emeese cayó sobre Córdova. Es importante para entender esta historia. Pero conviene aterrizar antes la idea de cómo afecta el desplazamiento forzado a los que se quedan, comprender qué sucede cuando las maras generan una migración como la habida tras el Sábado de Muerte.

Cerraron las dos iglesias evangélicas. La más concurrida era la Iglesia de Dios Mundial. Cerró también la tienda mejor abastecida, la que sacaba de apuros aunque resultara algo más cara. Cuando se corrió la voz de que las maras estaban detrás de la despoblación, las visitas de vendedores ambulantes se redujeron casi a cero. Tampoco entraron más los intermediarios que buscan los excedentes de los agricultores para revenderlos en la capital.

Incluso la escuela se tambaleó. Su nombre es de una literalidad insípida: Centro Escolar Caserío San Luis Córdova Cantón Los Troncones. El código asignado por el Ministerio de Educación, el 86400. Es pequeña pero digna. A mediados de la década pasada, se benefició de la cooperación internacional. Es sin duda la construcción más vistosa de todo el caserío. Tiene su propio pozo de agua. Tiene retretes blancos. Tiene paneles solares que generan energía para el funcionamiento y que garantizan unos modestos ingresos al centro: los vecinos pagan una cora (25 centavos de dólar) por recargar su celular.

El Sábado de Muerte ocurrió poco antes de la vacación de fin de año. Luego, laemigración. Más luego, la incertidumbre. Hubo profesores que meditaron el traslado. Tras el reinicio de clases aparecieron pintadas de la Mara Salvatrucha en un muro. Un día forzaron la entrada y entraron a robar, algo que los docentes atribuyeron a jóvenes con algún grado de afinidad hacia la Mara Salvatrucha. La matrícula se desplomó el 57 %. Fueron semanas tensas. Pero a pesar de todo, las aulas siguen abiertas.

Más allá de los beneficios obvios para los 30 estudiantes inscritos, la escuela representa la expresión más sólida y constante del Estado salvadoreño en Córdova, casi la única. La unidad de salud más cercana queda allende el río, en Valle Nuevo. La Alcaldía de Panchimalco olvidó hace trienios que este caserío es parte del municipio. La Policía Nacional Civil apenas se deja ver; si hay un parto o alguien necesita hospitalización, envían un pickup desde Panchimalco si quien lo pide se compromete a pagar el combustible.

“Los policías en veces vienen, en veces no vienen. Después de la matazón sí vinieron seguidón algunas semanas, pero luego nada”, dice Mancho.

El miedo se mantiene en Córdova. Hay señales, de hecho, de que la Mara Salvatrucha no quiere dar por perdido este caserío. El placazo azul cielo lo hicieron meses después del Sábado de Muerte. También puertas y paredes de varias de las casas abandonadas han sido pintarrajeadas con las letras. El 16 de octubre, dos jóvenes de 17 y 23 años desaparecieron cuando regresaban de un culto sobre la calle a Los Troncones. Los hallaron al día siguiente, decapitados. En Córdova creen que eran o activos o simpatizantes de la Mara Salvatrucha, y que los asesinaron los dieciocheros.

“La semilla mala ya está regada en Panchimalco… y en todo El Salvador”, dice David Antonio Hernández –no tan delgado, tostado, profundamente religioso, 26 años–, resignado y encomendado a su dios. David y su esposa fueron alumnos de la escuela hasta 2009. La “semilla mala” echó raíces un lustro después. Hoy son padres de una niña de seis y de un niño de tres. Pero el Sábado de Muerte no logró sacarlos de su hogar, de su caserío.

“Nosotros no andamos en malos pasos y no somos familia de muchachos de ningún grupo”, dice. “No nos metemos con ellos, y ellos no se meten con nosotros”, dice. La familia camina martes y sábados hasta la Iglesia Profética Santidad a Jehová, en el mero Los Troncones. Dos horas ida, dos horas vuelta. “Dios en ningún momento nos desampara”, dice. Pero en Córdova, comulgar con el Ver, oír y callar parece más efectivo que la fe.

Si uno vive en lugares no controlados por una pandilla, cuesta dimensionar las razones que obligan a abandonar el hogar. También las razones para permanecer cuando la amenaza es tan sólida. Juzgar a los cordovianos, a los unos y a los otros, es un acto de soberbia intelectual. Las razones para irse o para quedarse son un mundo.

Carmen permaneció.

—¿Dónde es lo más lejos que ha viajado usted en su vida?

La pregunta es para tratar de dimensionar su sentimiento de arraigo.

—Ahhh… ¡yo he sido vagamundos! En Sonsonate vive un tío mío. He ido a las fincas, a cortar. He ido a Tepecoyo, al volcán de San Salvador, a Opico…
—¿En San Miguel ha estado alguna vez?
—De este lado sí no…
—¿Santa Ana?
—Hasta un sitio que le dicen El Congo he llegado. No crea, si cuando estaba
cipote sí he viajado yo. Y uno se quedaba hasta que le pagaban.

Juan Antonio Martínez –delgado, tostado por el sol también, uno de los líderes de la comunidad, 47 años– huyó de Córdova. Don Toño, le dicen. Se trasladó al cantón Valle Nuevo, con su familia. Valle Nuevo queda a unas dos horas a pie, con el Tihuapa de por medio. Muy de vez en cuando, Toño regresa a Córdova con su corvo bien afilado, para ver cómo está la casa que levantó con sus propias manos. Chapoda, limpia, recoge jocotes o limones.

“Emigramos unas 25 familias y… la verdad… yo quisiera regresar, porque acá nací, acá me he criado. En Valle es más difícil si uno es pobre. Acá uno cosecha, tiene sus palitos”, dice. Él y los suyos son víctimas de lo que técnicamente se conoce como desplazamiento forzado interno. Desplazados por las maras. En la que era su casa, en el terreno junto a la escuela, Toño habla y habla, como si sus problemas se resolvieran por solo compartirlos. Por un momento se envalentona: “Yo amo esto”. Amo, dice. Un verbo que los prejuicios hacen que cueste imaginar en boca de un hombre rural en su primera plática con un extraño. Don Toño ama esto. Y esto, Córdova, es lo que el Sábado de Muerte le obligó a dejar atrás.

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ENTREACTO: los desplazados

Córdova es un ejemplo de manual de lo que Naciones Unidas convino en llamar desplazamiento forzado interno. Huir sin salir del propio país. En el mundo, estos traslados los suelen generar la guerra, la violencia política, religiosa o étnica, la violación sistemática de derechos humanos… En El Salvador, las maras –aunque no solo.

No es un fenómeno nuevo. En torno a 2008, los desplazados dejan de ser casos anecdóticos. Para 2011 ya son tendencia, siempre concentrados en colonias, barrios y cantones empobrecidos, el hábitat natural de las pandillas. Tras el fracaso del proceso conocido como la Tregua, en 2014, el fenómeno se viraliza. La prensa ha reportado docenas de córdovas regados por el país. Y los individuos o familias que huyen a título individual son incontables.

Pero el Estado salvadoreño se resiste a aceptar esta realidad, quizá porque hablar de desplazados supone admitir que las maras son poder establecido. Lo poco que se ha tratado de sistematizar sobre el tema ha sido iniciativa de las oenegés aglutinadas en la ‘Mesa de la Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado’. Entre agosto de 2014 y diciembre de 2015 documentaron de forma artesanal 146 casos, con 623 afectados. La punta del iceberg nomás. Los ciento y pico de Córdova no están en ese listado. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos retomó el trabajo, lo maceró y en julio de 2016 presentó un demoledor informe de 64 páginas, el primero de esta naturaleza elaborado por una entidad estatal. Entre la docena de conclusiones, una que al gobierno le debería haber sentado como guacalada de agua helada: “Debido a que el Estado no reconoce el desplazamiento forzado interno, esto genera un impacto humanitario que dificulta una asistencia humanitaria efectiva y eficaz”.

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ACTO SEGUNDO: el Sábado de Muerte

La zafra había iniciado una semana antes en El Salvador. Nadie en Córdova siembra caña de azúcar, por montuoso y aislado. Pero sí relativamente cerca: en las planicies que hay entre la carretera El Litoral y el mar.

Tras la quema, los cañaverales exigen cientos de brazos. Los empleadores lo saben. Acarrear mano de obra ha devenido un negocio en sí mismo. El salario de cortador es mísero, cinco dólares por tarea –es de machos terminar las dos–, más el rancho, la comida. Pero en economías de subsistencia como las de Toño, Mancho o David, ese jornal sabe a aguinaldo.

El Sábado de Muerte fue el particular inicio de la zafra en Córdova. Los cordovianos, unos 12 o 14 antes de, van a la corta en grupo. En los últimos años se ha convertido en ritual. Los hombres se despiertan dosquetrés horas antes de salir el sol. Se citan bajo algún palo. Caminan por veredas hasta Amayón, un cantón con calle transitable hasta la carretera El Litoral. Una auténtica procesión nocturna de cumeros surcando los cerros de Panchimalco.

En Amayón, tipo 4 de la madrugada, abordan un camión junto a otros hombres de otros cantones y caseríos aledaños. Todos citados para lo mismo. El camión los lleva a los vastos cañaverales de San Luis La Herradura o de otros municipios del departamento de La Paz, a deslomarse.

Juan Carlos Vásquez Benítez –21 años, uno de los jóvenes asesinados por la 18– mañaneó aquel 28 de noviembre de 2015. La zafra nunca le había entusiasmado. Había metido papeles para ver si le salía algo en San Salvador y no depender del jornal de cortador. “Para no tener que asolearse”, había dicho a sus amigos. A la espera de que le confirmaran si sí o si no, prefirió embolsarse unos dólares.

De los experimentados del grupo, a Juan Carlos le fue bien aquella mañana con la cuma. Logró devastar las dos tareas en ocho horas. Pero la alegría mayor resultó atrapar a un conejo sobreviviente de la quema. “Tamaño conejón”, dice casi un año después David, su amigo. También él estuvo en el cañal el Sábado de Muerte.

Bien amarrado pero vivo, Juan Carlos y su conejo fueron la sensación en el camión durante el viaje de regreso a Amayón. Más de uno lo devoró con la mirada. Planearon una merienda, nomás para los allegados.

El grupo regresó a Córdova bien pasada la 1 de la tarde. Juan Carlos voló a la casa, a pavonearse de su botín. Se bañó, se acicaló y rápido bajó a ver si hallaba a los cheros. Por ser sábado, sabía que los encontraría cerca de la Iglesia de Dios Mundial, la más concurrida en los últimos meses. El local era modesto pero digno: paredes de adobe recubiertas de concreto, techo de duralita, suelo embaldosado, baño. Hermanos de la misma congregación procedentes del puerto La Libertad habían ayudado a levantarlo pocos meses atrás.

Juan Carlos no se congregaba seguido. Tampoco su amigo Alcides Moisés Godoy Carrillo –20 años, otro de los tres asesinados por la 18–, que tenía a su pareja con ocho meses de embarazo. Pero habían oído que era un culto de acción de gracias. En plena etapa de captación de fieles, daban por seguro que al final habría reparto de café, sodas o pan dulce. Razón suficiente para merodear.

En esas apareció el comando de la 18-Revolucionarios del cantón Los Troncones. Serían las 2:30 de la tarde. Juan Carlos, Moisés y otras seis u ocho personas platicaban en el cruce de veredas ubicado 50 metros al norte de la iglesia. Todos jóvenes. Adolescentes varios.

Jóvenes y adolescentes también eran los muchachos del comando dieciochero, solo que armados con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Unos siete u ocho. A cara descubierta. Dos de ellos vestían pantalón y botas militares. De un solo encañonaron al grupo de Juan Carlos y Moisés. Con ellos estaba Kevin –13 años, el tercero de los asesinados por la 18–, nieto del pastor de la Iglesia de Dios Mundial. Kevin vivía en Planes de las Delicias, pero el culto lo había llevado a Córdova.

Los interrogatorios duraron no menos de una hora. Hay testigos que alargan hasta las dos horas aquella angustia colectiva del Sábado de Muerte.

Los pandilleros creen tener la habilidad de identificar cuando alguien estáen la juega. Es decir, si un joven es activo, chequeo o simpatizante de una pandilla contraria. Cientos de inocentes habrán muerto en la última década por esa creencia.

En Córdova sentenciaron a Juan Carlos, Moisés y Kevin. Tres vidas que no sumaban 55 años. Solo del adolescente, Kevin, los cordovianos consultados dicen que sí vestía flojo y que tenía alguna maña propia de los muchachos. En cambio, dice Mancho, Juan Carlos y Moisés “eran cumeros, como nosotros”.

A los tres los encaminaron unos 100 metros, a la curva de la calle que parte hacia Los Troncones. Los voltearon contra el piso, quizá entre lágrimas y ruegos por sus vidas. Los fusilaron con fusiles, disparos certeros para reventar las cabezas. “Pa, pa, pa, pa, pa… Como una guerra… Pa, pa, pa, pa, pa…”, dice Toño. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Dicen que el pastor trató de mediar por ellos, por su nieto, pero que lo encañonaron y que le dijeron que mejor se alejara, que aquello no iba con él.

Lo más significativo quizá sea que nadie telefoneó a la Policía. Todos supieron que un comando de hombres armados estaba en el caserío. Los rehenes eran entre ocho y diez hijos, primos, vecinos, amigos. La ocupación de Córdova duró no menos de una hora. Pero nadie llamó a la Policía.

—¿Ahí los tuvieron, a la vista de todos?
—Ahí los tuvieron, embrocados –dice David.
—¿Nadie llamó a la Policía?
—¿Y cómo…? No… nadie…
—Pero… ¿por miedo?
—¿Y por qué más?

Quizá haya que formar parte de lugares como Córdova, donde el Estado es tan pero tan raquítico, para asumir que si un comando de pandilleros armados se toma el caserío, lo normal es no llamar a la autoridad. Pero así pasó.

El 28 de noviembre de 2015, la 18-Revolucionarios fusiló a Juan Carlos, Moisés y Kevin. El triple homicidio, virajes extraños que tiene la vida, le valió el indulto al gran conejo que unas horas antes había viajado amarrado desde los cañaverales de San Luis La Herradura. La familia de Juan Carlos lo liberó. “No lo quisieron comer, por tristeza”, dice David.

En los días y semanas posteriores, se vino laemigración.

***

ENTREACTO: los refugiados

Los cordovianos que cruzaron con enseres el río Tihuapa son una resulta de los esquemas de terror que las maras mantiene en sus canchas. Son desplazados internos. En cuenta aparte va la migración trasfronteriza, esa que se conjuga con palabras como exilio, asilo o refugiados. Para vigilar esta otra expresión, existe una entidad supranacional: el ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

El Triángulo Norte de Centroamérica se considera la región más violenta del mundo. De los tres países, según el ACNUR, los salvadoreños son de largo los que más solicitudes de asilo gestionan ante gobiernos extranjeros: 23,000 en 2015, que es como si todos los vecinos de Suchitoto huyeran en un solo año.

Estados Unidos es y será el destino preferente, pero México, Belice, Costa Rica y Panamá –y en menor medida Nicaragua– han emergido en 2015 y 2016 como receptores de salvadoreños que huyen. Las cifras oficiales horrorizan. Perfilan un drama infinito. Pero las cifras reales son todavía más duras. También entre los que en su huida cruzan fronteras existe un vigoroso subrregistro: lo que migran para salvar sus vidas y no sienten como necesidad urgente regularizarse en el nuevo país.

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ACTO TERCERO: antes del Sábado de Muerte

El devenir de un sinnúmero de colonias y cantones de El Salvador está ligado a las maras desde hace 15 años o más. Pero no es el caso de Córdova. El influjo de las letras y los números  comenzó a sentirse apenas un par de años antes del Sábado de Muerte. Al igual que en otras áreas rurales del país, la Tregua contribuyó a generar las condiciones para que la semilla germinara.

La implantación del fenómeno en el mero Córdova, sin embargo, es modesta. Para cuando el triple homicidio, ni siquiera operaba una clica propiamente dicha. La Mara Salvatrucha tenía y tiene presencia, pero más testimonial que otra cosa. Un puñado de jóvenes que entró en contacto con los mareros del otro lado del río Tihuapa, y que fantaseaban con convertirse en pandilleros. Nada de extorsiones. Nada derentas. La pegada de los  ieciocheros de Los Troncones frenó la propagación de la Emeese de forma más efectiva que las fuerzas de seguridad.

El Tihuapa al sur y el lamentable estado de la calle hacia Los Troncones al norte definen el caserío. No tienen energía eléctrica por el aislamiento, pero ese aislamiento quizá sea también la razón para que se mantuvieran lejos las maras. En Los Troncones, la 18 se asentó firme la década pasada. La Mara Salvatrucha hizo de Cangrejera y Valle Nuevo plazas fuertes en los mismos años. Córdova queda en medio.

Si se escarba más atrás en el tiempo, en los ochenta y noventa, parecía que este caserío tendría un mejor futuro. La guerra civil apenas se sintió. Operó una hacienda de la que aún hoy se aprecian vestigios. El nombre del dueño, el finado Miguel Palomo, aún hoy se pronuncia con devoción. “400 reses había, ganado chulo”, dice Mancho con un dejo de orgullo. Además de ganado, se sembraba. Un camión cargado de guineos se atrevió a cruzar el Tihuapa durante una tormenta, pero la repunta lo volteó, lo arrastró y esparció la carga río abajo. Los cordovianos que peinan canas lo cuentan como ejemplo insuperable de esplendores pasados.

Las celebraciones eran celebraciones de verdad: el Día del Trabajador, el Día del Niño… Llegaban músicos y llegaban con pesados equipos de sonido, a caballo. “El caserío se llenaba de gente como usted no se imagina”, dice Toño.

Pero la hacienda cerró. Y la calle se malogró. Sin su principal fuente de empleo y abandonado por el Estado, el caserío se limitó a administrar su deterioro. La mejor herencia de aquellos años de aparente prosperidad quizá sea la escuela. Guardan trofeos de cuando de entre los alumnos salían equipos capaces de medirse de tú a tú con centros escolares de todo Panchimalco y de Olocuilta. Aún en 2007, el número de alumnos inscritos fueron 106, contra los 30 después del Sábado de Muerte.

Pero para esta historia lo más relevante es el pasado más cercano, cuando logra germinar de la “semilla mala” de las maras.

Córdova es parte de Los Troncones, controlado por la 18-Revolucionarios. Pero el caserío vive de espaldas a Los Troncones. Desde antes de la irrupción de las pandillas. Y así será mientras la calle sea un chiquero. El aislamiento es muy marcado, pero los cordovianos miran más al otro lado del Tihuapa, a los cantones Planes de Las Delicias y Valle Nuevo, a Olocuilta. La mayoría de los duis han sido expedidos en Zacatecoluca. Es la relación natural, la del día a día. A pesar de que si se mira un mapa es la opción menos recomendable, los profesores de la escuela viajan a diario desde la capital hasta Planes de las Delicias, vía carretera al aeropuerto. Y de ahí caminan a Córdova.

A Valle Nuevo llegó el influjo de la CGLS, la Cangrejeras Locos, una de las clicas del poderoso programa de La Libertad, de la Mara Salvatrucha. Ambos cantones están sobre la carretera de El Litoral.

Planes de las Delicias es un cantón sin maras. No es así nomás que no las haya. Una parte de sus vecinos tiene relación con la Fuerza Armada. Están organizados para cortar de raíz cualquier intento de las pandillas por establecerse.

Cuando laemigración, los menos se fueron a Planes de las Delicias. Los más, a Valle Nuevo, como Toño y los suyos. No todos pudieron elegir. En Planes recelan de todo lo que tenga aroma a pandilla. Y algunas de las familias que tuvieron que dejar todo en Córdova viajaban con la sospecha de que algún hijo o sobrino o hermano tenía relación con la Mara Salvatrucha. En Valle Nuevo, cancha firme de esa pandilla, el recibimiento fue mejor.

“En Valle Nuevo los muchachos son más respetuosos. Ahí usted entra y te preguntan: ‘¿Es familiar del tal? Está bueno, puede entrar, aquí no le pasa nada, aquí lo cuidamos, aquí solo no queremos que vengan infiltrados’. Eso es lo único que temen ellos”, dice Toño.

Lo ya escrito: juzgar a los cordovianos mientras se lee esto en un smartphone o una computadora, sin saber qué supone vivir en una comunidad controlada por las maras, es un acto de soberbia intelectual. Toño, los demás desplazados, los que permanecieron y los profesores son, ante todo, víctimas. Víctimas.

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Los que se quedaron se esfuerzan para que el caserío no muera. Mantienen la esperanza de que los desplazados regresen. La batalla de las últimas semanas, acuerpada por los profesores de la escuela, es que las alcaldías de Panchimalco y Olocuilta construyan una pasarela o un puente que permita cruzar el Tihuapa sin tener que jugarse el físico, como ocurre durante la estación lluviosa.

El propósito es noble: atenuar el aislamiento de Córdova y de sus gentes. En la misma línea, está tomando fuerza la idea de que traerán la energía eléctrica desde Los Troncones. Dicen que empleados de la distribuidora Delsur ya han hecho mediciones. Pero en El Salvador, donde el fenómeno de las maras se dejó crecer tanto que buena parte del país está ya parcelado en áreas de influencia de las tres pandillas principales, cuesta identificar estas buenas iniciativas como noticias buenas.

Diario de un bordador

Publicado: 9 enero 2017 en Sebastián Hacher
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Octubre de 2016.

A un año de empezar el experimento.

Primero fue el ñandutí de Paraguay, después el kené de la selva peruana. En el medio, antes y después, el bordado. Punto cadena, punto cruz, pespunte y punto atrás. Prisionero, escapulario, festón griego, cordón y cordón partido. Bordo todos los días y cada vez que puedo, tanto que a veces me cuesta salir de casa. Siento que el rincón donde están los hilos me llama. Ahí está el silencio, el meterse adentro de la tela. El centro del bastidor es un agujero negro: te atrae, te abduce, te hace creer que adentro hay un universo nuevo. Y lo mejor es que no te decepciona. Ese universo existe. No se puede describir, pero existe.

Cada día sin bordar es un día perdido. Bordo mientras leo diarios, o chequeo las redes sociales. Bordo mientras espero en el médico, o cuando tengo un rato libre y paso cerca de una plaza en la que me puedo sentar. Bordo en mi jardín, que es enorme y silvestre. Y bordo los viernes en un taller donde todas lo hacen mucho mejor que yo. Queda a 60 kilómetros de mi casa, pero no importa. Necesito compartir con alguien esto que hierve adentro.

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A veces también bordo de noche, cuando todo lo demás terminó. Y ahora que empieza el calor lo hago con la ventana abierta. Hoy descubrí que el reflejo del vidrio y el velador de la mesa generan un halo interesante, nuevo. Por primera vez decidí fotografiarme bordando. Medí la luz, calculé el encuadre, pedí ayuda para apretar el obturador. No quiero una selfie, quiero un autoretrato: hay un mundo de diferencia entre las dos cosas.

Enseguida bajo la foto a la computadora. Hay que retocarle los negros, levantar un poco el contraste de algunos elementos de la mesa: adornos, el costurero, un ovillo de hilo, mis manos que sostienen el bastidor. El resto está apenas iluminado. Se ve el rostro, la barba crecida, los pómulos hinchados -recién empiezo la dieta- y la estrella gris de mi remera.

Me gusta esa remera. Es una Converse trucha. El tipo que las hacía fue un visionario: las sacó a la calle antes de que la marca se decidiera a hacer ropa. Era una imitación sin modelo, un fake que no falsificaba nada. La compré en La Salada una noche en la que tuve problemas con unos matones. Estuve tres años investigando la vida en la feria y aquella fue la primera vez que sentí miedo de verdad: alguien había amenazado con matarme. Esa madrugada, no se por qué, compré esa remera. Enseguida se le hizo un agujero y destiñó, pero igual la seguí usando para estar en casa. Hoy me la puse para palear la tierra de la huerta de verano, transplantar tomates y reforzar el gallinero. Ahora la uso para trabajar con hilos.

Me gusta que la remera esté en mi primer retrato como bordador. Le agrega un pedazo de la historia.

Le envío la foto a varios amigos. Pregunto: Vot sí o vot no como foto de perfil.

Una amiga que me bienquiere:

—Demasiado. Linda foto pero te vas al tacho. Nadie va a saber la historia de la remera. No Sebastián, no lo hagas.

Otra:

—Es misteriosa, pero te van a hacer bullyng. Vot No.

Un amigo:

—Publicala y te van a seguir los chongos.

Otro amigo, por chat:

—Es algo que todos sabemos, pero verlo así es muy fuerte. No la publiques.

Quienes se inclinan por el sí, tienen otros argumentos: la foto es todo un manifiesto, casi una imagen de campaña. Hacelo, me dicen. Es un buen aporte a la causa contra el patriarcado.

La conclusión es triste. Nadie ve mi dedicación al bordado como un acto natural. Tengo que recapitular todo lo que hice, empezar con la historia desde cero. Necesito entender en qué me estoy convirtiendo.

3

Marzo de 2016

Mi primer encuentro con el bordado tradicional es pura torpeza: lo que hago sobre la tela son los palotes de un principiante. Intento escribir con punto cadena “una voz en el jardín” -el verso de Diana Bellesi que tantas veces escuché en estos meses- y la letra sale chueca, torcida. Mis manos se acuerdan de la caligrafía que aprendí en el primario, pero no puedo dibujar cursivas fáciles de bordar. Podría ser el que borda los nombres en la bolsita de un niño que va al Jardín, o las sábanas de un enfermo en el hospital. No estoy para más que eso, por ahora.

Hay algo en la delicadeza del bordado -por lo menos esa delicadeza que experimento ahora, al tratar de escribir usando el punto cadena- que me despierta una sensación nueva. Con el ñandutí era distinto: había que tensar, empujar, hacer nudos. Algo de fuerza sutil -fuerza suave, le escuché decir una vez a una amiga- que ahora se me vuelve un lastre.

Visto desde acá, el ñandutí era tensión, nudos, raíz: tierra en todos sus sentidos. El bordado se me hace aire. Quizás sea el cambio de aguja. En el ñandutí empecé con una enorme y luego me mudé a otras más pequeñas pero robustas. Acá trabajo con una aguja número siete, de cabeza dorada, que apenas logro sostener entre los dedos. Trabajo con hilo fino -una hebra de mouliner naranja- y los puntos son pequeños, apretados.

Como soy zurdo y me siento inseguro, uso las dos manos. La izquierda pincha, la derecha recoje. Beneficios de haber sido educado para escribir de costado y adaptarse a un mundo para derechos. La historia de mi vida.

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El sábado 14 de mayo voy al taller de Guillermina Baiguera. Me la recomendaron varias personas. Guillermina es una de las primeras y más serias maestras de bordado de la nueva generación en Buenos Aires. Borda hace quince años, y muchas de las que dan clases pasaron antes por sus talleres. Tiene una galería que se llama Formosa: un local en Colegiales, en una calle con tilos y cerca de una plaza. La mayoría cree que el nombres es por la provincia o porque alguna vez estuvo en una calle llamada así, pero la verdad es que es un homenaje al origen de la palabra, que significa hermoso, bien formado.

Si en el ñandutí pude dar un paso al frente, aprender dechados, irme con la sensación de haber dominado al hilo sobre el bastidor, acá soy el último de la fila: las posibilidades, la historia y la diversidad de técnicas parecen infinitas. Guillermina escribió un manual con varios puntos. Es un libro cosido a mano, impreso en un papel suave y rústico. “Como experiencia sensible no sé donde puede llevarme el bordado”, escribió en las primeras páginas. Quizás eso tenga algo que ver esa versatilidad del hilo, tan parecida al dibujo.

Mi primera clase es una de introducción al bordado. Todo es tan nuevo para mí que cada vez que hablo siento que rompí algo. Enseguida descubro que esa disonancia es apenas un detalle. La mayoría de las veces trabajamos en silencio, y las cuatro horas del taller se convierten en una especie de tiempo suspendido, que parece no transcurrir.

Todas ellas tienen una historia con el bordado. Las dos mayores aprendieron de chicas, en la escuela. Recuerdan los manuales clásicos y las enseñanzas morales que venían con ellos. La más joven aprendió de su abuela española. El único que no tiene una raíz sólida en todo esto soy yo. Cuento la historia de mi abuela modista, de cómo ella me introdujo en el mundo del trabajo manual con hilos. Pero en el fondo siento que lo mío es otra cosa: apenas soy un periodista intentando una investigación.

Aprendo los puntos básicos: cadena, pespunte, punto atrás. Son un trazo universal, que parece haberse diseminado por el mundo como un virus: mi manta peruana bordada en la selva, el libro de palestina de una de mis compañera de taller, las historias de William Morris que nos cuenta Guillermina. En todas encuentro los mismos puntos diciendo cosas por completo distintas.

Yo estoy en este estadio: la cadena me sale bien. Mi festón griego es un desastre. Mi único avance: dejo de bordar con las dos manos.

Cuando termina la clase, Guillermina me llama.

—Qué bueno tener un alumno hombre -dice.
—¿Vienen pocos?
—Casi ninguno. El bordado tiene una energía muy femenina, íntima. Los pocos hombres que han venido se fueron autoexpulsados.

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Una directora de cine feminista dice: el bordado antes se usaba para formar señoritas. Era una forma de mantener las hormonas controladas.

No me atrevo a preguntar que opinan sobre eso en el taller.

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20 de Mayo

Publico mi primer texto sobre bordado. Mi idea es hacer una serie de notas sobre distintas técnicas, y lo que me pasa con ellas. Correrse del pequeño canon que supo construir es una jugada arriesgada para alguien que se pasó los últimos quince años escribiendo sobre violencia y movimientos sociales.

En algún momento, lo sé, voy a recibir un golpe. Y sucede.

Por primera vez en mi vida me hacen bullying. Son comentarios lastimeros, la versión adulta de los codazos que se dan dos pibitos en una fila de escuela cuando ven a uno distinto. Lo hacen por WhatsApp, en un grupo privado del que no formo parte.

Esperaba eso, y no sabía cómo me lo iba a tomar. ¿Me iba a derrumbar frente al gaste? ¿Les recitaría como respuesta mi currículum de nacido y criado en el conurbano? ¿Cagaría a trompadas al que tuviese a mano?

No sucedió nada de eso. Tuve una mezcla de piedad y ganas de entender el fenómeno. Conozco a los personajes: masculinidades con ánimo pero sin fuerza de conquista, reafirmando su identidad chonga al señalar al que suponen enemigo o competidor, tratando de ponerlo en un lugar de supuesta debilidad. Viven de sus inseguridades: reafirman su pertenencia a la tribu señalando al otro. No pueden vencer ni expulsar al que está afuera, pero lo señalan para sentirse adentro de algo.

Un hombre que borda. Uno que se hace el sensible, dicen.

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Hablo con una editora de las que se dedican a seleccionar y componer libros. Le explico mi proyecto. Pienso entrevistar, investigar y sobre todo experimentar con el bordado y el tejido. No sabría en qué categoría poner un texto así, dice ella. Necesitaría clasificarlo.

Me gusta esa incomodidad: la editora es brillante y puede convivir con eso, abrir un espacio en los pliegues de su lista de géneros para poner ese texto.

El bordado mismo queda en un lugar incómodo, a mitad de camino entre el arte y la artesanía, la experimentación y la tradición. Hay algo desfasado, algo de “la labor”, del oficio que intenta convertirse en otra cosa sin perder la esencia.

Sería mucho más fácil para mí escribir sobre violencia. Elegir una de las tantas historias que tengo en la carpeta de pendientes y seguir haciendo lo que sé que más o menos me sale bien y funciona: meterme hasta el hueso en historias de otros, encontrar el brillo en lo oculto, descubrir la belleza del margen. Pero lo que busco es algo distinto: correrme para hacer algo nuevo, para descubrir desde ahí otras posibilidades. Habitar el borde-borde/bordado: una epifanía etimológica- para no aburrirse. Repetirse es morir.

Dos días después del encuentro con la editora recibo un mail:

Te queremos como autor, pero no nos cierra el libro.

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22 de junio

Mi plan maestro es bordar los arcanos del Tarot. Y en cada uno de ellos aprender una técnica distinta. Empiezo por el mago de Marsella: me detengo horas en cada detalle. Termino por saber de memoria cada uno de los elementos que componen la carta. La brujería es hacer que lo que esté afuera también está dentro, y viceversa.

Al principio intento hacerlo solo, pero mis técnicas son tan pocas que tengo que pedir ayuda. Deambulo por varios talleres y de todos los que hay en Buenos Aires, elijo volver al de Guillermina. Tiene dos ventajas: es un taller de producción, del que puedo entrar y salir cuando quiero. Y tiene un grupo de asistentes con proyectos sólidos. Denise trabaja desde hace tiempo en un mundo de corales enormes y delicados, tanto que parece eterno. Mirta borda tormentas y paisajes. Carolina a su familia con unos hilos finos y un nivel de detalle que emociona. Laura trabaja en un vestido de guata con frutas de colores.

A veces llego tarde por el tráfico, complicaciones de trabajo o alguna reunión de la que no pude escapar. Y aunque sea tarde, ir es sagrado: cada viernes estoy ahí con mi bolsa de hilos desordenados y con toda la semana a cuestas. A veces creo que no voy a poder, que el mundo exterior va a entrar hasta la mesa misma en la que trabajamos y va a invadirlo todo: la neurosis de la semana reflejada en la última actividad antes de caer rendido. Pero empiezo a bordar y todo pasa. Hay un ritmo nuevo, un compartir despreocupado, cooperativo, que te envuelve de a poco y genera un ambiente donde todo lo de afuera ya no importa.

Son grosas mis compañeras: ganan premios, exponen en el salón de arte textil y en el de bordado, pero tienen tiempo para recomendarme qué colores usar o para elogiar mis intentos que siempre -pero siempre- me parecen chuecos y faltos de gracia.

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Guillermina me contó un sueño. Le salían tres hilos del pecho. Tiró de ellos para sacarlos. Eran hilos extraños. El último no quería salir: mientras tiraba, sintió que se movía algo dentro suyo. Entonces dejó de tirar.

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Visito a la artista plástica Mónica Millán en su estudio. Vive en una casa con un jardín enorme: reprodujo allí parte de la selva misionera en la que vivió gran parte de su vida. Pinta y dibuja todos los días. También borda. Son cuadros de varios metros, repletos de selvas interminables. En algunos se cuela el bordado: telas que compra, lo que encuentra en ferias de viejo, en cajones familiares, en el Ejército de Salvación. Al principio parecen retazos sobre sus obras. Después van ganando protagonismo, crecen: cuando esas naturalezas se vuelven más barrocas, los hilos se transforman en lluvias o en lianas. Al final del recorrido, cuando miro sus obras más nuevas, descubro como el bordado termina siendo el soporte de obras que tienden a ser figuras geométricas. Cómo si el paisaje se disolviera a formas primigenias. Percibo una concepción del mundo, un devenir hacia lo abstracto que supongo parte de una especie de lenta revelación.

Le digo la verdad: miro su trabajo y me dan ganas de salir corriendo a bordar, de intentar llegar a ese mismo destino.

—Te dan ganas de bordar —dice ella— porque lo que ves es a una persona que se metió para adentro.

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“El paisaje nos constituye”, dijo mientras caminamos por el jardín. Pero quizás lo que nos constituya sea el paisaje sonoro. Quizás el paisaje sonoro crea las formas y esas forman nos toman mediante el sonido. Pienso en los cantos de la ayahuasca, las visiones que provocan. Pienso en el ruido de las chicharras en Misiones, en el canto de los pájaros de mi casa. Y hasta en la música horrible que a veces escuchan mis vecinos.

¿Cuál es mi paisaje interno? ¿Tendré algún día las herramientas para sacarlo afuera con el bordado? ¿O me tengo que conformar con la palabra- siempre tan limitada a la hora de expresar algo que no sea un convencionalismo?

Envidio un poco a los que pueden dibujar. Por ahora, bordo formas abstractas: garabatos que se van encastrando unos con otros. Si me preguntan, estoy practicando los puntos. En algún momento emprendo con el hilván: líneas paralelas, hilo fijo, intento de patrón.

En la casa de la artista plástica vi unos pañuelos viejos bordados con un hilo finísimo, formando una cuadrícula con miles de puntadas. Tal vez, sin saberlo, intento hacer algo parecido a menor escala. Hago como los religiosos: imito la vida del santo mientras espero la iluminación.

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1 de junio

De Paraguay traje hilo -unos veinte rollos grandes- y mucha tela. Sobre todo ao poí, un algodón fuerte, de trama regular y abierta sobre la que intento bordar. Al principio es como alisar la arena: un poco de presión de más, el hilo se estira y el cuadro mínimo por el que entró el hilo se deforma para siempre. Trabajo despacio, casi conteniendo la respiración.

Dice Guillermina:

—Una vez pasó una mujer que hacía meditación budista. Los budistas tienen que bordarse los trajes. Esta mujer pasó porque nos debe haber visto bordar y me dijo que ella tenía que bordarse su propio traje y que en general usaba la puntada del hilván y que estaba muy relacionado a la respiración. Y es verdad. Yo bordo con ese punto una vez que entré en ritmo pasan horas y no sé dónde estuve.

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Cuando empecé a bordar, mis amigos me decían: vas a terminar como Chiachio y Giannone. No sabía quienes eran, y me daba fiaca averiguarlo: tengo una especie de dislexia con los apellidos. Más cuando son complicados.

Hasta que los encontré. Y me enamoré de su obra. Sus cuadros son enormes, llenos de detalles: junglas tropicales, autoretratos festivos, divertidos, de un kitsch elegante. El de ellos es un bordado hacia afuera, una selva distinta a la de Mónica. El paisaje que los forja a ellos es la combinación perfecta entre la fiesta colorida y el salón de arte.

Les mando un mail: estoy escribiendo sobre bordado, me gustaría charlar con ustedes.

Ser periodista tiene una sola ventaja. Sos jugador amateur de fútbol y lo entrevistás a Messi.

14

2 de junio.

Leo una crítica que habla sobre la obra de Chiacho y Giannone. De la crítica surge una pregunta: ¿Un hombre que borda masculiniza una práctica femenina o se feminiza a sí mismo?

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Si llegamos temprano al taller, a veces Guillermina está bordando. Lo que hace siempre es sutil y poderoso. Pienso en ella como en una especie de bailarina clásica, de movimientos precisos pero a la vez libres y poéticos. Una vez la vi haciendo una trama pequeña, siguiendo el patrón de la tela donde cada fila de puntos terminaba con un hilo que se extendía mucho más allá de la tela. Otras veces borda para desbordar: hace los puntos y los desarma. Lo que queda en la tela es el vacío, la marca de una hebra que ya no está pero dejó su huella. En algunas obras saca hilos de la urdimbre y los cambia por hilos de coser o de seda. Las telas son siempre de trama regular, por lo general de lino o de seda. Si hace una obra con punto cruz, es tan pequeña y compleja que podría llamarse nanobordado.

Le pregunto cómo hace para que queden tan perfectos:

—Yo veo la tela —dice—. No necesito contar los hilos. Tengo una especie de facilidad para decodificar gráficos, para decodificar telas. No es difícil para mí eso. Veo la trama.
—Vos —le digo— sos la Neo del bordado. La que puede ver la Matrix textil.

No suele contarlo mucho, pero también hace dibujos, trabaja con cerámica o borda sobre objetos extraños, como las ramas de árbol que trae de Villegas, su pueblo natal. Una vez me mostró una serie de dibujos que se llaman Escapularios, como mi punto favorito. Estaban hechos con óleos pastel sobre papel de seda: la textura del dibujo formaba una capa de grasa sobre un papel muy fino, que a veces se rompe y la obliga a volver a empezar.

—El resultado más importante es el proceso —suele decir— porque es donde surgen cosas. Cuando aparece algo no es que “ah, llegué” no, siempre hay algo más por probar.

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2 de julio

El observador se siente demasiado cerca del observado. Y a veces esa ilusión dura por siempre. Estoy por entrevistar a Chiacho y Giannone. ¿Voy a verlos como bordador o como periodista? ¿Qué busco de mí mismo cuando entrevisto a los genios del bordado? ¿Quiero que me enseñen a bordar por telepatía? ¿Que me ayuden a pensar mi praxis de bordador?

Un amigo dice que un trabajo periodístico tiene que tener un in crescendo: entrevistar los personajes más sencillos y seguir la búsqueda hasta encontrarme con los más capos de todos. ¿Busco nada más que eso?

Descubro que mis preguntas son masculinas: las pienso en términos de comparación, competencia, jerarquías, incluso exposición.

El viernes pasado, en el taller nos pusimos a ver un libro. Eran bordados de artistas. Había algo cooperativo en el arte de mirar, de compartir ese momento. Algo íntimo y amistoso. No digo que este mundo no esté contaminado, pero la base es es otra, muy distinta.

No hay un equivalente masculino para la palabra sororidad.

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Ayer, mientras desgrababa otra nota, al pasar volví a escuchar una frase de la entrevista con Guillermina:

—Cuando paso horas bordando, no se donde estuve.

¿Me podría quedar acá sentado bordando toda la vida, hacerlo en silencio, de forma anónima, dejar de querer conquistar el mundo?

A veces creo que me gustaría.

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12 de julio

Bordo frente a la computadora, sentado en la mesa de la cocina. Me da el sol y apenas se escuchan algunos sonidos: el ronroneo del autódromo que está a par de kilómetros, el ruido de mi heladera, la perra Maloca que le ladra a algo que no llego a ver y los teros que defienden su nido en medio del jardín. Hago un ermitaño, la carta 9 del Tarot. Solo me interesa la cara, los pliegues de la barba, ese bigote que parece esconder una sonrisa, los ojos, la melena un poco desordenada. Uso un hilo azul oscuro, pero en cada intercambio el grosor. El primero y el segundo lo hago con un hilo de Paraguay, que allá se usa para hacer trajes de novia. El último lo hago con hilo fino que compré en un supermercado de Colonia Urquiza por siete pesos. Bordo varias veces lo mismo: son estudios sobre el ermitaño, me digo.

Bordo un martes a las cinco de la tarde: cada tanto respondo un mail o me preguntan algo de trabajo por chat.

De chico quería ser artesano y escritor. Me mantuve en eso hasta los 17 años. Primero fueron los hilos, luego acompañar a mi amigo Santiago a vender a Parque Lezama las remeras que él pintaba. Me apasionaba la feria: ahí estaba la mitad de lo que yo quería ser.

El otro día me lo encontré en la costa: veintipico años después tiene tres locales, pinta -él solo- diez mil remeras por temporada. Le mostré lo que estaba empezando a bordar. Y eso, me preguntó, ¿cómo lo podés vender? No es algo masivo.

Nunca lo había pensado así. Santiago descubrió mi fantasía oculta. ¿Podré vivir de ser bordador?

Cada tanto -como, cuando dejé la fotografía- me dan ganas de largar todo y empezar de cero. ¿Será tan radical esta vez?

Bordo, y me escapo.

¿O sigo soñando que huyo, y en realidad estoy haciendo siempre lo mismo?

19

Los que dicen que escribir ordena el mundo nunca bordaron. Y los que dicen que los límites del mundo son los límites del lenguaje, tampoco.

20

Chiachio y Giannone responden enseguida. Suelen exponer en Ruth Benzacar, pero ahora eligieron mostrar su obra en una galería que queda por Congreso y proponen que nos encontremos ahí.

—Queremos —dice Chiachio cuando le preguntó por qué eligieron ese lugar— romper el paradigma de lo que esperan que hagamos.

La regla del mercado del arte dice: si uno escala, tiene que seguir escalando: no se retrocede de la galería top a una que está afuera del circuito comercial.

—No nos importa eso —dice Chiachio—. Y además, queríamos hacer algo en el barrio nuestro porque nosotros vivimos acá cerca. A medida que transcurrieron los días descubrimos que había un público que nosotros siempre esperábamos que vieran nuestro trabajo y que no veíamos en otros circuitos. Un público real.

La primera en llegar fue Doña Beba: 80 años, oriunda de Hurlingham, fundadora de la Asociación de Bordadoras Argentinas. Leyó de la muestra en un diario. Llevó de regalo dos latas de puré de tomate, bordadas alrededor como un lapicero, acolchado para pinchar las agujas y con un interior pensado para guardar los restos de hilo. Otra mujer llevó pan casero. Y una tercera, un bizcochuelo.

Si el bordado fue siempre patrimonio de aquellas abuelas y considerado una ‘labor’ para hacer en la casa, el arte le abrió las puertas y se lo apropió: ahora hay marcas de hilo que auspician artistas, pintores que aprenden a bordar, muestras en museos y hasta estrellas del bordado. Al abrir su muestra a pocas cuadras de la estación de Once, Chiachio y Giannone le abren la puerta del mundo del arte a las señoras. O se lo devuelven.

Y cuando llegan, esas señoras se encuentran con algo nuevo: una familia de dos hombres, uno más simpático que el otro, con perros salchicha y gatos como hijos y como musa para cada cuadro. Lo que pintan, y lo que bordan son esa familia gay tan constituida como alegre.

—Lo nuestro —dice Giannone— es una forma de generar visibilidad.

Si otros bordados me invitaban a salir corriendo a bordar, el de ellos me produce una sensación extraña: entre la angustia de ver algo tan grande y ganas de saltar de alegría, de hacer lo que quiero siempre siempre siempre.

21

Entre Doña Beba y el arte contemporáneo está el diseño, lo manual como valor recuperado por el mercado. Hay miles de bordadoras, miles de talleres, miles de fotos subidas a Instagram. El bordado crece como un hongo colorido que invade todo, sobre todo las redes sociales. En Pinterest, una búsqueda con la palabra #embroidery da miles de resultados. Una madre japonesa borda camisas con perros y gatos por encargo. Un diseñador hace motivos pop con estilo de video juegos y punto cruz. Hay activistas feministas, amas de casa, pintoras, fotógrafos, maestras y performers. El bordado conquistó el mundo.

22

Viajo al interior a dar un taller. Me hago amigo de uno de los organizadores. Nos contamos nuestras aventuras y y eso se convierte en una forma de reconocernos enseguida. Él es hijo de laburantes del campo. Anduvo por Buenos Aires, fue jugador de fútbol, un poco barra brava, hizo boxeo y después se volvió a sus pagos. Ahora está por recibirse de sociólogo, y se dedica al trabajo social en su provincia. Es como esos hombres que se tiran de las montañas con aletas en los brazos: no tienen miedo de estrellarse porque no hay mucho para perder.

Trabajamos durante dos días. Los ayudo a editar una investigación larga sobre los asesinatos en su ciudad, una de las más violentas del país. En los ratos libres -a la hora del almuerzo, mientras caminamos hasta el quiosco a comprar la merienda o cuando me lleva en auto hasta el hotel- conversamos. Es un tipo franco, transparente, de buena escucha. Al segundo día siento que se lo puedo contar.

—Lo que me gustaría —digo— es encontrar una mercería y comprar hilo. Yo me dedico a bordar.

Llevamos dos días hablando de muertos, tiroteos, policías corruptos y políticos. No hay sorpresa en su gesto.

—Conozco el lugar —dice.

Nos desviamos del camino. Llegamos a una esquina enorme, una especie de supermercado de chucherías de plástico, bazar y artículos de limpieza.

—Es mi única bala —dice mi amigo nuevo.

Me atiende una señora por una reja. Tarda en creerme que quiero comprar hilo de bordar viejo, pero me abre.

—Allá están todos —dice.

Son cajas enteras de hilos de seda, de todos los colores posibles. Miro un rato, y trato de disimular la emoción.

—Me los llevo todos —digo—. Le puedo dar 300 pesos.

La señora se ríe.

—Estás loco. Valen cinco pesos cara rollo. Casi que los estamos regalando.

Elijo colores, cómo un niño que mete la mano en un bolsa de caramelos sugus para sacar sus favoritos. Voy contando a ojo, por bulto. Paro cuando llego a 80 rollos: 400 pesos. Una ganga. Salgo de la tienda con las endorfinas por el techo. Mi amigo espera en el auto.

—¿Conseguiste? —pregunta.

Agito mi bolsa de cilindros multicolores.

El levanta los puños como si hubiese metido un gol.

—Yo sabía papá, yo sabía —dice.

Y los dos nos reímos de la circunstancia.

22

20 de septiembre

Sucedió una tragedia. Esta mañana desperté sin el ruido de los teros: el jardinero destruyó su nido mientras cortaba el pasto. En mi imaginación, los teros representaban a la naturaleza entera. Eran máquinas drogadas para reproducir la belleza. Amaba cómo cumplían su función. Sin ellos el mundo es un lugar hostil, lleno de energías ciegas que se chocan y amenazan con destruirlo todo. En medio de ese caos, el punto cadena avanza por una línea serena, recta. No necesita más que mis propias manos para avanzar. En el medio le bordé un sol con un punto nuevo, que no conocía. Como hice los rayos sin calcular el centro -con lana dorada, amarilla y una especie de fucsia- cuando el trabajo estuvo avanzado descubrí que el sol en realidad había quedado como una estrella.

Por algo deber ser, pensé, y la dejé así.

Sin saber nada de esto, mi maestro de Tarot dijo:

La estrella es un sol visto de más lejos.

Me gusta esa carta: de rodillas en la tierra, sin más armadura que el propio cuero, dándole al mundo lo que se cocinó en nuestro interior.

Bordo con lana que compré en el puerto de Yarinacocha, a 15 centavos de dólar el ovillo. Me traje unas treinta docenas, todas de distinto color. Lo que me gusta de ella esa esa combinación entre lo suave y lo rústico. Cuando bordo con lana, no siento la necesidad de ser perfecto. Alcanza con dejarse llevar por el punto.

Bordar ordena todo lo que puede ser ordenado en el mundo, que es más bien poco.

23

En la entrevista le pregunté a Leo Chiachio aquello que se preguntaba la crítica: qué pasa cuando un hombre borda. ¿Se masculiniza el bordado o se feminiza el bordador?

—¿A quién le importa? —respondió.

Y nos agarró un ataque de risa.

24

29 de septiembre

Trabajo sobre la tela que pintó Teresa en la comunidad San Francisco, cerca de Pucallca, Perú. Descubro cada una de sus imperfecciones. Avanzo centímetro a centímetro y por momentos me parece un desastre: todo está torcido, nada es simétrico. Necesito alejarme de la tela, verla de lejos, para a volver a descubrir el encanto del diseño Shipibo.

En los bordes estoy haciendo una guarda con escapulario cerrado. Es un punto que cuando toma ritmo parece avanzar solo, como en una especie de danza de pequeños saltos: arriba, atrás, abajo, atrás, adelante y así hasta el infinito.

El escapulario (¿esto ya lo dije?) se borda como un mantra

Además, me gusta el nombre: tiene algo de cristiano, y algo que suena a ocultar.

25

2 de octubre

Bordo con seda y con lana de forma alternativa. Es como correr en una cinta y hacer picados en el barro uno atrás del otro. El cambio de textura y de ritmo me obliga a mantenerme adentro de la tela: como las venezolanas que trabajaban con Madame de Salzmann haciendo tapices para cultivar la atención.

Aprendí que puedo bordar durante una hora sin mirar la pantalla del celular. Con la escritura no pasa lo mismo.

Una amiga que borda y escribe -y que es un poco bruja- opina que es una locura escribir sobre bordado.

—Es una actividad total —me dijo—. No puede ser escrita.

Al principio pienso: me gusta desafiar lo imposible, saberme derrotado de antemano.

Pero cuando vuelvo sobre esas palabras descubro otra cosa. Escribo sobre esto para ponerlo afuera de mí. Escribir es una forma de estar y no estar en las cosas, de vivirlas y tomar distancia.

Un intento, vano quizás, de no ser absorbido por el agujero negro del bordado.