Adiós al Huáscar

Publicado: 15 septiembre 2008 en Daniel Titinger
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—Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

El niño, capucha naranja que le cubre la cabeza, se detiene detrás del cañón que ya no dispara, sostiene unas manijas largas de madera que son puro adorno, ya no sirven para nada, pero sí: al menos para que el niño cierre apenas los ojos como buscando un blanco a través de una mirilla y «ta-ta-ta-ta», haga un ruido furioso con la boca, como si disparase una ametralladora y no un cañón; en fin, tiene siete años y mata peruanos en su cándida imaginación.

El papá se ríe. Es el mismo papá que hace unos minutos, en el piso de abajo que aquí en el barco llaman «segunda cubierta» y huele insoportablemente a barniz, estuvo tan gracioso que hasta hizo sonreír a un joven marinero de gorrita blanca, encargado de cuidar que nadie toque nada y de responder preguntas que casi siempre son la misma: ¿Y esto qué es?

Sobre un estante de madera hay un proyectil enano y al lado una inscripción: «Proyectil donado por el Almirante Don Miguel Grau a la Srta. Carmencita Pomareda».

—Parece que Grau era mujeriego -dice el papá en voz alta, cantando las sílabas como hacen los chilenos.

Fue chistoso para algunos.

Miguel Grau, el héroe máximo del Perú, el Caballero de los Mares, el comandante del monitor Huáscar hasta que le cayó la noche -era de día-, y murió combatiendo contra Chile, 1879, cuando las guerras eran más nobles, pero guerras al fin y al cabo, es ahora mujeriego en la versión anacrónica del padre. Grau, decía, murió en el Huáscar, y no quedó casi nada de él luego de un cañonazo del enemigo de ese entonces, y del Huáscar, al Perú, no le quedó nada.

Estamos, obvio, en Chile, ciento veintiocho años después, a bordo del Huáscar. Un día antes, en Viña del Mar, el almirante en retiro Jorge Patricio Arancibia, ex edecán de Pinochet, diputado, calvicie avanzada, pulóver marrón, me había advertido que al pisar el Huáscar se me iban a poner los pelos de punta. De emoción, claro. Eso dijo: «Vas a pisar el Huáscar y te vas a dar cuenta de que es un santuario». No sé, quizá vine en un mal día.

Es domingo, casi mediodía, y el puerto de Talcahuano, al sur del país del sur, es, visto desde esta orilla, un conjunto de cerros verdes que dan al mar: una bahía en medialuna, casi una laguna de mar. En el mar, el Huáscar. Las visitas al Huáscar son grupales, mil pesos por cabeza, un frío que atraviesa dos casacas. Me tocó en el grupo esta familia de chilenos: un cañón para matar peruanos, ta-ta-ta-ta, el mujeriego almirante Grau. Mala suerte. Desde el muelle, una balsita de madera nos lleva hasta el buque, inofensivo, bonito como el juguete de un coleccionista, como recién pintado, sesenta metros de largo que aquí le dicen «eslora» y que lo hacen bastante más chico de lo que pensé: la realidad echando por la borda todos esos años de remota imaginación escolar, con el inmenso, imponente, majestuoso Huáscar que luchó contra los crueles enemigos chilenos en esa guerra de los libros de Historia del Perú, y que de pronto, unos metros más allá, era (sólo) eso.

El Huáscar es el segundo museo más visitado de Chile.

Ahora estoy, entonces, en el Huáscar, y no se me erizan los pelos, no lloro de emoción, no grito: «Chile, devuélvenos el Huáscar», que es una muletilla en el Perú, mi país, desde sabe Dios cuándo.

Se escucha un disparo.

Hay unos altavoces en distintos lugares del buque. He visto uno frente a la torre giratoria de dos cañones, lo último de la tecnología bélica allá por mil ochocientos sesenta y tantos, cuando el Huáscar se construyó en Inglaterra y se lo bautizó así en honor al inca Huáscar, hijo de Huaina Cápac y Ráhuac Ocllo. Los disparos salen de allí. No de esos cañones estáticos que ni siquiera son los originales -para desilusión de los turistas hay otro ejemplo: un veinte por ciento del casco del buque no es original-, sino de los altavoces. Se trata de una recreación grabada de un combate naval en la agitada voz de un periodista que supuestamente es de guerra, despachando supuestamente desde el mismo epicentro del combate naval, que no es cualquier combate, sino el de Iquique.

21 de mayo de 1879. Iquique, Perú. Flameaba en el Huáscar la bandera peruana. (Dato al margen: Iquique y el Huáscar tienen hoy nacionalidad chilena.) Grau estaba al mando. En la otra esquina, la Esmeralda, buque de Chile comandado por Arturo Prat. Ocho de la mañana. El Huáscar dispara el primer tiro. Mala puntería. Cae en el agua. La Esmeralda, en una maniobra bien estudiada, se pega mucho a la orilla para que el adversario deje de disparar. El almirante Grau era conocido por su caballerosidad y jamás iba a poner en riesgo a la población de enfrente. Entonces el Caballero de los Mares deja de hacer ruido con su cañonería y embiste a la Esmeralda con su espolón de proa, que es como se le dice aquí a la parte de adelante del buque. Diez de la mañana. Tan pegados estaban el Huáscar y la Esmeralda que Prat se lanza al abordaje del buque peruano.

—¿Qué pasa con el comandante Prat? ¿Dónde lo ves? -grita una voz por los altavoces.

Decía que es bonito el Huáscar. Los chilenos lo han cuidado bien, después de todo. El camarote del comandante hasta tiene la foto de Grau, «es un cabro flaco, Grau», dice el papá y el hijo se ríe. Jorge Figueroa, ex publicista, alargado y viejo como el Quijote, presidente de la Corporación de Defensa de la Soberanía de Chile, me dijo hace unos días que «se visita el Huáscar como una capilla, como un convento». Mientras que Sergio Villalobos, Premio Nacional de Historia de Chile, nacionalista al extremo, según cuentan, lentes anchos como fondos de botella, dice que «el Huáscar es parte de la gloria nacional». La de Chile. «No sólo por habérselo quitado al Perú, sino por los actos heroicos que hubo en él». Prat saltando al Huáscar es, dice Villalobos, un acto heroico. Lo confirma la historia. La de Chile.

—¡Muerto! ¡Muerto! -se escucha ahora por los altavoces-. ¡El comandante Prat tiene la frente destrozada!

El supuesto periodista llora a mares e inunda el Huáscar -el de hoy- con su propio melodrama. Eso parece.

Pero han pasado ciento veintiocho años y la gente no entiende nada. Prat murió por su patria. Chile, al final, ganó la guerra. Grau, meses después, moriría también por su propio bando. Perú perdió. Vencedores y vencidos se encargarían de crear sus propios héroes, y «desgraciado el país que necesita héroes», dijo Brecht. Así es. Ciento veintiocho años y un cliché: parece que fue ayer. Chile y Perú siguen peleando una guerra que podría ser la misma o no ser, y esas voces grabadas que se escuchan en el Huáscar le dejan al visitante la extraña sensación de que todo sucede en el momento, en tiempo real, como le llaman.

Y el tiempo real es hostil.

Perú, en su versión 2007, le reclama al vecino un triángulo de mar en la frontera: treinta y cinco mil kilómetros cuadrados de anchoveta no es poca cosa. Chile dice que no hay nada que reclamar, y al rato señala que hay un territorio que le pertenece, que, según Perú, es del Perú. «Los peruanos siempre reclamando cosas», dispara el ultranacionalista Villalobos. Un diario de Lima aprovecha el pánico y se queja en su portada: «Chile se burla de protesta peruana». Seguro que vendió muchos ejemplares ese día. Chile, en el Perú, es un tema que vende: el viejo cuento del enemigo único. O somos soberbios (ellos) o resentidos (nosotros), o victoriosos o derrotados, o chilenos o peruanos, y eso basta para vivir bajo sospecha.

Otro ejemplo. Ollanta Humala («Chile, devuélvenos el Huáscar») y sus huestes del Partido Nacionalista Peruano amenazan con ir hasta la frontera con Chile para «reclamar la integridad territorial y marítima de nuestro país». Al final, Humala no va a ninguna parte y sólo algunos pocos «humalistas» llegan a dos kilómetros de la frontera. Una frontera, por cierto, llena de minas, que no es una metáfora de nada.

—Como chileno, le tengo mucho miedo a Humala -me dijo un periodista de Chile, cuando visitó Lima en mayo del 2007.

El periodista se llama Claudio Fariña y trabaja en la Televisión Nacional de Chile, TVN. Vino a Lima para conocer qué pensamos aquí sobre el documental Epopeya, transmitido por su canal, y que narra, a través de un soldado chileno que sólo existe en la ficción pero que pudo ser real, esa misma guerra de 1879. Fariña jamás hubiese venido a Lima si el embajador peruano en Santiago, con una llamada telefónica al director de TVN, no hubiese puesto en alerta a ese medio sobre los efectos que podría provocar Epopeya en la relación de ambos países. En tiempos de nacionalismo extremo, hay miedo de lo que pueda decir el uno del otro.

El documental se postergó un tiempo y Rafael Cavada, conductor de Epopeya, pelo largo, barba crecida, «el único periodista chileno que estuvo en la invasión de Irak», me han dicho, toma una cerveza en la terraza del Liguria, en Santiago, y dice: «Debido a la torpeza de nuestras cancillerías, esto [el documental] se transformó en un lío más entre ambos países». El mar, la frontera, Humala, el papá de Humala que declara: «Perú debe invadir Chile con fusiles y penes», Fujimori en Santiago, Chile, devuelve al asesino, Epopeya, el 74,6 por ciento de los limeños considera que Chile es un país expansionista.

Al final, lo más devastador de una guerra son las esquirlas que deja. El día después. Lo raro es que este después dure tanto y que sea tan distinto, dependiendo del mirador de cada país.

Hay una versión de los vencidos: Grau, el Caballero de los Mares, el Huáscar que nos quitó Chile, la frontera que estaba más al sur, el pisco es peruano y no chileno, el enemigo es soberbio, expansionista, el resquemor.

Hay una versión de los vencedores. La historia es cíclica, circular, se muerde la cola:

—Mira cómo mato peruanos, papá, mira.

* * *

Jura que es el sobrino bisnieto de Miguel Grau y dice que su máximo sueño es trabajar en el Huáscar y recibir visitantes como si fuera el mismo Grau quien lo hiciera: «Te imaginas”, me dice, muy serio, “porque sólo yo tengo la cara para hacerlo». Es verdad: el tipo es idéntico a Grau, el rostro abultado, la barba gruesa, exagerada como el retrato de un caballero antiguo, una barba macerada que sólo deja al descubierto el mentón circular, algo tosco, pasadísimo de moda. Es idéntico: tiene una calva prominente, una nariz como estrellada en la pared, ojos claros, hasta una insospechada voz de niño que no hace juego con su cara de Grau, o sí: «Voz de timbre femenino», decía un cronista que tenía el héroe del Perú, y este sobrino bisnieto lo copia también en un gabán azul oscuro que casi le llega a los talones en esta noche helada, en Lima, frente al mar.

Al mar, aquí, se lo llama Mar de Grau.

—Yo podría ir al Huáscar como enviado del Perú -dice Germán Seminario, el sobrino bisnieto-, ya estuve tres veces allí y cuando me ven va mucha gente.

No es muy alto, Grau tampoco lo era.

El sobrino bisnieto tiene cincuenta y tres años, una barba pintada del luto más oscuro, el tiempo no pasa en vano y «Grau murió joven, qué puedo hacer». Hoy ha llegado hasta el malecón con vista al mar en el distrito de Miraflores, que en el espejo retrovisor de la historia sólo puede ser la Batalla de Miraflores, un 15 de enero de 1881, Perú versus Chile. Ganó Chile. Primero, habían conquistado el mar, que era el mar de Grau pero ya era de Chile, y aquél era un mundo sin aviones invisibles ni bombas a control remoto ni guerras en el cielo. Las guerras se ganaban en el mar. Ocho de octubre de 1879. «Falleció Grau. Murió mucha gente», decía un telegrama publicado entonces, en letras pequeñitas, en el diario El Comercio de Lima. «Cuando perdimos el Huáscar, perdimos la guerra», me había dicho el historiador peruano Joseph Dager, en su oficina azul de la Universidad Católica de Lima. Perdimos el Huáscar, ganaron el mar, y luego avanzaron de sur a norte hasta Lima, veinte mil soldados chilenos, saqueos, violacion
es, robos que Sergio Villalobos, supernacionalista, dice que nunca hubo, y ahora Germán Seminario, el sobrino bisnieto, carga un maletín negro lleno de papeles: recortes de prensa con su fotografía y titulares del tipo «Soy la reencarnación de Miguel Grau»; invitaciones a colegios en Perú y en Chile, a ceremonias de la Marina de Guerra del Perú, de la Policía Nacional del Perú, un diploma, algunas cartas, y una hoja desteñida con el árbol genealógico de su familia. Mira. «Éstos son los Seminario, éstos los Grau, y éste de la izquierda es Miguel Grau Seminario, ¿ves?».

—Ése no es nada de Grau -me había advertido un día antes, en su oficina del Museo Naval del Perú, en el Callao, el contralmirante en retiro y director del museo, Fernando Casaretto.

Son las diez de la mañana con un cielo sin cielo, gris, como si siempre estuviese a punto de llover, y el contralmirante Fernando Casaretto, historiador naval, es un hombre flaco de corbata azul que tiene ganas de conversar sobre la guerra. Primero, que ese «Grau» no es nada de Grau sino un farsante, óyelo bien, que en realidad nadie puede ser Grau, «porque ese hombre era un genio”, dice Casaretto. “No puedo aspirar a hacer cosas que hacía Grau, no me siento capaz, por ejemplo, de salvar náufragos chilenos tirados en el mar». Iquique, Perú. Habíamos dicho que el Huáscar hunde a la Esmeralda, muere Prat gritando «¡Viva Chile!», se crea un héroe, sesenta y dos chilenos quedan flotando en el mar y Grau ordena arriar sus botes y recogerlos, imagínate. Salvar chilenos. Ni Epopeya dijo eso, pero bueno, «ése fue un documental chileno y cada país tiene derecho a hacer su circo».

El sobrino bisnieto, o quién sabe qué, no ve por el ojo izquierdo.

Esa falla genética truncó, dice él, su «brillante futuro» en la Marina de Guerra del Perú. Germán Seminario hoy camina por el malecón de Miraflores, pasos cortos, mirada al frente, «buenas noches, caballero», la espalda tan recta que parece que tuviera un dolor muscular, y los transeúntes -«te juro que siempre es así, me ven y me quieren, te juro»- se le acercan sin miedo, «buenas noches», «yo lo he visto en televisión, mis respetos, señor», «caballero, cuánto gusto», le dan la mano, una palmada en la espalda, lo señalan de lejos, «habla, Bolognesi», le gritan, y es que los jóvenes de ahora, pobres, no saben nada de los héroes de antes. La misma heroicidad es una ligereza de la tele, un producto del azar, de atrapar a un ladrón robando una cartera, o cosas así. Ya nadie es tan valiente de morir por su país. Ya nadie es tan idiota de morir por su país.

Como el chileno Prat, o como Grau, porque nadie puede aspirar a ser Grau, óyelo bien, o como ese otro héroe peruano, Francisco Bolognesi, «habla, Bolognesi», le gritan, y en Chile, cuenta Germán Seminario, a él hasta lo han confundido con Prat.

Algunos libros de historia, en el Perú, dicen que Arturo Prat jamás saltó al abordaje del Huáscar, sino que cayó allí luego del espolonazo, y que hasta gritó «¡Viva el Perú!» en señal de rendición.

Algunos libros de historia, en Chile, aseguran que Miguel Grau había sido un traficante de chinos.

Todo puede ser verdad, y «cualquier versión oficial es dudosa», me había dicho, en Santiago, el historiador chileno Alfredo Jocelyn-Holt. Lo único cierto, en los libros de historia de ambos países, es que hubo una guerra. Febrero, 1879. Perú limitaba, al sur, con Bolivia. Bolivia tenía casas con vista al mar, pero «el boliviano es un ser que tiende a irse a las alturas”, dice el nacionalista Sergio Villalobos, “allí está su realidad cultural, el litoral nunca representó nada para ellos». El litoral era Antofagasta y estaba lleno de chilenos, quizá por lo que dice Villalobos o quizá por eso otro que me dijo, en el Museo Naval, el contralmirante Casaretto: «Chile siempre quiso dominar el Pacífico». Había mucho salitre en Antofagasta, y el salitre era como el petróleo de hoy, todos babeaban por el salitre. Bolivia le subió el impuesto, Chile dijo no, no pago, y al rato llegó con su ejército al que ahora ellos llaman, con razón, «ejército vencedor, jamás vencido».

Fue entonces que Perú se metió en el lío ajeno, que de alguna forma era suyo por ese extraño afán de firmar acuerdos, de formar alianzas, y Chile otra vez dijo no, y al rato nos declaró la guerra.

-Algunos libros de historia, en el Perú, dicen que el Perú no deseaba la guerra y que Chile la preparaba.

Algunos libros de historia, en Chile, dicen que el Perú y Bolivia se habían aliado para atacarlos.

-Creo que en cualquier situación de conflicto, incluso entre dos personas, hay mucha razón y sinrazón de ambos lados -me dijo Alfredo Jocelyn-Holt.

Es una mañana fría en Santiago y Jocelyn-Holt está sentado en su biblioteca de estanterías blancas, una barba alargada, un cigarro Drum extinguiéndose en su mano derecha.

-Los historiadores tienen que jugar un papel racionalizador -dice él-. Tienen que escuchar los dos lados y tratar de encontrar un sentido.

Pero cuidado, ésa es tarea de los historiadores. El intelectual es consciente de que el pasado nos condena; el ciudadano de la calle sólo vive el día a día y está donde le acomoda mejor. En las portadas de prensa, por ejemplo, en la TV, en los políticos que amenazan con llegar a la frontera, en los símbolos, en Internet, asolapado en la seguridad del anonimato, diciendo lo que le da la gana, lo que realmente piensa.

Usted no cierre los ojos. Lea estos comentarios del ciberespacio, en voz alta, y no se tape los oídos: no le dé la espalda a la realidad.

-Los chilenos son cruce de payaso y prostituta.

-Viva Chile, ejército vencedor, jamás vencido.

El sobrino bisnieto (o imitador) de Grau dice que no quiere hablar de la guerra. Que todo el mundo quiere hacerlo pero él no, que no le importa la guerra, dice, que nunca ha leído los foros en Internet pero que hasta su madre tiene algo que decirle sobre eso, «ten cuidado, no te vayan a matar los chilenos», muerta de miedo cuando él viaja a ese país para visitar colegios, museos, el Huáscar, y siempre para hablar de lo mismo.

-A mí lo que me gusta es hablar de los valores, no de la guerra -dice Germán Seminario.

También dice que el gobierno del Perú debería pagarle un sueldo decente para trabajar en Chile -que lo apunte en mi libreta, por favor, que lo diga en el artículo- y huir por fin de su trabajo de oficina, sellando papeles en el Ministerio de Transportes, y huir de su casa sin desagüe -¿acaso a nadie le importan ya los héroes?-, y huir de los medios que lo tratan de loco, de que quiere parecerse a Grau, «pero yo no quiero parecerme a Grau, yo me parezco».

En las guerras, cuenta el sobrino bisnieto, peleaban caballeros. No existía Internet. Miguel Grau, su tío bisabuelo, según el árbol genealógico personal, rescataba náufragos, le escribía una carta linda a la viuda de Arturo Prat, le mostraba sus condolencias, le devolvía la espada con la que murió su esposo, y la viuda le respondía «profundamente reconocida por la caballerosidad de su procedimiento», dice la carta. Eran otros tiempos, claro. Toda guerra es absurda, y decir eso es tan obvio como disfrazarse de Grau. Perú, Bolivia, Chile, el salitre, a quién diablos le importa y a ver quién lanza la primera piedra de la historia.

¿Por qué fuimos a la guerra? ¿Por qué peleamos? ¿Por qué el peruano odia al chileno? ¿Por qué el chileno se siente superior al peruano? ¿En verdad es así? ¿Tan longevas pueden ser las consecuencias de una guerra? «Es que las guerras hacen mucho daño», dice por fin, sobre la guerra, Germán Seminario, idéntico a Grau, «pero lo que hay que rescatar son los valores», continúa con su monotema antes de cruzar una calle, «buenas noches, señor», un auto que se aproxima y él que se detiene para dejarlo pasar, la mano derecha dentro del gabán azul, como Napoleón, el auto que ahora se detiene y el chofer haciéndole una señal con la mano: «Pase». El sobrino bisnieto me mira, como para que lo entienda de una vez por todas:

-¿Ves? Ésos son los privilegios que uno tiene.

* * *

Es feriado en Chile. En Talcahuano decían que iba a llover, pero amaneció despejado. Pasa siempre.

Hoy el puerto tiene la apariencia disipada de un domingo y el olor a buñuelo de una feria. Es lunes. Es 21 de mayo. Es el combate de Iquique, el Día de las Glorias Navales, le dicen aquí, y las calles han sido tomadas por ambulantes que ofrecen cualquier cosa: flores artificiales sin espinas, banderitas de papel, ratones verdes de peluche, hombres araña montando patinetas, ande, llévelo, el Huáscar en miniatura.

-Cuatro mil pesos -me dice un vendedor sin dientes, señalando con los ojos el barquito de plástico.

El hombre sospecha que la venta es inminente. El cliente evalúa el producto, no sé, está algo dañado por estribor.

-Me lo llevo al Perú, por si acaso.

-Oye, gallo, éste te lo llevái adonde quieras -me dice-, pero el otro ya ni navega.

El otro sólo puede ser uno.

El vendedor sonríe, con suerte le quedan tres muelas, amablemente.

Al final de la calle, en las faldas del Cerro Alegre, así se llama, hay un estrado azul con hombres uniformados: un militar envuelto en una capa gris, draculeano, me recuerda a Pinochet.

-Pinochet no quería mucho al Perú, ¿no? -le había preguntado antes, en Viña del Mar, al edecán de Pinochet.

-No, no es que fuese antiperuano, sino que quería mucho a Ecuador -fue lo que dijo.

No sé si odiaba al Perú. No sé si le importaba el Huáscar. Lo que sí sé es que el otro día me llegó el correo de un amigo chileno. Allí me contaba un detalle curioso. Eran los tiempos de protestas en contra de Pinochet, y él, mi amigo, era un asiduo en esas marchas. A mediados de los años ochenta, dice en su correo, apareció un vehículo represivo para correr manifestantes, «un lanza-agua muy grande, con una torreta en la cabina, desde donde se lanzaba agua con una presión increíble». A ese carro lo llamaban «el Huáscar», pero no sabe por qué. «Todavía se me ponen los pelos de punta”, dice, “cuando recuerdo a mis amigos gritar en la universidad: ‘Viene el Huáscar, viene el Huáscar’».

Supongo que algo así se gritaba, en Chile, cuando Grau era el capitán del Huáscar. La historia siempre es circular.

Hoy es feriado en todo el país y «en la corbeta Esmeralda brillaba la serenidad de don Arturo Prat», continúa el discurso del comandante. Viene el Huáscar, viene el Huáscar. «Si el enemigo era superior, no importaba». «En medio del fragor del combate, el comandante salta al abordaje e inicia su inmortal viaje a la gloria». «Los chilenos celebramos el 21 de mayo pues nos sentimos interpretados por las acciones de los hombres». Viva Chile. Aplausos. Empieza el desfile militar. Siempre detesté la altanería de los desfiles militares, pero éste dura poco. Más aplausos. Banderitas al viento: los chilenos han aprendido a celebrar su victoria conmemorando una derrota. En el Perú sucede algo tibiamente parecido: se recuerda la derrota conmemorando las derrotas. Es extraño el porvenir de los héroes. Pero «ya va a empezar lo importante y vamos rápido al Huáscar», me dice la encargada de prensa de la Segunda Zona Naval.

-¿Y si yo le digo que Chile devuelva el Huáscar? -le había preguntado al edecán de Pinochet-. ¿Sería un gesto importante?

-Es impensable -contestó con la rapidez de una metralleta-, allí murió Prat.

El Huáscar ya no puede navegar. Sólo flota, como una maderita.

Hoy han maquillado al Huáscar, lo han dejado más lindo, con banderas de colores que van de la proa a la popa, como en la carpa de un circo. Ahora sale un sol estridente, inesperado pero frío, el clima perfecto para conversar sobre el clima cuando otro periodista te pregunta: «¿Y qué hace un peruano aquí?».

Sobre el puente de mando -que no es el original- todo resulta más claro: el mundo siempre se ve mejor desde arriba. El piso de madera vieja, la torre giratoria con orificios parchados e inscripciones que dicen, por ejemplo, «Rasmilladuras causadas por fragmentos de granadas», o «Perforación de la coraza. Angamos, 8-X-1879», justo del día en que murió Miguel Grau, y aquí hay un monolito de bronce en su honor. Más allá, una placa dice: «Han rodado en mis entrañas minutos eternos de eterno heroísmo». Hay un par de salvavidas con las palabras «Huáscar» y «Chile» estampadas una sobre otra. Hay una campana que dice «Huáscar». Hay tres banderas de Chile y anotaciones por todos lados que dicen «Armada de Chile». A mí no me parece mucho un museo, con Grau y todo, es como forcejear para arranchar una cartera y honrar, con el tiempo, a la mujer perjudicada.

Hay otro monolito que indica el punto exacto donde Arturo Prat recibió el disparo en la frente, y justo adelante están paradas las autoridades de Talcahuano, que han empezado a colocar ofrendas florales.

-Corneta, toque silencio -grita alguien, y un marinero lleva una corneta a la boca y la hace sonar en toda la bahía.

No entiendo bien cómo es eso de tocar silencio, pero ahora no se escucha nada, salvo el ruido destemplado de la corneta. Es una quietud extraña: lo que el Huáscar suele generar es mucho ruido. Chile, devuélvenos el Huáscar, dicen los foros en Internet, los nacionalistas acalorados, «es un trofeo de guerra», dicen, «es un símbolo de su soberbia», «es un buque peruano». Se pide la devolución del Huáscar con la misma obstinación con la que nos acercamos a una sección de «objetos perdidos». Allí murió Grau, y la devolución del Huáscar sería, dicen algunos, «un imperativo moral», una forma de curar heridas. Chile, devuélvenos el Huáscar. Devuélvenos los libros de la Biblioteca Nacional del Perú, saqueos, incendios, dicen, y los leones de la avenida Providencia, en Santiago, también son peruanos, y la Pila del Ganso, esa estatua de la alameda Bernando O’Higgins, y los adornos del cerro Santa Lucía, y muchos monumentos de Valparaíso, devuélvenos, etcétera. La guerra con Chile nos mató.

Pero siempre hay dos versiones, ya se sabe, y a mí me toca ser imparcial: en el Huáscar murió Prat, su monolito de bronce, el combate de Iquique, y la corneta que toca silencio, en este instante, en homenaje a todo eso.

-Yo no se lo devolvería a nadie -me había dicho el ex publicista chileno Jorge Figueroa-, el Huáscar es un barco maravilloso, elegante, finísimo, no es un trofeo de guerra sino un santuario.

Hay chilenos que pensaron distinto. Era 1968 y al senador Tomás Pablo Elorza se le ocurrió decir que su país, Chile, en un gesto de hermandad debería devolver el Huáscar al Perú. Indignación. Cómo se le pudo ocurrir eso. Tomás Pablo Elorza sí se hundió, políticamente, y “el Senador que quiso devolver el Huáscar” fue su largo sobrenombre desde ese momento. «No lo eligieron nunca más nunca», me dijo en Viña del Mar el edecán de Pinochet. El escritor y psicólogo chileno Jaime Collyer escribe en una página de opinión del diario Las Últimas Noticias, de Chile: «Esa reliquia oxidada a ras de agua, proveniente de una contienda infame con nuestros vecinos». Un doctor en derecho, de Chile, pide devolver el Huáscar y reemplazar el 21 de mayo, «por su carácter militarista y triunfalista». Existe un Comité Chileno por la Devolución del Huáscar al Perú, y todo bien, salvo que estos ejemplos son aislados, peticiones imposibles, manotazos de ahogado.

-Los peruanos consideran al Huáscar como peruano -me dijo el nacionalistísimo Sergio Villalobos-, pero también fue chileno y es parte de nuestra gloria nacional.

El Huáscar, incluso, peleó en la guerra contra el Perú, a favor de Chile. Fue peruano quince años. Angamos, 8-X-1879. Granadas, disparos, cañonazos, muere Grau, se crea un héroe, cadáveres y cuerpos mutilados por todas partes, y los sobrevivientes del Huáscar quisieron hundirlo antes de que lo tomara el enemigo. No pudieron, obvio, el Huáscar está aquí, en Talcahuano, ciento veintiocho años después, porque los chilenos llegaron a tiempo.

-Corneta, toque romper el fuego -grita alguien, y el mismo marinero de antes hace sonar la corneta en toda la bahía.

Se escucha un disparo. Luego otro, y otro.

-¿Por qué los disparos? -le pregunto a un marinero que tengo al lado.

Nadie habla, hay un minuto de silencio y mi pregunta suena como un lunar en la cara.

-Es el momento en que murió Prat -me dice, incómodo, el marinero.

Semanas después, el historiador peruano Joseph Dager, en su oficina de la Universidad Católica de Lima, dice que no tiene mucho sentido que el Perú pida la devolución del Huáscar. «Fue importante para Perú y hoy es un museo en Chile que, para mi gusto, es un poco destemplado, descomedido. Podría ser un poco menos pedante en recrear el triunfo». Claro, luego Dager se da cuenta de que puede estar hablando desde la derrota (yo también). «Para ellos es una forma de crear identidad», da el tiro de gracia Joseph Dager. Un ejército jamás vencido y un buque para demostrarlo. ¿Qué hubiese pasado si el Perú ganaba esa guerra? ¿Acaso no sería todo al revés?

-Es indigno pedir el Huáscar -me diría también el contralmirante Fernando Casaretto, en su oficina del Museo Naval-. Es un trofeo de guerra que ellos ganaron, yo no lo podría aceptar, tendría que hundirlo.

Pero son casos aislados, las mismas peticiones imposibles desde el otro bando.

-En el nombre del padre, del hijo… -un sacerdote termina la ceremonia en el Huáscar y dice que Jesucristo, el Señor de los Mares, así dice, le otorgue a Prat «el descanso eterno».

Ahora el monolito a Prat está lleno de flores, muy colorido, así es todos los años, luego nos piden abandonar el buque porque le toca ingresar a la gente, al ciudadano de la calle que hace fila, afuera, desde muy temprano. A la gente le gustan estas cosas, por suerte está lindo el clima. Otros años han tenido que suspender la ceremonia en el Huáscar y hacer el desfile militar bajo techo, sólo con invitados oficiales. Un sargento a cargo del Huáscar me invita a un último recorrido antes de bajar. Vamos. Aquí estaban las calderas que ya no existen, éstos son los cañones que no son los originales, éste el puente de mando que tampoco, esta capillita antes no existía, y abajo se le ha dado más peso al buque para que no se dé vuelta. Pero flota solo.

-¿Puede navegar?

-No -intuye la trayectoria de mi duda, la esquiva, se defiende-: cuando se lleva a mantenimiento, cada tres años, se necesitan dos remolcadoras.

Es un buque viejo, el Huáscar. Collyer, el escritor y psicólogo chileno, habló de «esa reliquia oxidada a ras de agua» y luego propuso que una comisión de los dos países «vaya un día a pararse en el muelle y hunda, de común acuerdo, el Huáscar». Adiós al Huáscar, sí. O mejor: que se remolque hasta la frontera de los dos países, que la Armada de Chile y la Marina de Guerra del Perú le rindan honores, Grau, Prat, la importancia de los símbolos, que una corneta toque silencio, que no se escuche nada salvo eso y el ruido de una nave atravesando el agua, por fin, adiós al Huáscar, lentamente, que la corneta toque romper el fuego.

Que se escuche un disparo y que sea el último.

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comentarios
  1. Pablo Pavez dice:

    Leí este artículo con mucho detenimiento, y es un orgullo haberlo hecho. Pocas veces se tiene la oportunidad de leer textos tan ponderados desde el Perú. Felicitaciones.

  2. Papa Chileno dice:

    El padre le dice a su hijo

    Hijo no gastes municiones en pajaros que no se comen!!! ademas dejalos, los peruanos se matan entre ellos.

    saludos,

  3. Romel dice:

    Me encanto el articulo. Nada de patrioterismos baratos pero aun asi te deja un sabor amargo en la boca y una nueva perspectiva de como podrian ser las cosas.

  4. José Castro SIlva dice:

    Al margen de quienes seamos, antes fuimos un solo territorio y los límites que se establecieron fueron los que generaron envidias y las guerras.
    La guerra Perú Chile o Chile Perú, eso no importa, es un capítulo negro para la Historia de los dos países y, es tan negra que todavía guarda resentimientos y rencores. No más guerras, no más muertes.
    Perú tiene a Miguel Grau el Caballero de los Mares, Chile tiene a Arturo Pratt, cada uno héroe para sus pueblos. Respetémonos.
    Felicitaciones por el Artículo.
    joethelwoldo@hotmail.com

  5. El Moro dice:

    El origen de la envidia chilena hacia el Perú:

    “… Chile fue una provincia pobre perteneciente al rico Virreinato del Perú, cuya economía estaba destinada sólo a sustentar al Virreinato con materias primas — cuero, sebo y trigo [ 77 ] [ 81 ]— y a los pocos españoles del territorio chileno…”/ Chile – Wikipedia

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