Pánico y locura en Almagro

Publicado: 15 septiembre 2008 en Cicco
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“¿Vio que yo le dije que no era como fumar marihuana? Ustedes publican cualquier cosa. Y ahí tiene las consecuencias.” ¿Quién es este tipo? ¿Y de qué clase de publicación está hablando? ¿Me está diciendo algo a mí? “Pero claro, si yo no se la daba a probar después iba a escribir que la salvia divinorum es una planta re misteriosa y se iban a disparar toda clase de rumores. Es mejor así, que la pruebe usted mismo y se de cuenta”. Es gracioso. Realmente, nunca vi a este tipo en toda mi vida. No sé quién es y no sé cómo llegó hasta acá y no sé por qué me habla de cosas que no tienen sentido alguno. ¿Y qué hace ese otro hombre con un extraño aparato en sus manos?¿Está tomando muestras luminosas de la escena? Y, lo más importante, ¿cómo hago para pensar todas estas cosas si estoy recostado en el techo?

 

Ocho horas antes

—¿El psicólogo Jorge Giménez?

—El mismo.

—Aquí le hablamos de la revista C, del diario Crítica de la Argentina. Estamos preparando una nota sobre la salvia divinorum, la planta sagrada. Acaban de prohibirla en ciertas partes de Estados Unidos y queríamos tener una experiencia con ella para poder contarla en nuestra nota, ya que en la Argentina es legal.

 

Nos dijeron que usted es un especialista en la materia.

—¿A las siete y media de la tarde les parece bien?

 

Durante su larga carrera como psicólogo diplomado en la UBA, Jorge Giménez se dedicó a hacer terapia lacaniana. Pero desde que descubrió, cinco años atrás, a la salvia divinorum —hace 17 que estudia las plantas sagradas y encargó la salvia vía correo—, se ocupa de un asunto un poco más amplio: el despertar cósmico universal.

 

Él dice que una planta bien suministrada equivale a un año de análisis. “Por regla general, yo me entrevisto varias veces con la gente y analizo si merece suministrarle o no la planta. Te podés imaginar que hay patologías donde la salvia sólo aumentaría el problema. Hay que analizar bien los casos”. Giménez fue el primero en introducir la salvia divinorum en la Argentina, cinco años atrás. Y hoy es uno de los hombres que más sabe del tema.

 

En los foros sobre plantas sagradas, Giménez tiene aura de gurú. Un experto que domina la química, la botánica, que estudió con sufis, con budistas tibetanos y se formó en chamanismo con la tribu wichi. Es lo que se llama un chamán urbano. “En un retiro de una semana, sin adoctrinamiento alguno, se puede alcanzar el éxtasis. Luego cada uno sacará sus propias conclusiones. Pero se puede”. Giménez sabe de lo que habla y en algunos asuntos o es un visionario de la estatura de Nostradamus o está, en su defecto, en otra frecuencia. Él sostiene, al igual que los mayas, que en 2012 ocurrirá una tormenta electromagnética solar que pondrá a la mitad de los seres del planeta en vilo, por no decir, en el cajón y que la única forma de sobrellevarlo será gracias a las plantas sagradas. ¿Vio las catástrofes naturales que se desencadenan últimamente? Giménez las lee como un aviso de lo que vendrá.

 

No es nada ilegal lo que este psicólogo hace con las plantas. Al contrario. La salvia divinorum es perfectamente legal en la Argentina y en la mayor parte del mundo, excepto en Australia, Italia, Corea del Sur, Dinamarca, Finlandia, España y en algunas partes de los Estados Unidos donde se aplican restricciones. “Es intrínsecamente ridículo prohibir una planta”, dice Giménez. “Las plantas sagradas te conectan con la mente del planeta, de la galaxia.

 

Se necesita devolverlas a su contexto sagrado, de donde vinieron”. Dice que la salvia es una planta noble. “El nombre aborigen significa precisamente noble princesa. Los nativos mazatecas en México, cuando no tienen hongos para sus rituales, utilizan la salvia. La salvia no se parece a ningún alucinógeno. Los paisajes y sentimientos son totalmente distintos. Y sirve para explorarse a uno mismo. No es una droga para tomar en una disco”.

 

Al caer la tarde de ese mismo día, conoceríamos a Giménez, el chamán urbano, en persona. Es lunes. Anuncian tormenta.

 

Tres días antes

Voy a ser franco. Los recuentos de experiencias con plantas sagradas y con cualquier clase de drogas siempre me dieron una mezcla de risa y pena, como si alguien me contara sus hazañas durante una borrachera. Nunca los tomé muy en serio. Con los libros tampoco tuve mayor suerte. Nunca me atrajo Carlos Castaneda ni sus andanzas con plantas, me parece que vomita mucho. Me gusta, por ejemplo, el poeta

 

William Blake pero cuando entra en trance místico, simplemente no lo agarro. Lo mismo con Jean Cocteau y el opio, o los estados alterados de Philip Dick. O los delirios de mescalina de Henri Michaux, a quien, por otra parte, disfruto cuando está sobrio. Ni siquiera las legendarias experiencias con peyote de Aldous Huxley que grababa con dictáfono y aseguraba haberse mimetizado con su silla de mimbre. Pobre hombre: ¿mimetizarse con una silla?v¿Cómo es que toda esta gente seria e inteligente sucumbióva semejantes delirios? ¿Qué pudo haberles pasado?

 

A los viajes de la conciencia los llaman psiconáutica yvmuchos tienen la política de no contarlos, pero otros sí. Escucho varias experiencias de usuarios de salvia divinorum. Son como sueños de boca de un delirante. Uno dice que volvió a ser un niño y a jugar con el perro en el patio de su casa. Otro que se transportó a la prehistoria y convivió con dinosaurios. Otro que llegó a una instancia donde descubrió el secreto del universo. Otro que se fusionó con la ventana de la casa. Pablo Graziano, periodista de la revista

THC, especializada en cannabis, cuenta esta: “Cerré los ojos y sentí que la cavidad craneana se abría. Tuve vértigo y entré a una suerte de salvavidas de oscuridad, después empecé a ver chispas de luces”. ¿Salvavidas de oscuridad? ¿Por qué me cuenta semejante pavada, un reportero de una revista comprometida y objetiva, que sacó un año atrás el primer informe sobre la salvia en un medio de la Argentina? Y además, ¿por qué se lo escucha tan convencido?

 

El efecto de la salvia divinorum, cuentan los usuarios, es como encender un cohete: en un momento estás pitando una pipa, al siguiente, estás atándote los cordones en la constelación Centauro. La guía del usuario, escrita y provista en un sitio especializado en la web, describe seis niveles de efectos: van desde la relajación y el incremento sensorial, a la pérdida de la conciencia del cuerpo, la amnesia y la fusión con Dios.

 

“En el momento en que se consume la salvia, es muy importante que haya un cuidador sobrio que te guíe física y espiritualmente”, explica Alejandro Sierra, redactor de la revista THC. “Porque llegado el momento, la gente se olvida incluso de que tiene la pipa en la mano y puede provocar un incendio. La salvia no es para cualquiera”.

 

Catón Carini investiga desde hace años las llamadas plantas mágicas y el mundo de los chamanes urbanos. Es antropólogo. Él prefiere llamar a su esfera de estudio plantas sagradas o maestras o enteogénicas. El nombre es feo, pero a él le gusta. Dice: “El término enteógeno es muy interesante porque quiere decir que promueve la experiencia de Dios adentro: en-theos. Y eso es lo que experimentan muchos al usar las plantas sagradas. El término planta mágica alude más a un uso lúdico, totalmente contrario al fin que se le ha dado a estas plantas por milenios. Ahora bien, si hay una planta inapropiada para el uso lúdico, o sea que no implique un ambiente seguro, controlado y guiado por alguien experto, esa es la salvia divinorum. Tiene una alta potencia de su compuesto activo y se distingue también por sus viajes cortos, cuando es fumada, a diferencia de la ayahuasca o de los hongos que producen efectos de seis a ocho horas. La experiencia con salvia tiene algunos patrones generales, como la visión o presencia de una entidad o deidad femenina llamada ‘diosa de la salvia’ que puede enseñar, ayudar y curar a los que la ven”.

 

La salvia divinorum es calificada como oniroide. Es decir, en lugar de disparar alucinaciones visuales, despierta un sueño consciente. Hasta hoy, los científicos no se explican cómo actúa neurológicamente la sustancia activa de la planta, la salvinorina-A. Pero saben una cosa: una dosis de un miligramo de esa sustancia pura, sería imposible de controlar para la mayoría de los seres humanos.

 

Dos días antes

Él es Javier Pérez, vive en Olavarría, en el campo. Si pasa por su casa, no descubrirá nada extraño. Pérez cultiva plantas, como cualquier otro arrendatario de la zona. Pero, para aquellos que lo conocen bien, Javier es el delivery de Dios. Es uno de los más reconocidos proveedores de plantas sagradas de Sudamérica. Es dueño de Cahuinandencul, una empresa que distribuye legalmente y a ritmo internacional extractos, semillas y plantas que utilizaban los curanderos, chamanes y sacerdotes en sus rituales. Dice que los pedidos de salvia divinorum se quintuplicaron desde 2002, el año que se abrió al rubro. Ofrece el gramo de extracto de salvia de 30 a 135 pesos, de acuerdo a su concentración. Además, provee extractos líquidos y hojas de planta. “La salvia divinorum es uno de los productos que más se venden”. Además de la venta, Pérez mantiene vivo un foro de 500 personas de todo el mundo que discuten sobre métodos de cultivo de la planta y temen que algún día les caiga la prohibición en sus países. “Hay más de 800 variedades de salvia y una sola tiene la propiedad de ser sagrada. Los mazatecos en México la utilizaban para adivinar el futuro, diagnosticar enfermedades y encontrar objetos perdidos. Tradicionalmente, ellos mascaban las hojas. Y así el efecto es más paulatino. Fumarlo es un invento moderno. Y el efecto dura minutos pero es más violento”.

 

El cultivo de salvia divinorum —la llaman también salvia de los adivinos, yerba maría o ska pastora— es una práctica compleja, caprichosa y meticulosa.

 

Cada vez que hablo con la gente que cultiva salvia, me dicen cosas como: “La tuve que trasladar mucho y se me estresó”. O: “No te digo que vengas a verla porque está un poco triste. Pero ya se va a recuperar”. La salvia sufre el frío. Y el contacto directo del sol la fulmina. No se reproduce por semillas, sino a través de esquejes, de sus propias ramas. Pérez necesitó hacerla traer tres veces desde México hasta que logró que su planta sobreviviera al cambio de paisaje de Oaxaca a su campo de Olavarría. Y necesitó dos años para poder reproducirla y tener suficiente capacidad para venderla. Hoy en su campo posee más de 100 plantas y dice que la demanda es tal que, una vez al año, debe dejar que las plantas descansen algunos meses y suspender los envíos.

 

Algunos datos técnicos: la salvia divinorum es de la familia de la menta y mide entre 0.5 y tres metros de altura. Las hojas son ovaladas, tienen un tamaño de 25 centímetros de largo, y, en fin, qué carajo importan estas cosas. Lo importante es el resultado. “No es una planta adictiva ni tampoco de abuso”, precisa Pérez. “En  Buenos Aires se adapta bastante bien. Y conozco personas que ya la cultivan en Neuquén y en Río Negro.”

 

En el único lugar del mundo donde crece en forma silvestrees en Oaxaca, en México, en la Sierra Madre Oriental, a 1.500 metros de altura, en unos bosques endemoniadamente húmedos. Allí habitan los indios mazatecos, el primer pueblo en utilizar la salvia como un ritual sagrado. Hay, se estima, 339 mil mazatecos en México. Otro mundo: entre ellos hay curanderos, brujas, hechiceros. Solucionan problemas de mal de ojo, mal aire, pérdida del alma. La más importante chamana mazateca fue María S a b i n a. El norteamerica- no Robert Gordon Wasson, uno de los más grandes investigadores de plantas sagradas, pudo acceder a los rituales de María Sabina y más tarde se encargaría de difundir los hongos y la salvia de los mazatecos por todo el mundo. Se cree que las plantas de hoy son hijas de aquellas que recogió Wasson en los años 50. Mientras tanto, Sabina, que murió a mediados de los 80, se transformó en un referente a escala mundial de los exploradores de la conciencia. Ella dijo: “Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo lejano, cercano e invisible. Ahí vive Dios, viven la muerte, los espíritus y los santos. Es un mundo donde todo ha sucedido y todo se sabe. Ese mundo habla, tiene un lenguaje propio. Yo repito lo que me dice. Los hongos sagrados me llevan y me traen”. Y no mentía.

 

Imaginé que Oaxaca era una zona donde todo el mundo consumía salvia. Imaginé mal. Askari Mateos es un periodista precisamente de Oaxaca y no sólo no probó la salvia sino que no conoce a nadie que la haya probado. “Pues mira, sé de la existencia de esa planta en la Sierra Mazateca, supongo que para conseguirla hay que ir allí, es decir subir a la Sierra y comprarla, cosa que no ha de ser nada difícil, como tampoco lo es comprar hongos. Pero honestamente hice un sondeo y no hubo nadie que la consumiera. Sé de buena fuente que un gran número de lugareños consumen hongos en un sentido religioso o ritual. Pero en la ciudad de Oaxaca no hay jóvenes que la consuman, es más serán muy pocos los que la conocen y es el mismo caso en DF, donde prepondera el consumo de drogas sintéticas”. Consulto a otro colega en el estado vecino de Guerrero. Dice Paul Medrano, editor del periódico La Jornada: “El consumo de la salvia en el sureste de México no es muy popular. Tiene fama de ocasionar un fugaz mal viaje”.

 

A la hora señalada

Son las 19:30 y aquí llega puntual Jorge Giménez cargando una bolsita de papel. El punto de encuentro es la casa de Galento, músico y amigo, en Almagro, a cuadras del Abasto. Giménez tiene barba candado, camisa y pantalón de vestir.

 

Parece el hombre más normal del mundo. Llega, apoya la bolsa con cuidado en el suelo y le dice al fotógrafo: “Perdón, pero no tuve tiempo de plancharme la camisa”. Dice que pasar por normal e inadvertido es lo mejor del mundo. Ideal para lo que hace. Es un chamán y también un cuidador de los que consumen plantas. Hay, sin embargo, algo extraño en su mirada, una dimensión diferente. Giménez capta cada movimiento de la casa prácticamente sin moverse, como un reptil. Ojo, tal vez soy yo que me estoy haciendo el coco. No me haga caso. “¿Podemos apagar esta música? Yo traje mis propios compacts”. Giménez pone un cd de música de pianitos y cascadas de agua, y despliega su arsenal sobre una mesita ratona: dos pipas, una de piedra tallada y una de los wichis con un puma de dos c a b e z a s —“es el símbolo de que el chamán debe estar en los dos mundos”—, dos botellas de perfumes peruanos, un oído de ballena franca, un instrumento de música, una pipa de agua, una caja de sahumerios —“estos hasta hace poco no se conseguían más”—, una bolsa de tabaco para pipa y un soplete. Y lo principal, un frasco de mermelada de naranjas con un sticker donde se lee 5x. Jiménez lo acaricia: “Este el extracto de salvia más suave. Igual, va a ver lo que es suave para la salvia. ¿Ustedes publicaron en su diario que esto era la nueva marihuana? No saben cómo se confundieron. En lo único en que se parecen es en que las dos son plantas”.

 

Giménez coloca el extracto en un platito. Llena la pipa wichi con tabaco, la enciende y la pasa. “Fume y tire el humo sobre la salvia con el deseo que lo trajo hoy acá”. Al menos, pienso, ya que los\ mazatecos la utilizaban para encontrar objetos perdidos, quizás puedo encontrar las zapatillas que me robaron los perros. Unas zapatillas lindísimas y nuevas que usaba para correr. Esos guachos se las llevaron. Giménez pronuncia una oración en otra lengua. “Es parte del ritual wichi”, dice. El fotógrafo capta la escena. “No más fotos”, ordena el psicólogo. “Los chamanes nunca se dejaron filmar”. Luego, coloca la salvia en la pipa de agua y advierte: “Cuando vea el soplete sobre la cazoleta, aspire fuerte y trate de contener el humo durante 20 segundos. Son tres pitadas en total. Va a ver: es como una trompada”. La primera vez pito y suelto el humo. No pasa nada. “Más fuerte,más fuerte”, pide Giménez. Pito una segunda vez y el humo me sale por la nariz. No llego a retenerlo 20 segundos ni en pedo. “Esta vez más fuerte, que suene la brasa”. Es mi última chance, pito con más intensidad y algo sucede. La realidad se suspende, se licúa. El fotógrafo me ve alzar una mano hacia la luz, recostarme en el suelo y decir con los ojos abiertos: “Volé”. Y es exactamente lo que sucede. El humo me succiona hacia arriba. No soy más yo. Este es el momento exacto en el cual dejo de tomarme los recuentos de plantas sagradas para la joda y paso al otro lado del mostrador. Y aquí viene la parte más graciosa, más que la del salvavidas de oscuridad o la del tipo que se transportó a la época de los dinosaurios. Se va a reír mucho pues yo me hubiese reído si me lo contaban: allá arriba, o donde sea, me encuentro con otra persona. ¿No es graciosísimo? Por eso voy a decírselo nuevamente para que me entienda: me encuentro, de verdad, con otra persona. Y, por un momento, soy él. O ella. O lo que coño sea. Y no estoy alucinando. La salvia, como le contaba más arriba, no es alucinógeno. Es un onírico. Estoy consciente. Y esta persona que no soy yo ocupa mi lugar y, durante un tiempo, puedo sentir como siente él/ella. Este contacto me cambia para siempre. Y se lo juro: no soy yo, me conozco bien. Mis sueños más creativos consisten en diferentes formas de tocarle el traste a Wanda Nara. Giménez dice: “Siga la música. Solamente sígala”. Y después se toma su revancha: “¿Vio que no era como la marihuana?” Pero ya no es más Giménez para mí. El fotógrafo registra la escena. Pero ya no es más un fotógrafo para mí. Yo estoy en el techo observándolos y la habitación gira como en los caleidoscopios que te venden en las ferias. Esta es la parte de fantasía de la planta, la parte barata, la parte que me esperaba. Pero la otro no. No reconozco ni a Giménez ni al fotógrafo ni a este lugar. Y, lo que es más asombroso, ya no me reconozco a mí. Es todo muy extraño. Lo que antes era familiar, ahora es inhóspito. Como en algunas misiones espaciales, tengo serias dificultades para volver a casa. Me introduzco lentamente en el cuerpo como quien se prueba un jean ajustado. La salvia corta una cuerda muy sutil. Mi firma, mi historia, mi nombre son parte de ese jean. Me l o puedo poner. Me lo puedo quitar. No cambia nada. Trato de levantarme. “Espere un poco más”, dice Giménez. “Disfrútelo. Este es un viaje que va más allá de las biografías.” Sin embargo, quiero incorporarme para contar lo que vi. Para mí, pasaron segundos. El fotógrafo me informa que pasaron más de 20 minutos.

 

Digo: “Me encontré con otra persona”. Giménez está en el sillón cruzado de piernas como cualquier psicólogo, pitando de su pipa wichi. Y agrego: “Y era mucho mejor que yo”. “Es usted, flaco”, aclara él. “¿Está seguro: mire que yo lo sentí como otro?” Giménez exhala el humo y se ríe: “Es usted, pero en una instancia más elevada. Por eso no se reconoce”.

 

Si alguien me contara todo esto me parecería una tremenda pelotudez. El diálogo de dos desquiciados. Es para reírse. Pero es la verdad. No hay otro modo de explicarlo.

 

La zapatilla que me robaron los perros, no pude encontrarla nunca más. Pero, gracias a la salvia divinorum, a la diosa de la planta, a la química, o a quien corno sea, me encontré a mí.

 

Castaneda, Cocteau, Huxley y todos los que experimentaron con plantas y tuvieron el coraje para contarlo: ahora sé por qué lo hicieron. Ahora entiendo.

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comentarios
  1. juan dice:

    Hola, me gustaria conseguir algun contacto de Jorge Giménez

    saludos

  2. pato dice:

    muy piola el relato me gusto y ahora estoy mas convencido de probarlo… gracias por compartir x)

  3. Roy dice:

    Excelente relato, me deberé sentir afortunado por vivir tan cerca de los pueblos mazatecos.

  4. Gracias flaco, gracias de verdad.

  5. adrian trombini dice:

    Por favor, aguien me podria dar algun dato, telefono, o direccion de jorge gimenez???, muchas gracias

  6. Bruno Bertolottoo dice:

    Loco que onda? Re falopa esta cronica. Entre de casualidad porque a mi hermana se la mando a leer un profesor. Que bajo nivel de estudio que tiene la intitucion academica donde va. que lean literatura no mierda q quiere generar pibes faloperos . VERGUENZA SIENTO.
    ah aguante la uade viejo. ahi mandan a leer esto
    puff q educacion

    • G.M. dice:

      Bruno, sería muy bueno que curses alguna carrera que te saque de la Edad Media. De todos modos, podes leer algo de periodismo narrativo.
      Suerte.

  7. Leo V. dice:

    anda a vender panchos gil xD

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