Los suicidas del fin del mundo

Publicado: 16 septiembre 2008 en Leila Guerriero
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No quedan rastros.

En el cuarto donde todo sucedió -debajo de la pintura blanca, de los banderines de fútbol, de los pósters de mujeres en bikini-, no quedan rastros de la sangre.

Y el cuarto, además, tiene una cama que ya nadie usa.

Y el cuarto, además, permanece cerrado para siempre.

-Cada vez que mi mamá pasa por acá dice que todavía ve la imagen en el piso, por eso lo dejamos cerrado. Mi mamá estaba en la cocina cuando pasó. No la vio agarrar la escopeta.

Alberto Vargas –treinta y pico, empleado municipal- se apoya en el marco de la puerta con cuidado: como si todavía quedara allí algo por lastimar.

-Pero no había nada que hacer. Se ve que mi hermana ya tenía la idea.

Es la hora de la siesta y en Las Heras –Santa Cruz, Patagonia argentina- hay pocas cosas: el viento por las calles, nada más.

-Ahora, cada vez que voy al cementerio, me pregunto lo mismo: qué pudo haber pasado.

-¿Y que te contestás?

-Que no sé. Porque mi hermana fue la primera. Pero después fueron tantos.

Fueron doce.

 

 

Las Heras es una ciudad del norte de la provincia de Santa Cruz, la más austral de la Patagonia argentina. Dos mil kilómetros la separan de Buenos Aires y ochocientos de la capital provincial, Río Gallegos, sede desde 1991 y hasta 2003 del gobierno de Néstor Kirchner, por entonces gobernador y ahora presidente de la República. Está allí -a mitad de camino entre la cordillera y el mar, 21 grados bajo cero en invierno, ráfagas de viento de 100 kilómetros por hora en otoño y primavera- desde 1911. Fue un centro acopiador de lanas y de cueros hasta que, en los años ´60, se descubrió a escasos kilómetros el yacimiento petrolífero Los Perales, que hizo de la provincia la segunda cuenca más importante del país y de la ciudad la sede administrativa de la empresa estatal YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales). Así, a ese brote de cemento unido al mundo por la línea de asfalto de la ruta 43, llegaron miles de hombres solos a emplearse en la industria del petróleo, un trabajo duro pero cuyos sueldos triplican los 600 pesos mensuales (150 euros) que paga la mayoría de los oficios en la Argentina. Detrás de ellos llegaron pocas cosas: iglesias –una católica, varias evangélicas, Testigos de Jehová- y las putas a colocar su farol rojo, a ofrecer lo único que ofrecer se podía: la cerveza de a litro, el revolcón barato.

En 1991, cuando empezó el proceso de privatización de YPF en manos de Repsol, la ciudad tenía 16.000 habitantes y atravesaba cierta prosperidad, pero la nueva empresa redujo personal, tercerizó procesos, y el impacto fue devastador. Sin petróleo, en Las Heras no hay nada, y la nada es literal: los diarios nacionales se consiguen con cuentagotas, los teléfonos y la luz se cortan por la furia del viento, y no hay bares -excepto los bares de las putas- ni cine, ni teatro, ni carreras terciarias, ni plazas con verdor. La revista La Ciudad, la única publicación local, empezó a plagarse de noticias que, por cotidianas, se hicieron naturales: bebés abandonados en el cementerio, niñas violadas por sus tíos, adolescentes cosidos a cuchillo. El desempleo trepó al 20 por ciento, 7000 personas se fueron de Las Heras y quedaron los de siempre: los que no podían hacer más que quedarse.

Fue entonces que las cosas empezaron a pasar.

 

 

Pocos, en la Argentina, sabían de Las Heras cuando, el 7 de febrero de 2006, su nombre trepó a primera plana porque varios manifestantes, intentando liberar a un líder sindical petrolero de nombre Mario Navarro, vocero y dirigente de los trabajadores que realizaban piquetes en rutas provinciales desde hacía 15 días, habían atacado la comisaría local donde el hombre estaba detenido, y matado a golpes –a golpes- a un policía, Jorge Sayago.

Muy pocos sabían de Las Heras cuando el 6 de agosto de 2002 llegó a los diarios nacionales y españoles la noticia de que los piqueteros, que habían cortado la ruta 43 durante doce días en reclamo de empleo, amenazaban con prender fuego un tanque de petróleo de una batería de Repsol YPF, a quince kilómetros de la ciudad que corría el riesgo de volar por los aires.

Pero nadie –nadie- sabía de Las Heras cuando, entre noviembre de 1997 y el último día de 1999 se suicidaron allí doce hombres y mujeres, once de ellos de una edad promedio de 25 años.

Sandra Mónica Banegas, la hermana de Alberto Vargas, fue la primera.

 

 

En la puerta de entrada  de la casa donde viven Alberto, su madre Nélida y su padrastro José, hay un póster: la imagen de la Biblia abierta, apoyada sobre un jarrón florido. En Las Heras, donde se dicen muchas cosas, se decía que la hermana de Alberto era rara. Vestía de negro, se maquillaba de blanco, dibujaba brujas, calaveras, escuchaba rock pesado y salía con uno de sus profesores del colegio. En 1997 tenía 18 años y hacía apenas tres que sabía que no era hija de sangre de Nélida y José.

-La trajimos de otro pueblo, de casa de unos parientes –dice Alberto-. La madre la trataba mal, yo me encariñé y le dije a mi mamá que la trajéramos.

Mónica  creció sin saber, hasta que un día una mujer a la que no había visto nunca golpeó la puerta de su casa y dijo aquello de “Hija, yo soy tu madre”.

-No sé qué le habrá parecido. Se le dijo que no se había dado la situación como para contárselo antes, y quedó como que la familia de ella seguíamos siendo nosotros.

El 26 de marzo de 1997, mientras Alberto y José trabajaban en su modesta chacra en las afueras, Mónica limpiaba con Nélida su casa. A las cinco de la tarde, después de comer unos bombones, fue a su cuarto. Nélida fregaba todavía cuando la sobresaltó el golpe: unos chicos, en la calle, estrellaban la pelota contra la persiana.

-¡Mocosos de porquería –gritó-, les voy a sacar la pelota!

Después, siguió limpiando. El segundo estruendo llegó al rato y Nélida salió, furiosa. Pero en la calle no había nadie, y en su cuarto -la garganta atravesada por una bala de la carabina que José usaba para cazar- Mónica empezaba a desangrarse. Cuando Alberto y José llegaron del campo encontraron la casa repleta de policías, y la cara de Nélida licuada en las aguas del horror.

-Mi mamá la llamó pero no contestaba –dice Alberto-. Y fue a la pieza y se la encontró con el caño en la boca, las paredes llenas de sangre.

Con el tiempo, regalaron la ropa, tiraron los casettes de rock pesado, pintaron de blanco las paredes, Alberto colgó sus banderines, y cerraron la puerta para siempre. Nélida y José viraron evangelistas profundos, y un rumor de secta se instaló de a poco: todos dicen que nadie sabe cómo comenzó.

-Lo que le pasó es que era muy rockera –dice José-. Nosotros le comprábamos sin saber las cosas de esa música… diabólica…el rock. Diabólico para nosotros los evangélicos quiere decir toda la música que es como satánica, rock and roll. Se ve que ella hacía pactos con el diablo.

-Después que mi hija se quitó la vida –dice Nélida- muchos chicos jóvenes han empezado a matarse y ahorcarse. El día que ella se pegó el tiro, estábamos mirando la televisión y decían que no sé dónde se habían matado unos cuantos de una secta. Y después una chica me dijo “Mirá de dónde la vinieron a buscar para llevársela”. Los de la secta. Y ahí nosotros empezamos a bendecir la casa. Pero los chicos igual siguieron.

Igual siguieron: ocho meses después, el 18 de noviembre de 1997, Luis Montiel -18 años, huérfano de madre desde los 10, hijo de un padre al que veía en secreto porque sus familiares se oponían a esa relación- entró al galpón de la casa donde vivía con sus abuelos y sus tías solteras, y se ahorcó con un alambre.

 

 

El 13 de mayo de 1998 hacía menos de quince días que Carolina González y Mariano Navarro -hijo de una de las familias tradicionales de Las Heras, los dueños de la funeraria Navarro- habían decidido vivir juntos y olvidar viejas disputas. Tenían un hijo de tres, Matías, pero Carolina, de 19 años, compartía casa con varios hermanos y con su madre, Vilma, una mujer divorciada de su marido de quien, sin embargo, portaba un embarazo de nueve meses.

-A Carolina la afectó mucho la separación mía de su papá –dice Vilma-. Con todos los demás era maltratador, pero con ella era especial. A ella nunca le pegó.

A las tres de la tarde del 13 de mayo de 1998, Carolina regresó de la casa de su futuro suegro –Carlos Navarro, el hombre que tendría que amortajarla-, saludó a su madre y se encerró en su cuarto: dijo que tenía que planchar. A las cinco, uno de sus hermanos golpeó la puerta. Como Carolina no respondía, empujó, y vio lo que aún no olvida: a esa chica rubia que quería ser maestra, ahorcada por un cinto que había atado a la litera. Los aullidos de Néstor trajeron ambulancias, y una semana más tarde Vilma parió, sin saber cómo, un bebé sano. Seis meses después, la casa aún flotando en el vapor del luto, alguien llamó a su puerta.

-No te asustes –le dijo una vecina-, pero ahora fue Elizabeth.

Elizabeth Godoy era novia de Marcelo, uno de los hijos de Vilma. Vilma era la única persona a la que Elizabeth le había contado cómo ella y su hermana habían sido violadas por su padrastro: cómo su madre no les había creído cuando le contaron. Ahora, 18 de noviembre de 1998 y a los 20 años, se había ahorcado en el vano de la puerta de su casa.

Su madre había salido. La había dejado a cargo de la cena.

 

 

El 26 de diciembre de 1998 apareció, en una estancia cercana, el cuerpo de un hombre de 85 años llamado José Tellagorry que se había disparado con un rifle. El 26 de abril de 1999 se ahorcó, en su casa, Marcelino Segundo Ñancufil, de 32. Pero fue la muerte del 2 de julio de 1999 – César López, bañero de la pileta municipal, 25 años- la que paralizó al pueblo.

César era levemente rengo –dicen que producto de una turbia fractura allá en su infancia-, hijo de dos policías y hermano de dos varones y una mujer con los que compartía esa casa a la que todos señalan atravesada por violencias varias.

-El padre los tenía cortitos –dice su amigo Darío Sánchez-. Yo veo que lo que hizo César fue para que los padres reaccionaran. Lo que pasaba ahí no era normal.

El 2 de julio de 1999, a las cinco de la tarde, César llegó a casa de Darío y le mostró la pistola que llevaba calzada en el pantalón.

-Me dijo lo que iba a hacer, y que si yo trataba de impedírselo, se iba a pegar el tiro ahí mismo. Y se fue. Corrí a avisarle a mi viejo, y mi viejo salió corriendo para lo de César, que vivía a dos cuadras.

Ya en casa de los López, el hombre golpeó la puerta de aquel cuarto: el cuarto del amigo de su hijo. “¡Abrí, César, carajo!”, le gritaba. Entonces llegó el padre policía. Y cuando César estuvo seguro de que eran sus puños -su voz la que gritaba que le abriera- disparó.

 

 

De Javier Tomkins -24 años, el mejor jinete de la provincia- se dicen muchas cosas. Que le gustaba tomar; que tenía una novia muy joven pero que había embarazado a otra; que había llegado a Las Heras para reencontrarse con su familia después de pasar demasiado tiempo en Trevelín, una ciudad lejana, viviendo con su abuela. Sea como fuere, la noche del 12 de agosto de 1999 su hermana, embarazada de ocho meses, llegó a la chacra familiar y encontró a Javier en el galpón: se había ahorcado con un lazo de cuero, el mismo que solía usar con sus caballos.

La madrugada del 23 de agosto de 1999, Ricardo Barrios -21 años, trabajador del petróleo- harto de que su padrastro castigara a todos sus hermanos -22 cachorros paridos del mismo vientre y con diversos padres- le gritó a su madre, Mabel, que si no se divorciaba de aquel hombre él se mataba. Dicen –juran- que ella contestó “Matáte”, que Ricardo se quitó el cinto, lo aferró a la baranda de la escalera, y se ahorcó.

El 9 de septiembre de 1999, de una viga del galpón de la casa de un amigo -recién duchado y en horario de trabajo- se colgó Oscar Prado, 27 años, huérfano de padre desde los 15. Dicen –juran- que lo perseguía la pena por aquella muerte. Dicen, también, que después de seis años de servicio impecable en el Banco de la Provincia de Santa Cruz, diez meses de trabajo en el hospital público de Las Heras bastaron para dilapiar su buena reputación con el desvío de unos fondos miserables.

El 12 de septiembre de 1999 Esteban Morales, de 34 años, murió en su casa. Dicen –juran- que por una mezcla voluntaria de pastillas y alcohol, aunque el suicidio nunca pudo confirmarse.

Y entonces hubo, todavía, una muerte más.

La que sería, por muchos años, la última muerte. Bajó sobre Las Heras como el ala de un animal inmenso, y la arrastró consigo en su estertor.

 

 

 

Elena Miranda nació en la provincia de Formosa, noreste argentino. Siendo ella niña, su padre y su madrastra decidieron enviarla a Buenos Aires a vivir con una familia, que a su vez la derivó a otra, y luego a otra, hasta que Elena ya no supo la mugre de quién limpiaba y qué había sido de los suyos, allá en Formosa. A los 15 se escapó de la casa donde vivía y quedó embarazada de su primera hija: Perla. Más tarde conoció a un hombre con el que tuvo tres hijos más –Gustavo, Juan y Víctor- y con quien marchó a otra provincia, Catamarca, donde él cultivó el vicio de molerla a palos. Un día de 1984 Perla se casó, se fue a Las Heras donde nació su primer crío –Roque- y en 1985 Elena la siguió llevándose a Gustavo y Víctor. Pero Juan se quedó en Catamarca.

-Se quedó con el padre y vino recién en 1988. Allá, con su papá, mi negro pasó mucha miseria. Se vino a Las Heras con el vicio de tomar, de fumar.

Juan llegó con otro vicio fuerte: el de los golpes. El año en que murió había destrozado a una prostituta que había sido su pareja, y esperaba sentencia en el juicio que le había iniciado la mujer.

El 31 de diciembre de 1999, a las seis de la mañana, en Las Heras llovía.

Cuando Elena escuchó los golpes en la puerta imaginó que podía ser su hijo y corrió a abrir.

-Lo vi ahí, todo mojado, y le dije “Hijo, por qué anda tomando”. Y me dice “No se haga problema, mamá, hoy va a ser el último día que me va a ver tomar, lo único que le pido es que me dé un plato de comida”. Fui, y herví unos fideos. En esos días mi negro me estaba ayudando a hacer un paredón, entonces le digo “Acuestesé hijo, así cuando se levanta terminamos el paredón”. Y me dice “No, mamá, la tendrán que ayudar mis hermanos a terminar el paredón, yo ya no la voy a ayudar”. Ahí ya no di más, y la llamé a mi hija.

Cuando el teléfono sonó, a las seis y media de la mañana, en casa de Perla todos dormían. Ella atendió, aturdida, y entendió que algo pasaba en casa de su madre. Se vistió y salió. Roque, su hijo mayor, fue detrás.

-Llegué y lo encontré a mi hermano con una borrachera terrible. Le dije “¿Cuántas veces te dije que no vengas borracho a hacer llorar a la mami?”. Y me dijo “No te preocupes, ya no la voy a hacer llorar más”. Dijo eso, y dijo que íbamos a pasar un milenio de mierda. Y se fue a la calle.

Entonces Elena miró a Perla, revuelta en odio, y le escupió “¿Qué le dijiste a tu hermano para que se ponga así?”. Discutieron. Se gritaron.

-En vez de hablarle tranquila a su hermano, mi hija le gritoneó. Fue como si le hubiera dicho “Matáte”.

Después, salieron a buscarlo. Eran las siete de la mañana del último día de un año excepcional: el año en que el milenio terminaba. Faltaba poco para la ceremonia de los hornos encendidos, los corderos, las sidras y los vinos, pero esa caravana raquítica –Roque, Perla, Elena- avanzaba sin saberlo hacia una escena inolvidable. Fue Roque el que lo vio primero: el tío Juan, ahorcado con el cable que pendía de un poste de alumbrado.

-Mi hijo pegó el grito –dice Perla-. “¡Qué hiciste!”. Y levanto la vista y lo veo  y… para mí no era él. Si fue un ratito que nos demoramos.

Elena corrió y le apretó las piernas, intentando alzarlo. Le rogó a alguien: “¡Baje a mi hijo, baje a mi hijo!”.

-Pero nadie se acercaba. Entonces le digo a mi hija “¡Bajá a tu hermano de ahí!” y me dice “Mami, no le puedo aflojar el cordón”. Entonces levanto a mi hijito para arriba, y ahí lo bajamos entre las dos, y él se cayó conmigo. Se cayó arriba mío. Y estaba con sus ojitos abiertos, como diciendo mamá perdonemé. Perdonemé.

Esa tarde, en el velorio, Elena y Perla no se dirigieron la palabra.

Era 31 de diciembre de 1999. A las doce en punto de la noche, Perla salió de la sala velatoria. Había música en la calle, el aroma de todas las comidas, y el cielo se llenó de fuegos de artificio.

Pero hasta ella no llegaba nada.

Sólo el olor de las coronas ácidas.

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comentarios
  1. cecilia dice:

    estoy en españa y quiero leer ese libro, pero no lo encuentro por ningún lado. Hay algún sitio donde lo pueda descargar?
    Muchas gracias!

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