Las estrellas fugaces de La Línea

Publicado: 18 septiembre 2008 en César Castro Fagoaga
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Estamos en una cantina. La puerta que da a la calle está cerrada y dentro hay dos mujeres. Una es prostituta y pronto estará borracha; la otra ya no es prostituta y es la dueña del pequeño lugar. Hay también dos hombres, ambos guatemaltecos, uno de ellos policía, pero ellos sobran en este encuadre. Las dos mujeres son salvadoreñas, con hijos nacidos en Guatemala. Una de ellas, la que se toma botellines de aguardiente sin pestañear, me dice que la acompañe, que gustosa me muestra su cuarto.

 

Estamos en Guatemala, en la Zona 1 de la capital, en un barrio llamado Gerona. La Policía Nacional Civil mudó su cuartel general hace dos meses al antiguo edificio de Aduanas, que ahora viste un amarillo muy intenso. La Policía está al lado de la línea del tren, que se extiende a lo largo del Gerona, y a escasos metros de donde se yerguen decenas de pequeños cuartos, con la vía férrea de por medio. Aquí comienza La Línea, lugar de trabajo de alrededor de 200 prostitutas que cobran 20 quetzales, poco más de dos dólares y medio, por servicios de 20 minutos. El cuarto de Evelyn, la salvadoreña, está en una esquina. Le cuesta abrir la puerta del cuarto que quiere mostrarme. Va un poco más borracha.

 

Evelyn va vestida con una blusa rosada y una minifalda negra que resalta sus delgadas piernas. Este día no trabaja. Se ha pasado la mañana tomando octavos de botella de Venado, a siete quetzales cada uno, en la cantina de Hilda, la ex prostituta que va vestida con pantalones y camisa de botones. Por fin entramos. El cuarto tiene un penetrante olor a jabón: el espacio es pequeño, con el techo cayéndose a pedazos y las paredes aliñadas con viejos cuadros de la Virgen de Guadalupe y de mujeres desnudas. Evelyn se sienta en la cama, sobre una sábana con dibujos de una chica con cabeza de fresa. Tiene una cocina de una hornilla, latas vacías y un pequeño televisor donde, a veces, pone películas pornográficas a sus clientes. Me pide que la invite a un octavo de aguardiente.

 

Evelyn es de Chalatenango, más de cincuenta años, veinte vividos en Guatemala. Ha trabajado de prostituta en varias zonas de la capital. Ahora está radicada en La Línea y es, como todas ahí, una prostituta de bajo costo. Evelyn estaba en La Línea en agosto de 2004, cuando la algarabía se montó por una idea loca de hacer que las putas jugaran al fútbol, para luego hacer una película. Eran dos españoles y dos guatemaltecos los que plantaron la idea. No todas las mujeres lo creyeron, algunas ni se interesaron; otras, como Evelyn, dicen que no las tomaron en cuenta. Le he traído el otro octavo, frío, y ella lo destapa, bebe golosa y me dice.

—A mí no me tomaron en cuenta.

 

 

El documental “Las Estrellas de La Línea” se estrenó en Guatemala el 4 de agosto de 2006. Llegó a las salas de cine comerciales con la cola de haber triunfado en festivales de cine internacionales. Chema Rodríguez presentó su película en Europa. No viajó solo. Fue a Alemania con Kimberly y Marina, y se sintieron deslumbrados, desubicados, como curas en prostíbulos, como paletos, diría Chema para explicar aquella sensación de estar donde uno no se imagina. En Berlín, Kimberly lució como reina y se paseó, exultante, sobre la alfombra roja; Marina tenía el pelo rojo, brillante, y unas gafas oscuras enormes que le cubrían la ausencia del ojo izquierdo. Sonreía.

 

Cuando acabó la cinta, en Berlín, recibieron un aplauso de diez minutos. También recibieron el segundo premio del público, en la Berlinale, un festival donde cada febrero llegan los actores de Hollywood y se reparten los Osos de oro.

 

Al Festival de Cine de Málaga, Chema viajó con más de sus protagonistas, de sus estrellas. Era marzo de 2006 y al sur de España llegaron Vilma, Lupe, Carolina, Mercy, Kimberly, Marina. Y fueron a entrevistas. Y estuvieron en el canal de televisión Cuatro, Kimberly y Marina, y fueron entrevistadas por Boris Izaguirre y Ana García Siñeriz, aclamados presentadores de un programa de entretenimiento vespertino. El festival de Málaga significó otro reconocimiento, una mención especial del jurado. Fue el segundo y aún faltaban ocho más en otros tantos festivales. Las Estrellas sonreían.

 

Pero eso fue en 2006.

 

 

Kimberly.

Nos reunimos en una hamburguesería tras dos días de intentos truncados. Resulta que su agenda, como empleada de la Fundación Marco Antonio, donde se dedica a educar sobre los riesgos del VIH/sida, no le había dado un respiro para una entrevista. Eso me dijo, cuando apareció vestida completamente de negro, con un suéter que le cubría el cuello, muy acorde para una noche fresca en la capital guatemalteca.

 

Kimberly es hombre y es gay, y su nombre no es Kimberly, pero ese adoptó para definir mejor su personalidad. Se crio con cuatro hermanos y su padre, necio, intentó que siguiera el ejemplo y dejara las muñecas con las que jugaba para interesarse por un balón. No lo consiguió.

 

Aquellas nociones, vagas, le valieron para que las chicas de La Línea lo eligieran su entrenador. O entrenadora. Kimberly había llegado por primera vez a La Línea en 1990, años después de haber dejado la prostitución, remedio que le valió la escapatoria definitiva del hogar paterno. Llegó como diseñadora de modas y les vendía ropa de trabajo a las prostitutas: vestidos transparentes, medias con agujeros, brasieres de colores chillantes, faldas minúsculas.

 

Los entrenamientos comenzaron en agosto de 2004. Fueron en un predio baldío contiguo a la vía del tren. Estaba sucio, con matorrales y vagones abandonados donde dormían indigentes. Un grupo de prostitutas que había aceptado la propuesta de hacer un equipo de fútbol para reivindicar sus derechos comenzaba un largo camino, que en ese momento desconocían a dónde les llevaría. Una cámara registraba todos sus movimientos. Kimberly dirigía las prácticas, les decía que estiraran las piernas, que movieran la cabeza, que corrieran para que se pusieran como barbies.

 

Las chicas hacían lo que oían, en una práctica donde lo que sobraba era el fútbol. Una de ellas destacaba no solo por ser guapa, sino porque entrenaba con una camisa roja con el rostro de Schafik Hándal. Era agosto de 2004 y Schafik había perdido las presidenciales en El Salvador hacía cinco meses.

 

En el momento de elegir el nombre del equipo Kimberly lanzó su propuesta: Las putas de La Línea. Tuvo poca acogida. Las chicas prefirieron uno más sutil: Estrellas de La Línea. El tiempo demostraría que lo de estrellas encontraría más realidad con el cine que con el fútbol.

 

La preparación en el predio baldío era para el juego que las Estrellas tendrían el 18 de septiembre en Futeca, unas canchas de fútbol rápido ubicadas en la Zona 14 de la capital guatemalteca. Kimberly, a su manera, les hacía hincapié en lo importante del partido: “Tienen que estar estrambóticas, exóticas, para este juego”.

 

Han pasado cuatro años desde aquello. Kimberly recuerda esas escenas y le da gracia, se ríe con esa voz dulzona que sale de esa garganta acartonada.

—Yo le pongo el sabor a esa película. Las historias son tristes, porque son tristes, pero también tenía un poco de gracia, no todo es tristeza.

 

No en vano fue ese sabor. Lo extrovertida le sirvió para llamar la atención de los plató de televisión en España y salir en entrevistas. Ella se sentía como una diva. Como Nicole Kidman, según sus palabras. Le pregunto si el regreso, por aquello de la fama, no le resultó duro. Me respondió que no, que siempre supo que todo sería un “pasón”, y que tenía los pies sobre la tierra.

 

La situación de Kimberly no era la misma que la de las demás Estrellas. Básicamente porque ella no era prostituta. Al regreso de Europa, y tras el estreno en Guatemala, las llamadas no faltaron, las muestras de apoyo, los autógrafos. Todas tenían sueños. El de Kimberly era hacer un desfile de modas.

—Yo quería hacer un desfile de modas, pero se necesita plata para hacerlo. Al rato todos querían colaborar, pero cuando vimos la realidad ya fue poco, ya no les pareció.

 

Pero su decepción no ha sido para tanto. Encontró trabajo en una fundación que se dedica a educar sobre los riesgos del VIH/sida y que ahora, desde la incorporación de Kimberly, ha encontrado puertas abiertas para otras opciones sexuales con las que no trabajaba antes: gays, transgénero, travestis.

 

Esa ha sido su suerte y Kimberly lo sabe. Me dice que no puede hablar por todas las Estrellas, que eso no sería justo, que vaya y que se lo pregunte a ellas. Le digo que bueno. Pero a Kimberly le cuesta guardar silencio y sus opiniones sobre lo que le dejó la película que en su momento la hizo famosa.

—Fue un salto, eso digo yo. Hay otras que no, hay gente que trabaja en otros lados de prostitutas. Ahora es que son más caras. Hay una que se llama Kim y de cobrar veinte ahora cobra sesenta quetzales. Le subió el precio a su culo. No dejaron de ser putas, lo que cambió fue el precio. Cobran más porque putas son.

 

El celular aplastado y gris de Kimberly suena. Le llama un muchacho, que dice trabajar para el Ministerio de Cultura y Deportes. Le pregunta a Kimberly si jugará mañana con las Estrellas en la feria de Patulul, un municipio en el departamento de Suchitepéquez, al oeste de la capital. Kimberly está extrañada y no sabe de qué le están hablando. Cuelga con una mueca de desconcierto.

—¿Hay partido mañana?

—Eso me dijo, pero el equipo ya no siguió.

 

El último partido que jugaron las Estrellas fue hace un año contra un grupo de reclusas. Fue un partido benéfico. Las Estrellas perdieron, como casi siempre. El marcador: 19-0.

 

 

Chema.

Su primera vez en Guatemala fue hace quince años, como hippie. Bajaba en auto con dos amigos desde Estados Unidos, en un Dodge del 79 que les había costado $600 en Los Ángeles. El plan era llegar hasta Costa Rica, gastando cada uno $3 al día. Ese era el plan, pero llegaron solo a Guatemala. Ahí se quedaron, por decisión propia, vendieron el carro a un dólar y luego plastificaron el billete como recuerdo.

 

Eso fue hace 15 años y todo eso contó José María Rodríguez, Chema, en una entrevista con El Periódico de Guatemala en septiembre de 2006, un mes después de que su documental, “Las Estrellas de La Línea”, se estrenó en las salas de cine guatemaltecas.

 

Chema es español, de Sevilla, y pudo entrar en La Línea a mediados de 2003. Hacía un par de años, durante una de sus constantes visitas a Guatemala, que la idea le rondaba la mente, pero nunca había tenido la oportunidad de entrar al sórdido ambiente que rodea La Línea. Lo consiguió con la venia de un grupo de pandilleros con los que trabajaba para hacer un libro. Eran de la mara Salvatrucha, como los que mandaban en La Línea, y eso fue suficiente para autorizar que un grupo ajeno a aquel mundo llegara a preguntar, a grabar, a provocar una película.

 

Esta historia comenzó en un bar. En un club ahora desaparecido, de nombre Maruja’s. Se encontraba Chema con más españoles y uno lanzó la propuesta: ¿por qué no hacer un partido de fútbol entre prostitutas y sacar una pasta con la venta de las entradas?

 

Aquella propuesta se quedó en el club. Pero a Chema le gustó esa combinación de fútbol con putas y la dejó macerar, básicamente porque necesitaba dinero para hacerla. Después de haber montado documentales para la Televisión Española, Chema, periodista y escritor, regresó a Guatemala. El rodaje comenzó en agosto de 2004, luego de meses de entrevistas que se habían realizado un año antes con las prostitutas interesadas, tras ese primer contacto en 2003. Estaban las que creyeron en el proyecto y aceptaron las condiciones y el riesgo de convertirse en bombas mediáticas.

 

Los entrenamientos los dirigió Kimberly. Chema dirigía el documental. Hubo dos guatemaltecos de apoyo, uno como camarógrafo, René Soza, y otro que completaba información, Andrés Zepeda, periodista y columnista de El Periódico.

 

El primer partido fue el 18 de septiembre de 2004. El equipo de las Estrellas de La Línea fue inscrito para jugar un torneo en las canchas de Futeca, en la Zona 14 de la capital. Jugaron un solo partido porque, luego de perder, el gerente del lugar las echó. Por ser prostitutas. El partido fue el inicio del revuelo.

 

Comentarios, acusaciones, críticas, vinieron inmediatamente. Un articulista de El Periódico, Jorge Palmieri, se convirtió en el enemigo del proyecto. Dijo que no era posible que un grupo de prostitutas jugara al fútbol contra un equipo de señoritas del más alto nivel social y económico del país, ni que tampoco se justificara lo injustificable, porque a las prostitutas había que ayudarlas a dejar de ser prostitutas. No lo contrario.

 

Lo de Futeca salió mejor de lo que esperaban los realizadores. Sabían que habría polémica, pero no se imaginaron que tanta. Era perfecto para sus fines. Una relación simbiótica en la que ganaban todos: Chema y su equipo, escenas para su documental; notoriedad en sus reivindicaciones, para las putas.

 

Chema, dos años más tarde, con la película bajo el brazo, lo dejaría claro.

—En La Línea, un puñado de putas de bajo costo y altísima dignidad formaron un equipo de fútbol para hacer valer sus derechos. La idea se la sugerimos nosotros, pero la historia es suya.

 

 

Valeria.

Kimberly me dijo que podía encontrarla entre la 12.ª calle y la 6.ª avenida de la Zona 9. Que luego de la película se había mudado de La Línea, que ahora trabajaba en una zona más exclusiva de la capital, cobrando más de diez veces de lo que cobraba antes. Ya no fueron los dos dólares y medio por “ocupada” de 20 minutos. Valeria, me dijo Kimberly, cobraba ahora entre 300 y 400 quetzales, algo así como entre 40 y 53 dólares.

 

La vida en la Zona 9 comienza a las 9 de la noche. El espacio comprimido entre la 12.ª calle y la 6.ª avenida se vuelve a llenar con habitantes de la noche. Hombres y mujeres que venden su cuerpo se pasean, se detienen y caminan hacia los autos cuando hay suerte. Hay también gays, travestis y transgénero que se cotizan alto, a veces más que las prostitutas.

 

Esa noche no encontré a Valeria.

 

El documental de 95 minutos, “Las Estrellas de La Línea”, tiene tres personajes principales: una es Kimberly, el gay que hizo de entrenador; la otra es Marina, la señora de 67 años que vendía condones a las prostitutas, a la que le faltaba el ojo izquierdo, la que cantaba el bolero “Triste borracha” como un homenaje a ella misma; por último está la chica ligeramente rubia, salvadoreña, que entrenaba con el equipo con una camisa roja con el rostro de Schafik Hándal. Ella se llama Valeria.

 

Antes de que a Chema se le ocurrió visitar La Línea, a Valeria ya se le había cruzado la idea de protestar frente al Palacio de Gobierno en el centro de la ciudad. Un nuevo asesinato en La Línea, otra prostituta muerta, era razón suficiente, pensaba ella. Por eso es que la idea del equipo de fútbol no le sentó mal.

—Pudimos haber hecho una marcha en el centro, pero preferimos un equipo de fútbol para llamar la atención.

 

Valeria hizo de portavoz en las conferencias de prensa ante los medios que, después de aquel partido en Futeca, daban aún cobertura a lo que las Estrellas hacían. Así, Valeria comunicó varias cosas de interés. Informó sobre el fin de la gira de varios partidos por Guatemala (solo ganaron uno) a principios de octubre de 2006. Comentó el sonado partido contra Las Chicas Poderosas, un equipo de prostitutas de El Salvador, jugado en Soyapango el 10 de octubre de ese año, y que las Estrellas ganaron por 8-0, donde la entrada costó 35 centavos de dólar. Y además del decálogo de diez reivindicaciones en los que decían que además de prostitutas eran madres, que necesitaban libertad para ejercer de putas sin discriminación, que la prostitución es un oficio como cualquiera, que cesara la violencia y que se necesitaban campañas a favor del uso del condón. Esto último era por lo que interesaba la película para ellas.

 

También fue quien firmó la carta que las Estrellas enviaron como respuesta a Palmieri, el periodista crítico. Valeria le decía que eran pobres pero no sucias, que cada vez que un cliente se marchaba lavaban sus pequeños cuartos con agua y creolina.

 

Ese era la Valeria del documental. Enérgica y nada medida para decir lo que pensaba. Madre de dos niños y novia de un pandillero que guardará prisión por 30 años, condenado por un homicidio.

 

Esa no fue la Valeria que me contestó el celular una tarde en Guatemala. Me dijo que la disculpara, que ya había tenido suficiente con la película. Valeria seguía de prostituta y su madre, en El Salvador, se había enterado de los testimonios que su hija dio para que salieran en el cine, y eso le costó que la alejaran de sus hijos. Valeria está harta.

—Me disculpa que no dé la cara, pero yo ya he sufrido mucho por esa película. Prefiero hablar así por teléfono. Lo que pasó fue bonito, pero ya pasó.

 

 

Beatriz.

Desde que dejó las calles le dicen que está más guapa. Beatriz, que en realidad se llama Verónica, tiene el pelo largo, negro con rayos rubios uniformes a cada mecha. Tiene más peso que el que debería para su estatura. Es nicaragüense, pero vive en Guatemala. Le tomó de sorpresa cuando los españoles que llegaron a La Línea le dijeron que iba a salir en la película. Tuvo un papel pequeño.

 

Me encuentro con Beatriz luego de tomarme un café con Kimberly. Es de noche y estamos en la céntrica plaza de la fuente en la capital chapina. Enfrente está la iluminada catedral. Un par de gays se pasean de la mano. Hay varios grupos en las esquinas, desde la tarde. Beatriz se sienta en el muro de ladrillo que rodea la fuente.

—¿Cómo anda después de la película?

—Pues depende de cómo una lo haya visto. En mi caso participé porque quise hacerlo.

—Entonces, todo bien.

—Me trajo algunas consecuencias porque mi familia y mis hijos no sabían, parte de mis hijos estuvieron internados en un reformatorio y cuando los fui a reclamar ya los del reformatorio sabían… Pero como siempre he dicho: no me voy a avergonzar de lo que soy.

—¿Le ayudó en algo la película?

—La película trajo fama, ¿pero de qué sirve esa fama? Porque eso no me ha sacado de pobre y no me soluciona los problemas económicos que he tenido. Me abrió las puertas en ciertas cosas, como publicidad.

—Para conseguir el trabajo que tiene ahora, por ejemplo.

—Este trabajo yo lo obtuve porque me contrataron para trabajar con trabajadoras del sexo. A la organización le surgió la idea de que para trabajar con trabajadoras del sexo había que haber estado en ese zapato.

 

La historia de Beatriz sigue ligada a La Línea aunque ya no sea prostituta. La contrató la Fundación Marco Antonio, la misma donde trabaja Kimberly. Beatriz dejó La Línea hace dos años, justo después del estreno de la película. Había llegado de Nicaragua buscando más dinero y se topó con más de lo que venía huyendo. Se metió de puta y pasó ahí tres años. Dice que necesitaba mantener como fuera a sus ocho hijos: uno guatemalteco y los demás nicaragüenses. Le digo que me imagino que ahora las cosas estarán mejor, al menos económicamente.

—El trabajo que hacía anteriormente no era satisfactorio porque a nadie le gusta estar acostándose con uno y otro y sintiendo olores distintos. Talvez económicamente no me va mejor, porque ganaba más antes, pero socialmente estoy mejor.

—¿Y qué pesa más?

—Socialmente pesa más. Te abren las puertas en más sitios.

 

Beatriz visitará La Línea a la mañana. Le pregunto si la puedo acompañar y me dice que sí, que es lo más conveniente. Sigue siendo peligrosa, algo que me dirán al día siguiente varios policías que patrullan en la avenida del Ferrocarril, entre la 7.ª y la 10.ª calles de la Zona 1, ese trazo conocido como La Línea.

 

Llegamos antes del mediodía y en La Línea borbotea la actividad. Hay hileras de cuartos, blancos, amarillos y verdes a la derecha, la línea férrea de por medio, en un montículo, ligeramente por encima de la pequeña calle que está a su izquierda. Es una senda de un solo carril, por donde pasan carros, motos y patrullas policiales a 20 kilómetros por hora. Pasan muy cerca donde se paran las decenas de clientes, casi pisándoles la punta de los zapatos. Los clientes son todos hombres, pequeños, enjutos, morenos, jóvenes y viejos, con sus mochilas al hombro. Están parados delante de los cuartos como si esperaran a que pase un bus. Pero ahí no pasan buses.

 

Estamos en la intersección de la 9.ª calle con la avenida Ferrocarril. En ambas esquinas hay dos quioscos con el emblema de la municipalidad. “Tu muni cumple”, dice en las latas que sirven de urinales para los clientes de La Línea. En realidad los orines caen en la calle, amarillos por las cunetas, y las latas solo sirven para mantener cubierto a quien los expide. En los cuartos de las prostitutas no hay baños. A unos metros hay una pequeña cantina. Beatriz toca y la puerta se abre. Una mujer vestida con camisa de botones y pantalón nos mira extrañada, pero nos invita a pasar.

 

Es una pequeña casa, y unas rejas metálicas negras sirven para separar el espacio familiar del negocio, donde dos hombres y una prostituta salvadoreña toman aguardiente. La dueña se llama Hilda y es amiga de Beatriz. Hilda es salvadoreña, al igual que Evelyn, la prostituta que está a punto de ponerse borracha.

 

Beatriz les explica que hemos llegado para saber qué ha ocurrido con las prostitutas que protagonizaron el documental famoso de “Las Estrellas de La Línea”. Hilda comenta que son pocas las que todavía trabajan ahí; Evelyn dice que a ella no la tomaron en cuenta cuando se hizo la película. Les pregunto por la Línea, por cómo se lleva eso de trabajar ahí. Responden varias cosas.

—Aquí hay una gran competencia. La inteligencia de la patoja es lo que cobra. Según lo que se pida se cobra.

—Hay muchos que llegan para que los escuches, para que les des un masaje.

—Desde que se cierra la puerta es el tiempo de uno; 10 minutos, 15 minutos y vale 20 quetzales.

 

La dinámica es simple. Las prostitutas están en la calle, debajo o muy cerca del marco de la puerta de su pequeño cuarto. Los clientes se acercan, caminan, como de paseo en un centro comercial, preguntan y luego se deciden. La puerta se cierra.

 

Comento que me gustaría conocer uno de esos cuartos. Evelyn me dice que gustosa me muestra el suyo. Salimos de la cantina y cruzamos la calle. El cuarto está en la esquina, al lado de los urinales municipales. Evelyn lo muestra y el cuarto es un poco más grande que el resto, con espacio que sobra incluso para poner dos camas más. Desde su puerta Evelyn lanza gritos a otra prostituta con la que ha estado bebiendo desde la mañana. La diferencia es que Evelyn se ha dado libre y la otra, no.

 

La muchacha va con un apretado conjunto negro. Es joven y tiene pintados los labios de negro, con un diseño que asemeja las alas de un murciélago. Ella dice que va pintada como egipcia. También tiene dos tatuajes, uno en cada brazo, con trazos infantiles e inacabados de Jerry, un ratón café al que persigue un gato llamado Tom en una caricatura.

 

Entramos a su cuarto y la muchacha está borracha, al punto de trabársele la lengua. El espacio es más pequeño y al borde de la cama tiene dos maletas hechas. Dijo que estaba lista para irse, que todo se debía a un problema de amores. No dijo más. Se levantó y se sacó el anillo que portaba en la mano derecha. Salió por la puerta y regresó sin el anillo y con una botella oscura de un litro de cerveza. No ha hecho un cliente en todo el día y aún tiene que recoger los 40 quetzales que le cobran diariamente de alquiler.

—Ojalá que pueda hacer unas veinte ocupadas más tarde.

 

Nos reencontramos con Beatriz entrada la tarde, cuando ha comenzado a llover. Me ha mostrado La Línea. La noche anterior, cerca de la fuente de la plaza central, habíamos terminado nuestra charla con su respuesta ante mi interrogante sobre lo que había servido la película.

—¿Que de qué sirvió? Lo mismo es, están siempre en el mismo lugar, se violan sus derechos, no les dan su lugar como debe ser.

 

 

Andrés.

En febrero de 2007, con la efervescencia ya controlada, aparecieron dos artículos en los que se hablaba de las Estrellas. Fueron publicadas en El Periódico y en La Hora, y firmadas por Acisclo Valladares y Marco Vinicio Mejía. Ambas columnas trataban de lo mismo y se preguntaban sobre el paradero de aquellas Estrellas de las que ahora se hablaba poco. Acisclo lo decía así: “Lo más probable es que sigan donde estaban. Alguien tuvo la ‘feliz’ idea de convertirlas en estrellas, de llevarlas y traerlas, incluso a España, para promocionar el filme. De exhibirlas, de halagarlas y, quizá, de pagarles por su tiempo, por el uso que se haría de ellas y el uso de su imagen. Talvez no haya habido pago en todo esto, sino simple venta de ilusiones. Talvez solo un efímero oasis en ese desierto interminable”.

 

Como lo había hecho en ocasiones anteriores, casi siempre respecto a Palmieri, Andrés Zepeda defendió el proyecto que emprendió con Chema Rodríguez desde su columna en El Periódico. Zepeda, guatemalteco, explicó los esfuerzos por llevar adelante una plataforma que garantizara el cumplimiento de los derechos que las prostitutas reclamaban en la película, sobre cómo estos fracasaron, y lo que había ocurrido con las protagonistas de la historia.

 

En el blog que montó a propósito del documental, Zepeda había explicado la dicotomía que enfrentaban realizadores y protagonistas.

—Estaba claro que habría una utilización de las tragedias personales de las protagonistas para beneficio de los realizadores del documental, de manera que lo más ecuánime fue dejar abierta la posibilidad para que ellas también pudieran beneficiarse del proyecto. ¿Cómo? Aprovechando, a manera de plataforma de expresión, la notoriedad que les daría la película, y así mostrar su realidad y plantear una serie de demandas sociales concretas.

 

Hablé con Zepeda y le comenté lo que había encontrado en La Línea, lo que me habían dicho las prostitutas, sus decepciones. Él lo veía venir. Me dijo que nunca prometieron hacer cumplir la plataforma de demandas, pero que sí la acompañaron tras el rodaje. Él, durante un año, se reunió con las Estrellas todos los martes, pero el movimiento no fue a más. Zepeda cree que fue por varios motivos: por el usual individualismo de las prostitutas a la hora de trabajar, por la rivalidad que hay en el gremio y por la falta de tiempo. La plataforma se diluyó a principios de 2006, poco antes del estreno de la película, y de los premios internacionales.

 

Zepeda me dijo que antes de comenzar les habían explicado a las Estrellas sobre lo que perseguía el filme y lo que ellas se podían esperar.

—Se lo explicamos, pero ni nosotros mismos teníamos la idea de las implicaciones.

 

La película se estrenó en España el 12 de mayo y tuvo buenas críticas. Lo hizo el 4 de agosto en Guatemala, más de 20,000 personas fueron a verla y las críticas también le favorecieron. Las regalías locales se repartieron entre las Estrellas. Las expectativas estaban por las nubes luego de caminar por la alfombra roja y ver sus rostros en la pantalla grande. Zepeda lo sabe.

—A estas alturas sí hay un desgaste, una parte de ellas sí se sienten frustradas. Mi opinión personal es que nosotros cometimos no la injusticia, pero sí la imprudencia de invitarlas a soñar, a una docena de mujeres que en su vida se habían planteado un sueño a esas alturas. Ellas se imaginaron que se iban a volver millonarias de la noche a la mañana, lo cual es imposible. O que iban a ser tratadas como Julia Roberts. Hace falta más que un documental para cambiar la realidad de Guatemala.

 

Lo que ocurrió con las Estrellas ha sido variado. Valeria siguió de prostituta. Mercy, otra salvadoreña, se quedó en Madrid aprovechando el viaje de la promoción de la película. Kimberly y Beatriz trabajan en la Fundación Marco Antonio. Marina, la anciana vendedora de condones, fue quien más partido sacó y grabó un disco de boleros que saldrá a la venta a finales de este mes. Maribel dejó La Línea por temor a los pandilleros. La China, otra salvadoreña, ahora vive ilegalmente en Estados Unidos. Vilma, y un par de Estrellas más, sigue en La Línea ganando 20 quetzales por 20 minutos.

 

 

Vilma.

Fue otro día en La Línea, esta vez soleado, y Vilma estaba en la casa de su madre y sin la ropa de trabajo. Estaba cansada y sin maquillaje, y las piernas le dolían. Estaba un poco engripada y por eso no había podido trabajar. Se sentía pesada, como si hubiera corrido mucho aunque lo que jugó el día anterior fue poco.

 

Le dolía también el pie izquierdo, que se fracturó hace un par de meses cuando se le dobló el tobillo por culpa de las plataformas de veinte centímetros que utiliza para trabajar.

 

Vilma fue otra de las protagonistas del documental. Gritaba en los partidos en los que siempre perdían y se entregaba de lleno. Sudaba. Su novia era Lupe, la portera del equipo. Ahora están separadas, Lupe en la cárcel por robo, y Vilma se lamenta de que por su culpa, por los celos de Lupe, no aceptó el trabajo que le ofrecieron en la Fundación Marco Antonio, donde trabajaban Kimberly y Beatriz.

 

Vilma tiene un hijo más que los que tenía cuando se filmó el documental. Ahora son ocho, tres nietos, y 38 años. Y sigue jugando fútbol, ya sin documentales de por medio.

 

La llamada que recibió hace dos días Kimberly fue para ese partido en Patulul, un partido al que solo asistió Vilma de aquel equipo original. Vilma ha sido la única que mantiene a las Estrellas. Las demás jugadoras son su hija, su hermana, su cuñada y otras mujeres.

—Se luchó para que brilláramos y la poquita luz que queda no quisiera que quedara en el olvido como otras veces. A mis compañeras talvez ya no les gusta jugar, pero mi meta a la larga es conseguir una casa para las compañeras que no tienen para pagar el cuido de sus hijos.

 

Esa es la herencia que le quedó de la aventura cinematográfica. Una vez Andrés Zepeda le preguntó qué le gustaría ser si no fuera puta. Vilma le dijo que cocinera, para montar una cevichería. A Vilma le hace gracia ahora, cuatro años después, lo que se imaginó cuando grababa el documental. Lo de los ceviches era lo menos.

—Todo lo que piensa una que no sabe mucho del medio artístico. Nosotras pensamos que nos iban a ayudar a salir de aquí, que nunca íbamos a volver y que íbamos a ser como Salma Hayek. Pero no pasó y aquí estamos.

 

Es miércoles y Vilma no trabajó. La enfermedad le sirvió para descansar al menos una vez durante la semana. Mañana será otra cosa.

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