Blanco como un dominicano

Publicado: 26 septiembre 2008 en Carlos Chávez
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República Dominicana es como un estuche de acuarelas. La vida parece estar clasificada en colores. El turquesa significa playas. El blanco es sinónimo de la arena. El verde, de las palmeras y de sus cocos. Los distintos tonos del amarillo son el ámbar, el ron y el plátano frito. Y el negro es Haití.

***

Recién llegado, al abordar una guagua —que es como aquí llaman a los buses— con rumbo a Santo Domingo, todos los pasajeros lucen bastante uniformados por la piel. Predomina el cutis color caoba, acompañado de cabellos y facciones afro.

—¿Pero cómo puedo diferenciar a un haitiano de un dominicano?
—Por el color de la piel —me responde un pasajero, moreno de ironías—, los haitianos son negros, y son malos.

Luego de la explicación, y tras los vidrios de la guagua, en el malecón, la mayoría de transeúntes me parecen haitianos. Pero eso es poco probable, Santo Domingo —su nombre completo es Santo Domingo de Guzmán— es la capital de República Dominicana, y la urbe empieza a desdoblarse entre pasos a desnivel, tráfico lento y un calor similar al que hay en San Salvador al mediodía.

El área metropolitana de esta ciudad es más grande de lo imaginado. De un total de 9.5 millones de dominicanos, casi 4 millones residen aquí, entre edificios de 40 pisos y volcanes de berenjenas y mamoncillos sobre las aceras. Una carreta lleva plátanos encima y dos burros delante. El contraste está en sintonía con la misma disposición del país, que tiene como vecinos más cercanos al relativo bienestar de la isla estadounidense de Puerto Rico y al país más empobrecido del continente: Haití. Es más íntima la vecindad con Haití, comparten isla, una que Cristóbal Colón bautizó como La Española cuando llegó en 1492. Dominicanos al oriente y haitianos al poniente.

Colón es omnipresente en Santo Domingo. Aparentemente él, el descubridor, vivió y murió aquí, con más penas que glorias. Aún se le puede ver de pie en plena plaza Central, bronceado bajo el sol caribeño. Es de bronce. Con su dedo índice señala la vía peatonal, salpicada por algunos de los primeros edificios que los europeos hicieron en América, y atiborrada de vitrinas con artesanías en madera, de apariencia más bien africana. Allí mismo los dominicanas y las dominicanos guiñan ojos y el turismo adquiere matiz sexual. Los “Oye ven pa’ca” o los “Te voy a llevar al espacio pa’que vea puras estrellita” se repiten con ligeras variantes. Resulta difícil ser indiferente.

El lugar no puede ser más cosmopolita y paradójico. Italianos que comen mangú (puré de plátano). Ingleses intentando inhalar habanos. Alemanes irritados de sol. Clics de cámaras. Clincs de botellas de cerveza Presidente. Gente que compra las gemas de la isla: ámbar o larimar. Pero justo afuera del hollywoodense Hard Rock Café hay un grupo de niños reunidos. Son haitianos. Lustran zapatos por 20 pesos (34 pesos forman un dólar). Pero hay poco trabajo y muchas sandalias. Uno de los carajitos —o niños— se acerca.

—¿Cómo te llamas? ¿De dónde sos?
—Me llamo Ibison. Soy de Mirebalais, en Haití.
—¿Te gusta más aquí?
—¡Coño, más aquí, sí! Pero la única vaina es que no nos quieren acá.

Dicho esto, corre hacia uno de los pocos que calza botas en pleno mediodía.

Joel Torres, un dominicano de 28 años, ve la escena y trata de explicarme. Dice que los haitianos “son un grupo de ratas, siempre violan niñas, matan y roban”. “Pero no digo que todos son así. No. Muchas veces aquí cogen ‘mucha lucha’ (mala intención) contra ellos, los hacen trabajar en construcción y cuando el edificio está terminado, llaman a la Policía para que los deporten y se ahorren pagarles.” Joel cuenta que los haitianos son llamados despectivamente congo, congui o piti. Apodos con reminiscencias africanas. Joel es negro también, pero él se esfuerza por convencerme de que los haitianos son de otro tono: azules, como el metileno.

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La tensa relación racial entre ambos países hunde sus raíces en los tiempos coloniales. Nacieron de espaldas. El historiador dominicano Ricardo Hernández cree que las desavenencias se gestaron a finales del siglo XVIII. Los esclavos negros de Saint Domingue, la zona poniente de La Española, se levantaron contra sus colonizadores, los franceses, y lograron echarlos de la isla. El 1.° de enero de 1804 Haití obtuvo su independencia, algo que en el caso de los dominicanos se pospuso hasta 1821. En 1822, Haití invadió lo que ellos consideraban el “Estado independiente del Haití español”, ocupación que se prolongó hasta 1844, cuando las armas restablecieron la República Dominicana.

Seguirá habiendo episodios de enfrentamientos políticos entre ambos pueblos hasta bien entrado el siglo XX. En 1937, el dictador dominicano Rafael Trujillo ordenó asesinar a —por lo menos— 17,000 haitianos, por considerarlos una invasión “de tribus salvajes”. No le bastó, y Trujillo indemnizó el horror con 30 pesos pagados a Haití por cada muerto. Además, en su afán por blanquear su país y diferenciarlo de sus vecinos, Trujillo incentivó la llegada a la isla familias húngaras, españolas, japonesas y libanesas.

“El presidente Trujillo cultivó un discurso marcado por el racismo. Haití fue convertido en un gran monstruo en el imaginario cultural.” Así interpreta Ricardo Hernández la consolidación del antihaitianismo. Un racismo que antropólogos como Pablo Mella traducen como odio y desprecio hacia el mismo dominicano, quienes niegan alguna conexión sanguínea con África, a pesar de que ello sea más que evidente. El dominicano con rasgos afro se autodefine como indio. Pero para ser indio debe elegir un tono: indio claro, indio lavado, indio canelo o indio oscuro, pero nunca negro.

Es un asunto de color. O colores. En el Santo Domingo contemporáneo basta abrir el principal periódico del país, el Listín, para notar que no toda la piel dominicana es de color oscura. En la sección social saltan apellidos como Kasse, Brugal, Brusíloff, Ziegenhert, Chevalier, Khoury, Sued o Dumit. Nadie indio oscuro ni mulato en las fotografías. Alrededor del barrio de Naco, que no tiene nada de naco, se erizan decenas de torres de apartamentos y centros comerciales que son recorridos por pocos representantes del 80% de la población dominicana. El último censo de 2000 develó que un 69% son mulatos y un 11% descendientes de africanos. El resto, uno de cada cinco dominicanos, sí, son blancos como la yuca.

Muy cerca de Naco, en el lujoso barrio de Mirador Sur, residía hasta hace muy poco un mulato: Sammy Sosa, el beisbolista más exitoso de los muchos que exporta República Dominicana a las Ligas Mayores. Mientras un tractor derriba la mansión piramidal de Sosa —para dar paso a tres nuevos rascacielos—, en el oeste de Santo Domingo (hogar de una mayoría de clase baja) el equipo estadounidense de los Mets inaugura una academia de béisbol de $8 millones para intentar asegurar una nueva generación de sammysosas. Jóvenes beisbolistas que incluyen a haitianos como Ángel Luis Joseph, de 17 años, a quien le ofrecieron desde Estados Unidos en julio un contrato por $350,000 anuales, que no pudo concretarse. Ángel carece de un acta de nacimiento que ratifique que nació en Santo Domingo. Sus padres son inmigrantes indocumentados. Es hijo de haitianos. No tiene nacionalidad.

Nadie sabe cuántos haitianos viven indocumentados en República Dominicana. Nadie. Los dominicanos perciben que se codean con más de 1 millón de ellos. Y ser haitiano pasa a ser cuestión de percepciones y números. Negocio y perjuicio. Hace un par de meses, el Gobierno haitiano reconoció que 147,000 de sus 9.6 millones de habitantes —casi igual número que Dominicana— habían emigrado legalmente a Dominicana, pero no se habló ni de los ilegales, ni de éxodos. Alberto Despradel, ex embajador dominicano en Puerto Príncipe (2000-2004) explica que el tema migratorio, racial y laboral ha sido manipulado por las fuerzas hegemónicas de ambos países. Uno es pobre y el otro tiene necesidad de mano de obra barata.

La mano de obra haitiana ha sido empleada para construir todo tipo de proyectos, como el ambicioso metro de Santo Domingo. Una red de trenes subterráneos de la compañía francesa Alstom que recorrerá 60 kilómetros de la capital y cuyo primer tramo, de 14.5 kilómetros, se inaugurará a finales de este año. Despradel estima que de los 11,000 empleados que ha requerido la obra, 9,000 son haitianos.

El metro consumió cinco años y todo ese tiempo la atención pública ha estado puesta primero en los costos (más de $326 millones su primera etapa) y luego en los haitianos. Tantos haitianos en planilla causó recelo entre los dominicanos. El gerente del metro, Diandino Peña, tuvo que describirles el perfil del obrero haitiano: “No son beligerantes ni se atienden a un horario establecido, no crean problemas de reclamaciones, viven al pie de la obra y encantan por su docilidad”.

Diandino irónicamente trabaja para el presidente Leonel Fernández, cuyo gobierno ha sido tildado de pro haitiano y hasta se ha dicho que él es haitiano. Otros dicen que es antihaitiano. Política. Tal vez hasta podría considerársele pro chino. En abril inauguró el Barrio Chino de Santo Domingo. Fernández invirtió más de $7 millones en arcos-pagoda y estatuas de Confucio. Lo justificaron 15,000 chinos que residen en el país. La mayoría no habla español, pero tiene negocios como jugueterías, electrodomésticos o cadenas de restaurantes donde venden pollo frito con tostones (rodajas de plátano fritas) y choufán (arroz).

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En Santo Domingo se habla mucho del Barrio Chino, pero se habla más de Santiago. La segunda ciudad del país. Cuando hablan de ella, hacen énfasis en que su gente es blanca y que por esa razón las mujeres son mucho más guapas. Rubias. Con una guagua y 250 pesos (unos $7) se puede llegar a ella desde la Santo Domingo. Son 155 kilómetros de autopista, muchas vacas y plantaciones de tabaco. Tras dos horas y media, en dirección norte, aparece Santiago. Edificios de apartamentos, humedad atrapada y varios cerros dominan el Valle del Cibao, un valle industrial con aeropuerto internacional.

Hay un rótulo que dice “Un millón de habitantes”, y luego otro de ron Barceló, que recuerda que esta región destila ron. Ron Matusalén, Brugal, Siboney… Pero de gente blanca, poco. En Santiago, sus calles están llenas de indios oscuros que bailan al ritmo de merengue con solo oír música a lo lejos. El merengue se empezó a mover sobre este valle hace más de 125 años.

Santiago vive cerca y lejos de Haití. Cerca de la tensa frontera norte, la de Dajabón. Y alejada de una convivencia binacional libre de hostilidades y crímenes protagonizados, bajo la óptica dominicana, casi siempre por haitianos. Eso a pesar de que el año pasado se difundió en distintos medios de comunicación que la población carcelaria dominicana era de 14,000 reclusos y solo 475 de ellos eran haitianos. 475. Sin embargo, la región noroeste de Dominicana es famosa por deportar haitianos en grupos de tres cifras y por hacerlo con regularidad, como los estadounidenses hacen con los salvadoreños.

De vez en cuando se lincha a supuestos delincuentes haitianos y hasta se los quema vivos. Mientras eso sucede de este lado, Haití denuncia el tráfico de sus infantes, del otro. Niños de dos a seis años comprados en el área rural haitiana a $4.40 cada uno para ser vendidos en República Dominicana. Según la entidad jesuita “Solidaridad fronteriza”, al menos 1,353 niños fueron comerciados por una organización criminal solo en los primeros cuatro meses de este año. Los infantes terminarían realizando oficios domésticos, corta de caña de azúcar o trabajando en la prostitución.

Los cañaverales del Cibao —que se extienden como enormes crucigramas— han sido llevados al cine internacional. Titulares de los documentales: “Niños de la caña” y “The price of sugar”. La sinopsis es la de la esclavitud moderna. Historias de haitianos —niños y adultos— forzados a trabajar en la zafra, bajo vigilancia armada y discriminados por ser “piel de charol” y vivir en paupérrimas casas de tablones o bateyes.

Sonia Pierre ha visitado veintenas de esos bateyes y ha ganado fama. Fama buena y mala, dependiendo de los ojos con que se vea. Ella es dominicana morena y ha denunciado ante diversos organismos internacionales que en su país existe xenofobia, contra lo afro y contra lo haitiano. En respuesta, el año pasado la Junta Central Electoral puso en duda si Sonia era dominicana. Se dijo que su acta de nacimiento era falsa. Y casi es desterrada, a Haití.

Pero no se trata solo de Sonia Pierre. La Organización de las Naciones Unidas concluyó el año pasado que la sociedad dominicana padecía de “un profundo racismo” y que había que hacer algo. Lo mismo hizo público antes la ONG Amnistía Internacional.

El premio Pulitzer de literatura de este año lo ganó un dominicano llamado Junot Díaz. Vive en Nueva York, y es activista pro haitiano. Se crió en un humilde barrio de Santo Domingo, donde él dice que el odio contra el haitiano es cosa diaria. Junot marchó en agosto por todo Manhattan junto con otros activistas. Sus palabras producen escozor entre la mayoría de sus connacionales. “A veces me da risa oír a un dominicano más prieto que tres haitianos diciendo que esos inmigrantes son malos.” Junot está convencido de que la situación es cruel, abusiva e inhumana, y de que el Estado y las clases dominantes son las responsables.

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Lo afro es malo. Un salón de belleza santiagueño exhibe en su vitrina una enorme fotografía de Beyoncé. La famosa cantante afroamericana, de piel achocolatada y lustrosa. Cabello liso y dorado, es la idealización occidental de la belleza afro. Rashell Méndez, una joven de 19 años, ha llevado ahí sus voluptuosos rizos afro.

—Para todos mis amigos y familia yo tengo pelo malo (colocho).
—¿Y el pelo bueno cuál es?
—El liso es el bueno. Así le decimos acá, pelo bueno. El mío es malo.
—¿Es que todos son blancos en esta ciudad?
—No. Hay blancos, pero solo los que tienen dinero, como los árabes o los de la Vinícola (productores de ron). ¡Ay vida mía! Sé que tengo pelo malo, pero al menos tengo cuerpo bueno.

Rashell baila. El merengue y la bachata son sus amores. Son los dos géneros considerados dominicanos por excelencia, aunque existe una perenne controversia sobre si el merengue comparte un origen haitiano. Lo cierto es que el aporte africano en merengue y bachata pocos lo discuten. Incluso se dice que la palabra merengue viene de “muserengue” o “tamtan mouringue”, que significan baile en Guinea Ecuatorial. En casi todas las ciudades y playas dominicanas deambulan los tríos merengueros o bacheteros. Y muchas veces son tres haitianos quienes ofrecen interpretar una canción por 150 pesos. Uno lleva la tambora; otro, el acordeón; y un tercero agita una güira. La güira es fundamental para el merengue. Es un cilindro de aluminio lleno de agujeros que se raspa con un tenedor y provoca bailar un “perico ripiao” o “bailar pegao”.

Las letras de las canciones pican. “Es que tú cuando comes camarón, te gusta que te jalen por los moños” reza el merengue de Silvio Mora, un éxito local. El sexo musicalizado en conjunción de la cultura afro causó que las clases altas marginaran el merengue hasta hace unos 65 años. La bachata —un ritmo surgido del bolero alrededor de 1940— aún vive algo de eso. Algunos dominicanos la consideran popular, pobre, o un entretenimiento para turistas.

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En Quisqueya (nombre taíno de la isla) existen sitios donde el turismo se funde con la prostitución. Boca Chica, un municipio al oriente de Santo Domingo, es un ejemplo. Es el destino de decenas de menores haitianos. La ciudad vive frente a una playa de ensueño: aguas azul zafiro y arenas finas. De día es evidente que hay muchos italianos. Precios en euros. Vespas y agua importada desde Europa. Pero el turismo no pone su mirada sobre las olas, sino debajo de unas sobrillas de playa, donde varias adolescentes y niñas en bikinis flirtean. Son haitianas. “¿Cómo tú está?” saludan, una tras otra, a medida que uno camina por la playa. Un proxeneta, se acerca: “Dame 60 euros por esa diablita de 16 años”. La diablita es haitiana, se llama Zul, y ha empezado a bailar merengue.

Cuando cae la noche, Boca Chica se transforma en una enorme discoteca. Las bachatas y merengues retumban desde las numerosas casas de citas y bares. Mucho baile y sudor. Solo la brisa y la cerveza refrescan. A media noche, en las penumbras de las calles asoman niños, mujeres y hombres. Venden intimidad. Los dominicanos afirman que gran parte de ellos son haitianos. Esa es otra razón para llamarlos de manera despectiva como ‘cueros’ a las mujeres, y ‘Sangui-pangui’ a los adolescentes que se prostituyen, en especial, para extranjeros. Una patrulla policial recorre la calle, observa la escena, pero continúa su marcha. Todo resulta demasiado cotidiano como para hacer algo al respecto.

República Dominicana seduce al turismo ¿O es al revés? Más de 4 millones de turistas arribaron a este lado de la isla el año pasado. Esa cantidad equivale al número de turistas recibidos ese mismo año en Perú y Costa Rica juntos. $15,000 millones anuales —sin contar la inversión turística extranjera— que representan el principal flotador económico del país. Pero el 52% de los turistas —muchos estadounidenses y españoles— prefiere el extremo oriental de la isla. Playas extensas, coral, conga y hoteles todo incluido. Punta Cana, Bávaro, Altos de Chavón y La Romana es todo eso. Muchos vacacionan ahí, pero los haitianos trabajan, y lo hacen casi en el anonimato.

“Haitiana” para muchos turistas —en Bávaro y Punta Cana— es una pintura al óleo —técnica primitiva— que reproduce el intenso color de Quisqueya. Las pinturas son ejecutadas por haitianos y algunos dominicanos, y cuestan alrededor de $15. Las “haitianas” están aquí y allá, en aceras y calles dominicanas. Debe ser significativo eso. Pero lo que podría pasar inadvertido en Punta Cana es que detrás de sus complejos hoteleros se concentran más de 40,000 haitianos. Ilegales. Trabajan de todo y nada. Y habitan en bateyes en colonias llamadas por los mismos haitianos como hormigones, Pequeña Haití o Matamosquitos.

En República Dominicana lo que no tiene color son las ironías y paradojas, que se diluyen y mezclan en la misma licuadora. Muchos dominicanos, al igual que muchos haitianos, han emigrado. Más de 1 millón de dominicanos han partido rumbo a Puerto Rico, Estados Unidos o a España. Detrás del turismo, las remesas son el principal rubro económico. Los dominicanos que se van al extranjero narran discriminación o éxito, como el de Junot Díaz.

Y las ironías continúan. Rashell, la del pelo malo, sueña con ir a Cancún, para ver “playas celestes”. Me dice que en su país no hay así. En las discotecas “pipirisnais” se prefiere al reguetón, no la melosa bachata. Las mujeres más guapas, las que se envían a los concursos de Miss Universo, deben ser blancas, nunca mulatas o indias oscuras. Y en toda Dominicana, donde lo africano resulta para la mayoría casi indigesto, la gastronomía tiene mucho de África. Se come a diario el guandul (o frijol de Angola), caupí (o frijol blanco africano), ñame (tubérculo popular en el Congo) y se come mucho frito. Se fríen las yucas, las batatas, los plátanos, las berenjenas, los pescaditos, el salchichón y el queso.

En República Dominicana se distinguen muchos matices, incluso los del miedo. Podría resultar más atemorizante que la isla entera se convierta en una sola república a que un huracán se aproxime.

Sin embargo, en las playas de Barahona —más cerca de Haití que de Santo Domingo— no hay grises de huracán en el atardecer. Eso sí, las palmeras y cocoteros se han tornado negros. Un cielo naranja los recorta, como sucede en los óleos haitianos. A espaldas se puede ver la verde y montañosa frontera haitiana. Y se respira paz.

Eleodora, una vendedora dominicana de 40 años, prepara los últimos tostones del día. Más noche se irá de conga y me pregunta.

—Oye, hoy me compré dos pares de sandalias. Unas negras y otras más claras. ¿Qué color tú crees que debería llevar?

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