El reino de España

Publicado: 28 septiembre 2008 en Jon Lee Anderson
Etiquetas:, , ,

El barón me enseñó su vieja mazmorra, donde unos grilletes y unas esposas de hierro siguen estando firmemente sujetos en el muro de piedra. Después, salimos a uno de los balcones de su castillo. Debajo, se extendían los campos en forma de abanico y perfectamente cuidados de la propiedad. Había pequeñas parcelas delimitadas por muros de piedra que pertenecían a los antiguos vasallos de su familia. El barón me explicó que durante los últimos 170 años —cuando se abolieron los señoríos o tierras feudales— los descendientes de los vasallos han sido propietarios de terrenos, aunque siguen la tradición del primogénito, tal y como hace el barón. El primer hijo recibe toda la herencia, para evitar así la división de las tierras. “¿Ve?”, comenta sonriendo, “algunas tradiciones, las más prácticas, todavía hoy sobreviven. Son las más útiles”.

 

Entramos para beber algo y nos sentamos en unos sillones frente a la chimenea.

 

La habitación estaba elegantemente decorada con retratos enmarcados en plata de sus anteriores y actuales amigos: el rey italiano exiliado Víctor Emmanuel, el rey Zog de Albania, los Grimaldi de Mónaco, el Generalísimo Francisco Franco. El barón me habló de su familia, que recibió su título nobiliario hace cientos de años. En el siglo XIX eran carlistas, oponentes a la reina Isabel II, cuyo derecho a gobernar le disputó su tío, Don Carlos. La causa carlista llevó a tres guerras civiles en el XIX y siguió siendo un terreno de disputas hasta bien entrado el siglo XX.

 

Ahora ya es una vieja historia, aseguró el barón; su familia hizo las paces con el actual rey, Juan Carlos I, tataranieto de la reina Isabel II. “Gracias a Juan Carlos tenemos una monarquía después de todo”, puntualizó. “Y merece el mayor de los respetos por garantizar que la transición a la democracia se realizara sin derramamiento de sangre; ¡en un país en el que nos gusta tanto la sangre!”.

 

Unos días después estaba en Barcelona, hablando con un funcionario, ex alto cargo del Gobierno socialista, en una oficina situada en una torre de cristales tintados. “Puede sonar ridículo, pero soy absolutamente leal a la Corona”, afirmó. “Y tengo un gran amor y respeto por el Rey. Incluso si supiera algo de él que pudiera criticar, no lo haría”.

 

En su oficina, llena de piezas de arte moderno, el tecnócrata socialista coincidía con el barón: Juan Carlos de Borbón es algo bueno. En 1975, cuando Franco murió y el Rey accedió al trono, España era una nación atrasada y aislada, gobernada 40 años por un régimen con leyes muy estrictas de censura, que ilegalizó el control de natalidad y los partidos y ejecutó a presos políticos.

 

Hoy en día, es una nación tolerante, próspera y con una democracia que funciona.

 

“Imagine”, dice Salvador Giner, un académico vasco-catalán, decano de la Facultad de Sociología de la Universidad de Barcelona. “Durante 40 años tuvimos a Franco, un pequeño dictador fascista, con un sombrero con borlas, que no hablaba ninguna lengua extranjera y que tampoco viajaba al extranjero. Después, llegó Juan Carlos. Es alto, guapo, habla varias lenguas, y también tiene buen pedigrí –mejor  que el de la reina de Inglaterra, que desciende de una rama secundaria de la realeza alemana–”. Para ilustrar su descripción se rasca la nariz: “Él tiene la gran nariz de los Borbones y –estirando su labio inferior– los labios de los Habsburgo”.

 

En distintas salas del Museo del Prado, en Madrid, hay varios retratos de Goya en los que aparece el antepasado de Juan Carlos, Carlos IV, un Borbón que se ganó la ignominia para siempre por entregar España a Napoleón en 1808.

 

En uno de los cuadros, el Rey está rígido y pálido, parece severo e incómodo, viste una levita carmesí y una peluca. Sus fajines de seda y las medallas denotan su elevado cargo. El efecto dista mucho del que produce Juan Carlos, delgado y de tez morena, a quien le gusta tripular su propio barco y tiene una colección de motos. El parecido, sin embargo, es importante. Hay, desde luego, un “look borbónico”: una frente despejada, una nariz amplia y gorda y un mentón protuberante.

 

Pensaba en el retrato de Goya mientras seguía los pasos de Juan Carlos durante una recepción celebrada en Madrid a principios de este mes. Se conmemoraba el centenario del Colegio de Médicos de Madrid. Se había celebrado una ceremonia, en la que el Rey había pronunciado un discurso y se le había obsequiado con una medalla de oro. Él y su mujer, la reina Sofía, se paseaban entre la gente y los camareros, que llevaban bebidas y carritos con entremeses.

 

El Rey y la Reina tomaron rutas separadas, sonriendo y hablando animadamente. Juan Carlos tiene el cuerpo ágil de un atleta, pero noté que tiene poco pelo y su papada y mejillas están ligeramente caídas, propias de un hombre que está envejeciendo. Tiene 60 años.

 

Cuando nos presentaron, el Rey fue increíblemente atento. Después de las preguntas de rigor, me preguntó dónde había aprendido español. Le expliqué: “En Latinoamérica, sobre todo, su Majestad, y más recientemente en Cuba, que es un lugar muy interesante. Creo que usted no ha estado nunca”.

 

La posibilidad de un viaje del Monarca a Cuba era un tema tenso en Madrid por aquellos días, y se discutía ampliamente en la prensa española. Este año es el centenario de la guerra hispano-americana, en la que España perdió prácticamente todo lo que quedaba de su imperio. Si el Rey visitara Cuba, aseguran fuentes de la Casa Real, convertiría el viaje en un acto de reconciliación entre los dos países, como ocurrió con una visita en febrero a Filipinas, otra colonia perdida en la guerra de 1898.

 

España ha tenido una relación relativamente buena con Cuba desde principios de la década de los ochenta, cuando el PSOE asumió el Gobierno.

 

Pero en 1996, los socialistas perdieron las elecciones ante el conservador Partido Popular. El nuevo presidente del Gobierno, José María Aznar, entró en una guerra de poder con Castro, quien rechazó al nuevo embajador español en La Habana. Después, Aznar se negó a nombrar a nadie más. A principios de marzo, Castro invitó en público al Rey a visitarle, y Aznar lo tomó como un insulto. Al parecer, creyó que Castro intentaba desacreditarle.

 

Al principio, Juan Carlos no respondió a mi comentario sobre Cuba, movió la cabeza, como si fuera a irse, pero se volvió, se inclinó hacia mí y en tono bajo me comentó: “Acabo de mandar a Castro una carta a través de su embajador. Le he pedido que deje de tirarme flores, de halagarme y de invitarme de forma tan directa. Crea problemas. Él sabe que para invitarme debe hacerlo a través del Gobierno, y primero, el Gobierno debe nombrar un embajador. Incluso Felipe [el ex presidente del Gobierno, el socialista Felipe González], quien no está precisamente de acuerdo con el actual Gobierno, cree lo mismo. Cuando le vi. el otro día, me dijo: “Castro lo sabe de sobra. ¡No debería hacer esto!”.

 

Sorprendido tanto por la forma de hablar del Rey como por su trato cercano, le respondí que esperaba que Su Majestad, después de todo, pudiera ir a Cuba. ¿Creía él que sería posible? “Oh, sí”, replicó el Rey. “Tan pronto como el Gobierno nombre un embajador, it will be fine [todo irá bien]”. Las últimas palabras las pronunció en un impecable inglés.

 

Después, insistiendo en que el Rey “no debe dar opiniones políticas”, una de sus ayudantes aseguró inquieta que nuestra conversión era off the record. Argumentó que si se ponían esas palabras en la boca del monarca “podrían crear un conflicto diplomático entre España y Cuba”. El problema, de todas maneras, no parecía venir de Cuba, sino más bien del propio Aznar. “Hay mucha gente que desea ir a Cuba”, aseguró cortante el presidente del Gobierno durante una entrevista radiofónica el día después a la recepción. El Rey irá a Cuba cuando “toque”.

 

La irritación de Aznar y el astuto gesto de Castro ilustran la frágil naturaleza de las relaciones entre un Rey muy popular y un Gobierno elegido democráticamente. A pesar de que Juan Carlos está formalmente limitado por la Constitución Española para desempeñar una serie de funciones públicas simbólicas

–ratificar leyes, convocar elecciones, acreditar embajadores, etcétera– y a pesar de las afirmaciones de su equipo de que él está “por encima de la política”,  tiene, aunque sea difícil de cuantificar, una gran influencia política.

 

La Constitución le define como “el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”.

 

La descripción está abierta a varias interpretaciones, y el Rey ha desarrollado un estilo que parece ser bastante efectivo. Por ejemplo, tiene audiencias diarias con políticos, empresarios, periodistas, académicos y oficiales militares en su residencia del palacio de La Zarzuela, situada a las afueras de Madrid. Las audiencias le permiten dar pequeños consejos, así como recoger las diferentes opiniones.

 

John Brademas, un ex congresista por el Estado de Indiana, y que ahora trabaja en el Centro Juan Carlos I de España de la Universidad de Nueva York, habla sobre una comida que tuvo con el Rey, y cómo, cuando mencionó el nombre de un empresario, Juan Carlos “arrugó su nariz”. Es todo lo que tenía que hacer. “Es un rey que te hace saber cómo se siente”, explica Brademas.

 

Se llega a La Zarzuela por una autopista un poco congestionada que sale del norte de la ciudad, pasado el palacio donde reside el presidente del Gobierno. Una salida, al otro lado de una ronda un tanto enrevesada, lleva a una garita y a una carretera que atraviesa un pequeño bosque de encinas y pinos, donde pastan grupos de ciervos y en ocasiones algún jabalí. La casa real es un edificio de pocas plantas, de ladrillo rojo y piedra, que domina los montes del Pardo. Más abajo, hay un anexo para el personal. Está unido al palacio a través de un corredor subterráneo cubierto de cristales donde están cuidadosamente expuestos los barcos de la colección privada del Rey.

 

La jefa de prensa de la Casa Real, Asunción Valdés, tiene una oficina en el anexo. Valdés se expresa de forma alegre y optimista, y sonríe mucho. Una buena parte del personal habla de la misma manera. Es como si hubieran adoptado el conocido tono afable del monarca. “El Rey trata al jardinero del palacio con la misma naturalidad con la que se dirige a un Jefe de Estado”, enfatiza Valdés. “Tiene el don de hacerse con la gente. Te da confianza y hace que la gente se sienta cómoda con él”. Valdés trabaja como jefa de prensa de la Casa Real desde 1993, cuando hubo una gran renovación del personal del Palacio. Fue justo después de que el Rey concediera una serie de entrevistas que no fueron bien acogidas por la opinión pública.

 

Un diplomático extranjero describe el trabajo de Valdés como mantener “el frente de Verdún” alrededor de Juan Carlos. “La Zarzuela difícilmente puede llamarse un palacio”, indica ella. “Realmente es una casa grande. El Rey vive aquí de manera muy normal. Podía haber escogido cualquiera de los otros palacios reales, que son mucho más amplios y lujosos, pero no. Sus Majestades aseguran que quieren vivir en un lugar de dimensiones humanas”. En el césped que se ve fuera de una de las habitaciones privadas hay una escultura de piedra marrón del artista vasco Eduardo Chillida, que, como indica Valdés, se parece a un trono. Ella me recuerda que Juan Carlos es un monarca que nunca “se ha puesto su corona, ni se ha sentado en un trono”. La figura, explica, es lo más parecido que tiene, “un trono simbólico”.

 

El lema de Juan Carlos es “la Corona debe ganarse todos los días”, y sus amigos y empleados repiten la frase con regularidad. “Las encuestas de aprobación pueden ser favorables, pero no debemos dejar de trabajar”, dice Valdés. Abre una gran carpeta con el sello real. Examina un apartado titulado ‘Lugares visitados’, que recoge todas las ciudades que han recorrido cada uno de los miembros de la familia real, y si el objeto del viaje ha sido por motivos sociales, educativos, económicos, culturales o militares. “Aquí vemos, por ejemplo, que no han visitado mucho esta ciudad, así que debemos ir pronto”, exclama.

 

Juan Carlos parece tener un talento particular para controlar su imagen. “Este rey no es idiota”, resalta Baltasar Porcel, director del Instituto Catalán de Estudios Mediterráneos, y quien ve periódicamente al Monarca durante las audiencias. “Su simplicidad es muy real, pero al mismo tiempo está muy calculada”.

 

Siguiendo su política de crear “una monarquía moderna”, Juan Carlos no se ha aislado, ni se ha creado una corte real. Esto ha causado malestar entre algunas de las viejas familias de la nobleza española, quienes tradicionalmente disfrutaban de sinecura y de acceso especial al monarca. “El hecho de que no haya creado puestos tradicionales, como Proveedor de la Casa Real, o Peluquero Oficial del Rey, ha significado que los Grandes le detestan”, dice Joan Fontfreda Puig, un noble catalán. “El Rey es más popular entre la gente del pueblo que entre la aristocracia”, añade.

 

Juan Carlos no fue siempre tan popular, ni se creyó que tuviera inteligencia política. De hecho, cuando fue coronado, se le caricaturizaba como a una marioneta militar poco brillante. Todo el mundo creía que no duraría mucho.

 

Chistes acerca de Juan Carlos ‘el Breve’ eran habituales. El abuelo paterno de Juan Carlos, el rey Alfonso XIII, se marchó de España de forma ignominiosa, cuando fue declarada la República. Alfonso fue despojado de su ciudadanía y se le incautaron todas sus propiedades. En el exilio, primero en París, y después en Roma, vivió una vida de playboy, mujeriego, era aficionado al juego y a la caza. Su mujer, la reina Victoria Eugenia, de origen británico y nieta de la reina Victoria, le dejó pronto.

 

La República cayó en 1939, y Franco se proclamó Caudillo de España. No quiso compartir el poder con los Borbones, y éstos permanecieron en el exilio. Juan Carlos, que nació en Roma en 1938, se trasladó con sus padres a Suecia y después a Portugal. En 1941, poco antes de su muerte, Alfonso XIII abdicó a favor de su hijo, el padre de Juan Carlos, Don Juan.

 

Juan Carlos visitó España por primera vez en 1948, cuando tenía 10 años. Fue el resultado de un acuerdo pactado entre Franco y su padre durante una reunión en el yate del Caudillo, anclado cerca de la costa norte española. Franco propuso a Don Juan que permitiera a Juan Carlos completar su educación en España. El Caudillo creyó, evidentemente, que de esta manera evitaría una alianza entre los monárquicos y los socialistas del exilio, y neutralizaba a Don Juan, quien vería la invitación de Franco como una puerta abierta a una Restauración borbónica. Don Juan aceptó.

 

Juan Carlos pasó su juventud estudiando en colegios especiales o enclaustrado en palacios, donde se le enseñaba de forma privada y estaba vigilado por guardianes, que informaban tanto a Don Juan como a Franco, dependiendo de sus lealtades. No era un estudiante muy brillante, pero era buen deportista, era un compañero de clase afable, aunque un poco pasivo. Acudía con periodicidad al palacio del Pardo, donde Franco le trataba como a un nieto. En su primer encuentro, le regaló al chico una pistola; es de suponer que sus primeros recuerdos del Caudillo sean buenos. Durante las vacaciones visitaba a su familia en Portugal.

 

Don Juan y Franco se reunieron otras dos veces para discutir el futuro del príncipe. En ambas ocasiones prevalecieron las opiniones de Franco. En lugar de estudiar en Bélgica, como quería su padre, Juan Carlos fue enviado a academias militares españolas. Su hermano pequeño, Alfonso, estuvo de cadete con él, y en 1956, cuando ambos visitaban a sus padres ocurrió un terrible accidente.

 

Los chicos estaban jugando con una pistola y se disparó. Alfonso fue herido en la cabeza y murió al instante. Después de aquello, Juan Carlos se encerró en sí mismo durante meses y nunca ha hablado del incidente en público.

 

Juan Carlos acudió a la universidad en Madrid durante dos años. En 1962, cuando tenía 24, se casó con la princesa Sofía de Grecia. Era la hija germano-griega de Pablo I de Grecia y de Federica de Hannover. Era un buen matrimonio para el futuro Rey de España. Como Juan Carlos, Sofía era descendiente directa de la reina Victoria, y también del káiser Guillermo II. Se establecieron en La Zarzuela, que había sido un palacio real de caza. El edificio había quedado muy dañado durante la Guerra Civil, pero Franco lo restauró y lo puso a punto especialmente para ellos. Pronto tuvieron tres hijos: dos chicas, Elena y Cristina, en 1963 y 1965, respectivamente; y después un chico, en 1968, un heredero, Felipe.

 

Juan Carlos se dio cuenta de que Franco no permitiría a su padre acceder al trono. El Caudillo dejaba caer que favorecía a Juan Carlos como su posible sucesor, pero también se aseguró de que Juan Carlos se sintiera inseguro acerca de su futuro. Mucho antes, en 1952, Franco había guardado otra baza frente a Juan Carlos invitando a su primo, Alfonso de Borbón-Dampierre, a estudiar a España. Con los años, los primos rivales habían logrado una serie de aliados políticos que defendían sus causas. Varios amigos aseguran que por aquel tiempo, cuando Juan Carlos andaba en la veintena, tenía muy clara su herencia dinástica. Quería ser Rey.

 

En 1972, Alfonso se casó con la nieta de Franco. La posición de Juan Carlos, sin embargo, se había reforzado de forma considerable tres años antes cuando el Caudillo le convocó en El Pardo y le anunció su intención de nombrarle su sucesor, “con el título de Rey”. ¿Aceptó? Tal y como Juan Carlos ha contado la historia desde entonces, Franco le pidió una respuesta inmediata, y no tuvo oportunidad de consultarlo con su padre.

 

Hay una versión alternativa de esta historia, como ocurre con muchos de los episodios cruciales de la vida del Rey. “¡Así no fue como ocurrió!”, dijo riendo el barón que me había enseñado su castillo. “Durante años le había pedido a Franco que le nombrara su sucesor, y cuando Franco lo hizo, tuvo que inventarse una excusa de por qué no se lo había dicho a su padre antes de aceptar”. Tres semanas después de que Franco le hiciera la propuesta, el príncipe comparecía ante las Cortes para jurar lealtad a su propia persona y a su régimen.

 

Pasaron meses antes de que Don Juan accediera a hablar con su hijo, y, según algunos de los mejores amigos de Juan Carlos, la relación entre padre e hijo no se normalizó hasta varios años después. De acuerdo con la descripción de Asunción Valdés, “la relación entre el Rey y su padre era algo parecido a una tragedia de Shakespeare”.

 

Don Juan no renunció formalmente al trono hasta 1977, más de un año después de la muerte de Franco y de que su hijo fuera coronado. Por entonces, el nuevo Rey de España se había mostrado como una caja llena de sorpresas. Destituyó al presidente del Gobierno, el derechista Carlos Arias Navarro, y en su lugar nombró a un joven político reformista llamado Adolfo Suárez. Las Cortes franquistas fueron disueltas y se convocó un referéndum para aprobar una ley de reforma política, que fue aceptada por una mayoría abrumadora. Los partidos políticos fueron legalizados, y en junio de 1977, Juan Carlos convocó elecciones generales. Adolfo Suárez salió elegido presidente del Gobierno. En 1978, cuando fue aprobada una nueva Constitución, España se convirtió en una monarquía constitucional con un sistema democrático.

 

La nueva Constitución despojó a Juan Carlos de los amplios poderes que había heredado de Franco. Sin embargo, en la Carta Magna, se incluyó un punto que para él –nacido en el exilio, hijo de un rey sin corona y nieto de un rey que se vio forzado a marcharse de su país– podría ser más importante: “La

Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”.

 

Ahora el heredero legítimo es el príncipe Felipe, quien cumplió 30 años el pasado enero. Es alto, atlético y elegante. Tiene un máster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Georgetown, en Washington. Recientemente, ha empezado a realizar más apariciones públicas y a asumir algunas de las tareas propias de su padre. Una de sus actividades ha sido acudir a la ceremonia inaugural de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. En marzo, encabezó una amplia delegación de empresarios en Japón.

 

El príncipe Felipe es uno de los solteros más cotizados de Europa, y las revistas del corazón especulan frecuentemente con la identidad de sus novias o con las posibles candidatas a esposa. Hace poco, se le ha relacionado con la archiduquesa de Austria Catalina de Habsburgo, pero hasta el año pasado todas las historias giraban en torno a su presunta relación con una joven americana, Gigi Howard, a quien había conocido en Georgetown. Se cuenta que la relación terminó por orden de la reina Sofía, de quien se dice que quiere que su hijo se case con alguien de la realeza europea.

 

La cobertura mediática de la familia real en España es abrumadoramente positiva, y los medios no suelen entrometerse en sus vidas privadas. A veces, aparece en la prensa amarilla alguna historia sobre las supuestas amantes del Rey.

 

Periodistas españoles de prestigio e, incluso, políticos amigos de Juan Carlos, confirman, off the record, las historias acerca de una larga relación con una mujer en Palma de Mallorca, y relaciones más cortas con otras mujeres. Aunque todos dan poca importancia a sus hábitos sexuales. “La relación entre Mónica Lewinsky y Clinton no tendría segundas lecturas en España. Aquí, este tipo de cosas se consideran un asunto privado”, explica Xavier Batalla, periodista de La Vanguardia.

 

Reconoce que existe “un pacto de silencio en los medios para no escribir sobre los temas personales del Monarca… No está escrito. Nadie me ha dicho nada. Tal vez sé algo, pero no voy a escribir sobre ello. Nadie me tiene que decir lo que tengo que hacer”. Batalla defiende su autocensura asegurando que “la

rumorología” acerca de la vida privada del Rey “está motivada por intenciones que tratan de dañar la solidez de la monarquía”.

 

La lealtad y la peculiar defensa que inspira el Rey, incluso por parte de unos medios relativamente libres, emana de las circunstancias de la historia moderna española. La Guerra Civil dividió a España en dos hace tan sólo 60 años. Fue un episodio brutal, incluso dentro de los estándares de la brutalidad del siglo XX. Murió un millón de personas.

 

Después de la caída de la República, Franco impuso un estado policial represivo, en el que los disidentes políticos eran torturados y golpeados hasta la muerte. A principios de la década de los 70, cuando Juan Carlos se preparaba para acceder al trono, tuvo lugar una campaña de desestabilización y violencia política. En diciembre de 1973, el grupo vasco separatista ETA asesinó con un coche bomba al presidente del Gobierno de Franco, el mejor aliado de Juan Carlos, el almirante Luis Carrero Blanco.

 

Juan Carlos se erigió como el baluarte contra el caos político en la noche del 23 de febrero de 1981, cuando altos mandos de la Guardia Civil entraron armados en las Cortes y tomaron como rehenes a los diputados. El líder del intento de golpe de Estado insinuó que el Rey les apoyaba. Sin embargo, cuando horas más tarde el Monarca apareció en televisión vistiendo su uniforme de capitán general de las Fuerzas Armadas españolas y apeló a la defensa de la democracia, la intentona de derribar al Gobierno fracasó. El Rey había terminado con una era de intervención militar en la política española.

 

Hay escépticos que se cuestionan lo que ocurrió durante las siete horas que trascurrieron desde el asalto del Parlamento hasta la aparición del Rey. La versión oficial cuenta que estuvo en todo momento al teléfono dando instrucciones a sus partidarios. Los escépticos aseguran que no tomó partido. Lo que nadie pone en duda es el extraordinario sentido del Rey de lo que es su trabajo político. Como Asunción Valdés asegura con admiración, “sabe por dónde sopla el viento”.

 

Los poderes de Juan Carlos aumentaron con una reorganización de la estructura política de España. De alguna manera nadie lo previó, y su inmediato apoyo a la devolución limitada de poderes desde Madrid a las regiones históricas –como Cataluña, País Vasco y Galicia– incrementó su influencia. Desde 1982, España se divide en 17 comunidades autónomas. “El Estado español es muy débil, debido a las autonomías, y esto es lo que hace que el papel de la monarquía sea tan importante”, explica Charles Powell, un historiador anglo-hispano y consejero del Parlamento español. “El Rey es la única figura genuinamente nacional en un país con un déficit inusual de símbolos nacionales. En España hay menos fiestas nacionales que en otros países europeos y el himno se escucha en muy pocas ocasiones”.

 

Cataluña, con su capital Barcelona –una rival tradicional de Madrid–, ilustra la relación del Rey con las comunidades autónomas. Xavier Roig, un socialista que trabajó como consejero de Pasqual Maragall, ex alcalde de Barcelona, recuerda que él y sus compañeros trataron de involucrar a Juan Carlos en sus actividades cuando ganaron más poder a principios de los ochenta. “Imagine”, dice, “por entonces todos éramos muy jóvenes y tomamos posesión de nuestros cargos como izquierdosos. Pero enseguida nos dimos cuenta de que para ser eficientes debíamos seguir las normas de protocolo de la monarquía. Por ejemplo, en nuestros boletines internos escribíamos notas como: ‘Creo que sería apropiado invitar a S.M. el Rey a esta actividad’. El “S.M.” era un esfuerzo consciente. Sabíamos que debíamos reforzar el papel de la monarquía para que no virara a la derecha”.

 

El presidente de la Generalitat catalana, Jordi Pujol, que pide una mayor independencia para la región dentro de una Europa cada vez más integrada, tiene una relación especial con el Monarca. La idea es que Cataluña juraría lealtad a la Corona como símbolo no unificador, y la relación con España sería más parecida a una confederación. Pero, como puntualiza Charles Powell, “si las autonomías piden una relación especial con la Monarquía, crearía problemas con el Gobierno central”.

 

Muchos catalanes creen que existió algo llamado ‘Operación Cristina’, que pretendía fraguar un vínculo directo entre Cataluña y la familia real. La infanta Cristina trabaja en Barcelona, en la Fundación La Caixa. Un catalán cercano al Monarca niega la existencia de la ‘Operación Cristina’, aunque reconoce que “la presencia de la Infanta en Barcelona no es casual. No estuvo planeado, pero parece que es útil”.

 

El pasado octubre, Cristina contrajo matrimonio con Iñaki Urdangarín, un jugador profesional vasco de balonmano. “El Rey sabe cómo repartir cosas simbólicamente”, afirma Salvador Giner. Una hija se casa con un vasco en Cataluña, a la otra –Elena– le concede el título de Duquesa de Lugo, que está en Galicia. Felipe es el Príncipe de Asturias”. Baltasar Porcel añade que cuando el Monarca visita Cataluña da sus discursos intencionadamente una parte en catalán y otra en castellano. “El hecho de que el Rey hable catalán cuando nos visita hace más difícil a los españoles atacarnos”.

 

Cuando José María Aznar derrotó a Felipe González en las elecciones de 1996, tuvo que pactar con los partidos catalanes y vascos para ser elegido presidente del Gobierno. Cuando las conversaciones parecían no dar sus frutos, Juan Carlos intervino. “El Rey agarró el teléfono”, cuenta Richard Gardner, embajador de EEUU en España entre 1993 y 1997. “Llamó a Aznar, Pujol y Arzalluz y dijo ‘España no puede resistir un periodo largo de incertidumbre. Haced que funcione. Estaré vigilando”. Según Gardner, la presión del Monarca precipitó los acuerdos y se cerraron poco después. A cambio de concesiones importantes, Aznar logró los votos suficientes para ser elegido presidente del Gobierno.

 

Cuando Aznar realizó su primera visita oficial a EEUU, el Monarca, de nuevo, le allanó el camino. Unas semanas antes, durante una visita a Nueva York, Juan Carlos había invitado a Gardner a cenar. “Me llevó al restaurante de Plácido Domingo”, recuerda. “Me expresó su deseo de que se hiciera todo lo posible para ayudar a Aznar. Me explicó que era su primera visita a EEUU y que carecía de experiencia. Después me pidió, o más bien insistió, en que estuviera Madeleine Albright cuando viniera Aznar. Insistió en que le escribiera una nota que él me dictaría. Le recordó a ella que había sido profesora del príncipe Felipe en Georgetown. Poco después, vi a Madeleine. Me dijo: ‘¡Querido, se supone que debo ir a Moscú!’ Al final retrasó el vuelo para poder ver a Aznar”.

 

Durante la ceremonia de inauguración del nuevo Centro Juan Carlos de la Universidad de Nueva York, Gardner vio cómo el Rey le daba un sobre a Hillary Clinton, que había ido a Washington especialmente para asistir al acto. “Después leí la carta”, cuenta Gardner, “en ella, el Rey pedía a Clinton que llegara a España dos días antes de la Cumbre de la OTAN en Madrid para ir con él a Palma de Mallorca. En la parte superior, Clinton había escrito “HRC” –como el presidente suele referirse a Hillary– “cree que es una gran idea. Hagámoslo”.

 

La idea, según el ex embajador, era que los Clinton descansaran y se relajaran en el yate del Rey, el Fortuna. “Una semana antes de la visita”, indica Gardner, “un reportaje publicado en ABC detallaba los planes de los Clinton y mencionaba que Aznar y su esposa también estarían en el barco. Esto me sorprendió y decidí enterarme de lo que ocurría”. Gardner explica que la Casa Blanca estaba tan sorprendida como él de que Aznar estuviera invitado al yate.

 

Clinton no quería tener un encuentro con el presidente del Gobierno español previo a la Cumbre. “La Casa Blanca me pidió que le dijera a la Casa Real que era mejor si Aznar no acudía a Palma de Mallorca”. Gardner cumplió, pero la reacción del vizconde Fernando Almansa, jefe de la Casa Real, fue tajante. “Me dijo, ‘Es el yate del Rey, y el Rey invita a quien quiere’. Yo contesté: ‘Sí, lo entiendo’. Comenté en la Casa Blanca que era mejor dar por zanjado el tema. Al final, todos navegaron durante cinco horas: la familia real, el matrimonio Clinton, Chelsea y el matrimonio Aznar. Poco después en Madrid, mientras íbamos en la limusina presidencial, le pregunté a Clinton cómo había ido todo. Me contestó: ‘¡Fantástico! Durante cinco horas el Monarca, el presidente del Gobierno y yo hemos discutido sobre qué clase de mundo queremos para nuestros hijos’. Le pregunté quién traducía. ‘¡El Rey!’, contestó. Así que Aznar estuvo con Clinton durante cinco horas, algo que muy pocos jefes de Estado o de Gobierno extranjeros logran. Y no se hubiera producido de no ser por el Rey”.

 

El mes pasado, cuando los comentarios acerca del posible viaje del Rey a Cuba llegaban a su punto álgido, el presidente Aznar fue acusado de tener “complejo de inferioridad” ante las habilidades diplomáticas del Rey. “Es difícil ponerse a la altura del Monarca”, dice un alto asesor del Gobierno. “Habla varias lenguas, ha conocido a todos los presidentes estadounidenses desde John Fitzgerald Kennedy. Su experiencia es muy importante. ¿Quién es Aznar?”.

 

La tarea del Rey como promotor de España en el extranjero ha resultado especialmente satisfactoria. A primeros de abril, Aznar sabiamente dio marcha atrás en el tema de Cuba y nombró un nuevo embajador. Así, facilitaba el viaje del Rey a La Habana. En la primera visita del Rey a Latinoamérica, en 1976, Juan Carlos fue recibido por niños en las calles de Bogotá al grito de “¡Nuestro Rey ha vuelto!”. Durante buena parte de este siglo, España tuvo dificultades para venderse al exterior. Pero su transición a la democracia es muy admirada en los países latinoamericanos, que tratan de sacudirse sus propias dictaduras. La influencia política española a través de la Unión Europea y la OTAN hace al país incluso más atractivo. Un 60% de la inversión privada española en el extranjero, que suma unos 17 mil millones de dólares, se realizó en Latinoamérica durante los primeros ocho meses de 1997. La inversión española en Cuba es ahora tan visible que los propios cubanos bromean con que España trata de “reconquistar” la isla que perdió hace 100 años.

 

España tiene ahora una economía más fuerte que cuando Juan Carlos accedió al trono. En 1975, cuando tomó posesión de su cargo, el producto interior bruto era de 40.000 millones de dólares. Ahora alcanza casi los 500.000 millones. La Bolsa subió varias veces a principios de abril, y aunque sigue teniendo una tasa alta de paro, España es uno de los primeros países de la UE que ha logrado cumplir los objetivos de Maastricht para introducir el euro, previsto para el año que viene.

 

Una cosa que no ha cambiado mucho en España, a pesar de todo, es la manera de hacer negocios. El robo de fondos públicos, los sobornos, el nepotismo y la corrupción en general están a la orden del día. Una de las razones por las que el Partido Socialista de Felipe González perdió las elecciones de 1996 fue porque se vio envuelto en una serie de escándalos. Hasta hace poco, el Rey no se vio involucrado en ello. La Constitución dice que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Los medios españoles siempre han sido muy cuidadosos en no publicar alguna historia que le pueda implicar en un escándalo.

 

Las finanzas de la familia real son un tema muy delicado dentro de una vida cuidadosamente protegida. Políticos, historiadores reales, biógrafos y periodistas  que siguen a la familia real recalcan que “no es una familia rica”. Insisten en que los Borbones perdieron sus posesiones cuando Alfonso XIII salió de España. Durante el largo exilio, algunas familias nobles españolas entregaban mensualmente cantidades de dinero a Don Juan y su familia para su manutención.

 

Las propiedades de la familia real, si es que tienen alguna, no son del dominio público. El chalet que usan habitualmente en los Pirineos es un préstamo de una estación de esquí, mientras que La Zarzuela y Marivent, la residencia de verano en Palma de Mallorca, pertenecen a Patrimonio Nacional. Él recibe del Estado unos siete millones de dólares al año, con los que paga parte de su manutención, los salarios de los empleados de La Zarzuela y los impuestos.

 

No suele hablarse de los asuntos financieros del Rey. Aunque esto cambió en 1992, cuando se descubrió que el Monarca “había desaparecido” unos días. Los periodistas preguntaron al presidente González dónde estaba y contestó que no lo sabía. Apareció en Suiza, aunque parece que aprobó una ley como si hubiera estado en Madrid. Los medios comenzaron a especular sobre los motivos de su viaje. “Al parecer estaba con una mujer”, explica Albert Montagut, director de la edición de El Mundo en Cataluña. Era la primera vez que se publicaba algo negativo sobre Juan Carlos, y dejaba la puerta abierta a un mayor escrutinio. “Desde entonces tuvo que andar con pies de plomo”, indica Montagut.

 

Lo que hace al Rey ser más vulnerable es su posible papel como persona que puede usar su influencia en beneficio de otros o para él mismo. Entre sus más firmes defensores, cualquier atisbo de que pueda haber estado envuelto en asuntos poco éticos para su propio beneficio es rechazado tajantemente. Otros sugieren que, si de algo es culpable, es de ser muy afable: como Rey corre el riesgo de juntarse con amigos que sólo buscan beneficios con su amistad. Algunos admiten que, en cualquier caso, esto puede que no sea del todo cierto. “Juan Carlos probablemente gana dinero cuando abre paso a ciertas personas”, indica un diputado veterano, quien puntualiza que “reunir a personas a cambio de una comisión” es común entre la realeza europea.

 

“El asunto del dinero es importante”, dice Charles Powell. “En los años ochenta, cuando mucha gente amasaba dinero rápidamente, el Rey sintió que se quedaba fuera de juego, así que pidió a varias personas que invirtieran por él. Uno deduce que es así como empezó su amistad con Mario Conde”. Conde era el presidente del banco Banesto y una figura muy importante dentro del mundo financiero del boom de la década de los ochenta. En marzo fue enviado a prisión para cumplir una condena de cuatro años y medio por malversación de fondos. También está acusado de otros delitos financieros y está a la espera de juicio. Antes de su caída en desgracia, en 1994, era una figura muy cercana a Palacio, y se rumoreaba que por lo menos había realizado una operación económica con el Rey.

 

Si se pregunta a Baltasar Porcel, columnista de opinión de varios periódicos y radios, y ocasional consejero del Rey acerca de asuntos sobre Cataluña, elige sus palabras cuidadosamente. “El Monarca es un hombre muy abierto, y ha sido amigo de Mario Conde”, explica. “Y si el Rey ha sido amigo de Mario Conde durante años, es lógico que Conde trate de aprovecharse de esta relación”.

 

Parece que esto mismo es lo que hizo Conde, cuando a mediados de marzo afirmó que había pagado dos millones de dólares al ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez, gran aliado de Juan Carlos. Se dijo que había sido una contribución para el partido político de Suárez a cambio de su ayuda para resolver una fusión bancaria. (Suárez lo niega.) Conde también se las apañó para hacer notar que durante años había sido alguien cercano al vizconde Almansa, jefe de la Casa Real. Los que siguen el caso Conde interpretan estas declaraciones sobre Almansa como una advertencia a los lazos que mantiene el Rey.

 

Lo que preocupa a algunos aliados del Monarca es que es posible que Mario Conde tenga en su poder alguna evidencia que implique al Rey en asuntos turbios. “Conde tiene grabaciones, documentos y ese tipo de cosas”, afirma un empresario muy bien relacionado, que conoce al Rey desde los años sesenta. “Pruebas muy incriminatorias. Sería terrible si decide sacarlas a la luz”.

 

Aun así, añade, cree que el ex banquero no lo hará, ya que espera ser incluido en una “gran amnistía de fin de milenio” aprobada por el Gobierno conservador. El monarca, dice, es la “última carta” de Conde. Sólo la usará si ve que no puede salir de la cárcel”.

 

“El Rey tiene estas pequeñas cosas negativas, y sólo juegan en su contra”, asegura el barón que me enseñó su castillo. “Pero, para ser justos, uno tiene que mirar toda su vida en perspectiva, y como yo lo veo, pesan más los aspectos positivos que los negativos”.

 

El socialista de Barcelona, quien se declara “absolutamente leal” al Rey, está de acuerdo. “Su figura es lo mejor que podíamos haber inventado para el sistema político español. Ésta es la razón por la que la mayoría de los españoles quiere protegerle… Si hiciera mal su trabajo, o si tuviéramos un Rey diferente, nada habría merecido la pena. Mientras el Rey no rompa las reglas del juego, la monarquía tampoco se romperá”.

 

Las “reglas” en España han cambiado sustancialmente desde los tiempos del abuelo de Juan Carlos y de Franco. La ironía es que el Rey debe su credibilidad e influencia a un sistema democrático que ayudó a poner en su sitio. El monarca ya no es inmune, pero como la monarquía es útil y funciona –como la herencia del primogénito de los antiguos vasallos del barón– es poco probable que pierda el apoyo de la gente. “Es un espejo en el que la gente puede verse reflejada”, afirma Charles Powell. “La razón principal por la que es tan popular es porque simboliza un nuevo sistema democrático. Si criticas a la monarquía, estás cuestionando todo lo que ha ocurrido desde la muerte de Franco. Si cuestionas el sistema de gobierno, abres la caja de Pandora y todo queda fuera de lugar. La monarquía ha sido útil. Es posible que no lo sea en 20 años, y entonces la familia real tendría que hacer las maletas”.

Anuncios
comentarios
  1. Jamie Holts dice:

    Thanks for posting the article, was certainly a great read!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s