Los mercaderes del Che

Publicado: 18 octubre 2008 en Alex Ayala Ugarte
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Susana Osinaga Robles es la enfermera que lavó el cadáver del Che. Es una mujer menuda, de setenta y cuatro años, pelo ondulado, piernas hinchadas, y su historia transcurre el 9 de octubre de 1967, en Vallegrande, un pueblo perdido en el este de Bolivia. Aquellos eran años de Guerra Fría: los Estados comunistas contra los capitalistas. Ernesto Che Guevara, embajador de la lucha armada, había llegado a Sudamérica para convertirla en un escenario más de la revolución mundial. Pero después de que las autoridades bolivianas lo derrotaron, exhibieron su cadáver acicalado como un trofeo de batalla.

 

Cuatro décadas después, en la sala de su casa, la enfermera Osinaga dice que hablar de lo que vio, escuchó y lavó tiene un precio: son cincuenta bolivianos, solicita ella bajando el tono, casi silabeando. La suya es una tarifa fija que equivale a unos seis dólares o lo que puede costar un souvenir corriente en cualquier destino turístico del mundo.

 

Y en Vallegrande, los vecinos quieren explotar ese atractivo singular de ser el pueblo donde los restos del Che fueron enterrados. Por eso, para la enfermera que acicaló su ilustre cadáver, recordar esa historia en público se ha convertido en un oficio como cualquier otro.

 

Osinaga trabajaba en el hospital Señor de Malta hasta que se jubiló a fines de la década de 1980. Ahora, rodeada de sus nietos, atiende un comercio de abarrotes en el centro de Vallegrande, donde los productos se amontonan sin orden en las estanterías. Hoy es una mañana de principios de octubre del 2007, y ella ha preparado para la venta unos calendarios que llevan la imagen del guerrillero.

 

Espera que los peregrinos y turistas que siguen la llamada Ruta del Che se acerquen a escucharla, como ocurre siempre durante los aniversarios de la muerte de Guevara.

La Ruta del Che es un destino turístico promovido por el Gobierno izquierdista del presidente Evo Morales. Pero a pesar de la publicidad, a lo largo de los ochocientos kilómetros de su trayectoria (desde Camiri, en el sur del país, hasta Vallegrande, en el norte) casi no existe infraestructura para acoger a los visitantes, y el camino sigue siendo un caracoleo tortuoso de doce horas desde La Paz.

 

En la oficina de turismo del pueblo dicen que los viajeros todavía llegan a cuentagotas.

Que el alcalde del lugar pertenezca a un partido de derechas sólo es una señal de que el mensaje revolucionario del Che no caló en esta localidad de casi veinte mil personas (ya pocos recuerdan que quien denunció al Che ante el Ejército fue un campesino). Tampoco se siente una devoción intensa hacia su figura; el grueso de vecinos sólo parece pendiente de sus terrenos de cultivo; ellos caminan como ausentes por las calles de edificios chatos y abren las puertas de sus casas para buscar el fresco. Sin embargo, algunos son conscientes de que el Che es un producto turístico muy cotizado. «Yo lo lavé», les dicen a los visitantes. «Yo conversé un rato con él». «Yo le miré a los ojos». «Yo le corté un mechón de su cabello».

 

Todos esos recuerdos se venden.

 

Las camisetas con el rostro del Che deben de ser el souvenir más vulgar que se puede encontrar en el pueblo. Hay quienes despachan botes con tierra del lugar donde el Che permaneció enterrado hasta 1997, cuando se halló su tumba. «Con su sangre», aseguran los vendedores. Una galería en plena plaza central ofrece cerámicas y enormes cuadros con altorrelieves del Che. Cada obra cuesta cuatrocientos dólares. En un establecimiento cercano se venden documentos, afiches, pines, fotografías y libros fotocopiados sobre el Che. Al lado de un mercado reposa un camión repleto de ron El Che. En la imagen publicitaria, una modelo en bikini sostiene en sus muslos una botella de ese licor, y en la etiqueta de la botella, el rostro del Che.

 

En la tienda de Susana Osinaga no cuelgan imágenes del Che, pero los calendarios con su fotografía se venden como pan caliente. Antes de poder hablar con ella, su hijo, un hombre de unos cuarenta años y de barba espesa, me enfrenta blandiendo un cuaderno donde figuran varios apellidos extranjeros. Luego me exige que le dé mi nombre y que lo siga hasta la tienda de su madre. Allí Osinaga bebe café en una mesa de madera, mira de reojo y desaparece sin decir nada por una puerta trasera. Entonces el hijo me conduce a una sala pequeña, de paredes de un azul desangelado, donde Osinaga se ha acomodado en uno de los tres sillones que hay en la habitación, como un médico a punto de iniciar una consulta. Sobre ella pende un afiche del Che. «¿Qué es lo que quieren saber?», pregunta con una voz áspera. Y ésta debe de ser la misma manera en que dirige a quienes la escuchan desde fines de los ochenta, cuando ella comenzó a ejercer el oficio de compartir su memoria.

 

Osinaga tenía treinta y cuatro años cuando un oficial del Ejército la buscó para que aseara el cadáver del Che Guevara. «No sabíamos quién era él –dice ahora como repitiendo de memoria una lección escolar–. Lo desvestimos por completo.

 

Tenía sus botas hasta media canilla, dos pantalones y tres pares de calcetines. Me impresionaron sus ojos. Parecía que nos miraban fijamente». El hijo de Osinaga observa a su madre en un estado casi catártico. Luego se tumba en otro sillón, se incorpora, hace gestos nerviosos. Ella continúa: «Le pusimos un pijama, pero los militares se lo bajaron para mostrar las balas: en el costado, en la pierna, el corazón. Estaba seco. Casi todo el pueblo vino a mirar, eran miles de personas». Entonces el Che, que en vida debió de ser un extraño para la mayor parte de los habitantes de Vallegrande, ya muerto se convirtió en el centro de atención.

 

Ahora la gente del pueblo organiza misas en su memoria y hasta le encomienda sus rezos, dice Osinaga y luego aclara que a ella el Che no le ha concedido ningún milagro. «Pero ahorita mismo le voy a pedir uno y ya les contaré», exclama con ironía y se pone de pie. Así da por terminada la entrevista. «Son cincuenta bolivianos –dice antes de irse–. Ya sabe, una está enferma y la jubilación no alcanza». El hijo apunta mi nombre en su cuaderno, el mismo que contiene los datos de otros periodistas y visitantes que han oído la misma historia. Lo hace con ese gesto de frialdad que producen los negocios rutinarios.

 

El Che se ha apoderado del país. Es octubre del 2007 y los homenajes por los cuarenta años de su muerte –mesas redondas, presentaciones de libros, conciertos, discursos– se multiplican en Bolivia. En los pueblos de Vallegrande y La Higuera los alojamientos exhiben carteles que indican que «no hay espacio». Los peregrinos –apenas mil de los diez mil que se calculaba– se resguardan en pequeñas carpas. Hay uruguayos, argentinos, brasileños y, en menor cantidad, europeos y estadounidenses. La mayoría pertenece a partidos comunistas y a organizaciones de izquierda más moderadas. Muchos viajaron en caravanas, en autobuses particulares, y los identifican sus atuendos repletos de frases revolucionarias, las camisas rojas, las boinas. Para ellos, el recorrido se repite. Primero la lavandería, donde se expuso al público el cuerpo del guerrillero; luego el mausoleo, donde se hallaron sus restos en 1997. Los habitantes del pueblo observan ese tránsito, envueltos en una suerte de vientos vespertinos.

 

Camino a la tumba, a seis o siete cuadras de la plaza principal, está la casa de Julia Cortés. Ella es una profesora jubilada a la que le solicitaron que preparase una taza de café para el Che cuando éste aún se hallaba prisionero en el poblado cercano de La Higuera.

 

Según Jaime Niño de Guzmán, el oficial que lo transportó en un helicóptero hasta Vallegrande, en aquellos momentos el Che tenía una barba espesa y olía mal. «Creo que estaba desesperado por morir.

 

Me aseguró que era más valioso muerto que vivo», me dijo Niño de Guzmán, ya anciano, durante una conversación que sostuvimos en La Paz en el 2006. La profesora Julia Cortés fue testigo de esos instantes.

 

Un vecino dice que ella suele cobrar a los extranjeros entre cien y trescientos dólares por recordar una historia que debe de haber repetido cientos de veces. «A los turistas y periodistas bolivianos les cobra menos», me aseguró Zacarías García, un fotógrafo español que la había visitado recientemente. Para ellos, la tarifa fluctúa entre los quince y los cien dólares. ¿Le habrá cobrado al Che por aquella taza de café que le sirvió? Una figura asoma levemente al otro lado del portón de metal de la casa de Cortés. La construcción es de dos plantas y de color crema. «¿Qué desean?», pregunta ella con una voz que parece que se va a apagar del todo.

 

 

No mide más de un metro sesenta. Lleva puesto un delantal con manchas de comida, su pelo es ensortijado y está grasoso. Me analiza de arriba abajo y acerca su rostro tanto que incluso puedo distinguir unos pelitos armando un fino bigote. «Vuelva más tarde», dice, finalmente. Y ya nunca la volvería a encontrar en casa. Los que sí han logrado hablar con ella –como el fotógrafo español– dicen que Cortés era una profesora rural de diecinueve años en la escuela de La Higuera, el pueblo donde el Che estuvo detenido. Ella habría sido una de las pocas personas que mantuvo un trato distendido con él durante el poco tiempo que permaneció allí con vida. Eso dicen. Y ahora esa cercanía con el guerrillero parece otorgarle a Cortés cierto aire altivo. Ella decide cuándo y con quién compartir sus recuerdos.

 

En la plaza de Vallegrande hay un museo austero, donde unas cuantas fotografías y textos sobre el Che son los únicos tesoros en exhibición.

 

Para saber más sobre el guerrillero es necesario salir de ese recinto. Cerca de allí hay una ferretería que lleva el nombre del pueblo. Es un negocio familiar, con un gran mostrador, luz tenue y estantes repletos de tuercas, cables, tornillos, candado y engranajes. Lo regenta la hija de René Cadima, un fotógrafo que capturó varias instantáneas del cadáver del Che. Ahora Cadima bordea los noventa años y suele pasar las tardes haciendo la siesta.

 

Por la noche, lo encuentro bebiendo un té caliente con galletas. Luce unas canas poderosas y anteojos grandes que delinean los surcos de su cara. Sus piernas fueron amputadas a causa de la diabetes, y ahora él se transporta en una silla de ruedas. Está ciego y apenas oye. De pronto, pide ayuda. Uno de sus nietos en edad escolar lo aproxima a la grabadora, y el viejo Cadima, como si un acto reflejo lo impulsara, empieza a hablar sin pausa. «Él siempre dijo: “Yo valgo más para ustedes vivo que muerto”. Pero lo mataron en La Higuera –dice casi recitando, como si leyera un poema–. Cuando lo trajeron a Vallegrande, corrí a la lavandería. Entonces yo tenía las dos piernas y cuarenta y ocho años. Lo encontré desnudo. Mi error fue que le saqué una foto con flash. “¿Quién fue?”, gritó uno de los soldados. No querían exhibirlo desnudo por completo.

 

Antes de que me dijeran nada, me delaté. Les entregué mi negativo. Luego, en la tarde, tuve la oportunidad de ingresar con mayor libertad. Incluso hice que sacaran el cuerpo donde había más luz y lo fotografié junto a un grupo de soldados». Entre todas esas imágenes, hay una en la que el rostro del Che se parece al de Jesucristo muerto. Es la más famosa. Se publicó en muchos periódicos de todo el mundo.

 

Cadima continúa su relato: «A los dos o tres días el cuerpo desapareció. Hubo muchas habladurías: que si lo habían enterrado en la selva, que si lo habían quemado; hasta se dijo que sus restos se hallaron en la zona del aeropuerto, en 1997. La gente se quejó porque dejaron que se llevaran sus huesos a Cuba». Ahora Cadima sujeta una de sus fotografías. El Che aparece acostado sobre una camilla apostada encima de la pileta de la lavandería y un guerrillero desfigurado yace en el suelo. Cadima la muestra con orgullo, como si su propia vida se hubiera paralizado en ese instante.

 

Cuando la entrevista ha terminado y estoy apunto de levantarme, Cadima me jala del antebrazo. «Siempre me reconocen unos billetitos», dice. A cambio, ofrezco comprarle dos copias de sus fotografías. Cinco dólares. El anciano me pide que se los entregue a su hija, que está detrás del mostrador de la ferretería. Luego su nieto lo aleja en la silla de ruedas.

 

En la ruta turística de la pasión y muerte del Che, La Higuera es una de las estaciones más importantes. En el terreno casi selvático que rodea este pueblo Guevara fue capturado el 8 de octubre de 1967, y allí también se masacró a sus camaradas. En verdad, La Higuera es una aldea de apenas veinte casas, y casi todos sus habitantes vivieron la época de la guerrilla. La única calle del pueblo, más o menos ancha y prolongada, hoy está llena de gente debido al aniversario. El resto del año, luce vacía y entonces el turismo, más que una actividad, parece sólo una fecha que se espera como a la Navidad. Al lado del camino se encuentra La Casa del Telegrafista, donde el contingente militar que durante meses había perseguido al Che y a sus rebeldes recibió el mensaje en clave que ordenaba matarlo –«Di buen día a papá»–. La orden había salido desde Palacio de Gobierno, en La Paz. Ahora el local es un albergue ecológico.

 

En La Higuera no existe luz eléctrica, a pesar de que todos los años el Estado promete que el próximo año sí habrá. Las paredes de muchas casas tienen dibujos del Che, y en la escuela donde lo tuvieron preso se ha improvisado un museo con algunos libros y un puñado de fotografías sobre la acción guerrillera en esos parajes. Camino a la plaza, hay un cartel en cartulina azul sobre una casa particular de adobes y puerta metálica: «Museo histórico del Che». Un vecino dice que allí hay una silla donde se sentó Guevara. Hoy no hay nadie. Al día siguiente, ya no estaría el cartel. Lo colocan sólo durante los aniversarios, cuando la afluencia de gente es de al menos unos cientos de personas. Otras inscripciones salpican el frío adobe de las casas cercanas: «Acuérdense que la revolución es todo y cada uno de nosotros solo no vale nada».

 

«Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecer». «Tú vives por siempre, Che». Al lado de este último mensaje se halla la tienda La Estrella. La atiende Irma Serrano, quien conoció a Guevara durante una fiesta popular. Luego lo volvería a ver, ya preso, y le llevaría una de sus últimas comidas antes de que lo mataran.

 

Serrano bordea los sesenta años y tenía veinte cuando atendió al Che. En su tienda no abunda la mercadería: hay cerveza, cigarros Astoria, arroz, aceite y algunas latas de conservas. Ahora ella barre el ambiente con una precaria escoba de ramas secas, y desde un afiche a color el Che parece vigilar su actividad. «Él era bien apuesto –dice Serrano–. Tenía una mirada bien linda». Luego recuerda que el 24 de septiembre de 1967 (días antes de morir), el Che y sus guerrilleros llegaron a la fiesta de la Virgen de las Mercedes. Bailaron, tomaron chicha, conversaron. También compraron un cerdo y lo pagaron en bolivianos y en dólares, aunque en aquellos tiempos esos papeles verdes eran inusuales en esta parte del país. Serrano dice que convidaron a todo el mundo, y luego agrega: «Nosotros les teníamos miedo. No estábamos acostumbrados a los señores barbudos. Ni siquiera sabíamos quién era él, ni lo supimos hasta varios años después». Para los pobladores de la aldea, el Che debía parecer un extranjero raro más que un salvador de los pobres del mundo.

 

Irma Serrano volvió a ver al Che cuando éste ya era un prisionero. «Por orden del Ejército, le llevé café, empanaditas y huevos –recuerda en su tienda–. Le colocamos todo en una silla. Me dio únicamente las gracias. Estaba triste, muy alicaído». Cuatro décadas después, los pobladores de La Higuera le prenden velas y le hacen brindis en las fiestas, dice la anciana. «Yo le hablo y él me ayuda. Cuando tenía a mi marido enfermo y no me alcanzaba para comprar los medicamentos, le pedía a su fotografía y alguien siempre me cooperaba». Ahora unos médicos de Cuba atienden en una posta de salud cercana, y Serrano piensa que eso también es obra del Che.

 

En la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, otro equipo de médicos cubanos recuperó la vista de Mario Terán, el soldado que por órdenes de sus superiores mató a quemarropa a Guevara. Terán era uno de los hombres perseguidos por la llamada maldición del Che.

 

Dicen que ese mismo estigma ha castigado a La Higuera con una sequía. Serrano explica que es la venganza del Che contra el pueblo donde lo delataron. La maldición también se ha ensañado con Gary Prado Salmón, el general que lideraba el grupo que capturó a Guevara y quien mandó ajusticiarlo. Prado Salmón pasa su vejez sentado en una silla de ruedas. Honorato Rojas, el campesino que alertó de la presencia de la guerrilla, fue asesinado. René Barrientos, presidente de Bolivia en esa época, murió carbonizado en un confuso accidente de helicóptero, en 1969. A Juan José Torrez, jefe del Estado Mayor, lo mataron los paramilitares en Buenos Aires. Y Roberto Quintanilla, el jefe de Inteligencia, murió por los disparos de una guerrillera boliviana, cuando ejercía como cónsul en Alemania.

 

«Pero más que maldito, el Che es milagrero –insiste Irma Serrano–. ¿Será que nos trae la electricidad?». Luego me pide unos cuantos bolivianos por su testimonio. Le pago comprándole unas cervezas. Escribir sobre los últimos días de vida del Che puede llegar a costar una fortuna.

 

***

 

Hoy es 9 de octubre, el aniversario número cuarenta de la muerte del Che. La Higuera, el pueblo en el que lo retuvieron como prisionero y lo asesinaron, amanece con uno de esos calores que carcomen las heridas. Su única calle acoge ya a varios grupos de peregrinos. Martín Sharples es argentino, tiene cuarenta y un años y le falta una pierna. Ha llegado a la aldea auxiliado con una prótesis ortopédica y quiere recorrer tres mil kilómetros en bicicleta levantando las banderas de justicia y libertad que agitaba el Che. «Lo mío es para protestar por los treinta mil desaparecidos de la última dictadura argentina, la de Videla –dice con un marcado acento gaucho–. Lo que más me ha llamado la atención es que la gente de acá dice que los guerrilleros pagaron por todo lo que consumieron. Al final, resulta que esos asesinos eran solidarios». En La Higuera, sin embargo, ningún lugareño va más allá de la mera anécdota en sus conversaciones. Nadie habla de su mensaje, tampoco recuerdan a los guerrilleros que lo acompañaban en la aventura.

 

Mientras charlo con Sharples, un pequeño autobús lleno de peregrinos brasileños se estaciona cerca. Entre ellos, hay tres religiosos: un teólogo de la liberación, un monje zen y un pastor anglicano. Vienen a realizar su homenaje particular. Recogen tierra en bolsitas, cantan, rezan, entrelazan sus manos, descubren una fotografía enorme del Che y terminan su acto con un eslogan revolucionario: «¡Hasta la victoria, siempre!». Pero también hay quienes miran desconfiados, molestos con el destino de ese guerrillero y con la manipulación de su figura. «Esto es un circo, un teatro, la gente llega aquí como quien va a visitar el parque zoológico. Ya no hay ganas de luchar por un ideal», se queja Agustín Romero, un artesano argentino de veinticinco años que recorre La Higuera desde hace varias semanas. Dice que él no comulga con el show montado por los actos de aniversario. Sin embargo, también está aquí, en esta especie de «Tierra Santa Socialista», tratando de hacer dinero con la venta de aretes y collares, lo que le permitirá proseguir su viaje.

 

Romero me ha indicado dónde queda la casa de Manuel Cortés, un campesino que recuerda sus vivencias con el Che como si éste aún estuviera presente. Tiene sesenta y tres años y nos recibe con humildad mientras limpia su patio (un periodista de Suecia me acompaña en esta visita). Las únicas pertenencias que asoman a la vista son un catre, un puñado de ropas viejas y algunos libros sobre la vida del Che. «Las radios decían que los guerrilleros robaban chanchos y gallinas, pero eso es mentira –dice–. Usaban largavistas, venían de a dos para hacerse con provisiones.Todo lo compraban». Luego recuerda el combate del Abra del Batán, donde murieron varios guerrilleros, días antes de que atraparan al Che. «Los soldados nos obligaron a ayudarles, a traer mulas. Luego cogieron a Guevara. Él venía abrazado de un militar, herido y cojeando. No nos dejaron entrar a la escuelita donde lo retuvieron. Le hicieron muchas fotografías, se emborracharon y lo mataron. Cuando yo lo vi, estaba tirado en medio de la casa. Le corría la sangre por el pecho», dice Cortés, y parece que aquel recuerdo todavía le doliera.

 

Manuel Cortés asegura que en La Higuera todo el mundo es devoto del Che y que cualquier lugar es bueno para pedirle favores. Vive solo, y los pesos que obtiene por compartir su historia son una ganancia extra, pues sus ingresos, que le alcanzan sólo para subsistir, los obtiene de la siembra de hortalizas y frutas. En los días de aniversario, como hoy, el pueblo se llena de gente, y no faltan los curiosos y los periodistas que lo buscan para escucharlo. El periodista sueco le entrega ocho dólares. Cortés los recibe y se marcha contento para alimentar a sus gallinas.

 

No todo en Vallegrande y en La Higuera pretende ser un gran mercado en torno a la figura del «comandante Guevara». Para algunas ancianas, él es como un santo, y lo respetan. Las conocen como Las viudas del Che. «Almita del Che», dicen siempre al comienzo de sus oraciones. Lygia Morón Cuellar tiene sesenta y siete años pero, más que una viuda, podría ser una de las vírgenes del Che. «Jamás he conocido varón», reconoce. Un retrato a colores de Guevara tiene un lugar de privilegio en su casa: reina en una especie de altar sin flores, frente a la fotografía de su hermana. Morón está jubilada de una cooperativa y es parte de la Fundación Ernesto Che Guevara. «Cuando yo lo vi, ya cadáver, estaba desnudo –recuerda–. Lo tapé para que no lo vieran las jovencitas». Ahora, casi no hay día en que Morón no se detenga ante esa imagen del guerrillero para darle los buenos días y las buenas noches, como si se tratara de una figura patriarcal.

 

***

 

Morón recoge unas flores de su jardín y se dirige a la lavandería donde cuatro décadas antes se exhibió el cuerpo muerto del Che. Allí deja el arreglo como ofrenda y entona varias canciones en honor a la lucha guerrillera de Guevara. Luego alza el puño. Se emociona. Su voz es cavernosa. Casi llora. «¡No es justo!», grita. «¡El Che vive!», dice después. En cierto sentido tiene razón.

 

De camino al mausoleo, donde se rinde tributo a los restos de Guevara, me topo con dos señoras envueltas en unos vestidos largos y en mantillas de un luto perfecto. Son Alejandrina del Valle y su madrina, Inés Robles, quienes se dirigen a orar al Che. Allí hay siete lápidas muy sencillas y un panel en memoria a los guerrilleros caídos. «Le rezamos al Che tres estaciones para que nos ayude con la venta de la chicha», dice Alejandrina. Su madrina, quien visita el lugar por primera vez, cierra los ojos. Permanece así durante algunos minutos.

 

La tumba es simbólica. Los restos de Guevara fueron descubiertos en 1997 por un equipo de antropólogos forenses cubanos y argentinos, y luego trasladados a Cuba (aunque hay quienes dudan de la autenticidad de ese cadáver). ¿Qué habría ocurrido si el cuerpo se hubiera quedado en Vallegrande? ¿Acaso su población habría dejado de vivir en el olvido? Algunas preguntas son fáciles de plantear y difíciles de responder. Por ahora este pueblo parece un fantasma que resucita una vez al año, cuando el Che, su espíritu más ilustre, vuelve a morir cada 9 de octubre.

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comentarios
  1. nac dice:

    De casualidad llegué a la lectura de esta crónica.
    De casualidad un 9 de Octubre.

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