Una batalla en el fin del mundo

Publicado: 7 noviembre 2008 en Daniel Titinger
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Mañana es la batalla de Tocto y he puesto todas mis esperanzas en que haya un muerto. Al menos uno. Me han dicho que en el 2001, en esta batalla campal al sur del Cuzco, murió un combatiente; que el año pasado, 2006, algunos luchadores perdieron los ojos; y que hace dos años una bala perforó el corazón de un caballo color almendra. «No se usan armas de fuego –intentaron explicarme–, no sé qué pasó allí». Lo cierto es que las probabilidades de que mañana corra sangre son muchas: la vida es frágil cuando se acerca la batalla. «¿Te vas a la lucha de Tocto?, uy, allí se matan como animales», me advirtió una mujer con los ojos encendidos. Las secuelas de una guerra son previsibles, lo mismo que el paisaje a casi cuatro mil metros de altura: nubes gordas y blanquísimas nadando en un cielo color cielo, con muchas piedras empinadas y montañas verdes como pirámides imperfectas. Hoy es una mañana luminosa y helada en el distrito de Quehue, a unas siete horas de Tocto, a pie. La altura es perversa si vienes de un lugar con vista al mar: sólo dar un paso te demanda media vida de aliento. ¿Siete horas a pie no es como morir un poco? Pero esa incertidumbre recién será mañana y entonces he puesto todas mis esperanzas en que haya un combatiente muerto. Hay que ser fríos y despiadados y políticamente incorrectos: un periodista va a la guerra y confía en que las armas hagan su trabajo; que el protagonista principal de su historia –en este caso, Benedicto Cayllo, veintiocho años, natural del distrito de Quehue, provincia de Canas, departamento del Cuzco– sea derribado por el enemigo. La violencia nos afecta a todos.

–¿Y no tienes miedo de que te pase, no sé… algo? –interrumpo a Benedicto Cayllo en un restaurante de Quehue, donde almuerza un inexpresivo estofado de gallina junto a otros dos campesinos con ojotas, esas sandalias de caucho que forman una X sobre el pie.

Benedicto sonríe sutilmente, se acomoda el sombrero que le hace sombra a sus ojos, termina de tragar un trozo de gallina y responde, sin darle mucha importancia al asunto:

–No, pues, yo voy a pelearles también a ellos, para hacerles lo mismo.

–¿Has matado a alguien, Benedicto?

–No, pues.

Las tres mesas del restaurante son tablones de madera vieja y oscura, con cuatro patas flaquísimas que podrían quebrarse de un soplo. Las paredes de adobe están disfrazadas con propaganda electoral de las pasadas elecciones presidenciales del Perú, vota por mí, la prueba de que alguien sabe (sabía) que este lugar existe en el mapa del país. El techo es un plástico celeste sujetado con piedras y el piso es de tierra seca, como el aire que uno respira. Afuera, una placita principal en medio de ese paisaje previsible, con una iglesia cerrada, un colegio sin niños, una municipalidad sin funcionarios, la modorra natural de un pueblo chico a la hora del almuerzo, y en el restaurante de paredes de adobe, distraído con el estofado de gallina, a Benedicto Cayllo no le preocupa la batalla.

–¿Primera vez que vas a pelear en Tocto? –le pregunto.

–Hace diez años voy, desde que tenía dieciocho –sonríe y come.

Benedicto no tiene ni treinta años y puede morir mañana. No es exagerado pensarlo. La misma mujer que antes me había dicho que en Tocto se matan como animales sabe de una persona que murió unos días después de ir a la lucha. «Los del otro bando le habían arrancado las orejas, la lengua y los dedos de los pies», dice. Ella no es de Quehue, sino de Sicuani, un distrito alejado, y desde ese lugar entiende la violencia de la lucha de Tocto como una práctica bestial. Una señal de radio que llega al pueblo anunciaba la tarde anterior a la batalla: «Prepárense. Mañana sólo irán los hombres más hombres que los hombres». Tener miedo es una enfermedad grave a la que aquí se le dice animu qarqusqa, alma espantada, y la culpa la tienen los espíritus malignos. Eso es lo que se cree: el miedo también mata.

Aquí se creen muchas cosas que no aparecen en los panfletos de turismo. Sigue siendo el Cuzco, pero no es esa ciudad prometida donde cientos de turistas gringos fotografían una piedra. Estamos en la comunidad de Quehue, provincia de Canas, y mañana es la guerra.

–Yo no siento que sea guerra –dispara desde su mesa Benedicto Cayllo, quien hace unos años regresó de Tocto con una fractura en un pie que lo tumbó seis meses en una cama–. Es como un juego.

Las reglas del juego son claras. Cada año, en tres fechas distintas –8 de diciembre, 1 de enero y el segundo jueves de febrero–, dos provincias cuzqueñas que viven en paz, una al lado de la otra, tienen la oportunidad de odiarse a muerte por un día. Mañana, segundo jueves de febrero, será la última lucha de la temporada, y dicen que por eso será la más sangrienta. Fuera de la batalla (del juego), los combatientes ni se conocen. Canas versus Chumbivilcas son los vecinos perfectos hasta que llega una de las fechas en las que tienen que derribarse a pedradas. Para ello han elegido un lugar neutral y limítrofe, Toqtopata, «el andén que explosiona», una quebrada casi inaccesible con truenos, rayos, granizo y unos cinco mil metros de altura. Hasta allí llegarán cientos de combatientes de cada bando. Desde Quehue, donde estoy ahora, no irán muchos, quizá veinte o treinta hombres que se juntarán en el camino –siete horas a pie, ya lo dije, con desfallecimiento prematuro– con hombres de otros distritos de Canas: Yanaoca, Langui, Ch’eqa, Kunturkanki, Chimpactocto, treinta, cincuenta, cien, doscientos combatientes, quizá más, que se enfrentarán a los distritos de la provincia de Chumbivilcas. No habrá jueces ni turistas. La vida, es decir, la posibilidad de no perderla, es una tautología de la que todos tienen conciencia: el que muere muere.

Aunque el objetivo sea otro: ahuyentar al adversario disparando piedras con unas hondas de lana de llama –a pie o a caballo– o combatiendo cuerpo a cuerpo con unos látigos que terminan en puntas de metal. Si te golpean en la cabeza, se termina la batalla, se acaba el juego. No sobrevives. «Los hombres están bestializados por el alcohol y el odio –apunta el cuzqueño Mario Alberto Gilt, un erudito del tema–. Quieren ver sangre y, en el furor del combate, los bandos toman contacto y luchan cuerpo a cuerpo». «Es gente muy violenta», me dijo en la ciudad del Cuzco, en su casa de la calle Alabado, el historiador Abraham Valencia. ¿Por qué pelean? Es difícil que entiendas lo que sucede en Toqtopata: son reglas distintas a las tuyas. Canas y Chumbivilcas son dos provincias del Perú, pero desde una visión costeña, citadina y pequeñita, parecen otro país. Incluso otro planeta. Aquí se cree, por ejemplo, que la sangre de los heridos y de los muertos regará la tierra –la pachamama– y así el año siguiente será próspero y fértil. Que los dioses esperan como ofrendas las almas de los caídos. Que los vencedores, en tiempos inmemoriales, bebían chicha, ese alcohol fermentado del maíz, en el cráneo de los vencidos. Que a esos perdedores les espera una pobre cosecha hasta la siguiente batalla. «El guerrero que cae –escribió una periodista cuzqueña– no es llorado por sus familiares, porque su sangre riega los surcos y los fructifica». No es jugar por jugar. Sólo un forastero podría creer que se matan como animales.

–¿Odias a los de Chumbivilcas, Benedicto?

–No, pero si les cae una piedra mía, no siento nada, igual a mí me cayó.

Es mediodía en Quehue, provincia de Canas, y Benedicto Cayllo sale a la placita para terminar la faena del día. Mañana, cuando el sol se asome detrás de los cerros, Benedicto irá a pelear. Si muere muere. En todo caso, no es una posibilidad en la que él esté pensando. Hoy está trabajando junto a otros campesinos en cercar la cancha de fútbol del pueblo, cansados de que sea invadida por chanchos y vacas. La única agenda posible es la del día a día. El césped de la cancha llega a los talones y para el ganado debe ser apetitoso pastar allí. Al centro de la plaza de Quehue hay una pileta de piedra con una escultura central de casi tres metros, sobre la que cuelga un puente en miniatura, hecho de metal y pintado de dorado. A cada lado del puente hay una persona también de metal, pintada de blanco y salpicada de colores. El artista ha sido cuidadoso en los detalles. Una lleva una honda y parece estar a punto de disparar una piedra. La otra empuña una soga de tres puntas de fierro. Frente a frente, preparan sus armas para la inminente pelea.

–Más luego conversamos –promete Benedicto en su modesto español.

Al menos sabe español. Yo no hablo quechua.

Luego se pierde por una calle de tierra, doblando en una esquina donde hay un letrero escrito a mano. El mensaje es claro y se puede leer casi desde cualquier lugar de la plaza: «Se vende cajón mortuorio».

 

El gobernador del distrito de Quehue se ha remangado el pantalón para mostrar la cicatriz que le dejó una batalla. Nadie se lo ha pedido, pero las heridas de guerra son trofeos que uno debe lucir: una prueba inequívoca de valentía. Si la evidencia está oculta, entonces hay que remangarse, señalarla con un dedo: ésta es, mira. La herida es de hace cinco años y ahora tiene el aspecto de un lunar de carne. Feísima. Del tamaño de un botón. Leopoldo Puma es el gobernador de Quehue y recuerda que en el ardor de una lucha sintió un golpe seco a la altura del tobillo. No le dolió a muerte sino hasta un rato después, cuando cayó derribado como un saco de papas. Mala suerte, o quién sabe qué. Que te pegue una piedra tal vez sea un mensaje de los dioses. Son cientos de personas luchando en medio de la nada. La nada es inmensa. ¿Cuál es la probabilidad de que te caiga una piedra? Si fuera tan fácil dar en el blanco disparando una honda de lana, entonces Canas y Chumbivilcas serían provincias repletas de lisiados. Aunque la lucha puede complicarse, ponerse más violenta y, de pronto, dos enemigos se encuentran cara a cara. Se acercaron demasiado y ahora deben usar sus látigos con puntas de metal para defenderse uno del otro. Defenderse es atacar. Atrás, se escuchan los insultos de ambos bandos; encima, las piedras que silban como balas. Se oyen truenos y la marea natural de la guerra ha puesto a dos combatientes frente a frente. Uno deberá ser fulminado. Pero ésa es otra historia. A Leopoldo Puma lo que le sucedió fue que una piedra lanzada con una honda le cayó cerca del tobillo. Sus compañeros lo pusieron a salvo; de lo contrario, él mismo se habría convertido en un trofeo para el enemigo. Tal vez hubiese sobrevivido: dicen que está de moda tomar prisioneros y no matarlos. Las nuevas generaciones han aprendido costumbres extrañas.

Son las dos de la tarde y Puma se ha sentado frente a la puerta de la iglesia de Quehue, bajo un arco de adobe que produce la única sombra a la vista: el sol serrano puede dejarte la piel como una tostada y es preciso tomar precauciones. En la lucha es distinto. Dicen que te olvidas hasta de quién eres, o como me contó un antiguo combatiente que ahora vende pan de trigo en una de las esquinas de la plaza, «al cuerpo le entra una emoción que llega al hueso». Antes de los incas, éste fue el territorio de la nación K’ana. Dicen los cronistas que los k’ana eran guerreros temibles, adoradores de las fuerzas telúricas, «de naturaleza indómita», los definió Alfonsina Barrionuevo, una periodista del Cuzco. «El kana –escribió ella– cree en la profunda relación que hay entre el hombre y la tierra. Por eso, cuando alguien muere en la lucha, se alegra». La herencia es tan obvia como una mancha en la cara: al caneño de estos tiempos le gusta pelear, casi como si se tratara de un deporte de aventura. Quizá hasta destile la misma cantidad de adrenalina que un paracaidista espiando el vacío desde la puerta abierta de un avión de combate. Es sólo que aquí la guerra, el deporte, el juego, o lo que sea, es parte de un rito tan antiguo como la memoria del hombre.

–Los apus se alimentan del derrame de sangre de la gente –trata de explicar el gobernador.

Los apus son los cerros sagrados. Se pelea por ellos, frente a ellos. El que pierde, pierde más que una lucha.

–Toda una vida los de Canas hemos ganado –dice el gobernador Leopoldo Puma–, pero cuentan que los de Chumbivilcas se han reforzado para este año.

Mala noticia. Mañana estaré junto con Carlos Díaz, el fotógrafo, en el bando de Canas, y preferiríamos que sigan manteniendo su fama de ganadores. Los combatientes de uno y otro lado beben mucho antes de pelear, y el alcohol le suma violencia a la violencia. Sería preocupante vivir esa experiencia etílica junto a los vencidos. Otra mala noticia: el gobernador no irá mañana. Ha pedido que el pueblo de Quehue designe a una persona para que nos acompañe. Mejor es ir con alguien, nos previene. Luego levanta unos centímetros el cerquillo que le cubre la frente y ostenta una segunda cicatriz, más vieja que la otra, obra de una piedra que casi le perfora un ojo.

–Como dice el dicho –dice el gobernador–, no temes morir ni vivir.

El dicho, naturalmente, sólo existe aquí. Cuando se pronuncia en quechua, parece poesía. Si no entiendes quechua, no entiendes nada. Se vive también en otro idioma.

–¿Estás llevando casco para protección? –me pregunta ahora el gobernador de Quehue.

–Sí. No quiero terminar como usted.

–Pero no –se acaricia el botón de carne–, no vayas a creer que estas heridas son del Tocto.

El gobernador habla (y se viste) en perfecto español, zapatos negros de cuero, un pantalón de sastre, una casaca marrón sobre la camisa. Leopoldo Puma es un hombre respetado en Quehue. Su fama jerárquica sobrepasa los límites del distrito y él quiere escribirle una carta a los tenientes gobernadores de la comunidad más cercana a Toqtopata para que mañana, cuando nos acerquemos a la lucha con los carnés de periodistas, no nos larguen a pedradas. Es un buen tipo el señor Leopoldo Puma. Aunque en Tocto todo es incierto y hasta él correría peligro. Cualquier hijo de campesino podría tirarle una piedra y Puma no tendría por qué vengarse al día siguiente. Así es el juego. Parece que se odian por unas horas y luego se van a sus casas. Leopoldo Puma dice que ha peleado en Tocto muchas veces pero que las marcas en su piel no son de allí. «No vayas a creer que estas heridas son del Tocto», fue lo que había jurado hace un momento bajo la sombra de la iglesia. Hay otras luchas similares, a eso se refiere. Sus cicatrices, por ejemplo, son trofeos del Chiaraje, que es el nombre de una pampa cercana a Quehue donde la pelea es cada 20 de enero, por el día de San Sebastián, ese mártir cristiano que murió azotado por los romanos. Su recuerdo festivo, en las alturas del Cuzco, no podía ser menos violento.

De diciembre a febrero, el calendario de guerra marca cuatro fechas entre Tocto y Chiaraje. Yo había leído acerca de esta otra batalla ritual en un diario de Lima hace algunos años. «Batalla deja al menos sesenta campesinos heridos en Cuzco», decía el titular. «Para los campesinos de Canas, no es un encuentro más, sino un rito ancestral que practicaban los incas», se leía en el artículo. Pero el inicio de la guerra es un misterio. Ambas luchas son tan antiguas que ni los actuales combatientes pueden precisar su génesis. Los españoles, cuando llegaron a esta esquina del mundo, descubrieron con espanto que se adoraba al Sol, a los cerros y a la tierra, y no tardaron en imponer su propia divinidad. San Sebastián, el santo que murió azotado, debió llegar en esa nueva camada de devociones, y entonces los indígenas, quienes ya jugaban a pedradas desde antes de la conquista, modificaron su calendario bélico de acuerdo con costumbres menos blasfemas. Se empezó a luchar por el Día de Compadres, por San Sebastián, por Carnavales. «Juego bestial de hondazos y piedras», se horrorizaban los paisanos de Pizarro. La tierra, sin embargo, siguió siendo sagrada, y había que ofrendarle más sangre. Pero si en Tocto el combate es entre provincias vecinas, la batalla de Chiaraje es de una violencia más doméstica. Canas versus Canas, la misma provincia dividida en dos bandos. Como no es una pampa alejada, hay turistas y curiosos. El Chiaraje tiene tanto de sangre como de feria, y mientras los combatientes arrojan sus piedras en el campo de batalla, en los cerros vecinos se vende comida y alcohol, y se disparan muchos flashes. El Tocto, sin embargo, mantiene su violencia en estado puro. Visto desde una lejanía sobre el nivel del mar, es como si buscaran motivos para matarse. Es algo que no entiendes. Los apus, la pachamama, la guerra con piedras, son protagonistas de un mundo que va más allá de tus narices y que no acaba en estas pampas cercanas a Quehue. En Arequipa, Puno, Ayacucho y Apurímac, otros departamentos del Perú, hay combates similares. Se lucha también en Bolivia, en Ecuador, incluso en el norte serrano de Chile y en Argentina. A la batalla la llaman tupay o tincui o pukllay. Significa «encuentro». Se pelea (se juega) para contentar a los dioses.

El gobernador ha caminado ahora hasta su oficina, en lo que antes era la estación de Policía de Quehue. Empieza a anochecer. Cada cierto rato, el pueblo retumba con el sonido de unos truenos cercanos, pum, pum, pum, como si estallaran bombas a pocas cuadras de aquí. Desde inicios del 2007, más de cuarenta campesinos de Chumbivilcas han muerto al ser alcanzados por rayos. Los dioses también son violentos. Pero hoy, en la provincia vecina, alguien te dice que no hay por qué estar asustado. Me explota la cabeza por culpa de la altura. No tengo hambre, ni sed, ni sueño. No quiero estar aquí. Leopoldo Puma ha pedido que nos hagan una cama al lado de su oficina. En pocas horas se decidirá quién nos acompañará mañana, y tendremos que salir al alba, dice. El frío penetra la habitación-congeladora. Ya no hay nadie, sólo nosotros. En la plaza apenas quedan encendidas las luces de la municipalidad, donde se está decidiendo el nombre de nuestro acompañante. Tiene que ser alguien a quien le guste la lucha, me advirtió el gobernador antes de irse. Además, tiene que ser un hombre sano; es decir, que no se embriague como el resto de combatientes, «si no, no los podrá cuidar». Se escuchan pasos. Es un campesino con una gorra verde muy vieja y unos ojos bastante irritados, como si no hubiese dormido en tres días.

–Van a ir con el que cuida la antena del pueblo –nos dice sin mucho preámbulo.

–Ya, ¿y cómo se llama?

–Benedicto Cayllo –contesta, antes de desaparecer en la noche.

¿Qué soñaron? –nos pregunta Benedicto cuando apenas estamos subiendo la primera colina de la mañana.

A nuestros pies, la última panorámica de Quehue (5:50 a. m.) son casitas de techos a dos aguas, corrales para chanchos, una antena parabólica y una cancha de fútbol recién cercada. Benedicto Cayllo, preocupado por los sueños, se ha vestido con unos botines negros, un jean oscuro, una camisa a cuadros y un sombrero de vaquero andino. Su armamento está a la vista: lleva en el cuello una honda de lana y, amarrado en la cintura, un zurriago mortífero del que cuelga una tuerca de hierro. Dice que no tiene la intención de matar a nadie y que no amaneció pensando en su propia muerte. Anoche no tuvo ningún sueño y se le ve tranquilo. Otros años ha soñado «cosas malas», dice, y no le ha ido bien en la lucha: los espíritus malignos, culpables del miedo, están en todos lados. Carlos Díaz, el fotógrafo, está preocupado porque soñó algo que ahora prefiere no contar. Durante los pocos minutos que yo pude dormir, soñé que una serpiente me mordía la mano izquierda. ¿Debo angustiarme? No se lo pregunto a Benedicto Cayllo, sino al fotógrafo, quien me dice que eso significa cosas extrañas, pero no sabe qué: en Cuzco siempre se sueña muy raro. Por ahora avanzamos entre cerros donde sólo crece el ichu (7:30 a. m.), ese pasto sin gracia que a veces es la única vegetación cuando la altura es, peligrosamente, muy alta. Además de piedras (cada una, la posibilidad de un proyectil) y de la tediosa alfombra de ichu, no hay nada a la vista, sólo la promesa de Benedicto Cayllo de que llegaremos a Toqtopata a mediodía. Vamos. Es de mala suerte tener pensamientos negativos, dice. Es de mala suerte tener pesadillas. Es de mala suerte dudar de uno mismo, y aquí se piensa que el alma –que habita la cabeza de cada hombre– puede escaparse por las sienes. También es de mala suerte interponerse en el camino de un combatiente. Una vez, cuenta Benedicto, su esposa le rogó que no fuera a Tocto. Fue en esa lucha, hace ya algunos años, que una piedra perdida le fracturó el pie.

El día avanza y cruzamos el río Apurímac, enredado en sus propias piedras. Nos acercamos lentamente a la comunidad de Huinchire (9 a. m.), desde donde saldrán al menos cincuenta hombres. El cielo está manchado con nubes grises que anuncian la lluvia (malos presagios, según he leído en un estudio sobre ritos en los Andes, y ya parece que todo aquí significa otra cosa). La ansiedad por la batalla es visible y en Huinchire algunos partieron muy temprano, junto con sus mujeres de faldones inmensos que cargan comida y botellas de un alcohol dulce y helado. Otros recién nos empiezan a dejar atrás. En su mayoría, los hombres van armados con hondas de lana y con zurriagos de los que cuelgan tuercas deformes, resortes de camiones, tuberías de metal para hacer daño. «¡Chucho, carajo!», se escucha un grito detrás de algún cerro. A los de Chumbivilcas les dicen chuchos, y los de Canas se van armando de valor coreando arengas en contra del enemigo. (11 a. m.). El paisaje, conforme uno se acerca a Toqtopata, se va llenando de guerreros con trajes bordados de colores, con inscripciones al dorso como «El rebelde caneño», «Las águilas negras», «Retroceder nunca». Hace un frío casi intolerable, y les encanta pelear. Muchos llevan ponchos y chullos, esas gorras del Ande en forma de cono que protegen las orejas y casi les cubren los ojos: unas miradas incendiadas en las que podría confundirse con facilidad el odio con la embriaguez. «Hay que tomar para darnos fuerzas», dice un hombre, y compra una de esas botellas de alcohol que cargan las mujeres del camino. La etiqueta dice Anís, dos soles, algo menos de un dólar. En pocos minutos, unos veinte luchadores han formado un círculo humano y van pasándose la botella hasta no dejar una gota. Luego una segunda botella, y después acabarán la quinta casi sin darse cuenta. Beben de un vaso rosado de plástico, del tamaño de una copita de vino, un trago directo a la garganta y el otro a la tierra (12:10 p. m.), a la sagrada pachamama. «¡Chucho, carajo! –grita uno de los hombres, afectado ya por eso que dice Anís–. Pensaba comer gallina, pero comeré gallo». Se refiere, supongo, a que quiere matar a un chucho.

–¿Tú piensas matar a un chucho, Benedicto?

–Yo voy a jugar, nomás.

Seguimos entonces en medio de la nada (12:40), y Benedicto Cayllo jura que falta muy poco para llegar. A lo lejos, en un cerro vecino, se distinguen las figuras de al menos cien hombres, todos avanzando en el mismo sentido: Toqtopata. Allá vamos. Se ven jinetes montando caballos, choqchis, les llaman, sacudiendo en el aire unas boleadoras de tres puntas, que bien arrojadas a las patas de un caballo enemigo pueden causar heridas importantes. He leído que, antes de ensillar su caballo, el jinete le cuenta al oído lo que soñó la noche anterior y pide que estén juntos hasta el final de la lucha. El frío penetra hasta las piedras. (1:20). Llegamos.

Toqtopata son muchos cerros pedregosos, lagos, quebradas, casi cinco mil metros de altura y, si no eres de aquí, sólo te quedan fuerzas para tumbarte –moribundo– en una ladera. La pelea será lejos. En otro cerro se distinguen las sombras enemigas. Benedicto Cayllo me pregunta si puedo quedarme solo, si todo está bien. Nada está bien, pero le digo que sí, que vaya a pelear, que mucha suerte. Entonces Benedicto se desamarra el zurriago de la cintura y hace chau con una mano, sonriendo sin algunos dientes. Llegar hasta donde están los chumbivilcanos le tomará al menos quince minutos. Ayer pensé en que podía morirse, pero hoy sólo quiero que regrese a salvo, y es casi en lo único en que puedo concentrarme. El fotógrafo lo sigue, pero el camino terminó para mí. Ya salieron también los jinetes caneños, gritando insultos indescifrables, y los guerreros a pie beben su última botella antes de darles el alcance. En pocos minutos sólo quedarán algunas mujeres con bolsas llenas de comida y más botellas de alcohol, esperando a que sus hombres regresen. Me siento junto a ellas y se ve, a lo lejos, lo que parece que sucede: al filo de los cerros vecinos, las sombras de los guerreros se mueven en desorden, van y vienen, como si retrocedieran para atacar, mientras se oyen muchos gritos que hacen un eco macabro o, al menos, es lo que siento en este instante que ha empezado a granizar y hay que cubrirse con cualquier cosa: un plástico, puede ser, o una casaca. Los truenos y los rayos llegan en el momento preciso y el espectáculo es de otro mundo (de un mundo distinto al mío), pum, pum, sobre nosotros, pum, y siguen gritándose allá donde todo parece estar sucediendo, aunque desde aquí no se distingan las piedras que seguro se están lanzando, ni se vea a los combatientes que irremediablemente van cayendo. Todo eso ocurre, pienso, antes de que me quede dormido.

–No murió nadie –me despiertan de pronto.

Han pasado unas dos horas.

–Los chuchos se corrieron como perros –se queja un tipo arrugando la frente.

Ya no cae granizo y el cielo está en paz. La ladera que estaba casi vacía ahora parece una fiesta: los combatientes regresaron y se ponen a cantar en quechua y a beber tanto alcohol que en pocos minutos la euforia se torna peligrosa.

–Esos chuchos de mierda –dice uno–, siempre se corren.

Benedicto Cayllo regresa sonriente y cansado.

–No pasó nada –dice, creyendo que es una primicia.

Hay jinetes de Chumbivilcas que se asoman por la ladera de otro cerro, y alguien dice algo así como «quieren más esos perros, ya verán». Pero ahora sólo es tiempo de beber, incluso para Benedicto Cayllo, que se supone era un «hombre sano». Ya no nos va a cuidar. Un combatiente de negro me dice que si quiero entrevistarlo tendré que pagarle. «Aquí yo soy el jefe, carajo», dice sacudiendo una mano en el aire y escupiendo cada palabra. Su mensaje es claro: hay que salir de aquí, pero ¿cómo? La respuesta está en un hombre alto y flaco que acaba de aparecer en la ladera. Tiene una casaca roja, lentes sin marco y una filmadora. Se pasea entre los hombres con naturalidad, así que debe ser alguien importante del lugar.

–La batalla estuvo mala –dice.

Su nombre es Humberto Romero y es el fiscal de Canas. Aunque hoy no ha venido como fiscal, sino como documentalista aficionado: el fiscal Romero ha filmado luchas rituales desde el 2005 y cuenta que ya tiene cuarenta horas grabadas de pura batalla, con todo y heridos. «Lo de hoy no ha sido nada», comenta con desilusión, porque otras veces ha tenido hasta que correr para salvarse. El fiscal de Canas no parece de Canas, sino de la ciudad del Cuzco, o incluso de Lima: blanco, alto, ojos claros, ropa moderna de marcas. Es decir, Romero es alguien importante en su provincia, pero su extraña condición occidental no es un salvoconducto. Hay que irse. El fiscal tiene un auto esperándolo a pocos minutos de aquí, y ofrece llevarnos de regreso. El último recuerdo de Toqtopata es un campesino viejo y alcoholizado con una herida en la frente. Hace tanto frío que la herida le ha dejado de sangrar y casi parece una cicatriz. Lleva un sombrero encima del chullo y acepta posar para la fotografía con una mirada fija en alguna parte. Es normal que haya aceptado una foto: es el único herido de una tarde sin gloria, y las heridas de una guerra, ya se sabe, son trofeos que uno debe lucir.

–Les gusta pelear –dice el fiscal, mientras maneja por un camino de tierra al borde de un precipicio.

El auto se aleja con rapidez. El fiscal sabe lo que dice. Además de filmar un documental, está escribiendo una tesis sobre las luchas de Tocto y Chiaraje, que regalará a la Municipalidad de Canas cuando termine. Ha empezado a llover y el camino es resbaloso.

–Cuarenta horas de purita batalla –no baja la velocidad–. Una vez, en Chiaraje, sentí que una piedra me rozó el ojo, y hasta escuché su sonido como el de un helicóptero.

El fiscal habla con una pasión casi descontrolada, y he aquí la ironía: si la tarea de un fiscal es hacer cumplir la ley, ¿qué hace el doctor Romero investigando batallas donde la ley no existe?

–Es que estamos en otro país, se habrá dado usted cuenta –dice.

–Pero ¿y si muere alguien? –le pregunto, pensando aún en la muerte al borde de un precipicio.

–Es otro mundo –continúa–, la lucha es su desfogue, su catarsis.

–¿Desfogue de qué? –le digo, porque al parecer no entendí nada.

El fiscal espía mi ignorancia por el espejo retrovisor y responde como si estas batallas tuviesen mucho sentido.

–Todos tenemos cargas emocionales, ¿no cree usted?

 

CODA

Han pasado casi dos meses desde la lucha de Tocto y el fiscal de Canas, Humberto Romero, está de visita en Lima, donde su hijo estudia Psicología. Es sábado, último día de marzo, y nos encontramos en un café de un distrito moderno y bullicioso, que es aún más moderno y bullicioso porque él está aquí, y viene desde otra esquina del mundo. Dice que hay una noticia que le ha cambiado la forma de pensar. Ayer adelantó algo por teléfono. «Ese día, después de que nos fuimos, mataron a un combatiente». Hoy ha traído el borrador de un documento de su fiscalía, donde resuelve, según se lee, «ampliar la investigación en torno a la muerte del que en vida fuera Francisco Ccahuana Huancahuire».

–La ley no puede permitir muertes –dice ahora el fiscal–. Yo antes veía todo esto como una cosa lúdica, pero el muerto me ha cambiado todo el esquema.

¿No era necesaria la sangre para alimentar a la tierra? ¿No se peleaba para contentar a los apus? ¿No servía la violencia como un desfogue y las heridas no significaban prosperidad? Francisco Ccahuana tenía treinta y siete años y, en realidad, no murió en la batalla, sino unas horas después. Ahí el detalle. El rito ha sobrepasado sus límites: ya no es tupay ni tincui ni pukllay. Es asesinato. Los hechos, tal y como sucedieron luego de nuestra partida, se cuentan así: los caneños se quedaron tomando en la ladera y, al poco rato, ya que los chuchos seguían asomándose por los cerros, «en evidente señal de provocación», decidieron regresar a pelear. Volvieron a correrlos «porque los de Canas son bravos», continúa el fiscal sorbiendo su café. Pero en esa segunda incursión, lograron quitarles dos caballos, y eso parece que molestó mucho a los de Chumbivilcas. Ccahuana, el muerto, era de Canas, y había estado tomando alcohol antes de ir a Toqtopata. Al regreso, como a las seis de la tarde, según cuenta el fiscal Romero, un grupo de chuchos lo encontraron perdido en el camino «y lo masacraron». Murió después, «en brazos de uno de sus hijos», dice. No pudieron llevarse al muerto hasta el día siguiente, ya que era muy tarde, y tuvieron que dejarlo envuelto en una frazada «en el lugar de los hechos». El fiscal dice que a Ccahuana lo enterraron en su pueblo sin que intervengan la policía ni los médicos legistas. «Imagínate», se queja. Ahora tendrá que regresar para exhumar el cadáver y encontrar culpables. Porque esto no puede quedar así, dice, ha cambiado su forma de pensar. Entonces uno piensa que el fiscal es de un pueblo muy cercano a la lucha, pero que Toqtopata, el andén que explosiona, nunca había sido parte de su mundo.

–Tengo filmadas cuarenta horas de batalla –dice–, y recién voy a tener que ver un muerto.

 

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