El barrio fuerte

Publicado: 10 noviembre 2008 en Cristian Alarcón
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Entrar al barrio no da miedo. Como suele ocurrir en estos casos, una mujer acompaña al periodista y al fotógrafo aquí y allá, en los rincones más laberínticos, presenta a otras mujeres, a los padres y a los pibes que laburan, a los que delinquen, a los maestros, a la niñez que abunda en el barrio Ejército de los Andes, o Padre Mujica, “mal llamado Fuerte Apache”, como insisten todos los que quieren hablar.

 

Son dos días de recorridas y mates dulces en los que el mosaico complejo de la pobreza y la violencia tiene un solo ruido de fondo: millares de niños jugando entre los edificios derruidos. Como en cualquier otro territorio del gran Buenos Aires o del sur de la capital, aquí existen zonas más luminosas y seguras, y otras más oscuras y deterioradas.

 

Mientras una masa sale a las cinco de la mañana a tomar los colectivos que llevan al trabajo, hay adultos que reclutan chicos de catorce para sus bandas, con una paliza iniciática. Mientras unos gestan una banda de reggae, otros roban de vez en cuando para “parar la olla” y declaran sin más: “No estamos en guerra con los gendarmes. Los odiamos y tenemos fierros para bajarlos. Pero no nos conviene”. Ante el prejuicio de que en Fuerte Apache todo es un caos, o un infierno, lo real surge en cada diálogo. Lo que reina no es la muerte a secas, sino una cada vez más compleja regulación de la violencia.

 

La distribución del ingreso hace también diferencia entre pobres, muy pobres e indigentes. Al lado de unas zapatillas portentosas, pasan los dedos pelados de una nena que salen de las suyas, por lo menos un número más chicas que su pie en pleno crecimiento. Igual ocurre con la violencia. Cuando la gendarmería allana los nudos 12 y 13, lo hace allí donde se supone que viven los pibes chorros mejor armados y más experimentados. Cuando se limita a poner contra la pared y a patear los tobillos de los que viven en los monoblocks cercanos al lugar donde el 28 de octubre mataron —hay muchos detenidos, pero aun no se sabe quién— al gendarme Antonio Centeno, saben que la mayoría de esos pibes laburan ocho horas por día y a la noche se juntan para jugar al tenis y fumarse un porro en La Isla. Así le dicen al baldío que quedó justo allí donde hace exactamente ocho años una descarga de explosivos derrumbó dos torres de diez pisos ante el estupor y la rabia de las 300 familias que las habitaban.

 

Violentos de antes

La violencia en el barrio tiene su historia. La creación del Ejército de los Andes se remonta a dos dictaduras, la de Onganía y la de las Juntas. Los primeros habitantes llegaron de las villas porteñas; las autoridades los llevaron allí con la idea de borrar del mapa a los impresentables de la villa 31, por ejemplo. Los que tienen más de 36 lo recuerdan. Vinieron en camiones. “Llegamos y nos dijeron ‘agarren un departamento’”, dice Madera, personaje emblemático del barrio desde que ganó un juicio para que lo dejaran entrar en los Estados Unidos a visitar familiares y apareció en la tapa de la revista Viva. Con los bártulos sobre las cabezas todos corrieron, como Madera y su parentela, hasta subir a un monoblock y hacerse de, en su caso, un tres ambientes en un primer piso.

 

Los que ocuparon las torres vinieron en tandas, porque esos edificios fueron terminados de a poco. En el 73. En el 76. En el 83. A los del 73 los inauguró Perón en persona. Uno que otro guarda las fotos tomadas junto al general. “Lo peor vino a los nudos 11, 12, 13 –los más altos, de doce pisos–, porque ahí, como se veían venir la democracia, se refugiaron varios de la mano de obra pesada de los milicos”, cuenta un puntero que no quiere aparecer con su nombre en la crónica de esta revista.

 

Pero de aquellos quedan pocos. Se fueron yendo a lugares más confortables cuando la democracia también requirió de sus servicios, comentan. La mala fama –si lo sabrá este barrio– es una peste que mancha y no sale con nada. Quizás no lo midió José de Zer, periodista emblemático de la televisión amarilla del viejo canal 9, antecesor de estilos como el de Chiche Gelblung y Rolando Graña. De Zer llegó una tarde a cubrir un tiroteo. Los Chilenos, una bandita que se había hecho fuerte a comienzos de los noventa, se resistía a un allanamiento de la bonaerense, que comenzó a gasear. Impresionado por la balacera, de Zer lanzó el bautismal estigma con el que el barrio quedó nombrado para siempre: Fuerte Apache. La arquitectura y el deterioro de sus torres, vistas desde lejos, lo afirman. La idea de 30 mil personas viviendo en ese caldo que parece intangible si se lo ve de lejos, por ejemplo desde la autopista que lleva a Ezeiza, resulta inquietante. Un efecto similar al de las favelas, ahí nomás de las playas de Ipanema. Claro que este no es un ejemplo de “favelización”, palabra que usa un sector de la sociología y de estudiosos de la violencia social y que implica control territorial absoluto de una organización narco.

 

El llamado Fuerte Apache volvió a la tapa de los diarios cuando tiraron abajo los nudos 8 y 9, el dos de noviembre de 2000. Ese día una multitud se dividió en dos. De un lado, los que, de la mano de un grupo de punteras teñidas de amarillo, festejaban la idea del intendente Hugo Curto –entonces acérrimo duhaldista– y aplaudieron la explosión que sonó como un trueno amplificado. Del otro, los jóvenes que tras la caída de sus casas, a cambio de 22 mil pesos por familia –les alcanzó para reubicarse en ranchos de villas bonaerenses–, se lanzaron con piedras y caras envueltas en remeras, contra la policía. Los militares de explosivos gritaban “hip hip hurra” sobre los escombros. Luego los vecinos caminaban sobre los restos de sus casas detectando pequeños detalles que los hacían llorar por la pérdida. Durante los años siguientes la violencia se disparó con el aumento de la pobreza. Fue la época en que las bandas libraban una batalla que todos los días dejaba alguna víctima. Reinaron un tiempo los Backstreet Boys, hasta que la mayoría cayó en combate o preso. En 2004, en medio de una de las cíclicas “olas de inseguridad”, el gobierno decidió rodear el barrio, que hasta entonces custodiaba la policía bonaerense –que es lo que corresponde en la provincia–, con gendarmería, una fuerza federal.

 

La isla

Por el ingreso en el que mataron al gendarme Centeno, se encuentra La Isla. Allí está Madera, que presenta a cinco pibes y a dos pibas que leen y comentan el diario en el medio del terreno sobre el que ha crecido un pasto verde que ellos mismos cortan y limpian. Facundo, un pibe impecable en su pantalón cargo y su chomba con cuellito, pirinchos peinados con obsesión, laburante en un taller de válvulas de colectivos, lee La Nación, en cuyas páginas hace una semana se publicó un reportaje en el que se asegura que este es el sitio más peligroso del país. Cualquiera podría pensar en esa vieja costumbre de leer al enemigo. Pero estos pibes, que pronto son diez, y luego llegan a veinte, en ronda, no piensan así. De hecho, de los diez que han votado casi todos lo hicieron por el PRO o por Lilita. Consecuentes con su situación, los pibes piden orden.

—Aunque la gendarmería ahora nos caga a palos por nada, preferimos que se queden, porque antes de ellos acá había muertos todos los días. Cuidan a los mayores –dice Juan, verdulero en Villa del Parque.

—Yo me iba a estudiar, hace como dos semanas. Estábamos comiendo pan casero – cuenta P., 20 años, desocupado desde que lo echaron como repartidor de Las Marías–. Entonces vinieron cinco o seis gendarmes, nunca entran de a menos, con los palos para pegar. Andan con los cascos, con las armaduras esas que parecen las Tortugas Ninjas. Te dicen: “No me mirés. Mirá para abajo. Tirate al piso. Ni mirés pendejo de tal por cual”, y después te sacan todo lo que tenés en los bolsillos. Si hay plata, por ahí, según el gendarme, se la queda. Si no, te quitan la droga y lo demás te lo dan.

 

El relato de P., se repite en la ronda. Y se repetirá en otros testimonios, de las formas más variadas. Lo que se reitera es la orden de no mirar, y los borcegos punta de fierro pateando los tobillos con saña, la denigración verbal como método. No se trata de una violencia fatal, como la de los escuadrones de la muerte de la bonaerense que mató pibes en falsos enfrentamientos. Es lo que los vecinos describen como “los modos de estos negros brutos que vienen del campo y no saben nada”.

 

Hay una discriminación mutua como práctica defensivaofensiva. A uno y otro lado, pobres uniformados y civiles que se miran de reojo, armados –antes que con los fierros– con los prejuicios que gatillan el insulto. “Chorros asesinos”, de un lado. “Indios brutos”, del otro. En realidad, los pibes acosados por la manera de “ordenar” del Cuerpo Especial de la Gendarmería Nacional son hijos de otros migrantes del interior. De Corrientes, Santiago, Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Misiones, Tucumán.

 

Estos pibes, los de La Isla, se reivindican como laburantes. Uno que otro, los más producidos, sonríen de costado cuando se habla de choreo. Un ojo acostumbrado los reconoce. Y ellos, inteligentes, rápidos, le dan paso a sus amigos legales. Habrá que avanzar en el interior del barrio para escuchar la voz de los pibes chorros.

 

A los de aquí los une un lazo que aquí es más fuerte que en las propagandas de cerveza: la amistad. Se juntan todas las tardes, cuando salen de los trabajos y hacen algo que se piensa exclusivo de los chetos: juegan al tenis. Varios llevan en la mano su propia raqueta. Tienen problemas con las canchas. Al cruzar una calle sin nombre hay un predio en el que un puntero les cobra 25 pesos la hora por el alquiler de una cancha de tierra. Están, ahora, bajo la sombra de un container que quedó abandonado en el baldío como muestra de lo que no fue. En ese lugar se iba a construir el CIC, Centro Integral Comunitario, un espacio de 500 metros cuadrados que quedó en la nada.

 

“La Nación puso la guita, pero en el municipio se la gastaron. Cuando la volvieron a tener, al proyecto lo habían bajado y la devolvieron, pero quedó el container”, explica Miguel Ojeda, uno de los líderes sociales del barrio, que esta semana hizo circular una carta en la que le pide a los medios que no los estigmaticen más. La firmaron los directores de las diez escuelas que son el corazón del barrio –dos medias, tres jardines, un centro de educación complementaria, más cuatro primarias–, la parroquia San Antonio, la salita de salud y la Asamblea por la Recuperación del barrio.

 

Brutos o corruptos

En estas 25 hectáreas se transita por calles sin nombre. Para el foráneo es difícil ubicarse en ese mundo que bulle entre calles que sí tienen cartel: Paso, avenida Militar, Árabe Siria y Riccheri. Lo fácil es, desde afuera, detectar las entradas. En cada una hay un puesto de gendarmería. En cada puesto, entre tres y cinco uniformados. Los que custodian no lucen como los que caminan el barrio, visten la ropa de fajina y tiene armas largas. Después de las diez de la noche, dicen, salen los del Cuerpo Especial, o “cascudos”, como los bautizaron. Por ahora, al atardecer, todo es niñez y adolescencia, a full.

 

Adentro del barrio además hay una villa, a la que se llega caminando entre dos monoblocks de los que tienen tres pisos, unidos por las escaleras que se alternan como puentes. Entre dos escaleras, otro grupo de pibes se junta a pasar el rato. Casi ninguno trabaja. “Salimos a laburar”, se ríe uno. Algo bien distinto. Sin ambages, después de testear al cronista con preguntas filosas, cuentan que viven del afano.

—Yo sé que me tengo que cuidar –dice el pibe, que por respeto no toma vino mientras converso con él. Mantiene untetra escondido más allá.

—¿De qué?

—Acá adentro, de nada. Cuando salgo afuera a robar, me tengo que cuidar.

—…

—Yo banco la casa. Compro mercadería. Me controlo con la plata. O sea, solo robo cuando la necesito, cuando algún hermano necesita zapatillas. Con lo que sobra, me drogo un poco, la paso bien.

—¿A dónde van?

—A ninguna parte. No me voy a gastar ochenta pesos en dos jarras locas (de las que venden con todo tipo de alcohol en las bailantas). Prefiero comprar algo acá adentro y compartir con mis amigos.

—¿Salís así?

—No, salgo careta. No me voy a regalar. Si tiro, tiro porque quiero, no porque estoy zarpado. Tengo 19. Empecé a laburar a los 14. Caí solamente dos veces.

 

Pedro frena la conversación para hacer él las preguntas. Lo hace con lucidez.

—Usted debe estar acostumbrado a andar en lugares muy diferentes. Debe tener varias personalidades.

Me deja mudo. Pienso y respondo:

—Sí, la semana pasada estuve en un viaje de trabajo en un hotel carísimo. No me vestí como estoy acá para estar ahí. Seguro que no hablé igual. Como vos, cuando salís a robar.

Pedro se ríe.

Pasa un amigo en las sombras. Apenas se escucha:

—Guarda que anda gendarmería por el uno.

Los sistemas de seguridad funcionan así. Un campanazo puede evitar la paliza.

—Algunos gendarmes, los más brutos, te verduguean. Yo los verdugueo a ellos porque algo de derechos humanos sé. Y si les hablás, entienden. Me pusieron contra la pared y me doblaron los brazos hasta casi quebrarme. Me quejé y vino un jefe. Me dejaron ir.

—¿Hasta qué grado estudiaste?

—Quiero volver a hacer noveno. Estudié en la tres, mis señoritas ni venían porque apenas les pagaban.

—¿Creés que al gendarme lo mataron por vengar el maltrato?

—Acá si queremos hacerle la guerra a los gendarmes, ellos salen perdiendo.

—¿Por qué?

—Porque tenemos fierros, pero no es lo que queremos. Ellos cuidan a los mayores. Eso sí lo hacen. Antes era cualquiera y ahora solo nos pegan a nosotros.

—¿Por qué?

—Porque no hay comunidad. Cada uno hace la suya. Nadie se pone de acuerdo. Acá hay que hacerse respetar de a uno.

 

Al lado de Pedro hay un cartonero y su hijo de unos ocho años que juntan y acomodan su mercancía con meticulosidad.

 

Uno de los pibes del grupo acepta hablar de la otra cara de la seguridad en la zona: la policía bonaerense.

—¿La policía también les pega?

—No, ellos quieren plata. Te agarran, te suben al patrullero, y te dicen: “¿Qué tenés?” Son todos re-corruptos. Los gendarmes son brutos, pero no son corruptos.

—¿Cómo es?

—Para largarte, primero te piden plata. El otro día éramos tres. Les explicábamos: “Recién salimos a laburar, no tenemos nada”. Tuvimos que hacer una vaquita. Juntamos 120 pesos. Con 120 ya los arreglás. Pero lo que más les importa son los fierros. Les dimos la guita y el fierro y nos dijeron: “Bueno, ¿donde querés que los dejemos?”, y nos trajeron hasta acá cerca.

 

Madres

En un departamento un grupo de mujeres amigas de la que oficia de guía para esta nota acepta conversar largo y tendido a cambio de que no las “escrache”. Es un living comedor. En el sillón largo se supone que dormiré esta noche, si el marido de la casa lo permite. Por Mari está todo bien, quiere que salga a la medianoche a dar la última vueltita con ella, visitar algunas amigas, para luego “meterse al sobre” tipo dos. Quieren que vea que no pasa nada, que lo de los tiros incesantes es un mito de la prensa. Que es una mentira del comisario que el 90 por ciento de los vecinos son ladrones.

 

El departamento está decorado con fotos familiares en las paredes. El lugar central lo  ocupan un equipo de música y una repisa repleta de trofeos. Mari, empleada doméstica en varias casas de la capital, tiene dos varones que salieron futbolistas, por eso las copas. Su hija adolescente estudia para maestra, pero tuvo que cambiar de instituto cuando supieron que se domiciliaba en Fuerte Apache.

—El tema de la dirección es jodido. Te discriminan mal, pero mi nena me dijo: “No, ma, no tengo por qué mentir que vivo en otro lado, como hacen muchos, yo me siento orgullosa de ser de acá, prefiero volver a empezar de cero”.

 

Les cuesta reconocer, al comienzo, que tienen problemas con sus hijos adolescentes. Hablan de lo que vive alguna amiga, alguna cuñada, alguna hermana. Tati, tucumana con diez hijos, cincuenta años y cuerpo de cuarentona, dice que el problema es cuando los más chicos creen que hay que seguir los pasos de los que mejor se visten. Ella encontró al de 15 fumando un porro y lo sopapeó. Después, jura, le pegó una trompada a la puerta para que entienda que la próxima ese piñazo duro lo recibiría él.

—¡Qué! ¿Tanto me cuidás? –le dijo el guacho.

—Sí, estúpido, sino te matás solo atinó a decirle Tati.

—Ellos nos ven como las malas a las madres –se lamenta Marta, con seis a su cargo.

 

Como remedio, Tati optó por amenazarlo con que si seguía consumiendo debería irse con el padre, que vive en el barrio pero que se desentendió de sus responsabilidades hace tiempo. Fue un remedio efectivo. El pibe al menos no volvió a dejarse ver en esas.

 

Todas coinciden en que fue lamentable la muerte del gendarme. Todas insisten en que lo importante es que los pibes estudien. Todas lamentan que las señalen por vivir donde viven. ¿Pero cuáles serían los principales problemas de este barrio en la línea de fuego de los políticos y los medios? A dos puntas, se escucha:

—Que es mentira que hay 30 banditas. Los pibes no están organizados. Los que están organizados son grandes, adultos. Ellos están reclutando pibitos, muy chicos, para sus negocios. Primero los fajan, como una forma de iniciación. Yo he visto cómo golpeaban a uno de 14. Le daban, con el aparente consentimiento del pibe, que después de esa paliza empieza a escalar en la banda. No son pibes que se integren al delito solos. Lo hacen como empleados de estos adultos. Eso es lo más duro.

 

Una madre –de familia numerosa, que hasta ahora estuvo en silencio, suma lo que para ella es el mal de los males:

—Los punteros que se corrompieron para los concejales.  Acá cerca bajaron los materiales para hacer una plaza. ¿Dónde está la plaza? ¿Qué pasó con los materiales? Se los quedó alguno.

—En la villa Matienzo (dentro del barrio) mandaron de todo del gobierno, caños, cemento, para urbanizar, hacer cloacas, mejorar el desastre que es lo sanitario. Quedó todo a medio camino –dice Mari.

—Hay concejales que salieron de los barrios que ahora están llenos de plata, tienen empresas de construcción y arreglan con los de infraestructura del municipio –se lanza otra.

—Pero esto no se puede decir, a ver si dejamos de recibir lo poco que nos mandan.

 

En el barrio hay todo tipo de planes sociales. A saber, según cuentan ellos mismos: Jefas y Jefes de Hogar, que pasó a ser Plan Familia y varía según la cantidad de hijos, aporta desde 150 hasta 180 pesos. Está el PEC (Programa de Empleo Comunitario). También el Seguro, que implica alguna actividad o estudio. El Barrios Bonaerenses. Y el plan piquetero, que es el que recibió Luis D´Elía en plena crisis.

 

Las huellas del clientelismo se viven en lo cotidiano. Excepto la Asamblea para la Recuperación del Barrio, no ha habido más intentos de un proyecto colectivo, aparentemente.

—No. Acá tenemos que reconocer que extrañamos mucho un proyecto que se cortó cuando asumió (el gobernador Daniel) Scioli, el de Seguridad –dice Tati.

 

A lo largo del barrio queda una que otra huella de esa iniciativa del Ministerio de Seguridad de la provincia en la gestión anterior, la de León Arslanián. Se llamó Programa de Ciudadanía e Inclusión Barrio Padre Mujica. En la página del Ministerio todavía hay un primer informe de un equipo de quince expertos de las ciencias sociales. Allí cuentan que al entrar se sorprendieron. Ninguno de los especialistas sufrió un ataque en el año y medio que alcanzaron a trabajar en el territorio supuestamente más peligroso del país. Luego descubrieron que el barrio resultó ser uno de los más integrados del conurbano. Como en el censo de 2000, por el miedo de los encuestadores y la situación que se vivía entonces, se relevó que solo el 20% de los hogares completaron ese diagnóstico. Descubrieron que “una gran mayoría” de los que viven allí tiene trabajo en diversos oficios, sobre todo en la industria metalúrgica, el comercio y los servicios. Repartidores, vendedores, repositores, empleadas domésticas y el personal de limpieza de gran parte de la ciudad de Buenos Aires vienen de Fuerte Apache. En el grupo de mujeres reunidas en la mesa de Mari solo hay dos que no tienen traba jo formal. Laburan en sus casas. Arman hebillas de plástico. Si hacen mil por día, ganan entre 12 y 14 pesos.

 

En el barrio falta de todo. Lo más impactante, a la medianoche del primer día de recorrida, cuando sé que Mari no podrá alojarme, es caminar por sus pasillos y calles mientras escucho una lista enorme de proyectos que nunca se terminaron. Como si en la supuesta guerra que se libra aquí los agujeros más grandes no fueran los de las balas sino los que dejó el propio Estado.

 

La zona gris

Al segundo atardecer en el barrio sigo sin conseguir alojamiento. Algunos vecinos ofrecerían sus casas pero no tienen espacio. Otros, varones o mujeres, consultan con sus parejas, que se niegan por precaución. Si la gendarmería es odiada por los más jóvenes, por los golpes, los periodistas somos detestados por toda la población. Esta semana un equipo de televisión se metió a filmar de la mano de un grupo de líderes, pero los echaron cuando el copete de la nota comenzó con el clásico: “Estamos en el barrio más peligroso del conurbano”.

 

El fotógrafo de C busca una terraza para hacer una foto panorámica. Parece imposible, hasta que Nino Aguilera, un eximio camisero que durante años trabajó en Ceres, invita. No sólo quiere que veamos el atardecer desde lo alto, sino también que pasemos a su departamento. Lo compró en el 96 y pagó diez mil pesos, o sea diez mil dólares en tiempos del uno a uno.

 

Desde el mirador el hombre habla del pasado: en los saqueos de 2001, el barrio cumplió un rol clave –lo explica Javier Auyero en su libro La Zona Gris– pues se digitó la violencia de ese 19 de diciembre como solo lo puede hacer la sociedad entre policía bonaerense y barones del PJ del conurbano. Al Coto lo protegieron con caballos. La contracara fue el supermercadista chino que perdió casi toda su mercadería y fue filmado por la tele para la posteridad.

 

Hasta la terraza llega Mario, un pibe  de gorrita y look de hip hop que con otros cinco jóvenes vecinos tiene una banda de reggae, Fyah. Hace un año y medio se compró un departamento en el piso diez. Pagó 23 mil pesos. Está contento. Es el mejor edificio del complejo. El único que tiene puerta con llave y en el que anda el ascensor –con ascensorista–. Cada propietario paga 20 pesos de expensas. Ahora trabaja en la fábrica Zanella ensamblando motos. Y ensaya. Su compañero, Ezequiel, que toca el teclado, perdió el empleo en un súper cuando le pidieron que hiciera extras los sábados a la tarde. No estaba dispuesto a dejar la banda, su única pasión. Saben que en su tierra van contra la corriente masiva de la cumbia. Eso los envalentona. Pasaron tiempos peores. Por eso defienden la presencia de los gendarmes. En un tiroteo entre las viejas banditas, Mario perdió  a un amigo, el Honguito González, que tenía 17. La ambulancia no llegó. Lo tuvo que cargar muerto en un patrullero.

 

Los Tortugas Ninja

La tensión con los gendarmes se siente en la oscuridad de la noche del viernes. Entre las paredes sucias de uno de los monoblocks, una luz de linterna se mueve como buscando algo. Parece uno de esos focos gigantes que se encienden en las cárceles cuando alguien se ha escapado. Se distinguen las siluetas de las Tortugas Ninjas, que forman una tropa de seis y entre ellas, solapados, van dos camarógrafos de televisión. Los gendarmes avanzan con armas largas en las manos y sin abrir la boca. Así, con señas, sin emitir palabra, les indican a los pibes que encuentran que se pongan contra la pared. Los hacen poner las manos arriba, abrir las piernas y proceden a registrarlos.

 

Nadie en estos días anda con algo encima en el llamado Fuerte Apache. Así que pronto, cumplida la misión escénica, los dejan ir. Siguen su recorrido, suben las escaleras del nudo 1, donde se crió Carlitos Tévez. Entre los edificios, los más niños juegan al fútbol. Quizás entre ellos haya otro Carlitos.

 

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comentarios
  1. juli dice:

    Hola: tengo que hacer un práctico sobre esta crónica… desde la función de sus subtítulos, hasta situarla en el espacio y tiempo alguien me ayuda??

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