Los predicadores del parque Bolívar

Publicado: 14 noviembre 2008 en César Castro Fagoaga
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Génesis.

Todo comienza con una mentira. Dios no es uno. Ni mucho menos tres. Hay un dios que nos dice que somos águilas, pero que lo olvidamos y nos comportamos como pollos y que por eso no volamos y nos dedicamos a rascar en la tierra en búsqueda de lombrices. Hay un dios que dice que las imágenes de los santos y de las vírgenes son falsos ídolos. Hay un dios que mandó a decir que las mujeres no deben vestirse como hombres ni los hombres como mujeres. Hay un dios que ordena amarnos unos a otros. Hay un dios que jura que el Papa es el diablo. Hay dioses. Hay muchos dioses y todos viven en la Biblia. Sucede que no siempre los vemos o conocemos y por ello resulta imprescindible que alguien nos los presente, que alguien tome la Biblia entre sus manos y la lea, la digiera y luego nos lo grite, nos lo haga ver. Por eso existen los predicadores.

Antiguo Testamento, capítulo 1. Les dicen locos. A los predicadores del parque Bolívar les dicen locos. Ellos mismos lo dicen cuando se suben al céntrico quiosco a predicar y se ríen de todos esos infieles que pasan caminando, que venden café, que simplemente van al parque y se sientan en sus bancas. No les importa. El Bolívar por eso está lleno de locos que llegan todos los días desde las 7 de la mañana —a veces más tarde como ya se verá— y se van cuando anochece, depende la hora de la época del año, con la misión de dar, cada uno, su visión particular de lo que aparece en la Biblia cristiana. Hay muchas coincidencias. Por ejemplo: gritar, la aversión hacia la Iglesia católica y hacia el culto que preside el Hermano Toby (el Tabernáculo Bíblico Bautista), y la convicción de que cada uno de ellos es dueño de una verdad que Dios les ha revelado. Principalmente por visiones.

Predicar no es fácil. De eso me di cuenta el primer día que llegué al Bolívar, el parque del centro de San Salvador cercano a la iglesia El Rosario. No solo es necesario esperar turno para hacerlo, sino que hay que llegar con la tarea hecha, la Biblia leída y toda una retahíla de recursos para no perder la atención de nadie. Uno de los hermanos, así se dicen los predicadores entre sí, me había dicho que lo único que me detenía para hacerlo era el miedo. Le pregunté si cualquiera podía predicar. El hermano Daniel, que hacía dos minutos terminaba su predicación, aún sudado, aún agitado, me dijo: “Cualquiera, varón, usted está aquí porque Dios así lo ha querido. Dele, dele con todo”.

Me levanté con mi Biblia apretada en la mano.

Capítulo 2.

Una iglesia no solo es la que tiene un altar, un crucifijo y velas ardiendo por un santo con el rostro en éxtasis. Tampoco donde hay un enorme coro de voces desentonadas que meten barullo a las 7 de la mañana de un domingo. Una iglesia puede ser un pasillo angosto de un mercado, con puestos de lata en cada costado y un grupo de siete personas que se turnan por contar cada uno la historia de conversión cristiana más conmovedora.

Estamos entre los puestos de venta cercanos a lo que se conoce como el predio ex biblioteca, vecino del mercado de artesanías ex Cuartel. Llueve fino, poco perceptible, y el centro de San Salvador está adormilado. No todos los pasillos tienen vida. En la mitad de uno, donde sobresalen los puestos de teléfonos celulares, hay un grupo, más mujeres que hombres, que observa atentamente a un tipo que se contornea y que tiene los ojos cerrados. El tipo está de pie y al frente del grupo de siete personas. Todas las mujeres van con velos blancos sobre sus cabezas y todos los hombres con bigote, aunque esto es una mera coincidencia. Por la escena, el grupo repitiendo amén, amén, la pequeña mesa detrás con mantel rosa y flores, se infiere que el tipo está predicando, aun cuando lo que salga de su boca sean frases ininteligibles y gruñidos. Lo que estamos viendo se llama iglesia Profética.

Al hombre lo sientan al cabo de un rato, no sin hacerle ver que más hermanos y hermanas tienen que contar lo suyo. Me siento entre ellos y nadie se inmuta. A mi lado hay un hombre que viste con camisa manga larga blanca y pantalones negros. Es un burócrata llamado Guillermo Barillas. Barillas es un agente aduanal que cayó en desgracia luego de dejar de pagar el IVA con su empresa de servicios aduanales. Tenía dinero hasta “para esconder debajo del colchón”, carros, camionetas, mujer, amantes, prostitutas. Todo. Se quedó en la calle, abandonado y sin dinero. Fue cuando se hizo evangélico. Suena a telenovela de Televisa pero le doy el beneficio de la duda por tratarse de un devoto arrepentido. Barillas se para y se dirige a una señora gorda para pedirle permiso de contar su testimonio. “Pase, hermano”, le dice ella.

—Todo, todo lo perdí. Y ya empiezo a meterme a los parques, a las plazas donde predican la palabra y entonces fue como conocí al señor, metido en los parques, ahí donde predican los hermanos ahí está el Señor. Después de años de pobreza y miseria, con ropa que me regalaban, zapatos rotos, sin cinco en la bolsa, después de haber tenido una barbaridad de dinero, todo se me había terminado. Este testimonio mío es por obligación, porque el Señor me dio esta bendición. Voy al parque Bolívar y estaba predicando un hermano, entré y me senté a oír. Cuando terminó de predicar, el hermano se sentó a la par mía. La (iglesia) Elim la había dejado porque no era la que Dios estaba demandando, y el hermano me dice: “Lo acabo de recibir en visión…”

El relato de Barillas había comenzado con un buenas tardes, hermanos, seguido con un protocolo de presentación que podría ser gloria Dios o algo así. Sucedió una transformación postsaludo y el relato lo contó a partir de entonces con unos decibeles más, con algunos énfasis, llámese gritos, en partes trascendentales, como cuando está por contar la vez que en el parque Bolívar un predicador lo recibió en visión. “¡Dios vive!”, grita. Y sigue.

Barillas continúa su testimonio por veinte minutos más. Luego se hinca, cierra los ojos y bebe un vaso con agua. Me alejo un poco de la zona de los lamentos y le pido que me acompañe. Lo hace de buena gana. Le comento que ando en búsqueda de predicadores de las plazas públicas, que después de varios días de averiguaciones, no había logrado dar aún con alguno. Barillas, ese hombre rechoncho, con las mejillas rosadas y pasado los 50, me dice que es cierto, que a los predicadores se les mira poco por las plazas Libertad, Barrios o Morazán.

—Vaya y búsquelos en el parque Bolívar. Ahí están todos los días y a cualquier hora.

Le agradezco, y él me dice que Dios me bendiga. Antes de irme le pregunto cómo le va ahora. Barillas sonríe y me cuenta que trabaja con el Gobierno, siempre de agente aduanal, y me muestra su carné. Gana ocho dólares por la firma de un trámite. Nada mal, le digo. Barillas se ruboriza y no dice nada. Abandono el pasillo al tiempo que una hermana se ha puesto de pie y está contando que el día anterior tuvo una visión, en la que se le aparecía una niña pequeña, la tomaba de la mano y le decía: Vamos a predicar.

Capítulo 3.

Un día antes de encontrarme con los miembros de la iglesia Profética había hecho una llamada a la Alcaldía de San Salvador. Tenía una duda luego de varios recorridos por el Centro Histórico. Los había hecho por las tardes, cuando más gente se reúne en las plazas públicas a simplemente estar. Me contestó una amable señora en la oficina del Distrito Centro Histórico, una oficina que, curiosamente, está en otro distrito.

—Buenas tardes. Una pregunta, señora, ¿hay algún requisito para que yo pueda ir a predicar en alguna de las plazas del centro?

—Sí, tiene que mandar una carta dirigida a la alcaldesa diciendo el día y la hora del evento y el tipo de equipo que va a ocupar.

—¿Equipo?

—Sí, si va a usar parlantes, megáfono, eso.

—¿Pero si solo quiero ir a predicar con mi garganta y mi Biblia?

—No, en ese caso no hay que pedir permiso.

—¿Segura?

—Segura.

Capítulo 4.

A la plaza Libertad había llegado de casualidad. Me quedaba de camino a mi verdadero destino, el parque Bolívar, donde ya me habían dicho que era el lugar de predicadores por excelencia. Su templo. En la plaza Libertad había mucha gente y el reloj pasaba de las 5 de la tarde. El cielo mostraba nubarrones grises pero esa tarde no llovió más. A un costado de la plaza, con los portales de la Dalia como fondo de escenario, había un camión azul de carga de 1.5 toneladas. No tenía más carga en la parte trasera que dos parlantes negros y un hombre con ojos pequeños y un bigote ralo, casi pintado, nicaragüense, que a pesar de tener un micrófono en la mano y cerca de su boca, se desaliñaba la garganta con alaridos.

El nicaragüense tenía una camisa blanca que en la parte trasera decía: Ministerio Evangelístico el Pozo de Jacob. El nicaragüense estaba enfadado por varias razones: porque no mucha gente le prestaba atención, muy a pesar de su equipo de sonido; porque los hombres prefieren 20 cervezas o 20 dólares antes que la palabra de Dios; porque los hombres, porque no decía mujeres, veneraban las imágenes y las esculturas, y la Biblia lo prohibía, y esas eran estupideces de la Iglesia católica, y apuntaba con su dedo índice de la mano libre, la izquierda, a la cúpula colorida de la catedral metropolitana; porque nadie entendía que un día la palabra de Dios se va a terminar.

—Sí, la palabra de Dios se va a terminar, y ese día te vas a dar cuenta lo que el ladrón hizo en tu vida. El enemigo no solo te quiere ver en el adulterio, el enemigo te quiere ver en el ataúd. Todos los humanos somos a imagen y semejanza de Dios pero no todos los humanos somos hijos de Dios. Ahhh, dice usted, ¿y cómo no voy a ser hijo de Dios? Nooo, hay cosas que hay que entender. A los que lo recibieron, dice Juan, les dio potestad de ser llamados hijos de Dios. No solo se trata de creer en Dios… si hablamos de creer en Dios, el diablo cree en Dios, y el diablo tiembla.

El nicaragüense seguía con su apocalíptico discurso. Abajo del camión, un hombre y una mujer jóvenes lo seguían atentos. El hombre me dijo que predicaban en un camión, en la calle y no en la plaza, para evitar que el CAM los multara por el ruido. Le comenté que me parecía un tanto raro porque la prédica se escuchaba no solo en la plaza, sino en las calles aledañas y un tanto más. Me respondió que solo a veces les decían algo. La mujer me dijo que todos los días llegaban a predicar a la misma hora, en el mismo lugar y se turnaban entre los tres.

En la plaza, dos lustrabotas católicos que estaban cerca silbaban al nicaragüense para responder a los insultos a su Virgen, un grupo de 10 personas escuchaba sin decir nada y dos taxistas peleaban por un puesto para parquearse detrás del camión azul.

Nuevo Testamento, capítulo 1.

Dios, cualquiera de los mencionados en el Génesis, está metido de lleno en este país. Encabeza su nombre la bandera nacional de actos oficiales (Dios, Unión, Libertad), va su nombre en los vidrios traseros de los autobuses, en la Oración a la Bandera y en las expresiones populares de la primera persona que indican pertenencia respecto a él: ¡Dios mío! Veamos: este es un país creyente. Ocho de cada diez salvadoreños se considera de alguna religión, y entre estos la católica es la que, todavía, tiene más adeptos: la mitad de la población se considera católica; un tercio evangélica; un 2% de otras religiones, mayoritariamente testigos de Jehová y mormones; y un 15% dice que de ninguna de las anteriores.

En esto concuerdan dos casas de medición de opinión: LPG Datos y el IUDOP de la UCA. Cada vez que hacen encuestas preguntan por la filiación religiosa. Son más católicos, pero con tendencia a la baja. Hace 20 años, en 1988, según una de las primeras encuestas de la UCA, seis de cada diez salvadoreños se consideraban católicos. Pero han ido perdiendo miembros paulatinamente y la ganancia ha sido para las florecientes iglesias evangélicas.

Hay más: Entre 1928 y 1970, un 5.5% de los católicos se cambió de religión. Entre 1992 y 1998 fue un 36.8%. A algunos de estos me los encontré en el parque Bolívar.

Capítulo 2.

Para predicar hace falta, cuando menos, una Biblia. La única que pude conseguir tenía solo el Nuevo Testamento, los salmos y proverbios y una inscripción dorada sobre pasta azul que decía: Este libro no será vendido. Mi librito era parte del millón de ejemplares que Los Gedones Internacionales, un grupo cristiano con base en Tennessee, Estados Unidos, ha distribuido en hoteles, hospitales, cárceles, escuelas y moteles en 170 países. A mí me la prestó un amigo.

El primer día que llegué al Bolívar fue un jueves, hace dos semanas. La escena fue la siguiente: desde cualquier punto del parque se puede ver el quiosco, una particular construcción con pilares de cemento diseñados para parecer troncos de árboles. De una manera rústica lo consiguen. Dentro hay siete bancas que bien pueden alojar a tres personas cada una. El suelo es de cemento, gris, redondo, con suficiente espacio para moverse. Llegué cuando un predicador se destroza la garganta gritando: “¡La santidad, la santidad, la santidad!”.

La imagen que tenía de los predicadores encajaba perfecto con lo que estaba viendo. El hermano Jaime, me enteraría poco después que se llamaba así, se encorvaba ligeramente, ponía rígidos los brazos y la garganta se le hinchaba, especialmente la vena sobre el esternocleidomastoideo. Gritaba, gritaba, gritaba. Es que el hermano Jaime repite tres veces las cosas cuando quiere enfatizar algo así sean frases como ¡Viene el juicio!, ¡Viene el fuego, fuego, fuego!, y otras de igual talante apocalíptico. Al hermano Jaime se le ponía roja la cara y los ojos uno para cada lado. Luego comprendí que era estrábico.

Fue obvio que ese no era mi lugar. A los días comprendí que la gente que se reúne en el quiosco del parque es siempre la misma. Los predicadores llegan solos, en grupo, en parejas, se sientan y esperan a predicar según su orden de llegada. No es necesario hacer preguntas, los predicadores atienden su turno y esperan pacientemente para hablar sobre Dios. El público varía un poco más, según quien sea el que se cruce por el parque, pero no falta un grupo de cuatro indigentes, uno de ellos con muletas y con pocos dientes, que se marcha cuando ya ha pasado el momento del café de 15 centavos de las 4 de la tarde.

Me mantuve atento, fingiendo que me interesaban las quejas del hermano Jaime, que para el momento decía que los deportes, los testigos de Jehová, el Hermano Toby, las imágenes de santos, el Papa, el Vaticano y las telenovelas eran cosas del diablo, cuando alguien se sentó a mi lado. El tipo parecía amable, me extendió la mano y descolocó con sus primeras palabras: “¿Has aceptado a Dios en tu vida?”. Tardé unos segundos en reaccionar, y lo único que se me ocurrió decir fue que era la primera vez que estaba en ese lugar.

Me dijo que se llamaba Efraín Alas y que se congregaba en la iglesia de Dios en El Salvador, con sede en Soyapango. Alas se interesó en qué diablos hacía yo ahí. Le dije que era periodista y que mi intención era escribir una crónica sobre los predicadores del parque. También quiero predicar yo, le dije. Me miró casi con ternura y me dijo algo que en los días siguientes se convertiría en una frase recurrente: “Dios quiere que estés aquí”.

Fue Alas quien me explicó cómo funcionaba el menester de predicar en el parque. En ese momento de la tarde, la mayoría de los hombres sentados, porque mujer había solo una, tenía una Biblia en la mano. Eran predicadores esperando turno. Uno tiene la cabeza rapada, bigote y una barba de chivo. El hombre, que luego veremos que se hace llamar “el Iluminado”, es un vendedor ambulante de cinchos a un dólar. Alas lo mira y me hace ver que “el Iluminado” no es del agrado de todos.

—Aquí para predicar solo hay que ser ordenado, el que va llegando es el que va pasando. Como el Espíritu Santo es ordenado, así nosotros somos ordenados. Incluso el muchacho de ahí, el pelón, viene a hablar un montón de intereses de la Biblia roja, que hay que apoyar a Chávez de Venezuela. Ideología.

—¿Y eso?

—Y eso es antibíblico.

Comenté a Alas sobre lo que gritaba el hermano Jaime. En los días siguientes que lo escucharía, el hermano Jaime repetiría exactamente las mismas cosas. A saber, amén de las antes mencionadas: que es una abominación que las mujeres se vistan con pantalones, que es del diablo fumar y tomar, y que los futbolistas deberían arrepentirse. Alas, un ex católico y decepcionado, me explicó que en Deuteronomio, un libro del Antiguo Testamento, se halla el capítulo 22, versículo 5, que dice así: “No vestirá la mujer traje de hombre ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová, tu Dios, cualquiera que esto hace”. Me quedo mudo. El Deuteronomio es el libro que más adelante, en el mismo capítulo, dice también que si un hombre se acuesta con una mujer casada y son descubiertos ambos deberán morir. Así se quitaba el mal de Israel.

Con lo demás me dijo que no hay nada en la Biblia que prohíba expresamente fumar, pero que no olvide que el cuerpo es un templo (Primera Carta a los Corintios, capítulo 6, versículos del 12 al 17), y que el principal problema con el fútbol es que, de cuando en vez, hace que uno se enoje. Le conté que una vez fracturé a un amigo jugando al fútbol. “Por eso no hay que jugar”, me dijo.

El hermano Jaime terminó lo suyo y luego dio la mano a todos los que estábamos sentados en el quiosco. Después de una hora y media. Le sucedió el hermano que habló de los animales que son satánicos y luego otro, el hermano Esteban, que tenía solo los dientes de abajo, y que cantaba alabanzas con su dedo índice apuntando hacia el cielo.

Llegó la noche y no pude predicar.

Capítulo 3.

Tercer día de prédicas. El segundo tuvo poco de relevancia, al menos en cuanto a mi intención de predicar públicamente ante todos los hermanos. Hubo, eso sí, predicadores interesantes que puedo resumir brevemente. El hermano Daniel, ese que me dijo que lo único que necesitaba para predicar era dejar el miedo, relató que el cristiano es como el águila que se ha criado entre pollos y que se ha olvidado de cómo volar. Mientras predicaba, el hermano Daniel corría de un lado al otro del quiosco y movía sus brazos emulando a un águila, a un pollo. Me convencí de que yo empezaría mi prédica de la misma forma.

Hubo otro predicador, el hermano David, que decía que la segunda venida de Cristo se ha retrasado porque no estamos en el año 2008. Estamos en el año 1975, y todo es cuestión de saber que estamos viendo el calendario equivocado. Hay esperanza, sostenía pues el hermano David.

Predicó después un jubilado con una Biblia que parecía el directorio telefónico. En el registro de Personas Naturales de este país, al menos hasta el año 2006, se señalaba que había más de 3,500 personas que en su DUI tenían la palabra “pastor” como su profesión. Los que llegan al parque Bolívar no son pastores, mucho menos sacerdotes. Se trata de jubilados, desempleados, vendedores ambulantes o empleados a medio tiempo que dedican un par de horas del día, especialmente a la tarde, para predicar. Está claro que no hace falta ser un pastor para predicar.

Como decía, tercer día. Tampoco pude predicar, y esta vez no fue precisamente por falta de espacio, porque incluso había llegado poco después del almuerzo para asegurarme un puesto. La tarea no fue sencilla porque la demanda de espacios al aire fue mucha ese lunes. Pude haberme parado luego que el hermano Jaime, de nuevo, terminara, pero la verdad es que me faltó el valor.

En lugar de eso, mientras el hermano Jaime seguía con su prédica, me fui a sentar al lado de “el Iluminado”. “El Iluminado” apartó los cinchos que tenía en su regazo y me saludó de buena gana apretándome fuerte la mano. Vestía con el mismo pantalón camuflado, tipo militar, y botas, que en las dos ocasiones anteriores que lo había visto. Llevaba una Biblia azul, con pasta gruesa, con los bordes de las páginas pintadas de rojo.

Supe que se llamaba Elías porque otro predicador, antes de irse, pasó a despedirse y le preguntó su nombre. Supe que fue alcohólico, que lleva meses rehabilitándose, porque él me lo dijo. Lo de “iluminado” salió poco a poco en la conversación, mientras me comentaba que él no grita cuando predica ni le gusta insultar. Lo suyo es otra cosa. Rápido me lo hace saber.

—Yo recibí la iluminación.

—¿Dónde recibiste la iluminación?

—De parte de Cristo, yo soy un iluminado.

—¿Y cómo se ilumina uno?

—Dejando toda la maldad. Apartándose de todo mal, no ambicionando, no amando esta vida, creer que cuando usted muere usted nace; y que cuando nace usted muere.

Mientras hablaba con “el Iluminado”, el hermano Jaime, que llevaba una hora y cuarenta minutos de prédica, con el sol ya caído, gritaba aunque sin vernos: “¡Amigo, amigo, que no te engañen!”. Cuando terminó, se despidió y abandonó el quiosco con rapidez. “El Iluminado” me preguntó si quería escucharlo predicar. Yo le dije que por qué no. Se puso de pie y comenzó a hablar en tono bajo, con su voz niñona. Yo era su único público.

Entre otras cosas, me predicó que la guerra es justificada en ciertas ocasiones, como si, por ejemplo, al presidente venezolano Hugo Chávez lo atacara la bestia, es decir, Estados Unidos. “Tendría que defenderse”, dice. O también me predicó que los pueblos de izquierdas son los pueblos de Dios porque usan el color rojo en sus banderas, como roja era la sangre de Cristo. Si la sangre de Cristo hubiera sido amarilla, razonó poco después “el Iluminado”, pues amarillas hubieran sido las banderas.

Nos despedimos al poco de que terminara de hablar. Le compré un cincho negro.

Capítulo 4 y Apocalipsis.

Al final del cuarto día llegó el evangelio. Llegué al Bolívar a las 8:20 de la mañana del martes. Decidido plenamente. Entré al quiosco y me senté a esperar. No había nadie, ni predicadores ni público más que un tipo que leía el periódico y que se levantó al cabo de unos minutos. Esperé en vano. Decidí regresar más tarde.

Volví a la 1:20 de la tarde. El quiosco tenía gente y había un predicador al centro. Entré y me senté. Había más, pero ninguno estaba dentro, sino conversando afuera del quiosco, muy cerca de las gradas de acceso. Solo era yo y el que hablaba de momento, un predicador que, como yo, tenía un Nuevo Testamento de pasta azul que regalan en los hospitales y moteles. El predicador decía que los predicadores no eran perfectos pues son humanos, pero bien es sabido que son diferentes al resto de hombres.

Me puse de pie cuando vi que guardó su Biblia en el bolsillo de su camisa. El otro se despidió y se fue a sentar a la misma banca que yo había calentado.

Había siete personas y un perro. Dos ancianos, dos hombres con mochilas y gorras, un hombre con gafas de sol, otro que vestía harapos y el predicador que se acababa de sentar. Corrección, el perro se levantó. En realidad era una perra.

En medio de la plaza se crea un efecto particular. El techo en forma de cono produce una ampliación de sonido que hace viajar la voz. Al menos eso me pareció cuando dije: “Buenas tardes, hermanos. Gloria a Dios”.

A tenor de lo que había escuchado los días anteriores y de lo dicho por mi antecesor, mi mensaje se centraba en que no importaba nuestra naturaleza o nuestra religión o si nos sabíamos la Biblia para ser considerados hijos de Dios. Era, claro, para llevar la contraria a los predicadores. Comencé, tal como lo había previsto en prácticas previas solitarias, con que los cristianos somos como las águilas que se han criado entre pollos y han olvidado que pueden volar y que se pasan los días rascando la tierra para buscar gusanos para comer.

Nos hemos olvidado, les dije, que somos hijos de Dios. Agregué luego:

—Eso quiere que todos los seres humanos nacidos somos hijos de Dios. Todos, todos, todos. Sin ninguna excepción. Y aquí es lo más importante, y es donde creo puede haber confusiones, hermanos. No hace falta ser bautizado, no hace falta que te echen agua, no hace falta que te sumerjan en un río para ser hijo de Dios. Yo sé que estos son símbolos que las diferentes iglesias utilizan para representar la entrada de un hijo de Dios a una vida nueva, a una vida de comunión con Cristo, pero se olvidan que uno siempre es hijo de Dios. El pecador es hijo de Dios, el adúltero es hijo de Dios, los sacerdotes son hijos de Dios, las prostitutas son hijas, los predicadores, los homosexuales. Todos.

Los dos ancianos, que estaban sentados juntos, me veían y se hacían comentarios. Al hombre de las gafas le interesaba a ratos. El de los harapos se levantó antes de que concluyera. Uno de los hombres con bolsón y gorra fue el único que me vio fijamente y alguna vez asintió con su rostro.

Mi prédica la había basado en parábolas. Me había leído el Evangelio de Lucas, las parábolas del capítulo 15, la del hijo pródigo, y muy especialmente la del capítulo 18, esa que compara la forma de orar entre un fariseo y un publicano. Todo esto para decir, quebrándoseme la voz no pocas veces, que no hace falta decir que uno es bueno para serlo. El predicador me hizo mala cara, con un gesto de desaprobación. Al poco se levantó.

Tenía un guión preparado pero improvisé sobre la marcha. Ya había sido lo suficiente moralista y me restaba, como todos, volverme un poco apocalíptico al final de mi intervención. Dije que quería recordar una cita de la Biblia que me podía de memoria para estos casos. Comencé a leer Ezequiel 25,17. La cita me la aprendí luego de ver diez veces “Pulp Fiction”, una película del director Quentin Tarantino. Es una cita que Tarantino adaptó y que no se encuentra tal cual en la Biblia, y termina así: “Y les aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos. Y ustedes sabrán que mi nombre es el señor, cuando mi venganza caiga sobre ustedes”.

Cerré con Job 19, 25. Terminé tras 15 minutos. El hombre que me había visto fijamente se había marchado y por eso busqué a los ancianos. Me senté junto a ellos y les saqué plática. Uno de ellos me dijo que se habían estado preguntando durante toda mi prédica si yo era salvadoreño o extranjero. Eso solo. Les agradecí la atención. Vino un silencio, y nadie se levantó a predicar. Miré para todos los rincones y no pasó nada extraordinario. Volví a ver a los ancianos. Uno de ellos se había dormido.

Vi lo que había hecho y miré que era bueno. Llegó la tarde del cuarto día. Decidí descansar el quinto.

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