En Los Andes las campesinas siembran goles

Publicado: 27 noviembre 2008 en Marco Avilés
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Benedicta Mamani recoge una pelota de fútbol de su cocina y sale cojeando bajo esta mañana helada de diciembre. Ayer caminó mucho persiguiendo a las ovejas que pastaban en la montaña y ha amanecido con las pantorrillas moradas: está lesionada. A cuatro mil metros sobre el nivel del mar, el frío de los Andes del Perú es un congelador natural. Algunas aldeas se esparcen en las cumbres, y las chimeneas de sus casas parecen condenadas a un trabajo eterno. Benedicta Mamani no sabe leer ni escribir, pero sí que el calor es bueno para aliviar el dolor muscular. Se ha sentado en un campo de tierra y frota sus piernas con llantén, una planta analgésica que crece en el huerto de su cabaña. No quiere perderse el partido de entrenamiento de esta mañana: Mamani tiene cuarenta años y es delantera del equipo de fútbol de Churubamba, una aldea de doscientos cincuenta campesinos, a unas cinco horas al sur de la provincia del Cuzco, cuya selección femenina ha ganado cinco veces consecutivas las Olimpiadas del distrito de Andahuaylillas al que pertenece. Éste es un pueblo de edificios de adobe que se levanta a medio camino entre las frías montañas y el tibio valle del Cuzco, la antigua capital del Imperio de los Incas. Ahora son las seis de la mañana y un megáfono conectado a una batería de auto retumba en la aldea como un despertador: «¡Señoras, ha llegado la avena desde la ciudad! Reunión en la cancha de fútbol. Después se jugará un partido». Benedicta Mamani se levanta, desesperada, y vuelve a su cocina para sacar un manojo de hojas de coca que se lleva a la boca como si se tratara de un caramelo. Si vivir en las alturas es un deporte arriesgado, la coca es el doping del pueblo: calma el dolor, demora el hambre, espanta el frío. Cuando surta el efecto deseado, Mamani estará lista para jugar. Será su último partido.

Churubamba significa caracol de tierra en quechua, el idioma que hablan más de tres millones de personas en los Andes del Perú. En esta aldea de una altura lejana y caprichosa, el segundo idioma más extendido podría ser el fútbol. El paisaje parece una imitación natural de un gran estadio: las montañas rodean una planicie verde. Aquí no hay una estación de policía, ni una iglesia –ni siquiera una cruz–, pero sí dos arcos de madera clavados en el centro de la gran explanada-plaza de armas-cancha de fútbol, y alrededor de ella unas sesenta casas de barro con techos de paja y una escuela donde se aprende a contar y a leer en quechua. El fútbol, idioma universal del entretenimiento, ha llegado a Churubamba mucho antes que el castellano, los libros o las medicinas. En algunos lugares del mundo el capitalismo todavía tiene viejas novedades que ofrecer. Si el resto de la Tierra fuera plana, Churubamba miraría directamente a los pueblos más altos y aislados del planeta: Wenchuan, en China; Potosí, en Bolivia; Lhasa, en el Tíbet. Pero el mundo es redondo como una pelota y Churubamba –con su equipo de mujeres campeonas– también podría ser un equivalente femenino de la selección de Brasil en este universo de montañas altas donde tampoco existen el transporte público ni los zapatos.

Benedicta Mamani tiene las piernas amoratadas sobre sus ojotas, unas sandalias fabricadas con el rústico jebe de los neumáticos usados. Ahora, por fin, llega a la cancha, es decir, a la Plaza de Churubamba. Llega cojeando. Viste un traje que ella misma ha confeccionado, como suelen hacer todas las mujeres del pueblo. Lleva cuatro juegos de faldas de colores, una sobre otra. También una blusa blanca, una chaqueta de lana de alpaca y un sombrero cuadrado de alas anchas bordado con hilos de colores y salpicado de lentejuelas. Es la vestimenta oficial para jugar al fútbol, y no porque a las mujeres de Churubamba les guste llamar la atención de los fotógrafos del mundo que van a la caza de imágenes exóticas, sino porque ésa es la ropa que ellas usan todos los días. En las afueras de La Paz, la capital de Bolivia, hay una aldea llamada Cattuyo donde sus campesinas juegan para la afición: usan polleras, zapatos y también camisetas de equipos profesionales como si se tratara del uniforme oficial para los reportajes. Incluso allí lo exótico es lo que viene de afuera para mirar con folclórica curiosidad: cámaras digitales, periodistas, preguntas indiscretas.

Cada quince días, el municipio del distrito de Andahuaylillas envía a Churubamba una camioneta repleta de bolsas de avena. Para llegar, el vehículo debe sortear precipicios empinados sobre una carretera enlodada por las lluvias. Velocidad promedio: quince kilómetros por hora. Churubamba sólo produce papas, maíz y una que otra hortaliza como zanahorias y tomates. La llegada del cereal es un momento tan importante que paraliza a la aldea como si se tratara de un día feriado. Los hombres dejan la siembra para cargar la avena, y las mujeres se reúnen en la plaza-cancha de fútbol para repartir el alimento según el número de hijos de cada familia. En Churubamba, la cancha es el centro del mundo. Si sales de una casa, ingresas a la cancha. Si sales de la cancha, regresas a tu casa. Luego del reparto de los cereales, las mujeres suelen hacer dos cosas: 1. Discutir asuntos de la comunidad y 2. Disputar un partido de fútbol. El balompié es aquí una novedad que se acaba de descubrir apenas una generación atrás. Las mujeres juegan mejor al fútbol que los hombres de la aldea, si jugar mejor significa haber ganado los trofeos de cinco olimpiadas en un torneo contra otros seis equipos femeninos del distrito de Andahuaylillas. Se han ganado el derecho a una hinchada fiel, al uso de la cancha y a los aplausos. Cada nuevo partido es como un entrenamiento que las mantiene preparadas para competir con equipos de las aldeas cercanas. En unos días, Andahuaylillas celebrará su fiesta de aniversario y habrá un partido de exhibición de fútbol de mujeres y un trofeo por disputar, cortesía del alcalde. Entonces a sus maridos, que nunca han ganado en su categoría, sólo les quedará mirarlas desde la tribuna y demostrar su orgullo de hinchas. La feliz resignación de ser derrotados por el éxito de sus esposas.

Pero esta mañana también hay un juicio en la aldea: una mujer es acusada de comer demasiada avena. Se llama Toribia Ccopa, sufre de obesidad y está sentada sobre sus piernas, en el centro de un círculo humano a un lado de la cancha. El juicio, como todas las decisiones en este pueblo, será comunal. Si te casas, la comunidad te entrega un terreno. Cuando mueres, tus tierras vuelven a pertenecer a la comunidad. Si robas, la comunidad te lleva al río Vilcanota y te hace reflexionar a latigazos. Si descubren que tienes un amante, te expulsan del pueblo. En la asamblea hay veinte mujeres y no más de diez hombres. Alguien acusa. Y es Benedicta Mamani.

–¿Para qué comes tú? –le dice en quechua–. Deberías dejar para los pobres.

Ccopa, la acusada, se queda callada y agacha la cabeza en señal de vergüenza, fusilada por las risas de la pequeña multitud alrededor.

–La burla puede ser un castigo terrible en un pueblo de sesenta familias –dirá después Martín Pilco, el profesor de la escuela de Churubamba.

Pilco es la única persona que habla español.

–Esa mujer tendrá que soportar las risas por un tiempo y demostrar que está dispuesta a cambiar.

La acusada se retira muy triste a un extremo de la plaza, o lo que podría ser el punto para patear tiros de esquina. Su destino parece ser el de cualquier jugador del mundo castigado por su mala conducta: una tarjeta roja. Según la FIFA, cuarenta millones de mujeres practican el fútbol de manera oficial en todo el planeta, es decir, en clubes o asociaciones. Si esa cantidad fuera una mancha sobre un globo terráqueo apenas salpicaría dos o tres países de Europa, el continente donde más mujeres juegan al fútbol. Pero ni la FIFA conoce la aldea de Churubamba ni Benedicta Mamani sabe de estadísticas. Tampoco sabe leer. Mientras los hombres terminan de retirar las bolsas de avena de la cancha de fútbol, ella y otras ocho mujeres han formado un equipo y discuten alrededor de la pelota sobre la lesión de su capitana Benedicta Mamani. El terreno está cubierto del mismo pasto grueso que alfombra el resto de la montaña, y algunos charcos y lodazales recuerdan la lluvia de la noche anterior.

–Cuando era niña –traduce a la delantera el profesor Pilco– ni las mujeres ni los hombres jugaban al fútbol en Churubamba.

La historia comenzó en el mismo año de la Copa Mundial de España. En la primera fase del torneo la selección del Perú empató con la de Italia, una de las escuadras favoritas. Pero meses antes, el furor ya había empezado a correr por todo el país y el Gobierno había decretado feriados para que los peruanos pudieran celebrar los resultados desde la gira de preparación por Europa: Perú 1-Francia 0, en el Parque de los Príncipes; Perú 2-Hungría 1. En aquel entonces, Perú todavía ganaba en el fútbol. Los habitantes de Churubamba escuchaban las noticias a través de sus radios a baterías, y algunos bajaban de las montañas para espiar los partidos en televisores de las ciudades vecinas. Así, al regresar a su comunidad, miraron con hambre de gol el campo de la plaza de armas y colocaron allí arcos de madera con ayuda de sacerdotes de la iglesia de Andahuaylillas, que vieron en el fútbol un remedio para reducir algunos problemas de la aldea. El alcoholismo, por ejemplo, un vicio barato que había sobrevivido desde la época de las haciendas. En el Perú, los hacendados eran señores feudales sin título nobiliario y a menudo pagaban el trabajo de los campesinos con lo que querían. Por ejemplo, con alcohol. Luego llegó la Reforma Agraria, el reparto de la tierra, la propiedad para los campesinos: el capitalismo cada vez más cerca. También el fútbol. Benedicta Mamami era una niña en esa época y recuerda que su abuela, ya una anciana, también aprendió a patear la pelota y a beber menos antes de morir.

Tiempo después, durante los años noventa, Alberto Fujimori fue un presidente del Perú que, con la excusa de reducir las estadísticas de pobreza en las zonas rurales del país, auspició una campaña para esterilizar a las mujeres. Su plan llegó a Churubamba. El profesor Pilco dice que cuando una mujer llegaba al hospital de Andahuaylillas para curarse de un dolor de estómago, la atendían pero además le ligaban las trompas o le introducían una T de cobre. Otras veces, los enfermeros recorrían las aldeas más alejadas haciendo operaciones inmediatas. El resultado fue que en esa década la pobreza siguió siendo la misma, pero nacieron menos pobres.

–Tuvimos que cerrar la escuela porque no había alumnos –recuerda el profesor Pilco.

No es difícil imaginar el castigo de la esterilización forzada en un pueblo donde las mujeres son criadas para tener hijos y los hijos son criados para trabajar la tierra. A ellas les sobraba el tiempo libre. El tiempo libre es el origen de todos los juegos. En el relato del profesor, las mujeres empezaron a jugar simplemente porque les sobraba el tiempo para hacerlo. Pero es difícil comprobarlo y tratar de cruzar el terreno de la fábula. Los hospitales de las ciudades cercanas no conservan estadísticas de aquella campaña de esterilización forzada de Fujimori. Sí se sabe que ciento cincuenta mil mujeres fueron esterilizadas, según la Defensoría del Pueblo, pero éstas son cifras de todo el Perú: no todas eran futbolistas ni vivían en una aldea donde el centro del mundo es una cancha de fútbol, como en Churubamba. Lo único cierto es que en 1999, la iglesia católica de la zona organizó un campeonato deportivo donde debían participar todas las aldeas campesinas de las montañas y los barrios de Andahuaylillas. «Creíamos que el deporte era una forma de tender puentes con esas poblaciones alejadas», dirá después el párroco de esa ciudad. Aquella vez, los sacerdotes propusieron que los hombres compitieran en fútbol y sus esposas en vóleibol. Ellas dijeron que también sabían patear un balón y consiguieron que se reconociera la categoría femenina. Después ganaron el campeonato de mujeres, y así empezó esta leyenda sin derrotas.

El pitazo del árbitro suena para ordenar que los niños y los perros abandonen el campo de la plaza de Churubamba. Un muro de barro delimita la cancha del resto de la aldea. Allí está sentado Encarnación Taype, esposo de Benedicta Mamani, conversando con otros hombres. Taype viste un pantalón de yute, una camiseta delgada y un chullo, ese gorro andino de lana en forma de cono cuyas largas orejeras protegen del frío. ¿Es posible que le moleste que su esposa sea una jugadora de fútbol? ¿Cuánta autonomía tienen las mujeres en esta aldea? «Ellas tienen que cumplir su tarea de madres, y nosotros de padres –dice–. Después, todos podemos jugar». Los hogares en las alturas son matriarcales en gran medida, explica el profesor Pilco. Las mujeres cocinan, crían a los hijos y administran el dinero de la casa. «El esposo no puede vender una oveja si la mujer no lo autoriza». ¿Las golpean? Sí. ¿Y ellas qué hacen? Les responden a golpes. «También se pueden quejar a la asamblea comunal, pero entonces el castigo para el varón es más fuerte», dice Encarnación Taype, acomodándose en la tribuna. Nunca juegan hombres contra mujeres. Entran los dos equipos: nueve jugadoras en cada uno, con faldas floreadas y ojotas. El partido está por empezar. Un equipo se llama Mirador de Churubamba y su capitana es Benedicta Mamani. El otro se llama Club Churubamba y su lideresa es Andrea Puma, una mujer de unos veinte años y pómulos hinchados. Es la mejor jugadora de Churubamba y, desde el año 2000, la capitana de la selección oficial de la aldea.

–Las que pierden que regresen a atender a sus maridos –bromea Andrea Puma colocando las manos sobre sus caderas.

Otro pitazo del árbitro, y la pelota rueda fuera del campo. Un niño llora a gritos desde una tribuna, y su madre abandona el puesto de centrocampista para consolarlo. Andrea Puma levanta el brazo. Está en el área rival. Saque lateral. Ahora recibe un pase en callejón que muere amortiguado en sus faldas, elude a una defensora rival, encuentra un túnel entre las piernas de otra y patea al cielo adornado de nubes. Saque de meta. La pelota en el aire crea incertidumbre: a cuatro mil metros de altura, entre futbolistas que también son madres de familia, no hay disciplina táctica. Todas las mujeres persiguen el balón hasta olvidarse de sus puestos. Benedicta Mamani ha bajado hasta su propia área, detiene el balón con el pecho. La pisa. Mira al frente y eleva un tiro de globo en busca de alguna delantera. Sus pantorrillas moradas y adoloridas están gobernadas por la concentración. Una de las delanteras salta, golpea el aire con la cabeza y, al caer, sus piernas gruesas asoman debajo de las faldas. Saque de meta. Minutos después, tras ensayar una jugada similar, Benedicta Mamani grita de dolor: la uña de su dedo gordo se ha partido en dos y sangra. Las ojotas son ideales para caminar en terrenos lluviosos, pero pésimas para conectar ese tiro potente que la jerga futbolística del Perú ha bautizado como «puntazo». Benedicta Mamani sale del campo apoyada sobre dos compañeras. Sin su capitana, Mirador de Churubamba soporta el resto del partido sin gloria. Empate a cero. Estadísticas: diez tiros al arco atajados. Tres al palo. Ocho al cielo. Un tiro fue a la puerta de la escuela y hubo una larga interrupción cuando el balón rodó montaña abajo sin que la tribuna pudiera detenerlo. Recuperarlo tomó unos diez minutos. Al final el árbitro decide que haya penales. Es un hombre de torso grueso y pocas palabras. El chullo de colores alegra su parquedad. «Tiene que haber un equipo ganador», dice. Resultado: cero para Mirador y dos para el Club Churubamba de Andrea Puma. El premio para las campeonas son panes con queso y naranjas frescas de postre, regalos del alcalde de Andahuaylillas. Para las perdedoras hay lo mismo. Todo es comunal en la aldea. Incluso los premios y la felicidad de las competencias, como ocurre cuando los adultos se reúnen para trabajar una obra que beneficiará a todos. Por ejemplo, limpiar la carretera. Entonces se forman dos equipos y se divide la tarea en partes iguales para ver quiénes terminan primero. No hay premio ni castigo: la competencia los hace trabajar más rápido.

Para celebrar el aniversario de Andahuaylillas, su municipalidad ha organizado un partido de exhibición entre la selección de Churubamba y la selección local, un equipo de mujeres dedicadas al comercio de artesanías. Ellas sí hablan castellano, han ido a la escuela y usan zapatillas. También ven televisión y toman Coca-Cola. Si tienen una lesión, van a una farmacia y compran una pastilla. Viven la globalización y su mercado de bienestar.

–No hay miedo –dice Andrea Puma.

Se ha acercado donde Benedicta Mamani, recostada en un lado de la plaza, y ahora le ofrece un vaso de agua gaseosa.

–Acá las mujeres sabemos cocinar bien, atendemos a nuestros niños bien, cosechamos con nuestros esposos bien. Somos fuertes, entonces sabemos jugar bien.

La antesala de un partido de fútbol femenino en la Cordillera de los Andes, como en todo el mundo, suele ser una cadena de entusiasmos. Coraje. Catarsis. Fe. Pero si el fútbol es un arte de la guerra en permanente evolución, la contienda entre once pares de ojotas y once de zapatillas puede inspirar el mismo pronóstico que una batalla entre un ejército armado con flechas y una flota con misiles teledirigidos. ¿Es el fútbol un microscopio para observar en detalle las diferencias sociales? ¿Es el fútbol el mejor deporte para entender el mundo? ¿Puede ser acaso un juego capaz de unir dos extremos de la realidad y convertir sus conflictos en un marcador de goles? Cualquier comparación es tan odiosa como anticipar el resultado de un partido todavía no visto. Éste sólo será un juego. Once faldas contra once faldas.

El día del partido de faldas contra faldas, el cielo de Andahuaylillas amanece despejado y azul como una inmensa cúpula pintada a mano. Las calles de este pueblo son pequeños pasajes empedrados donde merodean algunos turistas que disparan sus cámaras fotográficas: niños que van a la escuela pateando piedrecillas, una mujer de trenzas muy largas que reparte la leche, campesinos que van detrás de una vaca aburrida. Las casas son de paredes blancas, con balcones de madera y tejados marrones que envuelven una plaza amplia donde hay cuatro árboles frondosos tan viejos como la iglesia construida en 1650. El templo de Andahuaylillas ya está abierto: el portón lleno de aldabones parece la boca de un monstruo en reposo. Los libros de viaje la promocionan como «La Capilla Sixtina del Perú». En su interior, los turistas se fascinan al descubrir paredes llenas de aterradoras pinturas murales. Los guías les explican: la figura del demonio cumplía un papel importante cuando los misioneros de la Iglesia Católica llegaron al lugar. Era la época de las expediciones españolas al Nuevo Mundo. Extirpación de idolatrías. Una guerra santa que reemplazó el culto al Sol de los incas por el temor a Dios. La civilización se instaló en la ciudad, pero los indios siguieron viviendo en las alturas. Hasta hoy.

–La lucha religiosa continúa –dice Luis Herrera, un sacerdote jesuita que viste en mangas de camisa y pantalones jeans.

Su rostro es tan rosado como el de un apóstol en un cuadro de la Última Cena. Su oficina es una mesa, una computadora y una ventana que mira a la plaza de Andahuaylillas. Detrás de ella, las montañas altas parecen gigantes que juegan con las nubes. Nada hace suponer que allí arriba, en lo más alto de la imaginación, hay un pueblo de mujeres futbolistas.

–Las iglesias protestantes y evangélicas de Brasil han evangelizado a su manera a muchas comunidades –dice Herrera, sentado en un viejo sofá–. Pero el fútbol lo difundimos nosotros.

El cura Herrera es hincha de su iglesia de la Compañía de Jesús, pero no fanático de la propaganda. En los años ochenta, el alcoholismo era uno de los problemas más graves de las comunidades campesinas del Cuzco, recuerda el sacerdote. Los hombres y las mujeres bebían cada día y se daban unas golpizas terribles. Se olvidaban de sus hijos, morían de cirrosis. El fútbol, dice el sacerdote, fue una manera de combatir esas malas costumbres. También en algunos países de África se cree que el fútbol puede aliviar los males que producen las guerras. En Sierra Leona, Benín y Angola, algunas ONG han contratado entrenadores europeos para difundir el deporte entre los desplazados por las guerras civiles. Si el negocio del fútbol es una religión en continua expansión, como escribió Manuel Vázquez Montalbán, sus misioneros han sido tan anónimos e involuntarios como los del Cuzco. Los marineros mercantes ingleses y portugueses llevaron balones a Brasil a fines del siglo diecinueve, y bastó que jugaran en las playas de ese país para que la curiosidad de los lugareños encendiera la historia de una potencia del fútbol. En Churubamba, donde no hay televisores ni libros, los sacerdotes se convirtieron en los apóstoles del deporte rey. Parece que así funciona la globalización en el fútbol: la FIFA, como un Vaticano perezoso, espera que para el año 2010 haya tantas mujeres como hombres jugando fútbol a nivel profesional. En la historia universal de este deporte, el mundo todavía ofrece territorios vírgenes y aislados, pero no imposibles: el fútbol es hoy la industria cultural más veloz de la civilización. El negocio de civilizar los pies.

–La FIFA no sabe de geografía –dice el sacerdote Herrera–. Lo que podemos esperar del fútbol acá es que ayude a integrar estos dos mundos, el de la ciudad y el de las alturas. Es algo que no ha ocurrido en quinientos años.

El padre Herrera sabe hacer goles a su manera, aunque el marcador final esté en contra. Después de haber trabajado durante varias décadas en Churubamba, dice con resignación, la Iglesia tuvo que abandonar la comunidad debido a la distancia y a la falta de dinero para el trabajo misionero. Algunas sectas protestantes –sobre todo evangélicas– han aprovechado este alejamiento y han logrado que casi toda la aldea deje de ser católica. Parece el esquema de un juego de fútbol donde los sacerdotes han cedido terreno. Herrera tiene trabajo que hacer. No irá al estadio a ver el partido entre las mujeres de Andahuaylillas y las de Churubamba. Por la noche, llegarán varios funcionarios de Lima, la lejana capital del Perú, e inaugurarán un nuevo sistema de iluminación en el interior de la Capilla Sixtina. También esta iglesia vive del turismo. Afuera de la oficina, el cielo de Andahuaylillas ha ennegrecido sobre las calles vacías. Pronto volverá a llover.

Un cielo de nubes negras arroja sombras sobre un estadio donde podrían caber cinco mil personas si la ciudad tuviera más aficionados al fútbol femenino. Sólo han llegado doscientos curiosos. Las tribunas son de cemento y están pintadas con los colores del arco iris. En la década del setenta, un abogado del Cuzco dijo que así había sido la bandera del Imperio de los Incas. Era mentira, pero su invento era tan convincente que se convirtió en una verdad vendedora para el lucrativo negocio del turismo. En el centro de la tribuna principal, el alcalde de Andahuaylillas se preocupa por el mal tiempo. Si vuelve a llover, dice, se suspenderá el partido, y el trofeo –un juego de camisetas– se repartirá entre las jugadoras. Se llama Guillermo Chillihuane y nació en una aldea de campesinos cercana. Cuando era niño, recuerda Chillihuane, sus padres lo enviaron a estudiar a la ciudad. Allí aprendió español, trabajó en lo que pudo, y con sus ahorros estudió ingeniería en una universidad del Cuzco. Muchos habitantes de Churubamba y otras aldeas quechuas sueñan con algo parecido para sus hijos. Los envían a estudiar en las escuelas de la ciudad, pero como la distancia que separa sus aldeas es tan grande que los niños no pueden ir y volver en el mismo día, los padres han edificado un asentamiento de casitas de barro en las faldas de las montañas, muy cerca de un río. Se llama Nuevo Churubamba y parece un pueblo fantasma. Los niños viven allí de lunes a viernes y duermen sobre pellejos de oveja, cubiertos de frío.

–Como no tienen familiares cerca, deambulan por la ciudad pidiendo dinero a los turistas –dice Chillihuane–. El deporte es una forma de combatir esos problemas y por eso estamos construyendo más canchas de fútbol.

Para vivir en un pueblo al pie de las montañas y disfrutar de su bienestar, los habitantes de Churubamba deben pagar un alto precio de entrada: necesitan aprender el castellano y tener dinero para comprar. La mayoría no reúne estos requisitos y sigue mirando la modernidad –televisores, hospitales, universidad– como un espectáculo ajeno. Cuando bajan la montaña para asistir a un partido de fútbol, parecen forasteros de un mundo que juega a las escondidas. Juegan y se van.

Faltan quince minutos para el final del partido. Churubamba está ganando por un gol a cero. La jugadora Andrea Puma mira el arco rival, apoya las manos en sus faldas y lamenta su mala puntería. El disparo le salió muy alto. Saque de meta. La pelota viaja cincuenta metros y amenaza el área de Churubamba, el equipo visitante. Las ojotas defienden, intentan alejar el peligro, pero las zapatillas atacan ejerciendo el poder de la emboscada. El césped húmedo y crecido ata los pies de las jugadoras visitantes. La recibe Guillermina Gutiérrez, una defensa de trenzas tan largas que se pierden bajo su cintura. Quiere despejar el balón hacia el centro del campo. Se impulsa en una pierna, pierde el equilibrio y termina de espaldas, contando las nubes. Foul, grita la barra. Allí hay niños y esposos. El árbitro ordena continuar.

El alcalde Chillihuane mira su reloj y se levanta de la tribuna para conversar con el juez. En el campo, las jugadoras de Andahuaylillas también están preocupadas por el tiempo. Quieren empatar. Su uniforme es una falda granate, medias blancas, blusa blanca y zapatillas blancas. Las jugadoras de Churubamba –faldas marrones, chompas rojas, ojotas– están cansadas. Las locales patean desde fuera del área sin dificultad. Ya hay dos lesionadas con las uñas rotas en el equipo de la visita. Las que quedan en el campo ahuyentan a patadas las ansias enemigas. Final. El equipo ganador corre hacia el filo de la cancha, como si escapara de los premios. Parece una carrera de velocistas. Las mujeres recogen a sus bebés y los llevan directamente a sus pechos. En la esquina del equipo perdedor, las futbolistas combaten sus dolores con masajes. Pregunta:

–¿Por qué perdieron?

–Las mujeres de Churubamba son más fuertes. No tienen miedo a los pelotazos ni a las patadas. Pero tampoco tienen mucha técnica.

En el otro bando la respuesta es un cliché universal:

–Jugamos mejor.

Por allí está Benedicta Mamani, la lesionada. Saluda a sus compañeras y les sirve vasos de gaseosa. La acompaña su hija Renata Taype, de once años.

–Ella también sabe jugar al fútbol –dice su madre, acariciando la cabeza de la niña–, pero seguirá estudiando.

Renata Taype, a diferencia de su madre, sí usa zapatillas. Son blancas, de las que se lleva en las clases de educación física de escuela. La punta de una de ellas está rota y por allí asoman unos dedos delgados y morados. La niña habla castellano. Cuando sea grande quiere ser maestra en la escuela de la ciudad y vivir en una casa con televisor.

–Allí voy a vivir con mis papás –dice antes de echarse a correr detrás de su madre, porque la lluvia ha estallado.

Las gotas de agua parecen pelotas diminutas haciendo blanco sobre las cabezas. La premiación de los equipos de fútbol es muy rápida. El alcalde de Andahuaylillas distribuye camisetas sintéticas de fútbol entre las ganadoras. Están numeradas del 1 al 22. Ellas se las ponen sobre sus chompas rojas. Parecen un equipo profesional, y cae más lluvia sobre el estadio sin techo. En unos minutos el espectáculo se desarma: el alcalde de Andahuaylillas sube en una camioneta junto con el equipo de su pueblo. Las jugadoras de Churubamba, sus hijos y sus esposos suben en un camión de carga protegido por un toldo grueso. El regreso a la aldea será peligroso. Tardará más de tres horas. La próxima vez que haya un partido de fútbol es posible que las jugadoras de Churubamba vistan las camisetas que acaban de ganar. ¿Serán éstas el disfraz que unirá el mundo de las alturas con el de la ciudad? ¿Por qué, entonces, no les ofrecieron zapatillas? La respuesta del alcalde de Andahuaylillas abre un túnel en el tiempo: «Porque sus pies son tan gruesos que no caben en otra cosa que no sean sus ojotas». Lo dice desde la comodidad de su camioneta y agrega por qué es mejor trabajar con los niños que con los adultos: la civilización occidental es una educación lenta que empieza, paso a paso, por los pies.

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comentarios
  1. pilar sosa haro dice:

    MUY INTERESANTE LAS CRONICAS QUE PUBLICAS EN TU EDICION….SE QUE ES UN ARDUO TRABAJO SUBIR Y BAJAR CORDILLERAS DE TEMAS QUE SACAS DE LAS ENTRAÑAS DE LA CORDILLERA ANDINA…MIS FELICITACIONES POR TAN IMPORTANTE LABOR

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