El clon de Freddy Mercury

Publicado: 10 diciembre 2008 en Leila Guerriero
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Hace dos horas, cuando todo comenzó, la gente no gritaba.

Nadie levantaba los puños ni cerraba los ojos ni miraba el escenario con arrobo. Hace dos horas todos hacían un ensayo general de histeria de bajo voltaje allá en la calle cuando ellos cinco –gafas oscuras, pantalones de cuero- bajaban de la limousina -alquilada, polarizada, vieja- entre el humo de los chorizos que se asaban en los puestos callejeros. Hace dos horas, cuando todo comenzó, la gente aplaudía un poco, y nada más. La gente gritaba un poco, y nada más. La gente bailaba un poco, y nada más.

Pero ahora que sobre sus cabezas ha goteado la miel de Love of my life, los corcoveos sinfónicos de Bohemian Rhapsody y los susurros de Somebody to love, ya no hay defensa posible. Y cuando él arranca con aquello de réidío gága/ réidió gagá, más de mil personas levantan  los puños y braman porque ahí, en ese club de barrio de la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, República Argentina, entre carteles que anuncian que Acindar es el nombre del acero y que Imacoya es imbatible a la hora de proveer materiales de construcción, en un escenario montado sobre lo que durante el día es una cancha de basquet, vestido con un short a rayas blancas y rojas, completamente descalzo, completamente lampiño, el mayor de los Busetto, el médico de todos, se abre en cruz como quien se ofrece y canta ruge transpira salta enloquece para que la gente ruja cante transpire salte enloquezca.

Porque él es Freddie Mercury.

Porque Jorge Busetto es Freddie Mercury.

 

 

 

Los datos filiatorios son fáciles: One, la banda que lidera Jorge Busetto, médico cardiólogo nacido en La Plata el 7 de julio de 1971, se formó en el año 2000, y es un tributo a Queen, la formación inglesa cuyo cantante, Freddie Mercury, murió de sida un día de noviembre de 1991.

Los datos filiatorios siempre son fáciles.

Pero hay otras cosas.

Las cosas difíciles.

 

 

 

Son las dos de la tarde. La ciudad de La Plata se evapora en la siesta del invierno austral.

Jorge Busetto –lunar en la mejilla, pelo castaño, bigote rubio y una barba de tres días sobre la piel con 35 años de uso– devora sandwichs de jamón en el gimnasio que es propiedad de su familia y que está frente a la casa de sus padres.

—¿Siempre quisiste ser cantante?

—No. Nunca. En el viaje de egresados a Bariloche nos pusieron un video de Queen y yo me quedé dormido, pensando “Mirá estos putos”.

—¿Y qué querías ser cuando eras chico?

—No sé. Es que era chico, pero no sé si alguna vez fui un nene.

Porque las cosas difíciles empezaron temprano: con las primeras sopas de la infancia.

 

 

 

Jorge Busetto tenía cinco años y no era esto que es sino el primer hijo de Norma y Jorge –estudiante de medicina ella, cardiólogo él–, nieto de la abuela Ema y sobrino del tío Osvaldo. La abuela Ema –ojos azul de fuego impío– se ocupaba de él durante el día, y el tío Osvaldo, hijo de esa abuela –arquitecto, rubiedad de cristo– era el tío mejor, el más querido: jugaba con el sobrino, hacía las tareas del amor de las que dejan huella: las que provocan fatal adoración. Pero el tío Osvaldo era también militante del ERP, Ejército Revolucionario del Pueblo, y fue secuestrado en 1976 por los militares de la dictadura que comenzaba ese año en la Argentina, encerrado en un campo de concentración clandestino y torturado de formas diversas, todas salvajes. Tenía 30 años y nadie ha vuelto a saber de él. Cuando su sobrino preguntó por el tío, sus padres le dijeron lo que decir se podía a un niño de cinco años: que Osvaldo había marchado a la provincia de Córdoba, a construir casas. Y fue la abuela Ema, los ojos azul de fuego, la que se encargó de poner las cosas en claro. Con las primeras sopas de la infancia.

—Me lo contaba como un cuento –dice Jorge.

Lo sentaba a la hora del almuerzo, le ponía su sopa y su cuchara, y empezaba a contar: Caperucita Roja y el Lobo o el cuento del tío rubio. Caperucita Roja por el bosque o la historia de cómo al tío le envolvían la cabeza en una bolsa. Caperucita Roja y su canasta o el tío reventando bajo la picana eléctrica.

—Me decía que en ese momento lo estaban torturando, que lo habían llevado a un campo de concentración clandestino. Que le hacían el submarino: que le metían la cabeza en el agua hasta ahogarlo.

El niño no dijo nada y hasta los trece años mantuvo viva ante sus padres la ilusión de su inocencia. Cada vez que nacía una hermana –y fueron cinco– enviaba cartas en las que escribía: “Querido tío, ya nació mi hermanita Jessica. Ojalá puedas venir a conocerla pronto”.  

El tío, claro, nunca pudo venir.

 

 

 

A los 13 años Jorge era líder en el barrio, y tenía una vocación extraña: la de ser héroe, alguien capaz de salvar a la humanidad del fin del mundo. Para eso –para entrenarse por la humanidad– iba al gimnasio todos los días y, total autodidacto, aprendía el arte de arrojar estrellas ninjas y pelear con palos.

—Siempre digo que cuando tenga plata me voy a comprar unos trajes antibalas y a tener una central oculta con computadoras, para monitorear los crímenes de la ciudad y salir a defender a las personas. Con mi viejo siempre nos llevamos mal, pero él para mí es Superman. Los pacientes me decían “Tu papá me salvó la vida”. Para mí era un héroe. Y yo siempre me creí un poco Superman. Una de mis fantasías es hacer una fortaleza subterránea, con comida, agua, porque creo que en algún momento se viene el fin del mundo. Siempre que veía esas películas del anticristo pensaba que  yo iba a tener que salvar al mundo. Entonces empecé a entrenarme y aprendí a tirar estrellitas ninjas y a pelear con palos.

Pero no fue ninja ni –todavía– salvador del mundo: aterrizó en la Facultad de Medicina, se recibió a los 24 años y, para entonces, todo había cambiado: tenía un hijo de nombre Franco, una mujer Karina y era, ya, fanático de Queen.

 

 

 

Por ese lunar, o por esa hendidura en la mejilla, o por otra cosa, Jorge Busetto siempre tuvo un éxito voraz con las mujeres.

—Es más fácil ir a la guerra que ser fiel toda la vida a una mujer. Ser tan mujeriego es uno de mis grandes demonios. Igual, tengo reglas. A las hermanas de los amigos no las miro, a las novias de los amigos no las miro, a las fanáticas no las miro.

Y aún así, el cálculo le da unas cuatrocientas. Karina fue la cuarta, y el año en que la conoció, un año pleno de sucesos.

Era 1991 cuando la vio y la vio hermosa, y la quiso para él y para él la tuvo. Y era ese mismo año cuando cumplió sus veinte y su mejor amigo, un hombre apodado El Colo, le hizo el regalo que le cambiaría la vida: un casette de Queen.

—Me hice fanático. Sabía todo de la banda, salvo que Freddie era gay. Me lo dijo El Colo. Y un mes después, me dijo que Freddie tenía sida. Fue una cosa muy dura porque yo era remacho. Y tenía prejuicio, odiaba a los putos. Pero qué iba a hacer. Y en noviembre de ese año, Karina me dijo que estaba embarazada. Y le dije que nos casáramos.

Para explicar la situación viajaron a Necochea, la ciudad de la costa atlántica donde vivían los padres de Karina.

—Pero el padre dijo que no, que ella era muy chica para casarse. Entonces Karina dijo “Si mi papá no quiere, no me caso”. Me fui corriendo a la terminal, solo, de regreso a La Plata. 

Era el 25 de noviembre y en el ómnibus de regreso se topó con un hombre que leía un periódico cuya portada anunciaba que había muerto Freddie Mercury.

—Mi vida y la de él coincidieron pocos meses. En cuatro meses me hice fanático de un tipo que era puto, y que se murió.

Volvió a La Plata, llorando todo el camino, y semanas después, cuando ya estaba decidido a no casarse, se casaba con Karina.

—Vino a verme, me dijo que había sacado turno para casarnos. Le dije que yo no la quería. Y se puso a llorar, a gritar, empezó a vomitar y a mí me dio miedo que perdiera el bebé. Entonces le dije “Bueno, quedate tranquila, nos vamos a casar”. Así que me casé porque vomitó.

Del día en que nació su hijo, Jorge recuerda poco: que fue luminoso. Intensamente azul.

 

 

 

Ya tenía mujer e hijo, pero su primer sueldo de médico lo gastó, entero, en un aparato de karaoke. Sin haber estudiado canto ni saber inglés, empezó a entonar sobre la voz de Mercury y descubrió que era afinado. Pero todo quedó en eso. Morisquetas en el baño. Cantos caseros. Mientras, en casa, las cosas en casa se pusieron bravas.

—Karina se empezó a poner violenta. Era muy celosa y yo nunca fui de pegar con el puño cerrado, pero sí de darle un empujón, un cachetazo.

Un día una de las hermanas de Jorge le dijo “Los vi al Colo y a Karina. Besándose”. Jorge no dijo nada, pero la siguiente pelea fue a lo grande.

—Se armó una discusión y le dije a Karina: “Voy a ir a buscar el revólver y le voy a pegar un tiro en la cabeza a tu novio”. Ella me quiso ahorcar y yo la agarré del cuello. Diez segundos más y la mataba. Y me fui a buscar al Colo en el auto, con el revólver. Pero cuando lo vi dije “no, si le pego un tiro voy preso y ese hijo de puta va a criar a mi hijo”. Tiré las balas, y lo llamé al auto. Le dije: “¿Es verdad que estás con Karina?”. Y me dijo “Y qué querés que haga, Jorge. Me enamoré de tu mujer”. Yo esperaba que me lo negara, y empecé a llorar como un loco. No pude pegarle, nada. Estuve cinco minutos llorando sin parar y después me fui.

Empezó a vivir en el auto: llevaba la ropa en el baúl, trabajaba en el hospital, lavaba la ropa en un lavadero. No dijo a nadie en su familia que se había separado. Por un tiempo, sus sueños de fanático cesaron para dar paso a lo único de lo que podía ocuparse entonces: sobrevivir. Daba clases de Farmacología, atendía en un consultorio, trabajaba en el gimnasio de sus padres. Y en 1998 conoció a Olga Surkan, una rubia descendiente de ucranianos. La vio hermosa, la quiso para él, y para él la tuvo. Se casaron, se fueron a vivir a una casa alquilada,  tuvieron una hija. Jorge, mientras, cantaba en algunas fiestas privadas e informales, en festejos entre colegas.

Recién en el año 2000, con el médico Luciano Monti que ya no está en la formación y que también era fanático de Queen, pensaron que, quizás, podían hacer algo con su gusto en común –la música de Queen–, formaron una banda, la llamaron One.

—Freddie le puso Queen por su reina, y yo fui más lejos. Pensé en ponerle One porque es el  principio de todo. Yo siempre dije “Yo soy el número uno”.

One debutó en La luna, un club nocturno de La Plata.

Y allí, ante seiscientas personas, Jorge Busetto empezó a mostrar su herencia: el tóxico indeleble del amigo traicionero: su propio fanatismo.

 

 

En los primeros tiempos no salía vestido como Freddie: se limitaba a cantar con esa voz que aún hoy permanece sin haber tomado clases. Un día decidió pintar bigotes, y ya no se detuvo. Compró una tela amarilla y se la llevó a Norma, su madre, para que le cosiera una imitación de la que Freddie había llevado en uno de sus shows. Siguieron el traje rosa de satín, los shorts rayados en blanco y rojo, la capa de rey, una corona.  

—Empecé a exigirles a los músicos que se vistieran. Yo soy autoritario. Esta es mi banda. Si no te gusta, andate a otra.

Desde que se formó, más de 25 músicos pasaron por One. El guitarrista Álvaro Navarro Kahn y el baterista Andrés de Charras son quienes más tiempo llevan: cinco años Álvaro, dos Andrés. Pero, para ingresar, tuvieron que hacer sus concesiones. Andrés de Charras, que tenía el pelo rizado y oscuro, tuvo que alisarlo y teñirse de rubio para parecerse a Robert Taylor, el baterista de Queen. Álvaro Navarro Kahn, que hace las veces del rizado Brian May, tuvo que ir a la peluquería para hacerse permanente.

A los primeros shows siguieron los teatros: en La Plata, en Buenos Aires. El noticiero de Canal 13, uno de los canales de televisión abierta más importantes de la Argentina, hizo una nota sobre la banda en la que Jorge fue bautizado como Doctor Queen, y así quedó. Hoy, One y el doctor Queen tienen su fama: la banda está en gira por la Argentina, tiene dos CD editados, va por otro que incluye temas propios, y Jorge empezó a ser esto que es: el clon perfecto.

O casi.

—Para ser como Freddie, solo me falta ser puto. La gente diría “¡No sabés qué show! Y además es puto, igual que Freddie”. Me lo aceptarían con alegría.

 

 

 

—El compró muchas cosas de manera muy compulsiva –dice Olga Surkan, rubia natural, los ojos inmensos, azules–. Un día llegó un camión a casa y empezaron a bajar cajas. Había comprado el lavarropas, la heladera, el microondas, la computadora. Terminaron embargándole el sueldo por un año y medio. Después compró un auto cero kilómetros y nos embargaron el auto. Hasta hace un año dependíamos de sus padres. Ahora le está yendo bien con la música, pero a mí no me gustaría que abandone la medicina. En muchas cosas es como un chico. Ayer estaba en la casa de mi suegra y vi el traje de Superman que iba a usar en un show y pensé “Es un chico”. En el fondo él no creció.

Para poder ocuparse de la banda,  Jorge abandonó su trabajo en el gimnasio familiar, el consultorio y las clases de Farmacología.  Y cuando le quitaron el auto y todos sus electrodomésticos, dejó la casa que alquilaba y marchó, con su mujer y su hija, a vivir en los fondos de la casa de la abuela Ema. Ojos de fuego. De azul impío.

 

 

 

El mediodía ha dejado el hospital vacío, mudo.

La luminiscencia de los tubos fluorescentes se arroja con desesperación a rincones a los que, de todos modos, no llega luz. De aquí, de este hospital del que su padre es director,  proviene, ahora, su principal y casi único ingreso: 2000 pesos, menos de 700 dólares por mes. Su consultorio es pequeño como el camarote de un barco: un metro y medio por tres. Una camilla, un estetoscopio, una mesa repleta de historias clínicas y de fotos: Jorge en su bautismo, Olga embarazada, sus hijos, los shows.

—Quería ser Freddie Mercury y fui Freddie. Buena parte del día yo pensaba que era Freddie. Una vez, cuando estaba cantando Rapsodia Bohemia, la gente empezó a cantar y cantar y no me dejaban cantar a mí, y fue tan fuerte la emoción que dije “hey, yo no soy Freddie Mercury”,y me di vuelta porque me estaba por poner a llorar. A mí me gusta esto. Porque al fin de cuentas, ¿cuál es el sentido de la vida? Entretenernos, para olvidarnos de que nos vamos a morir. Yo sé que se van a morir mis abuelos. Sé que se va a morir mi padre. Sé que me voy a morir yo. Y es más…

Hace una pausa sin dramas. Como quien ha pensado en eso muchas veces.

—Yo sé que se van a morir mis hijos. Entonces trato de buscarle un sentido a la vida. Y no sé cuál será, pero no estaría mal que fuera pasarla bien y hacer que otros lo pasen bien.

 

 

 

El living de la casa de los Busetto es grande, y la casa enorme, de dos plantas. Sería más grande todavía si no fuera porque, en la parte delantera, construyeron un departamento para Carolina, la hija que está separada y tiene un hijo pequeño. Y habría más espacio para las otras dos hijas menores que todavía viven en la casa si no fuera porque en el primer piso Norma guarda el vestuario completo que usa Jorge en los shows.

—A mis hijos les dimos demasiado –dice Norma–. Son muy dependientes. Nosotros nos hacemos cargo económicamente de todos.

—¿De Jorge también?

—Si. El está todavía bajo el ala nuestra. Cuando empezó con la música dijimos “bueno, ya se va a olvidar”. Pero no. Siguió. Nosotros le decimos que no abandone la medicina. El único freno que yo le puse a Jorge es no hacerle una casa. Lo puse a vivir en un departamento del fondo de la casa de su abuela, un lugar chiquitito, para que reflexione. Él cuando vio que empezaba a tener público enloqueció. Compró un aparataje carísimo, y llegó un momento en que le sacaron todo y terminó ayudándolo su padre. Yo le digo: “Jorge, ¿no te parece que es muy tarde para empezar? Ya vas a tener cuarenta años y tu carrera artística va a tener un ocaso”. Es que vos ves que tu hijo está tirando por la borda una carrera y no podés alentarlo.

 

 

 

El auto se desliza despacio por el vecindario. Jorge recuerda que esas calles eran de tierra, que en esa casa vivía tal o cual vecino. Entonces, al doblar la esquina, dice mirá, ahí está:

—Mi abuela y mi abuelo.

Parados en la vereda, un hombre y una mujer. La mujer tiene la cara surcada de arrugas blandas, buenas. Los ojos azul impío. Jorge empieza a frenar, y dice:

—Mi vieja se casó embarazada. Mi abuela no quería que mi papá se casara, porque mi mamá era muy pobre. Y cuando yo nací fui un trofeo de guerra. Es como que mi abuela dijo “Está bien, lo tuviste, ahora va a ser mío”.

La dama ya está allí y se acoda en la puerta, a palmos de narices de su nieto que despliega sonrisa de franco cariño:

—Mirá los ojos que tiene. Esta es la mujer más mala del país.

—Desgraciado –dice ella, riéndose–. Buscá una abuela como esta.

Después, le dice que ahora en más quiere que sea él, su nieto, el que le dé la inyección con el remedio para el asma.

—Una inyección de estricnina te va a dar –dice el abuelo.

Y de pronto la mujer pone los ojos peores, y dice, en tono jocoso y mirando a su nieto:

—¿Sabés qué me tenés que dar, sabés qué quiero? A tu hijo, tu hijo Franco. Eso es lo más grande que hay. Dame a tu hijo.

Se ríen: Jorge, los abuelos.  Después los viejos caminan hacia la casa. Y cuando Ema atraviesa la reja de la entrada el abuelo hace su broma:

—Ahí la tenés: enjaulada. La leona del barrio.

 

 

 

Es sábado en la noche.

En la puerta de la casa de los Busetto espera una limousina blanca. Es tarde, y se está haciendo cada vez más tarde. En el living, Norma sufre por la ausencia del hijo. Nadie sabe dónde está y faltan dos horas para que empiece el show del Majestuoso Doctor Queen en el estadio Atenas de La Plata. Norma sirve galletas, se preocupa porque el niño no aparece pero la preocupan mucho más otra cosa: las catecolaminas.

—Me da miedo este chico. Que un día haga un infarto y se muera. Esta descarga de catecolaminas… Las catecolaminas son las que te producen estrés, y él tiene una vida de sobresaltos.

Entonces la puerta se abre y llegan Jorge y sus catecolaminas: a salvo.

—Estaba en el estadio –explica.

Jorge es Freddie pero también su manager, su productor, su escenógrafo, su coreógrafo, su chofer, su vestuarista y tuvo que ocuparse de organizarlo todo: la decoración, wl escenario, los videos, los instrumentos, el vestuario.

—Mami, me voy a bañar. ¿Me llevás la ropa al baño? –dice y toma un vaso de gaseosa.

—No tomes eso que te da gases –le advierte Norma.

Después eleva los ojos al cielo, como diciendo ay, este chico.

 

 

 

Quince minutos más tarde, Jorge grita desde el primer piso:

—¡Maaa! ¡La ropa!

Norma sube, apurada, con un atillo de ropa: cueros, cuerinas, algo muy rojo, y después Jorge baja, anteojos rayban oscuros, el torso desnudo bajo una chaqueta de cuero negra, pantalones de acrílico rojo.

Ya han llegado todos: baterista, bajista, guitarrista, el chico de los teclados. Jorge saluda a sus músicos, les hace bromas. Andrés de Charras, el baterista, pide pasar al baño.

—Sí, querido, pasá –le dice Norma–. Estás muy desabrigado vos. ¿No tenés un abrigo?

–Sí, un saquito –grita el baterista antes de desaparecer.

Después, desde el primer piso, llega su llamado de angustia:

–Jooorgeee.

Jorge sube. Y después baja.

–Mamá, voy hasta mi casa a buscar pastillas de carbón. El baterista tiene diarrea.

 

 

 

La limo no es una limo cualquiera. La luces tienen bajo voltaje y faltan varias, en la mesa hay dos gaseosas a medio llenar, y olor a felpudos ácidos. Jorge, amontonado entre el bajista y la puerta, recuerda que olvidó las letras que adornan el pecho del traje de Superman que usará en una parte del show y llama por teléfono a su madre.

—Hola, mamá, llamá a papá, decile que agarre las eses que quedaron en el comedor y que las lleve al estadio.

En la puerta del  club Atenas donde hay varias parrillas en las que se asan chorizos, señores voceándolos a dos pesos y una fila de gente esperando para entrar.

Cuando ellos cinco bajan del auto nadie se les tira encima. Nadie aúlla, nadie corre. Pero ellos fingen que sí, y atraviesan el patio mirando el piso como hacen los famosos, y entran al club. Allí, el escenario espera, cubierto de globos  celestes y blancos.

—Uh, quedó buenísimo –dicen todos, admirados ante la escenografía escolar.

El camarín no es en plural, sino uno solo: una habitación grande, sin espejos. La capa de rey que usará Jorge, por la que pagó mil quinientos dólares hace seis años, está desplegada sobre una silla. La corona de hojalata que completa el atuendo está guardada en una bolsa que dice Carrefour. Olga, pequeña y dócil, custodia el vestuario. Jorge no saluda ni mira alrededor cuando pide:

—Olga, ¿hay medias blancas?

 

 

 

Entre el público hay señoras añosas y no tanto, sus maridos, chicos muy jóvenes, parejas de edad mediana.  

En el camarín, Jorge se viste de completo blanco. Lleva el pelo con fijador, los bigotes teñidos de negro. Álvaro Navarro Khan se calza un capote blanco, Andrés de Charras unas calzas de leopardo.

—Boludo,  ya empieza, vamos –le dice Andrés a Álvaro, y ambos caminan hacia el escenario.

Jorge no escucha, no mira, no responde. Es una herramienta eficaz: alguien que es, profundamente, otro.

—Vamos –le dice a nadie.

Y sale del camarín y se acerca al escenario y oculto todavía, al pie de la escalera, mientras nadie lo ve, cierra los ojos, levanta el micrófono.

Empieza a cantar.

 

 

 

Son las doce de la noche. Hace dos horas, cuando todo comenzó, la gente no gritaba.

Nadie levantaba los puños ni cerraba los ojos ni miraba el escenario con arrobo. La gente aplaudía un poco, y nada más. La gente gritaba un poco, y nada más. La gente bailaba un poco, y nada más.

Pero ahora los temas corren y Jorge corre: baja del escenario, se cambia de ropa, pide agua, pide a Olga, pide medias blancas, pide su traje rosa satín, su campera amarilla, va del camarín al escenario y del escenario al camarín, productor, sonidista, modisto y maquillador, se disfraza de Superman y canta Mother of love, se calza pechos de mujer y canta I want to brake free, y al final, cuando sale con su capa de rey de armiño que es peluche y canta We are the champions y se envuelve en una bandera argentina, el rey que es reina, el hijo mayor de los Busetto, el médico de todos, se abre en cruz y siente que es cierto: que sucede. Que ha sucedido una vez más.

Que él es Freddie Mercury.

Que Jorge Busetto es Freddie Mercury.

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comentarios
  1. lucas dice:

    Leila, sos menos que mediocre, pedi laburo con BB en La Viola, no te da ni para notera.

  2. CINDY BENNETTA dice:

    ME GUSTA, Y A VECES NOS OBSECIONAMOS DE ALGO QUE NO ES NI NUESTRO, PERO NI MODO, EL SER HUMANO ES DE ESA MANERA. NO NOS DAMOS CUENTA DE LOS HECHOS PORQUE NOS CIEGAN LOS HECHOS

  3. Thalia dice:

    hahaahahah loco me tentaron con los comments 😛

  4. Thalia dice:

    no se no quiero juzgar a mrs leila whatever pero como que no me termino de cerrar la historia . Ojo lo lei por obligacion el texto y bueno me parecio eso 😛

  5. Aldoy dice:

    Leila anda a freir churros

  6. Jorge Machado dice:

    Soy estudiante de periodismo y varios de mis profesores nos recomiendan leer crónicas de gente como Leila.
    No es para menos. Despiertan una sana envidia.
    Felicitaciones, trabajos así da gusto leerlos.

  7. El Loco Mundo del Tío Liendre dice:

    Aguante el paco, no me importa nada

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