La hija patria

Publicado: 20 diciembre 2008 en Juan Manuel Robles
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Desde que ascendió al estatus de hija del presidente, Zaraí Toledo tiene a su disposición una camioneta 4 x 4 con dos guardaespaldas y un chofer. Todo el día. Toda la noche. Esta mañana viste un pulóver blanco que tiene estampado a un bicho de la Warner BROS. llamado Taz. Acaba de volver de Colombia, adonde viajó para promover la paternidad responsable con su ONG Zaraí Justicia. En la televisión de ese país contó cómo es que el actual presidente del Perú, Alejandro Toledo, había negado ser su padre durante casi 15 años hasta admitir que ella era su hija. Es la última semana que le queda de vacaciones del colegio y ahora Zaraí está en los asientos traseros de la camioneta oficial. La muchacha coge su teléfono celular y marca el número de su amiga más íntima: “Te estoy yendo a visitar, no me importa si estás en bata, Chata”, le dice como una traviesa amenaza. Veo su teléfono móvil y recuerdo el correo de voz que casi me quitó las ganas de hacerle alguna entrevista: “Hola, habla Zaraí. Posiblemente no esté, o simplemente no te quiero contestar. Deja tu mensaje”. Ahora la venganza de Zaraí contra los periodistas que la acusaron de haber sido una marioneta inventada por Vladimiro Montesinos es como una dictadura infantil: ella los maneja como títeres de su propio teatro con esa manipulación natural de la que sólo es capaz una quinceañera veleidosa. No vale lo tramposo ni amable que seas: Zaraí se esfuerza en repetirte que ella tiene el control, que nunca le ha dicho a ningún periodista más de lo que le ha dado la gana de decirle, que si ella quisiera ya te habría avisado que te vayas, que tú no vas a ser la excepción.

Había que tomar precauciones. Un atractivo fotógrafo que la había visitado antes de que el presidente la admitiera como su hija –y que después ha seguido intercambiando e-mails con la chica- me lo había advertido así: “Zaraí es superdura. Su inteligencia radica en la lucidez que tiene para saber lo que quiere. No la puedes florear. Cuando imaginas que se está creyendo tu cuento, te das cuenta de que se ha estado burlando de ti. No va a tener misericordia contigo. Cuídate.” Después de unos días cerca de ella, la advertencia del fotógrafo es una caricatura, parte de la imagen que ella quiere que te tragues. Cuando desde Lima llamé a la casa de Zaraí, mi intención era conversar primero con su madre. Lo lógico era explicarle por qué quería escribir un perfil sobre su hija, pedirle su aprobación para comprar el primer boleto y viajar a Piura. No se me había pasado por la mente la posibilidad de que la propia Zaraí me contestaría el teléfono.

-Con mi mamá hemos llegado a un acuerdo. Ella decide sobre sus entrevistas y yo sobre las mías.

Zaraí tiene 15 años, pero parece que tuviera menos. Cuando me abrió la puerta de su casa en Piura, una ciudad a mil kilómetros al norte de Lima, me sorprendí al ver lo menuda y delgada que es la chica que puso en jaque al gobierno de su padre. La casa no parece tener vecinos, salvo a los de la sede de la Embajada de Ecuador. Hay un jardín antes de llegar a la puerta principal. Cuando llegas a su sala, te abruma la sensación de estar en el mismo sofá donde antes se han acomodado cientos de reporteros, casi todos preguntando lo mismo sin conseguir novedades de ella. Algunas miniaturas dominan la escena de la sala y el comedor: un elefante flanqueado por dos cisnes de metal, perros de mármol, más cisnes en un estante de vidrio. En las paredes, hay cuadros de un paisaje bucólico y el infaltable Corazón de Jesús, un espejo grande con una suerte de barniz sepia y un tumi de oro que no es de oro. Hay rosas de verdad en la mesa de centro, una lámpara negra en una esquina. Pero lo que seduce más es un cuadro homenaje a la batalla legal para ser reconocida como hija. En el lienzo aparece el rostro de Zaraí flotando en el aire, y están también, volando ingrávidas, las caras de su papá presidente y de Eliane Karp, la primera dama. El artista, un hombre sencillo que incluyó brochazos de expresionismo frenético, me dijo que sus intenciones fueron dos: 1- Hacer un homenaje a la epopeya Zaraí. 2. Pintar bonita a Zaraí.

Me dice que en hebreo su nombre significa princesa. Lo he buscado: un diccionario de la Biblia no lo consigna, Zaraí son unas ruinas en Argelia, un banco en Pakistán, una cantante francesa. Le pregunto si es verdad que sabe leer desde muy niña. Responde: “Diría yo que a los meses de nacida. Creo que al tercer mes de gestación de mi madre”. Siempre se está burlando de la imagen de niña prodigio que el Perú se ha tragado de ella. En el acto de burlarse, se esfuerza en modular una voz risueña, caricaturesca, sarcástica. Zaraí se ríe, sobre todo, del poder. Su padre biológico hizo del histrionismo una herramienta para conquistar a las masas, a la prensa y llegar al poder. Ella, en cambio, se exhibe histriónica para reírse de las masas, de los periodistas y del poder. Una noche la invitaron al programa de César Hildebrandt, tal vez el más influyente periodista del Perú. Allí Zaraí se tropezó en el set con Fernando Rospigliosi, un ex asesor de su padre cuando era candidato y en ese entonces ministro de gobierno de Toledo. Rospigliosi había sido uno de los más obstinados defensores de que el tema de la paternidad de Zaraí era un invento de Vladimiro Montesinos, el mandamás del Servicio de Inteligencia Nacional. Se había burlado de Lucrecia Orozco y de su hija de un modo despectivo y cruel. Cuando Rospigliosi la vio entrar en el set de TV, se sacó el micrófono de la solapa.

-Hola, Zaraí -dijo el ministro.
-¿Por qué me saluda si no existo? ¿Cómo va a saludar a un invento fujimontesinista?

Hildebrandt se rió. El ministro quedó mudo.

Esa parece ser Zaraí. La que enfatiza cada sílaba de su discurso pro paterno infantil. La que no parpadea. La implacable. “No va a tener misericordia contigo”, me había dicho ese fotógrafo tan pero tan lindo.

***

Todos hacen siesta en Piura. Para qué estar despierto si con ese sol el cerebro no funciona y entra en un stand by de luz amarilla. Cuando Zaraí hace siesta en la tarde, tiene un sueño recurrente: los accidentes de su abuela. La atropella, se mata, se cae. Nunca llega a ver el cadáver. Eso la sobresalta, y le ha quitado las ganas de dormir a esas horas. “Es una advertencia para que estudies”, le dijo, impávida, su madre. Lucrecia confiesa haber soñado algunas veces con un tremendo caimán saliendo de un lago. Dice que es un signo favorable. Me perturba que Lucrecia gesticule tanto al hablar, lo acelerada que es, y esas ideas que te suelta sobre Zaraí como la ametralladora de un ejecutor con Parkinson. Cuando la conocí, me dijo que entre sus planes estaba hacer una galería museo que evocara la epopeya de pedirle al presidente el reconocimiento de que “su” hija era también su hija. Un templo de los derechos del niño abierto al público, en el que se reunieran fotografías, artículos periodísticos, videos, planillones con firmas a favor de su causa y el lienzo de la sala. Se atropella al pensar en eso. Se emociona. Se regocija. Zaraí la mira con un gesto de sardónica resignación. “No te la creas. Eso se le ocurre un día y después se le olvida”, me dirá luego. Sí, de esas ha habido una serie. Como la tarde iluminada en que mamá llegó a casa con un invento comercial que mandaría a la Barbie a un rosado ataúd: la muñeca Zaraí.

Zaraí le dice a su mamá Lucrecia. Cuando quiere molestarla la llama Armida (su segundo nombre), o Tremebunda (la suegra de Condorito). A veces, llega a decirle Eliane (la esposa de su papá, el presidente). La mayoría del tiempo Lucrecia parece su hermana, y no precisamente su hermana mayor. Ahora, en la sala de su casa, la madre se queja de que la niña nunca va al mercado. La hija se defiende recordando un trauma de infancia: Lucrecia y ella caminan por un mercado de Piura, pasa un ladrón y le roba la cartera a su mamá. El ladrón ni siquiera corre. Se va caminando, pero mamá se queda paralizada, nerviosa y sin atinar a hacer nada.

-¿Eso bajó la imagen que tenías de ella?
-No, ya estaba baja hace tiempo –me corrige.

Bajo un retrato de Zaraí sin dientes, hay un artefacto por el que ella muere: su computadora.

Lucrecia la acaba de llamar desde su cuarto y, mientras su hija va a su encuentro, me ha quedado en la pantalla su archivo de fotografías digitales. No las veo: las imágenes suelen ser estafas, pero los títulos no: Con expresión de tonta.jpg, Cansadas de lo mismo.jpg, ¡ADN Ya!.jpg (luego me diría que esta es su foto más difundida, y que no le gusta nadita porque en ella tiene cara de estar pidiendo pan). En otra carpeta, hay unos archivos de textos que llaman mi atención: Informe sobre ADN.doc, Etimología de Toledo.doc, Sí existo.doc. Entre ellos, hay uno cuyo contenido sí puedo adivinar: Cholómetro.doc, un test en clave de sátira para medir tu grado de choledad (dícese de la condición del indio urbano sin buen gusto), con preguntas crueles como: ¿Usas sayonaras con medias cuando estás en casa? ¿Llevas un peine en el bolsillo trasero del pantalón? A la mitad de su mandato, los asesores de Toledo siguen diciendo públicamente que la baja popularidad del presidente se debe en gran parte al racismo. El cholómetro, visto superficialmente, es una inmundicia racista. Pero el hecho de que en el Perú nadie –nadie- pueda contestar el test sin que, aunque sea por un punto su choledad salga a flote, hace que finalmente el cuestionario sea un ejercicio de lúdica confraternidad. Otra pregunta del cholómetro se me viene a la memoria: ¿Aplaudes cuando aterrizas en avión?

La computadora de Zaraí contiene también un juego de video en que Alejandro Toledo y el ex presidente Alan García se enfrentan en un combate cuerpo a cuerpo. Zaraí dice que le encanta.

-¿Y quién eres tú en el juego?
-Depende. Cuando juego con mi primo, hacemos yan-kem-po. El que pierde es Toledo.

***

La hora de la siesta ha terminado. Mamá Lucrecia ingresa en la sala donde estoy entrevistando a Zaraí por segundo día consecutivo. A pesar de que ha visto esa escena al menos cien veces durante este año, siento que no puede evitar aún una mansa expresión de orgullo: otro periodista en casa de los vencedores. Un amigo que trabajaba en un tabloide de Lima me contó que como regalo por sus 15 años le había obsequiado a Zaraí el libro Mujeres sobre mujeres, de Share Hite. La autora es la misma que escribió el ya célebre The Hite Report, que causó revuelo hace unas décadas y desnudó la sexualidad de damas de toda condición en Estados Unidos. En ese libro, hay de todo: mujeres que se masturban por primera vez al borde de los 30 años y las que no recuerdan cuándo empezaron, mujeres que pueden vivir sin sexo y otras desesperadas por él. Mujeres fieles, mujeres promiscuas. Casos de la vida real. “Me pareció muy interesante cómo lograr un orgasmo mediante una masturbación entre cuatro mujeres”, me dice Zaraí. “Mujeres sobre mujeres es un título literal, pues”, me diría luego entre risas. La obra educativa le fue decomisada por su madre siguiendo el consejo de unos bienintencionados amigos. Ahora le he traído a Zaraí el último número de Etiqueta Negra. Instrucciones para ser sexy. Tapa roja, letras doradas. Raro espécimen editorial. Lucrecia coge la revista y la hojea con un gesto a medio camino entre una disimulada extrañeza y la más franca preocupación. Su pelo rojo se enciende por efecto de la tarde.

-Pero dime, ¿esta revista no tendrá nada que ver con el Johnnie Walker?

Johnnie Walker. El whisky preferido de ese hombre que pasó casi 15 años sin reconocer a su hija. La historia judicial es engorrosa y larga, pero la de amor fue simple y corta. En 1986, Lucrecia Orozco conoció a Alejandro Toledo en un bar de Miraflores, Lima. En marzo del año siguiente ella le dijo que estaba embarazada. Dos años después, Lucrecia le entabló el primer juicio. Perdió. En 1995, la primera vez que Toledo se presentó a las elecciones, una prueba sanguínea dijo que era el padre de Zaraí en un 97 por ciento. Faltaba la prueba de ADN. El 2000, cuando Toledo ya era una amenaza contra el tercer gobierno de Fujimori, Lucrecia acudió al programa de Laura Bozzo, esa animadora de reality-shows preferida por la dictadura, y que por esos días había mostrado cómo sus invitados lamían axilas por 20 dólares. Laura Bozzo, que hoy cumple arresto domiciliario, es la amada y odiada Laura en América. El programa en el que apareció Lucrecia se llamó Padres que no reconocen a sus hijos. Esa tarde de marzo alguien ordenó recoger a Lucrecia en un avión del Ejército, y el Perú vio por primera vez a Zaraí Toledo en una fotografía que su madre había llevado al estudio de grabación. Entonces, la niña tenía 12 años.

-Si esta pobre señora no sabe con quién se acuesta es su problema.

Esa fue la respuesta de Eliane Karp, la esposa del entonces candidato Toledo. El oportunismo del destape hizo que todo pareciera un montaje, una trampa de Vladimiro Montesinos para derribar su candidatura. Igual Fujimori ganó con fraude. Un video terminó por delatar la corrupción de su gobierno y Fujimori huyó del país. Meses después, durante el gobierno de transición que convocó a nuevas elecciones en 2001, el caso Zaraí parecía cerrado. Hasta que Jaime Bayly, el niño terrible de la televisión del Perú, hizo resucitar a quien para Toledo era sin duda su niña terrible. Pese a todo, ese año una jueza lo exculpaba de la obligación de hacerse la prueba de ADN. Fue la última vez que Zaraí recuerda haber llorado por su padre.

El día en que Alejandro Toledo ganó las elecciones presidenciales, Zaraí se imaginó frente al televisor una grúa llegando a demoler su casa. Recuerda haberse preguntado: “Si antes de ser presidente no le habíamos hecho ni cosquillas, ¿cómo sería ahora?”. Algunos recomendaron a su madre renunciar a todo e irse del país. En Lima, ella recolectó firmas y lavó pañales frente al Palacio de Gobierno. El resto es historia conocida: meses de pelea mediática obligaron al presidente a admitir la paternidad de Zaraí. Obvio: más que un acto de paternidad responsable fue una inevitable respuesta política.

De la ceremonia en la que fue reconocida como hija, Zaraí recuerda sobre todo los zapatos del presidente. Unos zapatos negros con truco: “Eran chéveres, porque, como él es bien chato, la plataforma lo hace crecer sutilmente. Interesantes sus zapatos”. Comentarios de diseño Zaraí. Detalles como estos le suelen llegar de golpe: iglesia Virgen de Fátima de Miraflores, el mismo barrio donde Toledo y Lucrecia se habían conocido. Zaraí se recuerda mirando un cuadro de la Virgen y a monseñor Luis Bambarén llamándola a su lado. Zaraí voltea y por fin queda frente a frente con su padre. Entonces el señor presidente le abre los brazos como cuando estaba en campaña y Zaraí solo le extiende su diestra. Le dice hola. Monseñor Bambarén la reprende. Le dice, cómo puedes ser tan fría, Zaraí.

-Si le contestaba, tal vez hasta le faltaba el respeto. Podía respetar a mi progenitor pero no podía mentirme a mí misma -me advierte.

Una de las cualidades que más me sorprende de la hija del presidente es su capacidad para la interpretación simbólica de todos los sucesos de su vida. Absolutamente todos. No es natural, pero es explicable. Sobre todo si tu papá es el presidente de un país y nunca quiso verte, y si tu mamá te ha exigido tener conciencia de adulta durante toda tu vida, aunque apenas hayas cumplido 15 años. La primera imagen que la hija de Alejandro Toledo tiene de su madre la sitúa en una casa vieja de Piura que quedaba en una esquina vieja de Piura: Lucrecia Orozco grita y cuando Zaraí llega corriendo a la cocina ve dos cosas: una rata negra y a su mamá subida en una silla. Una rata en la vida de ambas. La madre gritando. La hija con los pies en la tierra. Es una virtud darles sentido a las escenas. Zaraí cree que en la ceremonia de reconocimiento su padre abrió los brazos como cuando alguien se dirige a la divinidad para expiar sus culpas.

-Me encantó cuando firmó el papel. Creo que eso ha sido lo más espectacular que he visto de él.

Zaraí me dice que ese día Lucrecia estaba muda y extremadamente nerviosa. Se ríe cuando recuerda la forma en que su mamá temblaba durante toda la ceremonia. Meses después de ésta, un famoso periodista de televisión daría pistas para interpretar este extraño nerviosismo en un día que se suponía de fiesta por el reconocimiento de su hija. Según el periodista, dos días antes de esta ceremonia, la madre de Zaraí se había enterado de que, en una entrevista que iba a ser exhibida en la TV, la animadora de reality-shows Laura Bozzo la había acusado de haber recibido en los años de la dictadura un sobre con dinero enviado por un cómplice de Vladimiro Montesinos a cambio de reclamar públicamente la paternidad de quien por ese entonces era el candidato Toledo. El video de esta entrevista había llegado días antes de la ceremonia hasta el ya elegido presidente, quien había pretendido usar esta grabación para echar por la borda el reconocimiento de su hija y acabar de una vez por todas con la credibilidad de Lucrecia. Sin embargo, nadie llegó a emitir la grabación del testimonio de la Bozzo antes de aquel día. Y quién sabe si el recuerdo de Zaraí del nerviosismo de su madre pueda explicarse como la incertidumbre de Lucrecia a que esta denuncia se divulgase y echase a perder años de batalla.

Ella estaba nerviosa, y la ceremonia estaba a punto de empezar. Ya todos estaban reunidos en la iglesia. Había una notaria al pie del lado del escritorio, y al frente estaba Alejandro Toledo, a quien Zaraí recuerda sentado con bolígrafo sobre la mesa. “Era un lapicero bonito que casi nos cegaba”, me cuenta, cubriéndose la cara con ambas manos. Más tarde, cuando se reunió en privado con su padre, dice que éste le increpó, a modo de justificación por haberla negado tanto, el haber ido al programa de Laura Bozzo.

-Pero nunca he salido en ese programa.

-Yo te vi –insistió el presidente.

-No es verdad. Yo jamás he salido ahí. ¿Quién va a saber más? ¿Tú o yo?

-Tú saliste ahí con tu madre.

Par de tercos y orgullosos, aunque ninguno de los dos lo admita. Pese a que es cierto que nunca fue al programa, Zaraí recuerda no haber conseguido que su padre le creyera. Los días siguientes, en la casa de Piura, evocaba otras escenas más risueñas. Ella las recuerda todas. Una fue la del pequeño presidente saludando a la para él altísima mamá de su hija recién reconocida. Fue chistosa la forma en que él tuvo que mirar al cielo. Una reportera que suele acompañarlo en sus actividades presidenciales me dijo que Toledo bromeaba a menudo sobre el caso Zaraí. Luego de haber firmado el reconocimiento de su paternidad, su primera aparición en público fue acudir a resolver una inundación en Puente Piedra, un distrito al norte de Lima. La reportera recuerda que ese día hubo bastantes mujeres con niños que se le acercaron. Querían que Toledo les cargara los bebés. “Ya me quieren clavar más Zaraís”, les decía él, riéndose. No le quedaba de otra, pero es parte de su reputación de hombre bonachón.

A fin de cuentas, su hija dice que Alejandro Toledo será siempre un hombre capaz de sorprenderla. Admite que el presidente a veces lo consigue. Pero es una sorpresa que al final se embroma, que tiene un detalle que lo estropea todo, como cuando un presidente regala computadoras en un pueblo donde no hay luz eléctrica, y el peso de la realidad agua la fiesta. Zaraí recuerda que cuando salían de la capilla de la Virgen de Fátima, Toledo la cogió del brazo. “Ya vas a ver, yo te voy a visitar. ¿No me crees? Lo voy a hacer”, insistió en decirle.

-Me gustó oírlo –dice Zaraí-. No esperaba que me dijera eso.

-¿Y lo hizo? –le pregunté, iluso.

-Nunca lo hizo. Pero igual me sorprendió que lo dijera.

***

Revisando los archivos me di cuenta de que Zaraí ha calificado a su padre de sinvergüenza, mentiroso y de nada valiente. La pregunta es por qué quería tenerlo cerca y ser su hija reconocida. Zaraí dice que su exigencia fue estrictamente jurídica y no afectiva. Pero me es difícil creerle. Sobre todo por la forma cómo Zaraí habla de su padre, por las veces que ha repetido que esperaría sentada a que él se acercara a ella, por el modo en que insiste que él tiene que ganarse su cariño, por su resentida negación a visitarlo en Palacio de Gobierno. No, no creo que ésta sea una cuestión de derechos. Como todos, Zaraí también ha escrito poemas. Tenía cinco años cuando escribió el primero. Y dice así: “Padre, aunque tú no me quieres, yo te amo, basta mi amor, sobra para amarte como te amo yo”. Había pasado casi toda su vida pensando que su padre era el hermano de su mamá, su tío Luis, quien cumplía todas las funciones de un padre. Pero papá Luis se casó y tuvo que mudarse de casa. Fue entonces cuando ella sintió curiosidad. No sólo preguntó a su madre quién era su padre, sino que le exigió que le mostrara una fotografía suya. Lucrecia le respondió que si lo hacía nunca más volviera a decirle “papá” a su tío. Entonces Zaraí dijo que no la quería.

-¿Sabes que cuando tenía seis años pensé que los dos se peleaban por mi custodia? –me dice-. Siempre me dio vergüenza contarlo.

La hipótesis es tristemente disparatada. Años después, Zaraí descubriría en el cajón de su mamá una foto de Toledo y Lucrecia en Catacaos, un distrito de Piura. El futuro presidente le cargaba las bolsas a su chica. “Toledo aparecía más joven y mi mamá más simpática”, recuerda ella. La fotografía ha desaparecido. Después la volvió a ver en la televisión en su primera campaña presidencial contra Fujimori. Recuerda que su mamá se reía cuando lo vio postular esa vez a la presidencia. A la hija, según se acuerda, le daba vergüenza ajena. En esos comicios, Alejandro Toledo no obtuvo ni el diez por ciento de los votos. Por aquellos días, Zaraí tenía seis años. Llevaba rulitos. Había publicado un libro de poemas. Tenía ilusiones. A su pare lo habían citado varias veces para someterse a la prueba de histocompatibilidad. Si no acudía esta vez, los jueces iban a dictar una orden de captura en su contra. Zaraí perdía clases en la escuela porque el juicio la obligaba a ir a Lima. Al fin Toledo acudió y ella pudo conocerlo. La escena de esa primera vez la persigue hasta hoy. Alguien le dijo a su padre: “Mira, Zaraí es una poeta”. Le dio el poemario que la niña había escrito. “Yo tenía curiosidad de mirar a mi padre”, me dice años después Zaraí. Nostalgia extraviada. Era la primera vez y estuvo a punto de acercarse a su padre. Nunca olvidará esa escena. Dice que cuando él la vio se cubrió la cara con el libro de poemas. Maldita poesía.

Ahora es ella quien se cubre el rostro frente a mí. La hija que ya reconoció Toledo está leyendo La Razón, el diario que más ataca al gobierno de su padre. Zaraí está en su casa, echada en el sofá, sosteniendo el periódico. No se la ve mientras lee en voz alta. Parece haberme olvidado. Pero no.

-72 por ciento lo desaprueba.76 por ciento cree que no terminará su mandato.

Un espasmo de risa la interrumpe.

-Adivina adivinador –me dice-. ¿Quién será?

No contesto. Zaraí sigue hojeando el periódico con despreocupación. Hace años, su padre hizo lo inverso: se refirió a ella en términos estadísticos. Cuando el examen de sangre dio por resultado un 97 por ciento de probabilidades de que Alejandro Toledo fuera su padre, él dijo: “Como profesor de estadística, sostengo que tres por ciento es un margen muy alto para tomar cualquier decisión”. De repente Zaraí rompe a reír, y me acerco para ver qué es lo que le causa tanta gracia. Y allí, al pie de una página de chismes políticos llamada Carnecitas, el presidente aparece con una de esas expresiones en la que se acumula la fealdad de todo lo vivido. La fotoleyenda es un puñal de tinta.

-Con esta cara, cómo no va a ser impopular.

Zaraí acaba de leer en voz alta la fotoleyenda y yo me quedo mirándola. No puedo evitar reírme pero tampoco debería reírme. Algo anda mal.

-Se exceden con tu viejo.

-Eso sí no te lo permito

-¿Qué?

-Que lo llames “mi viejo”.

-Okey, disculpa. Pero lo tratan muy mal.

-Bueno, él ha demostrado que funciona a empujoncitos.

***

-¿Qué tanto escribes? –indaga Zaraí.

La camioneta oficial sigue su ruta a la casa de su amiga del alma, la Chata. Estamos apretados atrás y mira con extrañeza mis apuntes. Me arrancha la libreta y consigue leer un garabato: “Monjas”.

-¿Qué quiere decir eso?

-Nada, es una libreta personal. Se supone que deberías verla.

-Dime qué quiere decir.

-No

-Voy a usar una táctica que no me gusta.

Cualquiera de los apacibles transeúntes que caminan a esta hora por Piura puede ver un cuadro de chantaje adolescente: la hija del presidente saca por la ventana de su vehículo oficial mi libreta de apuntes anaranjada (está demostrado científicamente que el naranja es uno de los colores que más se queda en la memoria de los hombres y mujeres de 0 a 42 años. Véase The Orange Report). Algunos saludan a Zaraí desde la calle.

-Si tú no me lo dices, boto tu libreta.

Su advertencia va en serio. Su guardaespaldas, una mujer de mediana edad que está a mi lado, no hace el menor gesto. Mira al frente. Del hombre que está adelante sólo puedo ver el delgado cañón de un arma larga. Nadie dice nada. Por la ventana, la lenta Piura pasa rapidísima.

Zaraí es una chica experta en hacer transacciones. Alguien me contó que una vez le pidió a todas sus amigas que escribieran en un cuaderno lo que pensaban de los chicos de la clase. Cuando recolectó el material, se los vendió a cada uno de ellos. En algunos casos, Zaraí ensayó una variante perversa: rompía las hojas escritas y cobraba por pedazo de papel. Ahora, en la camioneta, pienso en eso y creo que no me queda otra opción.

-Bien. Quiere decir que estuviste en un colegio de monjas hasta primero de media y que luego te fuiste Punto.

Libreta devuelta.

El colegio de monjas se llama Santa María. Zaraí estudió allí hasta primero de secundaria. Luego decidió irse. “Es un trauma mío que no me gusta contar”, me diría más tarde. “Amé ese colegio de monjas, lo adoré, daba todo por mi colegio. Pero una vez una monja me dijo algo que me destruyó, y yo dije, mama, por favor, sácame de allí. Se me cayó toda la imagen católica. Hasta ahora sueño con esa monja”. No quiere decirme qué fue eso horrible que le dijo la monja. Pero por su modo de hablar intuyo que el problema tuvo que ver con su condición de hija no reconocida. Algunos en Piura creen que ese colegio religioso admitió recibir a la entonces niña sin padre debido al aporte económico que podía significar la próspera familia Orozco. Dos tiendas de muebles en Piura. No estaba mal. Zaraí se fue del Santa María con una mezcla de dolor y pena. Según propia confesión, cuando llegó a su nuevo colegio, que lleva el extraño nombre de Proyecto, obtuvo el primer puesto en primer bimestre sólo por vengarse de las monjas. Fue entonces cuando conoció a la Chata Cinthia.

La Chata Cinthia sale con el pelo mojado de su casa. No está en bata. La verdad, va bastante más arreglada que Zaraí, quien por costumbre sólo se viste de azul, blanco y negro. Nos tardamos media hora buscando una librería porque Zaraí confunde la calle Pesebre con la calle Arrecife. Pasamos por el Night Club El Relax. “Éste es nuestro orgullo de Piura”, dice y se mata de la risa. Las invito a tomar helados a El Chalán, una de las mejores heladerías del país. Nos sentamos en una mesa cerca de la salida. Mi grabadora está en el bolsillo, y un micrófono de cable largo sobre la mesa. Cuchichean. Zaraí le muestra a su amiga los mensajes de texto que ha recibido. Daría cualquier cosa por saber qué dicen. Parece que se trata de un muchacho. Zaraí le cuenta algo al oído de su amiga. Lo hace casi en susurros porque tiene miedo de que replete mi libreta con puros secretos de quinceañera.

-Zaraí es alguien en quien puedes confiar. Me aconseja bien –dice Cinthia mientras se toma su cremolada.

La grabadora me molesta en el bolsillo y la coloco encima de mesa. Sigo comiéndome un helado con manchitas oscuras.

-¿No quieres ponerte un letrero que diga “periodista”? –se queja.

No me queda más que guardarla. Zaraí aprovecha para coger otra vez mi libreta de apuntes. Forcejeamos. Mientras la aprieto con los dedos pienso que lo más difícil de ser maestro de secundaria debe ser contener la tentación a recurrir a la fuerza bruta. Algunas mesas vecinas nos miran. La guardaespaldas está parada bajo el umbral de la entrada de la heladería. Siempre lista.

Me pregunto cómo han llegado a ser tan amigas. Indago. Pregunto si Zaraí es dominante con sus amigas y su amiga me responde que con algunos lo es. También comenta que, durante lo día en que su pelea judicial parecía estar perdida, Zaraí se quedaba pensativa en clases y que por momentos se la veía muy nerviosa. Dice que la hija del presidente es a veces muy aniñada y que no tiene tolerancia con las bromas. Incluso puede responderte con un manazo. “Prefiero dar un manazo que insultar”, se defiende Zaraí. Ya no me quieren contar más. Hay un juego de miradas entre ambas. “Ella es la única amiga de mi grupo con la que no me he peleado”, me dice Zaraí.

Y parece que en verdad no bromea.

***

-No creo que lo que le hice haya sido tan grave.

Una de las compañeras de clase de Zaraí me cuenta que están peleadas y que la hija del presidente ya no le habla. Me pide no ser identificada. No quiere decirme el motivo del entuerto, aunque me suelta unos cuantos datos que me apresuro en apuntar. Dice que le es imposible imaginarla desahogándose con alguien. Me cuenta que a Zaraí Toledo le encanta salir y comprarse ropa, pero nunca en Piura. Que es muy selectiva con sus amigas, que conversa con todas pero que casi ninguna llega a entrar en su casa. No se imagina a ex amiga con un enamorado. “Es demasiado independiente y no le da explicaciones a nadie. Como todas en el colegio, tiene pajaritos en la cabeza”, me comenta. Quien sabe. Tal vez a la hija del presidente le guste que la prensa crea que tiene amores sencillamente porque no tiene ninguno. Sabe que la duda la hace más misteriosa. La ex amiga está muy molesta con Zaraí. No le interesa volver a buscarla. Y ahora me avisa que tiene que irse.

-Una pregunta más, ¿Zaraí es muy orgullosa, no?

-Yo le enseñé a ser orgullosa –me dijo, casi reclamando su copyright.

Todos saben que los niños pueden ser muy malvados. Días antes Zaraí se había definido ante mí como alguien cruel e hiriente, de las que te sueltan las verdades sin contemplaciones, de las que te dicen sin rodeos que estás hablando estupideces, de las que te echan de su casa cuando ya no te quieren. “Pero a mí no me gusta que me hagan eso”, me había confiado Zaraí esa vez. Se llama engreimiento y altanería, le comenté. “Ah, quizá lo heredé de mi madrastra”, me respondió, aludiendo a Eliane Karp. La primera dama.

Pasa algún tiempo antes de que uno se de cuenta de que lo más revelador de Zaraí no son sus respuestas sino sus preguntas. Parece que la idea de no tener una respuesta justa la aterra y que se ha vuelto la actriz que interpreta su propio ideal de no ser sorprendida sin una respuesta contundente. En ese sentido, ha hecho de su breve vida un ensayo general de lo que vendrá. Ese es el verdadero enigma: ¿en qué se habrá convertido cuando sea adulta? Al final de nuestra tercera tarde juntos, Zaraí me pidió que le hiciera un diagnóstico sobre su personalidad. “De todo lo que has escrito y oído debes haber sacado algo”, me dijo con una curiosidad entre el suspenso y el ego.

Parece necesitarlo, o por lo menos quererlo. Dice que el único psicólogo que la ha atendido en su vida es nada menos Mario Poggi, que en ese entonces –hace cinco años- actuaba en comerciales de promoción para las tiendas de muebles de su familia materna. Vale la pena resumir su prontuario: un ex psicólogo de la policía que consiguió la celebridad por haber asesinado a un reo sospechoso de ser un asesino en serie. Zaraí recuerda que, cuando la examinó, le pidió que dibujara un árbol. Pero la hija del presidente no me cuenta más de ese episodio de sus expedientes X. Renuncia a sus respuestas ingeniosas.

Ahora prefiere sorprenderme con preguntas que cambiaban abruptamente el curso de la conversación, preguntas trascendentes y oceánicas como: ¿cuál es tu sueño? O ¿no es deprimente para los periodistas ser protagonistas de una historia sin aparecer? O ¿qué pasaría si me vuelvo una drogadicta alcohólica? Pero la que más me desconcertó fue la que me hizo la tarde de la víspera del cumpleaños de su padre.

-¿Eres homofóbico?

-No, ¿por qué?

-Por nada. ¿Pero tienes amigos gays?

-Sí. ¿Y tú tienes amigas lesbianas?

-Sí. Pero si te lo digo mi mamáme mata.

-¿Cómo sabes? Tal vez tu mamá también las tenía.

-Mi mamá era una nerd.

Me hace un gesto acusándome de ingenuo.

-¿Qué te hace pensar eso?

-Toda su vida

-Y dime, ¿te parece que parte de esa conducta nerd la llevó a…?

Zaraí toma una tijera con la que estaba forrando su cuaderno del colegio, y me la enrostra.

-Ten cuidado con lo que vas a decir –me advierte.

La tijera brilla y ciega la vista como el lapicero de su papá en la ceremonia.

-Quiero decir, ¿esa conducta quizá la llevó a involucrarse con un tipo como tu padre?

-No, una cosa es que sea nerd y otra cosa es que sea estúpida. Fue un error y punto.

Durante su infancia su mamá prefería comprarle libros en lugar de juguetes. Libros de gente que llegó lejos. Hombres ejemplares. Zaraí no recuerda a ninguno, pero sí a los tres personajes de la televisión que en ese entonces definían su visión del mundo: el Narrador de Cuentos, la Nana y Freddy Krueger. Un anciano bonachón que cuenta historias encantadas, una solterona carismática que cuida niños y el más célebre habitante de las pesadillas del siglo XX. Esa fue su niñez. Zaraí Toledo aún no sabe manejar bicicleta.

***

Zaraí está aburrida de mí y yo también un poco de ella. Qué hacer. La quinceañera se estira para coger mi teléfono. Otro asalto infantil de esta hija del presidente. Revisa mi directorio en la memoria telefónica. Batalla perdida. Suelta algún comentario cuando ve uno de esos codiciados números que este trabajo le permite a uno tener. Se queda con el de Diego Bertie, el galán de la telenovela Vale todo.

-¿Quieres su número?

-No, sería muy bajo. Lo puedo conseguir por mis propios medios.

-Pero estos son tus propios medios. Tú cogiste mi celular.

-Sí, supongo. En fin, ya me lo memoricé.

Zaraí está aburrida de mí y persiste en curiosear en la memoria de mi teléfono. Parece ser muy hábil con los teléfonos.

-¡Pero mira que dice aquí!: “Un beso”.

-Basta, no puedes leer eso. Te estás metiendo en mi vida privada.

-Uy, qué roche.

-Dame el teléfono.

-Mi celular es más bonito.

-¿Ah sí? ¿Y tiene mensajes de ese tipo también?

-No, los míos son más contundentes.

Zaraí Justicia. Ella y su madre crearon esta ONG que ayuda a las mujeres cuyos hijos han sido víctimas del abandono de un padre. La hija mayor del presidente fue siempre reconocida. Ahora vive en Francia. Su nombre es Chantal Toledo Karp. Informes de la prensa dicen que sus padres le traspasaron una casa valorizada en medio millón de dólares. Se lo cuento a la hija menor. “Yo tengo una casa de ciento veinte mil dólares y no me la regaló nadie”, me dice Zaraí. Y ahora, no sé por qué, presiento que va a confesarme algo contundente. “Claro que no se compara en nada con su casota. En mis planes está tener todo eso por mis propios medios. Llámalo envidia o piconería, pero yo soy tan feliz así”, admite. No. No es una cuestión de derechos. Nunca lo fue.

Coda

-Una amiga me dijo que le habías preguntado sobre mí, y que le habías dicho: “Zaraí se va a molestar si no declaras”. Qué vil truco.

He vuelto a Lima y la hija del presidente está al otro lado del teléfono. La he llamado para preguntarle sobre una noticia de último minuto que la ha devuelto a los titulares. Se ha difundido un video en el que la animadora de TV Laura Bozzo declara que Lucrecia Orozco recibió un sobre de parte de José Francisco Crousillat, uno de los propietarios de América Televisión en la época del destape del caso Zaraí, y uno de los hombres que Vladimiro Montesinos compró para controlar la televisión. Antes de decirle nada, Zaraí Toledo me sorprende acosándome de haber metido mis narices donde no debía. Buscar a sus amigas, qué vil truco. El reportaje sobre el video acusador ha sido exhibido hace unos minutos. Ahora mismo recuerdo que, semanas atrás, ella me había mostrado una fotografía en la que aparecía sonriendo con Laura Bozzo, cuando ambas, madre e hija, la visitaron en el arresto domiciliario que cumple internada en un set de TV en Lima. Zaraí acaba de telefonear, ella misma, al director del programa donde se ha difundido la existencia de ese video que acusa a u madre de haberse beneficiado de la mafia Fujimori-Montesinos. Quería preguntarle sobre este asunto. Pero es domingo por la noche, y la hija de presidente se queja porque hace rato está intentando aprenderse unas fórmulas de física. Y tiene que hacerlo sin un padre que la ayude. Y está aburrida, porque sabe que, al día siguiente, tendrá que interpretar de nuevo el papel de Zaraí la dura, la que no parpadea, la implacable. Todo el mundo se tragará esa imagen. Y esa imagen también será una estafa.

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comentarios
  1. Muy interesante tu narrativa de los hechos, ojala en mi pais hicieran cosas asi.

  2. spencer dice:

    Unicamente lo hace por “patería” y “antipatería”, no me sorprendería tener una futura candidata política como ella, claro lo peor es q la gente se sentirá muy identificada con ella, y solo la verán como la hija negada de un mal presidente. Lo más gracioso e irónico de todo esto es q nunca más se supo de su acción para con los niños q tambien en esas fechas buscaban el reconocimiento de sus padres, tan solo al recibir los $100 000 de los más de $500 000 q pidió inicialmente, junto con el departamento, pues desapareció, es decir, recibió su gran pedazo del gran pastel de la corrupción q se había acordado entre la mafia fujimontesinista y Toledo con la gran participación de la conocidísima Laura Bozzo, servidora oficial de Montesinos, como portadora y defensora de los derechos de la pobre niñita; no se ha escuchado hasta el día de hoy un acto q acredite tal institución q ha de haber sido fundada por su señora madre y ella para el apoyo de otras personas con el mismo problema, simplemente como era de esperarse algunos pocos se beneficiaron con los nuevos puestos de trabajo creados en tal institución, puesto q esta reconocida la participación de fiscales q sirvieron de intermediarios para llegar a un acuerdo con los q “molestaban” al presidente q tristemente tenía un 4% de aprobación por este caso, dándose así una subida en las encuestas hasta de un 9% despues del correspondiente reconocimiento legítimo como hija del presidente en ese tiempo, una vulgar cortina de humo más, en la q tomó participación una madre y una niña no tan inocente, en búsqueda de algo más q justicia. Con profunda consternación veo una posible futura figura política de nuestro país, q siendo aún niña supo colidiar y negociar con la mafia del gobierno para obtener lo q quería, esperemos q ese acto tan vil y bajo de enriquecimiento no sean solo el comienzo de su vida profesional e incursión en la política nacional…

  3. Pao dice:

    Me fascinó esta crónica.

  4. quisiera saber mas por que tengo un problema similar al tuyo por que tambien es de un politico..ahora me esta pidiendo ADN y no cuento con los medios económicos necesarios para asesorarme con un abogado ….. gracias

    • ELSIE dice:

      AMIGA BUSCA ASESORÍA GRATUITA, EN EL PROCESO DE ALIMENTOS PIDES TÚ EL ADN Y BUSCAS EL LABORATORIO DONDE EL JUEZ LO CITARA A EL Y A TU HIJO /A PARA LA PRUEBA TE APUESTO QUE NO VA ÉLY SI VA LE TOMAN LA PRUEBA Y VA A SALIR POSITIVO ENTONCES EL GASTO POR LA PRUEBA SE LO CARGARÁN A ÉL MÁS LA PENSIÓN QUE DEBE ABONAR… Y SI NO SE PRESENTA AL ADN, MEJOR YA NO SE PAGA NADA PORQUE NO HAY PRUEBA Y DE HECHO SE ASUME COMO PADRE DEL NIÑO/A Y PROCEDEN TODOS LOS DERECHOS, ES EL QUIEN DEBE PREOCUPARSE SI QUIERE INTIMIDARTE CON ESA JUGADA DILE QUE ES EL QUIEN TIENE QUE DEMOSTRAR QUE “NO ES EL PADRE” TU TRANQUILA, FRÍAMENTE TRATA EL TEMA DILE QUE NO HAY PROBLEMA ADN QUIERE ADN TENDRÁ, SEGURA DE TI MISMA Y CONFÍA EN DIOS.

  5. Eva dice:

    Tiene todo el perfil psicópata y narcisista de alguien astuto y manipulador. Debe ser el trauma que le ha legado la madre con sus ansias de pelear mas por el “re- conocimento ” que por buscarle un padre, a parte de que no gano ningún padre, solo la plata y el depa y la pensión que le tiene que pasar pero nada de sentimientos, que asco crear un monstruo de esta naturaleza ansioso de reconocimiento y de poder, no me cabe duda de que es un camaleón que siempre buscara competir con la verdadera hija del matrimonio y disfrazarse de heroe,..al final si no hubiera coludido con los opositores del gobierno de su padre, jamas hubiera logrado nada,…jamas hubiera insistido si Toledo no hubiera sido quien es. Punto.

  6. Wolve Rinne dice:

    Creo, que fue una niña- adulta que sabía que tenía un padre, que quería un padre y que su padre al taparse la cara con el poemario para no verla, rompió su corazón; el corazon de una niña “poeta”, por tanto sumamente sensible. Y por allí debió haber nacido la rebeldía de querer ser reconocida, por que era justo; y de sacarle algo aunque sea a la fuerza, por que era justo y sería lo que más le dolería. Porque todo eso es justo. Si la señora Lucrecia lo hubiera violado a Toledo, Toledo lo habría dicho. Lo que ninguno dijo de esos dijo es por qué se alejaron. Zaraí tiene derecho a saber, porque entre sus progenitores no hubo un choque y fuga, hubo una relación.

  7. Eliana Quiroz dice:

    Es una crónica preciosa. La parte del forcejeo por la libreta de notas es genial! Felicidades Robles. Robles ha ganado una fan.

  8. ELSIE dice:

    ADMIRO A ZARAI TANTO COMO A SU MADRE, ESPERO PODAMOS FORMAR UN VERDADERO EQUIPO PARA LUCHAR POR LOS DERECHOS DE NUESTROS NIÑOS, NUESTRA SOCIEDAD TIENE QUE CAMBIAR, LA JUSTICIA TIENE QUE VELAR POR LOS NIÑOS QUE SON VICTIMAS DE ESTE TIPO DE DELITOS POR PARTE DE SUS PADRES.

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