Los olvidados del Casita

Publicado: 6 febrero 2009 en Carlos Salinas Maldonado
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El sonido de la lluvia, amortiguado por el techo de paja, que cae sobre el pequeño rancho sostenido por cuatro troncos y sin paredes, trae recuerdos horribles a Ana Ampié. Ella es sobreviviente del derrumbe del volcán Casita, que el 30 de octubre de 1998 borró para siempre 10 comunidades cercanas a Posoltega, en Chinandega. La lluvia revive la desesperación de esos días. El recuerdo de las dos hijas desaparecidas y cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. La impotencia. El dolor. El miedo. La pérdida de lo poco que tenía. Y la sensación de un día haber sido la gran noticia del país para luego ser olvidados por completo.

Ya van semanas que llueve sin parar en Chinandega. Las autoridades hablan de más de 13 mil afectados, decretan alertas, y las fotos de inundaciones ilustran las portadas de los diarios. Para Ampié es tiempo de recordar y de estar atentos. A nueve años de la catástrofe que marcó su vida para siempre, esta mujer de 36 años dice que es lo único que le queda: estar alerta. Ella y su familia no tienen nada. Lo perdieron todo en el deslave, aunque ésta es sólo una expresión, porque el derrumbe del Casita sólo empeoró la pobreza en la que vivían sus vecinos. Tienen nueve años de comenzar de cero.

Ampié, su esposo y sus dos hijos, están entre los pocos que se aventuraron a regresar a la zona del deslave. El rancho que montaron es apenas cuatro troncos sosteniendo el techo de paja, un cuarto separado por láminas oxidadas que sirve como dormitorio, piso de tierra, cocina con leña -donde esta mañana Ana Ampié prepara el arroz para el almuerzo- y se localiza en una pequeña colina a unos metros del camino de tierra, cerca de donde estuvo su antigua casa antes que el barro del Casita la destrozara. Dice que regresaron porque no tenían de otra. Porque no recibieron ayuda. Porque tenían que volver a cultivar estas tierras fértiles pero traicioneras. Porque tenían que sobrevivir.

Ana Ampié perdió a dos hijas, que en aquel entonces tenían 11 y 10 años. Su esposo, Pablo Gutiérrez, de 39 años, perdió además de las hijas a 69 familiares, incluyendo padres y hermanos. Ambos decidieron regresar a este lugar, que nueve años después se muestra sereno, verde, lleno de vegetación, fresco; donde la naturaleza ha borrado, como un asesino después de un crimen, las huellas de aquella masacre.

“No sentimos miedo. Las lluvias han estado fuertes. Cuando viene la lluvia pedimos que Dios nos guarde. Aquí han decretado zona de peligro. Si Dios permite que haya otro deslave, pues que sea su voluntad. Pero aquí tenemos tierras para cultivar”, afirma Ana.

 

Un caserío desolado

Los que no se arriesgan a volver al Casita viven en Santa María, caserío surcado por calles de tierra que en este invierno se convierten en las esquinas en charcos de agua sucia y barro. Está ubicado a unos dos kilómetros de la carretera que va hacia Chinandega. Pero las casitas del barrio, símbolo de la esperanza después del deslave del volcán Casita el 30 de octubre de 1998, se están quedando sin inquilinos. Muchos de los vecinos han emigrado a Costa Rica. Otros se han ido buscando mejores horizontes en la capital o Chinandega. Y los más se han refugiado con familiares en otras regiones del país.

En Santa María no hay oportunidades, dicen sus vecinos. Sus lodosas calles contrastan con la riqueza verde que simbolizan los cañaverales que rodean al caserío. Los jóvenes que no han emigrado se entregan al alcohol y en los patios de las casas, bajos los árboles, se ve a hombres y mujeres desocupados, ahogando las horas más calientes de la tarde, mientras los niños, muchos con el vientre hinchado, corretean o juegan al béisbol con pelotas hechas de calcetines viejos.

Las 350 casitas de ladrillo, con ventanas y techos de madera y zinc, con sus porches que dan a las calles lodosas, bien pueden causar la envidia de los habitantes de los asentamientos más pobres de Managua. Pero en Santa María parecen no importar mucho. Sus inquilinos se fueron, al parecer, sin ánimos de volver. Total, nueve años después de aquella tragedia que conmocionó a todo el país, ni los títulos de propiedad de los terrenos les fueron entregados.

“Aquí va a ver usted todas estas casas solas porque no hay trabajo. Toda la gente se va para Costa Rica”, afirma María Narváez (55 años, alta, morena, con la piel de la cara seca y con profundas arrugas que la hacen ver como una anciana), quien lo perdió todo en el derrumbe del Casita. Sus padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos y un hijo quedaron enterrados para siempre en las faldas del volcán. En total fueron 50 familiares. Ella, su esposo y seis hijos quedaron con vida.

“Aquí nos prometieron que nos iban a dar trabajo, que nos iban a ayudar. Buscamos trabajo pero nunca encontramos. Cuando llegamos aquí ya no nos dieron más ayuda. Ni la escritura nos han dado. Nos piden reales para pagar y nada. Dicen que les ha costado porque son 350 casas y que en diciembre nos dan las escrituras pero así nos dicen todos los años”, se queja la mujer.

“Allá vivíamos tranquilos. Criábamos animales, sembrábamos lo que queríamos. Aquí no. Vivimos en este pedacito y nos desconsuela no tener nada”, dice por su parte Isidora del Carmen Acosta, una mujer de 58 años, morena, regordeta, quien habita junto a su esposo en una de las casas ubicadas en las calles más adentradas del caserío.

“Viera usted las promesas que nos hicieron. Traían el listón para saber qué necesitábamos y salían a pedir y los mandamás se lo agarraban todo”, agrega la mujer, quien dice que la promesa de entrega de escrituras hasta ahora no se ha cumplido. “Nos estuvieron quitando 200 pesos cuatro veces para las escrituras, y todavía nada. Mire cómo están las calles, tenían que estar adoquinadas”, dice la mujer señalando los charcos frente al porche de su casa.

Las casas de Santa María fueron construidas como una segunda oportunidad para 350 familias sobrevivientes del deslave del Casita, que el 30 de octubre de 1998 sepultó para siempre 10 comunidades ubicadas en sus faldas y mató a 2,800 personas. Muchas de las 120 ONG que llegaron a auxiliar a los damnificados centraron sus esfuerzos en garantizarles un hogar mejor que aquellos ranchos de paja y tablas en los que la mayoría vivía antes de la tragedia.

Cuando las casas fueron entregadas en septiembre de 1999 como homenaje a los desaparecidos a un año del deslave del volcán, las ONG encargadas de su distribución pusieron entre las condiciones que las escrituras de las viviendas serían entregadas 10 años después a sus inquilinos, como una forma para garantizar que las casas no serían vendidas.

Pero a pesar que las casas fueron construidas en una de las zonas más productivas de occidente, sus inquilinos pronto se dieron cuenta que los cultivos de caña de azúcar, de maní y la procesadora de maíz cercana al caserío, no eran suficientes para emplear a una población acostumbrada a la agricultura. Y el éxodo comenzó.

Carlos Alonso Tercero Huete (53 años, alto, recio, moreno, de marcados rasgos indígenas) es el alcalde sandinista de Posoltega y tiene una visión bastante negativa del futuro del municipio que administra: la emigración está destruyendo las familias, ya de por sí rotas por la desgracia del Casita, existen altos niveles de pobreza y la falta de empleos no brinda oportunidades a los jóvenes. El alcalde dice que Posoltega es un municipio olvidado por todos. De los más de 120 ONG que llegaron a ayudar a la zona en los días del deslave, el alcalde dice que ahora quedan unas seis.

“Mirá, quiero ser honesto: las alternativas son de supervivencia. Aquí se perdieron tres mil víctimas, hubo una desarticulación total. Muchos salieron del país. Unos se fueron a El Salvador, Honduras, Costa Rica, España y Estados Unidos”, dice el alcalde.

Tercero Huete afirma que su alcaldía cuenta con un presupuesto de cinco millones de córdobas que es lo que entrega el Ministerio de Hacienda, y un millón más en ingresos por recaudaciones. Es decir, unos 321 mil dólares anuales para solventar las necesidades de 17 mil 500 habitantes.

Para el funcionario, la entrega de escrituras es una de las partes más complicadas de la administración. La mayoría de los habitantes de la zona cuenta con escrituras comunales de reforma agraria y, según los cálculos del edil, serían necesarios 800 mil córdobas para iniciar el proceso de registro y partición de los terrenos. Afirma, sin embargo, que trabajan en la construcción de 600 viviendas nuevas que serán entregadas entre 2008 y 2009; y preparan la entrega de al menos 1,500 escrituras.

Garantizar fuentes de trabajo, sin embargo, es más complicado. La única esperanza de los pobladores de Posoltega es el plan de desarrollo impulsado por la Alcaldía desde 2006 y que se extenderá hasta 2016 con una inversión de 240 millones de córdobas aportados por organizaciones, donantes y gobierno central. Hasta ahora se han ejecutado 90 millones de córdobas, pero el alcalde afirma que para que Posoltega “despegue” se necesita una inversión de 500 millones en viviendas, caminos, reforestación y apoyo a las actividades agropecuarias.

“Posoltega se está quedando aislado, no hay inversión y sobrevive con el aporte de los pocos productores de la zona. La gente aquí no viene por gusto, vienen a buscar alternativas de vida. No está establecida una política que permita apoyar a la población”, afirma el edil, quien también perdió a 60 familiares el día del alud, entre hermanos, sobrinos, tíos y abuelos.

 

Preámbulo del apocalipsis

Aquel primero de noviembre de 1998 los diarios nacionales recogían en sus páginas historias escalofriantes. Los nicaragüenses se desayunaban con titulares fuertes, que trataban de recoger la magnitud de la tragedia sufrida a causa del huracán Mitch, que ese año azotó sin consideraciones al país, dejando más de 700 mil damnificados. El 30 de octubre, el derrumbe del Casita fue la parte más trágica de esa pesadilla nunca antes sufrida en Nicaragua, en la que se convirtió el paso del Mitch.

“¡Apocalíptico!”, titulaba El Nuevo Diario a seis columnas. “¡Espeluznante!”, era el título de La Prensa del 2 de noviembre. Los días siguientes el tono no bajó: “¡Cuadros dantescos!”, “Dramáticos lamentos en lodos y árboles”, “Agonizan atrapados”, “Vecinos escuchan lamentos subterráneos”, “¡Hedor, chamusca, horror!”, “Posoltega, un enorme cementerio al aire libre”, “1,500 enterrados vivos”, y un titular hasta se aventuraba a preguntar: “¿Por qué, Dios mío?”

El viernes 30 de octubre hacía varias semanas que no paraba de llover. Parecía el cumplimiento de aquel diluvio del “Génesis”, que más tarde se convertiría en una escena apocalíptica. Un grupo de hombres de la comarca Rolando Rodríguez, en las faldas del volcán Casita, decidió salir a las 10:30 de la mañana hacia Posoltega para comprar alimentos, porque los cultivos se habían perdido por la lluvia e inundaciones y no había más comida.

A los 15 minutos de haber salido los hombres, los habitantes de la comarca escucharon un estruendo que venía de la cima del volcán, era como el ruido de varios helicópteros, por lo que pensaron que era la ayuda esperada por días. Así es que todos los vecinos salieron al camino, inundado por la lluvia, gritando “¡Vienen los helicópteros! ¡Vienen los helicópteros!” A los minutos, el cielo se oscureció por completo, y una enorme nube negra se abalanzaba sobre ellos. Asustado, Pablo Gutiérrez corrió hasta su rancho, a unos metros del camino, y le gritó a su esposa: “¡Corrámonos, que es el cerro que viene!” Ana Ampié trataba de hacer quehaceres en su casa, anegada por el agua de tantos días, cuando vio el semblante de su marido. Corrió hasta sus cuatro hijos y toda la familia salió de la casa.

“Mis chavalas no podían caminar de los nervios, las empujé y las agarré de la mano y salimos. Los otros pequeños iban detrás de nosotros. Mi esposo agarró al menor varón y yo a la niña menor”, recuerda Ana. “Llegamos al camino. Las otras dos mayores iban adelante, agarradas de la mano. Al llegar al frente de una casa ellas me gritaban “¡Mamita, nos morimos!”. Yo les grité: “¡Córranse donde su mita!”, pensando que ellas iban alcanzar a llegar donde su abuela. Fue imposible que pudieran llegar”, agrega Ana, con lágrimas en los ojos.

El alud botó a Ana. Sintió un fuerte golpe por la espalda y una corriente que la arrastraba y la apretaba. No podía ver nada. Era un remolino que la sacudía, la golpeaba; sentía los troncos, las piedras, trataba de sujetarse pero la fuerza que la llevaba era mucho mayor. Ana perdió la conciencia.

“Quedé en una balsera. Sólo sacaba la cabeza. El resto del cuerpo lo tenía aterrado en el lodo. Sentía que me estaban oprimiendo. Me decía “ahora quedé sola”, porque no miraba ni a mi marido ni a mis hijos, no miraba a nadie. Comencé a gritar. Miraba a los lados y era como si estuviera en el mar, se miraba como una playa. Después de mucho gritar sentí que me hablaron, decían: “Calmate, ya voy”. Miré un bulto que se acercaba, salía y se hundía, hasta que llegó. Era mi marido. Cuando se me acerca se puso a llorar y dijo: “Qué barbaridad, cómo quedaste”. Lo primero que hice fue preguntarle por mis hijos y me dijo que no sabía nada de ellos. De ninguno de los cuatro. Me dijo que no sabía ni de su papá ni de su mamá y luego dijo: “Calmate, que te voy a sacar”. Y yo le dije: “Para qué quiero vida sin mis hijos”. Pero él luchó y me sacó de donde estaba. Al salir me desmayé. Me acostó en unas tablas, cerca de donde oímos llorar a una chavala. Era nuestra hija pequeña. Estaba encajada en unas ramas de mango. Mi marido fue por ella. Cuando regresó con la niña, ella decía que yo no era su mama, al ver cómo había quedado.”

Ana Ampié quedó hecha un bulto de carne y huesos rotos. Las orejas estaban casi desprendidas de su cabeza, tenía la nariz rota y graves heridas en piernas y brazos. Tenía la piel en carne viva y el calor y la humedad del barro donde estaba atrapada se la cocían. A su alrededor todo era destrucción: la enorme lengua de barro que había arrasado con todo, cadáveres, lamentos de niños, miembros desprendidos, animales muertos, enormes piedras, árboles arrancados de raíz.

La mujer le pidió a su esposo que buscara a sus hijos. El niño menor, Marlon, fue encontrado por un vecino a unos metros de donde estaba ella. Tenía quebrada la pierna derecha y la cabeza fracturada. Las mayores nunca fueron halladas.

Ana Ampié permaneció en ese lugar con su familia hasta el domingo, cuando llegaron los socorristas en helicópteros. Al ver el estado en que había quedado la mujer, dijeron que no podían trasladarla, porque no iba a aguantar el viaje.

“Yo sentía que me moría. No sentía nada de ánimos. Al ver sólo dos hijos me ponía a pensar en la fatiga que acababa de pasar y pensaba que eso mismo estaban pasando mis hijas, que me estarían clamando y me preguntaba dónde estarán. Mi esposo me decía: “Hacé el esfuerzo, mirá que tenés a tus dos pequeños”, recuerda. “Se oían gritos. Un hombre gritaba: “¡Norma, vení sacame que estoy con mi niño tierno, vení sacame!”. El grito era profundo, el hombre no se veía. El hombre se cansó de gritar. Nadie pudo ayudarlo. Después ya no se oyó. Cuando lo pudieron sacar ya estaba muerto, con la criatura en sus brazos.”

El equipo de socorro pudo sacar a la familia, que fue traslada al hospital de Chinandega. Debido al agua caliente, la piel de Ana estaba morada y cocida y las enfermeras le dijeron que la iba a botar. “Para mí fue terrible, sobre todo cuando comenzaron a curarme las heridas. Yo sentía que me estaban despedazando. Las enfermeras decían “aguante, aguante, porque esto es bueno para usted, si ese lodo se queda, se le va a pudrir la piel”. Pasé días terribles. Fui la última en salir del hospital. Pasé dos meses ahí. Me sanaban de una cosa y tenía problemas de otra”, dice Ampié.

Su cuerpo tiene las cicatrices de la tragedia. Cicatrices en el rostro, la nariz un poco torcida en el tabique, marcas en sus brazos y piernas. Debido a las lesiones en la nariz, Ana tiene problemas para respirar, por lo que los médicos le dijeron que necesitaba una operación. Ella se opone por dos razones: miedo a regresar a un hospital y falta de dinero.

Sus hijos crecen saludables, pero tampoco olvidan la tragedia. Marlon, que ahora estudia el quinto grado, padece de nervios y se altera con facilidad. Sufre pesadillas constantemente, por lo que tuvo que ser tratado por una sicóloga en Chinandega. Pero eso terminó cuando decidieron regresar al lugar donde vivían.

 

Zona de fantasmas y tierras secas

La mañana es fresca. Ha llovido durante la noche y la carretera que une Chinandega con León está aún húmeda. A los lados sobresalen los cultivos de maní, el oro café de estas zonas. Un camino de tierra, a la derecha de la carretera, en las cercanías de Posoltega, comunica con las zonas afectadas por el derrumbe del Casita. Adentrarse en el camino es como llegar a un cementerio: cruces por todos lados, unas pequeñas, otras más grandes; unas de colores, otras sin pintar. Estas con flores; aquellas ahogadas por el crecimiento caprichoso de las hierbas. Árboles de eucalipto, sembrados como parte de un proyecto de reforestación, dan un olor dulzón al aire, mezclado con el rocío de los arbustos y el lodo del camino.

En la comunidad de Versalles, también afectada por el alud del Casita, los habitantes perdieron parte de sus cultivos de frijoles y maíz por las lluvias que han golpeado el occidente del país en las últimas semanas. Versalles está a un par de kilómetros de la comarca Rolando Rodríguez. Para llegar hasta ahí es necesario cruzar el mar de piedras y barro dejado por el derrumbe del volcán. Es como un desierto. Este es el corazón de la desgracia y a donde la vegetación aún no esconde las cicatrices de aquel 30 de octubre.

“Toda esta zona estaba bien poblada”, dice Carlos Alonso Tercero, concejal sandinista de la Alcaldía de Posoltega, quien esta mañana se dirige a una reunión en Versalles para los arreglos del noveno aniversario del desastre. “Era una zona productiva. Después del Mitch esto quedó horrible. El alud se llevó el cuadro de béisbol, el centro de salud y varias comunidades”, explica el funcionario.

En la zona desierta aparecen de vez en cuando figuras fantasmales. Gente delgada como fideos que parecen más bien espectros de aquellos que alguna vez cultivaron estas tierras. Su aparición entre tramos del camino inquieta al chofer, que cree ver en ellos verdaderos fantasmas. Han regresado porque no tienen a donde ir. Han regresado para retar al Casita. Han regresado para arrancarle vida a estas tierras secas.

Juan Gómez Soriano es un anciano de 73 años, piel seca y huesos largos. Se dedica a cultivar maíz y frijoles y se lamenta de que le haya ido tan mal en la cosecha de primera, porque de esos cultivos depende la subsistencia de su familia. En su memoria está aquel “pum, pum, pum” de hace nueve años que destruyó su casa y del cual aún no ha logrado reponerse.

“Yo perdí cerdos y gallinas. Mi casita se está cayendo y no tengo para arreglarla. Nos sentimos olvidados. Después del gran fracaso que tuvimos no nos han ni volteado a ver. Esas son las cosas por las que uno se reciente”, afirma el anciano, quien perdió cinco sobrinos en el alud. “No tenemos donde ubicarnos, si tuviéramos adonde ir ya no estaríamos aquí. Vivimos nerviosos, esos cerros de un momento a otro pueden hacer otro desastre”, agrega.

Igual de nervioso se siente José Armando Chavarría Arauz, de 54 años y quien perdió 47 familiares en el deslave. Dice que tiene recelo de quedarse a vivir en Versalles, porque ha sido declarada zona de alto riesgo. “Pero, ideay, uno está acostumbrado al campo y no tenemos un salario fijo, ¿para dónde vamos a agarrar?”, dice, encogiéndose de hombros.

Chavarría, quien vive con dos de sus hijos (otros dos han emigrado a Costa Rica) y su esposa, también ha perdido parte de sus cultivos pero dice que “aquí la estamos aguantando, aunque sea con este puño de frijoles jodidos”.

La mayoría de los habitantes de estas comunidades se lamenta porque, al igual que los vecinos de Santa María, no tienen escrituras de la tierra que cultivan o el terreno donde han montado sus ranchos. Todos, sin embargo, dicen estar mejor en estas tierras donde al menos pueden dedicarse a la agricultura y afirman que no se irán de aquí. Todas las tardes, después de la faena en los huertos, las familias se reúnen en los ranchos, invocando a la naturaleza para que no los vuelva a castigar con su furia.

 

La esperanza de Santa María

La esperanza en el caserío Santa María tiene nombre. Pedro Pablo Chávez es un niño de 9 años que corretea sonriente por las callejuelas del caserío. En su rostro, cerca del ojo derecho, tiene una cicatriz que es la marca de la desgracia que vivió cuando era apenas un recién nacido: el día del alud, Pedro Pablo tenía 15 días. Su padre corrió con el bebé para poder salvarlo, pero la ola de lodo se lo arrebató y el niño quedó enterrado por varios días en el fango. Lo encontraron al siguiente viernes del desastre, aún con vida.

“Él está vivo por la gracia de Dios”, dice su abuela Isidora del Carmen Acosta, de 58 años. El niño, junto con el grupo de amigos que recorren descalzos el caserío, representa la esperanza para una gente que quiere dejar atrás los recuerdos de la desgracia. Representa las esperanzas de Ana Ampié, Juan Gómez Soriano, José Armando Chavarría, María Narváez e Isidoro Acosta. Los sobrevivientes olvidados del Casita.

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comentarios
  1. H. Sandino dice:

    Conmovedor y genial relato. Carlos Salinas ganó un premio latinoamericano con esta historia.

  2. teresa de jesus narvaez caballero dice:

    esta lamentable historia me llega directo al corazon por que yo tenia apenas 7 años de haber salido de esa comunidad rolando rodriguez hacia costa rica dejando alla ala mayor parte de mi familia la cual todos perecieron ya han pasado varios años y yo aun no salgo del asombro haveses me quiero hacer la idea que no a pasado nada pero es imposible querer tapar el sol con un dedo hay noches que yo no puedo ni dormir pensando en las angustias que pasaron toda mi gente de estas comunidades lamento de todo corazon la perdida de todas estas familias y de todas las comunidades que perecieron en esta tragedia lo lamento mucho ahi se fueron todos aquellos seres queridos que me quicieron y que quize mucho con el alma y que viven en mi corazon por siempre y para siempre atte teresa de jesus narvaez caballero

  3. IntrigArte dice:

    Esta historia parece falsa…

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