Niponas

Publicado: 18 febrero 2009 en Martín Caparrós
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1.

Hay un lenguaje: todo país es un lenguaje. Quizás, a veces, el viajero puede incluso suponer que entiende lo que le está diciendo. Y casi siempre se confunde, pero ése es el salero de los viajes.

 

Japón, en japonés, no se llama Japón sino Nihón –o Nipón si se le quiere dar más énfasis, como en dale nipón dale nipón o nipón la victoria final te espera virgen. No conozco más casos de países donde el nombre propio sea tan distinto del nombre propio que le dan los ajenos. Debe ser otra muestra de ese imposible: la comprensión entre nipones y gaijines –o goyim, o extranjeros.

 

Si hay algo que por el momento me impresiona de estos señores y señoras es su meticulosidad, sus miramientos. El horror por la mancha bajo cualquiera de sus formas: grande, enorme, clara, oscura, muy paralelepípeda, real, imaginaria. Les sospecho una taxonomía anchurosa de la mancha: como los esquimales tienen cincuenta palabras para hablar de los tonos del blanco, los ornitólogos decenas para las variaciones del jilguero, los argentinos tantas más para decir cagaste.

 

Porque la vida es más o menos así: uno se cree que ha visto pescados –por ejemplo– hasta que llega un día a ese mercado y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice la vida es así, hasta que llega un día y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice que la vida, hasta que llega un día. Y mientras tanto aquí, en el mercado de pescado de Tsukiji, se esconde el tremebundo fugu. Cada dos meses, poco más o menos, un japonés muere de fugu. El fugu es un pescado que tiene en sus vísceras veneno suficiente como para matar 600 vacas –supongo que es un cálculo, que nunca lo probaron–, y los locales se lo comen. Si no está bien preparado –por alguno de los cocineros que han seguido un curso de dos años y conseguido la licencia oficial–, el fugu mata: ruleta rusa con escamas. Ellos dicen que es rico, pero nadie les cree: no parece necesario que lo sea.

 

Como si lo que de verdad les importara fuera verse honorables: limpios, pulcros, la cabeza erguida, el traje presuntuoso por lo austero, la reverencia pronta. Por momentos pienso que tanto trabajo para edificar una fachada debe ocultar monstruos extraordinarios; después el optimismo se me pasa.

 

Tsukiji, todavía. En una palangana llena de agua boquean almejas. Escupen de vez en cuando, abren y cierran conchas. Me pregunto qué percepción de la vida y la muerte, las almejas. Les imagino modos: las han traído aquí, no saben dónde están y suponen quizás que su caparazón las protege todavía. Escupen, boquean; se las comen lo más tarde mañana. Me imagino que no imaginan nada, las almejas. Después, para mi gran sorpresa, veo que cuando las abren les mana sangre roja. Yo sé que no es así, pero las sorpresas siempre me hacen pensar que entendí algo.

 

Aunque nunca sea cierto. A lo lejos, Tokio parece un horror de edificios modernos y brillosos. De cerca, a veces, también, pero no es. Es muy difícil saber a qué distancia hay que mirar a las ciudades para verlas.

 

O para aprender a no mirarlas. Todos los japoneses esperan como un solo japonés su turno en los semáforos, en los largos semáforos de Tokio: en Tokio los semáforos son largos como una noche de esperarte. Le sugiero a un amigo sociólogo que calcule el tiempo que un japonés promedio usa, en su vida, para mirar al hombrecito rojo. Mi amigo me dice que entonces son felices:

 

–Están cumpliendo con su deber, cargando sobre sus pies el peso de las reglas, obedeciendo. No tienen nada que preguntarse, la consigna es clara: la siguen con un esfuerzo mínimo, sólo con sumisión. Es el momento japonés perfecto.

 

Me dice y yo le digo que sí, pero que en la tradición más clásica el cumplimiento del deber era más meritorio cuanto más difícil, y hablamos de los 47 ronin que llevaron el deber hasta la muerte y más allá, cerca de la deshonra.

 

–Es cierto. A los viejos, quizás, a los tradicionales les gustaría más que, frente al semáforo, en la vereda donde tienen que esperar, una parrilla les calentara los pies hasta justo antes de lo intolerable.

 

Dice mi amigo, o si acaso lo piensa, Pero ese arte de vivir se está perdiendo: a los jóvenes ya no les gustaría.

 

Contra tanta armazón de los mayores, jóvenes se desperdigan desparraman. Maneras de disidencia jovencita: los cuerpos desgarbados, las espaldas bombé, las mechas disparadas, los brazos dos colgajos monos remolones. Los jóvenes se empeñan con la figura de sus cuerpos en demostrar que no forman parte de la máquina, que no son un engranaje de Japón & Co –hasta que se gradúan y consiguen el puestito en la empresa y lo defienden con su vida. Lo conservan, lo pagan con su vida.

 

Y los patios de los templos están cubiertos de piedritas muy ruidosas. ¿Cómo si no podría saber el dios que el fiel está llegando?

 

En uno de los cientos de templos de Kioto tres monjes cantaban –calmo salmo– las palabras de Buda. No podía entenderlas y me aliviaba no poder: el olor del sándalo de sus ofrendas era mucho más que suficiente.

 

Los templos en Japón se esconden en la naturaleza, forman parte del paisaje que los rodea: me hacen pensar en una religión de hombres que aceptan su lugar y se acomodan. Los templos en Occidente acaban con cualquier naturaleza circundante: me hacen pensar en una religión de hombres que pretenden dominio. Prefiero la religión occidental –el orgullo de seguir buscando. O quizá nunca tuve la chance de preferir nada.

 

Los lugares turísticos de Japón se parecen a los lugares turísticos del resto del mundo en que unos y otros siempre rebosan de turistas japoneses. Pero lo que no sorprende en Notre Dame desentona en Tokio: el turista debería ser un animal exótico, cuya rareza justifique el esfuerzo de ir a verlo.

 

Tsukiji, una vez más. Un hombre que acariciaba, tajeaba, limpiaba y volvía a acariciar los restos de un atún hasta transformar cada trozo en partes de su arte. Pocas veces ví a alguien tratar la materia tan amorosamente como ese hombre su pedazo de atún, y después ví otro y otro y otro hombre, y más. Imaginé delicadezas, la famosa cultura milenaria, el templo. Aunque era claro que lo hacían por la razón de siempre: para que su aspecto sedujera al comprador que se lo va a comer dentro de un rato, a desaparecerlo.

 

Pero, sobre todo, las niponesas son maestras en el arte difícil de pararse con los pies para adentro: rodillas ligeramente juntas, los muslos separados, kawa bata.

 

“Vuela un cuervo. En la rama
posa el cuervo sus patas.
Vuela el resto”.

Dice el otro, ya tan atragantado de nipón que se le cruzan palabras sin quererlo.

 

2.

En niponés no hay letras, hay dibujos –que nos recuerdan que las nuestras son dibujos también, aunque hayamos aprendido a ya no darnos cuenta. Son dibujos, firuletes tan bellos. Una ciudad que no se puede leer es un alivio y es un desafío: vivimos en la facilidad de las palabras. Aquí, donde las letras no lo son, hay que buscar otros indicios, otros signos. Aprender a mirar o a simular miradas. Saber equivocarse. Aquí los perros no pueden salir a la calle sin correa –como en casi todo el mundo. Aquí lo observan. Se diría que aquí son, sobre todo, observadores fieles.

 

Aquí, en niponés, quiere decir otoño. Aquí, ahora, es primavera.

 

El reemplazo de signos funciona bien en la comida: cuando se les ocurrió que los extranjeros quizás merecían alguna información decidieron poner imágenes de sus platos a la entrada de sus comederos. Por alguna razón no creyeron en la fotografía: en la mayoría de los restoranes de Tokio hay modelos de plástico –la escala es uno a uno– de lo que dan como comida. Algunos harían furor en una muestra muy moderna; todos –casi todos– son mucho más apetecibles que el plato que, después, te ponen en la mesa. Una lección –menor– sobre la utilidad de la mirada.

 

El japonés es un idioma plástico, en aquel sentido de plástico como proteico, pasible de las formas más variadas. Escucho japonés y creo estar oyendo brasileño, italiano, ruso incluso, a veces japonés. La ignorancia permite casi todo –incluso la osadía de suponer que en esa supuesta falta de carácter se esconde alguna clave.

 

Vago con basuritas en la mano, pañuelos de papel sin nada más que dar o que tomar. En una ciudad tan impecable nunca encuentro tachos de basura. Un amigo español me demuestra que ellos también pueden ponerse psicologistas:

–Sí, los japoneses tragan, tragan, tragan. Así como se tragan la basura.

 

Otro me explica que, en el Imperio de la Regla, el cáncer de estómago –el arte de tragar– tiene más incidencia que cualquier otro cáncer.

 

Detesto esas definciones, pero aún así diré que este país es un país de tímidos tan tímidos. Supongamos que un gaijin –un extranjero– le muestre al guarda del tren su pase ferroviario tapando con los dedos la fecha de validez –que ya se habrá vencido. Supongamos que el guarda haga un pálido intento por pedirle que le muestre la fecha, que el gaijín ponga cara de no ve que estoy muy ocupado cómo se atreve a molestarme so empleado; el guarda, entonces, carraspeará muy leve pero no le exigirá al gaijin colado –¿existe, en niponés, la palabra colado?– que le muestre su pase ferroviario. Yo lo ví. La timidez es el horror ante la sombra de un conflicto: para evitarlo están las reglas, los límites, la honestidad antes que nada, un aparato que también llaman cultura.

 

También es esa escena repetida: no hay que contar el vuelto, me explican a menudo; contarlo sería ofensa, suponer que podría haber de menos –¿que podría haber de más? El mecanismo es simple: buscas el hotel, llegas al hotel, entras en el hotel. Antes que nada te hacen sacarte los zapatos: te sacas los zapatos y pides un lugar –porque no sabes cómo llamarlo, no es una habitación, pero tampoco estaría bien llamarlo nicho.

 

Entonces te dan una llave, te dicen que dejes toda tu ropa en el armario de esa llave, que te pongas la bata. Embatado, descalzo, bajas por escalera con alfombra hasta el piso del baño comunal: quince o veinte japoneses en pelotas lavándose hasta el último pecado con duchitas antes de meterse en la inmensa bañera de agua muy caliente. Retozas, entonces, en la bañera, entre cuerpos japoneses relajados, distantes –tímido te mueves, casi nada, sin saber cómo tendrías que hacerlo. Igual te miran.

 

Sales del agua, vas hacia tu ¿espacio?: es hora de acostarse. Entonces atraviesas pasillos y pasillos llenos de agujeros como un ojo de buey, dos filas superpuestas, lo más parecido a una morgue americana de película, y un leve nudo en la garganta. Estás a punto de salir corriendo –y no sabes por qué no sales corriendo. Hasta que encuentras tu número, un nicho de la fila de abajo, te metes, buscas la luz, enciendes la luz, ves el espacio pura cama, sólo el espacio indispensable de la cama. El hotel-cápsula sólo te da lo imprescindible para el sueño: el espacio cama, la almohada, media sábana, la tele chiquitita. Sólo lo imprescindible: por supuesto, la tele.

 

Todos lo dicen: Japón es un país en crisis. Para oponerse a la falta de recursos del Estado, un secretario de Estado anuncia que piensan subir el impuesto al consumo –el IVA local– del 5 al 10 por ciento. Dice que está en estudio y que la medida, si se aprueba, entrará en vigor dentro de cuatro o cinco años. Dice: dentro de cuatro o cinco años.

 

Estoy harto de que me hablen de crisis –japonesa. En la Argentina la recesión se ve: son vacíos, agujeros en lo que alguna vez supimos ser. La economía se ve y, por esa exhibición, se vuelve porno. Aquí, si acaso, se comprende tras larga explicación. La economía, aquí, se vuelve a su lugar: la abstracción, la mano con los hilos detrás de la cortina, erotismo.

 

En el canal porno del nicho pasan una larga larga larga violación nipona. Está filmada tan torpe que parece real –o quizás en eso esté su astucia. Es porno brutal: muy efectivamente repugnante. La mujer se resiste como podría resistirme yo a una lectura de poemas de Mario Benedetti: sin mayor entusiasmo. En algún momento empieza a aceptar su suerte; después simula que disfruta. Parece que los hombres niponeses también necesitan creer que las mujeres niponesas no pueden seguir decidiendo más allá del momento en que ellos les muestran –como sea, la garompa en la mano, el ceño amenzante, la palabra suave– lo que ya decidieron.

 

Pero hay maneras. En medio de lo bestia unos cuadriculitos esconden los genitales de ambos sexos –los sexos de ambos genitales. Me parece muy japo: la brutalidad más absoluta también está sometida a reglas, límites precisos, que la convierten –suponen, supongo– en algo que podríamos llamar civilizado.

 

Luna sobre el estanque, los movimientos lentos, la flor de los cerezos palideciendo el aire: el tono del viejo Japón es la melancolía. Y ahora que eso también es viejo, la melancolía de extrañar aquel humor melancólico, cuando cada cosa ocupaba su sitio, cuando era claro el sitio de las cosas. La civilización, aquí parece, es una forma de la melancolía.

 

“Tantas hojas cayeron;
otras no.
Creyeron ser de piedra”.

Musita el otro, los ojos achinados de distancia, ya partido.

 

3.

Hay momentos. Me fascinó la forma en que el aprendiz le preguntaba a su maestro cocinero si había cortado bien aquel pescado. Podría pensarlo, analizarlo y estaría tan en contra: la sumisión, el poder del saber, la jerarquía triunfante. Pero ese gesto de los ojos bajos y las manos crispadas preocupadas y el temor del rechazo o de la aceptación eran amor: belleza pura. Uno se deja trampear por esas cosas. Y entonces el maestro mira aquel pescado, los ojos bajos del joven aprendiz y le dice que, en realidad…

–¿Qué querrías que dijera? Yo, ahora, por ahora, podría decidirlo. Es mi prerrogativa.

 

Son tan amables, pero tan tan amables. La amabilidad es el arte de mantener perfectas las distancias.

 

No hay lugar. Por eso es tan difícil mantener distancias. No hay lugar, y quizá su efecto más visible –más allá de las masas desatadas, las aglomeraciones siempre tan prolijas– sea el concepto de ciudad realmente vertical, que no he visto en ninguna otra parte. Nuestras ciudades son verticales para ciertas cosas: está entendido que el nivel de la calle es el espacio público, el lugar del mercado, y los altos el espacio privado: la habitación o la administración. Aquí no. Hay, por supuesto, un negocio en la planta baja, pero también puede haber un restorán en el quinto, una peluquería en el séptimo, una juguetería en el cuarto piso. Será tonto, quizás, pero es distinto.

 

Acabo de pasar tres semanas en Japón –por razones de fuerza mayor que se volvió menor. Y hubo tantas tonterías que me llamaron la atención:

Que nadie entiende un mapa.

Que las puertas de los taxis se abren y se cierran solas.

Que en tres semanas no vi ni una sola mujer embarazada: o se cuidan muchísimo o casi no se cuidan.

Que los oficinistas dejan sus portafolios en el portaequipajes del subte y se duermen –tan tranquilos, por fin tan relajados.

Que nunca –salvo dormidos en el subte– conseguí verlos relajados.

Que hay tantos oficinistas –su traje oscuro, su camisa blanca, una corbata al tono de esa falta de tonos.

Que todos creen que los demás son fiables –y actúan en consecuencia.

Que al cabo de unos días yo mismo empecé a actuar en consecuencia, y era tan agradable.

Que en tres semanas las carcajadas fueron siempre extranjeras.

Que hay falsas pistas de esquí que parecen hangares inclinados, falsas canchas de golf que parecen grandes pajareras, falsos lagos de pesca que parecen piletones de la empresa de aguas: que cosas que simulan que son otras parecen a su vez otras cosas, y así y así y así.

Que hay muchos policías con sus gafas de aumento.

Que hay muchos policías que se te tiran encima con bastones.

Que hay tanta tanta tanta gente.

Que las sonrisas pueden significar cualquier cosa y su contrario.

Que muy pocos hablan inglés –sin entusiasmo.

Que la televisión parece boliviana –con el debido respeto a los hermanos latinoamericanos.

Que tantos se desviaron de su recorrido para llevarme al mío.

Que los trenes tampoco saben llegar tarde.

Que no se oyen bocinas.

Que los niponeses parecen creer menos que otros en la utilidad de las palabras.

Que Tokio es una potencia desatada –y a su lado Nueva York es un museo de provincia francesa.

Que de tanto en tanto aparece, en medio del vértigo, un templo –y todo se detiene.

Que las mujeres tienen las piernas macetonas y muy muy pocas son bonitas –con perdón del concepto.

Que todos creen que los extranjeros son un poco tontos.

Que los extranjeros, ante tanto despliegue, en general se atontan.

Que me gustó haber estado mucho más que estar pero eso, por desgracia, me pasa tantas veces.

 

Lo entendí tarde: una buena chica japonesa –dicho, digamos, en el sentido en que se diría buena chica judía: pronunciado por la posible suegra– debe tener las rodillas lo bastante chuecas como para que se vea que responde a su raza.

 

Responden, revolotean, abundan. Colegialas vestidas de marineritos que son el non plus ultra del erotismo japonés. Colegialas vestidas de marineritos: lo que está cerca de ser una mujer sin ser una mujer. Una mujer, supongo, debe serles algo de temer. Por eso, me apresuro, la idea de la geisha: todo ese poder a su servicio –por definición, por tradición a su servicio.

 

Otra vez el pescado –pero los japoneses son los reyes del pescado: se comen, ellos solos, un décimo de todo lo que en el mundo nada.

–¿Pero usted puede comer pescado crudo?

 

Me pregunta, con gran delicadeza, una geisha que hacía de camarera o viceversa en un famoso restorán de Tokio que, por supuesto, sirve pescado crudo.

–Sí, claro.

–¿Está seguro?

 

Un modo extremo del nacionalismo: la ceguera. No creer –no querer saber– que millones de personas en el mundo se comen su pescado crudo, que extranjeros pueden hacer cosas que sólo japos deberían. La astucia no está en rechazar al gaijín porque se diferencia; sí, en rechazarlo cuando podría parecerse. El extranjero, para ser, debe ser extranjero, o sea: distinto, por favor, faltaba más.

 

Japón no parece preparado para la diferencia. Me paso los días golpeándome las cabezas con carteles bajos, puertas bajas, lámparas más bajas –y no se me cae nada. Nunca antes me había sentido tan alto. Ahora sé cuál es el precio del orgullo.

 

Alguien dijo que la vergüenza ocupa en el Japón el lugar de regulación de las conductas que la culpa cumple en Occidente, y puede ser. Hay vergüenza cuando su grupo –el fragmento de sociedad que lo rodea– le hace ver al fulano que ha hecho lo que no debía; culpa, cuando su Dios –el que el fulano se inventó, sí mismo– sabe que ha pecado. La vergüenza es grupal, la culpa función del individuo: es una diferencia significativa.

 

Suelen ser jóvenes, suelen ser hombres: los encerraditos son un invento niponés y se pasan entre seis meses y varios años en un cuarto –de la casa familiar, habitualmente– sin hablar con nadie, saliendo si acaso por las noches a buscarse una comida, una revista, algún otro alimento. En Japón hay un millón de encerraditos: el grado último de la timidez, del miedo a la vergüenza.

 

Chocar de una campana con sí misma: música de la ausencia reclamando.

 

¿Importa en el largo plazo quién inventa algo? Se supone que fueron los chinos los que inventaron la pólvora; está claro que fueron los europeos los que la usaron para conquistar el mundo. Está claro que fueron los europeos los que inventaron el avión, la televisión, el microchip; se puede suponer que quizás sean los japoneses o los chinos los que los usen para reconquistar el mundo.

 

Me incomoda: aquí las siluetas son occidentales. Los coches tienen las formas que les pensaron el señor Daimler o el señor Peugeot, las casas las que Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, los trajes las que Saville Row, las laptops las que William Gates –y muchas costumbres también se reformulan en el mismo sentido. Entonces, si Japón o China dominan –Dios no lo quiera– alguna vez el mundo, quién lo habrá dominado, me pregunto.

 

Veía un cartel en inglés que ofrecía “your virgin rolex in this shop” y me imaginaba cómo sería un rolex desvirgado y la escena sangrienta de su desvirgue y algún grito: cuántas cosas te hacen decir las palabras, pensaba, sin querer, y me preguntaba qué estuvieron diciendo las mías en estos días nipones.

 

“Un semáforo, dos,
tres: una sola
manera de mirarlos”.

Murmuró, modernizado, harto de las metáforas jardineras y de un mundo que te explica todo el tiempo como tienes que usarlo, y se volvió a su casa.

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comentarios
  1. andres dice:

    Qué blog tan sollado!!
    Qué chimba!
    Qué nota!!
    Parcero, lo felicito.
    Es una gran colección de crónicas. Lo que no encuentro en ediciones anteriores de revistas, lo encuentro aqui.
    Felicitaciones!

  2. gloriannas dice:

    lo que no entendí: Aquí, en niponés, quiere decir otoño. Aquí, ahora, es primavera.

    Alguien me lo puede explicar. Buena crónica, felicito al escritor

  3. Rafael dice:

    Es decir que Otoño en nipón se dice Aki

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