Hugo Chávez (1998)

Publicado: 15 abril 2009 en Milagros Socorro
Etiquetas:, , ,

Cerrados los ojos y juntas las manos, el líder descansa, inmóvil y silencioso, en el asiento trasero del automóvil que lo conduce hacia sitios cada vez más contrastados. Con un leve gesto impone respeto para su aislamiento momentáneo. Qué piensa. Qué propósitos lo animan. Qué dudas abaten su alma. Qué certezas aploman su carácter. De qué sustancia está hecho este hombre cuya garganta oprime una corbata a la que no termina de acostumbrarse. Quién es, finalmente, este lancero recientemente ataviado con trajes cortados a la medida. Eso nadie lo sabe. Más se expone a la mirada del mundo y más inescrutables son sus designios. Incluso para sus colaboradores más inmediatos, para este asesor que lo escolta en el recorrido, para aquel ujier que le retira una mota de la solapa, Hugo Rafael Chávez Frías es un enigma.

 

De pronto respira hondo e inquiere por tal o cual detalle. La voz ronca que interrumpe su mutismo exige cabal y rápido acatamiento de sus órdenes. Nada se le escapa, nada queda al azar y, sobre todo, nada se descarría de su control. Puede pasarse horas escuchando –de hecho, es célebre su disposición a prestar oído a todo y a todos– pero es suya la última palabra y quienes han pretendido replicarla no se cuentan ya entre los llamados a su reino.

 

Esos breves períodos de silencio que resguarda para sí, como una quilla que rasgara el vocerío que lo envuelve, le permiten retomar el hilo de sus reflexiones –de sus obsesiones, que en su caso es lo mismo–, ese cauce que lo ha traído hasta la senda de Miraflores partiendo de modesta cuna en Sabaneta de Barinas, donde naciera el 28 de julio de 1954, bajo el signo de la terquedad y una inquebrantable tozudez labrada en la habilidad para trocar en ventura el infortunio. En esa manera de quedarse callado podría residir la principal característica de Hugo Chávez, a saber, su enorme capacidad de asimilación y aprendizaje. De allí la sorprendente fluidez de sus posturas, la prestidigitación de su plante, la ubicuidad de su talante. Chávez no es ahora tan Chávez como lo era el 4 de febrero de 1992, cuando llevaba la cabeza –caliente– tocada por roja boina; y no lo es porque manteniéndolos muy abiertos ha cerrado los ojos y ha conservado en la humedad de los párpados las lecciones que impone el paisaje y su movediza circunstancia.

 

En rápida aritmética: seis años han transcurrido desde que un brioso Chávez nos sacó de la cama y nos emplazó a contemplar una pirueta de la historia, ateridos frente al televisor. Hacia la medianoche el país quedó impuesto de la asonada. Algo así como una hora después apareció en pantalla el presidente Carlos Andrés Pérez, ileso pero íngrimo, el golpe había fracasado. Y antes del meridiano el alzamiento cobró rasgos: una especie de indio, inusualmente fornido y bien calafateado de vitaminas, se puso de cara al sol y soltó un parlamento que no parecía recitado por un insomne: “Primero que nada”, dijo en esa única aparición televisiva que abatió el récord de sintonía nacional acaparado hasta entonces por aquel pequeño paso de un hombre en la luna, “quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela y, este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el Regimiento de Paracaidistas de Aragua y en la Brigada Blindada de Valencia. Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al comandante Chávez, quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”.

 

Un minuto y doce segundos bastaron para instilar en la conciencia nacional los tics más relevantes del insurrecto. Con eso se supo todo –o casi todo, que entonces era más que suficiente– el líder de los alzados era un muchachón de ojillos profundos, nariz lanceolada y boca prominente, todo distribuido sobre rostro moreno de diseño claramente mestizo; empaque de machazo cultivado en trotes mañaneros y largas caminatas de campaña; guapetón que no escurre el bulto a las consecuencias de sus chapuzas; lengua floja que desliza un provocador por ahora… promesa segura de nuevos capítulos para su saga de rebelde con causa; corazoncito tricolor que palpita con el acento romántico de la doctrina de Padre de la Patria. Todo un bocado para el marketing político, entonces empozado en el humeante detritus del deterioro y el más completo desgaste.

 

Hubo Chávez para encarnar todas las fantasías: las de los nostálgicos que aplaudieron el revival de los madrugonazos con uniforme y Orquesta Aragón; las de la vieja izquierda que mascaba su frustración en la destartalada dacha del olvido; las del moderno mantuanaje, manicurado y nervioso, aterrado ante la amenaza de que la horda insurrecta saliera de los cuarteles directamente hacia sus residencias, a quebrar los jarrones y mancillar a sus hijas, como había hecho la recua capitaneada por Cipriano Castro a fines del siglo pasado; las de los pobres y preteridos que vieron en el bisnieto de Maisanta la empuñadura de la vendetta; las de cierta casta ilustrada que confundió los corríos llaneros con los acordes emanados de la flauta del virtuoso de Hammelin; las de la clase media, que tachaba todas las líneas de la lista de supermercado menos la del gritón que viniera a redimirla de su desmedro y a rehabilitar sus líneas de crédito; también las de un sector súbitamente sobreerotizado y anhelante que vio en el mozo vestido de camuflaje la concreción del antiguo mito de la erección perpetua. Carne fresca para un consumo de avidez, hubo Chávez para todos los sueños y todas las pesadillas.

 

Ahí se puso en marcha el proceso de despatarre con Chávez que por estos días alcanza picos de auténtico frenesí porque el comandante ha resultado un camaleón; elástica musculatura de complacencias que por las mañanas alebresta en La Charneca, por las tardes persuade en el cónclave de la British Petroleum y por las noches saca las sillas de las damas más encumbradas, quienes le ofrecen su nuca espumosa y bajan la mirada para escuchar –por qué no, chica– al centauro puesto en limpio.

 

En las encuestas, en los denuestos, y siempre a espuertas, Chávez arrasa. Sus detractores (que los hay, los furibundos y los burlones) asoman numerosos argumentos para desacreditarlo, la mayoría entresacada de la propia hoja de vida del candidato, incapaz, al parecer, de estarse quieto un momento. La principal carta de desprestigio es la que esgrime el ex presidente Pérez, para quien Chávez es, desde luego, la soga en su casa de ahorcado, “cómo puede el individuo que atentó contra la institucionalidad proponerse ahora como autoridad legítima del país que sacudió con sables y estuvo a punto de ensangrentar desde Tucupita hasta Perijá”. No faltan quienes advierten una tendencia autocrática de Chávez Frías, secuela de su formación castrense, evidenciada en el júbilo con que corrió a La Habana a echarse en brazos de Fidel Castro en cuanto salió de su presidio en Yare y en las carantoñas que se apresuró a hacerle a Pérez Jiménez, en raudo paso por Madrid, tras sostener reuniones de alto nivel en Londres.

 

Está el clamor de altos oficiales que lo tuvieron como contrafigura en los días de la candela, cual es el caso del general (r) Fernando Ochoa Antich, ministro de la Defensa en el febrero de la remezón, quien no se ahorra invectivas para lanzar a la cara del ex golpista. “Chávez”, dice el general Ochoa, “es un hombre apasionado, con exagerada confianza en sí mismo y sin límites para su ambición. Un populachero, que busca acercarse al pueblo a través de los valores populares, sin tener sentido crítico, de allí que coja un cuatro y se ponga a cantar en un mitin, o que haga de pitcher en un partido de béisbol”.

 

—Cuando estaba haciendo el curso de Estado Mayor –desliza el ex ministro, fulminante– el comandante Chávez fue reprobado en la asignatura de Inteligencia Militar, una materia técnica.

 

Repitió el examen y obtuvo una calificación casi aprobatoria, mas no suficiente. Y si no fue retirado del curso, fue para evitar que esto se tomara como represalia por las sospechas que recaían en él por conspirador; no hay que olvidar que Chávez había sido detenido el año 89, a raíz de los sucesos de “la Noche de los Tanques”, oportunidad en que una unidad de tanques del Batallón Ayala salió de Fuerte Tiuna y tomó el Ministerio del Interior, donde se encontraba Simón Alberto Consalvi, titular de ese despacho y entonces presidente encargado en ausencia del presidente Jaime Lusinchi, quien se encontraba fuera del país.

 

“Uno de los objetivos prioritarios del alzamiento del 4 de febrero”, continúa Ochoa, “era detener al presidente y eso fracasó por la incapacidad militar de Chávez porque, sorprendentemente, a pesar de que contaba con un batallón de paracaidistas sumamente bien armado, vino de Maracay y se puso en un sitio muy importante desde el punto de vista táctico en la guarnición de Caracas, que es la vieja Escuela Militar, emplazada en una colina desde donde se ve claramente Miraflores; y permaneció allí inactivo durante las primeras horas del golpe, mientras otros oficiales insurrectos atacaban el Palacio de Miraflores. Él ha dicho que no tenía comunicaciones, ha buscado mil maneras de justificarse, pero es inexplicable que el jefe del alzamiento no haya hecho un disparo durante las acciones y haya permitido que sus subalternos combatieran en situación de debilidad, estando él a 400 metros con un batallón perfectamente bien armado. Ahí no cabe sino suponer una gran incapacidad militar o que se inhibió por temor al combate, no queda otra explicación”.

 

“El 4 de febrero engañó a sus subalternos haciéndoles creer que se trataba de una insurrección de todas las Fuerzas Armadas dirigida por el propio ministro de la Defensa. Su traición causó la muerte a un grupo de jóvenes venezolanos y produjo graves daños institucionales al país. Además, el 27 de noviembre, sus seguidores asesinaron vilmente a los vigilantes del Canal 8 y llamaron al pueblo al saqueo y a la violencia”.

 

A los señalamientos de poco arrojo y mucha falacia que hace –entre otros– el general Ochoa, se suman los de Arturo Úslar Pietri, quien afirma que Chávez “es un oportunista. Un hombre que llevó a cabo un gesto poco maduro, una tentativa de alzamiento fracasada que en el desierto político y cultural de Venezuela le valió gran popularidad. Yo no creo que tenga ninguna propuesta seria que hacerle al país ni que esté en condiciones de dirigir una transformación positiva de Venezuela. Creo que tiene otros méritos pero ésos no”. Uslar le concede el merecimiento de ser un hombre resuelto, que corre riesgos y asume responsabilidades… “pero tiene una formación incompleta y fragmentaria, en la cual une perspectivas muy difíciles de conciliar, como la figura de Bolívar con la de Ezequiel Zamora, personajes completamente inacoplables. Chávez es beneficiario de una vieja tradición venezolana, vigente desde los orígenes de la República, proclive a la aparición de los hombres mágicos, de los caudillos”.

 

Esta alusión de Úslar al gazpacho ideológico de Chávez, en cuyo sedimento se percibe una forzada amalgama que empegota a Bolívar con Ezequiel Zamora y a Simón Rodríguez con Maisanta, su antepasado y suerte de santo patrono, recorta el perfil patriotero de Chávez, que ha hecho las delicias de quienes ven en él una especie de ex boxeador entalcado que anda por los caminos desgranando frases solemnes espigadas del ideario decimonónico y protagonizando lances teatrales tan chorrantes como el conciliábulo sostenido por los entonces capitanes Jesús Ernesto Urdaneta Hernández, Felipe Acosta Carles (caído en la refriega de febrero de 1989) y Hugo Chávez Frías, a fines de 1983 –año del bicentenario del nacimiento de Bolívar– en las inmediaciones de lo que queda del Samán de Güere, para fundar una sociedad carbonaria cuyos objetivos eran, según declaró el propio Chávez a Ángela Zago para su libro La rebelión de los ángeles (Fuentes Editores, 1992), “eminentemente internos, sus esfuerzos estaban dirigidos en primer lugar al estudio de la historia militar venezolana como fuente de una Doctrina Militar propia, hasta entonces inexistente. Y, en segundo lugar, a enfrentar la problemática interna del Ejército con estudios analíticos y recomendaciones pertinentes”.

 

El Chávez feroz que asalta el alba con ráfagas de pánico es, en realidad, un muchachote sentimental que distribuye las mayúsculas con salero. Un buen alumno escogido por la maestra para recitar, con las uñas recién cortadas y los zapatos muy pulidos, en el Día del Árbol. Y ése es el Chávez que está saliendo del cascarón como un Marte sin armas ni municiones, posado sobre la concha que le ofrecen, todos a una, diversos sectores del establishment. El Chávez rugiente que atemorizó a las familias a la hora del noticiero es, según cuentan, muertos de risa, algunos tejedores de la pequeña crónica nacional, un delirante que mantiene en su casa una silla siempre vacante porque es la destinada al Libertador. Y, claro, nadie más puede arrellanarse en ella porque un día podría llegar el héroe del Paso de los Andes y preguntar, como los tres ositos, quién se ha sentado en mi silla, quién se ha tomado mi sopa. Cuentan que en la oficina de Eduardo Salinas, en Venevisión, cuelga un gran retrato ecuestre de Bolívar, frente al cual, dejado solo unos instantes, fue encontrado el candidato, por el mismo Salinas y por Edgardo De Castro, en animada conversación con el glorioso jinete a quien tuteaba y casi trataba de hermanazo querido con gestos declamatorios, como una Juana de Arco de entrepierna pronunciada. Hay que decir, en oposición a esto, que Francisco Arias Cárdenas, su compañero de tantas jornadas y amigo irrestricto, niega de plano estos transportes y asegura no haberse visto jamás constreñido en el uso del mobiliario en casa de Chávez, adonde va de vez en cuando, ni haberle escuchado diálogos con interlocutores carentes de materia constatable. Como también es falso, establece el gobernador del Zulia, que la nueva señora Chávez, la rubia locutora barquisimetana Marisabel Rodríguez Oropeza, haya, como se ha dicho, expuesto el ebúrneo pecho para amamantar, frente a connotadas visitas, a la bebé de la pareja. “Al menos, delante de mí no lo ha hecho y me considero amigo fraterno de esa familia”. Será que no ha estado el mandatario zuliano a la hora de la puericultura al alcance de todos. “Será”, concede Arias, “pero lo pongo en franca duda; las mujeres guajiras lo hacen con toda espontaneidad porque forma parte de su cultura pero no creo que ocurra lo mismo con Marisabel, dama de todo pudor y recato”.

 

Que Chávez es hombre polifacético, de eso no cabe duda, se sorben los bigotes quienes cantan la rapsodia de sus boutades. Lleva años rumiando ese asunto de la Asamblea Constituyente que vendrá a poner el país patas arriba, lo que no lo ha distraído de sus arrebatos creativos: el hombre fuerte de nuestro fin de siglo es literato y pintor de domingos. Es autor, tal como aparece en el curriculum suministrado por un colaborador cercano, “de variados cuentos y poesías, Vuelvan Caras (enviado a El Nacional), Mauricio y El Genio y El Centauro (obra teatral que ganó el tercer premio del Teatro Histórico Nacional) en Cañafístola (1987). Tiene un famoso poema dedicado al Tte. Cnel. fallecido, Felipe Acosta Carles. Es autor de numerosas obras de Artes Plásticas como Sombra de Guerra en el Golfo (1980)”. Es textual, mira por donde. Y omite el citado documento mencionar que Chávez es también compositor de un romance titulado El Corrío del Catire Acosta, que estuvo a punto de verse inmortalizado en acetato con la voz del cantante llanero Cristóbal Jiménez, quien alguna vez dijo recordar un verso donde decía “… mataron a mi compadre” y otro que traía a colación al mariscal Antonio José de Sucre. Como diría María Conchita Alonso, un hombre que compone canciones no puede ser completamente malo. Y ésta es la consigna que parece imantar a los nuevos allegados a Chávez, contingentes de la alcurnia local, huestes de la banca, legiones del agro industrializado, chicos y chicas provenientes de urbanizaciones de solera, no precisamente arrullados por Los Guaraguaos.

 

Como el meteorito que pierde en su tránsito su llameante cola, Chávez se ha ido desactivando a medida que se sacude el polvo de los cuarteles. Mantiene su popularidad –incluso entre las capas más desfavorecidas– pero ya no huele a azufre. Digamos que se ha ido contaminando de todo lo mórbido que lo ha rodeado desde que se fue despojando de antiguos atuendos –primero el verde oliva, después el liqui-liqui– y actualizó su guardarropa morigerando, de paso, su discurso, antes impregnado de sesentismos amelcochados. Al principio, cuando irrumpió en el álbum de familia nacional como un caporal dispuesto a todo, aparecía como un forajido poco vinculado al sector civil y con aquel caletre de cartelera en 5 de Julio. Después se vio acorazado por la antigua izquierda, corifeo del marxismo coreano inspirado por Kim Il Sung, que lo sacó en hombros al ver en él su tan esperado jefe natural; fue la época en que se le veía rodeado por José Vicente Rangel, Manuel Alfredo Rodríguez, Domingo Alberto Rangel, Manuel Quijada, Luis Miquilena, Francisco Mieres, Núñez Tenorio (algunos de los cuales se han alejado y otros permanecen en estado de latencia esperando a ver cómo viene la mano). Y, luego, como en vetas perfectamente discernibles en el corte geológico de sus desplazamientos, se inició un proceso de mutua seducción con la burguesía del patio. Chávez holló con su planta altanera las alfombras de Clement, sastre que atesora en sus cuadernos las medidas exactas del poder y sus contornos de pecho, y lo demás fue miel sobre hojuelas. Por un lado, remató la puntada que le aseguró el apoyo del Movimiento V República, el MAS, Independientes por la Comunidad, el Partido Comunista de Venezuela, Solidaridad Independiente, Acción Agropecuaria y Patria para Todos, así como las constantes filtraciones de simpatizantes de otras toldas que se han ido desinflando en el camino; y, por el otro, ejerció sus conocidas artes de encantador de serpientes en decorados como los de la Bolsa de Caracas, Fedecámaras, la Asamblea Nacional de Ganaderos, los salones donde ha departido con altos inversionistas de Wall Street o con representantes del gobierno norteamericano, y la sede del diario El Universal, donde desplegara sortilegios que vencieron las resistencias de más de un desconfiado que compartiera memorable almuerzo.

 

Cuando vinimos a ver, al febril orador del Aula Magna de la Universidad de La Habana le llovieron las adhesiones provenientes de próspero empresariado y conspicuo team de ejecutivos y se sabe que cuenta con el apoyo de algunos miembros del clan Boulton, Jorge Castillo (tercero a bordo en Avensa), Oswaldo Capriles, Concho Quijada, Alejandro Riera, Carlos Sequera Yépez, Reinaldo Cervini, Juan Andrés Cova, Carlos Enrique Tinoco, Parsifal De Sola, Pedro Mario Burelli (hijo del actual canciller), Giovanni Finol (Zulia), Fuaz Kassen y Bernard Geraud (Portuguesa), Lorenzo Rávago (presidente de los Industriales de la Pesca y de Fedecámaras-Sucre), Luz Alejandra Cárdenas de Betancourt (Táchira), Pedro Solano, Sixto Concepción y Franca de Castro (Guárico), eso por citar sólo unos pocos de un caudal que ya es una riada hacia las desembocaduras de Chávez, en la cual sobrenadan numerosos empresarios de la pequeña y mediana industria que le arrimaron un dedo a un centímetro de su boca y, al ver que no mordía, lo apoyaron sin reservas .

 

Un vocero idóneo de esta tendencia es Hiram Gaviria, atildado caballero del agro venezolano, ex ministro, insospechable (aunque con pasado de izquierda universitaria) de lanzar piedras a la vidriera de las convenciones. Gaviria es el secretario general de Acción Agropecuaria, partido político inscrito en trece estados del país, conformado mayoritariamente por productores rurales, “cuyo objetivo es defender un programa que estimule la producción y el empleo nacional, desde la óptica de un país moderno”, sumado a la nómina chavista sin restarle un ápice a su parapeto clasista (high clasista).

 

“Nuestra óptica es empresarial”, establece Gaviria, “encaramos la agricultura como una actividad rentable y moderna que garantice a los venezolanos un mínimo de producción interna competitiva en calidades y precios para abastecer el mercado interno y aún arroje algunos rubros para la exportación”. Para lograr tal desiderátum, la organización política ha confeccionado un detallado proyecto que no se toca con proclamas demagógicas ni ñoñerías alusivas al campesinado famélico. Ellos van a lo suyo y lo suyo es el aumento de la productividad en un marco de reglas claras y faena hipertecnologizada.

 

“Creemos que en Venezuela hace falta un proyecto nacional, un proyecto de país, y que así como nosotros lo tenemos para la agricultura debe haberlo para la educación, la salud, la industria, el funcionamiento del Estado. Chávez representa una posibilidad real de orientarse hacia esas metas porque él es la ruptura, el cambio de un modelo sustentado en el Pacto de Punto Fijo que descuidó la diversificación económica y mantuvo el modelo rentista petrolero, con el resultado trágico de un Estado macrocefálico e ineficiente, en una democracia secuestrada por los partidos políticos. Nosotros estamos a favor de ese cambio profundo que Chávez encarna hoy en día”.

 

Gaviria no se acredita un especial vínculo amistoso con el candidato, “he tenido poco contacto con él, no lo visité en Yare”; y está consciente de que algunos gajos del chavismo se colocan en sus antípodas, donde pululan el revanchismo y eso que se ha llamado resentimiento social. Sabe que las diferencias van más allá del hecho de que la muchachada de Chávez prefiere llamar a las vacas por nombres propios como Mariposa y Nube de agua, mientras ellos, los ganaderos suscritos a revistas especializadas, les clavan en la oreja un arete con un código y las enfilan hacia el ordeño mecánico. Pero, aunque él no da el tipo del ganadero que canturrea tonadas a la pata de una res, no se inmuta demasiado por la obvia brecha que lo separa del grueso de los chavistas. “Todo eso convive. En la heterogeneidad nos une el deseo de cambio. Nosotros queremos participar, desde nuestros intereses empresariales, de ese cambio que queremos en paz y democracia para sentar las bases de una nueva sociedad, de un nuevo proyecto de país para el siglo XXI. Y Hugo Chávez es el hombre para conducir ese proyecto”.

Anuncios
comentarios
  1. lorenzo castaneda dice:

    Me gusta mucho la ideologia bolivariana de mi presidente!!! Y lo invito para que juntos limpiemos los barrios!!! Pero no acabando la vida de los insubordinados”malandros” si no culturisandolos liderizandolos para que sean mejores personas y nosotros que de una u otro forma alcanzamos un titulo!! Orientar ayudar a las personas de la comunidad para que salgan adelante y asi nuestras familias sigan nuestros pasos!!! Asi llegara el momento en que ya no habran malandros ni drogas en los bariios si no personas preparadas para seguir este proceso revolucionario adelante y evitar que vuelva a entrar el capitalismo a nuestro pais!!! Muchas gracias mi presidente por los mercales y centros educativos deportivos hospitalarios instalados en nuestros barrios!! Ya no existe tanta necesidad de hambruna mi presidente aunque poco ya comemos y tenemos una educacion eecentemente!!! Patia socialista hasta la muerte con usted mi presidente!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s