Hay un pueblo en el ciberespacio

Publicado: 19 abril 2009 en Juan Pablo Meneses
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Desde que llegué a Salamanca, varios me han advertido acerca de Benjamín Franklin y sus inventos. Su nombre completo es Benjamín Franklin Silva Donoso y vive en esta pequeña ciudad al norte de Chile. Tiene treinta y cuatro años, es soltero, no está de novio y vive con sus padres. Su piel es más clara que la del promedio de habitantes de este pueblo andino y, por eso, se protege del sol con anteojos y gorra. Cuando nos conocemos, en la plaza central de Salamanca, llena de árboles, Benjamín Franklin llega vestido con una gorra azul de visera larga, anteojos oscuros y jeans.

—Hola, soy Benjamín –me estira su mano con timidez.

Logré contactarlo por intermedio de una secretaria de la municipalidad. Por estos días, llegar a Salamanca como periodista te convierte casi en un extranjero ilustre: las autoridades se ponen a tu disposición y las secretarias de cualquier jefe oficial pasan a ser tus propias asistentes. Todo, creo, gracias a internet.

Salamanca es el primer poblado de Latinoamérica con internet gratis, inalámbrico, y, según lo que me han dicho, absolutamente democrático: para todos.

En sus manos, Benjamín Franklin trae su último invento: una antena artesanal que sirve para conectarse mejor a la señal inalámbrica de internet. Un tubo con cables que, conectado a la computadora, mejoraría la captura de la señal. Por casi veinte dólares, el precio al que vende su invento, promete a los habitantes de Salamanca una significativa mejora en la conexión a la red. En tres meses ha vendido más de diez de sus antenas y, con el dinero que ha ganado (en dólares serían dos billetes con la cara del Benjamín Franklin original), le ha bastado para vivir exclusivamente de su idea. Todavía no tiene pensado patentarla. Por ahora, el tiempo se le va en pensar cómo mejorar su antena.

Cuenta que en los últimos meses lo han entrevistado en varios canales de televisión, en un par de radios locales y en diarios de circulación nacional. Está orgulloso. No sólo eso, el 12 de octubre del 2006 apareció en la portada de La Voz del Choapa, un pequeño diario que circula por Illapel, la ciudad grande vecina a Salamanca. Internet ha traído cambios a su vida, y no únicamente tecnológicos. Casi le digo que lo entiendo, porque gracias a internet he podido sobrevivir escribiendo historias desde diferentes lugares, pero al final me limito a escucharlo.

Benjamín Franklin dice que siempre le han gustado los inventos. Su hablar es pausado. Recuerda que muchos años atrás, antes que internet fuera inalámbrico, antes aun que apareciera internet, Salamanca era una ciudad aun más plana y aislada del resto del país, y él diseñó su primera antena. Empezaban los años noventa y hablar de una red mundial de comunicación, en Salamanca, todavía era como pensar en ciencia ficción: las computadoras sólo eran robots gigantes propios de ciudades ahogadas entre rascacielos. Era una época donde todavía tenía una importancia gravitante la radio. Las primeras antenas de Benjamín Franklin fueron precisamente para eso, para captar ondas de radios de Santiago, la capital del país.

La vida en Salamanca es apacible, tranquila, con familias en bicicleta, niños que van caminando a la escuela, policías que saludan a los vecinos, perros que se pasean sin sus dueños y automóviles estacionados con las ventanas abiertas. Aquí se ven muy pocos taxis, casi no hay semáforos y los bomberos hace varias semanas que no van a apagar un incendio. Para entretenerse hay una piscina municipal, un estadio, un gimnasio y dos discotecas que abren sólo los fines de semana. Una vieja camioneta amarilla, con parlantes a todo volumen, se pasea anunciando un festival de música ranchera. Un grupo de jóvenes toca guitarra en la plaza. El centro tiene pocas calles. De los dos cajeros automáticos de Salamanca, uno está en una gasolinera y otro en la única sucursal bancaria de la ciudad. La mayor parte del tiempo uno tiene la sensación de estar en una ciudad desenchufada. Totalmente acústica.

Sentado en la plaza de Salamanca, rodeado de niños que persiguen pelotas de fútbol y de jubilados que ya no persiguen nada, Benjamín Franklin me dice que en la ciudad la gente escucha música campesina, cumbias y rancheras:

—No desmerezco ese tipo de música, pero a mí me gusta mucho más lo que es el anglo. Me gustan los clásicos, los Beatles, los Creedence Clearwater Revival, entonces fue por esa necesidad que comencé a inventar las primeras antenas.

Así recuerda, buscando en el pasado una consecuencia lógica para su actual trabajo de inventor de antenas para internet.

La historia de por qué este poblador de Salamanca se llama Benjamín Franklin empieza en la década de 1900, cuando su abuelo, Pedro Silva Contreras, sale a recorrer el mundo como marino de la Esmeralda, el buque escuela de la Armada de Chile. En uno de esos viajes, de hace cien años, el barco llegó a Nueva York.

—Mi abuelo recorrió cuatro veces la vuelta al mundo, pero le gustó Estados Unidos. Siempre hablaba de Nueva York y nos contaba que se subió a la Estatua de la Libertad.

Tanto le gustó a su abuelo Estados Unidos que bautizó a sus hijos con los nombres Washington, Edison, «y a mi papá le puso Franklin». Y, para seguir la tradición familiar, su padre lo bautizó Benjamín Franklin, como el inventor.

En un momento y en silencio, como una sombra entrada en años, se suma a la conversación el papá de Benjamín Franklin. Canoso, de ojos claros y pocos dientes, parece que no ha querido faltar a la cita que su hijo tenía con un periodista. Los dos padres del inventor de antenas son artesanos en madera, y venden sus trabajos en la plaza central de Salamanca. Hasta antes que llegara internet a la ciudad, el hijo los acompañaba en el trabajo y en la venta. Ahora, como los viejos buscadores de oro, abandonó todo por la tecnología.

—Siempre fue inventor mi hijo, igual que el otro Benjamín Franklin –dice su padre, Franklin Silva-. Yo no entiendo de internet, no sé nada, pero veo que lo que hace mi hijo es algo muy importante y que puede estar conectado con todo el mundo. Mi padre dio la vuelta al mundo cuatro veces, en barco, y ahora mi hijo lo hace por internet. Desde la casa.

Mientras el padre interrumpe con sus opiniones, el hijo, el inventor, Benjamín Franklin Silva Donoso, mira hacia los cerros de la cordillera de los Andes, tal vez pensando en un nuevo experimento. Tal vez pensando en su abuelo marino. Tal vez sorprendido por el orgullo público que le demuestra su padre: con sus antenas, la precaria señal llega mejor a los hogares de Salamanca.

***

Los últimos kilómetros antes de llegar a Salamanca son una interminable seguidilla de curvas y contracurvas, subidas y bajadas empinadas por una zona de valles precordilleranos estrechos y peligrosos. Son más de trescientos kilómetros al norte de Santiago. Tengo la sensación de estar ingresando a una zona aislada y escondida, a un territorio al que podría caerle una bomba radioactiva y el resto del país tal vez ni se entere. El bus entra a Salamanca a baja velocidad y con el motor aún forzado. La mayoría de los pasajeros son obreros de Los Pelambres, un yacimiento de cobre, moderno y privado, en el país que es el principal productor de cobre del mundo. Paradójicamente, la sostenida alza del cobre en los últimos años se debe al auge mundial del cableado de cobre, negocio que se vendría abajo en un mundo inalámbrico.

Antes de saltar a los medios de comunicación como la primera ciudad iluminada con wifi (abreviatura de wireless, es decir, sin cables), Salamanca era conocida por la leyenda de ser una zona de brujas. Basta llegar a la ciudad para ver dibujos de brujas volando en escobas pintadas en las paredes, en las tiendas, en los anuncios de restaurantes, en las publicidades locales.

—Siempre se dice que acá hay brujas, pero nunca vi una –dice Roxana Pizarro, una joven nacida en Salamanca que trabaja para la municipalidad y que ahora escucha radios de Santiago por internet–. De todas maneras, es lo que identifica a la ciudad en el resto del país. Mejor dicho, lo que lo identificaba, porque ahora somos conocidos por el wifi.

El proyecto de internet gratuito para esta aislada localidad chilena se llamó «Salamanca sale al mundo», y el slogan fue acompañado de una bruja montada en una escoba.

Si bien los veinticinco mil habitantes del lugar sabían que la llegada de la tecnología podía traer cambios, tras la instalación de las once antenas que distribuyen la señal sin cables, Salamanca siguió con su vida cansina, con una economía dividida entre el trabajo en la minería y la agricultura. Pero la noticia del experimento corrió rápido, y no tardó en salir de Chile. Varios recuerdan que a los pocos días de inaugurada oficialmente la señal libre, el 4 de septiembre del 2006, la información estaba siendo trasmitida por CNN en español para toda América Latina y Estados Unidos. Desde los estudios instalados en Atlanta, la periodista Carolina Escobar abría el informativo con entusiasmo: uno, dos, tres, ¡al aire! «Una pequeña ciudad en Chile es la primera en Latinoamérica que cuenta con conexión inalámbrica gratuita a internet de banda ancha. El experimento busca potenciar las capacidades de los ciudadanos, con las ventajas de internet: contenidos gratuitos, alfabetización digital, capacidad de subir contenidos, entre otros».

De ser una perdida ciudad cordillerana del norte de Chile, estaban saliendo al mundo como los primeros de Latinoamérica. Y no había pasado siquiera un mes de conexión.

***

La municipalidad de Salamanca está frente a la Plaza de Armas de la ciudad y, para llegar a la oficina del alcalde, hay que atravesar un pasillo oscuro donde se ven varios escritorios con funcionarios que te saludan moviendo las cejas. Fundada en 1844, en sus habitantes se ve la mezcla del pasado prehispánico marcado por los incas y los indios Diaguitas. Hoy, todas las computadoras de la municipalidad están conectadas a internet y, sobre el escritorio del alcalde, hay una poderosa laptop inalámbrica.

El despacho de la máxima autoridad de la ciudad es simple, y además de su escritorio repleto de papeles y de algunas sillas, hay una pequeña mesa de reuniones donde están repartidos los planos de lo que será la plaza central después de la remodelación que se tiene planeada. Pese a ser de día, están las luces prendidas. El alcalde se llama Gerardo Rojas, es abogado y nació en Salamanca hace cuarenta y tres años. Es calvo, tiene voz aguda y está recién divorciado.

El alcalde de Salamanca se muestra entusiasmado con el proyecto. Y casi no es necesario hacerle preguntas para que se largue con entusiasmo a hablar de la experiencia.

Así cuenta que el proyecto comenzó cuando estaba leyendo una entrevista, en un diario de circulación nacional, al senador Fernando Flores. El senador hablaba de los blogs. En la entrevista, Flores planteaba que las comunas que estaban dispuestas a hacer algo en tecnología, podían llamarle. La idea quedó dando vueltas en la cabeza del alcalde de Salamanca. Algunos días despertaba con ganas de llamarlo, otras veces pensaba que para qué si no le darían mucha ayuda. Así pasaron como dos meses. Hasta que un día…

—Un día dije, voy a llamar. Lo hice pensando a ver si quedaba algún cupo por ahí. Lo llamé y parece que no lo había llamado nadie. Nadie.

Con entusiasmo, el alcalde Gerardo Rojas cuenta que el senador los puso en contacto con su fundación, llamada Mercator. A los pocos días llegaba a Salamanca la primera comitiva de técnicos de Mercator y en la primera reunión, sin muchas demoras, lo primero que se conversó fue de iluminar la comuna con wifi. Cuatro antenas lanzando la señal inalámbrica de internet por sobre todo el pueblo. Eso sucedía en junio del 2006. Tres meses después, la presidenta de Chile estaba inaugurando la señal libre para que lo viera todo el país.

El propio alcalde de Salamanca dice que su ciudad está de moda. Jura «por Dios» que el proyecto nunca fue pensado como una competencia y que ser los primeros de Latinoamérica los sorprendió a todos: le ha subido la autoestima a toda la comuna.

En Chile es común –asunto de gran orgullo nacional– las noticias internacionales que ponen al país primero en diferentes rankings de Latinoamérica. Atrás, muy atrás, parecen haber quedado los traumáticos años donde viajar con pasaporte chileno, en plena dictadura militar, equivalía a pasar horas extras en cualquier aeropuerto del mundo. En menos de veinte años, de un país culposo por las violaciones a los derechos humanos, los chilenos han asumido el rol continental del orgullo. De un orgullo basado en la economía.

Ahora aparecen en los titulares de todos los medios nacionales, noticias que confirman esta tendencia. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en ranking de competitividad», dice el informe anual del Foro Económico Mundial. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en clima de inversión», según un informe del Banco Mundial. «Chile lidera ranking de apertura en Latinoamérica», dice un informe de Federal Express (FedEx). «Chile es líder en la lucha contra la corrupción en Latinoamérica», según Transparencia Internacional. Un orgullo para el país que hace rato viene generando una enemistad regional.

—Ya somos los primeros en Latinoamérica, eso no lo puede negar nadie -dice el alcalde de Salamanca, Gerardo Rojas, mientras nos tomamos un café a media tarde. Buena parte de la ciudad, a esta misma hora, está durmiendo la siesta.

Sin embargo, en un momento de la charla, el alcalde reconoce que hay que perfeccionar la conexión. Y que el asunto tiene «tres patitas». Una, la instalación de las antenas. Dos, la capacitación de la gente. Tres, la creación de un blog municipal.

De un cajón de su escritorio saca unas fotocopias, donde me lee que en enero del 2007 hicieron un curso de alfabetización básica para casi cinco mil personas, «para la gente que no tiene idea de nada». La capacitación fue con voluntarios venidos de Santiago y se realizó en el liceo de Salamanca, que tiene treinta y cuatro computadoras, las que se distribuían en tres turnos. Benjamín Franklin fue a una de las capacitaciones y dice que aprendió bastante, aunque quisiera aprender más.

—Y estamos haciendo un convenio con la Embajada de Estados Unidos por el asunto del inglés –remata orgulloso el alcalde.

Cuando le pregunto al alcalde por un beneficio concreto que traerá la red a Salamanca, pienso en los cambios que la red ha traído en mi propia vida: paso la mayor parte de mis días pegado a internet, desde el punto que sea, mi oficina portátil es mi correo electrónico. Para el alcalde, en cambio, las transformaciones han sido diferentes. Dice que hoy Salamanca existe y ese lado ha sido bueno. Cuenta que hace unos días, en un noticiero nacional, estaban hablando de que Shanghái se iba a iluminar completamente con wifi. Y uno de los conductores dijo: «Ah, sí, pero nosotros ya tenemos a Salamanca».

—¿Pero habrá libertad absoluta para internet, señor alcalde?
—Hay restricciones para el sexo y la música. Nada más.

Dice que es por un asunto técnico, que descargar esos materiales haría muy pesado el tráfico. Aunque a los pocos minutos confiesa que, por ahora, los filtros no se han puesto a funcionar. Y vuelve a remarcar que el objetivo es educar, que la comunidad agilice los trámites, que Salamanca salga al mundo. A ese mundo donde lo que más se descarga, justamente, es música y pornografía.

***

—Antes que en París, Nueva York o Buenos Aires, Salamanca vuela con internet.

La periodista Scarleth Cardenas, de Televisión Nacional de Chile, inició así su despacho en directo al resto del país. Fue el 4 de septiembre del 2006, el día que la presidenta Michelle Bachelet inauguró oficialmente el internet sin cables para todo Salamanca.

El riesgo asumido por Salamanca era alto. Un año antes, otra ciudad chilena, Puerto Montt, había hecho el mismo anuncio. Pero había fracasado. Aunque nadie lo decía públicamente, el día de la inauguración muchos recordaban una ceremonia similar ocurrida el 2005. El protagonista era el anterior presidente, Ricardo Lagos, de la misma coalición de la actual presidenta, quien inauguraba la primera ciudad iluminada por wifi del país: Puerto Montt. El portal de la BBC lo anunciaba al mundo.

Sin embargo, aquella carrera por ser primeros terminó estrellada contra interminables fallas técnicas. Puerto Montt tuvo que abortar su plan de liderazgo. Y esa posta del número uno, en un país obsesionado por los rankings, la tomó Salamanca. Aunque también con problemas.

En la municipalidad de Salamanca recuerdan que al principio hubo fallas porque pusieron las antenas que no eran las adecuadas. Y que hasta el día de hoy no son capaces de cubrir toda la ciudad. Si bien las autoridades están asustadas por los problemas que presenta el proyecto, hay una persona en esta historia que está feliz con las dificultades. Él le ha encontrado una solución a los desperfectos. Esa persona se llama Benjamín Franklin Silva Donoso.

***

Si uno no tiene computadora, la hora de internet en un cibercafé de Salamanca cuesta un dólar. Frente a la plaza central hay dos, donde la mayoría son niños que juegan en línea a dispararse y acuchillarse con los vecinos de asiento. El resto lo usa para mandar o leer correos electrónicos, y para chatear. Rara vez se pasa de ahí. Uno de los que chatea me dice que habla con un compañero de colegio que está a dos cuadras y que se están poniendo de acuerdo para un trabajo. Al lado hay una mujer mayor, que le está mandando un mail a su hermana en Santiago, y dice que sólo lee los correos y que para informarse prefiere la radio, que una sola vez leyó un diario de Santiago, y que nunca entró a un website de un periódico extranjero.

***

Estos días en Salamanca me quedo en el hotel My House, de avenida Infante 451 y donde generalmente se alojan ingenieros que vienen a la mina Los Pelambres. Cuando me registro, la recepcionista me pregunta si vengo por la minera. Quizá deba sentirme orgulloso: los que trabajan en la mina son los más respetados de Salamanca.

En la recepción del hotel hay internet, pero no funciona con wifi, sino que con banda ancha. En los días que me quedo en My House, los que más utilizan la red son los hijos de la dueña, para hacer las tareas. El hotel es nuevo, tiene cortinas de flores, un baño amplio y esta frente al estadio de la ciudad. Cada vez que conecto la maquina, ésta capta la señal de dos antenas. Desde la ventana se ven las antenas, que están cerca, y no hay interferencia ni árboles. En otras palabras, no es tan difícil que capte internet en el hotel.

Según las autoridades, los problemas son los árboles, que interfieren la señal. En realidad, dice el alcalde, acá debería instalarse wi max, que es más avanzado, pero aún no está del todo desarrollado.

La dueña del hotel sabe que estoy escribiendo esta historia y siempre que puede me habla del alcalde:

—La verdad es que es mucho ruido todo, pero no ha cambiado tanto internet –dice–. Es más la publicidad que lo importante.

Pese a los problemas, la fiebre continúa.

En realidad, en todo Chile persiste esta fiebre por querer ser los líderes en adoptar la tecnología para ser «los primeros en Latinoamérica». En octubre del 2006, dos diputados del Partido por la Democracia, en esa época el mismo partido del alcalde de Salamanca, propusieron una reforma a la Constitución del país para que el acceso a internet sea incluido entre los derechos fundamentales de los ciudadanos. «La conectividad digital debe ser considerada, al igual que el acceso al agua potable o a la luz eléctrica, un derecho humano que acorte las brechas sociales en Chile», afirmó el día del lanzamiento de la propuesta uno de los gestores de la iniciativa.

—Tengo como meta, para septiembre del 2008, tener cobertura en todo el sector rural de la comuna –se atreve a pronosticar el alcalde de Salamanca, pero sabe que en muchos sitios la señal no llega.

Golpeo en la puerta de madera de la casa de Benjamín Franklin, donde hay un anuncio que dice «antenas artesanales para wifi». Son las tres de la tarde y me abre cansado. Lo desperté de la siesta.

Esta nueva visita ya no tiene la formalidad de la primera vez que nos vimos en la plaza central, y si bien Benjamín está sin la camisa puesta, es amable. A los pocos minutos me trae una silla y pela una naranja que compartimos durante la charla.

El tema de internet le gusta y cualquier anécdota tecnológica la escucha atento. Le cuento que durante varios años escribí casi todo mi trabajo de periodista en cibercafé de distintos países, sin oficina fija, y que me bastaba entrar a un ciber para estar conectado a las redacciones donde ofrecía mi trabajo de cronista free lance. Cuando le cuento que a ese tipo de periodismo lo llamé periodismo portátil, repite «periodismo portátil», como si estuviera registrándolo en su propia memoria o pensando en algo nuevo para su antena.

—La verdad es que el wifi es intramuros, por eso no funciona bien. Pero con mi antena queda perfecto –dice Benjamín Franklin, mientras me muestra su taller, donde corta las cañerías de plástico y coloca en un extremo de ellas una placa dorada con conexiones interiores: de allí cuelgan cables que se conectan a las computadoras.

Benjamín Franklin me dice que le gusta internet, pero también que le gustaría tener una novia aunque es muy difícil, porque las mujeres de Salamanca se van en los autos de los trabajadores de la mina. También me cuenta que chatea con una mujer de Santiago, pero que todavía no se encuentran. Dice que tiene muchas depresiones, que le duele la cabeza y que a veces está varios días sin salir de casa.

Al rato aparecen sus padres, que siempre están cerca. Mientras ellos hablan al mismo tiempo, sobre Benjamín Franklin, su hijo, él se da vuelta buscando alambres que muestra como un inventor que revela sus secretos. Al rato me hace pasar al cuarto donde tiene su computadora, pegada a una cama sin hacer, y donde se ven tres direcciones de sitios para adultos escritos en la pared.

—Ya hay varias zonas donde no se puede escuchar radios, ni bajar música. Ya cortaron eso en algunos lugares -se queja con el fastidio de quien escucha a los Beatles en una ciudad dominada por las rancheras.

Semanas después de esa visita, en un correo electrónico, Benjamín Franklin me diría que ya casi ni se dedica al negocio. «Las redes sirven muy poco. Es que fue un trabajo muy mal hecho, en principio todo anduvo bien, pero a medida que fueron ingresando más usuarios se fue empeorando la cosa. Ahora es muy difícil conectarse porque después de Navidad aparecieron unos cientos o mil usuarios más y además los estudiantes están de vacaciones». Como si lo importante, más que dar un buen servicio, fuera promocionar un servicio que se vendió al mundo como el primero de Latinoamérica.

***

El bus sale de Salamanca, la primera ciudad con internet de toda Latinoamérica, y la mayoría de ocupantes son obreros de la mina Los Pelambres, que vuelven de estar varios días encerrados en el yacimiento. En mi mochila llevo una laptop, diferente a aquella que me compré hace casi siete años, cuando me fui de Chile a vivir del periodismo gracias a que las revistas, los diarios, los bancos, los pasajes de avión y los hoteles ahora están conectados a internet. En siete años muchas cosas pueden cambiar. Finalmente, no le conté a Benjamín Franklin que internet a mí también me transformó la vida, pero supongo que lo pensó cuando me dio un papel con su dirección de e-mail para conectarse al messenger.

Mientras dejamos atrás la ciudad, los caminos son de tierra, y al paso del bus vamos levantando polvo que no deja ver hacia fuera. Pero aunque no se vea, afuera del bus está Salamanca, una pequeña ciudad de un país en veloz carrera, y donde los índices de desigualdad se disparan tan rápido como las buenas cifras económicas. Un país orgulloso, que a veces parece esclavo, por ser el mejor en términos económicos de la región. El primero de Latinoamérica que tiene tratados de libre comercio firmados con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Japón y con China. Y recuerdo el «Antes que Nueva York, París y Buenos Aires, Salamanca sale al mundo», y aunque trato de mirar por la ventana, sólo se ve una nube de polvo.

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