Copa Cannabis

Publicado: 27 abril 2009 en Santiago O'Donnell
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Los soldados van llegando, una fresca mañana de sábado, mochilas a cuestas y mate bajo el brazo, mirando el piso y hablando bajito hasta coincidir en una esquina emblemática de Buenos Aires, desafiando la ley a media cuadra de una comisaría. Van llegando en parejas o grupitos. Primero son 20, después 50, hasta llegar a 150 a las 11 de la mañana. Jóvenes de veintipico en promedio, algunos más grandes, otros apenas mayores de edad. Hay cabezas para todos los gustos. Unos con barba y pelo largo, otros con trenzas rasta, otros con pelo muy corto, otros con gorra, otros pelados, muy pocas mujeres en la multitud. Pero del cuello para abajo siguen el mismo código: ropa vieja, suelta y sin planchar. Parecen guerrilleros y en un punto lo son. La cita se supo una semana antes. La hora y el lugar, el día anterior. Y aquí están. En un lugar tan público que nadie puede sospechar de ellos, pero a la vez tan secreto que ni siquiera se puede nombrar.

El líder del grupo parece el jefe de un grupo comando: treintaipico, pelo corto y negro, bigotitos, remera negra, pantalones de camuflaje militar, borceguíes. Responde al nombre de Argentino y reparte instrucciones con frases cortas y voz tranquila, señalando con el brazo extendido:

-Esperen un cachito.
-Traigan los autos.
-Súbanse al micro.
-Los demás, sígannos en sus autos.

Nadie, salvo el líder y alguno más, sabe a dónde va. Es parte de la diversión, sí, pero acaso la más perversa.

“Lo llamamos ‘visitar a Bin Laden’ porque no sabemos a dónde nos llevan, cuando llegamos nos tenemos que esconder”, explica Hueso, un veterano de estas lides, mientras viaja en el último auto de la caravana. Cuenta orgulloso que ésta es su sexta Copa Cannábica, que estuvo desde el principio en este primer y único campeonato sudamericano de consumo de sustancias ilegales, y que en los últimos tres años los organizadores adoptaron la actitud desafiante, militante si se quiere,de hacer el torneo en pleno centro de Buenos Aires, en las narices de la yuta; nada de retirarse a una chacra o un campito, porque la ciudad también les pertenece a los consumidores de mariguana y al quedarse sienten que están plantando bandera.

El trato es así: para ser parte de la aventura, uno debe inscribirse, pagar 120 pesos (argentinos) y entregar 10 gramos de sus mejores flores al jurado de la competencia. Esto da derecho a llevar un acompañante. Una vez que se ingresa a la sede de la Copa Cannábica, a eso de las 11:30 de la mañana, la puerta se cierra con llave y nadie puede salir hasta que termina a las 21:30.

Al llegar, Argentino espera en la puerta. Está tranquilo y transmite tranquilidad, pero no quiere a nadie pelotudeando en la vereda. “Adelante, pasen, que disfruten, todo bien”, repite. Subiendo las escaleras, a la derecha aparece un bar con sillas y mesas y a la izquierda una barra y, más allá, un inmenso salón con cinco carpas instaladas a modo de feria y un gran corredor poblado de mesitas bajas, almohadones y puffs. Subiendo otras escaleras se llega a la terraza, donde hay aire, sol, reposeras, hamaca paraguaya, poca gente, bastante espacio y un par de locos empezando muy despacito el fuego de la parrilla junto a una pila de cajas de pan, cervezas, hamburgesas y chorizos.

Al bajar las escaleras, otra vez en medio del barullo, se escucha la voz de un micrófono. “Bienvenidos a la Copa Cannábica. Por favor entreguen sus celulares”. ¿Celulares? Todos saben que existe la posibilidad de que en cualquier momento caiga la policía y se los lleve presos, y que esta copa les puede costar sus laburos, o sus carreras, o sus ahorros, o tener un gran disgusto con sus familias o una mancha más en sus prontuarios. Pero no parecen muy preocupados. “Estamos acostumbrados a la ilegalidad”, dice con un guiño Pollo, un rubio rapado de 20 años y mirada angelical, mientras entrega su aparato.

“Los celulares se guardan en una caja magnética para que no pueda detectarse la señal desde afuera”, cuenta Hueso con aire de espía. Al rato vuelve a escucharse el micrófono: “Tenemos 20 celulares y somos 160, no nos hagan ir a buscarlos”. Nadie parece sentirse amenazado. Aparecen dos o tres celulares más. Los demás posibles dueños siguen como si nada. El micrófono calla, felizmente derrotado.

Sí, la revolución está en marcha. Pero no es cuestión de volverse locos.

a Copa Cannábica es un acto de rebeldía, pero también una feria. En una carpa hay una especie de nebulizador que infla un globo de humo en papel transparente con forma y tamaño de sandía. El dueño del globo de humo, William, es el empresario mayor de la feria cannábica. Para estar presente tomó un avión desde Brasil. Vive en Ipanema, Río, a algunos metros del Arpoador, una playa de rocas que separa su barrio de Copacabana. Maneja growroom.net, la mayor comunidad virtual de cultivadores en América Latina, y es el dueño de una tienda para cultivadores en Tijuca. Vende macetas, abonos, lana de roca, sistemas hidropónicos y todo lo que necesita un cultivador, menos semillas de cannábis porque en Brasil, como en Argentina, la venta está prohibida y los cultivadores dependen del trueque y los bancos de semillas europeos.

Cara redonda, camiseta verde, William sonríe mucho y conoce a todo el mundo. Sus amigos hacen fila para desinflar el globo. Frente a su vaporizador Volcano hay una bandejita llena de mariguana que William va extrayendo del aparato. “Ésa ya no sirve, no tiene thc”, explica el dueño. William trajo algunos productos, no muchos, aunque no parece muy preocupado por cerrar ventas o publicitar su foro de internet. “Es la segunda vez que vengo a la copa, me encanta. Es la oportunidad para encontrarse con mucha gente con las mismas ideas. Acá están los pioneros”.

Hay otra máquina que larga humo desde una manguera en una carpa vecina. Ahí atiende Mike. A los curiosos, les ofrece una y otra vez una magistral clase de física en la que explica cómo el humo se expande al calentarse y va de acá para allá y después se enfría y después termina en los pulmones. “Probá”, dice al final de su alocución, y extiende la manguera. Mike tiene su propia distribuidora de vaporizadores holandeses De Verdamper en la provincia de Córdoba.

En la tercera carpa hay un flaco que vende fertilizante y tierra suelta o con lombrices que se hace llamar Anélido. “¿Son las californianas?”, le pregunta un participante que se le acerca. “Sí, son las lombrices que se conocen comúnmente como la especie californiana”, aclara Anélido, para que nadie piense que se las trajo de allá. ¿Y qué tienen las lombrices californianas que no tienen las demás? “Cuando llegan a adultas pesan un gramo y comen hasta un gramo por día, si están bien alimentadas”, explica Anélido.

“¿Éstas qué son? ¿Son las californianas?”, le pregunta otro posible cliente. Y otra vez la explicación. Anélido vende cajitas de tierra con las lombrices, más una fotocopia explicando cómo usarlas, todo por 20 pesos. A lo largo del día venderá cuatro o cinco, más seis o siete botellas de plástico con fertilizante. Anélido, veintipico, flequillo, camisa y jeans, respalda sus productos con su historia en la Copa Cannábica. El año pasado compitió con sus flores de Old Haze x Panamá y salió segundo. Este año volvió a presentarse con una mezcla propia de sativas y guarda para fumar con los amigos un cogollo gordo que llama “la gran mandarina”, una índica con fuerte gusto y aroma a cítricos que guardará para quemar en el último tramo de la competencia.

Anélido recién empieza su negocio. Hasta ahora sólo se relaciona con amigos y recomendados, ni siquiera se ocupó de poner su email (eco_floricultura@hotmail.com) en los productos que vende, por si alguno de sus clientes quiere más. “Recién me estoy organizando”, se disculpa. No parece muy preocupado. Consiguió la aprobación de los expertos presentes en la feria y eso, para él, es lo más importante. El último cliente de Anélido llega pasadas las ocho y media de la noche.

-¡Por fin lo que andaba buscando! -se presenta, flequillo, camisa, veintipico-. Son californianas, ¿no?
-¿Pero cómo? ¿No estás acá recorriendo la feria desde las 11 de la mañana?
-Bueno, sí pasé por las otras tiendas pero ésta no la había visto…

En la cuarta carpa venden papeles para armar y remeras de papeles para armar. Tienen una empresa que se llama Somos Nosotros y fabrican las marcas Lion y Fumanchú. Parecen más profesionales: son los únicos que exhiben carteles y folletos y los vendedores usan remeras negras con los nombres de sus artículos. Pero no venden demasiado. Nadie llega a la Copa Cannábica desprovisto de papel, a menos que fume en pipa.

En la quinta carpa hay un montón de pipas de agua de vidrio con forma de papagayo que se llaman bongs. Se usan para pequeñas cantidades de mariguana porque cuando ésta es como la que fuman los que compiten en la Copa Cannábica, acaso cien veces más potente que la que se vende en la calle, no hace falta fumarse un cigarro entero para ponerse muy loco. Los bongs, que son muy populares en Estados Unidos y Europa, no tienen mucha salida en Argentina por una razón sencilla: muy pocos cultivadores de primer nivel venden sus cogollos al público, aunque un gramo se cotice en 18 pesos y con un par de plantas en un placard, a razón de tres cosechas por año, se puede pagar un alquiler y la cuota del auto.

Si los cultivadores argentinos no se tientan de hacer plata con su cose-cha es porque la mayoría cree en la filosofía del autocultivo como postura política, como ideología y como respuesta a los estragos causados por el narcotráfico y la prohibición. Y como cultivan sus propias plantas no se privan de fumarla en grandes habanos, como si fueran Bob Marleys argentinos. El dueño de los bongs tampoco hace demasiados esfuerzos por venderlos. Más que ofrecerlos, los exhibe. Pasa más tiempo fuera de la carpa que detrás del mostrador, contesta cada pregunta con una larguísima explicación y más de un interesado en hablarle se cansa de esperar.

***

La Copa Cannábica podría ser un gran negocio pero no es un negocio. Es una gran convención de expertos en horticultura, procesos químicos, genética, botánica, suelos y cata gourmet. Llegan con sus latitas llenas de cogollos y se pasan horas hablando del tema, intercambiando consejos, explicaciones, semillas y probando distintas maneras de fumar mejor. Anotan en libretitas, comparan resultados, sacan conclusiones. Los organizadores alientan este intercambio mediante la distribución de muestras de entre uno y tres gramos para catas ciegas. Cada pareja, de participante y acompañante, recibe tres muestras numeradas. Pronto se empieza a correr la voz de cuáles son las más apetecibles, en una especie de competencia informal que se hace en paralelo a la oficial. “La muestra 42, está buenísima”, dirá alguien. “A mí me encantó la 12”, le contestarán, y así se irán delineando los candidatos.

Para absorber la mayor cantidad de información posible en las nueve horas disponibles, el cultivador enfrenta una elección clave a la hora de escoger a su acompañante. Debe ser alguien al menos tan versado como él, capaz de reunir información valiosa, de ser preciso en la cata y de distraer y mantener al cultivador interesado durante todo el evento en conversaciones que inevitablemente giran alrededor del gran tema del día. Acompañantes como Ale, 43 años, que viene de una familia aristocrática, duerme en un cuartito en la casa de su mamá, vive del arte y la venta de faso, viaja mucho a Perú y puede pasarse horas enteras hablando de chamanes. Pero a la hora de catar un cogollo y fijarle un precio, no tiene par. O como Thor, rosarino, 23, que va y viene trayendo cogollos y datos interesantes para compartir con su acompañante, Gómez, también rosarino, también 23, que viene a presentar una Psicodelicia exterior del banco Sweet Seeds, con aroma a cítricos, almendras y un dejo de café, como le gusta repetir cada vez que enciende uno de sus porros.

Gómez cuenta que Thor se gana su puesto en la Copa Cannábica ayudándolo todo el año con el arbusto gigante que exhibe orgulloso en una foto que lleva a mano. Y que además, su acompañante es un experto cultivador con varias cosechas encima. “Acá se aprende muchísimo”, agradece Thor, que usa pelo corto y trenza rasta. “En Rosario con la yuta se complica. Si te agarran con faso no salís”, advierte Gómez que ofrece consejos, como todos los que participan de la copa.

“Mucha gente fuma mal porque no tiene información”, explica Gastón, empleado de un estudio jurídico en La Plata que viene a presentar su Bubble Gum x Ice. “La semilla no es todo. Si vos sacás una semilla del paraguayo que comprás en la calle y la plantás, cuando fumás lo que cosechaste subís como 10 escalones”, ejemplifica.

Como toda convención, la Copa Cannábica tiene sus actividades programadas. En realidad se ofrecen menos actividades que un congreso de visitadores médicos en el Caribe, pero hay algunas, aunque nadie se desvela por formar parte de ellas. Hay una charla sobre como armar tu propio vaporizador que atrae a 13 o 14 jóvenes y adolescentes que siguen la explicación con cara de desconcierto.

También se hace una demostración de cómo fabricar hashish, pero resulta un poco decepcionante porque no se llega a evaluar su sabor ni la potencia del concentrado producido al transformar 10 gramos de cogollo de altísima calidad en un gramo de arcilla negra. “No se puede fumar. El ‘chocolate’ está recién hecho y tiene que reposar una semana”, dice el experto a cargo de la actividad, mientras guarda su ha-shish negro en un frasquito. Parte de la concurrencia lamenta en silencio que el maestro no se haya percatado de traer suficientes muestras de la semana anterior, como para que todos los interesados pudieran comprender el sentido de su demostración.

Y finalmente está el campeonato de armado de porro, la actividad más popular, que convoca a una docena de concursantes y otros tantos espectadores. Organizar el campeonato de armado llevó bastante tiempo. Primero se dividió en dos categorías, calidad y velocidad, después se agregó una tercera, medio rara, que tenía que ver con la habilidad para diseñar figuras artísticas con el papel de armar. Después se descartó la tercera categoría y se largó el torneo con dos categorías, pero al final todo se definió solamente por velocidad. Tuvo un ganador más que apropiado: un empleado del stand de papeles de armar Lion, que en la final ligó el suyo en… bueno, nadie lo cronometró, pero se calcula que en cuatro segundos.

El ganador, que responde al nick de Lionsion, tiene 30 años y es el tipo de persona que nunca falta en un grupo de amigos; el que siempre ceba el mate, el que siempre lleva a todos en su auto, que siempre junta el dinero en el restorán. “A mí me encanta armar, y cuando nos juntamos con amigos, siempre soy el que arma”, cuenta Lionsion minutos después de la victoria, mientras demuestra su técnica en una mesita del bar. Dice que no fue fácil llegar a la cima. “El primero me costó bastante, pero el segundo y el tercero no tanto. Cuando llegué a la final me temblaban las manos. Nunca había armado delante de tanta gente. Pero enseguida me di cuenta de que los otros (eran tres finalistas) también estaban nerviosos y eso me tranquilizó. Terminé ganando bastante cómodo. No fue un porro muy lindo, pero se dejaba fumar”.

***

Cuando terminan las actividades, cuando se encendió y consumió el enésimo porro, cuando el humo en el salón ya se vuelve insoportable y el frío de la noche invade la terraza, los soldados siguen ahí, tirados en piso, sin apuro, sin claustrofobia, como en toda la tarde, sin hacer nada. La única actividad perceptible sucede alrededor de la barra, donde un enjambre de brazos revolotea alrededor de una mesera con aro en la nariz y delantal rojo que se ocupa, por milésima vez, de llenar la mesada con bandejas de brownies, facturas y tortas, termos de leche chocolatada y botellas de Coca y Sprite, que desaparecen tan pronto como aterrizan.

La panza se llena y la cabeza está apunto de estallar, y ya cansa hablar con la gente, y la puerta sigue cerrada con llave, y no hay nada que hacer. Ciento sesenta personas atrapadas en un local, atrapadas por la droga, la droga que acaba de consumirse otro día de sus vidas. Vidas de promisorios empresarios, biólogos, genetistas, cultivadores y contadores de historias que gastan talento y energía para mantener un vicio. O viceversa: drogadictos que encontraron en la mariguana una forma de perfeccionar sus habilidades, socializar y compartir el dolor, el fra-caso y el conformismo que se dibujan en la nube de humo. La Copa Cannábica es muchas cosas, pero también es un grupo de gente que se junta para no drogarse sola.

Pero justo cuando el evento empieza a mostrar su costado más duro llega el momento más emocionante. Porque la Copa Cannábica es sobre todo eso, una copa, una competencia. Una oportunidad para mostrar el trabajo de todo el año, el esmero, el cuidado, la lucha diaria contra los hongos y los bichitos, el esfuerzo por mejorar el abono, el sacrificio para comprar esa lámpara de 400 vatios. Una oportunidad de medir cogollos con los mejores cultivadores argentinos y de otros países de América Latina. Y llega, pasadas las nueve de la noche, cuando los tres jurados ponen en uso el micrófono por primera vez desde el pedido de entrega de celulares a las 11 de la mañana, ahora para anunciar a los ganadores del concurso en la carpa de William el brasileño, que acaba de encender un porro gigante para que fumen los ganadores al recibir el premio, tal como indica la tradición.

Los jurados son los tres ganadores de las ediciones anteriores. Durante todo el día se la pasan yendo de acá para allá cuchicheando entre ellos, haciéndose los misteriosos, sintiéndose un poquitito superiores a los demás. Lucen, orgullosos, credenciales plastificadas que dicen “jurado” colgadas del cuello, junto a una lupa que usan para inspeccionar muestras. Cuando se le comenta a los jurados Uno y Tres que a más de uno le gustaría colgarse esas credenciales, Jurado Uno lanza un largo suspiro y se queja. “No creas que es tan fácil. Lleva mucho trabajo y mucho esfuerzo llegar a esto. En las últimas dos semanas tuvimos que catar 50 muestras”.

Pero entonces ya saben quién ganó antes de llegar acá, se le pregunta dos horas antes del anuncio del ganador. “Claro, hay un favorito, pero nosotros seguimos catando muestras hasta último momento”.

Justo cuando Jurado Uno termina la explicación, Jurado Tres le pregunta: “¿Vos tenés las muestras?”. Lo que sigue parece un paso de comedia entre Abbott y Costello.

-¿Cómo? ¿Vos no tenías las muestras?
-No, yo no. ¿No las tenías vos?
-Pero yo te las había dejado a vos.
-No, yo pensé que las tenías vos. Entonces, ¿dónde están?

Acto seguido, jurados Uno y Tres salen disparados a buscar por toda la terraza. Las 50 muestras del concurso aparecen en la mesa del asador, debajo de los panes de hamburgesa, junto a un cajón de Isenbeck. Jurados Uno y Tres respiran aliviados.

Dos horas más tarde, en la carpa de William, en medio de una nube de humo, jurados Uno, Dos y Tres anuncian el resultado, no sin antes aclarar, para la algarabía del público, que las muestras de este año habían sido muy superiores a la de las ediciones anteriores. El tercer puesto se lo lleva Pulpete con su White Widow, muestra 10. El segundo puesto se lo lleva la muestra 31, una Moby Dick. Los ganadores festejan y agradecen con discursos desor-denados. La tribuna explota cuando se conoce el ganador, Marquitos de Rosario. “Es un cultivador de muy bajo perfil,” informa Hueso. “El segundo y tercero fueron disputados, pero el ganador se destacó mucho por el sabor y el efecto de su cogollo”, completó Jurado Uno.

Marquitos va hacía la carpa de William llorando y no para de llorar. Tanta gente para agradecer, tantas emociones juntas, tantos recuerdos, tanto sacrificio para llegar hasta donde nunca imaginó. Pasan los minutos, siguen los aplausos, se suman las palmadas y Marquitos apenas puede hablar. “Siento como un reconocimiento… Hice un gran sacrificio… con el indoor… para controlar los hongos… cuidar las plantas, evitar el error… así constantemente… Hice todo orgánico: humus de lombriz con turba, flora y agregado de harina de hueso, lámpara de sodio de 400 vatios, en maceta de 4.5 litros de tierra… semilla del Banco Dinafem. Es una cruza de Jack y Black Widow, la vi como una alternativa ante los costos excesivos de algunos otros bancos”. Y no puede decir más. Las puertas se abren.

La Copa Cannábica llega a su repentino fin y todo es una gran nebulosa. La rebelión, el comercio, el congreso, el campeonato, la kermés, el vicio y el club social se mezclan con el humo, y nada termina de cerrar ni de tener demasiado sentido. Los soldados bajan las escaleras contentos, cansados, con la barriga inflada, un mambo en la cabeza y la grata sensación del deber cumplido. Y además, si tuvieron suerte, con una muestra de la campeona en el bolsillo. Pero afuera, en el mundo, todo sigue igual.

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comentarios
  1. gaston dice:

    q bueno poder juntarse a compartir un buen momento con jente q tienen las mismas ideas y cultura quiero estar hay la proxima

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