Pasión y orines en Vietnam

Publicado: 30 mayo 2009 en Roberto Valencia
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Gooooool.

Se han conocido hace unas horas y ahora míralos, abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Son además abrazos sentidos, de esos que quizá ni se atreven a dar a sus madres. El grupito lo integran cuatro. Uno es un aspirante a filósofo del fútbol, huesudo, cuarentón y ojeras perpetuas; otro es un joven alto, gordo y con lentes, con cara de no haber roto un plato; hay también un periodista treintañero de ojos claros y gesto serio, de esos que viven obsesionados con su trabajo; y el cuarto es un alguien con camisola azul que subió de la fila de delante. Extraños abrazándose. Y no son los únicos. Todos alrededor gritan saltan celebran animan enloquecen. El Salvador ha marcado gol.

—¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Sin palabras!!! ¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Increíble!!!…

El aspirante a filósofo se desgañita bandera en mano. Él es el más expresivo. Tiene los ojos desorbitados y la lengua azul.

La histeria colectiva se canaliza hacia gritos unánimes de El Salvador, El Salvador. Comienza a remitir de a poquito. Continúan las sonrisas, los arrumacos, las miradas de complicidad, mientras cada quien trata de recuperar su pedazo de cemento. También los cuatro. Por megafonía se escucha la Voz. Anuncia el autor del gol y el resultado. Un nuevo rugido. El estadio entero celebra, pero la celebración es más en este sector. La grada se ha transformado en una gran hermandad. Reina esa sensación que llaman felicidad. Nadie diría que son las mismas personas que hasta hace unos minutos estaban tirándose orines unos a otros, rifándose, vejando a las pocas mujeres que llegan, insultándose, irrespetando el himno contrario, degradando a los jugadores negros, descamisando a quien comete el pecado de no ir de azul o blanco.

***

Hasta se parece al verdadero. Las había desde dos dólares, pero por siete he conseguido una que incluso trae bordado el escudo. Tiene la corona de laurel, los cinco volcanes, el gorro frigio y el arco iris encima, aunque solo de cuatro colores. Meritorio si se tiene en cuenta que quien lo hizo quizá no podría ubicar El Salvador en un mapa. La camisola, más blanca que azul, es Made in China, y espero que sea mi salvoconducto en Vietnam. De casa salí con una que tiene EL SALVADOR inscrito en lo ancho del pecho, pero es de color añil, casi una provocación, me hace ver Wilson Carranza.

Wilson –48 años, bigote, oscuro como café– es compañero de trabajo y amigo. Los partidos de la Liga Mayor no le entusiasman, pero es asiduo de las grandes citas de selección. Podría decirse que es un veterano de Vietnam. Hoy he tenido la suerte de ir con él, con su hijo homónimo y con su padre, Ángel. Tres generaciones que en Vietnam forman una escena familiar atípica. Después comprenderé que no es lo único atípico –atípico– en el comportamiento de Wilson.

Faltan dos horas y media para que empiece el partido, pero los cuatro sabemos que llegamos tarde. Los 400 metros desde el microbús hasta el estadio los hacemos raudos, solo la efímera parada por la camisola. Entre humos de carne asada y hot-dog, nos ofrecen camisolas, cerveza, banderas, pintura para la cara, más camisolas, entradas “Prohibida la reventa” al triple, cachuchas, camisolas… A Wilson incluso le han regalado un pase de cortesía para una barra-show. Lleva impresas dos mujeres ligeritas de ropa, las banderas de los equipos que se enfrentan y una sugerente invitación:

“Hoy sábado cerveza al 2×1 para toda la afición. De 10:00 a 12: P.M. Después del partido te esperamos para compartir! Habrán rifas de bebidas, privados y masajes eróticos. Use este volante como pase de cortesía y sea ud. bienvenido a Kara’s”.

Me lo da y lo guardo. Mientras camino, pienso en el detalle de que no esperan para celebrar, sino “para compartir”. Parece que no hay mucha fe en una victoria.

Subimos la escalinata, mostramos los tiquetes, manos a la nuca para el cacheo policial, y adentro. Vietnam.

***

Seguro que el “Che” Guevara no estaba pensando en este estadio cuando en abril de 1967 incitó a que florecieran dos, tres, muchos Vietnam. La consigna hacía referencia a la más mediática de cuantas guerras se libraron en la década de los sesenta. Un conflicto a más de 16,000 kilómetros fue pues el que hizo que Sol general se comenzara a llamar Vietnam. En los ochenta lo quisieron rebautizar desde algunas radios como Guazapa, el cerro en eterna disputa durante la guerra civil salvadoreña, pero la idea nunca cuajó.

Vietnam en la actualidad es toda la grada oriente del Monumental Estadio Cuscatlán, frente a Tribuna. Son las entradas más baratas que se ponen en venta. Para este partido, cinco dólares, precio por el que el espectador obtiene, con suerte, un pedazo de concreto en el que poder sentarse, a merced del sol y de la lluvia. Determinar cuánta gente cabe no resulta tan sencillo. Los diarios esta mañana hablaban de 12,000 entradas vendidas. Pero la página web de la empresa propietaria del estadio consigna que la FIFA permite casi 14,000 espectadores. Y la empresa eleva la cifra a 18,000. Lo cierto es que esta tarde muchos verán el partido de pie.

¿Y desde cuándo Vietnam se llama Vietnam? Pues depende de a quién se le pregunte. Ni siquiera hay consenso entre los periodistas deportivos veteranos. Roberto Águila (70 años, El Gráfico) y Sergio Gallardo (59 años, Telecorporación Salvadoreña) creen que el nombre se comenzó a utilizar con el estadio Cuscatlán ya en uso, es decir, a partir de 1975. Raúl Beltrán Bonilla (59 años, Radio YSKL) e Ismael Nolasco (66 años, Canal 12) dicen que el nombre se importó del Estadio Flor Blanca, donde desde finales de los sesenta ya se utilizaba el concepto de Vietnam. “Cuando el Alianza derrotó al Santos de Brasil, con Pelé incluido, fue cuando escuché por primera vez la palabra”, me escribirá desde Houston Ernesto Callejas, un salvadoreño que emigró hace 21 años a Estados Unidos.

En lo que hay coincidencia absoluta entre los periodistas y aficionados veteranos es para señalar que el comportamiento ha ido de mal en peor. Del reporteo para esta crónica surgirán declaraciones como estas: “Meterse ahí es un atentado a la cordura.” “Se arman auténticas bacanales.” “No respetan ni a la madre de ellos mismos.” “Los salvadoreños nos comportamos como tribu todavía.” “Juré que no volvería a ese sector.” “Allí van los mareros.”

¿Será para tanto?

***

El partido comenzará pasadas las 7 de la tarde, aún no son las 5, pero Vietnam está ya cubierto por un agitado mar azul y blanco. Muchos llevan acá desde la mañana. Y es que madrugar tiene un codiciado premio, como lo es la elección de la ubicación. Aunque suene raro, los aficionados ocupan primero las gradas más alejadas de la grama, por pura lógica medieval. Apelan al mismo principio que se usaba para ubicar los castillos: desde lo alto se puede lanzar de todo y no recibir de casi nada.

No conviene caminar mucho ni siquiera enfundado en el salvoconducto. Nos sentamos en el primer claro que vemos. Wilson, hijo y padre, detrás. Yo, delante, entre un joven alto y gordo y un tal William Quijano. De 42 años y huesudo, Quijano lleva zapatillas tipo All Star, jeans, bandera amarrada al cuello y una cachucha con los colores de El Salvador. Viene a Vietnam desde los partidos clasificatorios para el mundial de 1982 y dice conocer al “Mágico” González. Quijano es un hombre al que le gusta filosofar sobre fútbol.

—Independientemente de si gana o no, siempre hay que apoyar a la selecta.

Un cartel que vi hace un rato parece darle la razón. Decía: “La afición es el apoyo de los que no pueden solos”.

Mientras hablo con el filósofo, noto que algo cae sobre mi espalda. El calor es el elemento que con mayor precisión permite determinar el origen de los fluidos que le tiran a uno. Como la sensación suele ser compartida por un grupito, incluso genera conversación. “Está caliente.” “¡Puuuta madre!” “¡Guácala!” Siempre hay algún optimista: “Era agua, ¿no?” De todas maneras, este no es mi primer partido en Vietnam, y ya aprendí que levantarse desafiante a buscar culpables es contraproducente. “Tiran de todo porque al salvadoreño le encanta la patanería, joder al vecino, pasarla bien a costa de su hermano”, me escribirá días después Ángel Rivera desde Edmonton, Canadá, un salvadoreño que se fue del país en 1990.

Un pequeño helicóptero de la Policía está suspendido a poca altura. Vietnam responde: “Culeeeeros, culeeeeros”. Es uno de los gritos que más escucharé hoy. Se lo gritarán al que lleva una camisa que no sea azul o blanca, a los que toman fotografías desde la grama, a los antidisturbios, al árbitro, a los linieres, al presidente Antonio Saca cuando saluda en la pantalla, al grupo de bailarinas y bailarines, al delegado de la FIFA, al equipo contrario, al que no se sumerge en la ola.

La ola. La Voz se asoma desde su cabina, cree que falta pasión y pide por megafonía que inicie la ola. La Voz es alguien al que pocos ven pero muchos escuchan. Su nombre es Álvaro Magaña –43 años, chele, amplia sonrisa– y es la persona que desde 1987 recita las alineaciones, los goles y las sustituciones en el Estadio Cuscatlán. Hoy ha llegado a las 3 al estadio, vestido con camisa azul. Frente a frente, la Voz es muy elocuente al hablar, como si se hubiera tomado un huacal de café, le cuesta mantener quietas sus manos.

—¿Y qué haces para animar? –le preguntaré otro día.
—Metemos música, metemos la de la selecta, ¿verdad? Arriba con la selección, arriba con la selección… Y le metemos ánimo, ¿verdad? Grito: ¿cómo están los ánimos de El Salvador? ¿Ganamos hoy? ¡Que se vea la ola!

La ola realmente impresiona. Y es el orgullo de Vietnam. A veces, como hace unos minutos, la Voz da la orden de salida. Otras surge de forma espontánea. Empieza en la esquina sur, debajo de la pantalla, y se desplaza en sentido contrario a las agujas del reloj. A esta que están queriendo organizar ahora, cuando falta más de una hora para el inicio del partido, le está costando dar la vuelta entera al estadio. Cuando la ola llega a Platea, se deshace como terrón de azúcar, como si pasar por ahí fuera una obligación. “Culeeeeros.” Ser los promotores de la ola genera cierto tipo de orgullo de clase. Y da la razón a los que creen que en Platea y en los palcos privados el fútbol se ve, pero en Vietnam se vive.

—El partido hay que verlo aquí, no en casa, porque hay que apoyar a la selecta –dice el filósofo.
—Para mí en Vietnam están los más fieles a la selección –me dirá la Voz.

***

Ni siquiera depende de la indumentaria del rival. Algo que suena tan inocente como vestir de cualquier color que no sea azul o blanco es interpretado como una provocación en Vietnam. Con suerte, al despistado le llueven bolsas de agua y orines hasta que se quita la camisola. Sin suerte, no faltan los voluntarios que se la arrancan ante el aplauso colectivo o el silencio cómplice. La misma escena se repite y se repite y se repite durante las horas previas, y uno no deja de preguntarse por qué sigue llegando gente vestida de otro color cuando es vox pópuli lo que aquí dentro ocurre.

Algo parecido sucede con las mujeres. Minoría absoluta, pero las hay. Vietnam las recibe con agua, con orines, con gritos ensayados de ¡Cuuuulo! ¡Cuuuulo! Algunos parecen tan desesperados que ganas me dieron de regalarles el pase de cortesía para Kara’s. “No dejaría ir a mi hija porque manosean a las mujeres y si uno se opone lo lincha la turba”, me escribirá desde Ciudad de Guatemala Fernando Sánchez, salvadoreño emigrado hace ocho años.

La psicología social tiene un nombre para explicar estos comportamientos: estado de desindividualización. Es más simple de lo que suena. Se resume en que cuando las personas integran grandes grupos aumentan las posibilidades de que incurran en conductas inmorales o agresivas, algo que no harían solas. Aplicado al Vietnam, la multitud es lo que ha institucionalizado actitudes como lanzar orines o irrespetar a las mujeres. Dicen los que saben, y suena bastante lógico, que si no estuviera detrás el grupo que tolera e impulsa la conducta rebañega –rebañega–, pocos se comportarían así.

***

Falta poco más de media hora y el equipo contrario sale a calentar. Vietnam hierve.

—Parecen gladiadores –dice el filósofo.

Al poco, el filósofo se levanta y bandera en mano comienza a saltar. Todos lo hacemos. La luz artificial domina ya por completo el estadio. Apenas se reconoce el perfil del volcán de San Salvador. “Vamos, salvadoreños, esta noche tenemos que ganar…” Hay batucada, saltos, olas, tumbos. Vietnam hierve. Justo enfrente, sobre los palcos, la luna creciente forma una sonrisa cómplice. Ambiente mágico, anoto en la libreta.

Hace una hora estaban volando una gran piscucha, corriéndola por la franja más cercana a la valla. Ahora sería imposible.

—Está full.
—Sí, es porque bajaron los precios. Así me gusta ver a mí el estadio –me responde el filósofo, y se mete en la boca una especie de caramelo azul.

Para llegar hasta su cliente, los vendedores hacen malabares. En términos generales, ellos sí son respetados, aunque sean mujeres o no vayan de azul o blanco. Es una regla no escrita de Vietnam. En lo que llevo aquí nos han ofrecido dos panes por el dólar, maní con chile, paletas Sabrosita a dos coras, y unas sospechosas hamburguesas de a dólar. Es la economía de Vietnam.

La Voz anuncia al ganador del sorteo de un boleto aéreo, cortesía de TACA. El ganador es el 405 sur palco.

—Si has ido a Solón, te felicito, porque yo quisiera estar ahí –me insistirá la Voz.

Ahora, muy a su pesar, él está en una espaciosa cabina blanca, con aire acondicionado y silla reclinable. Allí arriba raro es que haya menos de cuatro personas, y celebran cuando hay que celebrar, pero no se tiran orines ni se insultan. La Voz parece echar eso de menos. Antes de ser la Voz, Álvaro Magaña fue un auténtico Vietnamita.

—¿Y se lanzaban los orines?
—¡Claro! ¡Definitivamente! Si yo tengo hasta experiencia… –ríe– ¿Y sabés qué es lo cómico? Que cuando a vos te agarran para eso, papá, no es solo una bolsa la que te cae, te quiero ser sincero. Yo llegaba al extremo de que llevaba mi cachucha y debajo de la cachucha llevaba mi plastiquito.

De todas las personas con las que hablé para esta crónica, la Voz será el único que cree que Vietnam cada vez es más respetuoso. Ha cambiado para bien, dice.

Los cánticos decaen un poco cuando faltan unos 20 minutos para comenzar. Algo así como dar un paso atrás para tomar impulso, para los himnos nacionales. El de El Salvador, obvio, se canta a pleno pulmón, pero igual o más energías se gastan mientras suena el del equipo contrario. Vietnam –casi– entero da la espalda: patalea abuchea abronca silba vocifera protesta insulta. Por el maldito estado de desindividualización resulta difícil ir contra el comportamiento rebañego. Yo aprovecho para simular que estoy tomando notas, pero el que más me sorprende es Wilson. Al girarme veo que se mantiene de cara a la grama, respetuoso. Atípico.

Cervezas hoy ni se han vendido ni se venderán. Y menos cervezas significa menos orines. Incluso el acceso al agua ha estado y estará restringido. Supongo que esto, unido a lo vibrante del marcador, la amenaza de cierre sobre el estadio y los más de 520 agentes de la Policía desplegados harán de este un partido más seco y menos violento que de costumbre. Al menos en mi sector no hubo grandes peleas entre aficionados, y la Unidad de Mantenimiento del Orden de la Policía apenas tuvo que sacar a dos que tres. “Hoy en día me parece que el nombre de Vietnam ya no le va, tengo amigos Vietnamitas y son gente muy pacífica”, me escribirá desde Cheongju Galileo Romero, un salvadoreño que el año pasado se trasladó a Corea del Sur.

Ya va a iniciar el partido.

—Para mí Vietnam es la zona más importante de un estadio, te quiero ser sincero. Si yo fuera futbolista, yo fuera a celebrar primero a Solón –me dirá la Voz, sonriente.

***

Nos hemos visto por primera vez hace unas horas. No lo sabemos aún, pero el grupito lo formaremos William, el filósofo del fútbol; un joven alto y gordo con el que no he intercambiado palabra; un alguien con camisola azul que saltará desde la fila de delante; y yo, el periodista de gesto serio. Por la cercanía, hemos compartido cánticos, tumbos, olas, orines y otro gol que celebré, sí, pero a la europea.

Vietnam lleva mil horas sin callar.

—Es el alma del Cuscatlán –me dirá días después la Voz.

Minuto veintiséis con doce segundos. El volante Julio Martínez saca de banda hacia Rodolfo Zelaya. A trompicones, el joven delantero se zafa de su marca, avanza por banda izquierda y logra un centro preciso. Cristian Castillo salta como gacela y cabecea…

Gooooool.

Castillo corre, mira al cielo y se arrodilla frente a Tribuna. Vietnam se abraza.

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comentarios
  1. prismatico dice:

    Me ha gustado mucho la crónica, larga pero muy buenas letras, el filosofo del futbol ha marcado.

    Saludos

  2. Javierdelcid dice:

    Muy buena.

  3. cena dice:

    Todo la cronica es cierta yo he estado alli y si se vive la pasion del futbol como en ningun estadio de Centro America

  4. Carlos Minero dice:

    La leí en el periódico y como viene a cuente por el circo, perdón digo por la noticia de los amaños, pues yo comento, a mi humilde opinión, estos bichos hicieron lo que los políticos hacen todos los días, pero no veo el mismo nivel de indignación en la “noble afición” a pesar de que nos van a clavar cinco años más de trabajo (si no se dejan ir de una vez con los 10) antes de jubilarse. En fín Carlos Marx se equivocó con El Salvador, aquí el opio del pueblo no es la religión sino que la selección. La gran enseñanza de los romanos pan y circo, pero como aquí no hay pan, pues le damos más circo y la noble contenta…

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