Pueblo chico, plata grande

Publicado: 5 julio 2009 en Josefina Licitra
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En Casilda, provincia de Santa Fe, todos hablan de la misma foto. Fue tomada veinte años atrás y muestra a un par de chacareros jóvenes, parados sobre una montaña de granos, brindando con dos copas de champagne llenas de soja. Era fines de los ’80 y la revista Gente había usado esta imagen para ilustrar lo que ellos entendían como un estado de euforia agropecuaria: el boom de la soja revitalizaba al campo y a Gente, que siempre le gustaron las fiestas, se le había ocurrido hacer otra portada feliz. En Casilda no hay un solo personaje vinculado al agro que, dos décadas después, omita esta anécdota. Porque Casilda fue tapa de un medio nacional. Pero, principalmente, porque el epílogo de esa foto fue amargo: cuando vio la imagen, el padre de los chacareros se refirió a sus propios hijos con palabras como “par de pelotudos”. Y meses más tarde, cuando el valor de la soja se desplomó, los productores –cumpliendo de algún modo con la profecía paterna– quedaron fundidos para siempre.

Nadie sabe, en Casilda, qué se hizo de esos hombres. Pero en el pueblo –de 32 mil habitantes– quedó el rastro de un fracaso y una enseñanza imborrable: no hay que brindar en público. Aún cuando hoy, veinte años después, otra vez haya motivos para estar eufórico.

—La están levantando con pala, pero ninguno lo admite. Se la pasan llorando con los impuestos que pagan, pero ojalá yo pudiera… A mí no me alcanza la vida para ganar la mitad de lo que ganan ellos con una sola cosecha.

Carlos Albinoli es médico y está sentado en una mesa del Sarmiento, el bar tradicional de Casilda. Son las diez de la noche del sábado y una hilera de coches llamativamente limpios avanza por la calle a paso de hombre. Alfa Romeos, BMW, Camionetas 4×4, Audis y Peugeots 407 –el más barato de esta lista cuesta 50 mil dólares– circulan por el centro con la elegancia impostada de una modelo en tanga. Algunos vecinos, sobre todo los domingos a la tarde, salen a la vereda con mate y reposeras para ver la caravana. Pero otros, como Albinoli, la ven pasar desde el bar.

—Si querés ver cómo le va a Casilda –dice– mirá sus autos.

Casilda, como buena parte de las localidades agrícolas del interior argentino, nunca vivió un momento más próspero. La devaluación del peso –que favorece las exportaciones– más el valor alto de las commodities (fundamentalmente la soja) en el mercado internacional, hicieron que los chacareros se transformaran en la más impensada clase terrateniente. No tienen doble apellido. No viven de rentas. No tienen delirios de clase. No tienen latifundios. Y –por sobre todas las cosas– no tienen ganas de contar lo que sí tienen. Pero un cálculo elemental hace sospechar que tienen bastante: tierras que valen millones (una hectárea en Casilda no baja de los 18 mil dólares, y casi ningún productor posee menos de cien), maquinarias modernas (una cosechadora puede salir 300 mil dólares) y una liquidez monetaria que de un modo silencioso, sin copas en alto, está activando la economía de todo el país. Sólo en Casilda, en los últimos cinco años una de las principales concesionarias de autos aumentó las ventas de coches de alta gama en un mil por ciento. Y Rosario, donde van los productores cuando quieren gastar su dinero en grande, se está transformando en el nuevo polo de consumo de lujo de la Argentina.

—El país vive de nosotros, porque inyectamos dinero y porque el gobierno siempre nos mete la mano para sacar plata fácil –se ufana y se queja, todo junto, Cristian Villarreal, 38 años, productor agropecuario–. Del interior salen subsidios para peajes, planes trabajar, dinero para movimientos como el Teresa Rodríguez, la guita que le dan a Moyano para que no joda… El gran problema de la Argentina son, primero, los gobernantes. Y segundo, Buenos Aires. Yo creo que el país se tiene que deshacer de Buenos Aires.

Villarreal está sentado en el patio fresco de una casa rosa, antigua, elegante. La construcción fue levantada en 1903 y está rodeada por sesenta hectáreas que pertenecieron siempre a su familia. Villarreal empezó a trabajarlas a los dieciocho años y siempre secundó a su padre. Pero hace un mes el hombre murió de un infarto y Cristian quedó repentinamente a cargo de esta tierra: un suelo privilegiado en el que se cultiva soja y maíz de un modo experimental, y donde algunas empresas vienen a probar semillas, variedades, herbicidas, fertilizantes y distancias de siembra. El campo de Villarreal es casi una boutique: están los cultivos perfectos, las glicinas, las lavandas, el olor de la última lluvia rielando de las plantas. Pero años atrás la situación era distinta.

—Distinta no: tremenda –corrige–. Vengan que les muestro el chiquero.

Villarreal tiene anteojos en vincha, remera Polo y esa forma de andar que sólo se articula en los varones con buena vida: los hombros relajados, los brazos flojos y el tronco sosteniendo el cuerpo desde las alturas. Villarreal se detiene en un rincón del campo que parece en ruinas. Hay charcos, barro, el esqueleto metálico de algo que alguna vez fue otra cosa.

—Acá, por ejemplo, una vez criamos cerdos –señala–. Pero fracasamos. En tiempos de convertibilidad se importaba cerdo de Brasil con un truco: se lo hacía pasar como “grasa de cerdo”, que no paga impuestos. Y era imposible competir con ese precio. También en el uno a uno compramos una máquina para hacer leche de soja, pero no funcionó. Hubo gente que fracasó tanto que les remataron el campo, fue un desastre. Entonces, sí, ahora ganamos dinero. Pero porque durante años nos pelamos el culo trabajando y el Estado no se acordó de nosotros. Se acuerda ahora, cuando necesita plata fácil con las retenciones.

—Pero sin retenciones algunos productos se volverían inalcanzables para los argentinos.

—¿Cómo cuáles?

—El trigo sería carísimo, no podríamos comer pan.

—Y bueno, ¡no se comerá pan! Brasil no tiene pan. Aumentá los salarios o buscáte otra forma. Escocia es productora de whisky y los escoceses toman el peor whisky de todos. Si no podemos pagar el pan, entonces comamos lenteja.

El segundo tema común a todos los productores –además de la foto de los chacareros brindando– es el de las retenciones a la exportación. Las retenciones, por definición, son un mecanismo fiscal puesto para capturar las ganancias extraordinarias que una devaluación le otorga a un puñado reducido de grupos empresarios. Dicho de otro modo, si un productor –favorecido por el cambio– quiere vender fuera del país, debe tributar al Estado un canon: 35 por ciento en el caso de la soja, 25 por ciento si se trata de maíz y 28 por ciento si es trigo. Ese dinero –que este año le asegurará al fisco un ingreso de por lo menos 400 millones de dólares– teóricamente luego es redistribuido y usado en políticas que achiquen la brecha entre ricos y pobres.

La queja del agro es doble: dicen que las retenciones se usan para cualquier cosa, menos para hacer políticas sociales. Y subrayan que ellos no son un “grupo empresario”, sino gente de campo que está pasando por una buena racha. Traducido a términos partidarios, no existe un solo productor kirchnerista y ese descontento se canalizó votando al socialista Hermes Binner en las últimas elecciones provinciales. Así y todo, y a pesar de los descuentos, los chacareros viven su momento de gloria. Cien hectáreas en zona pampeana significan, hoy, una liquidez neta que ronda los 150 mil dólares al año.

Al médico Albinoli, en el bar Sarmiento, hacer este tipo de cuentas lo pone todavía más enérgico.

—Eso significa entre 10 y 15 mil dólares mensuales, sin contar la maquinaria y sin contar que cien hectáreas significan casi 2 millones de dólares en tierra –masculla–. Con ese dinero, acá en Casilda, sos Gardel. Pero ellos lloran. Quieren que les llueva 40 milímetros, les llueve 42 y es mucho. Les llueve 38 y es poco. Los gringos siempre se quejan, son unos miserables.

Comparada con el ingreso de los pools de siembra o las grandes industrias, la liquidez que manejan los productores no es, en verdad, demasiado alta. Estos números sólo permiten ver cuál es el caudal económico con el que se manejan los actuales dueños de la tierra: chacareros que –en los números y en el manejo de capitales simbólicos– tienen muy poco que ver con el arquetipo histórico de “terrateniente argentino”. Para Guillermo González Taboada, director de González Taboada-Guevara, una agencia especializada en publicidad dirigida a la población agropecuaria, se está gestando “una segunda revolución de las pampas”. Y la novedad es, justamente, el perfil de sus protagonistas: casi no existe el doble apellido. Y eso se debe, por sobre todas las cosas, a que los clanes tradicionales sucumbieron ante su propia moral: siempre fueron familias con muchos hijos y eso significó que a lo largo de las décadas, conforme iban pasando las herencias, los latifundios terminaran diezmados por la propia prole. “Al campo le ocurrió lo que pasa en cualquier sociedad cuando trabajan los herederos: los hijos a lo mejor disfrutan, consumen y no producen –explica González Taboada–. Entonces fueron ellos los que produjeron, a su pesar, la reforma agraria. Por supuesto que hoy hay grandes empresas que tienen grandes cantidades de campo, pero el grueso de los dueños son productores medianos y chicos, con campos de entre cien y mil hectáreas. Son ellos los que produjeron el boom”.

¿En qué gasta su dinero un chacarero? La respuesta siempre es la misma: en más campo, en renovar la maquinaria, en departamentos para los hijos y en autos último modelo. No hay un solo productor que ponga su capital en la bolsa, en bonos o en cualquier otra abstracción por el estilo. Tampoco gastan plata en delirios étnicos. Adriano, el único restaurante gourmet de Casilda –abierto seis meses atrás– rema contra el gusto de una población que es conservadora incluso, o principalmente, con el paladar: les gusta el vino y el asado. “Un productor agrícola, aunque tenga la plata, no come sushi ni se compra una Ferrari para mostrar en Punta del Este –subraya González Taboada–. Esta gente sabe que este año le fue bien, pero si el año que viene no llueve o cae piedra están en problemas. Hoy vas a lugares como San Antonio de Areco, donde hay mucha agricultura, y si ves las casas donde viven jamás imaginarías cuánto dinero manejan. Son chalets sencillos, y capaz que los dueños tienen tres millones de dólares en máquinas”.

La casa de los Olivieri está en una esquina de veredas calientes, a cinco cuadras del centro de Casilda. Afuera la luz rebota en las calles, los techos, las chapas de los autos. Adentro, en un living de tamaño moderado y de espaldas a un jardín con hamaca paraguaya, Hugo Olivieri y su mujer rubia, sonriente, hermosa, toman agua con hielo y hacen números.

—Tenemos, entre propias y arrendadas, mil cien hectáreas –puntualiza Olivieri y para qué pedir detalles: les va bien. Les va muy bien. Podrían hacer lo que quisieran, ir adonde quisieran, comprar lo que quisieran, ponerse –si quisieran– una fábrica de hamacas paraguayas. Pero a Olivieri no le alcanza el tiempo.

—Podría vivir de rentas, pero quiero transmitirles a mis hijos mi pasión por el campo. La carga emocional es fuerte, manejar esta superficie me absorbe. A un pool de siembra no le importa si el trabajador pasa calor. Pero si yo me manejo mal, las cuatro familias a las que les doy de comer me vienen a buscar a mi casa.

Olivieri bebe y fuma: tiene la voz áspera. Todos los hombres de campo tienen la voz áspera y la ropa ahumada.

—¿Quieren ver el campo que está más cerca? –pregunta.

Olivieri mira a su mujer y ella confirma la invitación con la cabeza. Luego llaman a las hijas: dos bellezas tranquilas.

—Vengan, nenas –les dicen– vamos en la chata al campo.

“La chata” es una nave espacial Toyota Hilux valor 60 mil dólares a precio contado. Por la ruta, a los costados del camino, hay un único paisaje: soja, soja y más soja. Una eternidad verde que hace línea con el horizonte y que confirma que la soja es, por lejos, el cultivo más rentable. No sólo porque es una planta de evolución sencilla (exige menos tecnología que, por caso, el maíz) sino también, o antes que nada, porque en los últimos diez meses su valor internacional subió más de un 50 por ciento. La soja se cultiva hasta en las banquinas. Y los terrenos, en los últimos años, aumentaron su valor escandalosamente. Una década atrás, la hectárea en Casilda estaba a 2 mil dólares. Ahora no baja de los 18 mil, una disparada que no sucede sólo en este pueblo. En la pampa húmeda y las zonas agrícolas extra pampeanas, la Compañía Argentina de Tierras registró en el último año un aumento del 35 por ciento en el valor del suelo.

—¿Ves todo este campo? –señala Olivieri–. De los siete kilómetros que hicimos hasta ahora, el Estado se queda con cuatro.

Olivieri nació en el campo, cerca de Casilda. Es hijo de Juan Domingo Olivieri y –cosas del peronismo– Juana Dominga Maralli. Juan Domingo era colono, es decir que trabajaba un campo ajeno. Hasta que lo desalojaron del campo y, al no tener dónde ir, la dueña decidió venderle una parcela de diecinueve hectáreas. El acuerdo se hizo un sábado, pero el lunes –cuando había que firmar– estalló el Rodrigazo y a la dueña le agarró tal susto que quedó hemipléjica, o al menos eso es lo que dijo. Cuando se recuperó por completo, una semana después, la tierra ya valía el doble. Para poder comprarla, Juan Domingo sacó un crédito en el Banco Nación. El plan era devolver el préstamo con los rindes de la tierra, pero al campo lo agarró el granizo y Juan Domingo tuvo que pedir plata en un banco provincial para pagar la deuda con el nacional. Mientras tanto, sembró girasol para pagar el segundo crédito. Pero las langostas se comieron todo y terminó siendo Augusto Olivieri, el padre de Juan Domingo, quien financió a su hijo para que cosechara maíz y empezara a saldar el tren de deudas. Juan Domingo y Juana Dominga trabajaron el maíz día y noche, turnándose, con un único tractor. Habrá sido entre turnos: décadas después tuvieron un hijo, Hugo.

Hugo Olivieri terminó heredando 150 hectáreas.

—Entonces muchos dicen “ah, el campo, el campo” –Olivieri mira por la ventanilla–. ¿Y sabés qué es el campo? Para vos es un paisaje. Para mí es algo que se sufre.

Se sufre y se disfruta. Olivieri dice que en estos años se han dado gustos. España, Cancún, Puerto Madero.

—La cultura, Direct TV, Internet, Puerto Madero son para todos –opina Olivieri mientras maneja.

—Pero es difícil hacer grandes gastos –agrega su mujer, Silvia Batistielli–. En Casilda no hay mucha ropa. Soda Stéreo da recitales en todos lados menos en Rosario. Tampoco hay exposiciones de arte. El problema es que en Rosario no hay mucha cultura para consumir.

En Rosario, en realidad, está casi todo. La ciudad es un puerto de salida de granos y eso –sumado al boom del campo– transformó a la capital en el principal polo de consumo de artículos de lujo del país. La compra de yates y veleros, amarrados sobre el río Paraná, el último año creció un 5 por ciento. La venta de vinos caros se activó tanto que Rosario ya es la segunda ciudad –después de Buenos Aires– con mayor cantidad de vinotecas por número de habitantes. Como los productores también invierten en inmuebles, la construcción creció a tal punto que, durante el año pasado, el sesenta por ciento de los nuevos puestos de trabajo perteneció a la construcción. A su vez, esa construcción tuvo su derrame sobre la venta de muebles y electrodomésticos: dos rubros que ampliaron su oferta gracias a la llegada de dos shopping, que significaron 413 nuevos locales de venta, entre ellos algunos de marcas exclusivas. Los autos de alta gama, por último, iniciaron un idilio que parece no tener techo: durante el 2007 abrió la primera concesionaria Porsche (el año pasado vendieron 18 unidades), abrió un concesionario Mini Cooper, se patentó la primera Ferrari comprada en el interior del país, Audi vendió 238 coches, BMW entregó 162, Alfa Romeo 9, y Volvo 150.

—Cuando vienen a comprar, los chacareros no hacen el cálculo en dólares sino en quintales de soja –asegura Luis Cattena, titular de la concesionaria Autosud, con sede en Casilda–. Los tipos pagan directamente con el cheque del cerealista. Para ellos, los bienes son el reflejo del trabajo. Y como a la casa no se la puede sacar a pasear, se saca el coche.

Todos los que tienen auto quieren parecerse a José Mattievich: el dueño de la empresa faenadora más importante del país; un casildense que empezó como chofer de un matarife y terminó, dos décadas después, con diez plantas procesadoras de carne y más dinero del que se pueda gastar en siete vidas. El auto de Mattievich es la meta aspiracional no sólo de Casilda, sino de toda la región. En Los Molinos, por caso, una localidad cercana de cinco mil habitantes, los chacareros se cansaron de su propio pueblo y ahora van a circular en auto por Casilda.

—En Los Molinos los tipos se ven todos los días las mismas caras, entran al club a la misma hora, hablan siempre las mismas boludeces, y para ellos mostrar el coche es lo único que tiene sentido –cuenta Hugo Racca, 54 años, presiente del Centro Económico de Casilda–. Pero como el pueblo es chico ya se conocen los autos entre todos, y encima nunca falta el que termina diciendo que sos trolo, que tu mujer te gorrea, y entonces descubrieron Casilda: vienen a dar la vuelta al perro, a mostrar el auto y a ver qué se compró Mattievich. A la biblioteca, que es espectacular, no va nadie. Y ni siquiera viajan. El productor, aunque hay excepciones, tiene plata pero es bastante bruto. Una vez uno viajó a Cuba, volvió, y en el bar le preguntaron cómo se había arreglado con el idioma.

Algunos viajan, pero no lo cuentan a cualquiera. Saben que la ostentación es un capricho que –si se muestra ante los medios– tarde o temprano se paga, sobre todo con la llegada de la AFIP. Sentado en un despacho oscuro, al fondo de un pasillo, rodeado de montones de papeles que multiplican la sensación de encierro, un contador que trabaja con productores y empresas acopiadoras –pero que no quiere dar el nombre – dice que gracias al campo pudo darse los gustos que le debía la vida: sólo el año pasado compró cuatro autos último modelo, gastó 50 mil pesos en viajes y ahorró para comprar tierras.

—Yo antes no tenía un mango y la de la plata dulce la vi pasar, pero esta vez yo también entro –dice el contador con esa voz oleosa, argentina, que tienen algunos cuando por fin salen del hoyo–. Esto es un solcito sojero, pero esta película ya la vimos. Mientras esto aguante yo aprovecho y le rezo todos los días a San Duhalde. En el campo no sé por qué se quejan. Vos vas a una protesta del agro y la chata más vieja es del 2007.

Seis años atrás, Casilda se hizo famosa por una protesta hecha a pie. Una manifestación de chacareros contra el sistema financiero terminó con el destrozo de cinco bancos, la sede de la AFIP y una buena cantidad de comercios. En los medios nacionales se habló de Casildazo, una pueblada que rompió con el mito del interior tranquilo. Hugo Racca recuerda esos días del desastre: la soja no valía nada. Los bancos remataban campos. Las fábricas se fundían. Los obreros industriales vivían tocando el bombo y tirando bombas. Y el clima, en el pueblo y en todo el país, era casi de guerra civil. Hasta que llegó –como ellos dicen– San Duhalde. Y algunas cosas cambiaron. Antes de la devaluación, por ejemplo, Racca tenía un terreno: 135 hectáreas heredadas, que en tiempos de convertibilidad no le compraba nadie. Cuando se agudizó la crisis, Racca fue a ver a los tres principales corredores de campos, pidió 110 mil dólares y no recibió una sola oferta. Pero llegada la devaluación, y con el boom de la soja, logró vender el campo a 360 mil dólares, un monto que le permitió iniciar el proyecto inmobiliario más ambicioso de Casilda: el primer hotel cuatro estrellas del pueblo, que será inaugurado parcialmente dentro de un mes.

—¿Vamos a verlo? –invita.

Racca tiene el cuerpo menudo, el pelo blanco y la confianza intacta: camina  por la calle sin mirar atrás, saluda a los autos que lo pasan rozando y mientras sobrevive (sin saberlo) a infinidad de accidentes, levanta el brazo y señala: fijáte el ancho de esta calle, qué perfecto. Fijáte esa plaza, qué amplitud. Fijáte el hotel, qué barbaridad.

Las cosas hay que verlas en contexto. Y el hotel de Racca, en Casilda, es como la Torre Dubai en cualquier otro lugar del mundo. La construcción tiene cuatro pisos, ventanales inmensos y hasta hidromasajes con ventana al dormitorio, para ver la televisión mientras uno se baña. Acá –explica Racca y sube, baja, señala, enciende– también habrá un gimnasio, un spa, tres salas de reuniones, un centro comercial, un bar moderno y demás facilidades que hasta ahora no existían en Casilda.

—Los cuatro estrellas de Rosario son, al lado de esto, un poroto –se jacta.

Racca levantó el edificio con el dinero del campo, con los rindes de otro hotel modesto que tiene en Casilda, y con esfuerzo familiar: su sobrino hizo la instalación eléctrica, su hermano la herrería y Racca hace todo lo que puede, incluso pintar los cuadros que irán como decoración. Racca quiere convertir el hotel en el centro de operaciones de las grandes empresas cerealistas y agroquímicas.

Pero también quiere otra cosa.

—Cuando termine –adelanta– te aseguro que toda la región va a venir acá a mostrar sus autos.

La sonrisa de Racca es corta y delgada. Un hilo de Gioconda que se pierde entre los ventanales, las calles, las vidas contentas.

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comentarios
  1. toni dice:

    Mucho dinero y zero cultura en todos los sentidos. Poco modales, poco conocimiento del mondo y sobretodos ningún respecto a la natura, Los quimicos utilizado en el campo son venenos peligroso.

  2. ALICIA DEL FEDERICO dice:

    COMPARTO LAS OPINIONES.
    QUIERO SABER SI EN LAS FAMOSAS HISTORIAS CLINICAS QUE DICE TENER EL ALBINOLI FIGURA PORQUE DEJARON DE VISITARLO MUCHOS PACIENTES

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