Un pais de mutilados

Publicado: 17 julio 2009 en Alberto Salcedo Ramos
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1. El cantar de Claudia

A sus once años, Claudia Ocampo tiene claro que si no fuera porque a su padre lo despedazó una bomba, ella jamás habría conocido a su ídolo, el cantante Juanes.

El encuentro ocurrió en diciembre de 2006, en Cocorná, un pueblo encajonado entre montañas, a ochenta kilómetros de Medellín. Un año atrás, Juanes había creado la Fundación Mi Sangre, para ayudar a las víctimas de las minas antipersonales en Colombia. Su propósito al visitar el oriente de Antioquia, la zona del país más afectada por el problema, era llevarles regalos a los damnificados.

Cuando los presentaron —recuerda Claudia— él le dio un beso amable en la frente pero enseguida se desentendió de ella, tal vez porque había demasiadas personas acosándolo para retratarse a su lado y conseguir su autógrafo. Sin embargo —agrega, vanidosa— a los pocos minutos, cuando ella empezó a tocar su guitarra y a entonar los únicos versos que ha compuesto hasta ahora, él dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento, para dedicarle toda su atención. Y no solo la oyó, concentrado, sino que además le pidió repetir la canción para él grabarla en su teléfono celular.

Claudia es una niña frágil, de nariz fileña y ojos vivaces. Lleva una blusa rosada ajustada al torso y una falda de ruedo ancho, también rosada, que ciñe su cintura de junco y deja al descubierto sus muslos escuálidos. Su largo cabello castaño, sujetado con ganchos en las sienes, está recogido en una cola de caballo amarrada con un lazo morado. Calza unas zapatillas blancas gastadas en las puntas que, en conjunto con el resto de su atuendo, le confieren el semblante de una Cenicienta sin Hada Madrina y sin Nochebuena. Todo a su alrededor testimonia miseria: el piso roñoso, las paredes descoloridas, la litografía del papa Juan Pablo II ensartada en un clavo oxidado; la angosta cama de hierro que domina la sala, la cual sirve indistintamente como dormitorio de los residentes y como sofá de los visitantes. Claudia —temperamento efusivo, gracia natural— lejos de ensombrecerse en este entorno tan calamitoso, pareciera fulgurar en él, especialmente cuando toca la guitarra, como ahora. La canción que tararea es la misma que le cantó a Juanes:

Bienvenidos, bienvenidos

Vamos todos a cantar

Este tema de las minas,

De las minas quiebrapatas

No lo entiendo, no lo entiendo

Me lo tienen que explicar

El 22 de diciembre de 2002, Claudia y sus padres, Samuel Antonio Ocampo y Carmen Julia Gallego, regresaban a su casa, en la vereda Campo Alegre, a bordo de una de esas camionetas desvencijadas que se utilizan en los caseríos remotos del oriente de Antioquia para transportar los víveres. Se habían pasado el día en Cocorná comprando los aguinaldos de sus cinco hijas. Durante el viaje de vuelta, al final de la tarde, venían planeando la cena navideña. Los esposos proponían cerdo asado, y Claudia, que apenas contaba seis años, prefería arroz de gallina. De pronto, al subir una cuesta empinada, el conductor dio la voz de alarma: acababan de vararse. Los pasajeros se apearon para empujar el carro a pulso, pero el motor no respondió. Todos decidieron entonces quedarse allí, a la espera de que llegara algún vehículo y los sacara del apuro. La zona —advertía uno de los lugareños— estaba plagada de minas explosivas sembradas por la guerrilla. El chofer los alertó de nuevo: era posible que solo a la mañana siguiente apareciera otra camioneta por esos parajes. Samuel Antonio y Carmen Julia se impacientaron. Tenían a cuatro de sus niñas en el rancho —repetían una y otra vez— y por ninguna razón permitirían que durmieran solas. De modo que se irían a pie. Varios paisanos trataron, en vano, de disuadirlos.

Desde el principio acordaron no caminar el uno al lado del otro, sino en fila india, como los burros. El hombre encabezaba la marcha, seguido por su mujer y, más atrás, por su hija. Aunque nadie lo comentó en ese momento, lo que se pretendía con tal disposición era proteger a la niña. En caso de una explosión, los dos adultos le servirían de escudo. Carmen Julia sugirió pisar en los puntos donde hubiera huellas humanas, ya que así disminuiría el riesgo de tropezar con una bomba. Samuel Antonio acató la recomendación, pero aseguró que no les sería útil durante mucho tiempo: dentro de pocos minutos, cuando anocheciera, resultaría imposible distinguir rastros de gente o de animales en el sendero. Avanzaron, tal vez, medio kilómetro bajo un crepúsculo anaranjado. De repente, una descarga que pareció surgir desde el fondo de la tierra los arrojó por el aire. Todavía hoy, Carmen Julia ignora cuánto tiempo duró inconsciente. Solo sabe que, cuando abrió de nuevo los ojos, el cielo se había encapotado y ella se sintió como la única sobreviviente de una catástrofe. Sin embargo, en la medida en que recuperaba plenamente el conocimiento, pensaba que también ella moriría. Le dolía la cabeza, le ardía el vientre. Palpando su propio cuerpo con espanto, descubrió, a través de su vestido hecho jirones, la masa de arena y sangre que le ensopaba los senos. Por un instante se preguntó quién era ella, de dónde venía, por qué andaba a gatas sobre aquellos rastrojos que le lastimaban las rodillas. Necesitó varios segundos para que sus oídos, aturdidos aún por el estampido, percibieran el llanto desgarrado de Claudia, que se encontraba, quizá, a unos cinco metros de distancia. De un solo golpe se le reveló, completo, el tamaño de su desgracia: su marido yacía en el suelo, destrozado. Entonces, Carmen Julia vio cómo la noche le caía encima y —según dice ahora, mientras zurce una enagua— desde ese día su vida se volvió oscura. Está sentada en la estrecha cama de la sala, vestida con un riguroso traje negro.

—En el abdomen tengo una esquirla que nunca pudieron sacarme —dice, con la mirada enterrada en el piso—. La niña tiene un nudo en la rodilla izquierda y una cicatriz en el bracito derecho.

En principio, lo que más impresiona de Carmen Julia Gallego es que, a sus cincuenta años, tenga la espalda encorvada, el cuello arrugado y las piernas llenas de várices. En realidad no parece la madre sino la abuela de Claudia. Camina con la parsimonia de las ancianas, y ostenta el aspecto fantasmal de esas viudas anticuadas que renuncian al mundo exterior, para encerrarse a solas con su luto perpetuo. Ciertamente —admite— el dolor sigue fresco, como si la tragedia hubiera ocurrido apenas ayer. Pero aclara que no solo se ha aislado por tristeza, sino también por falta de opciones. Al morir el marido, se quedó sin ingresos y, de paso, perdió el rancho con todos sus arreos. Fue desterrada cruelmente de su patria chica, la vereda en la cual ella y sus hijas habían vivido siempre, el sitio donde estaban sepultados los restos de su padre, el único lugar del mundo que conocía. Ni siquiera le ofrecieron la oportunidad de llevarse una colcha que les sirviera a las niñas como techo bajo el sol y como abrigo bajo el frío. Deambuló por diferentes pueblos, recorrió distintos albergues de caridad, se enfermó de las arterias, pidió limosna en las calles. Las personas que le expresaban sus condolencias en público se negaban, en privado, a emplearla como doméstica, pues en el fondo desconfiaban de ella, debido a que procedía de una zona influenciada por la guerrilla. A mediados de 2005 se mudó a las afueras de Cocorná, con su madre y sus dos hijas menores. Las mayores —informa— se enamoraron en el camino, durante la peregrinación, y se fueron quedando con sus maridos.

Actualmente pasa las horas cortando leña que nadie le compra, remendando vestidos que nunca se pone y tratando de olvidar las penas. La indemnización que le dio el Estado por la muerte de su esposo y por las lesiones de Claudia —12 millones de pesos, unos 6.000 dólares— se le ha ido en gastos, ya que le tocó volver a comprar los bártulos de la casa. Todas las noches —dice, con los ojos llorosos— le pide a Dios que le dé salud para terminar de levantar a las dos muchachitas que permanecen a su cargo.

En este punto, Claudia, que ha estado escuchando la conversación, le arroja a su madre el único salvavidas que tiene a la mano.

—No se preocupe, mami, que si usted se muere, yo vendo la guitarra y monto una tienda.

*****

2. La ruta de la infamia

El avión acaba de aterrizar en el Aeropuerto José María Córdova, del municipio de Rionegro, cuarenta minutos después de haber despegado de Bogotá. Son las once de la mañana de un lunes soleado. Mientras espero que la banda transportadora de equipajes empiece a girar, consulto el mapa de bolsillo: me encuentro a 38 kilómetros de Medellín. En este sector principia el oriente de Antioquia, la región colombiana más vulnerada por las minas antipersonales. Desde 1990 hasta el primero de diciembre de 2007, se han presentado en el área 2.368 accidentes, que han dejado 1.520 víctimas —casi la cuarta parte del total registrado en el país—. 281 de ellas murieron en el momento de la explosión. Las otras personas, entre las cuales hay casi 200 niños, quedaron condenadas a soportar durante el resto de sus vidas los traumas físicos y psicológicos más crueles: órganos cercenados, parálisis, rostros deformados por las quemaduras, cicatrices atroces, ojos descuajados, pánico, depresión, irritabilidad, derrumbe de la autoestima. Algunos sobrevivientes somatizaron su angustia y se volvieron enfermizos: empezaron a padecer arritmia cardiaca, dolencias estomacales, alteraciones en la piel, náuseas. Otros se aislaron del mundo. Casi todos son campesinos humildes que, después del percance, abandonaron sus parcelas y emprendieron un éxodo doloroso en busca de auxilio. Se convirtieron así en parte de los tres millones de desplazados menesterosos que, según la Agencia de las Naciones Unidas Para los Refugiados —Acnur—, ha generado el conflicto en Colombia.

Ahora me dirijo en un taxi hacia la estación de gasolina conocida como La Mañosa, situada en la autopista que comunica a Medellín con Bogotá. Allí me recogerá Oveida Morales, una de las asistentes psicosociales de los damnificados, quien me llevará a San Francisco, primera escala de mi travesía por el oriente de Antioquia. El chofer, un cincuentón corpulento de bigote bismarckiano, oye las noticias deportivas en la radio, mientras yo repaso el expediente que me entregaron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Varios de los datos que tengo subrayados son aterradores. Hay bombas sembradas en 31 de los 32 departamentos del país —la excepción es el Archipiélago de San Andrés y Providencia—. Los municipios perjudicados son 679, que equivalen al 60 por ciento del territorio nacional. Desde el año 2005 se presentan, en promedio, tres víctimas diarias, entre muertos, heridos y mutilados. De 1990 a 2007 se han registrado, en total, 6.637mártires. Esta última cifra posiblemente se queda corta, pues muchos casos no son reportados, a veces por negligencia o por ignorancia de los afectados, y a veces por el aislamiento de los lugares donde ocurren los accidentes.

¿Qué son 6.637 cristianos reducidos a un diagrama de barras? Un simple guarismo en una hoja de cálculo. Sin embargo, si apeláramos a ciertas comparaciones, los áridos números nos servirían para establecer la magnitud del problema. Con esos damnificados se podría fundar una villa casi tan habitada como el famoso balneario de Punta del Este y seis veces más poblada que Ciudad del Vaticano. También se podrían llenar hasta el tope 22 salas de cine con capacidad para 300 espectadores. Si viéramos a las víctimas en carne y hueso, juntas en un espacio único, advertiríamos que son una multitud. Y así, la cifra escueta que ahora tengo frente a mis ojos, resaltada con tinta verde, parecería más dramática. Si esa situación imaginaria se materializara, si cerráramos los ojos durante un tiempo y al abrirlos nos encontráramos en un coliseo ocupado por 6.637 lisiados de guerra, lo que más nos impresionaría sería, justamente, la abultada cantidad. Luego nos asombraría lo insólito de la reunión. Tras más de cuarenta años de conflicto armado, los colombianos hemos ido perdiendo la facultad de sorprendernos frente a la violencia. Lo trágico nos conmueve cuando es exótico o monumental. Un anciano ahogado con su propia caja de dientes o un enamorado reventado de infarto mientras hace el amor en un motel nos resultan más impactantes que un campesino inmolado en su parcela. Testigos rutinarios de un circo donde se combinan a diario lo grave y lo risible, solo seguimos con interés los actos extremos, sobre todo cuando presentan un ángulo folletinesco de la realidad o cuando comprometen la vida de mucha gente, pues creemos que quince cadáveres son más perturbadores que tres y menos perturbadores que veinticinco. Lo demás nos produce apatía.

El chofer se detiene en una bahía de estacionamiento para revisar una de las llantas delanteras. Al bajarse del carro, enrosca con la mano derecha las puntas de su bigote bismarckiano. Una ráfaga de viento tibio me pega en el rostro. A un lado de la autopista, un perrillo rengo y enclenque trata de montar a una perra mucho más grande que él. Tres niños alborozados tocan las palmas, como si estuvieran alentándolo. El perrillo se encabrita, pero sus arrestos naufragan en las corvas de la perra. Luego de un par de enviones fallidos, el pobre animal boquea, impotente, y se queda quieto. ‘Bismarck’ regresa y dice que la llanta está bien. Me mira por el espejo retrovisor, reanuda la marcha. Después sintoniza un programa de boleros. Oigo entonces a Leo Marini, con su exquisitez de barítono, cantando que quisiera llorar y no tiene más llanto. Cuando el taxi arranca, volteo hacia atrás y veo por última vez el cuadro de los chiquillos sonrientes y el cachorro atribulado. ¡Ah, los niños y su típica perversidad!, pienso. La escena sugiere también una celebración inocente de la vida, a través de lo más simple de la cotidianidad. Es un gozo en el que se refleja la despreocupación irracional propia de los muchachos, esa fe absoluta en el orden del Universo. Nada los desvela, ni la muerte ni ninguna otra adversidad. Sin embargo, el reino al que pertenecen es frágil y podría desmoronarse en un segundo, es decir, en el tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos. Bastaría una pisada, una sola pisada, para desestabilizarles el suelo que ahora se les antoja firme. Y para arruinarles el futuro. Adiós, euforia. Adiós, primavera. ¿Quién pondrá el sol en su sitio cuando la calamidad lo borre del horizonte? Imaginarlo es cruel, de acuerdo, pero no descabellado: los tres chicos habitan en una zona invadida de artefactos explosivos. Además, es así como ocurren estos accidentes: la gente está tranquila, caminando hacia la escuela o hacia el huerto, asando arepas o endulzando el café, arando la tierra o tomando el fresco de la tarde, vaticinando la suerte de las cosechas o festejando un suceso gracioso, cuando sobreviene el fogonazo letal.

Mientras el chofer desciende por una ladera bordeada de maleza y helechos, pienso que es muy bellaco mimetizar una bomba entre matorrales o disfrazarla con tierra, y más cuando se trata de lugares por donde transitan civiles inocentes, incluidos menores de edad. El propósito, está claro, es evitar que los caminantes se prevengan, atacarlos por sorpresa. Acaso lo más execrable del método es, precisamente, su marrullería, porque asalta la confianza necesaria para la supervivencia de las comunidades. Es como una humillación que se le añade al dolor y lo recrudece, como un escupitajo en el ánimo de la gente. Con sus bombas, el agresor mutila físicamente a la víctima. Con su engaño, le quebranta la psiquis. Quizá sea esto último lo que más les interesa a los terroristas que siembran las minas antipersonales. Al inundar de explosivos los caminos el enemigo se hace sentir pese a que no da la cara. Y así, produce la sensación de que está en todas partes aunque no se le encuentre en ninguna. El hombre tiende a deificar las fuerzas invisibles, justamente porque no puede descifrarlas. Respeta la mano criminal que camufla la bomba en el suelo y luego se esconde, tanto como al poder supremo que desata las centellas y los aluviones. Ambos le resultan inalcanzables, ambos le resultan irrebatibles. De atentado en atentado, los verdugos se van granjeando una reputación intimidante que les sirve para su proyecto de dominio territorial, pues una vez que el miedo se generaliza, los pueblos huyen, despavoridos, y ellos, los bárbaros, se quedan en el área como amos y señores.

Vuelvo a los expedientes que me dieron en el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República. Examino una página titulada “Ruta de atención integral a las víctimas”, que contiene los diferentes momentos del drama, desde cuando estalla la mina hasta cuando a la persona amputada le instalan el órgano ortopédico y le entregan una remuneración por su discapacidad física. Aparentemente, al informe no le falta ninguna etapa. En él figuran tanto la atención en urgencias como la asistencia psicológica. Incluso, se contempla la posibilidad de que el convaleciente muera y, en ese caso, se le asigna un rubro llamado “gastos funerarios”. Veo otra vez los diagramas, las flechas, y me pregunto cuánto dolor se agazapa tras estos datos lacónicos.

Habrá un momento, sin embargo, en que “la ruta de las víctimas” no será un croquis impreso en una hoja sino una sucesión de hechos terribles descritos en testimonios desgarradores. Entonces comprenderé, paso a paso, este Calvario. En principio está la explosión a mansalva, infame, que desmantela el cuerpo y acobarda. Varios de los afectados, después del aturdimiento inicial, cuando observan su pierna desmembrada, les piden a sus acompañantes que los rematen con cualquier herramienta agrícola que lleven a la mano —un machete o un martillo, por ejemplo—. Luego sigue el traslado hacia un centro de salud donde les presten los primeros auxilios. Por lo general, los accidentes ocurren en áreas distantes que no cuentan ni con vías de acceso ni con recursos clínicos. Toca transportar a pie o en bestia a los heridos, y las marchas a veces se prolongan durante cinco horas. Como no existen camillas ni ambulancias son acarreados en una hamaca suspendida entre dos palos, o en mecedoras levantadas a pulso por los socorristas voluntarios. Las caminatas se tornan más inclementes cuando se realizan al mediodía y el calor arrecia, o cuando se efectúan de noche, ha llovido y la trocha se encuentra enfangada. Después vienen las camillas, los quirófanos, los médicos, las enfermeras, las intervenciones quirúrgicas, las prótesis, las consultas, las terapias. La andadura permanente por los hospitales transforma la vida en una penitencia. Que se intensifica, aún más, con los problemas económicos y sociales. El mutilado renuncia a sus escasas pertenencias y abandona el terruño donde es productivo y conocido por su comunidad, para irse con su familia a cualquier sitio extraño, donde se convierte de inmediato en un ser ignorado, nulo, que habita casi siempre en tugurios de mala muerte y sobrevive gracias a actividades degradantes, como mendigar en los espacios públicos. Es cierto que le corresponde una indemnización y una ayuda humanitaria, de acuerdo con la gravedad del daño sufrido. Pero hasta este proceso de resarcimiento puede añadir mortificaciones. Hay que reunir documentación personal, corretear por dependencias oficiales, tramitar peticiones, autenticar papeles, someterse a antesalas exasperantes. Tales diligencias, aparte de ostentar un tinte burocrático abrumador, desbordan, a menudo, el exiguo nivel de educación de las personas accidentadas. Algunas de ellas, según lo comprobaré más adelante, desconocen cuál es su mano derecha y cuál es su mano izquierda, carecen de cédula de ciudadanía y ni siquiera saben qué día nacieron. Sin embargo, la ley establece que si no solicitan su compensación en un plazo que oscila entre seis meses y un año, pierden el derecho a reclamar. Como si los perjuicios que ocasionan las bombas tuvieran fecha de vencimiento. O como si los lisiados hubiesen quedado así por su propio gusto. La insensatez de la legislación y la ignorancia de tantos pueblos olvidados, contribuyen a que haya muchas más víctimas desamparadas. Se estima que para saldarles la deuda a todas las que permanecen sin reportar, se requiere un monto de 142.000 millones de pesos, es decir, 70 millones de dólares. Además, las lesiones son evaluadas con un criterio avaro. Lo máximo que se reconoce por concepto de invalidez absoluta, sumando la indemnización y la ayuda humanitaria, son 24 millones de pesos —unos 12.000 dólares—.

Cuando regrese a Bogotá y vea en perspectiva la ruta que deben transitar los afectados, me preguntaré si acaso antes y después de la explosión no habrá elementos tan crueles como la bomba misma. El abandono en que viven muchas regiones, por ejemplo. O la indiferencia de la mayoría de los colombianos frente a un problema que percibimos como lamentable, pero ajeno. Al final del viaje quedaré con la sensación de haber sobrepasado los límites del horror. Pero aun entonces oiré más declaraciones alarmantes. Luz Piedad Herrera, directora del Observatorio de Minas, contará que muchas de las bombas contienen excremento, puntillas viejas y desechos plásticos, razón por la cual no solo destrozan, sino que, además, infectan. “Hay personas —dirá— que pierden una pierna durante el atentado y a la semana siguiente, debido a alguna esquirla contaminada que les queda, también son amputadas de un brazo”. Por su parte, Álvaro Jiménez, director de la Campaña Colombiana Contra Minas, una organización que defiende los derechos de las víctimas, hará énfasis en los estragos psicológicos. “En muchos pueblos a los niños les da miedo ir a los patios para jugar y alcanzar mangos, y en esas condiciones la vida ya no vale la pena”.

*****

3. El refranero de Manuel Ceballos

Manuel Ceballos es un campesino apacible que suele expresarse por medio de refranes y diminutivos. Por ejemplo, para interpretar el accidente que hace tres años le mutiló la pierna derecha, dice que “lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas”. Cuando algunos paisanos lo culpan de su propia tragedia —y de la calamidad de su hija Nancy y de su nieta Luisa Fernanda—, debido a que eligió un camino peligroso, él responde que “en esta vida, el que no se cae de un empujón, se resbala solito”. Una desgracia, según él, puede sucederle hasta a la persona más buena, porque “siempre hay malos bajo las sombritas”. Ceballos se cala su sombrero aguadeño, espanta con una bayetilla a un moscardón que merodea frente a su rostro. Entonces cuenta que unos minutos después de la explosión le pidió a su hijo Henry que lo matara, pues no soportaba la angustia de ver su pierna vuelta ripios y a punto de desprenderse totalmente. Durante mucho tiempo estuvo obsesionado con la idea de suicidarse. Nada lo consolaba. Quería encerrarse en un cuarto adonde no se filtrara ni el más mínimo rayo de luz y dejarse morir segundo a segundo, en calma, sin alharacas, lejos de los demás seres humanos. Pero una mañana cualquiera, sin que mediara ningún motivo comprensible, descubrió que había recuperado las ganas de llegar a viejo. En este punto invoca una antigua sentencia de su abuelo materno, un arriero de carriel al hombro y machete al cinto: “Indio muerto no tira flecha”.

A menudo, cuando no tiene un refrán a la mano, Ceballos se torna inexpresivo. Habla con monosílabos o con frases muy cortas, o se calla. Entonces luce distante, pero no llega a ser hosco. Justo cuando parece que ni con ganzúa le sacarán una nueva palabra, lanza otro proverbio. Esta vez su intención es explicar cómo, a pesar de que el hombre crea en Dios y se porte bien, está expuesto a las desventuras.

—Usted sabe —dice—: la cruz en el pecho y el diablo en los hechos.

A principios de 2004, la vereda La Iraca —donde nació Ceballos— se encontraba sitiada por campos minados. Cada semana se registraba, por lo menos, una tragedia en el área rural. Los habitantes, versados ya en el alfabeto de la barbarie, eran capaces de anticipar la desgracia hasta en los detalles más sutiles. Sabían, por ejemplo, que cuando se oía a lo lejos el ladrido desesperado de los perros, y cuando, a continuación, las gallinas abandonaban sus nidos, cacareando azoradas como si las hubiese espantado el mismísimo demonio, era porque se acercaba una comitiva de paisanos que traían en andas a algún mutilado. Nadie tenía que llamarlos para que acudieran inmediatamente a la calle principal del pequeño caserío, dispuestos a recibir a la víctima de turno. Si había muerto, la enterraban sin honores en una fosa rústica cavada por ellos mismos, dentro del lote baldío improvisado como cementerio. Y si seguía viva, la trasladaban como fardo hacia cualquier lugar que contara con hospital o con puesto de salud. La reiteración de esta escena implantó el pánico y obligó a los moradores a emprender el éxodo. A finales de ese año, La Iraca, perteneciente al municipio de San Rafael, era ya un pueblo fantasma, devorado por la maleza y las sabandijas.

Manuel Ceballos, su esposa, María Jesús Valencia, y los siete hijos de ambos abandonaron la vereda a mediados de abril. Erraron por distintos lugares, ofreciéndose como jornaleros a destajo: él cortaba leña, cargaba bultos, podaba jardines y arreaba agua. Ella lavaba ropa y cocinaba a domicilio. Nancy y Henry, los muchachos mayores, también se fletaban para realizar oficios domésticos. Los otros, como todavía eran muy pequeños, permanecían recluidos en su morada. Cuando no conseguían trabajo ni hospedaje, se apostaban todos como pordioseros en cualquier bulevar, sentados en el suelo. Portaban esos carteles típicos de los desplazados, escritos a mano, en los cuales suplicaban ayuda e informaban que habían sido desterrados de su pueblo por la violencia. Algunos peatones se conmovían y les daban frazadas, comida o monedas, pero la mayoría los ignoraba. Muchos, incluso, los miraban con desconfianza o con repulsión. Manuel Ceballos se sentía humillado y por eso le proponía a su mujer que se devolvieran para La Iraca. Allá en su vereda, decía, por lo menos tenían una pequeña finca —llamada El Jardín— donde contaban con dos hectáreas de frijol, tres de maíz y una de café. El día que ellos emigraron forzosamente, la tierra se encontraba recién sembrada. Ceballos consideraba que ya había transcurrido el tiempo suficiente para que los cultivos estuviesen florecidos. Cuando la mujer le respondía que no expondría la vida de sus hijos llevándolos a un territorio repleto de bombas, él planteaba ir, solamente, a recoger las tres cosechas para venderlas y montar un negocio en otra parte. Su mejor argumento para tratar de convencerla era —cómo no— uno de esos refranes que le aprendió al abuelo.

—Para disfrutar del perro hay que entenderse con las pulgas.

Pero ella no cedía.

La vida lejos de su pueblo —advierte Manuel Ceballos— era un suplicio. Había días en que los muchachos solo comían un mendrugo de pan acompañado con refresco de panela. Y otros en que todos los miembros de la familia, es decir, nueve personas, dormían en una sola habitación, sobre un par de colchonetas desnudas tendidas en el piso. La situación se complicó aún más cuando Nancy, la hija mayor, que apenas tenía veinte años, quedó embarazada de un joven con el que mantuvo una relación pasajera. Entre tanto, Azucena, la menor, empezó a presentar síntomas de asma.

Ceballos es un hombre de baja estatura, piel lechosa y expresión melancólica. Su bigote, delgado y de punteras impecablemente recortadas, le otorga un aire de caballero arcaico. Cuando se quita el sombrero, deja al descubierto un cabello peluqueado al ras y engominado, con la raya correcta al costado izquierdo de la cabeza y las patillas atildadas. Está sentado en un banco de madera, dentro del kiosco de guadua que adquirió cuando el Estado le pagó su indemnización. Allí, en ese espacio de apenas dos metros cuadrados, se pasa los días vendiendo víveres y mirando las historietas de Condorito que le prestan los comerciantes vecinos. Solo se fija en los dibujos, debido a que es analfabeto. A su alrededor hay otros negocios idénticos al suyo, que la Alcaldía de San Luis —el municipio donde hoy vive— les entregó en concesión a varios desplazados por la violencia. Uno de esos locales, exactamente el que queda diagonal al de Manuel, es ocupado por Nancy Ceballos, quien de nuevo se encuentra embarazada.

Casi todas las calles de San Luis —124 kilómetros al sureste de Medellín— son empinadas y se estrellan contra un cerro imponente. Quizá la topografía tan agreste moldeó el carácter parco y laborioso de los habitantes. Pasan la mayor parte del tiempo ocupados, bien sea barriendo las terrazas de sus casas, o regando las matas, o arreando una yunta de bueyes. Serios, concentrados, como si de esos oficios cotidianos dependieran sus propias vidas. Al atardecer, muchos acuden a las cantinas del pueblo. Beben el aguardiente sin moverse de sus taburetes, ceñudos, silenciosos, como si no estuvieran de juerga sino cumpliendo uno más de sus deberes trascendentales. Algunas veces se integran pero, por lo general, cada quien se entretiene por su cuenta, sin prestar demasiada atención a los demás. A ello contribuye, entre otras cosas, el volumen tan estridente del tocadiscos. Diríase que suena así porque lo que se pretende no es incitar a nadie a la fiesta, sino, precisamente, resguardar el aislamiento encarnizado de estos individuos. Oyen una música de carrilera despechada, prostibularia, en la cual la mujer es presentada, casi siempre, como un ser abominable. La canción de moda por estos días es una en la que un cantante ametralla a su ex amada con calificativos ponzoñosos como “rata de dos patas” y “bicho rastrero”. Los campesinos se emborrachan al compás de esos improperios, sin despeinarse, sin exaltarse, con el mismo rostro inconmovible con el que siegan sus trigales.

Justo en este momento se oyen los versos de la descarnada canción, procedentes de algún bar cercano.

Maldita sanguijuela

Maldita cucaracha

Que infectas donde picas

Que hieres y que matas?

Ceballos es abstemio. Sin embargo, durante un periodo posterior al accidente, cuando aún tenía frescas las heridas, fue morador frecuente de las cantinas, donde encontraba algún alivio para sus pesares. Hoy, retirado de aquellas andanzas que, según él, le causaron más daño a su familia, se refiere al aguardiente como “una roya” que arruina los bolsillos.

—Y al hombre pobre todo le cuesta el doble —añade, mientras dirige su mirada hacia el mostrador. En seguida, aplasta por fin al moscardón impertinente, con un golpe seco de su bayetilla. Luego empieza a recordar, afligido, cómo fue que él y su familia, tras casi un año de ausencia, volvieron a La Iraca, donde les aguardaba la fatalidad.

A principios de marzo de 2005, Ceballos se topó casualmente con su paisano Oliverio Gil, quien también había huido de su vereda natal por temor a las minas antipersonales. Esa tarde, a la sombra de un algarrobo, compartieron sus cuitas. Coincidieron en que la vida del desterrado es aciaga, no solo por sus ahogos económicos sino, además, por el trato despectivo que recibe de la sociedad. La mayoría de la gente lo ve como un embaucador que utiliza la máscara del menesteroso para vivir campante a costillas del prójimo. Lo desprecian, lo esquivan. El desplazado es el margen de error del censo. No cuenta como ciudadano sino como chusma, como ser de las madrigueras. Para hacerse visible —valga decir, para existir— se sitúa en los espacios públicos más concurridos: debajo de los semáforos, en los separadores de las grandes avenidas, sobre los andenes de las zonas comerciales, en los alrededores de los templos. Su patria, que alguna vez fue un patio entrañable humedecido por el rocío del amanecer, es ahora el trozo de pavimento duro donde pernocta día a día. Desguarnecido, huérfano, el desplazado se va entumeciendo bajo la lluvia y desliendo bajo el sol. Es embestido por los carros, fustigado por la Policía. Hay que estar dentro de su piel para entender la confusión que se siente al pasar de la llama del candil a la luz de neón. Pero, ¿a quién le interesa ponerse en sus zapatos? Al contrario: la intención de los apresurados habitantes urbanos es permanecer tan lejos del desplazado como sea posible. En consecuencia, conocen poco o nada sobre él y sobre la realidad que encarna. ¿Qué es un desplazado cuando se le contempla desde el interior de un vehículo confortable, blindado contra las inclemencias de la vida urbana? Un gazapo del paisaje, un desventurado que, por fortuna para nosotros, se encuentra allá afuera, al otro lado de la ventana. Sabemos, porque lo hemos advertido en los noticieros, que emigró de su lugar de origen debido a la violencia, pero ignoramos la letra menuda de su catástrofe: la extorsión de los paramilitares o de los guerrilleros, las amenazas de muerte, la zozobra incesante, el descuartizamiento público de uno de sus parientes, el asedio de las bombas. Si le prestáramos atención un momento, nos enteraríamos de los pormenores de su desarraigo: la pérdida de sus pertenencias, la caminata humillante por un atajo encharcado, la incertidumbre frente al porvenir, la enfermedad del hijo menor, el luto de su familia. Pero nos resulta más cómodo dar la espalda, claro, convencidos de que el asunto no nos incumbe. Y ahí sigue el desplazado, aguantando nuestra indiferencia y la hostilidad del entorno. En cada trance de la jornada se juega la cabeza, en disputas que no eligió pero que le resultan inevitables. Más le vale que tenga agallas si quiere sobrevivir y granjearse el respeto. Eso sí: ninguna bravura le servirá cuando abandone la áspera calle y se quede a solas con sus miedos más íntimos. Una noche cualquiera descubrirá que el pueblo donde nació y creció, el pueblo en el que amó los guisos de su madre y el vuelo del colibrí, le duele en las entrañas. Añora sus casas de bahareque con el mismo ardor con el que un mutilado echa de menos el órgano que le arrebataron. Llora, desfallece. Al amanecer, enardecido por el desvelo, el desplazado habrá tomado una decisión radical.

Eso fue, precisamente, lo que hizo Manuel Ceballos el día de su encuentro con Oliverio Gil. Mientras tomaba café sentado en el borde del catre, le contó a su esposa, María Jesús Valencia, la decisión de retornar a La Iraca. No usó un tono vacilante, como en las insinuaciones anteriores, sino una voz marcial que desautorizaba de tajo cualquier argumento en contra. Pero la mujer volvió a plantarse firme: le advirtió que quien quisiera llevarse a sus hijos sin el consentimiento de ella, debería pasar antes por encima de su cadáver. Ceballos conocía a su compañera lo suficiente como para entender que hablaba en serio y que no se amedrentaría ante ninguna bravuconada. Entonces resolvió persuadirla con argumentos. Primero apeló al que se le antojaba más convincente: casi todos los habitantes habían regresado ya a la vereda. ¿Por qué iban a ser ellos los únicos que seguirían en una ciudad hostil soportando hambre y desprecios? La segunda razón que esgrimió fue un disparate que se le ocurrió de repente: después de once meses, las tales bombas seguramente se encontraban desactivadas. Quizá —agregó— se dañaron con los aguaceros de octubre o con los soles de enero.

Todavía hoy, tres años después de haber perdido la pierna derecha, Ceballos desconoce que la vida útil de las minas antipersonales puede ser de hasta cincuenta años. Si fuera cronista de Bogotá, oiría a Luz Piedad Herrera, la directora del Observatorio de Minas, diciendo que “cada bomba de esas dura lo suficiente como para destrozar a los nietos de quienes la sembraron”. Pero como es un analfabeto de las orillas remotas, jamás contará con la oportunidad de escuchar una voz oficial que le ayude a defenderse del peligro. En este momento, mientras acomoda un rimero de papas en el mostrador del kiosco, su aspecto sigue siendo el de un hombre a la deriva. Luce menoscabado, desvalido. No es exagerado conjeturar que el primer detonante de su infortunio fue la falta de educación. Cuando estaba en edad de instruirse, solo recibió un abecedario garrapateado en la brisa: el refranero de sus ancestros antioqueños. Se trata, ciertamente, de un compendio de inteligencia que, en condiciones normales, le bastaría a un campesino como él para descifrar los senderos por donde transita. Pero en medio de verdugos tan inhumanos, capaces de convertir la Tierra, la Madre Tierra, en simple alacena del terror, los saberes atávicos son letra muerta. La barbarie no se conjura con proverbios, ni siquiera con los más iluminados, como este que pronuncia Ceballos ahora, al terminar de ordenar las papas en el mesón.

—Mal camino no conduce a buen sitio.

No era eso lo que pregonaba a comienzos de marzo de 2005, cuando andaba con la cantaleta de devolverse para La Iraca. Ya en aquel momento conocía el refrán, por supuesto. Sin embargo, consideraba inconveniente mencionarlo en las conversaciones con su mujer. Su vuelta al pueblo —insiste— se debió, en parte, a las desdichas que padeció en el exilio, y, en parte, a su idea de que las bombas ya eran piezas caducas. Si alguien le hubiese asegurado que las minas conservaban aún su capacidad de destrucción —admite en seguida— habría regresado, de todos modos, porque al sopesar en una balanza los riesgos que corría y los provechos que se derivaban del retorno, la decisión adquiría sentido. En La Iraca quizá moriría reventado entre dos hileras de alambre de púas, claro, pero también podría ser otra vez un hombre productivo y autosuficiente, al que nadie abochornaría ni miraría con desconfianza. En cambio, en la ciudad ancha y ajena siempre sería maltratado y jamás tendría, como contraprestación, una esperanza mínima a la cual aferrarse.

Ceballos se arrellana de nuevo en el banco de madera. Al parecer no se da cuenta de que la bota derecha del pantalón se le ha levantado un poco. Entonces me dedico a bosquejar ciertas deducciones. Algo debe andar muy mal para que los desplazados se sientan forzados a inmolarse en sus peligrosas veredas, porque no caben en el resto del país. ¿Habría, acaso, una forma más ignominiosa de cerrar este círculo de horror? Primero los dejamos a merced de los bárbaros. No les garantizamos el derecho a la tranquilidad, como tan fastuosamente promete la Constitución Nacional. Luego, cuando aparecieron frente a nosotros llorando por su tragedia, giramos los rostros hacia otro lado, distantes, insensibles. Les negamos una segunda oportunidad, los arrinconamos. De ese modo, los empujamos de vuelta hacia sus caseríos inseguros, y es posible que hayamos contribuido, además, a accionar la mecha explosiva de su desgracia. ¡Cuánta miseria, Dios mío, la del hombre que, por falta de opciones, elige el “mal camino” a sabiendas de que “no conducirá a buen sitio”! La conclusión es aún más punzante viendo ahora la prótesis lastimera de Ceballos —símbolo de la infamia— incrustada en un zapato descascarillado.

María Jesús Valencia accedió, por fin, a repatriarse a La Iraca. El argumento que la convenció fue el hecho de que muchos paisanos se encontraban de regreso y la vereda llevaba otra vez una vida normal. Además, su marido, empeñado en ganarle ese pulso a como diera lugar, le asestó la estocada final con una promesa irresistible: cuando retornaran al pueblo, bautizarían a Luisa Fernanda, su primera nietecita, la hija de Nancy, que había nacido un mes atrás, exactamente el 4 de febrero. La niña — agregó — debía hacerse a un nombre en el lugar en el que se hallaban las raíces de la familia. Arribaron al pueblo el martes 15 de marzo de 2005, un poco antes del mediodía. De inmediato se dedicaron a recuperar el rancho, invadido por la maleza. María Jesús Valencia se puso muy contenta cuando verificó que sus enseres estaban completos: las colchas de retazos, la vajilla de totumo, los platos de peltre, las dos linternas de querosene, la mesa de cedro rústico. En la ciudad —le comentó a su compañero— ninguna de esas cosas habría sobrevivido a la rapacidad de la gente. A la mañana siguiente adelantaron el operativo de limpieza en la finca El Jardín, ubicada a unos treinta kilómetros de distancia.

Estas labores de saneamiento resultaban inaplazables, debido a que La Iraca acusaba los estragos propios del abandono: cundía la mugre, abundaban los zancudos. Los cerdos, que se habían vuelto cimarrones, andaban descarriados por los montes, irreconocibles e inalcanzables para sus dueños. Los sapos y las lagartijas se enseñoreaban por los patios, los zarzales recubrían las tapias, el moho arropaba las tinajas. Todo era un caos, como en el principio de la Creación. De modo que aquellas primeras jornadas de arreglo y aseo se asimilaron a una refundación. Al desbravar la maleza, fumigar a los insectos, raspar el verdín de las cacerolas, barrer los pisos y poner cada objeto en su sitio correspondiente, el pueblo resurgía de entre sus ruinas y el Universo mismo recobraba su razón de ser.

Manuel y María Jesús acordaron celebrar el bautizo el 23 de marzo —Jueves Santo—. El miércoles 22, un poco después del mediodía, decidieron ir al caserío Agua Bonita para comprar los víveres con los cuales prepararían la comida de la fiesta. Iban acompañados, como dice Manuel, por “toda la recua”, es decir, por Nancy, Henry, Claudio, Ricardo, Zoraida, Giovanni y Azucena, los hijos, y por Luisa Fernanda, la nieta, que entonces tenía 47 días de nacida. Avanzaban a pie a través de una senda angosta tapizada por la hojarasca de los algarrobos. Delante de ellos, encabezando la caravana con su paso cansino, viajaba una de las dos mulas de la familia. De pronto, Ceballos voló un par de metros y cayó bruscamente al suelo, en medio de un estruendo de cataclismo. Hoy, cuando recuerda el suceso, recurre a una metáfora: aquello fue como si justo bajo sus pies brotara un martillo descomunal que desfondara el piso y lo arrojara a él por el aire. Sintió un desgarrón debajo de la rodilla derecha. La tierra empezó a dar vueltas, el horizonte fue eclipsado por un hongo negruzco que expelía arena a raudales. Lejanos, amortiguados por los últimos coletazos de la explosión, se oyeron los gritos de los muchachos. Segundos después, cuando por fin se despejó el panorama, Ceballos descubrió que su pierna derecha, despedazada, pendía de un delgado ripio, lo cual le pareció más espeluznante que si se le hubiese desprendido del todo. Fue en ese momento cuando le imploró a su hijo Henry que lo rematara con un machetazo en la frente. Ni entonces, ni ahora —aclara, de manera tajante— vio el accidente como consecuencia de su decisión de volver al pueblo. ¿Quién le garantiza que al seguir en el destierro se hubiera ahorrado el percance? Su abuelo materno decía que ningún hombre viene al mundo con la vida escriturada. Lo único seguro es la muerte, y cuando esta llega no hay excusa ni escondite que valgan. Ceballos cita de nuevo el primer refrán que invocó esta tarde en su testimonio:

—Lo que viene liso desde el cielo, cae a la tierra sin arrugas.

Al decir que la vida es prestada y transitoria —aclara— no insinúa que le importe poco. Cuando le pidió a Henry que lo matara, aquella tarde fatídica de marzo de 2005, fue porque durante un instante supuso que sería un hombre inservible, un estorbo para su familia, y pensó que en esas condiciones no valía la pena seguir vivo. En el fondo es consciente de que planteó esa solicitud extrema porque sabía que su hijo la descartaría. No imaginaba que casi en seguida sería testigo de un hecho atroz que le haría concebir, entonces sí de verdad, la idea de morir con la cabeza tronchada. Apenas cesó la avalancha de tierra, Ceballos divisó a Nancy, que corría hacia él con los brazos abiertos y el rostro transfigurado por el horror. Detrás venía María Jesús, quien traía cargada a Luisa Fernanda. Estarían quizá a cuatro metros de distancia cuando desaparecieron de vista, envueltas en un fogonazo de espanto. Durante varios segundos que le parecieron interminables, Ceballos sólo vio un nubarrón plomizo que se expandía en espirales, dejando a su paso un reguero de guijarros y de ceniza. Inmovilizado en el suelo, con un tarugo en la garganta, reconoció en aquella polvareda su propio Apocalipsis. Si perder una pierna significaba quedar inútil, perder a su familia era ya el verdadero fin del mundo, el acabose. Sintió una punzada en el costado derecho del bajo vientre. Lamentó, con toda su alma, haber sobrevivido a la primera bomba. Y soltó sin más demora el grito que tenía atrancado en el pecho.

—Hijueputaaaaaaaaa!

Entonces, por fin, divisó los tres cuerpos tirados en el piso. No recuerda más, salvo que, mientras desfallecía, mientras el universo se oscurecía y se borraba, la mula lanzó un relincho azorado. Ceballos ignora cuánto tiempo permaneció inconsciente. Tal vez un par de minutos, le dijo su hijo Claudio. Al despertar, se puso a atar los cabos sueltos de la tragedia con la información fragmentaria que le iban entregando sus hijos: la segunda mina, sembrada cerca de la primera, le mutiló a Nancy la pierna derecha. A María Jesús la derrumbó pero no le ocasionó lesiones graves. Y a Luisa Fernanda le inundó el torso y la pierna izquierda de esquirlas incandescentes que le ulceraron la piel. Ceballos contempló a las tres mujeres — “a mis tres flores”, dice ahora, con una expresión de dulzura en el rostro — y se asustó tanto que volvió a perder el conocimiento. Cuando lo recobró, alguien le indicó que Ricardo se había ido en la mula para La Iraca, en busca de ayuda. Ceballos conserva en la memoria retazos atropellados de los hechos que sucedieron a continuación, ya que sufrió nuevos desmayos que le impidieron lograr una visión continua de la realidad. Cada vez que reabría los ojos, escuchaba voces desesperadas y percibía impresiones fugaces del entorno, instantáneas terribles que, casi en seguida, se transmutaban en tinieblas. Así, a punta de imágenes intermitentes y fantasmagóricas, fue captando lo que ocurría a su alrededor. Vio a Nancy pidiendo a gritos que le llevaran a Luisa Fernanda para cargarla. Vio a María Jesús aconsejándole que se tranquilizara. Vio a Azucena acurrucada en el suelo con la cabeza hundida entre las manos. Vio a Claudio apeándose de la mula. Vio a la mula orinando. Vio al gentío que vino del pueblo a socorrerlos. Vio a tres paisanos mayores tendiendo un par de hamacas entre dos vigas nudosas. Vio el sol ocultándose en el horizonte. Vio a Oliverio Gil abrazando a Henry. Vio a un muchacho de espaldas, indicándole a la multitud que ya eran las seis y media de la tarde. Después cayó la noche y Ceballos ya no pudo ver nada, a excepción de algunas sombras esporádicas. Eso sí: a ratos oía frases que le permitían deducir lo que estaba pasando.

—No camine tan rápido, Venancio, que me lleva al trote y el camino está muy resbaloso.

—Camine siempre por el centro de la trocha. Preciso tenía que llover hoy.

Ceballos notó que la caravana avanzaba por un sendero fangoso. Advirtió el chapoteo de los viandantes en el barro, el jadeo afanoso de alguno de sus conciudadanos. Se percató, además, de que a veces su hamaca se deslizaba hacia un extremo del palo donde iba colgada.

—No se preocupe, Nancy. La niña va con Oliverio.

—¡Ay, Dios mío, qué mala hora!

—Se me acabaron los cigarrillos.

—Manténgase en el centro, Venancio, en el centro. No vaya a pisar el borde del camino.

—Menos mal que por acá ya no está lloviendo.

Durante un momento percibió en la atmósfera un penetrante tufo de aguardiente.

—Ese cigarrillo está mojado. Deme otro.

—¡Con cuidado, que me duele la pierna!

— Falta mucho?

Ceballos sintió una quemazón en la pierna cercenada y una resequedad intensa en la boca. Quiso pedir agua pero desistió porque, súbitamente, fue poseído por la idea de que había perdido la voz. Por mucho que gritara —pensó— nadie lo oiría. ¿Estaba dormido? ¿Alucinaba? Hoy cree que sí. Incluso, cuenta que en uno de esos raptos de desvarío avistó una hoguera crepitante que se levantaba como a dos metros de altura. Las llamas formaban arabescos de colores, luego se transformaban en el rostro de Ceballos, después se volvían una estatua de ceniza y, al final, convertidas ya en un montón de polvo, se esparcían por el aire. ¿Contenía su pesadilla un mensaje cifrado, una señal de humo de la fatalidad? “Tal vez”, responde, mientras saca la llave para abrir la puerta de su casa.

La tropa arribó a La Iraca a las diez de la noche. De inmediato, los heridos fueron transbordados a un camión de estacas que los llevaría a la ciudad de Rionegro. También de este nuevo viaje — ue culminó a las cuatro de la madrugada— Manuel Ceballos conserva recuerdos fragmentarios. Lo más dramático, dice, ocurrió al poco tiempo de haber llegado al hospital, cuando una enfermera le arrancó la pierna que pendía del delgado ripio, y luego la forró con gasa y la embaló en una bolsa. Tanto Ceballos como su hija Nancy fueron sometidos a cirugía el Jueves Santo por la mañana. La muchacha reaccionó bien en la fase postoperatoria pero su padre sufrió dos infartos, debido, entre otros factores, a que el muñón se le gangrenó y eso le produjo una obstrucción vascular. El Sábado de Gloria —señala ahora, mientras cuelga las llaves en una clavija engarzada en la pared— tuvieron que someterlo a una segunda amputación, esta vez por encima de la rodilla. Su convalecencia en el hospital duró dos meses, al cabo de los cuales comenzó a gestionar el reclamo de la indemnización. El Estado le reconoció a él quince millones de pesos y a Nancy, ocho millones. Con ese dinero abastecieron los kioscos que les entregó en concesión la Alcaldía de San Luis. La compensación por los daños que sufrió Luisa Fernanda —concluye Ceballos— aún no ha sido aprobada.

Los Ceballos se encuentran esta noche en la casa donde viven en arrendamiento desde agosto de 2005. Es una residencia de apenas dos habitaciones, ubicada al pie de una cuesta adoquinada en el centro de San Luis. María Jesús Valencia —mujer enjuta, cuarenta años, labio leporino— cuece frijoles en la cocina. Luce una camisola violeta y un pantalón gris. Da la impresión de que podría estar medio siglo callada pero no un solo minuto sin realizar sus oficios domésticos. Luisa Fernanda —cabello castaño, tres años, mejillas rubicundas— juega con una vecina de su edad que ha venido a visitarla. Lleva una blusa roja de manga sisa y una falda de jean. Las quemaduras que sufrió en la pierna izquierda le afectaron los tendones y, en consecuencia, es coja. Además, presenta retraso en el habla. Incapaz de construir oraciones, apenas balbucea algunas palabras sueltas, como “mami” y “tete”. Nancy —24 años, siete meses de embarazo, pómulos sobresalientes— está sentada en la sala, al lado de su padre. Tiene una camiseta roja que parece a punto de romperse en su imponente panza y un pantalón azul. Aparte de haber padecido la amputación de la pierna derecha, permaneció seis meses con la pierna izquierda repleta de tornillos ortopédicos. El tema de conversación es la edad de Manuel Ceballos.

—Tengo como cuarenta y pico — dice.

—Pero papá —interviene Nancy—. El señor quiere saber es la edad exacta.

—Como 42. Más o menos 42.

Nancy le recuerda a su padre que en la cédula de ciudadanía aparece la fecha precisa de su nacimiento. Ceballos baja la mirada y, enmudecido, saca un envoltorio del bolsillo de la camisa. Lo desdobla con desgano, lo vacía. De manera repentina, su rostro se ha tornado más serio que de costumbre. Ahora extrae un mazo de papeles que va desplegando con displicencia frente a sus ojos. Allí está, por fin, el documento de identidad, amarilleado por el tiempo pero con el blindaje de plástico intacto. Ceballos lo examina un momento, antes de soltar el esperado reporte.

—Sí, tengo cuarenta y dos.

Entonces, Nancy le pide la cédula. Y también ella se dedica unos segundos a inspeccionarla.

—Papá —observa a continuación, con un rostro inocente—. Aquí dice que usted nació el 19 de agosto de 1963. Usted tiene son 44 años.

Ceballos se queda en silencio. Al parecer, avergonzado. Luce apocado, indefenso. El bochorno que le produce su ignorancia es también una consecuencia de su accidente. Si estuviera en La Iraca, ¿a quién le importaría su edad? Allá todo era elemental. Se nacía o se moría, se era joven o se era viejo. Fácil, simple. En la Iraca, quien fuera capaz de pronosticar la duración de la niebla, quien supiera resguardarse de los tornados y de las heladas, quien distinguiera el tiempo conveniente para la siembra, quien pudiera mantener su huerto libre de plagas y de zarzas, quien gozara de salud suficiente para asestarle a la tierra un buen golpe de azadón, era un hombre feliz y respetable. Daba lo mismo que tuviera 20 o 53 años. Como era posible conseguir lo que se necesitaba sin recurrir a papeleos engorrosos, la cédula permanecía archivada en el cajón de los trastos inservibles. Esa cédula, a propósito, esa puñetera cédula que Nancy contempla todavía con curiosidad, es ahora un símbolo del derrumbamiento de Manuel Ceballos. Sintetiza los sobresaltos de su destierro físico y sicológico. Lo hace aparecer en público como un pobre diablo, borrando de un solo tajo el hecho de que allá en su pueblo él fuera un hombre apreciado por su inteligencia. La cédula, además, representa su insignificancia frente a la maquinaria aplastante de las oficinas públicas, donde hoy, por fin, después de perder la pierna y la tranquilidad, oye hablar de sus derechos. En La Iraca esa cédula valía lo mismo que un comino, porque allá no se requerían certificados para ser ciudadano, ni escrituras para honrar los compromisos, ni pasaportes para pasar de un lugar a otro.

El incidente de Ceballos con la cédula plantea una conclusión más alarmante: las minas antipersonales, además de destrozar a la víctima, la subyugan para siempre. Se trata de una tiranía sutil pero monstruosa. Cada vez que el lisiado se entrega, desamparado, a su rutina sombría; cada vez que se aferra a su muleta como el náufrago al salvavidas, cada vez que embetuna el zapato triste de su prótesis, la bomba de su desgracia le resuena de nuevo en la conciencia. Todo lo que le permita recordar su invalidez es una prolongación del atentado. Esta conjetura, aunque parezca exagerada, se entiende mejor cuando Luisa Fernanda se viene corriendo para donde su abuelo y, de manera imprevista, le agarra la pierna ortopédica, mientras repite a media lengua una de las pocas palabras que sabe pronunciar.

—¡Pata, pata, pata!

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4. El cielo que perdimos

Oveida Morales, la asistente psicosocial de los damnificados en San Francisco, y un chofer apodado el ‘Canta rana’, me recogen en la estación de gasolina La Mañosa, tal y como habíamos acordado por teléfono. El jeep campero recorre cerca de un kilómetro en terreno plano y, a continuación, empieza a trepar por una ladera empinada, bordeada en el costado izquierdo por un abismo profundo. La vía por la que nos trasladamos rodea una montaña elevadísima y de vegetación tupida, que fue colonizada recientemente. Por eso, los habitantes de San Francisco le llaman “la carretera nueva”. Pero en realidad es una trocha que parece vieja. O, más bien, obsoleta. Es sinuosa y está cundida de escalerillas ásperas, por lo cual pegamos unos brincos tremendos que nos hacen golpear las cabezas contra el techo del carro. La polvareda es tan feroz que se cuela por los intersticios de las ventanas cerradas y se nos incrusta en los ojos.

La región que empiezo a recorrer—el oriente de Antioquia— es una superficie de 8.000 kilómetros cuadrados, conformada por 23 municipios y poblada por 640.000 personas. El periodista Guillermo Zuluaga, a quien he consultado muchas veces por teléfono, me ha informado que en este lugar, rico en recursos hídricos, se genera 35% de la energía eléctrica que se consume en el país. Su posición geográfica es privilegiada, porque lo mismo permite acceder a la zona aurífera del Bajo Cauca que a la petrolera del Magdalena Medio y a la caficultora del Eje Cafetero. Esos factores, sumados al vigor productivo de los habitantes, resultan atractivos para los grupos armados al margen de la ley. Durante años, cuatro frentes guerrilleros —de las Farc y del Eln— sometieron a los ganaderos y agricultores a un régimen de chantaje, secuestro y exterminio. Después llegaron tres bloques paramilitares y, con el pretexto de que urgía recuperar la paz, aumentaron la expoliación y la carnicería. Estos actores del conflicto necesitaban desplazarse obligatoriamente por el oriente de Antioquia para transportar sus mercaderías y sus armas. Por tanto, desataron una guerra sin cuartel para lograr el dominio del área. Entonces, la población civil quedó atrapada en medio del fuego cruzado. Un día sucumbía una familia entera, embestida por los tambores de gas propano de un grupo guerrillero, y al día siguiente los paramilitares descuartizaban con motosierras a los bailadores de una fiesta pública. Los verdugos ultimaban a sus víctimas en las plazas —a la vista de sus conciudadanos—, o les tendían emboscadas en las arboledas, o las asaltaban a medianoche en sus dormitorios. La gente se convirtió de pronto en mera carne de cañón: la ametrallaban desde un lado, la ametrallaban desde el otro, en episodios de horror cada vez más degradados y crueles. Prestarle a un forastero un servicio normal —como venderle un almuerzo, o plancharle una camisa, o transportarlo en un taxi— equivalía a firmar la orden de ajusticiamiento proferida por los enemigos de ese forastero. Negarse era ofrecerle la cabeza al forastero mismo. Hasta el gesto más pacífico podía ser interpretado por los combatientes como una afrenta digna de penitencia. Unos consideraban peligrosos a los peludos. Los otros, a los rapados. A aquellos les disgustaba que los tenderos abrieran sus establecimientos demasiado temprano. A los de más allá les fastidiaba que los muchachos oyeran música hasta tarde en los parques. Todos se creían ungidos de una autoridad divina que los facultaba para despellejar al incómodo, al diferente, al que no encajaba en sus planes. Y así, en esa orgía de sangre que no respetaba ni credo, ni edad, ni sexo, la muerte se volvió moneda corriente. A los ciudadanos inermes los mataban por retaliación, por negocio o por estrategia bélica. Los mataban aun cuando fueran inocentes, porque quienes manejaban los hilos de la barbarie consideraban que eran peones insignificantes, susceptibles de ser sacrificados a cambio de conquistar nuevas posiciones en el ajedrez macabro de la guerra. El fin último de la apuesta era apoderarse del territorio para obtener beneficios económicos y operativos. Y tal objetivo justificaba apelar a cualquier táctica, incluso a la más inhumana. Por ejemplo, el uso de las minas terrestres.

De acuerdo con un reporte de la Vicepresidencia de la República, el Eln ha sido responsable del 38,8% de las minas antipersonales sembradas en Antioquia. Las Farc, del 24,2%. Y las autodefensas, del 2,3 por ciento. La autoría del 29,6% de las bombas es desconocida.

Ahora, mientras el motor del jeep campero gruñe con dificultad, Oveida Morales plantea de modo espontáneo el tema de la violencia en su región. Es evidente que, como conoce el motivo de mi viaje, ha venido preparada. Lo primero que debo saber —advierte— es que en el oriente de Antioquia, especialmente en las zonas rurales, nadie, lo que se dice nadie, se ha salvado de las angustias del conflicto. Quien no lo ha sufrido en carne propia, por lo menos ha visto el padecimiento de algún familiar cercano, o el de algún vecino. Comprobar su afirmación —añade, en tono desafiante— es fácil: basta con sondear a las personas que encontremos en el camino. Para no ir muy lejos, el ‘Canta rana’, nuestro chofer, es amigo de Delio Enrique Daza, un campesino de San Francisco al que sus paisanos le estampillaron el sobrenombre de ‘Culo roto’, debido a que cayó de nalgas dentro de un hueco parapetado con hojas y relleno de varillas puntiagudas. A ese tipo de dispositivo de guerra, bastante común en la zona, se le llama “trampa cazabobos”. El ‘Canta rana’ fue testigo del momento en que Daza atravesó a pie la calle principal de San Francisco, dando alaridos y con una estaca filosa hundida en el trasero. Cualquiera en el oriente de Antioquia —insiste Oveida, de manera enfática— puede contarme una historia similar. Ella, por ejemplo, presenció el asesinato de su padre. El hecho ocurrió en la vereda El Portón, el 8 de septiembre de 1990, veintidós días antes de que ella cumpliera los ocho años. Después, en la adolescencia, le tocó asistir al entierro de su hermano José Heriberto, fusilado en público por los paramilitares, y más tarde fue golpeada por las desapariciones sucesivas de otros hermanos: Carlos Julio, Luis Eduardo y Orfa María, de quienes nunca más hubo noticias en la comarca. A mediados de 2004 vivió una tarde de pánico imborrable, cuando varios guerrilleros irrumpieron en El Portón y empezaron a sacar a los hombres de sus casas, para llevarlos a algún lugar desconocido. Oveida sintió que se moría cuando vio a dos tipos de uniformes camuflados y rostros cubiertos con pasamontañas, arreando a su marido, Marcelino Soto, hacia la calle, donde ya estaban agrupados los otros varones adultos del pueblo. Las tres horas siguientes fueron de espanto. Oveida temía un desenlace trágico como el de su padre y sus hermanos. Y se preguntaba cómo se las arreglaría para criar sola a Juan Diego, su hijo, que apenas tenía un año.

Al final de la tarde le volvió el alma al cuerpo, cuando vio entrar a Marcelino por la puerta del patio. En seguida, sin preámbulos, su marido le contó que los guerrilleros los condujeron a un solar baldío, ubicado como a unos ocho kilómetros de distancia, para darles un ultimátum humillante: al día siguiente, antes de que saliera el sol, todo el mundo debía abandonar El Portón. Quien incumpliera el mandato —les advirtieron— sería fusilado. La determinación obedecía a que el ejército regular venía hostigándolos demasiado, y por eso el comandante del frente sospechaba que algunas personas de la vereda suministraban información contra ellos. La última parte de la arenga contenía el anuncio más brutal: a la mañana siguiente, cuando los habitantes se marcharan, cuando El Portón quedara convertido en un pueblo fantasma, ellos, los guerrilleros, se encargarían de minar los alrededores del lugar, de modo que si a algún necio o sordo se le ocurría la pésima idea de devolverse, moriría desmembrado. En este punto, Oveida apoya súbitamente su cabeza en mi hombro izquierdo y comienza a llorar. Le sugiero suspender el relato, pero ella se niega con un argumento que me asombra: nunca antes había hablado de su pasado con nadie, y ahora siente que necesita hacerlo. Se seca las lágrimas con la manga derecha de su blusa, esboza una sonrisa lánguida. Cuenta entonces los pormenores del éxodo, calcula las pérdidas materiales. De su narración torrencial hay dos hechos que me impresionan. El primero se presentó en San Francisco el mismo año de su desplazamiento forzoso, durante la Navidad, cuando un muchacho que pasaba frente a su casa encendió de pronto una luz de bengala. Oveida desconocía esos fuegos artificiales. Y como, además, estaba traumatizada por su retahíla de calamidades familiares, supuso que la llamarada que acababa de divisar correspondía a un ataque dirigido contra ella. Todavía recuerda el grito de terror que lanzó, antes de caer desmayada en los brazos de su vecina.

—¡Virgen del Carmen, nos mataron!

El segundo hecho ocurrió a los dos años del destierro. Una mañana, Oveida amaneció con ganas de retornar a El Portón. No para quedarse a vivir allí otra vez —aclara— sino simplemente para echarle un vistazo a su antigua casa. Sabía que era una idea temeraria, absurda. Pero también sabía que se trataba de un deseo irresistible y que nadie la detendría hasta satisfacerlo. Para sorpresa suya, su marido le siguió la corriente y, además, se ofreció a acompañarla. Eso sí, puso dos condiciones: la primera, que dejaran a su hijo en casa de la vecina en San Francisco. Y la segunda, que ambos llevaran sendas cañas de bambú en las manos, para tantear previamente cada pedazo de tierra donde fueran a pisar. Oveida todavía recuerda los detalles más conmovedores de aquella jornada. Se ve a sí misma, al lado de Marcelino, palpando el suelo con la caña. Las manos le sudan, el mentón le tiembla. Ve su casa deteriorada, mustia, con las paredes revestidas de hiedras y la ventana única destronada. En la sala huele a humedad, a óxido. Ve la cama del niño a merced de las polillas. Ve un balón de plástico despachurrado en un rincón. En el patio, en la misma cuerda donde ella la dejó colgada el día que salió expulsada de la vereda, está la ropa de la familia, tiesa por la acumulación de lluvias y soles, acometida por un ejército de hormigas coloradas. ¿Y la gallina jabada? ¿Y los 19 pollos de engorde? Un cerdo cerrero y de hocico peludo pasa entonces frente a ella como una exhalación, y se pierde dentro de un bosque de helechos. Oveida se ve a sí misma llorando recostada contra el marco de la puerta. Después ve cómo ella y su marido regresan a San Francisco, sin pronunciar ni una sola palabra durante el camino.

Oveida es consciente de que su aventura pudo haber derivado en tragedia. ¿Por qué, entonces, cometió la imprudencia de regresar a El Portón? Por toda respuesta, calla. Mueve la cabeza hacia los lados, como si estuviera negando algo. Se seca de nuevo las lágrimas con la manga derecha de su blusa. Más adelante, cuando oiga la voz de Oveida en la grabadora y relea los apuntes de mi diario de campo, evocaré este silencio. Entonces su imagen me llegará nítida: piel cobriza, cabello marchito sujetado con una peineta de carey, baja estatura, cuerpo rollizo. La recordaré sentada dentro de este jeep campero invadido por el polvo, hablando a borbotones a pesar del llanto, como si acabara de ser rescatada de un naufragio. Y luego, subiendo las calles empinadas de San Francisco, guiándome generosamente hacia las casas de los personajes que ella misma ha anotado en un retazo de papel.

Más adelante, durante la escritura de esta crónica, pensaré de nuevo en Oveida Morales. Me preguntaré por qué regresó a su vereda, afrontando el peligro de caer despedazada en cualquier recodo. Muchos desplazados se devuelven debido a sus penurias económicas. Otros, porque se cansan del maltrato que reciben en las ciudades. Ninguna de esas dos razones influyó en Oveida. Lo suyo aquella tarde era la melancolía, el dolor de patio. Y un sentimiento furibundo que la impulsaba a desafiar cualquier fatalidad sin detenerse a medir las consecuencias. Ciertamente, ella andaba con una larga caña de bambú que, en caso de que hubiese alguna mina antipersonal enterrada, le serviría como parachoques. Sin embargo, no hay que olvidar que la idea de portar ese frágil escudo protector fue de su marido. Oveida muy bien habría podido apañárselas para ir a su vereda sin tomar ninguna precaución, porque en el fondo lo que quería era ofrendarse en cuerpo y alma por la gracia de reencontrar sus propios pasos perdidos. Más adelante, cuando arribe a esa parte de la historia, sentado ya frente a la pantalla de mi computadora, tendré a la vista el hermoso verso de Khalil Gibran: “La nostalgia del paraíso es el paraíso”. Entonces, conmovido hasta el tuétano, le tributaré mis respetos a Oveida y a todas las personas que son capaces de perseguir hasta el final el rastro de sus añoranzas, a sabiendas de que la patria que buscan ya no existe, porque se la llevaron los malos vientos y el carajo, y lo único que quedó de ella fue una quimera dolorosa.

Al final del viaje, cuando empiece a transcribir los testimonios de las víctimas, me sentiré abrumado por tantas historias de horror parecidas y, sin embargo, diferentes. Oiré a Ariela Ramírez, una señora de la vereda Los Cedros, declarando que el petardo que le desfiguró el rostro y el cuello estaba metido en el fogón, y explotó justo cuando ella puso a hervir el primer café de la mañana. Oiré a Evelio Quintero, un tendero de Aquitania, contando que cuando llegó herido al hospital empezó a presentar incontinencia urinaria, y por eso la enfermera de turno se negó a atenderlo. Oiré a Numberto Ruiz, un leñador del caserío El Pescado, relatando cómo la ambulancia que lo trasladaba hacia el hospital el día que perdió la pierna derecha, se volcó en la carretera. Oiré a Julio Velásquez, un electricista de Cocorná, diciendo que el paquete cerrado en el cual se hallaba la plancha-bomba que le malogró la cara y le arrebató el 75% de la visión, fue enviado al taller donde trabajaba por enemigos de su patrón. Oiré a Luis Alfonso Quintero, un jornalero de la vereda El Venado, describiendo el ardor que sentía en el muñón de la pierna izquierda. Oiré a Delio Daza Giraldo, ‘Culo roto’, cantando una ranchera que narra su accidente, y que, según me anunció bajando la voz misteriosamente, piensa mandarle a Juanes:

Caí a un hueco de más de dos metros

Y una varilla me vino a matar

Soy desplazado, vivo sufriendo

Y en este mundo todo es crueldad

Al final del viaje, cuando revise las declaraciones de algunos funcionarios encargados de combatir el problema, tropezaré con más datos aterradores. Oiré a Nancy Marín, líder comunitaria de Cocorná, afirmando que sembrar una bomba apenas vale un dólar, mientras que desactivarla, vale mil. La oiré leyendo en un documento la célebre frase de Pol Pot, aquel sanguinario militar asiático: “Una mina es un soldado perfecto: no necesita comida ni agua, no tiene sueldo ni descanso, y espera a su víctima por 30 años o más”. Luego oiré a Álvaro Jiménez, el director de la Campaña Colombiana Contra Minas, revelando que Colombia es el país del mundo donde más afectados se registran al año, por encima de Camboya y Afganistán.

Al final del viaje, la grabadora también me permitirá tomar nota de mi propia voz. Me oiré averiguando por detalles como el tamaño de la onda explosiva. Me oiré pidiéndoles a los entrevistados reconstruir el accidente paso a paso. En algunos casos percibiré suspiros graves, silencios prolongados que me mostrarán la procesión que va por dentro. Me apiadaré de sus heridas frescas pero consideraré que sus testimonios son necesarios para el país. Y me percataré de un gaje del oficio de cronista: a menudo, para documentar la memoria, nos toca mencionar la soga en la casa del ahorcado.

Al final del viaje evocaré la escena que estoy presenciando ahora. El que habla es Álex Cardona, un muchacho que se desempeña como facilitador de la Campaña Colombiana Contra Minas. Su labor consiste en enseñarle a la gente estrategias de prevención de accidentes y en identificar a las nuevas víctimas para ayudarlas a tramitar el reclamo de la indemnización. En este momento se encuentra reunido en un colegio de San Luis con varios campesinos que han venido desde la vereda La Tebaida. En su exposición, acompañada por diapositivas proyectadas en la pared, Cardona advierte que poner el pie donde antes no ha estado el ojo, es un lujo que ya nadie debe permitirse.

—¿Cómo es el dicho que tenemos en Antioquia para hablar de los descuidados? —pregunta, levantando las dos manos con una cierta elocuencia de orador.

Un campesino cuarentón, sombrero aguadeño ladeado y pañuelo raboegallo al hombro, grita la respuesta desde el fondo del salón:

—Al cocodrilo que se duerme, lo vuelven cartera.

Cardona explica a continuación que algunas minas se activan con la simple proximidad del caminante, es decir, sin necesidad de entrar en contacto con ellas. Por eso, si se descubre en el terreno alguna cosa rara, desconocida, es preciso quedarse quieto y observar minuciosamente los alrededores, antes de dar el siguiente paso. El catálogo de medidas preventivas que, según él, resultan obligatorias, es bastante amplio. En principio, conviene mantenerse siempre en el centro del camino, a una distancia prudente de los bordes, que es donde, por lo general, son camufladas las bombas. Hay que evitar las marchas nocturnas y el tránsito por aquellos lugares donde la maleza es muy alta, pues eso es indicio de que hace rato no circulan por allí ni personas ni animales. No se debe entrar en una casa deshabitada. La presencia en el suelo de un alambre o de un pedazo de cable es una posible señal de bomba. Y, ojo, no hay que andar por ahí echándole mano a todo lo que parezca que no tiene dueño. Desde hace un tiempo, los terroristas abandonan en las vías objetos como libros y pelotas de fútbol, que en realidad son petardos disimulados. Cardona señala entonces, en la pared improvisada como pantalla, la fotografía de una grabadora arrojada en el pasto, la cual lleva sobreimpreso este enorme letrero verde: “Si no la botó, no la recoja”.

Oyendo la disertación de Cardona, viendo a los campesinos enfrascados en las recomendaciones perentorias de las diapositivas, me pregunto cuál es el país que nos quedará al cabo de toda esta paranoia. La vida pierde sentido cuando el acto de caminar desprevenidamente sobre la tierra de los ancestros es como jugar a la siniestra ruleta rusa. El alma se desmorona, cae en la trampa mortal mucho antes que el pie. Y nos va dejando cada vez más rotos y más jodidos.

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comentarios
  1. camilo arenas dice:

    Excelente trabajo maestro Salcedo. A Ricardo Abdallah, que lo recomendó, gracias por traernos a la memoria este trabajo. Es cierto, leer esto es mejor que arremangarse el pantalón

  2. carmen perilli dice:

    muy buena

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