Las rebeldes de Chaitén

Publicado: 23 agosto 2009 en Juan Luis Salinas
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El pasaje uno de la calle Juan Soler es un lugar solitario. Esta calle -ubicada en el sector sur de Chaitén y cerca del río- sólo es tierra húmeda y pozas de aguas grisáceas que las últimas lluvias han dejado como recuerdo. No hay veredas, tampoco árboles. Por los alambres de los postes -unos palos algo ladeados, pero firmes- no circula electricidad y sus focos no se encienden desde hace meses. En las casas no hay señales de vida: están desiertas. Sus puertas y ventanas están tapiadas con maderas, plásticos oscuros o latones. Casi todas tienen banderas chilenas que flamean a ratos: algunas desteñidas y apagadas; otras, nuevas y vivas.

En el centro del pasaje, frente a la poza de agua más grande, está la casa de Mireya Velásquez -viuda, tres hijas, de contextura maciza y mirada caída-. Es la única que no tiene bandera. Esta pequeña construcción de madera, techo de dos aguas, ventanas sin cortinas y un patio lleno de cordeles con ropa tendida al sol, al igual que Mireya, sobrevive humilde y silenciosa.

-Aquí todos se fueron, dejaron todo botado. Sólo volvieron para sacar algunas de sus cosas y en los feriados para ver cómo estaba todo. Ahí pusieron las banderas, para hacer patria -dice Mireya mientras mira el fuego de su cocina sobre la que hierven dos ollas tan brillantes como la madera de su piso.

Son más de las cuatro de la tarde. Hay sol, pero hace frío. El clima está raro, caprichoso. Hace unos minutos granizó, pero el cielo sólo se encapotó por unos minutos.

Desde la ventana -que en su borde tiene figuritas de loza y monitos de plástico – se ve la fumarola, ahora blanca como nube, del volcán Chaitén. Con desgano, comenta que nunca lo mira, que no le tiene miedo y, mascullando, insiste con lo de la bandera.

-Una bandera no sirve para hacer patria. Eso se hace quedándose acá y hay que ser valiente -refunfuña.

Mireya tiene razón: esta tierra no es lugar para débiles.

***

Naturaleza extrema. El letrero que está en la entrada de la ciudad ya lo anunciaba. Entre las dos tablas que dicen “Bienvenidos a Chaitén”, con letra más pequeña está escrito: “Naturaleza extrema”. Una frase turística que presagió el futuro de este pueblo de postal. Una advertencia de lo que sucedió el 2 de mayo de 2008, cuando el más dormido – y más ignorado- de los tres volcanes que lo rodean -Michimahuida, Corcovado y Chaitén- oscureció su destino.

El volcán -que antes llamaban inocentemente cerro Chaitén- remeció la tierra por días, levantó una nube tóxica que podía verse a miles de kilómetros, cubrió de cenizas y provocó el mayor desplazamiento de personas que se ha realizado en Chile en más de un siglo. Y días después -cuando ya no había habitantes- un aluvión de barro bajó por el río y sepultó una ciudad que se dibujada como un paraíso a la entrada de la Patagonia chilena: bosques profundos, un borde costero limpio y un pueblo que se jactaba, según cifras gubernamentales, de ser una de las comunas con mayor índice de desarrollo humano de la Décima Región.

En ese Chaitén, que todos recuerdan, vivían más de cuatro mil habitantes, había más de mil 200 viviendas y estaba conformado por una población joven: el 35,7 por ciento no superaba los veinte años, mientras el 10 por ciento había cumplido más de 60.

Entonces había futuro. Hoy Chaitén (que en mapudungún significa “colar en chaivas”, una especie de canasto) es un pueblo fantasma por el que todavía transitan y viven más de un centenar de personas que le dan respiro. Muchos de ellos son carabineros y militares que están ahí por razones estratégicas; otros son profesionales que trabajan en las obras de reconstrucción del nuevo Chaitén (que estará en Santa Bárbara, 12 kilómetros al norte) y, la gran mayoría, son antiguos habitantes que volvieron y se niegan a la idea de verlo morir.

Los llaman los rebeldes, los porfiados, los ilusos.

Ellos insisten: están haciendo patria. Aunque nadie maneja cifras exactas, los porfiados son más de un centenar. Casi la mitad son mujeres. La gran mayoría sobre 40 años y acompañadas de sus maridos. Ellas volvieron desilusionadas de los lugares donde las reubicaron (Puerto Montt, Ancud, Castro).

No quieren vivir en otro lugar que no sea éste.

Su tierra.

***

Trabajo de mujeres. Dos jotes vuelan por el cielo de la tarde. Con sus alas abiertas planean suavemente sobre la avenida Ignacio Carrera Pinto, la principal de Chaitén. La tenebrosidad de sus sombras contrasta con la limpieza que tiene la misma calle que en los peores días de la erupción inspiraba lástima y temor. Ahora en su asfalto no hay rastro de cenizas, tampoco queda barro en sus bermas, en el bandejón central crece algo de pasto y por las veredas se puede caminar.

-Todo lo limpiaron mujeres. El trabajo lo inició Fidelina Paiyacar y luego se le unió Mireya Velásquez. Lo hicieron con palas, carretillas y baldes, y ahora parece que fuera obra de máquinas -dice Bernardo Riquelme, concejal y conocido como el locutor de radio que hasta el último momento transmitió desde Chaitén.

-La Fidelina vive lejos del pueblo, con sus hermanas, cerca del embarcadero- el locutor apunta al norte, hacia unos cerros verdes, y se ofrece de guía para una caminata de media hora.

Fidelina Paiyacar juega con Chocolate -un perro de tres patas al que trata como hijo- en el huerto de su casa. Tiene 56 años. Su cara parece esculpida por el viento del sur: redonda, rasgos marcados, cejas tupidas, mejillas sonrosadas y mirada mustia. Vive en una casa de tejuela plomiza. Está emplazada en una loma que enfrenta el mar; rodeada de árboles y vegetación. A su lado están las casas de sus hermanas Olga y Ana -de 69 y 71 años- quienes hablan rápido y se ríen a destiempo. Las tres ni siquiera se preocupan del volcán.

-A ése ni lo miramos. No le tenemos miedo- dice Fidelina con la boca engurruñada. Sus hermanas asienten. Las tres visten faldas estampadas, camisas de colores fuertes cerradas hasta el último botón y gruesas calcetas de lana.

A las hermanas Paiyacar les gusta decir que se criaron entre el monte y el mar.

Su papá era pescador. Ellas, al igual que sus otros seis hermanos -unos muertos, otros desperdigados por el sur- nacieron en una cabaña abajo en la caleta. Ahí crecieron y vivieron por más de cinco décadas, hasta que hace siete años el municipio las trasladó a esta colina para que estuvieran más seguras. La idea al principio no les gustó, pero se movieron obedientes. Armaron sus nuevos hogares, plantaron árboles, hicieron un invernadero donde cultivaban verduras que vendían en el pueblo y criaron a sus perros.

Pero rugió el volcán.

-Mis dos hermanas se fueron en la barcaza, pero yo me quedé acá hasta que me obligaron a salir. Me fui con una hija a Villa Santa Lucía, que está al interior -cuenta Fidelina quien a los dos meses comenzó a acercarse disimuladamente a Chaitén. Primero se vino a la zona de La Gruta -al noroeste de la ciudad- y en septiembre bajó a su casa para empezar a limpiar las calles, contratada por el municipio.

Luego se vinieron sus hermanas, con quienes en febrero participó en una protesta contra el gobierno y su delegada presidencial para la Provincia de Palena, Paula Narváez, quien insistía en desalojar el sector por la posibilidad de una nueva explosión. Una advertencia que se materializó la tarde del 24 de ese mes cuando el volcán hizo una segunda explosión.

-Esa tampoco nos dio susto, nosotras vivíamos a la orilla de la playa para el terremoto del ’60 y tampoco tuvimos miedo-dice Fidelina, quien no se movió y al día siguiente sólo barrió el polvillo del suelo donde ahora planea plantar grosellas.

Luz y sombra: Las autoridades dicen que Chaitén es un lugar inhabitable. Una frase que siguen repitiendo para convencer de su error a quienes volvieron o están volviendo a la ciudad.

Pero a los rebeldes, la advertencia les da lo mismo. No les importa que no haya agua potable, ni alumbrado público. Que sólo existan un par de negocios donde conseguir mercadería. Que el combustible sea clandestino y tengan que comprarlo en poblados cercanos o incluso en Argentina. Desde ahí traen tambores que luego venden en bidones de 10 litros a ocho mil pesos. Con ese combustible hacen andar los generadores con los que, por unas horas, cuando oscurece, alumbran sus casas.

-Es más caro que la electricidad. Pero esto no es extraño. Crecí sin luz y con agua que teníamos que ir a buscar a vertientes, ahora incluso es cómodo porque la reparte un camión municipal todas las semanas -dice Ruth Paranchiguay, quien antes del la erupción del Chaitén trabajaba en el asilo de ancianos de la ciudad y vivía en una casa que fue arrastrada por la corriente de barro en que se transformó el río.

-Cuando me di cuenta de que sólo había un peladero lloré cuatro horas. Ni fotos rescatamos cuando pudimos volver a buscar nuestras cosas -se lamenta. Mira a su marido, Hernán Guanchalaquén, un pescador que perdió su bote con la marejada de barro. Ahora la ayuda a vender el pan que ella amasa.

Ruth y Hernán parecen hermanos. Caminan con el mismo paso de resignación. Ella tiene 53 y él 57, pero lucen mayores.

Llegaron en septiembre desde Castro donde habían sido reubicados. Primero al poblado de Amarillo y en diciembre se instalaron en la casa de una de sus tres hijas, quien prefirió quedarse en Puerto Montt. Es una construcción modesta, con paredes de madera prensada sin pintar. En su living no hay demasiado: un sofá, una mesa, un refrigerador que nunca hacen funcionar; un estante de madera vacío y un cuadro sobre el que han puesto -como improvisado collage- fotos de recuerdos nuevos: una de sus nietas jugando y celebraciones recientes que no parecen muy alegres.

-Hace rato que no somos felices, pero acá en Chaitén estamos tranquilos -habla Ruth y abraza a su marido, quien lleva un raído polerón azul con una frase en inglés. Dice: “This old house” (esta casa vieja). Una ironía.

Afuera oscurece. Hernán dice que es tiempo de encender el motor.

Durante dos horas la luz artificial combatirá la sombra de la noche.

***

La vida afuera. Roselia Nahuelcar escucha una radio de Chiloé que toca música romántica mientras atiende su negocio: un comedor donde vende colaciones a los trabajadores de las distintas obras de la zona, a la gente que va en tránsito a otras comunas y a los escasos turistas que aún visitan el pueblo. Ya pasó el mediodía. Hoy tuvo un cliente especial: el senador Carlos Kuschel, quien está recorriendo el sector para apoyar a los chaiteninos: él no habla de rebeldes.

Su comedor-restaurante se llama “La Roca”, por la pescadería que antes tenía en la avenida Corcovado, la costanera del pueblo. Su nuevo local dista del lujo: un living implementado con tres mesas vestidas con manteles de color y alcuzas. Atrás hay un sofá arrinconado, un refrigerador y varios jarrones con flores de plástico. En una de las paredes cuelga un calendario de cartón con un fotomontaje de unas casas y el volcán tirando su kilométrica nube tóxica. “Porque vivimos abrazados a las inclemencias, porque conocemos el lenguaje de la naturaleza… Feliz 2009”, es un extracto de la larga leyenda que lo acompaña.

Después de vivir en Puerto Montt -en una casa que la sofocaba y a la que nunca le tuvo cariño- Roselia volvió a fines del año pasado con su marido, una hija y dos nietos: una niña que se llama Sofía que se arrastra en un andador entre las mesas y Marcelo, un niño de 12 años que dejó su octavo básico porque no aguantó el colegio de la ciudad.

-Si la alcadesa de Viña del Mar no terminó la básica, yo podría ser el próximo alcalde de Chaitén -murmura el niño. Sabe que lo escuchan.

-Pero alcalde de este Chaitén, no de esa fantasía que quieren construir -replica Roselia y celebra su ocurrencia con una risotada.

Roselia vive en una casa arrendada que está al otro lado del río, a orillas del camino a Futaleufú y tiene un cerco de pinos. La casa anterior está al lado de la playa y de su antiguo local, pero no está en buenas condiciones y no le sirve para su negocio.

-Estoy decidida a quedarme en Chaitén. Incluso ya limpié el espacio que tengo en el cementerio al lado de mi padre para que me entierren acá. Cuando estaba viviendo lejos, todo era un caldo de cabeza. Me sentía inútil. Aquí soy feliz y siento que estoy aportando algo para hacer que esto renazca -explica Roselia y se queda pensativa. –

Aquí no tenemos servicios de luz y agua y somos muy pocos, pero me da rabia que afuera piensen que esto no tiene vuelta. Los que dicen eso son los verdaderos porfiados -dice y recoge de un mantel unas migas de pan.

Algo parecido dirá más tarde, al atardecer, Hortensia Muñoz, la esposa de El Turco, uno de los pescadores más conocidos del sector. Uno de los rebeldes más icónicos.

Volvieron a Chaitén el 25 de enero. Como perdieron todo -casa, camioneta, barco y redes- se quedaron en la casa que les prestó una amiga para que la cuidaran y encendieran la estufa para secar la humedad. Hortensia, quien era ayudante de pastelería en el Café Nelly´s, se puso a hacer pan. Los días buenos puede ganar hasta 8 mil pesos. Fue el negocio que se le ocurrió hacer en el que llaman “pueblo cero”: cero agua, cero luz, cero futuro.

-Vivir afuera no es lo mismo. Extrañaba mi pueblo, mis costumbres. Aquí la vida es más fácil y nunca falta nada: hay leña, mariscos, pescados. Aquí estamos los chaiteninos de corazón, los valientes, los que queremos a nuestro pueblo en las buenas y en las malas -dice Hortensia. Su marido la interrumpe, y mientras toma un té, comenta que pese a lo que anuncien, Chaitén sobrevivirá.

-Los que están afuera volverán cuando se les acabe la fantasía del bono, la plata que les da el gobierno, cuando tengan que vivir en la realidad y la ciudad les coma su dinero.

Ruth tiembla con el frío de la tarde y asiente, desganada, con la cabeza. En silencio le echa más leña al fuego.

***

Dos muertes. La Hostal Pudú está en la avenida Corcovado y frente al edificio donde estaban la cocinería artesanal, uno de los lugares más visitados por los turistas en los tiempos buenos. El hospedaje está conformado por cinco cabañas, un pequeño departamento interior y la casa de su dueño, Juan Santana -un antiguo carabinero que llegó hace veinte años para quedarse en Chaitén-. La encargada de atender a los pasajeros es su esposa Ana María Risco, una mujer menuda, de melena y anteojos que se afirman en su pequeña nariz.

El matrimonio volvió en agosto del año pasado y en el verano su hospedaje apenas dio abasto para los chaiteninos que regresaron a visitar su pueblo y los turistas que querían ver el volcán.

-Esto va a ser un boom este verano. Incluso ahora creemos que los chaiteninos empezarán a volver de a poco. Si ya somos casi un centenar, a fines de septiembre habrá más de doscientos -dice Ana María y revisa uno de los rosales -sólo ramas, sin flores- en un antejardín que parece una pista de patinaje opaca.

Son las ocho de la mañana. Ana María entra al comedor del hostal y enciende una radio. La sintoniza en un noticiario regional.

-Cuando hablan de Chaitén, las noticias nunca son buenas. La culpa es de las autoridades -comenta y pone su mano bajo el mentón.

-A Chaitén lo han asesinado dos veces.

La primera fue días antes de la pasada Navidad cuando el ministro Pérez Yoma dijo que Chaitén estaba muerto. Estaba con mis dos hijas armando el arbolito cuando lo escuchamos. Me puse a llorar, pero apareció mi marido y me dijo que lo decían porque no veían cómo realmente estaban las cosas.

La segunda acta de defunción de Chaitén fue en febrero, luego de la protesta. Entonces Ana María no lloró, tenía mucho trabajo atendiendo sus cabañas.

***

Una barbaridad. En Chaitén se comentan muchas cosas. Anuncios, promesas y muchos cuentos. Dicen que sigue temblando por las mañanas y por las noches; que la nieve que se ve cerca de la cima del volcán es señal de que se está enfriando; que uno de estos días, sin aviso, uno de sus domos se desprenderá y sepultará la ciudad en menos de 20 minutos. Ahora todos comentan el más ocurrente: en la fumarola que sale del cráter se dibuja un ángel.

-Ojalá que no sea el del juicio final -dice María José Peña mientras conduce su auto camino a Santa Bárbara, donde se está construyendo el nuevo Chaitén.

-Ese es un cuento más increible que el ángel de humo -habla subiendo la voz. Maneja con música fuerte. Ahora suena un reggaetón.

María José -visos rubios, anteojos, parka blanca cerrada y apretada- se devolvió a Chaitén para cuidar las cabañas del complejo turístico Brisas del Mar que manejaba su familia. Sus padres y su hermano de 12 años se quedaron en Esquel, una ciudad del noroeste de la provincia del Chubut, en Argentina, que se encuentra cerca de Futaleufú. A ella no le gustó esa ciudad. Tampoco se acostumbró a Puerto Montt, donde intentó rearmar el negocio de artesanía que tenía en Chaitén.

En el viaje la acompañan Rita Gutiérrez y Ana Gallegos, las rebeldes más polémicas y sus grandes amigas.

Todas pasan la noche en la residencial de Rita -rubia, separada y madre de dos hijos que deja en Puerto Montt-, quien con sus hermanas Noemí y Marieta encabezan las protestas. Ahora ellas salieron de Chaitén para hacerse “unos chequeos de salud”, se excusa.

El auto avanza. El espejo retrovisor se satura de verde. Se llena de vegetación.

-Queremos nuestra tierra y nuestras raíces, pero tenemos que estar sanas para luchar-, la apoya Ana Gallegos, quien volvió a la ciudad hace nueves meses para desenterrar Mega (su pub-discoteca), su almacén y un bus turístico de las cenizas. Dice que perdió casi todo y se le sumaron diez años a los 45 que confiesa. Pero no se rinde. Ahora reabrirá su negocio en una casa que arrendó cerca de la plaza.

Ana está en Chaitén con su marido. Sus dos hijos -un adolescente y un universitario- viven con una de sus hermanas en Puerto Montt.

-Sacrificios que hay que hacer -dice y se queda con la mirada fija en el camino

Diez minutos más tarde el auto se estaciona frente al portón de entrada a Santa Bárbara. Está cerrado y ellas exigen que les abran porque son chaiteninas y quieren ver donde estará su nuevo pueblo. Lo consiguen y lo que encuentran las desiluciona: dos grandes casas de latón en las que estarán la municipalidad y los carabineros. A un costado, unos trabajadores aplanan el terreno de una futura pista de aterrizaje.

-Dicen que será una ciudad autosustentable y ecológica -comentan con gestos de incredulidad. No lo dicen, no necesitan hacerlo: desprecian este proyecto.

-Se ahorrarían más plata si limpiaran nuestro Chaitén en vez de seguir con el cuento de “Santa Barbaridad” que está igual de cerca del volcán -dice Rita Gutiérrez ya de vuelta.

Atardece. Corre viento. La fumarola del volcán apenas se mueve. Las banderas flamean iluminadas por un sol naranja. Un velo ocre cae sobre las calles vacías de un Chaitén que se niega a morir.

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comentarios
  1. Damaris Flores dice:

    Hola me parece super interesante tu articulo, soy una estudiante universitaria que presisamente tuve el placer de conocer chaiten estas vacaciones, quede enamorada del pueblo y de la fuerza de sus habitantes por ello realizo actualmente mi tesis en esa zona…
    me gustaria saber si existe la posibilidad de comunicarme contigo, busque tu mail de contacto pero es casi imporsible, o bien no se como hacerlo…
    de todos modos muy buen articulo si lees esto escribeme a mi correo !
    Damaris Flores Marquez

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