¿Estás buscando un símbolo de paz?

Publicado: 26 agosto 2009 en Felipe Restrepo
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El resplandor blanco de la pantalla viene y va. Cuando viene, la cara concentrada del cantante aparece en la penumbra del salón. Cuando va, sólo se ve la silueta de un tipo sentado en un sillón ancho al que, como si fuera un trono, rodean varias personas de pie.

Esas personas somos algunos fotógrafos, maquillistas, periodistas, guardaespaldas, agentes de prensa —catorce en total— que nos hemos reunido, desde muy temprano en la mañana, para una sesión fotográfica y una entrevista con el colombiano, en un hotel de la zona de Polanco en Ciudad de México.

Y hay alguien más: un director de cine. El hombre —de chaqueta verde militar, sombrero marrón, lentes de marco grueso negro— es el responsable de que Juanes observe, concentrado, la pantalla del computador. Ahí se proyectan las escenas de una película sobre el secuestro que el cineasta acaba de rodar. El cantante apoya la máquina en sus rodillas y la sostiene con ambas manos, tamborileando con sus dedos delante del tablero, girando las puntas de los pies hacia dentro como para que no se le caiga. Después de unos minutos, se termina la proyección y las luces se prenden.

Todos esperamos a que diga algo.

Juanes levanta una ceja, frunce los labios hacia adelante, luego deja caer la comisura izquierda de la boca. “Está violento”, dice, serio. “Está chévere”, agrega al final, devolviendo la computadora a su dueño. Con el corazón latiendo fuerte, el director habla rápido y le explica que La milagrosa —así se llama la cinta— “es muy aterrizada, muy social, sin tomar partido por ningún lado… Obviamente, sobre las minas. Obviamente, sobre los niños en la guerra”. “La parte humana, yo sé”, asiente Juanes, que frunce los labios una vez más, mordiéndose el de abajo un poco.

Al salir del salón, el cineasta está feliz. Dice que Juanes, de quien se declara fanático, le dejará usar su canción Sueños —“…sueño libertad para todos los que están secuestrados hoy en medio de la selva…”—, y que también prometió componer una nueva, especialmente para la banda sonora de la cinta.

Así lo consiguió. Logró que Juanes hablara, una vez más, sobre eso que todos quieren que hable. Sobre la guerra.

Es jueves y Fernán Martínez está preocupado. Camina nervioso por los pasillos del hotel, mira constantemente su Blackberry, responde mails en segundos, opina sobre las fotos y comenta, al aire, sobre todo lo que está ocurriendo alrededor. Parece disperso, pero la realidad es que no ha dejado de fijarse en ningún detalle. Sabe que después de la sesión de fotos y la entrevista le queda un largo camino. Durante los próximos tres días, acompañará a Juanes a decenas de eventos —apretados dentro de un estricto cronograma que no deja ni un segundo de descanso— que culminarán con una presentación el domingo, en el programa Noche de estrellas, uno de los más populares de México. Luego, cuando termine esta visita relámpago a la capital mexicana —que tiene como intención presentar la gira mundial que se inicia este 6 de marzo en el Madison Square Garden de Nueva York—, viajarán en la madrugada del lunes a Miami. Allí estarán grabando un video otros tres días. Y así pasarán los próximos meses, en un ritmo frenético que sólo pueden aguantar las estrellas de la música y sus sagaces managers.

En un momento logro acorralarlo en un pasillo. Sé que es casi una leyenda: es el hombre que hizo famoso a Enrique Iglesias y que luego ayudó a transformar a Juanes en un fenómeno global. “La gira mundial comienza y por ahora no vamos a parar ni un minuto”, dice. Le pregunto si le molesta que constantemente se relacione a Juanes con temas políticos. “Es que es imposible desligarlo del tema. Los políticos de todos lados lo buscan. No sólo en Colombia, esta semana nos llamaron de la campaña de Barack Obama, porque quieren que Juanes los apoye”, cuenta, como si nada.

La noticia no me extraña. Como ocurre con Obama, el discurso de Juanes parece sacado de una charla de amigos. No le interesa buscar metáforas o imágenes, sino decir las cosas tal cual. Y le funciona. Además, de la mano de su manager, se convirtió en una estrella internacional que funciona en cualquier escenario público. “Su éxito se debe, en parte, a que lo respalda Fernán Martínez, el gran sabueso buscadólares del continente. Martínez ha metido a Juanes en las grandes ligas de los que saben hoy, cuando los discos se venden poco, arreglárselas para aprovechar los nuevos sistemas de mercadeo. Fernán es calvo, pero de tonto no tiene un pelo”, dice Gustavo Gómez, periodista de Caracol Radio en Bogotá.

Tanto así que, en los últimos años, el cantante se ha transformado en uno de los experimentos proselitistas preferidos del poder colombiano. En una época en la que los políticos buscan desesperados salir del desprestigio, obtener el respaldo de Juanes se ha convertido en un botín inmejorable.

Así lo demostraron los tres políticos más populares el año pasado. Álvaro Uribe, el presidente, no sólo lo nombró “Embajador de Colombia ante el Mundo”, sino que logró que en 2006 el artista diera una declaración pública en apoyo de su reelección.

Aníbal Gaviria, ex gobernador de Antioquia, logró que Juanes viajara con él a uno de los pueblos más apartados del departamento y apadrinara uno de sus programas de educación temprana. Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín, lo convenció de que diera un concierto gratis en una de las principales avenidas de la ciudad. El resultado: la envidia de los rivales del alcalde y 150 mil personas aplaudiendo a ambos.

Pero, a pesar del acoso del poder, Juanes ha hecho una selección consciente sobre qué causas apoya. El ejemplo más claro fue su vinculación, el año pasado, a la campaña electoral de Alonso Salazar, actual alcalde de Medellín. Entonces la capital de Antioquia se dividía entre dos candidatos: Salazar —que representaba la continuidad de las políticas progresistas de Fajardo— y Luis Pérez Gutiérrez —más aferrado a los partidos tradicionales—. Ahí el cantante decidió que era momento de dejar la música y pasar a los hechos y apoyó a Salazar, en el momento más crítico de la contienda. “La transformación que ha tenido Medellín es increíble y, cuando Fajardo terminó su alcaldía, que fue impresionante, venían dos candidatos con ideas totalmente diferentes. En ese momento pensé que, como ciudadano, estaba dispuesto a hacer lo que fuera por el bien de la ciudad. Decidí no casarme con ningún partido, pero sí ayudar a Alonso. En momentos así hay que tomar decisiones”.

Y fue ese gesto, para muchos, el que le dio el triunfo al alcalde. Para Fernán Martínez no cabe la menor duda: “Fue el apoyo de Juanes lo que decidió esa elección”.

Juanes define estos últimos siete años —desde que comenzó su carrera como solista— como un viaje insólito. Un viaje que lo ha afectado como músico, no como persona. Porque, queda claro desde su llegada a la entrevista, sigue siendo el mismo tipo introvertido, ojitriste, despelucado y decidido a ser roquero sin renunciar a ser hijo de familia. Ni siquiera su estilo de vestir ha dado un giro inesperado. El día de la entrevista lleva uniforme de rock star: botas cortas negras, pantalón gris oscuro, camiseta negra, chaqueta verde un tanto futurista, un tanto militar.

Enseguida queda claro que La vida… es un ratico, su nuevo disco, es para él un regreso a sus raíces. Repite la palabra “esencia” varias veces en pocos minutos. Es un álbum que se acerca mucho a lo que siempre quiso hacer, con una fusión más equilibrada del rock con lo popular. “Un disco muy simple y muy directo”, dijo cuando lo lanzó en octubre pasado, “podría ser como la conclusión de los tres anteriores”. Y tal parece que aferrarse a sus lineamientos musicales le ha traído buenos resultados: su primer sencillo, “Me enamora”, vendió más de seis millones de copias digitales.

John Echevarría, presidente de Universal Music Latinoamérica, le dijo a Billboard que La vida… es “muy probablemente, el primer álbum en español en la historia que se lanza simultáneamente en cinco continentes”.

El entusiasmo de Echevarría y Universal es comprensible.

Juanes es uno de los pocos artistas latinos que está teniendo éxito en su intento por penetrar el competidísimo mercado estadounidense. Ganó doce Grammy Latinos —la señal de aceptación más evidente de la industria musical del norte— y cada una de sus últimas tres producciones vendió más de medio millón de discos, cifras notables para un artista que no tiene entre sus planes cantar en inglés. Pero su conquista de Estados Unidos no sólo se basa en premios, ventas de discos y descargas de internet. El colombiano es también uno de los primeros artistas en vender un álbum precargado en un celular, gracias a un acuerdo con Sony Ericsson y la telefónica Sprint.

Su éxito, sin embargo, no está ligado a las buenas críticas. El crítico y profesor de apreciación del rock Juan Carlos Garay, quien colabora con revistas como Rolling Stone y El Malpensante, dice: “En el disco Fíjate bien, había mensajes claros y bien estructurados en contra de las minas antipersonales, por ejemplo. Los dos últimos discos, en cambio, se han vuelto primordialmente colecciones de canciones de amor. Sus letras, además, me parecen de una simplicidad vergonzante: ‘Me enamora que me hables con tu boca’…

¿Acaso con qué más le puede hablar?”.

Con cualquier otro músico en tour promocional, la conversación hubiera girado en torno a eso: su música, sus letras, su proceso creativo. Aunque él sí vino a hablar de eso, muy pronto nuestra charla se desvía hacia lo que ocurre hoy en Colombia. Es más, creo que no podría ser de otra forma: en el mundo Juanes, a la música y a la realidad colombiana las divide una línea casi imperceptible.

De hecho, como suele suceder, algunas canciones del nuevo disco —como “Minas piedras” (un dueto con Andrés Calamaro) y “Bandera de manos”— hacen referencia directa a asuntos precisos: el secuestro, el conflicto armado y las manifestaciones populares. Por eso, el primer tema que pongo en la mesa es el de las dos marchas masivas de los últimos meses: en julio de 2007 —contra el secuestro— y en febrero pasado —contra las farc—. En la primera, fue uno de los promotores y protagonistas e incluso cantó “Volverte a ver” —inspirada en la historia real de un soldado herido— en la avenida San Juan de Medellín. “Lo que está pasando con las manifestaciones es bien importante. Los diálogos bilaterales están desgastados en este momento y ahora existe un tercer elemento clave, un mediador, que es la gente, los ciudadanos. Las manifestaciones generan mucha presión contra las instituciones. Que la gente pueda tener una voz, para que los gobernantes hagan lo que realmente quieren los gobernados”, me dice.

Luego —y ya que estamos en esto— le pregunto su opinión sobre los secuestrados y un posible acuerdo humanitario con la guerrilla. “El día que liberaron a Clara Rojas y a Consuelo González de Perdomo, no me despegué de la televisión. Pensaba: ‘no puedo creer esto que está pasando’. Pero, a pesar de la felicidad que sentía, todo me parecía extraño y oscuro, porque creo que así no debe ser un intercambio humanitario. Me quedó un vacío, porque creo que las intenciones de las FARC y del gobierno venezolano no son apropiadas”.

En su discurso, coherente y sincero, no hay generalidades. Las cosas se llaman por su nombre. Eso en cualquiera, y más en una celebridad, es admirable. “Juanes sabe que él es la conciencia social contemporánea. Con la guerra de fondo, él cree haberse identificado con toda la generación de colombianos que si bien no tiene militancia política de otras décadas, se esfuerza por sacar a sus familias y al país adelante. Y dice que sintetiza eso en su propuesta musical: ‘Yo lo único que le canto es al amor.

Lo que ocurre es que en mi momento histórico el amor se ha escrito con sangre’”, escribió Armando Neira en la revista Semana en febrero de 2005, cuando Juanes presentó su primer gran concierto en Bogotá ante cuarenta mil personas.

Frases —¿eslogans?— como ésa han llevado a comparaciones inevitables con el discurso aguerrido del presidente Álvaro Uribe Vélez. De hecho, los dos tienen muchos más puntos en común: son antioqueños y criados en pueblos pequeños, tienen un carisma impresionante y son las dos figuras más prominentes de esa nueva generación de colombianos orgullosos que quieren cambiar el país. “Estamos en una época en la que ser un patriota visible —es decir, el que se pone la pulsera con la banderita y que emplea otros símbolos notables— coincide con el ambiente político de Colombia. Digamos que cada era política tiene su juglar. Así como Carlos Vives fue el del gobierno de César Gaviria, Juanes es el que corresponde a la era de Uribe”, explica Jorge Patiño, periodista colombiano especialista en música.

Pero las similitudes no van más allá. Básicamente porque Juanes no tiene ambiciones proselitistas —al menos por ahora— y el total de su capital y su energía lo invierte, además de la música, en una notable labor humanitaria.

Cuando Juan Esteban Aristizábal —nacido el 9 de agosto de 1972 en Medellín, pero criado en el municipio de Carolina del Príncipe— era tan sólo un muchacho de provincia, Medellín era una zona de plomo y sangre y el escondidijo del capo del narcotráfico más buscado del mundo, Pablo Escobar Gaviria. Las bombas, las amenazas de muerte y las balas hacían parte de la cotidianidad de los paisas. En 1991 la ciudad alcanzó la cifra récord de 6 349 homicidios y terminó de convertirse en uno de los lugares más peligrosos del planeta. Generaciones de jóvenes sicarios se perdían en esa guerra y mientras ellos caían en las aceras, en un garaje o en una terraza de Medellín, Juan Esteban —y la que sería su banda por una década, Ekhymosis— tocaban rock. Era su forma de exorcizar la impotencia frente a una ciudad que se desangraba. “El movimiento metalero era impresionante en esa época. Mi conexión era con la música, no con las drogas, ni con la violencia. El mismo hecho de que viviéramos en esa ciudad, en ese momento, cambió nuestra manera de pensar. De ese joven metalero me queda la actitud, la rebeldía. También la manera de afrontar la guerra que se tiene que vivir en los escenarios”, recuerda con cierta melancolía uno de los máximos representantes del pop comercial.

El escritor mexicano Juan Villoro dice que las estrellas del rock con ansias de cambiar al mundo luchan lejos de sus escenarios habituales. Y menciona a un Sting que se adentra en el Amazonas, a un Bono que recorre África y a un Peter Gabriel que colabora con Amnistía Internacional. En el caso de Juanes, la cosa parece ser más centrada: su labor humanitaria se enfoca en el lugar donde nació, una ciudad entre montañas verdes, con dos millones de habitantes.

Su lucha se lleva a cabo en el campo de batalla que mejor conoce. En Medellín creó desde hace dos años la Fundación Mi Sangre, que trabaja con hombres y mujeres que han sufrido alguna discapacidad por las minas antipersonales y con los niños del campo de hasta seis años. Hoy esa ayuda beneficia a personas de Antioquia y de otros departamentos de Colombia. La directora de Mi Sangre, Tatiana Sánchez, que conoce a Juanes desde la época del colegio, recuerda el momento en que el artista decidió comenzar: “Un día me llamó y me dijo: ‘Encargate de esto… quiero hacer algo serio por la paz de Colombia’”.

Si bien Juanes había estado vinculado con causas filantrópicas —siempre a través de terceros—, decidió entonces, en sus horas extras y con su propio dinero, oficializar su liderazgo social.

Este año, la fundación tiene un presupuesto de 2 600 millones de pesos colombianos (casi dos millones de dólares) y atiende a 42 mil personas.

Como otros famosos que presiden fundaciones, Juanes no es sólo una sombra que aparece para poner su firma y posar en fotos.

“Si estoy en Colombia, estoy todos los días pendiente. Tenemos varios proyectos que desarrollamos a distancia. Todo lo que hacemos es desde la educación: si encontramos un soldado que perdió sus piernas y que nunca hizo sus estudios, lo apoyamos. También tenemos, con la gobernación de Antioquia, un proyecto para llevar la educación a los lugares marginales del departamento. La idea es que, si ahora invertimos en educación, en unos años no van a tomar la decisión de tomar un arma”. Y se ha encargado, también, de convertirse en un amigo de los afectados.

“Claro, yo soy amigo de Juanes desde hace casi tres años”, dice John Giraldo, un joven de dieciséis años a quien le amputaron parte de la pierna izquierda por la explosión de una mina en un pueblo al oriente de Medellín. “La última vez que me llamó, él estaba en Los Ángeles y me preguntó por el estudio, la novia y otras cosas.

Me dijo que nunca me fuera a salir del colegio y me habló de una fiesta que nos iba a hacer”. La fiesta se hizo. En diciembre pasado, luego de inaugurar “Juanes, el Parque de la Paz” con el alcalde Fajardo, organizó una fiesta en el sector más exclusivo de la ciudad para 25 niños de su fundación. Esa tarde, cantó más de tres horas sólo para ellos.

Es miércoles y Juanes da un concierto en el Hard Rock Café de Ciudad de México. Durante más de una hora y frente a un público de casi 300 personas que se amontonan hombro con hombro, toca sus grandes éxitos en versión acústica. En los palcos de arriba —reservados para periodistas, celebridades no tan célebres y otros invitados especiales—, hay más espacio para bailar, pero no tantos quieren hacerlo. Hay, claro, algunas excepciones: la rubia maciza que emite unos “¡Hey!” desafiantes y guturales desde lo profundo de su pecho ancho, con cierto tono de desafío porque algunos no compartimos su entusiasmo. Al mismo tiempo, otra chica se gana un lugar en el balcón del palco para, desde allí, ondear en sus manos una camiseta negra de blancas letras predecibles: “Tengo la camisa negra”.

Juanes hace declaraciones de amor al público y canta, con el alma, el clásico mexicano “El Rey”. “Ése va a ser nuestro próximo sencillo”, bromea al terminar su interpretación impecable.

Antes de arrancar con “La paga” —“…y si tú me pagas con eso, yo ya no te doy más de esto, amor…”—, Juanes cuenta una anécdota que ya es parte de su mitología oficial: de cómo cuando era niño se dormía escuchando las canciones populares que sonaban en la cantina vecina a la casa de sus padres y de cómo esa herencia musical se le quedó en la sangre. Menciona a Lucho Gatica, al trío Los Panchos, a Los Chalchaleros, a Los Visconti y a Octavio Mesa, El Rey de la Parranda, autor de temas como “El hijo e’ tuta, Mula hijueputa” y “La putería”. Juanes alguna vez le dio crédito a los ritmos de Mesa, antioqueño como él, por inspirar varios de sus éxitos. “Esa influencia se hace muy evidente en canciones como “La paga” o “La camisa negra”, que a mi modo de ver son su verdadero aporte a la música moderna colombiana. Pero incluso en los riffs de su guitarra en temas como “Me enamora” uno siente todavía ese toque a medio camino entre el rock y la rumbita campesina”, comenta el crítico Garay.

Nadie sabe qué hubiese pasado si Juanes se hubiera quedado en Medellín. Es posible que hubiese seguido con Ekhymosis y hoy continuaran siendo una banda bastante aceptable de rock nacional, quizá regional. O tal vez se hubiera dado cuenta de que lo suyo era la música popular y se hubiera convertido en una versión glam de Los Panchos. Pero lo que ocurrió fue que en 1999 el productor argentino Gustavo Santaolalla escuchó su demo. Como hicieron los Estefan con Shakira, el productor le ayudó a encontrar su voz, a mezclar sus influencias y a hacer éxitos musicales infalibles. “En 1999, Santaolalla me contó que ya tenia casi listo el disco de ‘un cantante colombiano que mata. Es un pibe joven, tenía un grupo de rock, es impresionante, hace unas canciones buenísimas, canta y toca la guitarra, las letras no dicen boludeces’. El productor de rock latino más influyente del mundo tenía una asignatura pendiente: hacer un disco exitoso de pop”, cuenta el periodista argentino Fernando Sánchez, que dirige la revista Soy Rock. “El tiempo pasó.

A Juanes le volvió a crecer el pelo. Santaolalla se lo cortó. Juanes vendió millones de discos. Santaolalla ganó Oscares. ¿Acaso no era eso con lo que soñaba Santaolalla allá por 1999?”

Pero no por eso Juanes olvidó al Rey de la Parranda. Octavio Mesa murió el año pasado y todos recuerdan cuando el cantante llegó a la sala de velación Villanueva, en el centro de Medellín, luciendo una camisa negra y jeans azules desteñidos. Llegó solo y en las manos cargaba un casco oscuro de una moto BMW de alto cilindraje. Era un martes de marzo y en el lugar había familiares, amigos, curiosos de la calle y periodistas. Juanes fingió no verlos. Caminó hasta una de las paredes donde se encontraba una hermana del difunto y la abrazó.

Poco más de una hora después, se puso el casco y se marchó.

Al otro día, casi todos los medios anunciaron el hecho: “Juanes se puso la camisa negra por Octavio Mesa”. Lo que no contaron fue que llegó sin escoltas hasta el lugar. Y no lo contaron porque ésa es la rutina del cantante en su ciudad natal. Aunque viva la mayor parte del tiempo en otros países, cada vez que está en Medellín se comporta como un vecino cualquiera. Parece como si aún fuera el mismo muchacho de finales de los ochenta con pelo largo, cara cachetona y fanático de James Hetfield, el cantante de Metallica. Como me lo recordó en la entrevista, sigue siendo alguien que no se confía en el éxito, porque sabe que en cualquier momento las cosas buenas se pueden acabar.

Todos miramos con atención cada movimiento del fotógrafo y sus cinco asistentes y cada instante de quietud de Juanes, que parece capaz de retener un gesto en sus facciones por segundos incontables. El fotógrafo, en total oscuridad, mueve lentamente una luz fluorescente por delante y por detrás del fotografiado. El obturador de la cámara permanece abierto, captando la luz escasa en su recorrido por el rostro famoso y sus alrededores.

En los largos minutos en que está parado solo, el único iluminado en un cuarto penumbroso, piensa en las cosas de su casa —hacer algún trámite, llamar a su mamá o a una de sus dos hijas— o en letras y música para sus canciones. “Estoy totalmente elevado”, explica. Pasa una hora, pasan cuatro cambios de ropa, cientos de clics de la cámara. Todo termina. Juanes levanta una mano y dice: “Gracias, muchachos”, antes de desaparecer por una puerta trasera hacia las entrañas del hotel.

“Cada vez llevo mejor este estilo de vida errante”, había dicho un poco antes. “Me gusta conocer gente, componer y, sobre todo, cantar: ésa es la conclusión de todo”.

Porque, no se nos puede olvidar, Juanes es un músico. Un músico que toca, sí, temas sociales en sus letras, pero que sabe que existe un delicado equilibrio que no puede romper. “Sus canciones son más bien apolíticas en el sentido de que no es militante de nada. Toca los temas sin comprometerse. Las raras veces que toma partido lo hace a punta de generalidades (‘Ama la tierra en que naciste’) o no toma partido (‘fíjate bien donde pisas’). Jamás canta contra nadie en particular y lo suyo es más bien una plegaria positivista. Cuando se lamenta por algo, dice que hay esperanza, hay optimismo, hay una luz al final del túnel”, explica Eduardo Arias, periodista cultural que conoce como pocos la historia del rock colombiano.

Tal vez ahí está la clave de todo. Juanes es el muchacho que camina por las calles de Medellín, el que canta emocionado una ranchera en México, la estrella de rock que va de país en país, la celebridad que se ha echado el peso de un conflicto sobre los hombros, el que se toma el tiempo de llamar por teléfono y cantarle a los heridos, el líder latino que Barack Obama quiere en sus filas.

En Juanes —y es posible que el plural de su nombre artístico no sea pura casualidad— se cruzan diferentes cualidades que lo han convertido en un símbolo. Un cantante con muchos rostros que responde a la necesidad de esperanza de mucha gente y cuyo éxito está ligado a un momento preciso de la historia de Colombia.

Un hombre que, así no lo busque, siempre debe hablar de la guerra.

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