Los 100 años del benemérito Lorenzo Rivero Ríos

Publicado: 31 agosto 2009 en Alex Ayala Ugarte
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Cuentan que hace algunos lustros Lorenzo Rivero Ríos fue recriminado por su tía cuando paseaba con bastón por las calles de la localidad de Tiahuanaco. Ella, con 112 años, estaba tomando una cerveza fría y se reía. “Tan joven y utilizando ya bastón para caminar”, se hizo la burla. Y Lorenzo, quien unas décadas atrás había jurado que prefería ahorcarse antes que llegar con achaques a los 60, quizás avergonzado, sólo aceptó a devolverle tímidamente una sonrisa. Por aquel entonces, él sobrepasaba por mucho los 60; y junto a su tía era ya uno de los más longevos del pueblo.

Muchas lunas han pasado ya desde aquel instante. Son las once y media de la mañana del 8 de agosto y el anciano descansa ahora sobre una silla de ruedas. Aunque cumple 100 años el lunes 10 (precisamente el día de San Lorenzo), está a punto de recibir un homenaje de sus vecinos. En este momento, le rodean ya parte de sus nueve hijos: Angélica (70), Ana María (69), Raúl (67), Waldo (63), Aida (59), Lidia (57), Gonzalo (54), Dámaso (50) y Esther (47). Entre todos ellos suman 536 años. Y entre Lorenzo y su esposa, 189, y más de 70 de matrimonio. Si la vida, como dicen, es un suspiro, la suya ha sido una sucesión interminable de ellos. Una carrera de larga distancia llena de pequeños y de grandes obstáculos.

En el trayecto, que comenzó en 1909, Lorenzo ha visto pasar a 39 presidentes. Ha sido testigo del regreso en 2002 del monolito Bennett –que se hallaba en La Paz desde 1933– a sus orígenes, las ruinas que circundan Tiahuanaco. Ha sobrevivido a una guerra –la del Chaco contra Paraguay (1932-1935)–, a una revolución –la del 52, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) a la cabeza– y a sangrientas dictaduras. Ha fumado cientos de cigarrillos y ha apurado con gusto decenas de copitas de singani, siempre puro.

La Paz tuvo hace poco su Bicentenario. Sucre también celebró recientemente el suyo. Y Tiahuanaco tiene hoy en él a un centenario hecho y derecho. En este caso, además, de carne y hueso.

A la guerra por 20 pesos

Mientras espera en un patio por donde el sol se revuelve a su antojo, como si los rayos de luz fueran diminutas motas de polvo esparciéndose de un lado para otro, Lorenzo disfruta con tranquilidad de un pedazo de pollo envuelto entre granos cocidos de arroz blanco.

Blinda su cuerpo con una gruesa gabardina verde y una boina bien calada. Sus arrugas, asimétricas, parecen el dibujo mal hecho de un escolar en el primer día de clases. Su mirada, a ratos, está ausente. Y mueve la mandíbula compulsivamente, como si estuviera rumiando en su mente una frase detrás de otra. Aunque al final no se anima a pronunciar palabra.

Su deterioro es evidente. Sentado como está parece una estatua, estática, absorbida por un silencio omnipresente. Bajo su ropa oculta cicatrices del campo de batalla, como los restos de una herida producida por una bala que casi le atraviesa el brazo. Lorenzo jamás hubiera imaginado que el simple hecho de robarle 20 pesos a su padre, Andrés Rivero, iba a ser sentencia suficiente como para condenarle a vagar entre las miserias de una confrontación bélica.

“Antes del conflicto entre Bolivia y Paraguay –rememora Dámaso, su penúltimo hijo–, mi padre vivía con mi abuelo en el pueblo. En aquella época, tener 20 años, como mi padre, y no estar casado estaba mal visto. Y mi abuelo siempre le insistía en que ya era hora de que se fuera de la casa. Mi padre, entonces, se resintió y le sacó los Bs 20 para emprender un viaje por Bolivia. Con tan poca plata, claro, no llegó muy lejos. Y acabó en las minas, no recuerdo muy bien si en las de Oruro o en las de Potosí.

“Como minero no duró mucho –continúa–, pues sufrió bastante por el hambre y por el frío. Y decidió cobijarse en La Paz, en la casa de una de sus hermanas mayores. Desde allá, mandaron un telegrama urgente a su padre. ‘Lorenzo ha aparecido’, decía. Pero, mientras mi abuelo recorría el trecho entre Tiahuanaco y La Paz, mi padre entró en pánico por lo de su hurto infantil y decidió alistarse en el Ejército para ir al Chaco”. Toda guerra tiene un precio. A Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote, le costó un brazo; al Dalai Lama, máxima autoridad espiritual del Tíbet, un exilio; y a Lorenzo, Bs 20.

Un 15 de septiembre

Son las doce de la mañana y el anciano ha cambiado su imagen por completo en media hora. Pese a que es sábado, viste ahora de domingo: un terno de un gris solitario lleno de condecoraciones en la solapa derecha, corbata, medias negras y zapatos bien lustrados. Sus cejas parecen una leve pincelada. Y su pelo, como escarcha, escaso y caprichoso, trata de escaparse por entre los bordes de una gorra de soldado que lleva una escarapela con los colores de la bandera boliviana –rojo, amarillo y verde– en el centro.

Empujado por una de sus hijas, Aida, su silla de ruedas tarda más de la cuenta en recorrer la media cuadra que los separa de la plaza, pues en el camino, como si estuviera en medio de una procesión, se detiene una y otra vez para saludar a los amigos y conocidos, quienes se le acercan normalmente hasta estar a menos de un palmo de su cara para hablarle a gritos.

Lorenzo no escucha casi nada. Su audífono tiene la misma presencia que un Mercedes Benz último modelo, pero el oído del benemérito no está ya para muchos trotes. Su sordera es profunda. Es por eso que su única respuesta suele ser una rápida sonrisa, limpia y serena, que va un poco más allá del mero acto reflejo.

Unos pasos detrás suyo, mirando al empedrado, camina ayudada por un bastón Lucía Chávez, su esposa, de 89 años y ojos redondos como canicas. Los surcos que pueblan sus manos y su rostro, interminables, producto de la sequedad del Altiplano, recuerdan al cuero viejo. Y ella es un poco como Lorenzo. Ni un murmullo sale de su boca.

Ya en las puertas del templo, una compacta edificación de piedra labrada con una sola nave que terminó de construirse en 1612, no demoran mucho en rodear a la pareja de ancianos todos sus hijos. A su lado está Dámaso, quien físicamente tiene un parecido increíble a Alan García, el presidente peruano, tanto en el porte como en los rasgos. Sin embargo, como Lorenzo, está anclado a tierra por una silla de ruedas.

“Estoy así desde el 15 de septiembre de 2003 –explica con cierto aire de resignación–, cuando al retornar de Tiahuanaco no me di cuenta de que había piedras en la calzada por un bloqueo y estrellé mi carro. Me quedé atrapado entre los fierros y el golpe afectó mi columna”. Lo que no confiesa Dámaso es que los bloqueadores, fuera de sí, no quisieron ayudarlo. Es más, incluso trataron de quemarlo con su familia adentro. “Paradójicamente –añade–, mi padre cayó preso de los paraguayos también un 15 de septiembre”.

Son las doce y media y la gente entra en comitiva dentro de la iglesia. El portón es estrecho y entre varios alzan la silla de ruedas de Lorenzo, con él encima, para que lo atraviese sin problemas. Semi tumbado, se ve como un herido de guerra, pero no abandona en ningún momento el gesto marcial que le caracteriza: el tronco recto y la vista al frente.

Tiro de gracia

Los que han combatido en un campo de batalla saben que la guerra no perdona; y que se aparece después una y otra vez como un fantasma. Por las noches, las balas silban nuevamente. Los morteros estallan. Los compañeros muertos se mezclan con los sueños. Y los viejos fusiles son desempolvados de vez en cuando para hacer memoria. La guerra siempre está ahí, con su alargada sombra, a la espera quizá de asestar el definitivo tiro de gracia.

Ya no lo hace, pero hasta hace poco Lorenzo rememoraba sus historias en el Chaco constantemente, como si hubieran ocurrido ayer. Y en una conversación que tuvimos con él hace poco más de dos años sus ojos centelleaban como en el frente, cuando los “pilas” y los “bolis” (paraguayos y bolivianos) parecían haberse declarado un odio eterno.

En aquella ocasión, Lorenzo caminaba con andador y a pasos muy cortos. Se hallaba en su húmeda tiendita de abarrotes, justo en la esquina de su casa, de anaqueles ya casi vacíos, donde se solía sentar –todavía suele hacerlo– para “vender” poco más que su presencia.

“Cuando me alisté –contaba entonces con un tono de discurso, como arengando al pueblo–, primero me mandaron al Palacio de Gobierno como guardia presidencial de Salamanca (1931-1934). Los paceños nos insultaban. Cobardes, nos decían, que hacen ahí, vayan a la guerra. Y ‘desertamos’ del Palacio para unirnos a un contingente que se dirigía al Chaco”, donde al que fallecía se le consideraba un bienaventurado.

Como refleja el Antiguo Testamento, los judíos, guiados por la vara de Moisés, encontraron su salvación a orillas del Mar Rojo. Durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos sepultaron a los nazis gracias a su inapelable “invierno blanco”. Pero los bolivianos no hallaron más que desolación en lo que se vino a denominar “el temible infierno verde”.

Debido a la distancia con la sede de Gobierno –Asunción, capital de Paraguay, estaba más cerca–, la comida y el agua escaseaban. Por eso, era muy común beber orín o engañar al estómago hasta con la suela de los zapatos. Y los soldados incluso tostaban a leña la nube de piojos que se arrancaban pelo a pelo. Pero ni eso a veces servía. Según Lorenzo, “allá se moría de sed, de hambre y de pena”.

“Llegamos sin ninguna preparación. Ni siquiera sabíamos lo que era el trópico. Los paraguayos, además, tenían armamento que nosotros ni habíamos imaginado, como los lanzallamas. Las balas parecían granizada. Y con los primeros heridos, abiertos por la mitad, nos asustamos”.

Lorenzo se convirtió en héroe –“en guerrero”, según él–, en la famosa “batalla del kilómetro 7”, en la que alrededor de 1.000 reclutas, la mayor parte de ellos voluntarios, resistieron durante tres jornadas consecutivas el avance del enemigo.

Pero un tiempo después el benemérito cayó preso en un lugar conocido como Siete Pozos, donde él y otros conscriptos, casi sin munición, fueron abandonados.

¿Cómo están ustedes?

Fría y en penumbras, la iglesia es una antítesis del Chaco, que era caluroso e implacable. Es la una menos veinte y se halla ya repleta. Muchos de los que engordan sus bancas de madera son ancianos, pero, salvo Lorenzo, ninguno de ellos benemérito de la mentada contienda.

De los más de 200.000 jóvenes –según algunas fuentes– que combatieron en la guerra, hoy en día sobreviven menos de 1.500 –con una pensión vitalicia de tan solo Bs 1.326–, lo que explica que el templo esté marcado por esas ausencias.

Comienza la misa de celebración y Claudio Patti, el cura, de 65 años, con un micrófono aferrado a su batón blanco, se dirige a los feligreses con la misma habilidad que un showman de feria.

“Buenas taaaardes, hermanos. ¿Cómo están ustedes?”, pregunta a voz alzada. Nadie responde. “Otra vez: ¿Cómo están usteeedes?”. “¡Biiieeeeen!”, contestan todos a coro”. “No se escucha, una vez más: ¿Cómo están ustedes?”. “¡Bien!”, vuelve como un huracán, de nuevo, la respuesta. “¿Y díganme: ¿Cuántos años cumple el tata Lorenzo?”. “¡Ciiieen!”. Hasta la cúpula retumba.

Don Lorenzo, flanqueado por sus hijos, observa un tanto ajeno los frescos de las paredes. Hasta que el ritual de la consagración parece sacarle de su particular letargo. Entonces, uno a uno, los vecinos se le acercan para abrazarle. Sus ojos son como un volcán en erupción. Y emocionado alza repetidamente un brazo al cielo.

Luego, llega el momento de las intervenciones. Un compadre lo compara con “un tronco del que nace todo”. Y otro recuerda su etapa como cuidador de los predios de la iglesia, en la que un día casi le llevan detenido por haber aniquilado con su fusil Mauser a dos ovejas de un señor que hacía pastar a su ganado en los recintos eclesiales. “Nos tocó comer asado de oveja durante dos semanas”, sonríe ahora su hijo Dámaso.

Los aplausos despiden finalmente la celebración. Y afuera, otro homenaje. En medio de la plaza, Lorenzo recibe una réplica de uno de los monolitos de las míticas ruinas tiwanakotas. “¡Viva Tiahuanaco!”, exclama. El Mayor Marcelo Uribe le condecora con la medalla de los satinadores –un grupo militar de élite–. “¡Viva el Ejército de Bolivia!”, grita el anciano. Suena a continuación la banda castrense con las notas del himno de Bolivia y Lorenzo acerca su mano al pecho. Después, llueven las fotografías. Y él, mientras, permanece inmóvil, como si hubiera estado años esperando por una instanánea que lo inmortalizara.

Tras las tomas de rigor, los allí presentes desandan los pasos para retornar a la casa que aún le da cobijo al benemérito. Y la música militar les acompaña solemne hasta la misma entrada.

Los dientes de oro

Escoltado, pero por el Ejército paraguayo, en los años treinta, a mitad de la contienda, Lorenzo conoció el territorio del país vecino. “Y salvó una vida –acota Dámaso–. Con él iba un amigo minero que tenía mucha plata y varios dientes de oro; y los paraguayos tenían la mala costumbre de cortar cabezas para sacarse los implantes. Entonces, para que no lo ajusticiaran, Lorenzo hizo creer que su compañero no habría la boca porque era sordomudo”.

En Paraguay, entre tanto, a él y al resto de los apresados les tocó servir casi como esclavos. Pues mientras los “pilas” prisioneros se dedicaban a habilitar carreteras como la de los Yungas en Bolivia, ellos se hacían cargo de las plantaciones enemigas. Sin pausa, pero también sin “tregua”.

Según relata Dámaso, “mataban las plantas disimuladamente para dejar al Ejercito rival sin suministros; y mantenían la moral en alto gracias a una lata de cañazo–aguardiente de caña capaz de tumbar a un toro– que habían conseguido robar en los almácenes paraguayos”.

La salteña de la felicidad

Son las dos de la tarde y la fiesta en el hogar de los Rivero se inicia con un conjunto de mariachis que “presenta armas” bien uniformado, de un negro funerario que les hace verse como cuervos. Lorenzo y su mujer disfrutan desde la primera fila. Los músicos tocan “Jalisco”, “El Rey” y los nueve hijos de la pareja le dedican al anciano el “Viejo, mi querido viejo”, de Piero.

Un rato más tarde, algunos de los nietos y biznietos –más de una decena– se acercan a su abuelo para depositar una rosa cada uno en su regazo. Pero nada llena más de felicidad el rostro de don Lorenzo que las salteñas que se reparten entre los invitados, como si en ese pedazo de comida que sujeta entre los dedos se condensaran sus 100 años.

Trago, almuerzo y torta constituyen el último aperitivo, además de la actuación de Los Curucusi, un conjunto que se define a sí mismo como de “malavidas”. Y la cabeza de Lorenzo, a tono con el festejo, es ya un bombardeo de mixturas.

El monolito Rivero

Dos de los hijos de Lorenzo, Aida y Waldo radican en Europa. Y otra buena parte de la familia lo hace en La Paz. Pero ninguno de ellos ha conseguido que Lorenzo y su mujer abandonen Tiahuanaco. “Mi papá es el monolito Rivero, de su pueblo no hay quien lo mueva”, reconoce Dámaso. Es por eso que cuenta con la atención permanente de una enfermera y la visita de su prole, por turnos, los fines de semana”.

“La mejor medicina para él, sin duda, es Tiahuanaco –recalca, por su parte, Juan Carlos Valda (38), uno de sus nietos más creciditos–. Una vez lo trasladamos a La Paz porque se había caído y, para que fuera al médico, le teníamos que engañar diciéndole que regresábamos a Tiahuanaco, hasta que ya no aguantó más y nos obligó a que lo retornáramos en serio. Pero con toda la razón, pues no tardó mucho en curarse”.

En la población del Altiplano, su rincón preferido es su tiendita. Desde allí ha visto cómo crecía su país algunas veces y cómo se hundía en otras ocasiones. Allí, a pesar de que no era santo de su devoción, sirvió cerveza al ex presidente Víctor Paz Estenssoro en una de sus “giras”. Y allí se sienta siempre a esperar con calma el mayor regalo que puede recibir un benemérito a estas alturas: un día más con vida.

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comentarios
  1. Álex Ayala dice:

    Lamentablemente, Lorenzo Rivero Ríos murió la semana pasada.

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