Segunda vuelta

Publicado: 8 septiembre 2009 en Felipe Restrepo
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Vamos por una pequeña autopista abandonada y le pregunto a Gael García cuál es el primer recuerdo que tiene de Diego Luna. Se queda callado y luego intenta una respuesta, más para él que para mí: “Está bueno. Nunca me lo habían preguntado”. En un semáforo solitario nos detenemos y se queda mirando por la ventana, en silencio. Estamos en Reykjavik, capital de Islandia, una pequeña ciudad costera de edificios blancos y grises, rodeada por un mar sorprendentemente claro y unas imponentes montañas de hielo. García vive ahí hace más de tres meses y aún se sorprende ante la belleza del lugar. El semáforo cambia a verde y el coche vuelve a avanzar sobre la carretera congelada. “No sé qué decir, tendría que pensarlo un poco más”.

Apenas unas horas antes esperaba la llegada del actor mexicano en el lobby del hotel donde tendríamos una sesión de fotos.

Cuando llegó me sorprendió su aspecto: tenía el pelo muy corto con mechones desiguales y una barba poblada, de varias semanas.

Subimos a la terraza del décimo piso, donde nos aguardaba el fotógrafo y, en el ascensor, me explicó qué había pasado con su pelo: “vengo de trabajar en una película en Madrid en la que hago un papel de enfermo de sarna, entonces me hicieron este corte”. La película se llama The Limits of Control del director de culto Jim Jarmusch, en la que comparte cartel con Tilda Swinton, Bill Murray y John Hurt.

Al contrario de lo que se podría pensar, Reykjavik es una ciudad soleada en marzo. Desde muy temprano en la mañana el cielo está despejado y un sol picante derrite el hielo que se ha formado en las calles durante la noche anterior. Debido a su posición geográfica es la capital más septentrional del mundo, de tal forma que recibe una iluminación extrema. Desde la terraza de uno de los edificios más altos de la ciudad se puede apreciar el espectáculo de la luz amarilla bañando las montañas plateadas. Nos sentamos y García dice que está muy feliz con el clima, pues al día siguiente comenzará a rodar un cortometraje en el que será director. Se trata de un proyecto que hasta ahora era secreto, para el que lo contrató la ONU. No es una misión humanitaria, claro. O sí, un poco: el organismo le pidió a ocho directores —entre los que se encuentran Jane Campion, Gus Van Sant, Wim Wenders, Gaspar Noé y Mira Nair— que realizaran un cortometraje para apoyar uno de sus principales programas, las ocho metas para el desarrollo que se pretenden cumplir en 2015. El proyecto se llama 8 y a García le pidieron que filmara una historia basada en la meta número 2: “Lograr la enseñanza primaria universal”.

— ¿No te sorprende que te hayan seleccionado junto a directores con tanta trayectoria?

— Sí, claro. Pero es que han pasado tantas cosas. Nunca me imaginé que me encontraría trabajando con gigantes así. Tampoco que terminaría haciendo películas. Mucho menos haciendo obras de teatro en lugares como éste.

Y sí: nadie se explica por qué García está viviendo en una ciudad ubicada en los 64° 04′ de latitud norte, muy cerca del círculo polar ártico. Para eso hay dos respuestas. La primera es que mientras estaba estudiando en Londres un amigo lo invitó a conocer la ciudad y le encantó. Y hace pocos meses lo invitó a que hiciera una obra con su grupo de teatro.

La segunda es que quería escapar: “Era un espacio que necesitaba, tenía la necesidad afectiva y sensorial de irme, de encontrarme de nuevo en un lugar que, antes que nada, irradia tranquilidad”. Es decir, alejarse de todo lo que significan para él México y la fama.

Durante todo el tiempo que pasé con él en Reykjavik nadie lo reconoció. Sólo una pareja que lo miró con curiosidad —“¿será ése el tipo que hizo de Che Guevara?”— y que, como buenos nórdicos, apenas se atrevieron a sonreír tímidamente. Debe sentirse bien no ser Gael García por un rato.

Desde el principio deja claro que no le gusta estar frente a la cámara —fotográfica— y que le incomoda posar. “¿No te has acostumbrado a estas cosas?”, le pregunto mientras cuadran las luces. Tuerce la boca y levanta las cejas: una mueca que deja clara la respuesta. En un momento David Franco, el fotógrafo, se acerca e intenta quitarle un vello largo que cuelga de su pómulo, García retrocede y le dice: “No, ése es el pelo de la suerte”. Después de un par de horas está agotado y me dice que vayamos a otro lugar para hacer la entrevista.

Salimos en su coche hacia el puerto. Nos detenemos en una cafetería donde acostumbran a ir los pescadores a tomar café y comer unos extraños sándwiches. El lugar se ve lleno, antes de entrar me dice: “Te presento la depresión islandesa”. En efecto, adentro la gente casi no habla, sólo mira su plato y come en silencio. García dice que debe alimentarse bien antes de la función que tendrá esa misma noche: ordena un sándwich, una torta de chocolate y dos tazas de café.

— ¿Cómo fue la experiencia de dirigir Déficit?

— Fue un viaje larguísimo y estructurante, del que aprendí mucho.

— ¿Cómo te sientes mejor, como director o como actor?

— Voy a decir algo que suena a lugar común: actuar es mi deporte, mientras que dirigir es mi diversión.

Su debut como director, que se estrenará en mayo en México, fue presentado en el pasado festival de Cannes. Es la historia de un grupo de amigos que se van a pasar un día en una casa de recreo en Tepozlán, cerca al Distrito Federal. García hace el papel principal y Camila Sodi —ahora esposa de Luna— interpreta a su hermana. En la cinta se reflejan las preocupaciones que tiene el director sobre las desigualdades sociales en su país. Algo que no es nuevo, pues García tiende a escoger proyectos que responden a sus convicciones: quiso llamar Déficit a su película pues le parece que es una palabra que marcó a su generación.

Diez minutos antes de las seis de la tarde salimos hacia el teatro de la Ciudad. A las siete presentará una función más de la comedia Together, basada en la película del mismo nombre dirigida en 2000 por Lukas Moodysson. La obra gira en torno a una comuna hippie en los años sesenta y García hace el papel de un exiliado español que se refugia en Islandia huyendo de la dictadura de Francisco Franco. La compañía, la Vesturport Theatre Group, está compuesta por actores islandeses y los únicos extranjeros son el mexicano y la actriz española Elena Anaya, que dicen sus parlamentos en inglés. La obra se presentará este mes en el Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México.

El teatro está lleno. A mi lado dos señoras ríen hasta las lágrimas. Together no es una obra experimental, es más bien una comedia ligera en la que los actores se divierten en el escenario e interactúan con el público. Tampoco es una gran producción: es una obra sencilla, con un montaje simple que pretende imitar una comuna hippie. Los actores están todo el tiempo en escena y derrochan toneladas de energía. Observo a García y me sorprende su faceta de comediante y lo mucho que disfruta hacer payasadas. Me parece que ahí, lejos de las poses, de los lentes de los fotógrafos y de la fama, se siente más tranquilo. Que ese escenario —así sea cerca al polo norte— es el lugar donde de verdad pertenece.

* * *

La amistad más famosa del cine mexicano reciente nació en el teatro. Y no podía ser de otra forma: las familias de Diego Luna y Gael García pertenecen al linaje más destacado del medio teatral mexicano y fue allí, entre los escenarios, donde los dos se conocieron.

Los padres de Diego, Alejandro Luna y Fiona Alexander, estuvieron desde siempre en el centro del mundo de las artes escénicas: ella era una actriz de origen británico y él un reconocido escenógrafo. En los ochenta Alexander murió en un accidente automovilístico y Diego, que tenía apenas dos años y era hijo único, quedó al cuidado de su padre. Alejandro lo educó entonces en medio de un ambiente privilegiado: por su casa, en el bohemio barrio Coyoacán, pasaban los más importantes directores de teatro y de ópera del país. A raíz de la muerte de la madre la relación entre padre e hijo se hizo muy fuerte y, al mismo tiempo, no podía desligarse de las artes escénicas. A los siete años, Diego debutó como actor en la obra De película, con el apoyo de su papá. Desde entonces han trabajado algunas veces juntos —hace poco unieron fuerzas en el montaje de la obra Celebración— y Diego ha dicho en varias ocasiones que uno de los temas recurrentes que alimenta su trabajo es la exploración de la relación entre padre e hijo.

Gael también pasó su niñez entre bastidores. Aunque su familia es originaria de Guadalajara, se mudaron a Ciudad de México al poco tiempo de su nacimiento. Ahí, Patricia Bernal y José Angel García, ambos actores, se convirtieron en protagonistas del círculo teatrero. José Angel trabajó en producciones de Arturo Ripstein, Felipe Cazals y Julio Castillo, mientras que Patricia oscilaba entre el cine y la televisión. Gael fue educado en un ambiente muy político: sus padres eran sin duda una pareja comprometida con la izquierda y con el discurso anticolonialista de Eduardo Galeano.

Muy seguido lo llevaban de vacaciones a Cuba. En su entorno y en su escuela —el colegio Británico Edron— había muchos refugiados de las dictaduras extranjeras. En su adolescencia, comenzó a jugar fútbol con los alumnos de otro colegio: el Madrid —entre los que se encontraba Luna— donde también había muchos hijos de exiliados argentinos, uruguayos, chilenos y españoles. Toda esta carga política en su educación tiene que ver, sin lugar a dudas, con la empatía que siente con el personaje del Che Guevara.

Esa época dejó una marca muy fuerte en ambos. “Para mí el teatro es una forma de recrear mi infancia y mi familia. Nací en ese medio y cada vez que estoy haciendo una obra siento que vuelvo a eso, que vuelvo a estar en mi casa”, dice García, “muchos de los actores o de la gente que trabajaba en las obras tenían hijos. Ellos eran y siguen siendo mis mejores amigos. Diego era uno de ellos”.

Algo que también recuerda Luna: “Gael estaba ahí desde que nací. Nuestros padres trabajaban juntos y crecimos en el mismo círculo. Nos enamoramos de esta profesión a través del teatro, no del cine o de la televisión”.

Muchos creen que la primera vez que trabajaron juntos fue en la serie de televisión El abuelo y yo. Pero ya existía un precedente. A los doce años actuaron en El rapto de las estrellas, una obra que muy pocos tuvieron el privilegio de ver. En realidad saltaron a la fama con la telenovela infantil, que se estrenó en 1992: El abuelo y yo fue uno de los grandes éxitos de la década de los noventa en México. Cuando llegaron a la serie, Diego ya era un actor más experimentado, mientras que Gael había trabajado poco. Su madre, que actuaba regularmente en producciones de Televisa, pensaba que la televisión —y en especial las telenovelas— no eran un buen lugar para formar a su hijo. Sin embargo todos los niños que hacían parte del elenco venían de familias relacionadas de alguna forma con el teatro: Edwarda Gurrola, Julián de Tavira y Eugenio Polgowsky —con quien, en 2004, idearon el proyecto del festival de cine Ambulante— entre otros. Tal vez por eso la madre de Gael dejó que protagonizara el programa. Sin duda una buena decisión: El abuelo y yo convirtió a Diego y a Gael en estrellas infantiles y, aunque ahora ellos prefieren olvidarse un poco del tema, fue un punto de partida inmejorable.

Después de El abuelo y yo, Luna siguió trabajando: participó en varios programas de televisión y obras de teatro. También actuó en algunas cintas: Un dulce olor a muerte de Gabriel Retes y Before Night Falls de Julian Schnabel fueron las más relevantes. García, por su parte, se alejó de los escenarios y comenzó la carrera de filosofía en la UNAM. Cuando estalló la huelga universitaria de 1999, decidió irse a Londres a estudiar en una de las mejores escuelas de arte dramático de Europa: el Central School of Speech and Drama.

Después de un proceso extenuante de selección —del que casi quedó afuera por su inglés con un ligero acento latino— García fue el primer mexicano en ser admitido en la escuela donde estudiaron actores como Sir Lawrence Olivier y Vanessa Redgrave y dramaturgos como Harold Pinter. La decisión de García de irse a Europa marcó una diferencia importante en el trayecto de los dos: los años que pasó en la escuela lo hicieron un actor más metódico, mientras que Luna aprendió a partir del oficio.

En Londres, García recibió una llamada de Alejandro González Iñárritu. El director mexicano lo contactó a través de sus padres y le pidió que leyera el guión de su primera película. El actor lo hizo y le envió una grabación en la que interpretaba una de las escenas. Al poco tiempo González Iñárritu le pidió que regresara a México para protagonizar Amores perros. García no podía ausentarse de su escuela por más de quince días y debió falsificar una excusa médica para poder faltar. “Dije en mi escuela que tenía una extraña enfermedad tropical y que no podía volver a Londres. Mis compañeros se preocuparon tanto que me mandaron una tarjeta”, cuenta.

Una mentira que valió la pena si se tiene en cuenta que Amores perros partió en dos la historia del cine mexicano. “Creo que fue paradigma. No sólo en términos de cine: hay un después y un antes de Amores perros en lo comercial, en lo social y en lo cultural. Se formó todo un dialogo a partir de esa película. Y cada vez va adquiriendo mayor importancia lo que ocurrió en ese momento: esa película mostraba cuánta energía, cuántos contrastes y cuánta efervescencia había en el país después de la crisis”, me dijo cuando lo entrevisté en marzo del 2007 en su oficina en Canana Films.

Pero más que cualquiera de las anteriores fue Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón, la película que les dio a los dos una dimensión diferente dentro del cine mexicano. Esa cinta tocó fibras muy sensibles entre los espectadores y sacó al aire muchos temas que la filmografía nacional nunca antes se había permitido tocar. Y tu mamá también hablaba de la corrupción de las clases altas, las diferencias sociales, el consumo de drogas y la ambigüedad sexual de los jóvenes chilangos. Un retrato preciso y sin consideraciones de una juventud menos inocente —y un poco nihilista— de la que nadie se había atrevido a hablar antes. Y son las caras de Diego Luna y Gael García las que se asocian a ese destape. Entre los dos ayudaron a exorcizar muchos de los demonios que tenían los mexicanos.

* * *

“De su mamá”, responde sin dudarlo demasiado.

Ocho días han pasado desde que García no logró responder la misma pregunta en Islandia. Luna, en cambio, sí recuerda con exactitud el primer recuerdo que tiene de su amigo: “Es que era difícil fijarse en él. Su mamá nos encantaba a todos”, agrega. Estamos en un restaurante de comida oaxaqueña en la colonia Cuauhtémoc, cerca al centro de la Ciudad de México. Llegamos ahí caminando después de una sesión de fotos en un estudio cercano. En el camino nos acompaña un hombre alto y sonriente: es el guardaespaldas de Luna. Desde que su esposa, Camila Sodi, está esperando un hijo, el acecho de la prensa y de los paparazzi es intenso. “Parece que lo más importante que puedes hacer en este país es tener un hijo”, se queja el actor.

La presencia de Luna en el restaurante genera una pequeña conmoción. Nos sentamos en una mesa alejada y pedimos dos cervezas. Luna, que no había tenido tiempo de comer en todo el día, pide arroz con plátanos y mole. Al fondo del salón hay una pantalla encendida en la que transmiten los últimos minutos del partido entre Cruz Azul y Monterrey. Luna le pregunta al mesero cómo van y a mí si soy fanático de algún equipo. Le respondo que no. “Yo le voy a los Pumas y al Barcelona”, me dice con toda la seriedad del caso. Desde la mañana ha estado rodando escenas de la película Sólo quiero caminar de Agustín Díaz Yanes. “Es una película sobre un robo y una historia de amor. Algo muy distinto a lo que estaba haciendo antes”, dice.

A lo que se refiere con “antes” es a una serie de proyectos excéntricos en los que se embarcó desde 2006 y que significaron un giro radical en su carrera. El primero de ellos fue El búfalo de la noche, dirigida por Jorge Hernández Aldana y basada en la novela de Guillermo Arriaga. Ese personaje, bastante oscuro, marcó una ruptura con los papeles que había aceptado hasta el momento. Más tarde trabajó con Harmony Korine —uno de los hitos del cine independiente estadounidense— en Mister Lonely. Ahí hace el papel de Michael: un joven que vive de imitar a Michael Jackson.

— ¿Cómo te sentiste en ese rol?

— Es lo más enloquecido que he hecho hasta ahora. Cuando se anunció el proyecto, empezó el rumor de que yo haría el papel de Michael Jackson.

— Pero eres un imitador…

— Exacto. Lo interesante de ese personaje es que yo entendía bien el concepto de querer ser otra persona. Pero en este caso es alguien que decide ser una persona que ha cambiado su identidad constantemente. Era como una matrioshka.

Además de darse el lujo de trabajar con un elenco impresionante —Samantha Morton, Denis Lavant y Werner Herzog— la participación en Mister Lonely le permitió conocer a Gus Van Sant. En la presentación de la cinta en el festival de Toronto, Korine le presentó al director estadounidense, uno de los más prestigiosos hoy en día. Van Sant lo invitó entonces a participar en su cinta Milk. La producción —que marca un regreso de Van Sant al cine más comercial— cuenta la vida de Harvey Milk, un político homosexual que fue asesinado en 1978. Luna interpreta a su amante y comparte cartel con Sean Penn, Josh Brolin, Emile Hirsch y James Franco.

Entretanto, en 2007, dirigió J.C. Chávez, un documental que le trabajó durante casi dos años. Su opera prima es una exploración de la vida del boxeador Julio César Chávez, el hombre que por años fue su héroe. Luna descubrió que Chávez estuvo presente en los momentos más importantes de su vida y quiso hacer un documental que fuera en parte un retrato y un homenaje. Para Luna, Chávez es una metáfora muy fuerte del poder y la fama en los países latinoamericanos.

— ¿Cómo fue la decisión de hacerte director?

— Estaba muy cansado de actuar y metido en un viaje depresivo y solitario. Siempre me interesó el proceso de lo que pasaba en una película antes de que llegan los actores. Por eso cometí la irresponsabilidad de hacerme director

— ¿Y qué tal te fue?

— Es la experiencia más fuerte que he tenido. Primero tener algo que contar y luego, una vez que ya lo tienes, lograr transmitir esa claridad. Y cuando lo terminas es como tu hijo. Ser director me enseñó que quería ser padre.

Como ocurre con García, Luna se define como actor sobre todas las cosas. Pero eso no significa que no esté interesado en seguir con la dirección: dice que ya está escribiendo una nueva película. Y aunque encuentra fascinante el cine documental, esta vez será una pieza de ficción.

García y Luna insisten en que la idea de dirigir nació al mismo tiempo —sus dos primeras películas estuvieron listas con un mes de diferencia— pero que fue una coincidencia. Pocas veces lo habían hablado y no planearon que fuera así. “Me acuerdo que nos llamábamos constantemente para preguntarnos sobre cosas que no entendíamos o partes del proceso que nos confundían. Fui muy afortunado de tenerlo ahí siempre”, dice Luna.

Cuando termina nuestra charla el dueño del local se acerca: le pide un autógrafo y se toma una foto con él. En la pantalla se anuncia el final del partido. Monterrey le gana al Cruz Azul, 3 goles a 2.

* * *

Más allá de los premios y buenas críticas que recibió Y tu mamá también, la película fue sobre todo el detonante del éxito internacional de Luna y García. Su carisma, su humor y la naturalidad de su interacción revelaron que no sólo se trataba de dos jóvenes actores talentosos, sino de una pareja que funcionaba a la perfección en la pantalla. Además eran absolutos protagonistas: no sólo fueron actores sino que también se involucraron en el proceso creativo, al punto que trabajaron con el equipo de segunda unidad, filmando tomas secundarias y cargando cables. Muchos pensaron que el camino natural para los dos sería seguir haciendo películas juntos y convertirse en una versión posmoderna —y un poco más sexy— de Viruta y Capulina. Pero tomaron caminos diferentes y, durante los siete años que siguieron a Y tu mamá también, sólo coincidieron en proyectos que tenían que ver con cine pero no con su actuación.

García actuó, entre otras cintas, en El crimen del padre Amaro de Carlos Carrera, Sin noticias de Dios de Agustín Díaz Yanes y Vidas privadas de Fito Paéz. Pero en ninguna de ellas parecía encontrar su lugar: sus interpretaciones fueron, en la mayoría de los casos, desiguales. En 2004, sin embargo, reapareció en tres papeles fantásticos que le permitieron, por fin, lucirse: La mala educación de Pedro Almodóvar, The King de James Marsh y Diarios de motocicleta de Walter Salles. Fue justamente el rol del Che Guevara el que más satisfacciones le trajo. Porque para García era casi una misión —por sus orígenes y convicciones políticas— interpretar al revolucionario. En 2006 tuvo de nuevo un gran año y protagonizó La ciencia del sueño de Michel Gondry, El pasado de Héctor Babenco y participó en Babel, de su amigo y mentor González Iñárritu.

Luna se mantuvo aún más activo. Hizo parte de diferentes proyectos, entre los que se destacaron Frida de Julie Taymor, Soldados de Salamina de David Trueba, Nicotina de Hugo Rodríguez. En 2003 dio un salto hacia Hollywood cuando Kevin Costner lo invitó a participar en su western Open Range y al año siguiente trabajó con Steven Spielberg y Tom Hanks en la superproducción The Terminal y con Gregory Jacobs en Criminal. “Lo interesante como actor es que puedes transitar entre directores, países y géneros”, dice sobre su decisión de aceptar papeles —un poco débiles, hay que decirlo— en Hollywood. A diferencia de Luna, García aún no ha participado en grandes producciones estadounidenses. Según él no se trata de una decisión definitiva: “Lo que pasa es que no me han ofrecido un papel que me parezca interesante. Además, me ha pasado algo curioso: cada vez que me llega una propuesta de Hollywood, coincide con alguna de otro lugar. Y ésas siempre han ganado”. A pesar de mantenerse al margen, García es una de las celebridades latinoamericanas más conocidas en Estados Unidos.

Pero no por eso se alejaron. Al contrario: cada vez que regresaban de un rodaje a Ciudad de México —donde nunca han querido dejar de vivir— se juntaban para discutir sobre uno de sus temas favoritos, la situación del cine en su país. Después del éxito de cintas como Amores perros, Y tu mamá también y El crimen del padre Amaro, existía la sensación de que el cine mexicano estaba viviendo una nueva época dorada. García y Luna no estaban del todo de acuerdo con esto: sentían que los triunfos eran más bien un premio a los esfuerzos individuales de algunos —como González Iñárritu, Salma Hayek o Guillermo del Toro— que se sobrepusieron al impedimento de hacer cine en su propio país. Porque en su ciudad los dos actores se encontraban con una situación opuesta: muy pocos realizadores podían concebir películas.

Cada vez que tocamos el tema de la industria cinematográfica mexicana, García y Luna tienen opiniones muy fuertes. Básicamente ambos creen que el cine nacional compite de una manera injusta con las producciones internacionales. La única forma que tiene de sobrevivir es generando expectativa y comentarios boca a boca, pues le queda imposible competir contra el marketing de las producciones de los grandes estudios. Como fue el caso de El crimen de padre Amaro o de El violín que —por razones muy diferentes— generaron una gran expectativa entre el público y se convirtieron en fenómenos mediáticos. “Siempre nos quedamos en esto de que hay limitaciones gubernamentales. Pero al final me gusta pensar que estas limitaciones se pueden superar cuando la gente tiene ideas. Pienso en el caso de Carlos Reygadas, que es admirable. Es alguien que comenzó a hacer cine sin saber cómo y poco a poco fue encontrando la manera”, dice García.

Así que decidieron crear una empresa que ayudara a promocionar el cine. Junto a su amigo Pablo Cruz, fundaron Canana Films, una productora que toma su nombre del cinturón donde los revolucionarios zapatistas cargan su munición. Desde su creación en 2006, Canana ha producido cuatro largometrajes: Drama/Mex de Gerardo Naranjo; Cochochi de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán; Rudo y Cursi de Carlos Cuarón; J.C. Chávez y Déficit. Y el próximo año producirá In the Playground de David Alcalde y Voy a explotar de Naranjo. Además distribuyeron El violín de Francisco Vargas, que se convirtió en el gran éxito del año 2007. “Somos un público que espera ver buenas películas. Por eso nos interesa que se hagan y se distribuyan cintas más diversas e interesantes. Canana es un intento de abrir esa vía”, dice Luna. Ambos ven a Canana como una estructura que les ha permitido crecer y llevar a cabo proyectos de una manera más organizada. Además, su empresa les ha permitido involucrarse en todas las etapas de una película: desde la preproducción hasta la distribución. Y así lo entiende García: “Como todo productor entenderá, no es buen negocio hacer cine en México. Lo bueno de Canana es que hemos logrado hacer que las cosas se vuelvan reales más rápido de lo que esperábamos”.

Canana no es el único de sus proyectos de difusión. Casi simultáneamente a su creación, los dos actores se embarcaron en un proyecto que también tiene que ver directamente con sus preocupaciones. Se trata de Ambulante: un festival que busca promocionar lo mejor del cine documental. La idea nació cuando Eugenio Polgowsky —antiguo compañero de El abuelo y yo— les mostró su documental Trópico de Cáncer. A los dos les encantó y se sorprendieron cuando su director les contó que nadie lo quería exhibir en México. Así pues decidieron crear un espacio alternativo para mostrar lo mejor de este género.

Con el apoyo de Canana, del festival de cine de Morelia y de empresas privadas, se pusieron en la tarea de seleccionar y encontrar el mejor material producido en Latinoamérica y en el resto del mundo para exhibirlo en diferentes ciudades de México. Porque otro de los principales intereses de Ambulante es llevar su muestra por todo el país y no restringirse al Distrito Federal. Las películas se exhiben en dieciséis ciudades. “Me gusta ver que no estamos solos en esto y que los esfuerzos que hemos hecho están teniendo repercusión. El cine es una de las herramientas de cambio más fuertes que tenemos hoy en día”, dice Luna. La prueba del éxito es que en tres años el festival ha crecido y a la última edición han asistido más de 25.000 espectadores. Parece que el cine sí es un arma poderosa y que las cosas sí están cambiando.

* * *

Llegué a Cihuatlán, Jalisco, el último fin de semana del rodaje de Rudo y Cursi en esa locación. Todo el mes de julio de 2007 se hicieron ahí las primeras secuencias de la película, que fue filmada casi en orden cronológico, algo muy poco común en la industria. Cihuatlán es una población de la costa pacífica de México, cercana a una plantación de banano que es propiedad de la familia Cuarón y en donde los hermanos Alfonso y Carlos pasaron vacaciones en la infancia.

Por eso no es una coincidencia que Carlos —guionista de Y tu mamá también— escogiera el lugar para iniciar su opera prima: se trata de la historia de amor y odio entre dos hermanos. Toto (García) y Beto (Luna) son dos jugadores de fútbol que se hacen rivales cuando comienzan a jugar profesionalmente. Algo similar a lo que ocurre en la vida real: en la cancha es en el único lugar que los dos actores parecen rivalizar. Cuando coinciden en México, juegan todavía juntos en el mismo equipo al que pertenecían en la escuela. Y cada uno insiste en que es mucho mejor jugador que el otro.

Es verano y el calor es intenso y húmedo. Varios periodistas esperamos en la terraza de un hotel a que comience un almuerzo en el que darán una rueda de prensa. Los primeros en llegar son Luna —con el cabello teñido de negro y bigote—, García —con una gorra estilo militar, sin barba y en shorts y playera— y Carlos Cuarón. Atrás de ellos viene Eugenio Caballero (director de arte y ganador de un Oscar), Adam Kimmel (director de fotografía), Dolores Heredia, Jessica Mas y el comediante argentino Guillermo Francella (los coprotagonistas). Los dos actores son el centro de atención: bromean sobre todo lo que les preguntan y sobre sus compañeros. Cuentan lo mucho que cambiaron las cosas desde las primeras veces que actuaron juntos. García y Luna insisten en que tienen más oficio y son más profesionales, pero que el cariño entre los dos sigue intacto.

De sorpresa aparecen Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón. “La familia reunida de nuevo”, murmura alguien. “El Negro” González Iñárritu se sienta en un extremo de la mesa, pero la admiración de todos los demás se hace evidente. Lleva un sombrero de fieltro blanco, que le da un aire de padrino. Explica que Rudo y Cursi es la primera película que producirá Cha Cha Chá, la productora que crearon él, Alfonso Cuarón y Guillermo Del Toro. Es la primera de una serie de cinco cintas que harán tras firmar un contrato de cien millones de dólares con Universal Pictures. Carlos Cuarón insiste en que la cinta no es la segunda parte de Y tu mamá también, pero sabe que las comparaciones serán inevitables.

Quienes han visto la película concuerdan en que es totalmente diferente: tiene un tono un poco más oscuro y los dos personajes principales nada tienen que ver con Tenoch y Julio, los adolescentes sobreexcitados de Y tu mamá también. Esta vez sus personajes son más trabajados y se alejan de sus propias personas. Lo que parece lógico si se tiene en cuenta que ambos llegaron al rodaje con un bagaje enorme, con la experiencia de haber trabajado con algunos de los directores más importantes del mundo e incluso siendo ellos mismos realizadores. “Rudo y Cursi era una asignatura pendiente. En Y tu mamá también se acomodaron muchas cosas en la vida de todos nosotros. Y ahora nos reencontramos en otro momento vital importante”, me cuenta Luna meses después, cuando la cinta ya está terminada.

Una vez acabado el almuerzo, nos dirigimos hacia el estadio del pueblo, en donde el equipo de la filmación organizará un partido de fútbol contra el equipo local. Cuando llegamos más parece una fiesta que un evento deportivo. Todos los habitantes de Cihuatlán han llegado al lugar: finalmente no todos los días las grandes estrellas del cine de su país juegan en su casa. Los dos actores se mantienen en pie —con cierta dificultad— los noventa minutos e incluso hacen un par de goles. Celebran con el público, que parece fascinado ante el carisma de los dos. Tanto así que muy pronto todo el mundo deja de llevar la cuenta de las decenas de goles que recibe el equipo de García y Luna. Cuando termina el partido el equipo de producción da una fiesta de despedida. Ahí se proyecta un video —parte de la cinta— en el que García hace su debut como cantante grupero. Vestido con ropa de colores brillantes y sombrero vaquero, interpreta la canción “Yo te vi”: el cover de un famoso tema de rock interpretado en los setenta por Cheap Trick.

Al día siguiente dejo Cihuatlán y el equipo de filmación continúa el camino que lo llevará a Toluca y a Ciudad de México.

El rodaje de Rudo y Cursi terminó a finales de 2007 y se espera que su estreno sea pronto. Desde entonces Luna y García se separaron de nuevo y se han visto en pocas ocasiones. No saben cuándo volverán a encontrarse en un set de filmación, pero no han dejado de estar en contacto. Hablan casi todos los días por teléfono y se mantienen informados de lo que están haciendo. El camino de la fama es uno de los más solitarios que existen y ellos han tenido la fortuna de atravesarlo al lado de su mejor amigo. Su amistad ha marcado sus propias vidas y, de paso, la historia reciente del cine mexicano.

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comentarios
  1. GoShooter dice:

    Excelente post! felicidades por tan buena y completa entrevista, no cabe duda que tenemos mucho talento en Mexico y que es muy claro que cuando ponemos nuestro enfoque y decisiones en algo seguro lo logramos. Felicidades y suerte!

  2. Pedro Silva dice:

    excelente trabajo. soy de cihuatlan y me toco
    observar parte de la filmación. Lo que dice usted
    es verdad.

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