El amargo sabor del azúcar

Publicado: 19 diciembre 2009 en Juan Luis Salinas
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Ludvic y Marco bajan la mirada, sonríen nerviosos y se sumergen en el agua. Su piel oscura se hunde en un turbio canal de regadío. Arriba de sus cabezas, el sol del mediodía ya parece brasa. Cae violento sobre el camino que conecta los bateyes ocho y nueve, que forman parte de la veintena de campamentos agrícolas del Ingenio Barahona, la principal factoría azucarera del sureste de República Dominicana. Mientras ellos se bañan, también lavan su ropa -unos pantalones gastados, unas raídas camisetas- en esta corriente de agua café que está a la orilla de la polvorienta ruta. Los cañaverales se mueven ligeros con el viento y sus ramas parecen silbar. Aprovechan sus últimas semanas de verdor. En diciembre, un ejército de hombres las cortará a machetazos, las amarrará en atados y las cargará sobre los oxidados carros del tren que las llevará a la planta de molienda. Será el tiempo de la cosecha, de la zafra 2009-2010. Cinco meses de amargo trabajo para conseguir minúsculos granos de dulzura.

Para Ludvic y Marco, ésta será su primera zafra . La esperan ansiosos. Son hermanos -dicen que su apellido es Pierre- y sus figuras adolescentes no se condicen con los 19 y 20 años que declaran tener. Hace una semana llegaron desde Haití. Su viaje fue una travesía. Caminaron durante dos días desde Cap Rouge, un pueblo agrícola, cercano a la ciudad de Jacmel, en la costa sur de su país para cruzar la frontera. Con ellos sólo cargaron dos mochilas, la ropa que llevaban puesta y unas zapatillas deportivas que apenas protegieron sus pies. Pese al cansancio llegaron convencidos de que la caña les daría dinero. Así les contó y aún les cuenta su primo Robinson, quien ya ha participado dos veces en estas faenas y con quien comparten una estrecha barraca de techo de paja, piso de tierra y camastros metálicos sin colchón en el Batey Nueve.

Robinson -22 años, pecho hundido, corto pelo rizado y jeans sujetos con un cordel- es quien habla por ellos. Lo hace en un rudimentario español que mezcla con creole, el otro idioma oficial de Haití además del francés. Con esta casi incomprensible forma de hablar y un tono algo desconfiado, Robinson dice que él mismo los acompañó en su paso ilegal a República Dominicana. Que evitó que cayeran en manos de los “buscones” que trafican trabajadores para la zafra y que cobran entre 200 y 400 dólares por cada “pasajero”. También cuenta que ahora él los mantiene con el dinero que gana limpiando los cañaverales, pero que con su primer sueldo ellos le devolverán la ayuda. Y luego de repetir cuatro veces que sus primos son mayores de edad, en un arranque de confianza, reconoce que tienen 16 y 17 años. Pero, a modo de disculpa, comenta que son fuertes.

-Están acostumbrados al trabajo -dice con el mentón altivo.

Sus primos lo escuchan y bajan la vista. Confían ciegamente en él. Tienen que hacerlo. En Haití dejaron una madre y tres hermanos que se quedaron cultivando el reseco pedazo de tierra que heredaron de su padre muerto hace dos años. Entonces su exigua vida comenzó a bordear la miseria y se ilusionaron por los tres dólares diarios que les comentaron recibirán por cada día de trabajo.

Fue así como Ludvic y Marco fueron seducidos por el susurro de prosperidad de la caña que ahora ondula inocente a sus espaldas.

NEGOCIO AMARGO. Aunque hoy la fantasía del Caribe, las playas de arena blanca y los resorts de lujo son la principal fuente de ingresos de República Dominicana, durante más de un siglo el dulce jugo de la caña fue la base de su economía.

Pero el poder del cañaveral persiste. Todavía se sigue entrelazando con la memoria histórica del país y de su gente, en un relato donde la conquista, la fortuna, la pesadumbre y el sacrificio se diluyen en un sabor extraño.

Partió cuando Cristóbal Colón llevó desde las Islas Canarias la primera semilla de caña y la sembró en La Hispaniola -como entonces se conocía al territorio que hoy comparten dominicanos y haitianos-. Esa planta -que germinó en Puerto Plata, en el litoral norte de la isla- se propagó tan rápido, que a mediados del siglo XVI se trajeron más de 35 mil esclavos africanos -en su mayoría adolescentes- para que trabajaran en los cañaverales. Las razones fueron tan prácticas como crueles: los tainos -el pueblo originario de la isla- no soportaron las arduas faenas.

La búsqueda de dulzura ya tenía toques de acidez.

El auge azucarero colonial español no duró mucho, entró en crisis y disminuyó hasta desaparecer por completo. Los ingenios y los cañaverales sólo renacieron en el mapa de la economía dominicana en las últimas décadas de siglo XIX con capitales extranjeros. En esa época, las principales instalaciones azucareras no eran dominicanas: cinco pertenecían a italianos, cuatro a estadounidenses, otras dos las manejaban cubanos, y una estaba en manos de un grupo británico.

Pero el verdadero apogeo del negocio de la caña dominicana se desarrolló desde los años 20 hasta mediados de los ’80. Fue el dictador Rafael Leonidas Trujillo (1930-1961) quien en la última década de su mandato -antes de ser asesinado- logró la propiedad de la mayoría de los ingenios del país con maniobras como las drásticas subidas de impuestos. De su dominio sólo escaparon dos empresas privadas: Central Romana (entonces de la South Porto Rico Sugar Company) y Consorcio Vicini (perteneciente hasta hoy a una poderosa familia de origen italiano).

Entonces el monocultivo azucarero dominaba más del 90 por ciento de las exportaciones. Era la gran fuente de divisas para el país. Pero en los campos la prosperidad no se replicaba. Los bateyes aumentaban alrededor de los cañaverales y la zafra siguió teniendo piel oscura: la mayoría de los braceros -cortadores o picadores de caña- que participaban en estas labores eran inmigrantes traídos ilegalmente de Haití.

El periodista, político y escritor dominicano Ramón Marrero Aristy consignó esta situación en “Over”, la novela que publicó en 1939. “Diciembre corre con sus brisas frías. Los cañaverales florecidos de espigas, inmensos como un mar, serán abatidos desde mañana por la tromba humana que llegó de Haití y de las islas inglesas. Todos vinieron este año, como siempre, encerrados en las hediondas bodegas de vapores de carga, de lentas goletas, o en camiones, apretujados como mercancías” escribió, dejando en claro el tráfico humano que sucedía en los ingenios azucareros.

En 1952, Rafael Leonidas Trujillo “reguló” este sistema que existía desde principios del siglo XIX. La fórmula del dictador consistía en que el Estado dominicano compraba los braceros al gobierno haitiano y luego los realquilaba a los ingenios del país. La mayoría eran jóvenes, muchos apenas sobrepasaban los quince años.Aunque el sistema ideado por Trujillo desapareció, y a mediados de los años 80 el negocio del azúcar entró en una crisis que culminó en 2000 con la privatización de sus azucareras, la práctica del tráfico de personas desde Haití aún se mantiene en la clandestinidad. Los buscones intensifican sus labores cuando viene la cosecha.

NIÑOS QUE SIEMBRAN. En el camino de entrada al Batey Cinco del Ingenio Barahona, Jesús Pérez Alonso monta una ruidosa motocicleta. En el asiento trasero lo acompaña su primo Daniel, quien mueve los brazos y asusta a las gallinas que se interponen en su camino.

Jesús tiene quince años, la cabeza rapada y una frente café que reluce con el sol de la siete de la tarde. Es uno de los cinco hijos de un matrimonio de dominicanos descendientes de haitianos. Su padre momentáneamente trabaja en un conuco -parcela de tierra dedicada a la agricultura- mientras espera el inicio de la zafra. El hombre -que hace poco volvió del campo con una penca de plátanos verdes- dice, convencido de que el niño está haciéndose hombre. Por eso le prestó su motocicleta. Quiere que aprenda a conducirla.

-Así me llevará al trabajo cuando esté cansado -dice.

El vehículo -de relucientes manubrios acerados, ruedas delgadas y marca japonesa- es la gran posesión de la familia. Más que su choza de barro áspero, de tres habitaciones y techumbre de ramas secas. Más que los dos cerdos que dormitan a la sombra y que vigila Altagracia, la abuela del clan.Altagracia es la única que se asombra cuando Jesús acelera la velocidad y sus amigos -Vladimir y Joseph- corren entusiasmados tras él. Cuando pasan por su lado, se tapa la boca y luego refunfuña. Cree que pueden hacerse daño.

-Más lento; cuidado con las gallinas -grita y levanta una taza de latón por la que revolotean unas moscas.La cara de Altagracia -quien no sabe si tiene 60 o 66 años- está subyugada por las penurias del batey: las arrugas fracturan su piel morena, el mentón cae desinflado en su cuello, la mirada está enmarcada con ojeras pardas y en su boca reseca hay un gesto de alegría vacía. Lleva un vestido de algodón raído que le queda grande, su cabeza está cubierta por un pañuelo del que se asoman unos mechones blancos y en sus pies descalzos hay manchones de tierra.

La abuela es la única de la familia que se atreve a contar que su nieto dejó la escuela y que durante el tiempo muerto -los meses posteriores a la zafra, cuando los cañaverales se han cortado- se dedica a cultivar caña. Igual que los otros niños del batey, quienes trabajan unas horas -antes o después de escuela- y ganan siete pesos (20 centavos de dólar) por cada surco que siembran.

-Ahora Jesús quiere ver si lo aceptan en la zafra. Quiere ganar más dinero -insiste la abuela y las mujeres que la miran desde las otras casuchas empiezan a murmurar. Dicen, entre un barullo de voces, que la abuela está equivocada. Que está vieja.

La reacción no es extraña. Se repetirá más tarde entre las mujeres del Batey Cuchilla, que asegurarán que todos los niños de ahí asisten a la escuela. Luego, en Concho Primo -el sector rural del Batey Seis del Ingenio Barahona-, la mamá de Santa -14 años, flaca como espiga y largo pelo trenzado- retará a la niña cuando ella diga que este año sembró en los cañaverales donde trabaja su hermano.

Pero los escasos estudios sobre los bateyes -realizados por organismos internacionales- evidencian lo que sus habitantes prefieren ocultar. En septiembre de 2009 un informe del Departamento de Estado estadounidense denunció el trabajo infantil “forzoso” en los campos de azúcar de República Dominicana, así como en otras áreas agrícolas donde se cultiva café, arroz y tomate.

El documento fue rechazado por el Ministerio de Trabajo dominicano que aseguró: “La posición de la Cancillería estadounidense no refleja la situación real del trabajo infantil en el país, cuyas leyes prohíben la contratación de niños por parte de las empresas que operan en el sector azucarero”. El ministerio también entregó sus propias cifras: En República Dominicana en 2000 trabajaban alrededor de 436.000 niños y adolescentes, pero la cifra se redujo a 157.000 en 2007.

Estos datos fueron apoyados por los industriales del azúcar. En un documento, los representantes del Grupo Vicini, Central Romana e Ingenio Barahona -las tres principales industrias de área- aseguraron que el informe de Estados Unidos no especifica lugar alguno del país donde se practique el trabajo infantil. También destacaron que en sus plantaciones funcionan más de 60 escuelas donde se educan a los hijos de sus trabajadores.

Es cierto. Santa -la niña de Concho Primo- jamás dejó de ir a la escuela. Ella sembró caña un par de horas por la tarde, después de sacarse su uniforme escolar. Por la noche, cansada, se sentó a hacer sus tareas.

VIDA SIN PAPELES. El Ingenio Barahona es uno de los principales y más legendarios centros de producción azucarera de República Dominicana. Fue fundado en 1920 y está conformado por 19 bateyes que se extienden mustios y opacos entre las provincias de Independencia, Barahona y Bahoruco. En el sureste. Ahí viven más de 25 mil personas que sólo en la última década han empezado a contar con servicios de ayuda como consultorios médicos, escuelas, centros de reunión y llaves de agua potable comunitarias. La mayoría de estos campamentos están nombrados con números, pero hay otros que tienen nombres como el Batey Central, Cuchilla, Algodón o Los Robles.

Originalmente el término batey era utilizado por los aborígenes taínos para designar las plazas donde se efectuaban los juegos de pelota, las actividades sociales y ceremoniales. Los conquistadores mantuvieron el término y luego los empresarios del azúcar lo adoptaron para nombrar el entorno social donde habitan los trabajadores de los ingenios azucareros con sus familias.

Hoy los bateyes, con sus casas de barro, sus caminos de tierra y sus trabajadores mal pagados, son las postales miserables de la tierra que ahora se vende como un paraíso.

Andre Jean -75 años, 7 hijos y 12 nietos- nació en Fond Verettes, un pueblo en la frontera sur de República Dominicana y Haití, pero a los 14 años se vino con su padre a buscar suerte en la zafra. Al poco tiempo su madre les siguió los pasos y se instalaron en un batey de Barahona.

Andre y su familia jamás volvieron  a pensar en la tierra haitiana.

A los quince, asegura André, nadie en su cuadrilla le competía en el manejo del machete. A los 18 ya tenía mujer y esperaba su primer hijo. Ahora es un sobreviviente. Es uno de los pocos braceros ilegales de la época dorada del imperio azucarero que no ha muerto. De sus antecesores y contemporáneos haitianos sólo quedan sus descendientes. Hombres y mujeres que viven abatidos en una tierra que parece resistirse a aceptarlos.

-Aquí la vida no ha sido buena, pero nunca había sido tan mala como ahora. Antes, cuando era joven y los norteamericanos estaban a cargo del ingenio, se podía ganar hasta diez pesos al mes y eso era mucho mejor que los cien pesos que pagan diariamente ahora. En las zafras hoy se trabaja más duro, aunque para el pobre cualquier cosa es mejor que nada -dice este hombre, que ya no trabaja en el campo, pero todavía carga su mocha (machete) afilada, vive de la ayuda de sus hijos, maldice en creole y nunca se mueve de su choza en Concho Primo.

Tras la caña no hay espacio para ilusiones.

-Todos esperamos la zafra, pero en el fondo sabemos que es uno de los momentos más duros. Algunas veces hay que trabajar más de doce horas, aguantar el sol, la vigilancia de los jefes que no nos dan tiempo para ir al baño y volver al barracón con los brazos adoloridos por el peso del machete. Y todo para ganar 130 pesos por tonelada cortada (un poco más de tres dólares) -dice Frenel Elius. Su padre, Jacques, llegó desde Hinche -una ciudad ubicada en el centro de Haití a escasos kilómetros de la frontera- hace 40 años.Frenel vive en el Batey Siete en una casa húmeda y acalorada con Deliemen, su mujer. Ninguno de los dos tiene sus papeles en regla. Legalmente no existen; tampoco sus dos hijos, quienes también nacieron en tierra dominicana. Podrían pedirlos, tienen derecho, pero no se atreven. Como muchos habitantes de los bateyes no existen ni a un lado ni al otro de esta isla caribeña.

Bridget Wooding -socióloga inglesa especialista en migración e investigadora asociada de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de República Dominicana- está convencida de que la invisibilidad ha crecido junto con la caña.

-Es bastante común que existan inmigrantes que lleven aquí más de 50 años y no tengan su papeles en regla y sus hijos o nietos no tengan certificado de nacimiento, que es la prueba de la nacionalidad para los niños que nacen en el país y les da acceso a otros derechos y ayudas, como la protección contra la trata de personas, trabajo infantil o el matrimonio precoz. Pero eso hay que contextualizarlo en un país donde nunca ha existido un real proceso de regularización de este problema. Y eso es muy grave en una isla con dos países divididos por una frontera muy porosa -dice la especialista desde su oficina en Santo Domingo.

Bridget Wooding sabe de lo que habla; lleva 20 años estudiando el problema. Ya no recuerda cuántas veces ha cruzado la frontera entre República Dominicana y Haití.

MISIÓN EN EL INFIERNO. Los funcionarios de Plataforma Vida -una ONG que ayuda a los pobladores del Ingenio Barahona y que fue creada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy- conocen bien los bateyes del sector y la mayoría de sus problemas. Su actual director es Eusebio Peña, un ex reportero radial que hace más de una década comenzó a colaborar con el trabajo pastoral del padre Ruquoy.

Este hombre -que vive en Batey Tres, tiene dos hijos y un auto del año 80 que a duras penas atraviesa los caminos internos de los cañaverales- es respetado por los trabajadores. Apenas lo ven entrar a sus campamentos los niños lo saludan, las mujeres le comentan sus problemas y los hombres buscan alguna descolorida silla plástica para que se siente. Él sabe cómo tratarlos, sabe que hay que escucharlos, sabe que muchas veces esconden cosas por temor.

Ahora, de vuelta de Batey Cuchilla a las oficinas centrales de la asociación, en el Batey Seis, dice que los tres adolescentes que caminan por la orilla de la línea del tren, al costado de los cañaverales, van a pescar tilapia -un pez de agua dulce- a los drenajes, y que ya están inscritos para trabajar en la cosecha. También cuenta que Luis, un viejo bracero de 70 años y pocos dientes, pronto deberá dejar su choza porque se la pedirán para albergar a los nuevos trabajadores que llegarán de Haití. Y que Octavia -la anciana que limpiaba habichuelas en Batey Algodón sentada en la tierra y vestida con una enagua sucia- apenas vive gracias a la ayuda de sus nietos.

Estas historias, dice Eusebio, palidecen frente a lo que podría contar el padre Ruquoy. Este cura trabajó durante dos décadas con los inmigrantes del sector y fue uno de los primeros en denunciar públicamente los abusos que se cometían en las zafras. Su atrevimiento tuvo un costo: hace cuatro años tuvo que abandonar el país acosado por las amenazas y atentados contra su vida. Hoy está en Mulungushi Agro, un lugar perdido de la provincia central de Zambia, África, donde trabaja con 30 huérfanos cuyos padres murieron de sida.

-Esto es otra realidad dura. Aquí la esperanza de vida es de sólo 37 años y casi el 20 por ciento de la población tiene VIH. Pero es diferente a la de los bateyes, porque acá no hay culpables directos, no hay abuso por empresas que quieran enriquecerse con el abuso y la explotación de gente que no sabe defenderse, de gente que sólo quiere surgir. Eso es algo totalmente opuesto al evangelio. Desgraciadamente, allá en la isla, nada ha cambiado y las autoridades siguen ciegas frente a la situación de los trabajadores de la caña. Todavía tengo en la memoria la primera imagen que vi cuando entré a un cañaveral y encontré a un grupo de picadores de caña caminando encadenados con dos guardias a caballo -dice desde su parroquia en la sabana africana.

El padre Ruquoy no fue el único sacerdote que acusó estos abusos. En su parroquia en San José de los Llanos -en la provincia de San Pedro de Macorís, al otro lado de la isla, en la región sureste-, el misionero español Christopher Hartley Sartorius también se enfrentó contra los empresarios azucareros y también hace tres años tuvo que abandonar el país bajo amenazas de muerte. Ahora vive en una región fronteriza de Etiopía y trabaja con pueblos trashumantes somalíes. Tribus donde el hambre ataca hasta la muerte.

La falta que cometió este cura en tierras dominicanas fue decir públicamente que la vida en los bateyes era “la antesala del infierno” y combatir los intereses del grupo Vicini, una de los clanes empresariales más poderosos del país. Aunque desde el principio tuvo prohibida la entrada a los bateyes de su región, Hartley se las arregló para enseñarles sus derechos a los trabajadores, iniciar una lucha por regular el contrato de los picadores de caña que todavía está en tribunales, y facilitar la ayuda para que la prensa extranjera rompiera el silencio del cañaveral. También escribió un diario personal con historias escalofriantes como la de Marta, una inmigrante haitiana que murió sola en su choza y la encontraron devorada por las ratas, o la de viejos picadores que tuvieron que ser enterrados en ataúdes armados con las maderas de sus casas.

Gracias a su gestión, una avalancha de información salió de la isla: el periódico El Mundo escribió un reportaje denuncia titulado “Un cura en el infierno”; lo mismo hizo el Pulitzer Gerardo Reyes para el Nuevo Herald de Miami. Luego vinieron los documentales como el italiano “Inferno di zucchero” y “The price of sugar”, que siguió sus pasos como misionero mientras la voz de Paul Newman relataba los horrores de los bateyes. Después de eso lo acusaron de antidominicano, de buscador de protagonismo con el sufrimiento ajeno.

-Yo sólo dije lo que todos sabían desde hace tiempo, hice público algo por lo que el padre Ruquoy luchaba desde mucho antes. En los campos de azúcar siempre ha existido abuso a los trabajadores, trabajo infantil clandestino y gente muerta de miedo. Me atrevo a decir que la ignorancia y el miedo han sido, y siguen siendo, el pegamento que mantiene a flote la industria azucarera -habla el padre Hartley desde Etiopía.

En esa parte de África son las once de la noche y sus compañeros de misión duermen. Antes de colgar su celular, se queda en silencio y dice con voz baja.

-Lo triste es que allá en el Caribe como acá en África, las cosas no cambian. La gente sigue sufriendo. Los niños siguen creciendo en la miseria.

LA DULZURA COTIDIANA. Dos hermanos juegan con una pistola de plástico frente a su casucha, cerca de los cañaverales, en la parte más empobrecida de Concho Primo. Se llaman Antonio y René, no pasan los diez años, tienen los pies descalzos, la piel brillante por la humedad  y dicen que les gustaría ser policías para mandar en el batey.

Son las cinco de tarde.  El calor de la tarde pega inclemente, los viejos se refugian bajo la sombra y hablan en creole. Los hombres llegan en motos y bicicletas de vuelta del campo. Otros niños corren rápido por un sendero de barro y basura que los lleva a una rigola, como llaman a los canales de regadío, de turbia y cálida agua oscura, en los que se bañan. Sin pudor se sacan la ropa y tiran al agua. A la sombra de un árbol una niña con moños y chapes redondos de colores fuertes mira como su hermano menor se zambulle en la poza.  Ella está empapada, pero no quiere seguir jugando. Tiene hambre y limpia  una caña con un cuchillo oscuro y de hoja gastada. Luego de pelarla con dos movimientos fuerte, se lleva la rama a la boca. Se ríe. Sus ojos brillan, estira la mano y amistosamente ofrece  la caña que se sacó de  la boca. Se vuelve a reír y comenta que es dulce.

Los niños no mienten, sólo son inocentes.

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comentarios
  1. yor dice:

    hola necesito la biografia de juan luis salinas( cronista) gracias…….

  2. Julián dice:

    Yo lo conozco y tengo su correo. ¿Para qué necesitas sus dato?

  3. alfonso ferreras dice:

    BUSCO INFOMACION DELA FAMILIASVASQUEZ ALARCON DEL MUNICIPIO DE SAN JOSE DE LOS LLANOS REPUBLICA DOMINICANA INFORMACION NECESARIA PARA FORMAR UN ARBOL GEANOLOGICO

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