El depredador de San Cristóbal

Publicado: 5 febrero 2010 en Sinar Alvarado
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“Ha aparecido por los lados de San Cristóbal un presunto caníbal, que supuestamente ha matado y comido a varias personas; luce un rostro beatífico y hasta se permite reflexiones filosóficas, como cuando declara que ‘el terror es necesario para enderezar el mundo’. Los periodistas lo llaman ‘El comegente’”.
Elio Gómez Grillo, criminólogo. Opinión, diario El Nacional, 1999.

El aire se vuelve denso; el frío, ineludible; incómoda la banca de concreto. Entonces hay que levantarse y caminar un poco, pues la espera, a medida que se prolonga, atiza la ansiedad. Me encuentro en una comandancia de policía. Ese tipo de lugares donde la desgracia es lo común. Oficiales van y vienen. Órdenes y contraórdenes. Han pasado veinte minutos desde la hora acordada y la siquiatra aún no llega. Ni modo, hay que esperarla. Sin ella, no podré hablar con el detenido.

“Puede preguntarle lo que quiera —comenta al fin Gloria Matoma, la especialista: ojos diminutos, cabello recién lavado y un niño aferrado a su mano— Él aquí es inofensivo. Desde que llegó no se ha puesto violento. Mientras reciba su pastilla, no hay problema. ¿Se la han estado dando?”. El uniformado, firme junto a ella, asiente: “Se la metemos en la comida, doctora, porque no le gusta”.

— Compre leche y cigarrillos; eso es lo que le gusta— recomienda Matoma antes de entrar.

Así supero los primeros barrotes mientras todos me miran. Saben a qué vengo. Estoy entre policías y delincuentes. Nada más. Se respira el peligro. Cuando he alcanzado el segundo portón, el que me separa del crimen, un oficial gordo sentado tras un escritorio escucha esto a modo de presentación: “El señor es periodista; viene a hablar con Dorancel”. Por razones de seguridad, él prefiere que hagamos la entrevista a través de esta reja, pero qué va, nada de eso: he sido autorizado por sus superiores para hablar cara a cara con Dorancel Vargas Gómez, el famoso “Comegente”, el “Hannibal de Los Andes”.

Cuerpo Técnico de Policía Judicial (CTPJ). Delegación del Táchira. Trascripción de novedad. San Cristóbal, 12 de febrero de 1999. 2:10 p.m.

Llamada radiofónica. Se recibe reporte del sargento segundo Pedro Hernández, adscrito a la Policía de Táriba, informando que debajo del Puente Libertador de esa localidad hallaron osamenta presuntamente humana.

Expediente F — 322.609. Inspección ocular número 591. CTPJ. Delegación del Táchira. Táriba, 12 de febrero de 1999. 5:00 p.m.

Parque 12 de octubre. Parte inferior del Puente Libertador. Táriba.

Se halla entre la vegetación una mano y un pie humano cuya piel es de color blanco. A un metro y diez centímetros se localiza un segundo pie humano, también de color blanco. Se localizan, cubiertos entre la vegetación, dos receptáculos de metal debidamente tapados. Al ser revisado su contenido se observan trozos de tejido muscular humano, piel y algunos huesos; al igual que vísceras. Todo esto en proceso de descomposición (…) Luego de pasar un pequeño caño, hay varios neumáticos quemados, y varias piedras dispuestas en forma de cocina; localizando un receptáculo de metal de forma cuadrada; dicho recipiente contiene carne de color gris con agua, dejando constancia de que la carne presenta características de haber sido sometida a un proceso de cocción. Bajo la estructura del puente se encontró una choza elaborada con escombros.

En el mes de febrero de 1999, cuando Venezuela entera se encontraba agitada por el reciente ascenso al poder del comandante Hugo Chávez, estalló en los medios de comunicación (primero locales, luego del mundo) el hallazgo de varios restos humanos regados debajo de un puente en una autopista del estado Táchira. A la zona viajaron corresponsales y criminólogos de todas partes, atraídos por una escandalosa novedad: ¡la probable existencia de un antropófago moderno!

Para la fecha, y aún hoy, San Cristóbal era ese tipo de ciudad en donde nunca, casi nunca sucede nada. Está ubicada en un bonito valle y, desde arriba, la custodian enormes montañas de un verde constante. Los taxistas consideran “lejito” cualquier trayecto urbano que supere los diez minutos. Viven aquí un millón doscientos mil habitantes, y la temperatura oscila entre los 12 y los 26 grados centígrados. La ganadería y la agricultura son los motores de la economía local. En resumen, se trata de un lugar semibucólico en donde uno esperaría otro tipo de suceso, jamás la temible actuación de un asesino múltiple que, por si fuera poco, descuartizó a todas sus víctimas para luego cocinarlas y comer de ellas.

Es la mirada de ese hombre la que ahora me llega desde un calabozo en penumbras.

“Dorancel, venga que le presento a un amigo que quiere hablar con usted”, le dice el policía. Detrás de los barrotes, en una ducha, el sujeto deja caer agua sobre sus manos. “Ah… ¿un amigo?… ya voy… ya voy”, grita. Al poco tiempo está fuera y mira a su alrededor con aire distraído. Ya no exhibe la melena desaliñada y la barba copiosa, tipo Charles Manson, que usaba hace cinco años cuando se volvió noticia de tapa. “Mira, también vino la doctora”, le indica el oficial, y Dorancel la mira sin mucho interés; sólo repite: “Ah… la doctora… la doctora”. Durante la breve escena me he limitado a observarlo, tratando de estudiarlo; intentando en vano improvisar una estrategia antes de iniciar la entrevista. Luego, apenas él me lanza su primera mirada directo a los ojos, ensayo un tímido gesto de aproximación, y le extiendo la leche y los cigarrillos que he traído, mientras estrecho su mano con energía.

De la puerta de su celda pasamos al centro de un patio interno, rodeado por las cuatro paredes de uno de los edificios que ocupa la Dirección de Seguridad y Orden Público del estado Táchira (Dirsop). Hay un par de sillas plásticas dispuestas para la entrevista. Desde los pisos de arriba, durante la hora y media que durará ésta, nos miran apiñados en sus celdas decenas de detenidos en tránsito. Es una masa compuesta por violadores, estafadores, asesinos, ladrones y algún inocente; todos aburridos, aguardando la decisión que los llevará al siguiente paso: el presidio definitivo o la libertad.

En adelante hablaremos siempre ante la mirada inalterable de un policía fornido; un tipo moreno con la corpulencia necesaria para convencer a cualquiera de que es mejor no buscar problemas. Yo, viéndolo, espero que su autoridad baste para mantener a raya cualquier acción violenta de mi entrevistado. Por su parte la siquiatra, la esperada doctora Matoma, abandonará enseguida el lugar para cumplir otros compromisos. Sí, ha llegado el momento de hablar.

—¿De qué te acusan?
—Ah… eso… eso… como yo… como yo como gente. Entonces la gente por ahí se perdía, se perdía por ahí, entonces… entonces se daban de cuenta. Todos se enteraban. Entonces se daban de cuenta por ahí: “el tipo comiendo la gente”. Conocen a la persona que se pierde… ¡la conocen! Entonces me tiran ese ganso… pran, pran, pran: que criminal, que tal y qué sé yo. Y ahora me lo tienen enterrado y no me lo quieren sacar, pensando que soy un criminal.
—¿Por qué comías humanos?
—Uy, la necesidad, el hambre. ¡Las ganas de comerse uno al otro! O sea, los veía así, y me provocaba agarrarlos y comérmelos. Entonces les caía a diente… pero eso… eso… eso es perdonado, ¿no?
—¿Recuerdas la primera vez?
—Sí, claro. La primera vez… la primera vez un tipo cargaba un litro de miche (aguardiente). Entonces se metió un trago y se quedó dormido… dizque me iba a regalar el organismo; y llegué yo y ¡pran!, me lo comí. Si usted… si usted me ofrece miche, nos lo tomamos. Usted se toma la botellita y se emborracha… se emborracha y se deja… se deja matar.
—¿Quién fue el primero?
—Cuando me llevaron a Peribeca (colonia siquiátrica) yo ya me había comido a uno. Fue… fue uno que se llama Cruz… Cruz. Un tipo ahí. Uno colora’o él.
—¿Tenías herramientas para matar?
—¡Claro! Eso hay herramientas especializadas… herramientas especializadas: yo tenía una… una… una cabilla de esas… de esas… gruesas. Con eso golpeaba: un toquecito ahí, y listo, en la cabeza, ¡plin! Eso llega uno y de una vez lo corta, como un conejo. ¿Usted ha comido… ha comido… peras? Bueno, igual: como comer peras.

Informe del siquiatra Ítalo Pierini, del día 18 de febrero de 1999. Fue examinado el paciente Dorancel Vargas Gómez por solicitud de la PTJ (Policía Técnica Judicial). A través de la entrevista puede evidenciarse una actitud tranquila; se encuentra esposado, vestido acorde al sexo, con descuido y deterioro de su aspecto personal. Luce consciente y desorientado en tiempo, espacio y persona. Lenguaje incoherente, insulso y de tono normal. (…) Pensamiento alterado con ideas de contenido paranoide. Se expresa con la mayor frialdad y sin ningún sentimiento de culpabilidad. Su juicio está alterado; con alteraciones de la sensopercepción (…) No tiene conciencia de enfermedad mental. Impresión diagnóstica: esquizofrenia paranoide. Sugerencias: mantener recluido en centro cerrado bajo tratamiento siquiátrico por irreversibilidad del cuadro.

Ahora en “cristiano”: el paciente que sufre de esquizofrenia paranoide, según una definición de la española Fundación Intras (Investigación y Tratamiento en Salud Mental y Servicios Sociales), “puede pensar que el mundo entero le persigue, que las personas le miran mal y que tienen ganas de hacerle daño o incluso de matarle. Estos pensamientos pueden venir acompañados de alucinaciones, aparición de personas muertas, diablos, dioses, alienígenas y otros poderes supernaturales”.

La condición siquiátrica de Dorancel lo ubica en un estatus jurídico especial. Por su calidad de “inimputable”, no puede ser considerado un delincuente común; ni puede recibir una condena específica. También está descartado que lo envíen a un penal corriente, pues ninguno en Venezuela cuenta con una unidad siquiátrica adecuada para recibirlo. No pueden dejarlo libre, pues fue juzgado por el delito de homicidio intencional. Está detenido bajo una “medida de seguridad intemporal”, que sólo cesará si su condición mental mejora lo suficiente como para dejar de considerarlo peligroso. Dado que su enfermedad es “irreversible”, estará en prisión para siempre.

Según una declaración de su padre, Pedro Vargas, que consta en el expediente, Dorancel Vargas Gómez es el tercero de diez hermanos y nació en Mérida el 14 de mayo de 1957, en el seno de una familia dedicada a la agricultura. Estudió solo hasta sexto grado de primaria (la pericia con que realizaba los cortes de sus víctimas influyó en la falsa teoría de que había estudiado medicina en la Universidad de Los Andes). Siempre portaba una peinilla y un puñal, y cumplió durante dos años el servicio militar, donde fue dado de baja por problemas de comportamiento. Según su hermana Sobeida, tuvo solo dos novias en su juventud.

Los primeros síntomas de desvarío se presentaron en la adolescencia. Cierta conducta violenta, dirigida hacia sus padres (ellos aseguran haberlo tratado igual que al resto de los hijos), lo alejó del hogar. Durante largas temporadas, de hasta cuatro años, se ausentó; vagando por ciudades como Valencia, Mérida y Maracaibo. Finalmente la familia se desentendió de él “porque se ponía muy violento”. Hoy en la Dirsop recibe visitas frecuentes de su hermana Sobeida. No hay antecedentes de esquizofrenia en la familia.

Franklin Moreno, testigo. Trabajaba como “playero” en el río Torbes. San Cristóbal, 12 de febrero de 1999.

Hoy me encontraba con Jhonny Neira y Alexis Moreno por el río Torbes. Estábamos en el monte y de repente sentimos un mal olor. Miré hacia el suelo y vi un pie de una persona y también una mano. Yo salí corriendo, y fui y le avisé a un funcionario de la policía y él fue al sitio y revisó lo que había ahí; y vio los pies y la mano de un ser humano y entonces avisó a la PTJ, quienes llegaron al sitio y se llevaron las partes del cuerpo, y nos trajeron para que declaráramos. (…) Cuando estábamos cerca del puente de Táriba, hablando con el policía sobre lo que habíamos conseguido, vimos a un sujeto que conozco sólo de vista, que le dicen “El loco”, y cuando nos vio se nos quedó mirando en forma extraña y se perdió dentro del monte.

Quien habla es uno de los sobrinos del difunto Cruz Baltazar Moreno, la primera víctima conocida de Vargas Gómez (a él se refiere en una de sus respuestas anteriores). Según el testimonio de Clara Moreno, hermana de Cruz, éste “desapareció de aquí el 17 de enero del 95. Se desapareció y no volvió a aparecer más. En esos días él le estaba trabajando a mi hermano, que estaba haciendo una casita. Se vino en la tarde de allá y aquí no lo vimos más, hasta que dijeron que lo habían conseguido ahí debajo del puente”.

Sólo unos trescientos metros separan el Puente Libertador de la casa de los Moreno, que está ubicada en el barrio El Lago, un pequeño caserío adyacente al río Torbes. Al llegar parece no haber nadie, pues están cerradas todas las puertas y ventanas, hechas de sólidas láminas de metal. Un horno. Llamo y me recibe doña Clara, vestido azul claro, cabello cano, rostro rosado pleno de arrugas. En medio de una salita mínima intenta el abominable ejercicio de recordar la muerte de su hermano:

Creo que lo agarró por ahí en la tarde, sería cuando bajaba pa’ acá pa’ la casa, y nunca llegó. Desde el mismo día que desapareció lo empezamos a buscar, por la radio, por todas partes, y nada. La PTJ llegaba a cada ratico por aquí a buscar, pero nada. Cruz dejó nada más que una sola hija. Nosotros ni los restos de él recuperamos. La PTJ decía que sí era él; sin embargo nosotros nos quedamos con la duda, porque decían que el cuerpo era de alguien que sufría de la columna, y mi hermano no sufría de eso. No pudimos ver los restos. La PTJ dijo que era él por lo de la columna y porque tenía el pelo canoso. Cuando murió, Cruz tenía cuarenta años. Él era el único que nos ayudaba aquí en la casa. Yo a veces no quiero, mejor dicho, ni acordarme. Eso es imborrable, porque el que se muere, listo, uno lo enterró y ya; pero él no: nunca apareció. Eso es triste pa’ nosotros. A mí por lo menos no se me borra nunca de la mente eso. Yo he tenido muchos sueños con él: veo una bolsa negra enterrada debajo de una piedra, pero nosotros hemos ido a buscar donde yo veo, pero no hemos encontrado nada. Hemos ido debajo del puente a ver en los lugares que yo sueño, y nada.

En la casa viven doña Clara, su hermana, sordomuda, lentes oscuros, sombrero y maquillaje en exceso, y la hija de Cruz, que tiene 15 años. Cuando Dorancel asesinó a su padre, la niña ya era huérfana de madre. Aún no se recupera del trauma. Según cuenta Clara, que la ha criado los últimos nueve años, la niña abandonó la escuela durante tres, y todavía despierta de noche, entre la nausea y el llanto, cuando las pesadillas le dinamitan la conciencia. Todo esto lo refiere su tía en voz muy baja, intentando no ser escuchada; justo después de que la hija de Cruz ha abandonado la sala con violencia, entre lágrimas, el llanto mudo, el rostro descompuesto.

Tras la muerte de Cruz Moreno, el 9 de mayo del mismo año, la juez Míriam Pacheco, del Juzgado del municipio Cárdenas, dictó auto de detención a Dorancel por homicidio intencional y porte ilícito de arma blanca. Más tarde, refiere una nota escrita por la periodista Eleonora Delgado, corresponsal del diario El Nacional en la región, “el 30 de mayo, el presunto demente rindió declaración indagatoria, y en ocho oportunidades el tribunal solicitó a la Unidad de Pacientes Agudos del Hospital Central de San Cristóbal, la valoración psiquiátrica, acción que nunca se llevó a cabo, entre otras causas, por los constantes paros médicos que se realizaron en esa oportunidad”. Luego, continúa Delgado, “mientras Vargas Gómez permanecía aislado en una celda del Centro Penitenciario de Occidente, el tribunal concluye el sumario y el 24 de febrero de 1997 se remite el expediente a la Fiscalía General de la República. Es cuando la fiscal Maritza Castellanos pide el sobreseimiento de la causa, bajo el argumento de enajenación mental y falta de indicios que determinen acciones de canibalismo”.

Finalmente, según la misma nota, en junio del mismo año, “el juez Jesús Guillermo Espitia, mediante oficio número 1.756, libra boleta de excarcelación y ordena el traslado del presunto orate al Instituto de Rehabilitación Siquiátrica de Peribeca, donde permaneció hasta que se comprobó que “no representaba ningún peligro para la colectividad”. ¡Ningún peligro para la colectividad! Es decir, luego de dos años de presidio, así, sin más, Dorancel fue liberado por la justicia venezolana.

En 1995, un amigo del fallecido Cruz Baltazar Moreno sirvió de testigo en el proceso e identificó a Vargas Gómez como el asesino. Eran vecinos y compañeros de trabajo. Ese hombre se llamaba Antonio López Guerrero, mejor conocido como “Toño”. Atención: fueron sus restos los que encontró el sobrino (testigo) de Moreno debajo del mismo puente en febrero de 1999. Con apenas cuatro años de diferencia, Vargas Gómez… ¡asesinó y se comió a los dos amigos!

Los familiares de Toño creen que Dorancel, más allá de la antropofagia, pudo haberlo asesinado en venganza por aquella delación. Aunque niega la represalia como móvil en este caso, las respuestas del homicida son de vértigo:

—¿Recuerdas a Antonio, Antonio López?
—¿Antonio? ¿Usted lo conoció?
—No.
—¿Antonio? ¿Era familia suya?
—No.
—Yo me lo comí. ¿No era nada suyo?
—No.
—Antonio… ese me lo comí yo. Antonio se llamaba.
—¿Te arrepentiste después?
—Nooo, me sentí bien de la salud; ¡qué se va a arrepentir uno, si eso es lo que le hace falta a uno!

Los López Guerrero viven también en el barrio El Lago, apenas a media cuadra de la familia Moreno. Se trata de una casita mínima, donde cohabitan varias generaciones de la misma familia. En la sala hay muy poca luz, y las fotos familiares cubren buena parte de las paredes. Es la misma casa de dónde salió Toño por última vez el martes 9 de febrero de 1999. Doña Alicia Guerrero de López, morena de cabello rizado, lentes de aumento, última fotografía de su hijo en los brazos, recuerda:

—El martes hubo un entierro de un amigo; un viejito. Toño anduvo con nosotros. Ese fue el último día que lo vi. Yo me vine a la casa y el se fue pa’ Táriba. No… no volvió. Dijo que tenía que ir por allá, a trabajar, a ayudar a la gente. Por allá lo querían mucho; eso le hicieron rezos y todo. Y no se creía lo que pasó. Yo me fui pa’ Mérida; eso fue un miércoles. Entonces yo me levanté y me fui. Pero él no estaba en la camita. Yo me fui y les dije a mis hijos: “miren a ver si Toño está trabajando o estará borracho en Táriba”. Y me fui, pero siempre con algo de preocupación, porque él nunca se quedaba por fuera, así llegara tomado. Él no llegó ese miércoles… no llegó. Él tenía un amigo, un compañero. Ellos trabajaban juntos y hacía cuatro años el compañero se desapareció. Este… Moreno… Cruz Moreno; él también era de aquí, del barrio. Entonces, ya de verlo a uno aquí afanao, unos sobrinos de Cruz fueron los tres allá debajo del puente. Entonces, pasando por ahí, se tropezaron con un pie. De una vez se fueron pa’ allá pa’l parque a avisarle a la policía. Se alborotó todo eso y encontraron muchas cosas que Dorancel tenía ahí. ¡Ahí consiguieron muchas víctimas!

Expediente número F — 322.609. Inspección ocular número 592. Táriba, 13 de febrero de 1999.

Se observa entre dos pequeños montículos de tierra un área donde hay acumulación de moscas, y sale un fuerte olor a productos descompuestos. Al remover la tierra se encuentra una bolsa plástica de color blanco. Al revisar el contenido se encuentra una cabeza humana en proceso de descomposición, de piel blanca, cabello negro, corto y liso; Se encuentra también cubierta con tierra otra bolsa plástica, localizando en el interior de la misma otra cabeza humana. Presenta barba y bigote abundante de color negro, frente amplia, cejas pobladas, ojos grandes. La segunda cabeza fue identificada por quienes prestaban colaboración a la comisión policial como “Toño”, habitante del barrio El Lago; cuyo nombre es Antonio López Guerrero, venezolano, soltero, obrero”.

El sábado 13 de febrero de 1999 Juan Alberto López Guerrero, hermano de “Toño”, amaneció con un intenso dolor de cabeza. Estaba en una tienda del barrio tomándose una pastilla cuando los vecinos lo sorprendieron con el grito de “¡encontraron la cabeza de Toño; encontraron la cabeza de Toño!”. Juan Alberto caminó hasta la parte baja del Puente Libertador. Sí, definitivamente conocía el rostro que recién habían sacado de la bolsa. La conmoción no evitó que reconociera a su hermano.

A Dorancel no le agrada bañarse. Aunque se nota que lo han aseado para la entrevista, él aún despide un olor desagradable. Lleva las uñas muy largas, y demuestra un obsesivo celo mientras las limpia. Fuma un cigarrillo detrás de otro y, a ratos, lo molesta un intenso ruido; un ruido que no existe.

—¿A cuántos mataste?
—A seis; maté a seis.
—¿Recuerdas cuál te costó más?
—¡Uy, eso le cuesta a uno, porque la gente no se deja matar! Sí, sí; yo fui a matar un tipo, ¿no?; entonces el tipo se hizo amigo mío, y tal y qué sé yo. Conversábamos y tal. Y nos pusimos a conversar… entonces el tipo se daba de cuenta que yo me lo tenía ganas de comer… entonces… coño… él me dijo: “no me vayas a matar; yo me voy a dormir, pero no me vas a matar”. Yo le dije: “no, tranquilo; acuéstese completo ahí, tranquilo”. Entonces como yo estaba todo… todo… todo armado, ¿no? Entonces primero le di con… con una piedra de gran valor: ¡pran! No joda, y el tipo: “hey, qué, ¿me vas a matar?”. “¡Sí!” (ahora ríe a carcajadas). Bueno, después me tocó agarrar la… la… la cabilla, la cabilla; me tocó darle cuatro cabillazos bien fuerte… cinco; y el tipo cubriéndose: arrecho pa’ matarlo. Juancho se llamaba. Amigo mío. ¡Pero qué hipueputa de tirar puños pa’ no dejarse matar! ¿Por qué? Porque se hizo amigo mío… conversando los dos aquí, tal y qué sé yo. Entonces usted se da de cuenta de la vaina, de que soy un criminal (ríe agitado). Bueno, eso daba vueltas… se cubría como… como un boxeador pa’ no dejarse matar. Eso después que uno se hace amigo, ¡eso pa’ matar a un amigo cuesta una bola!
—¿Sentiste en algún momento que no querías matarlo?
—Nooo, qué va. Yo estaba preparado.
—¿Qué sentías después de matar?
—No, me sentía bien de salud; sentía descanso con la carne… sentía descanso de comer. Uno solo me duraba siete días… descansa uno como siete días con la carne, con la comida, ¡porque los mataba era por hambre! A uno me le comí el cuero todo. ¿Usted también mata?
—No.
—Pero sí le provoca…
—No, hasta ahora no.
—¿No? ¿Entonces usted no ha matado a ninguno?
—No.
—¿Y no piensa matar?
—Por ahora, no.
—¿Por ahora no? Yo tampoco… yo tampoco.
—¿Recuerdas cuando te capturaron?
—¡Uy, sí! ¡Eso andaba un viaje de gente! ¡Eso se llenó ahí! Policías. ¿Qué tal si me encuentran con… con… matando gente? Yo estaba solo, pero no estaba comiendo. No encontraron casi nada, porque yo me lo comí todo… sí… ¡eso yo cargaba un hambre vieja! Eso uno agarra, pran, pran; abre un hueco y entierra los huesos y el mondongo… el cuero lo echa al río. No se come uno sino esta parte de aquí (se toca el abdomen); los puros pedacitos… puras mentes especiales.

Tres siquiatras que lo han examinado insisten en que el homicida no distingue entre el bien y el mal. Esto, según ellos, explica su frialdad y falta de arrepentimiento. No obstante, en varias oportunidades durante la entrevista Vargas Gómez dejó ver cierta pena; una tenue, lejana pero probable demostración de culpa:

—¿Te da miedo que te coman a ti?
—Coño, de bolas, me da miedo.
—¿Te gustaría que te comieran?
—¡Nooo, cómo se imagina! ¡No!
—¿Aún escuchas voces?
—¿Los muertos? ¡Esos son los que lo joden a uno! Ahí llegan… ahí llegan… todos… todos escoñetados. Eso es lo que me tiene jodido. Ahí llegan los muertos… los que me comí. A veces vienen de noche; no me dejan dormir. A veces vienen, a veces se van. Y hablan… y me dicen que no le piense nada… vienen a esta hora, a joder por ahí; ¡puro a joderlo a uno! Me dicen que no los piense, que no piense nada… ¿será pa’ ayudarme?

Sólo han transcurrido cinco años desde la cinematográfica captura del “Comegente” del Táchira. Después de haberse convertido en poco menos que una estrella de rock, su caso cayó en el olvido. Fue tal la fama y el morbo que desató, que hubo peregrinaciones a su vieja guarida, convertida en sitio turístico. Y hay más: ¡de algunas escuelas mandaron a estudiantes a visitar el lugar con “interés científico”! Decenas de páginas en Internet, dedicadas al tema de la antropofagia, exhiben a Dorancel Vargas Gómez en un “top ten” macabro, entre los más célebres caníbales modernos. De esa “comunidad” recibió el apelativo de “Hannibal de Los Andes”. Las autoridades sólo lograron identificar a tres víctimas (y eso con la ayuda de vecinos y familiares), pero se hallaron restos incompletos de alrededor de una decena de personas; además de una cantidad impresionante de prendas de vestir. Muchos de los fallecidos, por no tener familiares en la zona, jamás fueron reclamados. La mayoría de sus víctimas eran “playeros”, obreros que trabajaban a destajo en el río. Desafortunados que estuvieron en el lugar equivocado en el peor de los momentos.

Culminan casi dos horas de entrevista; cien minutos de tensión sicológica; miles de segundos dialogando con la insania. Son las once de la mañana. Ni frío ni calor. Mientras lo regresan a su celda, pienso en Dorancel y su drama, su cautiverio físico y cerebral; su doble presidio: ante semejante conflicto mental, los barrotes deben parecer un simple decorado, otra original versión de un nuevo papel tapiz. Me sorprende mi aplomo; mi serenidad provisional. Puede que el truco haya estado en la abstracción: para escarbar en el horror, primero hay que meterse el corazón en el bolsillo.

Dorancel se disculpa por no tener frutas para ofrecer. Ya he apagado la grabadora, y él sigue balbuceando desde el amplio calabozo, despidiéndose. Saca la mano a través de los barrotes, y de nuevo se la estrecho. Entonces se acerca a la reja, esboza una sonrisa en silencio y me mira de arriba abajo, como escrutándome, casi invadiéndome, y susurra:

—Se ve usted muy saludable; cuídese.

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comentarios
  1. beto dice:

    Excelente, no sabes exactamente en que lugar fue que encontraron todo eso? alguna foto?

  2. Adalberto Guerra dice:

    Excelente crónica, muy bien lograda. Gracias
    Adalberto Guerra
    Velamenes@gmail.com

  3. Gabriela Runio dice:

    Una cátedra de periodismo sin duda.. entre tanta basura de la web tu texto es un oasis.. felicitaciones, mucha capacidad, sin duda.

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