En el camino

Publicado: 19 febrero 2010 en Oscar Martínez
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—Huyo porque tengo miedo de que me maten –dice Auner cabizbajo.

La primera vez que se lo pregunté me dijo que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal. Cuando uno huye, desconfía, y entonces miente. Es ahora que estamos solos, apartados de sus hermanos que juegan cartas en un albergue para migrantes del sur de México, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios, que él acepta que su verbo es huir, no migrar.

—¿Volverías? –pregunto.

—No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra.

—¿Renunciás a tu país?

—Sí.

—¿No volverías nunca?

—No… Bueno… Solo si tocan a mi mujer o a mi hija.

—Y entonces, ¿a qué volverías?

—A matarlos.

—¿A quiénes?

—No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, solo queda un agujero repleto de miedo. Aquí y ahora solo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía con paciencia a sus hermanos. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la Migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver a empezar. Como a él le gusta repetir: “Para atrás, solo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue de Ixtepec, en el estado de Oaxaca. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda junto a los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discuten cómo continuarán la huida. La pregunta es una: ¿seguir en el tren como polizones o ir en buses por los pueblos indígenas de la sierra con la esperanza de que no haya retenes policiales?

El viaje por la sierra los llevaría a atravesar lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada sobre todo por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más dar una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse en medio de la oscuridad a las parrillas circulares del techo y seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas, en Veracruz. Luego tendrían que tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Porque Medias Aguas es base de Los Zetas.

Los Zetas un grupo formado en 1999 por el narcotraficante Osiel Cárdenas Guillén, preso desde 2003 en Estados Unidos. El fundador del poderoso Cártel del Golfo creó Los Zetas con algunos militares de élite que desertaron para formar este grupo que ahora se considera un cártel con independencia y que desde 2007 agregó a sus actividades el secuestro masivo de indocumentados, por los que pide rescate a sus familiares. “El grupo de sicarios más peligroso y organizado de México”, se les llama en un informe de la División Antinarcóticos de Estados Unidos divulgado en enero de 2009.

La respuesta a la pregunta que se hacen los hermanos Alfaro podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo de la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa nomás volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles la vida, igual que subirse al tren, que a tantos ha despedazado.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por La Arrocera, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana.

José cayó en uno de los tambaleos, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su panadería cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino; si no, podrían encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

El primer cadáver

—¡Hey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los disparos atravesaron la cara y la espalda a su amigo Juan Carlos Rojas, un pandillero. Unos pedazos de sesos mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para conquistar chicas con Juan Carlos en una sala de maquinitas del centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago, esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quien lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó iba relegado, jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntar a Pitbull, y decirle entre exhalaciones.

—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: un joven en medio de una escena de un crimen, pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho.

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente.

—De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él.

—Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habitantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su pandilla, su apodo y hasta su función.

—¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente, que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector, que había recogido testimonios de la gente alrededor.

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino?

—Va, juega –respondió Pitbull que con sus 17 años (18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del asesino de su amigo. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –dirá después Pitbull.

Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras.

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está frente a la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

Pitbull, el tipo duro

—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Aceptó. Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta tranquilo y recuerde.

—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Solo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron.

—¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte?

—Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

Nada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe de qué. Si fuera un personaje de ficción, seguro que la trama lo obligaría a investigar, a mover sus contactos en el barrio, a poner nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad, y Pitbull es solo un joven de 18 años del país más violento de América, acostumbrado a la muerte.

Qué más da si ni los reportes policiales abundan en detalles. Cuando mataron a Juan Carlos –enero o febrero, no lo recuerda a cabalidad– otros nueve jóvenes de entre 18 y 25 años fueron asesinados en Chalchuapa. Pero Pitbull ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, No identificado, cualquiera de estos podría ser el nombre real de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull se voltea lascivo hacia unas muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio porque él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse.

Se fue a Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala donde estaba su hermano menor: Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba más de cinco meses en aquel sitio que huele a frituras y plomo. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, El Chele seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en un taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara un día diciendo que el coyote que lo guiaría a Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse.

—Nos vamos al Norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano.

El Chele y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo a la espera de que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos que parecen tener como regla la prohibición de mostrarse afecto con gestos o palabras.

El Chele tenía la confianza de los dueños del taller, pero no tanta como para que su hermano durmiera también allí. Le permitían, eso sí, llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. A enamorarse, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían algún helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller, se bajaban los pantalones, luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Parte de su éxito se debía a que El Chele no parece un delincuente. A diferencia de Pitbull y de Auner su piel es la de un adolescente y no una tostada y agrietada. La mirada inocente hace juego con sus rizos castaños y le dan ese aire de alguien en quien se puede confiar. Sus manos no tienen callos y lleva siempre las uñas limpias y recortadas. Podría decirse que por su cuerpo no ha pasado la vida de obrero que siempre ha llevado.

Pitbull iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una de las colonias más peligrosas de Tapachula, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias a los enormes muros manchados con pintadas de la Mara Salvatrucha que protegen las industrias, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de cargabultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse en la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos… Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos solo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja. Si no hay riesgo de caer, tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero” que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas.

—¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí?

—Vamos –respondió.

Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clasemediera colonia Laureles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiñó, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevaron a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

La apariencia no le ayudó. Pitbull tiene ese caminar insolente de los pandilleros, que doblan las rodillas y aflojan el cuerpo para balancearlo de lado a lado. El pelo al ras, y una mirada retadora que sale de su rostro redondo y que siempre ve de reojo, hacia arriba, como si estuviera a punto de atacar.

Ni siquiera intentó explicar al policía que no era ningún marerito, sino solo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años… Voy a salir casi de 21… Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue solo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni doña Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris o chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo qué hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran de las dos letras, todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

¿De qué se trata ser joven? Pitbull parece decir: hay que ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa; como El Travieso, como El Crimen; como sus amigos de toda la vida: como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y para que le sirve ser temerario? Pues para ganar reputación. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda y sus tenis en las duchas.

—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y huevearles las suyas. Ja, ja, ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda, ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción, los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado.

—Nos vamos en bus por la sierra… Pero… La onda es que… Quiero ver si nos podés echar la mano, porque… Es que no conocemos ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

El caer de una pluma

En la mañana el sol aún no calcina en este pueblo. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No me extraña. Hace dos años estuve aquí y escribí un reportaje sobre una banda de secuestradores de migrantes conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen mirando las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación.

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres hermanos con los mismos orígenes haya uno que sea más paternal, Auner; otro que puede confundirse con adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan los suficientes pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca. Algunos jóvenes nos miran desafiantes, y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más provocadora o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos vienen con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 150 dólares por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá, y su precio es de 8 dólares por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades, se esconden, quieren ser invisibles.

Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que las propuestas de los indígenas no les resultan malas. Avanzar es avanzar de todas formas.

Los otros cadáveres

—Hey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y los atardeceres frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de superioridad que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a… –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detonaciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas en gritadera y amontonadas en una esquina. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas… Todo había sido agujereado por el metal.

El taxi había llegado con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó petrificada, con la mirada fija en la huida del taxi.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres en fuga constante. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

Después, como quien despierta a medianoche de una pesadilla, todo regresa a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quién sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull –recién deportado desde Tapachula–, y les pidió que se fueran al municipio de Tacuba, a estar con el abuelo. El Chele seguía en México, y nadie le contó que dos pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguaron. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. En Tacaba chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008 los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá se dieron la mano, se despidieron y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro cargador, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Caminaba ensimismado con esa posición encorvada que mantiene el muchacho de rostro anguloso y barba de candado. Un rostro que debería de tener alguien con unos diez años más que los que él tiene. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el pasado lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida como si fuera un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

Doña Silvia Yolanda Alvanez murió a los 44 años de un balazo en la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro a la par. Le volaron la cabeza.

La melancolía del que huye

—¡Ve qué hijueputa este! –dice Pitbull, y levanta la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros genera en la selva que atravesamos dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas intenta que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, uno de reguetón.

El Chele y Auner duermen atrás. Previendo que algún policía se suba, nos repartimos en asientos separados. Aunque la pretendida confusión poco hubiera funcionado. Los muchachos son casi fluorescentes en el autobús: tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis entre un montón de indígenas. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a alguien en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se ha convertido en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele viajó en silencio. No pronunció palabra y mantuvo la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras estuvo despierto, fue el mismo muchacho inquieto de siempre: volteó a ver para todos lados, lanzó una que otra broma, insultó al motorista, tarareó tonos que le vinieron a la mente. Auner eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que despertó, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto.

—Aquí, dándole vueltas a la cabeza.

—¿La familia?

—La familia.

—¿Qué pensás?

—Solo que espero que estén bien… Que las amenazas que nos llegaron no fueran para ellos también… Es que como fueron así tan raras… Sin decir para quién iban, pues… Solo que para la familia.

La familia, para Auner, son los muchachos que lo acompañan en este autobús, es su hermana mayor que se quedó atrás, y sobre todo es su mujer y su hija de dos meses. El resto, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que callaron ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula, cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre. Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Solo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el Sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, solo para ver cómo metían la caja bajo tierra.

El Chele llevaba adentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su Biblia de pastor evangélico como escudo, repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insitían, pero solo les respondía el silencio. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá –agrega Pitbull.

La muerte no tiene una sola cara en un país como El Salvador. No siempre viene de un solo lado. Se puede presentar en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el pie. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja?

Los meses pasaron bajo el calendario del luto: dos meses de rabia y preguntas, otros dos de conformismo intermitente y uno más de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Chalchuapa y Tacuba, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son afrontar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 12 cadáveres diarios en promedio en un pequeño país de poco más de 6 millones de habitantes. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje. Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes y viejos, a hombres y mujeres, a pandilleros y policías.

Dos historias de violencia

No puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo el gesto similar de susto con el que una agente de la policía hondureña y un pandillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el tuve.

El pandillero se llamaba Saúl. Tenía 19 años, 15 de vivir en Los Ángeles, con su madre. Desde hacía cinco pertenecía al Barrio 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba activo –al menos eso me dijo–, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí a medio México, cuando viajábamos hacia Medias Aguas colgados de las parrillas del tren que en la noche rompía cerros intransitables para cualquier otro vehículo. Iba por su quinto intento. Uno tras otro, sin descansar. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado y hacía énfasis en una frase que, según interpreté, buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres alternativas. Solo una.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba solo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Saúl volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno de Los Ángeles con la única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía. Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquiera. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.

—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el 18 en su espalda.

Saúl alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra a un animal. El cuerpo magullado de Saúl fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

—¿Alfredo Guerrero? –repitió Saúl.

—Ajá –contestó el hombre.

—Soy Saúl, tu hijo, me acaban de deportar.

El hombre –así lo recordó en aquel tren Saúl– abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos, chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Saúl recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Saúl logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la agente de Policía la conocí un año antes que a Saúl. Se llama –o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados Unidos– Olga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras: MS.

Decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros, una que ella portaba en el cinturón cada día.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso, de Tegucigalpa. Una lluvia de 30 balas le dejó el cuerpo como colador. Ocurrió dos años antes de que Olga Isolina me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, también policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no supieran que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a mirar su pistola como una salida de aquel huracán.

—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros.

Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al Norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, así lo vivió Saúl, a veces viene de los que llevan tu sangre. La violencia, como bien sabe Olga Isolina, se puede traducir en tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

Adiós, muchachos

El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de los buses provenientes de la sierra. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres, también rubios y sanos, que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro, que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el Norte, con quien trabajó. Él les echará una mano. Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres. ¿Es solo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Solo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo lo desvirgarán sin compasión.

La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es solo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos.

Seguirán solos en su huida a partir de ahora. La noticia les cae como balde de agua fría porque, aunque puedan seguir tomando algún que otro autobús, los espera el tren. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de Migración ha habido en el último año.

Las tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos descansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa y saluda con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo una pregunta.

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que solo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

¿Dónde están?

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a un intercambio de mensajes de celular.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Bien. Vamos a tomar un bus para el DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años, fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

—Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

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