A sus plantas rendida New York

Publicado: 11 marzo 2010 en Pablo Perantuono
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La magia sucede acá, en treinta metros cuadrados, un pequeño jardín ubicado detrás del estadio Arthur Ashe, al lado de un hall amplio que conduce a los vestuarios. Aquí es donde pasa la historia y se detiene: llega Illie Nastase –su pelo crepuscular, la misma histriónica cara de siempre, tipo Gerard Depardieu- y se sirve un trago; Martina Navratilova y Guillermo Vilas, siempre de negro y con boina, conversan, lo mismo que John McEnroe y Jim Courrier. Acá es adonde esperan los familiares más cercanos y en donde los entrenadores responden mensajes desde sus Iphones. Es el lugar en donde la NBC hace sus entrevistas o los japoneses filman parte de un documental sobre el circuito. Es también, claro, donde aparecen los jugadores, como Rafael Nadal, que viene hacia aquí en este instante. Lo hace con la misma vehemencia con la que juega: con zancadas y el ceño fruncido, transportando su 1,86 como si fuera una pantera. El español produce electricidad por donde pasa. Llega y sigue, a toda prisa, saludando en un tono intermedio entre la cortesía y el desdén. Cuando lo ve venir, Jimmy Connors se para de un salto empuñando su cámara de fotos, ingresa al hall que conduce a los vestuarios y se queda parado a tres metros de la puerta, un lugar que surcará Rafa en segundos. Yo acompaño la escena y me quedo a poca distancia: quiero ver qué sucede, no lo tengo claro. Nadal atraviesa la puerta, pero pasa por delante de Connors -pasa por delante de la historia-, y ni siquiera lo mira; lo deja atrás. “Rafa, hola, disculpá, ¿te puedo tomar una foto?”, lo interrumpe Connors, cinco veces campeón aquí, el tipo con más títulos ganados (107) de la historia del tenis, alguien que generó que miles de millones de personas en todo el mundo se interesaran por este deporte. El instante es delicioso. Tiene algo de incomodidad, de imprecisa tensión. Sabemos que Nadal desafía la historia ¿será capaz también de desairarla? ¿Hasta dónde llega su ambición? ¿O será que solo está preparado para la batalla y que, fuera de la cancha, no distingue entre las personas y los mitos? Por suerte para Connors, pero no para el comienzo de esta nota – que hubiera sido más asombrosa-, Nadal sale de su burbuja, lo mira a Connors y, un segundo más tarde, transforma su rostro en una sonrisa, se vuelve persona. “Por supuesto Jimmy”. “Es con mi hijo, gracias”, agrega el legendario Jimbo. Nadal abraza al hijo de Connors –de la edad de Nadal, pero más alto y más ancho- y Connors aprieta el gatillo. Una más de las tantas instantáneas del US Open 2009.

Ahora el que viene es el gran Roger. El aire majestuoso con el que juega es el mismo que tiene aquí: un bailarín que apenas pisa el suelo, que no produce ruido al caminar. Yo pienso en los héroes de cuando éramos chicos, cuando nuestros padres nos llevaban a ver a La Momia al Luna Park y queríamos tocarlos para ver si eran reales. Estoy tentado en repetir el gesto con Roger, parado a un metro: quiero ver si es de carne y hueso. En la cancha no transpira, no se excede y cuando juega lo hace como si conociera el futuro. En rigor, decir que juega es vulgarizar su arte, reducirlo. El antepenúltimo punto que consiguió en su duelo ante Djokovic en la semifinal aquí –un passing shot luego de una gran willie- no pertenece al universo del deporte sino que está ligado al mundo de la magia o, como La Momia, al de la fantasía. El también lo entendió así, porque lo festejó como si fuera un gol en el minuto 90. Pero sí, Roger es real: ahora, acá, a escasos metros, camina con los pantalones de tela arremangados, dejando al descubierto unas pantorrillas que desentonan con la finura de su cuerpo. Claramente es la parte de su físico que el tenis más desarrolló: son los brazos de Popeye, pero abajo. Federer se para a hablar con alguien a quien, por lo que se aprecia, hace mucho que no ve, y yo aprovecho para interceptar al padre, un calco de su hijo, arrugado y petacón.

– Robert –el padre de Roger se llama Robert- ¿puedo hacerle una pregunta?

– Solo una.

– Ok, ¿Cuándo se dio cuenta de que su hijo era especial?

El tipo me mira y no dice nada. Es un segundo tan incómodo como el que antecedió a la respuesta de Nadal a Connors: cualquier cosa puede pasar. Es el riego de hacer preguntas –encima solo una- sobre gente extraordinaria: no sale preguntar cosas sencillas. Robert me observa. Tiene una mirada melancólica que, junto a los bigotes, le dan a su semblante un candor provincial. Estoy a punto de repetir la pregunta, o atemperarla, bajarle, tal vez, su magnitud y preguntarle cuándo se dio cuenta de que su hijo era bueno o muy bueno. Pero Robert contesta:

– A los 17 años, cuando ganó el Orange Bowl. Su entrenador me lo venía diciendo desde hacía un tiempo, pero creo que ahí nos dimos cuenta de que era muy bueno.

Roger termina de hablar con ese amigo y yo lo encaro: le doy una Brando en la que salió en la tapa y le comento un par de cosas. Roger hojea la revista y agradece el ejemplar con cortesía, pero se rehúsa a charlar. Le queda poco tiempo: mañana es la gran final, en la que es amplio favorito. Ya ganó cinco veces aquí y espera hacerlo de nuevo. Enfrente tendrá a un chico que nació en una ciudad (Tandil) apenas más grande que la suya (Basilea), y con solo 80 mil habitantes menos (180 mil tiene la ciudad suiza). Juan Martín del Potro jugará su primera final grande. Las apuestas están 7 a 1 favor del suizo. Lo saludo a Roger y pienso, mientras me retiro del club, en cómo Dios juega a los dados con el universo, en cómo de dos ciudades pequeñas pueden salir dos personas que mantienen en vilo a todo un planeta.

Así ocurre: a las cuatro de la tarde del día siguiente Federer y Del Potro ingresan al estadio y Nueva York los aclama como si fueran dioses. El centro del mundo, la fascinante ciudad que nunca duerme, grita de excitación por estos gladiadores que llegaron desde lugares remotos. Dos tipos que difícilmente hubieran salido de sus países –o de sus ciudades- de no ser por el tenis, y que hoy son capaces de reunir en un mismo lugar a Jack Nickolson, Zinedine Zidane, Charlize Theron, Paul Simon, Neil Diamond, Ralph Lauren, Donald Trump y Gwen Stefani, entre otros.

¿Qué es lo que tiene de atractivo este deporte que logra seducir a las compañías del más alto nivel y a las figuras del espectáculo y del establishment? El tenis atraviesa una época de oro, comparable con la del boxeo en los 70 o la del básquet en los tiempos de Jordan. Dos tenistas ejemplares y exuberantes (Nadal y Federer) se sacan chispas todos los meses. Es un duelo perfecto: el yin contra el yan, la sutileza contra la fuerza. Un duelo que atraviesa el tenis y lo acerca al cine o a la literatura. Pocos espectáculos en el mundo entero pueden generar tanto dramatismo como el que ambos protagonizaron en Londres en julio del 2008. Wimbledon fue testigo de una batalla mitológica. Su importancia fue tal que solo de esa final se escribió un libro: Strokes of Genius: Federer, Nadal, and the Greatest Match Ever Played, del Paul Wertheim, periodista de Sport Illustrated. Pero el negocio no sólo se alimenta con el duelo entre ellos –y la intervención de otro puñado de enormes jugadores como Murray y Djokovic-, sino de la potente imagen que ambos irradian. Que los dos, por caso, utilicen vincha, tiene más que ver con la construcción de un relato épico -a través del fetichismo bélico- que con una decisión puramente estética. Dos tipos de la misma altura, uno de sangre caliente y otro de sangre gélida, uno del Mediterráneo y otro de los Alpes, correctos, pintones y jóvenes, se baten a duelo para ocupar la cima del mundo. ¿Qué otro espacio de la vida real ofrece un guión tan excelso? Es lógico entonces que las marcas caigan rendidas a sus pies. O que músicos, actores, hombres de negocios y futbolistas presencian sus partidos y se maravillen con sus talentos.

Es por eso que sabemos que ninguno, o casi ninguno, de los que sonríe en los palcos vino a la final por Juan Martín. Vinieron por Roger o, en todo caso, porque es la gran final del US Open, un espacio social que es parte indisoluble de la cultura neoyorkina, como el Central Park o Woody Allen. En el box de Roger se destaca la presencia de Anne Wintour, editora de Vogue y máxima autoridad en el mundo de la moda. Que esté Wintour no hace más que subrayar la connotación que alcanza la marca Federer para la alta gama occidental. El suizo tiene ingresos por 30 millones de dólares al año solo en publicidad. Ya es el tenista que más dinero ganó en la historia: 50 millones acumulados en premios oficiales. Tiene 28 años y lleva obtenidos 15 Grand Slam. Juega por dinero, seguro, pero mucho más para que lo consideremos un genio sin tiempo, como Alí o Picasso.

Federer, además, es un caballero, un tipo atildado que bien podría pasar por concertista o diplomático, por dar dos ejemplos. Es admirada su locuacidad (habla inglés, francés y alemán perfectos) y su elegancia. Lo quieren todos. Solo en el séquito de Nadal se animan a criticarlo. Es cierto que Federer y el español mantienen una buena amistad y una rivalidad, ya legendaria, sin ningún tipo de aversión -son el paroxismo del Fair Play-, pero al parecer, puertas adentro, la cosa no es tan así. Al menos entre los equipos de trabajo. “¿Así que le diste la revista? –me inquiere un integrante de su círculo de mayor confianza-, vas a ver que la agarra y la tira. Solo le interesa Vanity Fair, y toda esa perorata de la moda. El resto no le importa nada”. Parece que la competencia no es tan pura.

Del otro lado de la red hay un chico de 20 años que hasta hace solo 14 meses no había ganado ningún título y había juntado apenas 500 mil dólares en el banco. Del Potro nació después de México ’86: es parte de la generación que adora a Diego sin haberlo visto. Hoy ya tiene casi 6 millones de ganancias oficiales. El partido empieza y la historia se resquebraja: en cuatro horas el reinado neoyorkino de Roger Federer queda pulverizado. Es como si cayera Cartago.

“Vamos carajo, vamos carajo”. Franco Davin llora y su cuerpo parece disolverse, como si fuera de arena. Su pupilo acaba de ganar el US Open y él es el primer coach argentino en llevar a dos tenistas diferentes a ganar un Grand Slam. Había obtenido Roland Garros en 2004 con Gastón Gaudio. Ahora tomó a Del Potro y lo convirtió en un campeón. Hizo que mejorara su drive –lo pega más adelante-, su saque –mucho más contundente y regular – y su movilidad, mérito compartido con su preparador físico. La evolución de Del Potro, sostiene Davín en la puerta del vestuario, se explica en la enorme capacidad del tandilense en absorber lo que se le pide. Es una esponja, alguien a quien el universo dotó de capacidades asombrosas: si no, sería imposible haber ganado de la forma que lo hizo, neutralizando a la leyenda que se agitaba desde enfrente.

Son las últimas postales del US Open. Pero en el vestuario todavía hay gente. Un sector destila una alegría conmovedora. Otro está en silencio. Es lo que sucede en este deporte: los tenistas se visten juntos y salen a la cancha juntos. Se matan a palazos en el court y después vuelvan a compartir el camarín, con el bolso lleno de alegrías o cargado de frustraciones. Roger se va, después de una sesión de masajes. Delpo continúa la ronda de entrevistas. Esa es otra particularidad del tenis: el jugador se somete a los designios de la organización, que pauta los reportajes y que decide a quién atender y a quién no. No hay manera de oponerse: el circuito te da todo (camionetas con chofer que los trasladan a hoteles cinco estrellas, premios exuberantes, atención personalizada), pero también te pide todo. Delpo se levantó a las 6 de la mañana del martes posterior a la final para fatigar los canales de la televisión norteamericana. La TV, lo sabemos todos, es uno de los grandes auspiciantes del deporte profesional, responsable de convertirlo en parte del show business.

Los negocios, justamente, se potenciarán para Juan Martín. Con el triunfo, su vida no cambiará para siempre, aunque sí se acelerará un poco. Pegó un salto hacia otra escala, un lugar en el que los cheques no tendrán los ceros de antes. “Es claro que el valor de Juan Martín ha subido mucho gracias a su triunfo”, cavila, satisfecho, acaso saboreando lo que viene, Ugo Colombini, el empresario italiano que maneja las finanzas del tandilense. Colombini no se sorprende. Desde hacía mucho tiempo que estaba convencido de que Juan Martín estaba bien amueblado, que estaba hecho con la madera de los campeones. Gracias a Wilson, Nike (que lo contrató a los 15 años), Pepsi, Sony Ericsson, Lay’s y Gatorade, Del Potro percibe, por el momento, unos 3 millones de ingresos publicitarios anuales. Ahora esa cifra se duplicará, como mínimo. Con 20 años y una imagen que cautiva a las multinacionales, la marca Del Potro está llena de futuro. El US Open le generó más de un millón y medio de dólares de ganancias (descontando impuestos). Los organizadores le depositaron esa cifra en su cuenta bancaria. Así es como operan siempre. Pero ya antes del torneo la imagen de Juan Martín había comenzado a cautivar. En el enorme local que Wilson montó en el predio de Flushing Meadows, una foto suya decoraba una buena parte del panel que ocupaba el frente, apenas un poco más chica que una de Federer, icono de la marca.

¿En dónde radica el atractivo de las marcas por el tandilense? “Lleva una vida privada cauta y de bajo perfil, similar a la de Roger Federer”, compara Gerardo Molina, especialista en marketing deportivo. “Tiene un perfil de joven exitoso pero muy humilde alguien que no hace alarde de sus logros”, agrega.

Delpo dijo que su vida seguirá igual, pese a que ahora su foto también aparecerá en los pasillos alfombrados de este club: colgará de las paredes internas del estadio Arthur Ashe, junto a las imágenes de todos los campeones, verdaderos héroes de este deporte como Pete Sampras, Andre Agassi y Guillermo Vilas.

Vilas, precisamente, estuvo una hora en el vestuario después de terminada la final. La había visto en el mismo lugar en el que vio casi todos los partidos, en el palco presidencial, junto a su mujer tailandesa y parte del jet set neoyorkino. Es curioso lo del ilustre tenista marplatense: es uno de los pocos ex jugadores con presencia perfecta en Roland Garros y el US Open. El otro ex campeón que ve casi todos los partidos y que merodea el club es John McEnroe, claro que Big Mac tiene una razón de peso: es comentarista de ESPN junto a su hermano. Del resto de los grandes solo queda el poster, o alguna visita esporádica, como la de Jimmy Connors, que concurrió un par de veces. Ni siquiera Pete Sampras, leyenda viviente de los 90, aparece por aquí. Es que el circuito es fascinante, pero también demoledor. La vida de gitano vip está muy bien por un tiempo, pero después un gran número de tenistas comienza a fatigarse del peregrinaje. Y cuando se retiran, directamente le toman fobia. Se establecen. Cambian de vida. Vilas no. Vilas sigue viviendo como si todavía jugara.

Quizás -pienso, mientras abandono el club por última vez- no es sencillo olvidar una vida tan apasionante, plagada de aventuras y satisfacciones. Las mejores ciudades, la idolatría de miles de fans, la hospitalidad de un staff de empleados que está en todos los detalles y mucho, mucho dinero en juego. Todo eso, sin embargo, es insignificante en comparación con la carga emocional que provoca desafiar a la especie y alcanzar la cima del mundo. Solo uno lo consigue. Ganar aquí tiene una carga simbólica que trasciende el dinero o las comodidades, e incluso los tiempos. Implica integrar el patriciado del tenis, convertirse en socio de un selecto club que reparte pocas solicitudes. Para ser aceptado, Del Potro debió acabar con un reinado legendario.

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