El poder de una mirada

Publicado: 8 abril 2010 en Felipe Restrepo
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En medio del bullicio del estudio, Ruven Afanador mira, fijamente, una pared. Muchas cosas ocurren a su alrededor, pero él parece ajeno al movimiento. Todo su cuerpo está inmóvil. Menos sus ojos, que se mueven rápidamente: repasan, una y otra vez, las imágenes que están pegadas en la pared blanca. Son recortes que escogió como inspiración para la sesión de esta mañana.

Pocos fotógrafos tienen tanto éxito como él. Su trabajo —inconfundible— es publicado regularmente en las revistas más prestigiosas del mundo; las grandes marcas se pelean para que haga sus campañas; los diseñadores lo adoran; es comparado con Patrick Demarchelier, Annie Leibovitz, David LaChapelle, Mario Testino y el recién fallecido Irving Penn, su gran ídolo; y ha retratado a jefes de Estado, actores, músicos, artistas y modelos de quienes todos sabemos los nombres.

Cuando me acerco, sale por un momento de su trance. Le pregunto qué necesita una foto para ser buena. “Tiene que ser lo suficientemente poderosa para que la gente le dedique tiempo. Ser una imagen única, que obligue a que la miren, en un mundo en el que hay millones de cosas por ver”, responde. Y su mirada regresa al lugar original.

***

Me encuentro con Afanador un martes de septiembre en un estudio de Alphabet City, en el East Village. El barrio —que se llama así pues sus avenidas tienen nombres de letras— fue uno de los más peligrosos de Manhattan hasta hace unos años, pero hoy es un tranquilo sector bohemio. El edificio en el que estamos tiene una larga historia: en los años setenta albergó unos baños públicos, que fueron clausurados durante el auge del sida. Ahora es un foro en el que Afanador organiza varias de sus sesiones más importantes. Hoy es una de ellas: va a fotografiar por primera vez a la cantante Courtney Love.

Cuando llego, aún falta mucho tiempo para que empiece la sesión. Sin embargo, un grupo de diez personas trabaja desde la madrugada: montan las luces, ajustan el equipo, calibran las cámaras o preparan la ropa y el maquillaje. Para quien no ha estado nunca en una sesión de fotos de esta magnitud, podría parecer un evento muy emocionante. Para Afanador, en cambio, es una cuestión de todos los días:

“Los shootings son bastante más aburridos de lo que la gente cree, tienen muchas horas muertas y demasiada espera”. Pero, a pesar de su experiencia, él también está nervioso, porque nunca antes ha retratado a Love y no sabe qué le espera.

A sus cincuenta años es un hombre con una apariencia fuera de lo común: mide casi dos metros y es muy delgado. Su cabeza está rapada. Viste una camiseta gris de manga larga que le llega hasta las rodillas, jeans negros y botas. Sus ojos rasgados están detrás de unos pequeños lentes de marco de carey —el único toque de color— y tiene un tatuaje que cubre casi todo su brazo derecho: no sé si parece el integrante de una banda de rock gótico o un monje budista. Su presencia, un tanto intimidante, contrasta con su voz suave, que apenas se escucha, y sus maneras delicadas. Afanador es un hombre especialmente retraído —hecho para estar detrás de las cámaras— y su español no fluye demasiado. Al principio me cuesta entender lo que dice y él no parece tan cómodo: “Nunca había hecho esto, nunca había dejado que un periodista viera cómo trabajo. Éste es un proceso muy íntimo para mí”, me advierte.

Mientras revisa la planeación con sus asistentes lo sigo sigilosamente. En cada ciudad —sobre todo Los Ángeles, Nueva York y París— tiene un grupo de personas de confianza a las que no tiene que darles demasiadas indicaciones. La organización empieza varias semanas antes, cuando decide aceptar un proyecto. Entonces, selecciona fotos que sirven de referencia. Por lo general, las encuentran en la enorme colección de recortes que guarda en su oficina —y que ha acumulado desde la adolescencia— o en la biblioteca de su departamento en Chelsea, en el lado oeste de Manhattan. En estos dos archivos, Afanador pasa horas devorando información visual.

Luego viene la selección de ropa, maquillaje, accesorios y escenografía. Para la sesión de Love han escogido varias decenas de vestidos de alta costura —el más sorprendente es un traje de Givenchy de cuero y con taches de metal que pesa varios kilos— y ropa vintage; el maquillaje y los accesorios hacen referencia a la estética punk; y el escenario es completamente blanco, pues Afanador no quiere ningún elemento distractor en el montaje: quiere concentrarse en la personalidad arrolladora de Love.

—¿Qué tan claro tienes lo que buscas antes de empezar a disparar tu cámara?

—Depende del personaje. Si lo conozco, me imagino muy bien la escena. Si es la primera vez, tengo que improvisar un poco más.

—¿Cuáles son los personajes más difíciles?

—Los que no tienen límites, porque no se dejan controlar.

—¿Qué es lo más importante antes de iniciar?

—La clave es la iluminación. La luz lo es todo en una foto. Una vez encuentro esto, lo demás es más natural.

Poco antes de la una de la tarde, llega Courtney Love. Ella también está vestida de negro y su cara, sorprendentemente pálida, está camuflada bajo un sombrero y unos lentes de sol. Viene acompañada de dos amigos y apenas saluda a los que estamos ahí. Le da un abrazo a Afanador y le dice —con su inconfundible voz, poderosa y destruida al mismo tiempo— que está muy feliz de poder trabajar con él por fin. Él le responde, en un inglés perfecto, que lleva muchos años esperando este momento.

Love es el centro de atención. Su celular suena y habla a todo volumen con alguien que parece de confianza. Después de un rato cuelga y empieza a gritar: “¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda! Era mi dealer de 2001. No entiendo qué quiere. Hace años le compro las drogas a otro”. Todo el mundo ríe, menos Afanador.

Él la observa con atención. Luego sale discretamente y le pide a sus asistentes que cambien la iluminación.

—¿Por qué decidiste cambiar a último momento?

—Necesito restringirla más, es muy explosiva.

—¿Estás asustado?

—Siempre trabajo con miedo. No creo que alguien que sienta verdadera pasión por lo que hace pueda trabajar sin miedo.

***

Bucaramanga es la capital de Santander, un departamento al noreste de Colombia, muy cercano a la frontera con Venezuela. Es una pequeña ciudad situada sobre una meseta, rodeada por montañas al oriente. Sus avenidas son estrechas, tiene muchos parques y casi todas las casas tienen antejardines. Durante mucho tiempo vivió de la industria petrolera, de la ganadería y del comercio, pues era un paso obligado entre Caracas y Bogotá. Muchos europeos se instalaron allí a principios del siglo xx. Su influencia fue muy fuerte en la elite bumanguesa, que estaba al tanto de la actualidad en Europa. Ruven Afanador pasó ahí los primeros catorce años de su vida.

Nació en 1959, y desde niño se interesó por la moda y por las imágenes que veía en las pocas revistas que se conseguían en Bucaramanga. Con la llegada del cine y de la televisión empezó a sentir fascinación por las celebridades. “Pero no me dejaron ir al cine hasta muy grande. Vi mi primera película a los doce años y quedé enamorado de lo que aparecía en la pantalla. No me acuerdo exactamentede cuál era la película, pero apenas empezó, pensé que algún día me gustaría ver cómo era ese mundo y estar con las personas que aparecían ahí”, cuenta. A muy pocas personas se les cumplen los sueños de juventud: a él se le hicieron realidad algunos años después.

Muy cerca de la casa de la familia Afanador, en el centro de Bucaramanga, estaba Fotos Serrano. En ese pequeño local, se hacían los mejores retratos de la ciudad y por eso era el favorito de las reinas de belleza, las quinceañeras y las novias. A Afanador le encantaba observar desde la vitrina todo el proceso de cómo se hacían las fotos. También le fascinaban las imágenes religiosas. Su familia pertenece a la iglesia Adventista del Séptimo Día, por eso desde muy temprano estuvo en contacto con la religión. La iconografía de los ritos y su sentido teatral son, todavía, grandes influencias en su trabajo. “Fue un niño diferente, le gustaba jugar a otras cosas. Desde los tres o cuatro años le encantaba montar obras de teatro. Cuando lo llevábamos a la iglesia, se impresionaba mucho con las historias de la Biblia y creaba juegos con las enseñanzas cristianas”, me cuenta su mamá, Isabel Peña de Afanador, desde su casa en Maryland.

Ella era profesora del Colegio Adventista Libertad, donde estudiaron los primeros años de su infancia Ruven, Marlene, Martha Cecilia —sus dos hermanas mayores— y Elizabeth —la menor de los cuatro—. Su papá, Ernesto Afanador, era propietario de una relojería y le gustaba coleccionar antigüedades.

Sin embargo, en 1972, Ernesto e Inés decidieron dejar Bucaramanga y buscar una mejor educación para sus hijos en Estados Unidos. Se instalaron en Harbor Springs, un pequeño pueblo en Michigan: “Recuerdo que fue muy difícil adaptarme, pues todo era tan diferente al principio. Tuve que hacer un gran esfuerzo para encajar”, cuenta Ruven sobre esa época. Después de un tiempo, la familia se mudó a Maryland, Washington, y llegó el momento de que el hijo escogiera una carrera universitaria: se inclinó por la economía. Duró muy poco tiempo en ese campo, por supuesto, y se pasó a la escuela de artes, donde se enfocó en la escultura y el diseño gráfico. Y aunque también dejó la escultura, ésta fue fundamental para enseñarle a construir estructuras.

En una clase de fotografía le pidieron que fuera a Georgetown a fotografiar a la gente en las calles. En ese momento se enamoró de la idea de retratar personas y recordó la pasión por las imágenes que siempre había sentido. Al poco tiempo les dijo a sus papás que quería ser fotógrafo. Ellos lo apoyaron, a pesar de que temían por su futuro, y le compraron una cámara Minolta con la que empezó a fotografiar a sus amigas, a sus hermanas y a su mamá. Esa vieja cámara Minolta está guardada, como un tesoro, en la casa de la familia Afanador, en Maryland.

***

Mientras preparan a la viuda de Kurt Cobain, hay poca actividad en el estudio. Por lo general, a Afanador le gusta escuchar música relajante en esos momentos. Pero cuando está trabajando con un músico, prefiere no escoger la banda sonora. Así que le pregunta a Love qué quiere escuchar. Ella le entrega un disco: una versión sin editar de Nobody’s Daughter, su nuevo trabajo, y le pide que lo ponga a todo volumen.

Apenas suenan los primeros acordes, Love salta de su silla y empieza a cantar. Se dirige hacia el escenario, mientras los peluqueros y maquillistas la persiguen para poder terminar la preparación. Ella los ignora. Afanador alerta a sus asistentes. Love se para frente a los reflectores: el maquillaje y las luces hacen que su piel se vea aún más blanca, como la de una alienígena, y los ventiladores hacen que su pelo enredado le cubra la cara. Canta y baila. Por momentos se detiene y dice: “Esto es muy bueno”. Disfruta aullando el coro de una de las canciones —que se llama “Skinny Little Bitch”— mientras

se contorsiona. Viste un suéter blanco con plumas en el cuello, unos shorts negros de cuero, mallas rotas y tacones altos. Dudo que esté actuando: creo que hace años su persona se diluyó en su personaje.

Afanador empieza a fotografiarla. Dispara su cámara profusamente. Los gigantescos flashes que cuelgan del techo bañan con una intensa luz plateada todo el recinto. La explosión de la luz suena más fuerte que la música grunge. Afanador se encorva para poder encontrar el ángulo indicado. Ella sigue el juego. Parece que sólo ellos dos estuvieran en el salón.

En menos de diez minutos el fotógrafo dice que ya está bien y pide que la cambien de ropa. Me asombra la rapidez.

Las fotos de Love son para la revista de fin de semana del London Times: debe enviarles cuatro imágenes, incluida la portada. Mientras Love se cambia, pasamos a un pequeño cuarto contiguo donde los asistentes descargan las imágenes en dos computadoras.

—¿Cuánto te tardas en editar?

—Muy poco. En un día ya puedo tener lista la primera selección.

—¿Les muestras las fotos a los personajes que retratas?

—Nunca. Por eso las computadoras están en un cuarto aparte. No me gusta que opinen.

—¿Cómo sabes cuando tienes la foto perfecta?

—Cuando era joven creía que los retratos sencillos eran los más fáciles. Pero con los años me he dado cuenta de que es lo más difícil que puede hacer un fotógrafo: es la prueba de fuego. Se requiere de mucho trabajo y disciplina para captar la esencia de una persona.

Han pasado ya más de ocho horas y todos estamos agotados. Menos Love: está eufórica y no para de moverse. Es la única que no ha comido nada en todo el día y sólo se alimenta de agua mineral y de unas pastillas misteriosas que le da, directamente en la boca, uno de sus amigos. Cerca de las nueve de la noche le hacen el último cambio de ropa: esta vez viste un traje rojo y blanco de cola larga. Cuando pasa al escenario empieza a quitarse el vestido al ritmo de la música, hasta quedar completamente desnuda. La veo ahí, con sus brazos y piernas delgadas, sus senos un poco flácidos y el maquillaje corrido sobre su cara pálida: entonces me parece más vulnerable que nunca. Su máscara desaparece y deja ver a una mujer que alguna vez fue guapa y que ahora está en ruinas. Afanador se detiene. Le pide que no se mueva y dispara su cámara frenéticamente. Creo que ha encontrado su esencia. Todos aplaudimos, aliviados.

***

Una de sus mejores amigas de juventud es Marilú Menéndez, quien hoy trabaja como publirrelacionista en Nueva York. Menéndez es una cubana radicada en Estados Unidos que conoció a Afanador en los ochenta. “Somos amigos desde que Ruven era un joven fotógrafo en Washington. Nos encontramos en un evento de beneficencia en el que una estilista y un fotógrafo debían crear juntos un look para una modelo. Concursamos juntos y terminamos ganando la competencia —me cuenta—, lo que hace diferente a Ruven es que es un verdadero artista, con una intensa pasión por lo profundamente bello. Por eso su trabajo es tan apreciado”.

Durante sus años de estudiante conoció también a quien se convertiría en su gran maestro, Eric Ekhart. “Fue él quién me enseñó a ver. Yo estaba muy preocupado por aprender la parte técnica, pero él me dijo que lo primero era educar el ojo”, dice Afanador. Ekhart le mostró por primera vez la obra de Irving Penn y Richard Avedon. También le recomendó que fuera a Europa a formarse. Pero Afanador no siguió el consejo de su maestro y decidió empezar a trabajar como asistente en algunos estudios. Así mismo, trabajó en la universidad de Notre Dame, como encargado del archivo fotográfico. Al poco tiempo se dio cuenta de que en Washington no tenía mucho futuro y prefirió irse a Nueva York. Buscó trabajo en los estudios de Avedon y Penn, pero no logró nada. En ese momento se frustró, pero hoy reconoce que fue una suerte. El rechazo lo obligó a encontrar su propio lenguaje fotográfico intuitivamente y, por fin, irse a Europa.

Afanador escogió Milán, por obvias razones. Y no se equivocó: una madrugada de verano, recién llegado a Italia, se levantó de su cama y abrió las pequeñas ventanas de su habitación. Lo que vio entonces fue sobrecogedor: “Recordé cosas que había olvidado de mi infancia, la luz tan especial de Colombia, los amaneceres en Bucaramanga, los colores de los techos y de las casas”. La nitidez de ese recuerdo, tan intenso, lo marcó. “Sentí un cariño enorme por mi origen, entendí de dónde venía y desde entonces he querido reproducir ese sentimiento”, me dice muchos años después, cuando ya es uno de los fotógrafos más respetados del planeta.

***

La fama es un buen negocio.

Es miércoles e intento ver a Sarah Jessica Parker detrás de la nube humana que la cubre. La estrella de Sex and the City es una de las protagonistas de la sesión fotográfica de hoy y tiene alrededor suyo un séquito de diez personas que la asisten: la maquillan, responden su celular, la peinan, le hacen las uñas, e incluso sostienen la taza de té verde que pidió apenas llegó al estudio. Otros le muestran vestidos, faldas, zapatos y accesorios que brotan de bolsas con nombres ilustres: Jimmy Choo, Balenciaga, Manolo Blahnik, Prada, Christian Louboutin y Dior, entre muchos otros. Ella escoge sus cosas favoritas y descarta la mayoría sin mirarlas demasiado.

Estamos en el mismo estudio de Alphabet City, pero el ambiente es completamente diferente al del día anterior. Hay mucha más gente —unas treinta personas— y todos parecen ocupados: veo a un hombre que sostiene en su mano derecha una BlackBerry, en la izquierda un iPhone y al mismo tiempo habla por otro celular. La fama es, en efecto, un muy buen negocio.

Pero, de alguna forma, la atmósfera es menos opresiva que el día anterior. Al fondo ya no suenan guitarras estridentes, sino boleros viejos. Afanador está hoy mucho más relajado y sonriente. Tal vez porque tiene una tarea un poco menos complicada: va a retratar a Parker y al actor británico Hugh Grant para la portada de la revista Entertainment Weekly. Ambos son los protagonistas de una nueva comedia romántica, Did you Hear About the Morgans?, que se estrenará a final de este año.

—¿Es difícil tener dos sesiones tan seguidas?

—Me cuesta muchísimo. Sobre todo porque tengo que cambiar completamente de visión.

—¿Te gustó fotografiar a Courtney Love?

—Me gustó, sentí mucha complicidad entre los dos. Me dijo muchas cosas interesantes y encontré que tenemos algunas referencias comunes.

—¿Cómo cuáles?

—Nos gustan ciertos diseñadores de moda y algunos artistas, por ejemplo.

—¿Te atraen las personas excéntricas?

—Me gustan los personajes oscuros porque tienen una personalidad más profunda.

Al igual que el día anterior, en una pared están colgadas varias imágenes de referencia: son viejas fotografías de Cary Grant, Katherine Hepburn, James Stewart y Steve McQueen. Atrás, en el espacio que pocas horas antes fue un pequeño escenario de paredes blancas, hay una escenografía que evoca los años dorados de Hollywood. Fue construida durante la noche por un equipo especial. Allí, entre antigüedades y viejos reflectores, Afanador intentará recrear el glamour de otra época.

Si bien viste casi idéntico —con camiseta de mangas largas, jeans y botas oscuras— es una persona ligeramente diferente: responde con entusiasmo y su español parece haber mejorado. Incluso me muestra algunas de las imágenes de Courtney Love que ya tiene preparadas, algo que casi nunca hace. Cree que los desnudos no serán publicados, pero dice que no podía perder la oportunidad de hacerlos.

Enseguida se va a charlar con Parker. Son amigos y han trabajado varias veces en el pasado. Él la considera un icono de la moda. Parker sonríe cuando Afanador se acerca y le dice que para la primera foto escogió un vestido amarillo corto. Él dice que le encanta.

Aunque nunca traiciona su visión personal, Afanador sabe qué quiere cada cliente y trabaja con eso en mente. Uno de los más difíciles, me dice, es The New Yorker. Los editores de la tradicional revista literaria son muy reticentes a utilizar fotografías y prefieren ilustrar las páginas con sus emblemáticas caricaturas. Publican muy pocos retratos y sólo contratan a los mejores fotógrafos del mundo, los cinco o seis que ellos consideran clásicos contemporáneos. Afanador es uno de ellos. Siempre que le encargan algo, él se esfuerza especialmente para complacerlos. Y, aún así, le han pedido que repita el trabajo en algunas ocasiones. Pero reconoce que también han sido muy generosos con él. Saca de su mochila la edición más reciente y me muestra, emocionado, una página que tiene marcada: es una sección en la que publicaron dos fotos de Mil besos, su nuevo libro, que saldrá publicado a final de mes. Pocas veces The New Yorker hace esa clase de homenajes.

Cerca de las tres de la tarde, llega el segundo protagonista de día: Hugh Grant. Saluda, con la típica formalidad británica, a todos los que estamos presentes. Cuando Afanador lo saluda y se presenta, Grant hace una broma —que no sale muy bien— para romper el hielo. “¿Qué clase de nombre es ése?”, le pregunta el actor. Afanador le dice que es un nombre colombiano. Grant le responde con un lacónico: “Ah, Colombia, qué interesante”. El nombre de Afanador siempre genera cierta curiosidad. Fue bautizado como Rubén, con “b” y acento, pero lo cambió para que fuera más fácil de pronunciar en inglés.

—¿Te impresionan las celebridades?

—He aprendido a convivir con ellos. Tienen una vida muy compleja y poco tiempo para perder.

—Para ti también debe ser difícil mantener este ritmo de trabajo…

—Claro, por lo general estoy entre viajes. Tengo que levantarme muy temprano y llegar a diferentes lugares a trabajar largas jornadas.

—¿Qué personaje te ha impresionado más?

—Tal vez García Márquez.

Al principio de su carrera, retrató al escritor colombiano, a quien considera su héroe personal. Fue una sesión bastante difícil en la ciudad de México, en medio de una tarde lluviosa. Afanador estaba muy nervioso, ya que Gabo detesta posar y sólo accedió a ponerse una ruana que utilizaba en sus años de estudiante en Bogotá. Si bien hablaron poco ese día, García Márquez le contó de su afición por la fiesta brava: fue esa conversación la que inspiró al fotógrafo a hacer, muchos años después, un libro sobre toreros. Afanador dice que, a pesar de que cometió algunos errores ese día, quedó encantado con el resultado y no quisiera repetir esa foto inolvidable.

***

En Milán, además de encontrar una nueva sensibilidad, Afanador descubrió un método único. “Nunca había visto trabajar a otro fotógrafo ni había estado realmente en una sesión de fotos de moda, así que me tocó empezar a improvisar”, dice. Como no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler de un estudio o contratar a modelos profesionales, comenzó a retratar a amigas suyas. Las llevaba a su casa o a lugares solitarios, donde organizaba shootings artesanales. Vestía a las chicas con ropa que él mismo fabricaba e improvisaba escenografías. Lo importante de esas primeras fotografías es que le permitieron experimentar con las posibilidades técnicas de las cámaras y los lentes. También, en medio de los paisajes italianos, creó imágenes más complejas, en las que se cruzaban la estética europea y sus raíces latinoamericanas. Al cabo de seis meses de trabajo intenso, decidió regresar a Estados Unidos: no aguantó la soledad ni la lejanía de su familia.

Cuando volvió a Estados Unidos, ya era otra persona. Y, sobre todo, otro fotógrafo. Empezó a enseñar su nueva carpeta en revistas y agencias publicitarias. Sus clientes quedaban asombrados por la originalidad de su propuesta. Uno de los primeros trabajos importantes que le encargaron en esa época fue para la revista Connoisseur. En esa ocasión decidió fotografiar en blanco y negro a modelos vestidas con trajes de Isabel Toledo. Gracias a su estilo, empezó a hacerse famoso en el mundo la moda. En esas primeras fotografías, se empezaba a manifestar su gusto por una estética recargada. Ese

estilo se ha refinado con los años: ahora Afanador construye escenas que recuerdan, por momentos, los claroscuros de Caravaggio, los retratos más teatrales de Vermeer, las escenografías de Rembrandt y las Pinturas Negras de Goya. Sus imágenes, angustiosas y sensuales, tienen una extraña similitud con el arte barroco.

Cada vez recibía más propuestas de trabajo en Nueva York, así que decidió, de manera definitiva, mudarse a Manhattan. Ahí, los grandes contratos no se hicieron esperar. Afanador inició su colaboración con las más grandes casas de moda y con las revistas Elle, Rolling Stone, Vogue, Marie Claire, GQ y Vanity Fair.

Moschino, por ejemplo, lo contrató para que redefiniera la imagen de la marca. Su fundador, Franco Moschino, acababa de morir y la marca se encontraba en un mal momento. Afanador decidió entonces hacer algo osado: fotografió a una de las modelos, vestida en un traje de alta costura, sentada sobre un burro. La foto fue un éxito y la pusieron en buses y afiches por todo Nueva York. Para la inauguración de una nueva boutique en Madison Avenue, llevaron al mismo burro que aparecía en la foto. Esa refrescante campaña le devolvió a la marca su prestigio. Y convirtió a Afanador en una superestrella.

Pero aún tenía una deuda pendiente: regresar a Colombia. Afanador no había ido a su país desde que se marchó por primera vez. Así que, a principios de los noventa, casi veinte años después, quiso volver. “Cuando el avión se acercaba al aeropuerto de Bogotá, empecé a sentir una mezcla de todos los sentimientos. Tenía miedo y emoción a la vez. Regresar es la sensación más bonita del mundo”. Allí no conocía a nadie, pero mucha gente ya sabía de su trabajo. Poco a poco dejó de sentirse un extranjero y empezó a regresar al país con cierta frecuencia. Hoy en día va dos o tres veces al año.

En 1992 fue invitado por la directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, Gloria Zea, a exponer una retrospectiva individual. En esa ocasión conoció a Monica Scarello, una italiana que vivía en Colombia y trabajaba como productora. “Nos entendimos bien de inmediato. Yo he conocido a mucha gente del medio artístico y creativo. Pero cuando vi el trabajo de Ruven, me di cuenta de que era alguien diferente. Una artista integral y fuera de serie”, me cuenta Scarello desde su oficina en Milán.

Juntos viajaron a Armero, una pequeña ciudad que en 1985 fue arrasada por la erupción del volcán Nevado del Ruiz. Más de 25 mil personas murieron entonces y Afanador quiso rendirles un homenaje. Scarello también le presentó a Álvaro Restrepo, un coreógrafo que fundó una escuela de danza contemporánea en Cartagena. Afanador quedó impresionado con el proyecto de Restrepo —que trabaja con niños de barrios muy pobres— e hizo una serie de fotografías y luego un libro. Cuando el músico Lenny Kravitz le pidió que dirigiera uno de sus videos, en 1995, Afanador pensó de inmediato en Restrepo. Utilizó a varios bailarines cartageneros de su escuela en el video “Rock and Roll is Dead”.

Por esa misma época recordó las palabras de García Márquez sobre la fiesta brava. Le pidió entonces a Scarello que viajara por España, Colombia, México y Perú en busca de jóvenes matadores para retratar. La búsqueda tardó más de dos años. Finalmente, en todos los países lograron encontrar toreros que accedieron a posar —de manera muy sensual y en ocasiones desnudos— frente a la cámara de Afanador. Uno de las primeras personas que vio el trabajo fue el escritor colombiano Héctor Abad Facciolince. “Estos retratos de Ruven Afanador descubren algo nuevo: los trajes de torero, más que vestir, desnudan […] ha sabido mostrarnos como nunca nadie el perfil y la gracia de los toreros vivos […] Con un tema que une lo barroco, lo hispánico, y los límites del riesgo y de la muerte, ha podido explicar que el placer de mirar va siempre unido al miedo de perder”, escribió entonces. Afanador decidió hacer su primer libro con estos retratos de matadores: lo tituló Torero y el prólogo fue escrito por Abad.

El diseñador John Galiano también quedó impresionado con Torero. Tanto así que mandó comprar todos los ejemplares que se conseguían en París y se los regaló a sus amigos en Navidad. Galiano contactó a Afanador y le encargó fotos de algunas de sus colecciones: desde entonces son muy buenos amigos. “Incluso en sus más descaradas fotografías, su sinceridad y empatía son innegables, su atención a los detalles no tiene paralelo. Cada página es como un guión sin palabras, pero sí con imágenes que evocan, provocan y rompen las barreras del tiempo, la cultura y la curiosidad. Sus imágenes me persiguen, bailan conmigo y se quedan a mi lado para siempre”, escribió Galiano en el prólogo de Mil besos.

En el año 2000, poco después del lanzamiento de Torero, Afanador recibió en París el Trophée de la Mode en la categoría de mejor fotógrafo de moda del año. Entonces las celebridades se rindieron a sus pies: Al Pacino, Pedro Almodóvar, Michael Jordan, Val Kilmer, Salma Hayek, Nicole Kidman, Bono, Jennifer Lopez, Scarlett Johansson, Linda Evangelista, Heidi Klum, Jennifer Aniston, Janet Jackson, Robert De Niro, Isabelle Adjani, Antonio Banderas y Bill Clinton, por sólo mencionar algunos, posaron para él. Y, a medida que pasa el tiempo, la lista se hace más extensa y selecta.

Su siguiente libro, Sombra de 2003, es un homenaje a algunos de los grandes maestros, como Nadar y Man Ray y, sobre todo, al Barón von Gloeden uno de los precursores de la fotografía homoerótica. Afanador retrató a un grupo de jóvenes bailarines de ballet, desnudos en medio de escenarios idílicos. En una corta introducción, Afanador explica el origen del título: dice que en los años treinta en Bucaramanga, cuando la gente quería hacerse un retrato, pedía que le hicieran “una sombra”. Si se miran con atención, los personajes de Afanador son como sombras: seres que deambulan entre la realidad y el sueño.

***

Algunas imágenes valen más que mil palabras. Otras valen mil besos.

El libro más reciente de Afanador —el tercero— se llama justamente así: Mil besos. El volumen, editado por Rizzoli, tiene más de 200 páginas de fotografías dedicadas a las bailadoras de flamenco. En el prólogo, la diseñadora Diane von Furstenberg escribe: “He admirado el trabajo de Ruven Afanador por años […] Me dejo llevar por la profundidad y emoción de sus fotografías y su pasión incondicional por el movimiento de los cuerpos […] su lente penetra como una flecha; y uno no puede evitar rendirse”. La actriz Eva Mendes también participa: “En las imágenes de Ruven se está librando una guerra entre la luz y la oscuridad, entre el amor y la pérdida, entre la alegría y la melancolía”. La modelo —y una de sus mejores amigas— Heidi Klum dice: “Es un artista consumado. El lado fantástico e indignante que muestra nunca decepciona”. Asimismo, la actriz española Rossy de Palma escribe: “Es un chamán que retrata la libertad del cuerpo y la del espíritu. Sus gitanas son una excusa para celebrar la vida de la única forma en que merece ser vivida: con pasión”.

La producción del libro tardó más de dos años. En 2007, Afanador editó dos libros caseros con imágenes de referencia. Le mandó este material a Monica Scarello y ella empezó a buscar locaciones y modelos. Viajó varios meses por España hasta encontrar los lugares ideales en Andalucía: Sevilla y Jerez de la Frontera. Allá conoció a un grupo de mujeres, mayores de sesenta años, que mantienen intacta la tradición de la fiesta flamenca. Afanador las conoció también y quedó enamorado de ellas: “Lo más curioso es que no tenía idea de la relación que existe entre las bailadoras de flamenco y los toreros. Ellas llaman a sus hombres ‘toreros’. Fue una coincidencia sorprendente”.

Las sesiones fueron extenuantes. Se hicieron en exteriores —carreteras, montañas, playas, desiertos y minas— y requirieron un equipo de producción de 120 personas, quienes trabajaron bajo el sol canicular y la luz cegadora de la región. Además de esto, las modelos estaban vestidas con trajes oscuros —diseñados por Galiano, Versace, Gaultier y Cavalli para la ocasión—, maquilladas y con moños de treinta centímetros. Y, como si todo esto no fuera suficientemente exótico, Afanador quiso que un grupo de músicos flamencos tocara en vivo mientras hacía las fotos. “Él no sólo hace fotos. Hace actos de creación en los que logra imágenes nunca antes vistas. Quienes estuvimos presentes en las tomas de Mil besos, nos sorprendimos: fuimos testigos de un momento revelador”, dice Scarello.

Entre todas las modelos había una muy especial. “Me llevó a Sevilla y ahí conocimos a las damas que iban a aparecer en el libro. Luego me dijo que me quería tomar una foto vestida y maquillada como ellas. Ruven siempre ha sido un hijo muy obediente, pero esta vez me tocó obedecer a mí”, cuenta, entre risas, Isabel Peña de Afanador. Además el libro está dedicado a ella. Es el homenaje de un artista a su gran musa.

***

Por fin, Grant y Parker pasan al escenario. La directora de arte de Entertainment Weekly le da algunas indicaciones a Afanador de cómo quisiera que fuera la portada; sin embargo es él quien controla toda la escena: a pesar de que su timidez, que apenas le permite hablar, los actores siguen al pie de la letra las pocas direcciones que les da. De nuevo trabaja como una máquina: no titubea ni un segundo al momento de disparar. Parker y Grant tienen una gran empatía y él la logra captar muy bien. Entre toma y toma, los dos actores sonríen y hacen bromas: Grant es impertinente y le encanta hacer el papel de niño terrible. Parker, por su lado, prefiere ser la chica ingenua y adorable. El inglés viste un sencillo traje gris y una camisa blanca todo el tiempo, mientras que a ella le hacen cuatro cambios de ropa.

La sesión avanza mucho más rápido y, antes del anochecer, Afanador la da por concluida. En medio de aplausos y abrazos, empiezan a circular copas de Veuve Clicquot. Los dos actores se despiden efusivamente de su fotógrafo. Luego, mientras sus asistentes desmontan el escenario, me siento con él en uno de los camerinos, ya vacíos. Su cara se refleja en un espejo iluminado por cientos de focos y veo ya algunas señales de cansancio en su rostro. Han sido dos días agotadores.

—¿Alguna vez te imaginaste que llegarías a dirigir sesiones tan grandes?

—Nunca. Ni siquiera cuando empezaba mi carrera en Nueva York y veía a los grandes fotógrafos de moda y publicidad. Jamás pensé que llegaría hasta acá.

—No ha sido un camino fácil…

—No, y estoy muy agradecido por las oportunidades. Este mundo es complicado, los fotógrafos son muy celosos y competitivos. No es fácil destacarse.

—¿Crees que ya llegaste a tu punto más alto?

—Lo más bonito de la fotografía es que nunca dejas de aprender. Sigo haciendo cosas nuevas, pero lo importante es que tengo un hilo conductor, sé hacia donde quiero llevar mi trabajo.

—¿Qué buscas como fotógrafo?

—Que mis imágenes perduren en el tiempo. Que después de haber sido tomadas se puedan volver a ver y sigan siendo interesantes. Que no se agoten.

—¿Se hicieron realidad tus sueños?

—Sí, todos.

Mientras lo veo guardar sus cámaras, con extremo cuidado, me pregunto de qué está hecho este hombre indescifrable que ha dedicado su vida a buscar la esencia de los demás. Me quedo sin respuesta: quizá porque no tengo su mismo talento. O tal vez porque algunas personas nacieron para observar y no para ser observadas.

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