El loco de las torres

Publicado: 20 abril 2010 en Sebastián Benedetti
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Esta historia es, en realidad, dos historias.

Una involucra a un ingeniero siciliano que pasó, a finales de la década del los treinta, por la provincia de Buenos Aires, Argentina, y dejó un tendal de construcciones gigantescas en un entorno de pueblos ínfimos. El listado incluye edificios municipales, plazas, portales de cementerios, delegaciones, corralones, mataderos, luminarias, sillas, bancos, Cristos, cruces. Once municipalidades, 16 delegaciones, 11 plazas y parques, 17 mataderos, siete portales de cementerios, cinco crucifijos, dos remodelaciones y ampliaciones, una escuela, dos mercados y un corralón. Setenta obras en menos de cuatro años, entre 1936 y 1940, en más de 30 localidades y a un promedio de una cada 15 días, todas proyectadas, diseñadas y dirigidas por el mismo constructor en sitios con nombres como Balcarce, Rauch, Laprida, Coronel Pringles, Guaminí, Alberti, Tonrquist, Alem, Adolfo Alsina, Pellegrini, Azul, Gonzales Chaves, Chascomús, Salliqueló.

La otra historia comienza en 1991, a bordo de un pequeño avión que vuela bajo, sin plan, con un hombre que intenta avistar una referencia allá abajo, en la tierra. El arquitecto Alberto Bellucci sabe que el objeto que busca tiene que verse desde lo alto, desde lejos. Y lo ve.

El extraño pórtico de cementerio en las afueras del pueblo de Saldungaray, que hizo que una historia no pudiera existir sin la otra, destapó un cofre olvidado que la arquitectura, el cine y la fotografía descubrieron con extrañeza, con cierto placer, casi con fetichismo, a partir de los años noventa. Claro que, tras esas construcciones, apareció un hombre que, a 50 años de su muerte, sigue siendo un misterio: el constructor de todas esas cosas, el siciliano Francisco Salamone.

Cualquier afirmación sobre él y sobre el porqué de su obra se tambalea en la cornisa de las hipótesis. Solamente quedan, inmóviles, magnéticas, sus más de 70 construcciones financiadas por la política de obras públicas del Estado en pueblos de la pampa argentina. Palacios municipales, portales imponentes y ángeles de la muerte, hoy admirados hasta la exacerbación, y sobre los que pesa, también, la acusación de fascismo.

***

Francisco Salamone nació en Catania, Sicilia, en 1897. Sus padres pusieron proa a la Buenos Aires de las oportunidades en 1903. Se sabe que el viejo Salvatore Salamone se trasladó con su oficio de constructor a cuestas, y a los golpes logró sostener a su familia deslomándose entre cal y cemento. Tenía cuatro hijos varones y una niña. Josefa, Ángel, José, Carlos y Francisco. Los varones siguieron los pasos de don Salvatore.

Después de graduarse en el colegio industrial Otto Krause, partió en 1917 rumbo a Córdoba, en el centro del territorio argentino, sede de una prestigiosa universidad. Ahí, dicen los papeles oficiales, en diciembre de 1920 recibió el diploma de ingeniero arquitecto, y en agosto de 1922 juró como ingeniero civil. Al cumplir 25 años, tenía ya dos títulos. El 605 fue su número en el Centro Argentino de Ingenieros. Lo aceptaron en la Sociedad Central de Arquitectos el 24 de noviembre de 1924, bajo la carpeta 957. En esa última entidad tuvo una serie de choques, proyectos ignorados, desaires, hasta que fue dado de baja por falta de pago en 1933. Nunca le preocupó demasiado. Sólo borró toda relación en sus tarjetas personales.

Se sabe, se lee, que se enamoró de las ideas de la Unión Cívica Radical, aunque no prosperó la posibilidad de una candidatura a senador provincial. Pero, estuvo cerca. Y con ese intento se fue toda perseverancia tras los cargos públicos. Se sabe que, contra los rechazos iniciales de la familia de la novia, se casó en 1928 con Adolfina Croft, Finita, hija del cónsul inglés en la ciudad de Bahía Blanca, activo puerto al sur de Buenos Aires. Se instalaron en territorio cordobés, y Salamone hizo sus primeras armas en la proyección y construcción, donde el trazado de una plaza en el pueblo de Villa María queda como único antecedente claro. Eran los años treinta, los primeros de una crisis global que ya sacudía a todo el planeta. Fue en 1935 cuando Francisco y Finita regresaron a Buenos Aires. Y es en realidad allí donde comienza la historia, su historia.

Salamone fue un tipo muy creativo, inteligente, con una capacidad de trabajo enorme, que estuvo en el lugar indicado en el mejor momento”, resume el arquitecto René Longoni. También uno de los principales responsables del redescubrimiento de estas obras después de décadas. Desde mediados de los noventa, coordina el área de investigación de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad de La Plata. Informado, documentado y con un trabajo de campo en el que habrá gastado más de un par de zapatos, Longoni se enfoca en la idea de un arquitecto prolífico que vio su oportunidad y lima cualquier posible mitología hasta dejar al constructor con su tablero de dibujo a un costado de la cama, disponible para plasmar destellos de lucidez mientras dormía sólo tres horas por noche. Apoyándose en la falta de pruebas, aleja a Salamone de relaciones políticas directas, de compromiso fascista, de ideas simbólicas.

“Si querés escribir un artículo interesante no vengas a hablar conmigo —dice—. Hemos dedicado años a darle la dimensión humana al pequeño diablo…”.

En 1936, con elecciones que quedaron en la historia como olímpicamente fraudulentas, en la provincia de Buenos Aires se proclamó gobernador a Manuel Fresco, un personaje de tinte fascistoide y admirador de Mussolini. “No dejamos hacer, ni dejamos pasar: intervenimos”, repetía Fresco. Enmarcada en un país que encaraba su propio New Deal, con la idea de la obra pública y el Estado como motores de la vida del argentino, esa intervención se tradujo en el llamado Plan de Obras Públicas Municipales. Y se recostó en tres leyes de 1937, que permitían programar obras entre 1937 y 1940, y también en una ley de 1929.

Traspasando los márgenes de la Capital Federal, la provincia tiene un primer cordón conocido como Gran Buenos Aires, fabril, populoso y denso. Pero más allá, hacia la pampa húmeda, una red de rutas se entrecruzan y unen 134 municipios (por aquellos años, unos 110) donde el paisaje rural es el denominador común. Un territorio de más de 300 mil kilómetros cuadrados, con unos 15 millones de habitantes. Un pequeño país dentro de otro. Es ese el terreno de Salamone.

“La relación entre Fresco y Salamone no puede ser pasada por alto de ninguna manera. Salamone era un personaje seguramente derechista, casi fascista, con un carácter duro, firme, decidido a construir el Estado provincial”, dice Alberto Bellucci, aquel personaje que sobrevolaba la pampa en avión a comienzos de los años noventa. En aquel momento, por encargo de The Journal of Decorative and Propaganda Arts de Miami, salió a rastrear algún costado desconocido de la arquitectura argentina. Recordó comentarios de colegas y pequeñas tesinas inéditas sobre edificios raros. Con poco tiempo y muchos kilómetros por recorrer, partió hacia Saldungaray, el punto más lejano del que tenía referencias de obras de ese arquitecto que era, todavía, un completo desconocido: Salamone. Bellucci adhiere hoy con todas sus fuerzas a una evidente relación ideológico-arquitectónica. “El gobernador Fresco tuvo en Salamone algo como lo que Hitler tuvo en [Albert] Speer”.

Para Bellucci, Fresco y el constructor caminaron una misma senda de pensamiento, fascista, monumental, propagandístico. Y se apoya para sostener esta idea en las características de la obra, la coincidencia temporal y su desaparición pública posterior.

Siguiendo esa línea, la tríada central del trabajo salamónico fue municipios-cementerios-mataderos. O, lo que sería lo mismo, la llegada de un Estado gigante, autoritario y poderoso al llano inabarcable. Una faraónica materialización de un nuevo orden social. Un reguero de edi-ficios-símbolo marcaban el aterrizaje del verdadero poder. Un gigantismo excesivo en sitios minúsculos, marcaban la poderosa presencia del Estado. Así, basándose en el estilo art déco, brotaron altas torres espigadas, más altas que las de las iglesias, que elevaban relojes hacia el cielo en edificios municipales que se erigían como máquinas de trámites en pueblos diminutos y olvidados.

Los mataderos eran el vértice funcional de la tríada: superando la faena a cielo abierto, muy sucia y despareja, se creó un nuevo sistema de ventilación y tratamiento de la carne, más rápido y funcional. El caso de la ciudad de Pringles quizá sea el más completo con una idea estilística que une municipalidad, plaza central —con sus fuentes mitad Metrópolis, mitad Disneylandia— y un matadero con una torre terminada en delgadas láminas, como cuchillas que presagian su función. Símbolos y más símbolos.

Los portales de cementerios son la columna vertebral de la obra de Salamone. Un monumentalismo plantado en el llano, cuya mayor función era el impacto. El gobernador Fresco inició un proceso de expansión del poder público sobre el campo con “Dios, Patria, Hogar” como lema a seguir. En ese contexto, lo descomunal de estas obras parece encajar al milímetro. Pero, la falta de documentos hace agua en el caso puntual de Salamone. Todos sus trabajos públicos fueron encargados directamente por cada municipio, sin pasar ni depender de organismos provinciales. A través de aquella ley de 1929, cada uno podía endeudarse para levantar obras de interés local. Si hubo directivas, fueron orales. Al mismo tiempo deambulaban por la provincia constructores de todo tipo que hicieron lo suyo, de forma menos dramática —grandes arquitectos como Alejandro Bustillo, Francisco Marseillán, Esteban Pérez, González Fernández—, contratados por otras tantas comunas. Salamone no fue el único, pero fue diferente.

Algunos hablan de una gran amistad entre Salamone y Fresco, y de un encargo personal de grandilocuencia. Otros —como Longoni— sólo mencionan oportunismo, coincidencias, ojo de águila para los negocios. Pero de nada hay pruebas: sólo la interpretación de sus obras. Él nunca dijo nada. Después de ese periodo febril, no hizo casi nada más. No tuvo amigos arquitectos. No hay papeles. Dibujaba, fumaba, iba y venía en vuelos contratados con la empresa aérea Panagra. Construía.

A Salamone, el hombre, “le pedías la luna, y la tenías”. El rostro se le llena de sonrisa a Ana María Salamone Croft, frente a su taza de café negro en un bar porteño. Annie es la tercera hija de Francisco. Eran Ricardo, Roberto, Ana María y Stella Maris; los varones ya no están. Se emociona cuando le menciono esta reconsideración de la obra de su padre, aunque repite una y otra vez que no pudo compartir muchos momentos con él. Se emociona, pero no recuerda. Cuenta que todos los documentos de su padre se perdieron, poco después de su muerte, en 1959, cuando los archivaron en un depósito de la familia en los límites de la ciudad. Con ellos se esfumaron lámparas y mesas de lujo. “No sé, en ese momento yo estaba como en otro mundo, esperando un bebé”, dice.

Sonríe, pero sólo tiene la imagen del viejo Francisco en la planta baja de la calle Uruguay donde la familia vivió los días más felices, él fumando sus cigarrillos Commander uno tras otro hasta conseguir una salud deteriorada, y disfrutando de comidas suculentas. Recuerda vagamente la llegada de los amigos todas las tardes para las partidas de póquer y el vermouth conversado, en los años cincuenta. Ante muchas preguntas menciona a Roberto, su hermano mayor, fallecido el año pasado, el más compañero de Francisco. Le pregunto si conoce las obras que su padre hizo siete décadas atrás. Si las ha recorrido, si se ha parado frente a ellas. Si ha estado en Azul, en Laprida, en Saldungaray, en Pringles. Piensa, calla unos instantes.

Y responde que no.

Los nombres de las ciudades de Azul y Laprida se repiten una y otra vez en textos, charlas, entrevistas y todo cuanto roce al ingeniero. Azul está casi en el corazón de la provincia. Es una ciudad antigua, que hoy tiene poco más de 60 mil habitantes, y allí se levanta la que es hoy considerada su obra cumbre: el portal del cementerio, construido en 1937.

Una masa de hormigón de 21 metros de alto por 43 de frente que abraza toda una esquina. La sigla rip (requiescat in pace) en gigantescas letras de granito negro, y dos esculturas que parecen pequeñas llamaradas enmarcan a una figura inexplicable. Las voces populares se han encargado de llamarlo El Ángel Exterminador o Ángel de la Muerte, parado en el centro de la escena, con sus alas desplegadas y las manos cruzadas sobre la empuñadura de una espada. El rostro tiene el ceño fruncido y, según el sol va bajando, las líneas cubistas, facetadas, parecen moverse. Una vez inaugurado el pórtico, muchos azuleños eligieron enterrar a sus familiares en pueblos cercanos, sólo para no tener que cruzarse con el ángel y dejar a sus seres queridos allí.

Algunas horas de ruta más adelante, la entrada a Laprida conjuga todo lo típico de los pueblos de la provincia. Kilómetros y kilómetros de asfalto, llanura y vacas que terminan en una bienvenida austera, sencilla. Pero en el fondo, controlando el horizonte, hay una torre de líneas rectas y un reloj, que marcan la vida lapridense. Siete décadas después de su construcción, esa torre municipal sigue altiva, mirando con el pecho inflado y desde arriba a la cúpula de la iglesia cercana.

Ante la sola mención de Salamone, el secretario de Gobierno de la ciudad, Pablo José Torres, sale al encuentro gentil, interesado. El “redescubrimiento” de la obra del ingeniero los tomó por sorpresa, y como en todas las ciudades y pueblos que tienen obras del siciliano están sacudiéndose de la siesta para ver qué hacer con edificios y construcciones que de tan evidentes el tiempo volvió invisibles. De tanto en tanto llegan turistas europeos a verlos, y ellos les improvisan un tour.

“Hay una historia que no sé si será verdad… —dice—. Cuentan que el Cristo del cementerio iba en un tren hacia el sur. Dicen que a Bahía Blanca. Y que el caudillo de entonces hizo parar el tren y a punta de pistola dijo: ‘El cementerio se queda acá’ ”.

Ese portal del cementerio de Laprida es, junto con el de Azul y el minúsculo pueblo de Saldungaray, una de las obras más expresivas y extrañas. Al final de un largo camino flanqueado por árboles, la cruz de más de 30 metros de altura, una estructura hueca de hormigón que soporta una figura de 11 metros, domina todo el paisaje. Transformando el típico portal neutro —que aún sobrevive incluso en los cementerios más importantes de la capital argentina— Salamone dibujó un Jesucristo cubista, facetado, como todo lo que salía de sus manos y de su cabeza en esos días, y le llevó las ideas al escultor Santiago Chiérico. En su taller del barrio porteño de Liniers, Chiérico moldeó figuras, hizo pruebas, arregló, multiplicó modelos en escala y terminó, lista para ensamblar, una figura pensada para colocar en una cruz que lo dobla en dimensiones, en un sitio recóndito, de poca importancia comercial y un número de habitantes que no desvelaría a nadie. “Era un gran transgresor. Un impugnador de tradiciones. Lo raro es que muy pocas veces le dijeron ‘no señor, esto no’. Hizo cuanta locura se le ocurrió”, reflexiona Longoni.

La locura de Saldungaray completa sus tres portales de cementerios más monumentales, y lo hace en el mismo sentido que en Laprida. Aquí no hay una figura inefable como en Azul, aquí hay un Cristo. O por lo menos, su cabeza inerte. Y la rodea un disco clavado en la tierra, como si hubiese caído del cielo, de 18 metros de diámetro. Detrás de la cabeza pendiente y su cruz, cristales azulados acompañan una serie de rayos.

Como si las lecturas sobre la significación simbólica e ideológica de las obras no despertaran suficiente imaginación, algunos pueblos esgrimen pruebas y hasta ven milagros en las figuras religiosas creadas por Salamone. En Tornquist, bien al sur de la provincia, descansan municipio y plaza con su firma. De la inauguración del palacio hay sólo un registro fílmico, realizado por un vecino, que aún es conservado en un museo. Desfile, palacio reluciente y desproporcionado, banderas, gente. Las banderas que flamean son lisas y en el centro tienen la cruz svástica. La zona de Tornquist es conocida por ser uno de los cobijos de colonias alemanas, inmigrantes que encontraron allí su hogar. Y lo cierto es que, hacia 1938, la bandera oficial alemana era la del Tercer Reich con su svástica en el centro.

En Carhué, otro de los pueblos con la marca Salamone, el mito ha crecido de boca en boca con los años. Allí, el ingeniero fue contratado para levantar el palacio municipal, el matadero y algunas delegaciones, obras que se inauguraron el 3 de diciembre de 1938. Y ahí también levantó uno de los Cristos-modelo de Chiérico, diseñados por Salamone, que, cuentan, el ingeniero regalaba a modo de ofrenda a las primeras damas de cada poblado en que terminaba su labor. El sitio elegido para el emplazamiento de éste fue la bifurcación de dos caminos, uno que llevaba al cementerio y otro que enfilaba hacia la Villa Lago Epecuén, la pujante zona balnearia de los alrededores. Allí se instalaron el Cristo y su cruz una tarde calurosa de fines de 1938. Pero esa misma noche una fuerte tormenta hizo ceder el cemento apenas fraguado y el Cristo terminó en el suelo, con un brazo roto. Por orden del intendente Marcalain, lo cargaron en un carro y emprendieron el camino hasta un depósito municipal para dejarlo ahí hasta poder repararlo. Cuando llegaron, los empleados caminaron hacia la parte trasera a bajar la sufrida figura de hormigón. Y la encontraron, cuentan, recostada exactamente al revés: donde posaron su cabeza, ahora estaban los pies. Desde ese momento el fenómeno corrió como pólvora en el pequeño pueblo, y su recuerdo aún divide las aguas.

El segundo hecho mítico de Salamone en Carhué también tiene que ver con aguas. El Cristo caído en desgracia quedó en el depositó, y Salamone hizo enviar otro igual para colocarlo en el lugar que había sido elegido. Ese Cristo suplente señaló la división de los dos caminos, al final de una senda de eucaliptos, durante décadas. Pero en 1985 una inundación se llevó a toda la Villa Lago Epecuén: un sistema de terraplenes cedió a la presión del agua y cubrió casas, hoteles, el matadero. Algunos años después de la entrada del agua el nivel era de unos seis metros, y alcanzó su máximo en 1992, cuando llegó a los 10. Pero, y aquí el mito, el agua subió hasta llegar al Cristo del camino. Mojó sus pies, cubrió su cintura, y a la altura del pecho, se detuvo. Y permaneció ahí por años: de la gran masa líquida asomaba un rostro doliente y marcaba el milagro de haber detenido el avance del agua, que nunca llegó hasta Carhué, la ciudad cercana.

Las devociones no se hicieron esperar, y la gente se las ingenió para acercase en botes, dejar ofrendas, y en la mayoría de los casos, llevárselas. Después de mucho el municipio construyó una explanada de madera, para que la gente pudiera acercarse caminando. Hoy el agua volvió a bajar y la figura está de nuevo al descubierto, con sus manos arrancadas y el cuerpo carcomido por la enorme salinidad del lago.

Su ignorado Cristo antecesor, luego del temeroso encierro en un galpón, fue instalado a unos 70 kilómetros de allí, en un campo, solitario. Ese Cristo del Médano, con su origen tan accidentado como misterioso, recibe, hoy, fieles y devotos.

Claro que Francisco Salamone nunca llegó a saberlo.

Las décadas del cuarenta y del cincuenta fueron las del eclipse. Desde 1938, mediante una alianza radical-conservadora, Roberto Ortiz había reemplazado a Agustín P. Justo en la presidencia, en un giro político que cambió el escenario: con la idea de sanear la política, en marzo de 1940 el gobernador Fresco fue corrido de su cargo. El plan de obras ya venía con el freno apretado desde mediados de 1938 por falta de materiales y problemas económicos por el inicio de la guerra en Europa, lo que comprime aún más el promedio de tiempo en que Salamone levantó sus construcciones. Cuando intentaba dar las últimas puntadas a su mapa de obras, los proyectos de ciudades como Tres Arroyos o Lobería se descartaron de plano. Sólo quedó, perdido en el final e inaugurado ya en 1940, el palacio municipal de Chascomús, un diseño atípico en él, de rasgos neocoloniales que lo hacen irreconocible.

El final abrupto del gobierno de Fresco lo arrastró. Del pensamiento de Salamone no hay rastros, pero su enorme producción en el marco del gobierno de un hombre de saludo con brazo en alto y retratos de Hitler y Mussolini vistiendo su despacho, que era mimado por los medios partidarios de Il Duce, seguidor de las políticas italianas de la época (como un código de trabajo inspirado en la Carta del lavoro de Mussolini), de la propaganda masiva, e integrante de organizaciones de derecha, lo condenó.

Recluido en su casa, tres años después un juicio puso a Salamone entre la espada y la pared. En realidad se trataba de una acusación casi ingenua, mientras se producía un nuevo golpe de Estado: problemas en una pavimentación en Tucumán, provincia del norte, en la que había firmado como director técnico. Lo mejor era el exilio, le dijo su abogado Antonio Tróccoli. Y así, las calles de Montevideo lo vieron llegar para evitar la prisión preventiva, hasta que se limpiase su buen nombre y honor. Los días montevideanos se repartieron entre la angustia de sentir la cabeza en la picota del régimen caído, y momentos de hiperactividad dibujando planos utópicos, pensando en pasar más tiempo con Finita y los chicos, con los amigos, volver a sus “arquicaricaturas”, unos retratos facetados con los que solía divertirse.

Salamone pisó Buenos Aires en 1945, y ese año Finita le dio su cuarta y última hija, Stella Maris, que nació el 16 de septiembre. Se instalaron en la casa que el siciliano amó hasta su muerte, en la calle Uruguay 1231. Cuatro pisos con una habitación para que Finita se dedicara a la escultura, y hasta un gallinero en la parte trasera. Ahí montó la oficina de Safrra (ya no se presentaría como Francisco Salamone Ingeniero Arquitecto), una sigla que unía algunas iniciales familiares, y se autofinanció para poder levantar algunos pocos edificios en la capital, completamente alejados de su estilo de años atrás. Siguió haciendo algunos trabajos de pavimentación, y poco más. Pero su ostracismo arquitectónico fue acompañado por una sociabilidad enorme: trasnochaba, cuidaba cada vez menos su salud. Ya había sufrido dos infartos, a los 30 y a los 40 años, y sólo había aceptado desprenderse de sus Commander.

La planta baja de la casa era el lugar de reunión de todas las noches. Los amigos, el póquer y las copas aparecían religiosamente cada tarde. Desde el segundo piso, donde estaban los dormitorios, la pequeña Stella Maris espiaba, asomada a un círculo enorme que le permitía ver el living en pleno. Durante esos días el único proyecto grandilocuente eran unos bocetos para una utópica Torre de las Provincias, de 64 pisos, con un faro en lo alto, y ubicada en pleno centro de Buenos Aires.

Finita era todo lo contrario a Francisco. Solitaria, casi fóbica. Como tenían una situación económica sumamente tranquila, veraneaban siempre en la costa, a veces cerca del balneario de Miramar. Y un día, Finita se quiso quedar. La familia se mudó a un edificio en Mar del Plata, mientras Salamone seguía instalado en sus oficinas de Buenos Aires, trasnochando y sin cuidarse. Eso fue hacia 1951, o 1952.

Stella Maris, ahora con 64 años, se emociona en su casa de Mar del Plata. Decidió quedarse para siempre en esa ciudad. La única excepción fue en su adolescencia, cuando se instaló por un tiempo en la capital con su papá. Y entonces fue cuando él murió en sus brazos.

“Tengo un reloj que no lo prendo nunca. Porque tiene el mismo movimiento, el mismo sonido que sus pisadas cuando se acercaba al corralito en el que yo estaba de niña. Cuando lo oía, me volvía loca. Estoy enamorada de mi papá”, dice y remarca el tiempo presente de su estoy.

A sus 14 años, dejó la casa materna en Mar del Plata. Ya Salamone había tenido que vender la casona de Buenos Aires y con ella, cuentan, se había marchado parte de su alma. Los motivos eran económicos, aunque nunca llegaron a ser apremios graves: compró un dúplex y Stella se instaló en el piso superior, feliz con su jaula para animales que él le mandó construir.

Mientras, el art déco quedaba definitivamente fuera de los cánones de belleza de la academia y empujaba aún más a Salamone al fondo del interminable cono de sombra. Annie tiene grabadas las visitas diarias del enfermero, cada inyección para la diabetes, a lo largo de 1959. En el atardecer del 7 de agosto de ese año, Finita estaba en Buenos Aires y tomaba algo con su marido. Hablaban, todo parecía estar bien. Stella se recuerda junto a ellos, moviéndose de un lado a otro. Horas después, en plena madrugada, despertaba sobresaltada por los gritos de su mamá. Aquella noche corrió a la habitación de sus padres, donde Francisco respiraba con un esfuerzo fatal. Lo abrazó, lo apoyó en su falda, y en pocos minutos, lo vio morir. “Ahí se me cayó el cielo”, recuerda. El tenía 62 años, ella 14.

Stella Maris habla de su padre con amor. Tiene, dice, más recuerdos con él que con Finita. Su madre se desligaba de los quehaceres domésticos, y de ellos. La niñera alemana ordenaba los días de Stella, y sus hermanos mayores Ricardo y Roberto se mantenían a raya por la figura paterna.

Le pregunto si recorrió las obras que le dieron fama a su padre. Otro silencio. “Alguna —responde—. Estuve en el pueblo de Rauch, donde hizo la municipalidad”.

—¿No conoce ninguno de los portales de cementerios que hizo su padre?

—No.

***

La historia que comenzó a escribir el arquitecto Bellucci en aquel avión tuvo capítulos de todo tipo en los últimos años. El texto que publicó en aquella revista estadounidense disparó la atención del crítico y coleccionista de arte Edward Shaw y de su hijo Tom, que salieron, cámara en mano, a captar imágenes de las construcciones. Eso terminó en las exposiciones fotográficas “Salamone, la consagración”, de 1997 y 2007, ambas en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires. La primera muestra, a su vez, despertó el interés de Esteban Pastorino Díaz, fotógrafo argentino que atravesó rutas entre 1998 y 2001, y capturó los monumentos siempre de noche, con una técnica que acentuaba la llanura tétrica del entorno, en contraste con la majestuosidad de lo construido. Las expuso en 2002 en Buenos Aires, y se convirtió en un verdadero imán, disparando una nueva oleada de admiradores del ingeniero.

René Longoni y su colega Juan Carlos Molteni publicaron el libro técnico Francisco Salamone, sus obras municipales y la identidad bonaerense, en 2004. Algo similar ocurrió en la Universidad de Mar del Plata, con un trabajo de dos volúmenes. En estos días, el arquitecto Pablo Gerson ultima detalles de un documental audiovisual, atraído por las descripciones que el mismo Bellucci le hizo hace algunos años, durante las clases en la facultad.

Uno de los últimos mojones del “rescate” data de 2008, cuando el director argentino Mariano Llinás —director, también, de la prestigiosísima cinta Balnearios— incluyó en su película Historias extraordinarias un pequeño documental acerca de Salamone. Una biografía oscura, inflamada, que lo presenta como “El hijo del diablo”, y da un último baño de misterio a las gigantescas construcciones pampeanas.

Sin embargo, mientras en la web crecen grupos de fanáticos que quedan atrapados por esta monumentalidad extraña (la mayoría jóvenes que se reúnen para recorrer las obras y compartir material) en muchos municipios no logran despertarse del todo al legado del Loco de las Torres, como lo llamó un periódico de la época. Incluso hay quienes aún hoy no ven con buenos ojos las construcciones, y no son pocos. El caso extremo ocurrió en el pueblo de Balcarce, donde una confitería circular ocupó el corazón de la plaza del pueblo, terminada por Salamone en 1937. El diseño que permitía el paso en vehículo por dentro del trazado nunca fue del gusto de los lugareños. Apenas unos años después de inaugurada, los propios vecinos tiraron abajo lo que habían llamado “la torta de bodas”. Casualmente, ese mismo mote tiene todavía la tardía municipalidad de Chascomús, la última del siciliano, que detrás de la fachada neocolonial ve asomar un gran cilindro. La aceptan. Pero no mucho.

En 2002, la sanción de una ley provincial declaró Patrimonio Cultural toda obra de Salamone, para evitar más modificaciones edilicias. En abril de este año, los municipios de Tornquist, Guaminí, Coronel Pringles y Laprida elevaron al gobierno sus informes para volver a cero la estructura de las obras de cada distrito. En todos ellos, durante todos estos años se movieron luminarias, se agregaron elementos, se modificaron trazados.

En estos momentos, por el aniversario de su muerte, en ciudades como Azul y Pringles se hacen, como nunca en décadas, jornadas de conmemoración.

Finita no llegó a ver nada de todo eso: ni reconocimiento, ni admiración, ni muestras, ni nada. Murió a mediados de los años setenta. Su hijo Ricardo falleció hace unos 20, y en 2008 murió Roberto. Sus hijas Annie y Stella recuerdan la normalidad de una familia pudiente, una madre sumisa y un padre carismático y bondadoso que nada parecía tener de extraño. Y, aunque le profesan admiración, nunca, jamás, se acercaron a ver su obra.

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comentarios
  1. Roxana Martel dice:

    Fascinante!

  2. Animal Plamet dice:

    Excelente nota!!! Gracias por este regalo

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