Esto es lucha

Publicado: 30 abril 2010 en César Castro Fagoaga
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Esa máscara, que en este momento está agonizante y destrozada por los jalones, es lo único enigmático del personaje. Salvado eso, de místico, Místico solo tiene el nombre. Porque al verle en ese pequeño cuarto que apesta a sudor, pronto queda claro que lo suyo no es el éxtasis ni las revelaciones. Místico difiere mucho de lo que uno cree, de la imagen de héroe que se ha labrado a fuerza de prestar su imagen en videos musicales, en anuncios para vender cemento y en los spots de la pasada campaña del presidente mexicano Felipe Calderón.

Místico es paticorto, con la voz empalagosamente dulce y dueño de esa complicada habilidad que tienen los futbolistas para dar declaraciones después de un partido. En ese mismo cuarto, que hace un momento estaba vacío, una docena de aficionados lo esperan para tomarse una foto, para rogarle que les dé las medidas de su cuerpo para confeccionarle un traje. Más allá de esas paredes, en el escenario que ha dejado atrás, cientos le despiden con aplausos y gritos. Muchos otros le mientan la madre. Místico es un fetiche.

Aunque suene vulgar, lo de esta noche ha sido increíble. Esta noche de viernes, en la catedral, no hubo rudos ni técnicos. Los combates han sido por lugar de nacimiento, una modalidad nueva que ha develado comportamientos impensables en el público. Hubo luces de discoteca y humo con olor dulzón. Cuatro mujeres, sensualmente operadas, se pasearon cada tanto por las cercanías del escenario para anunciar una nueva caída. Los luchadores volaron, se golpearon y hubo dos que se besaron. Uno de ellos, amanerado y vestido entero de rosa, fue vitoreado por el público mexicano. No fue un espectáculo de circo. Esto es lucha libre y probablemente después de leer esto usted quiera asistir a una función.

Frausto Zamora, que alguna vez ocupó el cargo de secretario general de la Comisión para la Lucha Libre en México, dijo en 1994: “Una arena, guardada la proporción, es como una iglesia. A la iglesia se va a orar y a la arena se va a sacar todo aquello que uno guarda la semana”. La Arena México fue construida en 1956. Es un coloso que despertaría la envidia de cualquier campo de fútbol de provincia: le caben 17,000 personas. Este viernes el aforo está a la mitad. El programa es particularmente diferente al de otras noches. Hoy, 22 de enero, la cartelera tiene tres luchas, digámosle normales, y un combate por el campeonato mundial completo. La etiqueta mundial, sin embargo, es azarosa. Salvo los tres japoneses, el par de gringos y algunos puertorriqueños, el resto de luchadores son mexicanos. Pero lo de mundial suena bien.

Lo novedoso de esta noche es la primera eliminatoria del torneo nacional de parejas que organiza el Consejo Mundial de Lucha Libre, una de las tres grandes empresas que en México se dedican al negocio de la lucha libre. El Consejo es además dueño de la Arena México y de la Arena Coliseo.

El torneo está diseñado para que los luchadores se enfrenten según su escuela de preparación. Distrito Federal, Jalisco, Nuevo León y la Comarca Lagunera, en el estado de Torreón. Una especie de todos contra todos. Al principio cuesta entenderlo: en el evento principal no habrá rudos contra técnicos. Uno podría preguntarse: ¿A quién entonces apoyará la porra Tepito, la fiel afición de los luchadores técnicos, esos que siempre se apegan a las reglas?

***

La Arena México huele a palomitas de maíz o en todo caso a aceite de maíz reutilizado. El espectáculo está programado para las ocho y media, pero aún falta media hora y el público siempre es impuntual. Hay un hormiguero de vendedores con gabacha blanca que acosa todo lo que puede. Ofrecen cervezas en vasos de cartón, bolsas con chicharrones, sopas de vaso ya preparadas, imitaciones de máscaras, tortas de jamón, helados fosforescentes y muñecos, tamaño Barbie, de los luchadores estrellas. Obviamente también hay palomitas.

Las sillas a colores, azules, rojas, verdes y naranjas, se ocupan a ritmo perezoso. Hay muchos huecos aún. Deliberadamente escojo la parte central de la fila número 30. Separada por una red metálica y un pequeño muro, la 30 topa con la primera fila del preferente central. Ahí comienza el sitio exclusivo de la porra Tepito. Son seis filas, una treintena de sillas, separadas del resto por esas cintas amarillas policiales. Es el único lugar de la arena que tiene luz propia.

La porra Tepito llega escalonada. Samurai es de los primeros en sentarse, cómodo frente a la malla agujereada. Va con otros dos chicos, cargados todos con mochilas y bolsones. El misterio se devela de a poco. Samurai, un mexicano muy moreno y con saludables cuerdas vocales, saca de su mochila una maraña de cables, reflectores y varias bombas de aire, de esas pequeñas que sirven para inflar balones y las llantas de bicicletas. Los reflectores en las esquinas y los cables se unen con las bombas y posteriormente con las cornetas. Comienza la prueba de sonido: Cuac, cuac, cuac. Una estridencia que inunda la arena y que se prolonga por varios minutos. Samurai sonríe satisfecho.

Para entender la naturaleza de la porra habría que hablar de Tepito. Un punto de comparación sería los alrededores del parque Hula-Hula o algunas calles de Mejicanos o la Zacamil. Pero Tepito es más: el tozudo complejo habitacional, comercial, caótico y sincrético de la capital de México. Es “el barrio bravo”. Una red compleja de calles de comercio informal, punto nada despreciable de distribución de drogas, centro de adoración permanente a la Santa Muerte, galería callejera de murales, fábrica de albures (frases y palabras de doble sentido), anunciados puntos de asaltos, noche convulsa y cantera de deportistas. Místico nació en Tepito. En el mismo barrio se crió Cuauhtémoc Blanco, el amado y odiado futbolista que saltó a la fama con el América, ese amado y odiado equipo.

De las bolsas salen camisetas moradas con una gigante serigrafía en el pecho: Porra Tepito. En la parte de atrás, como en cada rincón de esta publicitada arena, las camisetas lucen su patrocinador, Taquería Chabelo. Chabelo es un tipo gordo de bigote acicalado, luchador amateur, de nombre Jesús Ornelas, que llegará de último, poco antes del inicio de los combates más importantes.

El escenario, el ring, está al centro, visible desde todos los puntos de la Arena. Frente a uno de los costados, en dirección a la porra Tepito, hay una estructura que no puede pasar desapercibida. Es una rampa que conduce a una tarima; tras la tarima, una pantalla gigante a colores que anuncia distintas marcas; después, escalones a ambos costados que dan paso a un nuevo entablado. En este último, flanqueado por dos túneles, es donde comienza todo. De los túneles salen los luchadores, a la derecha los técnicos; izquierda, los rudos. Arriba es donde se pavonean, posan y apuntan con el dedo hacia al público que los venera o insulta, según sea el caso.

Pero antes sale otra comitiva. El anunciador, un tipo joven que alarga la “o” hasta sus últimas consecuencias, toma el micrófono para presentar a las edecanes de la lucha. Son cuatro mujeres en diminutos trajes brillantes de cuero . Ceñidos y con mucho escote. Su trabajo en la rampa es sonreír, menear la cadera, arrojar besos como dulces y soportar los insultos de algunas mujeres del público. La Porra Tepito tiene a su diva. Samurai se pone de pie y chifla cuando mira a lo lejos a Isabel, una petisa colombiana, que ahora mismo está sonriendo en dirección nuestra. “Ahora”, grita Samurai, y la porra despliega una enorme pancarta, la más grande que tienen, que sacarán cada vez que Isabel camine por la rampa. “Te amamos –dice la pancarta–, eres la más guapa de la CMLL”. Encienden los reflectores. No hay manera de que la Tepito pase inadvertida.

Tras la declaración de amor, Isabel se da la vuelta y saluda. La Tepito le chifla, Samurai la despide: “¡Con esa torta y una Fanta, hasta mi pajarito cantaaa!”

La primera lucha es entre dos parejas. Trueno y Sensei se enfrentarán a Inquisidor y Apocalipsis. Esta vez no hay música particular para recibirlos. Tampoco se proyectan videos en la pantalla gigante, algo habitual para las estrellas, imágenes en movimiento que muestran a los luchadores subiendo los brazos y apretando los bíceps. Estos cuatro son “gatos” y entran con mucha humildad. La lucha, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo, es aburrida. Especialmente por esto último: se tardan mucho. Los gritos de hastío vienen de todas partes: “Ya luchen, cabrones”.

Samurai participa. Sus alaridos atraviesan el tinglado. “¡Cámara, cámara, ya me aburrieron hijos de su rechingada madre!” Y muchos se carcajean, como la pareja que está dos filas abajo, ella muy maquillada; él con un vaso grande de cerveza y con la máscara puesta de Mr. Niebla, un luchador apestoso que aparecerá más adelante.

La siguiente lucha es más narrable. El presentador vestido de traje negro anuncia que el árbitro es “Terror Chino”. El Terror es un hombre encorvado, de 60 años, y es el encargado de dirimir esta y un par de los combates más. Es curioso el papel de los árbitros. Este es el único caso donde a los árbitros no se les hace ningún caso. Da igual que gesticulen, que intenten separar, que regañen a los luchadores como si fueran niños. Su papel es otro: es representar la figura de un árbitro.

A Terror Chino le siguen los técnicos Diamante, Pegasso y Metálico. Después saldrán, uno por uno, Dr. X, Bronco y Holligan. Hay un despliegue de máscaras y vestuario. Holligan, por ejemplo, va con una camisa ajustada que le aprieta la barriga y de su máscara cuelgan tiras de cuero que le cubren el cuello. Bronco tampoco es atlético porque en esta arena no todo es músculo. Los gritos en esta lucha están dirigidos a él: “¡Bronco, tienes cuerpo de tamal!”. Bronco, un joven muy alto y con una sencilla máscara azul, es un luchador con un cinturón de carne y grasa. Más que tamal, Bronco parece bujía. La porra Tepito se suma a la acometida con una defensa falsa: “¡Hijos de su reputa madre, no porque lo vean pendejo abusen!”

La primera caída la ganan los rudos. Los ganadores no respetan las reglas, dan patadas arteras, arengan al público, reciben cantidad de insultos y eso los hace felices. Por eso son rudos. En una acción previa, Holligan ha pateado en la cara a Diamante; después, los tres, Holligan, Dr. X y Bronco han pateado en la cara y en el pecho a Pegasso. El trío ha entrado al ring haciendo caso omiso a los órdenes del árbitro. También han hecho llaves prohibidas, a juzgar por los gestos de desaprobación de Terror Chino, en las piernas y brazos de Metálico, que hacía muecas de dolor.

Esto es una novela bien contada. Demostrado ya el conflicto, el nudo no podría ser otro que la victoria de los técnicos en la segunda caída. El castigo que recibieron antes no duró demasiado, y Diamante luce renovado, fresco, dispuesto a dar vueltas alrededor del Dr. X antes de arrojarlo a la lona. Los aplausos son para lo más vistoso, para las caídas espectaculares, especialmente cuando estas ocurren fuera del ring. Las patadas en los testículos, como la que acaba de recibir Pegasso, también son populares.

La tercera caída la ganan otra vez los técnicos. El desenlace es de ellos.

Hay una calma antes del evento especial. La porra Tepito ambienta con más graznidos de las cornetas. En los pasillos, una conductora de Televisa, alta y guapa, con una minifalda más ancha que larga, recibe la atención general mientras entrevista a Rey Bucanero, un luchador que esta noche llegó a la Arena maquillado, como de costumbre. Esta vez será espectador y comentarista.

El anunciador, de nombre Armando Gaytán, se ha trepado de nuevo al escenario y está a punto de proclamar el inicio del torneo nacional increíble de parejas. Místico, como dice el brillante y colorido programa, será pareja de Averno.

Arturo Rosas Plata, en el periódico Ovaciones, ha escrito este viernes de enero: “Mucha expectación ha causado el torneo, ya que pueden darse, además, nuevas rivalidades y, posiblemente, alianzas, tal como ocurriera en la década de los sesenta, cuando El Santo formó una pareja casi indestructible con Gory Guerrero o, bien, el mismo plateado con Black Shadow, el Solitario y Doctor Wagner, al igual que los hermanos Shadow (Blue Demon y Black Shadow)”.

Como El Santo, Místico es técnico. Doctor Wagner, como Averno (literalmente infierno), es rudo. Místico y Averno son enemigos. A ver cómo acaba esto.

***

La Biblioteca Nacional de México, alojada en el espacio cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, tiene una buena cantidad de libros sobre lucha. Los hay básicos, como el de Carlos Hoffmann (1960), “Lucha libre”. En él, con ilustraciones de Carlos Verduzco, se puede aprender, en teoría y siguiendo una hoja de papel, las llaves más tradicionales de la lucha: la quebradora, cangreja, tapatía, tabla marina, estaca india, yegua, la cruz nipona o la Nelson, la llave que neutraliza pasando las manos, por la espalda y bajo los brazos del rival para unirlas detrás de su cuello. Sobre esta última, popular donde las haya, el escritor dice: “Cuando está correctamente aplicada, necesariamente produce la fractura de las vértebras del cuello, pues como el lector comprenderá estos no son lo suficientemente fuertes equiparados con la fuerza que tienen dos brazos unidos en un mismo afán”. En 1960, cuando Hoffmann escribió su libro, aún no existía “la mística”, una llave que se ha hecho popular en los últimos años.

Hay libros más actuales y académicos. Un estudio antropológico sobre la lucha libre es el escrito por la alemana Janina Möbius, publicado en 2007. “Y Detrás de la máscara… el pueblo”, un compendio de entrevistas a luchadores, escritores, una zambullida en decenas de estudios sobre el comportamiento humano, la cultura de masas y revistas de box y lucha, es un libro que muestra a la lucha libre en sus diversas facetas: como deporte, como espectáculo popular, como ritual y como show televisivo.

Dice Möbius, en su libro: “La lucha libre no es un evento deportivo ‘puro’, sino la escenificación de un deporte de competencia que, empleando medios específicos de la dramaturgia y del teatro, presenta narraciones para un publico determinado”.

Después, sobre el espectáculo: “El énfasis en la gestualidad, la exageración de las acciones y el componente actoral de algunas interacciones entre los luchadores tienen un manifiesto carácter de slapstick que el público disfruta mucho. Cuando por ejemplo a un luchador le toca recibir una carretada de golpes y de llaves, permanecerá de pie sin moverse, hasta que de pronto caerá de manera espectacular al suelo”.

Algunas páginas adelante cita a Carlos Monsiváis, el escritor mexicano aficionado a las luchas. Dice Monsiváis: “Tal vez el más profundo de los escenarios de la lucha libres se localice en la zona de los gritos, ese elevadísimo juego diabólico que construye el evento, apuntala al ídolo, desfoga al espectador, reinventa la Guerra Florida. ‘¡Queremos sangre! ¡Rómpele su madre! ¡Friégatelo! ¡La quebradora, cabrón! ¡No lo dejes! ¡No te quedes ahí paradote! (…)”

***

Más gritos entre las gradas: “¡Místico, Místico, eres un puto!” La canción que ha sonado poco antes en los altavoces de la Arena México avisa que Místico saldrá pronto hacia el ring. Es una tonada con cánticos en latín. Pareciera que algo o alguien sacrosanto saldrá de los camerinos. Los insultos no han salido de la porra Tepito. Samurai presiona la bomba de aire y responde: cuac, cuac, cuac, cuac, cuaaaaaac, los cincos soplidos que en esta parte del mundo se entienden como “Chinga tu madre”, un grave insulto en México. “Por si acaso”, me dice Samaurai.

Aquí, “puto” significa “culero”. Es decir, gay. Hasta donde se sabe, porque la vida privada de los luchadores es aún misteriosa, Místico no es puto. Vive en un apartamento de la colonia Roma, cerca del centro de la Ciudad de México, con su esposa y dos hijas. Yo también vivo en la Roma. Alguna vez lo había visto, a Místico, paseando en su moto pandillera por las calles del barrio, con gafas oscuras y un casco negro por el que le asomaba el cabello teñido de rubio. En ese momento no sabía de quién se trataba. Fue después, al investigar sobre él, al ver un video no oficial suyo en YouTube, donde se pasea sin máscara, después de haber visto un par de fotografías colgadas en blogs, con el rostro descubierto por la treta de un luchador rudo que le quitó ilegalmente su máscara, cuando me di cuenta de que Místico era mi vecino.

Antes de la fama, es decir, antes de que protagonizara el video de la canción “Me muero”, del grupo español La Quinta Estación o de que tuviera su propia revista de cómic (“Místico: el Príncipe de Plata y Oro”, a $0.56 el ejemplar), Místico tuvo otros nombres. Se llamó Deportivo Kid Azteca, Dr. Karonte Jr. y Astroboy. Fue el 18 de junio de 2004 cuando debutó con la máscara plateada con destellos dorados. Tenía 23 años.

Visto de frente, pareciera que la máscara de Místico está decorada con un sol muy dorado, rodeado de rayos, que le separa los agujeros del antifaz. Pero es otra cosa, acorde a su personaje. Desde la CMLL, la empresa que gestiona al luchador y dueña de la arena donde estamos sentados, me dicen que se trata de una hostia. Así, con esa imitación dorada de las delgadas hojas de pan ácimo que se dan en las misas católicas, el traje de Místico tiene su lógica. Lleva estampadas grandes cruces en los costados de su ceñido pantalón blanco. Muchas veces lleva camisetas con un crucifijo bordado en el pecho. Los complementos de la máscara, además de la canción en latín que utiliza cada vez que entra en una arena, son unas cintas en los antebrazos con la letra “M” y unas muñequeras con forma de alas. Un traje, que con todo y capa y botas, puede llegar a los $400.

A finales del año pasado, la revista Chilango lo entrevistó y le preguntó qué hacía cuando no llevaba puesta su famosa máscara, que se puede encontrar desde cuatro a veinticuatro dólares en las aceras aledañas de la Arena o en los puestos del mercado de artesanías La Ciudadela. Místico respondió: “Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes”.

Esta noche, sin embargo, la máscara no es ni plateada, ni celeste, dorada o rosada con blanco como otras veces. Esta vez sale con cachos.

La final de la primera eliminatoria del Torneo Nacional Increíble de Parejas la ganan Máscara Dorada y Atlantis, “el ídolo de los niños malos”. Místico y Averno, los rivales ahora aliados, pierden la final. Antes de llegar a la final, Atlantis y Máscara Dorada derrotan a Mr. Niebla y Máximo. Es la pelea de la noche.

Mr. Niebla es sinónimo de peste. El personaje es apestoso, a juzgar por el rostro de Máximo, que se asquea y le rocía perfume desde un vaporizador rosa. Mr. Niebla va vestido de negro, con máscara roja y negra, y una piel en la cabeza que simula un animal muerto. El anunciador lo exhibe: “Con su ritmazo, directamente desde el basurero llega el carroñero, ¡Mr. Niebla!” La música que le acompaña al entrar es una cumbia villera, una canción popular del grupo argentino Los Pibes Chorros llamada “Colate un dedo”. Mr. Niebla baila e invita a su compañero que viene detrás, tímido, a mover las caderas. Máximo, vestido con una malla rosa, una mezcla de atuendo de gladiador y un tutú, baila la cumbia con la delicadeza de una teibolera.

Máximo, “el glamur de los cuadriláteros”, es exótico. En su cabeza lleva un corte mohicano teñido de rosa y su estilo de lucha invitaría a pensar a cualquiera que se trata de un luchador no tan macho. En lugar de arrojarse de frente, cuando está arriba de la tercera cuerda, Máximo se arroja de nalgas; en lugar de pegar con el puño cerrado, Máximo da cachetadas. Y besos.

Casi al final del combate, Mr. Niebla y Máximo, apodados desde entonces como “la Peste del Amor”, parecen estar a punto de ganar. Sometido por Mr. Niebla en una esquina, inmovilizado por una llave Nelson, Máscara Dorada está en bandeja para el beso de la muerte. Máximo, en el centro del ring, se gira sobre su eje para escuchar los gritos del público: “¡Beso, beso, beso!” Entonces se agacha y se pone en cuatro. Comienza a gatear, despacio, mientras simula dar arañazos con una de sus manos. Máscara Dorada se intenta zafar. Es inútil. Máximo contornea su lengua y ruge. Le da un beso en la boca (o eso parece en la distancia) y Máscara Dorada rueda por la lona, como si se tratara del más terrible de los golpes.

La misma artimaña la aplican los rudos con Atlantis. A los rudos se les permite eso: que haya dos o hasta tres de ellos sometiendo a un solo técnico. Después de haberle golpeado, Mr. Niebla sujeta a Atlantis para que Máximo se acerque con sus labios. El público exige el beso y Máximo se acerca despacio, como de costumbre. Un poco más, más cerca. Atlantis se suelta en el último momento. El beso lo recibe Mr. Niebla, que se limpia con ganas la boca. Desde donde estoy, junto a la porra Tepito, que le aplaude a Máximo y le pide besos, no es posible saber si es un beso sincero.

Roberto Mancía, el fotógrafo que me acompañó a la Arena, me comentó después lo que vio en los labios de Mr. Niebla: “Me besó este cabrón”.

Tras su eliminación, quise hablar con Máximo. El personal de la CMLL me llevó a los camerinos, a los que se accede después de pasar dos controles de seguridad y una gruesa puerta metálica. Entré al pequeño cuarto donde minutos después hablaría con Místico. Máximo llegó apurado, vestido ahora con camiseta y pants.

Máximo es nieto e hijo de luchadores. Su padre es también singular. Se hace llamar Brazo de Plata, aunque es conocido como Super Porky: es un gordo seboso, de más de 230 libras (más que sobrepeso cuando se mide 1.70 metros). La especialidad de Super Porky, como se esperaría, son los golpes con la panza.

Le pregunto a Máximo sobre la idea de su personaje. Él, con su voz de locutor de radio, me aclara que no es gay y dice: “El personaje… pues buscábamos que la gente tuviera una idea por el nombre y luego darle otra. Máximo es un nombre masculino, fuerte, pero es exótico. Tú lo puedes presenciar: es un alegre”.

¿Te gusta o te incomoda hacer este personaje?, pregunto. “No me incomoda”, responde Máximo, “al contrario, al principio fue difícil porque llevas dos personajes al mismo tiempo, el bando en el que estás, los rudos, y trabajar este personaje de Máximo. Gracias a Dios que gusta, gracias al público pues es quien nos hace o nos deshace”. El público corea a Máximo.

***

Llegó el momento. Suena “Ameno”, la canción del grupo Era. Averno y Místico entran juntos, van de negro pero hay algo raro. Parece como si se hubieran combinado: Averno lleva los cuernos de siempre, que se yerguen sobre sus sienes, pero además lleva la hostia en medio de los ojos. Místico ahora lleva cuernos.

La rivalidad entre ambos se remonta a 2005, cuando Místico venció a Averno y ganó el campeonato de peso medio de la CMLL. Pero esta noche ambos representan al Distrito Federal. La primera riña, antes de la final, es contra Terrible, un luchador que aparenta ser un roquero duro, y Volador Jr., un (ex) amigo del Místico en el llamado Sky Team. Místico hace lo suyo: se trepa a la tercera cuerda y se lanza de espaldas hacia Volador Jr. El atacado, vestido también de negro, da patadas entre las cuerdas y se arroja cada vez que puede fuera del ring.

Poco importarán en esta caída Averno o Terrible. La lucha es entre Volador Jr. y Místico. El público grita. La porra Tepito aún apoya a su héroe con las bombas de aire. Samurai está extrañamente callado. La Tepito tiene una buena cantidad de fotos gigantes de sus ídolos, que se levantan para animarlos. Esta noche, pese a estar ahí, la foto brillosa del Místico no será levantada.

Místico lleva la delantera. Aprovecha que Volador Jr. está aturdido para rematarlo. Prepara “la mística”. Místico se lanza de costado y sujeta con un brazo a Volador Jr., gira a su alrededor y consigue sujetarle el cuello con ambas piernas. Recorre de un lado a otro el cuello de Volador Jr. y afloja las piernas y vuelve al brazo izquierdo de su oponente, donde había iniciado, para tumbarle y aplicarle una palanca. Volador Jr., tirado de espalda y con el brazo supuestamente inmovilizado, consigue liberarse. Místico se vuelve rudo. El árbitro mira hacia otra parte. Místico da un golpe ilegal y le arranca la máscara a Volador Jr.

Hay desconcierto. ¿Místico se ha vuelto rudo? ¿Ya no respeta las reglas? Buena parte del público lo insulta. Averno, a su lado, está acostumbrado. Hay empujones y, como pasa cuando una nueva rivalidad parece nacer, Volador Jr. toma el micrófono y reta a Místico delante de la audiencia: máscara contra máscara. El otro acepta, pero aún no hay fecha.

Los gritos de “¡Místico puto!” opacan cualquier otro ruido o música. La Tepito apaga sus luces. Místico entra al cuarto que apesta a sudor después de su siguiente lucha, la final perdida contra Atlantis y Máscara Dorada. Aún está exaltado y habla entrecortado. Trae la máscara negra desgarrada, casi destrozada por los dos combates previos. Su nariz está a la vista porque la hostia ha desaparecido por los jalones de Volador Jr. y Atlantis. Sus lentes de contacto blancos todavía están en su sitio. Dentro del cuarto hay varios periodistas y fanáticos. También están su asesor, un hombre con gafas oscuras (es de noche), y Averno, que espera la oportunidad para hablar con la prensa.

Pienso en preguntarle sobre su carrera, sobre la construcción del ídolo, sobre los anuncios que había hecho para el partido de gobierno. Pero está lo otro, lo que acaba de pasar. Y pregunto: ¿Rudo, Místico? “No me importa ser rudo o ser técnico”, responde. Alguien más insiste y Místico amplía: “Si la gente me quiere de rudo o de técnico, yo haré lo que la gente quiera. He demostrado que soy profesional, me adapto al equipo que sea”. Los reporteros le insisten. Místico, entonces, usa un símil bastante válido: “Yo soy como el América, me gusta que me abucheen. Estoy para servirle al público. Ya no hay rudos ni técnicos”.

Esa es la noticia la mañana siguiente. La prensa que cubre las luchas habla mal de él. “Un Místico ‘rudo’ salió a darle con todo a sus propios compañeros, entre ellos Volador Jr., quien se llevó tremenda paliza e incluso fue víctima de marrullerías”, dice MedioTiempo.com. Místico ha dejado de ser técnico. La lucha libre tiene un buen motivo para seguir con su espectáculo.

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comentarios
  1. Alejandro dice:

    Wow. excelente. por un momento pense que estaba ahi, en medio del espectaculo. me gustaria saber mas acerca de los protagonistas de tu historia. saludos.

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