El dios Registro me hizo comerciante

Publicado: 21 mayo 2010 en Daniel Valencia Caravantes
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-¡Roberto Daniel Valencia Caravantes!

-¡Aquí!

Me acerqué al mostrador, sorprendido de que el trámite arrancara tres minutos después de entrar al duicentro. Dados los atolladeros de enero y febrero, esperaba más. Carlos, un joven moreno, delgado, me saludó, me estrechó la mano y dijo que estaba ahí para atenderme, que llenaría por mí la hoja de información para renovar mi dui. Arriba del mostrador colgaba un rótulo en el que se leía “Paso 1”.

Después de revisar mi dui viejo, me preguntó:

-¿Sigue soltero?

-No.

-¿Trae la partida marginada?

Como sí sabía que uno de los requisitos para cambiar el estatus civil era presentar la partida marginada, se la entregué.

-Y voy a cambiar mi profesión, también -le anuncié.

-¿Qué quiere poner?

-Periodista.

-¿Trae el título o la copia del título?

-No sabía que debía traerla.

-¿No lo trae?

-No. ¿Qué puedo hacer?

-Regrese otro día.

Aunque ya temía que hubiera algunos inconvenientes, no esperaba una complicación de este tipo. Había llegado dispuesto a esperar cuanto fuera, pero no a ir un día y tener que volver otro día. Entonces, pensé que podía resolver todo con facilidad.

-¡Híjole! No tengo tiempo. Lo que sí traigo es mi credencial.

-Necesita el título o la copia certificada del título.

-No lo traigo y quiero mi dui nuevo. Si no presento el título, ¿qué me va a quedar en el dui?

-Estudiante.

-¡Pero ya no soy estudiante! Es más, cuando saqué mi dui por primera vez no me pidieron constancia de la universidad para comprobar que era estudiante.

-¿Trae el título?

-¿Con quién puedo hablar para que me explique por qué no puedo ponerme como profesión “periodista”?

-Vaya a…

***

El salón principal del duicentro de San Salvador es un rectángulo de unos 15 metros de largo por siete de ancho. En el extremo izquierdo había unas 35 personas antes que yo, esperando hacer su trámite. Unas estaban sentadas en sillas plásticas; otras, paradas. Esa tarde, en el centro del salón había un mostrador con nueve delegados ordenando expedientes. Al extremo derecho había una oficina sin rótulo. Cuando a Carlos le pregunté con quién podía hablar para que me explicara por qué no podían ponerme como profesión “periodista”, otra empleada de Docusal, de las que recogen información, gritó el nombre de alguien y “¡Paso 1, que le vaya bien!”, por lo que no pude escuchar el nombre de la oficina a la que me envió, pero supe llegar a ella. En la oficina había cuatro delegados más: un gordito bajito con camisa manga larga y chaleco color celeste, que contestaba el teléfono; una mujer de unos 40 años, morena, con el pelo dibujando una campana sobre su cabeza; un joven, blanco, delgado; y un señor de bigote, también bajito. Todos estaban sentados. Me di cuenta de que a lo mejor solucionaban casos como el mío, porque acababan de despachar a una viejita con delantal que tenía un problema con su trámite.

-¿Qué quiere? – me dijo el bajito y bigotudo.

-Quiero sacar mi dui, pero no entiendo por qué no puedo poner mi profesión.

-¿A qué se dedica usted?

-Soy periodista.

Pronunciar mi profesión provocó que el gordito bajito del teléfono dejara de prestar atención al teléfono y que la señora pelo campana me viera de pies a cabeza. Segundos después, el gordito bajito dejó el teléfono e intervino.

-Tiene que traer el título.

-Ya me dijeron, pero no entiendo por qué.

-Lo dice el reglamento.

-¿Cuál reglamento?

-El del RNPN.

-¿Podría mostrármelo?

La morenita peinado de campana dejó de revisar expedientes y también intervino:

-El reglamento lo dice:¡Necesita traer el título porque el reglamento así lo ordena!

-¿Podrían mostrarme ese reglamento y el artículo específico, para conocerlo?

El gordito bajito del teléfono se levantó de su asiento, tomó un papel dispuesto en una cajita llena de papeles, y me reprendió:

-Llame a este número. Si quiere una entrevista, ellos se la darán. Aquí no se aceptan preguntas ni entrevistas.

-Yo solo quiero saber por qué no puedo ponerme “periodista” en mi dui.

El señor de bigote intervino nuevamente.

-Sálgase -me pidió.

-Traigo mi carné -le dije, ingenuamente, pensando que había llegado suficientemente aperado para defender mi caso. Lo saqué de mi morral, y extendí mi brazo para que todos lo vieran. El gordito del teléfono, sin observarlo, dejó claro que me estaban echando, y yo todavía no lo había entendido bien.

-¡Necesita el título! ¡Ya acabamos aquí! ¡Retírese por favor!

Y luego la señora pelo campana exigió lo mismo.

-¡Sálgase, por favor!

-Está bien. ¿Me podría dar su nombre?

-No se lo voy a dar -me dijo, se levantó y salió de la oficina.

Luego, el gordito bajito del teléfono, que se había sentado de nuevo, se volvió a parar.

-¡Retírese por favor!

-¿Me podría dar su nombre?

Yo había encontrado las palabras en clave que hacían que, en lugar de salirme yo de la oficina, se salieran ellos. Cuando le pregunté al bajito del teléfono si me podía decir su nombre, de inmediato se salió y siguió a su compañera. La fórmula fue tan poderosa que ya no necesité pedir lo mismo a los demás. Detrás del gordito del teléfono salió el delegado flaco, y detrás de ellos tres, el gordito de bigote.

Sin embargo, no se engañen: no me hacía gracia tener tal poder. A juzgar por el ceño fruncido que llevaban los cuatro empleados, puedo decir que estaban enojados. A juzgar por la electricidad que corrió por mi espina dorsal, puedo decir que yo también. Sentí calor, dolor de cabeza, cosquillas en los puños. Tenía ese enojo que produce la imagen mental de un gran robot burócrata y oxidado, que dice “no” cuando debería estar para un “sí”. Un robot que no escucha razones, que pisotea al ciudadano porque sabe que, al final de cuentas, tiene el poder en sus manos. Y pensaba en que ese robot es concesionario del Estado y, por lo tanto, posiblemente protegido del Estado.

Cuando los empleados salieron, tenía dos ocupaciones: era un estudiante –según el dui- y un periodista, según mi credencial de El Faro. Los delegados, enojados, se metieron al segundo salón del duicentro, en el que están las computadoras, las cámaras, las máquinas que imprimen el dui. Un minuto después regresó el gordito bajito del teléfono, y con voz niñona, le gritó al vigilante:

-¡Seguridad, sáqueme a este señor ya! -dijo. Y mientras daba esa orden, me señalaba con el pulgar izquierdo.

Admito que en ese momento me faltó lucidez para pedirle al vigilante que me dijera su nombre y así lograr que se alejara. En cambio, dispuesto a la defensa de mi integridad, solo se me ocurrió colgarme al cuello mi credencial. Quiérase o no, hay algún tipo de comprobación empírica en el gremio respecto al hecho de que a esa credencial la gente le guarda algún respeto. Así que, antes de que alguna mano vigilante jaloneara mi brazo, me puse la credencial.

-Acompáñeme, señor -me pidió el vigilante.

-No puedo -le respondí, dispuesto a intentar hacer valer mi derecho a obtener mi dui, a que no me hicieran perder tiempo y a que mi documento de identidad reflejara mi ocupación. Al guardia no le gustó mi resistencia pacífica.

-¡¿Qué es lo que no entiende?! -me preguntó.

-¿Qué quiere que entienda? -le pregunté yo, aparentando tranquilidad.

-¡Que lo tengo que sacar!

-Usted no puede sacarme porque pagué por un servicio -que no me lo han dado-, ¡y solo estoy pidiendo explicaciones del por qué no me lo pueden brindar!

-¡Sálgase!

-¡No me salgo!

En ese momento apareció un quinto empleado de Docusal… supongo que era empleado de Docusal, porque aunque no tenía el uniforme de los empleados, sí portaba una credencial de la empresa concesionaria.

-¿Qué necesita? -me preguntó, y en ese momento pensé que, por fin, encontraría a alguien que supiera oír y, sobre todo, resolver.

-Sacar mi dui y poner en él que mi profesión es ser “periodista” -le dije, a punto de convencerme de que ahora sí iba a tener respuesta a mi necesidad. Pero pronto el hombre me devolvió al punto de partida.

-¿Trae el título o la copia del título?

-No. Traigo mi credencial. Ya me explicaron que solo con el título y quiero saber la argumentación de ese requerimiento. ¿Está en un reglamento? ¿Cuál? ¿¡Por qué!?

-Son las reglas.

-¿Qué opción me queda? -indagué, con la esperanza de que este señor no me diría lo mismo que los anteriores.

-Irse y regresar con el título.

-Pero no tengo tiempo y necesito mi dui.

-Entonces puede poner algún oficio que no requiera presentación de título.

-¿Cómo cuál?

-Aquí manejamos una lista de oficios: empleado, estudiante, mecánico, albañil, carpintero, alfarero, escultor, comerciante…

-Pero no soy ninguno de esos. ¿”Periodista” no es un oficio?

-No creo… bueno, no sé si periodista está en la lista… creo que no, por eso le pedimos el título o la copia.

-¿Qué puedo hacer?

-Inicie el procedimiento y póngase un oficio.

***

Regresé al paso 1. Carlos ya no estaba, así que coloqué mis papeles en la pila del mostrador. Me tocó esperar, con los puños cerrados y el corazón golpeando a mil por hora, con la sangre caliente y el cerebro en modo cavernícola. Entonces Carlos regresó. Mencionó un nombre y el aludido no contestó. Pasó al siguiente expediente.

-¡Roberto Daniel Valencia Caravantes!

-Aquí estoy, de nuevo.

-¿Qué le dijeron?

-Que no puedo ponerme “periodista” sin el título… a menos que usted me ayude.

-No puedo.

-¿En serio?

-En serio.

-¿Usted se sabe qué oficios puedo escoger?

-Mmm… estudiante, empleado, mecánico, albañil, comerciante… Mucha gente se pone comerciante. Para esa no se necesita comprobación.

Le pedí tiempo a Carlos para pensar qué me convenía más. Regresar otro día no era una opción: es 25 de marzo, hay un retraso de más de 300 mil duis de enero y febrero -más los de marzo- en plena renovación masiva del documento, largas filas, poco tiempo… Pensé en la primera opción. ¿Estudiante? Descartada. Ya no lo soy. ¿Empleado? Al final sí, pero no es algo que me enorgullezca tanto como para decir que de profesión soy empleado o que mi oficio es ser empleado. Mecánico y albañil ni siquiera pasaron por mi cabeza.

-Mire, ¿y escritor puedo ponerme?

-Esa sí.

Volví a pensar unos segundos. “Sería como mentirme a mí mismo”, pensé. Necesitaba un oficio de aproximación, algo que no fuera lo que soy pero que lo pareciera. “¡Algo con lo que pueda sacar mi dui!” Algo de qué reírme al salir de esas cuatro paredes. Algo que me haga recordar que por eso hago lo que hago: para denunciar a robots burócratas que hacen cosas que afectan a la gente. Entonces, recordé la sugerencia de Carlos: “Mucha gente se pone comerciante…”. Divagué un poco y concluí que, al final de cuentas, me pagan por buscar información, confirmarla y transformarla en un producto periodístico. Es como una transacción comercial. Reporteo, confirmo y escribo. Entrego mis productos y recibo una paga por ello. Okay

-Comerciante.

-C-o-m-e-r-c-i-a-n-t-e escribió Carlos en la hoja de información, tanto en la casilla “ocupación”, como en la casilla “profesión”.

Minutos después, otra delegada gritó mi nombre, seguido de un “¡Paso 1, que le vaya bien!”

***

De camino al paso 2 “Digitalización de la información”, pasé frente a la oficina del gordito bajito y de la señora pelo campana. Crucé miradas con el gordito bajito y me coloqué en la fila del paso 2. Minutos después, mientras apuntaba en mi libreta algunos detalles del episodio anterior, sentí que alguien me estaba viendo. Levanté la mirada, recorrí el salón de derecha a izquierda y justo en el centro me topé con un gordito bajito que apuntaba su celular contra mí. El aparato escupió un flashazo que me pareció ofensivo. “Cobarde”, pensé. Supongo que el gordito bajito guardó la imagen que supongo me tomó y sonrió mientras lo hacía.

“Con que esas tenemos” -pensé después-, mientras esas cosquillas malignas corrían de nuevo por mi columna. Saqué mi celular e inspeccioné el recinto. Al final del recorrido, quedaría frente a frente con el gordito bajito porque su oficina, separada por un cristal, está contigua al mostrador en donde entregan, al final de todo, el plastiquito que contiene mis generales (que para ese momento ya eran las de un “comerciante” con credencial de periodista). Quedaríamos frente a frente. Pero entonces, el gordito se acercó a hacerle otra consulta al delegado que intervino para que no me sacaran y aproveché para grabarlo, con su chalequito celeste. Ni se dio cuenta. ¡Touché!

A las 3:46 de la tarde, 16 minutos después de haber iniciado mi trámite, Emerson me preguntó si la profesión que aparecía en el papel que rellenó Carlos estaba bien. Le contesté que no, le conté lo que había pasado y le rogué que me pusiera “periodista”.

-De veras que yo con mucho gusto se lo pongo. Pero en el cuarto paso lo mandarán de regreso, porque aquí ya le pusieron “comerciante”.

-Écheme la mano.

-En serio, no puedo.

-¿Y si hubiera traído mi título, me hubieran puesto “periodista” o “licenciado en comunicación social”?

-¿Cómo dice su título?

-Licenciado en comunicación social.

-A pues, eso le hubiera puesto.

-¿Y entonces? ¿No puedo ser “periodista” según ustedes?

-No sé qué decirle. Lo siento.

***

El viernes 26, como buen “comerciante” con vocación de periodista, llamé al Registro Nacional de las Personas Naturales para pedir una cita con el director. Yo había llegado al duicentro con el doble propósito de renovar mi dui y de reportear cómo es sacar el dui. En enero y febrero muchos duicentros se volvieron lugares de tortura para la gente que tuvo que hacer colas de hasta 12 horas intentando obtener el documento. Aunque Docusal argumentaba que la culpa era de la gente, que dejaba todo a última hora, lo cierto es que desde el principio -el 4 de enero- de la renovación comenzaron a dar nuevas citas para los usuarios, quienes tenían que volver a veces hasta tres veces. El proceso se volvió un círculo vicioso para Docusal, el RNPN y los ciudadanos.

Después de lo que me había ocurrido el día anterior, sin embargo, la nota ya no era la historia de la tardanza. Yo quería explicaciones sobre algo que –contrario a lo que me aseguraron el día anterior- no está en el reglamento. Esa restricción tampoco estaba indicada en rótulo alguno en el duicentro ni tampoco aparecía en el spot del RNPN que invita a los salvadoreños a renovar el dui. Sí descubrí que en el caso de “profesiones”, en la web de la institución, hay un requerimiento que dice que se debe llevar el título o “autorización que acredite el ejercicio de la profesión”.

Esa autorización, me dijeron, puede ser la credencial. No me lo dijo el director del RNPN, porque no pudo atenderme. Me lo dijo el director de Identificación Ciudadana, Álvaro Valladares. Él me explicó que si no llevaba el título que acreditaba mi profesión, podía llevar una copia certificada de mi carné de periodista. Valladares ya estaba sobreaviso.

-Pero me dijeron del duicentro que usted no presentó el carné -añadió.

Aquella corriente arañando mi espalda reapareció. Le expuse a Valladares mi versión de la historia pero creo que no me creyó. Como tampoco, supongo, me creyó Silvia de Rivas, la representante de la prensa institucional del RNPN.

-¡Por eso le pidieron que saliera! Porque tomó fotos adentro del duicentro -me recriminó.

Les expliqué que no tomé fotos, que le tomé un videoclip al delegado gordito y bajito vestido con un chaleco celeste que me quería sacar a gritos. Y que solo tomé el vídeo después de que él apuntara su teléfono hacia mí y luego de que el aparato tiró un flashazo como cuando alguien toma una foto desde su celular.

Según Valladares, yo tuve la culpa por no haberme retirado y por no haber buscado auxilio en el RNPN. Las cosquillas en la espalda comenzaron a bajar, pero le repliqué.

-¡Pero si no me dejaron opción, y yo necesito ese documento! Además, ellos me dieron a escoger cosas que no soy, porque no quisieron poner lo que soy.

-Pero usted firmó, aceptando eso.

Regresaron las cosquillas en la espalda.

***

Más tarde, en la entrevista, le pregunté a Valladares por el argumento legal del RNPN para exigir pruebas que comprueben la profesión de los salvadoreños. Él me explicó que hay un documento que se llama Instructivo del Sistema del Registro del Documento de Identidad, elaborado por el RNPN en 2002, en donde dice que es requisito, para comprobar profesiones, presentar título universitario que las acredite. Ese instructivo, aseguró, es cumplido a cabalidad por la empresa Docusal y por los delegados del RNPN. Ese instructivo no aparece en la página web del RNPN.

-¿Por qué al RNPN le interesa tener certeza de lo que los salvadoreños dicen ser en su vida laboral?

-Para tener certeza jurídica de que los datos presentados por los ciudadanos son reales y están corroborados a través de un documento. Imagínese que venga una persona que venga y diga: mire, soy ingeniero o abogado… y empezamos a poner a todo el que le gusta… yo soy esto, soy lo otro… sería como un relajo. No todo mundo tiene una profesión. No todo mundo se pasó cinco años estudiando. Y la gente que quiera poner una profesión tiene que demostrarlo.

-Al menos, reconozca que hay una incongruencia en esa regla. No es aplicable a todos los salvadoreños. Porque a los albañiles, mecánicos, empleados, estudiantes y comerciantes no se les puede exigir, según ustedes, que comprueben su oficio. Entonces, ahí no hay certeza de nada, pero aún así ustedes lo avalan.

-Correcto. Es como las amas de casa. ¿Cómo lo compruebo? Pero para la profesión sí hay que solicitar un documento. Para los oficios, ahí sí hay un vacío.

-¿Oficio puede ser cualquier cosa, incluido periodista?

-Sí. Pero entonces tenían que haberle pedido o tenía que haber presentado la copia certificada de su carné de periodista.

-¿Cuál es la diferencia entre el mecánico oficio, el albañil oficio, el periodista oficio?

-Es que mire: lo hacemos con la intención de protegerlo a usted. De que usted es periodista no obstante haya estudiado comunicaciones o periodismo. Algunos no lo han hecho. Usted sí lo hizo, gracias a Dios.

-Vaya. Hay oficios de oficios.

-Hay oficios especiales: en electricidad, el periodista… No todos pueden ser periodistas. ¿O sí? Pero usted, el día de mañana, presenta su carné y su copia certificada. No lo mire de forma negativa, como que le negaron…

Salí de la entrevista, de nuevo, con esa cosquillita maligna recorriéndome la espalda, y pensando que se equivocó Gabriel García Márquez. Este no es el oficio más lindo del mundo. En El Salvador, según el RNPN y Docusal, lo que yo hago es comerciar. O albañilear. O carpinterear. O lo que sea. Y no es que menosprecie esos oficios honrosos y que requieren mucha habilidad. Es solo que yo no soy sino un periodista.

Este año, cerca de 4 millones de salvadoreños deben renovar su dui, pagando para ello un poco más de 10 dólares. Nota para los colegas: si en su dui viejo ya tienen la profesión u oficio, pueden correr con la suerte de que se las dejen tal cual. A menos que tengan mala suerte y algún delegado de Docusal les pida pruebas.

Si son graduados de alguna universidad, pueden llevar su copia del título (autenticada) o el título original. Eso sí, tendrán que discutir con los delegados para conseguir que aparezca la palabra “periodista” en lugar de “licenciado en…”

Si no son periodistas graduados de alguna universidad o no quieren llevar el título, basta con que presenten el carné que los acredita, más una copia autenticada del mismo. Si aún así se los niegan, pidan hablar con el delegado del RNPN en el duicentro. Y si aún así no les hacen caso, acudan al RNPN y busquen al director Valladares. Y si los quieren echar por necios, intenten la fórmula mágica: “¿Me puede decir su nombre?”

En la redacción de El Faro, todos se han burlado, pero también se han asustado ante la posibilidad de que les transformen en astronautas o chamanes o domadores de caballos. Un colega me dijo: “¡Mejor te hubieras puesto desempleado ja, ja, ja!”

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