Chascomús: el reino absurdo

Publicado: 23 mayo 2010 en Sebastián Benedetti
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En el comienzo, lo típico: la frase arrojada al aire, el vaso enarbolado y salpicando sin demasiado pudor. Son los años cuarenta, y es un pueblo en Argentina: el tiempo y el espacio en que sucedió, una vez más, esa exageración verbal y etílica de la fraternidad, el cariño, la amistad. Pero esa noche, la consigna prendió como una vacuna. “Tenemos que hacer de la amistad un reino”. Lo que en el común de los casos se evapora la mañana siguiente a fuerza de analgésicos y sales digestivas, en Chascomús, este pueblo al sur de la capital argentina, supo llegar a límites increíbles. Y sigue buscando grietas para negarse a desaparecer.

Tanto, que es octubre de 2008 y por la calle Libres del Sur avanza, entre estampa circense y decadencia real, un grupo de hombres ataviados con capas coloridas, pelucas pomposas y carruajes muy antiguos. A la cabeza, un calvo monarca y su corona, mientras suena insistente la onomatopéyica “Za Za”, algo así como la marcha real, según explican algunos vecinos apostados al paso de la caravana. La escena, cuentan los mismos vecinos, sabe agridulce, huele a remake de algo que fue y busca seguir siendo más de medio siglo después.

Chascomús se debate hoy entre sentirse ciudad pequeña o pueblo grande, y aunque en todo el partido la cantidad de habitantes supere largamente los 30 mil, la baja altura de las construcciones y la parsimonia del día a día juegan a favor de la segunda opción. Depende de la voluntad y el gusto de quien la mire. Pasa sus días recostada sobre el margen de una enorme laguna, a poco más de una hora de ruta al sur de Buenos Aires, en un camino que actualmente es rápido y directo. Es un bello pueblo, antiguo, y eso se nota a cada paso. Callecitas estrechas de empedrado zigzaguean entre caserones de puertas altas y luminarias de hierro forjado. El entramado de calles y bulevares desemboca en el gigantesco espejo de agua, sello y orgullo de sus habitantes, ese que da buena pesca y es paseo obligado en las tardecitas en las que el calor comienza a apretar. La fundación de Chascomús data de 1779, en una zona en la que no es nada extraño encontrar tierras muy fértiles y que supo ser fin de riel del ferrocarril cuando eso significaba algo en la formación y expansión de los pueblos.

En cierto aspecto, Manuel Constenla tampoco tenía nada de extraño. Bajó de un barco hacia 1935, después de una cantidad agotadora de días de viaje transoceánico, dejando su España natal atrás. Mientras tanto, cientos de inmigrantes de toda la deprimida Europa hacían exactamente lo mismo poniendo los pies en la Argentina del periodo de entre guerras. Con el zumbido de los momentos previos a la Guerra Civil todavía resonando en su cabeza, Manuel (Manolo) supo caminar los empedrados del pequeño pueblo argentino hasta dar con su nueva vida en América. Aquí conoció a los Fourquet, una familia chascomunense dueña de la gran esquina de las calles Buenos Aires y Soler, un terreno que comprendía un local y la vivienda familiar justo al lado. Con unos pocos pesos, en esa esquina Manolo apostó a abrir las puertas de su propio sueño americano un año después de pisar tierra argentina. Bar El National fue el nombre. Una “te” en el lugar donde la legislación argentina no permitía una “ce”: ningún emprendimiento privado podía llevar el nombre nacional. El gobierno era el primero de Juan Domingo Perón, e iba a estar a la cabeza del país mientras durara toda esta historia.

“La sociedad del pueblo en ese momento todavía tenía el brillo de una típica sociedad tradicional”, piensa Alicia Lahourcade, arrellanada en el sillón de su casa en el casco histórico de Chascomús. Es la historiadora de la zona, algo así como la voz más autorizada en términos cronológicos. Lo que encerraba ese brillo eran tabúes, una diferenciación de distintos sitios para cada sector y clase social; los resabios de una aristocracia pueblerina. Y El National se convirtió en un típico bar para hombres, donde sólo los domingos alguno que otro habitué podía convertirlo en un bar de parejas. Pero era la excepción.

Los vermouths de la tarde, antes de la cena, se repartieron entre un puñado de bares y cafés de pueblo y El National fue haciéndose de una clientela casi fija, en los años en que algunos apellidos históricos e inquietos de la zona daban vida al Club de las Ideas, una primera excusa corporativa para las charlas de café. Manolo Constenla, bonachón y rústico, era el centro de la escena: duro pero amigable, un diamante en bruto entre una clientela de clase “tradicional pueblerina”.

Una década tuvo que pasar para que el grupo de parroquianos de El National llegara, a fuerza de alcoholes de sobremesa, a macerar una relación definitiva con Manolo. En el atardecer del 23 de octubre de 1945, entre varios de los firmes clientes decidieron homenajear al querible anfitrión con una placa colocada en la entrada. Ésa fue la primera piedra: en el transcurso de 1946, el grupo de hombres fue estrechando su relación y para el 20 de octubre de ese año instauraron el “Día de la Amistad”, un par de decenios antes de cualquier alunizaje y fecha mundial.

Una bella historia de amigos que se cierra. Hasta aquí, nuestros hombres de la sociedad tradicional pueblerina ponen su fecha, celebran su día, y todos contentos.

Hasta aquí.

***

“Tenemos que hacer de la amistad un reino”. La frase voló por la noche de El National, con su aire mitad tabaco y mitad de testosterona. Están por ahí Ángel María Canatelli, los hermanos Patricio y Juan José Wallace, Humberto Pignataro, Mariano Peleo y Edelmiro Onnainty. Alguien la tiró al aire, y quizá sea posible imaginar quién. Son los últimos meses del año 1946. Canatelli, un respetado y pujante constructor cuya firma llevan todavía muchas casas de Chascomús, que con su metro noventa de estatura imponía respeto, cruzó alguna mirada con el Bebe, Juan José Wallace. El tiempo que quedaba hasta la próxima celebración de la amistad parecía mucho. Sus bolsillos no eran de los más flacos —ni mucho menos— del pueblo, y algo se podía pensar. Ángel Canatelli puede haber sido quien voceó la frase, que cayó convertida en idea. La primera mirada cruzada con el Bebe unió a una dupla fundamental. Angelito —como llamaban a este gigantón de espaldas anchísimas y anteojos gruesos— se fue del bar pensando cómo dar ese paso. El primero en el terreno de la exageración. Y enseguida supo cuál era claramente.

Los tragos vespertinos siguieron, la “barra” sostenía su asistencia perfecta y Angelito ataba cabos en su cabeza: se había hablado de un reino, y para eso hacían falta los encargados de cada área. La cartera de ministerios se designó de mesa en mesa, por las características de cada uno. Entre otros, don Emilio Masci, por su “amor al agua desde niño, interviniendo siempre en forma destacada en los juegos de carnaval” fue a encabezar directamente el Ministerio de Marina. El perezoso Héctor Arrinda quedó a cargo del Ministerio de Trabajo, y por su “cariño por los pequeños”, don Juan Canale fue designado en el Ministerio de Protección de la Infancia.

Se iba perfilando una monarquía constitucional. La Suprema Corte de Justicia, entonces, se decidió en las tardes de El National y tuvo tres titulares. El escribano Darío Cuence y los abogados Ulises Olmos y Ulises Sala. El escribano Alberto Alfonsín quedó primero en la línea de sucesión.

Si ya había ministros, entonces sería necesario un medio de prensa que informara sus actividades. Y si se hablaba de un reino, harían falta atuendos que estuvieran a la altura. A una imprenta local fueron entonces los bocetos para un periódico, y en la ciudad de Buenos Aires se posaron los ojos para conseguir las ropas. Pero pasaban los días y faltaba lo más importante: el Rey. Aunque su nombre estuvo desde el principio.

Manuel I, Rey de Copas, acompañado por la comitiva ministerial, guardia real y una banda musical desfiló por las calles de Chascomús en el atardecer del 19 de octubre de 1947, rumbo a su coronación. Manolo iba camino a ser el primer monarca del Reino de la Amistad.

Muy poco tiempo atrás, en Argentina se había estrenado el film Madame Sans Gene, protagonizada por Niní Marshall (aquella entrañable comediante y actriz que tuvo una carrera cinematográfica repartida entre Argentina y México; la “Chaplin con faldas”) y el despliegue de vestuario era impactante. Ahí apuntaron los muchachos de Chascomús, y se pusieron en contacto con los productores del film para rentar el vestuario. La banda, impecable, acompañó el recorrido, mientras Canatelli y Wallace, de lustroso jaquet, flanqueaban al Rey, que avanzaba con su cetro y sus zapatos de hebillas de plata. El pueblo todo seguía el paso.

Son 62 los años que pasaron de ese recuerdo. Mucho tiempo, que hizo estragos en los personajes y en las pruebas. No hay imágenes claras. Existe una sola filmación, en 16 mm, muda, emocionante, un verdadero milagro para aquellos años, obra y gracia de Patricio Wallace, hermano del Bebe, que había invertido en un equipo envidiable y lo capturó todo.

Patricio Wallace (hijo) ya pasó los sesenta. Su padre murió hace años. Es un fotógrafo retirado y continúa con la tradición de filmar. Es delgado y locuaz, aunque dice no poder aportar demasiado acerca de su padre y su tío, y que el mejor testimonio es la filmación histórica. De un cajón receloso saca el viejo documento ahora encerrado en formato digital, y lo entrega. Es el legado familiar, un recuerdo que los pone orgullosos. “Filmación Reino” dice la copia, y la primera imagen es la estampa del Rey en blanco y negro. Una placa clásica de cine mudo informa que “SM llega al palacio, una multitud lo aclama”. Enseguida, da una caminata junto a sus elegantes ministros por un parque, con Manuel I ocupando el centro con su traje oscuro, y Angelito a su derecha, tomado de su brazo. Manuel I sonríe, como siempre, metido de lleno en la broma pergeñada por sus clientes. A unas pocas cuadras de allí, en la imprenta Tieri, don Edgardo sacaba, todavía tibios, los primeros ejemplares de El Heraldo, el órgano de prensa oficial del reino, que brindaría las crónicas de la coronación. En sus páginas, ahora amarillentas en un museo, se despliega el abanico entero de ministros de la monarquía constitucional y la Carta Magna del reinado.

El Heraldo conjugaba dos cosas: imaginación y formación cultural. Ocho páginas con perfiles de cada ministro y jueces de la Suprema Corte de Justicia, integrada por un notario y dos abogados. Un léxico formado y bien de su época: tan ampuloso como apócrifo. “Les Luthiers”, compara la historiadora Lahourcade después de años de buscar parangones. Es que el grupo cómico musical argentino es el paradigma de eso: el disparate solemne. En la portada, el perfil del rey Manuel I desgranaba su ascendencia: “Uno de sus antepasados fue compañero de baño de Julio César, otro, consejero de Nerón y aparte de ello encargado de darle los fósforos al emperador para hacer arder la ciudad de Roma”. A su lado, el rostro imperturbable del antes gallego inmigrante, ahora monarca.

La Carta Magna del reino permanece como una prueba concreta de la seriedad con que se encaraba la broma. “Nos, los amigos de los amigos…— comenzaba—, con el objeto de construir el Reino de la Amistad, afianzar la justicia, consolidar nuestras relaciones internas, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar la amistad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran tomarnos como ejemplo” .

Desde la Carta se dejaba en claro que sería una monarquía constitucional, con 14 ministros, una Corte Suprema de Justicia, y que cada decreto debería ser refrendado por al menos cinco miembros. El artículo seis aclaraba que el Rey “podrá disponer de los gastos del Reino, que vendrán de colectas, beneficios, loterías, comisiones, de la venta o locación de bienes del Reino, las contribuciones, y de los empréstitos y operaciones de crédito que decrete Su Majestad”. Y seguía: “Su Majestad podrá entregar títulos de nobleza, pero no más de cinco por año. Serán, Caballero, Barón, Vizconde, Conde, Marqués y Duque, ese último equivale a Príncipe de Sangre”. Se establecían dos condecoraciones: la “Orden del Alcohol” y de la “Orden de la Amistad”.

La del alcohol la podía entregar el Rey directamente, y la de la amistad, en Asamblea General de Notables de la Corona. Esta última, a razón de no más de dos por año.

Los ministerios iban de la lógica al absurdo. Economía, Interior y Comercio se mezclaban con el de Alimentación —que cuidaba al detalle la ingesta del Rey y probablemente era el encargado de vigilar que se cumpla la prohibición de tomar leche en el reino, a favor de las bebidas espirituosas— y el de No Guerra. Ese último oportunamente a cargo de Mariano Peleo. Más abajo, una cartera de directores generales (Correo, Prensa) y un director de la banda Charanga Real, con la batuta de Eugenio Ursini, el sastre del pueblo apodado Maestro Manga Corta.

Para terminar, el artículo 21 fijaba el tercer domingo de octubre de cada año como “fiesta real el Día de la Amistad”.

Algo, en la dedicación puesta en las letras de molde del primer El Heraldo, dejaba entrever un detalle que quizá muchos de sus contemporáneos no soñaron siquiera imaginar: el reino había nacido para expandirse.

***

La filmación comienza a mostrar cortes. Se hace evidente que se trata de una compilación de muchos fragmentos, de diferentes tiempos y situaciones. La imagen del Rey deriva en planos de la guardia y pasa, furtiva, por un adolescente de traje lustroso y seriedad comprometida. Tito era su nombre. Ahora él abre las puertas de su casa —a pocas calles de la de Lahourcade, a algunas más de la de Wallace— y da la mano fuerte, firme. Es alto, y su figura demuestra bastantes menos de los 78 años que cumplió en marzo. Se llama Silvio Ursino. Nunca se fue del pueblo, y es el único sobreviviente del nacimiento del reino.

A los 17 años se calzó el traje de guardia y acompañó al Rey desde esa caminata inaugural. Apenas se le puede ver en la cinta. Tito no vivió el día a día de El National. “Eso era para los grandes”, dice. Las tertulias etílicas las vio con la nariz contra el vidrio, y no demora en levantar su bandera de exclusividad: “Soy el único que queda —acto seguido aclara—. Todavía viven dos o tres personas más, pero fueron de los que entraron después, yo estuve desde el comienzo”. Tito dice la verdad. Todos murieron, y muchos de ellos bastante jóvenes. “Se tomaba mucho”, piensa Tito en voz alta, uniendo esa reflexión a la idea de la muerte precoz de varios.

¿Puede eso haber tenido que ver con el fin de algunos integrantes de esta historia? Alicia Lahourcade pone una asombrosa cara de asombro y lo niega rotundamente. “Aunque era cierto que se tomaba mucho, y había algunos que vivían de rentas y no tenían otra cosa para hacer, de haber tomado demasiado no podrían haber llevado adelante lo que hicieron”. Los dos datos sirven para entender un poco más: no era un grupo de borrachines sin rumbo, y el dilatado tiempo de ocio fue un elemento determinante.

En boca de Tito Ursino, lúcido y memorioso, brota Ángel Canatelli y va cobrando forma su imagen. “Un hombre que además de muchas ideas, tenía voluntad. Para estas cosas, siempre hace falta eso: uno que empuje y el resto que acompañe —resume—. El fue el hacedor, el alma del Reino”.

Y fue él, Angelito, quien pensó en un castillo.

***

El primer número de El Heraldo lo había prometido, y parecían palabras al vien-to. Mientras la corte y los ministros asumían, Ángel Canatelli, en su voluptuoso carácter de Primer Ministro y Guardián de la Corona con carácter interino y Ministro de Relaciones Exteriores y Jefe del Superior Ceremonial Real, juró construir un castillo para el Rey, pero uno tan verdadero como falsa era su monarquía. El Marqués de Pintoresco, don Fernando Cores, pagó de su propio bolsillo un enorme predio junto a la laguna, a algunos kilómetros del centro del pueblo. Era un terreno inhóspito en esa época, sin urbanizar y sin caminos aceptables, sólo un sendero. Se esfumaba el año 1947, y Canatelli puso manos a la obra. En los tiempos libres de sus trabajos en la construcción, partía rumbo al “Coto Real de Caza y Pesca” —así fue el primer nombre oficial— con sus empleados de obra, y con ellos levantaron una entrada al terreno: dos torres rematadas en almenas de “custodia” y un portón de hierro forjado. A su derecha, un cartel rezaba:

“Estas puertas se defiendan, que no ha de entrar, vive Dios!

Por ella quien no estuviera más loco que lo que estoy yo!”

Manuel I Rey de Copas

Los ministros se sumaron rápidamente al delirio empujado por Canatelli. El ministerio de Economía del Reino, con Héctor Garbizu a la cabeza, fue el encargado de organizar las finanzas para la construcción, en contacto permanente con el Tesoro Real, que había recaído en don Humberto Pignataro. Cada integrante vació sus propias arcas y el reino se hizo de empréstitos para los materiales. Angelito dibujó los primeros planos, que cambiaron mil veces antes de materializarse. A lo largo de 1948, el castillo estaba en marcha.

Una estructura fortificada, con almenas en la parte trasera, esa que miraba hacia la laguna; la zona del puerto real. En el frente, el portal era flanqueado por dos torres con sus ventanales, y en el centro, el balcón donde el Rey daría sus discursos. Eran 170 metros de superficie cubierta para el salón principal, el solar, y dos salones en los laterales destinados al bar y el comedor privado. Un hall de recepción, toilettes y, en la planta alta el despacho del monarca, habitaciones y salones de baño para los huéspedes.

Además, hasta esa zona —unos cinco kilómetros desde el casco urbano— se llevaron las instalaciones de energía eléctrica y agua corriente, atravesando terrenos vírgenes y complicados. Una empresa compleja que crecía al mismo ritmo de la bronca masticada por las esposas de ministros y de miembros todos, que dedicaban más tiempo a sus cargos que a ellas.

El castillo del Reino de la Amistad era la nueva morada —a tiempo parcial, claro, para no descuidar El Nacional— del afianzado Manuel I.

La historia de los reinos imaginarios, delirios omnipotentes y separatismos absurdos puede dar un paseo por unos cuantos ejemplos, pero no parece encontrar similares al de Chascomús. Nacido de una broma —condición que nunca abandonó— se levantó con la fuerza de una institución paralela a las oficiales, pero con la amistad, la celebración y, claro, las copas como columna vertebral de gobierno. Lahourcade recuerda la experiencia de la República de La Boca, hacia 1876 —aunque las fechas varían según la fuente— cuando los inmigrantes genoveses instalados en ese barrio de Buenos Aires, populoso y popular, se levantaron contra el gobierno y decretaron su independencia. Pero aquello duró sólo algunas horas, y el espíritu que lo guió estuvo en las antípodas de este reino.

Con sentido monárquico y con una motivación tan delirante como la de Manuel I y sus seguidores, se podría ubicar a la historia de Oreille Antoine de Tourens, el francés que a mediados del siglo xix se proclamó “Rey de Araucania y Patagonia”. La figura de Tourens, delirante por sus métodos, se cruza con un costado más peligroso, ya que su autocoronación apuntaba al dominio territorial de media Argentina y Chile. Dos veces lo intentó, y dos veces lo capturaron. Aunque hasta hace pocos años había supuestos descendientes reclamando sangre azul y derechos sobre la Patagonia.

En la filmación ahora el salto es evidente. La fecha no es para nada clara, puede ser 1948 o 1949. Los cimientos del castillo aparecen enseguida como base de muros casi terminados. Un paseo del Rey embarcado por la laguna se funde con la Gran Velada de Gala en el cine teatro Chascomús, en la noche del 1 de junio de 1949, para el que nuevamente se rentaron trajes y galeras de primer nivel, ahora en la Casa Martínez de Buenos Aires, a 92 pesos cada uno. Después, un “almuerzo en privado”, con el Rey y la Corte brindando y cambiando ideas en los jardines.

No se sabe cuándo fue; entre risas pueden estar proponiendo nuevos ministerios, decidiendo el tono de los textos de El Heraldo, o designando algún nuevo embajador. Y de pronto, la imagen del 8 de enero de 1950: la inauguración del segundo paso en el crescendo de Canatelli & Cia: la Plaza de Toros.

***

Visto así, era el camino lógico. “El Rey tenía que tener castillo, y como era español, ése debía tener plaza de toros”, deduce Lahourcade, y apunta que el reino consiguió lo que no había logrado la fuerte colectividad española del Chascomús de principios de siglo, cuando en 1900 se le impidió levantar una plaza para el deporte de la Madre Patria. El reino solicitó los permisos correspondientes mediante su Correo Real, con papelería membretada y estampillas verdes estampadas con el rostro del monarca. A través de esa correspondencia se comunicaban con las autoridades municipales, abogados y se solicitaban préstamos. Era común la documentación con el sello del reino, esa fuerza paralela con sus propias reglas. Para la plaza de toros —bautizada “Ministro Canatelli”— hizo falta el diseño del constructor, pero fue ahí donde aquella mirada cruzada en el inicio con Bebe Wallace entró fuertemente en juego.

Juan José Bebe Wallace, regordete y formal, tenía por entonces ventajosos contactos en Buenos Aires, más precisamente en la aduana. “Por entonces tenía relación directa con las concesionarias, en una época en que estaban vigentes los cupos de importación. Lo que también permitía a los integrantes del reino, entre los que se contaban por entonces los hacendados fuertes de Chascomús, poder comprar los últimos modelos de Plymouth, Ford o Chevrolet y ser nuestra ciudad una de las que ostentaba un número de vehículos más nuevos de mayor magnitud de acuerdo con su población”. Así lo recordó el diario local El Argentino, del 9 de enero de 2000, al cumplirse medio siglo de las primeras corridas.

El contacto aduanero de Bebe se transformó en fundamental. Antecedentes de los containers, por entonces los vehículos importados llegaban a Sudamérica encerrados en cajones de gruesas maderas que terminaban sus días en el descarte. Con los planos bocetados por Angelito, las maderas fueron llevadas hasta Chascomús y se transformaron en el perímetro y tribunas de la plaza, que se instaló a un costado del castillo, dentro del mismo predio, pintada de rojo y blanco, con una arena de 50 metros de diámetro y con capacidad para dos mil personas.

Para llegar con todos los bríos al 8 de enero de 1950, el rey Manuel ordenó procurar los toros y los toreros. Bartolomé del Valle, El Pajarero, fue el director de la costosa expedición que llegó hasta la provincia norteña de Corrientes —solventada, como siempre, por los aportes de la Corte en su totalidad— en busca de los animales, mientras desde Perú hicieron llegar a los más diestros toreros. Antonio Fuentes, Eladio Sacristán Fuentes, Apolo Martínez El Cordillerano, Vicente Martínez Niño de Haro, Ceferino Hernández Barrerita, y otros, se lanzaron a la plaza y repitieron la corrida al mes siguiente. Luego de la primera —que tuvo como condición única no lastimar al toro, en sintonía fina con el espíritu de fraternidad—, el banquete real para casi 700 personas cerró la fiesta.

Con su espacio de recreación terminado y un palacio propio, la Corte se reunía para tomar las decisiones importantes, madurar cambios en el gabinete, y sobre todo, celebrar. Cada reunión demandaba un acta rubricada por el escribano real, y cualquier ausencia derivaba en multa. Así lo demuestra un decreto que aún se conserva, en el que el Rey, amigable pero estricto, multó con penas de entre 100 y 500 pesos a ministros y embajadores que faltaron sin aviso a una celebración por nuevos nombramientos.

“Las multas impuestas —decía el artículo 4º— deberán ser obladas en la Tesorería Real, dentro de las 48 horas de recibida la notificación pertinente, bajo pena de pérdida total de los privilegios con los que han sido favorecidos”.

Tito aclaró que aún es posible encontrar en Chascomús a algún sobreviviente de otras etapas de la monarquía. Ahí está esperando, a la mesa de un bar, Domingo Lejona, Mingo, parte de la Guardia Real en el segundo periodo del reinado. Fue hacia 1950. Los ministerios sufrían algunos cambios, aunque siempre los personajes fundamentales se mantuvieron firmes en sus posiciones. Mingo, que años después adquirió fama deportiva con el plantel de Gimnasia y Esgrima La Plata en los torneos de futbol de comienzos de los años sesenta, parece dividir su nostalgia entre esas dos etapas: habla con la misma emoción de su carrera futbolística, de lesiones y gambetas, como de su papel en el Reino de la Amistad.

Era sólo un chico de 13 o 14 años cuando se integró a la caballería dentro de la Guardia Real para los actos protocolares, hacia la época de la inauguración de la plaza de toros. “Fue una humorada inolvidable —dice— que hacía llenar las calles y los teatros cuando juraban los ministros o en la corridas. Se nombraban ciudadanos ilustres, como Aníbal Cosito Fourquet (uno de los vecinos linderos a El National y Jefe de la Guardia Real), siempre con el hacedor, el Hombre del Reino detrás”. El Hombre del Reino era, claro, Angelito.

Tito Ursino cumplió con su servicio militar obligatorio en Chascomús.

Cuando faltaban pocos días para terminarlo, una carta de las autoridades le puso como destino para las últimas dos semanas de su instrucción la ciudad de La Plata, la “ciudad grande” más cercana, a mitad de camino con la capital nacional. Su novia, cosechada en las tertulias reales del castillo quedó esperándolo en el pueblo. Era enero de 1953.

En la mañana del 17 de ese mes, Angelito Canatelli entró, apurado, al bar El Diluvio, a unas pocas calles de El National. Trabajaba con sus obreros muy cerca de allí, en las molduras de una obra en construcción. No se sentía del todo bien. Una ginebra podía devolverle las fuerzas, habrá pensado. La pidió, se sabe, pero nunca llegó a probarla.

Tito recibió otra carta, ahora estando ya en La Plata, ahora firmada por su novia. “Murió Canatelli”, fue la noticia, la que ese día corrió por todo el pueblo. “En ese momento pensé que se acababa el reino —recuerda—. Con él se fue el alma”, dice Lahourcade y sin saberlo coincide con Tito. El obituario publicado en la gráfica local al día siguiente lo describía: “Nada hubo que no le interesara […] la acción que lleva a los espíritus a ser un poco niños cuando se ha traspuesto con creces esa edad, lo contaron siempre en leal y franca colaboración, como si su vida se hubiese hecho para eso: para no defraudar nunca al amigo”. La fórmula tácita Manuel I al gobierno, Angelito al poder se apagaba.

La vieja filmación se corta abruptamente. Una edición reciente le puso música, pero los últimos minutos ni siquiera los tienen. Un plano postrero, movido, y final. La cinta entrega apogeo y decadencia en un abrir y cerrar de ojos. Llegó 1953 y faltó quien empujara. Alguien a quien seguir, diría Ursino. “Como buen acto nacido de la bohemia duró poco, y eso sucede mucho más cuando desaparecen los protagonistas. Las creaciones de ese tipo no son para durar. Cuando se institucionalizan, se acaban”, cierra Alicia Lahourcade.

El reino se extendió formalmente entre 1947 y 1952 —aunque sus integrantes contaban como nacimiento el Día de la Amistad de 1946— y sus actividades se desdoblaron entre El National y el castillo. Las actividades vertebrales fueron los banquetes y tertulias, siempre bien (muy bien) regadas por vinos y aperitivos. Un gran pretexto, desmedido y costoso, para pasarla bien. La correspondencia real y los decretos versallescos, los desfiles, embajadores plenipotenciarios, cónsules en pueblos cercanos —como los nombrados para los pueblos de Magdalena, Lezama, Tandil y Ayacucho—, los tres ejemplares anuales de El Heraldo en 1947, 1948 y enero de 1950; y los discursos de florida retórica se pusieron a disposición de una pompa de jabón sin más objetivo que la broma.

En algún caso, el reino —acaso institucionalizándose— metió manos en un trabajo social. El 7 de abril de 1950 un vendaval se llevó parte de la Capilla de los Negros, una antigua construcción afroamericana del pueblo, y el reino organizó el operativo de reconstrucción, junto con los vecinos y autoridades políticas. “Aunque no llegó completamente a ser fuerte en los barrios más lejanos, el reino consiguió ampliar el espectro de la aristocracia pueblerina”, dice Lahourcade.

***

Son los últimos meses de 2008, y ya el calor se hace sentir en el empedrado. En la calle, la caravana sigue ruidosamente al son de la “Za Za”, la misma marcha que la banda creó e interpretó sesenta años atrás para Manuel I, y que tenía como única y repetitiva letra, su título. El paisaje cambió, y más aún lo hizo la sociedad. El calvo nuevo Rey sonríe y saluda, seguido de una corte y sus ministros, ahora a todo color. La nueva monarquía, los herederos del trono celebran su tercera fiesta.

El Rey, despojado de atuendos protocolares, es Julio César Medley, un hombre de 66 años, nacido y crecido en Chascomús. “Y aquí he de morir”, dice mientras camina por una callecita a metros de la laguna. Su historia coincidió en varios puntos con la del viejo reino. “Entre 1964 y 1967 tuve un bar llamado El Chiqui, a unos metros de donde había estado El National. Sólo duró tres años, pero quedó muy guardado en el recuerdo de muchos”. En 1967, bajó las persianas, cuando él tenía sólo 24 años y mientras moría, a muchos años del derrumbe del reino, aquel otro pilar, el Bebe Wallace.

En 2005, los antiguos parroquianos de El Chiqui homenajearon a Med-ley con una cena, y quisieron recordar el antecedente. Sin el alcohol como fetiche, ahora la Orden es “del Café y la Gaseosa”, y tiene menos de transgresor y novedoso que de fecha anual de festejo de la amistad, con elección de reina incluida el tercer domingo de cada octubre. Los nuevos cargos están prácticamente huecos y son enunciaciones, títulos, sin la dedicación de antaño, pero con el fin noble. “Queremos continuar con esto, que apunta a una sociedad en la que hay tantas agresiones. A la amistad, al humor; un aporte para que las futuras generaciones sigan participando. Y buscar gente joven para que lo puedan continuar”.

El castillo duerme en parte derrumbado, con sus ventanas y puertas saqueadas. Una de sus torres principales se mantiene erguida y se ve desde el portal, ese que permanece semicubierto por vegetación amarillenta. La fachada, tan pintoresca, conjuga su aire medieval con graffitis del siglo xxi, y el solar que ponía orgullosos a los cortesanos perdió el techo hace años. El sol y la lluvia son ahora implacables con los trozos de madera que penden del techo, y con los baldosones de gastados blanco y negro. Un cartel que ordena “no pasar, peligro de derrumbe” se encarga de poner la distancia definitiva con los curiosos. De la plaza de toros no queda rastro alguno, sólo un gran círculo con árboles que ralean. La zona es menos inaccesible que en aquellos días. Ahora el camino asfaltado pasa cerca y a unos 100 metros se pueden ver algunas casas y quintas con algo de movimiento. Parece un resto arqueológico en la pampa bonaerense.

Su derrotero fue simple: caído el reino por causas naturales, dejó de tener vida y sentido. Con el tiempo, algunas viudas de los ministros quedaron con la posesión, sin fines a la vista. En 1975, la mutual Casa del boxeador decidió comprarlo con el compromiso de mantenerlo y cuidarlo. El último punto fue, en verdad, relativo. Derruido, la gota que colmó el vaso llegó en 1999 cuando se desmoronó una de las torres principales y gran parte del techo. Ya lo habían saqueado más de una vez.

Desde allí, el ping pong de la burocracia: el municipio no podía hacer nada porque era territorio privado, la provincia, por lo mismo, los privados, porque no tenían fondos, y así.

El último salto se dio con la ley provincial 12.416, del 27 de abril de 2000, que marcó la expropiación a la mutual, el traspaso a la provincia, y abrió la senda para el paso al municipio, a la gente de Chascomús. La única condición para el trámite —la historia se repite— fue el reacondicionamiento y manutención del castillo. Se concretó en febrero de 2005.

El castillo no está igual que entonces, está bastante peor. La razón parece ser tan entendible como infinita: con las urgencias que tiene que afrontar un municipio, refaccionar el castillo pasa a un segundo plano. Y ahí entra la nueva monarquía, constituida como asociación civil. “Buscamos un permiso para una explotación con el compromiso de la restauración. Buscar darle vida a todo el predio, sin tocar el castillo, que conserve el espíritu que tuvo, como una especie de museo; de alguna forma tiene que estar al resguardo”, dice Julio I.

En diciembre de 2008, la legislatura de la provincia de Buenos Aires declaró de Interés Provincial “la iniciativa de vecinos y autoridades municipales orientadas al resurgimiento del Reino de la Amistad y las acciones tendientes a la restauración y puesta en valor del Castillo de la Amistad”.

Tito vive el nuevo reino con pasión de decano, con el orgullo de ser el único prócer con vida. Toda su vida fue empleado de correos y se ganó el cargo actual de Director del Correo Real, de la Orden de la Estampilla. Patricio Wallace (hijo) ostenta el título de Barón. En 2008 murieron Héctor Halty y Edgardo Tieri, dos participantes de la vieja guardia —que se completa con la figura de Bonifacio Guerra— homenajeados en las páginas del flamante número 3 de El Nuevo Heraldo, el renacido periódico para la nueva etapa, de octubre de ese año. Carlos Guerra, otro soldado del viejo reino —que incluso llegó a ser el eslabón perdido, cuando lo proclamaron como un efímero Carlos I— murió a fines de 2005.

Angelito no tuvo hijos, y Manolo, aquel caricaturesco rey querible, cuyo mandato se desdibujó con la muerte de Canatelli, se casó ya grande y su esposa lo conminó a abandonar toda broma protocolar y grandilocuente. Nunca nadie le había quitado formalmente su trono, pero su cargo se desvaneció junto con el reino. Al tiempo se fueron del pueblo, y todos aquí perdieron su rastro.

El Reino de la Amistad está a flor de labios de todos en Chascomús. La mayoría jamás pudo vivirlo, y los que sí, son claros. Como Mingo Lejona, y sus ojos que empiezan a brillar: “En esos años Chascomús fue una fiesta. Hubo gente que se tomó el reino en serio, y en realidad fue una gran broma: fue el Reino de la Broma. Los que no lo vieron ni lo ven así, no entendieron nada los que quisieron hacer aquellos próceres de la amistad”.

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comentarios
  1. Roxana dice:

    Maravillosa broma!!

  2. cAMILa dice:

    Eu que buen informe! estaba buscando información histórica sobre el castillo y este relato que escribiste Sebastian superó mis expectativas! ayer estuve en el castillo,no soy de Chascomus pero tengo un hermoso recuerdo de cuando a los diez años descubrí junto a una amiga y su padre ese lugar tan extraño,descontextualizado..misterioso*
    Ayer fué un verdadero golpe nostalgiso caminar por esas baldozas blancas y negras..recorrer las vereditas que lo rodean..contemplar su torre aún firme::::.Ignoraba esta historia,y ahora dota de más sentido la mía,realmente es el castillo de la amistad..lejos y más cerca de cualquier cursileria.. 🙂

    Ca,m

  3. Ana Maria Rosalia Perez dice:

    deseo comunicarme por correo con mi compañero de escuela de Ulises Alberto Tieri,ya q’ hace mucho tiempo q’ no lo veo.-espero tener respuesta muchas gracias

  4. NORMA FOURQUET dice:

    ýo guardo algunas cosqas de aquella epoca(autenticas)algunas hoas del Heraldo y algunas fotos en blanco y negro.mi papa fue EL TAMBOR MAYOR

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