Jorge Ramos, el hispano

Publicado: 22 junio 2010 en Hernán Iglesias Illa
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El mes pasado, Cyntia Salazar y su familia viajaban desde Nuevo Laredo a las playas de Tamaulipas, bordeando hacia el este la frontera con Estados Unidos, cuando se encontraron en la carretera con un retén del Ejército mexicano. Salazar redujo la velocidad de su troca —viajaban con ella su marido, sus cinco hijos, su hermana embarazada, una sobrina de tres meses y un sobrino de ocho años— y luego, como para despejar cualquier duda, bajó la ventanilla y saludó a los soldados. Pocos segundos después, sin embargo, Salazar y su familia oyeron la tos metálica de las ametralladoras militares y el zumbido del enjambre de balas volando en su dirección y descendiendo con ferocidad sobre la camioneta. Corrieron hacia el monte, intentando protegerse de la balacera; cuando se dio la vuelta, Cyntia vio que sus dos hijos varones (Martín, de nueve años, y Bryan, de cinco) habían quedado atrapados.

Seis días más tarde, Cyntia está sentada en una habitación de hospital en Nuevo Laredo, donde su marido se recupera de un tiro en un brazo. Están los dos frente a una cámara de Univision, la principal cadena de televisión en español de Estados Unidos, asintiendo a las indicaciones que les da Jorge Ramos desde un estudio de televisión en Miami. “Cyntia, quiero que me explique bien lo que ocurrió el 10 de abril”, le pide Ramos, antes de empezar la entrevista. “Y después me gustaría que me cuente qué quiere que ocurra de aquí en más, ¿le parece bien?” Salazar, una mujer bajita y de aspecto decidido, dice que sí. Ramos hace una última aclaración: “Sólo tengo siete u ocho minutos para darle, así que si pudiera mantener las respuestas lo más breves posible, mucho mejor”.

Salazar le da a Ramos una gran entrevista. Cuando el periodista le recuerda que la Secretaría de Gobernación de México ha dicho que ella y su familia quedaron atrapados en medio de un tiroteo entre soldados y sicarios, Cyntia niega con la cabeza, sonriendo con amargura, y responde: “No había ningunos sicarios. Éramos solamente nosotros y los soldados, en plena luz del día”. Ramos —ojos azules, pelo gris, pómulos salientes: un cráneo perfecto para la tv, tan perfecto que parece diseñado a propósito— le pregunta entonces a Cyntia si cree que el gobierno está mintiendo. Ella vuelve a mostrar la misma sonrisa desencantada: “Es imposible que ellos no vieran tanta corredera de niños y aun así seguían disparando, todavía en el monte… Cuando quise bajar a buscar a mi hijo, el de cinco años, me lo mataron en mis brazos. Yo le gritaba a mi esposo: ‘Martín, me mataron a Bryan’. Todavía quise salvar a mi otro hijo, el que se me quedó en la troca, pero en el momento que abrí la cajuela me aventaron una granada”.

Desde Miami, Ramos, vestido con traje azul, corbata amarilla y camisa celeste, escucha a Salazar con el gesto serio pero comprensivo del periodista profesional que sabe ponerse del lado de las víctimas. (“Concibo el periodismo como una misión”, dirá dentro de un par de horas, en su carro, camino a un restaurante.) Inclinado apenas hacia adelante, con un bloc de hojas blancas atrapado entre las manos, el tono de voz de Ramos es firme pero no brusco, y sus preguntas son más periodísticas que sentimentales. El periodista hispano más famoso de Estados Unidos quiere que Salazar le cuente qué ocurrió aquel sábado por la tarde y qué le ofreció Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón, cuando la llamó por teléfono. Su tono de voz y su lenguaje corporal indican a la audiencia de Al Punto, su programa dominical de entrevistas, que él tampoco confía en la versión de la Secretaría de Gobernación y que, si tuviera que elegir un bando, elegiría el de Salazar y su familia. No lo dice así, con estas palabras, pero tampoco hace falta.

En los últimos años, la figura del mexicano Ramos en Estados Unidos ha crecido hasta convertirse en una referencia moral, mucho más amplia y potente que la de su trabajo como presentador del noticiero nocturno de Univision: en el mosaico de testimonios y organizaciones que llevan una década pidiendo una reforma de las leyes de inmigración y dar una mayor relevancia a los asuntos hispanos en la política estadounidense, la voz de Ramos ha sonado más clara y más fuerte que casi ninguna otra. “Jorge es la personalidad hispana más respetada en los Estados Unidos”, explica Sergio Bendixen, consultor político de origen peruano y residente en ese país desde 1961. Agrega Bendixen, que hace dos años diseñó la estrategia electoral latina de Barack Obama: “Su imagen no es la de un locutor de televisión común y corriente. La credibilidad de Jorge es la de un luchador por los intereses y los derechos de los inmigrantes latinoamericanos en este país”.

Hasta hace no mucho, la figura de Ramos era universal y apreciada entre los hispanohablantes de Estados Unidos pero perfectamente desconocida para quienes no hablaban en español. A partir de 2008, sin embargo, la imagen y las ideas de Ramos comenzaron a gotear hacia el mainstream de los medios y la política gringos. A medida que se calentaba la campaña electoral para las elecciones de noviembre, que ganaría Obama, y aumentaba el valor que los políticos de ambos partidos le daban al voto latino —Ramos lo llama “el síndrome de Cristóbal Colón”: cada cuatro años, demócratas y republicanos vuelven a descubrir a los latinoamericanos—, la voz y la cara de Ramos saltaron de Univision, una cadena que los estadounidenses identifican con los culebrones y los comediantes disfrazados de niños, hacia sectores más respetables de la grilla de programación. Ramos participó como moderador en tres de los debates electorales de aquel año: dos en Univision (una para los precandidatos republicanos y otro para los precandidatos demócratas) y uno en CNN. Según un informe de Media Matters, un centro de estudios sobre política y medios de comunicación, Ramos y su colega de Univision, María Elena Salinas (nacida en California de padres mexicanos) hicieron las preguntas más “significativas” y “sustantivas” de toda la campaña de debates.

Aquellas apariciones en el centro de la escena política de Estados Unidos tuvieron su recompensa. Stephen Colbert, el comediante que cada noche hace una parodia de los locutores conservadores, invitó a Ramos a su programa y fingió estar en contra de la inmigración. Ramos vendió con convicción (pero poco sentido del humor) su proclama principal: Estados Unidos debe abandonar su posición de resistencia al mundo latino, cuyo ascenso no sólo es inevitable sino también positivo para el país en su conjunto. La confirmación de su salto a la fama llegó poco después, en Saturday Night Live, el programa humorístico que lleva 35 temporadas marcando el pulso cultural de Estados Unidos. Allí, un actor interpretaba a un Jorge Ramos que babeaba por el actor que interpretaba a Obama. Para Ramos, podría haber sido un poco humillante que la imagen suya retenida por Estados Unidos hubiera sido la de su admiración y su apoyo por el candidato demócrata. Cuando le menciono el incidente, prefiere concentrarse en su aspecto positivo: “Ese día dormí tranquilo, porque no hay nada más mainstream que Saturday Night Live —dice—. De todas maneras, lo más maravilloso del sketch fue que me imitaron sin acento. Se inventaron un Jorge Ramos sin acento, y eso fue sin dudas un logro muy importante”.

A pesar de todo, Jorge Ramos sigue siendo un desconocido en México, el país donde vivió casi la mitad de su vida, donde siempre quiso triunfar y donde, según él mismo explica con un dejo de tristeza, no le dieron las oportunidades que sí le darían después en Estados Unidos. En México es más conocido por su relación sentimental con la actriz Ana de la Reguera que por sus logros profesionales. (Cuando le pregunté por su relación con De la Reguera, Ramos, que siempre ha mantenido su vida privada lo más privada posible, me respondió por e-mail: “Lo básico es lo siguiente: ella vive en Los Ángeles, yo en Miami; ni ella se puede mudar ni yo tampoco. Llevamos cinco años juntos, vivimos en los aviones, y queremos seguir las cosas tal y como están. No hay más plan que estar juntos lo más posible”.)

Comemos juntos un viernes al mediodía en un restaurante uruguayo del oeste desabrido y chato de Miami. Le pregunto entonces por su relación con la élite mexicana, si se siente valorado o ignorado por sus compatriotas. “Vivo totalmente distanciado de la élite en México”, responde Ramos, que ha pedido agua mineral con gas y un filete de pez espada. “No sé ni siquiera si me sienten parte de ella. Es más, estoy casi seguro que me ven casi como un extranjero. Mi vida siempre ha sido así: cuando voy a México soy el que se fue. Y cuando estoy en Estados Unidos, soy el mexicano”. Suelto una pequeña risita, sin saber bien por qué.

“De verdad, no te rías —responde Ramos—. No soy de ningún lado”.

***

A Ramos lo jalaron al mundo por la nariz. Su madre tuvo complicaciones durante el parto y los médicos debieron sacarlo con fórceps, como si tuvieran que convencerlo de entrar al mundo. Ramos ha tenido desde entonces una relación muy especial con su nariz, que nació rota, se rompió otra vez durante una pelea en un partido de básquetbol y volvió a romperse años más tarde durante un partido de futbol. “Me han tenido que operar tres veces la nariz y en cada una de ellas he perdido olfato —dice—. Hay momentos en los que no huelo casi nada”.

Ramos nació y creció en Bosques de Echegaray, una colonia de clase media vecina al Distrito Federal, en una calle donde los padres eran severos y las madres, amas de casa. En Atravesando fronteras, el libro de memorias que escribió cuando tenía 44 años, Ramos recuerda su infancia con cariño, en la que lo único duro o inalcanzable era la figura de su padre, a quien pinta como un personaje bastante infeliz, arquitecto de profesión (y no muy exitoso), pero mago por vocación (y muy bueno), “acostumbrado a una autoridad vertical e incuestionable”. Hay dos historias muy interesantes de Ramos sobre su padre. La primera cuenta cómo, una tarde en la casa de su abuelo materno, Ramos (que vivía obsesionado por el futbol y al parecer jugaba muy bien: en el colegio lo llamaban Borjita Ramos, en honor a Enrique Borja) le pidió a su padre que pateara el balón. “Pero él no le dio al balón”, escribe Ramos en su autobiografía. “Su zapato negro pasó a unos centímetros del balón, fallando garrafalmente. Tengo la secuencia perfectamente grabada en mi mente”. El niño Ramos, para quien la humanidad se dividía entre quienes jugaban bien al futbol y el resto, pasó el resto de la tarde llorando, sorprendido y avergonzado de que su padre no fuera perfecto.

La otra historia comienza ese mismo día. Después de darse cuenta de que su padre no era Superman, Ramos fue un paso más allá y decidió que aquel hombre siempre ocupado, obsesionado por sus carros y la música instrumental norteamericana, ni siquiera era un modelo a seguir. “Lo que más aprendí de mi padre fue, precisamente, a no ser cómo él”, dice ahora, 40 años después. “Tuvimos muchos conflictos y antes de morir pudimos hacer las paces. Ésa es la lección que aprendí en estos 52 años: tienes que hacer lo que más te gusta. Vas a ser muy miserable si no haces lo que te gusta en la vida”.

Ramos, que se ve a sí mismo como un rebelde —“el periodismo es una forma de ser adolescente y un poco rebelde toda la vida”, explica—, cree que puede rastrear sus primeros recuerdos de resistencia a la autoridad en aquellos años, cuando las autoridades eran su padre y los sacerdotes benedictinos del Colegio Tepeyac (hoy, Centro Escolar del Lago) en el Estado de México. En el colegio, los sacerdotes golpeaban a Ramos y a sus compañeros con las suelas de sus zapatos, los jalaban de los pelos y los sometían a los castigos más arbitrarios. Y luego los obligaban a confesarse cada viernes. “Las primeras personas que odié en mi vida fueron el padre William, el padre Rafael y el padre Hildebrando”, me escribió Ramos por e-mail cuando le pregunté por los curas del colegio. Después agregó: “Mi actual posición de rebeldía y cuestionamiento frente a la Iglesia y frente a cualquier figura de poder tiene su origen en aquellos años”.

En sus años como universitario, viajaba casi dos horas de ida y otras dos horas de regreso —autobús, metro y autobús de ida; autobús, metro y autobús de regreso— para llegar a sus clases en la Universidad Iberoamericana. Trabajó durante toda la carrera: primero en una agencia de viajes, después en una estación de radio. Cuando se graduó fue aceptado para hacer un curso de posgrado en la London School of Economics, pero no pudo conseguir el dinero para pagarlo. “Todavía hoy sigo teniendo ese terrible temor de que en cualquier momento lo puedo perder todo —cuenta Ramos—. Todavía hoy. Soy muy ahorrativo y muy conservador en cuestiones monetarias”.

En 1982, poco después de terminar la universidad, Ramos consiguió un muy codiciado puesto en los servicios informativos de Televisa. No duraría mucho. Su segundo reportaje como redactor del programa 60 Minutos se llamaba “La identidad del mexicano” e incluía entrevistas con Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Sus jefes le dijeron que Monsiváis y Poniatowska no podían salir en el programa (“No son gente para Televisa”, argumentaron). Quitaron sus testimonios y, según Ramos, muchos de los datos sobre presidencialismo y autoritarismo incluidos en el reportaje. “Renuncié”, dice Ramos con una media sonrisa. Creyendo que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y su alianza con Televisa durarían para siempre, dejó todo: vendió su bochito rojo, dejó a su novia de ocho años, reunió cerca de 2.000  dólares y viajó a Los Ángeles, donde se inscribió en un curso de periodismo en televisión de la Universidad de California.

Aunque ya pasaron casi tres décadas, Ramos todavía se exige a sí mismo explicar aquella decisión con la mayor precisión posible. “México me ahogaba, y yo sabía que en aquel entonces no podía ser un periodista libre”. Después, como si todavía sintiera un poco de culpa, aclara: “No tuve el valor o la fuerza para quedarme a pelear por esa libertad de expresión en México. Otros se quedaron, como mi hermana [Lourdes Ramos, conductora del noticiero A las Tr3s]. Podía quedarme 20 o 30 años y esperar a que llegara la libertad de expresión a México. Pero yo no podía esperar tanto tiempo”.

***

En el estudio principal de TeleFutura, una de las cadenas del grupo Univision, hace bastante frío. Ramos me pasea por las instalaciones, me lleva al control central, donde los productores y los técnicos —casi todos cubanos— se dan órdenes en inglés o en español con la misma naturalidad —“No, todavía no, guárdatelo. Bring it back in a minute!”—, y me lleva de vuelta al estudio, donde me ofrece una silla mientras él termina de grabar el último segmento de Al Punto, que se realiza hoy viernes pero se emitirá el domingo. En la penumbra del estudio, media docena de camarógrafos y utileros cubanos descansan o sestean mientras esperan la orden para volver al trabajo. Conversan en voz baja: “¿Quién pitchea hoy para los Phillies?”, pregunta uno. “Tony Edwards”, responde otro. En un momento, uno de estos tipos sencillos, panzones y anticomunistas, se me acerca al oído y me dice, apuntando con el mentón hacia Ramos. “Este tipo es un top de Univision. Por talento y como persona. El más querido, lejos, de todo el canal”. Se nos acerca uno de los camarógrafos, vestido con ropa de gimnasia y tenis blancos de basquetbolista, y agrega: “Es exactamente así. Yo llevo 30 años aquí y nunca nadie ha sido tan popular en esta casa como Jorge Ramos”.

Ramos está ahora entrevistando al pintor cubano-americano Arturo Rodríguez, que ha traído algunos de sus cuadros y los ha colgado en distintos lugares del estudio. Son escenas tristes, casi en blanco y negro, de familias o personas solas en aeropuertos o estaciones, quietas, que no se comunican entre sí, como si esperaran algo pero no saben qué. Ramos parece especialmente conmovido por las pinturas de Rodríguez, y le pregunta qué relación tienen con su carácter de exiliado: “El exilio es terrible —responde Rodríguez—. Pero te da otra perspectiva. Al final no te sientes parte de ninguna cosa”. Esta identidad descentrada, este no sentirse parte de ninguna cosa, es uno de los temas favoritos de Ramos, quien en todos estos años se ha preguntado mil veces qué papel tenía su mexicanidad en su nueva vida y qué efecto tenían sobre su nacionalidad mexicana las progresivas décadas de residencia en Estados Unidos. Atravesando fronteras comienza con un epígrafe tomado de La Ilíada, de Homero: “…deseo y anhelo continuamente irme a mi casa”.

En 2002, en otro de sus libros, Ramos escribió: “Me falta un lugar al cual pertenecer. Llevo 20 años en Estados Unidos y me siento un inmigrante”. ¿Sigue siendo así? ¿Todavía busca Jorge Ramos un lugar al cual pertenecer? Deja los cubiertos sobre la mesa, piensa unos segundos y después dice: “No, en ese sentido me sigo sintiendo sin casa, me sigo sintiendo un inmigrante y me sigo sintiendo casi de paso”. Bebe un poco de agua con gas, mira el paisaje ralo y gris —el borde industrial de Miami: más cerca de los cocodrilos que de la playa— y aclara un poco lo que acaba de decir: “Me siento todavía de paso aquí en Miami. Sé que no es así, pero me sigo sintiendo de paso. La única casa que he tenido es en la que viví en la ciudad de México de niño, en la calle de Piedras Negras número 10”. Me mira y sonríe: “Y mi teléfono sigue siendo el cinco sesenta, cincuenta y uno veinte”.

Durante 20 años, Ramos debatió consigo mismo sobre la necesidad o la conveniencia de convertirse en ciudadano estadounidense. Siempre se había sentido muy mexicano, pero al mismo tiempo también sabía que Estados Unidos le había dado las oportunidades que su país de origen le había negado. Un día, conversando con la escritora chilena Isabel Allende, que también tiene la doble ciudadanía, se dio cuenta de que no tenía que escoger entre México y Estados Unidos, que podía ser de los dos países. A mediados de 2008, Ramos juró la constitución estadounidense.

“Pero ésa no fue la única razón —explica—. Aquel año fue fundamental para mí. Estábamos viviendo una terrible crisis económica, estábamos involucrados en dos guerras y yo sentía la obligación de participar, de decir: ‘No quiero más de lo que estamos viviendo’ y buscar un verdadero cambio. La única manera de hacerlo era hacerme ciudadano y votar en Estados Unidos”. Le pregunto si aquella búsqueda de cambio incluía votar por Obama, pero prefiere no responder. Regresa a su meditación sobre la fragilidad de la doble nacionalidad: “Ya no tengo ese conflicto. Vivo en paz con la idea de que soy de los dos países, de México y de Estados Unidos”.

***

En septiembre de 1986, cuatro años después de dejar bocho, carrera y novia en México, Ramos volvió a enfrentarse con el fantasma de Televisa. Una mañana, Univision anunció que su nuevo director de noticias iba a ser Jacobo Zabludovsky, el legendario conductor del noticiero 24 Horas de Televisa y representante del tipo de periodismo (solemne, oficial y siempre en línea directa con el gobierno) del que Ramos creía haber escapado. “Eso sí que era tener mala pata”, ha escrito Ramos, que en aquel momento acababa de llegar a Miami para conducir en Univision un programa matutino llamado Mundo Latino. La designación de Zabludovsky provocó el rechazo inmediato del grupo de periodistas cubanos y latinoamericanos que trabajaban en el noticiero nocturno, para quienes Zabludovsky y Televisa habían tenido un papel fundamental en la censura que durante décadas había impuesto el sistema político mexicano. El conflicto escaló hasta provocar la renuncia de casi todos los periodistas y productores de la redacción de noticias de la cadena, y el retiro de la candidatura de Zabludovsky, quien regresaría a México para conducir 24 Horas por otros 12 años.

Semanas más tarde, con la redacción vacía y su estrategia de asociación con Televisa abortada, Univision le entregó la conducción de su noticiero de la noche, el programa más influyente de la comunidad hispana en Estados Unidos, a un jovencito mexicano de 28 años absolutamente desconocido para el gran público. Era un momento de excitación y catástrofe en América Latina: guerras y represión (con ayuda estadounidense) en Centroamérica, amnistías para inmigrantes en Estados Unidos, democracias jóvenes surgiendo por primera vez en décadas. El inexperto Ramos tuvo que aprender rápido, y así convertirse en lo que siempre había querido ser: un periodista con plataforma continental y vocación de intervenir en los lugares donde le ha tocado actuar. Ramos dice que nunca nadie en Univision le ha dicho qué tiene que decir o qué callar sobre un asunto o un gobierno; insiste en que las decisiones sobre qué noticias llevar primero o después en su programa se toman de forma “democrática” entre los miembros de su equipo; y que el profesionalismo y la credibilidad son los valores más importantes que puede tener un presentador de noticias.

Pero él nunca se ha sentido conforme con las noticias. Por eso comenzó a escribir su columna semanal, que se publica en una treintena de diarios latinoamericanos, y a escribir sus libros: ya lleva 10, desde las colecciones de entrevistas hasta el más reciente, Tierra de todos, un manifiesto a favor de la inmigración y el multiculturalismo. Cuando le pregunto por qué eligió ejercer el periodismo en televisión y no en radio o diarios o revistas, me responde que su objetivo principal ha sido tener el mayor impacto posible. “Yo vengo de esa vieja escuela en la que uno tiene que aportar algo y que tiene que intentar dejar esto un poquito mejor que cuando llegó —dice—. Yo comencé en radio y enseguida vi que no era suficiente para lo que quería hacer. Ahora me doy cuenta de que no fue consciente, pero claramente estaba buscando el medio de mayor impacto”.

Ramos es de la vieja escuela no sólo por su acercamiento ético al periodismo. Muchas de las cosas que hace y dice parecen pertenecer a una especie en extinción, la del súper prestigioso e infalible conductor de noticiero (o anchorman en la tradición norteamericana, en el modelo de Walter Cronkite), acosado en la última década por la fragmentación de los discursos periodísticos y los columnistas y bloggers para quienes la opinión y la interpretación son la parte más importante de su trabajo. De frente a las cámaras, cada tarde, los conductores de los telediarios de las grandes cadenas ya no son los definidores del talante y el sabor de las noticias: son sólo una voz más en el bombardeo. En ese sentido, la influencia de Ramos en el ecosistema de noticias y opinión del mundo latino de Estados Unidos es todavía muy superior a la que tienen, por ejemplo, Katie Couric (CBS) o Brian Williams (NBC), en parte porque el mercado hispano está menos desarrollado y en parte porque Ramos opina poco durante las noticias, pero todo el mundo sabe que es un profeta y un apóstol de la causa de los inmigrantes latinos; una figura moral mucho más parecida a Cronkite que a sus colegas angloparlantes actuales.

José Simián, periodista chileno residente en Nueva York y columnista sobre medios hispanos para el sitio especializado Mediaite.com, dice que Ramos puede conseguir algo que ni Couric ni Williams podrán nunca: “Ramos es un ideólogo de su público, casi un intelectual del pueblo —dice Simián—. Sólo así se explican los libros sobre asuntos latinos, en los que Ramos proclama cosas como que el primer presidente latino de Estados Unidos ya respira, o que su escritura puede ‘hacer visibles a los invisibles y darles voz a los que no tienen voz’”.

Todo esto Ramos lo ha logrado con el cada vez más extraño mérito de no poder ser identificado fácilmente con ninguna ideología en particular. Su entusiasmo por Obama en 2008 quedó bastante claro, para los latinos y para los gringos en general, pero Ramos también es muy duro con los regímenes de Fidel Castro en Cuba y Hugo Chávez en Venezuela. Cuando le pregunto por el diseño de su ideología pública, si ha sido espontánea o planificada, Ramos menciona Los de abajo, la novela de 1915 de Mariano Azuela. “Creo que esa perspectiva de los de abajo es la que siempre he estado buscando. Creo que la principal función social de nosotros los periodistas es evitar el abuso de los que tienen el poder, cuestionarlos y denunciarlos cuando sea posible”.

***

Veinticinco años después de haber salido de México, lo primero que hace Ramos todas las mañanas después de levantarse es abrir la página web del diario Reforma. Después lee los otros diarios mexicanos y las noticias sobre México en el servicio de noticias de Univision. Sólo después, dice, empieza a interesarse por lo que ocurre o lo que ha ocurrido en el resto del mundo. Le pregunto entonces por su balance de los 10 años después de la victoria electoral de Vicente Fox, que se cumplen en julio. Comienza su respuesta con una aclaración, mostrando las palmas de las manos: “Por un lado, es extraordinario que México tenga una democracia. Yo creí que me iba a morir con el PRI, y no va a ser así. El año 2000 fue fundamental para México. Había que terminar con el PRI, que era un partido corrupto, criminal, basado en asesinatos y mentiras. Es mucho mejor lo que estamos viviendo ahora que los 71 años del PRI. Punto. No queda la menor duda”.

Después de tantos años en la televisión, Ramos ha aprendido a dividir sus razonamientos en bocados pequeños y sintácticamente sencillos, que pronuncia con claridad y sin apenas interrumpirse o corregirse: usa este método frente a las cámaras de Univision y también en sus conversaciones privadas, como la que tenemos en este momento y en la cual, cuando estoy a punto de hacerle otra pregunta, él retoma la iniciativa e inicia la segunda parte de su razonamiento: “Vicente Fox fue mucho mejor candidato que presidente. Recuerdo estar en el Paseo de la Reforma la noche que ganó, y a la gente que le gritaba: ‘No-nos-fa-lles’. Pero Fox falló. Fue un presidente que claramente no pudo completar las enormes expectativas que había sobre él”.

¿Y Calderón? “Después de Fox empezamos a vivir en México un periodo de enorme ingobernabilidad. A pesar de lo que diga Felipe Calderón, él no controla México. El gobierno no controla México. No puede ser que en una ciudad como Juárez haya habido el año pasado más muertos que en Irak o Afganistán. No puede ser”.

Le pregunto entonces cómo ve el combate contra el narco. Le pregunto si está de acuerdo con la gente que cree que, por más doloroso que sea, ha llegado la hora de reducir la intensidad del conflicto del Estado con las bandas de narcotraficantes, aunque sólo sea para reducir la violencia y la cantidad de muertos. Ramos medita su respuesta un segundo. Después dice: “Michelle Obama dijo esta semana [durante su visita a México de mediados de abril] algo muy exacto: ‘No los podemos dejar ganar’. Entiendo que no se les puede entregar el país a los narcos. Pero Calderón inició la lucha con una policía, un ejército y un Estado absolutamente incompetentes. La incompetencia y la ineficiencia del Estado mexicano es extraordinaria. Y los priistas no se pueden hacer a un lado ahora, porque los narcos han podido entrar al Estado gracias al viejo fenómeno de la corrupción, engendrado y alimentado en las siete décadas del pri. Creo que hay que luchar contra los narcos, pero no como lo está haciendo el presidente Calderón. México no estaba preparado para esto”.

Así y todo, Ramos es optimista sobre el futuro de México. No con la clase política actual. “Tenemos una clase política deleznable e incompetente”, dice, ni con el modelo de país dominante —le gustaría que México se pareciera un poco más a Costa Rica o Chile—, pero sí con el estado de alerta de la población: “Hay millones de mexicanos a punto de decir basta —pronostica—. México está muy cerca del cambio”.

***

Una mañana perfecta de 2005, de ésas en las que el sur de la Florida parece el mejor lugar del mundo, Ramos iba en su carro al dentista cuando de pronto notó que, del otro lado de la autopista, una camioneta negra y enorme, a la que se le había ponchado un neumático, estaba fuera de control. Había cruzado el césped central de la carretera y se acercaba directamente hacia él. Ramos creyó que iba a morir: vio su mente partirse en dos, como en una pantalla dividida, de un lado sus recuerdos más importantes y, del otro, en cámara lenta, la imagen del conductor de la camioneta a medida que se acercaba. Ramos lo vio bien: todavía puede describir la camisa que llevaba el tipo, su cara de desesperación, los números de la placa del vehículo.

El golpe era inminente: iban los dos a 70 kilómetros por hora, avanzando en la misma dirección, a encontrarse y estrellarse, como dos bolas de boliche. Ramos se relajó y esperó el final, pero, en una pirueta geométrica que todavía no ha logrado comprender, la siguiente imagen que tiene en la mente es la del mismo chofer, pasando a su lado, apenas rozándolo, sin producirle el menor rasguño. Como si no hubiera ocurrido nada, siguió su camino hacia el dentista.

Ramos dice que, en los días siguientes, el casi-accidente empezó a afectarlo. Intentó convencerse de que era una tontería sentirse mal —se repetía a sí mismo que había estado en cinco guerras, que había vivido un montón de situaciones difíciles, que no podía dejar que un no-evento lo afectara de esa manera—, pero finalmente tuvo que aceptar que algo había cambiado. “Ésa fue la experiencia que acabó por romperme”, dice, mientras viajamos en su BMW desde el restaurante uruguayo hacia la sede central de Univision. “Toda la tensión que llevaba de años, todo el estrés de los cataclismos, de hacerme el fuerte, de no expresar mi opinión, de guardarme mis sentimientos… Al final, me rompí. Ese incidente me rompió”.

Cambió todo. Decidió divorciarse, escribió unas cartas a sus hijos, Paola y Nicolás, que en 2007 fueron publicadas en forma de libro, cambió su actitud sobre qué era importante. “Empecé a viajar más y a escoger qué quería hacer y qué no quería hacer. Ahora vivo muchísimo mejor, mucho más relajado. Me atrevo a hacer entrevistas como ésta, que antes no hubiera hecho, a llorar y a reírme con mis amigos, a expresar mis sentimientos. Me cambió, y creo me cambió para bien”.

A pesar de todo su éxito en Estados Unidos, la fama y el prestigio, la novia joven y hermosa, los millones de espectadores cada noche, no puedo evitar la sensación, mientras nos acercamos al final de nuestro recorrido, de que Ramos habría cambiado todo eso en un instante por tener el mismo éxito en México. Le pregunto por ello, y su respuesta es un poco amarga. Primero parafrasea una cita del ensayista francés Alexis de Tocqueville, que en el siglo XIX escribió el mejor libro que se ha escrito nunca sobre Estados Unidos. “Tocqueville tiene una frase fulminante. ‘Los ricos no emigran’, dice. ‘Los ricos y exitosos no emigran’”, cita Ramos y se queda en silencio por un segundo. “Por supuesto que me habría encantado quedarme en México y desde luego que me habría encantado la idea de hacer periodismo libre en México, y desde luego que me habría fascinado trabajar allí y que México fuera mi plataforma hacia el mundo”. Antes de bajarse del auto, resume todo con un encogimiento de hombros y un gesto resignado: “Pero no lo era”.

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